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Julio César y las supersticiones de Roma

Decir “Salud” al estornudar, entrar en una habitación siempre con el pie derecho o romper un cordón eran algunos de los símbolos supersticiosos de la antigua Roma. Algunos de ellos se heredaron en las civilizaciones posteriores e incluso todavía siguen vigentes en la actualidad

Fuente: JESÚS CALLEJO > Madrid  |  Cadena SER
8 de febrero de 2018

No deja de sorprender que una ciudad-estado como era la antigua Roma, todo un imperio extendido por medio mundo gracias a su poder militar, fuera tan supersticioso como el que más.

En eso no era único ni original. Muchas de sus prácticas mágicas estaban influidas por los griegos, por los etruscos y los caldeos. Es sabido la afición que tenían los romanos de consultar a augures, arúspices y oráculos, prácticas que se incrementaron cuando pasaron de ser una austera República y se convirtieron en Imperio. Los emperadores o césares se creyeron divinos y vitalicios, rindiéndoseles un culto que iba más allá del mero aspecto político. Eso tenía su contrapartida: cualquier desastre militar -o incluso de la naturaleza- se le imputaba a la debilidad del soberano. Al emperador Nerón le achacaron el origen del terremoto ocurrido en la Italia meridional, aparte de algún que otro incendio de sobra conocido.

Cualquier persona que tuviera un sueño profético atinente a la suerte del Estado podía comunicárselo al Senado. Julio César creía en los vaticinios, aunque no los hizo mucho caso en los momentos finales de su vida, Tiberio se rodeó de varios astrólogos y Septimino Severo anotaba cuidadosamente los oráculos que se referían a su persona. Hubo una época en que los adivinos se hicieron imprescindibles hasta que fueron prohibidos por los emperadores cristianos.

Diversos autores latinos se encargaron de darnos a conocer estas múltiples supersticiones romanas. Una obra poco conocida de Cicerón (106-43 a.C.), titulada De Adivinatione, recoge algunas de estas creencias: “El tropezar, romper un cordón y estornudar tienen un significado supersticioso digno de atención”. Ovidio, en los Fastos, asegura: “si los proverbios tienen alguna importancia para tí, la gente dice que no es bueno para las esposas que se casen en mayo”.

Pero, sin duda, fue el escritor y historiador latino Plinio el Viejo (23-79 d.C.) el que se encargó de recopilar muchas de las supersticiones que practicaron los romanos y que luego, durante la Edad Media, pasaron a la cultura occidental. Su sobrino, Plinio el Joven, también se dedicó a esta clase de recopilaciones en su Epistolario, aunque con menos empeño. Hay algunas, tan conocidas hoy en día, como entrar en una habitación siempre con el pie derecho (ya mencionada por Petronio) o el exclamar “¡Salud!” cuando alguien estornuda en nuestra presencia (algo que exigía el emperador Tiberio) o bien el llevar consigo una pata de liebre o de conejo como amuleto para aliviarse de ciertas enfermedades o ahuyentar la mala suerte.

En su Historia Natural (enciclopédica obra compuesta por 37 libros sobre distintos aspectos del mundo de la naturaleza), Plinio el Viejo recoge creencias y supersticiones sobre los asuntos y objetos más variopintos, que van desde los alfileres (“tener varios alfileres que se hayan cogido de una tumba clavados en el umbral de una puerta es una protección contra las pesadillas nocturnas”) hasta los nudos (“Para curar las fiebres se suele poner una oruga en un trozo de lino con un hilo pasado tres veces alrededor y atado con tres nudos, repitiendo a cada nudo la razón por la que el mago realiza la operación”).

Se sabe que portaban toda clase de amuletos y que una de las supersticiones más extendidas era la utilización de tablillas (generalmente de plomo) donde aparecían los nombres a los que se quería hacer daño y que luego eran utilizados en un conjuro mágico.

Lo bueno, o lo malo, es que muchas de esas supersticiones las hemos heredado también nosotros…

 

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9 febrero 2018 at 2:49 pm Deja un comentario

Leptis Magna, una joya romana vence al Isis

Los arqueólogos consideran a Leptis Magna una de las urbes romanas mejor conservadas del Mediterráneo. A pesar de la guerra que destruye Libia desde hace seis años, la cuna del emperador Septimio Severo ha logrado resistir el embate de las milicias y la codicia de los yihadistas.

Parte de los Baños de Adriano en las ruinas libias de la ciudad romana de Leptis Magna. / RICARDO GARCÍA VILANOVA

Fuente: Javier Martín EL PAÍS Semanal
25 de septiembre de 2017

Cuentan las crónicas romanas que la noche en la que se conoció el asesinato del emperador Cómodo, Septimio Severo ni siquiera mudó el gesto. Gobernador en aquel tiempo de la Panonia Superior, ordenó a sus legionarios que estrecharan el perímetro y optó por dormir, desoyendo las voces de aquellos que le conminaban a marchar sobre Roma y reclamar la corona de laurel. Lo haría apenas un año después y con una excusa que le permitiría tanto alcanzar el poder como transformar el sistema de gobierno e implantar una tiranía militar similar a la que el coronel Muamar el Gadafi soñó con fundar 19 siglos después en la misma franja de la costa mediterránea en la que Severo, el primer emperador africano, nació. “Aquí han sucedido cosas importantes de nuestra historia y es esencial que nuestros jóvenes las conozcan. Los libios somos árabes y norteafricanos, pero también mediterráneos, algo que el anterior régimen quiso ocultar”, explica con entusiasmo lectivo Mohamad abu Salam.

