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Los crueles hábitos de los soldados que desangraron a las legiones romanas en Hispania

Durante más de medio siglo, la Península mantuvo en jaque a los gobernadores y a los soldados que se enviaban desde Italia. La toma de Numancia fue el culmen de un enfrentamiento que tuvo que concluir el famoso Publio Cornelio Escipión Emiliano

El último día de Numancia – Alejo Vera

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
18 de mayo de 2017

Más de medio siglo de contiendas, una larga lista de generales y gobernantes, y miles de bajas. Ese fue el sangriento tributo que se vio obligada a pagar la Roma republicana para dominar de forma efectiva buena parte de la Península Ibérica a partir del siglo III A.C. Durante ese tiempo, los pueblos celtíberos (así como los lusitanos, los vettones y otros tantos) se opusieron con bravura al avance de las legiones por la región.

Para orgullo hispano, cumplieron su objetivo con creces enfrentándose al poderío de sus vecinos hasta en tres grandes contiendas sucedidas -de forma oficial- a partir del año 181 A.C. De hecho, los descalabros que perpetraron contra algunos generales como el cónsul Cayo Hostilio Mancino (humillado en batalla por los numantinos), obligaron a Roma a enviar a Hispania a su general más destacado, Publio Cornelio Escipión Emiliano, para pacificar definitivamente la zona.

El militar, hasta ese momento apodado el «Africano Menor» por haber destruido la ciudad de Cartago durante la Tercera Guerra Púnica, se ganó en tierras hispanas el sobrenombre del «Numantino» tras aplastar la resistencia y tomar Numancia (una de las principales plazas que se oponían al dominio).

Aquella derrota honrosa para los defensores -algunos de los cuales prefirieron darse muerte a capitular– puso fin a un enfrentamiento que sacó de quicio a Roma. Una contienda, en definitiva, en la que los soldados celtíberos demostraron que eran capaces de poner en jaque a las experimentadas legiones haciendo uso de un amplio abanico de armas y una serie de costumbres tan curiosas como amputar la mano diestra al enemigo (símbolo de su poder militar) y hacer uso de ella como trofeo de guerra.

Esta última (y sanguinaria) práctica puede apreciarse en la portada de la revista Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º41 («Numancia»). Dicha ilustración muestra a un orgulloso guerrero numantino alzando a los cielos la mano de un soldado romano al que acaba de vencer. El mismo combatiente del que ha obtenido la espada que porta desafiante: un «gladius hispaniensis».

El protagonista de la escena porta también a su espalda un «caetra». Este escudo era su principal defensa y, como señala el historiador Eduardo Peralta Labrado en su obra «Los cántabros antes de Roma», era circular, contaba con un umbo central, y tenía «una característica decoración de cuatro segmentos curvos».

A su vez, en la escena también puede apreciarse que el combatiente (todavía con furia en los ojos por su particular victoria en combate singular) está equipado con un casco hispano-calcídico. Un elemento que, en palabras de los autores de la obra «Cascos hispanos-calcídicos», denotaba que pertenecía a la élite de la sociedad de la época.

Finalmente, la imagen también destruye uno de los mitos más extendidos de la Historia: el que nos muestra a los legionarios ataviados de forma perpetua con una coraza de placas y un gigantesco escudo rectangular. Por el contrario, durante el asedio de Numancia el griego Polibio (citado por el historiador Fernando Quesada Sanz en su dossier «El legionario romano en época de las Guerras Púnicas») afirma que la mayoría de los combatientes portaban «un pequeño pectoral que cubría el centro del pecho», un casco de bronce «de tipo Montefortino» y un «escudo oval en forma de teja».

Primera guerra por Hispania

El origen de las largas contiendas contra Roma se remonta hasta el 181 A.C. Aunque solo de forma oficial. Anteriormente, en el 197 A.C., las tensiones ya se habían dejado ver en Hispania después de que los romanos decidieran ocupar parte de Iberia tras expulsar de ella a los molestos cartagineses. El asentarse por estos lares, su división del territorio en dos grandes provincias (Hispania Citerior e Hispania Ulterior) y la explotación interesada de la zona provocaron que las diferentes tribus nativas se alzasen en su contra.

Así fue como (en el mencionado año 181 A.C.) comenzó la Primera Guerra Celtibérica cuando los habitantes de la Hispania Citerior reunieron un contingente de 35.000 combatientes para enfrentarse a los romanos. Al menos, así lo afirma el historiador Tito Livio en sus textos.

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C.

Marco Fulvio Flaco (pretor de la Hispania Citerior) logró armar un contingente que, aunque inferior en número, aplastó durante dos años a los sublevados en batalla. Entre las contiendas más destacadas quedó grabada a fuego la de Carpetania (en el centro de la geografía española). Un enclave que era considerado la llave para la conquista romana de Celtiberia. El mismo Livio señaló en sus textos que, durante esta lid, los defensores lucharon hasta la extenuación contra las legiones: «Los celtíberos tuvieron unos instantes de indecisión e incertidumbre; pero como no tenían dónde refugiarse si eran derrotados y toda su esperanza radicaba en el combate, reemprendieron la lucha de nuevo con renovado brío». Su bravura no les valió de nada, pues fueron derrotados amargamente.Lo mismo les sucedió cuando a la Península llegó (en el 180 A.C.) el nuevo pretor de la Citerior: Tiberio Sempronio Graco. El mandamás logró romper el asedio de la ciudad de Caraúes (aliada de Roma) y detener drásticamente la sublevación local tras la batalla de Moncayo (en la que causó a sus enemigos -según se cree- unas 22.000 bajas). Su efectividad hizo que los alzados pactaran otorgar a Roma una serie de tributos anuales y ceder hombres para sus legiones a cambio de la paz. Y por si esto fuera poco, a los derrotados también se les prohibió fortificar sus dominios.

Dos alzamientos y un exterminio

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C. Al menos oficialmente, pues durante aquellos años se sucedieron varios enfrentamientos que (aunque fueron sofocados por los gobernadores locales) dieron más de un calentamiento de cabeza a los romanos.

Sin embargo, en el 154 A.C. volvieron a resonar tambores de guerra. La razón del comienzo de las disputas fue que la ciudad de Segeda (en Zaragoza) decidió ampliar su muralla 8 kilómetros. Aquello fue tomado como una violación de los tratados de Graco, y le vino como anillo al dedo a una Roma ansiosa de batallas para ampliar (todavía más si cabe) y afianzar su dominio en la zona. En este caso, para dar un castigo ejemplar a los desobedientes hispanos llegó a la demarcación el Cónsul Fulvio Nobilior. Y no lo hizo solo, sino con 30.000 combatientes divididos en cuatro legiones.

