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Increíbles hallazgos en el Muro de Adriano: 350 piezas de calzado romano y otros objetos

La última campaña de excavaciones arqueológicas ha sacado a la luz unos objetos de lo más variopinto: figuras de bronce, cucharas, huesos e incluso un retrete

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Suela de un zapato romano fechado alrededor del año 212 d.C. Foto: Hadrian’s Wall Country

Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
16 de septiembre de 2016

Las excavaciones arqueológicas iniciadas en abril a lo largo del Muro de Adriano, en el norte de Inglaterra, han deparado unos hallazgos increíbles: más de 350 piezas de calzado romano, un busto de bronce del dios Apolo, una figura también de bronce de la diosa Ceres, duelas de barril, cucharas y una gran cantidad de huesos, cerámica y hierro, según informó el martes Hadrian’s Wall Country, que promociona este sitio reconocido como Patrimonio Mundial por la Unesco. También se han realizado los siguientes hallazgos: cuarteles de caballería, un retrete, hornos, suelos embaldosados y de tierra apisonada, patios exteriores pavimentados e impresionantes desagües, entre otras cosas.

Los arqueólogos han hallado dos figuras de bronce que representan a Apolo y a Ceres

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Busto de Apolo hallado durante las recientes excavaciones en Vindolanda, uno de los fuertes que custodiaban el Muro de Adriano.  Foto: Hadrian’s Wall Country

El calzado romano, encontrado durante las excavaciones en Vindolanda, incluye zapatos pequeños para niños, zapatos de mujeres y grandes botas que usaban los soldados para marchar. El calzado está desgastado o algunas de sus partes recicladas y los arqueólogos creen que los zapatos de cuero fueron arrojados intencionadamente alrededor del año 212 d.C., un año después de la muerte de Septimio Severo, quien reocupó y reforzó el Muro de Adriano. Respecto a la figura de Ceres, la segunda encontrada en el Fuerte Romano de Arbeia en los dos últimos años, encaja perfectamente con el lugar, ya que Ceres era la diosa de la agricultura y Arbeia fue originalmente un centro de abastecimiento de grano, para alimentar al ejército estacionado en el Muro de Adriano.

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Duela de barril con una inscripción. Foto: Hadrian’s Wall Country

16 septiembre 2016 at 6:28 pm 1 comentario

El muro de Adriano: La última frontera del Imperio

Decidido a poner límites a las fronteras del Imperio en Britania, el emperador Adriano ordenó construir un muro de más de cien kilómetros que cruzara la isla de este a oeste

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«Fui el primero que trazó un muro, de ochenta mil pasos, para separar a los bárbaros de los romanos», afirma Adriano en la Historia augusta. Esta colosal infraestructura –en la imagen, a su paso por Northumberland, en la frontera con Escocia– fue erigida para proteger el territorio conquistado por Roma de los ataques de las tribus escocesas. PETER ADAMS / AGE FOTOSTOCK

Por Juan Manuel Cortés Copete. Profesor titular de Historia Antigua. Universidad Pablo de Olavide (Sevilla), Historia NG nº 139

En el año 122, Publio Elio Adriano desembarcó en Britania. Con su habitual energía, el emperador marchó hacia el norte, hasta la actual Newcastle, y allí ordenó la construcción de una nueva y faraónica obra: un muro que atravesara la isla de mar a mar. Por primera vez en su larga historia de victorias y conquistas parecía que Roma había encontrado los límites de su Imperio.

La reforma del ejército

El reinado de Adriano había comenzado con los peores augurios. A la muerte de Trajano, su predecesor, en agosto de 117, la situación era crítica: se habían sublevado tanto los judíos como los territorios recientemente conquistados por Trajano en su campaña contra los partos, como Mesopotamia y Armenia. Y había problemas en otros lugares. De Britania llegaban terribles noticias; se hablaba de la imposibilidad de seguir dominando la isla y de multitud de romanos muertos en combate. El emperador descubrió que el poder de Roma tenía límites, realidad hasta entonces inconcebible para un romano. Adriano eligió salvar el Imperio y abandonar las últimas provincias conquistadas por Trajano, que tanta resistencia oponían. Roma debería conservar sus fronteras y fortalecerse en su interior.

El 21 de abril de 121, Adriano celebró el aniversario de la fundación de Roma. Ese día se conmemoraba el trazado por Rómulo del recinto sagrado de la ciudad, el pomerio. Para la ocasión, el emperador ordenó  renovar las marcas y los mojones que lo limitaban. En la tradición romana, la superficie de la ciudad de Roma sólo podía ser acrecentada por quienes hubiesen añadido nuevas provincias al Imperio, lo cual no era el propósito de Adriano, que se limitó a restaurar los límites tradicionales. El mensaje estaba claro: el tiempo de la expansión había terminado.

Pocos días más tarde, el emperador abandonaba Roma para realizar una gira por las provincias occidentales: Galia, Germania, Britania e Hispania. La expedición tenía una clara intención militar. Por una parte, el emperador se esforzó por restaurar la disciplina en los cuarteles. Perdida la expectativa de nuevas conquistas, la vida de los soldados tendía a relajarse y a rodearse de comodidades impropias de la existencia militar, cuya disciplina y dureza Adriano se empeñó en restaurar. Se convirtió en un ejemplo para sus soldados: marchaba con ellos, dormía al raso y comía el mismo rancho. Prohibió el lujo en los cuarteles e insistió en la necesidad del entrenamiento constante  mediante la realización de maniobras y ejercicios tácticos que él mismo corregía con arengas que dirigía a las unidades participantes.

Fue entonces cuando descubrió el valor formativo que para un ejército tenía la realización de obras públicas. Con ellas los soldados se endurecían, abandonaban la inactividad y además aprendían la importancia del trabajo en equipo.

La transformación empezó en Germania. Bajo Domiciano, las legiones habían controlado los campos que se extienden al sureste del Rin y el norte del Danubio, en el valle del río Meno (Main). Estas tierras habían recibido el nombre de Agri Decumates porque sus ocupantes pagaban como impuesto el diezmo, la décima parte de la cosecha. La defensa de estos territorios se fundaba sobre una calzada militar y algunos puestos de vigilancia. Adriano decidió levantar allí una empalizada continua para marcar los límites de los territorios romanos y para ello se talaron miles de árboles. Así, los cursos del Rin y del Danubio quedaron unidos por la primera barrera artificial del Imperio. Roma empezaba a tener un auténtico límite.

La frontera de piedra

Adriano tenía nuevos planes para la provincia de Britania. Consciente de que el deterioro de la guarnición era la causa última de los problemas que la isla había vivido, organizó el traslado de algunos contingentes desde provincias vecinas. Un tal Pontio Sabino fue el oficial encargado de llevar tres mil legionarios de refuerzo. Provenían tanto de Germania como de la legión VII Gemina, acantonada en Hispania. Pero no fueron éstos los únicos soldados que llegaron de la península Ibérica. Al menos la I Cohorte Hispana, una unidad auxiliar, fue también trasladada a la isla. El emperador se hizo acompañar de la legión VI Victrix, que hasta entonces había tenido su cuartel en Vetera, la actual Xanten, en Alemania.

