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Agripa Póstumo, el misterioso asesinato del nieto proscrito y violento del Emperador Augusto

Colérico, brutal y grosero, el nieto del Princeps fue asesinado por un centurión de la Guardia pretoriana en la isla donde su abuelo le mantenía preso. A su regreso a Roma, el oficial fue a informar a Tiberio de que el trabajo estaba hecho, pero el sucesor de Augusto negó enérgicamente haber dado la orden

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Busto de Marcus Vipsanius Agrippa Postumus – Louvre

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC    11/01/2016

Ni siquiera los historiadores clásicos se ponen de acuerdo en qué enfermedad mental o qué asunto personal se interpuso entre el Emperador César Augusto y Agripa Póstumo –su nieto, además del hijo de su general más valioso y leal, Agripa–. La disputa le causó el destierro y, a la muerte del Princeps, ser asesinado a manos supuestamente de la madre del nuevo Emperador Tiberio. Grosero, brutal, «desprovisto de buenos valores» pero –anota Tácito– «no había estado implicado en escándalos». ¿Qué levantó tanta hostilidad y tantos enemigos contra un hombre que apenas tuvo tiempo de intervenir en política?

El padre de la criatura, Marco Vipsanio Agripa, acompañó a César Augusto en su ascenso al poder. Frente a la incapacidad militar de Octavio, Agripa se destacó como su brazo armado en las batallas de Mylae, Nauloco y Actium, entre otras, donde se impuso a los asesinos de Julio César y posteriormente a las tropas de Marco Antonio. El político romano, además, es recordado por su labor urbanística embelleciendo las calles de Roma y de las provincias por las que pasó. Fue el encargado de construir el Teatro romano de Augusta Emerita, en la actual Mérida. Todos sus esfuerzos y su lealtad hacia el Princeps esperaba que le fueran devueltos con su designación como heredero de Augusto, que legalmente no estaba constituido como Emperador pero que, tras décadas de guerra civil y de control férreo de la política, había dejado Roma en manos de su familia. El primer paso del Princeps fue casar a su hija Julia «la Mayor» con Agripa, veinticuatro años mayor que ella. Luego organizó todo para que Agripa ocupara su lugar una vez él se hubiera marchado. No obstante, Agripa murió antes que el propio Augusto, lo que echó al traste sus planes y sus ambiciones, aunque no la de sus hijos.

El único heredero apartado

Augusto fue un joven enfermizo con graves problemas de hígado, que en el año 23 a.C estuvieron a punto de costarle la vida. Si así hubiera sido no cabía duda de que Agripa hubiera asumido el poder. Pero no fue el caso. El Princeps superó la enfermedad con la ayuda de un médico griego, que simplemente le recomendó aplicar baños de agua fría, y murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. ¿Quién de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego no Marco Vipsanio Agripa, que murió en el 12 a.C. dejando tras de sí a dos bizarros herederos, Cayo y Lucio, que fueron nombrados por su abuelo «Principis Iuventutis»; a dos hijas, que adquirieron cierto protagonismo político en las siguientes décadas; y a un hijo que nació meses después de que él hubiera muerto. Haciendo gala de ese pragmatismo tan característico de los romanos se le llamó Agripa Póstumo.

Busto de Marco Vipsanio Agripa- Museo del Louvre

Busto de Marco Vipsanio Agripa- Museo del Louvre

Augusto adoptó como hijos a Cayo y Lucio, pero prefirió no adoptar a Póstumo, en señal de respeto hacia Agripa, para que quedase un hijo que continuase su linaje. O al menos esa fue la excusa que dio. Lo cierto es que desde el principio el Princeps trató diferente a ese hijo de Agripa e impulsó la carrera de los otros dos, cuya salud irónicamente no iba a dar tanto de sí. En el año 2 d.C, Lucio César, de 19 años, abandonó Roma para hacerse cargo de su primer mando provincial en Hispania, siguiendo con el brillante «cursus honorum» que su abuelo había dispuesto. Sin embargo, de camino a Hispania enfermó y falleció de forma súbita en Massilia (hoy, Marsella).

El Princeps quedó desolado por la muerte de su heredero predilecto, consolándose en los éxitos del otro hermano, Cayo, que triunfaba por aquellas fechas en una incursión en Armenia. Sin embargo, en el año 3 d.C, Cayo se encontraba asediando una plaza en esta región cuando fue herido a traición por el enemigo. Aparentemente la herida no era de gravedad e incluso pudo recuperarse en los siguientes meses. Si bien su salud empeoró en otoño de ese año y su comportamiento se volvió errático, como apunta el historiador Adrian Goldsworthy en su libro «Augusto, de revolucionario a emperador». Emulando al futuro Emperador Tiberio, cuya melancolía crónica le había llevado a retirarse de la vida pública, Cayo escribió a su padre pidiéndole permiso para apartarse del mundo de la político. Augusto apenas tuvo tiempo de indignarse por una decisión de esa naturaleza en un joven de veinte años: Cayo murió el 21 de febrero del año 4 d.C.

