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Turquía restaurará el Mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas del mundo antiguo

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Foto: Hürriyet

Fuente: Prensa Latina

Estambul, 12 ene.- El Mausoleo de Halicarnaso, situado en la suroccidental ciudad turca de Bodrum y catalogado como una de las siete maravillas del mundo antiguo, será restaurado, informa hoy el diario Hürriyet.

La iniciativa será llevada a cabo por el reconocido arqueólogo danés Poul Pedersen y su ayudante, el profesor John Lund, quienes se encuentran allí a petición de la Fundación Academia de Países Mediterráneos, dirigida por Ozay Kartal.

Como parte del proyecto, esta institución, establecida en 1993 y que trabaja en la zona sobre restos de cinco mil años de antigüedad, comenzó las obras para conectar la vía del antiguo puerto con el Mausoleo, o tumba del rey Mausolo, y a excavar las murallas de ocho metros que rodeaban la antigua Halicarnaso y un hipódromo de tres mil 500 años de antigüedad.

Además, la fundación llevará a cabo la rehabilitación de un cementerio judío y una iglesia, la organización del Festival Internacional de la Cultura y las Artes dedicado a Heródoto, el primer historiador de época antigua y oriundo de la ciudad, la creación de un Instituto de Historia y la recolección de restos y fundación de un museo al aire libre de la civilización micénica.

De acuerdo con Kartal, la recuperación del patrimonio arqueológico y cultural será un incentivo para los ciudadanos y los cientos de miles de turistas que llegan anualmente a la costa de Bodrum, en el mar Egeo, que retornan a sus países sin ver los escasos restos que actualmente pueden ser visitados.

Igualmente anunció para el mes de mayo un congreso internacional sobre la historia de Bodrum, con la participación de académicos, historiadores y arqueólogos, que ‘será un paso muy importante para la materialización del proyecto de restitución del Mausoleo de Halicarnaso’, dijo.

 

12 enero 2017 at 8:59 pm Deja un comentario

¿Cuán cierta es la historia que nos contaron sobre el origen del maratón?

En septiembre de 490 a.C. un soldado corría descalzo en dirección a Esparta para pedir ayuda, pues el poderoso ejército imperial de Persia amenazaba a Grecia.

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Los antiguos griegos, definitivamente, corrían; pero ¿exagera la historia cuando cuenta cuánto? BRITISH MUSEUM TRUSTEES

Fuente: BBC Mundo
18 de septiembre de 2016

Había partido de Maratón, que queda al este de Atenas y cuyo nombre significa hinojo, que crecía abundantemente en esa localidad.

El hemerodromo o mensajero corredor se llamaba Filípides y recorrió 260 kilómetros de terreno escarpado en menos de dos días.

Después regresó, luchó y volvió a salir, esta vez hacia Atenas, para llevar las buenas nuevas de que los griegos habían vencido a los invasores persas en la Batalla de Maratón.

En esa ocasión, Filípides corrió unos 40 kilómetros que separan a Maratón de Atenas. Tras cumplir con su misión colapsó y murió extenuado.

La hazaña de Filípides inspiraría uno de los eventos más agotadores de las Olimpiadas, que recibió el nombre de la ciudad: el maratón.

Sin embargo, hay dudas sobre cuánto hay de cierto en el relato. De hecho, muchos expertos se refieren a esta historia como una leyenda romántica.

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Aunque en realidad la victoria sólo retrasó la marcha imperialista persa, en Maratón por primera vez se demostró que la poderosa Persia podía ser vencida. CREATIVE COMMONS

Las dudas no se circunscriben al raudo mensajero; hay aspectos de la batalla que tampoco convencen.

La batalla pasó a la historia como el momento en el que las ciudades-estado griegas le mostraron al mundo su valentía y ganaron su libertad.

La derrota de una fuerza invasora enviada por el hombre más poderoso del planeta en ese entonces -el Rey de los Reyes de Persia, Darío I el Grande- a manos de un ejército ateniense mucho más reducido es una de las más espectaculares proezas de la historia militar.

Los detalles sobre la batalla se los debemos a Herótodo, el primer gran historiador.

Pero hay un dato que a los historiadores de hoy en día les parece fantasioso: Heródoto cuenta que los atenienses empezaron su embestida a casi un 1,5 kilómetros de distancia de la línea de combate de los enemigos.

¿Mito o realidad?

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Filípides cayó exhausto tras su épica carrera. GETTY IMAGES

El que Filípides haya sido una persona real, sigue siendo un interrogante.

Lo que dejó de serlo es si su hazaña es posible.

En 1982, el comandante John Foden y cuatro oficiales de la Fuerza Aérea Real británica se fueron a Grecia para comprobar si realmente era posible recorrer una distancia de casi 250 kilómetros en menos de dos días.

Tres del grupo lo lograron.

De manera que Filípides efectivamente fue fabuloso, haya existido o no.

¿Y las dudas de los historiadores sobre la batalla?

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Cuerpo a cuerpo: duelo entre un persa y un ateniense. CREATIVE COMMONS

¿Es posible que los atenienses corrieran toda esa distancia, cargando lanzas y escudos, y además tuvieran la energía suficiente para vencer a los persas?

La BBC buscó un conejillo de indias para ponerlo a prueba y la historiadora y comediante Iszi Lawrence fue la primera en levantar la mano.

Para su sorpresa, dijo, la cita para cumplir con su cometido, no fue “una playa que se pareciera a las griegas, con un grupo de hombres idealmente ligeros de ropa, corriendo“, sino un laboratorio de deportes acompañada por el historiador de Antigüedad Jason Crawley, de la Universidad Metropolitana de Manchester.

“La batalla tuvo lugar en el sitio más cercano a Atenas en el que los persas podían desembarcar, la planicie de Maratón. Y su victoria estaba asegurada: tenían una ventaja de 2 a 1 y sus opositores eran todos aficionados, mientras que el persa era un ejército imperial”, relata Crawley.

Debían haberlos aplastado, pero contra todo pronóstico, fueron vencidos“.

¿Cómo pudo ser?

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Soldados griegos persiguiendo a los persas hasta sus barcos tras ganar la batalla. GETTY IMAGES

“Hubo un choque de dos sistemas militares opuestos. Los persas, con su infantería ligera, preferían el combate a distancia con armas como las jabalinas”, explica el historiador.

“Los helenos sólo sabían combatir cuerpo a cuerpo: estrellarse contra el enemigo y apuñalarlo sin merced. ¡Los persas no esperaban encontrarse con gente tan loca!“.

Heródoto relata que los griegos corrieron “8 estadios”, unos 1.500 metros. Pero para los historiadores, eso no tiene sentido.

Pensamos que el relato creció al ser contado“.

A prueba

Es en ese momento en el que a Iszi Lawrence, quien había soñado con estar en una playa acompañada de varios jóvenes, le ponen una máscara azul enorme en la cara y un monitor de ritmo cardíaco en el pecho.

Está en manos de Steve Atkins, director de Deportes, Ejercicio y Fisioterapia en la Escuela de la Salud de la Universidad de Salford.

Su intención es hacerle a Lawrence unas pruebas fisiológicas, psicológicas y mecánicas para simular las condiciones en las que estaban los soldados atenienses en la Batalla de Maratón.

“¿¡Psicológicas?!”, exclama Lawrence sorprendida.

Y le sorprende aún más lo que tendrá que cargar en la prueba de la caminadora.

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No iban con una fresca y liviana toga. GETTY IMAGES

“Lo mínimo que llevaban los soldados griegos era un escudo redondo grande llamado aspis, que pesaba 8 kilos y tenía casi un metro de diámetro; un casco metálico; algún tipo de armadura en el cuerpo; probablemente protectores en las piernas y una larga lanza con puntas afiladas en ambos extremos”, le informa Crawley.

“¿Qué tan grande era esa lanza?”, pregunta Lawrence y Crawley le responde: “Más grande que quien la llevaba”.

Martyn Matthews es un científico de Deportes en la Universidad de Salford con 28 años de experiencia aconsejando a atletas élite.

Nada de eso lo excusa por lo que pretende hacerle a la historiadora.

Te voy a poner un chaleco que pesa 18 kilos y también a pedirte que cargues dos pesas, para replicar el peso que esos soldados llevaban”, le anuncia.

