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Las mujeres de Julio César: de Cornelia a Cleopatra

Julio César realizó numerosas conquistas amorosas y utilizó en su propio beneficio, político o económico, a todas las mujeres que conoció

César y la reina de Egipto. El general romano conoció a Cleopatra cuando, persiguiendo a su rival Pompeyo, llegó a Egipto. En el siglo XVIII, Tiépolo recreó el episodio en esta pintura. Museo Arkhangelskoye, Moscú. Foto: Heritage / Scala, Firenze

Fuente: JUAN LUIS POSADAS  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
13 de marzo de 2017

Cayo Julio César fue más conocido por sus amantes –mujeres y hombres– que por sus esposas, y eso que estuvo prometido en una ocasión y casado en otras tres. Su vida sexual estuvo marcada por multitud de relaciones amorosas y conyugales, que no siempre es lo mismo; el historiador Suetonio contaba que sus conquistas de las Galias suscitaban menos entusiasmo durante su desfile triunfal en Roma, al término de la guerra, que sus conquistas “de las galas”. Cuando leemos a Suetonio y otros autores podemos interpretar que la vida sexual de César estuvo marcada por su relación juvenil con el rey Nicomedes de Bitinia, mucho mayor que él. Todas sus historias posteriores con mujeres parecen querer borrar dicho episodio. Según otro historiador antiguo, Dión Casio, la sola mención de este hecho era lo único que le sacaba de quicio, incluso muchos años después de aquel suceso.

César cultivó una doble imagen en lo sexual: moralismo en público y liberalismo en privado. Llegó a ser Pontífice Máximo, el cargo religioso más importante de Roma, por lo que su imagen pública debía ser de la mayor santidad. Esa santidad la subrayó promulgando leyes conservadoras contra la ostentación en el vestir y en el adorno femenino; a la vez, recalcó esa imagen de tradicionalismo moral mediante algunas actuaciones contra el adulterio o contra las relaciones entre mujeres de clase alta y libertos. Pero de forma paralela cultivó una imagen muy liberal en su sexualidad, acorde con su liderazgo del bando de los populares, enfrentados al cerrado moralismo de la otra facción que dominaba la vida política en Roma al final de la República, los aristocráticos optimates.

Adiós, Cosucia

Según era costumbre en Roma, a los catorce años Julio César estuvo comprometido con una tal Cosucia, “de familia ecuestre, pero muy rica”, dice Suetonio, y dos años después fue designado flamen dialis, sacerdote de Júpiter. Esto lo obligaba a casarse con una patricia, algo que no era Cosucia, y Julio César rompió su compromiso para contraer matrimonio en el año 84 a.C. con Cornelia, “hija de Cinna, cuatro veces cónsul”, en palabras del mismo historiador. Lucio Cornelio Cinna era el líder de los populares después de la muerte de su aliado Cayo Mario, tío de César. En ese momento, los populares controlaban el Senado, por lo que esta unión abría a César grandes perspectivas en su carrera política. Pero la inestabilidad de la República desembocó en una guerra civil entre los seguidores de Cinna y los optimates, liderados por Sila.

En un acto de respeto por su esposa y de rebeldía hacia la autoridad, Julio César rehusó y tuvo que esconderse para escapar de la muerte

Tras esta guerra en la que resultaron vencedores los optimates, y durante la cual murió el suegro de César, comenzaron las proscripciones de Sila, en las que murieron miles de ciudadanos. Como miembro del partido derrotado, César fue despojado de su sacerdocio y su herencia familiar. Sila quería que repudiara a Cornelia, hija del líder del bando perdedor, pero en un acto de respeto por su esposa y de rebeldía hacia la autoridad, Julio César rehusó y tuvo que esconderse para escapar de la muerte. Al cabo de un tiempo, Sila cedió a las presiones de las vírgenes vestales y de dos parientes de César y le retiró la pena de muerte, pero advirtió que aquel joven sería la ruina del partido optimate pues “en él había muchos Marios”, según Sila.

Tras el perdón, César dejó a su mujer y a su hija en Roma y comenzó su servicio en el exterior. Fue enviado como embajador a la corte del rey Nicomedes IV de Bitinia, en Asia Menor, donde habría mantenido relaciones sexuales con el monarca. El hecho de que Nicomedes fuera mucho mayor que él sólo podía significar que César había desempeñado un papel pasivo. Los romanos denigraban a los homosexuales pasivos y se mofaban de ellos, y es probable que César publicitara una desmedida vida amorosa heterosexual para apagar la infamia de haberse deshonrado por una relación homosexual pasiva con un hombre mayor y extranjero. Él siempre negó la veracidad de la historia, que sirvió de argumento a sus detractores incluso mucho después de su muerte.

La muerte de Cornelia

Julio César mantuvo durante quince años un exitoso y feliz matrimonio con Cornelia, hasta que en 69 a.C. su esposa murió durante el parto de su segundo hijo, que tampoco sobrevivió. César presidió los funerales por su mujer y por su tía Julia, esposa de Cayo Mario, y pronunció un elogio fúnebre por Cornelia. No había precedentes de elogios para mujeres tan jóvenes y esta novedad le granjeó simpatías entre los oyentes, ya que no era frecuente demostrar públicamente el amor conyugal.

Se puede pensar que el verdadero amor de Julio César fue Cornelia, a la que no repudió ni bajo peligro de muerte. Pero a César le interesaba volver a casarse pronto para obtener riquezas y alianzas políticas y la elegida fue Pompeya, nieta de Sila, el viejo rival del padre de Cornelia. Es probable que, en aquellos años difíciles, César quisiera nadar y guardar la ropa, mientras se declaraba popular por sus acciones, intentaba dotarse de un seguro de vida con la facción contraria en esos tiempos convulsos. Sin embargo, el amor y el afecto que sintió por Cornelia desaparecieron del matrimonio con Pompeya, aunque este desinterés parece haber sido compartido por su esposa.

En el año 64 a.C. se hizo pública su relación con Servilia, la amante “a la que amó como a ninguna otra”, según Suetonio. Servilia era hermanastra del gran enemigo de César, Catón el Joven, y ayudó a su amante cuando Catón le acusó de ser cómplice en la conspiración del senador Catilina contra la República. César y Servilia mantuvieron su relación hasta la muerte del primero. Algunos autores de la Antigüedad sostenían que ya habían mantenido un idilio en su juventud, del que pudo haber nacido Bruto, primogénito de Servilia y uno de los asesinos de César. Su relación volvió a salir a la luz en 63 a.C., durante la sesión del Senado en la que se debatía si aplicar la pena de muerte al proscrito Catilina, cuando César se vio obligado a mostrar una lujuriosa nota que le había mandado Servilia.

