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Sacrificios, sexo salvaje y depravación en la Antigua Roma: el atroz origen de San Valentín

Las celebraciones en las que se basa esta jornada son las Lupercales («la fiesta de la licencia sexual») y el día en honor de la diosa Juno Februata

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Las Lupercales – ABC

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
10 de febrero de 2017

Ni amor, ni pequeños angelitos capaces de volar y de lanzar flechas para entrelazar el destino de dos tortolitos. El origen del Día de San Valentín poco tiene que ver con lo que, a día de hoy, se celebra el 14 de febrero. Por el contrario, esta fiesta en honor a los enamorados se basa en las Lupercales, un festival de depravación y sexo salvaje que se llevaba a cabo en la Antigua Roma con varios objetivos. Entre ellos, lograr que los jóvenes se iniciaran en la sexualidad y perdieran el miedo a mantener relaciones entre sí. La celebración era tan bárbara e imposible de erradicar que la Iglesia se vio obligada a sustituirla por el actual día de los enamorados en el siglo V.

Con todo, esta es solo una de las teorías existentes sobre el origen de San Valentín. Algunas fuentes creen que también se basa en otra fiesta pagana que se quería «cristianizar»: la que se hacía en honor de Juno Februata. El autor John M. Flader afirma en su obra «Tiempos de preguntar. 150 cuestiones sobre la Fe Católica» que, en la Antigua Roma, existía la costumbre de honrar a esta deidad introduciendo los nombres de las jóvenes de la ciudad en una caja. Cada uno de ellos era extraído por un chico y la pareja resultante quedaba unida a nivel sexual. Nuevamente, lo pecaminoso de la celebración hizo que fuera modificada. «Al final, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», afirma el autor.

Lupercales: barbarie y golpes en Roma

Las Lupercales, según la mayoría de los expertos, eran unas fiestas celebradas en la Antigua Roma que incluían varios ritos para que los adolescentes se iniciaran en las relaciones sexuales. Con todo, y según explica el autor Jean-Noël Robert en su obra «Eros romano: sexo y moral en la antigua Roma», el origen de esta celebración ya se consideraba entonces mitológico. «Se trataba de una de las ceremonias más arcaicas, ya que numerosos especialistas coinciden en decir que se remontaba a los tiempos del caos, mucho antes de la fundación de Roma, en la que sin duda se hacían sacrificios humanos», señala.

Oficialmente, la fiesta se celebraba en la misma gruta (la Lupercal) en la que se creía que una loba había amamantado a los fundadores de Roma (Rómulo y Remo) después de que estos hubieran sido abandonados en el río por su familia.

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Jóvenes disfrazados de lobo – Wikimedia

El escritor Carlos Goñi relata en «Una de romanos: un paseo por la historia de Roma», este curioso episodio: «Marte, el flagrante dios de la guerra, amó en secreto a [una joven], quien concibió dos mellizos. Cuando nacieron, [el tio de la chica, Amulio] introdujo a los pequeños en una cesta y los expulsó al Tíber, convencido de que morirían. Sin embargo, la cesta vino a parar a un remanso del río. Los niños empezaron a llorar y la loba los descubrió. El animal los amamantó en una gruta al sur del Palatino, llamada Lupercal».

Desde aquella gruta se iniciaban las Lupercales de manos de un sacerdote. Este era el encargado en primer lugar de sacrificar un carnero en honor a Fauno (el dios de la naturaleza). Lo hacía con el mismo cuchillo con el que, posteriormente, embadurnaba la cara de dos «lupercos» o «luperci» (los jóvenes que debían pasar por aquel ritual).

Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos a todo aquel que se ubicaba frente a ellos

«Después, secaba los restos de sangre con vellón de lana mojado en leche; en este punto los dos muchachos debían prorrumpir en risas», explica el autor de «Eros romano». ¿Por qué esta reacción? Al parecer, porque de esta forma emulaban la victoria de la vida sobre la muerte. La «resurrección» por la que, en definitiva, habían pasado los fundadores de la ciudad tras verse abandonados y haber sido recogidos por el animal. Una vez que habían sido ungidos por el sacerdote, estos dos jóvenes (que casi siempre iban desnudos, o ataviados únicamente con taparrabos fabricados con la piel de los animales sacrificados) salían de la gruta. El ritual no acababa en este punto, sino que iniciaban una carrera desquiciada a través de Roma por un itinerario previamente planeado. Un trayecto que llevaban a cabo mientras proferían obscenidades. Mientras corrían, los «lupercos» iban dando latigazos -con una correa fabricada también con los restos del carnero- a todo aquel que, voluntariamente, se ubicaba frente a ellos.

El principal objetivo eran, no obstante, las mujeres en edad de ser madres. «La opinión en que estaban las mujeres era que estos latigazos contribuían a su fecundidad, o a su feliz libertad», se explica en el «Diccionario Universal de Mitología». Las chicas, de hecho, consideraban todo un honor que los «lupercos» les diesen un correazo, pues era una forma de que los dioses les asegurasen un retoño. Los hombres zurrados, por el contrario, entendían que aquellos golpes les purificaban y les permitían entrar «limpios» en el nuevo año (que comenzaba entonces en marzo). Es decir, que llevarse una marca a casa era símbolo de buena suerte.

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Lupercales – Wikimedia

A pesar de todo, los autores le atribuyen varios significados a esta fiesta. Robert señala, por ejemplo, que mediante aquella carrera la «ciudad revivía sus primeros momentos, aquellos en que había pasado de la barbarie y el caos a la civilización, a una nueva vida». Otros tantos son partidarios, por el contrario, de que la ceremonia era principalmente un rito de iniciación entre los más jóvenes. El autor Pierre Jacomet es uno de ellos. El escritor afirma en una de sus obras que aquellas eran «ceremonias destinadas a alejar el miedo a la sexualidad, el temor de ser incapaz, el terror a no poder cumplir con el ritual de la fertilidad, que es la cópula, a perder la calidad de ciudadano del mundo».

¿Qué sucedía después de la carrera? Las teorías son varias. Algunos autores como Jon Juaristi explican en «El bosque originario» que las Lupercales podrían incluir «ritos orgiásticos como la prostitución propiciatoria de las pastoras». Robert, por su parte, añade que ese día también se celebraban otros tantos rituales como «el sacrificio de un perro», una invocación a Juno, o un banquete».

La confusión con Juno Februata

Pero San Valentín no solo podría tener su origen en las Lupercales. Como ya se ha señalado anteriormente, también sería posible que se basara en la fiesta que los romanos celebraban en honor de Juno Februata (la diosa de las purificaciones, según se explica en «Panlexico, vocabulario de la fabula»). No obstante, existe cierta controversia en torno a esta festividad. Algunos autores afirman que era una celebración situada el día 14, mientras que otros la ubican el 15 y, algunos más, llegan a señalar que se celebraba entre el 13 y el 15.

La controversia en torno a esta ella es total. Determinados historiadores señalan que realmente se correspondían con las «februales», unas celebraciones que duraban casi medio mes y que se llevaban a cabo en febrero. Las mismas en las que se detenía el culto al resto de divinidades (pues sus templos se cerraban) y, curiosamente, los matrimonios estaban prohibidos.

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Los “luperci” dan latigazos a las mujeres – ABC

Las teorías sobre cómo se celebraban las fiestas en honor de Juno Februata son también varias. Algunos autores afirman que en ellas se llevaban a cabo sacrificios mientras los presentes portaban antorchas. Otros escritores como Flaver son partidarios de que, en base a las fuentes clásicas, se festejaban de una forma mucho más romántica: «Existía la antigua costumbre de que el 15 de febrero los chicos escribieran los nombres de las chicas en honor de la diosa Juno Februata».

También se cree que, posteriormente, las «papeletas» (por así llamarlas) eran guardadas en una caja y cada joven extraía una. Esa sería su pareja sexual, y con ella llevaría a cabo sus fantasías más perversas. «Para cristianizar dicha costumbre, se sustituyeron los nombres de las chicas por los de los santos», completa el experto. El historiador del XVIII Alban Butler es en quien se basa principalmente este experto, el cual es secundado por otros posteriores como Jack Oruch.

Cristianización

La brutalidad de las Lupercales, así como la necesidad de cristianizar la fiesta ante la imposibilidad de que la olvidasen los ciudadanos, provocó que -allá por el siglo V- la Iglesia tomara cartas en el asunto. Así lo afirma el periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su obra homónima: «La fiesta de San Valentín fue instaurada en el año 498 por el papa Gelasio I, probablemente en un intento de eliminar la efeméride pagana de las Lupercales, que se celebraban el 15 de febrero. Un festejo relacionado con el amor y la reproducción».

En palabras de este autor, se eligió sustituirla por San Valentín en base a que este religioso desafió a Roma en el siglo III en nombre del amor. Por entonces, el emperador romano Claudio II Gótico (214-270 d.C.) consideraba que «los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla, en unos momentos en los que las fronteras se veían acosadas por alamanes y vándalos».

«Los soldados que estaban casados pecaban de conservadores en el campo de batalla»

El político, que de tonto no tenía un pelo, decidió que lo mejor para que sus legionarios se dejasen la vida y derrochasen valor en el frente era prohibirles contraer matrimonio. Si nadie les esperaba en su hogar, no tendrían reparos en batirse a pilum y gladius.«San Valentín era entonces el obispo de la ciudad de Iteramna (hoy Terni, en Italia), y se avenía a celebrar en secreto las bodas de aquellos soldados que no querían cumplir esa orden del emperador», añade Hernández.

Como era de esperar, al ser descubierto fue apresado por el líder, quien le decapitó el 14 de febrero del año 269. «Se cree que fue enterrado en la Vía Flaminia, a las afueras de Roma, lo que hizo que durante la Edad Media la Puerta Flamina fuese conocida como Puerta de San Valentín», completa el historiador y periodista. En todo caso, la veracidad sobre la biografía del santo hizo que la Iglesia Católica eliminara esta festividad del calendario en el año 1969.

jesushernandezCon todo, existe otra versión sobre esta historia. Según desvela el dossier «El día de San Valentín» (editado por la Consejería de educación en el Reino Unido e Irlanda), Valentino era, allá por el siglo III, un cristiano que continuó practicando su religión a pesar de la prohibición romana. Sus principios le llevaron a la cárcel, donde uno de los guardias le pidió que diese clases a su hija ciega. Tras varias jornadas a su lado, la pequeña recuperó la vista y se convirtió al cristianismo al entender que era la fe verdadera.

«Añade la leyenda que la víspera de la ejecución, Valentino envió una última nota a la niña pidiéndole que se mantuviera en la fe. La nota iba firmada: “de tu Valentino”. Al día siguiente, 14 de febrero, Valentino fue ejecutado. Sus restos se conservan en la Basílica de su mismo nombre, en Terni, donde cada año, el 14 de febrero, las parejas que van a casarse celebran un acto en honor del Santo», se señala en el informe.

 

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13 febrero 2017 at 8:42 pm 3 comentarios

Anglesey: cuando la legión romana XIV Gemina aplastó una secta renegada de druidas y brujas en Britania

En enero del año 43 d.C., esta unidad fue enviada a Gran Bretaña. Dos décadas después, logró acabar con uno de los mayores focos de enemigos de la región.

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Representación de una legión romana – El último centurión

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
4 de enero de 2017

«El griterío daba pavor. Decenas de mujeres vestidas completamente de negro saltaban locamente entre los guerreros, completamente hechas furia. Sus cabellos en completo desorden se agitaban en el aire al igual que lo hacían las antorchas encendidas que llevaban en sus manos. Cerca de ellas una banda de druidas, todos ellos vestidos de blanco, alzaban sus manos al cielo lanzando terribles imprecaciones». Así es como describió Tácito la llegada a Angresey (la llamada «Isla de los druidas») de la legión romana XIV Gemina en el año 60 d.C.

La jornada no pudo ser más aciaga para los militares, pues aquel día tuvieron que superar sus prejuicios y su carácter supersticioso para asestar el golpe definitivo a la que, en aquellos tiempos, era la mayor secta de druidas de Britania. Y lo cierto es que su miedo estaba en cierta forma justificado, pues de estos religiosos se decía que coqueataban con la magia negra y llevaban a cabo sacrificios humanos para contentar a sus dioses. Hoy, recordamos a esta legión aprovechando que, en enero del año 43 d.C. (tal mes como este) fue enviada a Gran Bretaña.

La «Isla de los druidas»

La llegada de las legiones romana a Britania en el siglo I d.C. de manos del emperador Claudio (Julio César ya lo había intentado un siglo antes y había fallado estrepitosamente) llevó a las diferentes tribus de la zona a organizar varios focos de resistencia. La mayoría, establecidos en la mitad norte de la isla. Sin embargo, los historiadores reconocen como uno de los enclaves celtas más destacados la isla de Anglesey (cerca de Liverpool).

