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Bayas, la ciudad sumergida en el golfo de Nápoles

Unas fotografías aéreas descubrieron frente a Bayas (Italia) los restos, cubiertos por el mar, de un ninfeo y dos lujosas villas romanas

Estatua sumergida
Un arqueólogo submarino observa una de las estatuas sumergidas que en su día adornaron la villa de los Pisones, en la localidad costera de Bayas.

FOTO: Antonio Busiello

Fuente: Rubén Montoya  |  National Geographic
17 de julio de 2018

En la década de 1940, unas fotografías aéreas realizadas por el piloto Raimondo Baucher en el golfo de Pozzuoli, 23 kilómetros al norte de Nápoles, revelaron un amplio conjunto de estructuras ocultas en el fondo del mar. Las imágenes crearon gran expectación y llamaron la atención de aficionados y estudiosos, siempre atentos a nuevos hallazgos arqueológicos en un área muy próxima a los célebres yacimientos de Pompeya y Herculano, perfectamente conservados gracias a la erupción del Vesubio del año 79 d.C.

Pronto se comprobó que esta erupción no fue la única que propició milagros arqueológicos en la región. Desde principios de la Edad Media, un proceso denominado bradisismo, característico del área volcánica vesubiana, había hundido en el mar gran parte de la costa entre Pozzuoli (la antigua Puteoli) y Cumas, y con ella un conjunto de lujosas construcciones romanas que la arqueología podía ahora rescatar. Los restos detectados en las fotografías se encontraban en el pequeño golfo que se extiende ante Bayas, la antigua Baiae. Este lugar era ya conocido por los arqueólogos y amantes de las antigüedades, pues allí, en el área costera que no se había sumergido, se conservaban importantes vestigios arquitectónicos de época romana como edificios termales con salas abovedadas y cúpulas, e incluso restos de lo que pudo haber sido un palacio imperial de finales del siglo II.

Área residencial

A lo largo del siglo I a.C., la zona se desarrolló como lugar de retiro y diversión para los romanos ricos, y luego para los emperadores, debido a la calidad de sus aguas. Autores clásicos como Horacio, Estacio y Marcial elogiaron su belleza, mientras que otros, como Séneca y Varrón, criticaron los vicios y excesos de sus ricos inquilinos estacionales.

En el siglo I a.C., Bayas se convirtió en lugar de retiro y diversión para los romanos ricos

Por otra parte, en 37 a.C. se emprendió en el golfo de Pozzuoli la construcción de un gran complejo portuario, el llamado Portus Iulius, destinado a servir de base a la armada romana. El puerto estaba cerrado por un muelle de 371 metros de longitud, que iba desde Pozzuoli hasta punta Epitafio, y comprendía dos grandes «lagos», el lacus Avernus y el lacus Locrinus. Más allá de la punta Epitafio o el Portus Iulius conectaba con la bahía de Bayas, que también se cerró mediante una serie de construcciones para formar un tercer «lago» o puerto, el Baianus lacus. El puerto de Bayas tuvo un carácter de recreo y comercial, y en él se construyeron una serie de villas residenciales con espectaculares vistas al mar.

Entre los siglos III y V, y de nuevo entre los siglos VII y VIII, los movimientos tectónicos de nidos como bradisismo provocaron el hundimiento de gran parte de la costa entre Pozzuoli y Cumas, incluida Bayas. Pese a ello, ésta mantuvo su fama como balneario: en el siglo VI, el rey godo Atalarico y su secretario Aurelio Casiodoro recomendaban la zona por sus aguas termales, y durante el Renacimiento humanistas como Flavio Biondo y Ciríaco de Ancona mencionaban las propiedades terapéuticas del agua del golfo. A finales del siglo XV se construyó, sobre restos de época romana, el castillo Aragonés, sede del Museo Arqueológico de Bayas, donde se reunieron los hallazgos arqueológicos que se realizaban en la zona.

