Posts tagged ‘Tiberio’

Julio César y las supersticiones de Roma

Decir “Salud” al estornudar, entrar en una habitación siempre con el pie derecho o romper un cordón eran algunos de los símbolos supersticiosos de la antigua Roma. Algunos de ellos se heredaron en las civilizaciones posteriores e incluso todavía siguen vigentes en la actualidad

Fuente: JESÚS CALLEJO > Madrid  |  Cadena SER
8 de febrero de 2018

No deja de sorprender que una ciudad-estado como era la antigua Roma, todo un imperio extendido por medio mundo gracias a su poder militar, fuera tan supersticioso como el que más.

En eso no era único ni original. Muchas de sus prácticas mágicas estaban influidas por los griegos, por los etruscos y los caldeos. Es sabido la afición que tenían los romanos de consultar a augures, arúspices y oráculos, prácticas que se incrementaron cuando pasaron de ser una austera República y se convirtieron en Imperio. Los emperadores o césares se creyeron divinos y vitalicios, rindiéndoseles un culto que iba más allá del mero aspecto político. Eso tenía su contrapartida: cualquier desastre militar -o incluso de la naturaleza- se le imputaba a la debilidad del soberano. Al emperador Nerón le achacaron el origen del terremoto ocurrido en la Italia meridional, aparte de algún que otro incendio de sobra conocido.

Cualquier persona que tuviera un sueño profético atinente a la suerte del Estado podía comunicárselo al Senado. Julio César creía en los vaticinios, aunque no los hizo mucho caso en los momentos finales de su vida, Tiberio se rodeó de varios astrólogos y Septimino Severo anotaba cuidadosamente los oráculos que se referían a su persona. Hubo una época en que los adivinos se hicieron imprescindibles hasta que fueron prohibidos por los emperadores cristianos.

Diversos autores latinos se encargaron de darnos a conocer estas múltiples supersticiones romanas. Una obra poco conocida de Cicerón (106-43 a.C.), titulada De Adivinatione, recoge algunas de estas creencias: “El tropezar, romper un cordón y estornudar tienen un significado supersticioso digno de atención”. Ovidio, en los Fastos, asegura: “si los proverbios tienen alguna importancia para tí, la gente dice que no es bueno para las esposas que se casen en mayo”.

Pero, sin duda, fue el escritor y historiador latino Plinio el Viejo (23-79 d.C.) el que se encargó de recopilar muchas de las supersticiones que practicaron los romanos y que luego, durante la Edad Media, pasaron a la cultura occidental. Su sobrino, Plinio el Joven, también se dedicó a esta clase de recopilaciones en su Epistolario, aunque con menos empeño. Hay algunas, tan conocidas hoy en día, como entrar en una habitación siempre con el pie derecho (ya mencionada por Petronio) o el exclamar “¡Salud!” cuando alguien estornuda en nuestra presencia (algo que exigía el emperador Tiberio) o bien el llevar consigo una pata de liebre o de conejo como amuleto para aliviarse de ciertas enfermedades o ahuyentar la mala suerte.

En su Historia Natural (enciclopédica obra compuesta por 37 libros sobre distintos aspectos del mundo de la naturaleza), Plinio el Viejo recoge creencias y supersticiones sobre los asuntos y objetos más variopintos, que van desde los alfileres (“tener varios alfileres que se hayan cogido de una tumba clavados en el umbral de una puerta es una protección contra las pesadillas nocturnas”) hasta los nudos (“Para curar las fiebres se suele poner una oruga en un trozo de lino con un hilo pasado tres veces alrededor y atado con tres nudos, repitiendo a cada nudo la razón por la que el mago realiza la operación”).

Se sabe que portaban toda clase de amuletos y que una de las supersticiones más extendidas era la utilización de tablillas (generalmente de plomo) donde aparecían los nombres a los que se quería hacer daño y que luego eran utilizados en un conjuro mágico.

Lo bueno, o lo malo, es que muchas de esas supersticiones las hemos heredado también nosotros…

 

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9 febrero 2018 at 2:49 pm Deja un comentario

El Teatro Romano de Guadix, del siglo I, abierto por “obras”

El proyecto de construir un aparcamiento subterráneo en Guadix (Granada) desenterró hace una década su Teatro Romano, una edificación del siglo I que destaca por su buen estado de conservación y sus peculiaridades, y que ha vuelto a ser escenario de actuaciones que le permiten estar “abierto por obras”.

Fuente: EFE  |  Canal Sur
19 de noviembre de 2017

Cuando Guadix se llamaba Julia Gemella Acci, en el siglo I, los romanos construyeron un teatro, un gran edificio que ordenó levantar el emperador Tiberio hacia el año 25 y que echó el telón en el año 300.

Los espectáculos abandonaron su escenario y la imponente gradería quedó como mero atrezo hasta que tomó una nueva vida, ya en época andalusí, cuando los árabes la expoliaron y usaron como cantera para construir otros símbolos de esta ciudad que ha vuelto a dar vida a su gran teatro.

El proyecto de un aparcamiento subterráneo tropezó hace una década con los restos arqueológicos de un monumento, el Teatro Romano, que ocupó unos 5.000 metros cuadrados, y ofreció a Guadix las claves para escribir otra obra, un texto que combina turismo y cultura para recuperar el pasado y mejorar el futuro.

El arqueólogo Antonio López se convirtió en 2008 en el director de este espectáculo teatral y desde entonces, con siete intervenciones, ha constatado las peculiaridades de un Teatro Romano que destaca por el buen estado de sus restos, la importancia de sus estructuras y elementos exclusivos, como los frescos que decoraban el frente del escenario cuando la moda marcaba hacerlo con mármol.

López ha explicado que el Teatro Romano de Guadix destaca además por las dos entradas principales a ‘orchestra’, curvas y no rectas, y por sus jardines, galerías porticadas con fuentes que solo se han documentado en cuatro de la veintena de teatros de la época.

Dos inundaciones cubrieron con cuatro y dos metros de lodo la estructura del teatro y de sus jardines y, como si fuera una tragicomedia, salvaron la infraestructura del expolio y el deterioro.

Desde que comenzaron las excavaciones arqueológicas, el Ayuntamiento de Guadix combina los trabajos de campo con “microespectáculos” que han devuelto el teatro al Teatro, y suma visitas guiadas para descubrir parte de la poderosa Acci, que quedó enterrada en barro, y refleja el poderío romano oculto a escasos metros de la imponente catedral que silueteó la época cristiana.

