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Carlos García Gual: “A los gobernantes no les interesa la formación cultural de la gente”

El helenista, elegido miembro de la RAE, considera que la batalla por el retroceso de las humanidades en la enseñanza «está perdida»

El helenista Carlos García Gual, en su casa de Madrid. ANDREA COMAS

Fuente: MANUEL MORALES > Madrid  |  EL PAÍS
1 de diciembre de 2017

Aquel niño con gafas de miope que se colgaba de las baldas de la biblioteca de su abuelo, en Mallorca, para coger libros de Julio Verne o Conan Doyle es, desde el pasado jueves, flamante miembro de la Real Academia Española (RAE). El helenista Carlos García Gual (Palma, 1943), catedrático emérito de Filología Griega en la Universidad Complutense de Madrid, profesor durante medio siglo en institutos y universidades, es la nueva silla J de la institución, en la que sucede al dramaturgo Francisco Nieva. Durante la media hora larga de charla, recibe ocho llamadas a su teléfono fijo (“tengo un móvil en un cajón que solo lo saco cuando voy de viaje”, dice) , pero, educado, prefiere no interrumpir la entrevista. Rodeado de un caos ordenado de miles de libros por todas las habitaciones, su talante amable, opuesto al del erudito de ceja alta, le lleva a hablar con pasión de Homero, Tintín o Juego de Tronos.

Pregunta. En abril se presentó a la silla M de la Academia con Rosa Montero y ninguno de los dos la consiguió. ¿Pensó que podía repetirse el disgusto?

Respuesta. Esperaba salir elegido [su rival fue el escritor gallego Alfredo Conde], pero siempre hay dudas. Lo que me sorprendió es que volvieran a proponérmelo tan pronto después de lo que sucedió con Rosa Montero. Creo que había un cierto malestar en algunos académicos.

P. ¿Qué puede aportar un helenista a la RAE?

R. Aún no tengo una idea precisa, pero puedo opinar del léxico culto formado por helenismos. También de palabras nuevas que se forman con prefijos o sufijos griegos como ha ocurrido con turismofobia o las que surgen en el vocabulario científico y técnico.

P. ¿Por qué ha dedicado su vida al mundo griego?

R. Nací y viví de niño en Palma. Mi padre, militar, fue destinado a la costa catalana e hice el Bachillerato, en parte, en Figueras [Girona]. No hablo mallorquín ni catalán, pero los entiendo. Tengo simpatía por el mundo mediterráneo, por su paisaje, la gente… En las islas griegas me siento en un entorno familiar y eso que no sé griego moderno, pero sí el antiguo. Cuando voy allí me entiendo con la gente de los puertos, los taberneros, pescadores. En realidad, les dejo hablar y les doy unas palmaditas, es que los griegos hablan muy deprisa, pero nos entendemos. El griego moderno tiene mucho vocabulario culto del antiguo.

P. ¿Cómo ve un mallorquín que vivió en el Ampurdán lo que está ocurriendo en Cataluña?

R. Me disgusta y apena. Usar la lengua como barrera o como un trampolín para subirte y marcar distancias con otros… el separatismo es lamentable y mezquino.

P. Hace 20 años ya alertaba de la “honda crisis” de las Humanidades en la enseñanza.

R. La batalla de las Humanidades es una batalla perdida porque a los gobernantes no les interesa la formación cultural de la gente. Van a lo rentable, que la gente estudie para sacar un oficio, ganar dinero, producir y consumir. Que los ciudadanos sean más tontos o listos les da igual. Las Humanidades abren un horizonte mental. Lo de hoy es un retroceso en literatura, historia, en todo lo que tiene carácter universal.

P. ¿Cómo puede convencerse a los jóvenes de que leer a los clásicos no es un rollo?

Carlos Garcia Gual, durante la entrevista, en su casa de Madrid. ANDREA COMAS

R. No hay una receta clara, porque ha habido un cambio de costumbres y de mentalidad. Ahora están pendientes del móvil y leen menos. Aunque hay niños pequeños que tienen libros infantiles muy bonitos y les gusta la mitología por su carga fantástica. Eso habría que aprovecharlo pero es difícil combatir la tendencia. La Odisea se puede leer hoy como antes. Los clásicos no son difíciles, es más difícil leer La divina comedia.

P. ¿El mal llega también a las universidades?

R. Las que yo conocí eran más críticas, se leía más fuera de las clases. Hoy, los profesores son más mediocres, también los hay buenos, pero hay menos que destaquen. La universidad desilusiona porque, a veces, es un mundo de eruditos pesados que solo saben de lo suyo, se enredan. Hay que enseñar que aquel mundo tenía una fuerza dramática fantástica.

P. Entonces, ¿qué es un sabio? ¿Lo es usted?

R. No… yo soy un lector bastante omnívoro. Me ha interesado la literatura en general, he escrito de Epicuro pero también del rey Arturo. A mi padre le gustaba cazar y pescar y yo siempre lamento que no me enseñara. En cierto modo, yo soy cazador y pescador, pero en el mundo de los libros.

P. Su elección como académico ha coincidido con la reedición de su Diccionario de mitos, en el que ha incluido nuevos personajes.

R. A Tarzán, que hay que decir que es políticamente incorrecto porque supone la superioridad del hombre blanco, sobre todo si es inglés, en la selva frente a los negros. Pero fue un personaje que fascinó a generaciones. También he puesto a uno pasado de moda, Satanás, pero que ha sido muy importante en la literatura y la vida. Y a Don Quijote, que empieza y acaba en Cervantes y por eso lo mata, para que no haya continuación. Aunque ha habido relecturas, como la de los románticos, que les inspira melancolía. De otros mitos, como Don Juan, sí hubo varios autores. La propia palabra mito, que entró en el siglo XIX por los alemanes, ha tenido varios significados. Hay quien lo asocia a la mentira, como hicieron los marxistas. Yo lo uso como relato tradicional que se transmite y pasa a la imaginación colectiva.

P. ¿Cuáles son sus mitos favoritos?

R. Me atrae mucho Edipo, porque Sófocles hace de él un buscador de la verdad que se va entrampando y se destruye. Y Ulises porque algo de él está en todo viajero.

P. ¿Por qué fueron tan avanzados los griegos en construir ese mundo?

R. Tenían dos cosas, eran curiosos, les gustaba preguntarse por el mundo, y críticos. Crearon universos fantásticos y la filosofía, tal vez porque eran de ciudades pequeñas junto al mar. Los grandes imperios, como Egipto o los asirios, no cambiaban, pensaban siempre lo mismo. A los griegos les gustaban mucho los viajes y abrieron caminos en todos los sentidos. Su teatro sigue vivo, aunque un poco estropeado por los adaptadores, que a veces los desvirtúan por sus cambios en los textos.

P. Relatos modernos como La guerra de las galaxias o El señor de los anillos, ¿han copiado algo de los mitos griegos?

P. Más bien han tomado esquirlas, como si hubiesen cogido trozos de melodías, pero el mundo antiguo era más plástico en su dramatismo.

P. ¿Y Juego de tronos?

R. He visto algunos capítulos. Más bien tiene retazos de Shakespeare, pero es muy exagerado. Es un amontonamientos de violencias… estamos hechos de piel más gorda porque estamos acostumbrados a ver muertes en el cine. En esa serie, los malos son malísimos y las intrigas están trazadas con líneas muy gordas.

P. ¿Cuál es la gran amenaza al español?

R. La profusión de anglicismos, la invasión constante de palabras de la técnica o la comunicación que vienen del inglés, es imparable. Pero el castellano es un idioma de gran fuerza y belleza, tiene una gran literatura.

P. Lee la prensa en papel, ¿cómo escribimos los periodistas?

R. En la parte de la opinión se manejan las ideas con más viveza que en el mundo académico, pero estaría bien que los periodistas supieran más literatura.

 

2 diciembre 2017 at 11:09 am Deja un comentario

Carlos García Gual: Los clásicos nos hacen críticos

Las grandes obras nos ayudan a entender aspectos esenciales de la condición humana: su mensaje se reinterpreta con los años, abre nuevos horizontes y moldea a personas más críticas e imaginativas

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ELIOT ERWITT (MAGNUM / CONTACTO)

Fuente: CARLOS GARCÍA GUAL  |  EL PAÍS
21 de octubre de 2016

Como señala Alfonso Berardinelli, los libros que calificamos de “clásicos” no fueron escritos para ser estudiados y venerados, sino ante todo para ser leídos (Leer es un riesgo, traducción de S. Cobo; Círculo de Tiza; Madrid, 2016). El renovado y largo fervor de sus lectores ha dado prestigio a algunos libros que se mantienen vivos a lo largo de siglos. Acaso por eso hay quien cree que esos escritos de otros tiempos no son de fácil acceso, son inactuales y se han acartonado por la distancia y están mantenidos por una retórica académica. Contra tan vulgar prejuicio me parece excelente el consejo de Berardinelli: “Quien lea un clásico debería ser tan ingenuo y presuntuoso como para pensar que ese libro fue escrito precisamente para él, para que se decidiese a leerlo”. Sin más, cada clásico invita a un diálogo directo, porque sus palabras no se han embotado con el tiempo, y pueden resultar tan atractivos hoy como cuando se escribieron, para quien se arriesga a viajar sobre el tiempo con su lectura.

Leer un clásico no presenta mayor riesgo que la lectura de algo actual de cierto nivel literario. Es decir, exige una vivaz atención, y tal vez cierta lentitud, para llegar a captar con precisión lo que nos dice por encima de los ecos de su trasfondo de época. Más allá de las convenciones de estilo, lo que caracteriza a un libro clásico es el hecho de que pervive porque fue interesante y emotivo y capaz de sugerir apasionadas lecturas al lector de cualquier época. Classicus quería decir en su origen “con clase” o “de primera clase”, según los mandarines de la crítica; pero los grandes clásicos no requieren lectores muy selectos ni con título especial, sino inteligentes y despiertos, porque versan sobre aspectos esenciales de la condición humana. Un libro clásico es el que puede releerse una y otra vez y siempre parece inquietante y seductor porque nos conmueve y cuestiona, a veces en lo íntimo, y, como escribió Italo Calvino, “siempre tiene algo más que decir”. Por eso se ha salvado del gran enemigo de toda cultura: el abrumador olvido (hablo de los libros, pero vale lo mismo para los clásicos de la música o de otras artes).

Creo que hay dos tipos de clásicos: los universales (que mantienen su vivaz impacto incluso a través de sus traducciones) y los nacionales (aquellos cuyo prestigio va ligado a la frescura y belleza de su lengua original). Así, Cervantes, Shakespeare y Tolstói resultan del primer grupo; y Góngora y Ronsard, más bien del segundo. Es evidente que la lista canónica puede variar según épocas. Solo los clásicos más indiscutibles han sobrevivido a las varias fluctuaciones de la cotización crítica. Virgilio y Horacio permanecen, mientras que Estacio ha desaparecido desde fines de la Edad Media, y el fabulista Esopo, ya en el siglo XX. Los clásicos más antiguos de Occidente son los griegos, que ya los romanos leían como tales y modélicos.

Homero, Virgilio, Platón son mucho más cercanos de lo que se pudiera imaginar. Se han salvado del gran enemigo de toda cultura: el olvido

Y en su pervivencia los clásicos no viven momificados, sino que renuevan su mensaje. Porque la interpretación no está fijada, sino varía según las lecturas en una tradición que no sólo los conserva, sino que los reinterpreta. No leemos El Quijote como los lectores del XVII. La tradición literaria posterior puede modificar nuestra percepción de los temas y personajes descubriendo perspectivas diversas. Incluso cada lector puede matizar su reinterpretación. Después de leer a Kafka advertimos rasgos prekafkianos en autores antiguos. (Eso sucede también con los héroes míticos. La tradición renueva máscaras sobre figuras literarias; como sucede con Prometeo, Edipo, o Fausto y Don Juan, por ejemplo).

Por otra parte, también los logros de los estudios históricos nos hacen comprender mejor un texto, al descubrir nuevos aspectos de su contexto y su formación. Pensemos, por dar sólo un ejemplo destacado, en todo lo que sabemos hoy del mundo que evocan y el contexto en que surgieron los poemas homéricos, es decir, sobre la Ilíada y la Odisea. Ahora conocemos la época en que se forjaron esos cantares y el modo de componerlos mucho más que lo que sabían los eruditos de hace siglo y medio, y mucho más de lo que pensaban al respecto Platón y los filólogos de Alejandría. Nuestro conocimiento ha progresado gracias a tres audaces personajes: Heinrich Schliemann (que descubrió las ruinas de Troya), Milman Parry (que estudió la técnica de la épica oral arcaica) y Michael Ventris (que descifró el silabario micénico B). Ninguno de ellos era un académico ni un filólogo profesional, pero con sus estupendos logros abrieron un nuevo horizonte a nuestra mirada sobre lo homérico. Gracias a los nuevos datos arqueológicos conocemos mejor esa Edad Oscura que, en su nostalgia hacia un pasado más glorioso, dio un impulso decisivo a la épica con el canto y culto de los héroes micénicos.

