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Carlos García Gual: «El progreso no explica el sentido de la vida»

El escritor y filólogo presenta una revisión de su «Diccionario de mitos» (Turner), una obra que trata de recordar aquellos cánticos que, a fuerza de ser repetidos y reinterpretados, se han instalado en el «país de la memoria»

El escritor y filólogo Carlos García Gual – ABC

Fuente: Bruno Pardo Porto  ABC
22 de noviembre de 2017

Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) se refiere al presente como «el mundo moderno», una distancia que no tiene tanto que ver con su edad como con el hecho de que ha pasado más de medio siglo viviendo entre textos griegos, enseñando una lengua muerta que permanece viva en una de sus pasiones: los mitos. Tiene en sus ojos el brillo de la leyenda, una pátina que no termina de casar con una realidad demasiado rápida y repetitiva. Para Gual, el tiempo pasado, en efecto, fue mejor. Resulta difícil moverle de la certeza de que hay más encanto en la fantasía que en la vida, pues él conoce muy bien los horizontes de ambas. «El mundo moderno es un mundo mucho más cómodo, pero no es un lugar de historias interesantes. No hay pasiones nuevas. No hay aventuras. Las grandes pasiones y los grandes personajes están en la literatura», sostiene con nostalgia.

Acaba de publicar una revisión de su «Diccionario de mitos» (Turner), que escribió hace ahora veinte años movido por el pulso de sus lecturas. Es una selección subjetiva que baila entre la antiguëdad y los superhéroes, que trata de recordar aquellos cánticos que, a fuerza de ser repetidos y reinterpretados, se han instalado en el «país de la memoria». Por ahí aparecen Ulises y Edipo, pero también Don Quijote, Carmen y Superman.

– ¿Qué tienen en común todas estas figuras que se pasean por el libro?
– Yo hablo de los mitos no tanto como creencias religiosas, sino como historias que se han mantenido en el imaginario colectivo. Son esos relatos que se han transmitido durante siglos, que ejercen una extraña fascinación en la cultura y en la imaginación de la gente. Mi definición del mito es que se trata de un relato tradicional, un tanto paradigmático, y que tiene personajes extraordinarios que viven en un pasado prestigioso y lejano.

– ¿Qué es lo que nos fascina de ellos?
– Que nos hablan de las grandes pasiones, de las grandes aventuras. Sus personajes son héroes, con su condición humana y mortal, pero que hacen cosas extraordinarias. Los mitos presentan figuras más grandiosas, más fuertes, más terribles y más aventureras que los individuos corrientes.

– En el texto que abre el libro habla de que, a pesar de que somos racionales, no podemos prescindir de nuestra vocación mítica, de los relatos.
– Es que la razón técnica no explica el sentido de la vida. Ayuda a vivir más cómodamente, sí, pero las grandes preguntas siguen ahí: ¿Qué sentido tiene vivir?, ¿vivir para qué? Indudablemente, el progreso nos ayuda a vivir mejor, pero no explica el sentido de la vida. Digamos que la razón, muchas veces, tampoco llega a convencer sobre esas cuestiones. Los mitos proponen historias fantásticas que tampoco dan una solución, pero que proporcionan un horizonte atractivo de fantasía. Nos animan a vivir en otras épocas, en otros mundos. Nos transportan a unos horizontes más vastos, más amplios, más animados.

– ¿Más animados que la vida?
– Las grandes pasiones y los grandes personajes están mucho más en la literatura y en la fantasía que en la realidad. La vida es mucho más monótona si uno no conoce la mitología.

– Habla de los mitos como algo vivo, que no paran de crecer con el paso del tiempo y las reescrituras.
– No hay que olvidar que los mitos griegos estaban a cargo de los poetas, no de los sacerdotes. Eso daba a las recreaciones de los mitos una cierta libertad, una cierta capacidad de variar detalles. Eso los vuelve algo muy vivo, que perdura en los siglos, que nos dice algo nuevo. El Ulises antiguo no es exactamente el de James Joyce, pero la figura mantiene un eje o un núcleo esencial.

– Es esa idea de Joseph Campbell de hay una serie de motivos y temas que se repiten a lo largo de la historia de forma inevitable.
– Es que en la vida humana las circunstancias y los elementos básicos son casi siempre los mismos: el amor, la audacia, la cobardía, la envidia, la lucha por el poder… Todo eso lo recoge la mitología. En eso Campbell tiene razón: los mitos son las grandes historias, a veces sumergidas, recobradas por la literatura. Y cada cultura les da un color especial.

– En la portada de esta nueva edición del diccionario aparecen Zeus y Superman. ¿Son los superhéroes la nueva mitología?

Portada de la nueva edición del «Diccionario de mitos» – ABC

– Yo creo que los superhéroes del mundo moderno son héroes muy banalizados, muy triviales. No son grandes figuras míticas. Son figuras poderosas. A veces vuelan, como Superman, o dan saltos enormes, como Spiderman, pero son un poco héroes de papel, superficiales, un tanto planos. Y no solo hay mitos modernos, sino que también existe una pervivencia de los mitos clásicos en la cultura de hoy. «La guerra de las galaxias», desde un punto de vista mítico, revela muchos rasgos antiguos como el enfrentamiento con el padre o el villano encarnado en una figura que tiene mucho de demoníaca. Incluso las vestiduras de los personajes que recuerdan al mundo artúrico.

– Parece que no le gustan mucho los superhéroes.
– Siempre insisto: la otra gran fuente literaria del presente la forman el cine y la televisión. Lo malo es que cuando uno ve lo que se produce da la sensación de un cierto agotamiento temático. Hay mucha más violencia y más carreras de coches, pero los argumentos no son nuevos. Yo pienso que en muchas películas el autor es el director de los efectos especiales: se ha convertido en el gran constructor. El mundo moderno es un mundo mucho más cómodo, pero no es un mundo de historias interesantes. No hay pasiones nuevas, no hay grandes historias. El otro día vi en la televisión «50 sombras de Grey». Que eso haya vendido millones de ejemplares muestra la necedad y la pobreza de la imaginación moderna.

– En esta reedición añade al Quijote, el único mito que nace y muere en la misma pluma.
– Según mi idea de que un mito se construye a través de la tradición, en la que el personaje se mantiene y cambia al mismo tiempo, no encaja. Todo el mito del Quijote está en el libro de Cervantes, en las dos partes. Se han escrito continuaciones y otras versiones, pero no brillan al lado de la original. Sin embargo, me he dado cuenta de que aunque no hayan trascendido más aventuras del personaje, sí que ha habido muchas reinterpretaciones. Y eso hace de él un mito.

– ¿Cómo ha cambiado su interpretación?
– En el siglo XVI era un personaje cómico. Pero para los franceses e ingleses del XVII se transforma en una figura seria, que plantea unos problemas muy importantes. Después, para los alemanes románticos del XVIII, es un ideal. Luego viene la generación del 98, que ofrece unas interpretaciones simbolistas en las que el Quijote puede representar la España decadente. Creo que el relato de Don Quijote está todo en Cervantes, pero las interpretaciones hacen de él una figura mítica.

