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Qué es el mecanismo de Antikythera: el misterioso tesoro de la antigua Grecia

El artefacto cumple 115 años desde su hallazgo y aún sigue guardando numerosos enigmas

Reconstrucción del Mecanismo de Antikythera

Fuente: ALBERTO LÓPEZ  |  EL PAÍS
17 de mayo de 2017

Si preguntáramos a un alumno que cursa Secundaria que quién inventó la calculadora o dónde fue inventada, las respuestas podrían ser miles, pero ninguna estaría cerca de la realidad y muchos menos harían referencia a una calculadora astronómica con más de 2.100 años de antigüedad.

 

El mecanismo de Antikythera fue encontrado por unos buscadores de esponjas marinas entre los numerosos restos de joyería, monedas y estatuas de bronce y mármol de una galera romana que naufragó frente a la costa de la isla griega que le da su nombre, Antikythera.

Los 82 fragmentos de bronce localizados – hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas – estaban dentro de una caja de madera en cuyas tapas se mostraban numerosas inscripciones con información valiosísima (nombres de meses en corintio, planetas..)

No todos los expertos están de acuerdo con la interpretación del mecanismo. Fue el arqueólogo Stais en 1902 el que creyó que se trataba de un reloj astronómico. Edmunds y T.Freeth creían que el artefacto se utilizaba para predecir eclipses solares y lunares y tendrían como referencia los conocimientos en progresión aritmética de los babilonios y Edmunds aseguraba que podría mostrar planetas como Venus y Mercurio.

Sin embargo Price, tenía una teoría más celestial, se utilizaría para establecer el cronograma de festivales agrícolas y religiosos. Y Wright con la reconstrucción del instrumento (72 engranajes) añadía que podría mostrar los movimientos de los cinco planetas conocidos en ese tiempo.

“Quienquiera que lo hizo, lo hizo extremadamente bien”

Por último otros estudiosos revelaron que podría servir para determinar la fecha exacta de celebración de los Juegos Olímpicos y se apoyan en las inscripciones que se han encontrado, (empezaban con la luna llena más cercana al solsticio de verano y era necesario un cálculo lo más exacto posible y un gran conocimiento de astronomía para establecer la fecha concreta)

Lo que parece claro es que el Mecanismo de Antikythera consta al menos 37 ruedas dentadas de precisión, hechas de bronce, con el que se podría calcular con exactitud posiciones y movimientos astronómicos, recrear la órbita irregular de la Luna y, quizás establecer la posición de planetas.

Restos del Mecanismo de Antikythera: MUSEO ARQUEOLÓGICO DE ATENAS

Posterior a esta calculadora se encontró un calendario luni-solar mecánico persa del año 1000 con una gran precisión tecnológica y no fue hasta la Edad Media cuando aparecieron aparatos complejos en los relojes de las catedrales medievales.

Hoy en día somos capaces de llegar a los lugares más insospechados, calcular distancias sorprendentes y alcanzar todo aquello con lo que los griegos soñaron alguna vez, tan sólo pensar que un artefacto de semejantes características como el Mecanismo de Antikythera fuera creado hace más de 2.000 años, es para asegurar que estábamos ante una civilización mucho más cercana a la nuestra de lo que podemos imaginar.

 

17 mayo 2017 at 12:31 pm Deja un comentario

Descubierta en Salamina una tumba con ajuares funerarios de época micénica

Fuente: ANA – MPA  |  Greek Reporter      29/04/2017
Fotos: Ministerio de Cultura de Grecia

Una tumba micénica con ajuares funerarios que datan de los siglos XIII-XII a.C. ha sido descubierta en el centro de la localidad principal de la isla de Salamina, en Grecia, durante unos trabajos de conexión de una vivienda a la red central de alcantarillado.

En declaraciones a la Agencia de Noticias de Atenas y Macedonia (ANA) el pasado viernes, la arqueóloga Ada Kattoula, del Eforato de Antigüedades del Ática Occidental, el Pireo y las Islas, ha señalado que es la tercera tumba localizada en la zona, tras las dos descubiertas en 2009 durante los trabajos de instalación de las tuberías de alcantarillado. Estos hallazgos han llevado al descubrimiento de 41 vasos de cerámica intactos en muy buenas condiciones, con decoraciones de grabados típicas de la época, así como piezas de aproximadamente 10 vasos más, ha indicado.

“Las condiciones de excavación son extremadamente difíciles porque en la zona hay muchos manantiales y estas tumbas, que han sido excavadas en la roca, son propensas a las inundaciones. Necesitábamos bombas para vaciar el agua. Con gran dificultad técnica y la asistencia significativa del contratista hemos podido investigar”, ha señalado Kattoula.

La tumba forma parte de una necrópolis de época micénica descubierta hace tiempo y que ya fue investigada en las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en los años 1964, 1992 y 2009. La cámara, tallada en la roca natural en la zona, mide 2,6 metros de largo por 2,9 metros de ancho y  tiene una altura de 1,5 metros en su punto más alto. Es un poco más pequeña que las otras dos tumbas de la necrópolis, que miden 3 x 3 metros.

