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Las Termas de Diocleciano recuperan el brillo del siglo IV con tecnología 3D

Las Termas de Diocleciano, uno de los complejos termales más grandes de la antigua Roma, recuperan los vivos colores y el esplendor que lucían en el siglo IV gracias a la tecnología 3D que permite al visitante viajar hasta la época imperial.

Las Termas de Diocleciano recuperan el brillo del siglo IV con tecnología 3D

Fuente: EFE – Roma  |  eldiario.es
12 de agosto de 2018

Se trata de una iniciativa innovadora que sigue los pasos de las Termas romanas del emperador Caracalla, que ya a finales de 2017 incorporaron en sus visitas estos sistemas de realidad virtual para recrear su aspecto original.

Ahora, las Termas de Diocleciano, situadas en el corazón de Roma, “se podrán ver cómo eran en la antigüedad” y compararlas con el estado en el que se conservan en la actualidad, explicó a EFE la responsable de este complejo, Anna De Santis.

A partir de ahora, el público que se acerque hasta estas termas podrá comprar su entrada habitual y añadir un suplemento que le consentirá disfrutar de estas gafas especiales con las que observar este extraordinario espacio arquitectónico exactamente como era en los tiempos de Diocleciano.

El aspecto es el de una máscara de buceo que cubre todo el campo visual de quien se la pone y que reproduce con todo detalle lo que vería el ojo humano si se encontrara en pleno siglo IV.

El visitante puede ver una recreación a 360 grados y escuchar de forma simultánea en italiano o en inglés una descripción de los ambientes que está observando y “qué función tenía la sala” en la que está en cada momento.

Un viaje en el tiempo que une audio, vídeo y explicación didáctica y que ha sido realizado por el Museo Nacional Romano y el Consejo Nacional de Investigación, en colaboración con las asociaciones Electa y Coopculture.

Las Termas de Diocleciano fueron construidas sobre una superficie de 13 hectáreas por voluntad del emperador Massimiano en el año 298 d.C y se concluyeron en un tiempo muy breve, pues su inauguración se celebró en el año 306 y fueron dedicadas al emperador Diocleciano, con quien Massimiano compartía el mando del imperio.

Podían acoger hasta 3.000 personas y disponían de varias salas principales como el calidarium (un baño caliente y vaporoso), el tepidarium (baños de agua tibia) y el frigidarium (baños fríos), que se ubicaban a lo largo de un eje central, en cuyos lados se articulaban simétricamente el resto de habitaciones que tenían diversas funciones, como servir de gimnasio o de vestuario.

Las instalaciones se utilizaron hasta mediados del siglo VI, cuando la Guerra Gótica causó graves daños en toda la ciudad y provocó la interrupción del suministro de agua.

Aquellos magníficos mármoles policromados y las decoraciones con estatuas e imponentes columnas pueden volver a verse ahora gracias a esta meticulosa reconstrucción científica e histórica, responsabilidad del equipo de arqueólogos, coordinado por De Santis, y de los técnicos del Consejo Nacional de Investigación, dirigidos por Francesco Antinucci.

“Ha sido una investigación exhaustiva. Se ha trabajado estudiando el monumento y los restos de la decoración que todavía se conservan”, señaló.

Por ahora, el visitante podrá recorrer seis estancias que le permitirán tener la sensación de viajar al pasado y disfrutar por ejemplo de un baño en la natatio, la enorme piscina la aire libre de unos 4.000 metros cuadrados, cuya superficie estaba revestida de mármol y mosaicos.

El museo quiere así atraer la atención de los turistas que viajen a Roma y ampliar la cifra de los 10.000 visitantes que reciben de media cada año.

“Seguiremos trabajando para la reconstrucción de otras salas. (…) Esperamos que con este instrumento aumente el número de visitantes”, dijo De Santis.

Las Termas de Diocleciano sufrieron con el paso del tiempo algunas modificaciones.

De hecho, en el siglo XVI Pío IV mandó construir una iglesia y una cartuja dedicadas a la Virgen de los Ángeles y los Mártires, proyecto que confió al genio Miguel Ángel, que adaptó el frigidarium, el tepidarium y parte de la natatio para la edificación de la iglesia, mientras que los dos claustros se ubicaron en la parte norte.

 

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17 agosto 2018 at 8:34 am 1 comentario

La extraña hipótesis sobre por qué los emperadores romanos eran asesinados

De los 82 emperadores conocidos que tuvo el Imperio Romano el 20% fueron asesinados

Busto de mármol del emperador romano Trajano – Luis García

Fuente: ABC Cultura
9 de agosto de 2018

Si bien es cierto que el Imperio Romano fue muy poderoso en su esplendor, los golpes de estado por ostentar el poder se convirtieron en un contínuo. Durante más de 500 años el 20% de los 82 emperadores que gobernaron Roma fueron asesinados estando en el poder. De acuerdo a un nuevo estudio la culpa de todo esto lo tiene la lluvia.

