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La batalla en la que el ejército de Numancia aplastó a los temibles elefantes de las legiones romanas

  • Durante el verano del año 153 a. C., el cónsul Quinto Fulvio Nobilior trató de conquistar la urbe celtíbera con el apoyo de 10 paquidermos. El resultado fue un desastre para su ejército
  • Estos animales son una de las unidades que se pueden seleccionar en «Numantia», un nuevo videojuego desarrollado por RECOtechnology que recrea la campaña que puso en jaque a la República más poderosa de su tiempo

Elefantes cargando en la batalla de Zama – ABC

Fuente: Manuel P. Villatoro  |  ABC
30 de noviembre de 2017

Unos animales «duros» y cuya «corpulencia aterraba a los soldados», pero «torpes» y a los que solo se les podía sacar provecho con «muchísimo trabajo». Así es como definió el mismísimo Julio César (100 – 44 a. C.) a los temibles elefantes de guerra. Unas inmensas moles de 5 toneladas de peso y 3,5 metros de altura que causaban estragos cuando cargaban contra el enemigo. Aunque también un arma de doble filo, pues no era raro que, al asustarse, se descontrolaran y provocaran el caos. Ya lo expresó el historiador Apiano (95-165 d. C.) en «Historia de Roma. Sobre Iberia»: «Esto es lo que les suele ocurrir siempre a los elefantes cuando están irritados, que consideran a todos como enemigos. Algunos, a causa de la falta de confianza, los llaman “enemigos comunes”».

El ejemplo vivo de lo peligrosos que eran estos animales para las tropas aliadas lo sufrió en primera persona el cónsul Quinto Fulvio Nobilior en el verano del año 153 a. C. Por entonces, el representante de la República romana fue testigo de cómo una decena de estos paquidermos abandonaban el asalto sobre las murallas de Numancia y se volvían, asustados, contra los mismos legionarios que les habían adiestrado. El resultado de la contienda fue una verdadera humillación para sus hombres, que se vieron obligados a abandonar el asedio y huir para no morir aplastados. Por si fuera poco, aquel desastre se completó cuando los defensores abrieron las puertas de la ciudad sedientos de sangre. «Los numantinos se lanzaron desde los muros, y en la persecución dieron muerte a cuatro mil hombres y tres elefantes», explica Apiano.

 

Imagen del videojuego Numantia – RECO

«Numantia», los elefantes vuelven a la vida

Los elefantes de Nobilior, además de las dos décadas que abarcó la guerra de Numancia, quedan perfectamente recreados en «Numantia», el último videojuego del estudio español RECOtechnology (desarrollador también de «Yasai Ninja» y «Kyurinaga’s Revenge»). Una nueva obra que ya ha salido al mercado.

En «Numantia», el jugador podrá convertirse en un general romano hambriento de territorios o en un líder celtíbero deseoso de doblegar al enemigo. «Aquí no hay buenos ni malos. Roma era una potencia en expansión, pero no debemos olvidar que en Hispania pasaba lo mismo, aunque a nivel local. Numancia era la capital de un imperio regional», insiste a este diario Pablo Serrano, jefe de proyecto. En todo caso, e independientemente del bando seleccionado, aquel que decida adquirir este título se encontrará con un videojuego de estrategia dividido en varios niveles.

Una premisa básica en los videojuegos de este calibre es la fidelidad histórica. Por ello, el mundo de «Numantia» ha sido recreado de forma minuciosa. Desde las armas de los hombres que se dejaron la vida combatiendo en la Península en nombre de la República, hasta la vestimenta de los celtíberos que se enfrentaron al poder de Roma. «Cada espada que incluimos, cada casco…. Todo pasa por el filtro de nuestros asesores para que se ajuste a la realidad», sentencia Serrano.

De todos ellos, el punto fuerte de «Numantia» es la representación de las unidades en el campo de batalla. Ejemplo de ello son los elefantes que Nobilior llevó hasta las murallas de la ciudad celtíbera durante uno de los primeros asedios para acongojar a los defensores.

Entre Cartago y Roma

El origen de esta contienda hay que buscarlo en el siglo III a. C. Época en la que la Península era testigo de los enfrentamientos entre las dos grandes potencias de la época: Cartago y Roma. Una región la primera que, tal y como afirma el estudioso decimonónico Philippe Le Bas en su «Manual de historia romana desde la fundación de Roma hasta la caída del Imperio de Occidente», extendía su comercio por «toda la costa septentrional de África desde los confines de Libia hasta el gran océano», disponía de un «vasto imperio que se extendía sobre las costas occidentales del Mediterráneo» y (afincada por estos lares) se nutría de las minas de Hispania para sufragar sus contiendas contra su eterna enemiga: la República ubicada en Italia.

Así fue como Hispania, conocida como «tierra de conejos» o «tierra de los metales» por los romanos, se convirtió en un campo de batalla obligado para los hermanos Publio y Cneo Escipión. Los generales que, tras la llegada de refuerzos a Ampurias en el 218 a. C., se propusieron expulsar por las bravas a los cartagineses de la Península. La misión les costó a ambos la vida (literalmente) y no se materializó hasta el año 206 a. C. cuando, vencidos en todos los frentes, los hombres de Aníbal y Asdrúbal plegaron banderas y regresaron hasta su hogar en el norte de África. Aquello no fue una derrota más, ni mucho menos. Por el contrario, significó el fin de una de las épocas de expansión más destacables de Cartago. Unos años ligados a la familia Bárquida y que había inaugurado Amílcar Barca desembarcando en Gadir allá por el 237 a. C.

Aníbal, el general que llegó hasta las puertas de Roma junto a una legión de elefantes

Tras la huida de los cartagineses, los romanos debieron dejarse seducir por el sol peninsular y por las ricas minas de oro y plata que el destino había puesto en la región, pues no dudaron en sentar sus reales en la región. Fuera cual fuese la causa, no tardaron en conquistar el territorio y dividirlo en dos grandes provincias: la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior. Cada una, al frente de un pretor. Por si la dominación territorial no fuese ya poca humillación, obligaron además a las diferentes tribus locales a rendir pleitesía a sus nuevos jefes a base de cobre. «Con la obligación de pagar tributo se establece la acuñación de monedas en las ciudades sometidas, dispuesta por Roma», explica el arqueólogo e historiador Adolf Schulten en «Hispania, (geografía, etnología, historia)».

Primera contienda

Con estos mimbres (una dominación cartaginesa y unos nuevos enemigos) los nativos decidieron dejar de ser testigos mudos para iniciar una contienda en contra de la dominación romana. Un enfrentamiento que, a día de hoy, conocemos como Primera Guerra Celtibérica y que se inició en el 181 a. C. cuando los habitantes de la Hispania Citerior reunieron un contingente de 35.000 combatientes para enfrentarse a los romanos. Al menos, según explica el conocido historiador Tito Livio en sus textos. Para enfrentarse a este inmenso ejército, Marco Fulvio Flaco (pretor de la Hispania Citerior) logró armar un contingente que, aunque inferior en número, reprimió durante dos años a los sublevados.

