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Tras los rastros de la gran derrota que hizo temblar la República de Roma

El 6 de noviembre del 105 antes de Cristo las legiones romanas sufrieron la mayor derrota que se recuerda durante la República frente a los cimbrios, teutones y celtas a orillas del Ródano, cerca de Arausio, la actual Orange, en un lugar que un grupo de investigadores cree ahora haber identificado.

Huesos de equinos hallados en enigmáticas fosas atestiguan sacrificios practicados como parte de un ritual de victoria. Foto: Le Figaro

Fuente: EFE  |  LA VANGUARDIA

París, 13 abr.- Pese a las crónicas romanas del hecho, siempre tendentes a la exageración, de Plutarco o Tito Livio, los arqueólogos no habían podido localizar el escenario de la batalla en la que 120.000 hombres perecieron, desertaron o fueron capturados por los bárbaros, que no dudaron en ejecutarlos, muchos de ellos lanzados a las aguas del río.

El profesor Alain Deyber, al frente de un equipo interdisciplinar de investigadores franceses, españoles, alemanes, austríacos, italianos y suizos, considera que ha ubicado el lugar en el que los invasores del norte hicieron temblar los cimientos de la mayor civilización del momento.

Una derrota que, de rebote, fortaleció a Roma y sentó las bases de una nueva fuerza militar en la que se asentó Julio César para conquistar el poder medio siglo más tarde.

Puntas de flechas, armaduras y todo tipo de armamento, monedas de plata, restos humanos y animales… vestigios suficientes para que el especialista en Roma y sus colaboradores no alberguen duda de que han hallado el lugar en el que se libró la batalla de Arausio.

“Fue una batalla de exterminio, nadie miraba lo que dejaba atrás, los restos de la batalla son numerosos”, asegura a Efe el investigador.

Deyber reconoce que “muchos de los vestigios han sido saqueados lo largo de los años” y que los indicios de que cazadores locales encontraban monedas de plata en el lugar y las vendían son antiguos, lo que le puso sobre la pista.

Sus trabajos han permitido ahora no solo sacar a la luz el campo de batalla, sino localizar uno de los dos campamentos de las fuerzas romanas y, si se confirman las primeras hipótesis, también el lugar donde se concentraron las tropas germánicas.

“Hemos hallado una espada que procede de Sajonia occidental y estamos estudiándola”, asegura el investigador.

Arausio fue el lugar elegido por la República para detener el avance de una tropa heterogénea que había partido de Dinamarca por motivos desconocidos en busca de nuevas tierras y que, a su paso, había ido agregando efectivos, hasta convertirse en una amenaza para Roma.

El Senado envió una decena de legiones pero cometió un error: al frente de las mismas había dos cabezas.

El cónsul Malio Máximo, plebeyo de origen, acudió en refuerzo del procónsul Quinto Servilio Cepión, patricio que no aceptó situarse bajo el mando de un militar de casta inferior.

Las diferencias entre ambos se tradujeron en una división en dos que permitió a los cimbrios aniquilar las tropas romanas en la Galia.

La derrota provocó un terremoto en Roma. “La mayor parte de las familias patricias perdieron algún miembro en aquella batalla. La República se sintió vulnerable”, cuenta Deyber.

Por motivos que se desconocen, los germánicos decidieron no atacar la capital y, en lugar de atravesar los Alpes, pusieron rumbo a los Pirineos, en dirección a Hispania.

Eso dio tiempo a la República para reconstruir su defensa. Malio y Cepión, que sobrevivieron a la masacre, fueron juzgados y condenados y el Senado encargó a Cayo Mario reconstruir las fuerzas.

Nombrado cónsul, Mario afrontó una profunda reforma social en la República y sentó las bases de un nuevo Ejército que finalmente derrotó a los bárbaros y que sirvió de base a Julio César en su campaña de las Galias, en la que asentó su prestigio y poder para alcanzar el poder absoluto en Roma.

El trabajo de Deyber ha sacado a la luz el supuesto campo de Malio de 55 hectáreas, mientras que el de Cepión, algo menor, de 35, se considera que está en el asentamiento actual de Orange.

“Hay monedas acuñadas la víspera de la batalla y que fueron distribuidas por los cuestores romanos entre la soldada para motivarles”, explica el especialista.

Su búsqueda se va a reforzar en los próximos meses con métodos ultramodernos e, incluso, se va a extender al fondo del Ródano.

A Deyber y su grupo de investigadores le gustaría que la zona albergara un centro de interpretación de la batalla que puso patas arriba una civilización.

