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El azar y el vicio por el juego de los dados, la gran adicción que obnubiló a Octavio Augusto

El que fuera primer emperador de Roma también se dejó seducir por uno de los esparcimientos preferidos por los romanos: los juegos de azar y, más concretamente, los dados

Fresco que representa una partida de dados – Blog Domvs Romana

Fuente: P.FM.A. ABC Historia
31 de agosto de 2018

Del 753 a.C. al 509 a.C., la Monarquía; hasta el 27 a.C., la República. Estos son los precedentes de una superpotencia radicada en Roma, ciudad fundada por Rómulo y Remo un 21 de abril del año, como no es difícil intuir, 753 antes del nacimiento de Cristo. La que en sus inicios no era sino una simple aldea de pastores, se acabó convirtiendo en un poderoso imperio que perduró hasta el 476 d.C. y llegó a controlar un inmenso territorio. Fue bajo el mandato del emperador Trajano cuando las fronteras del Imperio romano estuvieron más alejadas: desde el océano Atlántico en el oeste hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico en el este; desde el desierto del Sahara al sur hasta Germania y Britania al norte.

Dicho lo cual, resulta obvia e innegable la herencia cultural, social y política recibida de Roma. Los romanos nos legaron el latín, el cual está presente en los idiomas hablados en un tercio del mundo. La misma proporción se rige por leyes surgidas del Derecho Romano. Por su parte, las obras arquitectónicas, tales como templos, calzadas, acueductos, etc., conviven con nosotros y juegan un importante papel en el patrimonio artístico de las distintas naciones.

Pero con lo generalizado que está el ocio en la actualidad, podría afirmarse que a los descendientes de los «gemelos fundadores» les debemos, también, la afinidad hacia el recreo y el entretenimiento. «Pan y circo» era la máxima de las autoridades, las cuales siempre fueron partidarias de la organización de espectáculos de diversa índole para granjearse el favor del pueblo. Así, teatros y peleas de gladiadores se popularizaron a lo largo y ancho del imperio. No obstante, existe otra práctica por la que los ciudadanos de Roma sintieron gran afición, algunos de tan alta alcurnia como Octavio Augusto: los juegos de azar. Este episodio es abordado por Lucía Avial Chicharro en su inestimable libro «Breve historia de la vida cotidiana del Imperio Romano: costumbres, cultura y tradiciones» (Nowtilus, 2018).

Hagan sus apuestas

«Los romanos fueron un pueblo muy aficionado a los juegos de azar, especialmente a los dados y a las apuestas con estos», manifiesta Avial Chicharro en su ejemplar y dicha afirmación resulta central para el devenir de esta pieza. Desde las reuniones en cantinas para tomar unos vinos hasta las largas horas que los legionarios pasaban asediando y sitiando un emplazamiento, cualquier excusa era buena para echar unos dados y jugar unas monedas. De hecho, no se caería en una falacia histórica si se hablase de vicio o ludopatía. Tanto es así que llegaron a redactarse, ya en época republicana, restrictivas leyes que punían el juego: leges aleariae.

El nombre de las mismas tampoco es algo baladí. Como bien indica Miguel Córdoba Bueno en su obra «Anatomía del Juego: Un análisis comparativo de las posibilidades de ganar en los diferentes juegos de azar» (Dykinson, 2013), del latín aleator proviene jugador, término que por aquel entonces poseía connotaciones negativas (deshonesto y con un defecto de carácter), y se encumbra como la raíz de aleatorio, palabra que en la actualidad utilizamos para definir aquellos fenómenos regidos por las reglas del azar.

A este respecto, por todos es conocida la expresión latina alea iacta est o, en román paladino, «la suerte está echada». Se atribuye a Julio César la enunciación de tan célebre frase al pasar el Rubicón con sus legiones, el riachuelo que marcaba el límite entre la Roma republicana y la Galia. Pues bien, una variante puntualiza que no pronunció exactamente dicha consigna porque lo hizo en griego, de modo que el significado literal pasaría a ser «los dados se han tirado». Como no resulta difícil imaginar, alea designaba genéricamente a todos los juegos de azar de la antigua Roma.

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Las leyes perseguían los juegos en los que el resultado dependía única y exclusivamente del azar

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Volviendo a la legislación antes mencionada, es preciso matizar que lo que castigaba no era el juego en sí sino las apuestas de «cuartos» que éste conllevaba. Así, mientras que se consideraban legales en aquellas competiciones, como las peleas en el anfiteatro, en las que el resultado dependía de la pericia y la gallardía, perseguía a todos aquellos que se jugaban un dinerillo confiando toda su suerte a la «ventura de la providencia».

Según detalla Javier Sanz en «La ludopatía en la antigua Roma», artículo publicado en la web «Historias de la Historia», las multas impuestas eran un múltiplo de la cantidad apostada y variaba en función de las circunstancias así como de la familia del apostante. «Además, la ley no reconocía las deudas de juego ni los delitos cometidos contra la propiedad de las “casas de apuestas”», prosigue el autor.

No obstante, como bien plantea Pilar Martínez Abella, resultaba sin duda complicado controlar las partidas privadas en hogares y tabernas. «¿Cuánto te puede costar esconder un dado? ¿Quién podría aguantar una de esas tediosas cenas sociales, sin la chispa que propicia el riesgo de perder unos cuantos denarios?», se pregunta en su página oficial.

En la misma línea que Abella se encuentra Jorge García Sánchez. El autor de «Viajes por el Antiguo Imperio romano» (Nowtilus, 2016) expresa que pese a la prohibición y las penas económicas impuestas por la reglamentación legislativa del momento, una pintura de la época «retrata a un grupo de jugadores enfrascados en una partida de dados que se llevaba a cabo medio a escondidas en la bodegas y en las habitaciones traseras de las tabernas». Era un secreto a voces, vaya.

Se quita la barrera

Durante unos días al año, no obstante, la veda era retirada. «Las leyes solo lo permitían [el juego] en festividades como las Saturnales», explica Avial Chicharro en su libro. Según la escritora, esta celebración tenía lugar entre el 17 y el 23 de diciembre, días en los que proliferaban banquetes, algunos públicos, y procesiones, los intercambios de regalos eran frecuentes e, incluso, los esclavos recibían una mayor libertad por parte de sus amos.

Las palabras de la autora de «Breve historia de la vida cotidiana del Imperio Romano» son corroboradas por Javier Sanz, quien menciona la importancia de estas fiestas en «La ludopatía en la antigua Roma»: «Las escuelas cerraban, algunas conductas frívolas femeninas y masculinas estaban bien vistas, se podía apostar a los dados, se invertían los papeles entre amos y esclavos, corría el vino a raudales y todos los miembros de la familia recibían un regalo, fuera cual fuese su condición. Además, todos los esclavos recibían de sus amos una generosa paga extra en moneda o vino».