Entre las contiendas más destacadas protagonizadas por Flaco (quien inició desde la ciudad de Aeruba -en la demarcación de Toledo- su conquista) quedó grabada a fuego la de Carpetania (en el centro de la geografía española). Un enclave que era considerado la llave para la conquista romana de Celtiberia. El mismo Livio desveló en sus textos que, durante esta lid, los defensores lucharon hasta la extenuación contra las legiones: «Los celtíberos tuvieron unos instantes de indecisión e incertidumbre; pero como no tenían dónde refugiarse si eran derrotados y toda su esperanza radicaba en el combate, reemprendieron la lucha de nuevo con renovado brío». Su bravura no les valió de nada, pues fueron derrotados amargamente.

Los elefantes de Aníbal

Lo mismo les sucedió cuando a la Península llegó (en el 180 a. C.) el nuevo pretor de la Citerior: Tiberio Sempronio Graco. El mandamás logró romper el asedio de la ciudad de Caraúes (aliada de Roma) y detener drásticamente la sublevación local tras la batalla de Moncayo (en la que causó a sus enemigos unas 22.000 bajas). Fue tan letal que los alzados pactaron entregar a Roma una serie de tributos anuales y ceder hombres para sus legiones a cambio de la paz.

«Pese a que la moderna historiografía se refiere a las iniciativas de Graco como “acuerdos” […] nos hallamos ante imposiciones unilaterales. […] Esencialmente pasaron por la entrega de armas, la disolución de la alianza militar celtibérica y la rendición incondicional […]. Desde ese momento se prohibió la fundación celtibérica de nuevos centros urbanos», explica el profesor de Historia Antigua Enrique García Riaza en su artículo «Roma y la Celtiberia hasta la paz de Graco» (incluido en el número 41 de la revista «Desperta Ferro»). A su vez, también se les impidió fortificar sus dominios para evitar que, a la postre, costase tanto destruir sus defensas.

Una revuelta más

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 a. C. Al menos oficialmente, pues durante aquellos años se sucedieron varios enfrentamientos que (aunque fueron sofocados por los gobernadores locales) dieron más de un calentamiento de cabeza a los invasores. A pesar de todo, Roma únicamente mantuvo dos legiones en la Península durante la mayor parte de este período. Poco después las tensiones volvieron a aflorar por enésima vez. Y con razón, pues los tratados de Graco habían sido tan humillantes para los celtíberos que hasta la mismísima Roma había intentado rebajar posteriormente las represalias con el objetivo de reducir la tensión en Hispania.

Nada de nada. A pesar de la calma que se había intentado forjar, en el 154 a. C. volvieron a resonar tambores de guerra. La razón del comienzo de las disputas fue que la ciudad de Segeda (en Zaragoza) decidió ampliar su muralla 8 kilómetros. Una medida que violaba los mencionados acuerdos de Graco.

Así lo explicó Apiano en «Historia de Romas»: «Segeda es una ciudad perteneciente a una tribu celtíbera llamada belos, grande y poderosa, y estaba inscrita en los tratados de Sempronio Graco. Esta ciudad forzó a otras más pequeñas a establecerse junto a ella; se rodeó de unos muros de aproximadamente cuarenta estadios de circunferencia [aproximadamente 7,2 kilómetros] y obligó también a unirse a los titos, otra tribu limítrofe. Al enterarse de ello, el senado prohibió que fuera levantada la muralla, les reclamó los tributos estipulados en tiempo de Graco y les ordenó que proporcionaran ciertos contingentes de tropas a los romanos. Esto último, en efecto, también estaba acordado en los tratados».

Segeda no solo hizo caos omiso a las exigencias romanas, sino que sus ciudadanos afirmaron a la República que habían sido liberados de las mencionadas obligaciones hacía meses. Así lo confirma el mismo Apiano: «Acerca del tributo y de las tropas mercenarias, manifestaron que habían sido eximidos por los propios romanos después de Graco. La realidad era que estaban exentos, pero el senado concede siempre estos privilegios añadiendo que tendrán vigor en tanto lo decidan el senado y el pueblo romano».

Fresco de la ermita de San Baudelio de Berlanga que representa un elefante de guerra

Aquellas diferencias le vinieron como anillo al dedo a una Roma ansiosa de batallas para ampliar (todavía más si cabe) y afianzar su dominio en la zona. En este caso, para dar un castigo ejemplar a los desobedientes hispanos arribó a la demarcación el cónsul Quinto Fulvio Nobilior. Y no lo hizo solo, sino con 30.000 combatientes divididos en cuatro legiones. La llegada de este contingente hizo que los habitantes de Segeda solicitasen asilo en la fortificada Numancia. Urbe que se había mantenido al margen del enfrentamiento y que, a partir de entonces, se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la resistencia contra Roma.

Para liderar la guerra contra Nobilior, los segedanos y numantinos (además de varios pueblos más que varían atendiendo a las fuentes) eligieron a un general llamado Caro. Según desvela Apiano, un hombre sumamente belicoso que no tardó en plantar cara a los romanos el 23 de agosto del año 153 a. C. «A los tres días de su elección, apostando en una espesura a 20.000 soldados de infantería y 5.000 jinetes, atacó a los romanos mientras pasaban», explica el autor. Aquel primer enfrentamiento tuvo un sabor agridulce para los nuestros. La parte positiva fue que acabaron con más de 6.000 legionarios y lograron poner en fuga al resto. La negativa fue que, durante la «desordenada persecución» posterior de los enemigos, los republicanos lograron tender una trampa al militar hispano y acabar con su vida.

Esa victoria con sabor amargo soliviantó todavía más a Nobilior quien, cansado de no poder hacerse con el control de Numancia, solicitó refuerzos para conquistarla de una vez. El resultado fue que el rey Masinisa (uno de los más fervientes colaboradores de Roma en el norte de África) le envió unos 300 jinetes númidas y 10 elefantes, los «carros de combate» de la época.

Paquidermos

Los elefantes, cuya función militar es sumamente conocida a día de hoy gracias a Aníbal, no eran tan habituales por entonces. De hecho, habían llegado a Occidente poco tiempo antes, y de la mano de un genio militar: Alejandro Magno. Personaje que, a su vez, había quedado prendido de ellos tras combatirlos en batallas como la del río Hidaspes. «Con un peso de 5 toneladas y una talla de 3,5 metros, un elefante de guerra cargando a 30 kilómetros por hora causa terror y confusión. Con su dura piel cubierta con armadura de cuero o metal, es casi inmune a las heridas. Estos atributos hicieron del elefante el vehículo elegido por las élites guerreras de Asia meridional desde los tiempos de Buda hasta la época de los mongoles», explica Philip De Souza en «La guerra en el mundo antiguo».

