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Hallan en la antigua ciudad de Perge (Turquía) un mosaico que representa el sacrificio de Ifigenia

Un mosaico de 1800 años de antigüedad que representa el sacrificio de Ifigenia, la hija de Agamenón y Clitemnestra durante la Guerra de Troya según la mitología griega, ha sido hallado durante los trabajos de excavación en la antigua ciudad de Perge, en Turquía.

Foto: gazetatema.net

Fuente: ANTALYA-Anadolu Agency |  Hürriyet Daily News
21 de julio de 2017

El jefe de excavaciones de Perge (o Perga) y director del Museo de Antalya, Mustafa Demirel, ha informado de que un nuevo mosaico ha sido descubierto cuando el equipo arqueológico trabajaba para abrir una tienda en el ala oeste del sitio.

“Hemos encontrado un mosaico de 1800 años de antigüedad que representa el sacrificio de Ifigenia durante la Guerra de Troya en la ciudad de la antigua Perge. El hallazgo, que nos ha producido una gran emoción, ha tenido lugar cuando estábamos trabajando para abrir una tienda en el ala oeste. Hemos descubierto que este era un lugar sagrado de culto”, ha indicado.

Ifigenia era la hija de Agamenón y Clitemnestra en la mitología griega.

Mientras el ejército griego se preparaba para zarpar hacia Troya durante la guerra de Troya, Agamenón provocó la ira de la diosa Artemisa porque mató un ciervo sagrado. Por ello decidió parar todos los vientos, y las naves no pudieron navegar. El adivino Calcas se dio cuenta de cuál era el problema e informó a Agamenón de que, para apaciguar a la diosa, Agamenón debía sacrificarle a Ifigenia. Aunque al principio se mostró reacio, Agamenón se vio finalmente obligado a hacerlo así. Antes de partir, mintió a su hija y a su esposa diciéndoles que Ifigenia iba a casarse con Aquiles.

La madre y la hija acudieron llenas de felicidad al puerto de Áulide, sólo para descubrir la horrible verdad. Aquiles, desconocedor de que su nombre había sido utilizado en una mentira, trató de impedir el sacrificio, pero Ifigenia en última instancia decidió sacrificarse por honor y por propia voluntad. La versión más popular de lo que sucedió después es que, en el momento del sacrificio, la diosa Artemisa sustituyó a Ifigenia por una cierva; sin embargo Calcas, que era el único testigo, guardó silencio. Ifigenia fue llevada después por Artemisa a la ciudad de Táuride donde se convirtió en sacerdotisa de la diosa.

La antigua ciudad de Perge es considerada como “la segunda Zeugma de Turquía”, por los fascinantes mosaicos que han sido descubiertos hasta ahora.

Perge está situada a 17 kilómetros al este de Antalya, en la región de Aksu. Las importantes estructuras monumentales de la ciudad se vienen excavando desde 1946 y, debido a las esculturas que se han hallado allí, el  Museo de Antalya posee una de colecciones más ricas de escultura romana.

 

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21 julio 2017 at 2:42 pm Deja un comentario

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Kalkriese  |  EL PAÍS
16 de julio de 2017

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.

El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.

Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.

Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.

Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.

Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.

Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

 

16 julio 2017 at 9:34 am Deja un comentario

Los papiros, testimonios del difícil camino del conocimiento en la antigüedad

Una pequeña parte se ha salvado y se ha convertido en la base del conocimiento universal, pero el 90 % de la literatura de la antigüedad se perdió para siempre durante épocas en las que la información solo transitaba por complicados y difíciles caminos.

Fuente: Wanda Rudich – EFE  |  YAHOO Noticias
8 de julio de 2017

La muestra “Papiros y Manuscritos. Caminos del conocimiento”, expuesta en la Biblioteca Nacional de Austria, intenta reconstruir algunos de esos trayectos y destaca que el acceso al conocimiento era en el pasado tan importante como ahora, aunque los problemas fueran distintos.

Mientras que en la era de internet abunda la desinformación y la divulgación de noticias falsas (“fake news”), en el pasado, cuando el conocimiento se conservaba en papiros y códices de pergamino, cualquier error de los copistas también podía desvirtuar un texto, aunque no parece haber pruebas de manipulaciones intencionadas.