– También añade a Sherlock Holmes.
– La novela policiaca siempre me ha gustado, desde pequeño. Sherlock Holmes tiene el atractivo del detective que con su inteligencia lo resuelve todo. Es un homenaje a la inteligencia deductiva. Tiene algo de heroico, pero es un individuo victoriano un poco raro que toca música y se inyecta morfina. Y es fantástico: los casos de Holmes no se podrían resolver. Es un personaje mítico de su tiempo al que todos los detectives de la novela negra deben algo.

– Con tantas adaptaciones, el cine también le debe mucho a ese detective.
– Se ha dicho que el cine es una fábrica de mitos, pero más bien es una empresa de recogida de mitos. Toma mitos que ya estaban en la literatura: Sherlock Holmes, Tarzán, Superman… Todos nacieron por escrito.

– El legado español se cifra en su diccionario en dos dones: Don Quijote y Don Juan.
– Sí, aunque podría haber incluido, tal vez, al personaje del pícaro. Pero este no está encarnado en una figura concreta porque el Lazarillo no conforma del todo el prototipo. Y está Carmen, que es un tipo de heroína española aunque su autor no fuese español.

– En su momento, los mitos ayudaban a crear conciencia de pertenencia a la polis.
– Por supuesto. Por eso decía que los mitos tienen algo de ejemplar. Son ejemplos de grandeza. En el mundo griego los héroes buscan la inmortalidad a través de la fama: saben que van a morir, todos mueren de hecho, pero arriesgan la vida por la gloria eterna. Y de alguna manera lo han logrado.

De nuevo, candidato a la RAE

Hace unos días, conocíamos que Gual es uno de los candidatos a ocupar la silla «J» de la Real Academia Española, un honor que comparte con Alfredo Conde y que se decidirá el próximo 30 de noviembre. En mayo de este año ya se «disputó» el asiento «M» con Rosa Montero, pero ninguno de los dos alcanzó la mayoría absoluta. El escritor y filólogo se muestra ilusionado, aunque afirma que la elección no le quita el sueño. «Me hace ilusión por lo que tiene de reconocimiento a una trayectoria, por haber estado escribiendo libros y enseñando griego durante cincuenta años. Además, creo que hay una serie de personas muy dignas con las que puedo pasar buenos ratos y servir de algo a la lengua española. Pero no es que sea un fanático de las academias», señala.

 

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22 noviembre 2017 at 6:52 pm 1 comentario

Griego antiguo: por qué un idioma muerto es más útil hoy que estudiar robótica

  • La lengua de los dioses’ se publica en España tras vender 150.000 ejemplares en Italia
  • Universidades como Harvard o Berkeley dedican programas de verano a los textos de Homero

Andrea Marcolongo, autora del ‘best seller’ en Italia ‘La lengua de los dioses’. SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL

Fuente: JOSE MARÍA ROBLES  |  EL MUNDO
4 de noviembre de 2017

«La primera reacción de cualquier alumno de instituto ante un texto griego oscila entre el terror y el miedo, hasta incluso el pánico». Andrea Marcolongo hace tiempo que dejó de traducir La odisea en clase, pero recuerda la sensación paralizante de enfrentarse a aquellos pasajes escritos en un alfabeto extraño. Y también el vértigo de asomarse a la Historia cuando se es menor de edad. «El griego lleva muerto más de 1.000 años y todavía sigue suscitando un miedo pavoroso en quien se acerca a él. Hasta tal punto que he llegado a pensar que el terror es una conditio sine qua non para su estudio», bromea.

Marcolongo (Milán, 1987) se ha convertido en uno de los fenómenos editoriales de la temporada en Italia después de vender 150.000 ejemplares de La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego (Taurus). En el libro, que es más una colección de apuntes personales que un manual, la autora repasa el origen del idioma de nuestros tatarabuelos, sus singularidades, su evolución, su impacto en la cultura universal y su importancia como vehículo de pensamiento. Todo ello procurando no intimidar y sí hacer pensar. «He querido bajar el griego del pedestal y hacer ver que es accesible para cualquiera, no sólo para una élite», resume la helenista durante su estancia promocional en Madrid.

Quien vea el griego antiguo como una simple moda o una rareza debe saber que el idioma conserva intacto su prestigio intelectual, como corrobora la aparición de neologismos como xenofobia, nostalgia o televisión. Por no hablar de que algunas de las universidades más prestigiosas del mundo anglosajón (Harvard, Berkeley, CUNY) lo incluyen en su plan de estudios, y no como una polvorienta reliquia.

«EN UN MUNDO CADA VEZ MÁS DESHUMANIZADO, LOS CLÁSICOS OFRECEN LA ÚNICA CLAVE DE LO HUMANO»

«Las razones para aprender griego antiguo son tan diversas como las personas que quieren aprenderlo», comenta Michael L. Konieczny, especialista en Lenguas Clásicas y Literatura en Harvard. A su juicio, que el griego sea un idioma valioso para alguien de Connecticut tiene que ver con «la continuidad» (al leer textos en griego antiguo participamos en una tradición de siglos y contribuimos a su transmisión a las generaciones futuras) y con «el conocimiento» (muchas personas se acercan a esos textos para entender cuestiones básicas sobre la condición humana: el amor, la muerte, la política, la guerra, la religión, etc.).

«¿Ha leído a Homero? Yo en griego, en West Point», le dice con suficiencia el coronel Gordon Tall (Nick Nolte) al capitán Staros (Elias Koteas) en la película La delgada línea roja. Antony Makrinos pertenece al departamento de Griego y Latín de la University College de Londres (UCL). También es el coordinador del campus de verano dedicado a Homero. No le extraña en absoluto que estudiantes de habla inglesa encuentren «beneficioso» estudiar lo que se escribió en papiro o mármol en el lejano Peloponeso. «En un mundo cada vez más deshumanizado, los clásicos ofrecen la única clave de lo humano», razona el docente.

Y es que el éxito de La lengua de los dioses está en las ventas y, sobre todo, en el descubrimiento de que un idioma extinto, diferente del griego contemporáneo, vuelve a interesar en estos tiempos donde sólo parece haber sitio para lo práctico. Para lo supuestamente útil, que en realidad es una forma poco elegante de referirse a lo que se puede comprar o vender.

La famosa tribuna de las cariátides del Erecteón, en la Acrópolis, reinterpretada por Ulises Culebro.

«La cultura está para formar, no para producir clientes o consumidores», se rebela contra esa visión mercantilista Marcolongo. «Estudiar griego prepara para la vida de tres formas. Primero, porque es difícil. Yo rechazo la tentación contemporánea de la facilidad. La vida no es fácil, para conseguir cualquier cosa hace falta esforzarse; segundo, porque requiere tiempo, lo que choca con nuestra obsesión por la velocidad, por querer preparar una tarta con un tutorial de dos minutos en YouTube; y tercero, porque nos ayuda a conocernos mejor».

