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El aceite, artículo multiusos de los romanos

En la antigua Roma, el aceite de oliva se utilizaba para aliñar los platos, iluminar las casas o cuidarse la piel en las termas

Una factoría aceitera romana. El método de extracción del aceite de oliva era totalmente manual e implicaba un enorme esfuerzo físico. En este dibujo se muestran los diversos sistemas de molienda de la aceituna para la obtención del aceite, en los que participaba mano de obra esclava, en algunos casos ayudada por animales de carga. Ilustración: Inklink Musei – Sovrintendenza Archeologica di Firenze

Fuente: María José Noain  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
14 de mayo de 2018

“Hay dos líquidos que son especialmente agradables para el cuerpo humano: el vino por dentro y el aceite por fuera. Ambos son los productos más excelentes de los árboles, pero el aceite es una necesidad absoluta, y no ha errado el hombre en dedicar sus esfuerzos a obtenerlo”. No erraba Plinio el Viejo al expresarse de este modo en su Historia natural: el aceite de oliva fue un producto indispensable para la vida diaria de los antiguos romanos, que no sólo lo usaban como ingrediente en la cocina, sino también como combustible para la iluminación y como un higiénico ungüento en las termas. No es extraño que en torno a él se desarrollara toda una industria de producción, comercialización y transporte.

La elaboración de aceite en la antigua Roma vino de la mano de fenicios y griegos, aunque fueron los romanos quienes lo produjeron a gran escala y lo convirtieron en algo consumido habitualmente por todas las clases sociales. El aceite se obtenía en las villas, explotaciones agrícolas de carácter rural que también solían cultivar cereal y elaborar vino.

Producción y categorías

Tras su recolección, la aceituna se almacenaba en el tabulatum, una estancia con un suelo impermeabilizado y ligeramente inclinado sobre el que se depositaba la aceituna para que soltara el alpechín. Este líquido oscuro y maloliente, según nos narra el mismo Plinio, podía ser empleado como insecticida, herbicida y fungicida.

Tras este paso, se procedía a la molienda. Los distintos mecanismos que se empleaban molían las aceitunas sin romper el hueso, puesto que se consideraba que éste daba mal sabor al aceite. El sistema de molienda más común era el trapetum. Este gran molino se componía de una zona fija denominada mortarium y de dos piedras semiesféricas llamadas orbis, que dos hombres hacían girar sobre el mortarium empujando un eje horizontal. Así se obtenía una pasta de aceitunas que se sometía al prensado en una habitación conocida como torcularium. En este espacio se encontraba la prensa (llamada también, por extensión, torcularium), un complejo mecanismo capaz de someter la pasta a una gran presión. El aceite así obtenido se decantaba en grandes vasijas globulares de cerámica llamadas dolia, que solían estar semienterradas, y luego se almacenaba en ánforas en la llamada cella olearia.

El oleum omphacium, el de mejor calidad, se extraía de las aceitunas aún verdes y se elaboraba en septiembre

Según su calidad, el aceite se dividía en tres tipos. El oleum omphacium, el de mejor calidad, se extraía de las aceitunas aún verdes y se elaboraba en septiembre. Se destinaba principalmente a las ofrendas religiosas y la fabricación de perfumes que, siglos antes de la incorporación del alcohol, utilizaban el aceite como base. En palabras de Plinio, “el mejor [aceite] de todos lo da la aceituna verde y que aún no ha empezado a madurar; éste es de un sabor excelente. Cuanto más madura es la aceituna tanto más grasiento y menos agradable es el jugo”. El oleum viride se elaboraba en diciembre, con aceitunas que variaban entre el verde y el negro. Era un aceite más suave y afrutado. Por último, el oleum acerbum se fabricaba con las aceitunas que habían caído al suelo y por este motivo era de inferior calidad.

La categoría intermedia, es decir, el oleum viride, que era el más empleado en gastronomía, podía dividirse a su vez en tres variedades según su calidad: el oleum flos era el aceite virgen obtenido con la primera presión, que podríamos equiparar a nuestro aceite virgen extra; el oleum sequens era un aceite de calidad inferior, ya que se obtenía con una segunda presión, más intensa, y por último, el oleum cibarium, el más ordinario de los tres, provenía de las siguientes prensadas.

Aceite en todos los platos

Como ocurre hoy en día en la denominada “dieta mediterránea”, el aceite era un elemento fundamental de la alimentación romana. Apicio, en su célebre recetario De re coquinaria, nombra el aceite en más de trescientas recetas. Podía usarse tanto para aliñar como para condimentar, cocinar y freír. Además era un ingrediente básico en la preparación de salsas; aunque éstas variaban según el tipo de alimento al que acompañaban, todas tenían en común el aceite. Por ejemplo, para la carne hervida Apicio recomienda una salsa blanca compuesta de “pimienta, garum, vino, ruda, cebolla, piñones, vino aromático, un poco de pan macerado para espesar y aceite”. Además, antes de servir un plato en la mesa, fuera a base de pescado, carnes, verduras o legumbres, era frecuente rociarlo con unas gotas de aceite. Éste tenía igualmente cabida en la repostería. Apicio nos da la fórmula de un “plato que puede usarse como dulce”: “Tostar piñones, nueces peladas; mezclar con miel, pimienta, garum, leche, huevos, un poco de vino puro y aceite”.