El Teatro Romano permanece abierto por obras desde que el año pasado inició visitas didácticas para exponer su valor a escolares, tres citas semanales en las que López desgrana los entresijos de estos restos y que tuvieron que ampliarse por la creciente demanda.

Además, la oficina de Turismo de Guadix inició el pasado febrero visitas guiadas los sábados que también estudia ampliar.

Las tablas -o sillares- que pisaron entonces los romanos han recuperado el pulso para convertirse en escenario de espectáculos nocturnos gracias a recitales de poesía y música, representaciones teatrales e incluso espectáculos flamencos que han logrado el lleno en cada uno de sus pases.

Hasta el momento, solo se ha descubierto una parte de este teatro con 49 metros de longitud y al menos otros 38 de ancho, que se seguirá excavando el próximo año con fondos europeos y un proyecto del Grupo de Desarrollo Local, para resucitarlo paso a paso.

Guadix sigue así escribiendo su particular obra teatral, un texto que combina investigación arqueológica con turismo y espectáculos y que pretende concluir, quizá en una década, con la musealización y puesta en escena de un teatro romano que seguirá abierto por obras.

 

19 noviembre 2017 at 7:15 pm Deja un comentario

Las perversiones sexuales del emperador Tiberio: una mentira para adornar una biografía sangrienta

La imagen del adusto y erudito general fue sustituida, mediante la propaganda de sus enemigos, por la de un anciano pedófilo que se deleitaba con la contemplación del acto sexual entre parejas de adolescentes

La muerte de Tiberio, por Jean-Paul Laurens.

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
26 de octubre de 2017

El problema de la historiografía romana es que está escriba, casi siempre, por senadores, que definen a un emperador como bueno o malo en función de su relación con el Senado. Y es que también en tiempos imperiales el trato con el Senado resultaba fundamental: saber persuadir en vez de intimidar a la aristocracia era un arte del que careció Tiberio y otros princeps. En «Las Vidas de los doce césares», el historiador Suetonio presenta un retrato perturbador del Emperador Tiberio –sucesor de César Augusto–, al que se le achaca toda clase de monstruosidades en su villa. Unos excesos, probablemente inventados, que pretendieron adornar con sadismo la ligereza mostrada por Tiberio a la hora de eliminar a sus rivales.

Tiberio era hijo del primer matrimonio de Livia Drusila, que se divorció de su primer marido para casarse con Augusto, estando embarazada. No en vano, Augusto trató a los hijos de su esposa como parte de la familia imperial. Tiberio y su hermano Druso, fueron preparados desde pequeños para tareas militares e iniciaron carreras públicas convencionales, es decir, con los distintos cargos que le correspondían por edad. El imperio se ponía a sus pies.

La huida del Emperador melancólico

En sus destinos militares, Tiberio y Druso tuvieron ocasión de aumentar su reputación y de ganarse el aprecio de las legiones. Como explica Adrian Goldsworthy en «Augusto, de revolucionario a emperador», «Tiberio tenía un carácter reservado y complejo, más sencillo de respetar que de querer, mientras que Druso era famoso por su encanto y afabilidad y no tardó en ser popular entre la gente». Augusto no ocultaba que prefería a Druso antes que a Tiberio, al que únicamente trataba con cordialidad. La sorpresiva muerte de Druso obligó al princeps a cambiar de opinión.

Tiberio dio un paso al frente y estuvo la mayor parte del tiempo ausente de Roma apagando incendios por el Imperio. Sin embargo, en el año 6 a.C., cuando estaba a punto de asumir el mando del Este y convertirse con ello en el segundo hombre más poderoso de Roma, anunció que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo. Augusto le negó por completo esta posibilidad pero, tras una huelga de hambre de cuatro días, tuvo que resignarse.

Busto del Emperador Tiberio

Tras cinco años en Rodas dedicado a conferencias y debates, Tiberio obtuvo al fin permiso para regresar a Roma, sin que le fuera reservado ningún papel público. Fue con el tiempo que Augusto trazó un nuevo plan de sucesión con él en el epicentro: primero Tiberio adoptaría a su sobrino Germánico (el hijo del fallecido Druso) y posteriormente Augusto adoptaría tanto a Tiberio como a Agripa Póstumo (el nieto maldito del princeps). No había precedentes de una adopción de un excónsul, de 45 años adulto, y menos dentro de una adopción triple; pero la muerte del resto de familiares de Augusto obligaba a tomar una decisión extraordinaria. Tiberio Julio César fue adoptado, con ese nombre, en una ceremonia en el Senado en la Augusto afirmó un enigmático: «Lo hago por el bien de la res publica».

Tiberio demostró estar a la altura de esta nueva oportunidad y durante el resto de su vida actuó con respeto hacia Augusto. No en vano, la juventud de Germánico, hijo de Druso, le dejó a él, con permiso del defenestrado Agripa Póstumo (nieto maldito de augusto), como único heredero del imperio.

El inicio de un reinado sangriento pero estable

El princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. Tiberio –que se hallaba presente junto con Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!). Ya entonces algunos historiadores le pintan como un hombre intrigante, que junto a su madre propiciaron la muerte de Augusto y poco después la de Agripa Póstumo. Una fama de maquiavélico que le acompañaría durante todo su reinado.

La transición entre emperadores apenas se sintió, dado que Tiberio llevaba tiempo con las riendas del imperio agarradas firmemente. El problema más acuciante al que debió enfrentarse brotó en Germania, donde, a la lucha con las tribus locales, se sumó el amotinamiento de cuatro legiones acantonadas en el Rin y tres estacionadas en el Danubio al enterarse de la muerte de Augusto. Lo hicieron en favor del nieto de Augusto, Germánico, al frente del poderoso ejército del Rin, al que consideraban el legítimo sucesor.

Germánico se negó, sin embargo, a secundar sus demandas y pidió que volvieran a la obediencia de Tiberio. Pero la cuestión más preocupante no es lo que hizo durante el motín, sino cómo lo hizo. El histrionismo mostrado por el nieto del emperador, llegando a amenazar con suicidarse si no le obedecían, puso en cuestión su buen juicio y su capacidad de liderazgo. Sorprendentemente, un soldado le ofreció su propia espada para que se matara allí mismo.

Moneda con la inscripción Lucius Aelius Sejanus.