Y, sin embargo, por encima de todos esos estudios, lo esencial respecto a la pervivencia de Homero sigue siendo la inigualable fuerza narrativa de su poesía. Lo que mantiene nuestra lealtad a la Ilíada y la Odisea como perennes clásicos no es su trasfondo histórico ni el manejo magistral de fórmulas y epítetos de larga tradición oral. Es la magnánima recreación con que un poeta recuenta los mitos heroicos a la vez que da a ese legado mítico una honda perspectiva trágica con figuras inolvidables. Es la sensibilidad del lector la que salva del olvido ese mundo de fascinantes héroes y fabulosos dioses, como hizo a lo largo de tantos siglos y tantas modas.

Hay evidentemente clásicos más fáciles de leer, es decir, textos en los que el lector entra fácil y queda pronto atrapado por su singular encanto, claro estilo y su fantasía o su emotividad. Por ejemplo, la Odisea, los poemas de Safo, Heródoto, El banquete de Platón o El asno de oro de Apuleyo, por citar sólo autores antiguos. Otros cuestan más, e incluso pueden producir cierto rechazo cuando están mal elegidos o forzados como lecturas obligatorias en edades inoportunas, arduos y difíciles de entender. Sin embargo, lo característico de los clásicos, bien elegidos y enfocados, es que su lectura deja siempre en la memoria un poso, una huella terca en nuestra imaginación, y aguzan nuestra mirada sobre aspectos importantes de la vida.

La escuela aún conserva su gran papel de difusión, pero de forma mutilada y desalentada

De todos modos hay que reconocer el gran papel que tradicionalmente la escuela asumía en la conservación y difusión de esos libros de largo prestigio. Aún lo conserva, pero de forma mutilada y desalentada. Que la escuela debe enseñar qué significan —para nosotros— los grandes libros, y estimular su lectura con entusiasmo para la formación del gusto y la crítica personal, no lo creen algunos pedagogos ni siquiera los políticos del ramo, poco ilustrados. Esas lecturas tropiezan con muchos obstáculos: planes de enseñanza que reducen la de la literatura a mínimos y profesores con escasa simpatía hacia textos de otras épocas. Muy bien lo analiza Marc Fumaroli en La educación de la libertad (Arcadia; Barcelona, 2007). Por otro lado, nuestros estudiantes, acaso con excepción de los más jóvenes, no frecuentan los libros de muchas páginas, atrapados por mensajes mínimos y raudos en diversas pantallas.

Los clásicos son inactuales: justamente eso es lo más valioso: hablan de cosas que están más allá del presente efímero, y abren otros horizontes y ofrecen ideas sobre el mundo que van mucho más allá de lo actual y cotidiano. Y nos hacen críticos, escépticos y más imaginativos.

Volviendo a algo ya apuntado. Leer a los clásicos debería acaso iniciarse en la escuela, pero es importante releerlos a lo largo de la vida, porque vuelvo a subrayar que siempre podemos entablar o proseguir el diálogo con ellos. Un curioso ejemplo es el de David Denby, que cuenta su personal experiencia en Los grandes libros (Acento; Madrid, 1997). Editor y escritor de éxito, decidió ensayar una curiosa experiencia: volver a los leer a fondo los clásicos. “En 1991, 30 años después de matricularme en la Universidad de Columbia, volví a las aulas, me senté entre los estudiantes de 18 años y leí los mismo libros que ellos. Juntos leímos a Homero, Platón, Sófocles, Kant, Hegel, Marx y Virginia Woolf. Aquellos libros…”. Me parece un ejemplo digno de imitarse: una aventura de escaso gasto que vale la pena ensayar. No es fácil: en ninguna universidad española hay cursos sobre los libros de esa lista. Pero cada uno puede intentarlo. Los clásicos siguen ahí, aún nos hablan y son de trato amable.

Carlos García Gual es catedrático de Filología Griega en la Complutense. Sus últimos libros son Historia mínima de la mitología, Sirenas: seducciones y metamorfosis y El zorro y el cuervo.

 

23 octubre 2016 at 9:00 am Deja un comentario

Volver a la lengua de San Agustín

El joven filólogo clásico Raúl Navarro recupera la tradición de hacer la defensa de la tesina en latín, algo que no ocurría en la Universidad de Sevilla desde tiempos de Arias Montano

Fuente: Mercedes Mendoza  |  Diario de Sevilla
18 de julio de 2016

'San Agustín en su gabinete', un fresco de Botticelli ubicado en la iglesia Ognissanti de Florencia.

‘San Agustín en su gabinete’, un fresco de Botticelli ubicado en la iglesia Ognissanti de Florencia.

No hace tanto tiempo atrás, el latín era la lengua vehicular para la transmisión de todo conocimiento, ya se tratase de astronomía, medicina, teología o filosofía. El Principia Mathematica, como se abrevia comúnmente la obra cumbre de Isaac Newton en la que el sir británico recoge sus descubrimientos de cálculo y mecánica, no fue escrito en la misma lengua que compartía con el maestro de las letras inglesas, William Shakespeare, sino de maestros mucho anteriores como Petrarca o Virgilio. Y tampoco es que el humanista italiano, el poeta romano y el descubridor de la gravedad hablasen -o utilizasen- exactamente la misma lengua, pues al igual que no convivían en el mismo siglo, tampoco compartían modos de expresión que van inevitablemente ligados al devenir de los tiempos y hacían del latín, como hacen ahora de cualquier idioma al uso, una lengua viva sujeta constantemente al cambio y la evolución. Curioso es el empleo de ese concepto, lengua viva, que guarda en su antónimo una condena al ostracismo de la obsolescencia. Un destierro al que algunos, cegados por un pragmatismo economicista, han querido sentenciar al latín -y con él a buena parte de las humanidades- alegando ser disciplinas de dudosa utilidad en una época marcada por la imparable renovación tecnológica y la insistente rentabilidad económica.

Raul Navarro.jpgSin olvidar lo poco halagüeño del contexto, pero sin caer tampoco en el catastrofismo, hay quienes con su trabajo demuestran que sobre las lenguas clásicas no todo está dicho, sino que todavía queda mucho por investigar. Uno de ellos es Raúl Navarro, un joven filólogo clásico que se embarcó en el estudio y traducción de unos manuscritos encontrados en una biblioteca de Toledo, en cuyas páginas se escondía la célebre obra de San Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, en la que el doctor de la Iglesia hace una apología del cristianismo frente al paganismo, convirtiéndose así en una de las piezas claves de la teología cristiana. «En filología tratamos de reconstruir los manuscritos tal y como serían originalmente», explica Navarro sobre la ingente labor que le ha llevado el estudio, comparación y traducción de esta obra y que ha presentado en forma de Trabajo de Fin de Máster -algo similar a lo que antes era denominado tesina- y con el que espera poder acceder a los estudios de doctorado en la Universidad de Sevilla, en la que ya ha pasado tanto por el grado como por el máster. «Los textos clásicos se han transmitido fragmentariamente, llenos de lagunas e incorrecciones, porque dependen de las copias que se han ido haciendo a lo largo de los siglos. Los buenos copistas eran aquellos que no se cuestionaban el texto, pero rara vez ocurría eso, pues la mayoría acababan poniendo de su propia cosecha», aclara el estudiante, quien confiesa que no hubo ningún tipo de «epifanía» a la hora de elegir el tema de investigación, sino más bien un encuentro fortuito a través de su tutora, Ana Pérez Vega, quien tenía los manuscritos y se los propuso como posible tema sobre el que investigar. Tras aceptarlo y pasar todo un curso inmerso en ellos, el pasado 8 de julio llegó el día de presentar ante el tribunal el resultado del trabajo de todo un año. Pero en lugar de utilizar el español como lengua para la exposición, Navarro quiso reivindicar la oralidad del latín y pronunció todo su discurso en aquella lengua sobre la que versaba su propia investigación. «Este tema es tan mediocre como podría serlo cualquier otro. Mi único mérito ha sido renovar una antigua tradición que consistía en hacer la defensa en latín», señala el estudiante, quien a su vez asegura que era algo que no ocurría en la Hispalense desde el siglo XVI, en época de Arias Montano. Sin embargo, también afirma que esta vuelta a la tradición del latín hablado es una «tendencia al alza de la filología clásica, que ya se está dando en muchas zonas de Europa, sobre todo en Alemania, Italia y, por supuesto, en España».

Como era de esperar, esta hazaña le ha valido la máxima nota que el tribunal podía otorgarle y con ello Navarro espera hacer méritos para el doctorado. Pero por encima de todo, esta recuperación del latín como una lengua viva, es su manera de volver a una tradición en la que el filólogo clásico no vivía «pegado a un diccionario», pues de la manera en la que está planteada su carrera, critica, se trata más de «traducir que de producir directamente en latín, algo que proviene de la corriente positivista alemana del XIX, que redujo la lengua a sintaxis», pero que Navarro espera pueda revertirse para poder ejercer su profesión tal y como sus maestros latinos la desarrollaron.

 

23 julio 2016 at 9:12 am Deja un comentario

Manuscritos griegos al descubierto

La Universidad de Salamanca da a conocer su fondo, el tercero más importante de España. Una obra de la investigadora Teresa Martínez Manzano muestra el gran valor de la colección que guarda la biblioteca de la Usal

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Eduardo Azofra, Juan Manuel Corchado, Margarita Becedas, Teresa Martínez y José Antonio Pascual. / Almeida

Fuente: El Norte de Castilla  |  09/04/2016

La Universidad de Salamanca dio a conocer ayer el tercer fondo de manuscritos griegos más importante de España, el que se encuentra ubicado en la Biblioteca General Histórica de la Usal, y que solo es superado por los de la Biblioteca del Monasterio de El Escorial y el de la Biblioteca Nacional.

Dicha revelación se produjo gracias a la presentación de la obra ‘Historia del fondo manuscrito griego de la Universidad de Salamanca’, de la investigadora Teresa Martínez Manzano, que pretende paliar la ausencia de un catálogo sistemático y moderno y de una descripción de la génesis de toda la colección que significó el desconocimiento generalizado de estos códices, 91 en total.

Además de estudiar el modo en que se formó esta colección de códices griegos y el papel que en esa génesis desempeñaron los helenistas españoles Núñez de Guzmán, Francisco de Mendoza y Diego de Covarrubias, el trabajo indaga en la historia de los manuscritos antes de su llegada a Salamanca. Para ello se utilizaron herramientas propias de la Filología, como son la paleografía, la codicología o la crítica textual. Estas herramientas permitieron ubicarlos en unas coordenadas histórico-temporales mucho más precisas de las fijadas hasta ahora.

Estos manuscritos abarcan desde los siglos XI al XVI, y fueron producidos en ambientes culturales tan diversos como la Bizancio medieval, la Italia humanista y la España de los Austrias. Entre otras novedades, destaca cómo el origen del fondo manuscrito griego, donado por Hernán Núñez de Guzmán, el Pinciano, catedrático de griego de la Universidad, procede de la biblioteca de Lianoro Lianori, un reputado humanista de la Italia del siglo XV. También se especifica cómo la Universidad encargó a Nicolás de la Torre, un calígrafo experto, la copia de determinados obras ante la imposibilidad de imprimir esos inéditos.

Asimismo, se da a conocer cuál es el manuscrito más antiguo de la Universidad de Salamanca. Se trata del ms. Griego 2738, que contiene las homilías 45-90 de San Juan Crisóstomo sobre el Evangelio de San Mateo, y que fue copiado en el monasterio de Ivrion en el Monte Atos, entre los años 972 y 979.

La obra aborda, en definitiva, no solo la historia del fondo manuscrito griego de la Universidad de Salamanca, sino también los comienzos del helenismo en España y sus principales artífices, con historias entrecruzadas de colecciones privadas o préstamos. Todo esto supuso que se le conceda el Premio de Bibliografía de la Biblioteca Nacional de España.

El director de Ediciones Universidad de Salamanca, Eduardo Azofra, destacó durante la presentación de esta publicación la calidad intrínseca de la obra y el compromiso de la editorial por visibilizar tanto los parámetros de calidad como los nuevos criterios contemplados por la ANECA para la obtención del sello de calidad de editoriales académicas.

Por su parte, el vicerrector de Investigación y Transferencia de la Usal, Juan Manuel Corchado, insistió en la importancia que tiene Ediciones Universidad de Salamanca a la hora de proyectar y promocionar lo que se hace dentro de esta institución. Esta editorial, según sus propias palabras, es “un servicio que apuesta cada vez más por una mejor visibilidad e internacionalización, modificando sus flujos de trabajo y sus intereses, para adaptarse a la sociedad del conocimiento y a los retos que nos plantea la gestión de datos en un mundo global, digital, en continua transformación”.

La autora

Teresa Martínez Manzano nació en Madrid en 1967 y es doctora en Filología Clásica por la Universidad de Hamburgo. Desde el año 2000, es profesora titular de Filología Griega de la Universidad de Salamanca. Sus principales líneas de investigación se centran en el estudio del humanismo griego en Italia y en España, la bizantinística y la transmisión de los textos y los manuscritos griegos conservados en bibliotecas españolas.

