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La UCO publica un nuevo informe sobre la huella de Roma en la civilización europea

El catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Córdoba (UCO), Enrique Melchor Gil ha publicado un estudio en la revista ‘Andalucía en la Historia’ en el que presenta al Imperio Romano como la primera sociedad globalizada de la historia, profundizando también la investigación en el legado de Roma presente la civilización europea actual.

Vista parcial del foro romano de Torreparedones, en Baena (Córdoba) (Europa Press/Archivo)

Fuente: EUROPA PRESS  |  20minutos.es
14 de noviembre de 2017

Así, según ha informado la UCO, el estudio plantea que el urbanismo, la vida municipal, el derecho, las leyes, el arte o la literatura actuales son modelos que provienen o tienen sus raíces en la época romana.

Según ha señalado Melchor Gil, “los elementos que perviven de la sociedad romana lo hacen del mismo modo en Andalucía, en Europa y en Estados Unidos”, y cita como ejemplos los modelos arquitectónicos de las ciudades de nuestros días, ya que se planificaron siguiendo los patrones romanos, “o la manera que tenemos de homenajear a las personas ilustres”.

Además, el Imperio Romano estableció la primera unificación monetaria de Europa, con la que “buscó consolidar una meta de la actual Unión Europea, que era crear un espacio económico homogéneo”. Además, según ha argumentado este experto en Historia Antigua, cuando se habla de democracia “parece que ésta se inició con la Revolución Francesa y se olvida que la democracia nació en Grecia y que posteriormente los sistemas de elección de cargos mediante votación del pueblo llegaron a Roma, así como a cientos de ciudades de todo el Imperio Romano”.

De hecho, las votaciones anuales para nombrar a los magistrados encargados de gobernar a cada comunidad cívica, las normas jurídicas y de convivencia y las constituciones por las que se rige toda ciudad o nación y que han llegado a nuestros días ya existían en Roma, así como los documentos jurídicos que regulaban el correcto funcionamiento de las instituciones públicas.

El derecho romano también pervive en parte del derecho moderno de numerosos países europeos, siendo uno de los más importantes legados de Roma. Especialmente, el derecho privado actual está fuertemente influenciado por el romano, como se observa en testamentos, tutelas, servidumbres de paso, compras y ventas.

PRIMER MUNDO GLOBALIZADO

Teniendo en cuenta todo lo anterior, el estudio considera que el primer mundo globalizado de la historia “no es el actual, sino que ya lo fue el mundo romano, con las limitaciones que había en aquella época, es decir, sin los medios de difusión de la cultura, la ciencia y las ideas y los sistemas de comunicación con los que contamos hoy en día”.

Según el análisis de Melchor Gil, el mundo globalizado actual es una herencia de Roma, pero sin la unidad que primaba en dicha época y que, “no se ha vuelto a lograr”. Es decir, la civilización actual ha evolucionado desde entonces, pero al mismo tiempo “se ha compartimentado, surgiendo los nacionalismos y los particularismos que persiguen mantener los privilegios de una minoría”. Esos particularismos o pequeños poderes locales fueron los que “terminaron desintegrando al Imperio Romano”.

En este punto, el estudio analiza como el Imperio Romano “no fue una sociedad ideal, pero el planteamiento de fondo sí era mejor que el actual, algo que queda demostrado por cómo perduró en el tiempo”. La clave del éxito de Roma estuvo precisamente, según el estudio de Melchor Gil, en su empeño por integrar a los pueblos que conquistó, logrando que formaran parte de un imperio único y evitando así que quisieran terminar con él.

Para el catedrático de la UCO, Roma consiguió que se desarrollasen estructuras económicas, políticas, sociales y culturales comunes para todo el Imperio que permitieron integrar a todos sus habitantes, aunque también buscó respetar los aspectos identitarios de los pueblos que conquistó (lengua, religión, etcétera). Por ello, el análisis publicado en ‘Andalucía en la Historia’ concluye que ese modelo de organización “debería presidir todo proyecto político que aspire a articular, tanto la construcción de Europa, como la de España”.

Este estudio se integra en una línea de investigación más amplia dirigida al análisis de las élites hispanas que colaboraron en el gobierno y en la administración del Imperio y cuyos responsables integran el Grupo ORDO (Oligarquías Romanas de Occidente), del que forma parte Melchor Gil.

 

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14 noviembre 2017 at 2:50 pm Deja un comentario

El misterio de la peste que se alió con los guerreros espartanos para aniquilar a miles de hoplitas atenienses

Durante el segundo año de la Guerra del Peloponeso (430 a. C.) se desató una extraña epidemia que acabó con la vida de unos 100.000 ciudadanos de Atenas. Entre ellos, miles de soldados dedicados a defender la región de Esparta

Fuente: Manuel P. Villatoro  |  ABC
2 de noviembre de 2017

La «Peste de Atenas» para unos, la «Peste del Peloponeso» para otros. Si hay una enfermedad que aúna a la perfección misterio y crueldad, esa es la epidemia que se propagó entre los atenienses en el segundo año de la Guerra del Peloponeso (430 a.C.). Una dolencia de origen enigmático que se llevó la vida de aproximadamente 100.000 personas (entre ellas, más de cuatro millares de hoplitas y unos tres centenares de jinetes) y que impactó tanto a la sociedad de la época que sus efectos fueron narrados por el mismísimo historiador Tucídides en una de sus obras más famosas.

En siglo V a.C., así pues, los guerreros espartanos se vieron favorecidos por un mal que diezmó las filas de sus enemigos de forma mucho más eficaz que un gigantesco contingente versado en decenas de batallas.

Dos mentalidades

El origen de esta peste hay que buscarlo en el siglo V a.C. Por entonces el mundo griego se dividía entre dos potencias: Atenas y Esparta. Ciudades sumamente avanzadas y tradicionalmente enfrentadas debido a sus divergencias políticas y militares. «Esparta representaba la oligarquía gobernada por unos pocos, mientras que Atenas representaba la democracia, gobernada por la decisión de la mayoría. Además, y a nivel militar, Esparta representaba la lucha por tierra, mientras que Atenas representaba la lucha por mar», explica el historiador clásico J. B. Salmón en el reportaje «Las guerras del Peloponeso».

