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Sacrificios, sexo salvaje y depravación en la Antigua Roma: el atroz origen de San Valentín

Las celebraciones en las que se basa esta jornada son las Lupercales («la fiesta de la licencia sexual») y el día en honor de la diosa Juno Februata

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Las Lupercales – ABC

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
10 de febrero de 2017

Ni amor, ni pequeños angelitos capaces de volar y de lanzar flechas para entrelazar el destino de dos tortolitos. El origen del Día de San Valentín poco tiene que ver con lo que, a día de hoy, se celebra el 14 de febrero. Por el contrario, esta fiesta en honor a los enamorados se basa en las Lupercales, un festival de depravación y sexo salvaje que se llevaba a cabo en la Antigua Roma con varios objetivos. Entre ellos, lograr que los jóvenes se iniciaran en la sexualidad y perdieran el miedo a mantener relaciones entre sí. La celebración era tan bárbara e imposible de erradicar que la Iglesia se vio obligada a sustituirla por el actual día de los enamorados en el siglo V.

Con todo, esta es solo una de las teorías existentes sobre el origen de San Valentín. Algunas fuentes creen que también se basa en otra fiesta pagana que se quería «cristianizar»: la que se hacía en honor de Juno Februata. El autor John M. Flader afirma en su obra «Tiempos de preguntar. 150 cuestiones sobre la Fe Católica» que, en la Antigua Roma, existía la costumbre de honrar a esta deidad introduciendo los nombres de las jóvenes de la ciudad en una caja. Cada uno de ellos era extraído por un chico y la pareja resultante quedaba unida a nivel sexual. Nuevamente, lo pecaminoso de la celebración hizo que fuera modificada. «Al final, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», afirma el autor.

Lupercales: barbarie y golpes en Roma

Las Lupercales, según la mayoría de los expertos, eran unas fiestas celebradas en la Antigua Roma que incluían varios ritos para que los adolescentes se iniciaran en las relaciones sexuales. Con todo, y según explica el autor Jean-Noël Robert en su obra «Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma», el origen de esta celebración ya se consideraba entonces mitológico. «Se trataba de una de las ceremonias más arcaicas, ya que numerosos especialistas coinciden en decir que se remontaba a los tiempos del caos, mucho antes de la fundación de Roma, en la que sin duda se hacían sacrificios humanos», señala.

Oficialmente, la fiesta se celebraba en la misma gruta (la Lupercal) en la que se creía que una loba había amamantado a los fundadores de Roma (Rómulo y Remo) después de que estos hubieran sido abandonados en el río por su familia.

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Jóvenes disfrazados de lobo – Wikimedia

El escritor Carlos Goñi relata en «Una de romanos: un paseo por la historia de Roma», este curioso episodio: «Marte, el flagrante dios de la guerra, amó en secreto a [una joven], quien concibió dos mellizos. Cuando nacieron, [el tio de la chica, Amulio] introdujo a los pequeños en una cesta y los expulsó al Tíber, convencido de que morirían. Sin embargo, la cesta vino a parar a un remanso del río. Los niños empezaron a llorar y la loba los descubrió. El animal los amamantó en una gruta al sur del Palatino, llamada Lupercal».

Desde aquella gruta se iniciaban las Lupercales de manos de un sacerdote. Este era el encargado en primer lugar de sacrificar un carnero en honor a Fauno (el dios de la naturaleza). Lo hacía con el mismo cuchillo con el que, posteriormente, embadurnaba la cara de dos «lupercos» o «luperci» (los jóvenes que debían pasar por aquel ritual).

Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos a todo aquel que se ubicaba frente a ellos

«Después, secaba los restos de sangre con vellón de lana mojado en leche; en este punto los dos muchachos debían prorrumpir en risas», explica el autor de «Eros romano». ¿Por qué esta reacción? Al parecer, porque de esta forma emulaban la victoria de la vida sobre la muerte. La «resurrección» por la que, en definitiva, habían pasado los fundadores de la ciudad tras verse abandonados y haber sido recogidos por el animal. Una vez que habían sido ungidos por el sacerdote, estos dos jóvenes (que casi siempre iban desnudos, o ataviados únicamente con taparrabos fabricados con la piel de los animales sacrificados) salían de la gruta. El ritual no acababa en este punto, sino que iniciaban una carrera desquiciada a través de Roma por un itinerario previamente planeado. Un trayecto que llevaban a cabo mientras proferían obscenidades. Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos -con una correa fabricada también con los restos del carnero- a todo aquel que, voluntariamente, se ubicaba frente a ellos.

El principal objetivo eran, no obstante, las mujeres en edad de ser madres. «La opinión en que estaban las mujeres era que estos latigazos contribuían a su fecundidad, o a su feliz libertad», se explica en el «Diccionario Universal de Mitología». Las chicas, de hecho, consideraban todo un honor que los «lupercos» les diesen un correazo, pues era una forma de que los dioses les asegurasen un retoño. Los hombres zurrados, por el contrario, entendían que aquellos golpes les purificaban y les permitían entrar «limpios» en el nuevo año (que comenzaba entonces en marzo). Es decir, que llevarse una marca a casa era símbolo de buena suerte.

