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Las muertes más absurdas de la Historia: Esquilo y la tortuga que cayó del cielo

A Esquilo los augures le vaticinaron una muerte atroz: se le caería una casa encima. El dramaturgo se fue a vivir al raso, pero ni aun así pudo escapar a su destino: la casa que le cayó fue la de un galápago

Detalle de la muerte de Esquilo, según un grabado florentino del s. XV del British Museum / MASO FINIGUERRA

Fuente: JAVIER BLÁNQUEZ  |  EL MUNDO
27 de agosto de 2018

Cualquier momento de la Historia es bueno para tener una muerte absurda, e incluso en el tiempo presente estamos perfeccionando maneras imaginativas de palmarla con estilo -verbigracia, estamparse en el borde de una piscina practicando el balconing, o cayéndose de un décimo piso intentando hacerse un selfi-, pero si nos ponemos exquisitos habría que reconocer que no hay muertes más exóticas, poéticas e incluso crueles que aquellas que, nos cuentan las fuentes clásicas, se daban en los tiempos antiguos.

Se dice, valga como ejemplo, que Plinio el Viejo, uno de los eruditos más sistemáticos y curiosos de la Roma imperial, encontró la muerte en Pompeya en plena erupción del Vesuvio, a donde acudió para estudiar de primera mano el funcionamiento de los volcanes -padecía de asma y la congestión de humo le provocó un ataque que le impidió respirar, y ahí se quedó. Y Mitrídates, el rey persa cuyo nombre nos suena por el título de una de las óperas de juventud de Mozart, murió a causa de un sofisticado método de tortura conocido como escafismo, que consiste en encerrar al sujeto en un barril untado con miel y otros alimentos dulces para atraer a los gusanos, las moscas y toda clase de alimañas que, poco a poco, a la vez que van anidando en la putrefacción generada por el alimento podrido y las heces, devoran al pobre reo. Mitrídates, por lo que parece, resistió 17 días a tan repugnante tortura.

La lista, por supuesto, podría seguir para deleite de gente morbosa. Ahora bien, muchas de estas muertes clásicas puede que sean, en realidad, historias apócrifas que se han transmitido como verdaderas, sostenidas por las pocas fuentes que han sobrevivido a los incendios de bibliotecas y saqueos de patrimonios regios.

Es por ello que en la antigüedad abundan los muertos por ataque de risa (Crisipo de Solos), o por fallos en la respiración debidos a la rápida lectura en voz alta de un texto, que es una de las causas de fallecimiento atribuidas a Sófocles, al parecer tras recitar un monólogo de su Antígona sin pausas ni siquiera para tomar aire (hay otra versión que afirma que fue atragantándose con una uva a la que no le quitó la semilla). Y qué decir de Heráclito, el primer filósofo de la naturaleza, el teórico de la realidad cambiante (panta rhei), que aparentemente murió devorado por unos perros famélicos que acudieron por el olor de su cuerpo tullido, que había intentado curar tapando sus heridas con un extraño emplasto de heces.

Pero si hay que identificar una historia que todavía nos llene de alborozo y nos fascine por su desarrollo argumental insólito, esa sigue siendo la de Esquilo, uno de los padres -junto a Eurípides y al mencionado Sófocles- de la tragedia griega y, por tanto, el cimiento solidísimo de los grandes temas literarios de nuestra civilización. Según explica Valerio Máximo en sus nueve libros de los Hechos y dichos memorables, el anecdotario más suculento de los tiempos precristianos, a Esquilo le pronosticaron los augures una muerte atroz: se le caería una casa encima, así que llegado el momento decidió, por miedo a que se le derrumbara un techo, que viviría desde entonces y en adelante a la intemperie.

La historia del hado nefasto presentado ante el autor de la Orestíada y Los siete contra Tebas seguramente sea una invención, pero en la antigüedad estas cosas de la futurología no se tomaban a la ligera, así que resulta completamente creíble: por entonces se visitaba al oráculo de Delfos y se le tomaba la palabra, se abrían las vísceras de las reses, se desconfiaba de las aves que aparecían a la izquierda del camino -de ahí viene la palabra sinistrum para identificar lo que da yuyu-, así que si el pronóstico de tu muerte es la caída de una casa, lo más prudente es no tener casa, evitar los techados, las cuevas e incluso las copas de los árboles: mejor una vida errante y homeless que una muerte humillante en plena hora de la siesta.

No contaba Esquilo con que la realidad se transformaría en literatura, como él había hecho con la historia y los mitos, y que de este modo la vida le sería arrebatada por medio de una metáfora. Su muerte no es la más lírica de la antigüedad, ya que ésa le corresponde con todos los honores al poeta chino Li Po -borracho en su barca, murió ahogado tras intentar abrazar el reflejo de la luna en un río-, pero no le va a la zaga. Paseando por el campo, Esquilo recibió el impacto de una tortuga en plena cabeza, arrojada por un águila que sobrevolaba el cielo. Versión antigua de la actual y frecuente muerte causada por el golpe de un coco desprendido del cocotero, la tortuga de Esquilo es ridícula por los factores en juego, y fascinante porque, en efecto, y como pronosticó el oráculo, fue una casa la que le cayó encima: la del pobre galápago, que tenía que ser alimento del ave rapaz y que acabó siendo el primer misil tierra-aire de la Historia.

 

27 agosto 2018 at 9:43 am Deja un comentario

Pompeya, la ciudad fosilizada por el Vesubio

En 1738 el arqueólogo aragonés Roque Joaquín de Alcubierre descubrió la ciudad de Herculano

Pompeya, la ciudad fosilizada por el Vesubio

Fuente: Luis Negro Marco  |  El Periódico de Aragón
23 de agosto de 2018

Aquel caluroso y pegajoso 24 de agosto del año 79 de nuestra era, el militar, escritor y naturalista romano Cayo Plinio Segundo, conocido en la Historia como Plinio el Viejo (23-79 d. C.) se encontraba en la ciudad de Miseno (importante puerto de Roma en la región italiana de Campania, a apenas treinta kilómetros de Nápoles) al frente de una de las escuadras de la poderosa flota del Imperio romano en el Mediterráneo.

Despuntaba el alba cuando, expulsada a velocidad de vértigo desde el cráter del Vesubio, apareció sobre el cielo de la región una descomunal negra nube de gases y vapor de agua que se elevó hasta los 30 kilómetros de altitud. Al mismo tiempo comenzó una torrencial lluvia de piedras pómez que, lanzadas a un ritmo de más de un millón de toneladas por segundo, arrasó en cuestión de minutos la campiña en un radio de 40 kilómetros desde la boca del volcán. En apenas unos minutos, la luz del día había tornado en profunda noche oscura. A la gigantesca erupción siguieron numerosos terremotos que destrozaron la práctica totalidad de las villas rurales de la Campania y resquebrajaron los muros de la mayoría de casas de las ciudades de Herculano, Estabia y Pompeya. El pánico de la población fue generalizado, pero el viejo naturalista Plinio vio en aquella apoteósica manifestación de la naturaleza una oportunidad única para el estudio de las poderosas y desconocidas fuerzas interiores de la Tierra. Así, acompañado de algunos de sus esclavos, el erudito académico se dirigió a Estabia, ciudad en la que esperaba poder contemplar de cerca la erupción del volcán y dejar por escrito sus observaciones. Una temeraria decisión que acabó de forma trágica cuando una de las cíclicas ráfagas de calor (pudieron haberse alcanzado hasta los 200 grados de temperatura en el ambiente) y gases asfixiantes lo envolvió, provocándole una muerte instantánea. Como Plinio el Viejo, miles de personas que vivían en las inmediaciones del Vesubio encontraron la muerte en aquel fatídico día, cuando –como colofón a la destrucción– el magma comenzó a ser expulsado desde el cráter del volcán a una velocidad de cientos de kilómetros por hora, dejando –en cuestión de minutos– definitivamente sepultadas, bajo metros de lava, a las ciudades de Estabia, Herculano y Pompeya.

Durante los dieciséis siglos posteriores las tres ciudades permanecieron ocultas bajo una capa de terreno de hasta 15 metros de espesor; hasta que en 1738, durante el reinado de nuestro monarca Carlos III (también rey de Nápoles y Sicilia), el ingeniero militar y arqueólogo aragonés Roque Joaquín de Alcubierre (Zaragoza, 1702 -Nápoles, 1780) descubrió la ciudad de Herculano. Asimismo el propio Alcubierre fue, en 1748, el descubridor y realizador de las primeras excavaciones en Pompeya, mientras que las ruinas de Estabia fueron localizadas un año después.

El trabajo arqueológico llevado a cabo por Joaquín de Alcubierre, fue de crucial trascendencia, por cuanto la localización de la sepultada ciudad de Pompeya fue uno de los sucesos culturales más destacados en la Europa del siglo XVIII. Unas actuaciones y descubrimientos que convierten al ilustrado militar aragonés en uno de los grandes pioneros y referente obligado en la historia de la arqueología clásica.

