Posts tagged ‘Guerra de Troya’

«Troya: historia y mito», con Academia Play

En la mitología griega, la guerra de Troya fue un conflicto bélico en el que se enfrentaron una coalición de ejércitos aqueos contra la ciudad de Troya (también llamada Ilión y ubicada en Asia Menor) y sus aliados. Según Homero, se trataría de una expedición de castigo por parte de los aqueos, cuyo casus belli habría sido el rapto (o fuga) de Helena de Esparta por el príncipe Paris de Troya.

Fuente: Canal de Academia Play en Youtube

 

18 julio 2018 at 9:34 pm Deja un comentario

¿Es cierta la historia de la Guerra de Troya?

 

Fuente: BBC Mundo
7 de julio de 2018

Todos oímos hablar del famoso caballo de Troya. Pero ¿existió esa ciudad y la guerra narrada en la Ilíada y la Odisea? GETTY IMAGES

En la antigüedad, los griegos precristianos no tenían un equivalente a la Biblia.

Lo más similar que tenían —y no era muy parecido— era a Homero: una sola palabra que representa tanto al supuesto autor de la Ilíada y la Odisea como a su canon.

Esos poemas épicos, compuestos en verso hexámetro, han tenido un impacto impresionante en la cultura mundial. No es exagerado describirlos como las dos obras fundacionales de la literatura griega y europea.

Al menos siete ciudades griegas lo reclamaron como su hijo predilecto. ¿Pero quién era exactamente Homero? ¿Cuándo vivió? y ¿para quién escribió sus obras?

Los griegos tampoco se ponen de acuerdo sobre esto, principalmente por falta de evidencias.

Datar las epopeyas y su temática es un tema que genera debate. Los antiguos griegos sostenían que la Guerra de Troya se libró entre 1194 y 1184 a.C. —una fecha ampliamente aceptada por algunos estudiosos modernos— y que Homero vivió a finales del siglo VIII a.C.

Pero hay dos cosas en las que casi todos los griegos antiguos coincidieron: que Homero fue el autor de ambos poemas épicos y que el conflicto que describen, la Guerra de Troya, era una batalla que realmente sucedió.

Sin embargo, esta última creencia requiere un nuevo análisis y una reevaluación a la luz de recientes investigaciones lingüísticas, históricas y, sobre todo, arqueológicas.

«Mitos»

Las historias relatadas en la Ilíada y la Odisea son increíbles, de ahí que hayan sobrevivido tanto tiempo. Son lo que los griegos llamaron «mitos» en el sentido original de la palabra: cuentos tradicionales transmitidos de generación en generación, primero oralmente y luego de forma escrita.

Las increíbles historias relatadas en la Ilíada y la Odisea han sobrevivido por miles de años, pero ¿están basadas en un mito? BBC/WILD MERCURY

Una parte clave del genio del autor -o quizás de los autores- de estas dos epopeyas fue la selectividad. De la masa de historias tradicionales transmitidas oralmente a lo largo de muchos siglos, que describen las hazañas y las aventuras de una era dorada de héroes, «Homero» se enfocó solo en dos: Aquiles y Ulises (también llamado Odiseo).

La Ilíada es realmente sobre la ira de Aquiles expresada y saciada a través de un heroico duelo con el campeón defensor de Troya, Héctor. La Odisea narra los viajes y tribulaciones del héroe epónimo cuando luchó durante 10 años para regresar de Troya a su reino natal de Ítaca.

¿Qué estaban haciendo Aquiles y Ulises en Troya en primer lugar? Homero no da muchos detalles, en parte porque era un tema ampliamente conocido entre su audiencia.

Pero ¿hay algo que sea verídico de todas las historias que narra? ¿Hubo realmente una Guerra de Troya como la que se describe en las obras, o al menos una Guerra de Troya real aunque distinta a la que representó con tanto detalle el o los poetas etiquetados bajo el nombre «Homero»?

No pasó mucho tiempo antes de que los críticos pusieran en duda una de las presuposiciones fundamentales de la historia de Troya.

Según el poeta siciliano-griego Estesícoro, que vivió en el siglo VI a.C., la reina Helena de Esparta, quien según la epopeya fue llevada a Troya por su secuestrador, el enamorado príncipe Paris, en realidad estuvo en Egipto durante la Guerra de Troya, y solo una imagen de su espíritu fue llevada a Troya.

Según esta versión los griegos luchaban en revancha por una imagen de su reina, es decir un espejismo o un fantasma.

Helena y Paris, según la versión de la serie de televisión «Troya, la caída de una ciudad», producida por la BBC y Netflix. BBC/WILD MERCURY

El historiador Heródoto, del siglo V a.C., tenía otra versión: estaba de acuerdo con Estesícoro en que Helena probablemente no había sido secuestrada en primer lugar, pero él creía que ella había abandonado a su marido espartano, Menelao, para huir con su amante troyano por elección propia.

Esta teoría era escandalosa pero al menos dejaba intacta la autenticidad histórica de la guerra. Sin embargo, ¿sucedió así?

Desastre arqueológico

Heinrich Schliemann, un hombre de negocios prusiano del siglo XIX adinerado y ultramoderno, no tenía dudas. Creía que Homero no solo había sido un gran poeta sino también un gran historiador.

Y para comprobarlo decidió excavar (o, al menos, desenterrar) los sitios originales descriptos en la epopeya: Micenas, la capital del reino de Agamenón y, por supuesto, Troya.

Para realizar su búsqueda, Schliemann siguió las pistas dejadas por los antiguos griegos.

Desafortunadamente, en Hisarlık (hoy noroeste de Turquía), donde según la mayoría de los expertos habría estado Troya si realmente hubiera existido, cometió errores graves y causó un desastre arqueológico que ha tenido que ser limpiado una y otra vez por científicos estadounidenses y alemanes.

Se ha excavado mucho en la zona y aunque no cabe duda de que este sitio de cumbres, sólidamente fortificado y con una considerable ciudad extendiéndose por debajo, fue de gran importancia en el período pertinente (aproximadamente del siglo XIII al siglo XII a.C.), los expertos no pueden decidir cuál de las capas excavadas pertenece al período homérico.

Esto se debe a que hay poca o ninguna evidencia arqueológica de la presencia griega en el sitio y tampoco hay rastros de la presunta agresión griega del tipo narrado por Homero, que supuestamente duró diez años.

