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Cicerón, el asesinato del último defensor de la República de Roma

En el año 43 a.C., dos sicarios de Marco Antonio asesinaron al orador de 64 años mientras viajaba en su litera como venganza por la muerte de Julio César

Marco Tulio Cicerón
Abogado, político y filósofo, Cicerón ha pasado a la historia por su defensa de los valores republicanos. Busto. Galería de los Ufizi, Florencia.

FOTO: Scala, Firenze

Fuente: José Miguel Baños  |  National Geographic
12 de junio de 2018

Marco Tulio Cicerón ha pasado a la historia por su defensa de los valores de la República romana y su crítica a Julio César, a quién veía como un tirano. Esos ideales le costaron la vida cuando, tras el asesinato del dictador en el año 44 a.C., Marco Antonio se hizo con el control del Senado y desató una purga entre sus enemigos. Al año siguiente, dos sicarios del antiguo lugarteniente de César asesinaron al viejo político republicano y le cortaron la cabeza y las manos para exhibirlas en los Rostra.

El viejo orador regresa a Roma

En 48 a.C., Cicerón, de casi 60 años –edad en la que a ojos de los romanos un hombre era ya un anciano– estaba convencido de que su carrera política había llegado a su fin. Lejos quedaban sus días de gloria como abogado y azote de políticos corruptos y de enemigos del Estado, como Catilina, el patricio cuya conspiración había desenmascarado ante el Senado quince años antes. Había asistido impotente al ascenso de Pompeyo y Julio César, generales y jefes de partido que acabarían enzarzados en una guerra civil para alcanzar el poder. Cicerón criticó a ambos, sobre todo a César, por sus ambiciones casi monárquicas, contrarias al viejo ideal republicano que él mismo defendía. Tras la victoria de César sobre su rival, el orador regresó a Roma, pero apenas participó en la vida política: si en algún momento creyó que César podía restaurar la República, la realidad de los hechos desvaneció cualquier esperanza a medida que el dictador fue acumulando en su persona un poder casi absoluto.

El ostracismo político de Cicerón coincidió también con un momento personal difícil. Al poco de su regreso a Roma, a comienzos de 46 a.C., se divorció de su esposa Terencia tras treinta años de matrimonio. La mujer había dilapidado gran parte de la hacienda familiar en dudosas inversiones, lo que llevó a Cicerón a contraer un nuevo matrimonio con Publilia, una joven de buena familia de la que, sin embargo, se divorció a los seis meses. Por si esto fuera poco, a mediados de febrero del año 45 a.C., murió su hija Tulia, que acababa de divorciarse de Dolabela, un estrecho colaborador de César, y había dado a luz en enero a un hijo que también moriría poco después. A consecuencia de todos estos hechos, Cicerón cayó en una grave depresión.

Demasiados sinsabores y desgracias, que el viejo senador intentó superar, como en otros momentos de su vida, refugiándose en sus aficiones literarias. Cicerón se entregó a una actividad frenética y absorbente a la vez, ocupado en la redacción de algunas de sus obras retóricas más importantes (Bruto y El orador, por ejemplo) y, sobre todo, acometió el ambicioso proyecto de presentar la filosofía griega en latín y de forma accesible al público romano.

Mientras Cicerón se encontraba recluido en sus fincas de Astura, Túsculo, Puteoli o Arpino, un grupo de conjurados organizaba el atentado que costaría la vida a Julio César. Pese a que estaban estrechamente unidos al orador –muy especialmente Marco Bruto, sobre quien Cicerón había ejercido una decisiva tutela intelectual–, no le informaron de sus planes, quizá porque sabían de su carácter dubitativo y su renuencia a acometer acciones violentas. Cicerón estaba presente en la sesión del Senado de los idus de marzo del año 44 a.C. en la que César fue asesinado a puñaladas. Su reacción fue una mezcla de sorpresa y horror, pero también de alegría contenida: en su correspondencia privada y en los discursos que después dirigirá contra Marco Antonio –las Filípicas–, el orador manifestó su orgullo por que Bruto, al levantar el puñal que había clavado en el cuerpo de César, gritara el nombre de Cicerón como invocación por la libertad recuperada.

Guerra contra Marco Antonio

La alegría indisimulada de Cicerón por la muerte de César fue fugaz, pues fue Marco Antonio quien acabó controlando la situación en Roma: en las honras fúnebres del dictador inflamó a la muchedumbre y la lanzó contra los asesinos de su líder. Temiendo por sus vidas, Bruto y Casio abandonaron Roma.

Cicerón, obligado también a dejar la ciudad, lamentó en tonos cada vez más amargos la inactividad de “nuestros héroes” –los conjurados–, su falta de decisión desde el día mismo del asesinato de César, su incapacidad para enfrentarse a Marco Antonio y su falta de planes para el futuro. En cambio, él no estaba dispuesto a rendirse. Convencido de que se dirimía la supervivencia misma de la República, decidió erigirse en el líder del Senado en una lucha a muerte contra Marco Antonio. Como si no tuviera ya nada que perder, frente a las dudas y falta de decisión en otros momentos de su vida, Cicerón se mostró en todo momento implacable con Antonio y abogó por acciones mucho más drásticas y violentas que los propios cabecillas de la conjura, quienes, a juicio de Cicerón, habían actuado con el valor de un hombre, pero con la cabeza de un niño.

Convencido de que la supervivencia de la República estaba en juego, Cicerón se erigió en el líder del Senado en su lucha contra Marco Antonio

Aun así, cuando poco después Décimo Bruto, otro de los conjurados, desafió a Antonio desde la Galia Cisalpina, poniendo a los romanos ante la amenaza de una nueva guerra civil, Cicerón tuvo un momento de desfallecimiento. Todo le parecía perdido; la República –confesaba en una carta a su amigo Ático– era “un barco completamente deshecho, o mejor, disgregado: ningún plan, ninguna reflexión, ningún método”. Desesperanzado, decidió abandonar Italia y dirigirse a Grecia. Pero no llegó a realizar este viaje, pues un inoportuno temporal lo impidió cuando ya había embarcado.

Entonces Cicerón recapacitó y decidió volver a Roma. Había recibido noticias alentadoras de que la situación estaba volviendo a cauces más tranquilos, pues Marco Antonio parecía dispuesto a renunciar a su exigencia de que Décimo Bruto le entregara la Galia Cisalpina. Además, el orador pensó que, ante la inacción de los conjurados, podría utilizar a un joven de 18 años, recién estrenado en política, como ariete en su enfrentamiento con Marco Antonio.

Octaviano entra en escena

Este joven era Gayo Octavio, nieto de una hermana de Julio César, al que el dictador había nombrado heredero en su testamento. Octavio recibió la noticia del asesinato de César mientras estaba en Apolonia (en la actual Albania), y enseguida emprendió viaje para desembarcar en Brindisi, en el sur de Italia. Una vez allí, intentó ganarse la confianza de los veteranos de las legiones cesarianas, pero también de personajes influyentes como Cicerón. Por eso, en su marcha hacia Roma se detuvo a entrevistarse con el orador en su villa de Puteoli. Allí lo colmó de atenciones, consciente de que su apoyo podía serle útil en sus planes políticos.