Aunque logró poner fin al motín, el momentum político de Germánico se hundió, junto a su prestigio, para siempre en la oscuridad de los tiempos. Cuando murió en octubre del 19 d.C, tras una súbita enfermedad en Antioquía (Siria), fueron inevitables los rumores de que había sido envenenado por orden de Tiberio, aún cuando su liderzgo estaba en declive.

¿Había comenzado ya la purga de Tiberio? El principal sospechoso de ser el asesino material de Germánico, Cneo Calpurnio Pisón, enemistado con él desde hace tiempo, se suicidó, supuestamente, cortándose la garganta un año después. Y en el año 23 d.C, Druso el Joven –hijo de Tiberio y de su primera esposa Vipsania– también falleció en extrañas circunstancias. La oscura mano de Lucio Elio Sejano, amigo y confidente de Tiberio, estuvo presente en todas las murmuraciones, así como la Guardia Pretoriana.

El giro tiránico del emperador en esas fechas fue más que evidente. Como explica David Potter en su libro «Los Emperadores de Roma» (Pasado y Presente), para silenciar a sus enemigos, reales e imaginarios, el Emperador invocaba cada vez más la lex maiestatis, es decir, la ley que regulaba el control de las acciones susceptibles de “menguar la soberanía del pueblo”». El equivalente al delito de alta traición, que además permitía al Estado recibir parte del patrimonio del reo, una vez ejecutado.

A diferencia de su padre político, Tiberio carecía de mano izquierda y de la capacidad para persuadir a los amigos y a los enemigos. Su impaciencia con las sutilezas políticas le hacía preferir métodos más agresivos para convencer a sus colaboradores. De ahí que los lazos de Tiberio con el Senado fueran tibios e incluso se mofara abiertamente de los senadores: «¡Qué hombres más propensos a la esclavitud!», afirmó en cierta ocasión según Tácito.

La oscura mano de Lucio Elio Sejano, amigo y confidente de Tiberio, está presente en todas las murmuraciones

En el año 28 d.C, tal vez asqueado de sus propias maquinaciones Tiberio repitió la espantada de su juventud. Se retiró a su villa de Capri, como hiciera a Rodas durante el periodo de Augusto. Dejó así las tareas de gobierno en manos de Sejano y el problema de su sucesión sin resolver. Los más evidentes herederos eran Nerón Julio César (hermano de Calígula, futuro Emperador) y Druso (otro distinto a los anteriores), hijos adolescentes de Germánico, pero tanto ellos como su madre, Vipsania Agripina, se oponían a Tiberio, al que responsabilizaba de la muerte de su marido. Los tres acabaron desterrados en una isla para que no causaran problemas, lo que emperó las previsiones de sucesión.

Mientras Tiberio se deleitaba en su retiro, Sejano decidió conspirar contra el emperador y los herederos varones de la familia, para acceder a la cabeza de Roma. Prevenido por sus pajaritos, la respuesta del veterano princeps fue tan rápida como cruel: condenó a Sejano a ser estrangulado y a que su cadáver fuera arrojado a la plebe, que le odiaba y temía a partes iguales. Después de que el Senado emitiera un «Damnatio memoriae» sobre Sejano, todos los recuerdos del pretoriano fueron eliminados.

A partir de la muerte de su amigo, el humor del emperador se amargó aún más y entró en periodos melancólicos, que le ganarían la fama del «tristissimus hominum» (el más apesadumbrado de los hombres). Los senadores y delegados políticos vivían, por su parte, con el temor de verse súbitamente acusados de traición por la mente cambiante de Tiberio. Uno de los que cayó en desgracia por aquellas fechas fue Poncio Pilatos, destituido en el año 36 d.C como gobernador de Judea por permitir demasiada manga ancha a las autoridades religiosas de esta región. Lavarse las manos nunca resultó tan caro.

Las mentiras sobre su vida sexual

El odio del Senado a este Emperador intransigente y tenebroso en sus maniobras hizo que se dibujara un escenario de perversiones sexuales en su Villa de Capri. Los propagandistas del Senado, y los de su propio sucesor, Calígula, extendieron una serie de bulos escabrosos sobre lo que ocurría en aquella villa. La imagen del adusto y erudito general fue sustituida por la de un anciano pedófilo, que, propagaron, se deleitaba con la contemplación del acto sexual entre parejas de adolescentes. Suetonio en su biografía describe situaciones de sadomasoquismo, voyeurismo y pedofilia en Capri:

«Tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus maestros de voluptuosidad, formaban allí entre sí una triple cadena, y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos».

Ruinas de Villa Jovis, residencia de Tiberio en Capri.

En los mismos términos, Suetonio habla de una roca escarpada en Capri donde arrojaba al mar a sus enemigos, después de haberles hecho sufrir tormentos prolongados e inauditos:

«Abajo los esperaban marineros que golpeaban los cuerpos con sus remos por si acaso en ellos quedaba un soplo de vida. Entre otras horribles invenciones había imaginado hacer beber a algunos convidados, a fuerza de pérfidas instancias, gran cantidad de vino, y en seguida les hacía atar el miembro viril, para que sufriesen a la vez el dolor de la atadura y la viva necesidad de orinar».

No obstante, se sabe que Tiberio, interesado en la filosofía y el estudio, se rodeó en su villa de una camarilla de académicos y astrólogos. Su evasión era la ciencia, más que la tortura o la perversión. Precisamente por la contemplación de las estrellas –se dice– comprendió que la sucesión iba a caer sobre su sobrino Cayo Calígula, hijo de Germánico, hiciera lo que hiciera. De ahí que se despreocupara de su propia sucesión y solo regresara dos veces a Roma.

En marzo del año 37 d.C, cumplidos los 79 años, falleció Tiberio por causas naturales, aunque no faltaron las sospechas de que había sido asfixiado por un hombre que respondía al nombre de Macrón, sucesor de Sejano como prefecto del pretorio y que ejercería un importante papel en el futuro. La muerte del segundo emperador fue celebrada por la mayoría de senadores, si bien solo lo hicieron hasta que descubrieron que habían salido de Málaga para meterse en el reinado del salvaje Calígula. Sus perversiones no iban a ser, en estre caso, fruto de la propaganda.

 

27 octubre 2017 at 8:28 pm Deja un comentario

El origen de Asturica, avalado por el hallazgo de una lápida

Encuentran en Astorga una placa honorífica de un personaje del Imperio Romano que reafirma que la ciudad se constituyó como tal en el siglo I d.C.

