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Un hallazgo histórico: un barrio entero de la antigua ciudad romana de Vienne (Francia)

Un violento incendio a comienzos del siglo II d.C. causó numerosos destrozos en el barrio y, como ocurrió en Pompeya, bajo las capas de ceniza y escombros se han conservado los objetos cotidianos y artísticos de la época

Barrio de la ciudad romana de Vienne. La empresa francesa Archeodunum ha sacado a la luz un barrio entero de la antigua ciudad romana de Vienne, situada en Francia. FOTO: ARCHEODUNUM

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
3 de agosto de 2017

La empresa francesa Archeodunum lo ha descrito como “una pequeña Pompeya” y para el Ministerio de Cultura de Francia es “un descubrimiento excepcional“. Una excavación arqueológica preventiva en una parcela de 5.500 m², destinada a la construcción de edificios de viviendas, ha sacado a la luz un barrio entero de la antigua ciudad romana de Vienne, que fue leal a Julio César durante la guerra de las Galias, situada a orillas del río Ródano y a unos 30 kilómetros al sur de Lyon. Un violento incendio a comienzos del siglo II d.C. causó numerosos destrozos en el barrio y, como ocurrió en Pompeya, bajo las capas de ceniza y escombros se han conservado los objetos cotidianos y artísticos de la época: jarras y ánforas de vino del valle del Ródano, muebles y, sobre todo, unos pavimentos deslumbrantes, entre ellos un mosaico polícromo del siglo I d.C. que representa las bacanales, las fiestas en honor a Baco, el dios romanos del vino.

Las excavaciones arqueológicas, dirigidas por Benjamin Clement en Sainte-Colombe, en el área urbana de Vienne, han revelado varias fases de ocupación hasta el siglo IV, cuando el complejo monumental fue abandonado y se convirtió en una necrópolis durante la Alta Edad Media, de la cual se han excavado unas cuarenta sepulturas. El barrio de la ciudad romana de Vienne que está siendo excavado incluye espacios públicos y artesanales y residencias lujosas. Un primer espacio público estaba formado por una plaza de mercado, un almacén lleno de mercancías, varias tabernae o tiendas en las que se vendían productos artesanales, tanto metalúrgicos como alimentarios, y una red hidráulica compleja. Este espacio público quedó destruido por un incendio devastador y un nuevo edifició suplantó al mercado: una plaza porticada con una fuente monumental en el centro, un espacio que correspondería a una escuela de filosofía o de retórica. Más espectaculares resultan los pavimentos de dos domus aristocráticas: una decorada con un mosaico cuyo medallón central representa el rapto de Talía, la musa de la comedia y de la poesía bucólica, por parte de Pan; y la otra con la representación de las famosas bacanales.

Motivos geométricos y florales. Mosaico con motivos geométricos y florales. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Rapto de Talía. Mosaico que representa el rapto de la musa Talía por Pan. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Pavimentos romanos y red hidráulica. Los pavimentos romanos y, por debajo, la compleja red hidráulica del barrio. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Motivos geométricos. Mosaico polícromo con motivos geométricos. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Útiles romanos. Útiles romanos hallados durante las excavaciones arqueológicas en Vienne. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Estatua de Hércules. Una estatua de Hércules decoraba una fuente monumental. FOTO: ARCHEODUNUM

 

A orillas del Ródano. La antigua ciudad romana de Vienne, que fue leal a Julio César durante la guerra de las Galias, está situada a orillas del río Ródano y a unos 30 kilómetros al sur de Lyon. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Motivo floral. Mosaico en blanco y negro con motivos florales. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Destrozos. Un violento incendio a comienzos del siglo II d.C. causó numerosos destrozos en el barrio y, como ocurrió en Pompeya, bajo las capas de ceniza y escombros se han conservado los objetos cotidianos y artísticos de la época. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Ménade bailando. Mosaico que representa a una ménade bailando con su vestido azul. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Motivos geométricos y florales. Una flor rodeada de motivos geométricos. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Lucernas romanas. Lucernas romanas, una de ellas decorada con un cangrejo. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Talía, la musa de la comedia. Medallón central en el que aparece representada Talía, la musa de la comedia y de la poesía bucólica. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Motivo floral. Motivo floral realizado con teselas negras y blancas. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Sistema hidráulico. Los arqueólogos han excavado los restos de un complejo sistema hidráulico. FOTO: ARCHEODUNUM

