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Descubierta en Jaén una ciudad íbera destruida por Escipión durante la Segunda Guerra Púnica

Arqueólogos jiennenses encuentran artillería romana por primera vez en la Península Ibérica

Restos de artillería romana del asedio a Iliturgi, datados en el año 206 antes de Cristo.

Fuente: JAVIER LÓPEZ > ABC Andalucía
19 de julio de 2017

El Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén ha descubierto un oppidum (ciudad) ibérico de los siglos IV y III antes de Cristo en el cerro de la Muela, en Mengíbar, que se corresponde con el de Iliturgi, destruido y abandonado como consecuencia del asedio militar romano en el contexto de la Segunda Guerra Púnica. Los trabajos, dirigidos por los investigadores del centro Juan Pedro Bellón y Carmen Rueda, se han desarrollado durante los meses de junio y julio dentro de la campaña de excavación realizada en el proyecto ‘Iliturgi Delenda Est (Iliturgi debe ser destruida), que ha contado con la financiación del Ayuntamiento de Mengíbar y del Instituto de Estudios Giennenses (IEG).

La superficie del oppidum tiene entre 12 y 14 hectáreas, lo que aclara su importancia, tanto en tamaño como por la posición estratégica que ocupa en el territorio, según expone Bellón, quien asegura que los restos del asedio localizados son fundamentales para la investigación de la historia militar romana y sitúan en primer plano las investigaciones arqueológicas realizadas en la provincia de Jaén. En concreto, en esta zona próxima a la capital, en la que, se ha descubierto la ciudad romana de Iliturgi, en cerro Maquiz, y el oppidum íbero en el cerro de La Muela, donde se han encontrado por primera vez en la península restos de artillería romana, concentrados en el entorno de uno de los accesos a la acrópolis del asentamiento.

La historia de esta artillería está también documentada. Tras la toma de Carthagonova en el año 209 antes de Cristo, Escipión el Africano no sólo consiguió un importante botín, sino que accedió al arsenal cartaginés de la ciudad, y tan sólo 3 años después las máquinas de guerra capturadas fueron utilizadas en el cerro de la Muela, donde probablemente se ubicó la Iliturgi destruida por los romanos en el año 206 antes de Cristo. Por esta razón, el investigador considera que su equipo ha descubierto un lugar único, desde el punto de visto arqueológico, del conocimiento y patrimonial.

Para la localización del sitio se ha tenido como base una fotografía aérea de los años 1945 y 1946, así como la descripción de Tito Livio sobre la destrucción de Iliturgi. El historiador resalta que primero se produjo la toma de la ciudadela y después se bajó al resto de la ciudad, lo que coincide con la topografía del lugar. En 1945 la huella era muy evidente, la fortificación de la ciudad estaba conservada. Hoy ha desaparecido esa huella, pero el centro andaluz de arqueología está convencido de que si excava, la encontrará.

En los trabajos han participado además miembros del Departamento de Cartografía, Geodésica y Fotogrametría de la Universidad de Jaén, equipos de la Universidad Complutense de Madrid que se ha encargado de la prospección georradar, así como los laboratorios de Paleoambiente y Arqueometría del propio Instituto de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, que ha realizado los análisis químicos de los elementos encontrados, como tachuelas y restos de artillería romana. Tanto los restos documentados como la particularidad y originalidad de los mismos, únicos en el ámbito del Mediterráneo antiguo, permiten evaluar el inicio de un proyecto de puesta en valor del sitio, dada localización y fácil acceso desde una de las principales vías de comunicación de la provincia, la Autovía 44.

 

19 julio 2017 at 9:24 pm Deja un comentario

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Kalkriese  |  EL PAÍS
16 de julio de 2017

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.

El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.

Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.

Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.

Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.

Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.

Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

 

16 julio 2017 at 9:34 am Deja un comentario

Nuevos hallazgos apuntan que Pollentia fue fundada en el 70 a.C.

El descubrimiento de una fosa de un campamento militar es la prueba que confirmaría que la ciudad romana es posterior al 123 a.C.

