Posts tagged ‘Tiberio’

Un nuevo pedestal hallado en la ciudad romana de Los Bañales aporta más datos sobre el homenaje a Tiberio

El documento constituye el tercer pedestal encontrado en esta campaña de excavaciones

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Foto: EP/UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Fuente: EUROPA PRESS  |  ELDÍA.es

PAMPLONA, 29 Jun.- Los trabajos de excavación en la ciudad romana de Los Bañales, situada en la localidad zaragozana de Uncastillo, que dirige el profesor de Arqueología de la Universidad de Navarra Javier Andreu, han descubierto un tercer pedestal que aporta más datos sobre el homenaje a Tiberio.

En esta ocasión, se trata de un pedestal en el que figuran datos sobre Quinto Sempronio Vitulo. El hallazgo se ha producido en la última semana de la Fase Previa de la VII Campaña de Excavaciones Arqueológicas en Los Bañales y apenas unos días antes de que se incorporen a ella más de treinta estudiantes procedentes de hasta siete universidades distintas de España y Europa, según un comunicado de la Universidad de Navarra.

A finales de mayo, en el transcurso de los trabajos que lleva a cabo la Fundación Uncastillo, por encargo de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, se produjo el hallazgo de un pedestal dedicado al emperador Tiberio entre el verano del año 31 y el verano del año 32 d. C. Dicho pedestal había sido dedicado por un individuo llamado Quinto Sempronio Vitulo, del que aquel documento revelaba su condición de oficial de caballería de una unidad auxiliar del ejército romano no precisada.

La pieza hallada, con siete líneas de texto y apenas dañada en su parte lateral izquierda, muestra el currículum de Quinto Sempronio Vitulo, que fue oficial de caballería en el ala Tauriana (una unidad auxiliar del ejército romano que, probablemente, y gracias a este nuevo documento, podría asegurarse que estuvo en Hispania antes de su traslado a la Galia hacia el año 69 d. C.) y, después, debió partir hacia Germania para actuar como ayudante (subprefecto) del comandante de la cohorte de los Germanos, ‘la cohors Germanorum’.

La referencia a esa unidad auxiliar de infantería constituiría la primera mención a la misma en la documentación epigráfica hispana y una de las más tempranas de cuantas se conocen en el Occidente Romano.

El documento abre ahora una serie de interrogantes sobre la identidad de este personaje, su posible procedencia de Los Bañales, su relación con el propio Tiberio y los motivos que le llevaron a querer colocar una serie de homenajes, que debieron obrar junto a otras inscripciones todavía no localizadas, en el foro de esta ciudad romana.

JORNADAS DE ARQUEOLOGÍA ESTE SÁBADO

Algunas de esas cuestiones serán tratadas en la Jornada de Arqueología que bajo el título ‘Victoria Augusti: aproximación a la imagen del poder imperial de Roma’ la Universidad de Navarra celebrará el próximo sábado, día 4 de julio, en el edificio Central de la Universidad con entrada libre.

Los trabajos de este año en la ciudad romana de Los Bañales son posibles gracias a la Comarca de las Cinco Villas, la Fundación ACS, General Eólica Aragonesa y los consistorios de Layana, Uncastillo, Sádaba y Biota.

Este pedestal, junto con el dedicado a Tiberio y el erigido en honor de Lucio César, podrá verse en la Jornada de Puertas Abiertas del yacimiento que tendrá lugar el próximo 26 de julio.

29 junio 2015 at 4:10 pm Deja un comentario

Hallan dos pedestales en la ciudad romana de Los Bañales

Ambos presentan un estado de conservación extraordinario y están dedicados respectivamente al emperador Tiberio y a Lucio César, nieto del emperador Augusto

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Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC

