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Una novela rescata la figura de Apicio, gastrónomo inmerso en las intrigas del imperio romano

La escritora e historiadora cordobesa Almudena Villegas presenta «Triclinium» el próximo día 24 en Sevilla

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Almudena Villegas rescata la vida de Marco Gavio Apicio en su novela «Triclinium» – VALERIO MERINO

Fuente: ANDRÉS GONZÁLEZ-BARBA  |  ABC
16 de noviembre de 2016

Almudena Villegas (Córdoba, 1964) es una historiadora y escritora especializada en temas de gastronomía, disciplina sobre la que ha realizado numerosas publicaciones. Fruto de esa pasión nace su primera novela, «Triclinium» (Almuzara), en donde hace un excelente retrato de las intrigas en la Roma del siglo I d.C. a través de la figura Marco Gavio Apicio, un rico gastrónomo lleno de excentricidades que vivió entre los reinados de Augusto y Tiberio. Este libro será presentado el próximo día 24 de noviembre en la Fundación Valentín de Madariaga.

Preguntada sobre los documentos que ha tenido que investigar a la hora de retratar la vida de Apicio en esta novela, la historiadora cordobesa confiesa que «el primero fue su obra, como es natural, “De re coquinaria“, mi memoria de licenciatura, en la que obtuve sobresaliente con opción a premio extraordinario de carrera y por cuya investigación me dieron el Premio Nacional de investigación en gastronomía». Asimismo, ha usado todas las fuentes latinas a su alcance: análisis arqueológico, epigrafía, etc., siempre siendo «absolutamente exhaustiva», asegura. Asimismo, afirma Villegas que «ha sido un trabajo apasionante y sorprendente por lo que fui encontrando». Por otro lado, hace años le concedieron a esta autora una beca en Italia que le permitió extraer las primeras investigaciones, «y de ahí en adelante he hecho varios viajes a Roma para seguir de cerca los pasos de Apicio y mostrar al lector esa Roma vibrante del s.I. Ha sido un largo camino entre viajes, documentos, bibliotecas…»

A pesar de que Almudena Villegas es escritora e historiadora, en su trayectoria profesional siempre ha destacado especialmente por sus amplios conocimientos gastronómicos, algo que ha influido decisivamente en la gestación de esta obra. «Era inevitable que apareciera la gastronomía, pero es que, claro, Apicio es el primer y más importante personaje de la gastronomía mediterránea, y esa combinación de conocimiento histórico y gastronómico ha sido providencial para la génesis de esta novela», asegura. «La gastronomía proporciona a esta historia una estrecha relación con la realidad, una dosis de realismo y de vitalidad que era imprescindible para una obra en la que busco que el lector sienta esa Roma viva, palpitante».

«Apicio era un personaje completo y polifacético, pero no fue capaz de proteger lo más querido»

Por otra parte, hay que considerar que Apicio tuvo una posición económica privilegiada y destacó por ser consejero del emperador Tiberio. Preguntada por la forma en que éste se vio envuelto entre las diversas intrigas propias de aquella época, la escritora cordobesa admite que «se movió hábilmente, diría que muy diestramente». «Sin embargo, y a pesar de su riqueza, de sus relaciones y sus capacidades, la vida, de repente, hizo un quiebro y el viento cambió. Era un personaje francamente completo y polifacético, pero no fue capaz de proteger lo más querido, y es que el dinero o el poder no siempre protegen del dolor, de la tragedia. La de “Triclinium” es una historia humana en el más amplio sentido de la palabra».

En ese complejo entramado de conspiraciones, el personaje de Sejano jugó un papel muy destacado. Según comenta esta historiadora, éste era «el atractivo malvado de la historia, seductor de princesas, ambicioso, conspirador e inteligente». «Sejano era nada más y nada menos que yerno de Apicio. Tener como yerno y padre de tus nietos a un personaje de esta calaña supuso una serie de grandes complicaciones que se fueron enredando hasta el momento en que todo salta en un gran estallido desde la vida privada a la pública».

Apicio ha pasado también a la historia por ser un gastrónomo que llevaba una vida sibarita y llena de excentricidades. No obstante, se ha hablado de que, a pesar de amasó una inmensa fortuna, terminó arruinándose, algo que pone en tela de juicio esta autora: «En realidad, la ruina que se le atribuyó era ridícula, un dardo envenenado que sus enemigos usaron para ridiculizarle ante sus compatriotas y ante la historia». «El historiador no debe creer a pies juntillas todas las fuentes, sino más bien mostrarse circunspecto ante ellas. Sin duda había intereses, posicionamientos, parcialidad… por tanto, hay que ser crítico ante ellas y tratar de extraer lo realmente crucial, analizando a fondo las posiciones de los distintos actores».

Portada de la novela - ABC

Portada de la novela – ABC

Pero si se habla de Apicio, hay que referirse a su obra «De re coquinaria», un tratado gastronómico fundamental en la historia, sobre el que existen dudas en cuanto a su verdadera autoría. Respecto a este tema, Almudena Villegas es clara. «Los expertos en el tema estamos de acuerdo en que la obra no es un único libro, como algo completo, sino más bien una colección de recetas a la que varios personajes que viven entre los siglos I y III fueron añadiendo sus trabajos y beneficiándose con ello del prestigio del primer Apicio. Pero es visible que el latín de unos libros y otros es diferente, ya que la lengua evoluciona con el paso del tiempo. El asunto se complica más aun cuando, tras su época, se comenzó a llamar Apicio a los cocineros, y a algunos platos, como unos dulces, se conocían como apicios. Este Apicio al que yo retrato, el primero, el gran sibarita y millonario no fue autor del libro completo, pero sí de alguno de sus capítulos, y tuvo incluso una academia de cocineros. Fue el que realmente crea historia y es emblema de todos los apicios posteriores».

Respecto al papel que desempeñó la gastronomía dentro de la cultura romana, la autora de «Triclinium» asegura que «como en todas las civilizaciones, alimentarse es lo primero, lo necesario, el combustible de la vida. Sin embargo, en Roma hay una gran diferencia que marca la calidad: Roma organiza, administra y crea un gran mundo de una forma admirable y que ha permanecido hasta la actualidad. Y con ello genera excelentes sistemas de explotación de recursos naturales: pesca, agricultura, ganadería…, todas ellas básicas para una buena gastronomía». Asimismo, asegura que «cuando la romanización consigue que la alimentación sea adecuada en todos sus territorios, la gastronomía crece. Las mesas se refinan y conocen uno de los pocos momentos cumbre en la historia mundial de la gastronomía, con excelentes productos, técnicas asociadas, instrumentos, métodos de trabajo, en fin, todo un riquísimo mundo culinario que finalmente desempeña un papel de prestigio y de poder».