Fuente: Mar Pérez > Palma  |  Diario de Mallorca
12 de julio de 2017

Los investigadores del yacimiento de Pollentia están cada vez más cerca de confirmar la verdadera edad de la ciudad romana. Sospechan que la metrópolis situada en Alcúdia data del 70 a.C. y no del 123 a.C. como recogen las fuentes escritas. Los arqueólogos, que siempre han sospechado de esta discordancia entre las fuentes arqueológicas y las documentales, basan esta hipótesis en el hallazgo de una fosa de un campamento militar. “Siempre pensamos que quizás en el primer momento de conquista romana crearon un campamento y que, en generaciones posteriores, se levantó la ciudad que conocemos ahora”, detalla el codirector del yacimiento Miquel Àngel Cau.

El inicio de esta excavación y el posterior estudio confirmarán la verdadera edad de la ciudad. Después se decidirá la estrategia de cómo proseguir con los estudios de Pollentia.

Durante las campañas extensivas de 2015 y 2016 se realizó un programa de prospección y oficio de geofísica en el que se encontraron los restos de la fosa del campamento que en estos momentos se está empezando a excavar.

Por otra parte, el equipo que se encuentra en el yacimiento desde el pasado 3 de julio y que estará excavando hasta día 28, se distribuye en diversos puntos de la ciudad: en los foros; en la fortificación tardía y en la necrópolis del sur para encontrar restos de enterramientos y obtener información de cómo vivían. La novedad este año está en la zona norte, donde se encuentra la fosa militar, denominada Campament de’n França.

Más de 90 personas participan estos días en la XIX Edición del Curso de Arqueología Antonio Arribas. El equipo está formado por estudiantes, profesionales, colaboradores y voluntarios de diferentes partes del mundo que vienen a pasar el verano a la ciudad romana de Alcúdia bajo la dirección de Cau, del ICREA y la Universitat de Barcelona, y de Esther Chávez de la Universidad de La Laguna. Desde ArchaeoSpain de Connecticut, de la Universidad de Portland, de Portugal, Francia, Italia y toda España llegan expertos y estudiantes dispuestos a averiguar la verdadera historia y edad de Pollentia.

Una escuela de arqueología

“Queremos aprovecharnos de vuestro trabajo”, exclama el alcalde Alcúdia, Antonio Mir, quien agradeció la ilusión a todos los participantes de este verano. El estudio de Pollentia dentro de la arqueología romana es muy importante: “Este lugar es una escuela. Por aquí han pasado muchas generaciones que trabajan ahora en arqueología romanana por España”, explica Cau. “Sin el apoyo del Consorcio de Pollentia formado por Ayuntamiento de Alcúdia, el Govern Balear y el Ministerio de Cultura, no serían posibles estas excavaciones”, continúa el investigador. Además, este año han contado con apoyo local. “Cualquier tipo de ayuda es buena” prosigue. “El Grupo Garden nos aporta una parte de la comida de los participantes”, detalla.

Los responsables de Pollentia reinvindican un museo propio. Una idea que ha evolucionado y que ahora se materializaría en un centro de investigación de la época romana con el fin de dinamizar y mostrar el trabajo que se lleva a cabo en Mallorca. Es un proceso muy lento: “Un proyecto que va por fases, igual que esta excavación. Pero queremos poner la primera piedra en esta legislatura”, dice el alcalde.

 

12 julio 2017 at 7:30 pm Deja un comentario

Vivir sin impuestos: La lección de la Antigua Grecia al mundo moderno

Los impuestos no eran obligatorios pero aún así los ricos siempre daban más de lo esperado, todo por el honor y la gloria

Fuente: Dominic Frisby  |  EL MUNDO
10 de julio de 2017

Imaginemos un impuesto progresivo o, en otras palabras, un impuesto que recae sobre aquellos que pueden pagar más. Que tiene como resultado que los ricos pagan de manera voluntaria más de lo que están obligados a pagar en lugar de intentar escaquearse. Un impuesto cuyo destino lo decide quien paga. Un impuesto que conlleva poca burocracia. Tenemos muchas cosas que agradecer a los antiguos griegos: las matemáticas, la ciencia, el teatro, la filosofía…Y a esto habría que añadir su sistema impositivo, o, más bien, la falta del mismo.

