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Entrevista a Santiago Castellanos, autor de “Barbarus. La conquista de Roma”

“El estudio de Roma nos permite conocer mejor la época actual”

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Fuente: Javier Velasco Oliaga  |  Todo Literatura    18/04/2015

El escritor y profesor titular de Historia Antigua de la Universidad de León, Santiago Castellanos, acaba de publicar en Ediciones B su segunda novela “Barbarus. La conquista de Roma”. En sus dos novelas trata sobre el mundo romano y esta última no es una continuación de la primera “Martyrium”, pero sí comienza, temporalmente, donde terminó la primera. Pese a llevar escritas sólo dos novelas, no es un neófito en las lides literarias ya que además ha publicado siete u ocho ensayos históricos.

Santiago Castellanos apuesta por el rigor, pretendiendo que su obra sea un producto excelente, tanto en lo literario como en lo histórico. “Para mí, la novela histórica tiene un peligro, pero también un desafío, porque puedo caer en que la obra sea un ladrillo”, expone en la entrevista que hemos mantenido en la cafetería del Museo Arqueológico Nacional. Por eso cree que el historiador que se dedique a escribir novelas históricas debe de “cambiar el chip, cambiar la mentalidad”. El profesor logroñés lo consigue claramente.

En ocasiones vemos que los historiadores hispanos escriben con los ojos puestos en sus compañeros académicos, de ahí que muchos libros de historia sean auténticos “ladrillos”. No podemos decir lo mismo de los historiadores británicos, que son auténticos divulgadores que aúnan la precisión histórica con la amenidad. “En Gran Bretaña lo tienen superado hace mucho tiempo, baste leer los libros científicos de Stephen Hawking donde nos enteramos perfectamente de los principios científicos sin ser un especialista. Lo mismo ocurre con la historia”, apunta. Los hispanistas británicos son mucho más cercanos que nuestros eruditos. También señala, con un cierto tono de envidia sana, cómo en las islas británicas se pueden encontrar museos de toda índole en poblaciones pequeñas que subsisten gracias a asociaciones culturales, algo que no ocurre en nuestro país, si bien ahora se están comenzando a dar los primeros pasos.

“Cuando escribes una novela histórica tienes que contar los hechos y las cuestiones fundamentales fielmente, con solidez académica, pero también tienes que saber contar esos hechos de forma entretenida. La rigurosidad no tiene que estar reñida con la amenidad. Si falla uno de estos dos parámetros, la calidad se resiente”, explica de manera pausada este especialista en la Hispania romana y visigótica.

España debe mucho a Roma, “somos romanos”, es el espejo en el que nos miramos; “el origen de nuestra lengua, de nuestra religión, de nuestro derecho, tanto fiscal, como administrativo o de la propiedad tienen su origen en el mundo romano”, desgrana con fluidez. Son muchas las afinidades pero, también, muchas las diferencias. Claramente, el tejido social ha cambiado, como lo ha hecho la tecnología, son muchos los siglos de diferencia para no avanzar.

Sin embargo, vemos que en otras cuestiones no hemos cambiado tanto. “El gasto público del Estado es desorbitado. La administración estaba sobredimensionada en época de Augusto, multiplicidad de funciones, y también ahora. La presión fiscal tanto en la época romana como en la actualidad está erosionando las clases medias”, enumera con pasión y nos damos cuenta de la razón que tiene y por desgracia no quedan ahí las similitudes. “La corrupción dentro del Estado era galopante”, afirma. ¿A qué nos suena? Poco podemos añadir, pero Santiago Castellanos tiene más similitudes de las que podremos enterarnos leyendo “Barbarus”, como la del cambio de valores que se produjo en esa época y la crisis que se vivió y se vive en cuanto a los valores. Para acabar nos recuerda el tema de la inmigración: “Roma no supo resolver el problema de la inmigración”, cuestiona tajante con la llegada de los bárbaros o de otras provincias hasta la metrópoli. Casi, casi igual que ahora. Ya me entra la duda de si está describiendo Roma o cualquier país actual de Europa.

Está claro que han pasado siglos pero los problemas siguen siendo los mismos. De ahí que Santiago Castellanos no quiera centrarse en sus libros sobre batallas, anécdotas o fechas de acontecimientos, sino en dos o tres ideas básicas y relevantes. “Quiero contar los cambios culturales, sociológicos o religiosos que ocurrieron, procesos importantes que nos ayudaran a comprender aquella época”, desgrana.

Si se le pregunta por sus objetivos principales cuando se sienta a escribir una novela, señala tres principales: analizar la crisis de Roma en todas sus facetas y por qué se llegó a ella, desde las dos visiones, romana y bárbara; que el lector se entretenga y de paso aprenda y proporcionar un material suficiente que permita conocer mejor la época actual, que se vean los paralelismo que hay con el sistema actual.

Esa visión que ha querido dar de la conquista de Roma, la ha dado bajo el prisma de los ojos de unos niños godos. “He querido dar el punto de vista de los bárbaros”, expone. Pero en realidad, “los godos no escribieron nada”, son pocos los documentos que se conservan, fue en aquella época cuando Ulfilas inventa el alfabeto godo. En la novela, el autor incluye el Padrenuestro en esta lengua para que nos hagamos una idea de cómo era, pero, en realidad, los godos adoptaron el latín y la cultura romana que luego se adaptaría a la época visigótica.

Esta época es la gran desconocida de nuestra historia, una época que el autor de Barbarus estaría dispuesto a desentrañar. “No fue tan oscura como nos han contado”, adelanta. Pero, de momento, lo deja para un futuro más o menos lejano, ya que el año que viene se tendrá que desplazar a vivir a Estados Unidos como profesor universitario para cumplir ciertos compromisos científicos, por lo que tendremos que esperar un tiempo para volver a leer una novela suya, donde aúne con precisión la rigurosidad histórica con la narración amena, algo que muchos deberían aprender.

18 abril 2015 at 4:52 pm Deja un comentario

El dios Dioniso, dos mil años hablando

Representa la alteridad, lo totalmente diferente, lo que no se ajusta al prototipo que hoy calificaríamos como políticamente correcto

Fuente: CARMEN ORDÓÑEZ |  EL PAÍS      06/04/2015

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Estatua romana de Dioniso. / Museo del Prado

1. Proyector de expectativas universal. Decía J. P. Vernant que “los dioses continúan hablándonos, cuando se les escucha”. Diego Mariño, especialista en historiografía griega antigua, ha prestado atención a la voz de Dioniso, amplificada por la fenomenología de la religión, el psicoanálisis, la antropología cultural, la filosofía de la historia y, en fin, todos aquellos caminos que llevan al autor a preguntarse cómo es posible que se hable en estos términos de unas creencias de hace dos mil años. Injertando a Dioniso (Siglo XXI) es el mapa de este singular itinerario que recorren una serie de militantes dionisiacos de excepción. Lo mejor de cada casa.