Algunos creen que Troya existió en lo que hoy es el noroeste de Turquía pero las evidencias no son concluyentes. GETTY IMAGES

Todo ello resulta muy irritante para los más escépticos que dudan de la veracidad fundamental de todo el mito de la Guerra de Troya.

Catástrofes

¿Tenían los griegos de la postguerra troyana alguna buena razón para inventar y embellecer semejante historia?

Un estudio sociohistórico comparativo de lo épico como género de literatura comunitaria sugiere dos cosas relevantes: primero, que sagas como la Ilíada presuponen ruinas; y segundo, que en la esfera sagrada de la poesía épica, las derrotas se pueden convertir en victorias y las victorias se pueden inventar.

Es un hecho bien documentado que en algún momento alrededor del año 1200 a.C., el antiguo mundo del Mediterráneo oriental griego sufrió una serie de grandes catástrofes.

Estas calamidades incluyeron la destrucción física de ciudades y ciudadelas seguida de una despoblación severa, transmigración interna masiva y una degradación cultural casi total.

No sabemos con certeza qué o quién causó las catástrofes. Sin embargo, podemos identificar sus consecuencias negativas: económicas, políticas, sociales y psicológicas.

A esto siguió una edad «oscura» analfabeta que perduró en algunas zonas hasta cuatro siglos y que terminó solo con el renacimiento del siglo VIII a.C.

Fue entonces cuando los griegos redescubrieron la escritura, inventaron un nuevo alfabeto y reiniciaron el comercio con sus vecinos del este.

Solo entonces la población aumentó notablemente y se forjó una noción rudimentaria de ciudadanía política. Los griegos comenzaron entonces a emigrar del centro del mar Egeo a puntos más lejanos al este y mucho más al oeste.

Hay evidencias de que el mundo griego sufrió una serie de grandes catástrofes alrededor del año 1200 a.C. que podrían explicar la necesidad de crear mitos sobre una «época de oro». GETTY IMAGES

Aquí tenemos una explicación para el impulso de crear o fabricar el mito de la Guerra de Troya: la apremiante necesidad de postular una era de oro «de antaño», durante la cual los griegos pudieron reunir una fuerza expedicionaria de más de 1.000 barcos, liderada por reyes heroicos, que castigaban a una molesta ciudad extranjera que se había atrevido a robar y aferrarse a una de sus mujeres más importantes e icónicas.

Imperio hitita

Mientras tanto, uno de los grandes avances científicos de los últimos tiempos ha sido el desciframiento de textos cuneiformes y jeroglíficos del Imperio hitita, que abarcó gran parte de Asia Menor hasta la época de la supuesta Guerra de Troya.

Tanto los topónimos como los nombres personales que suenan misteriosamente griegos se han encontrado en los registros hititas. Estos incluyen el nombre de la ciudad Wilusa, que cuando se pronuncia suena un poco como ‘Ilión’ (el término griego para Troya – de ahí ‘Ilíada’).

Sin embargo, a pesar de todas esas similitudes lingüísticas (o coincidencias), los registros hititas que hasta ahora se han descubierto y publicado no contienen ninguna referencia a nada que se parezca a una Guerra de Troya homérica.

Del mismo modo, aunque contienen pruebas de que las mujeres reales podían estar involucradas en intercambios diplomáticos entre las grandes potencias del entonces Medio Oriente, aún no ha aparecido una Helena o su equivalente.

Hay, además, razones para que seamos escépticos sobre la afirmación de que las epopeyas homéricas son documentos históricos, y para dudar de la idea de que implican antecedentes históricamente auténticos.

Los restos arqueológicos del Imperio hitita no muestran evidencias de una Guerra de Troya. GETTY IMAGES

Un ejemplo es el problema de la esclavitud. Aunque la institución y la importancia de la esclavitud se reconocen en las epopeyas homéricas, el autor o los autores no tenían absolutamente ninguna idea de la escala de esclavitud que se practicaba en las grandes economías de los palacios micénicos de los siglos XIV o XII a.C.

Pensaban que 50 era una posesión apropiadamente considerable para un gran rey, mientras que en realidad un Agamenón de la Edad de Bronce podía comandar el trabajo no libre de miles de personas. Tal error de escala sugiere una gran fragilidad en el rigor histórico de la obra.

«Nunca existió»

En resumen, estoy con aquellos que creen que el mundo de Homero es inmortal precisamente porque nunca existió fuera del marco de los poemas épicos, ya sea en su versión oral o su posterior transcripción y difusión.

Y gracias a Dios por eso. Sin la creencia de los antiguos griegos en una Guerra de Troya no tendríamos el género del drama trágico, uno de los inventos más fértiles e inspiradores de los griegos, para deleitarnos, prevenirnos e instruirnos.

(Se dice que el gran dramaturgo ateniense Esquilo se refirió a sus obras de teatro, modestamente, como meras sobras del banquete de Homero).

Hay un mundo en Homero: un mundo literario de recepción, alusión y colusión. Sin él, todos seríamos mucho más pobres, espiritual, artística y culturalmente hablando.

Homero vive y ¡larga vida a Homero! Pero ¿la guerra de Troya? Lo más probable es que se haya perdido.

 

7 julio 2018 at 12:16 pm 1 comentario

Un rostro imperecedero

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Foto: Thanassis Stavrakis / AP Photo / Gtres

Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC

Al contemplar fijamente la Máscara de Agamenón uno corre el riesgo de que abra los ojos, tal es su realismo. El rostro del difunto se corrompe con el tiempo, sus facciones inconfundibles se alteran y desaparecen para siempre. Y ahí cumple su función la máscara funeraria: ocultando la corrupción material con un rostro imperecedero, en este caso de oro repujado. Que no se destruya la identidad del sujeto, de eso se trata, ni con el paso de los siglos ni con el paso de los milenios. La pieza ha sido fechada entre 1550 y 1500 a.C., es decir, unos trescientos años antes que el héroe mítico Agamenón, si es que realmente existió (Agamenón participó en la guerra de Troya, que los antiguos griegos situaron entre los siglos XIII y XII a.C.). La Máscara de Agamenón se denomina así por puro capricho de Heinrich Schliemann, un comerciante rico y entusiasta de la arqueología, quien parece ser que afirmó lo siguiente: «He contemplado el rostro de Agamenón». Schliemann adoraba los poemas homéricos desde la infancia y creía en la veracidad de los mismos. En 1876 excavó en Micenas, el antiguo reino de Agamenón, y halló varias tumbas principescas con sus respectivas máscaras funerarias. La denominada Máscara de Agamenón era la más elaborada y la única que lucía barba, por lo que fue asociada con el héroe griego. La aportación de Schliemann a la arqueología es incuestionable, pero aún le persigue una cierta fama de oportunista y embaucador. Incluso hay quien duda sobre la autenticidad de esta pieza, que pudo haber encargado él mismo para vanagloriarse. «Si la máscara es genuina, Schliemann es el arqueólogo más afortunado hasta Howard Carter. Si es falsa, fue un genio que engañó a los principales arqueólogos e historiadores del mundo durante más de un siglo», expresó hace años William M. Calder III, profesor de estudios clásicos en la Universidad de Illinois. Un nuevo análisis con técnicas modernas podría acabar con este dilema, pero por el momento no parece que la pieza vaya a moverse de su vitrina en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