Hora de aplicar la ciencia del siglo XIX a una guerra de la antigüedad.

Tras correr 6 minutos, el corazón de Lawrence estaba latiendo a 173 pulsaciones por minuto, lo que se contrasta con los 138 latidos por minuto que Atkins había tomado como medida de control cuando corrió sin peso encima.

Interesante pero ¿qué pude deducir un historiador de la Antigüedad después de ésta y las otras pruebas?

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Las épocas son incomparables. THINKSTOCK

“Que lo que dijo Heródoto sobre el avance a toda velocidad por una distancia tan larga y en esas condiciones sencillamente es imposible”, responde Crawley.

De haber corrido así, al llegar a dónde el enemigo les esperaba habrían estado exhaustos.

“La otra cosa que cuenta es que la batalla duró ‘mucho tiempo’. Eso es muy relativo. Hasta dos minutos de combate cuerpo a cuerpo, cargando todo ese peso, bajo el sol ardiente, es mucho tiempo“.

“Desde mi punto de vista, este experimento respalda la teoría de que las batallas en la Antigüedad se resolvían rápido”.

¿Punto final?

Por interesantes que sean este tipo de experimentos, ¿hasta qué punto pueden realmente reproducirse las condiciones en las que se encontraban -por ejemplo- los atenienses hace dos milenios y medio?

Las palabras ‘realmente’ y ‘reproducirse‘ son las claves“, le responde a la BBC Carenza Lewis, arqueóloga de la Universidad de Lincoln.

“Por supuesto que estudiar la manera en la que respondemos fisiológicamente al uso de energía y cuánto tiempo podemos mantener una actividad intensa nos da una idea aproximada de la capacidad que tienen los seres humanos”, agrega.

“El problema es que se trata de otra época. No sabemos mucho sobre el estado físico o la vida cotidiana de los griegos que estaban combatiendo”.

“Por otro lado, uno nunca puede reconstruir la experiencia pues nunca puede meterse en sus mentes: la idea de que el miedo te da alas, de que si alguien te ha enardecido, puedes exceder tus propias capacidades. Todo eso es muy difícil de cuantificar”, indica Lewis.

Además, ¿cuán comparables son las exigencias físicas cotidianas de los labradores en la antigüedad con las modernas?

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Los persas eran más poderosos, pero los griegos estaban impulsados por otras fuerzas. CREATIVE COMMONS

“Creo que el estado físico de la gente era mucho mejor”, señala David Miles, el director de Arqueología de English Heritage.

“Incluso dos generaciones atrás, en Reino Unido, lo eran. A mi abuelo no le parecía gran cosa caminar 12 kilómetros al pub, pues nunca tuvo auto… ni siquiera bicicleta”.

“Estamos hablando de gente que de por sí en su mayoría era fuerte, por sus actividades cotidianas. Agrégale que entrenaran saltando obstáculos para poder abarcar grandes extensiones de terreno”, anota Miles.

“Ciertamente las señales de osteoartritis que vemos en los esqueletos lo comprueban, pues nos indican el alto nivel de actividad de aquellos antiguos griegos”, confirma Lewis.

 

18 septiembre 2016 at 5:07 pm Deja un comentario

El mito de Leónidas, el «anciano» rey espartano que terminó clavado en una pica persa

Cuando el rey persa Jerjes atacó Grecia, Leónidas marchó al norte con un grupo escogido de 300 soldados espartanos, todos ellos hombres con hijos e incluso ancianos, y lo pudo hacer en medio de las festividades religiosas porque él mismo sobrepasaba la edad militar de 60 años

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Fotograma de la película «300»

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
18 de mayo de 2016

El mito lo engulló y solo escupió sus huesos. Del rey que resistió tres días a decenas de miles de persas en el paso de las Termópilas queda tan solo un esbozo mitológico. De su vida anterior se sabe poco, y de su posterior incluso se desconoce que la suya fue una derrota aplastante que, al menos a medio plazo, no influyó en transcurso de la guerra. Es más, nadie pensó que la resistencia en las Termópilas iba a terminar tan pronto.

Leónidas era hijo de Anaxándridas II, rey de Esparta, y su nombre significaba «descendiente de león». No en vano, el historiador Heródoto entronca su linaje con los Heráclidas, es decir, con los descendientes del héroe clásico Heracles. El joven ascendió al trono de los agíadas de Esparta tras la muerte de su mediohermano Cleómenes. Según la leyenda, el tal Cleómenes se cortó en pedazos en un arranque de locura y alcoholemia. Lo cual era especialmente grave, dado que la mayoría de los espartanos eran abstemios y despreciaban a los adoradores de Dionisio. El comportamiento desenfrenado que se le achacaba a este dios chocaba de forma frontal con la disciplina espartana.

Una monarquía dual en Esparta

El caso es que Leónidas accedió al trono en torno a 489 a.C. y era uno de los dos reyes de Esparta cuando aconteció la invasión persa a cargo de Jerjes I. Como explica Nic Fields en su libro «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), lo más peculiar del sistema espartano es que su monarquía era dual, esto es, era una diarquía con dos familias reales al frente del país. Los agíadas y los euripóntidas compartían antepasados comunes y cada uno tenía su propio rey, tal vez como remanente de dos tribus que se unieron y decidieron compartir el poder en otro tiempo. En este sentido, la monarquía dual era un liderazgo hereditario pero no monárquico. El poder descansaba realmente en una asamblea de guerreros, «apella», y en un consejo de ancianos, «gerousia», formado por los dos reyes y otros 28 miembros elegidos entre los espartanos de más de 60 años.

La trayectoria militar de Leónidas antes de las Termópilas resulta desconocida, pero está claro que debió participar en guerras menores, ya fuera contra atenienses o los argivos. Cuando el rey persa Jerjes atacó Grecia, Leónidas marchó al norte con un grupo escogido de 300 soldados espartanos, todos ellos hombres con hijos e incluso ancianos, y lo pudo hacer porque él mismo sobrepasaba la edad militar de 60 años. El rey espartano sabía que se trataba de una misión casi suicida.

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Leónidas en las Termópilas, por Jacques-Louis David- Museo del Louvre

En realidad, el plan de la Liga Helénica –formada por Esparta, sus aliados del Peloponeso, Atenas y otros estados de la Grecia central– consistía en combatir con el mayor número de soldados en el estrecho paso de las Termópilas, mientras una flota hacía frente a los persas en Artemisio. ¿Por qué entonces Leónidas se encontró luchando acompañado de una fuerza tan poco numerosa? Herodoto comenta en varias ocasiones que solo se trataba de una avanzadilla de un ejército mayor procedente de toda Grecia.

Las festividades religiosas impidieron que otros griegos se unieran a Leónidas en un principio. La celebración del festival dórico de las Carneas, que tenían lugar tras el solsticio de verano, impedía a los hoplitas acudir a la guerra en esas fechas. Asimismo, los Juegos Olímpicos Panhelénicos, que se celebraban cada cuatro años al final del verano, también entorpecieron los intentos de la Liga Helénica de reunir un número mayor de efectivos. La competición atlética tenía un componente religioso que dejaba en segundo plano las operaciones militares. Incluso cuando los persas incendiaron Atenas, los juegos seguían celebrándose en Olimpia como si nada.

La lucha por el cadáver y la leyenda

Los 300 espartanos de Leónidas no fueron los únicos que se saltaron las restricciones que marcaban las festividades religiosas. Además de sus respectivos esclavos ilotas, los espartanos contaban en sus filas con 2.120 arcadios, 400 corintios, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios, 400 tebanos, 1.000 focenses y 1.000 locrios opuntios. Además, en paralelo a esta operación terrestre, la Liga reunió 271 trirremes (reforzado más tarde con otras 53) y los dirigieron hacia Artemisio, donde las tormentas estaban destrozando a la flota persa.

Leónidas logró resistir durante dos días el avance del ejército del Gran Rey, que se estima en torno a 80.000 hombres, valiéndose de las ventajas que ofrecía el terreno. Sin embargo, su flanco sur fue finalmente superado el tercer día por una fuerza que accedió a esta posición a través del sendero de Anopea. Tras ver partir al grueso de sus fuerzas, el rey permaneció en las Termópilas con 700 tespios, 400 tebanos y los famosos 300 espartanos. Mientras encabezaba un contraataque suicida, el rey espartano fue ensartado por las lanzas persas.

