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Heródoto, el historiador viajero

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, Heródoto concibió la historia como una investigación personal y una exploración de otras culturas, incluidas las de los pueblos “bárbaros”.

El padre de la historia. Heródoto de Halicarnaso describió el mundo y los acontecimientos que marcaron su época en su Historia, una magna obra que siglos después fue dividida en nueve libros. Aquí en un busto  en el Museo Metropolitano de Nueva York. ESCULTURA: MMA / RMN-GRAND PALAIS

Fuente: CARLOS GARCÍA GUAL  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
25 de septiembre de 2017

Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, comienza sus poemas invocando a la “Musa divina” como inspiradora de su obra; Heródoto, en cambio, pone su nombre propio en la primera línea de su relato, escrito no en verso, sino en prosa. Esa firma personal sirve como garantía de la veracidad de su testimonio y de su narración, como harán otros dos cronistas, Tucídides y Jenofonte.

En ese inicio encontramos también la palabra que denominará para siempre a este nuevo género de escritura: historia. El relato que presenta Heródoto es el resultado de su investigación personal (apodexis historíes). Enseguida nos advierte de que no pretende contar mitos de los dioses y héroes antiguos, sino “los hechos de los hombres”. Pero hay algo en su gran proyecto narrativo en lo que coincide con los poetas épicos: escribe para salvar del olvido el recuerdo de gestas admirables. Conviene fijarse bien en las líneas iniciales de ese relato histórico pionero, tan extenso y de largo aliento, que esboza su programa de clara novedad: “Ésta es la exposición de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, a fin de evitar que, con el tiempo, caigan en el olvido los hechos de los hombres y que las gestas importantes y admirables realizadas tanto por griegos como por bárbaros, y de manera particular el motivo por el que lucharon unos contra otros, queden sin gloria”.

Heródoto quería explicar las causas de la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas

En este prólogo, escrito sin duda al concluir su extensa obra, subraya un doble objetivo: referir las grandes gestas tanto de griegos como de no griegos –bárbaros– y, en segundo lugar, explicar las causas de la tremenda guerra entre unos y otros, la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas (492-478 a.C.). En el texto de Heródoto, la palabra bárbaros no tiene ningún matiz despectivo, como sí tendrá posteriormente en Tucídides y otros autores clásicos. Heródoto admira el mundo abigarrado de “los bárbaros”, sus hazañas y los grandiosos monumentos que erigieron.

Un hombre cosmopolita

Heródoto vivió aproximadamente entre los años 485 y 425 a.C. Es, por tanto, coetáneo del sofista Protágoras y del poeta trágico Sófocles. Consiguió gran renombre durante su visita a Atenas hacia 441 a.C. Allí fue invitado a leer con gran éxito algunos capítulos de su obra y recibió un premio importante por ello, un pago a sus elogios de la heroica lucha de los griegos, sobre todo de los atenienses, en defensa de la libertad.

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, de donde fue desterrado, pasó largo tiempo en la isla de Samos y luego se dedicó a viajar. Fue en Jonia donde surgieron los primeros filósofos, en ciudades como Mileto o Éfeso, urbes comerciales y abiertas al mar, siempre bajo la amenaza del vecino Imperio persa. Allí forjó Heródoto su carácter y su ánimo intrépido de amante de los viajes, curioso y tolerante, y tomó nota de las noticias frescas de lo que veía y lo que le contaban, como un buen reportero avant la lettre; no en vano, Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, lo vio como un guía ejemplar para viajeros a tierras lejanas en su libro Viajes con Heródoto.

La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos. Heródoto habla de lógoi, algo así como “tratados”, cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final. En el libro primero de su Historia, Heródoto trata del reino de Lidia, del fastuoso rey Creso y sus enormes riquezas, y de la conquista de este territorio por el rey persa Ciro. En el segundo libro nos habla de Egipto y sus maravillas. El tercero comienza con la conquista del país del Nilo por el persa Cambises y vuelve a las historias de Persia. El cuarto libro abarca dos lógoi: uno sobre Escitia (región situada en Asia Central) y otro sobre Libia.

Los libros siguientes relatan el conflicto bélico entre griegos y persas, episodio tras episodio. En el quinto enfoca las intrigas de los persas en Macedonia y los conflictos de las ciudades griegas, con noticias sobre las políticas de Esparta y Atenas. Los siguientes libros cuentan las dos guerras médicas: en el sexto, la expedición de Darío, que concluye con la victoria griega en Maratón; el séptimo evoca con intenso dramatismo las batallas decisivas, las de Termópilas y Maratón; en el libro octavo, la de Salamina, y en el noveno narra la de Platea. Todas ellas sellan la merecida victoria final de los griegos.

El primer reportero

Heródoto reúne noticias muy variadas de sus viajes y experiencias. No se basa para ello en textos escritos, no usa viejos archivos, sino que cuenta lo que ha visto y oído en sus largos viajes y, ya en la segunda parte, nos describe y comenta, como nadie antes, la guerra que decidió la libertad de Grecia, con especial referencia a la democrática Atenas. No sólo es el “padre de la historia”, como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural. Nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró con enorme agudeza escuchando a informadores de distintos países a lo largo de sus itinerarios. Sus instrumentos fueron la mirada curiosa (ópsis), el escuchar a fondo (akoé) y la reflexión crítica sobre los datos recogidos (gnóme).

No sólo es el “padre de la historia”, como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural

Los primeros libros de su Historia atestiguan esa faceta de viajero excepcional. Visitó Egipto, recorriendo el valle de Nilo hasta la primera catarata en Elefantina (Asuán), donde acababa el Egipto antiguo, a unos mil kilómetros del mar. También visitó Mesopotamia y nos ha dejado una descripción de la famosa Babilonia y las comarcas cercanas; tal vez llegara hasta Susa. Hacia el norte, visitó las colonias griegas a orillas del mar Negro, y más allá se internó en las praderas pobladas por los errabundos escitas, en la estepa ucraniana, hasta llegar cerca de la actual Kíev. Recorrió también el norte de África, pasando por la Cirenaica y la costa de la actual Libia. Recaló un tiempo en las ciudades griegas del sur de Italia y colaboró en la fundación de la colonia de Turios. Podemos suponer que deambuló por toda Grecia y visitó muchas islas del Egeo.

