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Digitalizan el ‘Virgilio Vaticano’, uno de los manuscritos más antiguos que se conservan

El ‘Virgilio Vaticano’, creado en Roma alrededor del año 400 d.C., contiene fragmentos de la ‘Eneida’ y de las ‘Geórgicas’ del poeta Virgilio

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El Folio 22 recto incluye una ilustración de la Eneida que muestra a Creúsa tratando de retener a su marido Eneas, que se va a la guerra. Imagen: Biblioteca Apostolica Vaticana

Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
15 de julio de 2016

Digita Vaticana, una organización sin ánimo de lucro que promueve un proyecto de digitalización de los manuscritos de la Biblioteca Vaticana, ha digitalizado el Virgilio Vaticano, un manuscrito creado en la Antigua Roma alrededor del año 400 d.C., que contiene fragmentos de la Eneida y de las Geórgicas, obras inmortales del poeta romano Virgilio.

El Virgilio Vaticano, probablemente creado para un noble pagano, es uno de los manuscritos más antiguos que se conservan y uno de los tres manuscritos ilustrados de la literatura clásica que han perdurado hasta hoy, junto con el Virgilio Romano y la Ilíada Ambrosiana. El manuscrito original debió de contener 440 folios con unas 280 ilustraciones, pero se han conservado 76 folios con 50 ilustraciones.

El original tenía 440 folios, pero se han conservado 76 folios, con 50 ilustraciones

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Folio 31 verso. Imagen: Biblioteca Apostolica Vaticana

El Folio 22 recto (recto es el anverso y verso el reverso de una hoja) incluye una ilustración de la Eneida que muestra a Creúsa tratando de retener a su marido Eneas, que se va a la guerra. Una edición limitada de este folio, reproducido con la última tecnología de Canon, ha sido enviada a las primeras 200 personas u organizaciones que han donado 500 euros o más para sostener este proyecto de digitalización, según informó Digita Vaticana el pasado 8 de julio. El Virgilio Romano se puede consultar de forma gratuita a través de este enlace.

En abril de 2014, la Biblioteca Apostólica Vaticana y la compañía NTT DATA emprendieron un proyecto para digitalizar y archivar numerosos manuscritos de la biblioteca del papa, una de las más antiguas bibliotecas del mundo. El proyecto culminará en marzo de 2018 con la digitalización de unos 3.000 manuscritos. La Biblioteca Vaticana documenta la historia y el pensamiento de la humanidad a través del arte, literatura, matemáticas, ciencia, derecho o medicina, desde comienzos de la era cristiana hasta la actualidad. Abarca obras de diferentes lenguas y culturas, desde el Extremo Oriente hasta la América precolombina.

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Folio 40 verso. Imagen: Biblioteca Apostolica Vaticana

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Folio 43 verso. Imagen: Biblioteca Apostolica Vaticana

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Folio 60 verso. Imagen: Biblioteca Apostolica Vaticana

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Folio 69 recto. Imagen: Biblioteca Apostolica Vaticana

15 julio 2016 at 1:22 pm Deja un comentario

Mary Beard. Una historia de la antigua Roma

El libro más reciente de la premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales es una panorámica de singular agudeza sobre el imperio romano

Henry Guttmann / Getty

HENRY GUTTMANN / GETTY

Fuente: CARLOS GARCÍA GUAL  |  Ahora
15 de julio de 2016

Incluso los lectores que ya conozcan muchas otras historias de Roma disfrutarán con esta visión panorámica de singular agudeza y tan atractiva, tanto por su perspectiva de conjunto como por su actualización puntual de muchos datos. Mary Beard, autora de monografías impresionantes por su espectacular colorido, como son Pompeya (Crítica, 2014) y El triunfo romano (Crítica, 2012), sabe combinar un agudo y personal sentido crítico con un excelente conocimiento de los textos clásicos de los historiadores antiguos y, a la vez, de las investigaciones arqueológicas más recientes sobre las ruinas y restos romanos. Esto le permite abordar en SPQR: una historia de la antigua Roma, con una mirada propia y reflexión personal, el largo recorrido del complejo auge y la formidable expansión de Roma, desde la fundación mítica de la ciudad por Rómulo hasta la época del emperador Caracalla, que en 212 concedió extender la ciudadanía romana a todos los súbditos de su inmenso imperio. Esta larga historia abarca casi un milenio.

Los testimonios de la historia

Para describirlo destacando los más famosos episodios e inolvidables figuras históricas, la autora sabe elegir y utilizar magistralmente los testimonios de los textos y los datos arqueológicos. Los discute, examina y sintetiza con refinada pericia hermenéutica, unida a un fino sentido analítico, no falto de toques irónicos. Es ejemplarmente admirable, por ejemplo, el análisis de algunas cartas de Cicerón, una de las figuras emblemáticas de la Roma republicana y uno de los personajes más citados y mejor retratados aquí, con sus triunfos y sus riquezas, y su desdichado y cruel final. Con un claro sentido dramático su estudio se abre con el conflicto entre Cicerón y Catilina como prólogo a la Roma clásica, para dirigirse luego a analizar los orígenes de la ciudad, en cuyo Senado se baten el cónsul y el supuesto revolucionario.

Sus páginas sobre Cicerón son una buena muestra de agudeza psicológica, como luego sus comentarios sobre Pompeyo, sobre César y sobre el “enigmático” Augusto, tan calculador en todo que tras sus victorias inaugura una nueva época de esplendor y paz. (Excelente el análisis de las Res Gestae como testimonio de la megalomanía del autócrata.)

Elige y utiliza magistralmente los testimonios de los textos y los datos arqueológicos

A lo largo de la progresiva expansión de esa Roma de humildes y conflictivos orígenes se pueden distinguir tres etapas. La que va desde la fundación de la ciudad hasta su dominio de Italia y toda la ribera mediterránea, una época de largos ecos míticos. Luego un tiempo de continuos conflictos y guerras internas y externas, con la extensión de su poderío militar por Italia y del pronto llamado Mare Nostrum. Esta etapa finaliza con la sumisión del Senado a Pompeyo y luego a César. Viene luego la época marcada por el “hijo de César”, Augusto, pacificador tras la victoria, que con indiscutible poder configura decisivamente el futuro de esa Roma imperial y marmórea que impulsó con afán de eternidad. Aunque se mantuvo el tradicional Senado (pronto con gran número de senadores de origen provincial) y los antiguos cargos del pueblo, ya todo es un montaje aparente, sometido en lo más importante a los designios imperiales. Tras Augusto viene la lista de los sucesores imperiales, en las primeras dinastías: desde Tiberio a Caracalla (14 emperadores en casi dos siglos; luego, en el turbulento siglo siguiente, más de 70 entre 193 y 293).

Las estructuras de dominio

No se detiene Beard en repasar el pintoresco anecdotario de muchos de esos emperadores —desde Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón—, sino que esboza con ágil rapidez el perfil de algunos. Subraya cómo el imperio mantuvo sus estructuras de dominio sin grandes cambios, a pesar de los finales violentos de algunos césares asesinados por puñal o veneno, y a pesar de sus escandalosas conductas, chismes que tal vez los enemigos del difunto exageraron tras su muerte. Pues es cierto que esos crímenes o caprichos imperiales no alteraron la marcha del imperio; mientras que la guardia pretoriana protegía y a veces deponía o imponía a los emperadores, el Senado se mantenía acogotado, temeroso, casi inoperante, con la mitad de sus miembros de origen provincial, en tanto que las poderosas legiones de soldados guardaban sus largas fronteras y de cuando en cuando se amotinaban a favor de un nuevo heredero al trono imperial. Todo esto es bien conocido, y Beard lo relata con muy buen estilo, atenta a la deriva general con finos apuntes sobre los personajes.

Una mirada a la vida cotidiana

Es de un interés excepcional la sección que cierra el libro —unas 150 páginas—, de enfoque sociológico. Son los capítulos titulados: “Los que tienen y los que no tienen” y “Roma fuera de Roma”, a los que sigue uno muy breve de colofón, “El primer milenio romano”. Ahí habla de la distribución de la población, de los ricos y los pobres, los esclavos y los libertos, las mujeres y los soldado, las angustias económicas y el reparto de tierras entre los veteranos, etc. Si ya Pompeya recogía cuadros pintorescos de la vida privada romana, aquí se añaden otros de cómo vivían y malvivían esas gentes. Estos apuntes y retratos se acompañan con selectas ilustraciones: lápidas, pinturas y monumentos tan curiosos como la tumba del panadero Eurisaces, y otros muchos. Esas miradas sobre la vida cotidiana infiltran un aire fresco y algo cómico a la austera perspectiva histórica.

Son excelentes las breves páginas dedicadas a las rebeliones en el imperio (como la de la britana Boadicea) y a las nuevas religiones, como el cristianismo.

Pero solo da unos apuntes sobre los nuevos cultos. (Lo que siguió está en el gran estudio clásico de Gibbon, entre otros.) Solo una frase digna de reflexión : “La ironía es que la única religión que los romanos intentaron erradicar fue la única cuyo éxito lo facilitó su propio imperio y que creció completamente dentro del imperio”.

