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Entre el psicópata y el pirómano… la verdad sobre el Emperador con parálisis cerebral que estabilizó Roma

Entre Calígula y Nerón, reinó un Emperador que todos consideraban débil, y tal vez lo era físicamente, pero con él vinieron años de estabilidad y avances a Roma

Grato proclama a Claudio emperador. Detalle del cuadro A Roman Emperor 41AD (Un emperador romano, 41 d. C.)

Fuente: César Cervera  |  ABC
9 de mayo de 2018

Un gran número de senadores y miembros del ejército romano planearon el 24 de enero del año 41 d.C castigar con la muerte las extravagancias y violencia crecientes de Calígula. Ese día, un tribuno de la guardia de corp imperial apuñaló a Calígula cuando estaba absorto en la contemplación de un espectáculo teatral. Según el mito popular, la guardia pretoriana descubrió a Claudio, tío de Calígula, escondido tras unos cortinajes y decidió nombrarle Emperador a la vista de lo fácil que iba a resultar manejarlo.

Y sí. Claudio, que es conocido por el gran público gracias a la novela «Yo Claudio», aparentó durante toda su vida una debilidad física y psicológica que, llegada su oportunidad de acceder al poder, jugó en su favor. Así y todo, pronto se vio que Claudio no era ni remotamente tan tonto como había imaginado su familia, que desde tiempos de Tiberio había descartado que supusiera una amenaza debido a sus diversas discapacidades. Nacido con un pie deforme y, como apunta David Potter en «Los emperadores de Roma» (Pasado y Presente), con cierto grado de discapacidad intelectual (una parálisis cerebral le afectaba desde niño), Claudio permaneció en segundo plano durante los reinados de Tiberio y Calígula. Eso a pesar de que su padre, Druso el Mayor, era hermano de Tiberio y su madre, Antonia la Menor, era hija de la hermana del Emperador Augusto.

Una risa desagradable, una cólera más repulsiva

Que Claudio hubiera llegado a adulto en el seno de una familia cuyos miembros solían caer, con gran frecuencia, muertos en circunstancias extrañas se explica, sobre todo, por la discreción del susodicho. Solo gozó de cierto protagonismo político en un breve periodo del reinado de Calígula, quien le nombró cónsul y luego no dejó pasar la ocasión de humillarle mientras ejerció el cargo.

Pero, más allá de las humillaciones y de la anécdota novelada de Claudio apareciendo entre los cortinajes, lo cierto es que el tío de Calígula se reveló pronto más astuto de lo que parecía. Fue él, según las fuentes clásicas, quien se acercó al campamento de los pretorianos al enterarse de la muerte del Emperador psicópata. Estaba enterado de la conjura, sino implicado, y se encargó de negociar con el Senado para que también ellos dieran el visto bueno a su nombramiento. El Senado maniobró, sin éxito, para restaurar el sistema republicano en Roma, pero, con la simpatía del pueblo, la guardia pretoriana logró coronar a Claudio imaginándole un inepto y para evitar así que el Senado recuperara terreno al estamento militar.

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado realmente fructífero

Claudio, que había pasado su vida entregado a la lectura y a la escritura, era un inexperto en el terreno político, como antes que él lo había sido Calígula, cuyo reinado había devenido en terrorífico. Tenía graves problemas para tratar con los senadores y tendencia a tartamudear en cuanto le alejaban de sus libros, lo cuales versaban en su mayoría sobre la Antigüedad más arcaica. Aquel periodo le fascinaba.

El historiador clásico Cayo Suetonio Tranquilo realizó un semblante que describe a la perfección los problemas para socializar del nuevo Emperador:

Estatua del Emperador Claudio

«Su persona ostentaba cierto aspecto de grandeza y dignidad, ya en pie o sentado, pero sobre todo en reposo, pues era alto y esbelto, tenía un rostro bello, hermosos cabellos blancos, y cuello robusto; pero cuando marchaba, sus inseguras piernas le hacían tambalearse, y cuando hablaba, tanto en broma como en serio, le afeaban sus taras: una risa desagradable, una cólera más repulsiva aún, que le hacía echar espumarajos por la boca, nariz goteante, un insoportable balbuceo y un continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificante que fuese».

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado sorprendentemente fructífero. A los senadores les reemplazó en sus tareas de gobierno esclavos libertos, bien formados y con menos intereses creados; una forma de gobierno que, en términos modernos, podría ser calificado de tecnocracia.

Los escándalos finiquitan la calma

El gobierno de libertos desarrolló un importante plan de obras públicas, entre cuyos proyectos destacó la construcción de un nuevo puerto comercial en la desembocadura del río Tíber, al norte de Ostia, que permitió la entrada regular de trigo en toda la Península itálica.

En materia militar, el reinado de Claudio fue conocido por la invasión de Britania dos años después de la muerte de Calígula. Aulo Plaucio acometió la campaña que se le había resistido al mismísimo Julio César, ampliamente admirado por Claudio, en un intento del nuevo régimen por demostrar que el Emperador tartamudo era un hombre fuerte y decidido. 40.000 legionarios lograron derrotar a los britones e iniciar un proceso de pacificación que se alargaría casi un siglo y que, en el caso de algunas regiones norteñas, nunca pudo concluirse del todo.

El Emperador Claudio partió precipitadamente al norte a atribuirse él el mérito de la conquista, ignorando que aquel dominio del territorio solo era nominal. Sus enemigos, muy numerosos en el Senado, no dejaron de recordárselo.

Britania en la Tabula Peutingeriana

La falta de astucia política de Claudio impulsó el ascenso de ministros con gran preparación, pero también de advenedizos que estaban interesados en enriquecerse más que en el bien público. Estos libertos se introdujeron en todos los rincones del palacio y orquestaron algunos sonados escándalos.

Tras el terremoto de la vida privada de Calígula, la de Claudio y sus libertos no le fue a la zaga. A finales de la década del 40 a.C., el Emperador se distanció de su tercera esposa, la joven Mesalina, y se lanzó a buscar amantes entre el gran caladero de esclavas. Mesalina respondió al fuego con más fuego… En su particular guerra por mostrar a Roma que podía tener más amantes que su marido, se dice que pasó una noche en un burdel practicando el sexo con todos los que pagaron por sus servicios, para demostrar que podía superar a una prostituta experimentada.