Finalmente, y preguntada sobre si la gastronomía va a ser fundamental en sus próximas novelas, Almudena Villegas admite que la historia de la alimentación «será un tema recurrente porque tengo mucho que contar aún y porque es apasionante, ya que camina de la mano de la propia historia del hombre y nos proporciona claves esenciales. Por otro lado, no sé si mi próximo trabajo será una novela o no. De momento trabajo, como siempre, en varios frentes, hasta que uno de ellos me requiere de forma imperiosa, y me pide algo, como ha sucedido con Apicio, que ha tomado protagonismo y se ha transformado en Triclinium».

 

17 noviembre 2016 at 7:17 pm Deja un comentario

«Julio César tenía una jirafa de mascota y usaba perros para luchar en sus legiones»

La historiadora María Lara repasa en ABC -en pleno aniversario del nacimiento del dictador- el origen de las vacaciones de verano: la Antigua Roma

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Julio César acepta la rendición de Vercingétorix – Wikimedia

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
14 de julio de 2016

Año tras año, esperamos ansiosos la llegada de los meses de julio y agosto por una sencilla razón: las vacaciones de verano. Y es que, a pesar de lo agradable que puede ser el calor, todavía lo es más dejar a un lado la rutina del día a día para coger el coche o el avión y pasar unos días en cualquier lugar que se aleje de las zonas que tenemos más vistas.

Con todo, hacer referencia a este tiempo de asueto nos plantea una serie de cuestiones. La primera de ellas, cuándo se empezó a generalizar el «cambiar de aires» y el «tomarse un respiro» en la Historia.

Por ello, hemos contactado con María Lara (escritora, profesora de la UDIMA y Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia) para que nos desvele el momento exacto en el que empezaron las vacaciones de verano. A su vez, la experta también nos ha hablado de las mascotas de la Antigua Roma. Esos animales cuyo cuidado, cuando viene el estío, generan algún que otro dolor de cabeza.

¿Cuándo comenzaron a generalizarse las vacaciones?

En época contemporánea, pero antes, en la Antigua Roma, ya se iban de vacaciones aquellos que se podían permitir un nivel de vida más alto que el resto, personas que disfrutaban de placeres que no estaban al alcance de todos los ciudadanos como, por ejemplo, los propietarios de las villas. En Hispania hubo unas cuantas de ellas, algunas conocidas desde hace tan sólo unos años, como la que alberga el majestuoso mosaico de Noheda, en la provincia de Cuenca, con escenas mitológicas, nupciales e infantiles.

¿Se favoreció en Roma la existencia de las vacaciones?

En la época de Adriano se construyó una extensa red de rutas y carreteras comerciales. Durante los veranos, las familias patricias se desplazaban hacia otros parajes. En mi novela histórica, “El velo de la promesa” (que ya va por la octava edición y ha ganado el Premio “Ciudad de Valeria”, el único centrado en narrativa de inspiración romana) saco a la luz aspectos de la cotidianidad, desde los sentimientos familiares a la indumentaria, pasando por las tabernas de estas “carreteras” que eran utilizadas por aquellos que se iban de vacaciones en aras de comer y pernoctar hasta llegar al destino.

¿El objetivo de esas posadas era únicamente servir a aquellos que se iban de vacaciones?

No. Generalmente eran usadas para dar de comer y albergar a los soldados que se trasladaban  de un lugar a otro durante las guerras o misiones de consolidación de la frontera. Pero en el siglo II d.C., a partir del ascenso de Adriano, y más adelante durante el Bajo Imperio, empezó a incrementarse la movilidad geográfica, esto es, surgió un “turismo” que ayudó a los hosteleros económicamente.

¿Cómo viajaban los romanos?

Generalmente en carros tirados por caballos. Su denominación era carruca. Los más selectos de estos vehículos estaban recubiertos de “lapis specularis”, una especie de cristal que era extraído en España (principalmente en las canteras de Segóbriga) y que permitía a los que iban en su interior contemplar el paisaje sin ser vistos. Así las damas romanas podían disfrutar contemplando la naturaleza o el incesante ajetreo urbano sin verse expuestas a miradas ajenas.

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Carruca romana – Wikimedia

¿Los soldados solían tomarse vacaciones?

No. Ser “miles“, militar, implicaba una vida muy sacrificada. La mayoría de estos hombres no podían volver a casa en mucho tiempo porque las millas que separaban su hogar de las regiones que iban a conquistar eran exageradas. Es preciso concienciarse de que, sólo en el presente, hemos “roto” de algún modo las distancias.

¿Cómo denominaban los romanos a las vacaciones?

En latín las vacaciones eran “feriae”. Pero quizá sería más adecuado hablar de ocio y de negocio: tiempo de descanso y tiempo de trabajo.

¿De dónde proviene ese término?

Los etruscos tenían las ferias latinas. De ellas viene ese vocablo de “feriae”. Se trataba de unas fiestas anuales que instituyó Tarquino el Soberbio en el siglo VI a.C. Fue el último rey de Roma. Este, para consagrar la alianza que había hecho con todos los pueblos del Lacio, creó una fiesta bajo la advocación de Júpiter. Al principio, se celebraban durante un día, pero con el paso de los años se extendieron hasta cuatro en el monte Albano.

Ostia fue algo similar a una ciudad balneario para los romanos

En estos días de “feriae”, a los esclavos no se los obligaba a trabajar. Estas fiestas tenían lugar en abril, aunque hay que tener en cuenta los cambios en el calendario. Agosto es el mes de Augusto, primer emperador de Roma. Fue elegido este mes para honrar al emperador porque en él venció a Cleopatra y Marco Antonio y entró triunfante en Roma.

Como Julio César se había apropiado del quinto mes del año romano, llamándolo julio, Augusto quiso tener otro mes y lo bautizó como él. Y, como quintilis poseía en el calendario juliano (vigente hasta la reforma gregoriana de 1582) 31 días mientras que sextilis, 29, Augusto intervino sumando y quitando días en el año para no ser menos que su predecesor en la gloria de la Urbe y tener un mes de 31 días.

¿Hubo alguna ciudad que destacara por ser un lugar muy deseado para pasar unas buenas vacaciones?

