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Los crueles hábitos de los soldados que desangraron a las legiones romanas en Hispania

Durante más de medio siglo, la Península mantuvo en jaque a los gobernadores y a los soldados que se enviaban desde Italia. La toma de Numancia fue el culmen de un enfrentamiento que tuvo que concluir el famoso Publio Cornelio Escipión Emiliano

El último día de Numancia – Alejo Vera

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
18 de mayo de 2017

Más de medio siglo de contiendas, una larga lista de generales y gobernantes, y miles de bajas. Ese fue el sangriento tributo que se vio obligada a pagar la Roma republicana para dominar de forma efectiva buena parte de la Península Ibérica a partir del siglo III A.C. Durante ese tiempo, los pueblos celtíberos (así como los lusitanos, los vettones y otros tantos) se opusieron con bravura al avance de las legiones por la región.

Para orgullo hispano, cumplieron su objetivo con creces enfrentándose al poderío de sus vecinos hasta en tres grandes contiendas sucedidas -de forma oficial- a partir del año 181 A.C. De hecho, los descalabros que perpetraron contra algunos generales como el cónsul Cayo Hostilio Mancino (humillado en batalla por los numantinos), obligaron a Roma a enviar a Hispania a su general más destacado, Publio Cornelio Escipión Emiliano, para pacificar definitivamente la zona.

El militar, hasta ese momento apodado el «Africano Menor» por haber destruido la ciudad de Cartago durante la Tercera Guerra Púnica, se ganó en tierras hispanas el sobrenombre del «Numantino» tras aplastar la resistencia y tomar Numancia (una de las principales plazas que se oponían al dominio).

Aquella derrota honrosa para los defensores -algunos de los cuales prefirieron darse muerte a capitular– puso fin a un enfrentamiento que sacó de quicio a Roma. Una contienda, en definitiva, en la que los soldados celtíberos demostraron que eran capaces de poner en jaque a las experimentadas legiones haciendo uso de un amplio abanico de armas y una serie de costumbres tan curiosas como amputar la mano diestra al enemigo (símbolo de su poder militar) y hacer uso de ella como trofeo de guerra.

Esta última (y sanguinaria) práctica puede apreciarse en la portada de la revista Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º41 («Numancia»). Dicha ilustración muestra a un orgulloso guerrero numantino alzando a los cielos la mano de un soldado romano al que acaba de vencer. El mismo combatiente del que ha obtenido la espada que porta desafiante: un «gladius hispaniensis».

El protagonista de la escena porta también a su espalda un «caetra». Este escudo era su principal defensa y, como señala el historiador Eduardo Peralta Labrado en su obra «Los cántabros antes de Roma», era circular, contaba con un umbo central, y tenía «una característica decoración de cuatro segmentos curvos».

A su vez, en la escena también puede apreciarse que el combatiente (todavía con furia en los ojos por su particular victoria en combate singular) está equipado con un casco hispano-calcídico. Un elemento que, en palabras de los autores de la obra «Cascos hispanos-calcídicos», denotaba que pertenecía a la élite de la sociedad de la época.

Finalmente, la imagen también destruye uno de los mitos más extendidos de la Historia: el que nos muestra a los legionarios ataviados de forma perpetua con una coraza de placas y un gigantesco escudo rectangular. Por el contrario, durante el asedio de Numancia el griego Polibio (citado por el historiador Fernando Quesada Sanz en su dossier «El legionario romano en época de las Guerras Púnicas») afirma que la mayoría de los combatientes portaban «un pequeño pectoral que cubría el centro del pecho», un casco de bronce «de tipo Montefortino» y un «escudo oval en forma de teja».

Primera guerra por Hispania

El origen de las largas contiendas contra Roma se remonta hasta el 181 A.C. Aunque solo de forma oficial. Anteriormente, en el 197 A.C., las tensiones ya se habían dejado ver en Hispania después de que los romanos decidieran ocupar parte de Iberia tras expulsar de ella a los molestos cartagineses. El asentarse por estos lares, su división del territorio en dos grandes provincias (Hispania Citerior e Hispania Ulterior) y la explotación interesada de la zona provocaron que las diferentes tribus nativas se alzasen en su contra.

Así fue como (en el mencionado año 181 A.C.) comenzó la Primera Guerra Celtibérica cuando los habitantes de la Hispania Citerior reunieron un contingente de 35.000 combatientes para enfrentarse a los romanos. Al menos, así lo afirma el historiador Tito Livio en sus textos.

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C.

