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Príapo, el dios maldecido con un falo gigante en perpetua erección

Su mayor presencia era en el mundo rural, puesto que era el símbolo del instinto sexual, de la fecundidad masculina, y el protector de las huertas y jardines

Representación de Príapo

Fuente: César Cervera  |  ABC
19 de agosto de 2018

Existe una pregunta recurrente en el mundo del arte griego: ¿Por qué las estatuas clásicas tienen el pene pequeño? La razón de las escasas dimensiones está relacionada con la idea de que un pene grande se vinculaba a lo rústico y a un escaso control de los impulsos y la incapacidad de actuar con moderación. «En la antigua Grecia, un pene pequeño era un aspecto codiciado por el macho alfa», explicó el experto en antigüedad clásica, Andrew Lear, profesor en Harward, Columbia y New York University a la web Quartz.

Los falos grandes eran motivo de burla entre las clases altas y los artistas del periodo. «Ciegos humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas, pasáis vuestras vida fugaz como vanas, sombras o ensueños misteriosos», se burla de los cuerpos desproporcionados Aristófanes, autor de obras de teatro, en una de sus obras. No obstante, en otros grupos sociales, sobre todo en las regiones rurales, se destilaba la adoración a un dios grotesco de un enorme falo: Príapo, el dios que fue maldecido por los pecados de su madre.

Hijo de Afrodita

Príapo era una antigua divinidad grecoromana que se representaba como un pequeño hombre barbudo, normalmente un viejo, con un pene desproporcionadamente grande. Su mayor presencia estaba en el mundo rural, puesto que era el símbolo del instinto sexual, de la fecundidad masculina, y el protector de las huertas y jardines. En este sentido, la población rústica empleaba este deidad y sus representaciones como fórmula mágica para neutralizar el mal de ojo contra la envidia de las personas y para potenciar la sexualidad.

Según la mitología griega, Príapo era hijo de Dionisio, dios del vino y el éxtasis, y de Afrodita, diosa de la belleza, el amor y el deseo. Esto es, el resultado de los dioses más desinhibidos del panteón clásico. No en vano, otras leyendas le achacan su paternidad a Hermes, Pan, Zeus e incluso Adonis. En esta versión, la diosa quedó embarazada de su antiguo amor durante uno de sus viajes a la India, sin que Dionisio lo supiera nunca.

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Hera –hermana y esposa del dios Zeus– castigó su falta de compromiso maldiciendo al fruto de su relación extramatrimonial

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Como castigo por engañar al ingenuo de Dionisio, Hera –hermana y esposa del dios Zeus– castigó su falta de compromiso maldiciendo al fruto de su relación extramatrimonial.

A causa de los celos de Hera, Príapo fue condenado a tener su falo siempre en erección y, lo que es más grave para el dios del instinto sexual, a no poder reproducirse (otras versiones dicen que su maldición era a no ser amado por ninguna mujer). Hoy, de hecho, se denomina priapismo a la dolorosa enfermedad que provoca la permanente erección del pene sin apetito venéreo. Se considera que una persona sufre de priapismo cuando el pene se encuentra en un estado de erección sin estimulación física y psicológica durante un largo periodo (varias horas).

El falo en Roma

En la antigua Roma solía erigirse una estatua en honor a Príapo portando fruta entre sus ropas y una hoz en una de sus manos, mientras sus hinchados genitales permanecían en una posición erguida, cuya función principal era la de atraer la buena fortuna en las cosechas.

Su presencia era bastante habitual en las zonas de influencia helenística como es el caso del sur del país. En unas excavaciones llevadas a cabo en la ciudad de Pompeya, los arqueólogos hallaron un grabado de Príapo en la «Casa de los Vettii», representado con su imponente erección sobresaliendo por debajo de su túnica.

Estatuilla galo-romana de bronce de Príapo o Genius descubierto en el norte de Francia

La representación de este pene fue objeto de la investigación hace varios años del doctor Francesco Maria Galassi, quien, tras observar el susodicho fresco se percató de que el «miembro viril tiene una fimosis patente. Más concretamente, una fimosis cerrada», apuntó el experto en declaraciones recogidas por «Live Science». A su vez, el experto remarcó lo sumamente extraño que le ha parecido hallar esta característica en una pintura dedicada a una deidad de la fecundidad. ¿Tal vez la fimosis también formaba parte de la maldición de Hera?

Representación de Príapo – Museo Archeologico Nazionale de Nápoles

Pero Príapo no fue la única divinidad de carácter fálico en Roma, véase el caso también de Genius o Mutino Titino. Según cuenta Plinio el Viejo, el guardián protector del mal de ojo era en Roma el dios Fascino, una divinidad de forma fálica que formaba parte de los sacra que las Vestales se encargaban de proteger.

Tras la caída del Imperio romano, se produjo una cristianización del culto fálico a Príapo y al resto de deidades de este tipo. Santos como Cosme y Damián, Nicolás, Eutropio de Orange, San Faustino, San Fiacro mantuvieron elementos que recordaban lejanamente a Príapo. Ya en el Renacimiento, se hace mención a los conocidos como «dedos gordos del pie de San Cosme», que, en verdad, parecen todo menos dedos.

 

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19 agosto 2018 at 9:47 am Deja un comentario

¿Por qué el implacable Aníbal no destruyó Roma tras el desastre de Cannas?

ABC Historia ha podido probar un ejemplar del juego de mesa «Hannibal y Hamilcar: Roma contra Cartago», facilitado por «Ediciones MasQueOca», que permite ponerse en la piel del general cartaginés que sacudió con su genio el Mediterráneo

Fuente: César Cervera  |  ABC Historia
3 de agosto de 2018

Tras la batalla de Cannas el 2 de agosto del año 216 a.C, la República de Roma se colocó al borde de la destrucción. Al sur de la Península itálica, el cartaginés Aníbal venció a un ejército muy superior empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Con 50.000 romanos muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores… la ciudad entró en pánico y se esperó para recibir la fatal visita de Aníbal. Contra todo pronóstico, el ataque nunca llegó.