Un deprimido César Augusto se veía forzado, a los 67 años, a organizar de nuevo su sucesión. Sin hijos varones de su sangre (en realidad para los romanos era más importante el que sobreviviera el nombre que la sangre) y sin intención de legar el poder a los maridos de sus nietas, las opciones de Augusto eran muy limitadas. Su objetivo era encontrar al candidato idóneo y, una vez señalado como su heredero, compartir con él la mística que había logrado vincular a su nombre a través de su formidable aparato propagandístico y de su inigualable auctoritas.

Agripa Póstumo, de 15 años, fue descartado en un principio porque todavía no había vestido formalmente la toga de la mayoría de edad, aunque tal vez simplemente fue una nueva excusa. Lo cual dejaba las opciones en el sobrino nieto del Princeps, Germánico, que tenía 18 años y contaba con un don natural para ganarse a la muchedumbre, y Tiberio, de 45 años, dos veces cónsul y el comandante más distinguido con vida. El veterano era un candidato excepcional, salvo porque tras su retiro de ocho años en Rodas estaba en proceso de recuperar el favor de Augusto.

Tiberio vs. Agripa Póstumo: la caída del forzudo

Finalmente, Tiberio adoptó a su sobrino Germánico –que murió en el 19 d. C. de una misteriosa enfermedad– a la espera de que Augusto, a su vez, adoptara a ambos y también a Agripa Póstumo. Sin embargo, no hubo ningún intento por acelerar la carrera de Agripa o de proyectar su perfil público, ni se le nombró «Principis Iuventutis» como a sus hermanos Cayo y Lucio, ni se hizo amago de casarle con otro miembro destacado de la familia. Estos desagravios se emplazaron originalmente dentro de la guerra interna entre los herederos que procedían de la familia de Livia, la tercera mujer de Augusto, y los que lo hacían como Agripa de la hija de Augusto, Julia «la Mayor», que tuvo con su segunda mujer. Pero con el tiempo se revelaron influidos por la mala opinión que Augusto tenía de su nieto Agripa Póstumo.

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Augusto de Prima Porta, estatua de César Augusto- Museo Chiaramonti

En el año 7 d.C, se esperaba que el joven recibiera al fin un cargo público y se le entregara el mando de algunas tropas para dirigirse a Panonia. En vez de ello, el trabajo se le encargó en el último momento a Germánico. Tras esta decisión, la carrera de Póstumo fue de mal en peor. Fue primero enviado a Surrento, en la bahía de Nápoles, donde se pasaba el tiempo pescando, remando, nadando y holgando. Posteriormente Augusto revocó su adopción, por lo que pasó a ser de nuevo un Vipsanio Agripa, aunque las propiedades de su padre no retornaron a él, valiéndose el Princeps del dinero para llenar el «eradium militar». Póstumo cargó contra Livia por su desdicha, lo que le valió ser exiliado a la diminuta isla de Planasia, cerca de Córcega y mantenido bajo estricta vigilancia.

 

Estatua de Livia ataviada como Ceres- Louvre

Estatua de Livia ataviada como Ceres- Louvre

Puede que fuera cierto que Livia y Tiberio estuvieran conspirando contra el joven, pero Augusto no era ningún crédulo y desconfiaba como el que más de su nieto. Veía en él a un portento físico, a un buen guerrero, a un forzudo descerebrado, pero además a alguien colérico, fiero, insensato y poco sutil. O al menos eso insinúan las fuentes. No obstante, lo que convenció definitivamente a Augusto para apartar al joven romano sigue rodeado de misterio, ya fuera un suceso o una actitud concreta. En la famosa novela «Yo, Claudio», de Robert Graves, que tanto daño ha hecho a la imagen de Livia, se relata que la mujer de Augusto acusó a Póstumo de una violación que en realidad no cometió. Una versión novelada y falsa, pero que da cuenta de lo que pudo trasladar al Princeps una imagen tan negativa de su nieto. Debió ser algo de carácter privado, entre bambalinas (las últimas palabras de Augusto en su lecho de muerte fueron: «La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!»), o al menos de carácter delicado.

