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Caius Celius hizo las murallas, torres y puertas de Barcino

El arqueólogo Alessandro Ravotto deshace un equívoco secular y sitúa en la muralla fundacional una inscripción que se creía que provenía de Montjuïc

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Lápida de Caius Coelius, procedente de la muralla romana de Barcelona y depositada en el Museu d’Arqueologia de Catalunya. MUSEU D’ARQUEOLOGIA DE CATALUNYA

Fuente: ERNEST ALÓS El Periódico
25 de febrero de 2017

Una lápida de tres líneas y media ha confundido durante más de un siglo a arqueólogos e historiadores, hasta el punto de haberles hecho especular con una pre-Barcino republicana, construida en Montjuïc dos siglos antes que la ciudad imperial. La tesis doctoral de Alessandro Ravotto sobre las murallas de Barcelona también soluciona este enigma, con una propuesta que fundamenta documentalmente: la lápida, expuesta en el Museu d’Arqueologia de Catalunya y que reza “Caius Coelius, hijo de Atisius, duunviro quinquenal, se ocupó de la construcción de muros, puertas y torres”, formaría parte de la muralla fundacional, y habría presidido probablemente la puerta suroeste de la ciudad, la que se abriría cerca de la actual calle del Call. Así, el duunviro Caius Coelius sería el primer barcelonés de nombre conocido, y su primer ‘concejal de urbanismo’ o, por su cargo, más bien de hacienda. Algo que hace que quizá la pequeña calle de Cai Celi que se le dedicó en Hostafranchs sea un reconocimiento algo tacaño.

UN SIGLO DESPISTADOS

Vayamos por partes. En 1903, Pelegrí Casades informaba por carta que días antes se había encontrado la lápida cerca del cementerio. Una información que, ha demostrado Ravotto, parece ser falsa, y fuente del equívoco que ha durado un siglo. Inicialmente la inscripción se interpretó como de época republicana, cosa que junto con la ubicación llevó a plantear que el poblado ibérico de Montjuïc, presidiendo el primitivo puerto comercial situado en la zona del Port, habría sido fortificado por Roma, con esos muros, puertas y torres de los que sería testimonio la lápida, tras el inicio de la colonización en el siglo II antes de Cristo. Esa Barcelona romana primigenia de Montjuïc habría sido abandonada en época de Augusto para fundar desde cero Barcino al otro lado de la montaña. Sin embargo, el hecho de no encontrar el más mínimo rastro de esta ciudad llevó con los años a una segunda hipótesis: la lápida se habría tallado en una cantera de Montjuïc para la Barcino que conocemos, pero no habría llegado a salir del taller y allí se habría quedado.

LA CALLE AVINYÓ, NO MONTJUÏC

Sin embargo, todo se debe a un error documental. Ravotto ha localizado en el inventario de los Museos Artísticos Municipales de 1902 la ficha en la que consta que el abogado, director del ‘El Diluvio’ y promotor inmobiliario Josep Laribal dona esa pieza, que había encontrado en un derribo de la calle Avinyó. Laribal, propietario de una finca de recreo en los actuales jardines de Laribal de Montjuïc podría haber trasladado allí el hallazgo como decoración antes de donarla, cosa que quizá explique que se clasificase erróneamente junto con otros hallazgos de la montaña. Vamos, que a no ser por el peso de la piedra arenisca de Montjuïc podríamos decir que se traspapeló.

Precisamente en el año 1902, recuerda Ravotto, Laribal había construido un edificio en el número 11 de la calle Avinyó, situado a 80 metros de la puerta de la ciudad orientada a Tarraco. Un lugar plausible y un desplazamiento razonable para una pieza reutilizada de la muralla en una construcción posterior. Situar la lápida en una de las puertas de la muralla de Augusto plantea otra cuestión, dice Ravotto. Quizá las torres de la inscripción se refieren a los bastiones laterales de las puertas. O quizá la primera muralla disponía de alguna torre más, no hallada aún, algo que sería coherente con las características castrenses del recinto que ha identificado en su tesis el investigador italiano.

 

25 febrero 2017 at 7:44 pm Deja un comentario

Sacrificios, sexo salvaje y depravación en la Antigua Roma: el atroz origen de San Valentín

Las celebraciones en las que se basa esta jornada son las Lupercales («la fiesta de la licencia sexual») y el día en honor de la diosa Juno Februata

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Las Lupercales – ABC

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
10 de febrero de 2017

Ni amor, ni pequeños angelitos capaces de volar y de lanzar flechas para entrelazar el destino de dos tortolitos. El origen del Día de San Valentín poco tiene que ver con lo que, a día de hoy, se celebra el 14 de febrero. Por el contrario, esta fiesta en honor a los enamorados se basa en las Lupercales, un festival de depravación y sexo salvaje que se llevaba a cabo en la Antigua Roma con varios objetivos. Entre ellos, lograr que los jóvenes se iniciaran en la sexualidad y perdieran el miedo a mantener relaciones entre sí. La celebración era tan bárbara e imposible de erradicar que la Iglesia se vio obligada a sustituirla por el actual día de los enamorados en el siglo V.