Marco Fulvio Flaco (pretor de la Hispania Citerior) logró armar un contingente que, aunque inferior en número, aplastó durante dos años a los sublevados en batalla. Entre las contiendas más destacadas quedó grabada a fuego la de Carpetania (en el centro de la geografía española). Un enclave que era considerado la llave para la conquista romana de Celtiberia. El mismo Livio señaló en sus textos que, durante esta lid, los defensores lucharon hasta la extenuación contra las legiones: «Los celtíberos tuvieron unos instantes de indecisión e incertidumbre; pero como no tenían dónde refugiarse si eran derrotados y toda su esperanza radicaba en el combate, reemprendieron la lucha de nuevo con renovado brío». Su bravura no les valió de nada, pues fueron derrotados amargamente.Lo mismo les sucedió cuando a la Península llegó (en el 180 A.C.) el nuevo pretor de la Citerior: Tiberio Sempronio Graco. El mandamás logró romper el asedio de la ciudad de Caraúes (aliada de Roma) y detener drásticamente la sublevación local tras la batalla de Moncayo (en la que causó a sus enemigos -según se cree- unas 22.000 bajas). Su efectividad hizo que los alzados pactaran otorgar a Roma una serie de tributos anuales y ceder hombres para sus legiones a cambio de la paz. Y por si esto fuera poco, a los derrotados también se les prohibió fortificar sus dominios.

Dos alzamientos y un exterminio

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C. Al menos oficialmente, pues durante aquellos años se sucedieron varios enfrentamientos que (aunque fueron sofocados por los gobernadores locales) dieron más de un calentamiento de cabeza a los romanos.

Sin embargo, en el 154 A.C. volvieron a resonar tambores de guerra. La razón del comienzo de las disputas fue que la ciudad de Segeda (en Zaragoza) decidió ampliar su muralla 8 kilómetros. Aquello fue tomado como una violación de los tratados de Graco, y le vino como anillo al dedo a una Roma ansiosa de batallas para ampliar (todavía más si cabe) y afianzar su dominio en la zona. En este caso, para dar un castigo ejemplar a los desobedientes hispanos llegó a la demarcación el Cónsul Fulvio Nobilior. Y no lo hizo solo, sino con 30.000 combatientes divididos en cuatro legiones.

La llegada de este contingente hizo que los habitantes de Segeda solicitasen asilo en la fortificada Numancia la cual -hasta entonces- se había mantenido al margen del enfrentamiento. Así fue como la urbe se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la resistencia contra Roma. Nobilior cercó la ciudad y, aunque no logró tomarla, sus victorias en los pueblos cercanos (y las de su sucesor, Claudio Marcelo) hicieron que los celtíberos se viesen obligados a firmar la paz en el año 152 A.C. Todo parecía haber acabado.

Viriato fue uno de los líderes que motivó los levantamientos contra la ocupación romana – Wikimedia

Pero el tratado fue breve. Ese mismo año, las victorias del popular lusitano Viriato (todavía en guerra contra Roma) avivaron la llama de la contienda, lo que llevó al enésimo enfrentamiento armado. En las casi dos décadas siguientes, desde Roma desfilaron una ingente cantidad de cónsules por Hispania. Todos ellos, con el objetivo de destrozar a los sublevados al precio que fuese. Pero a cada cual más torpe que el anterior.

El colmo de la incapacidad llegó de las manos de Cayo Hostilio Mancino en el 137 A.C. Este gobernante no solo no logró conquistar Numancia, sino que se vio obligado a rendirse cuando tan solo 4.000 numantinos rodearon su campamento y amenazaron con aniquilar a sus hombres. La humillación fue tal que Roma le obligó a desfilar desnudo frente a las murallas de Numancia para castigarle por su torpeza.

Finalmente, desde Italia decidieron mandar a la Península a Publio Cornelio Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago en la Tercera Guerra Púnica. El militar arribó a la zona en el año 134 A.C. Con él llegó la verdadera disciplina militar a las legiones en Hispania. Y es que, cansado de derrotas, dedicó su tiempo a entrar duramente a los soldados. Además, expulsó de los campamentos a las prostitutas y los adivinos, a los que consideraba un verdadero cáncer por distraer (de una forma u otra) a sus hombres.

Poco después conquistó los pueblos cercanos a Numancia y, tras un arduo trabajo de ingeniería, edificó un cerco alrededor de esta urbe para matar de hambre a sus ciudadanos. La jugarreta le salió bien, pues a los numantinos no les quedó más remedio que capitular en el 133 A.C. Aunque, todo hay que decirlo, muchos de ellos prefirieron suicidarse antes que entregar la urbe.

Las curiosas costumbres de los guerreros

1-La guerra sagrada.

Tal y como se explica en el número de Desperta Ferro, para los celtíberos la muerte en batalla era «el suceso personal más trascendente». Para ellos, solo existía la victoria o el fallecimiento. Con todo, para acceder a este honor debían «ofrecer la victoria a los dioses, mostrar valor y aspirar siempre a una “bella muerte”».