Por su parte, Tácito cuenta cómo César Augusto ideó una visita altamente secreta a la isla en el año 13 d. C, para disculparse con su nieto e informarle sobre sus planes para que regresara a Roma. Es decir, que antes de su muerte había albergado intenciones de perdonar a su nieto. No en vano, la mayoría de historiadores modernos dan poca veracidad a este relato y lo vinculan a la aversión de Tácito hacia Tiberio; así como al supuesto golpe de mano que Livia y Tiberio dieron a la muerte del hijo del Divino Julio. Ciertamente, Agripa sobrevivió apenas unos días a su abuelo.

Una orden que nadie asumió como suya

Tiberio asumió la cabeza de Roma a la muerte de su padre político y, casi al instante, un centurión de la Guardia pretoriana viajó a la isla donde permanecía exiliado Agripa con la misión de asesinarle. Le sorprendió sin armas y, «aunque se defendió con valor, hubo de ceder después de una obstinada lucha». Murió con 26 años. A su regreso a Roma, el centurión acudió con normalidad a informar a Tiberio como correspondía por ser su comandante, salvo porque éste negó enérgicamente que él hubiera dado la orden de matar a Agripa. Puede que dijera la verdad y que fuera una orden directamente dada por su madre o incluso por Augusto antes de morir; si bien, Tácito recuerda que el Princeps en ninguna ocasión ordenó matar a nadie de su familia cercana. De la misma manera que el misterio ha quedado sin resolver por la falta de información, no lo hizo la lista de personas favorecidas por la muerte de Agripa, donde Tiberio y Livia copaban las primeras posiciones.

En todo caso, la muerte de Póstumo fue seguida por la de su hermana Julia, que había sido por un tiempo esposa de Tiberio y en ese momento también permanecía exiliada. «Ella se encontraba proscrita, deshonrada y, tras la muerte de Agripa Póstumo, privada de toda esperanza. Tiberio la dejó perecer lentamente de hambre y miseria, pensando que su muerte, por lo lejano de su exilio, había de quedar en la oscuridad», relata Tácito, sobre las consecuencias de la orden de Tiberio de reducir el envío de suministros al lugar donde permanecía Julia.

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La muerte de Tiberio por Jean-Paul Laurens, décadas después que Agripa

Y todavía tendría Tiberio una última ocasión de mostrar su intenso odio hacia Agripa y su memoria. Según una famosa anécdota, se cuenta que a la muerte del nieto de Augusto, un esclavo suyo llamado Clemente tuvo la audacia de tomar el nombre de Agripa, haciendo correr el rumor de que este príncipe no había muerto. Tiberio ordenó que le detuvieran y le llevaran a su presencia: «¿Cómo has tenido el atrevimiento para fingirte Agripa?», preguntó enfurecido. Lo mismo que tu «para ser César» contestó el esclavo. El nuevo dueño de Roma mandó que Clemente fuera asesinado en secreto antes de que más gente pensara que el grosero y brutal Agripa había vuelto de entre los muertos.

11 enero 2016 at 8:22 am 1 comentario

Arqueólogos alemanes encuentran el campamento de Varo en Germania

El reciente hallazgo arqueológico de un campamento romano en Baja Sajonia ayuda a redibujar el mapa de la historia romana de Alemania.

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Los arqueólogos de la Universidad de Osnabrück que están realizando las excavaciones / ABC

Fuente: ROSALÍA SÁNCHEZ > Berlín  |  ABC    21/10/2015

Si los alemanes beben cerveza en lugar de vino, aliñan con mantequilla y no con aceite de oliva, o siguen hablando una lengua endiabladamente hostil a los herederos del latín es porque nunca fueron romanizados. Y se lo deben a Arminio, un líder germano que contuvo a las legiones e impidió la creación de una provincia romana en la margen derecha del Rin. La gesta de Arminio, sin embargo, se ha mantenido a lo largo de los siglos en la niebla del mito nacional germánico, puesto que el único testimonio arqueológico de su victoria era una piedra funeraria con el nombre del centurión Marcus Caelius y una inscripción que documenta que murió en la Batalla de Varus. Ahora, el reciente hallazgo arqueológico de un campamento romano en Baja Sajonia arroja una primera luz científica sobre la leyenda y ayuda a redibujar el mapa de la historia romana de Alemania.

Se trata de un campamento romano de tiempos de Cristo en lo que hoy es Wilkenburg, al sur de Hannover, en el que según los primeros indicios llegaron a concentrarse al menos durante unos cuantos días unos 20.000 soldados romanos fuertemente armados, lo que equivale a tres legiones y a una décima parte del total de las tropas del imperio. Es el primero de su tipo hallado en el norte de Alemania y concretamente estuvo ocupado, según las primeras mediciones, entre el año 12 a.C. y el 9 d.C.. Desde él parten además, en varias direcciones, rutas de 20 kilómetros en las que se encuentran otros pequeños campamentos auxiliares. Junto a restos de sandalias romanas, pinzas y fíbulas, en total varios cientos de objetos y restos, han sido halladas monedas de la época del emperador Augusto. Hay denarios romanos acuñados en Lyon y otras monedas de origen celta. Su pormenorizado estudio aportará precisión al descubrimiento, mientras el trabajo de campo ha cumplido ya sus primeros objetivos.

