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Descubren una gran ciudad íbera bajo tierra en Banyeres del Penedès (Tarragona)

Gracias al georradar se han identificado unos 200 recintos, con plazas, edificios singulares, murallas, torres y un gran foso en la que, al parecer, fue la gran ciudad de la tribu ibérica de cesetanos oriental

Captura del vídeo explicando el hallazgo

Fuente: EFE – Banyeres del Penedès  |  ABC
4 de julio de 2018

Un georradar ha descubierto la trama urbana de una ciudad íbera abandonada aproximadamente en el año 200 antes de Cristo, enterrada en Banyeres del Penedès (Tarragona) y que ocupa una superficie aproximada de 2,5 hectáreas.

La ciudad se ha descubierto en el marco de un programa científico que llevan a cabo la Universidad de Barcelona (UB) y el Ayuntamiento de Banyeres del Penedès y cuyos primeros resultados se han presentado esta tarde en el palacete del siglo XVIII Heretat Sabartés, situado en Banyeres, a unos 500 metros al norte de la nueva ciudad íbera.

Los profesores Joan Sanmartí y Jaume Noguera, de la UB, y María Carmen Belarte (Instituto Catalán de Arqueología Clásica) han liderado el proyecto que ha descubierto una población de una importancia comparable a la de Ullastret, el mayor núcleo urbano de los íberos descubierto hasta ahora en Cataluña.

Los arqueólogos han explicado que los resultados de la prospección geofísica, desarrollada por la empresa SOT Prospección Arqueológica y dirigida por Roger Sala, «revelan buena parte de una ciudad con una estructura viaria bastante regular formada por unas calles aproximadamente paralelas y anchas, y cruzadas perpendicularmente por unas vías más estrechas».

De momento, se han identificado unos 200 recintos, con plazas, edificios singulares, murallas, torres y un gran foso en la que, al parecer, fue la gran ciudad de la tribu ibérica de cesetanos oriental.

Los cesetanos vivían en la zona que se extiende entre el macizo de Garraf y Balaguer, y que tenían su gran capital en Kesse, la actual Tarragona. Unas excavaciones de los años 80 y 90 ya apuntaron la posible existencia del gran asentamiento que ahora ha descubierto el georradar.

Los arqueólogos han asegurado que la recogida de material cerámico superficial y los antiguos trabajos de excavación indican que ya existía un núcleo de población en el siglo VI aC, que perduró hasta alrededor del año 200 aC, cuando fue abandonado con motivo de la Segunda Guerra Púnica o las revueltas indígenas inmediatamente posteriores.

Dentro del marco del programa, los investigadores tienen la intención de hacer este año una primera excavación, que será un sondeo para comprobar los resultados en las zonas de más difícil interpretación, y a continuación harán los trabajos de excavación en extensión.

El resultado del georradar «facilitará enormemente la tarea de excavación, ya que permitirá gestionar y planificar los trabajos, aunque se debe tener en cuenta que siempre hay elementos que no están claros», ha puntualizado el profesor Jaume Noguera.

El alcalde de Banyeres del Penedès, Amadeu Benach, ha dicho que el ayuntamiento tiene previsto adquirir los terrenos en los próximos meses y está haciendo los trámites para poder empezar las excavaciones con la universidad, siempre con la intención de divulgar y mostrar al público el yacimiento. Para Benach, éste «es un gran hallazgo, importante no sólo para nuestro municipio, sino para el conjunto de Cataluña».

La investigación sobre esta nueva ciudad se está llevando a cabo en el marco del proyecto ‘Caracterización de los asentamientos urbanos en la costa de la Iberia septentrional (siglos VI-III aC)’, financiado por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad y el yacimiento forma parte del proyecto de investigación de la UB titulado ‘El cambio sociocultural en la cesetanos oriental durante la Protohistoria y la época romana republicana’.

 

4 julio 2018 at 6:01 pm Deja un comentario

Descubierta un ánfora ibérica del siglo IV a.C. en una playa de la provincia de Valencia

La pieza se encontraba a 17 metros de profundidad en un área habitual de buceo en una playa de El Puig de Santa Maria; en su interior había una tapadera de madera

Más de 2.300 años de antigüedad
Ánfora ibérica de terracota en buen estado de conservación, hallada el domingo 17 de junio en una playa de El Puig de Santa Maria, un municipio de la provincia de Valencia.

Foto: Generalitat Valenciana

Fuente: Alec Forssmann  |  National Geographic
27 de junio de 2018

Un ánfora ibérica fechada en el siglo IV a.C. fue descubierta a mediados de junio a 17 metros de profundidad en un área habitual de buceo en una playa de El Puig de Santa Maria, un municipio de la provincia de Valencia, según reveló la Generalitat Valenciana el pasado 21 de junio. El ánfora de terracota debió de servir para el almacenamiento y transporte de productos alimentarios. La pieza, en buen estado de conservación, pesa 25 kilos y tiene una capacidad de más de 25 litros.

El ánfora se trasladó al Centro de Arqueología Subacuática de la Generalitat Valenciana y la semana pasada se estaba desalando en el laboratorio. A continuación se tratará adecuadamente y se estabilizará con el propósito de que pueda ser expuesta y contemplada por los ciudadanos, posiblemente en el Museo Arqueológico de Sagunto. Las labores de recuperación consisten en limpiar las adherencias marinas, aplicar un barniz de protección y subsanar las fisuras detectadas.

La pieza se tratará y estabilizará para que pueda ser expuesta y contemplada por los ciudadanos

Durante las labores de limpieza e inspección de la pieza, los técnicos del Centro de Arqueología Subacuática han descubierto una tapadera de madera en el interior que encaja perfectamente en la boca del ánfora; es la primera vez que aparece un ánfora ibérica con tapa en aguas de la Comunitat Valenciana. Su extracción del fondo ha sido necesaria con el fin de evitar el expolio.

 

27 junio 2018 at 11:27 am Deja un comentario

Un nuevo hallazgo en La Alcudia que desmonta parte de la historia de la Ilici Ibérica

  • Un ánfora romana asociada a un fragmento de tinaja ibérica cuestiona la datación asignada hasta ahora por los expertos
  • El descubrimiento evidencia la importancia de la arqueología de campo para renovar las fuentes sobre las que construir y conocer la historia

La vasija hallada en el yacimiento de Elche /  E.M.

