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Barcelona-Roma, la televisión iraní censura la loba capitolina

Mientras se jugaba el partido de ida de los cuartos de final de la Liga de Campeones, el tercer canal estatal tomó la decisión de cubrir parte del símbolo de la Ciudad Eterna

Fuente: Repubblica
5 de abril de 2018

Quizás querían devolver el favor, después de que el Estado italiano decidiera hace dos años cubrir las estatuas desnudas de los Museos Capitolinos con motivo de la visita del presidente iraní Hassan Rohani. O quizás pensaron que la visión era demasiado atrevida. Anoche, mientras la Roma se esforzaba y sufría una contundente derrota en el Camp Nou contra el Barcelona en la ida de los cuartos de final de la Liga de Campeones, el tercer canal por satélite de la televisión iraní tomó una decisión singular: censurar las ubres de la loba capitolina, estampada en el escudo de la Roma. Lo ha dado a conocer la BBC.

Una decisión que no pasó desapercibida para los espectadores de Iran Tv que estaban siguiendo el partido en directo. Y que de inmediato comentaron en las redes sociales, a medio camino entre el asombro y la hilaridad. Evidentemente los productores del programa pensaron que la visión de la loba podía afectar a la sensibilidad de los espectadores. Un desenfoque que cubrió parcialmente también los rostros de Rómulo y Remo, los fundadores de la Ciudad Eterna, que según la leyenda fueron amamantados por el animal.

“En 3000 años, Rómulo y Remo únicamente habían sido privados de la leche materna. Pero la televisión iraní incluso les ha arrebatado la leche de la loba”, comentó en su canal de Telegram Mehdi Rostampour, periodista que trabaja en Dinamarca pero que nació en Irán.

 

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5 abril 2018 at 11:35 pm Deja un comentario

La auténtica historia de Espartaco: el temido gladiador que humilló a las legiones de Roma

Lejos de lo representado en la película de Kubrick, el esclavo tracio no fue crucificado como la mayoría de su ejército, sino que murió en una batalla con el severo Craso

Estatua de Espartaco en el Museo del Louvre

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
27 de marzo de 2018

«Yo soy Espartaco». «No, yo soy Espartaco». «Mi mujer y yo también somos Espartaco…». La Semana Santa no sería la misma sin películas con temática bíblica o, al menos, con romanos poblando la televisión estos días. «Espartaco» (1960), la virulenta producción que desquició por igual a Stanley Kubrick y a Kirk Douglas, es una esas cintas imprescindibles en estas fechas. Importa poco que la fidelidad histórica brille por su ausencia y que, en definitiva, sea incapaz de responder a la pregunta de ¿quién era Espartaco?

Porque poco se sabe realmente de los orígenes de Espartaco más allá del mito. Según los autores clásicos fue un antiguo soldado nacido en Tracia, en la actual Bulgaria, que sirvió como auxiliar a los ejércitos de Roma, razón por la cual conocía bien las tácticas militares de la gran potencia de su tiempo. La leyenda asegura que tras ser apresado por desertor trabajó de forma forzosa en unas canteras de yeso y, gracias a sus habilidades bélicas, fue comprado por un mercader para la escuela de gladiadores de Capua de Léntulo Batiato.

La revuelta de esclavos más célebre

Si bien también había muchos hombres libres en busca de fortuna, las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían, sobre todo, con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. A cambio, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud y podían optar a comprar su libertad en pocos años.

Relieve que muestra a un esclavo en una provincia romana de Asia

Los gladiadores eran una clase privilegiada entre los agraviados esclavos, una masa que llegó a suponer más del 20% de la población de toda Roma y estaba expuesta a toda suerte de humillaciones y agresiones por parte de sus dueños. Para empezar porque los gadiadores, a diferencia de un esclavo doméstico, tenían acceso a armas a diario. En el verano del año 73 a.C, un grupo de ochenta gladiadores, encabezados por Espartaco, escapó de la escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas del Vesubio, desde donde levantó a miles de esclavos en favor de su causa.

Entre ellos había tracios, celtas, germanos y esclavos de todos los rincones de la República. Apenas tenían armas, pero su fe estaba puesta en la minoría selecta que representaban los gladiadores, con Espartaco y dos celtas, Criso y Enómao, formando un precario grupo de mando.

Espartaco se reveló pronto como un astuto militar que transformó la maraña de hombres y mujeres de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares y, con el tiempo, cualificado incluso para crear talleres propios para equipar a sus fuerzas. No en vano, las mejores tropas de la República romana no se encontraban en la Península Itálica. Los pretores Glodio Glabro y Varinio se vieron sorprendidos al frente de tropas bisoñas, en las laderas del volcánico Vesubio, por un ejército que se alimentaba, no de los esclavos de las grandes ciudades, sino de fugitivos, campesinos, desertores y toda clase de personajes rurales.

Dada la gravedad de la situación, los cónsules en ese momento, Lucio Gelio y Cneo Léntulo, se hicieron cargo en persona de las operaciones. Lucio Gelio se dirigió al sur y derrotó al celta Criso y a sus 20.000 seguidores junto al monte Gargano, en Apulia. Con Clodiano combatiendo a Espartaco en el norte, Gelio reanudó la marcha para apoyar a su compañero de consulado y poner así fin a la revuelta. No obstante, Clodiano cayó derrotado y Espartaco atacó a Gelio. Ni siquiera cuando los dos cónsules unieron sus fuerzas pudieron derrotar al tracio.

