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6 cosas que probablemente no sabías sobre Cleopatra

Cleopatra es una de las mujeres más famosas de la historia. Se la recuerda por su supuesta belleza e intelecto y por sus amores con Julio César y Marco Antonio.

¿Bella como Elizabeth Taylor? Las pruebas señalan que su principal atractivo era su intelecto, no su aspecto físico. GETTY IMAGES

Fuente: BBC News Mundo
18 de agosto de 2018

Se convirtió en reina de Egipto después de la muerte de su padre, Ptolomeo XII, en el año 51 a.C. y Hollywood suele retratarla como una glamorosa femme fatale.

Pero, ¿cuánto está basado en la realidad y cuánto es ficción?

En un artículo escrito para la revista BBC History, la académica Mary Hamer asegura que la mayoría de las cosas que creemos hoy sobre Cleopatra son en realidad un eco de la propaganda que creó el Imperio romano.

Hamer, autora del libro «Las señales de Cleopatra: una lectura histórica de un ícono», señala que por el hecho de ser mujer y de gobernar un país muy rico, Cleopatra -sobre todo su independencia- era aborrecida por Roma.

Cabe recordar que ella había «seducido» a dos de sus principales generales, Julio César y Marco Antonio, y luego se unió a Antonio en una guerra contra Roma.

Se sabe que fuera de Europa, en África y los países de tradición islámica, fue recordada de manera muy diferente.

Los escritores árabes se refieren a ella como una erudita y 400 años después de su muerte aún se le rendía tributo a una estatua suya en Philae, un centro religioso que atraía a peregrinos de más allá de las fronteras de Egipto.

Un busto de Cleopatra, de 40 a.C., una de las tantas imágenes diferentes que sobrevivieron de la famosa reina de Egipto. GETTY IMAGES

Hamer revela seis otros datos menos conocidos sobre la vida de la gobernante egipcia.

1 – Una belleza de fantasía

Plutarco, el biógrafo griego de Marco Antonio, afirmó que no era su aspecto físico lo que resultaba tan atractivo de ella, sino su conversación y su inteligencia.

Cleopatra tenía el control de su propia imagen y la adaptó según sus necesidades políticas. Por ejemplo, en eventos ceremoniales aparecería vestida como la diosa Isis (era común que los gobernantes egipcios se identificaran con una deidad).

En las monedas acuñadas en Egipto, mientras tanto, eligió mostrarse con la mandíbula fuerte de su padre, para enfatizar su derecho heredado a gobernar.

Las esculturas tampoco nos dan muchas pistas sobre su aspecto: hay dos o tres cabezas en el estilo clásico y varias estatuas de cuerpo entero en estilo egipcio, pero en todas se la ve bastante diferente.

2 – El «pequeño César»

Cleopatra se hizo aliada de Julio César, quien la ayudó a establecerse en el trono.

Lo invitó a hacer un viaje por el Nilo y cuando posteriormente dio a luz a un hijo, llamó al bebé Cesarión o «pequeño César».

Cleopatra invitó a Julio César a hacer un viaje por el Nilo. Luego, tuvo a su hijo Cesarión o «pequeño César». GETTY IMAGES

En Roma esto causó un escándalo. En primer lugar, porque Egipto y su cultura hedonista eran despreciados como decadentes. Pero también porque César no tenía otros hijos varones (aunque estaba casado con Calpurnia, y había tenido dos esposas antes que ella).

César acababa de convertirse en el hombre más poderoso de Roma y si bien la tradición era que la elite romana compartía el poder, él parecía querer ser el supremo, como un monarca.

Esto resultaba doblemente insoportable para los romanos porque significaba que Cesarión, un egipcio, podría eventualmente querer gobernar a Roma como el heredero de César.

3 – Cleopatra vivía en Roma como amante de Julio César cuando este fue asesinado

Junto con el pequeño Cesarión habían estado viviendo en un palacio propio al otro lado del río Tíber de la casa de César (aunque es probable que ella no residiera allí permanentemente, sino que viajara regularmente desde Egipto).

Tras la muerte de César en 44 a. C. la vida de Cleopatra y de su hijo corrían peligro y debieron irse de Roma de inmediato.

No es de extrañar que Cleopatra fuera detestada en una ciudad que se había deshecho de sus reyes, ya que ella insistía en que se la llamara «reina».

Tampoco pudo haber ayudado mucho el hecho de que, para honrarla, César había colocado una estatua de ella cubierta de oro en el templo de Venus Genetrix, la diosa que da vida, y que su familia tenía en alta estima.

4 – Tuvo cuatro hijos

Además de su hijo mayor, Cesarión, Cleopatra tuvo tres hijos más con Marco Antonio: los mellizos Cleopatra Selene y Alejandro Helios y el más pequeño de todos, Ptolomeo Filadelfo.

Bajorrelieve de Cleopatra y su hijo Cesarión en el templo Hathor en Dendera. GETTY IMAGES

Ella mandó a hacer una imagen en la pared del templo en Dendera que la mostraba gobernando junto con Cesarión. Cuando ella murió, el emperador romano Augusto convocó al joven con promesas de poder, solo para matarlo.

Se cree que tenía 16 o 17 años, aunque algunas fuentes afirman que tenía apenas 14.

Los mellizos, que tenían 10 años cuando falleció su madre, y Ptolomeo, que tenía seis, fueron llevados a Roma y tratados bien en la casa de la viuda de Marco Antonio, Octavia, donde fueron educados.

De adulta, Cleopatra Selene se casó con Juba, un rey menor, y fue enviada a gobernar Mauritania a su lado. Tuvieron un hijo -otro Ptolomeo-, el único nieto conocido de Cleopatra.

Murió de adulto por orden de su primo, Calígula, por lo que ninguno de los descendientes de Cleopatra vivió para heredar Egipto.

5 – «Agosto», el mes que celebra la derrota y muerte de Cleopatra

El emperador Augusto fundó su reinado sobre la base de la derrota a Cleopatra. Cuando tuvo la oportunidad de que se nombrara un mes en su honor, en lugar de elegir septiembre, cuando nació, optó por el octavo mes, en el que murió Cleopatra, para que todos los años se recordara su derrota.

A Augusto le hubiera gustado exhibir a Cleopatra como cautiva por toda Roma, como lo hicieron otros generales con sus prisioneros para celebrar sus victorias. Pero ella se suicidó justamente para evitar eso.

Cleopatra se quitó la vida para evitar ser usada como trofeo de victoria por Augusto. GETTY IMAGES

Cleopatra no murió por amor, como creen muchos. Al igual que Marco Antonio, que se suicidó porque ya no había un lugar de honor para él en el mundo, ella eligió morir en lugar de sufrir la violencia de ser mostrada y avergonzada por las calles de Roma.

Augusto tuvo que conformarse con utilizar una imagen de ella para su celebración.

6 – El nombre de Cleopatra era griego, pero eso no significa que ella lo fuera

La familia de Cleopatra era descendiente del general macedonio Ptolomeo, que había obtenido Egipto en el reparto después de la muerte de Alejandro. Pero pasaron 250 años antes de que naciera Cleopatra -es decir, 12 generaciones, con todos sus enredos amorosos-.

Hoy sabemos que al menos un niño de cada 10 no es hijo biológico del padre que lo cría como propio.

La población de Egipto incluía a personas de diferentes etnias y naturalmente eso incluía a los africanos, ya que Egipto es parte de África. Así que no es del todo improbable que mucho antes de que Cleopatra naciera, su herencia griega se hubiera mezclado con otras.

Además, dado que se desconoce la identidad de su propia abuela, no podemos estar seguros de su identidad racial.

 

18 agosto 2018 at 9:15 pm Deja un comentario

El español que se arruinó para llevar las corridas en Roma

Pintura de B. Pinelli de 1810 con espectáculos de toros en el Mausoleo de Augusto

Fuente: GIULIO MARIA PINTADOSI  |  EL INDEPENDIENTE
5 de mayo de 2018

El emperador Octaviano Augusto no le habría gustado que su mausoleo se convirtiera en establo de vacas. Suficientemente grande para contener la tumba de todos los emperadores romanos y sus familias durante casi un siglo; cuando fue terminado, en el I d.C., la estatua de bronce de Augusto que dominaba el monumento se podía ver desde toda la ciudad de Roma. Mil seiscientos años después fue ahí donde el desafortunado empresario español Bernardo Matas intentó establecer las corridas de toros en Roma. Era el año 1780 cuando Matas alquiló las ruinas del mausoleo al noble portugués Don Vicente Mani Correia. Vincenzo Correa para los romanos.

De todos los monumentos antiguo que hay en Roma, el mausoleo de Augusto es el que peor suerte ha tenido. Fue castillo, jardín renacentista, plaza de toros y sala de conciertos hasta que Benito Mussolini decidió devolverle su esplendor original. Ahí sigue, al lado del río Tíber, en ruinas, cubierto de telas y paneles, atrapado en una interminable obra de rehabilitación que debería acabar en 2019.

Pero cuando Bernardo Matas firmó el contrato de alquiler con Vincenzo Correa, se conformó con lo que quedaba del edificio, añadiendo unas pocas gradas. La gran explanada circular que sobresalía encima de las estructuras del antiguo monumento era más que suficiente para las corridas. Su baza era el capital humano: se llevó a los toreadores desde España “para divertir a la nobleza y el pueblo”.

