Posts tagged ‘Pericles’

Vivir sin impuestos: La lección de la Antigua Grecia al mundo moderno

Los impuestos no eran obligatorios pero aún así los ricos siempre daban más de lo esperado, todo por el honor y la gloria

Fuente: Dominic Frisby  |  EL MUNDO
10 de julio de 2017

Imaginemos un impuesto progresivo o, en otras palabras, un impuesto que recae sobre aquellos que pueden pagar más. Que tiene como resultado que los ricos pagan de manera voluntaria más de lo que están obligados a pagar en lugar de intentar escaquearse. Un impuesto cuyo destino lo decide quien paga. Un impuesto que conlleva poca burocracia. Tenemos muchas cosas que agradecer a los antiguos griegos: las matemáticas, la ciencia, el teatro, la filosofía…Y a esto habría que añadir su sistema impositivo, o, más bien, la falta del mismo.

Los griegos situaron los impuestos en el terreno de la ética: la libertad o el despotismo de una sociedad se podía medir por su sistema impositivo. Deberíamos admirarlos no tanto por su manera de recaudar impuestos, sino por cómo no lo hacían. La renta no se gravaba. Las tasas no eran la manera en que los más pudientes compartían su riqueza con el pueblo. En su lugar, existía una alternativa voluntaria para hacerlo: la liturgia.

La palabra liturgia, del griego leitourgia, significa servicio público o el trabajo de la gente. La idea de la beneficencia estaba profundamente arraigada en la psicología de los griegos, lo cual tenía sus orígenes en la mitología. El titán Prometeo creó la Humanidad y fue su mayor benefactor, regalándole el fuego que había robado del monte Olimpo. La diosa Atenea dio a los ciudadanos el olivo, símbolo de la paz y la prosperidad, y de ahí viene el nombre de la ciudad de Atenas.

El filósofo Aristóteles desarrolló este tema. Su hombre magnífico donaba enormes sumas a la comunidad. Pero las personas pobres nunca podían llegar a ser magníficas porque no disponían de los recursos financieros para ello. En El arte de la retórica, Aristóteles planteaba que la verdadera riqueza consistía en hacer el bien, en dar dinero y regalos, en ayudar a la existencia de los otros. El físico Hipócrates, fundador de la medicina, también creía en la responsabilidad social: «Ofreced vuestros servicios de vez en cuando a cambio de nada, recordando un acto previo de beneficencia o una satisfacción presente. Y si existe la oportunidad de servir a un desconocido en apuros económicos, ofrecedle una asistencia completa», recomendaba a los doctores.

Puede que la ciudad necesitara algún tipo de mejora en su infraestructura, como por ejemplo un puente nuevo. O que hubiera una guerra en ciernes para la que urgía financiación. Quizás se hacía necesaria algún tipo de festividad. Entonces se apelaba a los ricos. No sólo se esperaba de ellos que pagaran el evento, sino también que lo llevaran a cabo: supervisarlo era su responsabilidad.

La idea subyacente era que los más acaudalados asumieran los gastos de la ciudad, dado que disfrutaban de una parte desproporcionadamente grande de la riqueza de la comunidad. Ni la ley ni la burocracia obligaba a tales contribuciones, sino la tradición y sentimiento público. La motivación de los liturgos era la beneficencia, un sentido del deber público y, sobre todo, la recompensa en forma de honor y prestigio. Si un encargo era llevado a cabo correctamente, la posición del patrón entre la élite a la que pertenecía, así como entre la gente corriente, se elevaría. Si bien en el periodo inicial de la antigua Grecia sólo los guerreros podían convertirse en héroes, más tarde los liturgos también optaron a dicho estatus actuando en el interés público y por el bienestar de los otros. El resultado fue que muchos comenzaron a donar más de lo que se esperaba de ellos, hasta tres y cuatro veces más, un fenómeno a años luz de la cultura actual de pagar tan poco como sea legalmente posible.

Los Juegos Panatenaicos fueron fundados por ciudadanos pudientes que los donaron a la ciudad, igual que sucedió con el Festival de Teatro de Dioniso. La coregía consistía en seleccionar, financiar y entrenar a equipos y artistas para participar en competiciones atléticas, teatrales o musicales en los muchos festivales religiosos de Atenas. Ser un corego era un honor. Muchos donaban más del mínimo exigido. Compartían tanto los elogios hacia sus atletas como los premios que estos recibían. Se erigían trípodes de bronce y monumentos -muchos de los cuales aún están en pie- en honor al corego que había patrocinado los mejores trabajos.

Muchos edificios de la antigua Grecia fueron también construidos por benefactores que competían por honor. Un ejemplo es el Stoa Poikile, Pórtico Pintado o Pórtico de Pisianacte, en Atenas, donde se enseñaba el estoicismo y se exponían pinturas y botines de guerra. Muchos de los trabajos de la Acrópolis, y es posible que incluso el Partenón, se financiaron mediante la liturgia. Aunque no hay evidencia sólida de esto último, el templo albergaba una escultura de culto criselefantina de Atenea, obra del escultor Fidias -que supervisó la construcción del Partenón-, y que llegó gracias a la liturgia (costó más que el propio templo).