Nos habría gustado saber más de las andanzas del intrépido viajero. ¿Cómo viajaba? ¿En solitario y con mínima impedimenta? ¿A caballo? ¿Cómo pagaba sus gastos y dónde se albergaba? ¿Registraba sus encuentros e impresiones en apuntes en rollos de papiro? Algunas regiones que Heródoto recorrió estaban colonizadas por griegos –como la costa del mar Negro o el sur de Italia–. También en la costa norte de Egipto había comerciantes griegos, y en Persia, tal vez algunos mercenarios. Pero ¿y en la estepa escita, cuando remontó el río Dniéper viajando entre tribus bárbaras, o en el Alto Egipto? Por otra parte, parece que sólo conocía el griego (como era natural en los viajeros griegos de la época), así que en Egipto tuvo que recurrir a sacerdotes locales bilingües para que le interpretaran las inscripciones más o menos sagradas de los templos.

Heródoto era, indudablemente, un tipo excepcional en su curiosidad por lo exótico y en su admiración de lo extraordinario. Al recordar al sabio Solón cuenta que, tras su etapa como legislador en Atenas, partió de viaje “por afán de ver mundo” (theoríes héneken). Ese mismo “afán téorico” movía sin tregua a Heródoto, pero en él va unido a las ganas de narrar las cosas asombrosas que ha visto o que le contaron, y lo hace en un estilo muy claro, con descripciones y anécdotas de vivo colorido en escenarios muy variados.

Pionero de la antropología

Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como “egiptomanía”

Comparado con historiadores como Tucídides o Jenofonte, Heródoto se revela –sobre todo en los primeros libros– como un narrador divertido y fabuloso; después, cuando describe la guerra y sus contextos políticos, resulta más austero. Pero si nos detenemos en la lectura de la mitad inicial de su gran obra podemos admirar toda la variedad de sus observaciones. Es, con razón, muy conocido el libro segundo, dedicado a Egipto –que, desde tiempos de Homero, fue un país que siempre fascinó a los griegos y adonde viajaron famosos sabios como Tales, Pitágoras y más tarde Platón–. Fue Heródoto quien lo llamó “un don del Nilo”.

Y, en efecto, comienza hablando del caudaloso río y de las teorías sobre sus lejanas fuentes en el centro de África, para describir luego las extrañas costumbres de sus gentes, así como algunos animales del variopinto bestiario egipcio, como el cocodrilo, el ibis y los gatos (por entonces, unos animales poco conocidos por los griegos). Asimismo trata de las colosales pirámides y de los dioses, sus templos, sus arcanos ritos y las historias asociadas a ellos; incluso narra cuentos curiosos, como el del ladrón de tesoros de pirámides, Rampsinito. Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como “egiptomanía”.

Heródoto es así, en cierto modo, el primer antropólogo que explora mundos ajenos a su cultura. Abre ojos y oídos a las tradiciones de otros pueblos y elabora una pintoresca narración, una “historia” de horizontes lejanos, monumental y novelesca a ratos; se nos aparece como un viajero ilustrado fascinado por Oriente y Egipto, un pensador de extraordinaria amplitud de miras, tolerante y ameno.

Como otros historiadores griegos, Heródoto vivió desde joven en el exilio y compuso su magna obra desde él. Al igual que Tucídides, Jenofonte y Polibio, la experiencia del destierro le incitó a tender una mirada aguzada e imparcial sobre otras culturas, sin censuras morales ni partidismos patrióticos. Lo hizo con el hondo orgullo de ser un hombre libre y haber conocido la democracia, y de manejar la flexible lengua griega y afianzar, escribiendo en la joven prosa jonia, la tradición helénica del gusto por el diálogo en libertad y el examen crítico ante los hechos y las personas. Por eso, en los últimos libros de su Historia, exaltó la lucha heroica de los griegos por su independencia contra el gran ejército de los persas, llevados de continuo al desastre por reyes despóticos.

Desafiar al olvido

“Todo es azaroso en la vida humana”, apunta en una sentencia; “La divinidad es envidiosa y perturbadora”, dice en otra

Coetáneo y amigo de Sófocles, Heródoto mantiene una visión humanista y trágica de la historia universal, con esa mentalidad arcaica que veía a los humanos como seres “efímeros” de azaroso destino. Incluso el poderío y la ambición de los más grandes puede derrumbarse. “Todo es azaroso en la vida humana”, apunta en una sentencia; “La divinidad es envidiosa y perturbadora”, dice en otra. “No llames a nadie feliz hasta contemplar su último día”, alecciona el ateniense Solón al riquísimo rey Creso, que recordará la frase al caer derrotado por el persa Ciro.

La divinidad abate a los orgullosos y premia a los justos, y castiga el exceso de soberbia, como hizo con Jerjes, al que ya Esquilo en su tragedia Los persas presentó como ejemplo de hybris (el arrebato pasional que lleva a los hombres a desafiar los límites impuestos por los dioses). Para Heródoto, el mundo se mueve bajo la mirada de los dioses, pero la providencia divina nos es extraña e imprevisible. El destino resulta trágico, y por ello vale la pena celebrar las gestas heroicas y las maravillas, e inventar, para siempre, la historia, es decir, un testimonio acreditado a favor de las glorias humanas desafiando las sombras del olvido.

