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Las muertes más absurdas de la Historia: Esquilo y la tortuga que cayó del cielo

A Esquilo los augures le vaticinaron una muerte atroz: se le caería una casa encima. El dramaturgo se fue a vivir al raso, pero ni aun así pudo escapar a su destino: la casa que le cayó fue la de un galápago

Detalle de la muerte de Esquilo, según un grabado florentino del s. XV del British Museum / MASO FINIGUERRA

Fuente: JAVIER BLÁNQUEZ  |  EL MUNDO
27 de agosto de 2018

Cualquier momento de la Historia es bueno para tener una muerte absurda, e incluso en el tiempo presente estamos perfeccionando maneras imaginativas de palmarla con estilo -verbigracia, estamparse en el borde de una piscina practicando el balconing, o cayéndose de un décimo piso intentando hacerse un selfi-, pero si nos ponemos exquisitos habría que reconocer que no hay muertes más exóticas, poéticas e incluso crueles que aquellas que, nos cuentan las fuentes clásicas, se daban en los tiempos antiguos.

Se dice, valga como ejemplo, que Plinio el Viejo, uno de los eruditos más sistemáticos y curiosos de la Roma imperial, encontró la muerte en Pompeya en plena erupción del Vesuvio, a donde acudió para estudiar de primera mano el funcionamiento de los volcanes -padecía de asma y la congestión de humo le provocó un ataque que le impidió respirar, y ahí se quedó. Y Mitrídates, el rey persa cuyo nombre nos suena por el título de una de las óperas de juventud de Mozart, murió a causa de un sofisticado método de tortura conocido como escafismo, que consiste en encerrar al sujeto en un barril untado con miel y otros alimentos dulces para atraer a los gusanos, las moscas y toda clase de alimañas que, poco a poco, a la vez que van anidando en la putrefacción generada por el alimento podrido y las heces, devoran al pobre reo. Mitrídates, por lo que parece, resistió 17 días a tan repugnante tortura.

La lista, por supuesto, podría seguir para deleite de gente morbosa. Ahora bien, muchas de estas muertes clásicas puede que sean, en realidad, historias apócrifas que se han transmitido como verdaderas, sostenidas por las pocas fuentes que han sobrevivido a los incendios de bibliotecas y saqueos de patrimonios regios.

Es por ello que en la antigüedad abundan los muertos por ataque de risa (Crisipo de Solos), o por fallos en la respiración debidos a la rápida lectura en voz alta de un texto, que es una de las causas de fallecimiento atribuidas a Sófocles, al parecer tras recitar un monólogo de su Antígona sin pausas ni siquiera para tomar aire (hay otra versión que afirma que fue atragantándose con una uva a la que no le quitó la semilla). Y qué decir de Heráclito, el primer filósofo de la naturaleza, el teórico de la realidad cambiante (panta rhei), que aparentemente murió devorado por unos perros famélicos que acudieron por el olor de su cuerpo tullido, que había intentado curar tapando sus heridas con un extraño emplasto de heces.

Pero si hay que identificar una historia que todavía nos llene de alborozo y nos fascine por su desarrollo argumental insólito, esa sigue siendo la de Esquilo, uno de los padres -junto a Eurípides y al mencionado Sófocles- de la tragedia griega y, por tanto, el cimiento solidísimo de los grandes temas literarios de nuestra civilización. Según explica Valerio Máximo en sus nueve libros de los Hechos y dichos memorables, el anecdotario más suculento de los tiempos precristianos, a Esquilo le pronosticaron los augures una muerte atroz: se le caería una casa encima, así que llegado el momento decidió, por miedo a que se le derrumbara un techo, que viviría desde entonces y en adelante a la intemperie.

La historia del hado nefasto presentado ante el autor de la Orestíada y Los siete contra Tebas seguramente sea una invención, pero en la antigüedad estas cosas de la futurología no se tomaban a la ligera, así que resulta completamente creíble: por entonces se visitaba al oráculo de Delfos y se le tomaba la palabra, se abrían las vísceras de las reses, se desconfiaba de las aves que aparecían a la izquierda del camino -de ahí viene la palabra sinistrum para identificar lo que da yuyu-, así que si el pronóstico de tu muerte es la caída de una casa, lo más prudente es no tener casa, evitar los techados, las cuevas e incluso las copas de los árboles: mejor una vida errante y homeless que una muerte humillante en plena hora de la siesta.

No contaba Esquilo con que la realidad se transformaría en literatura, como él había hecho con la historia y los mitos, y que de este modo la vida le sería arrebatada por medio de una metáfora. Su muerte no es la más lírica de la antigüedad, ya que ésa le corresponde con todos los honores al poeta chino Li Po -borracho en su barca, murió ahogado tras intentar abrazar el reflejo de la luna en un río-, pero no le va a la zaga. Paseando por el campo, Esquilo recibió el impacto de una tortuga en plena cabeza, arrojada por un águila que sobrevolaba el cielo. Versión antigua de la actual y frecuente muerte causada por el golpe de un coco desprendido del cocotero, la tortuga de Esquilo es ridícula por los factores en juego, y fascinante porque, en efecto, y como pronosticó el oráculo, fue una casa la que le cayó encima: la del pobre galápago, que tenía que ser alimento del ave rapaz y que acabó siendo el primer misil tierra-aire de la Historia.

 

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27 agosto 2018 at 9:43 am Deja un comentario

Ulises, el héroe embustero

En el mundo heroico de duelos singulares y brutales choques, descrito por Homero en sus épicos poemas, también hay espacio para movimientos más oblicuos como la mentira y el engaño.