Una receta dulce de Apicio decía: “Tostar piñones, nueces peladas; mezclar con miel, pimienta, garum, leche, huevos, un poco de vino puro y aceite”

Un indicativo de la importancia del aceite en la dieta romana es que Julio César lo incorporó a la annona, abastecimiento gratuito de grano que se entregaba al ejército para su manutención. A partir de entonces, la demanda de aceite se incrementó en gran manera. La presencia de este producto entre los soldados acantonados en la frontera norte del Imperio indica que los pueblos del centro y norte de Europa lo fueron incorporando a su dieta.

Ungüentos y perfumes

El aceite tenía otras utilidades fundamentales en la vida cotidiana de los romanos. Por un lado, se empleaba como combustible para la iluminación. Los romanos utilizaban lucernas fabricadas a molde y huecas que se llenaban con el aceite de oliva de peor calidad. Éste empapaba una mecha de fibras vegetales, como lino hilado o papiro, que de este modo podía mantenerse largo tiempo encendida.

El aceite se utilizaba también como ungüento; de ahí justamente la frase de Plinio “el vino por dentro y el aceite por fuera”. Los que practicaban ejercicio físico en las termas se ungían el cuerpo con aceite antes de entrenarse en la palestra o gimansio. De esta forma protegían su piel del sol y la hidrataban. Tras el entrenamiento se limpiaban el cuerpo con un estrígilo, una herramienta curvada de bronce que les permitía quitarse la capa de aceite, polvo y sudor acumulada. Aunque cueste creerlo, esta mezcla era muy cotizada y los directores de los gimnasios la vendían para usos medicinales. Como explicaba Plinio, “es conocido que los magistrados que estaban a su cargo [de la palestra] llegaron a vender las raspaduras del aceite a ochenta mil sestercios”. El equipo del deportista incluía, por tanto, uno o varios estrígilos y un pequeño frasco, también de bronce o vidrio, donde guardar el aceite.

No sólo los deportistas lo utilizaban; el aceite también se aplicaba como un hidratante corporal y como ungüento para curar heridas. En medicina podía usarse solo o como excipiente, y se prescribía para tratar úlceras, calmar los cólicos o bajar la fiebre. Los unguenta, modalidad de aceite perfumado asociado con la cosmética y la perfumería, se extendieron entre la sociedad romana a partir del siglo II a.C. No sólo tenían como base el aceite de oliva, sino que también podían emplear otras modalidades como el aceite de almendra, de laurel, de nueces o de rosas. A los difuntos también se los ungía con estos aceites perfumados, de ahí que los pequeños ungüentarios de vidrio fueran un objeto habitual en los ajuares funerarios.

Factoría de producción de aceite de oliva en el norte de África. En el espacio central, o “torcularium”, se encuentran las prensas para elaborarlo. La provincia de la Bética, la actual Andalucía, se convirtió durante el Alto Imperio en el centro más importante de producción de aceite. Según Plinio, sólo el procedente de Histria (actual Croacia) y el aceite licinio, originario de la Campania italiana, superaban en calidad al aceite andaluz. Desde las ciudades béticas se exportaba a todo el Imperio, tanto para abastecer al ejército como a la propia Roma. A partir de Augusto, el emperador pasó a controlar la producción del aceite bético, marcando asimismo el precio de mercado. Era un comercio que iba de la mano de las salazones de pescado,  que también contaban en la zona andaluza con un importante foco de producción. Durante el Bajo Imperio, África se erigió como otro importante centro de producción de aceite, compitiendo directamente con la Bética. Foto: Acuarela de Jean-Claude Golvin. Musée départemental Arles antique. © éditions errance

 

Recogida de la aceituna. Museo Arqueológico, Córdoba. Dieta de olivas. Las aceitunas eran un alimento muy difundido en Roma. En su tratado sobre las labores agrícolas, Catón el Viejo recomendaba a los terratenientes conservar las olivas que caían espontáneamente del árbol y usarlas como alimento de los esclavos. Foto: Prisma / Album

 

Ánforas especiales. Para comercializar y transportar el aceite se usaban ánforas. En el caso de la Bética, se empleaba un tipo de ánfora olearia llamada Dressel 20 (como la de la imagen), caracterizada por su forma globular y cuello corto, menos estilizada que las usadas para el vino o las salazones de pescado. Se han localizado cerca de un centenar de alfares a orillas del Genil y Guadalquivir. Foto: Prisma archivo

 

Mosaico del siglo III. Dos esclavos manejan una  prensa para machacar las aceitunas. Museo de Saint-Romain-en-Laye. Foto: Dea / Scala, Firenze

 

Bronce del siglo I. Lucerna en forma de máscara de comedia. Las lucernas eran huecas y se llenaban con aceite de mala calidad que empapaba una mecha. Museo de Rabat. Foto: Dea / Album

 

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14 mayo 2018 at 4:53 pm 1 comentario

Los caracoles carnívoros que impulsaron el esplendor fenicio sobre el Mediterráneo