2. La transgresión y lo otro. Antes que nada, Dioniso representa la alteridad, lo totalmente diferente, lo que no se ajusta al prototipo que hoy calificaríamos como políticamente correcto y que en la Grecia clásica se identificaría con lo apolíneo. El nombre de Nietzsche quedará unido para siempre a esta dualidad Apolo / Dioniso, un concepto filosófico tan arraigado que se ha instalado incluso en nuestro lenguaje. Nietzsche saca a la divinidad de su contexto cultural, le superpone una serie de máscaras modernas y lo convierte en un fenómeno interior del alma humana. Una posterior lectura psicoanalítica (K. Kerényi) vinculará este arquetipo al inconsciente colectivo.

3. Lo irracional y lo inefable. Para la cultura intelectual europea, Dioniso se ha convertido en un símbolo de lo irracional en el sentido más amplio: no podemos delimitar los ámbitos de la locura. E. R. Dodds trabajó sobre esta cara oculta de la cultura griega, que incluye fenómenos como el menadismo, hoy reproducidos en algunas manifestaciones de masas ¿Les suena de algo la beatlemanía? También hemos de vincular lo dionisiaco con las aventuras psicotrópicas que, correctamente entendidas, representan hoy una especie de prolongación de aquellos rituales mistéricos, donde se desvelan las verdades ocultas que jamás deben transmitirse a los no iniciados.

4. Naturaleza y feminismo. El Dioniso arcaico ya presenta las mismas características que luego se atribuirán a otras divinidades como Mitra, Osiris o Cristo. Todos ellos incluyen en sus cultos los ciclos astrales y de la vegetación. Dioniso, como representante de la religión natural primitiva, simboliza la fertilidad vegetal y animal. De ahí su defensa de la vida natural, hoy enarbolada por los movimientos ecologistas e incluso por el anarcoprimitivismo. Enraizado en la religión de la Tierra, Dioniso sostiene un vínculo privilegiado con la naturaleza femenina, que es la Naturaleza misma. Como liberador de la mujer griega, su carisma también envuelve a los movimientos feministas que explotarán, a lo largo del siglo XX, su significado transgresor (J. Harrison).

5. Contra la polis. Lo anterior conlleva unas connotaciones políticas; la más evidente, la vida rural contra la polis, pero Dioniso también representa el poder inmanente a la acción social. Una de las definiciones en Daremberg & Saglio califica al dios como “defensor de los pequeños contra los grandes, de los débiles contra los fuertes”. Vivimos unas circunstancias históricas en las que parece oportuno plantearse si Dioniso, como mediador entre lo antiguo y lo nuevo, nos está abriendo una puerta hacia la renovación del ser humano y su sistema de valores. Su presencia sigue latente en todas las culturas: unas lo potencian, otras lo esconden. Cabría preguntarse cuál de ambos tipos de sociedad es más saludable.

6 abril 2015 at 4:43 pm Deja un comentario

Ara Pacis: El triunfo de Augusto

En el año 9 a.C., el emperador Augusto inauguró un espléndido monumento dedicado a la paz y la prosperidad que su reinado había traído a Roma

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El altar dedicado a la paz de Augusto, erigido del 13 al 9 a.C., se alza hoy junto al Tíber, en Roma, protegido por la estructura del moderno museo que lo alberga y que fue inaugurado en el año 2006. LUIS PADILLA / VISIVALAB

Por Francisco García Jurado. Profesor Titular de Filología Latina. Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 135

En  el año 13 a.C., el Senado romano decidió erigir un altar en señal de agradecimiento por las exitosas campañas del emperador Augusto en Hispania y la Galia, que tuvieron como resultado la sumisión definitiva de ambos territorios a Roma. Se decidió ubicarlo en el Campo de Marte, una amplia zona externa a la muralla, que daba entrada a Roma desde las tierras del norte a través de la vía Flaminia y donde las legiones practicaban los ritos de purificación al regresar de la batalla. Su nombre proviene de un antiguo templo allí consagrado al dios de la guerra, y esta circunstancia no deja de tener carácter simbólico, pues la guerra y la paz constituyen las dos caras del propio Augusto: llegó al poder al término de una cruenta guerra civil, pero supo aportar a Roma la estabilidad política y social que le permitiría convertirse en la dueña del Mediterráneo. En aquel mismo año se levantó un altar provisional en el lado occidental de la vía Flaminia (en lo que hoy es la vía del Corso), y en el año 9 a.C. se terminó de construir el magnífico altar de mármol que conocemos. Desde el siglo II d.C., el monumento fue cayendo en el olvido, cubierto por los lodos que acarreaba el Tíber en sus crecidas, y las transformaciones urbanísticas de la zona determinaron su pérdida definitiva. En el siglo XX fue rescatado de los cimientos de un palacio renacentista y trasladado desde el Campo de Marte hasta la ribera del Tíber para colocarlo frente al mausoleo de Augusto, en el lugar donde hoy se encuentra.

Augusto, de mortal a dios

El Senado decidió llamar al altar Ara Pacis Augustae, es decir, el Altar de la Paz de Augusto. Ya en el año 27 a.C., los senadores habían concedido el título de Augusto al emperador, cuyo nombre de nacimiento era Cayo Octavio Turino. El nombre de «Augusto» proviene del verbo latino augeo (crecer) y tiene el sentido religioso de lo que es venerable; diosas tan relevantes como  Juno –esposa de Júpiter, el soberano de los dioses– recibían ese apelativo. La Paz se volvía «Augusta» y el propio emperador aparecía como un nuevo dios enviado para pacificar a los pueblos. Esa pacificación marcaba una nueva era de prosperidad para Roma, que coincidía con el gobierno del soberano. Comenzaba una nueva etapa de la historia, y ésta es la clave del monumento.

Junto al Ara Pacis, el Senado decretó el mismo año 13 a.C. la construcción de un horologium, un reloj solar que utilizaba como gnomon un obelisco de granito rojo procedente de Heliópolis (Egipto). El Ara Pacis y el Horologium Augusti se construyeron e inauguraron al mismo tiempo y se dispusieron de tal manera que el día del cumpleaños del emperador, el 23 de septiembre, la sombra del obelisco apuntaba al ingreso del altar.

