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Las bacanales que prohibió Roma

Un estudio de Pedro Ángel Fernández Vega recoge las noticias sobre estas reuniones en Roma y el escándalo que solían conllevar, y explica por qué se decidió proceder a una regularización legal de ellas en el 186 a.C.

“La bacanal de los andrios”, de Tiziano

Fuente:  David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
25 de febrero de 2018

Dioniso, el Baco romano, era el más importante, sin duda, de todos los dioses en la antigüedad clásica, por su especial interacción con los seres humanos. Y es la divinidad que hoy se nos antoja más interesante para comprender la historia social y cultural de la antigua religión grecorromana, como el dios que, en cierto modo, acercaba a los hombres a la categoría divina, ya fuera mediante un proceso extático de deificación temporal o a través de sus renombrados misterios: los orgia y la teleté dionisíacos, en las llamadas bacanales, han sido objeto de estudio desde hace varios siglos en la moderna historia de las religiones y siguen ejerciendo una notable fascinación no solo entre los estudiosos sino también entre el público general, por la gran recepción de Dioniso en la modernidad –de Nietzsche a esta parte– como el dios que acaso mejor permite comprender al hombre moderno. La locura colectiva que encarna el baile extático y los ritos grupales de los seguidores de Dioniso en la antigüedad ha sido a veces comparada –sobre todo desde la llamada «escuela de ritualistas de Cambridge», como J. Harrison y G. Murray, pero especialmente desde el genial libro de E.R. Dodds «Los griegos y lo irracional» (1951)–, con experiencias de trance colectivo de otras épocas, desde el medievo a la religión de diversos pueblos del mundo llamado «primitivo» por la antropología victoriana. Superada ya la añeja tesis de E. Rohde (1893) sobre la procedencia no griega de las bacanales y del menadismo, los componentes extáticos del culto de Dioniso en Grecia se dan por autóctonos. La consideración de estos, como se hacía en el enfoque positivista del siglo XIX, como meros mitos ha quedado también atrás. Se decía que el menadismo recogía una representación mítica en la literatura y el arte, en Eurípides y en los vasos griegos, más que una realidad histórica. Esto era partir de la base de que hay dos ámbitos diferentes, es decir, mito y realidad, fantasía y verdad histórica, en la llamada religión griega, una idea que está en la base de la clasificación positivista de las fuentes literarias acerca de las bacanales. Mucho se ha avanzado desde entonces, no solo desde la antropología, la historia de las religiones y la filología clásica, sino también desde el punto de vista arqueológico y de la cultura material, en el conocimiento de las bacanales.

Es interesante considerar cómo el culto de Dioniso se extiende no solo en el mundo griego sino también en el romano a la hora de interpretar los matices del dionisismo en su «longue durée». Es difícil subestimar el impacto cultural del dionisismo en Grecia y Roma desde los orígenes a la época imperial tardía. Pero mientras que otros dioses y héroes griegos –pienso en Apolo o en Heracles– tuvieron una pacífica transición al imaginario religioso y las prácticas rituales romanas, la inserción del dionisismo en la cultura romana fue ciertamente traumática desde el escandaloso asunto de las bacanales de 186 a.C., duramente reprimido por el Estado romano. El culto se consideró entonces una amenaza para la seguridad del estado y se nombró una comisión de investigación, incoándose diversos procesos legales. El Senado decretó la supresión oficial del culto en toda Italia, salvo en ciertas circunstancias, e impuso la pena capital para los instigadores de las bacanales. Tito Livio, en tiempos de Augusto, retoma el tema con una agenda historiográfica y literaria distinta. El escándalo se resolvió en este célebre decreto que reguló el culto limitando el número de participantes en los ritos, es un episodio clave para analizar la perspectiva sociopolítica de un dios del que, demasiado a menudo, se dijo que era «apolítico». No lo era, desde luego, en las «poleis» griegas, contra la opinión de H. Jeanmaire (1951), pues tenía una clara inserción en el discurso cívico, por ejemplo, de Atenas, a través del teatro. Ni tampoco lo fue en Roma, sino que admite una lectura acaso «revolucionaria» que se ve en la lectura marxista que se ha hecho desde la historiografía del siglo XX de este episodio y también de la vertiente popular del dionisismo ya desde la época de las tiranías griegas, como estudió Dabdab Trabulsi.

Sexualidad y desenfreno

Pero más allá del papel de Dioniso como dios que integra lo rural en lo urbano (como se ven en el calendario festivo ateniense) o cohesiona las diversas clases sociales con especial atención en las populares, el problema de las bacanales en Roma recuerda las importantes objeciones sociales que existían frente a la sexualidad y el desenfreno dionisíacos. Un ejemplo son los posibles embarazos que pudieran resultar de la actividad de las mujeres en los tíasos históricos, que mal se armonizaban con el control social de la sexualidad y el de la embriaguez en espacio público, aunque las más de las veces los rituales tenían lugar en una «no man’s land» allende las fronteras de la ciudad-estado. Es muy notable la existencia de una inscripción helenística en Mileto que regula aspectos rituales del menadismo, como la ingesta de carne cruda, en nombre de la ciudad, como parte del ordenamiento jurídico de las leyes sacras. El control legal del dionisismo en la historia antigua por parte de los que han intentado legislar sobre el culto siempre fue problemático. Aparte del ejemplo conocido del citado senado consulto sobre las bacanales de 186 a.C. y la ley de Mileto de 276 a.C., hay otros testimonios que dan fe del éxito de las congregaciones dionisíacas en el mundo grecorromano en un auténtico «boom» desde la época helenística a la tardorromana. Dioniso es interesante como una sublimación de lo excepcional fuera de la «polis», como paréntesis de caos regulado e imprescindible para que exista el orden. Estaba claro que el trasfondo ritual del menadismo histórico y de las bacanales se centraba en la problematización del rol social de la mujer como sacerdotisa fuera de la ciudad. Es un asunto relevante en el campo de los estudios de género.

Hoy tenemos un excelente repaso al caso histórico del Senado consulto «De Bacchanalibus» en el libro «Bacanales: el mito, el sexo y la caza de brujas» (Siglo XXI) de Pedro Ángel Fernández Vega. Siguiendo los pasos de Tito Livio y las noticias antiguas sobre el escándalo de las bacanales en Roma, que llevó a la regulación legal del 186 a.C., Fernández Vega estudia los años de la llegada del culto de Baco a Roma y las postrimerías políticas y religiosas de este caso que amenazaba con subvertir el orden social establecido. El libro disecciona el célebre «senatus consultum», conservado en una inscripción latina descubierta en el siglo XVII, y la problemática cuando las élites comenzaron a participar en el culto. La subversión dionisíaca tenía mucho de utópica y podía ser incómoda para el poder. Lo cierto es que el alcance de esta ley no tenía precedentes y anticipa las medidas del estado romano en la antigüedad tardía contra cristianos o maniqueos, en época de Diocleciano y sus sucesores, y luego la legislación antipagana de Teodosio y Justiniano. El asunto tiene las exageraciones características de la persecución religiosa amplificada con fines políticos. Una «caza de brujas» que no pudo frenar la expansión del dionisismo en la antigüedad tanto en el pueblo llano como en las élites intelectuales y políticas. Solo la llegada del cristianismo rivalizaría primero con estos populares misterios y los derrotaría después.

 

26 febrero 2018 at 7:06 pm Deja un comentario

Una cabeza de sátiro y una estatua de Isis salen a la luz en una villa romana de Bulgaria

Los sátiros eran los alegres y lujuriosos acompañantes de Dioniso, mientras que Isis era la diosa de la maternidad y del nacimiento

Cabeza de sátiro. Cabeza de sátiro perteneciente a una estatua, de 1,70 metros de altura aproximadamente, que adornaba el patio o jardín de una villa romana cerca de la ciudad de Kasnakovo, en el sur de Bulgaria. Foto: Vesselka Kazarova

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
4 de diciembre de 2017

Una cabeza de mármol de un sátiro, perteneciente a una estatua de 1,70 metros de altura aproximadamente, y una estatua desprovista de cabeza, que representa a la diosa egipcia Isis en su interpretación grecorromana, fueron descubiertas el pasado mes de octubre durante unas excavaciones arqueológicas en una antigua villa romana de la aristocracia tracia, cerca de la ciudad de Kasnakovo, en el sur de Bulgaria, según revela Vesselka Kazarova, la directora de las excavaciones, a National Geographic.