Fotograma de la película Troya, dirigida por Wolfgang Petersen en 2004. CORDON PRESS

Fuente: ÓSCAR MARTÍNEZ EL PAÍS
30 de abril de 2017

La literatura occidental arranca con dos composiciones — la Ilíada y la Odisea — que abordan el mito griego por excelencia: el de la guerra de Troya. La ciudad que, tras una década de asedio por parte de una alianza de guerreros griegos, sucumbió ante el engaño del proverbial caballo de madera. En el mundo heroico de duelos singulares y de brutales choques cuerpo a cuerpo descrito por Homero, también hay espacio para movimientos más oblicuos, como la mentira (pseudos) y el engaño (apate). Estos recursos abocan a la lethe, palabra que en principio significa “olvido” pero que también indica un fallo en la percepción de algo y forma parte del término que los griegos usaban para “verdad”: aletheia, es decir, la no-lethe o ausencia de cosas ocultas.

Es la falta de conciencia de que en el vientre del caballo de madera se encontraba un destacamento de feroces guerreros griegos lo que selló el destino de la ciudad de Troya, y de este modo tal engaño —una acción desesperada llevada a cabo cuando todo esfuerzo bélico se había demostrado infructuoso— pasó a ser celebrado como la más colosal estratagema de la literatura. Pero mientras que en nuestra visión de los códigos heroicos no es difícil encajar la apate, resulta llamativo observar que en los poemas homéricos sus personajes recurren decididamente al pseudos cuando es preciso.

Desde el comienzo de la Ilíada, tanto Zeus como Agamenón, caudillo de las fuerzas griegas, no dudan en poner en marcha los resortes de la mentira: tras años de infructuoso combate, el héroe Aquiles se ha retirado de la contienda debido a una ofensa de Agamenón, por lo que ruega a Zeus vengue la afrenta. Decidido a honrar al héroe, Zeus planea llevar al desastre al ejército griego y con este propósito envía a Agamenón un sueño en el que le empuja a entrar en combate: los dioses están de su parte —miente el dios— y “ha llegado el momento de tomar la ciudad de los troyanos”. Aunque la falacia de Zeus ha surtido el efecto deseado en la plana mayor de los griegos, con Aquiles ausente, la idea de lanzar un ataque se antoja suicida, por lo que Agamenón recurre también al embuste con la intención de obtener una respuesta positiva por parte de sus combatientes: “Zeus nos ordena la vuelta; vergonzoso será que los hombres venideros sepan que nuestro ejército se retiró sin siquiera vislumbrar el fin de Troya”. Sin embargo, el deseo de vuelta de los griegos arruina los planes de Agamenón y sólo la intervención del astuto Ulises pone freno a la desbandada.

Frente al resto de héroes, definidos por sus virtudes guerreras y su capacidad de combate, Ulises es caracterizado por sus cualidades internas, destacando sobre todo su metis (“sagacidad” o “inteligencia práctica”), motivo por el cual es el hombre indicado para todo tipo de misiones delicadas, como embajadas, labores de espionaje o emboscadas. Así pues, con la derrota merodeando por el campamento griego, es a él a quien encomiendan la tarea de traer a Aquiles de vuelta a la batalla. En presencia del colérico héroe, Ulises despliega con destreza una batería de argumentos que, uno tras otro, se estrellan contra la voluntad inquebrantable del guerrero; entonces Ulises, que se reserva un último as en la manga, recurre a la mentira: el príncipe troyano Héctor, el más fiero de sus enemigos, proclama orgullosamente que no existe griego capaz de igualarse a él en el combate. La respuesta de Aquiles es tan franca como su determinación de no volver al combate y como el desprecio que muestra hacia Ulises con estas palabras: “Aquel que esconde una cosa en sus entrañas pero dice otra me resulta tan aborrecible como las puertas del Hades”. La mentira, la ocultación y el engaño no forman parte del código del viejo héroe que Aquiles representa, pero lo cierto es que serán esas cualidades las que acaben derribando las murallas de Troya, cuando Aquiles tan solo sea una sombra más en el infierno que tanto aborrece.

La ambigüedad y la sagacidad de las acciones aparecen amparadas bajo la sombra de dos magníficos dioses: Hermes y Atenea

La metis griega abarca aspectos tan contradictorios para nosotros como lo verdadero y lo falso, y es la vertiente engañosa de su inteligencia la que hace que por los recovecos de la tradición mítica se haya proyectado una luz negativa sobre Ulises; una luz que a veces se complace en iluminar sus trampas y actitudes menos heroicas. Esa corriente contraria se plasmó principalmente en las obras de los autores trágicos, como en las de Sófocles Filoctetes (que gira en torno al arquero abandonado en una isla a causa de la fetidez provocada por la mordedura de una víbora) o Áyax (el héroe que se suicida al no soportar que no le concedan las armas del fallecido Aquiles), donde el personaje de Ulises aparece perfilado bajo las trazas de un villano.

Sin embargo, en la épica homérica la ambigüedad y sagacidad de sus acciones aparecen amparadas bajo la sombra de dos magníficos dioses. Por un lado Hermes, el dios cuyas primeras palabras al nacer fueron: “Padre Zeus, te seré franco, ya que no sé mentir”; lo que era falso. Por otro, la inteligente diosa Atenea, quien celebra y declara compartir con Ulises sus recursos mentales cuando el héroe se presenta ante él fingiendo ser otro: “Embaucador y maestro de engaños. ¿Es que no puedes prescindir de las mentiras que te son tan queridas? Ambos sabemos muchas argucias. Tú entre los humanos eres el mejor en ingenio y palabras, y yo entre los dioses tengo fama por mi astucia y mis mañas”. Oportunamente, Ulises fingía ser cretense, lo que para los antiguos griegos era sinónimo de embustero, tal y como ha quedado cristalizado en la célebre paradoja lógica del sabio cretense que afirmaba que todos los cretenses mentían.

