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Los celtas, entre la realidad y el mito

La arqueología durante el siglo XIX ha permitido aclarar la visión de Julio César sobre estas tribus

Castro celta Porto do Son, A Coruña – ABC

Fuente: Eugenia Miras   |  ABC Historia
9 de agosto de 2018

Los celtas conformaron una serie de pueblos -no uno solo, como se cree de manera extendida- que provenían de la zona del río Istro (Danubio), como aseguraba el historiador Herodoto (siglo V a.C.). Este colectivo se asentó en su mayoría en el noroeste europeo desde la última etapa de la Edad de Hierro hasta la Edad Media en la Península ibérica.

El legado de estas tribus ha disputado la legitimidad cultural entre las «siete naciones»: Bretaña, Gales, Cornualles, Escocia, Irlanda, Isla de Man y Galicia donde moraban los herederos de Breogán. Y aunque el legado celta se ha extendido en buena medida al centro de Europa, en esas tierras ya mencionadas es donde ha pervivido y trascendido con mayor fuerza la tradición de los pueblos del Danubio.

Poco antes de iniciarse la conquista romana (fines del siglo III a.C.) la Península gozaba de un crisol civil entre iberos y celtas, donde los segundos se habían adueñado del centro, oeste y norte. Y cuando los nuevos invasores observaron su desenvoltura es probable que vieran en ellos un obstáculo para iniciar su empresa. Pero al no existir una tradición escrita por parte de los celtas los estudiosos únicamente disponían de las fuentes romanas. Esta carencia se ha prestado durante las distintas investigaciones para múltiples interpretaciones en los estudios historiográficos, y de manera inevitable la confusión.

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El legado de estas tribus ha disputado la legitimidad cultural entre las «siete naciones»: Bretaña, Gales, Cornualles, Escocia, Irlanda, Isla de Man y Galicia donde moraban los herederos de Breogán

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Sin embargo con los inicios de la arqueología durante el siglo XIX, las excavaciones han permitido revelar gran parte del enigma céltico. ¿Vienen todos de la misma matriz étnica? ¿Eran nuestros ancestros los celtas como los romanos dejaron constancia?.

Estas mismas cuestiones sucedieron tanto a la exacerbación nacionalista de los distintos territorios herederos, como a la creación de un sinfín de mitos que dieron lugar al desarrollo de una cultura paralela cuasi mística. Pero es ese halo romántico con olor a bosque y mar envuelto en la magia lo que permitió la creación de una de las leyendas más apreciadas por todos: los celtas.

La propaganda romana

Durante el período «prerromano» -como bien lo dice el término, antes de la llegada de los mismos tanto la Península como el resto del norte de Europa- las costas sufrieron diferentes oleadas migratorias de las distintas tribus procedientes de la zona del Danubio, entre las cuales destacaron los celtas.

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Los celtas no tenían ningún interés en conquistar el mundo, pues bastante tenían en mantener la paz entre ellos mismos.

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Por derecho de antiguedad aquellas gentes pálidas de cabellos claros tenían una mayor influencia sobre las áreas que habitaban, y ante aquella realidad los romanos se mostraron muy incómodos. ¿Pues cómo iba a efectuarse la empresa expansionista con aquellos grupos cómodamente asentados? De esta manera, muy hábiles en la tradición escrita -a diferencia de los celtas quienes por cuestiones religiosas decidieron legar la Historia a través de la memoria oral a las siguientes generaciones- iniciaron una terrible propaganda contra el enemigo.

Los romanos los describieron como bárbaros y primitivos -cuando dominaban el trabajo de los metales como nunca se había visto antes, pues para su tiempo eran pioneros en la fabricación de armas. Tenían una cultura artesanal muy delicada, de la que ha quedado constancia en el extraordinario trabajo visto en fíbulas, torques, escudos ceremoniales etc. Asimismo gozaban de una estructura social muy organizada. No obstante el Imperio romano trataría de mermar la fuerza de aquellos pueblos, levantando falsos testimonios. Entre aquellos discursos aseguraban que los celtas eran crueles y que buscaban la hegemonía de su poder mediante la más violenta expansión.

Artesanía celta – C.C

Al final la misión propagandística romana sí causaría el efecto deseado por los mismos, porque las falsedades continuaron en la posterioridad, pues aún miles de años después todavía se cree que eran los más terribles salvajes despiadados.

Lo cierto es que nuestros antepasados territoriales no tenían ningún interés en iniciar tan tediosa tarea de conquistar el mundo, pues bastante tenían en mantener la paz entre ellos mismos. Para sorpresa del lector no eran un solo pueblo, la razón de tanta disputa entre las tribus celtas de aquí y de allá.

Cuando Julio César habló del «pueblo celta»

Los responsables de la falsa creencia de que los celtas eran un todo indivisible se la debemos primero a los historiadores grecorromanos Hecateo y Heródoto. Por aquel tiempo, estos señores decidieron reunir a los distintos colectivos -pero que compartían la misma raíz lingüística y ciertas costumbres que se habían traspasado los unos a los otros- de aquellas gentes rubias bajo el término griego «keltics», para referirse a aquellos pobladores del noroeste europeo.

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Julio César casaría a todas las tribus bajo «el pueblo celta» por los diferentes nexos culturales compartidos

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Después Julio César contribuiría a esa vaga apreciación demográfica en sus «Comentarios sobre la guerra de las Galias». Aún enfrentados entre sí todos aquellos clanes, el célebre militar los casaría a todos bajo «el pueblo celta» por los diferentes nexos culturales que compartían. Y aunque todos aquellas tribus pasaban más tiempo enemistadas que proyectando visiones conjuntas, pasaron a la Historia como una sola manifestación social.

El legado arquitectónico celta

Gracias a los inicios de la arqueología en el siglo XIX han podido desmitificarse ciertas creencias sobre la infraestructura celta, entre los cuales se hacía mucho énfasis en la pobreza arquitectónica de estos pueblos. Es cierto que comparados con los grandes levantamientos romanos, los materiales de construcción empleados por aquellos clanes resultaban mucho más vulnerables al tiempo.

Castro de Santa Tecla, Galicia – ABC

Sin embargo, estos poblados -rescatados durante las excavaciones a lo largo de dos siglos- demuestran lo contario. Tanto en la Galia como Bretaña y nuestra Galicia existen pruebas de que los distintos pueblos celtas podían presumir de una organizada complejidad en su infraestructura para la defensa contra los invasores.

Sin irnos muy lejos tenemos un gran ejemplo en el castro de San Cibrán de Las (Ourense). Esta joya histórica de los fortificados pensinsulares -en la que todavía siguen trabajando los arqueólogos- disponía de tres murallas y fosos para proteger a los habitantes de aquel asentamiento.

Eso sí, los menhires -o el reconocido círculo de piedras de Stonehenge (Inglaterra) no son parte del legado celta. A diferencia de lo que equívocamente se cree el célebre monumento es anterior a estos pueblos. Según las diversas fuentes históricas es probable que pertenezcan a un grupo conocido como «protoceltas», quienes -originarios también de los alrededores del Danubio- levantarían las piedras durante el neolítico británico.

 

16 agosto 2018 at 5:06 pm Deja un comentario

¿Es cierta la historia de la Guerra de Troya?

 

Fuente: BBC Mundo
7 de julio de 2018

Todos oímos hablar del famoso caballo de Troya. Pero ¿existió esa ciudad y la guerra narrada en la Ilíada y la Odisea? GETTY IMAGES

En la antigüedad, los griegos precristianos no tenían un equivalente a la Biblia.

Lo más similar que tenían —y no era muy parecido— era a Homero: una sola palabra que representa tanto al supuesto autor de la Ilíada y la Odisea como a su canon.

Esos poemas épicos, compuestos en verso hexámetro, han tenido un impacto impresionante en la cultura mundial. No es exagerado describirlos como las dos obras fundacionales de la literatura griega y europea.

Al menos siete ciudades griegas lo reclamaron como su hijo predilecto. ¿Pero quién era exactamente Homero? ¿Cuándo vivió? y ¿para quién escribió sus obras?

Los griegos tampoco se ponen de acuerdo sobre esto, principalmente por falta de evidencias.

Datar las epopeyas y su temática es un tema que genera debate. Los antiguos griegos sostenían que la Guerra de Troya se libró entre 1194 y 1184 a.C. —una fecha ampliamente aceptada por algunos estudiosos modernos— y que Homero vivió a finales del siglo VIII a.C.

Pero hay dos cosas en las que casi todos los griegos antiguos coincidieron: que Homero fue el autor de ambos poemas épicos y que el conflicto que describen, la Guerra de Troya, era una batalla que realmente sucedió.

Sin embargo, esta última creencia requiere un nuevo análisis y una reevaluación a la luz de recientes investigaciones lingüísticas, históricas y, sobre todo, arqueológicas.

«Mitos»

Las historias relatadas en la Ilíada y la Odisea son increíbles, de ahí que hayan sobrevivido tanto tiempo. Son lo que los griegos llamaron «mitos» en el sentido original de la palabra: cuentos tradicionales transmitidos de generación en generación, primero oralmente y luego de forma escrita.

Las increíbles historias relatadas en la Ilíada y la Odisea han sobrevivido por miles de años, pero ¿están basadas en un mito? BBC/WILD MERCURY

Una parte clave del genio del autor -o quizás de los autores- de estas dos epopeyas fue la selectividad. De la masa de historias tradicionales transmitidas oralmente a lo largo de muchos siglos, que describen las hazañas y las aventuras de una era dorada de héroes, «Homero» se enfocó solo en dos: Aquiles y Ulises (también llamado Odiseo).

La Ilíada es realmente sobre la ira de Aquiles expresada y saciada a través de un heroico duelo con el campeón defensor de Troya, Héctor. La Odisea narra los viajes y tribulaciones del héroe epónimo cuando luchó durante 10 años para regresar de Troya a su reino natal de Ítaca.

¿Qué estaban haciendo Aquiles y Ulises en Troya en primer lugar? Homero no da muchos detalles, en parte porque era un tema ampliamente conocido entre su audiencia.

Pero ¿hay algo que sea verídico de todas las historias que narra? ¿Hubo realmente una Guerra de Troya como la que se describe en las obras, o al menos una Guerra de Troya real aunque distinta a la que representó con tanto detalle el o los poetas etiquetados bajo el nombre «Homero»?

No pasó mucho tiempo antes de que los críticos pusieran en duda una de las presuposiciones fundamentales de la historia de Troya.

Según el poeta siciliano-griego Estesícoro, que vivió en el siglo VI a.C., la reina Helena de Esparta, quien según la epopeya fue llevada a Troya por su secuestrador, el enamorado príncipe Paris, en realidad estuvo en Egipto durante la Guerra de Troya, y solo una imagen de su espíritu fue llevada a Troya.

Según esta versión los griegos luchaban en revancha por una imagen de su reina, es decir un espejismo o un fantasma.

Helena y Paris, según la versión de la serie de televisión «Troya, la caída de una ciudad», producida por la BBC y Netflix. BBC/WILD MERCURY

El historiador Heródoto, del siglo V a.C., tenía otra versión: estaba de acuerdo con Estesícoro en que Helena probablemente no había sido secuestrada en primer lugar, pero él creía que ella había abandonado a su marido espartano, Menelao, para huir con su amante troyano por elección propia.

Esta teoría era escandalosa pero al menos dejaba intacta la autenticidad histórica de la guerra. Sin embargo, ¿sucedió así?

Desastre arqueológico

Heinrich Schliemann, un hombre de negocios prusiano del siglo XIX adinerado y ultramoderno, no tenía dudas. Creía que Homero no solo había sido un gran poeta sino también un gran historiador.

Y para comprobarlo decidió excavar (o, al menos, desenterrar) los sitios originales descriptos en la epopeya: Micenas, la capital del reino de Agamenón y, por supuesto, Troya.

Para realizar su búsqueda, Schliemann siguió las pistas dejadas por los antiguos griegos.

Desafortunadamente, en Hisarlık (hoy noroeste de Turquía), donde según la mayoría de los expertos habría estado Troya si realmente hubiera existido, cometió errores graves y causó un desastre arqueológico que ha tenido que ser limpiado una y otra vez por científicos estadounidenses y alemanes.

Se ha excavado mucho en la zona y aunque no cabe duda de que este sitio de cumbres, sólidamente fortificado y con una considerable ciudad extendiéndose por debajo, fue de gran importancia en el período pertinente (aproximadamente del siglo XIII al siglo XII a.C.), los expertos no pueden decidir cuál de las capas excavadas pertenece al período homérico.