Y mientras César seguía viéndose en secreto con Servilia, se produjo un incidente que puso de manifiesto la doble vara de medir de César (y de la sociedad romana) para él y para sus esposas. Sucedió durante una festividad religiosa, cuando Pompeya protagonizó el mayor escándalo sexual y religioso de la Roma republicana.

Sacrilegio y divorcio

Aurelia, madre de Julio César, no se fiaba de su nueva nuera, y la vigilaba de cerca porque sospechaba que no era fiel a su hijo. Una noche del año 62 a.C. en la que se celebraba la fiesta de la Bona Dea –reservada a mujeres– en casa de César, entonces pretor y Pontífice Máximo, el joven aristócrata Clodio se coló en la casa disfrazado de mujer y fue descubierto por una criada; ésta llamó a Aurelia, que mandó detener al intruso. El escándalo fue mayúsculo, y, según Plutarco, “al día siguiente corrió por toda la ciudad la noticia de que Clodio había cometido un sacrilegio, por el que debía pagar no solo ante los ofendidos, sino también ante la ciudad y los dioses”.

Julio César repudió a Pompeya y Clodio fue acusado de sacrilegio e, implícitamente, de adulterio contra César, que negó los cargos contra su aliado político durante el juicio. Entonces, preguntado por qué había repudiado a su esposa si no creía que hubiera cometido adulterio, respondió con su famosa frase: “Considero que los míos deben estar tan libres de sospecha como de culpa”.

Tras el divorcio, César estuvo soltero algún tiempo, que no sin pareja, ya que conservó su pasión por Servilia a la que, se decía, regaló una enorme perla valorada en seis millones de sestercios, el equivalente al salario anual de una legión. También buscó placer sexual con amantes de toda condición, incluso reinas. Fuentes y rumores de la época aluden a una larga lista de conquistas y adulterios de César. Dice Suetonio que “corrompió un considerable número de mujeres de familias distinguidas”, entre las que destacan Mucia y Tértula, esposas de los futuros compañeros de César en el triunvirato, Pompeyo y Craso. Más adelante, también seduciría a la reina Eunoe de Mauritania, mujer de su aliado el rey Bogud. Su importancia radicaba en que eran esposas de sus enemigos, con lo que las usaba de informantes, o de sus amigos, y le servían como refuerzo de sus alianzas. No era extraño que un acuerdo entre dos políticos quedara sellado acostándose uno con la mujer del otro.

Boda doble y triunvirato

La carrera política de Julio César continuó, y a los cuarenta años ocupó la dignidad de cónsul por primera vez. Al final del consulado, en el año 59 a.C., volvió a tejer alianzas políticas a través del matrimonio. Concedió la mano de su hija Julia a su compañero de triunvirato Pompeyo, en ese momento líder de los optimates, y él mismo se casó con Calpurnia, hija de un aliado del triunviro conservador. Su gran rival, el estricto Catón, calificó este arreglo entre los dos políticos como “la prostitución de la República con los casamientos”.

Esta boda entre un cuarentón y una joven adolescente fue un intento de engendrar un varón. Desgraciadamente, el matrimonio no tuvo hijos, a pesar de lo cual César siempre manifestó un tierno amor por su mujer, afecto que fue correspondido. La pareja vivió separada casi desde el principio, ya que el “regalo de boda” de Pompeyo fue el nombramiento de César para la conquista de las Galias. En el tiempo que estuvo en campaña parece que su apetito sexual no disminuyó. Cuando celebró el triunfo en Roma, sus soldados cantaban estos versos: “Romanos, vigilad a vuestras mujeres. Os traemos al adúltero calvo; en la Galia te gastaste en putas el oro que aquí tomaste prestado”.

La alianza entre César y Pompeyo se fue debilitando, y la muerte de Julia, hija de César y esposa de Pompeyo, terminó de romper los vínculos entre ambos. Los dos hombres se enfrentaron por el poder en una guerra civil que acabó con la victoria de César y propició su conquista amorosa más célebre, la de Cleopatra VII, reina de Egipto. Se conocieron cuando, en el año 48 a.C., César marchó a Alejandría, la capital egipcia, para acabar con la resistencia de las tropas de Pompeyo, refugiado en aquella ciudad.

En sus crónicas no perdió la oportunidad de criticar a sus enemigos por la vida disipada que llevaban allí; según él, “se habían olvidado del nombre y disciplina del pueblo romano” por casarse con alejandrinas y tener hijos con ellas. Pero en el mismo momento en que escribía esto, él vivía con una alejandrina, Cleopatra. Según Plutarco, César quedó “cautivado por su conversación y su gracia”, es decir, por su inteligencia y talento (y no por su supuesta belleza). El romance con la soberana de Egipto, que constituía una relación casi de concubinato, se prolongó hasta la muerte de César. La unión con la reina más influyente del Mediterráneo hacía de César casi un rey, lo cual venía a sostener su pretensión monárquica en Roma. Además, Cleopatra le proporcionaba un apoyo económico decisivo para obtener la supremacía política en la República. Pero por encima de todo, Cleopatra dio a César el hijo varón que tanto deseaba, Cesarión. La reina, por su parte, obtuvo el trono de Egipto, que disputaba a su hermano Ptolomeo XIII.

El dictador ‘polígamo’

Julio César fue nombrado dictador perpetuo en el año 45 a.C. y acumuló más poder que cualquier otro hombre en la historia de Roma hasta el momento. Paralelamente, mantenía tres relaciones estables a la vez. Calpurnia, su esposa, fue la primera “emperatriz”, ya que fue cónyuge de quien se proclamó imperator, dictador perpetuo y señor absoluto del Estado romano. Fue una mujer discreta y, a pesar de las infidelidades, siempre quiso a su marido, como demuestra el famoso episodio de su pesadilla la noche anterior al asesinato de César, cuando soñó que lo asesinaban e intentó impedir que acudiera al Senado.

Por su parte, tras la guerra civil, Servilia continuó sacando provecho de su larga relación con César. Compró a buen precio muchas propiedades confiscadas a los pompeyanos y obtuvo el perdón para su hijo Bruto, que había sido aliado de Pompeyo. La patricia llegó a ofrecer a César a su hija Junia como esposa, dada la esterilidad de Calpurnia. En cuanto a Cleopatra, César la había invitado a viajar a Roma en otoño del año 46 a.C., y volvió a la ciudad al año siguiente, en una estancia que se prolongó hasta el asesinato del dictador. Ambos revivieron su amor y discutieron de varios asuntos de Estado. Según Dión Casio, se declaró a la reina “aliada y amiga del pueblo romano” y se erigió una estatua de oro de la propia Cleopatra en el templo de Venus Genitrix, construido por César.

