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Badalona saca ‘pectus’ de su pasado romano

La antigua Baetulo dedica la XIII Magna Celebratio a Ovidio y al primer campeón olímpico de Hispania

Una biga romana por las calles de Badalona, en la Magna Celebratio del 2009. JOAN CORTADELLAS

Fuente: CARLES COLS > Barcelona  |  El Periódico
23 de abril de 2017

La puerta del tiempo vuelve a abrirse por decimotercera vez en Badalona. Llega esta semana, a partir del jueves, la XIII Magna Celebratio, y lo de emplear los números romanos para clasificarla es, claro, de lo más oportuno, porque, como cada año desde el 2004, Badalona dedica cuatro intensas jornadas a rememorar su pasado como Baetulo, ciudad vitivinícola de Roma, que conforme la arqueología de urgencias lo permite se certifica que fue más importante y extensa de lo inicialmente supuesto. El pasado febrero se presentó en sociedad la última ‘domus’ descubierta, en el lado montaña de la autovía C-31, lejos, pues, del centro de Badalona, así que la extensión de Baetulo vuelve a estar en discusión. Era magna, sin duda, del calibre de esa suerte de fiesta mayor pagana que se avecina del 27 al 30 de abril.

La Magna Celebratio llega muy oportuna, tras el reciente hallazgo de una ‘domus’ que revisa al alza el tamaño de la antigua Baetulo

Cada edición tiene su qué. En esta (el 13, por cierto, no era número de mal agüero para los romanos) se pondrá el acento en dos cuestiones. Primero, Ovidio. El poeta murió hace 2.000 años. Era una celebridad en su tiempo, lo que no le evitó el exilio al que le condenó Augusto, otro personaje fijo en la Magna Celebratio. En la edición del 2014, se teatralizó la boda de Augusto con Livia, pero no por aquello de hacer un ¡Hola! o un Lecturas en latín, sino porque aquel primer emperador llevó como nadie la política a la alcoba, más incluso que Enrique VIII, que ya es decir. En esta edición, el sábado, en el Museu de Badalona, se profundizará en Augusto, en sus tejemanejes dictatoriales, según se mire, con influencia hasta la actualidad. A su manera, aquel longevo emperador convirtió a su pobre hija Julia en una suerte de puerta giratoria de la Antigüedad, pues la casó, descasó y volvió casar cuantas veces quiso para asegurarse favores políticos. Pero, lo dicho, el protagonista principal se pretende que sea Ovidio, no por el triste exilio en la actual Rumanía a la que le condenó Augusto, sin que se sepa aún por qué, sino por algunas de sus más celebradas obras, como Ars Amatoria (El arte de amar) y La metamorfosis. Un taller práctico de cosmética extraído de las enseñanzas de Ovidio es algo a tener en cuenta, ni que solo sea porque 2.000 años de solera son muchos.

Soldadesca romana en las calles de Badalona. PERE JIMÉNEZ

La otra materia en la que la XIII Magna Celebratio hará hincapié este 2017 será, tangencialmente, el 25 aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de los que Badalona fue subsede, y a lo grande, nada menos que con todos los partidos de las selecciones de baloncesto, ‘dream team’ de EEUU incluida. La razón de la inclusión de este aniversario en la Magna Celebratio tiene truco, claro. El motivo es que Badalona puede presumir de que por sus calles paseó el primer campeón olímpico de la historia de Hispania, Lucius Minicius Natalis Quadronius Verus, que en el año 120 D.C., en la misma ciudad de Olimpia en la que en la ficción Astérix ganó una palma de oro, sin poción mágica alguna, fue campeón en la disciplina de cuádrigas.

Por la calle de Badalona paseó un campeón olímpico casi 2.000 años antes que Mireia Belmonte

Aquel campeón estaba emparentado con un prohombre de Baetulo, el cabeza de familia de los Licinio, pero no hay que imaginarle como un Ben-Hur. El campeón no era quien llevaba las riendas de la cuádriga, sino el dueño de la (digamos) escudería. Ese era Lucius. Él se llevó la gloria. Lo cual es en parte injusto. De poner los puntos sobre la íes en esta cuestión se encarga también, en cierto modo, la Magna Celebratio. Este año regresan las bigas, es decir, la versión comedida de las cuádrigas.

CON UN PAR DE BIGAS

Las bigas son carros de dos caballos. Las cuádrigas, como es obvio, de cuatro. Es la diferencia entre un deportivo resultón y un Ferrari de gama alta. Años atrás, Joan Mayné, director del Museu de Badalona e impulsor indispensable de la Magna Celebratio, tuvo la oportunidad de ponerse a las riendas de una cuádriga, cual Charlton Heston. “¡Aquello era pura potencia!”, recordaba, aún impresionado, años más tarde. Fue una experiencia única, pero también una sabia lección: para una fiesta como la de Badalona, con una biga basta. De hecho, habrá dos, y recrearán, con extrema prudencia, una carrera, porque las cuatro jornadas romanas de la ciudad son una gran fiesta (pasan por sus distintas actividades, cocina A.C. incluida, unas 15.000 personas) y, también, una instructiva inmersión en el pasado.

La Magna Celebratio, en resumen, no es una versión con peplum de las habituales ferias medievales que recorren los pueblos de Catalunya los fines de semana. Va más allá, por la calidad de las conferencias y por la teatralización en la calle. Pero, sobre todo, es una oportunidad que cada año aprovecha la tercera ciudad de Catalunya para ganarle al menos un pulso a Barcelona, que tiene también un pasado romano del que presumir, pero a la hora de la verdad le saca muy poco lustre a sus escudos.

