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El azar y el vicio por el juego de los dados, la gran adicción que obnubiló a Octavio Augusto

El que fuera primer emperador de Roma también se dejó seducir por uno de los esparcimientos preferidos por los romanos: los juegos de azar y, más concretamente, los dados

Fresco que representa una partida de dados – Blog Domvs Romana

Fuente: P.FM.A. ABC Historia
31 de agosto de 2018

Del 753 a.C. al 509 a.C., la Monarquía; hasta el 27 a.C., la República. Estos son los precedentes de una superpotencia radicada en Roma, ciudad fundada por Rómulo y Remo un 21 de abril del año, como no es difícil intuir, 753 antes del nacimiento de Cristo. La que en sus inicios no era sino una simple aldea de pastores, se acabó convirtiendo en un poderoso imperio que perduró hasta el 476 d.C. y llegó a controlar un inmenso territorio. Fue bajo el mandato del emperador Trajano cuando las fronteras del Imperio romano estuvieron más alejadas: desde el océano Atlántico en el oeste hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico en el este; desde el desierto del Sahara al sur hasta Germania y Britania al norte.

Dicho lo cual, resulta obvia e innegable la herencia cultural, social y política recibida de Roma. Los romanos nos legaron el latín, el cual está presente en los idiomas hablados en un tercio del mundo. La misma proporción se rige por leyes surgidas del Derecho Romano. Por su parte, las obras arquitectónicas, tales como templos, calzadas, acueductos, etc., conviven con nosotros y juegan un importante papel en el patrimonio artístico de las distintas naciones.

Pero con lo generalizado que está el ocio en la actualidad, podría afirmarse que a los descendientes de los «gemelos fundadores» les debemos, también, la afinidad hacia el recreo y el entretenimiento. «Pan y circo» era la máxima de las autoridades, las cuales siempre fueron partidarias de la organización de espectáculos de diversa índole para granjearse el favor del pueblo. Así, teatros y peleas de gladiadores se popularizaron a lo largo y ancho del imperio. No obstante, existe otra práctica por la que los ciudadanos de Roma sintieron gran afición, algunos de tan alta alcurnia como Octavio Augusto: los juegos de azar. Este episodio es abordado por Lucía Avial Chicharro en su inestimable libro «Breve historia de la vida cotidiana del Imperio Romano: costumbres, cultura y tradiciones» (Nowtilus, 2018).

Hagan sus apuestas

«Los romanos fueron un pueblo muy aficionado a los juegos de azar, especialmente a los dados y a las apuestas con estos», manifiesta Avial Chicharro en su ejemplar y dicha afirmación resulta central para el devenir de esta pieza. Desde las reuniones en cantinas para tomar unos vinos hasta las largas horas que los legionarios pasaban asediando y sitiando un emplazamiento, cualquier excusa era buena para echar unos dados y jugar unas monedas. De hecho, no se caería en una falacia histórica si se hablase de vicio o ludopatía. Tanto es así que llegaron a redactarse, ya en época republicana, restrictivas leyes que punían el juego: leges aleariae.

El nombre de las mismas tampoco es algo baladí. Como bien indica Miguel Córdoba Bueno en su obra «Anatomía del Juego: Un análisis comparativo de las posibilidades de ganar en los diferentes juegos de azar» (Dykinson, 2013), del latín aleator proviene jugador, término que por aquel entonces poseía connotaciones negativas (deshonesto y con un defecto de carácter), y se encumbra como la raíz de aleatorio, palabra que en la actualidad utilizamos para definir aquellos fenómenos regidos por las reglas del azar.

A este respecto, por todos es conocida la expresión latina alea iacta est o, en román paladino, «la suerte está echada». Se atribuye a Julio César la enunciación de tan célebre frase al pasar el Rubicón con sus legiones, el riachuelo que marcaba el límite entre la Roma republicana y la Galia. Pues bien, una variante puntualiza que no pronunció exactamente dicha consigna porque lo hizo en griego, de modo que el significado literal pasaría a ser «los dados se han tirado». Como no resulta difícil imaginar, alea designaba genéricamente a todos los juegos de azar de la antigua Roma.

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Las leyes perseguían los juegos en los que el resultado dependía única y exclusivamente del azar

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Volviendo a la legislación antes mencionada, es preciso matizar que lo que castigaba no era el juego en sí sino las apuestas de «cuartos» que éste conllevaba. Así, mientras que se consideraban legales en aquellas competiciones, como las peleas en el anfiteatro, en las que el resultado dependía de la pericia y la gallardía, perseguía a todos aquellos que se jugaban un dinerillo confiando toda su suerte a la «ventura de la providencia».

Según detalla Javier Sanz en «La ludopatía en la antigua Roma», artículo publicado en la web «Historias de la Historia», las multas impuestas eran un múltiplo de la cantidad apostada y variaba en función de las circunstancias así como de la familia del apostante. «Además, la ley no reconocía las deudas de juego ni los delitos cometidos contra la propiedad de las “casas de apuestas”», prosigue el autor.

No obstante, como bien plantea Pilar Martínez Abella, resultaba sin duda complicado controlar las partidas privadas en hogares y tabernas. «¿Cuánto te puede costar esconder un dado? ¿Quién podría aguantar una de esas tediosas cenas sociales, sin la chispa que propicia el riesgo de perder unos cuantos denarios?», se pregunta en su página oficial.

