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Pompeyo Magno, historia de un fracaso

Miembro de una rica familia de provincias, Pompeyo se ganó muy pronto el apodo de “el Grande” por sus triunfos militares. Pero su enfrentamiento con César, su antiguo aliado, acabó causando su perdición

El rostro de Pompeyo Magno.
Cneo Pompeyo nació en 106 a. C., hijo de Cneo Pompeyo Estrabón, un rico terrateniente y senador de la región del Piceno, en el norte de Italia. Los retratos del general romano –de clara influencia helenística– lo muestran con aspecto afable y digno. Busto del Museo Arqueológico de Venecia.

Foto: Bpk / Scala, Firenze

Fuente: Carles Buenacasa  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
6 de marzo de 2018

En el año 61 a.C., se celebró en Roma una de las procesiones triunfales más fastuosas de su historia. Su protagonista era un general que entonces tenía 47 años, de atractiva presencia, porte majestuoso y –según parecía entonces– tocado por la fortuna. Aquél era ya su tercer triunfo, con el que parecía coronarse una carrera que justificaba el apodo de Magno, el Grande, que el pueblo le había otorgado años antes. El historiador Plutarco escribiría más tarde: “Otros antes que él habían triunfado ya tres veces. Sin embargo, él había obtenido su primer triunfo por su victoria en África, el segundo por su éxito en Europa y el último por dominar Asia, y todo ello hacía parecer que sus triunfos eran señal de que el mundo entero se había rendido a su poder”.

La historia de Pompeyo el Grande fue la del ascenso de un hombre nuevo hasta la cúspide del poder en Roma. Su familia no figuraba entre los linajes más antiguos y aristocráticos de la Urbe, sino que constituía un ejemplo de linaje recientemente promocionado al orden senatorial en premio a sus servicios militares. Los Pompeyo eran originarios de la región del Piceno, en la Italia adriática. De hecho, los romanos de pura cepa les reprochaban sus ancestros galos, y su cabello rubio, una rareza en la Roma de aquellos tiempos, era visto con desconfianza.

Guerra en Hispania

Cuando Cneo Pompeyo Magno hizo su entrada en la arena política romana, la ciudad acababa de salir de uno de los mayores conflictos de su historia: la guerra civil librada entre 88 y 81 a.C. entre los partidarios de Cayo Mario, los “populares”, de tendencias políticas populistas, y los de Lucio Cornelio Sila, los “optimates”, conservadores y partidarios del poder del Senado. Estos últimos salieron vencedores y gobernaban Roma desde la muerte de su líder en 78 a.C.

Casi todos los miembros de la familia Pompeyo fueron partidarios y colaboradores de Sila, especialmente su padre, Cneo Pompeyo Estrabón, un militar que se había ganado fama de carnicero y malversador durante la guerra social (una revuelta de los aliados itálicos de Roma, que querían recuperar su independencia). El futuro Pompeyo Magno siguió su ejemplo e hizo sus primeras armas combatiendo a los populares, liderados por Mario. La campaña más importante se desarrolló en la península ibérica, donde se enfrentó al rebelde Quinto Sertorio. La guerra sertoriana, que empezó en 80 a.C., retuvo a Pompeyo en Hispania hasta 71 a.C., un año después de que Sertorio fuera asesinado por sus propios generales. Como recuerdo de su paso por la Península, Pompeyo fundó una ciudad en su propio honor –Pompaelo, la actual Pamplona– y, además, elevó un monumento conmemorativo en el Coll de Panissars, en los Pirineos orientales, que se conserva en parte. En la dedicatoria, hoy perdida, el joven general dejó constancia del grado de destrucción que dejaba atrás: 876 comunidades sometidas por su espada.

Tan aplastante victoria fue recompensada en Roma con el consulado del año 70 a.C., a pesar de que Pompeyo no había ocupado ninguna de las magistraturas que se desempeñaban antes de recibir el nombramiento de cónsul. Su colega en el cargo fue el acaudalado Marco Licinio Craso, el líder de los populares, aunque no hubo demasiada colaboración entre ellos y su relación fue bastante tensa.

Al acabar su consulado, Pompeyo acrecentó su fama como general con dos nuevas campañas. La primera, en 67 a.C., consistió en acabar con la piratería en el Mediterráneo, especialmente activa en regiones como Sicilia, la costa adriática, Cilicia o Creta. Pompeyo dividió el Mediterráneo en trece sectores y los asignó a otros tantos generales, cada uno de los cuales erradicó sistemáticamente los piratas de su cuadrante. Así, mucho antes de concluir el año, se habían capturado 846 barcos, se conquistaron 120 poblados y se hicieron unos 20.000 prisioneros que fueron vendidos como esclavos. Las bajas entre los piratas ascendieron a unas 10.000.