Así lo señala Eduardo Kavanagh (director de la cabecera de Historia Antigua y Medieval de la revista Desperta Ferro) a ABC: «Uno de los caracteres de la sociedad celtibérica parece haber sido el protagonismo dado a la guerra y, por ende, la admiración de la condición del guerrero. Como queda patente en la portada de la revista, se desarrolló un ethos agonístico, o mentalidad tendente a la competición entre los guerreros, con objeto de demostrar su valía en el combate, entendida esta como la mayor virtud. De resultas de ello, se desarrollaron algunas de sus instituciones más características, como la devotio (por la que un grupo de combatientes se consagraban a un líder militar y juraban no sobrevivirle en combate) o la costumbre de exponer los cadáveres de los caídos en combate a los buitres, en lugar de incinerarlos (entendido aquel como un trato más honroso)».

2-El combate singular.

Tal y como explica Kavanagh a ABC, los celtíberos también tenían la costumbre de enfrentarse en un combate ritual y singular (entre dos contendientes): «En varias ocasiones, de hecho, los romanos hubieron de enfrentarse a esta costumbre y el propio Escipión Emiliano tuvo que luchar de forma individual con un campeón de la ciudad de Intercatia (Paredes de Nava, Palencia), que se interpuso entre ambos ejércitos antes del combate y retó a duelo al mejor combatiente de entre los romanos. Escipión fue el único que aceptó el desafío, y salió triunfante. Pero nos llama la atención que el hijo del campeón derrotado llevara, años más tarde, un anillo que conmemoraba aquel episodio. Es evidente, por tanto, que la derrota en estos enfrentamientos no era considerada deshonrosa y, por el contrario, la mera participación era un enorme motivo de orgullo».

3-Cortar la mano del enemigo

En palabras de los autores, una de las costumbres más curiosas de los guerreros era la de amputar la mano derecha de sus enemigos. La explicación radicaba en que esa era una extremidad cargada de significado por ser con la que se empuñaba el arma. Así pues «era símbolo de la capacidad militar del hombre, y también de su capacidad política».

No les falta razón, pues también era con la mano con la que se sellaban los pactos y se confirmaba una amistad. Por ello, contaba con una importancia tan simbólica. Y por ello también, quedarse con ella como trofeo de guerra era todo un privilegio.

La amputación de la mano derecha como castigo (o como método de adivinación) puede verse en múltiples textos clásicos. El más famoso es el de Estrabón, donde se señala lo siguiente: «[Los lusitanos] hacen sacrificios y examinan las vísceras sin separarías del cuerpo; observan asimismo las venas del pecho y adivinan palpando. También auscultan las vísceras de los prisioneros, cubriéndolas con sagos. Cuando la víctima cae por la mano del adivino, hacen una primera predicción por la caída del cadáver. Amputan la mano derecha de los cautivos y la consagran a los dioses».

 

18 mayo 2017 at 8:07 am Deja un comentario

Destrozan parte del yacimiento de la ciudad que fundó Roma tras arrasar Iliturgi

El Instituto de Arqueología denuncia los daños producidos por unas conducciones de riego

Destrozos originados por las conducciones en el yacimiento.

Fuente: JAVIER LÓPEZ > Jaén  |  ABC Andalucía
28 de marzo de 2017

Marx tenía razón: la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa. Casi 23 siglos después de que Escipión el Africano arrasara la ciudad ibera de Iliturgi unas conducciones de riego han destrozado parte del yacimiento de la ciudad del mismo nombre fundada por Roma tras la destrucción de la primera. Lo asegura el Instituto Universitario de Investigación Arqueológica Ibérica, que ha presentado una denuncia ante el servicio de protección de la naturaleza de la Guardia Civil en la que detalla los destrozos en este enclave ubicado en el término municipal de Mengíbar, en la provincia de Jaén.

En opinión del organismo denunciante, dependiente de la Universidad de Jaén, se trata del mayor caso de destrucción de patrimonio de la provincia jiennense de las últimas décadas. El instituto asegura que la apertura de 14 kilómetros de zanjas ha destruido el 15% del total de la superficie de este yacimiento, documentado desde hace más de un siglo y que cuenta con protección especial por su relevancia arqueológica e histórica.

Cuando en el año 206 antes de Cristo Escipión el Africano sitió Iliturgi ordenó a sus tropas que no hicieran prisioneros en venganza por la negativa de la ciudad a ayudar a su padre Publio. Los soldados cumplieron las órdenes, según detalla el historiador Tito Livio. La matanza dio paso a otra ciudad, situada a escasa distancia. Los vestigios de la primera se encuentran en cerro Muela y los de la segunda en cerro Maquiz, el lugar en el que han instalado las conducciones de riego que han originado los daños al patrimonio.

El director del centro andaluz de arqueológica ibérica, Arturo Ruiz, lamenta la destrucción de los vestigios de una de las principales ciudades romanas del Alto Guadalquivir. No tiene la importancia de Cástulo, pero los hallazgos descubiertos, algunos de ellos expuestos en el museo arqueológico nacional, y la magnitud del yacimiento atestiguan que fue una villa relevante. De ahí la preocupación de la comunidad científica por el deterioro ocasionado por las conducciones de agua en este espacio protegido.

