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Encuentran una impresionante estatua de Afrodita durante las obras del metro en la ciudad griega de Salónica

Según ha dicho el responsable de la compañía de metro, “esta Afrodita es, probablemente, el hallazgo más bello de los más de 300.000 que han sido descubiertos durante las obras”. Además, también han aparecido restos de mosaicos del siglo VI en perfecto estado.

La estatua de afrodita hallada | Facebook | Yannis Mylópulos

Fuente: EFE – Madrid  |  La Sexta
21 de febrero de 2018

Una estatua de Afrodita de belleza extraordinaria ha sido hallada durante los trabajos para la construcción del metro de Salónica, la segunda ciudad más grande de Grecia en el norte del país, anunció el presidente de la compañía Atikó Metro, Yannis Mylópulos.

“Esta Afrodita sin cabeza es probablemente el hallazgo más bello de los más de 300.000 que fueron descubiertos durante los trabajos de construcción”, anunció Mylópulos en su cuenta personal de Facebook.

Los detalles del este nuevo descubrimiento serán presentados en una conferencia conjunta de la empresa constructora Atikó Metro y la dirección de arqueología de Salónica. La estatua fue encontrada durante las excavaciones en el subsuelo del centro de la ciudad, en las cercanías de la iglesia bizantina de Santa Sofía.

En el mismo lugar aparecieron recientemente unos mosaicos del siglo VI, en perfecto estado de conservación, también durante las obras de construcción del metro. Los hallazgos arqueológicos son una de las principales razones del retraso de la construcción del metro de Salónica, que comenzó en 2006 y cuya conclusión estaba inicialmente prevista para comienzos de 2013. Con retrasos similares se enfrentó también el metro de Atenas, algunas estaciones de las cuales exponen las piezas arqueológicos halladas ‘in situ’.

 

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21 febrero 2018 at 8:13 pm Deja un comentario

El humor en Roma: ¿de qué se reían los romanos?

En la antigua Roma las burlas y chistes formaban parte del día a día de los ciudadanos, y no perdonaban a nadie. Los soldados eran especialmente dados a las pullas, incluso en momentos de gran solemnidad como los desfiles triunfales de los generales victoriosos en Roma.

Plauto lee una de sus obras ante un limitado público. Óleo por Camillo Miola. 1864.
Los romanos se ríen de sí mismos
Tras la muerte de Plauto, el más popular de los comediógrafos romanos, se decía que la risa, el juego y la broma habían llorado juntos. Por sus obras desfilan los tipos sociales más comunes: el viejo libidinoso que compite con su hijo por una bella cortesana, la matrona romana que exhibe su prepotencia y su derroche, el esclavo inteligente y enredón en contraste con el parásito muerto de hambre, el soldado fanfarrón, el alcahuete despiadado que produce repugnancia o los banqueros avaros y codiciosos. Plauto aumentaba los defectos de cada personaje para provocar la risa, y para ello no dudaba en recurrir al lenguaje popular. “¡A casa de la muy perra es a donde iba, el muy golfo, corruptor de sus hijos, borracho, miserable!”, prorrumpe una esposa engañada en La comedia de los asnos. Foto: Bridgeman / Aci

Fuente: FERNANDO LILLO REDONET  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
21 de febrero de 2018

Suele decirse que cada pueblo tiene un sentido del humor propio, que a veces resulta difícil de comprender para los demás. En el caso de la antigua Roma, ese sentido del humor reflejaba el carácter de lo que en sus orígenes fue un pueblo de campesinos y soldados, y se caracterizaba por lo procaz y punzante. Este humor cáustico, llamado a veces italum acetum o “vinagre itálico”, constituye el reverso de la imagen de respetabilidad y seriedad, llamada también gravedad o gravitas, que los ciudadanos de la élite romana buscaban transmitir.

Los romanos daban un toque humorístico incluso a los propios nombres de persona, en particular al tercer componente del nombre, el llamado cognomen o apodo. Por ejemplo, el nombre completo del famoso poeta Ovidio era Publio Ovidio Nasón, “narigudo” o “narizotas”. A Marco Tulio Cicerón solemos llamarlo precisamente por su apodo familiar Cicero, “garbanzo”, bien porque sus antepasados lo cultivaban, bien porque el primero de ellos tuvo una verruga en la nariz. Otros apodos particularmente humorísticos que aún pueden hacernos reír eran Brutus, “tonto”; Burrus, “pelirrojo”; Capito, “cabezón”, o Strabus, “bizco”.

Mofa a los emperadores

Los emperadores tampoco se libraban de los apodos burlescos. Cuando Tiberio era todavía un soldado se burlaban de él en el campamento haciendo un juego de palabras con su nombre: Tiberio Claudio Nerón, que se transformaba en un jocoso Biberio Caldio Merón, con el que se aludía a su condición de bebedor, al gusto que tenían los romanos por el vino caliente (calidus) y a la no menor afición por el vino puro, sin mezclar (merum).

Los soldados eran especialmente dados a las pullas, incluso en momentos de gran solemnidad como los desfiles triunfales de los generales victoriosos en Roma. Por ejemplo, en el triunfo que celebró en el año 46 a.C., Julio César tuvo que aguantar las chanzas de sus soldados, que cantaban: “Ciudadanos, guardad a vuestras mujeres, traemos al adúltero calvo”, aludiendo a la vida disoluta de su general. También circularon burlas sobre su acentuada calvicie y se hicieron alusiones maliciosas a sus relaciones con el rey de Bitinia: “César sometió a las Galias, Nicomedes a César”, se decía, jugando con el doble sentido de someter, “poner debajo”. Todo ello no era sólo una forma de divertirse, sino quizá también servía para evitar la excesiva soberbia del comandante victorioso.