Pero estos refuerzos no estaban destinados a reiniciar la conquista, sino a reforzar la frontera. En la línea entre el río Tyne y el golfo de Solwey, límite efectivo de la dominación romana, ya se habían levantado algunas infraestructuras fronterizas. La más importante de ellas era la vía militar que la recorría de este a oeste, la Stanegate, la «carretera de piedra». A lo largo de esta vía se habían construido algunos fuertes y torres de vigilancia. Este sistema no era nuevo: en Oriente, para vigilar el desierto, se había construido del mismo modo la Vía Trajana.

Los planes de Adriano iban más allá. Al llegar a Newcastle ordenó construir un puente que uniera ambas orillas del río Tyne. Este puente, que recibió en su honor el nombre de Elio, habría de ser el inicio de la más importante obra militar construida bajo su reinado: el muro que uniría las dos orillas del mar. Una inscripción mutilada conserva lo que parece ser el discurso con el que el emperador anunció su decisión. No es mucho lo que se lee, pero sí podemos estar seguros de que Adriano invocó un «divino precepto» para levantar un muro que sería obra del «ejército de la provincia» y que debería unir «las orillas de ambos océanos».

Una muralla en Britania

El sentido político y militar de aquella obra sigue siendo objeto de debate. Deberíamos desterrar la pretensión de comparar el muro de Adriano con las murallas de una ciudad antigua, capaces de resistir un asalto. Ni su altura ni la anchura de su adarve o camino de ronda parecen suficientes para ofrecer una resistencia efectiva. Además, su enorme longitud impediría una distribución eficaz de las fuerzas romanas. Evidentemente, un grupo organizado de bárbaros podría asaltar el muro por algún punto determinado sin que las legiones fueran capaces de frenarlo. La derrota de estos posibles invasores debería realizarse ya sobre suelo romano. Por eso, al sur del muro se mantuvieron los grandes fuertes para las legiones y las unidades auxiliares, que debían proporcionar la necesaria defensa en profundidad. Por otra parte, no debe olvidarse que el muro estaba sembrado de puertas.

Cada milla (unos 1.500 metros) se había construido una puerta, con lo que la estructura presentaba numerosos puntos débiles.

Sólo una fuente antigua habla explícitamente del muro. La biografía de Adriano en la Historia augusta informa del propósito imperial: «Fue el primero que trazó un muro, de ochenta mil pasos, para separar a los bárbaros de los romanos». Este pasaje proporciona la clave para entenderlo. Aunque construido por las legiones y vigilado por tropas auxiliares, el valor del muro estaba en su capacidad de regular los límites de la vida civilizada, de canalizar los intercambios entre el suelo romano y el bárbaro. Cuando las gentes del norte quisieran comerciar en tierras romanas, las puertas del muro se abrirían tras los necesarios controles de seguridad y tras haber pagado los portoria, los impuestos a la importación. Otro tanto ocurría con los mercaderes romanos que quisieran vender sus productos en territorios no ocupados. Además, las patrullas romanas que continuaron recorriendo las tierras al norte del muro tenían en él el soporte logístico y operativo para realizar sus tareas con seguridad.

Y así, el muro se convirtió en una frontera abierta, pero bien controlada, que habría de permitir no sólo la consolidación de la vida civilizada en las tierras del sur, sino una relación pacífica y ordenada con los bárbaros del norte.

Antonino erige otro muro

En el año 142, cuatro años después de la muerte de Adriano, su sucesor, Antonino Pío, ordenó el inicio de la construcción de un segundo muro entre el estuario del río Forth, al este, y el fiordo del Clyde, en la costa occidental. No eran desconocidas estas tierras para los romanos, que a las órdenes de Julio Agrícola ya las habían alcanzado en el siglo I. Por muy paradójico que sea, la construcción de este segundo muro, 140 kilómetros al norte del primero, era el reconocimiento del éxito del muro de Adriano. La obra de este emperador se había concebido como un instrumento de regulación de la frontera y las consecuencias habían sido absolutamente positivas. No sólo se había protegido el proceso de romanización de los pueblos al sur del muro, sino que los vecinos del norte, los que vivían allende la muralla, habían recibido el beneficioso efecto de la civilización romana. Gracias a esto, Antonino Pío los pudo incorporar sin peligro a los dominios imperiales, aunque por lo demás  siguió fielmente el precepto de Adriano de no acrecentar los dominios de Roma.

Pero este éxito sólo fue el preludio de mayores tormentas. Las tribus que habitaban las tierras de Escocia no pudieron ser tan fácilmente atraídas a la civilización. Tras la muerte del emperador, en el año 161, y como consecuencia de la presión bárbara, el muro de Antonino fue abandonado y la frontera volvió a instalarse en la antigua muralla de Adriano. Su destino era el de convertirse en baluarte del Imperio.

Para saber más

Adriano, la biografía del emperador que cambió el curso de la historia. A. R. Birley. Gredos, Madrid, 2010.
El muro de Adriano. N. Fields. Osprey-RBA, Barcelona, 2009.

17 agosto 2015 at 5:45 pm Deja un comentario

Hallan junto al Muro de Adriano el más antiguo inodoro con tapa de madera

El curioso hallazgo de unos arqueólogos se encuentra en el fuerte romano de Vindolanda, en el condado británico de Northumberland

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El hallazgo romano encontrado en Vindolanda / SONYA GALLOWAY

Los arqueólogos que trabajan en la fortaleza romana de Vindolanda (ubicada en el condado inglés de Northumberland), se han topado con un curioso hallazgo que permitirá conocer más detalles sobre uno de los momentos más íntimos de todo romano -y mortal-. Se trata de una letrina pequeña, un asiento de madera que podría ser de la época pre-adriánica y ha sido encontrado entre los escombros de un espacio de la fortaleza por el director de las excavaciones, el Dr. Andrew Birley, según informa Archaeology News Network.

No es la primera vez que en esta fortaleza romana se hace un descubrimiento arqueológico relacionado con la época en la que Adriano reinaba en el Imperio Romano. De hecho, es algo bastante común en su día a día: zapatos, cartas personales, peines, joyas, herramientas, textiles… permiten conocer cómo era este pequeño fuerte que custodiaba el Muro de Adriano, convertida hoy en día en Museo. En él fueron hallados los documentos escritos más antiguos de la historia de las Islas Británicas: las tabletas de Vindolanda.

Aunque hay muchos ejemplos de asientos de piedra y bancos de mármol del Imperio Romano, se cree que este podría ser el único de madera, rescatado casi en perfecto estado y de proporciones más pequeñas que normalmente. «Está hecho de un pedazo de madera muy bien trabajado y parece cómodo», declaró el Dr. Birley para explicar que en las condiciones frías de lo que entonces fueron los límites septentrionales del Imperio, un asiento de madera habría sido preferible al de piedra.

«Ahora tenemos que encontrar el inodoro que iba con ella porque conducen a lugares fascinantes para excavar y a menudo contienen artefactos asombrosos». En algunos de los descubrimientos de letrinas en Vindolanda han rescatado botas de bebés, monedas, medallones y hasta una lámpara de bronce.