La liturgia más prestigiosa e importante, y la más cara con diferencia, era la marina de guerra, conocida como trierarquía. Los trierarcas tenían que construir, mantener y operar un barco de guerra, un trirremo. Los trirremos representaban la principal fortaleza de la marina de Atenas, y mantenían las líneas comerciales libres de piratas. Dado que Atenas era un centro de comercio (de hecho, las tasas comerciales eran otra fuente de ingresos del gobierno), su papel era esencial. En muchos casos también se esperaba del trierarca que se pusiera al frente del barco, a menos que eligiera dejar la lucha en manos de un especialista pagando una concesión.

En Atenas había entre 300 y 1.200 liturgos, dependiendo de la necesidad (en tiempos de guerra el número aumentaba), y la clase litúrgica se renovaba constantemente. Por lo general los responsables de la liturgia eran voluntarios, aunque en ocasiones los nombraba el Estado. También había liturgias mayores y menores, según el patrimonio del liturgo.

No hay duda de que el sistema se explotaba en beneficio personal, concretamente político. Antes de convertirse en general de Atenas, Pericles dejó huella con la obra de teatro Los persas de Esquilo en Las grandes dionisíacas, una liturgia con la que demostró su espíritu benefactor. Su principal rival político, Cimón, hizo lo mismo, y regaló grandes porciones de su enorme fortuna personal ganándose así el favor del público.

Los liturgos que no querían participar se arriesgaban al escarnio público. Pero también había excepciones, concretamente aquellos con otras liturgias en marcha o que ya habían prestado servicios a la ciudad. Y existía la antidosis. Un liturgo podía argumentar que otro ciudadano era más rico que él y por tanto más capaz de asumir el peso económico de la liturgia. Ese otro ciudadano tenía entonces tres opciones: aceptar la liturgia, someterse a un juicio en el que un jurado dirimiría quién era más rico, o intercambiar patrimonio. Un sistema bastante efectivo para determinar cuán rico era alguien frente a lo que afirmaba serlo.

La belleza del sistema de la liturgia residía en que las obras públicas tendían a financiarse y ser dirigidas por gente con experiencia, más que por un funcionario estatal que se hacía menos responsable. Así toda la comunidad se beneficiaba tanto de la riqueza como de la experiencia personal del liturgo, sin burocracia ni intervención gubernamental. El trabajo tendía a hacerse bien porque este último se jugaba su reputación.

En esta era de los super ricos, quizás es hora de revivir la liturgia. Funcionó para los atenienses y podría funcionar también para nosotros.

Dominic Frisbyn es londinense y escribe sobre Economía. Es autor de ‘Bitcoin:¿el futuro del dinero?'(2014) y ‘Vida después del Estado (2013), así como el coautor de documental ‘Los cuatro jinetes'(2012). Publicado originalmente en Aeon Media. Síguelo en Twitter: @aeonmag

 

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10 julio 2017 at 9:13 am Deja un comentario

La sagrada Acrópolis de Atenas

Recorremos este magnífico testimonio de la época dorada de la Grecia antigua

Desde lo alto de la colina sagrada. En la cima del monte sagrado, la Acrópolis contempla el paso de los siglos sobre la ciudad de Atenas. En ella se reúnen los símbolos de la época de mayor esplendor de la Grecia antigua, el siglo V a.C., todos construidos en un mármol reluciente que el tiempo y las numerosas vicisitudes han transformado en uno de los vestigios antiguos más admirados del planeta. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC
17  de marzo de 2017

Poseidón y Atenea se disputaron una vez el corazón de los atenienses y el nombre de su ciudad. En lo alto de la colina de la Acrópolis, el dios del mar clavó su tridente mientras que la diosa de la sabiduría y la guerra plantó un olivo. El resto de divinidades declararon a Atenea ganadora del singular combate y los habitantes le dedicaron la mayoría de los templos.

Mitología e Historia se entrecruzan a lo largo del recorrido por este recinto de templos que se eleva sobre los populosos barrios de la capital griega. Habitada ya en el Neolítico (4.000-3.000 a.C.), fortificada durante la época micénica y destruida por los persas, la Acrópolis ganó su monumentalidad de la mano de Pericles, gobernador de Atenas entre los años 461 y 429 a.C., quien la dotó de templos con estatuas de bronce y de mármol, pintadas o recubiertas de oro y piedras preciosas.

Acudir a la Acrópolis por aquel entonces equivalía a penetrar en el Olimpo, un templo de templos. El visitante quedaba maravillado desde la misma entrada, donde se erigían la estatua de nueve metros de Atenea Promakos (Campeona) y el conjunto de los Propileos, un vestíbulo con cinco puertas, techo pintado con estrellas doradas, una pinacoteca y varios altares.