En la misma línea que Abella se encuentra Jorge García Sánchez. El autor de «Viajes por el Antiguo Imperio romano» (Nowtilus, 2016) expresa que pese a la prohibición y las penas económicas impuestas por la reglamentación legislativa del momento, una pintura de la época «retrata a un grupo de jugadores enfrascados en una partida de dados que se llevaba a cabo medio a escondidas en la bodegas y en las habitaciones traseras de las tabernas». Era un secreto a voces, vaya.

Se quita la barrera

Durante unos días al año, no obstante, la veda era retirada. «Las leyes solo lo permitían [el juego] en festividades como las Saturnales», explica Avial Chicharro en su libro. Según la escritora, esta celebración tenía lugar entre el 17 y el 23 de diciembre, días en los que proliferaban banquetes, algunos públicos, y procesiones, los intercambios de regalos eran frecuentes e, incluso, los esclavos recibían una mayor libertad por parte de sus amos.

Las palabras de la autora de «Breve historia de la vida cotidiana del Imperio Romano» son corroboradas por Javier Sanz, quien menciona la importancia de estas fiestas en «La ludopatía en la antigua Roma»: «Las escuelas cerraban, algunas conductas frívolas femeninas y masculinas estaban bien vistas, se podía apostar a los dados, se invertían los papeles entre amos y esclavos, corría el vino a raudales y todos los miembros de la familia recibían un regalo, fuera cual fuese su condición. Además, todos los esclavos recibían de sus amos una generosa paga extra en moneda o vino».

En la obra de divulgación «Formas de ocio en la antigua Roma: desde la dinastía Julio-Claudia (Octavio Augusto) hasta la Flavia (Tito Flavio Domiciano)», Maximiliano Korstanje se atreve a ir un paso más allá: «Comúnmente, siervos y patrones se juntaban en camaradería bajo el juego de dados, el cual estaba prohibido. No era extraño que los esclavos tuvieran licencia para decirle a su amo todas aquellas verdades molestas que en la vida diaria no podían decirle».

Este paréntesis en la represión puede tener su origen en el fin de las tareas agrícolas de campesinos y esclavos, cuando los campos se preparaban para el duro invierno.

Octavio el «apostador»

La historia de este nombre clave del imperio es la historia de un joven inteligente que, sin grandes cualidades militares, logró convertirse en el primer emperador de Roma. Es la historia de quien pasó de ser Octavio a ser Augusto. Es la historia del hombre que derrotó a Marco Antonio en la memorable batalla de Actium (31 a.C.) y terminó ciñendo en su frente la corona de laurel.

«El que fuera reconocido por el mismísimo Cayo Julio César como hijo adoptivo tenía -gracias a esta épica victoria- vía libre para poder ostentar todo el poder en el que fue el mayor imperio de la antiguedad. Tras largos años en los que tuvo que lidiar con los asesinos de su padre y compartir el poder con Antonio y Lépido por fin había alcanzado el lugar que -en su opinión- le correspondía como descendiente del caído imperator». Este párrafo está sacado de «Octavio: el «hijo» de Julio César que aplastó a Marco Antonio y al Egipto de Cleopatra», artículo de nuestra sección, ABC Historia.

Escultura que representa a Octavio Augusto

Tan memorable triunfo es escudriñado con maestría en la pieza publicada por este periódico. Lo que aquí interesa subrayar es una afición no tan egregia de Octavio Augusto: los dados. Así lo refiere el ya citado Korstanje en su escrito: «Con respecto a su vida privada, Augusto no parecía esbozar grandes lujos aunque era sabida su debilidad por las mujeres jóvenes y el juego». Y así lo confirma Avial Chicharro en su volumen: «Pese a ello [leyes de prohibición], la afición no decreció, y se conocen emperadores como el propio Augusto o Claudio que jugaban y apostaban a los dados con frecuencia».

Lo cierto es que en los juegos de azar, los romanos llegaban a jugar grandes cantidades y no solo en metálico, también apostaban joyas u otros objetos de valor. De hecho, cuenta la leyenda que el primer emperador de Roma perdió 20.000 sestercios en una sola noche. En lo que respecta a Claudio, diversas crónicas lo han retratado como un jugador empedernido.

Otros mandamases como Nerón o Cómodo también sufrieron el dulce adictivo del vicio, viéndose perjudicadas, incluso, las arcas del Estado. Y en «Viajes por el Antiguo Imperio romano», el señalado por García Sánchez es Lucio Vero, coemperador romano junto con Marco Aurelio: «En Siria había adquirido tal pasión por los juegos de azar que el alba lo solía sorprender lanzando los dados».

Otros pasatiempos

La piedra, el marfil, la madera, el hueso o el metal. Diversos eran los materiales con los que fabricar los vetustos dados romanos. Además, era habitual que fuesen trucados, de manera que se generalizó el uso de cubilete o frutillus. En cuanto al modus operandi, era muy básico: con dicho recipiente se lanzaban al aire buscando la tirada perfecta, esto es, los tres seises, aunque bastaba con obtener un número superior al del contrincante. «Sí, era una rápida forma de perder pasta», admite con sarcasmo Martínez Abella en su web.

Pero las tesserae -dados-, pese a su popularidad, no eran el único entretenimiento. Al recorrer el capítulo que Avial Chicharro dedica a los juegos de azar en su libro, hallamos la siguiente declaración: «Además de los dados, era frecuente ver dibujados en las calles romanas tableros de juegos. Fueron realizados por las propias personas que jugarían con ellos. Buscaban distintos objetivos, que iban desde tratar de sacar provecho económico de los incatuos que jugasen hasta poder disputar una partida con un amigo».