Motivos geométricos. Espléndido mosaico con motivos geométricos. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Baco derramando vino. Mosaico en el que aparece Baco derramando vino y junto a una pantera. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Columnas fragmentadas. Columnas fragmentadas del antiguo barrio romano de Vienne. FOTO: ARCHEODUNUM

 

Esqueleto. Uno de los esqueletos que han aparecido durante las excavaciones arqueológicas. FOTO: ARCHEODUNUM

 

16 agosto 2017 at 6:03 pm Deja un comentario

El Arco de Giano de Roma se levantó para conmemorar el triunfo del emperador Constancio II en el siglo IV

Las inscripciones repartidas por el arco, claves para conocer por qué se construyó y su cronología

Foto: EUROPA PRESS / UCO

Fuente: EUROPA PRESS  |  LA VANGUARDIA

CÓRDOBA, 31 Jul.- Una investigación desarrollada por el profesor titular de Arqueología de la Universidad de Córdoba (UCO) Ángel Ventura, en colaboración con los investigadores del Instituto de Arqueología del CSIC de Mérida, Pedro Mateos y Antonio Pizzo, ha permitido desvelar que el Arco de Giano de Roma (Italia), ubicado junto a la iglesia romana de San Giorgio al Velabro, se levantó para conmemorar el triunfo del emperador Constancio II en el siglo IV.

Según informa la UCO en un comunicado, un exhaustivo análisis de la estructura arquitectónica, un examen de la epigrafía y la exploración arqueológica en el área del monumento han llevado a este equipo científico a afirmar que este arco monumental cuadrifronte (de cuatro caras) fue construido bajo la dirección del senador de Roma Memmio Vitrasio Orfito a mediados del siglo IV para conmemorar el triunfo del emperador Constancio II tras vencer a Magnentio, asesino de su hermano.

Este trabajo de investigación, publicado recientemente en la revista ‘Journal of Roman Studies’, ha permitido desmentir la creencia de que el arco se situaba en una plaza para afirmar que se ubicaba entre dos calles, una que se dirigía hacia el Foro Boario y el Palatino y otra al Circo Máximo y el Foro Romano. Así, el monumento está justo en la vía triunfal por donde desfilaban los generales o emperadores de la época para celebrar sus victorias.

El estudio contiene un análisis topográfico realizado en colaboración con la Universidad de La Sapienza en Roma que ha permitido generar la planimetría completa del monumento con aplicación de las últimas novedades tecnológicas en esta materia. Gracias a ellos, se ha concluido que el monumento se construyó a base de distintos añadidos.

Según el profesor de la UCO Ángel Ventura, en los siglos III y IV a la ciudad de Roma llegaba poco mármol, lo que provocó que este arco se levantara con material de expolio de otros edificios que estaban en ruinas. Así, en esta edificación se han encontrado piezas procedentes por ejemplo del templo de Venus y Roma, muy cercano al Coliseo Romano y que sufrió un incendió a finales del siglo III.

La clave para conocer el motivo por el que se construyó el arco y aquilatar la cronología del mismo ha sido el estudio de las inscripciones repartidas por el arco, destacando la dedicatoria con que cuenta el ático del monumento.

En esta última, ha señalado Ventura, especialista en la materia, se hace referencia a Constancio II indicando que “visitó solo una vez Roma, en la primavera del 357 y fue entonces cuando se celebró su triunfo por haber vencido a los enemigos del Estado, igualando así las proezas de su padre Constatino el Grande”.

Esta investigación tiene una trascendencia añadida, puesto que ha contribuido a que se emprenda, por parte de las autoridades culturales de Roma, la restauración del arco. Según Ventura, el estudio publicado en ‘Journal Roman Studies’ está aportando mucha información para estos trabajos que permitirán sacar al monumento de la situación de decadencia en la que encontraba hasta el momento.

 

31 julio 2017 at 1:54 pm Deja un comentario

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Kalkriese  |  EL PAÍS
16 de julio de 2017

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.

El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.

Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.

Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.

Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.

Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.

Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

 

16 julio 2017 at 9:34 am Deja un comentario

Descubierto el ingrediente secreto que explica la fuerza del hormigón de la antigua Roma

Científicos buscan la receta que usaban los romanos para construir sus puertos, algunos aún en pie

Extracción de muestras de un muelle del ‘Portus Cosanus’ en la costa toscana, construido hace más de 2.000 años. J. P. OLESON

Fuente: MIGUEL ÁNGEL CRIADO  |  EL PAÍS
3 de julio de 2017

“¿Quién se admirará bastante de la parte arruinada de ella [la Tierra] y por esto llamado polvo en las colinas de Puteoli para oponerse al reflujo del mar, y sumergido de inmediato se hace una piedra irrompible por las olas y más fuerte cada día…?” Así describía Plinio el Viejo las maravillas del hormigón romano en el año 79 de nuestra era. Durante siglos, Roma construyó sus puertos con una combinación de caemento, cal viva y materiales volcánicos que la ingeniería moderna tardó siglos en igualar. Ahora, geólogos e ingenieros buscan en los restos de los puertos romanos la fórmula exacta para el hormigón del futuro.