La cocina antes del tomate

Roma fue una formidable potencia militar, pero nada espartana. Fue una sociedad amante de los placeres de la vida, que no faltan, por supuesto, en la Magna Celebratio. Son varios los restaurantes de la ciudad que se suman a la recreación histórica con un reto que no es fácil, es decir, la cocina antes de América, sin tomates, sin patatas… Es una oportunidad para saborear platos inusuales, como el pollo a la númida, pero sin caer, eso sí, en el uso del garum, la pestilente salsa de pescado que empleaban los romanos para realzar el sabor de sus platos en ausencia de sal.

Eran, también, un pueblo de vino. El que producía Badalona, según los autores clásico, no era especialmente apreciado en Roma. Pero, por si acaso, eran también aficionados a una bebida mucho más antigua, la cerveza. Las leyes romanas fijaban de un modo muy estricto el proceso de elaboración. Con más libertad, los maestros cerveceros de Badalona recrean cada año una de aquellas fórmulas. La Magna Celebratio es una ocasión para degustarlas.

 

24 abril 2017 at 9:28 am Deja un comentario

La irreverente cópula de Atalanta e Hipómenes que enfureció a Cibeles

¿Quienes son los leones de la fuente más famosa de Madrid y por qué tiran del carro de la diosa?

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Fuente: S. L. |  ABC    17/03/2016

Los leones que tiran del carro de la fuente dedicada a la diosa Cibeles no se miran entre ellos. Llevan la carga de la responsabilidad por haber ofendido a la diosa griega. Pero, ¿quienes son y qué hicieron para sufrir este castigo eterno? Los protagonistas de esta curiosidad son dos personajes mitológicos: Atalanta e Hipómenes. La historia de amor de estos dos jóvenes, transformados en leones, es el punto de partida del mito representado en este emblemático monumento de Madrid. Los pétreos felinos son obra del escultor francés Robert Michel.

Hipómenes se enamoró de una ninfa llamada Atalanta. Consagrada a Artemisa, la joven presumía de ser la mejor cazadora. No había nadie que ganara en rapidez a la ninfa. Su ventaja sobre el resto era tal que no había hombre capaz de alcanzarla corriendo. Cansada de recibir proposiciones y alabanzas por su belleza, retó a todos sus pretendientes a una carrera en la que el ganador tendría derecho a ser su amante. Los perdedores serían castigados con la muerte. La ninfa, convencida de su capacidad para vencer a cualquiera, había consagrado incluso su virginidad a la diosa Artemisa.

Sin embargo, Hipómenes tenía un plan para lograr vencer. Durante la carrera Atalanta venció a todos sus pretendientes, menos a él. Pero no lo logró por méritos propios. Para conseguirlo necesitó la ayuda de Afrodita, la diosa del amor. Ambos urdieron un plan para ser más astutos que la joven ninfa. La diosa dio a Hipómenes tres manzanas de oro de sus jardines que debía dejar caer durante la carrera para distraerla.

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Mito de Atalanta e Hipómenes en un cuadro de Guido Reni

Atalanta consiguió recoger las dos primeras manzanas de oro y alcanzarle de nuevo en la carrera. La tercera, hechizada para retenerla durante más tiempo, fue la que hizo que Hipómenes ganara la carrera, y con ella, el amor de Atalanta.

Según el poeta romano Ovidio, el amor triunfó entre ambos y, durante los primeros compases de su nueva vida, Atalanta e Hipómenes vivieron felices. Vivieron con tanta pasión que mantuvieron, sin saberlo, relaciones sexuales en el interior de un templo dedicado a Cibeles. Según el poeta lo hicieron bajo la influencia de Afrodita, que engañó a los jóvenes con artes lujuriosas, provocando la furia de la diosa. Los dos fueron transformarlos en leones y obligados eternamente a tirar de su carro.

18 marzo 2016 at 2:22 pm 1 comentario

El Imperio Romano se apodera de Badalona durante la Magna Celebratio

Las recreaciones históricas recordarán la vida de Julia, hija del emperador Augusto

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Magna Celebratio 2012. Badalona Museu de Badalona / Antonio Guillén

Fuente: LA VANGUARDIA     24/04/2015

Badalona. (Redacción).- Badalona vuelve atrás en el tiempo este fin de semana durante la Magna Celebratio, el festival que recrea las costumbres y los oficios en época romana. La novedad de esta edición es la representación de dos espectáculos dedicados a la hija del emperador Augusto.

Uno de ellos es Julia Octavia que se representa en el espacio arqueológico del Museu de Badalona el sábado 25 de abril a las 22h. La actriz Mercè Rovira es Julia y se explica la relación que tuvo con poetas y filósofos como Ovidio u Horacio, así como sus amores y los matrimonios de conveniencia o la relación que tenía con su padre, el hombre más poderoso del Imperio. El domingo por la mañana, en el mismo espacio, la Associació Projecte Phoenix presenta a la familia de Augusto a través de una cena en Gens Julia. La familia de Augusto y el poder.

Durante todo el fin de semana, la Plaça Assemblea de Catalunya recrea los oficios más tradicionales de la época como el de herrero, la elaboración de objetos de cerámica, los accesorios de piel o la creación de mosaicos. Además, la Magna Celebratio enseña cómo eran las escuelas donde se entrenaban los gladiadores y los objetos que utilizaban.

El festival romano de Badalona también tiene un lugar para la restauración ya que cinco restaurantes de la ciudad elaboran platos siguiendo las recetas recogidas por Apici, Columella y Paladio.

24 abril 2015 at 4:48 pm Deja un comentario

Hallan la villa del general romano Mesala, el enemigo de Ben Hur

  • Era conocida como Villa Le Grotte y se encuentra en la isla de Elba
  • Pertenecía a un importante general romano que también ejerció como orador y mecenas
  • Las inscripciones de las tinajas de vino han sido determinantes para averiguar de quién era propiedad este complejo, prácticamente arrasado por el fuego a finales del siglo I d.C.