La llegada de este contingente hizo que los habitantes de Segeda solicitasen asilo en la fortificada Numancia la cual -hasta entonces- se había mantenido al margen del enfrentamiento. Así fue como la urbe se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la resistencia contra Roma. Nobilior cercó la ciudad y, aunque no logró tomarla, sus victorias en los pueblos cercanos (y las de su sucesor, Claudio Marcelo) hicieron que los celtíberos se viesen obligados a firmar la paz en el año 152 A.C. Todo parecía haber acabado.

Viriato fue uno de los líderes que motivó los levantamientos contra la ocupación romana – Wikimedia

Pero el tratado fue breve. Ese mismo año, las victorias del popular lusitano Viriato (todavía en guerra contra Roma) avivaron la llama de la contienda, lo que llevó al enésimo enfrentamiento armado. En las casi dos décadas siguientes, desde Roma desfilaron una ingente cantidad de cónsules por Hispania. Todos ellos, con el objetivo de destrozar a los sublevados al precio que fuese. Pero a cada cual más torpe que el anterior.

El colmo de la incapacidad llegó de las manos de Cayo Hostilio Mancino en el 137 A.C. Este gobernante no solo no logró conquistar Numancia, sino que se vio obligado a rendirse cuando tan solo 4.000 numantinos rodearon su campamento y amenazaron con aniquilar a sus hombres. La humillación fue tal que Roma le obligó a desfilar desnudo frente a las murallas de Numancia para castigarle por su torpeza.

Finalmente, desde Italia decidieron mandar a la Península a Publio Cornelio Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago en la Tercera Guerra Púnica. El militar arribó a la zona en el año 134 A.C. Con él llegó la verdadera disciplina militar a las legiones en Hispania. Y es que, cansado de derrotas, dedicó su tiempo a entrar duramente a los soldados. Además, expulsó de los campamentos a las prostitutas y los adivinos, a los que consideraba un verdadero cáncer por distraer (de una forma u otra) a sus hombres.

Poco después conquistó los pueblos cercanos a Numancia y, tras un arduo trabajo de ingeniería, edificó un cerco alrededor de esta urbe para matar de hambre a sus ciudadanos. La jugarreta le salió bien, pues a los numantinos no les quedó más remedio que capitular en el 133 A.C. Aunque, todo hay que decirlo, muchos de ellos prefirieron suicidarse antes que entregar la urbe.

Las curiosas costumbres de los guerreros

1-La guerra sagrada.

Tal y como se explica en el número de Desperta Ferro, para los celtíberos la muerte en batalla era «el suceso personal más trascendente». Para ellos, solo existía la victoria o el fallecimiento. Con todo, para acceder a este honor debían «ofrecer la victoria a los dioses, mostrar valor y aspirar siempre a una “bella muerte”».

Así lo señala Eduardo Kavanagh (director de la cabecera de Historia Antigua y Medieval de la revista Desperta Ferro) a ABC: «Uno de los caracteres de la sociedad celtibérica parece haber sido el protagonismo dado a la guerra y, por ende, la admiración de la condición del guerrero. Como queda patente en la portada de la revista, se desarrolló un ethos agonístico, o mentalidad tendente a la competición entre los guerreros, con objeto de demostrar su valía en el combate, entendida esta como la mayor virtud. De resultas de ello, se desarrollaron algunas de sus instituciones más características, como la devotio (por la que un grupo de combatientes se consagraban a un líder militar y juraban no sobrevivirle en combate) o la costumbre de exponer los cadáveres de los caídos en combate a los buitres, en lugar de incinerarlos (entendido aquel como un trato más honroso)».

2-El combate singular.

Tal y como explica Kavanagh a ABC, los celtíberos también tenían la costumbre de enfrentarse en un combate ritual y singular (entre dos contendientes): «En varias ocasiones, de hecho, los romanos hubieron de enfrentarse a esta costumbre y el propio Escipión Emiliano tuvo que luchar de forma individual con un campeón de la ciudad de Intercatia (Paredes de Nava, Palencia), que se interpuso entre ambos ejércitos antes del combate y retó a duelo al mejor combatiente de entre los romanos. Escipión fue el único que aceptó el desafío, y salió triunfante. Pero nos llama la atención que el hijo del campeón derrotado llevara, años más tarde, un anillo que conmemoraba aquel episodio. Es evidente, por tanto, que la derrota en estos enfrentamientos no era considerada deshonrosa y, por el contrario, la mera participación era un enorme motivo de orgullo».

3-Cortar la mano del enemigo

En palabras de los autores, una de las costumbres más curiosas de los guerreros era la de amputar la mano derecha de sus enemigos. La explicación radicaba en que esa era una extremidad cargada de significado por ser con la que se empuñaba el arma. Así pues «era símbolo de la capacidad militar del hombre, y también de su capacidad política».

No les falta razón, pues también era con la mano con la que se sellaban los pactos y se confirmaba una amistad. Por ello, contaba con una importancia tan simbólica. Y por ello también, quedarse con ella como trofeo de guerra era todo un privilegio.

La amputación de la mano derecha como castigo (o como método de adivinación) puede verse en múltiples textos clásicos. El más famoso es el de Estrabón, donde se señala lo siguiente: «[Los lusitanos] hacen sacrificios y examinan las vísceras sin separarías del cuerpo; observan asimismo las venas del pecho y adivinan palpando. También auscultan las vísceras de los prisioneros, cubriéndolas con sagos. Cuando la víctima cae por la mano del adivino, hacen una primera predicción por la caída del cadáver. Amputan la mano derecha de los cautivos y la consagran a los dioses».

 

18 mayo 2017 at 8:07 am Deja un comentario

El origen de Asturica, avalado por el hallazgo de una lápida

Encuentran en Astorga una placa honorífica de un personaje del Imperio Romano que reafirma que la ciudad se constituyó como tal en el siglo I d.C.

Un momento de la presentación del nuevo hallazgo romano.

Fuente: P. Ferrero  |  La Nueva Crónica
15 de mayo de 2017

Una vez más, los restos arqueológicos romanos hacen acto de presencia en Astorga, y una vez más son la huella de esta antigua civilización que dio vida a la conocida Asturica; una ciudad que sigue conociéndose día a día con los nuevos hallazgos que se van encontrando. El último, una lápida honorífica, cabe pensar que de un personaje importante de la época de Tiberio, en la primera mitad del siglo I d.C (entre los años 14 y 37), que ha sido encontrada en un solar de la calle Pío Gullón. La inscripción de la lápida pone de manifiesto que se trata de un tribuno militar de nombre Trebius, apodado comúnmente Nepoti –aunque está incompleta–. Ostentaría también otros cargos militares, así como civiles, destacando el de ‘procuratori’, administrador imperial.