Las excavaciones arqueológicas en la ciudad romana de Los Bañales, en Uncastillo, al norte de la provincia de Zaragoza, han sacado a la luz dos pedestales en un estado de conservación extraordinario, dedicados respectivamente al emperador Tiberio y a Lucio César, nieto del emperador Augusto, según informa la Fundación Uncastillo, que dirige las excavaciones con el beneplácito de la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón. Tras el hallazgo de unos fragmentos de mármol en el verano de 2014, que componían los retratos de Germánico y Druso, la presente campaña está siendo igual de fructífera con el descubrimiento de dos pedestales de época imperial, entre los que sólo ha mediado una semana de diferencia. El pedestal dedicado a Tiberio, fechado en el año 31 ó 32 d.C., fue tallado en piedra arenisca de la zona y mide un metro de alto y casi setenta centímetros de fondo. El pedestal dedicado a Lucio César, fechado entre los años 2 a.C. y 14 d.C., también fue trabajado en arenisca y mide más de un metro de altura y más de medio metro de anchura. Ambos pedestales, con unas dimensiones similares, debieron de adornar uno de los laterales del foro romano de Los Bañales, una ciudad cuyo nombre romano se desconoce, pero de su importancia no cabe duda, situada entre Caesaraugusta (Zaragoza) y Pompelo (Pamplona) y dotada de unas termas monumentales y otros edificios único.

Un sentido homenaje de Quinto Sempronio Vitulo

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La dedicatoria a Tiberio está formada por ocho líneas de texto perfectamente legibles. “Se trata del más completo homenaje a Tiberio de cuantos se conocen en el Aragón romano y uno de los pocos -apenas una decena larga- que se conocen en la Hispania romana”, sostienen los investigadores de la Fundación Uncastillo. “Su hallazgo subraya la importancia de Los Bañales en época imperial, pues hasta ahora sólo se conocían pedestales de este tipo en ciudades como Corduba, Carthago Nova, Castulo o Bilbilis”, añaden. El estudio epigráfico, a cargo de Javier Andreu, de la Universidad de Navarra, concluye que se trata de una dedicatoria en la que el emperador Tiberio aparece descrito como hijo de Augusto, nieto de divus Iulius (divino Julio, es decir, Julio César) y hace alusión al quinto consulado de Tiberio y a su trigésimo tercera tribunicia potestas, el poder conferido a los tribunos de la plebe, que se añadió a la titulatura imperial a partir de Augusto. “Seguramente se trata de un pedestal para una estatua por más que no hayamos conservado su moldura de base ni su cimacio de coronamiento. De todas formas, descartamos que se trate de una estatua ecuestre”, explica Javier Andreu a Historia National Geographic. “La dedicatoria fue hecha por Quinto Sempronio Vitulo, hasta ahora un personaje totalmente desconocido, quien fue un oficial de caballería, seguramente natural de Los Bañales, que debió de servir en algún cuerpo militar fuera de Hispania”, agrega el historiador. La inscripción del segundo pedestal es mucho más concisa, en apenas dos líneas figura una dedicatoria a Lucio César, proclamado como hijo de Augusto. Lucio César (17 a.C.-2 d.C.) fue hijo de Agripa, el gran general de Augusto, y de Julia, la hija del primer emperador. Tras la muerte de su padre fue adoptado por Augusto como heredero del Imperio junto con su hermano Cayo y los homenajes a ambos proliferaron por doquier, hasta la muerte prematura de Lucio César en el 2 d.C. “El pedestal debió de ser promovido por la ciudad que, en cualquier caso, no hizo constar su nombre en la parte inferior”, sentencian los investigadores.

13 junio 2015 at 6:24 pm Deja un comentario

Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes

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En 40 d.C., Calígula planeó la invasión de Britania para adquirir prestigio militar, pero el proyecto fracasó. Escultura del emperador. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Por Juan Luis Posadas. Universidad Antonio de Nebrija (Madrid), Historia NG nº 137

Un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfallecimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio, da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata. Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en  Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte a Calígula, a su mujer y a su hija.

Para saber más

Calígula, el autócrata inmaduro. J. M. Roldán. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012.
Vida de Calígula. Suetonio. Gredos, Madrid, 2011.
Yo, Claudio. Robert Graves. Alianza, Madrid, 2014.