En Roma, el chisme, la gracia y la burla estaban a la orden del día y en boca de todos. Cicerón decía que nadie estaba a salvo del rumor en una ciudad tan malediciente como Roma. Precisamente personas de la alta sociedad como el famoso orador, que se suponían imbuidos de gravitas, practicaban el humor tanto en sus discursos públicos como en su vida privada. En una ocasión en que Cicerón vio a su yerno Léntulo, que era de baja estatura, con una gran espada ceñida exclamó: “¿Quién ha atado a mi yerno a una espada?”. A propósito de una matrona romana ya entrada en años que aseguraba tener sólo treinta, comentó: “Es verdad, hace ya veinte años que le oigo decir eso”.

El emperador Augusto también gozaba de un gran sentido del humor. Cuando el cónsul Galba, que era jorobado, le dijo que le corrigiera si tenía algo que reprocharle, Augusto le respondió que podía amonestarle, pero no “corregirle”, jugando con el doble sentido del verbo

Las bromas o insultos no siempre sentaban bien al destinatario. Sabemos que un tal Cornelio Fido se echó a llorar en pleno Senado cuando otro le llamó “avestruz depilado”. En ocasiones reírse en público podía resultar peligroso. En 192 d.C., el historiador Dión Casio estaba en el Coliseo con otros colegas senadores cuando el excéntrico emperador Cómodo, que actuaba en la arena, mató un avestruz, le cortó la cabeza y se dirigió hacia ellos explicando mediante gestos amenazadores que podían acabar igual que el ave. A los senadores la situación les provocó tal hilaridad que estuvieron a punto de echarse a reír; para evitarlo, Dión empezó a masticar hojas de laurel de su corona, gesto que sus compañeros se apresuraron a imitar.

Bufones y enanos, cómicos de palacio

La corte imperial contaba con bufones y enanos para diversión del emperador. Augusto y su círculo disfrutaban de las bromas de un bufón llamado Gaba. Tiberio, por su parte, tenía un enano entre sus bufones. Domiciano asistía a los espectáculos de gladiadores con un jovencito que tenía una cabeza pequeña y monstruosa. Vestido de escarlata, se sentaba a los pies del emperador, con quien hablaba tanto en broma como en serio. En época de Trajano las humoradas corrían a cargo de un tal Capitolino que, según el poeta hispano Marcial, superaba a Gaba en gracia.

Las mujeres también podían servir como bufones o ser objeto de burla. En una de sus cartas, Séneca cita a una tal Harpaste, una sirvienta boba que le había dejado en herencia su primera esposa. El filósofo, con gran humanidad, declara que siente aversión a reírse de este tipo de personas deformes y añade que cuando quiere divertirse se ríe de sí mismo.

El humor estaba presente en las conversaciones de la calle y de la taberna, que no podemos escuchar pero de las que quedan rastros en los grafitis de las paredes de Pompeya, llenos de bromas, insultos y caricaturas de personas reales. Por ejemplo, los huéspedes descontentos de una pensión escribieron: “Nos hemos meado en la cama. Lo confieso. Si preguntas por qué: no había orinal”. En Roma, cuando un tal Ventidio Baso pasó de arriero a las más altas magistraturas, el pueblo se escandalizó y algunos escribieron por las calles de la ciudad los siguientes versos: “¡Venid todos corriendo, augures, arúspices! Ha surgido un portento inusitado: el que frotaba a los mulos, ha sido hecho cónsul”.

Burlas en verso

Rastros del humor popular pueden verse quizás en algunos epigramas satíricos de Marcial, que se burlaban de los defectos físicos y el carácter de sus contemporáneos. En ellos primaba la brevedad y la agudeza de la parte final, donde residía la gracia. El humor cáustico es evidente en estos ejemplos: “Quinto ama a Tais”. “¿A qué Tais?”. “A Tais, la tuerta”. “A Tais le falta un ojo solo, a él los dos”.

Pero tenemos que esperar al siglo V d.C. para encontrar un verdadero libro de recopilación de chistes. Está escrito en griego y se titula Philogelos, “el amante de la risa”. Contiene 265 historias graciosas de muy variado tipo. Algunas tienen como protagonistas a los abderitas (de Abdera, en el norte de Grecia), que en la Antigüedad estaban considerados los tontos por antonomasia, junto con los habitantes de Cumas, cerca de Nápoles. Otros los protagonizan eunucos, falsos adivinos y personajes misóginos. Entre estos últimos se encuentra uno que muestra que ciertas formas de humor son una constante de todas las épocas. Un hombre estaba enterrando a su esposa y cuando alguien le preguntó: “¿Quién descansa?”, respondió: “Yo, que me he librado de ella”.

Lucio Postumio a Tarento, colonia griega y fue objeto de mofa debido a su defectuoso griego. Grabado. Siglo XX.
Las burlas del amante de la risa
Los chistes recogidos en el Philogelos muestran que, en la Antigüedad grecorromana, las chanzas alcanzaban a todas las profesiones y condiciones.
Uno que regresaba de un viaje preguntó a un falso adivino por su familia. Éste dijo: “Todos están bien, incluido tu padre”. Al decirle: “Mi padre hace ya diez años que ha muerto”, respondió: “No conoces a tu verdadero padre”.
Un abderita viendo a un eunuco conversar con una mujer le preguntó si era su esposa. Cuando el eunuco le dijo que él no podía tener esposa, respondió: “Entonces es tu hija”.
Uno al encontrarse con un intelectual dijo: “El esclavo que me vendiste ha muerto”. “¡Por todos los dioses! –respondió–. Cuando estaba conmigo nunca hizo tal cosa”.

