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Cicerón, el asesinato del último defensor de la República de Roma

En el año 43 a.C., dos sicarios de Marco Antonio asesinaron al orador de 64 años mientras viajaba en su litera como venganza por la muerte de Julio César

Marco Tulio Cicerón
Abogado, político y filósofo, Cicerón ha pasado a la historia por su defensa de los valores republicanos. Busto. Galería de los Ufizi, Florencia.

FOTO: Scala, Firenze

Fuente: José Miguel Baños  |  National Geographic
12 de junio de 2018

Marco Tulio Cicerón ha pasado a la historia por su defensa de los valores de la República romana y su crítica a Julio César, a quién veía como un tirano. Esos ideales le costaron la vida cuando, tras el asesinato del dictador en el año 44 a.C., Marco Antonio se hizo con el control del Senado y desató una purga entre sus enemigos. Al año siguiente, dos sicarios del antiguo lugarteniente de César asesinaron al viejo político republicano y le cortaron la cabeza y las manos para exhibirlas en los Rostra.

El viejo orador regresa a Roma

En 48 a.C., Cicerón, de casi 60 años –edad en la que a ojos de los romanos un hombre era ya un anciano– estaba convencido de que su carrera política había llegado a su fin. Lejos quedaban sus días de gloria como abogado y azote de políticos corruptos y de enemigos del Estado, como Catilina, el patricio cuya conspiración había desenmascarado ante el Senado quince años antes. Había asistido impotente al ascenso de Pompeyo y Julio César, generales y jefes de partido que acabarían enzarzados en una guerra civil para alcanzar el poder. Cicerón criticó a ambos, sobre todo a César, por sus ambiciones casi monárquicas, contrarias al viejo ideal republicano que él mismo defendía. Tras la victoria de César sobre su rival, el orador regresó a Roma, pero apenas participó en la vida política: si en algún momento creyó que César podía restaurar la República, la realidad de los hechos desvaneció cualquier esperanza a medida que el dictador fue acumulando en su persona un poder casi absoluto.

El ostracismo político de Cicerón coincidió también con un momento personal difícil. Al poco de su regreso a Roma, a comienzos de 46 a.C., se divorció de su esposa Terencia tras treinta años de matrimonio. La mujer había dilapidado gran parte de la hacienda familiar en dudosas inversiones, lo que llevó a Cicerón a contraer un nuevo matrimonio con Publilia, una joven de buena familia de la que, sin embargo, se divorció a los seis meses. Por si esto fuera poco, a mediados de febrero del año 45 a.C., murió su hija Tulia, que acababa de divorciarse de Dolabela, un estrecho colaborador de César, y había dado a luz en enero a un hijo que también moriría poco después. A consecuencia de todos estos hechos, Cicerón cayó en una grave depresión.

Demasiados sinsabores y desgracias, que el viejo senador intentó superar, como en otros momentos de su vida, refugiándose en sus aficiones literarias. Cicerón se entregó a una actividad frenética y absorbente a la vez, ocupado en la redacción de algunas de sus obras retóricas más importantes (Bruto y El orador, por ejemplo) y, sobre todo, acometió el ambicioso proyecto de presentar la filosofía griega en latín y de forma accesible al público romano.

Mientras Cicerón se encontraba recluido en sus fincas de Astura, Túsculo, Puteoli o Arpino, un grupo de conjurados organizaba el atentado que costaría la vida a Julio César. Pese a que estaban estrechamente unidos al orador –muy especialmente Marco Bruto, sobre quien Cicerón había ejercido una decisiva tutela intelectual–, no le informaron de sus planes, quizá porque sabían de su carácter dubitativo y su renuencia a acometer acciones violentas. Cicerón estaba presente en la sesión del Senado de los idus de marzo del año 44 a.C. en la que César fue asesinado a puñaladas. Su reacción fue una mezcla de sorpresa y horror, pero también de alegría contenida: en su correspondencia privada y en los discursos que después dirigirá contra Marco Antonio –las Filípicas–, el orador manifestó su orgullo por que Bruto, al levantar el puñal que había clavado en el cuerpo de César, gritara el nombre de Cicerón como invocación por la libertad recuperada.

Guerra contra Marco Antonio

La alegría indisimulada de Cicerón por la muerte de César fue fugaz, pues fue Marco Antonio quien acabó controlando la situación en Roma: en las honras fúnebres del dictador inflamó a la muchedumbre y la lanzó contra los asesinos de su líder. Temiendo por sus vidas, Bruto y Casio abandonaron Roma.

Cicerón, obligado también a dejar la ciudad, lamentó en tonos cada vez más amargos la inactividad de “nuestros héroes” –los conjurados–, su falta de decisión desde el día mismo del asesinato de César, su incapacidad para enfrentarse a Marco Antonio y su falta de planes para el futuro. En cambio, él no estaba dispuesto a rendirse. Convencido de que se dirimía la supervivencia misma de la República, decidió erigirse en el líder del Senado en una lucha a muerte contra Marco Antonio. Como si no tuviera ya nada que perder, frente a las dudas y falta de decisión en otros momentos de su vida, Cicerón se mostró en todo momento implacable con Antonio y abogó por acciones mucho más drásticas y violentas que los propios cabecillas de la conjura, quienes, a juicio de Cicerón, habían actuado con el valor de un hombre, pero con la cabeza de un niño.

Convencido de que la supervivencia de la República estaba en juego, Cicerón se erigió en el líder del Senado en su lucha contra Marco Antonio

Aun así, cuando poco después Décimo Bruto, otro de los conjurados, desafió a Antonio desde la Galia Cisalpina, poniendo a los romanos ante la amenaza de una nueva guerra civil, Cicerón tuvo un momento de desfallecimiento. Todo le parecía perdido; la República –confesaba en una carta a su amigo Ático– era “un barco completamente deshecho, o mejor, disgregado: ningún plan, ninguna reflexión, ningún método”. Desesperanzado, decidió abandonar Italia y dirigirse a Grecia. Pero no llegó a realizar este viaje, pues un inoportuno temporal lo impidió cuando ya había embarcado.

Entonces Cicerón recapacitó y decidió volver a Roma. Había recibido noticias alentadoras de que la situación estaba volviendo a cauces más tranquilos, pues Marco Antonio parecía dispuesto a renunciar a su exigencia de que Décimo Bruto le entregara la Galia Cisalpina. Además, el orador pensó que, ante la inacción de los conjurados, podría utilizar a un joven de 18 años, recién estrenado en política, como ariete en su enfrentamiento con Marco Antonio.

Octaviano entra en escena

Este joven era Gayo Octavio, nieto de una hermana de Julio César, al que el dictador había nombrado heredero en su testamento. Octavio recibió la noticia del asesinato de César mientras estaba en Apolonia (en la actual Albania), y enseguida emprendió viaje para desembarcar en Brindisi, en el sur de Italia. Una vez allí, intentó ganarse la confianza de los veteranos de las legiones cesarianas, pero también de personajes influyentes como Cicerón. Por eso, en su marcha hacia Roma se detuvo a entrevistarse con el orador en su villa de Puteoli. Allí lo colmó de atenciones, consciente de que su apoyo podía serle útil en sus planes políticos.

Cicerón se sintió halagado al ver a ese joven “totalmente entregado a mí”, y se convenció de que podría utilizarlo como freno a la ambiciones de Marco Antonio. Así, cuando se enteró de que, en ausencia de Antonio, Octaviano se había presentado en Roma con los veteranos de dos legiones para hablar ante el pueblo y reivindicar sus derechos, Cicerón se mostró feliz porque, como le cuenta a su amigo Ático, “ese muchacho le ha dado una buena paliza a Antonio”. El propio Octaviano lo convenció para que regresara a Roma y, con su liderazgo, encabezase la lucha contra Marco Antonio. Ya en la ciudad, Cicerón aprovechó la marcha de Marco Antonio camino de la Galia Cisalpina para, a través de sus Filípicas, convencer a los nuevos cónsules, Hircio y Pansa, de que le declarasen la guerra abiertamente.

Esta enérgica actitud contrastaba con el deseo de parte del Senado de agotar las vías negociadoras e intentar convencer a Antonio de que abandonase el asedio de la ciudad de Módena, donde Décimo Bruto resistía a duras penas a la espera de las tropas del Senado. Éstas llegaron unos meses después, y en unión con las fuerzas de Octaviano obtuvieron dos victorias decisivas sobre Antonio. Al llegar la noticia se desató la euforia en Roma y Cicerón, el gran vencedor del momento, fue llevado en triunfo desde su casa al Capitolio y desde allí al Foro, a los Rostra, la tribuna de los oradores desde la que se dirigió, exultante, al pueblo romano.