Estatua del Rey Leonidas en la ciudad de Esparta -Wikimedia

Estatua del Rey Leonidas en la ciudad de Esparta  – Wikimedia

Los espartanos no estuvieron dispuestos a abandonar el cadáver del rey y lucharon hasta el final a su lado. Según los textos clásicos, «hubo muchos empujones» para recuperar el cadáver y luego los griegos rechazaron hasta cuatro ataques en ese punto. Una vez masacrados los últimos helenos, Jerjes identificó el cuerpo de su rival, Leónidas, y ordenó que le cortaran la cabeza para colocarla en una pica. Pretendía así hundir la moral de las filas griegas, que en Termópilas perdieron más de 1.500 hombres. No en vano, el 50% de las bajas de ese día las las representó los tespios, que lucharon con igual arrojo pero menos propaganda. En contrapartida, Jerjes perdió probablemente más de 1.000 hombres, aunque la leyenda eleva esta cifra hasta los 20.000.

Lejos de convertirse en un sacrificio que conmovió a los griegos e impulsó el contraataque, como afirma la leyenda, en realidad los propios helenos comentan en sus textos que fue una derrota demasiado rápida e inesperada. Algo parecido ocurrió con la batalla naval de Artemisio, donde la resistencia griega apenas duró tres días, aunque en este caso los persas perdieron cientos de barcos. El poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.

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Vista del desfiladero de las Termópilas hoy- Wikimedia

Al día siguiente de las Termópilas, la Grecia central quedó a merced de los persas. El plan de la Liga Helénica había fracasado casi antes de empezar, por lo que los helenos procedieron a evacuar Ática y Beocia. Un ejército griego se concentró en el ismo de Corinto bajo el mando del hermano de Leónidas, Cleómbroto, y empezaron a construir un muro fortificado para contener al enemigo en su avance. El fracaso de Leónidas obligaba a asumir decisiones drásticas y a mirar al mar como única esperanza.

La flota ateniense protagoniza el contraataque

Por su parte, la flota de Artemisia se apostó en Salamina, donde tendría lugar el primer encuentro decisivo de la guerra. La derrota naval en Salamina, sobre todo propiciada por los atenienses, supuso el principio del fin de la invasión persa. Aunque la guerra aún se alargó debido a las diferencias entre las distintas ciudades estado, en verdad los persas erraron en sus siguientes movimientos terrestres y Grecia pudo expulsar al fin a los bárbaros.

Habla por sí mismo el hecho de que los textos de Herodoto apenas mencionen la presencia de 300 ilotas masacrados junto a sus 300 amos espartanos

En este sentido, la otra vertiente de la leyenda sobre las Termópilas hace referencia a la imagen de los hombres libres, los griegos, enfrentándose a los bárbaros esclavos de Jerjes. Habla por sí mismo el hecho de que los textos de Herodoto casi no mencionen la presencia de 300 ilotas masacrados junto a sus 300 amos espartanos. Los ilotas sustentaban la economía espartana y los acompañaban a la batalla en calidad de asistentes. Plantaban las tiendas, cargaban los equipos, cocinaban, buscaban el agua e incluso cuidaban de las armas de los espartanos. La sociedad espartana poco podía reprochar en este sentido al rey persa.

Pasados 40 años, los restos del rey fueron recuperados y llevados a Esparta para ser enterrados de nuevo según los ritos griegos y para que se le construyera un mausoleo acorde a su leyenda. A esas alturas, Grecia le había elevado a la categoría de héroe por su sacrificio.

 

19 mayo 2016 at 10:48 pm Deja un comentario

La agogé espartana, el entrenamiento extremo que daba por resultado los soldados más letales de Grecia

A los niños se les sometía a prácticas penosas, un método para endurecerlos que consistía, entre otras cosas, en bañarles en vino y alimentarlos con forraje

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Fotograma de la película los «300», que recrea de forma fantasiosa la vida de los soldados de Esparta

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC     31/03/2016

La educación espartana era muy diferente a la que recibían los jóvenes de otras ciudades estado. Esparta militarizaba la vida privada de los jóvenes hasta los 30 años. Su legendaria infantería se alimentaba de los extremos métodos de entrenamiento que recibían desde recién nacidos los hijos de Esparta.

Hoplita espartano - Wikimedia

Hoplita espartano – Wikimedia

Los ancianos de la tribu («los gerontes») decidían si los recién nacidos debían ser criados o, si su salud era mala, se les abandonaba en la ladera de la montaña. El ser apto para el combate solo era el primer paso. El primer paso en un proceso para alcanzar la plena ciudadanía y poder acceder a las magistraturas y a los cuerpos de élite. A los niños se les sometía a prácticas penosas, un método para endurecerlos que consistía, entre otras cosas, en bañarles en vino y alimentarlos con forraje.

Se recomendaba criarlos sin pañales que constriñesen su crecimiento o debilitaran su resistencia al frío y al calor. Pronto debían perder el miedo a la oscuridad. Una vez endurecidos, en torno a los siete años, empezaba la verdadera agogé (la crianza), donde el Estado apartaba a los niños de sus familias para someterlos a entrenamiento militar. El propio gobierno de Esparta asumía la tutela y la educación pública de los futuros soldados, para lo cual destinaba a funcionarios especializados.

La educación de los jóvenes a cargo del Estado

Como describe Nick Fields en su libro «Termópilas: la resistencia de los 300», el Estado organizaba a los niños en bandas («agelai»), supervisadas por magistrados, que incentivaban el liderazgo natural a través de la selección de cabecillas. Su vida era austera, espartana. Los jóvenes dormían sobre lechos construidos con juncos, cortados de las orillas del río Eurotas, y disponían de un solo manto para todo el año. Con el tiempo se acostumbraban al dolor. De hecho, la mayor parte del tiempo permanecían desnudos y mugrientos, porque raramente se les permitía bañarse.

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Jóvenes espartanos, de Edgar Degas – National Gallery de Londres

Se les privaba de alimentos, obligando a los niños a robarlos en los campos locales. Esto era en sí una trampa, porque si pillaban a los niños robando se les castigaba con brutales castigos físicos. Es más, cualquier ciudadano podía castigar a los niños si así mejoraba su disciplina. El método preferente era el apaleamiento, que contaba con una suerte de ritual. El lugar de apaleamiento se encontraba ubicado en un bosque, puesto que era necesario un árbol vigoroso y robusto, al cual se le enganchaba una cadena y a ésta un palo. Lo que hacía el muchacho era agarrar este palo mientras otros dos de sus compañeros lo apaleaban. Esta acción se llevaba a cabo con varas de bambú, puesto que dolía, picaba y desgarraba la piel. Por si el muchacho se caía de agotamiento o de dolor había otros dos compañeros que se encargaban de levantarlo para que pudiesen seguir apaleándolo.

El objetivo final de los castigos era que aprendieran el valor de trabajar en grupo, mejor en formación, y de respetar la autoridad ciegamente. La lucha, el atletismo y el manejo de las armas también eran materias fundamentales.

Por lo demás, la educación formal de los jóvenes espartanos era mínima, salvo en materias como la música, gimnasia y juegos relacionados con los principios del arte de la guerra. Según el historiador clásico Plutarco, aprendían entonces a leer y a escribir, al menos de forma básica, así como a cantar, principalmente letras de marchas. Frente a la famosa retórica de Atenas y otras ciudades griegas, de los hijos de Esparta se esperaba que hablaran de forma sólida y concisa (laconismo), al tiempo que con gracia.

Este estado de camaradería se construía sobre una especie de amor que no tenía que ver con el sexo, pese a lo cual es posible que fueran frecuentes las relaciones homosexuales

Mientras que a los niños se les cortaba el pelo al rape, a los adolescentes que alcanzaban los 15 años, los efebos, se les autorizaba a llevarlo largo y bien cuidado. El largo cabello era uno de los rasgos más característicos de los guerreros espartanos.

El Estado asumía la tutela hasta los veinte años. A partir de esta edad, los jóvenes espartanos seguían viviendo en un régimen de cuartel y se les destinaba a distintas agrupaciones militares. El vínculo entre soldados se creaba así desde la niñez. Cada espartano dormía, comía y luchaba con sus compañeros de armas de la infancia. Este ambiente de camaradería se construía sobre una especie de amor que no tenía que ver con el sexo, pese a lo cual es posible que fueran frecuentes las relaciones homosexuales (aunque entre los griegos no existía el concepto de naturaleza homosexual).