Según ha informado «Live Science», los investigadores culpan de los asesinatos a las escasas precipitaciones. Han llegado a la conclusión que la falta de agua en la región afectaba a los campos de cultivo. Sin los productos de los agricultores las tropas del ejército romano se morirían de hambre. «Esta situación de sequía habría llevado al límite a los soldados para amotinarse», explicó el principal investigador de este estudio, Cornelius Christian. «Ese motín, a su vez, colapsaría el apoyo al emperador y por tanto sería más propenso a sufrir un ataque», concluyó Chistian.

Esta investigación forma parte de un nuevo campo de estudio que analiza cómo o hasta qué punto afectaron las condiciones climatológicas a las sociedades antiguas. Aunque hay que aclarar que no es el único factor que conduce al asesinato.

Cornelius Christian no es un arqueólogo, es un profesor de economía en la Universidad de Brock en Ontario, Canadá. Realizó este descubrimiento cruzando varios datos. Por una parte utilizó los datos climáticos de un estudio publicado en 2011 donde los investigadores analizaban las precipitaciones de los últimos 2.500 años gracias a los troncos fosilizados de los árboles alemanes y franceses. Por otra parte, investigó los archivos que describían motines militares y asesinatos a los emperadores Romanos. Conectó ambos números en una sola fórmula y descubrió que «una menor cantidad de lluvia se traducía en una mayor posibilidad de que se produjeran estos asesinatos, dado que a menor cantidad de lluvia, menos comida había para todos».

«Aunque la lluvia pudo haber jugado un papel importante en los asesinatos, también influyeron otros factores», explicó Jonathan Conant, profesor de historia de la Universidad de Brown que no formó parte del estudio. Conant explicó que, por ejemplo, «la mayoría de los asesinatos de Roma sucedieron en el siglo III d.C. duante una inflación masiva, brotes de enfermedades y guerras externas, todo lo cual afectó a la estabilidad del Imperio».

Para Conant la hipótesis de la lluvia «agrega otra capa de complejidad y matiz a nuestra comprensión de la historia política del Imperio Romano, especialmete en el siglo III». Pero no llega a resultar concluyente.

 

16 agosto 2018 at 1:20 pm 1 comentario

Las extrañas prácticas sexuales de las prostitutas de la Antigua Roma

Las meretrices solían utilizar grandes pelucas rubias y se afeitaban y pintaban de rojo sus partes íntimas. Además, trabajaban habitualmente en burdeles apestosos regentados por un cruel proxeneta

Fuente: Manuel P. Villatoro  |  ABC Historia
7 de agosto de 2018

Las películas de Hollywood son el cielo y el infierno de la divulgación histórica. Por un lado, permiten dar a conocer períodos olvidados de nuestro pasado al gran público. Por otro, en algunos casos caen en exageraciones que generalizan ideas erróneas entre los espectadores. Esto último es lo que ha ocurrido con la prostitución en la Antigua Roma. Una práctica que en la gran y en la pequeña pantalla se rodea de lujo y de glamour pero que, en realidad, solía llevarse a cabo en tugurios pestilentes y bajo la atenta mirada de un proxeneta ansioso de que el «servicio» terminara para que pasara el cliente siguiente. Otro tanto sucedía con unas meretrices que carecían de lujos y que eran consideradas, de forma literal, la «infamia» de la sociedad.

Para los romanos la prostitución navegaba entre dos peligrosas aguas. A nivel social era vista como un mal necesario. Ejemplo de ello es que autores como Catón el Viejo (234-149 a. C.) la definieron como una auténtica bendición debido a que permitía a los jóvenes dar rienda suelta a sus más bajos deseos sin «molestar a las mujeres de otros hombres». Con todo, tan real como esta visión es que, según explica la doctora en historia Lucía Avial en «Breve historia de la vida cotidiana en el Imperio Romano» (Nowtilus, 2018), «los romanos situaron a las personas que ofrecían su cuerpo por dinero en los espacios más despreciables de la sociedad».

¿Cuál es la verdad de la prostitución en esta época? La realidad es que esta práctica fue evolucionando durante la época de la República y del Imperio. Lo que sí está claro es que el «oficio más viejo del mundo» aparece ya en los orígenes de la propia ciudad. Así lo afirma la historiadora Carmen Herreros González en su dossier «Las meretrices romanas: mujeres libres sin derechos». Y es que, en sus palabras, los mismos fundadores de Roma fueron amamantado por una trabajadora del sexo. «En efecto, la tradición habla de una loba, la lupa, que en latín no quiere decir sino puta y que se refiere a la que, habiendo hecho gozar al dios Marte, recibió en recompensa por el placer proporcionado casamiento con un hombre inmensamente rico», explica la autora.

Mal necesario

Desde ese momento la prostituta es una figura que se puede encontrar de forma perpetua en Roma. Sin embargo, no fue hasta la Segunda Guerra Púnica (aquella en la que Aníbal plantó cara a las legiones entre el los años 218 a. C. y 201 a. C.) cuando se empezó a entender la lujuria como una parte del ocio del ciudadano. Así lo afirma Rubén Montalbán, investigador del Departamento de Antropología, Geografía e Historia de la Universidad de Jaén, en su dossier «Prostitución y explotación sexual en la Antigua Roma»: «A partir de entonces aparece como un elemento indisociable de la vida romana. Se observaba como una actividad necesaria para evitar peligros a las matronas [mujeres con un comportamiento irreprochable] casadas».