Medidas radicales ante la crisis

Alarmado por una de las mayores crisis en su historia, el Senado de Roma encargó a Marco Licinio Craso, uno de los hombres más influyentes y adinerados de la ciudad, que hiciera él frente a la amenaza con su talento militar y, sobre todo, su dinero. Ejerciendo como pretor, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo del decimatio a las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de sus predecesores. Este brutal castigo consistía en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros.

Además, cambió la ración de trigo por cebada al 90% de las tropas restantes y las obligó a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de que un grupo de esclavos se hubiera sublevado en el corazón de la península itálica.

Espartaco y su ejército entraron en contacto con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia

Al frente de ocho legiones, el pretor sufrió algunos reveses iniciales ante imbatido Espartaco, pero no tardó en ganar terreno a los esclavos y en sacar partido a sus luchas intestinas. Craso derrotó a otro grupo que se había escindido entonces del principal ejército y levantó una inmensa línea de fortificaciones, de unos 65 kilómetros, con el objetivo de encerrar a los esclavos en la punta más extrema de Italia.

Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), Espartaco y su ejército, viéndose acorralado, entraron en contacto en el mar Tirreno con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia con el fin de hacer de la isla un bastión rebelde inexpugnable. Sin embargo, los romanos se percataron de la intención de Espartaco, por lo que sobornaron a los piratas para que traicionaran al esclavo tracio.

El castigo a los esclavos sirvió de mensaje para futuros rebeldes.

En una ocurrencia desesperada, el caudillo rebelde recurrió a una táctica utilizada contra los romanos por el cartaginés Aníbal, otro de los emblemáticos villanos de la historia de Roma. Durante una noche tormentosa, reunió a todas las cabezas de ganado que pudo, colocó antorchas en sus cuernos y las arrojó hacia la zona más vulnerable de las fortificaciones. Los romanos se concentraron en el punto a donde se dirigían las antorchas, pero pronto descubrieron, para su sorpresa, que no eran hombres, sino reses. Los rebeldes aprovecharon la distracción para cruzar la valla por otro sector sin ser molestados.

Un castigo salvaje

Pese a su astuta maniobra, Espartaco se vio obligado a enfrentarse finalmente a las legiones de Craso en terreno abierto. En el comienzo de la acción, en el año 71 a.C, el antiguo gladiador cortó el cuello a su propio caballo, supuestamente capturado a uno de los comandantes romanos antes derrotados, para demostrar que no estaba dispuesto a huir y pelearía con sus hombres hasta el final. Y así fue. Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso, después de dar muerte a dos centuriones que le salieron a su paso. La mayoría de los rebeldes pereció en la batalla y de los que se rindieron, 6.000 prisioneros adultos, todos fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua, como advertencia a otros esclavos dispuestos a atacar a sus amos.

Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso

Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión y no el deseado triunfo (una entrada solemne en Roma) que tanto deseaba. El Senado le negó este reconocimiento para evitar que Espartaco se convirtiera en un mártir; en tanto, Cneo Pompeyo, que había participado también en la fase final de la campaña, incluyó la victoria en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania. De esta forma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión, al derrotar a un par de miles de esclavos cuando ya encontraban huyendo. «Craso había derrotado a los esclavos fugados en una batalla, pero él, Pompeyo, había destrozado las raíces de la guerra», alardeó con más propaganda que verdad el verdugo favorito del dictador Sila. La herida abierta entre ambos protagonizó el escenario político de los siguientes años.

 

27 marzo 2018 at 2:12 pm Deja un comentario

Pompeyo Magno, historia de un fracaso

Miembro de una rica familia de provincias, Pompeyo se ganó muy pronto el apodo de “el Grande” por sus triunfos militares. Pero su enfrentamiento con César, su antiguo aliado, acabó causando su perdición

El rostro de Pompeyo Magno.
Cneo Pompeyo nació en 106 a. C., hijo de Cneo Pompeyo Estrabón, un rico terrateniente y senador de la región del Piceno, en el norte de Italia. Los retratos del general romano –de clara influencia helenística– lo muestran con aspecto afable y digno. Busto del Museo Arqueológico de Venecia.

Foto: Bpk / Scala, Firenze

Fuente: Carles Buenacasa  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
6 de marzo de 2018

En el año 61 a.C., se celebró en Roma una de las procesiones triunfales más fastuosas de su historia. Su protagonista era un general que entonces tenía 47 años, de atractiva presencia, porte majestuoso y –según parecía entonces– tocado por la fortuna. Aquél era ya su tercer triunfo, con el que parecía coronarse una carrera que justificaba el apodo de Magno, el Grande, que el pueblo le había otorgado años antes. El historiador Plutarco escribiría más tarde: “Otros antes que él habían triunfado ya tres veces. Sin embargo, él había obtenido su primer triunfo por su victoria en África, el segundo por su éxito en Europa y el último por dominar Asia, y todo ello hacía parecer que sus triunfos eran señal de que el mundo entero se había rendido a su poder”.

La historia de Pompeyo el Grande fue la del ascenso de un hombre nuevo hasta la cúspide del poder en Roma. Su familia no figuraba entre los linajes más antiguos y aristocráticos de la Urbe, sino que constituía un ejemplo de linaje recientemente promocionado al orden senatorial en premio a sus servicios militares. Los Pompeyo eran originarios de la región del Piceno, en la Italia adriática. De hecho, los romanos de pura cepa les reprochaban sus ancestros galos, y su cabello rubio, una rareza en la Roma de aquellos tiempos, era visto con desconfianza.

