Posts tagged ‘emperadores romanos’

Tom Holland: “Trump, como Calígula, basa su régimen en la diversión de la humillación”

La transformación de Roma en una dictadura es el tema del último libro de este ensayista que utiliza la narración del pasado para ayudar a entender el presente

El escritor Tom Holland, en el hotel de las Letras. SAMUEL SANCHEZ

Fuente: GUILLERMO ALTARES EL PAÍS
11 de abril de 2017

Antes de dedicarse a escribir libros de historia, Tom Holland (Broadchalke, Inglaterra, 1968) realizó una hazaña para la BBC: adaptar para la radio los apuntes de los primeros genios de la lengua escrita, Homero, Heródoto, Tucídides y Virgilio. Con Rubicón consiguió su primer éxito internacional al narrar con pulso y rigor los años que llevaron a Julio César al poder. En sus libros, como Fuego persa o Milenio, siempre lee la historia desde un punto de vista contemporáneo, logra que los problemas del pasado nos ayuden a dialogar con la actualidad. Ahora acaba de publicar en Ático de los Libros Dinastía. Auge y caída de la casa de César, la historia de los Julio-Claudios, una saga a la que pertenecieron los emperadores más famosos, y con peor prensa, de la historia de Roma: Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Con la llegada al poder de Donald Trump, y el desafío a la democracia de otros líderes ultraderechistas, su relato del final de la República romana y el principio del Imperio, uno de los momentos clave de la historia de Occidente, cobra una nueva dimensión. Holland visitó recientemente Madrid.

PREGUNTA. ¿Podemos encontrar un paralelismo entre el fin de la República y lo que está ocurriendo ahora en EE UU? ¿Se puede acabar una democracia sin un cambio de régimen?

RESPUESTA. Es interesante porque la idea de que la república americana podía acabar de la misma forma que la romana es algo que está ahí desde su propia fundación. Cuando los americanos echaron a su rey, miraron a Roma como modelo, por eso existen un Senado y un capitolio en Washington. Los padres fundadores eran muy conscientes de cómo Roma se convirtió en una autocracia y la Constitución está diseñada para asegurarse de que algo así no vuelva a ocurrir. La cuestión en EE UU en la actualidad es si alguien como Donald Trump, que claramente solo está interesado en sí mismo, en su marca, puede llegar a ser tan corrosivo que acabe por dañar la democracia. Personalmente tengo serias dudas, no creo que Trump sea comparable a Julio César, que era un hombre de una inteligencia prodigiosa, ni a Augusto, que ha sido el mayor genio político de la historia occidental. Hay que tener mucho talento para ser capaz de convertir una vieja república en una autocracia, y no creo que Trump tenga ni la paciencia ni la habilidad para convertirse en un Julio César.

P. En su libro muestra su clara preferencia por el historiador romano Tácito. ¿Puede ser Tácito útil para entender el periodo que estamos viviendo?

R. Tácito es uno de los mejores historiadores de todos los tiempos y es el gran analista de la autocracia. Entiende aquello que hace que una autocracia funcione, entiende el efecto corruptor que el poder tiene sobre quien lo ejerce. Por eso en cualquier periodo en que la sombra de una autocracia cae sobre un país, siempre se ha leído a Tácito y siempre ha sido valorado. Creo que, sobre todo gracias a Tácito, ese periodo, el final de la República romana, sigue viviendo en el imaginario occidental y es el ejemplo primario de una tiranía.

P. ¿Y es posible comparar a Trump con Calígula o Nerón? Ese paralelismo se ha convertido en un lugar común.

“Toda historia tiene algo de ficción. Sobre este periodo, en muchos casos solo tenemos el rumor”

R. Solo es posible hasta un cierto nivel. Terminé este libro incluso antes de que Trump comenzase su carrera hacia la Casa Blanca. Trump dijo e hizo cosas durante su campaña que el establishment político pensó que eran fatales para su carrera, contra las mujeres, los veteranos, los musulmanes. Todo el mundo estaba convencido de que iban a acabar con él. Pero no ocurrió. Y al final resultó que a la gente le gustó que alguien con poder cambiase la forma tradicional de decir las cosas, la forma de comportarse de la élite, ya sea la de la prensa o la de la política. El choque de ver a gente poderosa humillada claramente tocó algún tipo de fibra. Hay algo que tanto Calígula como Trump entendieron, basaron su régimen en la diversión que la humillación de otros despierta en una parte de la sociedad. Es lo que hizo Calígula con la élite de los senadores. Fue descrito por sus críticos en el Senado como alguien que estaba loco. El ejemplo más famoso de esto es cuando nombró cónsul a un caballo. Era una broma, lo que pretendía era ridiculizar al Senado, mostrar su impotencia diciendo: “Puedo nombrar a quien quiera, hasta a mi caballo”. Está dejando claro quién manda. Cuando he leído cosas que Trump ha dicho o los tuits que ha mandado, nos preguntamos si está loco. Lo que escribe o dice puede parecer cruel, sin sentido, pero a veces es también divertido. Podemos pensar que hace esas cosas para entretener. Creo que lo mismo ocurre con Calígula.

P. En su libro sobre los Julio-Claudios se alza una figura central, Livia, porque en realidad muchos de los emperadores de esta dinastía son descendientes de ella más que del propio Augusto. ¿Es Livia, la esposa del emperador, el personaje clave en esta historia pero se mantiene en un segundo plano porque era mujer?

R. Pese a ser sobrino de Julio César, Augusto era en cierta medida algo provinciano. Cuando se casa con Livia, ella está fabulosamente bien conectada. Tiene sangre azul, estuvo casada con un Claudio antes de divorciarse y casarse con Augusto. El hijo de este primer matrimonio, Tiberio, lleva la sangre de los Claudios. Y eso tranquiliza a los miembros de la élite romana, porque piensan que va a defender sus intereses. Augusto basa todo su régimen en que está restaurando los auténticos valores de Roma y Livia es fundamental en esa imagen. Es probablemente el único personaje femenino importante de esa dinastía que nunca fue acusada de ser una prostituta. La medida de su éxito es que, cuando muere Augusto, recibe honores sin precedentes. Y cuando muere también es divinizada.