Ulises comparte además con Hermes y Atenea —así lo ha señalado Pietro Citati en su magnífico Ulises y la Odisea. El pensamiento iridiscente— un reino al que cualquier otro héroe épico es ajeno: el del artesanado. El artesano sopesa cada elemento, lo maneja y lo trabaja con técnica cuidadosa con el propósito de fabricar algo que no existe en la naturaleza. Con la minuciosidad del artesano Ulises ha construido, por ejemplo, el lecho que permanece clavado a la tierra en su palacio o la balsa con la que ha surcado en solitario las olas de un mar enemigo, pero sobre todo ha fabricado las dos obras maestras que desafían la aletheia: el caballo de Troya; y los fabulosos relatos de cíclopes, sirenas y diosas solitarias que el rey de Ítaca narra en los versos de la Odisea.

Óscar Martínez es profesor de griego en el IES Julio Caro Baroja de Fuenlabrada. Es traductor de Homero y autor de ‘Héroes que miran a los ojos de los dioses’ (Edaf).

 

30 abril 2017 at 10:41 am Deja un comentario

Wajdi Mouawad visita a Sófocles y la sangre de los clásicos

El autor de «Incendios» presenta sus dos últimos trabajos en el Valle-Inclán

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Wajdi Mouawad, el autor de Incendios

Fuente: JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN  |  ABC
1 de noviembre de 2016

Por si hubiera alguna duda, que no la hay, el díptico sofocleano que Wajdi Mouawad, actual director del parisino Teatro de la Colina, ha presentado en el ciclo del CDN «Una mirada al mundo» bastaría para despejarla: es uno de los indiscutibles grandes creadores escénicos de nuestros días, un poeta del escenario, como lo denominó mi colega y amigo Javier Vallejo. Mouawad se asoma al teatro de Sófocles y en su itinerario salta de la Grecia clásica a la de hoy hilvanando las hazañas y pesares de aquellos héroes trágicos sujetos a los designios de los antiguos dioses con los latidos de la actualidad crispada: el dolor se declina igual en todas las épocas y el demiurgo libanocanadiense irriga su indagación con la sangre viva de los clásicos, nuestra misma sangre.

Los moribundos del título del díptico son Filoctetes, el héroe griego abandonado por sus compañeros aqueos en la isla de Lemnos a causa de una herida hedionda, y Edipo, el desterrado y ciego rey de Tebas que, con su hija Antígona como lazarillo, busca el lugar donde morir; pero lo son también quienes, al borde del último aliento, bracean en el piélago del infortunio, carne de cañón de un cataclismo económico que es una de las plagas con que hoy azotan a los hombres los nuevos dioses, tan incomprensibles y caprichosos como aquellos moradores del Olimpo.

En «Inflammation du verbe vivre», a partir de una puesta en escena de “Filoctetes” frustrada por la muerte del poeta y traductor Robert Favreau, Mouawad se zambulle, de manera literal, en una búsqueda de respuestas sobre la vida y la función de la creación artística. Intentaré contar someramente lo que contiene. Es un viaje al Hades que comienza medio ahogado entre rocas, atraviesa la laguna Estigia, llega a un aeropuerto abandonado donde le espera un taxista llamado Lefteris («mi nombre quiere decir Libertad», le dice) y desemboca en un escenario parecido a la actual Atenas; allí, en un insondable basurero donde se depositan los dolores olvidados e inmensas bandadas de gaviotas campan a sus anchas, encuentra el reflejo de su alma en los ojos de un perro, habla con adolescentes suicidas, se topa en el oráculo de Delfos con un Apolo que hoy es un obeso granjero que vive en Estados Unidos y le revela que «la verdad es siempre un error». Por fin encuentra en la morada de los muertos el lugar de los poetas (Louise Labé, María Zambrano, Tucídides, Georg Trakl, Borges, Robert Walser…, son algunos de los nombres citados) y allí, a su amigo Favreau. De vuelta a la vida, la respuesta que ha hallado es un lápiz, el instrumento para reinventar el lenguaje y reinventarse en él.

Este viaje iniciático y de transformación, donde la profundidad del misterio es abordada con sencillez consoladora, Mouawad lo narra fluidamente con imaginación pasmosa: está solo en el escenario, sobre una pantalla formada por tiras blancas elásticas se proyecta una película en la que él entra y sale perfectamente sincronizado; personajes, paisajes, escenarios, imágenes desoladas hondamente evocadoras, su voz siempre presente… Cine y teatro de la mano, un recurso integrado de manera orgánica en la narración dramática y que huye de la grandilocuencia del despliegue técnico. Elocuente, emocionante, doloroso y pleno de amor a la vida y piedad cómplice por quienes sufren. Un trabajo desbordante de ironía metafísica y poderoso aliento dramático en el que resuenan los ecos admirativos por el teatro de Robert Lepage, otro gran creador que también nos llega desde Canadá de la mano de la afanosa Pilar Yzaguirre, cuyo instinto para apostar por el buen teatro parece infalible.

«Les Larmes d’Œdipe» tiene como base «Edipo en Colono». El viejo rey que se arrancó los ojos cegado por la culpa llega a Atenas en compañía de su hija Antígona y se refugia en un antiguo teatro donde un corifeo le informa de que la ciudad llora la muerte de un joven en las protestas contra la crisis que en 2008 tuvieron por escenario el barrio de Exarchia. El pasado y lo contemporáneo respiran a la vez: «Hoy como ayer –se dice– es necesario penetrar en el laberinto de la palabras para que resuene el eco de las infancias perdidas y de una fraternidad invisible más allá de la muerte, en un último gesto de apaciguamiento y de reconciliación».