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Lupercales – Wikimedia

A pesar de todo, los autores le atribuyen varios significados a esta fiesta. Robert señala, por ejemplo, que mediante aquella carrera la «ciudad revivía sus primeros momentos, aquellos en que había pasado de la barbarie y el caos a la civilización, a una nueva vida». Otros tantos son partidarios, por el contrario, de que la ceremonia era principalmente un rito de iniciación entre los más jóvenes. El autor Pierre Jacomet es uno de ellos. El escritor afirma en una de sus obras que aquellas eran «ceremonias destinadas a alejar el miedo a la sexualidad, el temor de ser incapaz, el terror a no poder cumplir con el ritual de la fertilidad, que es la cópula, a perder la calidad de ciudadano del mundo».

¿Qué sucedía después de la carrera? Las teorías son varias. Algunos autores como Jon Juaristi explican en «El bosque originario» que las Lupercales podrían incluir «ritos orgiásticos como la prostitución propiciatoria de las pastoras». Robert, por su parte, añade que ese día también se celebraban otros tantos rituales como «el sacrificio de un perro», una invocación a Juno, o un banquete».

La confusión con Juno Februata

Pero San Valentín no solo podría tener su origen en las Lupercales. Como ya se ha señalado anteriormente, también sería posible que se basara en la fiesta que los romanos celebraban en honor de Juno Februata (la diosa de las purificaciones, según se explica en «Panlexico, vocabulario de la fabula»). No obstante, existe cierta controversia en torno a esta festividad. Algunos autores afirman que era una celebración situada el día 14, mientras que otros la ubican el 15 y, algunos más, llegan a señalar que se celebraba entre el 13 y el 15.

La controversia en torno a esta ella es total. Determinados historiadores señalan que realmente se correspondían con las «februales», unas celebraciones que duraban casi medio mes y que se llevaban a cabo en febrero. Las mismas en las que se detenía el culto al resto de divinidades (pues sus templos se cerraban) y, curiosamente, los matrimonios estaban prohibidos.

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Los “luperci” dan latigazos a las mujeres – ABC

Las teorías sobre cómo se celebraban las fiestas en honor de Juno Februata son también varias. Algunos autores afirman que en ellas se llevaban a cabo sacrificios mientras los presentes portaban antorchas. Otros escritores como Flaver son partidarios de que, en base a las fuentes clásicas, se festejaban de una forma mucho más romántica: «Existía la antigua costumbre de que el 15 de febrero los chicos escribieran los nombres de las chicas en honor de la diosa Juno Februata».

También se cree que, posteriormente, las «papeletas» (por así llamarlas) eran guardadas en una caja y cada joven extraía una. Esa sería su pareja sexual, y con ella llevaría a cabo sus fantasías más perversas. «Para cristianizar dicha costumbre, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», completa el experto. El historiador del XVIII Alban Butler es en quien se basa principalmente este experto, el cual es secundado por otros posteriores como Jack Oruch.

Cristianización

La brutalidad de las Lupercales, así como la necesidad de cristianizar la fiesta ante la imposibilidad de que la olvidasen los ciudadanos, provocó que -allá por el siglo V- la Iglesia tomara cartas en el asunto. Así lo afirma el periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su obra homónima: «La fiesta de San Valentín fue instaurada en el año 498 por el papa Gelasio I, probablemente en un intento de eliminar la efeméride pagana de las Lupercales, que se celebraban el 15 de febrero. Un festejo relacionado con el amor y la reproducción».

En palabras de este autor, se eligió sustituirla por San Valentín en base a que este religioso desafió a Roma en el siglo III en nombre del amor. Por entonces, el emperador romano Claudio II Gótico (214-270 d.C.) consideraba que «los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla, en unos momentos en los que las fronteras se veían acosadas por alamanes y vándalos».

«Los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla»

El político, que de tonto no tenía un pelo, decidió que lo mejor para que sus legionarios se dejasen la vida y derrochasen valor en el frente era prohibirles contraer matrimonio. Si nadie les esperaba en su hogar, no tendrían reparos en batirse a pilum y gladius.«San Valentín era entonces el obispo de la ciudad de Iteramna (hoy Terni, en Italia), y se avenía a celebrar en secreto las bodas de aquellos soldados que no querían cumplir esa orden del emperador», añade Hernández.

Como era de esperar, al ser descubierto fue apresado por el líder, quien le decapitó el 14 de febrero del año 269. «Se cree que fue enterrado en la Vía Flaminia, a las afueras de Roma, lo que hizo que durante la Edad Media la Puerta Flamina fuese conocida como Puerta de San Valentín», completa el historiador y periodista. En todo caso, la veracidad sobre la biografía del santo hizo que la Iglesia Católica eliminara esta festividad del calendario en el año 1969.

jesushernandezCon todo, existe otra versión sobre esta historia. Según desvela el dossier «El día de San Valentín» (editado por la Consejería de educación en el Reino Unido e Irlanda), Valentino era, allá por el siglo III, un cristiano que continuó practicando su religión a pesar de la prohibición romana. Sus principios le llevaron a la cárcel, donde uno de los guardias le pidió que diese clases a su hija ciega. Tras varias jornadas a su lado, la pequeña recuperó la vista y se convirtió al cristianismo al entender que era la fe verdadera.