Un momento de la presentación del nuevo hallazgo romano.

Fuente: P. Ferrero  |  La Nueva Crónica
15 de mayo de 2017

Una vez más, los restos arqueológicos romanos hacen acto de presencia en Astorga, y una vez más son la huella de esta antigua civilización que dio vida a la conocida Asturica; una ciudad que sigue conociéndose día a día con los nuevos hallazgos que se van encontrando. El último, una lápida honorífica, cabe pensar que de un personaje importante de la época de Tiberio, en la primera mitad del siglo I d.C (entre los años 14 y 37), que ha sido encontrada en un solar de la calle Pío Gullón. La inscripción de la lápida pone de manifiesto que se trata de un tribuno militar de nombre Trebius, apodado comúnmente Nepoti –aunque está incompleta–. Ostentaría también otros cargos militares, así como civiles, destacando el de ‘procuratori’, administrador imperial.

Esta placa conmemorativa, hallada en el ángulo noroccidental del pórtico doble que enmarca un gran espacio público relacionado, en época del campamento de la Legio X Gemina, con el Ara Augusta y en la época del asentamiento urbano con el foro de Asturica, supone un importante avance arqueológico, ya que confirma las hipótesis planteadas de que en esa época, Asturica Augusta no era ya un campamento como lo fue en era de Augusto, sino que ya era un núcleo urbano civil, con todas las construcciones propias de las ciudades romanas.

Las excavaciones están siendo dirigidas por María Luz González y el hallazgo fue presentado el pasado viernes con la participación del delegado territorial de la Junta, Guillermo García, que en su intervención dejó claro que la intención es que en un futuro –tras averiguar más sobre este personaje y realizados los análisis y estudios pertinentes– formen parte del patrimonio de la ciudad y se queden en Astorga.

De campamento a núcleo urbano

Asturica empieza a florecer en época de Tiberio, en el siglo antes mencionado. Por aquel entonces esta civilización era más que consciente de la importancia de este enclave, debido a cercanía con las minas auríferas. Es por ello que Asturica se convierte en el punto de encuentro de grandes personajes de la vida social, jurídica y económica de la Hispania romana, que hicieron de ella una ciudad próspera y de gran riqueza; muestra de la fuerza y el esplendor del Alto Imperio Romano.

Enmarcada dentro de la muralla, de la que hoy aún se conserva bastante tramo, se fueron desarrollando las construcciones propias de las ciudades romanas. Asturica contaba con sus termas mayores y menores. Las primeras –visitables en la Ruta Romana–, previsiblemente, construidas para la alta sociedad y las segundas de carácter público. Ocupaban el espacio central de la ciudad. Aunque su construcción se emplaza en el siglo I pasaron por varias remodelaciones posteriormente.

Astorga también conserva restos de las denominadas domus romanas. Viviendas unifamiliares, de familias de clase social acomodada. La Domus del Mosaico del oso y los pájaros es una muestra de estas construcciones. Estas viviendas contaban con baños privados, un vestíbulo, así como con estancias que rodean un patio central, decoradas con motivos vegetales. De esta domus es destacable el mosaico que hace referencia a Orfeo y el otoño, pero su construcción se remonta a finales del siglo II y principios del III.

Como en cualquier otra ciudad romana, Asturica contaba, en el interior de sus calzadas, con las cloacas; y es que,la vida en la urbe requería adoptar ya unas medidas sanitarias adecuadas. De ellas aún se conservan algunos restos que también pueden visitarse en la ruta.

Pero Asturica no sería una completa ciudad romana si no contara con su foro; el lugar en el que se desarrollaba la vida pública. Era de grandes dimensiones, ya que sobre él oscilaban los edificios públicos. Actualmente ha quedado fosilizado en la Plaza Mayor de la ciudad, pero con medidas mucho más reducidas. Dentro del marco del foro, en el centro del lado occidental, se llevó a cabo la construcción del Aedes Augusti, un templo dedicado al emperador Augusto. Y frente a este templo se encuentra una de las construcciones más importantes, debido a su conservación, y que ocupa una relevancia especial en lo que respecta a este nuevo hallazgo: la Ergástula. Una galería abovedada que se remonta al año 30 y que formaría parte de una construcción mayor sobre la que se instalaría el Ara Augusta, un monumental altar sobreelevado unos seis metros con respecto al horizonte de circulación, donde se celebraban ceremonias de culto al emperador y a la ciudad de Roma, la Dea Roma. Se construyó un pórtico, y en uno de estos lados ha sido hallada la placa a este nuevo personaje romano, que ha vuelto a la vida, milenios después de su muerte y pasando siglos en el olvido, en Astorga.

 

15 mayo 2017 at 8:44 pm Deja un comentario

La espantada de Tiberio, el cornudo que se hartó de las órdenes de su suegro emperador

El hijastro de Augusto ejerció de apagafuegos en el imperio y estuvo la mayor parte del tiempo ausente de Roma. Lo hizo hasta que sorprendió a todos anunciando que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
11 de abril de 2017

En Roma el nombre era más importante que la sangre. Los grandes hombres de Roma adoptaban a sobrinos suyos e incluso a hijos segundos de otras familias ilustres con tal de que perdurara su nombre. De ahí que la ausencia de hijos varones del primer princeps, el emperador Augusto, nunca resultara un problema urgente dado que tenía sobrinos que podía adoptar cuando quisiera, como hizo con él su tío Julio César. Su futuro heredero, Tiberio, era de hecho fruto del primer matrimonio de Livia Drusila, que se había divorciado de su primer marido estando embarazada (el marido, Tiberio Claudio Nerón, estuvo de acuerdo con la ruptura y incluso se dice que fue a la boda) para casarse con Augusto.

Tiberio fue así hijo de Tiberio Claudio Nerón hasta que las circunstancias obligaron al emperador a adoptarlo. Si bien nadie tenía claro que debía pasar tras la muerte de Augusto, que había accedido a la cabeza de Roma como supuesto salvador de la República; se daba por hecho que la familia próxima al Emperador heredaría el poder romano. Por supuesto, entre los candidatos recurrentes estaba Tiberio, Druso el Mayor (también hijo del primer matrimonio de Livia) y los nietos de Augusto, Cayo, Lucio y Agripa Póstumo. No obstante, al acercarse la muerte de Augusto la mayoría de los aspirantes habían muerto o bien habían caído en desgracia.