Además, la decisión de qué documentos se copiaban, y cuáles no, dependía de las más diversas circunstancias, desde preferencias personales de algún abad de monasterio o un aristócrata hasta las exigencias y prohibiciones de la Iglesia católica.

“¿De dónde conocemos los escritos de Aristóteles, de dónde tenemos los discursos de Cicerón? Ello pasa por la larga tradición de las copias manuscritas y eso quiere decir que los libros eran caros, valiosos y raros”, explica a Efe Bernhard Palme, director del Museo del Papiro de Viena.

“Muchos de los textos de la antigüedad los tenemos por primera vez en una copia manuscrita de la plena Edad Media”, cuenta.

“No tenemos prácticamente autógrafos de ningún autor de la Antigüedad”, prosigue este catedrático de papirología.

Explica que solo existen fragmentos de libros antiguos en papiro, por lo que en la mayor parte de los casos se trata “de una copia de una copia de una copia. Es algo que pasa por generaciones”.

“Cuando da tanto trabajo, entonces se copia lo que se considera más interesante y eso es exactamente el gran peligro, porque con el tiempo varía el gusto, el concepto del mundo”, detalla.

Eso pasó, por ejemplo, con la cosmovisión del “Cristianismo en la Edad Media tardía, una actitud totalmente ascética” que sustituyó al espíritu del “goce de la vida del paganismo antiguo”, y mucho de lo que los griegos escribieron 700 años antes se dejó de copiar.

“Así se perdió una gran parte de la literatura antigua, pero todo lo que tenemos se lo debemos al laborioso trabajo de los copistas, que en la Edad Media eran monjes en los monasterios”, indica Palme.

“Estimamos que cerca del 90 % de la literatura de la antigüedad se ha perdido”, afirma el experto y recuerda que de algunos autores se conocen índices de obras, lo que permite cuantificar lo perdido.

Así, por ejemplo, de Amiano Marcelino, “el historiador romano más importante de la antigüedad tardía, solo se ha salvado la mitad de su obra en una sola copia”, cuenta.

En cambio, el texto “De Trinitate” de Hilario de Poitiers (siglo IV), que trata sobre el dogma trinitario y del que en la exposición se puede admirar una copia del siglo VI, se copió muchas veces.

Ello ha permitido a los expertos reconstruir diversas estaciones por la que pasó la obra, quiénes la adquirieron, y también descubrir que es probable que en el siglo XVIII algunas de sus páginas fueron arrancadas y atribuidas a san Agustín.

“Todo lo que tenemos de literatura antigua pasa por los manuscritos de la Edad Media. Y completando eso tenemos un número relativamente pequeño de fragmentos de libros de papiros”, resume.

Eso sí, el experto destaca la importancia que tienen los antiguos papiros al estar más cerca del original.

“No suele significar que tengamos el texto completo, pero con pequeños fragmentos de papiro se puede reconstruir algo del texto original y deducir qué manuscritos, o de qué copista, son de fiar y cuáles son más erróneos”, explica.

Otro aspecto que también se ilumina en esta exposición es que la difusión de un libro era un problema hace varios siglos.

No solamente porque los tomos eran muy escasos, sino además porque había que saber en qué monasterio había un ejemplar y conseguir que lo copiasen.

La exposición en el Museo del Papiro, situada en el sótano de la Biblioteca Nacional de Austria, en el antiguo Palacio Imperial de los Habsburgo, puede visitarse hasta el 14 de enero de 2018.

Sus piezas pertenecen a la Colección de Papiros de Viena, una de las mayores del mundo.

Consta de 180.000 objetos que abarcan tres milenios -desde 1.500 antes de Cristo hasta 1.500 después de Cristo- y de los que, en 130 años de trabajos continuos de investigación, solo 8.000 textos han sido editados hasta ahora.

 

9 julio 2017 at 9:13 pm Deja un comentario

En los proverbios latinos y griegos se esconde nuestro ADN europeo

“Dizionario delle sentenze latine e greche” de Renzo Tosi, publicado por Bur

Dos estatuas de la muestra Serial Classic (2015) en la Fundación Prada de Milán

Fuente: MARIO GAROFALO  |  Corriere della Sera
27 de junio de 2017

Hay varias maneras de utilizar un diccionario. Se puede tenerlo guardado en la estantería y consultarlo cuando hay necesidad, o bien navegar por él, aterrizando aquí y allá, disfrutando de cada voz que se ofrece a la vista, yendo de flor en flor, porque, como decía Séneca, apes debemus imitari, debemos imitar a las abejas.