8 junio 2015 at 7:36 am Deja un comentario

Mérida regresará al año 15, expectante con el nuevo emperador romano Tiberio

Mérida volverá del 19 al 21 de junio a ser la colonia romana Emerita Augusta durante el año 15, cuando sus habitantes vivían con la esperanza y expectación que generaba en ellos el cambio de emperador y la llegada de Tiberio, tras 42 años de gobierno de Augusto

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La celebración de Emérita Lúdica, el año pasado. Una recreación del mundo romano que tiene lugar en Mérida. EFE/Archivo

Fuente: EFE  |  YAHOO Noticias

Mérida, 5 jun .- Todo esto será gracias a la sexta edición del festival de recreación histórica de la vida romana “Emerita Lúdica”, que este año cambia de fecha, de septiembre a junio, aunque mantiene su celebración en torno a la figura de la diosa Ceres y su protección en la época de las cosechas.

Esta recreación, cuya particularidad es que utiliza como escenarios los sitios originales de aquella época, ha sido presentada hoy por el director científico del Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida, Miguel Alba, acompañado por el coordinador del evento, Isaac Sastre de Diego, y Pilar Caldera, conservadora del Museo Nacional de Arte Romano.

Así, la recreación intentará llegar a todos los rincones de la ciudad romana y este año añade nuevos espacios como el puente del Albarregas en la Vía de la Plata que daba acceso a la ciudad.

El acceso al Templo de Diana, centro neurálgico de la celebración y que este año contará con más puestos en el mercado romano, será gratuito tanto para los que vistan con trajes romanos como no, aunque los ataviados como los esclavos, patricios o legionarios de la época seguirán teniendo ventajas en los establecimientos hosteleros con precios especiales.

De las más de 30 actividades organizadas en “Emerita Ludica”, destacan la representación el sábado 20 en el Teatro Romano de la obra ganadora del premio del público Ceres 2013, “Los Gemelos”, que vivirá el “reto” de intentar llenar el teatro de público vestido de romano, algo que si los organizadores consiguen, enviarán al Guinness.

Un día antes, el viernes 19, la Orquesta de Extremadura interpretará en el Teatro Romano música de cine de romanos y más tarde, a medianoche, en la Casa del Mitreo se representará un entierro romano con entrada libre.

El sábado 20 por la tarde habrá lucha de gladiadores en el Anfiteatro, en un día cargado de actividades y que se cerrará con la noche romana en blanco tras el encendido de las hogueras de “fuego sagrado”.

La fiesta no será solo cultural, histórica o musical sino también gastronómica, pues todo ese fin de semana se podrán degustar tapas romanas en una ruta de éstas.

La proyección de cine de temática romana, la quinta edición de la pasarela “Augusta Emerita Fashion Week” en el Templo de Diana, el domingo 21, además de las recreaciones sobre la vida militar en la Alcazaba y las matronas y los guerreros en la Casa del Mitreo son otras de las actividades de este evento.

5 junio 2015 at 5:26 pm Deja un comentario

Aparece en Los Bañales un pedestal del año 31 en honor a Tiberio

Un pedestal del año 31 en homenaje al emperador Tiberio. Es el último descubrimiento que ha tenido lugar en el yacimiento romano de Los Bañales, en Uncastillo (Zaragoza). Se encuentra en perfectas condiciones, lo que hace del pedestal una pieza única en España. Se podrá ver durante la jornada de puertas abiertas del yacimiento el 26 de julio

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Hallazgo de un pedestal dedicado a Tiberio. Foto: Facebook Los Bañales

Fuente: Verónica de Castro Alonso |  Aragón Digital     28/05/2015

Zaragoza.- La campaña de excavaciones que se está desarrollando en el yacimiento romano de Los Bañales, en Uncastillo, ha sacado a la luz un pedestal del año 31 en homenaje al emperador romano Tiberio. Tiene un metro de alto y recoge un texto de diez líneas en el que se cuenta que un oficial de caballería de una unidad auxiliar del ejército romano decidió, en el año 31, honrar al emperador Tiberio.