Sin embargo, la alegría de Cicerón fue de nuevo efímera. Marco Antonio logró salvar parte de sus legiones y pronto estableció una alianza con Lépido, gobernador de la Galia Narbonense. Además, Octaviano, en lugar de perseguir a Antonio, decidió reclamar para sí el consulado y, cuando el Senado se negó, no dudó en atravesar el Rubicón, como hiciera su padre adoptivo César, y marchar sobre Roma con sus legiones. Impotentes, los senadores se vieron obligados a claudicar. Cicerón veía cómo de nuevo un jefe militar se aprovechaba del poder de sus tropas para pisotear la legalidad republicana. Además, Octaviano tenía motivos para recelar de Cicerón, pues había llegado a sus oídos que el orador parecía conspirar contra él: “El muchacho [Octaviano] debe ser alabado, honrado y eliminado” (laudandum adulescentem, ornandum, tollendum), decía en privado.

La huida de Cicerón

Abatido y conocedor de que la causa de la República se encontraba ya definitivamente perdida, Cicerón se retiró a sus fincas del sur de Italia. Desde allí contempló, impotente, el acercamiento de Octaviano a Lépido y Marco Antonio y la constitución del denominado segundo triunvirato. Este acuerdo no sólo era un revés político para Cicerón, sino que también lo amenazaba personalmente. En efecto, los triunviros confeccionaron una amplia lista de senadores y caballeros a los que se condenó a muerte y a la confiscación de sus bienes. La sed de venganza hizo que en esa lista no se respetaran siquiera los lazos familiares: Lépido sacrificó a su propio hermano Paulo, y Antonio, a su tío Lucio César. En el caso de Cicerón, fue Octavio quien finalmente cedió ante el vengativo Antonio. Así lo cuenta Plutarco: “La proscripción de Cicerón fue la que produjo entre ellos las mayores discusiones por cuanto Antonio no aceptaba ninguna propuesta si no era Cicerón el primero en morir […]. Se cuenta que Octaviano, después de haberse mantenido firme en la defensa de Cicerón durante dos días, cedió por fin al tercero abandonándole a traición”.

Cicerón se encontraba en su villa de Túsculo acompañado de su hermano Quinto cuando supo que ambos estaban en la primera lista de proscritos. Angustiados, partieron de inmediato hacia la villa de Astura para desde allí navegar a Macedonia y reunirse con Marco Bruto, pero en un momento dado Quinto volvió sobre sus pasos para recoger algunas provisiones para el viaje. Delatado por sus esclavos, fue asesinado pocos días después junto con su hijo. Cicerón, ya en Astura, presa de la angustia y de las dudas, consiguió un barco, pero, después de navegar veinte millas, desembarcó y para sorpresa de todos caminó unos treinta kilómetros en dirección a Roma para volver de nuevo a su villa de Astura y desde allí ser conducido, por mar, a su villa de Formias, donde repuso fuerzas antes de emprender la travesía final a Grecia.

El asesinato

Demasiadas dudas. Demasiado tarde. Al enterarse de que los soldados de Antonio estaban a punto de llegar, Cicerón se hizo llevar a toda prisa, a través del bosque, hacia el puerto de Gaeta para embarcar de nuevo. Los soldados hallaron la villa vacía, pero un esclavo llamado Filólogo les mostró el camino tomado por Cicerón. Era el 7 de diciembre de 43 a.C. Plutarco describió así el momento: «Entretanto llegaron los verdugos, el centurión Herenio y el tribuno militar Popilio, a quien en cierta ocasión Cicerón había defendido en un proceso de parricidio […]. Cicerón, al darse cuenta de que Herenio se acercaba corriendo por el camino que llevaba, ordenó a sus esclavos que detuvieran allí mismo la litera. Entonces, llevándose, como era su costumbre, la mano izquierda a su mentón, miró fijamente a sus verdugos, sucio del polvo, con el cabello desgreñado y el rostro desencajado por la angustia, de modo que la mayoría se cubrió el rostro en el momento en que Herenio lo degollaba; y lo hizo después de alargar el mismo Cicerón el cuello desde la litera. Tenía 64 años. Por orden de Antonio le cortaron la cabeza y las manos con las que había escrito las Filípicas». Una cabeza y unas manos que Antonio ordenó exponer como trofeos, para que todo el mundo en Roma pudiera contemplarlos, sobre los Rostra, la misma tribuna de los oradores desde la que pocos meses antes Cicerón había sido aclamado por la multitud.

Stefan Zweig, que no sin razón dedica a Cicerón el primero de sus Momentos estelares de la humanidad, concluye su relato de este modo: “Ninguna acusación formulada por el grandioso orador desde esa tribuna contra la brutalidad, contra el delirio de poder, contra la ilegalidad, habla de modo tan elocuente en contra de la eterna injusticia de la violencia como esa cabeza muda de un hombre asesinado. Receloso, el pueblo se aglomera en torno a la profanada Rostra. Abatido, avergonzado, vuelve a apartarse. Nadie se atreve –¡Es una dictadura!– a expresar una sola réplica, pero un espasmo les oprime el corazón. Y, consternados, bajan los ojos ante esa trágica alegoría de su República crucificada”.

Para saber más

Cicerón. Anthony Everitt. Edhasa, Barcelona, 2007.

Discursos contra Marco Antonio. Marco Tulio Cicerón. Cátedra, Madrid, 2001.

Dictator. Robert Harris. Grijalbo, Barcelona, 2015.

 

El foro romano
Cicerón pronunció algunos de sus discursos más famosos en este lugar, centro político de la ciudad. En primer término, las tres columnas del templo de Cástor y Pólux, y al fondo, el arco de Septimio Severo.

FOTO: Massimo Ripani / Fototeca 9×12

 

Regreso a Roma
Esta pintura de Francesco di Cristofano, que decora la Villa Medicea en Poggio a Caiano, ilustra la vuelta de Cicerón a Roma en 57 a.C., tras el exilio impuesto por Clodio, tribuno de la plebe aliado de César.

FOTO: Erich Lessing / Album

 

Las armas del escritor
Tablilla de cera, punzón y tintero de bronce del siglo I a.C. procedentes de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

FOTO: Oronoz / Album

 

La ira de Fulvia
Según Dion Casio, la enfurecida esposa de Marco Antonio cogió la cabeza de Cicerón y “escupiéndole enfurecida, le arrancó la lengua y la atravesó con los pasadores que utilizaba para el pelo”.

FOTO: BPK / Scala, Firenze

 

Julio César, el tirano
Cicerón creía que Julio César era un tirano que había traicionado los valores republicanos que el orador defendía. Busto del dictador del siglo I a.C.

FOTO: DEA / Album

 

De Octaviano a Augusto
El heredero de César se valió de Cicerón para afianzar su posición en la lucha de poder en Roma. Este camafeo incrustado en la llamada Cruz de Lotario muestra la efigie de Octaviano, convertido ya en el emperador Augusto.

FOTO: Erich Lessing / Album

 

La muerte del dictador
Este óleo de George Edward Robertson recrea las exequias de César, que Marco Antonio capitalizó para volver al pueblo contra los conspiradores y presentarse como el nuevo hombre fuerte de Roma.

FOTO: Bridgeman / ACI

 

Residencia estival
Situado a 25 kilómetros de Roma, el municipio de Túsculo acogía las villas rústicas de ciudadanos romanos ricos, entre ellas la de Cicerón. En la imagen, el pequeño teatro de la localidad.

FOTO: M. Scataglini / AGE Fotostock

 

Pacto entre Marco Antonio y Octaviano
Este cistóforo de plata fue acuñado en Éfeso para conmemorar la boda entre Marco Antonio y Octavia, la hermana de Octaviano. Museo Británico, Londres.

FOTO: Scala, Firenze

 

Contra Marco Antonio
Cicerón lanzó contra Marco Antonio una serie de duros discursos, las Filípicas. Portada de una de las copias de la obra, siglo XV.

FOTO: Bridgeman / ACI

 

Marco Junio Bruto
El joven protegido de Julio César fue uno de los conspiradores que lo apuñaló durante los idus de marzo. Busto del siglo II. Museo del Hermitage, San Petersburgo.

FOTO: Scala, Firenze

 

El gran escenario
La tribuna de los Rostra, en el foro romano, era el lugar desde donde los oradores se dirigían al pueblo. Aquí expuso Antonio la cabeza y las manos de Cicerón tras su muerte.

FOTO: Scala, Firenze

 

El asesinato
Este óleo de François Perrier recrea el momento en que, tras interceptar con sus hombres la litera de Cicerón, Herenio se dispone a decapitarlo. Siglo XVII. Museo Estatal, Bad Homburg.

FOTO: AKG / Album

 

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12 junio 2018 at 7:24 pm Deja un comentario

Entre el psicópata y el pirómano… la verdad sobre el Emperador con parálisis cerebral que estabilizó Roma

Entre Calígula y Nerón, reinó un Emperador que todos consideraban débil, y tal vez lo era físicamente, pero con él vinieron años de estabilidad y avances a Roma

Grato proclama a Claudio emperador. Detalle del cuadro A Roman Emperor 41AD (Un emperador romano, 41 d. C.)