Posteriormente, los trabajos de excavación en Pompeya fueron continuados por el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli (1823-1896) a quien se debe la genial idea de verter yeso líquido en el interior de las cavidades que habían dejado los cuerpos al descomponerse bajo su recubrimiento en bolsas de lava. Gracias a este método, los arqueólogos han obtenido cientos de moldes de personas y animales en la actitud última en que la muerte los sorprendió; pero también de vestidos, calzados e, incluso, alimentos. Asimismo las calles, monumentos, anfiteatro y casas de Pompeya pueden admirarse tal y como quedaron hace casi dos mil años, incluidas las extraordinarias pinturas murales que adornaron sus edificios, conservadas intactas, rebosantes de toda su belleza y esplendor artístico originales. Un fenómeno extraordinario que ha sido posible gracias a que este excepcional conjunto arqueológico quedó herméticamente sellado bajo miles de toneladas de lava solidificada.

Y, paradojas de nuestra aún misteriosa existencia, la misma energía térmica liberada en el año 79 por la súper erupción del Vesubio (que, según los vulcanólogos pudo haber sido equivalente a 10.000 veces la de la bomba atómica de Hiroshima) y que dejó enterradas en cuestión de minutos las antiguas ciudades italianas de Estabia, Herculano y Pompeya, fue también la causante de su conservación y preservación del olvido para las generaciones futuras. A día de hoy, Pompeya figura entre los monumentos arqueológicos más conocidos, admirados, y visitados de mundo.

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Luis Negro Marco es historiador y periodista

 

23 agosto 2018 at 9:24 am Deja un comentario

Príapo, el dios maldecido con un falo gigante en perpetua erección

Su mayor presencia era en el mundo rural, puesto que era el símbolo del instinto sexual, de la fecundidad masculina, y el protector de las huertas y jardines

Representación de Príapo

Fuente: César Cervera  |  ABC
19 de agosto de 2018

Existe una pregunta recurrente en el mundo del arte griego: ¿Por qué las estatuas clásicas tienen el pene pequeño? La razón de las escasas dimensiones está relacionada con la idea de que un pene grande se vinculaba a lo rústico y a un escaso control de los impulsos y la incapacidad de actuar con moderación. «En la antigua Grecia, un pene pequeño era un aspecto codiciado por el macho alfa», explicó el experto en antigüedad clásica, Andrew Lear, profesor en Harward, Columbia y New York University a la web Quartz.

Los falos grandes eran motivo de burla entre las clases altas y los artistas del periodo. «Ciegos humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas, pasáis vuestras vida fugaz como vanas, sombras o ensueños misteriosos», se burla de los cuerpos desproporcionados Aristófanes, autor de obras de teatro, en una de sus obras. No obstante, en otros grupos sociales, sobre todo en las regiones rurales, se destilaba la adoración a un dios grotesco de un enorme falo: Príapo, el dios que fue maldecido por los pecados de su madre.

Hijo de Afrodita

Príapo era una antigua divinidad grecoromana que se representaba como un pequeño hombre barbudo, normalmente un viejo, con un pene desproporcionadamente grande. Su mayor presencia estaba en el mundo rural, puesto que era el símbolo del instinto sexual, de la fecundidad masculina, y el protector de las huertas y jardines. En este sentido, la población rústica empleaba este deidad y sus representaciones como fórmula mágica para neutralizar el mal de ojo contra la envidia de las personas y para potenciar la sexualidad.

Según la mitología griega, Príapo era hijo de Dionisio, dios del vino y el éxtasis, y de Afrodita, diosa de la belleza, el amor y el deseo. Esto es, el resultado de los dioses más desinhibidos del panteón clásico. No en vano, otras leyendas le achacan su paternidad a Hermes, Pan, Zeus e incluso Adonis. En esta versión, la diosa quedó embarazada de su antiguo amor durante uno de sus viajes a la India, sin que Dionisio lo supiera nunca.

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Hera –hermana y esposa del dios Zeus– castigó su falta de compromiso maldiciendo al fruto de su relación extramatrimonial

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Como castigo por engañar al ingenuo de Dionisio, Hera –hermana y esposa del dios Zeus– castigó su falta de compromiso maldiciendo al fruto de su relación extramatrimonial.

A causa de los celos de Hera, Príapo fue condenado a tener su falo siempre en erección y, lo que es más grave para el dios del instinto sexual, a no poder reproducirse (otras versiones dicen que su maldición era a no ser amado por ninguna mujer). Hoy, de hecho, se denomina priapismo a la dolorosa enfermedad que provoca la permanente erección del pene sin apetito venéreo. Se considera que una persona sufre de priapismo cuando el pene se encuentra en un estado de erección sin estimulación física y psicológica durante un largo periodo (varias horas).

El falo en Roma

En la antigua Roma solía erigirse una estatua en honor a Príapo portando fruta entre sus ropas y una hoz en una de sus manos, mientras sus hinchados genitales permanecían en una posición erguida, cuya función principal era la de atraer la buena fortuna en las cosechas.

Su presencia era bastante habitual en las zonas de influencia helenística como es el caso del sur del país. En unas excavaciones llevadas a cabo en la ciudad de Pompeya, los arqueólogos hallaron un grabado de Príapo en la «Casa de los Vettii», representado con su imponente erección sobresaliendo por debajo de su túnica.

Estatuilla galo-romana de bronce de Príapo o Genius descubierto en el norte de Francia

La representación de este pene fue objeto de la investigación hace varios años del doctor Francesco Maria Galassi, quien, tras observar el susodicho fresco se percató de que el «miembro viril tiene una fimosis patente. Más concretamente, una fimosis cerrada», apuntó el experto en declaraciones recogidas por «Live Science». A su vez, el experto remarcó lo sumamente extraño que le ha parecido hallar esta característica en una pintura dedicada a una deidad de la fecundidad. ¿Tal vez la fimosis también formaba parte de la maldición de Hera?

Representación de Príapo – Museo Archeologico Nazionale de Nápoles

Pero Príapo no fue la única divinidad de carácter fálico en Roma, véase el caso también de Genius o Mutino Titino. Según cuenta Plinio el Viejo, el guardián protector del mal de ojo era en Roma el dios Fascino, una divinidad de forma fálica que formaba parte de los sacra que las Vestales se encargaban de proteger.

Tras la caída del Imperio romano, se produjo una cristianización del culto fálico a Príapo y al resto de deidades de este tipo. Santos como Cosme y Damián, Nicolás, Eutropio de Orange, San Faustino, San Fiacro mantuvieron elementos que recordaban lejanamente a Príapo. Ya en el Renacimiento, se hace mención a los conocidos como «dedos gordos del pie de San Cosme», que, en verdad, parecen todo menos dedos.

 

19 agosto 2018 at 9:47 am Deja un comentario

Los romanos también cazaban ballenas

Un estudio revela que, más de mil años antes de lo que se creía, el Estrecho ya cazaban dos especies de ballena hoy desaparecidas del Mediterráneo

El arqueólogo Darío Bernal observa una vértebra de ballena hallada en el yacimiendo de Baelo Claudia en Bolonia, Cádiz. JUAN CARLOS TORO (EL PAÍS)

Fuente: JESÚS A. CAÑAS – Cádiz  |  EL PAÍS
24 de julio de 2018

No solo de atún rojo vivían los gaditanus. Ni de las sardinas o salmonetes que maceraban en su famosa salsa garum. En tiempos de la antigua Roma, sus ciudadanos en el Estrecho de Gibraltar también explotaban una pingüe y, hasta ahora, desconocida industria ballenera. Dos especies daban sustento a la actividad desarrollada hace unos 2.000 años, la ballena de los vascos y la ballena gris. Y la presencia de ambas -hoy en peligro de extinción- en el Mediterráneo era tan ignota como el propio negocio romano en sí mismo.

Un equipo internacional e interdisciplinar de ecólogos, arqueólogos y genetistas ha llegado a esta conclusión tras cuatro años de investigación; condensados en un estudio publicado en la revista Proceedings of the Royal Society of London B. El doble resultado, alcanzado gracias a análisis moleculares de huesos antiguos, adelanta más de 1.000 años el arranque de la industria ballenera, fijado hasta ahora en el medievo, y replantea hábitats desconocidos para dos especies de cetáceos, “probablemente abundantes en el mar Mediterráneo durante el periodo romano”, según la investigación.

Tan importantes conclusiones, hechas públicas este pasado 11 de julio, tuvo un origen, allá por 2014, tan casual como imprevisto. “Cuando excavas encuentras tanto lo que buscas como lo que no”, reconoce Darío Bernal Cassola, uno de los siete coautores del estudio y coordinador del equipo de arqueólogos de la Universidad de Cádiz que ha encontrado la mayor parte de los huesos en el Estrecho.