Wajdi Mouawad utiliza la técnica del teatro de sombras para desarrollar esta suerte de oratorio con tres personajes: un círculo de luz rojiza se centra en el telón blanco a través del que se transparentan las sombras, que son como esas figuras negras que sobre fondo rojo pueblan las antiguas vasijas helénicas, una fascinante referencia a la caverna platónica y un regreso al teatro primigenio en un ceremonial intenso que, aunque a veces llega a saturar, emociona e inquieta. Como en todos sus trabajos, es el ser humano la clave sobre la que gravita el espectáculo. En ninguna de las dos creaciones presentadas en «Una mirada al mundo» utiliza Mouawad el combustible de la demagogia o el alegato político.

La presencia en Madrid de este poeta del escenario –actualmente se puede ver en el Teatro de la Abadía el gran montaje que de la formidable «Incendios» ha realizado Mario Gas– es todo un acontecimiento teatral. Lástima que sólo haya sido por tres días.

“Des mourants”

Texto y dirección: Wajdi Mouawad. Escenografía: Emmanuel Clolus. Iluminación: Sébastien Pirmet. Vestuario: Emmanuelle Thomas. Intérpretes: Wajdi Mouawad y Dimitris Kranias (“Inflammation du verbe vivre”). Jêrome Billy, Charlotte Farcet y Patrick Le Mauff (“Las lágrimas de Edipo”). Ciclo “Una mirada al mundo”. Teatro Valle Inclán. Madrid.

 

1 noviembre 2016 at 10:05 pm Deja un comentario

Las lecciones sobre tecnología que nos dejaron los antiguos griegos

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La raíz de la palabra tecnología originalmente significaba ser producido de una semilla o construido en madera, así que hasta los olivares eran techne. THINKSTOCK

Fuente: Bettany Hughes. Historiadora  |  BBC Mundo
2 de octubre de 2016

Estoy caminando por un olivar en el sur de Grecia. En el aire se siente el aroma de frutas y hierbas, y mis acompañantes son cigarras y mariposas, además de un halcón que vuela en la distancia.

No podría ser más bucólico pero arqueológica y etimológicamente, lo que me rodea es la cima de la tecnología, porque téchnē originalmente significaba “ser producido de una semilla” o “construir con madera”.

Un tekton en griego antiguo era un carpintero, primo del takshan, que era carpintero en sánscrito.

Téchnē pasó luego a significar cualquier clase de oficio o aptitud.

Pero hay más: este huerto arcádico realmente es la entrada a un lugar excepcional: una ciudad recientemente excavada repleta de tecnología prehistórica.

“Cada vez que mueves la pala encuentras un trozo de historia”, dice la antropóloga Deborah Ruscillo, quien ha estado explorando el lugar durante 20 años.

A pesar de que la ciudad tiene más de 3.000 años es increíblemente sofisticada; un lugar que usó téchnē para crear un mundo nuevo y distinto.

La tecnología, incluso la ingeniería, era mucho más sofisticada de lo que pensamos“.

“La nivelación de los pisos es sorprendente. Encontramos plomería, canales de agua, hay un taller de cerámica y otro de metales. Hay varias señales de que era una comunidad tecnológica muy vibrante”, señala Ruscillo, quien usa tecnología moderna para entender la prehistórica.

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Historia entre los olivares. Ruscillo trabaja en el proyecto arqueológico que explora Iklaina, una ciudad con vista al mar Jónico, que parece haber sido un importante capital del distrito de la Edad del Bronce Tardío (ca. 1600-1100 a.C.). PROYECTO ARQUEOLÓGICO IKLAINA

“Usamos drones para tomar fotografías aéreas. Nos ayuda a entender las cosas más fácilmente pues podemos organizar todas esas paredes, líneas y zanjas que vamos encontrando. Es mucho más fácil que con el método de triangulación de antes”.

“Aparatos como los magnetrómetros nos ayudan a decidir dónde excavar, para no hacer huecos en los lugares equivocados”.

Las dudas de los griegos

En las versiones más tempranas del griego, téchnē significaba aptitud o habilidad práctica.

Pero los antiguos parecían tener sentimientos encontrados sobre su valor.

Se preguntaban si su aplicación hacía que la sociedad humana fuera mejor.

“Los griegos antiguos siempre eran un poco ambivalentes frente a la tecnología”, comenta Angie Hobbs, catedrática de Comprensión Pública de Filosofía en la Universidad de Sheffield, Inglaterra.

“Piensa en el mito de Prometeo a quien Zeus castiga por robarse el fuego. Y esa ambivalencia es evidente en la muy famosa oda al hombre en Antígona de Sófocles, en la que dice cuán maravilloso es por todos sus fantásticos inventos, pero que depende de él usarlos para el bien o para el mal”.

“Aun poseedor, más de lo que cabe imaginar, de cierta astucia, que es la que le proporciona su habilidad, se desliza a veces en pos del descalabro, otras del éxito”. Extracto de la Oda al Hombre en Antígona de Sófocles.  THINKSTOCK

“Luego viene Sócrates y parece muy entusiasmado con las posibilidades de téchnē, de extender el concepto más allá de los oficios hasta la noción de que podría haber una técnica para el buen vivir”, añade Hobbs.

“Su amigo y estudiante Platón retoma esa idea en el diálogo ‘Protágoras’ en el que dice que es literalmente un arte de medición, en el que se van a pesar los perspectivos placeres y dolores de los cursos de acción propuestos”.

Sin embargo, más tarde, Platón empieza a dudar.