La ciudad de Ostia, Era considerada la playa Roma y estaba ubicada en un rincón del Tirreno. Allí se levantó una ciudad antigua al estilo de Pompeya. Era el lugar donde el Tíber se fundía con el Mediterráneo. Se formo una colonia en el siglo IV para proteger Roma, pero luego fue su principal puerto. Llegó a tener 50.000 habitantes y multitud de termas, es decir, que de algún modo ejerció de ciudad balneario. Cuando el Imperio Romano entró en agonía quedó expoliada y hasta la Edad Media no se volvió a reedificar.

¿Cuáles eran sus destinos más habituales?

El objetivo era cambiar de aires, por eso los honestiores (poderosos) pasaban unas semanas de asueto en villas galas, hispanas o en casas cercanas al Danubio… La finca, surcada por estanques, o decorada con los mejores mármoles, estatuas y mosaicos, evidenciaba la fortuna del amo.

Afirma que, al investigar, se ha encontrado con datos sumamente curiosos del día a día de la vida de un romano en vacaciones ¿Podría contarnos alguno?

En estas mansiones “de verano” los dueños avisaban con carteles a las visitas de que había perros guardianes, algo por otra parte habitual en la domus, la casa romana. Los perros se pusieron de moda entre las clases más acomodadas para ser servidores del hogar. Por eso, los sabios romanos advertían que los perros que fueran a guardar un caserío debían ser grandes, con ladridos espaciosos, sonoros y de color oscuro (para camuflarse por la noche). Los plebeyos disponían de gansos y ocas como auxiliares en la vigilancia.

¿Tenían los romanos afición por los perros?

Sí. La afición de los romanos a los perros vino de la caza, que era una diversión ya importante para los griegos. Por eso vemos a Artemisa o a Diana representadas como cazadoras. También Marte, el dios de la guerra, iba seguido de perros molosos. Era una raza con fuerte musculatura muy utilizada en el circo romano. Este mastín se constituyó en el fiel compañero del gladiador y del legionario.

¿También de los legionarios?

Si. Julio César los conducía junto a él en el ejército, por ejemplo en la conquista de las Galias. Se les procuraba entrenamiento de soldados. Algunos de estos “canis pugnacis” portaban un collar dentado que mostraba su fiereza. Como leemos en un pasaje de la obra Julio César de Shakespeare: “Grita ¡Devastación! y suelta los perros de la guerra”. Pero los ejércitos del Águila también llevaban gatos. El objetivo era que, como había muchos ratones en los campamentos y cuarteles de invierno, los felinos se los comían. Además de que, tras el paso por Egipto, por su vinculación con Isis, era considerado el gato un animal que simbolizaba la victoria.

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Asesinato de Julio César – Wikimedia

¿Hasta dónde llegaba el amor de Julio César por los animales?

Hasta niveles desorbitados. Tuvo una jirafa como mascota. En uno de sus viajes, Julio César se trajo de África en el año 46 a.C. a una jirafa y la exhibió para disfrute de los romanos. Lo llamaron cameleopardo. Por las manchas y por el aspecto pensó el pueblo que se trataba de una mezcla de camello y de leopardo.

¿Hay algún otro dignatario que tuviese una mascota extraña de esas que no se saben donde dejar al estar de vacaciones?

Otro emperador, Valentiniano, tenía dos osas enjauladas junto a su dormitorio. Una se llamaba “Inofensiva” y otra “Lentejuela dorada”. A la primera la devolvió a los bosques por sus muchos méritos. Mucho antes, Augusto puso de moda los cuervos y los periquitos; el segundo emperador, Tiberio, quien reinaba cuando se procesó a Cristo, tenía una serpiente que alimentaba con su propia mano y el histriónico Nerón poseía una pantera llamada Febea.

«Honorio adoraba a su gallina faranona, “Roma”»

Lo de Calígula es sumamente extravagante: adornaba a su caballo Incitatus con mantas púrpuras (color propio del César), su cuadra estaba salpicada de perlas, para el corcel tocaban los músicos y, cuando iban huéspedes a cenar, el jamelgo, y no su amo, era designado anfitrión. Por eso, a menudo cenaba en una gran sala de banquetes con senadores y grandes dignatarios romanos.

¿Y alguno que quisiese de forma desmesurada a su mascota?

Además de Calígula a su equino, Honorio a su gallina. Poseía una gallina faraona a la que llamaba “Roma”. Cuando la ciudad fue saqueada por los godos de Alarico, el eunuco que estaba a cargo de la gallina corrió a anunciarle el fin de Roma al emperador, pero este entendió que hablaba del animal y se disgustó. Honorio repuso que cómo podía ser que hubiera fenecido Roma si acababa de darle de comer. Cuando el criado le explicó que la gallina estaba a salvo, que era la ciudad eterna la que se hallaba en peligro, Honorio suspiró aliviado. Corría el año 410.

Volviendo a las vacaciones: ¿Se tiene constancia de las vacaciones de algún personaje famoso?

Si. En mi novela histórica “Memorias de Helena: Constantino, La cruz y el Imperio” narro el prodigioso viaje que Flavia Iulia Helena (madre del emperador Constantino) hizo a Jerusalén en el siglo IV a.C. Se desplazó desde Roma hasta Jerusalén. Fue por las islas griegas, llegó a Siria y bajó con las caravanas aduaneras hasta Judea. Como no escribió ninguna obra, he desentrañado su historia a partir de las fuentes de la antigüedad tardía, monedas, inscripciones, etc., para después contar sus vivencias en primera persona y que su historia, cargada de sentimientos, sirva para cargar de optimismo, pese a las dificultades, al lector del tercer milenio. Ha sido un trabajo de más de ocho años.

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Egeria – Wikimedia

¿Hasta qué punto fue difícil su viaje?

Efectivamente. Uno se da cuenta a través de las crónicas de lo difícil que era ponerse en marcha, y más si había una distancia tan prolongada como la que acometió Helena. Entre las temperaturas, que eran elevadas, y las pocas comodidades que se experimentaban durante el periplo, los viajes terminaban estando reservados, como odiseas, a héroes y titanes, lo que en la vida práctica equivale a los más valientes.

En el caso de Flavia Iulia Helena, viajó con 76 años del siglo IV (era anciana porque esta edad no se corresponde con la de hoy, la esperanza de vida era de la mitad). Con tesón, Helena, la antigua tabernera que llegó a emperatriz tras el repudio por parte de Constancio Cloro, enseña que hay lágrimas que esconden alegrías: mandó excavar en el Gólgota y desenterró las reliquias de la Pasión.