Ni siquiera la alianza que ambas ciudades mantuvieron durante las Guerras Médicas entre el 490 a.C. y el 478 a.C. (contienda en la que Atenas y Esparta expulsaron a los invasores persas y que se hizo famosa por la popular batalla de las Termópilas) logró apagar el fuego de su enemistad. De hecho, la tensión entre ambas ascendió a cotas tales que -apoyadas por sus respectivas aliadas- iniciaron en el año 461 a.C. la Primera Guerra del Peloponeso. Un enfrentamiento que se destacó más por pequeñas escaramuzas y asaltos a urbes clave del contrario, que por su carácter general. Hubo que esperar más de 15 años para que llegase la ansiada paz previa a la contienda que provocó la peste.

«Los hechos de guerra no terminaron hasta el 445 a.C., en que firmaron un pacto según el cual ni Esparta ni Atenas atacarían ciudades griegas», explican los autores de «Ideas y formas políticas. De la antigüedad al renacimiento».

“The Plague At Ashdod” (Nicolas Poussin, 1631)

El tratado resultó efectivo durante nada menos que veintisiete años. Sin embargo, todo cambió en el 431 a.C. Y es que, fue entonces cuando comenzó el que sería uno de los enfrentamientos más cruentos entre ambas potencias, la llamada Guerra del Peloponeso. «Esparta, que lideraba la liga del Peloponeso, invadió el Ática en el año 431 a.C. iniciando así una brutal lucha fraticida que duraría veintisiete años y que cambiaría con el mundo griego y la civilización antigua», destaca Jorge Dagnino en su dossier «¿Qué fue la plaga de Atenas?».

Aquella contienda no fue como las anteriores. No se basó en pequeñas batallas aisladas. Con su avance sobre territorio enemigo, la envidiosa Esparta (que ansiaba la gloria y el crecimiento económico de su enemiga Atenas) inició un período de conflicto masivo. Así lo explicó el historiador ateniense Tucídides (siglo V a.C.) en su popular obra «Historia de la Guerra del Peloponeso». Un texto en el que señala que todos los pueblos tomaron partido por uno u otro bando ya que «ésta resultó ser la mayor convulsión que afectó a los helenos, a los bárbaros y, bien se podría decir, a la mayor parte de la Humanidad».

El historiador Donald Kagan es de la misma opinión en su obra «La Guerra del Peloponeso»: «Desde la perspectiva de los griegos del siglo V a. C., fue percibida en buena manera como una guerra mundial, a causa de la enorme destrucción de vidas y propiedades que conllevó, pero también porque intensificó la formación de facciones, la lucha de clases, la división interna de los Estados griegos y la desestabilización de las relaciones entre los mismos, razones que ulteriormente debilitaron la capacidad de Grecia». Como bien explica el autor, los gobernantes de la época desconocían que la contienda iba a provocar una de las plagas más enigmáticas y masivas y de la historia antigua.

Al abrigo de los muros

Cuando la guerra arribó a sus fronteras, los atenienses acababan de elegir por décimo tercera vez consecutiva al sexagenario Pericles como estratego (gobernador). Y este político, sabedor de la potencia de los hoplitas espartanos en combate terrestre, decidió optar por esconder a sus fuerzas en ciudades amuralladas y evitar la batalla en campo abierto. Así lo señala la catedrática en Historia Antigua María José Hidalgo de la Vega en su obra «Historia de la Grecia Antigua»: «Frente a las tropas enemigas, los efectivos que Atenas y sus aliados podían movilizar eran cuantitativamente inferiores. […] Por ello, el plan estratégico de Pericles era, pues, mantenerse a la defensiva en tierra contando con que la ciudad de Atenas y el Pireo estaban preparadas adecuadamente para resistir cualquier ataque».

Lo cierto es que no le faltaba razón a Pericles ya que, aunque los atenienses podían poner sobre el mar un total de 300 naves con tripulaciones más que versadas en la navegación, poco podían hacer ante la potencia militar espartana.

Esta teoría la corrobora el mismo Kagan en su extensa obra al afirmar que los «espartanos que tenían la ciudadanía no necesitaban ganarse el sustento, y se dedicaban exclusivamente al entrenamiento militar». El experto se atreve incluso a afirmar que, gracias a este sistema de entrenamiento, pudieron «desarrollar el mejor ejército del mundo heleno, una formación de ciudadanos-soldado con entrenamiento y habilidades profesionales sin parangón alguno».

Guerreros espartanos en la batalla de las Termópilas

De la misma opinión es el académico británico Paul Cartledge. Según afirma en su obra «Los espartanos, una historia épica», los ciudadanos de esta ciudad eran unos combatientes más que excepcionales: «Los varones espartanos adquirieron fama de ser los marines de todo el mundo griego, una fuerza de combate excepcionalmente profesional y motivada».

No obstante, para mantener esta casta guerrera recurrían a auténticas barbaridades. «Solo permitían vivir a las cruaturas físicamente perfectas, y a los muchachos se les separaba del hogar a los siete años para que se entrenasen y se endurecieran en la academia militar hasta alcanzar los veinte años de edad. De los veinte a los treinta vivían en barracones y ayudaban, a su vez, a entrenar jóvenes reclutas», completa -en este caso- Kagan.

Así pues, y sabedor de que solo le esperaba la derrota en el campo de batalla, Pericles prefirió esconder a los ciudadanos tras los muros de Atenas para evitar que fuesen masacrados por los crueles espartanos. «Con su aplastante superioridad terrestre, su plan estratégico consistía ante todo en arrastrar a Atenas a una gran batalla en campo abierto. Y consideraron que el proceso para lograrlo era arrasar las cosechas y destruir las propiedades de los atenienses para forzarles a salir en su defensa», explica Hidalgo de la Vega.

La cruel peste

Mientras espartanos y atenienses dirimían sus diferencias a base de estrategia y lanzazos, una epidemia nació en los muros de Atenas. Una enfermedad que, según narra el propio Tucídides en su obra, se originó «en tierras de Etiopía, que están en lo alto de Egipto; y después ascendió de Egipto a Libia; se extendió largamente por las tierras y señorías del rey de Persia; y de allí entró en la ciudad de Atenas».