Mesala-Ben-Hur

Stephen Boyd en en el papel de Mesala en la película Ben Hur (1959).

Fuente: LIDIA GÓMEZ  |  EL MUNDO     19/02/2015

Una de las villas del archienemigo de Ben Hur, Marco Valerio Mesala Corvino, ha sido identificada partiendo de unas antiguas tinajas de vino en la Toscana. Lo cierto es que los arqueólogos habían sospechado durante mucho tiempo que dicha villa situada en la isla toscana de Elba habría sido en el pasado la residencia del general Mesala, pero no habían encontrado hasta el momento suficientes evidencias que pudieran respaldar a ciencia cierta esta hipótesis.

Sin embargo, un equipo de investigadores ha encontrado recientemente un dolium con varias marcas o señales que lo relacionarían directamente con este general romano. Este objeto era un tipo de vasija muy popular en la antigua Roma, de tamaño considerable y utilizada para almacenar y transportar bebida y alimentos. Se estima que muchas de estas tinajas podrían llegar a albergar entre 1.000 -1.500 litros de vino.

El sorprendente descubrimiento se produjo mientras un equipo de arqueólogos -entre los que se encontraba el especialista en metodología arqueológica Franco Cambi– excavaba un área situada en las proximidades de la antigua villa romana. Según apuntan las evidencias encontradas, parece ser que había una finca muy cercana a la villa de cuyos alimentos se servían los inquilinos de la impresionante propiedad del general Mesala.

La elegante construcción era conocida como Villa Le Grotte. La mayor parte de Villa Le Grotte fue destruida al final del siglo I, a causa de un gran incendio. Sin embargo, sobrevivieron a la destrucción algunos objetos hechos de arcilla o barro, entre ellos las tinajas antes citadas.

Al hilo de ello, cabe recalcar que uno de los hallazgos determinantes para esclarecer si la villa pertenecía a Mesala fue la inscripción que aparecía en muchas de las tinas de vino encontradas: “Hermia Va(leri) (M)arci s(ervus) fecit“. Su significado -“hecho por Hermias”- no dejaría lugar a dudas, puesto que Hermias habría sido uno de los esclavos de Mesala. En otra estampa aparece un delfín tallado junto a las letras h y e, en alusión de nuevo a Hermias.

Política y arte en la vida de un audaz general romano

Ben Hur fue un personaje de ficción creado por Lewis Wallace, también conocido como Lew Wallace, en su novela Ben Hur: una historia de los tiempos de Cristo (Ben-Hur: a tale of Christ, en inglés original). La obra fue publicada en 1880 y narra el enfrentamiento entre Ben Hur y Mesala y fue llevada a la gran pantalla en 1959, con Charlton Heston en el papel del aguerrido Ben Hur y Stephen Boyd en el del general Mesala.

Al contrario que Ben Hur, Mesala no era un personaje ficticio: había nacido en el año 64 a.C. en una de las familias romanas más antiguas e influyentes de la época. Además, su nombre ya había estado unido en el pasado reciente a otros hallazgos arqueológicos de notable importancia.

En el verano de 2012 se encontraron evidencias de gran valor en una villa de su propiedad en la capital italiana, entre las que destacaba un impresionante conjunto escultórico que representaba el mito griego de Níobe, el cual Ovidio plasmó en Las metamorfosis. Algunos estudiosos apuntaron que quizá habría podido ser el propio Ovidio quien sugirió a Mesala la colocación de las estatuas, aunque la veracidad o no de esta hipótesis aún sigue siendo un enigma.

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Una de las estatuas halladas en 2012 en la villa romana de Marco Valerio Mesala, en Ciampino (Roma). | National Geographic.

De lo que no cabe duda es de que Marco Valerio Mesala Corvino fue un personaje influyente en la sociedad romana de la época, debido a su prestigio como general y a su perspicacia y agudeza como orador. Asimismo, su defensa de la cultura y su papel como protector de diversos personajes destacados de las letras romanas, como Ovidio, Tibulo o Propercio, también fueron aspectos determinantes para comprender su figura y le valieron fama de erudito.

19 febrero 2015 at 6:02 pm Deja un comentario

El Museo del Prado presenta “Dánae, Venus y Adonis. Las primeras poesías de Tiziano para Felipe II”

El Museo del Prado exhibirá desde este miércoles 19 de noviembre hasta el próximo 1 de marzo de 2015 ‘Dánae’ y ‘Venus y Adonis’, las dos primeras ‘poesías’ que pintó Tiziano entre 1553 y 1554 para el entonces príncipe español Felipe, futuro Felipe II

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Dánae (después de la restauración), Tiziano, Oleo sobre lienzo, 192, 5 x 114, 6 cm, The Wellington Collection, Apsley House, vía  Museo del Prado

Según ha explicado el comisario de esta exposición, Miguel Falomir, estas pinturas recibieron del propio autor el nombre de ‘poesías’ en las cartas que enviaba a Felipe II. Las interpretaciones de esta denominación podrían ser varias, pero Falomir aclara que se centran en dos cuestiones.

Por un lado, el autor italiano reivindicaría de esta forma “una antigua aspiración” de los pintores para homologarse con los poetas. Por el otro, sería una forma de Tiziano de “reclamar la libertad” de la pintura para interpretar las fuentes escritas, en este caso tomando ‘Las Metamorfosis’ de Ovidio como texto original.

De hecho, en la obra ‘Venus y Adonis’ se puede observar como el protagonista masculino intenta desasirse del abrazo de Venus, quien se encuentra de espaldas al observador del cuadro. Esta recreación, según Falomir, es invención de Tiziano (puesto que la escena no estaba registrada en ningún texto) y, posteriormente, ha servido de inspiración para muchos escritores, incluido William Shakespeare.