Los griegos situaron los impuestos en el terreno de la ética: la libertad o el despotismo de una sociedad se podía medir por su sistema impositivo. Deberíamos admirarlos no tanto por su manera de recaudar impuestos, sino por cómo no lo hacían. La renta no se gravaba. Las tasas no eran la manera en que los más pudientes compartían su riqueza con el pueblo. En su lugar, existía una alternativa voluntaria para hacerlo: la liturgia.

La palabra liturgia, del griego leitourgia, significa servicio público o el trabajo de la gente. La idea de la beneficencia estaba profundamente arraigada en la psicología de los griegos, lo cual tenía sus orígenes en la mitología. El titán Prometeo creó la Humanidad y fue su mayor benefactor, regalándole el fuego que había robado del monte Olimpo. La diosa Atenea dio a los ciudadanos el olivo, símbolo de la paz y la prosperidad, y de ahí viene el nombre de la ciudad de Atenas.

El filósofo Aristóteles desarrolló este tema. Su hombre magnífico donaba enormes sumas a la comunidad. Pero las personas pobres nunca podían llegar a ser magníficas porque no disponían de los recursos financieros para ello. En El arte de la retórica, Aristóteles planteaba que la verdadera riqueza consistía en hacer el bien, en dar dinero y regalos, en ayudar a la existencia de los otros. El físico Hipócrates, fundador de la medicina, también creía en la responsabilidad social: «Ofreced vuestros servicios de vez en cuando a cambio de nada, recordando un acto previo de beneficencia o una satisfacción presente. Y si existe la oportunidad de servir a un desconocido en apuros económicos, ofrecedle una asistencia completa», recomendaba a los doctores.

Puede que la ciudad necesitara algún tipo de mejora en su infraestructura, como por ejemplo un puente nuevo. O que hubiera una guerra en ciernes para la que urgía financiación. Quizás se hacía necesaria algún tipo de festividad. Entonces se apelaba a los ricos. No sólo se esperaba de ellos que pagaran el evento, sino también que lo llevaran a cabo: supervisarlo era su responsabilidad.

La idea subyacente era que los más acaudalados asumieran los gastos de la ciudad, dado que disfrutaban de una parte desproporcionadamente grande de la riqueza de la comunidad. Ni la ley ni la burocracia obligaba a tales contribuciones, sino la tradición y sentimiento público. La motivación de los liturgos era la beneficencia, un sentido del deber público y, sobre todo, la recompensa en forma de honor y prestigio. Si un encargo era llevado a cabo correctamente, la posición del patrón entre la élite a la que pertenecía, así como entre la gente corriente, se elevaría. Si bien en el periodo inicial de la antigua Grecia sólo los guerreros podían convertirse en héroes, más tarde los liturgos también optaron a dicho estatus actuando en el interés público y por el bienestar de los otros. El resultado fue que muchos comenzaron a donar más de lo que se esperaba de ellos, hasta tres y cuatro veces más, un fenómeno a años luz de la cultura actual de pagar tan poco como sea legalmente posible.

Los Juegos Panatenaicos fueron fundados por ciudadanos pudientes que los donaron a la ciudad, igual que sucedió con el Festival de Teatro de Dioniso. La coregía consistía en seleccionar, financiar y entrenar a equipos y artistas para participar en competiciones atléticas, teatrales o musicales en los muchos festivales religiosos de Atenas. Ser un corego era un honor. Muchos donaban más del mínimo exigido. Compartían tanto los elogios hacia sus atletas como los premios que estos recibían. Se erigían trípodes de bronce y monumentos -muchos de los cuales aún están en pie- en honor al corego que había patrocinado los mejores trabajos.

Muchos edificios de la antigua Grecia fueron también construidos por benefactores que competían por honor. Un ejemplo es el Stoa Poikile, Pórtico Pintado o Pórtico de Pisianacte, en Atenas, donde se enseñaba el estoicismo y se exponían pinturas y botines de guerra. Muchos de los trabajos de la Acrópolis, y es posible que incluso el Partenón, se financiaron mediante la liturgia. Aunque no hay evidencia sólida de esto último, el templo albergaba una escultura de culto criselefantina de Atenea, obra del escultor Fidias -que supervisó la construcción del Partenón-, y que llegó gracias a la liturgia (costó más que el propio templo).

