Posts tagged ‘Plinio el Joven’

Julio César y las supersticiones de Roma

Decir “Salud” al estornudar, entrar en una habitación siempre con el pie derecho o romper un cordón eran algunos de los símbolos supersticiosos de la antigua Roma. Algunos de ellos se heredaron en las civilizaciones posteriores e incluso todavía siguen vigentes en la actualidad

Fuente: JESÚS CALLEJO > Madrid  |  Cadena SER
8 de febrero de 2018

No deja de sorprender que una ciudad-estado como era la antigua Roma, todo un imperio extendido por medio mundo gracias a su poder militar, fuera tan supersticioso como el que más.

En eso no era único ni original. Muchas de sus prácticas mágicas estaban influidas por los griegos, por los etruscos y los caldeos. Es sabido la afición que tenían los romanos de consultar a augures, arúspices y oráculos, prácticas que se incrementaron cuando pasaron de ser una austera República y se convirtieron en Imperio. Los emperadores o césares se creyeron divinos y vitalicios, rindiéndoseles un culto que iba más allá del mero aspecto político. Eso tenía su contrapartida: cualquier desastre militar -o incluso de la naturaleza- se le imputaba a la debilidad del soberano. Al emperador Nerón le achacaron el origen del terremoto ocurrido en la Italia meridional, aparte de algún que otro incendio de sobra conocido.

Cualquier persona que tuviera un sueño profético atinente a la suerte del Estado podía comunicárselo al Senado. Julio César creía en los vaticinios, aunque no los hizo mucho caso en los momentos finales de su vida, Tiberio se rodeó de varios astrólogos y Septimino Severo anotaba cuidadosamente los oráculos que se referían a su persona. Hubo una época en que los adivinos se hicieron imprescindibles hasta que fueron prohibidos por los emperadores cristianos.

Diversos autores latinos se encargaron de darnos a conocer estas múltiples supersticiones romanas. Una obra poco conocida de Cicerón (106-43 a.C.), titulada De Adivinatione, recoge algunas de estas creencias: “El tropezar, romper un cordón y estornudar tienen un significado supersticioso digno de atención”. Ovidio, en los Fastos, asegura: “si los proverbios tienen alguna importancia para tí, la gente dice que no es bueno para las esposas que se casen en mayo”.

Pero, sin duda, fue el escritor y historiador latino Plinio el Viejo (23-79 d.C.) el que se encargó de recopilar muchas de las supersticiones que practicaron los romanos y que luego, durante la Edad Media, pasaron a la cultura occidental. Su sobrino, Plinio el Joven, también se dedicó a esta clase de recopilaciones en su Epistolario, aunque con menos empeño. Hay algunas, tan conocidas hoy en día, como entrar en una habitación siempre con el pie derecho (ya mencionada por Petronio) o el exclamar “¡Salud!” cuando alguien estornuda en nuestra presencia (algo que exigía el emperador Tiberio) o bien el llevar consigo una pata de liebre o de conejo como amuleto para aliviarse de ciertas enfermedades o ahuyentar la mala suerte.

En su Historia Natural (enciclopédica obra compuesta por 37 libros sobre distintos aspectos del mundo de la naturaleza), Plinio el Viejo recoge creencias y supersticiones sobre los asuntos y objetos más variopintos, que van desde los alfileres (“tener varios alfileres que se hayan cogido de una tumba clavados en el umbral de una puerta es una protección contra las pesadillas nocturnas”) hasta los nudos (“Para curar las fiebres se suele poner una oruga en un trozo de lino con un hilo pasado tres veces alrededor y atado con tres nudos, repitiendo a cada nudo la razón por la que el mago realiza la operación”).

Se sabe que portaban toda clase de amuletos y que una de las supersticiones más extendidas era la utilización de tablillas (generalmente de plomo) donde aparecían los nombres a los que se quería hacer daño y que luego eran utilizados en un conjuro mágico.

