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Nuccio Ordine: «La buena escuela la hacen los buenos profesores, no Internet ni las tabletas»

El autor de «Clásicos para la vida» y «La utilidad de lo inútil» llevará mañana a Ferrol su defensa de las humanidades

SANDRA ALONSO

Fuente: BEATRIZ ANTÓN – Ferrol  |  La Voz de Galicia
29 de mayo de 2018

«Lo que vivimos hoy en día no es una crisis económica, sino una crisis moral. Hoy reina la indiferencia hacia el sufrimiento del otro y el mensaje con el que se bombardea a los jóvenes es el egoísmo: estudia una carrera para trabajar y ganar dinero, piensa en tu interés, piensa en tu cuenta bancaria y no te preocupes de nada más. Es terrible». Nuccio Ordine (Diamante, Calabria, 1958) considera que la sociedad actual está enferma, pero advierte de que no todo está perdido. El autor de Clásicos para la vida y La utilidad de lo inútil (editado en España por Acantilado, en Galicia por Kalandraka y traducido ya a 22 idiomas en 32 países) defiende el estudio de las disciplinas humanísticas como antídoto contra la dictadura del utilitarismo y reivindica el papel de los profesores como «seres heréticos» capaces de combatir los «falsos valores» de la sociedad. Hablará de ello mañana en el campus de Ferrol (19.30 horas), invitado por la Cátedra Jorge Juan.

-¿Qué fue lo que le llevó a alzar la voz a favor de las humanidades?

-Estamos viviendo una crisis muy importante a causa del utilitarismo, que está destruyendo las cosas buenas de la sociedad, invadiéndolo todo, incluso la escuela y la universidad. La utilidad de lo inútil es un grito de alarma contra eso, una forma de protestar contra esa lógica utilitarista según la cual las cosas que no producen beneficio no son buenas, porque yo realmente pienso que la literatura, la filosofía, la música o el arte son muy importantes para hacer más humana la humanidad.

-Dice que el utilitarismo está invadiendo la escuela y la universidad, ¿de qué manera?

-La universidad tiene que ser un lugar para aprender la reflexión crítica, pero hoy en día no es eso. La universidad se ha convertido en un amplificador de los valores importantes de la sociedad, que son los valores económicos. A los alumnos se les transmite el mensaje de que tienen que estudiar para aprender una profesión y ganar dinero, no para ser personas más solidarias, justas y preocupadas por el bien común. Y en la propia universidad se empiezan a implantar sistemas de evaluación similares a los de las empresas. Pero ni la universidad ni la escuela pueden funcionar como una empresa. ¿Por qué? Porque en una empresa, si una rama no funciona, se corta, pero aplicar esta lógica al ámbito universitario tendría unas consecuencias terribles. Por ejemplo, si tenemos a un profesor enseñando griego y latín a tres alumnos, la universidad podría decir que eso es un lujo y eliminar esos estudios, pero al cabo de cien años, ya nadie sabría leer un texto en griego y latín. ¿Y qué implicaría eso? Pues un gran daño para la democracia, porque si cortamos la memoria, la historia, creamos una sociedad desmemoriada. Y una sociedad desmemoriada es una humanidad perdida, porque para comprender el presente y pensar el futuro tenemos que conocer el pasado.

-En Ferrol, la Xunta ha decidido eliminar el grado de Humanidades por su baja matrícula y la Universidade da Coruña dejará de ofertarlo en el curso 2019-2020. ¿Qué opinión le merece?

-¡Es una locura! Es lo mismo que intentaba explicar antes con el ejemplo del griego y del latín. Cerrar las titulaciones de Humanidades porque no producen beneficios económicos es un suicidio programado del futuro de la sociedad.

-En sus libros también se muestra crítico con la llamada digitalización de las aulas. ¿El libro electrónico y los ordenadores no mejoran la enseñanza?

-La tecnología no es mala, pero hay que saber cómo utilizarla. En el Reino Unido hace ya mucho tiempo que el Gobierno destinó mucho dinero para hacer una revolución digital en las aulas, pero, pasados treinta años, nadie puede asegurar que la enseñanza haya mejorado gracias a eso. Lo que sí se puede asegurar es que las multinacionales que vendieron esos equipos han ganado mucho dinero, porque la tecnología se queda obsoleta enseguida y hay que cambiarla cada cierto tiempo. La buena escuela la hacen los buenos profesores, no Internet, ni las tabletas, ni los ordenadores. Sin embargo, no se destina dinero suficiente a formar a los profesores ni tampoco a pagar su trabajo dignamente.

-¿Qué papel deben desempeñar los profesores hoy en día?

-A los jóvenes se les bombardea constantemente con la idea de pensar en el dinero y en su interés personal. Resulta terrible crecer con esa ideología, pero un buen profesor puede hacer un trabajo muy importante en el aula, porque el saber es una forma de resistencia al utilitarismo. El profesor tiene que ser un hereje que critique los falsos valores de la sociedad. Y aunque a veces me siento pesimista, también soy optimista, porque de verdad pienso que un buen profesor puede cambiar la vida de un estudiante. Por eso hay que defender la educación, la escuela y la universidad. Si las destruimos, no será posible imaginar un futuro de humanidad solidaria.

 

29 mayo 2018 at 1:23 pm Deja un comentario

Nuccio Ordine: “Si no te paras, no piensas”

Profesor de la Universidad de Calabria, en sus libros, superventas, reivindica a los clásicos como la mejor escuela para la vida actual

Fuente: LUZ SÁNCHEZ-MELLADO  |  EL PAÍS
7 de enero de 2018

Llega el profesor Ordine, bate a punto de nieve la diestra que se le ofrece, suelta el torrente de su discurso por esa boca y una escucha o escucha. No extraña que sus clases en la Universidad de Calabria se llenen de jóvenes atraídos por la apasionada invitación a la vida, la alegría y la cultura a través de la lectura de los clásicos de este humanista y filósofo experto en el Renacimiento. Su 1,90 a ojo, el traje y la corbata que se tendrían solos de tanto apresto y el tumbao que llevan los italianos al caminar también hacen su parte. Pero dejemos hablar al clásico vivo.

Hay chicos a quienes les piden leer La Celestina, ven un vídeo y aprueban. ¿Qué hacemos mal?

Los padres tienen una responsabilidad limitada. Ahí se ha equivocado la escuela y la universidad que formó a los profesores que piensan que pueden atraer el interés de los jóvenes por los clásicos con un vídeo o Internet. Y eso es una mentira enorme. Si el vídeo sustituye al clásico es la muerte. Tenemos muchas herramientas, pero solo leyendo a los clásicos te puedes enamorar de ellos y pueden servir para entender la vida.

Siempre te puedes enamorar del chico del pupitre de al lado.

Sí, pero hasta para eso sirven los clásicos. De chico, para seducir a mis novias, recitaba poemas de Montale, y me funcionaba.

El 40% de los españoles dice no leer jamás. ¿Qué se pierden?

La vida. En Italia pasa igual. Hay más gente que escribe que lectores, políticos que publican libros y no han leído ninguno y es terrible. Borges dijo estar más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Si eso no es una lección de vida…

Mi abuela era analfabeta, soy la primera licenciada de mi casa. ¿Mis abuelos se perdieron la vida?

No es eso, eran artesanos. Yo también soy el primero de la mía. Igual que hay maestros de y en los libros, los hay de y en la vida.

¿Qué cree que lee Trump?

Trump no ha leído nada, es un ignorante y se ve inmediatamente en sus discursos. Volvemos a Borges. En La muralla y los libros describe a un emperador chino que prende fuego a las bibliotecas y construye una muralla. Eso es lo que pasa en América.

¿Hay un clásico del siglo XXI?

Probablemente, pero para poder definirlo así necesitamos tiempo. Clásico es un texto que a lo largo de los siglos responde a las preguntas de los lectores. Cien años de soledad fue un clásico inmediato, la excepción a la norma.

Los jóvenes reciben mucha presión familiar y social para estudiar lo que demanda el mercado. ¿Cómo pueden rebelarse?

Elegir carrera basándose en el mercado es la muerte de la universidad. Si voy a la escuela ha de ser para convertirme en una persona mejor, no para aprender un oficio. También hay una razón práctica. Quien estudia por pasión, será un buen profesional y un tipo feliz y encontrará trabajo.

Pero hay que comer, témome.

No solo está el pan del cuerpo, sino el del espíritu. Y si no alimentamos el espíritu tendremos, tenemos, directivos que evaden, destruyen sus empresas y destruyen empleos. Eso es pensar solo en el propio pan. Y lleva a la barbarie.

¿Salud, amor y dinero, pues?

Salud y amor son muy importantes. El dinero también, claro, pero si tienes que renunciar a tus pasiones y perder tu dignidad es mejor ganar menos y de una forma digna. Ser profesor no está bien pagado. Si trabajara en una empresa, ganaría cinco o seis veces más. Pero prefiero una pasión que me rinda 2.000 euros al mes que un trabajo sin ella por 15.000.

Antes de los móviles inteligentes, me bebía tochos de 600 páginas y ahora se me hacen bola tres párrafos. ¿Qué me pasa, profe?

Si no te paras y te recoges, no reflexionas, no piensas, no puedes aprender. Tanto ruido, tanto estímulo, nos impide recogernos y pensar. Los chicos no se concentran y los adultos tampoco.

El verdadero lujo sería, entonces, poder pararse y pensar.

Y leer, y hacer lo que te gusta. Los chicos han de entender que hay cosas que se hacen por el placer de aprender y sirven para entender la vida. Facebook ha paralizado las relaciones. Uno es rico si tiene tres amigos, no 3.500.

HACIENDO AMIGOS

Ordine (Calabria, 1958) no es precisamente diplomático con los poderosos, a los que acusa de no invertir en educación deliberadamente. En La inutilidad de lo inútil y Clásicos para la vida, superventas mundiales, defiende a los clásicos como la más actual escuela de vida.

 

7 enero 2018 at 5:52 pm Deja un comentario

Nuccio Ordine: “La Ítaca de los alumnos universitarios de hoy se reduce a un título”

Fuente: Jorge Dávila > Santa Cruz de Tenerife  |  eldia.es
2 de noviembre de 2017

En las páginas de “La utilidad de lo inútil” (Acantilado) da un grito de alarma, una llamada a la lucha a través de la palabra. El profesor Nuccio Ordine (1958) afirma que tiene un español de andar por casa, pero sus reflexiones son claras y certeras: “La dictadura del utilitarismo está estropeando la idea de educación, de ciencia y las relaciones personales”, sostuvo el filólogo y escritor italiano antes de debatir con Manuel Rivas y Juan Cruz Ruiz en CajaCanarias sobre la utilidad de aquellos saberes cuyo primer objetivo no es producir unas ganancias inmediatas.

¿Cuál es mensaje de “La utilidad de lo inútil”?

Hay un pensamiento generalizado sobre la idea de que lo que un gobierno corta o recorta es algo que no es útil, pero lo cierto es que las cosas que se pierden están vinculadas con el arte, las bibliotecas, la cultura, la educación, las escuelas… Cuestiones que los políticos señalan como injustamente inútiles son muy útiles para hacer a la humanidad algo más humana.

¿Esta es una crisis del conocimiento, cultural o de la palabra?

Es una crisis del conocimiento y, sobre todo, de unos valores sociales y culturales que pueden exprimirse a través de la palabra. Las primeras palabras que aprende un universitario son crédito y deudas… El paradigma de la economía está invadiendo unos territorios que no debería tocar… En ese sentido, la universidad tendría que ser un espacio impenetrable. Si la idea de ganar dinero se apodera de las aulas, el concepto de empresa va a limitar los conocimientos, es decir, si no se obtienen unos beneficios inmediatos, se corta…

Eso significa que la inmediatez prevalece sobre el conocimiento a largo plazo, ¿no?

Hay idiomas como el griego, el latín o el sánscrito que podemos usar como ejemplo para explicar esa búsqueda casi obsesiva de la rentabilidad. Si un profesor únicamente tiene en su clase a dos estudiantes que quieren aprender sánscrito, la universidad se puede llegar a plantear que esa realidad no es productiva y eliminarla. Eso es un lujo que no todos están dispuestos a pagar. Ahora avancemos 100 años en el tiempo, cuando los últimos conocedores de esas lenguas ya no se encuentren en este mundo, ¿quién podrá descifrar un hallazgo arqueológico? Eso es una pérdida de memoria, y perder la memoria significa no comprender el pasado.