«Únicos y verdaderos artistas de la guerra»

Vivían así bajo régimen militar hasta los 30 años, cuando se les entregaba una hacienda y un terreno para que formaran su propio hogar. Era en ese momento que adquirían todos los derechos de un ciudadano como uno de los iguales (homoioi). Lo tardío de los matrimonios y el papel limitado de la mujer en la sociedad griega alentaban, además de la homosexualidad, que los soldados acudieran a luchar sin cargas familiares a sus espaldas. Las mujeres también recibían una educación basada en la gimnasia y la lucha, una exigente actividad física con el fin de mantenerse ágiles y fuertes para poder engendrar a futuros guerreros sanos y robustos.

Todo este entrenamiento hacía de los espartanos los soldados más temidos de Grecia. Herodoto los describía como maestros del pasado en el arte de la guerra, mientras que otro autor clásico, Jenofonte, los admiraba como los «únicos y verdaderos artistas en materia de guerra». A diferencia del resto de hoplitas, los espartanos eran soldados profesionales a tiempo parcial en su ciudad estado, cuyo territorio se beneficiaba del aislamiento que le daban las montañas. En ningún otro punto de Grecia se podían permitir un nivel de profesional tan alto en la milicia.

5 abril 2016 at 10:55 pm 2 comentarios

La verdad sobre los «Inmortales», los guerreros de élite persas humillados por solo 300 espartanos

A pesar de que han pasado a la historia por el miedo que causaban entre sus enemigos, estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos. Jesús Hernández tiene un hueco en su nuevo libro para ellos

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Los «Inmortales», mito y realidad de los guerreros de élite persas – ABC

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC Historia      29/03/2016

Han pasado a los libros de Historia como los «Inmortales». Un nombre que no adquirieron únicamente por sus habilidades militares -que también- sino porque, cuando uno de ellos caía muerto en batalla, se reclutaba inmediatamente a otro soldado para cubrir su baja. Estos guerreros, las tropas de élite del ejército persa durante casi tres siglos, cuentan hoy en día con el curioso honor de haber aparecido en la película «300», donde se les muestra como unos semidioses capaces de aniquilar a destacamentos enemigos con su mera presencia. La realidad, no obstante, es algo diferente. Y es que, más que por militares invencibles, el cuerpo estaba formado por una división de 10.000 hombres que, aunque entrenados y muy válidos en el manejo de las armas, sangraban exactamente igual que los griegos cuando una espada o una lanza les atravesaba el torso. Así lo atestigua el que fueran derrotados en múltiples ocasiones en por los atenienses y los espartanos.

Portada del nuevo libro de Jesús Hernñandez

Portada del nuevo libro de Jesús Hernández

La historia de los «Inmortales», así como otras tantas hasta completar un total de más de 230, se puede leer en el último libro del popular historiador y periodista Jesús Hernández: «¡Es la guerra! Las mejores anécdotas de la historia militar». Una reedición de una de sus obras más vendidas en España en la que es posible encontrar desde curiosidades relacionadas con los espartanos, hasta referencias al siglo XX.

«Aunque pueda parecer que es un libro de anécdotas, en realidad éstas sirven de excusa para conocer la evolución de las tácticas militares, así como hechos históricos poco conocidos, por ejemplo la guerra de Crimea, la de los Bóers o la Ruso-japonesa. El libro supone un repaso ameno y entretenido de toda la historia militar, desde Alejandro Magno a la guerra de las Malvinas. Estoy seguro de que el lector va a descubrir muchas cosas que no sabía y que le va a estimular a conocer más detalles sobre los hechos que ahí describo», explica, en declaraciones a ABC, el prolífico autor (que cuenta en su currículum con más de 20 obras publicadas, así como una infinidad de artículos históricos e intervenciones realizadas en varios medios).

El ejército persa

Cuando los «Inmortales» comenzaron a ganarse sus medallas sobre el campo de batalla, los territorios dominados por los persas abarcaban desde Egipto, hasta el actual sur de Afganistán. Una extensa región imposible de defender por tropas «nacionales» y que llevó a los monarcas de este Imperio a usar un buen número de unidades mercenarias para lanzar ataques sobre sus enemigos (principalmente Grecia) y garantizar que ni un ápice de tierra caía en manos ajenas.

«Las tropas persas eran [escasas] tanto para extender el Imperio como para defenderlo. Los mercenarios, iranios y no iranios, se usaron [por ello] intensamente. Los pueblos iranios de Asia Central -bactrianos, cadusios y saka- eran una fuente importante de ellos. Estas fuerzas podían ser contratadas temporalmente, aunque lo más frecuente era que se mantuviesen de forma permanente o semipermanente. Los ejércitos enviados en operaciones ofensivas, como las invasiones de Grecia, estaban predominantemente compuestos de mercenarios», explica el historiador especializado en Grecia y Roma Philip de Souza en su obra «La guerra en el mundo antiguo».

A pesar de la importancia de los pueblos que ponían su espada al servicio de estos reyes (ya fuera a cambio de dinero o por no ser destruidos), los persas contaban también con un núcleo de guerreros «nacionales» (persas y medos –una tribu Tracia-) que solían ser de dos tipos. Los primeros eran combatientes de entre 20 y 25 años que eran llamados a filas después de haber recibido instrucción militar. «De los 5 a los 20 años, a los varones persas se les enseñaba equitación, tiro con arco y a decir la verdad. Después de ese período de entrenamiento militar permanecían disponibles para el servicio», añade Souza.

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Una de las múltiples visiones que existen sobre los «Inmortales»- Wikimedia

Los segundos eran mucho menos habituales. Consistían en militares cuya vida estaba destinada a guerrear y que, como profesionales que eran, formaban un núcleo permanente de combatientes. Entre ellos se destacaban, precisamente, los «Inmortales». El contingente resultante podría parecer temible, pero nada más lejos de la realidad. Al menos, así lo afirman divulgadores históricos como David F. Burt, quien es partidario de que, aunque cuantitativamente los persas contaban con un ejército de grandes proporciones, a lo largo de la historia quedó demostrada su escasa efectividad en combate directo.

Independientemente de si podían o no arrasar al enemigo por sus artes militares y no por su número –algo discutido a lo largo de los siglos- el ejército persa contaba con una estructura muy concreta basada, como bien explica De Souza, en el sistema decimal.

La base de sus ejércitos eran las unidades de 10 guerreros, las cuales eran conocidas como «Dasabam» (dirigidas por un «Dasabapatis»). Diez de ellas formaban un «Satabam» (con un total de 100 hombres) que, a su vez, era dirigida por un «Satapatis». A su vez, una decena de estos grupos (1.000 militares en total) formaban un «Hazarabam», el cual estaba a los mandos de un «Hazarapatis». Finalmente, diez de estos regimientos daban lugar a una división. Esta era conocida como «Baivarabam» y rendía cuentas ante un «Baivarapatis». El «Baivarabam» más conocido era el de los «Inmortales», al estar formados por un total de 10.000 militares curtidos.

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LUIS CANO (ABC)

A nivel práctico –y a pesar de que los ejércitos fueron variando según pasaban los siglos- entre los años 600 y 400 a.C. la fuerza del contingente persa se encontraba en sus arqueros y su caballería. Los primeros solían causar terror en los griegos con sus saetas y, durante la batalla, se ubicaban tras una línea de guerreros (conocidos como sparabara) ataviados con un gran escudo. Estos eran los encargados de protegerles. «Parece que el “dasabam” de diez hombres conformaba la unidad básica de infantería y formaba en una única hilera en batalla. […] Tras el muro de escudos, el resto de su “dasabam” se disponía en una profundidad de 9 líneas, cada combatiente armado con un arco y una espada curva [formando todos] una muralla de escudos», explica el historiador especializado en la época griega Nicholas Sekunda en su dossier «El ejército aqueménida».

Por otro lado, la segunda pata de este poderoso contingente eran los caballeros. Estos podían ser ligeros (encargados de acosar al enemigo disparándole flechas o jabalinas) o pesados (de los que no hay apenas constancia más allá de alguna batalla en la que se afirma que había persas a caballo equipados con lanzas).

