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Cómo eran los robots y los cines que ya existían en la antigua Grecia

 

Fuente: Dalia Ventura  |  BBC Mundo
17 de febrero de 2018

Clitemnestra, amante de Egisto, quien trató de matar a Orestes cuando era niño, mata a su esposo Agamenón. Orestes vuelve a matar a su madre y a su amante… ¡la vida no era sencilla en la Antigua Grecia!

Clitemnestra, la esposa de Agamenón, lo mata poco después de su llegada triunfal de Troya. Orestes, el hijo de ambos, llega a vengar la muerte de su padre y mata a su madre. Pero ahora, él mismo está a punto de convertirse en otra víctima de un asesinato de honor.

¿Cómo terminará esta historia de venganzas sin final?

Cuando los relatos se complicaba mucho y no parecía haber salida, los antiguos griegos tenían una solución, a la que el filósofo Aristóteles llamó deus ex machina.

Quizás el concepto te sea familiar: así se conoce al artificio literario que introduce un elemento, personaje o fuerza externa que no tiene mucho que ver con la lógica interna de la trama para solucionar el problema.

El deus en este caso -el de «La Orestíada» de Esquilo- es Apolo, quien salva a Orestes y declara que un juicio pondrá fin al baño de sangre de generaciones que ha plagado a la familia.

Pero, ¿cómo era la machina misma?

Porque aunque con el tiempo la frase se volvió metafórica, en la antigua Grecia era lo que su nombre indicaba: un dios en una máquina.

Y alguien que sabe cómo era esa máquina es Konstantinos Kotsanas.

«La danza mágica», cuyo mecanismo hacía que se movieran las figuras de abajo. (Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas).

El ingeniero mecánico no sólo es un apasionado de la tecnología de la antigua Grecia sino que, notando que a diferencia de la Filosofía, las Bellas Artes y la Ciencia, la contribución de sus antepasados en este campo no es tan conocida, no se conformó con convertirse en un perito y dictar conferencias.

Lejos de eso.

A costo propio, y con exhibiciones personales, Kotsanas ha fundado hasta la fecha tres museos que alojan aproximadamente 450 modelos funcionales de inventos griegos antiguos.

Es decir, basándose en descripciones de los aparatos que aparecen en textos de la época, recreó las máquinas que se usaban en ese entonces.

Hay desde las más sencillas -como la deus ex machina- hasta aquellas creadas por Arquímedes y el prodigioso mecanismo de Anticitera.

A Kotsanas le pedimos que escogiera -aparte de esas- tres máquinas de todas las que ha recreado: la que más lo sorprendió, la que lo maravilló y la que más lo divirtió.

Sorprendente

La primera elección de Kotsanas concuerda con su objetivo de «demostrar que la tecnología justo antes del final del mundo griego antiguo era extremadamente similar al comienzo de nuestra tecnología moderna«.

El sirviente automático de Philon. (Foto cortesía del Museo Kotsanas)

«El sirviente automático de Philon es el primer robot operativo de la humanidad… Es más que sorprendente: ¡es un logro! ¡Una verdadera innovación!», le dijo a BBC Mundo.

Tenía forma humana y en su mano derecha sostenía una jarra de vino. Cuando le ponían una copa en la palma de la mano izquierda, automáticamente vertía vino primero y luego agua, mezclándolos si se deseaba.

¿Cómo lo lograba?

Ilustraciones del Museo Kotsanas en Atenas.

1. Dentro del ‘sirviente’ había dos contenedores herméticos (con vino y agua, respectivamente). En su parte inferior, dos tubos que llevaban su contenido a través de su mano derecha hasta el borde de la jarra de vino. Cuando la copa se coloca en la palma, su mano baja y los tubos de la articulación se levantan. El orificio de una tubería está alineado con el tubo de aire del contenedor de vino, el aire ingresa al contenedor y el vino fluye desde el tubo hacia la copa.

2. Cuando la copa de vino está medio llena, la mano (debido al peso) desciende más, el paso del tubo de aire de vino se obstruye y el flujo se detiene. Al mismo tiempo, el otro tubo se alinea con el tubo de aire del recipiente de agua y comienza a fluir, diluyendo así el vino.

3. Cuando la copa está llena, la mano (debido al peso) desciende más, el paso del tubo de aire con agua se obstruye y el flujo se detiene.

4. Además, si se retira la copa en cualquier momento, la mano izquierda se eleva, los tubos de la articulación descienden, cortando las tuberías de aire, creando vacío en los contenedores y deteniendo el flujo de líquido.