Imagen del videojuego Numantia -RECO

En «La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural», el autor Jan Bondeson afirma que Alejandro quedó tan fascinado con los elefantes que capturó algunos y los llevó como trofeo de guerra hasta Macedonia. Posteriormente, estos «carros de combate» fueron adoptados por los romanos tanto a nivel militar, como ceremonial. «Los romanos nobles usaban con frecuencia a los elefantes en las ceremonias y desfiles triunfales. A partir de los tiempos de Augusto fue costumbre que el emperador viajara en un carro tirado por cuatro elefantes en las procesiones y festivales triunfales», añade el autor.

Con el paso de los años los romanos perfeccionaron el entrenamiento de los elefantes de guerra. Concretamente, adiestraban a estos animales para que aplastaran a sus enemigos y no se asustaran en plena batalla. El trabajo, como señaló posteriormente Julio César, era tedioso y requería de mucho tiempo, aunque merecía la pena. No obstante, las horas dedicadas a aleccionarles no evitaban que estas monturas se diesen la vuelta en plena contienda y huyeran atravesando las líneas aliadas.

Cifras exageradas

Apiano explica en sus textos que, para cuando Nobilior unió aquellos refuerzos africanos a sus legiones, ya había avanzado sobre Numancia sediento de venganza. «Tres días después [de la batalla contra Caro], marchó contra ellos y fijó su campamento a una distancia de veinticuatro estadios. Después que se le unieron trescientos jinetes númidas enviados por Masinisa y diez elefantes, condujo el ejército contra sus enemigos, llevando oculto en la retaguardia a los animales», explica el autor clásico.

¿Cuántos hombres se enfrentaron aquella jornada? Apiano no ofrece cifras concretas. Sin embargo, se pueden usar como punto de partida las que otorga al principio de la contienda. Es decir, 30.000 romanos y 25.000 «belos, titos y arévacos». Con todo, estos números han sido desmentidos por el arqueólogo Fernando Quesada Sanz en su completísimo dossier «Los celtíberos y la guerra: tácticas, cuerpos, efectivos y bajas. Un análisis a partir de la campaña del 153». Tal y como afirma el experto español en la mencionada investigación, es más que probable que Nobilior contara con esos efectivos, pero es casi imposible que los defensores pudieran reunir esa inmensa cantidad de fuerzas.

«En conjunto, pues, creemos que las cifras de efectivos de ambos bandos proporcionadas por las fuentes para la campaña de 153 a. C. son asumibles, aunque cabría pensar en una cierta exageración en el caso de las fuerzas celtibéricas, cuya magnitud no es mensurable con precisión alguna, con lo que resulta metodológicamente más aceptable ceñirnos a las fuentes existentes», explica el experto español en su dossier.

Elefantes en Numancia

Narra Apiano que Nobilior avanzó sobre Numancia el 26 de agosto y que, al ver sus intenciones, los jinetes celtíberos salieron de las murallas para detenerle. Al menos, hasta que las legiones se abrieron para dejar paso a los elefantes de Masinisa. «Cuando se entabló combate, los soldados se escindieron y quedaron a la vista los elefantes», añade el historiador. La visión de aquellos terroríficos animales fue algo demasiado impactante para los numantinos y para sus aliados quienes, aterrorizados, decidieron refugiarse en la fortificada ciudad. «Los celtíberos y sus caballos, que jamás antes habían visto elefantes en ningún combate, fueron presa del pánico y huyeron hacia la ciudad», destaca el autor.

Nobilior, casi paladeando la victoria, dirigió a los paquidermos contra las murallas de Numancia. Para su desgracia, y a pesar de que en principio los animales combatieron con bravura, las tornas cambiaron drásticamente gracias a un golpe de suerte de los defensores. «Un elefante, herido en la cabeza por una enorme piedra que había sido arrojada [desde las murallas], se enfureció y, dando un fortísimo barrito, volvió grupas contra sus amigos y mató a todo aquel que se le opuso en su camino, sin hacer distinción entre amigos y enemigos», completa el autor.

Toma de Numancia, de Alejo Vera y Estaca

Dice la tradición que los desastres nunca vienen solos. Y eso fue lo que le sucedió a Nobilior. Por si un paquidermo descontrolado fuese poco problema, sus compañeros también se enardecieron ante sus berridos y, asustados, abandonaron la batalla provocando el caos entre las legiones romanas. «Los otros elefantes, excitados por el barrito de aquel, hacían todos lo mismo y comenzaron a pisotear a los romanos, a despedazarlos y a lanzarlos por los aires. Esto es lo que les suele ocurrir siempre a los elefantes cuando están irritados, que consideran a todos como enemigos. Y algunos, a causa de esta falta de confianza, los llaman “enemigos comunes”», añade Apiano en su obra.

El descontrol de los «carros de combate» de la antigüedad provocó un desconcierto general entre las tropas de Nobilior, que iniciaron una retirada desordenada para evitar morir bajo las patas de los paquidermos. El desastre se completó cuando los numantinos se percataron del alboroto y decidieron aprovecharse de él. «Los numantinos, al darse cuenta de ello, se lanzaron desde los muros, y en la persecución dieron muerte a cuatro mil hombres y tres elefantes y se apoderaron de muchas armas y enseñas. De los celtíberos murieron alrededor de dos mil», finaliza Apiano.

Aunque Quesada considera el número de bajas exagerado, lo cierto es que la contienda supuso un duro revés para la República romana.

Imagen del videojuego Numantia – RECO

Tres preguntas a Jaime Díaz de Arcaya, director de márketing de «Numantia»

1-¿Qué importancia tienen los elefantes en vuestro videojuego?

Los elefantes son una de las unidades especiales de Numantia y que se pueden manejar en la campaña romana. Estos paquidermos son una de las unidades más temibles del juego ya que son capaces de resistir grandes cantidades de daño y poseen un ataque devastador; sin embargo, su tamaño limita su movimiento, obligándoles a moverse con más lentitud y convirtiéndoles en objetivo de las unidades de proyectiles enemigas.

2-¿En base a qué textos o documentos los habéis recreado?

Hemos contrastado nuestra investigación con nuestro propio historiador y hemos consultado un gran número de archivos romanos y estudios de la fauna y la flora de la época.

3-¿Cuál fue su actuación en Numancia?

Contrario a la opinión popular, el uso de elefantes no era muy común en campañas de esta índole. Los elefantes son unidades muy costosas de transportar y de alimentar, y se asustan fácilmente durante una batalla. La primera vez que aparecen en el juego, coincidiendo con la campaña real romana en la Península, es gracias al cónsul Quinto Fulvio Nobilior quien, frustrado por una anterior derrota contra los celtíberos, decide atacar Numancia con el apoyo de arqueros y elefantes enviados por el rey númida Masinisa, el aliado de Roma en África.