Estatua de Isis. Estatua de la diosa egipcia Isis en su interpretación grecorromana. La estatua se encontraba en la habitación central, pavimentada con un mosaico, de una villa romana de la aristocracia tracia, en el sur de Bulgaria. Se trata de la primera estatua de Isis bien conservada que se ha descubierto en Bulgaria. Foto: Vesselka Kazarova

Los sátiros eran los alegres y lujuriosos acompañantes de Dioniso, el dios de la vendimia y el vino, representados habitualmente con las orejas puntiagudas, cuernos, cola e incluso pezuñas. En cambio, Isis era la diosa de la maternidad y del nacimiento, una de las deidades más importantes del Antiguo Egipto, cuyo culto se extendió por todo el mundo grecorromano.

“La estatua del sátiro formaba parte de la decoración del patio o jardín de la villa romana, mientras que la estatua de mármol de Isis, de 80 centímetros de alto y desprovista de cabeza y brazos, ha sido excavada en una habitación central con un pavimento de mosaico”, detalla Kazarova. “Se trata de la primera estatua bien conservada de Isis que se ha descubierto en Bulgaria. Hasta ahora sólo se habían encontrado fragmentos pequeños de estatuas de Isis”, concluye.

 

4 diciembre 2017 at 9:08 pm Deja un comentario

“La cultura y el buen vino nos llegaron juntos por Empúries”

Xavier Aquilué, arqueólogo, comisario de la exposición ‘El vi grec’

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LV | Foto: Àlex Garcia

Fuente: LA VANGUARDIA
30 de noviembre de 2016

Tengo 56 años. Nací en Barcelona y vivo cerca del yacimiento de la vieja Empúries, donde voy a trabajar cada mañana. Estoy casado y tengo un hijo, David (17). ¿Política? Una sociedad más ecuánime. No sigo ninguna religión. Soy responsable científico del centro Iberia Graeca

Desde cuándo bebemos vino?

Desde hace 6.000 años, egipcios, mesopotámicos, fenicios… Y llegó a Grecia, hace 3.000 años. Y los tiempos homéricos están empapados en vino.

¿El poeta Homero bebía vino?

Escribe en el siglo VIII: “Allí estaban las ánforas de vino dulce y añejo, repletas de bebida pura y divina, ordenadas junto a la pared, por si un día Odiseo retornaba a su casa”.

¿Y cómo era aquel vino?

¿Cómo saberlo? Los arqueólogos encontramos restos, pero no podemos oír sus músicas, no podemos paladear sus vinos…

Algo sabrá…

Que cultivaban la viña tal y como aquí nuestros abuelos, legatarios de aquel mundo.

¿Sí?

Pisaban la uva. Almacenaban el mosto en un pithoi, donde fermentaba…

¿Qué es un pithoi?

Una vasija de barro, grande, ovoidal y panzuda, enterrada en el suelo. De ahí se pasaba a las ánforas (de 20 a 30 litros), para transportar el vino.

¿Viajaba mucho el vino de los griegos?

Tenía prestigio, lo querían beber en las colonias, y se exportaba: así llegaba por mar hasta Emporion, colonia griega más occidental.

¿Quién vivía en Empúries?

Sus fundadores en el siglo IV a.C., foceos massaliotas (griegos de Focea, hoy Turquía, fundadores de Marsella), y los íberos indigetes.

Y de ahí venimos nosotros.

De ellos heredamos palabras, creencias, cultura… y el arte de hacer y beber vino.

¿Y cómo lo bebían?

En casa, junto al ánfora de vino, había una hidria: ánfora de agua. Y en la crátera mezclaban dos partes de agua por una de vino. Beberlo puro era zafio, cosa de bárbaros.

¿Crátera? ¿Qué es?

Una vasija de boca ancha. De la crátera, mediante una cazoleta, extraías y te servías el vino en la copa, que llamaban kylix.

¿En qué momentos del día?

En cada una de las tres comidas diarias.

¿Todos bebían vino?

Los esclavos bebían el peor vino de pellejos. Y estaba mal visto que la mujer bebiese.

¿“Cosa de hombres”, como el anuncio?

Sí. La democracia griega era esclavista y misógina. Y censataria: votaban sólo hombres censados. Y ellos bebían los mejores vinos.

¿Cuáles eran los mejores vinos?

Tenían denominación de origen, eso no es de ahora: vino de Ismaros (Tracia), Lesbos, Quíos, Tassos, Lemnos, Rodas…

¿Blanco o tinto?

Mélas (tinto), leukós (blanco) y erythrós (rosado). Y tenían un abanico de paladares: autites (joven), biblinos (dulce), omfakias (ácido, fuerte), antosmias (negro floral), pramnos (seco potente), saproa (añejo)…

¿Con mucha graduación?

El agua la suavizaba, porque emborracharse delataba ignorancia, quedabas mal. Otra cosa eran los simposios…

¿Qué era un simposio?

Acabada la cena, una tertulia de sobremesa regada con vinos y pastitas. Y la reunión se prolongaba, con músicos y hetairas…

¿Prostitutas? ¿Y las esposas?

Más allá de parir y cuidar de su casa, no pintaban nada. Escribió Diógenes Laercio: “Doy gracias a los dioses de no ser animal, no ser mujer, no ser bárbaro”, por este orden.

Y tan pancho.

Ah, a los niños varones se les iniciaba en la libación del primer vino a los tres años.

¡Tres añitos!

Han aparecido en excavaciones los koas, vasitos específicos para esa iniciación vinícola infantil, ilustrados con dicha escena, que era una primera comunión…

¿Y cómo acababa un simposio?

Trasegado mucho vino, los simposiastas podían formar un komos, que era un festivo grupo de hombres ebrios deambulando por las calles nocturnas, un bullicioso cortejo de cantarines komastas.

He sido komasta…

¡Y quién no! El vino era indispensable en inauguraciones de monumentos, eventos, banquetes, festividades religiosas, dionisiacas… Y en las batallas: imprimía euforia al guerrero antes el combate. Y en los funerales.

¿Bebían en los entierros?

Sí, y ofrecían libaciones al difunto, antes de su cremación. Luego apagaban con vino el fuego y se llevaban las cenizas. El dios Dionisos muere y resucita: la viña y el vino simbolizan la resurrección.

Vaya, diría que eso lo copiaron luego los cristianos.

Somos herederos del legado de los griegos en casi todo, y desde luego en la cultura del vino. El vino conforma la tríada mediterránea con el aceite y el trigo.

¿Brindamos con una copita de vino?

Eso es civilización. Los viñedos y bodegas catalanes y su actual potencia vitivinícola arrancan de lo que nos enseñaron aquellos primeros griegos instalados en la portuaria villa vieja de Empúries, hoy Sant Martí d’Empúries, hace 2.400 años… Ahí trabajo, y cada mañana veo ese mar, camino por el que llegó el buen vino y nuestra cultura.

 

1 diciembre 2016 at 7:15 pm Deja un comentario

El Museu d’Arqueologia de Catalunya abre una exposición sobre el vino en la antigua Grecia

El Museu d’Arqueologia de Catalunya de Barcelona ha inaugurado este jueves la exposición ‘El vino griego. De la antigüedad a las bodegas catalanas actuales’, que explica el proceso por el que el vino llegó a protagonizar la vida social, política y religiosa de la antigua Grecia y la adaptación de esta tradición a la actualidad.

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CONSELLERIA DE CULTURA. EUROPA PRESS

Fuente: EUROPA PRESS  |  El Economista

BARCELONA, 29 de sep.- El Museu d’Arqueologia de Catalunya de Barcelona ha inaugurado este jueves la exposición ‘El vino griego. De la antigüedad a las bodegas catalanas actuales’, que explica el proceso por el que el vino llegó a protagonizar la vida social, política y religiosa de la antigua Grecia y la adaptación de esta tradición a la actualidad.

El director general de Archivos, Bibliotecas, Museos y Patrimonio de la Generalitat, Jùsep Boya, y el director del museo, Josep Manuel Rueda, han inaugurado con el comisario Xavier Aquilué la muestra, que podrá visitarse hasta el 29 de enero, ha explicado la Conselleria de Cultura en un comunicado.