Fueron unas imágenes aéreas lo que llamó la atención de los arqueólogos estatales del Land de Baja Sajonia y comenzaron las excavaciones en un área de 500 por 600 metros. Harald Nagel, afanado en el repaso con detectores de metales de unas 30 hectáreas de terreno, se muestra prudente en su valoración del hallazgo. «Los estudios de las monedas están todavía en su fase preliminar y es pronto para sacar conclusiones», dice, pero reconoce que «el yacimiento demuestra que Hannover y sus alrededores fueron un punto de importancia histórica y estratégica muy superior a lo que se estimaba hasta ahora».

Al igual que las legiones de Varus, los trabajos arqueológicos han de vérselas con constantes y copiosas lluvias que convierten las trincheras de excavación en auténticos barrizales cada dos por tres. «Tácito ya describió sobre la batalla de Varus que llovían perros y gatos», recuerda el arqueólogo Hening Hassmann, que destaca el cruce de rutas norte-sur y este-oeste que fue elegido para instalar a las tropas romanas.

En efecto, en 1515, el humanista Ullrich von Hutten descubrió en el primer libro de los Anales de Tácito una referencia a «Arminius», de quien el historiador romano decía que había infligido una derrota a Roma cuando el imperio estaba en todo su esplendor. Tácito calificaba a Arminius como el verdadero liberador de Germania. Ullrich von Hutten tomó las lacónicas apreciaciones de Tácito sobre Arminius y publicó en 1529 un diálogo póstumo titulado «Arminius», que cultivaron los los protestantes para subrayar la independencia no ya ante la Roma imperial sino ante la iglesia romana.

Hay consenso entre los historiadores sobre que Arminio, un germano que había formado parte del ejército romano y en quien Varus confiaba, formó una alianza entre varias tribus bárbaras y le tendió una trampa a Varus para hacerse con el control de la región. Las legiones romanas sucumbieron a una emboscada que terminó en carnicería. El actual hallazgo, por su importancia y dimensiones, apunta por ahora solamente a dos posibles lecturas: o bien el mismo Tiberio subió más al norte de lo que se había pensado hasta ahora, o fue Varus el que llegó hasta Hannover para allí morir y poner fin a la expansión romana en Germania.

21 octubre 2015 at 4:07 pm Deja un comentario

La misteriosa enfermedad que torturó al emperador César Augusto hasta los 40 años

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps, el griego Antonio Musa modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. El médico lo curó con algo tan sencillo como aplicar baños de agua fría

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Estatua de César Augusto en la Ciudad del Vaticano, Roma. / MUSEO CHIARAMONT

Fuente: CÉSAR CERVERA > Madrid  |  ABC        11/09/2015

Cuando en el año 44 a.C. Julio César fue asesinado por un grupo de senadores, Cayo Octavio era un adolescente completamente desconocido recién adoptado por el dictador romano. Nadie pensó que aquel imberbe fuera en serio en su pretensión de continuar con el legado de su padre político. Cayo Julio César Octavio, sin embargo, consiguió en poco tiempo alzarse como uno de los tres hombres más poderosos de la República –formando inicialmente el Segundo Triunvirato con Marco Antonio y Lépido– y más tarde logró gobernar en solitario como Princeps («primer ciudadano» de Roma), para lo cual adquirió la consideración de hijo de un dios. No en vano, una extraña dolencia le recordó, una y otra vez, que era mortal hasta el punto de casi costarle la vida cuando rondaba los 40 años. Sola la intervención de un médico griego evitó que la historia de Roma cambiara radicalmente. Todavía hoy, los investigadores médicos debaten sobre la naturaleza de esta intermitente enfermedad hepática o si, en realidad, se trataban de distintas dolencias no relacionadas entre sí.

El joven Octavio quedó muy pronto huérfano de padre. El patriarca, Cayo Octavio Turino, fue un pretor y gobernador de Macedonia al que, siendo un prometedor político, le alcanzó la muerte de regreso de Grecia a causa de una enfermedad que le consumió de forma súbita en Nola (Nápoles). Curiosamente, Augusto falleció mientras visitaba también Nola muchas décadas después. Numerosos autores apuntan incluso a que murió en la misma habitación en la que falleció su padre. Así y todo, se conocen pocos detalles de la dolencia que causó la muerte del padre y es difícil relacionarla con la que afectó a su hijo.