En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas

Como explica David Potter en el mencionado libro, la gota que colmó la paciencia de Claudio fue que, habiéndose ausentado de Roma, Mesalina simuló una boda con uno de sus amantes. En represalia, Claudio ordenó la ejecución de su esposa y varios de sus amantes. Después de aquel divorcio súbito, tomó una nueva mujer, su sobrina Julia Agripina, por consejo de sus asesores libertos. Un escándalo incestuoso, que obligó al Emperador a cambiar las leyes y a introducir en palacio a una de las mujeres más ambiciosas de la historia romana.

El poder de Agripina, nieta adoptiva de Augusto, creció con rapidez hasta controlar todo el entorno familiar. En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas. Su hijo Nerón, de otro matrimonio, fue proclamado Emperador en detrimento de Británico, llamado así por Claudio tras la victoria militar en las Islas. Nerón, que terminaría revelándose un gobernante insensato, era mayor que Británico, como bien calculó Agripina, y podía acceder al trono antes que su hermanastro. Una maniobra subterránea que la esposa de Claudio acompañó con otra mucho menos sutil: envenenó también a Británico poco después.

 

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13 mayo 2018 at 12:09 pm 1 comentario

La auténtica historia de Espartaco: el temido gladiador que humilló a las legiones de Roma

Lejos de lo representado en la película de Kubrick, el esclavo tracio no fue crucificado como la mayoría de su ejército, sino que murió en una batalla con el severo Craso

Estatua de Espartaco en el Museo del Louvre

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
27 de marzo de 2018

«Yo soy Espartaco». «No, yo soy Espartaco». «Mi mujer y yo también somos Espartaco…». La Semana Santa no sería la misma sin películas con temática bíblica o, al menos, con romanos poblando la televisión estos días. «Espartaco» (1960), la virulenta producción que desquició por igual a Stanley Kubrick y a Kirk Douglas, es una esas cintas imprescindibles en estas fechas. Importa poco que la fidelidad histórica brille por su ausencia y que, en definitiva, sea incapaz de responder a la pregunta de ¿quién era Espartaco?

Porque poco se sabe realmente de los orígenes de Espartaco más allá del mito. Según los autores clásicos fue un antiguo soldado nacido en Tracia, en la actual Bulgaria, que sirvió como auxiliar a los ejércitos de Roma, razón por la cual conocía bien las tácticas militares de la gran potencia de su tiempo. La leyenda asegura que tras ser apresado por desertor trabajó de forma forzosa en unas canteras de yeso y, gracias a sus habilidades bélicas, fue comprado por un mercader para la escuela de gladiadores de Capua de Léntulo Batiato.

La revuelta de esclavos más célebre

Si bien también había muchos hombres libres en busca de fortuna, las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían, sobre todo, con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. A cambio, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud y podían optar a comprar su libertad en pocos años.

Relieve que muestra a un esclavo en una provincia romana de Asia

Los gladiadores eran una clase privilegiada entre los agraviados esclavos, una masa que llegó a suponer más del 20% de la población de toda Roma y estaba expuesta a toda suerte de humillaciones y agresiones por parte de sus dueños. Para empezar porque los gadiadores, a diferencia de un esclavo doméstico, tenían acceso a armas a diario. En el verano del año 73 a.C, un grupo de ochenta gladiadores, encabezados por Espartaco, escapó de la escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas del Vesubio, desde donde levantó a miles de esclavos en favor de su causa.

Entre ellos había tracios, celtas, germanos y esclavos de todos los rincones de la República. Apenas tenían armas, pero su fe estaba puesta en la minoría selecta que representaban los gladiadores, con Espartaco y dos celtas, Criso y Enómao, formando un precario grupo de mando.

Espartaco se reveló pronto como un astuto militar que transformó la maraña de hombres y mujeres de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares y, con el tiempo, cualificado incluso para crear talleres propios para equipar a sus fuerzas. No en vano, las mejores tropas de la República romana no se encontraban en la Península Itálica. Los pretores Glodio Glabro y Varinio se vieron sorprendidos al frente de tropas bisoñas, en las laderas del volcánico Vesubio, por un ejército que se alimentaba, no de los esclavos de las grandes ciudades, sino de fugitivos, campesinos, desertores y toda clase de personajes rurales.

Dada la gravedad de la situación, los cónsules en ese momento, Lucio Gelio y Cneo Léntulo, se hicieron cargo en persona de las operaciones. Lucio Gelio se dirigió al sur y derrotó al celta Criso y a sus 20.000 seguidores junto al monte Gargano, en Apulia. Con Clodiano combatiendo a Espartaco en el norte, Gelio reanudó la marcha para apoyar a su compañero de consulado y poner así fin a la revuelta. No obstante, Clodiano cayó derrotado y Espartaco atacó a Gelio. Ni siquiera cuando los dos cónsules unieron sus fuerzas pudieron derrotar al tracio.

Medidas radicales ante la crisis

Alarmado por una de las mayores crisis en su historia, el Senado de Roma encargó a Marco Licinio Craso, uno de los hombres más influyentes y adinerados de la ciudad, que hiciera él frente a la amenaza con su talento militar y, sobre todo, su dinero. Ejerciendo como pretor, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo del decimatio a las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de sus predecesores. Este brutal castigo consistía en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros.

Además, cambió la ración de trigo por cebada al 90% de las tropas restantes y las obligó a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de que un grupo de esclavos se hubiera sublevado en el corazón de la península itálica.

Espartaco y su ejército entraron en contacto con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia

Al frente de ocho legiones, el pretor sufrió algunos reveses iniciales ante imbatido Espartaco, pero no tardó en ganar terreno a los esclavos y en sacar partido a sus luchas intestinas. Craso derrotó a otro grupo que se había escindido entonces del principal ejército y levantó una inmensa línea de fortificaciones, de unos 65 kilómetros, con el objetivo de encerrar a los esclavos en la punta más extrema de Italia.

Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), Espartaco y su ejército, viéndose acorralado, entraron en contacto en el mar Tirreno con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia con el fin de hacer de la isla un bastión rebelde inexpugnable. Sin embargo, los romanos se percataron de la intención de Espartaco, por lo que sobornaron a los piratas para que traicionaran al esclavo tracio.

El castigo a los esclavos sirvió de mensaje para futuros rebeldes.

En una ocurrencia desesperada, el caudillo rebelde recurrió a una táctica utilizada contra los romanos por el cartaginés Aníbal, otro de los emblemáticos villanos de la historia de Roma. Durante una noche tormentosa, reunió a todas las cabezas de ganado que pudo, colocó antorchas en sus cuernos y las arrojó hacia la zona más vulnerable de las fortificaciones. Los romanos se concentraron en el punto a donde se dirigían las antorchas, pero pronto descubrieron, para su sorpresa, que no eran hombres, sino reses. Los rebeldes aprovecharon la distracción para cruzar la valla por otro sector sin ser molestados.