 

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25 septiembre 2017 at 7:13 pm Deja un comentario

Diez maravillas romanas sin pisar Roma

Del coliseo de ‘Gladiator’, en Túnez, al palacio Diocleciano, en Split, ruta por los restos del gran imperio

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Turistas en el interior del anfiteatro de El Djem, en Túnez. / BAILEY-COOPER (AGEFOTOSTOCK)

Fuente: El Viajero – EL PAÍS
8 de diciembre de 2016

Para viajar a la antigua Roma no hace falta visitar la capital italiana. Por toda Europa, el Norte de África y Oriente Próximo también encontraremos todavía sus huellas, 2.000 años más tarde, en restos monumentales que acaparan las fotos de los viajeros: desde ciudades completas, como Pompeya, a baños termales, teatros, palacios, anfiteatros, murallas y obras de ingeniería increíbles. Hemos seleccionado 10 yacimientos para regresar a la gran Roma… sin pisarla.

01 Pompeya, la cápsula del tiempo
ITALIA

Comenzaremos por uno de los vestigios más famosos de la vida en la antigua Roma: Pompeya. Al pasear por las calles de esta antigua ciudad, inquietantemente bien conservadas, no se puede evitar ir echando vistazos al oscuro y amenazante cono del monte Vesubio, volcán aún activo de 1.280 metros de altura. Se dice que el Vesubio explota a lo grande cada 2.000 años y su último cataclismo se produjo en el año 79. Echando cuentas, la visita resulta todavía más escalofriante.

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Una calle de la antigua ciudad de Pompeya (Italia). / HONGJIONG SHI (AGEFOTOSTOCK)

Pompeya se llevó la peor parte de la ira incendiaria del Vesubio en el siglo I. La ciudad, fundada en torno al siglo VII antes de Cristo, se convirtió en el sitio de moda para las vacaciones en la bahía de Nápoles. En la explosión que la arrasó por completo murieron miles de personas: Pompeya quedó sepultada bajo una capa de lapilli (piroclastos pequeños) durante cerca de 1.000 años, una especie de cápsula del tiempo, aunque enterrada en terribles circunstancias.

Pompeya tenía una extensión de 66 hectáreas y de lo excavado hasta ahora (quedan partes sin desenterrar) no se puede visitar todo en un día.

Puesto que la mayoría de los millones de turistas que la visitan van a cotillear los frescos del burdel romano, hay suficientes callejuelas interesantes para alejarse del gentío. Pero, ¿por dónde empezar? Por el ancho foro, por ejemplo, entre cuyos pilares aún se puede oír a los comerciantes vendiendo y a los filósofos, filosofando. Se puede deambular por calles de enormes y desgastados adoquines por las rodadas de los carros, o visitar el impresionante anfiteatro, el más antiguo entre los que siguen en pie (150 años más viejo que el famoso Coliseo de Roma). Y luego queda lo más macabro: moldes de yeso de personas encogidas de miedo, realizados a partir de los fantasmales huecos que sus cuerpos dejaron en la ceniza.

Pompeya está a unos 40 minutos en tren desde Nápoles o Sorrento, y la entrada al yacimiento se encuentra a solo 50 metros de la estación.

02 Bath, un baño de belleza
REINO UNIDO

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Los antiguos baños termales romanos en Bath, en Inglaterra. / VICTOR KORCHENKO (AGEFOTOSTOCK)

Todo empezó con el rey Bladud y sus cerdos leprosos: cuando las bestias se curaron al revolcarse en estas aguas, se descubrió el manantial curativo. Los romanos llegaron en el siglo I y las bautizaron como las aguas de la diosa Sulis. Actualmente, este enclave inglés de majestuosos baños y templos a 90 minutos en tren de Londres se llama Bath (baño). Lo que a la localidad le falta en imaginación respecto a su nombre se compensa con su magnificencia. Es patrimonio mundial de la Unesco y sus baños (hoy convertidos en museo) ofrecen una visión del pasado romano.

03 Timgad, símbolo de Roma en África
ARGELIA

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Ruinas de la colonia romana de Timgad, en Argelia, con el arco de Trajano al fondo. / WITOLD RYKA (ISTOCK)

En esta extraordinaria colonia militar romana, ubicada en la actual Argelia, cuesta apreciar el aspecto de conjunto de las ruinas por lo extenso de sus cuarteles, termas, capillas y columnatas. Esta ciudad, concebida como un cuadrado perfecto, se extendió por nuevos territorios durante su apogeo (entre los siglos II y III) y constituye una muestra del poder romano en África, aunque albergó también un fuerte bizantino. El elemento más impresionante entre lo que queda en pie es el arco de Trajano, pero no hay que perderse el museo de Timgad.

Timgad está en los montes Aurés. La ciudad de acceso es Batna, a unos 40 kilómetros de distancia.

04 Beit She’an, las provincias romanas
ISRAEL

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La antigua ciudad de Beit She’an, en Israel. / ALEXEY STIOP (ISTOCK)

En Israel, la vida tras Jesucristo fue una época de esplendor y decadencia, algo que queda patente en las ruinas de Beit She’an. Pueden verse calles con columnatas, un teatro con capacidad para 7.000 personas que se conserva casi igual que hace 1.800 años –los baños públicos originales quedan cerca de allí– y dos casas de baños, además de enormes columnas de piedra que descansan en el sitio exacto donde se derrumbaron durante el terremoto que arrasó la ciudad en el año 749.

Se puede llegar al yacimiento en autobús desde Jerusalén, en unas dos horas. Sobre todo, no hay que perderse el espectáculo multimedia al anochecer que devuelve las ruinas a la vida.