A modo de mito fundacional, la tradición romana cuenta que Aníbal Barca se sintió intimidado frente a los muros de Roma y prefirió retirarse sin acabar con su presa. Nada más lejos de la realidad; si alguien tenía terror en ese momento eran los romanos, a los que solo les quedaba rezar por su suerte. ¿Por qué, entonces, el cartaginés no aprovechó para destruir Roma y evitar así que fuera su civilización la que años después asumiera el cetro del mundo conocido? Las explicaciones que han barajado tradicionalmente los historiadores van desde que Aníbal carecía de material de asedio a que Roma estaba mejor defendida de lo que pudiera parecer a simple vista, aparte de recordar que tras Cannas Aníbal no permaneció con los brazos cruzados. El general de Cartago aprovechó la debilidad romana para pactar con varias ciudades latinas un protectorado en el sur de Italia y en Sicilia.

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Las explicaciones que han barajado los historiadores van desde que Aníbal carecía de material de asedio a que Roma estaba mejor defendida de lo que pudiera parecer a simple vista

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Explicaciones y un contexto que solo sirven para conjeturar, no para dar una respuesta precisa. La única manera de conseguir algo así sería poniéndose en la piel de Aníbal o, si acaso, en la de los defensores. El juego de mesa «Hannibal y Hamilcar: Roma contra Cartago», diseñado por Mark Simonitch y Jaro Andruszkiewicz, plantea esta posibilidad en uno de los wargames más populares del género, cuya reedición por sus 20 años ha llegado traducida a España gracias a «Ediciones MasQueOca».

Toda una orquesta de personajes históricos

ABC Historia ha podido probar un ejemplar de este juego de mesa, facilitado por «Ediciones MasQueOca», que cuida la documentación al detalle y ofrece hasta catorce escenarios distintos que van desde la Primera Guerra Púnica (la que protagonizó Hamilcar, aunque se puede considerar un juego aparte) hasta las campañas que muestran la gloria y la derrota de Cartago frente al empuje romano en la Segunda Guerra Púnica. Los manuales ofrecen introducciones históricas previas a cada una de las campañas, además de un breve perfil de los generales de ambos bandos. Cada uno de estos personajes históricos, de Magón Barca a Escipión el Africano, están representadas en el juego por miniaturas y cartas ilustradas.

«Hannibal & Hamilcar: Roma contra Cartago» está pensado para partidas de dos jugadores, con una duración de entre una a tres horas, donde cada uno asume el bando romano o el cartaginés. El despliegue de componentes está condicionado por la elección del nivel, entre ellos, los llamados «¡Aníbal ad portas!», «Roma contraataca» o «Campaña en Iberia», lo que permite que los romanos o los cartagineses alternen el papel de atacantes o defensores.

La mecánica del juego, pensado para jugadores expertos, se fundamenta en el uso alternativo de cartas, que se van robando al azar en cada turno, con el objeto de ganarse el favor de otros pueblos (como Galos, Ligures o Númidas), introducir eventos históricos o mover a los generales por el mapa, a fin de evitar que el rival arrebate el control de sus provincias. Cada carta puede ser jugada aplicando el efecto que ponga en su texto o directamente como «Puntos de operaciones». Entre las acciones en las que se pueden gastar estos «Puntos de operaciones», está el mover un general, colocar puntos de control en una zona para conseguir su control político o añadir unidades en una ubicación controlada en la que tengamos un general.

Una vez entran en combate dos ejércitos, se usa una segunda serie de cartas («Cartas de Batalla») para determinar con la ayuda de los datos (representantes de los azares que siempre influyen en devenir de una batalla) quién es el ganador. En la batalla se roban tantas cartas de ese mazo como el número de unidades que tenga el jugador en esa ciudad y otras tantas en función de diferentes factores. En lo que resulta una de las fases más espectaculares del juego, de manera alternativa cada bando empezando por el atacante juega una carta y el defensor responde, si puede, con una suya. En el caso de que el bando defensor no tenga ya cartas para defenderse se termina la batalla y se aplican las bajas. Cada combate es pura tensión y un duelo entre pistoleros…

El objetivo final durante los nueve turnos que dura cada partida es conquistar el máximo número de provincias rivales. En caso de arrebatar al enemigo su capital se produce una victoria automática. No en vano, cada nivel plantea un desafío radicalmente distinto a cada bando y no será lo mismo para el bando que lleve a Cartago atravesar triunfante los Alpes en los primeros escenarios que resistir en los últimos niveles el contraataque romano en la propia África.

La variedad de tribus, los detalles históricos, la aproximación a la política en la Antigua Roma, con cónsules, procónsules, dictadores… y los giros en el «guion», véase la entrada de Escipión «el Africano» a partir de cierto turno de la partida, hacen de «Hannibal & Hamilcar: Roma contra Cartago» un producto cultural de primera línea, más allá de su valor recreativo.

 

3 agosto 2018 at 9:56 am Deja un comentario

La «pena del saco», el bestial castigo para los parricidas en la Antigua Roma

El suplicio se justificaba en que «la profanación» (violatio) de los padres y de los dioses debe expiarse del mismo modo. El castigo tenía un componente ceremonial

La justicia de Trajano, de Eugène Delacroix

Fuente: CÉSAR CERVERA ABC
30 de junio de 2018

Dios pidió a Abraham que sacrificara a su hijo Isaac como muestra de fe: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moriá, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré». El patriarca judío se disponía a «inmolar a su hijo» cuando un ángel apareció para evitarlo. Dios supo así que Abraham sacrificaría cualquier cosa por él, pero no iba a permitir que se cometiera un pecado de esa gravedad. La tradición judeocristiana repudia el parricidio, al igual que Grecia y Roma, que reservaban a este crimen uno de los castigos más salvajes. Lo más peculiar de los romanos es que eximían a los padres del delito.

Más allá de dioses y titanes, el parricidio más conocido de la cultura helena es el que sucede durante el mito de Edipo. Ante la profecía de que moriría asesinado por su hijo, el rey de Tebas no se atrevió a matar a su único vástago con sus manos, pero atravesó con fíbulas sus pies y lo entregó a un pastor para que lo abandonara. Creía que nadie recogería a un recién nacido con los pies atravesados. Sin embargo, el niño sobrevivió cuidado por unos pastores y, posteriormente, por la reina de Corinto, quien le llamó Edipo, que significa «el de pies hinchados».