9 abril 2016 at 11:56 pm 1 comentario

“Muchos de la profesión docente nos afanamos en ser sembradores”

Entrevista a Francisco Antonio García Romero, filólogo, académico, miembro del CEHJ, investigador y colaborador del Diario de Jerez.

García Romero

En la fotografía, de izquierda a derecha: José Manuel Anelo –gerente de Bodegas Álvaro Domecq‐, Francisco Antonio García Romero y Marco A. Velo, coordinador de la programación cultural Cultusema.

Fuente: Marco A. Velo  |  Mira Jerez      24/08/2015

“Quien conozca la cultura clásica no puede dejar de reír como Demócrito (por no llorar como Heráclito) de nuestras actuales tonterías”

El destacado filólogo, académico, miembro del CEHJ, investigador y colaborador de Diario de Jerez, Francisco Antonio García Romero protagoniza una nueva sesión del ciclo ‘Diálogos en Bodegas Álvaro Domecq’ incluido en la programación cultural Cultusema “Muchos de la profesión docente, y yo desde luego, nos afanamos en ser sembradores. Los años de docencia, ya treinta y uno, me dicen que a menudo no importa tanto la calidad de la tierra como la pericia del sembrador. Lo que pasa es que las ventoleras modernas dificultan sobremanera la siembra. Hoy se tiene mucha prisa (la del homo “zappiens”, el que hace zapping continuamente) para ejercicios tan serenos y profundos como la lectura y la reflexión”.

“En el caso concreto de nuestro vetusto y riquísimo idioma, no debemos permitir que se degrade por mera dejadez o pereza un sistema complejo que siglo a siglo han venido elaborando nuestros antepasados en el suelo patrio y en las otras tierras que acogieron, de una u otra forma, esta herencia. Esa degradación paulatina era lo que sacaba de sus casillas a don Fernando Lázaro Carreter”.

“Casi todo (y no sé si sobra el “casi”) lo fundamentalmente importante ya lo hicieron ellos, los clásicos: hablaron como nadie, escribieron como nadie, meditaron como nadie, organizaron como nadie, construyeron como nadie, sintieron como nadie…”

“Ars longa, vita brevis, decía Hipócrates refiriéndose a la medicina. Aquí, en Bodegas Álvaro Domecq, entre soleras y criaderas, percibimos historia y arte: las viejas entrañas de nuestro pueblo (desde aquel vinum ceretanum de Marcial y Columela), las de vendimiadores, vinateros, toneleros, arrumbadores, vidrieros, escribientes, impresores…”

Dialogar con el preclaro filólogo Francisco Antonio García Romero comporta una suerte de libertador sosiego personal acaso a veces demasiado adormecido o adormilado en nuestro fuero interno. Las reflexiones de García Romero –que brotan al hilo del pensamiento‐ nos remiten en un amén a cuanto Ortega y Gasset escribiera en el extenso artículo –con asomos ensayísticos‐ ‘Ética de los griegos’, a su vez incluido en la obra ‐compilación de colaboraciones periodísticas del eminente filósofo‐ ‘Espíritu de la letra’: “¡A tu lado se siente uno bueno, porque cae en la cuenta de que no sabe uno nada y habla de lo divino y lo humano, con irrisoria petulancia, en los folletones de los rotativos! Pero tú lo ves claro: más que petulancia es la alegría de ejercitar la operación intelectual –la alegría del músculo sano cuando camina elástico por el caminito largo, entre fondas‐. Tú adviertes que todas mis negras líneas de prosa llevan una filigrana parecida a aquellas palabras usadas por Lotze al fin de su ‘Metafísica’: “Dios sabe de esto mucho más”.

Docente por vocación y por convicción, investigador incansable, Académico de Número de la Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras y también miembro de Número del Centro de Estudios Históricos Jerezanos –con amplia experiencia dirigente en ambas instituciones culturales‐, humanista y humanitario, colaborador de Diario de Jerez, investigador de larga y fecunda trayectoria, autor de una considerable ristra de libros en el mercado editorial, hombre de veras familiar, sereno y muy dado al fino sentido del humor, cofrade y jerezano de pura cepa, Francisco Antonio –cuyo aspecto físico mantiene una terca y nunca a contrarreloj impecable conservación juvenil (herencia a no dudarlo genética)‐ es un intelectual en la clásica cimentación del término.

¿Un posmoderno grecolatino del siglo XXI? Juzguen ustedes mismos a partir de los plurales diagnósticos que emanan y dimanan, fluvialmente, de sus respuestas…

Unamuno nos dejó dicho que “sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe… Sólo la cultura da libertad… No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento: la libertad que hay que dar al pueblo es la cultura”. ¿Piensa usted que las nuevas generaciones no terminan de asociar, de digerir, de somatizar la configuración ‐el logro‐ de una personalidad enteramente libre desde el pódium de la cultura, del estudio, de la formación permanente, de la lectura como modus vivendi?

Unamuno era colega de Clásicas, como sabes, y en esto desde luego, como en tantas cosas (a pesar de sus dudas en otros terrenos), lo tuvo claro. Cultura es “cultivo” en latín, es el eje en torno al cual gira todo: aunque parezca mentira, “polo” tiene su misma raíz indoeuropea (*kwel‐ / *kwol‐) y también “ciclón”; y es que la cultura lo revuelve todo (“revolver, mover alrededor” es el sentido primario de dicha raíz).

Muchos de la profesión docente, y yo desde luego, nos afanamos en ser sembradores.

Los años de docencia, ya treinta y uno, me dicen que a menudo no importa tanto la calidad de la tierra como la pericia del sembrador. Lo que pasa es que las ventoleras modernas dificultan sobremanera la siembra. Hoy se tiene mucha prisa (la del homo “zappiens”, el que hace zapping continuamente) para ejercicios tan serenos y profundos como la lectura y la reflexión.

Valle‐Inclán, en su arrolladora –por luminosa‐ obra ʹLa lámpara maravillosa. Ejercicios espiritualesʹ escribió lo siguiente: ʺCuando mires tu imagen en el espejo mágico, evoca tu sombra de niño. Quien sabe del pasado, sabe del porvenirʺ. Esta conclusión ‐de aparente yuxtaposición de instantes‐ puede extrapolarse, Francisco Antonio, al concepto mismo de Historia, de la Historia. Como consumado investigador también de Historia, ¿qué importancia concede ‐para afrontar el futuro‐ el conocimiento ‐exhaustivo, contrastado‐ del pasado?

Ya decía el gran Rilke (el que en su Epistolario español menospreció a Sevilla, pero siempre amó a Ronda), que la patria del hombre es la infancia. Yo, un consumado curioso ignorante, siempre he tenido como norma la definición de Tucídides: la historia es ktêma es aieí (I 22), “una adquisición, un tesoro, una posesión para siempre”. Luego Goethe insistió en que hay que llevar tres mil años de “contabilidad” para no vivir a oscuras. Y Ortega ponía la imagen de Lagartijo, “retrogradando” para tirarse a matar: dar un paso atrás para lanzarse adelante. En fin, el ser humano debe conocer su infancia, aunque esta “niñez” con frecuencia y en muchos aspectos haya sido más madura, más consciente y, paradójicamente, más moderna que nuestros tecnológicos siglos.

¿Por qué solemos recurrir a manidos personajes de medio copete relacionados con la cultura menor ‐la mayor de las veces escrita con letras minúsculas‐ y sin embargo mediatizados (a menudo post mortem) por corrientes más asidas al marketing de masas que al valor cualitativo de la obra legada y, por el contrario, apenas se valorizan, se parafrasean, se rescatan pensadores como Sócrates, Homero, Cleóbulo de Lindos, Hesíodo, Píndaro, Quilón de Esparta…?

“Clásico ‘eh’ lo que no se ‘pue’ ‘hasé mejón’ ”, sentenciaba Rafael el Gallo. Yo también creo, como pensaba Schiller, que con mucha frecuencia los clásicos, y los griegos en concreto, nos apabullan, nos abochornan con esa simplicidad y esa modernidad, insisto, que demuestran en sus obras de cualquier tipo. Son nuestros modelos y, en no poca medida, nos sentimos acomplejados y nos condicionan, así que intentamos sobrevalorar nuestros torpes méritos. Casi todo (y no sé si sobra el “casi”) lo fundamentalmente importante ya lo hicieron ellos: hablaron como nadie, escribieron como nadie, meditaron como nadie, organizaron como nadie, construyeron como nadie, sintieron como nadie… Quien conozca la cultura clásica no puede dejar de reír como Demócrito (por no llorar como Heráclito) de nuestras actuales tonterías, como ya hizo Erasmo en su Elogio de la estupidez (Stultitiae laus). Y es que para colmo: “Los griegos no son nuestros clásicos (…); más bien somos nosotros los griegos”, afirmaba Zubiri (en Naturaleza, Historia, Dios). Y continuaba así: “Grecia” —o “la cultura grecolatina”, diría yo—“constituye un elemento formal de las posibilidades de lo que somos hoy”.

¿Qué podemos destacar de un memorable (e inmortal) defensor de la cultura clásica ‐desde la pulcritud del castellano correcto‐ como Fernando Lázaro Carreter?

Hace años, tras fallecer el maestro Lázaro (de quien conservo una carta de puño y letra), escribí un articulito que me permitirás, amigo Marco, que aproveche aquí. Epicuro, escribía yo entonces, creía que los dioses hablaban en griego y es conocido aquel dicho atribuido, aunque sin mucho fundamento a Carlos V: el emperador usaba la lengua italiana con las damas, la francesa con los hombres, la alemana ¡con su caballo! y la castellana la dejaba para hablar con Dios. O griego o español, no importa. Lo que sí importa, y ya en el caso concreto de nuestro vetusto y riquísimo idioma, es no permitir que se degrade por mera dejadez o pereza un sistema complejo que siglo a siglo han venido elaborando nuestros antepasados en el suelo patrio y en las otras tierras que acogieron, de una u otra forma, esta herencia. Esa degradación paulatina era lo que sacaba de sus casillas a don Fernando Lázaro Carreter. Los auténticos sabios siempre aúnan la humildad del genio y el inteligente humor. Escucharlos o leerlos siempre es un bálsamo muy resolutivo contra la vanidad. Si queremos pasar un buen rato, apaguemos la televisión y leamos por ejemplo algunos de sus imponentes, magistrales artículos de El dardo en la palabra: por ejemplo, el titulado “Instrucciones en español” o aquellos otros, muchos, en los que ridiculiza la intemperancia o la sandez de las crónicas deportivas (“Épica y deporte”, “Desmesuras deportivas”, etc.), o la extrema y peligrosa hambruna mental de jóvenes y no tan jóvenes, denunciada por el uso impenitente y extemporáneo de un recurso tan sano, cuando bien empleado, como es el “taco”. Además, don Fernando muy pronto anunció que la gloriosa reforma educativa de la LOGSE nos mandaba a la cuneta y se quejó sin descanso, pero a oídos sordos, de aquella proclamación del “derecho a ser mal enseñados, mal o nada examinados y en modo alguno exigidos” (“Brindis triste”).

Aquella Babel, en las escientes palabras de don Fernando…

En efecto. El castigo de la bíblica Babel, bromeaba razonadamente Lázaro, “consistió en que si alguien, pongamos el capataz de la célebre Torre, ordenaba a un peón que puliese un pedrusco, el pobre esclavo se quitaba una sandalia; y si este pedía el botijo al vecino de andamio, recibía una soga de esparto. Tal teoría expone bien el porqué del derrumbe de aquella famosa máquina: el cielo pudo haberla destruido de un hálito, pero prefirió que mediara el lenguaje” (“Babel”). No hay nada más útil que hablar bien y mostrarse inflexible ante el “supermoderno” guirigay que se nos impone. Algo así, aunque en otro sentido, defendía el fabulista latino Fedro. Yo, al menos, intento hacerle caso y procuro no olvidar que “casi todo puede decirse, como mínimo, de otra manera que tal vez sea mejor, más clara, más rotunda, más irónica, menos enrevesada, más ajustada al asunto”. Y si no me bastaran sus palabras, mi propia experiencia o, más bien, mi propia ineptitud como escritor me convencería de esta inconcusa verdad. Sí, yo quisiera escribir como él y no “con brocha gorda”, pero “lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible”, patochada atribuida al Guerra, pero que ya apuntó un loco personaje del Buscón quevedesco (léase “Rumorología”). En fin, que “Dios ayude” (es lo que significa “Lázaro” en hebreo) al idioma español, porque sus hablantes nos quedamos hace años sin el escudo más firme y sin el dardo más agudo para defenderlo.

¿Qué reporta la Filología Clásica a los alumnos, a los docentes, que se sumergen en su estudio (permanente) allende las modas y los modismos de cualquier época?