El griego antiguo permite expresar conceptos o ideas que no existen en ningún idioma. Es el caso del número dual (aplicable a los ojos o los amantes), el género neutro (que hace referencia a las cosas sin alma) o el optativo, un modo verbal que se emplea para expresar deseo.

Son algunas de las curiosidades que han encontrado los lectores italianos de La lengua de los dioses, entre los que se cuentan amantes de la antigüedad clásica ya canosos y también imberbes post millennials matriculados en el Liceo Clásico (una de las cuatro ramas de la enseñanza secundaria local). ¿Qué puede llevar con 14 años a elegir el griego antiguo en vez de asignaturas como robótica, estrategia digital o idiomas con los que sí se comunican en la actualidad millones de personas?

Rosa Mariño, vicesecretaria de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC) y profesora de griego en el IES Gregorio Marañón (Madrid), plantea esa misma cuestión a sus alumnos al principio de cada curso. «Como jóvenes humanistas que son ya, tienen intereses muy amplios y no entienden la pregunta», señala la docente a propósito de chavales que aspiran a convertirse en profesionales en áreas como Traducción e Interpretación, Historia, Arqueología, Filología, Periodismo, Derecho e incluso Criminología. Chavales que sienten curiosidad por cómo un término como hipócrita ha adquirido connotaciones negativas cuando en griego antiguo simplemente designaba al actor de teatro. Chavales que, sin embargo, se ven obligados a pelear por hacer valer su decisión en su propio entorno, donde sufren incomprensión.

«Compañeros que estudian matemáticas me dicen que las voy a necesitar en el futuro, pero el griego me hace pensar y me servirá para estudiar Traducción», admite Blanca Velasco. Alumna de Mariño de 17 años, subraya que lo griego sobrevive incluso en aspectos de la cultura popular: «Mucha gente no sabe que la imagen del fantasma con cadenas viene de allí».

«ESTUDIAR GRIEGO ANTIGUO PREPARA PARA LA VIDA PORQUE ES DIFÍCIL, EXIGE TIEMPO Y AYUDA A CONOCERNOS MEJOR»

Lo de las salidas profesionales parece importar poco en la Accademia Vivarium Novum. Situada a las afueras de Roma, es la impulsora de Athenaze, un método inductivo-contextual que propone enseñar griego a los niños de forma natural. Es decir, como si se tratase de una lengua tan viva como el inglés. Sin dar tanto la matraca con las reglas gramaticales y priorizando lo visual, a través de viñetas que cuentan la vida del entrañable campesino Diceópolis.

Athenaze se presentó en 2009. Cinco años después entraba en vigor la LOMCE en España. Hasta entonces, el Bachillerato de Humanidades contemplaba la obligación de cursar dos años de griego. Ahora es una troncal optativa en 1º y 2º. «En muchos centros públicos y privados ha desaparecido, amparándose en la autonomía pedagógica de la que gozan para fijar los planes de estudios (y no impartir esa materia es ahorrar en un profesorado que requiere además una fuerte especialización) o bajo el pretexto de que no hay suficiente demanda para formar grupo, cuando en algunos casos ni siquiera se ofrece en la matrícula y los alumnos tienen que cambiar de centro para seguir su vocación. Años de fuertes recortes en la educación pública han agravado aún más el problema», critica la profesora Mariño.

Marcolongo sostiene que estudiar griego imprime carácter en la forma de hablar, escribir y pensar. Que declinar (colocarle a un sustantivo o adjetivo el sufijo correspondiente a su función sintáctica) es más una cuestión existencial que lingüística. «En cierto modo, ir al Liceo Clásico es como ser el protagonista (sin saberlo) de las tragedias y comedias griegas: en ellas se guarda el sentido primitivo y feroz del hecho de estar en el mundo», afirma.

Seguramente el paseo lunar de Neil Armstrong no hubiera sido posible si en la NASA alguien no hubiera leído -o traducido- el mito de Ícaro.

Matices del griego antiguo que se han perdido

Alejandro Magno logró que la koiné (la lengua común del helenismo) se hablase en el imperio que forjó desde Atenas a la India. Por el camino, sin embargo, el griego antiguo fue empobreciéndose.

  • Número dual: existía al margen del singular y el plural. Se utilizaba con una entidad doble que viene dada por la naturaleza (los ojos, las manos) o de forma circunstancial (los amantes).
  • Género neutro: existía al margen del masculino y el femenino. Se utilizaba para expresar conceptos abstractos (el regalo, los sueños), objetos inanimados (la lanza) y el cuerpo humano.
  • Modo optativo desiderativo: se utilizaba para expresar voluntad o súplica. En castellano se emplea el condicional.
  • Tema de aoristo: correspondía a una acción puntual e irrepetible, ajena a cualquier tiempo. Por ejemplo, amo, huelo y soy feliz.

 

 

4 noviembre 2017 at 10:29 am Deja un comentario

Andrea Marcolongo: “Los políticos tienen miedo de que aprendamos a pensar”

El libro de Andrea Marcolongo ‘La lengua de los dioses’, una reivindicación del griego clásico, es un fenómeno de ventas. Aquí reflexiona sobre la educación y el idioma

Fuente: ANTÍA GARCÍA  |  EL PAÍS
10 de octubre de 2017

SAMUEL SÁNCHEZ

Declinar, una y otra vez, hasta el aburrimiento, de carrerilla, como quien reza un rosario, sin apenas pensar en el porqué de lo que se está haciendo. Esa ha sido la pesadilla de cientos de estudiantes de griego a lo largo de los tiempos, y Andrea Marcolongo no fue una excepción. La autora del superventas —con más de 150.000 ejemplares vendidos en Italia— La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego (Taurus) recuerda su primer contacto con la lengua de Platón como el de cualquier otro estudiante. “Empecé en el liceo con el alfabeto y luego las reglas gramaticales, como el resto de mis compañeros. No soy un pequeño genio que leyera textos de Aristóteles con ocho años”, bromea. Y fue justo allí, en el liceo, donde descubrió su amor por esta lengua. “Me enamoré del griego cuando me di cuenta de una cosa muy obvia. No podía pensar en italiano y traducir al griego. Tenía que pensar en griego”, y así fue como una lengua que ni siquiera sabemos cómo sonaba se convirtió en la brújula de esta milanesa de 29 años.

Marcolongo recibe a Ideas en la sede de Taurus en Madrid, donde presentó su libro la semana pasada. Su obra no pretende ser un manual de griego clásico al uso, sino que va un paso más allá, para que aquel que lo lea comprenda el griego, y puede que sea por eso por lo que ha conseguido enamorar a miles de millennials en Italia.

PREGUNTA. ¿Por qué cree que el griego ha producido siempre tanto rechazo, sobre todo entre los jóvenes?

