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Nuccio Ordine: «La buena escuela la hacen los buenos profesores, no Internet ni las tabletas»

El autor de «Clásicos para la vida» y «La utilidad de lo inútil» llevará mañana a Ferrol su defensa de las humanidades

SANDRA ALONSO

Fuente: BEATRIZ ANTÓN – Ferrol  |  La Voz de Galicia
29 de mayo de 2018

«Lo que vivimos hoy en día no es una crisis económica, sino una crisis moral. Hoy reina la indiferencia hacia el sufrimiento del otro y el mensaje con el que se bombardea a los jóvenes es el egoísmo: estudia una carrera para trabajar y ganar dinero, piensa en tu interés, piensa en tu cuenta bancaria y no te preocupes de nada más. Es terrible». Nuccio Ordine (Diamante, Calabria, 1958) considera que la sociedad actual está enferma, pero advierte de que no todo está perdido. El autor de Clásicos para la vida y La utilidad de lo inútil (editado en España por Acantilado, en Galicia por Kalandraka y traducido ya a 22 idiomas en 32 países) defiende el estudio de las disciplinas humanísticas como antídoto contra la dictadura del utilitarismo y reivindica el papel de los profesores como «seres heréticos» capaces de combatir los «falsos valores» de la sociedad. Hablará de ello mañana en el campus de Ferrol (19.30 horas), invitado por la Cátedra Jorge Juan.

-¿Qué fue lo que le llevó a alzar la voz a favor de las humanidades?

-Estamos viviendo una crisis muy importante a causa del utilitarismo, que está destruyendo las cosas buenas de la sociedad, invadiéndolo todo, incluso la escuela y la universidad. La utilidad de lo inútil es un grito de alarma contra eso, una forma de protestar contra esa lógica utilitarista según la cual las cosas que no producen beneficio no son buenas, porque yo realmente pienso que la literatura, la filosofía, la música o el arte son muy importantes para hacer más humana la humanidad.

-Dice que el utilitarismo está invadiendo la escuela y la universidad, ¿de qué manera?

-La universidad tiene que ser un lugar para aprender la reflexión crítica, pero hoy en día no es eso. La universidad se ha convertido en un amplificador de los valores importantes de la sociedad, que son los valores económicos. A los alumnos se les transmite el mensaje de que tienen que estudiar para aprender una profesión y ganar dinero, no para ser personas más solidarias, justas y preocupadas por el bien común. Y en la propia universidad se empiezan a implantar sistemas de evaluación similares a los de las empresas. Pero ni la universidad ni la escuela pueden funcionar como una empresa. ¿Por qué? Porque en una empresa, si una rama no funciona, se corta, pero aplicar esta lógica al ámbito universitario tendría unas consecuencias terribles. Por ejemplo, si tenemos a un profesor enseñando griego y latín a tres alumnos, la universidad podría decir que eso es un lujo y eliminar esos estudios, pero al cabo de cien años, ya nadie sabría leer un texto en griego y latín. ¿Y qué implicaría eso? Pues un gran daño para la democracia, porque si cortamos la memoria, la historia, creamos una sociedad desmemoriada. Y una sociedad desmemoriada es una humanidad perdida, porque para comprender el presente y pensar el futuro tenemos que conocer el pasado.

-En Ferrol, la Xunta ha decidido eliminar el grado de Humanidades por su baja matrícula y la Universidade da Coruña dejará de ofertarlo en el curso 2019-2020. ¿Qué opinión le merece?

-¡Es una locura! Es lo mismo que intentaba explicar antes con el ejemplo del griego y del latín. Cerrar las titulaciones de Humanidades porque no producen beneficios económicos es un suicidio programado del futuro de la sociedad.

-En sus libros también se muestra crítico con la llamada digitalización de las aulas. ¿El libro electrónico y los ordenadores no mejoran la enseñanza?

-La tecnología no es mala, pero hay que saber cómo utilizarla. En el Reino Unido hace ya mucho tiempo que el Gobierno destinó mucho dinero para hacer una revolución digital en las aulas, pero, pasados treinta años, nadie puede asegurar que la enseñanza haya mejorado gracias a eso. Lo que sí se puede asegurar es que las multinacionales que vendieron esos equipos han ganado mucho dinero, porque la tecnología se queda obsoleta enseguida y hay que cambiarla cada cierto tiempo. La buena escuela la hacen los buenos profesores, no Internet, ni las tabletas, ni los ordenadores. Sin embargo, no se destina dinero suficiente a formar a los profesores ni tampoco a pagar su trabajo dignamente.

-¿Qué papel deben desempeñar los profesores hoy en día?

-A los jóvenes se les bombardea constantemente con la idea de pensar en el dinero y en su interés personal. Resulta terrible crecer con esa ideología, pero un buen profesor puede hacer un trabajo muy importante en el aula, porque el saber es una forma de resistencia al utilitarismo. El profesor tiene que ser un hereje que critique los falsos valores de la sociedad. Y aunque a veces me siento pesimista, también soy optimista, porque de verdad pienso que un buen profesor puede cambiar la vida de un estudiante. Por eso hay que defender la educación, la escuela y la universidad. Si las destruimos, no será posible imaginar un futuro de humanidad solidaria.

 

29 mayo 2018 at 1:23 pm Deja un comentario

Nuccio Ordine: “Si no te paras, no piensas”

Profesor de la Universidad de Calabria, en sus libros, superventas, reivindica a los clásicos como la mejor escuela para la vida actual

Fuente: LUZ SÁNCHEZ-MELLADO  |  EL PAÍS
7 de enero de 2018

Llega el profesor Ordine, bate a punto de nieve la diestra que se le ofrece, suelta el torrente de su discurso por esa boca y una escucha o escucha. No extraña que sus clases en la Universidad de Calabria se llenen de jóvenes atraídos por la apasionada invitación a la vida, la alegría y la cultura a través de la lectura de los clásicos de este humanista y filósofo experto en el Renacimiento. Su 1,90 a ojo, el traje y la corbata que se tendrían solos de tanto apresto y el tumbao que llevan los italianos al caminar también hacen su parte. Pero dejemos hablar al clásico vivo.

Hay chicos a quienes les piden leer La Celestina, ven un vídeo y aprueban. ¿Qué hacemos mal?

Los padres tienen una responsabilidad limitada. Ahí se ha equivocado la escuela y la universidad que formó a los profesores que piensan que pueden atraer el interés de los jóvenes por los clásicos con un vídeo o Internet. Y eso es una mentira enorme. Si el vídeo sustituye al clásico es la muerte. Tenemos muchas herramientas, pero solo leyendo a los clásicos te puedes enamorar de ellos y pueden servir para entender la vida.

Siempre te puedes enamorar del chico del pupitre de al lado.