Entre 66 y 63 a.C. tuvo lugar la segunda campaña de Pompeyo. Se desarrolló en Oriente y tuvo como objetivo acabar con el expansionismo de dos reyes hostiles a Roma: Mitrídates VI del Ponto y Tigranes II de la Gran Armenia. Las aplastantes victorias conseguidas por Pompeyo no sólo provocaron el suicidio de Mitrídates y la rendición del monarca armenio, sino que le permitieron anexionar nuevos territorios como Siria, Cilicia, Ponto y Bitinia, y reducir a los reinos vasallos de la zona a la condición de protectorados.

Conjurados por Roma

Aquellas dos campañas aumentaron el prestigio de Pompeyo como conquistador y, sobre todo, permitieron la reactivación comercial tanto por mar como en el frente oriental. Fue gracias a ellas como Pompeyo se ganó su fama de “hombre de suerte contrastada”.

Mientras Pompeyo cimentaba en Oriente su fama como militar, Julio César daba sus primeros pasos políticos en Roma al conseguir en el año 63 a.C. el cargo de pontífice máximo, la magistratura religiosa suprema, que, además, era vitalicia. A su regreso a la capital, Pompeyo fue agasajado en una ceremonia triunfal en la que se mostraron inmensas riquezas y se repartieron 75 millones de dracmas en monedas de plata.

Sin embargo, Pompeyo topó con gran oposición en el Senado para proceder al reparto de tierras que había prometido a sus veteranos. Por eso no tuvo más remedio que acercarse a los líderes del partido popular, Craso y César, y constituir con ellos la alianza secreta que conocemos como primer triunvirato (60 a.C.). Gracias a esta asociación, Julio César fue elegido uno de los dos cónsules del año 59 a.C. y materializó las asignaciones de tierra que Pompeyo había prometido a sus legionarios.

Al término de su consulado, César se marchó a las Galias para conseguir los laureles militares que necesitaba para consolidar su carrera política. Él y Pompeyo se separaron como amigos y aliados, unidos además por el matrimonio de Julia, la hija de César, con Pompeyo. Diez años más tarde, cuando volvieron a encontrarse, se habían convertido en acérrimos rivales.

La inesperada muerte de Julia durante un alumbramiento, en 54 a.C., y la de Craso en su campaña contra Partia al año siguiente fueron hábilmente usadas por los optimates para atraer a Pompeyo a su bando. Éste se negó a concertar una nueva alianza matrimonial con César y, en abril de 52 a.C., aceptó el nombramiento de cónsul “sin colega”, una designación peculiar ya que el consulado era una magistratura colegiada. Sin duda, era un modo hábil de evitar cualquier alusión al título de dictador. Al acabar su mandato se le concedió el título de procónsul, cargo que ejerció hasta su muerte en 48 a.C.

Pompeyo contra César

Los optimates ahondaron aún más el abismo entre Pompeyo y César anunciando que al término del mando de César en las Galias éste sería procesado por las malversaciones cometidas durante su consulado y exiliado fuera de Italia. Ante esta compleja coyuntura política, la única salida digna para César consistía en desafiar la autoridad del Senado, motivo por el cual en 49 a.C. cruzó la frontera entre las Galias e Italia, situada en el río Rubicón. Con ello se inició un nuevo episodio de guerra civil que se alargó hasta 44 a.C.

Pompeyo intervino en la primera fase de esta contienda como comandante del ejército de la República. Pero aunque sus efectivos eran muy superiores a los de su rival, no se atrevió a plantarle cara y retrocedió hacia el sur a medida que César avanzaba. Al llegar a Bríndisi embarcó todas sus tropas y cruzó el Adriático hasta la ciudad de Dirraquio (la actual Durrës, en Albania). Por su parte, César, convertido en dictador de Roma, se presentó allí y persiguió a su rival hasta la región griega de Tesalia, donde la fortuna militar de Pompeyo se truncó: el 9 de agosto de 48 a.C. fue derrotado en Farsalia por el superior genio militar de César.

Pompeyo se embarcó con unos treinta leales y huyó a Oriente, sin saber a quién pedir asilo. Sus íntimos le aconsejaron que no aceptara el perdón de César, pues les parecía indigno que su supervivencia dependiera de una gracia de su rival. Además, le sugirieron que se refugiara en Egipto, un consejo que los acontecimientos posteriores revelaron francamente funesto.

Asesinato en Egipto

Al llegar a Egipto, Pompeyo envió un mensajero al rey, el joven Ptolomeo XIII, que se hallaba en Pelusio guerreando contra su hermana y esposa, Cleopatra VII. El eunuco Potino, verdadero gobernante en la sombra, reunió a los consejeros reales y éstos decidieron que había que dar muerte a Pompeyo a fin de evitar que su estancia en Egipto sirviera a Roma de pretexto para inmiscuirse en los asuntos internos del país. Siglos después, Plutarco reprochó a los egipcios que quienes decidieron la muerte del general romano fueran un eunuco, un general egipcio (es decir, un extranjero) y un maestro de retórica que había convencido al auditorio con el argumento de que “un muerto no muerde”.