Fuente: EL MUNDO
8 de junio de 2017

El descubrimiento de una ánfora romana junto a un fragmento de tinaja ibérica en el yacimiento arqueológico de La Alcudia, en Elche, podría desmontar un trozo de la historia de la Ilici ibérica.

El miembro del equipo del Proyecto “Damas y Héroes. Tras la Ilici ibérica” que realiza excavaciones en La Alcudia y especialista en iconografía ibérica, Héctor Uroz, ha explicado que, por la cronología que aporta el ánfora, “la fase histórica a la que se podría asociar el hallazgo es a la primera fundación colonial romana de Ilici, a finales de los años 40 del siglo I a.C.”.

Una fecha que “contrasta con la datación barajada tradicionalmente para estos vasos ibéricos, localizados en un momento ibérico algo más antiguo y previo a la fundación romana“, y que se empezaba a ver refrendada por recientes revisiones de la documentación de las excavaciones antiguas llevadas a cabo desde la Fundación La Alcudia”, ha expuesto.

El descubrimiento, ha señalado, “abre una nueva perspectiva, más amplia y compleja, en la que el factor Roma va adquiriendo más importancia en la gestación de, al menos, algunos de estos vasos”.

De esta forma, ha asegurado Uroz, “se pone de manifiesto la necesidad y la relevancia del trabajo de campo, de la excavación arqueológica“, porque “proporciona nuevas fuentes sobre las que construir la Historia”.

Aun así, ha afirmado, “el hallazgo no significa que haya que desmontar de un plumazo todo lo que pensamos sobre la iconografía ibérica final de La Alcudia“.

En términos genéricos, ha explicado, “los especialistas suelen asociar estos vasos y su iconografía a una especie de propaganda de la aristocracia ibérica, que basa la legitimidad de su poder en la conexión con un pasado mítico y heroico”.

El proyecto “Damas y Héroes. Tras la Ilici ibérica” lleva a cabo una excavación en el sector 11 de La Alcudia, donde se halló la Dama de Elche hace 120 años, financiado por la Universidad de Alicante (UA) y el Ayuntamiento de Elche.

 

8 junio 2017 at 11:29 pm Deja un comentario

La ‘mini Troya’ íbera de Lleida

El yacimiento de Els Vilars d’Arbeca era una fortaleza única hace 2.800 años, con murallas de hasta nueve metros de alto y seis de ancho

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Imagen digital de la fortaleza de Els Vilars. / JOSEP RAMON CASALS

Fuente: VANESSA GRAELL > Barcelona  |  EL MUNDO
13 de febrero de 2017

No fue un mito, aunque sigue siendo un misterio para los arqueólogos. La fortaleza de Els Vilars d’Arbeca (Lleida), construida hace 2.800 años, era tan inexpugnable como la Troya de Homero y es un yacimiento íbero único al norte del Ebro. Con murallas de seis metros de ancho y hasta nueve de altura y un foso de agua que podría ser doble, la fortaleza de Els Vilars fue un insólito reducto defensivo y de poder en el campo de Lleida, habitado durante cinco siglos y posteriormente abandonado. Las excavaciones arqueológicas han descubierto algunos extraños rituales que no se han conocido en ningún otro asentamiento íbero, como el entierro de un feto de caballo bajo el pavimento de la casa. En la cultura íbera (así llamaron los griegos a los habitantes del Levante y el sur de la península, custodios de unas tradiciones ancestrales distintas a las del interior), el caballo era un animal primordial, sinónimo de aristocracia y acompañante al más allá.

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Fotografía aérea del yacimiento de Els Vilars.

El descubrimiento de esta fortaleza, en 1975, empieza con una caja de zapatos. Todos los payeses de la zona sabían que en Arbeca había unas piedras extrañas, del pasado, con las que sus tractores solían encallar y les dificultaban el cultivo. Los niños solían jugar ahí y los cazadores iban en busca de conejos. «Un día, un vecino de Arbeca que entonces hacía el servicio militar en Tarragona se presentó en la clase de arqueología ibérica que impartía en el museo con una caja de zapatos llena de restos de cerámica», recuerda Emili Junyent, que entonces estaba acabando su tesis doctoral (hoy dirige el Grup d’Investigació Prehistòrica de la Universitat de Lleida). Pero la falta de recursos impidió que en los 70 se iniciara la excavación. Habría que esperar 10 años. En 1985 por fin se autorizó una intervención de urgencia. «La Generalitat era consciente de que se estaban destruyendo las ruinas e hicimos una intervención que, en principio, iba a durar un par de años. Parecía que estaba todo arrasado», recuerda Junyent. Y aunque las primeras excavaciones fueron decepcionantes, gracias a las indicaciones de un payés apareció la muralla. Así empezó la historia de una campaña arqueológica de 30 años que ha descubierto un inusual poblado, construido en el siglo VIIIa.C. y que ahora se muestra en el Museu d’Arqueologia con la exposición La fortalesa dels Vilars d’Arbeca, que se puede ver hasta el 30 de abril.

Entre las llanuras y los campos de Lleida, Els Vilars emerge como una ruina circular con las calles perfectamente delimitadas y, en el centro, una plaza con un pozo/cisterna (un elemento clave para subsistir en caso de sequía o de asedio). El origen del poblado se remonta a la primera Edad de Hierro y en los cinco siglos que estuvo habitado su urbanismo evolucionó, aunque siempre en anillos concéntricos. Al principio, toda la fortaleza estaba rodeada por un chevaux-de-frise, un círculo de piedras en vertical, de un metro, cual estacas, para impedir cualquier asalto por sorpresa. «Es un sistema de defensa desmesurado para un poblado ya amuralldo. Además, el chevaux-de-frise fue habitual en la Europa central o en la Hispania céltica, pero no en el mundo íbero. Es una idea muy antigua, que ya aparecía en La Ilíada, pero en el mundo íbero no se conocía», explica Junyent. Y sigue con las comparaciones homéricas. «Troya no necesitaba defensas. Sus murallas eran inexpugnables. En cambio, el campamento aqueo sí estaba rodeado por un foso y una estacada. Las fortalezas sólo podían tomarse por una treta, por una traición o por un largo sitio».