Guerra en Hispania

Cuando Cneo Pompeyo Magno hizo su entrada en la arena política romana, la ciudad acababa de salir de uno de los mayores conflictos de su historia: la guerra civil librada entre 88 y 81 a.C. entre los partidarios de Cayo Mario, los “populares”, de tendencias políticas populistas, y los de Lucio Cornelio Sila, los “optimates”, conservadores y partidarios del poder del Senado. Estos últimos salieron vencedores y gobernaban Roma desde la muerte de su líder en 78 a.C.

Casi todos los miembros de la familia Pompeyo fueron partidarios y colaboradores de Sila, especialmente su padre, Cneo Pompeyo Estrabón, un militar que se había ganado fama de carnicero y malversador durante la guerra social (una revuelta de los aliados itálicos de Roma, que querían recuperar su independencia). El futuro Pompeyo Magno siguió su ejemplo e hizo sus primeras armas combatiendo a los populares, liderados por Mario. La campaña más importante se desarrolló en la península ibérica, donde se enfrentó al rebelde Quinto Sertorio. La guerra sertoriana, que empezó en 80 a.C., retuvo a Pompeyo en Hispania hasta 71 a.C., un año después de que Sertorio fuera asesinado por sus propios generales. Como recuerdo de su paso por la Península, Pompeyo fundó una ciudad en su propio honor –Pompaelo, la actual Pamplona– y, además, elevó un monumento conmemorativo en el Coll de Panissars, en los Pirineos orientales, que se conserva en parte. En la dedicatoria, hoy perdida, el joven general dejó constancia del grado de destrucción que dejaba atrás: 876 comunidades sometidas por su espada.

Tan aplastante victoria fue recompensada en Roma con el consulado del año 70 a.C., a pesar de que Pompeyo no había ocupado ninguna de las magistraturas que se desempeñaban antes de recibir el nombramiento de cónsul. Su colega en el cargo fue el acaudalado Marco Licinio Craso, el líder de los populares, aunque no hubo demasiada colaboración entre ellos y su relación fue bastante tensa.

Al acabar su consulado, Pompeyo acrecentó su fama como general con dos nuevas campañas. La primera, en 67 a.C., consistió en acabar con la piratería en el Mediterráneo, especialmente activa en regiones como Sicilia, la costa adriática, Cilicia o Creta. Pompeyo dividió el Mediterráneo en trece sectores y los asignó a otros tantos generales, cada uno de los cuales erradicó sistemáticamente los piratas de su cuadrante. Así, mucho antes de concluir el año, se habían capturado 846 barcos, se conquistaron 120 poblados y se hicieron unos 20.000 prisioneros que fueron vendidos como esclavos. Las bajas entre los piratas ascendieron a unas 10.000.

Entre 66 y 63 a.C. tuvo lugar la segunda campaña de Pompeyo. Se desarrolló en Oriente y tuvo como objetivo acabar con el expansionismo de dos reyes hostiles a Roma: Mitrídates VI del Ponto y Tigranes II de la Gran Armenia. Las aplastantes victorias conseguidas por Pompeyo no sólo provocaron el suicidio de Mitrídates y la rendición del monarca armenio, sino que le permitieron anexionar nuevos territorios como Siria, Cilicia, Ponto y Bitinia, y reducir a los reinos vasallos de la zona a la condición de protectorados.

Conjurados por Roma

Aquellas dos campañas aumentaron el prestigio de Pompeyo como conquistador y, sobre todo, permitieron la reactivación comercial tanto por mar como en el frente oriental. Fue gracias a ellas como Pompeyo se ganó su fama de “hombre de suerte contrastada”.

Mientras Pompeyo cimentaba en Oriente su fama como militar, Julio César daba sus primeros pasos políticos en Roma al conseguir en el año 63 a.C. el cargo de pontífice máximo, la magistratura religiosa suprema, que, además, era vitalicia. A su regreso a la capital, Pompeyo fue agasajado en una ceremonia triunfal en la que se mostraron inmensas riquezas y se repartieron 75 millones de dracmas en monedas de plata.

Sin embargo, Pompeyo topó con gran oposición en el Senado para proceder al reparto de tierras que había prometido a sus veteranos. Por eso no tuvo más remedio que acercarse a los líderes del partido popular, Craso y César, y constituir con ellos la alianza secreta que conocemos como primer triunvirato (60 a.C.). Gracias a esta asociación, Julio César fue elegido uno de los dos cónsules del año 59 a.C. y materializó las asignaciones de tierra que Pompeyo había prometido a sus legionarios.

Al término de su consulado, César se marchó a las Galias para conseguir los laureles militares que necesitaba para consolidar su carrera política. Él y Pompeyo se separaron como amigos y aliados, unidos además por el matrimonio de Julia, la hija de César, con Pompeyo. Diez años más tarde, cuando volvieron a encontrarse, se habían convertido en acérrimos rivales.

La inesperada muerte de Julia durante un alumbramiento, en 54 a.C., y la de Craso en su campaña contra Partia al año siguiente fueron hábilmente usadas por los optimates para atraer a Pompeyo a su bando. Éste se negó a concertar una nueva alianza matrimonial con César y, en abril de 52 a.C., aceptó el nombramiento de cónsul “sin colega”, una designación peculiar ya que el consulado era una magistratura colegiada. Sin duda, era un modo hábil de evitar cualquier alusión al título de dictador. Al acabar su mandato se le concedió el título de procónsul, cargo que ejerció hasta su muerte en 48 a.C.

Pompeyo contra César

Los optimates ahondaron aún más el abismo entre Pompeyo y César anunciando que al término del mando de César en las Galias éste sería procesado por las malversaciones cometidas durante su consulado y exiliado fuera de Italia. Ante esta compleja coyuntura política, la única salida digna para César consistía en desafiar la autoridad del Senado, motivo por el cual en 49 a.C. cruzó la frontera entre las Galias e Italia, situada en el río Rubicón. Con ello se inició un nuevo episodio de guerra civil que se alargó hasta 44 a.C.