Esta placa conmemorativa, hallada en el ángulo noroccidental del pórtico doble que enmarca un gran espacio público relacionado, en época del campamento de la Legio X Gemina, con el Ara Augusta y en la época del asentamiento urbano con el foro de Asturica, supone un importante avance arqueológico, ya que confirma las hipótesis planteadas de que en esa época, Asturica Augusta no era ya un campamento como lo fue en era de Augusto, sino que ya era un núcleo urbano civil, con todas las construcciones propias de las ciudades romanas.

Las excavaciones están siendo dirigidas por María Luz González y el hallazgo fue presentado el pasado viernes con la participación del delegado territorial de la Junta, Guillermo García, que en su intervención dejó claro que la intención es que en un futuro –tras averiguar más sobre este personaje y realizados los análisis y estudios pertinentes– formen parte del patrimonio de la ciudad y se queden en Astorga.

De campamento a núcleo urbano

Asturica empieza a florecer en época de Tiberio, en el siglo antes mencionado. Por aquel entonces esta civilización era más que consciente de la importancia de este enclave, debido a cercanía con las minas auríferas. Es por ello que Asturica se convierte en el punto de encuentro de grandes personajes de la vida social, jurídica y económica de la Hispania romana, que hicieron de ella una ciudad próspera y de gran riqueza; muestra de la fuerza y el esplendor del Alto Imperio Romano.

Enmarcada dentro de la muralla, de la que hoy aún se conserva bastante tramo, se fueron desarrollando las construcciones propias de las ciudades romanas. Asturica contaba con sus termas mayores y menores. Las primeras –visitables en la Ruta Romana–, previsiblemente, construidas para la alta sociedad y las segundas de carácter público. Ocupaban el espacio central de la ciudad. Aunque su construcción se emplaza en el siglo I pasaron por varias remodelaciones posteriormente.

Astorga también conserva restos de las denominadas domus romanas. Viviendas unifamiliares, de familias de clase social acomodada. La Domus del Mosaico del oso y los pájaros es una muestra de estas construcciones. Estas viviendas contaban con baños privados, un vestíbulo, así como con estancias que rodean un patio central, decoradas con motivos vegetales. De esta domus es destacable el mosaico que hace referencia a Orfeo y el otoño, pero su construcción se remonta a finales del siglo II y principios del III.

Como en cualquier otra ciudad romana, Asturica contaba, en el interior de sus calzadas, con las cloacas; y es que,la vida en la urbe requería adoptar ya unas medidas sanitarias adecuadas. De ellas aún se conservan algunos restos que también pueden visitarse en la ruta.

Pero Asturica no sería una completa ciudad romana si no contara con su foro; el lugar en el que se desarrollaba la vida pública. Era de grandes dimensiones, ya que sobre él oscilaban los edificios públicos. Actualmente ha quedado fosilizado en la Plaza Mayor de la ciudad, pero con medidas mucho más reducidas. Dentro del marco del foro, en el centro del lado occidental, se llevó a cabo la construcción del Aedes Augusti, un templo dedicado al emperador Augusto. Y frente a este templo se encuentra una de las construcciones más importantes, debido a su conservación, y que ocupa una relevancia especial en lo que respecta a este nuevo hallazgo: la Ergástula. Una galería abovedada que se remonta al año 30 y que formaría parte de una construcción mayor sobre la que se instalaría el Ara Augusta, un monumental altar sobreelevado unos seis metros con respecto al horizonte de circulación, donde se celebraban ceremonias de culto al emperador y a la ciudad de Roma, la Dea Roma. Se construyó un pórtico, y en uno de estos lados ha sido hallada la placa a este nuevo personaje romano, que ha vuelto a la vida, milenios después de su muerte y pasando siglos en el olvido, en Astorga.

 

15 mayo 2017 at 8:44 pm Deja un comentario

Un nuevo campamento de las Guerras Cántabras confirma que el Portus Victoriae estaba en la bahía de Santander

Un nuevo campamento de las Guerras Cántabras hallado en Castañeda ha permitido situar en la bahía de Santander el Portus Victoriae que los romanos fundaron para conmemorar su triunfo en esta contienda en tiempos del emperador Augusto.

La Cabaña (ENRIQUE GUTIÉRREZ CUENCA)

Fuente: EUROPA PRESS  |  20minutos.es

SANTANDER, 15 May.- Así lo ha informado hoy el doctor por la Universidad de Cantabria, Enrique Gutiérrez Cuenca, cuya investigación ha puesto luz sobre una cuestión que ha sido objeto de debate desde hace décadas.

El arqueólogo ha recordado que Santander, Santoña, Suances o San Vicente de la Barquera eran algunas de las ubicaciones propuestas para el Portus Victoriae, aunque ha sido la capital de Cantabria la que ha contado con más apoyo.

Sin embargo, hasta ahora no había evidencias arqueológicas que sustentasen esa afirmación, ya que los escenarios del enfrentamiento entre cántabros y romanos en tiempos de Augusto se localizaban al sur de la Cordillera y en los cordales montañosos del interior, pero el rastro del avance de las legiones se perdía en la zona costera.

Recientes hallazgos en el lugar conocido como La Cabaña, en el municipio de Castañeda, permiten completar el relato de la conquista y poner de manifiesto la importancia de la bahía de Santander en este acontecimiento histórico.

La prospección realizada en La Cabaña durante 2016, dirigida por Gutiérrez Cuenca con la colaboración de José Ángel Hierro Gárate, Rafael Bolado del Castillo y Eduardo Peralta Labrador, ha confirmado la existencia de un nuevo campamento romano utilizado durante la campaña del año 25 antes de Cristo.

Su ubicación, a menos de 20 kilómetros de la bahía de Santander, vincula este establecimiento militar con el desembarco de tropas romanas que quebró la resistencia indígena e hizo posible la conquista de Cantabria por Roma, ha explicado el doctor.

El recinto tiene una extensión aproximada de dos hectáreas, superficie suficiente para alojar a unos 1.500 hombres. Las estructuras mejor conservadas definen una línea triple de fosos y terraplenes en la zona norte que se completa con una fortificación más sencilla que encierra la cumbre de la loma sobre la que se asienta.

Los trabajos han permitido recuperar diversos objetos que confirman el carácter militar y la cronología del yacimiento. Una moneda romana de bronce acuñada en la Colonia Lépida Celsa (Velilla del Ebro, Zaragoza) entre los años 44 y 36 a. de C., una pieza de suspensión de una vaina de puñal finamente decorada y una fíbula en omega son algunos de los hallazgos que permiten caracterizar el campamento romano.