Con todo, esta es solo una de las teorías existentes sobre el origen de San Valentín. Algunas fuentes creen que también se basa en otra fiesta pagana que se quería «cristianizar»: la que se hacía en honor de Juno Februata. El autor John M. Flader afirma en su obra «Tiempos de preguntar. 150 cuestiones sobre la Fe Católica» que, en la Antigua Roma, existía la costumbre de honrar a esta deidad introduciendo los nombres de las jóvenes de la ciudad en una caja. Cada uno de ellos era extraído por un chico y la pareja resultante quedaba unida a nivel sexual. Nuevamente, lo pecaminoso de la celebración hizo que fuera modificada. «Al final, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», afirma el autor.

Lupercales: barbarie y golpes en Roma

Las Lupercales, según la mayoría de los expertos, eran unas fiestas celebradas en la Antigua Roma que incluían varios ritos para que los adolescentes se iniciaran en las relaciones sexuales. Con todo, y según explica el autor Jean-Noël Robert en su obra «Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma», el origen de esta celebración ya se consideraba entonces mitológico. «Se trataba de una de las ceremonias más arcaicas, ya que numerosos especialistas coinciden en decir que se remontaba a los tiempos del caos, mucho antes de la fundación de Roma, en la que sin duda se hacían sacrificios humanos», señala.

Oficialmente, la fiesta se celebraba en la misma gruta (la Lupercal) en la que se creía que una loba había amamantado a los fundadores de Roma (Rómulo y Remo) después de que estos hubieran sido abandonados en el río por su familia.

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Jóvenes disfrazados de lobo – Wikimedia

El escritor Carlos Goñi relata en «Una de romanos: un paseo por la historia de Roma», este curioso episodio: «Marte, el flagrante dios de la guerra, amó en secreto a [una joven], quien concibió dos mellizos. Cuando nacieron, [el tio de la chica, Amulio] introdujo a los pequeños en una cesta y los expulsó al Tíber, convencido de que morirían. Sin embargo, la cesta vino a parar a un remanso del río. Los niños empezaron a llorar y la loba los descubrió. El animal los amamantó en una gruta al sur del Palatino, llamada Lupercal».

Desde aquella gruta se iniciaban las Lupercales de manos de un sacerdote. Este era el encargado en primer lugar de sacrificar un carnero en honor a Fauno (el dios de la naturaleza). Lo hacía con el mismo cuchillo con el que, posteriormente, embadurnaba la cara de dos «lupercos» o «luperci» (los jóvenes que debían pasar por aquel ritual).

Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos a todo aquel que se ubicaba frente a ellos

«Después, secaba los restos de sangre con vellón de lana mojado en leche; en este punto los dos muchachos debían prorrumpir en risas», explica el autor de «Eros romano». ¿Por qué esta reacción? Al parecer, porque de esta forma emulaban la victoria de la vida sobre la muerte. La «resurrección» por la que, en definitiva, habían pasado los fundadores de la ciudad tras verse abandonados y haber sido recogidos por el animal. Una vez que habían sido ungidos por el sacerdote, estos dos jóvenes (que casi siempre iban desnudos, o ataviados únicamente con taparrabos fabricados con la piel de los animales sacrificados) salían de la gruta. El ritual no acababa en este punto, sino que iniciaban una carrera desquiciada a través de Roma por un itinerario previamente planeado. Un trayecto que llevaban a cabo mientras proferían obscenidades. Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos -con una correa fabricada también con los restos del carnero- a todo aquel que, voluntariamente, se ubicaba frente a ellos.

El principal objetivo eran, no obstante, las mujeres en edad de ser madres. «La opinión en que estaban las mujeres era que estos latigazos contribuían a su fecundidad, o a su feliz libertad», se explica en el «Diccionario Universal de Mitología». Las chicas, de hecho, consideraban todo un honor que los «lupercos» les diesen un correazo, pues era una forma de que los dioses les asegurasen un retoño. Los hombres zurrados, por el contrario, entendían que aquellos golpes les purificaban y les permitían entrar «limpios» en el nuevo año (que comenzaba entonces en marzo). Es decir, que llevarse una marca a casa era símbolo de buena suerte.

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Lupercales – Wikimedia

A pesar de todo, los autores le atribuyen varios significados a esta fiesta. Robert señala, por ejemplo, que mediante aquella carrera la «ciudad revivía sus primeros momentos, aquellos en que había pasado de la barbarie y el caos a la civilización, a una nueva vida». Otros tantos son partidarios, por el contrario, de que la ceremonia era principalmente un rito de iniciación entre los más jóvenes. El autor Pierre Jacomet es uno de ellos. El escritor afirma en una de sus obras que aquellas eran «ceremonias destinadas a alejar el miedo a la sexualidad, el temor de ser incapaz, el terror a no poder cumplir con el ritual de la fertilidad, que es la cópula, a perder la calidad de ciudadano del mundo».