El mismo comediante Plauto (254 a. C. – 184 a. C) dejó claro esta visión de la prostitución en uno de sus múltiples textos: «Nadie dice no, ni te impide que compres lo que está en venta, si tienes dinero. Nadie prohíbe a nadie que vaya por una calle pública. Haz el amor con quien quieras, mientras te asegures de no meterte en caminos particulares. Me refiero a que te mantengas alejado de las mujeres casadas, viudas, vírgenes y hombres y éfebos hijos de ciudadanos.

Pintura mural de un prostíbulo

De la misma opinión era el escritor del siglo I Valerio Máximo, quien narró una curiosa historia en la que un padre decidió enviar a su hijo a un lupanar para que se desfogara y dejara de importunar a una mujer que ya compartía la vida con otro hombre.

El propio Catón el Viejo (también apodado «el Censor» por su defensa de la virtud y la moral romana) veía positiva la existencia de los lupanares. En una ocasión, de hecho, felicitó a un joven al que vio salir de un prostíbulo ya que, con aquella práctica, evitaba importunar a una matrona. La misma Herreros, en su estudio «Sequere me: tras la huella de las prostitutas en la Antigua Roma», desvela que «incluso los hombres casados eran justificados» cuando mantenían relaciones sexuales con una meretriz porque, así, «saneaban su matrimonio». «Esto demuestra que actuaban en favor de la salud pública», desvela el historiador Jean-Noël Robert en «Eros romano: sexo y moral en la Roma antigua».

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Los romanos creían que la prostitución evitaba que los jóvenes molestaran a las mujeres casadas

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Sin embargo, aunque la prostitución era entendida como un mal necesario, la meretriz («meretrix», la que «se ganaba la vida ella misma») era despreciada por el ciudadano de a pie. «En la sociedad romana, la infamia era el principal rasgo que caracterizaba a este oficio, ya que se consideraba que las prostitutas carecían de dignidad moral precisamente por el hecho de ejercer la prostitución», señala Avial. En sus palabras, estaban en el escalón más bajo de la sociedad debido a que «ponían a la venta su cuerpo sin dedicarlo exclusivamente a la procreación, como hacían las demás mujeres».

Herreros añade que estas mujeres eran consideradas «personas torpes», «apelativo que hacía referencia en el derecho romano tanto a la bajeza moral como a la incapacidad de ser titular de ningún derecho».

Tipos de prostitutas

¿Cómo llegaba una mujer romana a convertirse en una prostituta? Lo más habitual es que, tanto en la época de la República como del Imperio, la meretriz proviniera de una familia extremadamente pobre que había decidido abandonarla al nacer. También podían ser pordioseras, esclavas que eran obligadas a vender su cuerpo o delincuentes. Con todo, Herreros desvela que también había ciudadanas libres que se sentían atraídas por este tipo de vida o jóvenes violadas que optaban por este trabajo tras haber soportado la marginación. «Estas últimas sufrían un estigma social que las culpaba a ellas de la violación», añade Avial.

Dentro de estos grupos había diferentes categorías. La más alta era la de cortesana. Estas eran prostitutas de lujo bellas, refinadas y con buenos modales que podían pasar meses con sus clientes. Solían ser respetadas por los hombres que las contrataban y hasta se les permitía participar en las conversaciones masculinas y dar su opinión (algo impensable para el resto de meretrices).

Pintura de un lupanar romano

Con todo, debían mostrar a su cliente el mismo respeto que tendrían a su marido, un comportamiento que no era habitual en el resto de prostitutas. «En ningún este respeto debe confundirse con el “affectio maritalis” [el amor que se profesan las parejas], porque lo que estaba en en juego era realmente la profesionalidad de la prostituta», explica la propia Herreros y la también historiadora Mari Carmen Santapu Pastor en su estudio conjunto «Prostitución y matrimonio en Roma ¿Uniones de hecho o de derecho?».

A continuación estaban las mesoneras o venteras, mujeres que no eran prostitutas como tal, pero que regentaban una posada y decidían ganarse un dinero extra manteniendo relaciones sexuales con los clientes. De hecho, era habitual que los romanos asociaran el oficio de tabernera con el de meretriz. «Estas mujeres solían estar casadas, pero a los maridos no les importaba» completan las autoras. La última categoría era la de aquellas jóvenes que no tenían dinero para sobrevivir o esclavas que mantenían relaciones sexuales en un burdel.

Dependiendo del prestigio de la prostituta en cuestión, los clientes solían pagar entre dos y dieciséis ases (lo que equivalía a un denario de plata) por mantener una relación sexual con ella. La característica principal era que siempre se pagaba por adelantado. Solo para hacernos una idea de lo que costaba un «servicio», los legionarios romanos cobraban, a principio del siglo II, un sueldo de 300 denarios al año. Al menos, así lo explican Joël Le Gall y Marcel Le Glay en so libro «El imperio romano», editado por Akal.