23 noviembre 2015 at 8:33 am 3 comentarios

En el laberinto de Homero

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN   18/06/2015

freely-el-mundo-de-homero«Homero es joven cada mañana y no hay nada más viejo que el periódico de hoy cuando ya se ha leído», recordaba el escritor católico francés Charles Péguy evocando la eterna vigencia de los poemas de Homero. Y, en efecto, Homero está inserto ineludiblemente, podríamos decir, no sólo en nuestro ADN cultural, sino en nuestras vidas. La guerra de Troya, aquel conflicto mítico y primordial que es epítome de toda la condición humana, de su grandeza y miseria, ilumina desde hace siglos la literatura y la historia de Occidente, que ha engendrado desde sus propios comienzos. El regreso del rey Odiseo, uno de los retornos de los caudillos griegos a sus hogares, culmina el díptico tradicionalmente atribuido a Homero y que supone la génesis no sólo de nuestra manera de entender la literatura antigua y sus muchas reinterpretaciones a lo largo de los siglos, sino también de la propia historia europea, que encuentra en aquella celebrada «materia troyana» la chispa inicial y la inspiración originaria.

Historicidad, guerra y recuerdo

Un triángulo de literatura, historia y recepción, podríamos decir, se despliega gracias a los poemas homéricos: primero el ciclo épico acerca del asedio y la destrucción de Troya, germen de toda literatura para nosotros, que Borges consideraba el ciclo básico y primero de los cuatro en los que subdividía los esquemas literarios; en segundo lugar, la historicidad de una guerra arcaica en un recuerdo lejano, en el que los griegos creyeron ciegamente y que sólo desde 1871, siguiendo a Heinrich Schliemann, pudo demostrarse auténtico y ser investigado por la ciencia arqueológica; y en tercer lugar, la historia de sus innumerables recreaciones y postrimerías en Virgilio, Dante, Cervantes, Joyce y tantos otros. Pero lo más importante de Homero es que nos pertenece a todos. Es un clásico permanente que resulta inmune a los eruditos y abierto a que todo tipo de personas, de diversas épocas, se acerquen a él, de forma tal vez sólo comparable a Shakespeare y Cervantes, que cierran el triunvirato sublime de los clásicos universales. Como decía el viejo adagio de A. v. Schlegel: «Leed, leed a los antiguos, que lo que los modernos dicen de ellos importa más bien poco». Y es que su mensaje es tan poderoso que nadie resulta ajeno a él, como nos recuerda ahora este estupendo libro titulado «El mundo de Homero», de John Freely, físico y profesor, conocido como escritor amante de los viajes (también por tiempos pasados, como muestra ahora).

Freely no es especialista en filología clásica, historia antigua o arqueología, pero fue iluminado por Homero en el transcurso de un viaje por mar cuando servía en la Marina estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces las aventuras de Aquiles y Odiseo quedaron grabadas a fuego en su memoria y años después les dedicó este libro, que supone una completa guía de lectura e introducción al mundo de Homero realizada por un no especialista y dedicada para no especialistas, con todas las virtudes que ello tiene y, por supuesto, con algunos de sus defectos. Pero ante todo es un libro válido para cumplir la misión que se propone. Por un lado, da testimonio de la «Ilíada», el cantar de esa guerra legendaria en torno a las murallas de Ilión, y de sus episodios desde la funesta cólera de Aquiles. La genial concreción de la larga guerra de Troya en la narración de unos pocos días del décimo año exponen la gloria y la tristeza de todo conflicto y, por excelencia, de la condición humana. Desde la ira egoísta de un cruel aristócrata a la reconciliación final entre dos enemigos que se reconocen en su mutua tragedia entre lágrimas, pasando por la efímera vida de cada uno de los contendientes, cifrada en el relato de las muertes y lances guerreros. Por otro lado, la más moderna peripecia del héroe astuto y aventurero, Odiseo, en pos de su ansiada Ítaca, del regreso a casa junto a su mujer: otro ciclo clave de la literatura, como sugería también Borges, que combina aventuras fantásticas, fabulación novelesca, intrigas cortesanas, la «road movie» más singular y el anhelado «happy ending» del reencuentro. Freely nos conduce hábilmente por los episodios de cada uno de los dos poemas, «Ilíada» y «Odisea», glosando sus pasajes más conocidos (algo tal vez tedioso para quien los haya leído) y resumiendo las cuestiones más importantes de la literatura, la historia (y también la geografía) en torno a Homero a modo de guía de viajes o introducción a su mundo. Se configura así como una guía ideal para el lector interesado y no experto en la materia: tanto para el que lo ha leído como para el que no, al que auguramos lo mejor en tal aventura.

Una guía para la vida

Y es que Homero no es sólo, como hemos argumentado, fundamental para la literatura, la historia y en general para la cultura occidental, sino que también puede convertirse, como otros clásicos, en el punto de referencia de una vida. Así nos parece que ocurre, por ejemplo, con John Freely. Y curiosamente con otro libro dedicado a Homero recientemente por otro escritor de viajes, el inglés Adam Nicolson, que, lejos de los corsés académicos y eruditos, se acerca a Homero como guía existencial desde su experiencia personal. Como Freely, también Nicolson redescubre a Homero en un viaje marino y lo convierte desde entonces en una guía para la vida, para mejorar la existencia personal y buscar la felicidad en la literatura de este gran clásico. En fin, dos libros paralelos en cierto modo, de dos no especialistas que, sin embargo, reflejan mejor la fascinación y el entusiasmo por Homero que algunos expertos en la materia de prosa insufrible. En definitiva, comprobamos de nuevo cómo lo que canta el vate griego tiene que ver aún hoy con la vida de cada uno de nosotros en un viaje literario de eterna vigencia.