Después de los idus de marzo del año 44 a.C. Julio César dejó tres “viudas”. La primera, Calpurnia, representó muy bien el papel que César exigía a las mujeres de su familia; fue discreta en el luto y la administración del testamento político de César. Jamás volvió a casarse. La segunda, Servilia, se convirtió durante unos meses en el árbitro de la política romana, mediando entre los partidarios de César y sus asesinos, entre los que, como hemos dicho, figuraba su hijo Bruto. La tercera, Cleopatra, regresó a Egipto y terminó sus días de manera trágica años más tarde, al lado de su nuevo amante y antiguo colaborador de Julio César, Marco Antonio.

 

13 marzo 2017 at 9:32 pm Deja un comentario

El enigmático camino de los chinos al centro de Londres

El descubrimiento de dos esqueletos de origen oriental en el Londres romano ha revitalizado el interés por los contactos entre China y Roma, dos imperios que dominaron sus correspondientes áreas geográficas y que mantenían lazos comerciales, además de un mutuo respeto, como demuestran los testimonios que se conservan de los contactos que mantuvieron.

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Fuente: David Hernández De la Fuente  |  LA RAZÓN
14 de diciembre de 2016

Uno de los argumentos para novelas de «ficción histórica» más sugerentes de los últimos años ha recreado la posible relación de la Roma antigua con la China de la dinastía Han (206 a. C.-220), llegando a lindar en lo que se ha dado en llamar «ucronía»: es decir, ¿qué hubiera pasado si las legiones romanas se hubieran enfrentado al imperio chino? Los mimbres para estas ficciones, por supuesto, proceden de algunos episodios controvertidos o directamente legendarios que apuntan a un contacto entre ambos mundos. Y así, escritores como Ben Kane, Santiago Posteguillo y Valerio Massimo Manfredi han ficcionalizado una serie de episodios interesantes que inducen a pensar en una mayor interrelación entre Oriente y Occidente de la que se ha estudiado tradicionalmente. El más conocido de ellos, la leyenda de la «legión perdida» de Craso, del que hablaremos al final. Primero, lo que dicen la teoría, los datos y las fuentes.

El reciente hallazgo de dos esqueletos de probable origen chino en la antigua Londinium ha vuelto a poner de actualidad un tema tan apasionante como el de las relaciones chino-romanas en la antigüedad y la necesidad de estudiar la historia desde un punto de vista global y no sectorial. Aunque ya el filósofo alemán Karl Jaspers definió la Era Axial (el periodo que transcurre entre el 800 y el 200 a. C. y sobre todo el siglo VI a. C.) como la época de génesis del pensamiento en una perspectiva comparada griega, persa, india y china y otros eruditos de la historia y la Filología han abogado por un estudio transversal e interrelacionado, hay que decir que este tipo de aproximaciones sigue siendo, por desgracia, muy minoritario en nuestro mundo académico.

Los imperios más poderosos del mundo antiguo, el Romano y el dominio de la antigua dinastía Han en China, coexistieron separados por varios estados intermedios, como los partos, por lo que su interacción se tiene tradicionalmente por muy limitada. Pero unos y otros, ciertamente, se conocían: para los romanos, China era «Serica» y los chinos eran llamados «seres», una denominación problemática, mientras que los chinos conocían a los romanos –y posteriormente a los bizantinos– como «Daqin». Los geógrafos grecolatinos se refieren a China como el «país de la seda» («Serica» y «seres» vienen del nombre griego para la seda, «serikós»), aunque también pueden aludir así a un amplio elenco de lugares del Oriente. Por otro lado, no deja de ser curioso que los chinos se refiriesen a los romanos, sobre todo los más tardíos y orientales, como «Gran Qin», siendo Qin la primera dinastía imperial china, antes de Han, en la creencia de que el Imperio Romano había derivado del chino a través de la ruta de la seda. En todo caso, es obvio ya desde la propia Filología que el comercio fue clave en las relaciones chino-romanas, como también atestiguan la numismática o la arqueología, con hallazgos que certifican esta interrelación.

Abriendo el camino

Más allá de la geografía y cartografías difusas en el mundo antiguo en ambos extremos, con descripciones de fuentes indirectas y plagadas de leyendas, hay testimonios de contactos, embajadas y viajes históricos. Los antecedentes se encuentran en las expediciones de Alejandro Magno, que llegó a las estribaciones del Hindu Kush y el Punjab, y cuyos sucesores establecieron una monarquía greco-bactriana no especialmente duradera pero que dejó un importante y fascinante legado en Asia. La presencia griega en parte de los actuales territorios de Afganistán o el norte de la India constituyó una zona de paso entre Oriente y Occidente. En Roma, la primera embajada de un representante de los «seres» parece que fue en época de Augusto. Posteriormente, y en el marco de las exitosas campañas occidentales de Ban Chao, en el año 97, se envió a un embajador llamado Gan Ying para explorar el lejano oeste. Gan Ying no llegó sino hasta la frontera oriental del Imperio Romano, pero parece que dejó un relato con una descripción de éste. También parece que hubo un viajero, seguramente macedonio, de nombre Maes, que llegó a los confines de China a finales del siglo I o principios del II y, en torno a la misma época, hay documentado un viaje de acróbatas griegos a la corte china. La primera embajada romana en China data, según fuentes chinas, de 166, cuando un grupo de legados del «rey de Daqin, Andun» (quizá Antonino Pío o Marco Aurelio), llegó a la corte del emperador chino. Los chinos registraron también la llegada en 226 de un comerciante romano, que demuestra la relación comercial romana con el sudeste asiático, y la visita de un emisario romano con regalos en el año 284.

En época bizantina, cuando en China empieza a usarse otra denominación, la de «Fu-lin», para hablar del Imperio Romano de Oriente, se intensifican las relaciones, seguramente a raíz del control estatal bizantino del comercio de la seda y el deseado control de esta ruta. En efecto, en el siglo VI Justiniano crea este monopolio estatal que pretendía proporcionar a Bizancio riqueza y prestigio merced a su situación estratégica entre Oriente y Occidente: la manufactura e importación de seda. Para ello era crucial mantener una relación fluida con «el país de la seda». La primera embajada bizantina documentada en China data del reinado de Constante II (641-668) y parece que, por su parte, China estuvo muy al tanto del devenir de los conflictos entre el imperio bizantino, los persas sasánidas y, posteriormente, los árabes. Se informaron de la caída del Imperio sasánida o de los asedios árabes a Constantinopla, entre otros eventos. Otros contactos importantes desde el mundo bizantino procuraron una tímida presencia del cristianismo en el mundo chino, gracias a los misioneros nestorianos desde el siglo VII. También mantuvieron contactos con el lejano Oriente los emperadores bizantinos Miguel VII y Alejo I Comneno.