Cicerón se sintió halagado al ver a ese joven “totalmente entregado a mí”, y se convenció de que podría utilizarlo como freno a la ambiciones de Marco Antonio. Así, cuando se enteró de que, en ausencia de Antonio, Octaviano se había presentado en Roma con los veteranos de dos legiones para hablar ante el pueblo y reivindicar sus derechos, Cicerón se mostró feliz porque, como le cuenta a su amigo Ático, “ese muchacho le ha dado una buena paliza a Antonio”. El propio Octaviano lo convenció para que regresara a Roma y, con su liderazgo, encabezase la lucha contra Marco Antonio. Ya en la ciudad, Cicerón aprovechó la marcha de Marco Antonio camino de la Galia Cisalpina para, a través de sus Filípicas, convencer a los nuevos cónsules, Hircio y Pansa, de que le declarasen la guerra abiertamente.

Esta enérgica actitud contrastaba con el deseo de parte del Senado de agotar las vías negociadoras e intentar convencer a Antonio de que abandonase el asedio de la ciudad de Módena, donde Décimo Bruto resistía a duras penas a la espera de las tropas del Senado. Éstas llegaron unos meses después, y en unión con las fuerzas de Octaviano obtuvieron dos victorias decisivas sobre Antonio. Al llegar la noticia se desató la euforia en Roma y Cicerón, el gran vencedor del momento, fue llevado en triunfo desde su casa al Capitolio y desde allí al Foro, a los Rostra, la tribuna de los oradores desde la que se dirigió, exultante, al pueblo romano.

Sin embargo, la alegría de Cicerón fue de nuevo efímera. Marco Antonio logró salvar parte de sus legiones y pronto estableció una alianza con Lépido, gobernador de la Galia Narbonense. Además, Octaviano, en lugar de perseguir a Antonio, decidió reclamar para sí el consulado y, cuando el Senado se negó, no dudó en atravesar el Rubicón, como hiciera su padre adoptivo César, y marchar sobre Roma con sus legiones. Impotentes, los senadores se vieron obligados a claudicar. Cicerón veía cómo de nuevo un jefe militar se aprovechaba del poder de sus tropas para pisotear la legalidad republicana. Además, Octaviano tenía motivos para recelar de Cicerón, pues había llegado a sus oídos que el orador parecía conspirar contra él: “El muchacho [Octaviano] debe ser alabado, honrado y eliminado” (laudandum adulescentem, ornandum, tollendum), decía en privado.

La huida de Cicerón

Abatido y conocedor de que la causa de la República se encontraba ya definitivamente perdida, Cicerón se retiró a sus fincas del sur de Italia. Desde allí contempló, impotente, el acercamiento de Octaviano a Lépido y Marco Antonio y la constitución del denominado segundo triunvirato. Este acuerdo no sólo era un revés político para Cicerón, sino que también lo amenazaba personalmente. En efecto, los triunviros confeccionaron una amplia lista de senadores y caballeros a los que se condenó a muerte y a la confiscación de sus bienes. La sed de venganza hizo que en esa lista no se respetaran siquiera los lazos familiares: Lépido sacrificó a su propio hermano Paulo, y Antonio, a su tío Lucio César. En el caso de Cicerón, fue Octavio quien finalmente cedió ante el vengativo Antonio. Así lo cuenta Plutarco: “La proscripción de Cicerón fue la que produjo entre ellos las mayores discusiones por cuanto Antonio no aceptaba ninguna propuesta si no era Cicerón el primero en morir […]. Se cuenta que Octaviano, después de haberse mantenido firme en la defensa de Cicerón durante dos días, cedió por fin al tercero abandonándole a traición”.

Cicerón se encontraba en su villa de Túsculo acompañado de su hermano Quinto cuando supo que ambos estaban en la primera lista de proscritos. Angustiados, partieron de inmediato hacia la villa de Astura para desde allí navegar a Macedonia y reunirse con Marco Bruto, pero en un momento dado Quinto volvió sobre sus pasos para recoger algunas provisiones para el viaje. Delatado por sus esclavos, fue asesinado pocos días después junto con su hijo. Cicerón, ya en Astura, presa de la angustia y de las dudas, consiguió un barco, pero, después de navegar veinte millas, desembarcó y para sorpresa de todos caminó unos treinta kilómetros en dirección a Roma para volver de nuevo a su villa de Astura y desde allí ser conducido, por mar, a su villa de Formias, donde repuso fuerzas antes de emprender la travesía final a Grecia.

El asesinato

Demasiadas dudas. Demasiado tarde. Al enterarse de que los soldados de Antonio estaban a punto de llegar, Cicerón se hizo llevar a toda prisa, a través del bosque, hacia el puerto de Gaeta para embarcar de nuevo. Los soldados hallaron la villa vacía, pero un esclavo llamado Filólogo les mostró el camino tomado por Cicerón. Era el 7 de diciembre de 43 a.C. Plutarco describió así el momento: «Entretanto llegaron los verdugos, el centurión Herenio y el tribuno militar Popilio, a quien en cierta ocasión Cicerón había defendido en un proceso de parricidio […]. Cicerón, al darse cuenta de que Herenio se acercaba corriendo por el camino que llevaba, ordenó a sus esclavos que detuvieran allí mismo la litera. Entonces, llevándose, como era su costumbre, la mano izquierda a su mentón, miró fijamente a sus verdugos, sucio del polvo, con el cabello desgreñado y el rostro desencajado por la angustia, de modo que la mayoría se cubrió el rostro en el momento en que Herenio lo degollaba; y lo hizo después de alargar el mismo Cicerón el cuello desde la litera. Tenía 64 años. Por orden de Antonio le cortaron la cabeza y las manos con las que había escrito las Filípicas». Una cabeza y unas manos que Antonio ordenó exponer como trofeos, para que todo el mundo en Roma pudiera contemplarlos, sobre los Rostra, la misma tribuna de los oradores desde la que pocos meses antes Cicerón había sido aclamado por la multitud.

Stefan Zweig, que no sin razón dedica a Cicerón el primero de sus Momentos estelares de la humanidad, concluye su relato de este modo: “Ninguna acusación formulada por el grandioso orador desde esa tribuna contra la brutalidad, contra el delirio de poder, contra la ilegalidad, habla de modo tan elocuente en contra de la eterna injusticia de la violencia como esa cabeza muda de un hombre asesinado. Receloso, el pueblo se aglomera en torno a la profanada Rostra. Abatido, avergonzado, vuelve a apartarse. Nadie se atreve –¡Es una dictadura!– a expresar una sola réplica, pero un espasmo les oprime el corazón. Y, consternados, bajan los ojos ante esa trágica alegoría de su República crucificada”.