La familia ampliada de Augusto

Tiberio y Druso fueron preparados desde pequeños para tareas militares e iniciaron carreras públicas convencionales, es decir, con los distintos cargos que le correspondían por edad. Se les casó, además, con otros miembros de la familia de Augusto, de modo que Tiberio se emparejó con la hija de Agripa –el más fiel amigo del Emperador– y a Druso con una sobrina del princeps. Sin embargo, las necesidades políticas de Roma y la sorpresiva muerte de Agripa en el 12 a. C. obligaron a Augusto a cambiar de planes y aceleraron las carrera de sus hijos adoptivos.

El princeps necesitaba urgentemente a hombres de su confianza para hacerse cargo de aquellas tareas que hasta entonces había compartido con Agripa. A Tiberio se le forzó a divorciarse de su esposa, que le había dado ya un niño y estaba embarazado de una niña, para que se casara con la viuda de Agripa, Julia. El objetivo era cerrar aún más el círculo familiar y crear una suerte de dinastía.

En sus destinos militares, Tiberio y Druso tuvieron ocasión de aumentar su reputación y de ganarse el aprecio de las legiones. Como explica Adrian Goldsworthy en «Augusto, de revolucionario a emperador», «Tiberio tenía un carácter reservado y complejo, más sencillo de respetar que de querer, mientras que Druso era famoso por su encanto y afabilidad y no tardó en ser popular entre la gente». Augusto no ocultaba que prefería a Druso antes que a Tiberio, al que únicamente trataba con cordialidad.

Druso era enormemente ambicioso y en enero del 9 a.C se convirtió por primera vez en cónsul (un cargo de vital importancia en tiempos de la república), justo una semana antes de su 29 cumpleaños. Pero precisamente el mismo año que regresó desde Germania tuvo un accidente de caballo y de la herida resultante falleció a los pocos días. La sucesión se complicaba por primera vez.

En cuestión de cinco años Augusto había perdido a su amigo Agripa y a su hijastro Druso. En tanto, Augusto miraba cada vez con mejores ojos la opción de Tiberio para sucederle, solo por detrás de los dos nietos mayores del princeps, Cayo y Lucio, todavía en la niñez. Y Tiberio respondió, al menos entonces, dando un paso adelante y encabezando las ceremonias fúnebres de su popular hermano.

No le ayudó a ganar predominancia pública la mala relación que empezó a gestarse entre Tiberio y su esposa, es decir, entre el candidato a emperador y la hija de Augusto. Julia mostraba una actitud despectiva hacia los orígenes ordinarios de su marido, cuyo verdadero padre había sido uno de los perdedores de la guerra civil. Su estilo de vida ostentoso chocaba con la cacareada austeridad de su padre y amenazaba con perjudicar la popularidad de Tiberio que, no obstante, pasaba largos periodos de tiempo fuera de Roma. En el año 8 a.C viajó a reemplazar a Druso en la lucha contra las tribus germanas. Su éxito allí le permitió celebrar su primer triunfo en Roma ese mismo año, así como asumir el consulado de la ciudad. Julia no participó apenas en estas celebraciones.

En los siguientes años Tiberio ejerció de apagafuegos en el imperio y estuvo la mayor parte del tiempo ausente. El problema básico es que, si bien entonces parecía el sustituto perfecto del princeps, solo lo iba a ser hasta que Cayo y Lucio alcanzaran la edad adulta. En el mejor de los casos su papel sería algún día el de regente. Y tal vez previniendo la ingratitud que le aguardaba, Tiberio sorprendió a todos anunciando que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo.

Augusto le negó por completo esta posibilidad pero, tras una huelga de hambre de cuatro días, tuvo que resignarse. El emperador condenó la actitud de su yerno por huir de sus responsabilidades, e incluso fingió estar enfermo para retrasar el viaje, si bien le dejó marchar finalmente acompañado por un pequeño grupo de amigos.

El adulterio de Julia se convirtió en un asunto público cuando César Augusto lo llevó al Senado e hizo que un cuestor leyera una carta entre Julo y su distinguida amante.

A sus 57 años, Augusto se quedaba sin su principal asistente, su mano derecha y su más distinguido comandante en activo. La decisión de Tiberio fue vista por él como una traición personal que tenía pocas explicaciones lógicas. Goldsworthy recuerda en el mencionado libro algunas de las razones con las que se especuló en su tiempo para explicar la espantada de Tiberio: ¿estaba celoso de Cayo y Lucio?, ¿no soportaba ya más vivir con Julia? Lo más probable es que no compartiera los planes del Emperador sobre su futuro y que haber pasado ocho de los últimos diez años fuera de Roma le pesaran en el cuerpo. Sus tareas no le gustaban y prefería renunciar a todo antes que seguir un día más así. Si había obedecido era por responsabilidad. Mientras Tiberio partía a su particular exilio, Julia cavó su propia tumba a base de escándalos. En el año 2 a.C, el Princeps encontró evidencias de que su hija mantenía relaciones adúlteras con varias personas, incluidos personajes de orígenes oscuros. Los rumores más extremos afirmaron que Julia se prostituía en las calles y planeaba divorciarse de Tiberio para casarse con Julo Antonio, el hijo de Marco Antonio, viejo enemigo de Augusto. El adulterio de Julia se convirtió en un asunto público cuando César Augusto lo llevó al Senado e hizo que un cuestor leyera una carta entre Julo y su distinguida amante. La verguenza cayó sobre todos los implicados.

El princeps había usado siempre a su familia como ejemplo del adecuado comportamiento romano y no iba a permitir que su hija estropeara su discurso. Adelantándose a una más que probable sentencia de muerte, Julo Antonio se suicidó y varios amantes de Julia partieron al exilio. Julia, por su parte, fue condenada al exilio en una diminuta isla de Pandataria, donde le estaba prohibida la compañía masculina, los lujos y el vino. Tras cinco años, se le permitió trasladarse a una villa más cómoda cerca de Regio, pero el emperador nunca le perdonó por su actitud desenfrenada. Si la esposa del César debe ser honrada y parecerlo, su hija lo debe ser todavía más.

Tiberio seguía en Rodas cinco años después de su retiro, pero su melancolía ya se había pasado para entonces. En esas fechas ya había escrito a Augusto varias veces, sin respuesta, pidiendo indulgencia para su exmujer Julia (el exilio fue acompañado del divorcio) y que le permitieran regresar a Roma como ciudadano privado.