Un castigo salvaje

Pese a su astuta maniobra, Espartaco se vio obligado a enfrentarse finalmente a las legiones de Craso en terreno abierto. En el comienzo de la acción, en el año 71 a.C, el antiguo gladiador cortó el cuello a su propio caballo, supuestamente capturado a uno de los comandantes romanos antes derrotados, para demostrar que no estaba dispuesto a huir y pelearía con sus hombres hasta el final. Y así fue. Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso, después de dar muerte a dos centuriones que le salieron a su paso. La mayoría de los rebeldes pereció en la batalla y de los que se rindieron, 6.000 prisioneros adultos, todos fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua, como advertencia a otros esclavos dispuestos a atacar a sus amos.

Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso

Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión y no el deseado triunfo (una entrada solemne en Roma) que tanto deseaba. El Senado le negó este reconocimiento para evitar que Espartaco se convirtiera en un mártir; en tanto, Cneo Pompeyo, que había participado también en la fase final de la campaña, incluyó la victoria en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania. De esta forma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión, al derrotar a un par de miles de esclavos cuando ya encontraban huyendo. «Craso había derrotado a los esclavos fugados en una batalla, pero él, Pompeyo, había destrozado las raíces de la guerra», alardeó con más propaganda que verdad el verdugo favorito del dictador Sila. La herida abierta entre ambos protagonizó el escenario político de los siguientes años.

 

27 marzo 2018 at 2:12 pm Deja un comentario

La trágica muerte de Aníbal, el general tuerto que hizo temblar a Roma y fue abandonado por su país

Tras la guerra con Roma, el genio militar se integró en el escenario político como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Su esfuerzo le costó la enemistad de parte de la nobleza

Aníbal Barca arengando a sus tropas antes de entrar en batalla.

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
20 de febrero de 2018

Grandes imperios exigen grandes enemigos. Pero ni Pirro de Epiro, el que diera nombre a las victorias «pírricas»; ni el exótico Mitrídates VI, víctima del gran Pompeyo; ni Vercingetorix, compatriota de Asterix y Obelix; ni el héroe de los esclavos, Espartaco… ningún rival de la Antigua Roma estuvo a la altura de su leyenda. Ninguno estuvo verdaderamente cerca de hacer añicos la Ciudad Eterna, salvo en el caso de Aníbal Barca, el cartaginés que llevó la guerra al corazón de Italia.

Nacido en Cartago (al norte de Túnez), Aníbal Barca no tenía un nombre al azar, sino el recordatorio de que el mundo antiguo esperaba grandes cosas de él. Aníbal procedía de «Hanni-baʾal», «quien goza del favor de Baal»; y Barca de «barqä» («rayo», en lengua púnica). Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad.

Así lo empezó a hacer con la conquista en el año 219 a.C de Sagunto, ciudad española aliada de Roma, cuyo ataque precipitó una nueva guerra entre las dos grandes potencias mediterráneas, la República de Roma contra Cartago.

Busto de Aníbal

La respuesta de Roma fue inmediata: se preparó para llevar la guerra a África y a la Península Ibérica. Uno de los dos cónsules de ese año se dirigió a Sicilia a preparar un ataque sobre la propia Cartago, mientras el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión (el padre de «El Africano»), se dirigió al encuentro de los hermanos Barca en la Península. No obstante, los planes de Aníbal iban más allá de combatir en España. Ante la sorpresa general, decidió invadir Roma a través de los Alpes, en parte obligado por la inferioridad naval y las dificultades financieras para armar una armada. Aníbal partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas, que también se sumaron a la ofensiva contra Roma.

La victoria decisiva que no lo fue

La travesía, que tuvo lugar en invierno, se desarrolló en quince días, pero el precio pagado en vidas humanas fue muy alto, ya que al llegar a la altura de Turín tan solo quedaban vivos 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto. Con todo, en la batalla de Cannas el 2 de agosto del 216 a.C. Aníbal venció a un ejército muy superior en número al suyo empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Como resultado, las fuerzas de Aníbal causaron cerca de 50.000 muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores.

El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Anibal a una guerra de desgaste

La derrota dejó vía libre para que Aníbal arrasara la ciudad, lo cual sorprendentemente no hizo. Ningún ejército romano se encontraba cerca de la ciudad y se sucedieron situaciones de pánico dentro de sus muros. Las mujeres escondieron a sus bebés, hasta el último de los hombres se armó y un único grito resonaba: «Hannibal ad portas» (Aníbal está a las puertas). El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Aníbal a una guerra de desgaste, lejos de sus puertos y sin refuerzos a mano, que no podía ganar.

Un joven general que sobrevivió a Cannas, Escipión «El Africano», trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los africanos en pocos años. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África y a abandonar para siempre Italia. Allí fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Escipión neutralizó la amenaza de los 80 elefantes reunidos por el Aníbal en Zama, cerca de Cartago, aplicando varias tácticas: por un lado ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales; además, pidió a varios músicos militares que desconcertaran con su ruido a los elefantes. Los romanos se encargaron de que los nerviosos animales (aterrados por el ruido y los reflejos) pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión entre sus tropas. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas.

Tempestad de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes

Al final del combate, las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20.000 muertos y 15.000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes.

Las reformas de Aníbal

La derrota de Aníbal desató una oleada de críticas de la clase oligárquica de Cartago, en su mayoría provenientes de la facción de los Hannón, rivales de los Bárcida, a pesar de que precisamente el derrumbe y la incompetencia en otros frentes había obligado a volver a casa al gran general cartaginés. Sus enemigos internos le acusaban de no haber aprovechado sus victorias en Italia y haberse enriquecido a costa de los botines de guerra. No obstante, Barca estuvo presente en la negociación entre Roma, literalmente a las puertas de Cartago, y el Senado de esta ciudad.

Incluso cuando no era partidario de una paz humillante, que asfixió la economía de la vieja colonia fenicia; ratificó el tratado y se enfrentó públicamente a un senador favorable a la guerra, al que sacó a empujones de la tribuna cuando comenzó a hacer su alegato.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista de Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída

Tras las negociaciones, Aníbal Barca se integró en el escenario político local como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Durante su mandato combatió la corrupción en su ciudad y se enfrentó con los personajes más codiciosos del país. Incluso el Consejo de los Ciento Cuatro, compuesto por los aristócratas más poderosos, fue objeto de las reformas de Aníbal, que estaba respaldado ampliamente por el pueblo.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista del populista Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída. Recurriendo a sus contactos en Roma, la oligarquía difundió el rumor de que el cartaginés estaba en conversaciones para cerrar un pacto militar con el Rey seléucida Antíoco III, el más férreo sucesor de los imperios que sucedieron a Alejandro Magno en Asia, y reanudar así la guerra en Italia. El Senado romano, a excepción de Escipión y sus aliados, dio crédito a las murmuraciones y, en la primavera de 195 a.C., una delegación romana desembarcó en África con el pretexto de dirimir un litigio entre Cartago y la región cercana de Masinisa.

Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567).

Lo cierto es que a Roma le importaba un pito que fuera cierto o falso lo que se decía de Aníbal. La leyenda de Aníbal, el general que había aterrado la ciudad, seguía presente en Italia como sinónimo de alguien que gastaría hasta su último aliento a destruir Roma. Detrás de la excusa de Masinisa estaba la intención de exigir que Cartago entregara a su más brillante general para que Roma pudiera pasearlo encadenado por sus calles. No en vano, advertido de la conjura Aníbal abandonó su patria e hizo precisamente lo que le habían acusado sin pruebas, y más temían, sus enemigos: se ofreció a cualquier nación mediterránea, por pequeña que fuera, que quisiera contratar sus servicios y luchar contra Roma.

El primer destino en el exilio de Aníbal fue la corte de Antíoco III, el Monarca seléucida con el que le habían vinculado los romanos. Acogido con gran fanfarria al principio, el cartaginés asumió el cargo de asesor militar del Rey, quien empezó a torcer el gesto cada vez con más frecuencia ante las sugerencias de Aníbal para mejorar sus ejércitos. Para cuando estalló la guerra contra Roma en 192 a.C., Aníbal había sido silenciado bajo toneladas de palabras de consejeros aduladores del gusto del Rey.

Tras aplastar a los ejércitos de Antíoco y de su aliado Filipo V de Macedonia, la República de Roma exigió que le entregaran a Aníbal antes de empezar a dictar las condiciones de paz.

La última guarida del general

Aníbal pasó los siguientes años huyendo por Oriente Próximo con las tropas romanas pisándole los talones. Siria, Creta, Armenia… la última parada del hombre que había puesto en jaque Roma fue la Corte de Bitinia. Prusias, el Rey de Bitinia, se valió de sus servicios en su particular guerra con Eumenes II de Pérgamo, aliado de Roma. En uno de los choques navales del conflicto se achaca a Aníbal ser de los primeros en usar una versión primitiva de guerra biológica con el lanzamiento de calderos o tinajas repletas de serpientes vivas al barco contrario. Estos primeros éxitos en Bitinia, sin embargo, se tornaron en derrotas cuando Roma acudió en auxilio de su aliado.

Caricatura del siglo XIX que representa la muerte por envenenamiento de Aníbal.

Aníbal se convirtió pronto en una patata caliente también para el Rey bitinio, quien traicionó a su huésped cuando se encontraba en Libisa, en la costa oriental del Mar de Mármara. Ante la llegada del embajador romano Tito Quincio Flaminino y hombres armados, Aníbal decidió suicidarse en el invierno del 183 a. C. empleando un veneno que, según se dice, llevó durante mucho tiempo en un anillo. Las fuentes clásicas aseguran que su muerte coincidió, curiosamente, en el mismo año con la de Escipión «El Africano».

No resulta fácil separar el mito de la realidad en lo referido a su tumba. Según escribió el autor clásico Aurelio Víctor, su cuerpo reposó en un ataúd de piedra con la inscripción: «Aquí se esconde Aníbal» en una tumba situada en una pequeña colina de cipreses cerca de Diliskelesi, lo que hoy en día pertenece a la ciudad turca de Libisa (actual Gebze) en Kocaeli. Una estructura que fue restaurada en el año 200 por el Emperador Septimio Severo, quien ordenó cubrirla con una losa de mármol blanco, pero más tarde cayó en el olvido.

Durante el gobierno turco de Atatürk, se realizaron excavaciones en vano con la intención de encontrar la tumba. A pesar de ello se decidió hacer un parque en conmemoración a su persona, y más tarde en 1981 se añadió una inscripción en mármol.

 

20 febrero 2018 at 2:46 pm Deja un comentario

«Heliogábalo era un Emperador perverso que consideraba el trono imperial como un juguete»

El periodista Javier Ramos publica «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», un riguroso libro sobre las peculiaridades de una civilización capaz de lo mejor y de lo peor, entro ello el Emperador más extravagante posible

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
13 de febrero de 2018

«Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma» (Almuzara) centra su atención en los protagonistas, acontecimientos y anécdotas más inverosímiles del mayor imperio que ha conocido la humanidad. Roma en clave de humor a través de un libro que no por divulgativo renuncia al rigor histórico y a mostrar el relato subterráneo que otros libros enciclopédicos obvian por excesivo. ¿Unas ocas salvaron Roma de una invasión franca? ¿Una ciudad hispánica cambió el calendario de todo el imperio? ¿Un caballo fue senador? ¿El primer cómic de la historia fue romano? ¿Hubo un Emperador tan perverso que deja en un hombre bondadoso a Calígula? El periodista Javier Ramos responde a todas estas preguntas, y a muchísimas más, en «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», una forma distinta de acercarse a la extravagancias de aquellos hombres que nunca dejaban de asombrar a Obelix y, sin embargo, dan origen a todo lo que somos hoy los europeos del sur. «Somos hijos de aquellos valores, que siguen perdurando dos mil años después en el tiempo», apunta Ramos en una entrevista con ABC Historia.

Fotografía de Javier Ramos

–¿Cuál es la razón principal de la larga longevidad del Imperio romano?
–Explicar este proceso no es tarea sencilla. Una cultura y civilización que perduró más de mil años en el tiempo (sin contar su prolongación en Bizancio, el Imperio romano de Oriente) lo fue por varios motivos a tener en cuenta: una férrea disciplina que le llevaron a conformar la mayor maquinaria bélica de su época; la legión romana, uno de los mejores ejércitos que han existido a lo largo de la historia. Y sobre todo la romanización, es decir, el hecho de intentar que todos los pueblos sometidos imitasen y aceptaran las costumbres y las leyes romanas, sin distinción de razas, credos o religiones. Una frase de Catón sirve a modo de resumen: «Lo que Roma toma por la espada, lo cultiva con el arado, por eso lo que Roma toma, nadie se lo quita».