¿De su discurso se desprende la idea de que se puede pasar por la universidad sin llegar a adquirir unos conocimientos que ayuden a mejorar la humanidad?

El objetivo de la universidad hoy no es formar ciudadanos cultos, es crear profesionales. Los alumnos se matriculan para buscar un título que les garantice unos ingresos económicos. La mayoría de los jóvenes caen en la red de un sistema corrupto que al final se reduce a enmarcar un trozo de papel para colgarlo en una pared. Hay una hermosa poesía de un autor griego que se llama Cavafis que yo leo a mis alumnos al principio de cada curso. En ese poema nos advierte: “Cuidado, cuidado lector. No es Ítaca la cosa más importante. La experiencia más gratificante es el viaje que hay que completar para llegar a Ítaca: las experiencias que has compartido, los nuevos conocimientos que se adquieren en él, cómo se resolvieron las dificultades”. La Ítaca de los alumnos universitarios de hoy se reduce a un título.

¿Cómo se puede derrotar a ese materialismo?

En Italia hay gente que compra un título universitario. Ahora hay un escándalo bastante fuerte en el que está involucrado el hijo de un político que compró el suyo en Albania. Este señor era un ignorante antes de pagar por el título y lo seguirá siendo cuando lo exhiba en la pared de su casa o de un despacho. El título no da la sabiduría, pero ayuda a presumir de algo que no tienes.

¿Eso no implica que el saber individual siempre estará por encima de los intereses colectivos?

El saber requiere un esfuerzo que nadie puede hacer por ti, pero la suma de ese conocimiento termina generando una serie de réditos que son importantes para el colectivo. El ser humano es individual por naturaleza, pero necesitamos compartir esa información. No es nada fácil derrotar al egoísmo y, sin duda, eso requiere de un esfuerzo. La clave es saber identificar qué es lo que puedo hacer, hasta dónde estoy dispuesto a llegar, con el único fin de alcanzar mis objetivos.

Si vivimos en la sociedad de la comunicación y de los avances tecnológicos, ¿por qué cuesta tanto acceder a un conocimiento que no sea de usar y tirar?

Esa es la manera más sencilla de vivir con superficialidad las relaciones humanas. El otro día fui a almorzar al restaurante de la universidad y me senté al lado de dos jóvenes. Por cómo se comportaban, creo que eran algo más que amigos. Estuve mirándolos unos 40 minutos y no se dirigieron ni una sola palabra. Los dos no se separaron un instante de sus móviles. La gran perversión de la sociedad en la que vivimos es que una conversación virtual que se establece entre dos o más personas que están separadas por kilómetros tiene un valor superior al intercambio de información que pueda establecerse entre dos personas que quedan para comer. Si no van a hablar de nada interesante, ¿para qué se reúnen? Eso es un disparate, una simplificación de la idea de crear lazos invisibles o relaciones inertes.

¿Las redes sociales fomentan esa superficialidad de la que habla?

En una de mis clases hay tres o cuatro alumnos que levantan la mano cuando pregunto cuántos de los presentes no tienen un perfil en Facebook. Los otros 300 o 350 presumen de tener mil o mil quinientos amigos. Para qué te sirven mil amigos en el Facebook si llegas al final de tu vida sin tres de verdad. El concepto de amistad que domina a la sociedad actual se reduce a un clic de un ordenador o un móvil. La amistad es un valor que no se puede comprar, es un tesoro que requiere de unas ataduras que hay que consolidar durante mucho tiempo.

Usted es un gran defensor de la literatura que hace sentir y pensar. Si falta una de esas dos partes, ¿lo literario pierde valor?

La literatura, la música y el arte en general son campos del conocimiento que están obligados a crear esos lazos de los que hablamos con anterioridad. Un libro está muerto si no encuentra a un lector que se haga preguntas sobre lo que está leyendo. Eso es lo que da vida a un texto, a un cuadro, a una obra de teatro, a un concierto… Los saberes considerados injustos por la sociedad son muy útiles para avanzar en el conocimiento. La única cosa que es importante en los tiempos que vivimos es dar una respuesta a una pregunta que domina nuestra existencia: ¿Para qué sirve? Ese es el estrés con el que convive una humanidad que se paraliza cuando alguien se cuestiona para qué sirve una poesía o realizar una investigación científica. Todo lo que no genere un crédito instantáneo está en crisis o bajo sospecha. Hay una frase muy conmovedora de Einstein que leí en The New York Times que decía: “Solo una vida vivida por los demás merece la pena ser vivida”.

¿Usted es muy crítico con este modelo de Europa donde prima lo económico sobre lo racional?

Vivimos en una Europa que está dominada por los bancos, egoísta y racista que no se corresponde con una Europa de la cultura. Estamos amenazados por nacionalismos y regionalismos que limitan el pensamiento.

¿Cuál es su análisis sobre los aires independentistas que afloran en el viejo continente?

Un día trabajando en la Biblioteca de París di con una frase de Giordano Bruno que me marcó mi vida para siempre. “Para el verdadero filósofo todo terreno es patria”. La patria es eso. Es aquel lugar en el que te sientes con la libertad de mejorar tu vida. La identidad no se puede convertir en una cárcel, sino en una oportunidad para escuchar al otro. Bruno entendió ese pensamiento global: estaba orgulloso de sus raíces pero, a su vez, comprendió que había que avanzar hacia un espacio sin fronteras. Los problemas de identidad de la vieja Europa los crean políticos sin lazos culturales.

 

2 noviembre 2017 at 7:38 pm Deja un comentario

Vivir para leer: La revolución de la cultura. Entrevista a Nuccio Ordine

Cortesía del Grupo Penta

Fuente: Santiago Díaz Benavides  |  El Espectador
14 de octubre de 2017

Si todos tuviéramos profesores de literatura, verdaderos maestros de este arte que susurra, personas apasionadas y sumamente comprometidas como Nuccio Ordine, seguramente, seríamos mejores lectores y seres humanos, por encima del índice, de las estadísticas y los reportes.

A este profesor italiano, nacido en 1958, el amor por las letras le recorre todo el cuerpo y se le nota cuando habla. Todo él es literatura y, con su ejemplo, enseña a otros lo que el arte puede generar en una vida, la puede salvar, le puede brindar sentido.

Ha publicado varios libros de ensayo, pero solo tres han sido traducidos al español: El umbral de la sombra (2008), La utilidad de lo inútil (2013) y Clásicos para la vida (2017). Con motivo de la presentación de éste último título, publicado por la editorial catalana Acantilado, el autor experto en la literatura renacentista y amplio conocedor de la obra de Giordano Bruno, visitó Bogotá y pudo compartir con sus lectores y colegas lo importante de enseñar a otros el amor por las letras. Pero, la charla no habría sido posible sin la colaboración de Verónica Pachetti, traductora de Lingua Viva; a ella agradezco por servir de intérprete en esta charla fabulosa.

¿Qué es lo que nos diferencia de quienes vivieron la época del Renacimiento? ¿Para qué estudiar literatura? ¿No basta con disfrutarla?

Montaigne es un filósofo y literato al mismo tiempo; Galileo Galilei era un científico y un literato. Hoy en día, con esta tendencia a ultra-especializarnos, estamos separando los saberes y, al mismo tiempo, dentro de las mismas disciplinas hay una ultra-especialización. [En el renacimiento esto no ocurría]. Entonces, tenemos un ortopedista que es especialista en manos, un médico que es especialista en rodilla… Pero, ¿cuál es el riesgo que se corre? Nos perdemos el punto de vista general. El médico que conoce solamente el órgano sobre el cual está trabajando, que lo conoce muy bien, desconoce asimismo cómo funciona, en su complejidad, el cuerpo. Ese no es un buen médico.

Ahora bien, yo pienso que no hay diferencia entre estudiar y disfrutar. Cuando estudio, disfruto. Tu pregunta es interesante si quien la responde usa la literatura con otro fin, en un sentido utilitarista, pero si yo amo y estudio la literatura, lo primero que surge es ese placer, ese gusto por entender lo que está escrito. Las dos cosas no se pueden separar. Alguien que estudia la literatura, y no la ama, que no siente gusto, entonces no entiende nada de lo que está estudiando. [Estudio y disfrute] son inseparables, sumamente unidos.

En La utilidad de lo inútil, se realiza una revisión rigurosa acerca de los vacíos que la literatura como arte no ha podido cubrir. ¿Cuál es la intención con este libro?

Este libro lo escribí, sobretodo, para mis estudiantes. Lo hice con el fin de que pudieran entender que uno no estudia para obtener un título; no se va al colegio para graduarse. Se estudia con el objetivo de ser mejor, de ser mujeres y hombres libres capaces de pensar con su propia cabeza. Sin embargo, las escuelas y universidades no están hechas para transmitir estos valores que yo defiendo. Hoy en día, están pensados estos sitios como si fueran empresas. ¿Qué hace una empresa? Tiene que vender. ¿Qué venden las escuelas y universidades? Diplomas. ¿Quién compra los diplomas? Los estudiantes, quienes se vuelven clientes. Es un sistema que está totalmente equivocado. La historia de la universidad nos ha demostrado que lo que allí ocurre no se puede manejar como al interior de una empresa. Pensemos: Cuando en una empresa no funciona un departamento, ¿qué se hace? Se corta. En cambio, en la universidad se debe defender, ante todo, el bien aquello que “no produce”. Hago un ejemplo, lo que está sucediendo en Europa y el mundo antiguo con las lenguas clásicas. Ya no se estudia griego, o latín, o sanscrito. ¿Por qué? Si yo, un profesor que estudia las lenguas antiguas, tengo un curso con dos estudiantes a quienes les interesa el sanscrito, para la junta directiva de la universidad no será rentable. No se pueden dar ese lujo de tener un profesor para dos estudiantes, entonces, se cortan esas materias: el latín, el griego, la filología, la arqueología, la paleografía, todos esos estudios que son importantísimos para mantener vivo el contacto con el pasado. ¿Qué va a suceder dentro de 100 años cuando ya estén muertos los últimos conocedores del griego, del latín, del sanscrito, y estemos ante un descubrimiento arqueológico? Ya nadie va a poder leer un epígrafe. Pero, ¿qué significa todo esto? Es una cosa gravísima para el futuro de la humanidad, de la democracia. ¿Por qué? Si yo corto el vínculo con el pasado, no podré entender el presente, y no podré prever el futuro. Es por esto que yo creo que la cultura puede ser una forma de resistir ante ese utilitarismo, ante la dictadura del dinero. Lo digo por tres motivos. El primero: Con el dinero se puede comprar de todo, pero hay una cosa que no se puede comprar, y es el conocimiento, el saber. Se trata de un esfuerzo individual que nadie puede ejercer en lugar de otro. Si yo te pago y no me esfuerzo, tú no puedes enseñarme nada, porque el saber no es un don, es fruto de una conquista con mucho trabajo. El segundo: La lógica del mercado se puede destruir a través de la cultura. ¿Cómo es ésta lógica? En cada intercambio hay alguien que gana y alguien que pierde. Un ejemplo… Si yo compro un esfero, estoy perdiendo mi dinero a cambio de ese esfero. El comerciante que me ha vendido el esfero, toma mi dinero y pierde el objeto. Este es un ejemplo típico de cualquier intercambio comercial. Siempre hay una perdida y una ganancia. Todos los días, en este mundo, hay un milagro que se compra; en una pequeña escuela colombiana, o en el desierto del Sahara, o en el Amazonas, o en una ciudad como Nueva York… Un profesor entra a un salón de clase y enseña el teorema de Pitágoras; él no lo pierde, y los estudiantes lo aprenden. Esto significa que la cultura no empobrece nunca. El tercero: Esto viene de un gran escritor irlandés, ganador él del Premio Nobel, George Bernard Shaw. Él dice una cosa que yo aplico en esta conversación, teniendo en cuenta el caso colombiano. Imaginemos a dos jóvenes de una universidad de Bogotá que van a una librería. Cada uno trae de su casa una manzana. Entre ellos se intercambian las manzanas y, en la noche, vuelven a sus casas, cada uno con una manzana. Cambiemos los escenarios… Dos jóvenes que salen de sus casas, cada uno con una idea, llegan a una librería y se intercambian las ideas. Por la noche llegan a su casa. Ahora, cada uno tiene dos ideas. Esa es la revolución de la cultura: Ésta no empobrece, siempre enriquece a todos sus protagonistas.