El propio Tucídides afirma en su obra que la epidemia se contagió entre los ciudadanos debido a la falta de espacio en la ciudad. Teoría que, a día de hoy, corrobora el propio Dagnino: «La población de Atenas se había cuadriplicado con los refugiados, muchos de los cuales vivían hacinados en precarias chozas improvisadas».

Con todo, los historiadores coinciden en que el mejor testimonio para explicar esta epidemia es el Tucídides, quien habitó la región por entonces y quien sufrió la enfermedad en su propia piel.

El historiador clásico empieza de esta guisa su descripción de la enfermedad (tan destacable que le dedica incluso un capítulo): «Sobrevino a los atenienses una epidemia muy grande, que primero sufrieron la ciudad de Lemnos y otros muchos lugares. Jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilencia, ni que tanta gente matase. Los médicos no acertaban el remedio, porque al principio desconocían la enfermedad, y muchos de ellos morían los primeros al visitar a los enfermos. No aprovechaba el arte humana, ni los votos ni plegarias en los templos, ni adivinaciones, ni otros medios de que usaban, porque en efecto valían muy poco; y vencidos del mal, se dejaban morir».

Estatua que representa a Tucídides

En palabras de Tucídides, los síntomas de la que actualmente es conocida como la «Peste del Peloponeso» o «Peste de Atenas» empezaban con «un fuerte y excesivo dolor de cabeza». Era lo menor de aquella dolencia ya que, posteriormente, a los enfermos «los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta sanguinolentas, y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar».

La siguiente fase escalaba todavía más en peligrosidad: «La voz se enronquecía, y descendiendo el mal al pecho, producía gran tos, que causaba un dolor muy agudo; y cuando la materia venía a las partes del corazón, provocaba un vómito de cólera, que los médicos llamaban apocatarsis, por el cual con un dolor vehemente lanzaban por la boca humores hediondos y amargos; seguía en algunos un sollozo vano, produciéndoles un pasmo que se les pasaba pronto a unos, y a otros les duraba más».

El historiador señala además en «Historia de la Guerra del Peloponeso» que, a partir de entonces, a los enfermos les empezaban a salir unas pústulas pequeñas y «por dentro sentían un gran ardor» casi imposible de mitigar. «El mayor alivio era meterse en agua fría, de manera que muchos que no tenían guardas, se lanzaban dentro de los pozos, forzados por el calor y la sed», explica. Esta era la etapa clave de la enfermedad, pues era en la que más personas fallecían. «Algunos morían de aquel gran calor, que les abrasaba las entrañas a los siete días, y otros dentro de los nueve conservaban alguna fuerza y vigor. Si pasaban de este término, descendía el mal al vientre, causándoles flujo con dolor continuo, muriendo muchos de extenuación», completa el testigo.

No había remedio para tal mal. Tan solo cabía esperar que el cuerpo lo rechazase. Aunque, en palabras de Tucídides, aquellos que no morían podían sufrir otro tipo de consecuencias: «Algunos perdían [los brazos]; otros perdían los ojos, y otros, cuando les dejaba el mal, habían perdido la memoria de todas las cosas, y no conocían a sus deudos ni a sí mismos». Al parecer, la dolencia era tan grave que ni las aves carroñeras se acercaban a los cuerpos sin sepultar ya que, «si algunas los tocaban, morían».

La futura «Peste del Peloponeso» era, según el mismo historiador clásico, desesperante. No ya porque causara la muerte, sino porque aquellos que la padecían sabían que no había cura para acabar con ella.

Pericles, estratego de Atenas

«No se hallaba medicina segura, porque lo que aprovechaba a uno, hacía daño a otro. Quedaban los cuerpos muertos enteros, sin que apareciese en ellos diferencia de fuerza ni flaqueza; y no bastaba buena complexión, ni buen régimen para eximirse del mal», destaca en su obra el historiador clásico. Atenas pronto se llenó de cadáveres que se amontonaban en casas, templos, estancias y albergues. Según Tucídides, esto provocó una falta de respeto por la muerte que jamás se había visto en la urbe. Así pues, no era raro ver cómo una familia arrojaba el cuerpo de un fallecido a una pira o un enterramiento ajeno. Algo impensable hasta entonces.

Y, por si todo esto fuera poco, la desesperanza de los ciudadanos les llevó a actuar sin «ninguna vergüenza» y como si el mundo estuviese a punto de acabar. Algo que provocó un caos terrible en la ciudad. «Los pobres que heredaban los bienes de los ricos, no pensaban sino en gastarlos pronto en pasatiempos y deleites, pareciéndoles que no podían hacer cosa mejor, no teniendo esperanza de gozarlos mucho tiempo, antes temiendo perderlos en seguida y con ellos la vida», finaliza Tucídides en su obra.

La cruel «Peste del Peloponeso» terminó extendiéndose durante cuatro años y llevándose consigo -según las estimaciones de Diagnino- de unas 100.00 personas. Entre un cuarto y un tercio de la población de la región en la época.

Muerte de hoplitas

Ni siquiera el ejército se vio libre de la peste. El contagio masivo entre los hoplitas hay que buscarlo en el año 430. Por entonces, Pericles había decidido usar su potencia naval para atacar por mar Esparta mientras sus tierras eran arrasadas por el enemigo. Aquella feliz idea no le salió demasiado bien ya que, tras ser rechazados, se vieron abocados a regresar a la contagiada ciudad.

«La expedición llegó a la ciudad transcurrida la primera mitad de junio, cuando la peste ya llevaba más de un mes en Atenas», añade Kagan. En un intento de que el ejército no se contagiase, Pericles envió a la carrera a sus hombres en una nueva expedición. Un nuevo error.