Rufo el narigudo
En uno de los muros de la villa de los Misterios, en Pompeya, se halló una caricatura (a la izquierda) con una inscripción en su parte superior: “Rufus est” (es Rufo). Se sabe que el dueño de la casa se llamaba Istacidio Rufo, por lo que se cree que alguien de la casa, tal vez un esclavo descontento, quiso burlarse así de un amo poco estimado.  Foto: CORPUS INSCRIPTIONUM LATINARUM

Burlarse del deforme
Durante los banquetes a veces se hacía intervenir a personas con discapacidades físicas, como enanos o jorobados –como el de la imagen–, o incluso discapacitados intelectuales, cuyas ocurrencias debían provocar la risa de los comensales. Foto: Dea / Album

 

Escena de una comedia de Plauto. Pintura en el atrio de la casa de Publio Servilio Casca en Pompeya.
El humor cáustico que caracterizaba el pueblo de Roma, llamado a veces italum acetum o “vinagre itálico”, constituye el reverso de la imagen de respetabilidad y seriedad, llamada también gravedad o gravitas, que los ciudadanos de la élite romana buscaban transmitir. Foto: Granger / Album

Enano bufón. Vasija de barro procedente de Herculano. Siglo I
La corte imperial contaba con bufones y enanos para diversión del emperador. Augusto y su círculo disfrutaban de las bromas de un bufón llamado Gaba. Tiberio, por su parte, tenía un enano entre sus bufones. Domiciano asistía a los espectáculos de gladiadores con un jovencito que tenía una cabeza pequeña y monstruosa. Foto: Prisma / Album

 

21 febrero 2018 at 7:05 pm Deja un comentario

El último misterio de Tartesos

Un yacimiento de Badajoz abre pistas sorprendentes sobre esta ancestral civilización que floreció en el suroeste de la península Ibérica, de la mano del comercio con los fenicios, en la primera mitad del primer milenio antes de Cristo.

Animales sacrificados en un ritual celebrado hace 2.500 años en un edificio hallado en Guareña (Badajoz). La escalinata de la derecha convierte esta construcción tartésica en algo insólito en el Mediterráneo occidental. CARLOS CARCAS

Fuente: J. A. Aunión EL PAÍS SEMANAL
20 de febrero de 2018

Hace 2.500 años, muy cerca de lo que hoy es el municipio de Guareña, en Badajoz, los lugareños se reunieron en un enorme edificio de dos plantas para celebrar un banquete y una ceremonia ritual en la que sacrificaron decenas de valiosos animales. Después lo quemaron todo, lo sepultaron y lo abandonaron para siempre. Los últimos días de aquella insólita construcción, congelados en el tiempo gracias a la mezcla de las cenizas y arcilla que ha protegido sus restos todos estos siglos, pueden ser claves para entender la última etapa de Tartesos. Y, de paso, para cubrir algunos de los huecos que durante tantos años se han rellenado a base de mitos y leyendas (de Hércules al rey Argantonio) sobre la gran civilización que floreció en el suroeste de la península Ibérica, de la mano del comercio con los fenicios, en la primera mitad del primer milenio antes de Cristo. Tartesos confluyó con la colonización fenicia y llegó a ser tan brillante y rica que excitó la imaginación de los historiadores griegos. Perduró unos cinco siglos, y su decadencia y desaparición total, hacia el 500 antes de Cristo, aún está por aclarar.

El río Guadiana a su paso por Guareña, cerca del yacimiento del Turuñuelo. CARLOS CARCAS

“Faltan muchos análisis que hacer y mucho edificio por desenterrar —apenas se ha excavado el 10%—”, advierten Sebastián Celestino y Esther Rodríguez, arqueólogos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y responsables del yacimiento de las Casas del Turuñuelo de Guareña, que empezó a excavarse en 2015. Pero los huesos de 22 caballos, 3 vacas, 2 cerdos, 2 ovejas y 1 asno sacrificados (eso de momento, puede haber más) no solo representan un hallazgo extraordinario —es la mayor hecatombe de animales localizada hasta ahora en todo el Mediterráneo, la primera de tamaño comparable a los holocaustos religiosos que se describen en el Antiguo Testamento o en la Iliada y la Odisea—, sino que abren nuevas pistas para entender qué pasó allí.

El de Guareña no es el único edificio que entre finales del siglo V y principios del IV antes de Cristo tuvo ese mismo final en las Vegas Altas del Guadiana, un territorio que había cobrado vida e importancia económica apenas un siglo antes, gracias a las oleadas migratorias llegadas por culpa de una gran crisis económica desde el núcleo central de Tartesos, entre lo que hoy es Huelva y Sevilla. Toda una serie de construcciones similares —como el santuario de Cancho Roano, en Zalamea de la Serena, o La Mata, en Campanario, con un perfil más económico—, encargadas de la gestión del territorio y del control del paso por el Guadiana, acabaron también autodestruidas casi al mismo tiempo, algunas tras un gran festín como el del Turuñuelo. La gran diferencia es el desmesurado sacrificio de animales, incluidos todos los caballos, claros símbolos de abundancia y distinción en aquel tiempo, colocados además en posturas teatrales: la mayoría en parejas, ­algunos con las cabezas entrelazadas.

Esto, sumado a las otras riquezas enterradas (sacos de grano, vasos de pasta vítrea, juegos de ponderales, bronces destrozados a propósito), abre la hipótesis de que aquellos hombres y mujeres pensasen que los dioses les habían castigado y que estuvieran intentando ponerle remedio sacrificando los más valioso que poseían, explica Sebastián Celestino.

Copa de vino y fuentes de la excavación. CARLOS CARCAS

Perdería entonces fuerza la idea tradicional que dice que se marcharon por miedo a una inminente invasión de los pueblos celtas del norte, algo que tampoco concuerda con la casi absoluta ausencia de armas (común en realidad a todo Tartesos) y la enorme cantidad de tiempo y mano de obra que se debió de necesitar para ocultar semejante construcción (se calcula que el edificio ocupa casi una hectárea de terreno). Los expertos creen que se debió más bien a algún cambio brusco del clima, alguna gran catástrofe natural o gran epidemia.