La tumba contenía los restos óseos de al menos cinco personas, indicando que era una tumba grupal típica de la época. Las tumbas de cámara estaban excavadas en la roca y consistían en una cámara con forma más o menos cuadrada a la que se accedía a través de un corredor o dromos. Con cada nuevo enterramiento, la entrada se abría y los restos de los muertos anteriores se apartaban a un lado para dejar espacio al nuevo cuerpo y a su ajuar. La tumba permanecerá enterrada mientras se estudian los esqueletos y los vasos encontrados dentro. El hallazgo contribuirá en gran medida a darnos una imagen completa de la necrópolis micénica de Salamina.

30 abril 2017 at 10:39 am Deja un comentario

Aristóteles, Dimitris y el sexo

Aventuras en el regreso al supuesto sepulcro del filósofo en la antigua ciudad griega de Estagira

Dimitris Sarris, pensativo ante la que se cree que es la tumba de Aristóteles en la vieja Estagira, junto a la moderna Olympiada. J. A.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Barcelona  |  EL PAÍS
29 de abril de 2017

Conozco pocas personas que hayan estado dos veces en la tumba de Aristóteles, y yo soy una de ellas; es verdad que queda un poco a desmano. En realidad, no hay una certidumbre absoluta de que el monumento que se alza entre las ruinas de la antigua Estagira, en un promontorio boscoso junto al mar en las afueras del pueblecito griego de Olympiada, en Macedonia, sea el lugar de descanso final del filósofo, pero existen muchos indicios. Y están, sobre todo, el ferviente convencimiento y el contagioso entusiasmo de Dimitris Sarris, el propietario del hotel Germany de Olympiada —que también es el feliz dueño de su principal competencia, el Liotopi, casi enfrente—. Dimitris es el factótum de esta pequeña localidad de la Calcídica y parece salido, según el humor que tenga, de las páginas de uno u otro de los dos hermanos Durrell, Gerald y Larry.

Alzó una ceja el otro día al verme aparecer de nuevo en su restaurante, pero enseguida se sentó a nuestra mesa (esta vez yo viajaba con unos amigos) y se puso a planificar nuestra estancia y los menús de los días sucesivos mientras escanciaba generosamente un estupendo Tsantali blanco de los viñedos de la vecina península del Monte Athos. Yo había conseguido arrastrar arteramente a mis compañeros a esta esquina de Grecia con la promesa de unos días idílicos en las estupendas y desiertas playas de la zona, pero mi agenda secreta estaba llena de visitas a yacimientos arqueológicos y monumentos (de Anfípolis y Argilos a los monasterios del monte Athos, que ya saqueamos una vez los catalanes), empezando por el regreso a la vieja Estagira y la supuesta tumba de su más célebre hijo: a ver si arañábamos un poco más el misterio.

El empleo de consoladores, insistía Dimitris, no ha de ir en desdoro de los varones griegos sino que se debía a que estos pasaban fuera de casa mucho tiempo, en las guerras.

Así que a la mañana siguiente allí estábamos pertrechados como viajeros del Grand Tour junto a la pequeña iglesia de los santos Nikolaos y Anastasia. Ataviado con camisa impoluta y americana, Dimitris se empeñó en ofrecernos una visita guiada por las ruinas (que ya conozco como la palma de mi mano), dedicando especial atención a las féminas del grupo y ofreciéndonos no solo informaciones arqueológicas sino consejos prácticos como qué hacer si te ataca un enjambre de abejas (estirarte en el suelo y levantar las piernas: las abejas atacarán a tu parte más elevada, o al menos eso sostiene Dimitris). Nos alertó de que entre las piedras, donde las raíces tropiezan con el mármol, como diría Yannis Ritsos, puedes encontrar víboras cornudas, ohiá en griego. Empezamos en la acrópolis de la ciudad, con sus maravillosas vistas sobre el mar de un azul deslumbrante, y fuimos descendiendo por los senderos a la fresca sombra de los pinos y los olivos que cubren todo el promontorio. Es la mayoría terreno arqueológicamente virgen, pues solo se ha excavado un 7 % de Estagira.

La visita al monumento que el arqueólogo Kostas Sismanidis, gran amigo de Dimitris, acredita como la tumba de Aristóteles la realizamos con reverencial respeto. Dimitris nos enseñó detalles como la extraña posición vertical de algunos bloques y aventuró en voz baja y mirando a un lado y otro hipótesis sobre la existencia de una cripta secreta. En realidad, lo más probable es que la urna que contenía las cenizas de su paisano estagirita desapareciera hace mucho tiempo. “Si encontramos las cenizas todo cambiará para bien en Olympiada”, suspiró Dimitris.