Para saber más

Cicerón. Anthony Everitt. Edhasa, Barcelona, 2007.

Discursos contra Marco Antonio. Marco Tulio Cicerón. Cátedra, Madrid, 2001.

Dictator. Robert Harris. Grijalbo, Barcelona, 2015.

 

El foro romano
Cicerón pronunció algunos de sus discursos más famosos en este lugar, centro político de la ciudad. En primer término, las tres columnas del templo de Cástor y Pólux, y al fondo, el arco de Septimio Severo.

FOTO: Massimo Ripani / Fototeca 9×12

 

Regreso a Roma
Esta pintura de Francesco di Cristofano, que decora la Villa Medicea en Poggio a Caiano, ilustra la vuelta de Cicerón a Roma en 57 a.C., tras el exilio impuesto por Clodio, tribuno de la plebe aliado de César.

FOTO: Erich Lessing / Album

 

Las armas del escritor
Tablilla de cera, punzón y tintero de bronce del siglo I a.C. procedentes de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

FOTO: Oronoz / Album

 

La ira de Fulvia
Según Dion Casio, la enfurecida esposa de Marco Antonio cogió la cabeza de Cicerón y “escupiéndole enfurecida, le arrancó la lengua y la atravesó con los pasadores que utilizaba para el pelo”.

FOTO: BPK / Scala, Firenze

 

Julio César, el tirano
Cicerón creía que Julio César era un tirano que había traicionado los valores republicanos que el orador defendía. Busto del dictador del siglo I a.C.

FOTO: DEA / Album

 

De Octaviano a Augusto
El heredero de César se valió de Cicerón para afianzar su posición en la lucha de poder en Roma. Este camafeo incrustado en la llamada Cruz de Lotario muestra la efigie de Octaviano, convertido ya en el emperador Augusto.

FOTO: Erich Lessing / Album

 

La muerte del dictador
Este óleo de George Edward Robertson recrea las exequias de César, que Marco Antonio capitalizó para volver al pueblo contra los conspiradores y presentarse como el nuevo hombre fuerte de Roma.

FOTO: Bridgeman / ACI

 

Residencia estival
Situado a 25 kilómetros de Roma, el municipio de Túsculo acogía las villas rústicas de ciudadanos romanos ricos, entre ellas la de Cicerón. En la imagen, el pequeño teatro de la localidad.

FOTO: M. Scataglini / AGE Fotostock

 

Pacto entre Marco Antonio y Octaviano
Este cistóforo de plata fue acuñado en Éfeso para conmemorar la boda entre Marco Antonio y Octavia, la hermana de Octaviano. Museo Británico, Londres.

FOTO: Scala, Firenze

 

Contra Marco Antonio
Cicerón lanzó contra Marco Antonio una serie de duros discursos, las Filípicas. Portada de una de las copias de la obra, siglo XV.

FOTO: Bridgeman / ACI

 

Marco Junio Bruto
El joven protegido de Julio César fue uno de los conspiradores que lo apuñaló durante los idus de marzo. Busto del siglo II. Museo del Hermitage, San Petersburgo.

FOTO: Scala, Firenze

 

El gran escenario
La tribuna de los Rostra, en el foro romano, era el lugar desde donde los oradores se dirigían al pueblo. Aquí expuso Antonio la cabeza y las manos de Cicerón tras su muerte.

FOTO: Scala, Firenze

 

El asesinato
Este óleo de François Perrier recrea el momento en que, tras interceptar con sus hombres la litera de Cicerón, Herenio se dispone a decapitarlo. Siglo XVII. Museo Estatal, Bad Homburg.

FOTO: AKG / Album

 

12 junio 2018 at 7:24 pm Deja un comentario

Octavio: el «hijo» de Julio César que aplastó a Marco Antonio y al Egipto de Cleopatra

  • Tras varios años compartiendo el poder, el heredero del imperator se decidió a derrotar a su compañero triunviro y convertirse en el primer emperador de Roma
  • En la batalla de Actium el victorioso Agripa hizo realidad las aspiraciones del hijo adoptivo del dictador asesinado en los Idus de Marzo

«The Battle of Actium» – Lorenzo A. Castro «National Maritime Museum»

Fuente: RODRIGO ALONSO |  ABC
28 de agosto de 2017

Fue en aguas griegas -frente a la costa de Epiro- donde Octavio (quien más tarde fue conocido como Augusto) escribió para siempre su nombre en la Historia gracias a la victoria sobre Marco Antonio y Egipto en la memorable batalla de Actium (31 a.c)

El que fuera reconocido por el mismísimo Cayo Julio César como hijo adoptivo tenía-gracias a esta épica victoria- vía libre para poder ostentar todo el poder en el que fue el mayor imperio de la antiguedad. Tras largos años en los que tuvo que lidiar con los asesinos de su padre y compartir el poder con Antonio y Lépido por fin había alcanzado el lugar que -en su opinión- le correspondía como descendiente del caído imperator.

Esta es la historia de cómo un joven con genio -pero carente de grandes habilidades militares- logró convertirse en el primer emperador de Roma.

La sangre del padre

La pugna entre Augusto y Marco Antonio tuvo su origen en el magnicidio en los Idus de marzo (15 de marzo del 44 a.C) del victorioso dictador Cayo Julio César. Como explica Pilar Fernández Uriel en «Historia Antigua Universal III: Historia de Roma», los perpetradores del asesinato (el cual fue llevado a cabo en el mismo Senado) fueron incapaces de predecir el resultado de su atentado contra la vida del que fuese «imperator» de las Galias.

Es necesario explicar, en lo que a la labor de César se refiere, que los bastos territorios bajo el control de Roma requerían un cambio en el sistema político con respecto a la fórmula republicana, cuya reinstauración era el prinicipal objetivo de los magnicidas. Como expresa Fernández Uriel, la transformación iniciada por el victorioso imperator no llevaba necesariamente a la imposición de una monarquía (la cual además constituía un delito sagrado). Simplemente, el momento reclamaba la instauración de una figura fuerte y capacitada en lugar de que el poder estuviese repartido entre las distintas familias patricias.

«La muerte de César» – Vincenzo Camuccini

Al mismo tiempo, la plebe romana tampoco acogió el asesinato con satisfacción. No en vano, César había llevado a cabo varias reformas que le habían granjeado buena fama entre el «populus». Fue así como el intento de volver a lo que, ya desde inicios del siglo I a.C, se consideraba una forma de gobierno caduca acabó por explotarle a los asesinos en la cara.

Cuando se producía el asesinato de César, el joven Octavio (su hijo adoptivo posteriormente conocido como Augusto) se hallaba fuera de Roma. Estaba en Apolonia, donde recibía formación militar junto a quien sería su mayor sustento y más destacado oficial en el futuro: el héroe de Actium, Marco Vipsanio Agripa.