Pues también sobre esto he llegado a algunas conclusiones que presumo suficientemente firmes. Son fruto de mi humilde experiencia y de la ayuda de no pocas y valiosas lecturas, entre las que destacaré las riquísimas líneas que al tema han dedicado Italo Calvino y los profesores García Gual y Javier del Hoyo, de cuyas sesudas apreciaciones aquí beberé. Por lo pronto, estoy seguro de que las lenguas clásicas aportan lo que debería aportar el bachillerato. Un matemático afirmaba que de sus alumnos bachilleres no quería que supieran más matemáticas sino solo que fueran aptos para “pensar mejor”, que no tuvieran más conocimientos sino únicamente las cabezas “bien organizadas”. Y eso lo consigue la cultura clásica y el estudio del griego clásico y del latín, porque nos proporcionan una capacidad real de estructurar el pensamiento; una visión más global de los problemas que la que dan los estudios técnicos; el interés por lo humanístico y la lucha, por tanto, contra la deshumanización actual; el desarrollo del juicio crítico; un muy notable aumento del vocabulario y de la propiedad en la expresión; una mayor facilidad para aprender otras lenguas, además de las románicas; y, en resumen, un buen conocimiento de los orígenes y raíces de nuestra lengua, cultura y costumbres, o sea, de nosotros mismos, de lo que hemos sido, lo que somos y seremos. Espero no olvidarme de nada. Además, aparte del docere está el delectare, en palabras de Horacio, y de deleite literario las clásicas lo tienen todo.

También los clásicos, la generación del 98, los miembros del novecentismo e incluso los poetas del grupo del 36 establecieron ciertos paralelismos, ciertas urdimbres, entre la cultura del pensamiento y la práctica del deporte. Usted es un fiel exponente de ambos cultivos. ¿Qué retroalimentación o qué relación (de salubridad mental) establecen sendas prácticas?

Desde los griegos a la Institución Libre de Enseñanza (por no irnos al Oriente) el deporte y el ejercicio físico han sido básicos en la formación de los jóvenes (también la música, como la literatura). También por mí mismo he podido comprobarlo desde mi juventud y, como sabes, continúo ligado al mundo deportivo (fundamentalmente al insuperable invento de un canadiense, profesor por supuesto, llamado James Naismith: el baloncesto). El buen deportista es ejemplo de educación, de superación, de integridad, de amistad, de entrega. En el mito se hace deporte, los héroes homéricos lo practican con ardor, en Grecia fueron una institución… Por otra parte, siempre me ha llamado la atención el que los primeros cristianos entendieran determinadas metáforas deportivas y las usaran con frecuencia. Por ejemplo, en la Segunda carta a Timoteo (2 Tim 4, 7) Pablo (o quien fuera su autor) describe su actividad de la siguiente manera: “He competido noblemente, he llegado a la meta de mi carrera, he mantenido la fe”. Y, luego, los primeros Padres de la Iglesia, para referirse a su tarea como cristianos o al martirio, emplean términos como “atleta”, “campeón”, “gimnasio del alma” o “palestra de virtudes” (“atletas” son los monjes cartujos en la célebre oración de San Bruno: “Aquí concede Dios a sus atletas, por los esfuerzos del combate, la ansiada recompensa…”).

Mens sana…

Así es. También pronunciamos, a manera de máxima, aquello que aludes de las Sátiras de Juvenal, Mens sana in corpore sano (Sátiras X 356), aunque en su sentido primario estaba lejos de significar lo que nosotros queremos entender, pues el satírico romano solamente pretendía pedirle a los dioses la salud de alma y de cuerpo, no una forma física envidiable. Y abundando en la cuestión, en el propio lenguaje baloncestístico, he querido descubrir (y que se perdone la boutade) un uso latino. Los que practicamos el baloncesto sabemos lo que, en pleno juego, quiere decir “¡botó!”: el jugador contrincante que estaba botando el balón lo ha cogido y no puede volver a botarlo, y es entonces el momento de presionar para cortar o impedir el pase. O sea, con “¡botó!” queremos decir precisamente que ya no bota. ¡Qué curioso!

Pero cuál no es nuestra sorpresa cuando comprobamos que la sintaxis latina, sin recurrir a otras, nos da la solución. Es lo que se llama “perfecto de estado alcanzado negativo”, valor que en determinados contextos sigue teniendo nuestro pretérito indefinido (el actual pretérito perfecto simple). Es el mismo valor de la lacónica respuesta de Cicerón al salir de la cárcel Tuliana, tras asistir a la ejecución de los secuaces de Catilina: Vixerunt (o Vixere; gr. Ézēsan, según Plutarco, Cicerón 22), “Vivieron”, o sea “ya no viven”, están muertos y bien muertos. ¡Que hay que ver los intríngulis lingüísticos en que nos metemos los jugadores de baloncesto!

Usted es Académico de Número de la Real Academia de San Dionisio de Ciencias Artes y Letras y Miembro de Número del CEHJ ‐con experiencia dirigente además en sendas prestigiosas instituciones‐. ¿Qué papel han de desempeñar a día de hoy ‐en una sociedad tan desestructurada como la nuestra donde la cultura además parece que se considera como la hermana menor de todas las prelaciones‐ instituciones culturales como las mencionadas?

Desde las instituciones que has mencionado nuestro grupo se empeña, obstinadamente diríamos, en ofrecer a los ciudadanos interesados los temas más variopintos y los encuentros más fructíferos que puedan satisfacer sus ansias culturales. Citaré el curso anual de historia que desarrolla el CEHJ; las jornadas que dedicamos a personajes (a Hipólito Sancho o Manuel Esteve) o temas de la historia de nuestra ciudad y nuestra comarca; el ciclo “Jerez siempre” de la Academia, las conferencias semanales en la sede académica… Y por supuesto ofrecemos nuestra continua disposición a colaborar con otras asociaciones culturales jerezanas: el Ateneo, los Amigos del Archivo, la Biblioteca y el Museo Arqueológico municipales, la propia Delegación de Cultura del ayuntamiento, las hermandades, etc. De una cosa estoy seguro: la unión, también en el mundo cultural, hace la fuerza y, aun respetando los fines específicos de cada institución, “hemos nacido para colaborar”, pròs synergían, como aseguraba el emperador filósofo, Marco Aurelio.

Al margen de su labor como docente, usted también propaga la cultura desde el altavoz o la azotea del papel prensa. ¿Considera que los medios de comunicación ejercen o deben ejercer de meridianos catalizadores del conocimiento destinado a un mayor segmento de público?

Durante muchos años hemos colaborado con los diarios locales, incluso con secciones fijas semanales, con notable aceptación por los lectores, lo que, aparte de llenarnos de alegría y sano orgullo, nos convence de que esta manera de llegar al público es importante, amena y muy productiva. Desde ahí se puede llegar a objetivos, digamos, más altos y a participaciones más inmersas en el tejido social. Es imprescindible que la Cultura (con mayúsculas) forme parte del propio día a día de cualquier ciudad que se precie y todos los medios son pocos para este fin.

¿Qué próximos proyectos trae entre manos?

Aparte de las actividades culturales a las que me he referido tenemos algún que otro trabajillo en preparación o en prensa. Con Eugenio Vega (mi inseparable compañero, por no llamarlo “estrella polar” de mi singladura cultural) y con Antonio Ruiz Castellanos (de la Universidad de Cádiz) colaboro en un libro, Inscripciones latinas de Jerez de la Frontera. Epigrafía y contexto, que seguramente vea la luz el próximo año. Y está en prensa, en una editorial madrileña, para igualmente salir también en el 2016, una traducción y comentario de la obra griega Historia eclesiástica de Sócrates Escolástico (con los hechos desde el emperador Constantino a Teodosio II), un proyecto para el que modestamente he coordinado a un equipo de profesores (algunos de ellos también de la UCA).

¿Qué opinión le merece las instalaciones de las Bodegas Álvaro Domecq?

Ars longa, vita brevis, decía Hipócrates refiriéndose a la medicina. Aquí, entre soleras y criaderas, percibimos historia y arte: las viejas entrañas de nuestro pueblo (desde aquel vinum ceretanum de Marcial y Columela), las de vendimiadores, vinateros, toneleros, arrumbadores, vidrieros, escribientes, impresores… De todo hay en nuestras familias jerezanas, de todo lo que ha rodeado y sigue rodeando al mundo del vino. Y debe ser un orgullo, como en efecto lo es, para estas históricas bodegas el mantenimiento de un legado cultural tan profundo y auténtico. El vino es cultura. Ya lo era, lo aseguraba el geógrafo Estrabón, para los antiguos turdetanos, nuestros antepasados. In vino, veritas, según el refrán que Erasmo recogió a partir del acervo clásico.

¿Qué desea añadir?

Simplemente me gustaría agradecerte tu imperecedero afán cultural, en tantos y tan variados campos, las facilidades y apoyo que siempre nos ofreces, tu incondicional respaldo a nuestras actividades. Somos amigos y, por tanto, sabes que lo digo de corazón. Desde luego tú sí puedes grabar en la meridiana de tu reloj aquello de Amicis quaelibet hora, “Para los amigos cualquier hora es buena”.

24 agosto 2015 at 12:53 pm Deja un comentario

Carlos García Gual: «Vivir sólo en el presente es vivir en una prisión intelectual»

El filólogo, Premio Nacional de Traducción, interviene en los diálogos de la Fundación Juan March

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Carlos García Gual

Fuente: ALBERTO GORDO  |  EL CULTURAL      01/04/2015

Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) declara que a lo largo de su vida ha escrito sobre todo libros manejables para los lectores. «Yo soy un autor de prólogos y de libros de bolsillo», dice, y esboza una sonrisa. Pero la realidad es bien distinta. Dos veces premio nacional de Traducción (en 1978 por su versión de Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, de Pseudo Calístenes; en 2002 por el conjunto de su obra), catedrático de Filología Griega, investigador y estudioso en amplísimos terrenos, artífice de la legendaria Biblioteca Clásica de Gredos, García Gual estuvo hace unos días en la Fundación Juan March para repasar, en compañía de Javier Gomá, su trayectoria intelectual. Su infancia en Palma, la formación primera en la biblioteca de su abuelo, Barcelona y Madrid y aquella vieja Facultad de Letras a la que ha estado vinculado durante toda su vida profesional. Antes del acto el profesor se sentó a hablar con El Cultural.

Pregunta.- ¿Cómo ve alguien que ha dedicado su carrera a la docencia de los saberes clásicos el arrinconamiento de las Humanidades en la universidad española?
Respuesta.- Con pesimismo. Veo que el horizonte es oscuro en un doble sentido. Por un lado, hay un desprestigio general de las Humanidades por culpa de una sociedad cada vez más pragmática que busca el bienestar económico y nada más. Y por otro lado, hay un problema dentro de la propia universidad, un problema de falta de fondos; cada vez hay menos profesores, una mayor penuria para comprar libros, para acondicionar despachos…

P.- Está la sociedad, pero los políticos son los primeros que desprecian las humanidades. Es rarísimo que alguno las nombre en sus discursos.
R.- Es cierto. Y cuando hablan de cultura es siempre desde el plano económico, como en el caso del IVA cultural. Pero de la orientación cultural, de hacia dónde vamos culturalmente ninguno habla. Creo que existe una crisis que opera en diversos frentes. Se habla mucho de la crisis que afecta a las editoriales, que venden menos libros por culpa de la piratería de los contenidos, pero esa crisis tiene su origen, creo, en algo tan simple como que la gente lee mucho menos. Aunque es verdad que en España se leen bastantes libros en comparación con otros países, la gente lee novelas y cosas bastante ligeras. Ensayos o libros de más nivel cultural se leen muy poco, por no decir nada.

P.- Usted ha dado clase toda su vida en Filología. ¿También los alumnos leen menos?
R.- Leen muy poco. Gastan su tiempo atendiendo diversas pantallas y creen además que toda la sabiduría del mundo está en Google. Yo daba por supuesto que los alumnos de segundo o tercer curso de Clásicas, que es cuando llegan a mi asignatura, habían leído una serie de libros básicos, y no es así. A mí se me han quejado alumnos que decían que no tenía derecho a mandarles leer la Ilíada porque era muy gorda.

P.- Es llamativo porque estudiar clásicas hoy, tal y como está el mercado, solo puede ser vocacional.
R.- En realidad lo fue siempre, pero hoy es una vocación más peligrosa todavía. Los de mi generación al menos encontrábamos un puesto de trabajo al salir de la universidad. La enseñanza media tenía sus profesores de griego, de latín. Ahora esto ya no es así en la enseñanza pública y mucho menos en los colegios concertados, donde se consideran gravosas ese tipo de asignaturas.

P.- Cree, entonces, que el problema del nivel de los alumnos ha de atajarse desde los planes de enseñanza primaria y media.
R.- Creo que sí. A mí me da pena el descenso de la secundaria. Yo fui profesor de secundaria durante cuatro años en el Instituto Beatriz Galindo y era un instituto estupendo. Tengo amigos que siguen dando clase a esos niveles y están muy dolidos, incluso por hechos de disciplina que antes no se daban. Es verdad que ha aumentado mucho el alumnado, pero el nivel ha bajado tanto que no creo que pueda explicarse por esta razón. Y ya en la universidad yo echo de menos lo que en mi época se llamaban cursos comunes. Creo que la especialización empieza muy pronto y cuando eso se hace sobre una base cultural inexistente es peligrosísimo.