En dicho texto hay una referencia directa a David Foster Wallace. ¿Qué opinión merece este autor en el mundillo cultural italiano?

David Foster Wallace es muy amado por los jóvenes. Claramente, es un autor que te permite reflexionar, debido a su trágico final. En la anécdota de los peces (This is Water) yo lo leí, y lo disfruté. Se lo he leído a mis estudiantes jóvenes. He visto su rostro en el momento en que yo leía esas líneas. Era pura alegría. Esa es la fuerza de la literatura: decir con una palabra lo más simple del mundo y convertirlo en imagen, hacernos ver lo invisible y entender lo que nunca entendemos. Foster Wallace, con su escritura paradójica y aparentemente oscura, tiene esta fuerza de dar a conocer. Los jóvenes lo aman mucho en Italia.

¿Cómo es recibido el legado de Gabriel García Márquez por parte de los lectores italianos?

Yo soy un lector enamorado de Gabriel García Márquez. Mi generación ha estado muy involucrada en la vida política, y Cien años de soledad fue un libro muy importante en esos días. En este texto (La utilidad de lo inútil) tomo muchas cosas de la novela, como por ejemplo, aquel pasaje en que el Coronel Aureliano Buendía está fabricando los pescaditos de oro, solamente por el placer del trabajo. Y Úrsula pregunta “¿para qué lo hace?”. Lo que dice el Coronel es que no es la ganancia lo que le interesa, sino el trabajo. Esto me ha servido enormemente para hacerle entender a los jóvenes la importancia del trabajo como tal. Lo más bello de la literatura de Gabriel García Márquez es que logra construir un mundo con la valentía de decir lo que los libros de historia de América Latina no lograron. Esto no es solo de García Márquez, sino de toda la literatura latinoamericana, de aquella generación del boom. Existe este ejemplo bellísimo de la llegada de las compañías bananeras a Macondo, que fue literalmente borrada de la historia; esta masacre solo vive en los cuentos de los Buendía. Significa, entonces, que la literatura, a menudo, puede contar aquello que los historiadores no tuvieron la valentía de contar. Yo conocí Colombia a través de las obras de García Márquez. Visité Cartagena por primera vez hace dos años. Y cuando la vi, sentí que ya había estado ahí. En El amor en los tiempos del cólera, Florentino Ariza estaba siguiendo a su enamorada por el Paseo del Dulce. ¡Yo caminé por allí! Ahí entendí que la literatura te permite visitar otros lugares que no has visto nunca… Hay un poema bellísimo de Baudelaire que dice: “El mundo se conoce mejor a través de los libros, de las letras, que cuando uno está físicamente en el lugar”. Un turista, ignorante él, puede ir a Cartagena y nunca entender nada de esa ciudad. Pero uno que ha leído a García Márquez, puede entender la esencia de Cartagena. Esa es la fuerza de la literatura.

¿Es Clásicos para la vida un homenaje a los libros que nos han formado? ¿Cuál es la razón por la que leemos, una y otra vez, libros publicados hace ya tanto tiempo?

Sí. Es un libro escrito para defender a los clásicos. Puede verse que cité varios versos de Borges. Él dice: “Yo no estoy orgulloso de lo que he escrito, pero sí lo estoy de las cosas que he leído”. Es bellísimo eso. En un momento como el que estamos viviendo, en el que muchos jóvenes ya no leen a los clásicos, sino que leen resúmenes, o manuales, o estudios críticos, [es necesario defenderlos]. Por eso, este libro es una manera de dar a entender que los clásicos no se estudian para superar un examen; los clásicos nos ayudan a entender el mundo que nos rodea… Hice cincuenta ejemplos de pequeños pasajes que hablan de nuestra vida. Estudiar un clásico solo para tener un título es una estupidez. No sirve para nada. Es importante, entonces, encontrar buenos profesores que puedan dar a entender a los estudiantes que la literatura te ayuda a vivir, no porque sigas cierta profesión, sino porque te brinda los elementos para poder entenderte a ti mismo y al mundo que te rodea.

Un libro clásico es aquel que es capaz de responder a las preguntas que se generan los lectores a través de los siglos. Cada lector, cada siglo, se hace preguntas, y los clásicos las responden. Los clásicos siempre nos hablarán del presente… Hoy, en Europa, hay un “odio” por lo extranjero. Los inmigrantes que llegan a Europa son considerados como enemigos. Si uno leyera a Homero, lo extranjero, el visitante que llega de lejos a una ciudad es un enviado de los dioses; se trata de una persona que uno tiene que respetar. Toda la literatura nos muestra que la relación con el otro es una cosa fundamental para nuestra vida. Si uno no tiene a ese otro, uno no logra entender el sentido de su propia vida… Hay un pasaje bellísimo de un poeta inglés, John Donne se llama él, y dice: “Los hombres no son islas; los hombres son un continente unido. Cuando un hombre muere, muere una parte de mí”. Es por esto que cuando suena la campana de la Iglesia, no hay que preguntarse por quién está sonando, porque la campana está sonando por ti. Ese muerto que anuncian los campanazos es una parte de ti que se está yendo. La novela de Hemingway (Por quién doblan las campanas), deriva, precisamente, de este pasaje de John Donne… Al leer la literatura, al escuchar la música, al apreciar el arte, podemos entender algo que es bellísimo y que el gran Albert Einstein describió en una fórmula: Solo una vida que es vivida para los demás, es una vida que merece ser vivida.

Flaubert decía “Leer para vivir”. Yo siempre lo recuerdo. ¿Hacemos caso a esa consigna?

Sí… Pero, yo diría “Vivir para leer”. Son dos cosas que van de la mano. Si la literatura sirviera solo como disciplina para lograr un título, sería mejor cerrar las universidades. El peligro, hoy en día, es que los saberes se utilizan solo como instrumentos técnicos, y se permite que se pierda el valor civil de la literatura. Gabriel García Márquez nos hace entender que la literatura es un instrumento para mejorarnos; un instrumento que nos permite entender el presente.

 

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15 octubre 2017 at 1:28 pm Deja un comentario

Esa extraña piedad de los muy ricos

El historiador irlandés Peter Brown analiza con claridad y rigor el papel que la riqueza tuvo en la caída de Roma y en la gestación de lo que hoy llamamos Occidente

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Detalle del fresco ‘La leyenda de Constantino y San Silvestre.

Fuente: ENRIQUE LYNCH  |  EL PAÍS
16 de enero de 2017

Agustín de Hipona afirmaba que el pasado y el futuro eran en el fondo inaccesibles y que lo tangible es ese presente insoslayable desde el cual nos referimos a ellos. La historia, pues, tiene algo de irreal, pues de lo único que podemos hablar con cierta confianza racional es de la época en que nos toca vivir. Todo lo demás —lo que alguna vez sucedió y lo que algunos aseguran que ocurrirá— solo puede ser mera conjetura. Quizá por eso, casi todos los grandes historiadores —y Peter Brown está, sin duda, entre ellos— no se limitan a reconstruir lo “que efectivamente pasó”, como reclamaban Ranke, Mommsen y los positivistas que tanto influyeron en la historiografía marxista, sino que son sagaces narradores de un género híbrido donde se traman corazonadas y finas especulaciones inspiradas en unos pocos recursos de la memoria histórica. Los grandes historiadores hurgan en documenta et monumenta, es decir, en los viejos textos y en los vestigios arqueológicos, pero nunca renuncian a interpretar los hechos.

Por el ojo de una aguja es un ejemplo cabal de esa historiografía que recrea con todo detalle el pasado sin renunciar a interpretarlo. La vocación de desentrañar la verdad histórica jamás abandona la voluntad de generar un sentido. En las más de mil páginas que forman esta obra capital, Brown acumula y procesa un inmenso caudal de datos y referencias críticas, eruditas y arqueológicas sobre los primeros siglos del Occidente cristiano. Arranca desde la conversión de Constantino y desemboca en las primeras décadas del siglo V que dan comienzo a la llamada Edad Media. El libro, pues, recorre el fascinante proceso de cristianización del Imperio Romano, cuando se gestó lo que llamamos “Occidente”, con especial referencia a los años 370 a 430, que Brown compara con una insólita belle époque de la antigüedad.

Peter Brown es el característico historiador anglosajón, somero y riguroso, pero su modelo historiográfico es afín a la imaginación desbordante de la escuela francesa de los Annales y a la antropología cultural del mundo antiguo que fundara Louis Gernet, donde la historia de la religión y la cultura son examinadas siempre en estrecha relación con la historia social, con el lenguaje y el arte, lo que es imprescindible cuando se aborda un periodo de transición tan complejo como este.

Su investigación se orienta por una anomalía. En la obra de Paul Veyne —­otro gran especialista en el Imperio Romano tardío— también se ponía especial atención en algunas anomalías del desaparecido mundo antiguo. Por ejemplo, en El pan y el circo, Veyne abordaba la extraña afición de los romanos por los combates de gladiadores y el culto a la divinidad del emperador. Una misma curiosidad por lo anómalo lleva a Brown a seguir la pista de las donaciones cristianas, realizadas durante una época en que, contrariamente al mito de la decadencia, el Imperio Romano de Occidente se caracterizaba por su opulencia. En suma, estudia por qué un buen día los ricos decidieron desprenderse de sus bienes y dieron lugar a la acumulación originaria que todavía cimenta el inmenso poder económico y espiritual de la Iglesia. Estudia por qué —al contrario de lo que manda la parábola crística— esos ricos acabaron por entrar en las iglesias guiados por el “amor por los pobres” que predicaban los Padres de la Iglesia: Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Paulino de Nola. Las asombrosas y cuantiosas donaciones cristianas podría pensarse que son una variante del evergetismo pagano, pero Brown observa en ellas una importante diferencia: el gesto del evergeta servía para su gloria mundana; en cambio, la renunciación cristiana perseguía consumar una gigantesca transferencia de riqueza, del mundo al cielo.

No es la primera vez que Brown revoluciona nuestro conocimiento del Imperio Romano tardío. Su biografía de Agustín de Hipona conseguía reconstruir el perfil de ese intelectual formidable que fue Agustín sin incurrir en hagiografía; y en El cuerpo y la sociedad, dedicada a estudiar las costumbres de las élites tardorromanas, buscaba desentrañar el misterio que rodea el dogma del celibato eclesiástico. ¡Qué cosa más extraña que durante siglos los hombres y mujeres más civilizados de la sociedad antigua renunciaran a la riqueza y a la sexualidad!

A veces se derivan conclusiones sorprendentes de su trabajo. La renuncia sexual implica que el ascetismo cristiano originario estaba ya prefigurado en la ataraxia de los estoicos, que ganó las costumbres civilizadas de las clases altas romanas hacia el siglo II, pero también implica reconocer que la abstinencia que predica el Opus Dei es, por decirlo así, más auténticamente cristiana que la secuela del Concilio Vaticano II y la rebelión contra el celibato por parte de la Reforma protestante. Entre muchas otras observaciones sugestivas, Brown muestra en este libro extraordinario que la enormemente influyente noción de la humanitas, entendida como el trato que una persona dedica a otra en razón de una naturaleza humana compartida, es una herencia cristiana y que esa noción y la desaparecida idea de la verecundia —la consciencia de ocupar un lugar propio y de responder moralmente por él— justifican que la donación antigua, más que una limosna, deba ser comprendida como una acción mística que aseguraba al donante un lugar junto a Dios padre. Y más aún: para nosotros, que estamos desengañados del misticismo, es una prueba tangible de que un sistema económico basado en una aplastante presión fiscal puede seguir generando riqueza.

Por el ojo de una aguja. Peter Brown. Traducción de Agustina Luengo. Acantilado, 2016. 1.223 páginas. 48 euros

 

16 enero 2017 at 2:47 pm Deja un comentario

Espido Freire publica una historia “de romanos” para los más jóvenes

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Fuente: EFE > Mérida  |  eldiario.es
1 de diciembre de 2016

“El chico de la flecha”, segunda novela juvenil de Espido Freire (Bilbao, 1974), pretende ser una excusa para acercar la historia clásica a los niños contemporáneos a través de las vicisitudes de Marco, un niño de 12 años en la Emérita Augusta del siglo I después de Cristo.

el_chico_de_la_flechaEl libro, que se presenta esta noche en el Museo Nacional de Arte Romano, cuenta la historia de un niño, que puede ser la de cualquier otro de su edad, pero en una época marcada por situaciones como la existencia de hombres libres y esclavos, según ha explicado a Efe la escritora, que señala que quiere dirigir a sus jóvenes lectores hacia la importancia de tomar buenas decisiones.