¿Qué sucedía después de la carrera? Las teorías son varias. Algunos autores como Jon Juaristi explican en «El bosque originario» que las Lupercales podrían incluir «ritos orgiásticos como la prostitución propiciatoria de las pastoras». Robert, por su parte, añade que ese día también se celebraban otros tantos rituales como «el sacrificio de un perro», una invocación a Juno, o un banquete».

La confusión con Juno Februata

Pero San Valentín no solo podría tener su origen en las Lupercales. Como ya se ha señalado anteriormente, también sería posible que se basara en la fiesta que los romanos celebraban en honor de Juno Februata (la diosa de las purificaciones, según se explica en «Panlexico, vocabulario de la fabula»). No obstante, existe cierta controversia en torno a esta festividad. Algunos autores afirman que era una celebración situada el día 14, mientras que otros la ubican el 15 y, algunos más, llegan a señalar que se celebraba entre el 13 y el 15.

La controversia en torno a esta ella es total. Determinados historiadores señalan que realmente se correspondían con las «februales», unas celebraciones que duraban casi medio mes y que se llevaban a cabo en febrero. Las mismas en las que se detenía el culto al resto de divinidades (pues sus templos se cerraban) y, curiosamente, los matrimonios estaban prohibidos.

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Los “luperci” dan latigazos a las mujeres – ABC

Las teorías sobre cómo se celebraban las fiestas en honor de Juno Februata son también varias. Algunos autores afirman que en ellas se llevaban a cabo sacrificios mientras los presentes portaban antorchas. Otros escritores como Flaver son partidarios de que, en base a las fuentes clásicas, se festejaban de una forma mucho más romántica: «Existía la antigua costumbre de que el 15 de febrero los chicos escribieran los nombres de las chicas en honor de la diosa Juno Februata».

También se cree que, posteriormente, las «papeletas» (por así llamarlas) eran guardadas en una caja y cada joven extraía una. Esa sería su pareja sexual, y con ella llevaría a cabo sus fantasías más perversas. «Para cristianizar dicha costumbre, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», completa el experto. El historiador del XVIII Alban Butler es en quien se basa principalmente este experto, el cual es secundado por otros posteriores como Jack Oruch.

Cristianización

La brutalidad de las Lupercales, así como la necesidad de cristianizar la fiesta ante la imposibilidad de que la olvidasen los ciudadanos, provocó que -allá por el siglo V- la Iglesia tomara cartas en el asunto. Así lo afirma el periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su obra homónima: «La fiesta de San Valentín fue instaurada en el año 498 por el papa Gelasio I, probablemente en un intento de eliminar la efeméride pagana de las Lupercales, que se celebraban el 15 de febrero. Un festejo relacionado con el amor y la reproducción».

En palabras de este autor, se eligió sustituirla por San Valentín en base a que este religioso desafió a Roma en el siglo III en nombre del amor. Por entonces, el emperador romano Claudio II Gótico (214-270 d.C.) consideraba que «los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla, en unos momentos en los que las fronteras se veían acosadas por alamanes y vándalos».

«Los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla»

El político, que de tonto no tenía un pelo, decidió que lo mejor para que sus legionarios se dejasen la vida y derrochasen valor en el frente era prohibirles contraer matrimonio. Si nadie les esperaba en su hogar, no tendrían reparos en batirse a pilum y gladius.«San Valentín era entonces el obispo de la ciudad de Iteramna (hoy Terni, en Italia), y se avenía a celebrar en secreto las bodas de aquellos soldados que no querían cumplir esa orden del emperador», añade Hernández.

Como era de esperar, al ser descubierto fue apresado por el líder, quien le decapitó el 14 de febrero del año 269. «Se cree que fue enterrado en la Vía Flaminia, a las afueras de Roma, lo que hizo que durante la Edad Media la Puerta Flamina fuese conocida como Puerta de San Valentín», completa el historiador y periodista. En todo caso, la veracidad sobre la biografía del santo hizo que la Iglesia Católica eliminara esta festividad del calendario en el año 1969.

jesushernandezCon todo, existe otra versión sobre esta historia. Según desvela el dossier «El día de San Valentín» (editado por la Consejería de educación en el Reino Unido e Irlanda), Valentino era, allá por el siglo III, un cristiano que continuó practicando su religión a pesar de la prohibición romana. Sus principios le llevaron a la cárcel, donde uno de los guardias le pidió que diese clases a su hija ciega. Tras varias jornadas a su lado, la pequeña recuperó la vista y se convirtió al cristianismo al entender que era la fe verdadera.

«Añade la leyenda que la víspera de la ejecución, Valentino envió una última nota a la niña pidiéndole que se mantuviera en la fe. La nota iba firmada: “de tu Valentino”. Al día siguiente, 14 de febrero, Valentino fue ejecutado. Sus restos se conservan en la Basílica de su mismo nombre, en Terni, donde cada año, el 14 de febrero, las parejas que van a casarse celebran un acto en honor del Santo», se señala en el informe.