Lo bueno, o lo malo, es que muchas de esas supersticiones las hemos heredado también nosotros…

 

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9 febrero 2018 at 2:49 pm Deja un comentario

Trajano, el emperador sevillano que llevó la alegría a los romanos

Una gran exposición en Roma le rinde homenaje a los 1.900 años de su muerte

Vista de la obra «Trajano recibe embajadores frente a la representación de la ciudad Drobeta», uno de los relieves de las Columnas de Trajano – EFE

Fuente: ÁNGEL GÓMEZ FUENTES ABC
17 de diciembre de 2017

«Optimus princeps», es decir, el mejor entre los emperadores romanos. Este es el título que le dedicó al hispano Trajano el historiador Plinio el Joven, su contemporáneo. Ahora, a los 1.900 años de su muerte, se le rinde homenaje con la exposición «Trajano, construir el Imperio, crear Europa», un título significativo porque se muestra un pasado que sirve para indicar un camino al presente. Para una Europa que afronta tensiones sociales y diversos desafíos como el de la inmigración, la lección de Trajano puede tener actualidad, porque «Trajano fue un soberano atento a las exigencias de su pueblo», según el profesor Claudio Parisi Presicce, que ha ideado esta exposición en el Museo de los Foros Imperiales, en las salas de los mercados que llevan el nombre de Trajano.

Nacido en el año 53 en la ciudad de Itálica, en la Bética, una de las provincias romanas de la Península Ibérica, llamada Hispania por los romanos, Marco Ulpio Trajano fue el primer emperador que no pertenecía a una dinastía imperial. Fue nombrado en el año 98 por sus méritos y no por relaciones familiares. Trajano escaló rápidamente los grados de la carrera militar, demostrando dotes de estratega de guerras y de paz. Supo ser un sabio administrador, ganándose el consenso y la fidelidad absoluta de sus hombres. Por eso el emperador Nerva lo «adoptó» como su sucesor. «Llevó al Imperio a su máxima extensión (6,5 millones de kilómetros cuadrados, de los que 5 millones son los confines actuales de Europa), pero el sentido de sus conquistas no está ligado al de la sumisión, sino al de la inclusión», subraya el profesor Presicce. Esto se evidencia en las siete secciones en que se divide la exposición. Trajano conquistó tierras y pueblos, pero lo hizo implantando reformas sociales, potenciando las infraestructuras más remotas, aplicando buena administración y leyes, sin olvidar nunca la capacidad de persuasión para mantener el consenso y el afecto del pueblo.

Guerrero

«Trajano era un guerrero, lo indican las fuentes, pero lo que ganaba en la guerra lo invertía en el territorio», destaca uno de los tres comisarios de la exposición, Lucrecia Ungaro, explicando que el emperador hispano se concentró tras las guerras en la construcción, viendo cómo el comercio se extendía y el Estado se enriquecía con la pacificación. Por eso, Plinio el Joven le dedicó llamativas alabanzas: «Trajano supo traer alegría a los romanos. Él nos ordenó ser felices, y lo seremos».

Trajano es conocido por su amplio programa de construcción de edificios públicos. Aún perduran numerosos monumentos, como el Foro de Trajano, los mercados que también llevan su nombre y la famosa Columna Trajana, situada en el foro, un monumento de mármol de Carrara de 38 metros de altura, incluyendo el pedestal en el que está la tumba que conserva sus cenizas y las de su mujer, Plotina. La columna está decorada con 135 bajorrelieves en espiral para conmemorar sus victorias en Dacia (actual Rumanía), tras cruentas campañas desde el año 101 al 106. El recorrido de la exposición aprovecha el gran poder evocador de estos monumentos, así como del genial arquitecto civil y militar Apollodoro di Damasco, que gozó de la plena confianza de Trajano.

Una estrella «pop»

La exposición parte de la sección que recuerda su muerte en el año 117 en Asia Menor, donde cayó enfermo. Se convirtió en el primer emperador en morir fuera de Roma. La comisaria Lucrecia Ungaro resalta que la exposición pretende ofrecer un conocimiento en profundidad del personaje histórico, pero en una clave «pop», lo que significa «para todos, popular, porque no es para especialistas, sino que lleva a la atención de todos los públicos materiales extraordinarios. Hemos querido contar la historia, la construcción del Imperio teniendo presentes cuáles son hoy los confines legales de Europa».

Por su parte, el profesor Presicce subraya que «Trajano fue un constructor material y simbólico»: «Esta idea de construcción -añade Presicce- hemos querido unirla a Europa, que nace siglos después, pero que nos restituye el sentido de sus conquistas, en las que no hay sumisión, sino inclusión». La exposición refleja la dedicación de Trajano por mejorar los territorios conquistados con monumentos, calzadas, puertos, puentes o termas. Entre esas obras destacan el puente sobre el Danubio o el de Alcántara (Extremadura), denominado de Trajano. Todo ello sirvió para unificar el Imperio y dar una imagen de vida civil y cultura común. El recorrido se completa con extraordinarias piezas arqueológicas, bustos y monedas de la época. Trajano pertenecía a una óptima familia (Ulpia) de la rica Bética.