Hay una anécdota que cuenta cómo uno de los elefantes, aturdido y asustado por los numerosos impactos de piedras en la cabeza provenientes de los honderos numantinos, se giró y comenzó a cargar contra sus propias filas, causando numerosas bajas en el ejército romano. No sería la última vez que se enviarían elefantes a la campaña numantina: Gracias a la influencia de Escipión Emiliano (el general que sitió Numancia), Masinisa envió elefantes de nuevo. Al igual que su nieto Yugurta, años después.

 

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30 noviembre 2017 at 7:20 pm Deja un comentario

“Alba Longa nunca existió, fue un invento de los romanos”

“La ciudad que según la tradición dio origen a Roma no ha existido nunca”. Es la tesis del arqueólogo Franco Arietti. Dionisio de Halicarnaso la situaba “cerca del monte que termina en el lago”. Tito Livio decía que “todos los latinos descienden de Alba Longa”.

Fuente: Ester PalmaCorriere della Sera
15 de octubre de 2017

¿Recuerdas la mítica Alba Longa, la ciudad fundada por el hijo de Eneas, Ascanio, la de Rea Silvia, princesa obligada a convertirse en una casta vestal pero que, fecundada por el dios Marte en persona, había dado a luz a Rómulo y Remo, los futuros fundadores de Roma? ¿La patria de los hermanos Curiacios, enfrentados a los romanos Horacios en un combate a muerte que habría marcado el glorioso destino de la Ciudad Eterna? Bueno, pues olvídate de todo. Alba Longa nunca ha existido.

Es un mito, una leyenda que ha sobrevivido al paso de los siglos con su poderosa carga simbólica. No es verdad -como pensaban los romanos- que fue destruida por el igualmente mítico rey de Roma Tulio Hostilio (uno de los siete reyes que se aprenden de memoria en la escuela) alrededor del año 675 a.C. cuando los habitantes se trasladaron a Roma. El descubrimiento es de Franco Arietti, arqueólogo de la Superintendencia Arqueológica, que cuenta en su currículum con hallazgos como el de las momias romano-egipcias de Grottaferrata y la “Tumba principesca del Vivaro”. Lo explica Arietti, quien acaba de publicar un libro sobre este tema,”Alla scoperta della Via Sacra”: “Durante al menos 150 años se ha debatido sobre la existencia o no de Alba Longa, con una inmensa producción literaria y la identificación de al menos 15 sitios. Ambas posturas tenían puntos fuertes: para los partidarios era la unanimidad de las fuentes antiguas sobre la presencia histórica de la ciudad. Los opositores, en cambio, pensaban, con argumentos científicamente sólidos, que era impensable imaginar, incluso en la Edad de Bronce, un asentamiento en torno al lago Albano capaz de “fundar” todas las ciudades del Lacio”.

Pero, ¿cómo ha llegado Arietti a un descubrimiento tan importante? La responsable de obrar el milagro ha sido la Via Sacra, que conducía al famoso santuario de Júpiter Lacial, venerado durante más de mil años, hasta finales del Imperio. Se encuentra en el territorio de Rocca di Papa y llega hasta el Monte Albano con un tramo que se conserva durante más de 2 kilómetros. Es el tramo de calzada romana más largo del mundo y desde hace dos milenios escondía un gran secreto. Se trata de una “N” y una “V” esculpidas en los zócalos, pero sólo en el último tramo, más estrecho y de unos 800 metros de longitud hasta la cumbre: un unicum en la interminable red viaria romana. Ya se había descubierto que eran para “novus” y “vetus”, nuevo y antiguo, refiriéndose evidentemente a una reconstrucción de la calzada. La vía sólo podía ser recorrida a pie y de acuerdo con estrictas normas religiosas. Desde aquí salían hacía el templo los grandiosos cortejos de las Ovationes, los Triunfos de los generales victoriosos, las solemnes procesiones anuales y las delegaciones de los pueblos de Lacio para los ritos de las Ferias Latinas en primavera”.

Arietti comprendió que el camino, que se desvía de la Appia Antica cerca de Ariccia, se vuelve “sagrado” justo en el punto exacto donde atraviesa la delimitación sacra del bosque sagrado de Júpiter Laciar (o Lacial), el dios latino más poderoso: “Y “sub Albano monte” sitúa Tito Livio la ciudad madre de los Latinos. Para Tito Livio el Monte Albano, y lo menciona más de 30 veces en diferentes circunstancias, es siempre y sólo el lucus, el bosque sagrado. Exactamente como todas las fuentes antiguas cuando aluden a Júpiter Lacial. Como Dionisio de Halicarnaso, que la sitúa “cerca de la montaña que llega hasta el lago”, donde por contra no hay espacio para construir una ciudad”.

Alba Longa nunca ha estado allí, pero los romanos han “inventado” en cualquier caso el palacio real. La leyenda debe haberse fortalecido especialmente en el siglo III a.C.: con las Guerras Púnicas Roma necesitaba celebrar su propia supremacía también cultural sobre los pueblos del Mediterráneo. Arietti explica: “La delimitación sagrada separa claramente dos espacios, uno para los dioses y otro para los humanos. Eran el propio Monte Albano y el área subyacente, la llanura del Prato Fabio, demasiado pequeños, con su hectárea, como para haber albergado un palacio antiguo”. En resumen, para los romanos, gente práctica, los irreales reyes del mito debían ser colocados “en un espacio real, como el templo para las divinidades”. Y añade: “Originalmente y durante siglos, el Latium vetus era pequeño, comprendido entre los ríos Tíber y Aniene, con un corazón de roca, como es el macizo volcánico de los Montes Albanos. Y Alba y el Monte Albano encarnan simbólicamente el ethnos latino. De hecho, el mítico rey Latino, a su muerte, era venerado en la cumbre como Iuppiter Latialis, Júpiter Lacial. En esta dinámica, la célebre frase de Tito Livio “Omnes Latini ab Alba oriundi”, todos los latinos descienden de Alba, vale más que mil palabras para explicar la importancia histórica de la ciudad que nunca ha existido”.

La idea detrás de la intuición de Arietti es que ya en 1920 las excavaciones en la zona de Prato Fabio habían sacado a la luz sólo una cisterna y muros: muy poco para hacer pensar en una ciudad e incluso en un palacio real. Pero, ¿qué pasó con el templo de Júpiter Lacial, frecuentado y venerado hasta finales del Imperio? Nunca se ha encontrado, pero ahora sería más difícil que nunca: también porque la zona identificada, en Rocca di Papa, alberga ahora un bosque de torres de comunicación de radio y televisión. La ordenanza local de 2003 para su desmantelamiento fue impugnada, pero las empresas, entre ellas Mediaset, han perdido el recurso. Y mientras prosigue esta batalla, Júpiter continúa seguramente protegiendo Roma desde lo alto, en su sueño milenario.