Al respecto, Ruiz expone que el tamaño de los sillares demuestra que se ha destruido parte de los restos de edificios monumentales, en tanto que el instituto de investigación arqueológica destaca que se ha dañado el entorno de termas romanas y de una plaza pública, cuyos restos fueron descubiertos por arqueólogos alemanes a finales del siglo pasado.

 

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28 marzo 2017 at 7:37 pm 1 comentario

Bailén, en pie de guerra por la batalla de Baecula

El alcalde califica de robo histórico el apoyo de la Diputación a su localización en Santo Tomé

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La batalla de Baecula continúa dos mil años después, ¿dónde situarla? ABC

Fuente: JAVIER LÓPEZ > Jaén  |  ABC
30 de septiembre de 2016

«La historia no se roba, se demuestra». El alcalde de Bailén, Luis Mariano Camacho, dirige esta frase contra la Diputación de Jaén, organismo que avala la tesis de que la batalla de Baecula no tuvo lugar en el predio bailenense, como apuntaba la tradición, sino en el término de Santo Tomé. Lo que se dirime es el escenario de una lid entre Roma y Cartago cuyo resultado fue determinante para la conquista romana del valle del Guadalquivir.

Bailén, célebre por ser el lugar donde se produjo la primera derrota del ejército de Napoleón en Europa, presumía también de haber sido escenario de la de Baecula. De ahí que el alcalde denuncie el intento de “robo histórico” de la Diputación Provincial de Jaén a Bailén al situar la batalla en Santo Tomé, con la anuencia del PSOE de Bailén y sin la prueba concluyente de un vestigio epigráfico. Hasta tanto no se encuentre, Camacho resalta que Baecula se localiza donde, a partir de los textos de Tito Livio y Polibio, la ha situado el grueso de los historiadores.

Para el regidor resulta inaudito que durante la presentación del documental Tras la huella de Aníbal, tanto el presidente de Diputación, Francisco Reyes, como el alcalde de Linares, Juan Fernández, asumieran como hecho probado la ubicación de Baecula en Santo Tomé, opción apuntalada en el trabajo de campo desarrollado por el centro andaluz de arqueología ibérica de la Universidad de Jaén dirigido por Arturo Ruiz.

Camacho afirma que la hipótesis de este investigador no es compartida por la mayoría de historiadores, para quienes la batalla nunca pudo suceder en el cerro de las Albahacas de Santo Tomé, donde la sitúa Ruíz. Por una serie de razones, entre las que destaca que el escenario dista más de 50 kilómetros de Cástulo (Polibio destacó su proximidad) y, por sus reducidas dimensiones, no podía albergar las tropas de dos ejércitos tan numerosos como los comandados por Asdrubal y Escipión.

El dirigente popular entiende el derecho del pueblo de Santo Tomé a reivindicar la localización en su término, pero pide a las administraciones socialistas igualdad de trato, ya que han concedido subvenciones y ayudas al municipio de la comarca de Cazorla y se las han negado a Bailén. A pesar de esto, afirma que su ciudad tendrá su carta arqueológica en breve, gracias a un convenio firmado con la Universidad de Granada.

 

30 septiembre 2016 at 6:18 pm Deja un comentario

Iliturgi, donde Escipión el Africano vengó a su padre

Restos del letal asedio romano han aparecido en Cerro de la Muela. El asalto acabó con la vida de hombres y niños

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Restos del asedio romano en Cerro de Muela (Jaén) – ABC

Fuente: JAVIER LÓPEZ > Jaén  |  ABC
23 de septiembre de 2016

La historia es un constante ajuste de cuentas. Cuando Escipión el Africano arrasó Iliturgi en el 206 antes de Cristo lo hizo movido por la venganza. Pocos años antes la ciudad había traicionado a su padre Publio y a su tío Cneo, que murieron a manos del ejército cartaginés. Tras descubrir numerosos restos del asedio en el cerro de la Muela un equipo de expertos de la Universidad de Jaén desarrolla un proyecto para documentar arqueológicamente la destrucción del llamado «oppidum» ibérico.

La descripción geográfica que el historiador Tito Livio hace de Iliturgi en su «Historia de Roma desde su Fundación» encaja con el paraje donde realiza sus prospecciones el instituto universitario de arqueología ibérica. Además, las armas descubiertas a flor de tierra aclaran que en esta zona, situada en el término municipal de Mengíbar, tuvo lugar un impresionante asedio.

El equipo trata de determinar ahora si las tropas romanas hostigaron a una guarnición de gran importancia o a una ciudad ibérica defendida por cartagineses. Dadas las características de los hallazgos, el director del proyecto, Juan Pedro Bellón, se inclina por la segunda opción.