“Los padres fundadores de EE UU eran muy conscientes de cómo Roma se convirtió en una dictadura”

P. ¿Podemos acercarnos a algo parecido a la verdad cuando estudiamos un periodo tan remoto de la historia y sobre el que circulan tantas leyendas y existen tan pocas fuentes fiables?

R. Es un asunto clave. Se trata de una aproximación a la verdad. Toda historia tiene elementos de ficción. Y cuanto más nos remontemos en el tiempo, es peor porque nuestras fuentes primarias tienen un elemento literario muy importante. En muchos casos, la historia de segunda mano es lo único que tenemos. Debemos tratar de entender lo que quería hacer en realidad el emperador. La historia de Calígula y su caballo es un ejemplo claro. Por eso es importante buscar historias que nos expliquen la forma en que los romanos veían el mundo, historias que se repitan una y otra vez, como la acusación contra muchas mujeres de los Julio-Claudios de que eran prostitutas. No creo que ninguna de esas historias sea cierta. Pero nos hablan de la imagen que los romanos tenían de las mujeres poderosas, porque pensaban que no debían tener ninguna autoridad política, ningún poder. Las acusaciones contra mujeres como Mesalina reflejan todo esto, el temor de los hombres romanos ante las mujeres con poder, no creo que nos digan algo real sobre lo que ellas hicieron.

 

Anuncios

11 abril 2017 at 7:50 pm Deja un comentario

Tom Holland: «Como Nerón, Trump se ha hecho popular insultando a muchos poderosos»

El autor de «Rubicón» relata en «Dinastía» su novedoso retrato de la Roma de los cinco primeros Césares, donde el poder se reinventó

Tom Holland, ayer en Madrid – ISABEL PERMUY

Fuente: JESÚS GARCÍA CALERO  |  ABC
9 de marzo de 2017

El historiador inglés Tom Holland (Wiltshire, 1968) tiene una habilidad especial para moverse entre emperadores romanos. Después de «Rubicón», su exitosa crónica de la implosión de la República con Julio César, publica en España «Dinastía» (Ático de los Libros), un relato muy diferente del «big-bang» del poder absoluto que supuso el Imperio romano. Los cinco emperadores julio-claudios -Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón- escribieron con sangre, en apenas medio siglo, las páginas de todos los excesos y ambiciones del poder.

Holland es un historiador al que desborda un sentido del humor británico y en ocasiones grueso. Pero claro, hablando de críemenes execrables de los Césares no queda otra que asumir la terminología y dedicarse guiños de humor negro. Holland siempre viaja sonriendo de los emperadores a los políticos actuales, del pueblo de Roma al circo de las redes sociales. ¿Como no divertirse cuando las comparaciones van a ser tan odiosas?

-¿Por qué volver a los Césares?

-«Rubicón» reflejaba en la distancia a la superpotencia americana tras el 11-S y la guerra de Irak. Acababa con el asesinato de César y la implosión de la República. Desde entonces tenía pensado volver a la época para contar cómo los romanos se amoldaron a la pérdida de su libertad.

-¿Lo mantiene?

-Creo que la noción de un mandatario autocrático que centraliza el poder y aun así se presenta como un defensor del pueblo ha adquirido mayor relevancia desde que acabé el libro.

-Dice que con el imperio el poder desaparece de la luz, se va del Senado.

-La República es «res publica», lo que se trata en público. Cuando Augusto promete restaurar la República sabe que no es posible. En su casa del Palatino, de donde viene la palabra palacio, la política se hace en susurros por los pasillos, tal vez en la cama. Así que las mujeres, los esclavos, tienen más influencia que un cónsul.

-¿Sabemos o no lo que pasaba?

-La sombra es más difícil de penetrar. Pero al mismo tiempo los romanos, en un grado en que hoy nos reconocemos, eran adictos a los rumores y los cotilleos. A lo que Trump llamaría noticias falsas (risas) había un montón de noticias falsas en la Roma antigua. Había grafitis por todos lados…

-¿Eran tan útiles como hoy?

-Los rumores, escándalos, eran un arma política poderosa.

-El éxito, el triunfo, ¿construyó a los césares al gusto de Roma?

-La tragedia de la República, en efecto, es la de un pueblo destruido por sus mejores cualidades. Murió de cierto éxito, porque su ethos era una sana competencia, pero esa energía fue canalizada fuera contra los enemigos de Roma. Eso resultó letal. La capacidad para conquistar el mundo hizo individuos más poderosos y ricos tal vez no que los mecanismos de gobierno pero sí que las restricciones morales que habían mantenido el poder repartido.

-Julio Cesar se impone pero muere…

-La violencia solo será superada con una autocracia. Y gana el más implacable y ambicioso de los guerreros. Pero habiendo ganado ya tiene lo que quería y reconoce que la violencia ha cumplido el papel que él necesitaba. Con Augusto, bastaba ya con la amenaza de la violencia, como Brando en el Padrino, cuyo nombre permitía, con solo pronunciarse, que la gente obedeciera.

-¿Estamos hoy en la misma dinámica destructiva las democracias?

-No creo. Todo el mundo reconoce el juego de Putin o Erdogan, que están demoliendo las estructuras democráticas. No creo que soportasen una comparación con Augusto, que fue el más perspicaz y calculador, hasta grados supremos, de la historia política occidental. Ni creo que Trump tenga la paciencia para hacer algo así.

-¿Con quien comparamos a Trump?