En la exposición se recuerdan también las mujeres que rodearon al emperador: su hermana Marciana, su mujer, Plotina; y su sobrina Matidia, a las que dedicó estatuas, monumentos e inscripciones. Las tres recibieron el título honorífico de Augusta. Fueron mujeres de poder con influencia sobre Trajano. Justo antes de morir designó como sucesor a Adriano, casado con Sabina, una sobrina nieta de Trajano. Durante casi un año, hasta el 16 septiembre de 2018, el emperador hispano, convertido en estrella «pop», será celebrado en Roma, que lo consideró el mejor hombre del Imperio.

 

17 diciembre 2017 at 8:19 pm Deja un comentario

La moneda hallada en Pompeya que cambia la historia

Fuente: Claudia Ausilio  |  Vesubio Live
12 de septiembre de 2017

Durante siglos se ha creído que la erupción del Vesubio, que destruyó las ciudades de Pompeya y Herculano, tuvo lugar el 24 de agosto del año 79 d.C.

Pero una moneda, hallada en Pompeya, podría cambiar la historia de ese día y más aún. La fecha de la erupción está documentada en las cartas de Plinio el Joven, donde se atestigua que se habría producido “Nonum Kal. Septembres”, es decir, nueve días antes de las Kalendas de septiembre (24 de agosto).

Siglos después de aquella terrible tragedia los arqueólogos especulan con la posibilidad de que el catastrófico evento hubiera tenido lugar en otoño, teoría apoyada por el hallazgo de frutas y frutos secos carbonizados, braseros y vino en fase de envejecimiento y precisamente el 24 de de octubre de ese año.

Reforzaría esta tesis la moneda en cuestión, hallada en el tesorillo de la “Casa del Brazalete de Oro” perteneciente a un pompeyano que huía de la furia del volcán. Se trata de un denario de plata con el rostro del emperador Tito (79-81 d.C.) impreso y al lado la inscripción “IMP XV”, haciendo mención a la decimoquinta aclamación imperial del “princeps“, que Tito habría recibido no antes de septiembre del 79 d.C., un terminus post quem para la fecha de la destrucción de la ciudad.

Sin embargo, debe tenerse también en cuenta otra investigación: la de la Dra. Teresa Giove, responsable del MANN. En la presentación de la moneda en el catálogo de la exposición “Historias de una erupción” sostiene que, después de una cuidadosa limpieza del denario, la leyenda resultante sería IMP IIII y no IMP XV.

La moneda, junto con otros hallazgos, se ha conservado durante años en los depósitos de la superintendencia y del Museo Arqueológico de Nápoles, pero ahora está de vuelta con la exposición “Tesoros bajo el lapilli” en el Antiquarium de Pompeya, que puede visitarse hasta el 31 de mayo.

 

14 septiembre 2017 at 7:49 pm Deja un comentario

Así se enfriaban las bebidas antes de que existiera el frigorífico

Refrescar el vino, el agua o la cerveza no era tan sencillo hace siglos. ¿Cómo lo hacían?

Fuente: IKER MORÁN  |  LA VANGUARDIA
21 de agosto de 2017

Por mucho que algunos se empeñen en servir el vino tinto a temperatura ambiente –olvidando que eso significa 18 grados de bodega y no 40 de España en agosto­­– lo de refrescar las bebidas es un noble y antiguo arte que ya se practicaba hace miles años. Sin sistemas de refrigeración más allá del agua y la nieve, griegos y romanos idearon ingeniosas maneras y recipientes para enfriar las bebidas y mantenerlas frescas, convirtiendo la temperatura a la que se servía una copa en casi un símbolo de estatus social.

¿Tinto o blanco, Nerón? Da igual, pero que esté bien frío. Más allá del pésimo chiste, en realidad este mediático emperador romano que ha pasado a la historia con no muy buena fama hizo unas cuantas aportaciones al tema, descubriendo que hervir el agua o la nieve antes de almacenarla y enfriarla en grandes jarras era una forma más segura de beberla.