«Añade la leyenda que la víspera de la ejecución, Valentino envió una última nota a la niña pidiéndole que se mantuviera en la fe. La nota iba firmada: “de tu Valentino”. Al día siguiente, 14 de febrero, Valentino fue ejecutado. Sus restos se conservan en la Basílica de su mismo nombre, en Terni, donde cada año, el 14 de febrero, las parejas que van a casarse celebran un acto en honor del Santo», se señala en el informe.

 

13 febrero 2017 at 8:42 pm 2 comentarios

El latín, ¿lengua oficial de la UE?

El éxito editorial de un profesor italiano demuestra que el idioma fundacional de la cultura europea goza de buena salud y podría resucitar como argumento identitario para un continente en horas bajas

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El arco de Tito, en el foro de Roma, construido para celebrar las victorias del emperador en Judea. / RON SACHS (CORDON PRESS)

Fuente: RUBÉN AMÓN  |  EL PAÍS
9 de febrero de 2017

Una de las escenas más pintorescas de Il sorpasso (Dino Risi, 1962) concierne al pasaje en que unos sacerdotes alemanes detienen el Alfa Romeo descapotable donde viajan Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant. Se les ha averiado su coche, han pinchado, necesitan un gato, pero no saben cómo explicárselo a sus interlocutores. Y es entonces cuando uno de los curas decide hacerlo en latín: “Elevator nobis necesse est”.

Trintignant, que es francés, explica la problemática a Gassman, que es italiano, pero no puede satisfacer la emergencia de los religiosos. Y les responde inequívocamente: “Non habemus gato, desolatus”.

La escena es ilustrativa de la raigambre del latín en la cultura occidental. De su vigencia como argumento de comunicación. Y hasta de su valor identitario en el acervo de continente, más aún ahora que las presiones de Trump y de Putin han estimulado una suerte de reacción y de orgullo.

El inglés predomina sobre las demás lenguas y es la más extendida en los planes escolares. El problema es que identifica también un sabotaje, el sabotaje del Brexit. Y que podría subvertirse, hasta el extremo de convertir el latín en el idioma hegemónico de la Unión Europea. Tolerando incluso expresiones tan macarrónicas como el “desolatus” de Gassman.

La idea, la provocación, proviene de un profesor italiano, Nicola Gardini, y de la popularidad —de la fiebre— que ha adquirido en su propio país un ensayo, un libro, concebido, en realidad, sin las menores ambiciones comerciales.

Las ha conseguido como si la sociedad estuviera reclamando un ejercicio retrospectivo de autoestima hacia una lengua que está demasiado viva para considerarla muerta. La LOMCE española (2013), por ejemplo, la ha rehabilitado como asignatura troncal del bachillerato, pero el latín también representa un vehículo de comunicación extraordinario en el ámbito del derecho, la medicina, la filosofía, la liturgia religiosa, el ejército, la ingeniería, la arquitectura y el lenguaje cotidiano.

Decimos motu proprio, quid pro quo, de facto, ergo, ex profeso o in extremis, quizá no demasiado conscientes de que estamos evocando un hito fundacional de la cultura europea cuyo aliento todavía relaciona sobre el asfalto a un cura alemán con un latin lover italiano.

Es el contexto en el que ha resultado providencial la publicación de Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile. Ocho ediciones lleva la iniciativa de la editorial Garzanti, y el título no requiere de traducción al español, precisamente por la raíz común del idioma. Y porque España fue uno de los territorios más fértiles de la romanización, y también más dotados en la exportación de talentos al imperio. No ya por las figuras de Adriano o Trajano en la nómina de los emperadores, sino por la envergadura de filósofos y escritores que contribuyeron a enriquecer el latín.

Nicola Gardini destaca a Séneca. Y se congratula de la felicidad que nos ha proporcionado el maestro estoico. Tanto en la forma cristalina de su literatura como en los matices conceptuales. Vivir el presente —aunque el carpe diem es de Horacio—, eludir la superstición de la esperanza, disfrutar lo que tenemos mucho más que frustrarnos por aquello que nos falta.

“El latín de Séneca”, escribe Gardini, “es el reflejo directo de su lucidez y de su propensión a la síntesis, va derecho al meollo de las cuestiones, sin complicaciones, sin alzar la voz. Un latín espontáneo. Un latín de quien medita y de quien transforma las ideas en reglas de vida”.

Es el antagonismo perfecto a la retórica ampulosa de Cicerón, aunque Gardini no se la reprocha. Todo lo contrario, le atribuye un valor muy superior al artificio lingüístico. Sostiene que Cicerón dice las cosas adecuadas de la manera adecuada. Y que su oratoria es una ciencia de las emociones, pero también el medio desde el que se desglosa un sistema de valores. “Hablar bien es una filosofía. Escribir bien es una manera de hacer el bien. Y Cicerón lo ha demostrado, exponiendo su propia elocuencia al servicio de una sociedad amenazada por la tiranía. Fue el enemigo jurado de cualquier despotismo y fue un heroico portavoz del Senado. Su arma fue una palabra: libertas” (libertad, si es que la traducción hace falta).

