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Una familia de Sevilla paga 200.000 euros del impuesto de Sucesiones con un busto romano

  • La obra, de gran valor histórico-artístico, formará parte de la colección del Museo Arqueológico, dependiente de la Junta
  • El acuerdo, negociado por las consejerías de Cultura y Hacienda, impedirá que la pieza sea vendida fuera de España

Busto romano del emperador Augusto, hallado en una finca de Lora del Río – ABC

Fuente: M. J. PEREIRA  |  ABC de Sevilla
7 de junio de 2017

Una familia sevillana ha pagado el impuestos de Sucesiones entregando a la Junta de Andalucía un busto romano hallado casualmente en 1955 en una finca agrícola cuando se realizaban labores de arado. Se trata de un retrato escultórico del emperador Augusto que la Comisión de Bienes Muebles del Gobierno andaluz ha valorado en 200.000 euros, según han confirmado fuentes de la Consejería de Cultura.

El busto hallado en el cortijo Ossorio de Lora del Río fue depositado en el Museo Arqueológico de Sevilla -dependiente de la Junta- por los herederos de su anterior propietario cuando lo ofrecieron a la Agencia Tributaria de Andalucía como pago en especie de una deuda tributaria, lo que dio lugar a la apertura en diciembre de 2010 de un expediente administrativo de dación.

Al tratarse de un Bien de Interés Cultural, la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía (Ley 14/2007) concede al Gobierno autonómico los derechos de tanteo y retracto en cso de que exista otro posible comprador, por lo que el Gobierno presidido por Susana Díaz ha tenido la última palabra. Sin embargo, la falta de acuerdo sobre la tasación de la pieza de arte entre la Junta y la familia propietaria durante los últimos seis años hizo temer a expertos en la materia que la escultura saliera de España si se vendía a un museo o coleccionista antiguo.

Durante el proceso de negociación se han emitido informes cualificados por parte de especialistas y de la Comisión Andaluza de Bienes Muebles, un órgano consultivo de la Consejería de Cultura en esta materia. El pasado 11 de abril, seis años después de iniciarse la negociación entre la familia de Lora y la Junta, el proceso ha culminado felizmente con la aceptación de la dación por parte de la Consejería de Hacienda y Administración Pública, a través de la Agencia Tributaria de Andalucía, al frente de la cual está María Jesús Montero.

El lugar del hallazgo de la pieza se corresponde a un lugar en el entorno del municipio romano de Axati, citado por Plinio el Viejo en su Historia Natural, y de donde se conocen otros hallazgos escultóricos y epigráficos puntuales, así como abundantes restos de ánforas en las que se producía y exportaba el aceite de oliva desde uno los más activos emporios fluviales de este comercio en el Bajo Guadalquivir, ha señalado la directora del Museo Arqueológico de Sevilla, Ana Navarro.

«Se trata de una pieza de gran interés histórico y calidad artística, tal y como lo han puesto de manifiesto reiteradamente los catedráticos Antonio Caballos y Pilar León, profesores de la Universidad de Sevilla. Su valor económico se ha tasado en 200.000 euros. Aunque éste Augusto ha sido comparado con el de los Museos Capitolinos de Roma, se trata de un modelo único que viene a completar la serie de retratos suyos conocidos en Hispania, donde se han localizado poco más de una docena», añade Ana Navarro.

Dos de los bustos del emperador Augusto proceden de la ciudad de Itálica (Santiponce, Sevilla) y se exponen en el Museo Arqueológico de Sevilla. Uno es de carácter póstumo y propagandístico, que resalta el parecido con Tiberio, y el otro apoteósico, en homenaje al emperador divinizado en época claudia. A ellos se suma ahora esta imagen del princeps (título de la primera etapa del Imperio romano, recibido del Senado por Octavio Augusto el año 27 a. C., en reconocimiento de su poder y prestigio político) hecha en vida, «lo que le confiere al busto de Lora del Río un extraordinario valor patrimonial como referente esencial para conocer el inicio del culto imperial y su extensión por las provincias romanas de Occidente».

Está previsto que el Museo Arqueológico de Sevilla organice un acto de presentación oficial e inclusión de la obra en sus salas de exposición permanente. «La pieza forma parte ahora de la colección museística de Andalucía, por lo que el museo programará actividades para hacer partícipes de la incorporación de este magnífico Augusto de Lora del Río, tanto a la familia responsable de la dación como al público en general, invitándolos al disfrute de esta interesante obra del Patrimonio Histórico del Bajo Guadalquivir y su entorno», han señado desde la Consejería de Cultura, cuya titular es Rosa Aguilar.

 

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8 junio 2017 at 11:26 pm Deja un comentario

La cuarta columna de Augusto

Uno de los cuatro pilares del antiguo templo romano de la calle Paradís fue reconstruido con restos de otros derruidos a mediados del siglo XIX y exhibido hasta 1956 en la plaza del Rei

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

Fuente: XAVI CASINOS > Barcelona  |  LA VANGUARDIA
27 de mayo de 2017

El Centre Excursionista de Catalunya custodia, en su sede de la calle Paradís, el más importante vestigio de la antigua Barcino, los restos del templo dedicado al emperador Augusto que presidía el foro romano de la ciudad, en el punto más alto del monte Táber.

Se trata de cuatro columnas que formaban una de las esquinas del edificio. Aunque es realidad son solo tres. La cuarta, conocida como viajera, está en realidad fabricada con restos de otras columnas y que hasta 1956 se exhibía en la plaza del Rei.

