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Jaime Siles: «Las humanidades nos enseñan a no confundir precio y valor»

Poeta y profesor de latín y griego, este crítico de la cultura observa con inquietud desde Valencia el vaivén del mundo

Jaime-Siles

Jaime Siles, a fines de octubre en la Biblioteca Valenciana / ROBERTO SOLSONA

Fuente: ALFONSO ARMADA  |  ABC       27/12/2014

Nacido en Valencia en 1951, Jaime Siles ha encontrado una rara armonía. Por una parte es desempeña como profesor de latín y griego (es catedrático de Filología Clásica en Valencia) y por otra como poeta y crítico de poesía. Colaborador del Cultural de ABC, es autor de poemarios como «Música de agua» (Premio de la Crítica en 1983), «Semáforos, semáforos» (Premio Loewe 1989) o «Himnos tardíos» (Premio Internacional Generación del 27, 1998). Traductor de poetas claves del siglo XX, como Paul Celan, su mirada crítica y curiosa se extiende al teatro, al cine y a la vida en general. La entrevista la libramos vía correo electrónico, en un viaje de ida y vuelta entre Valencia y Madrid que se reanuda hasta que las palabras encajan en su molde de barro.

—¿Cuál es el estado general de su ánimo en este momento?
—Sereno en mi escepticismo y con cierta preocupación en lo emotivo y en lo racional.

—¿Cómo vive un catedrático de Filología Clásica la constante deriva del latín y el griego a los márgenes de la educación secundaria y superior?
—La falta de la debida atención en los planes de estudio a las lenguas clásicas, que son y han sido la base de toda la cultura occidental hasta hoy existente, es un claro indicio de la deriva emprendida por nuestra sociedad en ese erróneo camino hacia el olvido de sí misma y hacia un peligroso adanismo político y social.

—¿Cómo se lucha a favor de las humanidades cuando todo parece conspirar a favor de los resultados, el sentido práctico de la vida, el beneficio constante y sonante, la cantidad sobre la cualidad, el dinero como medida de todas las cosas?
—Los clásicos son los únicos que nos hacen contemporáneos de nosotros mismos precisamente por su inagotabilidad: algo que descubrió Schlegel y ha repetido con frecuencia Borges. Las humanidades nos enseñan el sentido del tiempo y el valor de la vida, el significado y función del lenguaje y lo que supone el acto y el hecho de pensar. Constituyen, pues, lo que los griegos llamaron una «paideia»: esto es, un sistema educativo completo para la formación integral del ciudadano, que, a través de ellas, accedía tanto al conocimiento de sí mismo como al de las relaciones con el resto de la ciudadanía y, con ello, a sentirse partícipe tanto de la cultura como de la ciudad. Las humanidades enseñan a no confundir precio y valor, y desde Eurípides sabemos a qué puede conducir una sociedad que lo fíe todo al dinero y a los intereses materiales, que importan, pero que, claro está, no lo son ni pueden ser los únicos. Hay principios superiores que son precisamente aquellos que las humanidades nos hacen comprender y respetar.

—¿Cuántos buenos lectores cree que hay en España?
—Menos de los que me gustaría, porque el lector es quien hace posible la realidad de toda obra, al realizarla: el lector es un coautor y, si se me permite la expresión, un cómplice porque colabora con el autor añadiéndole su propia realidad a aquella que la obra en sí misma tenía. La lectura es una operación en la que todos se enriquecen: la obra, el autor y el lector. Todos. Y, en la misma medida, cuando no se lee, toda la realidad y toda la sociedad se empobrecen.

—¿Cómo se persuade a los niños y adolescentes de que la lectura es una experiencia que les transformará y enriquecerá y lo hacemos compatible con el fervor y el triunfo al parecer ineluctable de las nuevas tecnologías?
—La lectura y la escritura son dos actividades que deberían potenciarse en las clases, y desde muy pronto, porque nuestra representación de la realidad depende de nuestro conocimiento del lenguaje. Las nuevas tecnologías son un instrumento de gran ayuda para todo, pero no pueden suplir nunca a la memoria ni a la red de relaciones de todo tipo que ésta es capaz de crear. La escritura –como dice W. J. Ong– es «diairética»: crea una distancia entre el objeto y el sujeto, y esa distancia –que es incapaz de crear el habla coloquial– facilita la profundización del pensamiento. La lectura, además y como dicen Roland Barthes y Rosa Navarro Durán, es un placer: una fuente de conocimiento y de placer, si es que ambas cosas no son lo mismo.