«El pueblo céltico vivió en el norte de Francia y las Islas Británicas. Practicaba las artes ocultas y adoraba a la naturaleza»

Conocida como la «Isla de los druidas» (o Ynys Mon en dialecto local), este pedacito de tierra de apenas 715 kilómetros cuadrados se convirtió en un auténtico dolor de cabeza para los soldados de las legiones romanas. Y es que, en ella se asentaba un «colegio de druidas» cuyos miembros decían tener el poder necesario para proteger a todo el territorio de los invasores.

¿Quiénes eran los druidas? Oficialmente, los sacerdotes del pueblo celta. Pero extraoficialmente eran aquellos que canalizaban la religión como forma de aunar a las diferentes tribus contra las legiones romanas. «El pueblo céltico vivió en el norte de Francia y las Islas Británicas. Practicaba las artes ocultas y adoraba a la naturaleza, a la que atribuía cualidades animísticas o sobrenaturales», señalan John Ankerberg y John Weldon en su libro «Facts on Halloween». De esta opinión es también el historiador y arqueólogo Henri Hubert quien (en su obra «Los celtas y la civilización céltica») determina que los habitantes de las islas se mantenían unidos gracias a los druidas, a los que se daba gran importancia por saber interpretar los deseos de los dioses: «Eran una clase de sacerdotes expresamente encargados de la conservación de las tradiciones».

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Ilustración ficticia de un druida – Wikimedia

En su extensa obra, «Legiones de Roma. La historia definitiva de todas las legiones imperiales romanas», el historiador Stephen Dando-Collins es de la misma opinión ya que, en sus palabras, los romanos se percataron de que «los druidas eran un factor unificador de las diferentes tribus britanas». De hecho, los hijos de los nobles eran habitualmente educados por estos sacerdotes en su religión.

Muchos de ellos se convertían en druidas, mientras que el resto pasaban a dirigir políticamente la mayoría de los pueblos de la región. «Así, todas las tribus apelaban a los mismos dioses celtas para que les dieran poder para derrotar a sus enemigos», añade el experto en su obra.

En base a todo ello, no es raro que -en cuanto pisó BritaniaAugusto prohibiera a los romanos que profesaran esa religión y, posteriormente, Claudio la ilegalizara en su totalidad. Con esos precedentes, los romanos entendieron que debían conquistar la isla para acabar de un único golpe con el foco de resistencia. «Pretendían acabar con esa secta ilegal apagando así el fuego druídico de la resistencia británica», completa Dando-Collins. Sin embargo, para el ataque se necesitaba un oficial aguerrido capaz de tomar con sus legiones una región que, a priori, parecía inexpugnable.

El elegido

Para el ataque, Roma eligió al que había sido gobernador de Britania durante dos años, Cayo Suetonio Paulino. El primer general romano que, según explica el historiador Plinio en su obra «Descripción de África y Asia», cruzó la cordillera del Atlas durante su estancia como general en África: «Suetonius Paulinus […] fue el primer general romano que avanzó una distancia de algunas millas más allá del Monte Atlas: él habla como cualquier otra de la altura de esta montaña, pero añadió que el camino está lleno de espesos bosques y profundos formados de una especie de árboles desconocidos: la altura de estos árboles es notable, y el tronco sin nudos es brillante y el follaje es similar al ciprés, que emana un olor fuerte, y está cubierto como con lana sutil, que con arte, se pueden hacer tejidos como con la seda. La cumbre de la montaña está cubierta, incluso en verano, de nieve espesa».

Además, Suetonio no solo ofreció una información clave para la geografía romana como la ruta idónea para cruzar el Atlas o la situación de los accidentes geográficos de la zona, sino que también combatió en África como un auténtico héroe. No en vano, en el año 42 había demostrado sus habilidades marciales expulsando a una molesta tribu rebelde de Mauritania y optaba a recibir el título de «mejor soldado del imperio». Era, en definitiva, un «trabajador y sensato oficial», como determina el también historia Tácito.

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Estatua de Suetonio – Wikimedia

Para tomar la isla, Suetonio eligió a los hombres de la XIV Legión, llamada Gémina, fundada por Julio César, y famosa por haber participado en todo tipo de campañas como la de Dirraqui y Tapsos. De hecho, tras combatir en Britania sería conocida como una de las unidades más experimentadas de todo el ejército romano.

Pero sus hombres no estarían solos ante los britanos, pues contarían además con el apoyo de varias unidades de caballería e infantería ligera bátavas. Hombres junto a los que llevaban llegando al baile de los aceros durante décadas y en los que tenían total confianza. Todo estaba listo para el enfrentamiento definitivo entre la secta de druidas y los legionarios.

Los enemigos

Pero… ¿Quiénes eran realmente sus enemigos? En palabras de Tácito, la isla estaba habitado por una secta de druidas renegados entre los que había mujeres. El historiador latino habla de hembras despeinadas, que vestían ropajes fúnebres dedicados al luto, y que solían llevar consigo antorchas. Todas ellas, acompañadas de druidas y de miles de guerreros celtas.

El contemporáneo afirma también que este grupo de enemigos era dirigido por una sacerdotisa llamada Veleda. «La sacerdotisa vidente era una virgen que dominaba un vasto territorio y que era objeto de una profunda veneración. […] Su función en el oráculo era [sumamente] importante por su influencia», explica Stefano Mayorca en «Los misterios de los celtas». Tácito dice lo siguiente de ella: «Estaba prohibido acercarse a Veleda o dirigirse a ella, como queriendo manifestar la veneración que se le debía».

Hacia la batalla

Suetonio salió de Camulodunum (actual Colchester) en al año 60 d.C. Tras reunir a sus hombres en la frontera con Gales, se dirigió al noroeste de la región. Como romanos que eran, no tardaron en buscar una solución para poder vadear rápidamente los ríos que encontraran a su paso. Así lo explica el autor de «Legiones de Roma»: «Durante el invierno, los hombres de la legión XIV Gemina se habían preparado para el ataque construyendo unas pequeñas barcas desmontables de fondo plano para poder operar en el río y en la costa. Dichas barcas fueron transportadas en la columna de bagaje de la fuerza especial y descargadas en cada uno de los ríos que se encontraban a través del norte de Gales».

«Durante el invierno, los hombres de la legión XIV Gemina se habían preparado para el ataque construyendo unas pequeñas barcas desmontables»

Tras atravesar el río Dee, el Clwyd y el Conway, se encontraron con su último escollo: el Estrecho de Manai. Una corriente de agua a la que arribaron en verano y que tenían que superar para llegar hasta los dominios de los britanos. Los primeros en cruzarla fueron los infantes. Los legionarios romanos. Y lo hicieron en las barcazas de fondo plano que ya habían sido montadas y desmontadas en una infinidad de ocasiones. Posteriormente le tocó el turno a los jinetes bátavos, a los cuales se les ordenó mojarse y pasar el líquido elemento «a nado con sus caballos».

Por su parte, los defensores esperaron al enemigo en las costas. «Una masa de guerreros galeses, probablemente de las tribus de los deceanglos, los ordovices y los siluros, formó en la orilla sureste de la isla en una “formación apretada” y esperaron el desembarco de las tropas romanas», explica Stephen Dando-Collins. Todo estaba listo para enfrentarse a pilum y scutum contra los enemigos.

Con los ejércitos formados en las playas y las armas preparadas para cargar contra el enemigo, los legionarios fueron recibidos por unos curiosos personajes ataviados con túnicas. En palabras de Mayorca, los primeros en plantar cara a los invasores fueron «un grupo de druidas que gritaban fórmulas y conjuros mientras elevaban sus manos hacia el cielo».

Tácito va más allá y señala que todo era parte de un extraño «ritual mágico» llevado a cabo por mujeres y que estaba destinado a maldecir a sus contrarios. «Mientras los legionarios y los auxiliares salían con dificultades de los botes, un grupo de mujeres histéricas aparecieron como un rayo por detrás de las filas celtas. Vestidas de negro, con los cabellos desaliñados, las mujeres agitaban tizones ardiendo en las manos y chillaban como animales», determina, en este caso, Dando-Collins.

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Soldados romanos asesinan druidas – Wikimedia

Ver aquel improvisado aquelarre dejó más que boquiabiertos a los legionarios romanos de la XIV Gemina. Parece que a estos de nada les sirvió su amplio entrenamiento militar pues, sintiendo pánico a aquellas maldiciones llegadas del inframundo, se quedaron petrificados y no atendieron ni a levantar sus escudos para defenderse. La situación llegó a ser tan desesperante para los invasores que Suetonio, a voz en grito, recordó a sus supersticiosos hombres que aquellas no eran más que falacias lanzadas desde gargantas de tribus sin cultura alguna. Después, encabezó la carga contra los enemigos. Algo que enardeció los corazones de sus combatientes.

El resultado fue el esperado, una masacre. «Fue necesario que el propio Paulino asumiese el liderazgo e incitase a sus hombres a actuar preguntándoles si tenían miedo de las mujeres. Sin esperar a que se les uniera la caballería, los legionarios cargaron, exterminando tanto a guerreros como a brujas. Al poco, había pilas de cadáveres celtas quemándose entre las llamas de las piras funerarias encendidas con los propios tizones de las mujeres», determina Dando-Collins.

Acto seguido, y con los contrarios aplastados, las legiones se expandieron por la isla dispuestos a acabar con todos los druidas. Unos hombres que, según las leyendas, solían llevar a cabo sacrificios humanos.

¿Verdad o mentira?

Son muchos los expertos que, en base a los textos de Tácito, creen que los legionarios romanos tuvieron que sobreponerse a los maleficios que les lanzaban aquellas brujas antes de cargar contra ellas. Sin embargo, hay otros como el historiador español Pedro Palao Pons que afirman que este episodio fue exagerado por los militares de la época.

«En honor a la verdad, lo que cuenta Tácito posiblemente ocurrió más en la mente del historiador que ante sus ojos, ya que cuando aconteció la batalla del estrecho de Menai nuestro querido historiador romano, ni era historiador, ni estaba en Britania, puesto que solo era un niño», explica el autor en su obra «El libro de los celtas».

A su vez, Palao explica en este libro que, muy probablemente, Tácito se dejó impresionar por algún legionario exagerado que quería demostrar lo valiente que había sido en aquella isla. Aun con todo, el historiador sí corrobora que los druidas solían bendecir a los guerreros con salmos, canciones y danzas frenéticas para imbuirles ánimos en las batallas.

 

4 enero 2017 at 10:56 am Deja un comentario

«Julio César tenía una jirafa de mascota y usaba perros para luchar en sus legiones»

La historiadora María Lara repasa en ABC -en pleno aniversario del nacimiento del dictador- el origen de las vacaciones de verano: la Antigua Roma

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Julio César acepta la rendición de Vercingétorix – Wikimedia

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
14 de julio de 2016

Año tras año, esperamos ansiosos la llegada de los meses de julio y agosto por una sencilla razón: las vacaciones de verano. Y es que, a pesar de lo agradable que puede ser el calor, todavía lo es más dejar a un lado la rutina del día a día para coger el coche o el avión y pasar unos días en cualquier lugar que se aleje de las zonas que tenemos más vistas.

Con todo, hacer referencia a este tiempo de asueto nos plantea una serie de cuestiones. La primera de ellas, cuándo se empezó a generalizar el «cambiar de aires» y el «tomarse un respiro» en la Historia.

Por ello, hemos contactado con María Lara (escritora, profesora de la UDIMA y Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia) para que nos desvele el momento exacto en el que empezaron las vacaciones de verano. A su vez, la experta también nos ha hablado de las mascotas de la Antigua Roma. Esos animales cuyo cuidado, cuando viene el estío, generan algún que otro dolor de cabeza.

¿Cuándo comenzaron a generalizarse las vacaciones?

En época contemporánea, pero antes, en la Antigua Roma, ya se iban de vacaciones aquellos que se podían permitir un nivel de vida más alto que el resto, personas que disfrutaban de placeres que no estaban al alcance de todos los ciudadanos como, por ejemplo, los propietarios de las villas. En Hispania hubo unas cuantas de ellas, algunas conocidas desde hace tan sólo unos años, como la que alberga el majestuoso mosaico de Noheda, en la provincia de Cuenca, con escenas mitológicas, nupciales e infantiles.

¿Se favoreció en Roma la existencia de las vacaciones?

En la época de Adriano se construyó una extensa red de rutas y carreteras comerciales. Durante los veranos, las familias patricias se desplazaban hacia otros parajes. En mi novela histórica, “El velo de la promesa” (que ya va por la octava edición y ha ganado el Premio “Ciudad de Valeria”, el único centrado en narrativa de inspiración romana) saco a la luz aspectos de la cotidianidad, desde los sentimientos familiares a la indumentaria, pasando por las tabernas de estas “carreteras” que eran utilizadas por aquellos que se iban de vacaciones en aras de comer y pernoctar hasta llegar al destino.

¿El objetivo de esas posadas era únicamente servir a aquellos que se iban de vacaciones?