Un cuerpo permanente

«”Inmortales”, pondremos a prueba sus nombres». Si algo hay que agradecer al cine –y en especial a la película «300», es que nos haya recordado la existencia de esta unidad. Sin embargo, la verdad es que este grupo de combatientes era bastante diferente a la que nos muestra el largometraje. Para empezar, porque en la película los presentan ataviados con unas máscaras que en realidad nunca portaron, armados con dos espadas (cuando solían combatir con una lanza) y, finalmente, porque se afirma que eran la élite del ejército persa (una verdad a medias).

Y es que, no todos ellos pertenecían a lo más alto del escalafón militar. La realidad, por el contrario, es que esta unidad abarcaba un «Baivarabam» (10.000 soldados) y que empezaron a ser conocidos como «Inmortales» después de que el historiador Heródoto afirmara que siempre mantenían una misma composición. «Si un hombre resultaba muerto o caía enfermo, la vacante que dejaba se cubría al momento, así que el total de este cuerpo nunca constaba de menos ni de más que de 10.000». Por tanto, la visión que se da en la película «300» (donde se afirma que este apelativo lo recibían por no morir jamás) sería errónea.

Con todo, y siempre según Heródoto, los inmortales sí contaban con cierta preparación extra al ser una de las pocas unidaes del ejército que nunca era desmovilizada al terminar la guerra. Además, como bien señala el historiador clásico, tenía la particularidad de que debía estar formada únicamente por persas.

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Mosaico que representa a los «Inmortales» – Wikimedia

«Por un lado, los “Inmortales” representan la mística que posee cualquier cuerpo de élite militar. De entre una masa de combatientes, siempre hay un grupo selecto al que se le teme especialmente por su preparación y valentía. No es difícil que ese grupo alcance la categoría de mito, como en este y otros muchos casos a lo largo de la historia. Por otra parte, aquellos soldados persas aparentemente invencibles han estimulado la imaginación, como en el caso de la película 300, en el que aparecen convertidos en una especie de guerreros samuráis», explica Hernández a ABC.

Ese carácter de cuerpo permanente (además de las múltiples batallas en las que participaron –y vencieron- en Asia Menor y Egipto) provocó que la fama de esta unidad fuese aumentado. Además, les granjeó algunos beneficios y ventajas dentro del mismo ejército. Algunas son señaladas por Hernández en su obra: «Este cuerpo de élite disfrutaba de algunos lujos impensables para otros soldados. Siempre los acompañaba una caravana en la que viajaban mujeres y disponían de criados, ataviados con lujosos ropajes». Por descontado, solían partir a la contienda ricamente vestidos y, en palabras de Heródoto, sus vituallas y su comida eran transportadas de forma independiente a las del resto del contingente por su mayor importancia.

La élite de los «Inmortales»

Dentro del «Baivarabam» de los «Inmortales» (es decir, de los 10.000 hombres), había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa. En palabras de De Souza, todos ellos debían ser nobles. «Estos hombres eran denominados “melophoroi” o “portadores de manzanas” porque sus lanzas estaban rematadas en manzanas de oro, y eran los doryphori –“que en griego se traduce como soldados armados con lanzas”- de su rey», añade Sekunda. No obstante, parece que su nombre oficial era el de «arstibara» (literalmente, «portadores de lanzas»).

El líder de los «Inmortales» era también el hombre de confianza del rey persa

Heródoto ya señaló esta curiosa característica al explicar el orden de batalla que el ejército del rey persa Jerjes mostró en un desfile militar antes de atacar Grecia en el siglo V a.C. Concretamente, en este texto se determina que en los «Inmortales» se incluía un regimiento con «granadas de oro sobre sus lanzas». «Detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que costaba de 10.000. 1.000 de ellos iban cerrando alrededor de todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza granadas de oro. Los restantes 9.000 que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata», señala.

Los «arstibara», como regimiento de élite de los «Inmortales» y guardia privada del monarca y de su palacio, contaban además con un «Hazarapatis» (un oficial al mando) con una habilidad reconocida y de gran respeto entre sus iguales. Y es que, además de labores puramente militares, este noble se encargaba también de recibir primero a las visitas del rey para garantizar su seguridad y dar su consentimiento expreso de que podía mantener una entrevista con él. «Además, el “Hazapatis” de este regimiento servía también como consejero principal del rey. […] En consecuencia, se convirtió en la principal figura de la corte; y a medida que las intrigas palaciegas se hicieron más y más usuales, en los siglos V y IV a.C., se verán envueltas en muchas de ellas», añade Sekunda.

Equipo de combate

1- Armaduras.

A- Escudo.

Entre los siglos VI y IV a.C., los persas usaron un amplio abanico de escudos para protegerse. A día de hoy se desconoce exactamente cuál es el que pudieron utilizar los «Inmortales», aunque es probable que portaran el denominado «spara». Este estaba elaborado en cuero y eran largos y rectangulares en el caso de la infantería, y pequeños y redondos para la caballería.

«El escudo estaba construido por mimbres entrelazados por dentro y por fuera a través de una pieza de cuero de la forma que se deseaba dar finalmente. Cuando el cuero se secaba y se contraía ponía en tensión los mimbres. Los mimbres se flexionaban y la construcción en conjunto se reforzaba», determina De Souza. Este sistema los hacía sumamente ligeros y bastante resistentes a cuchilladas de armas pequeñas y flechas, pero no ante las poderosas lanzas griegas. Además, no podían compararse a los escudos griegos de latón o bronce, mucho más resistentes y que podían aguantar sin problemas la estocada de las armas ligeras de sus enemigos.

B- Tiaras.

Según Heródoto, los «Inmortales» portaban sobre su cabeza tiaras. Es decir, gorros de fieltro o lana que se caracterizaban por su flexibilidad. No les protegían demasiado, pero les otorgaban cierta movilidad.

C- Espinilleras y pantalones.

Además de las espinilleras (que solían ser de bronce) iban equipados con los tradicionales pantalones al modo persa, unas calzas que se anudaban con cinta en los tobillos. En palabras de Raffaele D’Amato (investigador experto en la era medieval y autor de «Roman military clothing»), este tipo de ropa era llamada anaxirydes y se caracterizaba por ser de colores muy vistosos.

D- Corazas.

Sobre las corazas de los «Inmortales» existen diferentes opiniones. Algunos historiadores afirman que las llevaban bajo la túnica y que estaba formada por unas placas tan finas como una carta que nada podían hacer contra la fuerza de las lanzas griegas. Heródoto, por su parte, explica en sus textos que sus armaduras era de unas «láminas de hierro que se asemejaban a las escamas de los peces». A su vez, también señala que los persas solían fabricarlas con piezas mayoritariamente de hierro y, finalmente, algunas doradas.

2- Armas.

A- Lanza.

El arma principal de los «Inmortales» era la lanza corta. Esta tenía un contrapeso en su extremo inferior. Aunque la lanza persa era efectiva en sus tierras, su extensión era considerablemente menor a la de las griegas.

B- Puñales o espadas cortas.

Los «Inmortales» portaban sobre su muslo derecho unos puñales que, según Heródoto, les pendían del cinturón. Otras fuentes, por el contrario, las definen como espadas cortas o dagas.

C- Arco y flechas.

Además de la lanza y la daga, los «Inmortales» eran capaces de atacar a su enemigo a distancia gracias al arco compuesto que portaban a la espalda y un carcaj lleno de flechas de caña. Esta era un tipo de arma elaborada en tres partes y unida por pegamento animal y tiras de diferentes materiales. Eso, sumado a su forma y a su estructura, le hacía tener un alcance de unos 300 metros a pesar de su pequeño tamaño.

«El arco compuesto es el arma esencial del nómada. Su construcción “compuesta” requería muy poca madera, difícil de obtener en la estepa eurasiática. Se pegaban tiras de cuerno en la superficie que miraba al arquero, y tendones en la cara orientada al exterior. […] Los componentes del arco se disponían formando una “C”, que debía invertirse para poder armarlo. Esto permitía acumular mayor energía en un arma que era corta en comparación con otras», añade De Souza.

3- Túnica.