Un ejemplo es el famoso juego de las tres en raya, el cual es analizado en «Anatomía del Juego». Córdoba Bueno sostiene lo siguiente: «El “terni lapilli” se podría traducir por “tres piedras” o por “piedras de tres en tres” y era uno de los juegos más populares en la antigua Roma. Se han encontrado numerosos tableros de “terni lapilli” arañados sobre suelos de piedra en muchos lugares del antiguo Imperio romano, aunque en aquella época se jugaba con fichas, guijarros o cuentas. Desde entonces, fue un juego de niños habitual en la época medieval y que evolucionó hasta la época actual tal y como lo conocemos».

 

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31 agosto 2018 at 9:05 am 2 comentarios

El nuevo museo construido en una fortaleza de la histórica ciudad helena de Pilos

El centro estará centrado en el pasado de la urbe, desde el Neolítico y su importante época micénica hasta la romana

La fortaleza llamada Neokastro en la que se encuentra el museo

Fuente: Begoña Castiella  |  ABC
30 de agosto de 2018

Este sábado el Viceministro de Cultura y Deportes, Costas Stratís, ha inaugurado un nuevo museo arqueológico en la ciudad helena de Pilos (Peloponeso). El centro, que se encuentra en la que era la impresionante fortaleza conocida como Neokastro, construida por los militares otomanos en el siglo XVI a las afueras de la ciudad, estará centrado en el pasado de la urbe, desde el Neolítico y su importante época micénica hasta la romana.

Como destacó Stratis en la inauguración, es un museo «que mantiene un dialogo con el visitante, facilitando el descubrimiento de la cultura y la historia de sociedades más antiguas a través de presentaciones innovadoras, con el apoyo de aplicaciones digitales». Algo que se ha podido conseguir en la Grecia de los rescates gracias a que el centro ha sido incluido en un programa operativo para la competitividad y emprendimiento de la Unión Europea.

El museo se encuentra, concretamente, en el edificio Mézonos (en referencia al Mariscal francés Nicolas Joseph Maison) edificado por las fuerzas militares francesas poco tiempo después de la Batalla de Navarino de 1827. A su vez, este centro sustituye a otro más pequeño ubicado en el centro de la ciudad, que cerró sus puertas en el 2014.

Historia

Habitado desde el Neolítico, Pilos fue un reino micénico importante. Como demuestran los restos arqueológicos del Palacio del Rey Néstor, cuyo nombre figura en la Odisea. Fue invadida por los francos y por los venecianos, pasando a ser llamada Navarino. Posteriormente, la zona fue conquistada por los otomanos en 1500 hasta la consumación de la independencia griega, siendo unos pocos años veneciana y rusa entretanto.

La ciudad es conocida, sobre todo, por dos grandes batallas navales: la primera tuvo lugar en el 425 a.C. durante la Guerra del Peloponeso; la segunda en el siglo XIX, cuando la bahía de Pilos era una importante base naval otomana. Fue ahí donde la flota turco-egipcia y tunecina del Pacha de Egipto Ibrahim fue derrotada el 20 de Octubre de 1827 gracias al apoyo de los aliados de Grecia (británicos, franceses y rusos) bajo las órdenes del Almirante Edward Codrington, quien a su vez había sido un héroe en la Batalla de Trafalgar.

Fue precisamente el cuerpo expedicionario francés de Morea quien construyó la moderna ciudad de Pilos y añadió edificios a la fortaleza de Neokastro, siendo uno de ellos la sede actual del museo. Al mismo tiempo, especial importancia tiene la figura de Nicolás Joseph Maison, un militar francés que luchó a las órdenes de Napoleón en Rusia y años después dirigió las fuerzas francesas en la batalla de Navarino. Tras esta victoria y su regreso a París en 1829, el rey Carlos X le hizo Mariscal de Francia.

 

30 agosto 2018 at 9:56 am Deja un comentario

Pan, circo y… «Hooligans»

La «gladiatura» es una de las señas de identidad romanas más evidentes.

«Pollice Verso», obra del artista francés Jean-León Gérôme

Fuente: Gustavo García Jiménez – Desperta Ferro Ediciones  |  LA RAZÓN
29 de agosto de 2018

Si algo define de verdad a una sociedad es aquello que mueve sus pasiones. El combate gladiatorio tiene los ingredientes necesarios para proyectar una imagen en la que destaquen los valores de la virtud y el heroísmo que se esperaba que imitaran los legionarios en campaña o los niños en sus juegos callejeros. Al llevar la violencia a casa –de la mano de esclavos o criminales y siempre en el contexto de un ambiente festivo en el que la sociedad romana al completo estaba invitada a participar–, se garantizaba que el mensaje fuera escuchado, y, así, el valor educativo de la lucha comenzaría a dar sus frutos. Desde esta perspectiva, no era difícil que esta práctica terminara por convertirse en un instrumento de propaganda política, hasta el punto de que todavía hoy, bajo la influencia de esa misma propaganda, los gladiadores siguen resultándonos fascinantes pese a representar el paradigma de la violencia.