En la obra de divulgación «Formas de ocio en la antigua Roma: desde la dinastía Julio-Claudia (Octavio Augusto) hasta la Flavia (Tito Flavio Domiciano)», Maximiliano Korstanje se atreve a ir un paso más allá: «Comúnmente, siervos y patrones se juntaban en camaradería bajo el juego de dados, el cual estaba prohibido. No era extraño que los esclavos tuvieran licencia para decirle a su amo todas aquellas verdades molestas que en la vida diaria no podían decirle».

Este paréntesis en la represión puede tener su origen en el fin de las tareas agrícolas de campesinos y esclavos, cuando los campos se preparaban para el duro invierno.

Octavio el «apostador»

La historia de este nombre clave del imperio es la historia de un joven inteligente que, sin grandes cualidades militares, logró convertirse en el primer emperador de Roma. Es la historia de quien pasó de ser Octavio a ser Augusto. Es la historia del hombre que derrotó a Marco Antonio en la memorable batalla de Actium (31 a.C.) y terminó ciñendo en su frente la corona de laurel.

«El que fuera reconocido por el mismísimo Cayo Julio César como hijo adoptivo tenía -gracias a esta épica victoria- vía libre para poder ostentar todo el poder en el que fue el mayor imperio de la antiguedad. Tras largos años en los que tuvo que lidiar con los asesinos de su padre y compartir el poder con Antonio y Lépido por fin había alcanzado el lugar que -en su opinión- le correspondía como descendiente del caído imperator». Este párrafo está sacado de «Octavio: el «hijo» de Julio César que aplastó a Marco Antonio y al Egipto de Cleopatra», artículo de nuestra sección, ABC Historia.

Escultura que representa a Octavio Augusto

Tan memorable triunfo es escudriñado con maestría en la pieza publicada por este periódico. Lo que aquí interesa subrayar es una afición no tan egregia de Octavio Augusto: los dados. Así lo refiere el ya citado Korstanje en su escrito: «Con respecto a su vida privada, Augusto no parecía esbozar grandes lujos aunque era sabida su debilidad por las mujeres jóvenes y el juego». Y así lo confirma Avial Chicharro en su volumen: «Pese a ello [leyes de prohibición], la afición no decreció, y se conocen emperadores como el propio Augusto o Claudio que jugaban y apostaban a los dados con frecuencia».

Lo cierto es que en los juegos de azar, los romanos llegaban a jugar grandes cantidades y no solo en metálico, también apostaban joyas u otros objetos de valor. De hecho, cuenta la leyenda que el primer emperador de Roma perdió 20.000 sestercios en una sola noche. En lo que respecta a Claudio, diversas crónicas lo han retratado como un jugador empedernido.

Otros mandamases como Nerón o Cómodo también sufrieron el dulce adictivo del vicio, viéndose perjudicadas, incluso, las arcas del Estado. Y en «Viajes por el Antiguo Imperio romano», el señalado por García Sánchez es Lucio Vero, coemperador romano junto con Marco Aurelio: «En Siria había adquirido tal pasión por los juegos de azar que el alba lo solía sorprender lanzando los dados».

Otros pasatiempos

La piedra, el marfil, la madera, el hueso o el metal. Diversos eran los materiales con los que fabricar los vetustos dados romanos. Además, era habitual que fuesen trucados, de manera que se generalizó el uso de cubilete o frutillus. En cuanto al modus operandi, era muy básico: con dicho recipiente se lanzaban al aire buscando la tirada perfecta, esto es, los tres seises, aunque bastaba con obtener un número superior al del contrincante. «Sí, era una rápida forma de perder pasta», admite con sarcasmo Martínez Abella en su web.

Pero las tesserae -dados-, pese a su popularidad, no eran el único entretenimiento. Al recorrer el capítulo que Avial Chicharro dedica a los juegos de azar en su libro, hallamos la siguiente declaración: «Además de los dados, era frecuente ver dibujados en las calles romanas tableros de juegos. Fueron realizados por las propias personas que jugarían con ellos. Buscaban distintos objetivos, que iban desde tratar de sacar provecho económico de los incatuos que jugasen hasta poder disputar una partida con un amigo».

Un ejemplo es el famoso juego de las tres en raya, el cual es analizado en «Anatomía del Juego». Córdoba Bueno sostiene lo siguiente: «El “terni lapilli” se podría traducir por “tres piedras” o por “piedras de tres en tres” y era uno de los juegos más populares en la antigua Roma. Se han encontrado numerosos tableros de “terni lapilli” arañados sobre suelos de piedra en muchos lugares del antiguo Imperio romano, aunque en aquella época se jugaba con fichas, guijarros o cuentas. Desde entonces, fue un juego de niños habitual en la época medieval y que evolucionó hasta la época actual tal y como lo conocemos».

 

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31 agosto 2018 at 9:05 am 2 comentarios

6 cosas que probablemente no sabías sobre Cleopatra

Cleopatra es una de las mujeres más famosas de la historia. Se la recuerda por su supuesta belleza e intelecto y por sus amores con Julio César y Marco Antonio.

¿Bella como Elizabeth Taylor? Las pruebas señalan que su principal atractivo era su intelecto, no su aspecto físico. GETTY IMAGES

Fuente: BBC News Mundo
18 de agosto de 2018

Se convirtió en reina de Egipto después de la muerte de su padre, Ptolomeo XII, en el año 51 a.C. y Hollywood suele retratarla como una glamorosa femme fatale.

Pero, ¿cuánto está basado en la realidad y cuánto es ficción?

En un artículo escrito para la revista BBC History, la académica Mary Hamer asegura que la mayoría de las cosas que creemos hoy sobre Cleopatra son en realidad un eco de la propaganda que creó el Imperio romano.

Hamer, autora del libro “Las señales de Cleopatra: una lectura histórica de un ícono”, señala que por el hecho de ser mujer y de gobernar un país muy rico, Cleopatra -sobre todo su independencia- era aborrecida por Roma.

Cabe recordar que ella había “seducido” a dos de sus principales generales, Julio César y Marco Antonio, y luego se unió a Antonio en una guerra contra Roma.

Se sabe que fuera de Europa, en África y los países de tradición islámica, fue recordada de manera muy diferente.

Los escritores árabes se refieren a ella como una erudita y 400 años después de su muerte aún se le rendía tributo a una estatua suya en Philae, un centro religioso que atraía a peregrinos de más allá de las fronteras de Egipto.

Un busto de Cleopatra, de 40 a.C., una de las tantas imágenes diferentes que sobrevivieron de la famosa reina de Egipto. GETTY IMAGES

Hamer revela seis otros datos menos conocidos sobre la vida de la gobernante egipcia.

1 – Una belleza de fantasía

Plutarco, el biógrafo griego de Marco Antonio, afirmó que no era su aspecto físico lo que resultaba tan atractivo de ella, sino su conversación y su inteligencia.

Cleopatra tenía el control de su propia imagen y la adaptó según sus necesidades políticas. Por ejemplo, en eventos ceremoniales aparecería vestida como la diosa Isis (era común que los gobernantes egipcios se identificaran con una deidad).

