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Mary Beard: “Es una locura comparar el Imperio romano con la Unión Europea”

La historiadora británica, galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales el año pasado, ha estado esta semana en nuestro país cumpliendo una apretada agenda. Además de asistir a su investidura como Doctora Honoris Causa por la Universidad Carlos III ha ofrecido dos conferencias en el Museo Arqueológico y la Fundación Telefónica sobre diversos aspectos del mundo que mejor conoce, el de la Antigüedad clásica.

Mary Beard

Fuente: ANDRÉS SEOANE  |  EL CULTURAL
8 de septiembre de 2017

“Me gusta comparar a la gente con alumnos de primero de carrera. Son inteligentes pero ignoran muchas cosas, y para mí es un placer el poder enseñarles”. Y además lo hace magníficamente. No por nada la historiadora británica Mary Beard (Shropshire, 1955), última Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, es conocida como “la clasicista más conocida del mundo”. Su concepción de la historia, que aúna divulgación con escepticismo y conceptos complejos con explicaciones prácticas (y muy divertidas) causa furor entre el público que lee su libros y columnas y sigue sus documentales en la BBC. También sus, en muchos casos, polémicas y heterodoxas opiniones, que generan encendidos debates en Twitter, donde tiene más de 150.000 seguidores.

Esta semana la autora de SPQR ha estado de gira por España para asistir a su investidura como Doctora Honoris Causa por la Universidad Carlos III, “por sus relevantes méritos académicos y profesionales”, a propuesta del Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja. Además ha tenido tiempo para impartir dos conferencias, la primera en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) el miércoles, donde la cola desbordaba el jardín del edificio y solo pudieron entrar los más tempraneros; y la segunda esta tarde en el Espacio Fundación Telefónica, para la que las entradas gratuitas se agotaron una hora más tarde de ser puestas a disposición del público. Todavía permanecerá unos días en nuestro país donde el domingo comenzará en Cádiz el rodaje de un nuevo documental con Julio César como protagonista.

Si hoy tuviéramos a Cicerón aquí no nos entenderíamos con él y el no entendería nada de nuestra vida”

Pregunta.-¿Cuáles son los peligros de ver la historia con los ojos de hoy, de no contextualizar?
Respuesta.- Ese es el gran peligro de los que investigamos la historia y de los que la aprenden, claro. Es complejo, porque en el caso de los romanos, ellos comparten muchos de los problemas que podamos tener hoy en día, como el vivir en una gran ciudad, pero si hoy tuviéramos a Cicerón aquí, seguramente no nos entenderíamos con él y el no entendería nada de nuestra vida. Tendemos a quedarnos solo con los paralelismos, pero siempre es en realidad un tira y afloja, un toma y daca. Es como si el historiador fuera una persona que está caminando sobre una cuerda floja. A un lado miras y ves algo totalmente desconocido y raro, y a otro lado es todo muy familiar y muy como nosotros. Para mí esta es la parte interesante de estudiar el pasado y es algo que no solo pasa con la Antigüedad, ocurre aunque estudies el siglo XIX. Tampoco hay una respuesta correcta necesariamente a eso, por lo que lo único que trato de hacer es mostrarle a la gente esas dos partes para que por un lado les atraiga la familiaridad, porque si no te ves relacionado de alguna forma contigo no puedes empatizar; y por otro lado presentar algo raro y anómalo, que gusta y ofrece un atractivo de estudio y de conocimiento.

P.- Como comentaba el otro día en el Museo Arqueológico, ¿cómo nos concierne hoy Roma? ¿Qué podemos aprender y dónde acaban estas enseñanzas?
R.- Hay que tener mucho cuidado a la hora de pretender tomar lecciones de Roma sin examinarlas. No tenemos que pensar que esas enseñanzas podemos aplicarlas sin más, sin actualizarlas. Quizá tenemos nosotros más que enseñar a los romanos que al revés. No estoy muy interesada en esos profesores e historiadores nostálgicos que piensan que Roma es algo que hay que copiar y emular. Mejor no hacerlo, créame. Pero sí pienso que la historia de los romanos, esa época de la Antigüedad, podría llevarnos a entendernos mejor a nosotros mismos, es decir, el estudio de las diferencias nos hace vernos con otros ojos, para lo bueno y para lo malo. Establecer un diálogo con esa época es una manera de reexaminarnos a nosotros mismos más que de aprender lecciones.

En muchos aspectos somos herederos de los debates políticos y sociales que ya se daban en Roma hace 2.000 años”

En ese sentido, Beard destaca que en muchos casos no somos conscientes de la impronta y de la influencia que en muchos aspectos políticos y sociales de nuestro día a día tiene la cultura romana, cuya visión del mundo y legado son alargados. “Sin duda la cultura occidental no debe todo a los griegos o romanos, y yo lo agradezco, pero sin duda hemos heredado muchas convenciones y reglas del mundo clásico”, explica. “Hoy en Occidente tenemos unos debates muy similares a los que podía haber en Roma, aunque las respuestas quizá podrían no ser las mismas. Pero hemos heredado formas de pensar y de afrontar los dilemas y cuestiones políticas, y en cierta forma somos herederos de sus mismos debates, como por ejemplo las libertades civiles y todo eso”. Recuerda la historiadora que “han existido en la historia de Roma una serie de debates constantes, como el terrorismo político plasmado en figuras como Julio César o Catilina o la esclavitud y sus límites, que han trascendido hasta hoy y se han convertido en mitos funcionales de nuestras sociedades“. Es en esta capacidad de Beard para acercar Roma a la actualidad, para demostrar que nuestros dilemas ya estaban sobre el tablero hace 2.000 años, en donde radica la mayor parte de su éxito.

P.- En toda su obra late la idea de que en toda su historia, mítica y real, Roma deja claro su papel inclusivo y multicultural, ¿deberíamos recoger hoy ese mensaje? ¿Cómo?
R.- Sí, es cierto que Roma, tanto a nivel Imperio como a nivel ciudad, no solo era inclusiva, sino que además tenía una alta conciencia de serlo que estimaba mucho, porque no es lo mismo serlo por casualidad y no a propósito. Eso es algo que a nosotros nos sorprende hoy en día, pero lo que tenemos que tener en cuenta es que quizá no todo era de color de rosa, que también allí había xenofobia y marginalidad. Pero en líneas generales de esa cualidad del espíritu romano debemos sacar lecciones, porque lo describamos como lo describamos, un imperio exitoso, brutal o militarista, se construyó a base de incorporar a los extranjeros y no a base de excluirlos. Ellos lo hicieron de esa manera y nosotros, en cierto modo, estamos haciendo las cosas distintas. Aún así, la comparación no es posible a ningún nivel más que general, es una locura comparar el Imperio romano con la Unión Europea, pero aunque no nos adhiramos a su sistema, por lo menos debería servirnos para ver que existen otros caminos, otras vías posibles a las que está explotando Europa hoy en día.

El multiculturalismo de Roma debería servirnos para ver que existen otras vías posibles a las que está explotando Europa”

La intensiva visita de Mary Beard a nuestro país se ha cerrado esta tarde con otra conferencia, pronunciada en este caso en el auditorio de la Fundación Telefónica, en la que la historiadora británica se ha explayado sobre uno de sus temas favoritos, la perspectiva feminista, el análisis del papel de la mujer en ese mundo clásico que tan bien conoce y las consecuencias derivadas de esa visión antigua en la actualidad. “Quiero reflexionar sobre la silenciacion de la mujer desde el homerismo clásico hasta la Roma imperial y sobre alguna de las formas en las que las voces de las mujeres no se escuchan en las variadas esferas de nuestro mundo actual. Una sordera generalizada en nuestra sociedad”, ha comenzado.

Así, bajo el título de Women’s speech, women’s power, Beard ha hablado de los discursos que han influido en el silenciamiento de las mujeres desde la Grecia antigua hasta la actualidad y el papel que juega la mitología clásica en nuestras propias representaciones del poder, o la ausencia de este, en el caso de las mujeres. “Este tema es mucho más complicado que una simple misoginia, a lo que alguna gente quiere reducir este problema”, se ha lamentado. “Hay una gran carga histórica detrás de la silenciación de las mujeres que se remonta a toda la tradición clásica grecolatina y que pervive hoy, pero ya va siendo hora de cambiarlo”.

 

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9 septiembre 2017 at 10:00 am 1 comentario

Guía mortuoria de mitos, héroes y semidioses. Entrevista a Carlos García Gual

Carlos García Gual explica en su última obra, La muerte de los héroes cómo, dónde y por qué terminó la gloria de diferentes personajes míticos griegos.

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Ilustración de Odisea. | ULISES CULEBRO

Fuente: MARTA RÓZPIDE  |  EL MUNDO
27 de diciembre de 2016

La mitología no es una cultura muerta, pero los héroes también mueren. Lo confirma Carlos García Gual con su última obra, La muerte de los héroes (Turner Noema). Se trata de una narración hecha con relatos cortos donde García Gual cuenta la muerte de Píndaro, Apolo, Antígona, Paris o Casandra. El escritor, profesor y traductor recoge en menos de 200 páginas el final, a veces trágico y otras irónico, de 25 héroes y heroínas. Lo hace diferenciándolos en tres capítulos distintos: Los héroes míticos, Los héroes homéricos y Tres heroínas trágicas. Mas allá de la filosofía, estas estampas ilustran de forma sencilla, no simple, la condición humana de aquellas figuras de culto con poesía y sin barroquismos.

El destino fatal de la efímera condición humana, al contrario que la inmortalidad de los dioses, sirve para adentrar al lector en una reflexión sobre la antigua Grecia y sus leyendas. El también articulista, crítico y dos veces Premio Nacional de Traducción, se detiene con mimo en cómo, dónde y por qué mueren los héroes. Algo que descubre, incluso para el mismo autor, anécdotas y aspectos de algunos personajes con los que ya llevaba tratando medio siglo. Lo hace en un mundo moderno que “sufre un total desprestigio de las humanidades”, en el que sería “raro ver a un político español con un libro en las manos” y en el que “se piensa en que hay que educar a la gente sólo para que produzca y consuma”. Pero Carlos García Gual es optimista: los niños todavía quieren escuchar la historia de Ulises o la guerra de Troya.

P. En La muerte de los héroes aborda el encuentro de la muerte de héroes y heroínas. Algo que hasta ahora, no había sido motivo de un libro.

R. Con estos textos caí en la cuenta de que la muerte de los héroes, las muertes sueltas digamos, pintorescas en muchos casos, no estaban reunidas en ningún libro. Las historias de los héroes tratan de las grandes hazañas, los amores, los logros, pero dejan aparte la muerte porque no contribuye tanto a su gloria, sino que es el final de ella. Entonces se me ocurrió la idea de reunirlos.

P. ¿Cuál fue la que más llamó su atención?

R. Hay alguna muerte que está contada en una tragedia, por ejemplo la muerte de Edipo, ya viejo, solitario y sin patria; y la muerte de Heracles (en latín, Hércules). Ésta es quizá una de las más trágicas, porque se muere al ponerse una túnica envenenada que le envía su mujer sin saber que estaba contaminada. De manera que, cuando el héroe regresa a su casa tras muchas batallas, cuando piensa que ya va a descansar junto a la persona que más le quiere y a quien quiere, se encuentra con esta trampa mortal que es terrible para él y para ella, que acabará suicidándose.

P. La muerte es algo propio de la condición humana. Festejada y respetada en algunas culturas y temida en otras. En Occidente parece incluso estar hasta prohibida. No se permite envejecer. ¿No es un poco grotesca esta actitud?

R. Bueno, creo que la gente tiende a olvidarse de la muerte con gusto. Es verdad que algunos filósofos decían que la vida es una preparación para la muerte, pero creo que esa es ya una idea del pasado. Las culturas antiguas sí pensaban en eso, pero la cultura actual tiende a distraernos de la muerte.

P. ¿Es la literatura clásica una cultura muerta?

R. Curiosamente, la mitología griega sigue teniendo cierto atractivo. Hay muchos niños y jóvenes que cuando se encuentran a estos héroes y personajes sienten por ellos una especial simpatía. Es algo común encontrar a niños que quieran escuchar la historia de Ulises o la guerra de Troya. Creo que tiene mucha más vigencia la mitología que, por ejemplo, la hagiografía con los relatos de los santos. Eso sí que ha desaparecido totalmente de nuestra cultura. Ahora incluso en las universidades de letras se vuelve a estudiar mitología, que hace años que no se estudiaba.

P. ¿A qué cree que se debe?

R. Primero porque es muy atractiva. Y luego porque está en las bases de muchas obras literarias clásicas.

P. España lidera el ranking en consumo de antidepresivos. La gente busca respuestas sobre su existencia día a día, pero no las encuentra. ¿Puede ser que tenga algo de relación el haber dejado aparcado y denostado el mundo de las humanidades?

R. Creo que vivimos en una sociedad de consumo y de consumo desenfrenado. Es verdad que las humanidades cada vez están más olvidadas, en general todas las letras. Este es un país de futbolistas y cocineros. Pasa lo mismo en toda Europa, lo diferente es que en España la capa culta es mucho más delgada tradicionalmente. En Francia o Alemania las humanidades en el siglo XVIII o el XIX van a tener un peso enorme en la cultura. En España no, el siglo XIX es un siglo culturalmente muy pobre. Ha habido una época durante la última mitad del siglo XX en la que se ha vuelto a las humanidades en universidades y el mundo de las clásicas ha tenido una cierta vigencia.

P. ¿Y ahora?

R. Ahora estamos en una clara decadencia, en un ocaso general de las humanidades. Se piensa sólo que lo importante es lo rentable. La gente cree que hay que educar sólo para lo que sea rentable, para que se gane dinero, y una vez que se gane dinero, la cultura no tiene importancia. Estamos en un sitio donde se da más importancia, como se ve en la tele, a la cocina, a la gastronomía y al fútbol. La capa cultural que había en la ilustración europea en España fue muy pobre y ahora está en un mal momento.

P. ¿Peor incluso?

R. Sí, en los últimos años hay un retroceso, se ve en los estudios de bachillerato y en el nivel de las universidades de letras. Hay un desprestigio total de las humanidades.

P. ¿Qué le parece que quieran retirar como obligatoria la asignatura de Filosofía en Bachillerato?

R. Es un reflejo más. Hoy en día se piensa en que hay que educar a la gente sólo para que produzca y consuma. No se educa en cosas que estimulen la reflexión, la lectura, el teatro… Todo eso no es rentable. Eso y que la sociedad española ha sido educada por la religión y nada más.

P. ¿Por qué cree que nuestros políticos no reconocen las letras?

R. En general los políticos españoles en ese aspecto son poco cultos. Si uno compara como hablan los políticos franceses con los españoles se da cuenta de que la diferencia es inmensa. Es muy raro ver a un político español con un libro en las manos. Empezando por el Presidente del Gobierno que lee, al parecer, cosas de deportes. No parece que lea otra cosa. Pero vamos, es una característica normal.

P. ¿Cuáles serían los problemas más graves a los que se enfrentarían esos jóvenes que desconozcan a Sócrates, Aristóteles o Platón?

R. Mucha gente vive sin saber nada de filosofía y no le pasa nada. A la gente es fácil acostumbarla a los usos o las modas corrientes. Es bastante feliz aunque sólo se le de fútbol o gastronomía mientras se le permita vivir de un sueldo. Luego de ganarse la vida, orientarla hacia la reflexión, las artes es un camino que parece que no interesa ahora, por lo menos a los políticos.

P. Fue profesor durante seis años en el Instituto Beatriz Galindo de Madrid. ¿Cómo estaba el panorama entonces?

R. Lo recuerdo como una etapa muy agradable. Debo decir que el nivel que tenían mis alumnas al acabar el preuniversitario es parecido al que tienen ahora mis alumnos en el tercer año de universidad.

