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Descubren nuevos datos sobre la extraña enfermedad que avergonzaba a Julio César

Un nuevo estudio ha roto el mito sobre el dictador romano desvelando que sufría de apoplejía, y no de epilepsia

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La muerte de Julio César / WIKIMEDIA

Fuente: ABC     25/05/2015

Fue un general destacado en las Galias que, tras años de leal servicio a Roma, tomó el poder y ejerció como dictador. Sin embargo, no son pocos los textos que afirman que padecía una enfermedad que le provocaba unos extraños ataques de forma periódica. Su pequeño talón de Aquiles. Hasta ahora, esta dolencia había sido considerada como una mera epilepsia en base a los datos encontrados. Sin embargo, dos investigadores del Imperial College de Londres han publicado hace menos de un mes un estudio en el que se afirma que el genio militar que dirigió a las legiones romanas hasta innumerables victorias sufría realmente de apoplejía.

La extraña enfermedad que acompaña al César era, hasta hace poco, un misterio. Y es que, únicamente se sabe que –pocos años de ser asesinado en el año 44 a.C.- este líder contaba con una serie de problemas de salud tales cómo mareos, debilidad de las extremidades, dolores de cabeza, depresión y, finalmente, la que más le avergonzaba: una serie de ataques que hacían que se cayera repentinamente al suelo. Durante siglos, la mayoría de los historiadores han aceptado que se trataba de epilepsia.

No creen lo mismo los doctores Francesco M. Galassi y Hutan Ashrafian quienes, tras reevaluar los síntomas de César y estudiar su historial familiar, han establecido en un artículo publicado en la revista especializada «Ciencias Neurológicas» que –realmente- sufría de pequeños derrames cerebrales que dañaron seriamente su salud. «La teoría de que padecía epilepsia no parece tener bases muy serias. Reexaminando las pruebas cuidadosamente, los síntomas se asemejan más a los de una apoplejía», determinan los expertos en su investigación y recogidas por «Discovery News».

Con todo, estos expertos también determinan que, el problema de este diagnóstico, es que sólo se ha hecho en base a lo que algunos historiadores de la época escribieron sobre César. Y es que –a pesar de que él narró pormenorizadamente sus vivencias en los campos de batalla- nunca hizo referencia a su salud. Así pues, son conscientes de que esta teoría es imposible de demostrar.

Los síntomas

Entre los diferentes síntomas que padecía, el biógrafo romano Gayo Suetonio habló de «desmayos repentinos y pesadillas». El historiador Apiano señaló, por su parte, que sufría convulsiones, mientras que Mestrio Plutarco padecía «moquillo de cabeza y ataques epilépticos». En palabras de este último, César se derrumbó repentinamente en la campa de Córdoba (en el 46 a.C.) y, posteriormente, tuvo que retirarse de la batalla de Thapsus (Túnez) después de que su «enfermedad habitual» hiciese mella en él.

Por tanto, tras analizar nuevamente todos los textos, los expertos han determinado que esta enfermedad se correspondería con pequeños ataques cerebro vasculares, los cuales se producen cuando el cerebro se queda temporalmente sin sangre. A su vez, los investigadores han determinado que su personalidad y sus continuas depresiones podrían haber estado inducidos por esta dolencia. «Todos los síntomas cuadran y son compatibles con la apoplejía», explica Galassi en declaraciones recogidas por el diario «The Guardian».

Como prueba de que padecía realmente esta enfermedad, los investigadores hacen referencia a un curioso texto en el que se afirma que el César permaneció sentado mientras el Senado le hizo entrega de un premio. Plutarco señaló que eso se debía a su enfermedad, que hizo que «se sacudiera, girara, tuviese vértigos e insensibilidad». Estos síntomas, según determinan, nada tienen que ver con la epilepsia. «Esa idea es infundada. Creemos que se parte de la suposición de que la padecía, nuestra teoría es más simple y más lógica», añaden Galassi y Ashrafian.

A su vez, los investigadores han logrado establecer que en su familia había antecedentes de este tipo de dolencias. Así lo demuestra Plinio el Viejo, quien escribió que el padre del emperador y otro de sus familiares fallecieron sin previo aviso mientras se ponían sus zapatos. «Incluso si César participó en un estilo de vida activo y se vio beneficiado de una dieta mediterránea, existe la posibilidad añadida de la predisposición genética», completan en el estudio.