Fuente: César Cervera  |  ABC
9 de mayo de 2018

Un gran número de senadores y miembros del ejército romano planearon el 24 de enero del año 41 d.C castigar con la muerte las extravagancias y violencia crecientes de Calígula. Ese día, un tribuno de la guardia de corp imperial apuñaló a Calígula cuando estaba absorto en la contemplación de un espectáculo teatral. Según el mito popular, la guardia pretoriana descubrió a Claudio, tío de Calígula, escondido tras unos cortinajes y decidió nombrarle Emperador a la vista de lo fácil que iba a resultar manejarlo.

Y sí. Claudio, que es conocido por el gran público gracias a la novela «Yo Claudio», aparentó durante toda su vida una debilidad física y psicológica que, llegada su oportunidad de acceder al poder, jugó en su favor. Así y todo, pronto se vio que Claudio no era ni remotamente tan tonto como había imaginado su familia, que desde tiempos de Tiberio había descartado que supusiera una amenaza debido a sus diversas discapacidades. Nacido con un pie deforme y, como apunta David Potter en «Los emperadores de Roma» (Pasado y Presente), con cierto grado de discapacidad intelectual (una parálisis cerebral le afectaba desde niño), Claudio permaneció en segundo plano durante los reinados de Tiberio y Calígula. Eso a pesar de que su padre, Druso el Mayor, era hermano de Tiberio y su madre, Antonia la Menor, era hija de la hermana del Emperador Augusto.

Una risa desagradable, una cólera más repulsiva

Que Claudio hubiera llegado a adulto en el seno de una familia cuyos miembros solían caer, con gran frecuencia, muertos en circunstancias extrañas se explica, sobre todo, por la discreción del susodicho. Solo gozó de cierto protagonismo político en un breve periodo del reinado de Calígula, quien le nombró cónsul y luego no dejó pasar la ocasión de humillarle mientras ejerció el cargo.

Pero, más allá de las humillaciones y de la anécdota novelada de Claudio apareciendo entre los cortinajes, lo cierto es que el tío de Calígula se reveló pronto más astuto de lo que parecía. Fue él, según las fuentes clásicas, quien se acercó al campamento de los pretorianos al enterarse de la muerte del Emperador psicópata. Estaba enterado de la conjura, sino implicado, y se encargó de negociar con el Senado para que también ellos dieran el visto bueno a su nombramiento. El Senado maniobró, sin éxito, para restaurar el sistema republicano en Roma, pero, con la simpatía del pueblo, la guardia pretoriana logró coronar a Claudio imaginándole un inepto y para evitar así que el Senado recuperara terreno al estamento militar.

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado realmente fructífero

Claudio, que había pasado su vida entregado a la lectura y a la escritura, era un inexperto en el terreno político, como antes que él lo había sido Calígula, cuyo reinado había devenido en terrorífico. Tenía graves problemas para tratar con los senadores y tendencia a tartamudear en cuanto le alejaban de sus libros, lo cuales versaban en su mayoría sobre la Antigüedad más arcaica. Aquel periodo le fascinaba.

El historiador clásico Cayo Suetonio Tranquilo realizó un semblante que describe a la perfección los problemas para socializar del nuevo Emperador:

Estatua del Emperador Claudio

«Su persona ostentaba cierto aspecto de grandeza y dignidad, ya en pie o sentado, pero sobre todo en reposo, pues era alto y esbelto, tenía un rostro bello, hermosos cabellos blancos, y cuello robusto; pero cuando marchaba, sus inseguras piernas le hacían tambalearse, y cuando hablaba, tanto en broma como en serio, le afeaban sus taras: una risa desagradable, una cólera más repulsiva aún, que le hacía echar espumarajos por la boca, nariz goteante, un insoportable balbuceo y un continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificante que fuese».

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado sorprendentemente fructífero. A los senadores les reemplazó en sus tareas de gobierno esclavos libertos, bien formados y con menos intereses creados; una forma de gobierno que, en términos modernos, podría ser calificado de tecnocracia.

Los escándalos finiquitan la calma

El gobierno de libertos desarrolló un importante plan de obras públicas, entre cuyos proyectos destacó la construcción de un nuevo puerto comercial en la desembocadura del río Tíber, al norte de Ostia, que permitió la entrada regular de trigo en toda la Península itálica.

En materia militar, el reinado de Claudio fue conocido por la invasión de Britania dos años después de la muerte de Calígula. Aulo Plaucio acometió la campaña que se le había resistido al mismísimo Julio César, ampliamente admirado por Claudio, en un intento del nuevo régimen por demostrar que el Emperador tartamudo era un hombre fuerte y decidido. 40.000 legionarios lograron derrotar a los britones e iniciar un proceso de pacificación que se alargaría casi un siglo y que, en el caso de algunas regiones norteñas, nunca pudo concluirse del todo.

El Emperador Claudio partió precipitadamente al norte a atribuirse él el mérito de la conquista, ignorando que aquel dominio del territorio solo era nominal. Sus enemigos, muy numerosos en el Senado, no dejaron de recordárselo.

Britania en la Tabula Peutingeriana

La falta de astucia política de Claudio impulsó el ascenso de ministros con gran preparación, pero también de advenedizos que estaban interesados en enriquecerse más que en el bien público. Estos libertos se introdujeron en todos los rincones del palacio y orquestaron algunos sonados escándalos.

Tras el terremoto de la vida privada de Calígula, la de Claudio y sus libertos no le fue a la zaga. A finales de la década del 40 a.C., el Emperador se distanció de su tercera esposa, la joven Mesalina, y se lanzó a buscar amantes entre el gran caladero de esclavas. Mesalina respondió al fuego con más fuego… En su particular guerra por mostrar a Roma que podía tener más amantes que su marido, se dice que pasó una noche en un burdel practicando el sexo con todos los que pagaron por sus servicios, para demostrar que podía superar a una prostituta experimentada.

En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas

Como explica David Potter en el mencionado libro, la gota que colmó la paciencia de Claudio fue que, habiéndose ausentado de Roma, Mesalina simuló una boda con uno de sus amantes. En represalia, Claudio ordenó la ejecución de su esposa y varios de sus amantes. Después de aquel divorcio súbito, tomó una nueva mujer, su sobrina Julia Agripina, por consejo de sus asesores libertos. Un escándalo incestuoso, que obligó al Emperador a cambiar las leyes y a introducir en palacio a una de las mujeres más ambiciosas de la historia romana.

El poder de Agripina, nieta adoptiva de Augusto, creció con rapidez hasta controlar todo el entorno familiar. En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas. Su hijo Nerón, de otro matrimonio, fue proclamado Emperador en detrimento de Británico, llamado así por Claudio tras la victoria militar en las Islas. Nerón, que terminaría revelándose un gobernante insensato, era mayor que Británico, como bien calculó Agripina, y podía acceder al trono antes que su hermanastro. Una maniobra subterránea que la esposa de Claudio acompañó con otra mucho menos sutil: envenenó también a Británico poco después.

 

13 mayo 2018 at 12:09 pm 1 comentario

El español que se arruinó para llevar las corridas en Roma

Pintura de B. Pinelli de 1810 con espectáculos de toros en el Mausoleo de Augusto

Fuente: GIULIO MARIA PINTADOSI  |  EL INDEPENDIENTE
5 de mayo de 2018

El emperador Octaviano Augusto no le habría gustado que su mausoleo se convirtiera en establo de vacas. Suficientemente grande para contener la tumba de todos los emperadores romanos y sus familias durante casi un siglo; cuando fue terminado, en el I d.C., la estatua de bronce de Augusto que dominaba el monumento se podía ver desde toda la ciudad de Roma. Mil seiscientos años después fue ahí donde el desafortunado empresario español Bernardo Matas intentó establecer las corridas de toros en Roma. Era el año 1780 cuando Matas alquiló las ruinas del mausoleo al noble portugués Don Vicente Mani Correia. Vincenzo Correa para los romanos.

De todos los monumentos antiguo que hay en Roma, el mausoleo de Augusto es el que peor suerte ha tenido. Fue castillo, jardín renacentista, plaza de toros y sala de conciertos hasta que Benito Mussolini decidió devolverle su esplendor original. Ahí sigue, al lado del río Tíber, en ruinas, cubierto de telas y paneles, atrapado en una interminable obra de rehabilitación que debería acabar en 2019.

Pero cuando Bernardo Matas firmó el contrato de alquiler con Vincenzo Correa, se conformó con lo que quedaba del edificio, añadiendo unas pocas gradas. La gran explanada circular que sobresalía encima de las estructuras del antiguo monumento era más que suficiente para las corridas. Su baza era el capital humano: se llevó a los toreadores desde España “para divertir a la nobleza y el pueblo”.