-Con Nerón. El emperador descubrió que insultando a los líderes políticos y humillándoles en público se convirtió en alguien increíblemente popular (risas). El modo en que Trump trató a Hillary Clinton, o Jeff Bush, y luego a los inmigrantes y a los musulmanes… le ha permitido darse cuenta de que la gente está encantada con el espectáculo.

-Dijo que podría disparar a cualquiera en la calle sin perder popularidad.

-Nerón mató a su madre. No importa lo que haga que le gusto a la gente. Al menos durante un tiempo.

-¿Ve en el Brexit, el Muro de Adriano?

-Adriano levantó el muro para separar a los bárbaros de los romanos, pero eso es más Trump. El Brexit no resolverá nada. Siempre decidimos si somos parte del continente o una isla. Es posible, y probable, que los británicos fuésemos los únicos que quisimos abandonar el imperio en 410, pero las consecuencias de aquello fueron terribles: una implosión económica y demográfica una ruina total (risas). ¡No fue un colapso de la moneda, nos quedamos sin moneda!

—¿En qué sentido es la Europa que tiende a unirse bajo un mando hija de Roma?

—En la Edad Media estaban el Califato del Islam, Bizancio y el Imperio Franco. Pero no ha habido un conquistador europeo que se mirase en el modelo de Roma realmente. Salvo los autócratas de los años 30 del siglo XX. Los fascistas. Musolini se miraba en Augusto, pero Hitler no lo tenía tan claro, si era Arminio o Varo (risas). La unión de Europa, incluye vastas regiones que nunca conocieron a Roma, como Escandinavia. Y luego está la ambivalencia del colonialismo.

-¿Qué?

-Que Francia o Gran Bretaña se miraban en los héroes ancestrales de la libertad que lucharon contra los romanos y a su vez tenían que pensarse como Romas de sus respectivos imperios.

-Ha cambiado el retrato de los emperadores. ¿Por qué?

-Si vemos a Calígula, es muy conocido por «Yo Claudio» y vimos a John Hurt abrir el vientre de su hermana embarazada, pero eso no estaba en el libro de Robert Graves. Suetonio escribe apenas unas décadas tras la muerte de Calígula, y se basa en fuentes que le pintan como un monstruo. Si miramos a las primeras fuentes sobre Caligula, como Séneca -que le odiaba- no comenta nada del incesto. El desafío es volver atrás y tratar de retratar a Calígula tal como debió ser.

-¿Cómo?

-No estaba loco. Era un gobernante muy amanerado, que mantuvo el imperio en paz y era terriblemente popular. Cuando murió hubo disturbios en Roma. Lo que hacía al ofrecer esos espectáculos de humillación de senadores, porque su poder se basaba en el ejército y podía hacer lo que quisiera.

-Distinto era Tiberio

-Tiberio fue brillante en los tabajos grises. Estabilizó las fronteras, algo muy necesario, y fue el padre de la idea de que hay una zona civilizada y otra bárbara. Y de que puedes amurallarla. Tiberio era muy austero, casi vegetariano, y a los romanos no les gustaba. Preferían algo más glamuroso. Calígula entró en Roma con un carro tirado por seis caballos, y el pueblo gozaba viendo a su emperador conducir su deportivo (risas). Es brutalmente divertido recordar lo que dijo en el Senado. «Sois patéticos, os arrastráis ante el emperador, os desprecio y la prueba es que mañana me daréis las gracias por ello». Y se las daban. Vio cómo el poder del Senado se había convertido en polvo y sabía que tenía el respaldo del ejército y del pueblo.

-Ha corregido mucho el retrato del popular emperador Claudio

-Es que era un retrato falso, que Robert Graves hizo para que encarnase a un buen británico de clase alta de los años treinta del siglo XX. Ese Claudio no era romano en absoluto (risas), encarnaba los valores del propio escritor. Suetonio dice que de los tres espectáculos que solían ofrecer los Césares: gladiadores, ejecuciones y luchas con bestias, Claudio tenía un gusto muy específico para las ejecuciones, que no necesitaban mucha habilidad, que solo trataban de torturar hasta la muerte a alguien. Visto desde nuestro mundo era un hombre muy conservador. Incluso construye un acueducto y lo decora como un anticuario. Graves afirma que quería la vuelta de la República y es justo lo contrario. Trajo de vuelta a los Pretorianos en un golpe

-¿Y Nerón? Le brillan los ojos cuando habla de él…

-Es mi favorito. Además de Suetonio tenemos el libro de la Revelación que le pinta como «la Bestia» y también como «la Ramera de Babilonia». Pero cuando murió siempre tuvo flores en su tumba. Tuvo un gran carisma. Fue, como Calígula, un emperador que fundó su poder en el amor del pueblo, que cultivaba de modo ciertamente extravagante. Literalmente encarnó a la más grande estrella en el teatro del mundo de manera consciente y fue capaz de hacerlo por lo bueno que era en eso. Imagine un presidente de Estados Unidos como cabeza del festival de Glastonbury o de un gran festival musical. Imagine un presidente ganando en Formula 1. Nerón ganó una carrera de carros a pesar de haber estrellado el primero que usó. Y era peligroso seguir en la pista con los caballos y las ruedas pasando a toda velocidad. El pueblo pensaba que eso era tremendamente «cool» y lo adoraba.

-Pero mató a su madre

-Porque para él era una amenaza. Creó que en algún momento pensó que matar a su madre sería lo que un héroe mitológico o un semidios haría. Incluso, después de matarla hizo de Orestes, en matricida, en una representación pública.