Los investigadores insisten en que se trata de resultados e interpretaciones provisionales. Podrán afinar mucho más, por ejemplo, cuando sepan cómo fueron sacrificados los animales, a qué edad o si fueron eviscerados o descarnados después de muertos. Desde que comenzaron los trabajos en 2015 ya han desenterrado una habitación llena de ricos objetos —joyas, puntas de lanza, cerámicas, semillas, parrillas de bronce y un gigantesco caldero extraordinariamente conservados—, otra gran sala con un altar de adobe típico tartésico (que representa una piel de toro) y una rarísima bañera-sarcófago. Además, está la escalinata monumental de tres metros de altura (en la que se utilizó una especie de protocemento un siglo antes de que el Imperio Romano empezara a usar el opus caementicium) que conduce al patio donde se han hallado los animales y frente a la que se abre un camino de pizarra y se intuye una gran puerta en un lateral. El hecho de que conserve las dos plantas también convierte el edificio en un descubrimiento único en todo el Mediterráneo occidental.

Uno de sus dos directores de la excavación, Sebastián Celestino. CARLOS CARCAS

Con todos esos ingredientes, no es extraño el interés que el yacimiento ha despertado en la comunidad científica. Los responsables de la excavación reciben constantes ofertas de colaboración por parte de decenas de expertos e instituciones. Celestino, que también dirige el Instituto de Arqueología de Mérida (centro mixto del CSIC y la Junta de Extremadura), y Rodríguez aceptan muchas de ellas para superar la limitación de medios a la que suelen enfrentarse este tipo de trabajos en España; en su caso, su única subvención procede de la Diputación de Badajoz. Así, por ejemplo, el laboratorio de restauración de la Universidad Autónoma de Madrid está recomponiendo algunos de los restos hallados en Badajoz; mientras, en la Universidad de Cambridge se analizan sus fragmentos de tela; entre ellos, la que es probablemente la lana más antigua encontrada en la Península.

Y también un equipo de ingenieros de la Universidad de Extremadura ha recorrido la excavación con un escáner para tomar información que permitirá reproducir en 3D a escala 1:1 las estancias. Eso servirá después, entre otras cosas, para el desarrollo de algoritmos específicos que permitan recomponer, a partir de los fragmentos encontrados, la forma precisa de la bañera o de la puerta del patio, explica la investigadora Pilar Merchán. Además, el registro exacto de cómo era el patio con los animales sacrificados será especialmente importante por si en un futuro (de momento, bastante lejano) se plantea abrir el yacimiento al público y colocar reproducciones de los huesos.

Esther Rodríguez, codirectora de la excavación (en el centro). CARLOS CARCAS

De momento, y ante el rápido deterioro de los esqueletos, seis zooarqueólogos de diferentes centros de investigación se disponen a transportarlos a sus respectivos laboratorios para analizarlos y, en algunos casos, prepararlos para su conservación (una vez restaurados, todos los restos pasan a disposición del Museo Arqueológico de Badajoz). “Cuando eran solo dos caballos [los primeros que salieron a la luz], yo podía hacerme cargo, pero cuando siguieron saliendo y saliendo, vi que esto era demasiado, que necesitaba ayuda”, cuenta a pie de obra Rafael Martínez Sánchez, arqueólogo experto en restos animales de la Universidad de Granada. Así, de la forma más natural, durante una cena tras un taller celebrado en Mérida el pasado mes de octubre sobre Los sacrificios de caballos en la península Ibérica durante la I Edad del Hierro, nació el improvisado equipo.

Melchor Rodríguez Fernández, obrero especializado en trabajos arqueológicos. CARLOS CARCAS

Sacar de la tierra con piqueta y paletín los restos de una treintena de animales de hace 2.500 años es un trabajo delicado que requiere un plan de ataque: por dónde empezar, cómo nombrar a cada individuo… Mientras lo deciden en el yacimiento (Pilar Iborra y Rafael Martínez Valle, del Instituto Valenciano de Conservación y Restauración, llevan la voz cantante), repasan las primeras impresiones: aquel parece un ternero; este, un asno de cabeza enorme; a esta cerda le falta una paletilla delantera (¿se la comerían durante el festín?); al caballo quizá le cortaron las patas antes de sacrificarlo… A los especialistas se les ve abrumados, pero también entusiasmados; muy raramente pueden trabajar con semejante muestra, que les permitirá conocer, por ejemplo, pautas de alimentación y enfermedades (de esto se encarga Silvia Albizuri, de la Universidad de Barcelona). O indagar a través de su ADN, si el estado de conservación lo permite, en el proceso de domesticación del caballo en la Península, explica Jaime Lira, del Centro Mixto Universidad Complutense de Madrid-Instituto de Salud Carlos III y miembro del equipo de Atapuerca.

Son sin duda enormes las posibilidades que se abren en este yacimiento de las Casas del Turuñuelo para saber mucho más sobre cómo eran, cómo se organizaban o cuál era la relación de esa cultura tartésica tardía con los lejanos países del otro extremo del Mediterráneo; se han encontrado objetos griegos, pero también imitaciones hechas en los alrededores, y en los bloques rectangulares que sostienen la escalinata monumental se puede ver una versión local de los sillares de piedra que usaban en Grecia. Y como además existen muy pocos restos de envergadu­ra en la zona central de Tartesos en torno al Guadalquivir —probablemente porque sobre ellos se fueron superponiendo capas y capas de los pueblos que llegaron después—, también pueden ayudar a entender mejor aquella gran civilización.

