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Las extrañas prácticas sexuales de las prostitutas de la Antigua Roma

Las meretrices solían utilizar grandes pelucas rubias y se afeitaban y pintaban de rojo sus partes íntimas. Además, trabajaban habitualmente en burdeles apestosos regentados por un cruel proxeneta

Fuente: Manuel P. Villatoro  |  ABC Historia
7 de agosto de 2018

Las películas de Hollywood son el cielo y el infierno de la divulgación histórica. Por un lado, permiten dar a conocer períodos olvidados de nuestro pasado al gran público. Por otro, en algunos casos caen en exageraciones que generalizan ideas erróneas entre los espectadores. Esto último es lo que ha ocurrido con la prostitución en la Antigua Roma. Una práctica que en la gran y en la pequeña pantalla se rodea de lujo y de glamour pero que, en realidad, solía llevarse a cabo en tugurios pestilentes y bajo la atenta mirada de un proxeneta ansioso de que el «servicio» terminara para que pasara el cliente siguiente. Otro tanto sucedía con unas meretrices que carecían de lujos y que eran consideradas, de forma literal, la «infamia» de la sociedad.

Para los romanos la prostitución navegaba entre dos peligrosas aguas. A nivel social era vista como un mal necesario. Ejemplo de ello es que autores como Catón el Viejo (234-149 a. C.) la definieron como una auténtica bendición debido a que permitía a los jóvenes dar rienda suelta a sus más bajos deseos sin «molestar a las mujeres de otros hombres». Con todo, tan real como esta visión es que, según explica la doctora en historia Lucía Avial en «Breve historia de la vida cotidiana en el Imperio Romano» (Nowtilus, 2018), «los romanos situaron a las personas que ofrecían su cuerpo por dinero en los espacios más despreciables de la sociedad».

¿Cuál es la verdad de la prostitución en esta época? La realidad es que esta práctica fue evolucionando durante la época de la República y del Imperio. Lo que sí está claro es que el «oficio más viejo del mundo» aparece ya en los orígenes de la propia ciudad. Así lo afirma la historiadora Carmen Herreros González en su dossier «Las meretrices romanas: mujeres libres sin derechos». Y es que, en sus palabras, los mismos fundadores de Roma fueron amamantado por una trabajadora del sexo. «En efecto, la tradición habla de una loba, la lupa, que en latín no quiere decir sino puta y que se refiere a la que, habiendo hecho gozar al dios Marte, recibió en recompensa por el placer proporcionado casamiento con un hombre inmensamente rico», explica la autora.

Mal necesario

Desde ese momento la prostituta es una figura que se puede encontrar de forma perpetua en Roma. Sin embargo, no fue hasta la Segunda Guerra Púnica (aquella en la que Aníbal plantó cara a las legiones entre el los años 218 a. C. y 201 a. C.) cuando se empezó a entender la lujuria como una parte del ocio del ciudadano. Así lo afirma Rubén Montalbán, investigador del Departamento de Antropología, Geografía e Historia de la Universidad de Jaén, en su dossier «Prostitución y explotación sexual en la Antigua Roma»: «A partir de entonces aparece como un elemento indisociable de la vida romana. Se observaba como una actividad necesaria para evitar peligros a las matronas [mujeres con un comportamiento irreprochable] casadas».

El mismo comediante Plauto (254 a. C. – 184 a. C) dejó claro esta visión de la prostitución en uno de sus múltiples textos: «Nadie dice no, ni te impide que compres lo que está en venta, si tienes dinero. Nadie prohíbe a nadie que vaya por una calle pública. Haz el amor con quien quieras, mientras te asegures de no meterte en caminos particulares. Me refiero a que te mantengas alejado de las mujeres casadas, viudas, vírgenes y hombres y éfebos hijos de ciudadanos.

Pintura mural de un prostíbulo

De la misma opinión era el escritor del siglo I Valerio Máximo, quien narró una curiosa historia en la que un padre decidió enviar a su hijo a un lupanar para que se desfogara y dejara de importunar a una mujer que ya compartía la vida con otro hombre.

El propio Catón el Viejo (también apodado «el Censor» por su defensa de la virtud y la moral romana) veía positiva la existencia de los lupanares. En una ocasión, de hecho, felicitó a un joven al que vio salir de un prostíbulo ya que, con aquella práctica, evitaba importunar a una matrona. La misma Herreros, en su estudio «Sequere me: tras la huella de las prostitutas en la Antigua Roma», desvela que «incluso los hombres casados eran justificados» cuando mantenían relaciones sexuales con una meretriz porque, así, «saneaban su matrimonio». «Esto demuestra que actuaban en favor de la salud pública», desvela el historiador Jean-Noël Robert en «Eros romano: sexo y moral en la Roma antigua».

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Los romanos creían que la prostitución evitaba que los jóvenes molestaran a las mujeres casadas

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Sin embargo, aunque la prostitución era entendida como un mal necesario, la meretriz («meretrix», la que «se ganaba la vida ella misma») era despreciada por el ciudadano de a pie. «En la sociedad romana, la infamia era el principal rasgo que caracterizaba a este oficio, ya que se consideraba que las prostitutas carecían de dignidad moral precisamente por el hecho de ejercer la prostitución», señala Avial. En sus palabras, estaban en el escalón más bajo de la sociedad debido a que «ponían a la venta su cuerpo sin dedicarlo exclusivamente a la procreación, como hacían las demás mujeres».

Herreros añade que estas mujeres eran consideradas «personas torpes», «apelativo que hacía referencia en el derecho romano tanto a la bajeza moral como a la incapacidad de ser titular de ningún derecho».

Tipos de prostitutas

¿Cómo llegaba una mujer romana a convertirse en una prostituta? Lo más habitual es que, tanto en la época de la República como del Imperio, la meretriz proviniera de una familia extremadamente pobre que había decidido abandonarla al nacer. También podían ser pordioseras, esclavas que eran obligadas a vender su cuerpo o delincuentes. Con todo, Herreros desvela que también había ciudadanas libres que se sentían atraídas por este tipo de vida o jóvenes violadas que optaban por este trabajo tras haber soportado la marginación. «Estas últimas sufrían un estigma social que las culpaba a ellas de la violación», añade Avial.

Dentro de estos grupos había diferentes categorías. La más alta era la de cortesana. Estas eran prostitutas de lujo bellas, refinadas y con buenos modales que podían pasar meses con sus clientes. Solían ser respetadas por los hombres que las contrataban y hasta se les permitía participar en las conversaciones masculinas y dar su opinión (algo impensable para el resto de meretrices).

Pintura de un lupanar romano

Con todo, debían mostrar a su cliente el mismo respeto que tendrían a su marido, un comportamiento que no era habitual en el resto de prostitutas. «En ningún este respeto debe confundirse con el “affectio maritalis” [el amor que se profesan las parejas], porque lo que estaba en en juego era realmente la profesionalidad de la prostituta», explica la propia Herreros y la también historiadora Mari Carmen Santapu Pastor en su estudio conjunto «Prostitución y matrimonio en Roma ¿Uniones de hecho o de derecho?».

A continuación estaban las mesoneras o venteras, mujeres que no eran prostitutas como tal, pero que regentaban una posada y decidían ganarse un dinero extra manteniendo relaciones sexuales con los clientes. De hecho, era habitual que los romanos asociaran el oficio de tabernera con el de meretriz. «Estas mujeres solían estar casadas, pero a los maridos no les importaba» completan las autoras. La última categoría era la de aquellas jóvenes que no tenían dinero para sobrevivir o esclavas que mantenían relaciones sexuales en un burdel.

Dependiendo del prestigio de la prostituta en cuestión, los clientes solían pagar entre dos y dieciséis ases (lo que equivalía a un denario de plata) por mantener una relación sexual con ella. La característica principal era que siempre se pagaba por adelantado. Solo para hacernos una idea de lo que costaba un «servicio», los legionarios romanos cobraban, a principio del siglo II, un sueldo de 300 denarios al año. Al menos, así lo explican Joël Le Gall y Marcel Le Glay en so libro «El imperio romano», editado por Akal.

La dureza del prostíbulo

De entre todos los lugares en los que se solía practicar el sexo con prostitutas, los «fornices» («prostíbulos») eran los más populares. Eran tugurios ubicados en los barrios más concurridos. En palabras de Herreros, en el Subura (entre las colinas del Quirinal y Viminal) se hallaban las meretrices más populares, mientras que en el Trastévere (el corazón de la ciudad) se podían encontrar los burdeles más sucios y pestilentes.

«El superpoblado barrio de Subura, es el que poseía la peor fama de toda Roma, siendo el refugio de ladrones, sicarios, lanistas, lenones y prostitutas de la más baja condición social», completa Montalbán. Según Plauto, en este último era posible «alquilar a las prostitutas más baratas» y se podía ver a padres prostituyendo a mujeres e hijas para sobrevivir. «En estos barrios de calles estrechas habitaban en pequeñas insulae, las prostitutas de la condición social más baja, sin higiene alguna y compartiendo habitaciones normalmente con compañeras de oficio, debido a los altos precios que debían pagar por los alquileres», añade Montalbán.

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El barrio en el que se encontraban las prostitutas que prestaban servicios más baratos era el de Subura, un auténtico nido de depravación

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En todo caso, era muy sencillo toparse los prostíbulos una vez dentro de los barrios, ya que los dueños ubicaban en sus puertas un falo de piedra pintado en rojo bermellón. «El pene erecto se consideraba un símbolo de buena suerte, por lo que era muy habitual encontrarlo también en los carteles que indicaban los servicios que allí se ofrecían», añade la autora de «Breve historia de la vida cotidiana en el Imperio Romano».

El interior de los prostíbulos era repugnante ya que, además del mal olor, sus paredes estaban decoradas con pintadas obscenas hechas a mano por los clientes. Las prostitutas trabajaban en pequeñas «cellae» o habitaciones donde recibían a los clientes. En la puerta de las mismas, el dueño podía poner el nombre de la meretriz (que solía ser falso) y su especialidad sexual. Estas estancias, al igual que las exteriores, eran pintadas con escenas obscenas.

En los lupanares reservados a la plebe, los más paupérrimos, las «cellas» eran más bien cuevas o cavernas subterráneas abovedadas llamadas «fornis» Horacio, escritor de la época, afirma que estas estancias despedían un hedor nauseabundo que aquellos que pasaban por ellas llevaban consigo mucho tiempo después.

El personaje más controvertido de todo el prostíbulo era el «leno» («chulo»). A efectos prácticos era el dueño del local y el encargado -entre otras cosas- de contratar o comprar a las esclavas que ejercerían la prostitución. «Tenía muy mala reputación porque se trataba de un hombre sin escrúpulos. Se caracterizaba por la falta de honradez y por el hecho de que no podía acceder a los cargos públicos», desvela Herreros.

A su vez, era el encargado de controlar que los clientes no excedieran el tiempo establecido para el coito. «A esto debemos añadir que el acto sexual en el mundo romano no contaba con los preámbulos amorosos que hoy día parecen fundamentales», completa la experta. Ejemplo de ello es la inscripción que se puede leer, todavía a día de hoy, en un lupanar de Pompeya: «Llegué aquí, follé, y regresé a casa».

Para terminar, el «leno» también contaba con varias fichas o monedas en la que había grabada una posición sexual. A pesar de que existe cierta controversia alrededor de las mismas, es más que probable que fueran utilizadas por el «chulo» para que los clientes extranjeros pudieran seleccionar la «especialidad» que querían recibir.