En Rodas asistía a conferencias y debates y era tratado con respeto gracias a que Livia había asegurado para él el rango indefinido de legado. No obstante, para que Augusto no le viera como una amenaza dejó de vestir como un militar y adiestrarse en montar a caballo y el manejo de las armas.

La muerte de los nietos recuperan a Tiberio

La situación de Tiberio continuó sin cambios hasta la muerte de los dos nietos del Princeps. Lucío César murió de una enfermedad contagiosa el 20 de agosto de 2 d. C. en Marsella de camino a un destino en Hispania, a donde se le enviaba para ganar experiencia militar. Al año siguiente, Cayo César acudió a sofocar una rebelión en Armenia y fue herido a traición cuando fue a negociar en persona con los rebeldes. En los siguientes meses la herida no mejoró y, dando muestra de un comportamiento errático, escribió a Augusto, su padre legal, para que también él pudiera retirarse de la vida pública. El 21 de febrero del siguiente año falleció.

Villa de Tiberio en Sperlonga, a mitad de camino entre Roma y Nápoles.

A sus 45 años, Tiberio regresó a Roma sin que le fuera reservado ningún papel público. Fue con el tiempo que Augusto trazó un nuevo plan de sucesión que explicaba por qué había autorizado su vuelta: primero Tiberio adoptaría a su sobrino Germánico (el hijo del fallecido Druso) y posteriormente Augusto adoptaría tanto a Tiberio como a Agripa Póstumo (el nieto maldito del princeps). No había precedentes de una adopción de un excónsul de 45 años adulto, y menos dentro de una adopción triple, pero a situaciones desesperadas se necesitan soluciones arriesgadas. Tiberio Julio César fue adoptado con ese nombre en una ceremonia en el Senado en la Augusto afirmó un enigmático: «Lo hago por el bien de la res publica».

El hijo del Princeps perdió su independencia y ganó un saco de trabajo duro e ingrato. En la siguiente década siguió activo militarmente, apagando fuegos

Tiberio demostró estar a la altura de esta nueva oportunidad y durante el resto de su vida actuó con respeto hacia Augusto. «No debes tomarte muy a pecho que todo el mundo diga perrerías de mí; debemos estar satisfechos si podemos evitar que nadie nos haga daño», recomendó en una ocasión Augusto a Tiberio, en una de sus muchas recomendaciones de padre a hijo. El hijo del princeps perdió su independencia con la adopción y ganó un saco de trabajo duro e ingrato. En la siguiente década siguió activo militarmente, apagando fuegos por todo el imperio. No en vano, la muerte de Germánico en 19 d. C. le dejó a él, con permiso del defenestrado Agripa Póstumo, como único heredero del imperio.

El princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. Tiberio –que se hallaba presente junto con Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).

Mientras terminaba la función para Augusto, un centurión de la Guardia pretoriana viajó a la isla donde permanecía apartado Agripa Póstumo con la misión de asesinarle. Le sorprendió sin armas y, «aunque se defendió con valor, hubo de ceder después de una obstinada lucha». Murió con 26 años. A su regreso a Roma, el centurión acudió con normalidad a informar a Tiberio como correspondía por ser su comandante, salvo porque éste negó enérgicamente que él hubiera dado la orden de matar a Agripa. Puede que dijera la verdad y que fuera una orden directamente dada por su madre o incluso por Augusto antes de morir. Eso daba igual. Ya solo estaba Tiberio, el emperador.

Julia murió de malnutrición, poco tiempo después que Augusto, en 14 d. C.

 

18 abril 2017 at 7:39 am Deja un comentario

¿Fue Poncio Pilatos responsable de la muerte de Jesús?

El gobernador romano que le condenó a la crucifixión sigue siendo un misterio histórico

El actor Jean Maris representa a Poncio Pilatos en la película del mismo nombre. GETTY IMAGES

Fuente: GUILLERMO ALTARES > Madrid  |  EL PAÍS
12 de abril de 2017

Poncio Pilatos es un personaje fundamental en la tradición Occidental, un actor crucial en la muerte de Jesús, que los católicos conmemoran en Semana Santa. Pero los historiadores disponen de pocos datos confirmados sobre el hombre que, según el Evangelio de Mateo, se lavó las manos antes de enviar a Cristo a la cruz. La única prueba arqueológica de la existencia del Gobernador es una inscripción descubierta en los años sesenta en la ciudad romana de Cesárea Marítima, actualmente en Israel. El resto es leyenda, relatos contradictorios que se mueven en el resbaladizo terreno entre la historia y la fe.

Sin embargo, sus gestos, sus palabras, sus actuaciones están profundamente ancladas en nuestra forma de ver el acontecimiento sin el que no se puede entender nuestra historia. Pilatos se ha convertido en el arquetipo de la duda política, el hombre que, más por omisión que por acción, toma una decisión trascendental y equivocada, el dirigente que se esconde de sus responsabilidades. Pero, de nuevo, como la mayoría de los hechos que rodean la muerte de Cristo, la tradición pesa mucho más que la historia, porque apenas existen fuentes, fuera de los Evangelios, que corroboren el relato, ni tampoco documentos de la época romana.

Pilatos era prefecto de Judea, un detalle importante ya que implica que tenía un rango militar, que su responsabilidad iba más allá de la recaudación de impuestos

La piedra caliza, de 82 centímetros por 68, nos ofrece su nombre, Pontius Pilate, y su título, Praefectus Judaea, prefecto de Judea, un detalle importante ya que implica que tenía un rango militar, que su responsabilidad iba más allá de la recaudación de impuestos. En la inscripción aparece además el nombre “divino Augusti Tiberieum”, el emperador Tiberio. El resto se ha borrado. Está fechada entre los años 26 y 36 y fue descubierta en 1961 por el arqueólogo italiano Antonio Frova y se conserva en el Museo de Israel, en Jerusalén.

“Hasta entonces no se había encontrado ninguna evidencia arqueológica de que Poncio Pilatos, el quinto gobernador de Judea, hubiese existido ni siquiera”, escribió la autora de no ficción Ann Wroe, cuyo estudio sobre el administrador romano se titula significativamente Pilate: the biography of an invented man (Pilatos, la biografía de un hombre inventado). “Teníamos varios relatos sobre él, naturalmente, y no solo los que aparecen en los Evangelios. Pero todos los archivos de su administración han desaparecido: no queda ningún papiro, ninguna tablilla, ninguna carta de Roma”, prosigue esta ensayista, actualmente responsable de una de las mejores secciones de la prensa internacional, los obituarios de The Economist.