Desde mi anterior visita el verano pasado hay pocas novedades arqueológicas: la excavación apenas ha avanzado pero se ha instalado una pasarela de madera y un banco, de forma que ahora puedes sentarte junto a las ruinas y pensar, no sé, en la Ética Nicomáquea. Presa de una súbita inspiración, extraje de mi mochila mi ejemplar de la Poética —nunca viajo sin él a la tumba de Aristóteles— y le pedí a Dimitris que nos leyera un pasaje. Lo hizo emocionado y por un momento, allí, bajo el sol, la noble cabeza con el escaso cabello agitado por la brisa del mar, pareció transfigurarse en el busto de mármol del filósofo que preside la plaza de Olympiada.

Un visitante en las ruinas de Estagira.

Marchamos con el alma más ligera y Dimitris ya había pasado de la Grecia clásica a los chistes y explicaba el de César y la trirreme cuando llegamos a una zona de ruinas de viviendas. Dimitris contó entonces que aquí habían aparecido dos, ejem, penes de cerámica, de tamaño natural (si es que existe tal cosa) y realistas hasta lo más explícito. A la vista de que había logrado captar la atención de las chicas, que antes estaban más por la perspectiva de playa que por la planimetría de la polis, el cicerone entró en detalles. Los dos falos presentaban orificios donde debían, y al parecer se rellenaban con líquidos calientes para su uso como “juguetes sexuales”, consoladores, vamos. Al principio pensé que había entendido mal, puesto que el inglés de Dimitris es casi tan malo como el mío, pero no cabía duda: el griego estaba ofreciendo una auténtica clase de erótica en la cuna —y posiblemente última morada— de Aristóteles. El empleo de consoladores, insistía Dimitris, no ha de ir en desdoro de los varones griegos sino que se debía a que estos pasaban fuera de casa mucho tiempo, en las guerras. Virilidad no faltaba en esa época y he ahí la falange macedónica, los espartanos y Epaminondas. Se cumplía. Le pregunté por el destino de los dos apéndices. Se ensombreció. “¡Ah, katastrophi!”, exclamó con cara de Zorba, “los llevaron al museo de Polygiros, un día fuimos a verlos, al cabo son de aquí, ¡y no estaban!, ¡los habían escondido! Por pudor. ¡Pero si son parte de nuestra historia!”. Le expliqué que en Barcelona había sucedido algo similar con la muy dotada estatua de Príapo que pasó años en el ostracismo en un cuartito en el Museo de Arqueología junto al lavabo de señoras, donde, por otro lado, debía ser feliz.

En su interés por el sexo, en realidad, si bien se piensa, Dimitris no hacía sino seguir el ejemplo de Aristóteles, ese hombre de infinita curiosidad que sostenía que los calvos tienen más fluido seminal y que los humanos somos especialmente libidinosos, como lo demuestra, decía, que solo nosotros y los caballos tengamos sexo durante el embarazo. Más cuestionable quizá es su afirmación de que a las sacerdotisas menopáusicas de Caria (Anatolia) les crece la barba y lo de que la sepia hembra es menos solidaria que el macho, en el contexto de su visión sombría en general del carácter femenino (véase el estimulante La laguna, cómo Aristóteles inventó la ciencia, de Armand Marie Leroi, Guadalmazán, 2017).

Abandonamos la vieja Estagira más sabios para vivir otras aventuras griegas, entre ellas la bronca de Alexandros, el flamígero guardia del túmulo de Kasta, y el atraco de una mesonera búlgara en Ouranopolis. Pero lamenté tener que marcharme sin conocer a Menelao, el tejón que acude cada noche a comerse los higos al jardín del Liotopi. El año que viene vuelvo, Dimitris. Y raro será que no me hagáis estagirita de adopción.

 

29 abril 2017 at 10:19 am Deja un comentario

Arqueólogos griegos restauran el comedor ritual más antiguo del Egeo

Un equipo de arqueólogos griegos ha comenzado a restaurar en Despotikó, un islote deshabitado del mar Egeo próximo a la isla turística de Paros, tras 20 de años de excavaciones, un comedor ritual del siglo VI a.C. único en esta zona de Grecia por estar situado al lado de un templo de Apolo.


Fuente: EFE  |  eldiario.es
14 de abril de 2017

“Es el más antiguo comedor ritual de Egeo y el único edificado junto a un templo. Hemos averiguado que fueron los mismos constructores del templo de Apolo los que planearon levantar poco después el comedor”, explicó a Efe Yannos Kurayos, arqueólogo que dirige las excavaciones.

Tanto el comedor como el propio templo forman parte de un santuario que contiene en total de 18 edificios, en algunos de los cuales la excavación aún no ha empezado.

Según Kurayos la construcción de dicho templo, cuya fachada tiene siete pilares, de 3,8 metros de altura cada uno, data del 580 a.C., mientras que la del comedor del 550 a.C.

En esa misma época se comenzó a edificar en Atenas el tempo de Zeus Olímpico, que llegaría a ser el más grande del mundo helenístico.