05 Baalbek, la ciudad del sol
LÍBANO

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Restos de la ciudad romana de Baalbek, en Líbano. / AGEFOTOSTOCK

Las ruinas de uno de los proyectos arquitectónicos más atrevidos del Imperio Romano no se encuentran en Roma, sino en el altiplano del valle de Bekaa, en Líbano. Esta increíble colección de templos colosales, que se transformó en la Ciudad Sagrada del Sol, eclipsa por su monumentalidad a cualquier otra construcción que intentaran realizar los antiguos romanos. Al subir las escaleras del templo de Júpiter, el visitante se convierte en una hormiguita entre gigantescas columnas de granito. Bajo la gran entrada al templo de Baco es posible maravillarse con sus increíbles tallas y, luego, sentado sobre una de las gigantescas losas de caliza del peristilo, observar el alcance y la visión de este monumento, construido para gigantes.

La razón por la que los romanos decidieron construir sus templos más ambiciosos tan alejados de su capital sigue siendo un misterio. Pero estos restos, muy bien conservados, que han sobrevivido a terremotos, pillajes y guerras a los largo de los siglos, conforman uno de los lugares más fascinantes de Oriente Medio y una auténtica maravilla de la ingeniería y la arquitectura de la antigüedad.

Baalbek está a dos horas en coche de Beirut. La seguridad en el valle para los viajeros cambia bastante, así que conviene informarse antes de viajar hasta allí.

06 Split, historia viva del Adriático
CROACIA

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Turistas visitan el Peristilo del Palacio de Diocleciano, en Split (Croacia). / GONZALO AZUMENDI (AGEFOTOSTOCK)

En muchas ciudades de Europa hay ruinas romanas, pero las de Split forman parte del moderno entramado de la ciudad. El palacio central de este animado puerto dálmata fue construido por el emperador Diocleciano, que importó el mármol de Italia y Grecia, y trajo columnas y esfinges desde Egipto para decorar su majestuosa casa. Algunos de los callejones están desiertos, otros están llenos de bares y cafés, los vecinos cuelgan en ellos su colada y los niños juegan al futbol en el interior de los antiguos muros romanos.

A Split es muy fácil llegar en avión directo desde muchas ciudades europeas y hay numerosos ferris. Es un destino imprescindible de cualquier viaje por Croacia.

07 El muro de las maravillas
REINO UNIDO

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Senderistas junto a restos del Muro de Adriano, cerca de Housesteads (Inglaterra). / STEPHAN GOERLICH (AGEFOTOSTOCK)

Al recorrer el camino del Muro de Adriano, un sendero de 117 Kilómetros que cruza el norte de Inglaterra de costa a costa –desde Wallsend, en el este, hasta Bowness-on-Solway, en el oeste–, se descubre lo interesados que estaban los romanos en mantener a los escoceses a raya. Levantado entre los años 122 y 128, y bautizado con el nombre del emperador que ordenó su construcción, el Muro de Adriano fue una obra de ingeniería increíble. La estructura contaba con una puerta vigilada en cada milla romana.

Se pueden contemplar restos del muro en Housesteads, cerca de Hexham.

08 Museo Nacional del Bardo
TÚNEZ

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Una de las salas del Museo Nacional del Bardo, en Túnez. / KEVIN O´HARA (AGEFOTOSTOCK)

Con una espectacular colección de mosaicos romanos, el Bardo es el museo más importante de Túnez. En su interior se ofrece una vívida representación de cómo era la vida en el norte de África en la antigüedad gracias a sus mosaicos, muy bien conservados. Observar el más famoso del museo, el de Virgilio, invita a la reflexión sobre el esplendor del imperio romano. También es posible ver una increíble colección de objetos de valor incalculable recuperados por arqueólogos submarinos de un pecio romano frente a la costa de Túnez.

El Bardo está a cuatro kilómetros del centro de Túnez y se puede llegar en tranvía (línea 4).

09 Un símbolo segoviano (y del ingenio romano)
ESPAÑA

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Vista elevada del Acueducto de Segovia. / SEAN PAVONE (ISTOCK)

Que un monumento romano tan espectacular como el Acueducto de Segovia haya sobrevivido en pleno corazón de una capital provincial es un milagro. En una visión totalmente incongruente, pues sus famosos arcos se alzan desde el casco urbano como si fueran una obra de Escher, repitiéndose hasta el infinito. Levantado por los romanos en el siglo I, sus 163 arcadas y sus 28 metros de altura (en el punto más elevado) dejan con la boca abierta a todo el que visita la ciudad. Para descubrir una perspectiva distinta hay que subir las escaleras que hay al lado del monumento.

El AVE conecta Segovia con Madrid en 30 minutos.

10 El Djem, el coliseo africano
TÚNEZ

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Panorámica del anfiteatro de El Djem, en Túnez, donde se rodaron algunas escenas de ‘Gladiator’, de Ridley Scott. / Brian Brake (AGEFOTOSTOCK)

¿Qué hicieron los romanos por nosotros? Bastantes cosas, probablemente, pero en El Djem, concretamente, construyeron una de las grandes maravillas del norte de África. En su momento de máximo esplendor, en el siglo III, este gran anfiteatro tenía cabida para 35.000 espectadores, que rugían pidiendo sangre mientras los gladiadores luchaban a golpe de músculo y metal contra animales salvajes, o combatían entre sí para entretener al emperador. Era el tercer anfiteatro más grande del Imperio y se conserva casi intacto, demostrando lo maravilloso que es el legado romano.

A diferencia del Coliseo, en el que claramente se inspiró, el gran teatro de El Djem se alza sobre la localidad homónima que lo rodea, formada por las típicas casas árabes, bajas y de techo plano. Aún puede imaginarse el subidón de adrenalina que debía de dar cuando se liberaban las bestias en la arena. Y si les parece haberlo visto antes, tranquilidad, no están delirando: apareció en dos películas tan distintas como archiconocidas, Gladiador y La vida de Brian.

El anfiteatro domina el centro de la localidad tunecina de El Djem que se puede visitar en una excursión desde Susa o Sfax.

