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Los arqueólogos excavan el entorno del templo romano de Agusto en Tarragona

Los arqueólogos del Institut d’Arqueologia Clàssica de Catalunya (ICAC) y del Museo Bíblico Tarraconense (MBT) excavan la zona donde se alzaba el porticado de cierre de la plaza de culto romano al emperador Augusto.

Intervención arqueológica en el patio del Museo Bíblico, con la zanja que secciona el muro de cierre de los porticados del recinto de culto imperial. Foto: ICAC

Fuente: EFE  |  LA VANGUARDIA

Tarragona, 13 sep.- El ICAC informa de que desde ayer trabajan en el patio de la Casa dels Canonges de Tarragona, actual sede del MBT.

Allí se alzaba parte del porticado de cierre de la gran plaza de culto romana del siglo I dC, en cuyo centro se hallaba el majestuoso templo de Augusto, el segundo mayor del Imperio tras el de la capital, Roma.

Los trabajos pretenden conocer la evolución histórica de un porticado que ha determinado el parcelario urbanístico de la Part Alta de Tarragona, el casco histórico.

Actualmente hay restos visibles en el claustro de la Catedral, el Consejo Comarcal y el Colegio de Arquitectos, además del MBT.

También se esperan encontrar evidencias de la transformación visigótica del emplazamiento y vestigios del urbanismo medieval de la ciudad.

Los arqueólogos también han informado de los resultados de la investigación de los restos del obispo Cipriano de Tarragona.

Según el estudio antropológico, se trata de restos de al menos cuatro esqueletos diferentes que no están completos.

Se ha documentado la presencia de un individuo joven, de 24 años como máximo y de sexo indeterminado; una mujer y un hombre adultos, de entre 30 y 45 años, y de un individuo adulto, probablemente de sexo masculino, de más de 55 años.

La datación mediante Carbono 14 de tres piezas (un fragmento de vértebra de un individuo de edad avanzada y dos molares superiores) remiten a un contexto cronológico amplio de inicios del primer cuarto del siglo V dC a la segunda mitad del siglo VI dC.

No se han podido identificar con el obispo Cipriano -datado un siglo más tarde-, aunque otros restos sí podrían coincidir con esta cronología, pese a que no se ha podido verificar.

Es coherente la hipótesis de que los constructores de la Catedral medieval encontraran inhumaciones pertenecientes a la catedral visigótica y localizaran una tumba con lápida y su epitafio fragmentados correspondientes al obispo Cipriano.

Esta zona estuvo abandonada más de tres siglos, lo que habría propiciado que el depósito funerario presentara pérdida de material esquelético y remoción.

Los restos se habrían dignificado en un osario y en 1460, en el pontificado del arzobispo Pedro de Urrea, se construyó la arqueta-osario donde están depositados.

 

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13 septiembre 2017 at 9:37 pm Deja un comentario

Octavio: el «hijo» de Julio César que aplastó a Marco Antonio y al Egipto de Cleopatra

  • Tras varios años compartiendo el poder, el heredero del imperator se decidió a derrotar a su compañero triunviro y convertirse en el primer emperador de Roma
  • En la batalla de Actium el victorioso Agripa hizo realidad las aspiraciones del hijo adoptivo del dictador asesinado en los Idus de Marzo

«The Battle of Actium» – Lorenzo A. Castro «National Maritime Museum»

Fuente: RODRIGO ALONSO |  ABC
28 de agosto de 2017

Fue en aguas griegas -frente a la costa de Epiro- donde Octavio (quien más tarde fue conocido como Augusto) escribió para siempre su nombre en la Historia gracias a la victoria sobre Marco Antonio y Egipto en la memorable batalla de Actium (31 a.c)

El que fuera reconocido por el mismísimo Cayo Julio César como hijo adoptivo tenía-gracias a esta épica victoria- vía libre para poder ostentar todo el poder en el que fue el mayor imperio de la antiguedad. Tras largos años en los que tuvo que lidiar con los asesinos de su padre y compartir el poder con Antonio y Lépido por fin había alcanzado el lugar que -en su opinión- le correspondía como descendiente del caído imperator.

Esta es la historia de cómo un joven con genio -pero carente de grandes habilidades militares- logró convertirse en el primer emperador de Roma.

La sangre del padre

La pugna entre Augusto y Marco Antonio tuvo su origen en el magnicidio en los Idus de marzo (15 de marzo del 44 a.C) del victorioso dictador Cayo Julio César. Como explica Pilar Fernández Uriel en «Historia Antigua Universal III: Historia de Roma», los perpetradores del asesinato (el cual fue llevado a cabo en el mismo Senado) fueron incapaces de predecir el resultado de su atentado contra la vida del que fuese «imperator» de las Galias.