P.- Convénzame, como si fuera un adolescente indeciso, de que son importantes las humanidades, de que debo estudiar y conocer la cultura clásica.
R.- Pues mire: ahora hay la creencia de que basta con saber manejarse en el presente. Pero hay que conocer bien el pasado para entender qué es la vida. Quien vive solamente en un espacio, y sobre todo en un tiempo determinado y no conoce más, es como si viviera en una especie de prisión intelectual. Sin entender por qué estamos aquí y cómo hemos llegado a dónde estamos, creo que se reduce mucho lo que es la vida. Yo le diría que tiene que leer los grandes libros, o algunos de los grandes libros: el Quijote, la Ilíada, a Shakespeare. Así entenderá hasta dónde puede llegar el ser humano.

P.- ¿En qué aspectos de nosotros, de lo que somos, podemos rastrear la influencia de los mitos griegos?
R.- Bueno, los mitos son una parte limitada del mundo griego. Reflejan la gran imaginación de los griegos, su capacidad para crear un mundo de dioses y diosas de enorme humanidad. Los dioses griegos son tremendamente humanos, son también divertidos, patéticos… la sociedad griega, que está en la base de la nuestra, sintió la libertad, la humanidad que permitió la democracia, la filosofía, las matemáticas. Los griegos eran viajeros: Heródoto, Tucídides… Cuando uno lo compara con otras civilizaciones se da cuenta de que los griegos han sido el pueblo con más capacidad de aventura que ha existido.

P.- ¿Qué equilibrio mantienen en nuestra cultura la tradición griega y la judeocristiana?
R.- Yo creo que tenemos mucho de los griegos; más de lo que pensamos. Tenemos ese sentido de la libertad, de lo importante que es la conciencia individual. De ellos nos viene el gusto por el arte, la apertura hacia el mundo. Todo esto es muy griego. El cristianismo, aunque eliminó la religión antigua, conservó mucho de la cultura pagana. Por ejemplo, la poesía. La mitología pasó a formar parte de las ficciones poéticas, pero permaneció. La noción sobre el alma, la inmortalidad del alma, la ética, la conducta social, eso ya estaba en Platón y el cristianismo lo tomó de él y lo ha sabido conservar. Esa es la gran herencia clásica, que atraviesa la Edad Media y se renueva con el Renacimiento.

P.- ¿Recuerda cuando decidió que quería dedicarse a la Filología Clásica?
R.- Yo iba a hacer letras en la universidad y me gustaban por igual la filosofía, la literatura y el mundo antiguo, pero me decidí sobre todo porque había muy buenos profesores de Griego. Filosofía me desilusionó un poco y en Literatura no tuve tampoco mucha suerte. En cambio en Griego estaban Adrados, Laso, Fernández Galiano… eran excelentes profesores. Y auténticas referencias a nivel internacional. Entonces en la Facultad de Letras el Griego tenía mucho prestigio.

P.- ¿Y ahora?
R.- Ahora hay buenos especialistas, pero son más limitados.

P.- Volviendo a los textos griegos, es curioso que la Odisea se tradujera al español por primera vez en el siglo XVI y la Ilíada tardara aún dos siglos en llegar…
R.- Sí. Hoy tenemos ya muchas traducciones de ambas en castellano, como unas veinticuatro de la Ilíada y unas doce de la Odisea, y en inglés muchas más. Steiner bromeaba con esto, con que todos los años saliera una nueva traducción que venía a ser la definitiva. Pero la primera traducción de la Odisea, la de Gonzalo Pérez, que es de 1580, llegó aquí antes de que el texto estuviera disponible en inglés. Era una época en que España tenía una proyección importante hacia Europa y hacia América y fue entonces cuando se tradujo también a Virgilio. La de García Malo de la Ilíada, la del siglo XVIII, está bien, pero sobre todo es muy buena la segunda que se hizo, la de Hermosilla, que era preceptor de poética e hizo una traducción en endecasílabos que todavía se puede leer hoy con mucho agrado.

P.- Su labor como traductor ha obtenido el máximo reconocimiento a nivel nacional en dos ocasiones, en 2002 por el conjunto de su obra. ¿Piensa que el traductor es, todavía hoy, una figura no lo suficientemente reconocida?
R.- Eso ha ocurrido siempre. Ahora hay muy buenos traductores, pero siguen estando mal pagados, sobre todo porque no es lo mismo traducir un best seller, que se vende enseguida y el traductor, que tiene contrato con la editorial, cobra rápido, que traducir por tu cuenta y encima clásicos o libros de ensayo. Es muy importante reivindicar el papel del traductor porque es el que convierte en universal un texto.

P.- En los textos griegos en concreto, ¿qué se pierde en la traducción?
R.- La música, la belleza del léxico… pero yo creo que siempre se conserva lo fundamental. Esto depende de los géneros. En la poesía siempre parece que se pierde algo más. En prosa menos, en textos científicos no se pierde nada, también porque los términos son más universales.

P.- Se ha ocupado de la novela en sus obras, de sus orígenes y su desarrollo. Alguna vez ha declarado que le falta imaginación para escribir una.
R.- Sí, es que soy poco imaginativo…. Quizá estoy también incapacitado porque he leído demasiadas.

P.- ¿Procura estar al tanto de las novedades editoriales? ¿Lee novela contemporánea?
R.- No demasiado. Leo muy poca novela española, la verdad. Pero sí que leo bastante novela policiaca. Me gustan las de Leonardo Padura, las de Benjamin Black. Soy un lector muy disperso y siempre tengo abiertos varios libros.

P.- ¿Cómo ve la crítica literaria actual?
R.- Mal, muy mal, quizá algo mejor en suplementos como El Cultural, Babelia o el de ABC. Yo creo que una buena revista de crítica literaria debe tener sus críticos serios, de siempre, que tengan cierto prestigio y no les importe hacer críticas duras cuando proceda. Pero lo que tenemos ahora no es eso. Predomina la crítica blanda y elogiosa y eso es el lector quien lo paga, pues no se siente orientado. Se reseña además mucho best seller, y estos son libros que se ponen de moda pero no sirven para nada. Creo que han ido desapareciendo algunos críticos importantes y no está habiendo un recambio claro. Está todo muy mediatizado, existen presiones de las editoriales. En ese sentido me gusta más la crítica de cine, que orienta mucho mejor. ¡Al menos sabes, al terminar de leerla, si la película es buena o mala! Eso cada vez ocurre menos en la crítica literaria, que es ambigua o abiertamente elogiosa.

P.- Usted ejerce la crítica, pero me parece que cada vez menos. ¿Tiene que ver con que ha dejado de confiar en su utilidad?
R.- En realidad es porque me quita mucho tiempo. La crítica es un oficio muy duro porque hay que leerse bien los textos. Eso o haces propaganda, que es bien distinto y mucho más cómodo porque ni siquiera hay que leer los libros.

P.- Hay quien defiende que la crítica negativa no tiene demasiado sentido: si un libro no es bueno, no se da y ese espacio queda para reseñar uno que sí lo es.
R.- Eso puede tener sentido respecto a autores jóvenes; yo entiendo que con los jóvenes no hay que ser cruel, o no se debe. Pero con los consagrados se puede, aunque nadie se atreve. Por ejemplo, meterse con Pérez-Reverte: eso no lo hace nadie.

P.- ¿Le gusta alguno de los escritores consagrados?
R.- Alguno sí. Leí los primeros libros de Muñoz Molina y de Javier Marías; los actuales ya menos, quizá porque me he cansado. Me gustaba Mendoza en sus primeros libros, ahora me gusta menos con esta cosa cómica. Y Javier Marías me gusta poco ahora: creo que sus elucubraciones cada vez le comen más terreno a las novelas y las hacen difíciles de digerir. Ocasionalmente leo poesía, pero ya muy poco. ¡Es que leer bien poesía lleva mucho tiempo! Estoy al tanto más o menos de los de mi generación, pero me supera mucho la cantidad de poesía que se publica.

P.- ¿Y cómo es su relación con los textos clásicos? ¿Aún disfruta de su lectura?
R.- Sí, claro. Soy un lector continuo pero bastante poco original. Ahora hago más bien calas, voy a un pasaje, lo busco, lo leo y casi siempre me dice cosas nuevas. Esa es la magia de los clásicos. Uno de mis últimos libros, Sirenas, es un poco esto, la vuelta a estos pasajes; las sirenas en Homero, en Apolonio Rodio… leo un poco a saltos, esa es la verdad.

P.- ¿Y quiénes son sus autores de cabecera?
R.- Soy muy clásico: Homero, Platón. Vuelvo a los de siempre. Últimamente he traducido Edipo Rey, de Sófocles, y me sigue pareciendo una obra magnífica. Las Bacantes de Eurípides también. También me gustan mucho Las vidas de los filósofos, de Diógenes Laercio, que es el texto más divertido de toda la cultura griega. Son textos que me acompañado siempre; es más, muchos de ellos leí por primera vez siendo muy joven, en la biblioteca de mi abuelo.

1 abril 2015 at 12:04 pm 1 comentario

Genaro Chic García: «El emprendedor, palabra que en griego significa pirata, suele bordear las leyes»

Experto en la economía de la antigüedad, ha estudiado cuestiones como el comercio de aceite o la navegación por el Guadalquivir entre Sevilla y Córdoba durante el Imperio Romano.

Fuente: LUIS SÁNCHEZ-MOLINÍ  |  Diario de Sevilla       28/12/2014

Genaro-Chic-GarcíaDurante toda la entrevista, Genaro Chic García presume de su incorregible falta de memoria. El plumilla lo recuerda difuminado en una de esas enormes, destartaladas y heladas aulas de la Facultad de Historia (posiblemente fumando, como todos entonces), convocando a un examen en el que permitía usar a los alumnos todo tipo de apuntes y libros, algo insólito en una Universidad en la aún se exigían más las dotes del elefante que las del fox-terrier. En todo momento saca a relucir su vocación primera de filólogo clásico, su amor a la etimología como forma de conocimiento profundo de las cosas. «Historia significa en griego investigación y eso tiene poco que ver con la memoria», insiste. La amplitud de las lecturas de este catedrático experto en economía del mundo antiguo queda en evidencia durante la charla y, más que citar a peritos en su disciplina, recurre a psicólogos, antropólogos o economistas. Hay veces que su discurso se convierte en un conejo que salta de argumento en argumento, sin dejar al interlocutor recuperar el resuello. Gracias a su influencia, el plumilla leyó en su día el libro Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antigüedad clásica, de Sara B. Pomeroy, un volumen del que hoy no suscribiría probablemente ni una sola coma, pero que le enseñó que la verdadera historia no es la memorización de la lista de los reyes godos, sino una indagación sobre los motivos más profundos del devenir de la humanidad.

-Usted fue discípulo de Francisco José Presedo, pionero de la egiptología española, descubridor de la Dama de Baza y fundador del departamento de Historia Antigua de Sevilla. ¿Algún recuerdo?
-Era una persona sin prejuicios, que daba una gran libertad a sus alumnos… Lo único que les pedía era que trabajaran. A mí, que había hecho la carrera de Filología Clásica, me acogió muy bien.

-¿Y por qué un futuro historiador optó por la filología?
-Por encontrar la racionalidad de las palabras, que es lo mismo que encontrar la racionalidad de las cosas. Las cosas son porque tienen palabras que las nombran… Las que no, no existen.

-Ahora, ni siquiera los planes de estudio son conscientes de que el español viene del latín.
-No es que venga del latín, es que los españoles hablamos un latín que ha ido evolucionando. En ningún momento se dejó de hablar latín para hablar castellano, fue un proceso lento.

-Sin embargo, más que a las palabras, ha dedicado su carrera a la investigación de la economía de la antigüedad, en concreto la de la Roma andaluza. ¿Es cierto que la Bética era el granero del Imperio o es una exageración meridional más?
-Es cierto en líneas generales. De hecho, el primer emperador que no fue italiano, Trajano, era de aquí, lo que indica la fuerza económica de los oriundos de la Bética. Tanto el suelo -la agricultura- como el subsuelo -la minería- del Valle del Guadalquivir eran muy ricos. Debido a las excelentes condiciones climáticas de este territorio, a partir de Augusto el imperio tomó la decisión de especializarlo en el cultivo del olivar y en la producción de aceite. La Bética era la que abastecía a Roma y a sus ejércitos de esta grasa vegetal básica en nuestra dieta. En esta decisión fue muy importante la existencia del río Betis, que estructuraba el espacio y que permitía el abaratamiento del coste del transporte. El científico social Karl Polanyi, que trabajó en el ámbito de la antropología económica, dejó claro que, en la antigüedad, es más imperante la posibilidad de transportar una determinada materia prima que la abundancia de la misma.