Marco Antonio (sobrino y lugarteniente del difunto Julio que, a posteriori, fue el máximo rival de Octavio), supo aprovechar la defunción del otrora imperator de las Galias. Como señala Pierre Grimal en «El Siglo de Augusto», en la sesión del Senado del 17 de marzo -tan solo dos días después de que se llevase a cabo el atentado- el militar y político se opuso enérgicamente a la propuesta de conceder honores excepcionales a los asesinos, a los que por otra parte mantuvo sus cargos. También logró que se respetase la obra de gobierno de César, incluso los proyectos que aún no tenían fuerza de ley.

Los homicidas -como afirma el historiador Gonzalo Bravo en «Historia del Mundo Antiguo: Una introducción crítica»- no asistieron a la sesión ya que sabían que sus acciones no contaban con el beneplácito de gran parte del Senado. Además, gracias a la habilidad de Antonio -que consiguió mediante su panegírico en los funerales de César dirigir el odio del pueblo contra los asesinos- se acabó con cualquier posibilidad de volver a la situación anterior al gobierno del imperator.

Sin embargo, no todo fueron buenas noticias para el lugarteniente de César. Octavio (heredero legítimo) supo hacerse con la lealtad de gran parte del ejército y de la mayoría de los partidarios del difunto gobernante. El objetivo era ser reconocido como el más indicado para ocupar el puesto vacante de su padre adoptivo. Mientras tanto, Antonio, logró convencer al Senado de que le otorgase el gobierno de la Galia por un espacio de cinco años.

El Triunvirato

Como explica Bravo en su obra, los sucesos del año siguiente (43 a.C) fueron claves para la evolución posterior. Antonio se decidió a marchar contra el magnicida Décimo Bruto sin contar con la aprobación del Senado, que envió tras él al mismísimo Octavio y a los cónsules Hirtio y Pansa. Fue en Mutina (Módena) donde tuvo lugar el choque entre los dos ejércitos.

Pese a la victoria de las tropas senatoriales, el lugarteniente del extinto César logró huir y unirse a las tropas del general Lépido en la Galia. Aun así, el resultado de la pugna fue sumamente beneficioso para las aspiraciones de Octavio quien, tras la muerte en combate de Hirtio y Pansa, no tenía que compartir la gloria con nadie. Al mismo tiempo, su control del Norte de Italia a raíz de su triunfo en la campaña suponía un enorme peligro a ojos del Senado. Ante la negativa a la solicitud del joven heredero a prorrogar su consulado, este decidió marchar sobre Roma y ocuparla.

Una vez forzó su elección y la de Quinto Pedio como cónsules, Octavio tomó una serie de disposiciones de suma trascendencia que fueron el embrión del posterior Triunvirato. Como explica Bravo, promulgó la «Lex Pedia», mediante la cual se declaraba la guerra abiertamente a los asesinos de César y a Sexto Pompeyo (hijo de Pompeyo Magno y oficial de la flota romana). Al mismo tiempo, ponía punto y final a la enemistad senatorial con Antonio y Lépido. Esta medida fue tomada fruto de la necesidad, ya que -como afirma Fernández Uriel- ambos contaban con la lealtad de los ejércitos provinciales.

La paz entre los tres militares tuvo lugar en las cercanías de la ciudad de Bonomia (Bolonia) en noviembre del 43. Nacía de este modo el Triunvirato, conocido erróneamente -según explica Bravo- como el Segundo Triunvirato. Tras alcanzar el acuerdo se procedió a una división de los territorios romanos entre los integrantes. De este modo, Antonio conservó el gobierno de las Galias, Lépido se hizo con el control de Hispania y la Narbonense y Octavio logró África, Sardinia (Cerdeña) y Sicilia.

Marco Antonio – Juan Carlos Soler

Según explica Bravo, fruto de la condición plenipotenciaria de los triunviros se llevó a cabo, en apenas diez años, el asesinato de unos 200 miembros del Senado y otros 2.000 caballeros. Entre estos se encontraban no pocos individuos de suma importancia a nivel histórico, como es el caso del afamado orador Cicerón (diciembre del 43). También, a partir de este punto, los magnicidas comenzaron a caer poco a poco. En el 42 Antonio logró derrotar a Bruto y Cassio en la batalla de Filipos. Agripa y Lépido hicieron lo propio venciendo a las fuerzas de Sexto Pompeyo en Sicilia (36).

Durante este tiempo -como afirma Bravo en otra de sus obras: «Poder político y desarrollo social en la Antigua Roma»- Octavio «había restado protagonismo y prestigio político a Antonio». Debido a la necesidad de estrechar lazos entre los triunviros, tuvo lugar en el 40 el matrimonio entre el lugarteniente de César y la hermana del hijo adoptivo: Octavia. También se llevó a cabo un nuevo acuerdo que reformuló el reparto territorial.

A partir de este momento Antonio gobernó en Oriente, Octavio en Occidente y Lépido en África.

En su obra, Grimal afirma que, tras la derrota del hijo de Pompeyo el Grande, Octavio decidió levantar en el interior de Roma un templo a Apolo, a quien consideraba su dios. A este respecto, existía un escandaloso mito en la época según el cual el joven triunviro habría nacido de un abrazo entre su madre -Atia- y la divinidad griega. Esta idea, que rozaba los límites de lo aceptable por la sociedad del momento, nunca habría sido negada por el protagonista.

Antonio, mientras tanto, se instaló en la ciudad de Atenas junto a su esposa Octavia (a la que acabó repudiando al poco tiempo). Como se afirma en la obra «Poder político y desarrollo social en la Antigua Roma», el lugarteniente del difunto César empleó como excusa una campaña contra los partos en el 36 (en la que fracasó dando al traste con buena parte su influencia) para partir rumbo a Egipto con Cleopatra VII. Fruto de su relación con la afamada gobernante ptolemaica tuvo dos hijos.

Señala Fernández Uriel que Antonio «fue atraído enseguida por la vida en la corte y el pensamiento de los antiguos monarcas Ptolemaicos, donde iba asimilando la ideología oriental y transformándose en un monarca helenístico con su aspecto divino». Al mismo tiempo, el heredero militar de César, se dispuso a acometer pactos de vasallaje distintos a los llevados a cabo por Roma.

Octavio no dejó pasar la oportunidad que le brindaba la extranjerización de su rival. Mediante un empleo sublime de la propaganda logró hacer pasar a Antonio por un traidor a ojos del «populus» romano. Con ese fin se hizo con el testamento del consorte de Cleopatra -el cual se encontraba en el templo de las Vestales- y lo hizo público. Según parece -como señalan varios autores- el otrora héroe militar habría puesto por escrito, entre otras cosas, que la capital debía ser trasladada a Alejandría y sus hijos serían los herederos del Imperio. Sin embargo, existe la posibilidad de que este fuese falseado por su enemigo.