La dureza del prostíbulo

De entre todos los lugares en los que se solía practicar el sexo con prostitutas, los «fornices» («prostíbulos») eran los más populares. Eran tugurios ubicados en los barrios más concurridos. En palabras de Herreros, en el Subura (entre las colinas del Quirinal y Viminal) se hallaban las meretrices más populares, mientras que en el Trastévere (el corazón de la ciudad) se podían encontrar los burdeles más sucios y pestilentes.

«El superpoblado barrio de Subura, es el que poseía la peor fama de toda Roma, siendo el refugio de ladrones, sicarios, lanistas, lenones y prostitutas de la más baja condición social», completa Montalbán. Según Plauto, en este último era posible «alquilar a las prostitutas más baratas» y se podía ver a padres prostituyendo a mujeres e hijas para sobrevivir. «En estos barrios de calles estrechas habitaban en pequeñas insulae, las prostitutas de la condición social más baja, sin higiene alguna y compartiendo habitaciones normalmente con compañeras de oficio, debido a los altos precios que debían pagar por los alquileres», añade Montalbán.

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El barrio en el que se encontraban las prostitutas que prestaban servicios más baratos era el de Subura, un auténtico nido de depravación

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En todo caso, era muy sencillo toparse los prostíbulos una vez dentro de los barrios, ya que los dueños ubicaban en sus puertas un falo de piedra pintado en rojo bermellón. «El pene erecto se consideraba un símbolo de buena suerte, por lo que era muy habitual encontrarlo también en los carteles que indicaban los servicios que allí se ofrecían», añade la autora de «Breve historia de la vida cotidiana en el Imperio Romano».

El interior de los prostíbulos era repugnante ya que, además del mal olor, sus paredes estaban decoradas con pintadas obscenas hechas a mano por los clientes. Las prostitutas trabajaban en pequeñas «cellae» o habitaciones donde recibían a los clientes. En la puerta de las mismas, el dueño podía poner el nombre de la meretriz (que solía ser falso) y su especialidad sexual. Estas estancias, al igual que las exteriores, eran pintadas con escenas obscenas.

En los lupanares reservados a la plebe, los más paupérrimos, las «cellas» eran más bien cuevas o cavernas subterráneas abovedadas llamadas «fornis» Horacio, escritor de la época, afirma que estas estancias despedían un hedor nauseabundo que aquellos que pasaban por ellas llevaban consigo mucho tiempo después.

El personaje más controvertido de todo el prostíbulo era el «leno» («chulo»). A efectos prácticos era el dueño del local y el encargado -entre otras cosas- de contratar o comprar a las esclavas que ejercerían la prostitución. «Tenía muy mala reputación porque se trataba de un hombre sin escrúpulos. Se caracterizaba por la falta de honradez y por el hecho de que no podía acceder a los cargos públicos», desvela Herreros.

A su vez, era el encargado de controlar que los clientes no excedieran el tiempo establecido para el coito. «A esto debemos añadir que el acto sexual en el mundo romano no contaba con los preámbulos amorosos que hoy día parecen fundamentales», completa la experta. Ejemplo de ello es la inscripción que se puede leer, todavía a día de hoy, en un lupanar de Pompeya: «Llegué aquí, follé, y regresé a casa».

Para terminar, el «leno» también contaba con varias fichas o monedas en la que había grabada una posición sexual. A pesar de que existe cierta controversia alrededor de las mismas, es más que probable que fueran utilizadas por el «chulo» para que los clientes extranjeros pudieran seleccionar la «especialidad» que querían recibir.

Prácticas sexuales

Más allá de la tiranía del «chulo», lo que está claro es que las prostitutas eran las protagonistas indiscutibles. Todos los autores coinciden en que las meretrices solían ubicarse en la puerta de los lupanares para tratar de atraer clientes. Para ello iban ataviadas con túnicas cortas de colores chillones o incluso transparentes. Lo más curioso es que no se ponían estos vestidos solo por llamar la atención de los hombres, sino porque, según la ley, debían usar una ropa diferente a la de las matronas para evitar malos entendidos. A pesar de todo, según fueron pasando los años las «mujeres decentes» (como eran conocidas) fueron adoptando estos ropajes.

A su vez, y después de que las conquistas de las legiones llevaran hasta la ciudad a mujeres rubias, era habitual que las prostitutas se tiñeras los cabellos de este color o -si no disponían del dinero suficiente- se compraran una peluca. «Esta blonda peluca hecha con cabellos o crines dorados, teñidos, parece haber sido la parte esencial del disfraz completo que la cortesana se ponía para ir al lupanar, donde entraba con un nombre de guerra o el de profesión», desvela Juan Pons en su decimonónica «Historia de la prostitución en todos los pueblos del mundo: desde la antigüedad más remota hasta nuestros días». Este complemento lo mantenían incluso en el prostíbulo.