Es necesario explicar, en lo que a la labor de César se refiere, que los bastos territorios bajo el control de Roma requerían un cambio en el sistema político con respecto a la fórmula republicana, cuya reinstauración era el prinicipal objetivo de los magnicidas. Como expresa Fernández Uriel, la transformación iniciada por el victorioso imperator no llevaba necesariamente a la imposición de una monarquía (la cual además constituía un delito sagrado). Simplemente, el momento reclamaba la instauración de una figura fuerte y capacitada en lugar de que el poder estuviese repartido entre las distintas familias patricias.

«La muerte de César» – Vincenzo Camuccini

Al mismo tiempo, la plebe romana tampoco acogió el asesinato con satisfacción. No en vano, César había llevado a cabo varias reformas que le habían granjeado buena fama entre el «populus». Fue así como el intento de volver a lo que, ya desde inicios del siglo I a.C, se consideraba una forma de gobierno caduca acabó por explotarle a los asesinos en la cara.

Cuando se producía el asesinato de César, el joven Octavio (su hijo adoptivo posteriormente conocido como Augusto) se hallaba fuera de Roma. Estaba en Apolonia, donde recibía formación militar junto a quien sería su mayor sustento y más destacado oficial en el futuro: el héroe de Actium, Marco Vipsanio Agripa.

Marco Antonio (sobrino y lugarteniente del difunto Julio que, a posteriori, fue el máximo rival de Octavio), supo aprovechar la defunción del otrora imperator de las Galias. Como señala Pierre Grimal en «El Siglo de Augusto», en la sesión del Senado del 17 de marzo -tan solo dos días después de que se llevase a cabo el atentado- el militar y político se opuso enérgicamente a la propuesta de conceder honores excepcionales a los asesinos, a los que por otra parte mantuvo sus cargos. También logró que se respetase la obra de gobierno de César, incluso los proyectos que aún no tenían fuerza de ley.

Los homicidas -como afirma el historiador Gonzalo Bravo en «Historia del Mundo Antiguo: Una introducción crítica»- no asistieron a la sesión ya que sabían que sus acciones no contaban con el beneplácito de gran parte del Senado. Además, gracias a la habilidad de Antonio -que consiguió mediante su panegírico en los funerales de César dirigir el odio del pueblo contra los asesinos- se acabó con cualquier posibilidad de volver a la situación anterior al gobierno del imperator.

Sin embargo, no todo fueron buenas noticias para el lugarteniente de César. Octavio (heredero legítimo) supo hacerse con la lealtad de gran parte del ejército y de la mayoría de los partidarios del difunto gobernante. El objetivo era ser reconocido como el más indicado para ocupar el puesto vacante de su padre adoptivo. Mientras tanto, Antonio, logró convencer al Senado de que le otorgase el gobierno de la Galia por un espacio de cinco años.

El Triunvirato

Como explica Bravo en su obra, los sucesos del año siguiente (43 a.C) fueron claves para la evolución posterior. Antonio se decidió a marchar contra el magnicida Décimo Bruto sin contar con la aprobación del Senado, que envió tras él al mismísimo Octavio y a los cónsules Hirtio y Pansa. Fue en Mutina (Módena) donde tuvo lugar el choque entre los dos ejércitos.

Pese a la victoria de las tropas senatoriales, el lugarteniente del extinto César logró huir y unirse a las tropas del general Lépido en la Galia. Aun así, el resultado de la pugna fue sumamente beneficioso para las aspiraciones de Octavio quien, tras la muerte en combate de Hirtio y Pansa, no tenía que compartir la gloria con nadie. Al mismo tiempo, su control del Norte de Italia a raíz de su triunfo en la campaña suponía un enorme peligro a ojos del Senado. Ante la negativa a la solicitud del joven heredero a prorrogar su consulado, este decidió marchar sobre Roma y ocuparla.

Una vez forzó su elección y la de Quinto Pedio como cónsules, Octavio tomó una serie de disposiciones de suma trascendencia que fueron el embrión del posterior Triunvirato. Como explica Bravo, promulgó la «Lex Pedia», mediante la cual se declaraba la guerra abiertamente a los asesinos de César y a Sexto Pompeyo (hijo de Pompeyo Magno y oficial de la flota romana). Al mismo tiempo, ponía punto y final a la enemistad senatorial con Antonio y Lépido. Esta medida fue tomada fruto de la necesidad, ya que -como afirma Fernández Uriel- ambos contaban con la lealtad de los ejércitos provinciales.

La paz entre los tres militares tuvo lugar en las cercanías de la ciudad de Bonomia (Bolonia) en noviembre del 43. Nacía de este modo el Triunvirato, conocido erróneamente -según explica Bravo- como el Segundo Triunvirato. Tras alcanzar el acuerdo se procedió a una división de los territorios romanos entre los integrantes. De este modo, Antonio conservó el gobierno de las Galias, Lépido se hizo con el control de Hispania y la Narbonense y Octavio logró África, Sardinia (Cerdeña) y Sicilia.