En las monedas acuñadas en Egipto, mientras tanto, eligió mostrarse con la mandíbula fuerte de su padre, para enfatizar su derecho heredado a gobernar.

Las esculturas tampoco nos dan muchas pistas sobre su aspecto: hay dos o tres cabezas en el estilo clásico y varias estatuas de cuerpo entero en estilo egipcio, pero en todas se la ve bastante diferente.

2 – El “pequeño César”

Cleopatra se hizo aliada de Julio César, quien la ayudó a establecerse en el trono.

Lo invitó a hacer un viaje por el Nilo y cuando posteriormente dio a luz a un hijo, llamó al bebé Cesarión o “pequeño César”.

Cleopatra invitó a Julio César a hacer un viaje por el Nilo. Luego, tuvo a su hijo Cesarión o “pequeño César”. GETTY IMAGES

En Roma esto causó un escándalo. En primer lugar, porque Egipto y su cultura hedonista eran despreciados como decadentes. Pero también porque César no tenía otros hijos varones (aunque estaba casado con Calpurnia, y había tenido dos esposas antes que ella).

César acababa de convertirse en el hombre más poderoso de Roma y si bien la tradición era que la elite romana compartía el poder, él parecía querer ser el supremo, como un monarca.

Esto resultaba doblemente insoportable para los romanos porque significaba que Cesarión, un egipcio, podría eventualmente querer gobernar a Roma como el heredero de César.

3 – Cleopatra vivía en Roma como amante de Julio César cuando este fue asesinado

Junto con el pequeño Cesarión habían estado viviendo en un palacio propio al otro lado del río Tíber de la casa de César (aunque es probable que ella no residiera allí permanentemente, sino que viajara regularmente desde Egipto).

Tras la muerte de César en 44 a. C. la vida de Cleopatra y de su hijo corrían peligro y debieron irse de Roma de inmediato.

No es de extrañar que Cleopatra fuera detestada en una ciudad que se había deshecho de sus reyes, ya que ella insistía en que se la llamara “reina”.

Tampoco pudo haber ayudado mucho el hecho de que, para honrarla, César había colocado una estatua de ella cubierta de oro en el templo de Venus Genetrix, la diosa que da vida, y que su familia tenía en alta estima.

4 – Tuvo cuatro hijos

Además de su hijo mayor, Cesarión, Cleopatra tuvo tres hijos más con Marco Antonio: los mellizos Cleopatra Selene y Alejandro Helios y el más pequeño de todos, Ptolomeo Filadelfo.

Bajorrelieve de Cleopatra y su hijo Cesarión en el templo Hathor en Dendera. GETTY IMAGES

Ella mandó a hacer una imagen en la pared del templo en Dendera que la mostraba gobernando junto con Cesarión. Cuando ella murió, el emperador romano Augusto convocó al joven con promesas de poder, solo para matarlo.

Se cree que tenía 16 o 17 años, aunque algunas fuentes afirman que tenía apenas 14.

Los mellizos, que tenían 10 años cuando falleció su madre, y Ptolomeo, que tenía seis, fueron llevados a Roma y tratados bien en la casa de la viuda de Marco Antonio, Octavia, donde fueron educados.

De adulta, Cleopatra Selene se casó con Juba, un rey menor, y fue enviada a gobernar Mauritania a su lado. Tuvieron un hijo -otro Ptolomeo-, el único nieto conocido de Cleopatra.

Murió de adulto por orden de su primo, Calígula, por lo que ninguno de los descendientes de Cleopatra vivió para heredar Egipto.

5 – “Agosto”, el mes que celebra la derrota y muerte de Cleopatra

El emperador Augusto fundó su reinado sobre la base de la derrota a Cleopatra. Cuando tuvo la oportunidad de que se nombrara un mes en su honor, en lugar de elegir septiembre, cuando nació, optó por el octavo mes, en el que murió Cleopatra, para que todos los años se recordara su derrota.

A Augusto le hubiera gustado exhibir a Cleopatra como cautiva por toda Roma, como lo hicieron otros generales con sus prisioneros para celebrar sus victorias. Pero ella se suicidó justamente para evitar eso.

Cleopatra se quitó la vida para evitar ser usada como trofeo de victoria por Augusto. GETTY IMAGES

Cleopatra no murió por amor, como creen muchos. Al igual que Marco Antonio, que se suicidó porque ya no había un lugar de honor para él en el mundo, ella eligió morir en lugar de sufrir la violencia de ser mostrada y avergonzada por las calles de Roma.

Augusto tuvo que conformarse con utilizar una imagen de ella para su celebración.

6 – El nombre de Cleopatra era griego, pero eso no significa que ella lo fuera

La familia de Cleopatra era descendiente del general macedonio Ptolomeo, que había obtenido Egipto en el reparto después de la muerte de Alejandro. Pero pasaron 250 años antes de que naciera Cleopatra -es decir, 12 generaciones, con todos sus enredos amorosos-.

Hoy sabemos que al menos un niño de cada 10 no es hijo biológico del padre que lo cría como propio.

La población de Egipto incluía a personas de diferentes etnias y naturalmente eso incluía a los africanos, ya que Egipto es parte de África. Así que no es del todo improbable que mucho antes de que Cleopatra naciera, su herencia griega se hubiera mezclado con otras.

Además, dado que se desconoce la identidad de su propia abuela, no podemos estar seguros de su identidad racial.

 

18 agosto 2018 at 9:15 pm Deja un comentario

Barcelona recupera su acueducto romano

La remodelación de una pared medianera pone en valor cuatro arcos del primer edificio público construido en la ciudad

Fuente: JOSÉ ÁNGEL MONTAÑÉS EL PAÍS Cataluña
7 de agosto de 2018

Barcelona es fruto de la fundación ex novo de la colonia romana Iulia Augusta Paterna Faventia Barcino promovida el año 14 a.C. por el emperador Augusto en el marco de la reforma administrativa y viaria del sector noroeste de Hispania, provincia del nuevo imperio que no paraba de extenderse por todo el Mediterráneo. Lo primero que hizo Augusto y sus romanos fue construir las principales calles (el típico cardo y decumanus que se cruzaba en la plaza de Sant Jaume) y antes de rodearla de muralla levantó un acueducto de 13 kilómetros que abastecía de agua desde una fuente cercana al río Besós a los nuevos habitantes. Por eso, el acueducto de Barcelona es la primera obra pública de la ciudad, un edificio que se ha ido perdiendo con el tiempo; derribado por el avance y transformación de la ciudad o enmascarado bajo edificios más modernos.

Es lo que ha pasado con cuatro arcos que han permanecido en la pared medianera de un edificio del siglo XVIII de la plaza Vuit de Març, en el barrio gótico de Barcelona, que después de salir a la luz en 1988 ahora se someterán a una labor de rehabilitación y visualización para ponerlos en valor y dejen de pasar desapercibidos. Los trabajos, enmarcados dentro del Plan Barcino, que trabaja para rehabilitar los restos romanos de la ciudad, tienen un coste de 345.000 obtenidos a partir de las lonas publicitarias que cubren muchos de los edificios de la ciudad.

