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Un joven inglés descubre un lingote romano de plomo con un detector de metales

“El plomo británico estaba tan extendido y era tan fácil de extraer que tuvo que ser restringido para no aplastar las producciones mineras hispánicas”, dice Sean McDonald

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El lingote romano de plomo estaba enterrado en una granja de Somerset, al sur de Inglaterra. Puede que fuera robado y escondido por uno de los trabajadores de las minas imperiales. Foto: Southern Detectorists

Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
31 de mayo de 2016

Jason Baker, un inglés aficionado a la detección de metales desde hace un año y medio, ha descubierto un magnífico lingote romano de plomo durante una búsqueda en Somerset, al sur de Inglaterra, organizada por el grupo Southern Detectorists. La pieza mide unos sesenta centímetros, pesa casi veinte kilos y data del siglo II d.C. Sean McDonald, del club de detectoristas, explica a este medio que el lingote lleva el siguiente sello: “IMP (eratorum) DVOR (um) AVG (ustorum) ANTONINI ET VERI ARMENIACORVM“. La transcripción sería: “(Propiedad) de los dos emperadores Marco Aurelio Antonino Armeniaco y Lucio Aurelio Vero Armeniaco”. Marco Aurelio y Lucio Vero reinaron juntos entre 161 y 169 d.C.

La pieza mide sesenta centímetros, pesa casi veinte kilos y data del siglo II d.C.

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Jason Baker (a la izquierda) halló el lingote de plomo durante una búsqueda organizada Southern Detectorists, un club de aficionados a los detectores de metales. Foto: Southern Detectorists

“La presencia de un sello imperial es crucial porque relaciona el lingote con un producto oficial del sistema de minería del Imperio romano y mediante este sello estaba exento de impuestos adicionales, tanto de importación como de exportación”, observa McDonald. En el lugar del hallazgo probablemente hubo una explotación minera de propiedad imperial, que empleó a toda una comunidad. “Historiadores antiguos documentaron las actividades y logros de la industria minera romano-británica, por ejemplo Plinio el Viejo, quien aseguró que el plomo británico estaba tan extendido y era tan fácil de extraer que tuvo que ser restringido para no aplastar las producciones mineras hispánicas“, agrega. El lingote de plomo ha sido hallado en una granja de Somerset y, al no ser de oro o de plata, su descubridor no tiene que compartirlo con el granjero. Sin embargo, Baker ha dejado claro que si decide vender la pieza, valorada entre 47.000 y 327.000 euros aproximadamente, le dará la mitad al propietario de la granja.

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La pieza mide unos sesenta centímetros, pesa casi veinte kilos y data del siglo II d.C. Foto: Southern Detectorists

31 mayo 2016 at 6:04 pm Deja un comentario

Demolición de Marco Aurelio

Por F. Javier Herrero  |  Blogs EL PAÍS

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Estatua ecuestre de Marco Aurelio en el Campidoglio, Roma / Leemage, Getty

A juicio de sus contemporáneos, Marco Aurelio fue el emperador perfecto, aquel cuyo reinado fue la época más feliz del mundo antiguo, último de la serie de los llamados ‘emperadores buenos’ del siglo II d. C. Las fuentes históricas de aquel tiempo nos han legado la figura de un emperador que siempre obró con rectitud, sabiduría y humanidad, guiado por su pasión por la filosofía estoica. Y si prefiriésemos evocar a nuestro personaje con herramientas actuales, los cinéfilos podrían revisar las memorables interpretaciones que de él hicieron Alec Guiness en La caída del Imperio Romano y Richard Harris en Gladiator, que nos dejaron una positiva y bienintencionada imagen de Marco. Pero si analizamos la documentación de la época, y de Marco Aurelio queda muchísima, con las gafas de la crítica, el resultado puede ser demoledor. Esa es la tarea que se propuso el profesor Augusto Fraschetti, profesor de Historia romana en la Università di Roma La Sapienza y la Universidad de La Sorbona, con Marco Aurelio, la miseria de la filosofía (2007), que ha sido publicado este año en español por Marcial Pons gracias a la traducción de Javier Arce.

Es necesario aclarar que se trata de una obra póstuma que Fraschetti estaba terminando cuando falleció en 2007, pero que se decidió publicar como homenaje al autor. Por ello se echa en falta una última corrección que eliminase repeticiones, reducción de textos citados in extenso, etc,. No obstante, la profusión de notas, citas y textos de fuentes diversas juegan a favor de la obra. En cuanto al enfoque, el autor opina que quizás se le puede reprochar “el haber intentado reconstruir en todos sus aspectos las diferentes fases de un reinado de forma quizás no demasiado benévola en relación con su protagonista”. Si por benevolencia entendemos simpatía y buena voluntad hacia las personas, en este ensayo el lector tendrá complicado encontrar algo de ella hacia Marco Aurelio.

Desde el reinado de Nerva se inicia lo que se denominó el “imperio adoptivo”, que se basaba teóricamente en la elección del “mejor” por parte del Augusto para sucederle en el trono de Roma. Los investigadores -alemanes sobre todo- que creyeron que este fue el método sucesorio del siglo II, recurrían a unos ‘principios de adopción’ descritos por Tácito y Plinio. Marco Aurelio designó a su hijo Cómodo sucesor del Imperio con lo que ese ideal político, que se suponía que era el óptimo, tocaba a su fin según Fraschetti, pero hay que añadir que ninguno de los emperadores adoptivos anteriores tuvieron descendencia masculina directa y no sabemos qué habría pasado si Adriano hubiese tenido un hijo natural. El profesor italiano sabía que la elección del “mejor” no pasaba el examen de la realidad y analiza el papel que jugaban las mujeres de la domus Augusta, en quienes el mismo Marco Aurelio veía la “dote imperial” ya que transmitían el vínculo que radicaba en la gens Aelia. Se acerca en ese análisis al que ya llevó a cabo Alicia M. Canto, profesora de la UAM y miembro de la Real Academia de la Historia, sobre la dinastía Ulpio-Aelia, que incluye desde los italicenses Trajano y Adriano hasta Cómodo (98-192 d.C.), una verdadera dinastía hispana enraizada en la Bética con fuertes lazos de consanguinidad y comunes objetivos políticos, como lo demuestra el origen de los padres de Marco Annio Vero, nuestro Marco Aurelio, que nacieron en la colonia cesariana de Ucubi, la actual Espejo cordobesa.