La legión perdida

Más fascinan aun hoy los posibles contactos militares, que han dado lugar a las novelas mencionadas al principio. Hay una leyenda sobre lo que ocurrió con los prisioneros romanos de la desastrosa batalla de Carras (53 a. C.), donde fue vencido, muerto y decapitado por los partos el gran ejército de Craso, como cuenta magistralmente Plutarco. La llamada «legión perdida» de prisioneros, llevada hacia la frontera oriental de los partos por el rey Orodes. Su destino es desconocido. El sinólogo Homer Dubs especuló en los años 40 –en un controvertido artículo llamado «A Roman City in Ancient China»– que estos romanos llegaron a enfrentarse con las tropas Han en esa frontera oriental, según crónicas que refieren la táctica de lucha de una guarnición en «formación de escamas de pescado» (¿la formación testudo?) en un asedio en 36 a. C. Aunque derrotados y capturados por los chinos, según esta tesis, se les permitió asentarse y fundar una ciudad llamada Liqian (¿«legión»?) en el noroeste de China. Poco crédito ha tenido esta teoría hasta hace poco, pero las pruebas de ADN efectuadas en 2005 en la moderna Liqian, que apuntan a un componente notable de europeos en la población, junto al interesante hallazgo de los esqueletos chinos en la Londres romana, nos recuerdan, una vez más, que la historia, más allá de una u otra hipótesis de trabajo, no puede estudiarse de ninguna manera en compartimentos estancos.

 

14 diciembre 2016 at 2:28 pm Deja un comentario

La «Damnatio memoriae», el infame castigo del Imperio romano a no haber nacido nunca

Se sabe que los asirios, los hititas, los babilonios, los persas y después los egipcios (véase el ejemplo de Hatshepsut o Akenatón «El faraón hereje») ya había aplicado penas similares

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Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
22 de noviembre de 2016

Los romanos reverenciaban a sus ancestros, decoraban sus villas con episodios heroicos de los más eminentes y velaban porque los apellidos fueran legados de generación en generación, aunque hubiera que recurrir a hijos adoptivos para salvarlos. La memoria familiar era uno de los ejes de la sociedad romana, hasta el extremo de la condenada al olvido se situaba en la cúspide de los castigos más crueles. Los romanos imaginaban la historia de la humanidad como un lugar cuyas páginas más oscuras podían, simplemente, ser arrancadas y sustituidas por nuevas.

El nombre moderno de este castigo «Damnatio memoriae» significa literalmente «condena a la memoria». Es decir, condenado a no haber existido nunca. Se trataba de un castigo reservado para determinadas personas que los romanos querían borrar por completo de cualquier forma de recuerdo, ya fuese en textos, grabados, murales, estatuas e incluso música popular

La «abolitio nominis», que prohibía que el nombre del condenado pasara a sus hijos y herederos, y la «rescissio actorum», que suponía la completa destrucción de su obra

Este castigo del período imperial, no en vano, tenía su origen en varios mecanismos para provocar la muerte civil en tiempos de la República. Entonces existían la «abolitio nominis», que prohibía que el nombre del condenado pasara a sus hijos y herederos, y la «rescissio actorum», que suponía la completa destrucción de su obra política o artística. Ese fue el caso de Marco Antonio, cuyas estatuas fueron derribadas a su muerte por orden de su último enemigo, César Augusto, según Plutarco:

«Sus estatuas fueron derribadas: pero las de Cleopatra se conservaron en su lugar, por haber dado Arquibio, su amigo, mil talentos a César, a fin de que no tuvieran igual suerte que las de Antonio».

Emperadores contra el Senado, la venganza

No fue hasta el Imperio romano cuando se llegó a un nuevo nivel de perfección en el borrado de la memoria. El «damnatio memoriae» era una herramienta legal al alcance del Senado y una forma de que la aristocracia se cobrara su venganza contra los abusos del Emperador una vez hubiera fallecido. El proceso solía ir acompañado de la confiscación de los bienes del difunto «damnificado», el destierro de su familia y la persecución y exterminio físico o moral de sus partidarios. Además se decretaban anuladas las leyes que hubiera sacado adelante o éstas se le achacaban a sus sucesores.

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El Emperador Cómodo era conocido por sus ostentosos espectáculos y su constante enfrentamiento con el Senado

No obstante, la mayoría de estas condenas fueron consecuencia de las represalias de los nuevos Emperadores, en su mayoría responsables de la muerte de sus antecesores, y de su afán de consolidarse en el poder. Así fue el caso de Publio Septimio Geta, hermano menor de Caracalla, que fue asesinado por su hermano y posteriormente recibió el infame castigo. Muchos de sus seguidores fueron asesinados y su legado borrado del mapa. Por su parte, a la muerte Maximiano, en el año 310, su sucesor impulsó un damnatio memoriae por el que se ordenó la destrucción de cualquier elemento público que le hiciera alusión.

De otros emperadores se conocen procesos directamente vinculados con su mala relación en vida con el Senado. Por ejemplo, a la muerte de Domiciano, el Senado emitió la condena y autorizó que sus monedas y estatuas fueron fundidas, sus arcos derribados y su nombre eliminado de todos los registros públicos. En este mismo sentido, Nerón fue declarado «enemigo del Estado» por el Senado aún antes de su muerte y varias de sus representaciones destruidas.

De Cómodo, el Emperador gladiador, el Senado decretó su damnatio memoriae tan solo un día después de ser ahogado en el baño por uno de sus libertos. Aquella condena le convirtió en enemigo público, ordenando el derribo de sus estatuas y la eliminación de su nombre de los registros públicos.

En el otro extremo, cabía la posibilidad de que el Senado se reuniera para elevar a la categoría de divino al emperador fallecido. El Apoteosis era el equivalente de reconocer que el Emperador estaba en proceso de «ascender al cielo de los dioses». En este caso el personaje pasaba a ser reconocido como un dios –véase el caso del divino Julio César o el augusto Octavio– se celebraban lujosos funerales en su honor, se le erigían templos e incluso se les reconocía como un astro del firmamento (catasterismo).

Estas «damnationes minores» podíar ser establecidas por senados locales, de alcance mucho más limitado

Más allá de los altares y los tronos, esta condena también iba dirigida a ciudadanos corrientes que hubieran cometido crímenes especialmente censurables, sobre todo aquellos relacionados con la traición al Emperador o al Senado. Tal fue el caso de Lucio Elio Sejano, favorito de Tiberio, al que se le acusó de liderar un amplio complot contra su soberano. O el caso del ex cónsul y gobernador Cneo Calpurnio Pisón en 20 d.C., quien se suicidó tras ser responsabilizado de la muerte de Germánico. A consecuencia de ello, el Senado dictó un senadoconsulto que proponía borrar su nombre de los documentos oficiales y confiscar sus bienes.

En este sentido, las conocidas como «damnationes minores» podíar ser establecidas por senados locales, de alcance mucho más limitado y cuyas razones rara vez tenía que ver con motivaciones políticas.