-Viendo esto, creo que el papel de las mujeres en ese tiempo trasciende todos los tópicos

-En este periodo tuvieron una importancia que no habían tenido en ningún otro periodo. Si el poder está en manos de un autócrata y tú estas casada con él, tienes un gran poder. Y como en el caso de Augusto, si comienza a ser venerado como un dios, la mujer puede quedar embarazada de su estirpe divina, eso la convierte en un valor político, inédito hasta entonces. Sus vientres se convirtieron incubadoras de poder. Pero al mismo tiempo se volvieron peligrosas, y por eso tantas mujeres de la familia imperial fueron eliminadas. Para ello, desgraciadamente, a casi todas se les acusó primero de prostituirse o cometer adulterio, lo que permitía ejecutarlas. Era tan peligroso ser mujer que cuando Nerón muere ya no quedaba ni un solo descendiente de Augusto.

-Se ha impuesto una corrección política en la Universidad inglesa que ha causado polémica porque quiere silenciar incluso el estudio de filósofos clásicos…

-Bueno, para ser justos, en este caso concreto que cita, uno puede entender que en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos algunos alumnos exijan que haya menos filósofos occidentales en el programa, pero el problema en la Universidades no es de censura, sino de que hemos creado una forma normativa de ver las cosas y muchas veces no representa el pensamiento de la gente. Eso y, por supuesto, que no debemos olvidar que todos los estudiantes dicen cosas estúpidas alguna vez (risas).

-Usted recibió ataques por un documental sobre el origen histórico del Islam.

-Pero no creo que esté en peligro la libertad de expresión. Lo ocurrido nos recuerda lo importante que es decir lo que se piensa y estar preparado para hacer las cosas a través del consenso. Lo único que hice fue aplicar metodología histórica al Islam, como aplico a cualquier ámbito de estudio. No ha pasado nada, tuve problemas pero mi vida sigue adelante. Estuve amenazado durante un tiempo, fue molesto, desagradable, pero al final no ocurrió nada. Ahora me han encargado otro documental sobre si el Daesh es islámico. A ver…

 

9 marzo 2017 at 6:38 pm Deja un comentario

El rostro del emperador Nerón

Reconstrucción artística de Nerón Claudio César Augusto Germánico (37-68 d.C.), quinto y último emperador de la dinastía Julio-Claudia.

Fuente: Canal de JudeMaris en Youtube

 

28 julio 2016 at 6:30 pm Deja un comentario

Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes

caligula

En 40 d.C., Calígula planeó la invasión de Britania para adquirir prestigio militar, pero el proyecto fracasó. Escultura del emperador. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Por Juan Luis Posadas. Universidad Antonio de Nebrija (Madrid), Historia NG nº 137

Un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfallecimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio, da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata. Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en  Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte a Calígula, a su mujer y a su hija.

Para saber más

Calígula, el autócrata inmaduro. J. M. Roldán. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012.
Vida de Calígula. Suetonio. Gredos, Madrid, 2011.
Yo, Claudio. Robert Graves. Alianza, Madrid, 2014.

8 junio 2015 at 7:36 am Deja un comentario

Trajano y Adriano, dos emperadores hispanos

adriano-NG

Foto: Museo Arqueológico de Parma; A. de Gregorio / I.G.D.A.

Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC

En Itálica, una urbe de la Bética muy cercana a la actual Sevilla, nació el emperador Trajano y pasó su infancia Adriano, quienes dirigieron el Imperio romano en el momento de su máxima expansión. Ambos pertenecían a antiguas familias itálicas establecidas en Hispania desde el siglo II a.C. Como en otros casos, estas familias fueron capaces de promocionarse políticamente por su riqueza, posición social y vinculaciones con la élite senatorial romana, formando verdaderos clanes que influyeron en la marcha de los acontecimientos políticos y en la economía imperial durante los siglos I y II. Trajano fue el emperador militar por excelencia y a él se debe la máxima expansión de Roma. Al mismo tiempo, su colaboración con el Senado, depositario de las tradiciones republicanas, le convirtió en ejemplo para las generaciones futuras del buen emperador, el optimus princeps, y en modelo de las antiguas virtudes de la nobleza romana.

La vida de Adriano (arriba), quien fue adoptado por Trajano, muestra también algunos de los ideales de la élite imperial. Nacido en Roma en el seno de una importante familia, pero residente desde niño en Itálica, su primer discurso al Senado provocó burlas por su marcado acento hispano. Adriano no solo logró superar esta dificultad, sino que además se convirtió en el más helenizado y culto de los emperadores romanos. También fue el autor de una vasta obra político-militar y legislativa de consolidación del Estado, lo que le llevó a realizar numerosos viajes por todo el Imperio. A él se debe la reforma urbanística de Itálica. En el invierno de 122-123 residió en Tarraco, la actual Tarragona, donde trató de solucionar las turbulencias políticas y sociales que empezaban a advertirse en las provincias hispanas.

9 marzo 2015 at 8:28 am Deja un comentario

Regreso a la morada de Nerón

Pocas figuras históricas siguen siendo tan polémicas como Nerón, aunque la fuerza del mito ha enterrado la realidad

Termas-Trajano

Las termas de Trajano en Roma, que utilizaron como cimientos la Domus Aurea. / ALBUM

Fuente: GUILLERMO ALTARES  |  EL PAÍS      29/12/2014

Nerón pertenece a la estirpe de los grandes tiranos, su fiesta del chivo se ha prolongado a lo largo de los siglos. Pero existe una gran diferencia con los Ceausescu, Sadam Husein, Duvalier, Bokassa, Idi Amín Dadá o el Trujillo que noveló Vargas Llosa: en el caso del emperador romano del siglo I resulta imposible separar la realidad de la leyenda negra. Como escribió la catedrática de Latín de la Universidad de Cambridge Mary Beard: “La mayoría de los emperadores romanos no fueron depuestos porque fueran demonizados, sino que fueron demonizados porque fueron depuestos”. La tradición mantiene que Nerón fue condenado a damnatio memoriae, un castigo que consistía en enterrar todo el legado de un emperador para que su nombre fuese olvidado. En el caso del último miembro de la dinastía Julia Claudia, sus enemigos fracasaron: existen muy pocos personajes históricos sobre los que se hayan escrito tantos tebeos, novelas, óperas, películas o ensayos –el último, Dying Every Day (Muriendo cada día), un magnífico estudio del profesor de Clásicas del Bard College James Romm, en torno a su relación con su tutor, el filósofo estoico cordobés Séneca– y sobre cuya figura se siga debatiendo con tanta intensidad más de 2.000 años después de su desaparición. “¿Cómo no nos iba a fascinar?”, asegura Romm en una entrevista por correo electrónico. “Poder absoluto sobre la mayor parte del mundo conocido unido a los caprichos, la traición, la locura… ¿Puede ofrecer la historia un espectáculo más fascinante?”.