El de Wroe es uno de los trabajos importantes sobre Pilatos que se han publicado en los últimos años (aunque todavía no han sido editados en castellano), junto al ensayo del erudito italiano Aldo Schiavone titulado Poncio Pilatos y la novela de investigación The Further Adventures of Pontius Pilate, de Kevin Butcher, profesor de la Universidad de Warwick experto en la época romana en Oriente Próximo.

Preguntado sobre lo que sabemos acerca de Pilatos, el profesor Butcher responde por correo electrónico: “Tenemos muy pocos datos. Existen tres fuentes textuales principales: Flavio Josefo, Filón de Alejandría y los Evangelios. Las tres manejaban sus propias ‘agendas’. Filón y Josefo son hostiles a él, aunque Josefo un poco menos. Pero los dos quieren demostrar la incompetencia y brutalidad del gobierno romano de Judea. Los Evangelios, en cambio, enfatizan la ‘inocencia’ de Jesús porque Pilatos nunca llega a decir que es culpable. El problema es que, si juntamos las tres fuentes, no aparece un personaje muy coherente: nos encontramos con alguien leal al emperador, que trabajaba con los líderes judíos pero que estaba preparado para utilizar la fuerza cuando fuese necesario. No mucho más”.

“Pilatos nunca había necesitado anteriormente lavar sus manos antes de dejar que corriese la sangre. El relato tradicional no parecer ser cierto”, según indica el historiador Sebag Montefiore

También es citado por el gran historiador romano Tácito, en uno de sus pasajes más célebres: “Cristo, de quien toman el nombre, sufrió la pena capital durante el principado de Tiberio de la mano de uno de nuestro procurador, Poncio Pilatos” (Traducción de Crescente López de Juan en la edición de Alianza Editorial). Por otro lado, algunos historiadores han puesto en duda la autenticidad del famoso testimonium Flavianum de Flavio Josefo, el pasaje de su libro Antigüedades judías donde habla de un hombre extraordinario al que sus partidarios llamaban Cristo que fue acusado ante Pilatos. Se trataría, según esta hipótesis, de fragmentos añadidos posteriormente por algún monje medieval. Sobre su final, no tenemos ninguna información contrastada. Es llamado a Roma por Tiberio en el año 36, pero llega cuando el emperador ha muerto y su rastro se pierde bajo Calígula.

No todos los Evangelios ofrecen el mismo relato del papel de Pilatos en la condena a muerte de Jesús –por ejemplo, el acto de lavarse las manos aparece solo en Mateo–, pero tienen un punto crucial en común: el gobernador no quiere decidir la suerte del reo. Primero se lo envía al rey judío Herodes (episodio que solo relata Lucas) y luego deja que sea el pueblo quien decida si libera a ese hombre –contra el que Roma no tiene ninguna acusación– o al ladrón Barrabás. Cuando el pueblo se pronuncia en contra de Cristo, es llevado a la cruz.

Una de las pocas cosas en las que todas las fuentes están de acuerdo es que soldados romanos mataron a Jesús con un castigo romano –la crucifixión– y, por lo tanto, el responsable último tenía que ser el gobernador romano de Judea, Poncio Pilatos. La famosa frase de Mateo 27:24 sería una invención o, por lo menos, no existe ninguna otra fuente que la corrobore, ni ningún otro caso similar documentado en la antigüedad romana del uso de este símbolo al final de un proceso: “Y viendo Pilatos que no conseguía nada, sino que más bien se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: ‘Soy inocente de la sangre de este justo”.

La imagen del político vacilante es la que ha prevalecido, es el personaje que se ha instalado en el imaginario occidental. Sin embargo, como escribe Simon Sebag Montefiore en el capítulo que dedica a la pasión de Cristo en su ensayo Jerusalén, “el violento y obstinado Pilatos nunca había necesitado anteriormente lavar sus manos antes de dejar que corriese la sangre. El relato tradicional de la sentencia en los Evangelios no parecer ser cierto”.

“Lavarse las manos después de una condena no era una práctica habitual en un juicio romano”, explica el profesor Butcher. “No quiero decir que nunca ocurriese, pero la idea detrás de ello es que Pilatos reconoce que Jesús está siendo condenado de forma injusta y el agua limpia su culpa. Todo indica que forma parte de la tradición que pretendía culpar a los judíos de la crucifixión antes que a los romanos”. La acusación contra los judíos, que ha propiciado siglos de antisemitismo, tenía un propósito claro: los Evangelios fueron escritos después del año 70, cuando el cristianismo tenía como objetivo crecer en Roma, y acusar a un gobernador romano, al representante del emperador, del mayor crimen posible, el asesinato del hijo de Dios, no era un buen comienzo.

Por ejemplo, en el Evangelio de Pedro, un texto apócrifo del siglo II –más tardío que los Evangelios canónicos– del que solo se conserva un fragmento, los soldados romanos ni siquiera participan en las torturas a Jesús. De nuevo, el mito, la agenda política se impone sobre la certeza documental que se limita a una mínima inscripción en una piedra caliza. Pero el poder del símbolo es mucho más fuerte que cualquier evidencia. Pilatos nunca podrá dejar de ser el hombre que se lavó las manos.

 

12 abril 2017 at 1:47 pm 1 comentario

Una novela rescata la figura de Apicio, gastrónomo inmerso en las intrigas del imperio romano

La escritora e historiadora cordobesa Almudena Villegas presenta «Triclinium» el próximo día 24 en Sevilla

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Almudena Villegas rescata la vida de Marco Gavio Apicio en su novela «Triclinium» – VALERIO MERINO

Fuente: ANDRÉS GONZÁLEZ-BARBA  |  ABC
16 de noviembre de 2016

Almudena Villegas (Córdoba, 1964) es una historiadora y escritora especializada en temas de gastronomía, disciplina sobre la que ha realizado numerosas publicaciones. Fruto de esa pasión nace su primera novela, «Triclinium» (Almuzara), en donde hace un excelente retrato de las intrigas en la Roma del siglo I d.C. a través de la figura Marco Gavio Apicio, un rico gastrónomo lleno de excentricidades que vivió entre los reinados de Augusto y Tiberio. Este libro será presentado el próximo día 24 de noviembre en la Fundación Valentín de Madariaga.