—¿Ofrecen la prensa y los medios de comunicación en general un relato ajustado de la realidad de nuestro mundo o hemos perdido nuestra capacidad de influir a causa del sectarismo, la superficialidad, la prisa?
—La prensa está demasiado polarizada y ello le resta objetividad. Pero también es cierto que la prensa no se lee como si fuera un artículo científico: buscamos en ella un punto de vista, una interpretación que, por más objetiva que se quiera, nunca lo puede ser del todo. La superficialidad, más que la prisa, es su riego y defecto mayor. Pero de ello tan responsables son los medios como los periodistas, que no siempre tienen un alto grado de formación. Y entre formación e información hay un íntimo vínculo.

—¿Le sigue pareciendo pertinente la división entre apocalípticos e integrados que diagnosticó Umberto Eco, y si es así dónde se sitúa usted?
—Es un diagnóstico como hay otros muchos. Puede aplicarse a nuestra época, aunque, como siempre sucede, no a todos los que viven en la misma época. Yo no me identifico con ninguno de los grupos definidos en esa división. Octavio Paz nos enseñó que el verdadero intelectual es crítico. Yo no sé si lo soy, pero desde luego lo intento.

—¿Como lector y amante de la cultura, conviven felizmente en su papila gustativa Bach con Bob Dylan, la Victoria de Samotracia con Joe Sacco, la Fura dels Baus con Mies van der Rohe, «The Wire» con Buñuel, Beckett con Sófocles, el arte pop con el expresionismo abstracto, Simone Weil con Janis Joplin?
—Esa es una característica de nuestro tiempo: la feliz convivencia de la alta cultura y la cultura popular. Pero no es algo nuevo: en Góngora y en Quevedo conviven ambas, como convivían ya en Catulo y Horacio, donde también se presentan juntas.

—¿Quién determina lo que es valioso después de Marcel Duchamp, desde que el canon de lo bello y estético ha saltado por los aires?
—No hay una poética ni un criterio general que sean hoy por completo aplicables. El intenso proceso de subjetivización, iniciado en el Romanticismo y que es un rasgo distintivo de la modernidad, hace difícil la existencia de un criterio único y universalmente válido porque la estética es un hecho histórico y cultural que varía según las circunstancias y los tiempos. Pero no deja de ser chocante que esto sea así cuando vivimos en una globalización cada vez más uniforme y uniformizada en la que cada vez son menores las diferencias –no me refiero a las diferencias sociales o religiosas sino a las opciones estéticas–. Lo único que varía es la elección porque vivimos en una sociedad de multielección y de constante sincretismo, en el que las tendencias se neutralizan y los estilos también, generando una especie de sincronía tal que todo parece simultáneo.

—¿De qué es epítome que un programa como «Gran Hermano» llegue a su decimoquinta edición, que la ex prestigiosa periodista Mercedes Milá se haya prestado a ello, y que espacios como «Sálvame» llenen horas y horas de telebasura?
—Se ha llegado a una absoluta pérdida de lo que antes se llamaba «pudor» y los anglosajones llaman «privacidad». La telebasura es un espectáculo comparable al del circo romano: quienes intervienen allí y se prestan a ello atentan contra su propia dignidad. Constituyen un ejemplo de lo que no se debe ser y de lo que no hay que hacer, pero, por desgracia, son representativos de una parte de la sociedad actual.

—¿De qué hablamos cuando hablamos de cultura española contemporánea?
—Hablamos de lo que los distintos creadores y agentes de la misma producen y hacen, sea esto cine, música, literatura, filosofía, arte, etcétera. Hablamos de un conjunto de creaciones coetáneas, hechas por españoles y que reflejan e interpretan nuestra realidad.

—¿Fue una buena idea fusionar en uno los ministerios de Educación y Cultura? ¿Hace falta recuperar un verdadero Ministerio de Cultura y qué misiones tendría que acometer de inmediato?
—Creo que debe haber dos ministerios: uno, centrado en la educación, y otro dedicado a articular la cultura. El primero debería conseguir consensuar un sistema educativo que no variara con cada gobierno sino que se mantuviera el tiempo suficiente como para formar a más de una generación y que propusiera unos planes de estudio como los hay en el resto de Europa, en los que hubiera un alto grado de exigencia en la transmisión de los conocimientos y se impulsara aquellas materias de estudio realmente significativas para una sólida formación –pienso en las ciencias puras y en las lenguas clásicas y modernas, además de la historia, la filosofía, el arte y la música–. Todo ello –claro– unido a un apoyo de la investigación en los distintos campos. El segundo debería potenciar actividades ya existentes, encauzar iniciativas interesantes, y acercar a la ciudadanía las manifestaciones más significativas de nuestro amplio patrimonio cultural.