Un mensaje para la posteridad

El Ara Pacis representaba en mármol lo que se conoce como templum minus, un templo menor o provisional. Tales templos estaban delimitados mediante una empalizada de madera, aquí representada en el interior de los muros (de 11 por 10 metros) que acotan el terreno sagrado, y que acogen dentro el altar propiamente dicho. El monumento, que cuenta con puertas en los muros este y oeste, se levanta sobre un pedestal y se accede a él por una escalinata.

El Ara Pacis ilustra espléndidamente el dicho que el historiador Suetonio puso en boca de Augusto antes de morir: «Encontré Roma como una ciudad de ladrillo y la dejé de mármol», una alusión a su vasta labor de embellecimiento y renovación de la capital. En tal sentido, el altar es una de las edificaciones más representativas de la llamada Edad de Oro augustea, tanto desde el punto de vista histórico como artístico. Pero no sólo el mármol aspira aquí a perdurar en el tiempo; también lo hace el mensaje que transmiten los relieves exteriores, que en tiempos del emperador estaban pintados de vivos colores.

La decoración de los muros norte y sur del Ara Pacis evoca el día de la consagración del templo, cuando tan sólo era una construcción provisional. En ellos se representó una procesión formada por sacerdotes (flamines) y por la propia familia imperial, inspirada en la procesión de las Panateneas del Partenón de Atenas.

En la entrada: Eneas y los gemelos

Dos relieves situados en los muros este y oeste del monumento, que representan a Eneas y a la madre Tierra (o a la diosa Venus), se relacionan con los orígenes de Roma y las expectativas de renovación que acompañaban el reinado de Augusto, que había puesto fin a cincuenta años de guerras civiles y parecía anunciar una época de prosperidad y estabilidad. La decoración de estos muros guarda una clara relación con la literatura de la época, sobre todo con las obras del historiador Tito Livio y con la Eneida del poeta Virgilio. Sus textos vinculan a los gemelos Rómulo y Remo, fundadores de Roma, con el héroe troyano Eneas, hijo del pastor Anquises y de la diosa Afrodita. Eneas, que escapa de la destrucción de Troya y se instala en Italia, está en el origen del linaje de Rómulo y Remo, y, por tanto, de Roma.

Los relieves que flanquean la puerta oeste o delantera del Ara Pacis muestran precisamente dos momentos fundacionales de Roma. A la derecha aparece un hombre que posiblemente sea Eneas, de edad avanzada, mientras realiza un sacrificio a los dioses Penates, las primitivas divinidades domésticas de los romanos. Llama la atención cómo en un segundo plano y a lo lejos aparece representado un templo con los Penates, dejando claro el carácter religioso de la escena. Eneas encarna la pietas erga deos, «la piedad debida a los dioses», uno de los fundamentos de la religión romana. El héroe troyano aparece vestido como un héroe o un dios, con el manto enrollado en la cintura y dejando el hombro derecho desnudo, mientras los dos jóvenes que le ayudan a celebrar el sacrificio, los camilli, van  vestidos con una túnica corta.

Este hecho lleva a pensar en un diálogo entre un tiempo pasado, representado por Eneas, y el futuro, personificado en los jóvenes romanos. Este juego del «futuro en el pasado» era algo muy grato para la cultura romana, y aparece en el libro VI de la Eneida, donde se relata el descenso de Eneas a los infiernos. Allí, su padre Anquises, ya fallecido, le muestra las almas de las futuras glorias de Roma, y en cierto momento el anciano le señala a Augusto, el futuro emperador: «Éste es, éste el que vienes oyendo  tantas veces que te está prometido, / Augusto César, de divino origen, que fundará de nuevo la edad de oro / en los campos del Lacio […] y extenderá su imperio hasta los garamantes y los indios, / a la tierra que yace más allá de los astros, allende los caminos / que en su curso del año el sol recorre». Así anuncia Virgilio en su libro el espléndido porvenir que aguarda a Roma de la mano de Augusto, que fue justamente quien le encargó el poema.

De hecho, el protagonismo de Eneas en el Ara Pacis tiene como fin la apropiación de la leyenda troyana por parte de la familia imperial, la dinastía Julia, que incluía entre sus antepasados al héroe troyano. Augusto aparece como un nuevo Eneas; no en vano, si se contempla el altar desde la esquina delantera derecha, vemos a un lado a Eneas y, al otro, en el relieve lateral, al mismo Augusto, ambos con la cabeza velada, símbolo del pontífice máximo, la mayor autoridad religiosa de Roma.

Recientemente, sin embargo, se ha propuesto que el personaje que realiza el sacrificio no es Eneas, sino Numa Pompilio, segundo rey legendario de Roma, que celebró en el Campo de Marte un sacrificio a la concordia de romanos y sabinos y que sacrificó una cerda para la ocasión.

Al otro lado de la puerta oeste aparece otro mito de la fundación de Roma: Rómulo y Remo son amamantados por la loba bajo la higuera ruminal, que aparece en el centro de la composición. El dios Marte, padre de los gemelos, observa la escena, precisamente cuando el pastor Fáustulo acaba de encontrar a la loba que, habiendo acudido a la orilla del Tíber a calmar su sed, halla a los dos bebés abandonados y les ofrece sus mamas. Luego Fáustulo y su esposa criarán a los pequeños.

Si la fachada oeste del edificio se refiere a un tiempo legendario, el de la fundación de Roma, la fachada este, donde se encuentra la puerta trasera, estaba dedicada a la nueva edad dorada que había empezado con Augusto.

Felicidad y fertilidad

En este relieve, el mejor conservado, vemos a Italia, o la Madre Tierra (Tellus), rodeada de signos de fertilidad: los frutos de la tierra y dos niños, quizá Rómulo y Remo, o tal vez los propios herederos de Augusto: sus nietos Gayo y Lucio. Los niños aparecen en brazos de la diosa y uno de ellos parece querer mamar.