Siendo adulto, Edipo se encontró con su padre, el rey de Tebas, y sin saber que era sangre de su sangre le mató por un incidente de poca importancia. Aunque Edipo llegó a rey y vivió años dichosos, el parricidio cayó sobre él como si fuera una maldición. En una de las versiones, Edipo se quitó los ojos con los broches del vestido de su madre, Yocasta, que también era su esposa, y se exilió de Tebas al saber que había matado a su padre y se había casado con su madre.

Un delito extremo contra la divinidad

En la legislación de Atenas, el parricida podía ser perseguido y muerto por cualquier ciudadano, mientras que el autor de un homicidio simple solo podía ser acusado por los parientes próximos de la víctima. A nadie le era lícito prestarle asilo, pues consideraban que era un delito supremo. No en vano, el reformador y legislador Solón se negó a anular penas en Atenas para los parricidas, a razón de que no creían que hubiera personas tan perversas que osasen romper los vínculos sagrados de la naturaleza. Solo los animales podían hacer algo así.

Posteriormente, en Roma se llamó parricidio a todas las formas de homicidio sobre un hombre libre o ciudadano, un «par» o un «igual». El Derecho Romano primitivo equiparaba «parricidium» a homicidio voluntario, pero ya con la ley de las XII Tablas se catalogó solo como la muerte de los padres ocasionada por los hijos. Aquí no entraban los crímenes contra los hijos o los esclavos porque el padre romano tenía máximo control sobre su familia, incluso si decidía exponer a peligro de muerte a sus hijos o desheredar a alguno de ellos.

La muerte reservada para los asesinos de sus padres se llamaba «Poena Cullei» o «Culleum» (un contenedor de cuero con cierre estanco dedicado a transportar alimentos) y consistía en lanzar al condenado desnudo al mar o a un río metido en un saco de cuero con una víbora (de la que se creía que era un animal parricida), una mona (la caricatura del hombre), un gallo (feroces, capaces de enfrentarse a un león) y un perro (animal considerado «immundus» por los romanos). En un pasaje del jurista romano Herenio Modestino se describe que «los culpables de parricidio eran primero perseguidos con “las virgae sanguineae” y luego cosidos en el interior de un “culleum”». Al reo se le cubría la cabeza con un gorro de piel de lobo y se calzaba con zapatos hechos de madera para que no pudiera defenderse.

Se les producía la muerte por ahogo con la creencia de que el agua tenía una cualidad purificadora, además de que al homicida había que privarle de una sepultura digna. Los animales desempeñaban una doble tarea. Por un lado torturar al reo mientras estuviera vivo; después, fundir sus restos hasta que fuera imposible distinguir al animal del hombre.

¿Quién introdujo un castigo tan cruel para este tipo de delito en Roma? Según Valerio Máximo fue el rey etrusco Tarquino, quien ordenó «el culleum» para castigar al decenviro M. Atinio, culpable de haber divulgado los secretos de los ritos civiles sangrados. El suplicio se justificaba en que «la profanación» (violatio) de los padres y de los dioses se debe expiar del mismo modo. El ataque contra el pater es el crimen contra la divinidad, por lo que el castigo tenía un componente ceremonial.

Su crudeza recordaba a la que en el Antiguo Egipto se reservaba también al parricida, al que después de torturarle con pequeñas cañas aguzadas, se le cortaban pedazos de carne, y colocado sobre haces de espinos se le quemaba a fuego lento.

La Europa cristiana hereda el «culleum»

La Lex Pompeia de Parricidi anuló este tipo de ejecución pero extendió la pena del parricidio para otros parientes, desde hermanos, primos, suegros, nueras, yernos, marido y mujer, padrastro, patrón y patrona. En este grupo se seguía excluyendo del castigo al que ejerciendo la patria potestad matara a sus pupilos. La ley reconocía el derecho que tenía el padre de matar a sus descendientes, ya fueran hijos o nietos. Con el ascenso de César Augusto se desempolvó de nuevo el «culleum», e incluso se le achaca a él (otras fuentes dicen que fue Adriano) estipular qué animales debían ser introducidos en el saco.

Todo el procedimiento era excepcional. Ningún otro condenado a muerte era sometido a tanta y tan estudiada ceremonia. Sin ir más lejos, las vergas con las que se les fustigaba debían ser «sanguineae», es decir, del color rojo de la sangre. Una forma de hacer pagar con sangre al que atenta contra su propia sangre. Constantino, que legalizó la religión cristiana, diría de este castigo que era «para que en vida le falte el aire, y ya muerto esté privado de sepultura», lo cual significa que todavía en el siglo tres seguía vigente.

En la Edad Media algunas instituciones romanizadas conservaron esta idea de ajusticiamiento. Ese fue el caso de las Partidas, un cuerpo normativo redactado en la Corona de Castilla durante el reinado de Alfonso X que recuperó la pena del saco de cuero cerrado, si bien en una versión más simbólica que efectiva. Según el legalista Joaquín Escriche, la pena del «culleum» se mitigó en la práctica haciendo «llevar al reo al patíbulo, en serón de esparto, y luego meter el cadáver en cubo grande donde estaban pintados aquellos animales, y hacer la simulación de arrojarlo al río, dándole después la correspondiente sepultura».

 

1 julio 2018 at 8:48 am 2 comentarios

Entre el psicópata y el pirómano… la verdad sobre el Emperador con parálisis cerebral que estabilizó Roma

Entre Calígula y Nerón, reinó un Emperador que todos consideraban débil, y tal vez lo era físicamente, pero con él vinieron años de estabilidad y avances a Roma

Grato proclama a Claudio emperador. Detalle del cuadro A Roman Emperor 41AD (Un emperador romano, 41 d. C.)

Fuente: César Cervera  |  ABC
9 de mayo de 2018

Un gran número de senadores y miembros del ejército romano planearon el 24 de enero del año 41 d.C castigar con la muerte las extravagancias y violencia crecientes de Calígula. Ese día, un tribuno de la guardia de corp imperial apuñaló a Calígula cuando estaba absorto en la contemplación de un espectáculo teatral. Según el mito popular, la guardia pretoriana descubrió a Claudio, tío de Calígula, escondido tras unos cortinajes y decidió nombrarle Emperador a la vista de lo fácil que iba a resultar manejarlo.