 

13 febrero 2017 at 8:42 pm 2 comentarios

Los últimos romanos que resistieron en el Montgó

  • El fortín de la Penya de l’Àguila, en Dénia, acogió a los últimos soldados de Sertorio que perdieron la cruel guerra civil frente a Pompeyo y que probablemente se vieron abocados a un trágico destino
  • El Museo de Xàbia ha albergado ahora una exposición que muestra la vida militar y cotidiana de aquellos legionarios
  • La Universidad mantiene que este yacimiento constituía junto a otros ubicados en Moraira, Calp, Altea y Benidorm una línea de defensa de la costa

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Fuente: La Marina Plaza   12/02/2017
Fotografías: Ximo Bolufer, Museo Soler Blasco, Universidad de Alicante, MARQ

mapaEntre las virulentas guerras civiles que asolaron durante décadas la República Romana, una de las más desgarradas fue la que enfrentó a Sertorio con la facción más conservadora del Senado liderada por Sila. En el año 83 a.C., Sertorio, un caudillo de gran carisma, huyó de Italia y acabó por trasladar el escenario bélico a Hispania, donde aliado con las tribus locales resistió durante una década a los mejores ejércitos del mundo enviados por Roma y liderados, a partir del 77 a.C, por el gran Pompeyo.  La guerra finalizó en 72 a.C. con el asesinato a traición de Sertorio a mano de un lugarteniente.

Durante aquel conflicto hoy casi mítico, la costa de las actuales comarcas de la Marina jugaron un rol fundamental. Ante el difícil tránsito por tierra, este litoral ofrecía grandes ventajas para la navegación y de hecho uno de los principales puertos de los sertorianos fue Dianium, la actual Dénia.

Pero es que además Sertorio pretendía controlar y vigilar el tráfico de embarcaciones que navegaban en torno al cabo de la Nao, todo un referente geográfico en el Mediterráneo de la época, y para eso instaló una serie de fortificaciones al sur de Dianium ubicadas en la Penya de l’Àguila en el Montgó, la Punta de la Torre en Moraira, el Penyal d’Ifac en Calp, Cap Negret en Altea y el Tossal de la Cala ya en Benidorm.

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La actual tesis de una serie de expertos entre los que destaca la profesora de la Universidad de Alicante (UA) Feliciana Sala es que todos esos yacimientos, tradicionalmente asociados a un origen íbero, sirvieron como pequeños fortines –castella en latín– de las tropas romanas de Sertorio. Su misión, además de ejercer una labor de control del territorio era fiscalizar todas las embarcaciones que navegaban en el triángulo integrado por Carthago Nova (la actual Cartagena, y de especial interés estratégico para Sertorio pues estaba en manos de su enemigo Pompeyo), Ebusus (hoy Eivissa) y la propia Dianium.

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De entre todos aquellos fortines, el de la Penya de l’Àguila «cuenta con un especial protagonismo en la contienda al acoger el enclave que puede simbolizar la tragedia vivida por los últimos sertorianos de Dénia», explica Sala. Fueron pues los últimos rebeldes de Sertorio que aún habrían resistido en su fortaleza en el Montgó pese a que la evolución de la guerra comenzó a ser crítica para los rebeldes después de que Pompeyo los venciera en las batallas de Valentia y Sucro (en el 75).

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Muralla de la Penya de l’Àguila

Esta consideración de la Penya de l’Àguila como último foco de resistencia rebelde no es mera especulación histórica. Ya en 1963, H. Schubart intuyó que la especial disposición de las tres murallas que configuraban el fortín obedecían a una «solución crítica o de emergencia» para evitar una posible invasión inminente. Por eso, Sala acaba preguntándose: «¿Acaso no semejan [las murallas] elementos de defensa propios de un campo de batalla? ¿Acaso no se percibe una desesperada respuesta ante un ataque inminente, quizás el último reducto de los sertorianos?».

Romans contra romans, la exposición en Xàbia: cómo vivía un soldado del siglo I a.C.

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Inaguración de la exposición en Xàbia

Las palabras de Sala están extraídas de un catálogo específico para la exposición Romans contra romans que, organizada por la propia Universidad de Alicante y el MARQ, ha acogido durante estos días el Museo Soler Blasco de Xàbia y que evoca toda esta epopeya. A pesar de que en rigor la Penya de l’Àguila se encuentra en Dénia, el museo xabienc alberga numerosos materiales de metal y cerámica que a lo largo de los años han sido salvados del expolio que sistemáticamente ha sufrido este yacimiento.

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La razón, según explica el arqueólogo municipal de Xàbia, Ximo Bolufer, es que el Soler Blasco recibió dos donaciones trascendentes de restos procedentes de la Penya de l’Àguila: la primera se produjo a raíz de que a finales de la década de 1970 se abriera la controvertida pista para ascender hasta esa parte del Montgó; entonces, un residente extranjero que vivía en Jesús Pobre recogió de allí numerosos fragmentos históricos mientras en un impagable diario detallaba en qué punto exacto del yacimiento los había localizado; esos restos fueron cedidos más tarde al museo xabienc y también a mediados de los ochenta otro vecino en este caso de la propia Xàbia, Pepe Cardona, hizo lo mismo.