Maravilloso

En cuanto a la máquina que mejor ilustra cuán maravilloso es la tecnología de los antiguos griegos, para Kotsana «sin duda es el teatro automático de Garza de Alejandría, el llamado ‘cine’ de los antiguos griegos».

«Los antiguos griegos tenían exactamente las mismas necesidades que nosotros. Cuando se trata de entretenimiento, buscaban una historia con elementos de gran estética y sorpresa».

En este caso esa historia es «una serie de la Guerra de Troya y los diferentes episodios describen el mito de Nauplio», explica Kotsanas.

¿Cómo? Con una máquina que «contiene 32 mecanismos, muestra una historia y tiene imagen en movimiento«, detalla.

El teatro automático de Herón de Alejandría. (Foto cortesía del Museo Kotsanas).

Fíjate en la parte de abajo de esta la imagen, en el pie del pedestal, en el medio de la parte roja, puedes ver una cuerda: el único movimiento manual que se requería para hacer funcionar el teatro automático era halar esa cuerda… y la historia empezaba (y sigue haciéndolo de igual manera en el modelo que hizo Kotsanas).

Entre las escenas, las puertas del teatro se abre y se cierran. (Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas).

En la primera escena, aparecen los aqueos reparando sus barcos -las figuras se mueven mientras martillan o serruchan, y se escuchan los sonidos que hacen las herramientas.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

En la segunda y tercera escena, empujan los barcos al mar. En la tercera, van navegando de derecha a izquierda del la imagen, mientras los delfines saltan a su lado. El mar se va poniendo más picado.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

En la cuarta escena, Nauplio, parado en un promontorio, con una antorcha encendida, envía una señal falsa a los aqueos instigado por la diosa Atenea.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

En las últimas escenas, se ven los restos dispersos de los barcos naufragados y Aeas nadando en el mar. Atenea aparece (como deus ex machina), cruza el escenario y desaparece. Mientras se escuchan rayos y truenos, la figura de Aeas se pierde.

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

Divertido

Para Kotsanas, la máquina más entretenida es sin duda el «pájaro gorjeador y el búho giratorio».

Se trata del autómata hidráulico de Filón.

«Los pájaros están cantando pero cuando el búho se vuelve hacia ellos, les da miedo y detienen su hermosa canción. Cuando el búho se aleja de ellos, comienzan a cantar otra vez».

Cuando el búho esta de espaldas, los pájaros cantan; cuando el mecanismo hace que se voltee y los mire, los pájaros se callan. (Imagen cortesía del Museo Katsanos de Atenas).

«Vale la pena mencionar que esta pieza está a la entrada del Museo Kotsanas en Atenas, de manera que a lo largo de toda la calle Pindaru, en el corazón de la capital griega, se oyen el cantar de los pájaros. La gente nos dice que se siente como si la naturaleza estuviera floreciendo, aunque estemos en medio del invierno», señala Kotsanas.

¿Y qué fue de deus ex machina, la máquina que traía un dios cuando todo se complicaba demasiado?

Pues aquí está: una sencilla palanca que hacía aparecer a los actores con roles divinos en el escenario.

Te la dejamos, en caso de que la necesites.

¡Siempre vale la pena tener un dios a la mano… uno nunca sabe cuándo lo va a necesitar, en la vida o en el teatro!

(Imagen cortesía del Museo Kotsanas de Atenas)

 

18 febrero 2018 at 2:26 pm Deja un comentario

Inventos griegos: Los autómatas de Herón

Desde el siglo III a.C. surgió en Alejandría una escuela de científicos que crearon sofisticadas máquinas, incluidos autómatas que imitaban los movimientos de seres vivos. Herón fue el más célebre de estos inventores

inventos_griegos

Herón hace una demostración ante los sabios de Alejandría de uno de sus mecanismos más emblemáticos, la eolípila, una bola hueca que rotaba por el vapor que salía del recipiente colocado debajo. Grabado del siglo XX. SCIENCE PHOTO LIBRARY / AGE FOTOSTOCK

Por Paloma Ortiz. Licenciada en Filología Clásica y traductora de los tratados de Arquímedes, Historia NG nº 138

Aunque suele decirse que los antiguos griegos mostraban desprecio por las materias técnicas, en realidad esta actitud era propia de una minoría intelectual, no del conjunto de la población. De hecho, hay muchos indicios que muestran que la destreza manual y el trabajo especializado eran apreciados y admirados por la mayoría de los helenos. Incluso existía una categoría de inventores llamados prôtoi heuretaí, «descubridores primeros», que gozaron de gran estima, hasta el punto de que algunos fueron considerados divinos, como en el caso de Apolo, inventor de la lira.