Del Antiguo Egipto a la Edad Media

No fueron los romanos los primeros ni lo últimos en atentar contra la memoria. Se sabe que los asirios, los hititas, los babilonios, los persas y después los egipcios (véase el ejemplo de Hatshepsut o Akenatón «El faraón hereje») ya había aplicado penas similares a los romanos. En muchas de estas culturas quienes no tenían nombre no podía existir y, por lo tanto, borrar el nombre de un personaje del recuerdo suponía impedirle disfrutar de una vida en el más allá.

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«El Papa Formoso y Esteban VI», por Jean-Paul Laurens

Siguiendo con la tradición romana, en la Alta Edad Media, el Papa Esteban VI ordenó que el cadáver del Papa Formoso fuera exhumado para someterlo a un juicio por sus pecados. Además de borrar su legado y anular sus decisiones como pontífice, el nuevo Papa orquestó la espeluznante escena de juzgar a un cadáver en avanzado estado de descomposición, en lo que hoy es conocido como el Sínodo del Terror.

Otros muchos personajes históricos han aspirado a borrar de un plumazo todo rastro de sus rivales. Todavía en el siglo XX varios dictadores han impuesto borrados colectivos, «vaporizaciones», diría George Orwell en su novela «1984». Sin ir más lejos, el régimen de Stalin prohibió toda mención de los nombres de sus enemigos y eliminó a éstos de la prensa, libros, registros históricos, fotografías y documentos de archivo. La lista de «personajes incorrectos» afectó a León Trotsky, Nikolái Bujarin, Grigori Zinóviev y a otros líderes políticos que fueron cayeron en desgracia a ojos del dictador.

La cuestión es ¿tuvo alguna vez éxito pleno estas condenas? ¿Alguien ha logrado borrar todo rastro de un personaje a lo largo de la Historia? Evidentemente sería imposible saberlo. Si funcionó y consiguieron borrar la memoria de un personaje o pueblo sería hoy un desconocido. Sin embargo, la experiencia de miles de años ha demostrado que se necesita algo más que recortar una fotografía o romper una estatua para eliminar un legado vital. Resulta una tarea sumamente difícil la de destruir en tantos trozos a sus enemigos.

 

22 noviembre 2016 at 9:13 am Deja un comentario

El Batallón Sagrado de Tebas, el ejército de amantes homosexuales que humilló a los espartanos

Tras varias décadas de hegemonía, Alejandro Magno dirigió una compañía de caballería, los hetairoi, contra la unidad de élite de la infantería tebana e inició el principio del fin de su historia

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Cartel promocional de «Alejandro Magno» (2004). Una carga del macedonio marcó el principio del fin del Batallón Tebano en la batalla de Queronea

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
8 de junio de 2016

El batallón Sagrado de Tebas supone un caso único e inesperado en la historia militar. Este cuerpo de élite estaba conformado por amantes homosexuales, aprendiz y maestro, y se convirtió en una de las tropas más temidas de la Antigüedad porque, a decir Plutarco, «la unión entre amantes aumentaba su capacidad combativa». De hecho, la unidad permaneció invicta hasta la batalla de Queronea, donde el rey Filipo II y Alejandro Magno arrasaron al batallón.

150 parejas de amantes varones

El Batallón Sagrado aparece citado por primera vez con ocasión de la batalla de Tegira, a principios de la primavera del 375 a.C, pero existía con anterioridad. El aristócrata tebano Górgidas fue el artífice de la creación de esta unidad, formada por 150 parejas de amantes varones. Górgidas se encargó de la formación y el reclutamiento del Batallón Sagrado, vertebrado por jóvenes aristócratas que se habían educado en el gimnasio, donde eran habituales las prácticas homosexuales.

Se confunde la homosexualidad entre adultos, reprobada entre el pueblo griego, con las relaciones entre un adulto y un joven

Cabe señalar que el concepto de homosexualidad en la Antigua Grecia era muy diferente al actual. Sin ir más lejos, en ocasiones se confunde la homosexualidad entre adultos, reprobada gravemente entre el pueblo griego, con las relaciones entre un adulto y un joven, la pederastia, que estaban instrumentalizadas en algunas ciudades como parte de la formación de los adolescentes procedentes de la aristocracia. Así ocurría también en Tebas, donde las parejas contaban con un miembro de mayor edad, el «heniochoi» (conductor) y uno más joven, «paraibatai» (compañero). El conductor debía encargarse del adiestramiento y educación del compañero, sobre todo en lo que respecta a la moral. El hombre de más edad enseñaba al joven los valores de la lealtad, la fidelidad y la moderación.

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Representación del Batallón Sagradi de Tebas- Wikimedia

Tras un duro periodo de instrucción, las parejas creaban entre sí un fuerte vínculo afectivo y profesional. El historiador clásico Plutarco defendía que el vínculo homosexual tenía ventajas militares, puesto que «un batallón cimentado por la amistad basada en el amor nunca se romperá y es invencible; ya que los amantes, avergonzados de no ser dignos ante la vista de sus amados y los amados ante la vista de sus amantes, deseosos se arrojan al peligro para el alivio de unos y otros».

La idea es que el destacamento lucharía con una convicción casi suicida ante los ojos de su compañero y, en el caso de los soldados que perdieran a su pareja, resistiría hasta la extenuación a cuenta de proteger el cadáver de su amante y vengarle. Sabedora de que las ventajas de su unidad, la legislación tebana se decantó por apoyar este tipo de relaciones de carácter homosexual con el fin de perpetuar la efectividad de su ejército.

El amanecer del poder de Tebas

Ayudó a reforzar el espíritu de estos soldados las múltiples raíces mitológicas en las que encontraba su reflejo el Batallón Sagrado. El héroe mítico Yolao, un joven atleta, domador de caballos y amigo y compañero inseparable de Heracles, servía a los aristócratas tebanos como referencia. De hecho, los amantes masculinos se juraban fidelidad en el herón dedicado a Yolao. Y por si eso fuera poco referente, el mito fundacional de la ciudad giraba sobre la historia de Layo, un rey de Tebas que raptó y violó a su hijastro adolescente, Crisipo. Un episodio que emplazó en esta ciudad el origen legendario de la pederastia en Grecia.

El lecho de muerte de Epaminondas. Rijksmuseum, Amsterdam.

El lecho de muerte de Epaminondas. Rijksmuseum, Amsterdam.

Durante cerca de 33 años, el Batallón Sagrado se alzó como la infantería más victoriosa de Grecia. La ciudad se encargaba de alimentarlos y pagarlos incluso en tiempos de paz, de modo que el ejercicio de las armas era su único oficio. En época de paz, este ejército permanente y profesional residía en la Cadmea como guarnición de la ciudad.