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Buena parte de esos materiales han integrado ahora la exposición Romans contra Romans. No son sólo parte de los pertrechos militares que cargaban los soldados, sino también incontables piezas que nos permiten conocer bastantes cosas de su vida cotidiana: platos, fragmentos de tinajas, tapaderas de ollas, lingotes, cascos, anillos, chisqueros, tachuelas, proyectiles de hierro, puntas de lanza, ánforas, placas de cinturón, cuchillos, azadas, tenazas, pinzas, hachas, pies de palangana, monedas…

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Piezas del Museo Soler Blasco expuestas.

¿Cómo era pues la vida de un soldado de Sertorio en el siglo I a.C?

La rutina diaria

La únidad básica del ejército romano era el contubernium, un grupo de ocho soldados que compartían habitáculo y deberes a rajatabla. La rutina comenzaba con el desayuno. Después, algunos hacían guardia y el resto se ejercitaban con las armas para un posible ataque. Siempre había que estar preparado.

El mantenimiento del castellum

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En la conservación del fortín además de soldados participaban carpinteros, albañiles, herreros o mozos de cuadra. También había médicos y escribas para redactar cartas y llevar cuentas. El acarreo de agua y leña era diario y se mandaba a soldados a cazar para traer carne fresca. Antes de dormir, había que limpiar todo el equipo: armas, indumentaria y la vajilla de cada legionario. También había tiempo para el ocio, como demuestra el hallazgo de fichas de juego.

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La dieta

Había tres alimentos fundamentales: el trigo, que se acarreaba desde los vecinos campos de cultivo de los íberos; y vino agrio y aceite, importados desde Roma en ánforas. La sal también era un elemento fundamental para conservar alimentos. La dieta se completaba con hortalizas, legumbres, frutas, carne fresca, miel, tocino, leche, queso, hierbas aromáticas y salazones. Cada contubernio disponía de una cocina portátil.

El salario

En los yacimientos se han hallado monedas romanas acuñadas por la República y también por ciudades íberas, forzadas por los romanos a emitir dinero para sufragar gastos de guerra.

El desenlace: de la esperanza de Mitríades a la guerra eterna

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Pirata cilicio

Los piratas cilicios pusieron allá por 75 a.C. a Sertorio en contacto con Mitríades VI, rey del Ponto, en el Mar Negro. El objetivo, negociar un pacto para hostigar desde los dos extremos opuestos del Mediterráneo a la poderosa Roma. En aquel año, Lucio Magio y Lucio Fannio, dos miembros de la facción popular del Senado a la que pertenecía Sertorio, llegaron al puerto de Dénia a bordo de un myoparo tripulado por estos piratas cilicios, cuya flota es muy posible que también estuviera amarrada en el Tossal de la Cala, el Penyal d’Ifac, Cap Negret o la Punta de la Torre.

Tal alianza no obtuvo resultados fructíferos y como ya se ha contado Pompeyo ganó el conflicto. Pero aún así, la República Romana no se libró de nuevas guerras civiles incluida la que un Pompeyo ya mucho más veterano disputó y perdió frente a Julio César entre el 49 y el 45 a.C.

 

12 febrero 2017 at 1:47 pm Deja un comentario

El asedio al Monte Vindio de las Guerras Cántabras fue en Peña Prieta, según los arqueólogos

La épica del mítico episodio, cuya situación no estaba clara, cobra fuerza gracias a las prospecciones de un equipo liderado por Eduardo Peralta Labrador

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Fortificación de Robadorio frente a Peña Prieta / E. Peralta

Fuente: CONSUELO DE LA PEÑA  |  El Diario Montañés
7 de febrero de 2017

Durante las guerras cántabras, en el año 25 antes de Cristo, tras la derrota de las tribus cántabras a manos del ejército romano, los cántabros supervivientes buscaron refugio en el Monte Vindio, un lugar tan inaccesible por lo elevado que hasta los propios vencidos creían que antes subirían allí las olas del océano que las armas romanas, y donde, asediados por el hambre, los cántabros perecieron uno a uno hasta el último de inanición y frío.

La épica del mítico episodio del asedio al Monte Vindio, un lugar cuya situación no está clara, cobra ahora plena fuerza gracias a las prospecciones arqueológicas desarrolladas por un equipo de arqueólogos, liderado por Eduardo Peralta Labrador, en los yacimientos de Castro Negro y Robadorio, situados al pie de Peña Prieta, en Vega de Liébana, que sitúan «muy posiblemente» esa batalla campal en los dos campamentos romanos localizados y estudiados por los expertos. No obstante, el director del proyecto precisó que para confirmar esta «atractiva hipótesis» será necesario ampliar los trabajos de búsqueda de nuevos campamentos romanos a las laderas de Peña Prieta correspondientes a León y Palencia.