Gadafi la usó para esconder sus tanques confiando en que los cazabombarderos de la OTAN no se atreverían a destruir un enclave histórico tan relevante

Es una cálida mañana de verano y una infantil algarabía, inusual en un país quebrado por el caos y la guerra, resuena entre los imponentes vestigios de la ciudad romana de Leptis Magna, cuna de Severo, que, pese a la guerra que destruye Libia desde hace seis años, y al contrario de lo que ha ocurrido con ruinas similares en Siria, ha resistido el embate de las milicias y la codicia de los yihadistas. Corros de niños, todos uniformados con camisetas blancas y gorras de un color mandarina intenso, escuchan relajados sus explicaciones y las del resto de voluntarios, todos ellos miembros de una asociación local dedicada a la expansión y difusión del vasto patrimonio cultural libio.

“En general la situación aquí es buena, afortunadamente no hemos tenido episodios como el de Palmira”, destaca un funcionario del antiguo Gobierno en Trípoli. “La mayor parte de las piezas importantes o ya habían sido expoliadas por el anterior régimen, o se encontraban en el Museo de Trípoli, que pudo ser protegido durante la revolución”, argumenta. “Solo las ruinas de Sabratha (ciudad situada al oeste de la capital, donde en 2015 se instaló una importante célula radical afín a la rama libia del grupo yihadista Estado Islámico) y las de Cyrene (situadas en un área en disputa entre las localidades de Sirte —antiguo bastión yihadista— y Bengasi, capital del alzamiento popular de 2011) han estado en grave peligro. Esta zona siempre ha estado menos expuesta, argumenta el responsable, que por razones de seguridad prefiere no ser identificado.

Uno de los ejes principales de la ciudad, que conducía al arco de Septimio Severo; / RICARDO GARCÍA VILANOVA

Asomado al mar, en un paraje idílico a medio camino entre Misrata —principal puerto comercial del país— y la capital, el primer asentamiento urbano del que se tiene memoria en el área donde ahora brillan las milenarias piedras de Leptis Magna fue levantado por colonos fenicios procedentes de Tiro en torno al año 1100 antes de Cristo y permaneció bajo control cartaginés hasta que, tras las Guerras Púnicas, engrosó el reino númida. Punto de confluencia de las caravanas que cruzaban el Sáhara, su importancia comercial aumentó tras ser incorporada al Imperio Romano y promovida al estatus de colonia por el emperador Trajano. Allí, en un entorno comercial y cosmopolita, se educó Severo, hijo del sufete local Publio Septimio Geta, un hombre al que los cronistas bárbaros describen como un militar brutal y ambicioso. Emigrado a Roma a la edad de 17 años, el futuro emperador aprovechó sus lazos familiares en el Senado para escalar en la jerarquía militar y formar una fuerza de élite que le permitió medrar. Sus victorias castrenses en Oriente Próximo y los Balcanes añadieron después los galones y los recursos financieros suficientes para retar a la poderosa Guardia Pretoriana e instalar la dictadura de los Severos, que prolongaría su famoso hijo Caracalla y que dominaría Roma a lo largo del siglo III. Invadida por tribus locales, Leptis Magna decaería lentamente hasta que la invasión árabe en el año 642 la sumió en el olvido.

“Libia tiene un patrimonio cultural riquísimo, no solo Leptis Magna”, recuerda el exdiputado libio Naser el Seklani. “Ni a Gadafi ni a los nuevos dirigentes les ha interesado nunca, solo pendientes de un petróleo que podríamos regalar. Únicamente con nuestras playas y monumentos, con la pesca y el turismo seguiríamos siendo un país rico y atractivo”, asegura Seklani, un antiguo oficial del Ejército encarcelado por el dictador que se sumó a la revuelta y que se desligó enseguida del proceso político al ver “que quienes abandonaron el país y lo dejaron al capricho del dictador ahora vuelven para ordeñarlo y vendérselo a los extranjeros”.

El ninfeo o monumento a las ninfas

El potencial turístico de Leptis Magna y de las playas vírgenes de arenas blancas que se extienden cientos de kilómetros desde sus ruinas hasta la ciudad de Bengasi es indudable. Considerada por los arqueólogos una de las urbes romanas mejor conservadas del Mediterráneo, pasear por sus empedradas vías supone un viaje en el tiempo. Su teatro se inclina casi intacto sobre el mar, en el foro parecen resonar las voces de los oradores y en el mercado aún es posible ver los puestos de venta. Sentado bajo el Tetrapylon, erigido en honor a Severo, no es necesario imaginar las calles. Hileras de muros de cerca de dos metros de altura se mantienen erguidos dibujando claramente el plano de esta ciudad declarada patrimonio de la humanidad en 1982, y que la Unesco incluyó en junio de 2016 en la lista de lugares históricos en riesgo junto al resto de maravillas del país: Sabratha, Cyrene, las pinturas rupestres de Tadrart Acacus y el antiguo mercado de esclavos de Ghadames.