Marco-Aurelio-biografíaAl ser proclamado emperador, Marco pide al Senado que sean aplicadas las disposiciones sucesorias de Adriano y que su hermano adoptivo Lucio Vero le acompañe en el coprincipado con lo que Roma dispondría de dos Augustos con poderes idénticos a todos los efectos, la misma auctoritas y la misma potestas. Lo que según la historiografía tradicional fue una armoniosa relación fraternal, según Fraschetti no fue tal y la política de guerra lo demostraría. El Imperio Parto desafió a Marco desde Oriente al poco de ser proclamado emperador, tratando de controlar el estado tapón armenio. Lucio Vero tomó las riendas de la expedición romana que respondería a Vologeses III de Partia, ya que Marco carecía de  conocimientos militares. Al contrario de lo que afirma la Historia Augusta -una compilación de biografías imperiales de la época-que describe a Lucio como un depravado e inmoral, Fraschetti opina que este cumplió impecablemente con los objetivos y no cuestiona la expedición, pero una vez controlada Armenia, ¿era necesario desde el punto de vista del gasto militar llegar hasta Ctesifonte, la misma capital parta, y destruir Seleucia, ciudad que se rindió sin batallar?

Cuando las legiones vuelven a Roma con Lucio en 165 d. C. no vienen solas. Vuelven victoriosas pero traen la peste. La enfermedad se extendió por todo Occidente y en su peor fase se cobró en Roma 50.000 muertes diarias con unas consecuencias que persistieron durante largo tiempo. Con este panorama, el limes septentrional del Imperio se derrumba por la presión que ejercen marcomanos y cuados, y Marco Aurelio ya no sabrá lo que es una paz definitiva en el Danubio y el Rin hasta su muerte. 300 años después, el territorio itálico vuelve a ser invadido y Aquileia –situada en el Véneto- es sometida a asedio. Marco se vio obligado a gestionar reclutamientos militares masivos para contener a los bárbaros, con el gasto económico añadido que impuso a una sociedad asolada por la peste, pero en opinión de Fraschetti, el problema principal era la estrategia a seguir con los enemigos del norte. Lucio Vero quería mantener la política de contención y diplomacia que caracterizó los reinados de Adriano y Antonino Pío, con bastante éxito, mientras que Marco estaba a favor de “una política imperialista” que llevase las fronteras de Roma hasta el Elba, creando las nuevas provincias romanas de Marcomania y Sarmacia, lo cual era de todo punto insostenible. Según Fraschetti, el empecinamiento de Marco en estas guerras, constante juego del gato y el ratón sin visos de victoria, pasará una factura que le costará demasiado cara a Roma.

Áureo con la imagen de Marco Aurelio / Dagli Orti, Getty

Áureo con la imagen de Marco Aurelio / Dagli Orti, Getty

Esa factura económica se componía de varios elementos: la falta de mano de obra en el campo y las ciudades, el aumento de la presión fiscal a causa de las guerras nórdicas, la decisión de devaluar el denario debida a las exangües reservas de plata y la espiral inflacionista generalizada. La situación era tan difícil que Marco decidió incluso subastar las propiedades imperiales para financiar las levas militares. Todo esto lleva a Fraschetti a afirmar que “el comienzo de la decadencia  del Imperio romano se debe hacer recaer sobre el emperador-filósofo Marco Aurelio. Él (…) no deja de aparecer como un completo ignorante de las leyes que regulan una economía de mercado y la marcha de los precios”. Pero el “buen” Marco, como irónicamente suele enfatizar el autor, fue capaz de dar alguna de cal, como ocurrió en el caso de los esclavos. Legisló favoreciendo la manumisión de éstos y protegiendo la nueva situación de los libertos. Su visión estoica de la esclavitud era paradójicamente cercana a la de los cristianos, que protagonizaron el episodio más controvertido del reinado de Marco Aurelio. El historiador italiano es taxativo en este asunto cuando afirma que Marco Aurelio los consideraba “adversarios a combatir sin piedad y sin tregua” y actuó como “un perseguidor feroz”.

En contraste con la gran tolerancia de la que habían dado prueba tanto Adriano como Antonino Pío, entraron en vigor los ‘nuevos decretos’ cuya principal novedad era la puesta en marcha de la búsqueda de oficio de esos cristianos por parte de las autoridades provinciales. La historiografía moderna ha intentado pasar de puntillas por este asunto y buscar explicaciones que al final no resultan convincentes. Las legiones de reciente creación fueron completadas con todos los recursos posibles: esclavos, bandidos o gladiadores. La escasez de estos últimos en los espectáculos públicos por el elevado precio que por ellos exigían los lanistae, unida al ambiente de persecución, provocó sucesos como el de los mártires de Lyon, cuya matanza sustituyó la celebración de unos costosos juegos de gladiadores. A este respecto, Anthony Birley en Marco Aurelio, la biografía definitiva (Ed. Gredos), descarga toda la responsabilidad en las autoridades provinciales del consejo de las Galias, pero no parece creíble que éstas actuasen en sentido contrario a las órdenes del Augusto.