Es uno de los textos en latín y de época imperial más antiguos que han aparecido en Aragón. Pero la verdadera importancia de la pieza reside en que está entera y en perfectas condiciones a pesar del paso de los años. El director científico de Los Bañales, Javier Andreu, ha remarcado que “es muy difícil que en estas ciudades aparezca material epigráfico porque los bloques que contienen las inscripciones estaban muy bien trabajados y, por eso, lo más habitual es que se reutilizasen en la construcción de pueblos en época medieval”.

En Hispania sólo se han encontrado unos quince pedestales similares al que ha aparecido ahora en Uncastillo, y ninguno de ellos en tan buen estado. En época romana existían un gran número de pedestales. “Por ejemplo, en el foro romano de Los Bañales, se calcula que había entre dos y tres pedestales en el espacio que existía entre cada una de las columnas de los pórticos que delimitaban la plaza”, ha añadido Andreu.

De momento la pieza se ha retirado del yacimiento pero el próximo 26 de julio habrá una jornada de puertas abiertas durante la que el pedestal volverá a la ciudad romana de Los Bañales.

29 mayo 2015 at 1:19 pm Deja un comentario

Agripina la Mayor, la orgullosa nieta de Augusto

La sospechosa muerte de su esposo Germánico llevó a Agripina a enfrentarse al emperador Tiberio. Desterrada de Roma y maltratada por los sicarios de Tiberio, se dejó morir de hambre

Por Juan Luis Posadas. Universidad Nebrija (Madrid), Historia NG nº 130

Agripina

Tiberio, al fondo, y Agripina, en primer plano, en un óleo de Pedro Pablo Rubens. Galería Nacional, Washington.

En el año 15 d.C., el pánico se adueñó de repente de las guarniciones romanas en la frontera del Rin. Se había difundido el rumor de que una expedición en territorio bárbaro había sido derrotada por los germanos y que éstos se disponían a invadir la Galia. La noticia de la derrota era falsa, pero los legionarios estaban dispuestos a cortar el puente que unía ambas orillas del río para ponerse a salvo. Fue entonces cuando intervino una mujer, Agripina, esposa del comandante romano Germánico, que en ese momento estaba ausente. Demostrando «un ánimo gigante», según el historiador Tácito, impidió resueltamente que se cortara el puente y, «tomando sobre sí las responsabilidades de un general», recibió a los soldados que regresaban «a pie firme a la entrada del puente y les dirigió alabanzas y palabras».

Pero no todos mostraron igual admiración. Como seguía escribiendo Tácito, al emperador Tiberio «no le parecían naturales aquellos cuidados, ni que buscara ganarse los ánimos de los soldados contra los extranjeros. Nada les quedaba a los generales –decía– una vez que una mujer revistaba a las tropas, se acercaba a las enseñas, intentaba liberalidades». Por una vez, la opinión del emperador Tiberio coincidía con la del historiador Tácito: que una mujer tomara en sus manos el mando de las legiones no sólo era antinatural, sino que también iba en contra del carácter masculino de la política romana.

Querellas de familia

Vipsania Agripina fue una de las hijas de Julia, única hija de Augusto, y de Agripa, el mejor general del emperador. El suyo fue un matrimonio de conveniencia que se vio favorecido por una inusitada descendencia: cinco hijos. Agripina fue educada en la convicción de haber nacido para el poder. Durante su infancia y adolescencia vivió en una corte dividida entre los bandos que se disputaban la sucesión de Augusto, que carecía de descendencia masculina directa. Por un lado estaba Julia, que favorecía a sus propios hijos, entre ellos Agripina. Por el otro, Livia, la esposa de Augusto, que buscaba colocar al hijo que tuvo de un matrimonio anterior, Tiberio.

Fue Livia quien finalmente ganó la partida, cuando Augusto adoptó a su hijo Tiberio haciendo que éste, a su vez, adoptara a su sobrino Germánico como hijo y heredero. Pero un año después de esta doble adopción, Augusto buscó la reconciliación entre ambos bandos uniendo a Germánico con su nieta Agripina. Otra vez fue un matrimonio de conveniencia que se reveló feliz y excepcionalmente fecundo, pues Agripina dio nueve hijos a su marido, de los que sobrevivieron seis, entre ellos el futuro emperador Calígula.