Pompeyo, confiado, se dejó engañar por los enviados de Ptolomeo, quienes le ofrecieron un bote para llevarle a tierra firme. Una vez en la playa, cayó víctima de los puñales de sus atacantes, antiguos legionarios romanos. Según Plutarco, Pompeyo murió “sin decir ni hacer nada indigno, sino que, exhalando únicamente un suspiro, soportó con firmeza los golpes y expiró”. Sus familiares y amigos contemplaron atónitos la ejecución desde sus navíos; amedrentados, levaron anclas y huyeron dejando la ofensa sin vengar. En última instancia, esta tarea fue asumida por Julio César, quien consideró odiosa la muerte y decapitación de su rival y castigó a los instigadores con la pena máxima.

De esta forma, Pompeyo acabó como el gran derrotado de la guerra civil romana del siglo I a.C. Para muchos de sus contemporáneos, Pompeyo constituyó la última esperanza para restablecer en el poder al sector más conservador del Senado, representado por los optimates. Su derrota en Farsalia significó el ocaso de la República y presentó al vencedor, Julio César, como un estadista dotado de mayor talento militar y político. Sin embargo, aun reconociendo la superioridad de César, sus contemporáneos vieron en Pompeyo una decencia moral de la que su rival carecía y construyeron en torno a su recuerdo una aureola de virtud sin tacha. Así se observa, por ejemplo, en la idealizada descripción de Plutarco, quien ensalza su modo de vida mesurado, sus triunfos militares, su persuasiva elocuencia, su afabilidad en el trato con la gente, su extrema generosidad a la hora de dar y la modestia al recibir lo devuelto.

Sin lugar a dudas, el principal servicio a la causa de los optimates lo prestó Pompeyo como general y se concretó en sus victorias. Su fama como militar invicto le granjeó el favor de los grandes personajes de la política de su tiempo, como Cicerón, quien depositó en él grandes esperanzas. Sin embargo, en el terreno de lo político, Pompeyo no estuvo a la altura de las expectativas que el Senado había depositado en él. Para empezar, su fidelidad a los optimates dependió de los beneficios que ello le reportara y no dudó en apoyarse en los populares cuando le convino.

¿Falta de visión política?

A diferencia de César, Pompeyo carecía de instinto político y no supo sacar provecho del sistema político romano. Al final, su respeto por el orden establecido resultó ser su talón de Aquiles, tal como acertadamente expuso su contemporáneo Veleyo Patérculo: “Excelente por su honradez, egregio en su integridad, de moderada aptitud para la elocuencia, muy ambicioso de la autoridad que le conferían las magistraturas, pero no por la fuerza […] Jamás, o casi nunca, hizo uso de su poder para imponerse”.

Pompeyo tampoco supo reaccionar ante la crisis del sistema republicano y optó por defenderlo, mientras que Julio César buscó los medios para dinamitarlo. Los optimates se aprovecharon de su carácter inseguro y dubitativo en todo lo que no tuviera que ver con la guerra para obligarlo a seguir sus instrucciones y convertirlo en el brazo armado de su partido. Y así, tras la marcha de César a las Galias, Pompeyo se dejó llevar por los acontecimientos y por quienes le aconsejaban –a diferencia de César, que siempre fue el protagonista de su propia biografía–.

Por último, tras el desastre de Farsalia, Pompeyo emprendió una precipitada huida. Si hubiera recapacitado un poco antes de dejarse llevar por el pánico, tal vez se habría dado cuenta de que no todo estaba perdido, y quizás el futuro de Roma habría seguido por otros derroteros.

 

El corazón de Roma.
Pompeyo acabó con los piratas que infestaban el Mediterráneo, cuyos ataques afectaron el comercio y el precio del grano en Roma. Cneo Pompeyo se convirtió desde muy joven en un general victorioso, sofocando revueltas y conquistando territorios para la República desde Hispania hasta Asia Menor, pasando por el norte de África, Sicilia y la propia península itálica. En el mapa superior están indicadas las exitosas campañas de Pompeyo hasta el estallido de la guerra civil contra César y su derrota final en Farsalia. En la imagen, en primer término, el templo de Saturno, sede del erario público, en el Foro romano.

Foto: N. Wongchum / Alamy / Aci

 

Craso el triunviro.
A pesar de sus desavenencias, Pompeyo y el rico Marco Licinio Craso (abajo) se unieron con César para formar un triunvirato. Al término de su consulado, César se marchó a las Galias para conseguir los laureles militares que necesitaba para consolidar su carrera política. (Museo del Louvre).

Foto: Bridgeman / Aci

 

Relieve con dos legionarios. Museo Arqueológico, Sevilla.
El primer triunvirato: un pacto secreto

En el año 60 a.C., los políticos más respetados de Roma eran Pompeyo, vencedor de los piratas y los orientales; Craso, triunfador sobre Espartaco y su ejército de esclavos, y César, un joven prometedor perteneciente a la prestigiosa familia de los Julios. Los tres se reunieron en secreto fuera de Roma y acordaron una alianza de cinco años, carente de cualquier base legal o respaldo institucional. Era un compromiso entre tres personas privadas para poner sus influencias al servicio de unos objetivos políticos comunes, el primero de los cuales fue el ascenso de César al consulado (59 a.C.).