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

El edificio se supone que fue erigido a principios del siglo I, en tiempos del emperador Tiberio, que fue quien impuso el culto a su predecesor. Con el tiempo, el templo y sus columnas fueron absorbidos por las edificaciones más modernas. Existen antiguos dibujos que documentan la presencia de las columnas como parte de algunas viviendas.

Sin embargo, la existencia de los restos de las columnas fue prácticamente ignorada durante siglos, hasta que en 1830, el arquitecto Antoni Celles realizó una detallada memoria del templo a partir de unas excavaciones financiadas por la Junta de Comerç de Barcelona. No obstante, el recobrado interés por el antiguo templo de Augusto no impidió que continuara la destrucción de las históricas columnas.

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

En 1850 existían todavía seis, de las cuales dos fueron derribadas durante las obras de unos edificios de la calle Llibreteria. Miembros de la Acadèmia de Bones Lletres recogieron los restos, con los que lograron reconstruir la cuarta columna que hoy puede admirarse en el Centre Excursionista, la más próxima a la entrada.

Su intención inicial era llevarla al museo de antigüedades que esta entidad había promovido en la capilla de Santa Àgueda, pero a causa de sus dimensiones se decidió finalmente situarla en la plaza del Rei, donde permaneció hasta 1956, cuando se integró de nuevo en el templo, junto con las tres que forman la esquina superviviente y de donde, a diferencia de su compañera, no se han movido desde hace casi 2.000 años.

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

 

27 mayo 2017 at 12:11 pm Deja un comentario

El tupé más famoso de la antigüedad

Alejandro Magno fue una referencia en el mundo romano, una figura que imitar hasta en el peinado

Detalle del mosaico de Isos en el que el conquistador macedonio, melena (y tupé) al viento, carga contra las tropas de Darío III. El mosaico, copia de una pintura griega, fue hallado en la Casa del Fauno, en Pompeya. (DEA / M. CARRIERI / Getty)

Fuente: FÈLIX BADIA LA VANGUARDIA
12 de mayo de 2017

Hace 2.000 años, para ser alguien en la alta política romana, había que parecer, emular, recordar o evocar, aunque fuera remotamente, a Alejandro Magno, el mítico caudillo macedonio que tres siglos antes había construido en tiempo récord un imperio en el sudeste de Europa y Asia. Y había que hacerlo con las obras, pero también con las formas.

Literalmente. Pompeyo, el aliado –primero– y archirrival –después– de Julio César lo creía a pies juntillas, y tras conquistar a sangre y fuego buena parte de Oriente Medio, como hiciera en su día Alejandro, asumió también el apelativo de Magno y, un detalle no tan menor como pudiera parecer, decidió lucir tupé, el característico rasgo del conquistador griego y tal vez uno de los peinados más famosos de la antigüedad.

No se trataba por supuesto de un tupé de aire rockabilly o que anticipara la opinable estética de Donald Trump, sino del peinado que los griegos llamaban ‘anastole’ (poner hacia atrás). A Alejandro se le había representado con él tanto en monedas y esculturas como en pinturas y mosaicos, como el de Isos hallado en Pompeya, en que se le representa en plena carga contra el último rey persa, Darío III.

Pompeyo Magno se hizo representar con un tupé parecido al de Alejandro, y con sus conquistas llegó incluso a emular sus éxitos. Todo ello años antes de perder, literalmente, la cabeza en las costas de Alejandría (Getty)

Para cuando, casi 300 años después, Pompeyo estaba alcanzando el cenit de su celebridad, la figura del conquistador griego se vinculaba de forma inseparable al peinado, así que le faltó tiempo para intentar acercar su imagen a la del general heleno. “Su pelo –explicaba Plutarco– tendía a levantarse en la parte de alta de su frente, y eso (…) producía un parecido, más comentado que real, a las estatuas de Alejandro”.

El detalle es algo más que una anécdota. Peinados al margen, la explotación de la imagen de los líderes y su semejanza o no respecto a los mitos del momento tuvo un papel fundamental en el despiadado juego político del fin de la república (siglo I antes de Cristo). Un uso de la imagen pública que alcanzaría años después su punto más alto ya en el imperio con el reinado de Augusto, quien gracias a ello podría cimentar su poder.

El uso de la representación del líder que se hizo en la antigüedad, recuerda a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, hasta la dulcificada imagen Obama con las mangas eternamente arremangadas que transmitían su disposición a trabajar por su país.

Salvando los siglos transcurridos, este uso de la representación del líder recuerda, y mucho, a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde el culto a la personalidad en las dictaduras –la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, o los brazos cruzados de Hitler mostrando fortaleza–, hasta la dulcificada imagen de los políticos en los sistemas liberales –con las mangas eternamente arremangadas de Obama que transmitían su disposición a trabajar por su país–.

Para un político ambicioso, y en la turbulenta Roma del siglo I antes de Cristo los había a decenas, vincularse, pues, a las mayores celebridades del mundo clásico era fundamental. Pompeyo no se limitó al peinado, sino que incluso llegó a visitar la tumba de Alejandro Magno para hacerse con la capa del conquistador. También la visitaron después los emperadores Calígula, que tomó prestada su coraza, y Augusto, que, no se sabe exactamente cómo, rompió de forma involuntaria la nariz de su momia. Con este ritmo de expolio, no es extraño que la ubicación de los restos de Alejandro, suponiendo que aún existan, sea hoy uno de los grandes misterios de la arqueología.