P. ¿De verdad?

R. Sí, había un ambiente cultural mucho mejor que el de ahora. En general lo había en Madrid. Mucho más teatro, más de todo. Es conocido cuántas librerías han cerrado los últimos años. Ahora hay mucha más televisión, la gente vive pendiente de pantallas más grandes o más pequeñas. Hay más música de consumo, pero leer ha dejado de ser un entretenimiento para parte de nuestros alumnos.

P. ¿Qué papel ha jugado internet en todo eso?

R. Internet pone al alcance de todo el mundo una información general de casi todo de forma inmediata. En cambio, la literatura invita a una cierta reflexión a formarse como persona individual con criterio propio. Yo creo que es verdad el título ese que pusieron a uno de mis artículos, Los clásicos nos hacen más críticos. Eso internet no lo da, más bien lo destruye.

P. Comenzó a interesarse por el mundo de los clásicos gracias a la biblioteca familiar y a sus profesores de instituto. ¿Cuánta importancia tiene lo que se lee en casa?

R. Yo me formé como lector en la biblioteca de mi abuelo. No se necesita que sea una gran biblioteca. Hay una gran diferencia entre los alumnos que vienen de una familia donde leían libros en los y aquellos que vienen de una casa donde no leían libros. La influencia que pueden tener a veces los profesores es un tanto secundaria respecto a la inclinación que ya tienen los alumnos. Ni el instituto ni la universidad pueden formar del todo. La formación tiene que estar relacionada también en el ambiente, en la casa, en los amigos. Si una persona pasa seis horas delante del televisor no será unos grandes críticos nunca.

P. ¿Qué lecturas recomendaría a alguien que quiere bucear por primera vez en la cultura clásica?

R. Algún libro clásico que sea fácil, como la Odisea, o alguna tragedia griega como Edipo rey, Antígona. También antología de poetas antiguos. La gente así joven que se inicia puede descubrir que esos poetas antiguos, como Safo, son tremendamente jóvenes y actuales. Yo creo que los griegos son muy fáciles de leer. Algunos, no todos.

P. ¿Es este un libro difícil para principiantes en la mitología?

R. Algunos libros sí son fáciles. Éste no lo es tanto. Tiene muchos nombres propios, las historias que se cuentan son un poco abreviadas a veces. Creo que requiere una cultura ya un poco avanzada. Se da por descontado que el lector ya conoce a los personajes. Otros serían más fáciles, como mi libro Historia mínima de la mitología es más fácil, porque cuando hablo de los dioses explico sus historias y no hace falta saberlo previamente. Muchas veces hay que conocer mejor a los personajes para degustar mejor el relato.

P. Ha sido Premio Nacional de Traducción dos veces. ¿Es muy difícil el proceso de traducción del griego clásico?

R. Traducir a los antiguos no es mucho más difícil que a los modernos. Requiere una previa cultura. Las instituciones son otras, la ciudad griega no era como la moderna, pero no es muy difícil. Además en España hemos tenido suerte. Hay muy buenos traductores, jóvenes en general que han hecho una labor de traducción excelente. En los últimos 50 años se ha traducido toda la literatura clásica como no se había hecho nunca. Ha habido una época dorada de la traducción, eso ahora está frenando, pero ya está hecha.

P. Lleva también al menos 50 años tratando con Homero, por ejemplo. ¿Sigue descubriendo cosas con sus obras?

R. Sí, cuando vuelvo a releer textos siempre descubro algo. Por ejemplo éste es un libro curioso porque he descubierto ciertas anécdotas y he redescubierto a ciertos personajes que conocía mal. Se da uno cuenta de que la mitología griega es un mundo muy humano. Es fácil entender sus pasiones, mucho más que en cualquier otra mitología.

P. Y nosotros ahora, ¿son cada vez menos humanos?

R. No lo creo, hay un progreso clarísimo en muchos aspectos de la vida: la medicina y el transporte actuales. Pero el progreso es también un progreso de sensibilidad, de sensibilidad por el dolor ajeno. Es curioso como mientras los estados son muy cicateros en las ayudas a los demás, existen ONG, existen esos jóvenes que van al tercer mundo. Hay una cierta sensibilidad por los demás muy superior. Lo que pasa es que no es la dominante. Son una minoría dentro de una masa dominada por el consumo y una torpeza para entender a los demás. Esa minoría es la mejor parte de la sociedad y es algo nuevo, muy moderno.

P. Y la literatura contemporánea, ¿ha llegado a sorprenderle (gratamente) algún escritor?

R. Sorprender ahora es muy difícil. Soy un lector voraz de literatura moderna. De hecho fui de los primeros que escribió sobre Borges, sobre García Márquez. Creo que hay grandes poetas como Szymborska. Pero es difícil sorprenderse. Hay tanta literatura y tan rica, que uno lo que siente es no tener más tiempo. Lo difícil es a veces elegir entre tanta literatura.

 

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28 diciembre 2016 at 11:55 am Deja un comentario

“Los clásicos nos enseñaron a hacernos preguntas”. Entrevista a Paul Vayne

Paul Vayne es traductor de Virgilio, autor de numerosos ensayos, este estudioso reflexiona a los 86 años sobre su vida dedicada a los clásicos y la vigencia de sus textos

Fuente: GUILLERMO ALTARES  |  EL PAÍS
21 de octubre de 2016

/ HULTON ARCHIVE (GETTY IMAGES)

/ HULTON ARCHIVE (GETTY IMAGES)

Indignado por la destrucción de templos y tumbas de Palmira por parte de las huestes yihadistas del Ejército Islámico, espeluznado por el asesinato del arqueólogo Jaled Asaad en el verano de 2015 en el teatro de la ciudad romana, el veterano historiador Paul Veyne (Aix-en-Provence, 1930) decidió escribir un libro sobre una urbe que en la Antigüedad unió Occidente y Oriente como ninguna otra del imperio. En realidad, era una adaptación de un capítulo de una de sus obras más conocidas, El Imperio greco-latino, pero liberado de todo el aparato crítico y aligerado para dirigirse a un público más general. En unos pocos meses, Palmira (que ahora sale en España en Crítica en traducción de Carme Castells) vendió 150.000 ejemplares, una cifra inédita para un libro de historia clásica, incluso para un autor tan respetado y conocido como Veyne.

Profesor del Collège de France donde fue compañero e íntimo amigo de Michel Foucault, autor del capítulo dedicado a Roma de la Historia de la vida privada con la que George Duby revolucionó la forma de mirar al pasado, traductor de la Eneida, Veyne ha publicado a lo largo de su dilatada carrera numerosos ensayos, como ¿Creían los griegos en sus dioses? o El sueño de Constantino. Cuándo el mundo se hizo cristiano. El año pasado, sus memorias, Et dans l’éternité je ne m’ennuierai pas (y en la eternidad no me aburriré), un recorrido por el siglo XX desde sus recuerdos de la II Guerra Mundial hasta su jubilación o su amistad con Foucault y René Char, dieron mucho que hablar y ganaron el premio Femina de ensayo, uno de los más prestigiosos de Francia. Ahora vive retirado, en una casa situada en las afueras del pueblo de Bédoin, en su Provenza natal, pero el peso de sus 86 años no ha disminuido su energía. Acaba de publicar en Gallimard un ensayo sobre la Villa de los Misterios de Pompeya y sigue tratando de mantener viva la idea que ha impulsado toda su vida profesional: lo que los clásicos nos aportan como sociedad y la forma de mantener viva su herencia.

Pregunta. Emmanuel Carrère le cita varias veces en su libro sobre San Pablo, El reino, y siempre con enorme respeto. Dice que usted explica que el gran invento del cristiano es el centralismo religioso, que en la Antigüedad los templos eran pequeñas iglesias privadas. ¿Fue eso lo que hizo tan potente al cristianismo?

Respuesta. Es la única religión del mundo, que yo sepa, que está organizada como un Ejército. Tiene un general, el Pontífice, los obispos, los arzobispos, los sacerdotes. Es una religión en la que se obedece. El islam suní no es así, todo el mundo es soldado. No hay jefes. Por eso, el cristianismo dio un marco muy claro a la población. Desgraciadamente tengo 86 años, pero me hubiera gustado escribir un libro, que habría sido el último, sobre por qué esta religión se organizó como un Ejército y que el principio de autoridad fuera tan fuerte. No lo sé, y que yo sepa nadie se ha planteado la pregunta, pero creo que es una cuestión muy importante.

P. Una frase suya que cita también Carrère es: “El oficio de historiador consiste en darle a la sociedad en la que vive el sentimiento de la relatividad de sus valores”. ¿Podría explicarla?

R. Si se describe correctamente el pasado, si se analiza bien, siempre se demuestra que la gente, incluso en las conductas más banales, expresaba ideas, reglas, principios, que no son los actuales.

P. Pese a ese relativismo, ¿hay alguna lección que podamos tomar del mundo clásico?

“La intolerancia y el totalitarismo vienen del cristianismo. Eso no existía en la Antigüedad”

R. Roma y Grecia eran civilizaciones perfectamente refinadas y civilizadas, pero que no tienen nada que ver con nosotros. Bueno, tal vez sí hay una cosa: la costumbre que tienen los griegos y los romanos, que es la misma civilización porque los romanos se convirtieron en griegos, de plantearse preguntas, de reflexionar sobre sí mismos. Ahora mismo nos estamos haciendo preguntas sobre nosotros mismos. Eso prepara al nivel individual la relatividad de la que hablábamos. Nos preguntamos lo que somos, lo que debemos hacer. El mundo no es evidente, preguntarse sobre nosotros y no dar nada por sentado: eso lo hemos aprendido de los clásicos. Incluso los cristianos se preguntaban sobre sí mismos. Eso viene de la Antigüedad, del mundo grecorromano. Séneca se pasa la vida preguntándose lo que hay que ser, lo que hay que hacer.

P. Escribió el libro sobre Palmira por la indignación que le causó la destrucción de varios monumentos. ¿Cree que los destruyeron por todo lo que significan para nosotros?

R. Tenían dos objetivos: el primero, destruir los templos de los viejos dioses y, al mismo tiempo, también era una forma de mostrarnos que desprecian la gran religión que nos caracteriza desde hace un siglo: el culto de los monumentos históricos.

P. ¿Era Palmira especial en el Imperio Romano?

R. Era un puerto en el desierto como Venecia era un puerto en el Mediterráneo. Era el lazo entre Oriente, de un lado, y el inmenso Imperio Romano, del otro, para las caravanas que viajaban desde China por tierra. Traían muchos productos pero sobre todo seda: todo noble romano, incluso si se trataba de un hombre, se vestía de seda. Un puñado de seda costaba tanto como un puñado de oro. Y otra cosa que no encontramos más que en Oriente: el incienso para todos los templos paganos del imperio.

P. Hace poco encontraron dos esqueletos enterrados en el Londres romano que han sido identificados como chinos. ¿Es posible que hubiesen pasado por Palmira?

R. Existe un relato de un embajador chino en Palmira que quería descubrir por qué la seda era tan valorada en el Imperio Romano, más que en Persia. Y, por otro lado, los romanos conocieron la existencia de la Gran Muralla. La seda hasta el siglo III era algo extraordinario que venía de regiones misteriosas y lejanas.

P. Otra cosa que explica es que el mundo romano estaba formado por ciudades.

R. La clase alta posee la tierra. Vive de los beneficios de la agricultura, de sus granjeros. También existe una clase media, por ejemplo los padres del poeta Virgilio. Son ricos propietarios y también algunos mercaderes. Todos ellos viven en la ciudad de lo que les proporciona la tierra. En las ciudades, habitan los ricos, su enorme servicio y los comerciantes que les proporcionan todo lo que necesitan. Esa oligarquía es la que ostenta el poder político, reunida en una especie de Senado, que mandan y dirigen. Palmira funciona así salvo que los ricos, en vez de explotar la tierra, tienen caravanas.

P. En Palmira escribe: “Nuestra época habla mucho de imperialismo cultural y de la identidad, pero olvidamos que la modernización por adopción de costumbres extranjeras juega un papel en la historia más importante que el nacionalismo”. ¿Qué explica eso de nuestro presente?

R. La civilización que llamamos romana es griega, adoptaron todo de los griegos, incluido el ritmo de la poesía. La poesía romana abandonó los viejos ritmos itálicos y adoptó los ritmos de la gran poesía de la época griega.

P. En su libro El sueño de Constantino. Cuándo el mundo se convirtió en romano, insinúa que tal vez hubiese podido ser de otra forma, que el mundo podría no haber sido cristiano. ¿Cuándo?

R. Tal vez si Juliano el apóstata hubiese tenido un sucesor pagano las cosas habrían sido diferentes. Lo que ocurrió es que Constantino se convirtió personalmente, no obligó a la población a ser cristiana, sino que fue pagana hasta mucho más adelante. Pero dio a la Iglesia sumas enormes, dilapidó el tesoro imperial y concedió sumas gigantescas a la curia. Se construyeron por todas partes edificios, y las poblaciones rurales comenzaron a entender quiénes eran los nuevos amos. En Túnez, en la época de san Agustín, les ven ocupar un palacio episcopal. Sabían que la autoridad estaba ahí. Ocuparon el terreno materialmente.

P. ¿Por qué en la Antigüedad no se producen guerras de religión?

R. Porque se pueden elegir los dioses sin problemas. No hay disputas. Cuando se descubre que un pueblo lejano tiene un dios peculiar, se estudia y, al igual que se trajeron plantas útiles como la patata de América, se importa esa divinidad. La intolerancia, el totalitarismo vienen del cristianismo. Eso no existe en la Antigüedad. Se construyen templos a los dioses que les gustan sin importar de dónde vengan. En el año 200 antes de Jesucristo, los romanos están siendo derrotados por Aníbal y un senador dice que ha viajado a Oriente y ha encontrado una diosa que les puede ayudar, Cibeles. Propuso traerla. Fueron a buscar una estatua y sacerdotes y la introdujeron de forma solemne en Roma sin ningún problema.

P. ¿Qué es lo que más le choca de la civilización romana?

R. Creo que los gladiadores. Puedo llegar a comprender la violencia, pero ¿cómo se puede asistir a eso? Ser gladiador se consideraba un deporte noble y era voluntario, para intentar garantizar un buen espectáculo. La damnatio ad bestias, las condenas a muerte, eran otra cosa. Por la mañana se podían ver carreras, gladiadores y, luego, lo que llamaban espectáculos de mediodía. Se evacuaba el anfiteatro y comenzaban los suplicios más horrendos que se pueda imaginar para condenar a los criminales. Ahí se quedaba mucha menos gente, un público que no era totalmente normal. Séneca, por ejemplo, admiraba a los gladiadores, pero no los suplicios. La inventiva en la atrocidad era extraordinaria, pero el propio Séneca decía que sólo asistían los tarados. Entonces también había gente que no podía soportar la violencia.

P. ¿Por qué Roma conquistó el mundo?

R. Por el mismo motivo que los nazis: por el fenómeno de la colaboración. Los nobles galos, que poseen muchas tierras, ven que los romanos les adoptan y dejan en el mismo lugar a las clases que tienen bienes. Una ciudad conquistada sigue siendo gobernada por la oligarquía gala. Y si la gente se rebelaba, vendrán los romanos y arrasarán con todo.