 

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13 abril 2018 at 5:42 pm Deja un comentario

Cristianos: Así fueron ejecutados en Roma por su fe

Un ensayo ahonda en las terribles persecuciones que sufrieron los adeptos a la fe de Cristo bajo el imperio romano. Un episodio histórico que ha dado lugar a leyendas y que ahora describe cómo fue realmente más allá del cine

La muerte de los cristianos en la arena de los circos romanos, como recrea esta imagen, se convirtió en una imagen de su vocación y de su capacidad de sacrificio para defender sus creencias

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
8 de abril de 2018

La sangre [de los mártires] –escribía Tertuliano en el año 197 (Apol. 50)– es semilla de los cristianos». Y, en efecto, las persecuciones decretadas por diversos emperadores romanos, desde Nerón a Galerio, tuvieron un efecto contraproducente para el Imperio, que pretendía erradicar lo que entendía como una superstición dañina para el estado. Fue más bien el uso propagandístico de las persecuciones, sobre las que hay una encendida discusión historiográfica desde hace decenios, la que más contribuyó a capitalizar el martirio. Aunque no cabe dudar que lo hubo, conviene estudiar ante todo las fuentes jurídicas e históricas que permiten comprender sus dimensiones, más allá de la avalancha de literatura hagiográfica posterior, con muchas leyendas –como la de Sta. Catalina de Alejandría, por ejemplo– totalmente ahistóricas. Hay que tratar de relativizar los lugares comunes que los apologetas difundieron y establecieron como verdades incuestionables sobre la irracional crueldad del Imperio romano y sobre la muerte de decenas de miles de cristianos hasta la «conversión» y el famoso Edicto de 313 –otros tópicos muy disputados– de Constantino. Un ejemplo de este debate es el libro de R. González Salinero, «Las persecuciones contra los cristianos en el Imperio Romano» (Signifer, Madrid), que pone en tela de juicio a fuentes como el citado Tertuliano o Eusebio de Cesarea y duda sobre los tópicos. Acaso el número total de martirizados sea mucho menor de lo estimado, según los expertos, y se reduzca a unas mil o dos mil personas.

Seguramente muchos cristianos se apartaron de la fe con tal de conservar su vida y sus bienes y el Estado romano no se ensañó por motivos religiosos y fanáticos, sino por temas de orden político y social: los cristianos eran un peligro para la religión de estado. Como muestran recientes debates sobre un posible fundamentalismo romano (el libro editado por Pedro Barceló, «Religiöser Fundamentalismus in der römischen Kaiserzeit»), el estado romano solo legisló agresivamente contra grupos religiosos que, como los maniqueos o los cristianos en época imperial –o los tíasos dionisíacos en época republicana–, suponían un peligro sociopolítico.

Crueldad y ejecuciones

Pero no cabe dudar sobre la realidad histórica de las persecuciones en aquellos primeros siglos del cristianismo que fueron glosados por los historiadores eclesiásticos, como Lactancio, Eusebio o Sócrates. Pese al uso que se haría luego en leyendas áureas de muy dudosa historicidad y que, como el comercio de reliquias, se desarrollaron sobre todo a partir del establecimiento del cristianismo en religión oficial del Imperio, sobre todo a partir del siglo IV con Teodosio, puede afirmarse que la extrema crueldad de suplicios y ejecuciones dejaron una huella muy profunda en la historia antigua de las mentalidades. Es la época en la que, merced al cristianismo, el prestigio social de la santidad, de los pobres y los mártires había desplazado al de los grandes generales y también al de los oradores y filósofos. Con todo, la historia de las persecuciones es todo menos unívoca y ha de ser estudiada de forma muy matizada.

A ello viene a contribuir ahora una excelente monografía titulada «La ejecución de los Mártires cristianos en el Imperio Romano» (CEPOAT, Murcia).

Su autora es M.ª Amparo Mateo Donet, profesora de Historia Antigua en la Universidad de Valencia. Ella ha realizado una magnífica síntesis histórica y jurídica de los diversos castigos, suplicios y ejecuciones que se llevaron a cabo contra los cristianos. Comienza por estudiar con detalle la tradición de la pena capital en la prolija legislación romana, con especial énfasis en los procedimientos de ejecuciones comunes: la cruz, la cremación y la «damnatio ad bestias». El estudio de la muerte por crucifixión, que implicaba una brutal agonía, permite entender bien todo el profundo simbolismo que para los cristianos tuvo la «muerte de cruz» que sufrió el propio Cristo y en la que se resume gran parte de la teología del Dios hecho hombre para sufrir por los hombres.

Las ejecuciones usuales para los criminales condenados a muerte se utilizaron contra los cristianos por el mero hecho de serlo y no renegar de su fe, pero incluso en esta situación se notaba la fuerte estratificación social, en dos pirámides sociales y en «ordines» de la sociedad romana, pues, como se estudia también en el libro, los privilegiados tenían derecho legalmente a suplicios y ejecuciones especiales, muy notablemente la decapitación, que permitía ahorrar muchos sufrimientos, como es comprensible, o el exilio, entre otros castigos a quienes pertenecían al estamento militar.