El grupo trabajaba en el yacimiento romano de Iulia Traducta, en Algeciras, cuando encontró el primer vestigio de ballena. Podría haber quedado en un hallazgo casual si no fuese porque, poco después, Baelo Claudia, en Tarifa, les regaló otra osamenta de cetáceo. Era el hilo definitivo del que tirar. “Eso nos hizo ver que ambos huesos no podían ser ocasionales. Fue algo apasionante”, reconoce Bernal, con más 25 años de investigaciones del mundo romano a sus espaldas. Los arqueólogos abrieron el foco de sus pesquisas a dos ciudades romanas al otro lado del Estrecho: Septen Frates, en la actual Ceuta, y Tamuda, muy cerca de Tetuán.

Este estudio tuvo un origen, allá por 2014, tan casual como imprevisto. “Cuando excavas encuentras tanto lo que buscas como lo que no»

Las cuatro antiguas localidades romanas “vivían de la explotación y las plusvalías del mar”, tal y como explica el arqueólogo gaditano. Tanto como para convertirse en reputados centros de la industria pesquera de la Antigüedad, gracias a la producción de salazones que eran exportados por todo el Imperio Romano. En todos los yacimientos analizados -salvo, curiosamente, en el de Algeciras que lo inició todo- han aparecido varios restos óseos de ballenas “en diferentes sitios y en diferentes momentos históricos, lo que demuestra que la industria era frecuente”, aclara Bernal.

En los entornos de los lugares de procesamiento del pescado de estas ciudades, como sus factorías de salazones, los arqueólogos han localizado restos óseos de tamaño reducido que se corresponderían con la actividad del descarnado y cocido para el aprovechamiento de la grasa y la carne de las ballenas. Pero los romanos reservaban más usos a esta suerte de cerdos de la Antigüedad. Como ejemplifica el arqueólogo, “las huesos grandes se reutilizaban para hacer distintos objetos, las vértebras servían para mesa de pescadero o carnicero”. Incluso en Tamuda ha aparecido un cepillo de carpintero realizado con este tipo de osamenta, único hasta ahora.

Caza adelantada

¿Pero, cómo los romanos eran capaces de cazar ballenas? Con los hallazgos óseos sobre la mesa, la investigación ha implicado también a ecólogos y genetistas -pertenecientes a seis instituciones científicas de Francia, España e Inglaterra y con la financiación de los dos primeros- para resolver ésta y otras incógnitas. “No disponían de la tecnología necesaria para capturar los cachalotes y rorcuales actualmente presentes en el Mediterráneo, porque viven en alta mar”, avanza Ana Rodrigues, también autora del estudio e investigadora del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique de Francia), en una declaración divulgada en un comunicado de las entidades investigadoras.

La clave estaba en las ballenas que se cazaban. Las nuevas técnicas moleculares basadas en el código de barras de ADN antiguo y la huella dactilar de colágeno aplicadas por los genetistas permitieron saber que los huesos hallados por Bernal eran de dos especies, la ballena de los vascos y la gris, que sí hacen posible su captura sin la mecanización que ya surgió en el Industrialización contemporánea. “La ballena gris y sus ballenatos pueden acercarse mucho a la costa, hasta ser visibles desde tierra y podrían llegar a ser unas presas tentadoras para los pescadores locales”, añade Rodrigues.

El estudio teoriza que ambas especies podrían haber sido capturadas usando pequeños botes de remos y arpones, como los primeros balleneros vascos hicieron durante el siglo XI, en la Edad Media, momento que tradicionalmente la historiografía había fijado para el inicio de la industria. Bernal ha encontrado evidencias de que, en el Estrecho, el negocio funcionó un lapso de 700 años, desde el siglo II antes de Cristo y duró hasta el 500 de nuestra era, aunque “eso no quiere decir que antes o después no se practicase”.

Hasta la fecha, tan solo existían referencias aisladas a las ballenas en textos romanos, una sobre sus bondades médicas y otra en un tratado sobre cómo cazarlas. “Pero nunca se había pensado que hubiese una pesca y aprovechamiento como tal”, reconoce el arqueólogo. De hecho, ni siquiera se conocía que la ballena de los vascos (Eubalaena glacialis) y la ballena gris (Eschrichtius robustus) hubiesen llegado tener el Mediterráneo como hábitats habituales. Tras siglos de persecución, actualmente la primera subsiste a duras penas en una población frente a las costas de Norteamérica. La segunda ya ha desaparecido del océano Atlántico y ahora su localización se restringe al Pacífico norte.

No se ha podido determinar cuándo o porqué acabaron desaparecidas del Mediterráneo, aunque Bernal plantea la hipótesis de que quizás ese aprovechamiento romano acabase con ellas. Es solo una de las preguntas que esta investigación abre para el futuro. De entrada, el conocimiento aportado permite una relectura con ojos nuevos de fuentes históricas. Es el caso de cuando Plinio el Viejo, naturista del siglo I describía a orcas que atacaban a una ballena y su cría recién nacía en la bahía de Cádiz. “Eso se ajusta perfectamente con lo que sabemos de la ballena gris y la de los vascos”, reconoce Anne Charpentier, profesora titular de la Universidad de Montpellier y otra de las autora del estudio.

Por ello, los autores aconsejan a historiadores y arqueólogos que reexaminen sus materiales históricos bajo este nuevo prisma. Es lo que hará el propio arqueólogo gaditano, justo ahora enfrascado en una nueva campaña de excavaciones en Baelo Claudia. La coautora Camilla Speller, arqueóloga y genetista de la Universidad de York, cree los expertos en genética tendrán protagonismo en las próximas investigaciones en la materia: “Las nuevas herramientas moleculares nos abren una nueva ventana al pasado de los ecosistemas”. El tiempo y las futuras indagaciones dirán si la combinación entre disciplinas hará viable el descubrimiento de nuevos espacios en blanco que la historia de las civilizaciones mediterráneas aún parece querer reservarse.

 

25 julio 2018 at 10:13 am Deja un comentario

Perfumes en Roma: el aderezo más preciado

Para los antiguos romanos, los perfumes eran «una de las cosas más exquisitas y más nobles» de la vida

La mujer y el perfume
Esta delicada pintura muestra a una joven ricamente ataviada que vierte con cuidado perfume en un alabastrón. Museo Nacional Romano, Roma.

FOTO: Scala, Firenze

Fuente: María José Noain National Geographic
14 de julio de 2018

El escritor latino Plinio el Viejo decía del perfume que era el más superfluo de los lujos, dado su carácter efímero, y que sólo servía «al placer del que se ha perfumado». El propio origen de la palabra, proveniente del latín per fumum, ya nos está indicando su volatilidad: olor «por medio del humo», ya que en su origen los aromas para perfumar el ambiente se obtenían quemando resinas, raíces y maderas olorosas que producían un humo perfumado. ¿Y hay algo más volátil que el humo?

El origen de la palabra perfume viene del latín per fumum, olor por medio del humo

Pero aunque la palabra que empleamos en nuestros días proviene del latín, el origen del perfume se retrotrae en el tiempo. El gusto de los seres humanos por acicalarse y perfumarse no es un concepto contemporáneo, como podríamos pensar. Desde tiempos inmemoriales hemos buscado el modo de elaborar fragancias, campo en el que los antiguos griegos y romanos alcanzaron una gran pericia.

En la Antigüedad, los fabricantes de perfumes fijaban el aroma en una sustancia cremosa o grasa que retuviera el olor, ya que el alcohol, que habitualmente asociamos con la elaboración de los perfumes, no comenzó a ser utilizado como base de los mismos hasta el siglo XIV.

Fórmulas y materias

La composición del perfume constaba de dos elementos. El primero era la base, de carácter líquido y composición grasa, que amalgamaba y permitía la conservación de los aromas. Estaba formada por un aceite vegetal, principalmente el de oliva, aunque también podía usarse el de sésamo o el de lino. Cuanto más graso era el aceite –como el de almendras–, mayor era la duración del olor. A esta base líquida se le podían añadir conservantes y colorantes, como el cina brio o la orcaneta (una planta vellosa con flores amarillas). El segundo componente, de carácter sólido, eran las plantas, flores, raíces o resinas que se añadían al aceite y le aportaban la fragancia. El repertorio de aromas era muy amplio, aunque el de las rosas destacaba sobre los demás. Otras sustancias empleadas eran la mirra, la canela, el azafrán, el nardo, el narciso o el membrillo.

Las fórmulas para la elaboración de los perfumes, en sus distintas variedades y calidades, podían ser realmente complejas. Plinio aporta los ingredientes de una de estas recetas, compuesta de flor de rosa, aceite de azafrán, cinabrio, cálamo aromático, miel, junco oloroso, flor de la sal, orcaneta y vino. Por su parte, Dioscórides, en su obra De materia medica, precisa incluso las cantidades de cada ingrediente, como los mil pétalos de rosa que, según indica, han de utilizarse para obtener el perfume de esta flor.