Prácticas sexuales

Más allá de la tiranía del «chulo», lo que está claro es que las prostitutas eran las protagonistas indiscutibles. Todos los autores coinciden en que las meretrices solían ubicarse en la puerta de los lupanares para tratar de atraer clientes. Para ello iban ataviadas con túnicas cortas de colores chillones o incluso transparentes. Lo más curioso es que no se ponían estos vestidos solo por llamar la atención de los hombres, sino porque, según la ley, debían usar una ropa diferente a la de las matronas para evitar malos entendidos. A pesar de todo, según fueron pasando los años las «mujeres decentes» (como eran conocidas) fueron adoptando estos ropajes.

A su vez, y después de que las conquistas de las legiones llevaran hasta la ciudad a mujeres rubias, era habitual que las prostitutas se tiñeras los cabellos de este color o -si no disponían del dinero suficiente- se compraran una peluca. «Esta blonda peluca hecha con cabellos o crines dorados, teñidos, parece haber sido la parte esencial del disfraz completo que la cortesana se ponía para ir al lupanar, donde entraba con un nombre de guerra o el de profesión», desvela Juan Pons en su decimonónica «Historia de la prostitución en todos los pueblos del mundo: desde la antigüedad más remota hasta nuestros días». Este complemento lo mantenían incluso en el prostíbulo.

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Las prostitutas usaban pelucas rubias y se maquillaban para diferenciarse de las matronas romanas

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Para diferenciarse todavía más de las matronas, y para lograr cautivar a los clientes, Herreros afirma que las prostitutas solían cubrirse toda la cara con «afeites variados», ponerse coloretes en las mejillas, «agrandarse los ojos con carboncillo», pintarse con una espesa capa de maquillaje y untarse los pezones con purpurina dorada. De esta guisa, una meretriz de una edad considerable podía engañar a los hombres y extender su vida laboral unos años más.

También era habitual que se afeitasen siempre que el dinero se lo permitiera, ya que era bastante caro. Todo el cuerpo pasaba por la cuchilla, incluyendo sus partes íntimas, que -según la experta- «pintaban de rojo bermellón» y no cubrían con ropa interior.

No obstante, algunas de las prostitutas consideraban innecesarios estos cuidados ya que lo habitual era que el acto sexual se practicase al caer de la noche. Antes era un privilegio de recién casados. De hecho, mantener relaciones en una estancia muy iluminada no era adecuado. Y otro tanto pasaba con la ropa. «Estaba muy mal visto que las mujeres hicieran el amor completamente desnudas, incluidas las prostitutas», añade la autora.

Representación de un prostíbulo romano

Las meretrices tampoco podían usar zapatos, aunque era habitual que se saltasen esta norma y se grabasen en las sandalias palabras como «Sequere me» («Sigueme»). Estos términos quedaban inscritos en el polvo cuando caminaban y los clientes los seguían para encontrarse con ellas.

Pero lo más llamativo de las prostitutas es que fueron una figura transgresora. En la sociedad romana, el hombre era quien tenía el rol dominante en todos los sentidos y, entre ellos, se incluía el sexual. Durante el coito, debía ser siempre la figura activa. Sin embargo, las meretrices lograron equipararse a ellos. Así pues, no era raro que solicitaran a sus clientes que les hicieran «fellationes» o «cunilinguus», prácticas que solían relegar a quien las llevaba a cabo a un nivel inferior. «La peor acusación que se le podía hacer a un ciudadano era la de ser poco viril, es decir, actuar como pasivo en el amor», añade, en este caso Avial. Ellas, no obstante, lo lograron.

 

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7 agosto 2018 at 3:21 pm 2 comentarios

Los secretos de la Guardia Pretoriana para convertirse en las máquinas de matar de los emperadores romanos

Un par de guantes de boxeo («probablemente los únicos ejemplares conocidos del período romano») hallados cerca del Muro de Adriano serán exhibidos en una nueva muestra a partir del 20 de febrero. Este deporte era solo una de las rutinas utilizadas por los legionarios para mantenerse en forma

Fuente: Manuel P. Villatoro  |  ABC Historia
23 de febrero de 2018

De la nada, hasta la cúspide del poder. A día de hoy, las películas nos muestran a los pretorianos como unos guerreros de élite encargados de proteger a los grandes dignatarios de sus enemigos. Llevan razón a medias. O más bien se olvidan del origen de estos combatientes. Y es que, durante la República no eran más que una pequeña escolta dedicada a la salvaguarda de un líder de medio pelo. Sin embargo, todo cambió con la llegada con una reforma motivada por el primer emperador de Roma, César Augusto. Fue este personaje quien moldeó (allá por el año 27 a.C.) un nuevo cuerpo permanente formado por un mínimo de 4.500 hombres al que encomendó su vida. Así nació la Guardia Pretoriana que todos conocemos en la actualidad. 

Poco a poco, su eficiencia llevó a la Guardia Pretoriana a convertirse en una unidad capaz de alzar hasta la poltrona a emperadores. Pero también a arrebatarles esta silla. No en vano, sus miembros asesinaron a Calígula después de haber sido humillados por él y, posteriormente (allá por el año 41) le entregaron el poder a Claudio (quien les compró ofreciéndoles la nada desdeñable suma por entonces de 15.000 sestercios por hombre). Un siglo después, estos militares acabaron también con la vida de Pertinax, agraviados por la falta de monedas. Sin embargo, tan real como esto es que sus miembros eran unos verdaderos carros de combate y causaban pavor a los enemigos de Roma.

Así lo confirma Stephen Dando-Collins en su obra «La maldición de los césares: la crónica fascinante de una época convulsa»: «Con el Imperio, devino una fuerza especial policial integrada por efectivos de élite. Reclutados exclusivamente en Italia, los pretorianos estaban mejor retribuidos que los legionarios, servían durante un período más breve (dieciséis años desde las postrimerías del reinado de Augusto) y recibían una paga mayor al licenciarse (20.000 sestercios en oposición a los 12.000 que percibía un legionario).

De la misma opinión es Roger Collins en su libro «La Europa de la Alta Edad Media», donde los define como una «fuerza de élite» que estaba estacionada habitualmente en Roma y que, «cuando el emperador tenía una personalidad débil o era poco capaz, podían controlar el régimen».

Boxeo para entrenar

Más allá de sus venturas y desventuras, está claro que ser un miembros de la Guardia Pretoriana no era sencillo. De hecho, y a pesar de la reforma de Severo (quien ordenó que «cualquier vacante en los pretorianos fuese cubierta con hombres de todas las legiones» debido a que conocían mucho mejor el oficio del soldado) el entrenamiento al que debían someterse para convertirse en verdaderas máquinas de matar era estricto.

De hecho, no estaban exentos de prepararse para la contienda mediante ejercicios llevados a cabo con espadas de madera o, incluso, haciendo uso del boxeo.

Esta última práctica, curiosamente, se encuentra estos días de actualidad después de que se haya informado de que un par de guantes de boxeo hallados en 2017 en las cercanías del Muro de Adriano (Reino Unido) serán expuestos en el Museo de Vindolanda a partir del 20 de febrero de este año.

Guantes de boxeo romanos

Estos guantes, definidos por los expertos del museo como «probablemente los únicos que se conozcan del Imperio romano», estaban elaborados en cuero y estaban diseñados para proteger del impacto únicamente los nudillos. A su vez, se rellenaban con todo tipo de materiales naturales que los acolchaban y evitaban que el golpe fuese excesivo. Y es que, al fin y al cabo, habían sido ideados para mejorar las capacidades marciales de los legionarios romanos.

«He visto guantes de boxeo romanos representados en estatuas de bronce, pinturas y esculturas, pero tener el privilegio de encontrar dos guantes de cuero reales es algo verdaderamente especial», ha señalado Andrew Birley, director de la excavación.

Maestros

En la obra «Pretorianos, la élite del ejército romano», de Arturo Sánchez Sanz, se ahonda en el entrenamiento de esta unidad. Unos ejercicios que el autor compara con los que llevaban a cabo los espartanos (y que les convirtieron en unos de los mejores combatientes de la Antigüedad). «Aunque con un planteamiento totalmente distinto, los propios pretorianos no quedaban a la zaga de tales hazañas. En combate siempre cumplieron sobradamente lo que se esperaba de ellos y, si eso era posible aun teniendo que actuar en campaña solo esporádicamente, se debía tanto a una selección estricta de los aspirantes como al entrenamiento diario que realizaban», explica el experto en el mencionado libro.

Para evitar que el alto sueldo de los pretorianos les llevase a destrozar su cuerpo a base de bebida, comida y prostitutas, se construyó un «campus». Un complejo formado por un templo, unas termas y unas letrinas en el que se preparaban para el combate. «Allí se escuchaban a diario las voces de los soldados expertos que dirigían el entrenamiento y la instrucción en técnicas de combate. Tal era su importancia que existían adiestradores tan capacitados que su labor era, exclusivamente, preparar a los propios entrenadores», añade el autor.

Así pues, cada experto entrenaba una capacidad de los combatientes, como detalla Raúl Méndez Argüín en su documentado dossier «La guardia pretoriana en combate»:

1-Los «armatura» entrenaban a los combatientes en el arte de la esgrima. Su labor era tan importante que recibían formación de los «discens armaturarum», unos maestros de maestros que se encargaban de que no erraran a la hora de explicar a sus alumnos los secretos de las espadas.

2-«Los “evocati” (soldados reenganchados tras cumplir su servicio básico) de infantería tenían un preparador específico, el “exercitator armatutarum”, y los “exrcitatores equitum praetorianum” se dedicaban a los jinetes», explica, en este caso, Sánchez Sanz.

3-El «doctor cohortis», asistido por un «optio compi» supervisaba el entrenamiento por cohortes. «Eran puestos muy apreciados en las cohortes y codiciados para seguir ascendiendo en el escalafón. Formalmente se trataba de experimentados “evocati” que habían servido como “equites praetorianos”, o ya antes como adiestradores», añade.

Los instructores no tenían piedad. Así pues, daban la mitad de la ración a aquellos combatientes que no progresaran todo lo rápido que ellos querían.

Entrenamiento

Con todo, Sanz es partidario de que, más allá de esta estructura, se conoce poco de la rutina diaria de los pretorianos. Por ello, supone que el entrenamiento podría ser parecido al de los legionarios. «Prioritariamente debían manejar las armas de combate, pues de ello dependerían sus vidas y, en parte, no solo las de sus compañeros sino la victoria en la batalla», explica.

A su vez, debían aprender a formar y marchar marcialmente. «Lograrlo correctamente requería práctica diaria hasta la extenuación. La marcha regular y el paso ligero se entrenaban inicialmente sin carga, hasta realizarlas con todo el equipo de combate en perfecta sincronización», completa. Aquello era básico, pues en pleno combate debían saber mantenerse recios y en formación ante el empuje enemigo.

«Para alcanzar tal destreza, los adiestradores inicialmente organizaban marchas diarias de 20 millas romanas en cinco horas (29.620 kilóemtros), o 40 millas en doce horas, y, más tarde, 24 millas en cinco horas a paso ligero», destaca el experto. Estos ejercicios eran habituales entre los reclutas que, a continuación, repetían estas distancias portando su equipo completo.

Tampoco estaban exentos los combatientes de entrenar el salto. Al fin y al cabo, debían estar preparados para poder sortear cualquier obstáculo colocado por el enemigo. «Para ello utilizaban un potro de salto, inicialmente superándolo libres de trabas y, después, con todo el equipo de un salto, portando el gladius y el pilum en cada mano», añade el autor de la obra.

Incluso eran instruidos en la respuesta inmediata que debían dar ante las señales para que las órdenes fuesen llevadas a cabo de la forma más rápida posible.

«Los ejercicios de fuerza no eran menos vitales para un soldado. Debían aprender a resistir las marchas, ejecutar obras de ingeniería, levantar campamentos, así como cargar y utilizar sus armas durante contínuos atauqes. Un brazo cansado tras asestar numerosos golpes o repelerlos podían rendirse antes de lo esperado», señala. La natación y la equitación también eran asignaturas básicas.

