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Marco Licinio Craso: de prófugo a millonario

Tras sobrevivir a la guerra entre Sila y Cina, Craso amasó una inmensa fortuna gracias a la confiscación de las propiedades de sus enemigos y sus oscuros negocios inmobiliarios

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Marco Licinio Craso representado en este busto de mármol como un hombre maduro. Museo del Louvre, París.

Por Pedro Ángel Fernández Vega. Doctor en Historia Antigua, Historia NG nº 135

Marco Licinio Craso ha pasado a la historia como el hombre más rico de Roma, aunque quizá fuera igualado por su colega y rival Pompeyo, y tres décadas después fue superado por Augusto. En lo que no tuvo rival, a juicio de los historiadores antiguos, fue en su codicia ilimitada y en la falta de escrúpulos de que hizo gala para amasar su fortuna. Si a lo largo de su carrera su patrimonio pasó, según Plutarco, de 300 talentos a 7.100 fue gracias a su oportunista participación en la especulación inmobiliaria en tiempos de proscripciones políticas.

Su linaje era de origen plebeyo, pero ilustre. Su antepasado Publio Licinio Craso fue pontífice máximo y cónsul en 205 a.C. junto con Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal, y fue apodado Dives, «el Rico». La familia se había integrado en la nobilitas, la aristocracia compuesta por patricios y plebeyos de la que se nutrían las filas de la clase política, pero su fortuna menguó considerablemente. Plutarco cuenta que la casa del padre de Craso era modesta y que él y dos hermanos suyos, ya casados, comían en la misma mesa. Craso, que se casaría con la viuda de uno de estos hermanos, mantendría toda su vida unos hábitos frugales que contrastaban llamativamente con los ostentosos derroches de otros patricios.

El padre de Craso desarrolló una destacada carrera política, que le llevó a ser nombrado cónsul en el año 97 a.C. y censor en 89 a.C. Esto provocó que se viera envuelto en las luchas por el poder en esos años. En 87 a.C., Sila dio un golpe de Estado y ocupó Roma militarmente, pero cuando partió a luchar en Oriente contra Mitrídates, sus rivales, Cina y Mario, tomaron el control de la ciudad y lanzaron una feroz persecución contra los partidarios de Sila. Entre éstos se encontraba el padre de Craso, que se suicidó; uno de sus hijos también murió a manos de los nuevos dueños de Roma.

La hora de la revancha

Craso logró abandonar Roma, donde su vida corría peligro, y se refugió en Hispania. Temeroso de que incluso allí pudieran capturarlo, se escondió durante ocho meses en una cueva cerca de Málaga, junto con tres amigos y diez esclavos. Un cliente de su familia le llevaba la comida y también le procuró la compañía de dos esclavas. Craso únicamente volvió a Roma cuando Cina fue asesinado, en 84 a.C. Sin duda, esta experiencia traumática marcó su carácter y quizá fomentó en él, como un modo de resguardarse frente a los enemigos, la avaricia y la codicia que tantos le censuraron.

El acceso al poder de Lucio Cornelio Sila tras el asesinato de Cina devolvió a Craso la libertad perdida y lo situó en un lugar preferente de la política. Ahora, los perseguidos eran los de la facción enemiga. Contra ellos Sila aplicó el procedimiento de la proscripción: la inscripción en una lista pública de las personas declaradas fuera de la ley, a las que cualquiera podía matar y cuyas propiedades eran confiscadas. Nada menos que 40 senadores, 1.600 caballeros y 4.000 ciudadanos sufrieron esta condena. La subasta de sus bienes atrajo a muchos compradores en busca de oportunidades, entre ellos Craso. Refiere Plutarco que «cuando Sila se apoderó de la ciudad y puso a la venta las propiedades de los que iban pereciendo a sus manos, ya que las consideraba y denominaba botín y quería que la mayoría de los notables compartieran este sacrilegio, Craso no se abstuvo de coger ni de comprar». Así fue como Craso empezó a participar de un colosal y lucrativo negocio: la expropiación, incautación y compra de propiedades urbanas de ricos ciudadanos a precios irrisorios; éste fue el origen de su fortuna.