Regresar al latín, a juicio de Gardini, no sería una regresión ni una extravagancia anacrónica, sino un recurso de Europa para reconocerse en su identidad y en el idioma que la ha estructurado en su idiosincrasia civilizadora. Escribir y hablar en latín nos haría buenos, como Cicerón. Y obscenos, como Catulo. Y conmovedores, como Virgilio. Y profundos, como Lucrecio, aunque este monumento de la lengua latina nunca se hubiera engendrado sin la evangelización de Catón (234-149 antes de Cristo) y de Plauto (250-184 antes de Cristo). Sujetaron ellos las columnas del idioma, predispusieron el primer hálito de un prodigio que ha sobrevivido mucho más allá de su tiempo y de su espacio. Lo demuestran las misas pontificias y las patadas que le damos al diccionario latino (de motu propio, a grosso modo, el quiz de la cuestión…), tanto como lo hacen la adhesión al idioma en que llegaron a significarse por los siglos de los siglos Patriarca, Milton, Ariosto, Tomás Moro, pero también Rilke, Montale, Beckett, Joyce o Jorge Luis Borges.

“No sin cierta vanagloria, había comenzado en aquel tiempo el estudio metódico del latín”, escribió el sabio argentino. Evoca la frase Gardini al inicio de su ensayo. O habría que decir en el incipit, pues cualquier libro está lleno de expresiones y abreviaciones latinas (circa, sic, op. cit.), como los garbanzos que el profesor italiano nos ha puesto por delante para seguir el camino hacia “la plenitud cultural” y la resistencia ciceroniana.

“Hay que estudiar latín”, concluye Gardini, “no sólo para disfrutar, sino además para educar el espíritu, para darle a las palabras toda la fuerza transformadora que se aloja en ellas”. Y para entenderse con un cura alemán que está tirado con el coche en la carretera. Y decirle: “Desolatus”.

 

9 febrero 2017 at 6:32 pm 1 comentario

Diálogos con Catulo

Los ‘Diálogos’ de Ana Pérez Vega con el poeta latino nos acercan aún más de lo que lo hacen sus versos a una de las voces más vivas de la Antigüedad

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Fuente: IGNACIO F. GARMENDIA / ALFONSO CRESPO  |  Diario de Cádiz
5 de febrero de 2017

Desde el redescubrimiento de su obra a principios del XIV, que puso fin al largo silencio de la Edad Media y restituyó el prestigio del que había disfrutado tras su aparición en el último siglo antes de la Era, Catulo es uno de los poetas mayores de la lengua latina que nunca había sonado tan dulce -o tan amarga- como en los versos del veronés, el autor más conocido entre aquellos poetae novi -despectivamente motejados de neotéricos por Cicerón- que se alejaron de la proverbial gravitas romana para recrear los modelos griegos y en particular la lírica alejandrina de Calímaco, pero también la arcaica de la venerada Safo a la que el propio Catulo homenajeó en versiones memorables. Poco más de treinta años le bastaron para abrir una línea que sería celebrada por los más altos poetas del Imperio -de Virgilio a Marcial, pasando por Horacio, Propercio u Ovidio- y sigue deslumbrando por su frescura y elegancia, por su admirable combinación de ingenio, gracia e ironía, por esa maravillosa desvergüenza que han tratado de disimular los traductores más pudibundos. La de Catulo, filoheleno como muchos latinos de la edad de oro, es una voz más de dos veces milenaria pero increíblemente cercana, que inauguró un tono de intimidad desconocido -poesía de la experiencia, al margen del trasfondo autobiográfico- en el que pueden reconocerse los lectores de cualquier tiempo.

Asociamos su nombre a una lírica ligera, famosamente licenciosa, pero la variedad de registros es una de sus cualidades y tanto en los poemas amorosos como en los de asunto mitológico o en los epigramas satíricos, terreno en el que brilló su talento para la invectiva, hay también una veta comprometida que se refleja en una mirada muy crítica sobre los políticos o la sociedad de su tiempo. Fruto de una familiaridad profunda con la obra de Catulo, que ha traducido, comentado y explicado a sus alumnos desde hace décadas, estos Diálogos de Ana Pérez Vega ofrecen la versión castellana y una personalísima aproximación a cada uno de los 113 poemas que integran el corpus catuliano, tradicionalmente agrupados conforme a criterios métricos en tres bloques o libelli que no siguen una ordenación temática ni tampoco, en las series o ciclos dedicados a personajes recurrentes, un itinerario cronológico. Estos personajes son, en primer lugar, la inmortal Lesbia -trasunto de Clodia, la voluble esposa del gobernador Metelo a la que el desdichado Catulo amó y odió simultánea o alternativamente- y el hermoso Juvencio cuyos favores le disputaron los rivales Furio y Aurelio, pero hay otros amigos o enemigos que lo son a menudo en relación con sus aspiraciones sexuales o afectivas.

La conversación que entabla la traductora con los poemas de Catulo -con el mismo Catulo, al que se refiere siempre en segunda persona- parte de un conocimiento exhaustivo tanto de sus versos como del aludido trasfondo biográfico, pero todo ese bagaje no comparece en la forma habitual -distanciada, aséptica, limitada a los meros datos- de las anotaciones eruditas, sino de una original manera que, siendo rigurosa y coherente con el propósito divulgativo, cabe además calificar de literaria. Leemos de este modo los poemas traducidos y a continuación la glosa donde Pérez Vega contextualiza cada uno de ellos por su vinculación al conjunto, pero también entra a fondo en el contenido y en lo que este revela -“tu alma en tus versos”- del poeta o del hombre, revisando a veces sus primeras lecturas o confrontándolas con su visión actual. Tienen por eso sus disquisiciones algo de autorretrato no expreso, por ejemplo a través de las citas de otros autores, incluidos los contemporáneos, que dialogan, ellos también, con los versos de Catulo y abundan en los temas -el amor o el desamor, la búsqueda de lo bello y bueno, la denuncia de la corrupción en cualquiera de sus formas- de su gran poesía.