También han participado en la inauguración el cofundador del Celler de Can Roca Josep Roca y la enóloga Sara Pérez, quienes han analizado los aspectos fundamentales del presente y el pasado de la cultura del vino.

La exposición trata esta realidad a partir de diversos ámbitos temáticos: el cultivo de la viña, la evolución de la obtención del vino, su consumo, el papel del dios Dioniso, la cultura del vino en la actualidad y la producción y el consumo de vinos griegos y íberos en Catalunya.

Cuenta también con una muestra de las bodegas catalanas actuales que recuperan en sus producciones esta tradición milenaria, y con una selección de la literatura que ha generado la cultura del vino, además de dos audiovisuales y unos 40 objetos arqueológicos singulares que ilustran el relato.

La exposición se complementa con un programa de actividades paralelas para ofrecer al visitante una nueva visión de las innovaciones a lo largo de la historia, con visitas guiadas, conferencias, catas de vinos, entre otras.

Esta muestra, que cierra un ciclo dedicado a la alimentación y al vino, ha sido desarrollada por el museo junto al Instituto Catalán de Arqueología Clásica y al Instituto Catalán de Investigación en Patrimonio Cultural, con la colaboración del Instituto Catalán de la Viña y el Vino.

 

30 septiembre 2016 at 10:51 am Deja un comentario

Dioses, misterios, oráculos… El Más Allá en la antigua Grecia

Los griegos creían que los dioses influían en todos los aspectos de la existencia; en los cielos, sobre la tierra y en el inframundo

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Los focos iluminan el templo de Poseidón, dios del mar, en el cabo Sunion, Grecia. Vincent J. Musi, Yacimiento Arqueológico de Sunion

Fuente: Caroline Alexander NATIONAL GEOGRAPHIC
5 de septiembre de 2016

La cueva, que se abre frente a la bahía de Diros, en el extremo más meridional de la Grecia continental, fue un lugar de enterramiento ritual utilizado por las poblaciones neolíticas durante tres milenios. Hasta que hace 3.000 años la en­trada se derrumbó y dejó enterrados a sus ocupantes. Bajo los escombros, y junto a enormes depósitos de piezas de cerámica rotas en actos rituales, se han hallado más de 170 esqueletos. Un lugar de muerte, un largo y tenebroso pasaje bajo la tierra, un lago subterráneo…

«Por favor, no digas que esto es el Hades –me dice, a medio camino entre el ruego y el consejo, Anastasia Papathanasiou, arqueóloga del Ministerio de Cultura de Grecia que supervisa la excavación–. Realmente no podemos decir eso.» Mientras ella y su equipo de excavación han estado trabajando con un rigor escrupuloso para analizar los hallazgos del que podría ser el yacimiento neolítico más importante de Europa, no han dejado de perseguirlos con titulares sensacionalistas del tipo «Descubierta una cueva con restos neolíticos que podría ser el Hades».

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Esta gigantesca cueva situada en el sur de Grecia, conocida con el nombre de Alepotrypa (hoyo de zorro) data del período neolítico. Los descubrimientos arqueológicos sugieren que servía de lugar ceremonial en el que los habitantes de todo el Egeo acudían para enterrar a sus muertos. Hace unos 5.000 años, parte de la cueva se derrumbó, con lo que la entrada quedó cerrada. Sin embargo, el lugar ha permanecido en la memoria, quizá  reforzando las leyendas de la existencia de un reino de los muertos. Vincent J. Musi, cueva Alepotrypa, Vincent J. Musi, Prefectura de Espeleología y Paleontropología

El Hades, «el invisible», es uno de los paisajes más famosos, pero que ningún ser vivo ha visto jamás. Su representación ha espoleado la imagi­nación colectiva de Occidente durante milenios, y es muy tentador –además de carente de todo respaldo científico– creer que también estaba presente en la imaginación de los pueblos neolíticos. También lo es buscar el origen del Hades mítico en lugares tan reales como Alepotripa. Sin embargo, los propios griegos atribuían la autoría del Hades a un poeta: Homero, quien en el siglo VIII a.C. cartografió para siempre el inframundo en la Odisea.

En su otro poema épico, la Ilíada, el venerado poeta se refiere al Hades –o más propiamente «la casa de Hades, rey de los infiernos»– como un lugar de «mansiones horrendas y tenebrosas que las mismas deidades aborrecen». Su entrada se sitúa en los confines de la Tierra, allende las aguas del Océano que la circundan, en un frondoso territorio próximo a los bosques de Perséfone, reina de los muertos, donde «una noche pernicio­sa se extiende» y tres ríos convergen. La literatura homérica da otros detalles más vagos. Están los tristes Campos de Asfódelos, una planta de flores blancas, donde las almas de los héroes vagan sin propósito. Uno de los tres ríos, el Éstige, el río del odio, es tan pavoroso que los mismos dioses realizan sus juramentos más solemnes sobre sus aguas. Evocado con profusión de detalles en la poesía y el arte antiguos, el Éstige ha quedado para la posteridad como la frontera del reino de los muertos. En algún lugar cercano a la orilla occidental del Océano homérico están los Campos Elíseos, donde «los hombres viven dichosamente, allí jamás hay nieve, ni invierno largo, ni lluvia», y a donde los mortales insignes pueden ser invitados tras la muerte.

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Los antiguos griegos creían que el barquero Caronte conducía las almas al Hades atravesando el Aqueronte, el río del dolor. En la actualidad este río (en la foto iluminado por las luces de color de un bar cercano) es muy popular entre turistas y amantes del rafting. Vincent J. Musi

Pero para los no tan insignes, para el común de los mortales, la vida de ultratumba era una sombría y triste eternidad carente de sentido. En el mundo homérico los muertos no son más que sombras (eidola, imágenes) de sus seres anteriores, espectros que se desvanecen como el humo. Gritan y gimen impotentes, van y vienen por el reino subterráneo del Hades. En la Odisea, Ulises se encuentra con las almas de los compañeros caídos en la guerra de Troya, y en su conversación con Aquiles, el héroe le dice: «No intentes consolarme de la muerte, […] preferiría ser labrador y servir a otro, a un hombre indigente que tuviera poco caudal para mantenerse, a reinar sobre todos los muertos».

¿Qué sucede después de la muerte? Esta es una de las preguntas más trascendentes e imperecederas de la humanidad. Los griegos, al igual que los demás pueblos del pasado, recurrían a la religión en busca de respuestas. Pero su entusiasta interés por todos los aspectos de la condición humana los animó a ir más allá de las primeras respuestas que su religión les daba.

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En el inframundo, los muertos comparecían ante tres jueces; uno era Radamanto, aquí pintado sobre una tumba macedonia. Vincent J. Musi, Tumba de Meza

En la antigua Grecia, las tradiciones y los ritos religiosos sociales vinculaban estrechamente al ciudadano individual con su ciudad-estado, de manera que esos actos litúrgicos públicos y colectivos conformaban casi todos los aspectos de la vida de una persona. Los actuales visitantes del Partenón tal vez anhelen un momento de reflexión íntima lejos de las multitudes, pero los peregrinos de la Antigüedad probablemente se sentirían inquietos en un lugar silencioso y deshabitado.

Con el tiempo, las personas fueron buscando cada vez más respuestas a sus inquietudes individuales, además de las que afectaban a la comunidad. Esa búsqueda del significado de sus vidas, de una respuesta a su propio destino individual tras la muerte, dio pie a nuevas formas de religión: los Misterios, como se denominaban los cultos mistéricos, envueltos en el secretismo. Practicados en lugares como Eleusis o Samotracia, estos cultos, en los que solo podían participar los iniciados, atraían gente de todas partes del mundo antiguo, que acudían para complementar el culto comunitario con algo más personal.

¿Qué sucede después de la muerte? Esta es una de las preguntas más trascendentes e imperecederas de la humanidad

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Del oráculo de Dodona, en el montañoso noroeste de Grecia, se decía que era el más antiguo de los oráculos griegos. En él los mortales formulaban preguntas a Zeus a través de un roble sagrado, y los sacerdotes interpretaban las respuestas. Vincent J. Musi, Yacimiento Arqueológico de Dodona

Inicialmente los cultos mistéricos servían tanto para elevar la vida espiritual de los fieles como para dar respuesta a lo que sucede después de la muerte. Y esto dio paso a una mayor preocupación por la vida de ultratumba. A diferencia de las creencias de los egipcios o de otros pueblos antiguos, que sufrieron pocos cambios a lo largo de los siglos, la religión griega evolucionó desde la aceptación de un triste destino hacia la búsqueda de la salvación personal. El legado que nos transmitieron no es solamente la tenebrosa descripción del Hades, sino también el camino que siguieron para atravesar el río Éstige.