Finalmente, y como es obvio, el entrenamiento con armas era básico. Así pues, los militares entrenaban para atacar las tres partes clave del cuerpo del enemigo: cabeza, torso y piernas.

 

23 febrero 2018 at 2:58 pm Deja un comentario

La batalla en la que el ejército de Numancia aplastó a los temibles elefantes de las legiones romanas

  • Durante el verano del año 153 a. C., el cónsul Quinto Fulvio Nobilior trató de conquistar la urbe celtíbera con el apoyo de 10 paquidermos. El resultado fue un desastre para su ejército
  • Estos animales son una de las unidades que se pueden seleccionar en «Numantia», un nuevo videojuego desarrollado por RECOtechnology que recrea la campaña que puso en jaque a la República más poderosa de su tiempo

Elefantes cargando en la batalla de Zama – ABC

Fuente: Manuel P. Villatoro  |  ABC
30 de noviembre de 2017

Unos animales «duros» y cuya «corpulencia aterraba a los soldados», pero «torpes» y a los que solo se les podía sacar provecho con «muchísimo trabajo». Así es como definió el mismísimo Julio César (100 – 44 a. C.) a los temibles elefantes de guerra. Unas inmensas moles de 5 toneladas de peso y 3,5 metros de altura que causaban estragos cuando cargaban contra el enemigo. Aunque también un arma de doble filo, pues no era raro que, al asustarse, se descontrolaran y provocaran el caos. Ya lo expresó el historiador Apiano (95-165 d. C.) en «Historia de Roma. Sobre Iberia»: «Esto es lo que les suele ocurrir siempre a los elefantes cuando están irritados, que consideran a todos como enemigos. Algunos, a causa de la falta de confianza, los llaman “enemigos comunes”».

El ejemplo vivo de lo peligrosos que eran estos animales para las tropas aliadas lo sufrió en primera persona el cónsul Quinto Fulvio Nobilior en el verano del año 153 a. C. Por entonces, el representante de la República romana fue testigo de cómo una decena de estos paquidermos abandonaban el asalto sobre las murallas de Numancia y se volvían, asustados, contra los mismos legionarios que les habían adiestrado. El resultado de la contienda fue una verdadera humillación para sus hombres, que se vieron obligados a abandonar el asedio y huir para no morir aplastados. Por si fuera poco, aquel desastre se completó cuando los defensores abrieron las puertas de la ciudad sedientos de sangre. «Los numantinos se lanzaron desde los muros, y en la persecución dieron muerte a cuatro mil hombres y tres elefantes», explica Apiano.

 

Imagen del videojuego Numantia – RECO

«Numantia», los elefantes vuelven a la vida

Los elefantes de Nobilior, además de las dos décadas que abarcó la guerra de Numancia, quedan perfectamente recreados en «Numantia», el último videojuego del estudio español RECOtechnology (desarrollador también de «Yasai Ninja» y «Kyurinaga’s Revenge»). Una nueva obra que ya ha salido al mercado.

En «Numantia», el jugador podrá convertirse en un general romano hambriento de territorios o en un líder celtíbero deseoso de doblegar al enemigo. «Aquí no hay buenos ni malos. Roma era una potencia en expansión, pero no debemos olvidar que en Hispania pasaba lo mismo, aunque a nivel local. Numancia era la capital de un imperio regional», insiste a este diario Pablo Serrano, jefe de proyecto. En todo caso, e independientemente del bando seleccionado, aquel que decida adquirir este título se encontrará con un videojuego de estrategia dividido en varios niveles.

Una premisa básica en los videojuegos de este calibre es la fidelidad histórica. Por ello, el mundo de «Numantia» ha sido recreado de forma minuciosa. Desde las armas de los hombres que se dejaron la vida combatiendo en la Península en nombre de la República, hasta la vestimenta de los celtíberos que se enfrentaron al poder de Roma. «Cada espada que incluimos, cada casco…. Todo pasa por el filtro de nuestros asesores para que se ajuste a la realidad», sentencia Serrano.

De todos ellos, el punto fuerte de «Numantia» es la representación de las unidades en el campo de batalla. Ejemplo de ello son los elefantes que Nobilior llevó hasta las murallas de la ciudad celtíbera durante uno de los primeros asedios para acongojar a los defensores.

Entre Cartago y Roma

El origen de esta contienda hay que buscarlo en el siglo III a. C. Época en la que la Península era testigo de los enfrentamientos entre las dos grandes potencias de la época: Cartago y Roma. Una región la primera que, tal y como afirma el estudioso decimonónico Philippe Le Bas en su «Manual de historia romana desde la fundación de Roma hasta la caída del Imperio de Occidente», extendía su comercio por «toda la costa septentrional de África desde los confines de Libia hasta el gran océano», disponía de un «vasto imperio que se extendía sobre las costas occidentales del Mediterráneo» y (afincada por estos lares) se nutría de las minas de Hispania para sufragar sus contiendas contra su eterna enemiga: la República ubicada en Italia.

Así fue como Hispania, conocida como «tierra de conejos» o «tierra de los metales» por los romanos, se convirtió en un campo de batalla obligado para los hermanos Publio y Cneo Escipión. Los generales que, tras la llegada de refuerzos a Ampurias en el 218 a. C., se propusieron expulsar por las bravas a los cartagineses de la Península. La misión les costó a ambos la vida (literalmente) y no se materializó hasta el año 206 a. C. cuando, vencidos en todos los frentes, los hombres de Aníbal y Asdrúbal plegaron banderas y regresaron hasta su hogar en el norte de África. Aquello no fue una derrota más, ni mucho menos. Por el contrario, significó el fin de una de las épocas de expansión más destacables de Cartago. Unos años ligados a la familia Bárquida y que había inaugurado Amílcar Barca desembarcando en Gadir allá por el 237 a. C.

Aníbal, el general que llegó hasta las puertas de Roma junto a una legión de elefantes

Tras la huida de los cartagineses, los romanos debieron dejarse seducir por el sol peninsular y por las ricas minas de oro y plata que el destino había puesto en la región, pues no dudaron en sentar sus reales en la región. Fuera cual fuese la causa, no tardaron en conquistar el territorio y dividirlo en dos grandes provincias: la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior. Cada una, al frente de un pretor. Por si la dominación territorial no fuese ya poca humillación, obligaron además a las diferentes tribus locales a rendir pleitesía a sus nuevos jefes a base de cobre. «Con la obligación de pagar tributo se establece la acuñación de monedas en las ciudades sometidas, dispuesta por Roma», explica el arqueólogo e historiador Adolf Schulten en «Hispania, (geografía, etnología, historia)».

Primera contienda

Con estos mimbres (una dominación cartaginesa y unos nuevos enemigos) los nativos decidieron dejar de ser testigos mudos para iniciar una contienda en contra de la dominación romana. Un enfrentamiento que, a día de hoy, conocemos como Primera Guerra Celtibérica y que se inició en el 181 a. C. cuando los habitantes de la Hispania Citerior reunieron un contingente de 35.000 combatientes para enfrentarse a los romanos. Al menos, según explica el conocido historiador Tito Livio en sus textos. Para enfrentarse a este inmenso ejército, Marco Fulvio Flaco (pretor de la Hispania Citerior) logró armar un contingente que, aunque inferior en número, reprimió durante dos años a los sublevados.

Entre las contiendas más destacadas protagonizadas por Flaco (quien inició desde la ciudad de Aeruba -en la demarcación de Toledo- su conquista) quedó grabada a fuego la de Carpetania (en el centro de la geografía española). Un enclave que era considerado la llave para la conquista romana de Celtiberia. El mismo Livio desveló en sus textos que, durante esta lid, los defensores lucharon hasta la extenuación contra las legiones: «Los celtíberos tuvieron unos instantes de indecisión e incertidumbre; pero como no tenían dónde refugiarse si eran derrotados y toda su esperanza radicaba en el combate, reemprendieron la lucha de nuevo con renovado brío». Su bravura no les valió de nada, pues fueron derrotados amargamente.

Los elefantes de Aníbal

Lo mismo les sucedió cuando a la Península llegó (en el 180 a. C.) el nuevo pretor de la Citerior: Tiberio Sempronio Graco. El mandamás logró romper el asedio de la ciudad de Caraúes (aliada de Roma) y detener drásticamente la sublevación local tras la batalla de Moncayo (en la que causó a sus enemigos unas 22.000 bajas). Fue tan letal que los alzados pactaron entregar a Roma una serie de tributos anuales y ceder hombres para sus legiones a cambio de la paz.

«Pese a que la moderna historiografía se refiere a las iniciativas de Graco como “acuerdos” […] nos hallamos ante imposiciones unilaterales. […] Esencialmente pasaron por la entrega de armas, la disolución de la alianza militar celtibérica y la rendición incondicional […]. Desde ese momento se prohibió la fundación celtibérica de nuevos centros urbanos», explica el profesor de Historia Antigua Enrique García Riaza en su artículo «Roma y la Celtiberia hasta la paz de Graco» (incluido en el número 41 de la revista «Desperta Ferro»). A su vez, también se les impidió fortificar sus dominios para evitar que, a la postre, costase tanto destruir sus defensas.

Una revuelta más

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 a. C. Al menos oficialmente, pues durante aquellos años se sucedieron varios enfrentamientos que (aunque fueron sofocados por los gobernadores locales) dieron más de un calentamiento de cabeza a los invasores. A pesar de todo, Roma únicamente mantuvo dos legiones en la Península durante la mayor parte de este período. Poco después las tensiones volvieron a aflorar por enésima vez. Y con razón, pues los tratados de Graco habían sido tan humillantes para los celtíberos que hasta la mismísima Roma había intentado rebajar posteriormente las represalias con el objetivo de reducir la tensión en Hispania.

Nada de nada. A pesar de la calma que se había intentado forjar, en el 154 a. C. volvieron a resonar tambores de guerra. La razón del comienzo de las disputas fue que la ciudad de Segeda (en Zaragoza) decidió ampliar su muralla 8 kilómetros. Una medida que violaba los mencionados acuerdos de Graco.

Así lo explicó Apiano en «Historia de Romas»: «Segeda es una ciudad perteneciente a una tribu celtíbera llamada belos, grande y poderosa, y estaba inscrita en los tratados de Sempronio Graco. Esta ciudad forzó a otras más pequeñas a establecerse junto a ella; se rodeó de unos muros de aproximadamente cuarenta estadios de circunferencia [aproximadamente 7,2 kilómetros] y obligó también a unirse a los titos, otra tribu limítrofe. Al enterarse de ello, el senado prohibió que fuera levantada la muralla, les reclamó los tributos estipulados en tiempo de Graco y les ordenó que proporcionaran ciertos contingentes de tropas a los romanos. Esto último, en efecto, también estaba acordado en los tratados».

Segeda no solo hizo caos omiso a las exigencias romanas, sino que sus ciudadanos afirmaron a la República que habían sido liberados de las mencionadas obligaciones hacía meses. Así lo confirma el mismo Apiano: «Acerca del tributo y de las tropas mercenarias, manifestaron que habían sido eximidos por los propios romanos después de Graco. La realidad era que estaban exentos, pero el senado concede siempre estos privilegios añadiendo que tendrán vigor en tanto lo decidan el senado y el pueblo romano».

Fresco de la ermita de San Baudelio de Berlanga que representa un elefante de guerra

Aquellas diferencias le vinieron como anillo al dedo a una Roma ansiosa de batallas para ampliar (todavía más si cabe) y afianzar su dominio en la zona. En este caso, para dar un castigo ejemplar a los desobedientes hispanos arribó a la demarcación el cónsul Quinto Fulvio Nobilior. Y no lo hizo solo, sino con 30.000 combatientes divididos en cuatro legiones. La llegada de este contingente hizo que los habitantes de Segeda solicitasen asilo en la fortificada Numancia. Urbe que se había mantenido al margen del enfrentamiento y que, a partir de entonces, se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la resistencia contra Roma.

