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«Si perdemos la cultura clásica somos incapaces de entender nuestro mundo»

La investigadora Fátima Díez Platas desvela la luminosa presencia de Ovidio en las bibliotecas gallegas

Imagen: XOAN A. SOLER

Fuente: RAMÓN LOUREIRO > Ferrol  |  La Voz de Galicia
6 de mayo de 2017

Vaya por delante que cuando uno, a propósito del último proyecto de Fátima Díez Platas, habla de la luminosa presencia de Ovidio, el poeta romano de cuya muerte se cumplen ahora 2.000 años, en las bibliotecas gallegas, está haciendo, como es natural, un juego de palabras. Porque no se está refiriendo, en este caso, a los versos del autor del Arte de amar y Las metamorfosis, sino a la muy bella manera en la que se iluminaron ciertos volúmenes, todos ellos magníficos, que recogieron esos versos a lo largo de la historia, y más concretamente los que a día de hoy se custodian, como el verdadero tesoro que son, en las bibliotecas de Galicia. Fátima, investigadora y profesora de Historia del Arte en la Universidade de Santiago, que nació en Madrid pero que desde hace años reside en Cabanas -no muy lejos del pazo en el que vivió el naturalista López Seoane-, es la comisaria de Ovidius Vivit! Mitos, imágenes y libros.

-Y su trabajo ha dado origen a una muestra que a partir de la semana próxima podrá visitarse en el Pazo de Fonseca. Buen lugar, ese, para ir al encuentro de Ovidio.

-Fantástico. Porque además con esta exposición vamos a poder ver desde el incunable de Las Metamorfosis de 1493, que se conserva en la Biblioteca Xeral Universitaria de Santiago, hasta la edición de Parma de 1505, de la misma obra, que pertenece a la Biblioteca del Real Seminario de Santa Catalina en Mondoñedo.

-Que Ovidio vive no lo pondremos en duda, nada más lejos. Pero… ¿cuánta gente estará hoy de acuerdo con esa afirmación?

-Ovidio se sigue leyendo más de lo que se cree y sigue inspirando a muchos artistas.

-Malos tiempos para la poesía, estos, ¿no cree?

-Estos son malos tiempos para la lírica, eso es verdad, pero en cambio son buenos momentos para la imagen. Y lo que aquí tenemos son imágenes que nacen para los libros en distintas épocas: desde el siglo XV hasta el siglo XIX.

-¿Por qué se trata tan mal a las Humanidades?

-El desprecio a las Humanidades está a punto de tocar fondo, y creo que va a terminar. Curiosamente, las redes sociales están trabajando a favor de las Humanidades. Las nuevas tecnologías son un canal excelente para la divulgación. Los humanistas tenemos, ahora más que nunca, la obligación de enseñar a pensar. Frente a la superficialidad, es necesario aprender a profundizar, a ir más allá de lo que está en la superficie. No podemos dejar que todo sea plano, tenemos que avanzar en el conocimiento.

-Si perdemos a Ovidio, ¿qué perdemos? Sin la cultura clásica, ¿qué nos queda?

-Pues muy poco. Porque si perdemos la cultura clásica somos incapaces de entender nuestro mundo, porque ya no podemos comprender qué lo sustenta.

 

8 mayo 2017 at 1:57 pm Deja un comentario

Ulises, el héroe embustero

En el mundo heroico de duelos singulares y brutales choques, descrito por Homero en sus épicos poemas, también hay espacio para movimientos más oblicuos como la mentira y el engaño.

Fotograma de la película Troya, dirigida por Wolfgang Petersen en 2004. CORDON PRESS

Fuente: ÓSCAR MARTÍNEZ EL PAÍS
30 de abril de 2017

La literatura occidental arranca con dos composiciones — la Ilíada y la Odisea — que abordan el mito griego por excelencia: el de la guerra de Troya. La ciudad que, tras una década de asedio por parte de una alianza de guerreros griegos, sucumbió ante el engaño del proverbial caballo de madera. En el mundo heroico de duelos singulares y de brutales choques cuerpo a cuerpo descrito por Homero, también hay espacio para movimientos más oblicuos, como la mentira (pseudos) y el engaño (apate). Estos recursos abocan a la lethe, palabra que en principio significa “olvido” pero que también indica un fallo en la percepción de algo y forma parte del término que los griegos usaban para “verdad”: aletheia, es decir, la no-lethe o ausencia de cosas ocultas.