Para sellar el pacto, César casó a Pompeyo con Julia, su única hija. Éste acababa de divorciarse de su tercera esposa: Mucia Tercia, de la influyente familia de los Mucios Escévola, madre de una niña, Pompeya, y de dos niños: Cneo y Sexto, futuros rivales de Julio César y Augusto. Tras la muerte de Julia (54 a.C.), Pompeyo concertó el que sería su último matrimonio con Cornelia, hija de Metelo Escipión, con la cual no tuvo descendencia.
El triunvirato se renovó en Lucca, en  56 a.C. Craso y Pompeyo fueron elegidos cónsules para el año siguiente y prorrogaron por cinco años más el mando proconsular de César en las Galias.

Foto: Oronoz / Album

 

César, el enemigo.
Mientras César luchaba en las Galias, su relación con Pompeyo derivó en abierta hostilidad. La inesperada muerte de Julia durante un alumbramiento, en 54 a.C., y la de Craso en su campaña contra Partia al año siguiente fueron hábilmente usadas por los optimates para atraer a Pompeyo a su bando. Abajo, busto de César. Museo Regional Agostino Pepoli, Trapani.

Foto: Akg / Album

 

Pompeyo Magno, el “Alejandro romano”
Cuando era un joven general aceptó gustoso el epíteto de Magno con que algunos de sus soldados empezaron a adularlo tras sus primeras victorias, poniéndolo al mismo nivel que Alejandro Magno, el gran conquistador macedonio. Así lo pone de manifiesto Plinio el Viejo, cuando describe a su admirado general como aquel “que ha igualado el esplendor de las hazañas no sólo de Alejandro, sino incluso de Hércules y, por así decirlo, de Dioniso mismo”.

De hecho, en los tres triunfos que celebró en Roma, Pompeyo quiso mostrar su identificación con Alejandro. En su primer triunfo, a los 24 años, quiso entrar en Roma en un carro tirado por cuatro elefantes –suceso que se liga con Hércules y Dioniso, antepasados míticos de Alejandro–, pero por la estrechez de la puerta tuvo que conformarse con entrar en una cuadriga normal. En su segundo triunfo levantó un trofeo en los Pirineos recordando sus conquistas en Hispania, al igual que Alejandro hizo en la India. Y en el tercero, tras su victoria contra Mitrídates, Pompeyo llevaba una clámide que se decía que perteneció a Alejandro. Al final, Pompeyo se había convertido en el “Alejandro romano”.

Foto: Mma / Rmn-grand Palais

 

La sumisión de Petra
Tras someter Judea, en 63 a.C., Pompeyo se dirigió a Petra, la ciudad rosa del desierto jordano y próspero enclave caravanero, para anexionarla a Roma en 62 a.C. La ciudad conservó su autonomía a cambio de una buena suma de dinero.

Foto: Ethan Welty / Getty images

 

Áureo con la efigie de Pompeyo y de su hijo Sexto. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.
Tras su derrota en Farsalia, el 9 de agosto del 48 a.C., Pompeyo huyó de César y recala en Alejandría, donde fue asesinado por orden del rey Ptolomeo XIII.

Foto: Bridgeman / Aci

 

Pompeyó llegó a Egipto en pleno conflicto entre Ptolomeo XIII y Cleopatra (en la imagen), su hermana y esposa
Al llegar a Egipto, Pompeyo envió un mensajero al rey, el joven Ptolomeo XIII, que se hallaba en Pelusio guerreando contra su hermana y esposa, Cleopatra VII. El eunuco Potino, verdadero gobernante en la sombra, reunió a los consejeros reales y éstos decidieron que había que dar muerte a Pompeyo.

Foto: Scala, Firenze

 

La decapitación de Pompeyo
Cuando Pompeyo murió asesinado en Egipto, su cadáver  fue decapitado y su cabeza se conservó para entregarla como presente a Julio César. Óleo por Gaetano Gandolfi. Siglo XVIII. Museo Magnin, Dijon.

Foto: Thierry le Mage / Rmn-grand Palais

 

La columna de Pompeyo
Donde antaño se alzó el Serapeo de Alejandría, el monumental templo dedicado al dios Serapis, hoy sobrevive una columna de granito rosa de 20,46 metros, que, según la tradición, señala el lugar donde fue enterrado Pompeyo.

Foto: Ibrahim Hisham / Getty images

 

Teatro romano de Mérida
Capital de la provincia romana de la Lusitania, Augusta Emérita, fundada en el año 25 a.C., disfruta de un magnífico teatro que se construyó a imitación del de Pompeyo en Roma, con un doble pórtico a espaldas de la escena.