Esto se debe a que hay poca o ninguna evidencia arqueológica de la presencia griega en el sitio y tampoco hay rastros de la presunta agresión griega del tipo narrado por Homero, que supuestamente duró diez años.

Algunos creen que Troya existió en lo que hoy es el noroeste de Turquía pero las evidencias no son concluyentes. GETTY IMAGES

Todo ello resulta muy irritante para los más escépticos que dudan de la veracidad fundamental de todo el mito de la Guerra de Troya.

Catástrofes

¿Tenían los griegos de la postguerra troyana alguna buena razón para inventar y embellecer semejante historia?

Un estudio sociohistórico comparativo de lo épico como género de literatura comunitaria sugiere dos cosas relevantes: primero, que sagas como la Ilíada presuponen ruinas; y segundo, que en la esfera sagrada de la poesía épica, las derrotas se pueden convertir en victorias y las victorias se pueden inventar.

Es un hecho bien documentado que en algún momento alrededor del año 1200 a.C., el antiguo mundo del Mediterráneo oriental griego sufrió una serie de grandes catástrofes.

Estas calamidades incluyeron la destrucción física de ciudades y ciudadelas seguida de una despoblación severa, transmigración interna masiva y una degradación cultural casi total.

No sabemos con certeza qué o quién causó las catástrofes. Sin embargo, podemos identificar sus consecuencias negativas: económicas, políticas, sociales y psicológicas.

A esto siguió una edad «oscura» analfabeta que perduró en algunas zonas hasta cuatro siglos y que terminó solo con el renacimiento del siglo VIII a.C.

Fue entonces cuando los griegos redescubrieron la escritura, inventaron un nuevo alfabeto y reiniciaron el comercio con sus vecinos del este.

Solo entonces la población aumentó notablemente y se forjó una noción rudimentaria de ciudadanía política. Los griegos comenzaron entonces a emigrar del centro del mar Egeo a puntos más lejanos al este y mucho más al oeste.

Hay evidencias de que el mundo griego sufrió una serie de grandes catástrofes alrededor del año 1200 a.C. que podrían explicar la necesidad de crear mitos sobre una «época de oro». GETTY IMAGES

Aquí tenemos una explicación para el impulso de crear o fabricar el mito de la Guerra de Troya: la apremiante necesidad de postular una era de oro «de antaño», durante la cual los griegos pudieron reunir una fuerza expedicionaria de más de 1.000 barcos, liderada por reyes heroicos, que castigaban a una molesta ciudad extranjera que se había atrevido a robar y aferrarse a una de sus mujeres más importantes e icónicas.

Imperio hitita

Mientras tanto, uno de los grandes avances científicos de los últimos tiempos ha sido el desciframiento de textos cuneiformes y jeroglíficos del Imperio hitita, que abarcó gran parte de Asia Menor hasta la época de la supuesta Guerra de Troya.

Tanto los topónimos como los nombres personales que suenan misteriosamente griegos se han encontrado en los registros hititas. Estos incluyen el nombre de la ciudad Wilusa, que cuando se pronuncia suena un poco como ‘Ilión’ (el término griego para Troya – de ahí ‘Ilíada’).

Sin embargo, a pesar de todas esas similitudes lingüísticas (o coincidencias), los registros hititas que hasta ahora se han descubierto y publicado no contienen ninguna referencia a nada que se parezca a una Guerra de Troya homérica.

Del mismo modo, aunque contienen pruebas de que las mujeres reales podían estar involucradas en intercambios diplomáticos entre las grandes potencias del entonces Medio Oriente, aún no ha aparecido una Helena o su equivalente.

Hay, además, razones para que seamos escépticos sobre la afirmación de que las epopeyas homéricas son documentos históricos, y para dudar de la idea de que implican antecedentes históricamente auténticos.

Los restos arqueológicos del Imperio hitita no muestran evidencias de una Guerra de Troya. GETTY IMAGES

Un ejemplo es el problema de la esclavitud. Aunque la institución y la importancia de la esclavitud se reconocen en las epopeyas homéricas, el autor o los autores no tenían absolutamente ninguna idea de la escala de esclavitud que se practicaba en las grandes economías de los palacios micénicos de los siglos XIV o XII a.C.

Pensaban que 50 era una posesión apropiadamente considerable para un gran rey, mientras que en realidad un Agamenón de la Edad de Bronce podía comandar el trabajo no libre de miles de personas. Tal error de escala sugiere una gran fragilidad en el rigor histórico de la obra.

«Nunca existió»

En resumen, estoy con aquellos que creen que el mundo de Homero es inmortal precisamente porque nunca existió fuera del marco de los poemas épicos, ya sea en su versión oral o su posterior transcripción y difusión.

Y gracias a Dios por eso. Sin la creencia de los antiguos griegos en una Guerra de Troya no tendríamos el género del drama trágico, uno de los inventos más fértiles e inspiradores de los griegos, para deleitarnos, prevenirnos e instruirnos.

(Se dice que el gran dramaturgo ateniense Esquilo se refirió a sus obras de teatro, modestamente, como meras sobras del banquete de Homero).

Hay un mundo en Homero: un mundo literario de recepción, alusión y colusión. Sin él, todos seríamos mucho más pobres, espiritual, artística y culturalmente hablando.

Homero vive y ¡larga vida a Homero! Pero ¿la guerra de Troya? Lo más probable es que se haya perdido.

 

7 julio 2018 at 12:16 pm 1 comentario

Cleómenes, el rey loco de Esparta

Hizo de Esparta una gran potencia, pero sus ambiciones políticas y su juego sucio con los oráculos divinos llevaron a sus conciudadanos a apartarlo del poder, hasta que puso fin a su vida con un suicidio

La Esparta imaginada
En el siglo XIX, el pintor y arquitecto inglés Joseph Michael Gandy recreó el centro monumental de la ciudad de Esparta en esta acuarela; la imagen dista mucho de la sobria ciudad del siglo VI a.C. en la que vivió Cleómenes.
Foto: Bridgeman / Aci

Fuente: Francisco Javier Murcia Ortuño  |  National Geographic
28 de mayo de 2018

Aunque en el sistema político espartano las funciones de los reyes se limitaban sobre todo a la dirección del ejército, Cleómenes consiguió –gracias a su gran personalidad y energía– dejar una huella profunda en la historia de Esparta, a la que convirtió en la primera potencia de Grecia durante su reinado de más de 30 años, entre 520 y 488 a.C.

Sin embargo, las fuentes antiguas le son hostiles y lo presentan como un hombre colérico, cruel y mentalmente inestable que despreciaba las normas humanas y divinas. Según escribió el historiador griego Plutarco, Cleómenes tenía su propia norma: «El mal que uno puede hacer a los enemigos es superior a la justicia».

Heredero por accidente

Las circunstancias de su nacimiento fueron ya inusuales. Su padre, el rey Anaxándridas, estaba casado con una sobrina suya, pero no tenían hijos. Esto preocupaba a los éforos, cinco hombres elegidos anualmente que ostentaban el máximo poder en Esparta y que tenían entre sus funciones el control de los reyes. Los éforos, que velaban por la continuidad dinástica, propusieron a Anaxándridas que repudiara a su esposa para casarse con otra que le pudiera dar hijos. Pero el rey amaba profundamente a su mujer y se negó en redondo a separarse de ella. Según explica Heródoto, los éforos le hicieron entonces una nueva y singular propuesta: «Como te vemos encadenado a la que ahora es tu mujer, ya no te pedimos que la repudies, pero sí que además de ella te lleves a tu casa a otra que te dé hijos». Anaxándridas lo aprobó y desde ese momento tuvo dos esposas y mantuvo dos hogares.

La nueva esposa pronto dio a luz un hijo, Cleómenes, pero poco después la primera esposa tuvo otros tres hijos. Según las leyes de Esparta, la sucesión recaía en el primer hijo varón nacido después de que su padre subiera al trono y, por tanto, Cleómenes fue considerado el heredero legítimo. Aunque en su juventud ya mostraba síntomas de cierto desequilibrio mental, a la muerte de Anaxándridas los espartanos se ajustaron a su legislación y lo proclamaron rey.

Su primera actuación en el exterior llegó en 510 a.C., cuando dirigió un ejército espartano contra Atenas para derrocar al tirano Hipias. Los espartanos deseaban romper las buenas relaciones que Atenas mantenía con Argos, su gran enemiga; esas buenas relaciones se remontaban al padre de Hipias, Pisístrato, que se había casado con una mujer argiva. Además, Hipias mostraba inclinación hacia los persas y esto llenaba de inquietud a los espartanos, que veían cómo el Imperio persa se extendía poco a poco hacia Occidente.

Cleómenes invadió la región de Atenas, el Ática, y derrotó a Hipias. Tras entrar en la ciudad sitió al tirano, que había buscado refugio en lo alto de la Acrópolis, un recinto bien amurallado. Los espartanos evitaban siempre los combates en las murallas, pues implicaban un gran número de bajas en una lucha sin ninguna gloria, pero tuvieron suerte cuando los hijos del tirano, que pretendían salir en secreto de la Acrópolis, cayeron en sus manos. Hipias pactó entonces su salida de Atenas con su familia y se exilió. Sin duda, la expulsión de Hipias por Cleómenes cimentó la fama de Esparta como enemiga de la tiranía.

Dos años después, Cleómenes volvió a una Atenas alterada por la lucha política entre Clístenes e Iságoras. El primero era partidario de reformas políticas que dieran mayor participación al pueblo, a lo que se oponía Iságoras, que aspiraba a mantener el poder en manos de la aristocracia. Cleómenes había establecido una firme amistad con Iságoras durante su anterior estancia en Atenas (las malas lenguas decían que había sido amante de su esposa), y cuando Clístenes entregó el poder al pueblo, Iságoras llamó a su poderoso amigo. Cleómenes se presentó con escasas tropas, señal de que se trataba de una aventura privada, y entró en Atenas.

Humillado dos veces

El rey de Esparta puso las magistraturas de la ciudad en poder de Iságoras y expulsó a los partidarios de Clístenes, unas 700 familias. Pero el pueblo se negó a obedecer, y en la revuelta que siguió Cleómenes ocupó la Acrópolis junto a Iságoras y sus seguidores. Tras dos días de asedio pactó una tregua para salir sin sufrir daño, aunque, según Heródoto, los atenienses partidarios de Iságoras fueron ejecutados. Entonces Cleómenes se sintió humillado y quiso vengarse de los atenienses.

Los aliados que acompañaban a los espartanos ignoraban que el objetivo principal de la expedición era imponer a Iságoras como tirano de Atenas

Para ello reclutó un ejército entre sus aliados del Peloponeso e invadió el Ática. Esta vez la expedición estaba autorizada oficialmente por Esparta, ya que se pusieron al mando del ejército los dos reyes que tenían los espartanos: el propio Cleómenes y Demarato, miembro de otra casa real. Pero los aliados que acompañaban a los espartanos ignoraban que el objetivo principal de la expedición era imponer a Iságoras como tirano de Atenas. Cuando atenienses y espartanos se encontraron frente a frente, sus aliados corintios se retiraron al conocer de pronto el motivo de la campaña; lo mismo hizo Demarato, que sin duda se oponía a la aventurera política exterior de su colega Cleómenes. Los otros aliados, al advertir la disensión de los reyes, también se retiraron.

Entonces Cleómenes pensó en reponer a Hipias como tirano de Atenas. Para ello, en el año 504 a.C. convocó a los aliados a una reunión en Esparta, en la que tomó parte el propio Hipias. Cleómenes alegó como excusa que había conocido unos oráculos que anunciaban que los espartanos iban a sufrir mucho por culpa de Atenas (se había llevado los oráculos de la Acrópolis de Atenas cuando estuvo allí). Pero los aliados, y en especial Corinto, que había sufrido un largo período de tiranía, se negaron a apoyar los planes del rey.

La masacre de los argivos

Puesto que no había conseguido doblegar a Atenas, Cleómenes centró su política exterior en asegurar la hegemonía de Esparta en la península del Peloponeso y para ello atacó a Argos, su enemiga acérrima, en 494 a.C. Los dos ejércitos acamparon muy cerca uno del otro, a la espera de la batalla campal. Según Heródoto, los argivos estaban pendientes de las órdenes de los heraldos espartanos y realizaban los mismos movimientos que éstos anunciaban. Al advertirlo, Cleómenes ordenó que los heraldos dieran la señal de almorzar; los argivos se prepararon para hacer lo mismo, y entonces Cleómenes los atacó y mató a muchos. Los supervivientes se refugiaron en un bosque consagrado al héroe Argos, pero Cleómenes los exterminó, un acto impío que conllevaba una maldición.