Nerón, emperador romano (Luso / Getty)

Incluso se cuenta que mientras esperaba su muerte pidió un poco de su agua destilada y fresca. Y es que, aunque botijos y botas de vino son, posiblemente, los dos primeros inventos que nos vienen a la cabeza por estas tierras al hablar de bebidas frías sin necesidad de recurrir a neveras y congeladores, en realidad la historia se remonta muchos siglos atrás.

Almacenar el hielo

Los primeros vestigios de lo que podríamos llamar la domesticación del frío nos sitúan en las civilizaciones chinas y persas y sus construcciones expresamente diseñadas para conservar la nieve durante más tiempo o producir hielo durante el invierno y luego mantenerlo bajo tierra en invierno.

El Yakhchāls de Meybold en Irán (Wikipedia)

Son los llamados yakhchāls persas –el de Meybold en Irán es uno de los mejor conservados­–, auténticas obras de ingeniería de la refrigeración para la época. El sistema se basaba en apilar la nieve o el hielo de forma vertical, con un sistema de drenaje inferior para el agua. De esta forma se consigue helar la parte inferior a base de acumular nieve, creando un sistema de frío que permitía conservar el hielo durante meses, incluso en pleno clima mediterráneo.

Aunque estas construcciones en sus diferentes épocas y modalidades también sirvieron para almacenar comida en algunas ocasiones, en realidad el hielo no tenía esta función conservante. En el mediterráneo, el secado y salado de los alimentos eran las técnicas más habituales, con lo que el uso del hielo quedaba reservado para el transporte de los alimentos frescos o para las bebidas.

El vino frío romano

Un fresco en Villa Misterios (Pompeya) (Flory / Getty)

“Parece que para algunos la bebida nunca está suficientemente fría ni la comida demasiado caliente”, protestaba Séneca ejerciendo de crítico gastronómico en versión estoica y relacionando la moda de enfriar el vino, la cerveza –considerada siempre una bebida de segunda categoría– o el agua con la decadencia de occidente.

Sí, más o menos como cuando a un purista del vino ahora se le habla de sangría o echar hielo a la copa, pero en versión filosófica y de hace unos cuantos siglos. Pese a ello, disponer de hielo o nieve para la comida era todo un lujo, y quienes han investigado sobre este tema suelen mencionar un escrito de Plinio el Joven pidiéndole a un invitado que faltó a su cita que se hiciera cargo de la factura del hielo.

Psykter (audioworm / Getty)

Seis siglos antes de cristo los griegos ya idearon lo que casi podríamos considerar la tatarabuela de las actuales cubiteras para el vino: la psykter. Se trata de una vasija circular y con una forma diseñada expresamente para enfriar el vino. La bebida se colocaba en el interior y esta vasija se dejaba flotando sobre agua fría o con nieve.

Además, los relieves y dibujos con los que solían decorarse estaban pensados para verse en sentido circular, mientras la vasija iba girando dentro del agua y los comensales podían seguir la historia contada a través de los dibujos. ¿Verdad que esa camisa de hielo que ahora colocamos a la botella ya no parece un invento tan elegante?

Sin sistemas de refrigeración más allá del agua y la nieve, griegos y romanos idearon ingeniosas maneras para enfriar las bebidas”.

 

21 agosto 2017 at 2:00 pm Deja un comentario

Así era la Roma imperial: Un paseo por la ciudad eterna

En torno al año 300 d.C., quienes visitaban Roma no dejaban escapar la ocasión para tomar un baño en las termas de Caracalla, ver una carrera de cuadrigas en el circo Máximo o ir de compras por los mercados de Trajano

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La vía Sacra transcurría por el centro de Roma, entre el Capitolio, el Foro y el Coliseo. En esta imagen se ve el tramo que atraviesa el Foro, con el arco de Tito al fondo. l. Vaccarella / Corbis / Cordon Press

Por Elena Castillo. Profesora de Arqueología Clásica. Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 142

Hacia el año 300 d.C., aunque ya mostraba signos de decadencia, Roma seguía siendo la ciudad más poblada del Mediterráneo, con unos 700.000 habitantes, y concentraba en el interior de sus murallas los principales núcleos administrativos y comerciales del Imperio. Ciudadanos de todo el mundo acudían a la metrópoli para resolver asuntos judiciales, para establecer contactos comerciales o, simplemente, para admirar sus sofisticadas infraestructuras y los magníficos monumentos de un pasado glorioso.