Para liderar la guerra contra Nobilior, los segedanos y numantinos (además de varios pueblos más que varían atendiendo a las fuentes) eligieron a un general llamado Caro. Según desvela Apiano, un hombre sumamente belicoso que no tardó en plantar cara a los romanos el 23 de agosto del año 153 a. C. «A los tres días de su elección, apostando en una espesura a 20.000 soldados de infantería y 5.000 jinetes, atacó a los romanos mientras pasaban», explica el autor. Aquel primer enfrentamiento tuvo un sabor agridulce para los nuestros. La parte positiva fue que acabaron con más de 6.000 legionarios y lograron poner en fuga al resto. La negativa fue que, durante la «desordenada persecución» posterior de los enemigos, los republicanos lograron tender una trampa al militar hispano y acabar con su vida.

Esa victoria con sabor amargo soliviantó todavía más a Nobilior quien, cansado de no poder hacerse con el control de Numancia, solicitó refuerzos para conquistarla de una vez. El resultado fue que el rey Masinisa (uno de los más fervientes colaboradores de Roma en el norte de África) le envió unos 300 jinetes númidas y 10 elefantes, los «carros de combate» de la época.

Paquidermos

Los elefantes, cuya función militar es sumamente conocida a día de hoy gracias a Aníbal, no eran tan habituales por entonces. De hecho, habían llegado a Occidente poco tiempo antes, y de la mano de un genio militar: Alejandro Magno. Personaje que, a su vez, había quedado prendido de ellos tras combatirlos en batallas como la del río Hidaspes. «Con un peso de 5 toneladas y una talla de 3,5 metros, un elefante de guerra cargando a 30 kilómetros por hora causa terror y confusión. Con su dura piel cubierta con armadura de cuero o metal, es casi inmune a las heridas. Estos atributos hicieron del elefante el vehículo elegido por las élites guerreras de Asia meridional desde los tiempos de Buda hasta la época de los mongoles», explica Philip De Souza en «La guerra en el mundo antiguo».

Imagen del videojuego Numantia -RECO

En «La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural», el autor Jan Bondeson afirma que Alejandro quedó tan fascinado con los elefantes que capturó algunos y los llevó como trofeo de guerra hasta Macedonia. Posteriormente, estos «carros de combate» fueron adoptados por los romanos tanto a nivel militar, como ceremonial. «Los romanos nobles usaban con frecuencia a los elefantes en las ceremonias y desfiles triunfales. A partir de los tiempos de Augusto fue costumbre que el emperador viajara en un carro tirado por cuatro elefantes en las procesiones y festivales triunfales», añade el autor.

Con el paso de los años los romanos perfeccionaron el entrenamiento de los elefantes de guerra. Concretamente, adiestraban a estos animales para que aplastaran a sus enemigos y no se asustaran en plena batalla. El trabajo, como señaló posteriormente Julio César, era tedioso y requería de mucho tiempo, aunque merecía la pena. No obstante, las horas dedicadas a aleccionarles no evitaban que estas monturas se diesen la vuelta en plena contienda y huyeran atravesando las líneas aliadas.

Cifras exageradas

Apiano explica en sus textos que, para cuando Nobilior unió aquellos refuerzos africanos a sus legiones, ya había avanzado sobre Numancia sediento de venganza. «Tres días después [de la batalla contra Caro], marchó contra ellos y fijó su campamento a una distancia de veinticuatro estadios. Después que se le unieron trescientos jinetes númidas enviados por Masinisa y diez elefantes, condujo el ejército contra sus enemigos, llevando oculto en la retaguardia a los animales», explica el autor clásico.

¿Cuántos hombres se enfrentaron aquella jornada? Apiano no ofrece cifras concretas. Sin embargo, se pueden usar como punto de partida las que otorga al principio de la contienda. Es decir, 30.000 romanos y 25.000 «belos, titos y arévacos». Con todo, estos números han sido desmentidos por el arqueólogo Fernando Quesada Sanz en su completísimo dossier «Los celtíberos y la guerra: tácticas, cuerpos, efectivos y bajas. Un análisis a partir de la campaña del 153». Tal y como afirma el experto español en la mencionada investigación, es más que probable que Nobilior contara con esos efectivos, pero es casi imposible que los defensores pudieran reunir esa inmensa cantidad de fuerzas.

«En conjunto, pues, creemos que las cifras de efectivos de ambos bandos proporcionadas por las fuentes para la campaña de 153 a. C. son asumibles, aunque cabría pensar en una cierta exageración en el caso de las fuerzas celtibéricas, cuya magnitud no es mensurable con precisión alguna, con lo que resulta metodológicamente más aceptable ceñirnos a las fuentes existentes», explica el experto español en su dossier.

Elefantes en Numancia

Narra Apiano que Nobilior avanzó sobre Numancia el 26 de agosto y que, al ver sus intenciones, los jinetes celtíberos salieron de las murallas para detenerle. Al menos, hasta que las legiones se abrieron para dejar paso a los elefantes de Masinisa. «Cuando se entabló combate, los soldados se escindieron y quedaron a la vista los elefantes», añade el historiador. La visión de aquellos terroríficos animales fue algo demasiado impactante para los numantinos y para sus aliados quienes, aterrorizados, decidieron refugiarse en la fortificada ciudad. «Los celtíberos y sus caballos, que jamás antes habían visto elefantes en ningún combate, fueron presa del pánico y huyeron hacia la ciudad», destaca el autor.

Nobilior, casi paladeando la victoria, dirigió a los paquidermos contra las murallas de Numancia. Para su desgracia, y a pesar de que en principio los animales combatieron con bravura, las tornas cambiaron drásticamente gracias a un golpe de suerte de los defensores. «Un elefante, herido en la cabeza por una enorme piedra que había sido arrojada [desde las murallas], se enfureció y, dando un fortísimo barrito, volvió grupas contra sus amigos y mató a todo aquel que se le opuso en su camino, sin hacer distinción entre amigos y enemigos», completa el autor.

Toma de Numancia, de Alejo Vera y Estaca

Dice la tradición que los desastres nunca vienen solos. Y eso fue lo que le sucedió a Nobilior. Por si un paquidermo descontrolado fuese poco problema, sus compañeros también se enardecieron ante sus berridos y, asustados, abandonaron la batalla provocando el caos entre las legiones romanas. «Los otros elefantes, excitados por el barrito de aquel, hacían todos lo mismo y comenzaron a pisotear a los romanos, a despedazarlos y a lanzarlos por los aires. Esto es lo que les suele ocurrir siempre a los elefantes cuando están irritados, que consideran a todos como enemigos. Y algunos, a causa de esta falta de confianza, los llaman “enemigos comunes”», añade Apiano en su obra.

El descontrol de los «carros de combate» de la antigüedad provocó un desconcierto general entre las tropas de Nobilior, que iniciaron una retirada desordenada para evitar morir bajo las patas de los paquidermos. El desastre se completó cuando los numantinos se percataron del alboroto y decidieron aprovecharse de él. «Los numantinos, al darse cuenta de ello, se lanzaron desde los muros, y en la persecución dieron muerte a cuatro mil hombres y tres elefantes y se apoderaron de muchas armas y enseñas. De los celtíberos murieron alrededor de dos mil», finaliza Apiano.

Aunque Quesada considera el número de bajas exagerado, lo cierto es que la contienda supuso un duro revés para la República romana.

Imagen del videojuego Numantia – RECO

Tres preguntas a Jaime Díaz de Arcaya, director de márketing de «Numantia»

1-¿Qué importancia tienen los elefantes en vuestro videojuego?

Los elefantes son una de las unidades especiales de Numantia y que se pueden manejar en la campaña romana. Estos paquidermos son una de las unidades más temibles del juego ya que son capaces de resistir grandes cantidades de daño y poseen un ataque devastador; sin embargo, su tamaño limita su movimiento, obligándoles a moverse con más lentitud y convirtiéndoles en objetivo de las unidades de proyectiles enemigas.

2-¿En base a qué textos o documentos los habéis recreado?

Hemos contrastado nuestra investigación con nuestro propio historiador y hemos consultado un gran número de archivos romanos y estudios de la fauna y la flora de la época.

3-¿Cuál fue su actuación en Numancia?

Contrario a la opinión popular, el uso de elefantes no era muy común en campañas de esta índole. Los elefantes son unidades muy costosas de transportar y de alimentar, y se asustan fácilmente durante una batalla. La primera vez que aparecen en el juego, coincidiendo con la campaña real romana en la Península, es gracias al cónsul Quinto Fulvio Nobilior quien, frustrado por una anterior derrota contra los celtíberos, decide atacar Numancia con el apoyo de arqueros y elefantes enviados por el rey númida Masinisa, el aliado de Roma en África.

Hay una anécdota que cuenta cómo uno de los elefantes, aturdido y asustado por los numerosos impactos de piedras en la cabeza provenientes de los honderos numantinos, se giró y comenzó a cargar contra sus propias filas, causando numerosas bajas en el ejército romano. No sería la última vez que se enviarían elefantes a la campaña numantina: Gracias a la influencia de Escipión Emiliano (el general que sitió Numancia), Masinisa envió elefantes de nuevo. Al igual que su nieto Yugurta, años después.

 

30 noviembre 2017 at 7:20 pm Deja un comentario

El misterio de la peste que se alió con los guerreros espartanos para aniquilar a miles de hoplitas atenienses

Durante el segundo año de la Guerra del Peloponeso (430 a. C.) se desató una extraña epidemia que acabó con la vida de unos 100.000 ciudadanos de Atenas. Entre ellos, miles de soldados dedicados a defender la región de Esparta

Fuente: Manuel P. Villatoro  |  ABC
2 de noviembre de 2017

La «Peste de Atenas» para unos, la «Peste del Peloponeso» para otros. Si hay una enfermedad que aúna a la perfección misterio y crueldad, esa es la epidemia que se propagó entre los atenienses en el segundo año de la Guerra del Peloponeso (430 a.C.). Una dolencia de origen enigmático que se llevó la vida de aproximadamente 100.000 personas (entre ellas, más de cuatro millares de hoplitas y unos tres centenares de jinetes) y que impactó tanto a la sociedad de la época que sus efectos fueron narrados por el mismísimo historiador Tucídides en una de sus obras más famosas.

En siglo V a.C., así pues, los guerreros espartanos se vieron favorecidos por un mal que diezmó las filas de sus enemigos de forma mucho más eficaz que un gigantesco contingente versado en decenas de batallas.

Dos mentalidades

El origen de esta peste hay que buscarlo en el siglo V a.C. Por entonces el mundo griego se dividía entre dos potencias: Atenas y Esparta. Ciudades sumamente avanzadas y tradicionalmente enfrentadas debido a sus divergencias políticas y militares. «Esparta representaba la oligarquía gobernada por unos pocos, mientras que Atenas representaba la democracia, gobernada por la decisión de la mayoría. Además, y a nivel militar, Esparta representaba la lucha por tierra, mientras que Atenas representaba la lucha por mar», explica el historiador clásico J. B. Salmón en el reportaje «Las guerras del Peloponeso».

Ni siquiera la alianza que ambas ciudades mantuvieron durante las Guerras Médicas entre el 490 a.C. y el 478 a.C. (contienda en la que Atenas y Esparta expulsaron a los invasores persas y que se hizo famosa por la popular batalla de las Termópilas) logró apagar el fuego de su enemistad. De hecho, la tensión entre ambas ascendió a cotas tales que -apoyadas por sus respectivas aliadas- iniciaron en el año 461 a.C. la Primera Guerra del Peloponeso. Un enfrentamiento que se destacó más por pequeñas escaramuzas y asaltos a urbes clave del contrario, que por su carácter general. Hubo que esperar más de 15 años para que llegase la ansiada paz previa a la contienda que provocó la peste.

