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Cristianos: Así fueron ejecutados en Roma por su fe

Un ensayo ahonda en las terribles persecuciones que sufrieron los adeptos a la fe de Cristo bajo el imperio romano. Un episodio histórico que ha dado lugar a leyendas y que ahora describe cómo fue realmente más allá del cine

La muerte de los cristianos en la arena de los circos romanos, como recrea esta imagen, se convirtió en una imagen de su vocación y de su capacidad de sacrificio para defender sus creencias

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
8 de abril de 2018

La sangre [de los mártires] –escribía Tertuliano en el año 197 (Apol. 50)– es semilla de los cristianos». Y, en efecto, las persecuciones decretadas por diversos emperadores romanos, desde Nerón a Galerio, tuvieron un efecto contraproducente para el Imperio, que pretendía erradicar lo que entendía como una superstición dañina para el estado. Fue más bien el uso propagandístico de las persecuciones, sobre las que hay una encendida discusión historiográfica desde hace decenios, la que más contribuyó a capitalizar el martirio. Aunque no cabe dudar que lo hubo, conviene estudiar ante todo las fuentes jurídicas e históricas que permiten comprender sus dimensiones, más allá de la avalancha de literatura hagiográfica posterior, con muchas leyendas –como la de Sta. Catalina de Alejandría, por ejemplo– totalmente ahistóricas. Hay que tratar de relativizar los lugares comunes que los apologetas difundieron y establecieron como verdades incuestionables sobre la irracional crueldad del Imperio romano y sobre la muerte de decenas de miles de cristianos hasta la «conversión» y el famoso Edicto de 313 –otros tópicos muy disputados– de Constantino. Un ejemplo de este debate es el libro de R. González Salinero, «Las persecuciones contra los cristianos en el Imperio Romano» (Signifer, Madrid), que pone en tela de juicio a fuentes como el citado Tertuliano o Eusebio de Cesarea y duda sobre los tópicos. Acaso el número total de martirizados sea mucho menor de lo estimado, según los expertos, y se reduzca a unas mil o dos mil personas.

Seguramente muchos cristianos se apartaron de la fe con tal de conservar su vida y sus bienes y el Estado romano no se ensañó por motivos religiosos y fanáticos, sino por temas de orden político y social: los cristianos eran un peligro para la religión de estado. Como muestran recientes debates sobre un posible fundamentalismo romano (el libro editado por Pedro Barceló, «Religiöser Fundamentalismus in der römischen Kaiserzeit»), el estado romano solo legisló agresivamente contra grupos religiosos que, como los maniqueos o los cristianos en época imperial –o los tíasos dionisíacos en época republicana–, suponían un peligro sociopolítico.

Crueldad y ejecuciones

Pero no cabe dudar sobre la realidad histórica de las persecuciones en aquellos primeros siglos del cristianismo que fueron glosados por los historiadores eclesiásticos, como Lactancio, Eusebio o Sócrates. Pese al uso que se haría luego en leyendas áureas de muy dudosa historicidad y que, como el comercio de reliquias, se desarrollaron sobre todo a partir del establecimiento del cristianismo en religión oficial del Imperio, sobre todo a partir del siglo IV con Teodosio, puede afirmarse que la extrema crueldad de suplicios y ejecuciones dejaron una huella muy profunda en la historia antigua de las mentalidades. Es la época en la que, merced al cristianismo, el prestigio social de la santidad, de los pobres y los mártires había desplazado al de los grandes generales y también al de los oradores y filósofos. Con todo, la historia de las persecuciones es todo menos unívoca y ha de ser estudiada de forma muy matizada.

A ello viene a contribuir ahora una excelente monografía titulada «La ejecución de los Mártires cristianos en el Imperio Romano» (CEPOAT, Murcia).

Su autora es M.ª Amparo Mateo Donet, profesora de Historia Antigua en la Universidad de Valencia. Ella ha realizado una magnífica síntesis histórica y jurídica de los diversos castigos, suplicios y ejecuciones que se llevaron a cabo contra los cristianos. Comienza por estudiar con detalle la tradición de la pena capital en la prolija legislación romana, con especial énfasis en los procedimientos de ejecuciones comunes: la cruz, la cremación y la «damnatio ad bestias». El estudio de la muerte por crucifixión, que implicaba una brutal agonía, permite entender bien todo el profundo simbolismo que para los cristianos tuvo la «muerte de cruz» que sufrió el propio Cristo y en la que se resume gran parte de la teología del Dios hecho hombre para sufrir por los hombres.

Las ejecuciones usuales para los criminales condenados a muerte se utilizaron contra los cristianos por el mero hecho de serlo y no renegar de su fe, pero incluso en esta situación se notaba la fuerte estratificación social, en dos pirámides sociales y en «ordines» de la sociedad romana, pues, como se estudia también en el libro, los privilegiados tenían derecho legalmente a suplicios y ejecuciones especiales, muy notablemente la decapitación, que permitía ahorrar muchos sufrimientos, como es comprensible, o el exilio, entre otros castigos a quienes pertenecían al estamento militar.

A continuación se analizan las condenas con muerte indirecta y las ordalías, que dieron lugar a historias de santidad y martirio en la literatura hagiográfica. Había condenas a trabajos forzados, entre las primeras, a las minas o las galeras, que a menudo implicaban una muerte cierta, y otro tipo de castigos por precipitación, inmersión o por enterramiento en vida, entre otras muchos sofisticados suplicios que pretendían provocar la falta de fe de otros creyentes al ver que el Dios cristiano era incapaz de salvar a sus adeptos. El libro contiene unas buenas vistas a todo lo que se refiere a los aspectos legales de las ejecuciones de los cristianos, desde las medidas auxiliares en el desarrollo de los juicios a las penas complementarias, con un útil resumen de los puntos esenciales que el derecho romano establecía para los procesos a los mártires cristianos. Todo ello convierte a esta obra en un tratamiento completo y exhaustivo que, proporcionando un panorama de la investigación, viene casi a agotar la cuestión.

Una herramienta poderosa

Al final queda pendiente una pregunta, la esencial y la que se hacen casi todos cuando sale este tema: ¿lograron estas persecuciones su propósito o, como decía Tertuliano, fomentaron la difusión de la «semilla» del cristianismo? Como apunta a lo largo de su ensayoesta investigadora, el resultado fue bastante ambivalente: «El martirio proporcionó a los cristianos una poderosa herramienta ideológica desde el momento en que el proceso genera una propaganda que crece y se difunde entre los creyentes y los posibles futuros creyentes, que impacta en la sociedad y ofrece un modelo de comportamiento. […]. ¿Consiguieron los Emperadores que el mensaje que intentaban transmitir calara en la población? Probablemente no, porque los martirios continuaron y el cristianismo se extendió. No obstante, en parte debió servirles para algo, puesto que también hubo muchos casos de apostasía y de ocultación» (pág. 243).