-¿Y la minería?
-Más importante casi que el aceite era la plata, que se podía encontrar en abundancia en el Valle del Guadalquivir. Tenga en cuenta que el Imperio Romano se mantiene durante casi dos siglos, desde Augusto a Marco Aurelio, con la plata de la Bética, que terminaba en todos los rincones del mundo: India, China… Roma vivía del comercio internacional y de las tasas aduaneras que generaba, que cubrían dos tercios del presupuesto del Estado. Insisto, el comercio de la plata y el aceite hizo a los hispanos muy ricos y, por tanto, muy influyentes en el Senado romano. Lo de Trajano y Adriano no fue una casualidad.

-Sigamos con el Guadalquivir. Usted ha investigado sobre la navegación entre Sevilla y Córdoba en tiempos de Roma, algo que ahora resultaría impensable. ¿Cómo se realizaba?
-Una vez que controlaron militarmente todo el terreno, los romanos realizaron obras para encajonar el cauce en aquellas partes que el Guadalquivir se difuminaba y, además, realizaron diques horizontales para escalonarlo. La navegación se realizaba con barcas planas, de las cuales se tiraba con cuerdas cuando se remontaba el río, y con armadías (a las que los romanos llamaban rates), conjuntos de troncos atados para su transporte río abajo, que se aprovechaban también colocando encima mercancías de todo tipo. El Guadalquivir se usó para bajar maderos hasta finales de los años cuarenta del pasado siglo XX, época en la que se transportaron miles de traviesas para la construcción del ferrocarril. Precisamente, fue la aparición del tren la que acabó con el transporte fluvial al facilitar unos precios más baratos.

-Como director de tesis ha dirigido una que me ha llamado la atención, la realizada por Alfonso Álvarez-Ossorio sobre la piratería en Roma. ¿Había mucha? Recuerdo aquellos filibusteros de los tebeos de Astérix y Obélix que siempre salían escaldados?
-Piratería ha habido siempre. Entre otras cosas porque la palabra pirata (peiratés en griego clásico) significa emprendedor. Las persona que emprenden suelen bordear las leyes. Siempre que no ha habido un Estado fuerte y organizado surge el pirata. Cuando Augusto llegó al poder había mucha piratería, pero él los derrotó y los puso al servicio de Roma. Hizo con ellos lo mismo que se hacía antiguamente con los furtivos, que se les contrataba de guardas jurado. Mientras que el imperio funcionó hubo poca piratería, pero cuando a partir de Nerón empezó el hundimiento la cosa cambió.

-¿Y por qué comenzó esta decadencia?
-En el siglo II las minas de plata se fueron agotando, por lo que hubo que hacer más profundas las galerías de las mismas. Por tanto, hubo un momento en que la extracción de este metal, que ya hemos dicho que era fundamental para la economía romana, se hizo muy cara, sobre todo por el coste de sacar el agua que inundaba las minas. Piense que no había motor de explosión y todo se hacía a base de norias. Poco a poco la moneda fue teniendo menos plata, pasando del cien por cien al cincuenta por ciento a finales del siglo II -la otra mitad era de plomo-. Esto dañó el comercio exterior y comenzó la asfixia. Paralelamente se registró una presión militar sobre el imperio de los pueblos bárbaros, que empezaron a meterse por todos lados: las Guerras Marcomanas en tiempos de Marco Aurelio, el asalto de la Bética de los mauritanos… Lo que antes se dedicaba al mantenimiento de las minas hubo que dedicarlo por narices a estas campañas, lo que terminó de hundir la economía de la extracción de metales… Comenzó la escasez de monedas y los soldados dejaron de cobrar, pasando como con los militares de la antigua Europa del Este después de la caída del comunismo, que se vieron obligados a meterse en mafias… Para colmo se produjo una terrible epidemia de peste que vino desde China… El imperio se colapsó.

-Usted ha dedicado muchas horas de estudio a las marcas que grababan los alfares sobre las ánforas que se dedicaban a la exportación de aceite. ¿Por qué este trabajo?
-En 2001 publiqué mi libro Datos para un estudio socioeconómico de la Bética. Marcas de alfar sobre ánforas olearias, en el que recojo 3.500 de estas marcas en el valle del Guadalquivir. Me di cuenta que éstas eran un filón para estudiar la economía romana. Era una documentación que estaba en medio de los campos… A principios de los años 70 las fincas estaban cubiertos de antiguos tiestos romanos, y nadie los estudiaba pese a su importancia… Recuerde la magnitud del Monte Testaccio de Roma, una escombrera organizada de ánforas. Según mis cálculos, del Puerto de Sevilla salían unos seis millones y medio de toneladas anuales de aceite sólo para Roma y para el ejército otro tanto. Estas ánforas en las que se transportaba el aceite no sólo tenían marcas grabadas, sino también etiquetas pintadas en las que figura el año de producción, el sitio donde se ha elaborado, el nombre del productor… Entonces te das cuenta de que son las mismas familias cuyos nombres aparecen en los grandes enterramientos, de las relaciones entre los capitales de las grandes minas y los del aceite.

-Ya entonces las oligarquías andaluzas eran agrícolas.
-Exacto. La oligarquía de entonces, como siempre, estaba donde había negocio: aceite y minas.

-¿Y el vino?
-El vino de exportación se producía donde siempre, en lo que ahora es el marco de Jerez. En Cádiz también se producía mucho salazón.

-¿Y era bueno este vino?
-Era abundante pero no tenía fama de estar especialmente bueno, como sí la tenían los vinos de la zona de Pompeya. Digamos que tenían una calidad media.

-Usted también trabajó en su día sobre la situación del patrimonio histórico de Roma en Andalucía. ¿Se está conservando adecuadamente?
-La suerte del patrimonio romano, de lugares como Itálica o Baelo Claudia, ha sido que al ser elementos que atrae al turismo no le afecta tanto la crisis como a la investigación universitaria. La verdad es que en Andalucía, desde la llegada de la Democracia y la Autonomía, se ha dedicado mucha más atención al patrimonio arqueológico que en tiempos anteriores. Se ha hecho una labor estupenda que, como todo, es mejorable. Hay comparaciones que lo dicen todo: fíjese el deterioro que está sufriendo Pompeya, uno de los grandes centros arqueológicos del mundo… Eso en Andalucía no pasa.

-Acaba de salir de la imprenta ‘Historia de Europa. (Siglos X a.C.-V d.C)’, volumen dirigido por usted y que, como ya se ha apuntado, bien sirve para analizar las raíces de problemas actuales como el nacionalismo.
-El nacionalismo es algo emocional, irracional. Se cree en una nación como se cree en un dios. El problema es que los estados quieren ser naciones y las naciones estados. Actualmente, los estados se están diluyendo y se está produciendo lo que Ulrich Beck llama la glocalización, es decir, junto a los fenómenos globalizadores resurge lo local como una manera de no perder la identidad.

-En los años de la Transición y el inicio de la Autonomía un cierto ‘nacionalismo-light’ andaluz utilizó la historia antigua, y en concreto a Tartessos, como una forma de legitimación. Se contaban historias fabulosas de aquella pretendida civilización. La Arqueología y la Historia, sin embargo, apuntan en una dirección muy contraria.
-Es un mito. En Andalucía nunca hubo una civilización como Tartessos, sino un mosaico de pueblos que entraron en contacto con comerciantes orientales que llegan a esta zona de Andalucía buscando la plata. Como pasa en todas partes, este contacto supuso una transformación y una orientalización de los indígenas. En Oriente se creó el mito de Tartessos, un lugar en el lejano occidente, el far west, donde había mucha plata y donde, por tanto, todo era fabuloso.

28 diciembre 2014 at 11:18 am Deja un comentario

Jaime Siles: «Las humanidades nos enseñan a no confundir precio y valor»

Poeta y profesor de latín y griego, este crítico de la cultura observa con inquietud desde Valencia el vaivén del mundo

Jaime-Siles

Jaime Siles, a fines de octubre en la Biblioteca Valenciana / ROBERTO SOLSONA

Fuente: ALFONSO ARMADA  |  ABC       27/12/2014

Nacido en Valencia en 1951, Jaime Siles ha encontrado una rara armonía. Por una parte es desempeña como profesor de latín y griego (es catedrático de Filología Clásica en Valencia) y por otra como poeta y crítico de poesía. Colaborador del Cultural de ABC, es autor de poemarios como «Música de agua» (Premio de la Crítica en 1983), «Semáforos, semáforos» (Premio Loewe 1989) o «Himnos tardíos» (Premio Internacional Generación del 27, 1998). Traductor de poetas claves del siglo XX, como Paul Celan, su mirada crítica y curiosa se extiende al teatro, al cine y a la vida en general. La entrevista la libramos vía correo electrónico, en un viaje de ida y vuelta entre Valencia y Madrid que se reanuda hasta que las palabras encajan en su molde de barro.

—¿Cuál es el estado general de su ánimo en este momento?
—Sereno en mi escepticismo y con cierta preocupación en lo emotivo y en lo racional.

—¿Cómo vive un catedrático de Filología Clásica la constante deriva del latín y el griego a los márgenes de la educación secundaria y superior?
—La falta de la debida atención en los planes de estudio a las lenguas clásicas, que son y han sido la base de toda la cultura occidental hasta hoy existente, es un claro indicio de la deriva emprendida por nuestra sociedad en ese erróneo camino hacia el olvido de sí misma y hacia un peligroso adanismo político y social.

—¿Cómo se lucha a favor de las humanidades cuando todo parece conspirar a favor de los resultados, el sentido práctico de la vida, el beneficio constante y sonante, la cantidad sobre la cualidad, el dinero como medida de todas las cosas?
—Los clásicos son los únicos que nos hacen contemporáneos de nosotros mismos precisamente por su inagotabilidad: algo que descubrió Schlegel y ha repetido con frecuencia Borges. Las humanidades nos enseñan el sentido del tiempo y el valor de la vida, el significado y función del lenguaje y lo que supone el acto y el hecho de pensar. Constituyen, pues, lo que los griegos llamaron una «paideia»: esto es, un sistema educativo completo para la formación integral del ciudadano, que, a través de ellas, accedía tanto al conocimiento de sí mismo como al de las relaciones con el resto de la ciudadanía y, con ello, a sentirse partícipe tanto de la cultura como de la ciudad. Las humanidades enseñan a no confundir precio y valor, y desde Eurípides sabemos a qué puede conducir una sociedad que lo fíe todo al dinero y a los intereses materiales, que importan, pero que, claro está, no lo son ni pueden ser los únicos. Hay principios superiores que son precisamente aquellos que las humanidades nos hacen comprender y respetar.

—¿Cuántos buenos lectores cree que hay en España?
—Menos de los que me gustaría, porque el lector es quien hace posible la realidad de toda obra, al realizarla: el lector es un coautor y, si se me permite la expresión, un cómplice porque colabora con el autor añadiéndole su propia realidad a aquella que la obra en sí misma tenía. La lectura es una operación en la que todos se enriquecen: la obra, el autor y el lector. Todos. Y, en la misma medida, cuando no se lee, toda la realidad y toda la sociedad se empobrecen.

—¿Cómo se persuade a los niños y adolescentes de que la lectura es una experiencia que les transformará y enriquecerá y lo hacemos compatible con el fervor y el triunfo al parecer ineluctable de las nuevas tecnologías?
—La lectura y la escritura son dos actividades que deberían potenciarse en las clases, y desde muy pronto, porque nuestra representación de la realidad depende de nuestro conocimiento del lenguaje. Las nuevas tecnologías son un instrumento de gran ayuda para todo, pero no pueden suplir nunca a la memoria ni a la red de relaciones de todo tipo que ésta es capaz de crear. La escritura –como dice W. J. Ong– es «diairética»: crea una distancia entre el objeto y el sujeto, y esa distancia –que es incapaz de crear el habla coloquial– facilita la profundización del pensamiento. La lectura, además y como dicen Roland Barthes y Rosa Navarro Durán, es un placer: una fuente de conocimiento y de placer, si es que ambas cosas no son lo mismo.

—¿Ofrecen la prensa y los medios de comunicación en general un relato ajustado de la realidad de nuestro mundo o hemos perdido nuestra capacidad de influir a causa del sectarismo, la superficialidad, la prisa?
—La prensa está demasiado polarizada y ello le resta objetividad. Pero también es cierto que la prensa no se lee como si fuera un artículo científico: buscamos en ella un punto de vista, una interpretación que, por más objetiva que se quiera, nunca lo puede ser del todo. La superficialidad, más que la prisa, es su riego y defecto mayor. Pero de ello tan responsables son los medios como los periodistas, que no siempre tienen un alto grado de formación. Y entre formación e información hay un íntimo vínculo.

—¿Le sigue pareciendo pertinente la división entre apocalípticos e integrados que diagnosticó Umberto Eco, y si es así dónde se sitúa usted?
—Es un diagnóstico como hay otros muchos. Puede aplicarse a nuestra época, aunque, como siempre sucede, no a todos los que viven en la misma época. Yo no me identifico con ninguno de los grupos definidos en esa división. Octavio Paz nos enseñó que el verdadero intelectual es crítico. Yo no sé si lo soy, pero desde luego lo intento.