Foto: Francisco de casa / Alamy / Aci

 

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6 marzo 2018 at 6:02 pm Deja un comentario

El paso de los legionarios de Julio César por Barcino

Una marca en un muro de la antigua puerta de la muralla romana en la calle del Bisbe, junto a la plaza Nova, podría ser el testimonio de que en su construcción participó la histórica Legión Cuarta Macedónica

Imagen de las marcas en la calle Bisbe (Xavi Casinos)

Fuente: XAVI CASINOS  |  LA VANGUARDIA
4 de marzo de 2018

Lo que parece ser el numeral IIII en un muro de la antigua entrada a Barcino junto a la plaza Nova podría ser la prueba de que la Legión Cuarta Macedónica tuvo un papel destacado no solo en la fundación, hace dos milenios de la Barcelona romana, sino que además se implicó a fondo en la construcción de la muralla. La marca pasa muy desapercibida, al inicio de la calle del Bisbe. No es fácil localizarla, de no ser por los ojos experimentados de un arqueólogo.

La citada legión fue fundada en el año 48 antes de Jesucristo por Julio César para perseguir y derrotar a su enemigo Pompeyo en su huida hacia Grecia. Tras conseguir su objetivo, la legión fue acuartelada en la provincia romana de Macedonia, de ahí la denominación con la que ha pasado a la historia. Más tarde, en el 23 antes de Jesucristo, el hijo adoptivo de Julio César, Octavio, convertido en el emperador Augusto, envió a la legión a Hispania, a luchar en la campaña contra los cántabros.

La marca pasa muy desapercibida, al inicio de la calle del Bisbe (Xavi Casinos)

Una vez concluida, los legionarios de la Macedónica se dedicaron principalmente a la construcción de diversas infraestructuras desde la actual Cantabria hasta lo que hoy es Barcelona. Entre ellas, la vía que unía la antigua Pompaelo (Pamplona) con Caesar Augusta (Zaragoza), donde erigieron el puerto fluvial y las murallas. Fue precisamente en la Zaragoza romana y en Barcino donde veteranos de esta legión y también de la Décima Gemina y la VI Victrix retirados del servicio se convirtieron en colonos de estos asentamientos.

La marca de la calle del Bisbe habría sido, pues, dejada por legionarios de la Cuarta Macedónica como testigo de su participación en la construcción de la muralla, en su citada labor de dotar de infraestructuras al territorio hispánico.

También construyeron en Martorell el que hoy se conoce como Pont del Diable, que formaba parte de la Vía Augusta. Esta histórica legión acabó su historia militar en Hispania en el año 39 después de Jesucristo, cuando Calígula la trasladó a Germania.

La marca de la calle del Bisbe ha sido recientemente objeto de un detallado estudio en una tesis doctoral sobre la muralla romana de Barcelona a cargo del arqueólogo Alessandro Ravotto, en la que la ha comparado con otras dejadas por la Cuarta Macedónica, en especial las que se encuentran en el citado Pont del Diable.

La marca de la calle del Bisbe ha sido recientemente objeto de un detallado estudio en una tesis doctoral sobre la muralla romana de Barcelona (Xavi Casinos)

La Legión Cuarta Macedónica fue fundada en el año 48 antes de Jesucristo por Julio César

 

4 marzo 2018 at 10:41 am Deja un comentario

¿Sabías que a Julio César lo llamaban “la Reina de Bitinia”?

Fuente: National Geographic en Español
15 de febrero de 2018

El grandioso líder político y militar romano Julio César (100 a.C. – 44 a.C.) era un hombre de absoluta belleza. Sometido a un intenso entrenamiento físico, era delgado, viril, y muy fuerte, montaba a pelo e incluso decían que era capaz de guiar al caballo con los brazos atados a la espalda. Todo esto lo convertía en una figura interesante para el público femenino de la Antigua Roma.

Sin embargo, aunque tenía éxito con las mujeres, recordemos que conquistó a la bella Cleopatra, reina de Egipto, los rumores sobre su supuesta relación homosexual con el rey Nicomedes IV de Bitinia lo sacaban de quicio. Por toda la ciudad de Roma también se hablaba constantemente de su amorío con un prefecto y con un tal Rufio, a quien los historiadores llamaron “el amante licencioso”.

En Roma existían muchos rumores sobre las parejas sentimentales de Julio César.

Busto de Julio César en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

El hermoso joven vestía ropas llamativas, usaba zapatos rojos, una sortija de oro con la efigie de su madre original, Venus, y una túnica provista de largos flecos. Para ridiculizarlo, los enemigos de César lo llamaban “la Reina de Bitinia” y décadas después sus legionarios todavía se burlaban de la siguiente manera:

César conquistó la tierra gala, pero Nicomedes conquistó a César.

Suetonio dice textualmente: “En el cuidado corporal era casi un exquisito, no sólo se hacía rasurar y cortar el cabello meticulosamente, sino que, al decir de algunos, también se hacía arrancar uno por uno los pelos de todo el cuerpo“. Él era ridiculizado por su distinción, su elegancia y su peculiar delicadeza.

Esta escultura de Julio César es de Nicolas Coustou.