Crear una buena esencia

Para obtener el aroma a partir de las materias vegetales, podía usarse el prensado, la maceración en frío o la maceración en caliente. El prensado consistía en aplastar las materias olorosas tensando una tela. En la maceración en frío se colocaban el aceite y los pétalos en capas alternas. Éstos se iban sustituyendo periódicamente para impregnar más y mejor la grasa, llegando a realizarse varios enflorados. Cuantas más veces se añadieran y removieran las flores, más intenso era el aroma. La maceración en caliente, el método más empleado, se efectuaba de la misma manera, pero calentando la mezcla en un caldero o en un horno.

En Roma, los perfumes se comercializaban en tiendas especializadas, las tabernae unguentaria. Estos establecimientos se agrupaban en barrios (vicus unguentarius) que, como los gremios medievales, reunían a estos profesionales. Eran grupos familiares cerrados que guardaban los secretos del proceso y transmitían las fórmulas de generación en generación. Al parecer, era habitual la presencia de mujeres en el negocio, tal y como se desprende de ciertos epitafios funerarios. No queda claro, sin embargo, si se dedicaban sólo a la venta del producto o también a su elaboración.

Los perfumistas pertenecían a grupos familiares cerrados que guardaban celosamente el secreto de su elaboración

Los contenedores de perfumes pasaron a ser elementos de vital importancia, de tal modo que un producto de lujo no estaba formado sólo por el contenido, sino también por el continente. No todos los materiales conservaban igual los aromas: el alabastro, por ejemplo, era una piedra especialmente valorada, dado que era impermeable y estanca, aunque muy cara. La cerámica, muy popular en Grecia, fue sustituida en Roma por el vidrio, que poseía también excelentes cualidades de conservación pero era un material mucho más asequible, reutilizable y reciclable.

Perfumes para todos

Hombres y mujeres se perfumaban por igual, pero no con las mismas esencias, que podían clasificarse en masculinas y femeninas. Decía el poeta Marcial en uno de sus epigramas: «Me seducen los bálsamos porque éstos son los perfumes de los hombres: vosotras, matronas, exhalad los olores deliciosos de Cosmos [famoso perfumista de la época]». Múltiples son las citas que indican que era una costumbre arraigada en ambos sexos. «No todo el mundo puede oler a perfumes exquisitos como hueles tú», dice Tranión a Grumión –ambos personajes masculinos– en la comedia Mostellaria de Plauto. Se decía del emperador Nerón que gustaba de impregnarse las plantas de los pies con perfume, mientras que en la Domus Aurea, su lujoso palacio en Roma, había introducido un curioso método de aromatización según recoge Suetonio: «El techo de los comedores estaba formado por tablillas de marfil movibles, por algunas aberturas de las cuales brotaban flores y perfumes».

El tipo de aroma también variaba según las clases sociales. Los plebeyos utilizaban perfumes baratos o adulterados, hechos con aceites de baja calidad como el de aceitunas verdes o el de ricino, y aromatizados con plantas como el junco oloroso. Era el caso de las prostitutas. Adelfasia, personaje de la comedia Poenulus de Plauto, le dice a su hermana: «¿Acaso quieres mezclarte allí entre estas prostitutas […], despojos de mujeres de baja estofa, miserables harapientas perfumadas con perfume barato?». Nada que ver con los perfumes destinados a las élites, más densos, aromatizados con exóticos productos y que podían llegar a costar precios astronómicos. El indiscutible valor del perfume queda recogido en uno de los epigramas de Marcial. Concretamente en su libro Xenia, en el que describe los regalos que solían intercambiarse en las fiestas de las Saturnales, dice: «Nunca dejes a tu heredero ni el perfume ni los vinos. Tenga él tu dinero; éstos todos a ti mismo dátelos».

El poeta Marcial decía: «Nunca dejes a tu heredero ni el perfume ni los vinos»

En cambio, su uso era criticado por los moralistas e, incluso, en la Atenas de Solón y en la Roma republicana se emitieron leyes para prohibirlos. También los espartanos, conocidos por su austeridad, echaron de su territorio a los vendedores de este tipo de mercancías. Lo cuenta el estoico Séneca, que en uno de sus textos moralizantes recuerda cómo «los lacedemonios expulsaron de su ciudad a los perfumistas y les instigaron a que se apresurasen a pasar la frontera porque desperdiciaban el aceite». Para la mayoría de los filósofos latinos y para ciertos emperadores, el uso del perfume era una frivolidad imperdonable. Suetonio, en la vida de Vespasiano, cuenta cómo el emperador «habiéndose presentado muy cargado de perfumes un joven a darle gracias por la concesión de una prefectura, se volvió disgustado y le dijo con severidad: “Preferiría que olieses a ajos”, y revocó el nombramiento».

Sin embargo, los perfumes se aceptaban plenamente en ciertos contextos. Por ejemplo, el uso de aceites perfumados en el mundo del deporte aparece desde tiempos de Homero. En Roma, los atletas que acudían a practicar deporte a las termas solían llevar consigo un «kit de belleza», con ungüentarios que contenían el preciado aceite con el que se ungían antes del ejercicio y que retiraban después con el estrígilo, una pieza curva de bronce.

Para los dioses y los difuntos

Perfumar el ambiente para sacralizar los ritos y las ceremonias, tanto en los templos como en el ámbito doméstico, era asimismo algo habitual en la Antigüedad. Los aceites olorosos podían entregarse como ofrendas en los altares familiares a los dioses o a los antepasados, y también se perfumaban las estatuas de culto y los animales para el sacrificio. «El efecto placentero de los perfumes ha sido admitido […] entre las cosas agradables de la vida más exquisitas e incluso más nobles, y su consideración ha comenzado a extenderse hasta para las honras fúnebres», cuenta Plinio. En las necrópolis romanas, los ungüentarios de vidrio eran uno de los elementos funerarios más comunes. Contenían los perfumes y aceites necesarios para ungir el cuerpo del difunto. Narra el mismo autor, hablando de la canela, que «ni con la cosecha de un año se cubriría tanta cantidad como la que el emperador Nerón mandó quemar en el último adiós a su [esposa] Popea».

Para saber más

La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio. J. Carcopino. Temas de Hoy, Madrid, 2001.

Històries de tocador (catálogo). Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2018.

Historia natural. Plinio el Viejo. Gredos, Madrid, 2010.

 

Caja para cosméticos
Arqueta de madera, con elaboradas incrustaciones de marfil, que contenía útiles de belleza. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

FOTO: DEA / Album

 

Cupidos perfumistas
Este fresco de la casa de los Vettii en Pompeya recrea una escena de fabricación y venta de perfume, cuyos protagonistas son pequeños cupidos.

FOTO: Foglia / Scala, Firenze

 

Víctima sacrificial
Un sacerdote vierte aceite perfumado sobre un toro que va a ser sacrificado. Relieve. Museo de Historia, Berna.

FOTO: AKG / Album

 

14 julio 2018 at 6:00 pm Deja un comentario

Restos óseos en España apuntan a que los romanos tenían industria ballenera

El Mediterráneo fue hace 2.000 años hogar de dos especies de ballenas hoy desaparecidas de ese mar, como revelan los restos óseos descubiertos en varios yacimientos arqueológicos de España, los cuales sugieren que los romanos tuvieron industria ballenera.

Fotografía facilitada por la Universidad de Cádiz de algunos de los tanques de salazón de la antigua ciudad romana de Baelo Claudia, cerca de la actual Tarifa, uno de los yacimientos arqueológicos de ciudades romanas en los que se han encontrado 25 restos arqueozoológicos que revelan que el Mediterráneo fue hace 2.000 años hogar de dos especies de ballenas hoy desaparecidas / Efe / Carmen Rodríguez

Fuente: Carmen Rodríguez – EFE  |  LA RAZÓN
11 de julio de 2018

Un equipo internacional de ecólogos, arqueólogos y genetistas realizó análisis moleculares de ADN para establecer que los restos pertenecían a la ballena gris y a la franca glacial.

Antes de este estudio, que publica hoy Proceedings of the Royal Society of London B, se había asumido que el Mediterráneo estaba fuera del área de distribución histórica de ambos ejemplares, que hoy son dos especies muy amenazadas que subsisten en el Atlántico norte y en el Pacífico norte, respectivamente.

El profesor de arqueología marina Darío Bernal Casasola, de la Universidad de Cádiz y coautor del estudio, dijo a Efe que el equipo por él dirigido encontró 25 restos arqueozoológicos en las ciudades romanas de Baelo Claudia (Tarifa), Iulia Traducta (Algeciras), Septem (Ceuta) y en el de Tamuda, en la ciudad marroquí de Tetuán.

Ambas ballenas son especies migratorias y su presencia al este del estrecho de Gibraltar es «un fuerte indicio» de que entraban en el Mediterráneo para que nacieran sus crías, señala el estudio.

Durante el periodo romano, el estrecho de Gibraltar era el centro de una gran industria de tratamiento pesquero, cuyos productos se exportaban a todo el imperio y los restos han aparecido -señaló- en yacimientos vinculados a la explotación y producción del atún en salazón y de salsas que consumían los romanos como el garum.