El negocio del ladrillo

Craso se aprovechó de otra medida de Sila: el nombramiento de 300 senadores más entre los caballeros, los equites, la clase empresarial y de negocios, con lo que la curia pasó a tener 600 miembros. Estos nuevos senadores necesitaban cultivar una imagen noble y digna y se mostraron muy interesados por las grandes mansiones y fincas de los senadores caídos en desgracia. Al modo de un avezado promotor inmobiliario, Craso les revendió las mansiones requisadas con un gran margen de beneficio.

Otra estrategia de Craso subraya aún más su imagen de negociante sin escrúpulos. Plutarco lo expone con nitidez: «Como veía que los incendios y los derrumbamientos de casas eran un mal endémico e inevitable en Roma –debido a que los edificios eran muchos y muy pesados–, se dedicó a comprar los edificios incendiados y los próximos a éstos, pues los propietarios se los cedían a bajo precio a causa de su temor e incertidumbre; de manera que la mayor parte de Roma estaba en sus manos». Al mismo tiempo, creó un equipo de quinientos esclavos arquitectos y constructores para apuntalar los edificios y desescombrar las parcelas, y luego alquilaba o vendía las viviendas. No hacía edificios nuevos, pues aseguraba que «los aficionados a la construcción se arruinan ellos mismos sin necesidad de enemigos».

Esclavista y usurero

Craso poseía también haciendas en Roma y en la península Itálica así como minas de plata, tal vez en Hispania. Pero, según Plutarco, «todo esto no era nada en comparación con el valor de sus esclavos». Craso se preocupó personalmente de que recibieran una formación especializada en tareas diversas –«lectores, escribas, plateros, administradores, camareros…»– y les confió cada tarea con autonomía, entendiendo que ése era el mejor modo de rentabilizarlos, aunque consciente de que él mismo debía controlarlos a todos. Los esclavos le sirvieron como bienes preciados y liquidables, y para llevar la gestión de su emporio.

Gracias al inmenso capital que amasó, Craso actuó también como prestamista. Generalmente cobraba intereses altísimos, pero tenía a gala perdonárselos a sus amigos, aunque cuando vencía el plazo del préstamo reclamaba su devolución con gran dureza, tanto que «el don resultaba más oneroso que una gran cantidad de intereses», dice Plutarco. Los préstamos eran también un medio de ganarse aliados políticos; de ahí, por ejemplo, los 830 talentos que prestó a Julio César en los inicios de su carrera política.

Pese a su codicia, Craso supo ganarse el favor popular para lograr sus objetivos electorales. Cuando en el año 71 a.C. fue elegido cónsul, tras su éxito en la represión de la revuelta de Espartaco el año anterior, quiso mostrarse especialmente pródigo: «Consagró a Hércules el diez por ciento de sus bienes –explica Plutarco–, ofreció un banquete al pueblo y de sus propios fondos procuró a cada romano una provisión de grano para tres meses». Esta generosidad le ayudó a conseguir los votos necesarios para ser elegido censor, cargo que desempeñó diplomáticamente: no revisó ni censuró a senadores, caballeros ni a ciudadanos.

Atrapado en Siria

En los años siguientes, Craso tendría un papel destacado en la política romana. En el año 59 a.C. formó parte del primer triunvirato, junto con Pompeyo –su gran contrincante– y César. Su segundo consulado con Pompeyo, en el año 55 a.C., le abrió el camino a una ambiciosa empresa, la guerra contra los partos en Oriente, de la que esperaba obtener un gran botín de guerra. Pero la campaña se saldó con una desastrosa derrota en la batalla de Carras. A su término, instado por sus hombres a negociar con el vencedor, Craso marchó al campamento enemigo, donde fue apresado y ejecutado.

Los historiadores antiguos ofrecen dos versiones sobre el fin de Craso. Según Plutarco, sus captores le cortaron la cabeza y la mano y las enviaron al rey parto. Dión Casio recoge la leyenda de que los partos, conocedores de la reputación de su presa, le habrían derramado oro fundido en su garganta para aplacar su insaciable sed de riquezas.

Para saber más

Vidas paralelas (vol. V) Plutarco. Gredos, Madrid, 2007.

«Especulación inmobiliaria en Roma»  Historia National Geographic N.º 49.