Los Baños de Adriano

Indudable es también, sin embargo, la amenaza sostenida que padece desde que en 2011 Gadafi se acordara de ella para esconder sus tanques, confiado en que los cazabombarderos de la OTAN no se atreverían a destruir tan bello enclave. A apenas 200 kilómetros al este, en la vecina Sirte, la guerra entre las milicias del oeste de Libia y los grupos afines al Estado Islámico vuelve a resonar como un siniestro eco, pese a que los yihadistas fueron expulsados de la ciudad en diciembre pasado. Unos 70 kilómetros al oeste, la apacibilidad de su entorno también se desvanece frente a la inseguridad tribal de Trípoli, escenario de escaramuzas entre los diferentes grupos armados y de luchas cainitas entre los señores de la guerra y el impotente Gobierno sostenido por la ONU, que un año después de ser designado aún no ha sido capaz de conseguir la legitimidad que debe concederle el legislativo ni de mejorar la vida en la capital, donde los cortes de agua corriente y electricidad son una realidad diaria, escasean la comida y los servicios, y conseguir dinero en efectivo es una odisea. Y en el este, a las puertas de Bengasi, prolonga su creciente e inquietante sombra el mariscal Jalifa Hafter, un militar con trazas de dictador que contribuyó a aupar al poder a Gadafi y que años más tarde, reclutado por la CIA, devino en su principal opositor desde el exilio en Virginia. Dos décadas después, apoyado por Rusia, Egipto y Arabia Saudí y acusado de crímenes de guerra, encarna el cesarismo que vuelve a soplar en la región una vez asfixiadas las ilusionantes y manipuladas primaveras árabes: controla los recursos petroleros y domina el 70% de un país sumido en una larga y cruenta guerra civil de la que, al contrario de las libradas por Severo, nadie parece querer ya escribir.

 

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25 septiembre 2017 at 6:16 pm 1 comentario

No todos los romanos eran blancos: el imperio era más diverso de lo que parece

Un tuitero de la alt-right cree que los romanos eran blancos: los historiadores le corrigen

Una escena del vídeo de la BBC

Fuente: JAIME RUBIO HANCOCK  |  Verne
27 de julio de 2017

Britania, siglo II d.C. Un legionario romano de alto rango da instrucciones a sus soldados para construir un fuerte cada milla. Así comienza un vídeo divulgativo para niños de la BBC que muchos consideran muy poco acertado. ¿La razón? El legionario no es blanco y, para unos cuantos, esto supone ceder a la dictadura de lo políticamente correcto. Pero sí, había legionarios negros, a pesar de que no recordamos ninguno de las películas clásicas de romanos.

La queja racista ha viralizado especialmente después de un tuit de Paul Joseph Watson, que escribe en la web conservadora y conspiranoica Infowars (conocida por propagar bulos como el pizzagate, que alegaba que una pizzaría era el epicentro de una red de pedofilia ligada a Hillary Clinton). Watson lamenta con sarcasmo que se retrate esta provincia romana como “étnicamente diversa. Es decir, ¿a quién le importa la precisión histórica?”.

 

Su tuit se ha compartido más de 2.800 veces y suma 1.400 respuestas. Pero, como le contesta también en Twitter la historiadora Mary Beard, premio Princesa de Asturias, este vídeo es, “de hecho, preciso, hay muchas pruebas firmes de la diversidad étnica en la Britania Romana”, el nombre que daban los romanos a la provincia que ocupaba el centro y sur de la actual isla de Gran Bretaña. El hecho de que la BBC escoja a un protagonista romano de color sirve para poner de manifiesto una realidad a menudo olvidada.

 

Coincide con esta idea Jordi Cortadella, profesor de Historia Antigua en la Universidad Autónoma de Barcelona: “El imperio romano y la legión eran mucho más variopintos de lo que podamos imaginar”, explica a Verne en entrevista telefónica. Un legionario negro “no es descabellado”, aunque sí “raro” si nos referimos en concreto a subsaharianos: “Cruzar el Sáhara en una época en la que aún no había dromedarios en la región era muy difícil”. Eso sí, “los esclavos negros eran buscados y apreciados”, y muchos acababan formando parte “de las legiones o de las tropas auxiliares. En Britania había destacamentos del norte de África”.

También ha respondido en Twitter el profesor de historia británico Mike Stuchbery, que recuerda en una serie de tuits que las legiones se formaban de soldados de todas partes del imperio, incluido el norte de África y Oriente Próximo, y que había ciudadanos británicos de clase alta procedían del Norte de África. En otras respuestas a Watson y saliendo de Britania, también se recuerda a San Mauricio, comandante de la Legión Tebana durante el siglo III, integrada por cristianos egipcios.

Una sociedad étnicamente diversa

La diversidad no era exclusiva de Britania, por supuesto. Mary Beard ha escrito sobre este tema en varios de sus artículos publicados en The Times e incluidos en su libro It’s A Don’s Life.

Por ejemplo, en “Racismo en Grecia y Roma”, Beard explica que ambas sociedades desconfiaban de (y en ocasiones despreciaban a) los extranjeros. “Pero no se preocupaban mucho por el color de la piel”. Y en su libro SPQR añade que con la expansión del imperio se redefinió la palabra “latino” hasta el punto de que “dejó de ser una identidad étnica para referirse a un estatus político sin relación con la raza y la geografía”.

De hecho, sigue sin saberse exactamente cómo de multicultural era la población del Imperio, entre otras cosas porque no se prestaba atención a esta cuestión. A esto se unía que “no había una clase homogénea de esclavos, o una raza o color diferente para sus señores”, además del hecho de que a muchos esclavos se les concedía la libertad. Todo esto “hizo que los ciudadanos romanos fueran el grupo más diverso étnicamente antes de la época moderna”.

Cortadella describe la Roma clásica como “una gran metrópoli comparable a Londres o París en el siglo XIX, o a Nueva York en los siglos XX y XXI”, y que a menudo visitaban embajadores de otras provincias, acompañados de su séquito. Eso sí, la capital era más diversa que el resto del imperio “del mismo modo que Nueva York no se parece tanto al resto de Estados Unidos”.

