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«Los políticos que leen a Platón nunca serán corruptos», afirma Andrea Marcolongo

La joven escritora italiana publica ‘La lengua de los dioses’, una de las revelaciones de la temporada literaria en su país con más de 100.000 ejemplares vendidos

Andrea Marcolongo.

Fuente: ÁLVARO SOTO > Madrid  |  Diario SUR
25 de septiembre de 2017

No corren buenos tiempos para el griego clásico, en una situación peor incluso que el latín. El idioma que hablaba Aristóteles prácticamente ha desaparecido del sistema educativo y en la calle se considera inútil, sobre todo respecto a los conocimientos considerados ‘útiles’, como los tecnológicos. Por eso resulta casi subversivo reinvindicarlo con la pasión con la que lo hace la joven escritora italiana Andrea Marcolongo (Milán, 1987), que publica en España ‘La lengua de los dioses’, que se ha convertido en uno de los libros revelación de la temporada literaria en Italia, con más de 100.000 ejemplares vendidos.

«El griego es parte de nuestra forma de vivir y nos da una visión del mundo. Aprenderlo nos enseña a enfrentarnos a la diversidad y, sobre todo, en tiempos como estos en que todos los que no piensan como nosotros son considerados enemigos, nos ofrece un elemento de unión», explica con pasión Marcolongo. La autora admite que el idioma, al principio, resulta difícil para los estudiantes, pero recuerda que en la etapa del colegio, el paso más duro es el de niño a adulto, y en eso el griego ayuda a aprobar «la asignatura de vivir».

Pero no solo los escolares deben acercarse al griego clásico; también los adultos y, sobre todo, los que tienen en sus manos los destinos de la sociedad. Marcolongo cree que «un político que lee a Platón nunca será corrupto». Los textos del filósofo «están llenos de lógica, que es algo que falta en nuestra sociedad», opina la autora, que recomienda, para empezar en el idioma, las lecturas de la Iliada y la Odisea de Homero.

 

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26 septiembre 2017 at 7:35 am Deja un comentario

Heródoto, el historiador viajero

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, Heródoto concibió la historia como una investigación personal y una exploración de otras culturas, incluidas las de los pueblos “bárbaros”.

El padre de la historia. Heródoto de Halicarnaso describió el mundo y los acontecimientos que marcaron su época en su Historia, una magna obra que siglos después fue dividida en nueve libros. Aquí en un busto  en el Museo Metropolitano de Nueva York. ESCULTURA: MMA / RMN-GRAND PALAIS

Fuente: CARLOS GARCÍA GUAL  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
25 de septiembre de 2017

Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, comienza sus poemas invocando a la “Musa divina” como inspiradora de su obra; Heródoto, en cambio, pone su nombre propio en la primera línea de su relato, escrito no en verso, sino en prosa. Esa firma personal sirve como garantía de la veracidad de su testimonio y de su narración, como harán otros dos cronistas, Tucídides y Jenofonte.

En ese inicio encontramos también la palabra que denominará para siempre a este nuevo género de escritura: historia. El relato que presenta Heródoto es el resultado de su investigación personal (apodexis historíes). Enseguida nos advierte de que no pretende contar mitos de los dioses y héroes antiguos, sino “los hechos de los hombres”. Pero hay algo en su gran proyecto narrativo en lo que coincide con los poetas épicos: escribe para salvar del olvido el recuerdo de gestas admirables. Conviene fijarse bien en las líneas iniciales de ese relato histórico pionero, tan extenso y de largo aliento, que esboza su programa de clara novedad: “Ésta es la exposición de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, a fin de evitar que, con el tiempo, caigan en el olvido los hechos de los hombres y que las gestas importantes y admirables realizadas tanto por griegos como por bárbaros, y de manera particular el motivo por el que lucharon unos contra otros, queden sin gloria”.

Heródoto quería explicar las causas de la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas

En este prólogo, escrito sin duda al concluir su extensa obra, subraya un doble objetivo: referir las grandes gestas tanto de griegos como de no griegos –bárbaros– y, en segundo lugar, explicar las causas de la tremenda guerra entre unos y otros, la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas (492-478 a.C.). En el texto de Heródoto, la palabra bárbaros no tiene ningún matiz despectivo, como sí tendrá posteriormente en Tucídides y otros autores clásicos. Heródoto admira el mundo abigarrado de “los bárbaros”, sus hazañas y los grandiosos monumentos que erigieron.