No. Generalmente eran usadas para dar de comer y albergar a los soldados que se trasladaban  de un lugar a otro durante las guerras o misiones de consolidación de la frontera. Pero en el siglo II d.C., a partir del ascenso de Adriano, y más adelante durante el Bajo Imperio, empezó a incrementarse la movilidad geográfica, esto es, surgió un “turismo” que ayudó a los hosteleros económicamente.

¿Cómo viajaban los romanos?

Generalmente en carros tirados por caballos. Su denominación era carruca. Los más selectos de estos vehículos estaban recubiertos de “lapis specularis”, una especie de cristal que era extraído en España (principalmente en las canteras de Segóbriga) y que permitía a los que iban en su interior contemplar el paisaje sin ser vistos. Así las damas romanas podían disfrutar contemplando la naturaleza o el incesante ajetreo urbano sin verse expuestas a miradas ajenas.

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Carruca romana – Wikimedia

¿Los soldados solían tomarse vacaciones?

No. Ser “miles“, militar, implicaba una vida muy sacrificada. La mayoría de estos hombres no podían volver a casa en mucho tiempo porque las millas que separaban su hogar de las regiones que iban a conquistar eran exageradas. Es preciso concienciarse de que, sólo en el presente, hemos “roto” de algún modo las distancias.

¿Cómo denominaban los romanos a las vacaciones?

En latín las vacaciones eran “feriae”. Pero quizá sería más adecuado hablar de ocio y de negocio: tiempo de descanso y tiempo de trabajo.

¿De dónde proviene ese término?

Los etruscos tenían las ferias latinas. De ellas viene ese vocablo de “feriae”. Se trataba de unas fiestas anuales que instituyó Tarquino el Soberbio en el siglo VI a.C. Fue el último rey de Roma. Este, para consagrar la alianza que había hecho con todos los pueblos del Lacio, creó una fiesta bajo la advocación de Júpiter. Al principio, se celebraban durante un día, pero con el paso de los años se extendieron hasta cuatro en el monte Albano.

Ostia fue algo similar a una ciudad balneario para los romanos

En estos días de “feriae”, a los esclavos no se los obligaba a trabajar. Estas fiestas tenían lugar en abril, aunque hay que tener en cuenta los cambios en el calendario. Agosto es el mes de Augusto, primer emperador de Roma. Fue elegido este mes para honrar al emperador porque en él venció a Cleopatra y Marco Antonio y entró triunfante en Roma.

Como Julio César se había apropiado del quinto mes del año romano, llamándolo julio, Augusto quiso tener otro mes y lo bautizó como él. Y, como quintilis poseía en el calendario juliano (vigente hasta la reforma gregoriana de 1582) 31 días mientras que sextilis, 29, Augusto intervino sumando y quitando días en el año para no ser menos que su predecesor en la gloria de la Urbe y tener un mes de 31 días.

¿Hubo alguna ciudad que destacara por ser un lugar muy deseado para pasar unas buenas vacaciones?

La ciudad de Ostia, Era considerada la playa Roma y estaba ubicada en un rincón del Tirreno. Allí se levantó una ciudad antigua al estilo de Pompeya. Era el lugar donde el Tíber se fundía con el Mediterráneo. Se formo una colonia en el siglo IV para proteger Roma, pero luego fue su principal puerto. Llegó a tener 50.000 habitantes y multitud de termas, es decir, que de algún modo ejerció de ciudad balneario. Cuando el Imperio Romano entró en agonía quedó expoliada y hasta la Edad Media no se volvió a reedificar.

¿Cuáles eran sus destinos más habituales?

El objetivo era cambiar de aires, por eso los honestiores (poderosos) pasaban unas semanas de asueto en villas galas, hispanas o en casas cercanas al Danubio… La finca, surcada por estanques, o decorada con los mejores mármoles, estatuas y mosaicos, evidenciaba la fortuna del amo.

Afirma que, al investigar, se ha encontrado con datos sumamente curiosos del día a día de la vida de un romano en vacaciones ¿Podría contarnos alguno?

En estas mansiones “de verano” los dueños avisaban con carteles a las visitas de que había perros guardianes, algo por otra parte habitual en la domus, la casa romana. Los perros se pusieron de moda entre las clases más acomodadas para ser servidores del hogar. Por eso, los sabios romanos advertían que los perros que fueran a guardar un caserío debían ser grandes, con ladridos espaciosos, sonoros y de color oscuro (para camuflarse por la noche). Los plebeyos disponían de gansos y ocas como auxiliares en la vigilancia.

¿Tenían los romanos afición por los perros?

Sí. La afición de los romanos a los perros vino de la caza, que era una diversión ya importante para los griegos. Por eso vemos a Artemisa o a Diana representadas como cazadoras. También Marte, el dios de la guerra, iba seguido de perros molosos. Era una raza con fuerte musculatura muy utilizada en el circo romano. Este mastín se constituyó en el fiel compañero del gladiador y del legionario.

¿También de los legionarios?

Si. Julio César los conducía junto a él en el ejército, por ejemplo en la conquista de las Galias. Se les procuraba entrenamiento de soldados. Algunos de estos “canis pugnacis” portaban un collar dentado que mostraba su fiereza. Como leemos en un pasaje de la obra Julio César de Shakespeare: “Grita ¡Devastación! y suelta los perros de la guerra”. Pero los ejércitos del Águila también llevaban gatos. El objetivo era que, como había muchos ratones en los campamentos y cuarteles de invierno, los felinos se los comían. Además de que, tras el paso por Egipto, por su vinculación con Isis, era considerado el gato un animal que simbolizaba la victoria.

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Asesinato de Julio César – Wikimedia

¿Hasta dónde llegaba el amor de Julio César por los animales?

Hasta niveles desorbitados. Tuvo una jirafa como mascota. En uno de sus viajes, Julio César se trajo de África en el año 46 a.C. a una jirafa y la exhibió para disfrute de los romanos. Lo llamaron cameleopardo. Por las manchas y por el aspecto pensó el pueblo que se trataba de una mezcla de camello y de leopardo.

¿Hay algún otro dignatario que tuviese una mascota extraña de esas que no se saben donde dejar al estar de vacaciones?

Otro emperador, Valentiniano, tenía dos osas enjauladas junto a su dormitorio. Una se llamaba “Inofensiva” y otra “Lentejuela dorada”. A la primera la devolvió a los bosques por sus muchos méritos. Mucho antes, Augusto puso de moda los cuervos y los periquitos; el segundo emperador, Tiberio, quien reinaba cuando se procesó a Cristo, tenía una serpiente que alimentaba con su propia mano y el histriónico Nerón poseía una pantera llamada Febea.

«Honorio adoraba a su gallina faranona, “Roma”»

Lo de Calígula es sumamente extravagante: adornaba a su caballo Incitatus con mantas púrpuras (color propio del César), su cuadra estaba salpicada de perlas, para el corcel tocaban los músicos y, cuando iban huéspedes a cenar, el jamelgo, y no su amo, era designado anfitrión. Por eso, a menudo cenaba en una gran sala de banquetes con senadores y grandes dignatarios romanos.

¿Y alguno que quisiese de forma desmesurada a su mascota?

Además de Calígula a su equino, Honorio a su gallina. Poseía una gallina faraona a la que llamaba “Roma”. Cuando la ciudad fue saqueada por los godos de Alarico, el eunuco que estaba a cargo de la gallina corrió a anunciarle el fin de Roma al emperador, pero este entendió que hablaba del animal y se disgustó. Honorio repuso que cómo podía ser que hubiera fenecido Roma si acababa de darle de comer. Cuando el criado le explicó que la gallina estaba a salvo, que era la ciudad eterna la que se hallaba en peligro, Honorio suspiró aliviado. Corría el año 410.

Volviendo a las vacaciones: ¿Se tiene constancia de las vacaciones de algún personaje famoso?

Si. En mi novela histórica “Memorias de Helena: Constantino, La cruz y el Imperio” narro el prodigioso viaje que Flavia Iulia Helena (madre del emperador Constantino) hizo a Jerusalén en el siglo IV a.C. Se desplazó desde Roma hasta Jerusalén. Fue por las islas griegas, llegó a Siria y bajó con las caravanas aduaneras hasta Judea. Como no escribió ninguna obra, he desentrañado su historia a partir de las fuentes de la antigüedad tardía, monedas, inscripciones, etc., para después contar sus vivencias en primera persona y que su historia, cargada de sentimientos, sirva para cargar de optimismo, pese a las dificultades, al lector del tercer milenio. Ha sido un trabajo de más de ocho años.

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Egeria – Wikimedia

¿Hasta qué punto fue difícil su viaje?

Efectivamente. Uno se da cuenta a través de las crónicas de lo difícil que era ponerse en marcha, y más si había una distancia tan prolongada como la que acometió Helena. Entre las temperaturas, que eran elevadas, y las pocas comodidades que se experimentaban durante el periplo, los viajes terminaban estando reservados, como odiseas, a héroes y titanes, lo que en la vida práctica equivale a los más valientes.

En el caso de Flavia Iulia Helena, viajó con 76 años del siglo IV (era anciana porque esta edad no se corresponde con la de hoy, la esperanza de vida era de la mitad). Con tesón, Helena, la antigua tabernera que llegó a emperatriz tras el repudio por parte de Constancio Cloro, enseña que hay lágrimas que esconden alegrías: mandó excavar en el Gólgota y desenterró las reliquias de la Pasión.

¿Y alguno con tintes españoles?

El viaje de Egeria. En los últimos años del siglo IV, cuando el Imperio Romano estaba a punto de derrumbarse, una hispana de alcurnia quiso contemplar los Santos Lugares, recién «descubiertos» por santa Helena. Desde la Gallaecia, atravesando la «Vía Domitia» llegó a la capital de la parte oriental del Imperio, Constantinopla, prosiguiendo hasta Jerusalén. Partió en el año 381 y su periplo duró 3 años, en el transcurso de los cuales residió en Jerusalén pero realizando frecuentes excursiones.  Con naturalidad y entusiasmo fue describiendo todo, desde el Hebrón al Tabor, en unas cartas dirigidas a las amigas que quedaron en la patria, por ejemplo, detalla que, al coronar el Sinaí, fueron acogidos por los monjes que allí habitaban.

 

14 julio 2016 at 8:30 am 1 comentario

La verdad sobre los «Inmortales», los guerreros de élite persas humillados por solo 300 espartanos

A pesar de que han pasado a la historia por el miedo que causaban entre sus enemigos, estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos. Jesús Hernández tiene un hueco en su nuevo libro para ellos

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Los «Inmortales», mito y realidad de los guerreros de élite persas – ABC

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC Historia      29/03/2016

Han pasado a los libros de Historia como los «Inmortales». Un nombre que no adquirieron únicamente por sus habilidades militares -que también- sino porque, cuando uno de ellos caía muerto en batalla, se reclutaba inmediatamente a otro soldado para cubrir su baja. Estos guerreros, las tropas de élite del ejército persa durante casi tres siglos, cuentan hoy en día con el curioso honor de haber aparecido en la película «300», donde se les muestra como unos semidioses capaces de aniquilar a destacamentos enemigos con su mera presencia. La realidad, no obstante, es algo diferente. Y es que, más que por militares invencibles, el cuerpo estaba formado por una división de 10.000 hombres que, aunque entrenados y muy válidos en el manejo de las armas, sangraban exactamente igual que los griegos cuando una espada o una lanza les atravesaba el torso. Así lo atestigua el que fueran derrotados en múltiples ocasiones en por los atenienses y los espartanos.

Portada del nuevo libro de Jesús Hernñandez

Portada del nuevo libro de Jesús Hernández

La historia de los «Inmortales», así como otras tantas hasta completar un total de más de 230, se puede leer en el último libro del popular historiador y periodista Jesús Hernández: «¡Es la guerra! Las mejores anécdotas de la historia militar». Una reedición de una de sus obras más vendidas en España en la que es posible encontrar desde curiosidades relacionadas con los espartanos, hasta referencias al siglo XX.

«Aunque pueda parecer que es un libro de anécdotas, en realidad éstas sirven de excusa para conocer la evolución de las tácticas militares, así como hechos históricos poco conocidos, por ejemplo la guerra de Crimea, la de los Bóers o la Ruso-japonesa. El libro supone un repaso ameno y entretenido de toda la historia militar, desde Alejandro Magno a la guerra de las Malvinas. Estoy seguro de que el lector va a descubrir muchas cosas que no sabía y que le va a estimular a conocer más detalles sobre los hechos que ahí describo», explica, en declaraciones a ABC, el prolífico autor (que cuenta en su currículum con más de 20 obras publicadas, así como una infinidad de artículos históricos e intervenciones realizadas en varios medios).

El ejército persa

Cuando los «Inmortales» comenzaron a ganarse sus medallas sobre el campo de batalla, los territorios dominados por los persas abarcaban desde Egipto, hasta el actual sur de Afganistán. Una extensa región imposible de defender por tropas «nacionales» y que llevó a los monarcas de este Imperio a usar un buen número de unidades mercenarias para lanzar ataques sobre sus enemigos (principalmente Grecia) y garantizar que ni un ápice de tierra caía en manos ajenas.