En Hispania, por ejemplo, esta diversidad depende de si hablamos de la costa o del interior: “Ciudades como Tarraco, Cartago Nova o Gadir eran muy cosmopolitas, debido a la relación marítima con Roma y el resto del imperio. Las ciudades del interior, como Mérida, Córdoba y Iesso (la actual Guissona), eran más heterogéneas”.

Esto no quiere decir que no hubiera inquietudes y fricciones al respecto: muchos se cuestionaban si con tanto esclavo liberado se estaba perdiendo la esencia de la romanidad y otros se quejaban de lo poco que hacían los extranjeros para integrarse, como escribe Beard en un artículo en el que a pesar de todo habla de Roma como una especie de “crisol de culturas”, en la que nadie habría entendido el significado del término “inmigrante ilegal”.

El primer emperador africano

Septimio Severo (146-211) nació en la actual Libia, hijo de un libio y de una europea. Fue el primer emperador romano nacido en el norte de África. Cortadella explica que era “de estirpe bereber y no cabe duda de que su tez era morena”. Y añade: “Esto para Roma no era ningún problema, ya que era una sociedad muy abierta tanto étnica como religiosamente”. Lo importante era “adorar al emperador, que es el equivalente a jurar la Constitución”, además de obedecer las leyes y pagar los impuestos.

Septimio Severo y su familia Museo de Arte Antiguo de Berlín

Beard añade que aunque “probablemente no era negro (cosa que se discute en ocasiones), seguramente no era tan blanco como se deduce de muchos de sus bustos de mármol”. Beard apunta que algunos bustos lo muestran con rasgos africanos, mientras que en otros aparece igual que cualquier otro emperador romano. Lo mismo ocurre con su hijo, Caracalla, de madre siria.

¿Y por qué persiste esta imagen de una Roma europea y blanca? ¿Es por las películas? ¿Es porque los libros de historia no se han ocupado de este asunto? “Roma ha sido reinterpretada en todas las épocas -explica Cortadella-. No se tenía la misma idea de Roma en la Edad Media, que en la Ilustración, que actualmente, cuando tenemos una imagen más parecida a Estados Unidos que a lo que realmente fue el Imperio Romano. Por eso vale la pena redescubrir Roma”.

 

27 julio 2017 at 4:48 pm Deja un comentario

La tumba de Alejandro Magno, el rompecabezas que tampoco Napoleón supo resolver

Durante dos años sus compañeros de armas se empeñaron en construir un mausoleo de oro macizo con la figura en relieve del Magno. La estructura contaba en sus extremos con columnas jónicas de oro y en sus laterales incluía escenas de la vida del general

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Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
26 de octubre de 2016

La localización de la tumba del gran conquistador de la Antigüedad resulta uno de los casos más misteriosos de la arqueología mundial. No tanto por lo que puede haber en su interior, como por el hecho de que durante siglos su ubicación era archiconocida. La visitaron emperadores, reyes, gobernantes y grandes personajes hasta que, mientras se venía abajo el Imperio romano, se le perdió el rastro para siempre.

Alejandro cayó enfermo el 2 de junio del 323 a. C. tras un banquete en Babilonia donde había bebió grandes cantidades de vino. Durante casi dos semanas, Alejandro padeció fiebre alta, escalofríos y cansancio generalizado, unido a un fuerte dolor abdominal, náuseas y vómitos. El 13 de junio, cuando le faltaba poco más de un mes para cumplir los 33 años de edad, falleció el dueño de media Asia sin dejar un heredero claro.

Durante dos años sus compañeros se empeñaron en construir un mausoleo de oro macizo con la figura en relieve del Magno. La estructura contaba en sus extremos con columnas jónicas de oro y en sus laterales incluía escenas de la vida del general. En el palio de púrpura bordada se encontraba expuestos el casco, la armadura y las armas del macedonio. Una vez finalizado, el mausoleo fue transportado desde Babilonia hacia Macedonia por 64 mulas que completaron un recorrido de 1.500 kilómetros. Sin embargo, los restos mortales nunca lograron alcanzar su lugar de nacimiento.

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Reconstrucción del catafalco de Alejandro según Diodoro (mitad del S. XIX) – Wikimedia

La guerra abierta entre los sucesores de Alejandro Magno fragmentó el imperio del macedonio y entregó la parte Egipcia a Ptolomeo, que se declaró a sí mismo Rey de Egipto. Mientras el cortejo fúnebre con los restos de Alejandro se dirigía a Macedonia, Ptolomeo se apropió de ellos y se los llevó a Egipto. En un principio, adaptó una tumba vacía que había sido preparada para enterrar al último faraón nativo de Egipto, Nectanebo II, y trasladó los restos del que fuera su general a una capilla dentro del templo del Serapeo de Saqqara, en la necrópolis de la antigua Menfis. La grandilocuente tumba se encontraba al final de una larga avenida de esfinges.

Una parada para los emperadores que se perdió

Al hijo de Ptolomeo, Ptolomeo II, no le parecía suficientemente lustrosa la localización y trasladó la tumba de Alejandro de Menfis a Alejandría (la más famosa de las 50 Alejandrías fundadas por el conquistador). Así creó un estructura monumental conocida como el Soma para el descanso del macedonio y el de su propia dinastía. El sarcófago era en su origen de oro, si bien Ptolomeo IX lo reemplazó por cristal debido a necesidades económicas e incluso es posible que cambiara su ubicación de nuevo. Allí lo halló Julio César cuando peregrinó a la tumba de su héroe de juventud. En el año 48 a. C, el romano llegó a Alejandría, después de haber perseguido a su enemigo Pompeyo, y tuvo ocasión de ver los restos.