La liturgia más prestigiosa e importante, y la más cara con diferencia, era la marina de guerra, conocida como trierarquía. Los trierarcas tenían que construir, mantener y operar un barco de guerra, un trirremo. Los trirremos representaban la principal fortaleza de la marina de Atenas, y mantenían las líneas comerciales libres de piratas. Dado que Atenas era un centro de comercio (de hecho, las tasas comerciales eran otra fuente de ingresos del gobierno), su papel era esencial. En muchos casos también se esperaba del trierarca que se pusiera al frente del barco, a menos que eligiera dejar la lucha en manos de un especialista pagando una concesión.

En Atenas había entre 300 y 1.200 liturgos, dependiendo de la necesidad (en tiempos de guerra el número aumentaba), y la clase litúrgica se renovaba constantemente. Por lo general los responsables de la liturgia eran voluntarios, aunque en ocasiones los nombraba el Estado. También había liturgias mayores y menores, según el patrimonio del liturgo.

No hay duda de que el sistema se explotaba en beneficio personal, concretamente político. Antes de convertirse en general de Atenas, Pericles dejó huella con la obra de teatro Los persas de Esquilo en Las grandes dionisíacas, una liturgia con la que demostró su espíritu benefactor. Su principal rival político, Cimón, hizo lo mismo, y regaló grandes porciones de su enorme fortuna personal ganándose así el favor del público.

Los liturgos que no querían participar se arriesgaban al escarnio público. Pero también había excepciones, concretamente aquellos con otras liturgias en marcha o que ya habían prestado servicios a la ciudad. Y existía la antidosis. Un liturgo podía argumentar que otro ciudadano era más rico que él y por tanto más capaz de asumir el peso económico de la liturgia. Ese otro ciudadano tenía entonces tres opciones: aceptar la liturgia, someterse a un juicio en el que un jurado dirimiría quién era más rico, o intercambiar patrimonio. Un sistema bastante efectivo para determinar cuán rico era alguien frente a lo que afirmaba serlo.

La belleza del sistema de la liturgia residía en que las obras públicas tendían a financiarse y ser dirigidas por gente con experiencia, más que por un funcionario estatal que se hacía menos responsable. Así toda la comunidad se beneficiaba tanto de la riqueza como de la experiencia personal del liturgo, sin burocracia ni intervención gubernamental. El trabajo tendía a hacerse bien porque este último se jugaba su reputación.

En esta era de los super ricos, quizás es hora de revivir la liturgia. Funcionó para los atenienses y podría funcionar también para nosotros.

Dominic Frisbyn es londinense y escribe sobre Economía. Es autor de ‘Bitcoin:¿el futuro del dinero?'(2014) y ‘Vida después del Estado (2013), así como el coautor de documental ‘Los cuatro jinetes'(2012). Publicado originalmente en Aeon Media. Síguelo en Twitter: @aeonmag

 

10 julio 2017 at 9:13 am Deja un comentario

La Macedonia de Alejandro Magno, los orígenes del temible imperio que nació entre las cabras

La tierra de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. El libro «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» pretende remediar este vacío

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
22 de junio de 2017

Un reino de pastores de cabras y jinetes de frontera pasó en cuestión de un siglo a convertirse en el imperio más grande conocido hasta entonces en Occidente. La Macedonia de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. Para remediar este vacío, el periodista especializado en historia, arqueología y patrimonio Mario Agudo Villanueva ha publicado recientemente «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» (Colección DSTORIA- Antigua) sobre la evolución económica, política y religiosa de «este pequeño pero decisivo reino de la Antigüedad».

–Los atenienses consideraban a los macedonios unos bárbaros, aunque hoy se estime su historia irrenunciablemente helena, ¿por qué de esta contradicción?

–Macedonia no era a nivel cultural y político igual que el resto de Grecia. Todas las polis griegas tenían su propia idiosincrasia, pero es que Macedonia además era un reino. El rey tenía el poder absoluto, tanto político, militar como religioso. Su clima y su paisaje eran distintos, rodeados de montañas y en una planicie aluvial. Lo que les concedía mucha vegetación y riqueza minera y ganadera… Los rituales también eran muy distintos. Sus tradiciones de enterramiento con piras funerarias eran más propias de tiempos heroicos. Además, los jóvenes macedonios tenían que pasar por un ritual de acceso a la edad adulta que consistía en matar un animal por sus propios medios. Tenían valores arcaicos a ojos del resto de Grecia. Desde Atenas no los consideraban griegos y se los cita frecuentemente como bárbaros. Lo más curioso es que hoy es al revés. La historia de Macedonia es algo irrenunciable para los griegos actuales como consecuencia del impacto de la figura de Alejandro.