A continuación se analizan las condenas con muerte indirecta y las ordalías, que dieron lugar a historias de santidad y martirio en la literatura hagiográfica. Había condenas a trabajos forzados, entre las primeras, a las minas o las galeras, que a menudo implicaban una muerte cierta, y otro tipo de castigos por precipitación, inmersión o por enterramiento en vida, entre otras muchos sofisticados suplicios que pretendían provocar la falta de fe de otros creyentes al ver que el Dios cristiano era incapaz de salvar a sus adeptos. El libro contiene unas buenas vistas a todo lo que se refiere a los aspectos legales de las ejecuciones de los cristianos, desde las medidas auxiliares en el desarrollo de los juicios a las penas complementarias, con un útil resumen de los puntos esenciales que el derecho romano establecía para los procesos a los mártires cristianos. Todo ello convierte a esta obra en un tratamiento completo y exhaustivo que, proporcionando un panorama de la investigación, viene casi a agotar la cuestión.

Una herramienta poderosa

Al final queda pendiente una pregunta, la esencial y la que se hacen casi todos cuando sale este tema: ¿lograron estas persecuciones su propósito o, como decía Tertuliano, fomentaron la difusión de la «semilla» del cristianismo? Como apunta a lo largo de su ensayoesta investigadora, el resultado fue bastante ambivalente: «El martirio proporcionó a los cristianos una poderosa herramienta ideológica desde el momento en que el proceso genera una propaganda que crece y se difunde entre los creyentes y los posibles futuros creyentes, que impacta en la sociedad y ofrece un modelo de comportamiento. […]. ¿Consiguieron los Emperadores que el mensaje que intentaban transmitir calara en la población? Probablemente no, porque los martirios continuaron y el cristianismo se extendió. No obstante, en parte debió servirles para algo, puesto que también hubo muchos casos de apostasía y de ocultación» (pág. 243).

Así, puede entenderse que, con el pasar del tiempo, pese a los esfuerzos del estado romano en suprimir a lo que en principio fue un grupo minoritario, finalmente el cambio de las mentalidades y las transformaciones del final de la antigüedad conllevaran el definitivo triunfo del cristianismo.

Como Tertuliano, ya lo advertía la estupenda Epístola a Diogneto, una carta apologética del siglo II dirigida a un pagano, cuando el anónimo autor le pregunta: «¿No ves cómo los cristianos son arrojados a las fieras para obligarlos a renegar, y no son vencidos? ¿No ves que, cuanto más se los castiga, en mayor cantidad aparecen otros?» (7, 7-8). El cambio histórico acaso más radical de la antigüedad se estaba produciendo irremediablemente.

 

9 abril 2018 at 10:00 am 1 comentario

El aragonés que descubrió los yacimientos de Pompeya y Herculano y propició el amor hacia la arqueología

Trabajos de reconstrucción de Pompeya realizados a finales del siglo XIX (imagen vía Wikimedia commons)

Fuente: Alfred López  |  YAHOO Noticias
5 de abril de 2018

Hasta bien entrado el siglo XVIII cuando alguien encontraba el yacimiento o ruina de alguna cultura antigua no se preservaba el lugar como actualmente se hace, sino que solían apropiarse de todo aquello de valor o decorativo que podía servirles, sobre todo para decorar mansiones y casas.

Pero a partir del sorprendente hallazgo realizado por un aragonés llamado Roque Joaquín de Alcubierre (nacido en Zaragoza en 1702) y a su empeño por respetar todo aquello que representaba el pasado histórico de un pueblo y, por tanto, de la humanidad, comenzó lo que hoy en día conocemos como ‘arqueología’ o tal y como lo define el diccionario de la RAE: ‘Ciencia que estudia las artes, los monumentos y los objetos de la antigüedad, especialmente a través de sus restos’.

Alcubierre tenía formación militar y se había incorporado en el cuerpo de ingenieros. El destino lo llevó hasta Italia donde parte de la península pertenecía por aquel entonces a la Corona Española a través del Reino de Nápoles, que en aquel momento recaía en Carlos VII (hermanastro del rey Fernando VI y que tras el fallecimiento de éste sin descendencia sería nombrado rey de España con el nombre de Carlos III).

El rey de Nápoles había realizado el encargo en 1738 que se levantara un palacio que debía convertirse en la residencia real napolitana. Roque Joaquín de Alcubierre fue el encargado de explorar el terreno donde se realizaría dicha edificación (lo conocido como trabajo de prospección), cuando de repente, tras abrir varias zanjas fue hallando restos que parecían pertenecer a una cultura de muchos siglos atrás.

Tras solicitar los pertinentes permisos para seguir abriendo comprobó que estaba ante un sorprendente yacimiento (actualmente conocido como Herculano, debido a una estatua y dos frescos encontrados en distintas paredes en los que aparecía el héroe de la mitología romana Hércules) y que escondía una antigua ciudad que en su tiempo fue de más prósperas.