«Las tropas persas eran [escasas] tanto para extender el Imperio como para defenderlo. Los mercenarios, iranios y no iranios, se usaron [por ello] intensamente. Los pueblos iranios de Asia Central -bactrianos, cadusios y saka- eran una fuente importante de ellos. Estas fuerzas podían ser contratadas temporalmente, aunque lo más frecuente era que se mantuviesen de forma permanente o semipermanente. Los ejércitos enviados en operaciones ofensivas, como las invasiones de Grecia, estaban predominantemente compuestos de mercenarios», explica el historiador especializado en Grecia y Roma Philip de Souza en su obra «La guerra en el mundo antiguo».

A pesar de la importancia de los pueblos que ponían su espada al servicio de estos reyes (ya fuera a cambio de dinero o por no ser destruidos), los persas contaban también con un núcleo de guerreros «nacionales» (persas y medos –una tribu Tracia-) que solían ser de dos tipos. Los primeros eran combatientes de entre 20 y 25 años que eran llamados a filas después de haber recibido instrucción militar. «De los 5 a los 20 años, a los varones persas se les enseñaba equitación, tiro con arco y a decir la verdad. Después de ese período de entrenamiento militar permanecían disponibles para el servicio», añade Souza.

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Una de las múltiples visiones que existen sobre los «Inmortales»- Wikimedia

Los segundos eran mucho menos habituales. Consistían en militares cuya vida estaba destinada a guerrear y que, como profesionales que eran, formaban un núcleo permanente de combatientes. Entre ellos se destacaban, precisamente, los «Inmortales». El contingente resultante podría parecer temible, pero nada más lejos de la realidad. Al menos, así lo afirman divulgadores históricos como David F. Burt, quien es partidario de que, aunque cuantitativamente los persas contaban con un ejército de grandes proporciones, a lo largo de la historia quedó demostrada su escasa efectividad en combate directo.

Independientemente de si podían o no arrasar al enemigo por sus artes militares y no por su número –algo discutido a lo largo de los siglos- el ejército persa contaba con una estructura muy concreta basada, como bien explica De Souza, en el sistema decimal.

La base de sus ejércitos eran las unidades de 10 guerreros, las cuales eran conocidas como «Dasabam» (dirigidas por un «Dasabapatis»). Diez de ellas formaban un «Satabam» (con un total de 100 hombres) que, a su vez, era dirigida por un «Satapatis». A su vez, una decena de estos grupos (1.000 militares en total) formaban un «Hazarabam», el cual estaba a los mandos de un «Hazarapatis». Finalmente, diez de estos regimientos daban lugar a una división. Esta era conocida como «Baivarabam» y rendía cuentas ante un «Baivarapatis». El «Baivarabam» más conocido era el de los «Inmortales», al estar formados por un total de 10.000 militares curtidos.

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LUIS CANO (ABC)

A nivel práctico –y a pesar de que los ejércitos fueron variando según pasaban los siglos- entre los años 600 y 400 a.C. la fuerza del contingente persa se encontraba en sus arqueros y su caballería. Los primeros solían causar terror en los griegos con sus saetas y, durante la batalla, se ubicaban tras una línea de guerreros (conocidos como sparabara) ataviados con un gran escudo. Estos eran los encargados de protegerles. «Parece que el “dasabam” de diez hombres conformaba la unidad básica de infantería y formaba en una única hilera en batalla. […] Tras el muro de escudos, el resto de su “dasabam” se disponía en una profundidad de 9 líneas, cada combatiente armado con un arco y una espada curva [formando todos] una muralla de escudos», explica el historiador especializado en la época griega Nicholas Sekunda en su dossier «El ejército aqueménida».

Por otro lado, la segunda pata de este poderoso contingente eran los caballeros. Estos podían ser ligeros (encargados de acosar al enemigo disparándole flechas o jabalinas) o pesados (de los que no hay apenas constancia más allá de alguna batalla en la que se afirma que había persas a caballo equipados con lanzas).

Un cuerpo permanente

«”Inmortales”, pondremos a prueba sus nombres». Si algo hay que agradecer al cine –y en especial a la película «300», es que nos haya recordado la existencia de esta unidad. Sin embargo, la verdad es que este grupo de combatientes era bastante diferente a la que nos muestra el largometraje. Para empezar, porque en la película los presentan ataviados con unas máscaras que en realidad nunca portaron, armados con dos espadas (cuando solían combatir con una lanza) y, finalmente, porque se afirma que eran la élite del ejército persa (una verdad a medias).

Y es que, no todos ellos pertenecían a lo más alto del escalafón militar. La realidad, por el contrario, es que esta unidad abarcaba un «Baivarabam» (10.000 soldados) y que empezaron a ser conocidos como «Inmortales» después de que el historiador Heródoto afirmara que siempre mantenían una misma composición. «Si un hombre resultaba muerto o caía enfermo, la vacante que dejaba se cubría al momento, así que el total de este cuerpo nunca constaba de menos ni de más que de 10.000». Por tanto, la visión que se da en la película «300» (donde se afirma que este apelativo lo recibían por no morir jamás) sería errónea.

Con todo, y siempre según Heródoto, los inmortales sí contaban con cierta preparación extra al ser una de las pocas unidaes del ejército que nunca era desmovilizada al terminar la guerra. Además, como bien señala el historiador clásico, tenía la particularidad de que debía estar formada únicamente por persas.

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Mosaico que representa a los «Inmortales» – Wikimedia

«Por un lado, los “Inmortales” representan la mística que posee cualquier cuerpo de élite militar. De entre una masa de combatientes, siempre hay un grupo selecto al que se le teme especialmente por su preparación y valentía. No es difícil que ese grupo alcance la categoría de mito, como en este y otros muchos casos a lo largo de la historia. Por otra parte, aquellos soldados persas aparentemente invencibles han estimulado la imaginación, como en el caso de la película 300, en el que aparecen convertidos en una especie de guerreros samuráis», explica Hernández a ABC.

Ese carácter de cuerpo permanente (además de las múltiples batallas en las que participaron –y vencieron- en Asia Menor y Egipto) provocó que la fama de esta unidad fuese aumentado. Además, les granjeó algunos beneficios y ventajas dentro del mismo ejército. Algunas son señaladas por Hernández en su obra: «Este cuerpo de élite disfrutaba de algunos lujos impensables para otros soldados. Siempre los acompañaba una caravana en la que viajaban mujeres y disponían de criados, ataviados con lujosos ropajes». Por descontado, solían partir a la contienda ricamente vestidos y, en palabras de Heródoto, sus vituallas y su comida eran transportadas de forma independiente a las del resto del contingente por su mayor importancia.

La élite de los «Inmortales»

Dentro del «Baivarabam» de los «Inmortales» (es decir, de los 10.000 hombres), había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa. En palabras de De Souza, todos ellos debían ser nobles. «Estos hombres eran denominados “melophoroi” o “portadores de manzanas” porque sus lanzas estaban rematadas en manzanas de oro, y eran los doryphori –“que en griego se traduce como soldados armados con lanzas”- de su rey», añade Sekunda. No obstante, parece que su nombre oficial era el de «arstibara» (literalmente, «portadores de lanzas»).

El líder de los «Inmortales» era también el hombre de confianza del rey persa

Heródoto ya señaló esta curiosa característica al explicar el orden de batalla que el ejército del rey persa Jerjes mostró en un desfile militar antes de atacar Grecia en el siglo V a.C. Concretamente, en este texto se determina que en los «Inmortales» se incluía un regimiento con «granadas de oro sobre sus lanzas». «Detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que costaba de 10.000. 1.000 de ellos iban cerrando alrededor de todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza granadas de oro. Los restantes 9.000 que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata», señala.

Los «arstibara», como regimiento de élite de los «Inmortales» y guardia privada del monarca y de su palacio, contaban además con un «Hazarapatis» (un oficial al mando) con una habilidad reconocida y de gran respeto entre sus iguales. Y es que, además de labores puramente militares, este noble se encargaba también de recibir primero a las visitas del rey para garantizar su seguridad y dar su consentimiento expreso de que podía mantener una entrevista con él. «Además, el “Hazapatis” de este regimiento servía también como consejero principal del rey. […] En consecuencia, se convirtió en la principal figura de la corte; y a medida que las intrigas palaciegas se hicieron más y más usuales, en los siglos V y IV a.C., se verán envueltas en muchas de ellas», añade Sekunda.

Equipo de combate

1- Armaduras.

A- Escudo.

Entre los siglos VI y IV a.C., los persas usaron un amplio abanico de escudos para protegerse. A día de hoy se desconoce exactamente cuál es el que pudieron utilizar los «Inmortales», aunque es probable que portaran el denominado «spara». Este estaba elaborado en cuero y eran largos y rectangulares en el caso de la infantería, y pequeños y redondos para la caballería.

«El escudo estaba construido por mimbres entrelazados por dentro y por fuera a través de una pieza de cuero de la forma que se deseaba dar finalmente. Cuando el cuero se secaba y se contraía ponía en tensión los mimbres. Los mimbres se flexionaban y la construcción en conjunto se reforzaba», determina De Souza. Este sistema los hacía sumamente ligeros y bastante resistentes a cuchilladas de armas pequeñas y flechas, pero no ante las poderosas lanzas griegas. Además, no podían compararse a los escudos griegos de latón o bronce, mucho más resistentes y que podían aguantar sin problemas la estocada de las armas ligeras de sus enemigos.

B- Tiaras.

Según Heródoto, los «Inmortales» portaban sobre su cabeza tiaras. Es decir, gorros de fieltro o lana que se caracterizaban por su flexibilidad. No les protegían demasiado, pero les otorgaban cierta movilidad.

C- Espinilleras y pantalones.

Además de las espinilleras (que solían ser de bronce) iban equipados con los tradicionales pantalones al modo persa, unas calzas que se anudaban con cinta en los tobillos. En palabras de Raffaele D’Amato (investigador experto en la era medieval y autor de «Roman military clothing»), este tipo de ropa era llamada anaxirydes y se caracterizaba por ser de colores muy vistosos.

D- Corazas.

Sobre las corazas de los «Inmortales» existen diferentes opiniones. Algunos historiadores afirman que las llevaban bajo la túnica y que estaba formada por unas placas tan finas como una carta que nada podían hacer contra la fuerza de las lanzas griegas. Heródoto, por su parte, explica en sus textos que sus armaduras era de unas «láminas de hierro que se asemejaban a las escamas de los peces». A su vez, también señala que los persas solían fabricarlas con piezas mayoritariamente de hierro y, finalmente, algunas doradas.

2- Armas.

A- Lanza.

El arma principal de los «Inmortales» era la lanza corta. Esta tenía un contrapeso en su extremo inferior. Aunque la lanza persa era efectiva en sus tierras, su extensión era considerablemente menor a la de las griegas.

B- Puñales o espadas cortas.

Los «Inmortales» portaban sobre su muslo derecho unos puñales que, según Heródoto, les pendían del cinturón. Otras fuentes, por el contrario, las definen como espadas cortas o dagas.

C- Arco y flechas.

Además de la lanza y la daga, los «Inmortales» eran capaces de atacar a su enemigo a distancia gracias al arco compuesto que portaban a la espalda y un carcaj lleno de flechas de caña. Esta era un tipo de arma elaborada en tres partes y unida por pegamento animal y tiras de diferentes materiales. Eso, sumado a su forma y a su estructura, le hacía tener un alcance de unos 300 metros a pesar de su pequeño tamaño.

«El arco compuesto es el arma esencial del nómada. Su construcción “compuesta” requería muy poca madera, difícil de obtener en la estepa eurasiática. Se pegaban tiras de cuerno en la superficie que miraba al arquero, y tendones en la cara orientada al exterior. […] Los componentes del arco se disponían formando una “C”, que debía invertirse para poder armarlo. Esto permitía acumular mayor energía en un arma que era corta en comparación con otras», añade De Souza.

3- Túnica.

Si por algo se caracterizaban los «Inmortales», era por las túnicas que portaban. Para Heródoto, por ejemplo, esta prenda destacaba por ser absolutamente rica en comparación con la del resto del ejército al contar -por ejemplo- con pedrería en las mangas . Él las define como «túnicas de vistosos colores con mangas». Por su parte, Jenofonte es de la opinión de que estos soldados solían dar una gran importancia a su aspecto y, como tal, vestían con de color rojo. Esta teoría es la que apoya Jesús Hernández en su libro «¡Es la guerra!». Nic Fields (doctorado en Historia por la Universidad de Newcastle) explica en su obra «La leyenda de los 300. Termópilas», que esta prenda era holgada y llegaba hasta las rodillas.

Los dos combates en los que no hicieron honor a su nombre

1-La batalla de Maratón.