Pompeyo intervino en la primera fase de esta contienda como comandante del ejército de la República. Pero aunque sus efectivos eran muy superiores a los de su rival, no se atrevió a plantarle cara y retrocedió hacia el sur a medida que César avanzaba. Al llegar a Bríndisi embarcó todas sus tropas y cruzó el Adriático hasta la ciudad de Dirraquio (la actual Durrës, en Albania). Por su parte, César, convertido en dictador de Roma, se presentó allí y persiguió a su rival hasta la región griega de Tesalia, donde la fortuna militar de Pompeyo se truncó: el 9 de agosto de 48 a.C. fue derrotado en Farsalia por el superior genio militar de César.

Pompeyo se embarcó con unos treinta leales y huyó a Oriente, sin saber a quién pedir asilo. Sus íntimos le aconsejaron que no aceptara el perdón de César, pues les parecía indigno que su supervivencia dependiera de una gracia de su rival. Además, le sugirieron que se refugiara en Egipto, un consejo que los acontecimientos posteriores revelaron francamente funesto.

Asesinato en Egipto

Al llegar a Egipto, Pompeyo envió un mensajero al rey, el joven Ptolomeo XIII, que se hallaba en Pelusio guerreando contra su hermana y esposa, Cleopatra VII. El eunuco Potino, verdadero gobernante en la sombra, reunió a los consejeros reales y éstos decidieron que había que dar muerte a Pompeyo a fin de evitar que su estancia en Egipto sirviera a Roma de pretexto para inmiscuirse en los asuntos internos del país. Siglos después, Plutarco reprochó a los egipcios que quienes decidieron la muerte del general romano fueran un eunuco, un general egipcio (es decir, un extranjero) y un maestro de retórica que había convencido al auditorio con el argumento de que “un muerto no muerde”.

Pompeyo, confiado, se dejó engañar por los enviados de Ptolomeo, quienes le ofrecieron un bote para llevarle a tierra firme. Una vez en la playa, cayó víctima de los puñales de sus atacantes, antiguos legionarios romanos. Según Plutarco, Pompeyo murió “sin decir ni hacer nada indigno, sino que, exhalando únicamente un suspiro, soportó con firmeza los golpes y expiró”. Sus familiares y amigos contemplaron atónitos la ejecución desde sus navíos; amedrentados, levaron anclas y huyeron dejando la ofensa sin vengar. En última instancia, esta tarea fue asumida por Julio César, quien consideró odiosa la muerte y decapitación de su rival y castigó a los instigadores con la pena máxima.

De esta forma, Pompeyo acabó como el gran derrotado de la guerra civil romana del siglo I a.C. Para muchos de sus contemporáneos, Pompeyo constituyó la última esperanza para restablecer en el poder al sector más conservador del Senado, representado por los optimates. Su derrota en Farsalia significó el ocaso de la República y presentó al vencedor, Julio César, como un estadista dotado de mayor talento militar y político. Sin embargo, aun reconociendo la superioridad de César, sus contemporáneos vieron en Pompeyo una decencia moral de la que su rival carecía y construyeron en torno a su recuerdo una aureola de virtud sin tacha. Así se observa, por ejemplo, en la idealizada descripción de Plutarco, quien ensalza su modo de vida mesurado, sus triunfos militares, su persuasiva elocuencia, su afabilidad en el trato con la gente, su extrema generosidad a la hora de dar y la modestia al recibir lo devuelto.

Sin lugar a dudas, el principal servicio a la causa de los optimates lo prestó Pompeyo como general y se concretó en sus victorias. Su fama como militar invicto le granjeó el favor de los grandes personajes de la política de su tiempo, como Cicerón, quien depositó en él grandes esperanzas. Sin embargo, en el terreno de lo político, Pompeyo no estuvo a la altura de las expectativas que el Senado había depositado en él. Para empezar, su fidelidad a los optimates dependió de los beneficios que ello le reportara y no dudó en apoyarse en los populares cuando le convino.

¿Falta de visión política?

A diferencia de César, Pompeyo carecía de instinto político y no supo sacar provecho del sistema político romano. Al final, su respeto por el orden establecido resultó ser su talón de Aquiles, tal como acertadamente expuso su contemporáneo Veleyo Patérculo: “Excelente por su honradez, egregio en su integridad, de moderada aptitud para la elocuencia, muy ambicioso de la autoridad que le conferían las magistraturas, pero no por la fuerza […] Jamás, o casi nunca, hizo uso de su poder para imponerse”.

Pompeyo tampoco supo reaccionar ante la crisis del sistema republicano y optó por defenderlo, mientras que Julio César buscó los medios para dinamitarlo. Los optimates se aprovecharon de su carácter inseguro y dubitativo en todo lo que no tuviera que ver con la guerra para obligarlo a seguir sus instrucciones y convertirlo en el brazo armado de su partido. Y así, tras la marcha de César a las Galias, Pompeyo se dejó llevar por los acontecimientos y por quienes le aconsejaban –a diferencia de César, que siempre fue el protagonista de su propia biografía–.

Por último, tras el desastre de Farsalia, Pompeyo emprendió una precipitada huida. Si hubiera recapacitado un poco antes de dejarse llevar por el pánico, tal vez se habría dado cuenta de que no todo estaba perdido, y quizás el futuro de Roma habría seguido por otros derroteros.