 

9 diciembre 2016 at 12:06 am Deja un comentario

Muere el arqueólogo e historiador abulense Emilio Rodríguez Almeida

Diputación y Ayuntamiento lamentan el fallecimiento de «el alma de la historia antigua de Roma»

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Emilio Rodríguez Almeida – ICAL

Fuente: ABC   22/02/2016

El arqueólogo e historiador abulense Emilio Rodríguez Almeida falleció ayer en Valladolid a los 85 años de edad a causa de un ictus. Nacido en Madrigal de las Altas Torres (1930), es autor de cerca de 200 trabajos arqueológicos, topográficos, filológicos y de una veintena larga de libros y en 2012 fue galardonado con el premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades.

Miembro de número de la Institución Gran Duque de Alba, entidad de la Diputación Provincial de Ávila, cursó estudios de Humanidades, Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de San Millán de Ávila entre 1941 y 1954, iniciando en Roma sus estudios de Arqueología a partir de 1956. Vuelve a Ávila en 1958, donde pasó cinco años dedicado a la enseñanza en el Colegio Diocesano. Tras su vuelta a Roma se doctora en Epigrafía, con la calificación de Summa Cum Laude, informa Ical.

Establecido en la capital italiana, se dedicó a la Arqueología Clásica y colaboró asiduamente con varias instituciones oficiales de arqueología, junto con las que comenzó a realizar el trabajo por el que se hizo tan reconocido: la prospección superficial y recogida de materiales anforarios de aceite de la Bética en el área arqueológica de Monte Testaccio, llegando a reunir una serie de casi 2.000 inscripciones que se conservan en las colecciones capitolinas, formando un catálogo gráfico y técnico de 23 volúmenes.

Prolífico investigador

Otro ámbito que estudió fueron los problemas de la topografía urbana de Roma, cristalizando sus investigaciones en los dos volúmenes de su trabajo ‘Forma Urbis Marmórea: Aggiornamento Generale 1980 (1981)’. En 1984 vio la luz su monografía ‘Il Monte Testaccio, ambiente, storia, materiali (Roma, Quasar)’, hoy famosa, y en el año 1989 comienza la campaña de excavación del Monte Testaccio, en la que colaboraban la Universidad de Roma, la Complutense de Madrid y la Autónoma de Barcelona.

En 2001, la Universidad de Sevilla le concedió el honor del Doctorado Honoris Causa en reconocimiento a 25 años sostenidos de trabajos sobre la ‘Anforología y comercio del aceite bético en la antigüedad’. En 2011 obtuvo el Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades.

Desde su vuelta a Ávila en 2001, Rodríguez Almeida se ocupó principalmente de temas arqueológicos y artísticos de Ávila y su territorio, temas que, en realidad, no abandonó nunca. Aparte de una edición nueva (2003) de su viejo estudio de 1978 «Ávila Romana», en el mismo año 2003 apareció «El testamento espiritual de Pedro Berruguete en Ávila», con ocasión del V centenario de la muerte del pintor palentino.

«Un humanista con mayúsculas»

La Institución Gran Duque de Alba, de la que era Miembro de Número desde 2010, ha publicado en los últimos años trabajos suyos como «El Cáliz de San Segundo de la Catedral de Ávila» (1997) y «Ávila Gallega» (2002). Autor de un estudio general y sistemático sobre los puentes históricos de la provincia de Ávila, que verá la luz próximamente en una cuidada edición, al igual que su participación en el próximo volumen de ‘Historia de Ávila’, dedicada a la trashumancia y las vías de comunicación en la Edad Moderna.

Desde la Diputación Provincial de Ávila se ha lamentado profundamente el fallecimiento de un «humanista e investigador con mayúsculas». También el Ayuntamiento ha lamentado «profundamente» la muerte de «el alma de la historia antigua de Roma».

El Consistorio ha enviado su más sentido pésame a la familia y a los amigos de este «insigne» profesor e investigador, que «tanto ha contribuido a divulgar el pasado romano de Ávila». «Con él se va un sabio, pero nos deja su obra, sus libros y el profundo cariño que siempre mostró por esta ciudad y esta tierra», concluyeron.

El funeral se celebrará esta tarde, a partir de las 17 horas, en la iglesia de Santiago Apóstol de la capital abulense.

22 febrero 2016 at 6:19 pm Deja un comentario

Alejandro de las mil caras

Tenía una mirada soñadora, un ojo de cada color y una fascinación sin límites por los héroes clásicos. Se convirtió en el modelo de todos los conquistadores. Un libro de Pietro Citati ahonda en su poliédrica personalidad

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El mosaico de Issos muestra la batalla en la que Alejandro trata de llegar hasta Darío para capturarle o matarle

Fuente: David HDEZ. DE LA FUENTE |  LA RAZÓN    26/10/2015

Decían que lo que más impresionaba del joven monarca macedonio no era su porte ni su belleza, su cabellera leonina ni su estatura, por lo demás no demasiado prominente. Era su mirada bicolor, marcadamente soñadora, siempre tendida hacia la lejanía como anhelando ir más allá de esta realidad. En el célebre mosaico romano, copia de una pintura original helenística, que hoy alberga el Museo Archeologico Nazionale de Nápoles se ve a Alejandro Magno, trabando batalla en Iso con el rey persa Darío, y caracterizado ya con esa mirada especial. Y es que Alejandro se sabía nacido para un destino inmortal, aunque acaso no supiera cómo realizarlo. Había sido un joven soñador, enamorado de la literatura y de los héroes clásicos, uno de esos personajes nobles –como los héroes homéricos o los protagonistas de las «Vidas» plutarqueas– cuya vida ya parece escrita por un designio de inmortalidad histórica, de gloria imperecedera. Él sería modelo de todos los conquistadores que en el mundo han sido: de César y Pompeyo a Trajano, de George Washington a Napoleón. Todos se sentirían fascinados, más que por sus logros, por la personalidad de ese hombre que consiguió hacer realidad su sueño. El soñador que convirtió lo imposible en realidad.