Otro de los retos que se presenta a los arqueólogos ahora es encontrar la «spongia», una esponja natural en un palo que los romanos utilizaban en lugar de papel higiénico. Aunque con las condiciones de conservación que se requerirían para que hubiese llegado hasta nuestros días, tal vez esto no sea posible.

El asiento de madera será sometido a una serie de trabajos de restauración y conservación durante cerca de 18 meses y una vez completo será exhibido en el Museo del Ejército Romano (Roman Army Museum).

Fuente:  ABC        28/08/2014

28 agosto 2014 at 8:45 pm 1 comentario

El primer muro de occidente

GUILLERMO ALTARES / EL PAÍS SEMANAL

  • El de Adriano, en el norte de Inglaterra, es un símbolo de la historia y una metáfora del presente
  • Representa la grandeza del Imperio Romano pero también los miedos contemporáneos

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El Muro de Adriano recorre 117 kilómetros en el norte de Inglaterra. / PATRICK WARD (CORBIS)

Marguerite Yourcenar escribió Memorias de Adriano inspirada por una enigmática frase de Flaubert: “Los viejos dioses habían muerto y los nuevos no habían llegado todavía. Hubo un momento en que el hombre estuvo solo”. Durante ese periodo único en que la humanidad respondió solamente ante sí misma, el emperador Adriano (76-138 de nuestra era) tomó una decisión extraordinaria, que iba a dejar una profunda huella en Occidente: ordenó la construcción de un muro para “separar a los bárbaros de los romanos”, como señala la Historia Augusta en la única referencia clásica a la primera frontera fortificada de Europa. Veinte siglos después, el Muro de Adriano sigue ahí y no ha hecho más que ganar fuerza en la imaginación. Esta edificación, que recorre de costa a costa el norte de Inglaterra a lo largo de 75 millas romanas (117,5 kilómetros) en medio de un paisaje muchas veces impactante, fue la inspiración de George Martin para la Muralla de Hielo que separa los Siete Reinos de las tierras salvajes en la serie Juego de tronos y de uno de los grandes poemas de W. H. Auden, Roman wall blues: “El día en que sea un veterano tuerto / No haré otra cosa que mirar al cielo”. En la realidad (si es que Juego de tronos no es real) ha cobrado una nueva transcendencia con el referéndum de independencia de Escocia, previsto para el 18 de septiembre, pero también por el debate a la idea de un Occidente cada vez más acorazado frente a los que llegan de fuera. Es a la vez un monumento único, patrimonio de la humanidad de la Unesco, y un recordatorio del papel de la historia en el presente.

“El muro sigue ocupando un lugar muy importante, en nuestra imaginación, en el arte, en la historia, pero también en la política”, explica la periodista de The Guardian Charlotte Higgins, autora del evocador ensayo Under another sky. Travels in Roman Britain (Bajo otro cielo. Viajes por el Reino Unido romano; Jonathan Cape, 2013). “Siempre ha sido una metáfora muy poderosa para la identidad nacional, para los ingleses y para los escoceses”, afirma John Scott, uno de los responsables del organismo oficial que se ocupa de esta construcción, Hadrian’s Wall World Heritage Site. El parlamentario conservador por Cumbria –la región fronteriza con Escocia del norte de Inglaterra– Rory Stewart –un político más bien peculiar, que recorrió caminando una parte importante de Afganistán tras la caída de los talibanes y que fue gobernador de una provincia de Irak tras la invasión de 2003– ha convocado una manifestación, el 19 de julio, en el muro para reivindicar la unión entre Inglaterra y Escocia. “Espero que 100.000 personas se acerquen ante este viejo símbolo: ingleses, galeses, irlandeses, juntando sus manos, uniendo sus brazos a través de la frontera”, dijo Stewart en febrero ante la Cámara de los Comunes.

Lo curioso es que el símbolo es mucho más poderoso que la realidad porque, como destaca el arqueólogo Tony Wilmott, “todo el muro transcurre en Inglaterra, no es la frontera en ningún momento”. “Este ruido político es irrelevante”, agrega este investigador que ha pasado toda su carrera trabajando en él. El profesor Ian Haynes, experto en fronteras romanas de la Universidad de Newcastle, agrega: “Los escoces entonces estaban todavía en Irlanda. No llegaron a Escocia hasta el siglo IV. Se utiliza el muro para hablar de identidades nacionales que entonces ni existían”. Wilmott y Haynes trabajan juntos estos días en la excavación de un templo romano en la costa oeste de Inglaterra, en Alauna (Maryport), no lejos de donde acaba la construcción. Los dos destacan una idea que comparten todos los investigadores que han estudiado la herencia romana en torno al muro: su multiculturalidad. Sin ir más lejos, en su yacimiento estaba destacada la I Cohorte Hispanorum, movilizada desde Hispania para la conquista de Britania.

En un recorrido a lo largo de esta muralla, John Scott resume su complejidad en el lugar más imprevisto y, en principio, menos atractivo de toda la visita: los alrededores de Newcastle. En medio de un paisaje urbano clásico de cualquier gran ciudad británica, con sus carnicerías halal, supermercados rumanos o paquistaníes, un templo hindú y una escuela pública en apenas unas manzanas, de repente emerge un trozo de esta barrera. Para este investigador es el símbolo máximo de lo que fue: un espacio que reunió a personas de todo el Imperio, arqueros de Hama, caballería de Batavia, gentes que venían de lo que hoy es Alemania, Argelia, Bélgica, Bulgaria, España, Rumania, Holanda, Marruecos, Siria, la antigua Yugoslavia… “Este es el mejor lugar para imaginar cómo era hace 2.000 años: aquí podían escucharse decenas de lenguas y olerse decenas de comidas diferentes, justo como ahora”, explica Scott.

El novelista y periodista de origen sirio Robin Yassin-Kassab, que reside cerca del muro, escribió un artículo en la revista The National en el que contaba la historia de la tumba de Regina, una esclava liberada que se casó con un mercader llamado Barathes que provenía de la ciudad siria de Hama. Llegó a Britania junto a un destacamento de 500 arqueros. La inscripción, escrita en latín y en arameo, reza: “Regina, la liberta de Barathes”. “Era un romance multicultural que precedía en 1.800 años al de mis padres”, escribe Yassin-Kassab. “El multiculturalismo británico no es tan reciente como algunos mantienen. En Newcastle y South Shields, las mezquitas coexisten con las iglesias, el inglés con el bengalí y el urdú, al igual que el celta compartía el mismo espacio que el latín, el alemán o el arameo”. Sin embargo, esa imagen de cruce de culturas, incompatible en teoría con la propia idea de barrera, no es la que ha dejado esta construcción romana detrás. “Es utilizado constantemente por nacionalistas escoceses e ingleses, muchas veces para reflejar los problemas que provocaría la ruptura”, explica Richard Hingley, profesor de Arqueología en la Universidad de Durham y experto en la huella romana en el norte de Inglaterra. “Esto se remonta a una vieja tradición histórica de reconstruir el muro en términos conceptuales cuando las relaciones entre Sur y Norte no son buenas”.