La figura de Catulo se nos aparece en los comentarios de Pérez Vega como la de un hermano muy querido, cuyos gozos o melancolías, arrebatos o explosiones de furia, experimentamos de un modo solidario o casi en carne propia. “Qué idénticos fueron tu mundo y el nuestro, vuestros corazones y los nuestros”, concluye Pérez Vega, pues si es mucho lo que nos une, pese a los siglos transcurridos, a la sociedad romana de finales de la República, la semejanza es completa en todo lo referido a los amenos o desconsolados dominios de Eros. Lo prueba esta prodigiosa colección de poemas que ha mantenido intacta su capacidad para conmover y es abordada aquí desde una posición de absoluta empatía. Su autora tiene por oficio la filología y no ha dejado de cultivarla en los Diálogos, sólo que de una manera ciertamente heterodoxa: haciendo honor al significado etimológico de un término que remite -aunque algunos de sus practicantes parezcan haberlo olvidado- al puro amor por la palabra.

DIÁLOGOS CON CATULO (En torno a la poesía y las artes)
Ana Pérez Vega. Isla de Siltolá. Sevilla, 2016. 288 páginas. 15 euros

5 febrero 2017 at 11:56 am Deja un comentario

Virgilio y las abejas

abejas

ULISES CULEBRO

Fuente: RAÚL DEL POZO  |  EL MUNDO
24 de enero de 2017

Los poetas han abandonado las églogas y militan en la lírica urbana, el neobarroco intimista o la nueva sentimentalidad; apenas hablan del campo. Los renacentistas cantaban los amores de los pastores, narraban como las palomas zureaban en las torres. Ahora los pastores son rumanos y las palomas turcas. No es que echemos de menos la poesía bucólica, es que si desaparecen las palomas, las alondras, los ruiseñores y las abejas de la poesía, desparecerá después el hombre. “Tú no has nacido para la muerte, ¡oh pájaro inmortal!”, le dice Keats al ruiseñor. Pero las abejas cada vez viven menos en los sonetos y apenas se las ve bebiendo el rocío de las corolas en los libros de poemas, desde que las invocaran como trabajadoras puras y ojivales.

Como todos los años en enero los de Greenpeace nos dan el aviso: el 2017 es el año decisivo para las abejas. Los neonicotinoides, familia de insecticidas, los más vendidos del mundo, diseñados para matar a los insectos considerados como plagas, siguen exterminando a las abejas. Estos insectos laboriosos, republicanos con reina, que superan en la estructura de sus células de cera la habilidad de un arquitecto, construyen almenas góticas de exactitud inexplicable; no solo son la metáfora de la organización social sino el eslabón esencial de la biodiversidad y la existencia humana. Las abejas son esenciales en la producción de alimentos gracias a la polinización cuando están muriendo a millones como los abejorros y las mariposas.

En la época de los partidos verdes hay pocos poetas que escuchen el llanto de la tierra herida cuando 2.000 años antes de los ecologistas, un poeta -según Emilio Lledó un lechón de la piara epicúrea- hizo de la naturaleza bandera. Lo recordamos en estos tiempos malos para la lírica, cuando el nuevo emperador niega el cambio climático y la amenaza a las especies. Hablo de Virgilio, con Homero y Shakespeare la tríada inmortal, el que a pesar de vivir en el Palatino, escuchaba el concierto del bosque. El poeta imperial dejó escrito en su epitafio: “Canté a los pastores, a los campos y a los caudillos”. Y Suetonio escribió: “Preñada de él, soñó su madre que pariría una rama de laurel, que al tocar tierra, echó raíces y creció al momento hasta formar un árbol adulto y henchido de varias frutas y flores”. Cervantes aspiró a ser el Virgilio español. “Yo he leído a Virgilio” exclama Don Quijote. Borges bromea diciendo que si Virgilio y La Eneida son obras de Homero, son las que le salieron mejor. De deslumbrante poesía -ahora que todos estamos amenazados- hay que citar las Geórgicas, donde las abejas son el símbolo de la ciudadanía, los “pequeños romanos” que siguen al rey -no sabía que era reina- libres de pasiones, se suicidan trabajando y mueren felices por la comunidad. El tiempo es breve e irreparable, se va para no volver, pero según el poeta, mientras el río corra, los montes hagan sombra, en el cielo haya estrellas y zumben las abejas debes estar agradecido a la vida.

 

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24 enero 2017 at 9:12 pm Deja un comentario

Asterix y Obélix salen de Francia en el álbum número 37 de su historia

La editorial Albert René, que publicará el libro en octubre, mantiene en secreto los escenarios donde transcurrirá esta nueva aventura

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Fuente: EFE  |  ABC
20 de enero de 2017

Un nuevo álbum de aventuras de Asterix y Obelix que se desarrollan fuera de Francia en escenarios que se mantienen confidenciales, el número 37 de su historia, se publicará el próximo mes de octubre, anunció la editorial Albert René.