A continuación, el rey despidió al ejército y con mil hombres escogidos se dirigió al Hereo, el santuario más importante de los argivos, y allí realizó un sacrificio solemne a la diosa Hera. Luego, aunque tenía Argos a su merced, se retiró a Esparta. Sus enemigos, entre los que seguramente se contaba su colega en el trono, Demarato, lo acusaron de aceptar sobornos a cambio de esa retirada, pero Cleómenes se defendió diciendo que mientras realizaba el sacrificio en el Hereo, del pecho de la imagen de la diosa salió una fuerte llamarada y comprendió por aquella señal que no podría tomar la ciudad. Al parecer, los piadosos espartanos consideraron dignas de crédito estas explicaciones. En realidad, es muy posible que Cleómenes considerase que una Argos diezmada, pero no destruida, sería más provechosa para la política espartana: no era conveniente que otras ciudades del Peloponeso, como Corinto, incrementasen demasiado su poder, lo que sin duda harían a costa de una Argos arruinada.

Lo cierto es que Argos quedó sin hombres. Heródoto fija en 6.000 el número de argivos muertos, y otro historiador, Pausanias, habla de 5.000 bajas. La ciudad tardó en recuperarse de aquella matanza y alegaría escasez de varones para justificar su neutralidad durante la futura guerra contra los persas.

Precisamente en el año 491 a.C., el rey persa Darío I envió heraldos por toda Grecia para pedir la tierra y el agua, señal tradicional de sumisión. Los atenienses los arrojaron a una antigua cantera, y los espartanos los tiraron a un pozo diciendo burlonamente que se llevaran de allí la tierra y el agua para su rey. Pero la isla de Egina, que era enemiga de Atenas, aceptó someterse al rey persa. Los atenienses acudieron a Esparta y acusaron a los eginetas de traición. Cleómenes se presentó en Egina para exigir rehenes, pero los eginetas se negaron a entregarlos alegando que no estaban presentes los dos reyes de Esparta, como establecía la ley; los eginetas estaban aleccionados por Demarato que, además, según Heródoto, se dedicaba a difamar a Cleómenes en Esparta.

Lo cierto es que Demarato debía de representar la opinión de muchos espartanos, hostiles a Cleómenes. No habían querido reponer como tirano a Hipias, un amigo de los persas; y no les gustaba el comportamiento siempre colérico y vengativo del rey, que era un motivo de intranquilidad para los aliados de Esparta en el Peloponeso. Este grupo utilizó en adelante a Demarato para frenar las empresas de Cleómenes, como sucedió en Egina. Éste se sintió ultrajado, y antes de castigar a los eginetas quiso encargarse de Demarato.

Triunfo y caída

Aprovechó que había ciertas sospechas sobre la legitimidad de su colega y sugirió que se consultase al oráculo de Delfos. Cleómenes había sobornado a los dirigentes de Delfos de modo que, cuando se formuló la pregunta, la pitia declaró que Demarato no era hijo legítimo. Demarato fue destronado y pasó un tiempo en Esparta soportando las burlas, hasta que escapó a Asia y se refugió en la corte de Darío. En su lugar, Cleómenes colocó a Leotíquidas. Ambos se presentaron en Egina y tomaron rehenes; Cleómenes, como especial venganza hacia los eginetas, los dejó en manos de los atenienses, sus peores enemigos.

Temiendo represalias, Cleómenes huyó a Arcadia, a cuyos habitantes intentó unir para que lucharan contra Esparta

Poco después se descubrió el soborno de la pitia y Cleómenes cayó en desgracia en Esparta. Temiendo represalias, huyó a Arcadia, a cuyos habitantes intentó unir para que lucharan contra Esparta. Entonces los espartanos le dejaron volver a casa, pero al regresar sufrió un ataque de locura y empezó a dar bastonazos en la cara a los que se cruzaban con él. Sus parientes lo encadenaron a un cepo, pero cierto día en que quedó bajo la vigilancia de un ilota (un siervo), Cleómenes le pidió un cuchillo. El ilota se negó a dárselo, pero Cleómenes lo amenazó diciéndole lo que le haría cuando estuviera libre del cepo. El ilota se lo entregó, y Cleómenes, según escribe Heródoto, «empezó a herirse desde las piernas; cortando las carnes a jirones fue subiendo hacia los muslos, y desde los muslos hacia las caderas y las ijadas hasta que llegó al vientre y tras cortárselo en pedazos murió». Otras fuentes añaden que reía con gesto de dolor mientras se desgarraba las carnes.

Hoy, los historiadores apuntan a que quizá fue ejecutado por los mismos espartanos cuando se convirtió en un peligro para el Estado: su política personalista y ambiciosa era un peligro para el equilibrio de fuerzas en el Peloponeso y, en consecuencia, para Esparta.

 

La ciudad sin murallas
Emplazada sobre el río Eurotas, Esparta o Lacedemonia era la polis griega más temida; confiando en el valor sin parangón de sus soldados, carecía de muralla. En la imagen, el teatro de Esparta, de época helenística y romana.
Foto: J. LANGE / GETTY IMAGES

 

La diosa de Esparta
Arriba, antefija del templo de la diosa de Esparta, Atenea Calcieco, «la del templo de bronce». Este recinto de culto –como el teatro helenístico– estaba en la Acrópolis que dominaba la ciudad.
Foto: P. HORREE / AGE FOTOSTOCK

 

Atenas, enemiga y aliada
Cuando Cleómenes sitió al tirano Hipias en la Acrópolis de Atenas, en esta gran roca aún no se habían construido los edificios que la harían famosa, como el Partenón o el templo de Erecteo, que vemos en esta fotografía.
Foto: RENÉ MATTES / GTRES

 

Santuario de Apolo en Delfos. La pitia, o profetisa, daba sus respuestas en el gran templo de Apolo
El oráculo de Clístenes
El ateniense Clístenes, enfrentado al tirano Hipias, logró que la pitia, la profetisa de Apolo en Delfos, «sobornada a fuerza de dinero», ofreciera a los espartanos la misma respuesta a cualquier consulta de uno de ellos: que la voluntad de los dioses era que liberasen a Atenas. Al final, en vista de que siempre recibían del oráculo la misma respuesta, hicieron caso a Apolo y Cleómenes marchó contra Hipias y lo depuso. Así lo explica Heródoto.
Foto: Beaux-Arts de Paris / RMN-Grand Palais

 

El expulsado de Atenas
Clístenes instauró el ostracismo para exiliar a los enemigos del Estado; su nombre se escribía en un trozo de cerámica, como el de la imagen. Cleómenes puso las magistraturas de la ciudad de Atenas en poder de Iságoras y expulsó a los partidarios de Clístenes, unas 700 familias. Pero el pueblo se negó a obedecer, y en la revuelta que siguió Cleómenes ocupó la Acrópolis junto a Iságoras y sus seguidores. Tras dos días de asedio pactó una tregua para salir sin sufrir daño, aunque, según Heródoto, los atenienses partidarios de Iságoras fueron ejecutados. Entonces Cleómenes se sintió humillado y quiso vengarse de los atenienses.
Foto: Akg / Album

 

El teatro de Argos, construido hacia 300 a.C.
Sacrilegio en Argos
Cuando Cleómenes derrotó  al ejército de Argos en 494 a.C., los supervivientes se refugiaron en un bosque sagrado dedicado a Argos (el héroe que daba nombre a su ciudad). Cleómenes no quiso entrar allí y matarlos por miedo a cometer un sacrilegio. Entonces los engañó: por un heraldo les dijo que había llegado su rescate y que salieran sin temor a medida que los llamaran por sus nombres, que conocía gracias a unos desertores. Así mató a unos 50, hasta que los de dentro del bosque advirtieron lo que pasaba. Entonces mandó a los ilotas, los esclavos de los espartanos, que amontonaran leña en torno al bosque y le prendieran fuego. Los argivos fueron exterminados y los ilotas asumieron la culpa del sacrilegio.
Foto: A. Garozzo / Getty images

 

Cubiertos de bronce
En esta escena, los infantes u hoplitas llevan armaduras semejantes a las que vistieron espartanos y argivos en la batalla en la que tuvo lugar el sacrilegio de Argos. Esta ciudad era la gran enemiga de Esparta en la península del Peloponeso. Ánfora del siglo VI a.C. Louvre, París.
Foto: Scala, Firenze

 

Leónidas, yerno de Cleómenes, en las Termópilas. Óleo por Jacques Louis David. 1814. Museo del Louvre, París
Hija de rey, esposa de rey
Cleómenes dejó una sola hija llamada Gorgo, que desde pequeña dio muestras de inteligencia. Cuando Aristágoras intentó sobornar a su padre Cleómenes para que ayudara a los rebeldes jonios contra Persia, prometiéndole una cantidad cada vez mayor, Gorgo, que tenía ocho años, exclamó: «Padre, si no te alejas el extranjero acabará por sobornarte». Gorgo se casó con Leónidas, hermanastro de su padre y futuro defensor de las Termópilas frente a los persas.
Foto: Erich Lessing / Album

 

Guerreros bien protegidos
La coraza, el casco, las grebas o espinilleras y el escudo constituían el armamento defensivo del hoplita griego.
Foto: Bridgeman / Aci

 

El templo de Apolo en Delfos
Cleómenes se ganó el apoyo de Cobón, un personaje muy influyente en Delfos. Éste persuadió a la pitia Perialo, la profetisa de Apolo, para que dijera que Demarato (adversario de Cleómenes) era hijo ilegítimo.
Foto: Jean Heintz / Gtres

 

Áyax se suicida arrojándose sobre su espada. Gema del siglo VI a.C. El suicidio no estaba bien visto en la Grecia antigua
Las razones de un suicidio
El terrible final de Cleómenes, ejemplo de la capacidad de sufrimiento de un espartano, tuvo diferentes explicaciones. En la versión espartana, Cleómenes enloqueció por su afición a beber vino puro (no mezclado con agua); otros lo vieron como un castigo divino por el sacrilegio cometido en el bosque sagrado de Argos, y también se pensó que fue la culminación de un trastorno que ya se había manifestado en su juventud.
Foto: Museum Fine Arts, Boston / Bridgeman / Aci

 

28 mayo 2018 at 6:20 pm Deja un comentario

Escitia, el país donde mandaban las mujeres

La ginecocracia, el gobierno de ellas, existió en algunas culturas y alimentó docenas de leyendas que nos han llegado a través de la cultura griega

Retrato idealizado de Zenobia, reina de Palmira, que hizo frente al imperio Sasánida, por un lado, y Roma, por el otro

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
11 de marzo de 2018

Las costumbres de los pueblos nómadas de las llanuras de Eurasia en la historia antigua, etiquetados bajo el cómodo pero inexacto cajón de sastre del nombre «Escitia», resultaban tan extrañas a ojos de los occidentales de entonces, los griegos, que se transmitieron numerosas leyendas e invenciones más o menos fantasiosas, sobre todo en lo que se refiere al grado de libertad y la preeminencia sociopolítica de las mujeres. Historiadores como Heródoto o geógrafos como Estrabón dieron informes detallados de la situación de las mujeres entre pueblos bárbaros muy diversos, desde el Cáucaso a las estepas o al lejano occidente, y los escritores y artistas se complacieron en retratar a esas poderosas amazonas que, si hacemos caso a la interpretación evemerista de su leyenda, no habrían sido sino un trasunto mítico de la especial situación de la mujer escita. En su libro «Amazonas. Guerreras del mundo antiguo» (Desperta Ferro 2017), Adrienne Mayor estudia la leyenda de las amazonas desde la perspectiva histórica y con la tesis de que los contactos de los griegos con el mundo escita y la evocación del comportamiento sociopolítico de sus mujeres con-dicionó la leyenda de las mujeres guerreras: las anchurosas llanuras serían, así, el mítico lugar donde reinaron las fantásticas amazonas que, además, seguramente condicionaron todas las ideas griegas sobre la ginecocracia, es decir, que ocurriría si las mujeres gobernaran. Se decía que todo esto era puro mito pero, como otras historias que refiere fuentes como Heródoto sobre diversos pueblos o algunas figuras míticas de los vasos griegos, como las ménades, algunas referencias han sido confirmadas a lo largo del siglo XX por la arqueología o la epigrafía: así sucede con los hallazgos de esqueletos de mujeres en Altái con heridas de guerra o las momias de mujeres tatuadas y enterradas entre armamento para preparar su viaje al más allá como la llamada «princesa de los hielos» (Museo Hermitage, c. 500 a.C.).