Combate feroz

Las piezas de plomo lanzadas con ondas, las puntas de flechas y jabalinas, las hojas de lanza y las tachuelas del calzado de los soldados romanos que jalonan Cerro Muela son las pruebas que certifican que en este espacio no tuvo lugar una escaramuza, sino un feroz asedio. Tito Livio cuenta que Escipión no tuvo piedad de los iliturgitanos.

Las tropas romanas no hicieron prisioneros ni saquearon la ciudad. El botín no entraba en sus planes. Se limitaron a asesinar a los hombres, armados o indefensos, que poblaban la ciudad fortificada. También a los niños. Tras la matanza, el general ordenó prender fuego a las casas y dirigió sus tropas, para saldar cuentas pendientes, hacia Cástulo, que se rindió sin presentar batalla.

Escipión quería borrar de la memoria a Iliturgi. Y lo habría conseguido de no ser por el relato de Tito Livio. También ayuda a mantenerla viva el trabajo de campo desarrollado por el equipo de este proyecto, financiado por la Junta de Andalucía, que determinará previsiblemente la ubicación del asedio de la ciudad ibérica.

«Las tropas romanas no hicieron prisioneros ni saquearon la ciudad»

La romana, con el mismo nombre, está ubicada a un kilómetro de cerro de la Muela, en cerro Maquiz, en el que se superponen las acrópolis, ya que se han descubiertos vestigios de una población del siglo V antes de Cristo.

Iliturgi tenía una gran importancia estratégica en la antigüedad. Radicada en la confluencia de tres ríos (Guadalquivir, Guadalimar y Guadalbullón), era la puerta de entrada hacia el valle del primero, y también paso obligado de las migraciones bélicas que se dirigían hacia la zona oriental mediterránea. De ahí la pugna de romanos y cartagineses por hacerse con el control de la ciudad, que paso de unas manos a otras hasta que Escipión acabó con ella.

Primer asedio

La relevancia del hallazgo radica en que por primera vez se documentará arqueológicamente el asedio del ejército de Roma a una ciudad cartaginesa en el marco de la segunda guerra púnica. Así, el asedio romano a Sagunto se sustenta en la literatura histórica, pero no se ha esclarecido sobre el terreno. «No porque no sucediera, por supuesto, sino porque no contamos con evidencias arqueológicas al respecto», aclara Bellón.

«El deseo de venganza de los romanos se trasladó hasta el final de las Guerras Púnicas»

Por fortuna, en cerro de la Muela, en lugar de viviendas hay olivares, lo que facilita los trabajos previos a la excavación, que debe de autorizar la Junta de Andalucía. Hasta el momento sólo se han llevado a cabo prospecciones superficiales en el terreno, del que, además de las armas, han surgido varias monedas cartaginesas y otra romana de gran rareza en la Península.

El instituto arqueológico, que prevé comenzar a excavar cerro Muela durante el primer trimestre de 2017, confía en encontrar en el subsuelo numerosas huellas y también los restos de las víctimas de la matanza. La rabia y el deseo de venganza de los romanos se trasladaron hasta el final de las Guerras Púnicas, cuando Cartago fue destruida y arrasada.

El general que derrotó a Aníbal

Desde muy joven: Luchó contra los cartagineses de Aníbal que habían invadido Italia en Tesino en 218 a. C., cuando tenía 18 años. Allí rescató a su padre herido.

Coraje en la derrota: En Cannas, Aníbal infligió a Roma la mayor derrota de la historia (entre 50.000 y 70.000 romanos muertos). Escipión estaba allí, con 20 años, en 216 a. C. Se sobrepuso con coraje.

Muerte familiar: Después de Cannas, el hermano de Aníbal, Asdrúbal, aniquiló el ejército romano en Hispania. Mueren su padre y su tío, tras la traición de varias ciudades, como Iliturgi.

Casi procónsul a los 24: Roma vive sus horas más bajas, nadie se atreve a pedir el mando de la revancha en Hispania. Escipción se ofrece aunque no tenía la edad. Al final le envían como general.

Toma Cartagena: Escipión decide dar un golpe decisivo y lanza su ejército contra la capital púnica en Hispania, la actual Cartagena, una audacia y logro logístico que devolvió la moral a Roma.

Victoria: La II Guerra Púnica se alarga hasta la victoria de Escipión sobre Aníbal en Zama en 201 a. C. Allí se decidió el declive de Carthago y la hegemonía de Roma, ya casi imperial.