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Esquema de la batalla de Maratón- Wikimedia

Tal y como explica el historiador español en la nueva reedición de su obra más vendida, una de las derrotas más escandalosas de los «Inmortales» se produjo en el año 490 a.C. durante la célebre batalla de Maratón. Por entonces corrían tiempos precarios para Atenas pues, tras haber participado en una pequeña revuelta contra los persas, se había convertido en un objetivo prioritario del monarca Darío I (al que, por cierto, llamaban «el Grande» por la ingente cantidad de territorio que había conquistado).

Lo cierto es que los temores no nacieron en vano, pues -con ansias de venganza- envió a más de 150.000 guerreros (los números son discutidos ampliamente a día de hoy) a tomar la región, derrocar al gobierno y ubicar a uno más afín a sus intereses. Al mando del contingente puso al medo Datis (supervisado por el representante real Artáfrenes). Además, dentro de este gigantesco ejército se destacaban los «Inmortales». Los atenienses apenas pudieron reunir 11.000 combatientes al mando de los cuales se encontraba el general Milcíades.

En Maratón, los «Inmortales» no pudieron resistir el ataque griego y huyeron

Tras considerar durante algún tempo el lugar idóneo para enfrentarse a los persas, Milcíades decidió que sería en la bahía de Maratón, ubicada aproximadamente a 42 kilómetros de Atenas y donde los persas iban a hacer desembarcar a sus tropas. «Milcíades extendió sus líneas a través de un valle para que no les rodearan por los flancos», explica Hernández.

Por su parte, Datis ordenó que solo desembarcara la infantería y que los jinetes se quedasen en los buques. El objetivo era dirigir a estos últimos hacia Atenas mientras, en la bahía, la infantería acababa con el grueso de los combatientes enemigos. De esa forma, según creía, lograría tomar la ciudad sin apenas oposición.

Sabiendo que no había hombres a caballo contra los que darse de mamporros, Milcíades ordenó atacar a Datis el 12 de agosto (o septiembre, dependiendo de las fuentes). Para ello, formaron una extensa línea de batalla (un kilómetro y medio más amplia de lo normal) y reforzaron los flancos de la formación en detrimento del centro. La idea era sencilla: rodear por los laterales a las mejores tropas persas, que se ubicaban en el medio del ejército contrario (y entre las que destacaban los «Inmortales») y acabar con ellas atrapándolas en una pinza mortal.

En palabras de Heródoto, Milcíades tomó una decisión que pareció sumamente extraña a los persas, pero que resultó efectiva a la postre: ordenó a sus tropas cargar contra el enemigo a la carrera recorriendo el kilómetro y medio que les separaba de la primera línea de infantería enemiga.

Aquel movimiento parecía una locura, pero lo que buscaban los atenienses era disminuir el tiempo que iban a estar expuestos a las temibles flechas de los arqueros de Datis. «Pese a la debilidad de su centro, las alas pudieron contener el ataque enemigo. Seguidamente, los griegos pasaron al ataque, con una ferocidad que provocó el pánico en las filas persas, incluidos los “Inmortales”. Los hombres de Darío huyeron corriendo hacia sus barcos. Dejaron tras de sí unos 6.400 muertos. Por su parte, los griegos solo contaron ciento noventa y dos bajas», explica Hernández en «¡Es la guerra!».

2-Las Termópilas y los 300 espartanos.

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La batalla de las Termópilas – Wikimedia

Apenas diez años después de la gran derrota de Maratón, los persas volvieron a armar a un gran ejército para tratar de conquistar Atenas. En este caso, la responsabilidad corrió a cargo de Jerjes, hijo de Darío y un destacado estudiando de filosofía (aunque la película «300» le muestre como un estúpido). El monarca logró reunir un ejército para atacar Grecia que, a día de hoy, se cifra en 300.000 hombres (Heródoto explica en sus textos que estaba formado casi por dos millones de hombres).

Los atenienses, por su parte, cuando se percataron del gran contingente que se les venía encima (allá por el año 481 a.C.) solicitaron apoyo a todos las regiones cercanas. Entre ellas se encontraba Esparta cuyo rey, Leónidas, aceptó enviar hombres en su ayuda después de que una pitonisa le informase de que su pueblo sería el siguiente en caer bajo el yugo invasor. No obstante, el consejo de espartano se negó a enviar al grueso de sus hombres (unos 9.000 soldados) a la lucha. Así pues, Leónidas únicamente pudo unirse a sus curiosos aliados (pues su enemistad era conocida) con 300 hombres de su guardia personal.

El lugar que Leónidas seleccionó para detener al ejército persa fue el paso de las Termópilas, una angosta zona montañosa ubicada al norte de Grecia que se consideraba la entrada natural hacia el sur de la región (donde se ubicaban las principales ciudades). Su característica más llamativa era que su paso principal no superaba los 15 metros de largo, lo que lo hacía perfectamente defendible.

Leónidas, según el cine - Wikimedia

Leónidas, según el cine – Wikimedia

«Si observamos la batalla de las Termópilas a vista de pájaro, vemos el estrecho paso que el ejército de tierra tenía que atravesar, y eso representó una ventaja para los griegos, ya que podían utilizar una pequeña cantidad de hombres para reducir el frente y ofrecer una defensa significativa», señala el historiador militar Richard A. Gabriel en declaraciones para la obra «Las grandes batallas de la Historia». Heródoto fue de la misma opinión: «Estos parajes parecieron a los Griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de caballería».

Entre agosto y septiembre del año 480 a..C. se sucedió la contienda. Los griegos contaban con 300 espartanos y unos 6.000 soldados «Tejeos; Mantineos; de Orcomeno, ciudad de la Arcadia; de lo restante de la misma Arcadia; de Corinto; de Fliunte, de los Miceneos, los Locros Opuncios y los Focenses». Jerjes desembarcó con un ejército imposible de contar y que superaba, como mínimo, a los defensores en una diferencia de 50 a 1. Con todo, se demostró que el lugar había sido elegido a la perfección, pues -durante el primer día batalla- la infantería ligera persa se estrelló contra la falange hoplita y se vio obligada a retirarse.

El segundo día, ansioso de lograr la victoria, Jerjes envió a luchar contra los defensores de las Termópilas a los «Inmortales». «Hizo venir el rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que éstos se llevarían de calle a los Griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los Inmortales a medir sus fuerzas con los Griegos, y no con mejor fortuna que la tropa de los Medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las que usaban los Griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre», explica Heródoto.

Al final, viéndose superados por un enemigo mucho mejor entrenado y equipado, los guerreros de élite de los persas tuvieron que darse la vuelta, y salir por piernas para evitar ser masacrados. Con todo, todavía lucharon durante algún tiempo más contra las primeras líneas de los «Inmortales». «Es increíble cuánto enemigo Persa derribaban [los espartanos], si bien en aquellos encuentros no dejaban de caer algunos pocos Espartanos», finaliza el historiador. El resto de la Historia es bien conocida por todos. Los hombres de Leónidas murieron, pero retuvieron al enemigo lo suficiente (y con un impacto tal) como para que otro ejército se formase e hiciese retirarse a los persas.

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Jesús Hernández- .J.H.

Cuatro preguntas a Jesús Hernández

1-¿Existe documentación suficiente para hablar de su participación en algunas batallas?

Contamos con los relatos y descripciones del historiador griego Heródoto en el Libro VII de sus Historias. En el Anábasis del también historiador griego Jenofonte aparecen igualmente referencias a este cuerpo de élite persa. Por lo tanto, disponemos de fuentes históricas suficientes para conocer esos hechos.

2-¿Cree que los libros de Historia pueden contar y, a la vez, entretener?

Sin duda. Mucha gente no se anima a leer libros de Historia porque los considera aburridos, y tienen razón. Buena parte de los historiadores no escribe pensando en el lector, sino en demostrar a sus colegas que son grandes eruditos y que han consultado una extensísima bibliografía. El resultado, claro está, es tan indigerible como disuasorio. Por suerte, desde hace unos años contamos con historiadores que saben combinar el rigor y la amenidad de manera brillante; por ejemplo, en el campo de la Segunda Guerra Mundial, Max Hastings o Rick Atkinson, cuyos libros resultan tan apasionantes como la mejor de las novelas.

3-¿Cuál será su siguiente trabajo?¿Cómo sorprenderá a sus lectores?

Este otoño se publicará mi vigesimoprimer libro. Será el relato de unos hechos increíbles que ocurrieron en Brasil al acabar la Segunda Guerra Mundial. Los inmigrantes nipones no sólo no creían que Japón había perdido la guerra, sino que estaban convencidos ¡de que la había ganado! Se editaban falsas revistas norteamericanas y se radiaban noticias en emisoras clandestinas en las que Japón aparecía como vencedora. Además, surgió una secta fanática que comenzó a asesinar a los que aceptaban la realidad de la derrota. Parece el argumento de una novela, pero eso es lo que ocurrió. Cuando supe de esos hechos, no dudé en escribir un libro para que el lector español los pudiese conocer. Para ello, he viajado a Brasil para documentarme y entrevistarme con descendientes de los protagonistas.

4-Es usted un pionero de la divulgación histórica con más de una veintena de libros a sus espaldas. ¿Cómo diría que han afectado sus textos al conocimiento de la historia militar española?

Cuando se publicó mi primer libro, Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente no había obras sobre este conflicto escritas por autores españoles. Su éxito sirvió para animar a más autores a lanzarse a escribir sobre el tema, y a las editoriales a apostar por ellos. Ahora, por suerte, son muchos los autores españoles que escriben sobre éste y otros temas que hasta hace poco parecían exclusivos de los autores extranjeros, y con un nivel de calidad muy alto. Mi libro sobre la guerra de Secesión norteamericana, Norte contra sur, fue también el primero escrito por un autor español, igual que mi obra sobre la Primera Guerra Mundial. Me gusta abrir nuevos filones en los que no hay bibliografía en español, como el del dirigible Hindenburg, los protagonistas de mi libro Bestias nazis, como Dirlewanger o Göth, o el que he referido de la colonia japonesa en Brasil. Ahora estoy valorando escribir un libro sobre otro tema en el que tampoco hay nada publicado en español.

29 marzo 2016 at 10:33 am 2 comentarios

«I-span-ya», el misterioso origen de la palabra España y el nombre de otros países europeos

¿Sabes de dónde proviene el término Grecia? ¿Y San Marino? La mayoría de regiones cuentan con un enigmático pasado

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Muchos términos cuentan con orígenes latinos – ABC

Fuente: Manuel P. Villatoro / César Cervera |  ABC     01/02/2016

1-Portugal
El origen del término «Portugal» desconcierta a los historiadores desde hace décadas. De hecho, existen múltiples teorías sobre el término del que proviene. Entre ellas, la más mitológica afirma que hay que dar las gracias por este término a Túbal, nieto de Noé. Un personaje que habría fundado la ciudad de Setúbal y, en palabras de algunos historiadores, también la región de Portugal. Con todo, esta teoría no es considerada más que una mera leyenda. También se afirma que el país pudo tomar su nombre de Porto, una ciudad levantada por el conde Enrique de Borgoña en la región.

Por su parte, el historiador español Juan Cortada hace referencia en su obra «Historia de Portugal: desde los tiempos más remotos hasta 1839» a la posibilidad de que el nombre hubiese sido dado por los galos. Este pueblo, después de desembarcar en la actual Oporto, habría denominado a la zona «Portus Gallorum», vocablo que evolucionaría felizmente hasta el topónimo actual. A su vez, el experto recoge en su obra una teoría que afirma que, cerca del Duero, se edificó una ciudad llamada Cale y, a continuación, un puerto contiguo (Portus). La unión de los dos habría dado como resultado «PortusCale» y, por consiguiente, Portugal.

2-Austria
El origen del término hay que buscarlo en los albores del idioma alemán (el conocido como «Alto alemán antiguo»). Allá por el año 996, el emperador Otón III ordenó elaborar un documento que especificara qué área debía gobernar Enrique I, más conocido por ser el Conde de Babenberg. En dicho texto se refirió a la región que abarcaría el futuro país como «Ostarrichi», cuyo significado es «dominio oriental». Con los años, esta palabra evolucionó hasta convertirse en «Österreich» (de «Öst» -este- y «Reich» -reino o imperio-). Término que, actualmente, se corresponde con la traducción alemana de Austria. Años después, «Öst» se latinizó erróneamente como «austro» o «auster» (austral), lo que derivó en el nacimiento definitivo del topónimo.

«Öst» se latinizó erróneamente como «austro» o «auster» (austral), lo que derivó en el nacimiento definitivo del topónimo

Si quisiéramos remontarnos todavía más atrás en el tiempo, habría que decir que existen varias teorías sobre el origen de «Ostarrichi». Las más extendidas afirman que proviene del término «Marcha Orientalis», el nombre con el que se denominó a la marca que dividía el Sacro Imperio Romano Germánico de Hungría. Sin embargo, y tal y como afirma la embajada de este país, el historiador austríaco Friefrich Heer es partidario de que este término nació hace más de cuatro milenios en una zona cercana ocupada por los celtas. Estos habrían llamado a la zona «Norig» (significando «No» oriental y «Rig», reino). «Rig», por su parte, habría derivado posteriormente en Reich (o un vocablo primitivo similar), lo que habría resultado en «Ostarrichi».