Alcubierre logró que se preservara gran parte de lo encontrado y que no fuese expoliado por aquellos que querían adornar sus palacios.

Cogió tal afición (y fascinación) por la arqueología que una década más tarde (en 1748) hacía otro sorprendente hallazgo en un nuevo yacimiento más hacia el sur de Nápoles: la ciudad de Pompeya.

Una antigua ciudad del Imperio Romano que había quedado sepultada por la lava del cercano volcán del monte Vesubio tras entrar en erupción el 24 de agosto del año 79 a.C.

Roque Joaquín de Alcubierre convenció al rey de Nápoles Carlos VII para que financiara toda la obra de excavación de aquel yacimiento siendo, junto a la de Herculano, las primeras y más importantes investigaciones arqueológicas que se habían producido en la Historia hasta aquel momento.

Un siglo después llegarían otras como las realizadas en Egipto y que también serían determinantes para el cambio de parecer en la mentalidad de los gobernantes de la época que comenzarían a apreciar todo aquello como legado histórico y no como objetos del deseo para lucir en sus palacios (dejando aparte, evidentemente, algunos impunes expolios que se llevaron a otros países valiosísimas piezas para exhibirlas en sus museos).

Desde entonces Pompeya y Herculano se han convertido en dos de los lugares del planeta más visitados por turistas que sienten curiosidad por saber cómo era la civilizaciones antiguas, sus casas, costumbres y modos de vida. Gracias al primer paso dado por el aragonés Roque Joaquín de Alcubierre hoy en día la humanidad puede disfrutarlas.

Fuente de la imagen: Wikimedia commons

 

5 abril 2018 at 2:16 pm Deja un comentario

Dos de los autores más inteligentes del mundo antiguo, lectura perfecta para Semana Santa

Los textos de Flavio Josefo y Tácito se encuentran entre las raras referencias a la muerte de Cristo en fuentes no cristianas

Procesión de los Estudiantes, el domingo en Madrid. DANI CABALLO. EFE

Fuente: GUILLERMO ALTARES > Madrid |  EL PAÍS
31 de marzo de 2018

El mundo cristiano recuerda en Semana Santa el acontecimiento más misterioso e importante de la historia occidental: la muerte de Jesús en la cruz en Jerusalén, un hecho que se encuentra en el corazón mismo de la doctrina del cristianismo. Podemos hablar de “hecho” porque la inmensa mayoría de los investigadores, creyentes o ateos, consideran que se trata de un suceso histórico y que, efectivamente, un hombre, considerado un profeta por sus seguidores y un agitador por sus detractores, fue ajusticiado por los romanos, que le aplicaron uno de sus castigos más crueles, la crucifixión. Las fuentes que lo documentan son, sin embargo, escasas y contradictorias y los rastros arqueológicos, inexistentes.

Los Evangelios no se ponen de acuerdo ni en la narración de las últimas jornadas de Jesús, ni siquiera en el día en que murió. Por ejemplo, el famoso momento en el que Poncio Pilatos se lava las manos solo aparece en Lucas. Las fuentes no cristianas son muy escasas, fundamentalmente tres: dos escritores judíos, Flavio Josefo y Filón de Alejandría, y uno romano, el historiador Tácito. Sobre Filón sabemos muy poco. En cambio sobre Tácito y Flavio Josefo tenemos bastantes datos y podemos considerarlos dos de los personajes más extraordinarios del mundo antiguo.

Tácito, escritor y político romano, vivió entre los años 55 y 120 y relató la historia de los primeros emperadores en sus Anales, considerados una obra maestra pese a que llegaron hasta nosotros de forma incompleta. Su declaración de intenciones a la hora de escribir la historia de la dinastía Julio-Claudia (a la que pertenecieron Nerón o Calígula) se mantiene como un principio para cualquier investigador (o periodista): narrar “sin ira y sin parcialidad” (sine ira et studio).

En el libro 15, fragmento 44, escribe uno de los pasajes más famosos —tal vez el más famoso— de toda la literatura latina porque confirma a la vez la existencia de Jesús y las primeras persecuciones contra los cristianos en Roma, bajo Nerón. Richard Holland define este texto en Nero. The man behind the myth como “el documento secular de la antigüedad examinado con una mayor profundidad”. Así es el fragmento (en traducción de Crescente López de Juan para Alianza Editorial): “Nerón buscó rápidamente un culpable e infligió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos. Cristo, de quien toman el nombre, sufrió la pena capital durante el principado de Tiberio de la mano de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilatos, y esta dañina superstición resurgió no sólo en Judea, fuente primigenia del mal, sino también en Roma, donde todos los vicios y los males del mundo hallan su centro y se hacen populares”.