Entonces, ¿por qué se extendió la idea de que sufría epilepsia? Al parecer, porque en aquel momento podría haberse entendido como un signo de posesión divina (y aumentaba la leyenda que afirmaba que mantenía contacto directo con los dioses).

25 mayo 2015 at 9:43 pm Deja un comentario

Julio César pudo sufrir derrames cerebrales en lugar de epilepsia

El general romano tuvo al menos dos ictus, uno en Hispania, que explican su comportamiento en los últimos años de su vida, según un nuevo análisis de sus síntomas

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Busto de Julio César durante una exhibición en el Museo de Ciencia de Hong Kong, en 2013. / ZHAO YUSI (XINHUA PRESS / CORBIS)

Fuente: MIGUEL ÁNGEL CRIADO  |  EL PAÍS     10/04/2015

Cuando iba a comenzar la decisiva batalla de Tapso (en la actual Túnez) contra los restos del ejército de Pompeyo en el 46 antes de la Era Común (AEC), Julio César se desvaneció cayendo entre convulsiones. Sus hombres tuvieron que apartarlo de las miradas llevándolo a un fortín. Para narrar el episodio, el historiador griego Plutarco usó la palabra epileptikos y desde entonces han sido muchos los que han dado por bueno que el caudillo romano sufría epilepsia. Sin embargo, ahora, dos investigadores aportan otra teoría: una serie de ictus habría protagonizado los últimos días del creador del Imperio.

Plutarco tuvo que escribir de oídas ya que no estuvo en la llanura de Tapso. De hecho, escribió sobre César 10 años después de su muerte. El propio Cayo Julio César (44-100 AEC), gran escritor, además de militar, político y libertino, no dejó nada escrito sobre sus ataques. Ni siquiera eruditos coetáneos como Cicerón o inmediatamente posteriores, como el cordobés Lucano, lo hicieron. Solo el biógrafo de emperadores Suetonio volvería a hablar de la enfermedad de César un siglo después, aunque llamándola morbus comitialis, refiriéndose a un ataque que obligaba a detener una asamblea o reunión. La enfermedad tenía un halo divino, como si fuera una intervención de los dioses.

Sobre esa base, buena parte de los historiadores clásicos y de la medicina han mantenido que Julio César era epiléptico. De hecho, la mayoría de los artículos científicos recientes parten de la epilepsia y se dedican a aventurar sobre su etiología: que si fruto de un tumor cerebral, que si de origen genético, que si provocada por la sífilis o por un parásito intestinal

“La nuestra es una teoría más completa, clara y simple, las otras son muy complicadas”, dice el investigador de la facultad de medicina del Imperial College de Londres, Francesco Galassi. Junto a su colega Hutan Ashrafian, Galassi ha rehecho el rompecabezas de la enfermedad de Julio César. Revisitando los clásicos y las investigaciones modernas con otros ojos, donde los demás vieron epilepsia ellos ven ictus y no uno, sino varios.

Julio César sufrió al menos dos ataques, uno de ellos en la Corduba hispana, cumplidos los 50 años

Siguiendo a Plutarco, Julio César sufrió su primer derrame cerebral en Corduba (la actual Córdoba), posiblemente en el 49 AEC, es decir, tres años antes que el de Tapso, o en el 46, al regresar a Hispania desde África. Si fue en la primera fecha, tenía entonces 51 años. “un primer ataque de epilepsia rara vez se presenta en la edad adulta”, recuerda Galassi. Y no hay registros de que el caudillo romano sufriera alguno en su infancia.

Tras salir vencedor de la guerra civil, Julio César regresó triunfante a Roma en el 46 AEC. Allí sucedieron otros dos hechos que, aunque poco documentados y detallados, sirven a los investigadores para apuntalar su tesis del ictus. En uno, senadores y grandes patricios romanos salen al encuentro de César para tributarle honores y cargarlo de títulos. Sin embargo, el emperador que nunca lo fue rehusó el encuentro alegando que se encontraba indispuesto. Lo que se sabe es que sufrió fuertes mareos, vértigo e intenso dolor de cabeza. Pero nada de la pérdida de consciencia o temblores propios de la epilepsia.

Como recuerdan estos investigadores en su artículo en la revista Neurological Sciences, un último episodio tuvo lugar cuando su amigo Cicerón loaba sus hazañas en el Senado. Julio César tembló, de emoción según Plutarco, escapándosele unos legajos de las manos. “El ataque con Cicerón encaja con un cuadro general de ictus”, asegura Galassi.