Si por algo se caracterizaban los «Inmortales», era por las túnicas que portaban. Para Heródoto, por ejemplo, esta prenda destacaba por ser absolutamente rica en comparación con la del resto del ejército al contar -por ejemplo- con pedrería en las mangas . Él las define como «túnicas de vistosos colores con mangas». Por su parte, Jenofonte es de la opinión de que estos soldados solían dar una gran importancia a su aspecto y, como tal, vestían con de color rojo. Esta teoría es la que apoya Jesús Hernández en su libro «¡Es la guerra!». Nic Fields (doctorado en Historia por la Universidad de Newcastle) explica en su obra «La leyenda de los 300. Termópilas», que esta prenda era holgada y llegaba hasta las rodillas.

Los dos combates en los que no hicieron honor a su nombre

1-La batalla de Maratón.

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Esquema de la batalla de Maratón- Wikimedia

Tal y como explica el historiador español en la nueva reedición de su obra más vendida, una de las derrotas más escandalosas de los «Inmortales» se produjo en el año 490 a.C. durante la célebre batalla de Maratón. Por entonces corrían tiempos precarios para Atenas pues, tras haber participado en una pequeña revuelta contra los persas, se había convertido en un objetivo prioritario del monarca Darío I (al que, por cierto, llamaban «el Grande» por la ingente cantidad de territorio que había conquistado).

Lo cierto es que los temores no nacieron en vano, pues -con ansias de venganza- envió a más de 150.000 guerreros (los números son discutidos ampliamente a día de hoy) a tomar la región, derrocar al gobierno y ubicar a uno más afín a sus intereses. Al mando del contingente puso al medo Datis (supervisado por el representante real Artáfrenes). Además, dentro de este gigantesco ejército se destacaban los «Inmortales». Los atenienses apenas pudieron reunir 11.000 combatientes al mando de los cuales se encontraba el general Milcíades.

En Maratón, los «Inmortales» no pudieron resistir el ataque griego y huyeron

Tras considerar durante algún tempo el lugar idóneo para enfrentarse a los persas, Milcíades decidió que sería en la bahía de Maratón, ubicada aproximadamente a 42 kilómetros de Atenas y donde los persas iban a hacer desembarcar a sus tropas. «Milcíades extendió sus líneas a través de un valle para que no les rodearan por los flancos», explica Hernández.

Por su parte, Datis ordenó que solo desembarcara la infantería y que los jinetes se quedasen en los buques. El objetivo era dirigir a estos últimos hacia Atenas mientras, en la bahía, la infantería acababa con el grueso de los combatientes enemigos. De esa forma, según creía, lograría tomar la ciudad sin apenas oposición.

Sabiendo que no había hombres a caballo contra los que darse de mamporros, Milcíades ordenó atacar a Datis el 12 de agosto (o septiembre, dependiendo de las fuentes). Para ello, formaron una extensa línea de batalla (un kilómetro y medio más amplia de lo normal) y reforzaron los flancos de la formación en detrimento del centro. La idea era sencilla: rodear por los laterales a las mejores tropas persas, que se ubicaban en el medio del ejército contrario (y entre las que destacaban los «Inmortales») y acabar con ellas atrapándolas en una pinza mortal.

En palabras de Heródoto, Milcíades tomó una decisión que pareció sumamente extraña a los persas, pero que resultó efectiva a la postre: ordenó a sus tropas cargar contra el enemigo a la carrera recorriendo el kilómetro y medio que les separaba de la primera línea de infantería enemiga.

Aquel movimiento parecía una locura, pero lo que buscaban los atenienses era disminuir el tiempo que iban a estar expuestos a las temibles flechas de los arqueros de Datis. «Pese a la debilidad de su centro, las alas pudieron contener el ataque enemigo. Seguidamente, los griegos pasaron al ataque, con una ferocidad que provocó el pánico en las filas persas, incluidos los “Inmortales”. Los hombres de Darío huyeron corriendo hacia sus barcos. Dejaron tras de sí unos 6.400 muertos. Por su parte, los griegos solo contaron ciento noventa y dos bajas», explica Hernández en «¡Es la guerra!».

2-Las Termópilas y los 300 espartanos.

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La batalla de las Termópilas – Wikimedia

Apenas diez años después de la gran derrota de Maratón, los persas volvieron a armar a un gran ejército para tratar de conquistar Atenas. En este caso, la responsabilidad corrió a cargo de Jerjes, hijo de Darío y un destacado estudiando de filosofía (aunque la película «300» le muestre como un estúpido). El monarca logró reunir un ejército para atacar Grecia que, a día de hoy, se cifra en 300.000 hombres (Heródoto explica en sus textos que estaba formado casi por dos millones de hombres).

Los atenienses, por su parte, cuando se percataron del gran contingente que se les venía encima (allá por el año 481 a.C.) solicitaron apoyo a todos las regiones cercanas. Entre ellas se encontraba Esparta cuyo rey, Leónidas, aceptó enviar hombres en su ayuda después de que una pitonisa le informase de que su pueblo sería el siguiente en caer bajo el yugo invasor. No obstante, el consejo de espartano se negó a enviar al grueso de sus hombres (unos 9.000 soldados) a la lucha. Así pues, Leónidas únicamente pudo unirse a sus curiosos aliados (pues su enemistad era conocida) con 300 hombres de su guardia personal.

El lugar que Leónidas seleccionó para detener al ejército persa fue el paso de las Termópilas, una angosta zona montañosa ubicada al norte de Grecia que se consideraba la entrada natural hacia el sur de la región (donde se ubicaban las principales ciudades). Su característica más llamativa era que su paso principal no superaba los 15 metros de largo, lo que lo hacía perfectamente defendible.

Leónidas, según el cine - Wikimedia

Leónidas, según el cine – Wikimedia

«Si observamos la batalla de las Termópilas a vista de pájaro, vemos el estrecho paso que el ejército de tierra tenía que atravesar, y eso representó una ventaja para los griegos, ya que podían utilizar una pequeña cantidad de hombres para reducir el frente y ofrecer una defensa significativa», señala el historiador militar Richard A. Gabriel en declaraciones para la obra «Las grandes batallas de la Historia». Heródoto fue de la misma opinión: «Estos parajes parecieron a los Griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de caballería».

Entre agosto y septiembre del año 480 a..C. se sucedió la contienda. Los griegos contaban con 300 espartanos y unos 6.000 soldados «Tejeos; Mantineos; de Orcomeno, ciudad de la Arcadia; de lo restante de la misma Arcadia; de Corinto; de Fliunte, de los Miceneos, los Locros Opuncios y los Focenses». Jerjes desembarcó con un ejército imposible de contar y que superaba, como mínimo, a los defensores en una diferencia de 50 a 1. Con todo, se demostró que el lugar había sido elegido a la perfección, pues -durante el primer día batalla- la infantería ligera persa se estrelló contra la falange hoplita y se vio obligada a retirarse.

El segundo día, ansioso de lograr la victoria, Jerjes envió a luchar contra los defensores de las Termópilas a los «Inmortales». «Hizo venir el rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que éstos se llevarían de calle a los Griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los Inmortales a medir sus fuerzas con los Griegos, y no con mejor fortuna que la tropa de los Medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las que usaban los Griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre», explica Heródoto.

Al final, viéndose superados por un enemigo mucho mejor entrenado y equipado, los guerreros de élite de los persas tuvieron que darse la vuelta, y salir por piernas para evitar ser masacrados. Con todo, todavía lucharon durante algún tiempo más contra las primeras líneas de los «Inmortales». «Es increíble cuánto enemigo Persa derribaban [los espartanos], si bien en aquellos encuentros no dejaban de caer algunos pocos Espartanos», finaliza el historiador. El resto de la Historia es bien conocida por todos. Los hombres de Leónidas murieron, pero retuvieron al enemigo lo suficiente (y con un impacto tal) como para que otro ejército se formase e hiciese retirarse a los persas.

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Jesús Hernández- .J.H.

Cuatro preguntas a Jesús Hernández

1-¿Existe documentación suficiente para hablar de su participación en algunas batallas?

Contamos con los relatos y descripciones del historiador griego Heródoto en el Libro VII de sus Historias. En el Anábasis del también historiador griego Jenofonte aparecen igualmente referencias a este cuerpo de élite persa. Por lo tanto, disponemos de fuentes históricas suficientes para conocer esos hechos.