El hormigón moderno empieza a deteriorarse nada más echarlo al mar. La reacción con el agua salina le hace perder alcalinidad y carbonatarse. Hasta que dejó de usarse el hormigón armado, la química dictaba que, en unas décadas, lo que parecía sólida roca se disolvería como un azucarillo. Sin embargo, con todos los avatares de la historia y hasta de la orografía, aún quedan espigones, rompeolas o muelles de los puertos construidos por los ingenieros romanos hace 2.000 años.

“Contrariamente a los fundamentos del hormigón moderno basado en el cemento, los romanos crearon un hormigón que mejora con el intercambio químico abierto con el agua de mar”, explica la geóloga de la Universidad de Utah (EE UU), Marie Jackson, que lleva años buscando la fórmula del hormigón romano. Tanto entonces como ahora se usa un aglomerante. En la actualidad, la base es el cemento tipo Portland, compuesto por calizas y arcillas calentadas a más de 1.500º. Los romanos recurrían en especial a la cal viva, óxido de calcio. Como aglomerado, hoy se usan arenas y gravillas. Entonces, escombros de todo tipo.

Los romanos usaban cal como aglomerante y materiales volcánicos como aglomerado

Pero la clave está en el aliño. Antes de ellos, la construcción en las sociedades más avanzadas de entonces, como la griega, usaban una argamasa calcárea que al secar hacía de aglomerante. Ya fuera por casualidad, cercanía geográfica o ensayo y error descubrieron que los materiales volcánicos que usaban reaccionaban con el agua como lo hace hoy el cemento Portland. De hecho, como escribió Plinio el Viejo, aquel hormigón mejoraba con la exposición al agua marina.

Jackson y un grupo de colegas han usado tecnologías muy avanzadas para analizar muestras tomadas del interior de la estructura de dos puertos romanos y un espigón construidos entre el siglo I antes de nuestra era y el siglo I de esta. Las escanearon con microscopio electrónico, con el sincrotón que tiene el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley (EE UU) y la técnica de espectroscopia Raman. Las piedras revelaron todos sus secretos.

“Pudimos identificar los diferentes minerales y las enigmáticamente complejas secuencias de cristalización a escala microscópica”, cuenta Jackson. Según los resultados de su investigación, publicada en la revista especializada, American Mineralogist, la cal, expuesta al agua marina, reaccionó con las cenizas volcánicas usadas en la mezcla de forma muy rápida. Pero lo que han comprobado también es que, tras agotarse la cal, se inició una segunda fase mucho más lenta.

Hormigón procedente de un espigón de la bahía de Nápoles de hace 2.000 años visto al microscopio electrónico. MARIE JACKSON

Ahora los protagonistas son dos minerales que ni habían sido descubiertos en tiempos de los romanos, la tobermorita y la phillipsita. En el hormigón marino romano, estos minerales forman finas fibras y placas que lo hacen más resistente y menos susceptible a la fractura. La tobermorita fue descubierta en el siglo XIX. En estado natural ha sido detectada en emisiones de algunos volcanes islandeses y, de forma artificial, también ha aparecido como subproducto de la reacción del hormigón usado en los cementerios nucleares con la roca.

Tanto la tobermorita como la phillipsita se usan hoy para elaborar los cementos especiales con los que hacer el hormigón masa (sin armazón) con el que se levantan los puertos actuales. El problema es que hay que quemar el mineral a muy alta temperatura. “Nadie ha creado tobermorita a 20º, excepto los romanos”, comenta Jackson.

Los puertos romanos se construían con las mismas cenizas volcánicas de la región de la actual Nápoles

Para el profesor de ingeniería de la construcción de la Universidad Politécnica de Valencia (UPV), Víctor Yepes, “el hormigón romano era mejor que el mal hormigón actual pero no superior al buen hormigón”. Sí reconoce que los romanos encontraron en la naturaleza unos materiales que la ciencia moderna tardaría siglos en igualar con el descubrimiento del cemento Portland.