Al salir de los Propileos, la vía Panatenaica conducía al Partenón, el colosal edificio dórico terminado el año 438 a.C. que albergaba una estatua de doce metros de Atenea Partenos (Virgen). En el sector norte se erigía el Erecteion, allí donde Atenea y Poseidón se disputaron el nombre de la ciudad y la veneración de sus habitantes. Y mientras las oraciones se realizaban en lo más alto, los espectáculos tenían lugar en el teatro de Dionisos, en la ladera, un “templo” de las artes.

La originalidad del Erecteion. Construido entre el año 421 y el 406 a.C, el Erecteion es uno de los edificios más originales de la Grecia clásica. Debido a que las irregularidades del terreno del monte sagrado no podían anivelarse, el arquitecto construyó un templo único cuyas naves y pórticos quedan a diferentes alturas unas de otras. En el lugar del templo se encontraban las tumbas de Cécrope y Erecteo, míticos reyes griegos, y los regalos que Poseidón y Atenea habían ofrecido a los atenienses durante la lucha por la posesión de la ciudad: un pozo de agua salada y un olivo respectivamente. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

Columnata de las Cariátides. En la parte sur del templo se puede contemplar el majestuoso pórtico de las cariátides, que además ofrece una instantánea única sobre la gran extensión urbana de Atenas. La leyenda dice que, puesto que los gobernantes de la ciudad de Karys dieron su apoyo a los persas durante las Guerras Médicas, los atenienses apresaron y esclavizaron a sus bellas mujeres. Como mensaje para futuros enemigos, las colocaron como columnas soportando eternamente el peso del templo sobre sus cabezas. Foto: Shutterstock

 

El Partenón de Atenas. La impresionante estructura del mayor edificio de la Acrópolis está formada por dos cuerpos, la naos y el opistódomos, algo inédito en la época, que reposan sobre una plataforma llamada estilobato. En la naos había un espacio destinado a albergar una enorme estatua de la diosa Atenea esculpida por Fidias en oro y mármol. Una de las partes más interesantes del templo es la fachada, en cuya parte superior se hallan los frisos. Estos representaban las Panateneas –una procesión anual para llevar ofrendas a los dioses– los frontones narraban escenas de la vida de Atenea y en en el resto de los frisos aparecía la historia de diferentes guerras, entre ellas la de Troya. Foto: Gtres

 

El emblema de la democracia griega. Se trata de un templo octástilo (ocho columnas al frente) y períptero (rodeado de columnas) construido bajo la supervisión de Fidias por los arquitectos Calícrates e Ictinos. Dedicado a la diosa Atenea, protectora de la ciudad, se considera el templo más importante de estilo dórico que se conserva actualmente y un símbolo de la Grecia clásica y de su sistema democrático. Fue construido como una ofrenda –eximiéndolo de su función de culto– bajo el gobierno de Pericles, quien otorgó a todos los edificios un carácter público. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

Una entrada solemne. El arquitecto Mnesicles terminó la monumental entrada de los propileos en el año 432 a.C. y fueron durante mucho tiempo la única vía de acceso por la que se podía alcanzar el recinto sagrado de la Acrópolis. El aspecto que presentaban era el de un templo hexástilo (de seis columnas en la fachada) de estilo dórico con una separación en medio por donde pasa el camino de entrada. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

Los Propileos. La función de los Propileos era acompañar y guiar al visitante hasta la puerta de la ciudad de los dioses. Además, debido al desnivel que producía la altura del monte, esta construcción también servía para facilitar la subida, algo que el arquitecto Mnesicles consiguió domando las irregularidades topográficas mediante diferentes niveles y escalones. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

El templo de Atenea Niké. El geógrafo griego Pausanias describió este pequeño edificio clásico construido en el año 421 a.C. como el templo de la Victoria áptera o sin alas. Está dedicado a la diosa Atenea y conmemora la batalla de Salamina en la que los griegos vencieron a los persas bajo el influjo de la diosa, en este caso representada sin alas para que nunca pudiera abandonar la ciudad. Foto: AP Images

 

Un templo para la victoria. Calícrates fue el arquitecto encargado del proyecto quien, junto con Ictino, diseñó un templo de pequeñas dimensiones acorde con el espacio que se le había otorgado en uno de los promontorios de los propileos. De orden jónico y planta tetrástila (cuatro columnas en la fachada principal), el friso de este edificio representa escenas de las Guerras Médicas, el acontecimiento que conmemoraba. Foto: YANNIS SKOULAS, Greek National Tourism Organisation

 

El Odeón de Herodes Ático. En la ladera sur de la colina de la Acrópolis, el cónsul romano Herodes Ático construyó, durante el siglo II d. C., este Odeón. Dicho edificio se usaba tanto en Grecia como en Roma para representaciones de tipo musical, teatral o lírico. Tiene una estructura muy parecida a la de un teatro romano, con la diferencia de que los odeones solían estar cubiertos. En sus gradas podía albergar hasta 5.000 espectadores y todavía hoy en verano se celebran conciertos al aire libre. Foto: Gtres

 