En un atractivo epílogo Mary Beard cuenta por qué nos conviene estudiar aún a los antiguos romanos: “Tenemos muchísimo que aprender —tanto sobre nosotros mismos como sobre el pasado— interactuando con la historia de los romanos, con su poesía y su prosa, con sus polémicas y controversias… Desde el Renacimiento, por lo menos, muchos de nuestros supuestos más fundamentales sobre el poder, la ciudadanía, la responsabilidad, la violencia política, el imperio, el lujo y la belleza se han configurado, y puesto a prueba, en diálogo con los romanos y sus textos”.

Desde luego, esta amplia narración histórica invita a eso, con muy buen estilo.

s-p-q-rSPQR: una historia de la antigua Roma
Mary Beard
Traducción de Silvia Furió
Crítica, Barcelona, 2016, 664 págs.

 

 

 

15 julio 2016 at 9:07 am Deja un comentario

Jesús, crucificado por chavales de Tarragona

Una novela juega con la leyenda de que Pilato llevó a Judea una guardia personal de iberos de Tarraco

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Imagen captada en Tarragona durante las jornadas Tarraco viva. JOSEP LLUÍS SELLART

Fuente: JACINTO ANTÓN  |  EL PAÍS
11 de julio de 2016

El argumento tiene miga: durante una estancia en Tarraco, Poncio Pilato recluta una guardia personal de guerreros iberos de la zona y los lleva consigo a Jerusalén cuando lo nombran gobernador de Judea; finalmente, son ellos los soldados romanos encargados de crucificar en el Gólgota a un alborotador judío: Jesucristo, efectivamente. “Resulta que a Jesús lo acaban crucificando cuatro chavales de Tarragona”, sintetiza Xavier Maymó, autor de la novela histórica El siervo —que publica ahora en castellano tras su edición en catalán (Servi de Semma,Bondia) Penguin Random House—. El relato se centra en las peripecias del líder de esos soldados íberos (y jefe de la guardia de Pilato), Servio —descendiente de los iberos cosetanos—, de sus compañeros, y de tres nobles jóvenes romanos, tres hermanos que se han educado con él en la villa que posee el padre de estos, patricio y duunviro (magistrado municipal) de Tarraco, cerca de la ciudad.

Esa villa, Semma, que juega un papel importante en la narración como una especie de Brideshead de la antigüedad clásica, es en realidad la Villa de Els Munts, yacimiento arqueológico visitable y que Maymó conoce bien. “Mi familia tenía casa en Altafulla y desde pequeño he visitado el lugar de la villa, que estaba en ruinas hasta que lo excavaron y musealizaron”. Hoy la villa cuenta con visitas teatralizadas a cargo del propio Caius Valerius Avitus que fue su propietario y su esposa Faustina (ambos personajes de la novela).

Poncio Pilato, en una de las películas sobre el personaje

Poncio Pilato, en una de las películas sobre el personaje

El novelista explica que el origen de su libro es una leyenda que corría por Tarragona: que Pilato antes de ir a Jerusalén fue gobernador unos pocos años de la provincia de la tarraconense. Cuando Tiberio dejó en manos del cruel Sejano, prefecto del Pretorio, las riendas del poder, Pilato se guardó las espaldas reclutando una guardia personal de iberos que le fueran fieles a él. Se los llevó a Judea cuando, de alguna manera degradándolo, lo enviaron a la díscola provincia.

“Me pareció una historia muy buena para contar”, señala Maymó (Barcelona, 1966). El autor, que dice que ha tardado cinco años en escribir su novela, subraya que está muy documentada. “Es una leyenda verosímil”, apunta de la trama sobre el pretor, “no se apara de la lógica del momento”.

En realidad, de la vida y carrera de Pilato se sabe poco a ciencia cierta. Como resume la especialista en historia medieval y periodista de The Economist Ann Wroe en su Pilato, biografía de un hombre inventado (Tusquets, 2000), los únicos datos incontestables que tenemos sobre ese hombre esquivo son “una inscripción en una piedra y unas monedillas”. La inscripción es la de la célebre Piedra de Pilato hallada en 1961 en Cesarea Marítima y que es un fragmento de la dedicatoria de un templo a Tiberio por parte de “Pontius Pilatus Praefectus Iudaeae”. Hay que sumar como fuentes escritas unos cuantos párrafos de Flavio Josefo (que escribió cuarenta años después y nos dice que Pilato estuvo diez años en Judea y regresó a Roma a responder ante el emperador de acusaciones de los judíos por su brutalidad), unas páginas de Filón de Alejandría, un comentario de Tácito y las consabidas escenas del Nuevo Testamento, lavado de manos incluido.

La falta de datos históricos se ve compensada por un verdadero torrente de cuentos, fábulas, mitos, leyendas, novelas —incluida la fracasada que supuestamente escribe el personaje del título de El Maestro y Margarita de Bulkgakov— y películas, en las que el procurador ha tenido el rostro de Jean Marais, Rod Steiger, Telly Savallas o ¡David Bowie! (La última tentación de Cristo, de Scorsese). De Pilato se ha hecho un personaje trágico y hasta suicida, cuyo cuerpo es rechazado incluso por las aguas.

En su libro, Wroe cita la tradición de los orígenes hispanos de Pilato (en Sevilla existe aún la Casa de Pilato en la que se exhibe la presunta mesa sobre la que Judas arrojó las treinta monedas de plata) y menciona Tarragona. “Se supuso que de Tarragona procedía la legión que más tarde flageló a Cristo”, escribe.

De Pilato en realidad no sabemos el prenomen —la autora apunta la tradición hispana de que se llamara Lucio—. Pilatus podría derivar, y así lo recoje Maymó, de la habilidad de un ancestro de la familia en lanzar la jabalina.

EL PREFECTO DEBERÍA LAVARSE LA BOCA, NO LAS MANOS
J. A.

En la novela de Xavier Maymó, Pilato no debería lavarse las manos sino la boca. “¡Ya me he cagado en ese Jesús (…) Por un lado tengo al puto sanedrín que le quiere hacer añicos y por el otro, ni más ni menos que a ¡mi propia mujer tocándome los huevos día y noche para que le libere! (…) ¡Me cago en todo!”. Realmente el polvorín de Judea era como hacer perder los modales a cualquiera, hasta a un miembro del orden ecuestre.

El siervo incluye muchas otras cosas aparte de la conexión con Pilato, los judíos y Cristo. “Jesús aparece solo en la tercera parte de la novela, es un secundario”, puntualiza el autor. Hay pasajes que recuerdan Ben-Hur y otros Gladiator. A Menandro lo capturan tras sangrienta lucha los germanos y se desloma remando en una galera hasta que es rescatado. “No es premeditado, pero es lógico”, dice Maymó; “si hablas del imperio romano salen las galeras, las legiones, las guerras contra los bárbaros”.

Una escena de la novela parece un homenaje a Patrick Leigh Fermor: cuando Pilato recita unos versos de la Eneida, Servio, su jefe de guardia ibero de Tarraco, continúa la cita, para sorpresa del romano.

Sorprende de Maymó, que reside en Andorra, la prolija información personal extra curricular —en lo que atañe a un autor de novela histórica— que ofrece en la solapa de su libro. Doctor en Microbiología, director de la cartera de participaciones de Credit Andorrà, miembro del consejo de administración de Morabanc… No parece lo propio de un Robert Graves, que digamos… “Jajaja, y también toco el piano. Es bueno ser multidisciplinar y en el fondo todo ayuda a escribir”, dice el autor, que ya prepara una continuación de su novela.

 

11 julio 2016 at 8:51 am Deja un comentario

Javier Negrete: “Hay que atraer a la gente hacia la historia como lo hacía Heródoto: con un relato”

El escritor repasa su carrera, jalonada de fantasía épica, ciencia ficción y novela histórica

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Javier Negrete: artesano de la palabra, perfeccionista y concienzudo, transmite pasión por la historia y las historias

Fuente: José Miguel Vilar-Bou  |  eldiario.es
3 de julio de 2016

Hace apenas dos décadas era impensable que una editorial grande apostase por un escritor de fantasía o ciencia ficción si era español. Estos eran cotos reservados a los autores anglosajones, y además, el desprecio de la crítica estaba garantizado. Todo empezó a cambiar en 2003, con la aparición de “La espada de fuego”, el primer éxito de la fantasía épica nacional. Su autor, Javier Negrete (Madrid, 1964), se había ido fraguando en los noventa, a la sombra de una literatura oficial que ignoraba los géneros más aventureros e imaginativos. No era el único. Muchos otros escritores luchaban por salir de esa marginalidad histórica. Eran los años de la Generación X, marcados por una narrativa rabiosamente realista. Pero fenómenos como “Harry Potter”, “Matrix”, o la trilogía cinematográfica de “El señor de los anillos” fueron despertando en el público el gusto por lo fantástico. Era cuestión de tiempo que una oleada de narradores patrios llenara las librerías de mundos imposibles y futuros posibles. En esta entrevista, Negrete recuerda aquel momento germinal y repasa su carrera. Artesano de la palabra, perfeccionista y concienzudo, transmite pasión por la historia y las historias. De hecho, ha logrado exportar con éxito su sentido de la épica a la novela histórica, aunque no descarta volver al universo fantástico de “La espada de fuego”: “Puede que Tramórea aún dé de que hablar”, deja caer.