El niño que «le debe todo a un nombre»

Demasiado joven para participar en las primeras fases de la guerra civil que llegó a Julio César al poder, Octavio se destacó por primera vez como centro de la atención pública durante la lectura de una oración en el funeral de su abuela Julia. Como Adrian Goldsworthy narra en su último libro «Augusto: de revolucionario a emperador» (Esfera, 2015), los funerales aristocráticos eran por entonces acontecimientos muy importantes y servían a los jóvenes para destacarse a ojos de los miembros ilustres de la familia, como ocurrió en esa ocasión con Julio César. El tío-abuelo de Octavio decidió a partir de entonces impulsar la carrera del joven, que desde su adolescencia empezó a mostrar síntomas de una salud quebradiza. Cuando ya había cumplido la mayoría de edad, el dictador destinó a Octavio a Hispania en la campaña militar contra Cneo Pompeyo, pero debido a una enfermedad sin precisar por las fuentes llegó demasiado tarde para participar en el combate. Impregnado de escaso espíritu militar, el joven romano empleó repetidas veces, ya fuera cierta o no, la excusa de sus problemas de salud para alejarse del lugar de la batalla.

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Pintura de la muerte de Julio César en 44 a. C, por Vincenzo Camuccini. / ABC

A la muerte de Julio César, Octavio –«un niño que le debía todo a un nombre», como le definían sus enemigos– no era todavía apenas conocido ni siquiera entre los partidarios del dictador fallecido, quienes veían en Marco Antonio al verdadero hombre a seguir. Tras levantar un ejército privado y ponerse al servicio de los propios conspiradores que mataron a su tío, Octavio se enfrentó inicialmente a Marco Antonio y Lépido, dos generales hostiles al Senado a consecuencia de la muerte del dictador. No obstante, los tres acabaron uniendo sus fuerzas, en el conocido como Segundo Triunvirato, contra los Libertadores, el grupo de senadores que habían perpetrado el magnicidio. Luego de aplicar una durísima represión política, el Triunvirato acorraló a los Libertadores y sus legiones en Grecia y emprendió en el año 42 a.C. la definitiva campaña militar en estas tierras. El desembarco se produjo en Apolonia, donde Octavio enfermó gravemente sin que se conozca hoy la naturaleza de sus síntomas. La dolencia, una vez más, impidió que Octavio participara en plenitud de condiciones en la batalla que puso fin a la guerra.

Los hechos ocurridos en batalla de Filipos, entre los cabecillas del bando de los Libertadores –Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino– y el Triunvirato, dio lugar durante el resto de la vida de Octavio a comentarios malintencionados sobre su pobre actuación. O no tan malintencionados. Como apunta el historiador Adrian Goldsworthy, «Octavio no se comportó como cabía esperar de un joven aristócrata romano al frente de una batalla». De hecho, no apareció por ningún lado. Lo que hoy podríamos llamar la versión oficial aseguró que seguía enfermo y prefirió dirigir la batalla desde la retaguardia trasladándose en litera de un lado a otro, aunque la realidad es que cuando las tropas de los Libertadores consiguieron derrumbar el frente que debía dirigir Octavio e internarse en el campamento enemigo no encontraron por ningún lado al joven. En este sentido, la versión más probable es que ni siquiera se encontrara en el campo de batalla, sino escondido en una zona de marismas cercana recuperándose de su enfermedad en un periodo que se prolongó hasta tres días.

El hijo de un dios que era mortal

De una forma u otra, Marco Antonio consiguió dar la vuelta a la situación y acabar finalmente con el conflicto. Puede que Octavio no fuera un buen militar, pero era un hábil político. Tras repartirse el mundo entre los tres triunviros, Octavio fue consolidando su poder desde Occidente, mientras Marco Antonio desde Oriente caía en los brazos de Cleopatra y fraguaba su propia destrucción política. Lépido, por su parte, se limitó a dar un paso atrás. En el año 31 a.C, Octavio se vio libre de rivales políticos tras derrotara a Marco Antonio, al que primero había desacreditado con una agresiva campaña propagandística, e inició el proceso para transformar de forma sigilosa la República en el sistema que hoy llamamos Imperio. Lo hizo, sobre todo, valiéndose del agotamiento generalizado entre una aristocracia desangrada por tantas guerras civiles sucesivas. Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal. Sin embargo, los problemas de salud de Augusto –como el esclavo que sujetaba la corona de laurel de la victoria de los comandantes victoriosos durante la celebración de un Triunfo– le recordaban con insistencia que era mortal.