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Reconstrucción virtual del interior del poblado.

A pesar de la magna fortificación de Els Vilars, el poblado era un núcleo pequeño, con 150-170 habitantes. «El 80%de la superficie construida la ocupaban las defensas. Existe una desproporción inmensa con el espacio habitado. Lo que demuestra que era una arquitectura del poder y de la ostentación: todo está teatralizado. El poblado era la residencia del jefe de algún linaje en una sociedad cada vez más compleja La fortaleza tiene una dimensión ideológica, es un elemento identitario y cohesionador del grupo», cuenta el historiador.

«Hay un millar de yacimientos íberos en Cataluña, pero ninguno como éste. Entre los siglos VIII y IVa.C. el territorio estaba fragmentado en pequeñas unidades políticas. A partir del siglo Va.C. se fueron descomponiendo para crear poblaciones más grandes, siendo Iltirta (Lleida) la más grande, con 170.000 habitantes y 9.500 kilómetros cuadrados de extensión», apunta Junyent. Ya en el siglo III a.C. los íberos se verían envueltos en las Guerras Púnicas que enfrentaron a las dos potencias del Mediterráneo, Roma y Cartago.

Vino, caballos y rituales

En Els Vilars se bebía vino, se comían cereales (principalmente trigo) y viandas (desde cabras y ovejas hasta cerdos y vacuno), sin contar las piezas de la caza. Fundada en el siglo VIII a.C., antes de que los griegos llegaran a Empúries (575 a. C.), esta fortaleza presenta el urbanismo típico de la cultura íbera :un poblado circular con el epicentro en una plaza. Y un pozo/cisterna es el núcleo de la población, con calles estrechas en anillos concéntricos, de apenas 1,7 metros y con incipientes aceras.

Esta comunidad de agricultores llegó a desarrollar una tecnología hidráulica y metalúrgica, con hornos y molinos rotatorios. Pero además, también fue un pueblo dedicado a la cría de caballos. Y aquí aparece uno de los rituales más insólitos:se han encontrado fetos de caballo enterrados bajo las casas. En una costumbre extendida, los nonatos (ya fuese por nacer muertos o abortos) se enterraban bajo el perímetro de la casa, no en la necrópolis. «Obedecía algún tipo de práctica religiosa. Pero no se conoce ningún otro lugar en que se hiciera con los caballos: le daban el mismo trato que a los bebés humanos. Es un ritual dirigido a alguna divinidad relacionada con la fecundidad o la protección», apunta Emili Junyent.

 

15 febrero 2017 at 2:23 pm Deja un comentario

Los arqueólogos reproducen en 3D el segundo barco íbero localizado en el Cap de Creus

  • Descubren por qué se hundió
  • La nave, que hacía entre 9 y 10 metros de eslora y llevaba un cargamento de más de 150 ánforas de vino, naufragó en el siglo I aC

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La imagen en 3D del yacimiento Cala Cativa I, que permite ver la extensión y los restos que se conservan. (ACN / CASC)

Fuente: LA VANGUARDIA
1 de enero de 2017

Antes de cubrir de arena sus restos para evitar expolios y dejarlos reposar en el fondo del mar, los arqueólogos han hecho cientos de fotografías del segundo barco íbero localizado en el Cap de Creus para reconstruir lo que queda de él en 3D. El resultado es una imagen interactiva que permite ver en detalle este yacimiento. La nave, del siglo I aC, que hacía entre 9 y 10 metros de eslora, naufragó tras chocar contra unos arrecifes.

A bordo iban dos tripulantes y llevaba un cargamento de entre 150 y 200 ánforas de vino. Este 2016, el Centro de Arqueología Subacuática de Catalunya (CASC) ha hecho la segunda y última campaña de excavación del pecio, bautizado como Cala Cativa I. Se han podido documentar 25 cuadernas ligadas con cuerdas, características de la técnica naval de los íberos.

El resultado de los trabajos arqueológicos se podrá ver en una exposición. Se inaugurará el 30 de marzo del próximo año, en la sede del Museo de Arqueología de Catalunya (MAC) de Barcelona. La muestra llevará por título Navegants d’Aiguamolls y versará sobre la arquitectura y la técnica naval de los íberos, aprendida a partir del estudio del Cap de Vol y el Cala Cativa I.

Del Cala Cativa I hacía más de 120 años que se conocía su existencia, pero las técnicas del siglo XIX no permitieron descubrir el tesoro que esconden los restos. Se trata de una técnica constructiva que se distancia de la de los romanos y que, como subraya el director del CASC, Gustau Vivar, “es claramente característica de los indígenas locales de la época”.

Las primeras ánforas, extraídas por coraleros

Quien descubrió el barco fue un prohombre del Port de la Selva, Romualdo Alfaràs, que en 1894 contrató unos coraleros de la zona y llegó a extraer un centenar de ánforas del fondo marino. Alfaràs las dio a un museo, pero cuando quiso sacar más a la superficie topó con los impedimentos del Estado.

Hace cinco años, el CASC hizo una primera inspección en esta parte del subsuelo marino y relocalizó los restos de la nave. El hallazgo fue casi simultáneo al estudio del pecio del Cap de Vol, también hundido en el Cap de Creus, y que permitió documentar, por primera vez en la Península, la arquitectura naval de los iberos.

Del Cap de Vol al Cala Cativa I

El año pasado, con la ayuda del submarino Ictineu, se exploraron los restos del Cala Cativa I, situados a unos 30 metros de profundidad. Ya entonces, los arqueólogos concluyeron que se encontraban ante el segundo exponente de arquitectura naval ibera. Según concreta Vivar, a diferencia de los buques romanos, en este caso las cuadernas se ataban con cuerdas.

Además, otra característica que se escapa de la tradición romana es el hecho de que la quilla era totalmente plana; en aquella época, la costa estaba formada por marismas, y estos barcos se diseñaban específicamente para navegar. “El Cala Cativa I era un barco muy pequeño, adaptado para hacer navegaciones de entre tres o cuatro días”, concreta Vivar. Y añade: “Precisamente, sus dimensiones y el hecho de que creemos que no venía de otro lugar refuerzan la conclusión de que se trata de una nave hecha con técnicas navales indígenas”, subraya Gustau Vivar.