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Las prostitutas usaban pelucas rubias y se maquillaban para diferenciarse de las matronas romanas

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Para diferenciarse todavía más de las matronas, y para lograr cautivar a los clientes, Herreros afirma que las prostitutas solían cubrirse toda la cara con «afeites variados», ponerse coloretes en las mejillas, «agrandarse los ojos con carboncillo», pintarse con una espesa capa de maquillaje y untarse los pezones con purpurina dorada. De esta guisa, una meretriz de una edad considerable podía engañar a los hombres y extender su vida laboral unos años más.

También era habitual que se afeitasen siempre que el dinero se lo permitiera, ya que era bastante caro. Todo el cuerpo pasaba por la cuchilla, incluyendo sus partes íntimas, que -según la experta- «pintaban de rojo bermellón» y no cubrían con ropa interior.

No obstante, algunas de las prostitutas consideraban innecesarios estos cuidados ya que lo habitual era que el acto sexual se practicase al caer de la noche. Antes era un privilegio de recién casados. De hecho, mantener relaciones en una estancia muy iluminada no era adecuado. Y otro tanto pasaba con la ropa. «Estaba muy mal visto que las mujeres hicieran el amor completamente desnudas, incluidas las prostitutas», añade la autora.

Representación de un prostíbulo romano

Las meretrices tampoco podían usar zapatos, aunque era habitual que se saltasen esta norma y se grabasen en las sandalias palabras como «Sequere me» («Sigueme»). Estos términos quedaban inscritos en el polvo cuando caminaban y los clientes los seguían para encontrarse con ellas.

Pero lo más llamativo de las prostitutas es que fueron una figura transgresora. En la sociedad romana, el hombre era quien tenía el rol dominante en todos los sentidos y, entre ellos, se incluía el sexual. Durante el coito, debía ser siempre la figura activa. Sin embargo, las meretrices lograron equipararse a ellos. Así pues, no era raro que solicitaran a sus clientes que les hicieran «fellationes» o «cunilinguus», prácticas que solían relegar a quien las llevaba a cabo a un nivel inferior. «La peor acusación que se le podía hacer a un ciudadano era la de ser poco viril, es decir, actuar como pasivo en el amor», añade, en este caso Avial. Ellas, no obstante, lo lograron.

 

7 agosto 2018 at 3:21 pm 2 comentarios

Roma explora sus remotos orígenes regios

Lobas que amamantan gemelos, fratricidios o legendarios reyes… Los orígenes de Roma están impregnados del mito pero, ahora, una muestra arqueológica los explora para tratar de arrojar luz a los albores de una urbe que se convirtió en imperio.

Fuente: Gonzalo Sánchez – EFE  |  eldiario.es
28 de julio de 2018

La exposición, en los Museos Capitolinos hasta el 27 de enero de 2019, lleva por título “La Roma de los Reyes: El relato de la arqueología” y se compone de cerca de 840 objetos recuperados en las excavaciones de la ciudad, muchos jamás mostrados al público.

El superintendente de Cultura, Claudio Parisi Presicce, indicó en una rueda de prensa que el objetivo es comprender “la formación y la afirmación” de Roma en la región del Lacio, imponiéndose a otros pueblos como los etruscos, pero también en el Mediterráneo.

Articulada en 8 secciones con una “enorme cantidad de objetos”, la exposición “permite recomponer un cuadro de la sociedad entre el siglo X y el V a.C”, en la fase más arcaica de la ciudad.

La tradición establece que Roma fue fundada en el año 753 a.C, en concreto el 21 de abril, por Rómulo, que se convirtió en su primer rey tras asesinar a su hermano Remo, huérfanos ambos que sobrevivieron al abandono amamantados por una loba en el río Tíber.

Los organizadores de la exposición explican que poco se sabe aún de los siglos previos al surgimiento de esta importante ciudad, así como de su primera forma de Gobierno, una monarquía por la que se sucedieron siete reyes hasta el 509 a.C, el inicio de la República.

Esto se debe a que los orígenes de Roma a menudo “están confinados por los mitos”, por un mayor interés hacia su época imperial y por “la dificultad de encontrar” restos de las fases previas a su fundación, alegan.

Por ello se dirige una atención especial al periodo anterior del nacimiento de la urbe, desde el año 1.000 a.C, con información sobre sus ritos sepulcrales o los intercambios comerciales.

Las urnas demuestran que cuando surgió la ciudad, la práctica más extendida era la incineración, aunque pronto se asumió también la inhumación en nichos o sarcófagos con toda una serie de ritos para cumplir el “deber” de dar sepultura a los muertos.

Se sabe asimismo que en aquellos tiempos los habitantes de las fértiles tierras del Lacio ya comerciaban con los pueblos micénicos y también con las colonias helénicas en la costa del mar Tirreno, sobre todo bienes de lujo y preciadas cerámicas.

La época regia de Roma, que concluyo con Tarquinio el Soberbio en el 509 a.C, queda ilustrada con una didáctica maqueta en la que se aprecia que Roma solo era una pequeña villa al margen izquierdo del Tíber, entre la colina del Palatino y la del Aventino.

Gracias a los hallazgos en el área sagrada de Sant’Omobono, en el Foro Boario, se conservan esculturas de dioses y héroes en terracota y lastras del mismo material con procesiones y animales fantásticos que decoraban los edificios, por entonces austeros y de madera.