18 junio 2015 at 10:57 am Deja un comentario

Así fue, oh musa, la verdadera cólera de Aquiles

El rapto de «la mujer más guapa del mundo» fue la chispa que desató diez años de guerra frente a Troya. Caroline Alexander vuelve a reconsiderar la disputa sobre la historicidad de este asedio, uno de los capítulos bélicos más legendarios de la historia que Homero recogió en la «Ilíada»

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Artículo de David Hernández de la Fuente, profesor de Historia Antigua de la UNED |  LA RAZÓN      02/03/2015

En el comienzo fue Troya, la guerra mítica y primordial que alumbra la literatura y la historia en Occidente desde la antigua composición oral de los poemas homéricos y su trasfondo histórico hasta sus diversas postrimerías. La materia troyana empieza en el mito con las Bodas de Tetis y Peleo, la Manzana de la Discordia y el famoso Juicio de Paris, seguido del rapto de la bella Helena, «la faz que lanzó mil barcos al mar», como dijo Marlowe. Un triángulo de literatura, historia y recepción se despliega tras la muralla de la legendaria ciudadela, que ya los antiguos griegos consideraron histórica y que muchos siglos después sólo la genial intuición de un arqueólogo aficionado alemán recuperaría del olvido.

En primer lugar, el ciclo épico acerca del asedio y destrucción de esa ciudad ha marcado la literatura y el pensamiento de Occidente desde la más remota antigüedad. La «Ilíada», el cantar de la guerra legendaria en torno a las murallas de Ilión, es la más genial concreción de esa larga tradición oral que transmitía de generación en generación las hazañas de los héroes que murieron en la guerra de los orígenes. Se centra en un momento concreto, la cólera de Aquiles, como se ve en la invocación a la musa para que asista al poeta en su sacra misión de conmover al pueblo contando de nuevo esa historia inmortal: «La cólera canta, oh diosa, de Aquiles hijo de Peleo» («Menin aeide, thea, Peleiadeo Achileos»). Su público no necesita más antecedentes, todo comienza «in medias res» y depende de la tradición mítica. Lo genial del bardo llamado Homero, y por lo que es cuna y cima de toda literatura, es saber concretar en una narración de cincuenta días escasos del décimo año de guerra la gloria y la miseria del ser humano. Desde la ira egoísta de un guerrero cruel y los lances más sangrientos hasta la reconciliación final entre dos rivales que se miran a los ojos entre lágrimas y reconocen la tragedia de la mortal condición humana.

Una historia con lagunas

Es imposible saber a ciencia cierta cuándo se ideó la historia de la caída de Troya. Tradicionalmente se afirma que la «Ilíada» fue compuesta por aquel mítico poeta ciego, Homero, tal vez natural de la isla de Quíos, en el siglo VIII a.C. A unos cincuenta años de distancia, y según la tradición, habría compuesto un segundo gran poema épico, la «Odisea». El ciclo troyano fue materia para otras muchas obras que abundaron desde la época oscura hasta el inicio de la codificación por escrito de la literatura antigua y que abarcaban desde los motivos y comienzos de esta larga guerra en la mitología, hasta la destrucción de la ciudad mediante la estratagema del caballo de madera y, al fin, los regresos («nostoi») de los diversos héroes griegos a casa, como el de Odiseo. El regreso del caudillo más singular de Troya pronto obtuvo cierta independencia como ciclo de viajes y aventuras en el esquema mítico del retorno del héroe. Su inolvidable peripecia está alejada de la épica guerrera tradicional y tiene una notable modernidad y atractivo: el largo errar por los mares del ingenioso Odiseo se combina con las intrigas en la corte de Ítaca, entre la leal Penélope y el esforzado Telémaco, hasta el ansiado «happy ending» del reencuentro. El rey itacense saldrá airoso de todos los peligros gracias a su ingenio y el tono muy distinto de la «Odisea» se ve ya en su «incipit» «cuéntame, musa, del hombre de variadas tretas» («Andra moi ennepe, Mousa, polytropon»), más humano y próximo que el de su poema hermano. Poco podemos profundizar aquí en la riqueza de los poemas homéricos, sobre los que tanto se ha escrito, y que se siguen traduciendo y reelaborando literariamente sin cesar.

Trasfondo literario

En segundo lugar, la historicidad de la guerra ha estado siempre en el trasfondo de la literatura. Subyace tras los poemas el recuerdo lejano y memorable de una guerra real, una campaña que llevó, en una época antiquísima, a los griegos de diversos estados del sur de los Balcanes hacia Asia Menor, a combatir contra una ciudadela que controlaba el paso marítimo de los Dardanelos y cuyo poder, seguramente, suponía una amenaza económica y militar para los griegos de Europa. De hecho, los griegos creían que la guerra de Troya era un suceso histórico verdadero –así lo manifestaron historiadores como Heródoto o Tucídides– y en la antigüedad griega y romana aún se podían visitar los restos de la vieja ciudadela. Pero con los siglos desapareció todo rastro de esta guerra, que quedó sumida en la leyenda, hasta que en 1871, siguiendo sus ensoñadoras lecturas de Homero, Heinrich Schliemann se decidió a buscar la antigua Troya. Sus inspirados descubrimientos –teñidos de romanticismo y culminados incluso con una boda «homérica»– fueron fundamentales para localizar la Troya histórica en frente de la isla de Ténedos, dando un giro genial a los estudios sobre la antigüedad helénica.