Además, han aparecido otros útiles usados por los legionarios como una dolabra -un tipo de herramienta empleada para cavar los fosos del campamento- o parte de un molino de mano portátil utilizado para moler la ración diaria de cereal en campaña.

Las estructuras más visibles del yacimiento ya habían sido identificadas por este mismo equipo de arqueólogos mediante fotografía aérea y satelital. Además de este recinto de La Cabaña, esa prospección previa había permitido localizar otro posible campamento romano de campaña de mayor tamaño a poco más de un kilómetro hacia el sur, en el barrio de Pando (Santiurde de Toranzo).

Ambos fueron incluidos en la obra colectiva ‘Las Guerras Astur-Cántabras’ en 2015. Están en relación visual directa tanto con los campamentos del Campo de Las Cercas y Cildá como con el castro de la Espina del Gallego, que forman parte del mismo dispositivo militar romano, ya en la otra orilla del Pas.

CONSERVACIÓN

Aunque la existencia de éstos y otros posibles recintos fortificados de las Guerras Cántabras -entre ellos, los campamentos de Liébana que han sido recientemente relacionados con el Monte Vindio- fue puesta en conocimiento de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte en el verano de 2014 por parte de sus descubridores, el yacimiento de La Cabaña se encuentra actualmente “muy alterado”, según su descubridor.

Un incendio forestal devoró en 2015 la plantación de eucaliptos que se había llevado a cabo en la loma hace menos de una década y los trabajos de acondicionamiento del terreno tras el fuego se realizaron sin la pertinente supervisión arqueológica.

La actuación que se ha llevado a cabo en 2016 ha consistido en una operación de salvamento con el objetivo de documentar y recuperar los restos que la maquinaria pesada se había llevado por delante.

Ha sido autorizada por la Consejería y financiada con fondos propios de los investigadores. El MUPAC colabora en la restauración de materiales arqueológicos, que pasarán a formar parte de sus fondos tras su estudio. El Ayuntamiento de Castañeda, por su parte, ha mostrado su interés por el proyecto y por dar a conocer sus resultados a los vecinos del municipio.

Este nuevo escenario de la conquista romana de Cantabria fue, además, testigo de excepción de un conflicto bélico más reciente. Casi 2.000 años después del paso de las legiones de Augusto, otro ejército italiano dejó su huella en La Cabaña, donde tuvo lugar uno de los últimos combates importantes de la Batalla de Santander, durante la Guerra Civil Española.

Allí se enfrentaron el 24 de agosto de 1937 tropas de la División Littorio, que apoyaban al ejército franquista, y algunas unidades republicanas del Cuerpo de Ejército de Santander, que defendían ya a la desesperada el paso hacia la capital. Numerosos materiales relacionados con ese episodio poco conocido de la historia de Cantabria también han sido recuperados durante la intervención arqueológica.

 

15 mayo 2017 at 8:37 pm Deja un comentario

El tupé más famoso de la antigüedad

Alejandro Magno fue una referencia en el mundo romano, una figura que imitar hasta en el peinado

Detalle del mosaico de Isos en el que el conquistador macedonio, melena (y tupé) al viento, carga contra las tropas de Darío III. El mosaico, copia de una pintura griega, fue hallado en la Casa del Fauno, en Pompeya. (DEA / M. CARRIERI / Getty)

Fuente: FÈLIX BADIA LA VANGUARDIA
12 de mayo de 2017

Hace 2.000 años, para ser alguien en la alta política romana, había que parecer, emular, recordar o evocar, aunque fuera remotamente, a Alejandro Magno, el mítico caudillo macedonio que tres siglos antes había construido en tiempo récord un imperio en el sudeste de Europa y Asia. Y había que hacerlo con las obras, pero también con las formas.

Literalmente. Pompeyo, el aliado –primero– y archirrival –después– de Julio César lo creía a pies juntillas, y tras conquistar a sangre y fuego buena parte de Oriente Medio, como hiciera en su día Alejandro, asumió también el apelativo de Magno y, un detalle no tan menor como pudiera parecer, decidió lucir tupé, el característico rasgo del conquistador griego y tal vez uno de los peinados más famosos de la antigüedad.

No se trataba por supuesto de un tupé de aire rockabilly o que anticipara la opinable estética de Donald Trump, sino del peinado que los griegos llamaban ‘anastole’ (poner hacia atrás). A Alejandro se le había representado con él tanto en monedas y esculturas como en pinturas y mosaicos, como el de Isos hallado en Pompeya, en que se le representa en plena carga contra el último rey persa, Darío III.

Pompeyo Magno se hizo representar con un tupé parecido al de Alejandro, y con sus conquistas llegó incluso a emular sus éxitos. Todo ello años antes de perder, literalmente, la cabeza en las costas de Alejandría (Getty)

Para cuando, casi 300 años después, Pompeyo estaba alcanzando el cenit de su celebridad, la figura del conquistador griego se vinculaba de forma inseparable al peinado, así que le faltó tiempo para intentar acercar su imagen a la del general heleno. “Su pelo –explicaba Plutarco– tendía a levantarse en la parte de alta de su frente, y eso (…) producía un parecido, más comentado que real, a las estatuas de Alejandro”.

El detalle es algo más que una anécdota. Peinados al margen, la explotación de la imagen de los líderes y su semejanza o no respecto a los mitos del momento tuvo un papel fundamental en el despiadado juego político del fin de la república (siglo I antes de Cristo). Un uso de la imagen pública que alcanzaría años después su punto más alto ya en el imperio con el reinado de Augusto, quien gracias a ello podría cimentar su poder.

El uso de la representación del líder que se hizo en la antigüedad, recuerda a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, hasta la dulcificada imagen Obama con las mangas eternamente arremangadas que transmitían su disposición a trabajar por su país.

Salvando los siglos transcurridos, este uso de la representación del líder recuerda, y mucho, a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde el culto a la personalidad en las dictaduras –la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, o los brazos cruzados de Hitler mostrando fortaleza–, hasta la dulcificada imagen de los políticos en los sistemas liberales –con las mangas eternamente arremangadas de Obama que transmitían su disposición a trabajar por su país–.

Para un político ambicioso, y en la turbulenta Roma del siglo I antes de Cristo los había a decenas, vincularse, pues, a las mayores celebridades del mundo clásico era fundamental. Pompeyo no se limitó al peinado, sino que incluso llegó a visitar la tumba de Alejandro Magno para hacerse con la capa del conquistador. También la visitaron después los emperadores Calígula, que tomó prestada su coraza, y Augusto, que, no se sabe exactamente cómo, rompió de forma involuntaria la nariz de su momia. Con este ritmo de expolio, no es extraño que la ubicación de los restos de Alejandro, suponiendo que aún existan, sea hoy uno de los grandes misterios de la arqueología.