—¿Deberían dejar de litigar los ministerios de Exteriores y Cultura por la gestión del Cervantes y aunar esfuerzos en epoca de vacas flacas?
—Evidentemente. Y en alguna de nuestras embajada me consta que esa necesaria y fructífera sinergia y colaboración se dan.

—¿Qué clase de español es usted y cómo vive las pasiones identitarias que amenazan con fragmentar España por razones que parecen más sentimientos y sueños que otra cosa?
—Yo soy y me siento un ciudadano europeo. He vivido casi la mitad de mi vida en Alemania, Austria, Suiza, Estados Unidos, Italia y Francia. Soy «civis hispanus valentinusque», pero, como San Pablo, «civis romanus sum»: creo en una criatura mental llamada Europa, a la que, por historia propia, pertenece también nuestro país. El nacionalismo se cura viajando.

—¿Qué reforma considera más urgente para la sociedad española?
—Una regeneración mental y moral inmediata que suponga una reeducación de toda la clase política, pero también de toda la ciudadanía que no parece asentada sobre principios muy sólidos ni muy válidos.

—La educación es un latiguillo en boca de políticos, tertulianos y moralistas, ¿pero cómo devolvemos la educación al lugar qué merece y cómo la arrancamos de la trinchera ideológica que ha fabricado casi tantas leyes educativas como gobiernos se han alternado en el gobierno de la nación?
—Creo haber contestado a esta pregunta antes. Pero me gustaría añadir algo: la historiadora Carmen Iglesias ha dicho –y estoy por completo de acuerdo con ella– que la educación es la asignatura pendiente de nuestra democracia. Por eso es necesario llegar a consensuar una ley como en los estados de nuestro entorno existen. Los alumnos no pueden ser conejillos de Indias con los que cada cuatro años se hacen experimentos. El futuro del país depende de su sistema educativo: no se puede, pues, jugar con algo tan serio y aplicarle peregrinas ocurrencias.

—¿Puede convertirse la cultura en la revolución ejemplar que desde El Quijote a Unamuno, pasando por Santa Teresa y Valle-Inclán, los cineastas y los pintores, los poetas y los músicos podrían ilusionarnos sin adormecernos ni atontarnos?
—No sé si la cultura puede ser una revolución. Lo que sí sé es que nuestra cultura debe reflejarnos, criticarnos, mejorarnos. Cervantes y Valle-Inclán, a su modo, lo hicieron. Ortega y Juan Ramón también. La crítica, si es verdadera, suele ser más ilusionante que destructiva, cuando no ambas cosas a la vez.

—¿Cómo se maneja en la vorágine de las redes sociales y de internet?
—No tengo móvil, pero me sirvo de internet.

—Con la irrupción de internet el papel del crítico, de la voz de autoridad, parece haberse diluido. ¿Cómo establecer los nuevos patrones culturales, el nuevo canon?
—Gracias a internet la crítica –como la creación– se ha democratizado. El criterio de autoridad casi ha desaparecido, pero aparecen otros nuevos, que no siempre resultan fiables. Como en la lírica antigua, es tarea difícil definir el nuevo canon: hoy todo es materia literaria y, por lo mismo, nada lo es.

—¿Le parece ajustado a nuestra degradación paisajística y moral lo que hace Rafael Chirbes de nuestra costa y nuestra alma?
—Sí: admiro mucho a Rafael Chirbes. Lo considero un excelente novelista. La primera persona que me habló de él fue –ya hace años de esto– Carmina Martín Gaite en un encuentro en Basilea.

—¿Qué autores han dejado una huella más honda en su formación intelectual y sentimental?
-Homero, Platón, Cicerón, Catulo, Propercio. Horacio, Virgilio, Cervantes y el Siglo de Oro, los metafísicos ingleses, los románticos alemanes e ingleses, Darío, Unamuno, Juan Ramón, Azorín, Ortega y Gasset, Carles Riba, Espríu, Alberti, Aleixandre, Cernuda… y un muy largo etcétera que llega hasta los autores de hoy.

—¿En qué medida el dibujo que va conformando su vida se parece al que soñó cuando empezó a tomar conciencia de que la vida iba en serio?
—Se parece bastante a la que imaginé que iba a vivir y creo no haberme separado mucho del quise haber sido.

—¿Hasta qué punto comparte el dictum presocrático de que «carácter es destino»?
—Es una máxima extendida por Fichte y que Cernuda hizo luego suya, y que goza de cierta verosimilitud porque es bastante exacta.