Las luchas gladiatorias comenzaron como un evento relacionado con el ritual funerario de la época republicana, pero, pronto, la llegada masiva de esclavos y dinero procedentes de los territorios conquistados estimuló que las clases pudientes hicieran sus inversiones en espectáculos ofrecidos a las masas para facilitar su promoción política. Y he aquí que el combate agonístico se convirtió en un instrumento. Como tantas otras cosas que se gestaron mediante este proceso, que transformó de forma radical a la sociedad romana en el tránsito de la República al Imperio, la gladiatura alcanzó un grado de perfeccionamiento muy importante a partir de esta etapa. Se trataba, pues, de una práctica que combinaba tradición, entretenimiento, control social y, cómo no, negocio; un negocio construido mediante el derramamiento de sangre humana –por supuesto, no la propia, sino la ajena–. Pero, pese a ello, el sistema encajaba y el círculo se cerraba cuando el esclavo alcanzaba la gloria, si luchaba bien, y el pueblo sonreía satisfecho cuando gozaba de la emoción del combate.

JUEGOS GLADIATORIOS

Nada como una tarde en el anfiteatro (o en el fútbol) para calmar los ánimos de la plebe. Y es que la vida urbana ponía a prueba a diario a las clases populares, abocadas como estaban a sobrevivir en un medio hostil y competitivo con escasas oportunidades de progresar socialmente. Las autoridades romanas tomaron buena nota de ello y ofrecían juegos gratuitos para distraer a las masas y evitar posibles disturbios contra el poder establecido… solo que no siempre funcionaba. Eso es precisamente lo que debió de ocurrir en la Pompeya del 59 d. C. durante los juegos gladiatorios ofrecidos por Livineyo Régulo. La imagen del fresco pompeyano procedente de la Casa de Actius Anicetus no refleja unos gladiadores al uso. Los que luchan en la arena, y también fuera de ella, son auténticos «hooligans» pompeyanos peleando con los de la vecina Nuceria, que habían acudido a los juegos y terminaron siendo víctimas de la pasión desenfrenada de aquéllos. El episodio tuvo la suficiente relevancia como para llamar la atención del historiador Tácito, que lo registró en sus «Anales»: «Empezaron por lanzarse insultos, luego piedras, y al cabo tomaron las armas, saliéndose con la mejor parte la plebe de Pompeya, donde se celebraba el espectáculo. El caso es que muchos de los de Nuceria fueron llevados a la ciudad con el cuerpo lleno de mutilaciones, en tanto que la mayoría lloraba la muerte de hijos o padres».

El revuelo causado fue tal que hubo de intervenir el emperador y el Senado, dando como resultado el que los juegos fueran prohibidos en Pompeya durante diez años. Tácito añade además que Livineyo había sido expulsado años antes del Senado, y aunque ignoramos los motivos de ello, es tentador pensar que el enfrentamiento del anfiteatro pudo tener tintes políticos relacionados con las maquinaciones del ex senador. Lo que sí parece más allá de toda duda es que buena parte de la responsabilidad en la articulación de la violencia –al menos a nivel práctico– habría recaído en los «collegia» (cofradías gremiales o de barrios), como indicaría la sanción judicial, que añadía que «se disolvieron los colegios que habían constituido ilegalmente». El hecho de que el fresco se hallara en la casa de un vecino parece dar a entender que quienquiera que mandara pintar la escena no se arrepentía de este episodio e incluso parecía enorgullecerse de ello.

PARA SABER MÁS

«Gladiadores»

Desperta Ferro Antigua

nº 14

68 págs.

7 euros

 

30 agosto 2018 at 9:52 am Deja un comentario

Descubren la presencia militar romana más antigua de Galicia

La construcción del campamento romano de Penedo dos Lobos fue, posiblemente, coetánea a las Guerras Cántabro-Ástures

Representación de una legión romana – El último centurión

Fuente: EP  |  ABC Cultura
29 de agosto de 2018

La intervención en el campamento romano de Penedo dos Lobos, en Manzaneda (Orense), ha permitido descrubrir la presencia militar romana más antigua documentada hasta el momento en el territorio Gallego, y que podría vincularse cronológicamente a la época de las Guerras Cántabro-Ástures.

En el transcurso de una campaña arqueológica llevada a cabo por el colectivo ‘romanarmy.eu‘ y dirigida por el investigador del Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit) del CSIC João Fonte, ha sido localizado material militar romano, entre el que se encuentran las características chatolas de las sandalias romanas (caligae) y monedas acuñadas por Publio Carisio (quién había sido legado del primer emperador Octavio Augusto durante las Guerras Cántabro-Ástures), entre el 25 y el 22 a.C.

Estos hallazgos sitúan la construcción del campamento romano de Penedo dos Lobos en un horizonte cronológico anterior al cambio de era y posiblemente coetáneo a las Guerras Cántabro-Ástures, con las que el Imperio romano terminó la conquista de Hispania.

Se trata de la presencia militar romana más antigua documentada hasta el momento en el territorio de la actual Galicia, y es un hallazgo de «gran relevancia histórica para conocer los inicios de la romanización en este territorio», según Roman Army. Hasta el momento, numerosos especialistas consideraban que la zona de Galicia había estado al margen del conflicto.

Aunque no es posible por el momento determinar cual era a misión del contingente militar de Penedo dos Lobos, los hallazgos «redefinen lo conocido sobre esta época y ayudan a contextualizar una presencia militar romana en este territorio que, a la luz del descubierto por el colectivo romanarmy.eu y otros equipos de investigación en los últimos años, es más amplia y diversa del conocido hasta el momento».