Mientras Germánico cumplía misiones en nombre de Augusto, Agripina no se limitó a quedarse en casa. Con el permiso del emperador, acompañó a su marido en las campañas que éste comandó en Germania, y fue así como justo después de la muerte de Augusto se produjo su intervención providencial que salvó a las legiones de una humillante retirada frente a los germanos.

La muerte de Germánico

Tras el acceso de Tiberio al trono, Germánico y Agripina se convirtieron en los ídolos del pueblo romano, que detestaba en cambio al nuevo emperador. Pese a ello, ambos demostraron su plena lealtad a Tiberio y evitaron comprometerse en cualquier insurrección, a cambio de que Germánico se mantuviera como heredero del Imperio. Las expectativas de la pareja eran, pues, de lo más halagüeño. Pero todo se torció rápidamente.

En el año 18 d.C., Tiberio envió a Germánico a una misión en Siria, en la que le acompañaron Agripina y sus hijos. Con el propósito de moderar los anhelos bélicos de su sobrino, el emperador envió con él a su amigo Pisón. Livia, por su parte, dio instrucciones secretas a la esposa de Pisón, Plancina, para que se enfrentara a Agripina y le parara los pies en el caso de que ésta fuera demasiado lejos. Enseguida estalló el enfrentamiento entre ambas, y de ellas se trasladó a los maridos. Cuando Pisón criticó a Germánico públicamente por la presencia de Agripina en las paradas militares, el comandante lo expulsó de Siria junto a su mujer. Al año siguiente, Germánico hizo un viaje a Egipto y durante el regreso falleció repentinamente en Antioquía. Existe la posibilidad de que muriera de disentería, pero el propio Germánico, en su lecho de muerte, señaló a Pisón y su esposa como culpables de su envenenamiento.

Agripina y sus hijos volvieron a Roma por mar, llevando consigo las cenizas de Germánico. A su llegada a Roma, el pueblo tomó partido inmediatamente por Agripina, clamando venganza contra Pisón. El hecho de que ni Tiberio ni Livia asistieran a las honras fúnebres del heredero al trono imperial no hizo sino confirmar las sospechas en torno al envenenamiento. Hubo incluso un conato de revolución en Roma que sólo pudo ser frenado por la actitud resuelta de Livia y por la intervención de la guardia pretoriana.

Caída en desgracia

Decidida a vengarse, y como no podía probar que su esposo había sido asesinado, Agripina y sus amigos influyentes acusaron a Pisón y a Plancina de traición por regresar a Siria y provocar una pequeña guerra civil entre sus partidarios y los de Germánico. Tiberio no tuvo más remedio que presidir el juicio y aceptar la condena de su amigo, quien se suicidó para evitar la confiscación de sus bienes. Plancina, en cambio, fue juzgada aparte y Livia intervino ante Tiberio para que fuera exonerada. Esto fue la confirmación, para Agripina y el pueblo romano, de que había sido la propia Livia la que había ordenado el envenenamiento de su marido.

A partir de este momento la relación entre Agripina y Tiberio quedó muy maltrecha. En una ocasión, cuando Agripina se quejó abiertamente por las circunstancias de la muerte de su marido, Tiberio le replicó con un verso griego: «Si no eres la que mandas, te parece que te ofenden». En lo sucesivo dejó de dirigirle la palabra. La razón de la disputa residía de nuevo en la sucesión del Imperio. Agripina deseaba que su hijo Nerón César fuera nombrado heredero de Tiberio, pero Sejano, el valido del emperador, se oponía y la octogenaria Livia sostenía al nieto directo de Tiberio, el aún niño Druso Gemelo. Sejano, en particular, urdió toda clase de intrigas contra su rival. Habiéndola convencido de que el emperador la quería envenenar, en una ocasión ella rechazó comer una manzana que aquel le ofrecía desde su mesa, por lo que Tiberio se quejó de que lo considerase un envenenador. Según Suetonio, todo era un plan concertado entre el emperador y su ministro para que Agripina cometiera un error y justificar su eliminación.