Si además el diccionario es una recopilación de proverbios latinos y griegos, esta lectura a saltos puede ser algo diferente y más profundo que el simple deleite erudito, puede resultar una búsqueda útil del sentido de nuestra identidad europea, una búsqueda de las raíces profundas de nuestra cultura común.

Dizionario delle sentenze latine e greche, de Rezo Tosi

No es necesariamente preciso creer – como hace el autor Renzo Tosi- que sea posible construir una ciencia de la literatura que tenga la misma dignidad y la misma precisión que la física, la química o la astronomía. Es suficiente con dejarse transportar por las 2.412 olas de este vocabulario de instrucciones para la vida para entender que estos proverbios inventados hace cientos de años son parte de nuestro ADN común, del de los franceses, los británicos, los alemanes, los españoles. Y no -como creía Guicciardini- porque “los proverbios nacen de la experiencia o de la observación real de las cosas, que en todos los lugares es igual o similar”, sino más bien porque las sentencias se han propagado con el tiempo a todos los continentes.

Ha sucedido así, por ejemplo, con la máxima Vulpem pilum mutare, non mores (“la zorra cambia su pelo, no sus costumbres”) que nació cuando un pastor de bueyes, inmortalizado por Suetonio, reprendió al emperador Vespasiano por ser un avaro incorregible. Aquella zorra se convirtió en un lobo para los italianos (“il lupo cambia il pelo ma non il vizio”), pero fue adoptada también por los franceses (“Le renard change de poil, mais non de naturel”), por los alemanes (“Der Füchs ändert den Balg, und bleibt ein Schalk”) y por los portugueses (“Raposa, cai o cabelo, mas não deixa de comer galinha”).

Han tenido también un éxito internacional expresiones como Non omne id, quod fulget, aurum est (“no es oro todo lo que reluce”), que es de origen medieval, y Soles duabus sellis sedere (“acostumbras a sentarte en dos sillas”), que en italiano y español se ha convertido en “jugar a dos bandas”.

La pronunció por primera vez el mimo Laberio, cuando Cicerón se negó a dejarle sitio en el Senado en protesta por la decisión de César de ampliar la institución. A ello Laberio le respondió diciéndole que era su costumbre sentarse en dos sillas, en el sentido de que el de Arpino no tomaba partido por ninguno de los dos contendientes, Pompeyo o César, sino que adulaba a ambos por igual.

En el Dizionario delle sentenze latine e greche (Bur, edición actualizada con la incorporación de nuevas voces al volumen de 1991) la sabiduría está esculpida en una lengua de mármol. Es la solemnidad de las máximas que aún hoy utilizan los abogados para impresionar a los clientes, como el célebre Summum ius summa iniuria, “la justicia perfecta conduce a la perfecta injusticia”: Tosi explica que esta sentencia fue escrita por vez primera por Cicerón y recogida después con el paso de los siglos por Erasmo, Balzac, Dostoievski y Dürrenmatt. Es la poesía de la naturaleza madrastra, que antes que en Leopardi encontró en Lactancio su consagración: Naturam non matrem esse humani generis, sed novercam, “la naturaleza no es la madre del género humano, sino su madrastra”.

En lo que a consejos prácticos se refiere, tenemos que corregir nuestro modo de entender el Mens sana in corpore sano. En tiempos de los romanos no quería decir que tenemos que mantenernos en forma para pensar mejor. Juvenal escribió Orandum est ut sit mens sana in corpore sano para decir que hay que pedir a la divinidad un espíritu fuerte y un físico robusto para soportar las dificultades y no tener miedo a la muerte.

Y tan agradable es desvelar el origen de las sentencias conocidas cuanto descubrir otras menos conocidas, como la que advierte de aquel que ha leído un solo libro y pretende con ello conocer a fondo un tema (Timeo lectorem unius libri, atribuida a Santo Tomás de Aquino). O como aquella según la cual el veneno se bebe en copa de oro (Venenum in auro bibitur, escribió Séneca en el Tiestes), debido a que las cosas peores se ocultan a menudo entre las mejores. Hurgando hurgando, encontramos incluso similitudes con el lenguaje de la política y explicaciones a las inexplicables metáforas de Pier Luigi Bersani: antes del pavo fue el ”asno en el tejado” (Asinus in tegulis), que Petronio utilizó para referirse a una aparición mágica e inesperada, tal como para causar miedo. ¿Y la vaca en el pasillo? Livio, para evocar la misma atmósfera extraña que Petronio, describe dos bueyes que subieron las escaleras hasta llegar al tejado de la casa.