Tras cuatrocientos años de investigación arqueológica, después de un largo periodo en el que las piedras romanas fueron utilizadas a lo largo de los siglos para construir castillos, iglesias o granjas, existe una pregunta fundamental sobre él que todavía no tiene una respuesta única: ¿por qué se construyó? ¿Para que servía esa inmensa muralla? Charlotte Higgins lo compara con la puerta en mitad de la nada que pintó Magritte: es una frontera claramente artificial, que no se apoya en las barreras físicas que marcaban otras limes del imperio, como el Rin en el caso de Germania o el Sáhara en el norte de África. El investigador Anthony Everitt explica en su biografía del emperador, Hadrian and the triumph of Rome (Random House, 2009), que Adriano tomó dos decisiones cruciales para el futuro del Imperio: en el terreno cultural se volcó en su herencia helenística, y en lo político estableció por primera vez sus fronteras. Frente al concepto de que Roma podía seguir avanzando eternamente, recuperó la vieja idea de Augusto, el primer emperador, de que había que mantener las conquistas, no ampliarlas hasta el infinito, porque entonces el Imperio sería imposible de gestionar.

Esa inmensa construcción en medio de la nada forma parte de aquellos nuevos límites que estableció este hombre, culto y viajero, que fue proclamado emperador a los 41 años, tras la muerte de Trajano. La tarea que se impuso Adriano era impresionante porque las fronteras romanas están presentes en la actualidad en 16 países desde el norte y el este de Europa hasta Oriente Próximo y el Magreb, desde el Sáhara hasta Alemania. Como ocurre en el cuento Los siete mensajeros, de Dino Buzzati –el escritor europeo que mejor ha evocado lo que significan las fronteras–, Adriano se dio cuenta de que llegaría un momento en que el Imperio iba a ser tan grande que no tendría sentido gobernarlo.

El Muro de Adriano fue construido, a partir del año 112, por tres legiones (la II Augusta, la VI Victrix y la XX Valeria Victrix, unos 7.000 hombres en total) y era una estructura mucho más imponente que una simple muralla. El trabajo principal se terminó en solo seis años, aunque hasta el 136 o el 137 no estuvo totalmente completado (a diferencia de la Gran Muralla china, que tardó siglos en ser acabada). A cada milla romana se erigió un pequeño fuerte, en total hay 79, y entre cada fuerte había dos torres de vigilancia (158 en total), que servían sobre todo como forma de comunicación. Un foso discurría por delante, pero, curiosamente, otro foso más profundo defendía el muro por detrás. La altura estaba en torno a los cuatro metros, aunque en algunos casos aprovechaba el relieve. En el norte, el territorio de los bárbaros, había 76 puntos de acceso. En el sur, el territorio en teoría controlado por Roma, había 15 puertas que permitían cruzar el foso. En medio, un espacio militar que John Scott, del Hadrian Wall Trust, compara con la Zona Verde de Bagdad durante la ocupación: en vez de McDonald’s, disfrutaban de termas y otras comodidades porque era una recreación de Roma a pequeña escala. Actualmente se conservan grandes partes del muro y los dos fosos, que han marcado el paisaje para siempre.

“Fue construido para mostrarse imponente, pero no para mantener a los bárbaros fuera. De hecho solo una parte estaba construida de piedra. Había muchos tramos hechos con turba”, explica la latinista Mary Beard, directora del departamento de estudios clásicos de la Universidad de Cambridge y una de las más conocidas divulgadoras del mundo romano –La herencia viva de los clásicos (Crítica, 2013) es su último libro publicado en España–. “Creo que era sobre todo un símbolo del poder romano, no creo que sea el tipo de barrera que vemos en el mundo moderno”, prosigue. Philip Parker, autor de una exhaustiva y apasionante mezcla de ensayo y libro de viajes sobre las fronteras de Roma, The Empire stops here (El Imperio termina aquí; Pimlico, 2010), se pronuncia en el mismo sentido: “Nunca fue una barrera que pudiese ser defendida ante un ataque concreto: no era lo suficientemente ancho y muchas guarniciones estaban bastante lejos del muro. Seguramente, fue una barrera comercial, una forma de controlar el acceso y de marcar el área bajo el control de Roma”.

“El muro fue una barrera comercial en la que aquellos que querían viajar al norte o al sur debían pagar impuestos y peajes”, explica por su parte Alistair Moffat, autor de The Wall. Rome’s greatest frontier (Birlinn, 2009). “Fue construido para marcar el límite de las conquistas y nos dice que Roma se estaba convirtiendo en un Estado maduro, consciente de hasta dónde podía abarcar”.

El medio era el mensaje: construir en pocos años una estructura tan imponente sin importar los obstáculos que se presentasen por el camino era un claro mensaje para los pueblos que vivían allí. “Adriano utilizó el lenguaje visual de la arquitectura para enviar un mensaje político”, escribe Everitt. Su utilidad militar es dudosa porque, entre otras cosas, los romanos no esperaban en una muralla a ser atacados, sino que salían a campo abierto para enfrentarse a sus enemigos. Lo que explicaría también que hubiese tantas puertas hacia el norte y tan pocas para entrar desde el sur: lo importante era poder desplegar las legiones fuera rápidamente. Pero todos estos hechos arqueológicos son mucho menos poderosos que la propia imagen de un muro cortando el paisaje, que la idea de una barrera que deja fuera a unos pueblos e incluye en sus límites a otros.

La galería dedicada al muro en el Museo Tullie House de Carlisle, una tranquila ciudad situada en el extremo occidental de la barrera que durante muchos años padeció los enfrentamientos entre ingleses y escoceses ya que está situada a pocos kilómetros de la frontera, muestra una pared que recrea todas las vallas del mundo contemporáneo, desde Belfast hasta la frontera entre México y Estados Unidos o Melilla. Para el profesor Hingley, de la Universidad de Durham, es una reflexión muy pertinente: “Se invita a los visitantes a pensar sobre el Muro de Adriano en el contexto de las fronteras del mundo contemporáneo, a reflexionar sobre el concepto de Europa como fortaleza”. Precisamente con este título escribió el periodista Matthew Carr un libro de reportajes, Fortress Europe (Hurst & Company, 2012), sobre las fronteras actuales de la UE, en el que habla de la vieja muralla del norte de Inglaterra como precedente, real o imaginario. “A menudo las fronteras modernas tienen una función de identidad y seguridad similar a la de las limes romanas. Algunos radicales en Europa ven las fronteras como una barrera frente a los bárbaros; por supuesto no es la opinión de la UE, pero sí de algunos, como el contralmirante británico Chris Parry, que en 2006 describió a los inmigrantes contemporáneos como los ‘nuevos godos”, explica este periodista e investigador.

Con sus fosos, sus torres de vigilancia, sus fortines, incluso con una carretera que recorría el muro para permitir el aprovisionamiento rápido de las tropas –como ocurre, por ejemplo, con muchas barreras israelíes en Cisjordania–, a veces uno tiene la sensación de que solo faltan las alarmas, las cámaras de seguridad y las concertinas. Pero es una visión contemporánea porque, una vez que se pagaba, el muro podía cruzarse sin problemas. Cada año recibe un total de un millón de visitantes, 11.000 de los cuales lo recorren andando de costa a costa en una ruta inaugurada en 2003 y perfectamente señalizada, que se ha convertido en una especie de peregrinación a la historia. A veces discurre a través de una plácida campiña inglesa, salpicada de ovejas; otras, por encima de desfiladeros; algunas, a través de un páramo como el de Cumbres borrascosas. El muro está ahí para recordar que todo este paisaje fue una tierra de frontera.