Así, puede entenderse que, con el pasar del tiempo, pese a los esfuerzos del estado romano en suprimir a lo que en principio fue un grupo minoritario, finalmente el cambio de las mentalidades y las transformaciones del final de la antigüedad conllevaran el definitivo triunfo del cristianismo.

Como Tertuliano, ya lo advertía la estupenda Epístola a Diogneto, una carta apologética del siglo II dirigida a un pagano, cuando el anónimo autor le pregunta: «¿No ves cómo los cristianos son arrojados a las fieras para obligarlos a renegar, y no son vencidos? ¿No ves que, cuanto más se los castiga, en mayor cantidad aparecen otros?» (7, 7-8). El cambio histórico acaso más radical de la antigüedad se estaba produciendo irremediablemente.

 

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9 abril 2018 at 10:00 am 1 comentario

«Heliogábalo era un Emperador perverso que consideraba el trono imperial como un juguete»

El periodista Javier Ramos publica «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», un riguroso libro sobre las peculiaridades de una civilización capaz de lo mejor y de lo peor, entro ello el Emperador más extravagante posible

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
13 de febrero de 2018

«Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma» (Almuzara) centra su atención en los protagonistas, acontecimientos y anécdotas más inverosímiles del mayor imperio que ha conocido la humanidad. Roma en clave de humor a través de un libro que no por divulgativo renuncia al rigor histórico y a mostrar el relato subterráneo que otros libros enciclopédicos obvian por excesivo. ¿Unas ocas salvaron Roma de una invasión franca? ¿Una ciudad hispánica cambió el calendario de todo el imperio? ¿Un caballo fue senador? ¿El primer cómic de la historia fue romano? ¿Hubo un Emperador tan perverso que deja en un hombre bondadoso a Calígula? El periodista Javier Ramos responde a todas estas preguntas, y a muchísimas más, en «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», una forma distinta de acercarse a la extravagancias de aquellos hombres que nunca dejaban de asombrar a Obelix y, sin embargo, dan origen a todo lo que somos hoy los europeos del sur. «Somos hijos de aquellos valores, que siguen perdurando dos mil años después en el tiempo», apunta Ramos en una entrevista con ABC Historia.

Fotografía de Javier Ramos

–¿Cuál es la razón principal de la larga longevidad del Imperio romano?
–Explicar este proceso no es tarea sencilla. Una cultura y civilización que perduró más de mil años en el tiempo (sin contar su prolongación en Bizancio, el Imperio romano de Oriente) lo fue por varios motivos a tener en cuenta: una férrea disciplina que le llevaron a conformar la mayor maquinaria bélica de su época; la legión romana, uno de los mejores ejércitos que han existido a lo largo de la historia. Y sobre todo la romanización, es decir, el hecho de intentar que todos los pueblos sometidos imitasen y aceptaran las costumbres y las leyes romanas, sin distinción de razas, credos o religiones. Una frase de Catón sirve a modo de resumen: «Lo que Roma toma por la espada, lo cultiva con el arado, por eso lo que Roma toma, nadie se lo quita».

–El cine y la literatura han abordado reiteradas veces la historia de la Antigua Roma. ¿Cuáles son los errores más habituales en estas aproximaciones?
–El cine de Hollywood ha hecho mucho daño a la verdadera historia solo por buscar el espectáculo y la emoción en el espectador. Por ejemplo, no es cierto que los gladiadores realizasen ningún tipo de saludo especial cuando se mostraban ante el palco del emperador de turno como el archiconocido «¡Ave césar, los que van a morir te saludan!», ni los editores (quienes financiaban los espectáculos) alzaban o entornaban los pulgares para indultar o sacrificar a un gladiador, ni este lanzaba el escudo sobre la arena para pedir clemencia. Las diferencias con la realidad son especialmente notables. Otro caso notable es el de la película Gladiator, en la que su protagonista, Russell Crowe, luce como gladiador una coraza, cuando en realidad los gladiadores no la utilizaban en sus combates.

Las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema, 1888

–¿Qué hay de cierto en el mito de las grandes y continuas bacanales romanas, del sexo con un fin religioso?
–El romano, al igual que otros pueblos paganos de la Antigüedad, se entregaba gozosamente al frenesí de vivir y no consideraba pecaminoso el sexo ni advirtió culpa alguna en la complacencia de los sentidos hasta que el cristianismo hizo acto de presencia en el siglo IV. Existía la prostitución y los lupanares como hoy día. Aunque la visión que tenemos viene tergiversada por la existencia de las Lupercalia y los Ludi florales, dos fiestas anuales propicias al desenfreno y bastante equiparables a los modernos carnavales en ciertos lugares. Las grandes y continuas bacanales romanas tienen más de mito que de realidad. Los romanos pensaban que algo natural como el sexo no podía ser indecente.

«En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables»

–En Roma la difamación y el traer la vida privada de los Emperadores al debate público parecen una constante en la política. ¿Crees que hay leyenda (o intenciones ocultas) en la visión que ha pervivido hasta hoy de Tiberio y Calígula, sobre todo en la esfera sexual?
–Sí, es posible. La imagen de los excesos cometidos por Tiberio y Calígula, a mi entender, han venido distorsionadas por sus enemigos. Al parecer no fueron tan ‘malos’ como les atribuye la Historia. Las fuentes antiguas se recrean más en las anécdotas que en los logros que se consiguieron bajo su mandato. La biografía de ambos viene determinada por la subjetividad de historiadores como Suetonio o Dión Casio, posteriores a la dinastía julio claudia, que otorgaron mayor grado de benevolencia a la dinastía que le sucedió, los Flavios, época en la que fueron escritas. En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables.

–Heliogábalo es el emperador más extravagante y, sin embargo, es un desconocido en comparación con Calígula o Nerón. ¿Es cierto lo que se cuenta de él?
–El hecho de que su figura no haya trascendido tanto como la de otros emperadores quizá se pueda deber a lo exiguo de su mandato (218-222), aunque cuatro años le bastaron para mostrar su lado más perverso y extravagante. Le gustaba sodomizar a los hombres que utilizaba en la cama, se ofrecía en los burdeles, se burlaba en exceso de sus esclavos, era derrochador (viajaba con 500 carros de séquito), sibarita (organizaba pantagruélicos banquetes), o excéntrico (le complacía vestirse de mujer). Consideraba el trono imperial como un juguete y lo empleó como tal. Aunque hay que decir que la Historia Augusta recoge bastantes falsedades sobre su figura.