Marco Antonio – Juan Carlos Soler

Según explica Bravo, fruto de la condición plenipotenciaria de los triunviros se llevó a cabo, en apenas diez años, el asesinato de unos 200 miembros del Senado y otros 2.000 caballeros. Entre estos se encontraban no pocos individuos de suma importancia a nivel histórico, como es el caso del afamado orador Cicerón (diciembre del 43). También, a partir de este punto, los magnicidas comenzaron a caer poco a poco. En el 42 Antonio logró derrotar a Bruto y Cassio en la batalla de Filipos. Agripa y Lépido hicieron lo propio venciendo a las fuerzas de Sexto Pompeyo en Sicilia (36).

Durante este tiempo -como afirma Bravo en otra de sus obras: «Poder político y desarrollo social en la Antigua Roma»- Octavio «había restado protagonismo y prestigio político a Antonio». Debido a la necesidad de estrechar lazos entre los triunviros, tuvo lugar en el 40 el matrimonio entre el lugarteniente de César y la hermana del hijo adoptivo: Octavia. También se llevó a cabo un nuevo acuerdo que reformuló el reparto territorial.

A partir de este momento Antonio gobernó en Oriente, Octavio en Occidente y Lépido en África.

En su obra, Grimal afirma que, tras la derrota del hijo de Pompeyo el Grande, Octavio decidió levantar en el interior de Roma un templo a Apolo, a quien consideraba su dios. A este respecto, existía un escandaloso mito en la época según el cual el joven triunviro habría nacido de un abrazo entre su madre -Atia- y la divinidad griega. Esta idea, que rozaba los límites de lo aceptable por la sociedad del momento, nunca habría sido negada por el protagonista.

Antonio, mientras tanto, se instaló en la ciudad de Atenas junto a su esposa Octavia (a la que acabó repudiando al poco tiempo). Como se afirma en la obra «Poder político y desarrollo social en la Antigua Roma», el lugarteniente del difunto César empleó como excusa una campaña contra los partos en el 36 (en la que fracasó dando al traste con buena parte su influencia) para partir rumbo a Egipto con Cleopatra VII. Fruto de su relación con la afamada gobernante ptolemaica tuvo dos hijos.

Señala Fernández Uriel que Antonio «fue atraído enseguida por la vida en la corte y el pensamiento de los antiguos monarcas Ptolemaicos, donde iba asimilando la ideología oriental y transformándose en un monarca helenístico con su aspecto divino». Al mismo tiempo, el heredero militar de César, se dispuso a acometer pactos de vasallaje distintos a los llevados a cabo por Roma.

Octavio no dejó pasar la oportunidad que le brindaba la extranjerización de su rival. Mediante un empleo sublime de la propaganda logró hacer pasar a Antonio por un traidor a ojos del «populus» romano. Con ese fin se hizo con el testamento del consorte de Cleopatra -el cual se encontraba en el templo de las Vestales- y lo hizo público. Según parece -como señalan varios autores- el otrora héroe militar habría puesto por escrito, entre otras cosas, que la capital debía ser trasladada a Alejandría y sus hijos serían los herederos del Imperio. Sin embargo, existe la posibilidad de que este fuese falseado por su enemigo.

En principio Octavio -como señala Víctor San Juan en «Breve historia de las Batallas Navales de la Antigüedad»- no se atrevió a declarar a Antonio enemigo del pueblo romano, pero se decidió a desposeerlo de sus cargos y magistraturas. Se daban de esta forma todas las condiciones para que la ya irremediable guerra entre Roma y Egipto fuese declarada a finales del 32 a.C.

Actium

Como explica Grimal en su obra, con el inicio de las hostilidades culminaba la preparación de Octavio, la cual tuvo como inicio los idus de marzo. De este modo el heredero de César «ya no era un señor tratando de asegurar su dominio sobre el mundo, sino el campeón enviado por los dioses para salvar a Roma y al Imperio».

Parece ser que Antonio y Cleopatra llegaron a reunir un gran ejército terrestre (San Juan lo cifra en torno a los 80.000 efectivos) así como una enorme flota conformada por unos 500 navíos. Aun así, gran parte de la nobleza romana -que en su momento había apoyado al consorte de de la gobernante egipcia- acabó por abandonarle y unirse a la causa del hijo de César. En este contexto llegamos al inevitable desenlace: la batalla de Actium (2 de septiembre, 31).

El heredero de César, a parte de contar con unas tropas parejas en número y experiencia a las de Antonio, tenía junto a él a uno de los oficiales romanos más reputados y competentes de la historiaimperial: Marco Vipsanio Agripa, quien fue el encargado de guiar a los navíos del futuro Augusto en la decisiva batalla de Actium en las costas de Epiro (Grecia).