—¿Qué han hecho, han dejado de hacer y deberían hacer los periódicos para elevar el tono intelectual y moral de España?
—Aumentar su grado de exigencia verbal, mental y moral; prestar más atención a la cultura; y mantener los suplementos culturales, que cumplen una muy importante función.

—¿Qué le saca de quicio?
—La injusticia siempre; y yo mismo a veces.

—¿Le fatiga España?
—No: sólo me preocupa.

—¿Sigue siendo España un enigma histórico?
—Como el resto de los países, nunca lo ha dejado de ser.

—¿Para qué le sirve la poesía como lector y como poeta?
—Para volver a vivir partes de nosotros que desconocíamos y revivir otras en las que querríamos siempre permanecer.

—¿Es posible compaginar la democracia y la igualdad con la excelencia y la virtud?

—La democracia griega mantuvo los valores de la moral aristocrática, aplicados a la convivencia en sociedad. Y, cuando esos valores se perdieron, la democracia griega desapareció. Hay cosas que se deben repartir según el número y otras que han de repartirse según el mérito.

—¿Quién es Jaime Siles?
—Un aprendiz de poeta, que quisiera ser filólogo también.

27 diciembre 2014 at 11:51 am 2 comentarios

El mundo clásico

Viajamos a la cuna de la democracia, al mundo clásico grecorromano para preguntarnos por su influencia y su herencia en el mundo actual. Coloquio entre Jorge de los Santos, artista plástico; Aurora Luque, poetisa y traductora; y Jaime Siles, Catedrático de Filología Clásica en la Universidad de Valencia y presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos.

Ver vídeoPara Todos La 2 - Debate: El mundo clásico

31 octubre 2012 at 5:06 pm Deja un comentario

Jaime Siles: La Filología Clásica es la Ciencia Humana con métodos más exactos, frente a la Economía que «ha fallado»

Reunidos bajo la llamada del dios griego del vino, Dioniso, diversos expertos en estudios clásicos han llegado de diferentes puntos de España y el extranjero para darse cita en el ‘XIII Congreso Español de Estudios Clásicos’. El presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC) y participante del Comité Nacional del Congreso, Jaime Siles, ha recordado que «la Filología Clásica es la Ciencia Humana que mejores métodos ha logrado», frente a otras disciplinas que tradicionalmente se consideran superiores. Una de ellas es la Economía, «que ha demostrado no ser una ciencia exacta» y «ha fallado» y provocado la crisis actual.

En la Universidad de La Rioja (UR), Siles ha hablado con los periodistas junto al director del Departamento de Filologías Hispánica y Clásica de dicha universidad, Jorge Fernández, y el presidente del Gobierno de La Rioja Pedro Sanz. El congreso es un encuentro cuatrienal que, esta vez, se celebra en Logroño desde este lunes 18 hasta el próximo 22 de julio. Su objetivo es actualizar métodos, técnicas y objetos de estudio. También permitir que los investigadores intercambien ideas y experiencias didácticas, que después aplicarán en su lugar de enseñanza.

En opinión de Siles, la Economía es la Ciencia Humana «que más fallado», y cuyas consecuencias, que ahora «estamos sufriendo», son prueba de ello. Frente a esto, «la Filología Clásica desarrolló unos métodos en el siglo XIX, que se perfeccionaron en el XX y que son de gran exactitud». Así, «cualquier investigador sabe y reconoce que, dentro de las Ciencias Humanas, la Filología Clásica es la que mejores métodos ha logrado en los dos últimos siglos».

Además, la Filología «cumple una misión social muy importante». En este sentido, Siles ha detallado que conceptos como la democracia, el derecho, la comunicación o la convivencia, «que son fundamentales en la historia de Occidente», son conocidos gracias los investigadores que estudian y traducen los textos clásicos que primero los mencionaron.

El presidente de la SEEC ha explicado además que «los estudios clásicos gozan de muy buena salud». Sin embargo, se enfrentan al «problema» de que «las autoridades quieren reducir estas enseñanzas y sus campos de acción». Todo ello, a pesar de que España tiene «la mitad de docentes que Francia, muchos menos que los que tiene Italia» y muy pocos, si se toman como referencia Alemania o Inglaterra.

Respecto a los estudios que se realizan en La Rioja, Siles ha alabado la tarea de los jóvenes investigadores de griego y latín, que «han creado escuela». Por otro lado, «tienen la virtud de que no sólo hacen Filología clásica en sentido estricto», sino que estudian la Modernidad misma como se ve en las recientes tesis y tesinas presentadas.