–Cuál era el papel social de la mujer en la antigua Roma? Eran más “libres” las mujeres que en la Edad Media y periodos posteriores?
–En tiempos de la República la mujer ocupaba un papel secundario en la sociedad. Estaba sometida a la autoridad del padre, primero, y luego, cuando se casaba, a la del marido. No podían divorciarse ni hacer testamento. Incluso el marido el marido tenía la potestad de asesinarla si la descubría cometiendo adulterio. Con el paso del tiempo, ya en época del Imperio, la mujer gozó de mayores derechos. Se vieron liberadas de sus tutelas y pudieron ser dueñas de sus decisiones.

–En la visión que ha llegado hasta hoy de Roma se suele dejar de lado a los esclavos y su forma de vida, que eran la gran masa del Imperio. En tu libro dedicas un capítulo a ellos.
–Uno de cada tres habitantes de la antigua Roma era esclavo. Con esta cifra ya establecemos la importancia que tenían para una civilización como la romana. Resultaban imprescindibles para la sustentación del Imperio, ya que se ocupaban de las tareas domésticas, de la educación de los hijos, llevaban las cuentas del hogar y realizaban muchas otras tareas más, como por ejemplo convertirse en forma de ocio tras ser relegados a la función de gladiadores. Sin embargo, los esclavos en Roma carecían de libertad, no tenían derechos, realizaban los trabajos más pesados e ingratos y su amo o propietario tenía la potestad para acabar con sus vidas si lo estimaba preciso.

–Uno de los capítulos de tu libro se titula “¿Acabó el plomo con el Imperio romano?”. ¿Por qué cayó el Imperio romano?
–Se suele esgrimir que fue una causa más en la amalgama de acontecimientos que acabaron con el Imperio. Los romanos desconocían el efecto tóxico que originaba el plomo, un material que utilizaban tanto en las numerosas infraestructuras de Roma (en las cañerías que abastecían de agua a las ciudades) como para conservar el vino en sus recipientes, la bebida que les chiflaba. El plomo se disolvía lentamente en los caldos que tomaban los romanos en forma de acetato de plomo, lo que originaba unos terribles efectos secundarios para la salud. También el plomo estaba presente en los polvos faciales, ungüentos oculares y colorantes blancos que utilizaban las mujeres. Estaban expuestos demasiado a este noble metal y perecían a edades tempranas.

 

13 febrero 2018 at 8:32 am Deja un comentario

Mary Beard: “El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres”

La académica Mary Beard, la intelectual de moda en Reino Unido, se adentra con el pequeño libro ‘Mujeres y poder’ en uno de los debates más calientes del momento

La académica inglesa Mary Beard, retratada en Madrid. CARLOS ROSILLO

Fuente: PABLO GUIMÓN > Cambridge  |  EL PAÍS
10 de febrero de 2018

Contemplar a la gran experta en la Roma clásica conversar amigablemente por teléfono con un funcionario anónimo de Hacienda es una manera, tan buena como cualquier otra, de reconciliarse con la Humanidad. Como toda plebeya honrada, Mary Beard paga sus impuestos. En concreto, trata de convencer al funcionario de que debe dos mil libras a las arcas públicas. La presencia del periodista no impide a Beard desplegar sus intimidades fiscales y bancarias sobre la mesa de la cocina de aire campestre de su acogedora casa de Cambridge.

Beard, de 63 años, es la intelectual de moda en Reino Unido. Su vasto conocimiento del mundo antiguo y su proverbial talento divulgador, desplegados en obras como SPQR, permiten a Beard contextualizar y enfocar certeramente los debates contemporáneos. De ello da fe Mujeres y poder, un pequeño libro que publica en español Crítica y que, como anuncia su título, se adentra en uno de los debates más calientes del momento.

El funcionario examina su expediente y concluye que, lejos de deber dos mil libras, Beard goza incluso de un pequeño crédito a su favor. Sucede que había pagado de más. “Joder”. “Gracias, gracias”. “Es usted una joya”. Cuelga el teléfono sonriente y, para celebrar que es un poco más rica de lo que creía hace cinco minutos, descorcha una humilde botella de pinot griglio. Sirve dos generosos vasos e invita al intruso a encender la grabadora.

Pregunta. El primer ejemplo documentado de un hombre mandando a una mujer callar está en la Odisea. ¿Silenciar a Penélope, su madre, forma parte del desarrollo de Telémaco como hombre?

Respuesta. Necesitamos comprender que son problemas profundamente arraigados en la historia de la cultura occidental desde hace milenios. Con eso no quiero decir que estemos atrapados en ellos, pero debemos buscar soluciones diferentes. Cuando ves ejemplos de mujeres silenciadas en el mundo antiguo, es fácil concluir que forma parte de una discriminación general. Pero lo que muestra la Odisea es que es más que eso. Para dejar de ser un niño y convertirse en hombre, Telémaco debe aprender a callar a las mujeres. Es un silenciamiento mucho más activo. El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres. Toda la definición de la masculinidad dependía del silenciamiento activo de la mujer.

P. Si las mujeres no son atraídas a las estructuras de poder, ¿por qué la inercia histórica es cambiar a las mujeres y no esas estructuras?

R. Pensamos en las estructuras de poder como masculinas y hacemos que las mujeres encajen, que cambien su comportamiento al acceder al poder. Acaban actuando, interpretando un guion. Pero no hay que cambiar a las mujeres, sino las estructuras. Hay que pensar qué es el poder, cómo hablamos de él, cómo está conectado a la celebridad, cómo son la imagen y el lenguaje asociados al poder. Veremos que es una versión extremadamente masculina. Poder es algo que tú tienes y yo no. Queremos grandes lideres. Pues no. Lo que queremos es grandes contribuidores. Cuando veo cursos de liderazgo en la universidad, me pregunto dónde enseñamos a la gente a ser seguidora. Un líder grande y macho con una pirámide por debajo es una de las maneras posibles, pero no la única.

‘El regreso de Ulises’, obra de 1508-1509 de Bernardino Pinturicchio, expuesta en la National Gallery. DEA PICTURE LIBRARY (DE AGOSTINI/GETTY IMAGES)

P. Se cumplen cien años del momento en que las primeras mujeres consiguieron el derecho a voto en su país, Reino Unido, y el derecho a ser elegidas diputadas. Pero hay estudios que demuestran que, aún hoy, el rol de las mujeres en los parlamentos sigue siendo el de promover legislación sobre asuntos relacionados con los intereses tradicionalmente asociados a las mujeres.

R. Y está bien. Alguien tiene que defender a las mujeres. Pero sigue dejándolas fuera de las estructuras masculinas de poder. Siguen siendo segregadas a la sección de intereses femeninos. Hay que estar agradecido, y si yo fuera una mujer en el Parlamento también querría levantarme por las mujeres. Pero sigue habiendo una diferencia. La gente escucha a las mujeres cuando hablan de asuntos de mujeres de una manera que no las escuchan cuando hablan de economía.