 

El corazón de Roma.
Pompeyo acabó con los piratas que infestaban el Mediterráneo, cuyos ataques afectaron el comercio y el precio del grano en Roma. Cneo Pompeyo se convirtió desde muy joven en un general victorioso, sofocando revueltas y conquistando territorios para la República desde Hispania hasta Asia Menor, pasando por el norte de África, Sicilia y la propia península itálica. En el mapa superior están indicadas las exitosas campañas de Pompeyo hasta el estallido de la guerra civil contra César y su derrota final en Farsalia. En la imagen, en primer término, el templo de Saturno, sede del erario público, en el Foro romano.

Foto: N. Wongchum / Alamy / Aci

 

Craso el triunviro.
A pesar de sus desavenencias, Pompeyo y el rico Marco Licinio Craso (abajo) se unieron con César para formar un triunvirato. Al término de su consulado, César se marchó a las Galias para conseguir los laureles militares que necesitaba para consolidar su carrera política. (Museo del Louvre).

Foto: Bridgeman / Aci

 

Relieve con dos legionarios. Museo Arqueológico, Sevilla.
El primer triunvirato: un pacto secreto

En el año 60 a.C., los políticos más respetados de Roma eran Pompeyo, vencedor de los piratas y los orientales; Craso, triunfador sobre Espartaco y su ejército de esclavos, y César, un joven prometedor perteneciente a la prestigiosa familia de los Julios. Los tres se reunieron en secreto fuera de Roma y acordaron una alianza de cinco años, carente de cualquier base legal o respaldo institucional. Era un compromiso entre tres personas privadas para poner sus influencias al servicio de unos objetivos políticos comunes, el primero de los cuales fue el ascenso de César al consulado (59 a.C.).

Para sellar el pacto, César casó a Pompeyo con Julia, su única hija. Éste acababa de divorciarse de su tercera esposa: Mucia Tercia, de la influyente familia de los Mucios Escévola, madre de una niña, Pompeya, y de dos niños: Cneo y Sexto, futuros rivales de Julio César y Augusto. Tras la muerte de Julia (54 a.C.), Pompeyo concertó el que sería su último matrimonio con Cornelia, hija de Metelo Escipión, con la cual no tuvo descendencia.
El triunvirato se renovó en Lucca, en  56 a.C. Craso y Pompeyo fueron elegidos cónsules para el año siguiente y prorrogaron por cinco años más el mando proconsular de César en las Galias.

Foto: Oronoz / Album

 

César, el enemigo.
Mientras César luchaba en las Galias, su relación con Pompeyo derivó en abierta hostilidad. La inesperada muerte de Julia durante un alumbramiento, en 54 a.C., y la de Craso en su campaña contra Partia al año siguiente fueron hábilmente usadas por los optimates para atraer a Pompeyo a su bando. Abajo, busto de César. Museo Regional Agostino Pepoli, Trapani.

Foto: Akg / Album

 

Pompeyo Magno, el “Alejandro romano”
Cuando era un joven general aceptó gustoso el epíteto de Magno con que algunos de sus soldados empezaron a adularlo tras sus primeras victorias, poniéndolo al mismo nivel que Alejandro Magno, el gran conquistador macedonio. Así lo pone de manifiesto Plinio el Viejo, cuando describe a su admirado general como aquel “que ha igualado el esplendor de las hazañas no sólo de Alejandro, sino incluso de Hércules y, por así decirlo, de Dioniso mismo”.

De hecho, en los tres triunfos que celebró en Roma, Pompeyo quiso mostrar su identificación con Alejandro. En su primer triunfo, a los 24 años, quiso entrar en Roma en un carro tirado por cuatro elefantes –suceso que se liga con Hércules y Dioniso, antepasados míticos de Alejandro–, pero por la estrechez de la puerta tuvo que conformarse con entrar en una cuadriga normal. En su segundo triunfo levantó un trofeo en los Pirineos recordando sus conquistas en Hispania, al igual que Alejandro hizo en la India. Y en el tercero, tras su victoria contra Mitrídates, Pompeyo llevaba una clámide que se decía que perteneció a Alejandro. Al final, Pompeyo se había convertido en el “Alejandro romano”.

Foto: Mma / Rmn-grand Palais

 

La sumisión de Petra
Tras someter Judea, en 63 a.C., Pompeyo se dirigió a Petra, la ciudad rosa del desierto jordano y próspero enclave caravanero, para anexionarla a Roma en 62 a.C. La ciudad conservó su autonomía a cambio de una buena suma de dinero.

Foto: Ethan Welty / Getty images

 

Áureo con la efigie de Pompeyo y de su hijo Sexto. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.
Tras su derrota en Farsalia, el 9 de agosto del 48 a.C., Pompeyo huyó de César y recala en Alejandría, donde fue asesinado por orden del rey Ptolomeo XIII.

Foto: Bridgeman / Aci

 

Pompeyó llegó a Egipto en pleno conflicto entre Ptolomeo XIII y Cleopatra (en la imagen), su hermana y esposa
Al llegar a Egipto, Pompeyo envió un mensajero al rey, el joven Ptolomeo XIII, que se hallaba en Pelusio guerreando contra su hermana y esposa, Cleopatra VII. El eunuco Potino, verdadero gobernante en la sombra, reunió a los consejeros reales y éstos decidieron que había que dar muerte a Pompeyo.

Foto: Scala, Firenze

 

La decapitación de Pompeyo
Cuando Pompeyo murió asesinado en Egipto, su cadáver  fue decapitado y su cabeza se conservó para entregarla como presente a Julio César. Óleo por Gaetano Gandolfi. Siglo XVIII. Museo Magnin, Dijon.