“Yo no intento darle sesgo al libro, sino decirle a los que lo lean qué le ocurre al protagonista en función de decisiones que toma, que nada es blanco o negro, que todo tiene matices y que él con doce o trece años ya pueda entender esto y dar una opinión”, ha señalado.

Asegura que en ningún momento pretende dar “moralejas”, porque las odia con toda su alma desde que era niña, ya que pensaba que le tomaban “por tonta” cuando se las daban, algo que le sigue ocurriendo de adulta, aunque “ahora ya no son moralejas, sino consignas”.

Espido Freire pretende con este libro ayudar a enseñar a los jóvenes a ser responsables de sus decisiones “y que estas no partan únicamente de un impulso, sino de cierta reflexión y que es importante un respeto hacia los demás”.

Como ejemplo, relata que el protagonista, que a primera vista ha tenido mala suerte en la vida, ya que perdió a sus padres y vive con unos tutores y una hermana pequeña “que es un incordio”, tiene como mejor amigo “a su esclavo, que le pertenece”.

A su juicio, este hecho hace ver la realidad de una manera distinta: entre la libertad y la privación de ella y entre el que tendrá poder y el que no, además de que esa hermana que tanto le incordia tampoco tendrá ningún tipo de derechos en esa sociedad, por lo qué él, que es un privilegiado, tiene que empezar a entender que supone eso.

Espido Freire confiesa que la historia nace de su obsesión por la historia, en particular de la época entre el siglo I antes de Cristo y el I después de Cristo, y a que siempre le ha gustado mucho contar historias desde niña a sus amigas.

Fue precisamente un fin de semana en Mérida con una de estas amigas de la infancia, cuando esta le preguntó “por qué no escribía una historia de romanos para chavales”, le pareció una buena idea y aunque ha tardado “aquí esta “‘El chico de la flecha'”.

En cuanto a paralelismos con la actualidad, para Espido Freire, aunque han pasado más de dos mil años “se siguen cometiendo los mismos errores a las mismas edades”, y la evolución de los niños es muy similar, ya que la que ha sufrido más cambios es la de las chicas.

 

15 diciembre 2016 at 10:15 pm Deja un comentario

“Los clásicos nos enseñaron a hacernos preguntas”. Entrevista a Paul Vayne

Paul Vayne es traductor de Virgilio, autor de numerosos ensayos, este estudioso reflexiona a los 86 años sobre su vida dedicada a los clásicos y la vigencia de sus textos

Fuente: GUILLERMO ALTARES  |  EL PAÍS
21 de octubre de 2016

/ HULTON ARCHIVE (GETTY IMAGES)

/ HULTON ARCHIVE (GETTY IMAGES)

Indignado por la destrucción de templos y tumbas de Palmira por parte de las huestes yihadistas del Ejército Islámico, espeluznado por el asesinato del arqueólogo Jaled Asaad en el verano de 2015 en el teatro de la ciudad romana, el veterano historiador Paul Veyne (Aix-en-Provence, 1930) decidió escribir un libro sobre una urbe que en la Antigüedad unió Occidente y Oriente como ninguna otra del imperio. En realidad, era una adaptación de un capítulo de una de sus obras más conocidas, El Imperio greco-latino, pero liberado de todo el aparato crítico y aligerado para dirigirse a un público más general. En unos pocos meses, Palmira (que ahora sale en España en Crítica en traducción de Carme Castells) vendió 150.000 ejemplares, una cifra inédita para un libro de historia clásica, incluso para un autor tan respetado y conocido como Veyne.

Profesor del Collège de France donde fue compañero e íntimo amigo de Michel Foucault, autor del capítulo dedicado a Roma de la Historia de la vida privada con la que George Duby revolucionó la forma de mirar al pasado, traductor de la Eneida, Veyne ha publicado a lo largo de su dilatada carrera numerosos ensayos, como ¿Creían los griegos en sus dioses? o El sueño de Constantino. Cuándo el mundo se hizo cristiano. El año pasado, sus memorias, Et dans l’éternité je ne m’ennuierai pas (y en la eternidad no me aburriré), un recorrido por el siglo XX desde sus recuerdos de la II Guerra Mundial hasta su jubilación o su amistad con Foucault y René Char, dieron mucho que hablar y ganaron el premio Femina de ensayo, uno de los más prestigiosos de Francia. Ahora vive retirado, en una casa situada en las afueras del pueblo de Bédoin, en su Provenza natal, pero el peso de sus 86 años no ha disminuido su energía. Acaba de publicar en Gallimard un ensayo sobre la Villa de los Misterios de Pompeya y sigue tratando de mantener viva la idea que ha impulsado toda su vida profesional: lo que los clásicos nos aportan como sociedad y la forma de mantener viva su herencia.

Pregunta. Emmanuel Carrère le cita varias veces en su libro sobre San Pablo, El reino, y siempre con enorme respeto. Dice que usted explica que el gran invento del cristiano es el centralismo religioso, que en la Antigüedad los templos eran pequeñas iglesias privadas. ¿Fue eso lo que hizo tan potente al cristianismo?

Respuesta. Es la única religión del mundo, que yo sepa, que está organizada como un Ejército. Tiene un general, el Pontífice, los obispos, los arzobispos, los sacerdotes. Es una religión en la que se obedece. El islam suní no es así, todo el mundo es soldado. No hay jefes. Por eso, el cristianismo dio un marco muy claro a la población. Desgraciadamente tengo 86 años, pero me hubiera gustado escribir un libro, que habría sido el último, sobre por qué esta religión se organizó como un Ejército y que el principio de autoridad fuera tan fuerte. No lo sé, y que yo sepa nadie se ha planteado la pregunta, pero creo que es una cuestión muy importante.

P. Una frase suya que cita también Carrère es: “El oficio de historiador consiste en darle a la sociedad en la que vive el sentimiento de la relatividad de sus valores”. ¿Podría explicarla?

R. Si se describe correctamente el pasado, si se analiza bien, siempre se demuestra que la gente, incluso en las conductas más banales, expresaba ideas, reglas, principios, que no son los actuales.

P. Pese a ese relativismo, ¿hay alguna lección que podamos tomar del mundo clásico?

“La intolerancia y el totalitarismo vienen del cristianismo. Eso no existía en la Antigüedad”

R. Roma y Grecia eran civilizaciones perfectamente refinadas y civilizadas, pero que no tienen nada que ver con nosotros. Bueno, tal vez sí hay una cosa: la costumbre que tienen los griegos y los romanos, que es la misma civilización porque los romanos se convirtieron en griegos, de plantearse preguntas, de reflexionar sobre sí mismos. Ahora mismo nos estamos haciendo preguntas sobre nosotros mismos. Eso prepara al nivel individual la relatividad de la que hablábamos. Nos preguntamos lo que somos, lo que debemos hacer. El mundo no es evidente, preguntarse sobre nosotros y no dar nada por sentado: eso lo hemos aprendido de los clásicos. Incluso los cristianos se preguntaban sobre sí mismos. Eso viene de la Antigüedad, del mundo grecorromano. Séneca se pasa la vida preguntándose lo que hay que ser, lo que hay que hacer.

P. Escribió el libro sobre Palmira por la indignación que le causó la destrucción de varios monumentos. ¿Cree que los destruyeron por todo lo que significan para nosotros?

R. Tenían dos objetivos: el primero, destruir los templos de los viejos dioses y, al mismo tiempo, también era una forma de mostrarnos que desprecian la gran religión que nos caracteriza desde hace un siglo: el culto de los monumentos históricos.

P. ¿Era Palmira especial en el Imperio Romano?

R. Era un puerto en el desierto como Venecia era un puerto en el Mediterráneo. Era el lazo entre Oriente, de un lado, y el inmenso Imperio Romano, del otro, para las caravanas que viajaban desde China por tierra. Traían muchos productos pero sobre todo seda: todo noble romano, incluso si se trataba de un hombre, se vestía de seda. Un puñado de seda costaba tanto como un puñado de oro. Y otra cosa que no encontramos más que en Oriente: el incienso para todos los templos paganos del imperio.

P. Hace poco encontraron dos esqueletos enterrados en el Londres romano que han sido identificados como chinos. ¿Es posible que hubiesen pasado por Palmira?

R. Existe un relato de un embajador chino en Palmira que quería descubrir por qué la seda era tan valorada en el Imperio Romano, más que en Persia. Y, por otro lado, los romanos conocieron la existencia de la Gran Muralla. La seda hasta el siglo III era algo extraordinario que venía de regiones misteriosas y lejanas.

P. Otra cosa que explica es que el mundo romano estaba formado por ciudades.

R. La clase alta posee la tierra. Vive de los beneficios de la agricultura, de sus granjeros. También existe una clase media, por ejemplo los padres del poeta Virgilio. Son ricos propietarios y también algunos mercaderes. Todos ellos viven en la ciudad de lo que les proporciona la tierra. En las ciudades, habitan los ricos, su enorme servicio y los comerciantes que les proporcionan todo lo que necesitan. Esa oligarquía es la que ostenta el poder político, reunida en una especie de Senado, que mandan y dirigen. Palmira funciona así salvo que los ricos, en vez de explotar la tierra, tienen caravanas.

P. En Palmira escribe: “Nuestra época habla mucho de imperialismo cultural y de la identidad, pero olvidamos que la modernización por adopción de costumbres extranjeras juega un papel en la historia más importante que el nacionalismo”. ¿Qué explica eso de nuestro presente?

R. La civilización que llamamos romana es griega, adoptaron todo de los griegos, incluido el ritmo de la poesía. La poesía romana abandonó los viejos ritmos itálicos y adoptó los ritmos de la gran poesía de la época griega.

P. En su libro El sueño de Constantino. Cuándo el mundo se convirtió en romano, insinúa que tal vez hubiese podido ser de otra forma, que el mundo podría no haber sido cristiano. ¿Cuándo?

R. Tal vez si Juliano el apóstata hubiese tenido un sucesor pagano las cosas habrían sido diferentes. Lo que ocurrió es que Constantino se convirtió personalmente, no obligó a la población a ser cristiana, sino que fue pagana hasta mucho más adelante. Pero dio a la Iglesia sumas enormes, dilapidó el tesoro imperial y concedió sumas gigantescas a la curia. Se construyeron por todas partes edificios, y las poblaciones rurales comenzaron a entender quiénes eran los nuevos amos. En Túnez, en la época de san Agustín, les ven ocupar un palacio episcopal. Sabían que la autoridad estaba ahí. Ocuparon el terreno materialmente.

P. ¿Por qué en la Antigüedad no se producen guerras de religión?

R. Porque se pueden elegir los dioses sin problemas. No hay disputas. Cuando se descubre que un pueblo lejano tiene un dios peculiar, se estudia y, al igual que se trajeron plantas útiles como la patata de América, se importa esa divinidad. La intolerancia, el totalitarismo vienen del cristianismo. Eso no existe en la Antigüedad. Se construyen templos a los dioses que les gustan sin importar de dónde vengan. En el año 200 antes de Jesucristo, los romanos están siendo derrotados por Aníbal y un senador dice que ha viajado a Oriente y ha encontrado una diosa que les puede ayudar, Cibeles. Propuso traerla. Fueron a buscar una estatua y sacerdotes y la introdujeron de forma solemne en Roma sin ningún problema.

P. ¿Qué es lo que más le choca de la civilización romana?

R. Creo que los gladiadores. Puedo llegar a comprender la violencia, pero ¿cómo se puede asistir a eso? Ser gladiador se consideraba un deporte noble y era voluntario, para intentar garantizar un buen espectáculo. La damnatio ad bestias, las condenas a muerte, eran otra cosa. Por la mañana se podían ver carreras, gladiadores y, luego, lo que llamaban espectáculos de mediodía. Se evacuaba el anfiteatro y comenzaban los suplicios más horrendos que se pueda imaginar para condenar a los criminales. Ahí se quedaba mucha menos gente, un público que no era totalmente normal. Séneca, por ejemplo, admiraba a los gladiadores, pero no los suplicios. La inventiva en la atrocidad era extraordinaria, pero el propio Séneca decía que sólo asistían los tarados. Entonces también había gente que no podía soportar la violencia.