 

29 junio 2017 at 9:00 pm Deja un comentario

La Macedonia de Alejandro Magno, los orígenes del temible imperio que nació entre las cabras

La tierra de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. El libro «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» pretende remediar este vacío

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
22 de junio de 2017

Un reino de pastores de cabras y jinetes de frontera pasó en cuestión de un siglo a convertirse en el imperio más grande conocido hasta entonces en Occidente. La Macedonia de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. Para remediar este vacío, el periodista especializado en historia, arqueología y patrimonio Mario Agudo Villanueva ha publicado recientemente «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» (Colección DSTORIA- Antigua) sobre la evolución económica, política y religiosa de «este pequeño pero decisivo reino de la Antigüedad».

–Los atenienses consideraban a los macedonios unos bárbaros, aunque hoy se estime su historia irrenunciablemente helena, ¿por qué de esta contradicción?

–Macedonia no era a nivel cultural y político igual que el resto de Grecia. Todas las polis griegas tenían su propia idiosincrasia, pero es que Macedonia además era un reino. El rey tenía el poder absoluto, tanto político, militar como religioso. Su clima y su paisaje eran distintos, rodeados de montañas y en una planicie aluvial. Lo que les concedía mucha vegetación y riqueza minera y ganadera… Los rituales también eran muy distintos. Sus tradiciones de enterramiento con piras funerarias eran más propias de tiempos heroicos. Además, los jóvenes macedonios tenían que pasar por un ritual de acceso a la edad adulta que consistía en matar un animal por sus propios medios. Tenían valores arcaicos a ojos del resto de Grecia. Desde Atenas no los consideraban griegos y se los cita frecuentemente como bárbaros. Lo más curioso es que hoy es al revés. La historia de Macedonia es algo irrenunciable para los griegos actuales como consecuencia del impacto de la figura de Alejandro.

–Tal vez la primera pregunta es, ¿que se consideraba griego en aquel periodo?

–Sí usamos a Atenas como la propagadora del ideal griego, pues los macedonios estaban lejos de serlo. Pero es que ellos tenían una Democracia y su propia variante del idioma griego. Cada polis era distinta. Sabemos que el reino de Macedonia tenía la aspiración de ser considerados griegos, pero cabe preguntarse si eso fue real o fue una construcción propagandística posterior para justificar en tiempos de Filipo II su dominio sobre Atenas. La dinastía Argéada, que reinaría hasta la muerte del hijo de Alejandro Magno, presumía de tener un origen tebano (tres tebanos que emigraron hacia el norte), lo que demuestra cierto interés por vincularse con el mundo griego de alguna manera. También hay que tener en cuenta que varios reyes macedonios abrieron su corte a la llegada de intelectuales de polis griegas, como ocurrió con el rey Arquelao allá por el siglo cuarto antes de Cristo con la llegada del escultor Calímaco o el gran Eurípides. Eso sí demuestra claramente que mantenían interés por acercarse a la cultura griega.

–Tradicionalmente se presenta a Macedonia como una sociedad muy belicosa, poco interesada por la cultura.

–Los macedonios eran bastante aguerridos, entre otras cosas porque tenían vecinos terribles: los tracios en el norte y los ilirios por el oeste. Su posición estratégica, estando en la ruta terrestre entre Europa y Asia, y teniendo grandes cantidades de la madera fundamental para la flota ateniense; los situaba en un terreno bélico de primer orden y les involucró en muchos conflictos. De hecho, fue en las guerras del Peloponeso donde empezaron a despuntar un poquito. Pero eso no significa que no tuvieran también cierta vida cultural, con una orfebrería avanzada, exquisitos relieves, tallados de marfil… El problema es que cómo las fuentes son atenienses pues siempre se presentan deformados los macedonios y los tracios; porque en otro tiempo fueron sus enemigos.

–El filósofo Aristóteles era macedonio y rompe con esta idea de un pueblo de cabreros.