Es la falta de conciencia de que en el vientre del caballo de madera se encontraba un destacamento de feroces guerreros griegos lo que selló el destino de la ciudad de Troya, y de este modo tal engaño —una acción desesperada llevada a cabo cuando todo esfuerzo bélico se había demostrado infructuoso— pasó a ser celebrado como la más colosal estratagema de la literatura. Pero mientras que en nuestra visión de los códigos heroicos no es difícil encajar la apate, resulta llamativo observar que en los poemas homéricos sus personajes recurren decididamente al pseudos cuando es preciso.

Desde el comienzo de la Ilíada, tanto Zeus como Agamenón, caudillo de las fuerzas griegas, no dudan en poner en marcha los resortes de la mentira: tras años de infructuoso combate, el héroe Aquiles se ha retirado de la contienda debido a una ofensa de Agamenón, por lo que ruega a Zeus vengue la afrenta. Decidido a honrar al héroe, Zeus planea llevar al desastre al ejército griego y con este propósito envía a Agamenón un sueño en el que le empuja a entrar en combate: los dioses están de su parte —miente el dios— y “ha llegado el momento de tomar la ciudad de los troyanos”. Aunque la falacia de Zeus ha surtido el efecto deseado en la plana mayor de los griegos, con Aquiles ausente, la idea de lanzar un ataque se antoja suicida, por lo que Agamenón recurre también al embuste con la intención de obtener una respuesta positiva por parte de sus combatientes: “Zeus nos ordena la vuelta; vergonzoso será que los hombres venideros sepan que nuestro ejército se retiró sin siquiera vislumbrar el fin de Troya”. Sin embargo, el deseo de vuelta de los griegos arruina los planes de Agamenón y sólo la intervención del astuto Ulises pone freno a la desbandada.

Frente al resto de héroes, definidos por sus virtudes guerreras y su capacidad de combate, Ulises es caracterizado por sus cualidades internas, destacando sobre todo su metis (“sagacidad” o “inteligencia práctica”), motivo por el cual es el hombre indicado para todo tipo de misiones delicadas, como embajadas, labores de espionaje o emboscadas. Así pues, con la derrota merodeando por el campamento griego, es a él a quien encomiendan la tarea de traer a Aquiles de vuelta a la batalla. En presencia del colérico héroe, Ulises despliega con destreza una batería de argumentos que, uno tras otro, se estrellan contra la voluntad inquebrantable del guerrero; entonces Ulises, que se reserva un último as en la manga, recurre a la mentira: el príncipe troyano Héctor, el más fiero de sus enemigos, proclama orgullosamente que no existe griego capaz de igualarse a él en el combate. La respuesta de Aquiles es tan franca como su determinación de no volver al combate y como el desprecio que muestra hacia Ulises con estas palabras: “Aquel que esconde una cosa en sus entrañas pero dice otra me resulta tan aborrecible como las puertas del Hades”. La mentira, la ocultación y el engaño no forman parte del código del viejo héroe que Aquiles representa, pero lo cierto es que serán esas cualidades las que acaben derribando las murallas de Troya, cuando Aquiles tan solo sea una sombra más en el infierno que tanto aborrece.

La ambigüedad y la sagacidad de las acciones aparecen amparadas bajo la sombra de dos magníficos dioses: Hermes y Atenea

La metis griega abarca aspectos tan contradictorios para nosotros como lo verdadero y lo falso, y es la vertiente engañosa de su inteligencia la que hace que por los recovecos de la tradición mítica se haya proyectado una luz negativa sobre Ulises; una luz que a veces se complace en iluminar sus trampas y actitudes menos heroicas. Esa corriente contraria se plasmó principalmente en las obras de los autores trágicos, como en las de Sófocles Filoctetes (que gira en torno al arquero abandonado en una isla a causa de la fetidez provocada por la mordedura de una víbora) o Áyax (el héroe que se suicida al no soportar que no le concedan las armas del fallecido Aquiles), donde el personaje de Ulises aparece perfilado bajo las trazas de un villano.