—¿Como lector y amante de la cultura, conviven felizmente en su papila gustativa Bach con Bob Dylan, la Victoria de Samotracia con Joe Sacco, la Fura dels Baus con Mies van der Rohe, «The Wire» con Buñuel, Beckett con Sófocles, el arte pop con el expresionismo abstracto, Simone Weil con Janis Joplin?
—Esa es una característica de nuestro tiempo: la feliz convivencia de la alta cultura y la cultura popular. Pero no es algo nuevo: en Góngora y en Quevedo conviven ambas, como convivían ya en Catulo y Horacio, donde también se presentan juntas.

—¿Quién determina lo que es valioso después de Marcel Duchamp, desde que el canon de lo bello y estético ha saltado por los aires?
—No hay una poética ni un criterio general que sean hoy por completo aplicables. El intenso proceso de subjetivización, iniciado en el Romanticismo y que es un rasgo distintivo de la modernidad, hace difícil la existencia de un criterio único y universalmente válido porque la estética es un hecho histórico y cultural que varía según las circunstancias y los tiempos. Pero no deja de ser chocante que esto sea así cuando vivimos en una globalización cada vez más uniforme y uniformizada en la que cada vez son menores las diferencias –no me refiero a las diferencias sociales o religiosas sino a las opciones estéticas–. Lo único que varía es la elección porque vivimos en una sociedad de multielección y de constante sincretismo, en el que las tendencias se neutralizan y los estilos también, generando una especie de sincronía tal que todo parece simultáneo.

—¿De qué es epítome que un programa como «Gran Hermano» llegue a su decimoquinta edición, que la ex prestigiosa periodista Mercedes Milá se haya prestado a ello, y que espacios como «Sálvame» llenen horas y horas de telebasura?
—Se ha llegado a una absoluta pérdida de lo que antes se llamaba «pudor» y los anglosajones llaman «privacidad». La telebasura es un espectáculo comparable al del circo romano: quienes intervienen allí y se prestan a ello atentan contra su propia dignidad. Constituyen un ejemplo de lo que no se debe ser y de lo que no hay que hacer, pero, por desgracia, son representativos de una parte de la sociedad actual.

—¿De qué hablamos cuando hablamos de cultura española contemporánea?
—Hablamos de lo que los distintos creadores y agentes de la misma producen y hacen, sea esto cine, música, literatura, filosofía, arte, etcétera. Hablamos de un conjunto de creaciones coetáneas, hechas por españoles y que reflejan e interpretan nuestra realidad.

—¿Fue una buena idea fusionar en uno los ministerios de Educación y Cultura? ¿Hace falta recuperar un verdadero Ministerio de Cultura y qué misiones tendría que acometer de inmediato?
—Creo que debe haber dos ministerios: uno, centrado en la educación, y otro dedicado a articular la cultura. El primero debería conseguir consensuar un sistema educativo que no variara con cada gobierno sino que se mantuviera el tiempo suficiente como para formar a más de una generación y que propusiera unos planes de estudio como los hay en el resto de Europa, en los que hubiera un alto grado de exigencia en la transmisión de los conocimientos y se impulsara aquellas materias de estudio realmente significativas para una sólida formación –pienso en las ciencias puras y en las lenguas clásicas y modernas, además de la historia, la filosofía, el arte y la música–. Todo ello –claro– unido a un apoyo de la investigación en los distintos campos. El segundo debería potenciar actividades ya existentes, encauzar iniciativas interesantes, y acercar a la ciudadanía las manifestaciones más significativas de nuestro amplio patrimonio cultural.

—¿Deberían dejar de litigar los ministerios de Exteriores y Cultura por la gestión del Cervantes y aunar esfuerzos en epoca de vacas flacas?
—Evidentemente. Y en alguna de nuestras embajada me consta que esa necesaria y fructífera sinergia y colaboración se dan.

—¿Qué clase de español es usted y cómo vive las pasiones identitarias que amenazan con fragmentar España por razones que parecen más sentimientos y sueños que otra cosa?
—Yo soy y me siento un ciudadano europeo. He vivido casi la mitad de mi vida en Alemania, Austria, Suiza, Estados Unidos, Italia y Francia. Soy «civis hispanus valentinusque», pero, como San Pablo, «civis romanus sum»: creo en una criatura mental llamada Europa, a la que, por historia propia, pertenece también nuestro país. El nacionalismo se cura viajando.

—¿Qué reforma considera más urgente para la sociedad española?
—Una regeneración mental y moral inmediata que suponga una reeducación de toda la clase política, pero también de toda la ciudadanía que no parece asentada sobre principios muy sólidos ni muy válidos.

—La educación es un latiguillo en boca de políticos, tertulianos y moralistas, ¿pero cómo devolvemos la educación al lugar qué merece y cómo la arrancamos de la trinchera ideológica que ha fabricado casi tantas leyes educativas como gobiernos se han alternado en el gobierno de la nación?
—Creo haber contestado a esta pregunta antes. Pero me gustaría añadir algo: la historiadora Carmen Iglesias ha dicho –y estoy por completo de acuerdo con ella– que la educación es la asignatura pendiente de nuestra democracia. Por eso es necesario llegar a consensuar una ley como en los estados de nuestro entorno existen. Los alumnos no pueden ser conejillos de Indias con los que cada cuatro años se hacen experimentos. El futuro del país depende de su sistema educativo: no se puede, pues, jugar con algo tan serio y aplicarle peregrinas ocurrencias.

—¿Puede convertirse la cultura en la revolución ejemplar que desde El Quijote a Unamuno, pasando por Santa Teresa y Valle-Inclán, los cineastas y los pintores, los poetas y los músicos podrían ilusionarnos sin adormecernos ni atontarnos?
—No sé si la cultura puede ser una revolución. Lo que sí sé es que nuestra cultura debe reflejarnos, criticarnos, mejorarnos. Cervantes y Valle-Inclán, a su modo, lo hicieron. Ortega y Juan Ramón también. La crítica, si es verdadera, suele ser más ilusionante que destructiva, cuando no ambas cosas a la vez.

—¿Cómo se maneja en la vorágine de las redes sociales y de internet?
—No tengo móvil, pero me sirvo de internet.

—Con la irrupción de internet el papel del crítico, de la voz de autoridad, parece haberse diluido. ¿Cómo establecer los nuevos patrones culturales, el nuevo canon?
—Gracias a internet la crítica –como la creación– se ha democratizado. El criterio de autoridad casi ha desaparecido, pero aparecen otros nuevos, que no siempre resultan fiables. Como en la lírica antigua, es tarea difícil definir el nuevo canon: hoy todo es materia literaria y, por lo mismo, nada lo es.

—¿Le parece ajustado a nuestra degradación paisajística y moral lo que hace Rafael Chirbes de nuestra costa y nuestra alma?
—Sí: admiro mucho a Rafael Chirbes. Lo considero un excelente novelista. La primera persona que me habló de él fue –ya hace años de esto– Carmina Martín Gaite en un encuentro en Basilea.

—¿Qué autores han dejado una huella más honda en su formación intelectual y sentimental?
-Homero, Platón, Cicerón, Catulo, Propercio. Horacio, Virgilio, Cervantes y el Siglo de Oro, los metafísicos ingleses, los románticos alemanes e ingleses, Darío, Unamuno, Juan Ramón, Azorín, Ortega y Gasset, Carles Riba, Espríu, Alberti, Aleixandre, Cernuda… y un muy largo etcétera que llega hasta los autores de hoy.

—¿En qué medida el dibujo que va conformando su vida se parece al que soñó cuando empezó a tomar conciencia de que la vida iba en serio?
—Se parece bastante a la que imaginé que iba a vivir y creo no haberme separado mucho del quise haber sido.

—¿Hasta qué punto comparte el dictum presocrático de que «carácter es destino»?
—Es una máxima extendida por Fichte y que Cernuda hizo luego suya, y que goza de cierta verosimilitud porque es bastante exacta.

—¿Qué han hecho, han dejado de hacer y deberían hacer los periódicos para elevar el tono intelectual y moral de España?
—Aumentar su grado de exigencia verbal, mental y moral; prestar más atención a la cultura; y mantener los suplementos culturales, que cumplen una muy importante función.

—¿Qué le saca de quicio?
—La injusticia siempre; y yo mismo a veces.

—¿Le fatiga España?
—No: sólo me preocupa.

—¿Sigue siendo España un enigma histórico?
—Como el resto de los países, nunca lo ha dejado de ser.

—¿Para qué le sirve la poesía como lector y como poeta?
—Para volver a vivir partes de nosotros que desconocíamos y revivir otras en las que querríamos siempre permanecer.

—¿Es posible compaginar la democracia y la igualdad con la excelencia y la virtud?

—La democracia griega mantuvo los valores de la moral aristocrática, aplicados a la convivencia en sociedad. Y, cuando esos valores se perdieron, la democracia griega desapareció. Hay cosas que se deben repartir según el número y otras que han de repartirse según el mérito.

—¿Quién es Jaime Siles?
—Un aprendiz de poeta, que quisiera ser filólogo también.

27 diciembre 2014 at 11:51 am 2 comentarios

La utilidad de lo inútil. La editorial Gredos cumple 70 años

Es un reducto de grandes pensadores en un sistema que ha relegado las Humanidades

Editorial-Gredos

Libros apilados de la editorial Gredos, que cumple 70 años.SERGIO GONZÁLEZ MUNDO

En 1977, año de nacimiento de la Biblioteca Clásica Gredos, todos los chavales de EGB traducían del griego, mal que bien, las fábulas de Esopo y podían entender los textos latinos de Tito Livio, César y Salustio con un diccionario. Hoy, incontables planes de estudios y leyes de enseñanza después, un joven de 15 años que quiera cursar esas materias, especialmente el griego, tiene que escoger un «itinerario» sumamente restrictivo que, además, le complica las posibilidades de retornar en el futuro a disciplinas de ciencias.

La creación de la editorial Gredos se remonta a 1944, cuando los estudiantes de Bachillerato cursaban siete años de Latín y cuatro amigos «con más ingenuidad que medios», como escribió uno de ellos, Hipólito Escolar, se propusieron remediar la falta de libros españoles científicos y de estudio. Los otros osados eran Julio Calonge, Severiano Carmona y Valentín García Yebra, que invirtieron 3.000 pesetas por cabeza para echar a andar el sello. El capital inicial alcanzó apenas para la aventura -literaria, no científica- de publicar la obra de Gastón Baty Dulcinea, de cuya tirada inicial de 3.000 ejemplares debieron de venderse poco más de 200.

Con otras 2.000 pesetas por barba y lo logrado con la edición del Eugenio de Rafael García Serrano para el Frente de Juventudes lograron sacar cabeza. El camino acabó por despejarse con la llegada de José Oliveira Bugallo, que además de 11.000 pesetas aportó un conocimiento del mercado editorial del que carecían los fundadores; también ayudaron lo suyo sendas ediciones para estudiantes de Bachillerato de los libros II de la Guerra de las Galias y de la Guerra Civil de Julio César. Los Clásicos Anotados y Bilingües de Gredos descubrieron de hecho un mercado nuevo: el de los textos escolares latinos y griegos, volúmenes de pocas páginas y módico precio que aún hoy se siguen reimprimiendo.

Las Humanidades como motor de crecimiento

Hipólito Escolar agradecía su buena ventura «al bendito Pedro Sainz Rodríguez» (ministro de Educación de la época), hombre convencido de que «las humanidades eran imprescindibles para la formación o perfección del hombre». Y añadía en su Gente del libro, publicado por la misma Gredos: Sainz Rodríguez «alcanzó a ver en sus últimos años que sus sucesores en el Ministerio fueron suprimiendo los estudios clásicos y las humanidades, inmolados en la pira del saber científico», palabras que recuerdan que el declive de los conocimientos sin aplicación tangible viene de lejos.

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Antigua sala de correctores de la editorial Gredos

El creador y director de la Biblioteca Clásica, Carlos García Gual, opina que tampoco las disciplinas científicas han salido ganando en este proceso. En su opinión, el problema es general y reside en «la decadencia de la enseñanza pública, que tenía centros excelentes» en los años 60 y 70. «Lo peor es el afán de rentabilidad, la idea de que los saberes humanistas no sirven para nada, es decir, no sirven para ganar dinero a menos que uno sea profesor de esa materia. Yo digo que sirven para la vida: haber leído la Odisea es algo que uno lleva consigo para siempre».

García Gual es de la misma opinión que Borges, para quien «haber aprendido y olvidado el latín era uno de los mayores dones» que le dio la vida. «En los tiempos actuales, el grecolatino es un mundo ajeno y se aprecia un cierto desprecio por el pasado. Sólo interesa lo espectacular o lo anecdótico, pero no el verdadero conocimiento».

El inicio de la exploración

Los textos escolares permitieron a Gredos disponer del colchón necesario para emprender aventuras de mayor calado. Una de las más señeras fue la Biblioteca Románica Hispánica, fundada y dirigida por Dámaso Alonso, en la que publicaron las mayores autoridades del campo filológico (los Amado Alonso, Bousoño, Lapesa, Lázaro Carreter, Gili Gaya…) y los próceres de las numerosas escuelas lingüísticas que durante décadas se disputaron ser «el método de referencia».