RESPUESTA. Bueno, podría ser porque es una lengua que se nos presenta muy ajena, y demasiado diferente a nuestra lengua materna. Otro de los errores que se cometen al enseñar griego antiguo es que se transmite como algo perfecto y complicado que es solo para las élites, y no es así. Con este libro, lo único que pretendía era bajarlo de su pedestal y hacer entender que el griego es para todo el mundo. Otro de los puntos que suelen desanimar mucho a los estudiantes es pensar que es una lengua muerta, que hace siglos que nadie habla. Y es cierto, pero a mí me gusta más hacer la distinción entre lenguas fértiles e infértiles, y el griego es una lengua muy fértil que sirve para crear palabras nuevas. A pesar de que pensemos que hoy no tiene utilidad, es un idioma que está en nuestro día a día. Por ejemplo, cada vez que utilizamos la palabra xenofobia. Xenos es extranjero y fobia es miedo; por tanto, xenofobia es el miedo al extranjero, un término griego que se acuñó en el siglo XX. De hecho, los griegos nunca habrían empleado así esta palabra, ya que xenia, de donde deriva xenos, significa hospitalidad, uno de los valores fundamentales en la antigua Grecia.

“En el sistema educativo prima el principio de que todo tiene que ser fácil. Y no tiene que ser así. Estamos formando a futuros ciudadanos”

P. La última reforma educativa en España, la LOMCE, ha relegado las asignaturas de filosofía y griego al panel de optativas, cortando así la relación de los alumnos con el mundo clásico.

R. En Italia tenemos la misma discusión en el plano educativo. Creo que cuando los políticos toman esta clase de decisiones es porque tienen miedo a que aprendamos a pensar. Las generaciones actuales son hijos de la crisis, sus padres han perdido su trabajo, y se les ha dicho que tienen que estudiar informática porque es en ese campo en el que van a encontrar trabajo. Es como si estuviéramos persiguiendo un futuro que nunca llega. Dejamos el griego a un lado porque, además de considerarlo inútil, pensamos que es algo muy difícil, y en el sistema educativo actual reina el principio de que todo tiene que ser fácil. Pues no, no tiene que ser así. Estamos formando a futuros ciudadanos y debemos enseñarles que no todo en la vida es fácil. Además, tenemos que saber que todas las lenguas, incluso el griego, son política, nos enseñan a pensar, a ponernos en la mente del otro.

P. ¿Qué nos han enseñado los clásicos?

R. Nos dejaron escrito todo lo que hay que saber sobre los seres humanos. Las tragedias griegas nos cuenta cosas de hoy día, porque nos explican que las personas no son pura y enteramente buenas, sino que dentro de nosotros también hay muchas cosas malas y tenemos que aprender a experimentar y gestionar nuestras emociones. Actualmente no sabemos gestionar lo que sentimos; si somos felices, somos sumamente felices, y si estamos tristes, somos las personas más desgraciadas, ya no existen términos medios.

P. En su libro explica que con la expansión del imperio de Alejandro Magno, el griego clásico perdió su esencia en pos de mejorar la comunicación con los “bárbaros”. ¿Estamos perdiendo también nosotros la esencia de nuestras lenguas al implantar tantos anglicismos?

“Cada vez somos más vagos respecto al lenguaje. Ahora en lugar de palabras nos mandamos emoticonos, pictogramas primitivos”

R. Wittgenstein decía que los límites del ser humano son los límites de la lengua que habla. En Italia también estamos invadidos por los anglicismos, utilizamos una palabra inglesa cuando podríamos expresarnos con una en italiano, porque existe, pero no lo hacemos. Yo siempre digo: por favor, cuidemos nuestras palabras, ya que cuidándolas protegemos nuestro mundo italiano.

P. Las nuevas tecnologías y la necesidad de estar siempre en constante comunicación también están degradando el lenguaje tal y como lo conocemos. ¿Cambiarán nuestras lenguas debido a la excesiva economización de comunicación?

R. El móvil, Internet, la tecnología en general son perfectos, son unas herramientas perfectas. Está claro que el móvil es un gran avance respecto a la paloma mensajera, pero hay algo que no ha cambiado: alguien tiene que escribir el mensaje. El problema es que estamos confundiendo el contenedor con el contenido en virtud de esa rapidez, de esa necesidad de responder lo antes posible a todo lo que nos envían. No digo que tardemos años en contestar, pero tampoco hay que hacerlo al segundo y utilizando un lenguaje hiperreducido. Creo que lo que realmente pasa es que nos hemos vuelto demasiado vagos respecto al lenguaje. Lo último ya son los emoticonos, que para mí son más difíciles de entender que el griego. En 2015 Oxford eligió uno de estos emoticonos, uno que se ríe con unas lágrimas (😂), como palabra del año. Cuando lo vi pensé: pero si no es ni una palabra, es un pictograma primitivo. No me parece justo que después de todo utilicemos solo estas caritas que ríen o lloran para comunicarnos; debemos ser más complejos.

OTROS ARTÍCULOS SOBRE LOS ‘CLÁSICOS’ PUBLICADOS EN IDEAS

“Los clásicos nos enseñaron a hacernos preguntas”. Paul Veyne, traductor de Virgilio y autor de numerosos ensayos, reflexiona a los 86 años sobre su vida dedicada a los clásicos y la vigencia de sus textos.

Ulises, el héroe embustero. En el mundo heroico de duelos singulares y brutales choques, descrito por Homero en sus épicos poemas, también hay espacio para movimientos más oblicuos como la mentira y el engaño.

En aguas de Nadie. Con Odisea se desplegó ante los griegos un modelo de actuación en ese nuevo universo que era el Mediterráneo.

 

10 octubre 2017 at 1:50 pm Deja un comentario

Mary Beard: Razones para plantar cara a los acosadores en la Red

La historiadora británica Mary Beard ofrece sus claves para luchar contra la agresividad, los insultos y la crispación en las redes sociales

Fly swatter. JENS MORTENSEN

Fuente: MARY BEARD  |  EL PAÍS
30 de septiembre de 2017

El volumen de comentarios insultantes y abusivos en las redes sociales resulta insoportable. Me encuentro todo el tiempo, un día tras otro, con tuits que me llaman farsante, nenaza (sic), engañifa, mierda, mentirosa, gorda, chiflada, que no sé latín… Es agotador. A eso se añaden las provocaciones y los cuestionamientos constantes, donde se tergiversan mis palabras y se aprovecha cualquier oportunidad para decir que he cambiado de criterio, me he acobardado o lo que sea. Hay que hacer grandes esfuerzos para mostrarse educada y tranquila ante ese diluvio.