Sí, pero hasta para eso sirven los clásicos. De chico, para seducir a mis novias, recitaba poemas de Montale, y me funcionaba.

El 40% de los españoles dice no leer jamás. ¿Qué se pierden?

La vida. En Italia pasa igual. Hay más gente que escribe que lectores, políticos que publican libros y no han leído ninguno y es terrible. Borges dijo estar más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Si eso no es una lección de vida…

Mi abuela era analfabeta, soy la primera licenciada de mi casa. ¿Mis abuelos se perdieron la vida?

No es eso, eran artesanos. Yo también soy el primero de la mía. Igual que hay maestros de y en los libros, los hay de y en la vida.

¿Qué cree que lee Trump?

Trump no ha leído nada, es un ignorante y se ve inmediatamente en sus discursos. Volvemos a Borges. En La muralla y los libros describe a un emperador chino que prende fuego a las bibliotecas y construye una muralla. Eso es lo que pasa en América.

¿Hay un clásico del siglo XXI?

Probablemente, pero para poder definirlo así necesitamos tiempo. Clásico es un texto que a lo largo de los siglos responde a las preguntas de los lectores. Cien años de soledad fue un clásico inmediato, la excepción a la norma.

Los jóvenes reciben mucha presión familiar y social para estudiar lo que demanda el mercado. ¿Cómo pueden rebelarse?

Elegir carrera basándose en el mercado es la muerte de la universidad. Si voy a la escuela ha de ser para convertirme en una persona mejor, no para aprender un oficio. También hay una razón práctica. Quien estudia por pasión, será un buen profesional y un tipo feliz y encontrará trabajo.

Pero hay que comer, témome.

No solo está el pan del cuerpo, sino el del espíritu. Y si no alimentamos el espíritu tendremos, tenemos, directivos que evaden, destruyen sus empresas y destruyen empleos. Eso es pensar solo en el propio pan. Y lleva a la barbarie.

¿Salud, amor y dinero, pues?

Salud y amor son muy importantes. El dinero también, claro, pero si tienes que renunciar a tus pasiones y perder tu dignidad es mejor ganar menos y de una forma digna. Ser profesor no está bien pagado. Si trabajara en una empresa, ganaría cinco o seis veces más. Pero prefiero una pasión que me rinda 2.000 euros al mes que un trabajo sin ella por 15.000.

Antes de los móviles inteligentes, me bebía tochos de 600 páginas y ahora se me hacen bola tres párrafos. ¿Qué me pasa, profe?

Si no te paras y te recoges, no reflexionas, no piensas, no puedes aprender. Tanto ruido, tanto estímulo, nos impide recogernos y pensar. Los chicos no se concentran y los adultos tampoco.

El verdadero lujo sería, entonces, poder pararse y pensar.

Y leer, y hacer lo que te gusta. Los chicos han de entender que hay cosas que se hacen por el placer de aprender y sirven para entender la vida. Facebook ha paralizado las relaciones. Uno es rico si tiene tres amigos, no 3.500.

HACIENDO AMIGOS

Ordine (Calabria, 1958) no es precisamente diplomático con los poderosos, a los que acusa de no invertir en educación deliberadamente. En La inutilidad de lo inútil y Clásicos para la vida, superventas mundiales, defiende a los clásicos como la más actual escuela de vida.

 

7 enero 2018 at 5:52 pm Deja un comentario

Nuccio Ordine: “La Ítaca de los alumnos universitarios de hoy se reduce a un título”

Fuente: Jorge Dávila > Santa Cruz de Tenerife  |  eldia.es
2 de noviembre de 2017

En las páginas de “La utilidad de lo inútil” (Acantilado) da un grito de alarma, una llamada a la lucha a través de la palabra. El profesor Nuccio Ordine (1958) afirma que tiene un español de andar por casa, pero sus reflexiones son claras y certeras: “La dictadura del utilitarismo está estropeando la idea de educación, de ciencia y las relaciones personales”, sostuvo el filólogo y escritor italiano antes de debatir con Manuel Rivas y Juan Cruz Ruiz en CajaCanarias sobre la utilidad de aquellos saberes cuyo primer objetivo no es producir unas ganancias inmediatas.

¿Cuál es mensaje de “La utilidad de lo inútil”?

Hay un pensamiento generalizado sobre la idea de que lo que un gobierno corta o recorta es algo que no es útil, pero lo cierto es que las cosas que se pierden están vinculadas con el arte, las bibliotecas, la cultura, la educación, las escuelas… Cuestiones que los políticos señalan como injustamente inútiles son muy útiles para hacer a la humanidad algo más humana.

¿Esta es una crisis del conocimiento, cultural o de la palabra?

Es una crisis del conocimiento y, sobre todo, de unos valores sociales y culturales que pueden exprimirse a través de la palabra. Las primeras palabras que aprende un universitario son crédito y deudas… El paradigma de la economía está invadiendo unos territorios que no debería tocar… En ese sentido, la universidad tendría que ser un espacio impenetrable. Si la idea de ganar dinero se apodera de las aulas, el concepto de empresa va a limitar los conocimientos, es decir, si no se obtienen unos beneficios inmediatos, se corta…

Eso significa que la inmediatez prevalece sobre el conocimiento a largo plazo, ¿no?

Hay idiomas como el griego, el latín o el sánscrito que podemos usar como ejemplo para explicar esa búsqueda casi obsesiva de la rentabilidad. Si un profesor únicamente tiene en su clase a dos estudiantes que quieren aprender sánscrito, la universidad se puede llegar a plantear que esa realidad no es productiva y eliminarla. Eso es un lujo que no todos están dispuestos a pagar. Ahora avancemos 100 años en el tiempo, cuando los últimos conocedores de esas lenguas ya no se encuentren en este mundo, ¿quién podrá descifrar un hallazgo arqueológico? Eso es una pérdida de memoria, y perder la memoria significa no comprender el pasado.

¿De su discurso se desprende la idea de que se puede pasar por la universidad sin llegar a adquirir unos conocimientos que ayuden a mejorar la humanidad?

El objetivo de la universidad hoy no es formar ciudadanos cultos, es crear profesionales. Los alumnos se matriculan para buscar un título que les garantice unos ingresos económicos. La mayoría de los jóvenes caen en la red de un sistema corrupto que al final se reduce a enmarcar un trozo de papel para colgarlo en una pared. Hay una hermosa poesía de un autor griego que se llama Cavafis que yo leo a mis alumnos al principio de cada curso. En ese poema nos advierte: “Cuidado, cuidado lector. No es Ítaca la cosa más importante. La experiencia más gratificante es el viaje que hay que completar para llegar a Ítaca: las experiencias que has compartido, los nuevos conocimientos que se adquieren en él, cómo se resolvieron las dificultades”. La Ítaca de los alumnos universitarios de hoy se reduce a un título.

¿Cómo se puede derrotar a ese materialismo?