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Paul Veyne, en febrero pasado. / JOEL SAGET (AFP)

G.A

Fundado por Francisco I en el Renacimiento, el Collège de France (Colegio de Francia) es una institución única. Depende del presidente de la República, aunque sus 50 miembros se eligen entre ellos. Una vez que son seleccionados, deberán pasarse el resto de su carrera investigando y publicando, con la única obligación de dar una serie de conferencias al año. La entrada es totalmente libre. En su novela recién editada, La séptima función del lenguaje, que transcurre entre profesores del Collège y que gira en torno a la muerte de Roland Barthes, Laurent Binet describe las conferencias de Michel Foucault a las que asistía tanta gente que ocupaban dos aulas: una con gente sentada en todos lados y otra en la que se transmitía por radio. Una medievalista que estudió en París recordaba también las conferencias de George Duby en las que se congregaba toda la alta burguesía parisiense sin dejar casi sitio para los alumnos.

Veyne fue durante dos décadas profesor en esta misma institución, sobre la que cuenta jugosas anécdotas en sus memorias, como cuando la gran helenista Jacqueline de Romilly protestó tras la elección de Barthes asegurando: “¿Quién será el siguiente, Eddy Merckx?”, un ciclista entonces muy famoso. Sin embargo, esa larga experiencia de investigación y divulgación le ha llevado a reflexionar sobre la forma de que los clásicos griegos y latinos sigan vivos en la sociedad y a proponer algunas ideas que pueden parecer extrañas para un latinista como sacar el latín del bachillerato.

P. ¿Por qué a pesar de haber dedicado al latín toda su vida considera que es mejor que los alumnos estudien inglés en vez de latín o griego?

R. Nos obstinamos en enseñar el latín a los niños. Cuando terminan son incapaces de articular una frase y, entre nosotros, la profesora tampoco. Lo que tendríamos que hacer es darles dos horas a la semana, o tres, durante las que les explicaríamos el mundo clásico y les haríamos leer a autores como Virgilio en traducciones. Eso les mostraría un mundo totalmente diferente del nuestro, una literatura a la que no están acostumbrados. Les enseñaríamos no tanto el latín como la civilización grecorromana.

P. ¿Pero no correríamos el riesgo de que al final nadie sepa traducir el latín?

R. Mi segundo proyecto era crear en Francia un instituto de estudios de la Antigüedad. Existe una escuela de lenguas orientales en la que se aprende el ruso, el árabe o el persa. Se trataría de una escuela de lenguas antiguas, como una carrera, para aquellos que hayan sentido la pasión por los clásicos. Aprenderían el latín o el griego. Cada generación contaría con 50 especialistas de la Antigüedad, que escribirían libros y serían capaces de traducir a Virgilio y Homero.

P. ¿Qué libros de la Antigüedad recomendaría a un lector no especializado?

R. Los clásicos pueden resultar difíciles. El Satiricón puede leerlo todo el mundo porque habla de la vida cotidiana. Juvenal, al ser una sátira, mostraba cómo funcionaba esa sociedad. Para mí los dos grandes escritores romanos son Virgilio y Tácito. Tal vez Horacio, pero es muy difícil.

P. ¿Cree que las traducciones de clásicos hay que rehacerlas?

R. Sin duda, cada generación o como máximo cada dos generaciones hay que volverlas a hacer, como en las novelas rusas, porque se quedan viejas.

P. ¿Por qué eligió traducir la Eneida en prosa en vez de en verso?

R. Al traducir la Eneida, lo más importante no creo que sea respetar el verso, sino la velocidad de la lectura. No puedo leer novelas contemporáneas, tienen demasiados detalles. La Eneida o la Ilíada van muy rápido.

 

23 octubre 2016 at 3:33 pm Deja un comentario

Mary Beard: ‘La Historia nos enseña a observar con profundidad, pero no te da respuestas’

¿Cómo se contaban los romanos a sí mismos el significado de ser romanos? ¿Cómo de ancho era el mundo en el que vivían? ¿Cómo amaban? ¿De qué se reían? Todas esas preguntas caben en S.P.Q.R (Crítica), el libro que sintetiza la carrera de la Premio Princesa de Asturias en la categoría de Humanidades.

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La historiadora inglesa Mary Beard, autora de ‘S.P.Q.R.’. / ÁNGEL NAVARRETE

Fuente: LUIS ALEMANY  |  EL MUNDO
7 de octubre de 2016

– P. Hay un momento de S.P.Q.R. (Crítica) en el que cuenta que los romanos se reían de sí mismos.
– R. Sí. Estamos ante una cultura que es capaz de imaginarse vista desde fuera y de encontrarle la gracia. Es algo nuevo en la Historia y ocurre porque los romanos viajan por todo el mundo, se encuentran con perspectivas diferentes. Tenemos muchas buenas razones para desaprobar al Imperio que conquista y somete, pero una de las cosas que ennoblecen a Roma es su capacidad para entender cómo pensaban los otros. Esto se puede ver en la comedia desde muy temprano. No hablamos del siglo II d.C.; hay un sentido de la autoironía ya desde el siglo III a.C.

– ¿Y se gustaban en los ojos de los otros?
– Les gustaba tener esa perspectiva ajena para tener un manera con la que responder a la pregunta de qué significa ser romano. Diría que los romanos se gustaban a sí mismos y se odiaban a sí mismos. En el siglo II, Tácito puso en la boca de los británicos una frase tremenda: «Ellos», refiriéndose a los romanos, «crean un desierto y lo llaman paz».

– Ahora cuénteme del amor romántico.
– Ese tema tiene truco. Hay dos visiones que tenemos que hacer compatibles, aunque no sea fácil. Si nos ponemos foucaltianos, diríamos lo que había eran relaciones de poder expresadas a través del sexo. Poder masculino, poder de fuertes sobre débiles… El matrimonio romano empieza con una violación, la historia de Roma está llena de violaciones con valor simbólico. El problema es que eso no encaja con la literatura romana que conocemos, que va de chico conoce a chica. Se parece mucho a nuestro amor romántico. Puede ser que estemos aplicando nuestra visión contemporánea, masculina y occidental del amor romántico a la literatura romana, puede ser… Pero ésa no es toda la explicación. En la universidad nuestra nos enseñaron que el romanticismo era algo había que descartar, que no tenía nada que ver el trabajo que teníamos que hacer como investigadores. Pero intente ver teatro romano sin pensar en lo que hoy entendemos por impulso romántico… No entenderá nada.

– Le pregunto por el humor y por el amor, porque tendemos a pensar en los romanos como gente muy cercana. Es fácil verlos como semejantes.
– Sí, lo son. Nos enseñaron a admirar a Atenas, a tenerla en un pedestal. Sócrates, los filósofos, la democracia… Ésa no era la realidad de Atenas, claro, pero es la imagen que tenemos. En cambio, con los romanos seguimos conviviendo. Hay construcciones romanas en nuestras ciudades, en el colegio nos llevaban a ver villas romanas, tenemos una noción de su vida domestica… En vez de la democracia, ves el lavabo. Y eso nos queda un poco para siempre. Los romanos nos parecen reales: son divertidos y pomposos… Son terrenales.

-También es porque pensamos en Roma como un nación de clase media… ¿Lo era?
– Depende de lo que entendamos por clase media. La gente de las ciudades que no estaba en la pequeña élite pero que tampoco era pobre ni esclava, ¿era clase media? Sobre eso también se debate. Bueno: llamémosle gente normal. Si uno investiga en las ruinas de Pompeya o de Herculano, pero también en los pueblos de España, es muy difícil no ver que había mucha gente normal. Hay muchas tumbas con lápidas, y si hay lápida, el que descansa ahí no era pobre. Yo sí diría que había una clase media.Familias con sus apartamentos de dos habitaciones, sus pequeños negocios… Y, sobre todo, eran muchas.

– ¿Clase media educada?
– De nuevo, vuelvo a Pompeya, que era una ciudad de provincias muy normal, Vamos a buscar en los burdeles. Los burdeles no estaban hechos para los ricos, porque los ricos tenían sus esclavos sexuales. Se dirigían a la gente normal. Bien, pues estos burdeles tienen las paredes llenas de inscripciones, donde los clientes dejaban sus experiencias.

– ¡Como Trip advisor!
– Exacto. Ponían cosas como Hic ego puellas multas futui, «aquí me lo monté con muchas chicas»… Cualquiera que busque en Pompeya sabrá que las habilidades básicas de lectura y escritura, y no estoy hablando de leer a Virgilio, estaban muy extendidas.

– Siempre pensamos que Roma era una nación con una determinación especial para competir y para vencer. Pero…
– La gente ve Roma como una cultura militar. Bueno sí, lo era, pero no hay señales que indiquen que más que sus vecinos. Todas las culturas del Mediterráneo antiguo estaban altamente militarizadas. No es que estallasen las guerras; estallaban las paces. La paz era la anomalía La cuestión, entonces, es otra: ¿por qué ganaron los romanos, si todos estaban igual de militarizados? Porque es verdad que ganaron muchísimo, tuvieron mucho éxito. ¿Cuál era su ventaja? La única respuesta plausible era el poder demográfico. Tenía más soldados. Las batallas no se ganaban por estrategias, disciplinas o tecnología… Las guerras las ganaba quien tuviera más soldados. Y Roma, al extender su ciudadanía, conseguía tener cada vez más soldados. En la época de Aníbal era objetivamente invencible porque sus recursos eran enormes gracias a sus conquistas y a la ciudadanía.

– Leí un libro sobre la relación del III Reich con los países que estaban en su órbita. Decía que los nazis tenían la lógica mercantil de un pirata: llegar, llevarse toda la riqueza que pudieran y marcharse.
– Pero es que la política de los nazis ha sido la normal a lo largo de la historia. Llegas, tiras la muralla, violas a algunas mujeres, llenas tu saco y te vas, «muchas gracias, encantado». Roma aseguró su éxito al seguir un modelo opuesto. ¿Cómo se les ocurrió? Es un misterio. ¿Había una pequeña élite de gente muy inteligente que entendía qué era lo que estaba pasando? Puede ser, pero no hay pruebas.

– Para el hispano, el galo o el isrelita… ¿era un buen negocio tener a Roma?
– Para la élite sí. Los romanos atraían a la élite de sus conquistados porque les ofrecían la ciudadanía y, a partir de ahí, un camino quizá hasta la gloria, como Adriano. En realidad, los romanos reconocieron ese mecanismo en la historia de su fundación. Rómulo ofreció Roma como una ciudad de acogida a los criminales de otras ciudades.

– ¿Y para los que no eran élite?
– Depende del recaudador que tuvieran. En el Inglaterra, por ejemplo, la vida del campesino no cambió entre el 500 d.C. y el 500 a.C.

– Ahora, hábleme del lujo.
– El lujo es uno de los temas más interesantes en Roma. Tenía un sentido moral. Si tuviésemos aquí a un romano del siglo I a.C., y le preguntáramos ¿cuál es el problema del imperio? seguramente nos contestaría que el lujo. El lujo es el premio que viene del imperio pero el lujo es lo que erosiona al Imperio. A algunos romanos les encantaba el lujo pero la mayoría sentía que dañaba la virtus romana. Fíjese que Tácito dijo que los británicos eran los que representaban las verdaderas virtudes romanas porque Roma estaba contaminada por el lujo.

– La tentación es ver el final de Roma como una crisis postmoderna: gente que ha dejado de tener deseo e ímpetu porque vive demasiado cómodamente…
– No es una visión justa. Desconfío siempre en ese discurso del «final de una era». Si estuviéramos en el final de una era, no nos daríamos cuenta. Piense que siempre ha existido la tentación de pensar que estamos asistiendo a una nueva decadencia de Roma.

– La pregunta no es si nos parecemos a los últimos romanos sino si los últimos romanos se parecían a nosotros.
– Se parecían pero en otro sentido: el imperio se hizo demasiado grande y la burocracia invadió todo. ¡El papel gobernaba! Y Roma perdió su capacidad de adaptarse.

– Todos estamos tentados a hacer paralelos entre la actualidad y el mundo grecolatino. Para cualquier noticia, el Brexit o Trump o el Estado Islámico, podemos encontrar algo en la Antigüedad.
-A veces me divierten estos juegos y otras veces me irritan. Me preguntan: ¿qué hubieran hecho los romanos con el Brexit? Amablemente les explico que esa pregunta no procede. Mire, hay muchos motivos para mirar a la Antigüedad, hay temas como la ciudadanía y la libertad que son comunes, y estudiarlos nos puede ayudar. Pero no esperen respuestas. La historia enseña a mirar con profundidad, pero no te da respuestas. Dicen: «No deberíamos haber invadido Irak; mirad lo que le pasó a Trajano». Pues no. Nunca debimos invadir Irak pero no por Trajano.

 

7 octubre 2016 at 5:17 pm 1 comentario

Luis Alberto de Cuenca: “La democracia tiene el riesgo de convertirse en una dictadura de la mediocridad y degenerar en demagogia”

Luis Alberto de Cuenca es un humanista pop. Premio Nacional de Crítica (1986), de Traducción (1987) y de Poesía (2015). Le interesa toda la cultura desde antes de Cristo. Como a Terencio. Fue secretario de Estado de Cultura en la etapa Aznar, en el equipo de Esperanza Aguirre

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Luis Alberto de Cuenca es un humanista pop. ÁLVARO GARCÍA FUENTES

Fuente: ÁLVARO SÁNCHEZ LEÓN  |  El Confidencial Digital
17 de septiembre de 2016

El último Premio Nacional de Poesía detesta a los que van de poetas, y tiene medalla de oro en decatlón cultural. Escribe, critica, traduce, observa, reflexiona, investiga, comenta, escucha, ensaya y contempla. Nada de lo humano le es ajeno: desde Sexto Empírico hasta Tintín. En su biografía conviven sin estridencias Eurípides, Esperanza Aguirre, Loquillo y Quentin Tarantino. Iconoclasta del “igualitarismo atroz”. Martillo contra los herejes de la pedagogía que expulsan a las humanidades de las aulas. Político eventual con experiencia y libertad de reflexión. Pre romántico. Post marxista. Uno de la generación del 68 que cree utópicos los versos de Podemos. Ve a Sabina en la RAE. Y a Rajoy leyendo a Homero cuando cuelgue las botas. Un vitalista con la cabeza amueblada de muchos libros, mucha vida y mucha gente.

A esa altura de Madrid en que la calle Alcalá se aburre de sí misma antes de desaparecer del mapa, está la isla. Entre naves al por mayor y  edificios efímeros grises, baratos e inanes, deslumbra el faro. En la mediatriz de Albasanz tiene su sede el Centro de Ciencias Humanas del CSIC, un buque con hechuras de cárcel, lleno de luz y de sabiduría, donde parece imposible que se aposenten las musas…

En este rincón aparentemente insípido se teje la alta cultura española, y aquí trabaja Luis Alberto de Cuenca. Entre estanterías de formica en serie, en este laberinto de individualidades emergentes curra en prosa el poeta, filólogo, traductor, ensayista, crítico, docente, caballero-de-andar-por-casa-sin-ínfulas-de-sonetos-divinos, y hombre cotidiano tan de asfalto y loseta como los tipos en vaqueros del siglo que vivifican sus versos.

De Cuenca es de Madrid de toda la vida. Del Pilar. El año pasado se llevó a la saca de sus galardones el Premio Nacional de Poesía. En sus repisas ya habían echado raíces el Premio Nacional de Crítica y el de Traducción. Llano y esdrújulo. Helénico y pop. Culto y popular. Un escéptico con capacidad para la sorpresa.

Sobre sus espaldas, mucha tinta, muchos libros, muchos versos, y algo de experiencia política. Fue secretario de Estado de Cultura, con Esperanza Aguirre ministra del ramo y mientras José María Aznar gobernaba el último gobierno español de la derecha democristiana.

Sin Gobierno. Con Platón. Con la vuelta al cole y la Educación en babi. Con los versos latentes de un verano semental. Con fondo, pero en viñetas, ordeñamos con preguntas a un humanista pop de los que contagian ilusión por aprender. Como si fuera un Terencio sin formoles, deshilachamos el libro de su sabiduría…

Tengo un hambre feroz de preguntas esta mañana / Voy a empezar con usted un desayuno lleno de preguntas…

¿Ha sido prolífico en versos este verano?