¿Cuándo sentiste la llamada del fabulador?

Si me retrotraigo del todo, me voy muy lejos en la infancia. Siempre he dormido mal. Puedo despertarme cuatro veces en una noche, y creo que por eso tiendo a recordar los sueños. Soñar es una manera de fabular, sobre todo cuando eres niño, ese momento de la vida en que, en ocasiones, no distingues lo que sueñas de lo que vives. A veces, yo continuaba en mi imaginación las películas que veía. Me convertía en el personaje, cambiaba el final… ese tipo de cosas.

Inventabas historias ya antes de empezar a leer.

Yo era un niño raro, como todos los que escribimos. Vivíamos en Ciudad de los Ángeles (Madrid) y luego en Vallecas, donde sigue viviendo mi madre. Siempre he sido un chico de barrio. Se me daba mal el fútbol. Me gusta verlo, pero jugando soy un paquete. Cuando los chiquillos echaban partidos en la calle, nunca me elegían, así que era frecuente que me subiera a casa frustrado, y entonces me dedicaba a otras aficiones, sobre todo a la lectura, que es una manera inigualable de evadirse de la realidad. Así la sigo considerando hoy. Creo que muchos escritores han pasado por experiencias parecidas: Niños con mucho mundo interior, que sienten el impuso de inventar universos…

¿Cómo entraron los libros en tu vida?

En mi casa siempre ha habido libros. No voy a decir que fuera un hogar de profesores universitarios, porque la educación formal de mis padres fue la que se daba en la época: Mi padre, en el Madrid de posguerra, tuvo que ponerse a trabajar casi desde niño. Y mi madre, parecido. Pero teníamos muchos libros. Éramos del Círculo de Lectores, y mi padre llegaba a menudo con novelas. Solía verlos a los dos sentados en silencio, leyendo o jugando al ajedrez. Por eso, ahora, de adulto, me gusta vivir en un ambiente tranquilo, poco ruidoso, de concentración.

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

Los cómics. Los que más me gustaban eran los de Marvel, esas viejas ediciones de Vértice, horriblemente maquetadas, pero era lo que había y nosotros tan felices. También, por nuestros cumpleaños, a mis hermanos y a mí solían regalarnos novelas de la colección de Bruguera, aquellas medio cómic, medio novela. Así conocí a Julio Verne. Otra cosa que recuerdo con cariño: En el barrio no había bibliotecas, pero de vez en cuando venía el bibliobús. Entonces mi madre, mis hermanos y yo íbamos y cogíamos libros. De esa época recuerdo “Las minas del rey Salomón” y “Ella”, de H.R. Haggard, que me llegó al alma.

La ciencia ficción será clave en tu desarrollo posterior como escritor. ¿Cómo la descubriste?

Fue una mezcla de diversos ataques ambientales: A mi madre le gustaba la ciencia ficción y mi padre solía comprarle libros del género. También a mis hermanos se les pegó el gusto. A los niños les encantan los mundos de fantasía por ese elemento de evasión, de liberar la imaginación. Había ciencia ficción en los cómics de superhéroes que leíamos. Estaba también la colección RTV Biblioteca Básica de Salvat, de cien volúmenes, que mis padres compraron. Ahí venía “Una odisea espacial 2001”, traducida así, de Arthur C. Clark, que no sé ni cuántas veces leí. También “1984”, de Orwell, que, siendo tan pequeño, me horrorizó y fascinó a partes iguales. Otra cosa que recuerdo es la colección Novelas de anticipación, con la que, a los nueve años, descubrí historias que me marcaron. Sus autores se llamaban Ballard, Lovecraft… nombres que, entonces, no me decían nada…

La ciencia ficción asomaba también a la televisión.

Sí, series como “Guardianes del Espacio” o “Tierra de gigantes” que, vistas hoy, pueden ser bastante flojas, a mí me fascinaban. Y, por supuesto, mi favorita: “Star Treck”.

Otro elemento clave en la obra del Javier Negrete adulto será la antigüedad, en especial el mundo grecolatino. ¿Cómo llegaste a ella?

A través de libros como “Benhur” o “Quo Vadis”. También me marcó la serie “Benasur de Judea”, de Alejandro Núñez Alonso. Leí el primero de los cinco volúmenes a los diez años, durante una convalecencia. Era un autor extraordinario. Sus novelas, de haber sido americanas, se hubieran convertido en películas. Hoy, sin embargo, están casi olvidadas.

¿Y el paso a escribir?

Fueron precisamente estas novelas de romanos las que me empujaron. Me indujeron el ansia de narrar. Con diez años, empecé mi primera novela, que era de romanos, ambientada en Hispania. Fíjate que, sin saberlo, me fui al género fantástico porque, para documentarme, tenía sólo la enciclopedia que había en casa, así que me lo inventé casi todo: La historia de un imperio que había en Hispania y que derrotaba a los romanos… Eso es lo que ahora llamaríamos una ucronía, pero yo no lo sabía. Desde entonces no paré de escribir, aunque por supuesto tardé mucho en publicar.

¿Cuándo fuiste consciente de que querías ser escritor?

Ese recuerdo lo tengo claro: Un día llegó a casa la revista del Círculo de Lectores. Dentro venía anunciado el libro de “Benhur”. Aparecía un fotograma de la película, con Charlton Heston en plena carrera de cuadrigas. Pensé: “Quiero ver algún día en esta misma revista una novela con mi nombre”. Años después, cuando “La mirada de las furias” (1997) se publicó en Círculo de Lectores, como nos suele suceder a la mayoría de seres humanos y, en especial, a los escritores, que siempre nos sentimos insatisfechos, no me pareció para tanto.

Por el camino te convertiste en profesor de griego.

Me decanté por el griego por la lengua en sí, y porque me fascinaba la antigüedad, pero también por un motivo bastante prosaico: En ese momento, era más fácil sacarse la oposición de profesor de griego que la de latín.

Fantasía, ciencia ficción, novela histórica… los géneros a los que aspirabas no tenían mucho sitio en el mundo editorial de los ochenta y noventa si eras español. ¿Te fue difícil hacerte un camino?

Encontré un camino para escribir, pero para publicar estuvo muy complicado. Los editores me decían que los autores españoles no vendían. Ni siquiera se molestaban en probar. Simplemente, se les cerraba la puerta. El camino no estaba hecho en ese sentido.

La ciencia ficción no era algo nuevo en España: Había proliferado en colecciones populares desde los años sesenta. Pero, en los ochenta, algunos autores trataban de abrir brecha con nuevos planteamientos, más científicos, con gran influencia audiovisual.

Eran pocos y no excesivamente conocidos, pero existir, existían. Para mí eran dioses. Me daba igual si vendían cinco mil o cincuenta mil ejemplares: Rafa Marín, Juan Miguel Aguilera, Javier Redal, Ángel Torres Quesada, Domingo Santos…

En 1991 apareció el premio UPC de novela corta de ciencia ficción que, tanto para estos escritores como para noveles como tú, se convirtió en vivero creativo y punto de encuentro.

Ese año allí conocí a Rafa Marín y a Ángel Torres Quesada, ídolos a mis ojos. Ganaron el premio ex aequo. Entonces bromeamos diciendo que yo era el joven aprendiz padawan y ellos los maestros jedi. Quince años después, volvimos a coincidir como finalistas, pero del Premio Minotauro (de novela fantástica) y esta vez me tocó ganar a mí, aunque fuese por sólo un voto de diferencia. Desde entonces, les devuelvo la broma diciendo que el aprendiz ya es jedi.

También en 1991, surgió el premio Ignotus de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT). Algo se estaba moviendo. A los que empezabais a veces se os ha bautizado como la “Generación Hispacón” (Es en este congreso anual donde se libran los premios Ignotus).

No creo mucho en las generaciones, pero sí, a raíz de una convención en Barcelona en 1991 y otra en Cádiz en 1992, lo que llamamos el mundillo del fandom se animó mucho. Surgieron amistades que, veinticinco años después, conservo. También entré a formar parte de la TerMa, la tertulia de Madrid, porque, aunque yo ya vivía y trabajaba en Plasencia, iba mucho por allí. Nos juntábamos gente interesada en la fantasía y la ciencia ficción, ya fuésemos escritores o lectores. Había desde curiosos hasta quien aspiraba a la escritura como algo profesional. De la TerMa salieron autores como César Mallorquí o León Arsenal. O escritores que optaron por una literatura más personal, como Daniel Mares. Algunos tirábamos hacia la ciencia ficción, pero los gustos eran muy variados. Éramos muy abiertos. Y habría que mencionar también el papel de la Semana Negra, que se abrió desde la literatura policíaca a otros géneros como la novela histórica o la ciencia ficción.

En esta época, principios de los noventa, empiezas a publicar ciencia ficción. Te estrenas con “La luna quieta” (1991) finalista de aquel primer UPC.

Escribí la primera versión de ese libro pensando en enviarlo a una editorial. Tenía 250 páginas. Al aparecer el premio, cuyas bases establecían un máximo de 110 páginas, comprendí que había metido mucha paja, y logré dejarlo en menos de la mitad en una maratón salvaje de dos días.