Las dos imágenes más populares del emperador –tocando la lira mientras contemplaba cómo ardía Roma en julio del año 64 y disfrutando de la primera gran masacre de cristianos en el Coliseo– no es que sean falsas, es que son imposibles. Nerón no estaba en la ciudad cuando empezó el incendio, llegó tres días más tarde y se puso al frente de los equipos de rescate (el fuego duró una semana). Casi ningún historiador piensa actualmente que fuese el responsable. En cuanto al Coliseo, fue construido varios años después de su muerte por el primer emperador de la siguiente dinastía, Vespasiano (9-79). Aunque, en una prueba más de la intensidad de su leyenda, acabó por darle su nombre: el monumento fue levantado en el lugar donde Nerón erigió una gigantesca estatua de 35 metros que le representaba como el dios Helios. Durante la Edad Media, el recuerdo de este coloso, hoy perdido, convirtió el Anfiteatro Flavio en el Coliseo.

¿Cómo no iba a fascinarnos? Poder absoluto unido a la traición y la locura”, explica el historiador James Romm, autor de un ensayo sobre Nerón y Séneca

Como ha escrito el profesor de Clásicas de la Universidad de Princeton Edward Champlin en la biografía más reciente del emperador –Nerón (Turner)–, “no hay necesidad de rehabilitar a Nerón: fue un mal hombre y un mal gobernante, pero hay sólidas pruebas que sugieren que nuestras fuentes principales erraron al presentarlo tan mal y crearon así la imagen de un monstruo, desequilibrado y ególatra, que ha regido la imaginación escandalizada de la tradición occidental durante dos milenios. Pero la realidad es más compleja”. La revista National Geographic le dedicó una reciente portada titulada “Repensando a Nerón”. En la otra cara de la polémica están afirmaciones contundentes como la que hace el gran crítico de arte Robert Hughes en su libro Roma (Crítica): “Es de suponer que no es posible que un hombre practique todas las perversiones sexuales conocidas o imaginables, pero es evidente que Nerón tenía un repertorio impresionante de ellas”.

Los restos de su gran palacio romano, la Domus Aurea, la fabulosa Casa Dorada que Nerón ordenó construir después del incendio, situados en el colina del Esquilino, acaban de volver a abrir al público después de permanecer casi diez años cerrados, aunque solo se pueden visitar los fines de semana y con cita previa (es necesario reservar con meses). En realidad, solo han sido accesibles con normalidad entre 1999 y 2005, cuando el palacio fue clausurado por problemas de conservación. Los espacios neronianos, ahora subterráneos, encarnan una metáfora perfecta de su mito: un laberinto de pasillos y estancias enormes, como los datos que se pierden en los rincones de la historia entre juegos de sombras y luces. “La Domus Aurea es impresionante por su arquitectura, pero también por su importancia simbólica”, afirma el historiador francés Joël Schmidt, autor de Néron, Monstre Sanguinaire ou Empereur Visionnaire? (Nerón, ¿monstruo sanguinario o emperador visionario?). “Todos los historiadores describieron sus proporciones gigantescas, su magnífica decoración y la profusión de oro (de ahí viene su nombre de Casa Dorada). El interior albergaba muchísimas obras de arte, traídas directamente de Grecia, sin contar los lagos, jardines, bosques, las fuentes de agua dulce y salada alimentadas por acueductos construidos especialmente para ello”.

Domus-Nerón

Nerón decoró su palacio soñado con todo tipo de estatuas que trajo de Grecia, algunas de las cuales se conservaron en el mismo lugar donde se encontraron. / CORBIS

A la muerte de Nerón, en el año 68, el palacio fue abandonado y finalmente Trajano (53-117) lo utilizó como cimientos para sus termas, tras haber esquilmado todo el mármol. Redescubierto en el siglo XV, fascinó a los artistas renacentistas y luego a personajes como el Marqués de Sade o Casanova, que dejaron la firma en sus paredes. Rafael, que se deslizaba con sogas hasta lo que entonces eran unos túneles abovedados, creó el estilo grotesco (de gruta) con el que pintó varias estancias del Vaticano en 1519 inspirándose en los frescos de aquel misterioso palacio enterrado –el hecho de que los papas se paseasen durante siglos bajo pinturas inspiradas por el palacio de Nerón es una de las muchas paradojas que emanan del personaje–. Una de las mejores copias de los frescos tal y como los encontraron los artistas del Renacimiento fue realizada por Francisco de Holanda en 1538 y se encuentra en la Biblioteca de El Escorial, en las afueras de Madrid.

A lo largo de los siglos, muchas pinturas se han borrado, y durante la visita guiada, protegidos por cascos de plástico amarillo (obligatorios porque se han producido desprendimientos), en medio del olor a humedad y bajo un frío pegajoso, resulta difícil imaginar lo que fue entonces un palacio luminoso y ajardinado. Pero, tal vez porque por esos espacios circula la leyenda de Nerón, tal vez por la inmensidad de las salas en las que el emperador ofreció alguna de las mejores fiestas de la antigüedad, resulta fascinante. En los alrededores, entre los miles de turistas, los falsos legionarios y los vendedores de aparatos para hacerse selfies, el viajero puede toparse con la Hostaria da Nerone o el hotel El Coloso. “Nerón siempre vende, no podemos olvidar que era un showman”, explica Darius Arya, arqueólogo estadounidense afincado en Roma desde hace 15 años y director del American Institute for Roman Culture.