Primeros hallazgos

Siguiendo la pista de las fotografías de Baucher, en 1959 se realizaron las primeras prospecciones submarinas a cargo de Nino Lambolia –precursor de la arqueología subacuática italiana– y bajo las directrices de Amedeo Maiuri. Se escogió para ello una zona del golfo de Bayas a orillas de punta Epitafio, en cuyas inmediaciones habían aflorado, de manera fortuita, diversas esculturas, elementos arquitectónicos y estructuras desde 1920, durante la urbanización de la zona portuaria. Valiéndose de los medios disponibles entonces, los exploradores hallaron, a 6 metros de profundidad, una calle enlosada, bordeada por dos edificios y restos de estructuras que continuaban mar adentro.

Diez años después, en 1969, la marea descubrió, en el ábside de un edificio, dos esculturas de mármol de gran calidad: ambas formaban parte de un grupo escultórico entre cuyos personajes se reconoció a Odiseo (Ulises), lo que parecía estar relacionado con una antigua tradición que recoge Estrabón, según la cual Bayas derivaría su nombre de un personaje de la Odisea de Homero, el timonel Bayo, enterrado allí por Odiseo.

Según una tradición, el nombre de Bayas derivaría de Bayo, un compañero del héroe Odiseo

En 1980, la primera excavación subacuática sistemática puso al descubierto diversas estancias ricamente decoradas con mármoles. Los investigadores concluyeron que las estructuras correspondían a un complejo termal y a un ninfeo –un espacio con función de triclinio o sala de banquetes–, construidos en época del emperador Claudio (41-54). El ninfeo tenía una planta rectangular rematada por un ábside –donde habían aparecido las estatuas del grupo escultórico de Polifemo y Odiseo–, así como una serie de nichos ornados con dos estatuas de Dioniso, una de Antonia la Menor, madre del emperador Claudio, y posiblemente una hija de éste. Las paredes estaban decoradas con mármoles polícromos. Se especula con que las termas y el ninfeo formasen parte de una residencia imperial.

Mansiones de lujo

El trabajo de los arqueólogos desveló también otros restos sumergidos en la misma zona. Entre ellos destaca la denominada villa de los Pisones, una lujosa residencia con una extensión aproximada de 2.000 metros cuadrados. El complejo, situado a unos 150 metros de la costa y a unos ocho metros de profundidad, fue construido a finales del siglo I a.C. y constaba de diferentes estancias termales y residenciales distribuidas en torno a un amplio jardín porticado; la zona abierta al mar estaba dispuesta en terrazas. La villa contaba con una serie de piscinas ligadas a la actividad pesquera. Los restos de mosaicos y pinturas de algunas habitaciones manifiestan la riqueza de sus propietarios. El nombre de la familia de los Pisones aparece en sellos de plomo hallados en tuberías del complejo, lo que ha llevado a identificar esta residencia con la villa de Cayo Calpurnio Pisón en Bayas, donde Tácito sitúa el origen de la conjura liderada por este personaje contra Nerón. Al final, el emperador confiscó la propiedad y se cree que el complejo fue remodelado para acoger una segunda villa marítima en época de Adriano (117-138).

En la villa de los Pisones, Tácito sitúa el origen de una conjura contra el emperador Nerón

La villa de Protiro

La zona urbanizada de Bayas se comunicaba hacia el suroeste con otras propiedades a través de una calle a la que se abrían numerosas tabernas y que conducía a la entrada monumental de otra villa privada con vistas al Baianus lacus. Los arqueólogos la bautizaron como villa de Protiro porque contaba con un pórtico columnado frente a la puerta de entrada (en griego, pro thyra). La villa se dividía en dos secciones, una residencial y otra de termas privadas, separadas por una piscina de agua marina anqueada por numerosas esculturas. Destacan algunas estancias decoradas con mosaicos geométricos de tema mitológico y revestimientos de mármol. En la zona también se han hallado restos de pórticos y otras estructuras.