¿Y alguno con tintes españoles?

El viaje de Egeria. En los últimos años del siglo IV, cuando el Imperio Romano estaba a punto de derrumbarse, una hispana de alcurnia quiso contemplar los Santos Lugares, recién «descubiertos» por santa Helena. Desde la Gallaecia, atravesando la «Vía Domitia» llegó a la capital de la parte oriental del Imperio, Constantinopla, prosiguiendo hasta Jerusalén. Partió en el año 381 y su periplo duró 3 años, en el transcurso de los cuales residió en Jerusalén pero realizando frecuentes excursiones.  Con naturalidad y entusiasmo fue describiendo todo, desde el Hebrón al Tabor, en unas cartas dirigidas a las amigas que quedaron en la patria, por ejemplo, detalla que, al coronar el Sinaí, fueron acogidos por los monjes que allí habitaban.

 

14 julio 2016 at 8:30 am Deja un comentario

León: El Ayuntamiento estudia la puesta en valor de ‘Los Principia’

El Tribunal Superior de Justicia echa por tierra las intenciones de edificiar en el terreno donde desde el 2004 permanecen enterrados los restos del campamento de la Legio VI y la Legio VII y pone fin a un culebrón de una década

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La maleza crece a su antojo en el solar donde están enterrados ‘Los Principia’

Fuente: A. CUBILLAS > León  |  Leonoticias     06/05/2016

Punto y final al culebrón de Los Principia. El Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León ha echado por tierra las intenciones de edificar de los dueños del terreno situado en la calle San Peyalo 7, donde permanecen sepultados desde el 2004 los restos del campamento de la Legio VI y la Legio VII.

De esta forma y una década después, se pone punto y final a un litigio después de que el alto tribunal ratificase con carácter firme la sentencia del Contencioso Administrativo de nº1 de León al entender que el proyecto de levantar un bloque de viviendas no se ajustaba a las prescripciones de la Comisión de Patrimonio.

Así lo ha anunciado este viernes el portavoz del Ayuntamiento de León, Fernando Salguero, que además ha anunciado la intención del equipo de gobierno de poner en valor estos restos romanos. Para ello, desde el área de Patrimonio y Urbanismo están realizando informes técnicos para ver las posibilidades actuales. “La intención es ponerlo en valor o al menos ver acciones podemos llevar a cabo”.

Precisamente, fue en el año 2011 cuando el Ayuntamiento de León, por silencio administrativo, llegó a dar licencia para construir en este solar lo que dio el pistoletazo de salida de este culebrón.

Una permuta de terrenos que se suma a otras alternativas como la posibilidad de dejar un sótano libre en la vivienda construida para la musealización en una cripta del cuartel o romano o la opción de tomar unas fotos de los restos, sepultaros y exponer las imágenes en el portal de la vivienda.

Restos únicos en España

El interés y la relevancia arqueológica de estos vestigios romanos, hallados en pleno corazón de la ciudad en la calle San Pelayo, está fuera de toda duda, dado que representan parte del edificio más emblemático de un campamento romano que servía de centro administrativo, cuartel general y templo religioso, una zona que es lo que se conoce como ‘Los Principia’.

Según señalan los expertos León no nació con la Legio VII, sino con la Legio VI Victrix en la época de Tiberio que fija un campamento estable entre el Bernesga y el Torio, una legión que debido a la revuelta bátava abandona la ciudad. Ante esta situación, Galba recluta la Legio VII Hispania. Por ello, en los restos aparecidos en San Pelayo se pueden documentar dos estratos: parte de los principia de la Legio VI y parte de la Legio VII.

Pese a su relevancia histórica, aún hoy los restos de los Principia siguen sepultados y escondidos detrás de un muro en un terreno donde el material de construcción y la maleza que crece a su antojo esconden unos restos únicos en el mundo.

 

7 mayo 2016 at 9:17 am 1 comentario

Descubren la primera bodega imperial romana dedicada a la comercialización de vino

Arqueólogos de la Universidad de Sheffield descubren una bodega con tres grandes tanques que podían contener 1000 litros de vino

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Fuente: Vinetur     11/04/2016

Un equipo dirigido por arqueólogos de la Universidad de Sheffield han descubierto la primera bodega imperial de la época romana en una finca en Vagnari, Italia, en las colinas de Puglia, al este de las montañas de los Apeninos.

Descubrieron una gran bodega, donde enormes recipientes de cerámica llenos de vino habrían sido enterrados hasta el cuello en el suelo, para una mejor conservación.

La finca, que conectaba con Roma por la vía Apia, se cree que era propiedad de el primer emperador Augusto, o su hijo adoptivo Tiberio, en el siglo I dC.

Hasta ahora, el equipo de excavación ha descubierto parte de la bodega de vinificación, una estancia dedicada a la fermentación del vino con tres enormes tanques que podrían contener más de 1.000 litros y que fueron enterrados para mantener a temperatura constante y fresca el vino, una medida necesaria en un clima cálido como es el de esta región.

Aunque el vino era un bien de lujo en esa época, la profesora de arqueología Maureen Carroll cree que, en el caso de esta finca, es más probable que el vino estaba orientado a la venta o exportación.

La profesora Carroll, que ha estado llevando a cabo excavaciones en el lugar desde 2012, explicó la pasada semana en varios medios locales, que estan a la espera de llevar a cabo análisis con la ayuda de la Universidad de Bradford sobre los residuos de las cubas para descubrir qué tipo de vino contenía.

La finca de Vagnari pone de manifiesto, por otro lado, la existencia y cultivo de la vid en esa zona. El viñedo más cercano hoy en día es la finca Botramagno a una distancia de 20 kilómetros, que produce un vino blanco.

Un equipo, incluyendo estudiantes de Sheffield, volverá este verano, con el apoyo de la Escuela Británica en Roma y la Superintendencia Arqueológica de Puglia, en busca de varias cubas y otros equipos de elaboración del vino.

Los arqueólogos también esperan descubrir el misterio de los esqueletos, dos esqueletos de un adolescente y de una niña que se encuentran en el interior de una de las grandes cubas.