Desde que empezaron a excavar en Guareña, Celestino y Rodríguez, con la inestimable colaboración de Melchor Rodríguez Fernández, un obrero especializado en este tipo de trabajos desde hace más de 20 años, que ha abierto a pico y pala gran parte del yacimiento, no han hecho más que encontrar a cada paso objetos únicos, construcciones insólitas y los restos más antiguos y mejor conservados en la protohistoria mediterránea (¡hasta los marcos de madera de algunas puertas!). Y todavía falta el 90% restante.

 

21 febrero 2018 at 7:00 pm Deja un comentario

¡Descubiertos 2 guantes de boxeo romanos junto al Muro de Adriano!

El boxeo era una actividad marcial en el ejército romano que se practicaba con el objetivo de perfeccionar las habilidades y el estado físico del púgil

Protección de los nudillos. Los guantes de boxeo romanos, a diferencia de los actuales, estaban diseñados para proteger los nudillos de las manos. Foto: The Vindolanda Trust

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
20 de febrero de 2018

La campaña arqueológica del verano de 2017 en el fuerte romano de Vindolanda, en el norte de Inglaterra y junto al Muro de Adriano, fue espectacular: tablillas romanas con algunos de sus textos aún visibles y varios objetos que fueron abandonados en un cuartel de caballería romana anterior a la construcción del Muro de Adriano en el 122 d.C., entre ellos espadas completas, piezas de aleación de cobre para ajustar la montura del caballo, zapatos de cuero, peines, dados… y dos piezas de cuero excepcionales que han resultado ser guantes de boxeo, “probablemente los únicos ejemplos conocidos del periodo romano que han sobrevivido”, según explicó ayer The Vindolanda Trust. Los guantes de boxeo se exhibirán en el Museo de Vindolanda a partir del 20 de febrero de 2018.

“Descubrir dos guantes de cuero reales es algo verdaderamente especial”, expresa Birley

Los guantes no forman parte de un par, pero tienen un estilo y una función similares. Estos guantes de boxeo romanos, a diferencia de los actuales, estaban diseñados para proteger únicamente los nudillos durante el impacto. Se rellenaban con materiales naturales que amortiguaban los golpes, por ejemplo rollos de cuero bien apretados. El guante más grande fue reparado debido a un uso prolongado y el otro, algo más pequeño, se encontraba casi en perfecto estado cuando fue descubierto. El boxeo antiguo, tanto el griego como el romano, está bien documentado. En el ejército romano era una actividad marcial que se practicaba con el objetivo de perfeccionar las habilidades y el estado físico del púgil. “He visto guantes de boxeo romanos representados en estatuas de bronce, pinturas y esculturas, pero tener el privilegio de encontrar dos guantes de cuero reales es algo verdaderamente especial”, expresa Andrew Birley, director de las excavaciones realizadas por The Vindolanda Trust.

Guantes de boxeo. Los guantes de boxeo hallados se exhibirán en el Museo de Vindolanda sobre una imagen del Púgil en reposo después del combate, una escultura de bronce de más de 2.000 años de antigüedad, que se encuentra en el Museo Nacional Romano, en Roma. Foto: The Vindolanda Trust

 

20 febrero 2018 at 2:53 pm Deja un comentario

La trágica muerte de Aníbal, el general tuerto que hizo temblar a Roma y fue abandonado por su país

Tras la guerra con Roma, el genio militar se integró en el escenario político como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Su esfuerzo le costó la enemistad de parte de la nobleza

Aníbal Barca arengando a sus tropas antes de entrar en batalla.

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
20 de febrero de 2018

Grandes imperios exigen grandes enemigos. Pero ni Pirro de Epiro, el que diera nombre a las victorias «pírricas»; ni el exótico Mitrídates VI, víctima del gran Pompeyo; ni Vercingetorix, compatriota de Asterix y Obelix; ni el héroe de los esclavos, Espartaco… ningún rival de la Antigua Roma estuvo a la altura de su leyenda. Ninguno estuvo verdaderamente cerca de hacer añicos la Ciudad Eterna, salvo en el caso de Aníbal Barca, el cartaginés que llevó la guerra al corazón de Italia.

Nacido en Cartago (al norte de Túnez), Aníbal Barca no tenía un nombre al azar, sino el recordatorio de que el mundo antiguo esperaba grandes cosas de él. Aníbal procedía de «Hanni-baʾal», «quien goza del favor de Baal»; y Barca de «barqä» («rayo», en lengua púnica). Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad.

Así lo empezó a hacer con la conquista en el año 219 a.C de Sagunto, ciudad española aliada de Roma, cuyo ataque precipitó una nueva guerra entre las dos grandes potencias mediterráneas, la República de Roma contra Cartago.

Busto de Aníbal

La respuesta de Roma fue inmediata: se preparó para llevar la guerra a África y a la Península Ibérica. Uno de los dos cónsules de ese año se dirigió a Sicilia a preparar un ataque sobre la propia Cartago, mientras el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión (el padre de «El Africano»), se dirigió al encuentro de los hermanos Barca en la Península. No obstante, los planes de Aníbal iban más allá de combatir en España. Ante la sorpresa general, decidió invadir Roma a través de los Alpes, en parte obligado por la inferioridad naval y las dificultades financieras para armar una armada. Aníbal partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas, que también se sumaron a la ofensiva contra Roma.

La victoria decisiva que no lo fue

La travesía, que tuvo lugar en invierno, se desarrolló en quince días, pero el precio pagado en vidas humanas fue muy alto, ya que al llegar a la altura de Turín tan solo quedaban vivos 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto. Con todo, en la batalla de Cannas el 2 de agosto del 216 a.C. Aníbal venció a un ejército muy superior en número al suyo empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Como resultado, las fuerzas de Aníbal causaron cerca de 50.000 muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores.