13 abril 2015 at 9:03 am Deja un comentario

Vivir de alquiler en Roma: caro y sin comodidades

El aumento de población en Roma hizo que se construyeran bloques de pisos que se alquilaban por precios abusivos

Por Pedro Ángel Fernández Vega. Doctor en Historia Antigua, Historia NG nº 129

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En las ciudades romanas, numerosos bloques de viviendas bordeaban las calles. En la imagen, vía de la Abundancia, en Pompeya

Cuenta Tito Livio que, entre los muchos prodigios que anunciaron en Roma la llegada de Aníbal atravesando los Alpes en aquel fatídico 218 a.C., ocurrió que en el Foro Boario, sede del mercado de ganado, «un buey había subido por sí solo a una tercera planta y, espantado por el alboroto de los vecinos, se había arrojado al vacío desde allí». Se trata de la alusión más antigua a la existencia de bloques de pisos en Roma. La zona, no lejos del Aventino, formaba parte del sector popular de la ciudad. Entonces, el censo de ciudadanos varones, que vivían tanto en la ciudad como en el campo (además de los itálicos a los que se había otorgado la ciudadanía) ascendía a unos 330.000. Al acabar la guerra, la cifra descendió a unos 214.000. Sólo en Roma vivían cerca de 200.000 personas, por lo que es verosímil que los inmuebles de pisos ya hubieran aparecido.

Otro testimonio data de 186 a.C., cuando el cónsul Postumio forzó la declaración de una testigo para desencadenar la persecución contra las Bacanales. Postimio pidió a su suegra Sulpicia, matrona viuda de rango senatorial, que ocultase a la joven en su vivienda: «Se le asignó una estancia en la parte alta de la casa, cerrando el acceso por la escalera que conducía a la calle y abriendo una entrada hacia el interior de la mansión». La morada también estaba en el Aventino.

El negocio del alquiler

Entre finales del siglo III y comienzos del II a.C., las insulae o ínsulas (bloques de pisos) eran habituales en Roma. Sus dueños eran aristócratas que no desdeñaban los alquileres como fuente de ingresos, como en el caso de Sulpicia. La ley Claudia, del mismo año 218 a.C. en que ocurrió el episodio del buey, excluía el lucro como origen de rentas senatoriales, pero el negocio de los alquileres inmobiliarios era demasiado tentador como para despreciarlo. Además, se podía contar con intermediarios para las operaciones.

El crecimiento de población en Roma fue muy intenso. Durante la segunda guerra púnica, masas de emigrantes abandonaron un campo asolado por los ejércitos. Tras la guerra, las oportunidades de trabajo y promoción social atrajeron población incesantemente a Roma. Se calcula que hacia 130 a.C., la ciudad tenía medio millón de habitantes, y que la cifra habría vuelto a duplicarse, tal vez hasta el millón, en época de Augusto, en torno al cambio de era.

Dar acomodo a una población en constante aumento fue posible gracias a un mercado de viviendas de alquiler muy desarrollado: entre el millón escaso de personas que vivía en Roma se contaban 750.000 plebeyos libres, de 100.000 a 200.000 esclavos y en torno a 20.000 personas entre soldados, caballeros y las familias de unos 300 senadores. Las desigualdades sociales crearon una Roma con una minoría de rentistas y una gran masa de inquilinos.

Las regulaciones de alturas para los bloques de pisos, que Augusto estableció en siete plantas y Trajano rebajó a seis, indican que la especulación se impuso y que se resistía a ser controlada. Aunque en época imperial se generalizó la construcción de ladrillo y mortero, en los últimos siglos de la República los incendios fueron muy habituales: han quedado registrados más de cuarenta. Vitruvio culpaba de ellos al opus craticium, el zarzo, un entramado de varas revestidas de arcilla que se usaba para hacer tabiques, sobre todo en los pisos altos, y que demostró ser muy combustible. Por ello estaba contraindicado encender fuego en el interior de las viviendas. Es probable que esto explique la presencia de numerosos thermopolia –establecimientos que despachaban comida caliente sobre la marcha– en las calles de las ciudades romanas. Aulo Gelio reconoce con pesar que «si se pudieran evitar los incendios de que son presa con tanta frecuencia las casas de Roma, me apresuraría a vender mis campos para hacerme propietario en la ciudad», porque «las rentas que producen las propiedades urbanas son elevadas».

El otro gran riesgo de los pisos en Roma fueron los desplomes, como cuenta Juvenal: «Nosotros habitamos en una ciudad apoyada en gran parte sobre débiles puntales; pero cuando el administrador apuntala las paredes que amenazan ruina o tapa la abertura de una grieta antigua, dice que ya podemos dormir tranquilos teniendo la amenaza encima».  Séneca coincide en que el apuntalamiento es «harto económico» y, por lo tanto, muy rentable.