–El cine y la literatura han abordado reiteradas veces la historia de la Antigua Roma. ¿Cuáles son los errores más habituales en estas aproximaciones?
–El cine de Hollywood ha hecho mucho daño a la verdadera historia solo por buscar el espectáculo y la emoción en el espectador. Por ejemplo, no es cierto que los gladiadores realizasen ningún tipo de saludo especial cuando se mostraban ante el palco del emperador de turno como el archiconocido «¡Ave césar, los que van a morir te saludan!», ni los editores (quienes financiaban los espectáculos) alzaban o entornaban los pulgares para indultar o sacrificar a un gladiador, ni este lanzaba el escudo sobre la arena para pedir clemencia. Las diferencias con la realidad son especialmente notables. Otro caso notable es el de la película Gladiator, en la que su protagonista, Russell Crowe, luce como gladiador una coraza, cuando en realidad los gladiadores no la utilizaban en sus combates.

Las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema, 1888

–¿Qué hay de cierto en el mito de las grandes y continuas bacanales romanas, del sexo con un fin religioso?
–El romano, al igual que otros pueblos paganos de la Antigüedad, se entregaba gozosamente al frenesí de vivir y no consideraba pecaminoso el sexo ni advirtió culpa alguna en la complacencia de los sentidos hasta que el cristianismo hizo acto de presencia en el siglo IV. Existía la prostitución y los lupanares como hoy día. Aunque la visión que tenemos viene tergiversada por la existencia de las Lupercalia y los Ludi florales, dos fiestas anuales propicias al desenfreno y bastante equiparables a los modernos carnavales en ciertos lugares. Las grandes y continuas bacanales romanas tienen más de mito que de realidad. Los romanos pensaban que algo natural como el sexo no podía ser indecente.

«En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables»

–En Roma la difamación y el traer la vida privada de los Emperadores al debate público parecen una constante en la política. ¿Crees que hay leyenda (o intenciones ocultas) en la visión que ha pervivido hasta hoy de Tiberio y Calígula, sobre todo en la esfera sexual?
–Sí, es posible. La imagen de los excesos cometidos por Tiberio y Calígula, a mi entender, han venido distorsionadas por sus enemigos. Al parecer no fueron tan ‘malos’ como les atribuye la Historia. Las fuentes antiguas se recrean más en las anécdotas que en los logros que se consiguieron bajo su mandato. La biografía de ambos viene determinada por la subjetividad de historiadores como Suetonio o Dión Casio, posteriores a la dinastía julio claudia, que otorgaron mayor grado de benevolencia a la dinastía que le sucedió, los Flavios, época en la que fueron escritas. En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables.

–Heliogábalo es el emperador más extravagante y, sin embargo, es un desconocido en comparación con Calígula o Nerón. ¿Es cierto lo que se cuenta de él?
–El hecho de que su figura no haya trascendido tanto como la de otros emperadores quizá se pueda deber a lo exiguo de su mandato (218-222), aunque cuatro años le bastaron para mostrar su lado más perverso y extravagante. Le gustaba sodomizar a los hombres que utilizaba en la cama, se ofrecía en los burdeles, se burlaba en exceso de sus esclavos, era derrochador (viajaba con 500 carros de séquito), sibarita (organizaba pantagruélicos banquetes), o excéntrico (le complacía vestirse de mujer). Consideraba el trono imperial como un juguete y lo empleó como tal. Aunque hay que decir que la Historia Augusta recoge bastantes falsedades sobre su figura.

–Cuál era el papel social de la mujer en la antigua Roma? Eran más “libres” las mujeres que en la Edad Media y periodos posteriores?
–En tiempos de la República la mujer ocupaba un papel secundario en la sociedad. Estaba sometida a la autoridad del padre, primero, y luego, cuando se casaba, a la del marido. No podían divorciarse ni hacer testamento. Incluso el marido el marido tenía la potestad de asesinarla si la descubría cometiendo adulterio. Con el paso del tiempo, ya en época del Imperio, la mujer gozó de mayores derechos. Se vieron liberadas de sus tutelas y pudieron ser dueñas de sus decisiones.

–En la visión que ha llegado hasta hoy de Roma se suele dejar de lado a los esclavos y su forma de vida, que eran la gran masa del Imperio. En tu libro dedicas un capítulo a ellos.
–Uno de cada tres habitantes de la antigua Roma era esclavo. Con esta cifra ya establecemos la importancia que tenían para una civilización como la romana. Resultaban imprescindibles para la sustentación del Imperio, ya que se ocupaban de las tareas domésticas, de la educación de los hijos, llevaban las cuentas del hogar y realizaban muchas otras tareas más, como por ejemplo convertirse en forma de ocio tras ser relegados a la función de gladiadores. Sin embargo, los esclavos en Roma carecían de libertad, no tenían derechos, realizaban los trabajos más pesados e ingratos y su amo o propietario tenía la potestad para acabar con sus vidas si lo estimaba preciso.

–Uno de los capítulos de tu libro se titula “¿Acabó el plomo con el Imperio romano?”. ¿Por qué cayó el Imperio romano?
–Se suele esgrimir que fue una causa más en la amalgama de acontecimientos que acabaron con el Imperio. Los romanos desconocían el efecto tóxico que originaba el plomo, un material que utilizaban tanto en las numerosas infraestructuras de Roma (en las cañerías que abastecían de agua a las ciudades) como para conservar el vino en sus recipientes, la bebida que les chiflaba. El plomo se disolvía lentamente en los caldos que tomaban los romanos en forma de acetato de plomo, lo que originaba unos terribles efectos secundarios para la salud. También el plomo estaba presente en los polvos faciales, ungüentos oculares y colorantes blancos que utilizaban las mujeres. Estaban expuestos demasiado a este noble metal y perecían a edades tempranas.

 

13 febrero 2018 at 8:32 am Deja un comentario

Lo que se obvia de la homosexualidad en la Antigua Roma, entre la difamación y el mito

En Roma era prioritario diferenciar quién ejercía el papel de activo y quién el de pasivo, tanto a nivel sexual como social. El sexo se veía como un juego de poder y la homosexualidad era tolerada, en tanto, se mantuviera la distancia social

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
7 de febrero de 2018

La vida sexual en la Antigüedad ha sido motivo de toda clase de mitificación. Grecia, y luego Roma, han sido fabulados como lugares donde la libertad sexual, indiferentemente de la inclinación de los amantes, se aceptaba a niveles que sonrojarían a puritanos de otros tiempos. Una idea simplista que ha dado como resultado afirmaciones erróneas como la de que Julio César o Alejandro Magno eran abiertamente homosexuales o que ir a una bacanal resultaba como quedar para tomar el aperitivo. La habitual morralla de cuando se analiza con ojos del presente acontecimientos y formas de pensar del pasado; y de cuando se trata de trasladar un concepto moderno a un tiempo donde ni siquiera existía una palabra equivalente a homosexualidad, ni en griego ni en latín.