 

23 septiembre 2016 at 12:26 pm Deja un comentario

Roma: Salen a la luz en el Foro Romano los restos de la domus de Escipión el Africano

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Fuente: Laura Larcan  |  Il Messaggero
16 de junio de 2016

¿Y si la arqueología ofreciera las pruebas científicas a las palabras del historiador Tito Livio? ¿Y si el corazón del Foro Romano custodiase realmente los restos de la casa del famoso Escipión el Africano, el general romano que venció a Aníbal y a los cartagineses? Un bello desafío para los investigadores en estos momentos. Especialmente para la arqueóloga de la Superintendencia Patrizia Fortini, que está coordinando el equipo de investigación de la Sapienza dirigido por Stella Falzoni y Marco Galli. Porque, en el subsuelo de la majestuosa Basílica Julia, los arqueólogos han identificado ahora los restos de una rica domus, dotada de un gran atrio embellecido con un impluvium destinado a recoger el agua de lluvia. Estructuras datables exactamente en el siglo III-II a.C. La sugerencia es fuerte. Fue Tito Livio quien popularizó el aura legendaria del lugar donde fue erigida la basílica (el más grande tribunal de Roma), construida sobre las ambiciones de ilustres políticos. Primero el proyecto de construcción en el 169 a.C. obra del censor Tiberio Graco, cuando vio la luz la Basílica Sempronia, y luego el nuevo edificio judicial construido por Julio César en el 54 a.C. (a quien debe su nombre). “Los restos de esta domus representan una extraordinaria confirmación de lo que sabemos gracias al historiador Tito Livio, quien recordaba la presencia de una rica casa de la aristocracia romana justo en el lugar donde se construirá la Basílica Sempronia: de hecho, Tito Livio cuenta que el propio censor Sempronio Graco, para construir el edificio del 169 a.C., tuvo que comprar la casa del famoso Publio Cornelio Escipión el Africano”. Falzoni y Galli están convencidos de esto, aunque con la cautela propia de esta primera fase de la investigación. Los resultados han sido presentados en la propia universidad con motivo del curso Pitture frammentarie di età romana da Roma e dal Lazio.

TITO LIVIO Y CICERÓN

Todo comenzó a partir del proyecto de estudio de la documentación de las excavaciones sistemáticas que fueron llevadas a cabo desde 1960 hasta 1964 por la arqueóloga Laura Fabbrini (sin olvidar las investigaciones históricas de Giacomo Boni a principios del siglo XX). Nuevas excavaciones y materiales de archivo, por tanto, están reescribiendo la historia del sitio. “Los resultados de la primera fase de la investigación parecen confirmar las informaciones proporcionadas por los autores antiguos, especialmente por Tito Livio y Cicerón”, dice Galli. “De la documentación de la excavación se han reconocido los restos de una domus, de la cual es posible reconocer una parte del atrio con un impluvio -continúa Falzoni. El estudio de la cerámica con relación a los niveles de la fundación de la casa parece conducir a una datación entre finales del siglo III y principios del siglo II a.C”. Para convencer a los arqueólogos están los propios fragmentos de pintura encontrados: lujosos falsos mármoles polícromos que evocan el perfecto estilo de época republicana.

 

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18 junio 2016 at 11:22 am 1 comentario

¿Por qué no atacó los muros de Roma Aníbal Barca, el genio destructor?

«Hannibal ad portas». Los romanos tampoco entendieron el motivo por el qué no intentó destruir la ciudad y perpetuaron la imagen de un Aníbal a las puertas de la ciudad acobardado por el poder romano

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Aníbal representado sobre su elefante durante su travesía por los Alpes – Wikimedia

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
17 de junio de 2016

A modo de mito fundacional, la tradición romana cuenta que Aníbal Barca, el genio de la guerra procedente de Cartago, se sintió intimidado frente a los muros de Roma y prefirió retirarse sin acabar con su presa. Nada más lejos de la realidad; si alguien tenía terror en ese momento eran los romanos, a los que solo les quedaba rezar por su suerte. ¿Por qué, entonces, el cartaginés no aprovechó para destruir Roma y evitar así que fuera su civilización la que años después fuera asolada?

Juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad

Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad.

Siendo adulto, Aníbal Barca dirigió un ejército cartaginés contra la República de Roma tras cruzar los Alpes en noviembre del año 218 a.C. El general cartaginés partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas. No en vano, atravesar los Alpes en pleno invierno rebajó el ejército a solo 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto.

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Aníbal y sus hombres cruzan los Alpes- Wikimedia

A pesar de sus pérdidas, el genio de Aníbal le sirvió para rehacerse y acumular varias victorias. Como señala Adrian Goldsworthy en su libro «Grandes generales del ejército romano» (Ariel), «era uno de los comandantes más capaces de la Antigüedad y comandaba un ejército superior en todos los aspectos a las inexpertas legiones romanas». Así emboscó a uno de los cónsules, Flaminio, que pereció junto a 15.000 hombres, y obligó a la República a recurrir a dos veteranos, Fabio Máximo y Marco Claudio Marcelo, que ni siquiera estaban en edad de disponer de mando directo sobre el terreno. Ninguno de los dos consiguió infligir una derrota decisiva a Aníbal pero al menos salvaron la ciudad cuando todo parecía perdido.