«Mamar» en latín se dice felare, y de esta misma palabra deriva el término felicitas («felicidad»), que no es otra cosa que lo que «crece» y, por tanto, es próspero. Otro término, el que se refiere al campo «abonado» (laetus), da lugar a un nuevo término para expresar la felicidad: laetitia, pues tanto el animal que mama como el campo abonado crecen y se vuelven prósperos. En la cultura romana, la felicidad está unida a la idea concreta del crecimiento animal y vegetal. Al mismo tiempo, si partimos de la idea de que los poetas latinos de la época debieron de inspirarse en las imágenes que los rodeaban, los atributos que envuelven a Tellus –los animales y los frutos– están indicando el nacimiento de una nueva edad dorada para la tierra. Este relieve, pues, está destinado a reforzar la idea de felicidad entendida como fertilidad y prosperidad.

El Ara Pacis es, en definitiva, un poema en mármol, un monumento comparable al mayor poema jamás escrito en latín: la Eneida de Virgilio. Un canto inmortal a la gloria de Octavio Augusto, el primer emperador, y al espléndido futuro que de su mano se abría ante Roma.

Para saber más

Augusto, de revolucionario a emperador. A. Goldsworthy. La Esfera de los Libros, 2014.
Augusto y el poder de las imágenes.  Paul Zanker. Alianza, 2005.
Ara Pacis
Augusto

6 abril 2015 at 9:10 am Deja un comentario

“El nazismo es una manipulación de la ´Germania´ de Tácito”

José Luis Moralejo, latinista, catedrático emérito de Alcalá de Henares, edita las obras menores del historiador más profundo del Imperio romano

Fuente: Natalia Vaquero (Epipress) |  La Opinión de A Coruña      03/04/2015

jose-luis-moralejoCon Germania, Tácito, el historiador más profundo del Imperio romano, se anticipó en siglos al estilo de House of cards, una novela de Michael Dobbs que Alba acaba de editar y que inspiró la exitosa y homónima serie de televisión. La obra de Tácito es un texto de tan sólo treinta páginas, insistente y rocambolescamente buscado por Himmler en Italia para llevarlo a Alemania como testimonio del origen sagrado del nazismo, según relata con el entusiasmo que le caracteriza José Luis Moralejo, catedrático emérito de Filología Latina de la Universidad de Alcalá y experto en Letras Clásicas, que prepara con esmero desde hace diez años una edición crítica, con traducción, comentario y prólogo de las tres obras menores del cronista romano. Moralejo, que domina el latín y el griego, y habla inglés, francés, alemán y gallego, desgrana con precisión de relojero suizo, la historia de una burda manipulación que a partir de la supuesta superioridad de la raza aria condujo al Holocausto y a la II Guerra Mundial.

-Así que usted sostiene que Tácito es un extraordinario narrador que deberían disputarse los guionistas para hacer películas de suspense?

-Exactamente.

-Y ahora trabaja en la próxima edición de sus obras menores?

-Sí. En las publicadas a partir del 96 después de Cristo (DC), cuando es asesinado Domiciano. Escribió Agrícola, sobre Gran Bretaña, Germania, sobre las tribus germanas y Diálogo sobre los oradores, acerca de la presunta decadencia de la oratoria en Roma.

-¿Cómo le dio a usted por estudiar a un autor como Tácito del que se sabe tan poco?

-Tácito es un autor difícil, pero siempre tuve claro que si Tito Livio fue el más grande de los historiadores romanos, Tácito fue el más profundo. Coloca a las personas en primer término y se mete dentro del personaje para ver sus motivaciones más aviesas. Tácito se anticipó en siglos al estilo de House of cards al destripar los secretos del poder sometido a las bajas tentaciones de todo tipo.

-¿De dónde viene el título de Germania?

-Son los bárbaros del norte a finales del siglo I. Los germanos habían sido los únicos que plantaron cara con éxito a Roma, que trataba de ampliar su frontera por el norte hasta el río Elba. En el año 9 DC se produce la batalla de Teutoburgo, en Westfalia, y las tropas de Quintilio Varo son derrotadas por los germanos volviendo loco a Augusto. En el año 16, Roma consolida las fronteras del Rin y del Danubio y se olvida del avance hasta el Elba dejando a Germania libre.

-¿Cómo cree que se le ocurrió a Tácito escribir esta obra?

-No se sabe si Tácito estuvo en Germania, pero pudo ser porque debió nacer en la Galia belga cercana a Germania. Tácito hizo honor a su nombre, que significa callado, y nunca dijo mucho de él. Trajano quiso en el año 98 emprender nuevas campañas contra Germania y Tácito escribe este libro para animarlo, pero también para dejarle claro que la empresa no va a ser fácil.

-¿De dónde sacó sus conclusiones sobre el ser de los germanos?

-De otros etnógrafos, algunos griegos, de comerciantes, de funcionarios, de escritos no políticos y de informes.

-Y describe a unos bárbaros con valores, ¿verdad?

-Dibuja el tópico del buen salvaje: gentes pobres, sucias, que solo guerrean y beben cerveza pero que son al mismo tiempo amigos de sus amigos, amantes de la familia, fieles a la palabra dada, austeros y valientes. Tácito ensalza estas virtudes que ve que están perdiendo los romanos y ofrece una visión simpática de los germanos.

-¿Quiénes eran y de dónde procedían los germanos?

-Tácito habla de 30 ó 40 tribus que parten de los pueblos indoeuropeos y se comunican entre ellas. La Germania de la época ocupaba toda Dinamarca, la Alemania actual hasta el Danubio por una parte y hasta el Vístula y Polonia hacia otra. También se incluían las islas del Báltico y las puntas meridionales de Noruega y Suecia que los romanos creían que eran islas. Parece que todos los pueblos indoeuropeos vienen del Oriente, de las migraciones de agricultores del Neolítico. Otros piensan que el origen de las tribus indoeuropeas está en una patria primitiva entre Rusia y Ucrania.

-¿Cómo llegaron los germanos al eslogan Roma nos roba, tan en boga ahora?

-Tácito se hace eco de las protestas de los bárbaros frente a los abusos, los impuestos y los tributos que les exige Roma. La obra de Tácito no se vuelve a tener en cuenta de nuevo hasta el siglo XV, cuando los alemanes descubren en su libro su partida de nacimiento. Ahora contra lo que protestan no es contra el Imperio, sino contra la Roma de los Papas. Acusan a la Iglesia de no ocuparse de Alemania salvo para exigirle dinero y a este mensaje se aferra Lutero. Germania es el germen del nacionalismo alemán.

-¿Qué papel jugó Lutero en la creación de una conciencia germana?

-Lutero es el creador de la prosa alemana, traduce la Biblia forjando un vocabulario nuevo y con un tremendo componente antisemita y anti romano. Lutero fue el abanderado del nacionalismo alemán y coge de ejemplo a esos pueblos que describe Tácito en Germania.