En principio Octavio -como señala Víctor San Juan en «Breve historia de las Batallas Navales de la Antigüedad»- no se atrevió a declarar a Antonio enemigo del pueblo romano, pero se decidió a desposeerlo de sus cargos y magistraturas. Se daban de esta forma todas las condiciones para que la ya irremediable guerra entre Roma y Egipto fuese declarada a finales del 32 a.C.

Actium

Como explica Grimal en su obra, con el inicio de las hostilidades culminaba la preparación de Octavio, la cual tuvo como inicio los idus de marzo. De este modo el heredero de César «ya no era un señor tratando de asegurar su dominio sobre el mundo, sino el campeón enviado por los dioses para salvar a Roma y al Imperio».

Parece ser que Antonio y Cleopatra llegaron a reunir un gran ejército terrestre (San Juan lo cifra en torno a los 80.000 efectivos) así como una enorme flota conformada por unos 500 navíos. Aun así, gran parte de la nobleza romana -que en su momento había apoyado al consorte de de la gobernante egipcia- acabó por abandonarle y unirse a la causa del hijo de César. En este contexto llegamos al inevitable desenlace: la batalla de Actium (2 de septiembre, 31).

El heredero de César, a parte de contar con unas tropas parejas en número y experiencia a las de Antonio, tenía junto a él a uno de los oficiales romanos más reputados y competentes de la historiaimperial: Marco Vipsanio Agripa, quien fue el encargado de guiar a los navíos del futuro Augusto en la decisiva batalla de Actium en las costas de Epiro (Grecia).

Busto de Cleopatra – ABC

La victoria marítima del formidable militar ante Antonio y Cleopatra tuvo como resultado el fin de la contienda entre los dos herederos de César. La egipcia partió apresuradamente con sus naves toda vez que la batalla estaba virtualmente perdida. Por su parte, el consorte se dispuso a seguirla con rumbo a las tierras del Nilo. Como explica Bravo, el resto de su flota y ejército se unieron a Octavio, quien ahora contaba con unas 50 legiones.

Fue al año siguiente (agosto del 30) cuando el victorioso heredero llegó a Alejandría acompañado por un gran número de tropas. Ante la negativa de este a llegar a un acuerdo razonable con sus enemigos, Antonio y Cleopatra optaron por el suicidio como la salida más honrosa. No querían convertirse en el «triunfo vivo» de su rival.

Estatua de Augusto – ABC

De Octavio a Augusto

Como explica Fernández Uriel, al margen de la anexión de Egipto al Imperio romano, las consecuencias de Actium fueron mucho más importantes. A partir del triunfo de Octavio el Imperio estaba unido bajo un único «princeps»: Augusto (el nuevo «cognomen» de Octavio).

Se daba así el pistoletazo de salida a una nueva etapa de estabilidad tras las constantes convulsiones fruto de las guerras fratricidas y la inestabilidad tardo republicana.

Augusto, el primer emperador romano, acabó siendo -además de divinizado- una de las figuras más renombradas y representativas de la antigüedad. Su victoria sobre Antonio -amén de su maestría en el empleo de la propaganda- supuso que fuese reconocido como «Restitutor Pacis» (restaurador de la paz).

 

28 agosto 2017 at 10:09 am Deja un comentario

Los Idus sangrientos de marzo: el auténtico asesinato de Julio César

  • El dictador consiguió defenderse durante unos segundos y atacó a Bruto en el muslo con un punzón. Ya herido de muerte, se cubrió la cara con su túnica en un último intento por dignificar su apariencia.
  • La cuenta de Twitter @antigua_roma se ha propuesto este año contar de una forma diferente la muerte de Julio César desde el epicentro de esta ciudad

Muerte de César, de Carl Theodor von Piloty. – Wikimedia

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
15 de marzo de 2017

Casca apuñala en la nuca a Julio César, mientras los otros le secundan en la acción incluido Bruto. César dice en ese momento: «Et tu, Bruté?», lo cual se traduce en «¿Y tú, Bruto?» (¿También tú, Bruto?). Así escenifica William Shakespeare –inspirado en la versión del historiador Suetonio– la muerte del dictador romano y la puñalada final de Marco Junio Bruto, hijo de Servilia (amante de César), en una de sus obras trágicas más famosas. Sin embargo, cualquiera parecido con la realidad es pura coincidencia. Después de recibir 23 heridas, aunque paradójicamente solo una de ellas resultó mortal, parece poco probable que todavía tuviera fuerzas para lanzar una cita tan teatral. Al contrario, César consiguió defenderse durante unos segundos e hirió a Bruto en el muslo con un punzón. Herido de muerte, se cubrió la cara con su túnica en un último intento por dignificar su apariencia.

La cuenta de Twitter @antigua_roma (dedicada a la divulgación de los hechos significativos de la Antigua Roma) se ha propuesto este año contar de una forma diferente y original la auténtica muerte de Julio César. Desde ayer y durante todo el día de hoy, 15 de marzo, la cuenta va narrando los detalles de la conjura contra el dictador y los lugares que pisó el Divino Julio en su último día sobre la faz de la tierra. «Desde hace un tiempo hemos incluido en nuestra cuenta retransmisiones en vídeos en lugares históricos. Los Idus de Marzo siempre es un día importante y queríamos hacer algo especial este año», explica Néstor F. Marqués, principal responsable del proyecto divulgativo que ya lleva cinco años presente en redes sociales. Para dar más vivacidad a la retransmisión, este joven arqueólogo cubrirá las actividades conmemorativas que organiza cada año Roma, resistente a olvidar dos milenios después a su dictador.

«Se escenifica el asesinato en las proximidades de donde ocurrió (en el Área Sacra de Largo Argentina, junto a la Curia de Pompeyo) y luego se celebra una suerte de funeral. Hay muchos romanos que dejan flores en los días siguientes», apunta F. Marqués.

Camino a la dictadura

Nacido el 13 de julio del año 100 a. C, Cayo Julio César tuvo una carrera política mucho más convencional de lo que tradicionalmente se ha considerado. Tras la muerte del dictador Sila, que recelaba de Julio César por sus lazos familiares con Cayo Mario, el joven patricio ejerció por un tiempo la abogacía y fue pasando por distintos cargos políticos. En 70 a.C., César sirvió como cuestor en la provincia de Hispania y luego como edil curul en Roma. Dado a endeudarse para ganarse la simpatías del pueblo, la generosidad de Julio César se hizo famosa en la ciudad y le permitió en 63 a.C. ser elegido praetor urbanus al obtener más votos que el resto de candidatos a la pretura.

Busto de Julio César en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Su carrera política, no en vano, dio un salto definitivo cuando fue elegido cónsul gracias al apoyo de dos poderosos aliados políticos –Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso–, los hombres con los que César formó el llamado Primer Triunvirato. Al terminar el consulado, fue designado procónsul de las provincias de Galia Transalpina, Iliria y Galia Cisalpina, desde donde regresó convertido en un gran héroe militar y en el dominador de los pueblos galos.