Para un dandi como Julio César la calvicie fue un verdadero tormento. No ayudaba que la tradición romana considerara la alopecia como un signo de mala salud y de poca masculinidad (Getty)

Julio César también veneraba la figura del conquistador macedonio. Suetonio cuenta que, cuando el que más tarde sería dictador pasó por delante de una estatua de Alejandro en Hispania, se echó a llorar. ¿La razón? Tenía en aquellos momentos 33 años, la misma edad a la que había muerto el caudillo griego, y no había alcanzado hasta el momento ningún logro con el que pasar a la posteridad. Aunque hay dudas sobre la certeza de la anécdota, lo que sí parece claro es la influencia que la imagen de Alejandro tenía en el poder establecido del momento. Quién sabe si Julio César habría deseado también lucir el legendario tupé del conquistador. Sin embargo, tenía un problema prácticamente insalvable: una calvicie precoz.

Es cierto que la imagen era un factor de primer orden que los líderes romanos se apresuraban a explotar a fondo, pero, de la misma manera, constituía un factor que los podía convertir en blanco de las críticas de sus adversarios, y Julio César los tenía en cantidades ingentes. En la cultura romana, la calvicie tenía muy mala prensa, en especial, si era prematura, porque el pelo se consideraba un símbolo de fuerza, virilidad, juventud y fertilidad, y, por tanto, se pensaba que quien la sufría adolecía de falta de esas características. “Feo es el campo sin hierba, y el arbusto sin hojas y la cabeza sin pelo”, escribió Ovidio. Por eso, uno de los grandes hombres de la antigüedad, el mismo que conquistó Galia y Egipto, y el que puso los cimientos de uno de los imperios más importantes que ha visto el planeta, vivió en realidad atormentado por su falta de cabello.

Los enemigos de Julio César se cebaron en su calvicie, Adriano expresó su amor a Grecia al dejarse barba, y Cómodo ostentó espolvoreándose oro en el pelo

El médico y licenciado en Humanidades Xavier Sierra Valentí explicaba hace unos años en un artículo publicado por la revista ‘Piel’, que Julio César pasaba largas horas intentando disimular su falta de pelo y que incluso se peinaba hacia adelante, porque no soportaba las burlas de sus detractores. Sierra añade que, según Suetonio, obtuvo permiso del Senado para llevar en todo momento la icónica corona de laurel como un honor que además le permitía disimular su falta de pelo. No obstante, no todos veían un problema en su calvicie según textos clásicos, que señalan que sus tropas, al regreso de una de sus conquistas, cantaban por las calles: “Ciudadanos, guardad vuestras esposas, traemos a un calvo adúltero”.

En cambio, la aristocracia romana tradicional veía en Julio César, además de un enemigo político, a un perfil contrapuesto a los valores conservadores de la República romana, y por ese motivo, explotaron a fondo su lado más frívolo y su fama de playboy. El que sería el hombre más poderoso de su época y uno de los militares más audaces de su tiempo era también un fashionista, pero, como explica Tom Holland en ‘Rubicón’ (Ático de los Libros), sus cinturones de color naranja y sus ropas demasiado holgadas para el gusto canónico del momento fueron aprovechados en campañas en su contra, de la misma manera que su estilo de vida. “Hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres”, se decía de él en referencia a su comentada y promiscua bisexualidad.

Como todos los emperadores, en cuanto a la moda Adriano era un prescriptor de tendencias. Fue él quien puso de moda la barba en Roma, una estética que hasta entonces se consideraba bárbara en la capital del imperio (Leemage / Getty)

Si bien la alopecia no estaba bien vista, llevar barba era incluso peor porque se veía como una costumbre de bárbaros. Por eso, un ciudadano que cuidara su imagen debía pasar a menudo por el tonsor, un barbero verdaderamente temible encargado de mantener a los varones romanos dentro de la civilización. Ponerse en sus manos no parece que fuera una experiencia especialmente agradable, porque no se utilizaban cremas para el afeitado y porque el instrumental, por afilado y cuidado que fuera, distaba mucho de tener la sofisticación actual.

Así pues, los nobles romanos debían de ser personas de piel acerada, porque era muy raro que alguno de ellos renunciara a afeitarse, al menos durante el siglo I. Sin embargo, con la llegada de Adriano (76-138) y su barba ensortijada, las cosas empezaron a cambiar. Como el resto de los emperadores, este fue un verdadero creador de tendencias. Pero, como en el caso de Pompeyo o de Julio César, esas tendencias eran más que simple estética para traspasar de nuevo el umbral de la comunicación política.

Tras la muerte de su hermano Geta, Caracalla proclamó la ‘damnatio memoriae’ (que se eliminara toda referencia a él). En la imagen Caracalla de niño (derecha) y a su lado Geta, borrado (Getty)

En este sentido, la barba de Adriano era una declaración de intenciones: si el vello facial había sido considerado poco civilizado en Roma, en Grecia, en cambio, el punto de vista era el opuesto, y el nuevo emperador era un enamorado de todo lo que guardaba relación con el mundo helénico. El look adriánico se completaba con un vistoso pelo rizado, posiblemente gracias al calmistro, una herramienta que se calentaba al fuego y luego se aplicaba al pelo. Una técnica sólo para valientes.

La moda de Adriano se siguió durante mucho tiempo. Bastantes años después, al emperador Caracalla (188-217), famoso entre otras cosas por las gigantescas termas que mandó construir en Roma y por haber solucionado la rivalidad con su hermano Geta por la vía rápida –el asesinato–, se le representaba con barba y pelo rizado. Y cara de pocos, muy pocos, amigos. Cómodo (161-192), al que la tradición describe como un emperador sanguinario, paranoico y apasionado de los juegos de gladiadores –tanto que incluso llegó a lanzarse a la arena–, fue otro de los que se apuntaron a esa moda, aunque le dio una vuelta a la tuerca, al, según algunas versiones, espolvorearse el pelo con oro y hacerse representar como Hércules, en, una vez más, un mensaje político. Los tiempos habían cambiado, y donde Pompeyo dos siglos antes evocaba a un conquistador, Cómodo prefería identificarse, directamente, con un semidiós, hijo del mismísimo Júpiter.