Hubo ciertamente una Troya y una Micenas históricas y en el contexto de la Edad del Bronce y libros variados de filólogos, historiadores y arqueólogos, como West, Latacz, Seibert o Cline, o incluso periodistas, como el muy reciente de Caroline Alexander –«La guerra que mató a Aquiles (Acantilado 2015)–, las han estudiado. Con el tiempo vino la consideración legendaria y Homero parece mezclar esos ecos micénicos y del bronce resonante de sus guerreros –que aún se pueden rastrear bajo la colina de Hissarlik– con percepciones sociopolíticas de su propia contemporaneidad de la era arcaica. Los documentos de otro pueblo de la época, los hititas, a los que se accedió a mediados del pasado siglo, permiten acaso la prueba de la verdad histórica de la guerra y del poderío que llegó a alcanzar Troya. A comienzos del siglo XIII, mencionan un tratado con el rey Alaksandus de Wilusa. Tal vez los nombres hititas escondan equivalentes griegos: Wilusa sería la memorable Ilión y Alaksandus valdría acaso por Alejandro (el otro nombre de Paris), mientras que los «ahhijawa», bien podrían ser los «aqueos de broncíneas túnicas». Como muchas otras veces, la épica se refiere a realidades históricas más o menos nebulosas (recordemos los Nibelungos, Roncesvalles o el Cid), transitando la más que sutil frontera entre historia y leyenda.

En tercer lugar, evocaremos muy brevemente las innumerables postrimerías de Troya y su caída. Muchos de estos episodios de después de la guerra sirvieron para elaborar otras leyendas o ciclos –como el triste regreso de Agamenón en la tragedia o el viaje de Eneas en pos de la tierra prometida de Roma, segunda Troya, en la «Eneida» virgiliana–; algunos de ellos se narraron en obras ya clásicas o epopeyas tardías como las «Posthoméricas» de Quinto de Esmirna. Luego Bizancio reclamaría, a fuer de segunda Roma, ser nueva Troya también. En fin, la repercusión de Troya en la historia de nuestra cultura es inmensa e inabarcable en Dante, Shakespeare, Cervantes, Calderón, Tennyson, Cavafis, Joyce, Borges y tantos otros. Entre los muros de Troya y el viaje a Ítaca transcurre nuestra historia y literatura y, para terminar, sólo podemos recordar, con el escritor C. Péguy, que «Homero es joven cada mañana y no hay nada más viejo que el periódico de hoy cuando ya se ha leído».

2 marzo 2015 at 8:40 pm Deja un comentario

Itaca, digna del Olimpo de los dioses

  • Itaca, donde Ulises, vivía feliz junto a su mujer, Penélope, y su hijo, Telémaco, y de donde partió para participar en la guerra de Troya
  • ¿Pero es realmente esta isla griega la patria de Ulises?
  • Aunque en ‘La Odisea’, se describen 26 lugares exactos de Itaca, ni arqueólogos ni historiadores los han localizado nunca
  • ‘Que nadie haya podido determinar si es la isla de Ulises hace más grande el mito’, dicen en la oficina de correos de Dimitria
  • Sin museos ni espectaculares ruinas, a Itaca sólo se llega en busca del mito

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«Ulises y las sirenas», obra de Leon Belly, que representa el pasaje de «La Odisea» en el que Ulises se amarra al mástil para evitar sucumbir a los cantos de las sirenas

Al principio… fue Itaca. Todo empezó aquí, en estos 117 kilómetros cuadrados que se elevan sobre el azul cobalto del Mediterráneo, en esta que a priori podría parecer sólo una insignificante isla de las alrededor de 1.400 que componen Grecia. Pero este pequeño trozo de tierra es una piedra preciosa, un mito, un símbolo.

Si hay una isla literaria es esta: Itaca. Es aquí donde nació un tal Odiseo, un héroe conocido en latín con el nombre de Ulises. Es aquí donde se encontraba su reino, donde vivía feliz junto a su mujer Penélope y su hijo Telémaco. Es de aquí de donde partió para participar durante diez largos años en la guerra contra Troya y dar finalmente la victoria a los griegos con su ingeniosa idea de crear un gigantesco caballo de madera que ocultara soldados en su interior, como narra La Iliada. Y es aquí a donde regresó, en un accidentado viaje que duró otros diez años y que estuvo repleto de aventuras y desventuras de las que da cuenta La Odisea.

Itaca es por eso la Isla con mayúsculas, el anhelado punto de llegada, la meta final, el escurridizo destino de La Odisea, la obra más antigua de la literatura occidental junto con su hermana mayor La Iliada, un poema épico de más de 10.000 versos divididos en 24 cantos, escrito alrededor del año 800 antes de Cristo y atribuido a Homero. Porque no sólo no está claro que fuera él quien lo escribió, sino que ni siquiera se tiene la certeza de que Homero llegara a existir. Si lo hizo debió de vivir alrededor del año 850 a.C. en algún lugar de Asia menor. Tal vez en Itaca, como apuntan algunos. De lo que no cabe duda es de que La Odisea es un libro fundamental en el canon de occidente, uno de los grandes pilares sobre los que se ha construido eso que llamamos la cultura europea. Y por eso Itaca -una isla perfumada de olivos, de cipreses, de laureles, de mirtos y de vides- es el principio de todo, la madre de todos los territorios literarios.

«Soy Odiseo Laertíada, tan conocido de los hombres por mis astucias de toda clase; y mi gloria llega hasta el cielo. Habito en Itaca que se ve a distancia: en ella está el monte Nérito, frondoso y espléndido, y en contorno hay muchas islas cercanas entre sí, como Duliquio, Same y la selvosa Zacinto. Itaca no se eleva mucho sobre el mar, está situada la más remota hacia el Occidente -las restantes, algo apartadas, se inclinan hacia el Oriente y el Mediodía- es áspera, pero buena criadora de mancebos, y yo no puedo hallar cosa alguna que sea más dulce que mi patria».

Exactamente con esas palabras es como Ulises detalla en el canto IX de La Odisea a su amada Itaca. Pero, ¿Itaca es Itaca? Homero describe en La Odisea 26 lugares específicos de Itaca, y ninguno de ellos parece corresponderse con la isla que hoy se conoce con ese nombre. El arqueólogo alemán Heinrich Schliemann fue capaz de dar con la mítica Troya siguiendo paso a paso los versos de Homero en La Iliada. Sin embargo todos los intentos por tratar de averiguar si la Itaca de La Odisea se corresponde con la isla que lleva ese nombre han fracasado.

El propio Schiliemann intentó localizar el palacio de Ulises, que según los versos de Homero se levantaba en un punto desde el cual se ven tres mares y rodeado por tres montañas, y se vio obligado a tirar la toalla. Y Robert Bittlestone, un inglés aficionado a la Historia y a la Arqueología, decretó hace unos años junto con el especialista en griego de la Universidad de Cambridge, James Diggle, y con el geólogo de la Universidad de Edimburgo, John Underhill, que la verdadera Itaca se encuentra en Paliki, un trozo de tierra que con el pasar de los siglos habría dejado de ser isla para convertirse en península y unirse en forma de brazo a Cefalonia.