“Es una pieza clave de nuestra historia. Es el primer edificio público que se construyó con piedra de Montjuïc y estuvo en funcionamiento hasta el siglo VI y VII. El ciclo y reciclaje del agua parece que lo hemos inventado ahora, pero no es verdad. Tenía mucha importancia para romanos que lo primero que buscaban era un caudal de agua potable. Aquí se encontró en la zona de Montcada y tras 13 kilómetros entraba a la ciudad por la Plaça Nova, frente a la catedral, y desde allí llegaba a las industrias, termas, fuentes y casas particulares de los más potentados”, explica Carme Miró, responsable del Plan Barcino y especialista en este tema, tal y como avalan sus múltiples trabajos publicados sobre ese asunto.

Los arcos estaban ocultos hasta que se derribó uno de los edificios dentro de un plan de esponjamiento para crear una plaza. “Uno de los vecinos del barrio, Alfred Lloré, detectó “algo extraño” y avisó al museo de Historia de la Ciutat, que paró el siguiente derribo y posibilitó conservar las arcadas”. En la parte superior de la fachada, tras abrirse unas ventanas se rebozará con un estucado, mientras que en la inferior se marcarán los ojos de los arcos para reforzar su profundidad, e incluso se abrirá parcialmente el último para ver su anchura”, prosigue Miró que asegura que habrá que tener en cuenta que siguen teniendo una función estructural dentro del edificio.

“Cuando hablamos de acueducto pensamos en el de Segovia o el Ferreres, de Tarragona, pero en realidad es solo el lugar por donde pasa el agua, lo otro son los arcos que lo aguantan. De hecho, la mayoría de acueductos romanos son subterráneos ya que eso garantizaba la calidad del agua, algo que era muy importante para los romanos”, subraya Miró.

“Siempre se ha dicho que en Barcelona el papel de los andalusíes, los musulmanes españoles, era menor, pero la arqueología nos dice que su presencia fue de unos cien años, un periodo que permite hacer muchas cosas y dejar una impronta grande. Una de ellas fue el del cambio en la gestión del agua que se produce en el siglo IX o X con la creación del Rec Comtal; momento en el que el agua pasa de ser un bien público, un derecho para todos, a ser en la época medieval un bien de consumo que genera riqueza. Algo que no ha cambiado hasta ahora”, explica la arqueóloga.

Los trabajos permitirán marcar el nivel del specus, el canal por donde discurría el agua camino de la ciudad que por dentro está rebozado con mortero de cal, el opus signinum romano. Cuando terminen los trabajos en la medianera se excavará en el subsuelo hasta localizar los cimientos de los arcos y así poder ver el alzado completo de los mismos, que llegarán más o menos a los 11 metros de altura.

Estos cuatro arcos son la zona más visible de este edificio. Pero se han conservado restos en otros lugares, como explica Miró. “En el edificio contiguo de Ca la Dona se conserva una arcada y uno de los pilares; también la entrada del acueducto a la ciudad se puede ver en la Casa de la Ardiaca, mientras que la estructura que se ve junto a la catedral es una reconstrucción de los años sesenta  realizada por el arquitecto Josep Florensa a partir de localizar otro de los pilares. Recientemente en la construcción de un hotel en la calle Magdalenes se encontró otros pilares y se conserva un tramo subterráneo en la zona de Sant Andreu. Pero donde mejor se ve el acueducto es aquí”, sentencia Miró que presentó la intervención (que terminarán en el primer semestre de 2019) en compañía de la concejala del distrito Gala Pin.

 

7 agosto 2018 at 3:25 pm Deja un comentario

Descubren un podio romano junto al arco de Augusto

La Universidad de Jaén cree que es el basamento de un edificio de culto o el pedestal de una gran escultura

Fuente: ABC de Sevilla
29 de junio de 2018

El Instituto de Arqueología Ibera de la Universidad de Jaén ha descubierto junto al Arco de Augusto un podio de grandes dimensiones, de más de 2.000 años de antigüedad, que oficiaba de basamento de una gran escultora o de un edificio de culto. Para Juan Pedro Bellón, director del proyecto de la excavación, que se lleva a cabo en el municipio de Mengíbar, resulta lógico que junto al monumento que delimitaba la entrada a la Bética se alzara un monumento de estas características.

Ambas construcciones forman parte de un mismo proyecto arquitectónico”, asegura Bellón, quien aclara al respecto que mientras el arco oficia de frontera entre la Tarraconense y la Bética en el marco de la vía Augusta, el pedestal, de ocho metros de largo por cinco de ancho, revela que sobre él alzó un monumento, también relacionado, al parecer, con el primer emperador romano.

El hallazgo ofrecerá previsiblemente información sobre el proyecto del arco, ya que éste fue desmontado casi en su totalidad. El director de la excavación, tras resaltar que faltan elementos ornamentales e inscripciones, ha mostrado su confianza en encontrar restos que aclaren al menos la función del monumento que se alzaba junto al mismo. Siempre, puntualiza, que su departamento no tenga que abandonar la excavación por falta de medios económicos.

Los Investigadores del Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Íbera de la Universidad de Jaén han hallado el podio tan sólo un mes después de descubrir la puerta de entrada a la nueva provincia romana de la Bética sobre la principal vía de comunicación de la Hispania romana, la vía Augusta. En mayo, la Universidad expuso que la localización del arco disipará incógnitas sobre el pasado romano de Andalucía y ayudará, como punto de referencia, a resolver aspectos de la geografía antigua.

En concreto, el arco, según Bellón, “monumentaliza una frontera, un camino, establece un punto cero y resalta la importancia que el alto Guadalquivir tenía para Roma en ese momento, al igual que otras zonas como Iliturgi y Cástulo”. En este sentido, aclaró, la constitución de esta nueva provincia Bética estaría asociada a la idea de dotarla de unos límites propios y también una concepción propia del espacio provincial. Por este motivo, la principal vía de articulación de toda Hispania, la Vía Augusta, fue el lugar idóneo para emplazar el monumento.

El arco, situado en el inicio de la provincia Bética, tal y como revelan los miliarios era el punto de arranque para contar la distancia de la vía Augusta en todo el territorio bético. Se trata, según la Universidad, del único caput viae, es decir, final de camino, que es citado en la documentación epigráfica viaria, relacionado estrechamente con la propaganda que Augusto quiso hacer, no sólo en este punto concreto, sino en el conjunto de la provincia.

 

29 junio 2018 at 12:45 pm Deja un comentario

Cicerón, el asesinato del último defensor de la República de Roma

En el año 43 a.C., dos sicarios de Marco Antonio asesinaron al orador de 64 años mientras viajaba en su litera como venganza por la muerte de Julio César

Marco Tulio Cicerón
Abogado, político y filósofo, Cicerón ha pasado a la historia por su defensa de los valores republicanos. Busto. Galería de los Ufizi, Florencia.