Destacan una vasija con asa de origen griego (askos) y que servía para contener pequeñas cantidades de líquido como vino o aceite, datado en torno al 630 a.C, así como una fíbula de bronce decorada (800-730 a.C) que servía para sujetar los ropajes y capas.

La exposición se cierra con una representación de los objetos de lujo arcaicos y adornos funerarios de la necrópolis del Esquilino, en las inmediaciones de la actual estación ferroviaria de Termini, y que ha perdido gran parte de su patrimonio con el paso del tiempo.

Se desconoce el uso de esas piezas pero “hacen comprender cuánto se ha perdido y cuántos son los objetos que siguen sin tener connotaciones históricas”, explicó Parisi Presicce, pues algunos restos no fueron clasificados en el pasado con una correcta metodología.

Pero la muestra cuenta con algunas piezas localizadas hace poco, en yacimientos explorados el pasado año, lo que arroja un soplo de esperanza pues el suelo de Roma “continúa devolviéndonos” material que podrá contribuir a comprender su pasado y el de sus reyes.

 

 

29 julio 2018 at 5:31 pm Deja un comentario

La luna roja emerge tras el Coliseo: el espectáculo del eclipse en el cielo de Roma

Un cielo despejado ha regalado a los romanos el espectáculo de la luna roja enmarcada por los monumentos más famosos de la ciudad, empezando por el Anfiteatro Flavio. Miles de ciudadanos y turistas con la nariz hacia arriba, armados con smartphones y cámaras fotográficas, han disfrutado del espectáculo de los Foros Imperiales y de los puntos panorámicos más famosos de la capital.

Fuente: AGF | Repubblica
28 de julio de 2018

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

28 julio 2018 at 11:06 am Deja un comentario

Un nuevo enigma arqueológico ha surgido junto al río Tíber, en Roma

Por un lado hay construcciones de los siglos I-II d.C. y, por encima, edificaciones de los siglos III-IV d.C. ¿Un lugar de culto cristiano? Ya se verá…

Vista general de las excavaciones junto al río Tíber

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

Fuente: Alec Forssmann National Geographic
20 de julio de 2018

Un verdadero enigma arqueológico ha surgido junto al puente Milvio y a lo largo de la Via Capoprati de Roma, que corre paralela al río Tíber. Gracias a unas excavaciones arqueológicas preventivas con motivo de una instalación eléctrica, anunciadas en National Geographic España en diciembre de 2017, aparecieron los restos de un edificio de época imperial, con un pavimento de una policromía asombrosa. Las excavaciones fueron interrumpidas durante el invierno por razones climáticas y fueron retomadas hace un mes, según informó el viernes pasado la Superintendencia Arqueológica de Roma. “Las estructuras que han aparecido en Via Capoprati no son fáciles de interpretar“, asegura el comunicado. Por un lado hay construcciones de los siglos I-II d.C., que probablemente tenían un uso comercial a juzgar por la presencia del río, y encima de estas hay construcciones de los siglos III-IV d.C.: un complejo que se caracteriza por las ricas decoraciones marmóreas y por la presencia de sepulturas.

La Superintendencia Arqueológica de Roma baraja varias hipótesis: podría tratarse de una suntuosa villa suburbana o de un lugar de culto cristiano, con mausoleos anexos. Las construcciones más antiguas son de plena época imperial, del siglo I o II d.C., y probablemente pertenecen a un edificio más amplio que tenía una función comercial, por ejemplo un almacén, o que estaba relacionado con la presencia del río Tíber, de la Vía Flaminia o con el uso de ambos. En el siglo III o IV d.C. se edificaron sobre estas estructuras antiguas unos muros en opus vittatum y los extraordinarios pavimentos en opus sectile.

Las construcciones más antiguas son, indudablemente, de época imperial

Dos ambientes con una lujosa decoración marmórea y, en el lado suroeste de estos dos ambientes, dos construcciones circulares. La ampliación de las excavaciones, dirigidas por Marina Piranomonte, ha sacado a la luz un núcleo cementerial extenso, con sepulturas de diferente tipología arquitectónica que incluyen ánforas africanas y tardoantiguas. La presencia de estas sepulturas es lo que indica que se trataría de un edificio dedicado al culto, probablemente cristiano, considerando la época de dichas estructuras. ¿Una pequeña basílica con dos mausoleos anexos y un cementerio al aire libre? Las próximas investigaciones tratarán de resolver este nuevo enigma arqueológico de la ciudad de Roma.

Espléndidos pavimentos marmóreos

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Pavimento en ‘opus sectile’

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Uno de los ambientes excavados

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Detalle del pavimento

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Rica policromía

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Estructura del siglo III o IV d.C.

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Motivos decorativos

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Diversos elementos arquitectónicos

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Estratos arqueológicos

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Elemento decorativo

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Ambiente excavado en la Via Capoprati

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

Ánforas
Ánforas excavadas en la zona cementerial.