–Tal vez la primera pregunta es, ¿que se consideraba griego en aquel periodo?

–Sí usamos a Atenas como la propagadora del ideal griego, pues los macedonios estaban lejos de serlo. Pero es que ellos tenían una Democracia y su propia variante del idioma griego. Cada polis era distinta. Sabemos que el reino de Macedonia tenía la aspiración de ser considerados griegos, pero cabe preguntarse si eso fue real o fue una construcción propagandística posterior para justificar en tiempos de Filipo II su dominio sobre Atenas. La dinastía Argéada, que reinaría hasta la muerte del hijo de Alejandro Magno, presumía de tener un origen tebano (tres tebanos que emigraron hacia el norte), lo que demuestra cierto interés por vincularse con el mundo griego de alguna manera. También hay que tener en cuenta que varios reyes macedonios abrieron su corte a la llegada de intelectuales de polis griegas, como ocurrió con el rey Arquelao allá por el siglo cuarto antes de Cristo con la llegada del escultor Calímaco o el gran Eurípides. Eso sí demuestra claramente que mantenían interés por acercarse a la cultura griega.

–Tradicionalmente se presenta a Macedonia como una sociedad muy belicosa, poco interesada por la cultura.

–Los macedonios eran bastante aguerridos, entre otras cosas porque tenían vecinos terribles: los tracios en el norte y los ilirios por el oeste. Su posición estratégica, estando en la ruta terrestre entre Europa y Asia, y teniendo grandes cantidades de la madera fundamental para la flota ateniense; los situaba en un terreno bélico de primer orden y les involucró en muchos conflictos. De hecho, fue en las guerras del Peloponeso donde empezaron a despuntar un poquito. Pero eso no significa que no tuvieran también cierta vida cultural, con una orfebrería avanzada, exquisitos relieves, tallados de marfil… El problema es que cómo las fuentes son atenienses pues siempre se presentan deformados los macedonios y los tracios; porque en otro tiempo fueron sus enemigos.

–El filósofo Aristóteles era macedonio y rompe con esta idea de un pueblo de cabreros.

–Aristóteles es el caso más conocido. Nació en Estagira, un territorio que estaba cambiando de manos cada pocos años, pero que en tiempos de Aristóteles y su padre, el médico Nicómaco, quedó férreamente en manos macedonias. A Aristóteles le pesó ser macedonio a ojos de los atenienses y preceptor de Alejandro Magno. De hecho cuando Alejandro murió el filósofo se fue de Atenas.

–¿Cuándo y cómo se convirtió este reino de cabreros en una potencia militar?

–Hubo una serie de pasos previos. Alejandro I, un rey macedonio en tiempos de las Guerras Médicas, se movió con cierta astucia y apareció en los textos como un filoheleno (esto demuestra, de nuevo, que no eran considerados griegos). Macedonia entró con él en el primer plano de la historia de Grecia. Por su parte, el rey Arquelao reformó el Ejército y acogió a intelectuales griegos. Pero el salto definitivo es sin duda con Filipo II, el padre de Alejandro, cuando se gestó la hegemonía sobre Grecia. Alejandro no se puede entender sin la figura de su padre y es muy probable que no hubiera podido llegar tan lejos sin él.

–¿En qué consistieron los cambios encabezados por Filipo II?

–Filipo II heredó un reino en descomposición asediado por todos sus vecinos y lleno de peligros. Con astucia, habilidad diplomática y tácticas militares reunificó el reino, amplió sus fronteras y preparó la campaña asiática. Logró en la batalla de Queronea vencer a Tebas y Atenas, siendo el dominador del escenario político griego. Cuando Filipo fue asesinado por un tema de intrigas amorosas, había ya tropas macedonias en Asia. Filipo marcó el camino a Alejandro.

–¿Qué tenía diferente el ejército macedonio respecto al resto de griegos?