La peste de Atenas, por Michael Sweerts

«En este mismo verano, Hagnón, hijo de Nicias, y Cleopompo, hijo de Clinias, que eran compañeros de Pericles en el mando de la armada, partieron por mar con el mismo ejército que Pericles había llevado y traído, para ir contra los calcídeos, que moran en Tracia, y hallando en el camino la ciudad de Potidea, que aún estaba cercada por los suyos, hicieron llegar a la muralla sus aparatos y la combatieron con todas sus fuerzas para tomarla. Mas todo aquel nuevo socorro y el otro ejército que estaba antes sobre ella no pudieron hacer nada, a causa de la epidemia que se propagó entre ellos, traída por los que vinieron con Hagnón», añade Tucídides.

Cuando Hagnón regresó había perdido 1.050 hoplitas de los 4.000 que habían partido junto a él. Todos ellos, víctimas de la epidemia. Desde entonces los militares se vieron atacados también por la epidemia hasta tal punto que, cuando la peste desapareció en el año 427 a.C., ya habían muerto «más de cuatro millares de hoplitas y trescientos jinetes», en palabras de Kagan.

 

2 noviembre 2017 at 7:31 pm Deja un comentario

Hallan espolones y cascos de bronce de la batalla naval de las islas Egadas

La flota del comandante naval romano Cayo Lutacio Cátulo derrotó a la flota cartaginesa en la batalla de las islas Egadas, poniendo fin a 23 años de guerra ininterrumpida

Espolón de bronce. El espolón de bronce denominado Egadi 12 a una profundidad de 86 metros. Foto: Derk Remmers

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
31 de octubre de 2017

A unos 75-95 metros de profundidad al noroeste de la pequeña isla de Levanzo, situada al oeste de Sicilia, permanecen sumergidos los restos de la batalla naval de las islas Egadas (241 a.C.), entre la flota romana y la cartaginesa, al final de la primera guerra púnica. La flota del comandante naval romano Cayo Lutacio Cátulo derrotó a la flota cartaginesa, poniendo fin a 23 años de guerra ininterrumpida.

La campaña arqueológica efectuada en octubre de 2017 por la Superintendencia del Mar, y con la colaboración de Global Underwater Explorers (GUE), ha sacado a la luz dos nuevos espolones de bronce (rostrum o, en plural, rostra), que se montaban en la proa de los navíos para embestir al enemigo; en total ya son 13 los espolones recuperados. Los dos nuevos espolones conservan inscripciones púnicas que aún no han sido descifradas, según explica en un comunicado la Superintendencia del Mar de Sicilia.

Destaca, además, el hallazgo de diez cascos romanos de bronce del tipo Montefortino, denominado así por la necrópolis de Montefortino en la provincia de Ancona. Uno de los cascos presenta una peculiaridad absolutamente única: un relieve en la parte superior que reproduce la piel de un león, un elemento decorativo que podría estar relacionado con el mítico Heracles o Hércules, representado a menudo con una piel de león sobre la cabeza. También podría indicar un rol jerárquico en el ejército romano.

“Durante los últimos años han salido a la luz auténticos fragmentos de historia antigua en forma de trece espolones de bronce de antiguas naves de guerra, 18 cascos de bronce y cientos de ánforas y objetos de uso común”, expresa Sebastiano Tusa, el responsable de la Superintendencia del Mar de la Región Siciliana.

 

Investigador subacuático. Un investigador subacuático ilumina el espolón Egadi 12. Foto: Richard Lundgren, GUE

 

Recuperación de un espolón. Fase de recuperación del espolón Egadi 12. Foto: Kirill Egorov

 

Examinando un espolón. Sebastiano Tusa, el responsable de la Superintendencia del Mar de la Región Siciliana, examina el espolón Egadi 12 justo después de ser recuperado. Foto: Salvo Emma

 

Recuperación de un espolón. El espolón Egadi 13 después de ser recuperado. Foto: Salvo Emma

 

Para embestir al enemigo. El espolón púnico Egadi 13. Los espolones se montaban en la proa de los navíos para embestir al enemigo. Foto: Salvo Emma

 

Interior del espolón. Interior del espolón de bronce Egadi 13. Foto: Salvo Emma

 

Inscripción. Inscripción en el espolón púnico Egadi 13. Foto: Salvo Emma

 

Hallazgo de un casco. Hallazgo de un casco romano de bronce del tipo Montefortino. Foto: Jarrod Jablonski, GUE

 

Objetos hallados. Objetos hallados durante la campaña arqueológica Egadi Project 2017. Foto: Salvo Emma

 

Casco romano. Casco romano del tipo Montefortino. Foto: Salvo Emma

 

Relieve superior. Casco romano del tipo Montefortino, con un relieve en la parte superior que reproduce la piel de un león. Foto: Salvo Emma

 

Elemento decorativo. El elemento decorativo de la parte superior reproduce la piel de un león. Foto: Salvo Emma

 

31 octubre 2017 at 10:37 pm Deja un comentario

Las perversiones sexuales del emperador Tiberio: una mentira para adornar una biografía sangrienta

La imagen del adusto y erudito general fue sustituida, mediante la propaganda de sus enemigos, por la de un anciano pedófilo que se deleitaba con la contemplación del acto sexual entre parejas de adolescentes

La muerte de Tiberio, por Jean-Paul Laurens.

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
26 de octubre de 2017

El problema de la historiografía romana es que está escriba, casi siempre, por senadores, que definen a un emperador como bueno o malo en función de su relación con el Senado. Y es que también en tiempos imperiales el trato con el Senado resultaba fundamental: saber persuadir en vez de intimidar a la aristocracia era un arte del que careció Tiberio y otros princeps. En «Las Vidas de los doce césares», el historiador Suetonio presenta un retrato perturbador del Emperador Tiberio –sucesor de César Augusto–, al que se le achaca toda clase de monstruosidades en su villa. Unos excesos, probablemente inventados, que pretendieron adornar con sadismo la ligereza mostrada por Tiberio a la hora de eliminar a sus rivales.

Tiberio era hijo del primer matrimonio de Livia Drusila, que se divorció de su primer marido para casarse con Augusto, estando embarazada. No en vano, Augusto trató a los hijos de su esposa como parte de la familia imperial. Tiberio y su hermano Druso, fueron preparados desde pequeños para tareas militares e iniciaron carreras públicas convencionales, es decir, con los distintos cargos que le correspondían por edad. El imperio se ponía a sus pies.