«Los hechos de guerra no terminaron hasta el 445 a.C., en que firmaron un pacto según el cual ni Esparta ni Atenas atacarían ciudades griegas», explican los autores de «Ideas y formas políticas. De la antigüedad al renacimiento».

“The Plague At Ashdod” (Nicolas Poussin, 1631)

El tratado resultó efectivo durante nada menos que veintisiete años. Sin embargo, todo cambió en el 431 a.C. Y es que, fue entonces cuando comenzó el que sería uno de los enfrentamientos más cruentos entre ambas potencias, la llamada Guerra del Peloponeso. «Esparta, que lideraba la liga del Peloponeso, invadió el Ática en el año 431 a.C. iniciando así una brutal lucha fraticida que duraría veintisiete años y que cambiaría con el mundo griego y la civilización antigua», destaca Jorge Dagnino en su dossier «¿Qué fue la plaga de Atenas?».

Aquella contienda no fue como las anteriores. No se basó en pequeñas batallas aisladas. Con su avance sobre territorio enemigo, la envidiosa Esparta (que ansiaba la gloria y el crecimiento económico de su enemiga Atenas) inició un período de conflicto masivo. Así lo explicó el historiador ateniense Tucídides (siglo V a.C.) en su popular obra «Historia de la Guerra del Peloponeso». Un texto en el que señala que todos los pueblos tomaron partido por uno u otro bando ya que «ésta resultó ser la mayor convulsión que afectó a los helenos, a los bárbaros y, bien se podría decir, a la mayor parte de la Humanidad».

El historiador Donald Kagan es de la misma opinión en su obra «La Guerra del Peloponeso»: «Desde la perspectiva de los griegos del siglo V a. C., fue percibida en buena manera como una guerra mundial, a causa de la enorme destrucción de vidas y propiedades que conllevó, pero también porque intensificó la formación de facciones, la lucha de clases, la división interna de los Estados griegos y la desestabilización de las relaciones entre los mismos, razones que ulteriormente debilitaron la capacidad de Grecia». Como bien explica el autor, los gobernantes de la época desconocían que la contienda iba a provocar una de las plagas más enigmáticas y masivas y de la historia antigua.

Al abrigo de los muros

Cuando la guerra arribó a sus fronteras, los atenienses acababan de elegir por décimo tercera vez consecutiva al sexagenario Pericles como estratego (gobernador). Y este político, sabedor de la potencia de los hoplitas espartanos en combate terrestre, decidió optar por esconder a sus fuerzas en ciudades amuralladas y evitar la batalla en campo abierto. Así lo señala la catedrática en Historia Antigua María José Hidalgo de la Vega en su obra «Historia de la Grecia Antigua»: «Frente a las tropas enemigas, los efectivos que Atenas y sus aliados podían movilizar eran cuantitativamente inferiores. […] Por ello, el plan estratégico de Pericles era, pues, mantenerse a la defensiva en tierra contando con que la ciudad de Atenas y el Pireo estaban preparadas adecuadamente para resistir cualquier ataque».

Lo cierto es que no le faltaba razón a Pericles ya que, aunque los atenienses podían poner sobre el mar un total de 300 naves con tripulaciones más que versadas en la navegación, poco podían hacer ante la potencia militar espartana.

Esta teoría la corrobora el mismo Kagan en su extensa obra al afirmar que los «espartanos que tenían la ciudadanía no necesitaban ganarse el sustento, y se dedicaban exclusivamente al entrenamiento militar». El experto se atreve incluso a afirmar que, gracias a este sistema de entrenamiento, pudieron «desarrollar el mejor ejército del mundo heleno, una formación de ciudadanos-soldado con entrenamiento y habilidades profesionales sin parangón alguno».

Guerreros espartanos en la batalla de las Termópilas

De la misma opinión es el académico británico Paul Cartledge. Según afirma en su obra «Los espartanos, una historia épica», los ciudadanos de esta ciudad eran unos combatientes más que excepcionales: «Los varones espartanos adquirieron fama de ser los marines de todo el mundo griego, una fuerza de combate excepcionalmente profesional y motivada».

No obstante, para mantener esta casta guerrera recurrían a auténticas barbaridades. «Solo permitían vivir a las cruaturas físicamente perfectas, y a los muchachos se les separaba del hogar a los siete años para que se entrenasen y se endurecieran en la academia militar hasta alcanzar los veinte años de edad. De los veinte a los treinta vivían en barracones y ayudaban, a su vez, a entrenar jóvenes reclutas», completa -en este caso- Kagan.

Así pues, y sabedor de que solo le esperaba la derrota en el campo de batalla, Pericles prefirió esconder a los ciudadanos tras los muros de Atenas para evitar que fuesen masacrados por los crueles espartanos. «Con su aplastante superioridad terrestre, su plan estratégico consistía ante todo en arrastrar a Atenas a una gran batalla en campo abierto. Y consideraron que el proceso para lograrlo era arrasar las cosechas y destruir las propiedades de los atenienses para forzarles a salir en su defensa», explica Hidalgo de la Vega.

La cruel peste

Mientras espartanos y atenienses dirimían sus diferencias a base de estrategia y lanzazos, una epidemia nació en los muros de Atenas. Una enfermedad que, según narra el propio Tucídides en su obra, se originó «en tierras de Etiopía, que están en lo alto de Egipto; y después ascendió de Egipto a Libia; se extendió largamente por las tierras y señorías del rey de Persia; y de allí entró en la ciudad de Atenas».

El propio Tucídides afirma en su obra que la epidemia se contagió entre los ciudadanos debido a la falta de espacio en la ciudad. Teoría que, a día de hoy, corrobora el propio Dagnino: «La población de Atenas se había cuadriplicado con los refugiados, muchos de los cuales vivían hacinados en precarias chozas improvisadas».

Con todo, los historiadores coinciden en que el mejor testimonio para explicar esta epidemia es el Tucídides, quien habitó la región por entonces y quien sufrió la enfermedad en su propia piel.

El historiador clásico empieza de esta guisa su descripción de la enfermedad (tan destacable que le dedica incluso un capítulo): «Sobrevino a los atenienses una epidemia muy grande, que primero sufrieron la ciudad de Lemnos y otros muchos lugares. Jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilencia, ni que tanta gente matase. Los médicos no acertaban el remedio, porque al principio desconocían la enfermedad, y muchos de ellos morían los primeros al visitar a los enfermos. No aprovechaba el arte humana, ni los votos ni plegarias en los templos, ni adivinaciones, ni otros medios de que usaban, porque en efecto valían muy poco; y vencidos del mal, se dejaban morir».

Estatua que representa a Tucídides

En palabras de Tucídides, los síntomas de la que actualmente es conocida como la «Peste del Peloponeso» o «Peste de Atenas» empezaban con «un fuerte y excesivo dolor de cabeza». Era lo menor de aquella dolencia ya que, posteriormente, a los enfermos «los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta sanguinolentas, y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar».

La siguiente fase escalaba todavía más en peligrosidad: «La voz se enronquecía, y descendiendo el mal al pecho, producía gran tos, que causaba un dolor muy agudo; y cuando la materia venía a las partes del corazón, provocaba un vómito de cólera, que los médicos llamaban apocatarsis, por el cual con un dolor vehemente lanzaban por la boca humores hediondos y amargos; seguía en algunos un sollozo vano, produciéndoles un pasmo que se les pasaba pronto a unos, y a otros les duraba más».

El historiador señala además en «Historia de la Guerra del Peloponeso» que, a partir de entonces, a los enfermos les empezaban a salir unas pústulas pequeñas y «por dentro sentían un gran ardor» casi imposible de mitigar. «El mayor alivio era meterse en agua fría, de manera que muchos que no tenían guardas, se lanzaban dentro de los pozos, forzados por el calor y la sed», explica. Esta era la etapa clave de la enfermedad, pues era en la que más personas fallecían. «Algunos morían de aquel gran calor, que les abrasaba las entrañas a los siete días, y otros dentro de los nueve conservaban alguna fuerza y vigor. Si pasaban de este término, descendía el mal al vientre, causándoles flujo con dolor continuo, muriendo muchos de extenuación», completa el testigo.

No había remedio para tal mal. Tan solo cabía esperar que el cuerpo lo rechazase. Aunque, en palabras de Tucídides, aquellos que no morían podían sufrir otro tipo de consecuencias: «Algunos perdían [los brazos]; otros perdían los ojos, y otros, cuando les dejaba el mal, habían perdido la memoria de todas las cosas, y no conocían a sus deudos ni a sí mismos». Al parecer, la dolencia era tan grave que ni las aves carroñeras se acercaban a los cuerpos sin sepultar ya que, «si algunas los tocaban, morían».

La futura «Peste del Peloponeso» era, según el mismo historiador clásico, desesperante. No ya porque causara la muerte, sino porque aquellos que la padecían sabían que no había cura para acabar con ella.

Pericles, estratego de Atenas

«No se hallaba medicina segura, porque lo que aprovechaba a uno, hacía daño a otro. Quedaban los cuerpos muertos enteros, sin que apareciese en ellos diferencia de fuerza ni flaqueza; y no bastaba buena complexión, ni buen régimen para eximirse del mal», destaca en su obra el historiador clásico. Atenas pronto se llenó de cadáveres que se amontonaban en casas, templos, estancias y albergues. Según Tucídides, esto provocó una falta de respeto por la muerte que jamás se había visto en la urbe. Así pues, no era raro ver cómo una familia arrojaba el cuerpo de un fallecido a una pira o un enterramiento ajeno. Algo impensable hasta entonces.

Y, por si todo esto fuera poco, la desesperanza de los ciudadanos les llevó a actuar sin «ninguna vergüenza» y como si el mundo estuviese a punto de acabar. Algo que provocó un caos terrible en la ciudad. «Los pobres que heredaban los bienes de los ricos, no pensaban sino en gastarlos pronto en pasatiempos y deleites, pareciéndoles que no podían hacer cosa mejor, no teniendo esperanza de gozarlos mucho tiempo, antes temiendo perderlos en seguida y con ellos la vida», finaliza Tucídides en su obra.

La cruel «Peste del Peloponeso» terminó extendiéndose durante cuatro años y llevándose consigo -según las estimaciones de Diagnino- de unas 100.00 personas. Entre un cuarto y un tercio de la población de la región en la época.

Muerte de hoplitas

Ni siquiera el ejército se vio libre de la peste. El contagio masivo entre los hoplitas hay que buscarlo en el año 430. Por entonces, Pericles había decidido usar su potencia naval para atacar por mar Esparta mientras sus tierras eran arrasadas por el enemigo. Aquella feliz idea no le salió demasiado bien ya que, tras ser rechazados, se vieron abocados a regresar a la contagiada ciudad.

«La expedición llegó a la ciudad transcurrida la primera mitad de junio, cuando la peste ya llevaba más de un mes en Atenas», añade Kagan. En un intento de que el ejército no se contagiase, Pericles envió a la carrera a sus hombres en una nueva expedición. Un nuevo error.

La peste de Atenas, por Michael Sweerts

«En este mismo verano, Hagnón, hijo de Nicias, y Cleopompo, hijo de Clinias, que eran compañeros de Pericles en el mando de la armada, partieron por mar con el mismo ejército que Pericles había llevado y traído, para ir contra los calcídeos, que moran en Tracia, y hallando en el camino la ciudad de Potidea, que aún estaba cercada por los suyos, hicieron llegar a la muralla sus aparatos y la combatieron con todas sus fuerzas para tomarla. Mas todo aquel nuevo socorro y el otro ejército que estaba antes sobre ella no pudieron hacer nada, a causa de la epidemia que se propagó entre ellos, traída por los que vinieron con Hagnón», añade Tucídides.