–En sus orígenes el ejército macedonio era en su mayoría caballería, con buenos jinetes y excelentes caballos. Su infantería no era poderosa y no tuvo un ejército en garantías hasta las reformas militares de Arquelao y de Filipo II. Filipo había sido rehén en Tebas y se había dado cuenta de que había otras formas de guerrear más allá de la caballería. Añadió a la buena caballería una poderosa infantería equipada con sarisas, que eran unas largas picas de 3 a 7 metros de longitud. El mayor peso de la pica se compensó con una reducción en el peso del escudo macedonio, que algunos autores apuntan que se inspiró en el tradicional escudo tracio. Asimismo, Filipo entrenó mucho a sus soldados y mejoró sus tácticas. Creó así la imbatible falange macedonia.

Otro de los éxitos macedonios es que fueron incorporando a otras fuerzas auxiliares a su ejército, como la caballería tesalia; y luego unidades procedentes del Imperio persa, ya en tiempos de Alejandro Magno.

–¿Da usted crédito a la idea de que Alejandro estuvo detrás del asesinato de su padre?

–A Filipo II le mató un amante llamado Pausanias por despecho, según las crónicas. No podemos saber lo que ocurrió realmente por la falta de materiales y testimonios. Alejandro salió beneficiado, pero eso era lógico. En el libro cuento que Filipo II nunca dudó de que su hijo le sucedería y cuando salió a hacer sus campañas fuera de Macedonia le dejó de regente, lo cual fue alabado por los emisarios extranjeros, a los que el joven les dejó alumbrados. En su cabeza era la única posibilidad de sucesión, pues era el más preparado y capaz.

–Filipo II fue asesinado y a la muerte de Alejandro también sus herederos y su madre fueron perseguidos, ¿por qué tenía la monarquía macedonia esta tendencia a las intrigas violentas?

–Hay ciertas turbulentas en la historia de Macedonia, con varios reyes en poco tiempo. Estaban en una zona muy peligrosa y era fácil que murieran en combate. No obstante, a partir de Filipo II si hubo cierta continuidad. Y en general desde que reinó la dinastía Argéada hubo más estabilidad, incluso más que en la democracia ateniense. Los macedonios consideraban a esta dinastía los padres fundadores de la patria, sin los cuales no hubiera existido el reino como tal. La dinastía era sólida dentro de las turbulencias.

–¿Cree usted que con Filipo II la campaña asiática hubiera llegado a buen puerto o carecía del talento de su hijo?

–Aquí entramos en el terreno de la historia ficción. Filipo II era un gran estratega, un buen político, un hábil diplomático y el diseñador del inicio de la campaña. El día de su muerte había destacamentos a punto de cruzar a Asia. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido. Alejandro tenía un carácter diferente en algunas cosas a su padre, con el que tenía una relación de hostilidad y admiración a partes iguales. Eran diferentes y a la vez iguales.

–¿Alejandro tenía alguna idea de cómo gestionar el imperio creado o solo era un conquistador?

–Es un debate siempre abierto. Yo creo que Alejandro sí tenía una idea para gestionar este imperio. Fue adoptando las estructuras administrativas del imperio persa, las satrapías, y fue asumiendo decisiones sobre los territorios. Él se preocupaba por la gestión de estos territorios más allá de la campaña de conquista, aunque fuera para su explotación o para dejar a sus heridos. No es que tuviera una preocupación cosmopolita de expandir el helenismo, sino desde una perspectiva macedonia tenía preocupaciones muy inminentes.

–A quien dice que Alejandro terminó obsesionado con Asia y alejándose de Macedonia.

–Sí, hay una tendencia a presentar a Alejandro como la víctima de un hechizo persa, fascinado por esta cultura, pero en verdad tenemos la certeza de que se comportó como un macedonio hasta su muerte. Cuando falleció su amigo Hefestión mandó construir una pira funeraria como ordenaba el rito habitual de los macedonios. Además, se hacía acompañar de adivinos y él dirigía los sacrificios en persona. Para su pueblo, el poder del rey se lo daban los territorios que hubiera conquistado y cómo se comportaba, no el título en sí. Y aunque hay una evolución en su personalidad durante la campaña, lo cierto es que reinó como un macedonio toda su vida.