Detrás del muro, los romanos construyeron un complejo sistema de fuertes y campamentos, auténticas ciudades en la retaguardia. El más conocido de ellos es Vindolanda, situado en su tramo central. Allí, en 1973, se realizó uno de los descubrimientos más extraordinarios de la historiografía romana: las tabletas de Vindolanda. Gracias a un suelo de barro que los romanos sellaron con piedras después de utilizarlo como vertedero, numerosos objetos se han conservado perfectamente en un ecosistema que ha permanecido sin oxígeno a lo largo de 20 siglos. Durante las excavaciones fueron apareciendo sandalias, cuero, peines, telas, comida… pero también unas pequeñas tablas de madera, aparentemente anodinas, que sin embargo contenían un hallazgo increíble: mensajes que describían la vida cotidiana en el fuerte en los años anteriores a la construcción del muro. Están llenas de personajes reales –el decurión Mascutus, el fabricante de cerveza Atrectus, el maestro Optatus, el médico Marcus, el centurión Alio, la esclava Pacata, el fabricante de escudos Lucius– que se transmiten recados tan anodinos como, 2.000 años después, apasionantes. Piden un permiso para ir a una ciudad o se quejan del frío, y en un documento extraordinario, una invitación de cumpleaños de Sulpicia Lepidina a su amiga Claudia Severaen, la más antigua muestra de escritura de mujer en latín que se conserva. Hasta 2010 habían sido traducidas 752 tabletas.

“Son ventanas en el alma de la gente porque se trata de mensajes muy personales. Nos permiten una enorme empatía con el pasado”, explica, ante el mismo barro negro del que salieron, el arqueólogo Andrew Birley, director de excavaciones de Vindolanda. Su padre, Robin, fue el descubridor de las tabletas. Confiesa que lleva en ese fuerte casi desde que era un niño. “He pasado más tiempo aquí que cualquier soldado romano”, afirma entre risas. Los visitantes recorren los restos del fuerte, se paran a preguntar ante las excavaciones camino del extraordinario museo. A lo lejos, hacia el norte, el muro recorre sinuoso su tramo más espectacular. Birley asegura que quedan muchos años de trabajo, que el barro alberga todavía muchos descubrimientos y muchos enigmas. Sin embargo, visto desde el presente, cree que el muro junto al que ha pasado toda su vida ofrece un mensaje claro: “Representa una lección para el mundo, es un monumento espectacular, pero a la vez la historia de un fracaso. El Muro de Adriano nos dice que la ocupación militar nunca es una solución, que no se puede imponer una ideología solo con la fuerza”. En la frase más famosa de Memorias de Adriano, el anciano emperador afirma: “He llegado a la edad en que la vida para todo hombre es una derrota aceptada”. Las ruinas del muro, en medio del arisco paisaje del norte de Inglaterra, son quizá la crónica de esa derrota, pero también de la fuerza de una idea que todavía marca nuestro mundo: hasta aquí llegamos nosotros, a partir de aquí empiezan ellos.

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El emperador Adriano. / CORBIS

 

14 julio 2014 at 9:32 am Deja un comentario

Legiones romanas. La defensa de Britania

Durante cuatro siglos, miles de legionarios defendieron la frontera más remota del Imperio, hasta que, tras las grandes invasiones bárbaras, Britania quedó abandonada a su suerte

Artículo de Pere Maymó. Universidad de Barcelona, Historia National Geographic nº 119

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El muro de Adriano. A lo largo de 117 kilómetros, esta gigantesca muralla de piedra, jalonada de 14 fuertes principales y 80 fortines, protegía la frontera norte del Imperio de las tribus pictas.

En torno al año 410, los habitantes de las ciudades de Britania se dirigieron al emperador de Roma, Honorio, para suplicarle que los asistiera frente a los ataques de los bárbaros que asolaban sus tierras. Sin embargo, en el rescripto que les envió en respuesta, Honorio les dijo que lo único que podía hacer era conminarlos a «defenderse por ellos mismos». El emperador admitía así que no tenía capacidad para despachar tropas a un territorio tan alejado y que, por tanto, no podía ejercer una autoridad real sobre su antigua provincia. Era el reconocimiento de que el dominio de Roma sobre Britania había llegado a su fin.

Ese dominio romano en la isla había comenzado cuatro siglos antes. Tras los intentos de conquista de César en 55 y 54 a.C., fue el emperador Claudio quien, en el año 43 d.C., culminó la expansión de Roma más allá del canal de la Mancha. La conquista no resultó fácil, y en cuatro años las fuerzas romanas sólo habían conquistado el centro de la isla, sin llegar a dominar totalmente a las belicosas tribus que lo ocupaban. Ni siquiera el establecimiento de tres legiones en Lincoln, Exeter y Gloucester, conectadas por calzadas que atravesaban la isla, consiguió doblegar la voluntad de los nativos, que se opusieron con firmeza a los invasores. En los años siguientes se produjo una sucesión de rebeliones de los distintos pueblos celtas, desde la insurrección de la reina Boudica, en el año 60, a la de los habitantes de York en el año 115.

Además, en Caledonia, como denominaban los romanos al territorio de la actual Escocia, surgieron pueblos que se revelaron como un enemigo constante de Roma, en particular los pictos, llamados así seguramente por los tatuajes de vivos colores que cubrían su cuerpo. Para conjurar sus incursiones, el emperador Adriano y su sucesor Antonino Pío construyeron sendas barreras en la primera mitad del siglo II: el muro de Adriano y el muro de Antonino, que separaban Britania del belicoso norte. Pero estas invasiones no cesaron jamás, hasta el punto de que el emperador Septimio Severo murió en Britania, víctima de la gota, en el transcurso de una campaña contra los bárbaros, en 211.

No hay duda de que la larga crisis que sufrió el Imperio romano en el siglo III repercutió fuertemente en Britania, dejándola más expuesta a las amenazas de invasiones y saqueos, y convirtiéndola también en teatro de conspiraciones militares contra el poder imperial. En las dos últimas décadas del siglo, cuando el Imperio era gobernado por la tetrarquía –dos emperadores principales, llamados augustos, y dos subordinados, denominados césares–, el césar Constancio Cloro acudió a Britania para aplastar las sublevaciones del gobernador Carausio y de su lugarteniente Alecto. Durante su breve estancia, Constancio ordenó reconstruir el muro de Adriano y también llevó a cabo una reforma administrativa de Britania, que quedó dividida en cuatro provincias. Igualmente fue entonces cuando se realizó una profunda reforma del ejército romano en Britania; las tropas de campaña quedaron al mando de un conde o comes Britanniarum, la máxima autoridad militar, mientras que las guarniciones fronterizas eran dirigidas por un duque, el dux Britanniarum. El propio Constancio llevó a cabo una campaña victoriosa contra los pictos.