Dentro de la producción de Tiziano se denomina ‘poesías’ al conjunto de obras mitológicas que pintó para Felipe II entre 1553 y 1562, integrado por estas dos obras además de ‘Perseo y Andrómeda’, ‘Diana y Adonis’, ‘Diana y Calisto’ y ‘El rapto de Europa’.

Probablemente fue el propio Felipe II quien encargó a Tiziano en Aubsburgo un conjunto de pinturas mitológicas, dándole libertad para elegir los temas y su plasmación pictórica. “Tiziano era el nuevo Ovidio, con capacidad para fecundar la mitología”, ha explicado el comisario.

En el caso de ‘Dánae’, ilustra el momento en que Júpiter la posee en forma de lluvia de oro. Tiziano ya había pintado una primera Dánae para el cardenal Alessandro Farnese y le sirvió de modelo para esta segunda, si bien cambiando al Cupido original por una anciana celadora.

Este cuadro (que durante muchos años permaneció en el Alcázar) terminó en manos del duque de Wellington gracias a la ayuda que prestó en la Guerra de la Independencia española evitando la fuga de estas y otras piezas a manos de José Bonaparte. Descripciones antiguas y una copia flamenca revelan que en el tercio superior del cuadro, eliminado por razones de conservación, se incluía el rostro de Júpiter y un águila con los rayos, atributos del dios.

PINTURA CONTRA ESCULTURA

Por su parte, ‘Venus y Adonis’ recoge el intento de la primera por retener a Adonis, fruto de la invención de Tiziano y tema que retomaría años después en varias composiciones. Esta obra recoge a la diosa de espaldas para demostrar que la pintura podía representar distintos puntos de vista, equiparándose con la cultura.

Esta exposición también cuenta con un tercer cuadro, otra ‘Dánae’ propiedad del Museo del Prado y, que según ha revelado Falomir, en un principio se creía parte de estas poesías. No obstante, las investigaciones para esta exposición han demostrado lo contrario.

En 1565, Tiziano pintó la ‘Dánae’ que se conserva en el Prado posiblemente para Francesco Vrins, mercader flamenco residente en Venecia. Velázquez compró esta obra durante su primer viaje a Italia y la vendió a Felipe VI con destino al Palacio del Buen Retiro y, más tarde, sustituyendo a la ‘Dánae’ de Felipe II en el Alcázar.

EL TIZIANO “MÁS ERÓTICO”

Para el director adjunto de conservación e investigación del Prado, Gabriele Finaldi, estas obras responden al Tiziano “más sensual y erótico”. En cuanto a Felipe II, estas obras fueron adquiridas durante una etapa de “interés” por la cultura mitológica que perderá más tarde con su “acentuamiento de la religiosidad”.

El proceso de restauración de estas obras ha sido llevado a cabo por la técnico del museo Elisa Mora con el apoyo de la Fundación Iberdrola. El trabajo ha consistido en eliminar todo aquello que interfería en la lectura correcta de las obras, realizando una limpieza de los barnices oxidados y una eliminación de los repintes.

Fuente: EUROPA PRESS

18 noviembre 2014 at 7:25 pm 1 comentario

Yo, Augusto, el emperador

El retrato más completo de César Augusto, del historiador británico Adrian Goldsworthy

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Escultura de César Augusto / EM

ADRIAN COLDSWORTHY  |  EL MUNDO

César Augusto falleció el 19 de agosto del 14 d. C., de modo que acabamos de celebrar el aniversario 2.000 de su muerte, claro que siendo el centenario del comienzo de la Gran Guerra me atrevo a decir que la fecha ha pasado sin pena ni gloria. Le faltaba poco para celebrar su septuagésimo séptimo cumpleaños y había estado gobernando sin mucha oposición durante más de cuatro decenios, desde que Marco Antonio se quitara la vida en el 30 a.C. Le sucedió su hijo adoptivo, Tiberio, y a pesar de que el linaje familiar terminó con Nerón, los emperadores siguientes adoptaron los nombres de César y Augusto como títulos. A lo largo de su vida creó el sistema monárquico que gobernaría Roma durante siglos, teniendo el buen sentido de ocultar veladamente su poder sin por ello renunciar a él, pero evitando pese a todo títulos como rey o dictador.

Por algún motivo, a pesar de todos sus logros y de la crucial importancia de sus actos, Augusto ya no se encuentra entre las figuras del mundo antiguo que siguen deambulando por entre la imaginación del gran público. Julio César, Calígula o Nerón son reconocidos de inmediato -aunque a menudo sólo con una vaga idea de quiénes fueron-, no así Augusto. Hoy en día, su nombre se escucha sobre todo durante las misas navideñas, cuando se lee la descripción que hace Lucas de la Natividad. Augusto aparece en Julio César y Antonio y Cleopatra de Shakespeare -ambas representadas a menudo y estudiadas en el colegio, de modo que siguen siendo bien conocidas-; pero no mereció una obra de teatro propia. Quizá se deba a que murió de edad provecta, en vez de ser apuñalado hasta la muerte en una reunión del Senado, como César, o suicidándose, como Brutos y Casio, Antonio y Cleopatra.

Lo curioso es que la historia de Augusto no carece de drama. Cuando estudian los primeros momentos de su carrera hay que hacer un esfuerzo consciente para recordar que sólo tenía 18 años durante los idus de marzo del 44 a.C. No supo que el testamento de su tío abuelo lo nombraba su heredero principal hasta que éste fue asesinado. Durante la República los cargos públicos no podían ser heredados, como tampoco nadie podía ser adoptado de forma póstuma, a pesar de lo cual fue así como decidió interpretar lo que significaba su legado. Su ambición fue precoz, sobre todo en Roma, donde los cargos estaban ligados a la edad y la madurez, pero al principio nadie lo tomó en serio. Marco Antonio lo desdeñó refiriéndose a él como “un chico que se lo debe todo a un nombre”. Cicerón pensaba que Antonio era el principal peligro y consideró al joven Augusto como un arma que usar en su contra: “Debemos alabar al joven, recompensarlo y deshacernos de él”.