A su vez, los modelos de Alejandro estaban más allá de la experiencia humana y cotidiana. Eran, como recuerda Pietro Citati en su reciente libro «Alejandro Magno» (Gatopardo-ediciones), un dios y un semidiós, un héroe y un gran rey. Primero Dioniso, dios del éxtasis pero también conquistador de mundos lejanos que había llevado su civilización, en la forma de los dones del vino y la danza, hasta la lejana India, en los confines del mundo conocido. Él era su modelo divino y Alejandro llevaría la civilización griega tan lejos como las últimas Alejandrías que fundara en las inmediaciones de la India, más allá de las cuales se supone que no había nada más que el ser humano pudiera contemplar.

El fiero Occidente

Luego estaba Heracles, que había cruzado las fronteras del más allá e incluso había llegado a las lejanas columnas que, en el fiero Occidente, suponían el confín con el gran océano desconocido, el fin de la tierra. Pero Alejandro también era un mitómano de los héroes de Homero, dormía con un ejemplar de la «Ilíada» cerca de su cabecera– y amaba como a ningún otro al feroz, sanguinario pero noble Aquiles, personaje de vida fugaz y atormentada que era consciente de que la única manera de ganar inmortalidad para siempre era trascender al mundo de la leyenda por sus hazañas. En cuarto lugar estaba el fundador del imperio persa, el gran rey Ciro, que puso los cimientos del poderío del gran imperio multiétnico que los griegos temían y admiraban a partes iguales en una ambivalente mezcla de sentimientos, como se ve también en la famosa «Ciropedia» de Jenofonte.

A lomos de su caballo Bucéfalo, pertrechado de un puñado de sueños y de la sombra de los héroes que quería imitar, de un carácter visionario y de la propaganda interesada que le hacía hijo de un dios y que él mismo había fomentado con oráculos y rumores, el joven lector y mitómano, en vez de quedarse en su casa inmerso en la literatura, aprendiendo las ciencias de Aristóteles y soñando con sus héroes favoritos, se puso en acción. En primavera del 324 a.C. cruzó el estrecho de los Dardanelos, que separa Europa de Asia, y después de rendir los debidos tributos fúnebres a los héroes de Troya, se lanzó a cumplir el sueño de todos los griegos, empezando por su padre Filipo, que no había vivido para realizarlo: domeñar a los persas en una expedición de venganza contra el Imperio persa que otrora hubiera arrasado Grecia.

Pietro Citati, autor por lo demás de excepcionales libros como el inolvidable «La luz de la noche» (Seix Barral), sobre los mitos en la historia, comenta ese perfil histórico y legendario constatando, muy a propósito, que el rey macedonio fue una síntesis irrepetible de mito e historia a la par, un personaje contradictorio como pocos otros que poseía un yo múltiple, irascible, dulce, aventurero y fascinante, que ha causado admiración para siempre en la posteridad. Dice el autor que «vivir con tal peso de imágenes sobre los hombros era el deseo de su existencia: Alejandro logró realizarlo y fue feliz, si es que esa palabra tiene algún sentido. Sin embargo, comprendió lo difícil y peligroso que es para un hombre tener tantas almas. En cada momento de su vida debía hacer coexistir en su interior los gestos y actos de Aquiles y los de Ciro, así como los sentimientos de Dioniso y los de Hércules, aunar distintos modelos cuando cada uno de ellos pugnaba por manifestarse sin los otros o en contra de los otros».

Si los hechos de Alejandro Magno resultan totalmente inverosímiles todavía hoy día, su polifacética personalidad sigue sorprendiendo a los historiadores que han tratado de analizar al gran monarca macedonio. Pienso por ejemplo en las excelentes biografías de Robin Lane Fox (Acantilado) y Pedro Barceló (Alianza Editorial), dos de las más recomendables para todo tipo de público y que ofrecen dos caras de un mismo medallón: un Alejandro romántico y otro realista en sus ambiciones.

Sueños realidad

En todo caso, lo más sorprendente de este joven amante de la literatura de héroes que pudo hacer sus sueños realidad es la dimensión mítica que adquirió su figura, es decir, cómo él mismo devino un héroe fabuloso y casi novelesco. Más allá de la ya conocida peripecia histórica del Alejandro conquistador, su perfil más personal, su contrapartida y poliédrica personalidad, y, sobre todo, la magnitud de su leyenda con el pasar del tiempo en los diversos ámbitos geográficos y culturales a los que llegó el eco de sus hazañas se ponen de manifiesto también en este libro de Citati. Pienso por ejemplo en nuestro «Libro de Alexandre» y su precedente francés el «Roman d’Alexandre», donde aparece un Alejandro curioso e impenitente explorador de mundos más allá de lo razonable, en la tradición del Alejandro eslavo y ruso –recuérdese que varios zares rusos llevaron su nombre–, el rey cortés de Centroeuropa (los Alejandros alemanes de Lamprecht o Hartlieb), el «Al-Iskandar» árabe, que aparece en «Las mil y una noches», el Eskandar persa o Sekandar del Šahname de Ferdowsi o el Sikandar de los que los reyezuelos índicos se decían descendientes, etc. Toda esa fascinante tradición está representada por estupendos relatos novelescos que lindan con la fantasía e incluso con la ciencia ficción y cuyos orígenes se remontan sin duda a los historiadores y fabuladores que acompañaron la expedición de Alejandro, pero que están representados por libros apócrifos tan curiosos como la novela del Pseudo-Calístenes, espléndidamente traducida y editada por Carlos García Gual en la Biblioteca Clásica Gredos. En fin, el libro de Citati, con discreta erudición y pluma ágil y sugerente, nos invita a regresar de nuevo a la leyenda del monarca de mil caras, conquistador, soñador, descubridor, y reinventor de la historia llamado Alejandro; a redescubrir la mirada magnética del rey macedonio, de ojos heterócromos –sobre los que escribieron Plutarco o Julio Valerio y que el artista del mosaico napolitano trazó con rasgos fabulosos–, que supo cambiar el mundo para siempre.