Explicaré los antecedentes. En las últimas semanas me he visto envuelta en una especie de tormenta en Twitter, sin que los responsables de la red social hayan podido hacer mucho para detenerla. El detonante fue esta vez una discusión sobre la diversidad étnica de Reino Unido en la época romana (parece algo inocuo, ¿verdad?, pues sigan leyendo). Todo comenzó en julio, cuando un comentarista criticó un vídeo educativo de la BBC sobre una familia en la Bretaña romana, en la que el padre, un soldado de alto rango, era negro (eran dibujos animados, así que no se puede precisar mucho más). El comentarista se quejó en Twitter y en una página web cercana a la llamada derecha alternativa. “La izquierda”, escribió, “está literalmente tratando de reescribir la historia para fingir que en Gran Bretaña siempre hubo una inmigración masiva”.

Algunas personas se me adelantaron en el rechazo a la crítica y describieron muchas de las pruebas existentes sobre la diversidad étnica y cultural de la provincia. Yo me sumé bastante más tarde y dije que el vídeo era “muy atinado”. Por ejemplo, creo que el personaje de la BBC estaba vagamente basado (con ciertas variaciones cronológicas) en Quintus Lollius Urbicus, un hombre procedente de la actual Argelia, que llegó a ser gobernador de Bretaña; se puede visitar su tumba en las ruinas de Tiddis, en el país magrebí. Si quieren tener más datos, vean los blogs de los profesores Neville Morley y Matthew Nicholls. Por cierto, les agradezco a ambos, como a muchos otros, todo el apoyo que me han prestado.

Después de mi breve comentario comenzaron los ataques, que se prolongaron durante semanas. Sin llegar a ser amenazas de muerte (como le ha ocurrido a mi colega estadounidense Sarah Bond, que tuvo la osadía de decir que las estatuas clásicas, en su origen, no eran blancas), forman un torrente de insultos de lo más agresivo contra todos los aspectos de mi persona, desde mi competencia como historiadora y mis puntos de vista elitistas, propios de quien vive en una torre de marfil, hasta comentarios sobre mi edad, mi silueta, mi sexo (vieja chiflada, obesa, etcétera). Han quedado bastante compensados por las muestras de apoyo (doy de nuevo las gracias a todos), y, uno por uno, no pasan de ser irritantes, pero el efecto acumulado es muy desagradable.

 

La cosa empeoró cuando intervino Nassim Nicholas Taleb [ensayista que reside en EE UU], y no para darme la razón. Su participación desató todavía más insultos. Una persona, por ejemplo, colgó una foto de Taleb con un mensaje dirigido a mí: “¿Qué le parece esto?”. Cuando respondí que me sentía ligeramente acosada, otro replicó: “No, esto es un verdadero debate. Si hubiera más, quizá sería mejor historiadora”. Ese mismo tipo publicó después una caricatura de una rana que tapaba la boca de una mujer con la “mano”, lo cual, por cierto, da idea del tono sexista: mientras que Taleb era el profesor Taleb, yo era la señora Beard (los títulos académicos me importan bastante poco, pero es interesante la diferencia en el tratamiento).

Taleb fue un poco menos insultante, pero solo un poco. Me acusó de decir tonterías e intentó convertir la discusión en una especie de pelea de gallos: “¡Me han citado en medios académicos más veces a mí en un año que a ti en toda tu vida!”, llegó a escribir en un momento dado. Creo que yo mantuve el tono educado todo el tiempo, aunque supongo que son otros los que tendrán que decirlo. El profesor Taleb se enfadó cuando dije que había leído su bestseller sobre los riesgos financieros y políticos, pero nada más. En realidad, lo que yo quería decir era que conocía alguna obra suya, aunque no todas.

Me intercambié con Twitter mensajes amistosos y comprensivos, pero no puedo decir que sirviera de mucho para parar los ataques

Seamos justos con Twitter. Me intercambié con ellos mensajes amistosos, comprensivos y serviciales, y les di las gracias por ello, aunque no puedo decir que sirviera de mucho. El problema era que, a juicio de Twit­ter, muy pocos tuits eran verdaderamente denunciables. Algunos lo eran, y no fui la única en señalarlos, con un éxito moderado (hay que aceptar, aunque no esté de acuerdo, que la opinión de Twitter sobre lo que infringe sus normas puede ser distinta de la opinión de distintos usuarios).

¿Qué hacer, pues? ¿Por qué no bloqueé los comentarios, como me sugirieron muchos? Entiendo su punto de vista, pero nunca he tenido claro que haya que bloquear a otros en Twitter. Un motivo para no hacerlo es que hay que mirar. En alguna otra ocasión he recibido amenazas de muerte en la Red, y sé que conviene vigilar los ataques verbales para asegurarse de que se quedan en eso y no derivan en encontrarte en tu puerta una mañana una granada de mano. Bloquearlos no hace que dejen de comentar, solo sirve para no verlos más, y me parece que es como si dejáramos el patio del colegio en manos de los matones. Además, aunque seguramente nadie va a hacer cambiar de opinión a los más convencidos, quizá se consiga con algún agazapado. Y de paso demostrar a todo el mundo que es posible defender las posiciones. Batirse en retirada es el consejo que han recibido las mujeres durante siglos. No respondas, mira hacia otro lado. Aguántate y calla.

Imagen del vídeo de la BBC que ha generado la polémica.

Que es también (me duele decirlo) el consejo que me daban algunos de mis más cariñosos defensores. Cuando, unos días después, volvió a estallar todo, gracias a un tuit del profesor Taleb, afirmé que, en mi opinión, aquella discusión concreta ya estaba agotada y que debíamos pasar a otra cosa. Poco después recibí varias respuestas conciliadoras, del tipo: “Oh, Mary, déjalo estar, cariño, olvídate, bloquéale…”. Pensé que lo que yo había hecho era precisamente dejarlo estar. Acababan de atacarme otra vez y ya me estaban recomendando que no dijera nada.

En definitiva, cuando una mujer abre la boca para protestar, los que están en contra dicen que es una “quejica” y los que están de su parte, al menos algunos de ellos, dicen que es mejor que se calle. No está mal.

Bloquearlos no hace que dejen de comentar, solo sirve para no verlos. Parece como si dejáramos el patio del colegio en manos de los matones

De esta historia tan lamentable pueden extraerse varias reflexiones:

1. Opinar sin saber

Hay un problema de fondo. Siempre he pensado que la Historia no es algo de lo que solo pueden hablar los historiadores profesionales, y no me gusta mucho la gente que dice que “he leído más que tú sobre este tema, así que tengo razón”. Sin embargo, en esta discusión, tuve que preguntar varias veces: “¿Ha leído usted algún libro sobre la historia de la Bretaña romana?”. Unos cuantos tuvieron la decencia de contestar que no. Y era evidente que había varios casos de ignorancia. Al hablar del África subsahariana, más de uno colgó un mapa del Imperio Romano para decir que yo tenía que ser idiota si pensaba que podía haber gente procedente de allí en la Gran Bretaña de la época, porque el imperio no había llegado tan lejos. Me habrían hecho falta muchos caracteres, más de 140, para explicar por qué las fronteras convencionales que se veían en el mapa eran engañosas, y por qué el mundo de entonces era mucho más “romano” de lo que indicaban esas fronteras.