La unidad participó como lanza de la formación tebana en las batallas de Leuctra y de Mantinea, que dejaron colgando de un hilo el poderío de los espartanos. Hasta estas batallas, Tebas había sido un territorio bajo el dominio espartano y solo las innovaciones tácticas de Epaminondas lograron sacar a su ejército de su estado de aletargamiento. De hecho, el general Epaminondas está considerado uno de los mayores genios militares de la Antigüedad y, según el orador romano Cicerón, «el primer hombre de Grecia».

Los espartanos trataron de mantener atrás la masa gigantesca de tebanos y del Batallón Sagrado hasta que fueron literalmente barridos por la columna

El genio de Epaminondas volteó por sí solo el mapa político de Grecia. En la batalla de Leuctra, los espartanos formaron con la tradicional falange, que tenía tendencia a avanzar hacia la derecha y a concentrar en este flanco la mayor parte de sus energías. Sabedor de esta obsesión por el flanco derecho, Epaminondas situó a toda su caballería y a una columna de cincuenta hombres de profundidad de infantería tebana en el ala izquierda. La formación tradicional de doce líneas de profundidad de Esparta cedió ante el impacto de la columna de cincuenta tebanos. Los espartanos trataron de mantener atrás la masa gigantesca de tebanos y del Batallón Sagrado hasta que fueron literalmente barridos por la columna. El ala derecha espartana fue derrotada con bajas de unos 1.000 hombres, entre los que se encontraba el Rey espartano Cleómbroto, de la misma dinastía que Leónidas.

Filipo y Alejandro Magno contra Tebas y Atenas

Los tebanos desplazaron a los espartanos como los guerreros más fieros, pero su hegemonía duró lo que Macedonia alcanzaba la madurez. Filipo II de Macedonia pasó varios años de su infancia como rehén en Tebas. Al volver a casa, el joven se propuso una reforma militar de los ejércitos macedonios que, partiendo de la tradicional falange griega, añadiera nuevos elementos tácticos para darle más flexibilidad y poder someter a aquellas ciudades griegas que seguían estimando al Reino de Macedonia como una tierra de bárbaros. Buena parte de esas tácticas las importó directamente de los tebanos.

Con las principales ciudades estado griegas sometidas y Atenas ofreciendo una alianza favorable a Macedonia, Filipo se dirigió contra Esparta a mediados del siglo cuatro a.C. y les envió un mensaje que en otro tiempo no hubiera hecho más que enaltecer a los fieros espartanos: «Se os avisa para que os sometáis sin mayor dilación, pues enviaré a mi ejército a vuestras tierras y destruiré vuestras granjas, mataré a vuestra gente, y arrasaré vuestra ciudad». Los guerreros espartanos, no obstante, ya no eran lo que fueron y prefirieron conceder a Filipo II la paz sin presentar batalla.

Así, en el 340 a.C, Atenas se convenció de que la única forma de frenar el infinito apetito de Filipo II era a través de una confrontación directa. Acompañado de su hijo adolescente Alejandro, Filipo penetró en la Grecia central y venció en la batalla de Queronea (338 a. C.) a los tebanos y atenienses.

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El león de Queronea , un monumento junto a la excavación donde se encontraron 254 esqueletos de tebanos – Wikimedia

Los detalles sobre la batalla son escasos, pero se sabe que el joven Alejandro escribió con su actuación, al frente de la caballería macedonia, las primeras líneas de su fulgurante carrera militar. Mientras las tropas atenienses eran derrotados en el ala izquierda por la infantería macedonia, Alejandro dirigió una compañía de caballería, «los hetairoi», contra la unidad de élite de la infantería tebana, desplegada en el extremo derecho de la línea de batalla aliada.

Cuando la derrota ya era inminente, el Batallón Sagrado se mantuvo firme y sufrió una auténtica masacre. Plutarco asegura en sus textos que los 300 componentes del batallón perecieron ese día; sin embargo, una tumba comunal en Queronea evidencia que fueron en realidad 254 los muertos, siendo el resto de los miembros del batallón apresados o heridos ese día.

Plutarco asegura en sus textos que los 300 componentes del batallón perecieron ese día

Precisamente Plutarco relata que Filipo, ante la visión de los cadáveres amontonados en una pila, afirmó en señal de respeto: «Muera el hombre que sospeche que estos hombres hicieron algo inapropiadamente».

Tebas y Atenas perdieron a cerca de 2.000 hombres durante esa jornada (más 4.000 prisioneros), en una de las derrota más decisivas de la antigüedad. El macedonio instauró a partir de entonces su hegemonía sobre Grecia, constituyendo la Liga de Corinto, que incluía a todos los Estados griegos, a excepción de Esparta. Lo paradójico es que Macedonia se valió al menos en parte de las tácticas de Tebas para ocupar su trono.

 

8 junio 2016 at 2:07 pm Deja un comentario

«Vidas de Alejandro y César», Plutarco inagotable

Plutarco ostenta en la Historia de la literatura el título de creador del género biográfico, y todo gracias a sus «Vidas paralelas». Acantilado ofrece las dedicadas a Alejandro Magno y César. Una mezcla de semblanzas y enseñanzas éticas

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Alejandro Magno, uno de los protagonistas de las «Vidas» de Plutarco, en «El mosaico de Issos» (Pompeya)

Fuente: LUIS ALBERTO DE CUENCA  |  ABC
25 de mayo de 2016

La vida de Plutarco transcurre -sigo para los datos el magnífico manual de «Historia de la literatura griega» del austríaco Albin Lesky, reimpreso en 2010 por Gredos- entre pocos años antes del año 50 después de Cristo y pocos años después del 120 de la era cristiana. Nació en Queronea de Beocia, a un paso de Delfos (no Delfi, como se traduce en la, por otra parte, estupenda versión objeto de este comentario), en una región muy ligada a los mitos y tradiciones de la antigua Grecia.

Pertenecía a una de las familias más importantes de la ciudad. Estudió en Atenas con el neoplatónico Amonio y se incorporó a la Academia que fundara antaño Platón, filósofo por el que sintió siempre una gran admiración intelectual. Viajó a Alejandría, donde conoció a fondo la religión egipcia, como atestigua su tratado «De Iside et Osiride», inserto en esa vasta miscelánea suya que llamamos «Moralia».

Un rótulo, este de «Moralia», que caracteriza a la perfección su actitud ante la vida y el ideal de su existencia, presidida en todo momento por una visión ética del mundo. De modo que podemos afirmar, sin miedo alguno a confundirnos, que Plutarco fue, ante todo, un filósofo y un moralista que, educado en el platonismo, muestra elementos en su formación extraídos de las doctrinas pitagóricas y órficas, junto a otros rasgos procedentes del aristotelismo, el estoicismo, la gnosis e incluso, aunque es tema muy controvertido y no hay seguridad al respecto, del judeocristianismo. Como podemos ver, el de Queronea fue todo un paladín del eclecticismo en el mejor, más amplio y más comprehensivo sentido de la palabra.