–Aristóteles es el caso más conocido. Nació en Estagira, un territorio que estaba cambiando de manos cada pocos años, pero que en tiempos de Aristóteles y su padre, el médico Nicómaco, quedó férreamente en manos macedonias. A Aristóteles le pesó ser macedonio a ojos de los atenienses y preceptor de Alejandro Magno. De hecho cuando Alejandro murió el filósofo se fue de Atenas.

–¿Cuándo y cómo se convirtió este reino de cabreros en una potencia militar?

–Hubo una serie de pasos previos. Alejandro I, un rey macedonio en tiempos de las Guerras Médicas, se movió con cierta astucia y apareció en los textos como un filoheleno (esto demuestra, de nuevo, que no eran considerados griegos). Macedonia entró con él en el primer plano de la historia de Grecia. Por su parte, el rey Arquelao reformó el Ejército y acogió a intelectuales griegos. Pero el salto definitivo es sin duda con Filipo II, el padre de Alejandro, cuando se gestó la hegemonía sobre Grecia. Alejandro no se puede entender sin la figura de su padre y es muy probable que no hubiera podido llegar tan lejos sin él.

–¿En qué consistieron los cambios encabezados por Filipo II?

–Filipo II heredó un reino en descomposición asediado por todos sus vecinos y lleno de peligros. Con astucia, habilidad diplomática y tácticas militares reunificó el reino, amplió sus fronteras y preparó la campaña asiática. Logró en la batalla de Queronea vencer a Tebas y Atenas, siendo el dominador del escenario político griego. Cuando Filipo fue asesinado por un tema de intrigas amorosas, había ya tropas macedonias en Asia. Filipo marcó el camino a Alejandro.

–¿Qué tenía diferente el ejército macedonio respecto al resto de griegos?

–En sus orígenes el ejército macedonio era en su mayoría caballería, con buenos jinetes y excelentes caballos. Su infantería no era poderosa y no tuvo un ejército en garantías hasta las reformas militares de Arquelao y de Filipo II. Filipo había sido rehén en Tebas y se había dado cuenta de que había otras formas de guerrear más allá de la caballería. Añadió a la buena caballería una poderosa infantería equipada con sarisas, que eran unas largas picas de 3 a 7 metros de longitud. El mayor peso de la pica se compensó con una reducción en el peso del escudo macedonio, que algunos autores apuntan que se inspiró en el tradicional escudo tracio. Asimismo, Filipo entrenó mucho a sus soldados y mejoró sus tácticas. Creó así la imbatible falange macedonia.

Otro de los éxitos macedonios es que fueron incorporando a otras fuerzas auxiliares a su ejército, como la caballería tesalia; y luego unidades procedentes del Imperio persa, ya en tiempos de Alejandro Magno.

–¿Da usted crédito a la idea de que Alejandro estuvo detrás del asesinato de su padre?

–A Filipo II le mató un amante llamado Pausanias por despecho, según las crónicas. No podemos saber lo que ocurrió realmente por la falta de materiales y testimonios. Alejandro salió beneficiado, pero eso era lógico. En el libro cuento que Filipo II nunca dudó de que su hijo le sucedería y cuando salió a hacer sus campañas fuera de Macedonia le dejó de regente, lo cual fue alabado por los emisarios extranjeros, a los que el joven les dejó alumbrados. En su cabeza era la única posibilidad de sucesión, pues era el más preparado y capaz.

–Filipo II fue asesinado y a la muerte de Alejandro también sus herederos y su madre fueron perseguidos, ¿por qué tenía la monarquía macedonia esta tendencia a las intrigas violentas?

–Hay ciertas turbulentas en la historia de Macedonia, con varios reyes en poco tiempo. Estaban en una zona muy peligrosa y era fácil que murieran en combate. No obstante, a partir de Filipo II si hubo cierta continuidad. Y en general desde que reinó la dinastía Argéada hubo más estabilidad, incluso más que en la democracia ateniense. Los macedonios consideraban a esta dinastía los padres fundadores de la patria, sin los cuales no hubiera existido el reino como tal. La dinastía era sólida dentro de las turbulencias.

–¿Cree usted que con Filipo II la campaña asiática hubiera llegado a buen puerto o carecía del talento de su hijo?