-¿Quiénes eran los francos dentro del grupo de los teutones?

-Los francos eran germanos que se dividieron y pasaron a Francia, a la que dieron nombre, pero también quedaron francos en la zona alemana, en Franconia.

-¿Cuál ha sido la aportación de Montesquieu, un francés, a esa conciencia de supremacía alemana?

-Montesquieu no ensalza la supremacía, sino las asambleas populares que se celebraban en Germania y su democracia. Era un entusiasta de esos germanos a pesar de ser francés.

-¿Coge Fichte el rábano por las hojas en su obra Discursos a la nación alemana?

-Fichte escribe al dictado la reacción de los alemanes ante la invasión de Napoleón. Primero piensa que Napoleón es un héroe revolucionario pero acaba viendo que es otro dominador. Los jóvenes alemanes recuperan entonces ese espíritu de resistencia que les lleva a aliarse con el ejército prusiano. Fichte ponderaba la nación alemana desde un punto de vista patriótico.

-Y llega a poner como ejemplo a los españoles, a los que elogia por el alzamiento del 2 de mayo 1808, ¿no?

-Seguramente. El zar Alejandro de Rusia ya había elogiado la resistencia española y la victoria de la Batalla de Bailén. Los castellanos fueron los primeros en demostrar que Napoleón no era invencible.

-¿Cómo influyó en la configuración del nazismo el libro Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas del francés Joseph de Gobineau?

-Gobineau aportó un nacionalismo sentimental y retórico en el que incluye por primera vez la biología y el concepto de raza. Concluye de forma cínica que no hay nada mejor que la integridad racial de los germanos. Pasa del Nacionalismo de Lutero o del patriotismo de Fichte al racismo. Él influyó después en los nacionalistas alemanes que derivaron en el más absoluto de los racismos.

-¿Cómo llegó Hitler, que tenía una formación muy escasa, a Tácito?

-De llegar habrá llegado a sus cercanías. El segundo gran hito en el racismo alemán se produce a finales del siglo XIX a través del británico Houston Stewart Chamberlain, yerno de Wagner, y escritor de Los fundamentos del siglo XX donde se muestra un germánico apasionado. Cuando Hitler le conoció le cogió las manos y le besó.

-¿Quiénes más influyeron en la diabólica escalada racista de Hitler?

-Hitler, que era un inadaptado, se sumó a una corriente antisemita y racista de mucha tradición en la Viena de su juventud. Allí concibió sus más profundos odios. A partir de 1920 se rodeó de otros personajes que también influyeron en él, como Rosenberg y Himmler, quien sí que había leído la Germania de Tácito y le había impresionado profundamente.

-Y Himmler dijo: ” Así era y así ha de volver a ser “?

-Exacto. Así eran los germanos y así han de volver a ser.

-Es decir, Tácito influyó de forma involuntaria en la creación de un canon ideológico que veinte siglos más tarde recuperó el nacionalsocialismo de Hitler.

-Así es. Se buscan las raíces germánicas y de los pueblos arios, que para los nazis era nórdico, no descendiente de las tribus de Oriente. El nazismo es un mal empleo, una manipulación de la Germania de Tácito.

-¿No hubo ningún hombre de la Iglesia que osase discrepar con el Fürher?

-Monseñor Faulhaber avisa en 1934 que Tácito también revela en su obra la brutalidad de los germanos y avisa de que ese no es el modelo que se debe seguir en un mundo civilizado. Pero ya en esas fechas, Pío XI firmó un concordato con los nazis que estos incumplieron totalmente. El Papa se queja en una encíclica de los atropellos de los nazis, del racismo y de las persecuciones, pero muere un año después.

-¿Qué hizo su sucesor, Pío XII?

-Adoptó un piadoso oportunismo al no condenar como debiera al nazismo, aunque ayudó a los judíos. Pío XII era germanófilo y había asistido en 1919 a la invasión comunista de Baviera. Tenía pánico al comunismo.

-¿Cómo fue recibida en la España franquista esa encíclica de Pío XI?

-Franco prohibió su difusión y se acabó el problema

-¿Cómo se llegó a fraguar la fantasía de que Hitler había vencido a Carlomago?

-Eso eran cosas de Rosenberg. Los alemanes repudiaban a Carlomagno porque ya estaba patentado por los franceses y porque en sus avances había cometido muchas matanzas en Baviera y Sajonia. Rosenberg dice entonces que Hitler con sus victorias había vencido hasta a Carlomagno.

-¿Fue Germania el punto de partida para las locas excavaciones que los nazis iniciaron por doquier para descubrir un pasado tan glorioso y monumental como falso?

-Sí, claro, pero lo único que encuentran enterrado son chozas, hachas de piedra y restos de hogueras. A Hitler eso le horrorizaba y avergonzaba porque solo entendía el arte con mayúsculas, el de los griegos y los romanos.

-¿Buscaron las SS en Segovia restos de ese inexistente pasado glorioso?

-En 1941 vino a España Himmler y Serrano Suñer le llevó a una necrópolis visigoda de Segovia.

-Total, que intentaban inventarse un pasado que rivalizara con el grecorromano que ha conformado nuestra cultura occidental.

-Sí porque a los germanos se les miraba como a los indoeuropeos que se habían quedado a guardar la casa mientras que florecían otros pueblos que habían salido de sus fronteras.

-¿Cómo fue la aventura del códice que incluye Germania, actualmente en la Biblioteca Nacional de Roma, que Himmler quiso comprar sin éxito a los italianos?

-En el siglo XV apareció el Hersfeldense con las tres obras menores de Tácito. Era un códice que se llevó a Roma para que se hiciesen copias. Luego se perdió y en 1902 un erudito descubrió en la Biblioteca Balbiani el Códice Aesinas con páginas del Agrícola con letra de época carolingia. También estaba Germania, pero ya en copia del siglo XV. En la década de 1930 la familia Balbiani trató de vender el códice y los alemanes empezaron a presionar para llevárselo. Italia lo hizo inexportable y en 1943, las SS entraron en el Palacio Jesi de Ancona, de los Balbiani, por orden de Himmler para hacerse con el manuscrito.

-¿Lo lograron?

-No. Estaba escondido en la bodega y se salvó. Se guardó en la Biblioteca Nacional de Florencia, pero con la riada de 1966 se mojó y quedó totalmente ilegible. Posteriormente lo adquirió el Estado y está en la Biblioteca Nacional de Roma. No se puede leer pero hay muchas copias de esas tres obras que son las que yo uso para revisar el trabajo de Tácito.