Los griegos inventaron gran número de técnicas y máquinas. La mayoría eran de uso práctico y se utilizaban en la construcción, la carpintería, la navegación o la guerra. Muchas llegaron a ser notablemente complejas: incorporaban palancas, ruedas, ejes, poleas e incluso tornillos, y se accionaban no sólo mediante la fuerza humana o animal, sino también por energía hidráulica o aire comprimido. Pero quizá la máxima expresión de la inventiva griega se encuentre en unos artilugios que no tenían una función económica concreta, pensados para asombrar a los espectadores con su capacidad para moverse por sí mismos e imitar las acciones de un ser vivo: los autómatas.

El interés de los griegos por estos mecanismos se remonta muy atrás en el tiempo; por ejemplo, ya Homero habla en la Ilíada de los autómatas creados por Hefesto, el dios del fuego y la forja. Sabemos, asimismo, que existieron obras que se ocupaban de estas materias, pero casi todas se han perdido, por lo cual sólo conocemos los logros de los inventores más antiguos por las anécdotas que se cuentan sobre ellos. Es el caso del primer inventor documentado, el pitagórico Arquitas de Tarento que entre los siglos IV y III a.C. compaginó la dedicación a la matemática teórica con la ingeniería, como hicieron muchos de los grandes inventores griegos. A Arquitas se le atribuían, además de la invención del tornillo, la fabricación de una paloma de madera que llegó a volar y que «se sostenía por contrapesos y se movía a base de aire encerrado dentro».

El siglo de los inventos

Sin duda, el siglo III a.C. fue el «gran siglo de los inventos» griegos. Arquímedes, el gran matemático de Siracusa (Sicilia), ideó sistemas de poleas para desplazar grandes cargas, su famoso tornillo –que facilitaba sacar a la superficie el agua acumulada en el fondo de las minas– y múltiples ingenios de guerra, entre ellos poderosas catapultas. En Alejandría, Ctesibio construyó el primer órgano hidráulico y el primer reloj de agua preciso, y también fue el primero en emplear la fuerza del aire y del agua a presión en sus mecanismos, dando así los primeros pasos en el desarrollo de la hidráulica. De él derivan probablemente muchas de las ideas básicas desarrolladas por su discípulo Filón de Bizancio y, más tarde, por Herón de Alejandría en el siglo I d.C.

No es casual que Ctesibio, Filón y Herón desarrollaran su actividad en Alejandría. Desde su fundación en 332 a.C. por Alejandro Magno, la ciudad se convirtió en la gran capital cultural del Mediterráneo y atrajo a una larga serie de estudiosos que trabajaron en sus célebres biblioteca y museo. Al mismo tiempo, el ambiente alejandrino tuvo mucho que ver con el interés de estos mismos científicos por el desarrollo de los autómatas. Muchos fueron creados ex profeso para las celebraciones públicas, con el objetivo de entretener, sorprender y, al mismo tiempo, mostrar la magnificencia y el poderío de los gobernantes que organizaban los eventos.

Alejandría, destino de sabios

Demetrio de Falero fue un político y filósofo ateniense que se trasladó a Alejandría a principios del siglo III a.C. Allí se dedicó, entre otras cosas, a organizar procesiones que «iban precedidas por un caracol mecánico que se movía por sí mismo y que escupía baba», según recoge el historiador Polibio (aunque hay quien interpreta que lo que escupía era agua perfumada). El rey Ptolomeo II Filadelfo, por su parte, organizó en Alejandría una gran procesión dionisíaca en la que, según Ateneo, participaron, ricamente ataviados a expensas del rey, cortejos de silenos, sátiros, victorias con alas de oro, niños con incienso y mirra, bacantes… y un autómata que representaba a Nisa, la ninfa que amamantó a Dioniso, sentada en un carro. La figura, de unos dos metros de alto, iba «revestida con una túnica amarilla con bordados de oro y envuelta en un manto laconio. Se ponía en pie mecánicamente, sin que nadie le acercara las manos, y tras hacer una libación de leche con una pátera de oro, se sentaba de nuevo. En la mano izquierda llevaba un tirso atado con vendas, y portaba una corona de hiedra de oro y racimos de piedras preciosas muy valiosos».