 

22 junio 2017 at 8:23 am Deja un comentario

El legado de Adriano en Sevilla

El segundo emperador hispano de origen itálico del Imperio romano y cuyo ascenso se produjo hace 1900 años, también benefició al desarrollo de la antigua ciudad de Híspalis

Espacio interior de la cisterna que mandó construir el emperador en la ciudad hispalense y arriba a la derecha, espacio exterior de la misma en la plaza del Pescadería. / Mariñas arquitectos

Fuente: FRANCISCO J. CÁRCELES > Sevilla  |  El Correo de Andalucía
13 de junio de 2017

El 1900 aniversario del ascenso al poder de Adriano, el emperador nacido en Itálica, uno de los más reconocidos por el Imperio Romano –junto al Emperador Trajano– y que pasaría a la posteridad en el transcurso de la historia universal, fue la excusa perfecta escogida por la Universidad Pablo de Olavide para trazar un ciclo de conferencias que quiso denominar como Adriano, de Itálica al Imperio.

Celebrado en el marco de los proyectos que tienen lugar en la Casa de los Poetas y las Letras del Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS), una de las lecciones más reveladoras de estas jornadas estuvo en las manos de Juan Manuel Cortés Copete, profesor titular de Historia Antigua, y de Rafael Hidalgo Prieto, profesor titular de Arqueología, ambos de la Universidad Pablo de la Olavide. La pericia de los docentes logró trasladar a los presentes hasta la Hispalis que en su día se vio agraciada por las obras del emperador.

«¿Qué nos lleva a relacionar Adriano con Sevilla?», reflexionaba Hidalgo Prieto antes de realizar una radiografía arqueológica por, la hasta ahora descubierta, Sevilla romana. Por un lado, el profesor afirmó que Itálica, situada en las inmediaciones de Santiponce, fue favorecida por un programa urbanístico excelente por parte directamente del emperador Adriano. Sin embargo, actualmente, y a partir de las excavaciones que se han realizado, «podemos saber que Itálica no fue la única beneficiada por Adriano», por lo que ese interés del emperador que hasta ahora se limitaba a esta ciudad, afecta también a las capitales de Conventus más cercanas como el Conventus Astigi (en Écija) o el Conventus Hispalensis (en Sevilla).

La cisterna romana

La evidencia arqueológica, que permite afirmar que la antigua Hispalis «fue objeto de un programa de transacción del emperador Adriano» a la ciudad de Sevilla, es la cisterna que en el año 2005 apareció en la Plaza de la Pescadería, cuando se estaba llevando a cabo la renovación del pavimento de la zona de La Alfalfa. Aunque está compuesta por tres grandes cisternas, la excavación se limitó solo a la mitad de la construcción. Este tipo de estructura, en el mundo de la arquitectura hidráulica romana era muy frecuente, ya que el agua no se conduce bajo presión sino a partir de la gravedad. El agua se llevaba a un «grandísimo depósito» que estaba siempre junto a la ciudad (el castellum aquae), y mediante tuberías se acometía el transporte por un triple circuito para abastecer a los edificios y fuentes públicas, mientras que otro recorrido llevaba el agua a las casas. Este depósito, según el profesor Hidalgo Prieto, «se ha podido fechar en la época de Adriano y tipológicamente coincide con la gran ampliación adrianea», que conlleva que la ciudad donde nace su tío Trajano, Itálica, triplique sus dimensiones. No obstante, el castellum aquae de la plaza de la Pescadería mide 45 metros de longitud por 20 de anchura, y el de Itálica mide 30 metros de longitud por 15 de anchura, por lo que, siendo sustancialmente más pequeño, «¿qué no abastecería este de la plaza de la Pescadería si el de la ciudad de Adriano abastecía a una de las poblaciones más importantes del Imperio?», se pregunta Hidalgo Prieto, a la misma vez que afirma que este gran contenedor de agua, que normalmente se colocaba a extramuros, esta vez al encontrarse situado en el centro de la ciudad, significaría «que existió una demanda de agua inmensa en esta localización». Por lo cual, «se puede afirmar que es un proyecto de época adrianea que conllevaba la utilización de una cantidad de agua descomunal», que se va a utilizar desde la plaza de la Pescadería –casi con total seguridad– a la calle Sierpes, plaza del Pan, Salvador y los alrededores más cercanos, y «que por otra parte es dónde tradicionalmente se ha situado el foro de la ciudad», uno de los espacios públicos más importantes de Hispalis.