-Por cierto, profesor, el divulgador científico Nicholas Wade ha desatado la polémica con su último libro, Una herencia incómoda, en el que vuelve a hablar de razas y de diferencias genéticas entre ellas. ¿Asistimos a otro desatino como el de Gobineau?

-Me fío más de los sabios que dicen que más que el nacimiento, en la forma de ser de una persona cuenta la educación. No creo que haya que introducir el factor genético condicionante de la conducta humana.

3 abril 2015 at 10:34 am Deja un comentario

Carlos García Gual: “Vivir sólo en el presente es vivir en una prisión intelectual”

El filólogo, Premio Nacional de Traducción, interviene en los diálogos de la Fundación Juan March

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Carlos García Gual

Fuente: ALBERTO GORDO  |  EL CULTURAL      01/04/2015

Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) declara que a lo largo de su vida ha escrito sobre todo libros manejables para los lectores. “Yo soy un autor de prólogos y de libros de bolsillo”, dice, y esboza una sonrisa. Pero la realidad es bien distinta. Dos veces premio nacional de Traducción (en 1978 por su versión de Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, de Pseudo Calístenes; en 2002 por el conjunto de su obra), catedrático de Filología Griega, investigador y estudioso en amplísimos terrenos, artífice de la legendaria Biblioteca Clásica de Gredos, García Gual estuvo hace unos días en la Fundación Juan March para repasar, en compañía de Javier Gomá, su trayectoria intelectual. Su infancia en Palma, la formación primera en la biblioteca de su abuelo, Barcelona y Madrid y aquella vieja Facultad de Letras a la que ha estado vinculado durante toda su vida profesional. Antes del acto el profesor se sentó a hablar con El Cultural.

Pregunta.- ¿Cómo ve alguien que ha dedicado su carrera a la docencia de los saberes clásicos el arrinconamiento de las Humanidades en la universidad española?
Respuesta.- Con pesimismo. Veo que el horizonte es oscuro en un doble sentido. Por un lado, hay un desprestigio general de las Humanidades por culpa de una sociedad cada vez más pragmática que busca el bienestar económico y nada más. Y por otro lado, hay un problema dentro de la propia universidad, un problema de falta de fondos; cada vez hay menos profesores, una mayor penuria para comprar libros, para acondicionar despachos…

P.- Está la sociedad, pero los políticos son los primeros que desprecian las humanidades. Es rarísimo que alguno las nombre en sus discursos.
R.- Es cierto. Y cuando hablan de cultura es siempre desde el plano económico, como en el caso del IVA cultural. Pero de la orientación cultural, de hacia dónde vamos culturalmente ninguno habla. Creo que existe una crisis que opera en diversos frentes. Se habla mucho de la crisis que afecta a las editoriales, que venden menos libros por culpa de la piratería de los contenidos, pero esa crisis tiene su origen, creo, en algo tan simple como que la gente lee mucho menos. Aunque es verdad que en España se leen bastantes libros en comparación con otros países, la gente lee novelas y cosas bastante ligeras. Ensayos o libros de más nivel cultural se leen muy poco, por no decir nada.

P.- Usted ha dado clase toda su vida en Filología. ¿También los alumnos leen menos?
R.- Leen muy poco. Gastan su tiempo atendiendo diversas pantallas y creen además que toda la sabiduría del mundo está en Google. Yo daba por supuesto que los alumnos de segundo o tercer curso de Clásicas, que es cuando llegan a mi asignatura, habían leído una serie de libros básicos, y no es así. A mí se me han quejado alumnos que decían que no tenía derecho a mandarles leer la Ilíada porque era muy gorda.

P.- Es llamativo porque estudiar clásicas hoy, tal y como está el mercado, solo puede ser vocacional.
R.- En realidad lo fue siempre, pero hoy es una vocación más peligrosa todavía. Los de mi generación al menos encontrábamos un puesto de trabajo al salir de la universidad. La enseñanza media tenía sus profesores de griego, de latín. Ahora esto ya no es así en la enseñanza pública y mucho menos en los colegios concertados, donde se consideran gravosas ese tipo de asignaturas.

P.- Cree, entonces, que el problema del nivel de los alumnos ha de atajarse desde los planes de enseñanza primaria y media.
R.- Creo que sí. A mí me da pena el descenso de la secundaria. Yo fui profesor de secundaria durante cuatro años en el Instituto Beatriz Galindo y era un instituto estupendo. Tengo amigos que siguen dando clase a esos niveles y están muy dolidos, incluso por hechos de disciplina que antes no se daban. Es verdad que ha aumentado mucho el alumnado, pero el nivel ha bajado tanto que no creo que pueda explicarse por esta razón. Y ya en la universidad yo echo de menos lo que en mi época se llamaban cursos comunes. Creo que la especialización empieza muy pronto y cuando eso se hace sobre una base cultural inexistente es peligrosísimo.

P.- Convénzame, como si fuera un adolescente indeciso, de que son importantes las humanidades, de que debo estudiar y conocer la cultura clásica.
R.- Pues mire: ahora hay la creencia de que basta con saber manejarse en el presente. Pero hay que conocer bien el pasado para entender qué es la vida. Quien vive solamente en un espacio, y sobre todo en un tiempo determinado y no conoce más, es como si viviera en una especie de prisión intelectual. Sin entender por qué estamos aquí y cómo hemos llegado a dónde estamos, creo que se reduce mucho lo que es la vida. Yo le diría que tiene que leer los grandes libros, o algunos de los grandes libros: el Quijote, la Ilíada, a Shakespeare. Así entenderá hasta dónde puede llegar el ser humano.

P.- ¿En qué aspectos de nosotros, de lo que somos, podemos rastrear la influencia de los mitos griegos?
R.- Bueno, los mitos son una parte limitada del mundo griego. Reflejan la gran imaginación de los griegos, su capacidad para crear un mundo de dioses y diosas de enorme humanidad. Los dioses griegos son tremendamente humanos, son también divertidos, patéticos… la sociedad griega, que está en la base de la nuestra, sintió la libertad, la humanidad que permitió la democracia, la filosofía, las matemáticas. Los griegos eran viajeros: Heródoto, Tucídides… Cuando uno lo compara con otras civilizaciones se da cuenta de que los griegos han sido el pueblo con más capacidad de aventura que ha existido.