P. ¿Por qué Roma conquistó el mundo?

R. Por el mismo motivo que los nazis: por el fenómeno de la colaboración. Los nobles galos, que poseen muchas tierras, ven que los romanos les adoptan y dejan en el mismo lugar a las clases que tienen bienes. Una ciudad conquistada sigue siendo gobernada por la oligarquía gala. Y si la gente se rebelaba, vendrán los romanos y arrasarán con todo.

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Paul Veyne, en febrero pasado. / JOEL SAGET (AFP)

G.A

Fundado por Francisco I en el Renacimiento, el Collège de France (Colegio de Francia) es una institución única. Depende del presidente de la República, aunque sus 50 miembros se eligen entre ellos. Una vez que son seleccionados, deberán pasarse el resto de su carrera investigando y publicando, con la única obligación de dar una serie de conferencias al año. La entrada es totalmente libre. En su novela recién editada, La séptima función del lenguaje, que transcurre entre profesores del Collège y que gira en torno a la muerte de Roland Barthes, Laurent Binet describe las conferencias de Michel Foucault a las que asistía tanta gente que ocupaban dos aulas: una con gente sentada en todos lados y otra en la que se transmitía por radio. Una medievalista que estudió en París recordaba también las conferencias de George Duby en las que se congregaba toda la alta burguesía parisiense sin dejar casi sitio para los alumnos.

Veyne fue durante dos décadas profesor en esta misma institución, sobre la que cuenta jugosas anécdotas en sus memorias, como cuando la gran helenista Jacqueline de Romilly protestó tras la elección de Barthes asegurando: “¿Quién será el siguiente, Eddy Merckx?”, un ciclista entonces muy famoso. Sin embargo, esa larga experiencia de investigación y divulgación le ha llevado a reflexionar sobre la forma de que los clásicos griegos y latinos sigan vivos en la sociedad y a proponer algunas ideas que pueden parecer extrañas para un latinista como sacar el latín del bachillerato.

P. ¿Por qué a pesar de haber dedicado al latín toda su vida considera que es mejor que los alumnos estudien inglés en vez de latín o griego?

R. Nos obstinamos en enseñar el latín a los niños. Cuando terminan son incapaces de articular una frase y, entre nosotros, la profesora tampoco. Lo que tendríamos que hacer es darles dos horas a la semana, o tres, durante las que les explicaríamos el mundo clásico y les haríamos leer a autores como Virgilio en traducciones. Eso les mostraría un mundo totalmente diferente del nuestro, una literatura a la que no están acostumbrados. Les enseñaríamos no tanto el latín como la civilización grecorromana.

P. ¿Pero no correríamos el riesgo de que al final nadie sepa traducir el latín?

R. Mi segundo proyecto era crear en Francia un instituto de estudios de la Antigüedad. Existe una escuela de lenguas orientales en la que se aprende el ruso, el árabe o el persa. Se trataría de una escuela de lenguas antiguas, como una carrera, para aquellos que hayan sentido la pasión por los clásicos. Aprenderían el latín o el griego. Cada generación contaría con 50 especialistas de la Antigüedad, que escribirían libros y serían capaces de traducir a Virgilio y Homero.

P. ¿Qué libros de la Antigüedad recomendaría a un lector no especializado?

R. Los clásicos pueden resultar difíciles. El Satiricón puede leerlo todo el mundo porque habla de la vida cotidiana. Juvenal, al ser una sátira, mostraba cómo funcionaba esa sociedad. Para mí los dos grandes escritores romanos son Virgilio y Tácito. Tal vez Horacio, pero es muy difícil.

P. ¿Cree que las traducciones de clásicos hay que rehacerlas?

R. Sin duda, cada generación o como máximo cada dos generaciones hay que volverlas a hacer, como en las novelas rusas, porque se quedan viejas.

P. ¿Por qué eligió traducir la Eneida en prosa en vez de en verso?

R. Al traducir la Eneida, lo más importante no creo que sea respetar el verso, sino la velocidad de la lectura. No puedo leer novelas contemporáneas, tienen demasiados detalles. La Eneida o la Ilíada van muy rápido.

 

23 octubre 2016 at 3:33 pm Deja un comentario

Marcos Chicot: «La Grecia clásica es el origen de todo lo que somos»

El finalista del Planeta muestra cómo era aquella civilización en la que nació la democracia.

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Marcos Chicot. Miquel González/Shooting

Fuente: V. Fernández > Barcelona  |  LA RAZÓN
17 de octubre de 2016

Marcos Chicot se ha convertido en el último finalista del Premio Planeta con una trama que transcurre en la Grecia clásica. «El asesinato de Sócrates», la obra con la que ha concurrido al galardón, es una mezcla de géneros, desde la novela histórica al thriller, todo ello con la intención de que el lector pueda conocer una de las etapas más apasionantes de la Historia.

–¿Volver al Premio Planeta era una asignatura pendiente?

–Era una asignatura pendiente el conseguir estar aquí. El Planeta es la mejor manera de llegar a más lectores con tu libro y tu mensaje. Lo intenté en su momento y, en parte, por lo agradable que fueron las palabras que tuvieron conmigo José Manuel Lara y Juan Eslava, me animé mucho y pensé en volverlo a intentar.

–¿Por qué tiene esta fascinación por la Grecia clásica?

–Es el origen de todo, de lo que somos. Es la cuna de nuestra civilización. Somos grecorromanos, pero antes somos grecos que romanos. El ver tus raíces, el ver de dónde surges y el hecho del surgimiento es lo que me fascina. Por ejemplo, si ves las esculturas arcaicas y piensas lo toscas que son, que lo puedes hacer tú mismo. Y, de repente, tiempo después, contemplas las esculturas egipcias y eso es la perfección, un nivel que no se alcanza hasta 2.000 años después en el Renacimiento. Esa perfección se alcanza no solo en escultura sino en arquitectura, música, pintura… Nace el teatro, la medicina con Hipócrates, la historia con Tucídides y Herodoto. Es decir, nace todo. Me recuerda a la película «2001: una odisea en el espacio», a la escena inicial con todos los primates y de repente tocan el monolito, empezando a usar las herramientas para matarse entre ellos. Es una metáfora del toque divino, de la chispa con la que el hombre pasa de ser un simple animal a tener esas capacidades que luego utiliza para crear todo tipo de tecnología.

–¿Se puede establecer algún paralelismo entre el nacimiento de la democracia y, por ejemplo, la situación política que estamos viviendo?

–Era la democracia más pura en la que todos votaban. Lo demuestra el hecho de que eran 30.000 ó 40.000 ciudadanos y a todos se les convocaba en asamblea. Lo que votaban es lo que salía. En realidad, no era así. Como dice Eurípides en un momento de la novela, la democracia es dictadura de los demagogos. Al final cuando uno muy convincente convence a unos cuantos, que es lo que desgraciadamente pasó una y otra vez, ocurrían los horrores. En ese sentido, lo que se ve es cómo los defectos del hombre, no las virtudes, se ponen de manifiesto en la política. Como se cuenta en la novela, casi que los hombres con mayor capacidad de generar pasiones negativas, de incendiar el lado más animal del ser humano, esos son los que tienen más posibilidad de prosperar en política. Eso ocurría entonces muy a menudo en aquella época. Ese absurdo quería mostrarlo en la novela.

–Eslava Galán hablaba del gran trabajo de documentación que se percibe en su novela. ¿Cómo ha sido esa labor?

–Utilizo más de 50.000 páginas de documentación, lo que me ha dejado un documento de word con 800 páginas de notas. Aparte he usado los años de documentación de mis novelas históricas anteriores y mi etapa cursando la carrera de Filosofía. Quería que Grecia no fuera un decorado, que estuviera todo lo que fuera importante, pero metiéndolo en la trama.

–¿Su Sócrates es el real o el hipotético en su obra?

–Hacer esta novela ha sido como escribir una tesis doctoral sobre Sócrates, reconstruyendo todos los elementos de su vida. Me he leído todas las fuentes para comprenderlo.

 

17 octubre 2016 at 7:41 am Deja un comentario

Javier Negrete: “Hay que atraer a la gente hacia la historia como lo hacía Heródoto: con un relato”

El escritor repasa su carrera, jalonada de fantasía épica, ciencia ficción y novela histórica

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Javier Negrete: artesano de la palabra, perfeccionista y concienzudo, transmite pasión por la historia y las historias

Fuente: José Miguel Vilar-Bou  |  eldiario.es
3 de julio de 2016

Hace apenas dos décadas era impensable que una editorial grande apostase por un escritor de fantasía o ciencia ficción si era español. Estos eran cotos reservados a los autores anglosajones, y además, el desprecio de la crítica estaba garantizado. Todo empezó a cambiar en 2003, con la aparición de “La espada de fuego”, el primer éxito de la fantasía épica nacional. Su autor, Javier Negrete (Madrid, 1964), se había ido fraguando en los noventa, a la sombra de una literatura oficial que ignoraba los géneros más aventureros e imaginativos. No era el único. Muchos otros escritores luchaban por salir de esa marginalidad histórica. Eran los años de la Generación X, marcados por una narrativa rabiosamente realista. Pero fenómenos como “Harry Potter”, “Matrix”, o la trilogía cinematográfica de “El señor de los anillos” fueron despertando en el público el gusto por lo fantástico. Era cuestión de tiempo que una oleada de narradores patrios llenara las librerías de mundos imposibles y futuros posibles. En esta entrevista, Negrete recuerda aquel momento germinal y repasa su carrera. Artesano de la palabra, perfeccionista y concienzudo, transmite pasión por la historia y las historias. De hecho, ha logrado exportar con éxito su sentido de la épica a la novela histórica, aunque no descarta volver al universo fantástico de “La espada de fuego”: “Puede que Tramórea aún dé de que hablar”, deja caer.

¿Cuándo sentiste la llamada del fabulador?

Si me retrotraigo del todo, me voy muy lejos en la infancia. Siempre he dormido mal. Puedo despertarme cuatro veces en una noche, y creo que por eso tiendo a recordar los sueños. Soñar es una manera de fabular, sobre todo cuando eres niño, ese momento de la vida en que, en ocasiones, no distingues lo que sueñas de lo que vives. A veces, yo continuaba en mi imaginación las películas que veía. Me convertía en el personaje, cambiaba el final… ese tipo de cosas.

Inventabas historias ya antes de empezar a leer.

Yo era un niño raro, como todos los que escribimos. Vivíamos en Ciudad de los Ángeles (Madrid) y luego en Vallecas, donde sigue viviendo mi madre. Siempre he sido un chico de barrio. Se me daba mal el fútbol. Me gusta verlo, pero jugando soy un paquete. Cuando los chiquillos echaban partidos en la calle, nunca me elegían, así que era frecuente que me subiera a casa frustrado, y entonces me dedicaba a otras aficiones, sobre todo a la lectura, que es una manera inigualable de evadirse de la realidad. Así la sigo considerando hoy. Creo que muchos escritores han pasado por experiencias parecidas: Niños con mucho mundo interior, que sienten el impuso de inventar universos…

¿Cómo entraron los libros en tu vida?

En mi casa siempre ha habido libros. No voy a decir que fuera un hogar de profesores universitarios, porque la educación formal de mis padres fue la que se daba en la época: Mi padre, en el Madrid de posguerra, tuvo que ponerse a trabajar casi desde niño. Y mi madre, parecido. Pero teníamos muchos libros. Éramos del Círculo de Lectores, y mi padre llegaba a menudo con novelas. Solía verlos a los dos sentados en silencio, leyendo o jugando al ajedrez. Por eso, ahora, de adulto, me gusta vivir en un ambiente tranquilo, poco ruidoso, de concentración.