 

29 agosto 2018 at 10:47 am 1 comentario

Hefestión, el mejor amigo de Alejandro Magno

La íntima amistad de Hefestión con el conquistador macedonio ha alimentado su leyenda durante siglos

Posible representación de Hefestión en un mosaico de Pella, en Macedonia
La prueba principal de la estrecha relación entre Hefestión y Alejandro Magno es la desmesurada reacción del rey a la noticia de la muerte de su amigo, sobrevenida al parecer tras los excesos con la bebida y la total desatención de los consejos médicos cuando se hallaba aquejado de una enfermedad

Foto: Dagli Orti

Fuente: Javier Gómez Espelosín  |  National Geographic
28 de agosto de 2018

Hefestión era, según nos cuenta el historiador romano Quinto Curcio, “el más querido de todos los compañeros de Alejandro”. La prueba principal de su estrecha relación es la desmesurada reacción del rey a la noticia de la muerte de su amigo, sobrevenida al parecer tras los excesos con la bebida y la total desatención de los consejos médicos cuando se hallaba aquejado de una enfermedad.

Alejandro se hallaba presenciando una carrera en el estadio de Ecbatana (actual Hamadan, Irán) cuando recibió la noticia de la enfermedad de Hefestión. Aunque acudió a visitarle de inmediato ya no llegó a tiempo de encontrarlo con vida. Todos los testimonios destacan de manera unánime la inmensidad de su dolor. No existe, en cambio, la misma unanimidad sobre las demostraciones de duelo a que dio lugar.

Según algunos, había permanecido toda la noche llorando echado sobre el cuerpo de su amigo hasta que consiguieron apartarle del mismo con grandes esfuerzos; otros decían que había mandado colgar al médico que lo atendía por haberse equivocado en la administración de las medicinas adecuadas; otros más, que condujo en persona el carro que transportaba el cadáver durante parte del trayecto. Había incluso quienes afirmaban que hizo demoler el templo del dios de la salud, Asclepio, como venganza por no haber querido salvar a su amigo. Otros, en fin, decían que ordenó hacer en su honor solemnes sacrificios como si se tratara de un héroe, y que envió una legación a consultar al dios Amón si debían rendírsele honores como si se tratara de una divinidad.

Seguramente se cometieron extravagancias y desafueros que dieron lugar a notorias exageraciones y a rumores malintencionados, tanto en un sentido como en el otro, ya que tales acciones permitían al mismo tiempo elogiar de forma desmedida el afecto del monarca por su amigo o censurar una conducta impropia de la dignidad real.

Fuera como fuese, lo cierto es que Alejandro tardó tiempo en recuperarse del golpe sufrido. Durante tres días permaneció apartado del resto de las tropas sin probar alimento y en un completo descuido de su apariencia personal, proclamó luto oficial por todos los dominios de su imperio y ordenó la construcción de una inmensa pira funeraria en Babilonia. La memoria de su amigo permanecería viva al quedar asociada al cargo que desempeñaba hasta entonces, el de quiliarco o visir del nuevo imperio, para el que Alejandro no nombró ningún sustituto inmediato. El cargo de hiparco o comandante supremo de la caballería, que también había desempeñado aquél, iría acompañado de su nombre y su estandarte sería el que Hefestión había diseñado.

Más allá de la amistad

Tal excesiva demostración de afecto ha sido considerada por muchos como la prueba definitiva del carácter íntimo de la relación entre ambos personajes. Una idea que vendría aseverada por el oportuno paralelismo establecido con las figuras clásicas de Aquiles y Patroclo, cuya asimilación habrían buscado conscientemente Alejandro y Hefestión al coronar las tumbas de los dos héroes en Troya después del desembarco en tierras de Asia.

Pero esta tradición de corte romántico no parece contemporánea de los acontecimientos. Probablemente empezó a adquirir mayor relevancia tras la temprana y seguida muerte de ambos, acaecida en muy corto espacio de tiempo: octubre de 324 y junio de 323 a.C. Una vez convertida en leyenda, la estrecha relación de los dos amigos habría sido transferida a las primeras etapas, presentándolos como amigos inseparables desde la infancia, compañeros de juegos y estudios junto a Aristóteles, compartiendo desde el principio todos los triunfos y sinsabores.

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La relación entre ambos parece haber sido el principal detonante de toda la brillante y espectacular carrera de Hefestión

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Pero más allá de leyendas y rumores, la relación entre ambos parece haber sido el principal detonante de toda la brillante y espectacular carrera de Hefestión, que culminó con el nombramiento sucesivo de hiparco y quiliarco, ya que en el terreno de las armas no parece que demostrara grandes méritos. De hecho, sus principales actividades aparecen relacionadas con la organización y la logística más que con las acciones militares, en las que siempre aparece asociado a otras figuras destacadas en este campo como Clito el Negro, Crátero o Pérdicas. Alejandro supo reconocer enseguida su particular talento para tareas de índole diplomática o administrativa, confiándole misiones delicadas como mantener las relaciones con los persas o transferir el poder en los reinos conquistados en la India. También llevó a cabo importantes labores logísticas como la fundación de ciudades, el establecimiento de puentes y el mantenimiento de las líneas de comunicación o la provisión de suministros.

Intrigas por el poder

Sin embargo, parece que la habilidad más destacada de Hefestión fue su capacidad de intriga para enajenar el favor de Alejandro de sus enemigos. Su conflictiva relación con todos los personajes del entorno del monarca como Calístenes, Eumenes o Crátero es especialmente reveladora de su carácter. El inicio de su fulgurante promoción parece estrechamente relacionado con la caída en desgracia de Filotas, el hijo de Parmenión, con motivo de una conjura contra Alejandro no delatada a tiempo que le costó la vida. Hefestión desempeñó un papel decisivo en la condena a muerte de Filotas, a quien Alejandro estaba decidido a perdonar a pesar de lo sucedido.