Esta civilización crearía una industria tintorera basada en el teñido de las telas en púrpura cuyo color valía más que el oro

Mosaico de Teodora, representada en color púrpura como símbolo de la realeza – C.C

Fuente: Eugenia Miras – Madrid  |  ABC
8 de mayo de 2018

Desde el siglo IX a.C los fenicios consolidaron su hegemonía comercial gracias a su fuerte espíritu mercantil en el Mediterráneo. En gran medida el éxito de su economía se debió a la fuerte industria tintorera, que pasaría a la Historia por el peculiar método teñido de telas en púrpura. Los pioneros en este arte, despertarían la codicia de los más poderosos de las civilizaciones vecinas, por vestirse de aquel color que valía más que el peso en plata y oro; para posteriormente ser imitado en el Imperio romano y mantenerse hasta nuestros días como un emblema de distinción.

La ciudad de Tiro se convirtió en un epicentro económico gracias a la industria tintorera, que permitió la fundación de varias colonias fenicias en las cuales también destacó por su producción: Arwad, Beirut, Sidón, Sarepta, Shiqmona, Tell Keisan, Dor, Akko y Tiro; donde se producía la mayor parte del tintado de telas. Y por esta razón, la famosa gama cromática adoptaría su nombre de origen: «púrpura de Tiro»

No obstante lejos de ser un proceso creativo agradable, implicaba la matanza de unos caracoles carnívoros (murex brandaris); así como la angustiosa y fétida tarea de manipular su glándula. La cual tras ser extraída sufría una putrefacción variando su color, hasta alcanzar el apreciado púrpura; con el que se teñirían la ropa.

La ciudad de Tiro se convirtió en un epicentro económico gracias a la industria tintorera, que permitió la fundación de varias colonias fenicias

Se necesitaban al menos 12,000 murex para producir 1,4 gramos de tinta – una cantidad ridícula, para tanto fétido escándalo y masacre-, que apenas alcanzaba para cubrir un cuarto de manga. Por este motivo, su precio era tan desorbitado, valorando aquella exquisitez por encima del oro. No obstante, su demanda era superior a la población de moluscos que pudieran generarle las ansiadas gotas púrpuras.

Siendo así, se vieron obligados y favorecidos en la apertura de nuevas colonias ultramarinas, para la captura de los murex con modernas instalaciones -muy avanzadas en su época- tal y como demuestran los recientes hallazgos arqueológicos en: Almuñécar, Roscanos, y Morro de Mezquitilla (España) y en otros países como Túnez y Marruecos.

Los mercaderes

Las rutas comerciales de los fenicios se extendían desde la India hasta Marruecos y entre sus mercancías comprendía además del púrpura: madera de cedro, aceite de oliva, lana, cerámica, vino y perfume.

Pero no sería hasta el éxito que trajo consigo este novedoso tintado, cuando estos mercaderes se consolidarían como los los reyes del comercio mediterráneo. Habían alumbrado a un nuevo emblema del poder con el púrpura de Tiro; del cual harían uso para resaltar el estatus social.

Se necesitaban al menos 12,000 murex para producir 1,4 gramos de tinta

Los fenicios se lucraron del lujo aspiracional de la clase dominante; a quienes encargaban el tintado de tapices, vestidos etc. El púrpura fue tan codiciado que se usó como moneda y con ello también comenzarían las restricciones de uso; en donde únicamente se permitiría vestirlo a los reyes o gobernantes.

«La producción de la púrpura de Tiro estuvo tan vigilada que la casa imperial no permitía el empleo de determinados tonos a nadie que no perteneciera a la familia. Ello generó la creación de falsificaciones e imitaciones a partir de elementos vegetales que buscaban el color púrpura y que también hubo que controlar», escribió Carmen Alfaro en su libro«Purpureae vestes: textiles y tintes del Mediterráneo en época romana».

«La producción de la púrpura de Tiro estuvo tan vigilada que la casa imperial no permitía el empleo de determinados tonos a nadie que no perteneciera a la familia»

Aunque esta medida restrictiva parecía reducir las oportunidades de los fenicios por el contrario; se abrirían otras mentes visionarias que entretejerían un mercado informal basado en las imitaciones. Se empezaron a crear tinturas similares a partir de otros elementos, como flores y plantas; no obstante, aunque estaban lejos de alcanzar el «púrpura de Tiro» se corría el riesgo de desvirtuarse tan costoso sello de poder. Por esta razón también comenzaría a regularse también su producción.

El fin del púrpura fenicia

A pesar de las numerosas prohibiciones de su uso, y su desorbitado precio. Los pioneros estaban agotando tan apreciado tesoro; por esta razón, extenderían su actividad de captura en nuevas colonias ultramarinas para su importación a Tiro. Sin embargo cuando su producción se fortaleció todavía más con las nuevas conexiones costeras, Tiro iría apagándose poco a poco durante el siglo IV a.C, tras la toma helénica de estas colonias, durante la conquista de Alejandro Magno. Quien se hizo con la ciudad del púrpura en el 332 a.C.

Posteriormente, el Imperio romano se apropiaría de sus dominios resucitando su producción; pero con el mismo fin: la distinción de clases.