“Tácito es uno de los mejores historiadores de todos los tiempos y es el gran analista de la autocracia”, aseguraba en una entrevista reciente el historiador británico Tom Holland, autor de libros como Rubicón o Dinastía. Auge y caída de la casa de César. “Entiende aquello que hace que una autocracia funcione, entiende el efecto corruptor que el poder tiene sobre quien lo ejerce. Por eso en cualquier periodo en el que la sombra de una autocracia cae sobre un país, siempre se ha leído a Tácito y siempre ha sido valorado. Creo que, sobre todo gracias a Tácito, ese periodo, el final de la República romana, sigue viviendo en el imaginario occidental y es el ejemplo primario de una tiranía”. La gran historiadora Mary Beard, autora de SPQR entre otras obras, señaló también sobre este historiador en otra entrevista: “Nunca ha habido un mejor analista de la corrupción del poder”.

El otro testimonio crucial proviene de la obra de Flavio Josefo, historiador y político del siglo I de nuestra era, que encabezó una rebelión contra los romanos, aunque luego acabó trabajando para ellos. Su libro La guerra de los judíos es considerado también una de las grandes obras de la antigüedad y su vida ha sido minuciosamente estudiada como un ejemplo de astucia e inteligencia. Presenció la destrucción de Jerusalén bajo las tropas del emperador Tito.

De todas las historias que cuenta y se cuentan sobre él, la más famosa es el llamado “problema de Flavio Josefo” cuando logró sobrevivir a un suicidio colectivo durante la destrucción de Jotapata por los romanos. Cuarenta supervivientes huyeron y, escondidos en una cueva, decidieron suicidarse. Flavio Josefo, que se encontraba entre ellos, les convenció de que el suicidio era una mala solución, porque si alguien se arrepentía se salvaría. Ideó un sorteo en el que el número uno mataría al número dos y así sucesivamente. A él le tocó el último número y los matemáticos todavía se devanan los sesos para entender cómo logró esa posición y, por lo tanto, sobrevivir.

Su referencia a Jesuscrito aparece en el capítulo XVIII de su libro Antigüedades judías y es conocido como el Testimonium Flavianum, aunque su autenticidad ha sido puesta en duda por numerosos historiadores, que consideran que se trata de fragmentos añadidos posteriormente por uno o varios monjes medievales. Escrito hacia el año 93 de nuestra era, el texto reza: “En aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio [si es lícito llamarlo hombre, porque fue autor de hechos asombrosos, maestro de gente que recibe con gusto la verdad]. Y atrajo a muchos judíos [y a muchos de origen griego. Era el Cristo]. Y cuando Pilatos, a causa de una acusación hecha por los hombres principales entre nosotros, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Porque se les apareció al tercer día resucitado; [los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él]. Y hasta este mismo día la tribu de los cristianos, llamados así a causa de él, no ha desaparecido”. Los corchetes son los fragmentos sobre los que existen más dudas.

Su biógrafa Mireille Hadas-Lebel explica en Flavio Josefo (Barcelona, Herder, 2009) que la polémica empezó en el siglo XVI y que las dudas tienen son razonables. “El argumento crítico es de sentido común: si Josefo había escrito estas líneas, es porque era cristiano, una fe que no profesaba”. Hadas-Lebel explica que el filósofo ilustrado Voltaire fue uno de los grandes defensores de que se trataba de un fraude y señala que, desde el siglo XIX, los eruditos que examinan el texto desde un punto de vista teológico se dividen en dos: aquellos que consideran que todo el fragmento es un fraude y los que creen que solo lo son algunos añadidos, que el resto es auténtico. El problema está en si se puede separar la teología de la historia, si se puede escribir sin ira y sin parcialidad sobre ese momento crucial para creyentes y ateos.

 

31 marzo 2018 at 8:47 pm Deja un comentario

Los errores históricos en las películas de Semana Santa

Por qué el protagonista de ‘Gladiator’ no debería llamarse Máximo Meridio y otros fallos presentes incluso en las mejores películas de romanos

Fuente: GUILLERMO ALTARES > Madrid  |  EL PAÍS
28 de marzo de 2018

La Semana Santa trae en España recuerdos de escabeches, torrijas, monas de pascua, hornazos, potajes… y, sobre todo, de películas de romanos en televisión. Con los años las costumbres se han ido relajando y, poco a poco, las cadenas han pasado de los títulos bíblicos puros, como Ben Hur, La túnica sagrada o Barrabás, a filmes de romanos en general, como Gladiator (que emite mañana jueves La 1 a las 22.00), lo que plantea algunos problemas. En la cinta de Ridley Scott, el emperador Marco Aurelio aparece como un hombre sabio y justo, olvidando que fue el responsable en el siglo II de terribles persecuciones de cristianos (las masacres de Lyon se cuentan entre las más violentas de la antigüedad).