–Aquí entramos en el terreno de la historia ficción. Filipo II era un gran estratega, un buen político, un hábil diplomático y el diseñador del inicio de la campaña. El día de su muerte había destacamentos a punto de cruzar a Asia. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido. Alejandro tenía un carácter diferente en algunas cosas a su padre, con el que tenía una relación de hostilidad y admiración a partes iguales. Eran diferentes y a la vez iguales.

–¿Alejandro tenía alguna idea de cómo gestionar el imperio creado o solo era un conquistador?

–Es un debate siempre abierto. Yo creo que Alejandro sí tenía una idea para gestionar este imperio. Fue adoptando las estructuras administrativas del imperio persa, las satrapías, y fue asumiendo decisiones sobre los territorios. Él se preocupaba por la gestión de estos territorios más allá de la campaña de conquista, aunque fuera para su explotación o para dejar a sus heridos. No es que tuviera una preocupación cosmopolita de expandir el helenismo, sino desde una perspectiva macedonia tenía preocupaciones muy inminentes.

–A quien dice que Alejandro terminó obsesionado con Asia y alejándose de Macedonia.

–Sí, hay una tendencia a presentar a Alejandro como la víctima de un hechizo persa, fascinado por esta cultura, pero en verdad tenemos la certeza de que se comportó como un macedonio hasta su muerte. Cuando falleció su amigo Hefestión mandó construir una pira funeraria como ordenaba el rito habitual de los macedonios. Además, se hacía acompañar de adivinos y él dirigía los sacrificios en persona. Para su pueblo, el poder del rey se lo daban los territorios que hubiera conquistado y cómo se comportaba, no el título en sí. Y aunque hay una evolución en su personalidad durante la campaña, lo cierto es que reinó como un macedonio toda su vida.

 

22 junio 2017 at 8:23 am Deja un comentario

Jardines cercanos al paraíso

Todas las culturas, desde Babilonia, Grecia o China, han creado monumentos de verdor que evocan lugares ideales y nostálgicos

‘El Jardín de las delicias’ de El Bosco. MUSEO DEL PRADO

Fuente: MARIO SATZ  |  EL PAÍS
15 de junio de 2017

En Grecia y luego en Roma, la antigua sacralidad de los bosques era un tributo a lo pródigo de sus sombras. Así lo atestigua, al menos, la mitología. Cuando Baucis y Filemón, pobre pareja de Frigia, dan cobijo a Zeus y a Hermes —que recorrían el agreste paisaje disfrazados de peregrinos y a quienes nadie había querido recibir entre los ásperos frigios—, sientan el precedente del amor de los griegos por sus escasas arboledas. Enojados por ese rechazo, los dioses enviaron entonces un diluvio a todo el país, pero respetaron la cabaña de los ancianos hospitalarios, la cual, con el tiempo y la leyenda, acabó convirtiéndose en templo. Y como Filemón y Baucis habían pedido terminar juntos sus días, Zeus y Hermes los metamorfosearon en árboles.

Juego de luces y de sombras, misterio y belleza de las formas, la metamorfosis es el alma de la poética griega al mismo tiempo que la proyección cultural de un paisaje tan magro, pétreo y escueto que, para adornar la sencillez de su relieve, la calcárea temperatura de sus veranos mediterráneos, inventa por boca de los hombres juegos de máscaras infinitos con el fin de revelar coherencias secretas y justificar parentescos y dinastías. También Dafne, la hermosa ninfa cuyo nombre significa laurel, a punto de ser alcanzada por el ardiente Apolo, quien prendado de su belleza la perseguía, acabará por convertirse en árbol para escapar del abrazo solar, un árbol que además de refugio de palomas y solaz de los amantes cedía sus hojas a la pitia, quien las mascaba antes de proferir oráculos.

Con el laurel, toda Grecia entra en trance. Su astringencia siempre verde coronará por partida triple al sabio, al poderoso y al poeta. Correosas, sus hojas, en forma de punta de lanza, son heroicas ante el frío y el calor. Dioicos, sólo los árboles femeninos llevan bayas. Macho, el de la inmortalidad y la gloria, más alto y esbelto que la hembra, crece con soltura en los barrancos y busca la proximidad de las fuentes para iluminar su verdor. Figura inmortal, se sitúa en los límites del jardín griego, junto al algarrobo, el almendro y el olivo, constituyendo con ellos el modelo ideal de jardín filosófico. Más abajo, entre las piedras, innúmeras, se hallan las flores, pero los griegos estarán tan entusiasmados con la figura humana que no hay casi ninguna de ellas que no oculte una ninfa, una heroína o una hermosa adolescente, y aprenderán a apreciarlas mucho más tarde en su historia.