La intervención arqueológica, que han desarrollado 14 arqueólogos y ha sido financiada por sus participantes, se desarrolló entre finales de agosto y finales de octubre del año pasado y sus primeras conclusiones fueron presentadas este martes por el consejero de Cultura, Ramón Ruiz; el alcalde de Vega de Liébana, Gregorio Alonso; el director del equipo, Eduardo Peralta, y uno de sus miembros, el arqueólogo José Ángel Hierro.

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Materiales militares de los campamentos romanos de Peña Prieta

Entre los hallazgos más importantes destacaron una moneda acuñada hacia el año 28 antes de Cristo en Calagurris (Calahorra) antes de la gran campaña de Augusto y sus generales contra cántabros y astures, y piezas de enganche del pilum romano similares a las encontradas en campamentos augústeos en Alemania y en el campo de batalla de Kalkriese, en la Baja Sajonia.

Pero también se han recuperado numerosas piezas de equipamiento militar romano relacionado con la acampada, como clavijas y regatones de poste de las tiendas de campaña, que indican que la ocupación del campamento romano fue temporal y durante una campaña de verano. También se ha encontrado armamento, como una punta de un proyectil de catapulta, las aspas de enganche, una punta de lanza, regatones y otros elementos característicos del calzado militar romano como numerosas tachuelas de las ‘caligae’ claveteadas, además herramientas. Todos estos elementos se entregarán al Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (Mupac) para su restauración, según señaló Peralta.

El campamento romano de Castro Negro, situado entre las juntas vecinales de Barrio y Vega, en Vega de Liébana, fue descubierto por el arqueólogo José Ángel Hierro y ha sido el principal objetivo de la intervención arqueológica. Situado a 1.962 metros de altitud, está situado a 1.962 metros de altitud y ocupa 10,5 hectáreas, dimensiones que revelan que tuvo que corresponder a una legión romana con tropas auxiliares. La presencia de dos puertas con clavícula interna, un elemento característico de los castros militares romanos de campaña entre mediados del siglo I a. C. y comienzos del siglo II después de Cristo, prueba «el indudable carácter campamental romano de este recinto fortificado».

Los arqueólogos han documentado topográfica y fotográficamente la estructural del campamento, tanto sobre el enclave como desde los montes vecinos. Ya dentro del recinto han realizado una prospección electromagnética con detectores de metales en las zonas con menor cubierta vegetal.

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Fortificación de Robadorio frente a Peña Prieta / E. Peralta

El otro yacimiento estudiado, que fue descubierto hace algunos años por el montañero Manuel Valle Gómez, se encuentra en el Alto de Robadorio a 2.219 metros de altitud, en la divisoria entre Cantabria y León (Ayuntamientos de Vega de Liébana y Boca de Huérgano) y a los pies de la ladera norte de Peña Prieta y el Cubil del Can. De planta subrectangular ovalada, ocupa una hectárea, lo que refuerza la entidad del yacimiento, que los expertos consideran ya como un castellum romano o un castra minora. En esta prospección los arqueólogos han recuperado bastantes tachuelas romanas de ‘caligae’ que confirman el «indudable carácter militar romano» del enclave fortificado de Robadorio, vinculado al cercano campamento legionario de Castro Negro.

Los investigadores creen que Castro Negro pudo albergar «una legión o parte de una legión con sus auxiliares», lo que implica que está relacionado con «algún episodio bélico de cierta entidad vinculable a alguna campaña de las Guerras Cántabras». Según sus conclusiones, ambos yacimientos aporta un nuevo testimonio de «gran entidad» de cómo fue la ocupación del territorio de los cántabros por el ejército romano y de la «intensidad de este esfuerzo militar de las legiones para controlar por completo la complicada orografía norteña como único medio para dominar a los cántabros». Además, los trabajos arqueológicos sitúan estos campamentos romanos en el periodo de las Guerras Cántabras del embajador Augusto y de sus legados, desde el año 25 antes de Cristo en adelante.

Sobre el despliegue militar romano a los pies de Peña Prieta, los arqueólogos cultivas dos hipótesis. La primera de ellas es que «formaron parte de un dispositivo de control de todos los pasos de montaña de entrada a Liébana y otra, mucho más sugerente, la relacionan con el famoso episodio del Monte Vindio donde los cántabros vencidos en batalla campal a los pies de las murallas de la colina de Bergida, perecieron de hambre y frío.

 

7 febrero 2017 at 11:32 pm Deja un comentario

Si la antigua Roma hubiera tenido televisión

Un estudio analiza la promoción política que se hacían los emperadores a través de los medios de entonces: monedas, estatuas, pinturas

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Una ánfora repleta de monedas romanas del Museo Arqueológico de Sevilla. PACO PUENTES

Fuente: ISABEL FERRER > La Haya  |  EL PAÍS
2 de febrero de 2017

La idea de un sistema internacional de Estados cuyas relaciones sirvan para equilibrar el poder surge después del Renacimiento y es el espejo del mundo actual. La Roma antigua, por el contrario, ejemplifica la fuerza militar aplicada de la manera más funcional: la conquista para expandir sus límites. Aunque los emperadores han pasado a la historia como el rostro más visible de la antigüedad clásica, para mantenerse no solo debían manejarse con el Senado, sofocar conjuras y ganar batallas. La imagen que proyectaban en todos sus territorios debía reforzar su posición, y algunos, como Augusto y Adriano, destacaron en el uso de lo que podría denominarse los medios masivos de comunicación de la época. En su caso, las monedas de curso legal, bustos, estatuas o bien relieves e inscripciones en edificios, con mensajes distintos para sus múltiples interlocutores.