12 abril 2016 at 8:51 pm Deja un comentario

Agripa Póstumo, el misterioso asesinato del nieto proscrito y violento del Emperador Augusto

Colérico, brutal y grosero, el nieto del Princeps fue asesinado por un centurión de la Guardia pretoriana en la isla donde su abuelo le mantenía preso. A su regreso a Roma, el oficial fue a informar a Tiberio de que el trabajo estaba hecho, pero el sucesor de Augusto negó enérgicamente haber dado la orden

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Busto de Marcus Vipsanius Agrippa Postumus – Louvre

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC    11/01/2016

Ni siquiera los historiadores clásicos se ponen de acuerdo en qué enfermedad mental o qué asunto personal se interpuso entre el Emperador César Augusto y Agripa Póstumo –su nieto, además del hijo de su general más valioso y leal, Agripa–. La disputa le causó el destierro y, a la muerte del Princeps, ser asesinado a manos supuestamente de la madre del nuevo Emperador Tiberio. Grosero, brutal, «desprovisto de buenos valores» pero –anota Tácito– «no había estado implicado en escándalos». ¿Qué levantó tanta hostilidad y tantos enemigos contra un hombre que apenas tuvo tiempo de intervenir en política?

El padre de la criatura, Marco Vipsanio Agripa, acompañó a César Augusto en su ascenso al poder. Frente a la incapacidad militar de Octavio, Agripa se destacó como su brazo armado en las batallas de Mylae, Nauloco y Actium, entre otras, donde se impuso a los asesinos de Julio César y posteriormente a las tropas de Marco Antonio. El político romano, además, es recordado por su labor urbanística embelleciendo las calles de Roma y de las provincias por las que pasó. Fue el encargado de construir el Teatro romano de Augusta Emerita, en la actual Mérida. Todos sus esfuerzos y su lealtad hacia el Princeps esperaba que le fueran devueltos con su designación como heredero de Augusto, que legalmente no estaba constituido como Emperador pero que, tras décadas de guerra civil y de control férreo de la política, había dejado Roma en manos de su familia. El primer paso del Princeps fue casar a su hija Julia «la Mayor» con Agripa, veinticuatro años mayor que ella. Luego organizó todo para que Agripa ocupara su lugar una vez él se hubiera marchado. No obstante, Agripa murió antes que el propio Augusto, lo que echó al traste sus planes y sus ambiciones, aunque no la de sus hijos.

El único heredero apartado

Augusto fue un joven enfermizo con graves problemas de hígado, que en el año 23 a.C estuvieron a punto de costarle la vida. Si así hubiera sido no cabía duda de que Agripa hubiera asumido el poder. Pero no fue el caso. El Princeps superó la enfermedad con la ayuda de un médico griego, que simplemente le recomendó aplicar baños de agua fría, y murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. ¿Quién de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego no Marco Vipsanio Agripa, que murió en el 12 a.C. dejando tras de sí a dos bizarros herederos, Cayo y Lucio, que fueron nombrados por su abuelo «Principis Iuventutis»; a dos hijas, que adquirieron cierto protagonismo político en las siguientes décadas; y a un hijo que nació meses después de que él hubiera muerto. Haciendo gala de ese pragmatismo tan característico de los romanos se le llamó Agripa Póstumo.

Busto de Marco Vipsanio Agripa- Museo del Louvre

Busto de Marco Vipsanio Agripa- Museo del Louvre

Augusto adoptó como hijos a Cayo y Lucio, pero prefirió no adoptar a Póstumo, en señal de respeto hacia Agripa, para que quedase un hijo que continuase su linaje. O al menos esa fue la excusa que dio. Lo cierto es que desde el principio el Princeps trató diferente a ese hijo de Agripa e impulsó la carrera de los otros dos, cuya salud irónicamente no iba a dar tanto de sí. En el año 2 d.C, Lucio César, de 19 años, abandonó Roma para hacerse cargo de su primer mando provincial en Hispania, siguiendo con el brillante «cursus honorum» que su abuelo había dispuesto. Sin embargo, de camino a Hispania enfermó y falleció de forma súbita en Massilia (hoy, Marsella).

El Princeps quedó desolado por la muerte de su heredero predilecto, consolándose en los éxitos del otro hermano, Cayo, que triunfaba por aquellas fechas en una incursión en Armenia. Sin embargo, en el año 3 d.C, Cayo se encontraba asediando una plaza en esta región cuando fue herido a traición por el enemigo. Aparentemente la herida no era de gravedad e incluso pudo recuperarse en los siguientes meses. Si bien su salud empeoró en otoño de ese año y su comportamiento se volvió errático, como apunta el historiador Adrian Goldsworthy en su libro «Augusto, de revolucionario a emperador». Emulando al futuro Emperador Tiberio, cuya melancolía crónica le había llevado a retirarse de la vida pública, Cayo escribió a su padre pidiéndole permiso para apartarse del mundo de la político. Augusto apenas tuvo tiempo de indignarse por una decisión de esa naturaleza en un joven de veinte años: Cayo murió el 21 de febrero del año 4 d.C.

Un deprimido César Augusto se veía forzado, a los 67 años, a organizar de nuevo su sucesión. Sin hijos varones de su sangre (en realidad para los romanos era más importante el que sobreviviera el nombre que la sangre) y sin intención de legar el poder a los maridos de sus nietas, las opciones de Augusto eran muy limitadas. Su objetivo era encontrar al candidato idóneo y, una vez señalado como su heredero, compartir con él la mística que había logrado vincular a su nombre a través de su formidable aparato propagandístico y de su inigualable auctoritas.

Agripa Póstumo, de 15 años, fue descartado en un principio porque todavía no había vestido formalmente la toga de la mayoría de edad, aunque tal vez simplemente fue una nueva excusa. Lo cual dejaba las opciones en el sobrino nieto del Princeps, Germánico, que tenía 18 años y contaba con un don natural para ganarse a la muchedumbre, y Tiberio, de 45 años, dos veces cónsul y el comandante más distinguido con vida. El veterano era un candidato excepcional, salvo porque tras su retiro de ocho años en Rodas estaba en proceso de recuperar el favor de Augusto.

Tiberio vs. Agripa Póstumo: la caída del forzudo

Finalmente, Tiberio adoptó a su sobrino Germánico –que murió en el 19 d. C. de una misteriosa enfermedad– a la espera de que Augusto, a su vez, adoptara a ambos y también a Agripa Póstumo. Sin embargo, no hubo ningún intento por acelerar la carrera de Agripa o de proyectar su perfil público, ni se le nombró «Principis Iuventutis» como a sus hermanos Cayo y Lucio, ni se hizo amago de casarle con otro miembro destacado de la familia. Estos desagravios se emplazaron originalmente dentro de la guerra interna entre los herederos que procedían de la familia de Livia, la tercera mujer de Augusto, y los que lo hacían como Agripa de la hija de Augusto, Julia «la Mayor», que tuvo con su segunda mujer. Pero con el tiempo se revelaron influidos por la mala opinión que Augusto tenía de su nieto Agripa Póstumo.