Una muerte por fiebres tifoideas o meningitis

Durante muchos siglos, y dada la propensión al asesinato político en la corte macedonia, se pensó que Alejandro III, más conocido como Magno, había sido envenenado en Babilonia por algún grupo de descontentos en el marco de una conspiración. Así se insinúa ya en las fuentes clásicas, como Diodoro o Plutarco. El episodio habría tenido lugar en un banquete en honor del almirante Nearco en el que participaron sus hombres de más estrecha confianza. Durante la sobremesa, Alejandro tuvo que abandonar la sala preso de un agudo dolor. Aquella noche comenzó su fiebre sin que los médicos pudieran determinar claramente los síntomas de su dolencia. Unos días más tarde, empezó a sentirse mejor. Se dio un baño, comió con apetito y recibió la visita de sus amigos. Se habló entonces de los últimos preparativos para una próxima expedición a Arabia, fijándose incluso una fecha concreta. Pero esta mejoría fue breve y la fiebre le subió con más virulencia que antes. Cuando Alejandro intentaba cumplir con sus tareas de gobierno había que sostenerlo en pie y su estado empeoraba visiblemente ante la preocupación de su entorno inmediato. A la mañana siguiente sus condiciones de salud sufrieron una crisis dramática. Casi no podía moverse e incluso hablar le causaba una gran fatiga. No tardó mucho en trascender entre sus tropas la noticia de la grave enfermedad del rey. Cuando se difundió que podría estar muerto, sus soldados se abrieron paso a empujones hasta llegar a su rey. Y, en efecto, lo encontraron totalmente desfallecido sobre su lecho. La noche del diez de junio del año 323 moría Alejandro a los 32 años de edad, tras un reinado de casi 13. El hecho de que entre el comienzo de las fiebres y la muerte hubieran pasado unos doce días habla en contra de la teoría del veneno: hoy, los historiadores médicos apuestan por una fiebre tifoidea o, más probablemente por una meningitis.

26 octubre 2015 at 9:47 pm Deja un comentario

«Por Contrebia pasó Asdrúbal con un ejército de elefantes y celtíberos»

  • La Diputación Provincial de Soria ha publicado su tesis ‘España, desde sus orígenes hasta después de la división de Celtiberia (226-167 a.C.)’

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Serafín Olcoz Yanguas, con su libro. / sanda

Fuente: SANDA SAINZ > Cervera/ Fitero  | Diario de La Rioja   05/10/2015

Serafín Olcoz Yanguas. Doctor en Historia

Madrileño de nacimiento y fiterano de corazón, Serafín Olcoz Yanguas estudió Ciencias Físicas y se doctoró en esta materia en 1994. Su pasión por la historia y arqueología le ha llevado a publicar diversas investigaciones, sobre todo relacionadas con Fitero (Navarra). En el 2005 inició el curso de doctorado en el Departamento de Ciencias de la Antigüedad en la Universidad de Zaragoza y en el 2014 obtuvo el grado de doctor con el trabajo ‘España, desde sus orígenes hasta después de la división de Celtiberia (226-167 a.C.) que ahora publica la Diputación Provincial de Soria a la que el autor ha donado los derechos. Una obra en la que las tierras riojanas están muy presentes.

– ¿Cómo resumiría este trabajo?

– Trata de arrojar luz de lo ocurrido en la Península Ibérica desde el 226 al 167 a.C. y da un panorama más claro de lo que hasta ahora había, año a año. Son nuestras raíces y permite conocer nuestra historia. Quizá conociendo mejor nuestro pasado y nuestro presente tendremos un futuro mejor.

LAS FRASES

«Contrebia Leucade era la ciudad que controlaba el paso entre el Ebro y el interior de Celtiberia»
«Los romanos pensaron inicialmente que en las Conchas de Haro estaba el nacimiento del río Ebro»
«Calagurris era tierra de los Lusones, pueblo celtíbero, y fue una ciudad de frontera»

– ¿Se ha encontrado sorpresas?

– Varias. Las más interesantes para nuestra zona son que el paso del Alhama Añamaza, donde está Contrebia Leucade (zona de Aguilar, Inestrillas y Cervera) era muy importante porque comunicaba la meseta del Duero con el valle del Ebro. Por allí transitó Asdrúbal con un ejército de elefantes y de Celtíberos para cruzar los Pirineos por Irún, luego toda la Galia y los Alpes para ir a luchar contra Roma con su hermano Aníbal en 208 a.C. En 207 fue la primera vez que entraron los romanos en territorio celtibérico. En 218 los romanos desembarcaron en Tarraco y en 217 los celtíberos se aliaron con estos y derrotaron a los cartagineses, son datos poco o nada conocidos. En 186 un procónsul romano, Manlio, atravesó Celtiberia, descubrió el paso que había utilizado Asdrúbal (la zona de Contrebia Leucade) y Tito Livio lo citó en el siglo I a. C. en su obra sobre la historia de Roma. Manlio continuó aguas arriba del Ebro hasta Calahorra que era celtíbera y debió llegar al territorio de los Berones donde se encontró con que en las Conchas de Haro se represaba el Ebro y por eso los romanos pensaron hasta el siglo I a.C. que allí estaba el nacimiento del río.

– ¿Qué pueblos dominaban esta zona en la que nos encontramos?