En la frenética carrera desatada entre los generales y amigos de Alejandro para conseguir los cargos principales Hefestión era sin duda el mejor situado. Su lealtad parecía incuestionable y compartía con Alejandro muchas cosas pero muy en especial su famosa política de orientalización, consistente en la adopción de costumbres persas, tan criticada por la mayoría de los macedonios. Sobrevivió así reforzado a las sucesivas crisis que significaron la muerte de Calístenes o de Clito el Negro por oponerse manifiestamente a tales tendencias. Compartió con Alejandro experiencias inolvidables como la terrible travesía del desierto de Gedrosia.

Siempre al lado de Alejandro, culminó su meteórica carrera en las célebres bodas de Susa, donde se casó con una de las hijas de Darío, hermana de Estatira, la segunda esposa de Alejandro, en el deseo de emparentar mutuamente a través de su descendencia. Este honor iba más allá de la simple relación de parentesco ya que significaba compartir, al menos de forma simbólica, la posición hegemónica en el nuevo imperio. Su posición como visir reflejaba en el plano político e institucional esta posición preeminente.

Sin embargo, la repentina muerte de Hefestión echó por tierra todos los planes trazados en este sentido. Sólo el dolor dejado por su pérdida y los rumores alimentados por la leyenda quedaron en la memoria colectiva como testimonios imborrables de una amistad tan singular y duradera.

 

La muerte del compañero
Casi tres siglos después de los hechos, el historiador Plutarco relataría de este modo la muerte del que fue el más entrañable amigo de Alejandro: “ocurrió en aquellos días que a Hefestión le dio calentura, y como a fuerza de joven y militar no quisiese sujetarse a la debida dieta, y además su médico Glauco se hubiese ido al teatro, se sentó a comer a la mesa, y habiéndose comido un pollo asado y bebiéndose un gran vaso de vino puesto a enfriar, se sintió mucho peor, y al cabo de poco tiempo murió“. Cuenta luego Plutarco que la pesadumbre de Alejandro (arriba) por la muerte de su camarada no conoció límites.

Foto: Dagli Orti

 

La pira de Hefestión, por Franz Jaffe (1900)
Lo cierto es que Alejandro tardó tiempo en recuperarse del golpe sufrido. Durante tres días permaneció apartado del resto de las tropas sin probar alimento y en un completo descuido de su apariencia personal, proclamó luto oficial por todos los dominios de su imperio y ordenó la construcción de una inmensa pira funeraria en Babilonia

Foto: AKG

 

Hefestión, escultura atribuída a Policleto, siglo V a.C.
La leyenda de Alejandro y Hefestión creció a la sombra de la de Aquiles y Patroclo, cuya asimilación habrían buscado conscientemente Alejandro y Hefestión al coronar las tumbas de los dos héroes en Troya después del desembarco en tierras de Asia.

Foto: Dagli Orti

 

Una escena inmortal
Tras la victoria de Alejandro sobre el rey persa Darío III en Issos, en 333 a.C., tuvo lugar uno de los más célebres malentendidos de la historia. Alejandro acudió en compañía de Hefestión a visitar a la familia del soberano persa, que había caído en su poder. Como los dos iban vestidos de la misma manera y Hefestión superaba en estatura y porte a Alejandro, la madre de Darío se confundió y se inclinó ante Hefestión. El embarazoso equívoco no tuvo mayores consecuencias: Alejandro, haciendo gala de una conmiseración y generosidad ilimitadas, zanjó la cuestión recordando a la confundida reina que aquél era también otro Alejandro. La escena, considerada un magnífico ejemplo de magnanimidad real, quedó inmortalizada en el óleo (conservado en el palacio de Versalles) que Charles Le Brun pintó para Luis XIV de Francia y que, en singular contienda artística con una extraordinaria pintura del Veronés del siglo XVI e igual tema (arriba), debía demostrar la superioridad artística de la corte del rey Sol.

Foto: Bridgeman

 

Hefestión en un mármol del siglo IV a.C.
La habilidad más destacada de Hefestión fue su capacidad de intriga para enajenar el favor de Alejandro de sus enemigos. Su conflictiva relación con todos los personajes del entorno del monarca como Calístenes, Eumenes o Crátero es especialmente reveladora de su carácter.

Foto: Dagli Orti

 

Hefestión señala a Alejandro ante él la familia de Darío, prisionera en Gaugamela. Óleo del siglo XVIII.
Hefestión fue amigo de la infancia de Alejandro e incluso formó parte del selecto grupo que asistió, junto con el rey, a las clases del filósofo Aristóteles. Por ello, su relación con Alejandro revistió una intimidad fuera de lo común (que bien pudo ser de índole sexual), hasta el punto de que Alejandro le consideraba en público su alter ego y, a veces, los súbditos persas confundían al uno con el otro. Hefestión adquirió una gran prominencia cuando fue nombrado comandante de caballería tras la ejecución de Filotas. Años después, Alejandro lo nombró gran visir en Asia, encargado de cuestiones más puramente técnicas (abastecimiento, comunicaciones). La muerte le sobrevino a Hefestión de forma súbita en Ecbatana en 324 a.C. y Alejandro le ofreció un magnífico funeral.

Foto: Print collector / Getty images

 

28 agosto 2018 at 1:16 pm Deja un comentario

Zenobia de Palmira, la reina militar que doblegó al Imperio romano en el siglo III d.C.