3-Irlanda
El origen del nombre de esta región parece estar más claro que otros pertenecientes a la Unión Europea. La primera teoría del mismo, según afirma el historiador del S.XVI Geoffrey Keating en su obra «Foras Feasa ar Éirinn» («Fundación del conocimiento en Irlanda»), es que Irlanda es el decimotercer nombre que pusieron a esta isla los escitas milesios (una de las tres civilizaciones que poblaron la zona en sus más antiguos orígenes). «El primer hijo de Mil enterrado en el suelo de la isla sería Ir [Eire], de quien la isla recibiría su nombre: Ir-fond (“Ir-tierra”)», explica Ramón Sainero, director del Instituto de Estudios Celtas, en el «Diccionario Akal de mitología celta». Con los años, «fond» pasó a convertirse en «land» debido a la llegada del inglés, lo que hizo que esta civilización adoptase este nombre.

Otra teoría explica que Irlanda proviene de «Éire», el nombre oficial del país según su constitución. Este término provendría de «Ériu», y se corresponde con la forma en la que llamaban a la isla parte de sus habitantes en la Edad Media. Dicho vocablo deriva, a su vez, de «Iwerju» (cuyo significado es «fértil», según explica el filólogo Francisco Cortés en su obra «DIC MIHI, MVSA, VIRVM: Homenaje al profesor Antonio López Eire»). Añadiendo a esta sílaba la terminación «land», habría nacido el nombre de este país.

4-Francia
El nombre de la tierra que habitan a día de hoy los galos tiene un origen latino. Concretamente, su significado es el de «tierra de francos» por ser ellos los que se asentaron en esta zona.

Pero… ¿De donde provine el término francos? En este punto es necesario señalar que existen varias teorías. El humanista español del S.XIX Pedro Felipe Monlau fue partidario, por ejemplo, de que el sustantivo hace referencia a los pueblos germanos que, allá por el siglo V, se levantaron en armas contra los romanos y se asentaron en la Galia. Estos grupos, de diferentes tribus a pesar de hallarse todos territorialmente en la actual Alemania, habrían decidido denominarse francos de forma común. «La palabra franco proviene del latín francus o de la voz germánica franck y significa libre e independiente», explica el experto en su obra «Diccionario etimológico de la lengua castellana».

«Tomaron el nombre de francos, que en lengua germánica lo mismo que en muchas otras significa hombres independientes»

El pedagogo Vicenç Joaquín Bastús i Carrera opina de forma similar: «Tomaron el nombre de francos, que en lengua germánica lo mismo que en muchas otras significa hombres independientes». Sin embargo, este autor señala específicamente en su texto que esta afirmación no está, a día de hoy, comprobada totalmente. Existe también una segunda teoría partidaria de que este nombre podría derivar del hacha «francisca», un arma presuntamente utilizada por los francos de forma generalizada durante sus andanzas por la nueva Galia. A día de hoy, en cambio, se desconoce qué fue primero, si el utensilio para quitar vidas, o el pueblo.

5-San Marino
El origen de la república más antigua del mundo está ligado de forma indiscutible a la del religioso que porta su nombre. Según determina el prelado de la iglesia católica Servílio Conti en su obra «El santo del día», existen pocos datos sobre la vida real del santo. Los mismos nos dicen que este personaje nació en Dalmacia allá por el año 257. Picapedrero de profesión, viajó hasta Rímini (una ciudad del norte de Italia) donde participó, junto a un amigo, en la construcción de sus murallas. Unos 13 años después, y cuando era ya un modélico cristiano, Marino tuvo que marcharse hasta el monte Titano (en la actual San Marino) debido, según se cree, a la fuerte persecución religiosa.

En los siguientes meses se dedicó a la oración y a la vida religiosa. Así, hasta que terminó la persecución que el Emperador Diocleciano había iniciado contra los cristianos. «El obispo de Rímini, Gaudencio, reconoció entonces las virtudes de Marino y de su compañero […] y los ordenó diáconos», añade el autor. En lugar de marcharse a otra zona a predicar como hizo su amigo, nuestro protagonista volvió al monte Titano, donde edificó una iglesia dedicada a San Pedro y, con el tiempo, formó una comunidad monástica. Se dice que acabó sus días un 3 de septiembre del año 366, décadas después de que -en el 301- el pueblo le adorara tanto como para poner su nombre a la región. Sin embargo, esta fecha es todo un misterio. Eso sí, el país celebra ese mismo día y ese mismo mes su fiesta nacional y religiosa más destacada.

6-España
La palabra «Hispania» (la romanización de España) tiene su origen en la denominación que servía a la civilización romana para el conjunto de la Península Ibérica, y cuyo significado vinculaban los escritores latinos a «tierra de conejos». Entre ellos Plinio «El Viejo», Catón «El Viejo» y Catulo, quienes citaban las tierras ibéricas como un lugar repleto de conejos, más concretamente de damanes (unos mamíferos parecidos al conejo y muy comunes en África).

La teoría más aceptada en la actualidad sugiere que «I-span-ya» se traduce como tierra donde se forjan metales

No obstante, la raíz no latina de «Hispania» ha llevado a los historiadores a plantearse que su origen puede ser anterior a los romanos, procediendo en realidad de la denominación fenicia «I-span-ya». Pero, ¿qué significa esta palabra? El misterio está servido. Según expuso Cándido María Trigueros en 1767, el término podría significar «tierra del norte», aduciendo que los fenicios habían descubierto la costa de «Hispania» bordeando la costa africana, y ésta les quedaba al norte. Así, «spn» («sphan» en hebreo y arameo) significaría en fenicio «el norte».

En cualquier caso, la teoría más aceptada en la actualidad sugiere que «I-span-ya» se traduce como tierra donde se forjan metales, ya que «spy» en fenicio (raíz de la palabra «span») significa batir metales. Detrás de esta hipótesis de reciente creación se encuentra Jesús Luis Cunchillos y José Ángel Zamora, expertos en filología semítica del CSIC, quienes realizaron un estudio filológico comparativo entre varias lenguas semitas y determinaron que el nombre tiene su origen en la enorme fama de las minas de oro de la Península Ibérica.

7-Grecia
Lo primero que hay que entender sobre el caso griego es que los propios griegos se han designado históricamente como helenos, siendo hoy el nombre oficial del país: la República Helénica. Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre la etimología de esta palabra. Entre las posibles teorías está la de que pudiera proceder de sal («rezar»), ell («montañoso»), sel («iluminar») o de una ciudad denominada «Hellás», próxima al río Esperqueo, que todavía se conoce por ese nombre. No existen así los términos «Grecia» o «griegos» en la lengua de esta nación.

Fueron los romanos los que designaron al país como «Graecia», que literalmente significa «la tierra de los griegos». El origen de esta palabra griega está en «Graikós», cuya etimología podría derivar de el nombre de una tribu de Beocia que emigró a Italia en el siglo VIII a. C. Homero recogió a las fuerzas de Beocia dentro de la enumeración de naves que realizó en la «Iliada», donde hace referencia a una ciudad de esta tribu llamada Grea. El contacto de varios colones procedentes de esta tribu con Italia hizo que los romanos generalizasen la denominación a todas las tribus helénicas.

8-Italia
La mayoría de los nombres de países europeos proceden de denominaciones asignadas durante el proceso de conquista y colonización llevada a cabo por los romanos. Lo curioso es que la palabra Italia deriva, al menos según la hipótesis planteada por primera vez por el arqueólogo Domenico Romanelli, de una colonia griega en el Brucio (actual Calabria), la de los italos, que en griego antiguo hacía mención al toro joven. De esta forma, cuando concluyó la hegemonía de los rasena en Italia y comenzó la romana, los pueblos peninsulares se coaligaron contra la incipiente potencia romana y adoptaron como emblema al toro «vitalos», llamándose a partir de entonces italos como se constata en la numismática de esa época.

El filólogo Giovanni Semerano llevó el origen del nombre Italia al acadio, de modo que derivaría de «Atalu», que significaría «tierra del crepúsculo»

Pero no es la única teoría. El filólogo Giovanni Semerano llevó el origen del nombre Italia al acadio (lengua de origen semítica), de modo que derivaría de «Atalu», que significaría «tierra del crepúsculo», es decir, donde el sol cae. Tesis frecuentemente criticada por el mundo académico italiano, pero favorablemente recibida en el extranjero y por intelectuales como Umberto Galimberti.

9-Bélgica
La primera vez que aparece mencionada la palabra Bélgica es en «Los Comentarios sobre la guerra de las Galias», de Julio César. En dicho libro, el conquistador romano dividía toda la Galia en tres partes: los galos, los aquitanos y los belgas. Estos últimos estaban separados de los galos por los ríos Sena y Marne. No en vano, la actual Bélgica tiene poco que ver con estas antiguas separaciones tribales y con las posteriores provincias romanas que se establecieron en este territorio. De hecho, el término de Bélgica casi desapareció por completo después de las invasiones bárbaras. Volvieron a usarse en la segunda mitad del siglo IX, después de la escisión del Imperio de Carlomagno y la creación de la Lotaringia. Los clérigos de entonces recuperaron la palabra Bélgica para designar el territorio situado entre la Galia de Carlos «El Calvo» y la Germania de Luis «El Germánico».

El nombre «Belgae» podría provenir del protocelta «belo» («brillante»), que también es el origen etimológico de báltico. O, según el análisis de la palabra belga, «bel-» significaría redondo o inflado, véase «balón», en el sentido figurativo de alianza y «-ga» («guerrero» en galo). Así, «bel-gae» significaría «guerreros de la alianza».

10-Inglaterra
Cuando la parte sur de Gran Bretaña fue invadida por pueblos celtas y pueblos germánicos, los francos designaron con el nombre latino de «Anglae terra» («Tierra de los anglos») a la zona sureste de Britania, controlada por la tribu de los anglos, que más tarde pasó a utilizarse también en la mayor parte de Europa. La palabra derivó en «England», españolizada como Inglaterra.

Los francos designaron con el nombre latino de «Anglae terra» («Tierra de los anglos») a la zona sureste de Britania

Pero, ¿de dónde viene la palabra anglo? El nombre de los anglos se registró por primera vez en forma latinizada como «Anglii». Se cree que deriva del nombre de la zona que habitaban originalmente: «Anglia» en alemán moderno, «Ángel» en danés. A través de este nombre, se ha planteado la hipótesis de que su raíz germánica signifique «estrecho», haciendo referencia al estrecho del mar Báltico en Schleswig-Holstein, en el norte de Alemania.

2 febrero 2016 at 6:08 pm Deja un comentario

Sexo y juego: cuando la lotería se celebraba durante las orgías romanas

Existen muchas teorías que explican el nacimiento de las rifas. Desde que fueron ideadas en China para sufragar la Gran Muralla, hasta que eran habituales en las bacanales

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En la época del Imperio, algunos gobernadores romanos también sorteaban entre ellos la dirección de las provincias./ ARCHIVO ABC

Fuente: MANUEL P. VILLATORO > Madrid  |  ABC     05/10/2015

Son incontables los años que lleva la Lotería de Navidad dando alegrías (y frunciendo más de un ceño, pues es imposible que todos puedan llevarse a casa «El Gordo») a lo largo y ancho de nuestro país. Sin embargo, todas estas décadas juntas son solo apenas una mota de polvo en el tiempo si se comparan con la ingente cantidad de siglos que han pasado desde que se idearon los primeros sorteos. Y es que -a pesar de que existe un gran misterio con respecto a su origen- se cree que la primera rifa que se llevó a cabo en el mundo la organizó un emperador para sufragar la finalización de la Gran Muralla China y, de esta forma, mantener alejados a los bárbaros (los cuales llamaban -día si y día también- a las puertas de su imperio armados hasta los dientes).

Con todo, a día de hoy son muchas y variopintas las teorías sobre dónde y cuándo vio la luz la primera lotería de la historia. Así pues, no son pocos los que consideran que fue dada a conocer por los romanos, los cuales solían sortear todo tipo de objetos (así como tierras y propiedades) en las orgías que celebraban en las «domus». No obstante, lo que si se sabe a ciencia cierta es que el primero en llevar a cabo una lotería estatal fue el monarca francés Francisco I, eterno enemigo de nuestro Carlos I (V para los alemanes) ideó un curioso sorteo llamado la «Blancque» para sufragar las continuas guerras en las que se veía envuelto por estos lares. Por entonces, no obstante, corría el siglo XVI y por las páginas de la Historia ya habían pasado más rifas que soldados bisoños pasarían posteriormente por Flandes.