 

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15 octubre 2017 at 8:41 pm Deja un comentario

Descubierta en Jaén una ciudad íbera destruida por Escipión durante la Segunda Guerra Púnica

Arqueólogos jiennenses encuentran artillería romana por primera vez en la Península Ibérica

Restos de artillería romana del asedio a Iliturgi, datados en el año 206 antes de Cristo.

Fuente: JAVIER LÓPEZ > ABC Andalucía
19 de julio de 2017

El Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén ha descubierto un oppidum (ciudad) ibérico de los siglos IV y III antes de Cristo en el cerro de la Muela, en Mengíbar, que se corresponde con el de Iliturgi, destruido y abandonado como consecuencia del asedio militar romano en el contexto de la Segunda Guerra Púnica. Los trabajos, dirigidos por los investigadores del centro Juan Pedro Bellón y Carmen Rueda, se han desarrollado durante los meses de junio y julio dentro de la campaña de excavación realizada en el proyecto ‘Iliturgi Delenda Est (Iliturgi debe ser destruida), que ha contado con la financiación del Ayuntamiento de Mengíbar y del Instituto de Estudios Giennenses (IEG).

La superficie del oppidum tiene entre 12 y 14 hectáreas, lo que aclara su importancia, tanto en tamaño como por la posición estratégica que ocupa en el territorio, según expone Bellón, quien asegura que los restos del asedio localizados son fundamentales para la investigación de la historia militar romana y sitúan en primer plano las investigaciones arqueológicas realizadas en la provincia de Jaén. En concreto, en esta zona próxima a la capital, en la que, se ha descubierto la ciudad romana de Iliturgi, en cerro Maquiz, y el oppidum íbero en el cerro de La Muela, donde se han encontrado por primera vez en la península restos de artillería romana, concentrados en el entorno de uno de los accesos a la acrópolis del asentamiento.

La historia de esta artillería está también documentada. Tras la toma de Carthagonova en el año 209 antes de Cristo, Escipión el Africano no sólo consiguió un importante botín, sino que accedió al arsenal cartaginés de la ciudad, y tan sólo 3 años después las máquinas de guerra capturadas fueron utilizadas en el cerro de la Muela, donde probablemente se ubicó la Iliturgi destruida por los romanos en el año 206 antes de Cristo. Por esta razón, el investigador considera que su equipo ha descubierto un lugar único, desde el punto de visto arqueológico, del conocimiento y patrimonial.

Para la localización del sitio se ha tenido como base una fotografía aérea de los años 1945 y 1946, así como la descripción de Tito Livio sobre la destrucción de Iliturgi. El historiador resalta que primero se produjo la toma de la ciudadela y después se bajó al resto de la ciudad, lo que coincide con la topografía del lugar. En 1945 la huella era muy evidente, la fortificación de la ciudad estaba conservada. Hoy ha desaparecido esa huella, pero el centro andaluz de arqueología está convencido de que si excava, la encontrará.

En los trabajos han participado además miembros del Departamento de Cartografía, Geodésica y Fotogrametría de la Universidad de Jaén, equipos de la Universidad Complutense de Madrid que se ha encargado de la prospección georradar, así como los laboratorios de Paleoambiente y Arqueometría del propio Instituto de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, que ha realizado los análisis químicos de los elementos encontrados, como tachuelas y restos de artillería romana. Tanto los restos documentados como la particularidad y originalidad de los mismos, únicos en el ámbito del Mediterráneo antiguo, permiten evaluar el inicio de un proyecto de puesta en valor del sitio, dada localización y fácil acceso desde una de las principales vías de comunicación de la provincia, la Autovía 44.

 

19 julio 2017 at 9:24 pm Deja un comentario

Los crueles hábitos de los soldados que desangraron a las legiones romanas en Hispania

Durante más de medio siglo, la Península mantuvo en jaque a los gobernadores y a los soldados que se enviaban desde Italia. La toma de Numancia fue el culmen de un enfrentamiento que tuvo que concluir el famoso Publio Cornelio Escipión Emiliano

El último día de Numancia – Alejo Vera

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
18 de mayo de 2017

Más de medio siglo de contiendas, una larga lista de generales y gobernantes, y miles de bajas. Ese fue el sangriento tributo que se vio obligada a pagar la Roma republicana para dominar de forma efectiva buena parte de la Península Ibérica a partir del siglo III A.C. Durante ese tiempo, los pueblos celtíberos (así como los lusitanos, los vettones y otros tantos) se opusieron con bravura al avance de las legiones por la región.

Para orgullo hispano, cumplieron su objetivo con creces enfrentándose al poderío de sus vecinos hasta en tres grandes contiendas sucedidas -de forma oficial- a partir del año 181 A.C. De hecho, los descalabros que perpetraron contra algunos generales como el cónsul Cayo Hostilio Mancino (humillado en batalla por los numantinos), obligaron a Roma a enviar a Hispania a su general más destacado, Publio Cornelio Escipión Emiliano, para pacificar definitivamente la zona.

El militar, hasta ese momento apodado el «Africano Menor» por haber destruido la ciudad de Cartago durante la Tercera Guerra Púnica, se ganó en tierras hispanas el sobrenombre del «Numantino» tras aplastar la resistencia y tomar Numancia (una de las principales plazas que se oponían al dominio).

Aquella derrota honrosa para los defensores -algunos de los cuales prefirieron darse muerte a capitular– puso fin a un enfrentamiento que sacó de quicio a Roma. Una contienda, en definitiva, en la que los soldados celtíberos demostraron que eran capaces de poner en jaque a las experimentadas legiones haciendo uso de un amplio abanico de armas y una serie de costumbres tan curiosas como amputar la mano diestra al enemigo (símbolo de su poder militar) y hacer uso de ella como trofeo de guerra.

Esta última (y sanguinaria) práctica puede apreciarse en la portada de la revista Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º41 («Numancia»). Dicha ilustración muestra a un orgulloso guerrero numantino alzando a los cielos la mano de un soldado romano al que acaba de vencer. El mismo combatiente del que ha obtenido la espada que porta desafiante: un «gladius hispaniensis».

El protagonista de la escena porta también a su espalda un «caetra». Este escudo era su principal defensa y, como señala el historiador Eduardo Peralta Labrado en su obra «Los cántabros antes de Roma», era circular, contaba con un umbo central, y tenía «una característica decoración de cuatro segmentos curvos».

A su vez, en la escena también puede apreciarse que el combatiente (todavía con furia en los ojos por su particular victoria en combate singular) está equipado con un casco hispano-calcídico. Un elemento que, en palabras de los autores de la obra «Cascos hispanos-calcídicos», denotaba que pertenecía a la élite de la sociedad de la época.