Julio César fue un Militar y político cuya dictadura puso fin a la República en Roma. Él murió asesinado el 15 de marzo del año 44 a. C. por una conspiración dirigida por Casio y Bruto (senadores romanos), quienes alegaron que era un tirano.

 

16 febrero 2018 at 8:34 am Deja un comentario

Martin Scorsese prepara una serie sobre la Antigua Roma

El director estadounidense Martin Scorsese.  / LARS NIKI

Fuente: Álex Sotillos El Periódico
13 de febrero de 2018

El prestigioso director estadounidense Martin Scorsese y Michael Hirst, creador del exitoso drama televisivo Vikings, de History Channel, están preparando una nueva producción de carácter épico, The Caesars, serie que se centrará en el poder y la estructura política de la antigua Roma.

La ficción, que empieza cuando un joven Julio César llega al poder, se producirá en Italia, se prevée que se estrene en el 2019 en History Channel y se prolongue su trama durante varias temporadas.

Hirst ha comentado que Scorsese es “un absoluto apasionado de los romanos”, y desea crear un drama televisivo sobre la antigua civilización romana desde hace años. “Él ama realmente aquella época y sabe mucho al respecto. Llamó por teléfono a Justin Pollard, mi consejero sobre historia, y charlaron parcialmente en latín sobre las fuentes de las historias y la poesía romana”, añadió.

Según el creador de VikingsThe Caesars se centrará fundamentalmente en las vivencias de Julio César durante su juventud, detallando aspectos que no han sido tratados correctamente en el mundo del cine y la televisión.

‘Vikings’, la serie estrella de Hirst

En Estados Unidos, Vikings llegó a obtener una audiencia de ocho millones de espectadores por episodio. Hasta el momento, la serie cuenta con 90 capítulos. La web IMDb actualmente la posiciona como la número uno del mundo, mientras que la mítica Juego de Tronos ocupa el quinto lugar.

Hirst ha comentado que su obra ha llegado a todo el mundo y es valorada especialmente “donde realmente llegaron los vikingos, que es a muchos lugares”. Prueba de ello es que el vigilante de un museo de barcos vikingos en Oslo le dijo, según afirma el autor, “Tengo que agradecerles que vienen el doble de personas debido a su serie. Habéis revitalizado por completo el estudio de los vikingos”.

 

 

14 febrero 2018 at 9:17 pm Deja un comentario

Julio César y las supersticiones de Roma

Decir “Salud” al estornudar, entrar en una habitación siempre con el pie derecho o romper un cordón eran algunos de los símbolos supersticiosos de la antigua Roma. Algunos de ellos se heredaron en las civilizaciones posteriores e incluso todavía siguen vigentes en la actualidad

Fuente: JESÚS CALLEJO > Madrid  |  Cadena SER
8 de febrero de 2018

No deja de sorprender que una ciudad-estado como era la antigua Roma, todo un imperio extendido por medio mundo gracias a su poder militar, fuera tan supersticioso como el que más.

En eso no era único ni original. Muchas de sus prácticas mágicas estaban influidas por los griegos, por los etruscos y los caldeos. Es sabido la afición que tenían los romanos de consultar a augures, arúspices y oráculos, prácticas que se incrementaron cuando pasaron de ser una austera República y se convirtieron en Imperio. Los emperadores o césares se creyeron divinos y vitalicios, rindiéndoseles un culto que iba más allá del mero aspecto político. Eso tenía su contrapartida: cualquier desastre militar -o incluso de la naturaleza- se le imputaba a la debilidad del soberano. Al emperador Nerón le achacaron el origen del terremoto ocurrido en la Italia meridional, aparte de algún que otro incendio de sobra conocido.

Cualquier persona que tuviera un sueño profético atinente a la suerte del Estado podía comunicárselo al Senado. Julio César creía en los vaticinios, aunque no los hizo mucho caso en los momentos finales de su vida, Tiberio se rodeó de varios astrólogos y Septimino Severo anotaba cuidadosamente los oráculos que se referían a su persona. Hubo una época en que los adivinos se hicieron imprescindibles hasta que fueron prohibidos por los emperadores cristianos.

Diversos autores latinos se encargaron de darnos a conocer estas múltiples supersticiones romanas. Una obra poco conocida de Cicerón (106-43 a.C.), titulada De Adivinatione, recoge algunas de estas creencias: “El tropezar, romper un cordón y estornudar tienen un significado supersticioso digno de atención”. Ovidio, en los Fastos, asegura: “si los proverbios tienen alguna importancia para tí, la gente dice que no es bueno para las esposas que se casen en mayo”.

Pero, sin duda, fue el escritor y historiador latino Plinio el Viejo (23-79 d.C.) el que se encargó de recopilar muchas de las supersticiones que practicaron los romanos y que luego, durante la Edad Media, pasaron a la cultura occidental. Su sobrino, Plinio el Joven, también se dedicó a esta clase de recopilaciones en su Epistolario, aunque con menos empeño. Hay algunas, tan conocidas hoy en día, como entrar en una habitación siempre con el pie derecho (ya mencionada por Petronio) o el exclamar “¡Salud!” cuando alguien estornuda en nuestra presencia (algo que exigía el emperador Tiberio) o bien el llevar consigo una pata de liebre o de conejo como amuleto para aliviarse de ciertas enfermedades o ahuyentar la mala suerte.