Un hombre cosmopolita

Heródoto vivió aproximadamente entre los años 485 y 425 a.C. Es, por tanto, coetáneo del sofista Protágoras y del poeta trágico Sófocles. Consiguió gran renombre durante su visita a Atenas hacia 441 a.C. Allí fue invitado a leer con gran éxito algunos capítulos de su obra y recibió un premio importante por ello, un pago a sus elogios de la heroica lucha de los griegos, sobre todo de los atenienses, en defensa de la libertad.

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, de donde fue desterrado, pasó largo tiempo en la isla de Samos y luego se dedicó a viajar. Fue en Jonia donde surgieron los primeros filósofos, en ciudades como Mileto o Éfeso, urbes comerciales y abiertas al mar, siempre bajo la amenaza del vecino Imperio persa. Allí forjó Heródoto su carácter y su ánimo intrépido de amante de los viajes, curioso y tolerante, y tomó nota de las noticias frescas de lo que veía y lo que le contaban, como un buen reportero avant la lettre; no en vano, Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, lo vio como un guía ejemplar para viajeros a tierras lejanas en su libro Viajes con Heródoto.

La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos. Heródoto habla de lógoi, algo así como “tratados”, cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final. En el libro primero de su Historia, Heródoto trata del reino de Lidia, del fastuoso rey Creso y sus enormes riquezas, y de la conquista de este territorio por el rey persa Ciro. En el segundo libro nos habla de Egipto y sus maravillas. El tercero comienza con la conquista del país del Nilo por el persa Cambises y vuelve a las historias de Persia. El cuarto libro abarca dos lógoi: uno sobre Escitia (región situada en Asia Central) y otro sobre Libia.

Los libros siguientes relatan el conflicto bélico entre griegos y persas, episodio tras episodio. En el quinto enfoca las intrigas de los persas en Macedonia y los conflictos de las ciudades griegas, con noticias sobre las políticas de Esparta y Atenas. Los siguientes libros cuentan las dos guerras médicas: en el sexto, la expedición de Darío, que concluye con la victoria griega en Maratón; el séptimo evoca con intenso dramatismo las batallas decisivas, las de Termópilas y Maratón; en el libro octavo, la de Salamina, y en el noveno narra la de Platea. Todas ellas sellan la merecida victoria final de los griegos.

El primer reportero

Heródoto reúne noticias muy variadas de sus viajes y experiencias. No se basa para ello en textos escritos, no usa viejos archivos, sino que cuenta lo que ha visto y oído en sus largos viajes y, ya en la segunda parte, nos describe y comenta, como nadie antes, la guerra que decidió la libertad de Grecia, con especial referencia a la democrática Atenas. No sólo es el “padre de la historia”, como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural. Nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró con enorme agudeza escuchando a informadores de distintos países a lo largo de sus itinerarios. Sus instrumentos fueron la mirada curiosa (ópsis), el escuchar a fondo (akoé) y la reflexión crítica sobre los datos recogidos (gnóme).

No sólo es el “padre de la historia”, como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural

Los primeros libros de su Historia atestiguan esa faceta de viajero excepcional. Visitó Egipto, recorriendo el valle de Nilo hasta la primera catarata en Elefantina (Asuán), donde acababa el Egipto antiguo, a unos mil kilómetros del mar. También visitó Mesopotamia y nos ha dejado una descripción de la famosa Babilonia y las comarcas cercanas; tal vez llegara hasta Susa. Hacia el norte, visitó las colonias griegas a orillas del mar Negro, y más allá se internó en las praderas pobladas por los errabundos escitas, en la estepa ucraniana, hasta llegar cerca de la actual Kíev. Recorrió también el norte de África, pasando por la Cirenaica y la costa de la actual Libia. Recaló un tiempo en las ciudades griegas del sur de Italia y colaboró en la fundación de la colonia de Turios. Podemos suponer que deambuló por toda Grecia y visitó muchas islas del Egeo.