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Marco Aurelio celebra un sacrificio en el templo de Jupiter en el Capitolio / Dagli Orti, Getty

Resulta paradójico que fuesen un antiguo esclavo y el soberano del Imperio las dos últimas grandes figuras del estoicismo. El frigio Epicteto ejerció sobre el emperador una enorme influencia en su pensamiento, la cual impregnará las Meditaciones, el cuaderno de anotaciones personales de Marco en el que Carlo Carena, oportunamente traído por Fraschetti, encuentra su interés no como “ejemplo de un ensayo divinamente sereno, sino al contrario, [como] el afán de una búsqueda nunca concluida, la prueba decepcionante de un esfuerzo teórico alejado de la complejidad de la realidad”. Marco Aurelio gustaba de repetir la afirmación de Platón: “Felices los pueblos en los que los filósofos son reyes o en los que los reyes practican la filosofía”. En qué medida pudo o quiso Marco Aurelio que el estoicismo fuese el timón de su política es la pregunta más significativa que podemos hacernos sobre su imperio. G. R. Stanton subraya “con énfasis la que podría definirse [como] una ‘escisión’ profunda entre el Marco Aurelio emperador y el Marco Aurelio filósofo”. Fraschetti sostiene que esto sólo tiene una causa: la conducta hipócrita de Marco, la hipocresía que se impuso a la filosofía del emperador.

25 septiembre 2014 at 8:34 am Deja un comentario

La guardia pretoriana: La escolta de los emperadores

Por sus salarios y sus privilegios, los guardias pretorianos formaban la élite del ejército romano. De ellos dependía la seguridad personal de los emperadores, a los que proclamaban y deponían a su antojo

Por Fernando Lillo Redonet. Doctor en Filología Clásica y escritor, Historia NG  nº 124

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Cerca del Foro, el núcleo político de la antigua Roma, se alzaba el Palatino, la residencia imperial, donde las cohortes pretorianas montaban guardia a diario para garantizar la seguridad del emperador. MAURIZIO RELLINI

Hoy en día, cuando se habla de «guardia pretoriana» se suele hacer referencia a las unidades armadas de élite que protegen a determinados gobernantes, en particular a dictadores impopulares que, por temor a una conspiración, confían su seguridad a tropas que les son absolutamente fieles. El término procede de la antigua Roma, donde los emperadores y sus familias contaron también para su protección con un poderoso cuerpo militar, instalado en un campamento al este de la ciudad. La guardia pretoriana acompañaba constantemente al emperador, ya fuera como guardaespaldas en Roma o durante sus campañas militares, aunque su fidelidad distó mucho de ser completa, como muestran las constantes conjuras y sublevaciones que protagonizaron hasta su desaparición en el siglo IV.

La guardia pretoriana fue fundada por Augusto en 27 o 26 a.C. En principio se crearon nueve cohortes, aunque su número fluctuó hasta que a finales del siglo I d.C. se estableció en diez. Cada cohorte contaba con unos 480 hombres más un complemento de alrededor de cien jinetes llamados equites pretoriani. Se cree que en la primera mitad del siglo II d.C. se aumentó a mil el número de efectivos por cohorte. Al mando de la guardia pretoriana había normalmente dos prefectos del pretorio, que debían ser militares experimentados pertenecientes al orden de los caballeros, la clase  adinerada que ocupaba importantes cargos en la administración y el ejército.

Mimados por los emperadores

Entrar en la guardia pretoriana era sumamente apetecible, no sólo por el honor que suponía custodiar al emperador, sino también por las ventajas económicas que el puesto traía aparejadas. El sueldo de los pretorianos era el más elevado de todas las unidades del ejército romano. A finales del gobierno de Augusto, la cantidad base anual ascendía a 3.000 sestercios, mientras que un legionario cobraba 900. Hay que considerar también los donativos extraordinarios que les otorgaban los emperadores en acontecimientos como el ascenso al poder, campañas victoriosas o celebraciones especiales, y que eran siempre mayores que las que pudieran ofrecerse a las tropas legionarias. En su testamento, Augusto ordenó que se entregaran 1.000 sestercios a cada pretoriano, por sólo 300 a los legionarios, y muchos de sus sucesores les hicieron generosos donativos nada más acceder al poder para asegurarse su fidelidad: Claudio les concedió 15.000 sestercios, y Marco Aurelio y Lucio Vero, ya en el siglo II d.C., 20.000.

Sin embargo, los pretorianos, al igual que los legionarios, no podían disponer libremente de todos sus ingresos, puesto que una parte del sueldo se depositaba en las arcas de la unidad, así como la mitad de los donativos recibidos. Estos ahorros se les reembolsaban en el momento de licenciarse. Además, al estar acuartelados en la capital del Imperio, los pretorianos no tenían que pagar por el trigo, un alimento básico que se les distribuía gratuitamente y que, en cambio, sí se deducía del sueldo de los legionarios. Tampoco debían abonar sus armas, y a los que pertenecían al cuerpo de caballería se les proporcionaban, sin coste por su parte, los caballos y el alimento para la manutención de los animales. Por otro lado, los años de servicio eran menos: dieciséis frente a los veinte de los legionarios. Los pretorianos gozaban asimismo de ventajas judiciales nada desdeñables: tenían el derecho a ser procesados dentro de su campamento y disfrutaban de juicios más rápidos cuando ellos eran los demandantes. Sin embargo, tenían prohibido el matrimonio legal durante su servicio. Al retirarse recibían tierras libres del pago de impuestos o una cantidad de dinero, que, por ejemplo, en el año 6 d.C. era de 20.000 sestercios. Todo ello sin contar con el prestigio y reconocimiento social del que gozarían en su lugar de origen o en la región en la que se asentasen.

Altos, fornidos y de provincias

El aspirante típico a guardia pretoriano era un voluntario civil, de entre 17 y 20 años, con una excelente forma física y una altura mínima de 1,75 metros, aunque también eran necesarias unas buenas cartas de recomendación. Al ingresar se le hacía un reconocimiento y se comprobaba que era ciudadano romano. En los dos primeros siglos, los reclutas procedían principalmente de la parte central y septentrional de la península itálica y de Hispania, Macedonia y Nórico (territorio entre Austria y Alemania). En el siglo III d.C., tras la reforma de Septimio Severo, los pretorianos no procedían ya de la vida civil, sino que eran soldados pertenecientes a las legiones acantonadas en las fronteras del Imperio.