“En el diálogo Fedro dice que para ser un artista verdaderamente bueno no puedes depender solamente de habilidades técnicas; tienes que poder inspirarte en la locura de las musas”, explica la filósofa.

Lo fascinante es que los griegos se preguntaran cuán lejos debían ir con la tecnología, una pregunta muy contundente que nos debemos hacer nosotros en el siglo XXI.

Y nos la hacemos

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Nos inquieta, pero nos gusta. THINKSTOCK

“Hay varias tecnologías que nos inquietan, por ejemplo la ingeniería genética o la comunicación virtual. Y luego tenemos preocupaciones aún más grandes, sobre si estamos cambiando la naturaleza de lo que es ser humano, si estamos incluso poniendo en riesgo el futuro de la humanidad“, dice Hobbs.

“Al mismo tiempo, no destruimos nada porque nos parece muy útil”.

Más que eso, observa el historiador Yuval Noah Harari, quien señala que la relación de la humanidad con la tecnología es tan íntima que pronto sobrepasará lo político, lo práctico y hasta lo filosófico. Será física.

“En el último siglo hemos logrado controlar hambrunas, plagas y hasta violencia en gran parte gracias a la tecnología. Pero cada vez que la tecnología soluciona un problema, tiende a crear otro. Y nuevamente esperamos que sea la tecnología la que lo solucione”.

Poderosa

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Quién le da vida a quién. THINKSTOCK

Si ya es una parte tan integral de la experiencia humana, ¿por qué le tememos? ¿por qué la palabra misma nos inquieta?

Le tememos porque es tan poderosa. Y hoy en día le tememos porque sospechamos, yo creo que con razón, que parte de la tecnología que hemos creado se vuelva más poderosa que nosotros y que la autoridad pase de las manos de los seres humanos a tecnología como las computadoras y la inteligencia artificial”, explica Harari.

¿Habrá alguna manera de aprovechar la tecnología para que nos beneficie de la manera en la que los antiguos griegos sugerían?

La tecnología no nos dice qué hacer con ella“, sentencia Harari.

“Con la misma tecnología se pueden crear sociedades y mundos distintos”.

“Lo que se necesita es una ideología que diga qué hacer con la tecnología. Emergerán religiones, ideologías, completamente diferentes a las que conocemos, para decirnos qué tipo de nuevos mundos crear con esa asombrosa tecnología”.

Técnicamente, qué es el buen vivir

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Cerramos el círculo preguntándonos lo mismo que los griegos hace miles de años. THINKSTOCK

Como los antiguos griegos, tenemos que recordar que téchnē significaba algo físico pero también era una idea.

“Tenemos que pensar mucho en qué es el buen vivir. Qué tipo de nuevo mundo queremos crear. No podemos frenar la revolución industrial del siglo XXI, pero podemos influir en la dirección en la que nos lleve“, concluye Harari.

El uso de téchnē -habilidad, aptitud tanto física como filosófica- ha forjado la dirección en la que ha viajado la humanidad.

El futuro tecnocrático le pertenece a la próxima generación.

Quizás lo más provechoso que podemos hacer por ella es recordar que la palabra téchnē originalmente significó un tipo de recurso productivo, una aptitud, una voluntad benigna.

La tecnología sólo puede ser usada para el bien si, al tiempo que la desarrollamos, fomentamos una actitud ante la vida que sea tanto técnicamente robusta como éticamente efectiva.

 

2 octubre 2016 at 5:53 pm Deja un comentario

Por las venas de Antígona corre la sangre siria

Primero fue «Las troyanas» en Jordania. Después, «Antígona». Los versos de Eurípides y Sófocles, actualizados, llegan hasta Amán y Beirut de la mano de proyectos teatrales que convierten en actrices a las refugiadas sirias. Una iniciativa que ya es imparable

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Un momento de los ensayos de «Antígona de Siria» – Tabitha Ross

Fuente: ROBERTO PIORNO  |  ABC.es      27/11/2015

Dos mil quinientos años después, los versos de Sófocles siguen teniendo recorrido. Cualquier refugiada siria podría reconocerse, de hecho, en los lamentos e infortunios de Antígona, a quien una ley tiránica promulgada por Creonte prohíbe dar sepultura a su hermano.

En un tiempo en el que el «Estado Islámico» se esmera en volar por los aires la huella grecorromana en Oriente Próximo hay quien se atreve a tender puentes, con éxito, entre el mundo clásico y el cruel presente de un país como Siria. El eco de la tragedia griega por antonomasia se llena de matices en boca de un grupo de refugiadas sirias en Líbano y Jordania. Imposible encontrar mejor prueba de la vigencia y universalidad de los clásicos.

En 1993 Susan Sontag se atrevió a «romper» el asedio de Sarajevo proyectando la voz de Bertolt Brecht entre las ruinas de la ciudad bosnia. En plena guerra de Yugoslavia la escritora estadounidense puso en pie, en condiciones extremadamente difíciles, un montaje de «Esperando a Godot» con un extraordinario valor simbólico. Veinte años después Charlotte Eagar, periodista y productora, y su marido, el escritor William Stirling, cogieron el testigo de Sontag y llevaron los versos de «Las troyanas», de Eurípides, a Amán (Jordania), en un proyecto apadrinado por Oxfam. Su objetivo, aliviar los traumas de medio centenar de refugiadas sirias que, como Hécuba y demás viudas de Troya, lo habían perdido todo.

Un lenguaje común

Así nació el Syria Trojan Women Project. Con un equipo de trabajo de origen mayoritariamente sirio, las refugiadas intervinieron durante un año en los talleres-ensayos percibiendo un salario y participando activamente en la adaptación a la realidad siria del texto de Eurípides, que se transformó sobre la marcha para incorporar las desgarradoras experiencias personales de las actrices.