Paranoico, sanguinario, ostentoso… a juzgar por las fuentes clásicas, el emperador Cómodo –el de ‘Gladiator’– no fue precisamente un repositorio de virtudes. En la imagen, personificado, ni más ni menos, que como el semidiós Hércules (DEA / G. DAGLI ORTI / Getty)

 

12 mayo 2017 at 10:47 am Deja un comentario

El Mausoleo de Augusto abrirá en 2019

El mausoleo de Augusto en Roma ha guardado desde su construcción, en el siglo I a.C, secretos aún hoy por desvelar, pero que comenzarán a ser mostrados al público gracias a las obras de rehabilitación que se desarrollan desde octubre.

Foto: La Repubblica

Fuente: Jaime García Castro – EFE  |  LA VANGUARDIA
2 de mayo de 2017

El edificio, en evidente estado de abandono, se ubica en el corazón de la capital italiana y ahora está siendo rehabilitado, junto a sus descuidadas inmediaciones, para mostrar un nuevo tesoro arqueológico de la ciudad prácticamente desconocido.

La alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, presentó hoy el proyecto “El renacimiento del Mausoleo de Augusto”, que una vez concluya será reconvertido en un museo multimedia.

El superintendente municipal de Bienes Culturales, Claudio Parisi, explicó a Efe que durante las investigaciones que se están desarrollando gracias a los trabajos de restauración se ha podido confirmar la inspiración del mausoleo en modelos helenísticos.

“Tenía en el centro una cámara sepulcral a la que se accedía a través de tres corredores anulares concéntricos que permitían un recogimiento ritual muy particular”, explicó.

Parisi apuntó que esta ritualidad “ha sido documentada en algunos modelos de época helenística” y añadió que su inspiración fue el monumento funerario de Alejandro Magno.

El mausoleo es el más grande sepulcro circular conocido, un impresionante monumento con un diámetro de unos 87 metros y una altura de 45 mandado construir por Augusto en el 28 a.C para perpetuar una sucesión dinástica que mantuviese estable su poder.

Parisi aclaró que en su interior se han encontrado objetos que permiten comprender cómo funcionaban las capillas donde se depositaban las urnas con las cenizas de los difuntos y las inscripciones con elogios que recordaban las gestas del emperador y de sus descendientes.

Además, afirmó que se han descubierto diferentes esculturas y elementos arquitectónicos, hasta 153, que se están restaurando, entre los que destaca una cabeza femenina que procede de una figura imperial, probablemente de la dinastía Severa, entre los siglos II y III d.C.

Con el paso de los años la estructura del mausoleo se utilizó como fortaleza, residencia privada e incluso como espacio para corridas o atracciones con búfalos.

El mausoleo también realizó funciones de auditorio cuando pasó a manos de la administración pública, a partir de 1907, pero desde la primera mitad del siglo pasado se caracterizó por su abandono y su cierre a la población por motivos de seguridad.

Los trabajos de restauración se están desarrollando desde octubre de 2016 gracias a un proyecto en el que trabajan conjuntamente el ayuntamiento de Roma y la Fundación TIM de telefonía y que tiene como finalidad hacer del Mausoleo de Augusto un museo multimedia.

Raggi se congratuló del “nuevo modelo de colaboración entre el ente público y el privado” que tiene como objetivo “un nuevo modo de narrar Roma”, como ya se ha hecho con otros monumentos como la Fontana de Trevi o el Coliseo.

Raggi defendió el proyecto argumentando que “el arte no debe ser aprovechado solo para su uso turístico” y afirmó que las obras en las que todavía se encuentra inmerso el mausoleo no hacen de él un “monumento cerrado”.

Y es que actualmente, en la parte externa del recinto se han instalado diversos paneles didácticos sobre la historia del monumento a los que se añade un sistema de luces y música que ilustra las obras.

Se espera que los trabajos de rehabilitación finalicen en abril de 2019 pero antes de esa fecha se prevén aperturas extraordinarias que permitirían a los ciudadanos visitar el interior y comprobar el avance de las obras, informó el superintendente.

De este modo los visitantes podrán adentrarse en el interior de un lugar de gran importancia histórica para la Ciudad Eterna, que acogió los restos de las más importantes personalidades del Imperio romano, desde su fundador hasta toda la dinastía Julio-Claudia, incluido Claudio, primer emperador nacido fuera de la península itálica.

[Galería de imágenes: La Repubblica]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por otra parte, según informa la Sovrintendenza Capitolina ai Beni Culturali en su página de Facebook, el Mausoleo de Augusto estrena hoy nueva web. En http://www.mausoleodiaugusto.it podremos conocer, con el apoyo de imágenes en 3D, la historia de Augusto, las numerosas transformaciones del Mausoleo y las fases de su restauración, permitiendo así a los apasionados de todo el mundo hacer un viaje interactivo en las secciones dedicadas a los diferentes contenidos. El sitio está disponible también en inglés y está optimizado para su visualización desde PC, smartphone y tablet.