Este 2016, la segunda y última campaña en el Cala Cativa I ha permitido sacar a la luz incógnitas que aún se cernían sobre el barco. De la nave se conservan 7 metros de la carcasa del casco, aunque el barco hacía entre 9 y 10 de eslora. Lo que falta no ha sobrevivido al paso de los siglos.

Los arqueólogos han destapado la mitad de los restos (el año pasado, estudiaron la otra) y han descubierto que, en el momento de naufragar, en la nave había dos tripulantes. “Esto lo sabemos porque hemos encontrado trozos de objetos de su vida cotidiana, como platos y ollas”, precisa Gustau Vivar. Gracias a estos objetos, los arqueólogos también han datado con precisión el hundimiento: a mediados del siglo I aC.

Además, esta última excavación también ha permitido saber por qué se hundió la nave. “El barco se estrelló contra unas piedras y se le abrió una vía de agua importante”, concreta el director del CASC. “Pero cuando naufragó no se desmembró, porque eso habría hecho que las ánforas quedaran repartidas por el fondo del mar”, añade.

Más cargamento del que se sospechaba

Inicialmente, basándose en las que se habían extraído del agua a finales del siglo XIX, los arqueólogos creían que el Cala Cativa I llevaba un cargamento de 100 ánforas de vino. Procedían de la zona del Baix Llobregat y, seguramente, su destino final era Narbona. Ahora, sin embargo, el director del CASC subraya que probablemente la nave llevaba más carga: entre 150 y 200 ánforas.

Por un lado, porque al lado del pecio se han localizado diferentes fragmentos. Y, por el otro, porque mediante un estudio los arqueólogos han visto que estos barcos podían llevar hasta 40 ánforas en 1 metro lineal de buque. “Lo más seguro es que fuese cargado, por tanto, podemos afirmar que al menos llevaba 100 ánforas, que son las que se extrajeron del fondo; pero además nosotros creemos que la carga era mayor y llegaba hasta las 200”, precisa el director del CASC.

Vivar confía en que este barco y el otro que se descubrió, el de Cap de Vol, no serán los únicos yacimientos de la época que se esconden bajo las aguas del Cap de Creus. En los próximos años, si las partidas presupuestarias lo permiten, podría haber nuevos hallazgos.

 

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1 enero 2017 at 7:39 pm Deja un comentario

Sitges descubre sus orígenes ocultos bajo la máquina de café del Ayuntamiento

Los trabajos de remodelación del subsuelo de la Casa de la Vila, que fue castillo en época medieval, propician el hallazgo de restos íberos

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Algunas de las estructuras aparecidas en el subsuelo del Ayuntamiento de Sitges

Fuente: RAMON FRANCÀS > Sitges  |  LA VANGUARDIA
13 de octubre de 2016

Sistemas constructivos de la época de los íberos han sido hallados a metro y medio de profundidad en el subsuelo excavado de la Casa de la Vila de Sitges. Los restos arqueológicos desenterrados forman parte del sondeo realizado por el arqueólogo Joan Garcia Targa por encargo del Ayuntamiento en el marco de los trabajos de remodelación del edificio consistorial, ante la sospecha de la existencia de restos arqueológicos en buena parte del casco antiguo de la población de la comarca del Garraf.

Los restos hallados confirman que en la parte alta de la colina del casco antiguo hubo un asentamiento estable de población desde mediados del primer milenio antes de Cristo. Actualmente se ha delimitado de forma orientativa su perímetro después de encontrar restos como muros y silos (sitges en catalán: de ahí muy probablemente el origen del nombre de la población).

Antes de los romanos, los íberos ya poblaron esta zona. Desde la época renacentista, algunos eruditos supusieron que Sitges era la antigua Subur, núcleo situado en lugar indeterminado entre Barcino y Tarraco mencionado ya en textos latinos de los siglos I y II de nuestra era. Esta identificación se ha mantenido viva hasta nuestros días y ha llegado a popularizarse, “aunque los datos arqueológicos de los que disponemos hasta el momento no confirman esta posibilidad”, según Joan Garcia Targa.

Ahora, al levantar el pavimento de un despacho, cerca de la máquina expendedora de cafés del Ayuntamiento, han encontrado un lagar de vino del siglo XIX, que después de fotografiarse y documentarse se ha levantado. Bajo este lagar donde prensaban las uvas ha aparecido un gran silo de semillas de cereales del siglo I antes de Cristo (posteriormente fue utilizado también como vertedero de basura) y otro silo del siglo XVII. Ahora proseguirán las catas en diferentes puntos del edificio del Ayuntamiento, que en el siglo XIII era un castillo. Es el edificio histórico del Consistorio desde 1869. El sondeo arqueológico se extenderá a partir de ahora a otras estancias de la planta baja del edificio, con la intención de documentar las construcciones que se vayan encontrando y descubrir los orígenes de Sitges, así como recuperar las piezas para poder conservarlas, según ha informado el Ayuntamiento.

A los hallazgos casuales efectuados en el casco antiguo desde mediados del siglo XIX, en las últimas décadas se han añadido diversas campañas de excavación en el Archivo Histórico, Ayuntamiento, Biblioteca Santiago Rusiñol y las calles Fonollar y Major. En ellas, además de fragmentos de piezas relevantes, se han desenterrado muros y otras construcciones habituales en los poblados de época ibérica. Según Garcia Targa, una excavación del solar anexo al Archivo Histórico, muy cerca del Ayuntamiento, ya indicó en 1988 que en época ibérica la suave elevación montañosa ocupada posteriormente por el núcleo medieval de Sitges fue ya habitada en época ibérica. Además, Sitges es el municipio catalán donde se han documentado más restos humanos de neandertales. En las últimas décadas se han ido desenterrando desde hachas de piedra, monedas romanas de Tiberio, una moneda también romana del emperador Adriano, ánforas, fragmentos de cerámica romana, silos, cerámica ibérica o un anillo de oro puro (95%) datado en el siglo I d.C. En 1974 aparecieron numerosos restos arqueológicos durante unos trabajos hechos, como ahora, en el interior del edificio consistorial para sanear unas humedades, en el lado ubicado frente a la actual Casa Bacardí. No se ha sabido nada del destino de esos restos pese a que una vecina fallecida recientemente, Teresa Ferrer, observó casualmente que entre las tierras extraídas había fragmentos de cerámicas antiguas.