Tienes fama de someterte a largas sesiones de trabajo. Has llegado a escribir diez horas diarias.

Siempre he sido muy obsesivo con estas cosas. De niño, una vecina me dio un manual de mecanografía y con él, yo solo, aprendí a escribir a máquina. Tengo la suerte de escribir rápido. Y la verdad es que me pego unas maratones que no son normales. De levantarme a escribir a las cuatro de la mañana y luego ir al instituto a dar clase.

El premio UPC se te resistiría hasta 2000, cuando venciste con “Buscador de sombras”. Pero antes, volviste a aspirar a él con “Estado crepuscular” (1993) y “Lux Aeterna” (1996), siempre ciencia ficción.

Dentro de que no soy físico de partículas ni nada de eso, trataba de documentarme, incluso para una novela como “Estado crepuscular” que, pese a ser más ligera, utilizaba conceptos físicos verosímiles. Y, aunque no llegó a la final del UPC, sí tuvo éxito en el mundo del fandom.

Otras obras tuyas de los noventa exploran caminos distintos y dejan intuir al escritor sin miedo a saltar de género que se consagrará en la década siguiente: “Nox perpetua” (1996) o “La mirada de las furias” (1997) son libros en los que, aun sin abandonar la especulación científica, el componente aventurero gana protagonismo.

De hecho “La mirada de las furias”, que fue la primera novela larga que publiqué, trataba de la búsqueda de la materia oscura. A lo mejor no he escrito mucha ciencia ficción, pero la afición la conservo, y disfruto descubriendo una buena novela de lo que llamamos ciencia ficción dura. Este género, además de hacer lo que hace la literatura en general, que es procurar evasión y cambiarnos la manera de ver las cosas, ofrece algo único: un desafío intelectual del que, creo, otras narrativas carecen.

2003 es un año clave: Publicas “La espada de fuego”, que se convertirá en el primer éxito de la fantasía épica española, sin olvidar a Laura Gallego que empezaba a hacer furor en el terreno juvenil. Fuiste, además, el primer autor nacional en entrar en Minotauro, editorial de “El señor de los anillos”. Todo un hito que abrió las puertas a muchos otros narradores españoles.

No seré yo el que lo diga, sería un poco pretencioso por mi parte. Yo creo que, simplemente, se normalizaron las cosas. Se empezó a abandonar esa mentalidad de que el escritor español no sabía hacer fantasía. Y, de hecho, hoy en día sí se publican libros de autores nacionales y quien quiera escribir literatura fantástica tiene dónde colocarla.

El viaje que va de la primera versión de “La espada de fuego” a la afortunada publicación final fue largo.

Yo había empezado a escribir el primer manuscrito con dieciséis años, lo rematé mientras terminaba de estudiar Filología Clásica, y traté de publicarlo cuando opositaba. Aquella primera versión la titulé “La jauca de la buena suerte”. Yo tenía veintidós años entonces, y descubrí que era imposible publicar aquel libro siendo fantasía de un autor español.

Cuando finalmente lo conseguiste, habían pasado diecisiete años. ¿Qué había cambiado en ese tiempo?

Varias cosas. Yo podría decir que en los ochenta el mercado era irracional, que no me habían entendido y que no me habían querido publicar. Pero el manuscrito de 1988 era muy mejorable. Cuando en 2002 me piden una novela, yo saco ésta del cajón. Mi plan era reescribirla en un par de meses, pero al final aquello se convirtió en una escritura completa de nueve meses. Entonces, yo creo que parte del éxito de “La espada de fuego” se debe a que ahora era una novela mucho mejor. Si la hubiera publicado en 1988, hubiera pasado sin pena ni gloria. Y gracias a quien fuera, al destino digamos, ese fracaso, que viví como algo muy frustrante, a la larga me benefició.

Entre 2001 y 2003 se estrenó en cine la trilogía de “El señor de los anillos”, de Peter Jackson. ¿Favoreció este fenómeno el éxito de “La espada de fuego”?

Sí. No es casualidad. En ese momento el fundador de Minotauro, Francisco Porrúa (y editor de “Rayuela”, “Cien años de soledad” y “El señor de los anillos”, entre otros), tiene ya una edad y decide vender su editorial. Planeta la compra porque sabe que “El señor de los anillos”, que de por sí funcionaba, con las películas iba a venderse ya como pan chino. Esto coincide con que el nuevo director editorial de Minotauro va a ser Paco García Lorenzana, a quien yo conocía de cuando publiqué “La mirada de las furias” en Círculo de Lectores. Fue él quien me llamó y me propuso ser el primer autor español de Minotauro.

Te siguieron otros escritores. Fue un momento dulce.

Hubo una pequeña, sorprendente, edad de oro. Coexistieron en sus mejores años los premios UPC y Minotauro de novela fantástica. Ahora la crisis del libro se ha generalizado a todos los géneros, pero hubo esa pequeña etapa en que un montón de gente se lanzó con tantas y tantas historias, relatos, novelas…

Se dice que las películas de “El señor de los anillos” movieron a mucha gente a escribir fantasía.

Hay películas que generan nuevas aficiones en el público, y yo creo que las imágenes épicas de “El señor de los anillos” despertaron el gusto de muchos por ese tipo de historias, tanto lectores como escritores. A mí mismo me sucedió: La batalla de “El espíritu del mago” (continuación de “La espada de fuego”, 2005) fue una respuesta a las sensaciones que viví viendo “Las dos torres”.

¿Con qué referentes creaste Tramórea, el mundo fantástico donde se desarrolla tu saga?

Tramórea viene de toda una vida de lecturas. Los héroes de “La espada de fuego”, con sus superpoderes, tienen algo de los superhéroes y supervillanos de cómic con los que crecí. También bebí de “El señor de los anillos”, pero la fascinación por crear mundos, inventar mapas, me viene de los cómics de Conan, que leí antes de leer a Tolkien. La riqueza visual de esas historietas, primero con Barry Smith y luego con John Buscema, se me quedó grabada. Pero en Tramórea también hay mucho de mis estudios del mundo antiguo: Las luchas entre Roma y Cartago, Esparta y Atenas, los griegos contra los persas, Mesopotamia… Mis lecturas de la carrera y la oposición. Todo eso fue creando el abono con que desarrollé mi propio universo.

Seguiste explorando la fantasía con “Señores del Olimpo” (2006), curiosa fórmula que combinaba fantasía épica y antigüedad, dos de tus constantes. Además, ganaste con esta novela un disputado premio Minotauro.

En efecto, es una historia griega, pero pura fantasía. Fantasía mitológica. Trata de la lucha de Zeus contra Tifón, monstruo que no sabemos qué forma tiene, pero se presupone que fue un dragón. Esta historia no pertenece sólo a la mitología griega: También la encontramos en la hitita, donde Teshub, dios del cielo y la tormenta, da muerte al dragón Illuyanka.

Es una novela en la que te salió el estudioso de la antigüedad, pero también el lector de Marvel.

Es verdad: Mercurio corre como Flash, Atenea es una especie de Wonder Woman, con su lanza, y Zeus tiene algo de Magneto o Superman… Me lo pasé en grande escribiendo esa historia. En la “Ilíada” o la “Odisea” los dioses tienen mucho peso, pero en realidad ejercen de secundarios. Los verdaderos héroes son Aquiles, Héctor… Yo quería escribir algo donde los dioses fueran los protagonistas. En el libro ya advierto al lector que no se lo tome como pura mitología, sino como algo en lo que pesa mucho la invención.

Una transición empieza con “Alejandro Magno y las águilas de Roma” (2007). El Negrete escritor de ciencia ficción y fantasía comienza a destaparse como autor de novela histórica, aunque sea con una ucronía en la que Alejandro Magno se enfrenta a la emergente Roma.

Fue una transición, sí, porque, aunque el libro tiene elementos fantásticos, la ambientación es histórica. Me documenté muchísimo. Yo ya había experimentado con el mundo clásico en “Amada de los dioses” (2003, finalista del premio de novela erótica La sonrisa vertical), lo que me vendría muy bien para posteriores empresas.

¿Por qué Alejandro Magno?

En principio la figura de Alejandro no me llamaba demasiado la atención. Me atrajo siempre el mundo romano antes que el griego. La idea de escribir “Alejandro Magno y las águilas de Roma” vino a raíz de mi novela corta “El mito de Er” (2002). Ésta se me ocurrió durante unas sesiones que di sobre astronomía antigua. El modelo de las esferas concéntricas de Ptolomeo (100-170 d.C.), aunque increíble, me resultaba tan bonito que pensé: ¿Por qué no hacer una historia en la que esta teoría sea verdad y la tierra sea el centro del universo? Luego me dije: ¿Quién es el personaje más desaforado de la antigüedad, tan ambicioso como para querer llegar a lo más alto, a los confines del mundo, conquistarlo todo? Y ese era Alejandro. Así surgió “El mito de Er”. A partir de ese momento, indagué más sobre el personaje. Años después, quise abordar este mismo planteamiento de manera más ambiciosa, y el resultado fue “Alejandro Magno y las águilas de Roma”.