P. Usted misma, el primer libro que publicó, más allá del ámbito académico, fue un manual para madres trabajadoras (The good working mother’s guide, 1989).

R. Es fácil, le diré por qué. Cuando tienes hijos muy pequeños, dispones de basante tiempo, pero nunca en periodos largos. Media hora aquí, 20 minutos allá. No tienes tiempo de pensar, pero tienes bastantes trozos de tiempo. Yo buscaba algo que pudiera escribir en trozos. No puedes escribir un artículo académico con 20 minutos aquí, 30 minutos allá. Por otro lado, hay algo muy curioso al tener hijos: adquieres una cantidad enorme de conocimiento y experiencia práctica, y luego todo se va a la basura. Fue juntar esos trozos de tiempo con, de alguna manera, utilizar lo que conoces.

P. ¿Qué opina de la campaña global del #MeToo?

R. Está siendo muy importante. Las redes sociales son muy buenas para empezar las cosas, el problema es que un hashtag no cambia de hecho nada. Si quieres solucionar el problema, no es suficiente encontrar gente que lo señale en el pasado. Tienes que cambiar el equilibrio del poder.

P. En una reciente entrada de su blog en The Times Literary Supplement, quiso subrayar la diferencia entre comportamiento inapropiado ocasional y sistemático. ¿No defiende la tolerancia cero?

R. No creo en la cultura de tolerancia cero porque todos hacemos cosas estúpidas. ¡No quiero un mundo en que nadie nunca sea maleducado! Pero tampoco quiero un mundo en que la gente sea sistemáticamente inapropiada. Yo, en muchas ocasiones, he hecho cosas inapropiadas. No creo que deba ser lapidada por eso.

P. ¿Seguirá viendo películas de Woody Allen a pesar de su supuesto abuso de las mujeres?

R. He disfrutado de películas de Woody Allen desde que tengo memoria. Hay muchos aspectos de él que deploro. Pero me iré a la tumba pensando que Annie Hall es divertida. ¿Qué hacemos? Es difícil de saber. Esto es inaceptable, tío, pero también haces buenas películas. Tenemos que ser mucho más sofisticados que pensar que la gente es solo buena o mala. Hay que hallar la manera de lidiar con alguien que es brillante y horrible. Cómo manifestar nuestra desaprobación de algunos aspectos de la vida de alguien, mientras reconocemos otros.

Escultura de la diosa Atenea, en el Louvre de París. ALINARI/CORDON PRESS

P. Leerla y escucharla es comprender que las respuestas no suelen ser sencillas. Pero vivimos en un mundo que demanda respuestas simples.

R. ¡Esto es complicado! Cualquiera que diga que esto es simple es que no lo ha pensado a fondo. El papel de los académicos, y también el de los políticos, es decir, que la complejidad es buena.

P. ¿Cuánta complejidad cabe en 280 caracteres?

R. Cualquiera que use Twitter, yo incluida, dice cosas que no quiere decir realmente. Necesitamos un formato en el que la gente pueda expresar duda y complejidad. Debemos mejorar la conversación.

P. Los extremos monopolizan ciertos debates en redes sociales. ¿Tienen los más moderados la responsabilidad de intervenir?

R. Las redes sociales no han cambiado la manera en que la gente habla o piensa. Cuando yo era estudiante decíamos cosas horribles de nuestros profesores, pero lo decíamos en el bar. Twitter lo amplifica, y eso igual es bueno. Lo importante es que no tienes que decir que mi vagina huele a repollo para decir que no estamos de acuerdo. ¡Qué horrible sería un mundo en el que todos estuvieran de acuerdo! Yo tengo opiniones muy fuertes sobre muchas cosas, que encajan en los estándares del feminismo. ¿Querría que todo el mundo estuviera de acuerdo conmigo? Claro que no.

P. Su actitud la ha convertido en referente de muchas mujeres que quieren ser valoradas por sus ideas y no por su aspecto.

R. Es importante mostrar a la gente que puedes ser mayor y estar cómoda. Claro que me molestan ciertas cosas malas que dicen sobre mí, si no sería una psicópata, pero no me afectan demasiado. Y creo que es importante, especialmente para las chicas jóvenes, ver a una mujer mayor que está por ahí, que dice tacos, que habla de lo que sea y no es amedrentada por la gente que le dice que se calle.

 

10 febrero 2018 at 9:50 am Deja un comentario

“Didáctica del amor” y mitología: así pervive Ovidio 2.000 años después

  • Se cumplen dos milenios de la muerte en el exilio del legendario poeta latino, que sigue siendo editado y traducido
  • El Museo Provincial de Guadalajara le está dedicando un amplio programa de actividades dirigidas a todos los públicos
  • Los expertos Antonio Marco Martínez y Ángel Rodríguez Rebollo nos desgranan su relevancia en la literatura y en el mundo artístico hasta nuestros días

Escultura de Ovidio. UNIVERSIDAD DE CONSTANZA

Fuente: Alicia Avilés Pozo  |  eldiario.es
27 de enero de 2018

“Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame”
Arte de amar, de Ovidio

A finales del año 17 de nuestra era moría en el destierro, en los confines del Imperio Romano, el poeta latino Publio Ovidio Nasón. Pero su influjo en la cultura occidental quedó viva para siempre. Cuando se cumplen 2.000 años de este acontecimiento, comprobamos que su influjo y repercusión en la cultura occidental, tanto en la literatura como en el arte, sigue estando presente y que perduran las ediciones y traducciones de su obra. ‘Arte de amar’ y ‘Las Metamorfosis’ son sus publicaciones más conocidas pero navegar por el resto de sus obras supone una continua sorpresa por su belleza literaria. También la controversia ha rodeado su concepción del amor y de las relaciones sentimentales, pero es indiscutible que sus obras han inspirado cuadros y esculturas de colecciones privadas y museos de todo el mundo.

En todas las pinacotecas importantes del planeta se exhiben o almacenan centenares de pinturas que representan mitos grecorromanos narrados por Ovidio. Precisamente, parte de las pinturas con las que Rómulo Cincinato decoró en el siglo XVI algunas de las salas del Palacio del Infantado de Guadalajara están inspiradas directamente en sus relatos. Es el motivo por el que el Museo de Guadalajara le rinde homenaje con un programa de actividades que comenzó en el mes de noviembre.

Durante esta semana se han celebrado dos conferencias para ayudar a conocer mejor la vida y obra de Ovidio, a contextualizar convenientemente las pinturas de Cincinato y a profundizar en el conocimiento de su iconografía. La primera de ellas fue la impartida por el exdiputado socialista, experto en Literatura Clásica y Catedrático de Latín, Antonio Marco Martínez: ‘Ovidio: poeta del amor, de los dioses y del exilio’. En una entrevista con eldiarioclm.es, el profesor explica esta triple vertiente del poeta.