Las casas de vecinos

El mercado de alquileres en Roma se renovaba cada año. Los contratos entraban en vigor el primero de julio y se pagaban a año vencido. Es posible que tras esa fecha lo que quedara sin alquilar bajara de precio. Suetonio cuenta que Tiberio despojó de la túnica laticlavia –la túnica senatorial, con amplias bandas púrpura– a un senador «que se había ido a vivir al campo por las calendas de julio, con la intención de alquilar después una casa más barata, cuando se hubiera pasado el plazo de arriendo en Roma». Como el inquilino debía permitir el acceso al administrador, es probable que, salvo en contratos firmados por varios años, cada junio nuevos inquilinos potenciales visitasen la vivienda. Era una hábil estrategia para presionar al residente e intentar subir la renta, ya de por sí cara.  Juvenal dice que en las ciudades vecinas «se compra una casa cómoda por el precio por el que [en Roma] alquilas un tugurio por un año». A finales de junio, el trasiego de quienes se mudaban y quienes se marchaban sin pagar tenía que ser incesante.

Los cenáculos, los distintos apartamentos que formaban una ínsula, eran, así, inseguros y caros. Un cenáculo normalmente consistía en una habitación principal, el medianum, provista de ventanales a la calle o al patio. Desde allí se accedía al resto de cuartos, la mayoría sin ventana. En las primeras y segundas plantas se alojaban gentes de posición media. Incluso Séneca, el filósofo y mentor de Nerón, vivió tras su retiro de la vida pública sobre unas termas, y reconoció tener un inquilino carpintero; en su descripción, los ruidos de la calle y las voces de los vendedores pregonando mercancías, se amalgaman con los sonidos del agua y de los masajes de las termas. En las plantas bajas, comercios, talleres y tabernas formaban una pantalla junto con otros locales abiertos a la calle que se alquilaban como viviendas a los más pobres (cellae pauperum). Detrás se parapetaban las residencias más acomodadas, las casas señoriales, que se distanciaban de la calzada por un largo corredor y estaban estructuradas en torno a atrios y patios de columnas.

Cuchitriles para los pobres

La necesidad de vivienda provocó que cualquier lugar fuera bueno para vivir con tal de poder estar a cubierto, y eso incluía las buhardillas repletas de palomas, bajo el tejado. Entre los apartamentos de las plantas bajas y los áticos había una auténtica estratificación social en altura. A más escalones que subir, el precio bajaba. Los juristas registran que se podían subarrendar los cuartos de un piso que ya se había alquilado.

Los inquilinos pobres, que vivían bajo el tejado, muchas veces disponían sólo de una habitación y ni siquiera contaban con sanitarios. Una tinaja al pie de la escalera podía servir para vaciar la bacinilla, pero muchos preferían tirar los desechos por la ventana. Juvenal no recomendaba salir de noche por Roma: «Los peligros se cuentan por las ventanas que en tal noche estén abiertas y vigilantes a tu paso. De modo que formula un deseo: llévate contigo este anhelo miserable, que se contenten con vaciar sus anchos bacines».

Para saber más

La casa romana. P. A. Fernández Vega. Akal, 2003.
«Especulación inmobiliaria en Roma». Historia NG, n.º 49

20 octubre 2014 at 2:12 pm 2 comentarios

El juicio a Escipión el Africano: De héroe de guerra a acusado por corrupción

Pese a su sensacional victoria sobre Aníbal en la batalla de Zama, el Africano se granjeó en Roma muchos enemigos que impulsaron contra él un proceso por corrupción

Artículo de Pedro Ángel Fernández Vega. Doctor en Historia Antigua, Historia National Geographic nº 123

Foro-Romano

Las numerosas campañas llevadas a cabo por Escipión en Cartago y en Asia procuraron enormes riquezas a Roma. En primer término, templo de Saturno, en el Foro, sede del Tesoro.