El salto definitivo al género histórico lo das con tu novela de más éxito y que te lleva a un público más amplio: “Salamina” (2008), en torno a la batalla naval de griegos contra persas. ¿Qué te condujo a la novela histórica?

En el mundo de la fantasía y la ciencia ficción, aparte de pelotazos tipo “Juego de tronos” o “Harry Potter”, en general, el escritor alcanza un núcleo de seguidores muy reducido. Es un mundo un poco gueto. Yo no es que quisiera abandonarlo, pero sí ampliar miras, y era natural que me decantara por la novela histórica, porque me permitía escribir de manera épica, que, al fin y al cabo, es lo que había hecho en “La espada de fuego”. Tenía claro desde hacía tiempo que quería escribir “Salamina”, pero antes debía cumplir ciertos compromisos morales con Minotauro. Fue mi primera novela histórica y también la que más satisfacciones me ha dado.

Tu siguiente novela, “Atlántida” (2010), te lleva de vuelta a la ciencia ficción, eso sí, sin abandonar la antigüedad en su vertiente más legendaria.

De hecho, en su momento decidimos bautizar la novela como “thriller científico”, para evitar lo de ciencia ficción, que a muchos lectores, por prejuicios, les para. A mí siempre me interesó la geología, y en esa época me planteaba escribir un libro tipo ensayo sobre enigmas de la antigua Grecia… que algún día haré. Comentando esto con mis editoras, me dijeron que la Atlántida era interesante para una novela. Salí del despacho con sólo el título. Más tarde, dándole vueltas a cómo plantear la historia, pensé en enfocarla desde la ciencia ficción: Un futuro más o menos inmediato y, por variar, con personajes prosaicos, en vez del típico superarqueólogo americano que, como dijo Alfonso Merelo en una crítica, siempre encuentra sitio para aparcar en la puerta. Sobre la Atlántida, la teoría que siempre me ha convencido más es que el texto de Platón se basa en el recuerdo de alguna catástrofe cercana al mundo griego. Y la que más cumple estas características tanto en espacio como en tiempo es la erupción del volcán de Santorini. Así que ahí la situé.

Después diste una alegría a los seguidores de Tramórea al anunciar la culminación de la serie con la tercera y cuarta partes de la saga: “El sueño de los dioses” y “El corazón de Tramórea”, aparecidas en 2010 y 2011.

La escritura de “El corazón de Tramórea” me dejó exhausto. Escribí demasiados libros en demasiado poco tiempo. Pero Tramórea es, de todas mis historias, la que más he vivido. Mi propio universo de superhéroes. Esos personajes me han acompañado durante muchos años. Despedirme de ellos fue triste y alegre a la vez.

¿Has terminado con Tramórea?

Tengo algún proyecto, de momento guardado para mí. Ya veremos. Puede que Tramórea vuelva a dar de qué hablar.

Tu siguiente novela, “La zona” (2012), la escribes con Juan Miguel Aguilera, referente de la ciencia ficción española desde hace décadas. Con ella os sumasteis a la fiebre zombi de esos años. Se publicaron decenas y decenas de títulos en poco tiempo.

Todo partió de una idea Juanmi. Me gustó y decidimos ampliar su guión inicial de treinta páginas. Yo ya había colaborado con él a menudo como lector cero, pero esta vez decidimos ir más allá y escribimos a medias. Debatimos cada personaje, desarrollamos la historia. Todos los capítulos fueron tecleados por los dos una y otra vez hasta el punto de que hay párrafos que no sé si son míos o suyos. Trabajar a cuatro manos es complicado, pero a Juanmi le gusta y lo ha hecho muy a menudo. Si quienes escriben comparten una misma visión, se llega a buen puerto, como nos pasó con “La zona”. Pero tienes que tener claro qué historia quieres contar, con qué estilo. Sólo así la colaboración es posible.

“La zona” demuestra, además, que nunca te has acabado de alejar de la ciencia ficción.

Sí, pero aquí de nuevo tuvimos que “vender” el libro como “thriller científico”, aunque se encuadre perfectamente en la ciencia ficción. Es que hay gente que le tiene un rechazo al género que viene del desconocimiento. Creen que son cosas de platillos volantes y marcianos y a lo mejor no han leído nada. Pero en fin, le pusimos esa etiqueta a la novela. Y en efecto, no he abandonado la ciencia ficción: En 2014, cuando publiqué “Los centinelas del tiempo” en la antología distópica “Mañana todavía”, fue para mí una gran satisfacción que el mundillo del fandom, del que me había salido un poco, me premiara con el Ignotus a la mejor novela corta.

Tu última novela, de momento, es “La hija del Nilo” (2012), narración histórica en la que te atreves con personajes como Cleopatra o Julio César.

Julio César me atrae desde niño. En casa de mis abuelos, adonde me llevaban todos los domingos, como me aburría como una ostra, leía todos los libros que encontraba. Uno de ellos era una biografía de Julio César que me tenía empapada. Su “Guerra de las Galias” la leí ya de chaval en español. Pero a raíz de escribir “La hija del Nilo”, la leí en latín y lo que me llamó la atención del Julio César escritor es la pureza de su sintaxis, la organización intelectual del material. Una parte de lo que llamamos estilo es el modo en que ordenamos la información. Ésta debe estar organizada de tal manera que, cuando lees, todo discurra y se organice de modo natural, como si sólo pudiera haberse escrito así. En ese sentido, Julio César te da la impresión de ser un cerebro muy bien organizado. La lectura te entra con total fluidez. Así lo retraté a él en “La hija del Nilo”: como alguien cerebral, siempre cavilando. Por supuesto, en la “Guerra de las Galias” César te está vendiendo su moto. La escribió como una publicidad para promover su campaña de conquista. Hay omisiones, exageraciones, cosas de las que no te puedes fiar… pero, aun así, leerla en latín es una gozada. Imagínatelo en esa época en que escribir era mucho más incómodo que ahora: De noche, a la luz de una vela, con el rollo de papiro sujeto por pesas de plomo en los extremos. Mojando la pluma en la tinta. Imagínate luego para corregir lo ya escrito. En tiempos de los romanos, antes de volcar algo en el papiro debías tenerlo muy pensado y ordenado en la cabeza.

Tu pasión por la historia es contagiosa. Precisamente, con “La gran aventura de los griegos” (2009), “Roma victoriosa” (2011) y “Roma invicta” (2013) te lanzaste a la divulgación.

Es que de niño, entre otras cosas, quería ser historiador, aunque no sabía muy bien en qué consistía eso. Y bueno, historiador puede que no sea, pero sí he publicado libros de historia. La Esfera de los Libros me encargó uno sobre Grecia y otro sobre Roma en plan divulgativo. Supongo que esperaban dos libritos de trescientas páginas, pero las cosas no salieron así: Comprendí que podía despachar las guerras médicas, las Termópilas, Salamina… en ocho páginas, pero entonces quedaban como meros nombres que pasan ante los ojos del lector sin color ni personalidad, y al fin y al cabo, si me habían encargado esto, es porque me consideraban un buen narrador. Mi punto era que, para crear una historia, necesitas que el lector se encariñe con los personajes, se identifique con ellos. Y eso procuré: mezclar divulgación y profundidad. Pero, claro, los libros se fueron a un tamaño considerable, de más de 600 páginas…

¿Cómo atraer a los jóvenes a la historia?

Hay que hacerlo como lo hacía Heródoto: con un relato. Sus “Nueve libros de la Historia” son un continuo manantial de anécdotas, hechos apasionantes. Con él uno viaja a Egipto, Mesopotamia…

¿Qué otras fuentes consideras básicas para introducirse en la antigüedad?

Las “Vidas paralelas” de Plutarco, las “Historias” de Polibio, la “Historia de la guerra del Peloponeso” de Tucídides. También Platón es un autor con un estilo literario magistral. Aquí debo decir que la novela histórica es novela, o sea que los huecos que estos autores dejan el escritor los rellena, inventa. Cuando, por motivos narrativos, me es necesario cambiar la historia, no tengo muchas dudas en hacerlo. Eso sí, avisando al lector.

¿Cómo consigues combinar rigor histórico y agilidad narrativa?

Yo lo que intento es que los elementos informativos se conviertan en elementos narrativos también, aunque, si lo consigo o no, eso deben juzgarlo los lectores. Un ejemplo con el que quedé muy satisfecho está en “Salamina”: Antes de la batalla final, el lector tiene que saber qué es un trirreme: su forma, cómo funciona, las tácticas. Si doy esa información durante la batalla, interrumpo la acción. Entonces lo que hice fue armar una escena en la que Temístocles lleva de noche a su mujer Apolonia a ver un trirreme. La explicación de él acaba siendo algo muy personal y, de hecho, terminan haciéndolo entre los bancos de la embarcación, así que se funde la documentación con la parte emocional. A eso me refiero con imbricar elementos informativos en la narración.

Uno de los errores en los que puede caer el escritor de novela histórica es atribuir a personajes y sociedades del pasado percepciones y comportamientos de nuestro tiempo.