En Italia hay gente que compra un título universitario. Ahora hay un escándalo bastante fuerte en el que está involucrado el hijo de un político que compró el suyo en Albania. Este señor era un ignorante antes de pagar por el título y lo seguirá siendo cuando lo exhiba en la pared de su casa o de un despacho. El título no da la sabiduría, pero ayuda a presumir de algo que no tienes.

¿Eso no implica que el saber individual siempre estará por encima de los intereses colectivos?

El saber requiere un esfuerzo que nadie puede hacer por ti, pero la suma de ese conocimiento termina generando una serie de réditos que son importantes para el colectivo. El ser humano es individual por naturaleza, pero necesitamos compartir esa información. No es nada fácil derrotar al egoísmo y, sin duda, eso requiere de un esfuerzo. La clave es saber identificar qué es lo que puedo hacer, hasta dónde estoy dispuesto a llegar, con el único fin de alcanzar mis objetivos.

Si vivimos en la sociedad de la comunicación y de los avances tecnológicos, ¿por qué cuesta tanto acceder a un conocimiento que no sea de usar y tirar?

Esa es la manera más sencilla de vivir con superficialidad las relaciones humanas. El otro día fui a almorzar al restaurante de la universidad y me senté al lado de dos jóvenes. Por cómo se comportaban, creo que eran algo más que amigos. Estuve mirándolos unos 40 minutos y no se dirigieron ni una sola palabra. Los dos no se separaron un instante de sus móviles. La gran perversión de la sociedad en la que vivimos es que una conversación virtual que se establece entre dos o más personas que están separadas por kilómetros tiene un valor superior al intercambio de información que pueda establecerse entre dos personas que quedan para comer. Si no van a hablar de nada interesante, ¿para qué se reúnen? Eso es un disparate, una simplificación de la idea de crear lazos invisibles o relaciones inertes.

¿Las redes sociales fomentan esa superficialidad de la que habla?

En una de mis clases hay tres o cuatro alumnos que levantan la mano cuando pregunto cuántos de los presentes no tienen un perfil en Facebook. Los otros 300 o 350 presumen de tener mil o mil quinientos amigos. Para qué te sirven mil amigos en el Facebook si llegas al final de tu vida sin tres de verdad. El concepto de amistad que domina a la sociedad actual se reduce a un clic de un ordenador o un móvil. La amistad es un valor que no se puede comprar, es un tesoro que requiere de unas ataduras que hay que consolidar durante mucho tiempo.

Usted es un gran defensor de la literatura que hace sentir y pensar. Si falta una de esas dos partes, ¿lo literario pierde valor?

La literatura, la música y el arte en general son campos del conocimiento que están obligados a crear esos lazos de los que hablamos con anterioridad. Un libro está muerto si no encuentra a un lector que se haga preguntas sobre lo que está leyendo. Eso es lo que da vida a un texto, a un cuadro, a una obra de teatro, a un concierto… Los saberes considerados injustos por la sociedad son muy útiles para avanzar en el conocimiento. La única cosa que es importante en los tiempos que vivimos es dar una respuesta a una pregunta que domina nuestra existencia: ¿Para qué sirve? Ese es el estrés con el que convive una humanidad que se paraliza cuando alguien se cuestiona para qué sirve una poesía o realizar una investigación científica. Todo lo que no genere un crédito instantáneo está en crisis o bajo sospecha. Hay una frase muy conmovedora de Einstein que leí en The New York Times que decía: “Solo una vida vivida por los demás merece la pena ser vivida”.

¿Usted es muy crítico con este modelo de Europa donde prima lo económico sobre lo racional?

Vivimos en una Europa que está dominada por los bancos, egoísta y racista que no se corresponde con una Europa de la cultura. Estamos amenazados por nacionalismos y regionalismos que limitan el pensamiento.

¿Cuál es su análisis sobre los aires independentistas que afloran en el viejo continente?

Un día trabajando en la Biblioteca de París di con una frase de Giordano Bruno que me marcó mi vida para siempre. “Para el verdadero filósofo todo terreno es patria”. La patria es eso. Es aquel lugar en el que te sientes con la libertad de mejorar tu vida. La identidad no se puede convertir en una cárcel, sino en una oportunidad para escuchar al otro. Bruno entendió ese pensamiento global: estaba orgulloso de sus raíces pero, a su vez, comprendió que había que avanzar hacia un espacio sin fronteras. Los problemas de identidad de la vieja Europa los crean políticos sin lazos culturales.

 

2 noviembre 2017 at 7:38 pm Deja un comentario

Vivir para leer: La revolución de la cultura. Entrevista a Nuccio Ordine

Cortesía del Grupo Penta

Fuente: Santiago Díaz Benavides  |  El Espectador
14 de octubre de 2017

Si todos tuviéramos profesores de literatura, verdaderos maestros de este arte que susurra, personas apasionadas y sumamente comprometidas como Nuccio Ordine, seguramente, seríamos mejores lectores y seres humanos, por encima del índice, de las estadísticas y los reportes.

A este profesor italiano, nacido en 1958, el amor por las letras le recorre todo el cuerpo y se le nota cuando habla. Todo él es literatura y, con su ejemplo, enseña a otros lo que el arte puede generar en una vida, la puede salvar, le puede brindar sentido.

Ha publicado varios libros de ensayo, pero solo tres han sido traducidos al español: El umbral de la sombra (2008), La utilidad de lo inútil (2013) y Clásicos para la vida (2017). Con motivo de la presentación de éste último título, publicado por la editorial catalana Acantilado, el autor experto en la literatura renacentista y amplio conocedor de la obra de Giordano Bruno, visitó Bogotá y pudo compartir con sus lectores y colegas lo importante de enseñar a otros el amor por las letras. Pero, la charla no habría sido posible sin la colaboración de Verónica Pachetti, traductora de Lingua Viva; a ella agradezco por servir de intérprete en esta charla fabulosa.

¿Qué es lo que nos diferencia de quienes vivieron la época del Renacimiento? ¿Para qué estudiar literatura? ¿No basta con disfrutarla?

Montaigne es un filósofo y literato al mismo tiempo; Galileo Galilei era un científico y un literato. Hoy en día, con esta tendencia a ultra-especializarnos, estamos separando los saberes y, al mismo tiempo, dentro de las mismas disciplinas hay una ultra-especialización. [En el renacimiento esto no ocurría]. Entonces, tenemos un ortopedista que es especialista en manos, un médico que es especialista en rodilla… Pero, ¿cuál es el riesgo que se corre? Nos perdemos el punto de vista general. El médico que conoce solamente el órgano sobre el cual está trabajando, que lo conoce muy bien, desconoce asimismo cómo funciona, en su complejidad, el cuerpo. Ese no es un buen médico.