El culto a Apolo en Despotikó, no obstante, viene de más antiguo, pues algunos de los hallazgos en el sitio arqueológico relacionados con la adoración al dios datan del siglo VIII a.C.

“En un extremo del comedor ritual hay tres altares donde se hacían los sacrificios. Además hay tres habitaciones, todas de 10 metros de ancho y de 10, 7 y 5 metros de largo respectivamente, con puertas orientadas tanto al este y como al oeste”, describió Kurayos.

Además el comedor tenía una altura tres metros, con un techo inclinado cubierto de cerámica, y en el interior se han hallado huellas de sofás usados para comer y restos de cerámica de platos y vasos.

Los animales sacrificados eran asados en el altar y, según el ritual, sus partes traseras se distribuían entre los creyentes.

“A los creyentes nunca se les ofrecían los intestinos, la cabeza o las partes frontales”, precisó Kurayos.

Los arqueólogos hallaron asimismo huesos de cerdos, cabras, conejos, liebres, perdices y jabalíes, pero también de delfines y de atunes.

Un poco más alejado del conjunto del templo y del comedor se hallaron otros tres edificios, al parecer almacenes, donde estaban guardados el aceite, los cereales, las aceitunas y las legumbres.

Despotikó está situado en el centro de Egeo y era destino obligado para los barcos que atravesaban el mar cerca de la Cícladas por su puerto seguro, formado de manera natural por la geografía de la parte oriental de la isla, pues los arqueólogos suponen que, en los siglos anteriores al periodo clásico de la antigüedad griega, un istmo lo unía allí a la isla de Antíparos, al oeste de Paros.

“Hemos hallado objetos fabricados en Corinto, en Egipto y en Asia Menor. Los que hacían las ofrendas allí eran marineros de todo el Mediterraneo oriental”, aseveró Kurayos.

Kurayos recalcó que el de Despotikó es el segundo santuario más importante de las Cícladas después del de la isla de Delos.

Dicho santuario fue construido y controlado por la ciudad de Paros, muy rica en la época y posteriormente gracias a las canteras del famoso mármol de su isla, que se exportaba a todo el Mediterráneo oriental.

En Despotikó, además del culto al dios griego Apolo también se adoraba a Artemisa y Hestia.

Según Kurayos las excavaciones avanzan a un paso rápido, gracias a donaciones de fundaciones privadas, y en unos tres años el sitio arqueológico podrá ser visitado.

 

14 abril 2017 at 9:22 pm Deja un comentario

El viaje de las almas al Más Allá. El infierno de los griegos

Según la mitología, tras la muerte las almas de los hombres iban a parar a un lúgubre reino subterráneo, gobernado por el terrible dios Hades y su esposa Perséfone. Héroes como Orfeo, Heracles o Ulises se atrevieron a visitarlo

El guía de las almas en los infiernos. Hermes, mensajero de los dioses y guía de las almas hacia el inframundo, aparece rodeado de los espíritus de los difuntos que esperan a orillas del Estige para ser transportados por Caronte al reino de Hades. Óleo por Adolf Hirémy-Hirschl. 1898. Galería Belvedere, Viena. Foto: Culture-images / Album

Fuente: DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
6 de abril de 2017

Al igual que el cristianismo y otras religiones creen en un Más Allá donde pervive el alma, los griegos de la Antigüedad también imaginaban un inframundo al que las almas de hombres y mujeres eran conducidas tras su muerte. Para los griegos, el reino de los muertos estaba bajo el poder de Hades, hermano de Zeus y Poseidón. Estos tres dioses viriles y barbados, que encarnan la masculinidad regia en el panteón griego, se repartieron los diversos ámbitos de nuestro mundo tras derrocar a su tiránico padre Crono y vencer a los poderosos Titanes en una épica lucha por el dominio del universo.

Conocer el Más Allá

La visión que tenían los griegos del Más Allá cambió con el tiempo. Al principio, el inframundo o Hades –como se le llamaba por el dios que lo gobernaba– parecía un lugar poco deseable, como cuenta a Odiseo (el Ulises romano) la sombra del héroe Aquiles en un episodio de la Odisea de Homero; Aquiles manifiesta su deseo de volver a la tierra como sea, incluso como un simple jornalero. Sin embargo, al menos desde el siglo VI a.C. se empezó a ver el Más Allá desde una perspectiva ética, con una división de los muertos entre justos e injustos a los que corresponden premios o castigos según su comportamiento en vida. Así, se creía que los justos se dirigían a un lugar placentero en el Hades, los Campos Elíseos, o a las Islas de los Bienaventurados, el reino idílico del viejo Crono, convertido en soberano de ese Más Allá. Seguramente esta nueva concepción del inframundo obedecía al desarrollo de la idea de la inmortalidad del alma, e incluso a la introducción del concepto de reencarnación por parte de algunas sectas religiosas y filosóficas.