De dioses y cultos

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El monte Olimpo tiene más de una cumbre. El accidentado pico Mitikas –aquí, iluminado por un rayo durante una tormenta– es el más alto de Grecia y, según los antiguos griegos, la morada de los principales dioses de su panteón, presidido por Zeus, el dios tonante. Vincent J. Musi

El mundo antiguo estaba lleno de dioses. En las ciudades-estado griegas los ciudadanos disponían de una enorme cantidad de prácticas religiosas, que incluían cultos oficiales financiados con dinero público para toda la comunidad y cultos patrocinados por grupos privados. En el núcleo de esta religión politeísta se situaban las poderosas deidades del Olimpo: una familia divina encabezada por Zeus y Hera, con Apolo, Poseidón, Atenea y otras figuras soberanas de la mitología. Había además cientos de cultos dedicados a héroes y deidades locales menores, como las ninfas moradoras de los ríos o incluso personificaciones de dichos ríos. Y un mismo dios podía ser invocado bajo diversos aspectos. Así, los devotos podían venerar a Atenea como Atenea Higía para pedir salud, a Atenea Niké para la victoria, etcétera. Quienes buscaban respuestas a preguntas concretas podían pedir consejo a los oráculos, los sacerdotes o las sacerdotisas que poseían una línea de comunicación especial con el dios en cuestión.

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Estatua de bronce del siglo V a.C. de Atenea, hija de Zeus y una de las principales divinidades griegas. Su intimidante atuendo bélico incluía sobre el pecho la cabeza decapitada de la espantosa Medusa. David Conventry, Museo Arqueológico del Pireo

Esto por lo que respecta a las deidades del mundo de los vivos. Después estaban las que habitaban el mundo subterráneo, el inframundo. Eran los dioses ctónicos, palabra que deriva de la voz griega cthon, que significa «tierra». Entre ellos figuran criaturas funestas como las viejas Furias, que castigan a aquellos que juran en falso; o Hermes, el benévolo mensajero de los dioses y guía de las almas, que hace frecuentes visitas al reino de los muertos; y el propio Hades, hermano de Zeus y de Poseidón, con su joven amada, Perséfone. Los hombres y las mujeres que habían tenido una vida digna de fama también eran venerados, en este caso como héroes. Los héroes podían ser figuras legendarias, como Aquiles o Elena de Troya, o reales, como era el caso de ciertos guerreros o atletas locales.

Los griegos oraban a aquella multitud de dioses y de héroes por las mismas razones por las que rezamos hoy: salud, seguridad, prosperidad y guía espiritual. Sin embargo, a pesar de tanta actividad divina y de tantos dioses, la religión común ofrecía poca ayuda a las personas a la hora de enfrentarse a la muerte. Y esta carencia se debía a la propia naturaleza de los poderosos dioses que moraban por encima de la Tierra, en el monte Olimpo.

El Olimpo, la montaña más alta de Grecia, se alza en la provincia septentrional de Tesalia. Cuando lo visité, un día de primavera, enormes nubes se arremolinaban alrededor de su famosa cima nevada, y las golondrinas describían una danza extraña anticipando la tormenta. En el aire reverberaban las explosiones de unas prácticas de artillería efectuadas en una base militar situada a las afueras de Litójoro. Al final las nubes que ya negreaban sobre la montaña liberaron el trueno… ¡bum!, para apabullar a la insignificante artillería humana.

El que maneja el rayo

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Zeus presidía el panteón olímpico. A menudo era representado de pie, blandiendo un rayo en la mano derecha. En la imagen, Zeus de Itome, estatua de bronce del siglo V a.C. hallada en aguas cercanas al cabo Artemisio. Algunos estudiosos creen que podría tratarse también de Poseidón, dios de las aguas y los terremotos y hermano de Zeus. David Conventry

El Olimpo mitológico estaba gobernado por un dios atmosférico que los griegos conocían como Zeus, el «padre del cielo», o «padre brillante». Él es quien gobierna las tormentas, quien amontona las nubes y quien blande el rayo. El poético retrato que Homero nos ofrece del rey de los dioses es imperecedero: «[…] y bajó las negras cejas en señal de asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su influjo estremeciose el dilatado Olimpo».

Zeus es el dios supremo no por ser el más justo, o el más sabio, ni por haber creado el cielo y la Tierra, sino por ser el más poderoso físicamente, como él mismo se ocupa de recordar en la Ilíada a los demás olímpicos: «¡Oídme todos, dioses y diosas […]! Ninguno de vosotros, sea varón o hembra, se atreverá a transgredir mi mandato. […] Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis, mas si yo me resolviese a tirar de aquélla, os levantaría con la tierra y el mar […]».

Y también fue Homero quien presentó y caracterizó a todo el elenco de personajes del Olimpo. Temperamentales, egoístas, celosos, irascibles, soberbios, taimados, pero también leales, susceptibles y afectuosos… los dioses que Homero inmortalizó poseen todos los rasgos propios de la naturaleza humana. Celebraban banquetes en las serenas cumbres del Olimpo e intervenían en las vidas de los hombres y mujeres que viven y luchan abajo. Es Afrodita, diosa del amor, quien provoca que Elena, reina de Esparta, se encapriche con Paris, príncipe de Troya: un amorío que hace estallar la guerra de Troya. Mientras disfrutan del espectáculo que les ofrece la contienda frente a la ciudad, los dioses y diosas discuten, maquinan y luchan a favor de sus guerreros favoritos. Como escribió el filósofo Jenófanes a finales del siglo VI a.C., Homero «atribuyó a los dioses todo cuanto de vergüenza e injuria hay entre los hombres: robar, cometer adulterio y engañarse unos a otros».

Temperamentales, egoístas, celosos, irascibles, soberbios… los dioses que Homero inmortalizó poseen todos los rasgos propios de la naturaleza humana

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El Erecteion, templo erigido en honor a la diosa Atenea, ocupa el terreno más sagrado de la acrópolis de Atenas. Este lugar, que albergaba los cultos más antiguos de la ciudad –festivales, sacrificios, juegos y procesiones religiosas– es hoy un punto de atracción turística. Vincent J. Musi, Yacimiento Arqueológico de la Acrópolis de Atenas

Sin embargo, los antiguos dioses difieren de los humanos en un aspecto crucial: ellos son inmortales, y los humanos, no. Los dioses olímpicos veían esa trágica y esencial condición mortal del hombre con una mezcla de estéril compasión y desdén. «No me tendrías por sensato si combatiera contigo por los míseros mortales –le dice Apolo a Poseidón en la Ilíada– que, semejantes a las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren.»

Los griegos creían que los dioses se mantenían lejos de los muertos porque la muerte humana era contaminante. Por esta razón los sacerdotes de los dioses no acudían a los funerales, y los cementerios se situaban extramuros de la ciudad, bien lejos de los templos. Incapaces como eran los dioses de relacionarse con los muertos, difícilmente podrían darles auxilio.

«La religión común recogía las preguntas re­­lativas a la muerte, pero las respuestas que daba no ofrecían consuelo –explica Sarah Johnston, profesora de religión y cultura clásica de la Universidad Estatal de Ohio–. La razón por la que surgieron otros cultos era la necesidad de establecer una relación personal con la divinidad antes de morir. Si te ponían en contacto con ella, podrías recibir un trato mejor en el otro mundo.»

La iniciación a esos nuevos cultos era una experiencia de gran intensidad emocional que hacía que los iniciados no solo creyeran, sino que también sintieran que algo había cambiado en su interior. Para lograrlo, los sacerdotes y otros participantes escenificaban algo equiparable a una obra teatral muy sofisticada. Y hay un lugar que conserva la evocadora atmósfera que hacía posible esa escenificación: el santuario de los Grandes Dioses de la isla de Samotracia.