Ahora bien, yo pienso que no hay diferencia entre estudiar y disfrutar. Cuando estudio, disfruto. Tu pregunta es interesante si quien la responde usa la literatura con otro fin, en un sentido utilitarista, pero si yo amo y estudio la literatura, lo primero que surge es ese placer, ese gusto por entender lo que está escrito. Las dos cosas no se pueden separar. Alguien que estudia la literatura, y no la ama, que no siente gusto, entonces no entiende nada de lo que está estudiando. [Estudio y disfrute] son inseparables, sumamente unidos.

En La utilidad de lo inútil, se realiza una revisión rigurosa acerca de los vacíos que la literatura como arte no ha podido cubrir. ¿Cuál es la intención con este libro?

Este libro lo escribí, sobretodo, para mis estudiantes. Lo hice con el fin de que pudieran entender que uno no estudia para obtener un título; no se va al colegio para graduarse. Se estudia con el objetivo de ser mejor, de ser mujeres y hombres libres capaces de pensar con su propia cabeza. Sin embargo, las escuelas y universidades no están hechas para transmitir estos valores que yo defiendo. Hoy en día, están pensados estos sitios como si fueran empresas. ¿Qué hace una empresa? Tiene que vender. ¿Qué venden las escuelas y universidades? Diplomas. ¿Quién compra los diplomas? Los estudiantes, quienes se vuelven clientes. Es un sistema que está totalmente equivocado. La historia de la universidad nos ha demostrado que lo que allí ocurre no se puede manejar como al interior de una empresa. Pensemos: Cuando en una empresa no funciona un departamento, ¿qué se hace? Se corta. En cambio, en la universidad se debe defender, ante todo, el bien aquello que “no produce”. Hago un ejemplo, lo que está sucediendo en Europa y el mundo antiguo con las lenguas clásicas. Ya no se estudia griego, o latín, o sanscrito. ¿Por qué? Si yo, un profesor que estudia las lenguas antiguas, tengo un curso con dos estudiantes a quienes les interesa el sanscrito, para la junta directiva de la universidad no será rentable. No se pueden dar ese lujo de tener un profesor para dos estudiantes, entonces, se cortan esas materias: el latín, el griego, la filología, la arqueología, la paleografía, todos esos estudios que son importantísimos para mantener vivo el contacto con el pasado. ¿Qué va a suceder dentro de 100 años cuando ya estén muertos los últimos conocedores del griego, del latín, del sanscrito, y estemos ante un descubrimiento arqueológico? Ya nadie va a poder leer un epígrafe. Pero, ¿qué significa todo esto? Es una cosa gravísima para el futuro de la humanidad, de la democracia. ¿Por qué? Si yo corto el vínculo con el pasado, no podré entender el presente, y no podré prever el futuro. Es por esto que yo creo que la cultura puede ser una forma de resistir ante ese utilitarismo, ante la dictadura del dinero. Lo digo por tres motivos. El primero: Con el dinero se puede comprar de todo, pero hay una cosa que no se puede comprar, y es el conocimiento, el saber. Se trata de un esfuerzo individual que nadie puede ejercer en lugar de otro. Si yo te pago y no me esfuerzo, tú no puedes enseñarme nada, porque el saber no es un don, es fruto de una conquista con mucho trabajo. El segundo: La lógica del mercado se puede destruir a través de la cultura. ¿Cómo es ésta lógica? En cada intercambio hay alguien que gana y alguien que pierde. Un ejemplo… Si yo compro un esfero, estoy perdiendo mi dinero a cambio de ese esfero. El comerciante que me ha vendido el esfero, toma mi dinero y pierde el objeto. Este es un ejemplo típico de cualquier intercambio comercial. Siempre hay una perdida y una ganancia. Todos los días, en este mundo, hay un milagro que se compra; en una pequeña escuela colombiana, o en el desierto del Sahara, o en el Amazonas, o en una ciudad como Nueva York… Un profesor entra a un salón de clase y enseña el teorema de Pitágoras; él no lo pierde, y los estudiantes lo aprenden. Esto significa que la cultura no empobrece nunca. El tercero: Esto viene de un gran escritor irlandés, ganador él del Premio Nobel, George Bernard Shaw. Él dice una cosa que yo aplico en esta conversación, teniendo en cuenta el caso colombiano. Imaginemos a dos jóvenes de una universidad de Bogotá que van a una librería. Cada uno trae de su casa una manzana. Entre ellos se intercambian las manzanas y, en la noche, vuelven a sus casas, cada uno con una manzana. Cambiemos los escenarios… Dos jóvenes que salen de sus casas, cada uno con una idea, llegan a una librería y se intercambian las ideas. Por la noche llegan a su casa. Ahora, cada uno tiene dos ideas. Esa es la revolución de la cultura: Ésta no empobrece, siempre enriquece a todos sus protagonistas.

En dicho texto hay una referencia directa a David Foster Wallace. ¿Qué opinión merece este autor en el mundillo cultural italiano?

David Foster Wallace es muy amado por los jóvenes. Claramente, es un autor que te permite reflexionar, debido a su trágico final. En la anécdota de los peces (This is Water) yo lo leí, y lo disfruté. Se lo he leído a mis estudiantes jóvenes. He visto su rostro en el momento en que yo leía esas líneas. Era pura alegría. Esa es la fuerza de la literatura: decir con una palabra lo más simple del mundo y convertirlo en imagen, hacernos ver lo invisible y entender lo que nunca entendemos. Foster Wallace, con su escritura paradójica y aparentemente oscura, tiene esta fuerza de dar a conocer. Los jóvenes lo aman mucho en Italia.

¿Cómo es recibido el legado de Gabriel García Márquez por parte de los lectores italianos?

Yo soy un lector enamorado de Gabriel García Márquez. Mi generación ha estado muy involucrada en la vida política, y Cien años de soledad fue un libro muy importante en esos días. En este texto (La utilidad de lo inútil) tomo muchas cosas de la novela, como por ejemplo, aquel pasaje en que el Coronel Aureliano Buendía está fabricando los pescaditos de oro, solamente por el placer del trabajo. Y Úrsula pregunta “¿para qué lo hace?”. Lo que dice el Coronel es que no es la ganancia lo que le interesa, sino el trabajo. Esto me ha servido enormemente para hacerle entender a los jóvenes la importancia del trabajo como tal. Lo más bello de la literatura de Gabriel García Márquez es que logra construir un mundo con la valentía de decir lo que los libros de historia de América Latina no lograron. Esto no es solo de García Márquez, sino de toda la literatura latinoamericana, de aquella generación del boom. Existe este ejemplo bellísimo de la llegada de las compañías bananeras a Macondo, que fue literalmente borrada de la historia; esta masacre solo vive en los cuentos de los Buendía. Significa, entonces, que la literatura, a menudo, puede contar aquello que los historiadores no tuvieron la valentía de contar. Yo conocí Colombia a través de las obras de García Márquez. Visité Cartagena por primera vez hace dos años. Y cuando la vi, sentí que ya había estado ahí. En El amor en los tiempos del cólera, Florentino Ariza estaba siguiendo a su enamorada por el Paseo del Dulce. ¡Yo caminé por allí! Ahí entendí que la literatura te permite visitar otros lugares que no has visto nunca… Hay un poema bellísimo de Baudelaire que dice: “El mundo se conoce mejor a través de los libros, de las letras, que cuando uno está físicamente en el lugar”. Un turista, ignorante él, puede ir a Cartagena y nunca entender nada de esa ciudad. Pero uno que ha leído a García Márquez, puede entender la esencia de Cartagena. Esa es la fuerza de la literatura.