 Retrato de Augusto portando un gorgoneion. / ABC

Retrato de Augusto portando un gorgoneion. / ABC

La dolencia que torturó de forma intermitente la vida de Augusto tuvo su punto clave a la edad de 40 años. En el año 23 a.C, Augusto era cónsul por undécima vez, algo sin precedentes en la historia de Roma, y tuvo que hacer frente a una seria epidemia entre la población derivada del desbordamiento del río Tíber. Coincidió esta situación de crisis con las guerras cántabras y con el episodio más grave de la extraña dolencia de cuantos registró en su vida. Ninguno de los remedios habituales contra sus problemas de hígado, como aplicar compresas calientes, funcionó en esta ocasión; y todos, incluido él, creyeron que su muerte era inminente. Así, Augusto llamó a su lecho a los principales magistrados, senadores y representantes del orden ecuestre para abordar su posible sucesión, aunque evitó de forma premeditada nombrar a alguien concreto.

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps y del sistema que trataba de perpetuar, la llegada de un nuevo médico, el griego Antonio Musa, modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. Musa lo curó con hidroterapia alternando baños de agua caliente con compresas frías aplicadas en las zonas doloridas. El agua fría y ese médico griego habían salvado su vida, por lo que Augusto le recompensó con una gran suma de dinero. El Senado, en la misma senda, concedió a Musa una nueva suma de dinero, el derecho a llevar un anillo de oro y erigió una estatua suya junto a la de Esculapio, el dios de las curas. Las muestras de agradecimientos se completaron con la decisión senatorial de dejar exentos del pago de impuestos a todos los médicos.

Ni siquiera hoy está claro cuál fue la naturaleza exacta de la enfermedad que hostigó al Princeps en los diferentes periodos de su vida, aunque lo más probable visto con perspectiva es que no fuera una única dolencia, siendo su salud siempre fue muy frágil y propensa a vivir momentos de colapso. En su largo historial médico registró problemas de eccema, artritis, tiña, tifus, catarro, cálculos en la vejiga, colitis y bronquitis, algunos de los cuales se fueron enconando con el tiempo para convertirse en crónicos, al tiempo que sentía pánico por las corrientes de aire.

Busto de Tiberio. / WIKIPEDIA

Busto de Tiberio. / WIKIPEDIA

Augusto, en cualquier caso, no volvió a sufrir más problemas de hígado ni registró estados graves más allá de algún catarro primaveral. Al contrario, el Princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años, lo cual generó el problema contrario al que le había preocupado en su juventud: ¿Quién de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego Marco Vipsanio Agripa –el más fiel de sus aliados y el hombre señalado para sucederle cuando a punto estuvo de fallecer en el año 23 a.C– no pudo hacerlo y fue él quien murió en el 12 a.C. Muy diferente fue el caso del hijastro de Augusto, Tiberio Claudio Nerón, que, habiendo caído en desgracia décadas atrás, tuvo tiempo de recuperar el favor del Princeps antes de su fallecimiento. Tiberio –que se hallaba presente junto con su esposa Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).

11 septiembre 2015 at 8:44 am Deja un comentario

Un nuevo pedestal hallado en la ciudad romana de Los Bañales aporta más datos sobre el homenaje a Tiberio

El documento constituye el tercer pedestal encontrado en esta campaña de excavaciones

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Foto: EP/UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Fuente: EUROPA PRESS  |  ELDÍA.es

PAMPLONA, 29 Jun.- Los trabajos de excavación en la ciudad romana de Los Bañales, situada en la localidad zaragozana de Uncastillo, que dirige el profesor de Arqueología de la Universidad de Navarra Javier Andreu, han descubierto un tercer pedestal que aporta más datos sobre el homenaje a Tiberio.

En esta ocasión, se trata de un pedestal en el que figuran datos sobre Quinto Sempronio Vitulo. El hallazgo se ha producido en la última semana de la Fase Previa de la VII Campaña de Excavaciones Arqueológicas en Los Bañales y apenas unos días antes de que se incorporen a ella más de treinta estudiantes procedentes de hasta siete universidades distintas de España y Europa, según un comunicado de la Universidad de Navarra.

A finales de mayo, en el transcurso de los trabajos que lleva a cabo la Fundación Uncastillo, por encargo de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, se produjo el hallazgo de un pedestal dedicado al emperador Tiberio entre el verano del año 31 y el verano del año 32 d. C. Dicho pedestal había sido dedicado por un individuo llamado Quinto Sempronio Vitulo, del que aquel documento revelaba su condición de oficial de caballería de una unidad auxiliar del ejército romano no precisada.