No salió como pensaba el orador. Augusto luchó primero por el Senado en contra de Antonio, para luego unirse a éste y a Lépido y formar el segundo triunvirato. Tomaron Roma y ejecutaron a sus enemigos, reviviendo la técnica de Sila de publicar listas de proscripciones. Un hombre que apareciera en ellas perdía todos sus derechos legales y podía ser asesinado por cualquiera. Cicerón fue atrapado y muerto antes de que se colgaran las listas. Años después, los triunviros intentaron echar las culpas de esta masacre a sus colegas; pero Augusto quedó marcado con una reputación de crueldad joven. De ese modo pragmático tan romano, se consideraba sorprendente que una persona tan joven tuviera ya tantos enemigos.

LIBERTAD FRENTE A TIRANÍA

Al final de sus días describió esos primeros años diciendo simplemente: “A la edad de 19 años, bajo mi propia responsabilidad y a mi cargo, reuní un ejército, con el cual triunfé luchando en pos de la libertad de la República cuando ésta se encontraba oprimida bajo la tiranía de una facción”. No menciona el hecho de que se suponía que los ciudadanos particulares no podían reunir ejércitos. Como era de esperar, posteriormente Tácito juzgaría estos acontecimientos de forma más cínica: “Cuando el asesinato de Bruto y Casio desarmó al Estado; cuando [Sexto] Pompeyo fue aplastado en Sicilia y con Lépido dejado de lado y Antonio muerto, incluso el partido juliano carecía de líderes excepto César [Augusto]”.

Augusto ganó y, tras la batalla de Accio, no hubo más aspirantes con el poder militar para oponérsele… circunstancia que se preocupó mucho por mantener así conservando un estrecho control sobre el ejército. El éxito no lo volvió popular, pero lo que tanto los romanos como los provinciales deseaban más que nada era paz y estabilidad.

La guerra civil llevaba asolando la República desde el 88 a.C., cuando Sila lanzó sus legiones contra Roma. Las bajas habían sido importantes, sobre todo entre las familias senatoriales, mientras que los ejércitos lucharon y saquearon por todo el Mediterráneo. Muchos líderes y comunidades apoyaron lealmente a Roma, sólo para encontrarse a menudo en el lado perdedor de una guerra civil y obligados a pagar muchísimo para complacer al vencedor. Las comunidades italianas habían sufrido confiscaciones cuando los caudillos como Augusto tuvieron que encontrar granjas que entregar a sus soldados licenciados. En los años 30 a.C., Virgilio imaginó los pensamientos de uno de esos desposeídos, quizá a partir de su propia experiencia; pues puede que su familia perdiera tierras por entonces. “¡Ah! ¿Acaso volveré, luengos años desde aquí, a mirar de nuevo a los límites de mi patria, a mi humilde casita de campo con su revestimiento de hierba… volveré, luengos años desde aquí, a mirar con asombro unas pocas espigas de trigo, antaño mi reino? ¿Es un impío soldado quien tiene ese bien labrado barbecho? ¿Un bárbaro esas cosechas? ¡Ved donde el conflicto ha llevado a nuestros infelices ciudadanos!”.

Tras tantos trastornos, los ciudadanos querían asegurarse de que transcurridos unos años seguirían poseyendo sus propiedades y no serían llamados a filas para luchar en otra guerra civil. Los líderes y los órganos gobernantes de las provincias también querían tener la seguridad de que los honores y obligaciones que les habían repartido no cambiarían de un día para otro según fueran ascendiendo y cayendo los caudillos romanos. Décadas de inercia por parte de un Senado demasiado enfrascado en una enconada y a menudo violenta competencia por cargos y honores había dejado muchas apelaciones sin respuesta y muchas disputas sin resolver.

Augusto puso manos a la obra para solucionarlo. A menudo se olvida que viajó más que ningún otro emperador hasta Adriano. Augusto pasó más tiempo de su reinado en las provincias que en Roma e incluso Italia. Trabajó duro, recibiendo delegaciones y escuchando peticiones, algo que hacía donde quiera que estuviera. Las diputaciones iban a él ya estuviera en Roma, o en España, Galia, Grecia o Siria, esperaban a ser llamadas y al final eran escuchadas y recibían una respuesta.

Augusto se esforzó porque el Estado funcionara de nuevo y, al mismo tiempo, le proporcionó paz; un tema celebrado constantemente en el arte y la literatura, de forma destacada en el ara pacis augustae (el altar de la paz augustea), un honor concedido por el Senado en el 13 a.C. Se trataba de paz interna y de ausencia de guerra civil, pues al mismo tiempo fue uno de los grandes conquistadores de nuevos territorios. Derrotar a enemigos extranjeros era un logro completamente honorable y adecuado para un aristócrata romano. Como diría Virgilio: “Recuerda, romano -pues estas son tus artes- que has de gobernar naciones con tu poder, añadir buenas costumbres a la paz, perdonar a los conquistados y derrotar al orgulloso en la guerra”.

EL PRINCIPAL SERVIDOR

El orden regresó al mundo, un orden basado en las victorias romanas y el respeto al poder de Roma. Ovidio escribió sobre el ara pacis en sus Fastii, reflexionando sobre cómo entendían la paz los romanos: “Ven, Paz, con tus delicados tirabuzones coronados por laureles accios, y deja que tu gentil presencia permanezca en todo el mundo. De tal modo que nunca haya enemigos, ni hambre de triunfos, tú debes ser para nuestros jefes una gloria mayor que la guerra. ¡Ojalá que el soldado sólo tenga que portar armas para controlar al agresor armado […]! ¡Ojalá que el mundo cercano y lejano tema a los hijos de Eneas y si hubiera tierra que no temiera a Roma, que la ame”». La paz y la prosperidad procedían de la victoria de Accio y el continuado poder de Roma bajo el liderazgo de Augusto.