La plaza de toros de Roma

“Matas poseía una familia extensa. Para mantenerla y al mismo tiempo aumentar sus rentas transformó el mausoleo de Augusto en una hostería y sus jardines, previa licencia pontificia, en un lugar de espectáculos”, dice Jorge García Sánchez, docente de la Universidad Complutense de Madrid, a El Independiente. Autor del libro La Italia de la Ilustración, Sánchez ha estudiado en profundidad el intento de Matas de llevar a Roma la corrida de toros española. “Resucitó en Roma una tradición que había sido olvidada desde hacía siglos. Las corridas -o giostre en lengua italiana- se practicaban desde la Edad Media en la zona del Monte Testaccio. Estos juegos se trasladaron a la más céntrica área de Plaza Venecia hasta 1566, cuando el Papa Pío V decretó la prohibición de estos espectáculos”.

El Mausoleo de Augusto en la actualidad / WIKICOMMONS

La primera lidia se organizó en julio de 1780, sin embargo el público no respondió. En apenas tres años Matas tuvo que devolver al Correa la recién nacida plaza de toros. El noble portugués, que tenía más olfato para los negocios, reformó el sitio añadiendo un palco de honor y amplió la oferta de entretenimiento. Como no había suficientes toros en Roma los reemplazó con vacas y puercos. Organizó carreras de sacos y torneos de piñata. Cómo las leyes del Estado de la Iglesia permitían estos tipos de actividades hasta “la hora del Ave María”, por las noches organizaba espectáculos con fuegos artificiales. En 1788 se intentó, sin éxito, el vuelo de un globo aerostático.

El Anfiteatro Correa se conviritió en uno de los lugares más de moda de Roma. Entre los espectadores que pasaron por ahí estuvo también Wolfgang Goethe. Escribe en su diario el poeta alemán: “Hoy hubo combate de animales en la tumba de Augusto. Este edificio redondo […] sirve ahora como especie de Anfiteatro para las corridas de toros. Podrá contener de cuatro a cinco mil personas. El espectáculo en sí no me ha gustado mucho”.

Estampa de 1780 del Barbazza con la Giostra de Bernardo Matas en el Anfiteatro Correa

Diferencias con la corrida española

Para García Sánchez la diferencia entre la corrida española y la lidia italiana era el aire circense de esta última. “La giostra tiene una función eminentemente efectista y teatral, donde la figura del matador es inexistente”, explica Sánchez. Como en el caso de las estampas de la Tauromaquia de Goya o los óleos de Antonio Carnicero, también en Roma las corridas inspiraron los artistas locales que nos han dejado el único testimonio visual de aquellos acontecimientos. Una vez reformado, el Anfiteatro Correa fue el edificio más parecido a una plaza de toros que nunca existió en Roma: con una arena de 40 metros de diámetro, un palcos y gradas cubiertas. En 1790 los Correa vendieron la propiedad el inmueble que siguió llevando su nombre.

La “Giostra della bufala”, así se llamaban las corridas en Roma, echó el cierre en el siglo XIX.

La “Giostra della bufala”, así se llamaban las corridas en Roma, echó el cierre en el siglo XIX. Otra vez por orden de un papa. Fue Pío VIII que, en su breve pontificado de apenas dos años entre  1829 y 1830, tuvo tiempo para prohibir todos los espectáculos con animales en el anfiteatro Correa por considerarlos peligrosos.

En 1881, después de la construcción de una cubierta de hierro y vidrio, la tumba de Augusto se convirtió en teatro y sala de música. Será la última reencarnación del mausoleo hasta 1936, cuando Benito Mussolini decidió derrumbar todas las estructuras adicionales para sacar a luz el monumento original y convertirlo en su tumba. Después de la caída del fascismo el proyecto fue aparcado y el conjunto cayó en el abandono. Primero fue un jardín para mascotas y sólo en los últimos años ha sido cerrado mientras a la espera de que las autoridades italianas decidieran qué hacer con tamaños restos. Ahora, casi 12 millones de euros más y una rehabilitación larga setenta años, el Mausoleo de Augusto podría estar listo para volver a abrir al público en abril de 2019. Por lo que a las corridas se refiere, en Italia quedaron ilegalizadas hasta 1994, cuando el primer gobierno de Silvio Berlusconi levantó una prohibición establecida en 1940.

 

5 mayo 2018 at 2:20 pm Deja un comentario

Tras los rastros de la gran derrota que hizo temblar la República de Roma

El 6 de noviembre del 105 antes de Cristo las legiones romanas sufrieron la mayor derrota que se recuerda durante la República frente a los cimbrios, teutones y celtas a orillas del Ródano, cerca de Arausio, la actual Orange, en un lugar que un grupo de investigadores cree ahora haber identificado.

Huesos de equinos hallados en enigmáticas fosas atestiguan sacrificios practicados como parte de un ritual de victoria. Foto: Le Figaro

Fuente: EFE  |  LA VANGUARDIA

París, 13 abr.- Pese a las crónicas romanas del hecho, siempre tendentes a la exageración, de Plutarco o Tito Livio, los arqueólogos no habían podido localizar el escenario de la batalla en la que 120.000 hombres perecieron, desertaron o fueron capturados por los bárbaros, que no dudaron en ejecutarlos, muchos de ellos lanzados a las aguas del río.

El profesor Alain Deyber, al frente de un equipo interdisciplinar de investigadores franceses, españoles, alemanes, austríacos, italianos y suizos, considera que ha ubicado el lugar en el que los invasores del norte hicieron temblar los cimientos de la mayor civilización del momento.

Una derrota que, de rebote, fortaleció a Roma y sentó las bases de una nueva fuerza militar en la que se asentó Julio César para conquistar el poder medio siglo más tarde.

Puntas de flechas, armaduras y todo tipo de armamento, monedas de plata, restos humanos y animales… vestigios suficientes para que el especialista en Roma y sus colaboradores no alberguen duda de que han hallado el lugar en el que se libró la batalla de Arausio.

“Fue una batalla de exterminio, nadie miraba lo que dejaba atrás, los restos de la batalla son numerosos”, asegura a Efe el investigador.

Deyber reconoce que “muchos de los vestigios han sido saqueados lo largo de los años” y que los indicios de que cazadores locales encontraban monedas de plata en el lugar y las vendían son antiguos, lo que le puso sobre la pista.

Sus trabajos han permitido ahora no solo sacar a la luz el campo de batalla, sino localizar uno de los dos campamentos de las fuerzas romanas y, si se confirman las primeras hipótesis, también el lugar donde se concentraron las tropas germánicas.

“Hemos hallado una espada que procede de Sajonia occidental y estamos estudiándola”, asegura el investigador.

Arausio fue el lugar elegido por la República para detener el avance de una tropa heterogénea que había partido de Dinamarca por motivos desconocidos en busca de nuevas tierras y que, a su paso, había ido agregando efectivos, hasta convertirse en una amenaza para Roma.

El Senado envió una decena de legiones pero cometió un error: al frente de las mismas había dos cabezas.

El cónsul Malio Máximo, plebeyo de origen, acudió en refuerzo del procónsul Quinto Servilio Cepión, patricio que no aceptó situarse bajo el mando de un militar de casta inferior.

Las diferencias entre ambos se tradujeron en una división en dos que permitió a los cimbrios aniquilar las tropas romanas en la Galia.

La derrota provocó un terremoto en Roma. “La mayor parte de las familias patricias perdieron algún miembro en aquella batalla. La República se sintió vulnerable”, cuenta Deyber.

Por motivos que se desconocen, los germánicos decidieron no atacar la capital y, en lugar de atravesar los Alpes, pusieron rumbo a los Pirineos, en dirección a Hispania.

Eso dio tiempo a la República para reconstruir su defensa. Malio y Cepión, que sobrevivieron a la masacre, fueron juzgados y condenados y el Senado encargó a Cayo Mario reconstruir las fuerzas.

Nombrado cónsul, Mario afrontó una profunda reforma social en la República y sentó las bases de un nuevo Ejército que finalmente derrotó a los bárbaros y que sirvió de base a Julio César en su campaña de las Galias, en la que asentó su prestigio y poder para alcanzar el poder absoluto en Roma.

El trabajo de Deyber ha sacado a la luz el supuesto campo de Malio de 55 hectáreas, mientras que el de Cepión, algo menor, de 35, se considera que está en el asentamiento actual de Orange.

“Hay monedas acuñadas la víspera de la batalla y que fueron distribuidas por los cuestores romanos entre la soldada para motivarles”, explica el especialista.

Su búsqueda se va a reforzar en los próximos meses con métodos ultramodernos e, incluso, se va a extender al fondo del Ródano.

A Deyber y su grupo de investigadores le gustaría que la zona albergara un centro de interpretación de la batalla que puso patas arriba una civilización.