El desastre de Cannas deja Roma de rodillas

Fabio Máximo fue nombrado dictador con imperium supremo para hacerse cargo de la defensa de Roma, que se encontraba completamente a merced del avance cartaginés. Fabio Máximo evitó trabar combate con Aníbal, si bien consiguió debilitarle lentamente aprovechando la dificultad que tenía de recibir refuerzos y suministros. Cuando Fabio Máximo llevaba seis meses como dictador, renunció al cargo al considerar que había logrado su objetivo de alejar la amenaza sobre Roma. Al año siguiente, no en vano, Roma perdió cualquier ventaja adquirida y se situó exactamente al borde del precipicio tras el desastre de Cannas.

Busto de Aníbal Barca - Wikimedia

Busto de Aníbal Barca – Wikimedia

La más famosa de las batallas de la antigüedad tuvo lugar el 2 de agosto del 216 a.C. Aníbal venció a un ejército muy superior en número al suyo empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Colocó en el centro a su infantería hispana y gala en un semicírculo convexo, poniendo en las alas a su infantería africana. El círculo de hombres se expandió, antes de cerrarse lentamente. Como resultado, las fuerzas de Aníbal causaron cerca de 50.000 muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores. No obstante, ese movimiento en tenaza ha sido un recurrente objeto de análisis de la Historia Militar, siendo aplicado por los alemanes tanto en la Primera Guerra Mundial como en la Segunda.

La derrota dejó vía libre para que Aníbal arrasara la ciudad, lo cual sorprendentemente no hizo. Ningún ejército romano se encontraba cerca de la ciudad y se sucedieron situaciones de pánico dentro de sus muros. Las mujeres escondieron a sus bebés, hasta el último de los hombres se armó y un único grito resonaba: «Hannibal ad portas» (Aníbal está a las puertas).

Según la versión novelada de Tito Livio, Mahárbal, fiel lugarteniente de Aníbal, recriminó a su comandante que decidiera dar descanso a sus hombres tras la victoria en Cannas, pues, en caso de marchar en ese momento al ataque, «dentro de cinco días celebrarás un banquete en el Capitolio. Sígueme, yo iré delante con la caballería para que antes se enteren de que vamos a llegar». Al saber que Aníbal no pensaba cambiar de opinión, Maharbal sentenció: «Los dioses no han concedido al mismo hombre todos sus dones; sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovecharte de la victoria». Pura leyenda.

El verdadero objetivo: aislar Roma

Los romanos tampoco entendieron el motivo por el qué no intentó destruir la ciudad y perpetuaron la imagen de un Aníbal a las puertas de la ciudad acobardado por lo que se extendía ante sus ojos. Pero, ¿por qué Aníbal no atacó Roma? Existen varias teorías al respecto, aunque pocas tienen en cuenta que en una guerra hay muchas formas de cobrarse ventaja. El cartaginés se frenó de atacar Roma porque no contaba con el equipamiento ni los suministros necesarios para acometer una empresa así. Eso a pesar de que en la ciudad del Tíber únicamente permanecían milicias urbanas, constituidas básicamente por aquellos ciudadanos que aún no estaban capacitados para combatir.

Los hombres de Aníbal probablemente eran superiores en número y, por supuesto, en calidad, pero si el cartaginés hubiera insistido en atacar Roma sin la equipación adecuada se habría dejado a cerca de la mitad del ejército en el intento. Un precio demasiado alto para alguien que no tenía posibilidad de recibir refuerzos y que no pensaba salir de la península itálica. Su situación en la Península itálica era precaria, siendo su principal objetivo derrotar a Roma aislándola diplomáticamente y debilitando su poder frente a sus aliados latinos.

Aníbal desplegó una intensa labor diplomática en el sur de Italia aprovechando el efecto de su victoria. Pactó con varias ciudades italianas y garantizó su autonomía con el fin de establecer un protectorado en el sur de Italia y Sicilia. El fin último era quitarles a los pueblos de Italia el temor hacia Roma y devolverles la independencia. Además, esos meses le sirvieron para sanar las heridas, puesto que muchos de sus hombres se encontraban afectados por el escorbuto y los caballos por la sarna.

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Grabado de la batalla de Zama, donde Aníbal fue derrotado por Escipión – Wikimedia

Por otra parte, una corriente historiográfica, de un carácter más romántico, emplaza la decisión de Aníbal Barca a su intención de no reducir a las ruinas Roma simplemente porque él no era un destructor. Según estos autores, el cartaginés despreciaba el brutal imperialismo romano y por eso quería liberar a los pueblos itálicos de la opresión, pero no odiaba la cultura romana ni pretendía destruirla. Sicilia y Cerdeña debían ser devueltas a Cartago, así como Cartago debía triunfar, pero no a costa de destruir por destruir. Una visión exageradamente romántica que, de ser cierta, se revolvió contra el propio Aníbal. Al final sería Roma quien destruiría la capital de Cartago varias décadas después.