Un año después, una nueva productora, Aperta Productions, apadrinada por algunos de los artífices del proyecto original, repetía el mismo método de trabajo con una treintena de mujeres sirias. El fin, exportar estos talleres teatrales terapéuticos a otros países de lengua árabe en Oriente Medio y en el Norte de África, tendiendo puentes entre artistas de países occidentales y musulmanes a través de un lenguaje común: las obras maestras de la tragedia griega. El programa también está siendo un éxito en Beirut.

El texto de Eurípides se transformó sobre la marcha para incorporar las desgarradoras experiencias personales de las actrices

Itab Azzam era parte del equipo de producción del Syrian Trojan Women Project en Jordania, y ahora repite experiencia en Líbano. «Como siria, tuve dudas. ¿Valía la pena gastar todo ese dinero? ¿No era mejor dárselo a la gente que más lo necesita? –se pregunta–. Pero luego veo los resultados y creo que empresas como esta proporcionan una verdadera ayuda emocional a un gran número de personas. En la familia siria todo gira alrededor de la figura materna, y queremos mujeres psicológicamente sanas, ambiciosas y realizadas que puedan transmitir toda esa fortaleza a sus hijos y, por extensión, a la sociedad».

Itab trabaja en Beirut con las refugiadas de Shatila y de otros campos de la región, cuyo enemigo no es exclusivamente el «Estado Islámico» o el régimen de Al Assad; luchan también contra una asfixiante opresión patriarcal en una sociedad en la que, más allá del ámbito familiar, desempeñan un rol irrelevante. «Antígona es una heroína rebelde –explica–, se rebela por lo que cree que es justo. Como mujer, la admiro. Admiro su coraje y tenacidad. En «Las troyanas», las mujeres son las víctimas. En «Antígona», la dinámica es muy diferente: habla de una mujer fuerte decidiendo su propio destino».

La opción del suicidio

La tragedia de Antígona, que pierde a sus dos hermanos en la guerra, es muy familiar para las actrices. Muchas de ellas son viudas, otras vieron morir a sus hijos en la guerra o arrastran la frustración de no haber podido dar sepultura a sus muertos, y como Eurídice, la esposa del inflexible Creonte, algunas intentaron recurrir al suicidio. Los talleres, y la reflexión en torno a los versos de Sófocles, ha sido una liberación para ellas.

Dina Mousawi, profesora de interpretación, era la encargada de lograr que las actrices aprendieran a canalizar sus emociones a través del teatro. «Lo más interesante –cuenta– es que se sentían identificadas con diferentes personajes. Unas se sentían próximas a la hermana de Antígona, Ismene, porque, como ella, no harían preguntas ni osarían desafiar el poder establecido, obedeciendo por miedo. Otras se sentían identificadas con Creonte (en el que quieren ver a Bashar Al Assad), como una mujer que había perdido dos hijos y tuvo que tomar decisiones muy difíciles que la enemistaron con otros miembros de la familia. Y por supuesto, muchas se identificaban con Antígona, no solo por haber vivido historias muy similares, sino porque habrían hecho exactamente lo mismo en su lugar».

Lo que comenzó como un grupo de mujeres tímidas y dubitativas se convirtió en uno de mujeres valientes y atrevidas (Dina Mousawi)

«A veces el ánimo estaba por los suelos, y la razón era la muerte de alguien cercano o quizá una bomba en su pueblo natal. Otras, era la dinámica del ejercicio la que repercutía en el estado de ánimo –recuerda Dina–. Un día, queriendo que las actrices aprendieran a hablar más alto y a respirar usando las técnicas que les había enseñado, les pedí que se dirigieran al rincón más lejano de la habitación y, simplemente, dijeran una fase cualquiera. Al principio se trataba de frases irrelevantes y sin sentido, pero poco a poco se convirtieron en emotivas reivindicaciones políticas. Al finalizar el proyecto me sorprendió ver la confianza que tenían en sí mismas. Lo que comenzó como un grupo de mujeres tímidas y dubitativas se convirtió en un grupo de mujeres valientes, atrevidas y llenas de energía».

El musical «Oliver!»

La catarsis llegó al punto más alto el pasado mes de diciembre en el teatro Al Madina de Beirut. El duro trabajo dio sus frutos sobre el escenario cuando «Antigone of Syria» vio la luz. Sin embargo, el sueño de llevar a cabo una gira internacional se vio frustrado ante las extremas dificultades en la obtención de los visados.

Pero Amán y Beirut son solo el principio. Hace unas semanas, el proyecto de Jordania volvió a ser noticia con el estreno de una versión en árabe del musical «Oliver!» interpretado por una compañía de niños procedentes de los campos de refugiados; mientras, en Beirut, Dina Mousawi prepara «Terrestial Journeys», una mezcla de poesía, teatro y artes visuales, con un equipo integrado por algunas de las actrices de Antígona.

Como dijo Augusto Boal, padre del Teatro del Oprimido: «Tenemos la obligación de inventar otro mundo porque sabemos que otro mundo es posible. Pero nos incumbe a nosotros el construirlo con nuestras manos entrando en escena, en el escenario y en la vida». Las refugiadas sirias de Shatila dan fe de ello.