¿Es Clásicos para la vida un homenaje a los libros que nos han formado? ¿Cuál es la razón por la que leemos, una y otra vez, libros publicados hace ya tanto tiempo?

Sí. Es un libro escrito para defender a los clásicos. Puede verse que cité varios versos de Borges. Él dice: “Yo no estoy orgulloso de lo que he escrito, pero sí lo estoy de las cosas que he leído”. Es bellísimo eso. En un momento como el que estamos viviendo, en el que muchos jóvenes ya no leen a los clásicos, sino que leen resúmenes, o manuales, o estudios críticos, [es necesario defenderlos]. Por eso, este libro es una manera de dar a entender que los clásicos no se estudian para superar un examen; los clásicos nos ayudan a entender el mundo que nos rodea… Hice cincuenta ejemplos de pequeños pasajes que hablan de nuestra vida. Estudiar un clásico solo para tener un título es una estupidez. No sirve para nada. Es importante, entonces, encontrar buenos profesores que puedan dar a entender a los estudiantes que la literatura te ayuda a vivir, no porque sigas cierta profesión, sino porque te brinda los elementos para poder entenderte a ti mismo y al mundo que te rodea.

Un libro clásico es aquel que es capaz de responder a las preguntas que se generan los lectores a través de los siglos. Cada lector, cada siglo, se hace preguntas, y los clásicos las responden. Los clásicos siempre nos hablarán del presente… Hoy, en Europa, hay un “odio” por lo extranjero. Los inmigrantes que llegan a Europa son considerados como enemigos. Si uno leyera a Homero, lo extranjero, el visitante que llega de lejos a una ciudad es un enviado de los dioses; se trata de una persona que uno tiene que respetar. Toda la literatura nos muestra que la relación con el otro es una cosa fundamental para nuestra vida. Si uno no tiene a ese otro, uno no logra entender el sentido de su propia vida… Hay un pasaje bellísimo de un poeta inglés, John Donne se llama él, y dice: “Los hombres no son islas; los hombres son un continente unido. Cuando un hombre muere, muere una parte de mí”. Es por esto que cuando suena la campana de la Iglesia, no hay que preguntarse por quién está sonando, porque la campana está sonando por ti. Ese muerto que anuncian los campanazos es una parte de ti que se está yendo. La novela de Hemingway (Por quién doblan las campanas), deriva, precisamente, de este pasaje de John Donne… Al leer la literatura, al escuchar la música, al apreciar el arte, podemos entender algo que es bellísimo y que el gran Albert Einstein describió en una fórmula: Solo una vida que es vivida para los demás, es una vida que merece ser vivida.

Flaubert decía “Leer para vivir”. Yo siempre lo recuerdo. ¿Hacemos caso a esa consigna?

Sí… Pero, yo diría “Vivir para leer”. Son dos cosas que van de la mano. Si la literatura sirviera solo como disciplina para lograr un título, sería mejor cerrar las universidades. El peligro, hoy en día, es que los saberes se utilizan solo como instrumentos técnicos, y se permite que se pierda el valor civil de la literatura. Gabriel García Márquez nos hace entender que la literatura es un instrumento para mejorarnos; un instrumento que nos permite entender el presente.

 

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15 octubre 2017 at 1:28 pm Deja un comentario

Esa extraña piedad de los muy ricos

El historiador irlandés Peter Brown analiza con claridad y rigor el papel que la riqueza tuvo en la caída de Roma y en la gestación de lo que hoy llamamos Occidente

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Detalle del fresco ‘La leyenda de Constantino y San Silvestre.

Fuente: ENRIQUE LYNCH  |  EL PAÍS
16 de enero de 2017

Agustín de Hipona afirmaba que el pasado y el futuro eran en el fondo inaccesibles y que lo tangible es ese presente insoslayable desde el cual nos referimos a ellos. La historia, pues, tiene algo de irreal, pues de lo único que podemos hablar con cierta confianza racional es de la época en que nos toca vivir. Todo lo demás —lo que alguna vez sucedió y lo que algunos aseguran que ocurrirá— solo puede ser mera conjetura. Quizá por eso, casi todos los grandes historiadores —y Peter Brown está, sin duda, entre ellos— no se limitan a reconstruir lo “que efectivamente pasó”, como reclamaban Ranke, Mommsen y los positivistas que tanto influyeron en la historiografía marxista, sino que son sagaces narradores de un género híbrido donde se traman corazonadas y finas especulaciones inspiradas en unos pocos recursos de la memoria histórica. Los grandes historiadores hurgan en documenta et monumenta, es decir, en los viejos textos y en los vestigios arqueológicos, pero nunca renuncian a interpretar los hechos.

Por el ojo de una aguja es un ejemplo cabal de esa historiografía que recrea con todo detalle el pasado sin renunciar a interpretarlo. La vocación de desentrañar la verdad histórica jamás abandona la voluntad de generar un sentido. En las más de mil páginas que forman esta obra capital, Brown acumula y procesa un inmenso caudal de datos y referencias críticas, eruditas y arqueológicas sobre los primeros siglos del Occidente cristiano. Arranca desde la conversión de Constantino y desemboca en las primeras décadas del siglo V que dan comienzo a la llamada Edad Media. El libro, pues, recorre el fascinante proceso de cristianización del Imperio Romano, cuando se gestó lo que llamamos “Occidente”, con especial referencia a los años 370 a 430, que Brown compara con una insólita belle époque de la antigüedad.

Peter Brown es el característico historiador anglosajón, somero y riguroso, pero su modelo historiográfico es afín a la imaginación desbordante de la escuela francesa de los Annales y a la antropología cultural del mundo antiguo que fundara Louis Gernet, donde la historia de la religión y la cultura son examinadas siempre en estrecha relación con la historia social, con el lenguaje y el arte, lo que es imprescindible cuando se aborda un periodo de transición tan complejo como este.