El deseo de conocer cómo era el Más Allá para encajar nuestra alma mejor en él propició el desarrollo de uno de los motivos más fascinantes de la cultura griega: el descenso a los infiernos o katábasis. La literatura griega posee numerosos relatos sobre héroes míticos o épicos, así como filósofos o figuras chamánicas, que descendían al reino de Hades para cumplir una misión, obtener conocimiento religioso o, simplemente, probar la experiencia mística de morir antes de la muerte física para conseguir un saber privilegiado. Una de las historias más famosas es la del cantor Orfeo, figura mítica que se convertiría en patrón de una secta mistérica de gran predicamento, que garantizaba a sus iniciados una vida más feliz después de la muerte. Otros héroes viajeros, como Odiseo y Eneas, o figuras divinas como Dioniso y Hefesto, coinciden en la peripecia de ida y vuelta al inframundo.

Hubo asimismo figuras semilegendarias a las que se atribuyó un especial conocimiento del Más Allá gracias al vuelo del alma o démon para visitar esas regiones antes de su hora postrera. Un ejemplo es Abaris, un mítico sacerdote de Apolo Hiperbóreo que, según la leyenda, viajaba sobre una flecha de oro voladora y era amigo de Pitágoras. O Zalmoxis, un chamán tracio del que se cuentan extrañas noticias sobre un descenso subterráneo para mostrar que era capaz de morir y renacer. Otro caso es el del viajero y poeta Aristeas de Proconeso, del que se contaba que cayó muerto en un batán y luego fue visto en distintos lugares. Decía de sí mismo que había acompañado a Apolo en un viaje espiritual transformado en cuervo. También el filósofo Pitágoras realizó varios descensos al otro mundo a través de grutas.

Entradas infernales

Tan enraizada estaba durante la Antigüedad la creencia en el inframundo, que existían numerosas tradiciones que situaban la entrada al infierno en puntos geográficos concretos. Podía tratarse de lagunas, pues el agua era el elemento conductor por excelencia, como el lago del Averno, cerca de Nápoles, que ocupa el cráter de un volcán extinto y cuyos gases tóxicos acababan con la vida de las aves que intentaban anidar en sus proximidades. También podía tratarse de grietas en el suelo, como la que se abría bajo el Plutonio o Puerta de Plutón en Hierápolis (actual Turquía), o una fisura en Sicilia, en la antigua Ena, por donde se decía que Hades salió del inframundo para raptar a Perséfone.

Algunas grutas o cuevas que también se han considerado puertas al infierno son la cueva Coricia, en una ladera del monte Parnaso, cerca del santuario del dios Apolo en Delfos, o las cuevas del cabo Ténaro en Grecia. La boca al infierno por excelencia en Occidente se identificó con la cueva de la Sibila en Cumas, cerca del lago Averno, lugar donde vivían estas mujeres que podían profetizar el futuro. En la Eneida de Virgilio, el príncipe troyano Eneas, guiado por la Sibilia de Cumas, entra en la cueva para acceder al reino de Hades.

Estas grutas de paso al Más Allá se encontraban a menudo junto a importantes oráculos: el de Éfira, donde una tradición afirma que Ulises bajó al inframundo por indicación de la maga Circe para consultar el espíritu del adivino Tiresias; el antiguo oráculo de la diosa Gea (la Tierra) en Olimpia, bajo el cual se abría una grieta en el suelo, según Pausanias; el oráculo de Apolo en Ptoion; el santuario oracular de Trofonio en Lebadea, o el oráculo que había en Heraclea Póntica (en la actual Turquía), míticamente situado en la desembocadura del río Aqueronte, al Oriente. Hoy en día hay allí una gruta llamada Cehennemagzi (en turco, “puerta del infierno”).

La pasión del dios infernal. Este magnífico grupo escultórico, obra de Gian Lorenzo Bernini, recrea el rapto de Perséfone por el dios Hades, soberano del inframundo, contemplado por el can Cerbero. 1622. Galería Borghese, Roma. Foto: l. Romano / Scala, Firenze

 

La geografía del inframundo. Las múltiples descripciones del Hades por autores antiguos y modernos permiten representar el desolador paisaje del infierno de los griegos, repleto de lugares horrendos. Tras entrar por cualquiera de las bocas del infierno existentes, el difunto se dirigía a la orilla del Estige, el río que rodea el inframundo y que cruzaba a bordo de la barca de Caronte. En la otra ribera el alma se encontraba con el guardián Cerbero y con los tres jueces del inframundo. Los autores explican que en su penar por el Hades las almas encuentran tres ríos de infausto recuerdo: el Aqueronte o río de la aflicción, el Flegetonte o río ardiente y el Cocito, el río de los lamentos. También separan nuestro mundo del Más Allá otros lugares prodigiosos, como las aguas del Leteo, el río del Olvido, que John Milton describe en su Paraíso perdido. Las almas de los justos van a parar a lugares felices como los Campos Elíseos o las Islas de los Bienaventurados. Los iniciados en los misterios, que a veces se hacían enterrar con instrucciones para emprender su viaje, se aseguraban la llegada sin problemas a los Campos Elíseos invocando el poderoso nombre de Deméter, Orfeo o Dioniso. Por último estaba el Tártaro, lugar de tormento eterno donde iban a parar los condenados. Foto: Marzolino / Shutterstock