Los viajeros accedían a la ciudad a través de diecisiete puertas abiertas en la muralla que Aureliano había mandado construir en el año 271 d.C. para proteger la capital de las incursiones bárbaras. Una de las más frecuentadas era la Porta Ostiensis. Quienes viajaban por mar desembarcaban en Ostia (Roma tenía un puerto fluvial, pero allí sólo se transportaban mercancías), donde tomaban un carro de pasajeros tirado por mulas, la cisia, que los acercaba a la capital por la vía Ostiense en menos de dos horas. En el trayecto en carro se alcanzaban a ver las salinas del Tíber y los cientos de esclavos y bueyes que servían para arrastrar río arriba las pequeñas naves cargadas con los productos necesarios para abastecer las necesidades de una ciudad densamente poblada.

Conforme el viajero se acercaba a la ciudad podía ver las numerosas tumbas situadas a ambos lados de la vía y tal vez tropezaba con algún cortejo fúnebre, precedido por flautistas y plañideras, que guiaba al difunto y a sus familiares y amigos hasta el sepulcro. Sin duda, no dejaría de fijarse en una tumba en forma de pirámide erigida por un liberto adinerado del siglo I a.C., justo al lado de la puerta. Allí mismo dejaría el carro en la estación de cambio (mutatio) cercana a la puerta de la muralla, en la que se podía dar de beber y de comer a los animales antes de emprender el camino de regreso con nuevos pasajeros, y acto seguido se adentraba en la bulliciosa metrópoli.

La llegada a la Urbe

Antes de empezar a callejear, si lo requería, el viajero podía aliviarse en los retretes públicos, letrinas situadas junto a la puerta de la muralla y comer algo en alguna de las numerosas posadas (llamadas cauponae o tabernae) que ofrecían raciones de jamón, queso, aceitunas y vino. Desde la puerta tenía la opción de tomar un camino por la izquierda que lo llevaba al puerto fluvial de Roma, el llamado Emporium, donde se alzaban los inmensos graneros de la Marmorata. El ambiente allí era de ajetreo incesante. Elio Arístides, un retórico griego del siglo II d.C., afirmaba en su Elogio de Roma que en el puerto del Tíber «confluye de cada tierra y de cada mar lo que generan las estaciones y producen las diversas regiones, ríos, lagos y las artes de los griegos y de los bárbaros. Si uno quiere observar todas estas cosas, tiene que ir a verlas viajando por todo el mundo conocido o venir a esta ciudad, pues cuanto nace y se produce en cada pueblo es imposible que no se encuentre siempre aquí y en abundancia».

En efecto, al puerto fluvial de Roma llegaban cargamentos de la India y de Arabia, tejidos babilonios, adornos de las regiones bárbaras, mármoles griegos y africanos, aceite hispano y, principalmente, toneladas de trigo de Sicilia y de Egipto, que se depositaban en los almacenes del puerto, los horrea. La mayor parte de ese trigo se distribuía después gratuitamente por las panaderías industriales diseminadas por la ciudad para asegurar el pan a los más pobres. Cerca del puerto había numerosos hornos de pan (Forum Pistorium) así como dos grandes mercados: uno de frutas y verduras (Forum Holitorium) y otro de carne (Forum Boarium). Las ánforas en las que llegaban envasados el aceite y el vino, una vez vaciadas se rompían y se tiraban a un depósito al sur del puerto fluvial, que terminó convirtiéndose en una colina artificial de treinta metros de altura y de un kilómetro de circunferencia, conocida hoy como el monte Testaccio.

Si el viajero deseaba evitar el jaleo del puerto, podía, desde la puerta Ostiense, emprender la subida al monte Aventino siguiendo el camino denominado vicus portae Radusculanae. El Aventino era una de las zonas más venerables  de Roma. Allí se había alzado la acrópolis desde la que la plebe romana se había enfrentado a los patricios y que había albergado numerosos templos. Hacia 300 d.C. éstos se hallaban ya deteriorados, como el templo de Diana –copia del Artemision de Éfeso– y los santuarios de Ceres, Libero y Libera. Cercanos a éstos, en los últimos tiempos habían surgido templos dedicados a dioses orientales, como Júpiter Doliqueno, Mitra e Isis. Las casas populares que cubrían el monte en tiempos de Augusto habían sido sustituidas paulatinamente por refinadas residencias aristocráticas, que gozaban de una ubicación excelente, cercana al centro neurálgico de la ciudad y con vistas incomparables sobre Roma. No era de extrañar que en un lugar tan privilegiado hubieran tenido su residencia personajes como Trajano y Adriano antes de ser nombrados emperadores.