En el año 201 a.C., Escipión «llegó a Roma tras recorrer una Italia no menos feliz por la paz que por la victoria, no sólo con ciudades desbordadas por tributarle honores, sino también con una multitud de rústicos que bordeaba los caminos, y entró en la ciudad en medio del más imponente de los triunfos. Llevó al erario 123.000 libras de plata y repartió entre los soldados 400 ases». La euforia de los romanos, tal como la relataba el historiador Tito Livio, estaba plenamente justificada. Con su victoria unos meses antes sobre el ejército de Aníbal en Zama, a las afueras de Cartago, Escipión había puesto fin a la segunda guerra púnica, una durísima contienda que durante más de quince años puso a prueba como nunca en el pasado la fuerza y la capacidad de resistencia de la capital del Lacio. Ocupada Cartago, con Aníbal exiliado en la corte de Antíoco III de Siria, Roma se convertía en dueña indiscutible del Mediterráneo occidental y los ciudadanos recibían con alborozo el extraordinario botín del general victorioso.

Para los romanos, Escipión era sin duda el hombre del momento, y enseguida empezó a recibir las debidas recompensas. De entrada, en el cortejo triunfal iba un senador portando el gorro de liberto, como reconocimiento al gran libertador. Los soldados y el pueblo le concedieron asimismo el sobrenombre de Africano; como recuerda Tito Livio, Publio fue «el primer general en ser distinguido con el apelativo del pueblo vencido por él». Escipión fue también nombrado censor en el año 199 a.C., y años más tarde recibiría el título de princeps senatus, «el primero de los senadores», que ostentaría prácticamente hasta su muerte. A partir de entonces, el vencedor de Zama ejerció una influencia determinante en las discusiones del Senado, pues tenía el privilegio de ser el primero en emitir sus dictámenes, orientando así la decisión final. Sus seguidores, mientras tanto, ocupaban gran parte de las altas magistraturas de la República, empezando por el consulado.

Escipión tenía una visión clara de lo que debía ser el futuro de Roma. Para él, la conquista de Cartago no era el final, sino una etapa más en la expansión romana por todo el Mediterráneo. Por ello, nada más ser nombrado cónsul en el año 194 a.C., defendió la necesidad de una nueva guerra contra el rey de Siria, Antíoco III. Las operaciones comenzaron en el año 190 a.C., cuando era cónsul Lucio Escipión, hermano menor del Africano. Con Lucio como comandante y Publio como legado, el ejército romano obtuvo una memorable victoria en la batalla de Magnesia (190 a.C.), que supuso la anexión de gran parte de Anatolia.

Acoso al gran hombre de Roma

Las numerosas conquistas que las legiones de Roma realizaron en esos años en la cuenca del Mediterráneo, desde Hispania hasta Siria, no sólo extendieron las fronteras del dominio romano, sino que también aportaron a la urbe un aluvión de riquezas en forma de botín de guerra. Este enriquecimiento produjo un fuerte impacto en la conciencia de los romanos. Antaño ciudad austera dedicada a la agricultura y la guerra, Roma asistía ahora a una escalada de la opulencia o, como lo denominaban los mismos romanos, de la luxuria, el lujo, con la importación de toda clase de refinamientos tomados del mundo griego y oriental, como los banquetes amenizados por músicos, la cocina sofisticada, la literatura… Para muchos romanos, estos cambios eran una forma de corrupción moral y de adopción de un estilo de vida extranjero, el de los griegos. Contra esta evolución reaccionó la facción tradicionalista, de aristócratas aferrados al solar y a las propiedades itálicas, que veían con recelo la política imperialista y la influencia griega y reivindicaban los antiguos valores de Roma. Para ellos, el culpable de la transformación que estaba sufriendo su ciudad tenía un nombre: Escipión. Y contra él y sus allegados decidieron poner en marcha una ofensiva legal.

Escipión ya había sido en el pasado objeto de acusaciones. Cuando preparaba la expedición contra Cartago, el Senado inició una investigación contra Pleminio, el propretor que había permitido el saqueo de la ciudad de Locri, en el sur de Italia, que los romanos habían reconquistado a los cartagineses. Fabio Cunctator, el general que lideró al inicio la guerra contra Aníbal y que sería gran rival de Escipión, le responsabilizó también de lo ocurrido en Locri por no saber mantener el orden en su ejército: «Escipión había nacido para corromper la disciplina militar y lo mismo había pasado en Hispania […] Se mostraba indulgente con el libertinaje de los soldados y al mismo tiempo cruel con ellos». Fabio también acusó a Escipión del peor de los pecados para un patricio: dejarse contaminar por las costumbres vergonzantes de los griegos. En efecto, durante sus campañas en el sur de Italia y Sicilia (territorios muy helenizados), Escipión «iba con un manto griego y con sandalias al gimnasio, dedicaba tiempo a leer y a la palestra».