Del amor a los mitos

Recuerda que llegó a Roma muy joven para estudiar Oratoria y Derecho, y que descubrir el amor fue lo que despertó su vocación poética. Escribió entonces ‘Amores’ o ‘Arte de amar’ en los que “enseña la técnica de la seducción o cómo huir de un amor intenso y peligroso”. Sus versos transitaron después hacia asuntos más elevados como los dioses, las fiestas y sus mitos, y de donde deriva ‘Las Metamorfosis’, como “una de las obras que más importancia ha tenido en toda la cultura a lo largo de estos dos mil años, tanto en la literatura como en la pintura, la escultura o la música”. Con 50 años, fue desterrado por el emperador Augusto. Llegó el momento de la “poesía en el exilio” con obras como ‘Tristia’ o ‘Poemas tristes’, poesía “de desterrados” que han servido de modelo hasta nuestros tiempos.

Antonio Marco Martínez destaca que Ovidio fue el poeta latino más leído de su época, pero también en los tiempos posteriores hasta la actualidad y que tuvo el acierto de convertir sus experiencias “en modelo y guía didáctica para futuros amantes”. “Supo fusionar la expresión del sentimiento amoroso con el objetivo didáctico”, explica el profesor, añadiendo que a todo ello unió una enciclopedia erudita de mitología grecorromana, como fue ‘Las Metamorfosis’ que “ha servido de cantera a pintores, escultores y artistas para extraer de él centenares de motivos artísticos que se exhiben en todos los museos más importantes del mundo”.

Resulta sobre todo significativo que la figura de Ovidio siga perviviendo en nuestros días. “Es cierto que todo lo perteneciente al mundo clásico va perdiendo importancia permanentemente en nuestra cultura. Probablemente son menos hoy las personas que puedan leer a Ovidio en su lengua, en latín, pero no deja de seguir siendo editado y traducido para el público en general”. Es más, hoy en día la mayor parte de los poetas siguen escribiendo sobre el amor. “El amor y la relación entre los amantes de hoy es básicamente la misma que la de los amantes antiguos”, concluye.

Fábulas de Ovidio en el Sala Atalanta del Palacio del Infantado. ÁNGEL RODRÍGUEZ REBOLLO

El influjo artístico de Ovidio es el que detalla el experto en Historia del Arte Ángel Rodríguez Rebollo, de la Fundación Universitaria Española, que fue el encargado de la conferencia ‘Las fábulas de Ovidio en las colecciones españolas de los Siglos de Oro. La sala de Atalanta del Palacio del Infantado’. Rodríguez Rebollo es también redactor de Ars Magazine, además de formar parte del grupo de investigación Ars Harsburgica. Incide en la gran importancia del poeta latino en las colecciones artísticas más importantes de esa época, comenzando con la que atesoraron los Austrias, especialmente los reyes Felipe II y Felipe IV.

En el caso concreto de la casa ducal del Infantado de Guadalajara tiene una “especial significación”. Los frescos del palacio alcarreño “son un referente de las decoraciones palatinas de la Europa del momento” y dentro de ese conjunto, la llamada Sala de Atalanta es “la que más claramente toma como referencia” la narración ovidiana de las metamorfosis. Es la muestra de pervivencia de Ovidio a lo largo de los siglos. “Siguiendo la estela de Felipe II, la nobleza castellana llenó sus palacios de lienzos y tapices donde los dioses grecorromanos vinieron a presentar ante los ojos de quienes los contemplaban unos mensajes cifrados de marcado carácter simbólico”, detalla Ángel Rodríguez Rebollo.

En este ámbito, las “fábulas” -como se denominan en ocasiones- o metamorofsis del poeta fueron traducidas y comentadas por grandes eruditos, “que añadieron sus propias interpretaciones de los mitos clásicos allí narrados
para dotarlos de un carácter moral”. Tomando como base estos textos, se crearon importantes conjuntos iconográficos destinados a las élites políticas, que buscaron en ellos transmitir el “prestigio de sus linajes”.

Porque, para este experto, son ‘Las Metamorfosis’ de Ovidio las que ha propiciado que su figura siga vigente en el arte, perdurando hasta la actualidad “con las más diversas interpretaciones”. Esgrime como prueba de ello el proyecto Ovidius Pictus, donde se da cuenta de las ediciones de los mitos ovidianos a través de los siglos. Y la enésima prueba de su carácter eterno.

“Ya terminé mi obra. Desearía que no pudieran borrarla ni hierro, ni fuego ni Júpiter. Cuando se acerque ese día fatal, ineludible, no debe tener poderío sino simplemente sobre mi persona. Lo mejor de mí mismo pervivirá”.

Las Metamorfosis, de Ovidio

 

28 enero 2018 at 3:00 pm Deja un comentario

En busca de Homero

Cada generación cuenta con su nueva traducción de los clásicos para que ocupen un lugar en la cadena de transmisión cultural

Ilustración de John Flaxman (1755–1826) de la muerte de los pretendientes de Penélope a manos de Odiseo (en latín, Ulises). CULTURE CLUB (GETTY)

Fuente: ÓSCAR MARTÍNEZ EL PAÍS
24 de enero de 2018

En Sodoma y Gomorra (cuarto volumen de En busca del tiempo perdido), la abuela de Proust declaraba su rechazo a una Odisea en la que los nombres de los dioses no aparecieran en su forma latina en vez de la correspondiente griega. Hoy día una traducción de las obras de Homero en la que figurara Minerva en lugar de su homóloga griega Atenea haría que la mirásemos con recelo, pero para la abuela de Proust ese era el rasgo que la reconfortaba frente a modernos traslados que apostaban por emplear la versión griega de los nombres de los dioses: audacias de los nuevos tiempos y de unas traducciones que no le proporcionaban la confianza de aquella cuya lectura la acompañaba desde siempre, porque cada generación cuenta con su propia traducción de los clásicos.

El hecho traductor es tan antiguo como las ruinas de Babel, pero la traducción artística nació en Roma allá por el siglo III a. C. de manos de un prisionero de guerra llamado Andrónico procedente de las ciudades griegas del sur de Italia. Convertido en liberto con el nombre de Livio, Andrónico puso en latín los versos de la Odisea, cuyos primeros compases sonaban así: “Virum mihi, Camena, insece versutum” (“Dime de aquel varón suave Musa”, según la Ulyxea del siglo XVI debida al secretario de Felipe II, Gonzalo Pérez; o “Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas”, en la versión de Carlos García Gual).