Para completar su argumentario a favor, los investigadores recuerdan que el gran general romano tuvo, en los años posteriores al ataque de Corduba, continuos dolores de cabeza, repentinos cambios de humor y una tendencia a la depresión. Depresivo estaba cuando, aún siendo avisado de que se estaba urdiendo un compló contra él, César no dejó de acudir a su cita con el destino para ser asesinado por un grupo de senadores en los idus de marzo del año 44 AEC.

“El comportamiento de César cambió en estos años y nosotros tenemos una posible explicación”, sostiene Ashrafian. “Los datos siempre han estado ahí pero han sido interpretados partiendo de la epilepsia, nosotros lo vemos con otra óptica”, añade. Para él, es muy posible que los historiadores como Plutarco, Suetonio y otros, apostaran por la epilepsia por su halo divino. “Alejandro Magno tenía epilepsia y era visto como una divinidad. César pudo aprovecharse de eso”, comenta.

Los Julia, una familia plagada de ataques

Para armar su teoría, los defensores de la epilepsia han querido ver en la repentina muerte tanto del padre de Julio César como de su bisabuelo lo que hoy se conoce como SUDEP, o muerte súbita inexplicada del paciente epiléptico. Incluso hay quienes sostienen que Cesarión, el hijo que tuvo con Cleopatra, sufría de convulsiones. Y sería una epilepsia de origen genético: el emperador Calígula y Británico, el hijo asesinado del emperador Claudio, también tuvieron ataques epilépticos. Los dos eran descendientes de la familia de Julio César.

Pero, como recuerdan Ashrafian y Galassi, no hay datos que señalen que Julia, la hermana de César sufriera de epilepsia. En cuanto a Cesarión, es complicado comparar ambos casos dado que apenas hay datos sobre el hijo nunca oficialmente reconocido de Julio César y Cleopatra. Además, recalcan estos investigadores, también puede existir una predisposición genética al ictus, lo que explicaría las muertes de su padre y su bisabuelo por un infarto.

“No hay manera alguna de probar una teoría u otra”, dice el neurólogo Richard McLachlan

El problema es que, como dice el neurólogo de la Universidad Western (Canadá), el doctor Richard S. McLachlan, “no hay manera alguna de probar una teoría u otra”. Este experto en epilepsia recuerda que “partiendo de los documentos históricos escritos solo unos pocos años después de la muerte de César, la mayoría aceptan que tenía una forma suave de epilepsia”. Y añade: “como quiera que existen muchas causas de epilepsia, entre las que están el infarto cerebral, infecciones, tumores, etcétera, solo podemos especular con cuál de ellas le provocaba los ataques”.

McLachlan es de los que defienden la tesis de la epilepsia. En un artículo publicado hace unos años aventuraba incluso su origen: neurocisticercosis, una enfermedad provocada por la tenia y que tiende a inducir ataques epilépticos. Este neurólogo canadiense no descarta sin embargo la tesis de Ashrafian y Galassi pero “en aquellos tiempos, el riesgo de un ictus era probablemente menor que hoy y él no presentaba los factores de riesgo asociados al ictus”.

En lo que coinciden los investigadores es en que solo una hábil utilización de la morbus comitialis pudo hacer que unos ataques que implican pérdida de control fueran vistos por los que le rodeaban como una señal de que era el elegido por los dioses para ser su Dictator. Y eso solo lo pudo hacer alguien como Julio César.

10 abril 2015 at 8:36 pm Deja un comentario

Legiones romanas. La defensa de Britania

Durante cuatro siglos, miles de legionarios defendieron la frontera más remota del Imperio, hasta que, tras las grandes invasiones bárbaras, Britania quedó abandonada a su suerte

Artículo de Pere Maymó. Universidad de Barcelona, Historia National Geographic nº 119

Muro-Adriano

El muro de Adriano. A lo largo de 117 kilómetros, esta gigantesca muralla de piedra, jalonada de 14 fuertes principales y 80 fortines, protegía la frontera norte del Imperio de las tribus pictas.