Foto: Thierry le Mage / Rmn-grand Palais

 

La columna de Pompeyo
Donde antaño se alzó el Serapeo de Alejandría, el monumental templo dedicado al dios Serapis, hoy sobrevive una columna de granito rosa de 20,46 metros, que, según la tradición, señala el lugar donde fue enterrado Pompeyo.

Foto: Ibrahim Hisham / Getty images

 

Teatro romano de Mérida
Capital de la provincia romana de la Lusitania, Augusta Emérita, fundada en el año 25 a.C., disfruta de un magnífico teatro que se construyó a imitación del de Pompeyo en Roma, con un doble pórtico a espaldas de la escena.

Foto: Francisco de casa / Alamy / Aci

 

6 marzo 2018 at 6:02 pm Deja un comentario

Ampliación del metro de Roma: la Casa del Comandante y otros hallazgos imperiales

Los trabajos de excavación en la futura estación de metro de Amba Aradam sacan a la luz dos espléndidos edificios adyacentes al dormitorio de un antiguo cuartel romano

Mosaico ajedrezado. Mosaico ajedrezado y restos de los muros enyesados y pintados. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
5 de marzo de 2018

En la primavera de 2016, los trabajos de excavación en la futura estación de metro de Amba Aradam, cerca del Coliseo de Roma, permitieron descubrir un antiguo cuartel romano de la primera mitad del siglo II d.C. y, en esta ocasión, han surgido dos edificios adyacentes al dormitorio del cuartel romano. Los nuevos e increíbles hallazgos fueron anunciados el pasado viernes por la Superintendencia Arqueológica de Roma: dos alas, una al este y la otra al oeste de dicho dormitorio, que fueron construidas también durante el reinado del emperador Adriano y que han sido excavadas a 12 metros de profundidad, casi tres metros por debajo del cuartel romano.

El ala este se configura como un edificio rectangular de unos 300 m2. Se accede al mismo a través de unos escalones y un pasillo con pavimento de opus spicatum o espina de pez. En esta zona han aparecido 14 ambientes dispuestos en torno a un patio central con su fuente, sus estanques y su pavimento también de opus spicatum. Los pavimentos de los ambientes son de opus sectile, una técnica artística propia del mosaico romano, diseñados en este caso con cuadrados de mármol blanco y pizarra gris. Las paredes enyesadas eran blancas o incluían pinturas y uno de los ambientes se podía calentar, pues por debajo debió de circular el aire caliente. En la última fase de existencia del ala este del cuartel romano se construyó una escalera para subir al piso superior, donde probablemente estaban las oficinas de la época o el dormitorio de los soldados. Los arqueólogos excluyen la posibilidad de que un ciudadano pudiera construir su domus privada en contacto con un edificio militar de propiedad imperial, por lo que “podría tratarse de la habitación del comandante del cuartel“, según la Superintendencia Arqueológica de Roma.

El ala oeste, más amplia de lo que parece hasta ahora, era un área de servicio con pavimentos en opus spicatum, estanques y complejas canalizaciones hidráulicas. Destaca el hallazgo de elementos de madera, quizá utilizados en el encofrado o pertenecientes a objetos de carpintería, como mesas, estantes o vigas, que fueron apilados o lanzados al fondo de unas fosas. Los dos edificios (el ala este y el ala oeste) y el dormitorio de los soldados fueron abandonados e inutilizados de forma intencionada: los muros fueron derribados a una altura máxima de 1,5 metros y los ambientes fueron despojados de todos sus elementos y enterrados poco después de la mitad del siglo III d.C., quizá en relación con la construcción de las Murallas Aurelianas (271-275 d.C.) y con el fin de que no sirvieran de escondite para los eventuales enemigos.

Ala este. Pavimentos de opus sectile en el ala este, diseñados con cuadrados de mármol blanco y pizarra gris. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Dos amorcillos. Motivos geométricos y, en el centro, dos putti danzando o luchando. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Imagen detallada. Imagen detallada de los dos amorcillos danzando o luchando. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Motivos geométricos. Motivos geométricos en blanco y negro. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Abandonados e inutilizados. Los edificios fueron abandonados e inutilizados de forma intencionada. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Pavimento romano. Pavimento de época romana que se encuentra a 12 metros por debajo del nivel actual de la calle. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Policromía original. Restos de la policromía original en los muros enyesados. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Un ave. Mosaico que representa un ave sobre una rama. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

Perfecto estado de conservación. Pavimento romano en perfecto estado de conservación. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

 

5 marzo 2018 at 6:58 pm Deja un comentario

Descubren la casa de un comandante del siglo II en las obras del metro de Roma

La zona donde se ha hallado está en los alrededores de la basílica de San Juan de Letrán

Vista en detalle de la casa – EFE

Fuente: EFE  |  ABC
2 de marzo de 2018

Los restos de una casa romana perteneciente a un comandante de la época imperial y datados en el siglo II d.C. han sido descubiertos durante las obras del metro de Roma, donde se presentaron al público. Se trata de dos edificios, construidos en la época del emperador Adriano, que forman parte de la fortaleza militar descubierta en la primavera de 2016 en el distrito romano de Celio, explicó el superintendente especial para arqueología en Roma del Ministerio italiano de Bienes Culturales, Francesco Prosperetti.

La zona donde se produjo el descubrimiento está en los alrededores de la actual basílica de San Juan de Letrán. Denominado el gran «Campo de Marte» en la Roma antigua, fue en aquella época un «verdadero barrio militar», construido especialmente en la época de Trajano (principios del siglo II d.C.).