La plaza de toros de Roma

“Matas poseía una familia extensa. Para mantenerla y al mismo tiempo aumentar sus rentas transformó el mausoleo de Augusto en una hostería y sus jardines, previa licencia pontificia, en un lugar de espectáculos”, dice Jorge García Sánchez, docente de la Universidad Complutense de Madrid, a El Independiente. Autor del libro La Italia de la Ilustración, Sánchez ha estudiado en profundidad el intento de Matas de llevar a Roma la corrida de toros española. “Resucitó en Roma una tradición que había sido olvidada desde hacía siglos. Las corridas -o giostre en lengua italiana- se practicaban desde la Edad Media en la zona del Monte Testaccio. Estos juegos se trasladaron a la más céntrica área de Plaza Venecia hasta 1566, cuando el Papa Pío V decretó la prohibición de estos espectáculos”.

El Mausoleo de Augusto en la actualidad / WIKICOMMONS

La primera lidia se organizó en julio de 1780, sin embargo el público no respondió. En apenas tres años Matas tuvo que devolver al Correa la recién nacida plaza de toros. El noble portugués, que tenía más olfato para los negocios, reformó el sitio añadiendo un palco de honor y amplió la oferta de entretenimiento. Como no había suficientes toros en Roma los reemplazó con vacas y puercos. Organizó carreras de sacos y torneos de piñata. Cómo las leyes del Estado de la Iglesia permitían estos tipos de actividades hasta “la hora del Ave María”, por las noches organizaba espectáculos con fuegos artificiales. En 1788 se intentó, sin éxito, el vuelo de un globo aerostático.

El Anfiteatro Correa se conviritió en uno de los lugares más de moda de Roma. Entre los espectadores que pasaron por ahí estuvo también Wolfgang Goethe. Escribe en su diario el poeta alemán: “Hoy hubo combate de animales en la tumba de Augusto. Este edificio redondo […] sirve ahora como especie de Anfiteatro para las corridas de toros. Podrá contener de cuatro a cinco mil personas. El espectáculo en sí no me ha gustado mucho”.

Estampa de 1780 del Barbazza con la Giostra de Bernardo Matas en el Anfiteatro Correa

Diferencias con la corrida española

Para García Sánchez la diferencia entre la corrida española y la lidia italiana era el aire circense de esta última. “La giostra tiene una función eminentemente efectista y teatral, donde la figura del matador es inexistente”, explica Sánchez. Como en el caso de las estampas de la Tauromaquia de Goya o los óleos de Antonio Carnicero, también en Roma las corridas inspiraron los artistas locales que nos han dejado el único testimonio visual de aquellos acontecimientos. Una vez reformado, el Anfiteatro Correa fue el edificio más parecido a una plaza de toros que nunca existió en Roma: con una arena de 40 metros de diámetro, un palcos y gradas cubiertas. En 1790 los Correa vendieron la propiedad el inmueble que siguió llevando su nombre.

La “Giostra della bufala”, así se llamaban las corridas en Roma, echó el cierre en el siglo XIX.

La “Giostra della bufala”, así se llamaban las corridas en Roma, echó el cierre en el siglo XIX. Otra vez por orden de un papa. Fue Pío VIII que, en su breve pontificado de apenas dos años entre  1829 y 1830, tuvo tiempo para prohibir todos los espectáculos con animales en el anfiteatro Correa por considerarlos peligrosos.

En 1881, después de la construcción de una cubierta de hierro y vidrio, la tumba de Augusto se convirtió en teatro y sala de música. Será la última reencarnación del mausoleo hasta 1936, cuando Benito Mussolini decidió derrumbar todas las estructuras adicionales para sacar a luz el monumento original y convertirlo en su tumba. Después de la caída del fascismo el proyecto fue aparcado y el conjunto cayó en el abandono. Primero fue un jardín para mascotas y sólo en los últimos años ha sido cerrado mientras a la espera de que las autoridades italianas decidieran qué hacer con tamaños restos. Ahora, casi 12 millones de euros más y una rehabilitación larga setenta años, el Mausoleo de Augusto podría estar listo para volver a abrir al público en abril de 2019. Por lo que a las corridas se refiere, en Italia quedaron ilegalizadas hasta 1994, cuando el primer gobierno de Silvio Berlusconi levantó una prohibición establecida en 1940.

 

5 mayo 2018 at 2:20 pm Deja un comentario

Roma absuelve a Ovidio del exilio 2.000 años después

El Movimiento Cinco Estrellas italiano ha logrado en el Parlamento revocar una sentencia de exilio impuesta hace 2.000 años por el emperador Octavio Augusto contra el poeta Ovidio, autor de ‘Las metamorfosis’.

Foto: lumsanews.it

Fuente: EUROPA PRESS  |  LA VANGUARDIA
15 de diciembre de 2017

El Movimiento Cinco Estrellas italiano ha logrado en el Parlamento revocar una sentencia de exilio impuesta hace 2.000 años por el emperador Octavio Augusto contra el poeta Ovidio, autor de ‘Las metamorfosis’.

La asamblea ha aprobado con 29 votos a favor –en la votación solo ha participado el partido M5S– una moción para que se procediese a «la adopción de las medidas necesarias para implementar la sentencia de absolución y revocar el exilio a Publio Ovidio Nasone, reconociendo la rehabilitación».

«2.000 años después de su muerte, Roma quiere recordar la magnificencia del mejor poeta latino. Ovidio marcó la historia de la literatura italiana y se vio exiliado por Augusto, por razones nunca aclaradas», ha señalado Eleonora Guadagno, defensora de la propuesta, en declaraciones recogidas por Europa Press de diversos medios italianos.

«Queremos cambiar estas decisiones que fueron tomadas por Augusto y solo por Augusto. Con esta votación, estamos reparando este mal», ha añadido Guadagno.

También el teniente de alcalde romano, Luca Bergamo, se ha pronunciado sobre esta revocación, que se convertirá en «un símbolo importante, porque habla del derecho de los artistas a expresarse libremente». «Es un reconocimiento a Ovidio, perjudicado por un poder absolutista y por razones no aclaradas en la Historia», ha concluido.

 

15 diciembre 2017 at 10:40 pm Deja un comentario

Una familia de Sevilla paga 200.000 euros del impuesto de Sucesiones con un busto romano

  • La obra, de gran valor histórico-artístico, formará parte de la colección del Museo Arqueológico, dependiente de la Junta
  • El acuerdo, negociado por las consejerías de Cultura y Hacienda, impedirá que la pieza sea vendida fuera de España

Busto romano del emperador Augusto, hallado en una finca de Lora del Río – ABC

Fuente: M. J. PEREIRA  |  ABC de Sevilla
7 de junio de 2017

Una familia sevillana ha pagado el impuestos de Sucesiones entregando a la Junta de Andalucía un busto romano hallado casualmente en 1955 en una finca agrícola cuando se realizaban labores de arado. Se trata de un retrato escultórico del emperador Augusto que la Comisión de Bienes Muebles del Gobierno andaluz ha valorado en 200.000 euros, según han confirmado fuentes de la Consejería de Cultura.

El busto hallado en el cortijo Ossorio de Lora del Río fue depositado en el Museo Arqueológico de Sevilla -dependiente de la Junta- por los herederos de su anterior propietario cuando lo ofrecieron a la Agencia Tributaria de Andalucía como pago en especie de una deuda tributaria, lo que dio lugar a la apertura en diciembre de 2010 de un expediente administrativo de dación.

Al tratarse de un Bien de Interés Cultural, la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía (Ley 14/2007) concede al Gobierno autonómico los derechos de tanteo y retracto en cso de que exista otro posible comprador, por lo que el Gobierno presidido por Susana Díaz ha tenido la última palabra. Sin embargo, la falta de acuerdo sobre la tasación de la pieza de arte entre la Junta y la familia propietaria durante los últimos seis años hizo temer a expertos en la materia que la escultura saliera de España si se vendía a un museo o coleccionista antiguo.

Durante el proceso de negociación se han emitido informes cualificados por parte de especialistas y de la Comisión Andaluza de Bienes Muebles, un órgano consultivo de la Consejería de Cultura en esta materia. El pasado 11 de abril, seis años después de iniciarse la negociación entre la familia de Lora y la Junta, el proceso ha culminado felizmente con la aceptación de la dación por parte de la Consejería de Hacienda y Administración Pública, a través de la Agencia Tributaria de Andalucía, al frente de la cual está María Jesús Montero.

El lugar del hallazgo de la pieza se corresponde a un lugar en el entorno del municipio romano de Axati, citado por Plinio el Viejo en su Historia Natural, y de donde se conocen otros hallazgos escultóricos y epigráficos puntuales, así como abundantes restos de ánforas en las que se producía y exportaba el aceite de oliva desde uno los más activos emporios fluviales de este comercio en el Bajo Guadalquivir, ha señalado la directora del Museo Arqueológico de Sevilla, Ana Navarro.

«Se trata de una pieza de gran interés histórico y calidad artística, tal y como lo han puesto de manifiesto reiteradamente los catedráticos Antonio Caballos y Pilar León, profesores de la Universidad de Sevilla. Su valor económico se ha tasado en 200.000 euros. Aunque éste Augusto ha sido comparado con el de los Museos Capitolinos de Roma, se trata de un modelo único que viene a completar la serie de retratos suyos conocidos en Hispania, donde se han localizado poco más de una docena», añade Ana Navarro.