En la Itaca de hoy en día, esa que sus habitantes llaman como Thiaki, se han encontrado vestigios de civilizaciones que se remontan a alrededor del año 4.000 antes de Cristo. Pero nunca se ha podido establecer si es realmente la isla de Ulises. Algunos investigadores opinan que lo es, otros que no.

Un paraíso de 3.000 habitantes

Las dudas existenciales caracterizan a este pedazo de tierra repleto de vegetación, con 100 kilómetros de costas, calas paradisiacas, pueblos pintorescos y que probablemente debe su nombre a Itacos, hijo de Poseidón, dios del mar, y quien según la mitología fue el primero en habitar aquí. Tal vez por eso, porque nadie está seguro de si esta isla en la que hoy viven unas 3.000 personas es en realidad la patria legendaria de Ulises, en Itaca no explotan el mito de La Odisea y las referencias al héroe son bastante comedidas, algo que se agradece. Es verdad que la plaza central de Stavros, en la zona noroeste de la isla y la localidad más importante de la Itaca septentrional, está dominado por un busto de Ulises. Pero, aparte de eso, no hay muchas más referencias directas a nuestro mitificado héroe.

«Qué más da si esta es realmente la isla de Ulises o no. El mundo entero conoce Itaca, y eso es lo que cuenta», nos suelta con filosofía y voz áspera Lavros, el grandullón con un irresistible punto macarrilla, dueño de un café en Vathi. «El que nadie hasta la fecha haya podido determinar si esta es la isla de Ulises creo que contribuye a hacer más grande el mito. Porque los mitos se alimentan de misterio», sentencia desde el mostrador de la oficina de correos Dimitria.

Vathi se levanta frente a la bahía de Molos, el mayor puerto natural de Grecia y uno de los mayores del mundo. Es una localidad relativamente moderna, ya que en 1953 varios terremotos la destruyeron. Pero es bonita, con sus casitas de color pastel (rosa, morado, azul, amarillo…) que se encaraman sobre las laderas de los montes de la zona. Tiene un museo arqueológico que, la verdad, no resulta muy impresionante, y donde la única referencia a Ulises la constituye una pequeña estatuilla de bronce que dicen que podría representar a Odiseo. En ese sentido le gana el museo arqueológico de Stavros, donde al menos se conservan fragmentos de una máscara de barro del siglo I o II d.C. con la inscripción EYXHN ODISSEI, «oración a Ulises» en griego antiguo.

Lo mejor de Vathi, sin duda, son sus playas, destacando la de Deksia. Sobre todo porque de allí sale un sendero de unos cuatro kilómetros que lleva a Marmarospilia, una gruta que algunos investigadores identifican con la gruta de las ninfas de la que habla La Odisea y donde Ulises habría escondido al llegar a Itaca los regalos recibidos por Alcinoo, el rey de los feacios.

Porque a Itaca se viene en busca del mito, tras los pasos de Ulises. Es verdad que la isla es atractiva, pero hay otras que la superan con creces. Además, Itaca no cuenta con hoteles de lujo, no es famosa por su gastronomía, no atesora museos impresionantes, no guarda ruinas de esas que te dejan boquiabierto, no dispone de particulares encantos, no ofrece actividades típicamente turísticas… Lo suyo es venir a Itaca con un ejemplar de La Odisea bajo el brazo, dispuesto a zambullirse en el mito.

No resulta difícil lograrlo. Itaca (que vista desde el cielo tiene forma de ocho, o de símbolo del infinito, según se mire) no tiene aeropuerto, así que sólo se puede acceder a ella por mar. Algo que ayuda a entrar en materia, a ponerse en la piel de Ulises y a entender que el viaje en sí mismo es la gran aventura. Nosotros llegamos a Itaca desde uno de los ferrys que salen a diario de Sami, en la vecina isla de Cefalonia. También desde allí se pueden contratar excursiones organizadas de un día, que por 30 euros te llevan (junto a otras 30 personas) a nadar a un par de espectaculares calas, a visitar Vathi y a comer en Kioni, un recoleto pueblecito pesquero. Pero lo suyo es hacer el viaje en soledad.

Del palacio de Ulises al manantial

Siguiendo los inciertos pasos de Ulises nosotros nos adentramos en Exogi, en el norte de Itaca, una localidad a las afueras de la cual se encuentran las ruinas de la antigua ciudad de Alalcomenes, que algunos señalan como el lugar en el que probablemente se levantaba el palacio de Ulises. En Aretusa, en la parte sur de la isla, hay un manantial al que se puede llegar sólo a pie tras una larga caminata de dos horas y en el que, según cuenta la leyenda, Ulises se encontró con el pastor Eumeo.

Pero tal vez lo mejor es sumergirse en las aguas de color turquesa con vetas de zafiro que rodean la isla. Allí, en medio del mar, mientras la brisa acaricia el agua y el olor del mirto llena los pulmones, se tiene la sensación de estar en el vientre materno, de viajar a la noche de los tiempos, de hundir las manos en las raíces de la historia de occidente.

Al fin y al cabo La Odisea no sólo narra el fantástico viaje de Ulises de regreso a Itaca. Es mucho más: es una celebración de la naturaleza humana y de su capacidad de superar obstáculos y alcanzar metas que parecían imposibles. Itaca no es sólo una isla, no es sólo el reino de Ulises. Es mucho más: es una alegoría, un emblema de la capacidad de hacer realidad los sueños.

Tal vez Homero podría haber elegido una isla más grande, más imponente, más grandiosa como patria de Ulises. Pero es precisamente la intrascendencia geográfica de Itaca lo que la hace realmente grande: porque Itaca es una fantasía, una quimera que nos recuerda que las ilusiones y utopías se pueden materializar si uno tiene la fuerza y la paciencia suficientes.

Pero incluso si al llegar a Itaca después de innumerables esfuerzos uno no logra ver cumplidos sus sueños, si fracasa y la isla no es lo que uno se esperaba, no importa. Lo relevante es el viaje en sí mismo, el vivir y acumular todas las experiencias que semejante periplo proporciona. El gran Konstantinos Kavafis (1863-1933), el más destacado poeta griego de los tiempos modernos, no tenía ninguna duda al respecto y así lo plasmó en Itaca, su poema más conocido:

«Cuando emprendas tu viaje a Itaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias», comienzan los versos de Kavafis. «Ten siempre a Itaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Más no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, /enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin aguantar a que Itaca te enriquezca./ Itaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino./ Pero no tiene ya nada que darte./ Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado. / Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, / entenderás ya qué significan las Itacas».