El nuevo hallazgo arqueológico se ubica a una profundidad de 12 metros, un nivel aproximadamente tres metros por debajo que el resto del cuartel, y fue calificado de «extraordinario» por el Ministerio. El primer edificio se configura como un área rectangular y abarca una extensión de 300 metros cuadrados, en la que están dispuestas 14 habitaciones alrededor de un patio central, antiguamente equipado con fuente y piscinas.

«Creemos que se trata de la casa de un comandante, pues su decoración es rica y refinada, lo que no era propio de los soldados», dijo Prosperetti, quien calificó el estado de conservación de las estancias de «muy bueno» y dijo que se han descubierto además «pequeñísimos objetos y amuletos femeninos».

Residencia de varias personas

Con frescos naturales en las paredes y pavimento realizado en mármol blanco y pizarra gris, en forma de mosaico, se aprecian transformaciones tanto en las propias estancias como en sus revestimientos, lo que podría ser indicio de «que fue utilizada sucesivamente por varias personas como residencia», expuso el superintendente.

En su última fase, además, se equipó con una escalera hacia la planta superior, probablemente un acceso a las oficinas o a los dormitorios de los soldados, lo que apoya la hipótesis de que se trataba de la residencia de un alto mando, pues un ciudadano privado en la época no podría construir su «domus» en contacto con un edificio militar. En esta línea, otra de las posibilidades barajadas es que fuese el cuartel del servicio secreto del emperador.

Según adelantó Prosperetti, la idea es ahora «consolidar y reconstruir» toda la zona a fin de ponerla a disposición del público en «un pequeño museo» situado en esta misma parada de metro, dijo. Calculó que para su apertura podrán quedar «al menos 5 años», pero juzgó que una vez concluida «será la estación de metro más bonita del mundo».

 

2 marzo 2018 at 9:58 pm Deja un comentario

Las bacanales que prohibió Roma

Un estudio de Pedro Ángel Fernández Vega recoge las noticias sobre estas reuniones en Roma y el escándalo que solían conllevar, y explica por qué se decidió proceder a una regularización legal de ellas en el 186 a.C.

“La bacanal de los andrios”, de Tiziano

Fuente:  David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
25 de febrero de 2018

Dioniso, el Baco romano, era el más importante, sin duda, de todos los dioses en la antigüedad clásica, por su especial interacción con los seres humanos. Y es la divinidad que hoy se nos antoja más interesante para comprender la historia social y cultural de la antigua religión grecorromana, como el dios que, en cierto modo, acercaba a los hombres a la categoría divina, ya fuera mediante un proceso extático de deificación temporal o a través de sus renombrados misterios: los orgia y la teleté dionisíacos, en las llamadas bacanales, han sido objeto de estudio desde hace varios siglos en la moderna historia de las religiones y siguen ejerciendo una notable fascinación no solo entre los estudiosos sino también entre el público general, por la gran recepción de Dioniso en la modernidad –de Nietzsche a esta parte– como el dios que acaso mejor permite comprender al hombre moderno. La locura colectiva que encarna el baile extático y los ritos grupales de los seguidores de Dioniso en la antigüedad ha sido a veces comparada –sobre todo desde la llamada «escuela de ritualistas de Cambridge», como J. Harrison y G. Murray, pero especialmente desde el genial libro de E.R. Dodds «Los griegos y lo irracional» (1951)–, con experiencias de trance colectivo de otras épocas, desde el medievo a la religión de diversos pueblos del mundo llamado «primitivo» por la antropología victoriana. Superada ya la añeja tesis de E. Rohde (1893) sobre la procedencia no griega de las bacanales y del menadismo, los componentes extáticos del culto de Dioniso en Grecia se dan por autóctonos. La consideración de estos, como se hacía en el enfoque positivista del siglo XIX, como meros mitos ha quedado también atrás. Se decía que el menadismo recogía una representación mítica en la literatura y el arte, en Eurípides y en los vasos griegos, más que una realidad histórica. Esto era partir de la base de que hay dos ámbitos diferentes, es decir, mito y realidad, fantasía y verdad histórica, en la llamada religión griega, una idea que está en la base de la clasificación positivista de las fuentes literarias acerca de las bacanales. Mucho se ha avanzado desde entonces, no solo desde la antropología, la historia de las religiones y la filología clásica, sino también desde el punto de vista arqueológico y de la cultura material, en el conocimiento de las bacanales.

Es interesante considerar cómo el culto de Dioniso se extiende no solo en el mundo griego sino también en el romano a la hora de interpretar los matices del dionisismo en su «longue durée». Es difícil subestimar el impacto cultural del dionisismo en Grecia y Roma desde los orígenes a la época imperial tardía. Pero mientras que otros dioses y héroes griegos –pienso en Apolo o en Heracles– tuvieron una pacífica transición al imaginario religioso y las prácticas rituales romanas, la inserción del dionisismo en la cultura romana fue ciertamente traumática desde el escandaloso asunto de las bacanales de 186 a.C., duramente reprimido por el Estado romano. El culto se consideró entonces una amenaza para la seguridad del estado y se nombró una comisión de investigación, incoándose diversos procesos legales. El Senado decretó la supresión oficial del culto en toda Italia, salvo en ciertas circunstancias, e impuso la pena capital para los instigadores de las bacanales. Tito Livio, en tiempos de Augusto, retoma el tema con una agenda historiográfica y literaria distinta. El escándalo se resolvió en este célebre decreto que reguló el culto limitando el número de participantes en los ritos, es un episodio clave para analizar la perspectiva sociopolítica de un dios del que, demasiado a menudo, se dijo que era «apolítico». No lo era, desde luego, en las «poleis» griegas, contra la opinión de H. Jeanmaire (1951), pues tenía una clara inserción en el discurso cívico, por ejemplo, de Atenas, a través del teatro. Ni tampoco lo fue en Roma, sino que admite una lectura acaso «revolucionaria» que se ve en la lectura marxista que se ha hecho desde la historiografía del siglo XX de este episodio y también de la vertiente popular del dionisismo ya desde la época de las tiranías griegas, como estudió Dabdab Trabulsi.