Cuando Hagnón regresó había perdido 1.050 hoplitas de los 4.000 que habían partido junto a él. Todos ellos, víctimas de la epidemia. Desde entonces los militares se vieron atacados también por la epidemia hasta tal punto que, cuando la peste desapareció en el año 427 a.C., ya habían muerto «más de cuatro millares de hoplitas y trescientos jinetes», en palabras de Kagan.

 

2 noviembre 2017 at 7:31 pm Deja un comentario

«Numantia»: la historia militar llega a los videojuegos españoles

El nuevo título desarrollado por el estudio madrileño RECOtechnology, dará vida a la resistencia hispana ante la poderosa República romana

Fuente: MANUEL P. VILLATORO –  J.M. SÁNCHEZ  |  ABC
25 de agosto de 2017

Corría el año 154 a. C. cuando, tras casi medio siglo de presencia política y militar en la Península Ibérica, la boyante República romana envió al cónsul Quinto Fulvio Nobilior a Hispania. Sus órdenes eran lograr el control de la meseta y acabar con los molestos hostigamientos protagonizados por los lugareños. Junto a él arribaron, según afirma el historiador clásico Apiano, 30.000 legionarios ávidos de sangre. Una fuerza que parecía imparable pero que, para asombro de los invasores, fue detenida en seco ante las murallas de la ciudad de Numancia por los pueblos celtibéros. A partir de entonces comenzó un asedio intermitente a la urbe que se extendió durante más de dos décadas. Una contienda que desesperó a la entonces potencia mundial, que trajo hasta nuestras tierras a las mejores mentes militares de Italia y que solo terminó en el 133 a. C., tras un gigantesco cerco organizado por el famoso Publio Cornelio Escipión Emiliano.

Son esas dos décadas de batalla en Hispania las que representa «Numantia», el último videojuego del estudio español RECOtechnology (desarrollador también de «Yasai Ninja» y «Kyurinaga’s Revenge»). Una obra que verá la luz el próximo otoño y que promete cautivar a los amantes de los episodios más épicos de nuestro pasado. No en vano cuenta con el apoyo de History Channel.

Con todo, el viaje para moldear este título no ha sido sencillo. Así lo afirma a ABC Jaime Díaz de Arcaya, director de marketing de la empresa, quien señala que la aventura de crear un producto capaz de unificar historia de España y estrategia por turnos comenzó en 2015. «Ya estamos con los retoques de última hora, unificando los elementos que hemos creado en estos dos años», señala.

Su trabajo debe ser concienzudo, pues no quieren desilusionar a los jugadores de todo el mundo. «Lo lanzaremos en cinco idiomas, en 80 países y en diferentes plataformas (PS4, PC y Xbox One)», añade el director de marketing. La empresa que tienen entre manos es sumamente ambiciosa debido a la saturación del mundo del videojuego. Pero el estudio español alberga esperanzas de que un evento tan épico como la defensa de Numancia (donde los ciudadanos prefirieron suicidarse a rendirse ante Roma) cautive al público.

Y todo ello, difundiendo de paso nuestro pasado más glorioso. «Los videojuegos son una forma de que nuestra historia se conozca fuera de España», añade Díaz.

Sistema de juego

A nivel práctico, el jugador podrá convertirse en un general romano hambriento de territorios o en un líder celtíbero deseoso de doblegar al enemigo. «Aquí no hay buenos ni malos. Roma era una potencia en expansión, pero no debemos olvidar que en Hispania pasaba lo mismo, aunque a nivel local. Numancia era la capital de un imperio regional», insiste a este diario Pablo Serrano, jefe de proyecto. En todo caso, e independientemente del bando seleccionado, aquel que decida adquirir este título se encontrará con un videojuego de estrategia dividido en varios niveles.

«El primero es un mapa general por el que moverse de asentamiento en asentamiento. El segundo, una vista de cada ciudad en la que se pueden gestionar recursos y tropas», completa. El centro del videojuego son las batallas, basadas en un sistema de movimiento por turnos y a través de casillas.

Rigor histórico

Una premisa básica en los videojuegos de este calibre es la fidelidad histórica. Por ello, el mundo de «Numantia» ha sido recreado de forma minuciosa. Desde las armas de los hombres que se dejaron la vida combatiendo en la Península en nombre de la República, hasta la vestimenta de los celtíberos que se enfrentaron al poder de Roma. «Cada espada que incluimos, cada casco…. Todo pasa por el filtro de nuestros asesores para que se ajuste a la realidad», sentencia Serrano.

Otro tanto sucede con las viviendas de los diferentes asentamientos, las tácticas de combate o, incluso, los campos de batalla. «Hemos recreado las condiciones meteorológicas que, según los historiadores, se dieron en las contiendas que se representan en el juego», determina Díaz.

Sin embargo, el punto fuerte de «Numantia» es la representacióm de las unidades en el campo de batalla. Ejemplo de ello son un tipo de combatientes seleccionables por el jugador numantino que están basados en la «devotio ibérica». Un curioso pacto espiritual que alcanzaban algunos guerreros con sus líderes y que asombró a autores clásicos como Tácito. «Algunos historiadores afirman que estos soldados peleaban desnudos o que lo hacían borrachos y sin haber dormido. Las fuentes señalan incluso que, cuando su líder moría, se suicidaban», explica Serrano. En todo caso, RECOtechnology ha preferido incluirlos en el videojuego como lo que, con mayor probabilidad, fueron: una guardia personal de los caudillos locales.

RECOtechnology

Por su parte, los romanos también cuentan con sus propias tropas de élite: los elefantes que Nobilior llevó hasta las murallas de la ciudad celtíbera durante uno de los primeros asedios para acongojar a los defensores.

Mención aparte requiere la recreación de Escipión Emiliano. El cónsul que arribó a la Península en el año 134 para meter en vereda a unas legiones desanimadas por las derrotas y más preocupadas por beber que por combatir. «Hay mucha leyenda en torno a él. Dependiendo del historiador al que acerques te dirá que era un gran estratega, un duelista sin parangón, o un lobo a nivel político. Nosotros hemos intentando reunir todas estas características en su figura», completa Serrano.

Una industria en auge

Los videojuegos han estado presentes en la sociedad desde hace décadas. Solo en España, la industria mueve anualmente unos 1.163 millones de euros, unas cifras al alza (un 7.4%) en comparación con el año anterior. Sin embargo, la producción y desarrollo de títulos nacionales suele chocar contra la cruda realidad; las superproducciones generadas por las multinacionales e importantes estudios fuera de nuestras fronteras copan los primeros puestos de las ventas. Hay talento, pero no hay industria, aunque eso empieza a cambiar.

Este contexto económico explica, en parte, que la mayoría de acercamientos y coqueteos con hechos históricos acaecidos en España hayan sido tratados en el exterior y, habitualmente, desde una perspectiva, tal vez, alejada de los escritos nacionales. Una saga especialmente cuidadosa con el pasado, y que toma influencias de las culturas clásicas, es Assassin’s Creed, una serie de juegos de aventura en tercera persona en donde el videojugador encarna a un miembro de una hermandad de asesinos que, según se plasma en su trama, influye en las decisiones de conflictos históricos.

La industria factura anualmente 1.163 millones de euros, unas cifras al alza (un 7.4%) en comparación con el año anterior

Aprovechando la coyuntura que brindó la recreación de la Edad de Oro de la piratería en el siglo XVIII en «Assassin’s Creed IV: Black Flag», los desarrolladores de Ubisoft, multinacional francesa, decidieron, como no podía ser de otro modo, tratar los navíos españoles de la época. Incluso, para la ocasión, se rescató la figura de un olvidado corsario español, Amaro Pargo, que revivió para gloria de todos. No ha sido el único título que ha tomado prestados nombres españoles. En algunos lanzamientos anteriores Brotherhood aparecer el Papa español Rodrigo Borgia, (1431– 1503), que dentro del juego se ficciona de líder de los templarios en Italia.También en «Total War: Empire», título perteneciente a una veterana saga de videojuegos de estrategia en tiempo real, se encuentra a España como una de las naciones disponibles para disputar un conflicto internacional. La mecánica del juego consiste en la toma de decisiones y manejo de las tropas por tierra o mar para dominar el territorio. Lamentablemente, se explora la decadencia del Imperio, quedando lejos de ser la más poderosa de todas las facciones existentes. Eso sí, la influencia de la Iglesia y la fortaleza de las guerrillas aparecen referenciadas.

A lo largo de esta joven industria se han tomado multitud de referencias acerca de grupos militares y periodos históricos españoles sin ánimo, en muchas ocasiones, de exaltar la figura nacional. «Rainbow Six Siege», un título de disparos en primera persona, incluyó un contenido descargable que recrea Ibiza en la piel de miembros del grupo especial de operaciones (GEO) español. Una oportunidad para descubrir, entre otros aspectos, la estética y los uniformes de este.

 

29 agosto 2017 at 11:01 am Deja un comentario

La gran mentira de las amazonas: las arqueras mutiladas que esclavizaban a los hombres

  • La Mitología afirma que estas guerreras se quemaban un pecho para mejorar su puntería y que únicamente mantenían relaciones sexuales una vez al año. Sin embargo, los historiadores debaten todavía hoy su existencia real
  • Aprovechando el estreno de la película «Wonder Woman» (cuya protagonista es una princesa de esta tribu) algunos expertos han afirmado que, en realidad, estas combatientes jamás existieron ¿Realidad o leyenda?

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
21 de junio de 2017

Según la mitología (azuzada por historiadores como Heródoto o Plutarco) las amazonas eran un pueblo de mujeres guerreras expertas en el uso del arco y más que diestras a la hora de cabalgar. La leyenda, con todo, ha tenido un doble rasero con ellas. Y es que, afirma también de ellas que se quemaban el seno derecho para que este no les molestara a la hora de apuntar y disparar; que odiaban a los hombres (únicamente mantenían relaciones sexuales con ellos una vez al año para perpetuar su linaje); y que ahogaban en muchos casos a sus vástagos si estos eran varones.

Sin embargo, a día de hoy su existencia se encuentra entre la realidad y la leyenda. Un debate que ha vuelto a reabrirse después de que se haya estrenado en los cines el popular largometraje «Wonder Woman» (la princesa amazona más famosa de los cómics).

La llegada a la gran pantalla de esta película ha sido aprovechada por algunos historiadores como John Man. El también antropólogo ha publicado recientemente una obra en la que -según sus palabras- demuestra que el mito sobre estas combatientes es «una auténtica basura y una verdadera tontería». Al menos, así lo afirmó la semana pasada en una entrevista concedida al diario «Daily Mail».

En palabras de Man, la leyenda de las amazonas fue fabricada por los griegos con el objetivo de «apuntalar su idea de sí mismos». La explicación que aporta el historiador y antropólogo es sencilla: aunque estas «inexistentes» guerreras eran letales, sus atributos más laureados eran los que habitualmente se asociaban al género masculino.

Con todo, otros expertos como el arqueólogo Carlos Alonso del Real fueron más benévolos en vida con dichas guerreras. Este autor español (uno de los grandes estudiosos del tema en nuestro país) no dudó en vida de la historicidad de dichas mujeres y estudió de forma exhaustiva cuál era la realidad y cuál la leyenda sobre ellas. En todo caso, la pregunta sigue viva… ¿Realidad o mito?

El mito

Tal y como afirma Liliana Pégolo (del Instituto de Historia Antigua de la Universidad de Buenos Aires) en su dossier «Del mito de las amazonas a las mujeres santas»: «la narración fabulosa de las amazonas entra en la historia cultural griega durante la primera mitad del siglo VI a.C.». A partir de ese momento se las empieza a definir (según determina el autor Liliana Pégolo en su obra «Mujeres de capa y espada») como «un grupo de mujeres guerreras, supuestamente hijas de Ares, siendo su madre en la mayoría de los casos, Harmonia». De esta guisa, aquella tribu tendría la sangre del mismísimo dios de la guerra y de la diosa de la armonía y la concordia.