 

13 abril 2018 at 5:42 pm Deja un comentario

La auténtica historia de Espartaco: el temido gladiador que humilló a las legiones de Roma

Lejos de lo representado en la película de Kubrick, el esclavo tracio no fue crucificado como la mayoría de su ejército, sino que murió en una batalla con el severo Craso

Estatua de Espartaco en el Museo del Louvre

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
27 de marzo de 2018

«Yo soy Espartaco». «No, yo soy Espartaco». «Mi mujer y yo también somos Espartaco…». La Semana Santa no sería la misma sin películas con temática bíblica o, al menos, con romanos poblando la televisión estos días. «Espartaco» (1960), la virulenta producción que desquició por igual a Stanley Kubrick y a Kirk Douglas, es una esas cintas imprescindibles en estas fechas. Importa poco que la fidelidad histórica brille por su ausencia y que, en definitiva, sea incapaz de responder a la pregunta de ¿quién era Espartaco?

Porque poco se sabe realmente de los orígenes de Espartaco más allá del mito. Según los autores clásicos fue un antiguo soldado nacido en Tracia, en la actual Bulgaria, que sirvió como auxiliar a los ejércitos de Roma, razón por la cual conocía bien las tácticas militares de la gran potencia de su tiempo. La leyenda asegura que tras ser apresado por desertor trabajó de forma forzosa en unas canteras de yeso y, gracias a sus habilidades bélicas, fue comprado por un mercader para la escuela de gladiadores de Capua de Léntulo Batiato.

La revuelta de esclavos más célebre

Si bien también había muchos hombres libres en busca de fortuna, las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían, sobre todo, con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. A cambio, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud y podían optar a comprar su libertad en pocos años.

Relieve que muestra a un esclavo en una provincia romana de Asia

Los gladiadores eran una clase privilegiada entre los agraviados esclavos, una masa que llegó a suponer más del 20% de la población de toda Roma y estaba expuesta a toda suerte de humillaciones y agresiones por parte de sus dueños. Para empezar porque los gadiadores, a diferencia de un esclavo doméstico, tenían acceso a armas a diario. En el verano del año 73 a.C, un grupo de ochenta gladiadores, encabezados por Espartaco, escapó de la escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas del Vesubio, desde donde levantó a miles de esclavos en favor de su causa.

Entre ellos había tracios, celtas, germanos y esclavos de todos los rincones de la República. Apenas tenían armas, pero su fe estaba puesta en la minoría selecta que representaban los gladiadores, con Espartaco y dos celtas, Criso y Enómao, formando un precario grupo de mando.

Espartaco se reveló pronto como un astuto militar que transformó la maraña de hombres y mujeres de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares y, con el tiempo, cualificado incluso para crear talleres propios para equipar a sus fuerzas. No en vano, las mejores tropas de la República romana no se encontraban en la Península Itálica. Los pretores Glodio Glabro y Varinio se vieron sorprendidos al frente de tropas bisoñas, en las laderas del volcánico Vesubio, por un ejército que se alimentaba, no de los esclavos de las grandes ciudades, sino de fugitivos, campesinos, desertores y toda clase de personajes rurales.

Dada la gravedad de la situación, los cónsules en ese momento, Lucio Gelio y Cneo Léntulo, se hicieron cargo en persona de las operaciones. Lucio Gelio se dirigió al sur y derrotó al celta Criso y a sus 20.000 seguidores junto al monte Gargano, en Apulia. Con Clodiano combatiendo a Espartaco en el norte, Gelio reanudó la marcha para apoyar a su compañero de consulado y poner así fin a la revuelta. No obstante, Clodiano cayó derrotado y Espartaco atacó a Gelio. Ni siquiera cuando los dos cónsules unieron sus fuerzas pudieron derrotar al tracio.

Medidas radicales ante la crisis

Alarmado por una de las mayores crisis en su historia, el Senado de Roma encargó a Marco Licinio Craso, uno de los hombres más influyentes y adinerados de la ciudad, que hiciera él frente a la amenaza con su talento militar y, sobre todo, su dinero. Ejerciendo como pretor, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo del decimatio a las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de sus predecesores. Este brutal castigo consistía en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros.

Además, cambió la ración de trigo por cebada al 90% de las tropas restantes y las obligó a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de que un grupo de esclavos se hubiera sublevado en el corazón de la península itálica.

Espartaco y su ejército entraron en contacto con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia

Al frente de ocho legiones, el pretor sufrió algunos reveses iniciales ante imbatido Espartaco, pero no tardó en ganar terreno a los esclavos y en sacar partido a sus luchas intestinas. Craso derrotó a otro grupo que se había escindido entonces del principal ejército y levantó una inmensa línea de fortificaciones, de unos 65 kilómetros, con el objetivo de encerrar a los esclavos en la punta más extrema de Italia.

Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), Espartaco y su ejército, viéndose acorralado, entraron en contacto en el mar Tirreno con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia con el fin de hacer de la isla un bastión rebelde inexpugnable. Sin embargo, los romanos se percataron de la intención de Espartaco, por lo que sobornaron a los piratas para que traicionaran al esclavo tracio.

El castigo a los esclavos sirvió de mensaje para futuros rebeldes.

En una ocurrencia desesperada, el caudillo rebelde recurrió a una táctica utilizada contra los romanos por el cartaginés Aníbal, otro de los emblemáticos villanos de la historia de Roma. Durante una noche tormentosa, reunió a todas las cabezas de ganado que pudo, colocó antorchas en sus cuernos y las arrojó hacia la zona más vulnerable de las fortificaciones. Los romanos se concentraron en el punto a donde se dirigían las antorchas, pero pronto descubrieron, para su sorpresa, que no eran hombres, sino reses. Los rebeldes aprovecharon la distracción para cruzar la valla por otro sector sin ser molestados.

Un castigo salvaje

Pese a su astuta maniobra, Espartaco se vio obligado a enfrentarse finalmente a las legiones de Craso en terreno abierto. En el comienzo de la acción, en el año 71 a.C, el antiguo gladiador cortó el cuello a su propio caballo, supuestamente capturado a uno de los comandantes romanos antes derrotados, para demostrar que no estaba dispuesto a huir y pelearía con sus hombres hasta el final. Y así fue. Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso, después de dar muerte a dos centuriones que le salieron a su paso. La mayoría de los rebeldes pereció en la batalla y de los que se rindieron, 6.000 prisioneros adultos, todos fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua, como advertencia a otros esclavos dispuestos a atacar a sus amos.

Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso

Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión y no el deseado triunfo (una entrada solemne en Roma) que tanto deseaba. El Senado le negó este reconocimiento para evitar que Espartaco se convirtiera en un mártir; en tanto, Cneo Pompeyo, que había participado también en la fase final de la campaña, incluyó la victoria en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania. De esta forma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión, al derrotar a un par de miles de esclavos cuando ya encontraban huyendo. «Craso había derrotado a los esclavos fugados en una batalla, pero él, Pompeyo, había destrozado las raíces de la guerra», alardeó con más propaganda que verdad el verdugo favorito del dictador Sila. La herida abierta entre ambos protagonizó el escenario político de los siguientes años.

 

27 marzo 2018 at 2:12 pm Deja un comentario

Pompeyo Magno, historia de un fracaso

Miembro de una rica familia de provincias, Pompeyo se ganó muy pronto el apodo de “el Grande” por sus triunfos militares. Pero su enfrentamiento con César, su antiguo aliado, acabó causando su perdición

El rostro de Pompeyo Magno.
Cneo Pompeyo nació en 106 a. C., hijo de Cneo Pompeyo Estrabón, un rico terrateniente y senador de la región del Piceno, en el norte de Italia. Los retratos del general romano –de clara influencia helenística– lo muestran con aspecto afable y digno. Busto del Museo Arqueológico de Venecia.

Foto: Bpk / Scala, Firenze

Fuente: Carles Buenacasa  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
6 de marzo de 2018

En el año 61 a.C., se celebró en Roma una de las procesiones triunfales más fastuosas de su historia. Su protagonista era un general que entonces tenía 47 años, de atractiva presencia, porte majestuoso y –según parecía entonces– tocado por la fortuna. Aquél era ya su tercer triunfo, con el que parecía coronarse una carrera que justificaba el apodo de Magno, el Grande, que el pueblo le había otorgado años antes. El historiador Plutarco escribiría más tarde: “Otros antes que él habían triunfado ya tres veces. Sin embargo, él había obtenido su primer triunfo por su victoria en África, el segundo por su éxito en Europa y el último por dominar Asia, y todo ello hacía parecer que sus triunfos eran señal de que el mundo entero se había rendido a su poder”.

La historia de Pompeyo el Grande fue la del ascenso de un hombre nuevo hasta la cúspide del poder en Roma. Su familia no figuraba entre los linajes más antiguos y aristocráticos de la Urbe, sino que constituía un ejemplo de linaje recientemente promocionado al orden senatorial en premio a sus servicios militares. Los Pompeyo eran originarios de la región del Piceno, en la Italia adriática. De hecho, los romanos de pura cepa les reprochaban sus ancestros galos, y su cabello rubio, una rareza en la Roma de aquellos tiempos, era visto con desconfianza.

