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«Heliogábalo era un Emperador perverso que consideraba el trono imperial como un juguete»

El periodista Javier Ramos publica «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», un riguroso libro sobre las peculiaridades de una civilización capaz de lo mejor y de lo peor, entro ello el Emperador más extravagante posible

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
13 de febrero de 2018

«Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma» (Almuzara) centra su atención en los protagonistas, acontecimientos y anécdotas más inverosímiles del mayor imperio que ha conocido la humanidad. Roma en clave de humor a través de un libro que no por divulgativo renuncia al rigor histórico y a mostrar el relato subterráneo que otros libros enciclopédicos obvian por excesivo. ¿Unas ocas salvaron Roma de una invasión franca? ¿Una ciudad hispánica cambió el calendario de todo el imperio? ¿Un caballo fue senador? ¿El primer cómic de la historia fue romano? ¿Hubo un Emperador tan perverso que deja en un hombre bondadoso a Calígula? El periodista Javier Ramos responde a todas estas preguntas, y a muchísimas más, en «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», una forma distinta de acercarse a la extravagancias de aquellos hombres que nunca dejaban de asombrar a Obelix y, sin embargo, dan origen a todo lo que somos hoy los europeos del sur. «Somos hijos de aquellos valores, que siguen perdurando dos mil años después en el tiempo», apunta Ramos en una entrevista con ABC Historia.

Fotografía de Javier Ramos

–¿Cuál es la razón principal de la larga longevidad del Imperio romano?
–Explicar este proceso no es tarea sencilla. Una cultura y civilización que perduró más de mil años en el tiempo (sin contar su prolongación en Bizancio, el Imperio romano de Oriente) lo fue por varios motivos a tener en cuenta: una férrea disciplina que le llevaron a conformar la mayor maquinaria bélica de su época; la legión romana, uno de los mejores ejércitos que han existido a lo largo de la historia. Y sobre todo la romanización, es decir, el hecho de intentar que todos los pueblos sometidos imitasen y aceptaran las costumbres y las leyes romanas, sin distinción de razas, credos o religiones. Una frase de Catón sirve a modo de resumen: «Lo que Roma toma por la espada, lo cultiva con el arado, por eso lo que Roma toma, nadie se lo quita».

–El cine y la literatura han abordado reiteradas veces la historia de la Antigua Roma. ¿Cuáles son los errores más habituales en estas aproximaciones?
–El cine de Hollywood ha hecho mucho daño a la verdadera historia solo por buscar el espectáculo y la emoción en el espectador. Por ejemplo, no es cierto que los gladiadores realizasen ningún tipo de saludo especial cuando se mostraban ante el palco del emperador de turno como el archiconocido «¡Ave césar, los que van a morir te saludan!», ni los editores (quienes financiaban los espectáculos) alzaban o entornaban los pulgares para indultar o sacrificar a un gladiador, ni este lanzaba el escudo sobre la arena para pedir clemencia. Las diferencias con la realidad son especialmente notables. Otro caso notable es el de la película Gladiator, en la que su protagonista, Russell Crowe, luce como gladiador una coraza, cuando en realidad los gladiadores no la utilizaban en sus combates.

Las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema, 1888

–¿Qué hay de cierto en el mito de las grandes y continuas bacanales romanas, del sexo con un fin religioso?
–El romano, al igual que otros pueblos paganos de la Antigüedad, se entregaba gozosamente al frenesí de vivir y no consideraba pecaminoso el sexo ni advirtió culpa alguna en la complacencia de los sentidos hasta que el cristianismo hizo acto de presencia en el siglo IV. Existía la prostitución y los lupanares como hoy día. Aunque la visión que tenemos viene tergiversada por la existencia de las Lupercalia y los Ludi florales, dos fiestas anuales propicias al desenfreno y bastante equiparables a los modernos carnavales en ciertos lugares. Las grandes y continuas bacanales romanas tienen más de mito que de realidad. Los romanos pensaban que algo natural como el sexo no podía ser indecente.

«En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables»

–En Roma la difamación y el traer la vida privada de los Emperadores al debate público parecen una constante en la política. ¿Crees que hay leyenda (o intenciones ocultas) en la visión que ha pervivido hasta hoy de Tiberio y Calígula, sobre todo en la esfera sexual?
–Sí, es posible. La imagen de los excesos cometidos por Tiberio y Calígula, a mi entender, han venido distorsionadas por sus enemigos. Al parecer no fueron tan ‘malos’ como les atribuye la Historia. Las fuentes antiguas se recrean más en las anécdotas que en los logros que se consiguieron bajo su mandato. La biografía de ambos viene determinada por la subjetividad de historiadores como Suetonio o Dión Casio, posteriores a la dinastía julio claudia, que otorgaron mayor grado de benevolencia a la dinastía que le sucedió, los Flavios, época en la que fueron escritas. En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables.