4 diciembre 2015 at 5:36 pm 1 comentario

Si el saber no sirve de nada a quien lo posee, para qué saber

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La tragedia de “Edipo Rey”, una de las obras más emblemáticas de Sófocles, llega esta noche al 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, bajo la dirección de Alfredo Sanzol en el marco del proyecto del “Teatro de la Ciudad”

Fuente: Alberto Santacruz – EFE  |  YAHOO Noticias

Mérida, 17 jul.- “¡Qué terrible es saber, cuando el saber no sirve de nada a quien lo posee!”, le dice Tiresias a Edipo. El semblante de este último al oír las palabras del adivino es similar al de cualquier hijo que, rebuscando secretos familiares, halla en sí mismo la autoría de un epidemia que arrasa a los suyos.

Sentados a la mesa, unos y otros, familiares y asesores, se acusan y se defienden de ideas, insinuaciones, verdades y hechos que no quieren oír. Parece un 24 de diciembre, en el que lo que para unos es un secreto para otros es una evidencia y donde la búsqueda de la verdad es un camino hacia el infierno.

Edipo, hijo de Layo, quiere encontrar al autor de la muerte de este último sin ser consciente de que él es el asesino. Tampoco es consciente de que su amada (Yocasta) es su madre -el complejo de Edipo- y se ofusca en que su cuñado (Creonte) quiere expulsarlo del trono de Tebas.

Por ello, el dramaturgo Alfredo Sanzol, que dirige una versión libre de esta obra de Sófocles, ha sentado alrededor de “una mesa familiar” a los actores, a los personajes de esta tragedia griega que esta noche ha ocupado el escenario del Teatro Romano de Mérida.

El público parece invitado a tal encuentro para ser testigo de unos hechos que, lejos de importar, hace suyos. Edipo busca venganza para calmar a la plebe, pero… ¿qué ocurre cuando el juez es a la vez fiscal, acusado y letrado?

A todo ello se suman las “leyes de los dioses” que publican los oráculos, como si la fuerza del destino estuviera marcada sobre la tierra de los mortales con la azada de Apolo.

El actor cacereño Juan Antonio Lumbreras sostiene la obra en su papel de Edipo. Severo en sus palabras, se enfrenta en episodios a Creonte (Paco Déniz) y aguanta estoicamente al coro y al corifeo, que sin cantos pero en acordes pronuncian sus estásimos.

“Naturaleza como la tuya hacen que tú seas tu peor enemigo”, exclama Creonte ante los ojos de Edipo.

El lío, que no lo es tanto, pues Sófocles le dice al público desde el inicio que Edipo es el culpable, surge por la contradicción de lo racional con lo espiritual, por el enfrentamiento entre lo que uno quiere y cree saber, y lo que otros callan para evitar que la verdad sea mas cruel que el desconocimiento.

Conocida la verdad, que no es poca, la familia se rompe. Yocasta acaba con su vida, Edipo se arranca los ojos y los hijos de ambos -los dos varones- inician un camino de luchas entre ellos.

Sanzol traza a la perfección el camino de la verdad aunque ésta duela y dibuja entre sus personajes curvas marcadas por erróneas decisiones adoptadas por los protagonistas de esta tragedia.

Edipo quiere saber quién mató al rey Layo, pues de la verdad depende la felicidad de su pueblo y jura destierro para el autor de tan deleznable acto. Él es culpable, pero no lo sabe. Habla de integridad mientras comparte sábanas con Yocasta… pero no sabe que es su madre.

A Edipo se le cae el mundo encima cuando conoce la verdad, y Sazol y Lumbreras lo elevan a mártir sin martirizarlo. No tiene sentido hacer sangre, pues el protagonista se arranca los ojos para no ver en otra vida a Layo, ni ver a sus hijos, fruto de la cama con su madre, ni ver al pueblo de Tebas.

El escenario emeritense acogerá en las próximas horas a Antígona, una obra que lleva el nombre de una de las dos hijas de Edipo con Yocasta. Su rebeldía ante Creonte la llevará al enfrentamiento con el poder y el público asistirá a la lucha entre lo ideal y lo humano, el derecho divino y el derecho positivo.

Pero es otra historia, otra tragedia.

17 julio 2015 at 9:20 am Deja un comentario

¿Mantiene hoy su vigencia la tragedia griega?

Seguimos hallando en las viejas tragedias de Atenas un enorme caudal de estímulos para la reflexión cívica, ética y política

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De izquierda a derecha, Manuela Paso, Aitana Sánchez-Gijón, Juan Antonio Lumbres y Carmen Machi, protagonistas de las tragedias que se representan actualmente en el Teatro de La Abadía de Madrid. / GORKA LEJARCEGI

CARLOS GARCÍA GUAL / AURORA LUQUE   |  EL PAÍS       01/05/2015

Violencia doméstica

Por Carlos García Gual

Las mejores tragedias griegas, como escribió Aristóteles, tratan de crímenes en la familia. Un joven que mata a su padre y se casa con su madre y así llega a ser rey; una madre que para vengarse del marido que la abandona asesina a sus dos hijos; un regente que condena a muerte a su sobrina porque ella quiso enterrar a su hermano, son muy buenos ejemplos. Los estragos contra ese lazo afectivo que los griegos llamaban philía y consideraban la base de una existencia digna y feliz producían siempre una conmoción profunda en el público ateniense. Los patéticos sucesos suscitaban “compasión” y “espanto” (éleos y phóbos) por empatía con la catástrofe sufrida por los protagonistas del drama. Y, de propina, cierta purificación emotiva (kátharsis).

Edipo, Antígona, Medea, nombres resonantes de figuras gloriosas de relatos míticos, en el teatro de Dioniso de la democrática Atenas cobraron un sentido renovado. La mitología provee la materia, pero el dramaturgo da una forma nueva a los arcaicos relatos, al resucitar en escena a los héroes y darles la palabra a ellos, sus anhelos y sus quejas, y no ya como figurones lejanos de la épica. Venían del pasado heroico y épico, de cuando los dioses parecían cercanos y se inmiscuían en asuntos humanos. Ahora en la escena revisten profunda humanidad, impulsados por la pasión y su noble carácter al exceso (hybris) y la perdición. El arrojo magnánimo los lleva al error y a la postre al sufrimiento. Esa es la sabiduría trágica discutida desde los románticos y Nietzsche.