Sajones en la costa

Sin embargo, la amenaza no venía únicamente por tierra, sino también por mar, con las repetidas incursiones de piratas escotos –procedentes de Irlanda y que fueron estableciéndose en tierras de la actual Escocia– y de sajones, quienes, al modo de los vikingos de unos siglos después, protagonizaron expediciones de saqueo desde el norte de Alemania y Dinamarca. Estos ataques, que hicieron que la costa suroriental de Inglaterra pasara a denominarse Costa Sajona (Saxon Shore), llevaron a la creación del cargo de «conde de la costa sajona», comes litoris Saxonici, un oficial que mandaba una flota en el Canal y controlaba una red de fortificaciones costeras destinadas a impedir la entrada de sajones en la isla. Vegecio, un escritor romano del siglo IV, cuenta que el canal de la Mancha estaba patrullado por pequeños navíos de guerra, los cuales se servían incluso de un sistema de camuflaje consistente en pintar de azul las velas, las jarcias y hasta los uniformes de los marinos. Su objetivo era sorprender a los asaltantes cuando éstos se aproximaban a su objetivo o se disponían a retirarse.

En el siglo IV, los ataques de los bárbaros no se interrumpieron en ningún momento. La mayor amenaza ocurrió durante la llamada Gran Conspiración, en el año 367, cuando ciertas tropas romanas denominadas areani, formadas por nativos, abrieron las puertas del muro de Adriano a los pictos, a la vez que, desde Irlanda, los escotos asaltaban el oeste de Britania y los sajones, desde Alemania, desembarcaban en la Costa Sajona. Durante más de un año todos ellos saquearon la isla y masacraron a la mayor parte de las tropas romanas, amenazando con acabar con el poder imperial en Britania. La reacción del emperador Valentiniano I no se hizo esperar y envió en calidad de conde de Britania a Teodosio el Viejo, padre del futuro emperador homónimo, al frente de cuatro legiones. En tan sólo un año, Teodosio consiguió dominar la situación. Perdonando a los desertores para confiarles la custodia de las ciudades, dirigió a sus tropas contra los desprevenidos contingentes bárbaros hasta conseguir una victoria total. Después de esto, restauró ciudades y fortificaciones y creó una nueva provincia –llamada Valentia en honor del emperador–, al tiempo que disolvía las unidades de areani en castigo por su traición. Lo que no pudo evitar fue que los piratas escotos se asentaran en el oeste de la isla de un modo estable.

Entre los servidores –los llamados clientes– que Teodosio el Viejo llevó a Britania se hallaba muy probablemente un hispano llamado Máximo, quien lo seguiría luego en las campañas que el emperador  llevó a cabo en Galia, Recia y África. Cuando Teodosio cayó en desgracia en el año 376, parece que Máximo regresó a Britania, donde ostentó el cargo de duque o conde de la isla. En 383, cuando se produjo una nueva oleada de ataques combinados de escotos, pictos y sajones, Máximo se distinguió en el combate y logró repeler a los invasores.

Y fueron precisamente sus méritos en batalla los que motivaron que fuera aclamado como augusto por parte de sus soldados.

Conspiración en Britania

Para hacer valer su pretensión, Máximo trasladó sus mejores tropas a Galia, donde derrotó a Graciano y se erigió en emperador de Britania, Galia e Hispania, con la connivencia forzosa de Teodosio el Joven, el hijo de su antiguo patrono. Envalentonado por sus éxitos, Máximo nombró césar a su hijo Víctor y pretendió invadir Italia, pero, tras ser derrotado por Teodosio en el año 388 en dos batallas libradas en el actual territorio de Eslovenia y Crocia, murió a manos de sus propias tropas, que entregaron su cabeza al emperador de Oriente y poco después ajusticiaron a Víctor.

La peripecia de Máximo tuvo graves consecuencias para Britania. Gildas, autor de la más antigua crónica de los britanos, escrita en el siglo VI, comenta que entonces «Britania quedó privada de todos sus soldados y ejércitos y de la flor de su juventud, que se fue con Máximo, pero que nunca volvió». De hecho, data de esta época el establecimiento masivo de britanos –la «flor de la juventud» citada por el cronista– en Armórica, en el norte de Francia, región que recibiría el nombre de Bretaña.

Según el mismo Gildas, Britania quedó así expuesta a los asaltos de los diversos pueblos que parecían estrechar sobre ella un cerco mortal: «Profundamente ignorante como era del arte de la guerra, gimió atónita bajo la crueldad de dos naciones extranjeras, los escotos del noroeste y los pictos del norte». El recuerdo de la figura de Máximo, en todo caso, se mantuvo largo tiempo entre los pueblos de Britania; es significativo que en el Mabinogion, conjunto de relatos épicos galeses, Máximo aparezca con el nombre de Maxen Wledig, casado con la noble britana Elena y bajo el aspecto del «más hermoso y sabio de los hombres y el más adecuado para ser emperador de todos los que lo habían sido antes que él».

A principios del siglo V, la desesperada situación del Imperio de Occidente, asediado por los pueblos germanos en la frontera del Danubio, tuvo una directa repercusión en Britania. En el año 402, Estilicón, el todopoderoso general del emperador Honorio, decidió retirar parte de los efectivos britanos para cubrir las fronteras renana y danubiana, aunque no logró impedir que cuatro años más tarde vándalos, alanos y suevos atravesaran en masa el Rin helado. Britania, primero desguarnecida, quedaba ahora aislada del resto del mundo romano. En ese contexto, en el año 407 un soldado raso de servicio en Britania, llamado Constantino, protagonizó una sublevación para adueñarse del Imperio. Acompañado por todas las tropas romanas que quedaban en Britania, marchó al continente para defender su candidatura. Su aventura duró cuatro años, hasta que fue derrotado y ejecutado por el nuevo general de confianza de Honorio, Constancio. A diferencia de Máximo, Gildas no se formó muy buena opinión de Constantino, a quien califica de «tiránico cachorro de la impura leona de Damnonia» y le acusa de no ignorar la «hórrida abominación» en que quedó sumida Britania tras la marcha del grueso de las tropas romanas.

Los últimos romanos

Este traslado de las tropas, al igual que el abandono definitivo del muro de Adriano, significó la desaparición de la autoridad imperial en Britania; aún más después de que los propios britanos expulsaran a los pocos funcionarios imperiales que quedaban en el año 409. Fue por entonces cuando Honorio, recluido en Ravena y con Alarico saqueando Roma, escribió el mencionado rescripto a los britanos para anunciarles que no podía ofrecer ayuda alguna a una provincia tan distante.

Sin embargo, los britanos siguieron considerándose romanos y durante varias décadas llevaron a cabo lo que Honorio les había recomendado: defenderse a sí mismos. Organizados en pequeños reinos locales, se refugiaron tras las murallas de sus ciudades al tiempo que trataban de reforzar las barreras defensivas contra los invasores. Algunos estudiosos consideran que entre los britanos surgieron líderes capaces de organizar la resistencia frente a las incursiones de pictos y sajones: alguien parecido al Arturo que en la leyenda medieval se presentaba como un duque de los britanos en lucha contra los invasores bárbaros. Sin embargo, en el paso del siglo V al VI la presión de los pueblos germánicos –sajones, anglos y jutos–, instalados en creciente número en el este de la isla, hizo insostenible esa resistencia y empezó a alumbrar a una nueva sociedad: la de la Inglaterra anglosajona.