Algunos, como Cayo Calígula, que la conoció en un viaje con su padre de niño, se apoderaron de distintos objetos presentes (en su caso de la coraza de Alejandro)

Su heredero político, César Augusto, también visitó la tumba en un acto plagado de propaganda. Cuando las dignidades griegas que le acompañaban le ofrecieron visitar las tumbas de los reyes Ptolomeos, el primer ciudadano de Roma les recordó que él no había ido a ver muertos sino a un rey. Ordenó que fueran sacados los restos de Alejandro de su tumba, adornando el cadáver con flores y una corona de oro. Según las fuentes del periodo, cuando Augusto estiró la mano para tocarle la cara a Alejandro le rompió de forma accidental un pedazo de nariz.

A partir de entonces, la visita de los emperadores de Roma a la tumba de Alejandro se convirtió en «protocolaria». Algunos, como Cayo Calígula, que la conoció en un viaje con su padre de niño, se apoderaron de distintos objetos presentes (en su caso de la coraza de Alejandro). Por el contrario, Septimio Severo ordenó sellar el acceso a la tumba al ver lo poco protegida que estaba, en el año 200 d. C. La última supuesta visita fue la del emperador romano Caracalla, en 215, que afirmó haber sido poseído por el espíritu de Magno.

Con la decadencia del Imperio romano, Alejandría se vio azotada por distintos saqueos y revueltas, que terminaron por perder el rastro de la tumba del general. Si bien hay evidencias de que todavía en el siglo IV la tumba seguía en su lugar original, no se puede constatar que saliera intacta en el 365 del gran terremoto seguido de un tsunami gigantesco, que provocó estragos en las regiones costeras y ciudades portuarias de todo el Mediterráneo oriental. En Alejandría los barcos fueron levantados hasta los tejados de los edificios que quedaron, lo que hace probable la destrucción del mausoleo del Soma.

A partir de ese momento se perdió el rastro a la tumba, ya fuera porque fue destruida en el terremoto o en los saqueos que acompañaron los años finales del Imperio romano. No así a los restos mortales del conquistador. Libanio de Antioquía mencionó en un discurso dirigido al Emperador Teodosio, que el cadáver de Alejandro estaba expuesto en Alejandría de forma pública. Probablemente fue retirado y separado del sarcófago, lo que explicaría que la expedición de Napoleón lo hallara vacío en el siglo XIX.

La devoción por estos restos finalizó de forma abrupta cuando Teodosio publicó una serie de decretos para prohibir el culto a los dioses paganos, entre los que destacaba Alejandro. Aquí se perdieron también los restos.

Una búsqueda obsesiva entre los arqueólogos

En la célebre expedición que Napoleón condujo en 1798, se descubrió un antiguo sarcófago vacío situado en una capilla en el patio de la mezquita Atarina en Alejandría. Los lugareños aseguraban, basándose en la creencia medieval de que el gigantesco sarcófago se había quedado limitado a una pequeña capilla, que se trataba de la tumba de Alejandro Magno. No obstante, los arqueólogos que acompañaban al «Gran corso» albergaba sus dudas y no fueron capaces de resolver el rompecabezas todavía vigente.

En 1801, Edward Daniel Clarke llevó el sarcófago al Museo Británico de Londres y dio pie a que Champollion descifrara los jeroglíficos. Después de que los británicos transportaron el sarcófago a Inglaterra entre 1802 y 1803, la mezquita se deterioró rápidamente, y pocas décadas después había desaparecido. No en vano, el monumento contenía una pista, una inscripción que anunciaba que el sarcófago pertenecía al faraón Nectanebo (Nectanebo II, aclararon investigaciones posteriores).

El egiptólogo italiano Evaristo Breccia lo buscó casi de forma desesperada en la zona de la mezquita de Nabi Daniel (a no muchos metros de donde estuvo la de Atarina)

El asunto se cerró en falso sin sospechar, en ese momento, que Ptolomeo se había apoderado de la tumba de Nectanebo II (él huyó de Egipto cuando llegaron los macedonios y su tumba quedó vacía) para enterrar a Alejandro Magno. Distintos autores han insistido recientemente en que la respuesta al misterio está en esta mezquita de Atarina en Alejandría, concretamente en la costumbre de los ptolomeos por reciclar elementos arquitectónicos de sus antecesores.

Pero esta no ha sido la única teoría, siendo que la mayor parte de los esfuerzos por encontrar la tumba o los restos del conquistador se han centrado en Alejandría. El egiptólogo italiano Evaristo Breccia lo buscó casi de forma desesperada en la zona de la mezquita de Nabi Daniel (a pocos metros de donde estuvo la de Atarina) y en Kom el Dick. Todo ello sin éxito. Como explica Valerio Massimo Manfredi en su libro «La tumba de Alejandro: El enigma», el sucesor de Breccia, el arqueólogo Achille Adriani, decidió cambiar la dirección de las búsquedas hacia el cementerio latino de Alejandría, en la zona sudeste de la península del Lochias. Tampoco él logró dar con la tecla.

Fuera de la ciudad, otros estudios han buscado la tumba en el oasis de Siwa, el lugar donde Alejandro fue acogido por los sacerdotes egipcios como el hijo del dios Amón. Así como en la antigua Anfípolis, una importante ciudad del reino de Macedonia, a 100 kilómetros al este de Tesalónica, la segunda ciudad de Grecia. En este sentido, los arqueólogos anunciaron el año pasado que lo más probable es que esta tumba esté dedicada a Hefestión, el amigo más íntimo de Alejandro Magno.