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

Los cómics. Los que más me gustaban eran los de Marvel, esas viejas ediciones de Vértice, horriblemente maquetadas, pero era lo que había y nosotros tan felices. También, por nuestros cumpleaños, a mis hermanos y a mí solían regalarnos novelas de la colección de Bruguera, aquellas medio cómic, medio novela. Así conocí a Julio Verne. Otra cosa que recuerdo con cariño: En el barrio no había bibliotecas, pero de vez en cuando venía el bibliobús. Entonces mi madre, mis hermanos y yo íbamos y cogíamos libros. De esa época recuerdo “Las minas del rey Salomón” y “Ella”, de H.R. Haggard, que me llegó al alma.

La ciencia ficción será clave en tu desarrollo posterior como escritor. ¿Cómo la descubriste?

Fue una mezcla de diversos ataques ambientales: A mi madre le gustaba la ciencia ficción y mi padre solía comprarle libros del género. También a mis hermanos se les pegó el gusto. A los niños les encantan los mundos de fantasía por ese elemento de evasión, de liberar la imaginación. Había ciencia ficción en los cómics de superhéroes que leíamos. Estaba también la colección RTV Biblioteca Básica de Salvat, de cien volúmenes, que mis padres compraron. Ahí venía “Una odisea espacial 2001”, traducida así, de Arthur C. Clark, que no sé ni cuántas veces leí. También “1984”, de Orwell, que, siendo tan pequeño, me horrorizó y fascinó a partes iguales. Otra cosa que recuerdo es la colección Novelas de anticipación, con la que, a los nueve años, descubrí historias que me marcaron. Sus autores se llamaban Ballard, Lovecraft… nombres que, entonces, no me decían nada…

La ciencia ficción asomaba también a la televisión.

Sí, series como “Guardianes del Espacio” o “Tierra de gigantes” que, vistas hoy, pueden ser bastante flojas, a mí me fascinaban. Y, por supuesto, mi favorita: “Star Treck”.

Otro elemento clave en la obra del Javier Negrete adulto será la antigüedad, en especial el mundo grecolatino. ¿Cómo llegaste a ella?

A través de libros como “Benhur” o “Quo Vadis”. También me marcó la serie “Benasur de Judea”, de Alejandro Núñez Alonso. Leí el primero de los cinco volúmenes a los diez años, durante una convalecencia. Era un autor extraordinario. Sus novelas, de haber sido americanas, se hubieran convertido en películas. Hoy, sin embargo, están casi olvidadas.

¿Y el paso a escribir?

Fueron precisamente estas novelas de romanos las que me empujaron. Me indujeron el ansia de narrar. Con diez años, empecé mi primera novela, que era de romanos, ambientada en Hispania. Fíjate que, sin saberlo, me fui al género fantástico porque, para documentarme, tenía sólo la enciclopedia que había en casa, así que me lo inventé casi todo: La historia de un imperio que había en Hispania y que derrotaba a los romanos… Eso es lo que ahora llamaríamos una ucronía, pero yo no lo sabía. Desde entonces no paré de escribir, aunque por supuesto tardé mucho en publicar.

¿Cuándo fuiste consciente de que querías ser escritor?

Ese recuerdo lo tengo claro: Un día llegó a casa la revista del Círculo de Lectores. Dentro venía anunciado el libro de “Benhur”. Aparecía un fotograma de la película, con Charlton Heston en plena carrera de cuadrigas. Pensé: “Quiero ver algún día en esta misma revista una novela con mi nombre”. Años después, cuando “La mirada de las furias” (1997) se publicó en Círculo de Lectores, como nos suele suceder a la mayoría de seres humanos y, en especial, a los escritores, que siempre nos sentimos insatisfechos, no me pareció para tanto.

Por el camino te convertiste en profesor de griego.

Me decanté por el griego por la lengua en sí, y porque me fascinaba la antigüedad, pero también por un motivo bastante prosaico: En ese momento, era más fácil sacarse la oposición de profesor de griego que la de latín.

Fantasía, ciencia ficción, novela histórica… los géneros a los que aspirabas no tenían mucho sitio en el mundo editorial de los ochenta y noventa si eras español. ¿Te fue difícil hacerte un camino?

Encontré un camino para escribir, pero para publicar estuvo muy complicado. Los editores me decían que los autores españoles no vendían. Ni siquiera se molestaban en probar. Simplemente, se les cerraba la puerta. El camino no estaba hecho en ese sentido.

La ciencia ficción no era algo nuevo en España: Había proliferado en colecciones populares desde los años sesenta. Pero, en los ochenta, algunos autores trataban de abrir brecha con nuevos planteamientos, más científicos, con gran influencia audiovisual.

Eran pocos y no excesivamente conocidos, pero existir, existían. Para mí eran dioses. Me daba igual si vendían cinco mil o cincuenta mil ejemplares: Rafa Marín, Juan Miguel Aguilera, Javier Redal, Ángel Torres Quesada, Domingo Santos…

En 1991 apareció el premio UPC de novela corta de ciencia ficción que, tanto para estos escritores como para noveles como tú, se convirtió en vivero creativo y punto de encuentro.

Ese año allí conocí a Rafa Marín y a Ángel Torres Quesada, ídolos a mis ojos. Ganaron el premio ex aequo. Entonces bromeamos diciendo que yo era el joven aprendiz padawan y ellos los maestros jedi. Quince años después, volvimos a coincidir como finalistas, pero del Premio Minotauro (de novela fantástica) y esta vez me tocó ganar a mí, aunque fuese por sólo un voto de diferencia. Desde entonces, les devuelvo la broma diciendo que el aprendiz ya es jedi.

También en 1991, surgió el premio Ignotus de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT). Algo se estaba moviendo. A los que empezabais a veces se os ha bautizado como la “Generación Hispacón” (Es en este congreso anual donde se libran los premios Ignotus).

No creo mucho en las generaciones, pero sí, a raíz de una convención en Barcelona en 1991 y otra en Cádiz en 1992, lo que llamamos el mundillo del fandom se animó mucho. Surgieron amistades que, veinticinco años después, conservo. También entré a formar parte de la TerMa, la tertulia de Madrid, porque, aunque yo ya vivía y trabajaba en Plasencia, iba mucho por allí. Nos juntábamos gente interesada en la fantasía y la ciencia ficción, ya fuésemos escritores o lectores. Había desde curiosos hasta quien aspiraba a la escritura como algo profesional. De la TerMa salieron autores como César Mallorquí o León Arsenal. O escritores que optaron por una literatura más personal, como Daniel Mares. Algunos tirábamos hacia la ciencia ficción, pero los gustos eran muy variados. Éramos muy abiertos. Y habría que mencionar también el papel de la Semana Negra, que se abrió desde la literatura policíaca a otros géneros como la novela histórica o la ciencia ficción.

En esta época, principios de los noventa, empiezas a publicar ciencia ficción. Te estrenas con “La luna quieta” (1991) finalista de aquel primer UPC.

Escribí la primera versión de ese libro pensando en enviarlo a una editorial. Tenía 250 páginas. Al aparecer el premio, cuyas bases establecían un máximo de 110 páginas, comprendí que había metido mucha paja, y logré dejarlo en menos de la mitad en una maratón salvaje de dos días.

Tienes fama de someterte a largas sesiones de trabajo. Has llegado a escribir diez horas diarias.

Siempre he sido muy obsesivo con estas cosas. De niño, una vecina me dio un manual de mecanografía y con él, yo solo, aprendí a escribir a máquina. Tengo la suerte de escribir rápido. Y la verdad es que me pego unas maratones que no son normales. De levantarme a escribir a las cuatro de la mañana y luego ir al instituto a dar clase.

El premio UPC se te resistiría hasta 2000, cuando venciste con “Buscador de sombras”. Pero antes, volviste a aspirar a él con “Estado crepuscular” (1993) y “Lux Aeterna” (1996), siempre ciencia ficción.

Dentro de que no soy físico de partículas ni nada de eso, trataba de documentarme, incluso para una novela como “Estado crepuscular” que, pese a ser más ligera, utilizaba conceptos físicos verosímiles. Y, aunque no llegó a la final del UPC, sí tuvo éxito en el mundo del fandom.

Otras obras tuyas de los noventa exploran caminos distintos y dejan intuir al escritor sin miedo a saltar de género que se consagrará en la década siguiente: “Nox perpetua” (1996) o “La mirada de las furias” (1997) son libros en los que, aun sin abandonar la especulación científica, el componente aventurero gana protagonismo.

De hecho “La mirada de las furias”, que fue la primera novela larga que publiqué, trataba de la búsqueda de la materia oscura. A lo mejor no he escrito mucha ciencia ficción, pero la afición la conservo, y disfruto descubriendo una buena novela de lo que llamamos ciencia ficción dura. Este género, además de hacer lo que hace la literatura en general, que es procurar evasión y cambiarnos la manera de ver las cosas, ofrece algo único: un desafío intelectual del que, creo, otras narrativas carecen.

2003 es un año clave: Publicas “La espada de fuego”, que se convertirá en el primer éxito de la fantasía épica española, sin olvidar a Laura Gallego que empezaba a hacer furor en el terreno juvenil. Fuiste, además, el primer autor nacional en entrar en Minotauro, editorial de “El señor de los anillos”. Todo un hito que abrió las puertas a muchos otros narradores españoles.

No seré yo el que lo diga, sería un poco pretencioso por mi parte. Yo creo que, simplemente, se normalizaron las cosas. Se empezó a abandonar esa mentalidad de que el escritor español no sabía hacer fantasía. Y, de hecho, hoy en día sí se publican libros de autores nacionales y quien quiera escribir literatura fantástica tiene dónde colocarla.

El viaje que va de la primera versión de “La espada de fuego” a la afortunada publicación final fue largo.

Yo había empezado a escribir el primer manuscrito con dieciséis años, lo rematé mientras terminaba de estudiar Filología Clásica, y traté de publicarlo cuando opositaba. Aquella primera versión la titulé “La jauca de la buena suerte”. Yo tenía veintidós años entonces, y descubrí que era imposible publicar aquel libro siendo fantasía de un autor español.

Cuando finalmente lo conseguiste, habían pasado diecisiete años. ¿Qué había cambiado en ese tiempo?

Varias cosas. Yo podría decir que en los ochenta el mercado era irracional, que no me habían entendido y que no me habían querido publicar. Pero el manuscrito de 1988 era muy mejorable. Cuando en 2002 me piden una novela, yo saco ésta del cajón. Mi plan era reescribirla en un par de meses, pero al final aquello se convirtió en una escritura completa de nueve meses. Entonces, yo creo que parte del éxito de “La espada de fuego” se debe a que ahora era una novela mucho mejor. Si la hubiera publicado en 1988, hubiera pasado sin pena ni gloria. Y gracias a quien fuera, al destino digamos, ese fracaso, que viví como algo muy frustrante, a la larga me benefició.

Entre 2001 y 2003 se estrenó en cine la trilogía de “El señor de los anillos”, de Peter Jackson. ¿Favoreció este fenómeno el éxito de “La espada de fuego”?

Sí. No es casualidad. En ese momento el fundador de Minotauro, Francisco Porrúa (y editor de “Rayuela”, “Cien años de soledad” y “El señor de los anillos”, entre otros), tiene ya una edad y decide vender su editorial. Planeta la compra porque sabe que “El señor de los anillos”, que de por sí funcionaba, con las películas iba a venderse ya como pan chino. Esto coincide con que el nuevo director editorial de Minotauro va a ser Paco García Lorenzana, a quien yo conocía de cuando publiqué “La mirada de las furias” en Círculo de Lectores. Fue él quien me llamó y me propuso ser el primer autor español de Minotauro.

Te siguieron otros escritores. Fue un momento dulce.

Hubo una pequeña, sorprendente, edad de oro. Coexistieron en sus mejores años los premios UPC y Minotauro de novela fantástica. Ahora la crisis del libro se ha generalizado a todos los géneros, pero hubo esa pequeña etapa en que un montón de gente se lanzó con tantas y tantas historias, relatos, novelas…

Se dice que las películas de “El señor de los anillos” movieron a mucha gente a escribir fantasía.

Hay películas que generan nuevas aficiones en el público, y yo creo que las imágenes épicas de “El señor de los anillos” despertaron el gusto de muchos por ese tipo de historias, tanto lectores como escritores. A mí mismo me sucedió: La batalla de “El espíritu del mago” (continuación de “La espada de fuego”, 2005) fue una respuesta a las sensaciones que viví viendo “Las dos torres”.

¿Con qué referentes creaste Tramórea, el mundo fantástico donde se desarrolla tu saga?