Fabio fracasó en su ataque, pero tras la batalla de Magnesia la ofensiva del bando tradicionalista se renovó, animada ahora por Catón el Censor, que se revelaría como el enemigo más encarnizado de Escipión. Varios generales próximos al Africano fueron acusados de enriquecerse durante las campañas en Oriente y se les negó el privilegio de celebrar un triunfo.

¿Dónde está el dinero?

Los ataques llegaron hasta Lucio Escipión, al que se le imputó haber distraído 500 talentos del total de 3.000 que Antíoco III de Siria había pagado a Roma como indemnización. Su hermano mayor reaccionó con indignación. Según Tito Livio, el Africano pidió a Lucio que trajera los libros de cuentas a la curia y los rompió ante los instructores, instándoles a que encontraran la respuesta ellos mismos. Le parecía inconcebible que reclamaran a su hermano 500 talentos cuando él había ingresado 15.000 en el erario público. Aun así, Lucio fue arrestado hasta que pagó una desorbitante multa.

El propio Africano fue también acusado. Se dijo que se había dejado sobornar por Antíoco, como demostraría el hecho de que éste le devolvió a su hijo, capturado en campaña, sin que mediara ningún pago de rescate. Dos tribunos de la plebe, llamados ambos Quinto Petilio, convocaron al general a juicio ante la asamblea de las tribus en el foro romano, alegando que nadie, por importante que fuera, podía sustraerse a la ley. Cuenta Tito Livio que Escipión acudió al tribunal acompañado por una multitud de ciudadanos de todas las clases. Invitado a defenderse desde los Rostra, la tribuna de los oradores, en vez de responder a las acusaciones pronunció un complaciente discurso en el que glosaba sus gestas. Eso no impidió que los tribunos enumeraran a continuación los cargos, afirmando que el propósito de Escipión al hacer la guerra contra Antíoco era demostrar que «un solo hombre era la cabeza y el sostén del Imperio romano». Las victorias de Escipión, sus títulos y sus embajadas con monarcas y dioses lo convertían, pues, en sospechoso de querer comportarse él mismo como un rey.

En el segundo día del juicio, Escipión volvió a subir a la tribuna rostral. Esta vez recordó que ese día se cumplía el aniversario de la batalla de Zama y anunció que había decidido ir a dar gracias por ello a Júpiter, Juno y Minerva, la tríada de dioses a la que estaba dedicado el gran templo de la colina Capitolina. En un palmario gesto de desprecio hacia los tribunos, Escipión, «acompañado por el pueblo de Roma, hizo un recorrido por todos los templos de los dioses, no sólo en el Capitolio sino en toda la ciudad. Aquella jornada casi superó en favor popular y justo reconocimiento a su grandeza al día en que hizo su entrada en Roma celebrando su triunfo sobre el rey Sífax y los cartagineses».

Como escribió el mismo Tito Livio, aquel fue «el último día de gloria» en la vida de Escipión. Previendo que el juicio le sería desfavorable, el Africano aprovechó un aplazamiento para retirarse a su finca de Literno, cerca de Nápoles, pretextando que estaba enfermo.

Lamento por la «patria ingrata»

Ante la marcha de Escipión, los tribunos Petilios propusieron ir en su busca para juzgarlo, pero otros preferían aceptar la excusa de la enfermedad y suspender de una vez el proceso. Entonces tomó la palabra el tribuno Tiberio Sempronio Graco, enemigo personal de Escipión y del que se esperaba una actitud contundente contra éste. Sin embargo, para sorpresa de todos, Graco recordó a los presentes todo lo que había hecho el Africano por Roma y afirmó que sería una deshonra para los romanos condenar a su benefactor. «¿Va a estar aquí a vuestros pies, tribunos, el gran Escipión, conquistador de África? ¿Para esto capturó a Sífax, derrotó a Aníbal, hizo a Cartago tributaria nuestra, obligó a Antíoco a retirarse? ¿Nunca llegarán los varones preclaros a una ciudadela segura donde su ancianidad descanse libre de ataques?», proclamó.

