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El extraño sistema político de Esparta: dos «reyes» con sangre de Hércules para gobernar a la vez

Los diarcas no se repartían el poder, sino que ambos ostentaban las mismas responsabilidades. Los dos reyes eran sacerdotes de Zeus, ambos eran jefes militares permanentes y en un principio podían salir de campaña juntos o por separado

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
12 de enero de 2018

La monarquía espartana es uno de los escasos y extraños casos de diarquía en la antigüedad, esto es, un sistema en la que reinan a la vez dos personas, representantes de dos dinastías distintas. Un concepto que también aparece en Cartago e incluso en Roma, cuya herencia más evidente estuvo en los cónsules republicanos que gobernaban a la vez. Precisamente la batalla de Cannas (216 a. C), el mayor desastre militar de la historia romana, demostró las desventajas de tener el poder absoluto dividido entre dos personas. Eso sin mencionar lo irresistible que es para los que quieren medrar y conjurar en la Corte poder bascular entre dos bandos.

Como explica Nic Fields en su libro «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), lo más peculiar del sistema político espartano estaba en su monarquía dual, con dos familias reales al frente del país. Los agíadas y los euripóntidas compartían antepasados comunes y cada uno tenía su propio rey, tal vez como remanente de dos tribus que se unieron y decidieron compartir el poder en otro tiempo. No obstante, la mitología griega relata que los dos primeros diarcos fueron Proeles y Euristenes, hijos gemelos del Rey Aristodemo, descendiente de Hércules, que reinaron juntos en Esparta ante la imposibilidad de distinguir quién era el mayor.

Leónidas I fue el 17.º rey agíada de Esparta.

Los diarcas no se repartían el poder, sino que ambos ostentaban las mismas responsabilidades. Los dos reyes eran sacerdotes de Zeus, ambos eran jefes militares permanentes y en un principio podían salir de campaña juntos o por separado, lo cual cambió por los problemas generados sobre el terreno. Con el tiempo se prohibió que los dos reyes dirigiesen a la vez al Ejército, de modo que uno se quedaría en la ciudad, mientras el otro salía en campaña militar.

Aristóteles definió así esta diarquía como un generalato hereditario y vitalicio. Pero que fuera hereditario no hacía de este sistema una monarquía en sí. El poder real descansaba realmente en una asamblea de guerreros, «apella», y en un consejo de ancianos, «gerousia», formado por los dos reyes y otros 28 miembros elegidos entre los espartanos de más de 60 años. En este sentido, estos dos órganos tenían capacidad para deponer o mandar al exilio a los reyes, si bien los diarcas espartanos se encargaron de mantener bajo su control ambas asambleas aprovechando sus victorias militares para aumentar poder. El frágil equilibrio entre las instituciones regulada por la Retra (le Ley suprema espartana) fue el demoninador común de este reino griego.

La diarquía más allá de Esparta

Otras potencias antiguas también emplearon fórmulas parecidas a la espartana, entre ellas Cartago, algunas tribus de Dacia y Germania) y la propia Roma. En los inciertos primeros años de la fundación de la ciudad, se estableció una diarquía entre el mítico Rómulo y Tito Tacio, instaurada tras la guerra de Roma con los sabinos. Esta monarquía dual se prolongó hasta el momento en el que Tacio fue muerto por una familia enemiga y Rómulo no intervino ni en su defensa ni para vengar a su compañero. Con la instauración de la República Romana, la diarquía pervivió en parte a través del sistema de dos cónsules que se alternaban a la cabeza del gobierno y del ejército. Una fórmula que a nivel militar resultó desastrosa a cuenta de que a veces los cónsules les preocupaba más destacarse frente a sus compañeros de gobierno, normalmente rivales políticos, que colaborar con ellos en pos de la Res publica.

El ejemplo de diarquía más conocido y cercana hoy es el del Principado de Andorra, cuyos gobernantes son el Presidente de Francia y el Obispo de Urgell. Un coprincipado vigente desde 1278, cuando se firmó el «Pariatge» entre el Obispo de Urgel y el Conde de Foix. Caso parecido al de la República de San Marino, gobernada en forma colegiada por dos Capitanes Regentes y el Reino de Swazilandia, cuyas cabezas de Estado son el Rey y su madre.

 

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12 enero 2018 at 8:33 pm Deja un comentario

Las perversiones sexuales del emperador Tiberio: una mentira para adornar una biografía sangrienta

La imagen del adusto y erudito general fue sustituida, mediante la propaganda de sus enemigos, por la de un anciano pedófilo que se deleitaba con la contemplación del acto sexual entre parejas de adolescentes

La muerte de Tiberio, por Jean-Paul Laurens.

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
26 de octubre de 2017

El problema de la historiografía romana es que está escriba, casi siempre, por senadores, que definen a un emperador como bueno o malo en función de su relación con el Senado. Y es que también en tiempos imperiales el trato con el Senado resultaba fundamental: saber persuadir en vez de intimidar a la aristocracia era un arte del que careció Tiberio y otros princeps. En «Las Vidas de los doce césares», el historiador Suetonio presenta un retrato perturbador del Emperador Tiberio –sucesor de César Augusto–, al que se le achaca toda clase de monstruosidades en su villa. Unos excesos, probablemente inventados, que pretendieron adornar con sadismo la ligereza mostrada por Tiberio a la hora de eliminar a sus rivales.