Vista aérea de la Acrópolis. Durante los inicios del siglo V a.C., después de vencer a los persas en Marathon y de sufrir y repeler un nuevo ataque por su parte, los atenienses empezaron a construir algunos de los templos, ahora protegidos por la recién construida muralla de Temístocles (en la parte izquierda superior de la imagen). Durante la segunda mitad del siglo V a.C. se construyeron los principales templos que hoy en día siguen en pie: el Partenón, el Erecteion, Atenea Niké y los Propileos. En la esquina inferior derecha se halla el Odeón de Herodes Ático, y en la superior izquierda los restos del teatro de Dionisos, que acogía obras de Sócrates, Esquilo y Eurípides. Foto: Age Fotostock

 

17 marzo 2017 at 7:42 pm Deja un comentario

La oscura historia del Partenón

LUIS ALEMANY   |  EL MUNDO        08/09/2014

La vida en la Atenas de Pericles era religión, miedo y violencia y una renovada lectura de los relieves del friso del Partenón así lo demuestra

Atenas-Partenón

El Partenón de Fidias tiene alguna extraña cualidad que hace que todos veamos en él lo que vamos buscando: Cecil Rhodes, el señor feudal de la antigua Rhodesia, encontró una prueba de virilidad militarista; los fascistas y los nazis apreciaron una promesa del mundo nuevo que habrían de traer; los comunistas, más o menos llegaron a la misma conclusión. Los nacionalistas griegos del XIX celebraron en él la coronación de sus primeros reyes porque en la Acrópolis estaba el molde de su identidad frente a los otomanos, los bábaros. Le Corbusier, claro, vio en el templo un tratado de geometría y de abstracción, y Virginia Woolf, cuando lo visitó por segunda vez a los cincuenta y tantos, se dio con el espíritu de sí misma “con 23 años, llena de vida, con todo por delante”.

Pero la imagen que se ha impuesto ha sido la interpretación liberal-burguesa, por llamarla así, acuñada por primera vez por el alemán Johann Winckelmann en el siglo XVIII: la idea que conecta el Partenón con la república de Pericles, con la democracia, la noción de la libertad individual y el refinamiento intelectual. El lugar que alguna vez habitó el ser humano y al que todos querríamos volver.

Las pruebas del éxito de esa interpretación están repartidas por todo el mundo: el Museo Británico de Londres, el Wallhalla de Regensburg, la Casa de Aduanas de Wall Street en Nueva York, la National Portrait Gallery de Washington DC, el Panteón del Barrio Latino de París, el Capitolio de La Habana… Edificios que remiten a la Acrópolis para atribuirse la dignidad de la democracia y el conocimiento, la certeza y la quietud. “Una vez fui a Atenas, a la Acrópolis, y no sé cómo, me colé en una zona junto al Partenón en la que no debía entrar”, contó el arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura en una entrevista publicada por EL MUNDO en 2012. “Me vi ahí y pensé: si ahora viene el diablo, le vendo mi alma si me deja meter mano. Así que me puse a pensar: ¿Qué haría? ¿Le daría más altura? No, está bien así. ¿Meto otro cuerpo? No. ¿Más fondo? No. ¿Las gradas? No. Es perfecto. Así que, al final, no vendí mi alma”.

El Partenón es perfecto, si lo dice Souto de Moura, ¿quién podría pensar lo contrario? Pero también es mucho más complicado de lo que tendemos a pensar. Un ensayo recién publicado en inglés, ‘The parthenon enigma’ (de Joan Breton Connelly, profesora en la NYU de Nueva York), cuenta la historia del templo de Atenea a partir de esa idea de complejidad. Y trae alguna sorpresa.

Básicamente, el gran asunto de ‘The parthenon enigma’ consiste en la reinterpretación de la escena central del friso oriental (el lado de la fachada principal) del templo. La lectura tradicional del friso, explica Breton Connelly, habla de la ofrenda de un peplos (una túnica) a Atenea, en lo que suponía el punto culminante del festival que celebraba la diosa. Sin embargo, la autora sostiene que el friso representa un mito divino mucho menos reconfortante: el relato del rey Erecteo, que, de acuerdo a lo que le había indicado el oráculo, entregó a su hija menor en sacrificio para salvar Atenas de una invasión. Lo más conmovedor y terrible de la historia es que la otra hija del rey, atormentada por su fortuna, quiso acompañar a su hermana en la muerte. Atenea, según esta lectura, “no está recibiendo la túnica sino las mortajas que llevan los cuerpos de las hijas de Erecteo”. La diosa de la sabiduría, por tanto, no sería la amiga sabia y comprensiva de los atenienses que solemos tener en la cabeza.

Relato de un sacrificio

Ése es el gancho periodístico del libro de Breton Connelly. Pero que nadie piense en un novelado del Partenón al estilo de ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco. Para empezar, porque la teoría de que el friso oriental del Partenón es el relato de un sacrificio existe desde 1675, cuando un viajero inglés llamado Francis Vernon visitó el templo, que entonces era una iglesia latina (12 años después llegaron los turcos e instalaron un depósito de armas y, algo después, una mezquita), dibujó e inventarió los frisos, y vio en ellos una procesión de animales camino de la ofrenda. Su teoría nunca cayó en el olvido pero claudicó ante la lectura de Johann Winckelmann: Atenea, la razón, la democracia, la libertad, etcétera, etcétera.