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Augusto de Prima Porta, estatua de César Augusto- Museo Chiaramonti

En el año 7 d.C, se esperaba que el joven recibiera al fin un cargo público y se le entregara el mando de algunas tropas para dirigirse a Panonia. En vez de ello, el trabajo se le encargó en el último momento a Germánico. Tras esta decisión, la carrera de Póstumo fue de mal en peor. Fue primero enviado a Surrento, en la bahía de Nápoles, donde se pasaba el tiempo pescando, remando, nadando y holgando. Posteriormente Augusto revocó su adopción, por lo que pasó a ser de nuevo un Vipsanio Agripa, aunque las propiedades de su padre no retornaron a él, valiéndose el Princeps del dinero para llenar el «eradium militar». Póstumo cargó contra Livia por su desdicha, lo que le valió ser exiliado a la diminuta isla de Planasia, cerca de Córcega y mantenido bajo estricta vigilancia.

 

Estatua de Livia ataviada como Ceres- Louvre

Estatua de Livia ataviada como Ceres- Louvre

Puede que fuera cierto que Livia y Tiberio estuvieran conspirando contra el joven, pero Augusto no era ningún crédulo y desconfiaba como el que más de su nieto. Veía en él a un portento físico, a un buen guerrero, a un forzudo descerebrado, pero además a alguien colérico, fiero, insensato y poco sutil. O al menos eso insinúan las fuentes. No obstante, lo que convenció definitivamente a Augusto para apartar al joven romano sigue rodeado de misterio, ya fuera un suceso o una actitud concreta. En la famosa novela «Yo, Claudio», de Robert Graves, que tanto daño ha hecho a la imagen de Livia, se relata que la mujer de Augusto acusó a Póstumo de una violación que en realidad no cometió. Una versión novelada y falsa, pero que da cuenta de lo que pudo trasladar al Princeps una imagen tan negativa de su nieto. Debió ser algo de carácter privado, entre bambalinas (las últimas palabras de Augusto en su lecho de muerte fueron: «La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!»), o al menos de carácter delicado.

Por su parte, Tácito cuenta cómo César Augusto ideó una visita altamente secreta a la isla en el año 13 d. C, para disculparse con su nieto e informarle sobre sus planes para que regresara a Roma. Es decir, que antes de su muerte había albergado intenciones de perdonar a su nieto. No en vano, la mayoría de historiadores modernos dan poca veracidad a este relato y lo vinculan a la aversión de Tácito hacia Tiberio; así como al supuesto golpe de mano que Livia y Tiberio dieron a la muerte del hijo del Divino Julio. Ciertamente, Agripa sobrevivió apenas unos días a su abuelo.

Una orden que nadie asumió como suya

Tiberio asumió la cabeza de Roma a la muerte de su padre político y, casi al instante, un centurión de la Guardia pretoriana viajó a la isla donde permanecía exiliado Agripa con la misión de asesinarle. Le sorprendió sin armas y, «aunque se defendió con valor, hubo de ceder después de una obstinada lucha». Murió con 26 años. A su regreso a Roma, el centurión acudió con normalidad a informar a Tiberio como correspondía por ser su comandante, salvo porque éste negó enérgicamente que él hubiera dado la orden de matar a Agripa. Puede que dijera la verdad y que fuera una orden directamente dada por su madre o incluso por Augusto antes de morir; si bien, Tácito recuerda que el Princeps en ninguna ocasión ordenó matar a nadie de su familia cercana. De la misma manera que el misterio ha quedado sin resolver por la falta de información, no lo hizo la lista de personas favorecidas por la muerte de Agripa, donde Tiberio y Livia copaban las primeras posiciones.

En todo caso, la muerte de Póstumo fue seguida por la de su hermana Julia, que había sido por un tiempo esposa de Tiberio y en ese momento también permanecía exiliada. «Ella se encontraba proscrita, deshonrada y, tras la muerte de Agripa Póstumo, privada de toda esperanza. Tiberio la dejó perecer lentamente de hambre y miseria, pensando que su muerte, por lo lejano de su exilio, había de quedar en la oscuridad», relata Tácito, sobre las consecuencias de la orden de Tiberio de reducir el envío de suministros al lugar donde permanecía Julia.

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La muerte de Tiberio por Jean-Paul Laurens, décadas después que Agripa

Y todavía tendría Tiberio una última ocasión de mostrar su intenso odio hacia Agripa y su memoria. Según una famosa anécdota, se cuenta que a la muerte del nieto de Augusto, un esclavo suyo llamado Clemente tuvo la audacia de tomar el nombre de Agripa, haciendo correr el rumor de que este príncipe no había muerto. Tiberio ordenó que le detuvieran y le llevaran a su presencia: «¿Cómo has tenido el atrevimiento para fingirte Agripa?», preguntó enfurecido. Lo mismo que tu «para ser César» contestó el esclavo. El nuevo dueño de Roma mandó que Clemente fuera asesinado en secreto antes de que más gente pensara que el grosero y brutal Agripa había vuelto de entre los muertos.

11 enero 2016 at 8:22 am 1 comentario

Arqueólogos alemanes encuentran el campamento de Varo en Germania

El reciente hallazgo arqueológico de un campamento romano en Baja Sajonia ayuda a redibujar el mapa de la historia romana de Alemania.

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Los arqueólogos de la Universidad de Osnabrück que están realizando las excavaciones / ABC

Fuente: ROSALÍA SÁNCHEZ > Berlín  |  ABC    21/10/2015

Si los alemanes beben cerveza en lugar de vino, aliñan con mantequilla y no con aceite de oliva, o siguen hablando una lengua endiabladamente hostil a los herederos del latín es porque nunca fueron romanizados. Y se lo deben a Arminio, un líder germano que contuvo a las legiones e impidió la creación de una provincia romana en la margen derecha del Rin. La gesta de Arminio, sin embargo, se ha mantenido a lo largo de los siglos en la niebla del mito nacional germánico, puesto que el único testimonio arqueológico de su victoria era una piedra funeraria con el nombre del centurión Marcus Caelius y una inscripción que documenta que murió en la Batalla de Varus. Ahora, el reciente hallazgo arqueológico de un campamento romano en Baja Sajonia arroja una primera luz científica sobre la leyenda y ayuda a redibujar el mapa de la historia romana de Alemania.