Una tarde en el circo

En la ruta hacia el circo Máximo, el camino pasaba por los aledaños de dos termas privadas de lujo, las Suranae y las Decianae, y de las termas públicas construidas por el emperador Caracalla, que podían acoger a 1.600 bañistas por turno y en torno a 8.000 personas al día. Las termas de Caracalla no eran tan grandes como las establecidas por el emperador Diocleciano al norte de la ciudad, entre los barrios del Quirinal, el Viminal y el Esquilino, pero ofrecían igualmente magníficas piscinas de agua caliente y fría y pórticos y jardines en los que se podían contemplar bellas esculturas y asistir a conciertos y recitales poéticos.

Continuando el paseo hacia el norte se llegaba al circo Máximo, el mayor edificio de espectáculos con el que contó Roma. Fundado en el siglo VI a.C., fue objeto de continuas restauraciones y ampliaciones hasta dar acogida a nada menos que 385.000 espectadores. En él se desarrollaban principalmente carreras de caballos al menos una vez a la semana. Asistir a uno de los ludi circenses resultaba una experiencia inolvidable. Según recordaba el obispo cristiano Juan Crisóstomo: «El edificio se llena hasta las últimas gradas. Las caras son tan numerosas que el corredor superior y el techo mismo quedan escondidos por la masa de espectadores y no se ven ni ladrillos ni piedras, sino que todo es rostros y cuerpos humanos». Eran frecuentes, además, las representaciones teatrales en el teatro de Marcelo y, sólo diez días al año, los cuestores de la ciudad pagaban juegos gladiatorios y cacerías (venationes), que tenían lugar en el anfiteatro Flavio, el Coliseo. Hay que tener presente que en el siglo IV había 177 días festivos en el calendario romano, aunque el pueblo sólo abandonaba sus ocupaciones para ir a los espectáculos durante algunas horas.

El ajetreo del foro

Desde el Coliseo, el viajero se vería sin duda arrastrado hacia la zona de los foros, tanto el de época republicana como los adyacentes construidos por Julio César, Augusto, Vespasiano, Nerva y Trajano. Ésta era sin duda la zona más concurrida y bulliciosa de la ciudad. En el Foro romano, en particular, se podía encontrar todo tipo de personas dedicadas a los oficios más diversos, no siempre respetables. El comediógrafo Plauto había descrito así el ambiente del foro: «Los maridos ricos y los derrochones se pueden buscar en los alrededores de la basílica; allí también están las mujeres de mala vida y los negociantes sin escrúpulos […] En la parte más baja del Foro pasean las personas honestas y los ricos, y en el centro, los fanfarrones. Bajo los viejos talleres, están los usureros. En el vicus Tuscus se encuentran los hombres que comercian con su cuerpo; en el Velabro, el panadero, el carnicero, el arúspice [adivino], los embrollones…». Por encima de las voces de todos ellos se podía oír al pregonero anunciando los espectáculos patrocinados por los ricos o a algún orador que pronunciaba sobre la nueva tribuna el elogio fúnebre de un difunto, acompañado por el clamor de tubas y cuernos; e incluso podían aparecer los senadores reunidos sobre las escalinatas de alguno de los templos de la plaza. Como apuntaba Plauto, por la noche, después de que las tiendas, los talleres y las oficinas de la administración pública hubieran cerrado, el Foro se convertía en lugar de encuentro para la prostitución, tanto masculina como femenina, aunque existían también prostíbulos (lupanares) repartidos por toda la ciudad.

Si el forastero que visitaba Roma quería ir de compras, lo primero que tenía que hacer era cambiar moneda en el puesto de un banquero, que solía encontrarse en el centro de los mercados permanentes (macella). Después podía adquirir productos de mayor calidad en las tiendas cercanas al Foro o en las instaladas dentro de los mercados de Trajano, el mayor centro comercial de Roma, o bien buscarlos a bajo precio en los puestos ambulantes de los mercadillos que se organizaban en los barrios cada nueve días (nundinae).