Tiro iría apagándose poco a poco durante el siglo IV a.C, tras la toma helénica de estas colonias, durante la conquista de Alejandro Magno en el 332 a.C

«La valoración social y económica de los tejidos teñidos de rojo (púrpura sobre todo) llegó a ser tan elevada que su comercialización y uso adquirió, en época romana, amplias cotas de expansión tanto en la vida privada como en la actividad militar. Las togas y túnicas de los patricios, decoradas con bandas púrpura, eran consideradas un signo externo de elegancia, pero a la vez como elemento diferenciador de clase», relató Alfaro.

La leyenda, una ninfa encaprichada

La mitología griega atribuye el descubrimiento del púrpura a Melqart. Esta deidad se encontraba paseando por la playa en compañía de su perro y Tiro, su enamorada; quien era una de las cincuenta hijas de Nereo (el señor de las olas del mar). Y durante el romántico recorrido, el dios ordenó a su mascota traer cualquier bello presente que ofreciera el paisaje.

«Las togas y túnicas de los patricios, decoradas con bandas púrpura, eran consideradas un signo externo de elegancia, pero a la vez como elemento diferenciador de clase»

Sin embargo, el can volvió sin ningún regalo y con el hocico manchado de violeta. Melqart se acercó para asegurarse que no estaba ensangrentado, cuando descubrió la razón del misterioso pero exótico color.

La tradición oral cuenta que el perro mordió un caracol carnívoro; y junto con su saliva, una vez que secó, le tiñó el morro de púrpura. Tiro, quien se había entusiasmado con el nuevo color, se ofreció en matrimonio al dios si conseguía crearle un vestido de ese tono. Melqart, quien no dejaría escapar a la ninfa de sus noches, se entregó a la captura de murex; para confeccionarle la prenda púrpura a su novia.

El señor de aquellos dominios, el rey Fénix, también quedaría fascinado nada más vislumbrar aquella originalidad cromática; y siendo así mandó nombrar a aquellos dominios en honor a la nereida: Tiro.

Murex brandaris – C.C

Un nauseabundo procedimiento

La obtención de este preciado pigmento implicaba un gran sacrificio para el olfato. La concentración del olor putrefacto de estos caracoles carnívoros (su principal fuente de alimentación son otros moluscos y pescado) obligó a los fenicios a instalar su potente industria tintorera fuera de las ciudades.

El naturalista romano Plinio el Viejo detalló en su obra «Historia Natural» (I a.C) el complejo desarrollo de este tinte; en el cual se precisaban de miles de caracoles de dos especies –murex trunculus y brandaris– para obtener apenas unas escasas gotas del púrpura de Tiro. Al ser aplastados, estos moluscos segregaban una mucosa blanquecina que sufría reacción fotoquímica tras entrar en contacto con el exterior; efectuándose una mutación cromática, en la que se pasaba del tono verdoso al cotizadísimo color.

Los recolectores depositaban pescado en unas tinajas cubiertas por una malla. Una vez capturados, los depositaban en unos barreños que tenían que estar rebosantes de estas especies para poder iniciar el proceso. Según su tamaño, bien se les extraía la glándula con una herramienta o bien se aplastaban directamente con su concha. El desagradable mecanismo daba lugar a una masa espesa –la cual desprendía un olor nauseabundo, a causa de la putrefacción– a la que se le añadía agua de mar. Posteriormente, la viscosidad resultante se cocía en un enorme recipiente de estaño durante diez días.

 

8 mayo 2018 at 1:55 pm Deja un comentario

Julio César y las supersticiones de Roma

Decir “Salud” al estornudar, entrar en una habitación siempre con el pie derecho o romper un cordón eran algunos de los símbolos supersticiosos de la antigua Roma. Algunos de ellos se heredaron en las civilizaciones posteriores e incluso todavía siguen vigentes en la actualidad

Fuente: JESÚS CALLEJO > Madrid  |  Cadena SER
8 de febrero de 2018

No deja de sorprender que una ciudad-estado como era la antigua Roma, todo un imperio extendido por medio mundo gracias a su poder militar, fuera tan supersticioso como el que más.

En eso no era único ni original. Muchas de sus prácticas mágicas estaban influidas por los griegos, por los etruscos y los caldeos. Es sabido la afición que tenían los romanos de consultar a augures, arúspices y oráculos, prácticas que se incrementaron cuando pasaron de ser una austera República y se convirtieron en Imperio. Los emperadores o césares se creyeron divinos y vitalicios, rindiéndoseles un culto que iba más allá del mero aspecto político. Eso tenía su contrapartida: cualquier desastre militar -o incluso de la naturaleza- se le imputaba a la debilidad del soberano. Al emperador Nerón le achacaron el origen del terremoto ocurrido en la Italia meridional, aparte de algún que otro incendio de sobra conocido.

Cualquier persona que tuviera un sueño profético atinente a la suerte del Estado podía comunicárselo al Senado. Julio César creía en los vaticinios, aunque no los hizo mucho caso en los momentos finales de su vida, Tiberio se rodeó de varios astrólogos y Septimino Severo anotaba cuidadosamente los oráculos que se referían a su persona. Hubo una época en que los adivinos se hicieron imprescindibles hasta que fueron prohibidos por los emperadores cristianos.