Los ritos sagrados de Samotracia

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Los griegos buscaban el favor de sus ancestros, quienes podían ejercer buenas o malas influencias desde el más allá, rindiéndoles homenajes y ofrendas. Este relieve de mármol sobre una tumba servía para conservar la memoria de una joven madre. David Coventry, Museo Arqueológico Nacional de Atenas

Situada frente a la tormentosa costa de Tracia, el imponente perfil accidentado de la isla de Samotracia es visible a kilómetros de distancia. En la Ilíada, Poseidón, dios del mar, se apostó «en la cumbre más alta de la selvosa Samotracia» para contemplar la guerra de Troya. Poseidón está vinculado a los cultos mistéricos que aquí se celebraban, ya que uno de los favores que los iniciados recibían era la protección frente a los naufragios.

Cerca de la costa septentrional se extienden los restos del santuario sobre la ladera rocosa del monte Fengari. Hoy la isla recibe pocas visitas, y en este impresionante escenario, de espaldas al mar y mirando la montaña, percibo una sensación misteriosa y primordial. «Yo creo en el poder de ese lugar», me había dicho Bonna Wescoat, profesora de historia del arte de la Universidad Emory, en Atlanta, que dirige un estudio de campo en este santuario cuyo objetivo es elaborar una recreación digital del viaje de un iniciado. «Es un lugar retirado, donde se podían celebrar los ritos mistéricos en privado.»

Los Misterios: la palabra nos llega desde el latín mysterium, y esta del griego mysterion, que significa «ritual secreto» y tiene que ver con el verbo myo, «cerrar» (la boca o los ojos, ante esos ritos). En Samotracia, el recorrido que hacían los iniciados a los ritos sagrados se puede seguir a través de las ruinas de monumentos erigidos a lo largo de los siglos, por los caminos en donde se hacían libaciones (ofrendas líquidas), por un impresionante afloramiento de roca verde (pórfido) que se consideraba sagrada y por estrechos hoyos que servían para soportar antorchas.

En la actualidad los visitantes hacen su peregrinación durante el día, pero los antiguos ritos del culto mistérico a los Grandes Dioses en Samotracia se celebraban de noche, y el resplandor de las antorchas desempeñaba un papel fun­damental. Los aspirantes a la iniciación podían acudir en cualquier momento, y si no era en la época de la gran fiesta anual, podían recorrer el solemne camino en solitario, bajo el cielo tachonado de estrellas. El fuego de las antorchas, que proyectaba luz y sombras entre las columnas acanaladas, señalaba el camino.

Los ritos iniciáticos eran auténticos misterios: secretos que debían guardarse so pena de muerte. Las fuentes escritas de los primeros autores cristianos, que no tenían reparo en romper los códigos de silencio, permiten deducir algunos detalles, aunque tal vez nos den información errónea. A los iniciados los sentaban con los ojos vendados, mientras otros danzaban desenfrenadamente a su alrededor, tañendo címbalos y tambores, tácticas ideadas para intimidar. Deso­rientados, los iniciados escenificaban entonces una búsqueda, que tal vez representaba la búsqueda de una novia por parte del dios de la fertilidad, y finalizaba (o eso sugieren los autores cristianos) en una teatralización de la consumación del matrimonio.

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Esta pintura representa una procesión sacrificial en la que figuran músicos, un cordero para la ofrenda y una mujer sujetando utensilios litúrgicos. Las ceremonias religiosas se contaban entre los escasos actos públicos en que las mujeres desempeñaban un papel. David Coventry, Museo Arqueológico Nacional de Atenas

Para nuestra imaginación moderna, saturada de imágenes artificiales, es difícil comprender la sensación de temor y asombro que unos efectos especiales tan simples –antorchas, música y teatro– podían crear en esa atmósfera sagrada. Sobre la experiencia de quien se iniciaba en un culto mistérico, ya fuera en los Misterios eleusinos, órficos, dionisíacos o de Samotracia, Plutarco nos ofrece una vívida descripción.

El historiador griego del siglo I a.C. compara el viaje del alma al abandonar el cuerpo con la experiencia de un iniciado: «[…] primero, vagabundeos inciertos y cansinos, caminatas sobresaltadas y sin rumbo fijo; después, antes de su final, todo lo terrible, miedo, temblor, sudor y espanto. Pero, a partir de este momento, irrumpe una luz maravillosa y la acogen lugares puros y praderas con voces, danzas y los sonidos sagrados y las imágenes santas más venerables. […] observa desde allí a la multitud de los seres vivientes no iniciada e impura, que patea en medio del barro y se golpea a sí misma en las tinieblas, y que con miedo a la muerte se aferra a sus desgracias por desconfianza en los bienes de este otro lado.»

Los iniciados abandonaban Samotracia ataviados con fajas de color púrpura y anillos de hierro imantados, pruebas de su iniciación, que probablemente también servían de amuletos que los protegían tanto en la vida como en la muerte. Pero sobre todo partían con la convicción de haber experimentado algo sagrado, de que su relación con el mundo, el terrenal y el de ultratumba, había cambiado.

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La luz crepuscular baña las ruinas del tholos –una construcción circular– del templo de Atenea Pronaia en Delfos. Es probable que los suplicantes realizasen sacrificios en este lugar antes de consultar al oráculo de Delfos en el cercano templo de Apolo. Vincent J. Musi, yacimiento arqueológico de Delfos

Historia de un rapto

En el origen de cada uno de los cultos mistéricos hay un relato sagrado, o mito fundacional, que servía de «guion» para las actividades religiosas. En el caso del culto mistérico más antiguo y famoso de Grecia, el que se celebraba en Eleusis, al este de Atenas, esa narración mítica se encuentra en el Himno homérico a Deméter. Este poema anónimo del siglo VI a.C. cuenta cómo Hades secuestró a la hermosa Perséfone, hija de Deméter, diosa del cereal y de las cosechas. Deméter perdió la alegría cuando su jo­­­­ven hija le fue arrebatada y, disfrazada de an­­cia­­na, vagó por la Tierra en su busca hasta que llegó a Eleusis. El rey del lugar y su esposa la in­­vitaron a quedarse como nodriza de su hijo Demofonte, el príncipe recién nacido, a quien quiso otorgar el don de la inmortalidad. Por desgracia, el medio para conseguirlo fue sujetar al niño sobre el fuego, un hecho que horrorizó a la madre cuando lo descubrió por casualidad. Expulsada del palacio, Deméter descubrió su identidad divina ante la aterrorizada familia real. En un arrebato de ira, les exigió que en su honor erigieran un templo en Eleusis, lugar al que la diosa se retiró.

La Tierra, abandonada por la diosa del cereal, se resintió y las cosechas se malograron, hasta que su hija le fue devuelta. La Tierra volvió entonces a florecer, para júbilo de todos, hasta que seis meses después Perséfone regresó al inframundo, junto a Hades, que por entonces era ya su marido.

Los Misterios de Eleusis, basados en este mito, eran el regalo de Deméter a la humanidad como prueba de su satisfacción. Y refiriéndose a ellos, así concluye el Himno: «¡Dichoso, entre los hombres que están sobre la tierra, el que ha contemplado los ritos!, pues el no iniciado en estos Misterios, el que no participa en ellos, nunca tendrá un destino semejante, ni siquiera después de muerto, bajo la sombría tiniebla».

Este relato literario se centra en Eleusis y en el origen de los famosos Misterios eleusinos, pero la leyenda de Deméter y Perséfone está presente en la mayoría de los cultos mistéricos. Las divinas madre e hija eran las destinatarias obvias de los ritos orientados a la obtención de la inmortalidad. El grano, atributo de Deméter, se planta en la tierra, en donde las raíces penetran hasta la oscuridad subterránea, para renacer sobre la tierra al llegar la cosecha. Perséfone, más conocida como Kore («la doncella»), vivía seis meses del año sobre la tierra, y otros seis debajo de ella. A caballo entre los dos mundos, era idónea para interceder en favor de las almas difuntas.

«Los Misterios te ponían en contacto con la diosa, cara a cara con ella –dice Sarah Johnston–. Así, cuando volvías a verla en el inframundo, la diosa diría: “Ese ha sido bueno”.»