La huida del Emperador melancólico

En sus destinos militares, Tiberio y Druso tuvieron ocasión de aumentar su reputación y de ganarse el aprecio de las legiones. Como explica Adrian Goldsworthy en «Augusto, de revolucionario a emperador», «Tiberio tenía un carácter reservado y complejo, más sencillo de respetar que de querer, mientras que Druso era famoso por su encanto y afabilidad y no tardó en ser popular entre la gente». Augusto no ocultaba que prefería a Druso antes que a Tiberio, al que únicamente trataba con cordialidad. La sorpresiva muerte de Druso obligó al princeps a cambiar de opinión.

Tiberio dio un paso al frente y estuvo la mayor parte del tiempo ausente de Roma apagando incendios por el Imperio. Sin embargo, en el año 6 a.C., cuando estaba a punto de asumir el mando del Este y convertirse con ello en el segundo hombre más poderoso de Roma, anunció que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo. Augusto le negó por completo esta posibilidad pero, tras una huelga de hambre de cuatro días, tuvo que resignarse.

Busto del Emperador Tiberio

Tras cinco años en Rodas dedicado a conferencias y debates, Tiberio obtuvo al fin permiso para regresar a Roma, sin que le fuera reservado ningún papel público. Fue con el tiempo que Augusto trazó un nuevo plan de sucesión con él en el epicentro: primero Tiberio adoptaría a su sobrino Germánico (el hijo del fallecido Druso) y posteriormente Augusto adoptaría tanto a Tiberio como a Agripa Póstumo (el nieto maldito del princeps). No había precedentes de una adopción de un excónsul, de 45 años adulto, y menos dentro de una adopción triple; pero la muerte del resto de familiares de Augusto obligaba a tomar una decisión extraordinaria. Tiberio Julio César fue adoptado, con ese nombre, en una ceremonia en el Senado en la Augusto afirmó un enigmático: «Lo hago por el bien de la res publica».

Tiberio demostró estar a la altura de esta nueva oportunidad y durante el resto de su vida actuó con respeto hacia Augusto. No en vano, la juventud de Germánico, hijo de Druso, le dejó a él, con permiso del defenestrado Agripa Póstumo (nieto maldito de augusto), como único heredero del imperio.

El inicio de un reinado sangriento pero estable

El princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. Tiberio –que se hallaba presente junto con Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!). Ya entonces algunos historiadores le pintan como un hombre intrigante, que junto a su madre propiciaron la muerte de Augusto y poco después la de Agripa Póstumo. Una fama de maquiavélico que le acompañaría durante todo su reinado.

La transición entre emperadores apenas se sintió, dado que Tiberio llevaba tiempo con las riendas del imperio agarradas firmemente. El problema más acuciante al que debió enfrentarse brotó en Germania, donde, a la lucha con las tribus locales, se sumó el amotinamiento de cuatro legiones acantonadas en el Rin y tres estacionadas en el Danubio al enterarse de la muerte de Augusto. Lo hicieron en favor del nieto de Augusto, Germánico, al frente del poderoso ejército del Rin, al que consideraban el legítimo sucesor.

Germánico se negó, sin embargo, a secundar sus demandas y pidió que volvieran a la obediencia de Tiberio. Pero la cuestión más preocupante no es lo que hizo durante el motín, sino cómo lo hizo. El histrionismo mostrado por el nieto del emperador, llegando a amenazar con suicidarse si no le obedecían, puso en cuestión su buen juicio y su capacidad de liderazgo. Sorprendentemente, un soldado le ofreció su propia espada para que se matara allí mismo.

Moneda con la inscripción Lucius Aelius Sejanus.

Aunque logró poner fin al motín, el momentum político de Germánico se hundió, junto a su prestigio, para siempre en la oscuridad de los tiempos. Cuando murió en octubre del 19 d.C, tras una súbita enfermedad en Antioquía (Siria), fueron inevitables los rumores de que había sido envenenado por orden de Tiberio, aún cuando su liderzgo estaba en declive.

¿Había comenzado ya la purga de Tiberio? El principal sospechoso de ser el asesino material de Germánico, Cneo Calpurnio Pisón, enemistado con él desde hace tiempo, se suicidó, supuestamente, cortándose la garganta un año después. Y en el año 23 d.C, Druso el Joven –hijo de Tiberio y de su primera esposa Vipsania– también falleció en extrañas circunstancias. La oscura mano de Lucio Elio Sejano, amigo y confidente de Tiberio, estuvo presente en todas las murmuraciones, así como la Guardia Pretoriana.

El giro tiránico del emperador en esas fechas fue más que evidente. Como explica David Potter en su libro «Los Emperadores de Roma» (Pasado y Presente), para silenciar a sus enemigos, reales e imaginarios, el Emperador invocaba cada vez más la lex maiestatis, es decir, la ley que regulaba el control de las acciones susceptibles de “menguar la soberanía del pueblo”». El equivalente al delito de alta traición, que además permitía al Estado recibir parte del patrimonio del reo, una vez ejecutado.

A diferencia de su padre político, Tiberio carecía de mano izquierda y de la capacidad para persuadir a los amigos y a los enemigos. Su impaciencia con las sutilezas políticas le hacía preferir métodos más agresivos para convencer a sus colaboradores. De ahí que los lazos de Tiberio con el Senado fueran tibios e incluso se mofara abiertamente de los senadores: «¡Qué hombres más propensos a la esclavitud!», afirmó en cierta ocasión según Tácito.

La oscura mano de Lucio Elio Sejano, amigo y confidente de Tiberio, está presente en todas las murmuraciones

En el año 28 d.C, tal vez asqueado de sus propias maquinaciones Tiberio repitió la espantada de su juventud. Se retiró a su villa de Capri, como hiciera a Rodas durante el periodo de Augusto. Dejó así las tareas de gobierno en manos de Sejano y el problema de su sucesión sin resolver. Los más evidentes herederos eran Nerón Julio César (hermano de Calígula, futuro Emperador) y Druso (otro distinto a los anteriores), hijos adolescentes de Germánico, pero tanto ellos como su madre, Vipsania Agripina, se oponían a Tiberio, al que responsabilizaba de la muerte de su marido. Los tres acabaron desterrados en una isla para que no causaran problemas, lo que emperó las previsiones de sucesión.