Y sí. Claudio, que es conocido por el gran público gracias a la novela «Yo Claudio», aparentó durante toda su vida una debilidad física y psicológica que, llegada su oportunidad de acceder al poder, jugó en su favor. Así y todo, pronto se vio que Claudio no era ni remotamente tan tonto como había imaginado su familia, que desde tiempos de Tiberio había descartado que supusiera una amenaza debido a sus diversas discapacidades. Nacido con un pie deforme y, como apunta David Potter en «Los emperadores de Roma» (Pasado y Presente), con cierto grado de discapacidad intelectual (una parálisis cerebral le afectaba desde niño), Claudio permaneció en segundo plano durante los reinados de Tiberio y Calígula. Eso a pesar de que su padre, Druso el Mayor, era hermano de Tiberio y su madre, Antonia la Menor, era hija de la hermana del Emperador Augusto.

Una risa desagradable, una cólera más repulsiva

Que Claudio hubiera llegado a adulto en el seno de una familia cuyos miembros solían caer, con gran frecuencia, muertos en circunstancias extrañas se explica, sobre todo, por la discreción del susodicho. Solo gozó de cierto protagonismo político en un breve periodo del reinado de Calígula, quien le nombró cónsul y luego no dejó pasar la ocasión de humillarle mientras ejerció el cargo.

Pero, más allá de las humillaciones y de la anécdota novelada de Claudio apareciendo entre los cortinajes, lo cierto es que el tío de Calígula se reveló pronto más astuto de lo que parecía. Fue él, según las fuentes clásicas, quien se acercó al campamento de los pretorianos al enterarse de la muerte del Emperador psicópata. Estaba enterado de la conjura, sino implicado, y se encargó de negociar con el Senado para que también ellos dieran el visto bueno a su nombramiento. El Senado maniobró, sin éxito, para restaurar el sistema republicano en Roma, pero, con la simpatía del pueblo, la guardia pretoriana logró coronar a Claudio imaginándole un inepto y para evitar así que el Senado recuperara terreno al estamento militar.

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado realmente fructífero

Claudio, que había pasado su vida entregado a la lectura y a la escritura, era un inexperto en el terreno político, como antes que él lo había sido Calígula, cuyo reinado había devenido en terrorífico. Tenía graves problemas para tratar con los senadores y tendencia a tartamudear en cuanto le alejaban de sus libros, lo cuales versaban en su mayoría sobre la Antigüedad más arcaica. Aquel periodo le fascinaba.

El historiador clásico Cayo Suetonio Tranquilo realizó un semblante que describe a la perfección los problemas para socializar del nuevo Emperador:

Estatua del Emperador Claudio

«Su persona ostentaba cierto aspecto de grandeza y dignidad, ya en pie o sentado, pero sobre todo en reposo, pues era alto y esbelto, tenía un rostro bello, hermosos cabellos blancos, y cuello robusto; pero cuando marchaba, sus inseguras piernas le hacían tambalearse, y cuando hablaba, tanto en broma como en serio, le afeaban sus taras: una risa desagradable, una cólera más repulsiva aún, que le hacía echar espumarajos por la boca, nariz goteante, un insoportable balbuceo y un continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificante que fuese».

Su aislamiento respecto a las clases senatoriales, que nunca se habían molestado en tratar con él, sentó las bases de un reinado sorprendentemente fructífero. A los senadores les reemplazó en sus tareas de gobierno esclavos libertos, bien formados y con menos intereses creados; una forma de gobierno que, en términos modernos, podría ser calificado de tecnocracia.

Los escándalos finiquitan la calma

El gobierno de libertos desarrolló un importante plan de obras públicas, entre cuyos proyectos destacó la construcción de un nuevo puerto comercial en la desembocadura del río Tíber, al norte de Ostia, que permitió la entrada regular de trigo en toda la Península itálica.

En materia militar, el reinado de Claudio fue conocido por la invasión de Britania dos años después de la muerte de Calígula. Aulo Plaucio acometió la campaña que se le había resistido al mismísimo Julio César, ampliamente admirado por Claudio, en un intento del nuevo régimen por demostrar que el Emperador tartamudo era un hombre fuerte y decidido. 40.000 legionarios lograron derrotar a los britones e iniciar un proceso de pacificación que se alargaría casi un siglo y que, en el caso de algunas regiones norteñas, nunca pudo concluirse del todo.

El Emperador Claudio partió precipitadamente al norte a atribuirse él el mérito de la conquista, ignorando que aquel dominio del territorio solo era nominal. Sus enemigos, muy numerosos en el Senado, no dejaron de recordárselo.

Britania en la Tabula Peutingeriana

La falta de astucia política de Claudio impulsó el ascenso de ministros con gran preparación, pero también de advenedizos que estaban interesados en enriquecerse más que en el bien público. Estos libertos se introdujeron en todos los rincones del palacio y orquestaron algunos sonados escándalos.

Tras el terremoto de la vida privada de Calígula, la de Claudio y sus libertos no le fue a la zaga. A finales de la década del 40 a.C., el Emperador se distanció de su tercera esposa, la joven Mesalina, y se lanzó a buscar amantes entre el gran caladero de esclavas. Mesalina respondió al fuego con más fuego… En su particular guerra por mostrar a Roma que podía tener más amantes que su marido, se dice que pasó una noche en un burdel practicando el sexo con todos los que pagaron por sus servicios, para demostrar que podía superar a una prostituta experimentada.

En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas

Como explica David Potter en el mencionado libro, la gota que colmó la paciencia de Claudio fue que, habiéndose ausentado de Roma, Mesalina simuló una boda con uno de sus amantes. En represalia, Claudio ordenó la ejecución de su esposa y varios de sus amantes. Después de aquel divorcio súbito, tomó una nueva mujer, su sobrina Julia Agripina, por consejo de sus asesores libertos. Un escándalo incestuoso, que obligó al Emperador a cambiar las leyes y a introducir en palacio a una de las mujeres más ambiciosas de la historia romana.

El poder de Agripina, nieta adoptiva de Augusto, creció con rapidez hasta controlar todo el entorno familiar. En un banquete celebrado a finales del año 54, Agripina envenenó a su marido con setas tóxicas. Su hijo Nerón, de otro matrimonio, fue proclamado Emperador en detrimento de Británico, llamado así por Claudio tras la victoria militar en las Islas. Nerón, que terminaría revelándose un gobernante insensato, era mayor que Británico, como bien calculó Agripina, y podía acceder al trono antes que su hermanastro. Una maniobra subterránea que la esposa de Claudio acompañó con otra mucho menos sutil: envenenó también a Británico poco después.