 

Monedas para pagar el pasaje. Era costumbre colocar en la boca del difunto una moneda para pagar el viaje a Caronte. Si el alma no disponía de moneda, se veía obligada a vagar durante cien años por las orillas del Estige hasta que el barquero accedía a llevarla gratis. Moneda con el rostro de Perséfone, 260 a.C. Numismática Jean Vinchon, París. Foto: Bridgeman / Aci

 

Hipnos y Tánatos. En las tumbas, sobre todo las femeninas, se acostumbraba a disponer como ofrenda un tipo de cerámica característico, el lécito, de color blanco y decorado con escenas apenas esbozadas. El que se reproduce junto a estas líneas, atribuido al llamado pintor de Tánatos, muestra a los gemelos Hipnos y Tánatos levantando el cuerpo de un guerrero. Siglo V a.C. Museo Británico, Londres. Foto: British Museum / Scala, Firenze

 

Cortejo funerario. En los entierros, las mujeres iban detrás del cortejo y sólo podían acudir si tenían más de 60 años, a no ser que fueran familiares próximas. En cambio, para los ritos fúnebres se contrataban flautistas, cantantes, plañideras y danzantes, como las que aparecen en esta escena, procedente de una tumba de Ruvo, en la Campania, del siglo IV a.C. Foto: Museo Archeologico Nazionale, Naples / Bridgeman / Aci

 

Los jueces del inframundo. Gustave Doré realizó en el siglo XIX esta inquietante pintura en la que aparecen los tres grandes jueces del inframundo: Minos, Radamantis y Éaco, entronizados y dispuestos a juzgar a la miríada de almas que se agolpan temerosas y desesperadas a sus pies. Museo de Bellas Artes de La Rochelle. Foto: Bridgeman / Aci

 

Hades, Perséfone y Cerbero. En un templo dedicado a los dioses egipcios Isis y Serapis, en Gortina, en la isla de Creta, se descubrieron estas estatuas que dan fe del sincretismo religioso imperante en el mundo antiguo. Perséfone, la reina de los infiernos, porta elementos típicos de la diosa Isis, como el sistro y el creciente lunar en la frente, y el dios Hades porta un kálathos, un tocado característico de Serapis, dios grecoegipcio. Siglo II. Museo de Heraclion. Foto: Dea / Scala, Firenze

 

Ixión. Tras obtener el perdón de Zeus por matar al rey Deyoneo, su suegro, Ixión, rey de los lapitas, intentó seducir a Hera, esposa de Zeus. Furioso, el dios lo castigó atándolo a una rueda ardiente que giraba sin cesar y lo precipitó al Tártaro, junto con los grandes criminales. El cruel castigo se muestra en este óleo de Jules-Élie Delaunay, de 1876. Museo de Bellas Artes, Nantes. Foto: Bridgeman / Aci

 

Sísifo. Tiziano muestra en este óleo, pintado entre 1548 y 1549, el terrible castigo al que fue condenado Sísifo, el embaucador que se había atrevido a engañar al mismísimo dios infernal. Fue condenado a empujar una enorme roca hasta lo alto de una colina, para luego verla caer y volver a empezar de nuevo. Prado, Madrid. Foto: Album

 

Heracles y Cerbero. Uno de los doce “trabajos” de Heracles consistía en bajar a los infiernos para llevarse al can Cerbero. El héroe se presentó ante Hades para pedirle que le prestara a su guardián. El dios accedió, siempre y cuando Heracles pudiera atraparlo con las manos desnudas. Éste es el momento que recrea muy gráficamente el óleo de Domenico Pedrini, que muestra al héroe, con su clava y cubierto con la piel de león, arrastrando encadenado al fiero can fuera del Hades. Siglo XVIII. Foto: Christie’s Images / Scala, Firenze

 

Odiseo y Tiresias. En la Odisea, Homero relata cómo Odiseo acude a las puertas del reino de Hades para consultar al espíritu del adivino Tiresias sobre los peligros que le esperan durante su vuelta a Ítaca. Este relieve muestra al héroe ofreciendo la sangre del sacrificio a la sombra de Tiresias, que acude presta a beber antes de poder contestar las preguntas del héroe. Museo del Louvre, París. Foto: H. Lewandowski / Rmn-Grand Palais

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6 abril 2017 at 10:58 pm 1 comentario

Arqueólogos descubren parte del puerto de la batalla de Salamina

Una investigación arqueológica en la costa este de la isla de Salamina, en Grecia, ha alegado haber descubierto una parte del puerto en el que amarraba la flota de varias ciudades-estado helenas antes de la batalla de Salamina, una de las más importantes en la historia de la Antigua Grecia.