Su investigación se orienta por una anomalía. En la obra de Paul Veyne —­otro gran especialista en el Imperio Romano tardío— también se ponía especial atención en algunas anomalías del desaparecido mundo antiguo. Por ejemplo, en El pan y el circo, Veyne abordaba la extraña afición de los romanos por los combates de gladiadores y el culto a la divinidad del emperador. Una misma curiosidad por lo anómalo lleva a Brown a seguir la pista de las donaciones cristianas, realizadas durante una época en que, contrariamente al mito de la decadencia, el Imperio Romano de Occidente se caracterizaba por su opulencia. En suma, estudia por qué un buen día los ricos decidieron desprenderse de sus bienes y dieron lugar a la acumulación originaria que todavía cimenta el inmenso poder económico y espiritual de la Iglesia. Estudia por qué —al contrario de lo que manda la parábola crística— esos ricos acabaron por entrar en las iglesias guiados por el “amor por los pobres” que predicaban los Padres de la Iglesia: Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Paulino de Nola. Las asombrosas y cuantiosas donaciones cristianas podría pensarse que son una variante del evergetismo pagano, pero Brown observa en ellas una importante diferencia: el gesto del evergeta servía para su gloria mundana; en cambio, la renunciación cristiana perseguía consumar una gigantesca transferencia de riqueza, del mundo al cielo.

No es la primera vez que Brown revoluciona nuestro conocimiento del Imperio Romano tardío. Su biografía de Agustín de Hipona conseguía reconstruir el perfil de ese intelectual formidable que fue Agustín sin incurrir en hagiografía; y en El cuerpo y la sociedad, dedicada a estudiar las costumbres de las élites tardorromanas, buscaba desentrañar el misterio que rodea el dogma del celibato eclesiástico. ¡Qué cosa más extraña que durante siglos los hombres y mujeres más civilizados de la sociedad antigua renunciaran a la riqueza y a la sexualidad!

A veces se derivan conclusiones sorprendentes de su trabajo. La renuncia sexual implica que el ascetismo cristiano originario estaba ya prefigurado en la ataraxia de los estoicos, que ganó las costumbres civilizadas de las clases altas romanas hacia el siglo II, pero también implica reconocer que la abstinencia que predica el Opus Dei es, por decirlo así, más auténticamente cristiana que la secuela del Concilio Vaticano II y la rebelión contra el celibato por parte de la Reforma protestante. Entre muchas otras observaciones sugestivas, Brown muestra en este libro extraordinario que la enormemente influyente noción de la humanitas, entendida como el trato que una persona dedica a otra en razón de una naturaleza humana compartida, es una herencia cristiana y que esa noción y la desaparecida idea de la verecundia —la consciencia de ocupar un lugar propio y de responder moralmente por él— justifican que la donación antigua, más que una limosna, deba ser comprendida como una acción mística que aseguraba al donante un lugar junto a Dios padre. Y más aún: para nosotros, que estamos desengañados del misticismo, es una prueba tangible de que un sistema económico basado en una aplastante presión fiscal puede seguir generando riqueza.

Por el ojo de una aguja. Peter Brown. Traducción de Agustina Luengo. Acantilado, 2016. 1.223 páginas. 48 euros

 

16 enero 2017 at 2:47 pm Deja un comentario

Espido Freire publica una historia “de romanos” para los más jóvenes

espido_freire

Fuente: EFE > Mérida  |  eldiario.es
1 de diciembre de 2016

“El chico de la flecha”, segunda novela juvenil de Espido Freire (Bilbao, 1974), pretende ser una excusa para acercar la historia clásica a los niños contemporáneos a través de las vicisitudes de Marco, un niño de 12 años en la Emérita Augusta del siglo I después de Cristo.

el_chico_de_la_flechaEl libro, que se presenta esta noche en el Museo Nacional de Arte Romano, cuenta la historia de un niño, que puede ser la de cualquier otro de su edad, pero en una época marcada por situaciones como la existencia de hombres libres y esclavos, según ha explicado a Efe la escritora, que señala que quiere dirigir a sus jóvenes lectores hacia la importancia de tomar buenas decisiones.

“Yo no intento darle sesgo al libro, sino decirle a los que lo lean qué le ocurre al protagonista en función de decisiones que toma, que nada es blanco o negro, que todo tiene matices y que él con doce o trece años ya pueda entender esto y dar una opinión”, ha señalado.

Asegura que en ningún momento pretende dar “moralejas”, porque las odia con toda su alma desde que era niña, ya que pensaba que le tomaban “por tonta” cuando se las daban, algo que le sigue ocurriendo de adulta, aunque “ahora ya no son moralejas, sino consignas”.

Espido Freire pretende con este libro ayudar a enseñar a los jóvenes a ser responsables de sus decisiones “y que estas no partan únicamente de un impulso, sino de cierta reflexión y que es importante un respeto hacia los demás”.

Como ejemplo, relata que el protagonista, que a primera vista ha tenido mala suerte en la vida, ya que perdió a sus padres y vive con unos tutores y una hermana pequeña “que es un incordio”, tiene como mejor amigo “a su esclavo, que le pertenece”.

A su juicio, este hecho hace ver la realidad de una manera distinta: entre la libertad y la privación de ella y entre el que tendrá poder y el que no, además de que esa hermana que tanto le incordia tampoco tendrá ningún tipo de derechos en esa sociedad, por lo qué él, que es un privilegiado, tiene que empezar a entender que supone eso.

Espido Freire confiesa que la historia nace de su obsesión por la historia, en particular de la época entre el siglo I antes de Cristo y el I después de Cristo, y a que siempre le ha gustado mucho contar historias desde niña a sus amigas.

Fue precisamente un fin de semana en Mérida con una de estas amigas de la infancia, cuando esta le preguntó “por qué no escribía una historia de romanos para chavales”, le pareció una buena idea y aunque ha tardado “aquí esta “‘El chico de la flecha'”.

En cuanto a paralelismos con la actualidad, para Espido Freire, aunque han pasado más de dos mil años “se siguen cometiendo los mismos errores a las mismas edades”, y la evolución de los niños es muy similar, ya que la que ha sufrido más cambios es la de las chicas.

 

15 diciembre 2016 at 10:15 pm Deja un comentario

“Los clásicos nos enseñaron a hacernos preguntas”. Entrevista a Paul Vayne

Paul Vayne es traductor de Virgilio, autor de numerosos ensayos, este estudioso reflexiona a los 86 años sobre su vida dedicada a los clásicos y la vigencia de sus textos

Fuente: GUILLERMO ALTARES  |  EL PAÍS
21 de octubre de 2016

/ HULTON ARCHIVE (GETTY IMAGES)

/ HULTON ARCHIVE (GETTY IMAGES)

Indignado por la destrucción de templos y tumbas de Palmira por parte de las huestes yihadistas del Ejército Islámico, espeluznado por el asesinato del arqueólogo Jaled Asaad en el verano de 2015 en el teatro de la ciudad romana, el veterano historiador Paul Veyne (Aix-en-Provence, 1930) decidió escribir un libro sobre una urbe que en la Antigüedad unió Occidente y Oriente como ninguna otra del imperio. En realidad, era una adaptación de un capítulo de una de sus obras más conocidas, El Imperio greco-latino, pero liberado de todo el aparato crítico y aligerado para dirigirse a un público más general. En unos pocos meses, Palmira (que ahora sale en España en Crítica en traducción de Carme Castells) vendió 150.000 ejemplares, una cifra inédita para un libro de historia clásica, incluso para un autor tan respetado y conocido como Veyne.