El cine de romanos es tan viejo como el séptimo arte. De hecho, el pionero y visionario George Méliès rodó una versión de Cleopatra en 1899. Desde entonces no han parado de estrenarse filmes sobre el mundo antiguo, aunque su época dorada tuvo lugar en los años cincuenta y sesenta, en la era del cinemascope, como explica el investigador Jon Solomon en su libro Peplum. El mundo antiguo en el cine (Alianza Editorial, traducción de María Luisa Rodríguez Tapia): “¿Por qué tiene el mundo antiguo tanto atractivo para el cine? Existen varias razones. Princesas seductoras como Cleopatra o Salomé, poderosos personajes históricos como Julio César o los faraones, revolucionarios bíblicos como Jesuscristo y Moisés y complejos semidioses y semimortales mitológicos como Hércules o Helena de Troya son figuras cuyos nombres resultan familiares y cuyas imágenes impresionan a casi todo el mundo”.

¿Veracidad o calidad?

Sin embargo, Solomon, profesor de la Universidad de Ilinois, arranca su libro con una cita de Cicerón que afecta al corazón mismo de las películas sobre la antigüedad: “Sin duda, está permitido que los oradores mientan sobre aspectos históricos para poder hablar con más sutileza”. En otras palabras, ¿qué es más importante, la calidad de una película o su veracidad?, ¿son siempre compatibles las dos cosas?

El primer problema reside en que la fidelidad histórica tiene un límite porque nuestros conocimientos sobre el pasado son siempre fragmentarios: no lo sabemos todo y nunca llegaremos a saberlo (Pompeya es la ciudad más excavada de la antigüedad pero no sabemos dónde estaba el puerto por ejemplo). Aunque dispongamos de muchísimos datos literarios y arqueológicos, como en el caso de la Roma antigua, los huecos siguen siendo grandes. El historiador segoviano Néstor F. Marqués, que acaba de publicar Un año en la antigua Roma (Espasa), un interesante y entretenido ensayo lleno de detalles sobre la vida cotidiana romana, explica que, por ejemplo, no tenemos muy claro cómo se pedía la vida o la muerte para un gladiador, pero el gesto del pulgar arriba o abajo es una invención del pintor decimonónico francés Jean-Léon Gérôme. Su cuadro, Pollice Verso, de 1872, inspiró tanto Ben Hur como Gladiator pero desde una interpretación muy libre de lo que ocurría en un anfiteatro.

Máximo Décimo Meridio, un nombre falso

Gladiator (2000) es una película muy buena, aunque se salta la historia una y otra vez. Por ejemplo, Marco Aurelio no fue asesinado por su hijo Cómodo, sino que murió de peste”, explica Marqués, que señala un error que arruinaría la escena más famosa del filme, cuando el general-gladiador le espeta desafiante al emperador: “Mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comandante de los Ejércitos del Norte, General de las Legiones Félix, leal sirviente del único emperador Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, esposo de una esposa asesinada, y juro que me vengaré en esta vida o en la otra”. En realidad, como señala Marqués, ningún romano se podría llamar Máximo Décimo Meridio porque se respetaban siempre unas normas muy estrictas para los nombres. Existían tres nombres, praenomen, nomen y cognomen, y el primero nunca hubiese podido ser Máximo ya que sólo podían elegir entre 18. Curiosamente, uno de ellos era Décimo.

Se trata de errores que se podrían arreglar sólo con tener Google a mano, pero, claro, Máximo Décimo Meridio suena muy bien. Entre los que más irritan a Marqués, que mantiene una cuenta de Twitter llamada Antigua Roma al día, está llamar emperador a Julio César, título que nunca ostentó, y la aparición de estribos en los caballos, algo inexistente en Roma.

Muchos expertos eligen Roma (2005), la serie de la HBO creada por John Milius, William J. MacDonald, y Bruno Heller, como el trabajo cinematográfico que mejor describe cómo pudo ser aquel momento de la antigüedad, sobre todo el ambiente y las calles de lo que entonces era la ciudad más poblada del mundo.

El maestro Fellini

Para otros, sin embargo, una película que no se suele poner en Semana Santa es la obra maestra del cine de romanos: se trata de Satiricón (1969), de Federico Fellini, una adaptación de la novela de Petronio, del siglo I. Jon Solomon explica que el maestro italiano estudió el clásico de Jerôme Carcopino La vida cotidiana de Roma en el apogeo del Imperio (desgraciadamente descatalogado en castellano), así como los frescos de Pompeya y Herculano, además de la obra del propio Petronio (de la que solo se conservan 3 de un total de 20 capítulos), aunque precisa que siempre introduce “comentarios o modificaciones personales”. El resultado es hipnótico, porque logra trasladar a los espectadores a otro mundo remoto.