Dos de los bustos del emperador Augusto proceden de la ciudad de Itálica (Santiponce, Sevilla) y se exponen en el Museo Arqueológico de Sevilla. Uno es de carácter póstumo y propagandístico, que resalta el parecido con Tiberio, y el otro apoteósico, en homenaje al emperador divinizado en época claudia. A ellos se suma ahora esta imagen del princeps (título de la primera etapa del Imperio romano, recibido del Senado por Octavio Augusto el año 27 a. C., en reconocimiento de su poder y prestigio político) hecha en vida, «lo que le confiere al busto de Lora del Río un extraordinario valor patrimonial como referente esencial para conocer el inicio del culto imperial y su extensión por las provincias romanas de Occidente».

Está previsto que el Museo Arqueológico de Sevilla organice un acto de presentación oficial e inclusión de la obra en sus salas de exposición permanente. «La pieza forma parte ahora de la colección museística de Andalucía, por lo que el museo programará actividades para hacer partícipes de la incorporación de este magnífico Augusto de Lora del Río, tanto a la familia responsable de la dación como al público en general, invitándolos al disfrute de esta interesante obra del Patrimonio Histórico del Bajo Guadalquivir y su entorno», han señado desde la Consejería de Cultura, cuya titular es Rosa Aguilar.

 

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8 junio 2017 at 11:26 pm Deja un comentario

El tupé más famoso de la antigüedad

Alejandro Magno fue una referencia en el mundo romano, una figura que imitar hasta en el peinado

Detalle del mosaico de Isos en el que el conquistador macedonio, melena (y tupé) al viento, carga contra las tropas de Darío III. El mosaico, copia de una pintura griega, fue hallado en la Casa del Fauno, en Pompeya. (DEA / M. CARRIERI / Getty)

Fuente: FÈLIX BADIA LA VANGUARDIA
12 de mayo de 2017

Hace 2.000 años, para ser alguien en la alta política romana, había que parecer, emular, recordar o evocar, aunque fuera remotamente, a Alejandro Magno, el mítico caudillo macedonio que tres siglos antes había construido en tiempo récord un imperio en el sudeste de Europa y Asia. Y había que hacerlo con las obras, pero también con las formas.

Literalmente. Pompeyo, el aliado –primero– y archirrival –después– de Julio César lo creía a pies juntillas, y tras conquistar a sangre y fuego buena parte de Oriente Medio, como hiciera en su día Alejandro, asumió también el apelativo de Magno y, un detalle no tan menor como pudiera parecer, decidió lucir tupé, el característico rasgo del conquistador griego y tal vez uno de los peinados más famosos de la antigüedad.

No se trataba por supuesto de un tupé de aire rockabilly o que anticipara la opinable estética de Donald Trump, sino del peinado que los griegos llamaban ‘anastole’ (poner hacia atrás). A Alejandro se le había representado con él tanto en monedas y esculturas como en pinturas y mosaicos, como el de Isos hallado en Pompeya, en que se le representa en plena carga contra el último rey persa, Darío III.

Pompeyo Magno se hizo representar con un tupé parecido al de Alejandro, y con sus conquistas llegó incluso a emular sus éxitos. Todo ello años antes de perder, literalmente, la cabeza en las costas de Alejandría (Getty)

Para cuando, casi 300 años después, Pompeyo estaba alcanzando el cenit de su celebridad, la figura del conquistador griego se vinculaba de forma inseparable al peinado, así que le faltó tiempo para intentar acercar su imagen a la del general heleno. “Su pelo –explicaba Plutarco– tendía a levantarse en la parte de alta de su frente, y eso (…) producía un parecido, más comentado que real, a las estatuas de Alejandro”.

El detalle es algo más que una anécdota. Peinados al margen, la explotación de la imagen de los líderes y su semejanza o no respecto a los mitos del momento tuvo un papel fundamental en el despiadado juego político del fin de la república (siglo I antes de Cristo). Un uso de la imagen pública que alcanzaría años después su punto más alto ya en el imperio con el reinado de Augusto, quien gracias a ello podría cimentar su poder.

El uso de la representación del líder que se hizo en la antigüedad, recuerda a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, hasta la dulcificada imagen Obama con las mangas eternamente arremangadas que transmitían su disposición a trabajar por su país.

Salvando los siglos transcurridos, este uso de la representación del líder recuerda, y mucho, a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde el culto a la personalidad en las dictaduras –la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, o los brazos cruzados de Hitler mostrando fortaleza–, hasta la dulcificada imagen de los políticos en los sistemas liberales –con las mangas eternamente arremangadas de Obama que transmitían su disposición a trabajar por su país–.

Para un político ambicioso, y en la turbulenta Roma del siglo I antes de Cristo los había a decenas, vincularse, pues, a las mayores celebridades del mundo clásico era fundamental. Pompeyo no se limitó al peinado, sino que incluso llegó a visitar la tumba de Alejandro Magno para hacerse con la capa del conquistador. También la visitaron después los emperadores Calígula, que tomó prestada su coraza, y Augusto, que, no se sabe exactamente cómo, rompió de forma involuntaria la nariz de su momia. Con este ritmo de expolio, no es extraño que la ubicación de los restos de Alejandro, suponiendo que aún existan, sea hoy uno de los grandes misterios de la arqueología.

Para un dandi como Julio César la calvicie fue un verdadero tormento. No ayudaba que la tradición romana considerara la alopecia como un signo de mala salud y de poca masculinidad (Getty)

Julio César también veneraba la figura del conquistador macedonio. Suetonio cuenta que, cuando el que más tarde sería dictador pasó por delante de una estatua de Alejandro en Hispania, se echó a llorar. ¿La razón? Tenía en aquellos momentos 33 años, la misma edad a la que había muerto el caudillo griego, y no había alcanzado hasta el momento ningún logro con el que pasar a la posteridad. Aunque hay dudas sobre la certeza de la anécdota, lo que sí parece claro es la influencia que la imagen de Alejandro tenía en el poder establecido del momento. Quién sabe si Julio César habría deseado también lucir el legendario tupé del conquistador. Sin embargo, tenía un problema prácticamente insalvable: una calvicie precoz.

Es cierto que la imagen era un factor de primer orden que los líderes romanos se apresuraban a explotar a fondo, pero, de la misma manera, constituía un factor que los podía convertir en blanco de las críticas de sus adversarios, y Julio César los tenía en cantidades ingentes. En la cultura romana, la calvicie tenía muy mala prensa, en especial, si era prematura, porque el pelo se consideraba un símbolo de fuerza, virilidad, juventud y fertilidad, y, por tanto, se pensaba que quien la sufría adolecía de falta de esas características. “Feo es el campo sin hierba, y el arbusto sin hojas y la cabeza sin pelo”, escribió Ovidio. Por eso, uno de los grandes hombres de la antigüedad, el mismo que conquistó Galia y Egipto, y el que puso los cimientos de uno de los imperios más importantes que ha visto el planeta, vivió en realidad atormentado por su falta de cabello.

Los enemigos de Julio César se cebaron en su calvicie, Adriano expresó su amor a Grecia al dejarse barba, y Cómodo ostentó espolvoreándose oro en el pelo

El médico y licenciado en Humanidades Xavier Sierra Valentí explicaba hace unos años en un artículo publicado por la revista ‘Piel’, que Julio César pasaba largas horas intentando disimular su falta de pelo y que incluso se peinaba hacia adelante, porque no soportaba las burlas de sus detractores. Sierra añade que, según Suetonio, obtuvo permiso del Senado para llevar en todo momento la icónica corona de laurel como un honor que además le permitía disimular su falta de pelo. No obstante, no todos veían un problema en su calvicie según textos clásicos, que señalan que sus tropas, al regreso de una de sus conquistas, cantaban por las calles: “Ciudadanos, guardad vuestras esposas, traemos a un calvo adúltero”.

En cambio, la aristocracia romana tradicional veía en Julio César, además de un enemigo político, a un perfil contrapuesto a los valores conservadores de la República romana, y por ese motivo, explotaron a fondo su lado más frívolo y su fama de playboy. El que sería el hombre más poderoso de su época y uno de los militares más audaces de su tiempo era también un fashionista, pero, como explica Tom Holland en ‘Rubicón’ (Ático de los Libros), sus cinturones de color naranja y sus ropas demasiado holgadas para el gusto canónico del momento fueron aprovechados en campañas en su contra, de la misma manera que su estilo de vida. “Hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres”, se decía de él en referencia a su comentada y promiscua bisexualidad.

Como todos los emperadores, en cuanto a la moda Adriano era un prescriptor de tendencias. Fue él quien puso de moda la barba en Roma, una estética que hasta entonces se consideraba bárbara en la capital del imperio (Leemage / Getty)

Si bien la alopecia no estaba bien vista, llevar barba era incluso peor porque se veía como una costumbre de bárbaros. Por eso, un ciudadano que cuidara su imagen debía pasar a menudo por el tonsor, un barbero verdaderamente temible encargado de mantener a los varones romanos dentro de la civilización. Ponerse en sus manos no parece que fuera una experiencia especialmente agradable, porque no se utilizaban cremas para el afeitado y porque el instrumental, por afilado y cuidado que fuera, distaba mucho de tener la sofisticación actual.

Así pues, los nobles romanos debían de ser personas de piel acerada, porque era muy raro que alguno de ellos renunciara a afeitarse, al menos durante el siglo I. Sin embargo, con la llegada de Adriano (76-138) y su barba ensortijada, las cosas empezaron a cambiar. Como el resto de los emperadores, este fue un verdadero creador de tendencias. Pero, como en el caso de Pompeyo o de Julio César, esas tendencias eran más que simple estética para traspasar de nuevo el umbral de la comunicación política.