Sin embargo, en la épica homérica la ambigüedad y sagacidad de sus acciones aparecen amparadas bajo la sombra de dos magníficos dioses. Por un lado Hermes, el dios cuyas primeras palabras al nacer fueron: “Padre Zeus, te seré franco, ya que no sé mentir”; lo que era falso. Por otro, la inteligente diosa Atenea, quien celebra y declara compartir con Ulises sus recursos mentales cuando el héroe se presenta ante él fingiendo ser otro: “Embaucador y maestro de engaños. ¿Es que no puedes prescindir de las mentiras que te son tan queridas? Ambos sabemos muchas argucias. Tú entre los humanos eres el mejor en ingenio y palabras, y yo entre los dioses tengo fama por mi astucia y mis mañas”. Oportunamente, Ulises fingía ser cretense, lo que para los antiguos griegos era sinónimo de embustero, tal y como ha quedado cristalizado en la célebre paradoja lógica del sabio cretense que afirmaba que todos los cretenses mentían.

Ulises comparte además con Hermes y Atenea —así lo ha señalado Pietro Citati en su magnífico Ulises y la Odisea. El pensamiento iridiscente— un reino al que cualquier otro héroe épico es ajeno: el del artesanado. El artesano sopesa cada elemento, lo maneja y lo trabaja con técnica cuidadosa con el propósito de fabricar algo que no existe en la naturaleza. Con la minuciosidad del artesano Ulises ha construido, por ejemplo, el lecho que permanece clavado a la tierra en su palacio o la balsa con la que ha surcado en solitario las olas de un mar enemigo, pero sobre todo ha fabricado las dos obras maestras que desafían la aletheia: el caballo de Troya; y los fabulosos relatos de cíclopes, sirenas y diosas solitarias que el rey de Ítaca narra en los versos de la Odisea.

Óscar Martínez es profesor de griego en el IES Julio Caro Baroja de Fuenlabrada. Es traductor de Homero y autor de ‘Héroes que miran a los ojos de los dioses’ (Edaf).

 

30 abril 2017 at 10:41 am Deja un comentario

Ronald Syme, lecciones de la Roma Antigua para entender el mundo actual

Ronald Syme dejó escrito un libro clásico sobre el mundo romano que sigue ayudándonos a entender el actual.

Lienzo de Vincenzo Camuccini que recrea el asesinato de Julio César a manos de un grupo de senadores. / GETTY

Fuente: GUILLERMO ALTARES  |  EL PAÍS SEMANAL
20 de abril de 2017

RONALD SYME (1903-1989) fue un latinista improbable. Nació en Nueva Zelanda, un país cuya existencia ni siquiera se sospechaba cuando Roma dominaba el mundo, y fue agente de la inteligencia británica durante la II Guerra Mundial en Turquía. Sin embargo, es autor de la obra de estudios clásicos que muchos expertos consideran la más importante del siglo XX: La revolución romana. Este libro sigue siendo extraordinariamente influyente por lo que cuenta sobre el pasado, el momento crucial tras el asesinato de Julio César cuando la República romana desapareció para convertirse en la dictadura personal de Augusto, pero también por lo que narra sobre el presente: fue publicado en 1939, justo cuando los grandes totalitarismos se estaban apoderando de Europa.

La revolución romana es la única obra de Syme que se puede encontrar todavía en castellano, traducida para la editorial Crítica por Antonio Blanco Freijero y prologada por Javier Arce, profesor de arqueología antigua en la Universidad de Lille y un profundo conocedor del mundo romano. El resto de sus libros están desgraciadamente descatalogados en inglés y alcanzan en ocasiones precios estratosféricos cuando aparece algún ejemplar de segunda mano. El primer tomo de su biografía de Tácito, un volumen desgastado, cuesta cerca de 500 euros en Amazon. Del segundo no hay noticias. Sin embargo, el interés por su trabajo nunca ha decrecido, al contrario. Gustavo García Vivas, miembro del Departamento de Historia Antigua de la Universidad de La Laguna, acaba de publicar su tesis doctoral, Ronald Syme. El camino hasta ‘La revolución romana’ (1928-1939), en la que explica la génesis de esta obra maestra.