FOTO: Scala, Firenze

Fuente: José Miguel Baños  |  National Geographic
12 de junio de 2018

Marco Tulio Cicerón ha pasado a la historia por su defensa de los valores de la República romana y su crítica a Julio César, a quién veía como un tirano. Esos ideales le costaron la vida cuando, tras el asesinato del dictador en el año 44 a.C., Marco Antonio se hizo con el control del Senado y desató una purga entre sus enemigos. Al año siguiente, dos sicarios del antiguo lugarteniente de César asesinaron al viejo político republicano y le cortaron la cabeza y las manos para exhibirlas en los Rostra.

El viejo orador regresa a Roma

En 48 a.C., Cicerón, de casi 60 años –edad en la que a ojos de los romanos un hombre era ya un anciano– estaba convencido de que su carrera política había llegado a su fin. Lejos quedaban sus días de gloria como abogado y azote de políticos corruptos y de enemigos del Estado, como Catilina, el patricio cuya conspiración había desenmascarado ante el Senado quince años antes. Había asistido impotente al ascenso de Pompeyo y Julio César, generales y jefes de partido que acabarían enzarzados en una guerra civil para alcanzar el poder. Cicerón criticó a ambos, sobre todo a César, por sus ambiciones casi monárquicas, contrarias al viejo ideal republicano que él mismo defendía. Tras la victoria de César sobre su rival, el orador regresó a Roma, pero apenas participó en la vida política: si en algún momento creyó que César podía restaurar la República, la realidad de los hechos desvaneció cualquier esperanza a medida que el dictador fue acumulando en su persona un poder casi absoluto.

El ostracismo político de Cicerón coincidió también con un momento personal difícil. Al poco de su regreso a Roma, a comienzos de 46 a.C., se divorció de su esposa Terencia tras treinta años de matrimonio. La mujer había dilapidado gran parte de la hacienda familiar en dudosas inversiones, lo que llevó a Cicerón a contraer un nuevo matrimonio con Publilia, una joven de buena familia de la que, sin embargo, se divorció a los seis meses. Por si esto fuera poco, a mediados de febrero del año 45 a.C., murió su hija Tulia, que acababa de divorciarse de Dolabela, un estrecho colaborador de César, y había dado a luz en enero a un hijo que también moriría poco después. A consecuencia de todos estos hechos, Cicerón cayó en una grave depresión.

Demasiados sinsabores y desgracias, que el viejo senador intentó superar, como en otros momentos de su vida, refugiándose en sus aficiones literarias. Cicerón se entregó a una actividad frenética y absorbente a la vez, ocupado en la redacción de algunas de sus obras retóricas más importantes (Bruto y El orador, por ejemplo) y, sobre todo, acometió el ambicioso proyecto de presentar la filosofía griega en latín y de forma accesible al público romano.

Mientras Cicerón se encontraba recluido en sus fincas de Astura, Túsculo, Puteoli o Arpino, un grupo de conjurados organizaba el atentado que costaría la vida a Julio César. Pese a que estaban estrechamente unidos al orador –muy especialmente Marco Bruto, sobre quien Cicerón había ejercido una decisiva tutela intelectual–, no le informaron de sus planes, quizá porque sabían de su carácter dubitativo y su renuencia a acometer acciones violentas. Cicerón estaba presente en la sesión del Senado de los idus de marzo del año 44 a.C. en la que César fue asesinado a puñaladas. Su reacción fue una mezcla de sorpresa y horror, pero también de alegría contenida: en su correspondencia privada y en los discursos que después dirigirá contra Marco Antonio –las Filípicas–, el orador manifestó su orgullo por que Bruto, al levantar el puñal que había clavado en el cuerpo de César, gritara el nombre de Cicerón como invocación por la libertad recuperada.

Guerra contra Marco Antonio

La alegría indisimulada de Cicerón por la muerte de César fue fugaz, pues fue Marco Antonio quien acabó controlando la situación en Roma: en las honras fúnebres del dictador inflamó a la muchedumbre y la lanzó contra los asesinos de su líder. Temiendo por sus vidas, Bruto y Casio abandonaron Roma.

Cicerón, obligado también a dejar la ciudad, lamentó en tonos cada vez más amargos la inactividad de “nuestros héroes” –los conjurados–, su falta de decisión desde el día mismo del asesinato de César, su incapacidad para enfrentarse a Marco Antonio y su falta de planes para el futuro. En cambio, él no estaba dispuesto a rendirse. Convencido de que se dirimía la supervivencia misma de la República, decidió erigirse en el líder del Senado en una lucha a muerte contra Marco Antonio. Como si no tuviera ya nada que perder, frente a las dudas y falta de decisión en otros momentos de su vida, Cicerón se mostró en todo momento implacable con Antonio y abogó por acciones mucho más drásticas y violentas que los propios cabecillas de la conjura, quienes, a juicio de Cicerón, habían actuado con el valor de un hombre, pero con la cabeza de un niño.

Convencido de que la supervivencia de la República estaba en juego, Cicerón se erigió en el líder del Senado en su lucha contra Marco Antonio

Aun así, cuando poco después Décimo Bruto, otro de los conjurados, desafió a Antonio desde la Galia Cisalpina, poniendo a los romanos ante la amenaza de una nueva guerra civil, Cicerón tuvo un momento de desfallecimiento. Todo le parecía perdido; la República –confesaba en una carta a su amigo Ático– era “un barco completamente deshecho, o mejor, disgregado: ningún plan, ninguna reflexión, ningún método”. Desesperanzado, decidió abandonar Italia y dirigirse a Grecia. Pero no llegó a realizar este viaje, pues un inoportuno temporal lo impidió cuando ya había embarcado.

Entonces Cicerón recapacitó y decidió volver a Roma. Había recibido noticias alentadoras de que la situación estaba volviendo a cauces más tranquilos, pues Marco Antonio parecía dispuesto a renunciar a su exigencia de que Décimo Bruto le entregara la Galia Cisalpina. Además, el orador pensó que, ante la inacción de los conjurados, podría utilizar a un joven de 18 años, recién estrenado en política, como ariete en su enfrentamiento con Marco Antonio.

Octaviano entra en escena

Este joven era Gayo Octavio, nieto de una hermana de Julio César, al que el dictador había nombrado heredero en su testamento. Octavio recibió la noticia del asesinato de César mientras estaba en Apolonia (en la actual Albania), y enseguida emprendió viaje para desembarcar en Brindisi, en el sur de Italia. Una vez allí, intentó ganarse la confianza de los veteranos de las legiones cesarianas, pero también de personajes influyentes como Cicerón. Por eso, en su marcha hacia Roma se detuvo a entrevistarse con el orador en su villa de Puteoli. Allí lo colmó de atenciones, consciente de que su apoyo podía serle útil en sus planes políticos.