Se trata de un campamento romano de tiempos de Cristo en lo que hoy es Wilkenburg, al sur de Hannover, en el que según los primeros indicios llegaron a concentrarse al menos durante unos cuantos días unos 20.000 soldados romanos fuertemente armados, lo que equivale a tres legiones y a una décima parte del total de las tropas del imperio. Es el primero de su tipo hallado en el norte de Alemania y concretamente estuvo ocupado, según las primeras mediciones, entre el año 12 a.C. y el 9 d.C.. Desde él parten además, en varias direcciones, rutas de 20 kilómetros en las que se encuentran otros pequeños campamentos auxiliares. Junto a restos de sandalias romanas, pinzas y fíbulas, en total varios cientos de objetos y restos, han sido halladas monedas de la época del emperador Augusto. Hay denarios romanos acuñados en Lyon y otras monedas de origen celta. Su pormenorizado estudio aportará precisión al descubrimiento, mientras el trabajo de campo ha cumplido ya sus primeros objetivos.

Fueron unas imágenes aéreas lo que llamó la atención de los arqueólogos estatales del Land de Baja Sajonia y comenzaron las excavaciones en un área de 500 por 600 metros. Harald Nagel, afanado en el repaso con detectores de metales de unas 30 hectáreas de terreno, se muestra prudente en su valoración del hallazgo. «Los estudios de las monedas están todavía en su fase preliminar y es pronto para sacar conclusiones», dice, pero reconoce que «el yacimiento demuestra que Hannover y sus alrededores fueron un punto de importancia histórica y estratégica muy superior a lo que se estimaba hasta ahora».

Al igual que las legiones de Varus, los trabajos arqueológicos han de vérselas con constantes y copiosas lluvias que convierten las trincheras de excavación en auténticos barrizales cada dos por tres. «Tácito ya describió sobre la batalla de Varus que llovían perros y gatos», recuerda el arqueólogo Hening Hassmann, que destaca el cruce de rutas norte-sur y este-oeste que fue elegido para instalar a las tropas romanas.

En efecto, en 1515, el humanista Ullrich von Hutten descubrió en el primer libro de los Anales de Tácito una referencia a «Arminius», de quien el historiador romano decía que había infligido una derrota a Roma cuando el imperio estaba en todo su esplendor. Tácito calificaba a Arminius como el verdadero liberador de Germania. Ullrich von Hutten tomó las lacónicas apreciaciones de Tácito sobre Arminius y publicó en 1529 un diálogo póstumo titulado «Arminius», que cultivaron los los protestantes para subrayar la independencia no ya ante la Roma imperial sino ante la iglesia romana.

Hay consenso entre los historiadores sobre que Arminio, un germano que había formado parte del ejército romano y en quien Varus confiaba, formó una alianza entre varias tribus bárbaras y le tendió una trampa a Varus para hacerse con el control de la región. Las legiones romanas sucumbieron a una emboscada que terminó en carnicería. El actual hallazgo, por su importancia y dimensiones, apunta por ahora solamente a dos posibles lecturas: o bien el mismo Tiberio subió más al norte de lo que se había pensado hasta ahora, o fue Varus el que llegó hasta Hannover para allí morir y poner fin a la expansión romana en Germania.

21 octubre 2015 at 4:07 pm Deja un comentario

La misteriosa enfermedad que torturó al emperador César Augusto hasta los 40 años

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps, el griego Antonio Musa modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. El médico lo curó con algo tan sencillo como aplicar baños de agua fría

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Estatua de César Augusto en la Ciudad del Vaticano, Roma. / MUSEO CHIARAMONT

Fuente: CÉSAR CERVERA > Madrid  |  ABC        11/09/2015

Cuando en el año 44 a.C. Julio César fue asesinado por un grupo de senadores, Cayo Octavio era un adolescente completamente desconocido recién adoptado por el dictador romano. Nadie pensó que aquel imberbe fuera en serio en su pretensión de continuar con el legado de su padre político. Cayo Julio César Octavio, sin embargo, consiguió en poco tiempo alzarse como uno de los tres hombres más poderosos de la República –formando inicialmente el Segundo Triunvirato con Marco Antonio y Lépido– y más tarde logró gobernar en solitario como Princeps («primer ciudadano» de Roma), para lo cual adquirió la consideración de hijo de un dios. No en vano, una extraña dolencia le recordó, una y otra vez, que era mortal hasta el punto de casi costarle la vida cuando rondaba los 40 años. Sola la intervención de un médico griego evitó que la historia de Roma cambiara radicalmente. Todavía hoy, los investigadores médicos debaten sobre la naturaleza de esta intermitente enfermedad hepática o si, en realidad, se trataban de distintas dolencias no relacionadas entre sí.

El joven Octavio quedó muy pronto huérfano de padre. El patriarca, Cayo Octavio Turino, fue un pretor y gobernador de Macedonia al que, siendo un prometedor político, le alcanzó la muerte de regreso de Grecia a causa de una enfermedad que le consumió de forma súbita en Nola (Nápoles). Curiosamente, Augusto falleció mientras visitaba también Nola muchas décadas después. Numerosos autores apuntan incluso a que murió en la misma habitación en la que falleció su padre. Así y todo, se conocen pocos detalles de la dolencia que causó la muerte del padre y es difícil relacionarla con la que afectó a su hijo.

El niño que «le debe todo a un nombre»

Demasiado joven para participar en las primeras fases de la guerra civil que llegó a Julio César al poder, Octavio se destacó por primera vez como centro de la atención pública durante la lectura de una oración en el funeral de su abuela Julia. Como Adrian Goldsworthy narra en su último libro «Augusto: de revolucionario a emperador» (Esfera, 2015), los funerales aristocráticos eran por entonces acontecimientos muy importantes y servían a los jóvenes para destacarse a ojos de los miembros ilustres de la familia, como ocurrió en esa ocasión con Julio César. El tío-abuelo de Octavio decidió a partir de entonces impulsar la carrera del joven, que desde su adolescencia empezó a mostrar síntomas de una salud quebradiza. Cuando ya había cumplido la mayoría de edad, el dictador destinó a Octavio a Hispania en la campaña militar contra Cneo Pompeyo, pero debido a una enfermedad sin precisar por las fuentes llegó demasiado tarde para participar en el combate. Impregnado de escaso espíritu militar, el joven romano empleó repetidas veces, ya fuera cierta o no, la excusa de sus problemas de salud para alejarse del lugar de la batalla.