Escipión murió en su villa de Literno poco después: «¡Patria ingrata, ni siquiera posees mis huesos!», rezaba su epitafio, según Valerio Máximo. Séneca elogiaría este final de forma un tanto grandilocuente: «Considero en él más admirable cuando abandonó la patria que cuando la defendió. El asunto llegaba a tal extremo que, o la libertad perjudicaba a Escipión, o Escipión perjudicaba a la libertad, de modo que, o Escipión debía estar en libertad, o Roma». Y pone en boca de Escipión estas palabras: «Sírvete, oh patria, de mis beneficios sin mi presencia. He sido para ti la causa de la libertad, seré también la prueba de que la tienes: me marcho si me he encumbrado más de lo que a ti te conviene».

Para saber más

Escipión y Aníbal. La guerra para salvar Roma. Giovanni Brizzi. Ariel, Barcelona, 2009.

La traición de Roma. S. Posteguillo. Ediciones B, Barcelona, 2009.

1 abril 2014 at 1:46 pm Deja un comentario

Bacanales, el escándalo que sacudió la República

En 186 a.C., las autoridades de Roma lanzaron una brutal persecución contra los adeptos del dios Baco, acusándolos de cometer actos inmorales y de brujería durante sus ritos nocturnos

Artículo de Pedro Ángel Fernández Vega. Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, Historia NG nº 113

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A principios del siglo II a.C. vivía en Roma un joven llamado Ebucio, perteneciente a la clase de los caballeros. Su padre fue un combatiente de caballería que posiblemente murió durante las guerras contra el cartaginés Aníbal, por lo que quedó bajo la tutela de su madre. Ésta contrajo segundas nupcias con Tito Sempronio Rútilo, otro caballero, y ambos administraron a su antojo los bienes que correspondían al joven por herencia. Cuando Ebucio se acercó a la mayoría de edad, el conflicto familiar por una tutela irresponsable parecía inevitable. Fue entonces cuando la madre, para cumplir la promesa que había hecho a Baco cuando su hijo había estado enfermo, pensó en iniciarlo en el culto a esta divinidad, una práctica religiosa muy popular en esos años.

Entró entonces en escena una liberta llamada Híspala Fecenia. Su nombre podría indicar que era de origen hispano, más concretamente de Hispalis (Sevilla), y sin duda era una cortesana de cierta reputación que había seguido ejerciendo su oficio incluso después de adquirir la libertad a la muerte de su dueño. Ebucio e Híspala se hicieron amantes, y su relación fue tan lejos que ella lo nombró su único heredero. Pero cuando el joven le dijo que se ausentaría durante unas noches para iniciarse en el culto a Baco por deseo expreso de su madre, Híspala se desesperó. Para convencerlo de que desistiera le reveló que, siendo esclava, había sido iniciada en el culto por su dueña y sabía que entrañaba toda suerte de bajezas morales. Le aseguró que la única intención de sus padres era buscar su ruina y quedarse con sus bienes. Cuando, persuadido por su amante, el joven volvió a casa y comunicó a sus padres que no participaría en las bacanales, éstos lo echaron. Ebucio se refugió en casa de su tía paterna, una respetable anciana llamada Ebucia, que le aconsejó denunciar el caso al cónsul Espurio Postumio Albino.

Un culto bajo sospecha

El caso llegó entonces a instancias oficiales. Postumio era un patricio y seguramente pensó que este asunto era una oportunidad para recuperar el honor familiar, ya que su padre había muerto en una humillante derrota de las legiones romanas frente a los galos. Secundado por su suegra Sulpicia, matrona de intachable reputación, Postumio investigó el caso. Tras una primera reunión con Ebucia, citó a Híspala. La escena de la confesión, según la relata el historiador Tito Livio, fue dramática: Híspala se debatió entre la obediencia debida a la máxima autoridad de Roma y su compromiso de guardar secreto sobre el culto, ya que lo contrario comportaba el castigo divino. Al final, el cónsul le prometió protección e Híspala decidió confesarlo todo.

La liberta contó que antiguamente el culto de Baco estuvo reservado a las mujeres, que se reunían tres días al año. Pero Pacula Annia, una sacerdotisa de Campania, introdujo varias reformas bajo inspiración divina: habría sido la primera en iniciar a hombres, a sus propios hijos, y habría multiplicado las ceremonias, que habrían pasado a cinco por mes y se celebraban por la noche. «Desde que los ritos eran promiscuos y se mezclaban hombres y mujeres –resume Tito Livio–, no había delito ni inmoralidad que no se hubiera perpetrado allí; eran más numerosas las prácticas vergonzosas entre hombres que entre hombres y mujeres. Los reacios a someterse al ultraje eran inmolados como víctimas. Los hombres, como posesos, hacían vaticinios entre frenéticas contorsiones corporales; las matronas, ataviadas como bacantes, con el cabello suelto, corrían hasta el Tíber con antorchas encendidas y las sacaban del agua con las llamas intactas porque contenían azufre vivo y cal. Era una multitud muy numerosa, y entre ellos algunos hombres y mujeres de la nobleza». Se captaba sólo a los menores de veinte años, los «más permeables al engaño y la corrupción».