La pieza hallada, con siete líneas de texto y apenas dañada en su parte lateral izquierda, muestra el currículum de Quinto Sempronio Vitulo, que fue oficial de caballería en el ala Tauriana (una unidad auxiliar del ejército romano que, probablemente, y gracias a este nuevo documento, podría asegurarse que estuvo en Hispania antes de su traslado a la Galia hacia el año 69 d. C.) y, después, debió partir hacia Germania para actuar como ayudante (subprefecto) del comandante de la cohorte de los Germanos, ‘la cohors Germanorum’.

La referencia a esa unidad auxiliar de infantería constituiría la primera mención a la misma en la documentación epigráfica hispana y una de las más tempranas de cuantas se conocen en el Occidente Romano.

El documento abre ahora una serie de interrogantes sobre la identidad de este personaje, su posible procedencia de Los Bañales, su relación con el propio Tiberio y los motivos que le llevaron a querer colocar una serie de homenajes, que debieron obrar junto a otras inscripciones todavía no localizadas, en el foro de esta ciudad romana.

JORNADAS DE ARQUEOLOGÍA ESTE SÁBADO

Algunas de esas cuestiones serán tratadas en la Jornada de Arqueología que bajo el título ‘Victoria Augusti: aproximación a la imagen del poder imperial de Roma’ la Universidad de Navarra celebrará el próximo sábado, día 4 de julio, en el edificio Central de la Universidad con entrada libre.

Los trabajos de este año en la ciudad romana de Los Bañales son posibles gracias a la Comarca de las Cinco Villas, la Fundación ACS, General Eólica Aragonesa y los consistorios de Layana, Uncastillo, Sádaba y Biota.

Este pedestal, junto con el dedicado a Tiberio y el erigido en honor de Lucio César, podrá verse en la Jornada de Puertas Abiertas del yacimiento que tendrá lugar el próximo 26 de julio.

29 junio 2015 at 4:10 pm Deja un comentario

Hallan dos pedestales en la ciudad romana de Los Bañales

Ambos presentan un estado de conservación extraordinario y están dedicados respectivamente al emperador Tiberio y a Lucio César, nieto del emperador Augusto

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Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC

Las excavaciones arqueológicas en la ciudad romana de Los Bañales, en Uncastillo, al norte de la provincia de Zaragoza, han sacado a la luz dos pedestales en un estado de conservación extraordinario, dedicados respectivamente al emperador Tiberio y a Lucio César, nieto del emperador Augusto, según informa la Fundación Uncastillo, que dirige las excavaciones con el beneplácito de la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón. Tras el hallazgo de unos fragmentos de mármol en el verano de 2014, que componían los retratos de Germánico y Druso, la presente campaña está siendo igual de fructífera con el descubrimiento de dos pedestales de época imperial, entre los que sólo ha mediado una semana de diferencia. El pedestal dedicado a Tiberio, fechado en el año 31 ó 32 d.C., fue tallado en piedra arenisca de la zona y mide un metro de alto y casi setenta centímetros de fondo. El pedestal dedicado a Lucio César, fechado entre los años 2 a.C. y 14 d.C., también fue trabajado en arenisca y mide más de un metro de altura y más de medio metro de anchura. Ambos pedestales, con unas dimensiones similares, debieron de adornar uno de los laterales del foro romano de Los Bañales, una ciudad cuyo nombre romano se desconoce, pero de su importancia no cabe duda, situada entre Caesaraugusta (Zaragoza) y Pompelo (Pamplona) y dotada de unas termas monumentales y otros edificios único.

Un sentido homenaje de Quinto Sempronio Vitulo

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La dedicatoria a Tiberio está formada por ocho líneas de texto perfectamente legibles. “Se trata del más completo homenaje a Tiberio de cuantos se conocen en el Aragón romano y uno de los pocos -apenas una decena larga- que se conocen en la Hispania romana”, sostienen los investigadores de la Fundación Uncastillo. “Su hallazgo subraya la importancia de Los Bañales en época imperial, pues hasta ahora sólo se conocían pedestales de este tipo en ciudades como Corduba, Carthago Nova, Castulo o Bilbilis”, añaden. El estudio epigráfico, a cargo de Javier Andreu, de la Universidad de Navarra, concluye que se trata de una dedicatoria en la que el emperador Tiberio aparece descrito como hijo de Augusto, nieto de divus Iulius (divino Julio, es decir, Julio César) y hace alusión al quinto consulado de Tiberio y a su trigésimo tercera tribunicia potestas, el poder conferido a los tribunos de la plebe, que se añadió a la titulatura imperial a partir de Augusto. “Seguramente se trata de un pedestal para una estatua por más que no hayamos conservado su moldura de base ni su cimacio de coronamiento. De todas formas, descartamos que se trate de una estatua ecuestre”, explica Javier Andreu a Historia National Geographic. “La dedicatoria fue hecha por Quinto Sempronio Vitulo, hasta ahora un personaje totalmente desconocido, quien fue un oficial de caballería, seguramente natural de Los Bañales, que debió de servir en algún cuerpo militar fuera de Hispania”, agrega el historiador. La inscripción del segundo pedestal es mucho más concisa, en apenas dos líneas figura una dedicatoria a Lucio César, proclamado como hijo de Augusto. Lucio César (17 a.C.-2 d.C.) fue hijo de Agripa, el gran general de Augusto, y de Julia, la hija del primer emperador. Tras la muerte de su padre fue adoptado por Augusto como heredero del Imperio junto con su hermano Cayo y los homenajes a ambos proliferaron por doquier, hasta la muerte prematura de Lucio César en el 2 d.C. “El pedestal debió de ser promovido por la ciudad que, en cualquier caso, no hizo constar su nombre en la parte inferior”, sentencian los investigadores.