 

13 octubre 2016 at 6:03 pm Deja un comentario

De compras con los iberos

17 yacimientos catalanes celebran un fin de semana de puertas abiertas para explicar el comercio con fenicios, griegos y romanos

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La Fortalesa dels Vilars, en la Arbeca, uno de los yacimientos que abrirán sus puertas este fin de semana. / DEPARTAMENTO DE CULTURA

Fuente: JOSÉ ÁNGEL MONTAÑÉS > Barcelona  |  EL PAÍS
30 de septiembre de 2016

Lo que más llama la atención cuando se visita el poblado ibero de Ca n’Oliver, un asentamiento ocupado desde el año 550 antes de Cristo situado en el barrio de Montflorit de Cerdanyola del Vallès, son los enormes silos excavados en el suelo fuera de la imponente muralla, pero pegados a ella para poder ser controlados desde el interior por sus habitantes y así impedir que fueran saqueados por el enemigo.

Cartel del Fin de Semana ibérico

Cartel del Fin de Semana ibérico

Los habitantes iberos de Ca n’Oliver, y del resto de los poblados iberos, conocían perfectamente el proceso que permitía sellar de forma natural estos enormes recipientes realizados en el terreno con el fin de que el excedente de la producción agrícola se conservara y no se pudriera o se viera afectado por plagas. Esta práctica llamó la atención a Plinio que en la segunda mitad del siglo I escribe que en Hispania el grano se guardaba silos situados en terrenos secos en el fondo de los cuales y en las paredes se colocaba paja permitiendo que el grano se pudiera conservar hasta 50 años. Con el excedente comercializaban con otros pueblos mediterráneos obteniendo objetos de prestigio que ellos no producían.

El comercio de productos como el trigo, la cebada, la miel, el cobre o la plata, entre otras, entre los iberos de la península ibérica y pueblos como el griego y el fenicio y el romano, llevó a muchos grupos a desarrollar un alto nivel adquisitivo y de desarrollo. El comercio, como actividad de intercambio y desarrollo hace 2.300 años, es el tema sobre el que gira el Fin de Semana Ibérico en 17 yacimientos catalanes que forman parte de la llamada Ruta dels Ibers impulsada desde el Museo Arqueológico de Cataluña y los gestores de estos yacimientos.

Entre las actividades que podrán ofertar durante este fin de semana dominan los talleres en los que fabricar cerámica, amasar y cocer pan, acuñar monedas, de máscaras griegas, de transporte de vino, y las visitas a los yacimientos, muchas teatralizadas en las que los actores que van ataviados y se comportan como si vivieran habitualmente en el yacimiento son, en su mayoría, arqueólogos que conocen de primera mano lo que están explicando. Esta es una selección de las principales actividades que se podrán hacer en cada uno de los 17 yacimientos: http://www.mac.cat/Rutes/Ruta-dels-Ibers/Cap-de-Setmana-Iberic

Los 17 yacimientos

El Casol de Puigcastellet (Folgueroles)
L’Esquerda (Roda de Ter)
El Turó de Montgròs (El Brull)
La Ciutadella (Calafell)
Olèrdola (Olèrdola)
El Castellet de Banyoles (Tivissa)
Coll del Moro (Gandesa)
La Moleta del Remei (Alcanar)
Sant Miquel (Vinebre)
La Fortalesa (Arbeca)
El Molí d’Espígol (Tornabous)
Castell (Palamós)
El Puig de Castellet (Lloret de Mar)
Ullastret (Ullastret)
El Cogulló (Sallent)
Ca n’Oliver (Cerdanyola del Vallès)
Puig Castellar (Santa Coloma de Gramenet)

 

1 octubre 2016 at 10:34 am Deja un comentario

En busca de la ciudad perdida de Lauro

Las excavaciones evidencian que el poblado ibero de Samalús (Barcelona) es la población que acuñaba moneda y producía vinos muy apreciados en Roma

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Una de las puertas de entrada al yacimiento de Samalús, la antigua Lauro. / MARC GUÀRDIA

Fuente: JOSÉ ÁNGEL MONTAÑÉS > Barcelona  |  EL PAÍS
10 de agosto de 2016

No es necesario realizar expediciones al otro lado del mundo en busca de ciudades perdidas de las que solo se tienen escasas noticias y unos cuantos restos. Aquí mismo, en el Vallès Oriental (Barcelona), en un pequeño monte de las primeras estribaciones del macizo del Montseny de algo más de 600 metros de altura, protegida bajo enormes pinos y ensortijadas encinas, ha permanecido una escondida durante siglos. Es la ciudad ibérica de Lauro, famosa por acuñar monedas de las que se han localizado más de un centenar de ejemplares en las que siempre aparece un joven imberbe de pelo ensortijado en el anverso y un jinete que porta una palma, como signo de victoria, en el reverso. También por sus vinos, los únicos de la Laietania —la zona ibérica en la que se localiza esta ciudad—, que se salvaron de las críticas del exquisito paladar romano. “En las Hispanias los vinos lacetanos son famosos por su abundancia, y los tarraconenses y lauronenses por su selecta calidad”, escribió Plinio el Viejo en su Historia Natural.