Cuando el emperador Septimio Odenato fue asesinado, la consorte dejó aquel papel secundario para comenzar la expansión de la antigua y esplendorosa Siria

Zenobia de Palmira – ABC

Fuente: Eugenia Miras  |  ABC Historia
24 de agosto de 2018

El día más triste de la reina Zenobia llegó con el asesinato de su esposo el emperador Septimio Odenato en el 267 d.C, pues tanto su marido como su hijastro serían víctimas de ciertas intrigas familiares por la sucesión al trono. Viuda y con un bebé quedaba vulnerable frente a toda aquella miseria humana. Y aunque la nueva regente no tenía ninguna otra ambición más que sobrevivir al luto, terminó por convertir a la ciudad de Palmira en un breve Imperio que eclipsaría a Roma hasta la fecha de su captura por las huestes del emperador Aureliano en el 272.

Con Zenobia de Palmira, aquella tierra homónima -cuyas ruinas fueron destruidas casi en su totalidad durante el terror del ISIS en Siria– pasó a representar un cráter de la expresión estética, del poder, y por supuesto de un amanecer político femenino en Oriente Medio.

Tal como dictaba el patriarcado de aquel tiempo -el cual no suena ajeno ni tan lejano- la figura de la mujer permanecía al margen de las decisiones familiares y del Estado. Sin embargo, quizás por esa naturaleza brava innata a una madre, Zenobia habló fuerte y claro para hacer su voluntad y así empezar a construir ese Imperio que prometió a su hijo Vabalato.

Septimio Odenato – C.C

Nada más enterrar a Septimio Odenato y enjutarse las lágrimas mandó ejecutar al autor de tal mezquindad, un tal Meonio, quien era sobrino de su esposo -y que la misma Historia considera irrelevante-. Así que después de mecer a su hijo de apenas un año le habló de su futuro reino, de una Palmira independiente al Imperio romano, de una ciudad que le hiciera sombra a sus magnánimos templos y plazas, de una nueva fuerza que inspirase temor y respeto a las legiones de Roma, y que si bien anhelaban los temidos persas aquella Siria antigua jamás lograsen alcanzarla más que para admirarla. Y entonces, a partir de ese sueño, Zenobia se hizo la mujer, esa que ungió la gloria y demostró que el poder no es un asunto de género sino de visión.

No obstante el esplendor de Palmira no hubiera resonado en la eternidad si Septimio Odenato hubiera permanecido con vida. El Imperio -aunque breve- fue posible gracias a la determinación de Zenobia, por lo que el sacrificio de aquel patriarca valió un legado histórico y artístico para la humanidad. Las ruinas de la ciudad siria eran la prueba de que la pasión femenina alcanza horizontes que hasta la fecha habían sido inimaginables para el hombre.

De esta manera y en muchas circunstancias a lo largo de la Historia la viudez ha permitido a la mujer el derecho de creer en sí misma. Pues en ese «desamparo» masculino se daba de manera simultánea a la desgracia el bendito despojo de los miedos de todas ellas, esas que tuteladas del hombre tenían la perpetua condena de vivir en silencio y a su sombra.

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Quizás por esa naturaleza brava innata a una madre, Zenobia habló fuerte y claro para hacer su voluntad y empezar a construir ese Imperio que prometió a su hijo Vabalato

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Pero hasta hace menos de medio siglo todas aquellas figuras femeninas que se habían rebelado contra el patriarcado gritaron de manera discontinua, por lo que los tan reclamados caminos paralelos y no subordinados al hombre seguían sin ser posibles, y en los que aún se precisa de una coordinación de esfuerzos que viajen hacia la misma dirección: el fin de la manipulación psicológica que lleva milenios ahogando a las de nuestro sexo, y si no que la vida de Zenobia de Palmira nos sirva de inspiración.

Palmira en comunión con Roma

Cuando el emperador Valeriano inició una de las muchas empresas hacia Oriente Medio fue derrotado y capturado por los persas. La muy mala suerte del romano permitió que una de las figuras más prominentes de Palmira, Septimio Odenato -quien pertenecía a una estirpe romanizada- brillase entre los candidatos para ser rey de la ciudad.

Este territorio que pertenecía a los dominios del Imperio romano tenía dos destinos posibles: bien la comunión con Roma o bien una violenta absorción por parte del Imperio sasánido. En el 250 d.C. entra en escena Septimio Odenato con quien se iniciará un nuevo modelo de gobierno monárquico en en Palmira.

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En el 250 d.C. entra en escena Septimio Odenato con quien se iniciará un nuevo modelo de gobierno monárquico en en Palmira.

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«Palmira no solo sería autónoma de facto, sino que registró la transformación de su secular estructura sinodal de Gobierno en un régimen monárquico. La figura crucial en ese cambio fue Septimio Odenato, vástago de una de las principales estirpes romanizadas de la ciudad. No se conocen con precisión las circunstancias de su ascenso, pero, tras fluctuar entre sasánidas y romanos, asumió el interés de estos últimos al enfrentarse con éxito a los primeros y asegurar la recuperación de los territorios perdidos; obtendría entonces la condición de imperator o rey de Oriente, reconocida por Roma», relató el Conde de Volney (1757 – 1820), reconocido y valorado filósofo, escritor e historiador orientalista en su obra «Las ruinas de Palmira» (EDAF, 1985).

Septimio Odenato se casó dos veces y del primer matrimonio tuvo al que pudo ser su heredero si no lo hubieran asesinado con él, Septimio Herodiano -también conocido como Herodes de Palmira, o Hairan I-. Ambos fueron asesinados por el sobrino del rey, para quedar como único sucesor al trono un bebé de un año llamado Vabalato.