Cicerón se sintió halagado al ver a ese joven “totalmente entregado a mí”, y se convenció de que podría utilizarlo como freno a la ambiciones de Marco Antonio. Así, cuando se enteró de que, en ausencia de Antonio, Octaviano se había presentado en Roma con los veteranos de dos legiones para hablar ante el pueblo y reivindicar sus derechos, Cicerón se mostró feliz porque, como le cuenta a su amigo Ático, “ese muchacho le ha dado una buena paliza a Antonio”. El propio Octaviano lo convenció para que regresara a Roma y, con su liderazgo, encabezase la lucha contra Marco Antonio. Ya en la ciudad, Cicerón aprovechó la marcha de Marco Antonio camino de la Galia Cisalpina para, a través de sus Filípicas, convencer a los nuevos cónsules, Hircio y Pansa, de que le declarasen la guerra abiertamente.

Esta enérgica actitud contrastaba con el deseo de parte del Senado de agotar las vías negociadoras e intentar convencer a Antonio de que abandonase el asedio de la ciudad de Módena, donde Décimo Bruto resistía a duras penas a la espera de las tropas del Senado. Éstas llegaron unos meses después, y en unión con las fuerzas de Octaviano obtuvieron dos victorias decisivas sobre Antonio. Al llegar la noticia se desató la euforia en Roma y Cicerón, el gran vencedor del momento, fue llevado en triunfo desde su casa al Capitolio y desde allí al Foro, a los Rostra, la tribuna de los oradores desde la que se dirigió, exultante, al pueblo romano.

Sin embargo, la alegría de Cicerón fue de nuevo efímera. Marco Antonio logró salvar parte de sus legiones y pronto estableció una alianza con Lépido, gobernador de la Galia Narbonense. Además, Octaviano, en lugar de perseguir a Antonio, decidió reclamar para sí el consulado y, cuando el Senado se negó, no dudó en atravesar el Rubicón, como hiciera su padre adoptivo César, y marchar sobre Roma con sus legiones. Impotentes, los senadores se vieron obligados a claudicar. Cicerón veía cómo de nuevo un jefe militar se aprovechaba del poder de sus tropas para pisotear la legalidad republicana. Además, Octaviano tenía motivos para recelar de Cicerón, pues había llegado a sus oídos que el orador parecía conspirar contra él: “El muchacho [Octaviano] debe ser alabado, honrado y eliminado” (laudandum adulescentem, ornandum, tollendum), decía en privado.

La huida de Cicerón

Abatido y conocedor de que la causa de la República se encontraba ya definitivamente perdida, Cicerón se retiró a sus fincas del sur de Italia. Desde allí contempló, impotente, el acercamiento de Octaviano a Lépido y Marco Antonio y la constitución del denominado segundo triunvirato. Este acuerdo no sólo era un revés político para Cicerón, sino que también lo amenazaba personalmente. En efecto, los triunviros confeccionaron una amplia lista de senadores y caballeros a los que se condenó a muerte y a la confiscación de sus bienes. La sed de venganza hizo que en esa lista no se respetaran siquiera los lazos familiares: Lépido sacrificó a su propio hermano Paulo, y Antonio, a su tío Lucio César. En el caso de Cicerón, fue Octavio quien finalmente cedió ante el vengativo Antonio. Así lo cuenta Plutarco: “La proscripción de Cicerón fue la que produjo entre ellos las mayores discusiones por cuanto Antonio no aceptaba ninguna propuesta si no era Cicerón el primero en morir […]. Se cuenta que Octaviano, después de haberse mantenido firme en la defensa de Cicerón durante dos días, cedió por fin al tercero abandonándole a traición”.

Cicerón se encontraba en su villa de Túsculo acompañado de su hermano Quinto cuando supo que ambos estaban en la primera lista de proscritos. Angustiados, partieron de inmediato hacia la villa de Astura para desde allí navegar a Macedonia y reunirse con Marco Bruto, pero en un momento dado Quinto volvió sobre sus pasos para recoger algunas provisiones para el viaje. Delatado por sus esclavos, fue asesinado pocos días después junto con su hijo. Cicerón, ya en Astura, presa de la angustia y de las dudas, consiguió un barco, pero, después de navegar veinte millas, desembarcó y para sorpresa de todos caminó unos treinta kilómetros en dirección a Roma para volver de nuevo a su villa de Astura y desde allí ser conducido, por mar, a su villa de Formias, donde repuso fuerzas antes de emprender la travesía final a Grecia.

El asesinato

Demasiadas dudas. Demasiado tarde. Al enterarse de que los soldados de Antonio estaban a punto de llegar, Cicerón se hizo llevar a toda prisa, a través del bosque, hacia el puerto de Gaeta para embarcar de nuevo. Los soldados hallaron la villa vacía, pero un esclavo llamado Filólogo les mostró el camino tomado por Cicerón. Era el 7 de diciembre de 43 a.C. Plutarco describió así el momento: «Entretanto llegaron los verdugos, el centurión Herenio y el tribuno militar Popilio, a quien en cierta ocasión Cicerón había defendido en un proceso de parricidio […]. Cicerón, al darse cuenta de que Herenio se acercaba corriendo por el camino que llevaba, ordenó a sus esclavos que detuvieran allí mismo la litera. Entonces, llevándose, como era su costumbre, la mano izquierda a su mentón, miró fijamente a sus verdugos, sucio del polvo, con el cabello desgreñado y el rostro desencajado por la angustia, de modo que la mayoría se cubrió el rostro en el momento en que Herenio lo degollaba; y lo hizo después de alargar el mismo Cicerón el cuello desde la litera. Tenía 64 años. Por orden de Antonio le cortaron la cabeza y las manos con las que había escrito las Filípicas». Una cabeza y unas manos que Antonio ordenó exponer como trofeos, para que todo el mundo en Roma pudiera contemplarlos, sobre los Rostra, la misma tribuna de los oradores desde la que pocos meses antes Cicerón había sido aclamado por la multitud.

Stefan Zweig, que no sin razón dedica a Cicerón el primero de sus Momentos estelares de la humanidad, concluye su relato de este modo: “Ninguna acusación formulada por el grandioso orador desde esa tribuna contra la brutalidad, contra el delirio de poder, contra la ilegalidad, habla de modo tan elocuente en contra de la eterna injusticia de la violencia como esa cabeza muda de un hombre asesinado. Receloso, el pueblo se aglomera en torno a la profanada Rostra. Abatido, avergonzado, vuelve a apartarse. Nadie se atreve –¡Es una dictadura!– a expresar una sola réplica, pero un espasmo les oprime el corazón. Y, consternados, bajan los ojos ante esa trágica alegoría de su República crucificada”.

Para saber más

Cicerón. Anthony Everitt. Edhasa, Barcelona, 2007.

Discursos contra Marco Antonio. Marco Tulio Cicerón. Cátedra, Madrid, 2001.

Dictator. Robert Harris. Grijalbo, Barcelona, 2015.

 

El foro romano
Cicerón pronunció algunos de sus discursos más famosos en este lugar, centro político de la ciudad. En primer término, las tres columnas del templo de Cástor y Pólux, y al fondo, el arco de Septimio Severo.