La muerte de Craso en una desastrosa campaña contra el Imperio parto hizo añicos el Triunvirato y enfrentó a Pompeyo contra César. Tras una guerra civil que duró cuatro años, César volvió victorioso a Roma a finales de julio del año 46 a. C. La victoria total de su facción dotó a César de un poder enorme y el Senado se apresuró a legitimar su posición nombrándolo dictador por tercera vez en el año 46 a. C. por un plazo sin precedentes de diez años.

La benevolencia mostrada por el dictador, que no solo perdonó la vida a la mayoría de los senadores que se habían enfrentado contra él durante la guerra, sino que incluso les otorgó puestos políticos, se reveló con el tiempo como un error político de bulto. La mayoría de los 60 senadores implicados en su asesinato habían sido amnistiados previamente por el dictador.

Ni la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores de sus intenciones, que afirmaron haber matado al tirano por salvaguardar la República

Marco Junio Bruto, sobrino de Catón «El joven», había combatido junto a César en la Galia y después contra él durante la guerra civil. Por su parte, Cayo Casio Longino, quizás el principal cabecilla de la conspiración, ejerció como legado para él después de combatir primero en el bando de Pompeyo. Otro conspirador, Cayo Trebonio, había servido durante muchos años en el alto mando de Julio César durante las campañas de la Galia. Pero ni la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores de sus intenciones, que afirmarían haber matado al tirano por salvaguardar la República y, sin embargo, solo consiguieron acelerar la caída de una institución que llevaba un siglo tambaleándose. Su final se vislumbraba desde que la derrota final de Aníbal había requerido buscar enemigos internos.Pero más allá de los asuntos políticos, que tenían como trasfondo la lucha entre distintas familias de la aristocracia, el asesinato del dictador escondía un factor simbólico. Julio César decía descender de los Reyes de Alba Longa –una ciudad absorbida por Roma poco después de su fundación– y solía vestir por esta razón con una túnica de mangas largas y botas de media caña de cuero rojo. Por su parte, Bruto pertenecía a la estirpe de Lucio Junio Bruto, que en torno al año 509 a.C. acabó con el último rey de Roma, Tarquinio «El Soberbio», aunque ciertamente entre muchos de sus contemporáneos había dudas de que la afirmación fuera cierta.

La imagen de un grupo de senadores poniendo fin al dictador que aspiraba, supuestamente, a convertirse en rey, el tirano, impulsó a los conspiradores más dubitativos a participar en el magnicidio.

El día del magnicidio: «¡Cuídate de los idus!»

Como explica Adrian Goldsworthy en su biografía de Julio César, el día previo al asesinato, la esposa del dictador, Calpurnia Pisonis, tuvo una pesadilla donde advirtió el asesinato de su marido. Dado que Calpurnia no era dada a supersticiones, se dice que el dictador aceptó quedarse en casa y envió un mensaje al Senado para informarles de que la mala salud le impedía abandonar su casa para llevar a cabo ningún asunto público. Sin embargo, Décimo Bruto –otro de los conspiradores– consiguió convencer finalmente a César de que acudiera a la cámara, ya que en pocos días iba a ausentarse del país y debía dejar los asuntos políticos convenientemente atados. También se ha considerado, según la tradición, que el profesor de griego Artemidoro entregó un manuscrito a César a la puerta del Senado avisándole de la conspiración, pero éste no llegó a abrirlo a tiempo.

Hasta principios del año 44 a.C. César había contado, además, con la protección de una escolta de auxiliares hispanos, a los que había licenciado como demostración de normalidad política en cuanto el Senado aprobó prestarle un juramento de lealtad. El 15 de marzo (día de buenos augurios según la tradición romana) acudió al Senado sin más protección que la compañía de sus colaboradores más cercanos. Una vez dentro del edificio público, los conspiradores se encargaron de llevarse a Marco Antonio a un lugar apartado. Los asesinos eran conscientes de que el lugarteniente de César era un hombre corpulento y dado a arranques de ira.

Muerte de César, de Jean-Léon Gérôme, 1867

Antes de que diera comienzo la reunión senatorial, los conspiradores se apiñaron en torno al dictador fingiendo pedirle distintos favores. Lucio Tilio Címber, que había servido a las órdenes del César, le reclamó que perdonara a un hermano suyo que se encontraba en el exilio. Mientras el dictador romano trataba de calmar al grupo, Címber tiró de la toga de César y mostró su hombro desnudo: era la señal acordada. Casca sacó su daga y le apuñaló, pero solo fue capaz de arañar el cuello del dictador. Según algunas versiones, César agarró los brazos de Casca y forcejeó con él intentando desviar la daga.

El general romano no solo se defendió por unos segundos de los ataques, sino que fue capaz de sacar un afilado estilo (un punzón) y herir a varios hombres, al menos a dos, incluido a Bruto en un muslo. Tras el ataque de Casio, los otros conjurados se unieron a la lucha propinando a César numerosas estocadas y tajos. Solo dos senadores de los presentes trataron de ayudar al dictador, pero no consiguieron abrirse camino.

Sin que sea posible de comprobar, puesto que las fuentes presentan distintas versiones, Marco Bruto fue uno de los últimos en acuchillar a César, con una herida en la ingle. A él se habría dirigido supuestamente el dictador para decir sus últimas famosas palabras: «Tú también hijo mío». Con 23 cortes y puñaladas en su cuerpo (aunque solo una realmente mortal), Julio César se cubrió la cabeza con su túnica púrpura en un último esfuerzo por mantener la dignidad y cayó desplomado junto al pedestal de la estatua de Pompeyo, su otrora máximo rival.

El momento cumbre del funeral llegó cuando Antonio leyó a viva voz el testamento de César, que incluía la donación de unos amplios jardines junto al Tíber al pueblo de Roma

El pánico se propagó a continuación por la sala. Los senadores que no tenían manchada la ropa de sangre huyeron del lugar enseguida. Durante un tiempo, toda Roma quedó anonadada sin decidir si aquello era el comienzo de una nueva guerra civil o el origen de los festejos por la muerte de un tirano. Marco Antonio se reunió con los conspiradores en privado y obtuvo permiso para que César tuviera un funeral público en el Foro. En línea con el famoso discurso que Shakespeare puso en boca de Marco Antonio en su drama, el leal amigo de César aprovechó el acto para ensalzar las virtudes del fallecido dictador, al mismo tiempo que lanzaba velados reproches a los conspiradores: «Los hombres más honrados».El momento cumbre del funeral llegó cuando Antonio leyó a viva voz el testamento de César, que incluía la donación de unos amplios jardines junto al Tíber al pueblo de Roma y un regalo en metálico a todos los ciudadanos. Después del anuncio se produjeron disturbios y ataques contra las viviendas de los conspiradores. Ahora sí, el pueblo de Roma se había convencido de que no se celebraba la muerte de un tirano. Paradójicamente, el leal seguidor del dictador Helvio Cinna fue asesinado ese día por la turba que le confundió con uno de los conspiradores, Cornelio Cinna.