Salamina. Vista aérea donde se aprecian los restos de un muro de 160 m. de longitud, al noroeste de la bahía de Ampelakia

Fuente: El Confidencial
Fotos: Ministerio de Cultura de Grecia

Atenas, 17 mar (EFE).- De acuerdo a un comunicado emitido por el Ministerio de Cultura, el descubrimiento se trataría del “puerto comercial y posiblemente militar de Salamina, una de las ciudades más grandes y cercanas al otrora estado ateniense”.

El puerto, según el comunicado, se encuentra “al lado de algunos de los monumentos más importantes de la Victoria: el Poliandrion (tumba) de los soldados de Salamina o el Trofeo en Kinosoura”, a lo que añade que existen “varias referencias a este lugar en los trabajos de los geógrafos clásicos Skilakos (4 a.C.), Stavron (1 a.C.-1 d.C.) y Pausanias (2 d.C.)”.

El principal campo de investigación fue la parte interior de la bahía de Ampelakia y entre los hallazgos se incluyen estructuras, fortificaciones y varias instalaciones.

Salamina. Torre circular de 7 m. de diámetro de la antigua fortificación del puerto, en la bahía de Ampelakia

Los resultados han confirmado que los tres lados de la bahía se mantuvieron sumergidos desde la Antigüedad y gradualmente emergían y se hundían debido a los cambios del nivel del mar.

La investigación fue realizada entre noviembre y diciembre de 2016 por un equipo de 20 expertos y científicos de varias universidades y cuerpos arqueológicos y fue financiada por la Fundación Británica Honor Frost, que apoya la arqueología marítima en el Mediterráneo oriental.

Salamina. Restos de los cimientos de un edificio de época clásica, junto con la estructura de un muelle de construcción más reciente, al norte de la bahía de Ampelakia

La batalla de Salamina enfrentó en el 480 a.C. a Grecia y Persia y se ha convertido en una de las contiendas más famosas de la Antigüedad.

La victoria decisiva del ejército heleno, comandado por Temístocles, supuso el fracaso de la segunda invasión persa, que tuvo lugar durante las Guerras Médicas.

 

18 marzo 2017 at 9:44 pm 1 comentario

La sagrada Acrópolis de Atenas

Recorremos este magnífico testimonio de la época dorada de la Grecia antigua

Desde lo alto de la colina sagrada. En la cima del monte sagrado, la Acrópolis contempla el paso de los siglos sobre la ciudad de Atenas. En ella se reúnen los símbolos de la época de mayor esplendor de la Grecia antigua, el siglo V a.C., todos construidos en un mármol reluciente que el tiempo y las numerosas vicisitudes han transformado en uno de los vestigios antiguos más admirados del planeta. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC
17  de marzo de 2017

Poseidón y Atenea se disputaron una vez el corazón de los atenienses y el nombre de su ciudad. En lo alto de la colina de la Acrópolis, el dios del mar clavó su tridente mientras que la diosa de la sabiduría y la guerra plantó un olivo. El resto de divinidades declararon a Atenea ganadora del singular combate y los habitantes le dedicaron la mayoría de los templos.

Mitología e Historia se entrecruzan a lo largo del recorrido por este recinto de templos que se eleva sobre los populosos barrios de la capital griega. Habitada ya en el Neolítico (4.000-3.000 a.C.), fortificada durante la época micénica y destruida por los persas, la Acrópolis ganó su monumentalidad de la mano de Pericles, gobernador de Atenas entre los años 461 y 429 a.C., quien la dotó de templos con estatuas de bronce y de mármol, pintadas o recubiertas de oro y piedras preciosas.

Acudir a la Acrópolis por aquel entonces equivalía a penetrar en el Olimpo, un templo de templos. El visitante quedaba maravillado desde la misma entrada, donde se erigían la estatua de nueve metros de Atenea Promakos (Campeona) y el conjunto de los Propileos, un vestíbulo con cinco puertas, techo pintado con estrellas doradas, una pinacoteca y varios altares.

Al salir de los Propileos, la vía Panatenaica conducía al Partenón, el colosal edificio dórico terminado el año 438 a.C. que albergaba una estatua de doce metros de Atenea Partenos (Virgen). En el sector norte se erigía el Erecteion, allí donde Atenea y Poseidón se disputaron el nombre de la ciudad y la veneración de sus habitantes. Y mientras las oraciones se realizaban en lo más alto, los espectáculos tenían lugar en el teatro de Dionisos, en la ladera, un “templo” de las artes.