Perímetro amurallado del yacimiento de Samalús (Vallès Oriental)

Perímetro amurallado del yacimiento de Samalús (Vallès Oriental)

Para el joven arqueólogo Marc Guàrdia no hay duda de que los restos que coronan el Puig del Castell de Samalús se corresponden con este oppidum que estuvo habitado entre los siglos V y I antes de Cristo, tras dirigir ya seis campañas de excavación en el poblado, la última el pasado mes de julio. En las primeras consiguió delimitar el perímetro de la muralla, un cinturón de más de un kilómetro de longitud, dos metros de ancho y, en algunos tramos que se han conservado, casi tres metros de altura. Toda construida con enormes piedras, algunas ciclópeas. Las últimas excavaciones se han centrado en excavar una de las dos puertas de acceso al recinto y dos de las siete torres localizadas hasta ahora, todas en el sector de Levante del yacimiento, que dan idea del empeño de sus habitantes de sentirse protegidos. El recinto amurallado delimita un área de cuatro hectáreas, algo así como cuatro campos de fútbol, que acogería las viviendas y los edificios de representación, como templos y santuarios, de los que, por ahora, no se han localizado ninguno. Los trabajos han permitido saber que solo Burriac, considerado la capital de la Laietania supera en dimensión a Lauro y que la muralla no tiene parangón en toda esta zona. Solo Ullastret, en Girona, presenta un cinturón similar.

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Una de las monedas acuñadas en Lauro.

La visita al yacimiento, después de subir 45 minutos andando, deja patente como la naturaleza se ha aliado con los restos. “El bosque la ha protegido”, asegura Guàrdia, que reconoce que la espesura del arbolado también complica, y mucho, los trabajos. Da la sensación de que el tiempo se ha detenido en este lugar desde el que se divisa gran parte del Vallés, e incluso el mar, y que de un momento a otro puede aparecer un ibero equipado con su escudo y su falcata dispuesto a defender el poblado y los suyos del enemigo. Pero no. Los únicos que pueden sorprendernos son animales como lo jabalíes, que desde hace siglos campan a sus anchas.

Guàrdia explica que él no encontró el yacimiento, fue al revés. Curtido en excavaciones sabía que un monte llamado “Puig del Castell” tenía todos los números de conservar restos arqueológicos, pero nunca pensaba que pertenecieran a la desaparecida Lauro. “A mitad de los años 50 Josep Estrada menciona que ha localizado restos cerámicos ibéricos y ‘amontonamientos de piedras’, pero no vio la magnitud del asentamiento ni la contundente muralla, algo que se ha mantenido cincuenta años más en los que nadie lo había investigado”, explica el arqueólogo.

Trabajos en el interior de una de las torres de la muralla de Samalús. MARC GUÀRDIA

Trabajos en el interior de una de las torres de la muralla de Samalús. MARC GUÀRDIA

Guàrdia ha revisado todas las monedas (117 acuñadas a partir del siglo II a. C. hasta el año 90 a. C.) que llevan la leyenda Lauro y ha comprobado que su presencia es más intensa en el Vallès (el 76% del total se encuentran a un radio menor de 30 kilómetros del yacimiento). Está, además, el tesoro de Cànoves, una localidad situada a tres kilómetros del yacimiento formado por 41 monedas que se ocultaron para preservarlas. Del total, 21 aparecen con la inscripción Lauro. Tras revisar las inscripciones, los tituli picti, de las ánforas en las que se transportaba el vino en las que aparece en nombre latino de Lauro ha podido comprobar cómo muchas fueron creadas en centros de producción laietanos. Otro dato que ha permitido adscribir el yacimiento a la antigua ciudad son los nombres ya que Lauro es la correlación toponímica con Llerona, localidad situada en el llano, apenas a 5 kilómetros de distancia del yacimiento.

 

La torre seis de la muralla de Samalús, una vez escavada. MARC GUÀRDIA

“Los últimos trabajos que trataban sobre la ubicación de esta ceca comenzaban a desplazar su localización fuera del Vallès Oriental, porque faltaba un yacimiento de entidad en esta zona, pero ya ha aparecido”, prosigue Guàrdia, que ha presentado sus primeros trabajos en varios congresos y está empeñado en que el yacimiento se conozca. El año pasado se recuperó un antiguo camino de carboneros que conduce al yacimiento y se colocaron paneles indicativos que explican las características del asentamiento y así abrirlo al público. Y este año, el primer fin de semana de octubre, Lauro participará por primera vez en la Ruta dels Ibers, la iniciativa del Museo de Arqueologia de Cataluña para visitar los principales yacimientos catalanes ibéricos.

El trabajo se antoja ingente. Las excavaciones, siempre lentas, y acompañadas de un periodo de estudios de los materiales y de las estructuras irán arrojando luz sobre la vida de estos iberos. Ya se ha podido determinar que hubo vida a partir del siglo V antes de Cristo y que cuando llegaron los romanos, en el siglo II a. C. el poblado, a diferencia de lo que ocurrió en muchos otros tras la II Guerra Púnica, no fue arrasado. “Sabemos que la muralla en el siglo II a. C. fue reconstruida y, al menos, una de las torres, fue reocupada en esta fase, por lo que la vida continuó y no de forma residual”. De este momento es, además, la villa romana de Can Martí, situada en el llano a 200 metros del Puig del Castell que intensificó la producción y exportación de vino. Por fin, en el siglo I a. C., el poblado fue abandonado. Hasta ahora, que comienza a recibir las primeras visitas.

¿TRICAPITALIDAD DE LA LAIETANIA?

Que nadie es asuste. La capitalidad de la Laietania no está en peligro. Nadie discute el poderío de Burriac, el yacimiento situado entre Mataró y Cabrera de Mar que controlaba el comercio marítimo. Lo que pasa es que pese a sus diez hectáreas de extensión no son visitables casi ninguna de sus estructuras. Lo mismo le pasa al yacimiento barcelonés de Barkeno, el enorme poblado ibérico que controlaba el comercio en la desembocadura del Llobregat, situado a los pies de la montaña de Montjuïc. Del yacimiento solo se conocen dos monedas y un conjunto de enormes silos, los más grandes del mundo ibérico catalán, que dejan patente el poder de los iberos que vivían en este oppida. Tanto que ha llevado a los especialistas a plantear una bicapitalidad ibera de los layetanos. El tercero en discordia será, a partir de ahora, el yacimiento de Samalús, con sus cuatro hectáreas y su potente y complejo sistema defensivo.