Nerón cambió las normas de edificación en Roma después del incendio que arrasó la capital del Imperio para evitar que se repitiese el desastre

Durante un paseo por los Foros Imperiales, Arya asegura que, después del incendio, Nerón cambió las normas de edificación para evitar que una catástrofe de estas dimensiones pudiese repetirse. “Solo un idiota quemaría la ciudad. En Roma en aquel momento vivían en torno a un millón de personas y el fuego provocó 200.000 refugiados”, asegura. Ordenó que las calles fuesen más anchas, las casas de pisos –las insulae– más bajas, y, también es cierto, aprovechó la destrucción general para edificar su palacio soñado. Arya encuentra en la Domus Aurea un problema mucho más contemporáneo que afecta a demasiados lugares en Italia, como Pompeya: la conservación del patrimonio. Para salvar el palacio (un proyecto que consiste ante todo en transformar el jardín que hay encima para que los árboles y las infiltraciones dejen de dañar el conjunto arqueológico) son necesarios 32 millones de euros que, sin embargo, no llegan.

¿Quién es el Nerón más cercano a la historia, si esta pregunta tiene respuesta? Claudio César Augusto Germánico nace en Antium (actual Anzio) el 15 de diciembre del año 37. Miembro de la familia imperial, se convierte muy joven, en el año 54, en sucesor de Claudio (11-54), el tercer emperador de la dinastía que instauró Augusto (63-14 a. de C.) y continuaron Tiberio (42-37 a. de C.) y Calígula (12-41). Séneca es el principal consejero de un emperador muy popular. En el año 64, el mayor incendio que ha conocido Roma destruye una parte muy importante de la ciudad. Un año después, tras desactivar un complot, lanza una purga salvaje que le cuesta la vida al filósofo cordobés, entre muchos otros miembros de la élite. Sin embargo, el ejército, harto de sus caprichos –la oligarquía romana nunca le perdonó que participase en concursos de canto y poesía que siempre ganaba (¿quién iba a atreverse a darle un segundo premio?)–, le depone en el año 68. Nerón se suicida para evitar una muerte horrenda a manos de sus antiguos legionarios, que se habían propuesto azotarle hasta la muerte. Como había acabado con todos los posibles herederos de Augusto y no dejó hijos, Roma entró en un periodo de caos –cuatro emperadores en un año–, hasta la instauración de la dinastía Flavia con Vespasiano en el año 69.

Busto-Nerón

Busto de Nerón encontrado en Libia. Fue el último emperador de la dinastía Julia Claudia. / ALBUM

El historiador español Juan Luis Posada Sánchez, profesor de la Universidad Antonio de Nebrija y autor de El año de los cuatro emperadores, resume: “Hace ya mucho que los historiadores están intentando rehabilitar la figura de Nerón, un emperador tachado de loco, matricida, incendiario y asesino de cristianos, pero también un artista que protegió las artes y las letras, que gobernó por el pueblo y para el pueblo y que acabó con todos los descendientes de Augusto que pudieran desestabilizar su régimen. Nerón pudo haber tenido trazas tiránicas, sobre todo en la última etapa de su reinado, pero el ejército le puso en su lugar y le llevó a huir y suicidarse”. El ensayista australiano Stephen Dando-Collins, autor de Arde Roma (Ariel), un ensayo sobre el emperador, explica así su final: “Nerón dirigió los esfuerzos para detener el fuego y encabezó la reconstrucción posterior. Pero sus oponentes en el Senado, que despreciaban sus pretensiones artísticas y que añoraban a emperadores soldados como Augusto, vieron que culparle del fuego era una forma de reducir su popularidad, lo que haría más fácil expulsarle del poder. Lo que al final ocurrió”.

Las principales fuentes sobre Nerón provienen de tres historiadores romanos, Suetonio (70-126), Tácito (55-120) y Dión Casio (155-235), y la panoplia de perversiones y crímenes que describen es interminable; algunas de ellas –que mató a su madre, a sus dos primeras esposas y a su hermanastro; que asesinó a todos los que consideró oponentes políticos o un peligro para su poder; que escribía poesía y versos (actividades intolerables para un emperador)– están corroboradas por diferentes fuentes; otras, sin embargo, no: que violó a una virgen vestal, que castró a un hombre para casarse con él, que fundió los lares para convertirlos en dinero, que era un pervertido sexual sin freno. Tampoco es seguro, y es un punto especialmente polémico, que lanzase la primera gran persecución de seguidores de una nueva religión que había nacido en Judea unos años antes. La tradición cristiana mantiene que Pedro y Pablo sufrieron su martirio durante las persecuciones neronianas, que se desataron después de que los cristianos fuesen acusados de quemar Roma en una maniobra para evitar que las culpas recayesen en el emperador. Pero no hay documentos ni evidencias arqueológicas que lo demuestren.