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Mosaico hallado en el pavimento de la tumba de Amfípolis – ABC

Pero más allá de saber dónde está la tumba, al menos cabe preguntarse qué fue de los restos tras la prohibición de Teodosio de adorar a símbolos paganos. En 2004, el historiador británico Andrew Chugg planteó una curiosa pero poco probable teoría en su libro «La tumba perdida de Alejandro Magno». En su opinión, la venerada tumba de San Marcos en Venecia podría contener no los restos del evangelista, sino nada menos que el cuerpo de Alejandro Magno.

Sostiene este experto en el legendario rey de Macedonia que la confusión histórica sobre la suerte del cuerpo del mítico guerrero se explica porque el cadáver fue disfrazado de San Marcos para evitar su destrucción durante una insurrección cristiana. De esta forma, no fueron los restos de San Marcos (que algunas tradiciones dicen que fueron quemados) los que fueron robados por mercaderes venecianos unos cuatro siglos más tarde para devolverlos a su ciudad natal. Serían, en este caso, los restos de Alejandro Magno los que fueron llevados a Venecia.

 

26 octubre 2016 at 11:52 am 2 comentarios

El día que César Augusto rompió la nariz del cadáver de Alejandro Magno

Mientras el cortejo fúnebre con los restos de Alejandro se dirigía a Macedonia, Ptolomeo se apropió de ellos y se los llevó a Egipto. Allí levantó una enorme tumba, conocida como el sema, en Alejandría

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Alejandro combate contra el rey persa Darío III en la batalla de Issos – La Casa del Fauno de Pompeya

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC     17/03/2016

El Segundo Triunvirato en la historia de Roma repartió el control de la República en tres, entre el joven César Augusto, Lépido y Marco Antonio. Éste último hizo de Egipto su fortín y de Cleopatra, antigua amante de Julio César, su mejor aliada. La lucha entre los tres vislumbró la supremacía de César Augusto, quien concluyó el conflicto viajando en persona a Egipto, tierra de héroes mitológicos y mortales, a forzar el suicidio de Cleopatra y hacer un poco de turismo.

Representación de Cleopatra

Representación de Cleopatra

Tras forzar el suicidio de Marco Antonio, Cleopatra albergó durante unos días la esperanza de que la nueva fuerza hegemónica le mantuviera con vida. César y la egipcia finalmente se vieron frente a frente en una reunión donde Cleopatra, presumiblemente, rogó por su vida invocando el amor que había sentido en el pasado por el tío de Octavio, Julio César. No era suficiente. César buscaba cambiar la relación entre Egipto y Roma, más control político, así como apoderarse del tesoro de Cleopatra.

Una de las posibilidades que barajó el Princeps fue emplear a la egipcia como trofeo de guerra y hacerla desfilar en el triunfo (la forma en la que se celebraban las grandes victorias en Roma) que esperaba organizar a su regreso. No obstante, se corría el riesgo de que el pueblo romano viera un acto de crueldad en obligar a una mujer a participar en estos actos, que terminaban con la ejecución pública de los caudillos vencidos.

Cleopatra, la última griega en Egipto

La mejor opción es que Cleopatra siguiera los pasos de Marco Antonio, aunque por el momento a César Augusto le convenía que siguiera con vida. Como narra Adrian Goldsworthy en la biografía «Augusto: de revolucionario a emperador» (La Esfera de los libros, 2015), dio órdenes de que siguiera con vida y, cuando comprobó que se había suicidado empleando el veneno de una serpiente, ordenó llamar a médicos y especialistas en venenos. Nada se pudo hacer por su vida ni por los partidarios que dejaba a su espalda. La carga de impuesto aumentó y tres legiones quedaron acantonadas allí, lo que suponía que Egipto estaba en proceso de convertirse en una provincia romana.

Estatua de Augusto

Estatua de Augusto

«Cleopatra tuvo la fortaleza de ánimo para mirar a su destruido palacio con calmada expresión y el valor para manejar las serpientes de afilados colmillos, dejando que su cuerpo bebiera su negro veneno (…). No le arrebatarían su realeza, ni la obligarían a enfrentarse a un burlón triunfo: mujer humilde no era», cantó Horacio sobre la muerte de la princesa. La egipcia no era humilde ni nada parecido. Con ella murió la dinastía macedónica que fundó en el año 323 a. C. Ptolomeo I Sóter, uno de los generales de Alejandro Magno. Tras la guerra abierta entre los sucesores de Alejandro Magno, Ptolomeo se declaró gobernante independiente, nombrándose a sí mismo Rey de Egipto. Cleopatra y su dinastía eran griegos; en tanto, su posición en Egipto siempre fue precaria y requirió de una enorme simbología para sostener su legitimidad.

Mientras el cortejo fúnebre con los restos de Alejandro se dirigía a Macedonia, Ptolomeo se apropió de ellos y se los llevó a Egipto. Allí levantó una grandilocuente tumba, conocida como el sema, en Alejandría (la más famosa de las 50 Alejandrías fundadas por el conquistador). El sarcófago era en su origen de oro, si bien Ptolomeo IX lo reemplazó por cristal con el objetivo de sacar más fondos. Así la halló Julio César cuando peregrinó a la tumba de su héroe de juventud. En el año 48 a. C, Julio César llegó a Alejandría, después de haber perseguido a su enemigo Pompeyo, y tuvo ocasión de ver los restos.