2 mayo 2017 at 7:40 pm Deja un comentario

Badalona saca ‘pectus’ de su pasado romano

La antigua Baetulo dedica la XIII Magna Celebratio a Ovidio y al primer campeón olímpico de Hispania

Una biga romana por las calles de Badalona, en la Magna Celebratio del 2009. JOAN CORTADELLAS

Fuente: CARLES COLS > Barcelona  |  El Periódico
23 de abril de 2017

La puerta del tiempo vuelve a abrirse por decimotercera vez en Badalona. Llega esta semana, a partir del jueves, la XIII Magna Celebratio, y lo de emplear los números romanos para clasificarla es, claro, de lo más oportuno, porque, como cada año desde el 2004, Badalona dedica cuatro intensas jornadas a rememorar su pasado como Baetulo, ciudad vitivinícola de Roma, que conforme la arqueología de urgencias lo permite se certifica que fue más importante y extensa de lo inicialmente supuesto. El pasado febrero se presentó en sociedad la última ‘domus’ descubierta, en el lado montaña de la autovía C-31, lejos, pues, del centro de Badalona, así que la extensión de Baetulo vuelve a estar en discusión. Era magna, sin duda, del calibre de esa suerte de fiesta mayor pagana que se avecina del 27 al 30 de abril.

La Magna Celebratio llega muy oportuna, tras el reciente hallazgo de una ‘domus’ que revisa al alza el tamaño de la antigua Baetulo

Cada edición tiene su qué. En esta (el 13, por cierto, no era número de mal agüero para los romanos) se pondrá el acento en dos cuestiones. Primero, Ovidio. El poeta murió hace 2.000 años. Era una celebridad en su tiempo, lo que no le evitó el exilio al que le condenó Augusto, otro personaje fijo en la Magna Celebratio. En la edición del 2014, se teatralizó la boda de Augusto con Livia, pero no por aquello de hacer un ¡Hola! o un Lecturas en latín, sino porque aquel primer emperador llevó como nadie la política a la alcoba, más incluso que Enrique VIII, que ya es decir. En esta edición, el sábado, en el Museu de Badalona, se profundizará en Augusto, en sus tejemanejes dictatoriales, según se mire, con influencia hasta la actualidad. A su manera, aquel longevo emperador convirtió a su pobre hija Julia en una suerte de puerta giratoria de la Antigüedad, pues la casó, descasó y volvió casar cuantas veces quiso para asegurarse favores políticos. Pero, lo dicho, el protagonista principal se pretende que sea Ovidio, no por el triste exilio en la actual Rumanía a la que le condenó Augusto, sin que se sepa aún por qué, sino por algunas de sus más celebradas obras, como Ars Amatoria (El arte de amar) y La metamorfosis. Un taller práctico de cosmética extraído de las enseñanzas de Ovidio es algo a tener en cuenta, ni que solo sea porque 2.000 años de solera son muchos.

Soldadesca romana en las calles de Badalona. PERE JIMÉNEZ

La otra materia en la que la XIII Magna Celebratio hará hincapié este 2017 será, tangencialmente, el 25 aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de los que Badalona fue subsede, y a lo grande, nada menos que con todos los partidos de las selecciones de baloncesto, ‘dream team’ de EEUU incluida. La razón de la inclusión de este aniversario en la Magna Celebratio tiene truco, claro. El motivo es que Badalona puede presumir de que por sus calles paseó el primer campeón olímpico de la historia de Hispania, Lucius Minicius Natalis Quadronius Verus, que en el año 120 D.C., en la misma ciudad de Olimpia en la que en la ficción Astérix ganó una palma de oro, sin poción mágica alguna, fue campeón en la disciplina de cuádrigas.

Por la calle de Badalona paseó un campeón olímpico casi 2.000 años antes que Mireia Belmonte

Aquel campeón estaba emparentado con un prohombre de Baetulo, el cabeza de familia de los Licinio, pero no hay que imaginarle como un Ben-Hur. El campeón no era quien llevaba las riendas de la cuádriga, sino el dueño de la (digamos) escudería. Ese era Lucius. Él se llevó la gloria. Lo cual es en parte injusto. De poner los puntos sobre la íes en esta cuestión se encarga también, en cierto modo, la Magna Celebratio. Este año regresan las bigas, es decir, la versión comedida de las cuádrigas.

CON UN PAR DE BIGAS

Las bigas son carros de dos caballos. Las cuádrigas, como es obvio, de cuatro. Es la diferencia entre un deportivo resultón y un Ferrari de gama alta. Años atrás, Joan Mayné, director del Museu de Badalona e impulsor indispensable de la Magna Celebratio, tuvo la oportunidad de ponerse a las riendas de una cuádriga, cual Charlton Heston. “¡Aquello era pura potencia!”, recordaba, aún impresionado, años más tarde. Fue una experiencia única, pero también una sabia lección: para una fiesta como la de Badalona, con una biga basta. De hecho, habrá dos, y recrearán, con extrema prudencia, una carrera, porque las cuatro jornadas romanas de la ciudad son una gran fiesta (pasan por sus distintas actividades, cocina A.C. incluida, unas 15.000 personas) y, también, una instructiva inmersión en el pasado.

La Magna Celebratio, en resumen, no es una versión con peplum de las habituales ferias medievales que recorren los pueblos de Catalunya los fines de semana. Va más allá, por la calidad de las conferencias y por la teatralización en la calle. Pero, sobre todo, es una oportunidad que cada año aprovecha la tercera ciudad de Catalunya para ganarle al menos un pulso a Barcelona, que tiene también un pasado romano del que presumir, pero a la hora de la verdad le saca muy poco lustre a sus escudos.