Nos habría gustado saber más de las andanzas del intrépido viajero. ¿Cómo viajaba? ¿En solitario y con mínima impedimenta? ¿A caballo? ¿Cómo pagaba sus gastos y dónde se albergaba? ¿Registraba sus encuentros e impresiones en apuntes en rollos de papiro? Algunas regiones que Heródoto recorrió estaban colonizadas por griegos –como la costa del mar Negro o el sur de Italia–. También en la costa norte de Egipto había comerciantes griegos, y en Persia, tal vez algunos mercenarios. Pero ¿y en la estepa escita, cuando remontó el río Dniéper viajando entre tribus bárbaras, o en el Alto Egipto? Por otra parte, parece que sólo conocía el griego (como era natural en los viajeros griegos de la época), así que en Egipto tuvo que recurrir a sacerdotes locales bilingües para que le interpretaran las inscripciones más o menos sagradas de los templos.

Heródoto era, indudablemente, un tipo excepcional en su curiosidad por lo exótico y en su admiración de lo extraordinario. Al recordar al sabio Solón cuenta que, tras su etapa como legislador en Atenas, partió de viaje “por afán de ver mundo” (theoríes héneken). Ese mismo “afán téorico” movía sin tregua a Heródoto, pero en él va unido a las ganas de narrar las cosas asombrosas que ha visto o que le contaron, y lo hace en un estilo muy claro, con descripciones y anécdotas de vivo colorido en escenarios muy variados.

Pionero de la antropología

Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como “egiptomanía”

Comparado con historiadores como Tucídides o Jenofonte, Heródoto se revela –sobre todo en los primeros libros– como un narrador divertido y fabuloso; después, cuando describe la guerra y sus contextos políticos, resulta más austero. Pero si nos detenemos en la lectura de la mitad inicial de su gran obra podemos admirar toda la variedad de sus observaciones. Es, con razón, muy conocido el libro segundo, dedicado a Egipto –que, desde tiempos de Homero, fue un país que siempre fascinó a los griegos y adonde viajaron famosos sabios como Tales, Pitágoras y más tarde Platón–. Fue Heródoto quien lo llamó “un don del Nilo”.

Y, en efecto, comienza hablando del caudaloso río y de las teorías sobre sus lejanas fuentes en el centro de África, para describir luego las extrañas costumbres de sus gentes, así como algunos animales del variopinto bestiario egipcio, como el cocodrilo, el ibis y los gatos (por entonces, unos animales poco conocidos por los griegos). Asimismo trata de las colosales pirámides y de los dioses, sus templos, sus arcanos ritos y las historias asociadas a ellos; incluso narra cuentos curiosos, como el del ladrón de tesoros de pirámides, Rampsinito. Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como “egiptomanía”.

Heródoto es así, en cierto modo, el primer antropólogo que explora mundos ajenos a su cultura. Abre ojos y oídos a las tradiciones de otros pueblos y elabora una pintoresca narración, una “historia” de horizontes lejanos, monumental y novelesca a ratos; se nos aparece como un viajero ilustrado fascinado por Oriente y Egipto, un pensador de extraordinaria amplitud de miras, tolerante y ameno.

Como otros historiadores griegos, Heródoto vivió desde joven en el exilio y compuso su magna obra desde él. Al igual que Tucídides, Jenofonte y Polibio, la experiencia del destierro le incitó a tender una mirada aguzada e imparcial sobre otras culturas, sin censuras morales ni partidismos patrióticos. Lo hizo con el hondo orgullo de ser un hombre libre y haber conocido la democracia, y de manejar la flexible lengua griega y afianzar, escribiendo en la joven prosa jonia, la tradición helénica del gusto por el diálogo en libertad y el examen crítico ante los hechos y las personas. Por eso, en los últimos libros de su Historia, exaltó la lucha heroica de los griegos por su independencia contra el gran ejército de los persas, llevados de continuo al desastre por reyes despóticos.

Desafiar al olvido

“Todo es azaroso en la vida humana”, apunta en una sentencia; “La divinidad es envidiosa y perturbadora”, dice en otra

Coetáneo y amigo de Sófocles, Heródoto mantiene una visión humanista y trágica de la historia universal, con esa mentalidad arcaica que veía a los humanos como seres “efímeros” de azaroso destino. Incluso el poderío y la ambición de los más grandes puede derrumbarse. “Todo es azaroso en la vida humana”, apunta en una sentencia; “La divinidad es envidiosa y perturbadora”, dice en otra. “No llames a nadie feliz hasta contemplar su último día”, alecciona el ateniense Solón al riquísimo rey Creso, que recordará la frase al caer derrotado por el persa Ciro.