Una vez admitido, el nuevo recluta viviría en el campamento de la guardia denominado Castra Praetoria. Situado en uno de los lugares más altos al noreste de Roma, fue instituido en época de Tiberio, en el año 23 d.C. Delante del campamento había un campo de entrenamiento, que servía también para ceremonias religiosas y desfiles militares. Una vez superado el entrenamiento, el pretoriano tendría que asumir las múltiples funciones que la guardia pretoriana desempeñaba. La tarea básica consistía en la protección del emperador en palacio y en sus desplazamientos por la ciudad. Cada día, una cohorte con sus centuriones y tribuno al mando se dirigía desde el campamento pretoriano hasta el Palatino  para custodiar la residencia del césar. Durante el servicio en palacio, los pretorianos vestían una toga, en cuyos pliegues llevaban una espada oculta. Cuando el emperador acudía al Senado también llevaban la toga y solían quedarse fuera del lugar de reunión, aunque el emperador Calígula les permitió hacer la guardia también en el interior.

Al servicio del emperador

Algunos emperadores se obsesionaron por su seguridad personal hasta extremos insospechados. Claudio, por ejemplo, no se atrevía a ir a los banquetes si no era rodeado de sus guardias armados con lanzas. Tampoco visitaba a ningún enfermo sin hacer registrar antes su dormitorio y examinar y sacudir los colchones y las colchas. También exigía registrar con el mayor rigor y sin excepciones a las personas que venían a saludarle. Cuando su esposa Mesalina cometió adulterio con Cayo Silio, pensando que éste se proclamaría emperador, corrió aterrorizado a buscar refugio en el campamento pretoriano. Al excéntrico Nerón, en sus correrías nocturnas por las calles de Roma, le seguían de lejos unos tribunos que lo custodiaban, ya que en una ocasión un personaje del orden senatorial había estado a punto de matar a golpes al emperador por propasarse con su mujer.

A veces, la seguridad de los emperadores podía verse seriamente comprometida. Se cuenta que durante el reinado de Cómodo un bandido llamado Materno, que había sido soldado, tramó junto con sus secuaces acabar con la vida del césar; su plan consistía en  mezclarse entre la guardia, armados y disfrazados de pretorianos durante un festival de primavera en el que era lícito usar disfraces. Por suerte para Cómodo, algunos de los suyos traicionaron a Materno y la conspiración fue descubierta antes de que pudiese llevarse a cabo. De ese modo, el bandido que quiso ser emperador acabó decapitado.

De los desfiles al campo de batalla

Los pretorianos también custodiaban al emperador en sus desplazamientos por Italia y otras regiones del Imperio. Cuando el emperador estaba en camino se enviaba un destacamento por delante para despejar la ruta y atajar peligros potenciales. Se dijo de Tiberio que cuando en uno de sus viajes su litera quedó enredada en unas zarzas tiró al suelo al explorador responsable, un centurión de las primeras cohortes, y lo azotó casi hasta la muerte. La guardia protegió al mismo Tiberio durante su exilio en la isla de Capri, a Nerón en su viaje por Grecia y a Adriano en su villa de Tívoli o en sus frecuentes viajes por las provincias. En su fidelidad a la persona del césar, la guardia pretoriana le acompañaba incluso en su último viaje, el cortejo fúnebre.

Los pretorianos actuaban además como guardia de honor en las distintas ceremonias oficiales; por ejemplo, las que festejaban la salida del emperador cuando iba a la guerra o regresaba victorioso, su aniversario o la recepción de embajadores. Asimismo, eran responsables del mantenimiento del orden en Roma, ayudaban al cuerpo de vigiles (bomberos) en la extinción de incendios, reprimían rebeliones e investigaban las conjuras contra el emperador. Durante los espectáculos públicos montaban guardia, e incluso podían participar en ellos; el emperador Claudio, por ejemplo, hizo que un grupo de jinetes pretorianos abatiera fieras africanas en el circo Máximo.

Pero la guardia pretoriana también demostró ser una verdadera fuerza de combate. Su equipamiento militar era similar al de los legionarios, si bien se distinguían por llevar motivos específicos en sus escudos, como el rayo alado, la luna y las estrellas o el escorpión, símbolo zodiacal del emperador Tiberio. Sus portaestandartes tenían la particularidad de llevar enseñas con las efigies de los distintos emperadores y se cubrían con una piel de león. Sus intervenciones fueron numerosas dado que el emperador, cuando entraba personalmente en campaña, les ordenaba acompañarlo o bien enviaba a sus oficiales pretorianos para guiar la contienda. Por ejemplo, a comienzos del gobierno de Tiberio, Germánico y Druso fueron enviados al frente de la guardia pretoriana para sofocar las revueltas de las legiones de Germania y Panonia. En tiempos de Domiciano, el propio prefecto del pretorio, Cornelio Fusco, murió en combate contra los dacios. Los pretorianos también lucharon contra estos últimos en las guerras dácicas, bajo el mando de Trajano, y se enfrentaron a los pueblos germánicos durante el gobierno de Marco Aurelio.

Rebeliones y conjuras

El gran poder militar y policial que adquirió la guardia pretoriana tuvo un reverso: las constantes rebeliones y conjuras que protagonizaron contra los emperadores para imponer a su candidato preferido. Uno de los momentos más turbulentos se produjo en el año 192, a la muerte de Cómodo. Los pretorianos eligieron como emperador a Pértinax, un anciano senador, pero al ver que ponía freno a sus desmanes y a su poder ilimitado decidieron deshacerse de él y lo asesinaron en su palacio. A continuación, pusieron el trono imperial literalmente a subasta, pregonando desde los muros de su campamento que el cargo de emperador estaba en venta e iría a parar a quien les ofreciera más dinero. Un ex cónsul llamado Didio Juliano les prometió una gran cantidad de dinero, asegurándoles también que volverían a tener plena libertad de acción. Ellos aceptaron y lo escoltaron desde el campamento hasta el palacio imperial en medio de fuertes medidas de seguridad.