En torno al año 410, los habitantes de las ciudades de Britania se dirigieron al emperador de Roma, Honorio, para suplicarle que los asistiera frente a los ataques de los bárbaros que asolaban sus tierras. Sin embargo, en el rescripto que les envió en respuesta, Honorio les dijo que lo único que podía hacer era conminarlos a «defenderse por ellos mismos». El emperador admitía así que no tenía capacidad para despachar tropas a un territorio tan alejado y que, por tanto, no podía ejercer una autoridad real sobre su antigua provincia. Era el reconocimiento de que el dominio de Roma sobre Britania había llegado a su fin.

Ese dominio romano en la isla había comenzado cuatro siglos antes. Tras los intentos de conquista de César en 55 y 54 a.C., fue el emperador Claudio quien, en el año 43 d.C., culminó la expansión de Roma más allá del canal de la Mancha. La conquista no resultó fácil, y en cuatro años las fuerzas romanas sólo habían conquistado el centro de la isla, sin llegar a dominar totalmente a las belicosas tribus que lo ocupaban. Ni siquiera el establecimiento de tres legiones en Lincoln, Exeter y Gloucester, conectadas por calzadas que atravesaban la isla, consiguió doblegar la voluntad de los nativos, que se opusieron con firmeza a los invasores. En los años siguientes se produjo una sucesión de rebeliones de los distintos pueblos celtas, desde la insurrección de la reina Boudica, en el año 60, a la de los habitantes de York en el año 115.

Además, en Caledonia, como denominaban los romanos al territorio de la actual Escocia, surgieron pueblos que se revelaron como un enemigo constante de Roma, en particular los pictos, llamados así seguramente por los tatuajes de vivos colores que cubrían su cuerpo. Para conjurar sus incursiones, el emperador Adriano y su sucesor Antonino Pío construyeron sendas barreras en la primera mitad del siglo II: el muro de Adriano y el muro de Antonino, que separaban Britania del belicoso norte. Pero estas invasiones no cesaron jamás, hasta el punto de que el emperador Septimio Severo murió en Britania, víctima de la gota, en el transcurso de una campaña contra los bárbaros, en 211.

No hay duda de que la larga crisis que sufrió el Imperio romano en el siglo III repercutió fuertemente en Britania, dejándola más expuesta a las amenazas de invasiones y saqueos, y convirtiéndola también en teatro de conspiraciones militares contra el poder imperial. En las dos últimas décadas del siglo, cuando el Imperio era gobernado por la tetrarquía –dos emperadores principales, llamados augustos, y dos subordinados, denominados césares–, el césar Constancio Cloro acudió a Britania para aplastar las sublevaciones del gobernador Carausio y de su lugarteniente Alecto. Durante su breve estancia, Constancio ordenó reconstruir el muro de Adriano y también llevó a cabo una reforma administrativa de Britania, que quedó dividida en cuatro provincias. Igualmente fue entonces cuando se realizó una profunda reforma del ejército romano en Britania; las tropas de campaña quedaron al mando de un conde o comes Britanniarum, la máxima autoridad militar, mientras que las guarniciones fronterizas eran dirigidas por un duque, el dux Britanniarum. El propio Constancio llevó a cabo una campaña victoriosa contra los pictos.

Sajones en la costa

Sin embargo, la amenaza no venía únicamente por tierra, sino también por mar, con las repetidas incursiones de piratas escotos –procedentes de Irlanda y que fueron estableciéndose en tierras de la actual Escocia– y de sajones, quienes, al modo de los vikingos de unos siglos después, protagonizaron expediciones de saqueo desde el norte de Alemania y Dinamarca. Estos ataques, que hicieron que la costa suroriental de Inglaterra pasara a denominarse Costa Sajona (Saxon Shore), llevaron a la creación del cargo de «conde de la costa sajona», comes litoris Saxonici, un oficial que mandaba una flota en el Canal y controlaba una red de fortificaciones costeras destinadas a impedir la entrada de sajones en la isla. Vegecio, un escritor romano del siglo IV, cuenta que el canal de la Mancha estaba patrullado por pequeños navíos de guerra, los cuales se servían incluso de un sistema de camuflaje consistente en pintar de azul las velas, las jarcias y hasta los uniformes de los marinos. Su objetivo era sorprender a los asaltantes cuando éstos se aproximaban a su objetivo o se disponían a retirarse.