El estudio demuestra -dijo Bernal- que esas especies estuvieron en el estrecho de Gibraltar en época romana, «lo que no se sabía» y «permite reforzar» la idea de que antes del inicio de la pesca de la ballena, que tradicionalmente se atribuye a los vascos en el Medievo, ya debía de haber una aprovechamiento de los cetáceos.

El descubrimiento de los restos hace plausible esa hipótesis, pues esos dos tipos de cetáceos y sus crías «debían llegar muy cerca de la costa, incluso para ser vistos desde tierra», por lo que pudieron ser cazados con barcos de remos y arpones de mano, según la autora principal del texto, Ana Rodrigues, investigadora del francés Centro Nacional para la Investigación Científica.

La identificación de los esqueletos fue posible con técnicas moleculares basadas en el código de barras del ADN antiguo y la huella de colágeno, métodos que «abren una nueva ventana al pasado de los ecosistemas», dijo Camila Speller, de la británica Universidad de York, en un comunicado.

Estas técnicas confirmaron además la existencia de una escápula de ballena gris en un poblado prerromano costero de Asturias con señales de haber sido descarnado, lo que podría tratarse del «embrión de la industria ballenera desarrollada en la costa cantábrica durante la Edad Media», según Carlos Nores, de la Universidad de Oviedo.

El hecho de saber qué especies de ballenas costeras estaban presentes en el Mediterráneo hace 2.000 años aporta una nueva luz a las fuentes históricas antiguas.

Así, finalmente «podemos entender adecuadamente la descripción, hecha en el siglo I por el famoso naturalista romano Plinio el Viejo sobre las orcas atacando a una ballena y sus crías en la bahía de Cádiz», relató otra de las autoras del estudio Anne Charpentier, de la Universidad de Montpellier (Francia).

Los autores aconsejan a historiadores y arqueólogos que reexaminen sus conocimientos sobre las ballenas costeras cuando formaban parte de ecosistema marino mediterráneo y que «consideren la posible existencia de una industria ballenera romana».

«Parece creíble que hayamos perdido y luego olvidado dos grandes ballenas en un región tan bien conocida como es el Mediterráneo», indicó Rodrigues. «Una se pregunta cuántas cosas habremos olvidado».

El estudio ha sido realizado, entre otros organismos, por la Universidad de Cádiz, el Instituto de recursos naturales y ordenación del territorio de la Universidad de Oviedo y el Centro de experimentación pesquera de Gijón.

 

11 julio 2018 at 8:33 am Deja un comentario

El aceite, artículo multiusos de los romanos

En la antigua Roma, el aceite de oliva se utilizaba para aliñar los platos, iluminar las casas o cuidarse la piel en las termas

Una factoría aceitera romana. El método de extracción del aceite de oliva era totalmente manual e implicaba un enorme esfuerzo físico. En este dibujo se muestran los diversos sistemas de molienda de la aceituna para la obtención del aceite, en los que participaba mano de obra esclava, en algunos casos ayudada por animales de carga. Ilustración: Inklink Musei – Sovrintendenza Archeologica di Firenze

Fuente: María José Noain  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
14 de mayo de 2018

«Hay dos líquidos que son especialmente agradables para el cuerpo humano: el vino por dentro y el aceite por fuera. Ambos son los productos más excelentes de los árboles, pero el aceite es una necesidad absoluta, y no ha errado el hombre en dedicar sus esfuerzos a obtenerlo». No erraba Plinio el Viejo al expresarse de este modo en su Historia natural: el aceite de oliva fue un producto indispensable para la vida diaria de los antiguos romanos, que no sólo lo usaban como ingrediente en la cocina, sino también como combustible para la iluminación y como un higiénico ungüento en las termas. No es extraño que en torno a él se desarrollara toda una industria de producción, comercialización y transporte.

La elaboración de aceite en la antigua Roma vino de la mano de fenicios y griegos, aunque fueron los romanos quienes lo produjeron a gran escala y lo convirtieron en algo consumido habitualmente por todas las clases sociales. El aceite se obtenía en las villas, explotaciones agrícolas de carácter rural que también solían cultivar cereal y elaborar vino.

Producción y categorías

Tras su recolección, la aceituna se almacenaba en el tabulatum, una estancia con un suelo impermeabilizado y ligeramente inclinado sobre el que se depositaba la aceituna para que soltara el alpechín. Este líquido oscuro y maloliente, según nos narra el mismo Plinio, podía ser empleado como insecticida, herbicida y fungicida.

Tras este paso, se procedía a la molienda. Los distintos mecanismos que se empleaban molían las aceitunas sin romper el hueso, puesto que se consideraba que éste daba mal sabor al aceite. El sistema de molienda más común era el trapetum. Este gran molino se componía de una zona fija denominada mortarium y de dos piedras semiesféricas llamadas orbis, que dos hombres hacían girar sobre el mortarium empujando un eje horizontal. Así se obtenía una pasta de aceitunas que se sometía al prensado en una habitación conocida como torcularium. En este espacio se encontraba la prensa (llamada también, por extensión, torcularium), un complejo mecanismo capaz de someter la pasta a una gran presión. El aceite así obtenido se decantaba en grandes vasijas globulares de cerámica llamadas dolia, que solían estar semienterradas, y luego se almacenaba en ánforas en la llamada cella olearia.

El oleum omphacium, el de mejor calidad, se extraía de las aceitunas aún verdes y se elaboraba en septiembre

Según su calidad, el aceite se dividía en tres tipos. El oleum omphacium, el de mejor calidad, se extraía de las aceitunas aún verdes y se elaboraba en septiembre. Se destinaba principalmente a las ofrendas religiosas y la fabricación de perfumes que, siglos antes de la incorporación del alcohol, utilizaban el aceite como base. En palabras de Plinio, «el mejor [aceite] de todos lo da la aceituna verde y que aún no ha empezado a madurar; éste es de un sabor excelente. Cuanto más madura es la aceituna tanto más grasiento y menos agradable es el jugo». El oleum viride se elaboraba en diciembre, con aceitunas que variaban entre el verde y el negro. Era un aceite más suave y afrutado. Por último, el oleum acerbum se fabricaba con las aceitunas que habían caído al suelo y por este motivo era de inferior calidad.

La categoría intermedia, es decir, el oleum viride, que era el más empleado en gastronomía, podía dividirse a su vez en tres variedades según su calidad: el oleum flos era el aceite virgen obtenido con la primera presión, que podríamos equiparar a nuestro aceite virgen extra; el oleum sequens era un aceite de calidad inferior, ya que se obtenía con una segunda presión, más intensa, y por último, el oleum cibarium, el más ordinario de los tres, provenía de las siguientes prensadas.

Aceite en todos los platos

Como ocurre hoy en día en la denominada «dieta mediterránea», el aceite era un elemento fundamental de la alimentación romana. Apicio, en su célebre recetario De re coquinaria, nombra el aceite en más de trescientas recetas. Podía usarse tanto para aliñar como para condimentar, cocinar y freír. Además era un ingrediente básico en la preparación de salsas; aunque éstas variaban según el tipo de alimento al que acompañaban, todas tenían en común el aceite. Por ejemplo, para la carne hervida Apicio recomienda una salsa blanca compuesta de «pimienta, garum, vino, ruda, cebolla, piñones, vino aromático, un poco de pan macerado para espesar y aceite». Además, antes de servir un plato en la mesa, fuera a base de pescado, carnes, verduras o legumbres, era frecuente rociarlo con unas gotas de aceite. Éste tenía igualmente cabida en la repostería. Apicio nos da la fórmula de un «plato que puede usarse como dulce»: «Tostar piñones, nueces peladas; mezclar con miel, pimienta, garum, leche, huevos, un poco de vino puro y aceite».

Una receta dulce de Apicio decía: «Tostar piñones, nueces peladas; mezclar con miel, pimienta, garum, leche, huevos, un poco de vino puro y aceite»

Un indicativo de la importancia del aceite en la dieta romana es que Julio César lo incorporó a la annona, abastecimiento gratuito de grano que se entregaba al ejército para su manutención. A partir de entonces, la demanda de aceite se incrementó en gran manera. La presencia de este producto entre los soldados acantonados en la frontera norte del Imperio indica que los pueblos del centro y norte de Europa lo fueron incorporando a su dieta.

Ungüentos y perfumes

El aceite tenía otras utilidades fundamentales en la vida cotidiana de los romanos. Por un lado, se empleaba como combustible para la iluminación. Los romanos utilizaban lucernas fabricadas a molde y huecas que se llenaban con el aceite de oliva de peor calidad. Éste empapaba una mecha de fibras vegetales, como lino hilado o papiro, que de este modo podía mantenerse largo tiempo encendida.