La revolución romana es una crónica sui generis del ascenso al poder de Octaviano, el futuro Augusto; del establecimiento de su régimen y de su claque, de su grupo de seguidores o, como Syme los llama, su “facción”, palabra que en el momento en que la obra se escribe ofrece siniestras resonancias. Pero el ensayo tiene, sobre todo, la vocación de hablar de su propio tiempo, del auge de los fascismos en la Europa de su época”, explica García Vivas. La importancia del pensamiento de Syme reside en que logró cambiar la imagen de Augusto, del gobernante que construyó un imperio al dictador que destruyó una república. No es una casualidad que en estos tiempos, con la llegada a la presidencia estadounidense de Donald Trump y el empuje ultraderechista en Europa, las referencias a la obra de Syme aparezcan de forma recurrente: un artículo reciente del Financial Times invocaba al experto para hablar de la posverdad.

La importancia del pensamiento de Syme reside en que logró cambiar la imagen de Augusto, del gobernante que construyó un imperio al dictador que destruyó una república

“Las tragedias de la historia no surgen del conflicto entre el bien y el mal convencionales. Son más augustas y más complejas. César y Bruto, los dos, tenían razón de su parte”, escribió este profesor de Oxford en La revolución romana, una frase cuyo alcance va mucho más allá de los idus de marzo del 44 antes de nuestra era. Su genio consiste en someter al lector al ejercicio de comparar el pasado con el presente, pero nunca de forma forzada: casi sin darnos cuenta, nos lleva a leer en la tragedia que significó el final de la República romana lo que el propio Syme estaba viviendo.

Javier Arce, que trató mucho a Syme, escribe sobre él: “Era un hombre brillante, irónico, preciso, modesto. Le gustaban los farias y el rioja. Fue viajero, cáustico, amante de las palabras, observador, distante y trabajador: ‘There is work to be done’, decía”. La principal virtud de este gran investigador fue enseñarnos, con un estilo claro y directo, que lo que ocurrió hace 2.000 años no está tan lejos. El diario italiano La Repubblica definió recientemente su libro como “un clásico que habla de nosotros”. Cada vez más.

 

20 abril 2017 at 7:14 pm Deja un comentario

Valerio Manfredi: “La romanización de los pueblos germánicos habría cambiado Europa”

El autor italiano narra en su última novela, ‘Teotoburgo’, la historia de la batalla homónima que demostró al mundo que Roma no era invencible

Valerio Massimo Manfredi en una fotografía de 2005 |  BEGOÑA RIVAS

Fuente: EFE – Barcelona  |  EL MUNDO
16 de abril de 2017

El escritor y arqueólogo italiano Valerio Massimo Manfredi, que acaba de publicar una nueva novela ambientada en el mundo antiguo, “Teutoburgo”, considera que la romanización de los pueblos germánicos, que se dirimió en la crucial batalla con la que titula su nueva novela, “habría cambiado probablemente la evolución de Europa”.

Manfredi, autor de novelas históricas de éxito como la trilogía “Aléxandros”, publicada en 40 países, “La última legión”, “El imperio de los dragones” o “Los idus de marzo”, narra en “Teutoburgo” (Grijalbo) la historia de la batalla que demostró al mundo que Roma no era invencible y que convirtió a dos hermanos, Arminio y Flavio, en héroes de pueblos enemigos.

Manfredi ha explicado que “faltó muy poco para que la romanización de los pueblos germánicos concluyera, lo que habría cambiado probablemente la evolución posterior de Europa”. A pesar de que en Teutoburgo, un bosque en el norte de Germania, 20.000 soldados romanos perdieron una batalla en el año 9, “no perdieron la guerra y, de hecho, el Imperio Romano siguió existiendo casi cinco siglos más”, recuerda el arqueólogo italiano.

Esa romanización de Germania que no pudo ser “tal vez habría evitado las invasiones bárbaras, las guerras de religión por siglos y siglos, y puede ser que no habría habido necesidad de un Felipe II, de un Napoleón, tampoco de Hitler, ni las dos guerras mundiales del siglo XX”.

La extensión de la romanización, como ha vaticinado Manfredi haciendo historia ficción, habría aportado “una cultura unitaria, fundada sobre un sistema jurídico, económico, de comunicaciones y urbanístico común, pero es peligroso hacer la historia del ‘y si…’, porque en la historia intervienen elementos caóticos que no se pueden prever“.