En el siglo IV, los ataques de los bárbaros no se interrumpieron en ningún momento. La mayor amenaza ocurrió durante la llamada Gran Conspiración, en el año 367, cuando ciertas tropas romanas denominadas areani, formadas por nativos, abrieron las puertas del muro de Adriano a los pictos, a la vez que, desde Irlanda, los escotos asaltaban el oeste de Britania y los sajones, desde Alemania, desembarcaban en la Costa Sajona. Durante más de un año todos ellos saquearon la isla y masacraron a la mayor parte de las tropas romanas, amenazando con acabar con el poder imperial en Britania. La reacción del emperador Valentiniano I no se hizo esperar y envió en calidad de conde de Britania a Teodosio el Viejo, padre del futuro emperador homónimo, al frente de cuatro legiones. En tan sólo un año, Teodosio consiguió dominar la situación. Perdonando a los desertores para confiarles la custodia de las ciudades, dirigió a sus tropas contra los desprevenidos contingentes bárbaros hasta conseguir una victoria total. Después de esto, restauró ciudades y fortificaciones y creó una nueva provincia –llamada Valentia en honor del emperador–, al tiempo que disolvía las unidades de areani en castigo por su traición. Lo que no pudo evitar fue que los piratas escotos se asentaran en el oeste de la isla de un modo estable.

Entre los servidores –los llamados clientes– que Teodosio el Viejo llevó a Britania se hallaba muy probablemente un hispano llamado Máximo, quien lo seguiría luego en las campañas que el emperador  llevó a cabo en Galia, Recia y África. Cuando Teodosio cayó en desgracia en el año 376, parece que Máximo regresó a Britania, donde ostentó el cargo de duque o conde de la isla. En 383, cuando se produjo una nueva oleada de ataques combinados de escotos, pictos y sajones, Máximo se distinguió en el combate y logró repeler a los invasores.

Y fueron precisamente sus méritos en batalla los que motivaron que fuera aclamado como augusto por parte de sus soldados.

Conspiración en Britania

Para hacer valer su pretensión, Máximo trasladó sus mejores tropas a Galia, donde derrotó a Graciano y se erigió en emperador de Britania, Galia e Hispania, con la connivencia forzosa de Teodosio el Joven, el hijo de su antiguo patrono. Envalentonado por sus éxitos, Máximo nombró césar a su hijo Víctor y pretendió invadir Italia, pero, tras ser derrotado por Teodosio en el año 388 en dos batallas libradas en el actual territorio de Eslovenia y Crocia, murió a manos de sus propias tropas, que entregaron su cabeza al emperador de Oriente y poco después ajusticiaron a Víctor.

La peripecia de Máximo tuvo graves consecuencias para Britania. Gildas, autor de la más antigua crónica de los britanos, escrita en el siglo VI, comenta que entonces «Britania quedó privada de todos sus soldados y ejércitos y de la flor de su juventud, que se fue con Máximo, pero que nunca volvió». De hecho, data de esta época el establecimiento masivo de britanos –la «flor de la juventud» citada por el cronista– en Armórica, en el norte de Francia, región que recibiría el nombre de Bretaña.

Según el mismo Gildas, Britania quedó así expuesta a los asaltos de los diversos pueblos que parecían estrechar sobre ella un cerco mortal: «Profundamente ignorante como era del arte de la guerra, gimió atónita bajo la crueldad de dos naciones extranjeras, los escotos del noroeste y los pictos del norte». El recuerdo de la figura de Máximo, en todo caso, se mantuvo largo tiempo entre los pueblos de Britania; es significativo que en el Mabinogion, conjunto de relatos épicos galeses, Máximo aparezca con el nombre de Maxen Wledig, casado con la noble britana Elena y bajo el aspecto del «más hermoso y sabio de los hombres y el más adecuado para ser emperador de todos los que lo habían sido antes que él».

A principios del siglo V, la desesperada situación del Imperio de Occidente, asediado por los pueblos germanos en la frontera del Danubio, tuvo una directa repercusión en Britania. En el año 402, Estilicón, el todopoderoso general del emperador Honorio, decidió retirar parte de los efectivos britanos para cubrir las fronteras renana y danubiana, aunque no logró impedir que cuatro años más tarde vándalos, alanos y suevos atravesaran en masa el Rin helado. Britania, primero desguarnecida, quedaba ahora aislada del resto del mundo romano. En ese contexto, en el año 407 un soldado raso de servicio en Britania, llamado Constantino, protagonizó una sublevación para adueñarse del Imperio. Acompañado por todas las tropas romanas que quedaban en Britania, marchó al continente para defender su candidatura. Su aventura duró cuatro años, hasta que fue derrotado y ejecutado por el nuevo general de confianza de Honorio, Constancio. A diferencia de Máximo, Gildas no se formó muy buena opinión de Constantino, a quien califica de «tiránico cachorro de la impura leona de Damnonia» y le acusa de no ignorar la «hórrida abominación» en que quedó sumida Britania tras la marcha del grueso de las tropas romanas.