Desde que se hizo público el testamento, el sobrino nieto de Julio César, Octavio, de 18 años, asumió el papel de hijo adoptivo del dictador y cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octavio. Al principio, combatió junto al Senado y varios de los conspiradores contra Antonio, que no tardó en atraer a su bando a las legiones que todavía eran fieles a la memoria de Julio César. No en vano, Cayo Julio César Octavio –el futuro Emperador Augusto– terminó uniéndose a Antonio y a Lépido, otro de los fieles de Julio César, para formar el Segundo Triunvirato y dar caza a los asesinos de los idus de marzo.

En el plazo de tres años, prácticamente todos los conspiradores fueron ajusticiados, sin que observaran para entonces ni la más leve sombra de la famosa clemencia del tirano al que tanto se habían afanado en eliminar.

Cinco preguntas a Néstor F. Marqués

–¿Qué es Antigua Roma al día?

–Es un proyecto de difusión cultural a través de redes sociales que nació hace cinco años en Twitter. Tenemos contenido de entretenimiento, efemérides, difusión de curiosidades históricas, pero, sobre todo, nos gusta dar voz a los arqueólogos e historiadores. Recientemente he estrenado el formato por vídeo y, aprovechando que los Idus de marzo es una fecha muy importante en la Antigüedad, ha surgido esta iniciativa de contar sobre el terreno la muerte del dictador de una república moribunda.

–¿Cómo empezó el proyecto?

–Empezó como el hobby de un joven arqueólogo y se está convirtiendo en uno de los proyectos más importantes de mi vida. En un medio dominado por el humor y la actualidad como es Twitter, hemos logrado introducir conocimiento e información cultural. La gente se sorprende al descubrir que muchas de las cosas que damos por hecho, como son los días de la semana, en realidad vienen de la época de los romanos.

–¿Cuál es tu valoración personal sobre Julio César?

–Es necesario ver a Julio César y a todos los personajes de su tiempo con perspectiva histórica para comprender por qué se comportaron como lo hicieron. Él fue un militar, un brillante estratega, pero no un buen político. Carecía de las sutilezas políticas que sí tenía Octavio, que era un genio político que cambió nuestra historia e inició el periodo imperial. Octavio, luego proclamado César Augusto, creó un imperio con la ficción persistente de que él había restaurado la República. Su primer acto político fue divinizar a Julio César para poder convertirse en el hijo de un dios.

–¿Sigue mitificado el asesinato de Julio César por la literatura y el cine?

–La historia se deforma hasta límites insospechados. En el caso del asesinato de Julio César sabemos puñalada a puñalada lo que ocurrió y lo que fueron sus supuestas últimas palabras por las fuentes antiguas. Si bien solo dos autores clásicos ponen palabras en su boca, entre ellos Suetonio, la frase exacta es «¿tú también, hijo mío?», sin entrar a matizar que se refiriera o no a que Bruto era su hijo. Hay muchos desvaríos sobre estas últimas palabras y William Shakespeare tiene buena culpa de ello.

–Después de este directo histórico, ¿os planteáis hacer algo parecido en los próximos meses?

–Otro punto claro en el calendario clásico es la erupción del Vesubio en 79 d.C. Hay bastante documentación para ir retransmitiendo también endirecto el suceso. Ese será probablemente mi siguiente proyecto.

 

15 marzo 2017 at 1:49 pm Deja un comentario

La verdadera muerte de Julio César: 23 cortes y dos asesinos heridos

Lejos de la teatralidad, el dictador romano se defendió del ataque de los senadores con un punzón y consiguió herir en el muslo a Marco Bruto, el más emblemático miembro de la conspiración

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La muerte de Julio César de F. H. Fuger / WIKIPEDIA

Fuente: CÉSAR CERVERA  >  MADRID  |  ABC        13/07/2015

Casca apuñala en la nuca a Julio César, y los otros le secundan en la acción, terminando por Bruto. César dice en ese momento: «Et tu, Bruté?», lo cual se traduce en «¿Y tú, Bruto?» – ¿También tú, Bruto? –. Así escenifica William Shakespeare –inspirado en la versión del historiador Suetonio– la muerte del dictador romano y la puñalada final de Marco Junio Bruto, hijo de Servilia (amante de César), en una de sus obras trágicas más famosas. Sin embargo, cualquiera parecido con la realidad es pura coincidencia. Después de recibir 23 heridas, aunque paradójicamente solo una de ellas resultó mortal, parece poco probable que todavía tuviera fuerzas para lanzar una cita tan teatral. Al contrario, César consiguió defenderse durante unos segundos e hirió a Bruto en el muslo con un punzón. Ya herido de muerte, se cubrió la cara con su túnica en un último intento por dignificar su apariencia.

Nacido el 13 de julio del año 100 a. C. Cayo Julio César tuvo una carrera política mucho más convencional de lo que tradicionalmente se ha considerado siempre. Tras la muerte del dictador Sila, que recelaba de Julio César por sus lazos familiares con Cayo Mario, el joven patricio ejerció por un tiempo la abogacía y fue pasando por distintos cargos políticos. En 70 a.C., César sirvió como cuestor en la provincia de Hispania y luego como edil curul en Roma. Dado a endeudarse para ganarse la simpatías del pueblo, la generosidad de Julio César se hizo famosa en la ciudad y le permitió en 63 a.C. ser elegido praetor urbanus al obtener más votos que el resto de candidatos a la pretura. Su carrera política, no en vano, dio un salto definitivo cuando fue elegido cónsul gracias al apoyo de sus dos aliados políticos –Cneo Pompeyo MagnoMarco Licinio Craso– los hombres con los que César formó el llamado Primer Triunvirato. Al terminar el consulado, fue designado procónsul de las provincias de Galia Transalpina, Iliria y Galia Cisalpina, desde donde regreso convertido en un gran héroe militar que había logrado someter a los pueblos galos.

El final del Triunvirato da inició a la guerra civil

La muerte de Craso en una desastrosa campaña contra el Imperio parto rompió en añicos el Triunvirato y enfrentó a Pompeyo contra César. Tras una guerra civil que duró cuatro años, César regresó victorioso a Roma a finales de julio de 46 a. C. La victoria total de su facción dotó a César de un poder enorme y el Senado se apresuró a legitimar su posición nombrándolo dictador por tercera vez en el año 46 a. C. por un plazo sin precedentes de diez años. La benevolencia mostrada por el dictador, que no solo perdonó la vida a la mayoría de los senadores que se habían enfrentado contra él durante la guerra, sino que incluso les otorgó puestos políticos, se reveló con el tiempo como un error político de bulto. La mayoría de los 60 senadores implicados en su asesinato habían sido amnistiados previamente por el dictador.