Finalmente, la imagen también destruye uno de los mitos más extendidos de la Historia: el que nos muestra a los legionarios ataviados de forma perpetua con una coraza de placas y un gigantesco escudo rectangular. Por el contrario, durante el asedio de Numancia el griego Polibio (citado por el historiador Fernando Quesada Sanz en su dossier «El legionario romano en época de las Guerras Púnicas») afirma que la mayoría de los combatientes portaban «un pequeño pectoral que cubría el centro del pecho», un casco de bronce «de tipo Montefortino» y un «escudo oval en forma de teja».

Primera guerra por Hispania

El origen de las largas contiendas contra Roma se remonta hasta el 181 A.C. Aunque solo de forma oficial. Anteriormente, en el 197 A.C., las tensiones ya se habían dejado ver en Hispania después de que los romanos decidieran ocupar parte de Iberia tras expulsar de ella a los molestos cartagineses. El asentarse por estos lares, su división del territorio en dos grandes provincias (Hispania Citerior e Hispania Ulterior) y la explotación interesada de la zona provocaron que las diferentes tribus nativas se alzasen en su contra.

Así fue como (en el mencionado año 181 A.C.) comenzó la Primera Guerra Celtibérica cuando los habitantes de la Hispania Citerior reunieron un contingente de 35.000 combatientes para enfrentarse a los romanos. Al menos, así lo afirma el historiador Tito Livio en sus textos.

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C.

Marco Fulvio Flaco (pretor de la Hispania Citerior) logró armar un contingente que, aunque inferior en número, aplastó durante dos años a los sublevados en batalla. Entre las contiendas más destacadas quedó grabada a fuego la de Carpetania (en el centro de la geografía española). Un enclave que era considerado la llave para la conquista romana de Celtiberia. El mismo Livio señaló en sus textos que, durante esta lid, los defensores lucharon hasta la extenuación contra las legiones: «Los celtíberos tuvieron unos instantes de indecisión e incertidumbre; pero como no tenían dónde refugiarse si eran derrotados y toda su esperanza radicaba en el combate, reemprendieron la lucha de nuevo con renovado brío». Su bravura no les valió de nada, pues fueron derrotados amargamente.Lo mismo les sucedió cuando a la Península llegó (en el 180 A.C.) el nuevo pretor de la Citerior: Tiberio Sempronio Graco. El mandamás logró romper el asedio de la ciudad de Caraúes (aliada de Roma) y detener drásticamente la sublevación local tras la batalla de Moncayo (en la que causó a sus enemigos -según se cree- unas 22.000 bajas). Su efectividad hizo que los alzados pactaran otorgar a Roma una serie de tributos anuales y ceder hombres para sus legiones a cambio de la paz. Y por si esto fuera poco, a los derrotados también se les prohibió fortificar sus dominios.

Dos alzamientos y un exterminio

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C. Al menos oficialmente, pues durante aquellos años se sucedieron varios enfrentamientos que (aunque fueron sofocados por los gobernadores locales) dieron más de un calentamiento de cabeza a los romanos.

Sin embargo, en el 154 A.C. volvieron a resonar tambores de guerra. La razón del comienzo de las disputas fue que la ciudad de Segeda (en Zaragoza) decidió ampliar su muralla 8 kilómetros. Aquello fue tomado como una violación de los tratados de Graco, y le vino como anillo al dedo a una Roma ansiosa de batallas para ampliar (todavía más si cabe) y afianzar su dominio en la zona. En este caso, para dar un castigo ejemplar a los desobedientes hispanos llegó a la demarcación el Cónsul Fulvio Nobilior. Y no lo hizo solo, sino con 30.000 combatientes divididos en cuatro legiones.

La llegada de este contingente hizo que los habitantes de Segeda solicitasen asilo en la fortificada Numancia la cual -hasta entonces- se había mantenido al margen del enfrentamiento. Así fue como la urbe se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la resistencia contra Roma. Nobilior cercó la ciudad y, aunque no logró tomarla, sus victorias en los pueblos cercanos (y las de su sucesor, Claudio Marcelo) hicieron que los celtíberos se viesen obligados a firmar la paz en el año 152 A.C. Todo parecía haber acabado.

Viriato fue uno de los líderes que motivó los levantamientos contra la ocupación romana – Wikimedia

Pero el tratado fue breve. Ese mismo año, las victorias del popular lusitano Viriato (todavía en guerra contra Roma) avivaron la llama de la contienda, lo que llevó al enésimo enfrentamiento armado. En las casi dos décadas siguientes, desde Roma desfilaron una ingente cantidad de cónsules por Hispania. Todos ellos, con el objetivo de destrozar a los sublevados al precio que fuese. Pero a cada cual más torpe que el anterior.

El colmo de la incapacidad llegó de las manos de Cayo Hostilio Mancino en el 137 A.C. Este gobernante no solo no logró conquistar Numancia, sino que se vio obligado a rendirse cuando tan solo 4.000 numantinos rodearon su campamento y amenazaron con aniquilar a sus hombres. La humillación fue tal que Roma le obligó a desfilar desnudo frente a las murallas de Numancia para castigarle por su torpeza.

Finalmente, desde Italia decidieron mandar a la Península a Publio Cornelio Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago en la Tercera Guerra Púnica. El militar arribó a la zona en el año 134 A.C. Con él llegó la verdadera disciplina militar a las legiones en Hispania. Y es que, cansado de derrotas, dedicó su tiempo a entrar duramente a los soldados. Además, expulsó de los campamentos a las prostitutas y los adivinos, a los que consideraba un verdadero cáncer por distraer (de una forma u otra) a sus hombres.

Poco después conquistó los pueblos cercanos a Numancia y, tras un arduo trabajo de ingeniería, edificó un cerco alrededor de esta urbe para matar de hambre a sus ciudadanos. La jugarreta le salió bien, pues a los numantinos no les quedó más remedio que capitular en el 133 A.C. Aunque, todo hay que decirlo, muchos de ellos prefirieron suicidarse antes que entregar la urbe.

Las curiosas costumbres de los guerreros

1-La guerra sagrada.

Tal y como se explica en el número de Desperta Ferro, para los celtíberos la muerte en batalla era «el suceso personal más trascendente». Para ellos, solo existía la victoria o el fallecimiento. Con todo, para acceder a este honor debían «ofrecer la victoria a los dioses, mostrar valor y aspirar siempre a una “bella muerte”».

Así lo señala Eduardo Kavanagh (director de la cabecera de Historia Antigua y Medieval de la revista Desperta Ferro) a ABC: «Uno de los caracteres de la sociedad celtibérica parece haber sido el protagonismo dado a la guerra y, por ende, la admiración de la condición del guerrero. Como queda patente en la portada de la revista, se desarrolló un ethos agonístico, o mentalidad tendente a la competición entre los guerreros, con objeto de demostrar su valía en el combate, entendida esta como la mayor virtud. De resultas de ello, se desarrollaron algunas de sus instituciones más características, como la devotio (por la que un grupo de combatientes se consagraban a un líder militar y juraban no sobrevivirle en combate) o la costumbre de exponer los cadáveres de los caídos en combate a los buitres, en lugar de incinerarlos (entendido aquel como un trato más honroso)».