2-¿Cree que los libros de Historia pueden contar y, a la vez, entretener?

Sin duda. Mucha gente no se anima a leer libros de Historia porque los considera aburridos, y tienen razón. Buena parte de los historiadores no escribe pensando en el lector, sino en demostrar a sus colegas que son grandes eruditos y que han consultado una extensísima bibliografía. El resultado, claro está, es tan indigerible como disuasorio. Por suerte, desde hace unos años contamos con historiadores que saben combinar el rigor y la amenidad de manera brillante; por ejemplo, en el campo de la Segunda Guerra Mundial, Max Hastings o Rick Atkinson, cuyos libros resultan tan apasionantes como la mejor de las novelas.

3-¿Cuál será su siguiente trabajo?¿Cómo sorprenderá a sus lectores?

Este otoño se publicará mi vigesimoprimer libro. Será el relato de unos hechos increíbles que ocurrieron en Brasil al acabar la Segunda Guerra Mundial. Los inmigrantes nipones no sólo no creían que Japón había perdido la guerra, sino que estaban convencidos ¡de que la había ganado! Se editaban falsas revistas norteamericanas y se radiaban noticias en emisoras clandestinas en las que Japón aparecía como vencedora. Además, surgió una secta fanática que comenzó a asesinar a los que aceptaban la realidad de la derrota. Parece el argumento de una novela, pero eso es lo que ocurrió. Cuando supe de esos hechos, no dudé en escribir un libro para que el lector español los pudiese conocer. Para ello, he viajado a Brasil para documentarme y entrevistarme con descendientes de los protagonistas.

4-Es usted un pionero de la divulgación histórica con más de una veintena de libros a sus espaldas. ¿Cómo diría que han afectado sus textos al conocimiento de la historia militar española?

Cuando se publicó mi primer libro, Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente no había obras sobre este conflicto escritas por autores españoles. Su éxito sirvió para animar a más autores a lanzarse a escribir sobre el tema, y a las editoriales a apostar por ellos. Ahora, por suerte, son muchos los autores españoles que escriben sobre éste y otros temas que hasta hace poco parecían exclusivos de los autores extranjeros, y con un nivel de calidad muy alto. Mi libro sobre la guerra de Secesión norteamericana, Norte contra sur, fue también el primero escrito por un autor español, igual que mi obra sobre la Primera Guerra Mundial. Me gusta abrir nuevos filones en los que no hay bibliografía en español, como el del dirigible Hindenburg, los protagonistas de mi libro Bestias nazis, como Dirlewanger o Göth, o el que he referido de la colonia japonesa en Brasil. Ahora estoy valorando escribir un libro sobre otro tema en el que tampoco hay nada publicado en español.

29 marzo 2016 at 10:33 am 2 comentarios

Naucratis, el puerto comercial del S.V con «rascacielos» que prohibió los matrimonios entre diferentes etnias

El Museo Británico ha encontrado nuevos restos de esta colonia ubicada en Egipto que demuestran que su tamaño era dos veces más grande de lo que se creía

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Restos de Naucratis – Christoph Gerigk / Franck Goddio / Hilti Foundation

Fuente: M. P. V. > Madrid  |  ABC    30/12/2015

Cuando, en 1884, el arqueólogo Flinders Petrie halló los restos de una ciudad en el norte de Egipto, jamás se podría haber imaginado que lo que estaba excavando realmente -como luego se demostró- era la urbe de Naucratis. Un asentamiento griego en el país de las pirámides que, aunque estaba construido de mutuo acuerdo entre ambos gobiernos para favorecer el comercio en el Mediterráneo, prohibió curiosamente los matrimonios entre los egipcios y los griegos que vivían entre sus muros. Con todo, y a pesar de esta negativa, el asentamiento se destacó siempre por estar avanzado a su época y por contar con unas viviendas de varios pisos tan altas como torres (lo que las convertía en los rascacielos de la época).

La historia de Naucratis ha asombrado a historiadores desde hace casi 200 años. Sin embargo, ahora ha vuelto a salir a la luz gracias a un grupo de arqueólogos del Museo Británico que, hace menos de dos jornadas, ha informado del hallazgo de una gran cantidad de objetos (10.000) en la ciudad. Unos restos entre los que destacan varias figuras egipcias dedicadas al «festival de la embriaguez» y que han desvelado, por primera vez desde 1884, que el tamaño de esta urbe era casi el doble del que se creía hasta ahora. «Anteriormente se pensaba que sólo contaba con unas 30 hectáreas, pero ahora sabemos que es más de 60. Hay muchos restos arqueológicos todavía por excavar», ha señalado Ross Thomas, el jefe de proyecto del Museo.

La Hong Kong griega

Naucratis, según afirma la Doctora en Historia M. Pilar Fernández Uriel en su libro «Historia Antigua Universal. El mundo Griego», fue fundada en el S.V en el Delta del Nilo por mercaderes griegos con el permiso del faraón. Al parecer, los extranjeros pretendían crear un puerto comercial de paso obligado para todos aquellos que entrasen en Egipto y los habitantes de la zona, por su parte, estaban encantados con la idea de enriquecerse gracias a él. Así lo afirmó el historiador Heródoto, uno de los primeros que deja constancia de la existencia de esta urbe. «Antes de Naucratis se creía que los barcos solo se detenían en la costa del Mediterráneo para descargar mercancías. Luego se supo que llegaron a viajar hasta Egipto», añade Thomas.

Como ciudad comercial que era, esta urbe se levantó sobre la mezcla de multitud de culturas que provocaron su avance en todo tipo de ámbitos. De hecho, los nuevos objetos encontrados corroboran una idea que ya se barajaba: la de que Naucratis contaba con unos primitivos «rascacielos» sumamente modernos para la época. «Gracias a las nuevas evidencias sabemos que Naucratis fue poblada por casas torre de gran altura que habitualmente tenían de tres a seis plantas. Eran de una construcción similar a las que se pueden encontrar hoy en Yemen», añade Thomas. A su vez, el experto compara estas viviendas como el equivalente de Manhattan en la época.

En este sentido -y tal y como afirma la versión de la versión digital del «The Guardian»- el experto también cree que Naucratis era la Hong Kong de la época. Tanto por el tipo de viviendas, como por su carácter cosmopolita. De hecho, señala que llegó a contar con una población de, como mínimo, 16.000 personas. Todas ellas, ávidas de comerciar con objetos como papiros, perfumes, plata, vino o aceite. No obstante, y a pesar de la cantidad de culturas que se mezclaban en esta urbe, había una serie de normas estrictas en relación a su política matrimonial. «El barrio griego estaba separado del egipcio y los matrimonios entre ambos estaban totalmente prohibidos», explica, en este caso, Fernández.

Una nueva remesa de objetos

La historia milenaria de esta ciudad (que se perdió en el tiempo hasta 1884), no obstante, se ha vuelto ha reescribir esta misma semana después de que los expertos hayan encontrado hasta 10.000 nuevos objetos en la ciudad (entre ellos, ánforas de estilos griego y egipcio con dibujos de un festival de la embriaguez). Las excavaciones han desvelado además la ubicación del puerto de la ciudad (nombrado por Heródoto), así como de dos templos griegos y la madera de buques de todo tipo de pueblos. «Hasta ahora se creía que la ciudad era relativamente pequeña», determina Thomas en sus declaraciones.

A su vez, los hallazgos han desvelado nuevos datos sobre la vida de las mujeres en la ciudad. «Hay más inscripciones griegas del siglo VI en Naucratis que en cualquier santuario griego. Estas nos dicen mucho acerca de los comerciantes: hay algunas mujeres representadas; aunque por lo general son simplemente comerciantes masculinos. Hay personajes que también aparecen en otras ciudades griegas, por lo que puede comenzar a realizar un seguimiento de los mismos», finaliza.