Diversos autores latinos se encargaron de darnos a conocer estas múltiples supersticiones romanas. Una obra poco conocida de Cicerón (106-43 a.C.), titulada De Adivinatione, recoge algunas de estas creencias: “El tropezar, romper un cordón y estornudar tienen un significado supersticioso digno de atención”. Ovidio, en los Fastos, asegura: “si los proverbios tienen alguna importancia para tí, la gente dice que no es bueno para las esposas que se casen en mayo”.

Pero, sin duda, fue el escritor y historiador latino Plinio el Viejo (23-79 d.C.) el que se encargó de recopilar muchas de las supersticiones que practicaron los romanos y que luego, durante la Edad Media, pasaron a la cultura occidental. Su sobrino, Plinio el Joven, también se dedicó a esta clase de recopilaciones en su Epistolario, aunque con menos empeño. Hay algunas, tan conocidas hoy en día, como entrar en una habitación siempre con el pie derecho (ya mencionada por Petronio) o el exclamar “¡Salud!” cuando alguien estornuda en nuestra presencia (algo que exigía el emperador Tiberio) o bien el llevar consigo una pata de liebre o de conejo como amuleto para aliviarse de ciertas enfermedades o ahuyentar la mala suerte.

En su Historia Natural (enciclopédica obra compuesta por 37 libros sobre distintos aspectos del mundo de la naturaleza), Plinio el Viejo recoge creencias y supersticiones sobre los asuntos y objetos más variopintos, que van desde los alfileres (“tener varios alfileres que se hayan cogido de una tumba clavados en el umbral de una puerta es una protección contra las pesadillas nocturnas”) hasta los nudos (“Para curar las fiebres se suele poner una oruga en un trozo de lino con un hilo pasado tres veces alrededor y atado con tres nudos, repitiendo a cada nudo la razón por la que el mago realiza la operación”).

Se sabe que portaban toda clase de amuletos y que una de las supersticiones más extendidas era la utilización de tablillas (generalmente de plomo) donde aparecían los nombres a los que se quería hacer daño y que luego eran utilizados en un conjuro mágico.

Lo bueno, o lo malo, es que muchas de esas supersticiones las hemos heredado también nosotros…

 

9 febrero 2018 at 2:49 pm Deja un comentario

Silfio: el enigma de la planta “milagrosa” que sedujo a griegos y romanos y desapareció sin dejar rastro

Hace mucho tiempo, en la antigua ciudad de Cirene, había una hierba llamada silfio. Con sus raíces robustas, hojas chatas y pequeñas flores amarillas, no parecía gran cosa. Pero la planta rezumaba una savia aromática que era tan útil y deliciosa que llegó a valer su peso en oro.

La antigua Cirene está emplazada en el actual territorio de Libia. ALAMY

Fuente: Zaria Gorvett  |  BBC Mundo
9 de diciembre de 2017

Hacer una lista de sus usos sería una tarea larga: sus crujientes tallos se horneaban, salteaban o hervían para ser comidos como si fuera una verdura, mientras que sus raíces se comían frescas, mojadas en vinagre.

También era excelente para ayudar a conservar lentejas. Y cuando se les daba a las ovejas, su carne se volvía palpablemente más tierna.

De sus brotes se extraía además un perfume delicado, mientras que la savia se dejaba a secar y luego se rallaba sobre alimentos como sesos o flamenco estofado. Conocido como “láser”, el condimento era tan fundamental para la alta cocina romana como comer reclinado vistiendo una toga.

También tenía aplicaciones médicas: el silfio era una verdadera hierba maravilla, una panacea para todo tipo de dolencias, desde brotes en el ano (Plinio el Viejo recomendaba varias fumigaciones con la raíz) a mordidas de perros salvajes (simplemente frotar en el área afectada decía Plinio, quien sin embargo advertía no hacerlo nunca si se padecía de caries).

El silfio era además utilizado en la alcoba, donde su jugo era tomado como afrodisíaco o aplicado “para purgar el útero”. De hecho, puede haber sido el primer método anticonceptivo realmente eficaz.

Y sus semillas en forma de corazón son la razón por la que todavía hoy asociamos ese símbolo con el romance.

Se cree que el silfio era un pariente cercano de la asafétida (Foto: Alamy)

Los romanos querían tanto a la hierba, que la mencionaron en poemas y canciones, así como en grandes trabajos literarios.

Por siglos, los reyes locales mantuvieron el monopolio de la planta, que convirtió a Cirene —hoy la libia Shahhat— en la ciudad más rica de África. Antes de dársela a los romanos, los griegos la pusieron incluso en su dinero. Y Julio César llegó al extremo de guardar 680 kilos de la hierba como un tesoro.

Pero el silfio se esfumó, muy probablemente no solo de la región sino de todo nuestro planeta. Plinio escribió que, durante toda su vida, solo se descubrió un tallo de la famosa planta, el que fue cortado y enviado al emperador Nerón como una curiosidad allá entre los años 64 al 68 de nuestra era.