Poco después, sin embargo, llegó a Roma Septimio Severo, que había sido proclamado emperador por las legiones de Iliria y que convenció al Senado para que decretara la muerte de Juliano. A continuación, Septimio invitó a los pretorianos a que salieran desarmados del campamento para jurarle fidelidad, pero cuando se presentaron con los uniformes de gala los hizo apresar. Les perdonó la vida, pero ordenó expulsarlos de Roma. A partir de entonces se reclutó a los pretorianos entre las legiones de frontera.

En los primeros años del siglo IV, los pretorianos elevaron al trono a otro de sus candidatos, Majencio, pero Constantino lo derrotó en Roma, en la célebre batalla del puente Milvio librada en el año 312. A continuación, el vencedor decidió disolver la guardia. Terminaron así tres siglos de luces y sombras, de heroicidades e infidelidades de la guardia encargada de proteger el corazón de Roma.

Para saber más

La guardia pretoriana. Boris Rankov. RBA-Osprey, Barcelona, 2009.
Pretorianos. La guardia imperial de la antigua Roma. A. R. Menéndez Argüín. Almena, Madrid, 2006.
Pretoriano. S. Scarrow. Edhasa, Barcelona, 2012.

9 mayo 2014 at 5:22 pm Deja un comentario

Marco Aurelio

Hombre de paz y apasionado filósofo, Marco Aurelio debió pasar gran parte de su mandato combatiendo contra los pueblos bárbaros que amenazaban la frontera del Imperio en el río Danubio

Artículo de Jan Manuel Cortés Copete, profesor titular de Historia Antigua, Universidad Pablo de Olavide, Historia NG nº 116

Al final de la jornada, en la soledad del pretorio, en Carnunto o Sirmio, el emperador Marco Aurelio encontraba siempre un momento para sentarse delante del papiro y verter sus pensamientos. Dirigía entonces una guerra interminable, lejos del suave clima y el delicioso paisaje de Italia. Él no era un militar, pues se sentía más bien llamado a los quehaceres del espíritu, pero todas las mañanas, antes del alba, debía vestir la pesada coraza. Las lecciones de los clásicos aprendidas en su juventud venían en su socorro. En aquella ocasión citó de memoria un pasaje de la Apología de Sócrates, la obra en la que Platón relata las últimas horas de su maestro antes de que se cumpliese su condena a muerte: «Pues así es en verdad, atenienses: en el puesto en el que uno se coloca porque considera que es el mejor, o el que ha sido colocado por un superior, allí debe, según mi parecer, permanecer y arrostrar los peligros sin tener en cuenta ni la muerte ni ninguna otra cosa excepto el deshonor». También él, Marco Aurelio, debía beber aquella cicuta. ¡Deber o deshonor! A veces necesitaba recobrar el ánimo para enfrentarse a su dura e ingrata tarea: gobernar y defender el Imperio de Roma.

Corría la década de 170 y Marco Aurelio había superado los cincuenta años. Lejos quedaban sus felices años de juventud, cuando su viva inteligencia y la modestia de su carácter llamaron la atención de su pariente, el emperador Adriano, que hizo que su hijo adoptivo, Antonino Pío, adoptara a su vez al joven Marco. Cuando murió Adriano y subió al trono Antonino Pío, Marco Aurelio estaba cerca de culminar su formación superior y mostraba una marcada inclinación por la filosofía. Por ello, y dado que su largo reinado discurrió en casi completa paz, Antonino Pío creyó que aquel joven destinado al imperio no necesitaría formación militar. Y así, frente a la tradición guerrera de la aristocracia romana, Marco Aurelio fue privado de cualquier experiencia bélica. Quedó en Roma asumiendo magistraturas impropias de su edad y aprendiendo los entresijos del debate político y del derecho.

Los sucesores de Antonino

En el año 161, Antonino Pío murió dejando como sucesores a dos príncipes que, por primera vez en la historia de Roma, iban a compartir el mando supremo. Marco Aurelio, al que se reconocía la primacía tanto por edad como por virtud, y Lucio Vero, más joven, pero más carismático y popular, estaban dispuestos a prolongar los tiempos de felicidad. Pero la ilusión duró poco. Vologases, el rey de Partia, creyó que aquel era un buen momento para expulsar a los romanos de Armenia e invadir la provincia romana de Siria. Habría que remontarse a otros tiempos lejanos de la historia de Roma para recordar una crisis semejante. Pero ahora ninguno de los dos emperadores sabía cómo dirigir una guerra.

De mutuo acuerdo, ambos soberanos decidieron que Lucio, más joven, fuerte y con mejor salud, partiría para Oriente. Sin embargo, su labor como general en jefe fue decepcionante, según reconocen de forma unánime todos los testimonios antiguos. Más interesado en los entretenimientos festivos y en las bellas cortesanas que en la guerra, Lucio abandonó el mando efectivo de su ejército y lo confió a generales expertos. Entre ellos destacó Avidio Casio, bajo cuya dirección las tropas romanas no sólo recuperaron el territorio perdido, sino que penetraron hasta el corazón del reino parto, tomando e incendiando su capital, Ctesifonte. La victoria romana fue total, y en el año 166 un exultante Lucio Vero hizo una entrada triunfal en Roma.

Sin embargo, con él y su ejército llegó a Italia una terrible peste, contra la que los escasos recursos médicos se mostraban ineficaces. El propio Vero fue víctima de la epidemia y con él murieron miles de personas, tanto en la capital como por toda Italia. Los campos quedaban despoblados y los que intentaron huir sólo contribuyeron a expandir la infección. La enfermedad se propagaba por Occidente, poniendo en peligro las cosechas, los impuestos, las ciudades y el reclutamiento militar. Además, la consiguiente extensión de la pobreza provocó el auge del bandolerismo. Se necesitarían generaciones para recuperar la salud y la prosperidad perdidas.