Mientras Tiberio se deleitaba en su retiro, Sejano decidió conspirar contra el emperador y los herederos varones de la familia, para acceder a la cabeza de Roma. Prevenido por sus pajaritos, la respuesta del veterano princeps fue tan rápida como cruel: condenó a Sejano a ser estrangulado y a que su cadáver fuera arrojado a la plebe, que le odiaba y temía a partes iguales. Después de que el Senado emitiera un «Damnatio memoriae» sobre Sejano, todos los recuerdos del pretoriano fueron eliminados.

A partir de la muerte de su amigo, el humor del emperador se amargó aún más y entró en periodos melancólicos, que le ganarían la fama del «tristissimus hominum» (el más apesadumbrado de los hombres). Los senadores y delegados políticos vivían, por su parte, con el temor de verse súbitamente acusados de traición por la mente cambiante de Tiberio. Uno de los que cayó en desgracia por aquellas fechas fue Poncio Pilatos, destituido en el año 36 d.C como gobernador de Judea por permitir demasiada manga ancha a las autoridades religiosas de esta región. Lavarse las manos nunca resultó tan caro.

Las mentiras sobre su vida sexual

El odio del Senado a este Emperador intransigente y tenebroso en sus maniobras hizo que se dibujara un escenario de perversiones sexuales en su Villa de Capri. Los propagandistas del Senado, y los de su propio sucesor, Calígula, extendieron una serie de bulos escabrosos sobre lo que ocurría en aquella villa. La imagen del adusto y erudito general fue sustituida por la de un anciano pedófilo, que, propagaron, se deleitaba con la contemplación del acto sexual entre parejas de adolescentes. Suetonio en su biografía describe situaciones de sadomasoquismo, voyeurismo y pedofilia en Capri:

«Tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus maestros de voluptuosidad, formaban allí entre sí una triple cadena, y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos».

Ruinas de Villa Jovis, residencia de Tiberio en Capri.

En los mismos términos, Suetonio habla de una roca escarpada en Capri donde arrojaba al mar a sus enemigos, después de haberles hecho sufrir tormentos prolongados e inauditos:

«Abajo los esperaban marineros que golpeaban los cuerpos con sus remos por si acaso en ellos quedaba un soplo de vida. Entre otras horribles invenciones había imaginado hacer beber a algunos convidados, a fuerza de pérfidas instancias, gran cantidad de vino, y en seguida les hacía atar el miembro viril, para que sufriesen a la vez el dolor de la atadura y la viva necesidad de orinar».

No obstante, se sabe que Tiberio, interesado en la filosofía y el estudio, se rodeó en su villa de una camarilla de académicos y astrólogos. Su evasión era la ciencia, más que la tortura o la perversión. Precisamente por la contemplación de las estrellas –se dice– comprendió que la sucesión iba a caer sobre su sobrino Cayo Calígula, hijo de Germánico, hiciera lo que hiciera. De ahí que se despreocupara de su propia sucesión y solo regresara dos veces a Roma.

En marzo del año 37 d.C, cumplidos los 79 años, falleció Tiberio por causas naturales, aunque no faltaron las sospechas de que había sido asfixiado por un hombre que respondía al nombre de Macrón, sucesor de Sejano como prefecto del pretorio y que ejercería un importante papel en el futuro. La muerte del segundo emperador fue celebrada por la mayoría de senadores, si bien solo lo hicieron hasta que descubrieron que habían salido de Málaga para meterse en el reinado del salvaje Calígula. Sus perversiones no iban a ser, en estre caso, fruto de la propaganda.

 

27 octubre 2017 at 8:28 pm Deja un comentario

El Acueducto de Segovia es de la época de Adriano

Los arqueólogos refuerzan su hipótesis de que la edificación fue posterior al año 117, después de la muerte de Trajano

De izquierda a derecha, los arquitectos municipales Esther Trilla y Manuel Marcos, y los arqueólogos Santiago Martínez y Víctor Cabañero. / ANTONIO DE TORRE

Fuente: MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ > Segovia |  El Norte de Castilla
17 de octubre de 2017

La cronología sigue en cuestión. Datar la construcción del Acueducto de Segovia aún es una cuestión controvertida, aunque los arqueólogos tratan de poner luz sobre los estratos del terreno que acogió la cimentación de la monumental obra hidráulica, a partir de los restos cerámicos y otros materiales encontrados en la excavación de 1998. Si ya el año pasado los folletos que edita el área municipal de Turismo cambiaron para situar la construcción en el siglo II, después del año 112, en la primera ponencia de las segundas Jornadas dedicadas por el Ayuntamiento al Acueducto los arqueólogos Santiago Martínez Caballero, director del Museo de Segovia, y Víctor Cabañero, doctor de la UVA, dejaron clara una conclusión, que las arcadas centrales de la plaza del Azoguejo fueron edificadas después de ese año 112, al final del gobierno del emperador Trajano, pero «con mucha mayor probabilidad» es posible que las obras empezaran tras el 117, ya en tiempos del otro emperador hispano, Adriano. Las hipótesis están servidas, y harán falta otros estudios para tener un mayor nivel de certeza. Pero los dos arqueólogos concluyeron que datarlo en la época de Adriano sería lo más acertado.

Las II Jornadas Acueducto de Segovia, que tienen el título de ‘Una ciudad por y para un monumento’, comenzaron este lunes en el Aula de San Quirce con las dos primeras ponencias, precedidas de la presentación del libro que recoge las de 2016 y una introducción de la alcaldesa, Clara Luquero. El objetivo, dijo, es «sensibilizar y ahondar en el respeto y la conservación desde el conocimiento».

Recordó la alcaldesa que, en esta tesitura, el Ayuntamiento trabaja en la actualidad en la elaboración de la ordenanza que regule el uso del entorno y en ampliar la zona peatonal de la plaza de Artillería, para alejar el tráfico y hacer posible que los turistas puedan admirarlo sin la cercanía de los coches. «Se trata de dar pasos con modestia, con lo que tenemos», porque «el Ayuntamiento no puede abordar ahora un proyecto de envergadura», pero «tenemos la responsabilidad de conservarlo», añadió, porque «el Acueducto nos identifica y está en nuestra mirada cotidiana».