La divinidad abate a los orgullosos y premia a los justos, y castiga el exceso de soberbia, como hizo con Jerjes, al que ya Esquilo en su tragedia Los persas presentó como ejemplo de hybris (el arrebato pasional que lleva a los hombres a desafiar los límites impuestos por los dioses). Para Heródoto, el mundo se mueve bajo la mirada de los dioses, pero la providencia divina nos es extraña e imprevisible. El destino resulta trágico, y por ello vale la pena celebrar las gestas heroicas y las maravillas, e inventar, para siempre, la historia, es decir, un testimonio acreditado a favor de las glorias humanas desafiando las sombras del olvido.

 

25 septiembre 2017 at 7:13 pm Deja un comentario

El estado de ánimo de un edificio

¿Qué decide el orden arquitectónico empleado en un edificio? La recuperación de un ensayo de John Summerson indaga en lo que es un clásico

Ayuntamiento de Birmingham, de Joseph Hansom, 1832.

Fuente: Anatxu Zabalbeascoa EL PAÍS
19 de septiembre de 2017

Son los elementos decorativos lo que, superficialmente, distingue a los edificios clásicos. Es la armonía entre sus partes lo que, sin embargo, los define como clásicos. Esas dos lecturas, la epidérmica y la esencial, constituyen dos pilares de las interpretaciones arquitectónicas. Y es que aunque el lenguaje arquitectónico heredado de Grecia y Roma se ha utilizado durante siglos como si fuera uno, las interpretaciones de los estudiosos -de Vitruvio a Alberti pasando por Serlio- o las versiones de los arquitectos –los que copiaron y los que innovaron- han convertido al clasicismo más en una materia prima que en un estilo arquitectónico.

Órdenes de la arquitectura según Jacopo Vignola, 1563.

Tal vez por eso, a finales de los años 60 el historiador de la arquitectura John Summerson explicó a los espectadores de la BBC lo que era la arquitectura clásica y qué la hacia clásica. El libro El lenguaje clásico de la arquitectura, con el resumen de esas seis charlas, editado por el propio Summerson y publicado por primera vez en 1980, ha sido ahora rescatado por la editorial Gustavo Gili. Cuando se cumplen 25 años de la muerte del historiador, su explicación sobre los clásicos sigue viva, es ya un “clásico” al margen del tiempo.

Summerson afirmó, justo antes de que estallara la postmodernidad, que “en la comprensión y aplicación adecuadas de los órdenes están los cimientos de la arquitectura como arte”. También distinguió entre los plagios -Sir John Soane inspirándose en exceso en el templo de Vesta en Tívoli para diseñar su Banco de Inglaterra, o Iñigo Jones basando su Covent Garden en el texto de Vitruvio “casi como en un ejercicio arqueológico”- y las innovaciones -Borromini y sus invenciones desaforadas extraordinariamente expresivas o Philibert de l’Orme, que inventó el orden francés para el palacio de las Tullerías-.

Pero, fundamentalmente, el historiador apuntó datos esenciales -como la deriva del dórico de un tipo primitivo de construcción en madera- junto a interpretaciones más pintorescas –como las personalidades humanas atribuidas a los órdenes arquitectónicos. A saber: la esbeltez femenina del jónico o la fuerza masculina del dórico-. Sin dejar de aludir a los medios económicos disponibles, argumento tan incuestionable como poco mencionado a finales del siglo pasado, Summerson habló también de las recomendaciones de Serlio para utilizar, por ejemplo, el dórico en las iglesias consagradas a los santos más extrovertidos: San Pablo, San Pedro o San Jorge- mientras que el corintio quedaría para los templos dedicados a las vírgenes.

Él propio historiador apuntó que los órdenes arquitectónicos revelan para él el estado de ánimo de un edificio: de lo fuerte a lo delicado puesto que, en muchos inmuebles romanos, los órdenes eran bastante inútiles desde el punto de vista estructural. Así, es la unión del orden con la estructura lo que decide cuatro grados de integración y, por lo tanto, cuatro intensidades de sombra. “Los romanos nunca aprendieron a explotar todas las posibilidades de estos grados, aunque fueron quienes indicaron el camino para hacerlo”.