Pasará mucho tiempo hasta que las puedan ver como son, y aún más hasta que suban y trepen, tras haberlo hecho por las clámides de las hetairas, por el manto de María Theotokos, la madre del dios crucificado. Más acostumbrado al mar que a la tierra, hijo de las islas, el griego se entregó a la movilidad antes que al reposo. Fue navegante y mercader antes que apicultor, expresó primero la dinámica poesía de la Odisea y después la límpida reflexión filosófica de la Academia platónica. Por eso su antropología no parte de un jardín, como en el caso del Gan Eden bíblico, trasunto sin duda del oasis. Prometeo es un ladrón de fuego, y Pirra y Deucalión arrojan tras de sí las piedras de las que crecerán los seres humanos. De modo que fuego y piedra, ardor y sequedad en los orígenes, y alrededor un agua azul y sonriente que se engolfa en bahías oníricas en las que la calima veraniega desova mitos y cánticos. Una piedra y un fuego presentes aún hoy, despobladas en parte las colinas y los montes de sus frondas habituales por excesos de civilización, mermados sus encinares y madroños, sus mirtos, brezos y espinos aún abiertos a la errante lluvia.

La expulsión de Adán y Eva es el comienzo de la humanidad; su multiplicidad, la nuestra. El gozo fue breve pero inolvidable

Tal vez por eso el jardín griego complementará su escasez, su relieve como garriga con jardines mitológicos que tanto tienen de huerto cultivado. En su Odisea Homero describe con cálida precisión a Ogigia, isla del Mediterráneo occidental en medio de la cual, en una cueva rodeada de alisos, álamos y cipreses, vive la ninfa Calipso, guardiana de una viña de racimos maduros. Cuatro fuentes de aguas claras —como los cuatro ríos del paraíso bíblico— fluyen muy juntas y dejan manar, a partir de allí, en varias direcciones, sus sinuosas corrientes. No muy lejos de la entrada de la cueva crece el hinojo y se extienden, en enero y febrero, los prados de violetas y anémonas.

Modelo de todo jardín ulterior, la cueva de Calipso posee, al menos, dos elementos arquetípicos: por un lado su nombre significa “la que oculta o protege” —pues acogió a Ulises náufrago—, y por otro están sus criadas, también ellas ninfas, que hilan mientras cantan entre redes de hiedras y tapices de hierba. Gráciles aunque un poco distantes, Calipso y sus compañeras desconocen la premura y mucho más la angustia. Cuando los griegos de la generación de Sócrates y de Platón, y más tarde los discípulos peripatéticos de Aristóteles, busquen la sombra arbolada del Liceo, invocarán la compañía incomparable de las musas en memoria de aquella Calipso que poseyó, allá en su isla, todo bien terrestre, amó a un pirata griego y le permitió reposar entre siete y diez años de las fatigas de sus viajes.

Adán y Eva deben dejar ese locus magnificus en el que Dios les colmó de gracia la desnudez; su expulsión es el comienzo de la humanidad; su multiplicidad, la nuestra. El gozo fue breve pero inolvidable. Así también Ulises deberá partir de los brazos de Calipso —duende, musa, espíritu ligero— para retornar a los de la mujer-esposa, Penélope, madre de su hijo y tejedora de ropas humanas. El hombre bíblico sale de la naturaleza para entrar en la cultura; el hombre griego, forjado entre islas, imagina una de ellas para retornar de la cultura —naufragio constante— a la naturaleza, siquiera por el tiempo que demande su deteriorada salud. Para Ulises la aventura de vivir y explorar está jalonada de esos momentos verdes; en Esqueria, otra isla, esta vez de los feacios, el viajero será recibido por el rey Alcínoo, cuyo palacio está rodeado de un magnífico vergel en el que se mezclan las especies comestibles con las que agradan a los dioses. Es allí donde Ulises, que ha convivido ya con Calipso, comprende que el hombre peregrina en pos de un jardín que deberá abandonar, porque la belleza y su mejor instrumento, la contemplación, son demasiado pasivos para quienes —como él— adoran la acción.