La colección de Dámaso Alonso se completó y enriqueció sobremanera con la aparición de dos cimas de la lexicografía, el Diccionario crítico etimológico de Joan Corominas y el María Moliner, es decir, el revolucionario Diccionario de uso del español en el que la bibliotecaria zaragozana introducía elementos de codificación propios de los diccionarios filológicos y empleaba por primera vez -casi 30 años antes que la RAE- el orden alfabético universal.

Los éxitos de Gredos corrían parejos a sus fracasos, pero los eternos problemas de dinero podían sobrellevarse mientras funcionaran los puntales de la editorial: los manuales escolares y la Románica Hispánica, que triunfó en buena parte gracias a una acertada red comercial y a las relaciones con librerías, bibliotecas y profesores, sin olvidar el auge del hispanismo en América a partir de la segunda mitad del siglo XX.

Las colecciones de Filosofía y Economía, así como la Universitaria, no tuvieron especial fortuna; la de Grandes Manuales se vendió bien durante unos años, en tanto que la Historia del Arte de Martín González y la Historia de la literatura de Alborg supusieron auténticos bombazos. El éxito de esta última obra «fue tan grande que la gente no dejaba de preguntar cuándo saldría el tomo siguiente», recordaba Escolar. «No había nada parecido en la bibliografía española y se lo disputaban los opositores a cátedra».

Carlos García Gual convenció -va para cerca de 40 años- a Calonge y García Yebra, helenistas como él, de crear la Biblioteca Clásica, un compendio de todo el legado clásico grecolatino. Sebastián Mariner se hizo cargo de la selección de las obras latinas, hasta que a su muerte le sucedieron José Javier Iso y José Luis Moralejo, mientras el propio García Gual se ocupaba de las griegas, que además de los grandes nombres de la Antigüedad incluían autores menores, piezas científicas (Euclides, el Corpus hippocraticum y los tratados de biología de Aristóteles, entre otras) y hasta textos extraídos de fuentes marginales como papiros, inscripciones o fragmentos.

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Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Julio Calonge y María Moliner

Escolar rememoraba en ‘Gente del libro’ los inicios de la Clásica: «Nos decidimos a esta gran empresa, como tantas veces había sucedido en Gredos, mirando más a la utilidad cultural que al provecho material porque nunca pensamos que fuera un buen negocio, aunque sí que no originaría pérdidas pues, a la larga, cuando la colección tuviera suficientes volúmenes podría autofinanciarse».

Las previsiones de Escolar se cumplieron. García Gual explica que la gran cantidad de profesores de Latín y Griego, tanto universitarios como de instituto, les ofrecía mucho donde elegir y facilitaba dar siempre con la persona más apropiada para traducir y anotar cada una de las obras escogidas, todo ello conforme a un proceso especialmente complejo y riguroso. A diferencia de la creada por Menéndez Pelayo, nutrida de traducciones antiguas, la Biblioteca Clásica de Gredos está compuesta por versiones elaboradas ad hoc que hasta hoy suman 411 volúmenes de una colección que todos identificamos por su cuero azul oscuro y el dibujo de la cabra hispánica, obra de García Yebra, en el lomo.

Menos títulos en la actualidad

Cada vez con menos público potencial y más escasa oferta de catedráticos a los que recurrir, la colección edita unos tres o cuatro títulos en la actualidad, por los 20 que salían en los buenos tiempos. García Gual no pierde, sin embargo, el entusiasmo que le produce tener pendiente de publicar, por ejemplo, el último tomo de la obra de Estrabón y saber que existe un público fiel que garantiza un mínimo de tirada para sus libros y que, si bien carece de tiempo u ocasión de estudiar las lenguas clásicas, mantiene el interés por el pensamiento de la Antigüedad.

Puede estar orgulloso del millón de ejemplares vendidos de la colección y de haber servido de ejemplo a otras editoriales para que encargaran sus propias traducciones de los clásicos. Le preocupan, no obstante, las nuevas tecnologías, «que no invitan ni a la memoria ni a la reflexión ni a la imaginación» y tampoco se caracterizan por respetar la autoría del trabajo. «Ya decía un poeta griego primitivo que la única virtud es ser rico. La mentalidad actual defiende exactamente eso, se desprecia todo lo que no sea hacer dinero y los ricos despiertan admiración incluso en los casos en que se sabe que son unos sinvergüenzas», reflexiona el ilustre helenista y Premio Nacional de Traducción.

Siempre con su doble espada de Damocles (la rentabilidad económica y el arrinconamiento de las humanidades en la enseñanza) sobre la cabeza, Gredos pasó en 2006 a ser propiedad del grupo RBA, que ha respetado sus señas de identidad al tiempo que diversificaba su oferta editorial con vistas a ampliar el número de lectores. Iniciativas de la última década han sido una línea de obras lexicográficas agrupadas bajo la marca María Moliner; la Biblioteca Básica, que ofrece algunos títulos de la Clásica en formato más manejable y a menor precio; la Nueva Biblioteca Románica Hispánica, dirigida por Francisco Rico; la de Estudios Clásicos, que reúne monografías de los grandes clásicos; y la de Grandes Obras de la Cultura occidental.

La propuesta más ambiciosa de la nueva Gredos es su Biblioteca de Grandes Pensadores. Sus 38 volúmenes lujosamente encuadernados, que recogen la obra de los grandes filósofos de nuestra cultura desde el siglo IV a. C. hasta el presente, ilustran acaso mejor que ninguna otra obra la necesidad de reivindicar el invento más inútil y necesario creado por el hombre: el pensamiento.

Fuente: P. UNAMUNO | EL MUNDO

9 junio 2014 at 8:06 am 1 comentario

García Gual : «La mezquindad moral e intelectual es una de las marcas de nuestro tiempo»

Artículo de Carlos Javier González Serrano en Filosofía Hoy

Trayectorias como la del helenista Carlos García Gual demuestran que los clásicos nunca dejan de ser nuestros contemporáneos. Hablamos con él de ese periodo y de sus conexiones con la realidad de hoy día

García-Gual
Foto: Deyanira López

Tras una larga y titánica carrera docente e investigadora, Carlos García Gual acaba de jubilarse. No hemos querido perder la oportunidad para charlar con él sobre la actualidad (y el futuro) de la filosofía y de los estudios clásicos en España. Catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense, Gual es sin duda uno de los mejores conocedores, a escala mundial, de la auténtica raíz de la cultura occidental: la cultura clásica. Prolífico traductor (gracias a él se puede leer en español a Homero, Epicuro o Diógenes Laercio, entre otros), recibe en el año 2002 el Premio Nacional a la Obra de un Traductor. También ha destacado como autor y crítico literario en importantes revistas y diarios nacionales (El País, Revista de Occidente) e internacionales.

 Como catedrático de Filología Griega, ¿puede decirnos en qué medida el lenguaje de la Grecia de los siglos V y IV a. C. contribuyó al surgimiento de la filosofía? ¿Configura el lenguaje el modo de pensar?

Cada género literario construye un cierto léxico propio a partir de la lengua común. En Grecia, la filosofía aparece –en verso y prosa– tras la épica y la lírica que dieron un notable esplendor y una flexible y rica expresividad a la lengua griega. Esta lengua tiene además una gran facilidad para expresar abstracciones y componer nuevos términos a partir de antiguas raíces. De modo que el pensamiento filosófico, desde fines del siglo VI a. C., encontró en la lengua griega un instrumento muy refinado para su expresión. Notemos, como ejemplo puntual, la importancia que tuvo el uso del artículo que permite sustantivar cómodamente tantos conceptos (tò kalón, to agathón, etc.) –en contraste con el latín que no tenía artículos–, y, a la vez, la riqueza aspectual del verbo griego.

¿Son el mito y la filosofía modos de pensamiento excluyentes?

Frente a la tradicional oposición entre mythos y logos, que vemos expuesta en muchos manuales de historia del pensamiento antiguo, algunos pensadores recientes han subrayado –como hicieron Cornford y últimamente Hans Blumenberg– la conexión latente entre uno y otro como formas simbólicas que responden al deseo humano de hallar un sentido a la existencia humana en un cosmos acorde a su comprensión.

¿Debemos pensar en los mitos griegos al modo en que se piensa la religión a ojos de la teología más tradicional, es decir, como un dogma más o menos canónico al que el devoto debe acogerse?

No, los mitos no eran dogmáticos. Eran narraciones arcaicas y prestigiosas que la colectividad mantenía en la memoria y rememoraba en las fiestas y que guardaban los poetas (no los sacerdotes). De ahí la vivacidad y libertad narrativa de esa tradición mítica, con sus figuras impresionantes de dioses y héroes tan humanos, variados, y paradigmáticos.

¿Se puede hablar de algún tipo de continuidad entre mito y filosofía, o debemos referirnos a un auténtico hiato o salto antropológico?

Hay una cierta divergencia que nace de la evolución hacia una sociedad más crítica, abierta, escéptica, progresista, que alborea en las costas y ciudades de la Jonia del siglo VI a. C., como han explicado bien los historiadores de esa aurora de la Filosofía (Burnet, Farrington, etc.). La libertad de pensamiento y la mentalidad objetiva explican ese progreso del racionalismo en la sociedad griega.

Hablando de fronteras… Como filólogo, ¿es fácil delimitar la labor de la literatura y la filosofía? ¿Cómo métodos de expresión tan aparentemente distintos pueden llegar, en algunos casos, a clarificarse tanto mutuamente?

La pregunta resulta muy compleja. Hay formas de pensamiento que son más literarias o más poéticas, y otras más severas. En la busca de la verdad varían los senderos. Platón y Nietzsche son tan filósofos como Kant y Spinoza. En la historia de la filosofía caben estilos muy diversos, aunque la literatura y la filosofía tengan objetivos o pretensiones distintas.

Tras una dilatada carrera como traductor de clásicos (en 2002 recibió el Premio Nacional a la Obra de un Traductor), ¿siente predilección por algún autor en especial? ¿Supone ya la traducción de Epicuro o Platón un ejercicio filosófico?

La traducción, por bien que se conozcan las lenguas en cuestión, supone cierto arte y oficio personal, y uno va aprendiendo con los años al enfrentarse a autores diversos. Creo que, si uno traduce por gusto, como es mi caso, aporta también un cierto placer intelectual, ya que el traductor es, pienso, un lector a fondo del texto, que comparte al ponerlo en otra lengua el mensaje original tratando de apurar y precisar el significado poético o filosófico –según los géneros y estilos– de las frases traducidas. Es, sin duda, un buen ejercicio filosófico (y literario): porque ninguna traducción es exacta y no hay –excepto para mensajes muy simples– una solución mecánica a los problemas de la distancia entre los campos semánticos y las sintaxis propias de uno y otro idioma. (Claro que esa distancia puede varíar mucho según las lenguas con que se opera).

La sociedad reivindica ciertos valores que, en ocasiones, la clase política parece haber perdido. ¿Nos hace falta un genuino Prometeo que se atreva a desafiar el dominio de una clase que, como los dioses griegos, parece prácticamente intocable?

No tengo respuesta fácil a esta pregunta. Creo que la mediocridad de los políticos refleja en parte la sociedad que los ha elegido. La mezquindad intelectual y moral es una de las marcas de nuestro tiempo. Acaso de la modernidad y de la sociedad de consumo. Hasta las revoluciones acabaron desprestigiadas, y los políticos no son, por lo visto, la mejor gente –pero sí son muy representativos– de esa sociedad capitalista, donde tener y “hacer” dinero (el capital, la banca, etc.) es el ideal (confesado o no) de casi todos. Prometeo era el patrón del progreso técnico. Vivimos, en cierto aspecto, por el avance incesante y desenfrenado de la tecnología, una época muy prometeica. Ni los epicúreos ni los cínicos fueron revolucionarios, en el sentido social del término, pero proponían un refugio frente a la política envilecida ya en su tiempo. Y en eso parecen muy actuales.

La universidad pública vive tiempos convulsos (reformas de planes de estudio, cuestionamiento del papel de ciertas disciplinas humanísticas, dificultades económicas, etc.). ¿Qué papel ocupa la docencia de la filología griega en este difícil panorama?

Los planes de enseñanza los hacen los políticos (y sus adláteres y burócratas más o menos pedagógicos). Es decir, gente no muy recomendable para programar y solucionar tan difíciles cuestiones públicas con una perspectiva humanista. La filología griega no tiene ningún papel al respecto y ha sido claramente marginada de la enseñanza pública.

La drástica reducción de las enseñanzas del griego y del latín es una nota más, tan significativa como triste, de la deshumanización de la universidad en nuestro país y nuestro tiempo. No solo de la Universidad, desde luego; en la Enseñanza Media también: la optatividad de esas “materias” en el bachillerato es mínima dentro de lo marginal). Tal vez, sin embargo, de esto no son solo culpables los políticos de turno –que intentan seguir las consignas de moda–, sino la propia sociedad de masas, con su tendencia a homogeneizar demasiado y cuyos héroes son los cocineros y los futbolistas.

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16 abril 2014 at 8:46 am Deja un comentario

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