Busto de Cleopatra – ABC

La victoria marítima del formidable militar ante Antonio y Cleopatra tuvo como resultado el fin de la contienda entre los dos herederos de César. La egipcia partió apresuradamente con sus naves toda vez que la batalla estaba virtualmente perdida. Por su parte, el consorte se dispuso a seguirla con rumbo a las tierras del Nilo. Como explica Bravo, el resto de su flota y ejército se unieron a Octavio, quien ahora contaba con unas 50 legiones.

Fue al año siguiente (agosto del 30) cuando el victorioso heredero llegó a Alejandría acompañado por un gran número de tropas. Ante la negativa de este a llegar a un acuerdo razonable con sus enemigos, Antonio y Cleopatra optaron por el suicidio como la salida más honrosa. No querían convertirse en el «triunfo vivo» de su rival.

Estatua de Augusto – ABC

De Octavio a Augusto

Como explica Fernández Uriel, al margen de la anexión de Egipto al Imperio romano, las consecuencias de Actium fueron mucho más importantes. A partir del triunfo de Octavio el Imperio estaba unido bajo un único «princeps»: Augusto (el nuevo «cognomen» de Octavio).

Se daba así el pistoletazo de salida a una nueva etapa de estabilidad tras las constantes convulsiones fruto de las guerras fratricidas y la inestabilidad tardo republicana.

Augusto, el primer emperador romano, acabó siendo -además de divinizado- una de las figuras más renombradas y representativas de la antigüedad. Su victoria sobre Antonio -amén de su maestría en el empleo de la propaganda- supuso que fuese reconocido como «Restitutor Pacis» (restaurador de la paz).

 

28 agosto 2017 at 10:09 am Deja un comentario

Síndrome de Subura

El muro que Augusto construyó en Roma simboliza la frontera material, económica y psicológica que divide a las clases

Fuente: RUBÉN AMÓN  |  EL PAÍS
10 de agosto de 2017

EVA VÁZQUEZ

Los vecinos y los turistas que transitan por el barrio romano de Monti no parecen percatarse del muro que permanece erguido desde hace 2.000 años. Y no era tanto un muro defensivo como un telón antincendios y una frontera sociológica. Porque el muro de Subura, o de Suburra, discriminaba la Roma pudiente y adinerada de la Roma precaria. La propia etimología de Suburra o de Subura proviene de sub urbe, identificando el área suburbana de la ciudad y sobrentendiendo todas sus peculiaridades marginales o clandestinas: los bajos fondos, los lugares abyectos y prohibidos. Horacio escribe que allí moraban las cortesanas y ladraban los perros, no estando claro si el poeta romano aludía a la antropomorfia de las criaturas nocturnas. Y al espacio de libertinaje que se había acordado o acotado.

Pretendidamente o no, se había construido en Roma un gran muro social, una línea divisoria de piedra y de ladrillo que discriminaba la opulencia de la casta capitalina —el Palatino— de la degradación arrabalera. Roma llegó a reunir a un millón de personas en su edad imperial y representó una amalgama de etnias, de razas y de culturas que hicieron de ella un símbolo cosmopolita precursor de cualquier enjambre contemporáneo.

Trata de serlo y puede que lo sea Roma en 2017. El epicentro de los peregrinos se ha trasladado al Vaticano en las antiguas inercias de la idolatría, del mismo modo que el eje comercial de la capital italiana relaciona a Via del Corso con el afluente lujosísimo de la Via Condotti en dirección a la Piazza di Spagna y a la cima escalonada de Trinità di Monti.

Se reúnen en esa calle, Via Condotti, las boutiques de mayor prestigio. Y se yerguen delante de sus puertas unos imponentes muros invisibles. Los turistas recelan de cruzarlos, quizá porque les intimida la mirada desconfiada del guardia de seguridad o porque las marcas de alta moda se ocupan de mandar al transeúnte toda clase de mensajes disuasorios: los precios, la escenografía, la altivez de los dependientes, incluso los mensajes telepáticos —“ni se ocurra entrar, caballero, señora, señorita”—.

Cruzar la puerta

Ningún obstáculo real ni legal impide al turista, en realidad, cruzar la puerta de Gucci o de Prada o de Armani, pero desisten de hacerlo los costaleros porque temen que pueda acalambrarse una alarma. O porque acompleja la clientela que accede con naturalidad “palatina”, evocándose la línea divisoria de las clases sociales de la vieja urbe. Juntos pero separados vivían los antiguos romanos. Separados y juntos viven en el siglo XXI.

Se diría que el muro de Subura es un límite conceptual, psicológico, pero vigente desde que el emperador Augusto decidió levantarlo. Y sus razones originales no obedecieron a la partición de la ciudad entre ricos y pobres, pero el destino funcional del muro cortafuegos terminó estableciendo una frontera física y hasta mental. Ocurre en las grandes ciudades. Sucede en los espacios de ambigua comunión urbana donde una clase social yergue un muro invisible que distancia el hábitat de los escalones inferiores. Y quien dice un muro dice una alfombra roja o el perímetro “blindado” de un puerto de la Costa Azul donde atracan los yates de lujo.