13 junio 2015 at 6:24 pm Deja un comentario

Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes

caligula

En 40 d.C., Calígula planeó la invasión de Britania para adquirir prestigio militar, pero el proyecto fracasó. Escultura del emperador. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Por Juan Luis Posadas. Universidad Antonio de Nebrija (Madrid), Historia NG nº 137

Un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfallecimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio, da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata. Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en  Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte a Calígula, a su mujer y a su hija.

Para saber más

Calígula, el autócrata inmaduro. J. M. Roldán. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012.
Vida de Calígula. Suetonio. Gredos, Madrid, 2011.
Yo, Claudio. Robert Graves. Alianza, Madrid, 2014.

8 junio 2015 at 7:36 am Deja un comentario

Mérida regresará al año 15, expectante con el nuevo emperador romano Tiberio

Mérida volverá del 19 al 21 de junio a ser la colonia romana Emerita Augusta durante el año 15, cuando sus habitantes vivían con la esperanza y expectación que generaba en ellos el cambio de emperador y la llegada de Tiberio, tras 42 años de gobierno de Augusto

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La celebración de Emérita Lúdica, el año pasado. Una recreación del mundo romano que tiene lugar en Mérida. EFE/Archivo

Fuente: EFE  |  YAHOO Noticias

Mérida, 5 jun .- Todo esto será gracias a la sexta edición del festival de recreación histórica de la vida romana “Emerita Lúdica”, que este año cambia de fecha, de septiembre a junio, aunque mantiene su celebración en torno a la figura de la diosa Ceres y su protección en la época de las cosechas.

Esta recreación, cuya particularidad es que utiliza como escenarios los sitios originales de aquella época, ha sido presentada hoy por el director científico del Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida, Miguel Alba, acompañado por el coordinador del evento, Isaac Sastre de Diego, y Pilar Caldera, conservadora del Museo Nacional de Arte Romano.

Así, la recreación intentará llegar a todos los rincones de la ciudad romana y este año añade nuevos espacios como el puente del Albarregas en la Vía de la Plata que daba acceso a la ciudad.

El acceso al Templo de Diana, centro neurálgico de la celebración y que este año contará con más puestos en el mercado romano, será gratuito tanto para los que vistan con trajes romanos como no, aunque los ataviados como los esclavos, patricios o legionarios de la época seguirán teniendo ventajas en los establecimientos hosteleros con precios especiales.

De las más de 30 actividades organizadas en “Emerita Ludica”, destacan la representación el sábado 20 en el Teatro Romano de la obra ganadora del premio del público Ceres 2013, “Los Gemelos”, que vivirá el “reto” de intentar llenar el teatro de público vestido de romano, algo que si los organizadores consiguen, enviarán al Guinness.

Un día antes, el viernes 19, la Orquesta de Extremadura interpretará en el Teatro Romano música de cine de romanos y más tarde, a medianoche, en la Casa del Mitreo se representará un entierro romano con entrada libre.

El sábado 20 por la tarde habrá lucha de gladiadores en el Anfiteatro, en un día cargado de actividades y que se cerrará con la noche romana en blanco tras el encendido de las hogueras de “fuego sagrado”.

La fiesta no será solo cultural, histórica o musical sino también gastronómica, pues todo ese fin de semana se podrán degustar tapas romanas en una ruta de éstas.

La proyección de cine de temática romana, la quinta edición de la pasarela “Augusta Emerita Fashion Week” en el Templo de Diana, el domingo 21, además de las recreaciones sobre la vida militar en la Alcazaba y las matronas y los guerreros en la Casa del Mitreo son otras de las actividades de este evento.

5 junio 2015 at 5:26 pm Deja un comentario

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