Augusto se llamaba a sí mismo princeps -el principal servidor de la República- y presumía de haberle devuelto el poder al Senado y al Pueblo. Su posición constitucional evolucionó gradualmente mediante la improvisación tanto como mediante una cuidadosa planificación; pero nunca alteró la sencilla verdad de que él controlaba las legiones y no se podía hacer que las devolviera.

A los historiadores les gusta entrever una oposición senatorial que lo obligó a mantener una apariencia de conducta constitucional, pero aquélla existe mayormente en su imaginación. Como dijo Tácito, Augusto “sedujo al ejército con botines, a la gente con repartos de grano gratuito, al mundo entero con el confort de la paz y luego, gradualmente, asumió el poder del Senado, los magistrados y la creación de leyes. No había oposición, pues los más bravos de los hombres cayeron en la línea de batalla o ante las listas de la proscripción…”. El único límite real al comportamiento de Augusto provino de su propio sentido de lo que era sensato y correcto.

No existía ninguna alternativa real, y atractiva aún menos, a su gobierno. Hasta donde alcanzaba la memoria, la República no había funcionado adecuadamente. Bruto y Casio asesinaron a César para restaurar la libertad, para seguidamente reclutar un ejército y actuar exactamente igual que el resto de caudillos de la época… y al final perdieron. Augusto le dio al imperio estabilidad e hizo que las instituciones funcionaran de nuevo o creó otras nuevas.

Requirió tiempo, pero los beneficios de su régimen no tardaron en ser evidentes -y su intención de mantener el poder fue tan obvia- que el triunviro empapado en sangre fue difuminándose en el recuerdo para dejar sólo al princeps, el padre de su país (pater patriae), como fue saludado en el 2 a.C. Pocos emperadores gobernaron durante más tiempo, o fueron tan llorados cuando murieron.

Adrian Goldsworthy es el autor de «Augusto. De revolucionario a emperador», ya a la venta. (La Esfera)

16 noviembre 2014 at 9:43 am Deja un comentario

Lecciones de Augusto para un mundo en riesgo

Dos mil años después, un repaso a la figura del emperador romano proyecta reflexiones para defender la democracia

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Busto de Augusto encontrado en Sudán y expuesto en el Museo Británico / LIONEL DERIMAIS

GUILLERMO ALTARES  |  EL PAÍS

Shakespeare dedicó tragedias a Julio César y a Cleopatra y Marco Antonio, pero no a Augusto. Es un personaje importante, pero también secundario, en Yo, Claudio, de Robert Graves, así como en la versión de Cleopatra que protagonizó Elizabeth Taylor. Sin embargo, el primer emperador de Roma, el hombre que acabó con la República aunque conservó hábilmente sus instituciones vacías de poder, fue cualquier cosa menos un personaje secundario de la historia: Cayo Octavio (63 antes de Cristo-14 después de Cristo), bajo el nombre de César Augusto, es una figura ineludible para entender lo que fue Roma y, por tanto, lo que somos nosotros y, a la vez, absolutamente contemporánea, porque su biografía plantea cuestiones cruciales como el naufragio que puede sufrir una democracia cuando sus instituciones dejan de funcionar o la tragedia de tener que elegir entre el caos o la dictadura (libios, iraquíes y sirios tendrían mucho que decir sobre este tema).

Su vida no estuvo formada sólo de política: tenía un enorme sentido del humor; durante su reinado vivieron los tres poetas latinos más importantes, Horacio, Ovidio y Virgilio, de hecho, tuvo con este último el mismo papel que Max Brod con Kafka: se negó a cumplir su última voluntad de quemar sus obras y gracias a eso la Eneida ha llegado hasta nosotros. Fue un lúcido planificador urbano y un excelente administrador. También, y es algo que no se debe olvidar, un tirano despiadado y sangriento en su camino hacia el poder: organizó junto a sus entonces compañeros de triunvirato, Marco Antonio y Lépido, las llamadas proscripciones, las listas negras de ciudadanos condenados a morir (y a perder todos sus bienes). Shakespeare resumió su crueldad en un par de frases: “Todos estos entonces deben morir. Sus nombres quedan anotados”. Así lo describe Suetonio en su Vida del divino Augusto (Gredos, en traducción de Rosa María Agudo Cubas): “Cuando dieron comienzo, las puso en práctica con más saña que los otros dos. De hecho, mientras que aquellos se dejaron a menudo ganar por la recomendación y las súplicas, él sólo puso todo su empeño en que no se perdonara a nadie”. Una de las víctimas de este gran terror fue un personaje crucial: el gran orador y político Cicerón.

Bajo el título de Augusto. De revolucionario a emperador, el escritor británico Adrian Goldsworthy, acaba de publicar una monumental biografía en La Esfera de los Libros, que fue recibida este verano con buenas críticas en el mundo anglosajón. Impecable historiador militar, autor de libros como La caída de Cartago o Los hombres que forjaron un imperio (ambas en Ariel), ha publicado también una biografía de Julio César, el hombre que nombró a Octavio su hijo adoptivo y le donó en su testamento sus bienes y su nombre (por eso primero pasó a llamarse Cayo Julio César y luego César Augusto). El asesinato de César en los idus de marzo del año 44 antes de Cristo precipitó la entrada en política de este joven patricio que fue capaz de formar un Ejército con solo 19 años. La publicación de la biografía ha coincidido con la conmemoración del segundo milenario de su muerte con exposiciones en París y Roma. Sin embargo, su huella más importante está en las piedras de la propia Roma y su sombra, en muchos rincones de nuestro presente.