Se anonadan los turistas con un helado en la mano y curiosean sin atreverse a colonizar el espacio legítimo de la dársena. Porque prevalece un código “suburbano” no impuesto pero sí vigente que las clases sociales han convertido en armisticio y en regla de convivencia. Un buen ejemplo se reproduce cada verano y durante 40 días en el Festival de Salzburgo. La sede de las óperas y los conciertos ocupa el lateral de una gran avenida que más bien parece un rió de asfalto. Y no solo por el color azulado del pavimento, sino porque el escenario urbano precipita el esquema de las dos riberas. Una la ocupan los melómanos y los sujetos adinerados; la otra concentra a los turistas y a los curiosos, como si tuvieran delante un espectáculo gratuito de pirotecnia social al que solo pueden acceder desde posiciones contemplativas.

Y no hay que mojarse para cruzar la acera. El ejercicio de hacerlo —cruzar— es tan sencillo como caminar, echarse andar, proponerse la melé con los ricachones, pero se percibe que a unos y a otros ribereños les disuade de hacerlo la impresión de exponerse a unas empalagosas arenas movedizas.

En los dos sentidos

¿A quién aísla realmente el síndrome de Subura? Una buena respuesta la proporciona El ángel exterminador, de Luis Buñuel, precisamente en la angustia y la claustrofobia de unos señores de la alta sociedad que son incapaces de salir de la casa a la que han sido invitados.

Y nada le impide hacerlo, pero el delirio contagioso que les detiene de asomarse al exterior engendra un progresivo deterioro de las conductas sociales, hasta el extremo de convertir a los aristócratas en salvajes. Se venga de ellos Buñuel convirtiéndolos en polizones de La balsa de la Medusa, de Géricault, aunque no puede decirse que la película aspire a un ejercicio moralizador ni a un escarmiento social específico.

No los persiguió tampoco el emperador Augusto cuando levantó el muro de Subura. Podía atravesarse en las dos direcciones —del foro al suburbio, del suburbio al foro—, pero el régimen de tolerancia no quiere decir que fluyera el contacto las clases sociales. No era lo mismo acceder al mármol refulgente de la Roma patricia que dejarse caer en el suburbio de las perdiciones. Y de la supervivencia, pues el barrio en cuestión proponía una suerte de desafío adaptativo entre las condiciones insalubres, la ausencia de la ley y la proliferación del matonismo. Entrar se podía entrar; salir exigía instinto y audacia.

Las leyendas antiguas sostienen que Nerón atravesaba el muro para conocer a sus vecinos de incógnito. O que Mesalina lo hacía para buscar a los sementales superdotados. De hecho, la relación entre Subura y el libertinaje explica que el barrio romano haya dado nombre a una serie televisiva ambientada en la mafia contemporánea. Porque Subura no es un lugar; es una idea y es un muro invisible. Y un barrio chic y pijo en la Roma estilizada de 2017.

La victoria de un vecino obstinado

La planta y la estética del foro de Augusto se resienten de una irregularidad que afea el equilibrio del espacio urbanístico. No fue un error del geómetra ni del arquitecto, sino una demostración inmemorial de la obstinación de un vecino que se resistió a vender su casa al emperador.

Semejante ejercicio de resistencia caracteriza un vértice del muro de Subura y malogra la estética general, pero beneficia la noción del Derecho romano. Ni siquiera Augusto con su poder, su dinero y su capacidad de intimidación disuadió al obcecado vecino, quien se negó a vender su propiedad, a diferencia de cuanto hicieron los dueños de los terrenos colindantes.

Augusto no los expropió; los compró. Y respetó al súbdito resistente porque entendía que la credibilidad de la ley pasaba porque tenía que acatarla él mismo, estuviera o no revestido de prebendas imperiales.

Transcurridos 2.000 años, todavía alcanzan a erguirse varias de las columnas que delimitan el templo de Marte Vengador. Augusto no escatimó en el adjetivo porque se trataba de vengar a todos los romanos que participaron de la conspiración urdida contra Julio César.