El mito

Lejos del concepto moderno de homosexualidad entre adultos, los griegos practicaban la pederastia como una forma de introducción de los jóvenes (ya en la pubertad) a la sociedad adulta. Un mentor asumía la formación militar, académica y sexual de un joven –que no era considerado ni legal ni socialmente un hombre– hasta que alcanzaba la edad de casamiento. Lo tardío de los matrimonios y el papel limitado de la mujer en la sociedad alentaban este tipo de prácticas, que variaban radicalmente en función de qué ciudad-estado se trataba. Cosa distinta a la homosexualidad entre hombres adultos, que despertaba en muchas ocasiones comportamientos homófobos. Las relaciones entre hombres adultos de estatus social comparable, no así con esclavos, iban acompañadas de estigmatización social dada la importancia de la masculinidad en las sociedades griegas. La única excepción de normalidad social en estos casos se daba en antiguas relaciones pederastas que habían alcanzado la edad adulta.

Para los romanos la homosexualidad era también de carácter «punitivo», se sodomizaba a los prisioneros, a los enemigos, a los esclavos o a los extranjeros para dominarlos

A comienzos de la República romana, la homosexualidad estuvo penada incluso con la muerte por la ley Scantinia y quedó restringida en el ejército desde el siglo II a.C. Los elementos más conservadores de la sociedad romana calificaban estas relaciones como el «vicio griego» y lo atribuían a las causas de la decadencia de esta civilización. Solo el tiempo permitió que estas relaciones fueran aceptadas, aunque no faltaron los difamadores que sacaron provecho político al arte de los rumores de alcoba. Como recuerda el historiador Adrian Goldsworthy en el libro «César, la biografía definitiva», «aquellos senadores que tenían amantes varones solían hacerlo con discreción, a pesar de lo cual con frecuencia los opositores políticos les ridiculizaban públicamente».

Dos hombres y una mujer en un fresco de Pompeya.

Si bien en Grecia la línea roja la marcaba el que hubiera una diferencia de edad entre los amantes, en Roma era prioritario diferenciar quién ejercía el papel de activo y quién el de pasivo, tanto a nivel sexual como social. El sexo se veía como un juego de poder, donde lo aceptable venía marcado por la jerarquía social. Explica Javier Ramos en su libro «Eso no estaba en mi libro de Roma» (Almuzara) que «la pasividad en las relaciones entre hombres quedaba reservaba para los esclavos o para los adolescentes. Ser penetrado era la mayor de las humillaciones».

Asimismo, Alberto Angela, en su libro «Amor y sexo en la Antigua Roma» (Esfera de los libros), recuerda que para los romanos la homosexualidad era también de carácter «punitivo», se sodomizaba a los prisioneros, a los enemigos, a los esclavos o a los extranjeros para dominarlos. «Se sojuzgaba la virilidad ajena», apunta.

La difamación

Los opositores a Julio César usaron siempre los rumores de que en un viaje diplomático había mantenido relaciones homosexuales con Nicomedes IV, Rey de Bitinia, para erosionar la autoridad del dictador romano. La acusación era grave no por tratarse de una relación homosexual, la cual podía ser asumida, sino por haber ejercido supuestamente el papel de pasivo sexual con un extranjero. Julio César, que siempre negó la acusación, fue de hecho un conocido casanova con predilección por las esposas de otros senadores y cargos políticos. Aquel rumor supuso darle donde más le dolía.

La plebe y la aristocracia debían ser discretas en estas relaciones, no así los Emperadores. El historiador Edward Gibbon recuerda en su obra que de los doce primeros emperadores solo a Claudio le interesaban exclusivamente las mujeres. El emperador Nerón fue el primero que se casó con otro hombre, un joven eunuco de palacio llamado Esporo. Y de entre los amantes masculinos que se vinculan con Calígula se suele mencionar, entre los más conocidos, al histrión griego Mnéster y a su primo Emilio Lépido. Este último ejerció un papel protagonista a nivel político hasta que, a finales del 39, el emperador le acusó de encabezar un complot contra él y ordenó su ejecución. Lépido reconoció antes de morir que había tenido relaciones sexuales con el Emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto, lo que insinuaba que había ejercido él el papel activo en el acto sexual.

Nada comparado con el escándalo que supuso el reinado de Heliogábalo. A principios del siglo III, este emperador asombró a sus contemporáneos casándose públicamente dos veces vestido de mujer, adoptando así explícitamente el papel pasivo en la relación.

Busto de Trajano

Con el reinado del emperador de origen hispano Trajano, que sentía gran admiración por la cultura helenística, se retornó parcialmente la práctica de la pederastia. A la conocida preferencia de este emperador por los jóvenes le siguió la que su sucesor, el también hispano Adriano, profesó especialmente a uno, el joven griego Antínoo. Tras su trágica muerte, ahogado en el río Nilo, Adriano erigió templos en Bitinia, Mantineia y Atenas en su honor, y hasta le dedicó una ciudad, Antinoópolis.

Por el contrario, el lesbianismo se estimaba una aberración a ojos romanos y la mayoría de autores pasan de puntillas por este tipo de relaciones. En su trabajo «Homosexualidad femenina en Grecia y Roma», el profesor Juan Francisco Martos Montiel, de la Universidad de Málaga concluye que la homosexualidad femenina, tenido por «condición de monstrum», «en la imaginación de griegos y romanos de época imperial no podía concebirse más que como el intento de una mujer de sustituir a un hombre, y de otra mujer de obtener de la relación homosexual, de modo completamente antinatural, el placer que solo los hombres podían proporcionar».

 

7 febrero 2018 at 6:32 pm Deja un comentario

La locura del psicópata Calígula durante los cuatro años más siniestros del Imperio Romano

Durante su breve reinado tuvo cuatro esposas y un sinfín de amantes. A Livia Orestila la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
2 de febrero de 2018

Sí, Calígula fue un monstruo. De Tiberio se rumorearon un montón de perversiones en su villa de Capri; de Nerón, una actitud muy agresiva; de Claudio, cierta discapacidad; de Caracalla, despotismo y crueldad; de Comodo, odio y furia. Rumores, sospechas, difamaciones de un Senado apartado del poder…. cada emperador ha tenido que lidiar con su propia leyenda negra y hoy es difícil separar la realidad de la mentira. Pero, incluso quitando toneladas de exageración por parte de Suetonio y Casio sobre Calígula, lo que se vislumbra debajo es un psicópata obsesionado con el sexo y y un dirigente pésimo.