 

13 mayo 2018 at 12:09 pm 1 comentario

La auténtica historia de Espartaco: el temido gladiador que humilló a las legiones de Roma

Lejos de lo representado en la película de Kubrick, el esclavo tracio no fue crucificado como la mayoría de su ejército, sino que murió en una batalla con el severo Craso

Estatua de Espartaco en el Museo del Louvre

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
27 de marzo de 2018

«Yo soy Espartaco». «No, yo soy Espartaco». «Mi mujer y yo también somos Espartaco…». La Semana Santa no sería la misma sin películas con temática bíblica o, al menos, con romanos poblando la televisión estos días. «Espartaco» (1960), la virulenta producción que desquició por igual a Stanley Kubrick y a Kirk Douglas, es una esas cintas imprescindibles en estas fechas. Importa poco que la fidelidad histórica brille por su ausencia y que, en definitiva, sea incapaz de responder a la pregunta de ¿quién era Espartaco?

Porque poco se sabe realmente de los orígenes de Espartaco más allá del mito. Según los autores clásicos fue un antiguo soldado nacido en Tracia, en la actual Bulgaria, que sirvió como auxiliar a los ejércitos de Roma, razón por la cual conocía bien las tácticas militares de la gran potencia de su tiempo. La leyenda asegura que tras ser apresado por desertor trabajó de forma forzosa en unas canteras de yeso y, gracias a sus habilidades bélicas, fue comprado por un mercader para la escuela de gladiadores de Capua de Léntulo Batiato.

La revuelta de esclavos más célebre

Si bien también había muchos hombres libres en busca de fortuna, las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían, sobre todo, con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. A cambio, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud y podían optar a comprar su libertad en pocos años.

Relieve que muestra a un esclavo en una provincia romana de Asia

Los gladiadores eran una clase privilegiada entre los agraviados esclavos, una masa que llegó a suponer más del 20% de la población de toda Roma y estaba expuesta a toda suerte de humillaciones y agresiones por parte de sus dueños. Para empezar porque los gadiadores, a diferencia de un esclavo doméstico, tenían acceso a armas a diario. En el verano del año 73 a.C, un grupo de ochenta gladiadores, encabezados por Espartaco, escapó de la escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas del Vesubio, desde donde levantó a miles de esclavos en favor de su causa.

Entre ellos había tracios, celtas, germanos y esclavos de todos los rincones de la República. Apenas tenían armas, pero su fe estaba puesta en la minoría selecta que representaban los gladiadores, con Espartaco y dos celtas, Criso y Enómao, formando un precario grupo de mando.

Espartaco se reveló pronto como un astuto militar que transformó la maraña de hombres y mujeres de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares y, con el tiempo, cualificado incluso para crear talleres propios para equipar a sus fuerzas. No en vano, las mejores tropas de la República romana no se encontraban en la Península Itálica. Los pretores Glodio Glabro y Varinio se vieron sorprendidos al frente de tropas bisoñas, en las laderas del volcánico Vesubio, por un ejército que se alimentaba, no de los esclavos de las grandes ciudades, sino de fugitivos, campesinos, desertores y toda clase de personajes rurales.

Dada la gravedad de la situación, los cónsules en ese momento, Lucio Gelio y Cneo Léntulo, se hicieron cargo en persona de las operaciones. Lucio Gelio se dirigió al sur y derrotó al celta Criso y a sus 20.000 seguidores junto al monte Gargano, en Apulia. Con Clodiano combatiendo a Espartaco en el norte, Gelio reanudó la marcha para apoyar a su compañero de consulado y poner así fin a la revuelta. No obstante, Clodiano cayó derrotado y Espartaco atacó a Gelio. Ni siquiera cuando los dos cónsules unieron sus fuerzas pudieron derrotar al tracio.

Medidas radicales ante la crisis

Alarmado por una de las mayores crisis en su historia, el Senado de Roma encargó a Marco Licinio Craso, uno de los hombres más influyentes y adinerados de la ciudad, que hiciera él frente a la amenaza con su talento militar y, sobre todo, su dinero. Ejerciendo como pretor, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo del decimatio a las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de sus predecesores. Este brutal castigo consistía en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros.

Además, cambió la ración de trigo por cebada al 90% de las tropas restantes y las obligó a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de que un grupo de esclavos se hubiera sublevado en el corazón de la península itálica.

Espartaco y su ejército entraron en contacto con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia

Al frente de ocho legiones, el pretor sufrió algunos reveses iniciales ante imbatido Espartaco, pero no tardó en ganar terreno a los esclavos y en sacar partido a sus luchas intestinas. Craso derrotó a otro grupo que se había escindido entonces del principal ejército y levantó una inmensa línea de fortificaciones, de unos 65 kilómetros, con el objetivo de encerrar a los esclavos en la punta más extrema de Italia.

Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), Espartaco y su ejército, viéndose acorralado, entraron en contacto en el mar Tirreno con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia con el fin de hacer de la isla un bastión rebelde inexpugnable. Sin embargo, los romanos se percataron de la intención de Espartaco, por lo que sobornaron a los piratas para que traicionaran al esclavo tracio.

El castigo a los esclavos sirvió de mensaje para futuros rebeldes.

En una ocurrencia desesperada, el caudillo rebelde recurrió a una táctica utilizada contra los romanos por el cartaginés Aníbal, otro de los emblemáticos villanos de la historia de Roma. Durante una noche tormentosa, reunió a todas las cabezas de ganado que pudo, colocó antorchas en sus cuernos y las arrojó hacia la zona más vulnerable de las fortificaciones. Los romanos se concentraron en el punto a donde se dirigían las antorchas, pero pronto descubrieron, para su sorpresa, que no eran hombres, sino reses. Los rebeldes aprovecharon la distracción para cruzar la valla por otro sector sin ser molestados.

Un castigo salvaje

Pese a su astuta maniobra, Espartaco se vio obligado a enfrentarse finalmente a las legiones de Craso en terreno abierto. En el comienzo de la acción, en el año 71 a.C, el antiguo gladiador cortó el cuello a su propio caballo, supuestamente capturado a uno de los comandantes romanos antes derrotados, para demostrar que no estaba dispuesto a huir y pelearía con sus hombres hasta el final. Y así fue. Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso, después de dar muerte a dos centuriones que le salieron a su paso. La mayoría de los rebeldes pereció en la batalla y de los que se rindieron, 6.000 prisioneros adultos, todos fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua, como advertencia a otros esclavos dispuestos a atacar a sus amos.

Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso

Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión y no el deseado triunfo (una entrada solemne en Roma) que tanto deseaba. El Senado le negó este reconocimiento para evitar que Espartaco se convirtiera en un mártir; en tanto, Cneo Pompeyo, que había participado también en la fase final de la campaña, incluyó la victoria en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania. De esta forma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión, al derrotar a un par de miles de esclavos cuando ya encontraban huyendo. «Craso había derrotado a los esclavos fugados en una batalla, pero él, Pompeyo, había destrozado las raíces de la guerra», alardeó con más propaganda que verdad el verdugo favorito del dictador Sila. La herida abierta entre ambos protagonizó el escenario político de los siguientes años.

 

27 marzo 2018 at 2:12 pm Deja un comentario

La trágica muerte de Aníbal, el general tuerto que hizo temblar a Roma y fue abandonado por su país

Tras la guerra con Roma, el genio militar se integró en el escenario político como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Su esfuerzo le costó la enemistad de parte de la nobleza

Aníbal Barca arengando a sus tropas antes de entrar en batalla.

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
20 de febrero de 2018

Grandes imperios exigen grandes enemigos. Pero ni Pirro de Epiro, el que diera nombre a las victorias «pírricas»; ni el exótico Mitrídates VI, víctima del gran Pompeyo; ni Vercingetorix, compatriota de Asterix y Obelix; ni el héroe de los esclavos, Espartaco… ningún rival de la Antigua Roma estuvo a la altura de su leyenda. Ninguno estuvo verdaderamente cerca de hacer añicos la Ciudad Eterna, salvo en el caso de Aníbal Barca, el cartaginés que llevó la guerra al corazón de Italia.

Nacido en Cartago (al norte de Túnez), Aníbal Barca no tenía un nombre al azar, sino el recordatorio de que el mundo antiguo esperaba grandes cosas de él. Aníbal procedía de «Hanni-baʾal», «quien goza del favor de Baal»; y Barca de «barqä» («rayo», en lengua púnica). Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad.

Así lo empezó a hacer con la conquista en el año 219 a.C de Sagunto, ciudad española aliada de Roma, cuyo ataque precipitó una nueva guerra entre las dos grandes potencias mediterráneas, la República de Roma contra Cartago.

Busto de Aníbal

La respuesta de Roma fue inmediata: se preparó para llevar la guerra a África y a la Península Ibérica. Uno de los dos cónsules de ese año se dirigió a Sicilia a preparar un ataque sobre la propia Cartago, mientras el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión (el padre de «El Africano»), se dirigió al encuentro de los hermanos Barca en la Península. No obstante, los planes de Aníbal iban más allá de combatir en España. Ante la sorpresa general, decidió invadir Roma a través de los Alpes, en parte obligado por la inferioridad naval y las dificultades financieras para armar una armada. Aníbal partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas, que también se sumaron a la ofensiva contra Roma.

La victoria decisiva que no lo fue

La travesía, que tuvo lugar en invierno, se desarrolló en quince días, pero el precio pagado en vidas humanas fue muy alto, ya que al llegar a la altura de Turín tan solo quedaban vivos 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto. Con todo, en la batalla de Cannas el 2 de agosto del 216 a.C. Aníbal venció a un ejército muy superior en número al suyo empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Como resultado, las fuerzas de Aníbal causaron cerca de 50.000 muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores.

El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Anibal a una guerra de desgaste

La derrota dejó vía libre para que Aníbal arrasara la ciudad, lo cual sorprendentemente no hizo. Ningún ejército romano se encontraba cerca de la ciudad y se sucedieron situaciones de pánico dentro de sus muros. Las mujeres escondieron a sus bebés, hasta el último de los hombres se armó y un único grito resonaba: «Hannibal ad portas» (Aníbal está a las puertas). El dejar con vida a Roma condenó irremediablemente a Aníbal a una guerra de desgaste, lejos de sus puertos y sin refuerzos a mano, que no podía ganar.

Un joven general que sobrevivió a Cannas, Escipión «El Africano», trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los africanos en pocos años. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África y a abandonar para siempre Italia. Allí fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Escipión neutralizó la amenaza de los 80 elefantes reunidos por el Aníbal en Zama, cerca de Cartago, aplicando varias tácticas: por un lado ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales; además, pidió a varios músicos militares que desconcertaran con su ruido a los elefantes. Los romanos se encargaron de que los nerviosos animales (aterrados por el ruido y los reflejos) pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión entre sus tropas. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas.

Tempestad de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes

Al final del combate, las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20.000 muertos y 15.000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes.

Las reformas de Aníbal

La derrota de Aníbal desató una oleada de críticas de la clase oligárquica de Cartago, en su mayoría provenientes de la facción de los Hannón, rivales de los Bárcida, a pesar de que precisamente el derrumbe y la incompetencia en otros frentes había obligado a volver a casa al gran general cartaginés. Sus enemigos internos le acusaban de no haber aprovechado sus victorias en Italia y haberse enriquecido a costa de los botines de guerra. No obstante, Barca estuvo presente en la negociación entre Roma, literalmente a las puertas de Cartago, y el Senado de esta ciudad.

Incluso cuando no era partidario de una paz humillante, que asfixió la economía de la vieja colonia fenicia; ratificó el tratado y se enfrentó públicamente a un senador favorable a la guerra, al que sacó a empujones de la tribuna cuando comenzó a hacer su alegato.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista de Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída

Tras las negociaciones, Aníbal Barca se integró en el escenario político local como magistrado en un intento de reformar el sistema de gobierno y evitar, en calidad de comandante de las fuerzas de defensa de la ciudad, que Cartago entrara en una guerra civil. Durante su mandato combatió la corrupción en su ciudad y se enfrentó con los personajes más codiciosos del país. Incluso el Consejo de los Ciento Cuatro, compuesto por los aristócratas más poderosos, fue objeto de las reformas de Aníbal, que estaba respaldado ampliamente por el pueblo.