Aquel “escenario visionario pero posible” que imaginó el emperador Augusto sigue sin resolverse, según el autor, si nos atenemos a las recientes declaraciones del presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, quien afirmó que los países del sur no pueden gastarse el dinero en “licor y mujeres” y después “pedir ayuda”.

Nunca había oído una cosa tan estúpida, idiota y ofensiva“, ha señalado Manfredi, quien ha precisado que “nunca he encontrado borrachos por las calles de Barcelona, Madrid, Roma o Francia, mientras he visto muchos más en los pueblos septentrionales, dicho con el máximo respeto. Soy un admirador de muchos aspectos de la civilización del norte de Europa, pero el sur es la base de la cultura europea”.

La novela y la batalla que le da título es el símbolo de que “Roma perdió la Germania, pero la Germania también perdió a Roma”. Para Manfredi, “el proyecto de Augusto era ambicioso y visionario, no era simplemente una rectificación de fronteras, en realidad quería trasladarlarlas 600 kilómetros al este”.

Los protagonistas de la historia de “Teutoburgo”, Armin y Wulf, hijos del caudillo de los queruscos, capturados por los romanos, son ejemplos de una práctica habitual en la Roma de Augusto: “En la casa del emperador había una especie de orfanato con hijos del enemigo. Dejaban intacto el ‘hardware’ y cambiaban el ‘software’, y así, aunque eran rubios con ojos azules, pensaban como romanos y pasaron a ser Arminio y Flavio“.

El propio Tácito, ha recordado Manfredi, describe una escena en la que Flavio permaneció como soldado fiel al Imperio Romano, mientras Arminio se erigió en jefe de una unificación de las tierras germánicas, como una especie de “Primer Reich”, que ideó a imagen de la estructura política romana.

Según el propio Manfredi, “resulta paradójico e incómodo que los alemanes dedicaran un monumento a Arminio, cuando se sabe que era ciudadano romano, con el rango de équites (segundo rango senatorial) y se había ganado esa posición masacrando a sus consanguíneos luchando con el ejército de Tiberio”.

Rechaza la etiqueta que cuelga sobre sus libros de escritor de la antigüedad: “La mitad de mis obras no se ambientan en períodos antiguos” y, de hecho, añade, el libro que está escribiendo ahora está ambientado en “la crisis del Congo en el período 1960-66 y nada tiene que ver con Tácito o con Homero”.

 

16 abril 2017 at 9:19 pm Deja un comentario

Tom Holland: “Trump, como Calígula, basa su régimen en la diversión de la humillación”

La transformación de Roma en una dictadura es el tema del último libro de este ensayista que utiliza la narración del pasado para ayudar a entender el presente

El escritor Tom Holland, en el hotel de las Letras. SAMUEL SANCHEZ

Fuente: GUILLERMO ALTARES EL PAÍS
11 de abril de 2017

Antes de dedicarse a escribir libros de historia, Tom Holland (Broadchalke, Inglaterra, 1968) realizó una hazaña para la BBC: adaptar para la radio los apuntes de los primeros genios de la lengua escrita, Homero, Heródoto, Tucídides y Virgilio. Con Rubicón consiguió su primer éxito internacional al narrar con pulso y rigor los años que llevaron a Julio César al poder. En sus libros, como Fuego persa o Milenio, siempre lee la historia desde un punto de vista contemporáneo, logra que los problemas del pasado nos ayuden a dialogar con la actualidad. Ahora acaba de publicar en Ático de los Libros Dinastía. Auge y caída de la casa de César, la historia de los Julio-Claudios, una saga a la que pertenecieron los emperadores más famosos, y con peor prensa, de la historia de Roma: Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Con la llegada al poder de Donald Trump, y el desafío a la democracia de otros líderes ultraderechistas, su relato del final de la República romana y el principio del Imperio, uno de los momentos clave de la historia de Occidente, cobra una nueva dimensión. Holland visitó recientemente Madrid.

PREGUNTA. ¿Podemos encontrar un paralelismo entre el fin de la República y lo que está ocurriendo ahora en EE UU? ¿Se puede acabar una democracia sin un cambio de régimen?