 

17 agosto 2016 at 10:53 am Deja un comentario

La escritura de los iberos: El misterio de una antigua lengua

Los antiguos iberos dejaron miles de inscripciones escritas en un original alfabeto que fue un enigma durante siglos. En la década de 1920, un estudioso granadino, Manuel Gómez-Moreno, logró descifrar la pronunciación de esos extraños signos

Por Eugenio R. Luján, Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 132

kálatos-Sant-Miquel-de-Llíria

Fragmento de un kálatos de Sant Miquel de Llíria. Museo de Prehistoria, Valencia.

Una escritura sin descifrar es siempre un misterio que supone un reto para la ciencia y la inteligencia. Por eso, la historia de cada desciframiento nos resulta tan fascinante, y quienes han conseguido un logro así despiertan nuestra admiración y nos hacen soñar con el conocimiento de antiguas civilizaciones que, tras haber permanecido mudas durante siglos, vuelven a hablarnos de forma directa a través de sus textos. Son bien conocidos los nombres de Jean-François Champollion, que a principios del siglo XIX logró descifrar la escritura jeroglífica egipcia, y de Michael Ventris, a quien se debe la interpretación del llamado lineal B, la escritura de las tablillas en griego micénico, realizada en la década de 1950.

Un reconocimiento similar merece el arqueólogo e historiador español Manuel Gómez-Moreno, artífice del desciframiento de otra escritura de la Antigüedad que durante largo tiempo fue un misterio para los estudiosos: la escritura ibérica. En la década de 1940, Gómez-Moreno estableció los valores fonéticos del conjunto de los signos de la escritura, de manera que ahora sabemos que términos como  o  deben pronunciarse ekusu y karkoskar. Desgraciadamente, nuestra ignorancia de la lengua ibérica nos impide comprender el significado de estas palabras y de los numerosos textos ibéricos que se han localizado, inscritos en láminas de plomo, cerámicas, monedas o lápidas.

Primeros ensayos

La propuesta de Gómez-Moreno culminó una larga historia de intentos de desciframiento de la escritura ibérica, que se inicia al menos cuatrocientos años atrás, durante el Renacimiento. Entonces los estudiosos de la Antigüedad empezaron a interesarse por las monedas antiguas de Hispania, un buen número de las cuales llevaban leyendas escritas en unos signos que, a diferencia de las griegas y latinas, no les eran comprensibles: lo que hoy llamamos escritura ibérica y que ellos denominaron «caracteres primitivos hispánicos». Algunos eruditos, sin embargo, vieron que ciertos signos de esta escritura ibérica presentaban semejanzas formales con las escrituras griega y fenicia, y eso dio pie a algunos intentos de desciframiento. Quizás el primero en intentarlo fue Antonio Agustín, quien en 1587 sugirió que la leyenda de una moneda hallada en Ampurias, que hoy leemos untikesken, significaba enporon, Ampurias en griego; Agustín lo adivinó a partir del parecido de los signos para la «n», aunque no podía interpretar los demás. Con ese mismo método también identificó las letras s y ś. Él mismo era consciente de lo hipotético de su propuesta y confesaba: «Pero lo más cierto es que no las entendemos».

En cualquier caso, el interés que él y otros estudiosos de la época mostraron por las monedas anticipó el papel fundamental que éstas tendrían en el desciframiento final de la escritura ibérica. En el siglo siguiente, el erudito aragonés Vicencio Juan de Lastanosa realizó una importante recopilación numismática, el Museo de las medallas desconocidas españolas (1645), en la que, en un alarde de sinceridad, decía de las monedas ibéricas: «Las notas y los caracteres de las medallas españolas son tan extraños y exquisitos que, habiendo hecho diligencias no vulgares para averiguarlos por ver si podría formar un alfabeto y rastrear con él sus misteriosos secretos, me hallo imposibilitado de alcanzarlos».

Un ímprobo trabajo

El período de la Ilustración habría de traer nuevos aires a la investigación de las inscripciones de la Antigüedad. A lo largo del siglo XVIII fueron varios los autores que se ocuparon de estos temas, haciendo aportaciones muy significativas. Luis José Velázquez, en un ensayo de 1752, defendió el origen griego y fenicio de las antiguas escrituras hispánicas. Aunque su propuesta de desciframiento no era adecuada, al menos la vinculación con la escritura fenicia era correcta, pues hoy sabemos que en ella está el origen último de las antiguas escrituras hispánicas. Además, la semejanza formal con el griego y el fenicio le permitió identificar correctamente los signos ibéricos para los valores a, e, r y l.

Algunos eruditos creyeron por entonces que el desciframiento estaba al alcance de la mano. Por ejemplo, el valenciano Gregorio Mayans y Siscar, uno de los estudiosos más importantes de la epigrafía antigua de España, alardeaba en una carta que escribió a un amigo suyo en 1759: «Vuestra merced no se canse de interpretar las monedas antiguas españolas, porque esa gloria la tiene Dios reservada para mí, cuando quiera emplear en ese estudio tres o cuatro meses». Sin embargo, en vez de tres o cuatro meses, habría que esperar más de 150 años para que la interpretación de las leyendas de esas monedas se hiciese realidad. También hubo autores que formularon hipótesis fantasiosas, como Juan Bautista de Erro, que en 1806 rechazaba el origen griego y fenicio de la escritura ibérica y defendía lo contrario, que era la escritura griega la que procedía de la española antigua.

En el siglo XIX se llevaron a cabo avances notables en el estudio de la escritura ibérica, hasta el punto de que algún autor estuvo a punto de conseguir descifrarla. El estudioso francés Aloïss Heiss, en una obra de 1870, incluía una tabla de leyendas de monedas en la que prácticamente todos los signos ibéricos estaban correctamente transcritos, pero fallaba una cosa: Heiss no se percató de que la escritura ibérica era una combinación de signos alfabéticos y silábicos, algo inesperado.

Otro estudioso, el español Jacobo Zóbel, en un libro publicado en 1880 descifró correctamente las vocales, varias consonantes (l, n, m, s y ś) e incluso algunos signos silábicos (ka, ke, ko y du). Por su parte, el alemán Emil Hübner, en la gran recopilación de inscripciones ibéricas que publicó en 1893, afirmó sin ambages que la escritura ibérica procedía de la fenicia y no de la griega, pero no tuvo en cuenta las propuestas de interpretación en clave silábica que ya habían puesto en circulación otros autores.