Tramórea viene de toda una vida de lecturas. Los héroes de “La espada de fuego”, con sus superpoderes, tienen algo de los superhéroes y supervillanos de cómic con los que crecí. También bebí de “El señor de los anillos”, pero la fascinación por crear mundos, inventar mapas, me viene de los cómics de Conan, que leí antes de leer a Tolkien. La riqueza visual de esas historietas, primero con Barry Smith y luego con John Buscema, se me quedó grabada. Pero en Tramórea también hay mucho de mis estudios del mundo antiguo: Las luchas entre Roma y Cartago, Esparta y Atenas, los griegos contra los persas, Mesopotamia… Mis lecturas de la carrera y la oposición. Todo eso fue creando el abono con que desarrollé mi propio universo.

Seguiste explorando la fantasía con “Señores del Olimpo” (2006), curiosa fórmula que combinaba fantasía épica y antigüedad, dos de tus constantes. Además, ganaste con esta novela un disputado premio Minotauro.

En efecto, es una historia griega, pero pura fantasía. Fantasía mitológica. Trata de la lucha de Zeus contra Tifón, monstruo que no sabemos qué forma tiene, pero se presupone que fue un dragón. Esta historia no pertenece sólo a la mitología griega: También la encontramos en la hitita, donde Teshub, dios del cielo y la tormenta, da muerte al dragón Illuyanka.

Es una novela en la que te salió el estudioso de la antigüedad, pero también el lector de Marvel.

Es verdad: Mercurio corre como Flash, Atenea es una especie de Wonder Woman, con su lanza, y Zeus tiene algo de Magneto o Superman… Me lo pasé en grande escribiendo esa historia. En la “Ilíada” o la “Odisea” los dioses tienen mucho peso, pero en realidad ejercen de secundarios. Los verdaderos héroes son Aquiles, Héctor… Yo quería escribir algo donde los dioses fueran los protagonistas. En el libro ya advierto al lector que no se lo tome como pura mitología, sino como algo en lo que pesa mucho la invención.

Una transición empieza con “Alejandro Magno y las águilas de Roma” (2007). El Negrete escritor de ciencia ficción y fantasía comienza a destaparse como autor de novela histórica, aunque sea con una ucronía en la que Alejandro Magno se enfrenta a la emergente Roma.

Fue una transición, sí, porque, aunque el libro tiene elementos fantásticos, la ambientación es histórica. Me documenté muchísimo. Yo ya había experimentado con el mundo clásico en “Amada de los dioses” (2003, finalista del premio de novela erótica La sonrisa vertical), lo que me vendría muy bien para posteriores empresas.

¿Por qué Alejandro Magno?

En principio la figura de Alejandro no me llamaba demasiado la atención. Me atrajo siempre el mundo romano antes que el griego. La idea de escribir “Alejandro Magno y las águilas de Roma” vino a raíz de mi novela corta “El mito de Er” (2002). Ésta se me ocurrió durante unas sesiones que di sobre astronomía antigua. El modelo de las esferas concéntricas de Ptolomeo (100-170 d.C.), aunque increíble, me resultaba tan bonito que pensé: ¿Por qué no hacer una historia en la que esta teoría sea verdad y la tierra sea el centro del universo? Luego me dije: ¿Quién es el personaje más desaforado de la antigüedad, tan ambicioso como para querer llegar a lo más alto, a los confines del mundo, conquistarlo todo? Y ese era Alejandro. Así surgió “El mito de Er”. A partir de ese momento, indagué más sobre el personaje. Años después, quise abordar este mismo planteamiento de manera más ambiciosa, y el resultado fue “Alejandro Magno y las águilas de Roma”.

El salto definitivo al género histórico lo das con tu novela de más éxito y que te lleva a un público más amplio: “Salamina” (2008), en torno a la batalla naval de griegos contra persas. ¿Qué te condujo a la novela histórica?

En el mundo de la fantasía y la ciencia ficción, aparte de pelotazos tipo “Juego de tronos” o “Harry Potter”, en general, el escritor alcanza un núcleo de seguidores muy reducido. Es un mundo un poco gueto. Yo no es que quisiera abandonarlo, pero sí ampliar miras, y era natural que me decantara por la novela histórica, porque me permitía escribir de manera épica, que, al fin y al cabo, es lo que había hecho en “La espada de fuego”. Tenía claro desde hacía tiempo que quería escribir “Salamina”, pero antes debía cumplir ciertos compromisos morales con Minotauro. Fue mi primera novela histórica y también la que más satisfacciones me ha dado.

Tu siguiente novela, “Atlántida” (2010), te lleva de vuelta a la ciencia ficción, eso sí, sin abandonar la antigüedad en su vertiente más legendaria.

De hecho, en su momento decidimos bautizar la novela como “thriller científico”, para evitar lo de ciencia ficción, que a muchos lectores, por prejuicios, les para. A mí siempre me interesó la geología, y en esa época me planteaba escribir un libro tipo ensayo sobre enigmas de la antigua Grecia… que algún día haré. Comentando esto con mis editoras, me dijeron que la Atlántida era interesante para una novela. Salí del despacho con sólo el título. Más tarde, dándole vueltas a cómo plantear la historia, pensé en enfocarla desde la ciencia ficción: Un futuro más o menos inmediato y, por variar, con personajes prosaicos, en vez del típico superarqueólogo americano que, como dijo Alfonso Merelo en una crítica, siempre encuentra sitio para aparcar en la puerta. Sobre la Atlántida, la teoría que siempre me ha convencido más es que el texto de Platón se basa en el recuerdo de alguna catástrofe cercana al mundo griego. Y la que más cumple estas características tanto en espacio como en tiempo es la erupción del volcán de Santorini. Así que ahí la situé.

Después diste una alegría a los seguidores de Tramórea al anunciar la culminación de la serie con la tercera y cuarta partes de la saga: “El sueño de los dioses” y “El corazón de Tramórea”, aparecidas en 2010 y 2011.

La escritura de “El corazón de Tramórea” me dejó exhausto. Escribí demasiados libros en demasiado poco tiempo. Pero Tramórea es, de todas mis historias, la que más he vivido. Mi propio universo de superhéroes. Esos personajes me han acompañado durante muchos años. Despedirme de ellos fue triste y alegre a la vez.

¿Has terminado con Tramórea?

Tengo algún proyecto, de momento guardado para mí. Ya veremos. Puede que Tramórea vuelva a dar de qué hablar.

Tu siguiente novela, “La zona” (2012), la escribes con Juan Miguel Aguilera, referente de la ciencia ficción española desde hace décadas. Con ella os sumasteis a la fiebre zombi de esos años. Se publicaron decenas y decenas de títulos en poco tiempo.

Todo partió de una idea Juanmi. Me gustó y decidimos ampliar su guión inicial de treinta páginas. Yo ya había colaborado con él a menudo como lector cero, pero esta vez decidimos ir más allá y escribimos a medias. Debatimos cada personaje, desarrollamos la historia. Todos los capítulos fueron tecleados por los dos una y otra vez hasta el punto de que hay párrafos que no sé si son míos o suyos. Trabajar a cuatro manos es complicado, pero a Juanmi le gusta y lo ha hecho muy a menudo. Si quienes escriben comparten una misma visión, se llega a buen puerto, como nos pasó con “La zona”. Pero tienes que tener claro qué historia quieres contar, con qué estilo. Sólo así la colaboración es posible.

“La zona” demuestra, además, que nunca te has acabado de alejar de la ciencia ficción.

Sí, pero aquí de nuevo tuvimos que “vender” el libro como “thriller científico”, aunque se encuadre perfectamente en la ciencia ficción. Es que hay gente que le tiene un rechazo al género que viene del desconocimiento. Creen que son cosas de platillos volantes y marcianos y a lo mejor no han leído nada. Pero en fin, le pusimos esa etiqueta a la novela. Y en efecto, no he abandonado la ciencia ficción: En 2014, cuando publiqué “Los centinelas del tiempo” en la antología distópica “Mañana todavía”, fue para mí una gran satisfacción que el mundillo del fandom, del que me había salido un poco, me premiara con el Ignotus a la mejor novela corta.

Tu última novela, de momento, es “La hija del Nilo” (2012), narración histórica en la que te atreves con personajes como Cleopatra o Julio César.

Julio César me atrae desde niño. En casa de mis abuelos, adonde me llevaban todos los domingos, como me aburría como una ostra, leía todos los libros que encontraba. Uno de ellos era una biografía de Julio César que me tenía empapada. Su “Guerra de las Galias” la leí ya de chaval en español. Pero a raíz de escribir “La hija del Nilo”, la leí en latín y lo que me llamó la atención del Julio César escritor es la pureza de su sintaxis, la organización intelectual del material. Una parte de lo que llamamos estilo es el modo en que ordenamos la información. Ésta debe estar organizada de tal manera que, cuando lees, todo discurra y se organice de modo natural, como si sólo pudiera haberse escrito así. En ese sentido, Julio César te da la impresión de ser un cerebro muy bien organizado. La lectura te entra con total fluidez. Así lo retraté a él en “La hija del Nilo”: como alguien cerebral, siempre cavilando. Por supuesto, en la “Guerra de las Galias” César te está vendiendo su moto. La escribió como una publicidad para promover su campaña de conquista. Hay omisiones, exageraciones, cosas de las que no te puedes fiar… pero, aun así, leerla en latín es una gozada. Imagínatelo en esa época en que escribir era mucho más incómodo que ahora: De noche, a la luz de una vela, con el rollo de papiro sujeto por pesas de plomo en los extremos. Mojando la pluma en la tinta. Imagínate luego para corregir lo ya escrito. En tiempos de los romanos, antes de volcar algo en el papiro debías tenerlo muy pensado y ordenado en la cabeza.

Tu pasión por la historia es contagiosa. Precisamente, con “La gran aventura de los griegos” (2009), “Roma victoriosa” (2011) y “Roma invicta” (2013) te lanzaste a la divulgación.

Es que de niño, entre otras cosas, quería ser historiador, aunque no sabía muy bien en qué consistía eso. Y bueno, historiador puede que no sea, pero sí he publicado libros de historia. La Esfera de los Libros me encargó uno sobre Grecia y otro sobre Roma en plan divulgativo. Supongo que esperaban dos libritos de trescientas páginas, pero las cosas no salieron así: Comprendí que podía despachar las guerras médicas, las Termópilas, Salamina… en ocho páginas, pero entonces quedaban como meros nombres que pasan ante los ojos del lector sin color ni personalidad, y al fin y al cabo, si me habían encargado esto, es porque me consideraban un buen narrador. Mi punto era que, para crear una historia, necesitas que el lector se encariñe con los personajes, se identifique con ellos. Y eso procuré: mezclar divulgación y profundidad. Pero, claro, los libros se fueron a un tamaño considerable, de más de 600 páginas…

¿Cómo atraer a los jóvenes a la historia?

Hay que hacerlo como lo hacía Heródoto: con un relato. Sus “Nueve libros de la Historia” son un continuo manantial de anécdotas, hechos apasionantes. Con él uno viaja a Egipto, Mesopotamia…

¿Qué otras fuentes consideras básicas para introducirse en la antigüedad?

Las “Vidas paralelas” de Plutarco, las “Historias” de Polibio, la “Historia de la guerra del Peloponeso” de Tucídides. También Platón es un autor con un estilo literario magistral. Aquí debo decir que la novela histórica es novela, o sea que los huecos que estos autores dejan el escritor los rellena, inventa. Cuando, por motivos narrativos, me es necesario cambiar la historia, no tengo muchas dudas en hacerlo. Eso sí, avisando al lector.

¿Cómo consigues combinar rigor histórico y agilidad narrativa?

Yo lo que intento es que los elementos informativos se conviertan en elementos narrativos también, aunque, si lo consigo o no, eso deben juzgarlo los lectores. Un ejemplo con el que quedé muy satisfecho está en “Salamina”: Antes de la batalla final, el lector tiene que saber qué es un trirreme: su forma, cómo funciona, las tácticas. Si doy esa información durante la batalla, interrumpo la acción. Entonces lo que hice fue armar una escena en la que Temístocles lleva de noche a su mujer Apolonia a ver un trirreme. La explicación de él acaba siendo algo muy personal y, de hecho, terminan haciéndolo entre los bancos de la embarcación, así que se funde la documentación con la parte emocional. A eso me refiero con imbricar elementos informativos en la narración.