Yepes también reconoce que los materiales volcánicos usados por los romanos son más ecológicos. La industria del cemento es responsable del 5% de las emisiones de CO2 que están detrás del cambio climático. Hasta llegar al hormigón hay que obtener el clinker (el polvo base del cemento) en grandes hornos que emiten doblemente: con la energía que necesitan para calentar las materias primas a más de 1.500º y como subproducto del propio cemento. Además, usan las cenizas de siderúrgicas y centrales termoeléctricas alimentadas con carbón como los romanos usaban las del Vesubio, alimentando sus propias emisiones.

Si se pudiera recrear la reacción fría del hormigón marino romano, la aportación de la industria cementera al calentamiento global se reduciría de forma significativa. En eso trabajan Jackson y otros, como el Departamento de Energía de EE UU. Aunque se han realizado experimentos en condiciones similares, usando agua de la bahía de San Francisco, y materiales volcánicos del oeste de EE UU, el hormigón obtenido aún no tiene las características del romano. Desvelados todos los ingredientes de la fórmula del hormigón romano gracias a la tecnología moderna, Jackson reconoce que lo que no han resuelto es “la preparación de las materias primas y los procedimiento”.

 

3 julio 2017 at 8:24 pm Deja un comentario

Piranesi y su fascinación por las ruinas romanas

La exposición ‘Piranesi. La fábrica de la utopía’, hasta el 15 de octubre de 2017 en el Museo de Roma en el Palacio Braschi, reúne más de 200 obras gráficas del maestro italiano

El Mausoleo de Cecilia Metela. Mausoleo de Cecilia Metela (1762), aguafuerte de Giovanni Battista Piranesi. Foto: Museo di Roma

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
18 de junio de 2017

Giovanni Battista Piranesi nació en las afueras de Venecia en 1720 y a los 20 años de edad, consciente de las pocas expectativas laborales que le ofrecía esta ciudad, se trasladó a Roma en calidad de dibujante de la expedición diplomática del nuevo embajador veneciano Francesco Venier. “Cuando me di cuenta de que numerosos monumentos antiguos de Roma estaban abandonados en campos o jardines, o convertidos en canteras para nuevas construcciones, decidí preservar el recuerdo con mis grabados. E intenté hacerlo con la mayor exactitud posible”, comentó el artista italiano. Piranesi se sintió maravillado por la decadente belleza de Roma y, a lo largo de su vida, realizó innumerables grabados de edificios reales e imaginarios de grandes dimensiones y violentos efectos luminosos.

La exposición Piranesi. La fábrica de la utopía, del 16 de junio al 15 de octubre de 2017 en el Museo de Roma en el Palacio Braschi, reúne más de 200 obras gráficas del maestro italiano, entre ellas las célebres Vistas de Roma, con sus perspectivas arquitectónicas amplificadas, los fantasiosos Caprichos, influenciados por Tiepolo, las sugestivas y renombradas visiones de las Prisiones, que son unas cárceles monstruosas concebidas en el centro de la Tierra, y varias recopilaciones de antigüedades romanas. “Piranesi es, por encima de todo, un arquitecto en el sentido contemporáneo, capaz de inventar, entrever e imaginar. Las muy conocidas Carceri d’invenzione aquí expuestas representan un emocionante viaje en el espacio y en el tiempo y parecen anunciar la Revolución Industrial, sugiriendo espacios, volúmenes y dimensiones que, a pesar de la ausencia de la representación humana, permiten sentir el universo doloroso de la concentración, de la segregación, de la ausencia de luz y libertad”, expresa Pietro Folena, presidente de la asociación cultural MetaMorfosi.

Puerto de Ripa Grande. Vista del puerto de Ripa Grande y del Tíber con las embarcaciones (1753-1758), aguafuerte de Giovanni Battista Piranesi. Foto: Museo di Roma

 

Plaza del Campidoglio. Vista del Campidoglio y de Santa María de Aracoeli (1746-1748), aguafuerte de Giovanni Battista Piranesi. Foto: Museo di Roma

 

Basílica de San Sebastián. Basílica de San Sebastián (1750-1760), aguafuerte de Giovanni Battista Piranesi. Foto: Museo di Roma

 

Teatro de Marcelo. Cimientos del Teatro de Marcelo (1761), aguafuerte de Giovanni Battista Piranesi. Foto: Museo di Roma

 

Arco de Tito. Arco de Tito (1756-1760), aguafuerte de Giovanni Battista Piranesi. Foto: Museo di Roma