Los últimos romanos

Este traslado de las tropas, al igual que el abandono definitivo del muro de Adriano, significó la desaparición de la autoridad imperial en Britania; aún más después de que los propios britanos expulsaran a los pocos funcionarios imperiales que quedaban en el año 409. Fue por entonces cuando Honorio, recluido en Ravena y con Alarico saqueando Roma, escribió el mencionado rescripto a los britanos para anunciarles que no podía ofrecer ayuda alguna a una provincia tan distante.

Sin embargo, los britanos siguieron considerándose romanos y durante varias décadas llevaron a cabo lo que Honorio les había recomendado: defenderse a sí mismos. Organizados en pequeños reinos locales, se refugiaron tras las murallas de sus ciudades al tiempo que trataban de reforzar las barreras defensivas contra los invasores. Algunos estudiosos consideran que entre los britanos surgieron líderes capaces de organizar la resistencia frente a las incursiones de pictos y sajones: alguien parecido al Arturo que en la leyenda medieval se presentaba como un duque de los britanos en lucha contra los invasores bárbaros. Sin embargo, en el paso del siglo V al VI la presión de los pueblos germánicos –sajones, anglos y jutos–, instalados en creciente número en el este de la isla, hizo insostenible esa resistencia y empezó a alumbrar a una nueva sociedad: la de la Inglaterra anglosajona.

Para saber más:

La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente. Adrian Goldsworthy. La Esfera de los Libros, Madrid, 2009.
Emperadores y bárbaros. Peter Heather. Crítica, Barcelona, 2010.
El águila en la nieve. Wallace Breem. Alamut, Madrid, 2008.

26 noviembre 2013 at 3:16 pm Deja un comentario

Encontrado en Roma el templo de Quirino: “Está bajo el Palacio Barberini”

Templo-Quirino

Hasta ahora, la hipótesis más acreditada lo situaba bajo los jardines del Palazzo del Quirinale. Pero el templo del dios Quirino, el gran monumento construido sobre la colina “Quirinalis“, que tiene sus orígenes en la época de la fundación de Roma y ​​fue reconstruido por César y después por Augusto, yacería más bien bajo Palazzo Barberini. Está convencido de ello el famoso arqueólogo y divulgador de la historia romana Filippo Coarelli, que hoy iniciará su nuevo ciclo de lecciones en el Museo Nacional Romano de Palazzo Massimo alle Terme, dirigido por Rita Paris, para ilustrar sus últimas investigaciones centradas en una serie de descubrimientos fruto de las excavaciones de los últimos veinte años.

LAS EXCAVACIONES

“La localización del templo de Quirino será uno de los temas centrales de las nuevas lecciones, anuncia Filippo Coarelli. El complejo monumental se encuentra bajo Palazzo Barberini y no bajo los jardines del Quirinal. Coincide también conmigo Adriano La Regina (ex superintendente arqueológico), y se puede demostrar”, reitera el investigador. Los principales indicios, según Coarelli, han surgido a partir del estudio de los resultados obtenidos de una serie de excavaciones, algunas históricas (que datan de 1901), otras más recientes y aún inéditas, que han permitido al arqueólogo reconstruir como si de un puzzle se tratara el corazón del extraordinario monumento: “El templo está situado entre la Via Barberini y la Via delle Quattro Fontane”, reitera Coarelli. Durante los trabajos de adecuación de la entrada a la galería de arte de Palazzo Barberini, salieron a la luz enormes muros (así como una serie de estancias en parte con frescos), que hoy se identifican con las subestructuras del gran podio-platea del templo que se levantaba sobre la colina primitiva del Quirinal. Y partes de los imponentes fundamentos del templo se han encontrado también en el lado de Via Barberini.