P.- ¿Qué equilibrio mantienen en nuestra cultura la tradición griega y la judeocristiana?
R.- Yo creo que tenemos mucho de los griegos; más de lo que pensamos. Tenemos ese sentido de la libertad, de lo importante que es la conciencia individual. De ellos nos viene el gusto por el arte, la apertura hacia el mundo. Todo esto es muy griego. El cristianismo, aunque eliminó la religión antigua, conservó mucho de la cultura pagana. Por ejemplo, la poesía. La mitología pasó a formar parte de las ficciones poéticas, pero permaneció. La noción sobre el alma, la inmortalidad del alma, la ética, la conducta social, eso ya estaba en Platón y el cristianismo lo tomó de él y lo ha sabido conservar. Esa es la gran herencia clásica, que atraviesa la Edad Media y se renueva con el Renacimiento.

P.- ¿Recuerda cuando decidió que quería dedicarse a la Filología Clásica?
R.- Yo iba a hacer letras en la universidad y me gustaban por igual la filosofía, la literatura y el mundo antiguo, pero me decidí sobre todo porque había muy buenos profesores de Griego. Filosofía me desilusionó un poco y en Literatura no tuve tampoco mucha suerte. En cambio en Griego estaban Adrados, Laso, Fernández Galiano… eran excelentes profesores. Y auténticas referencias a nivel internacional. Entonces en la Facultad de Letras el Griego tenía mucho prestigio.

P.- ¿Y ahora?
R.- Ahora hay buenos especialistas, pero son más limitados.

P.- Volviendo a los textos griegos, es curioso que la Odisea se tradujera al español por primera vez en el siglo XVI y la Ilíada tardara aún dos siglos en llegar…
R.- Sí. Hoy tenemos ya muchas traducciones de ambas en castellano, como unas veinticuatro de la Ilíada y unas doce de la Odisea, y en inglés muchas más. Steiner bromeaba con esto, con que todos los años saliera una nueva traducción que venía a ser la definitiva. Pero la primera traducción de la Odisea, la de Gonzalo Pérez, que es de 1580, llegó aquí antes de que el texto estuviera disponible en inglés. Era una época en que España tenía una proyección importante hacia Europa y hacia América y fue entonces cuando se tradujo también a Virgilio. La de García Malo de la Ilíada, la del siglo XVIII, está bien, pero sobre todo es muy buena la segunda que se hizo, la de Hermosilla, que era preceptor de poética e hizo una traducción en endecasílabos que todavía se puede leer hoy con mucho agrado.

P.- Su labor como traductor ha obtenido el máximo reconocimiento a nivel nacional en dos ocasiones, en 2002 por el conjunto de su obra. ¿Piensa que el traductor es, todavía hoy, una figura no lo suficientemente reconocida?
R.- Eso ha ocurrido siempre. Ahora hay muy buenos traductores, pero siguen estando mal pagados, sobre todo porque no es lo mismo traducir un best seller, que se vende enseguida y el traductor, que tiene contrato con la editorial, cobra rápido, que traducir por tu cuenta y encima clásicos o libros de ensayo. Es muy importante reivindicar el papel del traductor porque es el que convierte en universal un texto.

P.- En los textos griegos en concreto, ¿qué se pierde en la traducción?
R.- La música, la belleza del léxico… pero yo creo que siempre se conserva lo fundamental. Esto depende de los géneros. En la poesía siempre parece que se pierde algo más. En prosa menos, en textos científicos no se pierde nada, también porque los términos son más universales.

P.- Se ha ocupado de la novela en sus obras, de sus orígenes y su desarrollo. Alguna vez ha declarado que le falta imaginación para escribir una.
R.- Sí, es que soy poco imaginativo…. Quizá estoy también incapacitado porque he leído demasiadas.

P.- ¿Procura estar al tanto de las novedades editoriales? ¿Lee novela contemporánea?
R.- No demasiado. Leo muy poca novela española, la verdad. Pero sí que leo bastante novela policiaca. Me gustan las de Leonardo Padura, las de Benjamin Black. Soy un lector muy disperso y siempre tengo abiertos varios libros.

P.- ¿Cómo ve la crítica literaria actual?
R.- Mal, muy mal, quizá algo mejor en suplementos como El Cultural, Babelia o el de ABC. Yo creo que una buena revista de crítica literaria debe tener sus críticos serios, de siempre, que tengan cierto prestigio y no les importe hacer críticas duras cuando proceda. Pero lo que tenemos ahora no es eso. Predomina la crítica blanda y elogiosa y eso es el lector quien lo paga, pues no se siente orientado. Se reseña además mucho best seller, y estos son libros que se ponen de moda pero no sirven para nada. Creo que han ido desapareciendo algunos críticos importantes y no está habiendo un recambio claro. Está todo muy mediatizado, existen presiones de las editoriales. En ese sentido me gusta más la crítica de cine, que orienta mucho mejor. ¡Al menos sabes, al terminar de leerla, si la película es buena o mala! Eso cada vez ocurre menos en la crítica literaria, que es ambigua o abiertamente elogiosa.

P.- Usted ejerce la crítica, pero me parece que cada vez menos. ¿Tiene que ver con que ha dejado de confiar en su utilidad?
R.- En realidad es porque me quita mucho tiempo. La crítica es un oficio muy duro porque hay que leerse bien los textos. Eso o haces propaganda, que es bien distinto y mucho más cómodo porque ni siquiera hay que leer los libros.

P.- Hay quien defiende que la crítica negativa no tiene demasiado sentido: si un libro no es bueno, no se da y ese espacio queda para reseñar uno que sí lo es.
R.- Eso puede tener sentido respecto a autores jóvenes; yo entiendo que con los jóvenes no hay que ser cruel, o no se debe. Pero con los consagrados se puede, aunque nadie se atreve. Por ejemplo, meterse con Pérez-Reverte: eso no lo hace nadie.

P.- ¿Le gusta alguno de los escritores consagrados?
R.- Alguno sí. Leí los primeros libros de Muñoz Molina y de Javier Marías; los actuales ya menos, quizá porque me he cansado. Me gustaba Mendoza en sus primeros libros, ahora me gusta menos con esta cosa cómica. Y Javier Marías me gusta poco ahora: creo que sus elucubraciones cada vez le comen más terreno a las novelas y las hacen difíciles de digerir. Ocasionalmente leo poesía, pero ya muy poco. ¡Es que leer bien poesía lleva mucho tiempo! Estoy al tanto más o menos de los de mi generación, pero me supera mucho la cantidad de poesía que se publica.