 

Candelabro. Candelabro de mármol blanco diseñado por Giovanni Battista Piranesi. Foto: Venezia Fondazione Giorgio Cini, prodotto da Factum Arte, 2010

 

Trípode. Trípode de bronce dorado con revestimiento de plata y una parte superior de alabastro, diseñado por Giovanni Battista Piranesi. Foto: Venezia Fondazione Giorgio Cini, prodotto da Factum Arte, 2010

 

Jarrón. Jarrón de mármol con tres grifos (criaturas mitológicas), diseñado por Giovanni Battista Piranesi. Foto: Venezia Fondazione Giorgio Cini, prodotto da Factum Arte, 2010

 

18 junio 2017 at 1:38 pm Deja un comentario

El láser devuelve el esplendor a los frescos de las catacumbas de Domitila

La magia del láser ha permitido tras meses de restauración que los frescos de dos de los más importantes cubículos de las catacumbas romanas de Santa Domitila, donde se enterraron a ricas familias romanas convertidas al cristianismo, salgan a la luz y cuenten las historia de quienes allí están enterrados.

Foto: La Repubblica

Fuente: Cristina Cabrejas – EFE  |  LA VANGUARDIA

Roma, 31 may (EFE).- En los 14 kilómetros de pasillos que forman las inmensas catacumbas de Santa Domitila, las más extensas de Roma, se encuentra la historia de la pintura funeraria de los primeros cristianos, desde sus orígenes hasta los siglos IV y V, cuando dejaron de ser perseguidos por el emperador Constantino.

A pesar de siglos de saqueos, en estas catacumbas excavadas en las tierras donadas por Flavia Domitila, han quedado los pequeños símbolos que adornan las tumbas de los primeros cristianos o algunos nichos más grandes con pequeños frescos, y sólo dos tumbas que pueden ser consideradas auténticos mausoleos.

Hasta ahora, las características de las catacumbas, con una humedad entre el 90 y el 100 % y una temperatura entre los 14 y 17 grados, así como el delicado estado de los frescos, había impedido que pudieran ser restaurados con los métodos tradicionales.

Ante el peligro de perderlos para siempre yacían bajo una capa negra de musgo, suciedad, sedimentos de carbonato de calcio y numerosos grafitis históricos, explicó una de las arqueólogas y restauradoras de las catacumbas de Santa Domitila, Barbara Mazzei.

Pero con la técnica del láser utilizada para la restauración se ha conseguido en dos años, trabajando en duras condiciones por la estrechez, el frío y la humedad, eliminar las impurezas de una de las tumbas más monumentales de estas catacumbas y respetar además los grafitis que fueron dejando durante los años los descubridores o visitantes históricos de las catacumbas.

Un trabajo que ha costado cerca de 60.000 euros a la Comisión vaticana que se ocupa de arqueología.

“Es como si fuera la tumba de un Berlusconi de la época”, bromea Mazzei al explicar que sólo una persona muy importante y adinerada podría haberse hecho construir un cubículo de estas dimensiones, fechado en el final del Siglo IV o inicios del V, en pleno imperio de Constantino.

Los frescos que han salido a la luz reflejan una tumba de un alto dirigente de la Annona, que eran como las actuales arcas del Estado de la Antigua Roma, pero que consistían en los bienes más esenciales como los cereales o el trigo.

En una franja que recorre todo el cubículo circular se han plasmado las fases de la llegada del trigo a Roma, con el desembarco en el puerto de Ostia, cómo era molido y la posterior realización y venta del pan.

Uno de los grandes frescos refleja la que se cree que es una parábola del buen pastor y en otro arco de la bóveda los doce apóstoles junto a Jesús.

Mientras que preside la tumba un retrato del difunto junto con uno de los instrumentos que se utilizaban para pesar el trigo, símbolo de su poder.

Las imágenes han vuelto ahora a ser nítidas y narran así la historia de una vida, pero también de una conversión al cristianismo.

Explica Mazzei las enormes dificultades de haber sacado a la luz estos frescos sin haber borrado los grafitis, que a pesar de que estropean la obra pictórica conforman una pequeña parte de la historia del descubrimiento y excavaciones de estos lugares durante los siglos.

Pocos metros más lejos, se abre otro gran cubículo de la misma época totalmente repleto de frescos con la representación de Adán y Eva, la multiplicación de los panes y los peces, Noé y el Arca y otras escenas bíblicas.