 

Otros querían que les diese una cifra exacta de la “proporción” de minorías étnicas en la Bretaña romana, sin darse cuenta, al parecer, de que no tenemos ni idea de cuánta gente en general vivía entonces en el país, ni de que no se puede hablar de composiciones típicas, dadas las enormes discrepancias que existían entre zonas urbanas y rurales y zonas militarizadas y no militarizadas. El vídeo de la BBC no decía que la familia que aparecía fuera “típica” (aunque el anuncio en su página web sí lo sugería, lo cual tal vez condujo a engaño).

2. No todo son certezas

En general, entre la mayoría de tuiteros y comentaristas, se notaba un ansia de certezas absolutas sobre la diversidad del pasado (y, cuando alguien sugería que esas certezas eran imposibles, los comentarios se convertían en “o sea, ustedes los historiadores no saben nada”). De lo que no cabe ninguna duda es de que el Imperio Romano —incluida Bretaña— tenía gran diversidad étnica y cultural, como muestran los sirios en Bath, o Quintus Lollius Urbicus, o el etíope que, según un escritor romano tardío, conoció a Septimius Severus en la Muralla de Adriano, o la maravillosa pareja de South Shields, Barates y Queenie (Regina), él de Palmira y ella de Essex. Eso es indudable.

Lo malo es que presentar casos concretos con lazos étnicos específicos es mucho más difícil, y exige utilizar una gran variedad de técnicas históricas y científicas. Ni siquiera en el caso de Septimius Severus, el primer emperador romano procedente de África (Libia), sabemos con certeza el color de su piel, cuánto tenía de “nativo” y cuánto de descendiente de un colono italiano.

3. Interpretar con cuidado

Se dijeron muchas tonterías, me temo, sobre datos genéticos, que, para mucha gente (incluido Taleb), parecen ser el instrumento mágico capaz de demostrar, por ejemplo, que no hubo presencia de subsaharianos en la Bretaña romana. No es verdad, no demuestran nada de eso; además, para utilizar esos datos genéticos, es necesario interpretarlos con sumo cuidado. El blog de Neville Morley es muy bueno en este sentido. El principal estudio en el que se basan casi todas estas afirmaciones es el que hizo el Wellcome Centre de Oxford sobre la población británica moderna, que demuestra que, en la población “nativa” tradicional de Reino Unido (antes de las últimas oleadas de inmigración), el componente de ADN subsahariano es muy escaso (no inexistente, pero sí muy escaso). De modo que Taleb se dedicó a burlarse de mí: “¿Dónde han ido a parar esos genes? Una posible explicación es que unos extraterrestres se los llevaron todos. Al fin y al cabo, no soy ningún experto en historia de los extraterrestres”. Muy bien. Pero resulta que en el estudio de Oxford también aparecen muy pocos genes normandos, y es indudable que ellos sí que vinieron en grandes cantidades. Puede que haya anomalías científicas, pero, como dice Morley, la pregunta más importante es por qué ha quedado tan poca herencia genética cuando existen pruebas claras de que hubo diversidad (tal vez los romanos y los normandos se mezclaron poco; tal vez, cuando los romanos dejaron Gran Bretaña, los “matrimonios mixtos” se fueron con ellos). No nos hace falta ningún extraterrestre.

4. Recurrir al insulto

 

Me parece muy triste que no podamos mantener una discusión razonable sobre un tema como la composición étnica y cultural de la Bretaña romana sin necesidad de recurrir al insulto, al ataque, a la misoginia y al lenguaje belicoso. Da pocas esperanzas a la posibilibidad de mantener cualquier conversación sobre la diversidad étnica actual.

He repasado los perfiles de Twit­ter de varios de los que se me han echado encima. Algunos tienen el típico aspecto del solitario descontento. Quiero dejar muy claro que ni la derecha ni la izquierda tienen el monopolio de la mala educación en la Red. No digo nada de eso. Pero me he encontrado con una faceta especialmente desagradable de la derecha, muchas veces reconocible por sus nombres en Twitter. Cosas como (me las estoy inventando) “puño de hierro”, “cabeza rapada” o, a veces, algo en latín macarrónico. Y también con un número de tuits completamente desproporcionado respecto de los seguidores que tienen.

Casi todos estos hombres (son mayoría, pero no hay solo hombres) resultan patéticos más que malos. Y no estoy segura de querer desperdiciar el tiempo de los tribunales con ellos. Pero no sé cómo es posible convencerlos para que dejen de amargar la vida de otras personas (yo tengo suerte, porque soy fuerte y tengo apoyos muy valiosos, pero otros sufren mucho más). Prefiero, sin duda, discutir sobre las discrepancias académicas de manera educada, no saltar a la primera de cambio, ni entrar en peleas con frases como “no digas idioteces”. Pero tampoco quiero vivir en un mundo en el que nadie se enfade nunca, en el que no haya jamás insultos. Ahora bien, no quiero que nadie sea grosero, nunca.

¿Cómo lograr que esta gente deje de practicar acosos colectivos como este? Se aceptan sugerencias.

——————————————–

Mary Beard es catédratica de estudios clásicos en la Universidad de Cambridge y autora de ‘SPQR: Una historia de la antigua Roma’ (Crítica). Recibió en 2016 el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Este texto se publicó en una versión anterior en el ‘Times Literary Supplement’.

 

30 septiembre 2017 at 10:08 am 1 comentario

Mary Beard: “Roma y nosotros. Cómo entender la herencia romana en nuestro tiempo”

“Roma y nosotros. Cómo entender la herencia romana en nuestro tiempo”, conferencia de la Dra. Mary Beard (University of Cambridge), presentada por la Prof. Carmen Fernández Ochoa (Universidad Autónoma de Madrid) y Dr. Javier Salido Domínguez (Universidad Complutense de Madrid), primera del ciclo “Diálogos con el mundo clásico”.

Fuente: Canal del Museo Arqueológico Nacional de España en Youtube

 

12 septiembre 2017 at 1:46 pm Deja un comentario

Mary Beard: “Es una locura comparar el Imperio romano con la Unión Europea”

La historiadora británica, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales el año pasado, ha estado esta semana en nuestro país cumpliendo una apretada agenda. Además de asistir a su investidura como Doctora Honoris Causa por la Universidad Carlos III ha ofrecido dos conferencias en el Museo Arqueológico y la Fundación Telefónica sobre diversos aspectos del mundo que mejor conoce, el de la Antigüedad clásica.