RESPUESTA. Es interesante porque la idea de que la república americana podía acabar de la misma forma que la romana es algo que está ahí desde su propia fundación. Cuando los americanos echaron a su rey, miraron a Roma como modelo, por eso existen un Senado y un capitolio en Washington. Los padres fundadores eran muy conscientes de cómo Roma se convirtió en una autocracia y la Constitución está diseñada para asegurarse de que algo así no vuelva a ocurrir. La cuestión en EE UU en la actualidad es si alguien como Donald Trump, que claramente solo está interesado en sí mismo, en su marca, puede llegar a ser tan corrosivo que acabe por dañar la democracia. Personalmente tengo serias dudas, no creo que Trump sea comparable a Julio César, que era un hombre de una inteligencia prodigiosa, ni a Augusto, que ha sido el mayor genio político de la historia occidental. Hay que tener mucho talento para ser capaz de convertir una vieja república en una autocracia, y no creo que Trump tenga ni la paciencia ni la habilidad para convertirse en un Julio César.

P. En su libro muestra su clara preferencia por el historiador romano Tácito. ¿Puede ser Tácito útil para entender el periodo que estamos viviendo?

R. Tácito es uno de los mejores historiadores de todos los tiempos y es el gran analista de la autocracia. Entiende aquello que hace que una autocracia funcione, entiende el efecto corruptor que el poder tiene sobre quien lo ejerce. Por eso en cualquier periodo en que la sombra de una autocracia cae sobre un país, siempre se ha leído a Tácito y siempre ha sido valorado. Creo que, sobre todo gracias a Tácito, ese periodo, el final de la República romana, sigue viviendo en el imaginario occidental y es el ejemplo primario de una tiranía.

P. ¿Y es posible comparar a Trump con Calígula o Nerón? Ese paralelismo se ha convertido en un lugar común.

“Toda historia tiene algo de ficción. Sobre este periodo, en muchos casos solo tenemos el rumor”

R. Solo es posible hasta un cierto nivel. Terminé este libro incluso antes de que Trump comenzase su carrera hacia la Casa Blanca. Trump dijo e hizo cosas durante su campaña que el establishment político pensó que eran fatales para su carrera, contra las mujeres, los veteranos, los musulmanes. Todo el mundo estaba convencido de que iban a acabar con él. Pero no ocurrió. Y al final resultó que a la gente le gustó que alguien con poder cambiase la forma tradicional de decir las cosas, la forma de comportarse de la élite, ya sea la de la prensa o la de la política. El choque de ver a gente poderosa humillada claramente tocó algún tipo de fibra. Hay algo que tanto Calígula como Trump entendieron, basaron su régimen en la diversión que la humillación de otros despierta en una parte de la sociedad. Es lo que hizo Calígula con la élite de los senadores. Fue descrito por sus críticos en el Senado como alguien que estaba loco. El ejemplo más famoso de esto es cuando nombró cónsul a un caballo. Era una broma, lo que pretendía era ridiculizar al Senado, mostrar su impotencia diciendo: “Puedo nombrar a quien quiera, hasta a mi caballo”. Está dejando claro quién manda. Cuando he leído cosas que Trump ha dicho o los tuits que ha mandado, nos preguntamos si está loco. Lo que escribe o dice puede parecer cruel, sin sentido, pero a veces es también divertido. Podemos pensar que hace esas cosas para entretener. Creo que lo mismo ocurre con Calígula.

P. En su libro sobre los Julio-Claudios se alza una figura central, Livia, porque en realidad muchos de los emperadores de esta dinastía son descendientes de ella más que del propio Augusto. ¿Es Livia, la esposa del emperador, el personaje clave en esta historia pero se mantiene en un segundo plano porque era mujer?

R. Pese a ser sobrino de Julio César, Augusto era en cierta medida algo provinciano. Cuando se casa con Livia, ella está fabulosamente bien conectada. Tiene sangre azul, estuvo casada con un Claudio antes de divorciarse y casarse con Augusto. El hijo de este primer matrimonio, Tiberio, lleva la sangre de los Claudios. Y eso tranquiliza a los miembros de la élite romana, porque piensan que va a defender sus intereses. Augusto basa todo su régimen en que está restaurando los auténticos valores de Roma y Livia es fundamental en esa imagen. Es probablemente el único personaje femenino importante de esa dinastía que nunca fue acusada de ser una prostituta. La medida de su éxito es que, cuando muere Augusto, recibe honores sin precedentes. Y cuando muere también es divinizada.