Cronología

Santiago Martínez Caballero y Víctor Cabañero han profundizado en esta línea de investigación en los últimos doce meses, desde que presentaran su hipótesis en el congreso sobre ciudades romanas que acogió Segovia el año pasado, aunque iniciaron sus estudios en 2013 a partir de los materiales que se custodian en el Museo de Segovia procedentes de las excavaciones de 1998 y ya presentaron unas conclusiones preliminares en 2014, en el Congreso Internacional de Arqueología Clásica de Mérida, donde expusieron que la probabilidad más alta sobre la fecha de construcción del Acueducto la situaría al final del gobierno de Trajano o a partir del 117, ya con Adriano. También en Mérida se presentó la conclusión de que «el debate sobre la lectura de la cartela del sotabanco no es un tema zanjado».

Para ambos arqueólogos, las líneas de investigación emprendidas hasta ahora relacionadas con la técnica constructiva de la obra hidráulica o con el contenido de la cartela no estaban demasiado claras, y sus conclusiones no han sido admitidas de forma unánime por toda la comunidad científica. Ni siquiera la interpretación que consideran solvente, la del epigrafista austriaco Geza Alföldy, que situaría la edificación a finales del siglo I.

Para su estudio, Martínez y Cabañero han utilizado «datos materiales tangibles» a partir del registro arqueológico y una estratigrafía «muy clara» para presentar sus hipótesis, con «argumentos sometidos a muchas variaciones», que llevan a «reconsiderar» el contenido de la cartela y la datación de los arcos de la zona monumental. Pero siempre con la premisa de que «la cronología del Acueducto es un tema espinoso».

Santiago Martínez expuso que el primer relato «mítico» sobre la datación es de mediados del siglo XIII, lo relaciona con Hércules y se mantiene hasta 1637 con Diego de Colmenares. Después, a partir del siglo XVI ya aparece, aunque sin demasiado rigor, la atribución al emperador Trajano, que se mantiene hasta el siglo XX. A partir de 1960, análisis más científicos estudiaron la similitud de la técnica constructiva (por los sillares de acabado almohadillado) con la del Aqua Claudia, el acueducto de Roma construido por Claudio, y ya con más rigor, el estudio de la cartela desde 1968 por varios autores ha aportado atribuciones a Nerva, Domiciano o Trajano. Entre 1992 y 1997, el epigrafista Geza Alföldy planteó la hipótesis, basándose en la interpretación de los huecos del sotabanco que alojaron las letras de la cartela, que el Acueducto fue «restituido» o restaurado en el año 98 por Trajano, con lo que sería incluso anterior, y aunque es la «hipótesis más solvente», la epigrafía española ha considerado que la lectura «no es segura».

El estudio de los ponentes está basado en los restos de cerámica, del sestercio de la época de Trajano y el sillar encontrados en las excavaciones de 1998 de las bases de las pilas 115 a 117. Su conclusión es que las cerámicas más avanzadas, del siglo II, serían contemporáneas de la construcción, «con mayor probabilidad durante el gobierno de Adriano» porque Segovia era entonces una ciudad de importancia regional que permitía la construcción de edificios y obras públicas, que podría haber captado «la atención imperial» y, por tanto, la financiación por el emperador, pues Adriano financió muchos acueductos en todo el imperio.

La ciudad romana

El estudio de los dos arqueólogos también induce a reconsiderar las líneas de investigación no ya sobre el Acueducto, sino también sobre la ciudad romana. Víctor Cabañero declaró al respecto que sería bueno investigar «sobre la ciudad y sobre el siglo II también, porque queda siempre un poco al margen; el siglo I es el del esplendor, en el que todas las ciudades al sur del Duero adquieren la municipalidad romana, y sería bueno estudiar el siglo II porque puede aportar cuestiones importantes».

Los datos conocidos, con el estudio de los restos del foro –que estaría en el entorno de la actual plaza de Guevara, la plaza de la Rubia, la iglesia de la Trinidad y la plaza del Potro– y otras construcciones como las termas en el subsuelo cercano a la iglesia de San Martín, permiten indicar que cuando se construye el Acueducto la ciudad tiene ya una monumentalidad y la obra de ingeniería es el final del proceso de entrada de agua.

Siempre se ha dicho que habría que excavar más en Segovia para conocer mejor su pasado romano. Pero no es fácil. Martínez Caballero señaló que «en cualquier sitio donde se haga una intervención arqueológica es susceptible que aparezcan restos». Porque la ciudad romana tendría unas 40 hectáreas y estaría en funcionamiento desde el siglo I antes de Cristo «y la culminación de lo que es un paisaje típicamente romano, de lo que es su municipalización, es la construcción de su grandioso Acueducto en el siglo II». Y si fue edificado a partir del 117, hasta dentro de cien años no se podrá celebrar el bimilenario.

 

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17 octubre 2017 at 1:35 pm Deja un comentario

Un posible teatro romano ha sido hallado bajo el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén

Se invirtió mucho esfuerzo en la construcción del teatro, que contenía aproximadamente unos 200 asientos, pero curiosamente fue abandonado antes de ser usado

Excavación bajo el Arco de Wilson. Vista general de la excavación bajo el Arco de Wilson de Jerusalén, denominado así por su descubridor Charles William Wilson. Foto: Yaniv Berman, courtesy of the Israel Antiquities Authority

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
16 de octubre de 2017

Una estructura propia de un teatro romano ha sido excavada bajo ocho hileras de piedra completamente conservadas a unos ocho metros de profundidad en el Muro Occidental o Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, según ha revelado hoy la Autoridad de Antigüedades de Israel. El hallazgo, situado concretamente bajo el Arco de Wilson, denominado así por su descubridor Charles William Wilson, confirma los escritos históricos que describen un teatro cerca del Monte del Templo de Jerusalén. Según parece se invirtió mucho esfuerzo en la construcción del teatro, que contenía aproximadamente unos 200 asientos, pero curiosamente fue abandonado antes de ser usado, quizá debido a un suceso histórico como la rebelión de Bar Kojba contra el Imperio romano, también conocida como la segunda guerra judeo-romana.