Fotos: Romano D’agostini-Giorgio Cargnel, Soprintendenza Speciale di Roma

 

21 julio 2018 at 9:04 am Deja un comentario

Perfumes en Roma: el aderezo más preciado

Para los antiguos romanos, los perfumes eran “una de las cosas más exquisitas y más nobles” de la vida

La mujer y el perfume
Esta delicada pintura muestra a una joven ricamente ataviada que vierte con cuidado perfume en un alabastrón. Museo Nacional Romano, Roma.

FOTO: Scala, Firenze

Fuente: María José Noain National Geographic
14 de julio de 2018

El escritor latino Plinio el Viejo decía del perfume que era el más superfluo de los lujos, dado su carácter efímero, y que sólo servía «al placer del que se ha perfumado». El propio origen de la palabra, proveniente del latín per fumum, ya nos está indicando su volatilidad: olor «por medio del humo», ya que en su origen los aromas para perfumar el ambiente se obtenían quemando resinas, raíces y maderas olorosas que producían un humo perfumado. ¿Y hay algo más volátil que el humo?

El origen de la palabra perfume viene del latín per fumum, olor por medio del humo

Pero aunque la palabra que empleamos en nuestros días proviene del latín, el origen del perfume se retrotrae en el tiempo. El gusto de los seres humanos por acicalarse y perfumarse no es un concepto contemporáneo, como podríamos pensar. Desde tiempos inmemoriales hemos buscado el modo de elaborar fragancias, campo en el que los antiguos griegos y romanos alcanzaron una gran pericia.

En la Antigüedad, los fabricantes de perfumes fijaban el aroma en una sustancia cremosa o grasa que retuviera el olor, ya que el alcohol, que habitualmente asociamos con la elaboración de los perfumes, no comenzó a ser utilizado como base de los mismos hasta el siglo XIV.

Fórmulas y materias

La composición del perfume constaba de dos elementos. El primero era la base, de carácter líquido y composición grasa, que amalgamaba y permitía la conservación de los aromas. Estaba formada por un aceite vegetal, principalmente el de oliva, aunque también podía usarse el de sésamo o el de lino. Cuanto más graso era el aceite –como el de almendras–, mayor era la duración del olor. A esta base líquida se le podían añadir conservantes y colorantes, como el cina brio o la orcaneta (una planta vellosa con flores amarillas). El segundo componente, de carácter sólido, eran las plantas, flores, raíces o resinas que se añadían al aceite y le aportaban la fragancia. El repertorio de aromas era muy amplio, aunque el de las rosas destacaba sobre los demás. Otras sustancias empleadas eran la mirra, la canela, el azafrán, el nardo, el narciso o el membrillo.

Las fórmulas para la elaboración de los perfumes, en sus distintas variedades y calidades, podían ser realmente complejas. Plinio aporta los ingredientes de una de estas recetas, compuesta de flor de rosa, aceite de azafrán, cinabrio, cálamo aromático, miel, junco oloroso, flor de la sal, orcaneta y vino. Por su parte, Dioscórides, en su obra De materia medica, precisa incluso las cantidades de cada ingrediente, como los mil pétalos de rosa que, según indica, han de utilizarse para obtener el perfume de esta flor.

Crear una buena esencia

Para obtener el aroma a partir de las materias vegetales, podía usarse el prensado, la maceración en frío o la maceración en caliente. El prensado consistía en aplastar las materias olorosas tensando una tela. En la maceración en frío se colocaban el aceite y los pétalos en capas alternas. Éstos se iban sustituyendo periódicamente para impregnar más y mejor la grasa, llegando a realizarse varios enflorados. Cuantas más veces se añadieran y removieran las flores, más intenso era el aroma. La maceración en caliente, el método más empleado, se efectuaba de la misma manera, pero calentando la mezcla en un caldero o en un horno.

En Roma, los perfumes se comercializaban en tiendas especializadas, las tabernae unguentaria. Estos establecimientos se agrupaban en barrios (vicus unguentarius) que, como los gremios medievales, reunían a estos profesionales. Eran grupos familiares cerrados que guardaban los secretos del proceso y transmitían las fórmulas de generación en generación. Al parecer, era habitual la presencia de mujeres en el negocio, tal y como se desprende de ciertos epitafios funerarios. No queda claro, sin embargo, si se dedicaban sólo a la venta del producto o también a su elaboración.

Los perfumistas pertenecían a grupos familiares cerrados que guardaban celosamente el secreto de su elaboración

Los contenedores de perfumes pasaron a ser elementos de vital importancia, de tal modo que un producto de lujo no estaba formado sólo por el contenido, sino también por el continente. No todos los materiales conservaban igual los aromas: el alabastro, por ejemplo, era una piedra especialmente valorada, dado que era impermeable y estanca, aunque muy cara. La cerámica, muy popular en Grecia, fue sustituida en Roma por el vidrio, que poseía también excelentes cualidades de conservación pero era un material mucho más asequible, reutilizable y reciclable.