Junto a sus obras morales («lato sensu» lo son todos los opúsculos contenidos en sus «Obras morales y de costumbres» o «Moralia»), Plutarco ha pasado a la Historia de las letras universales como fundador de la biografía, ese subgénero de la Historia cuya primera obra de auténtica importancia son las «Vidas paralelas». Biógrafo singularísimo, lo que no puede evitar es que incluso en sus «Vidas» se deslice el mensaje moral, la enseñanza ética que constituyó siempre su razón de ser y de escribir.

Anécdotas aisladas

Las «Vidas» abarcan cincuenta biografías, de las que cuarenta y seis están escritas de dos en dos: un personaje griego y otro romano puestos en parangón. Las cuatro sueltas son las de Arato (s. III a. C.), uno de los últimos caudillos griegos; el persa Artajerjes y los fugaces emperadores romanos Galba y Otón.

El sello editorial Acantilado, siempre propicio a ofrecer en su catálogo traducciones nuevas y desprovistas del tantas veces inane academicismo que concurre en las publicaciones especializadas, nos ofrece ahora, en un precioso volumen de su colección «Cuadernos», las vidas paralelas plutarquianas más famosas, o sea, las de Alejandro Magno y Julio César. Se ha hecho cargo de la cuidada versión al español el escritor y traductor navarro Eduardo Gil Bera, autor también de un breve prólogo tan interesante como poco convencional, rotulado «El fortalecedor Plutarco».

Plutarco escribe sus «Vidas» seducido por la magia del «exemplum»

Leyendo con enorme interés esta nueva traducción de «Alejandro y César», me he vuelto a dar cuenta, como advertí la primera vez que leí esas dos biografías -en el volumen «Biógrafos griegos» de Aguilar y en la mítica versión de Antonio Ranz Romanillos (1759-1830)-, de que, si uno no sabe nada previamente de los personajes biografiados por Plutarco, no se hace una idea cabal de su andadura por el mundo.

En resumidas cuentas, no cabe duda de que Plutarco es cualquier cosa menos historiador. Escribe sus «Vidas» seducido por la magia del «exemplum». Le tienta mucho más la moralina que puede deducirse de ciertas anécdotas aisladas de los personajes elegidos que el propio encanto de la narración diacrónica de sus vidas, proezas y milagros. Pese a todo, el lector lo pasa estupendamente con las divagaciones psicológicas y filosóficas del polígrafo de Queronea y con su incontenible retórica, propia de la época que le tocó vivir, mucho más pródiga en genios compiladores y enciclopédicos, de los que él es la muestra más relevante, que en auténticos creadores literarios.

Cultura en griego

Parece que la redacción de estas cincuenta «Vidas paralelas» ocupó la última etapa de la existencia de Plutarco, ya retirado en su ciudad natal, allá por el año 115, en los últimos estertores del gobierno imperial de Trajano. Se dice que, a pesar de la atención dispensada por nuestro autor a la antigüedad romana en detrimento de la griega, no llegó nunca a hablar el latín con fluidez. Eso demuestra hasta qué punto la cultura en griego sobrevivió a la lógica expansión lingüística del latín en el momento de mayor poder y extensión del Imperio Romano. La cuenca oriental del Mediterráneo siempre fue griega, lo seguirá siendo al dividirse el Imperio en dos en tiempos de Teodosio, y continuará siéndolo hasta la caída de Constantinopla en 1453.

Plutarco es muestra inequívoca de la pujanza de lo helénico en plena hegemonía militar y política de la Roma imperial. Su producción es ingente. La «Biblioteca Clásica Gredos» lleva ya publicados hasta la fecha trece tomos de sus «Obras morales y de costumbres» («Moralia») y ocho de sus «Vidas paralelas».

«Vidas de Alejandro y César». Plutarco

Biografía. Trad. de Eduardo Gil Bera. Acantilado, 2016. 240 páginas. 14 euros

 

 

27 mayo 2016 at 7:33 pm Deja un comentario

La agogé espartana, el entrenamiento extremo que daba por resultado los soldados más letales de Grecia

A los niños se les sometía a prácticas penosas, un método para endurecerlos que consistía, entre otras cosas, en bañarles en vino y alimentarlos con forraje

300-espartanos

Fotograma de la película los «300», que recrea de forma fantasiosa la vida de los soldados de Esparta

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC     31/03/2016

La educación espartana era muy diferente a la que recibían los jóvenes de otras ciudades estado. Esparta militarizaba la vida privada de los jóvenes hasta los 30 años. Su legendaria infantería se alimentaba de los extremos métodos de entrenamiento que recibían desde recién nacidos los hijos de Esparta.

Hoplita espartano - Wikimedia

Hoplita espartano – Wikimedia

Los ancianos de la tribu («los gerontes») decidían si los recién nacidos debían ser criados o, si su salud era mala, se les abandonaba en la ladera de la montaña. El ser apto para el combate solo era el primer paso. El primer paso en un proceso para alcanzar la plena ciudadanía y poder acceder a las magistraturas y a los cuerpos de élite. A los niños se les sometía a prácticas penosas, un método para endurecerlos que consistía, entre otras cosas, en bañarles en vino y alimentarlos con forraje.

Se recomendaba criarlos sin pañales que constriñesen su crecimiento o debilitaran su resistencia al frío y al calor. Pronto debían perder el miedo a la oscuridad. Una vez endurecidos, en torno a los siete años, empezaba la verdadera agogé (la crianza), donde el Estado apartaba a los niños de sus familias para someterlos a entrenamiento militar. El propio gobierno de Esparta asumía la tutela y la educación pública de los futuros soldados, para lo cual destinaba a funcionarios especializados.

La educación de los jóvenes a cargo del Estado

Como describe Nick Fields en su libro «Termópilas: la resistencia de los 300», el Estado organizaba a los niños en bandas («agelai»), supervisadas por magistrados, que incentivaban el liderazgo natural a través de la selección de cabecillas. Su vida era austera, espartana. Los jóvenes dormían sobre lechos construidos con juncos, cortados de las orillas del río Eurotas, y disponían de un solo manto para todo el año. Con el tiempo se acostumbraban al dolor. De hecho, la mayor parte del tiempo permanecían desnudos y mugrientos, porque raramente se les permitía bañarse.

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Jóvenes espartanos, de Edgar Degas – National Gallery de Londres

Se les privaba de alimentos, obligando a los niños a robarlos en los campos locales. Esto era en sí una trampa, porque si pillaban a los niños robando se les castigaba con brutales castigos físicos. Es más, cualquier ciudadano podía castigar a los niños si así mejoraba su disciplina. El método preferente era el apaleamiento, que contaba con una suerte de ritual. El lugar de apaleamiento se encontraba ubicado en un bosque, puesto que era necesario un árbol vigoroso y robusto, al cual se le enganchaba una cadena y a ésta un palo. Lo que hacía el muchacho era agarrar este palo mientras otros dos de sus compañeros lo apaleaban. Esta acción se llevaba a cabo con varas de bambú, puesto que dolía, picaba y desgarraba la piel. Por si el muchacho se caía de agotamiento o de dolor había otros dos compañeros que se encargaban de levantarlo para que pudiesen seguir apaleándolo.