Con la Odisea de Livio Andrónico comenzó no solo la historia de la traducción artística, sino también de la épica latina, que tuvo su cumbre en otro gran clásico de la literatura universal: la Eneida de Virgilio, que bebía en la forma y en el fondo de la Iliada y la Odisea homéricas. Gracias a Virgilio, el prestigio del viejo Homero llegó intacto al Renacimiento, pero no así su obra, que a duras penas podía ser reconocida a través de las narraciones sobre Troya que atravesaron el medievo. Dante podía ensalzar a Beatriz mediante el verso homérico “No parecía hija de un hombre mortal, sino de Dios” y presentar a Homero como “poeta soberano” en el primer círculo infernal de su Divina comedia, pero no podía leer ni en original ni en traducción la obra del aedo ciego. La misión de devolver los poemas de Homero a la cultura europea fue asumida por Petrarca y Boccaccio, quienes tras conseguir una copia manuscrita de los poemas se pusieron en contacto con Leoncio Pilato, un monje calabrés que se hacía pasar por griego. A él se debe la prima traslatio europea —al latín— de la Iliada y la Odisea. Aunque conscientes de las deficiencias de la versión del impostor calabrés, Petrarca y Boccaccio se arrogaron el redescubrimiento del verdadero Homero, y durante todo el Quattrocento la traducción al latín de sus dos obras se convirtió en objetivo del humanismo. Ello supuso el despegue de las aladas palabras homéricas a las diversas lenguas nacionales, convirtiéndose en una presencia constante en sus literaturas.

Cada traducción se inscribe necesariamente en un tiempo histórico concreto y pone de manifiesto el papel que un determinado clásico puede desempeñar en la cultura que lo recibe. Como la naturaleza oral de la poesía de Homero conllevaba la repetición de largas tiradas de versos o el empleo de epítetos fijos en lugares determinados, estas características fueron sentidas como flagrantes fallos de estilo en un periodo, el neoclásico, que se mostraba férreamente estricto en los aspectos formales. A ello se sumaban las particularidades del universo homérico, que contemplaba situaciones inaceptables para el guion cultural de la época: que un rey troceara con sus propias manos animales de corral o que los compañeros de Odiseo, héroes de Troya, fueran transformados en cerdos por la maga Circe convertían a Homero en un autor literario sin goût ni delicatesse, por lo que los traductores se sentían autorizados a embellecer sus traslados. Este fenómeno, conocido en Francia como el de les belles infidèles, presidió la mayoría de las versiones homéricas entre los siglos XVII y XIX. En España, Antonio de Gironella sembró su Odisea (1851) con notas como esta en la que justifica la traducción de “lechón” en lugar de “cerdo” en el episodio de Circe: “He procurado poner el nombre menos repugnante del animal escogido por Homero. ¿Por qué no tomaría el ciervo, la ardilla u otro de tantos seres agraciados de la naturaleza, sin ir a buscar el más inmundo?”. “Sagrada basura, aunque cocinada por Homero”, llegó a escribir el conde de Roscommon en un ensayo sobre la traducción.

Las lenguas clásicas deben ser rescatadas si no queremos convertirnos en un país de grandes traductores de traductores de Homero

Todo lo contrariova a ocurrir en el siglo del Ulises de Joyce, el siglo en el que Machado declaraba en sus Proverbios y cantares que en su infancia soñaba con los héroes de la Iliada, y Baroja modelaba sobre la escena de despedida entre Héctor y Andrómaca (canto VI de la Iliada) la despedida entre Catalina y el aventurero Zalacaín. En el siglo XX tanto el universo heroico de Homero como su lenguaje expresivo tenían cabida en un mundo que se rebelaba contra lo estático y aspiraba a renovar el lenguaje emergiendo sobre las ruinas del lenguaje anterior. De esa pulsión surgieron en España las versiones en prosa de Luis Segalá, que rompía con las traducciones del XIX y se caracterizaba por su lenguaje inusual y un acento modernista (“cornígero”, “longividente”, “tornátiles”, “solípedos”…). El hecho de que estuviera en prosa ya marcaba distancias con toda la tradición anterior.
¿Prosa o verso? Antes del siglo XX no existía tal cuestión: la Iliada de Hermosilla o la Odisea de Baraibar estaban traducidas en endecasílabos. Pero a partir de la pasada centuria, la traducción de los poemas de Homero (poesía, sí, pero narrativa) ha gozado en todas las lenguas de múltiples posibilidades de plasmación: el empleo de prosa rítmica o de versos creados que remedan la versificación original, el uso de metros consagrados por la tradición, prosa que respeta la disposición en verso del original, y así hasta conformar esa “galería internacional de obras en prosa y verso” que, gracias a su “oportuno desconocimiento del griego” eran para Borges las versiones homéricas.

Cada época cuenta, o debería contar, con su traducción de los clásicos, pues es a través de las traducciones como los lectores ocupamos el puesto que nos corresponde en la cadena de transmisión del humanismo que estos contienen. Otros países de cultura así lo entienden: es de envidiar que en lengua inglesa haya aparecido una decena de traducciones de la Odisea en las dos últimas décadas, siendo Emily Wilson la última en prestar la voz de nuestro tiempo al poeta que puso los cimientos de la literatura occidental. Pero para que en nuestro país se produzca la renovación de estos motores del humanismo y del pensamiento es necesario que las lenguas clásicas sean rescatadas del ostracismo, si no queremos convertirnos en un país de excelentes traductores de los traductores de Homero.

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Óscar Martínez es traductor de Homero (La ‘Iliada’, en Alianza Editorial). Preside la delegación de Madrid de la Sociedad Española de Estudios Clásicos.

 

24 enero 2018 at 6:46 pm Deja un comentario

El Homero apócrifo

Detrás del nombre del poeta, de controvertida identidad, se transmitieron más obras aparte de la «Ilíada» y la «Odisea». Una espléndida traducción castellana de los «Himnos homéricos» vuelve sobre la cuestión de la literatura apócrifa en nombre del gran vate, símbolo de la épica griega.

La identidad de esta máscara hallada en 1876 se ha atribuido a Agamenón, uno de los personajes de la «Ilíada»

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
7 de enero de 2018

Indiscutiblemente, la «Ilíada» y la «Odisea», atribuidas al mítico Homero, son los primeros monumentos literarios de occidente y han dado forma a nuestra tradición cultural desde su composición, probablemente entre los siglos VIII y VII a.C.. Los poemas homéricos han dejado una huella indeleble en nuestra cultura y su estudio, de hecho, marca los orígenes de los estudios literarios, ya en época de los filólogos alejandrinos o bizantinos, en pos de un texto más depurado. No en vano, Homero fue la base de toda la educación literaria en el mundo antiguo. Pero el nombre que está detrás de su autoría lleva suponiendo, desde la constitución de la filología clásica como disciplina autónoma en lo moderno, uno de los debates más vivos y fascinantes. La llamada «Cuestión Homérica», sobre todo lo que se centra en quién compuso ambos poemas, surgió con fuerza desde los «Prolegomena ad Homerum» (1795), de F. A. Wolf, padre de la «Altertumswissenschaft», que señalaba el origen de los poemas en una larga tradición oral de piezas más breves, compiladas en algún momento posterior por escrito. El estudio analítico de la obra atribuida a un «Homero» mítico, cuya estela biográfica es totalmente ahistórica, se alterna desde entonces con otra tradición crítica, la unitaria, que cree poder reconocer la voz de un autor genial tras la «Ilíada» y la «Odisea», o al menos parte de ellas.