Destierro y muerte

Finalmente, en el año 29 Tiberio acusó a Agripina de orgullo impropio ante el Senado y a su hijo Nerón, de homosexualidad. El Senado, dominado por la facción de Agripina, rechazó las acusaciones como invenciones de Sejano, pero Tiberio reaccionó reclamando el juicio para sí y condenó a ambos reos al destierro en la isla Pandataria, la misma a la que fue desterrada Julia, la madre de Agripina. Pero la ira imperial no acabó ahí, al menos según el relato de Suetonio. Cuando Agripina le escribió una carta con reproches e insultos, Tiberio hizo que la azotara un centurión, quien le sacó un ojo. La desterrada decidió entonces dejarse morir de hambre, pero el emperador le hizo tragar comida a la fuerza. Ella, sin embargo, persistió hasta lograr su propósito. Sus dos hijos, Nerón y Druso, murieron de la misma forma, por hambre; el primero en su destierro, y al parecer por propia voluntad; al segundo, encerrado en una cueva del monte Palatino, «lo privaron de alimentos con tanta crueldad –sigue diciendo Suetonio– que intentó comerse el relleno de su colchón».

Para saber más

Emperatrices y princesas de Roma. J. L. Posadas. Raíces, Madrid, 2008.
Anales (Libros I-VI). Tácito. Gredos, Madrid, 1991.

17 noviembre 2014 at 3:12 pm Deja un comentario

Yo, Augusto, el emperador

El retrato más completo de César Augusto, del historiador británico Adrian Goldsworthy

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Escultura de César Augusto / EM

ADRIAN COLDSWORTHY  |  EL MUNDO

César Augusto falleció el 19 de agosto del 14 d. C., de modo que acabamos de celebrar el aniversario 2.000 de su muerte, claro que siendo el centenario del comienzo de la Gran Guerra me atrevo a decir que la fecha ha pasado sin pena ni gloria. Le faltaba poco para celebrar su septuagésimo séptimo cumpleaños y había estado gobernando sin mucha oposición durante más de cuatro decenios, desde que Marco Antonio se quitara la vida en el 30 a.C. Le sucedió su hijo adoptivo, Tiberio, y a pesar de que el linaje familiar terminó con Nerón, los emperadores siguientes adoptaron los nombres de César y Augusto como títulos. A lo largo de su vida creó el sistema monárquico que gobernaría Roma durante siglos, teniendo el buen sentido de ocultar veladamente su poder sin por ello renunciar a él, pero evitando pese a todo títulos como rey o dictador.

Por algún motivo, a pesar de todos sus logros y de la crucial importancia de sus actos, Augusto ya no se encuentra entre las figuras del mundo antiguo que siguen deambulando por entre la imaginación del gran público. Julio César, Calígula o Nerón son reconocidos de inmediato -aunque a menudo sólo con una vaga idea de quiénes fueron-, no así Augusto. Hoy en día, su nombre se escucha sobre todo durante las misas navideñas, cuando se lee la descripción que hace Lucas de la Natividad. Augusto aparece en Julio César y Antonio y Cleopatra de Shakespeare -ambas representadas a menudo y estudiadas en el colegio, de modo que siguen siendo bien conocidas-; pero no mereció una obra de teatro propia. Quizá se deba a que murió de edad provecta, en vez de ser apuñalado hasta la muerte en una reunión del Senado, como César, o suicidándose, como Brutos y Casio, Antonio y Cleopatra.

Lo curioso es que la historia de Augusto no carece de drama. Cuando estudian los primeros momentos de su carrera hay que hacer un esfuerzo consciente para recordar que sólo tenía 18 años durante los idus de marzo del 44 a.C. No supo que el testamento de su tío abuelo lo nombraba su heredero principal hasta que éste fue asesinado. Durante la República los cargos públicos no podían ser heredados, como tampoco nadie podía ser adoptado de forma póstuma, a pesar de lo cual fue así como decidió interpretar lo que significaba su legado. Su ambición fue precoz, sobre todo en Roma, donde los cargos estaban ligados a la edad y la madurez, pero al principio nadie lo tomó en serio. Marco Antonio lo desdeñó refiriéndose a él como “un chico que se lo debe todo a un nombre”. Cicerón pensaba que Antonio era el principal peligro y consideró al joven Augusto como un arma que usar en su contra: “Debemos alabar al joven, recompensarlo y deshacernos de él”.