Para un dandi como Julio César la calvicie fue un verdadero tormento. No ayudaba que la tradición romana considerara la alopecia como un signo de mala salud y de poca masculinidad (Getty)

Julio César también veneraba la figura del conquistador macedonio. Suetonio cuenta que, cuando el que más tarde sería dictador pasó por delante de una estatua de Alejandro en Hispania, se echó a llorar. ¿La razón? Tenía en aquellos momentos 33 años, la misma edad a la que había muerto el caudillo griego, y no había alcanzado hasta el momento ningún logro con el que pasar a la posteridad. Aunque hay dudas sobre la certeza de la anécdota, lo que sí parece claro es la influencia que la imagen de Alejandro tenía en el poder establecido del momento. Quién sabe si Julio César habría deseado también lucir el legendario tupé del conquistador. Sin embargo, tenía un problema prácticamente insalvable: una calvicie precoz.

Es cierto que la imagen era un factor de primer orden que los líderes romanos se apresuraban a explotar a fondo, pero, de la misma manera, constituía un factor que los podía convertir en blanco de las críticas de sus adversarios, y Julio César los tenía en cantidades ingentes. En la cultura romana, la calvicie tenía muy mala prensa, en especial, si era prematura, porque el pelo se consideraba un símbolo de fuerza, virilidad, juventud y fertilidad, y, por tanto, se pensaba que quien la sufría adolecía de falta de esas características. “Feo es el campo sin hierba, y el arbusto sin hojas y la cabeza sin pelo”, escribió Ovidio. Por eso, uno de los grandes hombres de la antigüedad, el mismo que conquistó Galia y Egipto, y el que puso los cimientos de uno de los imperios más importantes que ha visto el planeta, vivió en realidad atormentado por su falta de cabello.

Los enemigos de Julio César se cebaron en su calvicie, Adriano expresó su amor a Grecia al dejarse barba, y Cómodo ostentó espolvoreándose oro en el pelo

El médico y licenciado en Humanidades Xavier Sierra Valentí explicaba hace unos años en un artículo publicado por la revista ‘Piel’, que Julio César pasaba largas horas intentando disimular su falta de pelo y que incluso se peinaba hacia adelante, porque no soportaba las burlas de sus detractores. Sierra añade que, según Suetonio, obtuvo permiso del Senado para llevar en todo momento la icónica corona de laurel como un honor que además le permitía disimular su falta de pelo. No obstante, no todos veían un problema en su calvicie según textos clásicos, que señalan que sus tropas, al regreso de una de sus conquistas, cantaban por las calles: “Ciudadanos, guardad vuestras esposas, traemos a un calvo adúltero”.

En cambio, la aristocracia romana tradicional veía en Julio César, además de un enemigo político, a un perfil contrapuesto a los valores conservadores de la República romana, y por ese motivo, explotaron a fondo su lado más frívolo y su fama de playboy. El que sería el hombre más poderoso de su época y uno de los militares más audaces de su tiempo era también un fashionista, pero, como explica Tom Holland en ‘Rubicón’ (Ático de los Libros), sus cinturones de color naranja y sus ropas demasiado holgadas para el gusto canónico del momento fueron aprovechados en campañas en su contra, de la misma manera que su estilo de vida. “Hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres”, se decía de él en referencia a su comentada y promiscua bisexualidad.

Como todos los emperadores, en cuanto a la moda Adriano era un prescriptor de tendencias. Fue él quien puso de moda la barba en Roma, una estética que hasta entonces se consideraba bárbara en la capital del imperio (Leemage / Getty)

Si bien la alopecia no estaba bien vista, llevar barba era incluso peor porque se veía como una costumbre de bárbaros. Por eso, un ciudadano que cuidara su imagen debía pasar a menudo por el tonsor, un barbero verdaderamente temible encargado de mantener a los varones romanos dentro de la civilización. Ponerse en sus manos no parece que fuera una experiencia especialmente agradable, porque no se utilizaban cremas para el afeitado y porque el instrumental, por afilado y cuidado que fuera, distaba mucho de tener la sofisticación actual.

Así pues, los nobles romanos debían de ser personas de piel acerada, porque era muy raro que alguno de ellos renunciara a afeitarse, al menos durante el siglo I. Sin embargo, con la llegada de Adriano (76-138) y su barba ensortijada, las cosas empezaron a cambiar. Como el resto de los emperadores, este fue un verdadero creador de tendencias. Pero, como en el caso de Pompeyo o de Julio César, esas tendencias eran más que simple estética para traspasar de nuevo el umbral de la comunicación política.

Tras la muerte de su hermano Geta, Caracalla proclamó la ‘damnatio memoriae’ (que se eliminara toda referencia a él). En la imagen Caracalla de niño (derecha) y a su lado Geta, borrado (Getty)

En este sentido, la barba de Adriano era una declaración de intenciones: si el vello facial había sido considerado poco civilizado en Roma, en Grecia, en cambio, el punto de vista era el opuesto, y el nuevo emperador era un enamorado de todo lo que guardaba relación con el mundo helénico. El look adriánico se completaba con un vistoso pelo rizado, posiblemente gracias al calmistro, una herramienta que se calentaba al fuego y luego se aplicaba al pelo. Una técnica sólo para valientes.

La moda de Adriano se siguió durante mucho tiempo. Bastantes años después, al emperador Caracalla (188-217), famoso entre otras cosas por las gigantescas termas que mandó construir en Roma y por haber solucionado la rivalidad con su hermano Geta por la vía rápida –el asesinato–, se le representaba con barba y pelo rizado. Y cara de pocos, muy pocos, amigos. Cómodo (161-192), al que la tradición describe como un emperador sanguinario, paranoico y apasionado de los juegos de gladiadores –tanto que incluso llegó a lanzarse a la arena–, fue otro de los que se apuntaron a esa moda, aunque le dio una vuelta a la tuerca, al, según algunas versiones, espolvorearse el pelo con oro y hacerse representar como Hércules, en, una vez más, un mensaje político. Los tiempos habían cambiado, y donde Pompeyo dos siglos antes evocaba a un conquistador, Cómodo prefería identificarse, directamente, con un semidiós, hijo del mismísimo Júpiter.