Pensamiento único

Es muy significante toda esta tradición sobre los pueblos que se regían por mujeres para el surgimiento del pensamiento utópico griego acerca de la ginecocracia en relación con la política de la época clásica, tal y como se refleja en la literatura, en la filosofía. Escitia era, en cualquier caso, el lugar donde las mujeres mandaban por excelencia y los griegos se sentían fascinados por aquellas noticias –transmitidas por los escritores de viajes, oradores o historiadores– sobre comunidades fantásticas y utópicas allende su civilización que ponían en duda los cimientos del mundo griego –la propiedad privada y la familia patriarcal, notablemente– mediante curiosos sistemas que inspiraban su imaginación creativa tanto al menos como los proyectos de sus teóricos políticos. Se suponía que algunos bárbaros remotos se regían por un cierto matriarcado o que, incluso, vivían en comunidad de bienes y familias, por lo que tales ejemplos fueron referidos por ciertos sofistas con cierta admiración o como prueba de la convencionalidad de las leyes y de las costumbres: eso acaso reforzaba, por ejemplo, las ideas de Protágoras sobre la convención frente a la naturaleza y relacionaban el debate con la situación de la Atenas democrática, en endémica y sistémica crisis sociopolítica.

Muchos pueblos extranjeros eran conocidos por la comunidad de familias o, directamente, por la ginecocracia, como la tribu nómada de los agatirsos, relacionada con los tracios, que es descrita por el historiador Heródoto como un pueblo polígamo, tatuado y amante del lujo que vivía en la llanura del río Maris. Las fábulas sobre la promiscuidad de las mujeres bárbaras, su «poliandria» o, lo que es más atractivo, la imagen de unas mujeres poderosas y masculinizadas que ejercen el gobierno se relacionaba invariablemente con los pueblos de las estepas de Eurasia y encontraban múltiples reflejos en la mitología y en la literatura, si se tiene en cuenta la leyenda la gran cantidad de noticias disponibles sobre las Amazonas, los tracios, ilirios o chipriotas (incluso sobre nuestros cántabros se contará la leyenda del gobierno matriarcal en tiempos posteriores). También entre los griegos había lugares donde las mujeres ostentaban cierta relevancia e incluso poder sociopolítico, como entre ciertas ciudades cuya legislación e instituciones como la de las «patrouchoi» –con la posibilidad de heredar y ser titulares de patrimonio– parecían conceder a las mujeres más libertades, cosa de la que, en el caso de Esparta, se lamentaba Aristóteles, que achacaba a esto la decadencia de la ciudad.

La «Lisístrata» de Aristófanes

Como quiera que sea, el debate sobre la reforma de la sociedad a partir de una aplicación al conjunto de la «polis» de recetas utópicas basadas en sus elementos básicos, se agudiza en la época de la guerra del Peloponeso, sobre todo en su fase final. Sus ejemplos afloran especialmente en Atenas, laboratorio del pensamiento utópico antiguo, y tiene como cuestión central para la reforma política, no por casualidad, en el plano literario la idea del papel político de la mujer. Así, la «Lisístrata» de Aristófanes –una comedia sobre el poder femenino ya de por sí, con la huelga sexual para parar la guerra como trasfondo– presenta una utopía de gobierno basada en la habilidad típica de las mujeres, es decir, el arte del telar: se habla de reunir las distintas capas sociales y gobernar como quien «teje un manto» (575 ss.). Otra comedia suya, «Asambleístas», muestra a mujeres que rigen la ciudad y se visten como hombres, enunciándose ideas utópicas como «establecer una vida común e igual para todos» (588 ss.). Las diferencias con las posibles ginecocracias históricas, como la escita, son ciertamente claras, pero salta a la vista incluso en un tratamiento paródico como este la relevancia del tema del gobierno femenino como idea central de las propuestas utópicas de reforma sociopolítica, hasta llegar más tarde a las propuestas de Platón, en las que la mujer tiene un papel muy relevante.

La inspiración, entre mito e historia, de estas ideas que surgen en los siglos V-IV a.C. puede relacionarse con las noticias sobre pueblos de tradición matriarcal. Entre ellos destacan siempre las legendarias guerreras nómadas de las estepas eurasiáticas que pasaron al imaginario griego como las «amazonas», personajes indispensables en la mitología, las representaciones en la pintura sobre cerámica griega o en las decoraciones escultóricas de los templos arcaicos, como símbolo de barbarie y antihelenismo, pero a la par como estímulo intelectual para muchos, lo que da fe del impacto cultural que provocaron en el mundo griego. La Escitia que imaginaron los griegos, o la compleja cultura de las estepas y los kurganes, que poco a poco sale a la luz con nuevos hallazgos impresionantes, vuelve hoy a la actualidad con el debate sobre la posición sociopolítica de la mujer en Occidente, más allá de los modelos clásicos que heredamos de la antigüedad.

 

11 marzo 2018 at 1:09 pm Deja un comentario

Heródoto, el historiador viajero

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, Heródoto concibió la historia como una investigación personal y una exploración de otras culturas, incluidas las de los pueblos «bárbaros».

El padre de la historia. Heródoto de Halicarnaso describió el mundo y los acontecimientos que marcaron su época en su Historia, una magna obra que siglos después fue dividida en nueve libros. Aquí en un busto  en el Museo Metropolitano de Nueva York. ESCULTURA: MMA / RMN-GRAND PALAIS

Fuente: CARLOS GARCÍA GUAL  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
25 de septiembre de 2017

Homero, el autor de la Ilíada y la Odisea, comienza sus poemas invocando a la «Musa divina» como inspiradora de su obra; Heródoto, en cambio, pone su nombre propio en la primera línea de su relato, escrito no en verso, sino en prosa. Esa firma personal sirve como garantía de la veracidad de su testimonio y de su narración, como harán otros dos cronistas, Tucídides y Jenofonte.

En ese inicio encontramos también la palabra que denominará para siempre a este nuevo género de escritura: historia. El relato que presenta Heródoto es el resultado de su investigación personal (apodexis historíes). Enseguida nos advierte de que no pretende contar mitos de los dioses y héroes antiguos, sino «los hechos de los hombres». Pero hay algo en su gran proyecto narrativo en lo que coincide con los poetas épicos: escribe para salvar del olvido el recuerdo de gestas admirables. Conviene fijarse bien en las líneas iniciales de ese relato histórico pionero, tan extenso y de largo aliento, que esboza su programa de clara novedad: «Ésta es la exposición de la investigación de Heródoto de Halicarnaso, a fin de evitar que, con el tiempo, caigan en el olvido los hechos de los hombres y que las gestas importantes y admirables realizadas tanto por griegos como por bárbaros, y de manera particular el motivo por el que lucharon unos contra otros, queden sin gloria».

Heródoto quería explicar las causas de la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas

En este prólogo, escrito sin duda al concluir su extensa obra, subraya un doble objetivo: referir las grandes gestas tanto de griegos como de no griegos –bárbaros– y, en segundo lugar, explicar las causas de la tremenda guerra entre unos y otros, la gran confrontación que conocemos con el nombre de guerras médicas (492-478 a.C.). En el texto de Heródoto, la palabra bárbaros no tiene ningún matiz despectivo, como sí tendrá posteriormente en Tucídides y otros autores clásicos. Heródoto admira el mundo abigarrado de «los bárbaros», sus hazañas y los grandiosos monumentos que erigieron.

Un hombre cosmopolita

Heródoto vivió aproximadamente entre los años 485 y 425 a.C. Es, por tanto, coetáneo del sofista Protágoras y del poeta trágico Sófocles. Consiguió gran renombre durante su visita a Atenas hacia 441 a.C. Allí fue invitado a leer con gran éxito algunos capítulos de su obra y recibió un premio importante por ello, un pago a sus elogios de la heroica lucha de los griegos, sobre todo de los atenienses, en defensa de la libertad.

Nacido en la ciudad jonia de Halicarnaso, de donde fue desterrado, pasó largo tiempo en la isla de Samos y luego se dedicó a viajar. Fue en Jonia donde surgieron los primeros filósofos, en ciudades como Mileto o Éfeso, urbes comerciales y abiertas al mar, siempre bajo la amenaza del vecino Imperio persa. Allí forjó Heródoto su carácter y su ánimo intrépido de amante de los viajes, curioso y tolerante, y tomó nota de las noticias frescas de lo que veía y lo que le contaban, como un buen reportero avant la lettre; no en vano, Ryszard Kapuscinski, uno de los mejores periodistas del siglo XX, lo vio como un guía ejemplar para viajeros a tierras lejanas en su libro Viajes con Heródoto.

La actual división de su larga obra Historia en nueve libros procede, seguramente, de los filólogos alejandrinos. Heródoto habla de lógoi, algo así como «tratados», cada uno con temática propia, reunidos en ese conjunto final. En el libro primero de su Historia, Heródoto trata del reino de Lidia, del fastuoso rey Creso y sus enormes riquezas, y de la conquista de este territorio por el rey persa Ciro. En el segundo libro nos habla de Egipto y sus maravillas. El tercero comienza con la conquista del país del Nilo por el persa Cambises y vuelve a las historias de Persia. El cuarto libro abarca dos lógoi: uno sobre Escitia (región situada en Asia Central) y otro sobre Libia.

Los libros siguientes relatan el conflicto bélico entre griegos y persas, episodio tras episodio. En el quinto enfoca las intrigas de los persas en Macedonia y los conflictos de las ciudades griegas, con noticias sobre las políticas de Esparta y Atenas. Los siguientes libros cuentan las dos guerras médicas: en el sexto, la expedición de Darío, que concluye con la victoria griega en Maratón; el séptimo evoca con intenso dramatismo las batallas decisivas, las de Termópilas y Maratón; en el libro octavo, la de Salamina, y en el noveno narra la de Platea. Todas ellas sellan la merecida victoria final de los griegos.

El primer reportero

Heródoto reúne noticias muy variadas de sus viajes y experiencias. No se basa para ello en textos escritos, no usa viejos archivos, sino que cuenta lo que ha visto y oído en sus largos viajes y, ya en la segunda parte, nos describe y comenta, como nadie antes, la guerra que decidió la libertad de Grecia, con especial referencia a la democrática Atenas. No sólo es el «padre de la historia», como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural. Nos ofrece una visión personal de su mundo, que exploró con enorme agudeza escuchando a informadores de distintos países a lo largo de sus itinerarios. Sus instrumentos fueron la mirada curiosa (ópsis), el escuchar a fondo (akoé) y la reflexión crítica sobre los datos recogidos (gnóme).

No sólo es el «padre de la historia», como lo definió Cicerón, sino también de la geografía e incluso de la antropología cultural

Los primeros libros de su Historia atestiguan esa faceta de viajero excepcional. Visitó Egipto, recorriendo el valle de Nilo hasta la primera catarata en Elefantina (Asuán), donde acababa el Egipto antiguo, a unos mil kilómetros del mar. También visitó Mesopotamia y nos ha dejado una descripción de la famosa Babilonia y las comarcas cercanas; tal vez llegara hasta Susa. Hacia el norte, visitó las colonias griegas a orillas del mar Negro, y más allá se internó en las praderas pobladas por los errabundos escitas, en la estepa ucraniana, hasta llegar cerca de la actual Kíev. Recorrió también el norte de África, pasando por la Cirenaica y la costa de la actual Libia. Recaló un tiempo en las ciudades griegas del sur de Italia y colaboró en la fundación de la colonia de Turios. Podemos suponer que deambuló por toda Grecia y visitó muchas islas del Egeo.

Nos habría gustado saber más de las andanzas del intrépido viajero. ¿Cómo viajaba? ¿En solitario y con mínima impedimenta? ¿A caballo? ¿Cómo pagaba sus gastos y dónde se albergaba? ¿Registraba sus encuentros e impresiones en apuntes en rollos de papiro? Algunas regiones que Heródoto recorrió estaban colonizadas por griegos –como la costa del mar Negro o el sur de Italia–. También en la costa norte de Egipto había comerciantes griegos, y en Persia, tal vez algunos mercenarios. Pero ¿y en la estepa escita, cuando remontó el río Dniéper viajando entre tribus bárbaras, o en el Alto Egipto? Por otra parte, parece que sólo conocía el griego (como era natural en los viajeros griegos de la época), así que en Egipto tuvo que recurrir a sacerdotes locales bilingües para que le interpretaran las inscripciones más o menos sagradas de los templos.