La escena que mejor refleja la dificultad para rodar cine histórico aparece también en Fellini, en otra película, Roma, cuando los trabajadores del metro encuentran una villa romana llena de frescos. Cuando abren un hueco para acceder a ella, las pinturas desaparecen en cuestión de minutos ante su mirada. El pasado siempre se desvanece así cuando tratamos de acercarnos a él. La única manera de fijarlo es hacer trampas: siempre serán necesarias para construir una buena película.

 

28 marzo 2018 at 4:58 pm Deja un comentario

La auténtica historia de Espartaco: el temido gladiador que humilló a las legiones de Roma

Lejos de lo representado en la película de Kubrick, el esclavo tracio no fue crucificado como la mayoría de su ejército, sino que murió en una batalla con el severo Craso

Estatua de Espartaco en el Museo del Louvre

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
27 de marzo de 2018

«Yo soy Espartaco». «No, yo soy Espartaco». «Mi mujer y yo también somos Espartaco…». La Semana Santa no sería la misma sin películas con temática bíblica o, al menos, con romanos poblando la televisión estos días. «Espartaco» (1960), la virulenta producción que desquició por igual a Stanley Kubrick y a Kirk Douglas, es una esas cintas imprescindibles en estas fechas. Importa poco que la fidelidad histórica brille por su ausencia y que, en definitiva, sea incapaz de responder a la pregunta de ¿quién era Espartaco?

Porque poco se sabe realmente de los orígenes de Espartaco más allá del mito. Según los autores clásicos fue un antiguo soldado nacido en Tracia, en la actual Bulgaria, que sirvió como auxiliar a los ejércitos de Roma, razón por la cual conocía bien las tácticas militares de la gran potencia de su tiempo. La leyenda asegura que tras ser apresado por desertor trabajó de forma forzosa en unas canteras de yeso y, gracias a sus habilidades bélicas, fue comprado por un mercader para la escuela de gladiadores de Capua de Léntulo Batiato.

La revuelta de esclavos más célebre

Si bien también había muchos hombres libres en busca de fortuna, las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían, sobre todo, con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. A cambio, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud y podían optar a comprar su libertad en pocos años.

Relieve que muestra a un esclavo en una provincia romana de Asia

Los gladiadores eran una clase privilegiada entre los agraviados esclavos, una masa que llegó a suponer más del 20% de la población de toda Roma y estaba expuesta a toda suerte de humillaciones y agresiones por parte de sus dueños. Para empezar porque los gadiadores, a diferencia de un esclavo doméstico, tenían acceso a armas a diario. En el verano del año 73 a.C, un grupo de ochenta gladiadores, encabezados por Espartaco, escapó de la escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas del Vesubio, desde donde levantó a miles de esclavos en favor de su causa.

Entre ellos había tracios, celtas, germanos y esclavos de todos los rincones de la República. Apenas tenían armas, pero su fe estaba puesta en la minoría selecta que representaban los gladiadores, con Espartaco y dos celtas, Criso y Enómao, formando un precario grupo de mando.

Espartaco se reveló pronto como un astuto militar que transformó la maraña de hombres y mujeres de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares y, con el tiempo, cualificado incluso para crear talleres propios para equipar a sus fuerzas. No en vano, las mejores tropas de la República romana no se encontraban en la Península Itálica. Los pretores Glodio Glabro y Varinio se vieron sorprendidos al frente de tropas bisoñas, en las laderas del volcánico Vesubio, por un ejército que se alimentaba, no de los esclavos de las grandes ciudades, sino de fugitivos, campesinos, desertores y toda clase de personajes rurales.

Dada la gravedad de la situación, los cónsules en ese momento, Lucio Gelio y Cneo Léntulo, se hicieron cargo en persona de las operaciones. Lucio Gelio se dirigió al sur y derrotó al celta Criso y a sus 20.000 seguidores junto al monte Gargano, en Apulia. Con Clodiano combatiendo a Espartaco en el norte, Gelio reanudó la marcha para apoyar a su compañero de consulado y poner así fin a la revuelta. No obstante, Clodiano cayó derrotado y Espartaco atacó a Gelio. Ni siquiera cuando los dos cónsules unieron sus fuerzas pudieron derrotar al tracio.

Medidas radicales ante la crisis

Alarmado por una de las mayores crisis en su historia, el Senado de Roma encargó a Marco Licinio Craso, uno de los hombres más influyentes y adinerados de la ciudad, que hiciera él frente a la amenaza con su talento militar y, sobre todo, su dinero. Ejerciendo como pretor, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo del decimatio a las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de sus predecesores. Este brutal castigo consistía en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros.

Además, cambió la ración de trigo por cebada al 90% de las tropas restantes y las obligó a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de que un grupo de esclavos se hubiera sublevado en el corazón de la península itálica.