Paranoico, sanguinario, ostentoso… a juzgar por las fuentes clásicas, el emperador Cómodo –el de ‘Gladiator’– no fue precisamente un repositorio de virtudes. En la imagen, personificado, ni más ni menos, que como el semidiós Hércules (DEA / G. DAGLI ORTI / Getty)

 

12 mayo 2017 at 10:47 am Deja un comentario

Adolf, el alemán que desenterró Numancia

  • Llegó a Soria en 1905 en busca de la ‘ciudad perdida’ que resistió a Roma. Disfrutó de las jotas, cenó con el rey… Pero lo acusaron de expolio: se llevó 12.500 objetos celtíberos
  • Por primera vez 478 de los tesoros del “sabio extranjero” han vuelto a España

Schulten, sentado en el centro, en un momento de sus excavaciones. Fotos cortesía de la exposición ‘Schulten y el descubrimiento de Numantia’ | Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid

Fuente: MAURICIO H. CERVANTESLEYRE IGLESIAS  |  EL MUNDO
5 de mayo de 2017

El día siguiente a su llegada a Soria, una diligencia lo llevó hasta su destino. Numancia, la ciudad que no existía, lo esperaba, enterrada, a siete kilómetros de la ciudad castellana. Era el 12 de agosto de 1905 y Adolf Schulten estaba seguro de que iba a hacer historia. Allí, en el cerro de Garray, cinco obreros a sus órdenes trazaron cuatro zanjas. Y pocas horas después, excavando con pico y azada, encontraron el tesoro que andaba buscando. En medio de una base rojiza de adobes quemados y ceniza, Schulten identificó fragmentos de vasos ibéricos.

“No había duda”, escribiría después: “Bajo la ciudad romana yacía una ciudad más antigua, ibérica, destruida por el fuego. ¡Habíamos encontrado Numancia!”.

Así, en medio de un calor abrasador que le obligó a afeitarse el bigote, y atraído hasta Soria por una obsesión que lo poseería toda la vida, el “sabio extranjero” -como lo denominó la prensa soriana-, el “héroe de Numancia” -como decía de sí mismo en sus diarios-, inició las excavaciones de lo que hoy es el yacimiento que más información ha proporcionado sobre el mundo celtíbero.

Y así arrancó también el mito de un hombre aplaudido por sus descubrimientos pero perseguido por una sombra que aún hoy resuena en Soria: “Se llevó todo lo que quiso para Alemania…”. Porque buena parte de los objetos que Adolf Schulten encontró en la vieja Numancia han permanecido en un museo alemán durante décadas, y no ha sido hasta este mes cuando han pisado suelo español. Los ha reunido el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid, en Alcalá de Henares, en una exposición denominada Schulten y el descubrimiento de Numantia. Por primera vez, más de un siglo después, los tesoros de Schulten regresan a casa.

Con 1.000 marcos en el bolsillo fue como el metódico alemán llegó a la mísera Soria aquel agosto de 1905. Se los había asignado, a petición suya, la Real Sociedad de Ciencias de Göttingen. Su trabajo de campo a lo largo de siete años acabaría costando hasta 40.000 marcos, según reveló en su librito Mis excavaciones en Numancia. “Casi la mitad” se los dio el káiser Guillermo II, entusiasmado por sus hallazgos; el resto, “en su mayor parte”, otras instituciones y academias alemanas. Y eso que Adolf, nacido en 1870 en Elberfeld, al oeste de Alemania, no era arqueólogo, sino filólogo, doctorado en Derecho Romano y profesor de Historia Antigua. Y la de España le apasionaba.

De pulsión romántica, como dictaba la época, Schulten había leído con fascinación la historia que los clásicos contaron de Numancia: cómo, en verano del año 133 antes de Cristo, los habitantes celtíberos de aquella ciudad resistieron, durante casi un año de hambre y enfermedades, el asedio del Imperio Romano, y la mayoría incluso prefirió el suicidio antes que entregarse. (De ahí la resistencia numantina). El alemán quería descubrir lo que España no había logrado: según María Paz Gómez Gonzalo, que ha dedicado su tesis doctoral en la Universidad de Barcelona a la figura de Schulten, los arqueólogos españoles, con Eduardo Saavedra a la cabeza, habían identificado las ruinas romanas, sí, pero no habían podido afirmar con certeza que la anterior urbe, la celtíbera, la ciudad heroica, seguía allí, debajo o al lado de la que después levantaron los conquistadores romanos. Él sí pudo.

Cabeza de lobo de Terracota. MUSEO ARQUEOLÓGICO DE LA COMUNIDAD DE MADRID

Acabamos de descubrir la ciudad ibérica -contó orgulloso en una carta-: casas construidas de adobas grandes quemadas por incendio, mucha cerámica muy característica ibérica…”. También encontró utensilios de hierro, vasos de barro pintados con figuras geométricas, arcas, cornetas, molinos de mano… Después llegó el resto de descubrimientos: los siete campamentos que los romanos comandados por Escipión levantaron alrededor de la ciudad en su largo asedio, sólidos muros de piedra bien conservados, monedas romanas, armas, ánforas…

La prensa de la época da fe de que las autoridades lo agasajaron y de que el pueblo, en un principio, lo quería. Le gustaban las jotas que cantaban los obreros mientras excavaban. Se llevaba bien con el dueño de aquellos terrenos, Luis de Marichalar y Monreal, vizconde de Eza y abuelo de Álvaro de Marichalar -que en 1917 los donaría al Estado-, y hasta compartió banquete con el rey Alfonso XIII cuando el monarca fue a inaugurar un monumento a Numancia. Aunque Schulten cometió un error imperdonable que la prensa divulgó: “desconociendo las etiquetas palatinas”, el “extranjero” asistió a la cena ataviado “con traje de americana”.

Pero pronto hubo quienes, en la España campesina, rural e ignorante que él describía en sus publicaciones, heridos quizá en su orgullo patriótico, preguntaron por qué un alemán y no un español tenía que acometer esos trabajos.

“Vergonzoso es para España que por no haber terminado las excavaciones empezadas en 1861 (…) tengan que venir arqueólogos alemanes a descubrir y estudiar los sagrados restos de la épica ciudad”, publicó la revista La Construcción Moderna. Corrió también el rumor de que Schulten había mandado “facturadas para Alemania” una docena de cajas con vasijas de cerámica y otros objetos numantinos, denuncia que acabó escuchándose en el Senado.

Empezó ahí la leyenda negra del hispanista. El mito del alemán expoliador.

Su diario, con su autorretrato como “héroe de Numancia” / MARIO TORQUEMADA / MUSEO ARQUEOLÓGICO DE LA COMUNIDAD DE MADRID

Lo cierto es que el contenido de aquellas primeras 13 cajas, con 231 kilos de vestigios, volvió a España enseguida, en 1906, como la cabeza de lobo de terracota que se muestra en estas páginas. De hecho, el propio Schulten dejó por escrito que su “gran gusto” era fundar en Garray un Museo Numantino. Pero hubo otra segunda remesa de piezas que salió hacia Alemania, supuestamente para ser estudiadas allí. Esas no regresaron jamás.