En su Historia Natural (enciclopédica obra compuesta por 37 libros sobre distintos aspectos del mundo de la naturaleza), Plinio el Viejo recoge creencias y supersticiones sobre los asuntos y objetos más variopintos, que van desde los alfileres (“tener varios alfileres que se hayan cogido de una tumba clavados en el umbral de una puerta es una protección contra las pesadillas nocturnas”) hasta los nudos (“Para curar las fiebres se suele poner una oruga en un trozo de lino con un hilo pasado tres veces alrededor y atado con tres nudos, repitiendo a cada nudo la razón por la que el mago realiza la operación”).

Se sabe que portaban toda clase de amuletos y que una de las supersticiones más extendidas era la utilización de tablillas (generalmente de plomo) donde aparecían los nombres a los que se quería hacer daño y que luego eran utilizados en un conjuro mágico.

Lo bueno, o lo malo, es que muchas de esas supersticiones las hemos heredado también nosotros…

 

9 febrero 2018 at 2:49 pm Deja un comentario

Las cenizas de un legionario romano del siglo II, halladas en una olla en Israel

Una olla de cocina con restos, probablemente, de un legionario romano. / Yotam Tepper

Fuente: Ekaterina Rusakova / Texto traducido por María Cervantes | N + 1
29 de diciembre de 2017

Los arqueólogos de la Oficina de Antigüedades de Israel hallaron edificios de piedra y varios cientos de artefactos durante las excavaciones del antiguo campamento militar romano en el norte de Israel, informa Haaretz. Los científicos también encontraron una cueva artificial en la que había una olla de cocina con restos de un hombre incinerado, probablemente un soldado. En los siglos II-III d. C. en el campamento fue acantonada la Legio VI, que participó en la represión de la rebelión de Bar Kojba en 132-135.

La Legio VI Ferrata (Legio VI Ferrata Fidelis Constans) fue formada en la época de la República Romana. Bajo el liderazgo de Julio César, los legionarios participaron en la Guerra de las Galias. Más tarde, el gobernante los transfirió a Egipto. Desde el año 69 d. C., la Legio VI participó en la toma de Jerusalén. En el año 132, los soldados fueron enviados a luchar contra el levantamiento judío dirigido por Bar Kojba. Después de su represión, la Legio VI fue acuertalada en Galilea, cerca de la ruta comercial de importancia estratégica que lleva de Egipto a Siria. El lugar donde se construyó el fuerte lo empezaron a llamar Legio. En ese momento, las legiones tenían de 4.000 a 6.000 meimbros. Para el Mediterráneo oriental de esa época, un asentamiento de 5.000 personas se consideraba una gran ciudad. La última mención conocida de la legión se encuentra en las monedas con su número, halladas en Cesarea, Israel, que datan del año 244. A finales del siglo IV se considera que la legión fue disuelta, ya que no se menciona en la lista de autoridades del Imperio Romano.

Tabla de la Legio VI: VEXILLA TIO LEG VI FERR (escuadrón VI de la legión blindada)

Las excavaciones en Legio se llevaron a cabo en los años 2002 y 2003 y luego en 2013. Los arqueólogos liderados por Yotam Tepper descubrieron fragmentos de edificios, incluido el pretorio -la casa del comandante-. En 2017, los investigadores descubrieron los restos de la sede de la legión. Era un gran complejo con dimensiones de 100 × 100 metros, con una columnata en la fachada y una columnata dentro del edificio.

Las puertas que dirigen a la sede de la legión. / Yotam teper

 

Huellas de la sandalia de un legionario. / Yotam Tepper

Los arqueólogos han revisado lo hallado en la sede de la legión. Además de los productos petrificados de los legionarios, encontraron 200 monedas romanas de los siglos II-III d. C., fragmentos de cerámica, pedazos de vidrio y huesos de animales. Además, los científicos encontraron en el campamento una cueva artficial, y en ella una olla de cocina con los restos de un hombre incinerado, probablemente un soldado. “El entierro de restos cremados en ollas de cocina era una práctica común de los soldados romanos de la época. Encontramos varios otros entierros similares en todo el campamento”, dice el jefe de excavación Jotam Tepper.

Recientemente, arqueólogos israelíes descubrieron el lugar donde las tropas romanas irrumpieron en Jerusalén durante la guerra de los años 69-73. La ciudad fue destruida casi por completo, y el templo de Jerusalén fue destruido por el fuego.

 

30 diciembre 2017 at 11:06 am Deja un comentario

Descubren la primera evidencia de la invasión de Gran Bretaña por parte de Julio César

Arqueólogos británicos sitúan en la punta noreste de Kent el lugar del desembarco romano en el siglo I a.C.