La cocina antes del tomate

Roma fue una formidable potencia militar, pero nada espartana. Fue una sociedad amante de los placeres de la vida, que no faltan, por supuesto, en la Magna Celebratio. Son varios los restaurantes de la ciudad que se suman a la recreación histórica con un reto que no es fácil, es decir, la cocina antes de América, sin tomates, sin patatas… Es una oportunidad para saborear platos inusuales, como el pollo a la númida, pero sin caer, eso sí, en el uso del garum, la pestilente salsa de pescado que empleaban los romanos para realzar el sabor de sus platos en ausencia de sal.

Eran, también, un pueblo de vino. El que producía Badalona, según los autores clásico, no era especialmente apreciado en Roma. Pero, por si acaso, eran también aficionados a una bebida mucho más antigua, la cerveza. Las leyes romanas fijaban de un modo muy estricto el proceso de elaboración. Con más libertad, los maestros cerveceros de Badalona recrean cada año una de aquellas fórmulas. La Magna Celebratio es una ocasión para degustarlas.

 

24 abril 2017 at 9:28 am Deja un comentario

Ronald Syme, lecciones de la Roma Antigua para entender el mundo actual

Ronald Syme dejó escrito un libro clásico sobre el mundo romano que sigue ayudándonos a entender el actual.

Lienzo de Vincenzo Camuccini que recrea el asesinato de Julio César a manos de un grupo de senadores. / GETTY

Fuente: GUILLERMO ALTARES  |  EL PAÍS SEMANAL
20 de abril de 2017

RONALD SYME (1903-1989) fue un latinista improbable. Nació en Nueva Zelanda, un país cuya existencia ni siquiera se sospechaba cuando Roma dominaba el mundo, y fue agente de la inteligencia británica durante la II Guerra Mundial en Turquía. Sin embargo, es autor de la obra de estudios clásicos que muchos expertos consideran la más importante del siglo XX: La revolución romana. Este libro sigue siendo extraordinariamente influyente por lo que cuenta sobre el pasado, el momento crucial tras el asesinato de Julio César cuando la República romana desapareció para convertirse en la dictadura personal de Augusto, pero también por lo que narra sobre el presente: fue publicado en 1939, justo cuando los grandes totalitarismos se estaban apoderando de Europa.

La revolución romana es la única obra de Syme que se puede encontrar todavía en castellano, traducida para la editorial Crítica por Antonio Blanco Freijero y prologada por Javier Arce, profesor de arqueología antigua en la Universidad de Lille y un profundo conocedor del mundo romano. El resto de sus libros están desgraciadamente descatalogados en inglés y alcanzan en ocasiones precios estratosféricos cuando aparece algún ejemplar de segunda mano. El primer tomo de su biografía de Tácito, un volumen desgastado, cuesta cerca de 500 euros en Amazon. Del segundo no hay noticias. Sin embargo, el interés por su trabajo nunca ha decrecido, al contrario. Gustavo García Vivas, miembro del Departamento de Historia Antigua de la Universidad de La Laguna, acaba de publicar su tesis doctoral, Ronald Syme. El camino hasta ‘La revolución romana’ (1928-1939), en la que explica la génesis de esta obra maestra.

La revolución romana es una crónica sui generis del ascenso al poder de Octaviano, el futuro Augusto; del establecimiento de su régimen y de su claque, de su grupo de seguidores o, como Syme los llama, su “facción”, palabra que en el momento en que la obra se escribe ofrece siniestras resonancias. Pero el ensayo tiene, sobre todo, la vocación de hablar de su propio tiempo, del auge de los fascismos en la Europa de su época”, explica García Vivas. La importancia del pensamiento de Syme reside en que logró cambiar la imagen de Augusto, del gobernante que construyó un imperio al dictador que destruyó una república. No es una casualidad que en estos tiempos, con la llegada a la presidencia estadounidense de Donald Trump y el empuje ultraderechista en Europa, las referencias a la obra de Syme aparezcan de forma recurrente: un artículo reciente del Financial Times invocaba al experto para hablar de la posverdad.

La importancia del pensamiento de Syme reside en que logró cambiar la imagen de Augusto, del gobernante que construyó un imperio al dictador que destruyó una república

“Las tragedias de la historia no surgen del conflicto entre el bien y el mal convencionales. Son más augustas y más complejas. César y Bruto, los dos, tenían razón de su parte”, escribió este profesor de Oxford en La revolución romana, una frase cuyo alcance va mucho más allá de los idus de marzo del 44 antes de nuestra era. Su genio consiste en someter al lector al ejercicio de comparar el pasado con el presente, pero nunca de forma forzada: casi sin darnos cuenta, nos lleva a leer en la tragedia que significó el final de la República romana lo que el propio Syme estaba viviendo.

Javier Arce, que trató mucho a Syme, escribe sobre él: “Era un hombre brillante, irónico, preciso, modesto. Le gustaban los farias y el rioja. Fue viajero, cáustico, amante de las palabras, observador, distante y trabajador: ‘There is work to be done’, decía”. La principal virtud de este gran investigador fue enseñarnos, con un estilo claro y directo, que lo que ocurrió hace 2.000 años no está tan lejos. El diario italiano La Repubblica definió recientemente su libro como “un clásico que habla de nosotros”. Cada vez más.

 

20 abril 2017 at 7:14 pm Deja un comentario

La espantada de Tiberio, el cornudo que se hartó de las órdenes de su suegro emperador

El hijastro de Augusto ejerció de apagafuegos en el imperio y estuvo la mayor parte del tiempo ausente de Roma. Lo hizo hasta que sorprendió a todos anunciando que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
11 de abril de 2017

En Roma el nombre era más importante que la sangre. Los grandes hombres de Roma adoptaban a sobrinos suyos e incluso a hijos segundos de otras familias ilustres con tal de que perdurara su nombre. De ahí que la ausencia de hijos varones del primer princeps, el emperador Augusto, nunca resultara un problema urgente dado que tenía sobrinos que podía adoptar cuando quisiera, como hizo con él su tío Julio César. Su futuro heredero, Tiberio, era de hecho fruto del primer matrimonio de Livia Drusila, que se había divorciado de su primer marido estando embarazada (el marido, Tiberio Claudio Nerón, estuvo de acuerdo con la ruptura y incluso se dice que fue a la boda) para casarse con Augusto.