Perfumes para todos

Hombres y mujeres se perfumaban por igual, pero no con las mismas esencias, que podían clasificarse en masculinas y femeninas. Decía el poeta Marcial en uno de sus epigramas: «Me seducen los bálsamos porque éstos son los perfumes de los hombres: vosotras, matronas, exhalad los olores deliciosos de Cosmos [famoso perfumista de la época]». Múltiples son las citas que indican que era una costumbre arraigada en ambos sexos. «No todo el mundo puede oler a perfumes exquisitos como hueles tú», dice Tranión a Grumión –ambos personajes masculinos– en la comedia Mostellaria de Plauto. Se decía del emperador Nerón que gustaba de impregnarse las plantas de los pies con perfume, mientras que en la Domus Aurea, su lujoso palacio en Roma, había introducido un curioso método de aromatización según recoge Suetonio: «El techo de los comedores estaba formado por tablillas de marfil movibles, por algunas aberturas de las cuales brotaban flores y perfumes».

El tipo de aroma también variaba según las clases sociales. Los plebeyos utilizaban perfumes baratos o adulterados, hechos con aceites de baja calidad como el de aceitunas verdes o el de ricino, y aromatizados con plantas como el junco oloroso. Era el caso de las prostitutas. Adelfasia, personaje de la comedia Poenulus de Plauto, le dice a su hermana: «¿Acaso quieres mezclarte allí entre estas prostitutas […], despojos de mujeres de baja estofa, miserables harapientas perfumadas con perfume barato?». Nada que ver con los perfumes destinados a las élites, más densos, aromatizados con exóticos productos y que podían llegar a costar precios astronómicos. El indiscutible valor del perfume queda recogido en uno de los epigramas de Marcial. Concretamente en su libro Xenia, en el que describe los regalos que solían intercambiarse en las fiestas de las Saturnales, dice: «Nunca dejes a tu heredero ni el perfume ni los vinos. Tenga él tu dinero; éstos todos a ti mismo dátelos».

El poeta Marcial decía: «Nunca dejes a tu heredero ni el perfume ni los vinos»

En cambio, su uso era criticado por los moralistas e, incluso, en la Atenas de Solón y en la Roma republicana se emitieron leyes para prohibirlos. También los espartanos, conocidos por su austeridad, echaron de su territorio a los vendedores de este tipo de mercancías. Lo cuenta el estoico Séneca, que en uno de sus textos moralizantes recuerda cómo «los lacedemonios expulsaron de su ciudad a los perfumistas y les instigaron a que se apresurasen a pasar la frontera porque desperdiciaban el aceite». Para la mayoría de los filósofos latinos y para ciertos emperadores, el uso del perfume era una frivolidad imperdonable. Suetonio, en la vida de Vespasiano, cuenta cómo el emperador «habiéndose presentado muy cargado de perfumes un joven a darle gracias por la concesión de una prefectura, se volvió disgustado y le dijo con severidad: “Preferiría que olieses a ajos”, y revocó el nombramiento».

Sin embargo, los perfumes se aceptaban plenamente en ciertos contextos. Por ejemplo, el uso de aceites perfumados en el mundo del deporte aparece desde tiempos de Homero. En Roma, los atletas que acudían a practicar deporte a las termas solían llevar consigo un «kit de belleza», con ungüentarios que contenían el preciado aceite con el que se ungían antes del ejercicio y que retiraban después con el estrígilo, una pieza curva de bronce.

Para los dioses y los difuntos

Perfumar el ambiente para sacralizar los ritos y las ceremonias, tanto en los templos como en el ámbito doméstico, era asimismo algo habitual en la Antigüedad. Los aceites olorosos podían entregarse como ofrendas en los altares familiares a los dioses o a los antepasados, y también se perfumaban las estatuas de culto y los animales para el sacrificio. «El efecto placentero de los perfumes ha sido admitido […] entre las cosas agradables de la vida más exquisitas e incluso más nobles, y su consideración ha comenzado a extenderse hasta para las honras fúnebres», cuenta Plinio. En las necrópolis romanas, los ungüentarios de vidrio eran uno de los elementos funerarios más comunes. Contenían los perfumes y aceites necesarios para ungir el cuerpo del difunto. Narra el mismo autor, hablando de la canela, que «ni con la cosecha de un año se cubriría tanta cantidad como la que el emperador Nerón mandó quemar en el último adiós a su [esposa] Popea».

Para saber más

La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio. J. Carcopino. Temas de Hoy, Madrid, 2001.

Històries de tocador (catálogo). Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2018.

Historia natural. Plinio el Viejo. Gredos, Madrid, 2010.

 

Caja para cosméticos
Arqueta de madera, con elaboradas incrustaciones de marfil, que contenía útiles de belleza. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

FOTO: DEA / Album

 

Cupidos perfumistas
Este fresco de la casa de los Vettii en Pompeya recrea una escena de fabricación y venta de perfume, cuyos protagonistas son pequeños cupidos.

FOTO: Foglia / Scala, Firenze

 

Víctima sacrificial
Un sacerdote vierte aceite perfumado sobre un toro que va a ser sacrificado. Relieve. Museo de Historia, Berna.

FOTO: AKG / Album

 

14 julio 2018 at 6:00 pm Deja un comentario

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