Guerra en Hispania

Cuando Cneo Pompeyo Magno hizo su entrada en la arena política romana, la ciudad acababa de salir de uno de los mayores conflictos de su historia: la guerra civil librada entre 88 y 81 a.C. entre los partidarios de Cayo Mario, los “populares”, de tendencias políticas populistas, y los de Lucio Cornelio Sila, los “optimates”, conservadores y partidarios del poder del Senado. Estos últimos salieron vencedores y gobernaban Roma desde la muerte de su líder en 78 a.C.

Casi todos los miembros de la familia Pompeyo fueron partidarios y colaboradores de Sila, especialmente su padre, Cneo Pompeyo Estrabón, un militar que se había ganado fama de carnicero y malversador durante la guerra social (una revuelta de los aliados itálicos de Roma, que querían recuperar su independencia). El futuro Pompeyo Magno siguió su ejemplo e hizo sus primeras armas combatiendo a los populares, liderados por Mario. La campaña más importante se desarrolló en la península ibérica, donde se enfrentó al rebelde Quinto Sertorio. La guerra sertoriana, que empezó en 80 a.C., retuvo a Pompeyo en Hispania hasta 71 a.C., un año después de que Sertorio fuera asesinado por sus propios generales. Como recuerdo de su paso por la Península, Pompeyo fundó una ciudad en su propio honor –Pompaelo, la actual Pamplona– y, además, elevó un monumento conmemorativo en el Coll de Panissars, en los Pirineos orientales, que se conserva en parte. En la dedicatoria, hoy perdida, el joven general dejó constancia del grado de destrucción que dejaba atrás: 876 comunidades sometidas por su espada.

Tan aplastante victoria fue recompensada en Roma con el consulado del año 70 a.C., a pesar de que Pompeyo no había ocupado ninguna de las magistraturas que se desempeñaban antes de recibir el nombramiento de cónsul. Su colega en el cargo fue el acaudalado Marco Licinio Craso, el líder de los populares, aunque no hubo demasiada colaboración entre ellos y su relación fue bastante tensa.

Al acabar su consulado, Pompeyo acrecentó su fama como general con dos nuevas campañas. La primera, en 67 a.C., consistió en acabar con la piratería en el Mediterráneo, especialmente activa en regiones como Sicilia, la costa adriática, Cilicia o Creta. Pompeyo dividió el Mediterráneo en trece sectores y los asignó a otros tantos generales, cada uno de los cuales erradicó sistemáticamente los piratas de su cuadrante. Así, mucho antes de concluir el año, se habían capturado 846 barcos, se conquistaron 120 poblados y se hicieron unos 20.000 prisioneros que fueron vendidos como esclavos. Las bajas entre los piratas ascendieron a unas 10.000.

Entre 66 y 63 a.C. tuvo lugar la segunda campaña de Pompeyo. Se desarrolló en Oriente y tuvo como objetivo acabar con el expansionismo de dos reyes hostiles a Roma: Mitrídates VI del Ponto y Tigranes II de la Gran Armenia. Las aplastantes victorias conseguidas por Pompeyo no sólo provocaron el suicidio de Mitrídates y la rendición del monarca armenio, sino que le permitieron anexionar nuevos territorios como Siria, Cilicia, Ponto y Bitinia, y reducir a los reinos vasallos de la zona a la condición de protectorados.

Conjurados por Roma

Aquellas dos campañas aumentaron el prestigio de Pompeyo como conquistador y, sobre todo, permitieron la reactivación comercial tanto por mar como en el frente oriental. Fue gracias a ellas como Pompeyo se ganó su fama de “hombre de suerte contrastada”.

Mientras Pompeyo cimentaba en Oriente su fama como militar, Julio César daba sus primeros pasos políticos en Roma al conseguir en el año 63 a.C. el cargo de pontífice máximo, la magistratura religiosa suprema, que, además, era vitalicia. A su regreso a la capital, Pompeyo fue agasajado en una ceremonia triunfal en la que se mostraron inmensas riquezas y se repartieron 75 millones de dracmas en monedas de plata.

Sin embargo, Pompeyo topó con gran oposición en el Senado para proceder al reparto de tierras que había prometido a sus veteranos. Por eso no tuvo más remedio que acercarse a los líderes del partido popular, Craso y César, y constituir con ellos la alianza secreta que conocemos como primer triunvirato (60 a.C.). Gracias a esta asociación, Julio César fue elegido uno de los dos cónsules del año 59 a.C. y materializó las asignaciones de tierra que Pompeyo había prometido a sus legionarios.

Al término de su consulado, César se marchó a las Galias para conseguir los laureles militares que necesitaba para consolidar su carrera política. Él y Pompeyo se separaron como amigos y aliados, unidos además por el matrimonio de Julia, la hija de César, con Pompeyo. Diez años más tarde, cuando volvieron a encontrarse, se habían convertido en acérrimos rivales.

La inesperada muerte de Julia durante un alumbramiento, en 54 a.C., y la de Craso en su campaña contra Partia al año siguiente fueron hábilmente usadas por los optimates para atraer a Pompeyo a su bando. Éste se negó a concertar una nueva alianza matrimonial con César y, en abril de 52 a.C., aceptó el nombramiento de cónsul “sin colega”, una designación peculiar ya que el consulado era una magistratura colegiada. Sin duda, era un modo hábil de evitar cualquier alusión al título de dictador. Al acabar su mandato se le concedió el título de procónsul, cargo que ejerció hasta su muerte en 48 a.C.

Pompeyo contra César

Los optimates ahondaron aún más el abismo entre Pompeyo y César anunciando que al término del mando de César en las Galias éste sería procesado por las malversaciones cometidas durante su consulado y exiliado fuera de Italia. Ante esta compleja coyuntura política, la única salida digna para César consistía en desafiar la autoridad del Senado, motivo por el cual en 49 a.C. cruzó la frontera entre las Galias e Italia, situada en el río Rubicón. Con ello se inició un nuevo episodio de guerra civil que se alargó hasta 44 a.C.

Pompeyo intervino en la primera fase de esta contienda como comandante del ejército de la República. Pero aunque sus efectivos eran muy superiores a los de su rival, no se atrevió a plantarle cara y retrocedió hacia el sur a medida que César avanzaba. Al llegar a Bríndisi embarcó todas sus tropas y cruzó el Adriático hasta la ciudad de Dirraquio (la actual Durrës, en Albania). Por su parte, César, convertido en dictador de Roma, se presentó allí y persiguió a su rival hasta la región griega de Tesalia, donde la fortuna militar de Pompeyo se truncó: el 9 de agosto de 48 a.C. fue derrotado en Farsalia por el superior genio militar de César.

Pompeyo se embarcó con unos treinta leales y huyó a Oriente, sin saber a quién pedir asilo. Sus íntimos le aconsejaron que no aceptara el perdón de César, pues les parecía indigno que su supervivencia dependiera de una gracia de su rival. Además, le sugirieron que se refugiara en Egipto, un consejo que los acontecimientos posteriores revelaron francamente funesto.

Asesinato en Egipto

Al llegar a Egipto, Pompeyo envió un mensajero al rey, el joven Ptolomeo XIII, que se hallaba en Pelusio guerreando contra su hermana y esposa, Cleopatra VII. El eunuco Potino, verdadero gobernante en la sombra, reunió a los consejeros reales y éstos decidieron que había que dar muerte a Pompeyo a fin de evitar que su estancia en Egipto sirviera a Roma de pretexto para inmiscuirse en los asuntos internos del país. Siglos después, Plutarco reprochó a los egipcios que quienes decidieron la muerte del general romano fueran un eunuco, un general egipcio (es decir, un extranjero) y un maestro de retórica que había convencido al auditorio con el argumento de que “un muerto no muerde”.

Pompeyo, confiado, se dejó engañar por los enviados de Ptolomeo, quienes le ofrecieron un bote para llevarle a tierra firme. Una vez en la playa, cayó víctima de los puñales de sus atacantes, antiguos legionarios romanos. Según Plutarco, Pompeyo murió “sin decir ni hacer nada indigno, sino que, exhalando únicamente un suspiro, soportó con firmeza los golpes y expiró”. Sus familiares y amigos contemplaron atónitos la ejecución desde sus navíos; amedrentados, levaron anclas y huyeron dejando la ofensa sin vengar. En última instancia, esta tarea fue asumida por Julio César, quien consideró odiosa la muerte y decapitación de su rival y castigó a los instigadores con la pena máxima.

De esta forma, Pompeyo acabó como el gran derrotado de la guerra civil romana del siglo I a.C. Para muchos de sus contemporáneos, Pompeyo constituyó la última esperanza para restablecer en el poder al sector más conservador del Senado, representado por los optimates. Su derrota en Farsalia significó el ocaso de la República y presentó al vencedor, Julio César, como un estadista dotado de mayor talento militar y político. Sin embargo, aun reconociendo la superioridad de César, sus contemporáneos vieron en Pompeyo una decencia moral de la que su rival carecía y construyeron en torno a su recuerdo una aureola de virtud sin tacha. Así se observa, por ejemplo, en la idealizada descripción de Plutarco, quien ensalza su modo de vida mesurado, sus triunfos militares, su persuasiva elocuencia, su afabilidad en el trato con la gente, su extrema generosidad a la hora de dar y la modestia al recibir lo devuelto.