La carga ideológica del áureo (moneda de oro), denario (plata), sestercio (bronce) o bien as (cobre), surge en el momento mismo de ser acuñadas. “Las de oro y plata eran para los ricos, entre ellos los senadores, y en su cara aparecía el rostro del emperador de turno. El revés es distinto. Claudio fue aupado al poder por la guardia pretoriana tras el asesinato de su sobrino, Calígula. Así que, al principio, el reverso de las monedas hacía hincapié en este cuerpo de escoltas de élite. Solo cuando conquista Britania (la isla de Gran Bretaña antes de las invasiones germanas) siente que ya no les debe nada y desaparecen”, señala Olivier Hekster, catedrático de Historia Antigua de la universidad Radboud, de Nimega. Recién premiado por la Academia holandesa para las Artes y las Ciencias por sus estudios en este campo, señala asimismo que Nerón, tal vez el emperador con peor fama, fue más popular de lo que creemos. “Las monedas de bronce se destinaban a los pobres, y él podía poner detrás edificios reconocibles para la gente. Como cuando mandó reconstruir el puerto de Ostia, la vía de entrada del grano, es decir el alimento, en Roma”.

Las estatuas eran otro de los reclamos publicitarios de los emperadores y Adriano llegó a un grado sumo de refinamiento. Según Hekster, fue el primero que vio la imposibilidad de mantener intactos los límites de un imperio enorme, “y devuelve fronteras al Este de Roma, un gesto insólito, porque el Imperio solo podía crecer”. “En sus efigies, de todos modos, aparece como un gran líder militar, con su uniforme más imponente. Las monedas muestran otro aspecto de este proceso, que podríamos llamar de descentralización, y ahí aparecen distintas provincias del Imperio. De esta manera, no parecen mera tierra conquistada”.

Algunos emperadores, como Marco Aurelio, eran percibidos ya en vida como un filósofo y su buena imagen ha llegado hasta nosotros. Su secreto fue centrarse en los senadores, un pequeño grupo de gente comparado con el pueblo en su conjunto. “Pero ellos escribían la Historia en una sociedad donde solo se alfabetizaban los poderosos, y sin ellos era impensable llegar al poder”. Con todo, el maestro en el manejo de estos recursos fue Augusto, el primer emperador. Sobrino nieto de Julio César, que lo adoptó, pasó toda su vida intentado evitarse la muerte violenta de su protector. “En el Senado, sus esculturas lo presentaban con toga, como uno más. Para la gente, aparecía fuerte y también como un pacificador. Con sus soldados era un militar. Es decir, tenía el mensaje adecuado para cada situación”, asegura el experto. Aunque no fuera emperador, el magnicidio impidió a Julio César cultivar con el esmero de sus sucesores la exhibición de imágenes paralelas del poder. “Pero para su posteridad ya está Shakespeare, e incluso Asterix, en otro plano, desde luego”, concluye Hekster.

 

6 febrero 2017 at 8:21 pm Deja un comentario

Narciso Santos Yanguas: “Los romanos no llegaron a Oviedo”

El autor de “Militares galaicos en el Ejército romano” precisa que la Vía de la Plata iba de Mérida a Astorga

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De izquierda a derecha, Narciso Santos Yanguas, Ana Isabel González y José Manuel Iglesias Gil. IRMA COLLÍN

Fuente: M. J. I.  |  La Nueva España
4 de febrero de 2017

“En Oviedo no hubo presencia romana, no hay vestigios que lo acrediten”. Así de rotundo se mostró ayer Narciso Santos Yanguas, catedrático de Historia Antigua y autor del libro “Militares galaicos en el Ejército romano”, presentado ayer en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA.

Santos Yanguas, que ha dedicado su trayectoria académica a investigar la romanización de la Península, especialmente del Norte, se suma a la tesis defendida por los arqueólogos García de Castro y Sergio Ríos, que, en un reportaje publicado el pasado domingo en LA NUEVA ESPAÑA, refutan la historiografía oficial sobre la ciudad y retrasan en 300 años la existencia de una verdadera sociedad urbana.

“Los romanos no estuvieron en todo el territorio, sólo en las zonas que les interesaban”, indicó el catedrático, que también aclaró que la Vía de la Plata iba de Mérida a Astorga, “en ningún momento llegó a Gijón, ni pasó por La Carisa, como ahora algunos quieren hacer creer”, aseguró.

Santos Yanguas alabó la labor de los indígenas del Norte peninsular, “que llevaron a cabo una labor excepcional, porque tuvieron que adaptarse a los que venían de fuera”.