Ideada para costear una muralla

Para hallar el origen de la que, según se cree, fue la primera lotería de la que se tiene constancia, es necesario retroceder en el tiempo unos 2.200 años. Fue en esa época cuando China sufrió el ataque de un pueblo que ya llevaba siglos tocando el bastón de poder a los mandamases de por entonces. «Desde el siglo III a.C., [un] pueblo nómada estaba en el apogeo de su poder en Mongolia, los xiongnu, en quienes algunos reconocen la primera aparición en la escena histórica de los que después serían conocidos como los “hunos”. Durante siglos, ambos términos fueron sinónimos; todas las fuentes coinciden al menos en que eran oponentes sumamente desagradables, guerreros feroces y, por desgracia, expertos», explica el historiador John Morris Roberts en su obra «Historia del mundo: desde la prehistoria a nuestros días».

En esas andaban aquellas dos regiones (a pescozones) cuando subió al trono de mando de China Liu Che (de la dinastía Han, la cual gobernó el país desde el 206 a.C. hasta el 220 d.C.). Dicho líder era más conocido como el emperador Wu, considerado a día de hoy uno de las grandes personalidades de la Historia Universal. Así lo afirma, al menos, el historiador Gregorio Doval en su libro «Breve historia de la China Milenaria». En él mismo, señala que este líder fue capaz de acabar con el feudalismo y establecer varias leyes como la que obligaba a los padres a dejar una herencia similar a todos sus hijos. «Bajo su reinado, China alcanzó su máxima expansión territorial, se afianzó el confucianismo y se fomentó el comercio, estableciéndose las principales rutas marinas y terrestres. Casi todo el territorio que hoy engloba China pasó a estar bajo poder imperial», explica el autor en su obra.

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El emperador Wu creó una lotería para sufragar la expansión y reparación de una parte de la muralla./ AFP

Andaba el calendario por el año 100 a.C. cuando a Wu fue atacado en el norte por enésima vez por los xiongnu. Falto de liquidez para defenderse, cuenta la leyenda que tuvo una curiosa idea. «El emperador […] necesitaba fondos para restaurar lo que quedaba de la Gran Muralla China (comenzada a construir tres siglos atrás y deteriorada por las guerras) y extenderla hasta el desierto del Gobi. Para ello, los consejeros del emperador crearon el “keno”, un sorteo de lotería cuyo nombres todavía es usado en los casinos americanos», afirma Miguel Córdoba Bueno en su obra «Anatomía del Juego: Un análisis comparativo de las posibilidades de ganar en los diferentes juegos de azar». A su vez, se cree que estas primeras loterías podrían haber ayudado a pagar a tocateja varias expediciones organizadas para aplastar a los enemigos del líder.

Orgías y provincias; la lotería en Roma

La de la lotería «keno» es una de las teorías más antiguas sobre el origen de las rifas. Sin embargo, existen también otra serie de historiadores que abogan por situar su creación de forma más fidedigna en Grecia y Roma. Sea como fuere, lo cierto es que algunos expertos como Córdoba Bueno son partidarios de que los romanos ya celebraban pequeños sorteos (aunque no de carácter estatal) en sus «domus» mientras llevaban a cabo orgías y bacanales. «Los emperadores solían organizar loterías privadas en sus palacios. En ellas, cada invitado recibía un trozo de pergamino con el cual tenía la posibilidad de obtener regalos, que podían ser esclavos o, incluso, una villa junto al mar», destaca el experto.

Del mismo modo, el emperador Heliogábalo (conocido por su crueldad y por ser fan de todo tipo de perversiones) solía repartir boletos que dividía en dos mitades. Con la primera de ellas se tenía acceso a todo tipo de premios (desde camellos, hasta -curiosamente- moscas). Si te tocaba la segunda, no tenías derecho a nada.

Lo cierto es que Roma no fue, ni mucho menos, un ejemplo de honestidad en lo que se refiere a las rifas. De hecho, el poeta Décimo Junio Juvenal afirma en una de sus sátiras (la X,V,II) que, en algunos casos, los mandatarios se repartían las provincias por sorteo, sin tener en cuenta la opinión de los ciudadanos, como sí sucedía en los tiempos de la República. A nivel privado, en cambio, estas prácticas fueron muy habituales. Así pues, el historiador Suetonio afirma en su obra «Vida de Augusto» que este líder disfrutaba repartiendo los postres por sorteo entre sus comensales.

Un término que desconcierta

Posteriormente, y según Córdoba Bueno, se sucedieron multitud de ejemplos de lotería o sorteos en regiones como la India o China. Sin embargo, uno de los más curiosos era el protagonizado por los caballeros teutónicos, cuyo objetivo original era defender en Palestina a los peregrinos que pudieran ser atacados por los musulmanes. «Usaban pequeñas piedras que se tiraban al aire para decidir en suerte las disputas sobre propiedades», explica el experto español. Según él, estos pequeños guijarros eran conocidos como «hleut», cuya traducción en anglosajón dio como resultado la palabra «lot» (del que derivaría el término «lotería» en los diferentes idiomas).

Cuarto Gran Maestre de la Orden Teutónica./ WIKIMEDIA

Cuarto Gran Maestre de la Orden Teutónica./ WIKIMEDIA

Esta teoría no es compartida por todos los historiadores. Uno de los críticos con la misma es el historiador del siglo XIX Salvador Costanzo. «La palabra lotería se compone, según los eruditos de más nota, de dos vocablos puramente italianos, a saber lotta, que significa lucha, y ria, que significa mala o perversa; los que creen que lotería se deriva del vocablo alemán “lot” padecen de un grave engaño. Es cierto que esta palabra quiere decir suerte, pero no explica la índole generalmente perjudicial de las loterías», explica el experto en un dossier ubicado dentro de la publicación «Museo de las familias». A su vez, es partidario de que las loterías no se establecieron de forma oficial en Alemania hasta después de que pasaran por Italia, por lo que considera sumamente extraño que se le pusiera ese nombre y no se adaptara uno extranjero.

Lo cierto es que esta teoría parece la más plausible, pues historiadores como Gregorio Leti señalaron ya en el siglo XVII que la lotería se había hecho popular en Italia y, desde allí, había partido hasta otros países. Sin embargo, antes de traspasar fronteras había causado furor en ciudades como Génova y Venecia, donde -siempre en palabras de Leti- causó la desgracia a pobres y ricos por igual. «Todas las casas de Venecia y sus plazas públicas se convirtieron en oficinas de loterías. Hombres muy ricos acabaron por morir sumidos en la miseria, muchos comerciantes se declararon en quiebra y se encendió la tea de la discordia en el seno de familias que habían tenido hasta entonces una conducta ejemplar», añade, en este caso, Costanzo. El mismo autor explica cómo la sociedad no estaba preparada para este juego.

La primera lotería estatal

Independientemente de las leyendas y los sorteos, para hallar el origen de la primera lotería organiza a nivel estatal es necesario viajar hasta la Francia del siglo XVI. Más concretamente hasta 1539, año en que gobernaba el país Francisco I (el monarca que más molestó a nuestro Carlos I y que fue apresado brevemente por los Tercios españoles en la batalla de Pavía). Este gabacho, cansado de que sus conciudadanos jugasen a la lotería en lugares clandestinos -pues estaba prohibido- organizó un sorteo en mayo con el objetivo de sufragar su lucha contra los hispanos y, por qué no, alguna que otra expedición militar. Según Córdoba Bueno, esta fue llamada la «Blanque», seguía el modelo veneciano que se había instaurado años atrás y en ella se podían obtener como premio desde joyas hasta dinero.

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Francisco I fue el primero en idear una lotería estatal./ WIKIMEDIA

«El sorteo se organizaba utilizando dos vasijas como recipientes. En una de ellas se incorporaban los boletos que se jugaban, y en otra tanto los premios “blancos”, es decir, todos los boletos jugados tendrían un resultado, bien recibiendo un premio concreto, bien no recibiendo nada», determina Córdoba Bueno. El día del sorteo, curiosamente, las dos vasijas se subían a un estrado y se pedía a un niño ciego que sacara de una bola de cada uno de los recipientes y se las diera al organizador. Este cantaba podía cantar entonces «blanco» o «beneficio» según saliera en la esfera. Posteriormente, aquel que hubiese sido agraciado con un premio podía retirarlo en el plazo de un mes. En caso contrario, pasaban directamente a ser propiedad del monarca. Con todo, este tipo de rifa fue abolida poco después.

Posteriormente, a principios del siglo XVI, en Inglaterra se planteó instaurar la primera lotería pública para hacer frente a la guerra contra Francia. La práctica, que hasta entonces no había sido llevada a cabo nunca de manera oficial en el país, produjo un acalorado debate en el Parlamento que se zanjó con la siguiente frase por parte de un «exaltado»: «Callen ustedes; esta lotería es la reina de todas las loterías». Años después, en 1660, esta práctica volvió a brillar en Francia cuando los galos autorizaron una gran rifa para garantizar que la boda entre Luis XIV y María Teresa de Austria era sumamente ostentosa.

5 octubre 2015 at 8:12 pm Deja un comentario

El pacto político que pudo hacer que Cleopatra viviera en España

Las alianzas no han nacido en el S.XX, se llevan practicando durante siglos y, algunas, con trágicos resultados. Una de las más famosas de la Historia vino del amor entre la reina de Egipto y Marco Antonio

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Su pacto político pretendía unir Roma y Egipto, pero acabó en tragedia para ambos / WIKIMEDIA

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |   ABC      29/06/2015

Hace meses que estamos inmersos en una vorágine de pactos. Desde Andalucía, hasta Madrid y, todo ello, haciendo un pequeño desvío a través de regiones como Valencia. Cualquier zona es susceptible de caer bajo el yugo de las conversaciones, los acuerdos de gobierno y, en definitiva, la alta política. La práctica como tal parece sumamente moderna de tan habituados que estamos a verla a diario (elecciones mediante), pero la realidad es bien distinta, pues las alianzas entre partidos, asociaciones y personalidades de la clase dirigente se encuentran en nuestra Historia desde que el hombre empezó a caminar sobre dos patas. Algunas de ellas, como la de Marco Antonio y Cleopatra, prometían acabar con Roma, hacer resurgir a Egipto como capital de un nuevo imperio e, incluso, pudieron terminar con la reina viviendo en Hispania (lugar al que la reina barajó huir cuando su imperio empezó a tambalearse).

Sin embargo, aquel pacto político acabó como tantos otros que se han firmado a lo largo de la Historia: en absoluto desastre. De hecho, terminó con sus dos firmantes bajo tierra al más puro estilo Romeo y Julieta. Es decir, por un doble suicidio que perpetraron cuando sus enemigos (Octavio y sus legiones) les dieron de bofetadas en la batalla de Actium. Y es que, sabedores de que habían sido derrotados por Roma y que poco podían hacer para recuperar su antigua gloria, decidieron acabar con sus vidas para evitar la vergüenza de la derrota y las consecuencias de sus actos. En la actualidad –y por suerte- las asociaciones entre partidos no concluyen con sus firmantes muertos, pero sí suelen finalizar con alguna que otra «torta» política llena de rencor (y si no, solo hay que ver lo sucedido en Andalucía entre el PSOE e IU).

Odio, triunvirato y Cleopatra

Para encontrar el origen del pacto que pudo acabar con Roma y dar con los huesos de Cleopatra en Hispania es necesario viajar en el tiempo hasta el 15 de marzo del año 44 A.C. Fue entonces cuando Julio César fue asesinado a las puertas del Senado en una conspiración en la que, según el historiador Suetonio, participaron más de sesenta personas. Entre ellas destacaban Cayo Casio y Marco Bruto, perpetradores de un plan que se saldó con una muerte «anunciada» que se llevó a cabo mediante una veintena de sangrientas puñaladas. Después del entierro del líder (a manos de la 13ª Legión, sumamente dolorida por su cercanía con el dictador) comenzó un curioso «juego de tronos» que marcó la Historia.

Tras esta muerte se produjo el caos en Roma. Cada general inició el camino que más le interesaba seguir sin tener en cuenta ninguna lealtad. Uno de los primeros en armarse fue Marco Antonio quien, haciendo valer sus años al servicio de César, tomó el mando de varias legiones y exigió a uno de los asesinos de su mentor que le entregase la región que administraba en nombre del pueblo romano. Tampoco se quedó atrás Cayo Octavio (sobrino nieto de César y elegido heredero legítimo por él). Y es que, al saber que su enemigo natural para acceder a la poltrona se había marchado de Roma, se decidió a combatir y obtener por su «pilum» el poder que estaba ejerciendo, de facto, Antonio. La guerra civil estaba asegurada, y duró varios meses en los que las tropas de ambos se repartieron flechas y estocadas de «gladius» en plena contienda. Los dos luchaban por heredar un imperio.