La villa de Protiro bordea el canal de más de doscientos metros de largo que comunicaba el mar con el lago artificial, y que ahora está hundido a entre seis y ocho metros de profundidad. Se cree que más allá de este canal, en la mitad meridional del muelle que cerraba el Baianus lacus, había construcciones similares, pero no se conservan restos debido a la erosión causada por siglos de fondeos y actividades portuarias. En esta zona tan sólo se han recuperado restos de estructuras asociadas a la pesca y algunos cimientos.

 

Estatua rescatada
Los buzos extraen del mar, en 1969, la estatua de uno de los compañeros del héroe Odiseo, que lleva un odre con vino para emborrachar al cíclope Polifemo. Esta pieza formaba parte de un grupo escultórico.

FOTO: Paul Fearn / Alamy / ACI

 

Una minuciosa restauración
Unos especialistas limpian y restauran una de las estatuas recuperadas en el yacimiento submarino de Bayas.

FOTO: Jonathan Blair / Getty images

 

El dios Dioniso
Estatua del dios del vino procedente del ninfeo o fuente monumental de Bayas. Museo Arqueológico de los Campos Flégreos.

FOTO: DEA / Album

 

El golfo de Pozzuoli
Mapa que muestra cómo era el golfo de Pozzuoli en el siglo XVI.

FOTO: Bridgeman / ACI

 

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17 julio 2018 at 11:45 am Deja un comentario

Tesoro de Hoxne: el mayor botín de la Britania romana

En 1992, un vecino de Hoxne descubrió con su detector de metales un extraordinario alijo de monedas, vajilla y joyas de época romana

Pulseras oro
La zona en la que se produjo el hallazgo se barrió con más detectores para asegurar que se recuperaba todo. En ese día, y en algunas puntuales revisiones posteriores del terreno, se recuperaron un total de 15.234 monedas de oro y plata, datadas entre los siglos IV y V, así como unos 150 objetos de ese mismo período. El tesoro contenía una colección de diecinueve brazaletes de este metal, guardados en tres paquetes separados.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

Fuente: Rubén Montoya  |  National Geographic
11 de julio de 2018

“Eric encuentra un botín de 10 millones de libras. ¡Impresionante!”. Tal era el titular del diario británico The Sun el 19 de noviembre de 1992, la primera vez en su historia que una noticia arqueológica ocupaba la portada. La ocasión lo merecía. Acababa de filtrarse a la prensa el descubrimiento, en Hoxne, en el condado de Suffolk, del mayor tesoro de objetos de oro y plata jamás hallado en el Imperio romano. En la fotografía del diario, el descubridor, Eric Lawes, un vecino del pueblo descrito como un “cazador de tesoros”, aparecía ufano junto a su detector de metales.

Todo había sucedido tres días antes. El 16 de noviembre, Eric Lawes buscaba con su detector de metales el martillo que su amigo Peter Whatling había perdido mientras trabajaba cuando el aparato empezó a emitir señales que indicaban la presencia de objetos metálicos. No se trataba del martillo, sino de un conjunto de cadenas de oro, monedas y cucharas de plata. En total, llenó dos bolsas de plástico, pese a lo cual el detector, por su parte, seguía indicando la existencia de más objetos en el subsuelo. Tras hacérselo saber a su amigo Whatling, ambos decidieron notificar el hallazgo a las autoridades del condado de Suffolk, propietario del terreno.

A escasos centímetros de la superficie se encontraron diversos bloques de objetos metálicos ordenados, perfectamente conservados

Para evitar el expolio por parte de coleccionistas de antigüedades y aficionados, los responsables arqueológicos del condado decidieron realizar en secreto una excavación arqueológica de urgencia. Lo que no podían imaginar era la dimensión de lo que estaban a punto de descubrir. A escasos centímetros de la superficie se encontraron diversos bloques de objetos metálicos ordenados, perfectamente conservados; incluso algunos de ellos tenían aún restos de la tela que los envolvía.