El segundo milenario de su nacimiento se celebró en 1938, en pleno auge de los totalitarismos, y apareció entonces un libro definitivo para entender a Augusto, La revolución romana (Crítica), del gran latinista de Oxford Ronald Syme (1903-1989). Hasta entonces, la mayoría de los historiadores veían el vaso medio lleno (Augusto como gran estadista, que forjó durante sus 41 años en el poder no sólo un imperio, sino un sistema administrativo perdurable) y no como un tirano. Aunque no lo menciona expresamente, Syme hablaba también del tiempo que le tocó vivir. En una entrevista la semana pasada en Cardiff, Goldsworthy reconoce que es inevitable trazar paralelismos entre el pasado y el presente.

Adrian-Goldsworthy

Adrian Goldsworthy, ante el castillo de Cardiff / LIONEL DERIMAIS

PREGUNTA. ¿Cree que Augusto es una advertencia universal sobre los peligros que pueden correr las democracias?

RESPUESTA. Lo es, pero el error es verle a él como la causa. Nació en el año 63 antes de Cristo. Ya se había producido un intento de golpe de Estado, la conspiración de Catilina, y una guerra civil. La República romana estaba rota cuando César o Pompeyo comienzan a combatir. Y, sin duda, cuando Augusto alcanza el poder, el sistema ya estaba sentenciado, el pueblo estaba desesperado por lograr paz y estabilidad, habría aceptado cualquier líder que se las proporcionase. Eso explica en parte el éxito de Augusto. Pero tampoco tenemos que minusvalorarlo, porque realmente les dio paz y estabilidad, algo que no había logrado el sistema republicano. No hay que olvidar que la libertad que defendían era el Gobierno de la aristocracia senatorial, basado en extorsionar a las provincias, en sobornarse los unos a los otros. Creo que la lección es que, cuando una democracia está rota, aparece gente como César y Augusto; lo que no ocurre cuando el Estado funciona relativamente bien.

En el corazón de la biografía de Goldsworthy late la profunda contradicción que marcó la vida de Augusto: el tirano que fue a la vez un buen gobernante. La catedrática de latín de la Universidad de Cambridge Mary Beard, autora de libros tan importantes como El triunfo romano (Crítica), lo planteó así en un artículo de The New York Review of Books: “¿Cómo podemos entender la transición de un violento caudillo militar en los conflictos civiles que padeció Roma entre los años 44 y 31 antes de Cristo al venerable hombre de Estado que murió plácidamente en su cama en el 14 después de Cristo? ¿Cómo explicamos la metamorfosis de un joven matón, al que se le atribuye haber arrancado los ojos a un prisionero con sus propias manos, en un legislador preocupado por elevar la moral en Roma, por revivir las antiguas tradiciones religiosas y por transformar la capital de una ciudad de barro a una ciudad de mármol?”.

“Es extraño porque no puedes pensar en ningún otro dictador o líder militar que se haga menos violento cuando toma el poder”, responde Goldsworthy, de 45 años, que logra desplegar con cordialidad, y sin pedantería, sus inmensos conocimientos sobre Roma. Dejó la enseñanza hace años para dedicarse sólo a la escritura, y ahora vive en una casa junto al mar, a pocos kilómetros de la capital galesa, entre sus libros sobre la antigüedad y una serie de novelas ambientadas en la Guerra de la Independencia española. “Algunos estudiosos creen que se fijó en lo que le ocurrió a Julio César, así que tenía que dar la impresión de que respetaba el Senado. Pero, en mi opinión, es él quien evita comportarse como un tirano sangriento porque ya no lo necesita. Y sabe que, si quiere, siempre podría volver a matar. Creo que, además, se mantuvo fiel a una idea: así es como un servidor público debe comportarse”, prosigue. Una historia resume perfectamente su sentido del Estado: cuando ordenó construir el foro, los propietarios de unos terrenos se negaron a vender y él no quiso ni expropiar, ni quitárselos por la fuerza, por eso el foro no es un rectángulo, sino que le falta una esquina. Prefirió que su gran proyecto arquitectónico fuese imperfecto a saltarse su propia ley.

Así describe esta contradicción el historiador español Javier Arce, profesor de Arqueología Romana de la Universidad Charles de Gaulle Lille 3 y autor de obras como El último siglo de la Hispania romana (Alianza): “A pesar de las acciones sanguinarias que caracterizaron su consecución del poder y su Gobierno despótico, aunque él pretendía y se proclamaba ‘restaurador de la república’, Augusto fue un gran administrador. Organizó los servicios públicos, dividió los territorios provinciales para poderlos controlar más fácilmente por sus legados, creó provincias para que fueran gobernadas por el Senado; organizó la justicia, creó vías y caminos, fundó colonias con los veteranos de sus legiones, reorganizó el censo de ciudadanos con fines fiscales”.

Goldsworthy tuvo que lidiar con esta contradicción para construir su biografía, pero también con la escasez de fuentes y con las leyendas que circulan sobre Augusto.

P. ¿Tuvo que luchar mucho contra la ficción en su biografía, contra Shakespeare o Robert Graves?

R. Lo difícil es luchar contra las expectativas, incluso contra lo que hemos aprendido como estudiantes, y enseñado luego. Pero porque hayamos contado la historia de una forma, no significa que sea cierta. Hay que ir a las fuentes y el primer sorprendido por algunas cosas fui yo.

P. ¿Fue el papel de su esposa, Livia, una de esas sorpresas? En su libro Livia es mucho menos importante que en Yo, Claudio donde asesina a todos los pretendientes hasta que solo queda su hijo Tiberio, e incluso mata al propio Augusto cuando empezaba a tener dudas sobre la capacidad de éste. Sin embargo, usted defiende que nada de eso es cierto.