A veces no podemos evitar que nuestra mentalidad actual nos invada a nosotros y a nuestros personajes. En la antigua Grecia, un ejército podía tener al enemigo encima, pero, si los augurios del hígado de la cabra sacrificada no eran favorables, aguantaban sin luchar. O podían detener una retirada como hizo el ateniente Nicias en Sicilia por un eclipse de luna y aquello fue un desastre. Al escribir novela histórica debemos tener en cuenta estas mentalidades para evitar el anacronismo de meter nuestra forma de pensar en los personajes de antaño. Si visitáramos la antigua Atenas, nos parecería una sociedad muy lejana, distinta de la nuestra, con mucho más contacto físico, donde la expresión de las emociones era diferente…

Desde hace unos años se publica muchísima novela histórica en España. Hace no mucho esto era impensable: Otra brecha que habéis roto los autores de tu generación.

No creo que sea cosa de los autores, sino más bien de un cambio de percepción de editores y lectores. Aunque claro, los novelistas tendemos a ir hacia los temas que nos interesan. Y es verdad que antes había en España novela literaria, social, experimental… pero poca novela de género. Con el tiempo, ésta se ha ido desarrollando de manera muy rica y en todos los nichos: juvenil, romántica, erótica, negra, histórica, thrillers… Hay de todo. Campos que antes los editores dejaban en manos de autores extranjeros, ahora nos parece lo más natural que los llenen autores españoles.

De hecho se publica muchísimo. Uno se pregunta si se lee todo lo que aparece en los estantes de las librerías…

Ahora escribe más gente que antes, también en el caso de la novela histórica. Lo noto porque voy a jornadas, he sido jurado de concursos y ciertamente se percibe un gran auge, en el que caben novelas buenas, flojas y otras directamente horribles… Se cumple la ley de Sturgeon, según la cual el 90% de todo es basura. Luego, los índices de compra de libros se han hundido a la mitad, así que el que escribe tiene que hacerlo realmente por amor al arte.

Las asignaturas de humanidades se han visto reducidas en los últimos años: historia, literatura, latín… también la tuya: griego.

Eso se dice, pero no es del todo justo. Ahora hay muchas más asignaturas optativas que antes y las horas son limitadas, con lo que es complicado. Los chavales, entre clases y deberes, se meten unas jornadas de cuidado. Se puede aplicar el adagio latino “ars longa, vita brevis”: queremos abarcar mucho, pero es difícil. Yo soy profesor de griego, y a veces la gente me pregunta: ¿Todavía se enseña griego? Y es una asignatura que más o menos se mantiene. No creo que haya una campaña contra las humanidades, como tampoco creo en la separación tajante entre ciencias y letras. La biología o la geología, que enseñan el funcionamiento de nuestro planeta y de los seres que lo habitan, son tan importantes como la historia del arte. La genética o la teoría de la relatividad deberían formar parte del bagaje cultural de toda persona que se precie. Pero uno de los problemas de la educación es que todo el mundo opina. Y se dramatiza y exagera. Toma el caso de la polémica entre religión o educación para la ciudadanía, según se fuese de derechas o de izquierdas. Estábamos hablando de una hora lectiva a la semana. Este tipo de cosas no pueden ser el caballo de batalla en la educación.

¿La docencia es una vocación?

Hay quien tiene claro desde la infancia que quiere ser profesor. En mi caso no fue así. Pero dar clase es narrar, comunicar. Y si lo que enseñas te apasiona, y a mí me apasiona, a veces puedes transmitirlo. Cuando me estoy documentando para una novela, no puedo evitar compartirlo en clase, sea la Atlántida, los volcanes, la batalla de Salamina… Les enseño fotos a los alumnos… Entonces sí, la enseñanza es una vocación, pero a veces hablamos como si fuéramos la Madre Teresa de Calcuta, y tampoco es eso.

Debe de ser difícil interesar a los estudiantes en una lengua muerta…

Normalmente llegan sin saber muy bien de qué va el tema. Yo les explico que vamos a estudiar una lengua de cultura. Les enseño el alfabeto, y eso de poder escribir sus nombres o mensajes secretos con otras letras les atrae. O les digo que vamos a traducir textos de hace 2.500 años. Pruebo a ver si les entra el encanto por lo antiguo, lo exótico. Un compañero decía: En la enseñanza no quiero mesías, sino buenos profesionales. Gente que sepa el trabajo que hace, con quiénes se juega los cuartos, que son los adolescentes: chavales a los que tienes seis horas ahí sentados, con las hormonas revolucionadas y ahora encima con los móviles.

¿Es difícil captar la atención del lector en un mundo tan audiovisual y tecnológico?

Es complicado. Las tentaciones y distracciones son muchas. Las series se han convertido en la novelística de nuestra era. Así que para mantener al lector hay que utilizar todos los recursos: una narrativa intensa, que enganche, sin tiempos muertos ni digresiones inútiles… Todo esto sin renunciar a la calidad literaria ni olvidar que la lectura es una actividad interior, reflexiva.

¿Sigue la novela teniendo un espacio en nuestras vidas?

Eso espero, pero creo que la atención de la gente se nos va. El mayor enemigo no son las series, sino el whatsapp. No puedo hablar por los demás, pero yo al menos sigo leyendo mucho. Disfruto más de la lectura que de cualquier otra actividad. Recuerdo que, cuando mi hija nació, como la pobre lloraba mucho, me levantaba a las 6.30 sólo para leer antes de irme al instituto. Llegaba a tenerla a ella en una mano y el libro en la otra. En fin, espero que queden unos cuantos como yo, y que haya siempre escritores dispuestos a contar historias. Por mi parte, tengo claro que seguiré ofreciendo nuevos libros a los lectores.

 

4 julio 2016 at 8:04 am Deja un comentario

Martha Nussbaum, la mirada de una filósofa

La premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012 analiza la felicidad a la luz de la tragedia y la filosofía griegas. El trabajo de toda una vida: «La fragilidad del bien»

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Martha Nussbaum, autora de «La fragilidad del bien» – Tomas Wüthrich

Fuente: MAITE LARRAURI  |  ABC
1 de julio de 2016

El título del libro de Martha Nussbaum -«La fragilidad del bien» (editado en español en 2001 y reeditado de nuevo en 2015)- ejerce una atracción inmediata, como si encontrara un eco en nuestro sentido común: en efecto, nos decimos, el bien es frágil. Pero sólo cuando nos adentramos en su contenido percibimos la importancia de afirmar tal cosa, porque la autora ha querido enmarcar en esta expresión la investigación de toda una vida (dice haber empezado en 1971) y porque es de valientes encontrar un modo unitario, original y explicativo de la casi totalidad de la cultura griega clásica.

En efecto, la tesis del libro es que el bien, que para los griegos es la «eudaimonia» y que nosotros traducimos por «felicidad», es tan frágil como una planta, está sometido a los peligros de la desgracia porque es vulnerable y depende de la salud, de los hijos, de los amigos, de la ciudadanía, del dinero, etcétera. En una palabra, la felicidad depende de la fortuna, todos estamos sometidos a ella. Y al desafío de enfrentarse a esta constatación dedicó la tragedia y la filosofía griega sus mejores energías. ¿Se puede hacer algo para que una buena persona no sufra por los avatares de la fortuna y no se vea transformada en su subjetividad ética? ¿Es posible hacer más invulnerable la felicidad del ser humano?

Un sacrificio necesario

La tragedia muestra el conflicto, lo expone en su verdad ante los espectadores. Ahí tenemos a Agamenón, un hombre que se ve abocado a tener que asesinar a su hija Ifigenia por el bien del ejército que conduce a la guerra de Troya. La fortuna ha querido colocarlo en esa difícil situación: si no realiza el sacrificio, se gana la enemistad de los dioses y las naves no tendrán los vientos favorables que necesitan. La desgracia de la vida de Agamenón se desencadena a partir de ese momento, y así matará a su hija, luchará en Troya, su mujer, Clitemnestra, lo asesinará a su retorno, su hijo Orestes se vengará de ese asesinato matando a su vez a su madre, las erinias se abatirán sobre Atenas. Semejante cascada de infortunios se derivan de un golpe de mala suerte.

Platón se opone a este destino y confía en poder dominar la fortuna mediante una transformación del ser humano. Propone una nueva vida basada en que la mente le dé la espalda a la materialidad del cuerpo y a sus necesidades: una vía ascética de autosuficiencia. Si consigues no depender de los demás (amores, fama), ni de los bienes materiales, ningún infortunio puede atentar contra tu felicidad.

Eros, pasión, acción

Ahora bien, Nussbaum nos enseña que esa determinación de Platón también estaba sometida a un golpe de fortuna, que influyó decisivamente en la orientación de su filosofía. En «El banquete», Platón proponía reconvertir la pasión amorosa en un camino que llevara desde el eros sexual hasta el eros intelectual (el auténtico «amor platónico» no es, como ha venido a creerse, un amor idealizado y no realizado, sino un amor dirigido hacia la verdad y el conocimiento). Pero en el «Fedro», escrito unos años más tarde, Platón se retractará y hablará del eros hacia una persona no sólo como pasión sino también como acción: eros son las alas que introducen en las vidas de los amantes algo bello y bueno. Nussbaum concluye que entre «El banquete» y «Fedro» le había sucedido algo a Platón, a saber, había concebido la posibilidad de una vida al lado de su discípulo Dión, gobernando ambos conjuntamente Siracusa. A la muerte de Dión escribió estos versos: «¡Oh Dión, me enloqueciste de amor!».