2-El combate singular.

Tal y como explica Kavanagh a ABC, los celtíberos también tenían la costumbre de enfrentarse en un combate ritual y singular (entre dos contendientes): «En varias ocasiones, de hecho, los romanos hubieron de enfrentarse a esta costumbre y el propio Escipión Emiliano tuvo que luchar de forma individual con un campeón de la ciudad de Intercatia (Paredes de Nava, Palencia), que se interpuso entre ambos ejércitos antes del combate y retó a duelo al mejor combatiente de entre los romanos. Escipión fue el único que aceptó el desafío, y salió triunfante. Pero nos llama la atención que el hijo del campeón derrotado llevara, años más tarde, un anillo que conmemoraba aquel episodio. Es evidente, por tanto, que la derrota en estos enfrentamientos no era considerada deshonrosa y, por el contrario, la mera participación era un enorme motivo de orgullo».

3-Cortar la mano del enemigo

En palabras de los autores, una de las costumbres más curiosas de los guerreros era la de amputar la mano derecha de sus enemigos. La explicación radicaba en que esa era una extremidad cargada de significado por ser con la que se empuñaba el arma. Así pues «era símbolo de la capacidad militar del hombre, y también de su capacidad política».

No les falta razón, pues también era con la mano con la que se sellaban los pactos y se confirmaba una amistad. Por ello, contaba con una importancia tan simbólica. Y por ello también, quedarse con ella como trofeo de guerra era todo un privilegio.

La amputación de la mano derecha como castigo (o como método de adivinación) puede verse en múltiples textos clásicos. El más famoso es el de Estrabón, donde se señala lo siguiente: «[Los lusitanos] hacen sacrificios y examinan las vísceras sin separarías del cuerpo; observan asimismo las venas del pecho y adivinan palpando. También auscultan las vísceras de los prisioneros, cubriéndolas con sagos. Cuando la víctima cae por la mano del adivino, hacen una primera predicción por la caída del cadáver. Amputan la mano derecha de los cautivos y la consagran a los dioses».

 

18 mayo 2017 at 8:07 am Deja un comentario

Destrozan parte del yacimiento de la ciudad que fundó Roma tras arrasar Iliturgi

El Instituto de Arqueología denuncia los daños producidos por unas conducciones de riego

Destrozos originados por las conducciones en el yacimiento.

Fuente: JAVIER LÓPEZ > Jaén  |  ABC Andalucía
28 de marzo de 2017

Marx tenía razón: la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa. Casi 23 siglos después de que Escipión el Africano arrasara la ciudad ibera de Iliturgi unas conducciones de riego han destrozado parte del yacimiento de la ciudad del mismo nombre fundada por Roma tras la destrucción de la primera. Lo asegura el Instituto Universitario de Investigación Arqueológica Ibérica, que ha presentado una denuncia ante el servicio de protección de la naturaleza de la Guardia Civil en la que detalla los destrozos en este enclave ubicado en el término municipal de Mengíbar, en la provincia de Jaén.

En opinión del organismo denunciante, dependiente de la Universidad de Jaén, se trata del mayor caso de destrucción de patrimonio de la provincia jiennense de las últimas décadas. El instituto asegura que la apertura de 14 kilómetros de zanjas ha destruido el 15% del total de la superficie de este yacimiento, documentado desde hace más de un siglo y que cuenta con protección especial por su relevancia arqueológica e histórica.

Cuando en el año 206 antes de Cristo Escipión el Africano sitió Iliturgi ordenó a sus tropas que no hicieran prisioneros en venganza por la negativa de la ciudad a ayudar a su padre Publio. Los soldados cumplieron las órdenes, según detalla el historiador Tito Livio. La matanza dio paso a otra ciudad, situada a escasa distancia. Los vestigios de la primera se encuentran en cerro Muela y los de la segunda en cerro Maquiz, el lugar en el que han instalado las conducciones de riego que han originado los daños al patrimonio.

El director del centro andaluz de arqueológica ibérica, Arturo Ruiz, lamenta la destrucción de los vestigios de una de las principales ciudades romanas del Alto Guadalquivir. No tiene la importancia de Cástulo, pero los hallazgos descubiertos, algunos de ellos expuestos en el museo arqueológico nacional, y la magnitud del yacimiento atestiguan que fue una villa relevante. De ahí la preocupación de la comunidad científica por el deterioro ocasionado por las conducciones de agua en este espacio protegido.

Al respecto, Ruiz expone que el tamaño de los sillares demuestra que se ha destruido parte de los restos de edificios monumentales, en tanto que el instituto de investigación arqueológica destaca que se ha dañado el entorno de termas romanas y de una plaza pública, cuyos restos fueron descubiertos por arqueólogos alemanes a finales del siglo pasado.

 

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28 marzo 2017 at 7:37 pm 1 comentario

Bailén, en pie de guerra por la batalla de Baecula

El alcalde califica de robo histórico el apoyo de la Diputación a su localización en Santo Tomé

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La batalla de Baecula continúa dos mil años después, ¿dónde situarla? ABC

Fuente: JAVIER LÓPEZ > Jaén  |  ABC
30 de septiembre de 2016

«La historia no se roba, se demuestra». El alcalde de Bailén, Luis Mariano Camacho, dirige esta frase contra la Diputación de Jaén, organismo que avala la tesis de que la batalla de Baecula no tuvo lugar en el predio bailenense, como apuntaba la tradición, sino en el término de Santo Tomé. Lo que se dirime es el escenario de una lid entre Roma y Cartago cuyo resultado fue determinante para la conquista romana del valle del Guadalquivir.

Bailén, célebre por ser el lugar donde se produjo la primera derrota del ejército de Napoleón en Europa, presumía también de haber sido escenario de la de Baecula. De ahí que el alcalde denuncie el intento de “robo histórico” de la Diputación Provincial de Jaén a Bailén al situar la batalla en Santo Tomé, con la anuencia del PSOE de Bailén y sin la prueba concluyente de un vestigio epigráfico. Hasta tanto no se encuentre, Camacho resalta que Baecula se localiza donde, a partir de los textos de Tito Livio y Polibio, la ha situado el grueso de los historiadores.

Para el regidor resulta inaudito que durante la presentación del documental Tras la huella de Aníbal, tanto el presidente de Diputación, Francisco Reyes, como el alcalde de Linares, Juan Fernández, asumieran como hecho probado la ubicación de Baecula en Santo Tomé, opción apuntalada en el trabajo de campo desarrollado por el centro andaluz de arqueología ibérica de la Universidad de Jaén dirigido por Arturo Ruiz.