–Heliogábalo es el emperador más extravagante y, sin embargo, es un desconocido en comparación con Calígula o Nerón. ¿Es cierto lo que se cuenta de él?
–El hecho de que su figura no haya trascendido tanto como la de otros emperadores quizá se pueda deber a lo exiguo de su mandato (218-222), aunque cuatro años le bastaron para mostrar su lado más perverso y extravagante. Le gustaba sodomizar a los hombres que utilizaba en la cama, se ofrecía en los burdeles, se burlaba en exceso de sus esclavos, era derrochador (viajaba con 500 carros de séquito), sibarita (organizaba pantagruélicos banquetes), o excéntrico (le complacía vestirse de mujer). Consideraba el trono imperial como un juguete y lo empleó como tal. Aunque hay que decir que la Historia Augusta recoge bastantes falsedades sobre su figura.

–Cuál era el papel social de la mujer en la antigua Roma? Eran más “libres” las mujeres que en la Edad Media y periodos posteriores?
–En tiempos de la República la mujer ocupaba un papel secundario en la sociedad. Estaba sometida a la autoridad del padre, primero, y luego, cuando se casaba, a la del marido. No podían divorciarse ni hacer testamento. Incluso el marido el marido tenía la potestad de asesinarla si la descubría cometiendo adulterio. Con el paso del tiempo, ya en época del Imperio, la mujer gozó de mayores derechos. Se vieron liberadas de sus tutelas y pudieron ser dueñas de sus decisiones.

–En la visión que ha llegado hasta hoy de Roma se suele dejar de lado a los esclavos y su forma de vida, que eran la gran masa del Imperio. En tu libro dedicas un capítulo a ellos.
–Uno de cada tres habitantes de la antigua Roma era esclavo. Con esta cifra ya establecemos la importancia que tenían para una civilización como la romana. Resultaban imprescindibles para la sustentación del Imperio, ya que se ocupaban de las tareas domésticas, de la educación de los hijos, llevaban las cuentas del hogar y realizaban muchas otras tareas más, como por ejemplo convertirse en forma de ocio tras ser relegados a la función de gladiadores. Sin embargo, los esclavos en Roma carecían de libertad, no tenían derechos, realizaban los trabajos más pesados e ingratos y su amo o propietario tenía la potestad para acabar con sus vidas si lo estimaba preciso.

–Uno de los capítulos de tu libro se titula “¿Acabó el plomo con el Imperio romano?”. ¿Por qué cayó el Imperio romano?
–Se suele esgrimir que fue una causa más en la amalgama de acontecimientos que acabaron con el Imperio. Los romanos desconocían el efecto tóxico que originaba el plomo, un material que utilizaban tanto en las numerosas infraestructuras de Roma (en las cañerías que abastecían de agua a las ciudades) como para conservar el vino en sus recipientes, la bebida que les chiflaba. El plomo se disolvía lentamente en los caldos que tomaban los romanos en forma de acetato de plomo, lo que originaba unos terribles efectos secundarios para la salud. También el plomo estaba presente en los polvos faciales, ungüentos oculares y colorantes blancos que utilizaban las mujeres. Estaban expuestos demasiado a este noble metal y perecían a edades tempranas.

 

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13 febrero 2018 at 8:32 am Deja un comentario

Lo que se obvia de la homosexualidad en la Antigua Roma, entre la difamación y el mito

En Roma era prioritario diferenciar quién ejercía el papel de activo y quién el de pasivo, tanto a nivel sexual como social. El sexo se veía como un juego de poder y la homosexualidad era tolerada, en tanto, se mantuviera la distancia social

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
7 de febrero de 2018

La vida sexual en la Antigüedad ha sido motivo de toda clase de mitificación. Grecia, y luego Roma, han sido fabulados como lugares donde la libertad sexual, indiferentemente de la inclinación de los amantes, se aceptaba a niveles que sonrojarían a puritanos de otros tiempos. Una idea simplista que ha dado como resultado afirmaciones erróneas como la de que Julio César o Alejandro Magno eran abiertamente homosexuales o que ir a una bacanal resultaba como quedar para tomar el aperitivo. La habitual morralla de cuando se analiza con ojos del presente acontecimientos y formas de pensar del pasado; y de cuando se trata de trasladar un concepto moderno a un tiempo donde ni siquiera existía una palabra equivalente a homosexualidad, ni en griego ni en latín.

El mito

Lejos del concepto moderno de homosexualidad entre adultos, los griegos practicaban la pederastia como una forma de introducción de los jóvenes (ya en la pubertad) a la sociedad adulta. Un mentor asumía la formación militar, académica y sexual de un joven –que no era considerado ni legal ni socialmente un hombre– hasta que alcanzaba la edad de casamiento. Lo tardío de los matrimonios y el papel limitado de la mujer en la sociedad alentaban este tipo de prácticas, que variaban radicalmente en función de qué ciudad-estado se trataba. Cosa distinta a la homosexualidad entre hombres adultos, que despertaba en muchas ocasiones comportamientos homófobos. Las relaciones entre hombres adultos de estatus social comparable, no así con esclavos, iban acompañadas de estigmatización social dada la importancia de la masculinidad en las sociedades griegas. La única excepción de normalidad social en estos casos se daba en antiguas relaciones pederastas que habían alcanzado la edad adulta.