Tras la muerte de su hermano Geta, Caracalla proclamó la ‘damnatio memoriae’ (que se eliminara toda referencia a él). En la imagen Caracalla de niño (derecha) y a su lado Geta, borrado (Getty)

En este sentido, la barba de Adriano era una declaración de intenciones: si el vello facial había sido considerado poco civilizado en Roma, en Grecia, en cambio, el punto de vista era el opuesto, y el nuevo emperador era un enamorado de todo lo que guardaba relación con el mundo helénico. El look adriánico se completaba con un vistoso pelo rizado, posiblemente gracias al calmistro, una herramienta que se calentaba al fuego y luego se aplicaba al pelo. Una técnica sólo para valientes.

La moda de Adriano se siguió durante mucho tiempo. Bastantes años después, al emperador Caracalla (188-217), famoso entre otras cosas por las gigantescas termas que mandó construir en Roma y por haber solucionado la rivalidad con su hermano Geta por la vía rápida –el asesinato–, se le representaba con barba y pelo rizado. Y cara de pocos, muy pocos, amigos. Cómodo (161-192), al que la tradición describe como un emperador sanguinario, paranoico y apasionado de los juegos de gladiadores –tanto que incluso llegó a lanzarse a la arena–, fue otro de los que se apuntaron a esa moda, aunque le dio una vuelta a la tuerca, al, según algunas versiones, espolvorearse el pelo con oro y hacerse representar como Hércules, en, una vez más, un mensaje político. Los tiempos habían cambiado, y donde Pompeyo dos siglos antes evocaba a un conquistador, Cómodo prefería identificarse, directamente, con un semidiós, hijo del mismísimo Júpiter.

Paranoico, sanguinario, ostentoso… a juzgar por las fuentes clásicas, el emperador Cómodo –el de ‘Gladiator’– no fue precisamente un repositorio de virtudes. En la imagen, personificado, ni más ni menos, que como el semidiós Hércules (DEA / G. DAGLI ORTI / Getty)

 

12 mayo 2017 at 10:47 am Deja un comentario

El Mausoleo de Augusto abrirá en 2019

El mausoleo de Augusto en Roma ha guardado desde su construcción, en el siglo I a.C, secretos aún hoy por desvelar, pero que comenzarán a ser mostrados al público gracias a las obras de rehabilitación que se desarrollan desde octubre.

Foto: La Repubblica

Fuente: Jaime García Castro – EFE  |  LA VANGUARDIA
2 de mayo de 2017

El edificio, en evidente estado de abandono, se ubica en el corazón de la capital italiana y ahora está siendo rehabilitado, junto a sus descuidadas inmediaciones, para mostrar un nuevo tesoro arqueológico de la ciudad prácticamente desconocido.

La alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, presentó hoy el proyecto «El renacimiento del Mausoleo de Augusto», que una vez concluya será reconvertido en un museo multimedia.

El superintendente municipal de Bienes Culturales, Claudio Parisi, explicó a Efe que durante las investigaciones que se están desarrollando gracias a los trabajos de restauración se ha podido confirmar la inspiración del mausoleo en modelos helenísticos.

«Tenía en el centro una cámara sepulcral a la que se accedía a través de tres corredores anulares concéntricos que permitían un recogimiento ritual muy particular», explicó.

Parisi apuntó que esta ritualidad «ha sido documentada en algunos modelos de época helenística» y añadió que su inspiración fue el monumento funerario de Alejandro Magno.

El mausoleo es el más grande sepulcro circular conocido, un impresionante monumento con un diámetro de unos 87 metros y una altura de 45 mandado construir por Augusto en el 28 a.C para perpetuar una sucesión dinástica que mantuviese estable su poder.

Parisi aclaró que en su interior se han encontrado objetos que permiten comprender cómo funcionaban las capillas donde se depositaban las urnas con las cenizas de los difuntos y las inscripciones con elogios que recordaban las gestas del emperador y de sus descendientes.

Además, afirmó que se han descubierto diferentes esculturas y elementos arquitectónicos, hasta 153, que se están restaurando, entre los que destaca una cabeza femenina que procede de una figura imperial, probablemente de la dinastía Severa, entre los siglos II y III d.C.

Con el paso de los años la estructura del mausoleo se utilizó como fortaleza, residencia privada e incluso como espacio para corridas o atracciones con búfalos.

El mausoleo también realizó funciones de auditorio cuando pasó a manos de la administración pública, a partir de 1907, pero desde la primera mitad del siglo pasado se caracterizó por su abandono y su cierre a la población por motivos de seguridad.

Los trabajos de restauración se están desarrollando desde octubre de 2016 gracias a un proyecto en el que trabajan conjuntamente el ayuntamiento de Roma y la Fundación TIM de telefonía y que tiene como finalidad hacer del Mausoleo de Augusto un museo multimedia.

Raggi se congratuló del «nuevo modelo de colaboración entre el ente público y el privado» que tiene como objetivo «un nuevo modo de narrar Roma», como ya se ha hecho con otros monumentos como la Fontana de Trevi o el Coliseo.

Raggi defendió el proyecto argumentando que «el arte no debe ser aprovechado solo para su uso turístico» y afirmó que las obras en las que todavía se encuentra inmerso el mausoleo no hacen de él un «monumento cerrado».

Y es que actualmente, en la parte externa del recinto se han instalado diversos paneles didácticos sobre la historia del monumento a los que se añade un sistema de luces y música que ilustra las obras.

Se espera que los trabajos de rehabilitación finalicen en abril de 2019 pero antes de esa fecha se prevén aperturas extraordinarias que permitirían a los ciudadanos visitar el interior y comprobar el avance de las obras, informó el superintendente.

De este modo los visitantes podrán adentrarse en el interior de un lugar de gran importancia histórica para la Ciudad Eterna, que acogió los restos de las más importantes personalidades del Imperio romano, desde su fundador hasta toda la dinastía Julio-Claudia, incluido Claudio, primer emperador nacido fuera de la península itálica.

[Galería de imágenes: La Repubblica]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por otra parte, según informa la Sovrintendenza Capitolina ai Beni Culturali en su página de Facebook, el Mausoleo de Augusto estrena hoy nueva web. En http://www.mausoleodiaugusto.it podremos conocer, con el apoyo de imágenes en 3D, la historia de Augusto, las numerosas transformaciones del Mausoleo y las fases de su restauración, permitiendo así a los apasionados de todo el mundo hacer un viaje interactivo en las secciones dedicadas a los diferentes contenidos. El sitio está disponible también en inglés y está optimizado para su visualización desde PC, smartphone y tablet.

2 mayo 2017 at 7:40 pm Deja un comentario

La espantada de Tiberio, el cornudo que se hartó de las órdenes de su suegro emperador

El hijastro de Augusto ejerció de apagafuegos en el imperio y estuvo la mayor parte del tiempo ausente de Roma. Lo hizo hasta que sorprendió a todos anunciando que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
11 de abril de 2017

En Roma el nombre era más importante que la sangre. Los grandes hombres de Roma adoptaban a sobrinos suyos e incluso a hijos segundos de otras familias ilustres con tal de que perdurara su nombre. De ahí que la ausencia de hijos varones del primer princeps, el emperador Augusto, nunca resultara un problema urgente dado que tenía sobrinos que podía adoptar cuando quisiera, como hizo con él su tío Julio César. Su futuro heredero, Tiberio, era de hecho fruto del primer matrimonio de Livia Drusila, que se había divorciado de su primer marido estando embarazada (el marido, Tiberio Claudio Nerón, estuvo de acuerdo con la ruptura y incluso se dice que fue a la boda) para casarse con Augusto.

Tiberio fue así hijo de Tiberio Claudio Nerón hasta que las circunstancias obligaron al emperador a adoptarlo. Si bien nadie tenía claro que debía pasar tras la muerte de Augusto, que había accedido a la cabeza de Roma como supuesto salvador de la República; se daba por hecho que la familia próxima al Emperador heredaría el poder romano. Por supuesto, entre los candidatos recurrentes estaba Tiberio, Druso el Mayor (también hijo del primer matrimonio de Livia) y los nietos de Augusto, Cayo, Lucio y Agripa Póstumo. No obstante, al acercarse la muerte de Augusto la mayoría de los aspirantes habían muerto o bien habían caído en desgracia.

La familia ampliada de Augusto

Tiberio y Druso fueron preparados desde pequeños para tareas militares e iniciaron carreras públicas convencionales, es decir, con los distintos cargos que le correspondían por edad. Se les casó, además, con otros miembros de la familia de Augusto, de modo que Tiberio se emparejó con la hija de Agripa –el más fiel amigo del Emperador– y a Druso con una sobrina del princeps. Sin embargo, las necesidades políticas de Roma y la sorpresiva muerte de Agripa en el 12 a. C. obligaron a Augusto a cambiar de planes y aceleraron las carrera de sus hijos adoptivos.

El princeps necesitaba urgentemente a hombres de su confianza para hacerse cargo de aquellas tareas que hasta entonces había compartido con Agripa. A Tiberio se le forzó a divorciarse de su esposa, que le había dado ya un niño y estaba embarazado de una niña, para que se casara con la viuda de Agripa, Julia. El objetivo era cerrar aún más el círculo familiar y crear una suerte de dinastía.