 

17 agosto 2017 at 9:12 am Deja un comentario

Cantabria: Identifican en El Cincho el campamento desde el que Augusto culminó la conquista

Las campañas arqueológicas de la Universidad de Cantabria en Campoo reconstruyen episodios de la historia regional entre el siglo I antes de C. y el siglo III

Jóvenes participantes en el campo de trabajo y arqueólogos, en el yacimiento de La Cueva, en Camesa-Rebolledo (Valdeolea). / ROBERTO RUIZ

Fuente: JOSÉ LUIS PÉREZ > Santander |  El Diario Montañés
10 de agosto de 2017

El emperador Augusto viajó a Tarraco en el año 27 con la intención de participar y ponerse al frente de las guerras contra cántabros y astures y, de este modo, culminar la conquista de la Península y fortalecer su figura personal al frente del Imperio. Ahora, investigadores del Grupo Arqueología e Historia en el Imperio Romano de la Universidad de Cantabria (UC), dirigido por José Manuel Iglesias, en concreto el arqueólogo Manuel García Alonso, responsable de las excavaciones en el yacimiento de El Cincho (La Población, Campoo de Yuso), identifican los dos campamentos localizados en este enclave al norte del embalse del Ebro como el punto de partida para la batalla definitiva en las campañas del año 26 o del 25 antes de Cristo.

«Las tropas romanas avanzaban desde Sasamón y, después de haber mantenido enfrentamientos en Bernorio, Ornedo o La Poza, hacen retroceder a los cántabros hasta la Sierra del Escudo. Por ello manejamos la hipótesis de que estos campamentos de verano, de casi 17 hectáreas -muy grandes-, pudieron ser el punto de partida para la batalla definitiva tanto desde el punto de vista militar como desde el punto de vista histórico ya que esta victoria fue el triunfo más grande de las legiones romanas sobre las tribus cántabras, lo que permitió encumbrar al Emperador en Roma y cerrar el templo Ara Pacis -lo que significaba que la Paz se había establecido en todos los territorios del Imperio-», comenta Manuel García, descubridor de este yacimiento en el 2000 y que ahora está en dando grandes novedades arqueológicas.

Estas hipótesis de trabajo las conoció este martes de primera mano el consejero de Educación, Cultura y Deporte, Ramón Ruiz, que visitó este yacimiento y el de Camesa acompañado por la directora de Cultura, Marina Bolado, por los respectivos alcaldes, Eduardo Ortiz (Campoo de Yuso) y Fernando Franco (Valdeolea) -ambas corporaciones colaboran con el proyecto- y por científicos de la UC que coordina el catedrático de Historia Antigua José Manuel Iglesias.

Excavaciones en El Cincho / ROBERTO RUIZ

Puertas en clavícula

En El Cincho, durante esta campaña los arqueólogos han excavado el muro de cierre de uno de los recintos campamentales, que saben -por análisis de polen- que se levantó entre mayo y junio. Además, han centrado sus trabajos en una de las puertas en clavícula sobre la que pudo haber una torre de vigilancia, de dos o tres plantas, así como una estructura de madera a modo de pasarela por encima del portón de madera. Este sistema es conocido en otros campamentos de los ‘limes’ (fronteras) germánico o británico, pero único hasta la fecha en la arqueología de la Península Ibérica. Se estima que la empalizada podía tener unos cuatro metros de altura.

Tiene claro el equipo que en esta zona coordina García Alonso, que se trataba de un campamento temporada, que apenas se usó algo más de un mes por una legión, que probablemente esperaba aquí la llegada de abastecimientos y refuerzos -por ello hay un segundo recinto más amplio y ligeramente posterior en el tiempo, para las tropas auxiliares- antes de afrontar la batalla decisiva. Ciertamente, el enclave de ambos campamentos superpuestos es estratégico ya que controlan el paso hacia la sierra del Escudo -unos 40 km a la redonda-; otra prueba de ello es que durante la Guerra Civil, en agosto de 1937, aquí hubo pozos de tiradores y trincheras desde el que se defendía la posición ante el avance de las tropas italianas.

Camesa: Unos baños públicos del siglo III

En Camesa, el consejero de Cultura Ramón Ruiz visitó e incidió en la importancia de poner en valor como recurso turístico los restos de unas termas romanas de carácter público que los investigadores datan en el siglo III. Durante los trabajos, que pueden ser visitados porque están a escasa distancia de las ruinas de El Conventón y del centro de interpretación, se han recuperado fragmentos de estucos con los que se decoraban las paredes, fragmentos de mosaicos que cubrían las estancias calefactadas por el hipocausto, fragmentos de cerámica sigillata, una canalización de agua, así como objetos de hierro y bronce. Estos hallazgos han dinamizado las visitas a Camesa un 20% en el último año.

Entre los hallazgos muebles de este área cabe destacarse proyectiles de piedra, la tachuela de la caliga de un legionario romano, el eslabón de una cadena y un quinario de plata que confirma el horizonte cronológico de las operaciones. Debieron ser estos campamentos de corta ocupación, por lo que es normal que no se encuentren muchos materiales, siendo lo más relevante las estructuras e interpretaciones que contextualizan históricamente los descubrimientos arqueológicos.

Sobre la desaparición de los campamentos, los arqueólogos tienen claro que éstos no fueron atacados por las tribus indígenas, sino que fueron destruidos por las propias legiones romanos en el momento en el que los abandonan para avanzar hacia el norte al tiempo que otras unidades procedentes de Aquitania desembarcaban en la costa con el fin de avanzar y sorprender por la retaguardia a los cántabros. En todas las zonas excavadas hay testimonios de incendio intencionados ya que para la estructura de los campamentos se empleó básicamente la madera.