Sí. Habré escrito unos 40 poemas. Una barbaridad. Se parece un poco a la situación que atravesé en el verano de 2012, que fue el más prolífico.

O sea, que de ahí puede salir otro Cuaderno de Vacaciones

De hecho ya hay otro Cuaderno de Vacaciones sin los poemas de 2016. Tenía poemas escritos de 2013, 2014 y 2015. Quizá sea un libro que convenga talar para que no resulte demasiado largo.

Cuándo lee los periódicos, ¿piensa muchas veces: “No queda más remedio que volver a los libros”?

Soy mal lector de periódicos. Me da un poco de vergüenza confesarlo… Si fuera lector asiduo lo pensaría, sin ninguna duda.

¿Su poesía tiene esencias de noble periodismo?

Creo que sí. Me siento también periodista. Siempre me he encontrado muy a gusto como columnista y reseñista en la prensa, y hay un diálogo permanente entre mis columnas y mis poemas.

Lo digo también porque en sus poemas hay mucha calle.

Desde que, a los 16 años, descubrí que se podían abrir las ventanas y al otro lado de la biblioteca discurría una brisa muy agradable que me acariciaba la cara, sí. Antes, pensaba que sólo había biblioteca.

He leído sus respuestas a decenas de entrevistas. Su biografía y sus gadgets me han parecido un sumario interesante para una revista cultural libre, y con presupuesto…

Soy multifacético, y eso me divierte. Acotarse demasiado en una determinada parcela es empobrecer el destino individual que tiene cada uno. Son muchas las puertas que seducen a las personas, y hay que abrir la mayoría de ellas.

En sus respuestas me ha parecido un poeta normal. Entiéndame…

…Detesto a los poetas que van de poetas… Los poetas son personas normales que, además, tienen una técnica para escribir versos, y la manejan con más o menos acierto. No creo en un diálogo especial del poeta con los dioses, ni con los poderes celestiales o infernales…

Quizás, a veces, quienes se dedican a la cultura, y de manera particular los que hacen poesía, son excesivamente metadialogantes

He incurrido poco en ese tipo de poesía. No es malo interrogarse sobre qué es el hecho poético, pero, en cualquier caso, no he abusado de ese tipo de escritura.

Más que de metaliteratura, le preguntaba yo por la poesía metayoica: un poeta alrededor de su ombligo…

Todos los ombligos son parecidos. No tiene sentido escribir obsesivamente sobre el de uno.

Poeta. Futbolero. Latinista. Lector. Mitólogo. Fan acérrimo de Tintín. Seguidor de Marvel. Traductor. Político estacional. Liberal. Letrista de Loquillo. Taurino… Y hay gente en España que vive sin aficiones…

Ellos se lo pierden… El abanico de posibilidades que tiene el mundo, la vida y la sociedad española para interesarse por cosas es tan inmenso que el que no quiere enrollarse con algo es porque no le da la gana.

¿La poesía es élite?

No. La gran poesía –estoy pensando en Horacio, Petrarca, Virgilio, Catulo, o los poetas helenísticos- llegaba a muchísimos espacios sociales y era compartida por mucha gente. A partir del Romanticismo, la poesía se convierte en algo marginal. El Romanticismo es el que se inventa todo este alejamiento del poeta de la sociedad, con Byron y los poetas malditos… Se trataba de poetas que dictaban la conciencia de la sociedad apuntándola con el dedo, pero no mostraban su fraternidad con la sociedad en su condición de poetas instalados en la misma. Es una verdadera pena. Me siento muy anterior al Romanticismo, e incluso a la Revolución Francesa.

¿Los poetas arrogantes están pidiendo a gritos un tsunami?

Me parece excesivo, pobres. El tsunami es muy cruel… Lo que deberían hacer es pensar que no son especiales. Todos tenemos las mismas sensaciones, los mismos problemas, las mismas ansiedades, las mismas desazones… Ni los poetas ni ningún tipo de persona con capacidades creativas son diferentes a los demás.

¿Los columnistas jóvenes de la prensa son los nuevos poetas urbanos?

Hay algunos verdaderamente excelentes. Yo podría convertir las columnas de David Gistau en poemas sin demasiado riesgo…

Y, mientras clavo en mi pupila su pupila azul, ¿qué es política?

Política es el cuidado de la polis, de la ciudad, de la sociedad humana, por parte de esos cuidadores que son los políticos, que deben velar para que todo funcione, y todo vaya acorde con los principios del bien y de la belleza, que creo que son cuestiones que andan unidas. Si todo va bien, el resultado será hermoso.

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Este homenaje inclusivo a Star Wars en su despacho del CSIC define su guerra de poeta a pie de galaxia. ÁLVARO GARCÍA FUENTES

Como política teórica, de acuerdo. Pero, como definición práctica de la política que respiramos…

Una cosa es lo ideal y otra lo real. Ahora, en 2016, vivimos una percepción crítica de la política, pero es la misma que podíamos tener en 1916, y hasta en 1916 antes de Cristo, en las monarquías agrarias del Creciente Fértil. La condición humana es así: se reparte entre esos dos horizontes del hombre que son lo ideal y lo real.

¿Se puede ser político y que “tener los pies en la calle” no sea una figura retórica?

Es difícil, pero se puede. En la política municipal, si no tienes los pies en la calle no haces nada. Tengo muchos amigos alcaldes y concejales y, realmente, si no van por la calle saludando a todo el mundo, se les acaba su misión… Se ha acusado muchas veces a la clase política de ignorar lo que sucede a pie de campo, porque van en los coches oficiales y están aislados de lo demás, y eso es un fallo grande. No hay que olvidar que el político es un ciudadano más, pero encargado de velar por que el resto de la sociedad sea más feliz y cada persona tenga más ocasiones de realizarse a sí misma.

Usted aconseja a los que tienen la sartén por el mango leer a los clásicos. ¿Se imagina a Rajoy leyendo a Homero?

No me lo imagino, porque me parece que no es su lectura favorita, pero le conozco, y estoy convencido de que, cuando deje la política, a lo mejor incluso puede llegar a leer a Homero, y se va a divertir mucho. ¡Si le gusta el deporte, le tiene que gustar Homero! La épica tiene mucho que ver con el deporte moderno. Nuestros héroes de ahora son nuestros deportistas, entre otros.

Pablo Iglesias lee libros, y los regala, y los subraya, y nos lo cuenta a todos en Twitter. ¿Leer es poder?

Leer es saber, y conocer más, y conocerse mejor a sí mismo. Los libros nos dan pistas para saber quiénes somos, y eso es muy importante. Mirarse al espejo no es suficiente para conocer lo que existe en nuestro interior. Entrando en otras vidas a través de la literatura, uno llega a saber qué le ocurre dentro.

Pablo Iglesias hace muy bien en leer. En lo que ya no estoy de acuerdo es en que subraye los libros, pero porque soy un histérico de la bibliofilia, y mis libros están impecables. Los he leído, pero siempre que anoto algo lo hago en un papel adjunto. Quiero que mi biblioteca se conserve sin ninguna huella de uso por mi parte. En eso soy neurótico, porque eso es una neurosis como otra cualquiera…

¿Podemos es política en verso o utopía poética?

Política en verso, no. Conozco a algún poeta de la órbita de Podemos, pero tampoco todos los podemitas son poetas. La palabra poesía para mí es muy importante, y no me gusta mezclarla con nada, y menos con parcelas de la política. La poesía está en todo, también en cada uno de los militantes de cualquier partido político, pero no especialmente en uno. Sin embargo, de la pregunta sí creo que conviene subrayar la palabra “utopía”. El planteamiento ideológico de Podemos sí me parece utópico, con lo que eso tiene de bueno y de malo…

Izquierda Unida optó por un poeta, Luis García Montero, y se acabó Izquierda Unida en Madrid…

Soy íntimo amigo de Luis, y me da la sensación de que hubo muchos intereses espurios de que se acabara Izquierda Unida en Madrid, sobre todo para terminar con él. Luis tenía enemigos probados en su área ideológica, como siempre, porque los enemigos suelen estar en tu propio partido político… Se hubiera merecido otra cosa, porque hizo un gran sacrificio presentándose. Que una persona como él, a la que lo que le gusta es escribir poemas y libros, dar clases y actuar en una órbita cultural, haya hecho ese esfuerzo, es digno de agradecimiento.

¿Qué tiene la política de literatura fantástica?

La política, como es una especie de dedicación muy plural, con muchísimas habitaciones diferentes, debe tener siempre algo de fantasía. Su ejercicio aconseja un temperamento fantástico, para optar por cosas que no son fáciles de conseguir.

¿Y de épica?

En muchas ocasiones la política tiene su épica. Celebré aquella jornada en la que Yeltsin se subió a un tanque desde el Parlamento ruso para dialogar con los golpistas y consiguió desmontar aquel ataque nostálgico hacia el Comunismo. Eso es épica pura. La política dictatorial es más épica que la política democrática, con lo malo y lo bueno que tiene ser más o menos épico.

¿Y de cómic?

En algunos momentos de la historia, la política tiene mucho de cómic, pero en su sentido más de tira cómica festiva…

¿Qué diría el Platón de La República sobre la España de las investiduras fallidas?

Ese Platón se quedaría un tanto perplejo. Entre otras cosas, porque su planteamiento no es el de las mayorías democráticas, sino el de las minorías aristocráticas, en la que los ancianos sabios son los que deben regir la polis… A Platón le parecería muy raro todo lo que está pasando en este momento en España. No estaría nada a gusto con nuestra situación actual.

¿Qué le parece ese afán de los partidos por colocar en pole position a políticos jóvenes, por ser políticos jóvenes?

Es un error. Los chinos, que en parte son herederos de los griegos en cuando a pensamiento político, optan, casi siempre, por personas con experiencia. No digo ancianos venerables, pero casi. Puede haber gente joven que lo haga muy bien, pero la concepción de que por ser joven vas a ser mejor político, menos corrupto o más entusiasta… ¡El entusiasmo no tiene nada que ver con la edad!

¿Ve en la nueva política apertura o dogmas 2.0?

La democracia tiene el riesgo de convertirse en una dictadura de la mediocridad. Puede incurrir en esa degeneración que se llama demagogia, en la que estamos bastante instalados. Por eso hay que preservar, con muchísimo cuidado, las esencias de la democracia, que son enemigas de la demagogia persistente. La aristocracia degenera en tiranía, y la democracia, en demagogia.

Humanistas como Antonio Fontán que estén dispuestos a meterse en la harina política, ¿son fáciles de encontrar?

Dificilísimo. Fontán fue profesor mío en la Autónoma de Madrid, de Filología Latina y de Crítica Textual Latina. Me fascinó su personalidad. Él vio en mí a una persona que también podía aportar algo a la sociedad. Lo que he sido en política se lo debo a Fontán. Debo decirlo porque, si no hubiera sido por él, nunca me habría metido en política. Era un modelo que me parecía digno de ser imitado. Por supuesto, no he llegado a su nivel, pero siempre le he tenido en mente a la hora de actuar en mi paso por la política.

Usted, que es de la generación de mayo del 68, ¿qué diferencias observa entre la indignación social de su época y la del 15-M?

La indignación de mi época era mucho más intelectual, y tenía un elemento importante, que era la superación del marxismo. En las trincheras del 68 veo una posición postmarxista. Sin embargo, en las trincheras de la Puerta del Sol de aquel 15-M veo una vuelta a las posiciones marxistas tradicionales. Es lógico que uno opte por las barricadas de su generación. Yo estoy muy contento con la “indignación” de mi época.

En casi todas las entrevistas recientes que le he leído me ha llamado la atención su ataque al igualitarismo uniforme como tendencia supuestamente liberadora…

¡Es que no somos iguales! ¡Somos iguales ante la ley, y eso debemos defenderlo de manera absoluta! La libertad es la libertad de ser iguales ante la ley, pero en lo demás cada uno es diferente. Nos peinamos de manera diferente, pensamos de manera diferente, nos gustan películas diferentes, leemos libros diferentes… Nadie es igual a nadie, y eso es lo maravilloso de la humanidad. Soy un individualista feroz, y por eso ese igualitarismo atroz que siega la hierba al mismo nivel a quien despunta y a quien no ha llegado a germinar me parece injusto.

Creo en el principio de excelencia. A las aulas ha llegado un igualitarismo absurdo, que pretende subrayar que todos los niños son iguales, cuando es evidente que no. Hay que educar a cada niño como es, según sus circunstancias. Ese igualitarismo feroz hace sufrir a cada individuo. Si se parte de una situación de desigualdad psicológica, que es ley en la humanidad, creo que podríamos llegar, incluso, a un mayor grado de felicidad que si seguimos los dogmas de este igualitarismo ramplón, que socava los principios de nuestra civilización y de nuestra cultura.

La política, dice, no le hizo cambiar. Bien. ¿Qué le hizo aprender?

Me hizo aprender muchas cosas del alma humana. Somos antropoides evolucionados, y todo lo que tiene que ver con el poder genera una curiosa ansia a nuestro alrededor. Me hizo ver que no es bueno basar la vida en la conquista del poder exclusivamente, porque el poder conlleva lacras y problemas que en situaciones normales no se presentan.

¿La expresión “la erótica del poder” es una manera de disfrazar con velos pasiones más bien negativas?

En la etapa que estuve en política sí percibí yo esa erótica del poder, porque vi que había muchas personas atraídas por quien lo ostentaba o parecía ostentarlo. Hablo de personas que ahora no me dirigen la palabra, y que entonces estaban a mi disposición. Patético, pero cierto.

¿Esperanza Aguirre es pasado?

Esperanza Aguirre es presente permanente. Es una persona que está siempre en la trinchera, y lo seguirá estando hasta que se muera.

¿Sobran metáforas en el discurso democrático español?

Faltan metáforas interesantes y sobran metáforas burdas.

Usted es referente del estilo llamado “línea clara”, que representan bien los libros de Tintín. ¿A los españoles se nos pueden decir las cosas como son, o hay que poner una máscara delante de todo para que no nos escandalicemos?

En general se emplean esas máscaras de manera excesiva. Hay máscaras que se superponen al rostro hasta límites insospechados, de tal manera que la última máscara sigue siendo una máscara, porque ya no queda rostro. Se nos pueden decir las cosas de manera menos enmascarada. Sería mejor. Decir la verdad no cuesta tanto. ¿Qué es la verdad? Es muy difícil saber qué es la verdad, pero, en cualquier caso, sobra mala retórica. Se nota cuando un político actúa con una relativa sinceridad, porque la sinceridad absoluta no existe. Y pienso que esa actitud del político sincero se debería premiar.

Hablando de Tintín: A quién le dedicaría un ejemplar de las siguientes obras de Hergé:

Objetivo: la Luna: a Valle-Inclán, que escribió que la luna dibujaba en el cielo la palabra nihil.

El secreto del Unicornio: a mi hija Inés, que adora la fantasy.

Aterrizaje en la Luna: a mi amigo José Luis Garci, que adora la ciencia ficción.

La estrella misteriosa: a Greta Garbo, una estrella especialmente misteriosa.

El tesoro de Rackham el Rojo: a mí mismo. Es mi álbum favorito.

La isla negra: a los celtas, que poblaron Europa y la nombraron.

El cangrejo de las pinzas de oro: a mi amigo José del Río Mons. Es su álbum preferido.

Las siete bolas de cristal: a mis nietas, Genoveva y María.