El aceite se utilizaba también como ungüento; de ahí justamente la frase de Plinio «el vino por dentro y el aceite por fuera». Los que practicaban ejercicio físico en las termas se ungían el cuerpo con aceite antes de entrenarse en la palestra o gimansio. De esta forma protegían su piel del sol y la hidrataban. Tras el entrenamiento se limpiaban el cuerpo con un estrígilo, una herramienta curvada de bronce que les permitía quitarse la capa de aceite, polvo y sudor acumulada. Aunque cueste creerlo, esta mezcla era muy cotizada y los directores de los gimnasios la vendían para usos medicinales. Como explicaba Plinio, «es conocido que los magistrados que estaban a su cargo [de la palestra] llegaron a vender las raspaduras del aceite a ochenta mil sestercios». El equipo del deportista incluía, por tanto, uno o varios estrígilos y un pequeño frasco, también de bronce o vidrio, donde guardar el aceite.

No sólo los deportistas lo utilizaban; el aceite también se aplicaba como un hidratante corporal y como ungüento para curar heridas. En medicina podía usarse solo o como excipiente, y se prescribía para tratar úlceras, calmar los cólicos o bajar la fiebre. Los unguenta, modalidad de aceite perfumado asociado con la cosmética y la perfumería, se extendieron entre la sociedad romana a partir del siglo II a.C. No sólo tenían como base el aceite de oliva, sino que también podían emplear otras modalidades como el aceite de almendra, de laurel, de nueces o de rosas. A los difuntos también se los ungía con estos aceites perfumados, de ahí que los pequeños ungüentarios de vidrio fueran un objeto habitual en los ajuares funerarios.

Factoría de producción de aceite de oliva en el norte de África. En el espacio central, o «torcularium», se encuentran las prensas para elaborarlo. La provincia de la Bética, la actual Andalucía, se convirtió durante el Alto Imperio en el centro más importante de producción de aceite. Según Plinio, sólo el procedente de Histria (actual Croacia) y el aceite licinio, originario de la Campania italiana, superaban en calidad al aceite andaluz. Desde las ciudades béticas se exportaba a todo el Imperio, tanto para abastecer al ejército como a la propia Roma. A partir de Augusto, el emperador pasó a controlar la producción del aceite bético, marcando asimismo el precio de mercado. Era un comercio que iba de la mano de las salazones de pescado,  que también contaban en la zona andaluza con un importante foco de producción. Durante el Bajo Imperio, África se erigió como otro importante centro de producción de aceite, compitiendo directamente con la Bética. Foto: Acuarela de Jean-Claude Golvin. Musée départemental Arles antique. © éditions errance

 

Recogida de la aceituna. Museo Arqueológico, Córdoba. Dieta de olivas. Las aceitunas eran un alimento muy difundido en Roma. En su tratado sobre las labores agrícolas, Catón el Viejo recomendaba a los terratenientes conservar las olivas que caían espontáneamente del árbol y usarlas como alimento de los esclavos. Foto: Prisma / Album

 

Ánforas especiales. Para comercializar y transportar el aceite se usaban ánforas. En el caso de la Bética, se empleaba un tipo de ánfora olearia llamada Dressel 20 (como la de la imagen), caracterizada por su forma globular y cuello corto, menos estilizada que las usadas para el vino o las salazones de pescado. Se han localizado cerca de un centenar de alfares a orillas del Genil y Guadalquivir. Foto: Prisma archivo

 

Mosaico del siglo III. Dos esclavos manejan una  prensa para machacar las aceitunas. Museo de Saint-Romain-en-Laye. Foto: Dea / Scala, Firenze

 

Bronce del siglo I. Lucerna en forma de máscara de comedia. Las lucernas eran huecas y se llenaban con aceite de mala calidad que empapaba una mecha. Museo de Rabat. Foto: Dea / Album

 

14 mayo 2018 at 4:53 pm 1 comentario

Los caracoles carnívoros que impulsaron el esplendor fenicio sobre el Mediterráneo

Esta civilización crearía una industria tintorera basada en el teñido de las telas en púrpura cuyo color valía más que el oro

Mosaico de Teodora, representada en color púrpura como símbolo de la realeza – C.C

Fuente: Eugenia Miras – Madrid  |  ABC
8 de mayo de 2018

Desde el siglo IX a.C los fenicios consolidaron su hegemonía comercial gracias a su fuerte espíritu mercantil en el Mediterráneo. En gran medida el éxito de su economía se debió a la fuerte industria tintorera, que pasaría a la Historia por el peculiar método teñido de telas en púrpura. Los pioneros en este arte, despertarían la codicia de los más poderosos de las civilizaciones vecinas, por vestirse de aquel color que valía más que el peso en plata y oro; para posteriormente ser imitado en el Imperio romano y mantenerse hasta nuestros días como un emblema de distinción.

La ciudad de Tiro se convirtió en un epicentro económico gracias a la industria tintorera, que permitió la fundación de varias colonias fenicias en las cuales también destacó por su producción: Arwad, Beirut, Sidón, Sarepta, Shiqmona, Tell Keisan, Dor, Akko y Tiro; donde se producía la mayor parte del tintado de telas. Y por esta razón, la famosa gama cromática adoptaría su nombre de origen: «púrpura de Tiro»

No obstante lejos de ser un proceso creativo agradable, implicaba la matanza de unos caracoles carnívoros (murex brandaris); así como la angustiosa y fétida tarea de manipular su glándula. La cual tras ser extraída sufría una putrefacción variando su color, hasta alcanzar el apreciado púrpura; con el que se teñirían la ropa.

La ciudad de Tiro se convirtió en un epicentro económico gracias a la industria tintorera, que permitió la fundación de varias colonias fenicias

Se necesitaban al menos 12,000 murex para producir 1,4 gramos de tinta – una cantidad ridícula, para tanto fétido escándalo y masacre-, que apenas alcanzaba para cubrir un cuarto de manga. Por este motivo, su precio era tan desorbitado, valorando aquella exquisitez por encima del oro. No obstante, su demanda era superior a la población de moluscos que pudieran generarle las ansiadas gotas púrpuras.

Siendo así, se vieron obligados y favorecidos en la apertura de nuevas colonias ultramarinas, para la captura de los murex con modernas instalaciones -muy avanzadas en su época- tal y como demuestran los recientes hallazgos arqueológicos en: Almuñécar, Roscanos, y Morro de Mezquitilla (España) y en otros países como Túnez y Marruecos.

Los mercaderes

Las rutas comerciales de los fenicios se extendían desde la India hasta Marruecos y entre sus mercancías comprendía además del púrpura: madera de cedro, aceite de oliva, lana, cerámica, vino y perfume.

Pero no sería hasta el éxito que trajo consigo este novedoso tintado, cuando estos mercaderes se consolidarían como los los reyes del comercio mediterráneo. Habían alumbrado a un nuevo emblema del poder con el púrpura de Tiro; del cual harían uso para resaltar el estatus social.

Se necesitaban al menos 12,000 murex para producir 1,4 gramos de tinta

Los fenicios se lucraron del lujo aspiracional de la clase dominante; a quienes encargaban el tintado de tapices, vestidos etc. El púrpura fue tan codiciado que se usó como moneda y con ello también comenzarían las restricciones de uso; en donde únicamente se permitiría vestirlo a los reyes o gobernantes.

«La producción de la púrpura de Tiro estuvo tan vigilada que la casa imperial no permitía el empleo de determinados tonos a nadie que no perteneciera a la familia. Ello generó la creación de falsificaciones e imitaciones a partir de elementos vegetales que buscaban el color púrpura y que también hubo que controlar», escribió Carmen Alfaro en su libro«Purpureae vestes: textiles y tintes del Mediterráneo en época romana».

«La producción de la púrpura de Tiro estuvo tan vigilada que la casa imperial no permitía el empleo de determinados tonos a nadie que no perteneciera a la familia»

Aunque esta medida restrictiva parecía reducir las oportunidades de los fenicios por el contrario; se abrirían otras mentes visionarias que entretejerían un mercado informal basado en las imitaciones. Se empezaron a crear tinturas similares a partir de otros elementos, como flores y plantas; no obstante, aunque estaban lejos de alcanzar el «púrpura de Tiro» se corría el riesgo de desvirtuarse tan costoso sello de poder. Por esta razón también comenzaría a regularse también su producción.

El fin del púrpura fenicia

A pesar de las numerosas prohibiciones de su uso, y su desorbitado precio. Los pioneros estaban agotando tan apreciado tesoro; por esta razón, extenderían su actividad de captura en nuevas colonias ultramarinas para su importación a Tiro. Sin embargo cuando su producción se fortaleció todavía más con las nuevas conexiones costeras, Tiro iría apagándose poco a poco durante el siglo IV a.C, tras la toma helénica de estas colonias, durante la conquista de Alejandro Magno. Quien se hizo con la ciudad del púrpura en el 332 a.C.

Posteriormente, el Imperio romano se apropiaría de sus dominios resucitando su producción; pero con el mismo fin: la distinción de clases.

Tiro iría apagándose poco a poco durante el siglo IV a.C, tras la toma helénica de estas colonias, durante la conquista de Alejandro Magno en el 332 a.C

«La valoración social y económica de los tejidos teñidos de rojo (púrpura sobre todo) llegó a ser tan elevada que su comercialización y uso adquirió, en época romana, amplias cotas de expansión tanto en la vida privada como en la actividad militar. Las togas y túnicas de los patricios, decoradas con bandas púrpura, eran consideradas un signo externo de elegancia, pero a la vez como elemento diferenciador de clase», relató Alfaro.