Fuente: IRENE HDEZ. VELASCO  |  EL MUNDO

31 agosto 2014 at 10:35 am Deja un comentario

Eneas. La odisea del héroe troyano

Aliado del rey de Troya, Eneas participó en la defensa de la ciudad contra los griegos y se batió incluso con Aquiles. Vencidos los troyanos, emprendió un largo periplo por el Mediterráneo que lo llevó hasta Italia

Por Francisco García Jurado. Profesor Titular de Filología Latina. Universidad Complutense de Madrid, Historia NG nº 126

Eneas

Con la ayuda de Venus, el médico Lápix cura a Eneas de una herida recibida en Italia durante la lucha del héroe contra Turno, el rey de los rútulos. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

En la historia de la guerra de Troya tal como la narra Homero, Eneas aparece como un personaje secundario, eclipsado por héroes más luminosos como el griego Aquiles o el troyano Héctor. Tiempo después, sin embargo, la literatura latina, particularmente el poeta Virgilio, lo convertiría en protagonista de una dramática epopeya con la que quedaron unidos dos grandes momentos de la Antigüedad: la caída de Troya y la fundación de Roma.

Aunque los autores latinos lo consideran troyano, Eneas procedía de otra ciudad de Asia Menor, Dardania, fundada por Dárdano, hijo del dios Zeus. Según la leyenda, Anquises, un descendiente de Dárdano, estaba en una ocasión apacentando el ganado en el monte Ida cuando la diosa Afrodita lo vio y se prendó de él. Eneas, el fruto de sus amores, se casó más tarde con Creúsa, la hija del rey Príamo, y ésa fue la razón de que, cuando los griegos de Agamenón y Aquiles pusieron sitio a Troya, Eneas acudiera a defender la ciudad al frente de los dardanios.

Eneas tuvo una participación activa y constante en los diferentes combates que se mantuvieron en la costa de Troya, a pesar de que se quejaba de la poca estima de Príamo. La Ilíada cuenta cómo Eneas resultó herido por una inmensa piedra que le lanzó el griego Diomedes. Afrodita acudió en ayuda de su hijo, pero, poco avezada en las lides guerreras, también resultó herida. Sólo gracias a Apolo, que logró por tres veces detener al gigantesco Diomedes, Eneas pudo salvar su vida. En otra ocasión, el dardanio se propuso rescatar el cadáver de su cuñado Alcátoo, atemorizando para ello a varios guerreros griegos, como Idomeneo.

Heroicos combates frente a Troya

El duelo más destacado que libró Eneas en Troya fue contra el mismísimo Aquiles. Según cuenta Homero, cuando el héroe griego decidió regresar al combate para saciar su sed de venganza contra el príncipe troyano Héctor,  Apolo lanzó a Eneas contra él. No era la primera vez que ambos se encontraban cara a cara, pues tiempo atrás el terrible caudillo griego había llegado hasta el monte Ida, donde Eneas pastoreaba a sus rebaños, con el fin de robarle. Así, cuando Aquiles vio a Eneas de nuevo ante él, le preguntó amenazante si su afán de lucha venía motivado por el deseo de ocupar el trono de Príamo y le recordó que ya lo había puesto en fuga anteriormente. Pero Eneas no se arredró y le recordó que ambos eran hijos de diosas. Se entabló el combate, y de seguro Eneas habría perecido a manos de Aquiles si Poseidón no hubiese intervenido envolviéndolo en una nube y llevándoselo en volandas a un lugar seguro. Entonces el dios del mar profetizó que los troyanos sobrevivirían a través de la estirpe de Dárdano; la orgullosa Troya sería destruida, pero Eneas se salvaría para fundar un nuevo pueblo.

Cuando los griegos entraron en Troya y saquearon la ciudad, Eneas se retiró al monte Ida cargando sobre sus hombros a su padre Anquises y llevando de la mano a su hijo Ascanio. En cambio, su esposa Creúsa, que se había quedado rezagada mientras huía de las llamas, murió en el intento. Eneas permaneció un tiempo reinando en el Ida, hasta que dos hijos de Príamo que habían permanecido a salvo durante el sitio se adueñaron de la zona. Entonces Eneas emprendió el largo viaje por el Mediterráneo que Virgilio relató en su Eneida del mismo modo que Homero había relatado el viaje de Ulises en la Odisea; sólo que, en el caso de Eneas, la travesía no fue tanto un regreso como un viaje hacia lo desconocido, hacia la realización de una profecía que cambiaría el curso de la historia.

Aventuras por el Mediterráneo

Los supervivientes se dirigieron a Tracia, al norte del mar Egeo. Al llegar allí, mientras cortaban leña para hacer un sacrificio, Eneas vio cómo de las ramas manaba sangre y al momento una voz le narró la terrible historia de Polidoro, un hijo pequeño de Príamo al que éste había enviado a Tracia al comienzo de la guerra, pero que había sido asesinado por su tutor, Polimestor, para quedarse con su oro. La voz animó al héroe a dejar aquel lugar maldito y seguir su camino cuanto antes.

A continuación Eneas marchó hasta la pequeña isla de Delos, donde un oráculo le anunció que debía dirigirse a la tierra de sus antepasados, pero sin especificarle cuál era ésta. Eneas recordó entonces que Dárdano, el fundador de su ciudad natal, procedía de Creta, por lo que decidió dirigirse hacia allí. En la isla, una terrible peste lo obligó una vez más a partir, pero antes tuvo una visión en la que sus dioses familiares le dijeron que la tierra originaria de Dárdano se hallaba en Italia. El héroe, por tanto, puso rumbo hacia occidente.