Con todo, esta es una de las teorías mitológicas que, entre otros, defendió Apolonio de Rodas (siglo III a.C.). Este autor era partidario de que Harmonia era la amante de Ares, y no su hija (como hasta ese momento se creía). Así lo afirma en el Canto II de las Argonáuticas (su obra más destacada): «Que no eran en vano [las amazonas] de la raza de Ares y la Ninfa Harmonia, aquella que al dios Ares le alumbró unas hijas amantes de las guerras tras haberse acostado con él en la espesura del bosque de Acmón».

Independientemente de los líos de faldas, de las amazonas ya se había hablado anteriormente. Ejemplo de ello es que Homero (siglo VIII a.C.) las define en la Íliada como una tribu de guerreras «varoniles».

El combate de las amazonas – Rubens

En todo caso, tanto para Solís, como para otros autores como Elsa Felder (quien desvela los pormenores de dichas guerreras en «Vida y pasión de grandes mujeres»), estas letales combatientes se organizaban en un estricto sistema matriarcal en el que la máxima autoridad era la reina. Una gobernante, por cierto, cuya forma de acceder al trono es desconocida a día de hoy. Ya fuera por herencia o por valentía en el combate, esta regente gobernaba una región que (según la mayoría de los historiadores clásicos) era exclusivamente femenina.

Pero, ¿dónde residían estas mujeres tan peculiares? La lista de sus posibles asentamientos es innumerable atendiendo a las fuentes, pero la mayoría de autores coinciden en ubicarlas en los alrededores del Cáucaso.

«Los griegos les atribuían existencia histórica y colocaban su reino, ora en las pendientes del Cáucaso, ora en Tracia, o en la Escitia meridional, en las llanuras de la orilla izquierda del Danubio», destaca la autora en su obra. Apolonio de Rodas, por su parte, sitúa la región en la que vivían las amazonas en la costa de Ponto Euxino (Mar Negro), junto a la desembocadura del río Termodonte (al norte de la actual Turquía): «Más allá de la desembocadura del Termodonte expande sus aguas en un golfo tranquilo a los pies del cabo Temiscirio, tras haber atravesado una amplia llanura. Allí se encuentra la llanura de Deante, y cerca de ella las tres ciudades de las Amazonas».

Guerreras a caballo

Solís y Felder coinciden en que -según la tradición- las amazonas fueron las primeras en montar a caballo. Y no solo eso, sino que mantenían una relación especialmente buena con los jamelgos y se entrenaban durante horas para ser unas verdaderas maestras en el arte de la equitación.

En palabras del primer autor, de hecho, cabalgaban de una forma tan perfecta que «podían bailar encima del caballo, levantarse cuando iban a galope, saltar de un caballo a otro y saltar sin silla a través del fuego». Tal era su nivel de compenetración con sus monturas, que el nombre de muchas de estas guerreras estaba formado por el prefijo griego «Hipo-» («caballo»). Ejemplo de ello fue -entre otras tantas- la reina Hipólita.

Representación de una amazona (siglo V a.C.) – Wikimedia

Si su primera virtud era el saber montar a caballo, la segunda era su capacidad para el combate. Ya fuera a pie o en montura (preferían lo segundo) guerreaban utilizando un amplio arsenal de hachas de batalla, espadas y escudos de media luna. Con todo, su arma favorita era el arco.

De hecho, su puntería era extremadamente buena por una razón que explica (entre otros autores) el médico griego Hipócrates, y que replica Felder: «Se aseguraba que a las niñas les cercenaban el seno derecho para que al ejercitarse en el tiro con arco y flecha, en el que eran las amazonas extraordinarias, pudieran sujetar con comodidad dicho arco sobre el pecho». Al parecer, de esta leyenda podría provenir su nombre ya que, en griego, el término «amazoi» significa «sin pecho». Con todo, esta es sólo una de las teorías. Otras afirman que su origen es el vocablo iraní «hamazam» (cuya traducción viene a ser «guerreras»).

Si su primera virtud era el saber montar a caballo, la segunda era su capacidad para el combate

Por otro lado, también se afirma que las amazonas fueron de las primeras en usar el hierro; que eran sumamente bellas (Pégolo las define como «mujeres hermosas y sexualmente apetecibles que subliman sus deseos sexuales»); y que se vestían con una túnica muy ceñida y corta que abierta habitualmente a un lado para que sus enemigos viesen su figura. «Su objetivo no era enseñar a los extranjeros que vestían un atuendo fantástico, sino indicarles explícitamente que eran mujeres y estaban guerreando contra hombres» afirma, en este caso, Solís. En cuanto a su culto, rendían pleitesía a Artemisa (diosa de la caza). Así lo cree y lo deja patente la historiadora Sarah B. Pomeroy en «Diosas, rameras, esposas y esclavas», un libro en el que explica que esta deidad era «una cazadora diestra en el uso del arco» que prefería «emplear su tiempo en la montaña y en los bosques, junto a los animales, lejos de la compañía de hombres y de los dioses».

Hombres ‘odiosos’

Guerreras letales, geniales arqueras, y excelentes a la hora de cabalgar en batalla. Las amazonas han pasado a la historia por esta retahíla de características. Sin embargo, también se han hecho famosas por su extremo odio hacia los hombres. Su misandría queda reflejada en que -atendiendo a la mayoría de las fuentes- residían en comunidades en las que los hombres tenían prohibido el acceso.

Con todo, y como suele suceder con la mayoría estas leyendas con siglos y siglos de antigüedad, algunos autores también son partidarios de que algunos hombres vivían con ellas. Aunque eso sí, como sirvientes y llevando a cabo únicamente las tareas más bajas de la sociedad.

En todo caso, en lo que sí coinciden una gran parte de los autores es en que las guerreras amazonas solían guardar celibato durante casi toda su vida. Tan solo yacían con hombres una vez al año, cuando visitaban a los varones de las tribus vecinas (la más famosa es la de los Gargarios). Y lo hacían únicamente con el objetivo de perpetuar su tribu.

Es precisamente en este punto donde la historia (verdadera o no) de las amazonas se pone macabra. Y es que, una de las teorías sobre la tribu señala que no tenían piedad si daban a luz a un varón. Así lo afirma el historiador Javier Ocampo López en su obra «Mitos y leyendas latinoamericanas»: «Después de los partos, las amazonas mataban a los varones». Con todo, otra versión afirma que no los asesinaban, sino que únicamente les arrancaban los ojos antes de devolverles con sus padres. La interpretación más amable determina que se limitaban a dejarles salir de sus dominios para que huyeran.

Talestris, reina de las amazonas, visitando a Alejandro Magno – Wikimedia

Esta última es apoyada, por ejemplo, por la catedrática en historia antigua Ana Iriarte Goñi en su libro «De amazonas a ciudadanos», quien es partidaria de que «tras dar a luz a los retoños así concebidos, las amazonas se quedaban con las niñas y entregaban los niños al grupo de padres, quienes los admitían individualmente con la duda razonable de que el niño recibido sea su descendiente».

Con las hembras eran más benévolas. Si daban a luz a una niña la entrenaban en la caza y en el arte de la guerra para que fuera una futura guerrera amazona. Y lo hacían, por cierto, mediante la leche del pecho izquierdo.

En todo caso el valor de las amazonas, así como su odio hacia los hombres, dejó una huella imborrable en la historia. Una marca que quedó patente, por ejemplo, en el discurso fúnebre del orador ático Lisias (siglo V a.C.): «Existieron en tiempos las Amazonas, hijas de Ares […] Y eran consideradas más bien como varones por su valor que como hembras por su sexo; pues, con respecto a los varones, parecía mayor la superioridad de sus espíritus que la inferioridad de su apariencia. Dominaban muchas razas y tenían de hecho avasallados a sus vecinos».

Pentesilea y Hipólita

Al igual que las mismas amazonas, las gestas militares de estas combatientes se debaten entre el mito y la leyenda. Virgilio (siglo I a.C.) afirma en su «Eneida» que, durante la guerra de Troya, estas mujeres acudieron en ayuda de Príamo para defender la ciudad. En su texto, el poeta explica el combate que mantuvo (presuntamente) la reina de esta tribu, Pentesilea, contra el héroe Aquiles.

«La fogosa Pentesilea conduce las huestes de las amazonas, con sus broqueles en forma de media luna, y brilla por su ardor en medio de la muchedumbre, atando el dorado ceñidor bajo el descubierto pecho, y guerrera virgen, osa competir en denuedo con los hombres. La lucha no fue precisamente bien para nuestra protagonista, pues murió después de que su enemigo le clavara una lanza en el pecho. Se cuenta que, cuando el varón levantó el casco de la guerrera, quedó prendada totalmente de su belleza.

Pero la historia de Pentesilea no fue la única de una destacada amazona. Otra de ellas fue Hipólita. Según narra la mitología (y partiendo de la base de que existen múltiples versiones sobre el devenir de esta mujer atendiendo a las fuentes) la guerrera fue una de las más destacadas de su tribu. Sin embargo, tuvo la mala suerte de toparse con Hércules quien, como parte de sus populares «trabajos», recibió el encargo de robarle a la regente su ceñidor. Una prenda similar a un cinturón de castidad que había recibido del mismísimo Ares.

La muerte de Pentesilea

En palabras de Felder (quien se basa, a su vez, en los textos de historiadores y poetas clásicos como Heródoto) Hércules se presentó ante la misma Hipólita dispuesto a arrebatarle el cinturón de castidad. Pero no le hizo falta, pues la misma monarca se lo ofreció voluntariamente junto con su virginidad. «Por desdicha de la pareja, era tradición entre las amazonas que, antes de acostarse con un hombre, lucharan con él para probar si la fortaleza del elegido le hacía digno de gestar sus futuras hijas», determina la autora. Según la mitología, cuando comenzaron el combate, Hera (que los estaba espiando y que odiaba a Hércules) hizo creer a todas las amazonas que el héroe trataba de matar a la mujer.

Atendiendo a la fuente existen hasta cuatro finales diferentes para esta historia. Sin embargo, el más famoso es el que afirma que Hércules hizo uso de su descomunal fuerza para acabar con todas las amazonas. Por desgracia, terminó también con la vida de Hipólita. «Su hermana Antíope fue obligada a rendirse y formó parte del botín de guerra de Hércules, junto con el famoso ceñidor», completa la experta.

Mención destacada requieren también las guerreras definidas por el historiador griego Diodoro de Sicilia (siglo I a.C.). Este autor dejó explicado en sus textos que existía una raza de amazonas guerreras con unas costumbres similares a las ya mencionadas, pero residentes en África (o las Canarias, atendiendo a las interpretaciones posteriores).

El autor no habla solo de las combatientes, sino que también hace mención a su reina: Mirina. Así lo dejó escrito: «Acometieron grandes empresas, pues les invadía el deseo de atacar muchas partes del mundo habitado […]. Marcharon primero contra los atlantes. Mirina, que reinaba entre las amazonas, constituyó un ejército de 30.000 infantes y de 3.000 jinetes». Su victoria fue total. Sin embargo, estas combatientes fueron vencidas a la postres también por Hércules.

 

21 junio 2017 at 8:10 am Deja un comentario

Los crueles hábitos de los soldados que desangraron a las legiones romanas en Hispania

Durante más de medio siglo, la Península mantuvo en jaque a los gobernadores y a los soldados que se enviaban desde Italia. La toma de Numancia fue el culmen de un enfrentamiento que tuvo que concluir el famoso Publio Cornelio Escipión Emiliano

El último día de Numancia – Alejo Vera

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
18 de mayo de 2017

Más de medio siglo de contiendas, una larga lista de generales y gobernantes, y miles de bajas. Ese fue el sangriento tributo que se vio obligada a pagar la Roma republicana para dominar de forma efectiva buena parte de la Península Ibérica a partir del siglo III A.C. Durante ese tiempo, los pueblos celtíberos (así como los lusitanos, los vettones y otros tantos) se opusieron con bravura al avance de las legiones por la región.