Una carta inédita descubierta por Gómez Gonzalo desvela que en 1929 el explorador alemán donó al Museo Central Romano-Germánico de Mainz las piezas que se había llevado, con la condición de que estuvieran en una sala propia en la que sólo podrían exponerse los hallazgos numantinos y otros del resto de España.

Pero esto “nunca” sucedió, según ha explicado el investigador del museo de Mainz Raimon Graells i Fabregat. No se han expuesto, sino que han permanecido durante 88 años guardadas en un almacén; algunas de ellas, apiladas en sacos de tela. Fueron hasta 12.500 vestigios celtíberos de Numancia -en muchos casos, fragmentos de vasijas y otros objetos-, según los cálculos de Enrique Baquedano y Marian Arlegui, comisarios de la exposición que hasta el 9 de julio podrá visitarse en Alcalá de Henares. Porque ahora, por primera vez, 478 de esas piezas han viajado de Mainz a Madrid.

¿Fue Adolf Schulten un expoliador? Los tres expertos consultados coinciden en que no. En aquella época no era extraño que los exploradores alemanes e ingleses se quedaran con parte de sus hallazgos para exhibirlos en sus países. “Los controles eran muy laxos y la legislación [contra el expolio] estaba en mantillas”, asegura Marian Arlegui.

Pero Numancia no fue la última obsesión española de Adolf Schulten, empeñado en dejar huella en un país que, a su juicio, nunca le recompensó su inmenso trabajo (la “envidia de los españolitos”, decía). Ya cuando excavaba en el cerro de Garray tenía en la cabeza su siguiente aventura: Tartessos, otra ciudad perdida que los griegos consideraron la primera civilización de Occidente. A ello se puso Schulten tras la Primera Guerra Mundial -de la que pudo librarse-, angustiado tras “cinco largos años” de espera sin poder obtener un pasaporte que le permitiera viajar a la Península. Aunque en este caso la suerte no le acompañó. Excavó el actual Parque de Doñana, cerca de la desembocadura del Guadalquivir, creyendo que allí encontraría la ciudad mítica sepultada. No lo consiguió.

Antes de la Guerra Civil también investigó en Barcelona, Cartagena, Valencia, Salou... Se jubiló de su Universidad de Erlangen en 1935, a los 65 años, con apenas 7.000 pesetas ahorradas, según contó. Aunque en pleno surgimiento del nazismo le nombrarán profesor emérito y en la España de Franco recibirá la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, acompañada de una pensión honorífica. La Segunda Guerra Mundial la vivirá entre Alicante y Tarragona con una beca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y en sus últimos años también pasará largas temporadas en la costa mediterránea, ideal para su reúma.

Cinco años antes de morir, en 1955, Adolf Schulten viajó por última vez a España para asistir en Barcelona a un congreso arqueológico. Su propósito era aprovechar esos días para escaparse a Numancia. Volver a verla de nuevo. Pero el alzhéimer que padecía se lo impidió. El “sabio extranjero” no pudo cumplir quizá su último sueño: despedirse de la ciudad perdida que él desenterró.

 

5 mayo 2017 at 9:11 pm Deja un comentario

‘Vascos’ en las legiones romanas

Vascones, várdulos y caristios formaron unidades de combate de la Roma Imperial

Brittania. La Cohors I Vardullorum permaneció acantonada en la frontera escocesa más de dos siglos y medio. / OLI SCARFF/AFP/GETTY IMAGES

Fuente: KEPA OLIDEN  EL DIARIO VASCO
2 de mayo de 2017

Los vascos abandonaron la prehistoria y se estrenaron en la Historia de la mano de los romanos. Y lo hicieron engrosando las filas de las legiones que conquistaron el imperio. Vascones, várdulos, caristios, autrigones… y otras tribus prerromanas que poblaban nuestra geografía -en un territorio más extenso que la actual Euskal Herria- aparecen por primera vez en la Historia por su relación con hechos de armas que recogieron historiadores latinos como Tácito, Plinio o Plutarco.

De los vascones, que poblaban una región que abarcaría toda Navarra, parte de Gipuzkoa, áreas del oeste de Zaragoza, y noreste y centro de La Rioja, el historiador español Antonio García Bellido (1903-1972) menciona una memorable acción militar llevada a cabo por las Cohortes Vasconum entre las actuales Holanda y Alemania. Y sobre los várdulos, que poblaban casi por entero lo que hoy es Gipuzkoa y buena parte de Araba hasta llegar al Ebro, afirma Plutarco que hacia 114 a. C. el general romano Cayo Mario (156 a. C.-86 a. C.) tuvo una guardia personal de esclavos escogidos con los que fue a Roma.

Pero los ancestros de los actuales guipuzcoanos, pese a estar «poco o nada romanizados», según García Bellido, también entraban en la recluta de tropas para las legiones romanas. La primera unidad de várdulos citada como parte del ejército romano es la que en sus títulos completos se llamó ‘Cohors I Fida Vardullorum civium Romanorum equitata milliaria’.

García Bellido, en su investigación sobre «Los ‘vascos’ en el ejército romano» (Fontes Linguae Vasconum, 1969), afirma que fue una de las unidades auxiliares que compusieron durante muchos años el ejército de ocupación romano en Brittania y una de las que mayor número de testimonios nos ha proporcionado. Aparece citada tanto en diplomas militares como en inscripciones lapidarias.

Frontera con Escocia

Este investigador contabiliza siete diplomas militares y hasta 14 lápidas funerarias descubiertas en Brittania que testimonian la permanencia en esas tierras de la I Cohors Vardullorum, por lo menos, hasta el siglo III. Más de la mitad de estas lápidas aparecieron en el lugar de la antigua Bremerium (Rochester), al sureste de Edimburgo. «Ello permite deducir que fue aquí donde la Cohors I Vardullorum tuvo sus cuarteles permanentes», concluye Antonio García Bellido.

Pero los várdulos no eran desde luego los únicos peninsulares en engrosar las legiones romanas en la remota frontera norte del imperio. También figuraban en el ejército británico otras unidades hispanas formadas por astures, bracaraugustanos, vascones, celtíberos…

Sin embargo, la Cohors I Vardullorum, a tenor de los documentos analizados por este investigador, parece probado que «acampó en las fronteras de Escocia -en los límites marcados por el Muro de Adriano- por los menos durante más de dos siglos y medio y siempre en puestos avanzados como fuerza de choque que era».

La unidad várdula, como ‘milliaria’, es decir, teóricamente de 1.000 hombres, aparece primero en el diploma militar del año 122 y como ‘equitata’, es decir, provista de turmae, de caballería, desde el 215. La cohorte milliaria equitata estaba compuesta teóricamente de 240 jinetes, es decir, de diez ‘turmae’ de 24 hombres más 760 infantes divididos en diez centurias.