Heródoto era, indudablemente, un tipo excepcional en su curiosidad por lo exótico y en su admiración de lo extraordinario. Al recordar al sabio Solón cuenta que, tras su etapa como legislador en Atenas, partió de viaje «por afán de ver mundo» (theoríes héneken). Ese mismo «afán téorico» movía sin tregua a Heródoto, pero en él va unido a las ganas de narrar las cosas asombrosas que ha visto o que le contaron, y lo hace en un estilo muy claro, con descripciones y anécdotas de vivo colorido en escenarios muy variados.

Pionero de la antropología

Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como «egiptomanía»

Comparado con historiadores como Tucídides o Jenofonte, Heródoto se revela –sobre todo en los primeros libros– como un narrador divertido y fabuloso; después, cuando describe la guerra y sus contextos políticos, resulta más austero. Pero si nos detenemos en la lectura de la mitad inicial de su gran obra podemos admirar toda la variedad de sus observaciones. Es, con razón, muy conocido el libro segundo, dedicado a Egipto –que, desde tiempos de Homero, fue un país que siempre fascinó a los griegos y adonde viajaron famosos sabios como Tales, Pitágoras y más tarde Platón–. Fue Heródoto quien lo llamó «un don del Nilo».

Y, en efecto, comienza hablando del caudaloso río y de las teorías sobre sus lejanas fuentes en el centro de África, para describir luego las extrañas costumbres de sus gentes, así como algunos animales del variopinto bestiario egipcio, como el cocodrilo, el ibis y los gatos (por entonces, unos animales poco conocidos por los griegos). Asimismo trata de las colosales pirámides y de los dioses, sus templos, sus arcanos ritos y las historias asociadas a ellos; incluso narra cuentos curiosos, como el del ladrón de tesoros de pirámides, Rampsinito. Heródoto es también aquí el gran precursor de la pasión por las maravillas del milenario y enigmático Egipto, conocida luego como «egiptomanía».

Heródoto es así, en cierto modo, el primer antropólogo que explora mundos ajenos a su cultura. Abre ojos y oídos a las tradiciones de otros pueblos y elabora una pintoresca narración, una «historia» de horizontes lejanos, monumental y novelesca a ratos; se nos aparece como un viajero ilustrado fascinado por Oriente y Egipto, un pensador de extraordinaria amplitud de miras, tolerante y ameno.

Como otros historiadores griegos, Heródoto vivió desde joven en el exilio y compuso su magna obra desde él. Al igual que Tucídides, Jenofonte y Polibio, la experiencia del destierro le incitó a tender una mirada aguzada e imparcial sobre otras culturas, sin censuras morales ni partidismos patrióticos. Lo hizo con el hondo orgullo de ser un hombre libre y haber conocido la democracia, y de manejar la flexible lengua griega y afianzar, escribiendo en la joven prosa jonia, la tradición helénica del gusto por el diálogo en libertad y el examen crítico ante los hechos y las personas. Por eso, en los últimos libros de su Historia, exaltó la lucha heroica de los griegos por su independencia contra el gran ejército de los persas, llevados de continuo al desastre por reyes despóticos.

Desafiar al olvido

«Todo es azaroso en la vida humana», apunta en una sentencia; «La divinidad es envidiosa y perturbadora», dice en otra

Coetáneo y amigo de Sófocles, Heródoto mantiene una visión humanista y trágica de la historia universal, con esa mentalidad arcaica que veía a los humanos como seres «efímeros» de azaroso destino. Incluso el poderío y la ambición de los más grandes puede derrumbarse. «Todo es azaroso en la vida humana», apunta en una sentencia; «La divinidad es envidiosa y perturbadora», dice en otra. «No llames a nadie feliz hasta contemplar su último día», alecciona el ateniense Solón al riquísimo rey Creso, que recordará la frase al caer derrotado por el persa Ciro.

La divinidad abate a los orgullosos y premia a los justos, y castiga el exceso de soberbia, como hizo con Jerjes, al que ya Esquilo en su tragedia Los persas presentó como ejemplo de hybris (el arrebato pasional que lleva a los hombres a desafiar los límites impuestos por los dioses). Para Heródoto, el mundo se mueve bajo la mirada de los dioses, pero la providencia divina nos es extraña e imprevisible. El destino resulta trágico, y por ello vale la pena celebrar las gestas heroicas y las maravillas, e inventar, para siempre, la historia, es decir, un testimonio acreditado a favor de las glorias humanas desafiando las sombras del olvido.

 

25 septiembre 2017 at 7:13 pm Deja un comentario

La gran mentira de las amazonas: las arqueras mutiladas que esclavizaban a los hombres

  • La Mitología afirma que estas guerreras se quemaban un pecho para mejorar su puntería y que únicamente mantenían relaciones sexuales una vez al año. Sin embargo, los historiadores debaten todavía hoy su existencia real
  • Aprovechando el estreno de la película «Wonder Woman» (cuya protagonista es una princesa de esta tribu) algunos expertos han afirmado que, en realidad, estas combatientes jamás existieron ¿Realidad o leyenda?

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
21 de junio de 2017

Según la mitología (azuzada por historiadores como Heródoto o Plutarco) las amazonas eran un pueblo de mujeres guerreras expertas en el uso del arco y más que diestras a la hora de cabalgar. La leyenda, con todo, ha tenido un doble rasero con ellas. Y es que, afirma también de ellas que se quemaban el seno derecho para que este no les molestara a la hora de apuntar y disparar; que odiaban a los hombres (únicamente mantenían relaciones sexuales con ellos una vez al año para perpetuar su linaje); y que ahogaban en muchos casos a sus vástagos si estos eran varones.

Sin embargo, a día de hoy su existencia se encuentra entre la realidad y la leyenda. Un debate que ha vuelto a reabrirse después de que se haya estrenado en los cines el popular largometraje «Wonder Woman» (la princesa amazona más famosa de los cómics).

La llegada a la gran pantalla de esta película ha sido aprovechada por algunos historiadores como John Man. El también antropólogo ha publicado recientemente una obra en la que -según sus palabras- demuestra que el mito sobre estas combatientes es «una auténtica basura y una verdadera tontería». Al menos, así lo afirmó la semana pasada en una entrevista concedida al diario «Daily Mail».

En palabras de Man, la leyenda de las amazonas fue fabricada por los griegos con el objetivo de «apuntalar su idea de sí mismos». La explicación que aporta el historiador y antropólogo es sencilla: aunque estas «inexistentes» guerreras eran letales, sus atributos más laureados eran los que habitualmente se asociaban al género masculino.

Con todo, otros expertos como el arqueólogo Carlos Alonso del Real fueron más benévolos en vida con dichas guerreras. Este autor español (uno de los grandes estudiosos del tema en nuestro país) no dudó en vida de la historicidad de dichas mujeres y estudió de forma exhaustiva cuál era la realidad y cuál la leyenda sobre ellas. En todo caso, la pregunta sigue viva… ¿Realidad o mito?

El mito

Tal y como afirma Liliana Pégolo (del Instituto de Historia Antigua de la Universidad de Buenos Aires) en su dossier «Del mito de las amazonas a las mujeres santas»: «la narración fabulosa de las amazonas entra en la historia cultural griega durante la primera mitad del siglo VI a.C.». A partir de ese momento se las empieza a definir (según determina el autor Liliana Pégolo en su obra «Mujeres de capa y espada») como «un grupo de mujeres guerreras, supuestamente hijas de Ares, siendo su madre en la mayoría de los casos, Harmonia». De esta guisa, aquella tribu tendría la sangre del mismísimo dios de la guerra y de la diosa de la armonía y la concordia.

Con todo, esta es una de las teorías mitológicas que, entre otros, defendió Apolonio de Rodas (siglo III a.C.). Este autor era partidario de que Harmonia era la amante de Ares, y no su hija (como hasta ese momento se creía). Así lo afirma en el Canto II de las Argonáuticas (su obra más destacada): «Que no eran en vano [las amazonas] de la raza de Ares y la Ninfa Harmonia, aquella que al dios Ares le alumbró unas hijas amantes de las guerras tras haberse acostado con él en la espesura del bosque de Acmón».

Independientemente de los líos de faldas, de las amazonas ya se había hablado anteriormente. Ejemplo de ello es que Homero (siglo VIII a.C.) las define en la Íliada como una tribu de guerreras «varoniles».

El combate de las amazonas – Rubens

En todo caso, tanto para Solís, como para otros autores como Elsa Felder (quien desvela los pormenores de dichas guerreras en «Vida y pasión de grandes mujeres»), estas letales combatientes se organizaban en un estricto sistema matriarcal en el que la máxima autoridad era la reina. Una gobernante, por cierto, cuya forma de acceder al trono es desconocida a día de hoy. Ya fuera por herencia o por valentía en el combate, esta regente gobernaba una región que (según la mayoría de los historiadores clásicos) era exclusivamente femenina.

Pero, ¿dónde residían estas mujeres tan peculiares? La lista de sus posibles asentamientos es innumerable atendiendo a las fuentes, pero la mayoría de autores coinciden en ubicarlas en los alrededores del Cáucaso.

«Los griegos les atribuían existencia histórica y colocaban su reino, ora en las pendientes del Cáucaso, ora en Tracia, o en la Escitia meridional, en las llanuras de la orilla izquierda del Danubio», destaca la autora en su obra. Apolonio de Rodas, por su parte, sitúa la región en la que vivían las amazonas en la costa de Ponto Euxino (Mar Negro), junto a la desembocadura del río Termodonte (al norte de la actual Turquía): «Más allá de la desembocadura del Termodonte expande sus aguas en un golfo tranquilo a los pies del cabo Temiscirio, tras haber atravesado una amplia llanura. Allí se encuentra la llanura de Deante, y cerca de ella las tres ciudades de las Amazonas».

Guerreras a caballo

Solís y Felder coinciden en que -según la tradición- las amazonas fueron las primeras en montar a caballo. Y no solo eso, sino que mantenían una relación especialmente buena con los jamelgos y se entrenaban durante horas para ser unas verdaderas maestras en el arte de la equitación.

En palabras del primer autor, de hecho, cabalgaban de una forma tan perfecta que «podían bailar encima del caballo, levantarse cuando iban a galope, saltar de un caballo a otro y saltar sin silla a través del fuego». Tal era su nivel de compenetración con sus monturas, que el nombre de muchas de estas guerreras estaba formado por el prefijo griego «Hipo-» («caballo»). Ejemplo de ello fue -entre otras tantas- la reina Hipólita.

Representación de una amazona (siglo V a.C.) – Wikimedia

Si su primera virtud era el saber montar a caballo, la segunda era su capacidad para el combate. Ya fuera a pie o en montura (preferían lo segundo) guerreaban utilizando un amplio arsenal de hachas de batalla, espadas y escudos de media luna. Con todo, su arma favorita era el arco.

De hecho, su puntería era extremadamente buena por una razón que explica (entre otros autores) el médico griego Hipócrates, y que replica Felder: «Se aseguraba que a las niñas les cercenaban el seno derecho para que al ejercitarse en el tiro con arco y flecha, en el que eran las amazonas extraordinarias, pudieran sujetar con comodidad dicho arco sobre el pecho». Al parecer, de esta leyenda podría provenir su nombre ya que, en griego, el término «amazoi» significa «sin pecho». Con todo, esta es sólo una de las teorías. Otras afirman que su origen es el vocablo iraní «hamazam» (cuya traducción viene a ser «guerreras»).

Si su primera virtud era el saber montar a caballo, la segunda era su capacidad para el combate

Por otro lado, también se afirma que las amazonas fueron de las primeras en usar el hierro; que eran sumamente bellas (Pégolo las define como «mujeres hermosas y sexualmente apetecibles que subliman sus deseos sexuales»); y que se vestían con una túnica muy ceñida y corta que abierta habitualmente a un lado para que sus enemigos viesen su figura. «Su objetivo no era enseñar a los extranjeros que vestían un atuendo fantástico, sino indicarles explícitamente que eran mujeres y estaban guerreando contra hombres» afirma, en este caso, Solís. En cuanto a su culto, rendían pleitesía a Artemisa (diosa de la caza). Así lo cree y lo deja patente la historiadora Sarah B. Pomeroy en «Diosas, rameras, esposas y esclavas», un libro en el que explica que esta deidad era «una cazadora diestra en el uso del arco» que prefería «emplear su tiempo en la montaña y en los bosques, junto a los animales, lejos de la compañía de hombres y de los dioses».