Sea como elemento decorativo o como armonía de las partes, como lo clásico es lo recurrente, lo que siempre vuelve, es interesante que alguien con la claridad mental, y expositiva, de Summerson, lleve al lector de la mano por ese mundo de proporciones y símbolos que, como el propio Movimiento Moderno, se ha reescrito muchas veces y posiblemente se rescribirá muchas más.

 

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19 septiembre 2017 at 1:53 pm Deja un comentario

El primer alcoholímetro de la historia: besar en la boca a la mujer romana

«Eso no estaba en mi libro de historia de Roma» relata curiosidades sobre aquella época recopiladas por el periodista Javier Ramos

Personaje de la ilustración de la portada del libro – ALMUZARA

Fuente:J. L. FERNÁNDEZ  |  ABC
5 de septiembre de 2017

¿Quién inventó los test de alcoholemia? Probablemente, los primeros fueron los romanos, que en el siglo VII antes de Cristo aplicaban una cruel ley que condenaba a muerte a la mujer por ingerir alcohol, al igual que por el adulterio, y la prueba consistía en besar en la boca a la sospechosa de haber empinado el codo. Es más, no solo la sometía a esta humillación su marido, sino también los familiares directos suyos, si así lo disponía él.

Se trata de una de las curiosidades contenidas en el libro recién publicado por la Editorial Almuzara, titulado «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», del periodista y comunity manager valenciano afincado en Alicante Javier Ramos de los Santos.

«Eran los inicios de la República y en esta ley se consideraba que el hecho de beber alcohol conducía al libertinaje de la mujer y a una posible infidelidad; luego, en la época del Imperio, las leyes fueron más laxas y benévolas», explica el autor, quien añade, además que «la mayoría de los matrimonios eran de conveniencia, con mucha diferencia de edad entre el marido -muy mayor- y la mujer, por lo que no había mucho amor, con lo que este gesto de acercar los labios a la boca, no solo besar, ya servía como prueba del supuesto delito».

Funeral de una mosca

Una de las anécdotas más cómicamente grotescas del libro revela como el célebre escritor Virgilio, autor de un clásico como la «Eneida», utilizó una ingeniosa treta para que el Estado no le expropiara unas tierras suyas, de las que se regalaban a militares para su retiro, en agradecimiento a sus servicios por la patria en el campo de batalla. Como se excluía a los terrenos en los que hubiera tumbas de familiares o mascotas, el insige literato dio sepultura a una mosca, como su animal de compañía.

«Al funeral acudieron plañideras y actores profesionales y hasta una orquesta, y el cadáver fue enterrado en un mausoleo digno de un emperador construido para la ocasión», relata Ramos.

Y es que en este libro, según su autor, «el lector descubrirá una Roma diferente, vigorosa y descarnada», que tuvo que hacer frente a los problemas cotidianos que plantean las grandes ciudades, que en poco difiere de los actuales. Así, en la capital del imperio «se tuvo que constituir el primer cuerpo de bomberos de la historia, un hecho que contribuyó a la especulación inmobiliaria y a los desahucios».

El autor, Javier Ramos de los Santos – ALMUZARA

Este entusiasta del periodo romano, que ya ha publicado otros textos históricos, recomienda ahora esta nueva obra como «un divertido manual en el que se cuentan hechos por los que los libros de historia pasan de puntillas u olvidan la mayoría de la veces»

Aun con esos asesinatos legales de esposas por beber alcohol o cometer adulterio, la sociedad romana evolucionó y «la mujer gozó de una dignidad y una autonomía similares, si no superiores, a las obtenidas por los movimientos feministas contemporáneos, gracias, en gran parte, a las movilizaciones que llevaron a cabo para reivindicar sus derechos. Así, puede decirse que las mujeres romanas fueron las inventoras del escrache», según el autor.

Prohibido lucir joyas

Manifestándose frente al foro, el ágora, consiguieron frenar otra norma que les perjudicaba, la ley oppia (por el apellido del tribuno romano que la defendía), después de las guerras con los cartagineses, que estipulaba que la mujer no debía hacer ostentación de joyas, abalorios.

Javier Ramos es periodista y experto universitario en Protocolo y Relaciones Institucionales. Con una larga experiencia profesional, ha trabajado en diferentes medios de comunicación como Diario 16, Las Provincias o 20 minutos.