La tumba se pierde en la historia

Su heredero político, César Augusto, también visitó la tumba en un acto plagado de propaganda. Decidió ver los restos del conquistador y para ello ordenó que fueran sacados de su tumba, adornando el cadáver con flores y una corona de oro. Según las fuentes del periodo, cuando Augusto estiró la mano para tocarle la cara a Alejandro le rompió de forma accidental un pedazo de nariz.

La visita del Emperador de turno a la tumba de Alejandro se convirtió en «protocolaria» con el paso de los siglos. Algunos, como Cayo Calígula, que la conoció en un viaje con su padre de niño, se apoderaron de distintos objetos presentes (en su caso de la coraza de Alejandro). Por el contrario, Septimio Severo ordenó sellar el acceso a la tumba al ver lo poco protegida que estaba, en el año 200 d. C.

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Augusto visita la tumba de Alejandro (Sebastien Bourdon, 1643 – Museo del Louvre)- Wikimedia

Con la decadencia del Imperio romano, Alejandría se vio azotada por distintos saqueos y revueltas, que terminaron por perder el rastro de la tumba del general. Si bien hay evidencias de que todavía en el siglo IV la tumba seguía en su lugar original, no se puede constatar que saliera intacta, en el 365, del gran terremoto seguido de un tsunami gigantesco, que provocó estragos en las regiones costeras y ciudades portuarias de todo el Mediterráneo oriental.

En Alejandría los barcos fueron levantados hasta los tejados de los edificios que quedaron, lo que hace probable la destrucción del mausoleo del Soma. Esto no significaba, sin embargo, que los restos se perdieran en los saqueos o en el terremoto. Libanio de Antioquía mencionó en un discurso dirigido al Emperador Teodosio, que el cadáver de Alejandro estaba expuesto en Alejandría. El cadáver podría haber sido retirado y separado del sarcófago, lo que explicaría que la expedición de Napoleón lo hallara vacío en el siglo XIX.

17 marzo 2016 at 11:43 am Deja un comentario

Arqueólogos recomponen el rompecabezas del catastro de la Roma imperial

Arqueólogos italianos han logrado recomponer el rompecabezas del catastro de la Roma imperial, que además confirma el papel relevante que desempeñaron las mujeres y que desde esta semana puede visitarse por primera vez en la “Ciudad Eterna”.

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El nuevo fragmento de la Forma Urbis Severiana que, una vez recompuesto, permanecerá en exposición hasta el 17 de marzo junto al resto de losas en el Auditorium del Museo del Ara Pacis en Roma. Foto: Sovrintendenza Capitolina

Fuente: Cristina Rocha – EFE  |  LA VANGUARDIA

Roma, 28 feb.- Para ello ha sido esencial el hallazgo de nuevos fragmentos de mármol de la conocida como “Forma Urbis”, un auténtico mapa en piedra de la Antigua Roma creado bajo el emperador Septimio Severo entre los años 203 y 211.

Ese mapa había quedado destruido a lo largo de la historia y repartido en más de un millar de piezas inconexas por toda Roma.

“Antes se pensaba que la Forma Urbis era el catastro de la Roma imperial, pero los recientes descubrimientos demuestran que es una copia estilizada y detallada en mármol del verdadero catastro en bronce del que ya apenas existen fragmentos”, dijo a Efe el arqueólogo Roberto Meneghini.

Explicó que se ha logrado recomponer 235 metros cuadrados de “detallada topografía en losas de mármol que indican barrios, casas, galerías, templos y tiendas, una vista única del antiguo paisaje urbano de Roma”

Además, Meneghini precisó que uno de los datos “más singulares” que se desprende de estos hallazgos es que “numerosas propietarias de edificios eran mujeres, un hecho que subraya la importancia y el papel que desempeñaban en esta época”.

Las inscripciones talladas en las losas también revelan el rango de las calles, detalles de la anchura de los edificios, propietarios de los inmuebles y su valor económico.

Este “espejo fiel de la Roma imperial” está compuesto por 1.200 piezas de mármol halladas en excavaciones realizadas en los últimos siglos en Roma y a las que se han añadido ahora nuevas piezas que han permitido recomponer un rompecabezas que se podrá visitar por primera vez en el Museo del Ara Pacis de Roma hasta el 17 de marzo.

Meneghini aclaró que del catastro original de bronce “existen hoy día tan sólo dos piezas que son las que han permitido averiguar y determinar que esta Forma Urbis marmórea era una copia muy completa destinada a un uso administrativo”.

“Tenemos la certeza de que los magistrados de la época que estaban a cargo de cualquier operación que tuviese que ver con las calles de Roma contaban con la Forma Urbis marmórea para ayudarse”, afirmó.

Sin embargo, “aún faltan muchísimas losas de mármol, lo que tenemos es una pequeña parte de lo que era aquel catastro que colgaba de las paredes del entonces Templum Pacis”.

Además, añadió que el valor de esta “memoria viva de la Roma antigua tiene un significado muy cercano al concepto de catastro moderno tal y como lo conocemos hoy”.

Subrayó que las piezas de las que disponen actualmente corresponden “aproximadamente a una décima parte del total del catastro, lo que equivale a cerca de 25.000 metros cuadrados de la Roma antigua”.

Meneghini calificó estos descubrimientos como “preciosos testimonios de la Roma antigua”, ya que “dan a conocer una ingente cantidad de casas, templos, edificios y datos relativos a los mismos que contribuyen a la transmisión de la cultura clásica”.

Uno de los datos aportados por este nuevo hallazgo es que donde está el actual Museo del Ara Pacis había una oficina adscrita al ayuntamiento de Roma que cumplía la función de “documentación catastral en época tardo romana y que dependía de un prefecto que tenía jurisdicción en este tipo de documentación”.