En sus destinos militares, Tiberio y Druso tuvieron ocasión de aumentar su reputación y de ganarse el aprecio de las legiones. Como explica Adrian Goldsworthy en «Augusto, de revolucionario a emperador», «Tiberio tenía un carácter reservado y complejo, más sencillo de respetar que de querer, mientras que Druso era famoso por su encanto y afabilidad y no tardó en ser popular entre la gente». Augusto no ocultaba que prefería a Druso antes que a Tiberio, al que únicamente trataba con cordialidad.

Druso era enormemente ambicioso y en enero del 9 a.C se convirtió por primera vez en cónsul (un cargo de vital importancia en tiempos de la república), justo una semana antes de su 29 cumpleaños. Pero precisamente el mismo año que regresó desde Germania tuvo un accidente de caballo y de la herida resultante falleció a los pocos días. La sucesión se complicaba por primera vez.

En cuestión de cinco años Augusto había perdido a su amigo Agripa y a su hijastro Druso. En tanto, Augusto miraba cada vez con mejores ojos la opción de Tiberio para sucederle, solo por detrás de los dos nietos mayores del princeps, Cayo y Lucio, todavía en la niñez. Y Tiberio respondió, al menos entonces, dando un paso adelante y encabezando las ceremonias fúnebres de su popular hermano.

No le ayudó a ganar predominancia pública la mala relación que empezó a gestarse entre Tiberio y su esposa, es decir, entre el candidato a emperador y la hija de Augusto. Julia mostraba una actitud despectiva hacia los orígenes ordinarios de su marido, cuyo verdadero padre había sido uno de los perdedores de la guerra civil. Su estilo de vida ostentoso chocaba con la cacareada austeridad de su padre y amenazaba con perjudicar la popularidad de Tiberio que, no obstante, pasaba largos periodos de tiempo fuera de Roma. En el año 8 a.C viajó a reemplazar a Druso en la lucha contra las tribus germanas. Su éxito allí le permitió celebrar su primer triunfo en Roma ese mismo año, así como asumir el consulado de la ciudad. Julia no participó apenas en estas celebraciones.

En los siguientes años Tiberio ejerció de apagafuegos en el imperio y estuvo la mayor parte del tiempo ausente. El problema básico es que, si bien entonces parecía el sustituto perfecto del princeps, solo lo iba a ser hasta que Cayo y Lucio alcanzaran la edad adulta. En el mejor de los casos su papel sería algún día el de regente. Y tal vez previniendo la ingratitud que le aguardaba, Tiberio sorprendió a todos anunciando que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo.

Augusto le negó por completo esta posibilidad pero, tras una huelga de hambre de cuatro días, tuvo que resignarse. El emperador condenó la actitud de su yerno por huir de sus responsabilidades, e incluso fingió estar enfermo para retrasar el viaje, si bien le dejó marchar finalmente acompañado por un pequeño grupo de amigos.

El adulterio de Julia se convirtió en un asunto público cuando César Augusto lo llevó al Senado e hizo que un cuestor leyera una carta entre Julo y su distinguida amante.

A sus 57 años, Augusto se quedaba sin su principal asistente, su mano derecha y su más distinguido comandante en activo. La decisión de Tiberio fue vista por él como una traición personal que tenía pocas explicaciones lógicas. Goldsworthy recuerda en el mencionado libro algunas de las razones con las que se especuló en su tiempo para explicar la espantada de Tiberio: ¿estaba celoso de Cayo y Lucio?, ¿no soportaba ya más vivir con Julia? Lo más probable es que no compartiera los planes del Emperador sobre su futuro y que haber pasado ocho de los últimos diez años fuera de Roma le pesaran en el cuerpo. Sus tareas no le gustaban y prefería renunciar a todo antes que seguir un día más así. Si había obedecido era por responsabilidad. Mientras Tiberio partía a su particular exilio, Julia cavó su propia tumba a base de escándalos. En el año 2 a.C, el Princeps encontró evidencias de que su hija mantenía relaciones adúlteras con varias personas, incluidos personajes de orígenes oscuros. Los rumores más extremos afirmaron que Julia se prostituía en las calles y planeaba divorciarse de Tiberio para casarse con Julo Antonio, el hijo de Marco Antonio, viejo enemigo de Augusto. El adulterio de Julia se convirtió en un asunto público cuando César Augusto lo llevó al Senado e hizo que un cuestor leyera una carta entre Julo y su distinguida amante. La verguenza cayó sobre todos los implicados.

El princeps había usado siempre a su familia como ejemplo del adecuado comportamiento romano y no iba a permitir que su hija estropeara su discurso. Adelantándose a una más que probable sentencia de muerte, Julo Antonio se suicidó y varios amantes de Julia partieron al exilio. Julia, por su parte, fue condenada al exilio en una diminuta isla de Pandataria, donde le estaba prohibida la compañía masculina, los lujos y el vino. Tras cinco años, se le permitió trasladarse a una villa más cómoda cerca de Regio, pero el emperador nunca le perdonó por su actitud desenfrenada. Si la esposa del César debe ser honrada y parecerlo, su hija lo debe ser todavía más.

Tiberio seguía en Rodas cinco años después de su retiro, pero su melancolía ya se había pasado para entonces. En esas fechas ya había escrito a Augusto varias veces, sin respuesta, pidiendo indulgencia para su exmujer Julia (el exilio fue acompañado del divorcio) y que le permitieran regresar a Roma como ciudadano privado.

En Rodas asistía a conferencias y debates y era tratado con respeto gracias a que Livia había asegurado para él el rango indefinido de legado. No obstante, para que Augusto no le viera como una amenaza dejó de vestir como un militar y adiestrarse en montar a caballo y el manejo de las armas.

La muerte de los nietos recuperan a Tiberio

La situación de Tiberio continuó sin cambios hasta la muerte de los dos nietos del Princeps. Lucío César murió de una enfermedad contagiosa el 20 de agosto de 2 d. C. en Marsella de camino a un destino en Hispania, a donde se le enviaba para ganar experiencia militar. Al año siguiente, Cayo César acudió a sofocar una rebelión en Armenia y fue herido a traición cuando fue a negociar en persona con los rebeldes. En los siguientes meses la herida no mejoró y, dando muestra de un comportamiento errático, escribió a Augusto, su padre legal, para que también él pudiera retirarse de la vida pública. El 21 de febrero del siguiente año falleció.

Villa de Tiberio en Sperlonga, a mitad de camino entre Roma y Nápoles.

A sus 45 años, Tiberio regresó a Roma sin que le fuera reservado ningún papel público. Fue con el tiempo que Augusto trazó un nuevo plan de sucesión que explicaba por qué había autorizado su vuelta: primero Tiberio adoptaría a su sobrino Germánico (el hijo del fallecido Druso) y posteriormente Augusto adoptaría tanto a Tiberio como a Agripa Póstumo (el nieto maldito del princeps). No había precedentes de una adopción de un excónsul de 45 años adulto, y menos dentro de una adopción triple, pero a situaciones desesperadas se necesitan soluciones arriesgadas. Tiberio Julio César fue adoptado con ese nombre en una ceremonia en el Senado en la Augusto afirmó un enigmático: «Lo hago por el bien de la res publica».

El hijo del Princeps perdió su independencia y ganó un saco de trabajo duro e ingrato. En la siguiente década siguió activo militarmente, apagando fuegos

Tiberio demostró estar a la altura de esta nueva oportunidad y durante el resto de su vida actuó con respeto hacia Augusto. «No debes tomarte muy a pecho que todo el mundo diga perrerías de mí; debemos estar satisfechos si podemos evitar que nadie nos haga daño», recomendó en una ocasión Augusto a Tiberio, en una de sus muchas recomendaciones de padre a hijo. El hijo del princeps perdió su independencia con la adopción y ganó un saco de trabajo duro e ingrato. En la siguiente década siguió activo militarmente, apagando fuegos por todo el imperio. No en vano, la muerte de Germánico en 19 d. C. le dejó a él, con permiso del defenestrado Agripa Póstumo, como único heredero del imperio.

El princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. Tiberio –que se hallaba presente junto con Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).

Mientras terminaba la función para Augusto, un centurión de la Guardia pretoriana viajó a la isla donde permanecía apartado Agripa Póstumo con la misión de asesinarle. Le sorprendió sin armas y, «aunque se defendió con valor, hubo de ceder después de una obstinada lucha». Murió con 26 años. A su regreso a Roma, el centurión acudió con normalidad a informar a Tiberio como correspondía por ser su comandante, salvo porque éste negó enérgicamente que él hubiera dado la orden de matar a Agripa. Puede que dijera la verdad y que fuera una orden directamente dada por su madre o incluso por Augusto antes de morir. Eso daba igual. Ya solo estaba Tiberio, el emperador.

Julia murió de malnutrición, poco tiempo después que Augusto, en 14 d. C.

 

18 abril 2017 at 7:39 am Deja un comentario

Anglesey: cuando la legión romana XIV Gemina aplastó una secta renegada de druidas y brujas en Britania

En enero del año 43 d.C., esta unidad fue enviada a Gran Bretaña. Dos décadas después, logró acabar con uno de los mayores focos de enemigos de la región.

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Representación de una legión romana – El último centurión

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
4 de enero de 2017

«El griterío daba pavor. Decenas de mujeres vestidas completamente de negro saltaban locamente entre los guerreros, completamente hechas furia. Sus cabellos en completo desorden se agitaban en el aire al igual que lo hacían las antorchas encendidas que llevaban en sus manos. Cerca de ellas una banda de druidas, todos ellos vestidos de blanco, alzaban sus manos al cielo lanzando terribles imprecaciones». Así es como describió Tácito la llegada a Angresey (la llamada «Isla de los druidas») de la legión romana XIV Gemina en el año 60 d.C.