Apasionado por la historia y los viajes, también ha colaborado para diferentes publicaciones relacionadas con estas temáticas, como: Clío, Medieval, Revista de Arqueología, Lonely Planet o Ágora Historia. En la actualidad ejerce de redactor freelance y community manager. Es administrador del blog lugaresconhistoria.com

 

6 septiembre 2017 at 9:27 am Deja un comentario

Hallan en la antigua ciudad de Perge (Turquía) un mosaico que representa el sacrificio de Ifigenia

Un mosaico de 1800 años de antigüedad que representa el sacrificio de Ifigenia, la hija de Agamenón y Clitemnestra durante la Guerra de Troya según la mitología griega, ha sido hallado durante los trabajos de excavación en la antigua ciudad de Perge, en Turquía.

Foto: gazetatema.net

Fuente: ANTALYA-Anadolu Agency |  Hürriyet Daily News
21 de julio de 2017

El jefe de excavaciones de Perge (o Perga) y director del Museo de Antalya, Mustafa Demirel, ha informado de que un nuevo mosaico ha sido descubierto cuando el equipo arqueológico trabajaba para abrir una tienda en el ala oeste del sitio.

“Hemos encontrado un mosaico de 1800 años de antigüedad que representa el sacrificio de Ifigenia durante la Guerra de Troya en la ciudad de la antigua Perge. El hallazgo, que nos ha producido una gran emoción, ha tenido lugar cuando estábamos trabajando para abrir una tienda en el ala oeste. Hemos descubierto que este era un lugar sagrado de culto”, ha indicado.

Ifigenia era la hija de Agamenón y Clitemnestra en la mitología griega.

Mientras el ejército griego se preparaba para zarpar hacia Troya durante la guerra de Troya, Agamenón provocó la ira de la diosa Artemisa porque mató un ciervo sagrado. Por ello decidió parar todos los vientos, y las naves no pudieron navegar. El adivino Calcas se dio cuenta de cuál era el problema e informó a Agamenón de que, para apaciguar a la diosa, Agamenón debía sacrificarle a Ifigenia. Aunque al principio se mostró reacio, Agamenón se vio finalmente obligado a hacerlo así. Antes de partir, mintió a su hija y a su esposa diciéndoles que Ifigenia iba a casarse con Aquiles.

La madre y la hija acudieron llenas de felicidad al puerto de Áulide, sólo para descubrir la horrible verdad. Aquiles, desconocedor de que su nombre había sido utilizado en una mentira, trató de impedir el sacrificio, pero Ifigenia en última instancia decidió sacrificarse por honor y por propia voluntad. La versión más popular de lo que sucedió después es que, en el momento del sacrificio, la diosa Artemisa sustituyó a Ifigenia por una cierva; sin embargo Calcas, que era el único testigo, guardó silencio. Ifigenia fue llevada después por Artemisa a la ciudad de Táuride donde se convirtió en sacerdotisa de la diosa.

La antigua ciudad de Perge es considerada como “la segunda Zeugma de Turquía”, por los fascinantes mosaicos que han sido descubiertos hasta ahora.

Perge está situada a 17 kilómetros al este de Antalya, en la región de Aksu. Las importantes estructuras monumentales de la ciudad se vienen excavando desde 1946 y, debido a las esculturas que se han hallado allí, el  Museo de Antalya posee una de colecciones más ricas de escultura romana.

 

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21 julio 2017 at 2:42 pm Deja un comentario

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Kalkriese  |  EL PAÍS
16 de julio de 2017

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.

El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.

Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.

Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.

Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.

Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.

Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

 

16 julio 2017 at 9:34 am Deja un comentario

Los papiros, testimonios del difícil camino del conocimiento en la antigüedad

Una pequeña parte se ha salvado y se ha convertido en la base del conocimiento universal, pero el 90 % de la literatura de la antigüedad se perdió para siempre durante épocas en las que la información solo transitaba por complicados y difíciles caminos.

Fuente: Wanda Rudich – EFE  |  YAHOO Noticias
8 de julio de 2017

La muestra “Papiros y Manuscritos. Caminos del conocimiento”, expuesta en la Biblioteca Nacional de Austria, intenta reconstruir algunos de esos trayectos y destaca que el acceso al conocimiento era en el pasado tan importante como ahora, aunque los problemas fueran distintos.