Un hallazgo mediático

La zona se barrió con más detectores para asegurar que se recuperaba todo. En ese día, y en algunas puntuales revisiones posteriores del terreno, se recuperaron un total de 15.234 monedas de oro y plata, datadas entre los siglos IV y V, así como unos 150 objetos de ese mismo período, entre vajilla de mesa y joyería. También se recuperó el martillo que Whatling había perdido. Todo el material –incluido el martillo– fue llevado inmediatamente al Museo Británico para ser sometido a un meticuloso estudio.

Los intentos de mantener la excavación en secreto hasta investigar completamente el yacimiento resultaron fallidos. Apenas 72 horas después, The Sun se hizo eco del descubrimiento. Un día después, el 20 de noviembre, el Museo Británico convocó una rueda de prensa urgente y anunció oficialmente lo poco que se sabía sobre el hallazgo.

Se recuperaron un total de 15.234 monedas de oro y plata, datadas entre los siglos IV y V, así como unos 150 objetos de ese mismo período

Al cabo de un año se anunció que, de acuerdo con la ley británica, el tesoro no podía ser reclamado por los dueños del terreno debido a su antigüedad. En cambio, los descubridores recibirían un pago en metálico por el valor del hallazgo, que se fijó en 1,75 millones de libras por el Comite de Valoración de Hallazgos de Tesoros. Eric Lawes no dudó en compartir equitativamente esta cantidad con su amigo Whatling.

Guardado en un arca

Desde el principio se reconoció el honesto comportamiento de Lawes y Whatling, que permitió llevar a cabo una meticulosa excavación, aunque fuera de urgencia. Los arqueólogos pudieron así determinar que los objetos del tesoro habían sido colocados rectilíneamente. Esto, más la presencia de clavos y refuerzos de cajas, llevó a los investigadores a concluir que los objetos fueron depositados a propósito en diferentes contenedores que, a su vez, se colocaron dentro de un arca de roble de unos 60 centímetros de largo por 40 de ancho y 30 de alto, decorada con incrustaciones de hueso y cerrada con candados de plata.

Probablemente, se depositaron en primer lugar los enseres personales y la vajilla de mesa; tras ello, las monedas de oro, seguramente en una bolsa hoy desaparecida; por último, las monedas de plata se colocaron aleatoriamente sobre el arca, rellenando el hueco que aún quedaba libre en su interior. Además, los arqueólogos encontraron evidencias de un agujero en el suelo, que se cree pudo contener un poste, a modo de señal, bajo el cual el dueño de las pertenencias las habría enterrado.

La información proporcionada por las monedas permitió a los investigadores situar la ocultación del tesoro a comienzos del siglo V, probablemente al final de la primera década. Las más antiguas datan de época de Constantino II (337-340), mientras que las más modernas son del reinado de Constantino III (407-411).
En total se recuperaron cinco tipos de monedas: 579 sólidos de oro, 60 miliarenses de plata, 2 siliquas completas de plata, 5 medias siliquas de plata, 24 bronces y, 14.565 siliquas reducidas de plata. Estas 15.235 monedas se habrían acuñado en catorce lugares diferentes de las actuales Italia, Francia, Croacia, Serbia, Grecia y Turquía. Entre ellas, también había imitaciones de la moneda oficial en circulación.

Joyas y vajillas

Dentro del arca había también más de 150 objetos de uso cotidiano y personal, meticulosamente ordenados, envueltos en tela y metidos en diversas cajas. Las joyas, de las que se recuperaron 29 piezas entre cadenas, brazaletes, anillos y collares, eran de excelente calidad. Entre ellas destacaba un conjunto de cadenas de adorno corporal femenino, cuyo único paralelo es un ejemplar más tardío proveniente de Egipto. Entre los brazaletes, decorados con escenas de caza típicas del período, destaca uno con la inscripción Utere Felix Domina Iuliane, “Que lo disfrutes, señora Juliana”, tal vez un regalo de un miembro de su familia, o de alguien inferior.