Uno de los errores en los que puede caer el escritor de novela histórica es atribuir a personajes y sociedades del pasado percepciones y comportamientos de nuestro tiempo.

A veces no podemos evitar que nuestra mentalidad actual nos invada a nosotros y a nuestros personajes. En la antigua Grecia, un ejército podía tener al enemigo encima, pero, si los augurios del hígado de la cabra sacrificada no eran favorables, aguantaban sin luchar. O podían detener una retirada como hizo el ateniente Nicias en Sicilia por un eclipse de luna y aquello fue un desastre. Al escribir novela histórica debemos tener en cuenta estas mentalidades para evitar el anacronismo de meter nuestra forma de pensar en los personajes de antaño. Si visitáramos la antigua Atenas, nos parecería una sociedad muy lejana, distinta de la nuestra, con mucho más contacto físico, donde la expresión de las emociones era diferente…

Desde hace unos años se publica muchísima novela histórica en España. Hace no mucho esto era impensable: Otra brecha que habéis roto los autores de tu generación.

No creo que sea cosa de los autores, sino más bien de un cambio de percepción de editores y lectores. Aunque claro, los novelistas tendemos a ir hacia los temas que nos interesan. Y es verdad que antes había en España novela literaria, social, experimental… pero poca novela de género. Con el tiempo, ésta se ha ido desarrollando de manera muy rica y en todos los nichos: juvenil, romántica, erótica, negra, histórica, thrillers… Hay de todo. Campos que antes los editores dejaban en manos de autores extranjeros, ahora nos parece lo más natural que los llenen autores españoles.

De hecho se publica muchísimo. Uno se pregunta si se lee todo lo que aparece en los estantes de las librerías…

Ahora escribe más gente que antes, también en el caso de la novela histórica. Lo noto porque voy a jornadas, he sido jurado de concursos y ciertamente se percibe un gran auge, en el que caben novelas buenas, flojas y otras directamente horribles… Se cumple la ley de Sturgeon, según la cual el 90% de todo es basura. Luego, los índices de compra de libros se han hundido a la mitad, así que el que escribe tiene que hacerlo realmente por amor al arte.

Las asignaturas de humanidades se han visto reducidas en los últimos años: historia, literatura, latín… también la tuya: griego.

Eso se dice, pero no es del todo justo. Ahora hay muchas más asignaturas optativas que antes y las horas son limitadas, con lo que es complicado. Los chavales, entre clases y deberes, se meten unas jornadas de cuidado. Se puede aplicar el adagio latino “ars longa, vita brevis”: queremos abarcar mucho, pero es difícil. Yo soy profesor de griego, y a veces la gente me pregunta: ¿Todavía se enseña griego? Y es una asignatura que más o menos se mantiene. No creo que haya una campaña contra las humanidades, como tampoco creo en la separación tajante entre ciencias y letras. La biología o la geología, que enseñan el funcionamiento de nuestro planeta y de los seres que lo habitan, son tan importantes como la historia del arte. La genética o la teoría de la relatividad deberían formar parte del bagaje cultural de toda persona que se precie. Pero uno de los problemas de la educación es que todo el mundo opina. Y se dramatiza y exagera. Toma el caso de la polémica entre religión o educación para la ciudadanía, según se fuese de derechas o de izquierdas. Estábamos hablando de una hora lectiva a la semana. Este tipo de cosas no pueden ser el caballo de batalla en la educación.

¿La docencia es una vocación?

Hay quien tiene claro desde la infancia que quiere ser profesor. En mi caso no fue así. Pero dar clase es narrar, comunicar. Y si lo que enseñas te apasiona, y a mí me apasiona, a veces puedes transmitirlo. Cuando me estoy documentando para una novela, no puedo evitar compartirlo en clase, sea la Atlántida, los volcanes, la batalla de Salamina… Les enseño fotos a los alumnos… Entonces sí, la enseñanza es una vocación, pero a veces hablamos como si fuéramos la Madre Teresa de Calcuta, y tampoco es eso.

Debe de ser difícil interesar a los estudiantes en una lengua muerta…

Normalmente llegan sin saber muy bien de qué va el tema. Yo les explico que vamos a estudiar una lengua de cultura. Les enseño el alfabeto, y eso de poder escribir sus nombres o mensajes secretos con otras letras les atrae. O les digo que vamos a traducir textos de hace 2.500 años. Pruebo a ver si les entra el encanto por lo antiguo, lo exótico. Un compañero decía: En la enseñanza no quiero mesías, sino buenos profesionales. Gente que sepa el trabajo que hace, con quiénes se juega los cuartos, que son los adolescentes: chavales a los que tienes seis horas ahí sentados, con las hormonas revolucionadas y ahora encima con los móviles.

¿Es difícil captar la atención del lector en un mundo tan audiovisual y tecnológico?

Es complicado. Las tentaciones y distracciones son muchas. Las series se han convertido en la novelística de nuestra era. Así que para mantener al lector hay que utilizar todos los recursos: una narrativa intensa, que enganche, sin tiempos muertos ni digresiones inútiles… Todo esto sin renunciar a la calidad literaria ni olvidar que la lectura es una actividad interior, reflexiva.

¿Sigue la novela teniendo un espacio en nuestras vidas?

Eso espero, pero creo que la atención de la gente se nos va. El mayor enemigo no son las series, sino el whatsapp. No puedo hablar por los demás, pero yo al menos sigo leyendo mucho. Disfruto más de la lectura que de cualquier otra actividad. Recuerdo que, cuando mi hija nació, como la pobre lloraba mucho, me levantaba a las 6.30 sólo para leer antes de irme al instituto. Llegaba a tenerla a ella en una mano y el libro en la otra. En fin, espero que queden unos cuantos como yo, y que haya siempre escritores dispuestos a contar historias. Por mi parte, tengo claro que seguiré ofreciendo nuevos libros a los lectores.

 

4 julio 2016 at 8:04 am Deja un comentario

Martha Nussbaum, la mirada de una filósofa

La premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2012 analiza la felicidad a la luz de la tragedia y la filosofía griegas. El trabajo de toda una vida: «La fragilidad del bien»

martha_nussbaum

Martha Nussbaum, autora de «La fragilidad del bien» – Tomas Wüthrich

Fuente: MAITE LARRAURI  |  ABC
1 de julio de 2016

El título del libro de Martha Nussbaum -«La fragilidad del bien» (editado en español en 2001 y reeditado de nuevo en 2015)- ejerce una atracción inmediata, como si encontrara un eco en nuestro sentido común: en efecto, nos decimos, el bien es frágil. Pero sólo cuando nos adentramos en su contenido percibimos la importancia de afirmar tal cosa, porque la autora ha querido enmarcar en esta expresión la investigación de toda una vida (dice haber empezado en 1971) y porque es de valientes encontrar un modo unitario, original y explicativo de la casi totalidad de la cultura griega clásica.

En efecto, la tesis del libro es que el bien, que para los griegos es la «eudaimonia» y que nosotros traducimos por «felicidad», es tan frágil como una planta, está sometido a los peligros de la desgracia porque es vulnerable y depende de la salud, de los hijos, de los amigos, de la ciudadanía, del dinero, etcétera. En una palabra, la felicidad depende de la fortuna, todos estamos sometidos a ella. Y al desafío de enfrentarse a esta constatación dedicó la tragedia y la filosofía griega sus mejores energías. ¿Se puede hacer algo para que una buena persona no sufra por los avatares de la fortuna y no se vea transformada en su subjetividad ética? ¿Es posible hacer más invulnerable la felicidad del ser humano?

Un sacrificio necesario

La tragedia muestra el conflicto, lo expone en su verdad ante los espectadores. Ahí tenemos a Agamenón, un hombre que se ve abocado a tener que asesinar a su hija Ifigenia por el bien del ejército que conduce a la guerra de Troya. La fortuna ha querido colocarlo en esa difícil situación: si no realiza el sacrificio, se gana la enemistad de los dioses y las naves no tendrán los vientos favorables que necesitan. La desgracia de la vida de Agamenón se desencadena a partir de ese momento, y así matará a su hija, luchará en Troya, su mujer, Clitemnestra, lo asesinará a su retorno, su hijo Orestes se vengará de ese asesinato matando a su vez a su madre, las erinias se abatirán sobre Atenas. Semejante cascada de infortunios se derivan de un golpe de mala suerte.

Platón se opone a este destino y confía en poder dominar la fortuna mediante una transformación del ser humano. Propone una nueva vida basada en que la mente le dé la espalda a la materialidad del cuerpo y a sus necesidades: una vía ascética de autosuficiencia. Si consigues no depender de los demás (amores, fama), ni de los bienes materiales, ningún infortunio puede atentar contra tu felicidad.

Eros, pasión, acción

Ahora bien, Nussbaum nos enseña que esa determinación de Platón también estaba sometida a un golpe de fortuna, que influyó decisivamente en la orientación de su filosofía. En «El banquete», Platón proponía reconvertir la pasión amorosa en un camino que llevara desde el eros sexual hasta el eros intelectual (el auténtico «amor platónico» no es, como ha venido a creerse, un amor idealizado y no realizado, sino un amor dirigido hacia la verdad y el conocimiento). Pero en el «Fedro», escrito unos años más tarde, Platón se retractará y hablará del eros hacia una persona no sólo como pasión sino también como acción: eros son las alas que introducen en las vidas de los amantes algo bello y bueno. Nussbaum concluye que entre «El banquete» y «Fedro» le había sucedido algo a Platón, a saber, había concebido la posibilidad de una vida al lado de su discípulo Dión, gobernando ambos conjuntamente Siracusa. A la muerte de Dión escribió estos versos: «¡Oh Dión, me enloqueciste de amor!».

La tesis del libro es que el bien, que para los griegos es la «eudaimonia» y que nosotros traducimos por «felicidad», es tan frágil como una planta

Por el contrario, Aristóteles abandona el ideal platónico de la invulnerabilidad porque le parece un precio demasiado alto: pérdida de amigos, familiares, ciudadanía, que para él son los elementos imprescindibles de una vida feliz. No quiere alejarse del mundo tal y como es, quiere modificarlo en lo posible.

Nussbaum cita la maravillosa anécdota de Heráclito que el propio Aristóteles emplea para sostener que la verdad debe tener una medida humana. Cuando unos alumnos fueron a visitar a Heráclito en su casa, se detuvieron, embarazados, al ver que se encontraba en la cocina (un lugar que juzgaban quizá impropio para un sabio). Heráclito los animó a entrar: «¡Adelante! También aquí están los dioses!». O sea, que hay que pensar en medio de las cosas corrientes, sin alejarse de la experiencia.

Aristóteles no entra en contradicciones porque en ningún momento propone un modelo ideal de vida filosófica, más cercano a los dioses que a la gente común. Si esta segunda propuesta no le parece muy convincente a Nussbaum, creo que se debe a la expulsión de las mujeres del proyecto.

Enorme misoginia

Platón puede permitirse soñar con un mundo en el que las mujeres sean como los hombres (¡alto!, no es un pensador feminista, no quiere incluir a las mujeres en el mundo, quiere que se disuelvan en una uniformidad masculina). Pero Aristóteles, más fiel a la realidad y por tanto más fiel a la enorme misoginia de la cultura griega, considera que las mujeres no pueden ser sujetos éticos: dos de los lugares en los que se desarrolla la vida feliz -la amistad y la política- están por definición fuera del alcance de las mujeres.

«La fragilidad del bien» es un gran libro para los que desean conocer ciertos análisis minuciosos de algunas tragedias y algunos textos de la filosofía griega. Pero además Nussbaum ofrece algo muy valioso: el punto de vista de una mujer filósofa sobre la Historia de la filosofía. Las mujeres que nos dedicamos a esto podemos aprender que nunca hay que perder de vista dos cosas: que somos mujeres leyendo a filósofos (varones) y que los filósofos (varones) son humanos de carne y hueso, histórica y culturalmente determinados, aunque algunos hayan fantaseado sobre la posibilidad de una vida mutilada de todo lo corporal.

«La fragilidad del bien». Martha Nussbaum
Ensayo.Trad. de A. Ballesteros González. Antonio Machado Libros, 2015. 592 páginas. 28 euros

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1 julio 2016 at 7:54 pm Deja un comentario

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