La leyenda, una ninfa encaprichada

La mitología griega atribuye el descubrimiento del púrpura a Melqart. Esta deidad se encontraba paseando por la playa en compañía de su perro y Tiro, su enamorada; quien era una de las cincuenta hijas de Nereo (el señor de las olas del mar). Y durante el romántico recorrido, el dios ordenó a su mascota traer cualquier bello presente que ofreciera el paisaje.

«Las togas y túnicas de los patricios, decoradas con bandas púrpura, eran consideradas un signo externo de elegancia, pero a la vez como elemento diferenciador de clase»

Sin embargo, el can volvió sin ningún regalo y con el hocico manchado de violeta. Melqart se acercó para asegurarse que no estaba ensangrentado, cuando descubrió la razón del misterioso pero exótico color.

La tradición oral cuenta que el perro mordió un caracol carnívoro; y junto con su saliva, una vez que secó, le tiñó el morro de púrpura. Tiro, quien se había entusiasmado con el nuevo color, se ofreció en matrimonio al dios si conseguía crearle un vestido de ese tono. Melqart, quien no dejaría escapar a la ninfa de sus noches, se entregó a la captura de murex; para confeccionarle la prenda púrpura a su novia.

El señor de aquellos dominios, el rey Fénix, también quedaría fascinado nada más vislumbrar aquella originalidad cromática; y siendo así mandó nombrar a aquellos dominios en honor a la nereida: Tiro.

Murex brandaris – C.C

Un nauseabundo procedimiento

La obtención de este preciado pigmento implicaba un gran sacrificio para el olfato. La concentración del olor putrefacto de estos caracoles carnívoros (su principal fuente de alimentación son otros moluscos y pescado) obligó a los fenicios a instalar su potente industria tintorera fuera de las ciudades.

El naturalista romano Plinio el Viejo detalló en su obra «Historia Natural» (I a.C) el complejo desarrollo de este tinte; en el cual se precisaban de miles de caracoles de dos especies –murex trunculus y brandaris– para obtener apenas unas escasas gotas del púrpura de Tiro. Al ser aplastados, estos moluscos segregaban una mucosa blanquecina que sufría reacción fotoquímica tras entrar en contacto con el exterior; efectuándose una mutación cromática, en la que se pasaba del tono verdoso al cotizadísimo color.

Los recolectores depositaban pescado en unas tinajas cubiertas por una malla. Una vez capturados, los depositaban en unos barreños que tenían que estar rebosantes de estas especies para poder iniciar el proceso. Según su tamaño, bien se les extraía la glándula con una herramienta o bien se aplastaban directamente con su concha. El desagradable mecanismo daba lugar a una masa espesa –la cual desprendía un olor nauseabundo, a causa de la putrefacción– a la que se le añadía agua de mar. Posteriormente, la viscosidad resultante se cocía en un enorme recipiente de estaño durante diez días.

 

8 mayo 2018 at 1:55 pm Deja un comentario

Julio César y las supersticiones de Roma

Decir «Salud» al estornudar, entrar en una habitación siempre con el pie derecho o romper un cordón eran algunos de los símbolos supersticiosos de la antigua Roma. Algunos de ellos se heredaron en las civilizaciones posteriores e incluso todavía siguen vigentes en la actualidad

Fuente: JESÚS CALLEJO > Madrid  |  Cadena SER
8 de febrero de 2018

No deja de sorprender que una ciudad-estado como era la antigua Roma, todo un imperio extendido por medio mundo gracias a su poder militar, fuera tan supersticioso como el que más.

En eso no era único ni original. Muchas de sus prácticas mágicas estaban influidas por los griegos, por los etruscos y los caldeos. Es sabido la afición que tenían los romanos de consultar a augures, arúspices y oráculos, prácticas que se incrementaron cuando pasaron de ser una austera República y se convirtieron en Imperio. Los emperadores o césares se creyeron divinos y vitalicios, rindiéndoseles un culto que iba más allá del mero aspecto político. Eso tenía su contrapartida: cualquier desastre militar -o incluso de la naturaleza- se le imputaba a la debilidad del soberano. Al emperador Nerón le achacaron el origen del terremoto ocurrido en la Italia meridional, aparte de algún que otro incendio de sobra conocido.

Cualquier persona que tuviera un sueño profético atinente a la suerte del Estado podía comunicárselo al Senado. Julio César creía en los vaticinios, aunque no los hizo mucho caso en los momentos finales de su vida, Tiberio se rodeó de varios astrólogos y Septimino Severo anotaba cuidadosamente los oráculos que se referían a su persona. Hubo una época en que los adivinos se hicieron imprescindibles hasta que fueron prohibidos por los emperadores cristianos.

Diversos autores latinos se encargaron de darnos a conocer estas múltiples supersticiones romanas. Una obra poco conocida de Cicerón (106-43 a.C.), titulada De Adivinatione, recoge algunas de estas creencias: «El tropezar, romper un cordón y estornudar tienen un significado supersticioso digno de atención». Ovidio, en los Fastos, asegura: «si los proverbios tienen alguna importancia para tí, la gente dice que no es bueno para las esposas que se casen en mayo».

Pero, sin duda, fue el escritor y historiador latino Plinio el Viejo (23-79 d.C.) el que se encargó de recopilar muchas de las supersticiones que practicaron los romanos y que luego, durante la Edad Media, pasaron a la cultura occidental. Su sobrino, Plinio el Joven, también se dedicó a esta clase de recopilaciones en su Epistolario, aunque con menos empeño. Hay algunas, tan conocidas hoy en día, como entrar en una habitación siempre con el pie derecho (ya mencionada por Petronio) o el exclamar «¡Salud!» cuando alguien estornuda en nuestra presencia (algo que exigía el emperador Tiberio) o bien el llevar consigo una pata de liebre o de conejo como amuleto para aliviarse de ciertas enfermedades o ahuyentar la mala suerte.

En su Historia Natural (enciclopédica obra compuesta por 37 libros sobre distintos aspectos del mundo de la naturaleza), Plinio el Viejo recoge creencias y supersticiones sobre los asuntos y objetos más variopintos, que van desde los alfileres («tener varios alfileres que se hayan cogido de una tumba clavados en el umbral de una puerta es una protección contra las pesadillas nocturnas») hasta los nudos («Para curar las fiebres se suele poner una oruga en un trozo de lino con un hilo pasado tres veces alrededor y atado con tres nudos, repitiendo a cada nudo la razón por la que el mago realiza la operación»).

Se sabe que portaban toda clase de amuletos y que una de las supersticiones más extendidas era la utilización de tablillas (generalmente de plomo) donde aparecían los nombres a los que se quería hacer daño y que luego eran utilizados en un conjuro mágico.

Lo bueno, o lo malo, es que muchas de esas supersticiones las hemos heredado también nosotros…

 

9 febrero 2018 at 2:49 pm Deja un comentario

Silfio: el enigma de la planta “milagrosa” que sedujo a griegos y romanos y desapareció sin dejar rastro

Hace mucho tiempo, en la antigua ciudad de Cirene, había una hierba llamada silfio. Con sus raíces robustas, hojas chatas y pequeñas flores amarillas, no parecía gran cosa. Pero la planta rezumaba una savia aromática que era tan útil y deliciosa que llegó a valer su peso en oro.

La antigua Cirene está emplazada en el actual territorio de Libia. ALAMY

Fuente: Zaria Gorvett  |  BBC Mundo
9 de diciembre de 2017

Hacer una lista de sus usos sería una tarea larga: sus crujientes tallos se horneaban, salteaban o hervían para ser comidos como si fuera una verdura, mientras que sus raíces se comían frescas, mojadas en vinagre.

También era excelente para ayudar a conservar lentejas. Y cuando se les daba a las ovejas, su carne se volvía palpablemente más tierna.

De sus brotes se extraía además un perfume delicado, mientras que la savia se dejaba a secar y luego se rallaba sobre alimentos como sesos o flamenco estofado. Conocido como «láser», el condimento era tan fundamental para la alta cocina romana como comer reclinado vistiendo una toga.

También tenía aplicaciones médicas: el silfio era una verdadera hierba maravilla, una panacea para todo tipo de dolencias, desde brotes en el ano (Plinio el Viejo recomendaba varias fumigaciones con la raíz) a mordidas de perros salvajes (simplemente frotar en el área afectada decía Plinio, quien sin embargo advertía no hacerlo nunca si se padecía de caries).

El silfio era además utilizado en la alcoba, donde su jugo era tomado como afrodisíaco o aplicado «para purgar el útero». De hecho, puede haber sido el primer método anticonceptivo realmente eficaz.

Y sus semillas en forma de corazón son la razón por la que todavía hoy asociamos ese símbolo con el romance.