Durante el trayecto, una tempestad lo arrojó a las Estrofíades, las islas de las monstruosas Harpías, al oeste de Grecia. Los viajeros se enfrentaron con estos seres, que tenían el aspecto de bellas mujeres aladas, y hasta lograron ponerlas en fuga. No obstante, la harpía Celeno les vaticinó que serían presa del hambre antes de que pudieran levantar los muros de su nueva ciudad. Luego siguieron bordeando la costa griega hasta llegar a Butrinto, en la actual Albania, donde vivía Héleno, otro hijo de Príamo que se había salvado de la destrucción de Troya. Héleno reveló a Eneas que debería asentarse donde encontrara una cerda blanca con treinta lechones, si bien antes debía visitar a la Sibila de Cumas, una sacerdotisa de Apolo que formulaba sus oráculos oculta en una gruta cerca de Nápoles. Todas las señales indicaban, pues, que Italia era la meta del viaje.

Hacia el destino anunciado

De nuevo en el mar, Eneas decidió evitar el paso por el estrecho de Mesina, situado entre las monstruosas Escila y Caribdis, y prefirió bordear Sicilia por el sur. En la isla falleció su padre Anquises. Al intentar proseguir la travesía, una tempestad lo desvió y lo arrojó a las costas de Cartago. Allí, Afrodita se apareció a su hijo para comunicarle que no sintiera miedo, pues los cartagineses, en especial su reina Dido, les recibirían hospitalariamente. Y, en efecto, por intervención de Afrodita, Dido se enamoró de Eneas y quiso que ambos unieran sus pueblos y linajes. Pero Zeus se opuso y envió a Hermes (Mercurio) para advertir a Eneas de que debía continuar su viaje y cumplir con su destino. El héroe obedeció, para desesperación de Dido, que se suicidó.

De regreso a Sicilia, se celebraron unos grandes juegos funerarios en memoria de Anquises. Las mujeres troyanas, cansadas de tantos pesares, decidieron prender fuego a las naves y poner, así, fin al periplo. Pero Eneas obtuvo de Júpiter que enviara una tempestad para extinguir el fuego. Además, la sombra de Anquises se apareció ante Eneas para comunicarle que debía llegar hasta Cumas y descender a los infiernos. De nuevo, Eneas cumplió fielmente la consigna, y en Cumas logró que la Sibila le abriera las puertas del Hades. Allí se encontró con la sombra de Dido, por lo que supo de las terribles consecuencias de su partida de Cartago, pero también vio a su padre, quien en los Campos Elíseos le reveló el glorioso destino del pueblo que debía fundar en Italia.

Espoleado por sus palabras, Eneas se afanó en llegar hasta la desembocadura del Tíber y, tras remontar el río, puso finalmente los pies en una ciudad llamada Palanteo. Aún corrió más peripecias, hasta su muerte gloriosa y su consagración como héroe, pero aquél había sido el término de su viaje, pues Palanteo se alzaba en lo alto  de la colina Palatina, el lugar en el que un descendiente de Eneas, Rómulo, fundaría la ciudad de Roma.

Para saber más

Ilíada. Homero. (Trad. Ó. Martínez). Alianza, Madrid, 2013.
Eneida. Virgilio. (Trad. R. Fontán). Alianza, Madrid, 2004.
Cartas de las heroínas. Ovidio. (Trad. V. Cristóbal). Alianza, 2008.

4 julio 2014 at 9:12 am Deja un comentario

Una investigación reciente confirma que la «Ilíada» fue escrita en el siglo VIII a.C.

Un grupo de investigadores dice haber averiguado la edad de la «Ilíada» de Homero. Según ellos fue escrita en el 762 a.C.

kylix

Aquiles curando a Patroclo. Kylix de figuras rojas. Hacia 500 a.C. Vulci.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Reading ha aplicado la misma técnica utilizada para la decodificación de la historia genética en seres humanos para intentar averiguar en qué fecha fue escrita la «Ilíada».

De acuerdo con sus resultados, Homero escribió probablemente la historia de la guerra de Troya en el 762 a.C., una fecha que viene a coincidir con la época en la que la mayor parte de estudiosos cree que fue compilada la «Ilíada». El nuevo estudio, publicado en la revista Bioessays, confirma pues lo que la mayoría de estudiosos ha venido sosteniendo desde hace tiempo, que la obra fue escrita alrededor del siglo VIII a.C.

El equipo que ha llevado a cabo la investigación lo componen Mark Pagel, un teórico de la evolución de la Universidad de Reading, en Inglaterra, Eric Altschuler, un genetista de la Universidad de Medicina y Odontología de New Jersey, en Newark, y Andreea S. Calude, un lingüista también de Reading y del Instituto de Santa Fe en Nuevo México.

Según Pagel, la justificación de por qué han participado genetistas en un proyecto como este es por el hecho de que » las lenguas tienen un comportamiento extraordinariamente parecido al de los genes. (…) Es directamente análogo. Hemos intentado documentar las regularidades en evolución lingüística y estudiar el vocabulario de Homero para ver si el lenguaje evoluciona en la manera en que pensamos que lo hace. Si es así, entonces deberíamos ser capaces de encontrar una fecha para Homero.»

Los investigadores han empleado una herramienta lingüística llamada lista de palabras Swadesh, compilada en las décadas 1940-50 por Morris Swadesh. La lista contiene aproximadamente 200 palabras que figuran aparentemente en todas las lenguas y en todas las culturas, según Pagel. Suelen ser palabras relativas a partes del cuerpo, colores o relaciones de parentesco, como «padre» y «madre».

En el estudio, los investigadores han analizado 173 palabras de la lista Swadesh en la «Ilíada» y han medido cómo han cambiado. También han examinado la lengua de los hititas, un pueblo que existió durante la época de la guerra de Troya, y el griego moderno, y han rastreado los cambios en las palabras del hitita a la lengua homérica y al griego moderno. En otras palabras, han trabajado del mismo modo en que se mide la historia genética de los seres humanos, ir viendo cómo y cuándo los genes cambian con el tiempo.

En cuanto a Homero, persiste el misterio que rodea su existencia. «Es poco probable que haya existido alguna vez un hombre llamado Homero que haya escrito la «Ilíada», dice  Brian Rose, profesor de estudios clásicos y comisario de la sección Mediterráneo de la Universidad de Pensilvania Museum. Y añade: «La ‘Ilíada’ es una recopilación de una tradición oral que se remonta al siglo XIII a.C. Es una amalgama de numerosas historias que parecían centrarse en los conflictos en un área en particular del noroeste de Turquía».

Fuente: Archaiologia | Geneticists claim to have found the age of Homer’s Iliad

1 marzo 2013 at 9:48 pm 2 comentarios


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