El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Anibal a una guerra de desgaste

La derrota dejó vía libre para que Aníbal arrasara la ciudad, lo cual sorprendentemente no hizo. Ningún ejército romano se encontraba cerca de la ciudad y se sucedieron situaciones de pánico dentro de sus muros. Las mujeres escondieron a sus bebés, hasta el último de los hombres se armó y un único grito resonaba: «Hannibal ad portas» (Aníbal está a las puertas). El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Aníbal a una guerra de desgaste, lejos de sus puertos y sin refuerzos a mano, que no podía ganar.

Un joven general que sobrevivió a Cannas, Escipión «El Africano», trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los africanos en pocos años. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África y a abandonar para siempre Italia. Allí fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Escipión neutralizó la amenaza de los 80 elefantes reunidos por el Aníbal en Zama, cerca de Cartago, aplicando varias tácticas: por un lado ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales; además, pidió a varios músicos militares que desconcertaran con su ruido a los elefantes. Los romanos se encargaron de que los nerviosos animales (aterrados por el ruido y los reflejos) pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión entre sus tropas. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas.

Tempestad de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes

Al final del combate, las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20.000 muertos y 15.000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes.

Las reformas de Aníbal

La derrota de Aníbal desató una oleada de críticas de la clase oligárquica de Cartago, en su mayoría provenientes de la facción de los Hannón, rivales de los Bárcida, a pesar de que precisamente el derrumbe y la incompetencia en otros frentes había obligado a volver a casa al gran general cartaginés. Sus enemigos internos le acusaban de no haber aprovechado sus victorias en Italia y haberse enriquecido a costa de los botines de guerra. No obstante, Barca estuvo presente en la negociación entre Roma, literalmente a las puertas de Cartago, y el Senado de esta ciudad.

Incluso cuando no era partidario de una paz humillante, que asfixió la economía de la vieja colonia fenicia; ratificó el tratado y se enfrentó públicamente a un senador favorable a la guerra, al que sacó a empujones de la tribuna cuando comenzó a hacer su alegato.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista de Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída

Tras las negociaciones, Aníbal Barca se integró en el escenario político local como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Durante su mandato combatió la corrupción en su ciudad y se enfrentó con los personajes más codiciosos del país. Incluso el Consejo de los Ciento Cuatro, compuesto por los aristócratas más poderosos, fue objeto de las reformas de Aníbal, que estaba respaldado ampliamente por el pueblo.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista del populista Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída. Recurriendo a sus contactos en Roma, la oligarquía difundió el rumor de que el cartaginés estaba en conversaciones para cerrar un pacto militar con el Rey seléucida Antíoco III, el más férreo sucesor de los imperios que sucedieron a Alejandro Magno en Asia, y reanudar así la guerra en Italia. El Senado romano, a excepción de Escipión y sus aliados, dio crédito a las murmuraciones y, en la primavera de 195 a.C., una delegación romana desembarcó en África con el pretexto de dirimir un litigio entre Cartago y la región cercana de Masinisa.

Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567).

Lo cierto es que a Roma le importaba un pito que fuera cierto o falso lo que se decía de Aníbal. La leyenda de Aníbal, el general que había aterrado la ciudad, seguía presente en Italia como sinónimo de alguien que gastaría hasta su último aliento a destruir Roma. Detrás de la excusa de Masinisa estaba la intención de exigir que Cartago entregara a su más brillante general para que Roma pudiera pasearlo encadenado por sus calles. No en vano, advertido de la conjura Aníbal abandonó su patria e hizo precisamente lo que le habían acusado sin pruebas, y más temían, sus enemigos: se ofreció a cualquier nación mediterránea, por pequeña que fuera, que quisiera contratar sus servicios y luchar contra Roma.

El primer destino en el exilio de Aníbal fue la corte de Antíoco III, el Monarca seléucida con el que le habían vinculado los romanos. Acogido con gran fanfarria al principio, el cartaginés asumió el cargo de asesor militar del Rey, quien empezó a torcer el gesto cada vez con más frecuencia ante las sugerencias de Aníbal para mejorar sus ejércitos. Para cuando estalló la guerra contra Roma en 192 a.C., Aníbal había sido silenciado bajo toneladas de palabras de consejeros aduladores del gusto del Rey.

Tras aplastar a los ejércitos de Antíoco y de su aliado Filipo V de Macedonia, la República de Roma exigió que le entregaran a Aníbal antes de empezar a dictar las condiciones de paz.

La última guarida del general

Aníbal pasó los siguientes años huyendo por Oriente Próximo con las tropas romanas pisándole los talones. Siria, Creta, Armenia… la última parada del hombre que había puesto en jaque Roma fue la Corte de Bitinia. Prusias, el Rey de Bitinia, se valió de sus servicios en su particular guerra con Eumenes II de Pérgamo, aliado de Roma. En uno de los choques navales del conflicto se achaca a Aníbal ser de los primeros en usar una versión primitiva de guerra biológica con el lanzamiento de calderos o tinajas repletas de serpientes vivas al barco contrario. Estos primeros éxitos en Bitinia, sin embargo, se tornaron en derrotas cuando Roma acudió en auxilio de su aliado.

Caricatura del siglo XIX que representa la muerte por envenenamiento de Aníbal.

Aníbal se convirtió pronto en una patata caliente también para el Rey bitinio, quien traicionó a su huésped cuando se encontraba en Libisa, en la costa oriental del Mar de Mármara. Ante la llegada del embajador romano Tito Quincio Flaminino y hombres armados, Aníbal decidió suicidarse en el invierno del 183 a. C. empleando un veneno que, según se dice, llevó durante mucho tiempo en un anillo. Las fuentes clásicas aseguran que su muerte coincidió, curiosamente, en el mismo año con la de Escipión «El Africano».