Mary Beard

Fuente: ANDRÉS SEOANE  |  EL CULTURAL
8 de septiembre de 2017

“Me gusta comparar a la gente con alumnos de primero de carrera. Son inteligentes pero ignoran muchas cosas, y para mí es un placer el poder enseñarles”. Y además lo hace magníficamente. No por nada la historiadora británica Mary Beard (Shropshire, 1955), última Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, es conocida como “la clasicista más conocida del mundo”. Su concepción de la historia, que aúna divulgación con escepticismo y conceptos complejos con explicaciones prácticas (y muy divertidas) causa furor entre el público que lee su libros y columnas y sigue sus documentales en la BBC. También sus, en muchos casos, polémicas y heterodoxas opiniones, que generan encendidos debates en Twitter, donde tiene más de 150.000 seguidores.

Esta semana la autora de SPQR ha estado de gira por España para asistir a su investidura como Doctora Honoris Causa por la Universidad Carlos III, “por sus relevantes méritos académicos y profesionales”, a propuesta del Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja. Además ha tenido tiempo para impartir dos conferencias, la primera en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) el miércoles, donde la cola desbordaba el jardín del edificio y solo pudieron entrar los más tempraneros; y la segunda esta tarde en el Espacio Fundación Telefónica, para la que las entradas gratuitas se agotaron una hora más tarde de ser puestas a disposición del público. Todavía permanecerá unos días en nuestro país donde el domingo comenzará en Cádiz el rodaje de un nuevo documental con Julio César como protagonista.

Si hoy tuviéramos a Cicerón aquí no nos entenderíamos con él y el no entendería nada de nuestra vida”

Pregunta.-¿Cuáles son los peligros de ver la historia con los ojos de hoy, de no contextualizar?
Respuesta.- Ese es el gran peligro de los que investigamos la historia y de los que la aprenden, claro. Es complejo, porque en el caso de los romanos, ellos comparten muchos de los problemas que podamos tener hoy en día, como el vivir en una gran ciudad, pero si hoy tuviéramos a Cicerón aquí, seguramente no nos entenderíamos con él y el no entendería nada de nuestra vida. Tendemos a quedarnos solo con los paralelismos, pero siempre es en realidad un tira y afloja, un toma y daca. Es como si el historiador fuera una persona que está caminando sobre una cuerda floja. A un lado miras y ves algo totalmente desconocido y raro, y a otro lado es todo muy familiar y muy como nosotros. Para mí esta es la parte interesante de estudiar el pasado y es algo que no solo pasa con la Antigüedad, ocurre aunque estudies el siglo XIX. Tampoco hay una respuesta correcta necesariamente a eso, por lo que lo único que trato de hacer es mostrarle a la gente esas dos partes para que por un lado les atraiga la familiaridad, porque si no te ves relacionado de alguna forma contigo no puedes empatizar; y por otro lado presentar algo raro y anómalo, que gusta y ofrece un atractivo de estudio y de conocimiento.

P.- Como comentaba el otro día en el Museo Arqueológico, ¿cómo nos concierne hoy Roma? ¿Qué podemos aprender y dónde acaban estas enseñanzas?
R.- Hay que tener mucho cuidado a la hora de pretender tomar lecciones de Roma sin examinarlas. No tenemos que pensar que esas enseñanzas podemos aplicarlas sin más, sin actualizarlas. Quizá tenemos nosotros más que enseñar a los romanos que al revés. No estoy muy interesada en esos profesores e historiadores nostálgicos que piensan que Roma es algo que hay que copiar y emular. Mejor no hacerlo, créame. Pero sí pienso que la historia de los romanos, esa época de la Antigüedad, podría llevarnos a entendernos mejor a nosotros mismos, es decir, el estudio de las diferencias nos hace vernos con otros ojos, para lo bueno y para lo malo. Establecer un diálogo con esa época es una manera de reexaminarnos a nosotros mismos más que de aprender lecciones.

En muchos aspectos somos herederos de los debates políticos y sociales que ya se daban en Roma hace 2.000 años”

En ese sentido, Beard destaca que en muchos casos no somos conscientes de la impronta y de la influencia que en muchos aspectos políticos y sociales de nuestro día a día tiene la cultura romana, cuya visión del mundo y legado son alargados. “Sin duda la cultura occidental no debe todo a los griegos o romanos, y yo lo agradezco, pero sin duda hemos heredado muchas convenciones y reglas del mundo clásico”, explica. “Hoy en Occidente tenemos unos debates muy similares a los que podía haber en Roma, aunque las respuestas quizá podrían no ser las mismas. Pero hemos heredado formas de pensar y de afrontar los dilemas y cuestiones políticas, y en cierta forma somos herederos de sus mismos debates, como por ejemplo las libertades civiles y todo eso”. Recuerda la historiadora que “han existido en la historia de Roma una serie de debates constantes, como el terrorismo político plasmado en figuras como Julio César o Catilina o la esclavitud y sus límites, que han trascendido hasta hoy y se han convertido en mitos funcionales de nuestras sociedades“. Es en esta capacidad de Beard para acercar Roma a la actualidad, para demostrar que nuestros dilemas ya estaban sobre el tablero hace 2.000 años, en donde radica la mayor parte de su éxito.

P.- En toda su obra late la idea de que en toda su historia, mítica y real, Roma deja claro su papel inclusivo y multicultural, ¿deberíamos recoger hoy ese mensaje? ¿Cómo?
R.- Sí, es cierto que Roma, tanto a nivel Imperio como a nivel ciudad, no solo era inclusiva, sino que además tenía una alta conciencia de serlo que estimaba mucho, porque no es lo mismo serlo por casualidad y no a propósito. Eso es algo que a nosotros nos sorprende hoy en día, pero lo que tenemos que tener en cuenta es que quizá no todo era de color de rosa, que también allí había xenofobia y marginalidad. Pero en líneas generales de esa cualidad del espíritu romano debemos sacar lecciones, porque lo describamos como lo describamos, un imperio exitoso, brutal o militarista, se construyó a base de incorporar a los extranjeros y no a base de excluirlos. Ellos lo hicieron de esa manera y nosotros, en cierto modo, estamos haciendo las cosas distintas. Aún así, la comparación no es posible a ningún nivel más que general, es una locura comparar el Imperio romano con la Unión Europea, pero aunque no nos adhiramos a su sistema, por lo menos debería servirnos para ver que existen otros caminos, otras vías posibles a las que está explotando Europa hoy en día.

El multiculturalismo de Roma debería servirnos para ver que existen otras vías posibles a las que está explotando Europa”

La intensiva visita de Mary Beard a nuestro país se ha cerrado esta tarde con otra conferencia, pronunciada en este caso en el auditorio de la Fundación Telefónica, en la que la historiadora británica se ha explayado sobre uno de sus temas favoritos, la perspectiva feminista, el análisis del papel de la mujer en ese mundo clásico que tan bien conoce y las consecuencias derivadas de esa visión antigua en la actualidad. “Quiero reflexionar sobre la silenciacion de la mujer desde el homerismo clásico hasta la Roma imperial y sobre alguna de las formas en las que las voces de las mujeres no se escuchan en las variadas esferas de nuestro mundo actual. Una sordera generalizada en nuestra sociedad”, ha comenzado.