30 diciembre 2015 at 7:17 pm 1 comentario

Exploradores griegos: El nacimiento de una geografía mítica

Entre los siglos VII y IV a.C., los griegos se aventuraron hasta los extremos del mundo: surcaron las aguas del proceloso Atlántico y, de la mano de Alejandro Magno, llegaron a la lejana India

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Pintada en el antiguo estilo geométrico, esta crátera ofrece la primera representación de una nave griega con dos filas de remeros. Hacia 735 a.C. Museo Británico, Londres. BRITISH MUSEUM / SCALA, FIRENZE

Por Francisco Javier Gómez Espelosín. Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Alcalá, Historia NG nº 141

Los griegos concibieron el mundo como un espacio limitado en todas direcciones por las aguas del océano. Ésa era la imagen que había transmitido la poesía épica y la que mayor difusión alcanzó gracias al papel que la Ilíada y la Odisea, los poemas de Homero, desempeñaron en la educación de la antigua Grecia. Pero el océano no era un simple mar, sino el río poderoso y primordial, origen de todos los ríos y de carácter casi divino. Las tierras que lo bordeaban adquirían cualidades excepcionales: fertilidad, abundancia y riqueza de toda clase de bienes. Eran lugares extraordinarios, casi completamente inaccesibles para los seres humanos, un espacio reservado a los héroes, que podían llegar hasta allí con la ayuda de los dioses. Fue así como Heracles alcanzó la isla de Eritía (roja con el color del atardecer), situada en los confines occidentales del orbe, donde moraba el temible Gerión, un gigante tricéfalo que custodiaba unas magníficas vacadas. Y así viajó Perseo hasta la morada de las terribles Gorgonas, situada también en el extremo Occidente, para matar a Medusa, la única mortal y la más poderosa de todas ellas.

La condición privilegiada de estos territorios limítrofes con el océano aparecía compensada con la condición monstruosa de muchos de sus habitantes. De hecho, los dioses olímpicos habían expulsado hacia esos confines a los seres primordiales  a los que habían derrotado tras su disputa por el dominio del universo: titanes, monstruos y gigantes.

Nuevos mundos

En la época arcaica, entre los siglos VIII y VI a.C., el limitado horizonte geográfico de los griegos se amplió  gracias a las colonizaciones, que los llevaron hasta las costas del mar Negro por Oriente y hasta la península Ibérica por Occidente. Algunos escenarios míticos, como el destino de los Argonautas o la morada de Gerión, antes situados de manera difusa en los confines del orbe, fueron localizados en territorios concretos como la costa oriental del mar Negro (la actual Georgia) o las islas cercanas a la ciudad fenicia de Gades (Cádiz). Pero el viaje hacia los confines se continuó percibiendo como un acontecimiento de naturaleza heroica o mágica. Así lo evidencian periplos como el de Coleo de Samos hasta Tartessos a mediados del siglo VII a.C., que fue conducido allí con la complicidad divina mediante los vientos que lo desviaron repetidamente de su ruta hacia Egipto, o el de Aristeas de Proconeso hacia las regiones más remotas del norte del mar Negro, a donde llegó «inspirado» por Apolo, que lo convirtió en una especie de chamán o de mago capaz de aparecer muerto en un lugar y reaparecer con vida en otro situado a cientos de kilómetros de distancia.

Los confines del orbe iban así adquiriendo entidad geográfica al situarlos en las costas de la remota Iberia o en las interminables estepas rusas. La aparición en escena del Imperio persa significó un importante salto en este terreno. La expedición de Cambises a Egipto, así como las conquistas de Darío I hasta la India y su campaña contra los escitas de las estepas comportaron un avance espectacular en el conocimiento geográfico de los griegos, y éstos identificaron como los extremos del mundo territorios que hasta entonces resultaban prácticamente desconocidos.

Sin embargo, el aspecto mítico que rodeaba estos lugares apenas experimentó variaciones. En la Historia de Heródoto, las riquezas extraordinarias de los confines comparten espacio con pavorosos peligros que allí acechan a los viajeros. Así, unas terribles hormigas, «de un tamaño menor que el de un perro y mayor que el de una zorra» custodiaban el oro de la India. «Cuando llegan los indios con sus costales al lugar los llenan de la arena [de oro] y a toda prisa se marchan de vuelta porque las hormigas, según dicen los persas, les rastrean por el olor y les persiguen. Dícese que ningún otro animal se les parece en velocidad, hasta el  punto de que si los indios no cogieran la delantera mientras las hormigas se reúnen, ninguno de ellos se salvaría» (Historia III, 105).

En los confines del mundo

También en Arabia, la última de las tierras pobladas hacia el sur, abundan los aromas y las especias, pero los árabes las recogen con dificultad.«Recogen el incienso con sahumerio [del árbol] de estoraque, que los fenicios traen a Grecia; con este sahumerio lo cogen, porque custodian los árboles del incienso unas serpientes aladas de pequeño tamaño y de color vario, un gran enjambre alrededor de cada árbol. No hay medio alguno de apartarlas de los árboles, como no sea con el humo del estoraque» (III, 107). En los confines del orbe habitaban también pueblos y gentes de fisonomía y condiciones extraordinarias. Así, en el norte «se cuenta que a los grifos les roban el oro los arimaspos, los hombres que tienen un solo ojo» (III, 116), y que «al pie de unos altos montes, viven unos hombres de quienes se cuenta que son todos calvos de nacimiento, lo mismo los hombres que las mujeres, de narices chatas, mentón grande y de lenguaje particular […] cada cual vive bajo un árbol […] Estos calvos dicen, aunque para mí no son creíbles, que en aquellos montes viven los hombres con pies de cabra, y pasando estos hay otros hombres que duermen seis meses al año» (IV, 23-25).

Hacia el extremo sur habitan los etíopes, longevos y afortunados, que tienen a su disposición los manjares sin fin que les proporciona de forma espontánea una pradera especial denominada la Mesa del Sol, o una fuente extraordinaria: «Quienes se bañaban en ella salían más relucientes, como si fuese de aceite, y que exhalaba aroma como de violetas […] el agua era tan sutil que nada podía sobrenadar en ella» (III, 23).

Las conquistas de Alejandro Magno significaron otro momento decisivo en la ampliación de los horizontes geográficos. Además, los griegos que viajaron hasta aquellos lejanos territorios formando parte de su expedición de conquista fueron numerosos y tuvieron la oportunidad de comprobar en persona la realidad de aquellas tierras, y de  desmentir las fabulaciones que habían circulado hasta entonces.

La permanencia del mito

A pesar de todo, las historias fabulosas que se habían contado sobre aquellas tierras perduraron. Los relatos que de las conquistas de Alejandro hicieron quienes habían participado en ellas repitieron casi los mismos tópicos y fantasías que sus antecesores, que no habían viajado hasta allí. Autores como Onesícrito y Nearco mencionaron de nuevo a las hormigas guardianas del oro, las enormes serpientes de la India, los monstruos que moraban en las aguas del océano, los salvajes que se alimentaban sólo de pescado y construían las casas con sus espinas y raspas, o la existencia de individuos dotados de gran sabiduría: los gimnosofistas o sabios desnudos, que pasaban el día sentados bajo el tórrido sol sin que les afectasen el cansancio o las necesidades materiales.

De todos modos, introdujeron algunas precisiones y matizaciones dentro de este esquema mítico para racionalizarlo en la medida de lo posible. Por ejemplo, no vieron directamente a las famosas hormigas, sino tan sólo sus esqueletos colgados en un campamento indio, o asignaron medidas concretas a la longitud de algunas serpientes. Pero la imagen de una tierra extraordinaria dotada de una flora y fauna excepcionales y habitada por gentes salvajes y sabias con costumbres exóticas y variopintas perduró durante toda la Antigüedad, avalada ahora por el testimonio de los expedicionarios que afirmaban haber contemplado con sus propios ojos tales maravillas.

De esta forma, ni el avance de los conocimientos geográficos ni el carácter racionalista y escéptico de algunos autores que deseaban establecer una línea de separación clara entre la verdad y la ficción pudieron eliminar del todo esta imagen mítica y fabulosa de los confines. Éstos conservaron a lo largo de toda la Antigüedad y también durante la Edad Media el aspecto extraordinario con que los exploradores y viajeros griegos percibieron en su día los lugares más remotos del mundo.

Para saber más

El descubrimiento del mundo. Geografía y viajeros en la Grecia antigua. F. J. Gómez Espelosín. Akal, Madrid, 2000.
Héroes viajeros. Los griegos y sus mitos. R. Lane Fox. Crítica, Barcelona, 1999.
«Estrabón, el griego que descubrió Iberia». Historia National Geographic, núm. 125.

13 octubre 2015 at 7:34 am Deja un comentario

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