Estamos de vuelta al cole. Sin Latín. Sin Historia del Arte. Con ipads…

Lo de la Educación es todo un desastre… Desde aquel Libro Blanco de  Villar Palasí del tardofranquismo en el que los pedagogos empezaron a hacer de las suyas… Las grandes leyes de Educación del PP y del PSOE las han redactado las mismas personas, no nos olvidemos de eso. Cuando nos rasgamos las vestiduras con la LOGSE, no nos damos cuenta de que hubo oportunidad de romper de manera absoluta con esa cultura de la educación deshumanizada y deshumanizadora, y no se aprovechó. Latín y Griego, incido aquí voluntariamente en la utopía, debían ser materias obligatorias para cualquier tipo de estudiante. ¿Ciencias? ¿Letras? ¿Qué es eso? Lo que debería hacerse en el bachillerato es estudiar asignaturas históricas que ayudaran a entender lo que nos pasa: Historia de la Música, Historia de la Filosofía, Historia del Arte, Historia del Cine…

¿Qué es la cultura? La cultura es ubicar los acontecimientos en un espacio y en un tiempo; por eso la Geografía es igual de importante que la Historia. Ahora la Geografía y la Historia están enmascaradas tras los nombres de Conocimiento del Medio y Ciencias Sociales… ¡Es un escándalo! De acuerdo con que esta ola pedagógica ha imperado en todo el mundo y ha arruinado los currículos académicos en los cinco continentes, pero es que en España ha sido especialmente cruel, al despojar a los planes de estudio de todo lo que oliera a cultura humanista. Esto no ocurría en el siglo XIX y en la primera mitad del XX. Es bueno que estudien todos los que quieran y puedan, pero, lamentablemente, ha habido un adelgazamiento brutal de contenidos, y estamos ante una auténtica catástrofe.

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De Cuenca es los libros leídos, escritos y asimilados, que suman una sabiduría clásica intangible. ÁLVARO GARCÍA FUENTES

Y Sin Filosofía…

Todas las materias relacionadas con las humanidades forman personas capaces de trabajar mejor. En Estados Unidos, por ejemplo, me consta que los licenciados y doctores en Filología Clásica tienen muy fácil acceso al mundo de la empresa privada, porque las lenguas clásicas amueblan la mente, y la Filosofía no digamos… ¡Enseñar a pensar es bueno para la sociedad, e incluso para ganar dinero! Esa corriente que afirma que el bachillerato debe servir para preparar profesionales para las áreas con déficit de recursos humanos es un error. Lo que hay que hacer es dar una visión amplia del mundo y ayudar a los estudiantes a pensar bien, con inteligencia y con coherencia, porque en cualquier parcela del mundo laboral conseguirán, así, ser líderes.

Usted a los 12 años se leyó la obra completa de Shakespeare. Hoy, uno de 12 está flipando mazo con el Pokemon Go. Así de entrada, puede ser usted un modelo un poco desanimante…

A los 12 años, además de leer a Shakespeare, imagino que haría cosas parecidas a las que hacen los adolescentes de ahora con el Pokemon Go. No me considero una persona especial. A esos niños que juegan con el Pokemon Go, si probaran a leer a Shakespeare, quizá no en la edición de Astrana auténtica y verdadera, pero sí en una versión como la de los hermanos Lamb, Cuentos basados en el teatro de Shakespeare, les podría fascinar. ¡Lo que cuenta Shakespeare les tiene que interesar a los niños de ahora igual que nos interesaba a algunos de los de entonces! Lo que hable del hombre tiene que cautivar al adolescente que está en fase de convertirse en hombre. El problema es la Educación. No hay que pensar en frases como o tempora, o mores, ni en que todo se desmorona. ¡No! Si hubiera buenos planes de estudio, los niños leerían a Shakespeare como yo a los 12 años. Los planes de estudio de mi época eran mejores que los de ahora, obviamente, pero peores que los de los años 30 y 40. Todo ha ido degenerando.

Entonces, ¿los pedagogos del siglo XXI saben mucho de psicopedagogía pero poco de educación?

Esta especialización pedagógica ha arruinado la educación. Pedagogía, en griego, significa “conducir a los niños”. Educación viene a significar lo mismo, en latín. No se trata de separar ambas esferas, sino de fusionarlas. Ese lenguaje críptico de la pedagogía ha alejado los planes de estudio de la realidad, y eso es terrible.

Una vez que Internet lo ha penetrado todo, ¿será más difícil culturizarse?

¡No! Internet es una imagen del mundo. Es un gran mapa de todo lo que nos rodea histórica, geográfica, filosófica, éticamente… En él está todo lo bueno y lo malo, pero subrayo especialmente todo lo bueno. Internet es una herramienta fabulosa de culturización y alfabetización.

Me refiero a que, a lo mejor, usted sabe, y yo voy a Google…

Un primer vistazo de lo que nos cuenta Google es utilísimo para enterarse de las cosas. La profundización llegará a través de otras páginas de internet, porque hay muchísima cultura en internet. Si yo quiero leer a Eurípides en griego, tengo webs que me lo ofrecen según las mejores ediciones críticas que existen en el mundo. Eso hay que considerarlo.

¿Qué significa “intelectual” en la calle contemporánea?

Por lo general, el intelectual se identifica ahora con alguien que tiene una visión progresista del mundo, más o menos socializante, marxistoide, y que lee libros, pero siempre orientados en la misma dirección. No es una palabra que me guste demasiado. Prefiero la palabra “humanista”.

¿Desconfía usted de los intelectuales que miran por encima del hombro a los tebeos?

La cultura es una, y es un error mirar por encima del hombro cualquier cosa. Trabajo en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y aquí se practica lo que se llama alta cultura, o alta investigación. Es posible que algún compañero mío mire por encima del hombro a quien se ocupe de la cultura popular… Sería un error por su parte. Hay que fundir todas las culturas en una. Nada de lo humano nos debe ser ajeno.

¿Hay hueco para un superhéroe humanista, o eso es cosa de frikis?

Podría ser divertido… He estado prologando un magnífico libro que se titula El misterio del asesinato de Benson, de S. S. Van Dine, protagonizado por Philo Vance, que es uno de los grandes detectives de siempre. Un detective que está continuamente yendo a exposiciones, a conciertos, que lee libros eruditos y es especialista en jarrones de época Ming. Es un auténtico snob maravilloso que invito a conocer, porque hace pasar ratos fantásticos. Philo Vance es un humanista y, de algún modo, un superhéroe, porque los detectives no pueden volar, ni tienen rayos X en los ojos, pero sí descifran cosas que no están al alcance del resto de seres corrientes y molientes.

¿Qué papel juega Hollywood en la rehumanización de la sociedad?

Hollywood ha jugado un papel importantísimo, desde el punto de vista estético y moral, sobre todo entre las décadas de los años 20 hasta los 50. Después, creo que se ha convertido en una máquina de hacer dinero. Sigue habiendo películas y directores apasionantes. Yo soy un fanático de Quentin Tarantino, que me parece un rehumanizador del cine, y un gran cinéfilo que refleja en sus películas el cine anterior. Tiene fama de violento, pero a mí me parece fascinante.

Letrista musical: Loquillo. Orquesta Mondragón. ¿Qué voz de cantante le encantaría que sonorizara sus versos?

Siempre he sido muy de Loquillo. Mi sueño cumplido ha sido que cantara mis poemas. No aspiro a que cantantes como Sinatra, u otros del pasado, de ese mundo norteamericano que tanto me interesa, entonen mis versos. Me doy por satisfecho con que un genio español como Loquillo haya cantado mis poemas.

Igual la música de un tipo como Fito se acomoda a sus poesías…

No le he seguido, pero me pierde la curiosidad, de modo que voy a indagar sobre Fito. Te lo agradezco, porque es un descubrimiento que he hecho hoy. Mis conocimientos musicales son muy limitados…

¿Sabina merece un sillón en la Real Academia Española de la Lengua?

Sabina ha manejado el lenguaje de una manera admirable. Probablemente ha compuesto las mejores letras que se han hecho en castellano. ¿Por qué no va a tener un sillón en la RAE? Creo que diría cosas con mucho sentido común sobre el origen y el significado de las palabras.

¿Y usted?

Yo sería feliz allí. Me lo pasaría bomba. Ya disfruto una barbaridad en la Real Academia de la Historia, en la que figuro por el cupo filológico, pero por oficio y por afición, la RAE sería mi casa perfecta.

Usted empezó a escribir poesía para salvarse. ¿Cómo va esa misión?

¡Mal! Pero porque sigo escribiendo pensando que me voy a salvar, y en el fondo estoy seguro de que no me voy a salvar de ninguna de las maneras…

¿Vive o sobrevive?

Vivo. Hasta el último momento hay que vivir. La supervivencia es muy dramática. Sobreviven, por ejemplo, los venezolanos con Maduro. No le deseo a nadie que sobreviva. Es mejor vivir.

¿Su amor a los mitos es una excusa para no tener que creer en Dios?

O una sustitución de esa creencia… De todas formas, tampoco estoy muy seguro de no creer en Dios… Es un mundo tan absolutamente mágico y fantástico como el que nos rodea, en el que la realidad no es más que otra encarnación de la fantasía, ¿por qué no va a existir Dios? En cualquier caso, interesarse por los mitos e interesarse por Dios es una y la misma cosa.

¿La ironía cura o quema?

Para mí siempre ha sido un lenitivo, y nunca un ácido sulfúrico arrojado a granel. Hay una ironía que degenera en el sarcasmo, y que puede quemar. Pero la pura ironía es bondadosa, buena, e incluso solidaria…

¿Platónico, o liberal?

Las dos cosas.

¿Nihilista o dubitativo?

Me atrae mucho el nihilismo, porque leí a Shakespeare a los 12 años. Ese nihilismo se lo han echado en cara a Shakespeare muchas veces, entre otros por Tolstoi. Pero es un nihilismo constructivo. Lo de dubitativo me interesa en la medida en que soy escéptico, y creo que la Historia avanza a golpe de duda. De todas maneras es una palabra que no me gusta. Me gusta la duda que protagoniza los Esbozos Pirrónicos de Sexto Empírico, la duda de la filosofía escéptica, tal y como la configuraron los griegos en la época helenística.

O sea, que tampoco es Descartes…

No. No es la duda metódica de Descartes, sino la de los escépticos griegos, de Pirrón de Elis y, sobre todo, de Sexto Empírico.

¿Amor o muerte?

¡Son tan parecidos! Entre amor y muerte hay muchas fronteras, pero, evidentemente, opto por el amor, porque una vez llega la muerte se acaba el amor y se acaba todo.

¿Cielo o infierno?

Dicen que en el infierno se está más calentito, pero la verdad es que en eso soy tradicional. Prefiero salvarme y estar tan contento en la visión beatífica de Dios por toda la eternidad.

Me cuentan que en Cope aprovechó el otro día su tertulia para despedirse de sus hijos con un poema. ¿Está en ese momento de adioses?

Hay que irse despidiendo. Aunque la muerte puede llegar en cualquier momento, a partir de una determinada edad es sano irse despidiendo, porque eso, en el fondo, puede suscitar emoción en las personas que uno deja. Yo creo que la emoción es importantísima; no hay que perderla nunca. Leí en la radio un poema en el que me despedía de mis hijos y ,si Dios me da vida, seguiré despidiéndome unos años más. Llega un momento en el que, en el fondo, todo es despedida. Es bonito despedirse de una manera apolínea, no dionisíaca.

También digo que estar despidiéndose no significa dar el coñazo a diario… Es una cuestión de actitud, pero vivo con el mismo entusiasmo, la misma entrega y la misma vivacidad que podría tener antes. La despedida, simplemente, es otra faceta de la vida, y hay que intentar llevarla a cabo de una manera cortés, educada, correcta y emocionante.

Pues nos despedimos… Muchísimas gracias.  

REBOBINANDO

Luis Alberto de Cuenca no es un nostálgico, ni el típico poeta que llora lo bonito que fue el pasado mientras desazona sus versos con lo que echa de menos tus dientes como perlas y el arpa olvidada por su dueña en el ángulo oscuro de los salones rococós del Romanticismo. Ni empachos de algodón de azúcar, ni culto al subjetivismo, ni fuga del mundo real.

Luis Alberto de Cuenca ha leído demasiado como para ser sólo una cosa bajo su nombre en la tarjeta de visitas. Y estando abierto al mundo, descubrió personalmente bastantes de sus secretos.

El multifacético De Cuenca es un clásico snob que sabe de letras y de artes, que conoce a los hombres, que ansía el grado más alto de conocimiento sin histerismos intelectuales de derivar al psiquiátrico. Y el que sabe tiene más fácil ser prudente en la vida. Y el que es más prudente en la vida tiene más fácil sugerir y aconsejar con acierto. Así, escuchando al que sabe, perdemos menos el tiempo.

Gente así, con fuste, a la que además le va la marcha, no mira por encima del hombro de la incultura ajena, no mide el nivel de persona por centímetros de páginas leídas, no se ríe si confundes a Pirrón de Elis con un fichaje del Leganés. Gente así, futbolera y callejera, que prefiere ser uno más antes que disfrazarse de pañito rancio de crochet bajo las lámparas encerradas del otoño.

Se entiende perfectamente que los griegos de antes de Cristo convivan en su humanismo con Hollywood, Marvel, Tintín, Loquillo y Quentin Tarantino, porque es un humanismo en presente continuo, auténtico, sin óxidos de olvido en las vitrinas del CSIC.

El “nada de lo humano me es ajeno” es el antónimo más contundente de política de bandos, sectarismos, endogamias docentes, ombliguismos descarados, artistas al vacío y otros trending topics del contexto nuestro de cada día.

Decía Eurípides: “Si tienes palabras más fuertes que el silencio, habla. Si no las tienes, entonces guarda silencio.” Y De Cuenca escribe por los codos.

Cualquiera se creería ahora que hubo una época cercana en la que los humanistas eran altos cargos, incluso a pesar de los partidos…

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De su paso por la política destaca el conocimiento del lado oscuro con el que el poder sobre el alma humana. ÁLVARO GARCÍA FUENTES

17 septiembre 2016 at 11:27 am Deja un comentario

Pedro Olalla: “Las democracias actuales son oligarquías encubiertas”

No solo se trata de salvar la democracia culpando a los políticos actuales. Hay que dejar la soberbia de lado y asumir con humildad que los antiguos griegos fueron mejores ciudadanos que nosotros.

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Pedro Olalla. Foto Silvano O.C.

Fuente: László Erdélyi EL PAÍS Uruguay
2 de septiembre de 2016

EN GRECIA nació la democracia, y allí está muriendo. La crisis actual toca algo más que el bolsillo de todos los griegos. Es una profunda crisis de valores que obliga a discutir la viabilidad misma de la democracia. El español Pedro Olalla, helenista de vasta trayectoria residente en Grecia, cree sin embargo que todo es un gran malentendido, que las democracias actuales son, en realidad, oligarquías encubiertas, y que ya no hay ciudadanos como sí había en la Atenas antigua, hace más de 20 siglos.

En el libro Grecia en el aire, Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual, Olalla lleva a cabo un viaje muy original mezcla de guía turística, arqueología, historia de las ideas y filosofía. Camina por las ruinas del lugar donde por primera vez se habló de armonía, felicidad y justicia social, sorteando oleadas de turistas que buscan el mejor ángulo para fotografiar el Partenón. Vincula hechos actuales con acontecimientos de hace 20, 25 siglos. Lee los procesos que permitieron construir la democracia como lo que son, procesos, caminos empedrados de buenas y malas intenciones, con mucho sufrimiento, entrega y, a veces, algo de felicidad. Y cuestiona la idealización, esa que pone a aquellos griegos en el pedestal de héroes visionarios pero que luego, como al descuido, los rebaja por ingenuos, pobres inocentes que no entendieron los problemas reales de la democracia, cuando al parecer fue exactamente al revés. Basta un dato. Solón, a comienzos del siglo VI a. C. cuando todavía nadie hablaba de democracia, entendió que la esclavitud por deudas debía ser erradicada y tomó una decisión, la seisachtheia, que la abolió. Separó, así, el poder de la riqueza de la soberanía de los individuos, “intentó corregir la desigualdad económica avanzando hacia la igualdad política” escribe Olalla. Solón, con ese gesto nada inocente, puso sobre la mesa por primera vez los conceptos de dignidad humana, ciudadanía y democracia. Hoy, 25 siglos más tarde, los griegos están al borde del precipicio (nada metafórico) acorralados por una deuda externa impagable, mientras los acreedores imponen condiciones de pago nunca imaginadas. Una suerte de esclavitud por deudas.