Con solo unas pocas estilizadas imágenes y los relatos de los viejos naturalistas para seguirle el rastro, la identidad de la hierba favorita de los romanos es un misterio. Algunos creen que se consumió hasta la extinción, otros que se esconde a plena vista como una maleza mediterránea más.

Pero ¿qué pasó? ¿Podemos recuperarla?

Indomesticable

Según la leyenda, el silfio fue descubierto después de que una lluvia “negra” azotó la costa este de Libia hace más de dos milenios y medio. A partir de entonces, la hierba extendió sus anchas raíces más allá, creciendo frondosa en exuberantes laderas y prados boscosos.

Puede sonar extraño. Después de todo, el norte de África no es conocido por su verdor, pero estamos hablando de Cirenaica, una región de tierras altas escalonadas con abundantes reservas de agua. Incluso hoy hay partes que reciben hasta 850 milímetros de lluvia por año, casi lo mismo que Gran Bretaña.

La región fue originalmente poblada por los griegos y anexada por los romanos en el año 96 a.C., a los que siguió Cirene un par de décadas más tarde. Y casi inmediatamente las existencias de silfio empezaron a decaer de forma alarmante.

En un plazo de 100 años, había desaparecido casi completamente.

El silfio era tan importante para la economía de Cirene que figuraba en su dinero. (Foto: Alamy)

Parte del problema es que la exigente planta solo crecía en esta región. Su hábitat se reducía a una estrecha franja de tierra de unos 200 x 40 kilómetros. Y, aunque lo intentaron, ni griegos ni romanos lograron domesticarla.

El silfio tenía que ser recogido en estado silvestre. Y aunque había reglas estrictas acerca de la cantidad que se podía cosechar, también había un mercado negro importante para la planta.

Pero ¿por qué no podía ser domesticada?

Hay varias explicaciones posibles.

“A menudo el problema está en las semillas”, dice Monique Simmonds, vicedirectora científica del jardín botánico de Kew, en Londres. Y un ejemplo de eso son las amapolas, que necesitan recibir la luz del sol para poder germinar.

Pero hay otras posibles razones, y tal vez la que puede dar más pistas es otra planta que también ha sabido eludir a los granjeros hasta el día de hoy.

El caso del huckleberry

Cada año, cientos de miles de personas visitan los parques nacionales de Estados Unidos armados de canastas y sartenes, dispuestos a lidiar con los osos y a luchar posibles batallas territoriales, en búsqueda de una de las frutas más codiciadas del planeta: el arándano que inglés es conocido como huckleberry.

Estas bayas rojas y ácidas se agregan a jaleas, salsas, pasteles, helados, daiquirís e incluso curris, y todos los años la demanda excede a la oferta. Pero, a pesar de eso, no hay ninguna granja comercial de huckleberries en el continente, aunque se ha estado intentando desde al menos 1906.

Más de un siglo después, sin embargo, la terca planta se sigue resistiendo. Y cuando se logra cultivarlas con la semilla, las plantas misteriosamente no producen frutos.

A pesar de estar intentándolo desde hace siglo, el arándano conocido como huckleberry no se ha podido domesticar. (Foto: Alamy)

Como nativa de las montañosas, selvas y cuencas lacustres de América del Norte, la planta tiene raíces anchas y extensas coronadas por un arbusto que nace de un tallo subterráneo. Y su carencia de un sistema centralizado de raíces la hace difícil de replantar.

De hecho, los primeros granjeros a menudo se equivocaban y trataban de plantar el tallo en lugar de las raíces, que es lo mismo que sembrar un puñado de hojas.

Ahora está claro que no hay un truco secreto para cultivarla, sino que la respuesta está en su hábitat natural.

“Las plantas que crecen en un área determinada pueden tener un gran impacto en la química del suelo”, explica Simmonds. Y como la agricultura inevitablemente altera el balance de elementos como el magnesio, algunas plantas nunca van a crecer bien en tierra cultivada. Lo que significa que en 2017 la única forma de tener más huckleberries es dejarlas tranquilas en el bosque.

Según Kenneth Parejko, profesor emérito de biología en la universidad de Wisconsi-Stout y un estudioso del enigma del silfio, las flores silvestres son particularmente sensibles. Algo que, de cierta forma, los antiguos griegos intuyeron, pues luego de haber fracasado en sus intentos por reproducir la planta en Europa se preguntaron si a su tierra no le haría falta un “humor” necesario para hacerla crecer.

¿Un híbrido?

Hay sin embargo otra posibilidad: que el silfio fuera un híbrido. Cruzar dos especies diferentes puede tener resultados útiles y deliciosos, como demuestra el caso del maíz, uno de los híbridos más extendidos de la actualidad. Pero mientras que la primera generación de híbridos a menudo presenta numerosas ventajas, sus descendientes por lo general no se pueden comparar.

En el caso de muchas plantas silvestres eso no es necesariamente un problema porque no crecen de semillas, sino asexualmente, extendiendo sus raíces.

Pero eso es lo que les puede haber sucedido a los antiguos griegos si utilizaron semillas de silfio y este era un híbrido. Algo que parece concordar con viejos reportes de variedades provenientes de Media (noroeste de Irán), Siria y Partia, mucho menos valiosas que los silfios de Cirene.