Para saber más:

La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente. Adrian Goldsworthy. La Esfera de los Libros, Madrid, 2009.
Emperadores y bárbaros. Peter Heather. Crítica, Barcelona, 2010.
El águila en la nieve. Wallace Breem. Alamut, Madrid, 2008.

26 noviembre 2013 at 3:16 pm Deja un comentario

El emperador Adriano

Dispuesto a inaugurar una época de paz, Adriano pasó más de la mitad de sus veintiún años de reinado visitando todos los rincones de su Imperio, desde Britania e Hispania hasta las ciudades del oriente griego, su verdadera patria adoptiva

Artículo de Carlos García Gual. Catedrático de Filología griega de la Universidad Complutense, Historia NG nº 112

Adriano

Bajo su reinado, el imperio floreció en paz y prosperidad. Estimuló las artes, reformó las leyes, afirmó la disciplina militar y visitó todas las provincias en persona. Su enérgico y gran carácter atendió al conjunto y a los mínimos detalles de la política civil. Pero sus pasiones dominantes eran la curiosidad y la vanidad. Adriano era alternativamente un príncipe excelente, un sofista ridículo y un tirano celoso. El tenor de su conducta mereció alabanza por su equidad y moderación. Pero al principio de su reinado dio muerte a cuatro senadores consulares, considerados dignos del imperio. Al fin el tedio y una penosa enfermedad le hicieron irritable y cruel. El Senado dudó si debería considerarle un dios o un tirano y sólo gracias a las súplicas del piadoso Antonino le fueron otorgados los honores debidos».

Así resume Edward Gibbon los datos que dan Dión Casio y la Historia Augusta sobre Adriano, en un curioso retrato con luces y sombras. Durante algo más de veinte años Publio Elio Adriano ofreció al Imperio una próspera paz y una administración muy eficaz, «visitó todas las provincias» y fue, en definitiva, un «príncipe excelente». Se le reprochan sus manejos para eliminar a algunos rivales y su carácter esquivo, tiránico y extravagante.

Por eso, apenas murió, en el año 138, en Roma se alzaron insultos y protestas contra su memoria. Fue enterrado fuera de la ciudad casi en secreto y el Senado intentó prohibir su apoteosis, esto es, su proclamación póstuma como dios. Pero el tenaz empeño de su sucesor, el leal Antonino Pío, logró que se le ofrecieran dignos funerales; es decir, que fuera deificado con los mismos honores que otros emperadores. Sin duda, la impopularidad final en Roma contrastaba con el gran aprecio que Adriano había suscitado en Grecia y merecido en toda la zona oriental del Imperio, en correspondencia con el filohelenismo, la afición por la cultura griega, demostrado por él en su vida y sus viajes.

Adriano, que llegó al trono imperial con cuarenta años tras una larga carrera de cargos civiles y militares, impuso desde sus comienzos una propia línea política. Frenó la expansión territorial, renunciando a nuevas conquistas bélicas, reforzó las fronteras y promovió la idea de paz en todo el dominio romano. Luego recorrió las extensas tierras del Imperio como ningún emperador lo había hecho antes, no sólo para asegurar la justa administración en las provincias, sino también para mostrar la munificencia imperial, y construir carreteras, ciudades y monumentos, y aún más para conocer a sus gentes, sus problemas y ambiciones. Viajó sin cesar, unas veces guiado por la estrategia política y otras por su propio anhelo de ver mundo y aumentar su cultura personal. Y fue, de alguna manera, en algunos viajes que realizó a remotos confines de su imperio, en la época de una paz asegurada, un viajero sentimental. En los veintiún años de su reinado pasó más de doce fuera de Roma, más de la mitad del tiempo de su gobierno.

De Antioquía a Roma

Ya antes de llegar al trono, Adriano también había viajado mucho con varios destinos. Hizo muy joven su primer viaje a Itálica, la ciudad patria de su padre y también de Trajano, que visitó el año 90. Desde 95 a 101 marchó como tribuno y luego cuestor a Germania y Dacia, es decir, a las fronteras del Rin y del Danubio. Tras las guerras dácicas, en el año 105 fue destinado a la zona oriental, primero a Grecia (Nicópolis y luego Atenas), más tarde a Antioquía, Armenia y Siria. Allí fue, en Antioquía, en agosto de 117, ya como legado al frente de las legiones de Oriente, donde recibió la noticia de la muerte de Trajano, apenas dos días después de saberse designado como su sucesor. Fue aclamado como emperador por las legiones y como tal se encaminó a Roma, desde Asia Menor, cruzando con un fuerte ejército Tracia, Mesia, Dacia y Panonia. Llegó once meses después, ya en 118.

Allí se mantuvo hasta 121. En un viaje de inspección recorrió tierras de la Galia y Germania, y luego Britania, donde mandó construir el famoso muro que llevaría su nombre. Se dirigió luego a Hispania (la Tarraconense y la zona de León) y de allí pasó probablemente a Mauritania y a Siria. Tras recorrer Tracia y las ciudades costeras de Asia Menor llegó finalmente a Atenas. Permaneció en Grecia casi un año, hasta que a mediados de 125 volvió a Roma. Desde ésta, en 128 recorrió en campaña militar el agitado norte de África (Numidia y Mauritania).

Ya en 129 emprendería otro gran viaje hacia Oriente, con varias estancias en Atenas, desde donde viajó a las ciudades de Asia Menor (Éfeso, Mileto), Licia y luego Siria, Arabia y Judea, así como Egipto, regresando de las tierras del Nilo a Atenas ya en 132. Acaso tras una nueva rápida visita a Judea, donde continuaba la guerra contra los rebeldes israelitas, atravesó las tierras de Macedonia, Mesia, Dalmacia, Panonia hasta llegar a Roma, a mediados de 134. Allí, descansando en su retiro de Tívoli, en las afueras de la gran urbe, enfermo y melancólico, permaneció hasta su muerte, en Bayas, en julio del año 138.

Fundador de ciudades

En muchos de los lugares que visitó, Adriano inauguró edificios, monumentos, caminos y construcciones diversas. En las fronteras fijó con muros y fosos los límites duraderos del Imperio: una gran empalizada en Germania y en Retia (al sur de la actual Alemania), el perdurable muro en el norte de Britania y una amplia fosa (fossatum) en África. Fundó ciudades, a veces con su nombre, las dos Adrianópolis de la Cirenaica (actual Libia) y Tracia (región situada entre Grecia y Bulgaria), Adrianúteras, Adrianos y Adraneia en Asia Menor, así como Elia Capitolina, erigida sobre las ruinas de Jerusalén, en Judea. En honor de su amante Antínoo fundó Antinoópolis en Egipto. Alzó también grandes templos, como en la ciudad de Cízico (situada en la región de Misia, en Asia Menor) y en Atenas, donde destaca el magnífico santuario de Zeus Olímpico. Prodigó fiestas a su paso, dejando por doquier claras inscripciones con su nombre y muchas estatuas, de las que se conservan más de ciento cincuenta. Embelleció con teatros y obras de ingeniería muchas ciudades, como en el caso, muy significativo, de la hermosa Itálica, la ciudad de su familia y de la de Trajano.