Hombres ‘odiosos’

Guerreras letales, geniales arqueras, y excelentes a la hora de cabalgar en batalla. Las amazonas han pasado a la historia por esta retahíla de características. Sin embargo, también se han hecho famosas por su extremo odio hacia los hombres. Su misandría queda reflejada en que -atendiendo a la mayoría de las fuentes- residían en comunidades en las que los hombres tenían prohibido el acceso.

Con todo, y como suele suceder con la mayoría estas leyendas con siglos y siglos de antigüedad, algunos autores también son partidarios de que algunos hombres vivían con ellas. Aunque eso sí, como sirvientes y llevando a cabo únicamente las tareas más bajas de la sociedad.

En todo caso, en lo que sí coinciden una gran parte de los autores es en que las guerreras amazonas solían guardar celibato durante casi toda su vida. Tan solo yacían con hombres una vez al año, cuando visitaban a los varones de las tribus vecinas (la más famosa es la de los Gargarios). Y lo hacían únicamente con el objetivo de perpetuar su tribu.

Es precisamente en este punto donde la historia (verdadera o no) de las amazonas se pone macabra. Y es que, una de las teorías sobre la tribu señala que no tenían piedad si daban a luz a un varón. Así lo afirma el historiador Javier Ocampo López en su obra «Mitos y leyendas latinoamericanas»: «Después de los partos, las amazonas mataban a los varones». Con todo, otra versión afirma que no los asesinaban, sino que únicamente les arrancaban los ojos antes de devolverles con sus padres. La interpretación más amable determina que se limitaban a dejarles salir de sus dominios para que huyeran.

Talestris, reina de las amazonas, visitando a Alejandro Magno – Wikimedia

Esta última es apoyada, por ejemplo, por la catedrática en historia antigua Ana Iriarte Goñi en su libro «De amazonas a ciudadanos», quien es partidaria de que «tras dar a luz a los retoños así concebidos, las amazonas se quedaban con las niñas y entregaban los niños al grupo de padres, quienes los admitían individualmente con la duda razonable de que el niño recibido sea su descendiente».

Con las hembras eran más benévolas. Si daban a luz a una niña la entrenaban en la caza y en el arte de la guerra para que fuera una futura guerrera amazona. Y lo hacían, por cierto, mediante la leche del pecho izquierdo.

En todo caso el valor de las amazonas, así como su odio hacia los hombres, dejó una huella imborrable en la historia. Una marca que quedó patente, por ejemplo, en el discurso fúnebre del orador ático Lisias (siglo V a.C.): «Existieron en tiempos las Amazonas, hijas de Ares […] Y eran consideradas más bien como varones por su valor que como hembras por su sexo; pues, con respecto a los varones, parecía mayor la superioridad de sus espíritus que la inferioridad de su apariencia. Dominaban muchas razas y tenían de hecho avasallados a sus vecinos».

Pentesilea y Hipólita

Al igual que las mismas amazonas, las gestas militares de estas combatientes se debaten entre el mito y la leyenda. Virgilio (siglo I a.C.) afirma en su «Eneida» que, durante la guerra de Troya, estas mujeres acudieron en ayuda de Príamo para defender la ciudad. En su texto, el poeta explica el combate que mantuvo (presuntamente) la reina de esta tribu, Pentesilea, contra el héroe Aquiles.

«La fogosa Pentesilea conduce las huestes de las amazonas, con sus broqueles en forma de media luna, y brilla por su ardor en medio de la muchedumbre, atando el dorado ceñidor bajo el descubierto pecho, y guerrera virgen, osa competir en denuedo con los hombres. La lucha no fue precisamente bien para nuestra protagonista, pues murió después de que su enemigo le clavara una lanza en el pecho. Se cuenta que, cuando el varón levantó el casco de la guerrera, quedó prendada totalmente de su belleza.

Pero la historia de Pentesilea no fue la única de una destacada amazona. Otra de ellas fue Hipólita. Según narra la mitología (y partiendo de la base de que existen múltiples versiones sobre el devenir de esta mujer atendiendo a las fuentes) la guerrera fue una de las más destacadas de su tribu. Sin embargo, tuvo la mala suerte de toparse con Hércules quien, como parte de sus populares «trabajos», recibió el encargo de robarle a la regente su ceñidor. Una prenda similar a un cinturón de castidad que había recibido del mismísimo Ares.

La muerte de Pentesilea

En palabras de Felder (quien se basa, a su vez, en los textos de historiadores y poetas clásicos como Heródoto) Hércules se presentó ante la misma Hipólita dispuesto a arrebatarle el cinturón de castidad. Pero no le hizo falta, pues la misma monarca se lo ofreció voluntariamente junto con su virginidad. «Por desdicha de la pareja, era tradición entre las amazonas que, antes de acostarse con un hombre, lucharan con él para probar si la fortaleza del elegido le hacía digno de gestar sus futuras hijas», determina la autora. Según la mitología, cuando comenzaron el combate, Hera (que los estaba espiando y que odiaba a Hércules) hizo creer a todas las amazonas que el héroe trataba de matar a la mujer.

Atendiendo a la fuente existen hasta cuatro finales diferentes para esta historia. Sin embargo, el más famoso es el que afirma que Hércules hizo uso de su descomunal fuerza para acabar con todas las amazonas. Por desgracia, terminó también con la vida de Hipólita. «Su hermana Antíope fue obligada a rendirse y formó parte del botín de guerra de Hércules, junto con el famoso ceñidor», completa la experta.

Mención destacada requieren también las guerreras definidas por el historiador griego Diodoro de Sicilia (siglo I a.C.). Este autor dejó explicado en sus textos que existía una raza de amazonas guerreras con unas costumbres similares a las ya mencionadas, pero residentes en África (o las Canarias, atendiendo a las interpretaciones posteriores).

El autor no habla solo de las combatientes, sino que también hace mención a su reina: Mirina. Así lo dejó escrito: «Acometieron grandes empresas, pues les invadía el deseo de atacar muchas partes del mundo habitado […]. Marcharon primero contra los atlantes. Mirina, que reinaba entre las amazonas, constituyó un ejército de 30.000 infantes y de 3.000 jinetes». Su victoria fue total. Sin embargo, estas combatientes fueron vencidas a la postres también por Hércules.

 

21 junio 2017 at 8:10 am Deja un comentario

La verdad sobre Jerjes I, el rey persa «degenerado» que clavó en una lanza al espartano Leónidas

Después de su victoria en las Termópilas, el monarca se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. Ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil, mujeriego y controlado por los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder

Leónidas y Jerjes I en una escena de la película «300»

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
1 de junio de 2017

Jerjes I es representado por la tradición griega como uno de esos reyes asiáticos degenerados, excesivos, esclavistas y dados al lujo extremo que demostraban que la democracia ateniense era el mejor sistema político posible. Una suerte de titán loco capaz incluso de castigar a las fuerzas naturales que se interponían en sus planes. El historiador griego Herodoto narra que el rey persa ordenó dar 300 latigazos a las aguas del estrecho de Helesponto porque le impedían cruzar a su ejército y a él. «Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado», exclamó el persa según las crónicas helenas.

Representación clásica de Jerjes

Pero más allá de la figura literaria del rey degenerado que acaba pagando cara su arrogancia, ¿cuánto sabemos de ese monarca obsesionado con conquistar la Grecia continental? En sus 21 años de reinado Jerjes trató de continuar con los planes expansionistas de su padre Darío, así como su enemistad con Atenas, Esparta y las otras polis griegas que no aceptaban su hegemonía en Asia Menor. A pesar de no ser el primogénito, su padre le designó a él para que heredara la corona por delante de su medio hermano Artabazanes. En su lecho de muerte Darío I le pidió, según la leyenda, que vengara la derrota sufrida en la batalla de Maratón, durante la Primera Guerra Médica (490 a. C.), y la intromisión ateniense en la Revuelta jónica en Asia Menor.

La mejor entrada a Grecia: las Termópilas

A Jerjes no le costó mucho prepararse para la guerra. La expansión y la conquista estaban en el ADN persa. Los persas se habían levantado contra la todopoderosa Babilonia, allá por el siglo VI a. C., con su rey Ciro II al frente. Con más astucia que recursos, los persas plantaron cara a sus sojuzgadores y de su victoria nació un imperio aún mayor del soñado por los babilonios. Los reyes que sucedieron a Ciro: Cambises, Darío y Jerjes, consiguieron engrandecer su imperio desde Asia Menor hasta la India. No en vano, en su afán expansivo se toparon con una piedra en el camino, la Grecia continental que, escudada por el mar Mediterráneo y una infantería superlativa, lograron rechazar las invasiones persas.

Antes de la campaña griega, en el 486 a.C., Jerjes (designado en la Biblia como «Asuero») debió enfrentarse a las habituales revueltas que seguían a la muerte de aquellos dueños de imperios tan heterogéneos. Asumió el poder luego de una guerra civil con Bardiya, esto es, un miembro de otra rama de la dinastía aqueménida.

Tras pacificar Egipto y las revueltas producidas en Babilonia, emprendió la conquista griega instigado por su primo Mardonio. Más allá del mito de los 300 espartanos defendiendo heroicamente las Termópilas, lo cierto es que la campaña no pudo empezar con mejor pie para los intereses persas. Uno de los reyes espartanos, Leonidas, presentó una insuficiente y luego mitificada defensa en el desfiladero de las Termópilas que únicamente duró dos días. Al final los espartanos fueron masacrados y Jerjes ordenó que le cortaran la cabeza al rey griego para colocarla en una pica. Pretendía así hundir la moral de las filas griegas, que en Termópilas perdieron más de 1.500 hombres. En contrapartida, Jerjes perdió probablemente más de 1.000 hombres, aunque la leyenda eleva esta cifra hasta los 20.000.

Otro éxito persa similar aconteció en la batalla naval de Artemisio, donde la resistencia griega apenas duró tres días, aunque en este caso los persas perdieron cientos de barcos. El poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.

La batalla de Salamina, óleo sobre tela pintado en 1868 por Wilhelm von Kaulbach

Después de sus victorias en las Termópilas y en Artemisio, Jerjes se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército (las fuentes antiguas hablan de cientos de miles de hombres, lo cual es exagerado hasta el extremo) hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. La ciudad había sido evacuada previamente por orden de Temístocles, de manera que el ejército persa solo tuvo que enfrentarse a la guarnición de la Acrópolis, mientras las fuerzas espartanas y atenienses establecían su última línea de resistencia en el istmo de Corinto y el golfo Sarónico.

Habiendo humillado a Atenas, Jerjes sintió que la obra de su padre estaba cerca de cumplirse. A sus 32 años, Jerjes era descrito como un conquistador alto y apuesto, al estilo de su abuelo materno Ciro II. «Héroe entre reyes», «El Rey que es un verdadero hombre»… Sus exagerados sobrenombres daban fe de la dimensión de un rey que, según la Biblia, «gobernó 127 provincias desde la India hasta Cush», el mayor imperio hasta entonces. Una moneda de oro puro con él representado armado de un arco y una lanza, «el darico», se convirtió en el «dólar» de su tiempo, el primero en adquirir esa dimensión internacional.

En este sentido, los autores griegos le presentan como un rey dado al lujo y a creerse por encima de los dioses. Solo con propaganda podían combatir su enorme superioridad de tropas y riquezas. Como explica Nic Fields en «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), en su campaña en Grecia Jerjes y sus ingenieros dieron una exhibición logística inédita: mejoraron las carreteras para permitir el avance del ejército persa, construyeron un canal tras el monte Atos, tendieron un puente en el Helesponto y abrieron depósitos de alimentos para mantener a miles de hombres alimentados.

La propaganda griega contra Jerjes

Y no solo de obras militares vivió su reinado. Jerjes I fue recordado en la memoria persa como un gran constructor y promotor de obras públicas. Las terrazas de Persépolis se completaron durante su reinado, siendo su sala de audiencias, con relieves de piedra caliza, una muestra cumbre de la grandiosidad del Imperio persa. Se conoce, además, que el monarca envió a sátrapas a intentar la circunnavegación de África por primera vez. De tal manera que ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil y controlado por las mujeres y los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder. A su capacidad de movilizar fuerzas lo llamaron «hubris», arrogancia ante los dioses; y a sus éxitos siempre los dibujaban en medio de una corte llena de intrigas y decadencia moral.

Así y todo, el ejército persa sí contaba con ciertas limitaciones respecto a los griegos. Las huestes de Jerjes estaban compuestas de soldados de diferentes procedencias, que no hablaban las mismas lenguas y no tenían la costumbre de combatir juntos. Si bien tenían la superioridad numérica de su parte, su falta de coordinación y su pobre armamento les hacían vulnerables frente a los hoplitas. Los escudos de mimbre y lanzas cortas eran su punto débil, mientras que su caballería era sensible frente al erizado de lanzas que era la falange griega.