Oculto 1.500 años

El resto de objetos estaban fabricados en plata y comprendían diversos ejemplares de vajilla de mesa: 19 cucharones y 118 cucharas de diferentes tipos, cuatro escurridores y embudos, y seis vasos y cuencos. La colección también contenía el asa de una bandeja en forma de tigresa, que había sido arrancada antes de la ocultación del tesoro, y diferentes utensilios de aseo personal como palillos de dientes y bastoncillos de oídos. Por su calidad destacaban cuatro pimenteros. El más exquisito representa el busto de una emperatriz, del siglo IV a juzgar por el peinado, que algunos estudiosos han identificado con Helena, la madre de Constantino, por su relación con el cristianismo. Los otros tres representan a los héroes Hércules y Anteo, una cabra y un perro atacando una liebre.

En el tesoro aparecieron un total de 52 inscripciones, entre ellas algunas que evidenciaban las creencias cristianas de sus dueños: un crismón (monograma de Cristo) decoraba una de las cadenas de oro, mientras que muchas cucharas presentaban otro tipo de crismón, formado a partir de una cruz. Entre los 22 nombres personales, relacionados con los dueños de los objetos o miembros de la familia propietaria, el que más se repetía –unas diez veces– era el de Aurelio Ursicino.

Lo más curioso es que no se han encontrado restos de asentamientos rurales o de otro tipo en un radio de tres kilómetros a la redonda

Lo más curioso del descubrimiento es su carácter aislado. No se han encontrado restos de asentamientos rurales o de otro tipo en un radio de tres kilómetros a la redonda. Los puntos más cercanos son Scole (a 3,2 kilómetros) y Stoke Ash (a 8 kilómetros), que están comunicados por una calzada romana hoy conocida como Pye Road.
Los estudiosos consideran que en el primero de ellos se puede localizar la llamada Villa Faustini, mencionada en el Itinerario de Antonino, un documento del siglo III en el que se recopilan las rutas del Imperio romano.

Aun así, cabe señalar que en la propia Hoxne se halló en 1732 una moneda de oro de similar cronología. A unos tres kilómetros al sudoeste de Hoxne, cerca del río Dove in Eye, en 1781 unos obreros hallaron una caja de plomo con 650 monedas de oro de entre los siglos IV y V; las similitudes con el tesoro de Hoxne han llevado a algunos investigadores a pensar que ambas cajas pertenecieron al mismo conjunto antes de ser enterradas.

En Britania se conocen más de 95 depósitos parecidos al de Hoxne. La mayoría se remontan al mismo período final del Imperio romano, cuando la ocupación romana de Britania tocaba a su fin. Por ello, se ha supuesto que un tesoro como el de Hoxne perteneció a una familia acomodada que decidió esconder temporalmente sus pertenencias y que, por las circunstancias que fueran, abandonó luego la zona.

Algunos investigadores relacionan este tipo de tesoros con determinadas tradiciones del mundo romano. Se trataría, en este caso, de un depósito votivo o de algún proceso de intercambio de bienes.

Comoquiera que sea, se puede afirmar que el lugar escogido para dejar el tesoro respondió a un propósito: esconderlo. Y así permaneció, inalterado, durante casi 1.500 años, hasta que una casualidad cambió el curso de la historia. Sus descubridores perdieron un martillo y encontraron un tesoro que, hoy en día, es uno de los más aclamados de Inglaterra y una de las joyas del Museo Británico.