Sin lugar a dudas, el principal servicio a la causa de los optimates lo prestó Pompeyo como general y se concretó en sus victorias. Su fama como militar invicto le granjeó el favor de los grandes personajes de la política de su tiempo, como Cicerón, quien depositó en él grandes esperanzas. Sin embargo, en el terreno de lo político, Pompeyo no estuvo a la altura de las expectativas que el Senado había depositado en él. Para empezar, su fidelidad a los optimates dependió de los beneficios que ello le reportara y no dudó en apoyarse en los populares cuando le convino.

¿Falta de visión política?

A diferencia de César, Pompeyo carecía de instinto político y no supo sacar provecho del sistema político romano. Al final, su respeto por el orden establecido resultó ser su talón de Aquiles, tal como acertadamente expuso su contemporáneo Veleyo Patérculo: “Excelente por su honradez, egregio en su integridad, de moderada aptitud para la elocuencia, muy ambicioso de la autoridad que le conferían las magistraturas, pero no por la fuerza […] Jamás, o casi nunca, hizo uso de su poder para imponerse”.

Pompeyo tampoco supo reaccionar ante la crisis del sistema republicano y optó por defenderlo, mientras que Julio César buscó los medios para dinamitarlo. Los optimates se aprovecharon de su carácter inseguro y dubitativo en todo lo que no tuviera que ver con la guerra para obligarlo a seguir sus instrucciones y convertirlo en el brazo armado de su partido. Y así, tras la marcha de César a las Galias, Pompeyo se dejó llevar por los acontecimientos y por quienes le aconsejaban –a diferencia de César, que siempre fue el protagonista de su propia biografía–.

Por último, tras el desastre de Farsalia, Pompeyo emprendió una precipitada huida. Si hubiera recapacitado un poco antes de dejarse llevar por el pánico, tal vez se habría dado cuenta de que no todo estaba perdido, y quizás el futuro de Roma habría seguido por otros derroteros.

 

El corazón de Roma.
Pompeyo acabó con los piratas que infestaban el Mediterráneo, cuyos ataques afectaron el comercio y el precio del grano en Roma. Cneo Pompeyo se convirtió desde muy joven en un general victorioso, sofocando revueltas y conquistando territorios para la República desde Hispania hasta Asia Menor, pasando por el norte de África, Sicilia y la propia península itálica. En el mapa superior están indicadas las exitosas campañas de Pompeyo hasta el estallido de la guerra civil contra César y su derrota final en Farsalia. En la imagen, en primer término, el templo de Saturno, sede del erario público, en el Foro romano.

Foto: N. Wongchum / Alamy / Aci

 

Craso el triunviro.
A pesar de sus desavenencias, Pompeyo y el rico Marco Licinio Craso (abajo) se unieron con César para formar un triunvirato. Al término de su consulado, César se marchó a las Galias para conseguir los laureles militares que necesitaba para consolidar su carrera política. (Museo del Louvre).

Foto: Bridgeman / Aci

 

Relieve con dos legionarios. Museo Arqueológico, Sevilla.
El primer triunvirato: un pacto secreto

En el año 60 a.C., los políticos más respetados de Roma eran Pompeyo, vencedor de los piratas y los orientales; Craso, triunfador sobre Espartaco y su ejército de esclavos, y César, un joven prometedor perteneciente a la prestigiosa familia de los Julios. Los tres se reunieron en secreto fuera de Roma y acordaron una alianza de cinco años, carente de cualquier base legal o respaldo institucional. Era un compromiso entre tres personas privadas para poner sus influencias al servicio de unos objetivos políticos comunes, el primero de los cuales fue el ascenso de César al consulado (59 a.C.).

Para sellar el pacto, César casó a Pompeyo con Julia, su única hija. Éste acababa de divorciarse de su tercera esposa: Mucia Tercia, de la influyente familia de los Mucios Escévola, madre de una niña, Pompeya, y de dos niños: Cneo y Sexto, futuros rivales de Julio César y Augusto. Tras la muerte de Julia (54 a.C.), Pompeyo concertó el que sería su último matrimonio con Cornelia, hija de Metelo Escipión, con la cual no tuvo descendencia.
El triunvirato se renovó en Lucca, en  56 a.C. Craso y Pompeyo fueron elegidos cónsules para el año siguiente y prorrogaron por cinco años más el mando proconsular de César en las Galias.

Foto: Oronoz / Album

 

César, el enemigo.
Mientras César luchaba en las Galias, su relación con Pompeyo derivó en abierta hostilidad. La inesperada muerte de Julia durante un alumbramiento, en 54 a.C., y la de Craso en su campaña contra Partia al año siguiente fueron hábilmente usadas por los optimates para atraer a Pompeyo a su bando. Abajo, busto de César. Museo Regional Agostino Pepoli, Trapani.

Foto: Akg / Album

 

Pompeyo Magno, el “Alejandro romano”
Cuando era un joven general aceptó gustoso el epíteto de Magno con que algunos de sus soldados empezaron a adularlo tras sus primeras victorias, poniéndolo al mismo nivel que Alejandro Magno, el gran conquistador macedonio. Así lo pone de manifiesto Plinio el Viejo, cuando describe a su admirado general como aquel “que ha igualado el esplendor de las hazañas no sólo de Alejandro, sino incluso de Hércules y, por así decirlo, de Dioniso mismo”.

De hecho, en los tres triunfos que celebró en Roma, Pompeyo quiso mostrar su identificación con Alejandro. En su primer triunfo, a los 24 años, quiso entrar en Roma en un carro tirado por cuatro elefantes –suceso que se liga con Hércules y Dioniso, antepasados míticos de Alejandro–, pero por la estrechez de la puerta tuvo que conformarse con entrar en una cuadriga normal. En su segundo triunfo levantó un trofeo en los Pirineos recordando sus conquistas en Hispania, al igual que Alejandro hizo en la India. Y en el tercero, tras su victoria contra Mitrídates, Pompeyo llevaba una clámide que se decía que perteneció a Alejandro. Al final, Pompeyo se había convertido en el “Alejandro romano”.

Foto: Mma / Rmn-grand Palais

 

La sumisión de Petra
Tras someter Judea, en 63 a.C., Pompeyo se dirigió a Petra, la ciudad rosa del desierto jordano y próspero enclave caravanero, para anexionarla a Roma en 62 a.C. La ciudad conservó su autonomía a cambio de una buena suma de dinero.

Foto: Ethan Welty / Getty images

 

Áureo con la efigie de Pompeyo y de su hijo Sexto. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.
Tras su derrota en Farsalia, el 9 de agosto del 48 a.C., Pompeyo huyó de César y recala en Alejandría, donde fue asesinado por orden del rey Ptolomeo XIII.

Foto: Bridgeman / Aci

 

Pompeyó llegó a Egipto en pleno conflicto entre Ptolomeo XIII y Cleopatra (en la imagen), su hermana y esposa
Al llegar a Egipto, Pompeyo envió un mensajero al rey, el joven Ptolomeo XIII, que se hallaba en Pelusio guerreando contra su hermana y esposa, Cleopatra VII. El eunuco Potino, verdadero gobernante en la sombra, reunió a los consejeros reales y éstos decidieron que había que dar muerte a Pompeyo.

Foto: Scala, Firenze

 

La decapitación de Pompeyo
Cuando Pompeyo murió asesinado en Egipto, su cadáver  fue decapitado y su cabeza se conservó para entregarla como presente a Julio César. Óleo por Gaetano Gandolfi. Siglo XVIII. Museo Magnin, Dijon.

Foto: Thierry le Mage / Rmn-grand Palais

 

La columna de Pompeyo
Donde antaño se alzó el Serapeo de Alejandría, el monumental templo dedicado al dios Serapis, hoy sobrevive una columna de granito rosa de 20,46 metros, que, según la tradición, señala el lugar donde fue enterrado Pompeyo.

Foto: Ibrahim Hisham / Getty images

 

Teatro romano de Mérida
Capital de la provincia romana de la Lusitania, Augusta Emérita, fundada en el año 25 a.C., disfruta de un magnífico teatro que se construyó a imitación del de Pompeyo en Roma, con un doble pórtico a espaldas de la escena.

Foto: Francisco de casa / Alamy / Aci

 

6 marzo 2018 at 6:02 pm Deja un comentario

La trágica muerte de Aníbal, el general tuerto que hizo temblar a Roma y fue abandonado por su país

Tras la guerra con Roma, el genio militar se integró en el escenario político como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Su esfuerzo le costó la enemistad de parte de la nobleza

Aníbal Barca arengando a sus tropas antes de entrar en batalla.