La tesis del libro es que el bien, que para los griegos es la «eudaimonia» y que nosotros traducimos por «felicidad», es tan frágil como una planta

Por el contrario, Aristóteles abandona el ideal platónico de la invulnerabilidad porque le parece un precio demasiado alto: pérdida de amigos, familiares, ciudadanía, que para él son los elementos imprescindibles de una vida feliz. No quiere alejarse del mundo tal y como es, quiere modificarlo en lo posible.

Nussbaum cita la maravillosa anécdota de Heráclito que el propio Aristóteles emplea para sostener que la verdad debe tener una medida humana. Cuando unos alumnos fueron a visitar a Heráclito en su casa, se detuvieron, embarazados, al ver que se encontraba en la cocina (un lugar que juzgaban quizá impropio para un sabio). Heráclito los animó a entrar: «¡Adelante! También aquí están los dioses!». O sea, que hay que pensar en medio de las cosas corrientes, sin alejarse de la experiencia.

Aristóteles no entra en contradicciones porque en ningún momento propone un modelo ideal de vida filosófica, más cercano a los dioses que a la gente común. Si esta segunda propuesta no le parece muy convincente a Nussbaum, creo que se debe a la expulsión de las mujeres del proyecto.

Enorme misoginia

Platón puede permitirse soñar con un mundo en el que las mujeres sean como los hombres (¡alto!, no es un pensador feminista, no quiere incluir a las mujeres en el mundo, quiere que se disuelvan en una uniformidad masculina). Pero Aristóteles, más fiel a la realidad y por tanto más fiel a la enorme misoginia de la cultura griega, considera que las mujeres no pueden ser sujetos éticos: dos de los lugares en los que se desarrolla la vida feliz -la amistad y la política- están por definición fuera del alcance de las mujeres.

«La fragilidad del bien» es un gran libro para los que desean conocer ciertos análisis minuciosos de algunas tragedias y algunos textos de la filosofía griega. Pero además Nussbaum ofrece algo muy valioso: el punto de vista de una mujer filósofa sobre la Historia de la filosofía. Las mujeres que nos dedicamos a esto podemos aprender que nunca hay que perder de vista dos cosas: que somos mujeres leyendo a filósofos (varones) y que los filósofos (varones) son humanos de carne y hueso, histórica y culturalmente determinados, aunque algunos hayan fantaseado sobre la posibilidad de una vida mutilada de todo lo corporal.

«La fragilidad del bien». Martha Nussbaum
Ensayo.Trad. de A. Ballesteros González. Antonio Machado Libros, 2015. 592 páginas. 28 euros

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1 julio 2016 at 7:54 pm Deja un comentario

Lindsey Davis: “Los romanos no eran peores que nosotros”

La creadora de Marco Didio Falco se centra en el papel de la mujer en la sociedad romana en su serie de Flavia Albia, de la que Ediciones B publica ‘Mater familias’

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Fuente: ERNEST ALÓS  |  El Periódico
21 de junio de 2016

Lindsey Davis (Birmingham, 1949) vistió a una especie de Philip Marlowe con toga en lugar de gabardina y durante 20 novelas su detective Marco Didio Falco entretuvo a miles de lectores mientras mostraba la vida cotidiana durante el siglo I. Tras jubilar a Falco le tomó el relevo con nuevos bríos su hija adoptada en Britania, Flavia Albia, una joven viuda que, en la tercera novela de la serie que protagoniza, ‘Mater familias’ (Ediciones B), igual dirige una subasta que investiga el origen de un cadáver verdoso que aparece dentro de un cofre o colabora en el juego sucio de una campaña electoral.

Parece que la serie de Flavia Albia es muy especial por usted porque puede mostrar el punto de vista femenino de la historia de Roma.

Sí. Aunque recuerde que he escrito durante 20 años sobre un personaje masculino, así que ya he reflejado los dos puntos de vista. Sí, está bien escribir sobre una mujer romana. ¡Y una mujer romana britana!

¿Realmente es tan britana Flavia Albia, o ha borrado su pasado hasta convertirse en una romana más?

Ella en realidad es una extranjera y eso da un nueva perspectiva a la narración. De hecho a menudo duda de si puede ser completamente romana. Ella está en equilibrio entre dos mundos.

En la tercera novela de Albia eso ya parece superado, lo que no está tan claro es cuál es su situación en la escala social.

Flavia Albia es quien es, ha sido educada por romanos para que sea romana, en muchas ocasiones es una romana de pura ley y solo a veces se siente algo extranjera. Desde el punto de vista de su clase social, su madre es de una familia senatoral, su padre, ecuestre, el hombre con el que se va a casar es un plebeyo, aunque rico, y ella es una mujer. Lo que quiero mostrar es que Roma era multicultural, como decimos hoy, y que podías venir de cualquier lugar del mundo y en tanto que cumplieses determinados requerimientos eras aceptado. Quería mostrar esta movilidad social.

De todas formas, en todas las novelas de Marco Didio Falco tenía un papel importante Helena Justina, la que acabará siendo su mujer. No solo eran novelas de legionarios y gladiadores musculosos. ¿Qué añade Flavia a lo que usted mostraba con su madrastra?

Es mucho más directa. Veíamos a Helena a través de Falco, ahora es Flavia la que habla de sí misma.

Por un lado, la mujer romana tenía que ser modesta y hogareña. Pero por el otro, había muchas mujeres que ejercían su poder, en casa y fuera. Y no solo la famosa Livia. En su novela hay mujeres detectives, intrigantes, banqueras, taberneras…-¿Cuál era en realidad el papel de la mujer en Roma?

No, no se trata solo de la Livia. Tradicionalmente se suponía que la mujer romana debía ser modesta, discreta y que debía criar correctamente a sus hijos y quedarse en la sombra. Pero hay muchas evidencias de que regían negocios, se valían por sí mismas y muchos hombres las respetaban. Pero no aparecen en los libros de texto. El ejemplo paradigmático es el emperador Vespasiano, que adoraba a su abuela, que lo crío, obedecía a su madre y vivió con la mujer a la que amaba cuando la pudo convencer.

¿Qué podemos esperar del dúo que ya claramente, tras esta novela, forman Tiberio Manlio Fausto y Flavia Albia?

Se tendrán que casar para quede claro que no se trata solo de un asunto… ¡y pasará algo en su boda que no le puedo explicar! Pero… pero…

Será en la cuarta novela.

Al final de la cuarta novela habrá una boda, pero… pero… Sucederá algo grave, aunque serán una pareja firme que colaborarán estrechamente en su trabajo durante bastantes libros.

El otro día la historiadora Mary Beard recibió el premio Princesa de Asturias por su labor de divulgación del mundo romano. ¿Son sus novelas también una forma de divulgación histórica?

Somos buenas amigas, y nos respetamos. Me gusta la forma como presenta en sus series de TV la vida de la gente ordinaria. Compartimos el mismo punto de partida: que la sociedad romana era mucho más variada y compleja de lo que los historiadores, que se han concentrado solo en la clase senatorial, nos han explicado durante siglos. Pero yo utilizo la ficción y ella la historia.

Beard nos dijo que era importante no admirar a los romanos. Pero yo creo que a usted sí que la fascinan.

Pues sí, ja, ja, sí estoy fascinada por los romanos. Y admiro algunas cosas de ellos, técnicamente por ejemplo, admiro hasta cierto punto la forma como el imperio era igual para todos. No admiro su religión (yo no soy religiosa).

¿Y los aspectos violentos de su sociedad?

Bien, nosotros tenemos también una sociedad violenta. ¡Mire lo que está sucediendo con la Eurocopa! ¡Esta misma semana una parlamentaria británica ha sido tiroteada y apuñalada en la calle! No puede decir que los romanos eran peores que nosotros. Las dos cosas en las que realmente se diferencian de nosotros son la esclavitud, que traté en la segunda novela de Albia, y los gladiadores. No los admiro en eso, en absoluto… ¡pero aún pienso que su sociedad era mejor que muchas otras, incluso modernas!

¿Y su expansionismo no sería comparable a lo que hoy denominaríamos como genocidio?

Eran horribles como conquistadores, pero al fin y al cabo querían que el imperio fuese pacífico. Había ventajas en pertenecer al imperio.

Ya lo decían Monty Pyton…

¿Qué han hecho los romanos por nosotros, aparte de…?

¿Qué similitudes habría entre una campaña electoral como la de ‘Mater familias’ y las de hoy?

Cuando escribí este libro lo que más me impresionó es leer el libro que escribió el hermano de Cicerón, si es que fue él, aconsejándole cómo actuar para ser elegido cónsul. Su cinismo, pensar cómo conseguirlo y no para qué, tiene paralelismo con los motivos de los políticos hoy en día. Y su actitud me recuerda a la de los actuales ‘spin doctors’.

Hace 1.600 años que se fueron las legiones de Britania. Ha costado unos cuantos años volver a construir algo en Europa… ¿así que, qué opina del Brexit?