La originalidad del Erecteion. Construido entre el año 421 y el 406 a.C, el Erecteion es uno de los edificios más originales de la Grecia clásica. Debido a que las irregularidades del terreno del monte sagrado no podían anivelarse, el arquitecto construyó un templo único cuyas naves y pórticos quedan a diferentes alturas unas de otras. En el lugar del templo se encontraban las tumbas de Cécrope y Erecteo, míticos reyes griegos, y los regalos que Poseidón y Atenea habían ofrecido a los atenienses durante la lucha por la posesión de la ciudad: un pozo de agua salada y un olivo respectivamente. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

Columnata de las Cariátides. En la parte sur del templo se puede contemplar el majestuoso pórtico de las cariátides, que además ofrece una instantánea única sobre la gran extensión urbana de Atenas. La leyenda dice que, puesto que los gobernantes de la ciudad de Karys dieron su apoyo a los persas durante las Guerras Médicas, los atenienses apresaron y esclavizaron a sus bellas mujeres. Como mensaje para futuros enemigos, las colocaron como columnas soportando eternamente el peso del templo sobre sus cabezas. Foto: Shutterstock

 

El Partenón de Atenas. La impresionante estructura del mayor edificio de la Acrópolis está formada por dos cuerpos, la naos y el opistódomos, algo inédito en la época, que reposan sobre una plataforma llamada estilobato. En la naos había un espacio destinado a albergar una enorme estatua de la diosa Atenea esculpida por Fidias en oro y mármol. Una de las partes más interesantes del templo es la fachada, en cuya parte superior se hallan los frisos. Estos representaban las Panateneas –una procesión anual para llevar ofrendas a los dioses– los frontones narraban escenas de la vida de Atenea y en en el resto de los frisos aparecía la historia de diferentes guerras, entre ellas la de Troya. Foto: Gtres

 

El emblema de la democracia griega. Se trata de un templo octástilo (ocho columnas al frente) y períptero (rodeado de columnas) construido bajo la supervisión de Fidias por los arquitectos Calícrates e Ictinos. Dedicado a la diosa Atenea, protectora de la ciudad, se considera el templo más importante de estilo dórico que se conserva actualmente y un símbolo de la Grecia clásica y de su sistema democrático. Fue construido como una ofrenda –eximiéndolo de su función de culto– bajo el gobierno de Pericles, quien otorgó a todos los edificios un carácter público. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

Una entrada solemne. El arquitecto Mnesicles terminó la monumental entrada de los propileos en el año 432 a.C. y fueron durante mucho tiempo la única vía de acceso por la que se podía alcanzar el recinto sagrado de la Acrópolis. El aspecto que presentaban era el de un templo hexástilo (de seis columnas en la fachada) de estilo dórico con una separación en medio por donde pasa el camino de entrada. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

Los Propileos. La función de los Propileos era acompañar y guiar al visitante hasta la puerta de la ciudad de los dioses. Además, debido al desnivel que producía la altura del monte, esta construcción también servía para facilitar la subida, algo que el arquitecto Mnesicles consiguió domando las irregularidades topográficas mediante diferentes niveles y escalones. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

El templo de Atenea Niké. El geógrafo griego Pausanias describió este pequeño edificio clásico construido en el año 421 a.C. como el templo de la Victoria áptera o sin alas. Está dedicado a la diosa Atenea y conmemora la batalla de Salamina en la que los griegos vencieron a los persas bajo el influjo de la diosa, en este caso representada sin alas para que nunca pudiera abandonar la ciudad. Foto: AP Images

 

Un templo para la victoria. Calícrates fue el arquitecto encargado del proyecto quien, junto con Ictino, diseñó un templo de pequeñas dimensiones acorde con el espacio que se le había otorgado en uno de los promontorios de los propileos. De orden jónico y planta tetrástila (cuatro columnas en la fachada principal), el friso de este edificio representa escenas de las Guerras Médicas, el acontecimiento que conmemoraba. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

El Odeón de Herodes Ático. En la ladera sur de la colina de la Acrópolis, el cónsul romano Herodes Ático construyó, durante el siglo II d. C., este Odeón. Dicho edificio se usaba tanto en Grecia como en Roma para representaciones de tipo musical, teatral o lírico. Tiene una estructura muy parecida a la de un teatro romano, con la diferencia de que los odeones solían estar cubiertos. En sus gradas podía albergar hasta 5.000 espectadores y todavía hoy en verano se celebran conciertos al aire libre. Foto: Gtres

 

Vista aérea de la Acrópolis. Durante los inicios del siglo V a.C., después de vencer a los persas en Marathon y de sufrir y repeler un nuevo ataque por su parte, los atenienses empezaron a construir algunos de los templos, ahora protegidos por la recién construida muralla de Temístocles (en la parte izquierda superior de la imagen). Durante la segunda mitad del siglo V a.C. se construyeron los principales templos que hoy en día siguen en pie: el Partenón, el Erecteion, Atenea Niké y los Propileos. En la esquina inferior derecha se halla el Odeón de Herodes Ático, y en la superior izquierda los restos del teatro de Dionisos, que acogía obras de Sócrates, Esquilo y Eurípides. Foto: Age Fotostock

 

17 marzo 2017 at 7:42 pm Deja un comentario

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