Como la especia conocida como asafétida, el láser habría estado hecho con la resina lechosa de las raíces del silfio. (Foto: Alamy)

En cualquier caso, el viejo apetito por el silfio resultó excesivo. La planta fue sobreexplotada, una historia que resulta deprimentemente familiar cuando se considera la cantidad de especies de hierbas medicinales en peligro de extinción.

Pero hay un atisbo de esperanza. Los estudios de biodiversidad en Libia son escasos, y si unas pocas plantas sobrevivieron a la gula de los romanos, es posible que todavía se pueda encontrar.

“Definitivamente puede que todavía esté ahí. No es un país fácil de estudiar”, dice Simmonds.

Aunque también es cierto que la tarea se complica porque nadie sabe qué es exactamente lo que hay que buscar.

¿Escondida a la vista?

Según Teofrasto, conocido como el padre de la botánica, la planta tiene gruesas raíces cubiertas de una corteza oscura. Y también cuenta que eran extravagantemente largas. Pero aunque la describía como “sumamente peculiar”, también dejó dicho que tenía un tallo parecido al del hinojo y hojas doradas que se parecían a las del apio. Las viejas monedas muestran una planta con flores dispuestas como el disco que está al final de las regaderas.

“Habría sido bastante conspicua”, apunta Simmonds.

Teofrasto, conocido como el padre de la botánica, se interesó en el silfio. (Foto: Alamy)

Teofrasto también comparó al silfio con otra hierba, la Magydaris pastinacea, que crecía en Siria y en las laderas del Monte Parnaso cerca de la ciudad griega de Delfos. Creía que ambas eran parientes del hinojo y puede que no estuviera mal encaminado, pues los botánicos de hoy creen que, como la asafétida, el silfio puede haber pertenecido a un grupo de plantas parecidas al hinojo, como la Ferula.

Estas son, de hecho, parientes de la zanahoria y crecen de forma silvestre en el norte de África y el mediterráneo. Pero lo más increíble es que dos de esas plantas —el hinojo gigante de Tánger y el hinojo gigante— todavía crecen hoy en día en Libia. Es posible que una de ellas sea el silfio.

No obstante, Erica Rowan, historiadora de la universidad de Exeter, cree que así la hierba no estuviera completamente extinta, no necesariamente sería apreciada por la sociedad moderna, al menos no en Occidente.

“Hay muchísimos condimentos que los romanos usaban, de los que hoy en día nadie ha oído hablar (aunque estén disponibles)”, explica.

La vieja hierba puede estarse escondiendo bajo el nombre de hinojo gigante de Tánger (Credit: Wikimedia Commons/Yan Wong)

También puede que nunca descubramos la verdadera identidad del silfio. Lo que no significa que no podamos aprender de su historia. Los últimos estudios en Cirene demuestran que muchas otras especies están desapareciendo y la tierra cultivable está siendo reemplazada por el desierto o, una vez más, sobreexplotada.

Puede que el Imperio romano haya desaparecido hace mucho, pero nosotros seguimos cometiendo sus mismos errores.

 

9 diciembre 2017 at 9:53 pm Deja un comentario

El agua de mar refuerza el antiguo hormigón romano

El agua de mar que se ha filtrado durante siglos a través del hormigón romano ha favorecido el desarrollo de minerales entrelazados que le han proporcionado al hormigón una cohesión añadida

Perforando una estructura marina. Un investigador perfora una estructura marina de época romana en Portus Cosanus, en la Toscana, en el año 2003. La perforación fue realizada con permiso de la Superintendencia de Arqueología de la Toscana. FOTO: J.P. OLESON / THE UNIVERSITY OF UTAH

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
12 de septiembre de 2017

Las modernas estructuras marinas de hormigón se desmoronan a lo largo de las décadas, mientras que numerosos muelles y espigones romanos de 2.000 años de antigüedad siguen perdurando y de hecho son más sólidos que cuando se construyeron. Alrededor del año 79 d.C., el autor romano Plinio el Viejo escribió en su Naturalis historia que las estructuras de hormigón de los puertos, expuestas al constante embate de las olas de agua salada, se convierten “en una única masa de piedra, inexpugnable para las olas y cada día más fuerte“. El misterio de esta capacidad de resistencia ha sido desentrañado: el agua de mar que se filtra a través del hormigón favorece el desarrollo de minerales entrelazados que le proporcionan al hormigón una cohesión añadida, según explica la Universidad de Utah. El estudio ha sido publicado en American Mineralogist.

El hormigón romano consistía en una mezcla de ceniza volcánica, cal y agua de mar, un mortero con un agregado de trozos de roca volcánica. La combinación de ceniza, agua y cal viva producía la denominada reacción puzolánica (debe su nombre al municipio napolitano de Pozzuoli) y con este conglomerado de hormigón se erigieron edificios como el Panteón, el Mercado de Trajano y diferentes estructuras marinas. La interrelación de minerales entre el mortero y el agregado ha evitado la formación de fisuras longitudinales a lo largo de los siglos, mientras que con el cemento Portland las superficies de los agregados no reactivos (que son inertes, que no producen reacción) no hacen más que propagar las fisuras.