Sí está demostrado que mató a su madre, a su hermanastro y a sus dos primeras esposas. Otros crímenes que se le atribuyen son dudosos

Suetonio y Tácito son los únicos que citan las persecuciones fuera de la tradición cristiana. Tácito escribió en sus Anales el célebre pasaje sobre su brutalidad: “Nerón buscó rápidamente un culpable, e infringió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos. (…) Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna cuando el día hubiera acabado”. Sin embargo, estos testimonios plantean muchas preguntas. ¿Por qué solo lo cuentan ellos? ¿Por qué emplean el término cristiano que entonces no usaban los romanos? ¿Pudo ser un añadido posterior al texto que manejamos durante su copia en la Edad Media? ¿Por qué no vuelven a producirse persecuciones de cristianos hasta décadas más tarde? Marco Aurelio ha pasado a la historia por su sabiduría (véase Gladiator, donde lo encarna un impecable Richard Harris), pero nadie recuerda sus salvajes persecuciones, como la que tuvo lugar en Lyon en el año 177. Yves Perrin, profesor de Historia y Arqueología Romanas en la Universidad de Saint-Etiène-Lyon y presidente de la Sociedad Internacional de Estudios Neronianos (SIEN), afirma: “Los autores cristianos hacen de Nerón el primer perseguidor de la verdadera fe y esta idea ha atravesado los siglos con errores de bulto, como situar los martirios en el Coliseo, que no existía. Los autores cristianos imponen a la posteridad la idea de que el año 64 representa un cambio de rumbo en la historia: la Roma pagana desaparece bajo el fuego y los mártires garantizan la victoria de la fe verdadera”. La mayoría de los investigadores creen que sí se produjeron persecuciones, aunque ponen en duda que fuesen tan intensas.

Suetonio y Tácito le acusan de haber lanzado las primeras persecuciones de cristianos, pero algunos autores lo ponen en tela de juicio

Sin embargo, la fuerza de la ficción es imbatible. Por muchos ensayos que se escriban, resulta casi imposible separar en la imaginación occidental a Nerón del sádico, caprichoso, vicioso e infantil emperador que dibuja Peter Ustinov en una de las mejores versiones cinematográficas de Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951), la famosa novela que ofrece una reconstrucción mítica de los orígenes del cristianismo, publicada por el premio Nobel polaco Henryk Sienkiewicz a finales del XIX. Y encima la ponen en televisión cada Semana Santa. James Romm asegura: “La pérdida de fuentes contemporáneas es un problema, pero son todavía más frustrantes los silencios y las opacidades del propio Séneca. Escribió muchos volúmenes, pero nunca dijo la verdad sobre lo que había hecho o visto junto a Nerón”. La realidad, como la Domus Aurea, se encuentra enterrada bajo demasiadas capas de mitos para que algún día pueda llegar a derrotar a la leyenda.

29 diciembre 2014 at 10:58 am 3 comentarios

Año 305: Diocleciano renuncia al imperio

Tras más de veinte años de gobierno, Diocleciano abdicó solemnemente en Nicomedia de todos sus poderes y se retiró a su palacio-fortaleza de Split, en la actual Croacia

Por Juan Pablo Sánchez. Doctor en Filología Clásica. , Historia NG nº 131

Palacio-Diocleciano

Vista del interior del palacio de Diocleciano en Split. El complejo estuvo totalmente fortificado y pudo llegar a albergar a unas 9.000 personas.

La abdicación de Diocleciano en el año 305 es un evento único en la historia del Imperio romano. Ningún otro emperador había abandonado antes el poder por su propia voluntad, para gozar de un confortable retiro y morir en paz. En lo sucesivo, tan sólo la abdicación de otro emperador, Carlos V, en 1556, tendría un impacto comparable. Como sucedió con este último, al renunciar al cargo Diocleciano puso fin a un largo reinado de 22 años que había cambiado totalmente la faz del Imperio romano.

Desde que fuera aclamado emperador cuando tenía 40 años, aquel hombre de linaje oscuro, nacido en la ciudad iliria de Salona (Split), se había enfrentado a constantes desafíos: intrigas palaciegas, inestabilidad política y económica, frentes de guerra abiertos en las fronteras orientales y occidentales, rebeliones que amenazaron la unidad del Imperio… De todos había salido airoso; sus sonados triunfos en los campos de batalla de Persia, Gran Bretaña, África, Egipto y las fronteras danubianas eran motivo de celebración. Además, había emprendido reformas de calado con la intención de estabilizar el Imperio, entre ellas una reorganización administrativa de las provincias, una reforma monetaria y un nuevo sistema fiscal.

A finales del año 303, Diocleciano, que como emperador de Oriente tenía su residencia habitual en Nicomedia –la actual Izmit, a orillas del mar de Mármara, en Turquía–, asistió en Roma a las celebraciones de su vigésimo año de reinado: desde los tiempos de Marco Aurelio, ningún otro emperador había conseguido mantenerse en el trono por tanto tiempo y con una fortuna tan favorable. Diocleciano pudo admirar entonces los venerables monumentos del pasado de Roma a los que él había añadido unas vastas termas (aún hoy en pie), arcos triunfales y estatuas con su efigie en el Foro de Roma. El soberano siempre aparecía envuelto en una imponente pompa imperial que ponía una distancia infranqueable frente a sus súbditos. Adornado con vestidos de seda recamados en oro y espléndidas joyas, era el «descendiente de Júpiter» (Iovius), una remota y casi intangible figura equiparable a los dioses. Lo acompañaba una legión de burócratas y soldados a su servicio, e imponía a quienes se aproximaban a su persona un elaborado protocolo cortesano, incluida la genuflexión.

El emperador deja el poder

Su estancia en Roma, sin embargo, no fue totalmente satisfactoria. El pueblo romano seguía caracterizándose por su libertad de palabra, por un irreverente ingenio con el que denigraba a sus gobernantes en coplas y pasquines. Diocleciano lo sufrió en sus propias carnes y, temeroso de una revuelta y con el ánimo abatido, decidió abandonar la ciudad de repente y volver a Nicomedia. Hizo el viaje en lo más crudo del invierno, con lo que el frío y las lluvias no hicieron sino agravar los achaques de salud que sufría. A su llegada, se encerró en su palacio, en silencio, mientras el pueblo rezaba por su pronta recuperación y cundía el pánico ante la posibilidad de que falleciera. Cuando al fin se presentó ante su corte, su aspecto era casi irreconocible y estaba visiblemente trastornado. Algunos interpretaron que la enfermedad del emperador era un castigo divino, pues un año antes había promulgado un edicto contra los cristianos y había ordenado que fueran perseguidos.