Así, bajo el título de Women’s speech, women’s power, Beard ha hablado de los discursos que han influido en el silenciamiento de las mujeres desde la Grecia antigua hasta la actualidad y el papel que juega la mitología clásica en nuestras propias representaciones del poder, o la ausencia de este, en el caso de las mujeres. “Este tema es mucho más complicado que una simple misoginia, a lo que alguna gente quiere reducir este problema”, se ha lamentado. “Hay una gran carga histórica detrás de la silenciación de las mujeres que se remonta a toda la tradición clásica grecolatina y que pervive hoy, pero ya va siendo hora de cambiarlo”.

 

9 septiembre 2017 at 10:00 am 1 comentario

Mary Beard, la latinista que no esquiva ninguna pelea en Twitter

La profesora de Cambridge, autora de ‘SPQR’, llena auditorios en su gira española

Mary Beard, fotografiada este viernes en la Fundación Telefónica. CARLOS ROSILLO

Fuente: GUILLERMO ALTARES > Madrid  |  EL PAÍS
8 de septiembre de 2017

¿Puede un tipo llamado Quintus Lollius Urbicus, nacido en Argelia en el siglo segundo de nuestra era, ser el protagonista de una tormenta de fango en las redes sociales, con miles de tuits? Sí, si está Mary Beard en medio. Esta profesora de estudios clásicos en Cambridge es, a la vez, una erudita muy respetada, autora de libros como SPQR, Pompeya o El Triunfo Romano, y una celebridad global por sus documentales en la cadena británica BBC o su presencia en redes sociales, donde decidió hace tiempo no esquivar ninguna pelea. Mary Beard (Shropshire, 1955) ha visitado esta semana España para ser investida doctora honoris causa por la Universidad Carlos III y ha impartido dos conferencias, en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) el miércoles y ayer en el Espacio Telefónica. En el museo, la cola superaba de lejos el jardín del edificio y solo los que llegaron dos horas antes pudieron entrar. En Telefónica, las entradas gratuitas se agotaron a la hora de ofrecerse en la red. Después de su paso por Madrid, el domingo comenzará en Cádiz el rodaje de un nuevo documental, con Julio César como protagonista.

Público asistente a la conferencia de la académica Mary Beard en la Fundación Telefónica. CARLOS ROSILLO

Su última batalla en Twitter se produjo este verano cuando la BBC emitió un documental para niños en el que mostraba a una familia en la Inglaterra romana donde el padre era negro. Eso provocó una serie de tuits abiertamente racistas y Mary Beard entró al trapo, tanto en su blog del Times Literary Suplement como en la red social, donde tiene casi 150.000 seguidores. Frente a los insultos, se dedicó a razonar, a dar información y datos: el hombre retratado era el citado Quintus Lollius Urbicus, gobernador de Britania bajo Antonino Pío, y tenía grandes posibilidades de ser subsahariano. Lo que más desconcertó a Beard durante esa polémica fue la dificultad con la que los acosadores en las redes lidiaban con la incertidumbre. “Me decían cosas como ‘entonces cuál era el porcentaje de negros en la Inglaterra romana’, a lo que yo respondía: ‘cómo lo vamos a saber si ni siquiera sabemos qué población tenía la Inglaterra romana”, explica en una entrevista en Madrid antes de sus conferencias.

140 caracteres

“Con 140 caracteres, no es el mejor medio para mantener discusiones sutiles”, señala entre carcajadas (la profesora Beard casi siempre se está riendo y es capaz de hacer que la transcripción latina más obtusa sea entretenida). “Y desde luego la Red no está preparada para explicar que no saber algo no significa un fracaso, sino simplemente que no tenemos pruebas para ello. Lo grave es que el debate político también rehúye la incertidumbre, nos pide certezas ante las que no tenemos respuestas, como ¿debemos salir de la UE? Sí o no. No podemos decir que no entendemos la pregunta”.

También cree que los romanos disponían de algo parecido a Twitter, las pintadas en las paredes. Ella ha estudiado a fondo las de Pompeya, el lugar del mundo donde más se conservan, y en las que aparecían inscripciones tan delicadas como “Publius Comicius Restitutus estuvo aquí con su hermano” mientras que alguien había escrito al lado: “¿Y cagó?”. “Todas las sociedades han inventado una forma de decir yo estoy aquí. El problema es que en Pompeya lo leían unos pocos, unos miles como mucho. Ahora puede ser masivo y en ocasiones Twitter se ha convertido en una ciénaga con cosas horribles, pero también hay cosas buenas. Yo he recibido muchos insultos, pero también apoyos, elogios, gente que me agradece que me enfrente a esos imbéciles”.

El éxito de Mary Beard no se explica solo por sus documentales para la BBC —disponibles en plataformas como Filmin o YouTube—, ni por la calidad de sus libros, sino por su capacidad para acercar Roma a la actualidad, para demostrar que muchos de los dilemas a los que nos enfrentamos ahora ya estaban sobre la mesa hace 2.000 años.

Siempre ha mantenido que no debemos admirar a Roma, que no debe ser ejemplo para nosotros, pero sí mantiene que explica muchas cosas. Por ejemplo, en el Museo Arqueológico Nacional, que recorrió el miércoles, se conserva una bellísima estatua de Livia, la esposa del primer emperador Augusto, que fue acusada por Tácito y Suetonio de todo tipo de maldades (entre ellas de envenenar a su esposo), explotadas luego por Robert Graves en Yo, Claudio. “Livia tenía muy mala reputación. Ellos no lo inventaron y lo que refleja es la sospecha general que las mujeres despertaban en el Imperio romano. Pero también tiene otra lectura: tras el final de la República, las decisiones se tomaban en secreto, lo importante ocurría fuera de la vista del público. Y alguien tan cercano al emperador como Livia levantaba sospechas. ¿No ocurre ahora lo mismo con Donald Trump aunque, al menos por ahora, no tenga un poder absoluto? ¿No se dice lo mismo de Ivanka o Melania?”.

LA ACTUALIDAD DE TÁCITO

“Nunca ha habido un mejor analista de la corrupción del poder”, asegura Mary Beard sobre el historiador romano Tácito (y no es la única experta en literatura romana que lo piensa). Este escritor y político romano, que vivió entre los años 55 y 120, relató la historia de los primeros emperadores en sus Anales.

“Uno de sus aspectos más increíbles es que la corrupción también llega a su estilo, que es muy difícil, lo que cuenta se transparenta en la forma en la que lo relata. También estoy segura de que en todas las épocas, siempre ha existido alguien que pensaba que era el mejor momento para leer a Tácito”. Al principio de su gran obra —de la que se ha perdido gran parte a lo largo de los siglos—, Tácito asegura que escribe “sin ira y sin parcialidad” y tal vez sea ese otro de los motivos por los que 2.000 años después seguimos leyéndolo.

 

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8 septiembre 2017 at 8:47 pm Deja un comentario

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