Postumio decidió intervenir de inmediato. Expuso primero el caso ante el Senado, agitando los fantasmas de la juventud ultrajada y de las matronas desinhibidas y emancipadas, y los senadores, «presa del pánico», aprobaron un senadoconsulto (decreto) sobre la materia. El propio Postumio anunció las medidas ante la asamblea de los ciudadanos romanos. Denunció la «impía conjura» de los adeptos a esos «cultos extranjeros», «hombres enteramente afeminados, corrompidos y corruptores, embrutecidos por las vigilias, el vino, el ruido y los gritos nocturnos». Se cifró en unos siete mil el número de implicados en Roma. La persecución, por ello, fue implacable y se convirtió en una caza de brujas, la primera conocida en la historia de Europa.

Una sociedad convulsa

Se ofrecieron recompensas a quienes delataran a los adeptos; Ebucio e Híspala recibieron cada uno cien mil ases de bronce. Los sospechosos fueron citados y, si no acudían, eran considerados en rebeldía. Todos los que hubieran profanado sus cuerpos eran reos de pena capital. Las mujeres eran entregadas a sus familias para que las eliminaran discretamente, dentro de casa, en el seno familiar.

Resulta muy complejo determinar hasta qué punto eran ciertas las informaciones que transmite Tito Livio sobre las prácticas de magia, crímenes rituales, sexo mixto y sodomía en estas ceremonias báquicas. La información sobre los ritos mistéricos, por su propia naturaleza, es escasa, y las declaraciones atribuidas a Híspala podrían haber sido un montaje para justificar la persecución.

Hay motivos para sospechar que la persecución contra las bacanales fue una reacción de los sectores dominantes contra las alteraciones producidas en Roma en los últimos treinta años como consecuencia de las guerras contra Aníbal. En efecto, un factor que abrió la puerta a los cultos extranjeros fue el terror provocado por las sucesivas derrotas ante Cartago. Masas de población rural que huían de los cartagineses se habían refugiado en Roma y la plebe se había tornado una masa heterogénea que bullía; no es casual que el culto a Baco prendiera en territorio plebeyo, el Aventino, en el bosque de Estímula, situado a los pies de la colina.

También debe tenerse en cuenta otra cuestión: el papel de la mujer en la sociedad romana. En los años de guerra, las mujeres, mientras sus maridos combatían o al quedar viudas, aprendieron a actuar con independencia, a administrar sus bienes y a ejercer la autoridad sobre los hijos, como hizo la madre de Ebucio. Se atrevieron incluso a reclamar sus derechos: en 195 a.C. se manifestaron para conseguir que se derogara la ley Opia, que restringía la indumentaria, las joyas y los carruajes que las mujeres romanas podían mostrar en público; lograron su objetivo, pese a la oposición de Catón el Viejo y de los tradicionalistas.

Fantasmas masculinos

El escándalo de las bacanales del año 186 a.C. se explica, de este modo, como un intento de restablecer de nuevo el viejo orden romano. Las influencias extranjeras, especialmente griegas, se vieron proscritas. La represión golpeó con fuerza sobre todo la mitad sur de Italia, tierras donde el culto báquico había arraigado con fuerza y que habían desempeñado un rol ambiguo o procartaginés durante los años críticos de la guerra. Los ritos del pueblo quedaron bajo la estrecha vigilancia de las autoridades. El horror ante las supuestas prácticas homosexuales en las bacanales manifestaba la voluntad de reafirmar los tradicionales valores de virilidad y espíritu marcial de los romanos. Y las mujeres quedaron de nuevo totalmente sometidas a la autoridad patriarcal del pater familias, al que se invitaba incluso a ejecutar en secreto a las hijas culpables.

Para saber más

Historia de Roma. Tito Livio. Libros XXXVI-XL. Gredos, Madrid, 2001.

11 junio 2013 at 12:55 pm Deja un comentario


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