La aristocracia se sintió amenazada por el espíritu reformista del populista Aníbal, hasta el punto que algunos se organizaron para orquestar su caída. Recurriendo a sus contactos en Roma, la oligarquía difundió el rumor de que el cartaginés estaba en conversaciones para cerrar un pacto militar con el Rey seléucida Antíoco III, el más férreo sucesor de los imperios que sucedieron a Alejandro Magno en Asia, y reanudar así la guerra en Italia. El Senado romano, a excepción de Escipión y sus aliados, dio crédito a las murmuraciones y, en la primavera de 195 a.C., una delegación romana desembarcó en África con el pretexto de dirimir un litigio entre Cartago y la región cercana de Masinisa.

Grabado de la Batalla de Zama, de Cornelis Cort (1567).

Lo cierto es que a Roma le importaba un pito que fuera cierto o falso lo que se decía de Aníbal. La leyenda de Aníbal, el general que había aterrado la ciudad, seguía presente en Italia como sinónimo de alguien que gastaría hasta su último aliento a destruir Roma. Detrás de la excusa de Masinisa estaba la intención de exigir que Cartago entregara a su más brillante general para que Roma pudiera pasearlo encadenado por sus calles. No en vano, advertido de la conjura Aníbal abandonó su patria e hizo precisamente lo que le habían acusado sin pruebas, y más temían, sus enemigos: se ofreció a cualquier nación mediterránea, por pequeña que fuera, que quisiera contratar sus servicios y luchar contra Roma.

El primer destino en el exilio de Aníbal fue la corte de Antíoco III, el Monarca seléucida con el que le habían vinculado los romanos. Acogido con gran fanfarria al principio, el cartaginés asumió el cargo de asesor militar del Rey, quien empezó a torcer el gesto cada vez con más frecuencia ante las sugerencias de Aníbal para mejorar sus ejércitos. Para cuando estalló la guerra contra Roma en 192 a.C., Aníbal había sido silenciado bajo toneladas de palabras de consejeros aduladores del gusto del Rey.

Tras aplastar a los ejércitos de Antíoco y de su aliado Filipo V de Macedonia, la República de Roma exigió que le entregaran a Aníbal antes de empezar a dictar las condiciones de paz.

La última guarida del general

Aníbal pasó los siguientes años huyendo por Oriente Próximo con las tropas romanas pisándole los talones. Siria, Creta, Armenia… la última parada del hombre que había puesto en jaque Roma fue la Corte de Bitinia. Prusias, el Rey de Bitinia, se valió de sus servicios en su particular guerra con Eumenes II de Pérgamo, aliado de Roma. En uno de los choques navales del conflicto se achaca a Aníbal ser de los primeros en usar una versión primitiva de guerra biológica con el lanzamiento de calderos o tinajas repletas de serpientes vivas al barco contrario. Estos primeros éxitos en Bitinia, sin embargo, se tornaron en derrotas cuando Roma acudió en auxilio de su aliado.

Caricatura del siglo XIX que representa la muerte por envenenamiento de Aníbal.

Aníbal se convirtió pronto en una patata caliente también para el Rey bitinio, quien traicionó a su huésped cuando se encontraba en Libisa, en la costa oriental del Mar de Mármara. Ante la llegada del embajador romano Tito Quincio Flaminino y hombres armados, Aníbal decidió suicidarse en el invierno del 183 a. C. empleando un veneno que, según se dice, llevó durante mucho tiempo en un anillo. Las fuentes clásicas aseguran que su muerte coincidió, curiosamente, en el mismo año con la de Escipión «El Africano».

No resulta fácil separar el mito de la realidad en lo referido a su tumba. Según escribió el autor clásico Aurelio Víctor, su cuerpo reposó en un ataúd de piedra con la inscripción: «Aquí se esconde Aníbal» en una tumba situada en una pequeña colina de cipreses cerca de Diliskelesi, lo que hoy en día pertenece a la ciudad turca de Libisa (actual Gebze) en Kocaeli. Una estructura que fue restaurada en el año 200 por el Emperador Septimio Severo, quien ordenó cubrirla con una losa de mármol blanco, pero más tarde cayó en el olvido.

Durante el gobierno turco de Atatürk, se realizaron excavaciones en vano con la intención de encontrar la tumba. A pesar de ello se decidió hacer un parque en conmemoración a su persona, y más tarde en 1981 se añadió una inscripción en mármol.

 

20 febrero 2018 at 2:46 pm Deja un comentario

«Heliogábalo era un Emperador perverso que consideraba el trono imperial como un juguete»

El periodista Javier Ramos publica «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», un riguroso libro sobre las peculiaridades de una civilización capaz de lo mejor y de lo peor, entro ello el Emperador más extravagante posible

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
13 de febrero de 2018

«Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma» (Almuzara) centra su atención en los protagonistas, acontecimientos y anécdotas más inverosímiles del mayor imperio que ha conocido la humanidad. Roma en clave de humor a través de un libro que no por divulgativo renuncia al rigor histórico y a mostrar el relato subterráneo que otros libros enciclopédicos obvian por excesivo. ¿Unas ocas salvaron Roma de una invasión franca? ¿Una ciudad hispánica cambió el calendario de todo el imperio? ¿Un caballo fue senador? ¿El primer cómic de la historia fue romano? ¿Hubo un Emperador tan perverso que deja en un hombre bondadoso a Calígula? El periodista Javier Ramos responde a todas estas preguntas, y a muchísimas más, en «Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma», una forma distinta de acercarse a la extravagancias de aquellos hombres que nunca dejaban de asombrar a Obelix y, sin embargo, dan origen a todo lo que somos hoy los europeos del sur. «Somos hijos de aquellos valores, que siguen perdurando dos mil años después en el tiempo», apunta Ramos en una entrevista con ABC Historia.

Fotografía de Javier Ramos

–¿Cuál es la razón principal de la larga longevidad del Imperio romano?
–Explicar este proceso no es tarea sencilla. Una cultura y civilización que perduró más de mil años en el tiempo (sin contar su prolongación en Bizancio, el Imperio romano de Oriente) lo fue por varios motivos a tener en cuenta: una férrea disciplina que le llevaron a conformar la mayor maquinaria bélica de su época; la legión romana, uno de los mejores ejércitos que han existido a lo largo de la historia. Y sobre todo la romanización, es decir, el hecho de intentar que todos los pueblos sometidos imitasen y aceptaran las costumbres y las leyes romanas, sin distinción de razas, credos o religiones. Una frase de Catón sirve a modo de resumen: «Lo que Roma toma por la espada, lo cultiva con el arado, por eso lo que Roma toma, nadie se lo quita».