Este nuevo álbum será el tercero a cargo de la pareja formada por el dibujante Didier Conrad, y Jean-Yves Ferri, responsable del guión, y coincidirá con dos aniversarios de los dos creadores de los famosos personajes de cómic. Este año se celebra el 90 aniversario de Albert Uderzo, y el 40 aniversario de la muerte de René Goscinny, para los que se han organizado diferentes homenajes.

Sobre el contenido de las nuevas historias que saldrán a la venta el 19 de octubre, Albert René se limitó a avanzar que «se tratará de un viaje al extranjero como lo quiere la tradición de la alternancia», en alusión a que el último cómic, «El papiro de César» (2015), se desarrollaba en Francia.

«Nuestros héroes embarcarán esta vez a los lectores para una aventura más allá de las fronteras. En el programa: visita de monumentos históricos, descubrimientos gastronómicos y otros encuentros con autóctonos y famosos». Y todo eso aderezado con «aventura humana, humor, personajes deliciosos y situaciones rocambolescas».

Hasta ahora, se han vendido 370 millones de ejemplares en todo el mundo en 110 lenguas y dialectos, de los diferentes álbumes de los famosos galos bajo el imperio romano.

 

20 enero 2017 at 5:01 pm Deja un comentario

Esa extraña piedad de los muy ricos

El historiador irlandés Peter Brown analiza con claridad y rigor el papel que la riqueza tuvo en la caída de Roma y en la gestación de lo que hoy llamamos Occidente

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Detalle del fresco ‘La leyenda de Constantino y San Silvestre.

Fuente: ENRIQUE LYNCH  |  EL PAÍS
16 de enero de 2017

Agustín de Hipona afirmaba que el pasado y el futuro eran en el fondo inaccesibles y que lo tangible es ese presente insoslayable desde el cual nos referimos a ellos. La historia, pues, tiene algo de irreal, pues de lo único que podemos hablar con cierta confianza racional es de la época en que nos toca vivir. Todo lo demás —lo que alguna vez sucedió y lo que algunos aseguran que ocurrirá— solo puede ser mera conjetura. Quizá por eso, casi todos los grandes historiadores —y Peter Brown está, sin duda, entre ellos— no se limitan a reconstruir lo “que efectivamente pasó”, como reclamaban Ranke, Mommsen y los positivistas que tanto influyeron en la historiografía marxista, sino que son sagaces narradores de un género híbrido donde se traman corazonadas y finas especulaciones inspiradas en unos pocos recursos de la memoria histórica. Los grandes historiadores hurgan en documenta et monumenta, es decir, en los viejos textos y en los vestigios arqueológicos, pero nunca renuncian a interpretar los hechos.

Por el ojo de una aguja es un ejemplo cabal de esa historiografía que recrea con todo detalle el pasado sin renunciar a interpretarlo. La vocación de desentrañar la verdad histórica jamás abandona la voluntad de generar un sentido. En las más de mil páginas que forman esta obra capital, Brown acumula y procesa un inmenso caudal de datos y referencias críticas, eruditas y arqueológicas sobre los primeros siglos del Occidente cristiano. Arranca desde la conversión de Constantino y desemboca en las primeras décadas del siglo V que dan comienzo a la llamada Edad Media. El libro, pues, recorre el fascinante proceso de cristianización del Imperio Romano, cuando se gestó lo que llamamos “Occidente”, con especial referencia a los años 370 a 430, que Brown compara con una insólita belle époque de la antigüedad.

Peter Brown es el característico historiador anglosajón, somero y riguroso, pero su modelo historiográfico es afín a la imaginación desbordante de la escuela francesa de los Annales y a la antropología cultural del mundo antiguo que fundara Louis Gernet, donde la historia de la religión y la cultura son examinadas siempre en estrecha relación con la historia social, con el lenguaje y el arte, lo que es imprescindible cuando se aborda un periodo de transición tan complejo como este.

Su investigación se orienta por una anomalía. En la obra de Paul Veyne —­otro gran especialista en el Imperio Romano tardío— también se ponía especial atención en algunas anomalías del desaparecido mundo antiguo. Por ejemplo, en El pan y el circo, Veyne abordaba la extraña afición de los romanos por los combates de gladiadores y el culto a la divinidad del emperador. Una misma curiosidad por lo anómalo lleva a Brown a seguir la pista de las donaciones cristianas, realizadas durante una época en que, contrariamente al mito de la decadencia, el Imperio Romano de Occidente se caracterizaba por su opulencia. En suma, estudia por qué un buen día los ricos decidieron desprenderse de sus bienes y dieron lugar a la acumulación originaria que todavía cimenta el inmenso poder económico y espiritual de la Iglesia. Estudia por qué —al contrario de lo que manda la parábola crística— esos ricos acabaron por entrar en las iglesias guiados por el “amor por los pobres” que predicaban los Padres de la Iglesia: Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Paulino de Nola. Las asombrosas y cuantiosas donaciones cristianas podría pensarse que son una variante del evergetismo pagano, pero Brown observa en ellas una importante diferencia: el gesto del evergeta servía para su gloria mundana; en cambio, la renunciación cristiana perseguía consumar una gigantesca transferencia de riqueza, del mundo al cielo.