Excavación arqueológica en Ebbsfleet, con vistas a la bahía de Pegwell – UNIVERSIDAD DE LEICESTER

Fuente: ABC
29 de noviembre de 2017

Arqueólogos de la Universidad de Leicester han descubierto la primera evidencia de la invasión romana de Gran Bretaña por Julio César en el año 54 antes de Cristo. El primer desembarco de la flota romana tuvo lugar en Pegwell Bay en la Isla de Thanet, en la punta noreste de Kent.

Este lugar coincide con el propio relato de César de su llegada a lo que sería Britania y tres pistas sobre la topografía del lugar coinciden con que el desembarco se produjera en Pegwell Bay: su visibilidad desde el mar, la existencia de una gran bahía abierta y la presencia de un terreno más alto cercano.

La investigación de la Universidad de Leicester, financiada por Leverhulme Trust, fue impulsada por el descubrimiento de una gran zanja defensiva durante las excavaciones arqueológicas previas a la construcción de una nueva carretera.

La forma de la zanja hallada en Ebbsfleet, una aldea de la isla de Thanet, es muy similar a algunas de las defensas romanas en Alesia (Francia), donde tuvo lugar la batalla decisiva de las Galias en el año 52 antes de Cristo. De unos 4-5 metros de ancho y 2 metros de profundidad, está fechada por los restos de cerámica hallados en el siglo I aC.

El pilum romano UNIVERSIDAD DE LEICESTER

El tamaño, la forma, la fecha de las defensas en Ebbsfleet y la presencia de armas de hierro, incluyendo un pilum romano (jabalina) sugieren que el sitio en Ebbsfleet fue una base romana en en el siglo I a.C.

El sitio, con vistas a la bahía de Pegwell, se encuentra a unos 900 metros hacia el interior, pero en el momento de las invasiones de Julio César estaba más cerca de la costa.

César narra que mientras navegaban desde algún lugar entre Boulogne y Calais, vieron al amanecer Gran Bretaña a lo lejos a su izquierda. Describe cómo los barcos quedaron fondeados en una playa lisa y abierta y cómo resultaron dañados por una gran tormenta. Estos datos se corresponden con Pegwell Bay, la bahía más grande en la costa este de Kent, abierta, llana y lo suficientemente grande como para que todo el ejército romano hubiera desembarcado en un único día como cuenta Julio César. Las 800 naves habrían necesitado de un ancho de unos dos kilómetros.

César también relata que los britanos se habían agrupado para hacer frente a la invasión, pero se vieron sorprendidos por el tamaño de la flota y se refugiaron en un terreno más elevado, que podría corresponderse con el que existe en la Isla de Thanet alrededor de Ramsgate.

«Estas tres pistas sobre la topografía del lugar del desembarco; la presencia de acantilados, la existencia de una gran bahía abierta, y la presencia de un terreno más elevado en las cercanías, son consistentes con el desembarco del año 54 a. C. que se produjo en Pegwell Bay», según explica Andrew Fitzpatrick, investigador asociado de la Escuela de Arqueología e Historia Antigua de la Universidad de Leicester.

Hasta ahora nunca se había considerado a la isla de Thanet como posible lugar del desembarco romano porque estaba separada del continente hasta la Edad Media. «Sin embargo, no se sabe la anchura del canal que lo separaba de la parte continental (el Canal Wantsum)», añade el investigador, que explica que este canal «no era una barrera significativa para la gente de Thanet durante la Edad del Hierro y ciertamente no habría sido una gran desafío a las capacidades de ingeniería del ejército romano».

El último estudio completo de las invasiones de César se publicó hace un siglo, en 1907.

Durante mucho tiempo se ha creído que las invasiones fueron un fracaso, ya que César regresó a Francia sin dejar una fuerza de ocupación. También se creía que, debido a que estas campañas eran breves, habrían dejado pocos restos arqueológicos. Los investigadores de la Universidad de Leicester creen, sin embargo, que en Roma estas campañas fueron vistas como un gran triunfo y el hecho de que César hubiera llegado más allá del mundo conocido causó sensación. También sugieren que la invasión romana tuvo efectos de larga duración en Gran Bretaña, que se constataron casi un siglo después, durante la invasión de Claudio.

El profesor Colin Haselgrove, investigador principal del proyecto de la Universidad de Leicester, cree probable que los tratados establecidos por César formaran la base de las alianzas entre Roma y las familias reales británicas. Cuando el emperador Claudio invadió Gran Bretaña en el año 43 d.C., la conquista del sudeste de Inglaterra se cree que fue rápida, posiblemente porque los reyes de esta región ya eran aliados de Roma.

«Este fue el comienzo de la permanente ocupación romana de Gran Bretaña, que incluía a Gales y parte de Escocia, y que duró casi 400 años, lo que sugiere que Claudio explotó más tarde el legado de César», afirma.

 

29 noviembre 2017 at 4:42 pm Deja un comentario

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