La decisión de formar parte de un culto mistérico era personal, un camino que uno escogía para su perfeccionamiento. No obstante, aquellos ritos secretos e individuales no eran incompatibles con la religión pública. Mucha gente se iniciaba para complementar otras devociones, no para sustituirlas, y participaba con plena fe en las fiestas y ceremonias religiosas con sus vecinos. Pese a su secretismo, los cultos mistéricos gozaban de respeto en la sociedad y compartían aspectos básicos con los demás cultos comunes. Sus sacerdotes oficiaban los ritos en santuarios financiados con dinero público, y los dioses que se presentaban eran tan antiguos como los poemas de Homero.

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Restos de un santuario para el culto a la diosa egipcia Isis en yacimiento de Dío, situado en la falda del monte Olimpo. Es este un ejemplo de la influencia extranjera en las prácticas religiosas de los antiguos griegos. Vincent J. Musi, Sitio Arqueológico de Dío

El nacimiento del pecado original

Llegados al siglo IV a.C., los Misterios ya no ofrecían tanto consuelo. El Museo Arqueológico de Salónica, en el norte de Grecia, custodia los restos de un antiguo rollo de papiro considerado uno de los hallazgos más interesantes del siglo pasado. Apareció entre los restos incinerados de un no­ble acaudalado. Datado del año 340 a.C., el papiro de Derveni es el manuscrito más antiguo de cuantos se han encontrado en Europa. De aquellos restos carbonizados los científicos han recuperado 26 columnas de lo que resultó ser un extenso comentario místico sobre un poema atribuido a un poeta semidivino llamado Orfeo.

En la mitología griega, Orfeo, hijo de un rey tracio y de una musa, es el cantor cuyas tonadas apaciguan a las fieras, y de tal modo tocaba la lira que hasta los árboles y las rocas se movían para seguir el sonido de su música. Descendió al Hades para rescatar a Eurídice, su difunta esposa. Así, al igual que Perséfone, estaba a caballo entre los dos mundos. Sus devotos pertenecían al más secreto y desconocido de todos los cultos mistéricos. En la literatura antigua hay referencias dispersas a la poesía órfica, pero ni un solo poema ha llegado hasta nosotros. Las citas de poemas conservadas en el papiro de Derveni son lo mejor que tenemos.

Se creía que Orfeo predicaba las enseñanzas místicas de los cultos báquicos dedicados a Dioniso, dios del vino y la fertilidad. Acompañados de referencias sobre desenfrenadas fiestas en lugares apartados, de una desinhibición total, los ritos báquicos siempre habían causado una mezcla de fascinación y desconfianza. El brutal mito en que se basaban aquellos rituales se alejaba bastante de la mitología tradicional. Según el relato báquico, Zeus violó a su hija Perséfone, y fruto de ello nació Dioniso. Los Titanes, los enemigos divinos de Zeus, se apoderaron entonces del niño-dios, lo descuartizaron, hirvieron sus pedazos y se los comieron. En venganza, Zeus atacó a los Titanes con su rayo. Dioniso fue reconstruido y volvió a la vida, y del humo y las cenizas de los Titanes surgió la humanidad.

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Un ebrio Dioniso, dios del vino, del teatro y de la música, se apoya en un sátiro. El culto a esta divinidad, que perduró hasta época romana, incluía ritos religiosos que derivan de la embriaguez y la orgía. Cavid Conventry , Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

«La humanidad es corrupta por naturaleza –apunta Johnston, autora de diversos textos sobre rituales báquicos–. Y esa naturaleza desa­grada a Perséfone, de modo que los humanos tienen que reconciliarse o disculparse con ella.»
Los ritos báquicos habían introducido un nuevo elemento en la ya complicada navegación hacia el otro mundo: el concepto de pecado original. El culto a Baco fue difundido por sacerdotes itinerantes que no necesitaban santuarios convencionales como los de Samotracia o Eleusis. Estos aspectos antisociales y contrarios a la tradición suscitaron burlas y desconfianza. Así, Platón se mofa de los «charlatanes y adivinos [que] van llamando a las puertas de los ricos y les convencen de que han recibido de los dioses poder para borrar, por medio de sacrificios o conjuros realizados entre regocijos y fiestas, cualquier falta que haya cometido alguno de ellos o de sus antepasados […], pues los llamados ritos místicos nos libran de los males de allá abajo, mientras a quienes no los practican les aguarda algo espantoso».

Los ritos báquicos habían introducido un nuevo elemento en la ya complicada navegación hacia el otro mundo: el concepto de pecado original.

Los iniciados en los ritos báquicos llevaban consigo unas pequeñas tablillas de oro inscritas con un texto sagrado que les serviría de guía en el más allá. Estas valiosísimas instrucciones se enterraban con ellos, y han aparecido en tumbas desde el norte de Grecia hasta Creta y desde Italia hasta Turquía: «Hay un manantial a la derecha, y al lado, un ciprés blanco. Allí descienden las almas de los muertos para refrescarse. ¡No te acerques siquiera a ese manantial! Más allá encontrarás agua fresca procedente del Lago de la Memoria; unos guardias se interponen. Te preguntarán, con astucia, qué es lo que buscas en las tinieblas del Hades. Diles: “Soy hijo de la Tierra y del Cielo estrellado”».

Las ideas que los griegos tenían de la muerte habían evolucionado sustancialmente desde la descripción homérica de los impotentes di­funtos hasta este tranquilizador mapa del in­­framundo. La época romana trajo consigo más cambios, y los antiguos cultos y santuarios fueron cayendo en desuso. En su diálogo «La desaparición de los oráculos», Plutarco, que había sido sacerdote en Delfos, lugar del oráculo más famoso de la Antigüedad, al hablar sobre aquellos otrora florecientes santuarios, comenta «la total desaparición de todos excepto uno o dos».

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Este relieve votivo de un santuario de Atenas muestra una pierna y un unos pies que probablemente simbolizaban la gratitud a la cura de enfermedades. El santuario está dedicado a Amynos, identificado como un héroe asociado con la curación. David Coventry, Museo Arqueológico de Atena

Sobrevivieron retazos de antiguas creencias, absorbidas por una nueva religión monoteísta, el cristianismo, que se estaba extendiendo por todo el mundo antiguo. La creencia en la naturaleza esencialmente corrupta del hombre, en su purificación mediante ritos místicos, en los diferentes destinos que aguardaban a los iniciados y a los no iniciados, en la importancia de los textos sagrados… los ecos de estas enseñanzas órficas resonaban en el interior del cristianismo.

Las creencias –acerca de la vida, la muerte y el viaje al más allá– siempre han estado ahí, latentes o manifiestas, evolucionando y cambiando. No así las verdades fundamentales que las inspiran. Una inscripción funeraria del siglo V a.C. probablemente habría sido tan conmovedora para los pobladores neolíticos de Alepotripa como lo es para nosotros hoy. El epitafio reza: «En mi regazo tengo al hijo de mi hija. El niño que tuve en mi regazo cuando vivíamos, cuando veíamos la luz del sol. El niño que todavía tengo conmigo, aunque ya hemos desaparecido».

 

5 septiembre 2016 at 9:01 pm 2 comentarios

Una exposición de grabados recorre el mito sobre el dios Baco en Mérida

Un total de 22 grabados que recorren la simbología del dios Baco mediante el vínculo del vino y el teatro forman una exposición que puede verse desde este lunes en la sede del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

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Jesús Cimarro, Pedro Blas Vadillo y Francisco Pérez visitan la exposición  (JOGA)

Fuente: EUROPA PRESS  |  20minutos.es

MÉRIDA, 18 Jul.- ‘El mito de Dionisio Baco, el néctar de los dioses a los rituales trágicos’ es el título de esta muestra, que ha sido instalada por la Fundación y Bodegas Vivanco de Briones (La Rioja) y cuya visita, en la calle Santa Julia de la capital extremeña, es gratuita.

La muestra ha sido inaugurada este lunes en la sede del certamen por parte del director del Festival de Mérida, Jesús Cimarro; el director general de Bibliotecas, Museos y Patrimonio Cultural de la Junta, Francisco Pérez Urban, y el delegado de Turismo de Mérida, Pedro Blas Vadillo.

En su intervención, el director del Festival de Mérida, Jesús Cimarro ha expresado que el fin de esta exposición es contribuir al “conocimiento” y “divulgación” de la cultura grecolatina más allá del teatro.

Además, Jesús Cimarro ha apuntado que se trata de una exposición de “gran” calidad y de grabados “originales”, asimismo, ha declarado que el objetivo de la cultura es “hermanar” a distintas Comunidades Autónomas.