Profesor del Collège de France donde fue compañero e íntimo amigo de Michel Foucault, autor del capítulo dedicado a Roma de la Historia de la vida privada con la que George Duby revolucionó la forma de mirar al pasado, traductor de la Eneida, Veyne ha publicado a lo largo de su dilatada carrera numerosos ensayos, como ¿Creían los griegos en sus dioses? o El sueño de Constantino. Cuándo el mundo se hizo cristiano. El año pasado, sus memorias, Et dans l’éternité je ne m’ennuierai pas (y en la eternidad no me aburriré), un recorrido por el siglo XX desde sus recuerdos de la II Guerra Mundial hasta su jubilación o su amistad con Foucault y René Char, dieron mucho que hablar y ganaron el premio Femina de ensayo, uno de los más prestigiosos de Francia. Ahora vive retirado, en una casa situada en las afueras del pueblo de Bédoin, en su Provenza natal, pero el peso de sus 86 años no ha disminuido su energía. Acaba de publicar en Gallimard un ensayo sobre la Villa de los Misterios de Pompeya y sigue tratando de mantener viva la idea que ha impulsado toda su vida profesional: lo que los clásicos nos aportan como sociedad y la forma de mantener viva su herencia.

Pregunta. Emmanuel Carrère le cita varias veces en su libro sobre San Pablo, El reino, y siempre con enorme respeto. Dice que usted explica que el gran invento del cristiano es el centralismo religioso, que en la Antigüedad los templos eran pequeñas iglesias privadas. ¿Fue eso lo que hizo tan potente al cristianismo?

Respuesta. Es la única religión del mundo, que yo sepa, que está organizada como un Ejército. Tiene un general, el Pontífice, los obispos, los arzobispos, los sacerdotes. Es una religión en la que se obedece. El islam suní no es así, todo el mundo es soldado. No hay jefes. Por eso, el cristianismo dio un marco muy claro a la población. Desgraciadamente tengo 86 años, pero me hubiera gustado escribir un libro, que habría sido el último, sobre por qué esta religión se organizó como un Ejército y que el principio de autoridad fuera tan fuerte. No lo sé, y que yo sepa nadie se ha planteado la pregunta, pero creo que es una cuestión muy importante.

P. Una frase suya que cita también Carrère es: “El oficio de historiador consiste en darle a la sociedad en la que vive el sentimiento de la relatividad de sus valores”. ¿Podría explicarla?

R. Si se describe correctamente el pasado, si se analiza bien, siempre se demuestra que la gente, incluso en las conductas más banales, expresaba ideas, reglas, principios, que no son los actuales.

P. Pese a ese relativismo, ¿hay alguna lección que podamos tomar del mundo clásico?

“La intolerancia y el totalitarismo vienen del cristianismo. Eso no existía en la Antigüedad”

R. Roma y Grecia eran civilizaciones perfectamente refinadas y civilizadas, pero que no tienen nada que ver con nosotros. Bueno, tal vez sí hay una cosa: la costumbre que tienen los griegos y los romanos, que es la misma civilización porque los romanos se convirtieron en griegos, de plantearse preguntas, de reflexionar sobre sí mismos. Ahora mismo nos estamos haciendo preguntas sobre nosotros mismos. Eso prepara al nivel individual la relatividad de la que hablábamos. Nos preguntamos lo que somos, lo que debemos hacer. El mundo no es evidente, preguntarse sobre nosotros y no dar nada por sentado: eso lo hemos aprendido de los clásicos. Incluso los cristianos se preguntaban sobre sí mismos. Eso viene de la Antigüedad, del mundo grecorromano. Séneca se pasa la vida preguntándose lo que hay que ser, lo que hay que hacer.

P. Escribió el libro sobre Palmira por la indignación que le causó la destrucción de varios monumentos. ¿Cree que los destruyeron por todo lo que significan para nosotros?

R. Tenían dos objetivos: el primero, destruir los templos de los viejos dioses y, al mismo tiempo, también era una forma de mostrarnos que desprecian la gran religión que nos caracteriza desde hace un siglo: el culto de los monumentos históricos.

P. ¿Era Palmira especial en el Imperio Romano?

R. Era un puerto en el desierto como Venecia era un puerto en el Mediterráneo. Era el lazo entre Oriente, de un lado, y el inmenso Imperio Romano, del otro, para las caravanas que viajaban desde China por tierra. Traían muchos productos pero sobre todo seda: todo noble romano, incluso si se trataba de un hombre, se vestía de seda. Un puñado de seda costaba tanto como un puñado de oro. Y otra cosa que no encontramos más que en Oriente: el incienso para todos los templos paganos del imperio.

P. Hace poco encontraron dos esqueletos enterrados en el Londres romano que han sido identificados como chinos. ¿Es posible que hubiesen pasado por Palmira?

R. Existe un relato de un embajador chino en Palmira que quería descubrir por qué la seda era tan valorada en el Imperio Romano, más que en Persia. Y, por otro lado, los romanos conocieron la existencia de la Gran Muralla. La seda hasta el siglo III era algo extraordinario que venía de regiones misteriosas y lejanas.

P. Otra cosa que explica es que el mundo romano estaba formado por ciudades.

R. La clase alta posee la tierra. Vive de los beneficios de la agricultura, de sus granjeros. También existe una clase media, por ejemplo los padres del poeta Virgilio. Son ricos propietarios y también algunos mercaderes. Todos ellos viven en la ciudad de lo que les proporciona la tierra. En las ciudades, habitan los ricos, su enorme servicio y los comerciantes que les proporcionan todo lo que necesitan. Esa oligarquía es la que ostenta el poder político, reunida en una especie de Senado, que mandan y dirigen. Palmira funciona así salvo que los ricos, en vez de explotar la tierra, tienen caravanas.

P. En Palmira escribe: “Nuestra época habla mucho de imperialismo cultural y de la identidad, pero olvidamos que la modernización por adopción de costumbres extranjeras juega un papel en la historia más importante que el nacionalismo”. ¿Qué explica eso de nuestro presente?

R. La civilización que llamamos romana es griega, adoptaron todo de los griegos, incluido el ritmo de la poesía. La poesía romana abandonó los viejos ritmos itálicos y adoptó los ritmos de la gran poesía de la época griega.