La muerte de Tiberio se celebró con alegría en las calles y en el Senado, sin que nadie recordara el dicho que mejor malo conocido que bueno por conocer. Especialmente, porque el verdadero defecto del difamado Tiberio es que no se preocupó por su sucesión a pesar de que en sus últimos años empezó a albergar dudas sobre la idoneidad de que el nuevo Emperador fuera su sobrino Cayo Calígula, de 23 años. Cuando consultó con sus astrólogos asumió, según decían las estrellas, que el ascenso de Calígula era inevitable hiciera lo que hiciera. Por ello, decidió no hacer nada.

Una primera impresión muy equivocada

Nacido con el nombre de Cayo Julio César Germánico, el heredero imperial era el tercero de los seis hijos supervivientes del matrimonio entre Germánico y Agripina la Mayor, nieta de Augusto. El nombre de Calígula era, en verdad, un apodo que le pusieron los soldados cuando acompañó siendo un niño a su padre en las campañas de Germania. Le apodaron «Calígula» («Botita»), lo que años después le irritaría enormemente, porque iba vestido con una versión en miniatura del traje de legionario.

Cuando falleció Tiberio, Calígula no ejercía ningún puesto oficial y su experiencia política se limitaba a un cargo menor

Como explica David Potter en su libro «Los Emperadores de Roma» (Pasado&Presente), el primer problema de Calígula es que «nunca había tenido que demostrar su virtus en un entorno de carácter colectivo». Educado en la villa de Capri, los principales compañeros de formación del romana habían sido hijos de reyes extranjeros enviados a la capital del imperio a modo de garantía. En definitiva, Calígula vivió su infancia y adolescencia en una burbuja, rodeado de príncipes orientales con una forma distinta de comprender el poder y con sus hermanas como mejores amigas. Ya entonces surgieron rumores de que había mantenido relaciones sexuales con ellas.

Busto idealizado de Calígula

Cuando falleció Tiberio, Calígula no ejercía ningún puesto oficial y su experiencia política se limitaba a un cargo menor. El pueblo ignoró la completa falta de experiencia del nuevo Emperador porque recordaba a su padre con cariño y, sobre todo, porque su primera medida fue abolir los procesos de traición, un mecanismo legal que había permitido a Tiberio perseguir a sus enemigos con impunidad. El tiempo iba a demostrar que no podían estar más equivocados en su entusiasmo.

La primera señal de que Calígula vivía de los golpes de efecto tuvo lugar con la ejecución de Macrón, prefecto de la Guardia pretoriana y sospechoso de haber matado a Tiberio. Según el historiador Filón, el Emperador se hartó un día para otro de su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?».

Sin el hombre en las sombras que ejecutaba a sus enemigos, al tiempo que controlaba su inestabilidad, empezaron los meses más oscuros del Emperador. Calígula se presentó como un dios al que había que adorar en vida, a diferencia del Divino Julio César o Augusto, y comenzó una vida de extravagancias. Los autores clásicos quisieron ver en el origen de estas prácticas una explicación médica y un kilómetro cero.

Un psicópata al frente de Roma

A los pocos meses de haber accedido al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió lo que probablemente fue una crisis nerviosa o una encefalitis (una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección). Suetonio menciona que durante su infancia ya había registrado graves problemas médicos, con un ataques de epilepsia periódicos que en la edad adulta se convirtieron en desvanecimientos. Apenas dormía más de tres horas al día y pasaba las noches deambulando por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Su aspecto externo era aterrador y, tras su crisis nervioso, todo se acrecentó.

«Era de elevada estatura, pálido y grueso; tenía las piernas y el cuello muy delgados, los ojos hundidos, deprimidas las sienes; la frente ancha y abultada; escasos cabellos, con la parte superior enteramente calva y el cuerpo muy velludo», describió el historiador clásico sobre su aspecto físico, añadiendo que dado su abundante pelo por el cuerpo estaba penado con la muerte usar la palabra «cabra» en su presencia.

En este sentido, el diagnóstico moderno del origen de los problemas es mucho más profano. Para los psiquiatras actuales, Calígula presenta el perfil de un psicópata, alguien carente de remordimientos o empatía que se cree por encima del bien y del mal. En «Los doce Césares», Suetonio pone en boca del Emperador una frase que le anuncia como por encima del resto: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas».

En este sentido, el primer Emperador, Augusto, se había cuidado mucho para presentarse como alguien moderado e igual al resto, mientras que Tiberio, a pesar de su choque con el Senado, había procurado un perfil bajo. En contraste con sus «humildes» antecesores, Calígula se reveló como un monarca asiático en su forma de vida desmedida. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho», esto es, cerca de tres mil millones de sestercios.

«Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas».

Con parte de este dinero se hizo construir en Roma una mansión en el Palatino, cuyo vestíbulo era el mismísimo templo de Cástor y Pólux, así como una serie de construcciones junto al lago de Nemi. Allí atracó dos navíos gigantes, de 70 metros de longitud, auténticos palacios flotantes donde organizaba algunas de sus fiestas más desmesuradas. En las bacanales eran frecuentes las agresiones y perversiones contra las invitadas.

Y es que la vida sexual del Emperador es el elemento más conocido, y a la vez fabulado, de la biografía de Calígula. Se le acusaba de acostarse con las esposas de sus súbditos, de relacionar el sexo con el dolor físico y de tratar de convertir su palacio en un gran burdel. Durante su breve reinado tuvo cuatro esposas y un sinfín de amantes. A Livia Orestila la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Representación de una bacanal romana en un sarcófago del siglo III

De sus relaciones homosexuales se suele mencionar, entre los más conocidos, al histrión griego Mnéster y a su primo Emilio Lépido. Este último ejerció un papel protagonista a nivel político hasta que, a finales del 39, el Emperador le acusó de encabezar un complot contra él y ordenó su ejecución. Lépido reconoció antes de morir que había tenido relaciones sexuales con el Emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto, lo que insinuaba que había ejercido él el papel activo en el acto sexual. En este sentido, los romanos, más tolerantes que los griegos con los homosexuales, daban mucha importancia a quién ejercía el papel de activo y quién el de pasivo en la pareja, tanto a nivel sexual como social. La pasividad era sigo de debilidad.