Preguntada sobre los documentos que ha tenido que investigar a la hora de retratar la vida de Apicio en esta novela, la historiadora cordobesa confiesa que «el primero fue su obra, como es natural, “De re coquinaria“, mi memoria de licenciatura, en la que obtuve sobresaliente con opción a premio extraordinario de carrera y por cuya investigación me dieron el Premio Nacional de investigación en gastronomía». Asimismo, ha usado todas las fuentes latinas a su alcance: análisis arqueológico, epigrafía, etc., siempre siendo «absolutamente exhaustiva», asegura. Asimismo, afirma Villegas que «ha sido un trabajo apasionante y sorprendente por lo que fui encontrando». Por otro lado, hace años le concedieron a esta autora una beca en Italia que le permitió extraer las primeras investigaciones, «y de ahí en adelante he hecho varios viajes a Roma para seguir de cerca los pasos de Apicio y mostrar al lector esa Roma vibrante del s.I. Ha sido un largo camino entre viajes, documentos, bibliotecas…»

A pesar de que Almudena Villegas es escritora e historiadora, en su trayectoria profesional siempre ha destacado especialmente por sus amplios conocimientos gastronómicos, algo que ha influido decisivamente en la gestación de esta obra. «Era inevitable que apareciera la gastronomía, pero es que, claro, Apicio es el primer y más importante personaje de la gastronomía mediterránea, y esa combinación de conocimiento histórico y gastronómico ha sido providencial para la génesis de esta novela», asegura. «La gastronomía proporciona a esta historia una estrecha relación con la realidad, una dosis de realismo y de vitalidad que era imprescindible para una obra en la que busco que el lector sienta esa Roma viva, palpitante».

«Apicio era un personaje completo y polifacético, pero no fue capaz de proteger lo más querido»

Por otra parte, hay que considerar que Apicio tuvo una posición económica privilegiada y destacó por ser consejero del emperador Tiberio. Preguntada por la forma en que éste se vio envuelto entre las diversas intrigas propias de aquella época, la escritora cordobesa admite que «se movió hábilmente, diría que muy diestramente». «Sin embargo, y a pesar de su riqueza, de sus relaciones y sus capacidades, la vida, de repente, hizo un quiebro y el viento cambió. Era un personaje francamente completo y polifacético, pero no fue capaz de proteger lo más querido, y es que el dinero o el poder no siempre protegen del dolor, de la tragedia. La de “Triclinium” es una historia humana en el más amplio sentido de la palabra».

En ese complejo entramado de conspiraciones, el personaje de Sejano jugó un papel muy destacado. Según comenta esta historiadora, éste era «el atractivo malvado de la historia, seductor de princesas, ambicioso, conspirador e inteligente». «Sejano era nada más y nada menos que yerno de Apicio. Tener como yerno y padre de tus nietos a un personaje de esta calaña supuso una serie de grandes complicaciones que se fueron enredando hasta el momento en que todo salta en un gran estallido desde la vida privada a la pública».

Apicio ha pasado también a la historia por ser un gastrónomo que llevaba una vida sibarita y llena de excentricidades. No obstante, se ha hablado de que, a pesar de amasó una inmensa fortuna, terminó arruinándose, algo que pone en tela de juicio esta autora: «En realidad, la ruina que se le atribuyó era ridícula, un dardo envenenado que sus enemigos usaron para ridiculizarle ante sus compatriotas y ante la historia». «El historiador no debe creer a pies juntillas todas las fuentes, sino más bien mostrarse circunspecto ante ellas. Sin duda había intereses, posicionamientos, parcialidad… por tanto, hay que ser crítico ante ellas y tratar de extraer lo realmente crucial, analizando a fondo las posiciones de los distintos actores».

Portada de la novela - ABC

Portada de la novela – ABC

Pero si se habla de Apicio, hay que referirse a su obra «De re coquinaria», un tratado gastronómico fundamental en la historia, sobre el que existen dudas en cuanto a su verdadera autoría. Respecto a este tema, Almudena Villegas es clara. «Los expertos en el tema estamos de acuerdo en que la obra no es un único libro, como algo completo, sino más bien una colección de recetas a la que varios personajes que viven entre los siglos I y III fueron añadiendo sus trabajos y beneficiándose con ello del prestigio del primer Apicio. Pero es visible que el latín de unos libros y otros es diferente, ya que la lengua evoluciona con el paso del tiempo. El asunto se complica más aun cuando, tras su época, se comenzó a llamar Apicio a los cocineros, y a algunos platos, como unos dulces, se conocían como apicios. Este Apicio al que yo retrato, el primero, el gran sibarita y millonario no fue autor del libro completo, pero sí de alguno de sus capítulos, y tuvo incluso una academia de cocineros. Fue el que realmente crea historia y es emblema de todos los apicios posteriores».

Respecto al papel que desempeñó la gastronomía dentro de la cultura romana, la autora de «Triclinium» asegura que «como en todas las civilizaciones, alimentarse es lo primero, lo necesario, el combustible de la vida. Sin embargo, en Roma hay una gran diferencia que marca la calidad: Roma organiza, administra y crea un gran mundo de una forma admirable y que ha permanecido hasta la actualidad. Y con ello genera excelentes sistemas de explotación de recursos naturales: pesca, agricultura, ganadería…, todas ellas básicas para una buena gastronomía». Asimismo, asegura que «cuando la romanización consigue que la alimentación sea adecuada en todos sus territorios, la gastronomía crece. Las mesas se refinan y conocen uno de los pocos momentos cumbre en la historia mundial de la gastronomía, con excelentes productos, técnicas asociadas, instrumentos, métodos de trabajo, en fin, todo un riquísimo mundo culinario que finalmente desempeña un papel de prestigio y de poder».

Finalmente, y preguntada sobre si la gastronomía va a ser fundamental en sus próximas novelas, Almudena Villegas admite que la historia de la alimentación «será un tema recurrente porque tengo mucho que contar aún y porque es apasionante, ya que camina de la mano de la propia historia del hombre y nos proporciona claves esenciales. Por otro lado, no sé si mi próximo trabajo será una novela o no. De momento trabajo, como siempre, en varios frentes, hasta que uno de ellos me requiere de forma imperiosa, y me pide algo, como ha sucedido con Apicio, que ha tomado protagonismo y se ha transformado en Triclinium».

 

17 noviembre 2016 at 7:17 pm Deja un comentario

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