En esta línea, el director general de Bibliotecas, Museos y Patrimonio Cultural, Francisco Pérez Urbán, ha apuntado que estas actividades tienen dos valores “fundamentales”, que son, “enriquecer” la oferta cultural y “comprometer” a “más” gente, instituciones y competencias artísticas.

Asimismo, el delegado de Turismo del Ayuntamiento de Mérida, Pedro Blas Vadillo, ha señalado que el festival de Mérida se convierte en el “faro” de la cultura durante el verano en “toda” España.

VINO Y ARTE

La exposición ofrece una selección de fondos del Museo Vivanco de la Cultura del Vino, ubicado en Briones (La Rioja), de esta forma, la relación del dios Baco con el vino y las celebraciones festivas se considera el germen del teatro, ha señalado Jesús Cimarro.

En esta línea, un total de 15 obras representan la primera parte de la exposición. Cabe destacar que 13 de estas 15 estampas han sido realizadas por el “genial” grabador holandés Jacob Matham sobre dibujos de David Vinckboons.

Por otro lado, se exponen siete obras que ilustran la vinculación del dios con celebraciones y ceremonias con un “marcado” carácter festivo, en esta parte destacan especialmente dos obras, la ‘Alegoría del otoño’ de Pietro de la Testa y el ‘Baco sentado en la barrica con Cupido y la musa de la música’ de Johan Sadeler sobre un dibujo de Joos Van Winghe.

En ese sentido, Francisco Pérez Urban ha manifestado que el sector vinícola, en los “últimos” años, ha realizado una “gran” apuesta por la cultura. Asimismo, ha expresado que es “interesante” que el festival siga trabajando en el ámbito del patrocinio.

Además, Jesús Cimarro ha apuntado que esta exposición va en relación al espectáculo ‘Aquiles’ cuyo director es de La Rioja, y que también se debe a la propuesta del gobierno riojano para colaborar con el Festival de Teatro de Mérida.

Los grabados están expuestos en la sede del Festival de Mérida, situada en la calle Santa Julia, 5, desde este lunes, 18 de julio y hasta el día 28 de agosto.

La muestra puede visitarse en horario de 10,00 a 14,00 horas y de 17,00 a 20,00 horas, y la entrada es gratuita. Además, esta exposición es de carácter gratuito.

 

18 julio 2016 at 4:42 pm Deja un comentario

Lugo: Una tesis sostiene que Bóveda fue un templo funerario en honor a Dioniso

El edificio y sus pinturas tienen características similares a otras del Imperio romano

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FOTO: ALBERTO LÓPEZ

Fuente: SUSO VARELA > Lugo  |  La Voz de Galicia    30/01/2016

El templo de Santa Eulalia de Bóveda (a 14 kilómetros de Lugo) arrastra desde su hallazgo (en 1914) el apelativo de «monumento enigmático». Decenas de arqueólogos e investigadores del arte de todo el mundo han expuesto durante un siglo sus variadas interpretaciones sobre el sentido y el origen de esta joya cuyo origen se sitúa en los siglos III-IV, pero nunca se había presentado una tesis doctoral, un trabajo que intentase recopilar todo lo hasta ahora descubierto con el fin de ofrecer un nuevo avance en su análisis.

Después casi tres lustros de investigaciones, el historiador vigués Enrique Montenegro Rúa acaba de defender en la Universidad Autónoma de Madrid su tesis (de más de mil folios), en que expone una crónica del monumento y comenta las diversas lecturas acerca del templo para concluir en el 2016 que se está ante un edificio funerario de carácter dionisíaco. «Una revisión arquitectónica, pictórica, escultórica y epigráfica confirman los argumentos de los que defendieron que nos hallamos ante un edificio de enterramiento, y me atrevo a decir que de un seguidor de Dioniso».

Para Montenegro, las claves que argumentan su tesis se basan especialmente en los hermosos frescos de Bóveda: «La naturalidad de las aves, las pinturas vegetales, los sarmientos nuevos y viejos de la vid entrelazados, en cada nave una vid… hacen referencia a Dioniso y hay ejemplos en otros enterramientos dedicados a este dios en el Imperio».

Históricamente se defendieron dos opciones para definir Santa Eulalia: por un lado, la de un edificio de carácter pagano, y por otro, un templo paleocristiano. Las investigaciones de las últimas tres décadas descartaron la segunda opción, aunque más tarde sí se «cristianizó».

Pero las interpretaciones sobre el uso pagano de Bóveda han sido diversas y propugnadas por los mejores arqueólogos de Europa. Las más extendidas (aunque hubo aportaciones «asombrosas y poco científicas», dice Montenegro, en referencia a la sostiene que se dedicó a la diosa Cibeles) fueron las que apuntaban a un «ninfeo» o culto a las divinidades del agua, un espacio con propiedades curativas de sus aguas o un lugar de enterramiento pagano, tesis que arranca en 1935 gracias al estudio del alemán Helmut Schlunk.

Ahora Montenegro expone esta interpretación de un edificio funerario similar a otros localizados en el Mediterráneo oriental, concretamente en el sur de Rusia, en Siria o en Isnik (Turquía), y anota el fin último por el que pudo ser levantado: el templo funerario de un seguidor de Dioniso, el dios de la mitología clásica de la vendimia y el vino.

Aun así, explica Enrique Montenegro, se mantendrán otros enigmas sobre Santa Eulalia de Bóveda. «La duda es saber su ubicación en el entorno. Si fue un monumento funerario independiente, si formaba parte de una villa o era una necrópolis. Alrededor del edificio apenas se ha excavado y hay indicios -dice- de que puede haber más datos de que no era un elemento aislado».

30 enero 2016 at 11:51 am 1 comentario

El desenfreno de las bacantes, musas sensuales del arte del XIX

  • ‘Bacanales modernas’ se adentra en la fascinación del arte francés del siglo XIX por el desnudo, la borrachera y los ritos orgiásticos que Roma importó de Grecia.
  • Creadores como Gericault, Corot, Bouguereau, Rodin y Manet volvieron la vista al culto a Dioniso, deidad inspiradora de la locura ritual y el éxtasis.
  • La exposición muestra a las bacantes como precedentes de la ‘mujer fatal’ del XX.

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William Adoplphe Bouguereau – Bacchante, 1862 (Bordeaux, Musée des Beaux-Arts)

Fuente: JOSÉ ÁNGEL GONZÁLEZ  |  20minutos    12/01/2016

Llegadas a Roma desde Grecia alrededor del año 200 antes de nuestra era, las bacanales pasaron de ser ritos secretos solo para mujeres —según la mitología helénica, dedicados a Dioniso, deidad inspiradora de la locura ritual, la embriaguez y el éxtasis— a convertirse en reuniones mixtas de desenfreno que se celebraban cinco días al mes en algún paraje boscoso del Aventino, uno de los siete montes que rodean a la ciudad romana.

Las bacanales llegaron a desmadrarse tanto —fueron objeto de acusaciones públicas sobre sacrificios rituales y conspiraciones políticas— que el Senado dictó en el 180 antes de nuestra era el decreto Senatus consultum de Bacchanalibus para prohibirlas por ser peligrosas para la seguridad del estado. El asunto era tan serio que se prohibieron las reuniones públicas rituales de más de cinco personas —”ni en lugar público ni en privado”, dice el mandato legal— y los participantes podían ser condenados a muerte.

Bailaban desnudas y excitadas

Más de veinte siglos más tarde, en el XIX, los artistas franceses, que viajaban con frecuencia a Italia y buscaban inspiración en los restos arqueológicos y monumentales del antiguo imperio, se dejaron seducir por la idea de la bacanal, tomando los elementos que procedían de Grecia para dibujar un rito arcaico, salvaje —se despedazaban animales vivos para comerlos—, erótico —las bacantes bailaban la noche entera, desnudas y excitadas—, extático —se consumían bebidas y alucinógenos— y dedicado a la fecundidad. El momento álgido del rito era la danza de las ménades, en honor a las ninfas que criaron a Dioniso y recibieron del dios el don de la locura mística.