En las fuentes escritas del período del Segundo Templo, entre el 530 a.C. y el 70 d.C., entre ellas los escritos de Flavio Josefo, y también en fuentes posteriores a la destrucción del Segundo Templo, cuando Jerusalén se convirtió en la colonia romana Aelia Capitolina, se mencionan teatros o estructuras similares a teatros en Jerusalén. “Se trata de una estructura relativamente pequeña en comparación a otros teatros romanos conocidos como el de Cesarea, Bet She’an o Bet Guvrin. Este hecho, sumado a su localización bajo un espacio cubierto, en este caso bajo el Arco de Wilson, nos lleva a sugerir que se trata de una estructura similar a la de un teatro del tipo odeón. En la mayoría de casos semejantes estructuras se usaban para actuaciones acústicas. Otra posibilidad es que fuera una estructura conocida como bouleuterión, el edificio en el que se reunía el consejo municipal, en este caso el consejo de la colonia romana de Aelia Capitolina, en la Jerusalén romana”, señalan los excavadores Joe Uziel, Tehillah Lieberman y Avi Solomon.

Muro de piedra. Ocho hileras de piedra completamente conservadas han sido excavadas durante las excavaciones arqueológicas. Foto: Yaniv Berman, courtesy of the Israel Antiquities Authority

 

Teatro romano. La estructura similar a un teatro romano que ha aparecido durante las excavaciones arqueológicas. Foto: Yaniv Berman, courtesy of the Israel Antiquities Authority

 

Primeras fases de excavación. Primeras fases de excavación del Arco de Wilson de Jerusalén. Foto: Shai Halevi, Israel Antiquities Authority

 

Muro de las Lamentaciones. Vista general del Muro de las Lamentaciones, el lugar más sagrado del judaísmo. Foto: Yaniv Berman, courtesy of the Israel Antiquities Authority

 

16 octubre 2017 at 8:25 pm Deja un comentario

Una inscripción jeroglífica de los luvitas describe el final de la Edad del Bronce

La inscripción, del siglo XII a.C., fue encargada por Kupanta-Kurunta, conocido como el Gran Rey de Mira, un reino de Anatolia occidental a finales de la Edad del Bronce

Inscripción jeroglífica. La inscripción jeroglífica de los luvitas que fue copiada en 1878 por el arqueólogo francés Georges Perrot en Beyköy, en la actual Turquía. La inscripción fue realizada alrededor del 1190-1180 a.C. por encargo de Kupanta-Kurunta, conocido como el Gran Rey de Mira. Estas piedras hoy forman parte de los fundamentos de la mezquita de Beyköy. En los años ochenta, Bahadır Alkım determinó el orden correcto de las piedras, que es el que aparece en la imagen. Foto: Luwian Studies

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
10 de octubre de 2017

Una inscripción jeroglífica de los luvitas, cuya cultura floreció en Asia Menor occidental durante la Edad del Bronce, y que fueron tan importantes como los hititias, finalmente ha sido descifrada por un equipo de investigación suizo y neerlandés, según anunció el sábado la fundación Luwian Studies, con sede en Zúrich. Esta escritura jeroglífica luvita, de 29 metros de longitud, es la inscripción jeroglífica conocida más larga de la Edad del Bronce, que describe los acontecimientos que ocurrieron a finales de la Edad del Bronce en el Mediterráneo oriental.

El relieve de piedra caliza, de 35 centímetros de alto, fue hallado en 1878 en Beyköy, unos 34 kilómetros al norte de Afyonkarahisar, en la actual Turquía. Unos campesinos locales sacaron las piedras del suelo y, por fortuna, el arqueólogo francés Georges Perrot pudo copiar cuidadosamente la inscripción antes de que los aldeanos usaran las piedras para construir una mezquita.

La inscripción jeroglífica finalmente ha sido traducida, tras varios intentos fallidos, por el geoarqueólogo suizo Eberhard Zangger, el presidente de la fundación Luwian Studies, y por el lingüista neerlandés Fred Woudhuizen, un experto en el idioma luvita y en su escritura. La publicación académica de la inscripción aparecerá en diciembre de 2017 en TALANTA–Proceedings of the Dutch Archaeological and Historical Society.

Los luvitas contribuyeron decisivamente en las invasiones de los Pueblos del Mar

Eberhard Zangger. El profesor John (Chris) Kraft de la Universidad de Delaware y, a la derecha, el geoarqueólogo suizo Eberhard Zangger, presidente de la fundación Luwian Studies. Foto: Rainer Spitzenberger / Luwian Studies

La inscripción fue encargada por Kupanta-Kurunta, conocido como el Gran Rey de Mira, un reino de Anatolia occidental a finales de la Edad del Bronce. Cuando Kupanta-Kurunta reforzó su reino, justo antes del 1190 a.C., ordenó a sus ejércitos que avanzaran hacia el este para enfrentarse a los estados vasallos de los hititas. Tras unas exitosas conquistas por tierra, las fuerzas unidas de Asia Menor occidental también formaron una flota e invadieron varias ciudades costeras (cuyos nombres aparecen en la inscripción) en el sur y en el sureste de Asia Menor, pero también en Siria y en Palestina. Cuatro grandes príncipes comandaron las fuerzas navales, entre ellos Muskus de la Tróade, la región de la antigua Troya. Los luvitas de Asia Menor occidental avanzaron hasta las fronteras de Egipto e incluso construyeron una fortaleza en Ascalón, en el sur de Palestina. Los luvitas contribuyeron decisivamente en las invasiones de los Pueblos del Mar y, por tanto, en el fin de la Edad del Bronce en el Mediterráneo oriental.

Fred Woudhuizen. El lingüista neerlandés Fred Woudhuizen, un experto en el idioma luvita y en su escritura, ha sido uno de los artífices de la traducción de la escritura jeroglífica de la Edad de Bronce. Foto: Luwian Studies

 

10 octubre 2017 at 1:46 pm Deja un comentario

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