Hoy día, como señala en «Inventing Homer» (Cambridge UP, 2002) Barbara Graziosi, una de las más reconocidas especialistas actuales en Homero, persisten ambas tendencias, representadas, respectivamente, por estudiosos como Griffin y Latacz o Nagy y West en cuanto a quienes creen en «un» Homero y quienes dicen que «Homero» es un nombre colectivo que designa un tipo de épica panhelénica. Eso por no hablar de las múltiples teorías, más o menos solventes, sobre la relación de Homero con el mundo oriental, hitita o asirio, etc.. Pero es que, añade Graziosi, en esta época nuestra postbarthesiana, en la que los estudios de recepción han diluido un tanto las nociones de autor y autoría y han centrado la cuestión en el receptor, no parece acaso ya tan importante individuar a un Homero con biografía determinada.

Pero hay otro «Homero», a menudo eclipsado por esas dos obras aurorales de la literatura occidental, pues ya en la antigüedad circularon otros poemas atribuidos al bardo, como los «Nosto», la «Batracomiomaquia», o el «Margites». Entre toda esa colección de obras destacan sobre todo los llamados «Himnos homéricos», a los que se dedica ahora un estupendo libro destinado a convertirse en la edición de referencia en nuestra lengua. La publicación bilingüe con comentario de estos apasionantes textos del Homero apócrifo corre a cargo de Alberto Bernabé, catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense y uno de los grandes expertos internacionales en los poemas que circulan bajo el nombre del gran vate griego. Bernabé presenta, traduce y comenta, en un libro que admite al menos tres niveles de lectura –para el público general, para estudiantes y para especialistas– estos 33 poemas, obras en honor a un dios determinado, con una extensión variada y de acento muy diferente a las hazañas heroicas de la épica tradicional de la «Ilíada» o la más novelesca y fabulosa «Odisea». También se alejan de la épica didáctica de Hesíodo, ya que se dedican a narrarnos las historias de los dioses olímpicos, sus peripecias fundacionales y los mitos clave para establecer su poder en sus determinados ámbitos geográficos, culturales o conceptuales: Apolo en Delfos y Delos, Deméter en Eleusis o Dioniso y su culto errante son solo algunos de los ejemplos más memorables de los muchos y familiares mitos que contienen estos himnos y con los que el lector recordará las peripecias primordiales de los grandes dioses griegos.

Una lengua artificial

Como recuerda la introducción general, estos poemas solo tienen de homérico el nombre, además de, por supuesto, el estilo, los recursos literarios, la lengua artificial –esa «Kunstsprache» inconfundible que nunca se habló– y el hexámetro dactílico, un conglomerado reconocido en la antigüedad como lenguaje de la épica desde Homero, en la época arcaica, a Nono de Panópolis, al final de la Antigüedad. Los himnos alternan entre la decena de versos escasos del más breve, dedicado a Deméter, y los más de 500 del himno a Hermes, que cuenta la infancia del dios «trickster» por excelencia. Muchos de los más significativos se pueden datar en época no lejana a la de la composición de la «Ilíada» y la «Odisea», remontando incluso al siglo VII a.C.. Pero también hay variedad y discusión en cuanto a sus fechas, llegando a considerarse alguno de ellos, como el 8, con influencias neoplatónicas, fechable en la antigüedad tardía.

El comentario se centra con preferencia, como no podía ser de otra manera, en los más interesantes, que son los himnos largos, y que se presentan en detalladas introducciones y notas. Éstas explican los mitos tradicionales de cada dios protagonista con su problemática propia, desde las fuentes, los paralelos orientales y el contexto hasta la recepción. Las historias tienen a menudo que ver con la resolución de una situación de crisis y suele ser protagonizada por el propio dios: se diría que siguen en ello también esquemas del cuento popular, que estudiara Propp, y contienen muchos de los «Leitmotiven» del folclore, que sistematizan repertorios como el Aarne-Thompson. Se comienza con un problema, a veces causado por el nacimiento del propio dios, como en los Himnos 3 (Apolo) o 4 (Hermes), o un conflicto surgido entre varios dioses. Tras diversas peripecias, la resolución de la crisis reajusta el propio sistema olímpico y el marco de culto de los dioses. Por ello, afirma Bernabé, estos mitos de los himnos homéricos bien pueden considerarse parte de la cosmogonía griega, en la medida en que siguen las funciones etiológica y justificativa de la mitología, mostrando la configuración actual del mundo.

Uno de los aspectos más apasionantes para la crítica es pensar en qué contexto se pudieron recitar estos himnos, abundando en la estética de la recepción. En uno de ellos, el Himno a Apolo, se hace referencia a esta circunstancia y parece que lo está recitando un aedo ambulante en la isla de Delos (pág. 134). El cantor se presenta como un «ciego de Quíos» en referencia al propio Homero, un nombre por lo demás extraño, como han estudiado Nagy o West, que, lejos de sus sentidos tradicionales («rehén» o «ciego», en algún dialecto), podría tener relación con los «tejedores de cantos» pindáricos –en referencia a los Homeridas– o con paralelos orientales. Tal vez fuera el apodo con el que se identificaban estos profesionales itinerantes que cantaban los poemas en ese dialecto literario. Ahondando también en los paralelos orientales en la cultura griega, que estudiaron West o Burkert, Bernabé nos ofrece en esta edición interesantes comentarios sobre algunos de los motivos de los himnos.

Esta edición de los «Himnos homéricos» (Abada), como decía al principio, será de referencia por sus varios niveles de lectura: por un lado sirve de introducción general para un público amplio, en lenguaje accesible y con una traducción detallada, verso a verso, no exenta de encanto literario. Pero, por otro, también contiene el texto griego, notas minuciosas, referencias a una bibliografía completa y actualizada, con copiosos índices de nombres, y, aunque no es una edición crítica, sí presenta las variantes textuales que sigue el autor, por lo demás un reconocido experto en edición de textos griegos. El libro viene, en fin, a reivindicar la potencia poética de unos textos cuya fortuna crítica no fue grande ya en la antigüedad y a los que no benefició el análisis tradicional de Wolf como una suerte de preludios antes de los grandes poemas del ciclo: hoy quedan, por tanto, rehabilitados como poemas con entidad propia.