Barrios bulliciosos

Separado del foro de Augusto por un alto muro de piedra, que servía también de cortafuegos, se encontraba el barrio de la Subura, famoso como centro de prostitución. La calle que atravesaba el barrio, el clivus suburanus, era una áspera vía siempre interrumpida por el lento paseo de las recuas de mulas, según describe Marcial, con el empedrado sucio y mojado por el agua de la fuente de Orfeo. Más allá de aquella fuente comenzaba un barrio de fastuosas mansiones dotadas de grandes peristilos internos, como la que habitó Plinio el Joven. Con la Subura colindaba por el noreste el Sambucus, un barrio popular de callejones tortuosos e irregulares y de casas rústicas, dotadas de pequeños postigos, corrales y huertos, donde los vecinos se despertaban cada mañana con el canto de los gallos.

Paseando por aquellos barrios, el viajero podía tener la falsa sensación de estar en un pueblo. Pero si dirigía sus pasos hacia la vía Flaminia, que partía desde el Foro hacia el norte de Roma, encontraría un panorama de grandes bloques de apartamentos (insulae), de entre tres y ocho plantas. Las vertiginosas torres de viviendas que «parecían alcanzar las nubes», según describen los poetas romanos, eran grandes moles de ladrillo organizadas en torno a un patio de luz interno, con accesos y escaleras colocados en diversos lados y dotados de amplios balcones. En cada esquina del edificio había una fuente y a lo largo de la calle se levantaba un amplio porticado, sobre el que se abrían diferentes negocios en los que vivían hacinados los esclavos que los gestionaban. Los mejores apartamentos estaban en los pisos bajos, mientras que los más pequeños y peor ventilados ocupaban los pisos más altos.

Pasada la jornada en medio del bullicio de la gente, el ruido de los carros, las continuas y repetitivas cantinelas de los vendedores o los malos olores de las lavanderías y los mercados, llegaba el momento de buscar alojamiento para la noche. Lo más habitual era alojarse en casa de un ciudadano con el que la familia tenía un pacto de hospitalidad, el cual se demostraba mediante una tessera hospitalis, un objeto, normalmente en bronce, compuesto por dos partes que encajaban entre sí. Según las normas de hospitalidad, el anfitrión debía recibir a su huésped, hacer un sacrificio en su nombre, prepararle un baño, servirle una buena cena, darle conversación, ofrecerle una cama cómoda y colmarlo de regalos a su partida. Pero si no era así, había que conformarse con un camastro en el piso superior de una caupona, un bar normalmente mugriento y oscuro, en donde se daban cita borrachos, jugadores y prostitutas.

Para saber más

La ciudad antigua. La vida en la Atenas y Roma clásicas. Peter Connolly. Acento, Madrid, 1998.
Un día en la antigua Roma. A. Angela. La Esfera de los Libros, Madrid, 2009.

12 noviembre 2015 at 8:27 am 2 comentarios

Los muertos de Pompeya contradicen la tradición sobre la fecha de la erupción

La erupción del Vesubio que sepultó Pompeya en el año 79 d.C. podría haber ocurrido dos meses después de lo que marca la tradición literaria, a finales del mes de noviembre y no de agosto, según revelan los últimos estudios sobre la población del pueblo romano.

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El superintendente de Bienes Culturales de Pompeya y Herculano, Massimo Osanna, durante la entrevista con Efe en la que ha explicado las últimas investigaciones del Gran Proyecto Pompeya. EFE

Fuente: EFE  |  YAHOO Noticias

Toledo, 8 nov.- En el momento de su muerte, las víctimas vestían prendas de lana, un vestuario que parece inapropiado llevar un 24 de agosto, día en que Plinio el joven, que vio la erupción desde el otro lado del Golfo de Nápoles, situó el suceso: “El noveno día antes de las calendas de septiembre”.

Además, en el escenario de la erupción se han encontrado numerosas granadas, una fruta más propia del mes de noviembre que de agosto y que vuelve a poner en cuestión el relato de Plinio, quien narra la erupción del Vesubio en una carta enviada al historiador Tácito, escrita unos veinticinco años después.

Las dudas sobre la fecha del suceso han surgido tras el análisis de los cuerpos encontrados en el yacimiento, según explica en una entrevista con Efe el superintendente de Bienes Culturales de Pompeya y Herculano, Massimo Osanna, durante su visita a la ciudad de Toledo para participar en el máster sobre patrimonio histórico organizado por la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM).

Osanna, no obstante, plantea que existe otra teoría que avala en parte la versión del joven escritor: las víctimas podrían haberse vestido con prendas de lana, precisamente, para protegerse de las temperaturas extremas y las piedras volcánicas.