De sus tropas de élite, los inmortales, su ventaja era que todos ellos eran persas y gozaban de una posición estable en el aparato imperial, si bien estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos. En total eran unos 10.000 hombres, entre los cuales había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado en la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas

La suerte de Jerjes y sus ejércitos en Grecia duraron hasta el verano de 480 a. C. cuando fueron derrotados en la batalla de Salamina. La flota persa luchó contra los griegos, sobre todo atenienses, en los términos que éstos más deseaban. Más de 200 embarcaciones persas fueron aquel día hundidas en una franja de agua demasiado estrecha para hacer valer su superioridad numérica, si es que la conservaban, siendo aquello el principio del fin de la invasión persa. Aunque la guerra aún se alargó debido a las diferencias entre las distintas ciudades estado, en verdad los persas erraron en sus siguientes movimientos terrestres y Grecia pudo expulsar al fin a los bárbaros. Jerjes se tuvo que retirar hacia Asia junto con gran parte de su ejército tras Salamina, dejando a su general Mardonio y a sus mejores tropas para intentar completar la conquista de Grecia. En su ausencia, la batalla terrestre de Platea mostró de nuevo la superioridad de los hoplitas sobre los soldados orientales, aunque a esas alturas ya no estaba tan claro que los persas fueran mayores en número.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado que poblaban la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas. En el año 465 a.C, el Gran Rey y su hijo mayor fueron asesinados en su palacio durante un golpe de estado palaciego. Artabano, comandante de la guardia real, dirigió el intento de destronar a los aqueménidas y colocar a sus siete hijos en posiciones clave del gobierno. Según una de las versiones griegas, Artabano engañó a otro de los hijos de Jerjes, Artajerjes, para que matara a su hermano mayor, pero al final descubrió la verdad y castigó a los asesinos de su padre. Él heredó el trono del que todavía era el mayor imperio conocido.

Si Ciro II y sus descendientes habían encabezado la expansión del imperio; con Jerjes llegó la estabilización imperial, y no, como presumen las fuentes helenas, la decadencia persa. Sus sucesivas derrotas en la Grecia continental no impidieron que durante el siglo y medio siguiente aún mantuviera el Imperio persa el control bajo la mayor parte de los estados helenos de Asia Menor y siguiera tomando parte con oro o con métodos sibilinos en los conflictos entre las grandes polis griegas.

 

1 junio 2017 at 6:48 pm Deja un comentario

El mito de la batalla de Maratón: los «pacíficos» atenienses enseñan a los espartanos a aplastar persas

Para los persas la derrota de Maratón fue solo el prólogo de la invasión de dimensiones bíblicas que estaba por llegar en tiempos de Jerjes y Leónidas

Fotograma de «300: El origen de un imperio» con un grupo de hoplitas atenienses cargando

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
25 de mayo de 2017

Filipides corrió y corrió durante 42 kilómetros. Corrió hasta literalmente el último aliento. Según la leyenda (no recogida en los textos de Herodoto), este soldado fue enviado a Atenas para avisar de que los persas habían sido derrotados en la localidad de Maratón y evitar que los atenienses rindieran la ciudad. Nada más entregar su mensaje, y con ello evitar la rebelión en ciernes de los aliados de los persas, cayó muerto Filipides en el sitio. Una anécdota recogida 600 años después, y por tanto probablemente falsa (¿por qué ir andando pudiendo ir a caballo?), pero que advierte de lo mitificado que están todos estos episodios de la Antigüedad. La posterior glorificación de los heroicos «hombres de maratón» en la literatura ateniense escondió el hecho de que su triunfo fue limitado y pospuso el problema solo por unos años.

La guerra de Occidente contra Oriente

Una década antes del sacrificio espartano en el paso de las Termópilas la rivalidad entre el Imperio persa y las polis griegas vivió un primer simulacro de guerra. El rey persa Darío I, padre de Jerjes, organizó en 492 a. C. la invasión de la Grecia Continental como castigo a las polis de Atenas y Eretria, que habían apoyado un levantamiento en las ciudades controladas por los persas en Asia Menor y Chipre. La autoridad persa no resultaba excesivamente opresiva en estas ciudades jonias, aunque la naturaleza autocrática del poder de Darío y los cambios en el sistema de tributos amenazaba con estallar tarde o temprano en una revuelta.

Esta primera parte de la guerra empezó favorable a los intereses del ejército persa, que volvió a subyugar Tracia y obligó a Macedonia a ser vasalla del reino de Persia. Sin embargo, una tormenta sorprendió a la flota del general persa mientras costeaba el Monte Athos y retrasó un año más las operaciones. Todas las partes de Grecia aceptaron someterse ante los enviados persas excepto Atenas y Esparta, las cuales ejecutaron a los embajadores al más puro estilo cinematográfico «This is Sparta!».

Reconstrucción moderna de una formación de falange hoplítica

Fue a raíz de estas ejecuciones cuando Darío ordenó una segunda campaña militar, dirigida por los generales Datis y Artafernes, que tenía como objeto expreso destruir Atenas y Esparta. Según la leyenda, el rey persa preguntó: «¿Quién es esa gente que se llama atenienses?», a lo que añadió él mismo sin aceptar explicaciones: «¡Oh Ormuz (divinidad persa), dame ocasión de vengarme de los atenienses!». Una flota de casi veinte mil infantes y jinetes se concentró en Cilicia (la zona costera meridional de la península de Anatolia) y fue saltando el terror y la destrucción de isla en isla hasta desembarcar en Eretria, que fue arrasada y sus ciudadanos esclavizados. Finalmente, el ejército expedicionario se dirigió al Ática, desembarcando en Maratón por sugerencia del tirano ateniense Hipias. El otrora dictador de Atenas, que durante unos años impuso un reinado represivo en la polis, se había refugiado en la corte persa de Darío I después de ser derrocado por los espartanos. Cuando Persia amenazó con atacar a Atenas y reponer a Hipias lo hizo sabiendo que el viejo tirano tenía todavía muchos partidarios en la ciudad.

Milcíades creía que el lugar escogido por Hipias, en la zona nororiental del Ática, no era muy propicio para una batalla de grandes dimensiones

Al conocer que los persas habían desembarcado cerca de su metrópolis, la joven democracia ateniense pidió ayuda a los soldados de Esparta (el nombre correcto es lacedemonios, puesto que Esparta como polis no existía), que retrasó su apoyo por hallarse en plenas fiestas Carneas. Un viejo conocido persa, Milcíades, asumió el mando de las tropas atenienses, apenas 10.000 hoplitas, y propuso salir al encuentro persa a pesar de su enorme superioridad numérica, 20.000 efectivos, según Herodoto. Milcíades creía que el lugar escogido por Hipias, en la zona nororiental del Ática, no era muy propicio para una batalla de grandes dimensiones, porque la llanura estaba dividida transversalmente por el torrente Caradro, pero sí para que las falanges hoplitas dieran su máximo potencial.

El grito de los atenienses

En su origen los hoplitas eran ciudadanos propietarios de pequeños terrenos agrícolas que, de cara a defender su ciudad, se compraban su propia armadura (grebas de bronce, yelmo, un escudo cóncavo, coraza, jabalina de punta doble y una espada como arma secundaria) y acudían al frente. Su formación en falange permitía que la unión de todos ellos fuera una perfecta arma para la guerra: las apretadas filas establecían un muro de escudos altos y las lanzas salientes de las tres primeras filas los hacían imbatibles frente a la caballería enemiga. El código agrario desaconsejaba las gestas individuales fuera de las filas de la falange y las unidades de arqueros no eran habituales. No en vano, precisamente antes de la batalla de Maratón fueron liberados esclavos atenienses para servir de infantería ligera, honderos y lanzadores de jabalina. Además, un millar de platenses –ciudad bajo la tutela de Atenas– reforzaron en esta contienda a los atenienses.

Por su parte, las fuerzas persas que estaban presentes en Maratón bajo el mando de Artafernes, un sobrino de Darío, estaban compuestas de soldados de diferentes procedencias que no hablaban las mismas lenguas y no tenían la costumbre de combatir juntos. Si bien tenían la superioridad numérica de su parte, su falta de coordinación y su pobre armamento las hacían vulnerables frente a los hoplitas. Los escudos de mimbre y lanzas cortas hacía a la infantería persa vulnerable en el combate cuerpo a cuerpo, mientras que su caballería era débil frente al erizado de lanzas que era la falange ateniense.

Escena de ánfora de figuras negras de Atenas (siglo VI a. C., Museo del Louvre).

Durante varios días, ambos ejércitos permanecieron en actitudes defensivas. La distancia entre los dos ejércitos era de 1.500 metros, lo que permitía a los persas escuchar con nitidez el grito de guerra de los atenienses: «Ελελεσ! Ελελεσ!» (Eleleu, Eleleu). Los persas no se atrevían a desalojar a los griegos de su ventajosa posición, situados en un terreno consagrado a Heracles; mientras que los atenienses no se atrevían a descender a la llanura, donde quedarían a merced de las flechas de los persas. Y de nuevo la versión mitificada presenta a Milcíades como el defensor de atacar cuanto antes a los persas, frente a otros oficiales más conservadores. Lo más probable es que los mandos griegos apuraron el máximo no por excesiva prudencia, sino con la esperanza de que pudieran llegar los refuerzos espartanos a tiempo.

El 11 de Septiembre del 490 a.C. (según el calendario griego) se impuso el plan del estratega y mandó que el cuerpo de hoplitas atacara a la carrera para cubrir rápidamente el terreno que les separaba y esquivar las flechas, lo cual era otro de los puntos fuertes de la infantería griega: su velocidad. En este sentido, autores modernos cuestionan que los hoplitas pudieran desplazarse tan rápido con un armamento tan pesado durante tantos metros y exponiéndose a perder su preciada formación.

La verdad detrás del mito

Los persas tenían su fortaleza invertida en sus arqueros, que no tuvieron ocasión de actuar debido a la sorpresiva iniciativa ateniense, y en la caballería, que en Maratón estaba ausente porque Datis, el otro comandante persa, había zarpado con todos los jinetes para emplearlos en la llanura de Falero.

Las infanterías enfrentadas en el centro mostraron vencedor a los persas en un principio, mientras que en los flancos los atenienses destrozaron a los persas sin que cupiera respuesta. La táctica de Milcíades consistía en atacar por los flancos, de modo que la maniobra envolvente fuera engullendo a los persas y dejando a su centro aislado como un islote rodeado de miles de hoplitas. Su plan fue un éxito. Los atenienses aprovecharon la jornada para masacrar a los persas, que en su huída acabaron atrapados en tierras pantanosas. Herodoto estima en 6.400 las bajas persas, frente a las exiguas 192 muertes griegas. No en vano, Datis todavía conservaba fuerzas suficientes para dirigirse en barco hacia Atenas. Sabía que, con las tropas fuera de la ciudad, bastaba la llegada de la flota persa para que los partidarios del tirano Hipias iniciaran una revuelta y entregaran la ciudad.

Un hemerodromo (los corredores profesionales de Atenas) corrió desde Maratón hasta Atenas, 42 kilómetros sin pausa, para advertir de la victoria ateniense y de la llegada de los persas, cayendo muerto nada más pronunciar estas palabras en su último aliento: «Hemos ganado». Más una leyenda que una realidad… pues Herodoto (para él Filipides fue un atleta que recorrió 200 kilómetros para pedir la ayuda espartana) no recogió esta historia; mientras que otros autores no se ponen ni siquiera de acuerdo con el nombre del atleta: Luciano de Samósata le llama Filipides, y Plutarco le nombra como Tersipo. El filólogo Michel Bréal se inspiró en su historia para proponer a Pierre de Coubertin la celebración de una carrera llamada maratón dentro del programa de los modernos Juegos Olímpicos.

Pintura de la llegada de Fidípides a Atenas, por Luc-Olivier Merson

Finalmente, Datis se retiró a Falero con unos 10.000 hombres antes de volver a casa y los partidarios de Hipias no levantaron Atenas. ¿Fue el atleta el que evitó con su gesta maratoniana la caída de Atenas? ¿Por qué renunció Datis a atacar la ciudad con los enemigos a más de 40 kilómetros de distancia? Lo cierto es que los textos más mitificados se cuidaron en ocultar que el mismo día de la batalla un ejército de 2.000 espartanos se dirigió a Atenas tras recorrer en dos días más de 200 kilómetros. Los atenienses preferían la inverosímil historia del heraldo heróico antes de reconocer los méritos de sus vecinos, ahora aliados, en otro tiempo rivales.