Defiende el profesor que en el proceso de romanización,” el Ejército desempeñó un papel significativo al tratarse de las poblaciones más atrasadas en sus estructuras económicas y sociales”. “Al finalizar la anexión del territorio de los galaicos el poder romano tratará de afianzar su política militar mediante una ocupación y control prolongados, a cuyo fin favorecería la participación de los indígenas galaicos en su Ejército”, resaltó.

Frente a la escasa presencia de los galaicos en la política romana su influencia se hizo mucho más abundante en el Ejército, que fue el principal medio de promoción social.

José Manuel Iglesias Gil, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Cantabria, presentó al profesor Yanguas y destacó detalles como el hecho de que los galaicos, en la época romana, llegaban hasta el Duero y se adentraban en el Occidente de Asturias. Ana Isabel González, directora del servicio de publicaciones de la Universidad de Oviedo, que ha editado el libro, destacó la calidad y el rigor del trabajo realizado por Narciso Santos en su nuevo libro.

 

4 febrero 2017 at 11:24 am Deja un comentario

“Jornada de expertos” del legado de Roma en mayo para promover la candidatura de Itálica a la Unesco

Los promotores del proyecto de candidatura del Conjunto Arqueológico de Itálica, que guarda las ruinas de la antigua ciudad romana que descansa en Santiponce (Sevilla), a la declaración de Patrimonio de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (Unesco por sus siglas en inglés), preparan la celebración de unas “jornadas de expertos” en mayo sobre el legado de la antigua Roma.

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Recreación histórica en Itálica. (EUROPA PRESS)

Fuente: EUROPA PRESS  |  20minutos.es
1 de febrero de 2017

Concha Cobreros, vicepresidenta de la asociación ciudadana Unión Cívica del Sur, Civisur, que promueve esta iniciativa nacida en 2014, después congelada y ahora reimpulsada, ha informado a Europa Press de que la comisión de cultura de la citada plataforma ciudadana está “dando los primeros pasos” para articular a todos los efectos la mencionada candidatura, que recientemente ha cosechado el respaldo de instituciones como el Ayuntamiento de Santiponce, la Diputación de Sevilla o la Universidad hispalense, como ya sucediera en 2014.

“Es un camino largo, pero ya estamos dando los primeros pasos”, ha expuesto Concha Cobreros, defendiendo que Civisur está componiendo un “proyecto sólido” para elevar al comité de Patrimonio Mundial de la Unesco una candidatura de las ruinas romanas de Itálica a la declaración de Patrimonio de la Humanidad. En ese sentido, ha precisado que dentro de los “primeros pasos” de la iniciativa, figuran unas “jornadas de expertos” sobre cultura romana, probablemente para los días 22 y 23 de mayo.

ITÁLICA

El asentamiento romano de Itálica fue fundado por Publio Cornelio Escipión ‘El Africano’ allá por el año 206 antes de Cristo y fue la cuna de los emperadores Trajano y Adriano. El 13 de diciembre de 1912, a propuesta de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, una real orden declaró estas emblemáticas ruinas romanas como “monumento nacional”, un hito cuyo centenario pasó en 2012 sin pena ni gloria por lo que a las instituciones públicas se refiere.

La rehabilitación del antiguo teatro, no obstante, ha constituido un importante revulsivo para el conjunto arqueológico, que en su remozado espacio escénico acoge actualmente los espectáculos del Festival Internacional de Danza de Itálica y las funciones del ciclo Teatros Romanos de Andalucía. Pero aunque el conjunto arqueológico vivió hace poco una cierta revitalización con frecuentes jornadas y actividades, ha quedado ensombrecido por aspectos como los cierres parciales sufridos a cuenta de las vacantes en su plantilla de vigilantes.

La propuesta de candidatura de las ruinas de Itálica a la declaración de Patrimonio Mundial, de cualquier manera, nació en el verano de 2014 de la mano de la Fundación Itálica de Estudios Clásicos y se fundamentaba especialmente en el papel de este asentamiento como “ensayo” del proyecto político de la antigua Roma, al tratarse de la primera ciudad creada por Roma en Hispania y fuera de la Península Itálica, siendo además “la cuna de los emperadores Trajano y Adriano”.

LA DOBLE EFEMÉRIDE DE 2017

Al respecto, la idea inicial era intentar que la Unesco debatiese la candidatura en la sesión de 2017 de su comité de Patrimonio Mundial, para coincidir con el 1.900 aniversario de la muerte del emperador Trajano y de la llegada al poder del emperador Adriano, ambos procedentes de Itálica.

No obstante, y según señalaban a Europa Press hace meses fuentes de la iniciativa, la misma fue “frenada” al objeto de revisarla. En ese sentido, el profesor de Geografía Humana de la Universidad Hispalense Víctor Fernández Salinas, secretario del comité español del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos por sus siglas en inglés), opinaba allá por 2014 que la propuesta es “muy difícil” de culminar porque “España tiene muchos bienes declarados Patrimonio de la Humanidad, hay muchas ruinas romanas y la idea no es demasiado innovadora”.

 

1 febrero 2017 at 8:15 pm Deja un comentario

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