No salió como pensaba el orador. Augusto luchó primero por el Senado en contra de Antonio, para luego unirse a éste y a Lépido y formar el segundo triunvirato. Tomaron Roma y ejecutaron a sus enemigos, reviviendo la técnica de Sila de publicar listas de proscripciones. Un hombre que apareciera en ellas perdía todos sus derechos legales y podía ser asesinado por cualquiera. Cicerón fue atrapado y muerto antes de que se colgaran las listas. Años después, los triunviros intentaron echar las culpas de esta masacre a sus colegas; pero Augusto quedó marcado con una reputación de crueldad joven. De ese modo pragmático tan romano, se consideraba sorprendente que una persona tan joven tuviera ya tantos enemigos.

LIBERTAD FRENTE A TIRANÍA

Al final de sus días describió esos primeros años diciendo simplemente: “A la edad de 19 años, bajo mi propia responsabilidad y a mi cargo, reuní un ejército, con el cual triunfé luchando en pos de la libertad de la República cuando ésta se encontraba oprimida bajo la tiranía de una facción”. No menciona el hecho de que se suponía que los ciudadanos particulares no podían reunir ejércitos. Como era de esperar, posteriormente Tácito juzgaría estos acontecimientos de forma más cínica: “Cuando el asesinato de Bruto y Casio desarmó al Estado; cuando [Sexto] Pompeyo fue aplastado en Sicilia y con Lépido dejado de lado y Antonio muerto, incluso el partido juliano carecía de líderes excepto César [Augusto]”.

Augusto ganó y, tras la batalla de Accio, no hubo más aspirantes con el poder militar para oponérsele… circunstancia que se preocupó mucho por mantener así conservando un estrecho control sobre el ejército. El éxito no lo volvió popular, pero lo que tanto los romanos como los provinciales deseaban más que nada era paz y estabilidad.

La guerra civil llevaba asolando la República desde el 88 a.C., cuando Sila lanzó sus legiones contra Roma. Las bajas habían sido importantes, sobre todo entre las familias senatoriales, mientras que los ejércitos lucharon y saquearon por todo el Mediterráneo. Muchos líderes y comunidades apoyaron lealmente a Roma, sólo para encontrarse a menudo en el lado perdedor de una guerra civil y obligados a pagar muchísimo para complacer al vencedor. Las comunidades italianas habían sufrido confiscaciones cuando los caudillos como Augusto tuvieron que encontrar granjas que entregar a sus soldados licenciados. En los años 30 a.C., Virgilio imaginó los pensamientos de uno de esos desposeídos, quizá a partir de su propia experiencia; pues puede que su familia perdiera tierras por entonces. “¡Ah! ¿Acaso volveré, luengos años desde aquí, a mirar de nuevo a los límites de mi patria, a mi humilde casita de campo con su revestimiento de hierba… volveré, luengos años desde aquí, a mirar con asombro unas pocas espigas de trigo, antaño mi reino? ¿Es un impío soldado quien tiene ese bien labrado barbecho? ¿Un bárbaro esas cosechas? ¡Ved donde el conflicto ha llevado a nuestros infelices ciudadanos!”.

Tras tantos trastornos, los ciudadanos querían asegurarse de que transcurridos unos años seguirían poseyendo sus propiedades y no serían llamados a filas para luchar en otra guerra civil. Los líderes y los órganos gobernantes de las provincias también querían tener la seguridad de que los honores y obligaciones que les habían repartido no cambiarían de un día para otro según fueran ascendiendo y cayendo los caudillos romanos. Décadas de inercia por parte de un Senado demasiado enfrascado en una enconada y a menudo violenta competencia por cargos y honores había dejado muchas apelaciones sin respuesta y muchas disputas sin resolver.