No es la primera vez que Brown revoluciona nuestro conocimiento del Imperio Romano tardío. Su biografía de Agustín de Hipona conseguía reconstruir el perfil de ese intelectual formidable que fue Agustín sin incurrir en hagiografía; y en El cuerpo y la sociedad, dedicada a estudiar las costumbres de las élites tardorromanas, buscaba desentrañar el misterio que rodea el dogma del celibato eclesiástico. ¡Qué cosa más extraña que durante siglos los hombres y mujeres más civilizados de la sociedad antigua renunciaran a la riqueza y a la sexualidad!

A veces se derivan conclusiones sorprendentes de su trabajo. La renuncia sexual implica que el ascetismo cristiano originario estaba ya prefigurado en la ataraxia de los estoicos, que ganó las costumbres civilizadas de las clases altas romanas hacia el siglo II, pero también implica reconocer que la abstinencia que predica el Opus Dei es, por decirlo así, más auténticamente cristiana que la secuela del Concilio Vaticano II y la rebelión contra el celibato por parte de la Reforma protestante. Entre muchas otras observaciones sugestivas, Brown muestra en este libro extraordinario que la enormemente influyente noción de la humanitas, entendida como el trato que una persona dedica a otra en razón de una naturaleza humana compartida, es una herencia cristiana y que esa noción y la desaparecida idea de la verecundia —la consciencia de ocupar un lugar propio y de responder moralmente por él— justifican que la donación antigua, más que una limosna, deba ser comprendida como una acción mística que aseguraba al donante un lugar junto a Dios padre. Y más aún: para nosotros, que estamos desengañados del misticismo, es una prueba tangible de que un sistema económico basado en una aplastante presión fiscal puede seguir generando riqueza.

Por el ojo de una aguja. Peter Brown. Traducción de Agustina Luengo. Acantilado, 2016. 1.223 páginas. 48 euros

 

16 enero 2017 at 2:47 pm Deja un comentario

El curioso origen de algunos de los mitos del increíble poema épico griego “La odisea”

Muchos conocemos la historia de los antiguos griegos con el caballo de madera, pero ¿cuán bien conocemos su secuela?

escila

Varias fuentes habrían inspirado a Homero para crear a Escila. ALAMY

Fuente: 15 de enero de 2017

“La odisea” de Homero relata lo que sucedió después del saqueo de Troya, específicamente el viaje épico de Ulises (también conocido como Odiseo) de regreso a casa.

Es ficticio, pero según los expertos proporciona información valiosa sobre la vida en la Antigüedad, incluyendo la flora y la fauna.

El retorno de nuestro héroe abarca diez años de incursiones en islas, atormentado por dioses vengativos, monstruos voraces, ninfas seductoras y raros hechizos. Es un relato clásico que ha fascinado a los estudiosos desde que fue publicado en el siglo VIII a.C.

Los investigadores han explorado el texto para hallar significados y han explicado las partes más llamativas de la historia. En algunos casos, la verdad se acerca mucho a la ficción.

Lotófagos

Una de las primeras equivocaciones en la travesía de Ulises se produce cuando fuertes vientos del norte lo desvían a la tierra de los devoradores de loto o lotófagos.

Los marineros disfrutan tanto de la delicia local que se olvidan de volver a casa y Ulises tiene que arrastrarlos de vuelta a los barcos. Hay varias teorías de lo que podría ser el loto, por ejemplo vino fuerte u opio.

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¿Es posible que Ulises haya comido estas frutas, Diospyros lotus? ALAMY

Otro contendiente es una planta llamada Diospyros lotus, nombre científico que significa “fruto de los dioses”. Las frutas son redondas y amarillas y se dice que tienen el sabor del cruce entre un dátil y una ciruela.

En su libro “La búsqueda del loto” (The Lotus Quest), el experto en plantas Mark Griffiths identifica la fruta de Homero como el Ziziphus lotus, una especie vegetal que, según se dice, tiene propiedades psicoactivas.

Los expertos consideran otra posibilidad: el nenúfar (Nymphaea sp.) que crece a lo largo del río Nilo.

El consumo de la planta induce a un estado de apatía pacífica y en algunos países europeos hoy se clasifica como una sustancia prohibida.

Todavía queda por discutir si su reputación era suficiente para que Homero pudiera percatarse de ello desde la otra orilla del Mediterráneo.

Cíclopes

Buscando suministros en otra isla, Ulises y algunos de sus tripulantes se encuentran con Polifemo, un gigante que devora hombres. Varios marineros perecieron antes de que Ulises finalmente lograra cegar al monstruo clavándole una estaca en su único ojo.

polifemo

Polifemo era un gigante que comía humanos. ¿Quizás inspirado en un elefante enano? ALAMY

En los mamíferos, la condición ciclópea es un trastorno congénito en el que las órbitas de los ojos no se desarrollan en dos cavidades separadas.

Las complicaciones asociadas al cerebro, la nariz y el sistema respiratorio significan que pocos nacidos con la enfermedad sobreviven.

Como agricultores, los antiguos griegos habrían explorado el paisaje y podrían haber hecho algunos descubrimientos inusuales.

En particular, los cráneos de elefantes enanos y mamuts tienen una cavidad nasal ampliada que podría haberse confundido con el único orificio ocular de un enemigo bestial.

“Las cuevas de las islas contienen los fósiles desconocidos de mamuts enanos, rodeados por montones de huesos de mamíferos que en la antigüedad fueron tomados como huesos de las víctimas del gigante de un solo ojo”, dice la historiadora Adrienne Mayor de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, quien sugiere que los restos fosilizados de especies antiguas podrían haber inspirado a Homero.