«Que hubo más de una cohorte de várdulos lo deja deducir el ordinal I que llevó la única que conocemos». Pero como afirma García Bellido, «de la Cohors II Vardullorum, ni de otra cualquiera, nada conocemos».

Actuación brillante

En cualquier caso, la actuación de la Cohors I Vardullorum «debió ser brillante desde el primer momento», opina García Bellido, pues ya «en el diploma del año 98 aparece con el distintivo de civium Romanorum y el atributo de Fida, títulos que conservó a lo largo de su historia conocida.

Como estas tropas estaban reclutadas entre pueblos poco o nada romanizados -tal era el caso de los Varduli, precisamente- un comportamiento excepcionalmente brillante podía premiarse con la concesión de la ciudadanía romana, lo que quizás ocurriera en el caso de la cohorte várdula. Pero este investigador advierte asimismo que la extensión a todos los hispanos de la ciudadanía romana por Vespasiano, «pudo originar también tal título y llevarlo desde la creación de la unidad, que parece fue algunos años antes del 98. Respecto al epíteto de Fida no caben estas dudas, siendo un distintivo ganado acaso por su adhesión a algún emperador ascendido al trono en momentos difíciles (Otón, Vitelio o Vespasiano).

Caristios

García Bellido también reúne información, más somera, sobre la existencia de una Cohors Carietum et Veniaseum, que debió ser reclutada pronto, en los comienzos del Imperio, es decir, en los primeros decenios de nuestra era, y cuyas filas engrosaron los habitantes de una tribu que poblaba el territorio que hoy comprendería Bizkaia -con frontera con Vardulia en el río Deba- y la parte occidental de Araba.

Afirma García Bellido que la única noticia de esta unidad proviene de una lápida funeraria descubierta en la antigua Brixia, actual Brescia, en el norte de Italia.

Poco más se sabe de esta unidad que, al parecer, «no estaba compuesta por ciudadanos romanos, como lo estaban las de los vascones y los vardulli. «Eran pues sencillos ‘peregrini’ sin derechos cívicos todavía».

De los ‘Veniaesi’ se sabe, gracias a Plinio, que eran los vecinos del sur de los caristios. Este historiador latino dice que los ‘Vennenses’ tenían cinco ciudades de las que sólo nombra una, la de los Velienses, es decir Veleia, que García Bellido sitúa en Iruña-Veleia, «sita como se sabe junto a la actual Vitoria». Eran pues alaveses y debían ocupar una buena parte de la actual provincia hasta el Ebro.

Por último, García Bellido hace referencia a la Cohors II Nerviorum et Callaecorum. Dos diplomas militares fechados en el año 148, descubierto en Hungría, nombran a esta unidad auxiliar cuyo nombre alude a los Nervii, un pueblo de estirpe germánica conocido como habitante de la llamada Gallia Belgica, es decir, de la parte que tiene como núcleo hoy día la región de Bravante.

Ahora bien estos Nervii en la época de las invasiones célticas «desgajaron de su núcleo una tribu que debió de asentarse en España, precisamente en Bizkaia, dando nombre al río Nervión. Reparemos, además, que el nombre de la unidad cita también a los Callaeci. Ello me invita a creer que estos Nervii son precisamente los de las orillas del Nervión y no sus hermanos los de la Gallia Belgica» sostiene el historiador Antonio García Bellido.

 

2 mayo 2017 at 10:54 pm Deja un comentario

Sagunt revive su esplendor romano

Más de 150 personas participan en un festival que recreará combates de gladiadores, lucha clásica y hasta cómo se hacía la venta de esclavos

Momento del desfile realizado ayer que congregó a las autoridades ante el ayuntamiento.

Fuente: M. Arribas > Sagunt  |  Levante-EMV
29 de abril de 2017

Sagunt revivió ayer su esplendor en la época romana, con el inicio del nuevo Festival de Recreación Histórica en el que participan, durante todo el fin de semana, más de 150 personas llegadas de diversos puntos de España.

Un acto a las puertas del ayuntamiento ante las autoridades municipales dio comienzo a esta primera edición de «Saguntum invicta» en el que se reproducirán fielmente «y con todo el respeto» cómo eran las luchas entre los gladiadores, la venta de esclavos y otros aspectos de la vida en el Imperio.

Personajes de todo tipo, desde magistrados a sirvientes, volvieron a la vida en un desfile que ambientó las principales calles del casco histórico y que finalizó en la plaza Glorieta.

Este despliegue de color venía siempre con indumentaria y complementos fieles a las de aquella época que en el caso del grupo de recreación local, Saguntum Civitas, iba un paso más allá pues los nombres de sus personajes en ningún caso han sido elegidos al azar. Corresponden a los de personas que, en realidad, llegaron a vivir en la ciudad.

Este desfile o «Pompa» se repetirá tanto hoy como mañana, poco antes de que comience una recreación en el Teatro Romano donde se escenificarán desde combates a vivencias cotidianas de época imperial; todo, con la participación de los grupos Tarraco Ludus, de Tarragona; Ludus Augusta, de Zaragoza; Cohors III Lucensium, de Lugo; la Asociación Napoleónica Valenciana; el Club de Lucha Camp de Morvedre y Saguntum Civitas.

Lucha clásica

En este festival pionero en España también se podrá ver algo muy singular pues se recrearán combates de la lucha clásica que se practicaba en los Juegos Olímpicos. Para ello, varios deportistas saguntinos han tenido que entrenar a fondo pues algunas técnicas empleadas entonces ya no se usan ahora.

«Estamos muy ilusionados de recuperar esa parte de la historia. El objetivo de esos combates era derribar al luchador contrario hasta tres veces de un modo más parecido a la lucha libre olímpica que a la grecorromana», explicaba el presidente del club, Juan Carlos Morte. «Se permitía el uso de las piernas y de algunas técnicas dolorosas prohibidas hoy, no había límite de tiempo ni de espacio y estaba dirigida por un árbitro que velaba, con el uso de una vara si era necesario, porque se respetasen las reglas del juego y los luchadores no fueran pasivos», añadía antes del inicio oficial de este certamen que nació del consejo asesor para lograr que la ciudad sea declarada Patrimonio de la Humanidad.

La cita de hoy será a las 18 horas, que es cuando comenzará la Pompa en el Teatro Romano para llegar hasta la Glorieta y luego volver al mismo lugar. Allí está previsto que, 60 minutos después, comience la recreación de aquellos juegos; una oferta que se repetirá mañana a las 11 horas con el desfile y a las 12 horas , con los Ludus.

 

29 abril 2017 at 10:17 am Deja un comentario

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