Esa autosuficiencia, esa especie de fanfarronería viril que tan bien define al genio griego, será más tarde y por otros motivos la de los estoicos, colmo del pensar urbano e histórico. En efecto, mientras Platón aún venera (aunque no demasiado) a los poetas y reconoce la naturaleza inspiradora de las musas, Zenón, el fundador de la Stoa, se declara enemigo de los pavos reales y critica a los ruiseñores, guardianes avícolas del jardín griego: “El sabio no deja sitio para tales objetos en la ciudad”. Su discípulo Crisipo irá todavía más lejos; enseñará que el jardín es, junto a sus fuentes, hiedras y rosales trepadores, “una pérdida de tiempo” para quien se dedique a pensar. Por el contrario, Epicuro, como Platón y Aristóteles —quienes, aunque urbanos, responden a ciertos apegos y tradiciones—, creerá que todo tiempo perdido puede ser recuperado, diálogo mediante, en la calma del jardín.

Adelanto de ‘Pequeños paraísos. El espíritu de los jardines’, de Mario Satz, que publicó el 14 de junio (Acantilado).

 

16 junio 2017 at 10:33 am Deja un comentario

«Si perdemos la cultura clásica somos incapaces de entender nuestro mundo»

La investigadora Fátima Díez Platas desvela la luminosa presencia de Ovidio en las bibliotecas gallegas

Imagen: XOAN A. SOLER

Fuente: RAMÓN LOUREIRO > Ferrol  |  La Voz de Galicia
6 de mayo de 2017

Vaya por delante que cuando uno, a propósito del último proyecto de Fátima Díez Platas, habla de la luminosa presencia de Ovidio, el poeta romano de cuya muerte se cumplen ahora 2.000 años, en las bibliotecas gallegas, está haciendo, como es natural, un juego de palabras. Porque no se está refiriendo, en este caso, a los versos del autor del Arte de amar y Las metamorfosis, sino a la muy bella manera en la que se iluminaron ciertos volúmenes, todos ellos magníficos, que recogieron esos versos a lo largo de la historia, y más concretamente los que a día de hoy se custodian, como el verdadero tesoro que son, en las bibliotecas de Galicia. Fátima, investigadora y profesora de Historia del Arte en la Universidade de Santiago, que nació en Madrid pero que desde hace años reside en Cabanas -no muy lejos del pazo en el que vivió el naturalista López Seoane-, es la comisaria de Ovidius Vivit! Mitos, imágenes y libros.

-Y su trabajo ha dado origen a una muestra que a partir de la semana próxima podrá visitarse en el Pazo de Fonseca. Buen lugar, ese, para ir al encuentro de Ovidio.

-Fantástico. Porque además con esta exposición vamos a poder ver desde el incunable de Las Metamorfosis de 1493, que se conserva en la Biblioteca Xeral Universitaria de Santiago, hasta la edición de Parma de 1505, de la misma obra, que pertenece a la Biblioteca del Real Seminario de Santa Catalina en Mondoñedo.

-Que Ovidio vive no lo pondremos en duda, nada más lejos. Pero… ¿cuánta gente estará hoy de acuerdo con esa afirmación?

-Ovidio se sigue leyendo más de lo que se cree y sigue inspirando a muchos artistas.

-Malos tiempos para la poesía, estos, ¿no cree?

-Estos son malos tiempos para la lírica, eso es verdad, pero en cambio son buenos momentos para la imagen. Y lo que aquí tenemos son imágenes que nacen para los libros en distintas épocas: desde el siglo XV hasta el siglo XIX.

-¿Por qué se trata tan mal a las Humanidades?

-El desprecio a las Humanidades está a punto de tocar fondo, y creo que va a terminar. Curiosamente, las redes sociales están trabajando a favor de las Humanidades. Las nuevas tecnologías son un canal excelente para la divulgación. Los humanistas tenemos, ahora más que nunca, la obligación de enseñar a pensar. Frente a la superficialidad, es necesario aprender a profundizar, a ir más allá de lo que está en la superficie. No podemos dejar que todo sea plano, tenemos que avanzar en el conocimiento.

-Si perdemos a Ovidio, ¿qué perdemos? Sin la cultura clásica, ¿qué nos queda?

-Pues muy poco. Porque si perdemos la cultura clásica somos incapaces de entender nuestro mundo, porque ya no podemos comprender qué lo sustenta.

 

8 mayo 2017 at 1:57 pm Deja un comentario

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