Partenón-frontón

¿Cuál es la novedad, entonces? Que esta vez, hay información arqueológica y antropológica que nos permite tener un relato más preciso de lo que pudo ser el Partenón.

A todos nos gusta pensar en los atenienses del siglo V antes de Cristo como en unos ciudadanos sabios, tolerantes, libres e iguales entre ellos. Hacían deporte, eran apuestos, tenían buen clima y discutían sobre lo real y lo ideal mientras paseaban por un paisaje encantador de olivos y arroyos.

“Silencio, y escúchame”, le dice el urbanita Sócrates a Fedro en pleno paseo de cortejo campestre, según el relato de Platón. “Porque en verdad este lugar tiene algo divino, y si en el curso de mi exposición las ninfas de estas riberas me inspiran algunos rasgos entusiastas, no te sorprendas. Ya me considero poco distante del tono del ditirambo”. “Nada más cierto”, le contesta Fedro. Y el maestro termina: “Tú eres la causa. Pero escucha el resto de mi discurso, porque la inspiración podría abandonarme. En todo caso, esto corresponde al dios que me posee, y nosotros continuemos hablando de nuestro joven” (Fedro, 230b).

La imagen de esa Atenas romántico-racionalista es irresistible pero no muy real. Así lo demuestra Breton Connelly en su libro, al recordar que la vida en la república de Pericles “era mucho más oscura y primitiva de lo que se ha planteado a partir de la Ilustración”.

Donde oscura y primitiva significa “un mundo lleno de ansiedad, dominado por una obsesión egocéntrica por definir su lugar en el mundo, saturado de espiritualidad y marcado por la necesidad de estar en buenos términos con los dioses”. Un mundo, según se lee unas líneas más adelante, “permanentemente amenazado por la violencia, la guerra y la muerte”. Hasta Pericles, según se cuenta en el libro, fue un hombre marcado por sus supersticiones y por sus amuletos. La particularidad de Atenas, según explica Breton Connelly, no era el gusto por la razón sino cierta cultura de la excelencia que hoy nos parecería muy moderna.

La importancia de la religión

La república, por tanto, era una sociedad en la que la religión no era un entretenimiento novelesco, ni un conjunto de fábulas (con dioses en vez de animales) que transmitían el conocimiento y hacían de la vida algo más divertido. La religión era en Grecia, en contra de lo que solemos pensar, un tema central que lo llenaba todo. También llenaba la Acrópolis, que era un recinto sagrado y no un monumento a la razón, por si alguien lo había olvidado. Y así había sido, según se ha sabido durante los últimos 30 años de investigaciones plenamente científicas, desde tiempos del Neolítico.

En este punto, Breton Connelly se apoya en el trabajo del arqueólogo griego Manolis Korres, que ha completado, o casi, la información que faltaba del templo de Atenea. Por ejemplo, el modo en el que el mármol llegó desde el monte de Pentelikon, a 19 kilómetros al noreste de Atenas. O cómo Fidias y su equipo fueron cambiando sus planes iniciales durante la construcción de la obra. O cuáles fueron los trazos que dejaron los bizantinos, los cruzados y los otomanos a medida que fueron ocupando el templo. Eso, además de observaciones que de tan obvias habían pasado de largo. Por ejemplo, que el friso del Partenón mide un metro de ancho y está a 14 metros de altura.

Es decir: que los relieves que envolvían el templo estaban hechos para que los vieran los dioses y no los hombres.

“Cuánto más sabemos de la Acrópolis, más lejos estamos de entenderla”, explica la helenista estadounidense. Cuanto más perfecto veamos el Partenón, más insondable nos parecerá.

8 septiembre 2014 at 9:13 am 2 comentarios

Descubren en Grecia una copa de vino usada por Pericles

Oculta en una fosa común en Atenas, lleva grabado el nombre del político y militar griego, que vivió hace 2.500 años

copa-Pericles

Los 12 pedazos de esta copa de cerámica con asas fue hallada en unas obras en el barrio de Kifissia, en el norte de Atenas, según el periódico griego Ta Nea.

Tras unir todos los fragmentos, los arqueólogos descubrieron el nombre “Pericles” inscrito debajo de uno de sus asas, juntos a los nombres de otros cinco hombres, aparentemente siguiendo un orden jerárquico.

Los expertos dicen estar seguros “con el 99%” de que la copa fue usada por Pericles, porque entre los otros nombres figura el de Arifrón, su hermano mayor.

“Arifrón es un nombre muy poco frecuente. El hecho de que aparezca al lado del Pericles nos hace estar seguros con el 99% de que se trata de los dos hermanos”, indicó al periódico Angelos Matthaiou, secretario de la sociedad griega de epigrafía.

Según este experto, la copa fue usada probablemente por los seis hombres durante un simposio (los banquetes de la antigua Grecia) y luego inscribieron sus nombres como recuerdo.