EL PLANO

Para Coarelli el plano del templo debe revisarse por completo. También porque en 2007 tuvo lugar en el Quirinal una muestra titulada “Cercando Quirino”, en la que el ilustre arqueólogo Andrea Carandini presentó los resultados de las investigaciones con georadar llevadas a cabo en los jardines del Quirinal y reconstruyó el templo justo debajo del palacio presidencial. Para Coarelli, sin embargo, los restos identificados bajo la Casa de los italianos tendría una identidad totalmente distinta: “La excavación del túnel en 1901 sacó a la luz una porción de una gigantesca estructura residencial identificable, gracias al hallazgo de tubos con inscripciones, con Plautiano, el famoso suegro del emperador Caracalla”. Según las fuentes, es en la cima del “Quirinalis” (uno de los cuatro cerros primitivos que formaban el gran Quirinal) donde se edificó el templo de Quirino.

Es bien sabido que en el 293 a.C. el cónsul Lucio Papirio Cursor ordenó la fundación en el sitio de un templo dedicado al dios Quirino, y es muy probable que lo construyera sobre un santuario más antiguo que se remontara a los poblamientos sabinos que en época arcaica ocupaban la colina. La única representación la ofrece un relieve de mármol (siglo II) encontrado en Piazza Esedra en 1901 (hoy en los depósitos de Palazzo Massimo). Y es el arquitecto Vitruvio quien lo describe: de orden dórico con doble columnata, rodeado por un pórtico). Sin embargo, su posición permanecía con un signo de interrogación. “El mons Quirinalis, el Quirinal primitivo, no pudo estar más alla de la via delle IV Fontane”, explica Coarelli. Por lo que el templo se debió desarrollar hacia Santa Susana.

Fuente: Laura Larcan | Il Messaggero Roma, trovato il tempio di Quirino: «E’ sotto Palazzo Barberini»

8 abril 2013 at 5:28 pm 2 comentarios

Una de romanos en Gilena

La localidad sevillana de Gilena se transformará este fin de semana en un campamento romano para recordar la importante batalla de Munda que dio paso al fin de la República romana y al nacimiento del Imperio

Este fin de semana Gilena se transformará en un auténtico campamento romano. Castra legionis es el primer festival de recreación histórica de Andalucía, sobre todo en lo referente a la puesta en escena de cómo era la vida en el ejército romano.

Es la primera vez que en España una institución museística posee su propio grupo de recreación histórica, “esto es algo más común de los países anglosajones”, comenta David Ruiz, arqueólogo y conservador de la Colección Museográfica de Gilena, además de promotor de esta Castra Legionis.

Gilena está muy ligada a la historia del ejército romano por la proximidad de un acontecimiento histórico que fue clave para la historia de Roma y la humanidad como es la batalla de Munda. “Este tipo de actuaciones establece una oportunidad única para la puesta en valor del patrimonio arqueológico, histórico y natural de nuestra localidad”, afirma.

La batalla de Munda fue el último acontecimiento bélico de la guerra civil entre los hijos de Pompeyo y César, momento en el que finalmente se pone fin a los conflictos internos de la política de Roma, y que dará lugar al fin de la República y al comienzo del Imperio, una vez asesinado César.

Castra legionis da la oportunidad de conocer y de formar parte de la vida cotidiana y costumbres de un campamento romano del siglo I a.C. Este tipo de iniciativas se realizan ya en lugares históricos de Inglaterra, Dinamarca o Suecia. Los vecinos de Gilena son parte activa de la actividad; cada ciudadano realiza una función dentro del campamento: generales, legionarios, centuriones, aquiliferos, cocineros… El grupo de recreación histórica que desarrollará el proyecto es de 25 personas, mientras que el número de extras superará las 120 personas.

Fuente: Reyes Rocha | Diario de Sevilla   27/04/2012

27 abril 2012 at 7:37 pm Deja un comentario

PAU Latín

He dejado en el BOX del sidebar (barra lateral) para compartir un archivo en formato word con una recopilación de textos de exámenes PAU de Latín que os puede resultar de interés a quienes dais 2º de Bachillerato. Tiene dos apartados: el primero, con textos de César; el segundo, una recopilación de textos por géneros literarios. Están todos, o casi todos, excepto los de la Comunidad Valenciana (que imagino tenéis). Al principio de cada texto aparece la Comunidad y el año en que apareció ese texto; las abreviaturas son fácilmente deducibles (MU 05, por ejemplo, quiere decir que ese texto apareció en las PAU de Murcia en 2005). Espero que os pueda ser de utilidad.

También puedes descargarlo aquí

4 noviembre 2007 at 1:10 am 1 comentario


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