Una exposición se adentra en los resultados de la fascinación de las bacanales y las bacantes sobre los artistas. Bacchanales modernes! Le nu, l’ivresse et la danse dans l’art français du XIXe siècle (¡Bacanales modernas! El desnudo, la borrachera y el baile en el arte francés del siglo XIX), que acaba de anunciar el Museo de Bellas Artes de Burdeos, presenta a las bacantes como las grandes musas de la sensualidad durante la época y como prototipos de la mujer fatal del arte del siglo XX.

Coincide con el Año del Vino

La muestra, que reúne 130 obras entre pinturas, dibujos y esculturas, se celebrará del 11 de febrero al 23 de mayo en la pinacoteca pública de la capital de la Aquitania francesa. Para la ocasión, que coincide con la celebración en la ciudad del Año de las Civilizaciones del Vino —uno de los avatares de Dioniso, Baco, era el guardián de la bebida en la cosmogonía grecolatina—, han establecido acuerdos de préstamos de obras con las principales colecciones del país, entre ellas las del Louvre, el d’Orsay y el Rodin, que han cedido piezas de, entre otros, Gericault, Corot, Bouguereau y Manet

Interpretada como una antigua bailarina, una ninfa o una terribles ménade, la figura de la bacante “aparece repetidamente” en el arte francés del XIX, fascinado por un símbolo poderoso y cambiante que puede ser considerado como la “musa sensual de la era moderna”, dicen los organizadores.

Una ninfa con cuernos de cabra

Mientras Jean-Léon Gérôme (1824-1904), se aproxima a la bacante desde un punto de vista de academicismo mitológico y fantástico en Tête de femme coiffée de cornes de bélier (Cabeza de mujer con cuernos de cabra, 1853), donde el carácter salvaje de la ninfa aparece suavizado por el tono romántico del óleo, William-Adolphe Bouguereau (1825-1905) muestra en Bacchante (1862) a una ménade en una lucha con un macho cabrío de la que se puede aventurar que terminará en sexo.

La exposición concede un importante papel a la escultura, con obras del neoclásico James Pradier (1790-1852) como Satyre et Bacchante (1834), una composición de mármol que fue acusada de pornográfica en su época por la entrega gozosa de la mujer el poderío del sátiro, y Bacchantes s’enlaçant (Bacantes abrazadas, 1896), un bronce de Auguste Rodin (1840-1917) donde la pasión sexual, en este caso lésbica, aparece más condensada en la forma voluptuosa de las figuras.

12 enero 2016 at 8:01 pm 2 comentarios

Los últimos hallazgos en en el yacimiento romano de los Torrejones de Yecla (Murcia) confirman el alto nivel social y político del dueño de la villa

Se ha descubierto una cabeza de pantera que podría pertenecer a una escultura del dios Dioniso y un fragmento de lápida con datos relevantes sobre el propietario de la vivienda

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Fuente: Ayuntamiento de Yecla   01/12/2015

El busto del emperador Adriano, encontrado en la anterior campaña, fue esculpido con mármol procedente de la cantera imperial de Carrara.

Las excavaciones arqueológicas de la Villa romana de los Torrejones de Yecla continúan ofreciendo destacados hallazgos. La última campaña de excavaciones ha permitido descubrir una cabeza de pantera que podría pertenecer a una escultura del dios Dioniso, dios del vino, y un fragmento de lápida que podría aportar datos relevantes sobre quién era el dueño de la Villa. Todo parece indicar que alguien muy cercano al círculo de emperador Adriano, una persona muy relevante del s. II según se ha podido conocer en la presentación de los últimos descubrimientos efectuada esta mañana en Yecla con la asistencia del concejal de Cultura y Festejos, Jesús Verdú, Liborio Ruiz, director de las excavaciones y José Miguel Noguera, catedrático de arqueología de la Universidad de Murcia.

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Por otra parte, se ha informado que los análisis efectuados en el busto del emperador Adriano, encontrado en la anterior campaña, confirma que fue esculpido con mármol procedente de la cantera imperial de Carrara. José Miguel Noguera ha indicado que el busto del emperador hallado en Los Torrejones se suma a las 19 réplicas existentes en todo el mundo, fabricadas en los últimos años del gobierno de Adriano. En cuanto a la cabeza femenina encontrada en este mismo yacimiento, los análisis demuestran que fue realizada con material griego.

Las inscripciones que se han encontrado en un fragmento de lápida evidencian que “el dueño de la casa ostentaba un cargo de gobierno dentro del imperio, que tenía capacidad de administrar un territorio amplio”, en opinión de Liborio Ruiz, director de las excavaciones.

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En estas últimas campañas de excavaciones, finalizadas recientemente, han trabajado 15 becarios de arqueología y 10 trabajadores pertenecientes al plan de empleo municipal. Se han removido 800 mil kilos de tierra y se ha conseguido excavar la capa superficial de una extensión de 900 metros cuadrados, según el director de la campaña.

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Noguera ha explicado que “se trata de una casa urbana de enorme magnitud, con un programa arquitectónico, decorativo y estatuario de mucha relevancia. Sobresale un enorme estanque rodeado de un gran peristilo cubierto, con cuatro grandes porches. Un conjunto de estancias pensadas para un personaje y su familia que tienen su residencia allí, y una condición social muy elevada”.

El concejal de cultura, Jesús Verdú ha confirmado que “el Ayuntamiento de Yecla seguirá apostando para que se continúen con los trabajos de investigación y así poder seguir descubriendo más detalles de este entorno arqueológico de los Torrejones”.

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1 diciembre 2015 at 8:44 pm 1 comentario

En busca de la eternidad

Una exposición en el MuCEM de Marsella reúne más de 200 piezas relacionadas con las creencias de las tres grandes civilizaciones de la cuenca mediterránea: Egipto, Grecia y Roma

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Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC

La exposición temporal Migraciones divinas, sobre las creencias religiosas que se dispersaron por la cuenca mediterránea en tiempos antiguos, se puede visitar hasta el 16 de noviembre en el Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo (MuCEM), inaugurado junto al puerto de Marsella en 2013. La muestra reúne más de 200 piezas, fechadas entre el III o II milenio a.C. y el siglo III d.C., procedentes de las tres grandes áreas de la civilización mediterránea antigua: Egipto, Grecia y Roma. El mar Mediterráneo favoreció el intercambio entre estas tres culturas, unas veces a través de las actividades marítimas y el comercio y otras veces como consecuencia de los conflictos militares y las conquistas. Las religiones politeístas generalmente aceptaron a los dioses de las civilizaciones extranjeras, hasta el punto de que fueron asimilados y se crearon nuevos cultos y formas divinas. Serapis, por ejemplo, es un caso ejemplar de divinidad sincrética greco-egipcia. Asimismo, el culto a la divinidad Mitra, de origen indoiranio, fue adoptado por los soldados romanos.

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La esperanza de renacer

Desde tiempos remotos, los integrantes de cada cultura buscaron respuestas a sus propias cuestiones existenciales. En el prólogo de la exposición se exhiben dos piezas tremendamente antiguas que sumergen al visitante en un mundo misterioso e inconcebible: un ídolo de la cultura cicládica y una estatuilla del período predinástico de Egipto que representa a una mujer con los brazos levantados. La primera parte de la muestra está dedicada al panteón como concepto, es decir, el conjunto de dioses de una mitología politeísta, de tipo jerárquico en el caso egipcio y familiar en el caso griego, con Zeus originando toda esta genealogía tan compleja. Dioniso es el dios griego más representado en esta exposición, en un total de quince piezas. La segunda parte explora los caminos que siguió la humanidad en su búsqueda desesperada por la eternidad: a través de los ritos, los cultos públicos y privados e incluso la magia. Al escoger una escena dionisíaca  para decorar su sarcófago, un romano abrigaba la esperanza de renacer. La última parte está dedicada a los encuentros e intercambios de los diferentes cultos en la cuenca mediterránea y reúne unas piezas tan maravillosas como una cabeza de Vajrapani, una deidad del budismo, identificada aquí como Heracles, procedente de la cultura sincrética que floreció en Gandhara.

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7 julio 2015 at 8:45 am Deja un comentario

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Reunificación de los Mármoles del Partenón

"Hacemos un llamamiento a todos aquellos que en el mundo creen en los valores e ideas que surgieron a los pies de la Acrópolis a fin de unir nuestros esfuerzos para traer a casa los Mármoles del Partenón". Antonis Samaras, Ministro de Cultura de Grecia

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