Palmira, el cráter de la belleza cultural

A partir de esta desgracia Zenobia se inspira en la maternidad para dejarle a su hijo un reino digno de admiración. En el 267 toma la regencia de Palmira y tres años después, fue proclamada reina. En un comienzo no debatió la incómoda subordinación al Imperio romano, por lo que Vabalato y su madre fueron llamados Augustos por orden del emperador.

Ruinas de Palmira – ABC

Cuando Zenobia agarró las riendas del Imperio inició poderosos proyectos de fortificación -según las fuentes la muralla que protegía Palmira tenía un radio de 21 kilómetros de circunferencia- y embellecimiento de la metrópoli. Templos, teatros, y columas corintias de hasta más de quince metros se convirtieron en el símbolo de la Palmira imperial, que seguía vivo en sus ruinas.

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Templos, teatros, y columas corintias de hasta más de quince metros se convirtieron en el símbolo de la Palmira imperial

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Sin embargo la reciente destrucción de las mismas como el gran legado arquitectónico y cultural de Zenobia, durante la ocupación del ISIS, ha supuesto una de las grandes pérdidas para Patrimonio de la Humanidad. Pues en ellas estaba el testimonio de una de las épocas de mayor esplendor de las civilizaciones orientales.

La reina militar

Sin embargo las luchas intestinas por el poder en Roma facilitaron no solo la emancipación de Palmira, sino también una asombrosa expansión territorial. Pues Zenobia sería recordada por la historiografía por sus gran capacidad de organización y estrategia militar.

Ruinas de Palmira – ABC

La reina -que fue comparada con Cleopatra por su belleza e inteligencia- sacudió la moral de los romanos y de los persas en cada una de sus campañas bélicas. Asia Menor estaba firmada con su nombre y Egipto caería a sus pies en el año 269.

Cuando el emperador Aureliano toma el poder del Imperio romano en el año 270, la expansión de Palmira sufrirá un revés. Muy celoso del esplendor de Zenobia dirige toda la furia hacia Egipto. Y aunque la reina siria y su hijo Vabalato logran escapar en busca del cobijo persa. Al final como siempre la traición precede y son capturados en el río Éufrates.

Los últimos días de Zenobia de Palmira tienen un final abierto, las diferentes versiones de la Historia narran diferentes escenarios. Se dice que fueron ejecutados en el acto, mientras otras fuentes aseguran que recibió el perdón de Aureliano, para vivir como una ciudadana más de Roma.

 

24 agosto 2018 at 6:54 pm Deja un comentario

La batalla de Farsalia, hacia el final de la República romana

El enfrentamiento entre César y Pompeyo supuso un punto de inflexión clave para el fin de la República y el inicio del Imperio romano

Fuente: National Geographic
23 de agosto de 2018

La carrera política de Pompeyo Magno empezó tras la primera guerra civil que vivió la sociedad romana. Siguiendo la tradición familiar, Pompeyo consiguió sus primeros éxitos militares luchando en el lado de los optimates, que gobernaban desde su victoria en la guerra. Tras estas primeras campañas, fue nombrado cónsul en su vuelta a Roma y emprendió nuevas campañas que aumentarían todavía más su buena fama: acabó con la piratería en el Mediterráneo, algo que favorecía el comercio marítimo, y detuvo el expansionismo de dos poderosos reyes hostiles a Roma en Oriente, Mitrídates VI del Ponto y Tigranes II de la Gran Armenia.

De forma paralela, César empezaba sus andanzas políticas en el Senado, y tras perder apoyos, Pompeyo se vio obligado a forjar una alianza secreta —el primer triunvirato (60 a.C.)— con César y Craso, ambos del partido opuesto, para lograr objetivos comunes. César se marchó a las Galias para consolidar su carrera política mediante éxitos militares, pero cuando pretendía regresar tenía el Senado en su contra. De este modo, se vio obligado a desafiarlo, cruzó el Rubicón en el año 49 a.C. y dio inicio a la segunda guerra civil romana en la que Pompeyo participó como comandante del ejército de la República.

En el invierno de 49 a.C., Julio César consiguió llevar una parte de sus tropas a los Balcanes desde Bríndisi, burlando la vigilancia que Pompeyo, instalado en Dirraquio, había establecido en el Adriático. El resto de sus efectivos no pudo cruzar hasta la primavera del año siguiente; mientras tanto, pompeyanos y cesarianos invernaron en torno a Dirraquio. Con la llegada de los refuerzos, ambos ejércitos iniciaron una guerra de desgaste en la que las tropas de César, mal abastecidas, llevaron la peor parte. Cuando Pompeyo ordenó el ataque definitivo, César y su ejército se refugiaron en la cercana Apolonia.

Entonces Pompeyo decidió reagrupar a sus tropas en Tesalia (Grecia) y César le siguió hasta Farsalia, donde el 9 de agosto tuvo lugar el enfrentamiento definitivo. Pompeyo no deseaba la batalla, pero se vio forzado a ella por el espíritu belicoso de sus soldados y por las conspiraciones de sus generales. Aunque sus 30.000 hombres doblaban los efectivos de César, éste desarrolló una mejor estrategia y, según contó él mismo, sólo perdió 230 hombres frente a 15.000 pompeyanos muertos y 24.000 cautivos. Fuentes más imparciales estimaron las bajas de César en 1.200, y las de su rival, en 6.000.

 

23 agosto 2018 at 4:59 pm Deja un comentario

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