“Está claro que estaban un poco mareados porque el que escribió el nombre de Pericles se equivocó y tuvo que corregirlo”, aseguró Matthaiou.

La copa fue luego regalada a otro hombre, llamado Drapetis (fugitivo, en griego), que probablemente era un esclavo o el propietario de la taberna, según la arqueóloga Galini Daskalaki. “Es un hallazgo excepcional, un elemento genuino de un momento íntimo”, aseguró.

Pericles, que fue general y un hombre de gran influencia durante una de las épocas de más prosperidad de la antigua Grecia, murió de peste en el año 429 antes de nuestra era, durante el sitio de Esparta.

La copa se expondrá para el público en otoño en el Museo Epigráfico de Atenas.

Fuente: AFP | InfoBAE

30 julio 2014 at 2:07 pm Deja un comentario

El Partenón: El destino del gran templo de Grecia

Convertido en iglesia bizantina, luego en catedral católica y al final en mezquita, el Partenón se conservó casi intacto hasta que en 1687 un bombardeo veneciano prácticamente lo destruyó

Por Carlos García Gual. Catedrático de Filología Griega. Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 124

Acrópolis-Caffi

En esta vista, los escombros de la explosión de 1687 son aún visibles. Óleo por Ippolito Caffi. Museo di Ca’ Pesaro, Venecia.

Desde cualquier rincón de Atenas se divisa la silueta blanca del Partenón sobre la rocosa colina de la Acrópolis. Incluso desde el puerto del Pireo se puede ver el templo en lo alto, dominando el panorama de la ciudad. Pero cuando uno se acerca, advierte lo muy dañado que está el espléndido edificio que en su día albergó la gran estatua de la diosa Atenea, el templo que fue el símbolo y orgulloso emblema de la ciudad de Pericles, en los tiempos de mayor gloria de la democracia ateniense. El Partenón perdió gran parte de sus columnas y todo su techo, y de su magnífica decoración y sus relieves escultóricos casi nada queda. Sus ruinas revelan una larga y azarosa historia. Aun así sigue impresionando al visitante, por mucho que antes lo haya visto reproducido en mil ocasiones.

El Partenón se erigió entre 442 y 432 a.C., dentro del programa de reconstrucción impulsado por Pericles en la Acrópolis. La ciudadela había sido arrasada en 480 a.C.  por los persas, que pegaron fuego a sus muros y destruyeron el antiguo Partenón, pero Pericles decidió reconstruirla con un nuevo esplendor que expresara el poderío de Atenas. Ese plan incluía la construcción de la gran escalinata de los Propileos, el vecino templo de Erecteo, el templete dedicado a la Victoria y el espectacular Partenón, en honor de la diosa patrona y protectora de la polis, Atenea Virgen (Parthénos). Los arquitectos Ictino y Calícrates habían construido un templo sin par, y Fidias, el gran escultor y amigo de Pericles, revisó con ejemplar maestría el genial proyecto.

De iglesia a mezquita

Durante los siglos siguientes, las diversas crisis y la decadencia política de Atenas fueron despojando a su Acrópolis de sus múltiples riquezas y de grandiosos monumentos. Sometida al dominio romano, algunos ilustres visitantes lograron adquirir allí famosas estatuas. A la destrucción contribuyó además un enorme incendio que tuvo lugar en el siglo III d.C. Pero, sin duda, lo que más afectó a la conservación de los templos de la Acrópolis fue la llegada triunfal del cristianismo. A finales del siglo IV, el emperador Teodosio prohibió el culto a los dioses «paganos» y como consecuencia, la morada de la diosa Atenea –cuya estatua revestida de oro y marfil, esculpida por el genial Fidias, ya había desaparecido– fue reutilizada y consagrada como iglesia de la Virgen María.

A fines del siglo XII, cuando Atenas era ya tan sólo una pequeña ciudad de provincias, el arzobispo Miguel Coniata podía felicitar a sus fieles por acudir a adorar allí, en el espléndido templo de Nuestra Señora de Atenas, ya no a la falsa virgen Atenea, madre de Erictonio, sino a la Virgen María, madre del Salvador. La estructura del edificio no cambió mucho, pero la nueva sensibilidad religiosa introdujo algunos cambios en el interior y en las fachadas: se construyó un altar con baldaquino, se levantó un muro que cerraba los espacios laterales entre las columnas, se cambió la orientación de la entrada y se añadió una torre junto a la puerta. La decoración interior se enriqueció con brillantes mosaicos y en torno al altar se construyó un pequeño ábside, cerrando así la entrada oriental del antiguo Partenón.

Durante más de dos siglos, entre 1204 y 1456, la Acrópolis de Atenas estuvo en poder de distintos invasores procedentes de Europa occidental, desde francos a catalanes, para acabar en manos de una familia de banqueros florentinos, los Acciaiuoli. El Partenón dejó de ser una iglesia bizantina para convertirse en una catedral católica, y en su extremo sudoccidental se erigió una torre a modo de campanario. En ese tiempo llegaron a la ciudad algunos viajeros que nos dejaron descripciones del antiguo monumento. Un tal Niccolò de Martoni estuvo en Atenas en 1395 y escribió sobre ella en su Libro del peregrino. Más tarde, Ciríaco de Ancona la visitó dos veces, en 1436 y en 1444, y dejó noticias y algunos dibujos muy interesantes sobre el edificio.