Los investigadores, entre ellos la geóloga Marie Jackson, han concluido lo siguiente: que el agua de mar se filtra en el hormigón de los muelles y espigones romanos, disolviendo componentes de la ceniza volcánica y permitiendo el desarrollo de nuevos minerales procedentes de los fluidos filtrados altamente alcalinos, particularmente la tobermorita aluminosa y la phillipsita. Esta tobermorita aluminosa tiene una composición rica en silíceo, similar a los cristales que se forman en las rocas volcánicas. Los cristales tienen formas laminares que refuerzan la matriz cementante y las placas entrelazadas incrementan la resistencia del hormigón ante una fractura por fragilidad. “Se trata de un sistema que se desarrolla en un intercambio químico abierto con el agua de mar“, destaca Jackson.

Imagen microscópica. Imagen microscópica que muestra el material grumoso y aglomerante de calcio, aluminio, silicato e hidrato que se forma al mezclarse la ceniza volcánica, la cal y el agua de mar. Se aprecian los cristales de tobermorita aluminosa aparecidos en la matriz de cementación. “C-A-S-H” corresponde a “calcium-aluminum-silicate-hydrate”. FOTO: COURTESY OF MARIE JACKSON / THE UNIVERSITY OF UTAH

 

12 septiembre 2017 at 1:42 pm Deja un comentario

Creen haber descubierto el cráneo de Plinio el Viejo, el héroe de Pompeya

El célebre filósofo murió asfixiado por los gases del Vesubio cuando trataba de rescatar a sus amigos

Fuente: Vicente Fernández   |  Quo.es
5 de septiembre de 2017

Plinio el Viejo fue uno de los grandes filósofos romanos. Un sabio que tuvo una muerte heroica. Cuando en el año 79 de nuestra era se produjo la erupción del Vesubio que sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano, se dirigió hacia el lugar de la catástrofe en su galera, para tratar de rescatar al mayor número posible de personas, entre ellas a algunos amigos muy cercanos. Pero aquella hazaña le costó la vida, ya que murió asfixiado por los gases tóxicos emanados del volcán.

Pero, ¿qué fue del cuerpo del filósofo? A principios del siglo XX, en unas de las numerosas excavaciones realizadas en las ruinas de dichas ciudades, aparecieron varios restos humanos entre los que se encontraba este cráneo que se ve en la foto. Ahora, un estudio realizado por Andrea Cionci, investigador que también estudió los restos del Hombre de Ötzi, revela que dicha calavera podría ser la de Plinio el Viejo.

Para llegar a esta conclusión, se han comparado el tamaño de la dentadura y el del cráneo con los bustos que se conservan de Plinio el Viejo, y las similitudes han sido bastante grandes. También se han analizado los isótopos de los dientes. Esta técnica permite conocer la alimentación que tuvo esa persona para deducir en que lugares pudo haber vivido. Y también en este caso los resultados muestran coincidencias con la biografía del filósofo.

Por supuesto, las conclusiones de este estudio no arrojan una certeza del 100%, pero si ofrecen indicios suficientes para pensar que dicho cráneo pudo pertenecer realmente al sabio romano, y realizar más pruebas que puedan confirmar o desmentir dicha posibilidad.

 

6 septiembre 2017 at 9:30 pm Deja un comentario

Los limones fueron un artículo de lujo para los romanos

Una investigación revela que ya conocían esta fruta diez siglos antes de que su cultivo fuera habitual en Europa


Fuente: Vicente Fernández  |  Quo.es
24 de julio de 2017

El limón es una fruta originaria de Asia, y su cultivo no comenzó a ser habitual en Europa hasta después de la conquista de la península ibérica por los árabes. Pero, anteriormente, hubo una excepción, y fue en la antigua Roma. Ahora, una nueva investigación realizada por especialistas de la Universidad de Tel Aviv, revela que que los limones fueron un auténtico artículo de lujo para los romanos.

Hasta la fecha, los investigadores no se ponían de acuerdo sobre si los antiguos romanos cultivaban o no limones. El historiador Plinio el Viejo mencionaba en su obra Historial Natural el cultivo de la cidra, una planta cuyo fruto es una calabaza con ciertas semejanzas con el limón. Pero sobre sobre esta última no existían certeza alguna.

Aunque en las ruinas de la llamada Casa del Huerto de Frutas, en Pompeya, habían aparecido frescos que mostraban una planta similar a un limonero. Y, ahora, los investigadores israelíes han encontrado semillas fósiles de limón en las ruinas del foro de Roma, cuya antigüedad ha sido datada en el siglo I antes de Cristo.

Según los autores del estudio, para los romanos el limón debió de ser un símbolo de lujo. Todo parece indicar que solo los más privilegiados podían permitirse cultivarlo. La planta y su fruto eran valorados por su exotismo, y puede que también por sus propiedades higiénicas. Parece probable que los romanos usasen los limones para frotarse el cuerpo cuando se bañaban. Pero no hay indicios de que fuera empleado con fines culinarios.

Fuente: LiveScience

 

24 julio 2017 at 6:38 pm Deja un comentario

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