Por su parte, el director del Departamento de Filologías Hispánica y Clásica de la UR, Jorge Fernández ha destacado las dos mesas redondas dedicadas a los estudios clásicos y las nuevas tecnologías, y a los estudios clásicos en el mundo actual, respectivamente. También habrá otras 11 «encargadas a los especialistas españoles del más alto nivel en cada uno de los ámbitos de los estudios clásicos».

Respecto a la empleabilidad y rentabilidad de estos estudios, Fernández ha admitido que «cada cierto tiempo se pone en cuestión la pertinencia e los estudios clásicos». Sin embargo, la «enseñanza debe formar profesionales, pero también tiene que formar para la vida en general». Y para ello, incluso más que las destrezas profesionales, «vale más conocer» lo dicho por Cicerón, que en su día ya anticipó que «‘en tiempos de desgracia, la compañía de Homero, la poesía y la cultura compensa las demás desgracias'». Así, las personas «que durante su período formativo han adquirido ese contacto con ese mundo cultural, pueden ser más felices».

Por su parte, el presidente del Gobierno de La Rioja Pedro Sanz ha subrayado el «destacado papel de las humanidades en la difícil tarea de formar ciudadanos completos», un ideal que, según ha recordado, «ya proponía Quintiliano al describir los pasos a seguir en la educación de los niños. En este sentido, el objetivo de su Gobierno es «lograr que los riojanos disfruten del mejor sistema educativo posible para proporcionarles instrumentos que les permitan afrontar el futuro».

Además, y «sin perder de vista el objetivo de la inserción laboral», el Ejecutivo riojano «es consciente de que educar no sólo es formar profesionales, sino también ciudadanos libres, dotados de un sentido ético que les permita participar en la vida pública y aportar a la misma contribuciones valiosas».

Fuente: Europa Press 18/07/2011

18 julio 2011 at 8:13 pm 1 comentario

El Presidente de la SEEC sobre la importancia del latín y el griego

Gracias a Carlos en Twitter  he podido leer la entrevista que Magisterio Español le hacía ayer a Jaime Siles, presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). En ella, con la claridad  y firmeza con las que adorna siempre su dialéctica, Jaime Siles  reivindica la importancia del latín el griego en el sistema educativo y advierte del empobrecimiento intelectual que conlleva el abandono de las Humanidades.

Es una llamada de atención muy adecuada en los tiempos que corren a las consecuencias que puede llevar consigo el paulatino arriconamiento que sufren el latín y el griego en las últimas normativas educativas. Muchas de las reflexiones de la entrevista bien sabéis algunos que se nos hacen estos días muy familiares.

«El Latín y el Griego ponen al alma joven en contacto con la cultura de verdad. No con la subcultura, sino con la cultura en toda su profundidad, en todo lo que tiene de lenguaje, de signo, de icono, de religión, de filosofía y de pensamiento político.»

Al alumno que no conoce griego ni latín «se le priva de una mecánica mental importante como es el conocimiento del lenguaje; la representación de la realidad; la capacidad expresiva, retórica y dialéctica; la posible discusión dialógica, que en una democracia es fundamental. Y se le priva, asimismo, de todos los referentes que han formado la cultura universal, desde la mitología clásica hasta las ideas políticas mismas que nos han hecho llegar hasta donde estamos.»

«La pedagogía debe saber distinguir lo que es una adquisición para siempre –que es como definía la historia Tucídides– de lo que es puramente anecdótico e instantáneo. Yo creo que a la juventud hay que educarla en el conocimiento para siempre, en las grandes disciplinas, en aquellas cuyas consecuencias conocemos. No podemos experimentar.»

Las lenguas clásicas desarrollan la «competencia lingüística, dialéctica, retórica, lógica, gramatical, filosófica y dialógica. Fíjese en lo que le acabo de decir. Podríamos incluir hasta la competencia legislativa, puesto que el lenguaje escrito del derecho también entra aquí.»

“No sólo se pone al alumno en contacto con la cultura antigua, sino que el trabajo de un texto le enseña a verbalizar la realidad, a representarse lingüísticamente el mundo”.

“El conocimiento de la filosofía política griega y de la cultura clásica latina, especialmente el derecho, es lo que ha fundado Europa. Nuestras raíces son exactamente eso, lo que nos diferencia de otras culturas. Renunciar a esos orígenes es adulterar nuestra propia identidad, pero sobre todo es ignorar nuestra propia historia, nos deja cojos, nos deja mancos”.

“Cuando perdemos de vista las llamadas Ciencias Humanas o del espíritu nos empobrecemos notabilísimamente, porque son las que nos dan nuestra identidad como seres humanos, las que nos dicen de dónde venimos, quiénes somos y adónde vamos”.

1 julio 2009 at 12:08 pm 2 comentarios


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