La mezquita y el bombardeo

Tan sólo unos años después, en 1456, la ciudad fue tomada por los turcos. El sultán Mehmed II, conquistador de Constantinopla y soberano de un imperio que comprendía ya toda Grecia, visitó Atenas y expresó su admiración por la Acrópolis y su antiguo esplendor. Allí estableció una fuerte guarnición y convirtió la iglesia de Nuestra Señora, es decir, el antiguo templo de Atenea, en una brillante mezquita. La torre edificada para campanario por los cristianos quedó convertida en minarete para la plegaria del muecín, las pinturas y los mosaicos que decoraban el interior de la iglesia fueron blanqueados y el altar fue sustituido por el oportuno mimbar. Peor le fue al vecino Erecteion, que los cristianos usaban como iglesia, donde los turcos instalaron un notorio harén. La Acrópolis quedó cerrada durante siglos a los visitantes extranjeros, aunque algunos lograron contemplarla sobornando a los guardias turcos. Así lo hicieron dos famosos pioneros del turismo europeo en Grecia, Jacob Spon y George Wheeler, quienes en 1675 calificaron lo que quedaba del Partenón como «la más elegante mezquita del mundo».

Las crecientes hostilidades entre los turcos y los venecianos fueron la causa decisiva de la catástrofe del Partenón, en 1687. Los venecianos, adelantados en la lucha de la Santa Liga contra el Imperio otomano, asediaron con su flota la ciudad. Los turcos convirtieron el Partenón en el almacén de pólvora y armas, confiando que un lugar tan famoso quedaría a salvo del cañoneo de las fuerzas cristianas. Allí refugiaron también a mujeres y niños. El general veneciano, el sueco conde Koenigsmark, lo bombardeó sin piedad y una gran explosión arruinó el venerable edificio. El techo entero saltó por los aires y el centro quedó reducido a escombros, incluyendo unas treinta columnas. Quedaron en pie, aunque maltrechos, los dos extremos con sus frontones, separados por un gran hueco. El jefe de la armada veneciana, el ilustre Morosini, quiso llevarse a Venecia las estatuas centrales del frontón oeste, pero no lo logró. Ese despojo llegaría más de un siglo después, de manos de lord Elgin.

La gran explosión convirtió al Partenón en una triste ruina, mucho mayor de lo que ahora vemos, ya que la línea de columnas actual es el resultado de la reconstrucción de comienzos del siglo XX. Los venecianos abandonaron Atenas tras unos meses, porque su defensa les resultaba una carga y la ciudad era muy insalubre. De modo que los turcos volvieron a instalar una guarnición allí y construyeron en la Acrópolis, dentro del derruido Partenón, una pequeña mezquita. De los quebrados mármoles del Partenón se aprovecharon no pocas construcciones vecinas, y algunos turistas ilustrados se llevaron fragmentos del friso y pequeñas piezas de escultura. Por ejemplo, un gran coleccionista de antigüedades griegas, el embajador francés, el conde de Choiseul-Gouffier, logró hacerse con una magnífica metopa y un trozo de friso (ahora en el Museo del Louvre). Las ruinas del templo de Atenea quedaron expuestas al deterioro y al pillaje durante muchos decenios.

Renacido de sus cenizas

Y entonces llegó lord Elgin, quien entre 1801 y 1811, a través de sus agentes, despojó al Partenón de sus relieves –una gran parte del friso de la procesión de las Panateneas– así como de las espléndidas estatuas sobrevivientes del frontón oriental, el único que se ha conservado. Su espléndido botín se puede ver en la sala del Museo Británico dedicada al Partenón. Su actuación fue, y sigue siendo, objeto de enconadas discusiones, ya que privó a Atenas de un incomparable tesoro artístico, pero, por otro lado, puso a salvo esos restos del arte clásico transportándolos a Londres.

Desde su independencia en 1831, Grecia ha cuidado con especial esmero de la Acrópolis, eliminando todo lo que no era antiguo y tratando de recobrar el primitivo esplendor de antigua nobleza del conjunto. A comienzos del siglo XX se recompuso la silueta del Partenón, volviendo a erigirse muchas de las columnas truncadas y caídas, al tiempo que se recogieron y expusieron todos los fragmentos y reliquias del recinto en un museo. El nuevo Museo de la Acrópolis, inaugurado en 2009, es la coronación de un admirable empeño. Grecia aún mantiene la reclamación al Gobierno británico de los mármoles que se llevó lord Elgin. Y en ese nuevo museo hay una sala esperándolos, dispuesta para albergarlos cuando regresen.