“Los padres fundadores de EE UU eran muy conscientes de cómo Roma se convirtió en una dictadura”

P. ¿Podemos acercarnos a algo parecido a la verdad cuando estudiamos un periodo tan remoto de la historia y sobre el que circulan tantas leyendas y existen tan pocas fuentes fiables?

R. Es un asunto clave. Se trata de una aproximación a la verdad. Toda historia tiene elementos de ficción. Y cuanto más nos remontemos en el tiempo, es peor porque nuestras fuentes primarias tienen un elemento literario muy importante. En muchos casos, la historia de segunda mano es lo único que tenemos. Debemos tratar de entender lo que quería hacer en realidad el emperador. La historia de Calígula y su caballo es un ejemplo claro. Por eso es importante buscar historias que nos expliquen la forma en que los romanos veían el mundo, historias que se repitan una y otra vez, como la acusación contra muchas mujeres de los Julio-Claudios de que eran prostitutas. No creo que ninguna de esas historias sea cierta. Pero nos hablan de la imagen que los romanos tenían de las mujeres poderosas, porque pensaban que no debían tener ninguna autoridad política, ningún poder. Las acusaciones contra mujeres como Mesalina reflejan todo esto, el temor de los hombres romanos ante las mujeres con poder, no creo que nos digan algo real sobre lo que ellas hicieron.

 

11 abril 2017 at 7:50 pm Deja un comentario

Astérix y Obélix desembarcan en Italia en su nueva aventura

El nuevo álbum, el número 37 de la saga, saldrá a la venta el próximo 29 de octubre con una tirada inicial de 4 millones

Una de las viñetas de «Astérix en Italia» – ABC

Fuente: EFE  |  ABC
5 de abril de 2017

Astérix y Obélix, los irreductibles galos creados por Albert Uderzo y René Goscinny, desembarcarán en Italia en su próximo álbum de aventuras, el número 37 de una saga que ha vendido ya más de 370 millones de ejemplares en todo el mundo.

Con «Astérix en Italia», que saldrá a la venta el próximo 19 de octubre, los dos protagonistas se adentrarán en «los pueblos itálicos» en los que, para disgusto de Obélix, descubrirán que en la antigua Italia no solo hay romanos, según el comunicado de la editorial Albert René.

«Italia no se limita a Julio César, Roma y el Coliseo. Pensamos que ya era hora de que Astérix y Obélix se hicieran una idea más precisa de lo que era verdaderamente en ese momento. Algo que no disgustará a Uderzo, cuya familia es originaria del norte» de ese país, dicen el dibujante Didier Conrad y el guionista Jean-Yves Ferri.

Como ya hicieran con el último volumen, «El papiro del César», y con «Astérix y los pictos», Conrad y Ferri firman este último título, con el que se remontan al año 50 a. C. La aventura permitirá que Astérix y Obélix conozcan a fondo «la sorprendente Italia antigua», formada por «múltiples regiones que tratan de mantener su independencia» y que Julio César sueña con unificar.

«Tiene muchas dificultades para controlarlos», le dice Astérix a su compañero de viaje en una de las viñetas, cuyo futuro escenario no había sido desvelado hasta hoy. «El papiro del César», publicado en octubre de 2015, ha vendido hasta ahora más de 5 millones de ejemplares, y la primera tirada de este nuevo título se hará con más de 4 millones en los más de 20 idiomas en los que estará disponible.

 

5 abril 2017 at 6:37 pm Deja un comentario

Alejandro y Escipión echan un pulso

Valerio Manfredi y Santiago Posteguillo confrontaron sus personajes en el festival literario Mot

Santiago Posteguillo, con casco y perfil romano cuando fue proclamado ganador del premio Barcino de novela histórica.