FOTO: Massimo Ripani / Fototeca 9×12

 

Regreso a Roma
Esta pintura de Francesco di Cristofano, que decora la Villa Medicea en Poggio a Caiano, ilustra la vuelta de Cicerón a Roma en 57 a.C., tras el exilio impuesto por Clodio, tribuno de la plebe aliado de César.

FOTO: Erich Lessing / Album

 

Las armas del escritor
Tablilla de cera, punzón y tintero de bronce del siglo I a.C. procedentes de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

FOTO: Oronoz / Album

 

La ira de Fulvia
Según Dion Casio, la enfurecida esposa de Marco Antonio cogió la cabeza de Cicerón y “escupiéndole enfurecida, le arrancó la lengua y la atravesó con los pasadores que utilizaba para el pelo”.

FOTO: BPK / Scala, Firenze

 

Julio César, el tirano
Cicerón creía que Julio César era un tirano que había traicionado los valores republicanos que el orador defendía. Busto del dictador del siglo I a.C.

FOTO: DEA / Album

 

De Octaviano a Augusto
El heredero de César se valió de Cicerón para afianzar su posición en la lucha de poder en Roma. Este camafeo incrustado en la llamada Cruz de Lotario muestra la efigie de Octaviano, convertido ya en el emperador Augusto.

FOTO: Erich Lessing / Album

 

La muerte del dictador
Este óleo de George Edward Robertson recrea las exequias de César, que Marco Antonio capitalizó para volver al pueblo contra los conspiradores y presentarse como el nuevo hombre fuerte de Roma.

FOTO: Bridgeman / ACI

 

Residencia estival
Situado a 25 kilómetros de Roma, el municipio de Túsculo acogía las villas rústicas de ciudadanos romanos ricos, entre ellas la de Cicerón. En la imagen, el pequeño teatro de la localidad.

FOTO: M. Scataglini / AGE Fotostock

 

Pacto entre Marco Antonio y Octaviano
Este cistóforo de plata fue acuñado en Éfeso para conmemorar la boda entre Marco Antonio y Octavia, la hermana de Octaviano. Museo Británico, Londres.

FOTO: Scala, Firenze

 

Contra Marco Antonio
Cicerón lanzó contra Marco Antonio una serie de duros discursos, las Filípicas. Portada de una de las copias de la obra, siglo XV.

FOTO: Bridgeman / ACI

 

Marco Junio Bruto
El joven protegido de Julio César fue uno de los conspiradores que lo apuñaló durante los idus de marzo. Busto del siglo II. Museo del Hermitage, San Petersburgo.

FOTO: Scala, Firenze

 

El gran escenario
La tribuna de los Rostra, en el foro romano, era el lugar desde donde los oradores se dirigían al pueblo. Aquí expuso Antonio la cabeza y las manos de Cicerón tras su muerte.

FOTO: Scala, Firenze

 

El asesinato
Este óleo de François Perrier recrea el momento en que, tras interceptar con sus hombres la litera de Cicerón, Herenio se dispone a decapitarlo. Siglo XVII. Museo Estatal, Bad Homburg.

FOTO: AKG / Album

 

12 junio 2018 at 7:24 pm Deja un comentario

Hallado el kilómetro cero de las calzadas romanas en la Bética

Se trata del llamado Arco de Jano Augusto, que ha sido localizado en la localidad jiennense de Mengíbar

Una investigadora junto a restos del Arco Jano Augusto. UJA

Fuente: EFE  |  EL PAÍS
23 de mayo de 2018

El llamado Arco de Jano Augusto (Ianus Augustus), una estructura que se construyó en la Vía Augusta sobre el siglo II a.C. y suponía la entrada a la nueva provincia romana de la Bética, ha sido hallado en Mengíbar (Jaén) por arqueólogos del Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén.

Este arco, como explica el catedrático francés de la Universidad de Burdeos, Pierre Silliéres, principal investigador sobre el estudio de las vías de comunicación romanas en Hispania, nació como un hito monumental en la entrada a la nueva provincia romana Bética, sobre la principal vía de comunicación de toda Hispania, la vía Augusta.

Suponía el kilómetro cero, como la actual Puerta del Sol madrileña, el punto de inicio de la vía Augusta, desde donde se comenzaba a medir las distancias en milia pasuum. Se trata, por tanto, de un elemento constructivo tangible, asociado a la Vía Augusta, que ha generado un relevante debate historiográfico sobre su situación aproximada, según los investigadores.

Con este hallazgo, se confirma algo que ya se sabía, que el arco se encontraba en la provincia de Jaén. De hecho, el Instituto Arqueológico Alemán hizo en los años ochenta una serie de prospecciones muy cerca de donde se ha encontrado, pero no lo halló. “Su localización disipará muchas incógnitas sobre el pasado romano de Andalucía y ayudará, como punto de referencia, a resolver aspectos más o menos oscuros de la geografía antigua, entre otros campos”, ha asegurado este martes en la presentación de este hallazgo la vicerrectora de Promoción de la Cultura y Deportes, María Dolores Rincón.

El investigador responsable del proyecto, Juan Pedro Bellón, ha explicado que el arco “monumentaliza una frontera, un camino, establece un punto cero y resalta la importancia que el Alto Guadalquivir tenía para Roma en ese momento, al igual que otras zonas como Iliturgi y Cástulo”.

Se sabe que era un arco sencillo, aparentemente en decoración, de gran porte y el más antiguo de los que se construyeron en España. Era uno de los principales cruces de caminos de la antigüedad y de la Península.

La vía Augusta se convirtió en el principal eje de comunicación a partir del siglo I d. C. en Hispania, siendo la calzada romana más larga de la península, con una longitud aproximada de 1.500 kilómetros. Su trazado discurría desde los Pirineos hasta Cádiz y sus etapas, distancias y mansiones quedaron grabadas en los célebres Vasos de Vicarello, en los que fueron grabados los nombres y millas de estos, partiendo de Gades hasta finalizar en Roma.

Además, esta vía rinde homenaje a su impulsor, el primer emperador de Roma, Octavio Augusto, plenamente consciente de la importancia de la red viaria como infraestructura vital para el desarrollo imperial de Roma en Hispania. La creación de la nueva provincia Bética estaría asociada a la idea de dotarla de unos límites propios y también una concepción propia del espacio provincial.

Por ello, la principal vía de articulación de toda Hispania, la vía Augusta, será el lugar idóneo para emplazar el célebre Ianus Augustus, que pudo haber tenido seis o siente metros de alto, situado en el inicio de la provincia Bética, y como salida de la Tarraconensis. Se trata del único caput viae, es decir, final de camino, que es citado en la documentación epigráfica viaria, relacionado estrechamente con la propaganda que Augusto quiso hacer, no sólo en este punto concreto, sino a nivel provincial.

Los investigadores localizaron en primer lugar los cimientos de uno de los pilares del arco al lado del denominado Camino de los Romanos, en el municipio jiennense de Mengíbar. Mediante las excavaciones, han podido corroborar que se encuentran los cimientos y la vía.