P.- ¿Y cómo es su relación con los textos clásicos? ¿Aún disfruta de su lectura?
R.- Sí, claro. Soy un lector continuo pero bastante poco original. Ahora hago más bien calas, voy a un pasaje, lo busco, lo leo y casi siempre me dice cosas nuevas. Esa es la magia de los clásicos. Uno de mis últimos libros, Sirenas, es un poco esto, la vuelta a estos pasajes; las sirenas en Homero, en Apolonio Rodio… leo un poco a saltos, esa es la verdad.

P.- ¿Y quiénes son sus autores de cabecera?
R.- Soy muy clásico: Homero, Platón. Vuelvo a los de siempre. Últimamente he traducido Edipo Rey, de Sófocles, y me sigue pareciendo una obra magnífica. Las Bacantes de Eurípides también. También me gustan mucho Las vidas de los filósofos, de Diógenes Laercio, que es el texto más divertido de toda la cultura griega. Son textos que me acompañado siempre; es más, muchos de ellos leí por primera vez siendo muy joven, en la biblioteca de mi abuelo.

1 abril 2015 at 12:04 pm 1 comentario

«El papiro del César», nuevo álbum de Astérix

El título del número 36 de la colección, que se publicará el próximo 22 de octubre, ha sido anunciado en la Feria del Libro de Bolonia

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Con esta imagen ha sido anunciado en Twitter el título del nuevo álbum de Astérix / TWITTER

Fuente: ABC   31/03/2015

«El papiro del César» es el título del nuevo álbum de Astérix, que verá la luz a nivel mundial el próximo 22 de octubre.

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La noticia se ha hecho pública en una rueda de prensa celebrada en la Feria del Libro de Bolonia en la que han comparecido los nuevos autores de la colección: el guionista Jean-Yves Ferri y el dibujante Didier Conrad. Junto a ellos estaban Isabelle Magnac, directora general de Hachette Illustrated, y Celeste Surugue, director de Editions Albert Renè.

El esperado álbum número 36 de la colección clásica de cómics de Astérix supondrá la continuidad de la misma a cargo de los nuevos autores, que cuentan con el beneplácito del público y de Uderzo, que junto a Anne Goscinny estuvo «presente» desde París a través de videoconferencia.

31 marzo 2015 at 8:03 pm 1 comentario

Santiago Castellanos dice que “el saqueo de Roma fue un shock psicológico comparable al del 11-S”

“La conquista y el saqueo de Roma por parte de los godos fue un shock psicológico tan grande que solo se puede comparar con el 11-S: el sentimiento de vulnerabilidad por parte de una potencia que se ve atacada en su propio corazón”, asegura el historiador y escritor Santiago Castellanos

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Agencia EFE – El escritor Santiago Castellanos. EFE/Archivo

Fuente: Agencia EFE  |  YAHOO Noticias     25/03/2015

Corrupción, evasión fiscal, choque de religiones, inmigrantes intentando saltar fronteras…¿el siglo XXI?. No, estamos en el año 410, en la caída del imperio romano, donde Castellanos ambienta “Barbarus”, una novela que nos descubre que ni los romanos eran tan romanos ni los godos tan godos.

Considerado una autoridad en la época tardo romana, Santiago Castellanos (Logroño, 1971), profesor titular de Historia Antigua en la Universidad de León, sintetiza, a través de una historia personal de ficción, la vida de los niños godos Eldes y Dago, uno de los episodios más decisivos de la Historia de Occidente: la entrada de los godos y el inicio del fin del Imperio romano en Occidente.

Desde la destrucción del pueblo en el que viven los dos niños, en lo que hoy sería Ucrania, Eldes y Dago viajarán hasta el Danubio, la frontera norte del imperio romano, desde donde tras sufrir las consecuencias de la corrupción militar, llegarán al corazón del imperio, a Roma, donde transcurrirán sus vidas.

Castellanos, cuya primera novela histórica “Martyrium” fue un éxito de ventas, decidió dar un enfoque completamente diferente a este período ya que “desde el lado de Roma es absolutamente mayoritario, tanto en las fuentes de documentación como en el de la literatura”.

Uno de los peligros de la novela histórica es la ausencia de rigor, indica el profesor pero, advierte también de que éste tiene el riesgo de producir “verdaderos ladrillos”. Por eso en su obra ha apostado por lo literario basado en el rigor científico: “Puedes escribir una novela histórica pero nunca puedes ir en contra de la lógica de la Historia”, señala.

“Por supuesto que la crisis de Roma no es idéntica a la actual, son dos períodos históricos diferentes, pero hay elementos concomitantes entre las dos y podemos aprender al realizar esa comparación”, recalca Castellanos.

“En el fin del imperio romano no hay un Lehman Brothers pero sí hay evasión fiscal, hay un choque de religiones, hay miles de inmigrantes que intentan cruzar el Danubio para llegar al Imperio, así como una clase media que fue la gran damnificada”, recuerda.

“Los impuestos les machacaban, porque la clase baja no tenía medios para pagarlos y los nobles habían encontrado sus Sicabs. En esa época no había cuentas en Suiza, pero había almacenes de oro, que eran las Sicab de los poderosos, su forma de evadir impuestos”, agrega.

Los tres pilares de la novela “Barbarus” son la crisis de Roma, los bárbaros y el cristianismo y en los tres el autor desmiente tópicos: “Ni Roma se fue al carajo por la molicie y la corrupción ni los bárbaros eran unos melenudos. Tampoco hubo un solo cristianismo en Roma, todo estaba negociado”.

Los hechos históricos conviven en la novela con muertes y nacimientos, amor, violencia, actos heroicos y crueles venganzas, así como intrigas políticas en los que se ven mezclados los personajes creados por Castellanos, que ha querido relatar cómo los bárbaros no fueron sólo invasores, sino que también hubo integración.

También aborda la quiebra de determinados símbolos presente en todas las crisis, como la desaparición de los gladiadores, un síntoma de cambio cuando los obispos y la aristocracia cristiana se convierten en los nuevos poderes fácticos.

“Barbarus” acaba en agosto de 410 cuando entran los godos en Roma, una conquista en la que hay un pacto para que no se toquen las iglesias cristianas, en particular la de San Pedro, una de las causas de lo que habría sido, sostiene el autor, “el banderazo de salida del patrocinio político del cristianismo”.

26 marzo 2015 at 12:29 am Deja un comentario

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