Tiberio fue así hijo de Tiberio Claudio Nerón hasta que las circunstancias obligaron al emperador a adoptarlo. Si bien nadie tenía claro que debía pasar tras la muerte de Augusto, que había accedido a la cabeza de Roma como supuesto salvador de la República; se daba por hecho que la familia próxima al Emperador heredaría el poder romano. Por supuesto, entre los candidatos recurrentes estaba Tiberio, Druso el Mayor (también hijo del primer matrimonio de Livia) y los nietos de Augusto, Cayo, Lucio y Agripa Póstumo. No obstante, al acercarse la muerte de Augusto la mayoría de los aspirantes habían muerto o bien habían caído en desgracia.

La familia ampliada de Augusto

Tiberio y Druso fueron preparados desde pequeños para tareas militares e iniciaron carreras públicas convencionales, es decir, con los distintos cargos que le correspondían por edad. Se les casó, además, con otros miembros de la familia de Augusto, de modo que Tiberio se emparejó con la hija de Agripa –el más fiel amigo del Emperador– y a Druso con una sobrina del princeps. Sin embargo, las necesidades políticas de Roma y la sorpresiva muerte de Agripa en el 12 a. C. obligaron a Augusto a cambiar de planes y aceleraron las carrera de sus hijos adoptivos.

El princeps necesitaba urgentemente a hombres de su confianza para hacerse cargo de aquellas tareas que hasta entonces había compartido con Agripa. A Tiberio se le forzó a divorciarse de su esposa, que le había dado ya un niño y estaba embarazado de una niña, para que se casara con la viuda de Agripa, Julia. El objetivo era cerrar aún más el círculo familiar y crear una suerte de dinastía.

En sus destinos militares, Tiberio y Druso tuvieron ocasión de aumentar su reputación y de ganarse el aprecio de las legiones. Como explica Adrian Goldsworthy en «Augusto, de revolucionario a emperador», «Tiberio tenía un carácter reservado y complejo, más sencillo de respetar que de querer, mientras que Druso era famoso por su encanto y afabilidad y no tardó en ser popular entre la gente». Augusto no ocultaba que prefería a Druso antes que a Tiberio, al que únicamente trataba con cordialidad.

Druso era enormemente ambicioso y en enero del 9 a.C se convirtió por primera vez en cónsul (un cargo de vital importancia en tiempos de la república), justo una semana antes de su 29 cumpleaños. Pero precisamente el mismo año que regresó desde Germania tuvo un accidente de caballo y de la herida resultante falleció a los pocos días. La sucesión se complicaba por primera vez.

En cuestión de cinco años Augusto había perdido a su amigo Agripa y a su hijastro Druso. En tanto, Augusto miraba cada vez con mejores ojos la opción de Tiberio para sucederle, solo por detrás de los dos nietos mayores del princeps, Cayo y Lucio, todavía en la niñez. Y Tiberio respondió, al menos entonces, dando un paso adelante y encabezando las ceremonias fúnebres de su popular hermano.

No le ayudó a ganar predominancia pública la mala relación que empezó a gestarse entre Tiberio y su esposa, es decir, entre el candidato a emperador y la hija de Augusto. Julia mostraba una actitud despectiva hacia los orígenes ordinarios de su marido, cuyo verdadero padre había sido uno de los perdedores de la guerra civil. Su estilo de vida ostentoso chocaba con la cacareada austeridad de su padre y amenazaba con perjudicar la popularidad de Tiberio que, no obstante, pasaba largos periodos de tiempo fuera de Roma. En el año 8 a.C viajó a reemplazar a Druso en la lucha contra las tribus germanas. Su éxito allí le permitió celebrar su primer triunfo en Roma ese mismo año, así como asumir el consulado de la ciudad. Julia no participó apenas en estas celebraciones.

En los siguientes años Tiberio ejerció de apagafuegos en el imperio y estuvo la mayor parte del tiempo ausente. El problema básico es que, si bien entonces parecía el sustituto perfecto del princeps, solo lo iba a ser hasta que Cayo y Lucio alcanzaran la edad adulta. En el mejor de los casos su papel sería algún día el de regente. Y tal vez previniendo la ingratitud que le aguardaba, Tiberio sorprendió a todos anunciando que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo.

Augusto le negó por completo esta posibilidad pero, tras una huelga de hambre de cuatro días, tuvo que resignarse. El emperador condenó la actitud de su yerno por huir de sus responsabilidades, e incluso fingió estar enfermo para retrasar el viaje, si bien le dejó marchar finalmente acompañado por un pequeño grupo de amigos.

El adulterio de Julia se convirtió en un asunto público cuando César Augusto lo llevó al Senado e hizo que un cuestor leyera una carta entre Julo y su distinguida amante.