Para orgullo hispano, cumplieron su objetivo con creces enfrentándose al poderío de sus vecinos hasta en tres grandes contiendas sucedidas -de forma oficial- a partir del año 181 A.C. De hecho, los descalabros que perpetraron contra algunos generales como el cónsul Cayo Hostilio Mancino (humillado en batalla por los numantinos), obligaron a Roma a enviar a Hispania a su general más destacado, Publio Cornelio Escipión Emiliano, para pacificar definitivamente la zona.

El militar, hasta ese momento apodado el «Africano Menor» por haber destruido la ciudad de Cartago durante la Tercera Guerra Púnica, se ganó en tierras hispanas el sobrenombre del «Numantino» tras aplastar la resistencia y tomar Numancia (una de las principales plazas que se oponían al dominio).

Aquella derrota honrosa para los defensores -algunos de los cuales prefirieron darse muerte a capitular– puso fin a un enfrentamiento que sacó de quicio a Roma. Una contienda, en definitiva, en la que los soldados celtíberos demostraron que eran capaces de poner en jaque a las experimentadas legiones haciendo uso de un amplio abanico de armas y una serie de costumbres tan curiosas como amputar la mano diestra al enemigo (símbolo de su poder militar) y hacer uso de ella como trofeo de guerra.

Esta última (y sanguinaria) práctica puede apreciarse en la portada de la revista Desperta Ferro Antigua y Medieval n.º41 («Numancia»). Dicha ilustración muestra a un orgulloso guerrero numantino alzando a los cielos la mano de un soldado romano al que acaba de vencer. El mismo combatiente del que ha obtenido la espada que porta desafiante: un «gladius hispaniensis».

El protagonista de la escena porta también a su espalda un «caetra». Este escudo era su principal defensa y, como señala el historiador Eduardo Peralta Labrado en su obra «Los cántabros antes de Roma», era circular, contaba con un umbo central, y tenía «una característica decoración de cuatro segmentos curvos».

A su vez, en la escena también puede apreciarse que el combatiente (todavía con furia en los ojos por su particular victoria en combate singular) está equipado con un casco hispano-calcídico. Un elemento que, en palabras de los autores de la obra «Cascos hispanos-calcídicos», denotaba que pertenecía a la élite de la sociedad de la época.

Finalmente, la imagen también destruye uno de los mitos más extendidos de la Historia: el que nos muestra a los legionarios ataviados de forma perpetua con una coraza de placas y un gigantesco escudo rectangular. Por el contrario, durante el asedio de Numancia el griego Polibio (citado por el historiador Fernando Quesada Sanz en su dossier «El legionario romano en época de las Guerras Púnicas») afirma que la mayoría de los combatientes portaban «un pequeño pectoral que cubría el centro del pecho», un casco de bronce «de tipo Montefortino» y un «escudo oval en forma de teja».

Primera guerra por Hispania

El origen de las largas contiendas contra Roma se remonta hasta el 181 A.C. Aunque solo de forma oficial. Anteriormente, en el 197 A.C., las tensiones ya se habían dejado ver en Hispania después de que los romanos decidieran ocupar parte de Iberia tras expulsar de ella a los molestos cartagineses. El asentarse por estos lares, su división del territorio en dos grandes provincias (Hispania Citerior e Hispania Ulterior) y la explotación interesada de la zona provocaron que las diferentes tribus nativas se alzasen en su contra.

Así fue como (en el mencionado año 181 A.C.) comenzó la Primera Guerra Celtibérica cuando los habitantes de la Hispania Citerior reunieron un contingente de 35.000 combatientes para enfrentarse a los romanos. Al menos, así lo afirma el historiador Tito Livio en sus textos.

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C.

Marco Fulvio Flaco (pretor de la Hispania Citerior) logró armar un contingente que, aunque inferior en número, aplastó durante dos años a los sublevados en batalla. Entre las contiendas más destacadas quedó grabada a fuego la de Carpetania (en el centro de la geografía española). Un enclave que era considerado la llave para la conquista romana de Celtiberia. El mismo Livio señaló en sus textos que, durante esta lid, los defensores lucharon hasta la extenuación contra las legiones: «Los celtíberos tuvieron unos instantes de indecisión e incertidumbre; pero como no tenían dónde refugiarse si eran derrotados y toda su esperanza radicaba en el combate, reemprendieron la lucha de nuevo con renovado brío». Su bravura no les valió de nada, pues fueron derrotados amargamente.Lo mismo les sucedió cuando a la Península llegó (en el 180 A.C.) el nuevo pretor de la Citerior: Tiberio Sempronio Graco. El mandamás logró romper el asedio de la ciudad de Caraúes (aliada de Roma) y detener drásticamente la sublevación local tras la batalla de Moncayo (en la que causó a sus enemigos -según se cree- unas 22.000 bajas). Su efectividad hizo que los alzados pactaran otorgar a Roma una serie de tributos anuales y ceder hombres para sus legiones a cambio de la paz. Y por si esto fuera poco, a los derrotados también se les prohibió fortificar sus dominios.

Dos alzamientos y un exterminio

La «pax» deseada se extendió 23 años desde el 177 A.C. Al menos oficialmente, pues durante aquellos años se sucedieron varios enfrentamientos que (aunque fueron sofocados por los gobernadores locales) dieron más de un calentamiento de cabeza a los romanos.

Sin embargo, en el 154 A.C. volvieron a resonar tambores de guerra. La razón del comienzo de las disputas fue que la ciudad de Segeda (en Zaragoza) decidió ampliar su muralla 8 kilómetros. Aquello fue tomado como una violación de los tratados de Graco, y le vino como anillo al dedo a una Roma ansiosa de batallas para ampliar (todavía más si cabe) y afianzar su dominio en la zona. En este caso, para dar un castigo ejemplar a los desobedientes hispanos llegó a la demarcación el Cónsul Fulvio Nobilior. Y no lo hizo solo, sino con 30.000 combatientes divididos en cuatro legiones.

La llegada de este contingente hizo que los habitantes de Segeda solicitasen asilo en la fortificada Numancia la cual -hasta entonces- se había mantenido al margen del enfrentamiento. Así fue como la urbe se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la resistencia contra Roma. Nobilior cercó la ciudad y, aunque no logró tomarla, sus victorias en los pueblos cercanos (y las de su sucesor, Claudio Marcelo) hicieron que los celtíberos se viesen obligados a firmar la paz en el año 152 A.C. Todo parecía haber acabado.

Viriato fue uno de los líderes que motivó los levantamientos contra la ocupación romana – Wikimedia

Pero el tratado fue breve. Ese mismo año, las victorias del popular lusitano Viriato (todavía en guerra contra Roma) avivaron la llama de la contienda, lo que llevó al enésimo enfrentamiento armado. En las casi dos décadas siguientes, desde Roma desfilaron una ingente cantidad de cónsules por Hispania. Todos ellos, con el objetivo de destrozar a los sublevados al precio que fuese. Pero a cada cual más torpe que el anterior.

El colmo de la incapacidad llegó de las manos de Cayo Hostilio Mancino en el 137 A.C. Este gobernante no solo no logró conquistar Numancia, sino que se vio obligado a rendirse cuando tan solo 4.000 numantinos rodearon su campamento y amenazaron con aniquilar a sus hombres. La humillación fue tal que Roma le obligó a desfilar desnudo frente a las murallas de Numancia para castigarle por su torpeza.

Finalmente, desde Italia decidieron mandar a la Península a Publio Cornelio Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago en la Tercera Guerra Púnica. El militar arribó a la zona en el año 134 A.C. Con él llegó la verdadera disciplina militar a las legiones en Hispania. Y es que, cansado de derrotas, dedicó su tiempo a entrar duramente a los soldados. Además, expulsó de los campamentos a las prostitutas y los adivinos, a los que consideraba un verdadero cáncer por distraer (de una forma u otra) a sus hombres.

Poco después conquistó los pueblos cercanos a Numancia y, tras un arduo trabajo de ingeniería, edificó un cerco alrededor de esta urbe para matar de hambre a sus ciudadanos. La jugarreta le salió bien, pues a los numantinos no les quedó más remedio que capitular en el 133 A.C. Aunque, todo hay que decirlo, muchos de ellos prefirieron suicidarse antes que entregar la urbe.

Las curiosas costumbres de los guerreros

1-La guerra sagrada.

Tal y como se explica en el número de Desperta Ferro, para los celtíberos la muerte en batalla era «el suceso personal más trascendente». Para ellos, solo existía la victoria o el fallecimiento. Con todo, para acceder a este honor debían «ofrecer la victoria a los dioses, mostrar valor y aspirar siempre a una “bella muerte”».

Así lo señala Eduardo Kavanagh (director de la cabecera de Historia Antigua y Medieval de la revista Desperta Ferro) a ABC: «Uno de los caracteres de la sociedad celtibérica parece haber sido el protagonismo dado a la guerra y, por ende, la admiración de la condición del guerrero. Como queda patente en la portada de la revista, se desarrolló un ethos agonístico, o mentalidad tendente a la competición entre los guerreros, con objeto de demostrar su valía en el combate, entendida esta como la mayor virtud. De resultas de ello, se desarrollaron algunas de sus instituciones más características, como la devotio (por la que un grupo de combatientes se consagraban a un líder militar y juraban no sobrevivirle en combate) o la costumbre de exponer los cadáveres de los caídos en combate a los buitres, en lugar de incinerarlos (entendido aquel como un trato más honroso)».

2-El combate singular.

Tal y como explica Kavanagh a ABC, los celtíberos también tenían la costumbre de enfrentarse en un combate ritual y singular (entre dos contendientes): «En varias ocasiones, de hecho, los romanos hubieron de enfrentarse a esta costumbre y el propio Escipión Emiliano tuvo que luchar de forma individual con un campeón de la ciudad de Intercatia (Paredes de Nava, Palencia), que se interpuso entre ambos ejércitos antes del combate y retó a duelo al mejor combatiente de entre los romanos. Escipión fue el único que aceptó el desafío, y salió triunfante. Pero nos llama la atención que el hijo del campeón derrotado llevara, años más tarde, un anillo que conmemoraba aquel episodio. Es evidente, por tanto, que la derrota en estos enfrentamientos no era considerada deshonrosa y, por el contrario, la mera participación era un enorme motivo de orgullo».

3-Cortar la mano del enemigo

En palabras de los autores, una de las costumbres más curiosas de los guerreros era la de amputar la mano derecha de sus enemigos. La explicación radicaba en que esa era una extremidad cargada de significado por ser con la que se empuñaba el arma. Así pues «era símbolo de la capacidad militar del hombre, y también de su capacidad política».

No les falta razón, pues también era con la mano con la que se sellaban los pactos y se confirmaba una amistad. Por ello, contaba con una importancia tan simbólica. Y por ello también, quedarse con ella como trofeo de guerra era todo un privilegio.

La amputación de la mano derecha como castigo (o como método de adivinación) puede verse en múltiples textos clásicos. El más famoso es el de Estrabón, donde se señala lo siguiente: «[Los lusitanos] hacen sacrificios y examinan las vísceras sin separarías del cuerpo; observan asimismo las venas del pecho y adivinan palpando. También auscultan las vísceras de los prisioneros, cubriéndolas con sagos. Cuando la víctima cae por la mano del adivino, hacen una primera predicción por la caída del cadáver. Amputan la mano derecha de los cautivos y la consagran a los dioses».

 

18 mayo 2017 at 8:07 am Deja un comentario

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