La jornada no pudo ser más aciaga para los militares, pues aquel día tuvieron que superar sus prejuicios y su carácter supersticioso para asestar el golpe definitivo a la que, en aquellos tiempos, era la mayor secta de druidas de Britania. Y lo cierto es que su miedo estaba en cierta forma justificado, pues de estos religiosos se decía que coqueataban con la magia negra y llevaban a cabo sacrificios humanos para contentar a sus dioses. Hoy, recordamos a esta legión aprovechando que, en enero del año 43 d.C. (tal mes como este) fue enviada a Gran Bretaña.

La «Isla de los druidas»

La llegada de las legiones romana a Britania en el siglo I d.C. de manos del emperador Claudio (Julio César ya lo había intentado un siglo antes y había fallado estrepitosamente) llevó a las diferentes tribus de la zona a organizar varios focos de resistencia. La mayoría, establecidos en la mitad norte de la isla. Sin embargo, los historiadores reconocen como uno de los enclaves celtas más destacados la isla de Anglesey (cerca de Liverpool).

«El pueblo céltico vivió en el norte de Francia y las Islas Británicas. Practicaba las artes ocultas y adoraba a la naturaleza»

Conocida como la «Isla de los druidas» (o Ynys Mon en dialecto local), este pedacito de tierra de apenas 715 kilómetros cuadrados se convirtió en un auténtico dolor de cabeza para los soldados de las legiones romanas. Y es que, en ella se asentaba un «colegio de druidas» cuyos miembros decían tener el poder necesario para proteger a todo el territorio de los invasores.

¿Quiénes eran los druidas? Oficialmente, los sacerdotes del pueblo celta. Pero extraoficialmente eran aquellos que canalizaban la religión como forma de aunar a las diferentes tribus contra las legiones romanas. «El pueblo céltico vivió en el norte de Francia y las Islas Británicas. Practicaba las artes ocultas y adoraba a la naturaleza, a la que atribuía cualidades animísticas o sobrenaturales», señalan John Ankerberg y John Weldon en su libro «Facts on Halloween». De esta opinión es también el historiador y arqueólogo Henri Hubert quien (en su obra «Los celtas y la civilización céltica») determina que los habitantes de las islas se mantenían unidos gracias a los druidas, a los que se daba gran importancia por saber interpretar los deseos de los dioses: «Eran una clase de sacerdotes expresamente encargados de la conservación de las tradiciones».

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Ilustración ficticia de un druida – Wikimedia

En su extensa obra, «Legiones de Roma. La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas», el historiador Stephen Dando-Collins es de la misma opinión ya que, en sus palabras, los romanos se percataron de que «los druidas eran un factor unificador de las diferentes tribus britanas». De hecho, los hijos de los nobles eran habitualmente educados por estos sacerdotes en su religión.

Muchos de ellos se convertían en druidas, mientras que el resto pasaban a dirigir políticamente la mayoría de los pueblos de la región. «Así, todas las tribus apelaban a los mismos dioses celtas para que les dieran poder para derrotar a sus enemigos», añade el experto en su obra.

En base a todo ello, no es raro que -en cuanto pisó BritaniaAugusto prohibiera a los romanos que profesaran esa religión y, posteriormente, Claudio la ilegalizara en su totalidad. Con esos precedentes, los romanos entendieron que debían conquistar la isla para acabar de un único golpe con el foco de resistencia. «Pretendían acabar con esa secta ilegal apagando así el fuego druídico de la resistencia británica», completa Dando-Collins. Sin embargo, para el ataque se necesitaba un oficial aguerrido capaz de tomar con sus legiones una región que, a priori, parecía inexpugnable.

El elegido

Para el ataque, Roma eligió al que había sido gobernador de Britania durante dos años, Cayo Suetonio Paulino. El primer general romano que, según explica el historiador Plinio en su obra «Descripción de África y Asia», cruzó la cordillera del Atlas durante su estancia como general en África: «Suetonius Paulinus […] fue el primer general romano que avanzó una distancia de algunas millas más allá del Monte Atlas: él habla como cualquier otra de la altura de esta montaña, pero añadió que el camino está lleno de espesos bosques y profundos formados de una especie de árboles desconocidos: la altura de estos árboles es notable, y el tronco sin nudos es brillante y el follaje es similar al ciprés, que emana un olor fuerte, y está cubierto como con lana sutil, que con arte, se pueden hacer tejidos como con la seda. La cumbre de la montaña está cubierta, incluso en verano, de nieve espesa».

Además, Suetonio no solo ofreció una información clave para la geografía romana como la ruta idónea para cruzar el Atlas o la situación de los accidentes geográficos de la zona, sino que también combatió en África como un auténtico héroe. No en vano, en el año 42 había demostrado sus habilidades marciales expulsando a una molesta tribu rebelde de Mauritania y optaba a recibir el título de «mejor soldado del imperio». Era, en definitiva, un «trabajador y sensato oficial», como determina el también historia Tácito.

suetonio

Estatua de Suetonio – Wikimedia

Para tomar la isla, Suetonio eligió a los hombres de la XIV Legión, llamada Gémina, fundada por Julio César, y famosa por haber participado en todo tipo de campañas como la de Dirraqui y Tapsos. De hecho, tras combatir en Britania sería conocida como una de las unidades más experimentadas de todo el ejército romano.

Pero sus hombres no estarían solos ante los britanos, pues contarían además con el apoyo de varias unidades de caballería e infantería ligera bátavas. Hombres junto a los que llevaban llegando al baile de los aceros durante décadas y en los que tenían total confianza. Todo estaba listo para el enfrentamiento definitivo entre la secta de druidas y los legionarios.

Los enemigos

Pero… ¿Quiénes eran realmente sus enemigos? En palabras de Tácito, la isla estaba habitado por una secta de druidas renegados entre los que había mujeres. El historiador latino habla de hembras despeinadas, que vestían ropajes fúnebres dedicados al luto, y que solían llevar consigo antorchas. Todas ellas, acompañadas de druidas y de miles de guerreros celtas.

El contemporáneo afirma también que este grupo de enemigos era dirigido por una sacerdotisa llamada Veleda. «La sacerdotisa vidente era una virgen que dominaba un vasto territorio y que era objeto de una profunda veneración. […] Su función en el oráculo era [sumamente] importante por su influencia», explica Stefano Mayorca en «Los misterios de los celtas». Tácito dice lo siguiente de ella: «Estaba prohibido acercarse a Veleda o dirigirse a ella, como queriendo manifestar la veneración que se le debía».

Hacia la batalla

Suetonio salió de Camulodunum (actual Colchester) en al año 60 d.C. Tras reunir a sus hombres en la frontera con Gales, se dirigió al noroeste de la región. Como romanos que eran, no tardaron en buscar una solución para poder vadear rápidamente los ríos que encontraran a su paso. Así lo explica el autor de «Legiones de Roma»: «Durante el invierno, los hombres de la legión XIV Gemina se habían preparado para el ataque construyendo unas pequeñas barcas desmontables de fondo plano para poder operar en el río y en la costa. Dichas barcas fueron transportadas en la columna de bagaje de la fuerza especial y descargadas en cada uno de los ríos que se encontraban a través del norte de Gales».

«Durante el invierno, los hombres de la legión XIV Gemina se habían preparado para el ataque construyendo unas pequeñas barcas desmontables»

Tras atravesar el río Dee, el Clwyd y el Conway, se encontraron con su último escollo: el Estrecho de Manai. Una corriente de agua a la que arribaron en verano y que tenían que superar para llegar hasta los dominios de los britanos. Los primeros en cruzarla fueron los infantes. Los legionarios romanos. Y lo hicieron en las barcazas de fondo plano que ya habían sido montadas y desmontadas en una infinidad de ocasiones. Posteriormente le tocó el turno a los jinetes bátavos, a los cuales se les ordenó mojarse y pasar el líquido elemento «a nado con sus caballos».

Por su parte, los defensores esperaron al enemigo en las costas. «Una masa de guerreros galeses, probablemente de las tribus de los deceanglos, los ordovices y los siluros, formó en la orilla sureste de la isla en una “formación apretada” y esperaron el desembarco de las tropas romanas», explica Stephen Dando-Collins. Todo estaba listo para enfrentarse a pilum y scutum contra los enemigos.

Con los ejércitos formados en las playas y las armas preparadas para cargar contra el enemigo, los legionarios fueron recibidos por unos curiosos personajes ataviados con túnicas. En palabras de Mayorca, los primeros en plantar cara a los invasores fueron «un grupo de druidas que gritaban fórmulas y conjuros mientras elevaban sus manos hacia el cielo».

Tácito va más allá y señala que todo era parte de un extraño «ritual mágico» llevado a cabo por mujeres y que estaba destinado a maldecir a sus contrarios. «Mientras los legionarios y los auxiliares salían con dificultades de los botes, un grupo de mujeres histéricas aparecieron como un rayo por detrás de las filas celtas. Vestidas de negro, con los cabellos desaliñados, las mujeres agitaban tizones ardiendo en las manos y chillaban como animales», determina, en este caso, Dando-Collins.