El debilitamiento de Roma no pasó desapercibido, sobre todo en la frontera del Danubio, donde se estaba produciendo un profundo cambio en el equilibrio entre el Imperio y los pueblos bárbaros que vivían al otro lado de la frontera. A inicios del siglo II d.C., Roma había conseguido estabilizar aquella enorme región. En el Rin, la potencia militar romana y los atractivos de su civilización habían conseguido que caucos, marcomanos y catos vivieran en paz con Roma, y mantuvieran además provechosas relaciones comerciales y culturales, mientras que en el Danubio la conquista de Dacia por Trajano –territorio correspondiente a la actual Rumanía– había creado un poderoso baluarte que permitía el control de los pueblos vecinos del norte. Pero los romanos creían que la obra no estaba acabada, pues faltaba dominar la llanura húngara, un territorio regado por el río Tisza que incluía las mejores tierras de cultivo de toda la región y que estaba en manos de un pueblo sármata, los yácigos.

Grietas en la frontera

No fue Roma, sin embargo, quien tomó la iniciativa de la guerra. Por esos años, en el lejano Báltico había comenzado un movimiento de pueblos que transformaría la situación de la frontera del Imperio. Las tribus del norte, desconocidas todavía para Roma, empujaron a sus vecinos del sur forzándolos a atravesar el limes romano. Por primera vez desde hacía siglos llegaron a Roma noticias de bárbaros que atravesaban el Danubio con sus familias para instalarse en territorios romanos. Había comenzado la gran migración bárbara, la que siglos más tarde acabaría provocando la ruina del Imperio.

Comprendiendo que se enfrentaban a una auténtica invasión, Marco Aurelio y sus generales decidieron que la mejor respuesta sería una ofensiva militar. Así, en el año 169 el emperador organizó una campaña para conquistar y anexionar la llanura húngara, en la que él mismo llevaría la dirección suprema de las operaciones. Atento siempre al cumplimiento de su deber, en otoño de aquel año abandonó Roma rumbo al norte. La comitiva imperial llegó a Sirmio (la actual Sremska Mitrovica, en Serbia), a orillas del Sava, río tributario del Danubio.

La campaña del año 170 fue un desastre. Mientras los romanos invadían el territorio de los yácigos, éstos atravesaron el Danubio por otros puntos y se dirigieron a Italia. Aquilea fue sitiada y asaltada, y el pánico cundió en toda Italia ante la presencia de los bárbaros. Entonces se hizo patente la debilidad demográfica del Imperio, pues, con los campos y ciudades desiertos, no era posible reclutar más hombres. El emperador y sus generales, desorientados, cometieron el error de dejar desguarnecido el curso inferior del Danubio, al oriente de Dacia, circunstancia que aprovechó otro pueblo, los costobocos, para atravesar Mesia y Tracia e invadir Grecia. Llegaron hasta Atenas, donde asaltaron el santuario de Eleusis, corazón mismo de la religión griega. La noticia de la profanación del santuario de la diosa Deméter corrió por todo el Imperio. Quienes se creían seguros descubrieron ahora que eran vulnerables, y muchas ciudades escribieron al emperador pidiendo permiso para levantar o restaurar sus olvidadas murallas.

Bárbaros en el Imperio

Ante la gravedad de la crisis a la que se enfrentaba, el emperador decidió cambiar de táctica. De las zonas de frontera llegaban noticias de que entre los bárbaros muertos se encontraban también mujeres y niños, un síntoma claro de que, más que una invasión, se trataba de un movimiento migratorio en busca de tierras donde instalarse. Y eso mismo, tierras, fue lo que Marco decidió ofrecerles. Esta medida ha hecho que se haya responsabilizado al emperador de haber comenzado la barbarización del Imperio, pero debemos entender sus motivos. Al fin y al cabo, el Imperio sufría de despoblación, que podía verse compensada con la llegada de nuevas masas de pobladores, y además el emperador necesitaba romper la coalición de los distintos pueblos bárbaros para poder concentrar sus fuerzas sobre los auténticos enemigos, los yácigos y los marcomanos. Fue justamente para poder dirigir la guerra contra éstos por lo que Marco Aurelio trasladó el cuartel general a Carnunto, más al norte. Desde allí partieron las incursiones más allá del Danubio que habrían de conducir a la anexión de aquellos territorios. Los progresos de los invasores se conseguían con exasperante lentitud, pero los fuertes romanos empezaban a poblar el país marcomano. En el año 175, la creación de la provincia romana de Marcomania se veía más cerca.

Pero entonces hubo que parar todas las operaciones militares, cuando se sublevó en Oriente Avidio Casio, el antiguo héroe de la guerra en Siria, provincia de la que ahora era gobernador. El emperador tuvo que firmar paces improvisadas en el Danubio y partir urgentemente hacia Siria. La represión de la revuelta fue sencilla, pero tuvo un efecto demoledor en la frontera del Danubio, donde la guerra volvió a estallar en 177, obligando al emperador a regresar. Desde el origen la lucha fue mal para los romanos, como revela el que desaparecieran de las monedas los títulos de Germánico y Sarmático que Marco Aurelio acostumbraba a exhibir como signo de sus victorias. Además, el emperador enfermó, y, creyendo que era la peste, apenas permitía que se le visitase en su campamento de Vindobona. Sabedor de que el fatal desenlace estaba cerca, decidió acelerarlo dejando de comer y beber. Murió al séptimo día de ese ayuno autoimpuesto. Antes había hecho venir, desde Roma, a su hijo Cómodo, apenas un adolescente, para que se hiciera cargo de la herencia, aunque no se hacía ilusiones sobre sus aptitudes políticas. Y, en efecto, Cómodo se apresuró a firmar una paz vergonzante y volvió a Roma, cambiando la guerra en la frontera por el anfiteatro. La edad de oro de los Antoninos había terminado; empezaba ahora, en palabras del historiador Dión Casio, una nueva era de «hierro y óxido».

Para saber más

Marco Aurelio, la biografía definitiva. Anthony Birley. Gredos, Madrid, 2009.