Campo de trabajo en Camesa / ROBERTO RUIZ

Itinerario arqueológico

La Consejería de Cultura contempla la creación de un itinerario arqueológico en Campoo-Los Valles que englobe los tres yacimientos más emblemáticos y con mayores posibilidades didáctico-turísticas: Camesa–Rebolledo, el campamento romano de El Cincho y la ciudad romana de Julióbriga, así lo ha adelantado el consejero de Educación, Cultura y Deporte, Ramón Ruiz, en el transcurso de la visita que ha realizado a los trabajos de excavaciones en El Cincho y en Camesa-Rebolledo.

Estos proyectos forman parte del programa de investigación Paisaje Histórico de Campoo-Los Valles que desarrolla el grupo ‘Arqueología e Historia en el Imperio Romano’ del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Cantabria, dirigido por José Manuel Iglesias y que estudia uno de los periodos más apasionantes de la historia que Cantabria.

El consejero Ramón Ruiz manifestó que estos tres yacimientos conforman entre todos «una interesante y atractiva zona arqueológica», motivo por el cual la Consejería estudiará el diseño de un itinerario «que dé a conocer esta secuencia histórica que va desde las guerras cántabras hasta los asentamientos romanos». Además de destacar su “innegable” valor científico, el consejero quiere que estos yacimientos sean “un motor de desarrollo y promoción para esta comarca”.

El titular de Cultura recordó que al inicio de esta legislatura se puso en marcha un ticket conjunto para visitar Julióbriga y Camesa Rebolledo que ha significado que este último yacimiento registre un sensible aumento de visitantes. En ese sentido, ha señalado que Camesa-Rebolledo recibió el año pasado 2.115 visitantes, lo que supuso un 20% más con respecto al 2015 (1.637). En cuanto a Julióbriga, fueron un total de 8.010 los visitantes, un 5% más con respecto al año 2015 (7.625), cifras éstas que, para Ramón Ruiz, «son estimables pero que también nos obligan a implantar iniciativas que nos ayuden a un crecimiento de las mismas de manera sostenible y a la largo de todo el año».

 

17 agosto 2017 at 9:07 am Deja un comentario

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Kalkriese  |  EL PAÍS
16 de julio de 2017

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.

El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.

Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.

Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.

Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.

Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.

Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

 

16 julio 2017 at 9:34 am Deja un comentario

Una familia de Sevilla paga 200.000 euros del impuesto de Sucesiones con un busto romano

  • La obra, de gran valor histórico-artístico, formará parte de la colección del Museo Arqueológico, dependiente de la Junta
  • El acuerdo, negociado por las consejerías de Cultura y Hacienda, impedirá que la pieza sea vendida fuera de España

Busto romano del emperador Augusto, hallado en una finca de Lora del Río – ABC

Fuente: M. J. PEREIRA  |  ABC de Sevilla
7 de junio de 2017

Una familia sevillana ha pagado el impuestos de Sucesiones entregando a la Junta de Andalucía un busto romano hallado casualmente en 1955 en una finca agrícola cuando se realizaban labores de arado. Se trata de un retrato escultórico del emperador Augusto que la Comisión de Bienes Muebles del Gobierno andaluz ha valorado en 200.000 euros, según han confirmado fuentes de la Consejería de Cultura.

El busto hallado en el cortijo Ossorio de Lora del Río fue depositado en el Museo Arqueológico de Sevilla -dependiente de la Junta- por los herederos de su anterior propietario cuando lo ofrecieron a la Agencia Tributaria de Andalucía como pago en especie de una deuda tributaria, lo que dio lugar a la apertura en diciembre de 2010 de un expediente administrativo de dación.

Al tratarse de un Bien de Interés Cultural, la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía (Ley 14/2007) concede al Gobierno autonómico los derechos de tanteo y retracto en cso de que exista otro posible comprador, por lo que el Gobierno presidido por Susana Díaz ha tenido la última palabra. Sin embargo, la falta de acuerdo sobre la tasación de la pieza de arte entre la Junta y la familia propietaria durante los últimos seis años hizo temer a expertos en la materia que la escultura saliera de España si se vendía a un museo o coleccionista antiguo.

Durante el proceso de negociación se han emitido informes cualificados por parte de especialistas y de la Comisión Andaluza de Bienes Muebles, un órgano consultivo de la Consejería de Cultura en esta materia. El pasado 11 de abril, seis años después de iniciarse la negociación entre la familia de Lora y la Junta, el proceso ha culminado felizmente con la aceptación de la dación por parte de la Consejería de Hacienda y Administración Pública, a través de la Agencia Tributaria de Andalucía, al frente de la cual está María Jesús Montero.