Augusto puso manos a la obra para solucionarlo. A menudo se olvida que viajó más que ningún otro emperador hasta Adriano. Augusto pasó más tiempo de su reinado en las provincias que en Roma e incluso Italia. Trabajó duro, recibiendo delegaciones y escuchando peticiones, algo que hacía donde quiera que estuviera. Las diputaciones iban a él ya estuviera en Roma, o en España, Galia, Grecia o Siria, esperaban a ser llamadas y al final eran escuchadas y recibían una respuesta.

Augusto se esforzó porque el Estado funcionara de nuevo y, al mismo tiempo, le proporcionó paz; un tema celebrado constantemente en el arte y la literatura, de forma destacada en el ara pacis augustae (el altar de la paz augustea), un honor concedido por el Senado en el 13 a.C. Se trataba de paz interna y de ausencia de guerra civil, pues al mismo tiempo fue uno de los grandes conquistadores de nuevos territorios. Derrotar a enemigos extranjeros era un logro completamente honorable y adecuado para un aristócrata romano. Como diría Virgilio: “Recuerda, romano -pues estas son tus artes- que has de gobernar naciones con tu poder, añadir buenas costumbres a la paz, perdonar a los conquistados y derrotar al orgulloso en la guerra”.

EL PRINCIPAL SERVIDOR

El orden regresó al mundo, un orden basado en las victorias romanas y el respeto al poder de Roma. Ovidio escribió sobre el ara pacis en sus Fastii, reflexionando sobre cómo entendían la paz los romanos: “Ven, Paz, con tus delicados tirabuzones coronados por laureles accios, y deja que tu gentil presencia permanezca en todo el mundo. De tal modo que nunca haya enemigos, ni hambre de triunfos, tú debes ser para nuestros jefes una gloria mayor que la guerra. ¡Ojalá que el soldado sólo tenga que portar armas para controlar al agresor armado […]! ¡Ojalá que el mundo cercano y lejano tema a los hijos de Eneas y si hubiera tierra que no temiera a Roma, que la ame”». La paz y la prosperidad procedían de la victoria de Accio y el continuado poder de Roma bajo el liderazgo de Augusto.

Augusto se llamaba a sí mismo princeps -el principal servidor de la República- y presumía de haberle devuelto el poder al Senado y al Pueblo. Su posición constitucional evolucionó gradualmente mediante la improvisación tanto como mediante una cuidadosa planificación; pero nunca alteró la sencilla verdad de que él controlaba las legiones y no se podía hacer que las devolviera.

A los historiadores les gusta entrever una oposición senatorial que lo obligó a mantener una apariencia de conducta constitucional, pero aquélla existe mayormente en su imaginación. Como dijo Tácito, Augusto “sedujo al ejército con botines, a la gente con repartos de grano gratuito, al mundo entero con el confort de la paz y luego, gradualmente, asumió el poder del Senado, los magistrados y la creación de leyes. No había oposición, pues los más bravos de los hombres cayeron en la línea de batalla o ante las listas de la proscripción…”. El único límite real al comportamiento de Augusto provino de su propio sentido de lo que era sensato y correcto.

No existía ninguna alternativa real, y atractiva aún menos, a su gobierno. Hasta donde alcanzaba la memoria, la República no había funcionado adecuadamente. Bruto y Casio asesinaron a César para restaurar la libertad, para seguidamente reclutar un ejército y actuar exactamente igual que el resto de caudillos de la época… y al final perdieron. Augusto le dio al imperio estabilidad e hizo que las instituciones funcionaran de nuevo o creó otras nuevas.

Requirió tiempo, pero los beneficios de su régimen no tardaron en ser evidentes -y su intención de mantener el poder fue tan obvia- que el triunviro empapado en sangre fue difuminándose en el recuerdo para dejar sólo al princeps, el padre de su país (pater patriae), como fue saludado en el 2 a.C. Pocos emperadores gobernaron durante más tiempo, o fueron tan llorados cuando murieron.

Adrian Goldsworthy es el autor de «Augusto. De revolucionario a emperador», ya a la venta. (La Esfera)

16 noviembre 2014 at 9:43 am Deja un comentario

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