Para los persas la derrota de Maratón fue solo el prólogo de la invasión de dimensiones bíblicas que estaba por llegar. Convencidos como estaban de que podían someter la Grecia Continental, los persas prepararon una nueva intentona una vez se lamieron las heridas internas. Tras la sublevación de Egipto (486 a. C.) y la muerte de Darío (486 a. C.), Jerjes I preparó la madre de todas las flotas y el padre de todos los ejércitos de «inmortales». En tanto, los atenienses ensalzaron esta victoria a niveles legendarios, disimulando en sus textos que los persas seguían siendo un imperio impenetrable y que Maratón no había sido una lucha entre un puñado de griegos y un ingente número de bárbaros, sino un triunfo a raíz de un error táctico de los orientales.

Poseído por los elogios, Milcíades intentó atacar la Isla de Paros en el 489 a.C aprovechando la supuesta debilidad persa. Sin embargo, pronto Milciades tuvo que volver sin la victoria prometida, muriendo poco después por una herida de guerra. Una cosa era defenderse y otra muy distinta trasladar la guerra al terreno persa. Grecia todavía no estaba preparada para esa guerra.

 

27 mayo 2017 at 12:06 pm Deja un comentario

Turquía restaurará el Mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas del mundo antiguo

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Foto: Hürriyet

Fuente: Prensa Latina

Estambul, 12 ene.- El Mausoleo de Halicarnaso, situado en la suroccidental ciudad turca de Bodrum y catalogado como una de las siete maravillas del mundo antiguo, será restaurado, informa hoy el diario Hürriyet.

La iniciativa será llevada a cabo por el reconocido arqueólogo danés Poul Pedersen y su ayudante, el profesor John Lund, quienes se encuentran allí a petición de la Fundación Academia de Países Mediterráneos, dirigida por Ozay Kartal.

Como parte del proyecto, esta institución, establecida en 1993 y que trabaja en la zona sobre restos de cinco mil años de antigüedad, comenzó las obras para conectar la vía del antiguo puerto con el Mausoleo, o tumba del rey Mausolo, y a excavar las murallas de ocho metros que rodeaban la antigua Halicarnaso y un hipódromo de tres mil 500 años de antigüedad.

Además, la fundación llevará a cabo la rehabilitación de un cementerio judío y una iglesia, la organización del Festival Internacional de la Cultura y las Artes dedicado a Heródoto, el primer historiador de época antigua y oriundo de la ciudad, la creación de un Instituto de Historia y la recolección de restos y fundación de un museo al aire libre de la civilización micénica.

De acuerdo con Kartal, la recuperación del patrimonio arqueológico y cultural será un incentivo para los ciudadanos y los cientos de miles de turistas que llegan anualmente a la costa de Bodrum, en el mar Egeo, que retornan a sus países sin ver los escasos restos que actualmente pueden ser visitados.

Igualmente anunció para el mes de mayo un congreso internacional sobre la historia de Bodrum, con la participación de académicos, historiadores y arqueólogos, que ‘será un paso muy importante para la materialización del proyecto de restitución del Mausoleo de Halicarnaso’, dijo.

 

12 enero 2017 at 8:59 pm Deja un comentario

¿Cuán cierta es la historia que nos contaron sobre el origen del maratón?

En septiembre de 490 a.C. un soldado corría descalzo en dirección a Esparta para pedir ayuda, pues el poderoso ejército imperial de Persia amenazaba a Grecia.

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Los antiguos griegos, definitivamente, corrían; pero ¿exagera la historia cuando cuenta cuánto? BRITISH MUSEUM TRUSTEES

Fuente: BBC Mundo
18 de septiembre de 2016

Había partido de Maratón, que queda al este de Atenas y cuyo nombre significa hinojo, que crecía abundantemente en esa localidad.

El hemerodromo o mensajero corredor se llamaba Filípides y recorrió 260 kilómetros de terreno escarpado en menos de dos días.

Después regresó, luchó y volvió a salir, esta vez hacia Atenas, para llevar las buenas nuevas de que los griegos habían vencido a los invasores persas en la Batalla de Maratón.

En esa ocasión, Filípides corrió unos 40 kilómetros que separan a Maratón de Atenas. Tras cumplir con su misión colapsó y murió extenuado.

La hazaña de Filípides inspiraría uno de los eventos más agotadores de las Olimpiadas, que recibió el nombre de la ciudad: el maratón.

Sin embargo, hay dudas sobre cuánto hay de cierto en el relato. De hecho, muchos expertos se refieren a esta historia como una leyenda romántica.

David y Goliat

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Aunque en realidad la victoria sólo retrasó la marcha imperialista persa, en Maratón por primera vez se demostró que la poderosa Persia podía ser vencida. CREATIVE COMMONS

Las dudas no se circunscriben al raudo mensajero; hay aspectos de la batalla que tampoco convencen.

La batalla pasó a la historia como el momento en el que las ciudades-estado griegas le mostraron al mundo su valentía y ganaron su libertad.

La derrota de una fuerza invasora enviada por el hombre más poderoso del planeta en ese entonces -el Rey de los Reyes de Persia, Darío I el Grande- a manos de un ejército ateniense mucho más reducido es una de las más espectaculares proezas de la historia militar.

Los detalles sobre la batalla se los debemos a Herótodo, el primer gran historiador.

Pero hay un dato que a los historiadores de hoy en día les parece fantasioso: Heródoto cuenta que los atenienses empezaron su embestida a casi un 1,5 kilómetros de distancia de la línea de combate de los enemigos.

¿Mito o realidad?

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Filípides cayó exhausto tras su épica carrera. GETTY IMAGES

El que Filípides haya sido una persona real, sigue siendo un interrogante.

Lo que dejó de serlo es si su hazaña es posible.

En 1982, el comandante John Foden y cuatro oficiales de la Fuerza Aérea Real británica se fueron a Grecia para comprobar si realmente era posible recorrer una distancia de casi 250 kilómetros en menos de dos días.

Tres del grupo lo lograron.

De manera que Filípides efectivamente fue fabuloso, haya existido o no.

¿Y las dudas de los historiadores sobre la batalla?

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Cuerpo a cuerpo: duelo entre un persa y un ateniense. CREATIVE COMMONS

¿Es posible que los atenienses corrieran toda esa distancia, cargando lanzas y escudos, y además tuvieran la energía suficiente para vencer a los persas?

La BBC buscó un conejillo de indias para ponerlo a prueba y la historiadora y comediante Iszi Lawrence fue la primera en levantar la mano.

Para su sorpresa, dijo, la cita para cumplir con su cometido, no fue «una playa que se pareciera a las griegas, con un grupo de hombres idealmente ligeros de ropa, corriendo«, sino un laboratorio de deportes acompañada por el historiador de Antigüedad Jason Crawley, de la Universidad Metropolitana de Manchester.

«La batalla tuvo lugar en el sitio más cercano a Atenas en el que los persas podían desembarcar, la planicie de Maratón. Y su victoria estaba asegurada: tenían una ventaja de 2 a 1 y sus opositores eran todos aficionados, mientras que el persa era un ejército imperial», relata Crawley.

«Debían haberlos aplastado, pero contra todo pronóstico, fueron vencidos«.

¿Cómo pudo ser?

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Soldados griegos persiguiendo a los persas hasta sus barcos tras ganar la batalla. GETTY IMAGES

«Hubo un choque de dos sistemas militares opuestos. Los persas, con su infantería ligera, preferían el combate a distancia con armas como las jabalinas», explica el historiador.

«Los helenos sólo sabían combatir cuerpo a cuerpo: estrellarse contra el enemigo y apuñalarlo sin merced. ¡Los persas no esperaban encontrarse con gente tan loca!«.

Heródoto relata que los griegos corrieron «8 estadios», unos 1.500 metros. Pero para los historiadores, eso no tiene sentido.

«Pensamos que el relato creció al ser contado«.

A prueba

Es en ese momento en el que a Iszi Lawrence, quien había soñado con estar en una playa acompañada de varios jóvenes, le ponen una máscara azul enorme en la cara y un monitor de ritmo cardíaco en el pecho.

Está en manos de Steve Atkins, director de Deportes, Ejercicio y Fisioterapia en la Escuela de la Salud de la Universidad de Salford.

Su intención es hacerle a Lawrence unas pruebas fisiológicas, psicológicas y mecánicas para simular las condiciones en las que estaban los soldados atenienses en la Batalla de Maratón.

«¿¡Psicológicas?!», exclama Lawrence sorprendida.

Y le sorprende aún más lo que tendrá que cargar en la prueba de la caminadora.

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No iban con una fresca y liviana toga. GETTY IMAGES

«Lo mínimo que llevaban los soldados griegos era un escudo redondo grande llamado aspis, que pesaba 8 kilos y tenía casi un metro de diámetro; un casco metálico; algún tipo de armadura en el cuerpo; probablemente protectores en las piernas y una larga lanza con puntas afiladas en ambos extremos», le informa Crawley.

«¿Qué tan grande era esa lanza?», pregunta Lawrence y Crawley le responde: «Más grande que quien la llevaba».

Martyn Matthews es un científico de Deportes en la Universidad de Salford con 28 años de experiencia aconsejando a atletas élite.

Nada de eso lo excusa por lo que pretende hacerle a la historiadora.

«Te voy a poner un chaleco que pesa 18 kilos y también a pedirte que cargues dos pesas, para replicar el peso que esos soldados llevaban», le anuncia.

Hora de aplicar la ciencia del siglo XIX a una guerra de la antigüedad.

Tras correr 6 minutos, el corazón de Lawrence estaba latiendo a 173 pulsaciones por minuto, lo que se contrasta con los 138 latidos por minuto que Atkins había tomado como medida de control cuando corrió sin peso encima.

Interesante pero ¿qué pude deducir un historiador de la Antigüedad después de ésta y las otras pruebas?

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Las épocas son incomparables. THINKSTOCK

«Que lo que dijo Heródoto sobre el avance a toda velocidad por una distancia tan larga y en esas condiciones sencillamente es imposible», responde Crawley.

De haber corrido así, al llegar a dónde el enemigo les esperaba habrían estado exhaustos.

«La otra cosa que cuenta es que la batalla duró ‘mucho tiempo’. Eso es muy relativo. Hasta dos minutos de combate cuerpo a cuerpo, cargando todo ese peso, bajo el sol ardiente, es mucho tiempo«.

«Desde mi punto de vista, este experimento respalda la teoría de que las batallas en la Antigüedad se resolvían rápido».

¿Punto final?

Por interesantes que sean este tipo de experimentos, ¿hasta qué punto pueden realmente reproducirse las condiciones en las que se encontraban -por ejemplo- los atenienses hace dos milenios y medio?

«Las palabras ‘realmente’ y ‘reproducirse‘ son las claves«, le responde a la BBC Carenza Lewis, arqueóloga de la Universidad de Lincoln.

«Por supuesto que estudiar la manera en la que respondemos fisiológicamente al uso de energía y cuánto tiempo podemos mantener una actividad intensa nos da una idea aproximada de la capacidad que tienen los seres humanos», agrega.

«El problema es que se trata de otra época. No sabemos mucho sobre el estado físico o la vida cotidiana de los griegos que estaban combatiendo».

«Por otro lado, uno nunca puede reconstruir la experiencia pues nunca puede meterse en sus mentes: la idea de que el miedo te da alas, de que si alguien te ha enardecido, puedes exceder tus propias capacidades. Todo eso es muy difícil de cuantificar», indica Lewis.

Además, ¿cuán comparables son las exigencias físicas cotidianas de los labradores en la antigüedad con las modernas?

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Los persas eran más poderosos, pero los griegos estaban impulsados por otras fuerzas. CREATIVE COMMONS

«Creo que el estado físico de la gente era mucho mejor», señala David Miles, el director de Arqueología de English Heritage.

«Incluso dos generaciones atrás, en Reino Unido, lo eran. A mi abuelo no le parecía gran cosa caminar 12 kilómetros al pub, pues nunca tuvo auto… ni siquiera bicicleta».

«Estamos hablando de gente que de por sí en su mayoría era fuerte, por sus actividades cotidianas. Agrégale que entrenaran saltando obstáculos para poder abarcar grandes extensiones de terreno», anota Miles.

«Ciertamente las señales de osteoartritis que vemos en los esqueletos lo comprueban, pues nos indican el alto nivel de actividad de aquellos antiguos griegos», confirma Lewis.

 

18 septiembre 2016 at 5:07 pm Deja un comentario

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