Diocleciano se había dado cuenta de que el Imperio romano era demasiado grande para ser regido por un solo hombre. Hacía tiempo que había decidido compartir el poder y había escogido a sus compañeros más leales para actuar como brazos ejecutores de sus designios, pero ahora sus energías estaban agotadas. «Ya he trabajado bastante –reflexionaba–, ya he tomado las medidas necesarias para que el Estado se conserve incólume durante mi reinado. Si sobreviene alguna adversidad, la culpa no será mía». Así, tomó la decisión repentina (y quizá poco meditada) de abandonar el poder y retirarse del mundo para que otros perpetuaran su legado. La ceremonia de abdicación se celebró formalmente en una gran explanada de Nicomedia. Diocleciano se alzó de su trono ante la multitud, manifestó su deseo de retirarse, se despojó de la púrpura imperial, subió a un simple carruaje cubierto y atravesó en silencio las puertas de la ciudad ante el estupor de los allí presentes. No se le volvería a ver más en público. El carruaje le llevaba de vuelta a su ciudad natal, Salona (la moderna Split, en Croacia).

El palacio del emperador

En Salona, Diocleciano se estaba construyendo desde hacía tiempo un soberbio palacio. Parecía una fortaleza, con gruesas murallas y torres formidables que custodiaban la entrada del complejo, que tenía el Adriático por foso. Desde allí, deambulando por una amplia galería porticada que se abría sobre la costa, el emperador podía divisar a lo lejos cualquier nave que se acercara hasta el embarcadero. Ya en el interior, el visitante ocasional se encontraba con una verdadera «sinfonía en piedra» que combinaba la grandiosidad de una próspera ciudad mediterránea, con grandes avenidas porticadas y edificios nobles, y la elegancia de una fastuosa villa imperial llena de lujosos mosaicos.

Obreros, artesanos, medios de transporte y animales de carga de medio mundo habían acudido como refuerzo para que todo estuviera listo antes de que llegase el emperador. No se escatimó en gastos: la mayoría de los edificios nobles del palacio se revistieron con la piedra caliza de las canteras de la cercana isla de Brac (Brattia), con su blanco de deslumbrante pureza, pero también se importaron columnas enteras que fueron arrancadas de templos egipcios, mármoles griegos del Proconeso y de Caristo, así como piezas de pórfido y de granito procedentes de las canteras de Asuán y de los yacimientos a orillas del mar Rojo. Todo se incorporó a la decoración de los peristilos y pórticos monumentales del complejo palacial. Para custodiar el que sería el Mausoleo de Diocleciano se trajeron incluso tres esfinges cuyas basas recordaban las victoriosas campañas de los faraones mediante intrincados jeroglíficos.

Un amargo final

Aun estando rodeado de lujo, Diocleciano se empeñaba en cultivar una imagen de sencillez. Cuando uno de sus sucesores le rogó que volviera al poder, le contestó: «¡Ojalá pudieras ver las hortalizas que cultivo en mi palacio con mis propias manos! Seguro que jamás me habrías hecho tal proposición». Pero lo cierto es que su retiro no discurrió tan plácidamente como había esperado. La espiral de disensiones y de guerras civiles en la que se precipitó el Imperio tras su renuncia, con los cuatro tetrarcas que lo sucedieron disputándose la supremacía, terminó golpeándolo a él mismo. Los tetrarcas Licinio y Constantino, olvidando que se lo debían todo, renegaron de él. Incluso las estatuas del emperador fueron derribadas. Su esposa Prisca y su hija Valeria permanecieron en Tesalónica con el esposo de la segunda, Galerio; tras la muerte de éste, Maximino, el nuevo emperador, quiso casarse con Valeria, pero ella se negó, con lo que sus propiedades fueron confiscadas y ella y su madre se vieron condenadas al destierro.

Abandonado por todos, Diocleciano deambulaba por su palacio con ánimo abatido, viendo cómo sus súplicas eran inútiles. Humillado por los ultrajes cometidos contra su familia y sintiendo que a las amenazas de sus antiguos socios, ahora enemigos, pronto seguirían los hechos, decidió acabar con su vida con honor. Unos dijeron que ingirió un veneno y otros que se ahorcó; pero la opinión mayoritaria fue que simplemente se dejó morir de inanición, lleno de tristeza y remordimientos en ese palacio en el que había decidido aislarse.

Diocleciano vivió 68 años, casi diez en su retiro final. Por una ironía del destino, el mausoleo del último gran perseguidor de los cristianos es ahora la catedral de Split; y la propia ciudad ha crecido hasta el punto de esconder las vastas estructuras palaciegas entre casas, mercados e iglesias. Sin embargo, aún permanece allí el recuerdo de este emperador, tan conocedor del alma humana y sus flaquezas que tal vez por ello prefirió cuidar de su jardín antes que volver al poder.

Para saber más

Diocleciano y las reformas administrativas del Imperio. Gonzalo Bravo. Akal, Madrid, 2011.
Decadencia y caída del Imperio romano. Edward Gibbon. Atlanta, Vilaür, 2012.

9 diciembre 2014 at 8:32 am Deja un comentario

Entradas antiguas


Follow La túnica de Neso on WordPress.com
logoblog2.gif
Licencia de Creative Commons
Este blog está bajo una licencia de Creative Commons.

Twitter

Reunificación de los Mármoles del Partenón

"Hacemos un llamamiento a todos aquellos que en el mundo creen en los valores e ideas que surgieron a los pies de la Acrópolis a fin de unir nuestros esfuerzos para traer a casa los Mármoles del Partenón". Antonis Samaras, Ministro de Cultura de Grecia

Tempestas

CALENDARIO

noviembre 2017
L M X J V S D
« Oct    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  

Archivos

Inscriptio electronica

Amici Chironis

Apasionados del mundo clásico

Suscríbete a esta fuente