La mitología provee la materia, pero el dramaturgo da una forma nueva a los arcaicos relatos

Hay que destacar la originalidad que los grandes dramaturgos logran imponer sobre los temas heredados. El mito de Edipo era muy conocido y podía entenderse como un ejemplo de una fatalidad cumplida. Nada fatal hay en Sófocles, que da a su drama la estructura de un relato policiaco. En la investigación sobre el antiguo crimen, la muerte oscura del rey Layo en la encrucijada de Delfos, Edipo actúa en diversas funciones: es el investigador, el juez, el verdugo y el asesino. Todo funciona con precisión maquinal para revelar quién es él: bajo la máscara de gran rey sabio aparece su figura de criminal, y su empeño por sacar a luz la verdad lo destruye, y acaba ciego, maldito y desterrado. Víctima de su afán de verdad, ¿quién más noble que Edipo?

En Antígona, Sófocles escenifica el conflicto entre dos leyes: la de la ciudad, defendida por Creonte, y la no escrita de la sangre y el amor familiar, la de Antígona. Un conflicto paradigmático, según Hegel, porque ambos tienen razón, y el agón trágico entre tío y sobrina es inolvidable. En Medea, la princesa bárbara que salvó a Jasón, actúa como una fiera herida —en su amor propio más que por anhelo erótico— al matar a sus hijos para castigar al esposo traidor. Sus razones impresionan tanto como sus manos sangrientas. Al hacerla tan razonable como cruel, Eurípides escandalizó a los atenienses. El teatro humaniza el relato mítico y lo expone así a incesantes y modernas relecturas.

Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) es catedrático de Griego de la Universidad Complutense. Premio Nacional de Traducción, sus últimos libros son Sirenas (Turner) y El mito de Orfeo (Siglo XXI).

De Antígona al juez Garzón

Por Aurora Luque

¿Que si tiene vigencia la tragedia griega? Si consideramos candentes asuntos como la desesperación de los refugiados que se arrojan al mar, el destino de las víctimas civiles de un conflicto, la protesta ante la sepultura indigna dada a los vencidos, la soberbia ciega de los muy poderosos que les distancia de las sociedades que gobiernan o la búsqueda de una justicia civil racional frente a ajustes de cuentas tribales, entonces seguiremos hallando en las viejas tragedias de Atenas un enorme caudal de estímulos para la reflexión cívica, ética y política. Las suplicantes de Esquilo huyen en barco (“una casa cosida con cordajes”) de un matrimonio indeseado y piden asilo en Argos; la asamblea decidirá sobre la acogida. Son las primeras refugiadas políticas. En Las troyanas (Guernica de su siglo), el pacifista Eurípides pintó el horror de todas las guerras en ese hijo de Héctor arrojado de los muros de una Troya humeante. Hace bien poco asistíamos a reclamaciones semejantes a la de Antígona: los fusilados de la Guerra Civil merecen, como Polinices, un enterramiento justo, una memoria; el juez Garzón, como la heroína de Sófocles, perdió el agón, de momento. La hybris del presidente Aznar en las Azores ya nos la habían contado tanto Eurípides en su Ifigenia en Áulide, con la historia del caudillo Agamenón, que sacrificó lo más valioso a cambio de triunfar en sus expediciones, como Esquilo en Los persas, con la derrota del sobrado y altanero Jerjes. En Las Euménides asistimos a la fundación de un tribunal civil en Atenas para resolver los delitos de sangre que envenenaban a familias durante generaciones. Y en Los persas se relata la invención del amor a la libertad: no es pequeño argumento para los europeos venideros.

La hybris del presidente Aznar en las Azores ya nos la habían contado tanto Eurípides como Esquilo

Los trágicos hicieron desfilar a hombres y mujeres al borde de precipicios de dolor y desgracia, bajo las tempestades del destino: los dioses los hacían caer y el poeta canta, a pesar de todo, que “nada existe más maravilloso que el ser humano”. Y estos cantos se entonaron sin hablar en necio a los necios para darles gusto, mezclando la poesía más volcánica con el diálogo más vivo y con la reflexión ponderada del coro de la colectividad, en aquella ciudad en la que andaba inventándose la filosofía por las calles como conversación y búsqueda exigente.

A lo largo del siglo, la escena ática se pobló de mujeres intrépidas: junto a Antígona, coherente y solitaria, subieron la airada Clitemnestra y la despechada Deyanira; Hécuba, reina dignísima y mater dolorosa; Casandra penetrante, Ifigenia manipulada y Helena manipuladora; Medea, colaboradora del héroe y luego loba herida que argumenta contra Sócrates, y Fedra, que batalla contra un fiero enemigo interior, su pasión amorosa. La tragedia nos sirve conflictos de amor y poder: lo personal y lo político intrincados en la escena, mujeres en los palacios abiertos a la plaza, en los nudos de la vida de la polis (de los tratados de los historiadores quedarán casi ausentes). Otro motivo refrescante para asomarse de nuevo a aquellos palcos. Y una última lección, ésta para ministros: el Estado costeaba, con dinero público, los certámenes teatrales. Aquellos griegos eran serios. Sabían lo que hacían: cuidaron en vida a sus tres Shakespeares.

Aurora Luque (Almería, 1962) es poeta y traductora de griego. Personal & político es su último libro.

2 mayo 2015 at 9:10 am Deja un comentario

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