Fuente: JACINTO ANTÓN  |  EL PAÍS
5 de abril de 2017

Era una ocasión histórica, aunque llovía. Se enfrentaban cara a cara Alejandro Magno y Escipión el Africano para dirimir cuál de los dos fue mejor general y caudillo. Falange frente a legiones, sarisa contra pilum y gladio. Lo hacían, reunirse, por persona interpuesta, claro, pues los dos están criando malvas desde hace más de dos mil años y de hecho entre ellos hay un siglo de diferencia (Alejandro murió en 323 antes de Cristo y Publio Cornelio Escipión nació en el 236 a. C.). Pero tanto Valerio Manfredi (Alejandro) como Santiago Posteguillo (Escipión) daban muy bien el tipo: Manfredi rebosante de poesía, romanticismo y pathos –esa pasión desenfrenada y contagiosa que comparten el Magno y Valerio Massimo-, Posteguillo lleno de ingenio, perspicacia y sentido común. Incluso físicamente ambos parecieron imitar a sus personajes: el italiano de Alexandros con su fascinante vehemencia, rica en gestos; el valenciano de Africanus con su sobriedad y contención.

Era en la ciudad de Olot, alejada de la llanura de Zama y no digamos de la de Gaugamela o de los meandros del Hidaspes , pero abundante en volcanes, lo que le imprimía al encuentro entre los dos gigantes (bueno, cuatro: dos de la Historia y dos de la novela histórica) una conveniente atmósfera mítica; por ahí andaría Hefesto dándole a la forja.Manfredi y Posteguillo acudían al festival literario Mot, que reunió en la localidad gerundense a un buen puñado de escritores de primera fila, para hablar de cómo se escribe el pasado, en su caso el de la antigüedad clásica.

Valerio Manfredi y, a la derecha, una estatua.

El encuentro era en formato trío, uy, perdón triunvirato, en el que el tercer lado, como en todo triunvirato que se precie, estaba ocupado por un personaje insignificante y flojo, en este caso yo mismo, que carezco de legiones o falange algunas y comparto con Craso y Lépido ser absolutamente prescindible (aunque no el ser rico). Manfredi abrió el fuego recalcando una diferencia fundamental entre Alejandro y Escipíón: el primero era un rey absoluto, el segundo un funcionario del Estado de Roma, un ciudadano. Alejandro no estaba sujeto a nada ni nadie y vivió sus sueños, incluso los más desmesurados, haciéndolos realidad -hasta pudo dejarse el flequillo partido (anastole) sin que nadie se riera-. Para Posteguillo, eso es precisamente lo que hace grande a Escipión, y uno de los nuestros: estar sujeto al imperio de la ley y de la razón: el Senado no iba a dejar que te fueras de guerra con tus amiguitos, pillaras unas castañas de aquí te espero, alancearas a un lugarteniente (Clito) por citar con mala leche a Eurípides o te encerraras en la tienda cabreado con el ejército en plan “¡hala, pues ahí os quedáis y que os den por la crátera!”.

Puntualizó el autor de la popular trilogía sobre el romano que de no haber vencido a Aníbal, Escipión no hubiera figurado como uno de los grandes capitanes de la historia, entre los que tanto él como Manfredi incluyeron a Napoleón, aunque se salía de época.

Lo de si falange o legión estaba claro: aunque Alejandro no vivió para enfrentarse a Roma si lo hicieron sus sucesores macedonios, con mala fortuna: Perseo fue derrotado por Emilio Paulo en Pidna (168 a. C.), batalla que marca la supremacía de la legión sobre la falange.

Lo mejor del encuentro Manfredi/ Posteguillo sin embargo no fue militar (poliorcético, dirían ellos).. Posteguillo reivindicó el género de la novela histórica como magnífica forma de llevar la gente a la Historia. Manfredi disintió: es válido por sí mismo como expresión literaria y su finalidad ha de ser maravillar, sorprender y conmover al lector, no formarlo. Africanus vs. Alexandros, sin duda. Tácito y Homero. Posteguillo y Manfredi, unas buenas Vidas paralelas.

 

5 abril 2017 at 12:35 pm Deja un comentario

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"Hacemos un llamamiento a todos aquellos que en el mundo creen en los valores e ideas que surgieron a los pies de la Acrópolis a fin de unir nuestros esfuerzos para traer a casa los Mármoles del Partenón". Antonis Samaras, Ministro de Cultura de Grecia

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