No resulta fácil separar el mito de la realidad en lo referido a su tumba. Según escribió el autor clásico Aurelio Víctor, su cuerpo reposó en un ataúd de piedra con la inscripción: «Aquí se esconde Aníbal» en una tumba situada en una pequeña colina de cipreses cerca de Diliskelesi, lo que hoy en día pertenece a la ciudad turca de Libisa (actual Gebze) en Kocaeli. Una estructura que fue restaurada en el año 200 por el Emperador Septimio Severo, quien ordenó cubrirla con una losa de mármol blanco, pero más tarde cayó en el olvido.

Durante el gobierno turco de Atatürk, se realizaron excavaciones en vano con la intención de encontrar la tumba. A pesar de ello se decidió hacer un parque en conmemoración a su persona, y más tarde en 1981 se añadió una inscripción en mármol.

 

20 febrero 2018 at 2:46 pm Deja un comentario

Imágenes inéditas de las naves romanas de Piazza Municipio de Nápoles

Los excepcionales barcos hallados durante las obras del metro de Nápoles se conservan en enormes tanques de agua dulce en un almacén en Piscinola.

Restos de las naves. Foto Riccardo Siano 

Fuente: TIZIANA COZZI  |  Repubblica Napoli
19 de febrero de 2018

Los dos barcos de época romana de 11 metros de largo hallados en 2004 en Piazza Municipio durante las excavaciones para la construcción del metro están ahora sumergidos en agua. Un metro de agua dulce cubre por completo los restos de los dos barcos que fueron encontrados enteros y que ahora se conservan en dos grandes tanques en el interior de una cubierta construida ex professo en los almacenes del metro en Piscinola, abierta en exclusiva para “Repubblica”. Tanques vaciados y llenados cada cada dos semanas, regulados a una temperatura constante de 8 grados mediante un sistema de refrigeración. Es la única manera de evitar que se desintegren, la única posibilidad de conservación a la espera de ser restaurados. Resguardados durante milenios en agua, a tres metros bajo el nivel del mar, ahora de nuevo han vuelto a ser sumergidos.

Los maderos cubiertos de resina, desgastados pero intactos y con la forma del casco, se ven claramente en el espejo de agua que los rodea. Hay en total 7 embarcaciones hundidas y halladas en el lodo de las excavaciones del metro de Piazza Municipio entre 2003 y 2005. Una de ellas, la más pequeña, está siendo restaurada en el Instituto Central de Roma. Las demás se conservan todas en estos tanques especiales: dos enteras, las otras en piezas, dado que se encontraron en muy mal estado y por este motivo fueron desmontadas tras una cuidadosa excavación y un estudio analítico con el escáner láser. Fragmentos separados, catalogados, sumergidos también en un metro de agua en tanques refrigerados.

Un patrimonio a proteger, a la espera de que todos puedan verlo en un museo. “Se trata de hallazgos excepcionales – explica Daniela Giampaola, funcionaria responsable del centro histórico de Nápoles para la sección arqueológica de la Superintendencia para la Arqueología, Bellas Artes y Paisajes de Nápoles- porque generalmente es rara la conservación de restos orgánicos de madera antiguos, que normalmente perecen si no se insertan en un entorno húmedo. En Piazza Municipio, la presencia de las aguas subterráneas ha conservado los pecios durante siglos, hasta el momento de la excavación”. “En Italia estos hallazgos han sido pocos; por nombrar sólo algunos: Comacchio, Portus, Nemi, Pisa”, enfatiza Giampaola.

 

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19 febrero 2018 at 9:38 pm Deja un comentario

Cómo eran los robots y los cines que ya existían en la antigua Grecia

 

Fuente: Dalia Ventura  |  BBC Mundo
17 de febrero de 2018

Clitemnestra, amante de Egisto, quien trató de matar a Orestes cuando era niño, mata a su esposo Agamenón. Orestes vuelve a matar a su madre y a su amante… ¡la vida no era sencilla en la Antigua Grecia!

Clitemnestra, la esposa de Agamenón, lo mata poco después de su llegada triunfal de Troya. Orestes, el hijo de ambos, llega a vengar la muerte de su padre y mata a su madre. Pero ahora, él mismo está a punto de convertirse en otra víctima de un asesinato de honor.

¿Cómo terminará esta historia de venganzas sin final?

Cuando los relatos se complicaba mucho y no parecía haber salida, los antiguos griegos tenían una solución, a la que el filósofo Aristóteles llamó deus ex machina.

Quizás el concepto te sea familiar: así se conoce al artificio literario que introduce un elemento, personaje o fuerza externa que no tiene mucho que ver con la lógica interna de la trama para solucionar el problema.

El deus en este caso -el de “La Orestíada” de Esquilo- es Apolo, quien salva a Orestes y declara que un juicio pondrá fin al baño de sangre de generaciones que ha plagado a la familia.

Pero, ¿cómo era la machina misma?

Porque aunque con el tiempo la frase se volvió metafórica, en la antigua Grecia era lo que su nombre indicaba: un dios en una máquina.

Y alguien que sabe cómo era esa máquina es Konstantinos Kotsanas.

“La danza mágica”, cuyo mecanismo hacía que se movieran las figuras de abajo. (Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas).

El ingeniero mecánico no sólo es un apasionado de la tecnología de la antigua Grecia sino que, notando que a diferencia de la Filosofía, las Bellas Artes y la Ciencia, la contribución de sus antepasados en este campo no es tan conocida, no se conformó con convertirse en un perito y dictar conferencias.

Lejos de eso.

A costo propio, y con exhibiciones personales, Kotsanas ha fundado hasta la fecha tres museos que alojan aproximadamente 450 modelos funcionales de inventos griegos antiguos.