– Desde las Conchas de Haro hasta Calahorra estaban los Berones, pueblo celta, pero distinto a los Celtíberos, según Estrabón. Desde Calahorra-Pradejón hasta Alagón, la margen derecha del Ebro, era de los Lusones, pueblo Celtíbero. No está claro si Contrebia Leucade era de los lusones o los arévacos. También hay que destacar que el Ebro en 226, tras un acuerdo entre romanos y cartagineses, pasó a ser la frontera. Entonces Calagurris fue una ciudad de frontera y la que controlaba el tránsito entre el Ebro y el interior de Celtiberia era Contrebia Leucade. Al arqueólogo Hernández Vera le llama la atención, según indica en alguno de sus trabajos, que el tipo de defensa de la muralla le recordaba al tipo de estructuras cartaginesas y es que seguramente en 226 Contrebia Leucade, como toda Celtiberia, estuvo bajo gobierno cartaginés.

– ¿Por qué termina en el 167 a.C.?

– Porque ahí terminan las fuentes escritas antiguas más cercanas a los acontecimientos. También porque en el 170 los romanos, hartos de combatir con los celtíberos, dividieron Celtiberia en cuatro partes y desde entonces ya no se volvió a hablar del pueblo celtíbero enfrentado con los romanos, sino que se habló de confrontación con ciudades celtíberas como Numancia, Ségeda, pero ya no era toda Celtiberia.

– ¿Y por qué comienza en 226?

– Por el tratado del Ebro. Los romanos no habían tenido mucho interés en la Península Ibérica hasta que en 226 se vieron amenazados por los galos y tenían mucho miedo a que los cartagineses se uniesen con ellos para atacar a Roma. Hicieron un acuerdo con Asdrúbal y marcaron la frontera del Ebro hasta la cual podían llegar los ejércitos cartagineses si estos se comprometían a no cruzarlo para aliarse con los galos.

– ¿Qué fuentes ha utilizado?

– Polibio, un historiador griego que fue rehén de Roma, estuvo en la Península Ibérica y escribió sus obras hacia el año 150 a.C. Él mismo dice que se entrevistó con personas que participaron en la marcha de Aníbal, a través de los Pirineos y los Alpes, contra Roma o en la conquista romana de Celtiberia. También he consultado a Tito Livio que escribió hacia el 19 o 20 a.C. y me he basado además en Apiano, que aunque es posterior, gracias a él conocemos partes de la obra de Polibio que se han perdido. Y Estrabón que aunque es un geógrafo en su obra introdujo valiosa información histórica.

5 octubre 2015 at 7:20 am Deja un comentario

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30 marzo 2015 at 4:23 pm Deja un comentario

García Gual glosa la historia de las sirenas en la literatura y el arte

El Museo Nacional de Escultura de Valladolid conmemora el Día de la Mujer con una conferencia del especialista en antigüedad clásica

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Carlos García Gual, durante la conferencia que impartió ayer en el palacio de Villena. / Henar Sastre

Fuente: J. B. |  El Norte de Castilla     10/03/2015

Las sirenas como mito de seducción cuyo significado y forma de ser representadas en la literatura y en el arte se ha transformado a lo largo de los siglos. Sobre las particularidades de esta evolución disertó ayer en el Palacio de Villena de Valladolid Carlos García Gual, Catedrático de Filología griega en la Universidad Complutense de Madrid y especialista en antigüedad clásica y literatura.

Este experto en filosofía griega y mitología impartió ayer una conferencia con la que el Museo Nacional de Escultura se sumó a la celebración del Día Internacional de la Mujer. Con la afirmación de que «las sirenas no eran mujeres trabajadoras» García Gual comenzó su charla arrancando la sonrisa del público, que llenó el aforo del salón de actos, al que no pudieron acceder una decena de personas.

«Las sirenas son un motivo mítico que no solo aparecen en la literatura, sino que han sido ampliamente representadas en la pintura y la escultura, en el mundo griego, en la época medieval y en el romanticismo, periodos en los que su imagen cambia de forma», explicó el Premio Nacional a la obra de un traductor en 2002.

Situó la primera aparición de la figura de las sirenas en la literatura en el canto doce de ‘La Odisea’, el poema épico de Homero que describe la imagen de Ulises amarrado a un mástil para no sucumbir a sus cantos. En este periodo las sirenas aparecen representadas como mitad mujer mitad pájaro. «En el mundo griego las sirenas están ligadas al mundo de la muerte y al mundo de los vivos, a los que intentan atrapar». A través de la proyección de varias imágenes García Gual mostró cómo desde el año 560 antes de Cristo se crearon representaciones de sirenas en pinturas y cerámicas, siempre con formas aladas. «Son imágenes que muestran encanto, hechizo, felicidad y llamada al placer, aún no a la belleza», apuntó, descifrando el significado de un fresco de una casa de Pompeya.

En la época medieval la sirena pasó a representarse con cola de pez, encarnando una lectura simbólica de vanidad. «Aparecen peinándose o mirándose al espejo. Sucedió en esos primeros siglos de la época cristiana. No sabemos por qué dejaron las alas y asumieron la figura acuática. Los padres de la Iglesia se quedaron con parte de los mitos griegos, que convirtieron en alegorías, de modo que pasan a ser símbolo de tentación voluptuosa, del placer».

Andando los siglos, el romanticismo llevó a resaltar la belleza y el gesto melancólico en la figura de las sirenas de la mano de las leyendas alemanas, hasta que en el siglo XIX pasaron a ser contempladas «como mujeres fatales, que atrapan al hombre en sus garras y le llevan al mundo de la destrucción», resumió García Gual, que sustentó parte de su disertación en su libro ‘Sirenas: seducción y peligro’. Por textos de Kafka y Joyce, y poemas de Luis Cernuda y Luis Martínez de Merlo, desfilaron alusiones a sirenas, siempre tentadoras, que llevaron a García Gual a cerrar su intervención con una pregunta: «¿No valdría la pena haberse perdido dejándose llevar por los cantos de una sirena?».

10 marzo 2015 at 8:41 pm Deja un comentario

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