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Soldados romanos asesinan druidas – Wikimedia

Ver aquel improvisado aquelarre dejó más que boquiabiertos a los legionarios romanos de la XIV Gemina. Parece que a estos de nada les sirvió su amplio entrenamiento militar pues, sintiendo pánico a aquellas maldiciones llegadas del inframundo, se quedaron petrificados y no atendieron ni a levantar sus escudos para defenderse. La situación llegó a ser tan desesperante para los invasores que Suetonio, a voz en grito, recordó a sus supersticiosos hombres que aquellas no eran más que falacias lanzadas desde gargantas de tribus sin cultura alguna. Después, encabezó la carga contra los enemigos. Algo que enardeció los corazones de sus combatientes.

El resultado fue el esperado, una masacre. «Fue necesario que el propio Paulino asumiese el liderazgo e incitase a sus hombres a actuar preguntándoles si tenían miedo de las mujeres. Sin esperar a que se les uniera la caballería, los legionarios cargaron, exterminando tanto a guerreros como a brujas. Al poco, había pilas de cadáveres celtas quemándose entre las llamas de las piras funerarias encendidas con los propios tizones de las mujeres», determina Dando-Collins.

Acto seguido, y con los contrarios aplastados, las legiones se expandieron por la isla dispuestos a acabar con todos los druidas. Unos hombres que, según las leyendas, solían llevar a cabo sacrificios humanos.

¿Verdad o mentira?

Son muchos los expertos que, en base a los textos de Tácito, creen que los legionarios romanos tuvieron que sobreponerse a los maleficios que les lanzaban aquellas brujas antes de cargar contra ellas. Sin embargo, hay otros como el historiador español Pedro Palao Pons que afirman que este episodio fue exagerado por los militares de la época.

«En honor a la verdad, lo que cuenta Tácito posiblemente ocurrió más en la mente del historiador que ante sus ojos, ya que cuando aconteció la batalla del estrecho de Menai nuestro querido historiador romano, ni era historiador, ni estaba en Britania, puesto que solo era un niño», explica el autor en su obra «El libro de los celtas».

A su vez, Palao explica en este libro que, muy probablemente, Tácito se dejó impresionar por algún legionario exagerado que quería demostrar lo valiente que había sido en aquella isla. Aun con todo, el historiador sí corrobora que los druidas solían bendecir a los guerreros con salmos, canciones y danzas frenéticas para imbuirles ánimos en las batallas.

 

4 enero 2017 at 10:56 am Deja un comentario

Una familia de Sevilla negocia pagar sus impuestos con un busto romano

  • La pieza podría salir de España si la Junta y los dueños no se ponen de acuerdo sobre su valor
  • La obra, bien conservada y de gran valor artístico, está depositada ahora en el Museo Arqueológico de la ciudad

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Busto del emperador Octavio Augusto, hallado en 1955 en Lora del Río – ABC

Fuente: M. J. PEREIRA  |  ABC de Sevilla
25 de octubre de 2016

La Consejería de Hacienda de la Junta de Andalucía negocia cobrarse el impuesto de sucesiones que tiene que abonar una familia sevillana con un busto romano de valor excepcional hallado en 1955 en Lora del Río y hoy en depósito en el Museo Arqueológico de Sevilla, según ha podido saber ABC. El expediente de dación en pago está abierto desde hace varios años pero ha encallado con la tasación que se hace de la pieza de arte y sobre la que no hay consenso con la familia propietaria. Fuentes consultadas por ABC señalan que si finamente la Junta de Andalucía y los dueños del busto no llegan a un acuerdo, la obra de arte podría salir de España si finalmente se vende a un museo o coleccionista extranjero.

En las negociaciones para la dación en pago del impuesto de sucesiones han participado la consejerías de Cultura y Hacienda de la Junta de Andalucía. La parte más interesada en quedarse con la pieza artística es la Consejería de Cultura, cuya titular es Rosa Aguilar, ya que supondría reforzar su colección en el Museo Arqueológico de Sevilla, que aglutina la mejor colección de escultura romana de España.

Situación delicada

La falta de acuerdo sobre la tasación de la obra de arte ha paralizado un expediente que podría estar resuelto hace años. Las cosas de palacio van despacio, pero tanto que en esta ocasión «la situación es delicada porque estamos hablando de una pieza de gran valor que podría acabar siendo vendida en el extranjero si la Junta de Andalucía no llega a un acuerdo sobre su valor», según ha podido saber ABC.

A la Consejería de Hacienda, cuya titular es María Jesús Montero, se le ha hecho llegar la importancia de que la Junta de Andalucía sea propietaria de esa pieza, «pero parece inasequible a cualquier sensibilidad patrimonial», añaden las mismas fuentes. Este medio intentó ayer sin éxito que la Consejería de Hacienda se pronunciara sobre las negociaciones para quedarse con el busto romano, pero la contestación oficial ha sido que «no hay información».

Al tratarse de un Bien de Interés Cultural, la Ley de Patrimonio de Andalucía concede al Gobierno autonómico los derechos de tanteo y retracto en caso de que existe otro posible comprador. Por tanto, la Junta tiene la última palabra.

En 2011, el Consejo de Gobierno de la Junta acordó inscribir en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural (BIC) el busto del emperador Augusto localizado en el Cortijo Ossorio, en Lora del Río. La obra es una pieza excepcional en España tanto por su calidad artística como por tratarse del único retrato del emperador datado en la antigua Hispania durante su mandato (27 a.C.-14 d.C.).

El busto fue descubierto en 1955 cuando se desarrollaban labores agrícolas en una zona muy rica en restos arqueológicos donde, según las fuentes documentales, se asentó la población romana de Flauium de Axati. La escultura es de mármol blanco «de grano fino y cristalino, de 27 centímetros de altura y 25,2 de anchura, carece de policromías y su tamaño supera ligeramente a la escala natural. La base del cuello indica que formó parte de una estatua de cuerpo entero en la que el emperador podría manifestarse como máxima autoridad militar o magistrado .

El retrato destaca por la fuerte expresión del rostro y la mirada profunda, que transmiten las cualidades de dignidad, majestuosidad, firmeza, solemnidad y clemencia, inherentes al título de augusto. El esculpido del pelo es realista y laborioso, aunque la parte trasera de la cabeza está simplemente esbozada, debido a la probable colocación de la escultura dentro de una hornacina.

Especial significación

El busto de Lora del Río, que ha sido comparado con el de los Museos Capitolinos de Roma, presenta una especial significación vinculada a los inicios del proceso de difusión del poder imperial. Es uno de los tres descubiertos hasta la fecha en la Bética romana. Los más cercanos al de Lora del Río proceden del yacimiento sevillano de Itálica, aunque se adscriben a momentos posteriores (uno de época de Tiberio y otro de Tiberio-Claudio).

Una escultura de «valor excepcional»

El valor del busto de Octavio Augusto hallado en 1955 en el cortijo Ossorio de Lora del Río (Sevilla) y declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por la Junta de Andalucía es «excepcional» en cuanto a su calidad artística y conservación, a decir de los expertos consultados por ABC. Estamos hablando de una pieza única en el mundo, hecha durante el mandato del emperador romano Octavio Augusto (27 a.C.-14-d. C.) con «mármol lunense», un tipo de mármol extraído de las canteras de Carrara (Italia). La obra es propiedad de los herederos del dueño de la finca donde fue hallada. Este busto es uno de los tres hallados en la Bética romana y de los cinco de la antigua Hispania (los otros dos se localizan en Mérida y Zaragoza)

 

26 octubre 2016 at 12:03 pm 1 comentario

Viaje a los secretos eróticos de la antigua Roma

Una obra de la historiadora Mary Beard, reciente premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, y un documental de la televisión pública italiana abordan los amores y las pasiones de hace dos milenios

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Los frescos de Pompeya demuestran la importancia del sexo en la época – ABC

Fuente: ÁNGEL GÓMEZ FUENTES  |  ABC
19 de junio de 2016

«El amor triunfa sobre todo», escribió el poeta romano Virgilio. Pero, ¿cómo era el amor, el sexo y las pasiones en la antigua Roma? Hace unos días, un convenio en Roma sobre las Termas de Trajano, que el emperador de origen hispano inauguró en el 109 d. C., se exponían los últimos descubrimientos arqueológicos de las excavaciones en el Colle Oppio, a dos pasos del Coliseo de Roma. Casualmente, al mismo tiempo la RAI3 (Radiotelevisión pública italiana) emitía en horario de máxima audiencia un programa de dos horas, titulado «Roma: Amor, pasión en la antigua Roma», dedicado a ese mundo poco conocido de las costumbres sexuales de los romanos.

También en estos días un libro dedicado a esa época se sitúa entre los más vendidos: «SPQR: una historia de la antigua Roma», de la historiadora inglesa Mary Beard, especialista en la antigüedad clásica, reciente premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Y es que, como subraya Beard, suscita enorme interés el «comprender cómo un minúsculo e insignificante pueblo de la Italia central logró convertirse en una potencia que dominó un inmenso territorio que se extendía en tres continentes». De forma especial, ese interés y curiosidad se centra en el mundo de los amores y las pasiones de hace dos mil años. El viaje televisivo de la RAI en la historia de esa época lo ha realizado Alberto Angela, paleontólogo y famoso divulgador científico, un viaje nada sencillo, para hacer comprender, con elegancia y sin vulgaridad, no solo el sexo, sino la cultura y los esquemas de una sociedad de hace veinte siglos que dominó el mundo.