Para los romanos la homosexualidad era también de carácter «punitivo», se sodomizaba a los prisioneros, a los enemigos, a los esclavos o a los extranjeros para dominarlos

A comienzos de la República romana, la homosexualidad estuvo penada incluso con la muerte por la ley Scantinia y quedó restringida en el ejército desde el siglo II a.C. Los elementos más conservadores de la sociedad romana calificaban estas relaciones como el «vicio griego» y lo atribuían a las causas de la decadencia de esta civilización. Solo el tiempo permitió que estas relaciones fueran aceptadas, aunque no faltaron los difamadores que sacaron provecho político al arte de los rumores de alcoba. Como recuerda el historiador Adrian Goldsworthy en el libro «César, la biografía definitiva», «aquellos senadores que tenían amantes varones solían hacerlo con discreción, a pesar de lo cual con frecuencia los opositores políticos les ridiculizaban públicamente».

Dos hombres y una mujer en un fresco de Pompeya.

Si bien en Grecia la línea roja la marcaba el que hubiera una diferencia de edad entre los amantes, en Roma era prioritario diferenciar quién ejercía el papel de activo y quién el de pasivo, tanto a nivel sexual como social. El sexo se veía como un juego de poder, donde lo aceptable venía marcado por la jerarquía social. Explica Javier Ramos en su libro «Eso no estaba en mi libro de Roma» (Almuzara) que «la pasividad en las relaciones entre hombres quedaba reservaba para los esclavos o para los adolescentes. Ser penetrado era la mayor de las humillaciones».

Asimismo, Alberto Angela, en su libro «Amor y sexo en la Antigua Roma» (Esfera de los libros), recuerda que para los romanos la homosexualidad era también de carácter «punitivo», se sodomizaba a los prisioneros, a los enemigos, a los esclavos o a los extranjeros para dominarlos. «Se sojuzgaba la virilidad ajena», apunta.

La difamación

Los opositores a Julio César usaron siempre los rumores de que en un viaje diplomático había mantenido relaciones homosexuales con Nicomedes IV, Rey de Bitinia, para erosionar la autoridad del dictador romano. La acusación era grave no por tratarse de una relación homosexual, la cual podía ser asumida, sino por haber ejercido supuestamente el papel de pasivo sexual con un extranjero. Julio César, que siempre negó la acusación, fue de hecho un conocido casanova con predilección por las esposas de otros senadores y cargos políticos. Aquel rumor supuso darle donde más le dolía.

La plebe y la aristocracia debían ser discretas en estas relaciones, no así los Emperadores. El historiador Edward Gibbon recuerda en su obra que de los doce primeros emperadores solo a Claudio le interesaban exclusivamente las mujeres. El emperador Nerón fue el primero que se casó con otro hombre, un joven eunuco de palacio llamado Esporo. Y de entre los amantes masculinos que se vinculan con Calígula se suele mencionar, entre los más conocidos, al histrión griego Mnéster y a su primo Emilio Lépido. Este último ejerció un papel protagonista a nivel político hasta que, a finales del 39, el emperador le acusó de encabezar un complot contra él y ordenó su ejecución. Lépido reconoció antes de morir que había tenido relaciones sexuales con el Emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto, lo que insinuaba que había ejercido él el papel activo en el acto sexual.

Nada comparado con el escándalo que supuso el reinado de Heliogábalo. A principios del siglo III, este emperador asombró a sus contemporáneos casándose públicamente dos veces vestido de mujer, adoptando así explícitamente el papel pasivo en la relación.

Busto de Trajano

Con el reinado del emperador de origen hispano Trajano, que sentía gran admiración por la cultura helenística, se retornó parcialmente la práctica de la pederastia. A la conocida preferencia de este emperador por los jóvenes le siguió la que su sucesor, el también hispano Adriano, profesó especialmente a uno, el joven griego Antínoo. Tras su trágica muerte, ahogado en el río Nilo, Adriano erigió templos en Bitinia, Mantineia y Atenas en su honor, y hasta le dedicó una ciudad, Antinoópolis.

Por el contrario, el lesbianismo se estimaba una aberración a ojos romanos y la mayoría de autores pasan de puntillas por este tipo de relaciones. En su trabajo «Homosexualidad femenina en Grecia y Roma», el profesor Juan Francisco Martos Montiel, de la Universidad de Málaga concluye que la homosexualidad femenina, tenido por «condición de monstrum», «en la imaginación de griegos y romanos de época imperial no podía concebirse más que como el intento de una mujer de sustituir a un hombre, y de otra mujer de obtener de la relación homosexual, de modo completamente antinatural, el placer que solo los hombres podían proporcionar».

 

7 febrero 2018 at 6:32 pm Deja un comentario


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