Es decir, basándose en descripciones de los aparatos que aparecen en textos de la época, recreó las máquinas que se usaban en ese entonces.

Hay desde las más sencillas -como la deus ex machina- hasta aquellas creadas por Arquímedes y el prodigioso mecanismo de Anticitera.

A Kotsanas le pedimos que escogiera -aparte de esas- tres máquinas de todas las que ha recreado: la que más lo sorprendió, la que lo maravilló y la que más lo divirtió.

Sorprendente

La primera elección de Kotsanas concuerda con su objetivo de “demostrar que la tecnología justo antes del final del mundo griego antiguo era extremadamente similar al comienzo de nuestra tecnología moderna“.

El sirviente automático de Philon. (Foto cortesía del Museo Kotsanas)

El sirviente automático de Philon es el primer robot operativo de la humanidad… Es más que sorprendente: ¡es un logro! ¡Una verdadera innovación!”, le dijo a BBC Mundo.

Tenía forma humana y en su mano derecha sostenía una jarra de vino. Cuando le ponían una copa en la palma de la mano izquierda, automáticamente vertía vino primero y luego agua, mezclándolos si se deseaba.

¿Cómo lo lograba?

Ilustraciones del Museo Kotsanas en Atenas.

1. Dentro del ‘sirviente’ había dos contenedores herméticos (con vino y agua, respectivamente). En su parte inferior, dos tubos que llevaban su contenido a través de su mano derecha hasta el borde de la jarra de vino. Cuando la copa se coloca en la palma, su mano baja y los tubos de la articulación se levantan. El orificio de una tubería está alineado con el tubo de aire del contenedor de vino, el aire ingresa al contenedor y el vino fluye desde el tubo hacia la copa.

2. Cuando la copa de vino está medio llena, la mano (debido al peso) desciende más, el paso del tubo de aire de vino se obstruye y el flujo se detiene. Al mismo tiempo, el otro tubo se alinea con el tubo de aire del recipiente de agua y comienza a fluir, diluyendo así el vino.

3. Cuando la copa está llena, la mano (debido al peso) desciende más, el paso del tubo de aire con agua se obstruye y el flujo se detiene.

4. Además, si se retira la copa en cualquier momento, la mano izquierda se eleva, los tubos de la articulación descienden, cortando las tuberías de aire, creando vacío en los contenedores y deteniendo el flujo de líquido.

Maravilloso

En cuanto a la máquina que mejor ilustra cuán maravilloso es la tecnología de los antiguos griegos, para Kotsana “sin duda es el teatro automático de Garza de Alejandría, el llamado ‘cine’ de los antiguos griegos”.

“Los antiguos griegos tenían exactamente las mismas necesidades que nosotros. Cuando se trata de entretenimiento, buscaban una historia con elementos de gran estética y sorpresa”.

En este caso esa historia es “una serie de la Guerra de Troya y los diferentes episodios describen el mito de Nauplio”, explica Kotsanas.

¿Cómo? Con una máquina que “contiene 32 mecanismos, muestra una historia y tiene imagen en movimiento“, detalla.

El teatro automático de Herón de Alejandría. (Foto cortesía del Museo Kotsanas).

Fíjate en la parte de abajo de esta la imagen, en el pie del pedestal, en el medio de la parte roja, puedes ver una cuerda: el único movimiento manual que se requería para hacer funcionar el teatro automático era halar esa cuerda… y la historia empezaba (y sigue haciéndolo de igual manera en el modelo que hizo Kotsanas).

Entre las escenas, las puertas del teatro se abre y se cierran. (Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas).

En la primera escena, aparecen los aqueos reparando sus barcos -las figuras se mueven mientras martillan o serruchan, y se escuchan los sonidos que hacen las herramientas.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

En la segunda y tercera escena, empujan los barcos al mar. En la tercera, van navegando de derecha a izquierda del la imagen, mientras los delfines saltan a su lado. El mar se va poniendo más picado.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

En la cuarta escena, Nauplio, parado en un promontorio, con una antorcha encendida, envía una señal falsa a los aqueos instigado por la diosa Atenea.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

En las últimas escenas, se ven los restos dispersos de los barcos naufragados y Aeas nadando en el mar. Atenea aparece (como deus ex machina), cruza el escenario y desaparece. Mientras se escuchan rayos y truenos, la figura de Aeas se pierde.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

Divertido

Para Kotsanas, la máquina más entretenida es sin duda el “pájaro gorjeador y el búho giratorio”.

Se trata del autómata hidráulico de Filón.

“Los pájaros están cantando pero cuando el búho se vuelve hacia ellos, les da miedo y detienen su hermosa canción. Cuando el búho se aleja de ellos, comienzan a cantar otra vez”.

Cuando el búho esta de espaldas, los pájaros cantan; cuando el mecanismo hace que se voltee y los mire, los pájaros se callan. (Imagen cortesía del Museo Katsanos de Atenas).

“Vale la pena mencionar que esta pieza está a la entrada del Museo Kotsanas en Atenas, de manera que a lo largo de toda la calle Pindaru, en el corazón de la capital griega, se oyen el cantar de los pájaros. La gente nos dice que se siente como si la naturaleza estuviera floreciendo, aunque estemos en medio del invierno”, señala Kotsanas.

¿Y qué fue de deus ex machina, la máquina que traía un dios cuando todo se complicaba demasiado?

Pues aquí está: una sencilla palanca que hacía aparecer a los actores con roles divinos en el escenario.

Te la dejamos, en caso de que la necesites.

¡Siempre vale la pena tener un dios a la mano… uno nunca sabe cuándo lo va a necesitar, en la vida o en el teatro!

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

 

18 febrero 2018 at 2:26 pm Deja un comentario

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