GOBERNANTES Y GOBERNADOS

—Usted ha afirmado que las democracias actuales no son una versión más realista, adaptada a las circunstancias, de aquella democracia clásica ateniense. Al contrario, serían su negación.

—Sucede que la democracia, tal como la entendían los atenienses de hace 25 siglos, es un sistema que aspiraba a la identificación máxima entre los gobernantes y los gobernados, donde el interés común debe ser definido y defendido por todos los ciudadanos, que deben participar de forma constante. En las “democracias” actuales estos dos principios no se cumplen, y ya ni siquiera se aspira realmente a ello. Lo prueba la falta de participación ciudadana, o el cultivo silencioso de la desafección política, o las intrincadas estructuras de representación. O también la mecánica de los partidos políticos, los intereses que se defienden, cómo ejercen el poder los grupos de presión, o las flagrantes desigualdades que se dan de hecho. Pero lo más grave es la creciente brecha que hay entre los gobernantes y los gobernados.

Usted cree que la clave de esto se encuentra en el concepto de “representación”, tan central a la democracia actual. En su libro afirma que a ningún ateniense antiguo, electo para un cargo, se le habría ocurrido decir que “representaba” a otros. Es más, el término “representar” podía considerarse casi un insulto.

—Aquel ciudadano ateniense participaba para legislar y juzgar. Ejercía esa potestad democrática, y creía que esa potestad era intransferible. Por cierto que debían dedicar un importante esfuerzo y responsabilidad a la tarea, pero era una suerte de tributo que el ciudadano pagaba para poder gobernarse a sí mismo, una prerrogativa de hombres libres, y un servicio honroso a la comunidad. No debemos olvidar que la democracia es el intento de crear un sistema donde el ser humano pueda realizarse como animal político, un sistema capaz de elevarlo desde su eterna condición de súbdito a la de ciudadano. Es el portador consciente de la esencia política de la sociedad.

¿A qué mecanismos recurrían para proteger esos procesos?

—Recurrían al sorteo y a la alternancia rápida en los cargos, lo cual también entrañaba un riesgo en la idoneidad de su desempeño. Pero, a cambio de asumir ese riesgo, la ciudad evitaba la profesionalización y el monopolio de la vida pública, evitaba la elección exclusiva de los más influyentes, o los más propensos a utilizar los cargos para clientelismo o para intereses privados. La ciudad, entonces, conseguía que los elegidos no fueran su gobierno, sino sus servidores, simples comisionados, y en ningún caso sus representantes.

—Eso debía ser, a la larga, muy formador.

—Es que la ciudad dotaba al ciudadano de experiencia política, al implicarlo en la gestión de lo común. Lo hacía sentir Estado.

—Podían ver la política desde adentro. A su vez los tribunales de justicia de la Heliea también se integraban por sorteo. ¿Buscaban, de esa forma, proteger la idea misma de justicia?

—Exactamente. Hay que insistir en lo que decía Aristóteles, en su definición de ciudadano como “aquel que participa de la facultad de gobernar y de juzgar”. Esa es la clave: juzgar. Una definición, por cierto, que ninguna de nuestras democracias actuales se atrevería a emplear, porque aún sigue siendo una definición altamente ambiciosa y revolucionaria.

—¿Por qué?

—Los ciudadanos actuales ni gobiernan ni juzgan. Están desprovistos de la soberanía que se supone que da legitimidad al sistema. No tienen poder político: ni legislativo, ni ejecutivo ni judicial. El único “poder” que su “democracia” les otorga es el de darle un cheque en blanco, durante algunos años, a los supuestos representantes de sus intereses.

CAZANDO MITOS

—Se suele acusar a aquella democracia ateniense de estar sustentada por el trabajo esclavo.

—En efecto, la esclavitud ha sido la sombra que, a ojos de la modernidad, pesa hoy sobre la democracia ateniense. Había esclavos, sí, pero había muchos más en Asia, en Egipto, en Roma y en Cartago, en todo el mundo antiguo. Y de todos los lugares que antes y entonces conocieron la esclavitud, sólo uno creó la democracia, y lo hizo además tratando de liberar a los hombres de la perversa esclavitud impuesta por la codicia y las deudas.

—Pero los esclavos sostenían el sistema.

—No es cierto. Se ha repetido muchas veces que en la Atenas clásica los ciudadanos podían dedicarse feliz y despreocupadamente a la política gracias a los esclavos, que los exoneraban del trabajo. Sí, hubo esclavos, pero el sistema productivo se sustentaba sobre el conjunto de la población que trabajaba de forma cotidiana, en su gran mayoría en pequeñas empresas o unidades de producción independientes y modestas. Atenas tenía esclavos, pero en menor grado que otras polis griegas. Gracias al desarrollo de la democracia, en aquella Atenas la esclavitud misma fue cuestionada, y los esclavos vivían con mayor dignidad que en el resto del mundo antiguo.

—¿Comparado, por ejemplo, con Roma?

—La gran esclavitud llegó como sistema con la supremacía y dominación de Roma. No sólo la guerra o las deudas producían esclavos; se cazaban esclavos, se inició el comercio humano, el sometimiento de poblaciones enteras, también la esclavitud de clase o como sistema económico y social. Eso no lo detuvo el Cristianismo, ni el mundo feudal, ni su caída. El mundo ha visto sucederse, uno tras otro, imperios esclavistas. Cientos de millones han llevado grilletes. Y la democracia sigue siendo un proyecto inconcluso.

—Además, quién se anima a decir que en el mundo actual no existe el trabajo esclavo, o semi-esclavo.

—Es que siguen habiendo esclavos, millones. Una cosa es clara: si en aquel tiempo lejano era cuestionable la necesidad de la esclavitud para la existencia de la democracia, en nuestro tiempo, vergonzoso e hipócrita, con un grado de riqueza y desarrollo como la humanidad no ha conocido jamás, la esclavitud moderna —la que tiene ese nombre y la que no— es injustificable como supuesto sustento de nuestras aparentes democracias.

—También se suele insistir que las mujeres, las atenienses de entonces, no votaban.

—Sí, la base electoral más amplia es un punto a favor en términos sociales, pero no desde el punto de vista político. La inclusión de la mujer —justa, obvia, pero alcanzada recién en el siglo XX— supuso un avance social, pero el poder político de todos los ciudadanos, hombres y mujeres, es incomparablemente menor al que tenían en la democracia ateniense. Ampliar la base de votantes no es ningún avance si se los desposee de poder político real. No es sólo un espejismo, es un peligroso truco para legitimar, con mayor base numérica, el proceder interesado de los gobernantes. Nada más.

—Otro mito es el de la eterna felicidad que reinaba en el ágora. ¿Eran tan felices, o eran tan humanos y contradictorios como nosotros? Entiendo que la democracia fue real, construida por seres humanos de carne y hueso, no por entidades míticas.

—La democracia ateniense no es un mito, sino un hecho histórico, un sistema para organizar la sociedad que, con todos sus altibajos, consiguió pervivir en el tiempo de una forma más plena y larga que cualquiera de las “democracias” modernas. Hay que decir que la democracia es, por definición, un proyecto in fieri, que se hace a sí mismo día a día, y que busca los medios para hacerse posible de acuerdo a las coordenadas reales de cada momento. Y es frágil. Para poder existir, necesita de la virtud política de los ciudadanos. Por eso es un reto permanente.

—El tema de la virtud fue un asunto complicado para Platón, quien no creía en la democracia ateniense. ¿Era Platón un oligarca y clasista, como se repite hoy en día?

—Yo creo que no. Platón se expresó siempre a través de sus diálogos, que era una polifonía no siempre consensuada, ni exenta de contradicción. Él criticó la democracia ateniense porque entendía que, de un modo u otro, ésta se apartaba del interés común en favor de intereses particulares, o de clase. O sea, que se apartaban de aquella sociedad ideal en la que primaban la concordia y la virtud. Platón no criticó los fundamentos de la democracia, buscó superar sus defectos. Pero no confiaba en la virtud política de sus conciudadanos. Siempre consideró preferible la opinión de los muchos y el control por parte del pueblo a la arbitrariedad de unos pocos, o de uno solo. Llevado al extremo, consideró más tolerable la dictadura de la pobreza que la dictadura del dinero.

ROMA, NO ATENAS

—En el libro usted afirma que somos más ciudadanos romanos que griegos.

—Porque la ciudadanía griega fue, para quien la tuvo, una prerrogativa muy exigente de acción, de implicación, y de responsabilidad política. La ciudadanía romana, en cambio, fue para la mayoría una mera salvaguarda de garantías jurídicas sin derecho a la participación real en la política. Los propios romanos vivían con recelo y contradicción todo lo procedente de Grecia. Catón el Censor advirtió a los romanos que arruinarían la república si dejaban entrar por todas partes las letras de los griegos. La república romana no fue una democracia. Por esa razón, en un sentido histórico, somos mucho más herederos del republicanismo romano que de la democracia ateniense.

—Si un antiguo proveniente del ágora pudiera pararse hoy en la Plaza Syntagma de Atenas, ¿que es lo no podría entender del funcionamiento de las democracias actuales?

—La enorme distancia que hay entre gobernantes y gobernados. O cómo los intereses de ambos son tan opuestos. El ciudadano antiguo nunca entendería esa distancia ni esa oposición. Y si bien es cierto que muchas veces se sintió defraudado por la política de su ciudad, siempre se sintió parte de ella.

—Si ese ateniense antiguo se pusiera a charlar de política con un habitante actual de Atenas, ¿lo reconocería como un igual?

—Lo que sucede es que las democracias actuales no tienen realmente ciudadanos. Tienen votantes, súbditos, contribuyentes, espectadores, consumidores… pero no ciudadanos. No los tienen, ni aspiran a tenerlos, porque no son democracias, sino formas encubiertas de oligarquía.

—Usted dice que Grecia debería capitalizar su potencial histórico y simbólico para liderar un renacimiento de la democracia.

—Sí. Sería maravilloso que en Atenas volvieran a reescribirse las reglas del juego, que fuera capaz de aglutinar las fuerzas para concebir un modelo de democracia nuevo, acorde con el mundo de hoy, y que eso se convirtiera en algo universal. Pero, desgraciadamente, Atenas es hoy un símbolo del desmantelamiento de la democracia. Creo que es un escenario muy significativo, elegido con toda intencionalidad, por su simbolismo.

RECUADRO

El ágora en Google Earth
L.E.

La democracia ateniense existió entre los años 508 a 321 a.C, siendo luego restaurada en en la era Helenística (hasta el 85 a.C.) por varios períodos que suman otros 200 años. Los ciudadanos rondaba los 30 mil sobre una población ateniense total de 300 mil (The Oxford Classical Dictionary, ed. 2003). Si bien los planteos de Pedro Olalla resultan polémicos, porque aún hay varias bibliotecas sobre el tema, la actual crisis de la democracia representativa —y del concepto de representante— obliga a actuar con coraje y a discutir las ideas a fondo. Y nada mejor que un viaje metafórico y real como el que plantea Olalla visitando los sitios que refieren a Solón, a las profundas reformas de Clístenes, al cementerio del Cerámico donde Pericles pronunció su famosa oración fúnebre, los lugares donde se administraba la justicia, el barrio de los marmolistas donde Sócrates fue encarcelado y ejecutado (destacando el reciente hallazgo arqueológico de trece vasijas del tamaño de un puño donde se preparaba la cicuta para los condenados a muerte), el bosque sagrado donde estuvo la Academia de Platón, o las diversas esquinas históricas de la hoy moderna Atenas ocupadas por comercios de alta moda. Para Olalla esas esquinas poseen un simbolismo potente: “el ciudadano crítico sustituido por el consumidor indolente”.

Lo ideal es tomar un avión y pasar unos días en Atenas libro en mano. Es pequeño, tiene menos de 200 páginas. Pero también las nuevas tecnologías como el Google Earth permiten hacer el recorrido. Casi todos los sitios mencionados pueden ser vistos en fotos digitales esféricas. La computadora, entonces, se convierte en una ventana al lugar donde fue posible la justicia.

olalla_grecia_en_el_aireGRECIA EN EL AIRE, de Pedro Olalla. El Acantilado, 2015. Barcelona, 192 págs. Distribuye Gussi.

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2 septiembre 2016 at 1:54 pm Deja un comentario

Javier Negrete: “Hay que atraer a la gente hacia la historia como lo hacía Heródoto: con un relato”

El escritor repasa su carrera, jalonada de fantasía épica, ciencia ficción y novela histórica

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Javier Negrete: artesano de la palabra, perfeccionista y concienzudo, transmite pasión por la historia y las historias

Fuente: José Miguel Vilar-Bou  |  eldiario.es
3 de julio de 2016

Hace apenas dos décadas era impensable que una editorial grande apostase por un escritor de fantasía o ciencia ficción si era español. Estos eran cotos reservados a los autores anglosajones, y además, el desprecio de la crítica estaba garantizado. Todo empezó a cambiar en 2003, con la aparición de “La espada de fuego”, el primer éxito de la fantasía épica nacional. Su autor, Javier Negrete (Madrid, 1964), se había ido fraguando en los noventa, a la sombra de una literatura oficial que ignoraba los géneros más aventureros e imaginativos. No era el único. Muchos otros escritores luchaban por salir de esa marginalidad histórica. Eran los años de la Generación X, marcados por una narrativa rabiosamente realista. Pero fenómenos como “Harry Potter”, “Matrix”, o la trilogía cinematográfica de “El señor de los anillos” fueron despertando en el público el gusto por lo fantástico. Era cuestión de tiempo que una oleada de narradores patrios llenara las librerías de mundos imposibles y futuros posibles. En esta entrevista, Negrete recuerda aquel momento germinal y repasa su carrera. Artesano de la palabra, perfeccionista y concienzudo, transmite pasión por la historia y las historias. De hecho, ha logrado exportar con éxito su sentido de la épica a la novela histórica, aunque no descarta volver al universo fantástico de “La espada de fuego”: “Puede que Tramórea aún dé de que hablar”, deja caer.

¿Cuándo sentiste la llamada del fabulador?

Si me retrotraigo del todo, me voy muy lejos en la infancia. Siempre he dormido mal. Puedo despertarme cuatro veces en una noche, y creo que por eso tiendo a recordar los sueños. Soñar es una manera de fabular, sobre todo cuando eres niño, ese momento de la vida en que, en ocasiones, no distingues lo que sueñas de lo que vives. A veces, yo continuaba en mi imaginación las películas que veía. Me convertía en el personaje, cambiaba el final… ese tipo de cosas.

Inventabas historias ya antes de empezar a leer.

Yo era un niño raro, como todos los que escribimos. Vivíamos en Ciudad de los Ángeles (Madrid) y luego en Vallecas, donde sigue viviendo mi madre. Siempre he sido un chico de barrio. Se me daba mal el fútbol. Me gusta verlo, pero jugando soy un paquete. Cuando los chiquillos echaban partidos en la calle, nunca me elegían, así que era frecuente que me subiera a casa frustrado, y entonces me dedicaba a otras aficiones, sobre todo a la lectura, que es una manera inigualable de evadirse de la realidad. Así la sigo considerando hoy. Creo que muchos escritores han pasado por experiencias parecidas: Niños con mucho mundo interior, que sienten el impuso de inventar universos…

¿Cómo entraron los libros en tu vida?