R. Livia fue sobre todo su compañera. Nos olvidamos muchas veces de que viajó con él a lo largo de todo el Imperio. A Iberia, va por lo menos tres veces. Al Rin, al Danubio, al Este, a Grecia… Pasó años viajando y Livia estaba con él la mayoría de las veces. El personaje de Robert Graves que manipula y asesina no aparece en las fuentes. Pudo haber sido así, pero no hay evidencias de que ocurriese.

P. Usted explica en su libro que murió de anciano, que su corazón falló, frente a la explicación de Graves de que, como sólo comía higos que cogía de un árbol, Livia los embadurnó con veneno.

R. Tenía casi tenía 77 años, había estado gravemente enfermo varias veces; sus grandes amigos, Mecenas o Agripa, ya habían muerto. No debería sorprendernos que un hombre a esa edad en el siglo I después de Cristo muera. Muy pocos romanos llegaron a una edad tan avanzada. La teoría de Graves es muy atractiva, pero insisto, no está en las fuentes. Más bien, parece que realmente escogió a Tiberio como heredero.

P. Supongo que en una biografía de la antigüedad tiene que resignarse a que habrá cosas que nunca llegarán a saberse, porque incluso las fuentes principales, como Suetonio, no son totalmente fiables. ¿Es así? ¿Es eso lo más difícil de su trabajo?

R. Totalmente. Porque incluso cuando rechazas una fuente porque no es fiable, normalmente no hay nada para poner en su lugar. Hay tantas cosas que no sabemos, tantas cosas que se han perdido… Incluso el historiador griego Dion Casio, que es un senador romano de origen griego que escribe al principio del siglo III, dice que una vez que Augusto asume el poder se toman tantas decisiones entre bambalinas, fuera de la mirada pública, que no hay constancia de cómo se tomaron, a diferencia de lo que ocurría en el Senado donde los debates eran públicos. Utilicé a Casio, que escribió 200 años después de la muerte de Augusto; a Suetonio, que escribe casi un siglo después y que utiliza muchas habladurías. Lo interesante es que también se conservan muchas cosas que son negativas sobre Augusto, algunas se remontan a la guerra civil y a la propaganda de Marco Antonio; pero también están todas estas historias sobre sus aventuras sexuales, todas las intrigas. Con esto quiero decir que los historiadores no tienen solamente la versión oficial y nada más. Pero eso tampoco quiere decir que la versión hostil tenga que ser cierta. Hay que evaluar cada dato y reconocer que existen aspectos que nunca conoceremos.

P. ¿Es cierto que era un hombre que tenía un gran sentido del humor?

R. Creo que le era muy útil políticamente, porque si puedes hacer reír a la gente rompes la tensión. Una situación que puede acabar muy mal puede desactivarse con un chiste. Cuando está a punto de producirse un motín porque el pueblo quiere un reparto gratuito de vino, Augusto responde que Agripa hizo construir un acueducto y que tienen agua de sobra para calmar la sed. Es mejor que decir que no se lo va a dar. Augusto le gustaba al pueblo, no el tirano que llegó al poder a través de la guerra, pero sí el hombre que se comportaba de esa forma, accesible, amigable, que siempre quiere sugerir que está al servicio del Estado. El humor forma parte de su éxito. Hay muchas historias sobre él, como el viejo chiste romano de que va por la calle y se encuentra a un hombre que se le parece mucho y le pregunta si su madre estuvo en Roma hace unos años, a lo que responde: “Mi madre no estuvo, pero mi padre sí”. Seguramente es inventado, pero el hecho de que se riese dice mucho de su régimen, la gente podía reírse, incluso a su costa, siempre que las cosas no fuesen más lejos.

La conversación sobrevuela muchos aspectos de la inabarcable influencia de Augusto. Fue un gran moralista, que mandó a su hija y a su nieta a un exilio nada dorado por su vida disoluta (Suetonio asegura que en su testamento prohibió incluso que fuesen enterradas con él). Para muchos estudiosos la férrea moral cristiana es un reflejo ante todo de las imposiciones de Augusto. Tampoco se puede soslayar la referencia más famosa a Augusto, en los Evangelios (Lucas 2,1-2: “Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado”); aunque no fue consciente (ni pudo serlo) del acontecimiento más importante que ocurrió bajo su reinado: el nacimiento del que se convertiría años más tarde en un profeta revolucionario, Jesús de Nazaret.

El novelista Robert Harris, autor de dos estupendas novelas sobre Roma y uno de los narradores que mejor ha sabido explicar las implicaciones contemporáneas de una antigüedad que no resulta nada remota, resumió así la figura del emperador en una elogiosa crítica de la biografía de Goldsworthy: “César Augusto puede ser considerado el líder más importante que haya conocido el mundo, superando de lejos la longevidad, el control político y el impacto histórico de Napoleón, Stalin o Hitler. Fue el fundador del Imperio Romano y su gobernante durante 40 años hasta su muerte en el 14 después de Cristo; el comandante de 60 legiones; aclamado como imperator —vencedor en el campo de batalla— por sus soldados en más de 21 ocasiones; el patrocinador de las artes, amigo de Horacio, y que salvó la Eneida para la posteridad; el urbanista que heredó una ciudad de barro y la convirtió en una ciudad de mármol (según sus propias palabras); el filántropo (y cleptómano) que donó 43 millones de sestercios al tesoro romano; el dios que fue venerado en Oriente desde que tenía apenas 30 años. Sin embargo, el hombre dentro del coloso nos elude”. Quizá hay algo que siempre se escapa en su figura porque Augusto encarna como nadie el misterio y el abismo del poder. Y por eso será siempre nuestro contemporáneo.

Augusto. De revolucionario a emperador. Adrian Goldsworthy. Traducción de José Miguel Parra. La Esfera de los Libros. Madrid, 2014. 627 páginas. 34,90 euros (electrónico: 8,99).

8 noviembre 2014 at 10:13 am Deja un comentario

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