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Cleopatra, la reina que robó el corazón a César y Marco Antonio (Wikimedia)

Sin embargo, parece que la cordura (o el interés político, tan patente en Roma por cierto) acabó imperando entre los contendientes. Así pues, Octavio y Marco Antonio decidieron que eran mucho mejor aguantarse mutuamente y dirigir su odio contra los asesinos de César. Y es que, estos andaban armándose para, llegado el momento, saltar sobre los «cesarianos», como eran conocidos los valedores del dictador. De esta forma nació el Triunvirato, un pacto político mediante el que estos dos líderes y el banquero Lépido –otra de las personalidades de entonces- formaron un gobierno dictatorial sobre Roma. Se convirtieron, en definitiva, en los amos del mundo conocido.

«En este Triunvirato, Marco Antonio, Octavio y Lépido se aliaron con el objetivo de encontrar y capturar a los asesinos de César. Como necesitaban ayuda para perpetrar esta venganza, Egipto buscó acercarse a ellos en su propio beneficio. A los romanos tampoco les vino mal porque se querían acercar a las provincias orientales, así que llegaron rápidamente a un acuerdo. Cleopatra, reina de Egipto, se comprometió a ofrecerles apoyo económico a cambio de que Cesarión (el hijo que había tenido con César) fuera considerado el heredero de su trono en Egipto. La jugada fue astuta, pues así no entraba en conflictos con Octavio (el heredero legal de César) que quería tomar el poder en Roma», explica, en declaraciones a ABC Aroa Velasco, historiadora especializada en el Antiguo Egipto y autora de la página Web «Papiros perdidos».

Antonio y Cleopatra: amor, y orgías

El Triunvirato dio cierta tranquilidad a los romanos, pero lo cierto es que era difícil que un mero pacto político acabase con el odio entre Marco Antonio y Octavio, ambos dignos valedores de suceder a César. Por ello comenzaron a abundar las «puñaladas traperas» -que podríamos decir hoy en día- entre ambos. «Octavio siempre había querido gobernar solo y, para lograrlo, envió a Marco Antonio a luchar contra los partos en los territorios romanos de Siria y Oriente. La idea era sencilla: ponerle en peligro para que muriese en batalla», explica Velasco. Con todo, el oficial romano podía ser muchas cosas, pero no estúpido, por lo que -cuando vio la difícil situación militar que se le presentaba- corrió bajo las faldas de Cleopatra a solicitarle ayuda militar en un encuentro privado.

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Busto de Marco Antonio durante su juventud (Wikimedia)

La reina de Egipto aceptó el encuentro, aunque solicitó que se hiciese en su navío con el objetivo de impresionar al romano. «Cleopatra fue al encuentro de Marco Antonio en un barco majestuoso con remos de plata. Quiso demostrar la riqueza de su pueblo, para lo que decidió regalar los cubiertos de oro a los soldados e invitados tras cada comida. La leyenda negra dice que estuvieron rodeados de orgías, explica Velasco. De la misma opinión es Pilar Rivero, de la Universidad de Zaragoza, quien, en su dossier «La política exterior de Cleopatra VII Filópator», remarca la forma en que la reina de Egipto se presentó ante Antonio: «Cleopatra llegó con una gran pompa, remontando el rio como si de la diosa Isis y su cortejo se tratara».

Lo cierto es que la majestuosidad de Cleopatra pareció funcionar, pues Marco Antonio (quien ya se sentía bastante atraído por Oriente) se quedó encandilado con ella y no ofreció demasiadas reticencias a las condiciones de su pacto. Se dice que tal fue el despliegue de los egipcios, que entre banquete y banquete se dieron las negociaciones. Aunque no se sabe a ciencia cierta, lo cierto es que no tardaron en llegar a un acuerdo. «Marco Antonio propuso a Cleopatra que le diese su apoyo militar contra los partos a cambio de eliminar a Sione IV (la hermana de Cleopatra, que quería acceder al trono). Ella acepto», añade la experta.

Además de aquel pacto político, en el barco también se vivió una historia de amor, pues ambos se encapricharon del otro y comenzaron una relación muy criticada desde Roma y que aprovechó, entre otros, el sobrino nieto de César. «Con el acercamiento entre ambos, Octavio vio una oportunidad para acabar con la credibilidad de Antonio. Por ello inició una campaña con la que buscó minar su imagen entre los romanos, le acusó de adorar la cultura oriental, de pedir ayuda a Cleopatra y de dejarse hechizar por sus extrañas artes. Todo ello fue incentivado por el filósofo Plutarco, contrario también a Antonio», completa Velasco. La treta funcionó y, a pesar de que el Triunvirato siguió activo, Marco Antonio se fue ganando, poco a poco, el odio de sus conciudadanos. Lo cierto es que tampoco ayudó que el romano trasladase su residencia a Alejandría y pasase las horas muertas con su nueva «novia».

Comienza la guerra

En los meses siguientes, Marco Antonio, el que en su día fue el primer general de César y el hijo predilecto de Roma, siguió viendo a Cleopatra y probó las miles de las riquezas y los lujos de Egipto. Eso sí, dando de lado a sus conciudadanos y al Triunvirato. Octavio, por su parte, supo usar desde cada comilona que su enemigo se daba en Alejandría, hasta las relaciones sexuales que este tenía con la reina de Egipto (con quien tuvo tres hijos, Alejandro Helios, Cleopatra Selene II y Ptolomeo Filadelfo) para que el pueblo le viese como un adorador de Oriente. El sobrino nieto de César no podía estar más feliz, pues –poco a poco- estaba acercándose a su plan: acceder al gobierno en solitario y no tener que rendir cuentas de ello a nadie.

El de Octavio no era un plan para tomar el poder rápidamente, sino eliminando, poco a poco, el poder de sus competidores. Hubo que esperar hasta el año 37 A.C. para que –con la renovación del Triunvirato- el sobrino nieto de César pusiera la última piedra para lograr acabar con su enemigo. Fue ese año cuando, a cambio de que el grupo siguiese gobernando en terna, exigió a Marco Antonio que se casase con su hermana Octavia. Oficialmente dijo que era para buscar un acercamiento entre ambos, pero la realidad era que diferente: buscaba poder cargar contra él cuando engañase a su nueva esposa con Cleopatra. «Marco Antonio, por su parte, pidió a Octavio que le enviase tropas para combatir contra los partos, con los que seguía en guerra. Este aceptó, pero nunca llegaron a su destino», añade la experta.

Casado con Octavia y al verse traicionado por Octavio, Marco Antonio se marchó desesperado a los brazos de Cleopatra. La reina de Egipto no dudó y aprovechó la desesperación de su amante. Podían ser compañeros de cama, pero el poder, era el poder (debió pensar). «Cleopatra aceptó el trato y le dio dinero, provisiones, tropas y barcos. A cambio, sin embargo, le solicitó que otorgara posesiones a los tres hijos que ambos tenían en común. Así pues, debía nombrar a Alejandro Elios rey de Armenia y Partia, a Cleopatra Selene, de Cirenaica y Lidia y, finalmente, a Ptolomeo Filadelfo de Siria y Ciricia. Además de todo ello, Cleopatra debía ser nombrada reina de reyes y reina de Egipto y Cesarión su heredero. El tratado fue conocido como las “Donaciones de Alejandría”», completa Velasco. A su vez, ambos contrajeron matrimonio según las costumbres egipcias. Un nuevo varapalo (y una nueva excusa) para Octavio.

Octavio, al fin, tenía una excusa para iniciar la contienda. De esta forma, y tras quitarse de encima a Lépido, cargó política y dialécticamente contra su enemigo hasta que consiguió tener de su parte al pueblo. Tras ello, nombró enemigo de Roma a Marco Antonio y declaró la guerra a la pareja. «Curiosamente no se la declaró a Marco Antonio, pues sabía que, de ser así, provocaría recelos entre sus legionarios, que luchaban más contra Cleopatra y el imperio oriental. Sin embargo, sabía que Antonio ayudaría a la reina», destaca la experta a ABC. Había comenzado la contienda, una lucha a muerte que llevaba tejiéndose y fraguándose años.

El plan para exiliarse a España

El enfrentamiento entre ambos se terminó decidiendo en el año 31 A.C. en la batalla de Actium (una región ubicada en la costa oeste de Grecia). En principio, Marco Antonio quería combatir en Italia, pero Cleopatra volvió a manipular al romano afirmando que sus tropas sólo acompañarían a las legiones de Oriente (las que se habían mantenido fieles a su amante) si se luchaba en la costa griega. No hubo más que hablar para el romano, que aceptó sin rechistar. El 2 de septiembre se combatió. Sin embargo, no fue en tierra, sino en el mar (donde el general romano no tenía ninguna experiencia). La contienda no había comenzado y la ventaja ya era para Octavio y sus buques.

En la contienda, los buques de Marco Antonio se pusieron en vanguardia; tras ellos se destacaron como reserva, los de Cleopatra. En total, los amantes sumaban unos 400 navíos. En frente suya se ubicaron imponentes los 400 de Octavio al mando de Marco Agripa. Los dos contenientes habían decidió usar estrategias similares. «Antonio, mediante un movimiento envolvente, trataría de desbordar el flanco siniestro enemigo (Agripa). De este modo quedaría abierto un hueco entre las naves que conformaban el centro de la línea octaviana y las que se situaban a su izquierda. Ese vacío sería rápidamente cubierto por las galeras de Cleopatra, que avanzarían desde la retaguardia, partiendo en dos la flota rival. Por su parte, Octavio buscaría hacer lo propio en el ala derecha de la armada contraria (Antonio)», explica el doctor en geografía Antonio García Palacios en su dossier «Octavio frente a Marco Antonio».

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La batalla de Actium, de Lorenzo A. Castro. (Wikimedia)

La victoria parecía plausible para los amantes, pero, según el Plutarco, la maniobrabilidad de los buques de Agripa y el arrojo de sus legiones terminaron siendo letales. Aun así, fueron necesarias varias horas de batalla para poder doblegar a Antonio y Cleopatra. «La batalla adquirió el carácter de un combate en tierra firme o, para ser exactos, el de un ataque a una ciudad fortificada. Tres o cuatro barcos de Octavio se agruparon en torno a cada uno de los de Antonio, y la lucha se llevó a cabo con escudos de mimbre, lanzas, palos y proyectiles incendiarios, mientras que los soldados de Antonio también disparaban con catapultas desde torres de madera», señaló el historiador romano.

Cuando Marco Antonio se vio desbordado y la batalla empezó a tornarse del lado de Agripa, Cleopatra inició la retirada con su flota hacia mar abierto, dejando sin apoyo a su esposo. Al parecer, ver huir a la mujer más poderosa de Oriente hizo acobardarse al romano, que giró su barcaza y siguió, como alma que lleva el diablo, a la egipcia. Sin su líder natural, solo fue cuestión de horas que las legiones aliadas se retirasen de forma pactada. Por su parte, marido y mujer decidieron cobijarse en Egipto. «Cuando Marco Antonio llegó a Alejandría, se refugió en una pequeña casa junto con dos criados, situada en el pequeño puerto de Paretorio; quizá pensaba en la posibilidad de una recuperación y de otro posible ataque a Octavio. La reina se fue a su palacio y se dedicó a planear la estrategia a seguir en el encuentro seguro, pero que se hizo esperar con Octavio», explica Rosa María Cid López, del departamento de Historia de la Universidad de Oviedo, en su obra «Cleopatra: Mito, leyenda e historia».

¿Cuál era su plan? En principio, reclutar todos los hombres que pudiese para poder plantar cara al romano. Sin embargo, si eso no daba resultado, tenía pensada una curiosa serie de alternativas. «Por si acaso era preciso huir, mandó mensajeros a sus aliados de Media y Partia, preparó embarcaciones para pasar el mar Rojo en dirección a Arabia e, incluso, estableció la posibilidad de huir a Hispania», explica, en este caso, Rivero. Lo cierto es que esta opción la habría permitido hacerse fuerte en la Península para iniciar un contraataque contra Octavio con ayuda de Antonio. Desde allí, también podría haber iniciado los preparativos para marcharse hacia otra parte de Europa. Sin embargo, nada de eso pudo suceder, pues la pareja acabó muerta (ambos se suicidaron) y su enemigo tomó el poder. Su pacto político, por lo tanto, terminó en desastre.

Tres preguntas a Aroa Velasco

MANUEL P. VILLATORIO / MADRID

¿Cleopatra usó sus encantos para aliarse con Antonio?

Puede que usase sus armas de mujer para conquistarle y ganarse su favor, pero era una mujer lo suficientemente lista como para conseguir sus objetivos políticos sin necesidad de ello.

¿Trató Cleopatra de buscar otras aliados antes de firmar una con Antonio?

Curiosamente, Cleopatra tuvo un “tonteo” político con Octavio, aunque no cuajó y rápidamente se puso del lado de Marco Antonio. Fue mínimo, antes de que Antonio iniciase su campaña contra los partos.

¿Cómo pudo extenderse tanto la imagen negativa de Marco Antonio?

En Roma se veía a Marco Antonio como un romano obsesionado por la cultura oriental. Vestía como ellos, se decía que participaba en sus orgías etc. Esa maña imagen la generaron Plutarco y Dion Casio.

29 junio 2015 at 8:47 am Deja un comentario

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