En mi casa siempre ha habido libros. No voy a decir que fuera un hogar de profesores universitarios, porque la educación formal de mis padres fue la que se daba en la época: Mi padre, en el Madrid de posguerra, tuvo que ponerse a trabajar casi desde niño. Y mi madre, parecido. Pero teníamos muchos libros. Éramos del Círculo de Lectores, y mi padre llegaba a menudo con novelas. Solía verlos a los dos sentados en silencio, leyendo o jugando al ajedrez. Por eso, ahora, de adulto, me gusta vivir en un ambiente tranquilo, poco ruidoso, de concentración.

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

Los cómics. Los que más me gustaban eran los de Marvel, esas viejas ediciones de Vértice, horriblemente maquetadas, pero era lo que había y nosotros tan felices. También, por nuestros cumpleaños, a mis hermanos y a mí solían regalarnos novelas de la colección de Bruguera, aquellas medio cómic, medio novela. Así conocí a Julio Verne. Otra cosa que recuerdo con cariño: En el barrio no había bibliotecas, pero de vez en cuando venía el bibliobús. Entonces mi madre, mis hermanos y yo íbamos y cogíamos libros. De esa época recuerdo “Las minas del rey Salomón” y “Ella”, de H.R. Haggard, que me llegó al alma.

La ciencia ficción será clave en tu desarrollo posterior como escritor. ¿Cómo la descubriste?

Fue una mezcla de diversos ataques ambientales: A mi madre le gustaba la ciencia ficción y mi padre solía comprarle libros del género. También a mis hermanos se les pegó el gusto. A los niños les encantan los mundos de fantasía por ese elemento de evasión, de liberar la imaginación. Había ciencia ficción en los cómics de superhéroes que leíamos. Estaba también la colección RTV Biblioteca Básica de Salvat, de cien volúmenes, que mis padres compraron. Ahí venía “Una odisea espacial 2001”, traducida así, de Arthur C. Clark, que no sé ni cuántas veces leí. También “1984”, de Orwell, que, siendo tan pequeño, me horrorizó y fascinó a partes iguales. Otra cosa que recuerdo es la colección Novelas de anticipación, con la que, a los nueve años, descubrí historias que me marcaron. Sus autores se llamaban Ballard, Lovecraft… nombres que, entonces, no me decían nada…

La ciencia ficción asomaba también a la televisión.

Sí, series como “Guardianes del Espacio” o “Tierra de gigantes” que, vistas hoy, pueden ser bastante flojas, a mí me fascinaban. Y, por supuesto, mi favorita: “Star Treck”.

Otro elemento clave en la obra del Javier Negrete adulto será la antigüedad, en especial el mundo grecolatino. ¿Cómo llegaste a ella?

A través de libros como “Benhur” o “Quo Vadis”. También me marcó la serie “Benasur de Judea”, de Alejandro Núñez Alonso. Leí el primero de los cinco volúmenes a los diez años, durante una convalecencia. Era un autor extraordinario. Sus novelas, de haber sido americanas, se hubieran convertido en películas. Hoy, sin embargo, están casi olvidadas.

¿Y el paso a escribir?

Fueron precisamente estas novelas de romanos las que me empujaron. Me indujeron el ansia de narrar. Con diez años, empecé mi primera novela, que era de romanos, ambientada en Hispania. Fíjate que, sin saberlo, me fui al género fantástico porque, para documentarme, tenía sólo la enciclopedia que había en casa, así que me lo inventé casi todo: La historia de un imperio que había en Hispania y que derrotaba a los romanos… Eso es lo que ahora llamaríamos una ucronía, pero yo no lo sabía. Desde entonces no paré de escribir, aunque por supuesto tardé mucho en publicar.

¿Cuándo fuiste consciente de que querías ser escritor?

Ese recuerdo lo tengo claro: Un día llegó a casa la revista del Círculo de Lectores. Dentro venía anunciado el libro de “Benhur”. Aparecía un fotograma de la película, con Charlton Heston en plena carrera de cuadrigas. Pensé: “Quiero ver algún día en esta misma revista una novela con mi nombre”. Años después, cuando “La mirada de las furias” (1997) se publicó en Círculo de Lectores, como nos suele suceder a la mayoría de seres humanos y, en especial, a los escritores, que siempre nos sentimos insatisfechos, no me pareció para tanto.

Por el camino te convertiste en profesor de griego.

Me decanté por el griego por la lengua en sí, y porque me fascinaba la antigüedad, pero también por un motivo bastante prosaico: En ese momento, era más fácil sacarse la oposición de profesor de griego que la de latín.

Fantasía, ciencia ficción, novela histórica… los géneros a los que aspirabas no tenían mucho sitio en el mundo editorial de los ochenta y noventa si eras español. ¿Te fue difícil hacerte un camino?

Encontré un camino para escribir, pero para publicar estuvo muy complicado. Los editores me decían que los autores españoles no vendían. Ni siquiera se molestaban en probar. Simplemente, se les cerraba la puerta. El camino no estaba hecho en ese sentido.

La ciencia ficción no era algo nuevo en España: Había proliferado en colecciones populares desde los años sesenta. Pero, en los ochenta, algunos autores trataban de abrir brecha con nuevos planteamientos, más científicos, con gran influencia audiovisual.

Eran pocos y no excesivamente conocidos, pero existir, existían. Para mí eran dioses. Me daba igual si vendían cinco mil o cincuenta mil ejemplares: Rafa Marín, Juan Miguel Aguilera, Javier Redal, Ángel Torres Quesada, Domingo Santos…

En 1991 apareció el premio UPC de novela corta de ciencia ficción que, tanto para estos escritores como para noveles como tú, se convirtió en vivero creativo y punto de encuentro.

Ese año allí conocí a Rafa Marín y a Ángel Torres Quesada, ídolos a mis ojos. Ganaron el premio ex aequo. Entonces bromeamos diciendo que yo era el joven aprendiz padawan y ellos los maestros jedi. Quince años después, volvimos a coincidir como finalistas, pero del Premio Minotauro (de novela fantástica) y esta vez me tocó ganar a mí, aunque fuese por sólo un voto de diferencia. Desde entonces, les devuelvo la broma diciendo que el aprendiz ya es jedi.

También en 1991, surgió el premio Ignotus de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT). Algo se estaba moviendo. A los que empezabais a veces se os ha bautizado como la “Generación Hispacón” (Es en este congreso anual donde se libran los premios Ignotus).

No creo mucho en las generaciones, pero sí, a raíz de una convención en Barcelona en 1991 y otra en Cádiz en 1992, lo que llamamos el mundillo del fandom se animó mucho. Surgieron amistades que, veinticinco años después, conservo. También entré a formar parte de la TerMa, la tertulia de Madrid, porque, aunque yo ya vivía y trabajaba en Plasencia, iba mucho por allí. Nos juntábamos gente interesada en la fantasía y la ciencia ficción, ya fuésemos escritores o lectores. Había desde curiosos hasta quien aspiraba a la escritura como algo profesional. De la TerMa salieron autores como César Mallorquí o León Arsenal. O escritores que optaron por una literatura más personal, como Daniel Mares. Algunos tirábamos hacia la ciencia ficción, pero los gustos eran muy variados. Éramos muy abiertos. Y habría que mencionar también el papel de la Semana Negra, que se abrió desde la literatura policíaca a otros géneros como la novela histórica o la ciencia ficción.

En esta época, principios de los noventa, empiezas a publicar ciencia ficción. Te estrenas con “La luna quieta” (1991) finalista de aquel primer UPC.

Escribí la primera versión de ese libro pensando en enviarlo a una editorial. Tenía 250 páginas. Al aparecer el premio, cuyas bases establecían un máximo de 110 páginas, comprendí que había metido mucha paja, y logré dejarlo en menos de la mitad en una maratón salvaje de dos días.

Tienes fama de someterte a largas sesiones de trabajo. Has llegado a escribir diez horas diarias.

Siempre he sido muy obsesivo con estas cosas. De niño, una vecina me dio un manual de mecanografía y con él, yo solo, aprendí a escribir a máquina. Tengo la suerte de escribir rápido. Y la verdad es que me pego unas maratones que no son normales. De levantarme a escribir a las cuatro de la mañana y luego ir al instituto a dar clase.

El premio UPC se te resistiría hasta 2000, cuando venciste con “Buscador de sombras”. Pero antes, volviste a aspirar a él con “Estado crepuscular” (1993) y “Lux Aeterna” (1996), siempre ciencia ficción.

Dentro de que no soy físico de partículas ni nada de eso, trataba de documentarme, incluso para una novela como “Estado crepuscular” que, pese a ser más ligera, utilizaba conceptos físicos verosímiles. Y, aunque no llegó a la final del UPC, sí tuvo éxito en el mundo del fandom.

Otras obras tuyas de los noventa exploran caminos distintos y dejan intuir al escritor sin miedo a saltar de género que se consagrará en la década siguiente: “Nox perpetua” (1996) o “La mirada de las furias” (1997) son libros en los que, aun sin abandonar la especulación científica, el componente aventurero gana protagonismo.

De hecho “La mirada de las furias”, que fue la primera novela larga que publiqué, trataba de la búsqueda de la materia oscura. A lo mejor no he escrito mucha ciencia ficción, pero la afición la conservo, y disfruto descubriendo una buena novela de lo que llamamos ciencia ficción dura. Este género, además de hacer lo que hace la literatura en general, que es procurar evasión y cambiarnos la manera de ver las cosas, ofrece algo único: un desafío intelectual del que, creo, otras narrativas carecen.

2003 es un año clave: Publicas “La espada de fuego”, que se convertirá en el primer éxito de la fantasía épica española, sin olvidar a Laura Gallego que empezaba a hacer furor en el terreno juvenil. Fuiste, además, el primer autor nacional en entrar en Minotauro, editorial de “El señor de los anillos”. Todo un hito que abrió las puertas a muchos otros narradores españoles.

No seré yo el que lo diga, sería un poco pretencioso por mi parte. Yo creo que, simplemente, se normalizaron las cosas. Se empezó a abandonar esa mentalidad de que el escritor español no sabía hacer fantasía. Y, de hecho, hoy en día sí se publican libros de autores nacionales y quien quiera escribir literatura fantástica tiene dónde colocarla.

El viaje que va de la primera versión de “La espada de fuego” a la afortunada publicación final fue largo.

Yo había empezado a escribir el primer manuscrito con dieciséis años, lo rematé mientras terminaba de estudiar Filología Clásica, y traté de publicarlo cuando opositaba. Aquella primera versión la titulé “La jauca de la buena suerte”. Yo tenía veintidós años entonces, y descubrí que era imposible publicar aquel libro siendo fantasía de un autor español.

Cuando finalmente lo conseguiste, habían pasado diecisiete años. ¿Qué había cambiado en ese tiempo?

Varias cosas. Yo podría decir que en los ochenta el mercado era irracional, que no me habían entendido y que no me habían querido publicar. Pero el manuscrito de 1988 era muy mejorable. Cuando en 2002 me piden una novela, yo saco ésta del cajón. Mi plan era reescribirla en un par de meses, pero al final aquello se convirtió en una escritura completa de nueve meses. Entonces, yo creo que parte del éxito de “La espada de fuego” se debe a que ahora era una novela mucho mejor. Si la hubiera publicado en 1988, hubiera pasado sin pena ni gloria. Y gracias a quien fuera, al destino digamos, ese fracaso, que viví como algo muy frustrante, a la larga me benefició.

Entre 2001 y 2003 se estrenó en cine la trilogía de “El señor de los anillos”, de Peter Jackson. ¿Favoreció este fenómeno el éxito de “La espada de fuego”?

Sí. No es casualidad. En ese momento el fundador de Minotauro, Francisco Porrúa (y editor de “Rayuela”, “Cien años de soledad” y “El señor de los anillos”, entre otros), tiene ya una edad y decide vender su editorial. Planeta la compra porque sabe que “El señor de los anillos”, que de por sí funcionaba, con las películas iba a venderse ya como pan chino. Esto coincide con que el nuevo director editorial de Minotauro va a ser Paco García Lorenzana, a quien yo conocía de cuando publiqué “La mirada de las furias” en Círculo de Lectores. Fue él quien me llamó y me propuso ser el primer autor español de Minotauro.

Te siguieron otros escritores. Fue un momento dulce.

Hubo una pequeña, sorprendente, edad de oro. Coexistieron en sus mejores años los premios UPC y Minotauro de novela fantástica. Ahora la crisis del libro se ha generalizado a todos los géneros, pero hubo esa pequeña etapa en que un montón de gente se lanzó con tantas y tantas historias, relatos, novelas…

Se dice que las películas de “El señor de los anillos” movieron a mucha gente a escribir fantasía.

Hay películas que generan nuevas aficiones en el público, y yo creo que las imágenes épicas de “El señor de los anillos” despertaron el gusto de muchos por ese tipo de historias, tanto lectores como escritores. A mí mismo me sucedió: La batalla de “El espíritu del mago” (continuación de “La espada de fuego”, 2005) fue una respuesta a las sensaciones que viví viendo “Las dos torres”.

¿Con qué referentes creaste Tramórea, el mundo fantástico donde se desarrolla tu saga?

Tramórea viene de toda una vida de lecturas. Los héroes de “La espada de fuego”, con sus superpoderes, tienen algo de los superhéroes y supervillanos de cómic con los que crecí. También bebí de “El señor de los anillos”, pero la fascinación por crear mundos, inventar mapas, me viene de los cómics de Conan, que leí antes de leer a Tolkien. La riqueza visual de esas historietas, primero con Barry Smith y luego con John Buscema, se me quedó grabada. Pero en Tramórea también hay mucho de mis estudios del mundo antiguo: Las luchas entre Roma y Cartago, Esparta y Atenas, los griegos contra los persas, Mesopotamia… Mis lecturas de la carrera y la oposición. Todo eso fue creando el abono con que desarrollé mi propio universo.

Seguiste explorando la fantasía con “Señores del Olimpo” (2006), curiosa fórmula que combinaba fantasía épica y antigüedad, dos de tus constantes. Además, ganaste con esta novela un disputado premio Minotauro.

En efecto, es una historia griega, pero pura fantasía. Fantasía mitológica. Trata de la lucha de Zeus contra Tifón, monstruo que no sabemos qué forma tiene, pero se presupone que fue un dragón. Esta historia no pertenece sólo a la mitología griega: También la encontramos en la hitita, donde Teshub, dios del cielo y la tormenta, da muerte al dragón Illuyanka.

Es una novela en la que te salió el estudioso de la antigüedad, pero también el lector de Marvel.

Es verdad: Mercurio corre como Flash, Atenea es una especie de Wonder Woman, con su lanza, y Zeus tiene algo de Magneto o Superman… Me lo pasé en grande escribiendo esa historia. En la “Ilíada” o la “Odisea” los dioses tienen mucho peso, pero en realidad ejercen de secundarios. Los verdaderos héroes son Aquiles, Héctor… Yo quería escribir algo donde los dioses fueran los protagonistas. En el libro ya advierto al lector que no se lo tome como pura mitología, sino como algo en lo que pesa mucho la invención.

Una transición empieza con “Alejandro Magno y las águilas de Roma” (2007). El Negrete escritor de ciencia ficción y fantasía comienza a destaparse como autor de novela histórica, aunque sea con una ucronía en la que Alejandro Magno se enfrenta a la emergente Roma.

Fue una transición, sí, porque, aunque el libro tiene elementos fantásticos, la ambientación es histórica. Me documenté muchísimo. Yo ya había experimentado con el mundo clásico en “Amada de los dioses” (2003, finalista del premio de novela erótica La sonrisa vertical), lo que me vendría muy bien para posteriores empresas.