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Pintura de la muerte de Julio César en 44 a. C, por Vincenzo Camuccini. / ABC

A la muerte de Julio César, Octavio –«un niño que le debía todo a un nombre», como le definían sus enemigos– no era todavía apenas conocido ni siquiera entre los partidarios del dictador fallecido, quienes veían en Marco Antonio al verdadero hombre a seguir. Tras levantar un ejército privado y ponerse al servicio de los propios conspiradores que mataron a su tío, Octavio se enfrentó inicialmente a Marco Antonio y Lépido, dos generales hostiles al Senado a consecuencia de la muerte del dictador. No obstante, los tres acabaron uniendo sus fuerzas, en el conocido como Segundo Triunvirato, contra los Libertadores, el grupo de senadores que habían perpetrado el magnicidio. Luego de aplicar una durísima represión política, el Triunvirato acorraló a los Libertadores y sus legiones en Grecia y emprendió en el año 42 a.C. la definitiva campaña militar en estas tierras. El desembarco se produjo en Apolonia, donde Octavio enfermó gravemente sin que se conozca hoy la naturaleza de sus síntomas. La dolencia, una vez más, impidió que Octavio participara en plenitud de condiciones en la batalla que puso fin a la guerra.

Los hechos ocurridos en batalla de Filipos, entre los cabecillas del bando de los Libertadores –Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino– y el Triunvirato, dio lugar durante el resto de la vida de Octavio a comentarios malintencionados sobre su pobre actuación. O no tan malintencionados. Como apunta el historiador Adrian Goldsworthy, «Octavio no se comportó como cabía esperar de un joven aristócrata romano al frente de una batalla». De hecho, no apareció por ningún lado. Lo que hoy podríamos llamar la versión oficial aseguró que seguía enfermo y prefirió dirigir la batalla desde la retaguardia trasladándose en litera de un lado a otro, aunque la realidad es que cuando las tropas de los Libertadores consiguieron derrumbar el frente que debía dirigir Octavio e internarse en el campamento enemigo no encontraron por ningún lado al joven. En este sentido, la versión más probable es que ni siquiera se encontrara en el campo de batalla, sino escondido en una zona de marismas cercana recuperándose de su enfermedad en un periodo que se prolongó hasta tres días.

El hijo de un dios que era mortal

De una forma u otra, Marco Antonio consiguió dar la vuelta a la situación y acabar finalmente con el conflicto. Puede que Octavio no fuera un buen militar, pero era un hábil político. Tras repartirse el mundo entre los tres triunviros, Octavio fue consolidando su poder desde Occidente, mientras Marco Antonio desde Oriente caía en los brazos de Cleopatra y fraguaba su propia destrucción política. Lépido, por su parte, se limitó a dar un paso atrás. En el año 31 a.C, Octavio se vio libre de rivales políticos tras derrotara a Marco Antonio, al que primero había desacreditado con una agresiva campaña propagandística, e inició el proceso para transformar de forma sigilosa la República en el sistema que hoy llamamos Imperio. Lo hizo, sobre todo, valiéndose del agotamiento generalizado entre una aristocracia desangrada por tantas guerras civiles sucesivas. Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal. Sin embargo, los problemas de salud de Augusto –como el esclavo que sujetaba la corona de laurel de la victoria de los comandantes victoriosos durante la celebración de un Triunfo– le recordaban con insistencia que era mortal.

 Retrato de Augusto portando un gorgoneion. / ABC

Retrato de Augusto portando un gorgoneion. / ABC

La dolencia que torturó de forma intermitente la vida de Augusto tuvo su punto clave a la edad de 40 años. En el año 23 a.C, Augusto era cónsul por undécima vez, algo sin precedentes en la historia de Roma, y tuvo que hacer frente a una seria epidemia entre la población derivada del desbordamiento del río Tíber. Coincidió esta situación de crisis con las guerras cántabras y con el episodio más grave de la extraña dolencia de cuantos registró en su vida. Ninguno de los remedios habituales contra sus problemas de hígado, como aplicar compresas calientes, funcionó en esta ocasión; y todos, incluido él, creyeron que su muerte era inminente. Así, Augusto llamó a su lecho a los principales magistrados, senadores y representantes del orden ecuestre para abordar su posible sucesión, aunque evitó de forma premeditada nombrar a alguien concreto.

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps y del sistema que trataba de perpetuar, la llegada de un nuevo médico, el griego Antonio Musa, modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. Musa lo curó con hidroterapia alternando baños de agua caliente con compresas frías aplicadas en las zonas doloridas. El agua fría y ese médico griego habían salvado su vida, por lo que Augusto le recompensó con una gran suma de dinero. El Senado, en la misma senda, concedió a Musa una nueva suma de dinero, el derecho a llevar un anillo de oro y erigió una estatua suya junto a la de Esculapio, el dios de las curas. Las muestras de agradecimientos se completaron con la decisión senatorial de dejar exentos del pago de impuestos a todos los médicos.

Ni siquiera hoy está claro cuál fue la naturaleza exacta de la enfermedad que hostigó al Princeps en los diferentes periodos de su vida, aunque lo más probable visto con perspectiva es que no fuera una única dolencia, siendo su salud siempre fue muy frágil y propensa a vivir momentos de colapso. En su largo historial médico registró problemas de eccema, artritis, tiña, tifus, catarro, cálculos en la vejiga, colitis y bronquitis, algunos de los cuales se fueron enconando con el tiempo para convertirse en crónicos, al tiempo que sentía pánico por las corrientes de aire.

Busto de Tiberio. / WIKIPEDIA

Busto de Tiberio. / WIKIPEDIA

Augusto, en cualquier caso, no volvió a sufrir más problemas de hígado ni registró estados graves más allá de algún catarro primaveral. Al contrario, el Princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años, lo cual generó el problema contrario al que le había preocupado en su juventud: ¿Quién de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego Marco Vipsanio Agripa –el más fiel de sus aliados y el hombre señalado para sucederle cuando a punto estuvo de fallecer en el año 23 a.C– no pudo hacerlo y fue él quien murió en el 12 a.C. Muy diferente fue el caso del hijastro de Augusto, Tiberio Claudio Nerón, que, habiendo caído en desgracia décadas atrás, tuvo tiempo de recuperar el favor del Princeps antes de su fallecimiento. Tiberio –que se hallaba presente junto con su esposa Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).

11 septiembre 2015 at 8:44 am Deja un comentario

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