Camacho afirma que la hipótesis de este investigador no es compartida por la mayoría de historiadores, para quienes la batalla nunca pudo suceder en el cerro de las Albahacas de Santo Tomé, donde la sitúa Ruíz. Por una serie de razones, entre las que destaca que el escenario dista más de 50 kilómetros de Cástulo (Polibio destacó su proximidad) y, por sus reducidas dimensiones, no podía albergar las tropas de dos ejércitos tan numerosos como los comandados por Asdrubal y Escipión.

El dirigente popular entiende el derecho del pueblo de Santo Tomé a reivindicar la localización en su término, pero pide a las administraciones socialistas igualdad de trato, ya que han concedido subvenciones y ayudas al municipio de la comarca de Cazorla y se las han negado a Bailén. A pesar de esto, afirma que su ciudad tendrá su carta arqueológica en breve, gracias a un convenio firmado con la Universidad de Granada.

 

30 septiembre 2016 at 6:18 pm Deja un comentario

Iliturgi, donde Escipión el Africano vengó a su padre

Restos del letal asedio romano han aparecido en Cerro de la Muela. El asalto acabó con la vida de hombres y niños

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Restos del asedio romano en Cerro de Muela (Jaén) – ABC

Fuente: JAVIER LÓPEZ > Jaén  |  ABC
23 de septiembre de 2016

La historia es un constante ajuste de cuentas. Cuando Escipión el Africano arrasó Iliturgi en el 206 antes de Cristo lo hizo movido por la venganza. Pocos años antes la ciudad había traicionado a su padre Publio y a su tío Cneo, que murieron a manos del ejército cartaginés. Tras descubrir numerosos restos del asedio en el cerro de la Muela un equipo de expertos de la Universidad de Jaén desarrolla un proyecto para documentar arqueológicamente la destrucción del llamado «oppidum» ibérico.

La descripción geográfica que el historiador Tito Livio hace de Iliturgi en su «Historia de Roma desde su Fundación» encaja con el paraje donde realiza sus prospecciones el instituto universitario de arqueología ibérica. Además, las armas descubiertas a flor de tierra aclaran que en esta zona, situada en el término municipal de Mengíbar, tuvo lugar un impresionante asedio.

El equipo trata de determinar ahora si las tropas romanas hostigaron a una guarnición de gran importancia o a una ciudad ibérica defendida por cartagineses. Dadas las características de los hallazgos, el director del proyecto, Juan Pedro Bellón, se inclina por la segunda opción.

Combate feroz

Las piezas de plomo lanzadas con ondas, las puntas de flechas y jabalinas, las hojas de lanza y las tachuelas del calzado de los soldados romanos que jalonan Cerro Muela son las pruebas que certifican que en este espacio no tuvo lugar una escaramuza, sino un feroz asedio. Tito Livio cuenta que Escipión no tuvo piedad de los iliturgitanos.

Las tropas romanas no hicieron prisioneros ni saquearon la ciudad. El botín no entraba en sus planes. Se limitaron a asesinar a los hombres, armados o indefensos, que poblaban la ciudad fortificada. También a los niños. Tras la matanza, el general ordenó prender fuego a las casas y dirigió sus tropas, para saldar cuentas pendientes, hacia Cástulo, que se rindió sin presentar batalla.

Escipión quería borrar de la memoria a Iliturgi. Y lo habría conseguido de no ser por el relato de Tito Livio. También ayuda a mantenerla viva el trabajo de campo desarrollado por el equipo de este proyecto, financiado por la Junta de Andalucía, que determinará previsiblemente la ubicación del asedio de la ciudad ibérica.

«Las tropas romanas no hicieron prisioneros ni saquearon la ciudad»

La romana, con el mismo nombre, está ubicada a un kilómetro de cerro de la Muela, en cerro Maquiz, en el que se superponen las acrópolis, ya que se han descubiertos vestigios de una población del siglo V antes de Cristo.

Iliturgi tenía una gran importancia estratégica en la antigüedad. Radicada en la confluencia de tres ríos (Guadalquivir, Guadalimar y Guadalbullón), era la puerta de entrada hacia el valle del primero, y también paso obligado de las migraciones bélicas que se dirigían hacia la zona oriental mediterránea. De ahí la pugna de romanos y cartagineses por hacerse con el control de la ciudad, que paso de unas manos a otras hasta que Escipión acabó con ella.

Primer asedio

La relevancia del hallazgo radica en que por primera vez se documentará arqueológicamente el asedio del ejército de Roma a una ciudad cartaginesa en el marco de la segunda guerra púnica. Así, el asedio romano a Sagunto se sustenta en la literatura histórica, pero no se ha esclarecido sobre el terreno. «No porque no sucediera, por supuesto, sino porque no contamos con evidencias arqueológicas al respecto», aclara Bellón.

«El deseo de venganza de los romanos se trasladó hasta el final de las Guerras Púnicas»

Por fortuna, en cerro de la Muela, en lugar de viviendas hay olivares, lo que facilita los trabajos previos a la excavación, que debe de autorizar la Junta de Andalucía. Hasta el momento sólo se han llevado a cabo prospecciones superficiales en el terreno, del que, además de las armas, han surgido varias monedas cartaginesas y otra romana de gran rareza en la Península.

El instituto arqueológico, que prevé comenzar a excavar cerro Muela durante el primer trimestre de 2017, confía en encontrar en el subsuelo numerosas huellas y también los restos de las víctimas de la matanza. La rabia y el deseo de venganza de los romanos se trasladaron hasta el final de las Guerras Púnicas, cuando Cartago fue destruida y arrasada.

El general que derrotó a Aníbal

Desde muy joven: Luchó contra los cartagineses de Aníbal que habían invadido Italia en Tesino en 218 a. C., cuando tenía 18 años. Allí rescató a su padre herido.

Coraje en la derrota: En Cannas, Aníbal infligió a Roma la mayor derrota de la historia (entre 50.000 y 70.000 romanos muertos). Escipión estaba allí, con 20 años, en 216 a. C. Se sobrepuso con coraje.

Muerte familiar: Después de Cannas, el hermano de Aníbal, Asdrúbal, aniquiló el ejército romano en Hispania. Mueren su padre y su tío, tras la traición de varias ciudades, como Iliturgi.

Casi procónsul a los 24: Roma vive sus horas más bajas, nadie se atreve a pedir el mando de la revancha en Hispania. Escipción se ofrece aunque no tenía la edad. Al final le envían como general.

Toma Cartagena: Escipión decide dar un golpe decisivo y lanza su ejército contra la capital púnica en Hispania, la actual Cartagena, una audacia y logro logístico que devolvió la moral a Roma.

Victoria: La II Guerra Púnica se alarga hasta la victoria de Escipión sobre Aníbal en Zama en 201 a. C. Allí se decidió el declive de Carthago y la hegemonía de Roma, ya casi imperial.

 

23 septiembre 2016 at 12:26 pm Deja un comentario

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