“Obviamente no se conserva entero y tenemos la hipótesis de que pudo ser utilizado en la construcción, como base, de la Torre de Mengíbar”, ha asegurado Juan Pedro Bellón. Durante las excavaciones, los arqueólogos han podido encontrar molduras y otros restos arquitectónicos, que aportan información suficiente como para restituir la estructura del arco.

“Con este material tan fragmentado vamos a ser capaces de conocer aproximadamente cómo era la estructura. Podemos saber el estilo, el orden, las proporciones y los módulos que tenía. En cuanto a su volumetría, calculamos que tendría un alzado de entre seis y siete metros”, ha explicado el investigador responsable del proyecto. A los trabajos de excavación se sumarán ahora otros con georrádar para determinar si junto al arco pudo ubicarse un templo.

 

23 mayo 2018 at 5:25 pm Deja un comentario

El español que se arruinó para llevar las corridas en Roma

Pintura de B. Pinelli de 1810 con espectáculos de toros en el Mausoleo de Augusto

Fuente: GIULIO MARIA PINTADOSI  |  EL INDEPENDIENTE
5 de mayo de 2018

El emperador Octaviano Augusto no le habría gustado que su mausoleo se convirtiera en establo de vacas. Suficientemente grande para contener la tumba de todos los emperadores romanos y sus familias durante casi un siglo; cuando fue terminado, en el I d.C., la estatua de bronce de Augusto que dominaba el monumento se podía ver desde toda la ciudad de Roma. Mil seiscientos años después fue ahí donde el desafortunado empresario español Bernardo Matas intentó establecer las corridas de toros en Roma. Era el año 1780 cuando Matas alquiló las ruinas del mausoleo al noble portugués Don Vicente Mani Correia. Vincenzo Correa para los romanos.

De todos los monumentos antiguo que hay en Roma, el mausoleo de Augusto es el que peor suerte ha tenido. Fue castillo, jardín renacentista, plaza de toros y sala de conciertos hasta que Benito Mussolini decidió devolverle su esplendor original. Ahí sigue, al lado del río Tíber, en ruinas, cubierto de telas y paneles, atrapado en una interminable obra de rehabilitación que debería acabar en 2019.

Pero cuando Bernardo Matas firmó el contrato de alquiler con Vincenzo Correa, se conformó con lo que quedaba del edificio, añadiendo unas pocas gradas. La gran explanada circular que sobresalía encima de las estructuras del antiguo monumento era más que suficiente para las corridas. Su baza era el capital humano: se llevó a los toreadores desde España “para divertir a la nobleza y el pueblo”.

La plaza de toros de Roma

“Matas poseía una familia extensa. Para mantenerla y al mismo tiempo aumentar sus rentas transformó el mausoleo de Augusto en una hostería y sus jardines, previa licencia pontificia, en un lugar de espectáculos”, dice Jorge García Sánchez, docente de la Universidad Complutense de Madrid, a El Independiente. Autor del libro La Italia de la Ilustración, Sánchez ha estudiado en profundidad el intento de Matas de llevar a Roma la corrida de toros española. “Resucitó en Roma una tradición que había sido olvidada desde hacía siglos. Las corridas -o giostre en lengua italiana- se practicaban desde la Edad Media en la zona del Monte Testaccio. Estos juegos se trasladaron a la más céntrica área de Plaza Venecia hasta 1566, cuando el Papa Pío V decretó la prohibición de estos espectáculos”.

El Mausoleo de Augusto en la actualidad / WIKICOMMONS

La primera lidia se organizó en julio de 1780, sin embargo el público no respondió. En apenas tres años Matas tuvo que devolver al Correa la recién nacida plaza de toros. El noble portugués, que tenía más olfato para los negocios, reformó el sitio añadiendo un palco de honor y amplió la oferta de entretenimiento. Como no había suficientes toros en Roma los reemplazó con vacas y puercos. Organizó carreras de sacos y torneos de piñata. Cómo las leyes del Estado de la Iglesia permitían estos tipos de actividades hasta “la hora del Ave María”, por las noches organizaba espectáculos con fuegos artificiales. En 1788 se intentó, sin éxito, el vuelo de un globo aerostático.

El Anfiteatro Correa se conviritió en uno de los lugares más de moda de Roma. Entre los espectadores que pasaron por ahí estuvo también Wolfgang Goethe. Escribe en su diario el poeta alemán: “Hoy hubo combate de animales en la tumba de Augusto. Este edificio redondo […] sirve ahora como especie de Anfiteatro para las corridas de toros. Podrá contener de cuatro a cinco mil personas. El espectáculo en sí no me ha gustado mucho”.

Estampa de 1780 del Barbazza con la Giostra de Bernardo Matas en el Anfiteatro Correa

Diferencias con la corrida española

Para García Sánchez la diferencia entre la corrida española y la lidia italiana era el aire circense de esta última. “La giostra tiene una función eminentemente efectista y teatral, donde la figura del matador es inexistente”, explica Sánchez. Como en el caso de las estampas de la Tauromaquia de Goya o los óleos de Antonio Carnicero, también en Roma las corridas inspiraron los artistas locales que nos han dejado el único testimonio visual de aquellos acontecimientos. Una vez reformado, el Anfiteatro Correa fue el edificio más parecido a una plaza de toros que nunca existió en Roma: con una arena de 40 metros de diámetro, un palcos y gradas cubiertas. En 1790 los Correa vendieron la propiedad el inmueble que siguió llevando su nombre.

La “Giostra della bufala”, así se llamaban las corridas en Roma, echó el cierre en el siglo XIX.

La “Giostra della bufala”, así se llamaban las corridas en Roma, echó el cierre en el siglo XIX. Otra vez por orden de un papa. Fue Pío VIII que, en su breve pontificado de apenas dos años entre  1829 y 1830, tuvo tiempo para prohibir todos los espectáculos con animales en el anfiteatro Correa por considerarlos peligrosos.

En 1881, después de la construcción de una cubierta de hierro y vidrio, la tumba de Augusto se convirtió en teatro y sala de música. Será la última reencarnación del mausoleo hasta 1936, cuando Benito Mussolini decidió derrumbar todas las estructuras adicionales para sacar a luz el monumento original y convertirlo en su tumba. Después de la caída del fascismo el proyecto fue aparcado y el conjunto cayó en el abandono. Primero fue un jardín para mascotas y sólo en los últimos años ha sido cerrado mientras a la espera de que las autoridades italianas decidieran qué hacer con tamaños restos. Ahora, casi 12 millones de euros más y una rehabilitación larga setenta años, el Mausoleo de Augusto podría estar listo para volver a abrir al público en abril de 2019. Por lo que a las corridas se refiere, en Italia quedaron ilegalizadas hasta 1994, cuando el primer gobierno de Silvio Berlusconi levantó una prohibición establecida en 1940.

 

5 mayo 2018 at 2:20 pm Deja un comentario

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