A sus 57 años, Augusto se quedaba sin su principal asistente, su mano derecha y su más distinguido comandante en activo. La decisión de Tiberio fue vista por él como una traición personal que tenía pocas explicaciones lógicas. Goldsworthy recuerda en el mencionado libro algunas de las razones con las que se especuló en su tiempo para explicar la espantada de Tiberio: ¿estaba celoso de Cayo y Lucio?, ¿no soportaba ya más vivir con Julia? Lo más probable es que no compartiera los planes del Emperador sobre su futuro y que haber pasado ocho de los últimos diez años fuera de Roma le pesaran en el cuerpo. Sus tareas no le gustaban y prefería renunciar a todo antes que seguir un día más así. Si había obedecido era por responsabilidad. Mientras Tiberio partía a su particular exilio, Julia cavó su propia tumba a base de escándalos. En el año 2 a.C, el Princeps encontró evidencias de que su hija mantenía relaciones adúlteras con varias personas, incluidos personajes de orígenes oscuros. Los rumores más extremos afirmaron que Julia se prostituía en las calles y planeaba divorciarse de Tiberio para casarse con Julo Antonio, el hijo de Marco Antonio, viejo enemigo de Augusto. El adulterio de Julia se convirtió en un asunto público cuando César Augusto lo llevó al Senado e hizo que un cuestor leyera una carta entre Julo y su distinguida amante. La verguenza cayó sobre todos los implicados.

El princeps había usado siempre a su familia como ejemplo del adecuado comportamiento romano y no iba a permitir que su hija estropeara su discurso. Adelantándose a una más que probable sentencia de muerte, Julo Antonio se suicidó y varios amantes de Julia partieron al exilio. Julia, por su parte, fue condenada al exilio en una diminuta isla de Pandataria, donde le estaba prohibida la compañía masculina, los lujos y el vino. Tras cinco años, se le permitió trasladarse a una villa más cómoda cerca de Regio, pero el emperador nunca le perdonó por su actitud desenfrenada. Si la esposa del César debe ser honrada y parecerlo, su hija lo debe ser todavía más.

Tiberio seguía en Rodas cinco años después de su retiro, pero su melancolía ya se había pasado para entonces. En esas fechas ya había escrito a Augusto varias veces, sin respuesta, pidiendo indulgencia para su exmujer Julia (el exilio fue acompañado del divorcio) y que le permitieran regresar a Roma como ciudadano privado.

En Rodas asistía a conferencias y debates y era tratado con respeto gracias a que Livia había asegurado para él el rango indefinido de legado. No obstante, para que Augusto no le viera como una amenaza dejó de vestir como un militar y adiestrarse en montar a caballo y el manejo de las armas.

La muerte de los nietos recuperan a Tiberio

La situación de Tiberio continuó sin cambios hasta la muerte de los dos nietos del Princeps. Lucío César murió de una enfermedad contagiosa el 20 de agosto de 2 d. C. en Marsella de camino a un destino en Hispania, a donde se le enviaba para ganar experiencia militar. Al año siguiente, Cayo César acudió a sofocar una rebelión en Armenia y fue herido a traición cuando fue a negociar en persona con los rebeldes. En los siguientes meses la herida no mejoró y, dando muestra de un comportamiento errático, escribió a Augusto, su padre legal, para que también él pudiera retirarse de la vida pública. El 21 de febrero del siguiente año falleció.

Villa de Tiberio en Sperlonga, a mitad de camino entre Roma y Nápoles.

A sus 45 años, Tiberio regresó a Roma sin que le fuera reservado ningún papel público. Fue con el tiempo que Augusto trazó un nuevo plan de sucesión que explicaba por qué había autorizado su vuelta: primero Tiberio adoptaría a su sobrino Germánico (el hijo del fallecido Druso) y posteriormente Augusto adoptaría tanto a Tiberio como a Agripa Póstumo (el nieto maldito del princeps). No había precedentes de una adopción de un excónsul de 45 años adulto, y menos dentro de una adopción triple, pero a situaciones desesperadas se necesitan soluciones arriesgadas. Tiberio Julio César fue adoptado con ese nombre en una ceremonia en el Senado en la Augusto afirmó un enigmático: «Lo hago por el bien de la res publica».

El hijo del Princeps perdió su independencia y ganó un saco de trabajo duro e ingrato. En la siguiente década siguió activo militarmente, apagando fuegos

Tiberio demostró estar a la altura de esta nueva oportunidad y durante el resto de su vida actuó con respeto hacia Augusto. «No debes tomarte muy a pecho que todo el mundo diga perrerías de mí; debemos estar satisfechos si podemos evitar que nadie nos haga daño», recomendó en una ocasión Augusto a Tiberio, en una de sus muchas recomendaciones de padre a hijo. El hijo del princeps perdió su independencia con la adopción y ganó un saco de trabajo duro e ingrato. En la siguiente década siguió activo militarmente, apagando fuegos por todo el imperio. No en vano, la muerte de Germánico en 19 d. C. le dejó a él, con permiso del defenestrado Agripa Póstumo, como único heredero del imperio.

El princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. Tiberio –que se hallaba presente junto con Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).

Mientras terminaba la función para Augusto, un centurión de la Guardia pretoriana viajó a la isla donde permanecía apartado Agripa Póstumo con la misión de asesinarle. Le sorprendió sin armas y, «aunque se defendió con valor, hubo de ceder después de una obstinada lucha». Murió con 26 años. A su regreso a Roma, el centurión acudió con normalidad a informar a Tiberio como correspondía por ser su comandante, salvo porque éste negó enérgicamente que él hubiera dado la orden de matar a Agripa. Puede que dijera la verdad y que fuera una orden directamente dada por su madre o incluso por Augusto antes de morir. Eso daba igual. Ya solo estaba Tiberio, el emperador.

Julia murió de malnutrición, poco tiempo después que Augusto, en 14 d. C.

 

18 abril 2017 at 7:39 am Deja un comentario

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