El caballo que quería ser senador

Cuando saltó esta primera conjura contra el Emperador, Calígula reveló otra de sus monstruosidades al deleitarse con la tortura de cada uno de los conspiradores. Observar cómo torturaban a otros era algo que le gustaba hacer desde tiempos de Tiberio. Advertido por esta primera conspiración, Calígula quiso demostrar que era un hombre cabal dirigiendo una campaña militar en Britania. Sin embargo, la invasión fue pronto abortada y el Emperador ordenó a los soldados que recogieran conchas de la playa para justificar que había sido Neptuno quien malogró el ataque.

Las conchas debían ser en Roma la prueba de la gran batalla librada entre su imperial deidad y el dios de los mares, pero lo fue de la locura de Calígula. De vuelta a la ciudad, escandalizó a todo el mundo al anunciar que quería nombrar senador a su caballo Incitatus.

Los restos de uno de los barcos de Calígula

Un gran número de senadores y miembros del ejército romano prendieron una nueva conjura ante las extravagancias y violencia crecientes de Calígula. El 24 de enero del año 41 d.C, un tribuno de la guardia de corp imperial apuñaló a Calígula cuando estaba absorto en la contemplación de un espectáculo teatral. El cerebro de la trama fue un oficial pretoriano llamado Casio Querea, que planeó el asesinato usando el cryptoporticus, es era, el túnel subterráneo que unía los palacios del Monte Palatino.

Haciendo caso a Suetonio, el pretoriano organizó el asesinato para vengarse de Calígula por burlarse a diario de su voz afeminada, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud exagerada. La participación de los pretorianos en la conspiración sentó un precedente que condenó a Roma a un largo tiempo de inestabilidad.

Pero, ¿son ciertas todas las perversiones que se relatan de Calígula? Para Suetonio y Dión Casio, no cabe duda de que fue un monstruo cruel. Pero siempre es importante desconfiar de las intenciones de los que escriben la historia. Lo único comprobable del caso de Calígula es que, en efecto, se comportó de forma despótica, despreció al Senado y descuidó sus responsabilidades como gestor. Eso convirtió sus extravagancias, fueran exageradas o completamente ciertas, en el lugar de trabajo predilecto para los propagandistas, casi siempre miembros de la casa ecuestre, que querían advertir a futuros dirigentes de lo inadecuado de apartar a los senadores del poder. Escribir sobre los vicios sexuales en una sociedad que felicitaba la moderación era la mejor forma de despreciar a los gobernantes a ojos del pueblo.

 

2 febrero 2018 at 2:51 pm 1 comentario

El extraño sistema político de Esparta: dos «reyes» con sangre de Hércules para gobernar a la vez

Los diarcas no se repartían el poder, sino que ambos ostentaban las mismas responsabilidades. Los dos reyes eran sacerdotes de Zeus, ambos eran jefes militares permanentes y en un principio podían salir de campaña juntos o por separado

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
12 de enero de 2018

La monarquía espartana es uno de los escasos y extraños casos de diarquía en la antigüedad, esto es, un sistema en la que reinan a la vez dos personas, representantes de dos dinastías distintas. Un concepto que también aparece en Cartago e incluso en Roma, cuya herencia más evidente estuvo en los cónsules republicanos que gobernaban a la vez. Precisamente la batalla de Cannas (216 a. C), el mayor desastre militar de la historia romana, demostró las desventajas de tener el poder absoluto dividido entre dos personas. Eso sin mencionar lo irresistible que es para los que quieren medrar y conjurar en la Corte poder bascular entre dos bandos.

Como explica Nic Fields en su libro «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), lo más peculiar del sistema político espartano estaba en su monarquía dual, con dos familias reales al frente del país. Los agíadas y los euripóntidas compartían antepasados comunes y cada uno tenía su propio rey, tal vez como remanente de dos tribus que se unieron y decidieron compartir el poder en otro tiempo. No obstante, la mitología griega relata que los dos primeros diarcos fueron Proeles y Euristenes, hijos gemelos del Rey Aristodemo, descendiente de Hércules, que reinaron juntos en Esparta ante la imposibilidad de distinguir quién era el mayor.

Leónidas I fue el 17.º rey agíada de Esparta.

Los diarcas no se repartían el poder, sino que ambos ostentaban las mismas responsabilidades. Los dos reyes eran sacerdotes de Zeus, ambos eran jefes militares permanentes y en un principio podían salir de campaña juntos o por separado, lo cual cambió por los problemas generados sobre el terreno. Con el tiempo se prohibió que los dos reyes dirigiesen a la vez al Ejército, de modo que uno se quedaría en la ciudad, mientras el otro salía en campaña militar.

Aristóteles definió así esta diarquía como un generalato hereditario y vitalicio. Pero que fuera hereditario no hacía de este sistema una monarquía en sí. El poder real descansaba realmente en una asamblea de guerreros, «apella», y en un consejo de ancianos, «gerousia», formado por los dos reyes y otros 28 miembros elegidos entre los espartanos de más de 60 años. En este sentido, estos dos órganos tenían capacidad para deponer o mandar al exilio a los reyes, si bien los diarcas espartanos se encargaron de mantener bajo su control ambas asambleas aprovechando sus victorias militares para aumentar poder. El frágil equilibrio entre las instituciones regulada por la Retra (le Ley suprema espartana) fue el demoninador común de este reino griego.

La diarquía más allá de Esparta

Otras potencias antiguas también emplearon fórmulas parecidas a la espartana, entre ellas Cartago, algunas tribus de Dacia y Germania) y la propia Roma. En los inciertos primeros años de la fundación de la ciudad, se estableció una diarquía entre el mítico Rómulo y Tito Tacio, instaurada tras la guerra de Roma con los sabinos. Esta monarquía dual se prolongó hasta el momento en el que Tacio fue muerto por una familia enemiga y Rómulo no intervino ni en su defensa ni para vengar a su compañero. Con la instauración de la República Romana, la diarquía pervivió en parte a través del sistema de dos cónsules que se alternaban a la cabeza del gobierno y del ejército. Una fórmula que a nivel militar resultó desastrosa a cuenta de que a veces los cónsules les preocupaba más destacarse frente a sus compañeros de gobierno, normalmente rivales políticos, que colaborar con ellos en pos de la Res publica.

El ejemplo de diarquía más conocido y cercana hoy es el del Principado de Andorra, cuyos gobernantes son el Presidente de Francia y el Obispo de Urgell. Un coprincipado vigente desde 1278, cuando se firmó el «Pariatge» entre el Obispo de Urgel y el Conde de Foix. Caso parecido al de la República de San Marino, gobernada en forma colegiada por dos Capitanes Regentes y el Reino de Swazilandia, cuyas cabezas de Estado son el Rey y su madre.

 

12 enero 2018 at 8:33 pm Deja un comentario

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