Todo este trabajo previo sirvió de base a los estudios de Manuel Gómez-Moreno. El gran estudioso granadino se basó esencialmente en dos tipos de materiales. Por un lado, analizó las «inscripciones greco-ibéricas», es decir, inscripciones en escritura griega, pero en lengua ibérica, como las que aparecían en el plomo de Alcoy, al que en 1922, poco después de su hallazgo, dedicó un importante artículo. Por otro lado, estudió las leyendas de las monedas siguiendo la estela de un autor anterior, Antonio Delgado. En su Nuevo método de clasificación de las medallas autónomas de España, publicado en tres tomos entre 1871 y 1879, Delgado había desarrollado la idea de que en muchos casos las monedas con leyendas ibéricas procedían de la misma ceca o lugar de emisión que otras monedas con leyendas latinas, puesto que presentaban el mismo tipo de imágenes y tenían un área de dispersión similar. Esto significaba que el nombre de la localidad que figuraba en las monedas debía ser el mismo tanto si estaba escrito en latín como si lo estaba en ibérico.

Letras y sílabas

Manuel Gómez-Moreno comprendió que este hecho podía constituir la clave para progresar en la interpretación de la escritura ibérica. Comparando las leyendas de monedas ibéricas y latinas producidas en una misma ceca, elaboró un cuadro de equivalencias fonéticas entre los signos de las leyendas monetales ibéricas y los valores que, de acuerdo con las leyendas latinas correspondientes, era esperable que tuvieran. En un artículo publicado en 1943 realizó una comparación de la escritura ibérica con otras escrituras del Mediterráneo. Gómez-Moreno demostró así que la escritura ibérica era un tipo muy especial en el conjunto de los sistemas de escritura de la Antigüedad. Su característica más singular es que se trata de una escritura semisilábica o, si se quiere, semialfabética. Esto significa que, del conjunto de signos de que consta la escritura, una parte son silábicos, es decir, representan sílabas (ba, ta, ka, be, te, ke…), mientras que otra parte son alfabéticos, es decir, representan un solo sonido: las vocales (a, e, i, o, u) y las diversas consonantes (n, m,  , s, ś, l, r, ŕ).

Por otro lado, Gómez-Moreno vio bien claro que existían al menos dos variedades de escritura diferentes: la que él denominaba «tartésica» y la que propiamente llamamos ibérica. En efecto, hoy en día sabemos que no hubo un solo sistema de escritura en la Hispania antigua, es decir, no hubo una única «escritura ibérica». La que descifró Gómez Moreno es la llamada escritura ibérica levantina, empleada para escribir tanto la lengua ibérica como la celtibérica; en ella están escritas la mayor parte de las inscripciones paleohispánicas que conocemos hoy en día. Podemos, por tanto, leer fonéticamente estas inscripciones, a pesar de que la gramática y el vocabulario de la lengua ibérica sigan siendo en su mayor parte un enigma.

En el caso de las otras variedades de antiguas escrituras hispánicas, la hoy denominada «meridional» y la llamada «escritura de las estelas del suroeste» –o «tartésica» para otros autores–, subsisten todavía dudas considerables en cuanto a la interpretación de varios de sus signos. Hay, por tanto, un campo de trabajo interesante, a pesar de que las propias limitaciones de los materiales de que disponemos para llevar a cabo esa tarea hagan muy difícil y laborioso el progreso en el desciframiento de la escritura ibérica.

Para saber más

Historia lingüística de la península Ibérica en la Antigüedad. Javier de Hoz. CSIC, Madrid, 2010.
Epigrafía y lengua ibéricas. Javier Velaza. Arco Libros, Madrid, 1996.
Los íberos y su mundo. B. Collado Hinarejos. Akal, Madrid, 2014.

5 enero 2015 at 11:10 am 1 comentario

Técnicos estudian si la ciudad de Valencia es más antigua de lo que se piensa tras nuevos hallazgos en Ruaya

Yacimiento de la calle Ruaya. EFE/Juan Carlos Cárdenas

Técnicos estudian si la ciudad de Valencia es más antigua de lo que se piensa tras el hallazgo de nuevos restos arqueológicos en la calle Ruayaque podrían datar del siglo III a.C. y que indican la existencia de huerta habitada y cultivada en esta zona antes de la fundación de la ciudad.

Así avanzado este lunes la concejala de Cultura del consistorio valenciano, Mayrén Beneyto, durante la presentación de 1.543 monedas árabes descubiertas en otra excavación y que se exhiben ahora en el Museo de Historia de Valencia.

Los restos de la calle Ruaya fueron hallados entre 2007 y 2008 cuando una empresa privada excavaba en la zona con la intención de construir un parking. Ahora, técnicos del Ayuntamiento y del Institut Valencià de Conservació i Restauració de Béns Culturals (IVACOR) estudian las piezas encontradas para determinar si Valencia es “todavía más antigua de lo que se creía”, ha apuntado Beneyto. Hasta ahora, se fecha la fundación de la ciudad en el año 138 a.C., siendo cónsul romano Décimo Junio Bruto, según figura en la página web del consistorio.

En este sentido, el jefe de la sección de Arqueología del Ayuntamiento, Albert Ribera, ha explicado que se ha encontrado restos que podrían datar del siglo III a.C, de cerámica ibérica, romana y griega, dos monedas cartaginenses, ánforas de Cádiz y Túnez, además de bolsas de riego, zonas de desperdicios y algún pozo, que indican que era una zona de huerta habitada y cultivada en esta época, antes de la fundación de la ciudad de Valencia”.

No obstante, ha precisado que en estos momentos están “intentando entender qué hay”, dado que se hay que ver si se correspondería con la ciudad de Valencia u otra colindante. Es más, “no necesariamente ha de ser una cosa urbana”, podría tratarse de un puerto al que llegaban los barcos, ha apuntado.

Algunas de estas piezas llegarán al IVACOR en los próximos días para ser analizadas, ha confirmado por su parte la directora de este organismo dependiente de la Generalitat, Carmen Pérez.

Fuente: Europa Press

5 noviembre 2012 at 5:43 pm Deja un comentario

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