El objetivo final de los castigos era que aprendieran el valor de trabajar en grupo, mejor en formación, y de respetar la autoridad ciegamente. La lucha, el atletismo y el manejo de las armas también eran materias fundamentales.

Por lo demás, la educación formal de los jóvenes espartanos era mínima, salvo en materias como la música, gimnasia y juegos relacionados con los principios del arte de la guerra. Según el historiador clásico Plutarco, aprendían entonces a leer y a escribir, al menos de forma básica, así como a cantar, principalmente letras de marchas. Frente a la famosa retórica de Atenas y otras ciudades griegas, de los hijos de Esparta se esperaba que hablaran de forma sólida y concisa (laconismo), al tiempo que con gracia.

Este estado de camaradería se construía sobre una especie de amor que no tenía que ver con el sexo, pese a lo cual es posible que fueran frecuentes las relaciones homosexuales

Mientras que a los niños se les cortaba el pelo al rape, a los adolescentes que alcanzaban los 15 años, los efebos, se les autorizaba a llevarlo largo y bien cuidado. El largo cabello era uno de los rasgos más característicos de los guerreros espartanos.

El Estado asumía la tutela hasta los veinte años. A partir de esta edad, los jóvenes espartanos seguían viviendo en un régimen de cuartel y se les destinaba a distintas agrupaciones militares. El vínculo entre soldados se creaba así desde la niñez. Cada espartano dormía, comía y luchaba con sus compañeros de armas de la infancia. Este ambiente de camaradería se construía sobre una especie de amor que no tenía que ver con el sexo, pese a lo cual es posible que fueran frecuentes las relaciones homosexuales (aunque entre los griegos no existía el concepto de naturaleza homosexual).

«Únicos y verdaderos artistas de la guerra»

Vivían así bajo régimen militar hasta los 30 años, cuando se les entregaba una hacienda y un terreno para que formaran su propio hogar. Era en ese momento que adquirían todos los derechos de un ciudadano como uno de los iguales (homoioi). Lo tardío de los matrimonios y el papel limitado de la mujer en la sociedad griega alentaban, además de la homosexualidad, que los soldados acudieran a luchar sin cargas familiares a sus espaldas. Las mujeres también recibían una educación basada en la gimnasia y la lucha, una exigente actividad física con el fin de mantenerse ágiles y fuertes para poder engendrar a futuros guerreros sanos y robustos.

Todo este entrenamiento hacía de los espartanos los soldados más temidos de Grecia. Herodoto los describía como maestros del pasado en el arte de la guerra, mientras que otro autor clásico, Jenofonte, los admiraba como los «únicos y verdaderos artistas en materia de guerra». A diferencia del resto de hoplitas, los espartanos eran soldados profesionales a tiempo parcial en su ciudad estado, cuyo territorio se beneficiaba del aislamiento que le daban las montañas. En ningún otro punto de Grecia se podían permitir un nivel de profesional tan alto en la milicia.

5 abril 2016 at 10:55 pm 2 comentarios

Cuídate de los idus de marzo

  • César recibió 23 puñaladas en el Teatro de Pompeyo
  • Recibió varios avisos y premoniciones, pero no les hizo caso

idus-marzo

Fuente: Víctor Bejega  |  Diario Digital de León  15/03/2016

Pocas figuras han trascendido la Historia como Cayo Julio César, y pocos asesinatos son tan famosos. Miles de páginas se han escrito sobre su persona, sus logros, su muerte. Relatos históricos y fantásticos, e incluso aportes desde la Arqueología, con el descubrimiento en 2012 de los restos del Teatro de Pompeyo, donde se produjo el crimen.

Las luchas políticas de Roma durante el último siglo habían sido duras. Dos facciones, optimates y populares, se habían configurado en defensa de intereses diversos. Los optimates, representantes de la aristocracia más reaccionaria e inmovilista. Los populares, apoyados en las crecientes clases populares de Roma. Personajes tan relevantes como los hermanos Graco, Cayo Mario, Sila o Cneo Pompeyo, habían jugado un importante papel en esta lucha fratricida.

Vincenzo Camuccini, "Morte di Cesare", 1798,

La debilitada facción optimate, sin embargo, consideraba que la acumulación de poder de César, tanto político como religioso, eran el paso previo a la reinstauración monárquica. Con esa premisa, Cayo Casio Longino lidera un complot para asesinar a su enemigo.

A pesar de numerosos avisos y premoniciones, César se dirigió hacia el Foro la mañana de los idus de marzo (15 de marzo actual) del año 44 a.C. Dirigido hacia el Teatro de Pompeyo, bajo el engaño de presentarle una petición, Servilio Casca le tira de la toga y lanza la primera cuchillada. Según los autores antiguos, César respondió tratando de defenderse y llamando a su agresor villano y sacrílego, tanto por agredir al Pontifex Maximus como por portar armas en el Senado. Le siguieron 22 puñaladas más, de un grupo de 60 senadores entre los que se encontraba Marco Junio Bruto.

El gran hombre, cayó al suelo empapado en sangre, justo debajo de una estatua de Pompeyo. Según algunos autores, César gritó “Bruto, ¿tú también, hijo mío?“, según Plutarco, simplemente se cubrió la cabeza con la toga. La noticia del asesinato recorrió Roma, generando un clima de tensión. Los asesinos huyeron rápidamente, mientras que los partidarios de César, temerosos de la magnitud del complot, tardaron en reaccionar para recuperar el cuerpo.

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La reacción popular ante la muerte de César fue magníficamente aprovechada por Marco Antonio, a través de un discurso fúnebre incendiario, que consiguió que los asesinos huyeran de Roma. El cadáver de César fue incinerado y la plebe arrojó cientos de objetos para reavivar la hoguera. Había muerto el hombre, había nacido la leyenda.

Su muerte desencadenó una nueva etapa política, apasionante, con una carrera por vengar el asesinato y derrotar a los optimates, pero también por erigirse heredero de Julio César y constituirse como la primera figura de Roma, que culminaría con el establecimiento del Imperio de la mano de Cayo Julio César Octaviano, Augusto.

El legado de Cayo Julio César, llega a nuestros días. Sus proyectos políticos y militares fueron desarrollados durante el Imperio, fue divinizado, creó la base del actual calendario y su figura sigue fascinando más de dos mil años después.

15 marzo 2016 at 2:38 pm 1 comentario

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