La calle Mármoles

En la calle Mármoles aparecieron entre seis y ocho columnas, de las que «tres actualmente se encuentra en la misma calle in situ, dos se llevaron a la Alameda de Hércules y otra a los Reales Alcázares, la cual que se rompió en el transporte».

Tradicionalmente los arqueólogos han defendido que, al encontrarse en la parte más alta de la ciudad, se trataba de la zona del foro romano, pero un reciente estudio del profesor de Arqueología Carlos Márquez, de la Universidad de Córdoba, ha diseccionado el material de estas columnas para justificar su función y procedencia. De los capiteles solo se conservan los dos situados en la Alameda de Hércules y, por una parte, uno de ellos, desde un punto de vista estilístico, es claramente de la época de Adriano, ya que se encuentra directamente emparentado con el Traianeum de Itálica –que es el gran centro de culto de la ciudad y uno de los templos más importantes de la península ibérica–, y que contribuye a visualizar la arquitectura oficial de Adriano presente en Hispalis. Del otro se ha corregido su datación y «se plantea que sea un capitel que procede directamente de la basílica Ulpia de Roma, de las maestrías romanas», fabricado por los mismos artesanos y artistas que se encontraban haciendo la basílica en esta ciudad entre el 110 y 112 después de Cristo.

Todo ello indica que la ciudad hispalense no solo se beneficia por Adriano, sino también de Trajano, y que el emperador envía desde los talleres sus propios materiales a Sevilla, con los que además se estaba construyendo la basílica Ulpia. Los fustes igualmente «nos trasladan a la arquitectura de Adriano», porque en este caso el material de construcción utilizado es un granito muy característico en sus obras, procedente del centro de Turquía. Las basas, que indiscutiblemente pertenecen a esta época, están emparentadas con el Traianeum de Itálica. Las dos basas de la Alameda y dos de la calle Mármoles son corintias, y la que está más cerca del acerado es de basa ática, algo bastante extraño en la arquitectura de aquel entonces. La diferencia de basas corintias y áticas, junto con el intercolumnio de diferente longitud –la separación entre las columnas es dispar–, constatan que esas columnas «no son colocadas ahí en tiempos de Adriano, porque la arquitectura era geométricamente exacta y nunca se hubiera aplicado un criterio en el que se utilizasen diversas basas e intercolumnio diferente, aunque si pertenecen esta época», afirma Hidalgo Prieto. Todo ello permite plantear que son materiales procedentes del Traianeum de Itálica. La suposición que estos investigadores barajan es que estas columnas fueron traídas por un obispo de Sevilla de época tardoantigua y llevadas hasta la calle Mármoles para construir uno de los edificios más importantes del episcopado de aquel entonces.

Los fustes menos conocidos

Otras maneras de buscar a Adriano en Sevilla es «por las esquinas», afirma convencido el experto en arqueología. En el casco histórico de Sevilla hay bastantes guardacantones conformados por fustes monolíticos de columnas romanas, y entre estos se encuentran materiales de granito que nos permiten identificar claramente a Adriano. No obstante, muchos de los actuales guardacantones pueden proceder tanto de Adriano como de Trajano.

Perímetro de la Catedral

En el entorno de la Catedral se observa una gran cantidad de fustes que sujetan las cadenas que la rodean y que pertenecen a la época romana. Muchos de ellos son de granito, pero también se observa, entre los fustes, otro tipo de material, un mármol de tipo cipollino, caracterizado porque se compone de varias capas y otro componente, en este caso localizado en las tiendecitas de la Plaza del Pan –en la trasera del Salvador–, compuesto por granito y caracterizado por la presencia de un tipo de brecha en su estructura y que es muy frecuente en Itálica.

 

14 junio 2017 at 8:27 pm Deja un comentario

La Antigua Grecia en 15 minutos, con Academia Play

Fuente: Canal de academiaplay en Youtube

 

12 junio 2017 at 7:52 pm Deja un comentario

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