En ese lugar, añadió el arqueólogo, “había también una fábrica de bronce donde se creó el catastro original del que apenas se conservan fragmentos”.

A la luz de los nuevos datos, se confirma que los edificios que circundaban el Templum Pacis al inicio del siglo IV d.C eran de ocupación militar y que formaban una “auténtica villa que se extendía por los alrededores del actual museo”.

Uno de los nuevos fragmentos se halló durante unas excavaciones en el interior del Palazzo Maffei Marescotti, un edificio propiedad del Vaticano ubicado en Vía della Pigna.

La Santa Sede ha decidido ceder este fragmento a los Museos Capitolinos de Roma para la recomposición de la Forma Urbis a cambio de una de las obras de este museo, una pieza que aún no ha sido designada.

28 febrero 2016 at 1:24 pm 1 comentario

Arqueólogos revelan un imponente mosaico «africano» en la ciudad israelí de Lod

Se encuentra al sureste de Tel Aviv, mide 11 por 13 metros y fue elaborado hace más de 1.700 años

mosaico-lod-AFP

Mosaico de Lod – AFP

Fuente: EFE – Tel Aviv  |  ABC    16/11/2015

Arqueólogos israelíes revelaron hoy un imponente mosaico de patrones africanos elaborado hace más de 1.700 años en la ciudad de Lod, al sureste de Tel Aviv, para una rica e influyente familia de identidad desconocida.

El mosaico, de 11 por 13 metros y hallado en el patio central de la que llegó a ser una monumental vivienda entre finales del siglo II y comienzos del IV, se encuentra en el mismo complejo en el que fue descubierto hace más de una década el conocido como «Mosaico de Lo», exhibido en algunos de los museos más famosos del mundo, entre ellos el Louvre.

«Este era el suelo de una villa romana y lo que vemos es un magnífico mosaico realizado por artistas que llegaron hasta aquí desde el norte de África», dijo a Efe Haguit Torge, arqueóloga de la dirección de Antigüedades de Israel, a cargo de un yacimiento que fue descubierto durante la construcción de una autopista.

El nuevo mosaico contiene animales y formas que en ningún momento aparecen en la Biblia o documentación paralela, por lo que difícilmente artistas locales podrían haberlos hecho.

Torge explicó que los autores de esta pieza son los mismos que realizaron el «Mosaico de Lod», actualmente expuesto en Venecia, con la gran diferencia de que éste es mucho más grande y vistoso.

«El otro estaba en la sala de recepción, este está en el patio central, lo que nos ofrece más información sobre el tamaño de la hacienda y la riqueza de la familia que habitaba en ella», subrayó.

Símbolo de su opulencia es el ánfora con vino del que beben dos palomas, que trataba de transmitir a la vez una cálida bienvenida al visitante y un claro mensaje de que el anfitrión era persona pudiente.

Una conclusión que se afianzó durante el proceso de desescombro, en el que se han hallado mesas de mármol, monedas, cerámicas y otros utensilios típicos de familias adineradas.

Aunque sus cimientos y primeras construcciones datan de la época romana, cuando estuvo habitada por una familia judía, parece que la villa fue reconstruida y ampliada en al menos dos ocasiones, tuvo varios ocupantes y alcanzó su máximo esplendor durante la época bizantina, a partir del 324.

Habitada desde hace más de 5.000 años, Lod fue por aquellos siglos uno de los epicentros de la vida pública de la región, particularmente desde que el emperador romano Septimio Severo le concedió el estatus de polis en el año 200, pasando a ser conocida como «Diospolis» (Ciudad de Zeus).

En esos años, el incipiente cristianismo se propagaba por sus calles, aunque los arqueólogos no se atreven a decidir si los propietarios eran de esta entonces nueva religión, paganos o judíos.

«No hay símbolos religiosos, podía ser cualquiera», destaca Torge sobre un período en el que la ciudad se fue haciendo más pagana porque, a partir de finales del siglo II, los judíos emigraron en su mayoría a la Galilea.

Las monedas de la época, que por su estatus de polis Lod podía acuñar, contenían en gran medida símbolos paganos y la simbología del mosaico tampoco ofrece pistas.

Sus tigres (“entrenados para matar”), venados, delfines y otros animales exóticos no son suficiente indicio como para deducir la identidad de los propietarios, aunque sí la de los artistas, que llegaron desde el norte de África.

«Probablemente los propietarios eligieron los diseños a base de (pequeñas) maquetas», creen los arqueólogos, que aseguran que el patio rodeado de columnatas era una de las zonas centrales de la vivienda.

«Allí, en los corredores detrás de las columnas, tenía lugar la vida familiar, comían y se reunían con amigos y otros invitados. Había bancos y sofás mirando hacia el mosaico», sostiene Toger.

La villa cambió radicalmente en el siglo IV, cuando un nuevo ocupante -esta vez cristiano- la amplió y le agregó nuevas habitaciones y fuentes, pero conservando el mosaico de patrones africanos.

«Cambiaron toda (la fisonomía de) la zona, la ampliaron y construyeron numerosas instalaciones de agua», resalta. Según los restos hallados, la vivienda siguió en uso hasta bien entrado el período musulmán, a partir de 638, aunque un siglo después un terremoto castigaría la ciudad y Lod fue abandonada en favor de una nueva urbe que acababa de ser inaugurada: la vecina Ramle.

16 noviembre 2015 at 5:05 pm Deja un comentario

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