Para saber más

Los mármoles del Partenón. B. F. Cook. Akal, Madrid, 2000.
El Partenón en los orígenes de Europa. F. Rodríguez Adrados. CSIC, Madrid, 2003.
The Parthenon. Mary Beard. Harvard U. P., 2003.
Google Art Project: Acropolis Museum

6 mayo 2014 at 1:40 pm Deja un comentario

Myrtis

Myrtis no era muy diferente de las demás chicas de su edad. Tenía  el cabello castaño, tirando a rojizo, la nariz recta, unos grandes ojos marrones y los dientes superiores ligeramente prominentes.

Myrtis fue una de las numerosas víctimas de la fiebre tifoidea que acabó con un tercio de la población de Atenas en el siglo V a.C., entre ellos Pericles. Apenas tenía 11 años cuando murió y fue enterrada de manera apresurada en una fosa común junto a otras 150 personas.

Su cráneo fue hallado en 1995 durante los trabajos de excavación de las obras del metro en Cerámico. Su perfecto estado de conservación fue la razón principal que impulsó a Manolis Papagrigorakis, profesor de Ortodoncia de la Universidad de Atenas, a iniciar la tarea de recreación del rostro de la joven.

Dos años han sido necesarios para dar por finalizada la reconstrucción, la primera de un ateniense que se intenta con la ayuda de las modernas tecnologías. Posiblemente no fue su este su verdadero nombre, pero los científicos se han decantado por Myrtis, “mirto”, por ser un nombre muy común entre las jovenes de la época. Se señala también la posibilidad de que algún rasgo pueda ser ligeramente diferente a como fue en realidad, dada la dificultad de reproducir las partes blandas de la cara, como la nariz y las orejas. Con todo, el trabajo está ahí y por primera vez tenemos la oportunidad de acercarnos a la imagen de los habitantes de la antigua Atenas. 

Myrtis revivió por primera vez el pasado viernes en el Nuevo Museo de la Acrópolis. Desde hoy podrá verse en el Museo de Historia Natural, donde se presentará también el informe titulado “Myrtis: cara a cara con el pasado”, con los datos relativos a las excavaciones y las conclusiones médicas de la investigación de los restos humanos.

Información: enet.gr

15 abril 2010 at 5:13 pm Deja un comentario

La Plaga de Atenas fue causada por la fiebre tifoidea

Hacia 430–426 a. C. una devastadora epidemia mató a un tercio de la población ateniense, incluyendo a su líder Pericles, poniendo fin así a la que se ha dado en llamar Edad Dorada de Pericles. El historiador Tucídides también contrajo la enfermedad, pero él sobrevivió y pudo escribir sobre el desastre. Durante mucho tiempo los científicos han discutido sobre la causa que ocasionó la pandemia, siendo muchas las hipótesis que se han venido barajando. Ahora el misterio podría haber quedado finalmente resuelto.

La plaga mortal que acabó con la vida de 50.000 atenienses hace 2.425 años sembró de tumbas la ciudad y llevó a sus ciudadanos a arrojar a los muertos en fosas comunes olvidándose de sus ritos. Ahora hace diez años, se produjo en Atenas, en el cruce del Camino a El Pireo y la Vía Sagrada, el hallazgo de una fosa que demostraba que la plaga de la que hablaba Tucídides era real, pero faltaba determinar qué terrible enfermedad la había causado.

 Durante las excavaciones de una estación de metro en el Cerámico, justo fuera del cementerio, fueron descubiertos 1.196 enterramientos de los siglos V y IV a.C. De ellos, el 80% databan del siglo V a.C, en las fechas en que se produjo la epidemia. Lo sorprendente fue el hallazgo en el lugar de una fosa común con un número extrañamente elevado de cadáveres -89- , sepultados desordenadamente. 

Y si la fosa común era prueba evidente de que la peste que asoló Atenas durante el segundo año de la Guerra del Peloponeso fue un hecho histórico, la ciencia se afanó desde ese momento durante años en la búsqueda del mal que la había causado: ¿la viruela, el sarampión, la fiebre amarilla, el tifus, la peste bubónica, la fiebre tifoidea, una combinación de ellas tal vez?

Manolis Papagrigorakis, profesor asistente de Odontología de la Universidad de Atenas, cree tener pruebas de que la epidemia fue ocasionada por la fiebre tifoidea. Para llegar a esta conclusión un grupo de investigadores griegos con Papagrigorakis a la cabeza analizaron restos de ADN presentes en la dentadura de tres cadáveres de la fosa común elegidos al azar. Contaron además para sus estudios con la ayuda del Laboratorio de Neurobiología Molecular de Neurología Clínica de la Facultad de Medicina de Atenas y el Laboratorio de Microquímica del Instituto de Investigación Tecnológica de Creta. 

Los análisis realizados han permitido a los investigadores concluir que los sujetos fallecieron a causa de la fiebre tifoidea, al hallar en los dientes examinados restos de la bacteria Salmonella enterica Serovar Typhi (en la imagen), el patógeno causante de esta enfermedad.

Leído en TA NEA

Procedencia de la imagen: Wikimedia Commons

2 marzo 2010 at 8:11 pm 3 comentarios


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