¿Por qué Alejandro Magno?

En principio la figura de Alejandro no me llamaba demasiado la atención. Me atrajo siempre el mundo romano antes que el griego. La idea de escribir “Alejandro Magno y las águilas de Roma” vino a raíz de mi novela corta “El mito de Er” (2002). Ésta se me ocurrió durante unas sesiones que di sobre astronomía antigua. El modelo de las esferas concéntricas de Ptolomeo (100-170 d.C.), aunque increíble, me resultaba tan bonito que pensé: ¿Por qué no hacer una historia en la que esta teoría sea verdad y la tierra sea el centro del universo? Luego me dije: ¿Quién es el personaje más desaforado de la antigüedad, tan ambicioso como para querer llegar a lo más alto, a los confines del mundo, conquistarlo todo? Y ese era Alejandro. Así surgió “El mito de Er”. A partir de ese momento, indagué más sobre el personaje. Años después, quise abordar este mismo planteamiento de manera más ambiciosa, y el resultado fue “Alejandro Magno y las águilas de Roma”.

El salto definitivo al género histórico lo das con tu novela de más éxito y que te lleva a un público más amplio: “Salamina” (2008), en torno a la batalla naval de griegos contra persas. ¿Qué te condujo a la novela histórica?

En el mundo de la fantasía y la ciencia ficción, aparte de pelotazos tipo “Juego de tronos” o “Harry Potter”, en general, el escritor alcanza un núcleo de seguidores muy reducido. Es un mundo un poco gueto. Yo no es que quisiera abandonarlo, pero sí ampliar miras, y era natural que me decantara por la novela histórica, porque me permitía escribir de manera épica, que, al fin y al cabo, es lo que había hecho en “La espada de fuego”. Tenía claro desde hacía tiempo que quería escribir “Salamina”, pero antes debía cumplir ciertos compromisos morales con Minotauro. Fue mi primera novela histórica y también la que más satisfacciones me ha dado.

Tu siguiente novela, “Atlántida” (2010), te lleva de vuelta a la ciencia ficción, eso sí, sin abandonar la antigüedad en su vertiente más legendaria.

De hecho, en su momento decidimos bautizar la novela como “thriller científico”, para evitar lo de ciencia ficción, que a muchos lectores, por prejuicios, les para. A mí siempre me interesó la geología, y en esa época me planteaba escribir un libro tipo ensayo sobre enigmas de la antigua Grecia… que algún día haré. Comentando esto con mis editoras, me dijeron que la Atlántida era interesante para una novela. Salí del despacho con sólo el título. Más tarde, dándole vueltas a cómo plantear la historia, pensé en enfocarla desde la ciencia ficción: Un futuro más o menos inmediato y, por variar, con personajes prosaicos, en vez del típico superarqueólogo americano que, como dijo Alfonso Merelo en una crítica, siempre encuentra sitio para aparcar en la puerta. Sobre la Atlántida, la teoría que siempre me ha convencido más es que el texto de Platón se basa en el recuerdo de alguna catástrofe cercana al mundo griego. Y la que más cumple estas características tanto en espacio como en tiempo es la erupción del volcán de Santorini. Así que ahí la situé.

Después diste una alegría a los seguidores de Tramórea al anunciar la culminación de la serie con la tercera y cuarta partes de la saga: “El sueño de los dioses” y “El corazón de Tramórea”, aparecidas en 2010 y 2011.

La escritura de “El corazón de Tramórea” me dejó exhausto. Escribí demasiados libros en demasiado poco tiempo. Pero Tramórea es, de todas mis historias, la que más he vivido. Mi propio universo de superhéroes. Esos personajes me han acompañado durante muchos años. Despedirme de ellos fue triste y alegre a la vez.

¿Has terminado con Tramórea?

Tengo algún proyecto, de momento guardado para mí. Ya veremos. Puede que Tramórea vuelva a dar de qué hablar.

Tu siguiente novela, “La zona” (2012), la escribes con Juan Miguel Aguilera, referente de la ciencia ficción española desde hace décadas. Con ella os sumasteis a la fiebre zombi de esos años. Se publicaron decenas y decenas de títulos en poco tiempo.

Todo partió de una idea Juanmi. Me gustó y decidimos ampliar su guión inicial de treinta páginas. Yo ya había colaborado con él a menudo como lector cero, pero esta vez decidimos ir más allá y escribimos a medias. Debatimos cada personaje, desarrollamos la historia. Todos los capítulos fueron tecleados por los dos una y otra vez hasta el punto de que hay párrafos que no sé si son míos o suyos. Trabajar a cuatro manos es complicado, pero a Juanmi le gusta y lo ha hecho muy a menudo. Si quienes escriben comparten una misma visión, se llega a buen puerto, como nos pasó con “La zona”. Pero tienes que tener claro qué historia quieres contar, con qué estilo. Sólo así la colaboración es posible.

“La zona” demuestra, además, que nunca te has acabado de alejar de la ciencia ficción.

Sí, pero aquí de nuevo tuvimos que “vender” el libro como “thriller científico”, aunque se encuadre perfectamente en la ciencia ficción. Es que hay gente que le tiene un rechazo al género que viene del desconocimiento. Creen que son cosas de platillos volantes y marcianos y a lo mejor no han leído nada. Pero en fin, le pusimos esa etiqueta a la novela. Y en efecto, no he abandonado la ciencia ficción: En 2014, cuando publiqué “Los centinelas del tiempo” en la antología distópica “Mañana todavía”, fue para mí una gran satisfacción que el mundillo del fandom, del que me había salido un poco, me premiara con el Ignotus a la mejor novela corta.

Tu última novela, de momento, es “La hija del Nilo” (2012), narración histórica en la que te atreves con personajes como Cleopatra o Julio César.

Julio César me atrae desde niño. En casa de mis abuelos, adonde me llevaban todos los domingos, como me aburría como una ostra, leía todos los libros que encontraba. Uno de ellos era una biografía de Julio César que me tenía empapada. Su “Guerra de las Galias” la leí ya de chaval en español. Pero a raíz de escribir “La hija del Nilo”, la leí en latín y lo que me llamó la atención del Julio César escritor es la pureza de su sintaxis, la organización intelectual del material. Una parte de lo que llamamos estilo es el modo en que ordenamos la información. Ésta debe estar organizada de tal manera que, cuando lees, todo discurra y se organice de modo natural, como si sólo pudiera haberse escrito así. En ese sentido, Julio César te da la impresión de ser un cerebro muy bien organizado. La lectura te entra con total fluidez. Así lo retraté a él en “La hija del Nilo”: como alguien cerebral, siempre cavilando. Por supuesto, en la “Guerra de las Galias” César te está vendiendo su moto. La escribió como una publicidad para promover su campaña de conquista. Hay omisiones, exageraciones, cosas de las que no te puedes fiar… pero, aun así, leerla en latín es una gozada. Imagínatelo en esa época en que escribir era mucho más incómodo que ahora: De noche, a la luz de una vela, con el rollo de papiro sujeto por pesas de plomo en los extremos. Mojando la pluma en la tinta. Imagínate luego para corregir lo ya escrito. En tiempos de los romanos, antes de volcar algo en el papiro debías tenerlo muy pensado y ordenado en la cabeza.

Tu pasión por la historia es contagiosa. Precisamente, con “La gran aventura de los griegos” (2009), “Roma victoriosa” (2011) y “Roma invicta” (2013) te lanzaste a la divulgación.

Es que de niño, entre otras cosas, quería ser historiador, aunque no sabía muy bien en qué consistía eso. Y bueno, historiador puede que no sea, pero sí he publicado libros de historia. La Esfera de los Libros me encargó uno sobre Grecia y otro sobre Roma en plan divulgativo. Supongo que esperaban dos libritos de trescientas páginas, pero las cosas no salieron así: Comprendí que podía despachar las guerras médicas, las Termópilas, Salamina… en ocho páginas, pero entonces quedaban como meros nombres que pasan ante los ojos del lector sin color ni personalidad, y al fin y al cabo, si me habían encargado esto, es porque me consideraban un buen narrador. Mi punto era que, para crear una historia, necesitas que el lector se encariñe con los personajes, se identifique con ellos. Y eso procuré: mezclar divulgación y profundidad. Pero, claro, los libros se fueron a un tamaño considerable, de más de 600 páginas…

¿Cómo atraer a los jóvenes a la historia?

Hay que hacerlo como lo hacía Heródoto: con un relato. Sus “Nueve libros de la Historia” son un continuo manantial de anécdotas, hechos apasionantes. Con él uno viaja a Egipto, Mesopotamia…

¿Qué otras fuentes consideras básicas para introducirse en la antigüedad?

Las “Vidas paralelas” de Plutarco, las “Historias” de Polibio, la “Historia de la guerra del Peloponeso” de Tucídides. También Platón es un autor con un estilo literario magistral. Aquí debo decir que la novela histórica es novela, o sea que los huecos que estos autores dejan el escritor los rellena, inventa. Cuando, por motivos narrativos, me es necesario cambiar la historia, no tengo muchas dudas en hacerlo. Eso sí, avisando al lector.

¿Cómo consigues combinar rigor histórico y agilidad narrativa?

Yo lo que intento es que los elementos informativos se conviertan en elementos narrativos también, aunque, si lo consigo o no, eso deben juzgarlo los lectores. Un ejemplo con el que quedé muy satisfecho está en “Salamina”: Antes de la batalla final, el lector tiene que saber qué es un trirreme: su forma, cómo funciona, las tácticas. Si doy esa información durante la batalla, interrumpo la acción. Entonces lo que hice fue armar una escena en la que Temístocles lleva de noche a su mujer Apolonia a ver un trirreme. La explicación de él acaba siendo algo muy personal y, de hecho, terminan haciéndolo entre los bancos de la embarcación, así que se funde la documentación con la parte emocional. A eso me refiero con imbricar elementos informativos en la narración.

Uno de los errores en los que puede caer el escritor de novela histórica es atribuir a personajes y sociedades del pasado percepciones y comportamientos de nuestro tiempo.

A veces no podemos evitar que nuestra mentalidad actual nos invada a nosotros y a nuestros personajes. En la antigua Grecia, un ejército podía tener al enemigo encima, pero, si los augurios del hígado de la cabra sacrificada no eran favorables, aguantaban sin luchar. O podían detener una retirada como hizo el ateniente Nicias en Sicilia por un eclipse de luna y aquello fue un desastre. Al escribir novela histórica debemos tener en cuenta estas mentalidades para evitar el anacronismo de meter nuestra forma de pensar en los personajes de antaño. Si visitáramos la antigua Atenas, nos parecería una sociedad muy lejana, distinta de la nuestra, con mucho más contacto físico, donde la expresión de las emociones era diferente…

Desde hace unos años se publica muchísima novela histórica en España. Hace no mucho esto era impensable: Otra brecha que habéis roto los autores de tu generación.

No creo que sea cosa de los autores, sino más bien de un cambio de percepción de editores y lectores. Aunque claro, los novelistas tendemos a ir hacia los temas que nos interesan. Y es verdad que antes había en España novela literaria, social, experimental… pero poca novela de género. Con el tiempo, ésta se ha ido desarrollando de manera muy rica y en todos los nichos: juvenil, romántica, erótica, negra, histórica, thrillers… Hay de todo. Campos que antes los editores dejaban en manos de autores extranjeros, ahora nos parece lo más natural que los llenen autores españoles.

De hecho se publica muchísimo. Uno se pregunta si se lee todo lo que aparece en los estantes de las librerías…

Ahora escribe más gente que antes, también en el caso de la novela histórica. Lo noto porque voy a jornadas, he sido jurado de concursos y ciertamente se percibe un gran auge, en el que caben novelas buenas, flojas y otras directamente horribles… Se cumple la ley de Sturgeon, según la cual el 90% de todo es basura. Luego, los índices de compra de libros se han hundido a la mitad, así que el que escribe tiene que hacerlo realmente por amor al arte.

Las asignaturas de humanidades se han visto reducidas en los últimos años: historia, literatura, latín… también la tuya: griego.

Eso se dice, pero no es del todo justo. Ahora hay muchas más asignaturas optativas que antes y las horas son limitadas, con lo que es complicado. Los chavales, entre clases y deberes, se meten unas jornadas de cuidado. Se puede aplicar el adagio latino “ars longa, vita brevis”: queremos abarcar mucho, pero es difícil. Yo soy profesor de griego, y a veces la gente me pregunta: ¿Todavía se enseña griego? Y es una asignatura que más o menos se mantiene. No creo que haya una campaña contra las humanidades, como tampoco creo en la separación tajante entre ciencias y letras. La biología o la geología, que enseñan el funcionamiento de nuestro planeta y de los seres que lo habitan, son tan importantes como la historia del arte. La genética o la teoría de la relatividad deberían formar parte del bagaje cultural de toda persona que se precie. Pero uno de los problemas de la educación es que todo el mundo opina. Y se dramatiza y exagera. Toma el caso de la polémica entre religión o educación para la ciudadanía, según se fuese de derechas o de izquierdas. Estábamos hablando de una hora lectiva a la semana. Este tipo de cosas no pueden ser el caballo de batalla en la educación.

¿La docencia es una vocación?

Hay quien tiene claro desde la infancia que quiere ser profesor. En mi caso no fue así. Pero dar clase es narrar, comunicar. Y si lo que enseñas te apasiona, y a mí me apasiona, a veces puedes transmitirlo. Cuando me estoy documentando para una novela, no puedo evitar compartirlo en clase, sea la Atlántida, los volcanes, la batalla de Salamina… Les enseño fotos a los alumnos… Entonces sí, la enseñanza es una vocación, pero a veces hablamos como si fuéramos la Madre Teresa de Calcuta, y tampoco es eso.

Debe de ser difícil interesar a los estudiantes en una lengua muerta…

Normalmente llegan sin saber muy bien de qué va el tema. Yo les explico que vamos a estudiar una lengua de cultura. Les enseño el alfabeto, y eso de poder escribir sus nombres o mensajes secretos con otras letras les atrae. O les digo que vamos a traducir textos de hace 2.500 años. Pruebo a ver si les entra el encanto por lo antiguo, lo exótico. Un compañero decía: En la enseñanza no quiero mesías, sino buenos profesionales. Gente que sepa el trabajo que hace, con quiénes se juega los cuartos, que son los adolescentes: chavales a los que tienes seis horas ahí sentados, con las hormonas revolucionadas y ahora encima con los móviles.

¿Es difícil captar la atención del lector en un mundo tan audiovisual y tecnológico?

Es complicado. Las tentaciones y distracciones son muchas. Las series se han convertido en la novelística de nuestra era. Así que para mantener al lector hay que utilizar todos los recursos: una narrativa intensa, que enganche, sin tiempos muertos ni digresiones inútiles… Todo esto sin renunciar a la calidad literaria ni olvidar que la lectura es una actividad interior, reflexiva.

¿Sigue la novela teniendo un espacio en nuestras vidas?

Eso espero, pero creo que la atención de la gente se nos va. El mayor enemigo no son las series, sino el whatsapp. No puedo hablar por los demás, pero yo al menos sigo leyendo mucho. Disfruto más de la lectura que de cualquier otra actividad. Recuerdo que, cuando mi hija nació, como la pobre lloraba mucho, me levantaba a las 6.30 sólo para leer antes de irme al instituto. Llegaba a tenerla a ella en una mano y el libro en la otra. En fin, espero que queden unos cuantos como yo, y que haya siempre escritores dispuestos a contar historias. Por mi parte, tengo claro que seguiré ofreciendo nuevos libros a los lectores.

 

4 julio 2016 at 8:04 am Deja un comentario

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