Algo que sí está más claro es que los habitantes de Pompeya no tenían caries sino los dientes perfectos gracias a una alimentación baja en azúcares, típica de la dieta mediterránea, que consumían no sólo las élites sino también los estratos más bajos de la población.

Esta información de unos seres humanos que murieron hace 2.000 años se ha conseguido tras hacer a los cuerpos encontrados en las excavaciones de Pompeya tomografías axiales computerizadas (TAC).

Las tomografías se realizan a los moldes de yeso que se tomaron en el siglo XIX gracias a la idea del director de Pompeya Giuseppe Fiorelli de rellenar los huecos dejados por los cuerpos al descomponerse y, con ello, conseguir un molde de las víctimas en el momento preciso de su muerte.

“Los huesos pueden dar muchas informaciones sobre el estatus social, la dieta, las patologías o las costumbres”, afirma Osanna, quien explica que también se está realizando un proyecto de musealización de los productos de la dieta mediterránea encontrados en Pompeya, la antigua residencia de verano de los nobles romanos y una de las paradas más importantes de la vieja Vía Apia.

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Massimo Osanna, durante la entrevista con Efe. EFE

Por las ruinas de Pompeya pasan cada año casi tres millones de turistas, algo “positivo porque dejan mucho dinero”, afirma el responsable del yacimiento, pero arriesgado al mismo tiempo, porque se trata de miles de personas “pisando cada día el mismo mosaico” o incluso algunos escribiendo sus nombres en las piedras.

Un problema que han resuelto con la instalación de sistemas de videovigilancia y con la contratación de cuarenta nuevos vigilantes en el marco del denominado “Gran Proyecto Pompeya”, un plan de conservación cofinanciado por la Unión Europea (UE), que, tras haber estado en riesgo de suspenderse, se ha logrado ampliar hasta 2017, dos años más de lo previsto inicialmente.

“Este no es un tiempo para relajarse, es un tiempo para hacer bien las cosas”, afirma Osanna, quien recuerda que la Unesco, que declaró Pompeya patrimonio de la humanidad en 1997, “aconsejó vivamente seguir con el proyecto, porque los resultados logrados eran muy buenos”.

Con todo ello, el superintendente de Bienes Culturales de Pompeya y Herculano recalca la importancia de la restauración y la conservación.

Y desde la ciudad de Toledo, patrimonio de la humanidad desde 1986, aconseja para estos lugares elaborar “un plano de documentación y conocimiento”, un “archivo informático con una documentación extensiva de todo”, con el fin de no perder el patrimonio.

8 noviembre 2015 at 6:47 pm 1 comentario

Arqueólogo italiano aclara fecha de erupción del Vesubio que destruyó Pompeya

La fecha comúnmente aceptada de la destrucción de la ciudad antigua de Pompeya no se corresponde con la realidad, declaró el famoso arqueólogo italiano Antonio De Simone, profesor de la Universidad de Nápoles Suor Orsola Benincasa.

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Foto: © Flickr/Paul Asman and Jill Lenoble

Fuente: Sputnik Mundo    28/10/2015

Según la versión actual, que se basa en cartas de un testigo de la catástrofe, el escritor de la antigua Roma Plinio el Joven, la erupción del Vesubio tuvo lugar el 24 de agosto de 79 d.C. En su carta al historiador Tácito describe la catástrofe.

“Es muy natural que los testimonios de Plinio el Joven, incluida la fecha de la erupción, durante mucho tiempo no se pusieran en duda”, indicó el especialista que llevó muchos años en las excavaciones en Pompeya.

Sin embargo, “durante las excavaciones de muchos años, mis colegas y yo llegamos a la conclusión de que la fecha más probable es el 24 de octubre”.

Simone explicó que al analizar vaciados de yeso de los objetos y las personas, los científicos repararon en que la ropa de los fallecidos estaba hecha de un tejido tupido, “lo que no se corresponde al tiempo caluroso de agosto”.

Luego los científicos obtuvieron otro dato que confirmó que la erupción tuvo lugar en otoño: “la tragedia se produjo cuando se había terminado la vendimia, y en las cestas había nueces y racimos”.

Simone subrayó que el original de Cartas de Plinio el Joven no se conservó y los historiadores usan en sus trabajos los manuscritos más tardíos.

El arqueólogo mencionó que, según otras obras de Plinio el Joven, la tragedia tuvo lugar el 24 de octubre.

29 octubre 2015 at 12:01 am Deja un comentario

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