Se cree que el silfio era un pariente cercano de la asafétida (Foto: Alamy)

Los romanos querían tanto a la hierba, que la mencionaron en poemas y canciones, así como en grandes trabajos literarios.

Por siglos, los reyes locales mantuvieron el monopolio de la planta, que convirtió a Cirene —hoy la libia Shahhat— en la ciudad más rica de África. Antes de dársela a los romanos, los griegos la pusieron incluso en su dinero. Y Julio César llegó al extremo de guardar 680 kilos de la hierba como un tesoro.

Pero el silfio se esfumó, muy probablemente no solo de la región sino de todo nuestro planeta. Plinio escribió que, durante toda su vida, solo se descubrió un tallo de la famosa planta, el que fue cortado y enviado al emperador Nerón como una curiosidad allá entre los años 64 al 68 de nuestra era.

Con solo unas pocas estilizadas imágenes y los relatos de los viejos naturalistas para seguirle el rastro, la identidad de la hierba favorita de los romanos es un misterio. Algunos creen que se consumió hasta la extinción, otros que se esconde a plena vista como una maleza mediterránea más.

Pero ¿qué pasó? ¿Podemos recuperarla?

Indomesticable

Según la leyenda, el silfio fue descubierto después de que una lluvia «negra» azotó la costa este de Libia hace más de dos milenios y medio. A partir de entonces, la hierba extendió sus anchas raíces más allá, creciendo frondosa en exuberantes laderas y prados boscosos.

Puede sonar extraño. Después de todo, el norte de África no es conocido por su verdor, pero estamos hablando de Cirenaica, una región de tierras altas escalonadas con abundantes reservas de agua. Incluso hoy hay partes que reciben hasta 850 milímetros de lluvia por año, casi lo mismo que Gran Bretaña.

La región fue originalmente poblada por los griegos y anexada por los romanos en el año 96 a.C., a los que siguió Cirene un par de décadas más tarde. Y casi inmediatamente las existencias de silfio empezaron a decaer de forma alarmante.

En un plazo de 100 años, había desaparecido casi completamente.

El silfio era tan importante para la economía de Cirene que figuraba en su dinero. (Foto: Alamy)

Parte del problema es que la exigente planta solo crecía en esta región. Su hábitat se reducía a una estrecha franja de tierra de unos 200 x 40 kilómetros. Y, aunque lo intentaron, ni griegos ni romanos lograron domesticarla.

El silfio tenía que ser recogido en estado silvestre. Y aunque había reglas estrictas acerca de la cantidad que se podía cosechar, también había un mercado negro importante para la planta.

Pero ¿por qué no podía ser domesticada?

Hay varias explicaciones posibles.

«A menudo el problema está en las semillas», dice Monique Simmonds, vicedirectora científica del jardín botánico de Kew, en Londres. Y un ejemplo de eso son las amapolas, que necesitan recibir la luz del sol para poder germinar.

Pero hay otras posibles razones, y tal vez la que puede dar más pistas es otra planta que también ha sabido eludir a los granjeros hasta el día de hoy.

El caso del huckleberry

Cada año, cientos de miles de personas visitan los parques nacionales de Estados Unidos armados de canastas y sartenes, dispuestos a lidiar con los osos y a luchar posibles batallas territoriales, en búsqueda de una de las frutas más codiciadas del planeta: el arándano que inglés es conocido como huckleberry.

Estas bayas rojas y ácidas se agregan a jaleas, salsas, pasteles, helados, daiquirís e incluso curris, y todos los años la demanda excede a la oferta. Pero, a pesar de eso, no hay ninguna granja comercial de huckleberries en el continente, aunque se ha estado intentando desde al menos 1906.

Más de un siglo después, sin embargo, la terca planta se sigue resistiendo. Y cuando se logra cultivarlas con la semilla, las plantas misteriosamente no producen frutos.

A pesar de estar intentándolo desde hace siglo, el arándano conocido como huckleberry no se ha podido domesticar. (Foto: Alamy)

Como nativa de las montañosas, selvas y cuencas lacustres de América del Norte, la planta tiene raíces anchas y extensas coronadas por un arbusto que nace de un tallo subterráneo. Y su carencia de un sistema centralizado de raíces la hace difícil de replantar.

De hecho, los primeros granjeros a menudo se equivocaban y trataban de plantar el tallo en lugar de las raíces, que es lo mismo que sembrar un puñado de hojas.

Ahora está claro que no hay un truco secreto para cultivarla, sino que la respuesta está en su hábitat natural.

«Las plantas que crecen en un área determinada pueden tener un gran impacto en la química del suelo», explica Simmonds. Y como la agricultura inevitablemente altera el balance de elementos como el magnesio, algunas plantas nunca van a crecer bien en tierra cultivada. Lo que significa que en 2017 la única forma de tener más huckleberries es dejarlas tranquilas en el bosque.

Según Kenneth Parejko, profesor emérito de biología en la universidad de Wisconsi-Stout y un estudioso del enigma del silfio, las flores silvestres son particularmente sensibles. Algo que, de cierta forma, los antiguos griegos intuyeron, pues luego de haber fracasado en sus intentos por reproducir la planta en Europa se preguntaron si a su tierra no le haría falta un «humor» necesario para hacerla crecer.

¿Un híbrido?

Hay sin embargo otra posibilidad: que el silfio fuera un híbrido. Cruzar dos especies diferentes puede tener resultados útiles y deliciosos, como demuestra el caso del maíz, uno de los híbridos más extendidos de la actualidad. Pero mientras que la primera generación de híbridos a menudo presenta numerosas ventajas, sus descendientes por lo general no se pueden comparar.

En el caso de muchas plantas silvestres eso no es necesariamente un problema porque no crecen de semillas, sino asexualmente, extendiendo sus raíces.

Pero eso es lo que les puede haber sucedido a los antiguos griegos si utilizaron semillas de silfio y este era un híbrido. Algo que parece concordar con viejos reportes de variedades provenientes de Media (noroeste de Irán), Siria y Partia, mucho menos valiosas que los silfios de Cirene.

Como la especia conocida como asafétida, el láser habría estado hecho con la resina lechosa de las raíces del silfio. (Foto: Alamy)

En cualquier caso, el viejo apetito por el silfio resultó excesivo. La planta fue sobreexplotada, una historia que resulta deprimentemente familiar cuando se considera la cantidad de especies de hierbas medicinales en peligro de extinción.

Pero hay un atisbo de esperanza. Los estudios de biodiversidad en Libia son escasos, y si unas pocas plantas sobrevivieron a la gula de los romanos, es posible que todavía se pueda encontrar.

«Definitivamente puede que todavía esté ahí. No es un país fácil de estudiar», dice Simmonds.

Aunque también es cierto que la tarea se complica porque nadie sabe qué es exactamente lo que hay que buscar.

¿Escondida a la vista?

Según Teofrasto, conocido como el padre de la botánica, la planta tiene gruesas raíces cubiertas de una corteza oscura. Y también cuenta que eran extravagantemente largas. Pero aunque la describía como «sumamente peculiar», también dejó dicho que tenía un tallo parecido al del hinojo y hojas doradas que se parecían a las del apio. Las viejas monedas muestran una planta con flores dispuestas como el disco que está al final de las regaderas.

«Habría sido bastante conspicua», apunta Simmonds.

Teofrasto, conocido como el padre de la botánica, se interesó en el silfio. (Foto: Alamy)

Teofrasto también comparó al silfio con otra hierba, la Magydaris pastinacea, que crecía en Siria y en las laderas del Monte Parnaso cerca de la ciudad griega de Delfos. Creía que ambas eran parientes del hinojo y puede que no estuviera mal encaminado, pues los botánicos de hoy creen que, como la asafétida, el silfio puede haber pertenecido a un grupo de plantas parecidas al hinojo, como la Ferula.

Estas son, de hecho, parientes de la zanahoria y crecen de forma silvestre en el norte de África y el mediterráneo. Pero lo más increíble es que dos de esas plantas —el hinojo gigante de Tánger y el hinojo gigante— todavía crecen hoy en día en Libia. Es posible que una de ellas sea el silfio.

No obstante, Erica Rowan, historiadora de la universidad de Exeter, cree que así la hierba no estuviera completamente extinta, no necesariamente sería apreciada por la sociedad moderna, al menos no en Occidente.

«Hay muchísimos condimentos que los romanos usaban, de los que hoy en día nadie ha oído hablar (aunque estén disponibles)», explica.

La vieja hierba puede estarse escondiendo bajo el nombre de hinojo gigante de Tánger (Credit: Wikimedia Commons/Yan Wong)

También puede que nunca descubramos la verdadera identidad del silfio. Lo que no significa que no podamos aprender de su historia. Los últimos estudios en Cirene demuestran que muchas otras especies están desapareciendo y la tierra cultivable está siendo reemplazada por el desierto o, una vez más, sobreexplotada.

Puede que el Imperio romano haya desaparecido hace mucho, pero nosotros seguimos cometiendo sus mismos errores.

 

9 diciembre 2017 at 9:53 pm Deja un comentario

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