Al igual que otros muchos sabios, Ctesibio también ideó artilugios mecánicos destinados a los espectáculos públicos. Concretamente se le atribuye un ritón –un vaso ritual para las libaciones– que representaba al dios egipcio Bes y que cuando se abría para que corriera el vino emitía un sonido de trompeta. Se lo había encargado el almirante Calícrates, perteneciente al círculo ptolemaico, y estaba depositado como ofrenda en el templo de Arsínoe-Afrodita, cerca de Alejandría. Pero quien dejó mayor número de estas invenciones espectaculares fue Herón de Alejandría, al que se ha considerado como el inventor por excelencia de la historia griega.

Las creaciones de Herón

No queda mucha información sobre la vida de Herón. Sólo sabemos que nació en Alejandría y que algunos manuscritos le dan el sobrenombre de mechanikós, término que se aplica a personas astutas, ingeniosas o hábiles para inventar o construir instrumentos para un fin concreto. Se ha debatido incluso sobre cuándo vivió, aunque hoy día se lo sitúa de modo prácticamente unánime a mediados del siglo I d.C.

Matemático e ingeniero, como sus predecesores, Herón no fue un gran creador. Él mismo reconocía su deuda con quienes le precedieron, pues en el prólogo de su Pneumática afirma que escribe porque «hay poner en orden lo que nos transmitieron los antiguos y añadir lo que nosotros mismos hemos descubierto». Escribió tratados sobre instrumentos de carácter práctico, como el dedicado a la dioptra –un instrumento que se usaba para medir distancias angulares en topografía y astronomía– o a la construcción de máquinas de tiro. Sin embargo, los más recordados hoy en día son los que dedicó a la pneumática y la construcción de autómatas, en los que se describen numerosos mecanismos ideados por el propio Herón o perfeccionados a partir de modelos anteriores.

Muchos de ellos pretendían producir sorpresa y asombro en los espectadores, para lo que Herón ponía cuidado en dejar oculto el mecanismo. Y es que ya decía Aristóteles, en la Mecánica, que «los artesanos […] fabrican el instrumento ocultando su principio para que quede a la vista sólo lo admirable del mecanismo, mientras que la causa queda invisible». Herón era muy consciente de la importancia del efecto sorpresa. En uno de sus tratados escribe: «Tenemos que servirnos necesariamente de las medidas indicadas, pues si son mayores cabrá sospecha respecto al espectáculo de que haya alguien dentro moviéndolo. Por eso, tanto en los autómatas fijos como en los que andan hay que tener cuidado con los tamaños, por si surge la sospecha». Entre sus proyectos encontramos «ritones mágicos» de los que mana agua, vino o una mezcla de ambos; pájaros que emiten sus trinos cuando se acercan a beber, o jarras que «cantan» cuando se las llena. Herón diseñó un método para que al abrirse la puerta de un templo sonara una trompeta, e incluso un sistema de apertura automática de las puertas de un templo cuando el sacerdote prendía fuego en un altar para realizar un sacrificio; cuando el fuego se apagaba, las puertas se cerraban. Hasta ideó una especie de «máquina tragaperras»: una vasija que dejaba fluir el agua de las abluciones cuando se le echaba una moneda.

Juguetes sofisticados

Ciertos investigadores piensan que todas las invenciones de Herón tenían una función religiosa, pero el ritón del que manaban ora agua, ora vino parece una broma poco piadosa, y tener que pagar por el agua de las abluciones raya en lo irrespetuoso. En cuanto a las «puertas automáticas» de los templos, es impensable que el mecanismo estuviera pensado para puertas y edificios auténticos; de hecho, Herón no habla de «templos» (naoí), sino de «maquetas de templos» o «templos pequeñitos» (naískoi).

Cabe suponer más bien que las piezas cuya construcción describe Herón estaban hechas a imitación de los grandes autómatas que aparecían en los eventos públicos sufragados por los gobernantes: eran encargadas por personajes de las clases pudientes para exhibirlas ante sus invitados en un banquete. Como sólo las iban a contemplar grupos reducidos, las piezas no debían ser grandes y podían ser mecanismos delicados y de bellas proporciones. Al igual que los grandes autómatas en las procesiones, debían despertar el asombro de los espectadores y poner de relieve la magnificencia del dueño de la casa. Eran, pues, en cierto modo, juguetes, pero juguetes de enorme sofisticación, ilustrativos del extraordinario nivel que los griegos alcanzaron en la mecánica, en la hidráulica y en la artesanía de precisión.

Para saber más

Ciencia griega. Benjamin Farrington. Icaria, Barcelona, 1986.
Arquímedes, el gran inventor de Grecia. Historia NG, n.º 122.
Alejandría. Lindsey Davis. Edhasa, Barcelona, 2009.

7 julio 2015 at 8:50 am 1 comentario


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