Los romanos llevaron a su máxima expresión la coletilla con la que el político Catón «El Viejo» solía terminar todos sus discursos: «Ceterum, ceseo Carthaginem esse dependam»

Un joven general que sobrevivió a Cannas, Escipión «El Africano», trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los cartagineses. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África y a abandonar para siempre Italia. En África fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Sin embargo, Roma rara vez soportaba una paz si no pasaba por la destrucción total del otro estado, paso previo para integrarlo a su territorio como provincia. Durante la Tercera Guerra Púnica (149­ 146 a. C.), los romanos llevaron a su máxima expresión la coletilla con la que el político Catón «El Viejo» solía terminar todos sus discursos: «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam» (Por lo demás, pienso que Cartago debe ser destruida). Los romanos masacraron a la población, saquearon sus hogares, destruyeron sus edificios y templos, y sembraron de sal sus tierras para que nada volviera a crecer en Cartago.

 

17 junio 2016 at 5:17 pm Deja un comentario

Batalla de Baecula

En 208 a.C. tuvo lugar la batalla de Baécula, en el marco de la Segunda Guerra Púnica en la que romanos y cartagineses se enfrentaron por el control político y económico del Mediterráneo.

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Mapa Segunda Guerra Púnica

Fuente: Arturo Ruiz > Madrid  |  SER Historia – Cadena SER
19 de mayo de 2016

En la batalla lucharon Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal, que había quedado al frente de las tropas cartagineses en la Península Ibérica y Publio Cornelio Escipión “Africano” que estuvo al frente de las tropas romanas y que venía de tomar Qart Hadasht (Cartagena) en el 209 a. C. a. Eran 30.000 los soldados que tenía el ejército púnico y 40.000 los que tenía el romano, según Polibio y Tito Livio.

La toma de Cartagena, último avance romano hacia el sur, abrió las puertas de Andalucía a Roma. Por esta razón de carácter geoestratégico y las conocidas referencias de los historiadores romanos a la proximidad de la ciudad ibera de Castulo, entre otras cuestiones, se ha supuesto tradicionalmente que el escenario de la batalla estaba en la provincia de Jaén, habiendo propuesto Schulten su localización en el entorno de Bailen. En 2002 El Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, inicio un proyecto para comprobar arqueológicamente la existencia del escenario en los lugares tradicionales. Descartados estos, tras un primer estudio de prospección, el ámbito de investigación se amplió a toda la provincia de Jaén y particularmente al entorno de las ciudades iberas (oppida) que no habían sido romanizadas, caso que ocurrió a Baecula. Después de una labor de dos años se concluyó que el escenario de la batalla pudo ser el Cerro de las Albahacas de Santo Tomé, municipio de Jaén, y Baecula el oppidum de los Turruñuelos.

Desde 2006 con el soporte de dos proyectos sucesivos I+D+i del Ministerio de Economía y Competitividad, se ha desarrollado la investigación, dando lugar en 2016 al libro “La Segunda Guerra Púnica en la Península Ibérica. Baecula, Arqueología de una Batalla”. Los trabajos han desarrollado una metodología muy novedosa, por primera vez aplicada a un campo de batalla antiguo, en la que se articulan registros georeferenciados en un SIG (Sistema de Información Geográfica), la prospección de superficie intensiva en un área de más de 600 has de extensión y la excavación arqueológica de los campamentos de Asdrúbal y Escipión y del oppidum de Turruñuelos

Se han registrado más de mil doscientos objetos metálicos de la batalla: armas, monedas, elementos de vestido (impedimenta), vientos de tiendas de campaña, cerámica…etc. que han confirmado que la topografía citada por las fuentes escritas se identificaba con el paisaje propuesto y se han podido reconstruir los momentos de la batalla que los historiadores narraban: la toma del promontorio donde Asdrúbal dispuso a los númidas y los honderos, el avance romano en dos alas para envolver el núcleo del ejército púnico o la lucha final en la zona alta del cerro de las Albahacas. Para ello ha sido fundamental el análisis de la distribución de las armas en el SIG: proyectiles de honda, puntas de flecha y dardos para ver el asalto al promontorio o el avance hacia la parte más alta del cerro; lanzas, jabalinas y pila, para localizar el área en el que se produjo el cuerpo a cuerpo. Especialmente ha de destacarse la distribución de las tachuelas de las sandalias de los legionarios romanos (calligae), que han permitido reconstruir los movimientos del ejército romano, dando a conocer el camino exacto que siguieron las tropas romanas desde su campamento hasta el escenario de la batalla o el avance de las alas envolventes de Escipión.

Asdrúbal huyó antes de que acabara la batalla y Escipión quedó vencedor causando ocho mil bajas al enemigo.

 

19 mayo 2016 at 4:36 pm Deja un comentario

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