Puede que Homero nunca haya existido, como quieren algunos estudiosos, o que haya sido ese gran genio sobre el que fantaseamos, pero los poemas que, de forma inspirada, han circulado bajo su nombre desde la antigüedad, desde las imprescindibles «Ilíada» y «Odisea» a estos magníficos himnos a los dioses, seguirán resonando para siempre en nuestra tradición cultural, como bien prueba este libro, como una ganancia para los amantes de la mitología y la literatura clásicas.

TRAS LOS PASOS DE LA LEYENDA HOMÉRICA

En 1870, Heinrich Schliemann comenzó a excavar en la colina de Hisarlik, en Asia Menor. Este millonario prusiano, que había logrado reunir una gran fortuna, dejaba de lado todos los negocios para cumplir uno de sus sueños: descubrir las ruinas de Troya. En contra de la comunidad científica, que consideraba la «IIliada» un mero cuento, una leyenda heredada del pasado, él sí creía en la total veracidad de lo que se decía en el relato homérico. Para su propósito contó con un guía excepcional: el propio poeta. Siguiendo las descripciones incluidas en la «Iliada» llegó a Hisarlik, clavó su pala y, para sorpresa de todos, encontró Troya ante la estupefacción de los historiadores. No fue más que su primer éxito. Siguiendo igual método, la lectura de la obra del vate griego, se marchó al Peloponeso y allí, con semejante fortuna, nada más comenzar a excavar dio con la otra gran ciudad de la época: Micenas. Entre sus ruinas halló una serie de tumbas y desenterró una máscara que popularmente se ha creído que correspondía con la cara de Agamenón. La ciencia ha demostrado que no es así. Pero la ciencia también probó que Homero, sea quien sea, no mentía.

 

8 enero 2018 at 5:47 pm Deja un comentario

Nuccio Ordine: “Si no te paras, no piensas”

Profesor de la Universidad de Calabria, en sus libros, superventas, reivindica a los clásicos como la mejor escuela para la vida actual

Fuente: LUZ SÁNCHEZ-MELLADO  |  EL PAÍS
7 de enero de 2018

Llega el profesor Ordine, bate a punto de nieve la diestra que se le ofrece, suelta el torrente de su discurso por esa boca y una escucha o escucha. No extraña que sus clases en la Universidad de Calabria se llenen de jóvenes atraídos por la apasionada invitación a la vida, la alegría y la cultura a través de la lectura de los clásicos de este humanista y filósofo experto en el Renacimiento. Su 1,90 a ojo, el traje y la corbata que se tendrían solos de tanto apresto y el tumbao que llevan los italianos al caminar también hacen su parte. Pero dejemos hablar al clásico vivo.

Hay chicos a quienes les piden leer La Celestina, ven un vídeo y aprueban. ¿Qué hacemos mal?

Los padres tienen una responsabilidad limitada. Ahí se ha equivocado la escuela y la universidad que formó a los profesores que piensan que pueden atraer el interés de los jóvenes por los clásicos con un vídeo o Internet. Y eso es una mentira enorme. Si el vídeo sustituye al clásico es la muerte. Tenemos muchas herramientas, pero solo leyendo a los clásicos te puedes enamorar de ellos y pueden servir para entender la vida.

Siempre te puedes enamorar del chico del pupitre de al lado.

Sí, pero hasta para eso sirven los clásicos. De chico, para seducir a mis novias, recitaba poemas de Montale, y me funcionaba.

El 40% de los españoles dice no leer jamás. ¿Qué se pierden?

La vida. En Italia pasa igual. Hay más gente que escribe que lectores, políticos que publican libros y no han leído ninguno y es terrible. Borges dijo estar más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Si eso no es una lección de vida…

Mi abuela era analfabeta, soy la primera licenciada de mi casa. ¿Mis abuelos se perdieron la vida?

No es eso, eran artesanos. Yo también soy el primero de la mía. Igual que hay maestros de y en los libros, los hay de y en la vida.

¿Qué cree que lee Trump?

Trump no ha leído nada, es un ignorante y se ve inmediatamente en sus discursos. Volvemos a Borges. En La muralla y los libros describe a un emperador chino que prende fuego a las bibliotecas y construye una muralla. Eso es lo que pasa en América.

¿Hay un clásico del siglo XXI?

Probablemente, pero para poder definirlo así necesitamos tiempo. Clásico es un texto que a lo largo de los siglos responde a las preguntas de los lectores. Cien años de soledad fue un clásico inmediato, la excepción a la norma.

Los jóvenes reciben mucha presión familiar y social para estudiar lo que demanda el mercado. ¿Cómo pueden rebelarse?

Elegir carrera basándose en el mercado es la muerte de la universidad. Si voy a la escuela ha de ser para convertirme en una persona mejor, no para aprender un oficio. También hay una razón práctica. Quien estudia por pasión, será un buen profesional y un tipo feliz y encontrará trabajo.

Pero hay que comer, témome.

No solo está el pan del cuerpo, sino el del espíritu. Y si no alimentamos el espíritu tendremos, tenemos, directivos que evaden, destruyen sus empresas y destruyen empleos. Eso es pensar solo en el propio pan. Y lleva a la barbarie.

¿Salud, amor y dinero, pues?

Salud y amor son muy importantes. El dinero también, claro, pero si tienes que renunciar a tus pasiones y perder tu dignidad es mejor ganar menos y de una forma digna. Ser profesor no está bien pagado. Si trabajara en una empresa, ganaría cinco o seis veces más. Pero prefiero una pasión que me rinda 2.000 euros al mes que un trabajo sin ella por 15.000.

Antes de los móviles inteligentes, me bebía tochos de 600 páginas y ahora se me hacen bola tres párrafos. ¿Qué me pasa, profe?

Si no te paras y te recoges, no reflexionas, no piensas, no puedes aprender. Tanto ruido, tanto estímulo, nos impide recogernos y pensar. Los chicos no se concentran y los adultos tampoco.

El verdadero lujo sería, entonces, poder pararse y pensar.

Y leer, y hacer lo que te gusta. Los chicos han de entender que hay cosas que se hacen por el placer de aprender y sirven para entender la vida. Facebook ha paralizado las relaciones. Uno es rico si tiene tres amigos, no 3.500.

HACIENDO AMIGOS

Ordine (Calabria, 1958) no es precisamente diplomático con los poderosos, a los que acusa de no invertir en educación deliberadamente. En La inutilidad de lo inútil y Clásicos para la vida, superventas mundiales, defiende a los clásicos como la más actual escuela de vida.

 

7 enero 2018 at 5:52 pm Deja un comentario

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