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
20 de febrero de 2018

Grandes imperios exigen grandes enemigos. Pero ni Pirro de Epiro, el que diera nombre a las victorias «pírricas»; ni el exótico Mitrídates VI, víctima del gran Pompeyo; ni Vercingetorix, compatriota de Asterix y Obelix; ni el héroe de los esclavos, Espartaco… ningún rival de la Antigua Roma estuvo a la altura de su leyenda. Ninguno estuvo verdaderamente cerca de hacer añicos la Ciudad Eterna, salvo en el caso de Aníbal Barca, el cartaginés que llevó la guerra al corazón de Italia.

Nacido en Cartago (al norte de Túnez), Aníbal Barca no tenía un nombre al azar, sino el recordatorio de que el mundo antiguo esperaba grandes cosas de él. Aníbal procedía de «Hanni-baʾal», «quien goza del favor de Baal»; y Barca de «barqä» («rayo», en lengua púnica). Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad.

Así lo empezó a hacer con la conquista en el año 219 a.C de Sagunto, ciudad española aliada de Roma, cuyo ataque precipitó una nueva guerra entre las dos grandes potencias mediterráneas, la República de Roma contra Cartago.

Busto de Aníbal

La respuesta de Roma fue inmediata: se preparó para llevar la guerra a África y a la Península Ibérica. Uno de los dos cónsules de ese año se dirigió a Sicilia a preparar un ataque sobre la propia Cartago, mientras el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión (el padre de «El Africano»), se dirigió al encuentro de los hermanos Barca en la Península. No obstante, los planes de Aníbal iban más allá de combatir en España. Ante la sorpresa general, decidió invadir Roma a través de los Alpes, en parte obligado por la inferioridad naval y las dificultades financieras para armar una armada. Aníbal partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas, que también se sumaron a la ofensiva contra Roma.

La victoria decisiva que no lo fue

La travesía, que tuvo lugar en invierno, se desarrolló en quince días, pero el precio pagado en vidas humanas fue muy alto, ya que al llegar a la altura de Turín tan solo quedaban vivos 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto. Con todo, en la batalla de Cannas el 2 de agosto del 216 a.C. Aníbal venció a un ejército muy superior en número al suyo empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Como resultado, las fuerzas de Aníbal causaron cerca de 50.000 muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores.

El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Anibal a una guerra de desgaste

La derrota dejó vía libre para que Aníbal arrasara la ciudad, lo cual sorprendentemente no hizo. Ningún ejército romano se encontraba cerca de la ciudad y se sucedieron situaciones de pánico dentro de sus muros. Las mujeres escondieron a sus bebés, hasta el último de los hombres se armó y un único grito resonaba: «Hannibal ad portas» (Aníbal está a las puertas). El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Aníbal a una guerra de desgaste, lejos de sus puertos y sin refuerzos a mano, que no podía ganar.

Un joven general que sobrevivió a Cannas, Escipión «El Africano», trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los africanos en pocos años. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África y a abandonar para siempre Italia. Allí fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Escipión neutralizó la amenaza de los 80 elefantes reunidos por el Aníbal en Zama, cerca de Cartago, aplicando varias tácticas: por un lado ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales; además, pidió a varios músicos militares que desconcertaran con su ruido a los elefantes. Los romanos se encargaron de que los nerviosos animales (aterrados por el ruido y los reflejos) pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión entre sus tropas. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas.

Tempestad de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes

Al final del combate, las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20.000 muertos y 15.000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes.

Las reformas de Aníbal

La derrota de Aníbal desató una oleada de críticas de la clase oligárquica de Cartago, en su mayoría provenientes de la facción de los Hannón, rivales de los Bárcida, a pesar de que precisamente el derrumbe y la incompetencia en otros frentes había obligado a volver a casa al gran general cartaginés. Sus enemigos internos le acusaban de no haber aprovechado sus victorias en Italia y haberse enriquecido a costa de los botines de guerra. No obstante, Barca estuvo presente en la negociación entre Roma, literalmente a las puertas de Cartago, y el Senado de esta ciudad.

Incluso cuando no era partidario de una paz humillante, que asfixió la economía de la vieja colonia fenicia; ratificó el tratado y se enfrentó públicamente a un senador favorable a la guerra, al que sacó a empujones de la tribuna cuando comenzó a hacer su alegato.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista de Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída

Tras las negociaciones, Aníbal Barca se integró en el escenario político local como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Durante su mandato combatió la corrupción en su ciudad y se enfrentó con los personajes más codiciosos del país. Incluso el Consejo de los Ciento Cuatro, compuesto por los aristócratas más poderosos, fue objeto de las reformas de Aníbal, que estaba respaldado ampliamente por el pueblo.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista del populista Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída. Recurriendo a sus contactos en Roma, la oligarquía difundió el rumor de que el cartaginés estaba en conversaciones para cerrar un pacto militar con el Rey seléucida Antíoco III, el más férreo sucesor de los imperios que sucedieron a Alejandro Magno en Asia, y reanudar así la guerra en Italia. El Senado romano, a excepción de Escipión y sus aliados, dio crédito a las murmuraciones y, en la primavera de 195 a.C., una delegación romana desembarcó en África con el pretexto de dirimir un litigio entre Cartago y la región cercana de Masinisa.

Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567).

Lo cierto es que a Roma le importaba un pito que fuera cierto o falso lo que se decía de Aníbal. La leyenda de Aníbal, el general que había aterrado la ciudad, seguía presente en Italia como sinónimo de alguien que gastaría hasta su último aliento a destruir Roma. Detrás de la excusa de Masinisa estaba la intención de exigir que Cartago entregara a su más brillante general para que Roma pudiera pasearlo encadenado por sus calles. No en vano, advertido de la conjura Aníbal abandonó su patria e hizo precisamente lo que le habían acusado sin pruebas, y más temían, sus enemigos: se ofreció a cualquier nación mediterránea, por pequeña que fuera, que quisiera contratar sus servicios y luchar contra Roma.

El primer destino en el exilio de Aníbal fue la corte de Antíoco III, el Monarca seléucida con el que le habían vinculado los romanos. Acogido con gran fanfarria al principio, el cartaginés asumió el cargo de asesor militar del Rey, quien empezó a torcer el gesto cada vez con más frecuencia ante las sugerencias de Aníbal para mejorar sus ejércitos. Para cuando estalló la guerra contra Roma en 192 a.C., Aníbal había sido silenciado bajo toneladas de palabras de consejeros aduladores del gusto del Rey.

Tras aplastar a los ejércitos de Antíoco y de su aliado Filipo V de Macedonia, la República de Roma exigió que le entregaran a Aníbal antes de empezar a dictar las condiciones de paz.

La última guarida del general

Aníbal pasó los siguientes años huyendo por Oriente Próximo con las tropas romanas pisándole los talones. Siria, Creta, Armenia… la última parada del hombre que había puesto en jaque Roma fue la Corte de Bitinia. Prusias, el Rey de Bitinia, se valió de sus servicios en su particular guerra con Eumenes II de Pérgamo, aliado de Roma. En uno de los choques navales del conflicto se achaca a Aníbal ser de los primeros en usar una versión primitiva de guerra biológica con el lanzamiento de calderos o tinajas repletas de serpientes vivas al barco contrario. Estos primeros éxitos en Bitinia, sin embargo, se tornaron en derrotas cuando Roma acudió en auxilio de su aliado.

Caricatura del siglo XIX que representa la muerte por envenenamiento de Aníbal.

Aníbal se convirtió pronto en una patata caliente también para el Rey bitinio, quien traicionó a su huésped cuando se encontraba en Libisa, en la costa oriental del Mar de Mármara. Ante la llegada del embajador romano Tito Quincio Flaminino y hombres armados, Aníbal decidió suicidarse en el invierno del 183 a. C. empleando un veneno que, según se dice, llevó durante mucho tiempo en un anillo. Las fuentes clásicas aseguran que su muerte coincidió, curiosamente, en el mismo año con la de Escipión «El Africano».

No resulta fácil separar el mito de la realidad en lo referido a su tumba. Según escribió el autor clásico Aurelio Víctor, su cuerpo reposó en un ataúd de piedra con la inscripción: «Aquí se esconde Aníbal» en una tumba situada en una pequeña colina de cipreses cerca de Diliskelesi, lo que hoy en día pertenece a la ciudad turca de Libisa (actual Gebze) en Kocaeli. Una estructura que fue restaurada en el año 200 por el Emperador Septimio Severo, quien ordenó cubrirla con una losa de mármol blanco, pero más tarde cayó en el olvido.

Durante el gobierno turco de Atatürk, se realizaron excavaciones en vano con la intención de encontrar la tumba. A pesar de ello se decidió hacer un parque en conmemoración a su persona, y más tarde en 1981 se añadió una inscripción en mármol.

 

20 febrero 2018 at 2:46 pm Deja un comentario

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