P. En su libro El sueño de Constantino. Cuándo el mundo se convirtió en romano, insinúa que tal vez hubiese podido ser de otra forma, que el mundo podría no haber sido cristiano. ¿Cuándo?

R. Tal vez si Juliano el apóstata hubiese tenido un sucesor pagano las cosas habrían sido diferentes. Lo que ocurrió es que Constantino se convirtió personalmente, no obligó a la población a ser cristiana, sino que fue pagana hasta mucho más adelante. Pero dio a la Iglesia sumas enormes, dilapidó el tesoro imperial y concedió sumas gigantescas a la curia. Se construyeron por todas partes edificios, y las poblaciones rurales comenzaron a entender quiénes eran los nuevos amos. En Túnez, en la época de san Agustín, les ven ocupar un palacio episcopal. Sabían que la autoridad estaba ahí. Ocuparon el terreno materialmente.

P. ¿Por qué en la Antigüedad no se producen guerras de religión?

R. Porque se pueden elegir los dioses sin problemas. No hay disputas. Cuando se descubre que un pueblo lejano tiene un dios peculiar, se estudia y, al igual que se trajeron plantas útiles como la patata de América, se importa esa divinidad. La intolerancia, el totalitarismo vienen del cristianismo. Eso no existe en la Antigüedad. Se construyen templos a los dioses que les gustan sin importar de dónde vengan. En el año 200 antes de Jesucristo, los romanos están siendo derrotados por Aníbal y un senador dice que ha viajado a Oriente y ha encontrado una diosa que les puede ayudar, Cibeles. Propuso traerla. Fueron a buscar una estatua y sacerdotes y la introdujeron de forma solemne en Roma sin ningún problema.

P. ¿Qué es lo que más le choca de la civilización romana?

R. Creo que los gladiadores. Puedo llegar a comprender la violencia, pero ¿cómo se puede asistir a eso? Ser gladiador se consideraba un deporte noble y era voluntario, para intentar garantizar un buen espectáculo. La damnatio ad bestias, las condenas a muerte, eran otra cosa. Por la mañana se podían ver carreras, gladiadores y, luego, lo que llamaban espectáculos de mediodía. Se evacuaba el anfiteatro y comenzaban los suplicios más horrendos que se pueda imaginar para condenar a los criminales. Ahí se quedaba mucha menos gente, un público que no era totalmente normal. Séneca, por ejemplo, admiraba a los gladiadores, pero no los suplicios. La inventiva en la atrocidad era extraordinaria, pero el propio Séneca decía que sólo asistían los tarados. Entonces también había gente que no podía soportar la violencia.

P. ¿Por qué Roma conquistó el mundo?

R. Por el mismo motivo que los nazis: por el fenómeno de la colaboración. Los nobles galos, que poseen muchas tierras, ven que los romanos les adoptan y dejan en el mismo lugar a las clases que tienen bienes. Una ciudad conquistada sigue siendo gobernada por la oligarquía gala. Y si la gente se rebelaba, vendrán los romanos y arrasarán con todo.

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Paul Veyne, en febrero pasado. / JOEL SAGET (AFP)

G.A

Fundado por Francisco I en el Renacimiento, el Collège de France (Colegio de Francia) es una institución única. Depende del presidente de la República, aunque sus 50 miembros se eligen entre ellos. Una vez que son seleccionados, deberán pasarse el resto de su carrera investigando y publicando, con la única obligación de dar una serie de conferencias al año. La entrada es totalmente libre. En su novela recién editada, La séptima función del lenguaje, que transcurre entre profesores del Collège y que gira en torno a la muerte de Roland Barthes, Laurent Binet describe las conferencias de Michel Foucault a las que asistía tanta gente que ocupaban dos aulas: una con gente sentada en todos lados y otra en la que se transmitía por radio. Una medievalista que estudió en París recordaba también las conferencias de George Duby en las que se congregaba toda la alta burguesía parisiense sin dejar casi sitio para los alumnos.

Veyne fue durante dos décadas profesor en esta misma institución, sobre la que cuenta jugosas anécdotas en sus memorias, como cuando la gran helenista Jacqueline de Romilly protestó tras la elección de Barthes asegurando: “¿Quién será el siguiente, Eddy Merckx?”, un ciclista entonces muy famoso. Sin embargo, esa larga experiencia de investigación y divulgación le ha llevado a reflexionar sobre la forma de que los clásicos griegos y latinos sigan vivos en la sociedad y a proponer algunas ideas que pueden parecer extrañas para un latinista como sacar el latín del bachillerato.

P. ¿Por qué a pesar de haber dedicado al latín toda su vida considera que es mejor que los alumnos estudien inglés en vez de latín o griego?

R. Nos obstinamos en enseñar el latín a los niños. Cuando terminan son incapaces de articular una frase y, entre nosotros, la profesora tampoco. Lo que tendríamos que hacer es darles dos horas a la semana, o tres, durante las que les explicaríamos el mundo clásico y les haríamos leer a autores como Virgilio en traducciones. Eso les mostraría un mundo totalmente diferente del nuestro, una literatura a la que no están acostumbrados. Les enseñaríamos no tanto el latín como la civilización grecorromana.

P. ¿Pero no correríamos el riesgo de que al final nadie sepa traducir el latín?

R. Mi segundo proyecto era crear en Francia un instituto de estudios de la Antigüedad. Existe una escuela de lenguas orientales en la que se aprende el ruso, el árabe o el persa. Se trataría de una escuela de lenguas antiguas, como una carrera, para aquellos que hayan sentido la pasión por los clásicos. Aprenderían el latín o el griego. Cada generación contaría con 50 especialistas de la Antigüedad, que escribirían libros y serían capaces de traducir a Virgilio y Homero.

P. ¿Qué libros de la Antigüedad recomendaría a un lector no especializado?

R. Los clásicos pueden resultar difíciles. El Satiricón puede leerlo todo el mundo porque habla de la vida cotidiana. Juvenal, al ser una sátira, mostraba cómo funcionaba esa sociedad. Para mí los dos grandes escritores romanos son Virgilio y Tácito. Tal vez Horacio, pero es muy difícil.

P. ¿Cree que las traducciones de clásicos hay que rehacerlas?

R. Sin duda, cada generación o como máximo cada dos generaciones hay que volverlas a hacer, como en las novelas rusas, porque se quedan viejas.

P. ¿Por qué eligió traducir la Eneida en prosa en vez de en verso?

R. Al traducir la Eneida, lo más importante no creo que sea respetar el verso, sino la velocidad de la lectura. No puedo leer novelas contemporáneas, tienen demasiados detalles. La Eneida o la Ilíada van muy rápido.

 

23 octubre 2016 at 3:33 pm Deja un comentario

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