 Escultura de Julio César, por Nicolas Coustou / ABC


Escultura de Julio César, por Nicolas Coustou / ABC

Marco Junio Bruto, sobrino de Catón «El joven», había combatido junto a César en la Galia –al que le unía la amistad y un delicado parentesco, su madre era amante del dictador– y después contra él durante la guerra civil. Por su parte, Cayo Casio Longino, quizás el principal cabecilla de la conspiración, ejerció como legado para él después de combatir primero en el bando de Pompeyo. Otro conspirador, Cayo Trebonio, había servido durante muchos años en el alto mando de Julio César en las campañas de la Galia. Ni la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores de sus intenciones, que afirmaron haber matado al tirano por salvaguardar la República, y, sin embargo, solo consiguieron acelerar la caída de una institución que llevaba un siglo tambaleándose. Su final se vislumbraba desde que la derrota final de Aníbal había requerido buscar enemigos internos.

Pero más allá de los asuntos políticos, que tenían como trasfondo la lucha entre distintas familias de la aristocracia, el asesinato del dictador escondía un factor simbólico. Julio César decía descender de los Reyes de Alba Longa –una ciudad absorbida por Roma poco después de su fundación– y solía vestir por esta razón con una túnica de mangas largas y botas de media caña de cuero rojo. Por su parte, Bruto pertenecía a la estirpe de Lucio Junio Bruto, que en torno al año 509 a.C. acabó con el último rey de Roma, Tarquinio «El Soberbio», aunque ciertamente entre muchos de sus contemporáneos había dudas de que la afirmación fuera cierta. La imagen de un grupo de senadores terminando con el hombre que aspiraba supuestamente a convertirse en rey, el tirano, impulsó a los conspiradores más dubitativos a acometer el magnicidio, además de conquistar el imaginario de Shakespeare.

El día del magnicidio: «¡Cuídate de los idus!»

El día previo al asesinato, la esposa de César Calpurnia Pisonis había tenido supuestamente una pesadilla donde advirtió el asesinato de su marido. Dado que Calpurnia no era dada a supersticiones, se dice que el dictador cedió quedarse en casa y envió un mensaje al Senado para informarles de que la mala salud le impedía abandonar su casa para llevar a cabo ningún asunto público. Sin embargo, Décimo Bruto –otro de los conspiradores– consiguió convencer finalmente a César de que acudiera a la cámara, ya que en pocos días iba a ausentarse fuera del país y debía dejar los asuntos políticos convenientemente atados. También se ha considerado según la tradición que el profesor de griego Artemidoro entregó un manuscrito a César a la puerta del Senado avisándole de la conspiración, pero éste no llegó a abrirlo a tiempo.

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La muerte de Julio César, por Jean-León Gérôme

Además, hasta principios del año 44 a.C. César había contado con la protección de una escolta de auxiliares hispanos, pero los había licenciado como demostración de normalidad política en cuanto el Senado aprobó prestarle un juramento de lealtad. El 15 de marzo de ese año acudió al Senado sin más protección que la compañía de sus colaboradores más cercanos. Una vez dentro del edificio público, los conspiradores se encargaron de llevarse a Marco Antonio a un lugar apartado. Los asesinos eran conscientes de que Marco Antonio, además de fiel a César, era un hombre corpulento y dado a arranques de ira. Antes de que diera comienzo la reunión senatorial, los conspiradores se apiñaron en torno al dictador fingiendo pedirle distintos favores. Lucio Tilio Címber, que había servido a las órdenes del César, le reclamó que perdonara a su hermano que se encontraba en el exilio. Mientras el dictador romano trataba de calmar al grupo, Címber tiró de la toga de César y mostró su hombro desnudo: era la señal acordada. Casca sacó su daga y le apuñaló, pero solo fue capaz de arañar el cuello del dictador. Según algunas versiones, César agarró los brazos de Casca y forcejeó con él intentando desviar la daga.

Marco Bruto fue uno de los últimos en acuchillar a César, con una herida en la ingle

El general romano no solo se defendió por unos segundos de los ataques, sino que fue capaz de sacar un afilado estilo (un puñal) y herir a varios hombres, al menos dos, incluido a Bruto en un muslo. Tras el ataque de Casio, los otros conjurados se unieron a la lucha propinando a César numerosas estocadas y tajos. Solo dos senadores de los presentes trataron de ayudar al dictador, pero no consiguieron abrirse camino. Sin que sea posible de comprobar, puesto que las fuentes presentan distintas versiones, Marco Bruto fue uno de los últimos en acuchillar a César, con una herida en la ingle, y al que habría dirigido el famoso «tú también hijo mío». Con 23 puñaladas en su cuerpo –aunque solo una realmente mortal–, Julio César se cubrió la cabeza con su túnica púrpura en un último esfuerzo por mantener la dignidad y cayó desplomado junto al pedestal de la estatua de Pompeyo, su otrora máximo rival.

En pánico se propagó por la sala, los senadores que no tenían manchada la ropa de sangre huyeron del lugar enseguida. Durante un tiempo, toda Roma quedó anonadada sin decidir si aquello era el comienzo de una nueva guerra civil o el origen de los festejos por la muerte de un tirano. Marco Antonio se reunió con los conspiradores en privado y obtuvo permiso para que César tuviera un funeral público en el Foro. En línea con el famoso discurso que Shakespeare puso en boca de Marco Antonio en su drama, el leal amigo de César aprovechó el acto para ensalzar las virtudes del fallecido dictador, al mismo tiempo que lanzaba velados reproches a los conspiradores, «los hombres más honrados». No obstante, el momento cumbre del funeral llegó cuando Antonio leyó a viva voz el testamento de César, que incluía la donación de unos amplios jardines junto al Tíber al pueblo de Roma y un regalo en metálico a todos los ciudadanos. Tras el anuncio se produjeron disturbios y ataques contra las viviendas de los conspiradores. Paradójicamente, el leal seguidor del dictador Helvio Cinna fue asesinado ese día por la turba que le confundió con uno de los conspiradores, Cornelio Cinna.

Busto de Marco Antonio en los Museos Vaticanos

Busto de Marco Antonio en los Museos Vaticanos

Desde que se hizo público el testamento, el sobrino nieto de Julio César, Octavio, de 18 años, asumió el papel de hijo adoptivo del dictador y cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octavio. Al principio, combatió junto al Senado y varios de los conspiradores contra Antonio, que no tardó en levantar a las legiones que todavía eran fieles a la memoria de Julio César. No en vano, Cayo Julio César Octavio –el futuro Emperador Augusto– terminó uniéndose a Antonio y a Lépido, otro de los fieles de Julio César, para formar el segundo Triunvirato y dar caza a los asesino de los idus de marzo. En el plazo de tres años, prácticamente todos los conspiradores fueron ajusticiados sin que observaran ni la más leve sombra de la famosa clemencia del tirano al que tanto se habían afanado en eliminar.

13 julio 2015 at 8:36 am Deja un comentario


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