Las visitas imperiales «a todas», o casi todas, las provincias eran algo excepcional. Otros emperadores habían viajado a unas u otras en caso de algún conflicto bélico o en campañas militares –como Augusto al norte de Hispania o Trajano en sus viajes a Oriente– o, en otros casos, para darse a conocer tras su proclamación; pero en Adriano esas visitas de inspección y festejos responden a su interés personal por el cuidado y mejora de las provincias, a un plan premeditado de mejorar las comunicaciones y, a la vez, conocer a sus gentes y su cultura.

El establecimiento de fronteras definitivas, la restauración de la disciplina militar y de la administración de la justicia, se enlazaban con una fuerte pasión constructiva y todo esto se combinaba muy bien con su sincero y tenaz filohelenismo. Esos empeños suyos respondían al anhelo de integrar mejor y reanimar la parte oriental del Imperio, por la que manifestó una singular atracción e incluso una personal simpatía espiritual. De ahí su afán de dar nuevo impulso económico y político a aquel ámbito cívico grecohablante y a su ejemplar cultura antigua y brillante, que Roma ya mucho antes había sometido y asimilado en su nivel más elevado. En fin, en ese siglo II, bajo la dinastía de los Antoninos, el renacer de la cultura y de la sociedad helenística fue espectacular. Tanto en Atenas, embellecida por las obras monumentales de Adriano –y de su amigo, el riquísimo Herodes Ático–, como en otras ciudades de la costa del Egeo, esa época fue un tiempo de esplendor.

También en Roma dejó Adriano notables muestras de su afán arquitectónico: reconstruyó el templo del Panteón, iniciado por Agripa, y edificó el templo de Venus, los jardines y el palacio de Tívoli, así como el enorme túmulo funerario para su sepulcro (que concluyó Antonino y actualmente es el castillo de Sant’Angelo), además de reformar los edificios del foro de Augusto y los mercados del campo de Marte. Celebró numerosos juegos en el circo y representaciones en los teatros, y diseñó su residencia palaciega en Tívoli con numerosas estatuas y pinturas que reproducían escenas y paisajes de sus lugares predilectos del oriente helénico: el Liceo y la Academia, el Pritaneo, Canope, la Estoa y Tempe.

Apasionado por lo griego

En su actitud pública, Adriano parecía querer ser visto como un nuevo Augusto: como él aseguró las fronteras, reconstruyó templos (como el Panteón en Roma y el de Augusto en Tarragona), y como él a su muerte dejó designado no sólo al buen Antonino como su sucesor inmediato, sino también a dos herederos de éste: Lucio Vero y Marco Aurelio. Por otra parte, también emulaba a Pericles, de modo que asumió, en Oriente, en 129, el título de Olímpico (Olimpios). Creó en Atenas un gran centro político, el Panhelenion, donde se reunirían los representantes de las ciudades griegas para diseñar una política común; a la vez que se empeñó en concluir de una vez el imponente templo de Zeus Olímpico. Hizo mucho por acreditar el prestigio cultural del mundo griego: en Roma fundó un centro llamado Ateneo, trató con los sofistas más notables de su tiempo e intentó helenizar a los judíos construyendo en las ruinas de Jerusalén, destruida por Tito, una nueva ciudad, Elia Capitolina, con templo y cultos paganos; una medida errónea, que suscitó una larga rebelión y una segunda guerra en Judea.

El amor a lo griego de Adriano venía ya de su juventud, cuando por sus lecturas y sus gustos fuera apodado Graeculus, «grieguillo», mote bastante despectivo en Roma. Su cordial filohelenismo aparecía a las claras en su rostro barbado, como el de un antiguo filósofo griego, en un notable contraste con los bien rasurados nobles romanos y los emperadores precedentes. Como al ocupar el trono la conservó, pronto se puso de moda la barba cuidada en todo el Imperio, y la llevaron, cortas o largas, numerosos emperadores, y no tan sólo los que, como Marco Aurelio, podían sentir alguna simpatía o admiración a los filósofos helénicos.

También puede notarse otro rasgo griego en su amor por el joven Antínoo, una pasión más comprendida en el mundo griego y oriental que en el ambiente romano. Al morir el bello muchacho en aguas del Nilo, el desolado Adriano fundó una ciudad con su nombre e hizo que se multiplicaran los retratos de su amado por múltiples ciudades. Hay que recordar que el enlace del emperador con Sabina, sobrina nieta de Trajano, fue una boda de conveniencia, planeada por la emperatriz Plotina, y acaso poco feliz.

Desde sus jardines y sus habitaciones con vistas, el melancólico Adriano sentía acercarse la muerte, e incluso intentó en vano suicidarse. Entre tanto en Roma crecía el resentimiento hacia su persona, refinada y voluble, misteriosa para muchos romanos.

Para saber más

Adriano. Anthony Birley. Gredos, Madrid, 2010.

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar. Edhasa, Barcelona, 1998.

29 abril 2013 at 12:37 pm Deja un comentario

Espectáculo de luz en el Muro de Adriano

Según informa la BBC y recoge también Heritage Key, en marzo de 2010, con motivo de la British Tourism Week, las 84 millas (135 km.) del Muro de Adriano serán iluminadas con cerca de 500 puntos individuales de luz.

Las luces se pondrán a intervalos de 250 metros a lo largo de la ruta, desde Wallsend hasta Bowness-on-Solway en Cumbria. Los romanos construyeron pequeños fortines a lo largo del muro, a una milla romana de distancia uno de otro. Además, entre cada fortín, a intervalo de un tercio de milla romana, había una serie de torreones. El plan es crear un punto de luz en todos los fortines y torreones, con un punto adicional de luz entre cada uno de ellos. 

Un equipo de cámaras de cine filmará la línea de luz de costa a costa desde un helicóptero y las imágenes serán emitidas en la zona en pantallas gigantes.

El espectáculo Illuminating Hadrian’s Wall forma parte de un plan quinquenal del  World Heritage Site of Hadrian’s Wallse. Un proyecto que tiene como finalidad la investigación y conservación de este importante monumento, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1987.

El evento será producido por John Farquhar-Smith, director técnico de la “ceremonia de entrega” a Londres 2012 en la clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing.

El Muro de Adriano formó la frontera romana en el norte de Inglaterra durante casi 300 años. Fue construido en el año 122 a.C. por el ejército romano a las órdenes del emperador Adriano. En 1987 se añadió a la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco y desde 2005 forma parte de la denominación conjunta “Fronteras del Imperio Romano”, a la que pertenecen también el Limes de la Alta Germania-Retia (Alemania) y el Muro Antonino (Reino Unido).

Hoy en día atrae a visitantes de todo el mundo, y después de Stonehenge es el lugar preferido entre los niños británicos.

La imagen, con una recreación de cómo se verá el muro iluminado, es de Heritage Key

24 noviembre 2009 at 8:27 pm 1 comentario


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