El lugar del hallazgo de la pieza se corresponde a un lugar en el entorno del municipio romano de Axati, citado por Plinio el Viejo en su Historia Natural, y de donde se conocen otros hallazgos escultóricos y epigráficos puntuales, así como abundantes restos de ánforas en las que se producía y exportaba el aceite de oliva desde uno los más activos emporios fluviales de este comercio en el Bajo Guadalquivir, ha señalado la directora del Museo Arqueológico de Sevilla, Ana Navarro.

«Se trata de una pieza de gran interés histórico y calidad artística, tal y como lo han puesto de manifiesto reiteradamente los catedráticos Antonio Caballos y Pilar León, profesores de la Universidad de Sevilla. Su valor económico se ha tasado en 200.000 euros. Aunque éste Augusto ha sido comparado con el de los Museos Capitolinos de Roma, se trata de un modelo único que viene a completar la serie de retratos suyos conocidos en Hispania, donde se han localizado poco más de una docena», añade Ana Navarro.

Dos de los bustos del emperador Augusto proceden de la ciudad de Itálica (Santiponce, Sevilla) y se exponen en el Museo Arqueológico de Sevilla. Uno es de carácter póstumo y propagandístico, que resalta el parecido con Tiberio, y el otro apoteósico, en homenaje al emperador divinizado en época claudia. A ellos se suma ahora esta imagen del princeps (título de la primera etapa del Imperio romano, recibido del Senado por Octavio Augusto el año 27 a. C., en reconocimiento de su poder y prestigio político) hecha en vida, «lo que le confiere al busto de Lora del Río un extraordinario valor patrimonial como referente esencial para conocer el inicio del culto imperial y su extensión por las provincias romanas de Occidente».

Está previsto que el Museo Arqueológico de Sevilla organice un acto de presentación oficial e inclusión de la obra en sus salas de exposición permanente. «La pieza forma parte ahora de la colección museística de Andalucía, por lo que el museo programará actividades para hacer partícipes de la incorporación de este magnífico Augusto de Lora del Río, tanto a la familia responsable de la dación como al público en general, invitándolos al disfrute de esta interesante obra del Patrimonio Histórico del Bajo Guadalquivir y su entorno», han señado desde la Consejería de Cultura, cuya titular es Rosa Aguilar.

 

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8 junio 2017 at 11:26 pm Deja un comentario

La cuarta columna de Augusto

Uno de los cuatro pilares del antiguo templo romano de la calle Paradís fue reconstruido con restos de otros derruidos a mediados del siglo XIX y exhibido hasta 1956 en la plaza del Rei

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

Fuente: XAVI CASINOS > Barcelona  |  LA VANGUARDIA
27 de mayo de 2017

El Centre Excursionista de Catalunya custodia, en su sede de la calle Paradís, el más importante vestigio de la antigua Barcino, los restos del templo dedicado al emperador Augusto que presidía el foro romano de la ciudad, en el punto más alto del monte Táber.

Se trata de cuatro columnas que formaban una de las esquinas del edificio. Aunque es realidad son solo tres. La cuarta, conocida como viajera, está en realidad fabricada con restos de otras columnas y que hasta 1956 se exhibía en la plaza del Rei.

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

El edificio se supone que fue erigido a principios del siglo I, en tiempos del emperador Tiberio, que fue quien impuso el culto a su predecesor. Con el tiempo, el templo y sus columnas fueron absorbidos por las edificaciones más modernas. Existen antiguos dibujos que documentan la presencia de las columnas como parte de algunas viviendas.

Sin embargo, la existencia de los restos de las columnas fue prácticamente ignorada durante siglos, hasta que en 1830, el arquitecto Antoni Celles realizó una detallada memoria del templo a partir de unas excavaciones financiadas por la Junta de Comerç de Barcelona. No obstante, el recobrado interés por el antiguo templo de Augusto no impidió que continuara la destrucción de las históricas columnas.

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

En 1850 existían todavía seis, de las cuales dos fueron derribadas durante las obras de unos edificios de la calle Llibreteria. Miembros de la Acadèmia de Bones Lletres recogieron los restos, con los que lograron reconstruir la cuarta columna que hoy puede admirarse en el Centre Excursionista, la más próxima a la entrada.

Su intención inicial era llevarla al museo de antigüedades que esta entidad había promovido en la capilla de Santa Àgueda, pero a causa de sus dimensiones se decidió finalmente situarla en la plaza del Rei, donde permaneció hasta 1956, cuando se integró de nuevo en el templo, junto con las tres que forman la esquina superviviente y de donde, a diferencia de su compañera, no se han movido desde hace casi 2.000 años.

Las columnas de Templo romano de Augusto se conservan en la calle Paradís de Barcelona. (Xavi Casinos)

 

27 mayo 2017 at 12:11 pm Deja un comentario

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