En la bóveda, hasta ahora completamente ennegrecida, se puede observar tras casi un año de restauración la escena de los dos difuntos que junto con un Cristo joven son acompañados al paraíso con los mártires Nereo y Achilleo, enterrados en estas catacumbas.

Aunque la restauración ha concluido esta semana, aún no se prevé la apertura al público y solo la prensa pudo acceder a estos cubículos, mientras que se estudia como podrán ser mostrados a los visitantes.

Lo que sí podrán visitar desde hoy es el pequeño museo que se ha creado a la entrada de las catacumbas bajo el título “el mito, el tiempo y la vida”, con restos de sarcófagos que representan escenas mitológicas, bustos y otras series de restos arqueológicos funerarios encontrados durante las excavaciones en diferentes catacumbas de todo el territorio italiano.

Un breve recorrido a través de las lápidas que muestran a leñadores, pastores, oculistas o niños de pocos meses retratados con su sonajero para conocer quienes eran los primeros cristianos.

Ir a Fotogalería y a Vídeo en La Repubblica

 

31 mayo 2017 at 12:43 pm Deja un comentario

Roma: Sorpresa en el Foro Boario. El Arco de Jano era en realidad de Constantino

Foto:  ANSA

Fuente: Daniela Giammusso | ANSA
17 de mayo de 2017

Han bastado tres letras – COS -, sacadas a la luz del mármol ennegrecido, para confirmar lo que los arqueólogos sospechaban desde hace tiempo. A la vez, el que durante siglos ha sido el Arco de Jano ha reencontrado la belleza de su fachada frente al Tíber y ha vuelto a ser, como en el siglo IV dC, el arco honorífico dedicado al emperador Constantino por sus hijos.

Se inicia así la primera etapa de la restauración de una de las joyas supervivientes del Foro Boario, la zona frente al río a los pies del Palatino, que durante siglos fue el centro del comercio procedente de todo el Mediterráneo. Y que ahora recupera parte de su belleza gracias a la World Monuments Fund que, con American Express, ha donado 215.000 dólares (después de haberse intervenido ya en el Foro Boario en los templos de Hércules Olivario y de Portuno), y que se añaden a los 100.000 euros ya destinados por la Superintendencia Especial para la Arqueología, Bellas Artes y Paisajes de Roma. El camino para una restauración completa del monumento está aún por escribir (los trabajos en la primera cara terminarán en julio), pero por ahora – señalan Maria Grazia Filetici y Mirella Serlorenzi, directora de restauración y directora científico – “se ha podido estudiar el estado de todo el arco tanto desde el punto de vista de conservación como estructural, mapeando sus 16 caras”.

Foto: ANSA

Único arco honorífico de planta cuadrada, adornado en un tiempo con 48 estatuas incrustadas en sus nichos, convertido en la Edad Media en fortaleza por los Frangipani (como el Coliseo) y parcialmente enterrado hasta 1827, ha sido durante los trabajos cuando el coloso ha mostrado estas letras – COS – grabadas en un bloque de la escalera que conduce al ático. “Es el primer mito en saltar por los aires – dice Serlorenzi -. No era un arco para Jano. Fue llamado así por anticuarios del Renacimiento” debido a sus cuatro entradas que recuerdan el reflejo de las dos caras del dios. “Por los catálogos regionales del siglo IV – dice – sabíamos que en la zona había un Arcus Divi Constantini.  Esta marca de cantera hoy nos indica que era precisamente este”.

Los problemas a resolver son muchos, desde el desagüe de aguas pluviales del ático (“construido como una calzada, con adoquines”) hasta los agentes atmosféricos, sobre lo que se está interviniendo con los últimos hallazgos biocompatibles, o el robo a lo largo de los siglos de las juntas de metal de los bloques. Pero, mientras tanto, se festeja con una noche de Luce al Foro Boario (25 de mayo) y con la apertura excepcional al público para un Watch Day (26), con talleres, subida a los andamios y un concierto. Después, una semana de visitas guiadas gratuitas con cita previa y una nueva guida Electa (www.coopculture.it). Ahora el anhelo del superintendente Francesco Prosperetti es restituir el Arco a los ciudadanos eliminando las cancelas que lo mantienen cerrado desde el atentado en San Giorgio in Velabro en el 93. “Espero – dice – que se reanude pronto el diálogo con el Ayuntamiento respecto a un plan presentado en tiempos del comisario Tronca”, con una apertura de día con vigilancia.

 

20 mayo 2017 at 12:58 pm 4 comentarios

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