Mientras que en la era de internet abunda la desinformación y la divulgación de noticias falsas (“fake news”), en el pasado, cuando el conocimiento se conservaba en papiros y códices de pergamino, cualquier error de los copistas también podía desvirtuar un texto, aunque no parece haber pruebas de manipulaciones intencionadas.

Además, la decisión de qué documentos se copiaban, y cuáles no, dependía de las más diversas circunstancias, desde preferencias personales de algún abad de monasterio o un aristócrata hasta las exigencias y prohibiciones de la Iglesia católica.

“¿De dónde conocemos los escritos de Aristóteles, de dónde tenemos los discursos de Cicerón? Ello pasa por la larga tradición de las copias manuscritas y eso quiere decir que los libros eran caros, valiosos y raros”, explica a Efe Bernhard Palme, director del Museo del Papiro de Viena.

“Muchos de los textos de la antigüedad los tenemos por primera vez en una copia manuscrita de la plena Edad Media”, cuenta.

“No tenemos prácticamente autógrafos de ningún autor de la Antigüedad”, prosigue este catedrático de papirología.

Explica que solo existen fragmentos de libros antiguos en papiro, por lo que en la mayor parte de los casos se trata “de una copia de una copia de una copia. Es algo que pasa por generaciones”.

“Cuando da tanto trabajo, entonces se copia lo que se considera más interesante y eso es exactamente el gran peligro, porque con el tiempo varía el gusto, el concepto del mundo”, detalla.

Eso pasó, por ejemplo, con la cosmovisión del “Cristianismo en la Edad Media tardía, una actitud totalmente ascética” que sustituyó al espíritu del “goce de la vida del paganismo antiguo”, y mucho de lo que los griegos escribieron 700 años antes se dejó de copiar.

“Así se perdió una gran parte de la literatura antigua, pero todo lo que tenemos se lo debemos al laborioso trabajo de los copistas, que en la Edad Media eran monjes en los monasterios”, indica Palme.

“Estimamos que cerca del 90 % de la literatura de la antigüedad se ha perdido”, afirma el experto y recuerda que de algunos autores se conocen índices de obras, lo que permite cuantificar lo perdido.

Así, por ejemplo, de Amiano Marcelino, “el historiador romano más importante de la antigüedad tardía, solo se ha salvado la mitad de su obra en una sola copia”, cuenta.

En cambio, el texto “De Trinitate” de Hilario de Poitiers (siglo IV), que trata sobre el dogma trinitario y del que en la exposición se puede admirar una copia del siglo VI, se copió muchas veces.

Ello ha permitido a los expertos reconstruir diversas estaciones por la que pasó la obra, quiénes la adquirieron, y también descubrir que es probable que en el siglo XVIII algunas de sus páginas fueron arrancadas y atribuidas a san Agustín.

“Todo lo que tenemos de literatura antigua pasa por los manuscritos de la Edad Media. Y completando eso tenemos un número relativamente pequeño de fragmentos de libros de papiros”, resume.

Eso sí, el experto destaca la importancia que tienen los antiguos papiros al estar más cerca del original.

“No suele significar que tengamos el texto completo, pero con pequeños fragmentos de papiro se puede reconstruir algo del texto original y deducir qué manuscritos, o de qué copista, son de fiar y cuáles son más erróneos”, explica.

Otro aspecto que también se ilumina en esta exposición es que la difusión de un libro era un problema hace varios siglos.

No solamente porque los tomos eran muy escasos, sino además porque había que saber en qué monasterio había un ejemplar y conseguir que lo copiasen.

La exposición en el Museo del Papiro, situada en el sótano de la Biblioteca Nacional de Austria, en el antiguo Palacio Imperial de los Habsburgo, puede visitarse hasta el 14 de enero de 2018.

Sus piezas pertenecen a la Colección de Papiros de Viena, una de las mayores del mundo.

Consta de 180.000 objetos que abarcan tres milenios -desde 1.500 antes de Cristo hasta 1.500 después de Cristo- y de los que, en 130 años de trabajos continuos de investigación, solo 8.000 textos han sido editados hasta ahora.

 

9 julio 2017 at 9:13 pm Deja un comentario

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