Espartaco y su ejército entraron en contacto con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia

Al frente de ocho legiones, el pretor sufrió algunos reveses iniciales ante imbatido Espartaco, pero no tardó en ganar terreno a los esclavos y en sacar partido a sus luchas intestinas. Craso derrotó a otro grupo que se había escindido entonces del principal ejército y levantó una inmensa línea de fortificaciones, de unos 65 kilómetros, con el objetivo de encerrar a los esclavos en la punta más extrema de Italia.

Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), Espartaco y su ejército, viéndose acorralado, entraron en contacto en el mar Tirreno con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia con el fin de hacer de la isla un bastión rebelde inexpugnable. Sin embargo, los romanos se percataron de la intención de Espartaco, por lo que sobornaron a los piratas para que traicionaran al esclavo tracio.

El castigo a los esclavos sirvió de mensaje para futuros rebeldes.

En una ocurrencia desesperada, el caudillo rebelde recurrió a una táctica utilizada contra los romanos por el cartaginés Aníbal, otro de los emblemáticos villanos de la historia de Roma. Durante una noche tormentosa, reunió a todas las cabezas de ganado que pudo, colocó antorchas en sus cuernos y las arrojó hacia la zona más vulnerable de las fortificaciones. Los romanos se concentraron en el punto a donde se dirigían las antorchas, pero pronto descubrieron, para su sorpresa, que no eran hombres, sino reses. Los rebeldes aprovecharon la distracción para cruzar la valla por otro sector sin ser molestados.

Un castigo salvaje

Pese a su astuta maniobra, Espartaco se vio obligado a enfrentarse finalmente a las legiones de Craso en terreno abierto. En el comienzo de la acción, en el año 71 a.C, el antiguo gladiador cortó el cuello a su propio caballo, supuestamente capturado a uno de los comandantes romanos antes derrotados, para demostrar que no estaba dispuesto a huir y pelearía con sus hombres hasta el final. Y así fue. Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso, después de dar muerte a dos centuriones que le salieron a su paso. La mayoría de los rebeldes pereció en la batalla y de los que se rindieron, 6.000 prisioneros adultos, todos fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua, como advertencia a otros esclavos dispuestos a atacar a sus amos.

Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso

Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión y no el deseado triunfo (una entrada solemne en Roma) que tanto deseaba. El Senado le negó este reconocimiento para evitar que Espartaco se convirtiera en un mártir; en tanto, Cneo Pompeyo, que había participado también en la fase final de la campaña, incluyó la victoria en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania. De esta forma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión, al derrotar a un par de miles de esclavos cuando ya encontraban huyendo. «Craso había derrotado a los esclavos fugados en una batalla, pero él, Pompeyo, había destrozado las raíces de la guerra», alardeó con más propaganda que verdad el verdugo favorito del dictador Sila. La herida abierta entre ambos protagonizó el escenario político de los siguientes años.

 

27 marzo 2018 at 2:12 pm Deja un comentario

Se estrena en Cartagena ”La mujer en Carthago Nova”

Nueva producción de la Fundación Integra dedicada al papel de la mujer en la sociedad romana

Estreno de ”La Mujer en Carthago Nova”

Fuente: Región de Murcia
16 de marzo de 2018

“La mujer en Carthago Nova” es una nueva serie documental que forma parte de los 8 trabajos audiovisuales producidos durante el año pasado por la Fundación Integra. Tiene una duración total de 50 minutos, consta de 3 capítulos y está dedicada a describir el papel de la mujer en la sociedad romana y particularmente en la ciudad de Carthago Nova, actual Cartagena.

La producción fue estrenada en un acto con gran asistencia de público, y en el que presentaron el trabajo realizado Juan José Almela, Director General de Informática, Patrimonio y Telecomunicaciones, Elena Ruiz, Directora del Museo del Teatro Romano de Cartagena, y Antonio Alpañez, director de la producción y gerente de la productora Imagia Video.

La producción combina testimonios de investigadores y especialistas en la materia con cuidadas y detalladas recreaciones históricas con actores que nos transportan a esta ciudad mítica hace 2.000 años. El primer capítulo está dedicado a la mujer en el ámbito doméstico, el lugar donde transcurría gran parte de su existencia, ya fuera como hija o esposa, el segundo realiza un completo recorrido por los momentos más importantes en la vida de una mujer romana, desde el nacimiento hasta el fallecimiento, pasando por la niñez, el casamiento y la maternidad. El tercer y último capítulo recoge el reflejo de la mujer romana en la sociedad actual de Cartagena, principalmente a través de manifestaciones artísticas y populares, y todo ello gracias al conocimiento obtenido en los últimos años de trabajos arqueológicos y posteriores investigaciones.

Esta producción se enmarca dentro del proyecto Patrimonio Digital que dirige la Fundación Integra, que cuenta con financiación de fondos europeos FEDER y de la Dirección General de lnformática, Patrimonio y Telecomunicaciones de la Consejería de Hacienda y Administraciones públicas.

 

17 marzo 2018 at 12:09 pm Deja un comentario

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