Estoy en una difícil situación. Mi madre, una mujer con mucho carácter, me enseñó que una mujer nunca debía decir lo que votaba. Ese secreto absoluto viene de los tiempos en que los hombres podían influir en el voto de sus mujeres. No puedo decirle lo que ya he votado. ¡Pero aquí estoy, en España, hablando de los libros que escribo sobre Italia! Así que, ¿qué cree usted que pienso?

¿Lo dejamos aquí?

Gracias.

Marco Didio Falco no aparece, pero su hija habla de él a menudo, como de un jubilado que pesca en un bote, con su gorra y su caña. ¿Seguirá así, o reaparecerá en algún libro?

Él y Helena serán estarán allí, y su hija hablará de ellos como de unos padres gruñones.

A su boda tendrá que ir…

Sí. Sí. Y Falco hablará. En la escena de la que no le puedo hablar…

Las novelas de Marco Didio Falco se desarrollan durante el imperio de Vespasiano y Tito. Las de su hija, durante el de Domiciano. A este le quedan siete años. ¿Seguirá y llegará a los siguientes, Nerva, Trajano, Adriano…?

Utilizo este periodo porque lo estudié mucho para otra novela. Quería hacer algo con esta serie que fuese reconocible pero al mismo tiempo diferente. Moví un poco la cronología para que cuadrase: una serie se desarrolla bajo un emperador benevolente, la otra bajo un tirano paranoico. Tienes el hecho de que es mujer, que es una ‘outsider’, que la sociedad es la misma pero la situación política no.

¿Se ha fijado un límite de novelas para la serie de Flavia Albia?

Cuando acabé con Didio Falco ofrecí a mi editor una serie que se titularía ‘las siete colinas de Roma’ y mis editores en el Reino Unido y EEUU me dijeron que no. Así que escribí la serie de Albia.. que empieza con un asesinato en el Aventino, la segunda sucede en el Esquilino, la tercera en el Celio, la siguiente en el Viminal… ¡No se han dado cuenta de que estoy escribiendo la serie que rechazaron! Así que han de ser siete. Pero como según cuentes las colinas pueden ser 10 o 12… Pero de momento voy de una a una. Lo que tengo bastante claro es que, a diferencia de Didio Falco, Albia no viajará, me quedan muchas cosas que explicar sin salir de Roma.

 

22 junio 2016 at 9:04 am 1 comentario

Mary Beard, un péplum impecable

Lo mejor de la historiadora británica Mary Beard, flamante premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, está en «SPQR», síntesis de sus estudios sobre la antigüedad romana

MaryBeard

Mary Beard, autora de «SPQR» – Shutterstock

Fuente: LUIS ALBERTO DE CUENCA > Madrid  |  ABC
10 de junio de 2016

El péplum cinematográfico actual equivale a lo que llamábamos cuando éramos pequeños, allá por los últimos 50 y primeros 60 del siglo XX, «cine de romanos». Pues bien, Mary Beard, catedrática de Clásicas en el Newnham College de Cambridge, Inglaterra, y responsable de temas grecolatinos en el «Times Literary Supplement», publicó en 2015 una monografía de Historia romana, traducida ahora al español por Silvia Furió, que podría perfectamente convertirse en el guión de un péplum del siglo XXI, pues está narrado con una capacidad extraordinaria de sugerir imágenes en el lector. Beard parte de la obra de Marco Tulio Cicerón (veintiocho volúmenes en la edición bilingüe de la Loeb Classical Library), en la idea de que, leyendo al orador y filósofo romano nacido en Arpino, asiste uno en primera fila de patio de butacas a la vida romana del siglo I antes de Cristo sin necesidad de montarse en la máquina del tiempo inventada por H. G. Wells.

Fecha fabulosa

Cicerón nació en 106 a. C. y fue asesinado por orden del triunviro Marco Antonio en 43 a. C. La Historia de Roma de Beard es mucho más amplia: comienza en la fecha fabulosa de la fundación de Roma, 753 a. C., y se prolonga hasta la época del emperador Caracalla (211-217 después de Cristo), concretamente hasta el segundo año de su reinado, 212 d. C., cuando por orden suya se extiende la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio. Pero una y otra vez la historiadora británica vuelve a Cicerón, sirviéndose de abundantes «flashforwards» y «flashbacks» que van desarrollando la marcha de la Historia romana desde sus orígenes míticos y monárquicos a los gloriosos tiempos de la república y a los dos primeros siglos del imperio.

Como clasicista que soy, me fascinan las historias de Grecia y de Roma bien contadas, pues de Grecia y de Roma venimos cuantos formamos parte hoy del mundo democrático occidental, de Grecia y de Roma aprendimos cuanto sabemos de filosofía y de derecho, en Grecia y Roma se originan nuestros géneros literarios, y nuestra concepción de la ciencia es, sin duda, de raíces grecorromanas.

No hay una Historia tan permeable al «voyeurisme» como la romana, y no solo referido a guerras internas, sino también a intimidades de sus protagonistas

Pero entre la Historia de Grecia y la Historia de Roma ha habido siempre, en mi opinión, una clara y notoria diferencia a favor de la segunda en lo que atañe al interés lector. Tanto la monarquía romana, contada por Tito Livio en su «Historia» -parcialmente llegada hasta nosotros-, como la república, con su política de expansión de las águilas de Roma por todo el Mediterráneo, y el imperio, con esa morbosa y siempre novelesca acumulación de poder en una sola persona, son etapas apasionantes para ir siguiéndolas en las narraciones que de ellas nos han dejado los cronistas antiguos y nos ofrecen a diario los modernos historiadores.

No hay una Historia tan permeable al cotilleo y al «voyeurisme» como la romana, y no solo referidos a guerras internas, trifulcas sociales o enfrentamientos con enemigos exteriores, sino también, y sobre todo, a intimidades de sus protagonistas, siguiendo el curso de las noticias conservadas acerca de las monarquías helenísticas, especialmente sobre la corta y heroica vida del gran conquistador Alejandro Magno. Las obras históricas de autores como Tácito y Suetonio resultan paradigmáticas en este sentido. Por ellos conocemos la letra pequeña de la Roma cesárea, su intrahistoria más recóndita.

Emperatriz de Roma

De Mary Beard ha dicho mi maestro y amigo Carlos García Gual, como puede leerse en la sobrecubierta del libro, que «escribe con singular maestría y sabe unir la erudición actual más refinada con un estilo narrativo tremendamente vivaz; refleja el dramatismo de los momentos clave de la Historia y retrata a sus personajes con tremenda agudeza». Y nuestro aclamado novelista de temas romanos Santiago Posteguillo se refiere al libro que nos ocupa en los siguientes términos: «“SPQR” es la obra cumbre de Mary Beard: un auténtico viaje al pasado para entender la antigua Roma desde los reyes hasta los emperadores. Siempre rigurosa, ingeniosa y amena, Mary Beard es, para mí, la augusta Beard, la auténtica emperatriz de Roma en el siglo XXI». Una Beard que ha esperado décadas antes de redactar esta síntesis definitiva de sus estudios históricos sobre la antigüedad romana, y que desde la atalaya de sus sesenta años -a esa edad exacta publicó la edición original de «SPQR», ya que nació en enero de 1955- es capaz de ofrecernos una visión cabal y completísima de la Historia institucional y socioeconómica de Roma sin renunciar por ello a narrar de forma más que fascinante, al estilo «herodoteo» o «gibboniano», los apasionantes episodios que jalonan su devenir.

Mapas, bibliografía, cronología, ilustraciones e índice alfabético ayudan a configurar el plano de excelencia comunicativa -informativa y formativa a la vez- por donde discurre esta Historia de Mary Beard, auténtica proeza de una autora que ya nos había deleitado con otras obras historiográficas muy bien estructuradas y enjundiosas, como «Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana» (Crítica, 2009, sobre la que la BBC realizó una espléndida serie documental), o «La herencia viva de los clásicos». «Tradiciones, aventuras e innovaciones» (Crítica, 2013, un viaje guiado por el mundo grecorromano, desde el palacio de Minos en Cnoso (Creta) hasta el imaginario poblado de Astérix, último bastión de los galos frente al poderío de Roma.

Nadie se llamó Cayo

Y no caigo en el tópico de afirmar que SPQR se lee como una novela, porque hay novelas aburridísimas, y no quiero que nadie piense que la Historia romana de Mary Beard se lee como una novela de Faulkner o de Proust. Hay que pensar en novelistas chispeantes como Stevenson, Zévaco o S. S. Van Dine para dar una idea del placer que proporciona la lectura de esta obra de Beard.

Ni el hecho de encontrarnos con numerosos «Cayos» a lo largo del libro (¡cuántas veces habremos de repetir que nadie se llamó Cayo en la antigua Roma, y que la C inicial de personajes como César o Casio no es más que una grafía arcaica que enmascaraba nuestra G!) ha impedido nuestro intenso disfrute de esta Historia de la antigua Roma, que recomiendo por igual a cualquier tipo de lector, desde el especialista más conspicuo hasta cualquier víctima de la LOGSE que quiera redimirse.

spqr

«SPQR». Mary Beard
Ensayo.Trad. de Silvia Furió.Crítica, 2016. 648 páginas. 14 euros. E-book:14,99 euros

 

10 junio 2016 at 8:49 am Deja un comentario

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