Meditaciones. Marco Aurelio. Gredos, Madrid, 1999.

29 agosto 2013 at 9:55 am 2 comentarios

El emperador Adriano

Dispuesto a inaugurar una época de paz, Adriano pasó más de la mitad de sus veintiún años de reinado visitando todos los rincones de su Imperio, desde Britania e Hispania hasta las ciudades del oriente griego, su verdadera patria adoptiva

Artículo de Carlos García Gual. Catedrático de Filología griega de la Universidad Complutense, Historia NG nº 112

Adriano

Bajo su reinado, el imperio floreció en paz y prosperidad. Estimuló las artes, reformó las leyes, afirmó la disciplina militar y visitó todas las provincias en persona. Su enérgico y gran carácter atendió al conjunto y a los mínimos detalles de la política civil. Pero sus pasiones dominantes eran la curiosidad y la vanidad. Adriano era alternativamente un príncipe excelente, un sofista ridículo y un tirano celoso. El tenor de su conducta mereció alabanza por su equidad y moderación. Pero al principio de su reinado dio muerte a cuatro senadores consulares, considerados dignos del imperio. Al fin el tedio y una penosa enfermedad le hicieron irritable y cruel. El Senado dudó si debería considerarle un dios o un tirano y sólo gracias a las súplicas del piadoso Antonino le fueron otorgados los honores debidos».

Así resume Edward Gibbon los datos que dan Dión Casio y la Historia Augusta sobre Adriano, en un curioso retrato con luces y sombras. Durante algo más de veinte años Publio Elio Adriano ofreció al Imperio una próspera paz y una administración muy eficaz, «visitó todas las provincias» y fue, en definitiva, un «príncipe excelente». Se le reprochan sus manejos para eliminar a algunos rivales y su carácter esquivo, tiránico y extravagante.

Por eso, apenas murió, en el año 138, en Roma se alzaron insultos y protestas contra su memoria. Fue enterrado fuera de la ciudad casi en secreto y el Senado intentó prohibir su apoteosis, esto es, su proclamación póstuma como dios. Pero el tenaz empeño de su sucesor, el leal Antonino Pío, logró que se le ofrecieran dignos funerales; es decir, que fuera deificado con los mismos honores que otros emperadores. Sin duda, la impopularidad final en Roma contrastaba con el gran aprecio que Adriano había suscitado en Grecia y merecido en toda la zona oriental del Imperio, en correspondencia con el filohelenismo, la afición por la cultura griega, demostrado por él en su vida y sus viajes.

Adriano, que llegó al trono imperial con cuarenta años tras una larga carrera de cargos civiles y militares, impuso desde sus comienzos una propia línea política. Frenó la expansión territorial, renunciando a nuevas conquistas bélicas, reforzó las fronteras y promovió la idea de paz en todo el dominio romano. Luego recorrió las extensas tierras del Imperio como ningún emperador lo había hecho antes, no sólo para asegurar la justa administración en las provincias, sino también para mostrar la munificencia imperial, y construir carreteras, ciudades y monumentos, y aún más para conocer a sus gentes, sus problemas y ambiciones. Viajó sin cesar, unas veces guiado por la estrategia política y otras por su propio anhelo de ver mundo y aumentar su cultura personal. Y fue, de alguna manera, en algunos viajes que realizó a remotos confines de su imperio, en la época de una paz asegurada, un viajero sentimental. En los veintiún años de su reinado pasó más de doce fuera de Roma, más de la mitad del tiempo de su gobierno.

De Antioquía a Roma

Ya antes de llegar al trono, Adriano también había viajado mucho con varios destinos. Hizo muy joven su primer viaje a Itálica, la ciudad patria de su padre y también de Trajano, que visitó el año 90. Desde 95 a 101 marchó como tribuno y luego cuestor a Germania y Dacia, es decir, a las fronteras del Rin y del Danubio. Tras las guerras dácicas, en el año 105 fue destinado a la zona oriental, primero a Grecia (Nicópolis y luego Atenas), más tarde a Antioquía, Armenia y Siria. Allí fue, en Antioquía, en agosto de 117, ya como legado al frente de las legiones de Oriente, donde recibió la noticia de la muerte de Trajano, apenas dos días después de saberse designado como su sucesor. Fue aclamado como emperador por las legiones y como tal se encaminó a Roma, desde Asia Menor, cruzando con un fuerte ejército Tracia, Mesia, Dacia y Panonia. Llegó once meses después, ya en 118.

Allí se mantuvo hasta 121. En un viaje de inspección recorrió tierras de la Galia y Germania, y luego Britania, donde mandó construir el famoso muro que llevaría su nombre. Se dirigió luego a Hispania (la Tarraconense y la zona de León) y de allí pasó probablemente a Mauritania y a Siria. Tras recorrer Tracia y las ciudades costeras de Asia Menor llegó finalmente a Atenas. Permaneció en Grecia casi un año, hasta que a mediados de 125 volvió a Roma. Desde ésta, en 128 recorrió en campaña militar el agitado norte de África (Numidia y Mauritania).

Ya en 129 emprendería otro gran viaje hacia Oriente, con varias estancias en Atenas, desde donde viajó a las ciudades de Asia Menor (Éfeso, Mileto), Licia y luego Siria, Arabia y Judea, así como Egipto, regresando de las tierras del Nilo a Atenas ya en 132. Acaso tras una nueva rápida visita a Judea, donde continuaba la guerra contra los rebeldes israelitas, atravesó las tierras de Macedonia, Mesia, Dalmacia, Panonia hasta llegar a Roma, a mediados de 134. Allí, descansando en su retiro de Tívoli, en las afueras de la gran urbe, enfermo y melancólico, permaneció hasta su muerte, en Bayas, en julio del año 138.