–El cine y la literatura han abordado reiteradas veces la historia de la Antigua Roma. ¿Cuáles son los errores más habituales en estas aproximaciones?
–El cine de Hollywood ha hecho mucho daño a la verdadera historia solo por buscar el espectáculo y la emoción en el espectador. Por ejemplo, no es cierto que los gladiadores realizasen ningún tipo de saludo especial cuando se mostraban ante el palco del emperador de turno como el archiconocido «¡Ave césar, los que van a morir te saludan!», ni los editores (quienes financiaban los espectáculos) alzaban o entornaban los pulgares para indultar o sacrificar a un gladiador, ni este lanzaba el escudo sobre la arena para pedir clemencia. Las diferencias con la realidad son especialmente notables. Otro caso notable es el de la película Gladiator, en la que su protagonista, Russell Crowe, luce como gladiador una coraza, cuando en realidad los gladiadores no la utilizaban en sus combates.

Las rosas de Heliogábalo, Sir Lawrence Alma-Tadema, 1888

–¿Qué hay de cierto en el mito de las grandes y continuas bacanales romanas, del sexo con un fin religioso?
–El romano, al igual que otros pueblos paganos de la Antigüedad, se entregaba gozosamente al frenesí de vivir y no consideraba pecaminoso el sexo ni advirtió culpa alguna en la complacencia de los sentidos hasta que el cristianismo hizo acto de presencia en el siglo IV. Existía la prostitución y los lupanares como hoy día. Aunque la visión que tenemos viene tergiversada por la existencia de las Lupercalia y los Ludi florales, dos fiestas anuales propicias al desenfreno y bastante equiparables a los modernos carnavales en ciertos lugares. Las grandes y continuas bacanales romanas tienen más de mito que de realidad. Los romanos pensaban que algo natural como el sexo no podía ser indecente.

«En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables»

–En Roma la difamación y el traer la vida privada de los Emperadores al debate público parecen una constante en la política. ¿Crees que hay leyenda (o intenciones ocultas) en la visión que ha pervivido hasta hoy de Tiberio y Calígula, sobre todo en la esfera sexual?
–Sí, es posible. La imagen de los excesos cometidos por Tiberio y Calígula, a mi entender, han venido distorsionadas por sus enemigos. Al parecer no fueron tan ‘malos’ como les atribuye la Historia. Las fuentes antiguas se recrean más en las anécdotas que en los logros que se consiguieron bajo su mandato. La biografía de ambos viene determinada por la subjetividad de historiadores como Suetonio o Dión Casio, posteriores a la dinastía julio claudia, que otorgaron mayor grado de benevolencia a la dinastía que le sucedió, los Flavios, época en la que fueron escritas. En el caso de Calígula, al parecer fue una enfermedad mental la que le llevaba a cometer cierto tipo de actos que a día de hoy nos parecen execrables.

–Heliogábalo es el emperador más extravagante y, sin embargo, es un desconocido en comparación con Calígula o Nerón. ¿Es cierto lo que se cuenta de él?
–El hecho de que su figura no haya trascendido tanto como la de otros emperadores quizá se pueda deber a lo exiguo de su mandato (218-222), aunque cuatro años le bastaron para mostrar su lado más perverso y extravagante. Le gustaba sodomizar a los hombres que utilizaba en la cama, se ofrecía en los burdeles, se burlaba en exceso de sus esclavos, era derrochador (viajaba con 500 carros de séquito), sibarita (organizaba pantagruélicos banquetes), o excéntrico (le complacía vestirse de mujer). Consideraba el trono imperial como un juguete y lo empleó como tal. Aunque hay que decir que la Historia Augusta recoge bastantes falsedades sobre su figura.

–Cuál era el papel social de la mujer en la antigua Roma? Eran más “libres” las mujeres que en la Edad Media y periodos posteriores?
–En tiempos de la República la mujer ocupaba un papel secundario en la sociedad. Estaba sometida a la autoridad del padre, primero, y luego, cuando se casaba, a la del marido. No podían divorciarse ni hacer testamento. Incluso el marido el marido tenía la potestad de asesinarla si la descubría cometiendo adulterio. Con el paso del tiempo, ya en época del Imperio, la mujer gozó de mayores derechos. Se vieron liberadas de sus tutelas y pudieron ser dueñas de sus decisiones.

–En la visión que ha llegado hasta hoy de Roma se suele dejar de lado a los esclavos y su forma de vida, que eran la gran masa del Imperio. En tu libro dedicas un capítulo a ellos.
–Uno de cada tres habitantes de la antigua Roma era esclavo. Con esta cifra ya establecemos la importancia que tenían para una civilización como la romana. Resultaban imprescindibles para la sustentación del Imperio, ya que se ocupaban de las tareas domésticas, de la educación de los hijos, llevaban las cuentas del hogar y realizaban muchas otras tareas más, como por ejemplo convertirse en forma de ocio tras ser relegados a la función de gladiadores. Sin embargo, los esclavos en Roma carecían de libertad, no tenían derechos, realizaban los trabajos más pesados e ingratos y su amo o propietario tenía la potestad para acabar con sus vidas si lo estimaba preciso.

–Uno de los capítulos de tu libro se titula “¿Acabó el plomo con el Imperio romano?”. ¿Por qué cayó el Imperio romano?
–Se suele esgrimir que fue una causa más en la amalgama de acontecimientos que acabaron con el Imperio. Los romanos desconocían el efecto tóxico que originaba el plomo, un material que utilizaban tanto en las numerosas infraestructuras de Roma (en las cañerías que abastecían de agua a las ciudades) como para conservar el vino en sus recipientes, la bebida que les chiflaba. El plomo se disolvía lentamente en los caldos que tomaban los romanos en forma de acetato de plomo, lo que originaba unos terribles efectos secundarios para la salud. También el plomo estaba presente en los polvos faciales, ungüentos oculares y colorantes blancos que utilizaban las mujeres. Estaban expuestos demasiado a este noble metal y perecían a edades tempranas.

 

13 febrero 2018 at 8:32 am Deja un comentario

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