Beso para descubrir el adulterio

Comienza Alberto Angela preguntándose cómo se besaban hace dos mil años. Por las calles de la antigua Roma una pareja no se besaba, pero los romanos tenían una curiosa costumbre. Por ley, el marido tenía el «derecho al beso» (ius osculi): Una mujer estaba obligada por ley a besar cada día al marido en la boca. Era una vieja costumbre que tenía como objetivo controlar si la mujer había bebido. Se seguía así una antigua ley, que prohibía a las mujeres beber vino, porque se suponía que cuando una mujer bebía podía perder el control y cometer más fácilmente adulterio, por el efecto de desinhibición que causa el alcohol.

Bisexualidad

Obviamente, el machismo imperaba en la antigua Roma y se manifestaba de forma evidente en las costumbres. El hombre romano era bisexual y la moral de la época empujaba a educar a los hijos en esa dirección: El hombre tenía que ser un dominador e imponer su superioridad en cualquier actividad, tanto en la sociedad, como en la política, en la guerra y, por supuesto, en la familia. En la casa, el romano era el patrón absoluto, un «macho». Y se le educaba en la bisexualidad porque su dominio debía ir más allá de la mujer: tenía que dominar a todos, para demostrar su superioridad, según explica la profesora de Derecho romano e historiadora Eva Cantarella.

Por eso, los romanos llegaban a sodomizar a los enemigos que derrotaban, incluso a los esclavos de su casa. Debían ser siempre activos, no pasivos: «En Roma, la insinuación de que un hombre hubiera sido penetrado por otro hombre, podía ser suficiente para arruinar su carrera política», subraya la historiadora Mary Beard. En definitiva, la educación bisexual no era con un enfoque de placer, sino de poder, por motivos culturales y políticos. Esto era en líneas generales, pero cabe señalar que también había romanos que no deseaban tener relaciones homosexuales.

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En la sociedad romana, muy machista y jerarquizada, los jóvenes no debían llegar vírgenes al matrimonio. Incluso estaba mal visto si se casaban sin experiencias sexuales. El discurso era diverso en las mujeres. Para las chicas, sobre todo en familias ricas, era impensable mantener relaciones sexuales antes del matrimonio. Había en ello un motivo práctico, además del valor social: se pretendía evitar el riesgo de que llegara al matrimonio embarazada, con el peligro para el hombre de criar un hijo no propio.

Matrimonio de conveniencia

Hablando de matrimonio, lo primero que sorprende es la absoluta falta de amor entre los esposos. Salvo excepciones, los romanos no se casaban por amor, sino para procrear y dar así continuidad a la sociedad y al Estado, ayudando en la formación de una Roma grande. «En Roma, como en todas las demás civilizaciones del pasado, el objetivo esencial del matrimonio era la procreación de hijos legítimos», afirma Mary Beard en «S.P.Q.R». El matrimonio servía también al grupo familiar, para crear alianzas y aumentar el poder económico, social y político. No era así siempre, porque el amor podía ser grande y auténtico en algunos matrimonios. Por ejemplo, cabe recordar el de Livia Drusilla Claudia, la tercera mujer de Augusto, probablemente su único verdadero amor.

Pero, cuando se trataba de matrimonios por interés, las relaciones entre marido y mujer carecían de intimidad y de impulso erótico. Eran relaciones casi al límite de lo burocrático, en las que se podía llegar al divorcio con gran facilidad. Los romanos partían de la idea de que, inevitablemente, se podían producir traiciones y adulterios. El hombre lo podía hacer a la luz del sol, mientras la mujer tenía que evitar ser descubierta. En una sociedad fuertemente machista, las leyes condenaban el adulterio femenino, pero en la práctica todos sabían que el fenómeno de los adulterios femeninos era una realidad. Los romanos vivían el amor y el sexo como un regalo de los dioses que había que saborear al máximo.

Las pasiones, fuera del matrimonio

Para las pulsiones del sexo, el marido utilizaba las esclavas, las amantes, las concubinas y las prostitutas. Para la esposa se reservaba el papel de tener hijos, una situación que describe con claridad la profesora Carla Fayer, experta de derecho de familia de la antigua Roma: «La esposa no debía conocer las alegrías del sexo y del amor; a ella se le reservaba solamente la tarea de la reproducción».

Todo esto no quiere decir que no se produjeran pasiones y locuras de amor por un hombre o por una mujer. Ecos de esas pasiones se pueden observar en algunas inscripciones antiguas. En Pompeya se encuentra la frase de un enamorado describiendo así el éxtasis que puede dar el amor: «Los amantes, como las abejas, saborean una vida dulce como la miel».

Seducción

«Vino, sexo y termas arruinan nuestros cuerpos, pero son la sal de la vida», era la picante inscripción de la lápida sepulcral dedicada al liberto Tiberius Caludius, en el siglo I a. C. Las termas eran sinónimo e la cultura romana. Las pasiones y amores se desataban también entre los vapores de las termas, que por su grandiosidad constituían un verdadero complejo dedicado al bienestar físico y un lugar para la seducción, donde se intentaba entablar relaciones amorosas. Todos iban a las termas, salvo los más pobres. En cierta forma, todos se ponían al mismo nivel, porque se bañaban desnudos o casi.

Las termas eran beneficiosas para la salud y las recomendaban los médicos, pero al mismo tiempo «existía la fuerte sospecha de que fueran corruptoras de las costumbres: la desnudez, el lujo y el placer del calor, el gusto lúdico de los vapores eran a los ojos de muchos una combinación peligrosa», ha explicado Mary Beard. Las termas tenían también notable influencia para que se cultivara la apariencia física y se practicara la cirugía estética. Ya la practicaron los egipcios, por sus profundos conocimientos de anatomía debidos a los embalsamamientos. Y los romanos también intervenían para eliminar los excesos de grasa del cuerpo, incluso para corregir el bocio, el labio leporino o reconstruir mutilaciones en la cara sufridas por legionarios o gladiadores.

Manuales de amor

Aunque es poco conocido, entre los romanos circulaban verdaderos «manuales para hacer el amor» y, en un clima de gran naturalidad y libertad, utilizaban diversos medios, incluidos juguetes sexuales, para alcanzar el placer, como el uso de los espejos colocados en la habitación para poder verse mientras hacían el amor. Sorprende que, en este ambiente de libertad, las romanas, por sentido del pudor, solían evitar mostrarse completamente desnudas ante el marido, «regla» que no valía para las esclavas o las prostitutas, que se reconocían al vuelo, porque estaban obligadas por ley a llevar la toga, vestidura talar típicamente masculina.

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Las prostitutas debían llevar toga – ABC

Una cosa sorprendente del mundo romano era la exigencia o necesidad de hacer conocer a todos las propias capacidades sexuales, algo que se percibe claramente en los grafiti de Pompeya y en algunas frases escritas en los prostíbulos de la antigua ciudad romana destruida por el Vesubio en el 79 d.C. El romano consideraba la virilidad como la máxima virtud. La historiadora Eva Cantarella, en su ensayo «Dame mil besos. Verdaderos hombres y verdaderas mujeres en la antigua Roma» explica con detalle que los romanos eran educados para someter y ser dominadores, en la política, en el amor y en el sexo.

Añade Cantarella que la otra cara de la sexualidad romana es el mostrar orgullo y vanagloriarse de la propia virilidad incluso en los aspectos más concretos y materiales: de ahí los grafitis, inscripciones en gimnasios y tabernas, muros en los que la crudeza raya a menudo con la obscenidad. «El poder, el estado social y la buena fortuna se expresaban en términos fálicos», ha indicado la historiadora Mary Beard. Por lo que se refiere a las mujeres, Eva Cantarella subraya que algunas se adaptan; otras son modelo de virtud femenina, como Lucrezia, símbolo de la fidelidad conyugal; y otras se rebelan, como la poetisa Sulpicia.

Afrodisíacos

Aumentar las capacidades sexuales, sueño durante milenios de tantas generaciones, también era una práctica utilizada por los romanos, mediante los afrodisíacos. Consideraban que ciertos alimentos tenían propiedades afrodisíacas, sobre todo los que tenían forma de órgano sexual, porque era una señal dejada por los dioses: ostras, huevos, espárragos… La lista de los afrodisíacos para los romanos es muy larga: ajo, menta, miel, ortiga, pimienta, piñones, recula, langosta, ostras, moluscos…

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La sexualidad romana era distinta de la nuestra. Aunque Alberto Angela, que ha plasmado los datos del documental de la RAI en su libro «Amor y sexo en la antigua Roma», concluye su largo viaje por las costumbres de la ciudad eterna señalando que ninguna otra civilización o cultura se ha aproximado tanto a la nuestra, por lo que se refiere a la vida cotidiana, al amor y al sexo, aunque lo hacían de otra forma. Pertenecían a un mundo antiguo con otras características: esclavitud, pedofilia, derecho de castigar a la mujer que traicionaba, posibilidad de ser polígamos, bisexualidad para los hombres.

«Es innegable que se asemejaban por muchas cosas, eran también muy diversos por otras. Un hombre romano no se habría adaptado a nuestro mundo, lo habría encontrado lleno de prohibiciones: prohibido tener relaciones con una menor, obligación de respetar a la mujer, obligación de monogamia, la pedofilia es un delito, no existen esclavas. Habría encontrado categorías desconocidas (homo, hetero, bi), porque para el romano solo existía la sexualidad, y punto. Eran similares a nosotros, pero tenían otra moral», concluye Alberto Angela.

 

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19 junio 2016 at 8:31 pm Deja un comentario

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