Fundador de ciudades

En muchos de los lugares que visitó, Adriano inauguró edificios, monumentos, caminos y construcciones diversas. En las fronteras fijó con muros y fosos los límites duraderos del Imperio: una gran empalizada en Germania y en Retia (al sur de la actual Alemania), el perdurable muro en el norte de Britania y una amplia fosa (fossatum) en África. Fundó ciudades, a veces con su nombre, las dos Adrianópolis de la Cirenaica (actual Libia) y Tracia (región situada entre Grecia y Bulgaria), Adrianúteras, Adrianos y Adraneia en Asia Menor, así como Elia Capitolina, erigida sobre las ruinas de Jerusalén, en Judea. En honor de su amante Antínoo fundó Antinoópolis en Egipto. Alzó también grandes templos, como en la ciudad de Cízico (situada en la región de Misia, en Asia Menor) y en Atenas, donde destaca el magnífico santuario de Zeus Olímpico. Prodigó fiestas a su paso, dejando por doquier claras inscripciones con su nombre y muchas estatuas, de las que se conservan más de ciento cincuenta. Embelleció con teatros y obras de ingeniería muchas ciudades, como en el caso, muy significativo, de la hermosa Itálica, la ciudad de su familia y de la de Trajano.

Las visitas imperiales «a todas», o casi todas, las provincias eran algo excepcional. Otros emperadores habían viajado a unas u otras en caso de algún conflicto bélico o en campañas militares –como Augusto al norte de Hispania o Trajano en sus viajes a Oriente– o, en otros casos, para darse a conocer tras su proclamación; pero en Adriano esas visitas de inspección y festejos responden a su interés personal por el cuidado y mejora de las provincias, a un plan premeditado de mejorar las comunicaciones y, a la vez, conocer a sus gentes y su cultura.

El establecimiento de fronteras definitivas, la restauración de la disciplina militar y de la administración de la justicia, se enlazaban con una fuerte pasión constructiva y todo esto se combinaba muy bien con su sincero y tenaz filohelenismo. Esos empeños suyos respondían al anhelo de integrar mejor y reanimar la parte oriental del Imperio, por la que manifestó una singular atracción e incluso una personal simpatía espiritual. De ahí su afán de dar nuevo impulso económico y político a aquel ámbito cívico grecohablante y a su ejemplar cultura antigua y brillante, que Roma ya mucho antes había sometido y asimilado en su nivel más elevado. En fin, en ese siglo II, bajo la dinastía de los Antoninos, el renacer de la cultura y de la sociedad helenística fue espectacular. Tanto en Atenas, embellecida por las obras monumentales de Adriano –y de su amigo, el riquísimo Herodes Ático–, como en otras ciudades de la costa del Egeo, esa época fue un tiempo de esplendor.

También en Roma dejó Adriano notables muestras de su afán arquitectónico: reconstruyó el templo del Panteón, iniciado por Agripa, y edificó el templo de Venus, los jardines y el palacio de Tívoli, así como el enorme túmulo funerario para su sepulcro (que concluyó Antonino y actualmente es el castillo de Sant’Angelo), además de reformar los edificios del foro de Augusto y los mercados del campo de Marte. Celebró numerosos juegos en el circo y representaciones en los teatros, y diseñó su residencia palaciega en Tívoli con numerosas estatuas y pinturas que reproducían escenas y paisajes de sus lugares predilectos del oriente helénico: el Liceo y la Academia, el Pritaneo, Canope, la Estoa y Tempe.

Apasionado por lo griego

En su actitud pública, Adriano parecía querer ser visto como un nuevo Augusto: como él aseguró las fronteras, reconstruyó templos (como el Panteón en Roma y el de Augusto en Tarragona), y como él a su muerte dejó designado no sólo al buen Antonino como su sucesor inmediato, sino también a dos herederos de éste: Lucio Vero y Marco Aurelio. Por otra parte, también emulaba a Pericles, de modo que asumió, en Oriente, en 129, el título de Olímpico (Olimpios). Creó en Atenas un gran centro político, el Panhelenion, donde se reunirían los representantes de las ciudades griegas para diseñar una política común; a la vez que se empeñó en concluir de una vez el imponente templo de Zeus Olímpico. Hizo mucho por acreditar el prestigio cultural del mundo griego: en Roma fundó un centro llamado Ateneo, trató con los sofistas más notables de su tiempo e intentó helenizar a los judíos construyendo en las ruinas de Jerusalén, destruida por Tito, una nueva ciudad, Elia Capitolina, con templo y cultos paganos; una medida errónea, que suscitó una larga rebelión y una segunda guerra en Judea.

El amor a lo griego de Adriano venía ya de su juventud, cuando por sus lecturas y sus gustos fuera apodado Graeculus, «grieguillo», mote bastante despectivo en Roma. Su cordial filohelenismo aparecía a las claras en su rostro barbado, como el de un antiguo filósofo griego, en un notable contraste con los bien rasurados nobles romanos y los emperadores precedentes. Como al ocupar el trono la conservó, pronto se puso de moda la barba cuidada en todo el Imperio, y la llevaron, cortas o largas, numerosos emperadores, y no tan sólo los que, como Marco Aurelio, podían sentir alguna simpatía o admiración a los filósofos helénicos.

También puede notarse otro rasgo griego en su amor por el joven Antínoo, una pasión más comprendida en el mundo griego y oriental que en el ambiente romano. Al morir el bello muchacho en aguas del Nilo, el desolado Adriano fundó una ciudad con su nombre e hizo que se multiplicaran los retratos de su amado por múltiples ciudades. Hay que recordar que el enlace del emperador con Sabina, sobrina nieta de Trajano, fue una boda de conveniencia, planeada por la emperatriz Plotina, y acaso poco feliz.

Desde sus jardines y sus habitaciones con vistas, el melancólico Adriano sentía acercarse la muerte, e incluso intentó en vano suicidarse. Entre tanto en Roma crecía el resentimiento hacia su persona, refinada y voluble, misteriosa para muchos romanos.

Para saber más

Adriano. Anthony Birley. Gredos, Madrid, 2010.

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar. Edhasa, Barcelona, 1998.

29 abril 2013 at 12:37 pm Deja un comentario


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