Sexualidad y desenfreno

Pero más allá del papel de Dioniso como dios que integra lo rural en lo urbano (como se ven en el calendario festivo ateniense) o cohesiona las diversas clases sociales con especial atención en las populares, el problema de las bacanales en Roma recuerda las importantes objeciones sociales que existían frente a la sexualidad y el desenfreno dionisíacos. Un ejemplo son los posibles embarazos que pudieran resultar de la actividad de las mujeres en los tíasos históricos, que mal se armonizaban con el control social de la sexualidad y el de la embriaguez en espacio público, aunque las más de las veces los rituales tenían lugar en una «no man’s land» allende las fronteras de la ciudad-estado. Es muy notable la existencia de una inscripción helenística en Mileto que regula aspectos rituales del menadismo, como la ingesta de carne cruda, en nombre de la ciudad, como parte del ordenamiento jurídico de las leyes sacras. El control legal del dionisismo en la historia antigua por parte de los que han intentado legislar sobre el culto siempre fue problemático. Aparte del ejemplo conocido del citado senado consulto sobre las bacanales de 186 a.C. y la ley de Mileto de 276 a.C., hay otros testimonios que dan fe del éxito de las congregaciones dionisíacas en el mundo grecorromano en un auténtico «boom» desde la época helenística a la tardorromana. Dioniso es interesante como una sublimación de lo excepcional fuera de la «polis», como paréntesis de caos regulado e imprescindible para que exista el orden. Estaba claro que el trasfondo ritual del menadismo histórico y de las bacanales se centraba en la problematización del rol social de la mujer como sacerdotisa fuera de la ciudad. Es un asunto relevante en el campo de los estudios de género.

Hoy tenemos un excelente repaso al caso histórico del Senado consulto «De Bacchanalibus» en el libro «Bacanales: el mito, el sexo y la caza de brujas» (Siglo XXI) de Pedro Ángel Fernández Vega. Siguiendo los pasos de Tito Livio y las noticias antiguas sobre el escándalo de las bacanales en Roma, que llevó a la regulación legal del 186 a.C., Fernández Vega estudia los años de la llegada del culto de Baco a Roma y las postrimerías políticas y religiosas de este caso que amenazaba con subvertir el orden social establecido. El libro disecciona el célebre «senatus consultum», conservado en una inscripción latina descubierta en el siglo XVII, y la problemática cuando las élites comenzaron a participar en el culto. La subversión dionisíaca tenía mucho de utópica y podía ser incómoda para el poder. Lo cierto es que el alcance de esta ley no tenía precedentes y anticipa las medidas del estado romano en la antigüedad tardía contra cristianos o maniqueos, en época de Diocleciano y sus sucesores, y luego la legislación antipagana de Teodosio y Justiniano. El asunto tiene las exageraciones características de la persecución religiosa amplificada con fines políticos. Una «caza de brujas» que no pudo frenar la expansión del dionisismo en la antigüedad tanto en el pueblo llano como en las élites intelectuales y políticas. Solo la llegada del cristianismo rivalizaría primero con estos populares misterios y los derrotaría después.

 

26 febrero 2018 at 7:06 pm Deja un comentario

Imágenes de postal de Roma cubierta por la nieve

 

Fuente: EL PAÍS
26 de febrero de 2018

La ola de frío siberiano que estos días azota el continente llegó ayer a Italia. “Burian”, como ha sido bautizada, ha provocado copiosas nevadas en el norte, con temperaturas que han llegado hasta los 20 grados bajo cero en algunas localidades.

Este lunes la ola de frío ha alcanzado el centro del país y la ciudad de Roma, donde no nevaba con tanta intensidad desde 2012.

La gran cantidad de nieve caida desde esta madrugada está provocando grandes molestias y problemas de tráfico a los romanos, pero está sirviendo también para que podamos ver inusuales imágenes de la Ciudad Eterna de una extraordinaria belleza.

La cúpula de la Basílica de San Pedro cubierta de nieve en Roma (Italia), el 26 de febrero de 2018. ALESSANDRA TARANTINO (AP)

 

Un cura cruza la calle nevada cerca del Arco de Constantino en Roma (Italia), el 26 de febrero de 2018. ALESSANDRA TARANTINO (AP)

 

El Coliseo a primera hora de la mañana durante la fuerte nevada en Roma (Italia), el 26 de febrero de 2018. REMO CASILLI (REUTERS)

 

El Foro Romano cubierto de nieve a primera hora de la mañana en Roma (Italia), el 26 de febrero de 2018. REMO CASILLI (REUTERS)

 

Los tejados de Roma cubiertos de nieve después de la fuerte nevada, el 26 de febrero de 2018. ALESSANDRA TARANTINO (AP)

 

Un hombre camina por el Circo Máximo de Roma mientras nieva, el 26 de febrero de 2018. ALESSANDRA TARANTINO (AP)

 

Tejados cubiertos de nieve en el centro de Roma (Italia), el 26 de febrero de 2018. REMO CASILLI (REUTERS)

 

Una bicicleta cubierta de nieve frente al Coliseo tras la fuerte nevada en Roma (Italia), el 26 de febrero de 2018. ALESSANDRA TARANTINO (AP)

 

26 febrero 2018 at 6:59 pm Deja un comentario

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