La magia de Circe

Cuando son arrastrados hasta la hechicera Circe, los aventureros son drogados y encerrados como cerdos. Afortunadamente Ulises es protegido de su hechizo comiendo una hierba santa llamada moly.

Los botánicos apuntan a la hierba jimson (Datura stramonium) como el ingrediente que hace que los marineros actúen tan extrañamente.

estramonio

El estramonio contiene alcaloides tóxicos. ALAMY

La planta está relacionada con la belladona y la mortaja, y contiene alcaloides tóxicos que bloquean los neurotransmisores en el cerebro.

Si se ingiere, provoca alucinaciones, delirio y amnesia, mientras el cerebro enfrenta dificultades para enviar y recibir mensajes.

Homero es muy específico en su descripción de moly: tiene una raíz negra y una flor blanca.

Pero eso en sí no es una combinación rara, por lo que ha habido mucha discusión sobre su identidad.

Basado en su capacidad de neutralizar los platos con la droga de Circe, los investigadores creen que la campanilla de invierno (Galanthus nivalis) es otro candidato muy probable.

Se sabe que la flor crece en la región.

Ahora se utiliza en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer y la demencia, ya que puede ayudar a equilibrar los productos químicos en el cerebro.

Escila, el monstruo marino

Los marineros encaran adversarios aún más terribles cuando pasan por un estrecho canal.

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Los calamares gigantes no son comunes en el Mediterráneo. ALAMY

Se enfrentan a Escila, un desafiante monstruo de múltiples cabezas. Homero describe a esta bestia de las cavernas como poseedora de 12 piernas y seis cuellos, cada uno con una cabeza feroz que devora hombres y exhibe tres filas de dientes.

Con el tiempo Escila se ha confundido con el kraken (una criatura de la mitología escandinava que se describe como un pulpo o calamar gigante), pues todos esos cuellos y piernas podrían ser, después de todo, tentáculos.

Pero el calamar gigante es una rareza en el Mediterráneo y, además, Escila vive en una cueva a medio camino de un acantilado, que no es lugar para ninguna especie de océano.

Aristóteles registró una serpiente de dos cabezas en el año 350 a. C. Aunque la condición es a menudo limitante de vida para los animales salvajes, es posible que Homero haya oído hablar de ella o incluso la haya presenciado.

Luego está el uso de serpientes como armas biológicas. Hay al menos un registro histórico de serpientes que fueron soltadas por Aníbal durante una batalla naval contra las fuerzas del rey Eumenes de Pérgamo.

El poeta combinó hábilmente marineros estresados, nuestro malestar con una característica biológica inusual y la amenaza de serpientes para crear un monstruoso cóctel”

Aunque no se conoce el monstruo Escila, el poeta combinó hábilmente marineros estresados, nuestro malestar con una característica biológica inusual y la amenaza de serpientes para crear un monstruoso cóctel.

Caribdis

Frente a Escila, Odiseo y su tripulación encuentran a Caribdis. Este torbellino monstruoso regularmente traga agua de mar y cualquier cosa que navega por el lugar.

Podría sorprenderte saber que Caribdis fue marcado en cartas navales en el siglo XIX, entre el extremo noreste de Sicilia en el Estrecho de Messina. El estrecho pasadizo es bien conocido por sus fuertes vientos y corrientes.

Pero es la actividad de las mareas que lo convierte en un reto para los marineros.

remolino

Ulises y su tripulación se toparon con un remolino gigante, como éste. ALAMY

Dependiendo de la actividad de las mareas, aparecen remolinos. Según los oceanógrafos, uno de los mayores se desarrolla en Punto del Faro, lugar donde Caribdis fue históricamente ubicado.

Aunque estos peligros son navegables para la mayoría de las embarcaciones modernas, habrían sido más riesgosos en la época de Homero.

Rebaños del Dios del Sol

Ulises y su tripulación finalmente arriban a la isla de Trinacia, donde el Dios del sol -Helios- pasta su ganado.

Estos animales son sagrados, pero eso no impide que la tripulación temeraria los cace cuando sus suministros se agotan.

Los académicos han sugerido que la isla podría ser la Sicilia actual.

Hay evidencia tanto de ganado domesticado como de sus parientes salvajes, los uros o bisontes (Bos primigenius) en los sitios neolíticos del lugar, según el historiador Jeremy McInernery, de la Universidad de Pennsylvania, EE.UU.

De estas dos especies, el uro salvaje es el más llamativo. Medía 1,5 metros hasta la parte más alta de su lomo y ciertamente tenía la “frente amplia” y grandes “cuernos curvos” descritos por Homero.

“Antes de que la moneda llegara a Grecia en el siglo VI, el ganado era una medida primaria de riqueza. Al igual que otras sociedades pastorales, los griegos valoraron la riqueza ganadera: de ahí el énfasis puesto sobre el ganado en los poemas épicos”, dice McInerney.

El castigo por disponer del ganado sagrado es, por tanto, apropiadamente brutal.

Zeus destruye las naves y los marineros con un rayo y solamente Ulises sobrevive para contar su relato épico.

Evidentemente, todavía hoy estamos aprendiendo de él.

Lee la historia original en inglés en BBC Earth

 

15 enero 2017 at 6:10 pm Deja un comentario

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