Los elementos de vajilla del tesoro de Hoxne, aunque no son tan ricos como otros que se han descubierto, presentan algunas particularidades, como los pimenteros, un elemento poco habitual. La pimienta era una especia muy cara y estos objetos son muy raros en el Imperio romano. También contenía numerosas cucharas de distintos tamaños, cucharones,  jarras y platos.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Colocados deliberadamente
Los arqueólogos pudieron así determinar que los objetos del tesoro habían sido colocados rectilíneamente. Esto, más la presencia de clavos y refuerzos de cajas, llevó a los investigadores a concluir que los objetos fueron depositados a propósito. Sólido de oro de la imagen fue acuñado por el usurpador Magno Clemente Máximo, proclamado emperador por sus tropas en Britania en 383 d.C.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Pimentero en forma de emperatriz
El más exquisito representa el busto de una emperatriz, del siglo IV a juzgar por el peinado, que algunos estudiosos han identificado con Helena, la madre de Constantino, por su relación con el cristianismo.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Las cucharillas de una gran vajilla
Los objetos estaban fabricados en plata y comprendían diversos ejemplares de vajilla de mesa: 19 cucharones y 118 cucharas de diferentes tipos, cuatro escurridores y embudos, y seis vasos y cuencos.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Objetos decorados
Jarra de plata y plata dorada con una sola asa en forma de P, acabada en sus extremos en cabezas de aves. La decoración sigue un patrón vegetal.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Cadena corporal de oro y amatista
Se trata de un ejemplo de ornamento corporal muy usado en época helenística y romana. Las cadenas se pasaban sobre los hombros y bajo los brazos, y se unían en el pecho y la espalda. Por su reducido tamaño, ésta debió de pertenecer a una mujer joven.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Una vajilla de plata
Seis de las cucharas son de mango corto y cabeza cóncava más grande. El mango tiene forma de cabeza de ave. En Britania se conocen más de 95 depósitos parecidos al de Hoxne. La mayoría se remontan al mismo período final del Imperio romano

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Motivos animales
Asa en forma de tigresa, animal asociado al dios del vino, Baco. Con otra asa, debió de formar parte de un recipiente que no se ha conservado.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

Mondadientes
Estas curiosas piezas en forma de ave zancuda se usaron por un extremo como mondadientes y por el otro como bastoncillo para los oídos.

FOTO: The Trustees of the British Museum / Scala, Firenze

 

11 julio 2018 at 8:25 pm Deja un comentario

Las tumbas de la élite de Pompeya

Un equipo de arqueólogos que trabaja en Pompeya anunció recientemente el descubrimiento de una tumba monumental de mármol con una inscripción epigráfica de cuatro metros de longitud.

Las excavaciones. Un equipo de arqueólogos trabaja en la excavación del gran mausoleo hallado en la necrópolis de la puerta de Estabia, en Pompeya. Foto: Cesare Abbate / Ap images / Gtres

Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC
29 de enero de 2018

“La calidad del mausoleo y las características del epígrafe funerario, el mayor encontrado hasta ahora en el yacimiento, permiten situar al difunto entre la élite pompeyana”, ha afirmado el arqueólogo de la Universidad de Leicester Rubén Montoya, que participa en un proyecto en el yacimiento italiano. Aunque el nombre del difunto no aparece mencionado en el monumento, podría tratarse de Nigidio Mayo, el más famoso organizador de espectáculos de Pompeya en época de Nerón y Vespasiano. De hecho, el sepulcro fue hallado muy cerca del lugar donde en el siglo XIX apareció un relieve con escenas de gladiadores, procesiones y caza, que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Un difunto ilustre. El epígrafe de la tumba, encontrada en la necrópolis que jalonaba la vía de entrada de la ciudad por la puerta de Estabia (al sur), contiene un elogio fúnebre del difunto –caso único en Pompeya–, que menciona datos específicos de su vida, como el recibimiento de la toga viril o su matrimonio. Asimismo, alude a la preparación de banquetes públicos, donaciones y la organización de grandes espectáculos, en los que participaron un total de 416 gladiadores. Foto: Cesare Abbate / Ap images / Gtres

 

29 enero 2018 at 5:54 pm Deja un comentario


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