Tiberio era hijo del primer matrimonio de Livia Drusila, que se divorció de su primer marido para casarse con Augusto, estando embarazada. No en vano, Augusto trató a los hijos de su esposa como parte de la familia imperial. Tiberio y su hermano Druso, fueron preparados desde pequeños para tareas militares e iniciaron carreras públicas convencionales, es decir, con los distintos cargos que le correspondían por edad. El imperio se ponía a sus pies.

La huida del Emperador melancólico

En sus destinos militares, Tiberio y Druso tuvieron ocasión de aumentar su reputación y de ganarse el aprecio de las legiones. Como explica Adrian Goldsworthy en «Augusto, de revolucionario a emperador», «Tiberio tenía un carácter reservado y complejo, más sencillo de respetar que de querer, mientras que Druso era famoso por su encanto y afabilidad y no tardó en ser popular entre la gente». Augusto no ocultaba que prefería a Druso antes que a Tiberio, al que únicamente trataba con cordialidad. La sorpresiva muerte de Druso obligó al princeps a cambiar de opinión.

Tiberio dio un paso al frente y estuvo la mayor parte del tiempo ausente de Roma apagando incendios por el Imperio. Sin embargo, en el año 6 a.C., cuando estaba a punto de asumir el mando del Este y convertirse con ello en el segundo hombre más poderoso de Roma, anunció que quería retirarse de la vida pública para seguir con sus estudios en Rodas, argumentando que estaba agotado tras años de esfuerzo. Augusto le negó por completo esta posibilidad pero, tras una huelga de hambre de cuatro días, tuvo que resignarse.

Busto del Emperador Tiberio

Tras cinco años en Rodas dedicado a conferencias y debates, Tiberio obtuvo al fin permiso para regresar a Roma, sin que le fuera reservado ningún papel público. Fue con el tiempo que Augusto trazó un nuevo plan de sucesión con él en el epicentro: primero Tiberio adoptaría a su sobrino Germánico (el hijo del fallecido Druso) y posteriormente Augusto adoptaría tanto a Tiberio como a Agripa Póstumo (el nieto maldito del princeps). No había precedentes de una adopción de un excónsul, de 45 años adulto, y menos dentro de una adopción triple; pero la muerte del resto de familiares de Augusto obligaba a tomar una decisión extraordinaria. Tiberio Julio César fue adoptado, con ese nombre, en una ceremonia en el Senado en la Augusto afirmó un enigmático: «Lo hago por el bien de la res publica».

Tiberio demostró estar a la altura de esta nueva oportunidad y durante el resto de su vida actuó con respeto hacia Augusto. No en vano, la juventud de Germánico, hijo de Druso, le dejó a él, con permiso del defenestrado Agripa Póstumo (nieto maldito de augusto), como único heredero del imperio.

El inicio de un reinado sangriento pero estable

El princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años. Tiberio –que se hallaba presente junto con Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!). Ya entonces algunos historiadores le pintan como un hombre intrigante, que junto a su madre propiciaron la muerte de Augusto y poco después la de Agripa Póstumo. Una fama de maquiavélico que le acompañaría durante todo su reinado.

La transición entre emperadores apenas se sintió, dado que Tiberio llevaba tiempo con las riendas del imperio agarradas firmemente. El problema más acuciante al que debió enfrentarse brotó en Germania, donde, a la lucha con las tribus locales, se sumó el amotinamiento de cuatro legiones acantonadas en el Rin y tres estacionadas en el Danubio al enterarse de la muerte de Augusto. Lo hicieron en favor del nieto de Augusto, Germánico, al frente del poderoso ejército del Rin, al que consideraban el legítimo sucesor.

Germánico se negó, sin embargo, a secundar sus demandas y pidió que volvieran a la obediencia de Tiberio. Pero la cuestión más preocupante no es lo que hizo durante el motín, sino cómo lo hizo. El histrionismo mostrado por el nieto del emperador, llegando a amenazar con suicidarse si no le obedecían, puso en cuestión su buen juicio y su capacidad de liderazgo. Sorprendentemente, un soldado le ofreció su propia espada para que se matara allí mismo.

Moneda con la inscripción Lucius Aelius Sejanus.

Aunque logró poner fin al motín, el momentum político de Germánico se hundió, junto a su prestigio, para siempre en la oscuridad de los tiempos. Cuando murió en octubre del 19 d.C, tras una súbita enfermedad en Antioquía (Siria), fueron inevitables los rumores de que había sido envenenado por orden de Tiberio, aún cuando su liderzgo estaba en declive.

¿Había comenzado ya la purga de Tiberio? El principal sospechoso de ser el asesino material de Germánico, Cneo Calpurnio Pisón, enemistado con él desde hace tiempo, se suicidó, supuestamente, cortándose la garganta un año después. Y en el año 23 d.C, Druso el Joven –hijo de Tiberio y de su primera esposa Vipsania– también falleció en extrañas circunstancias. La oscura mano de Lucio Elio Sejano, amigo y confidente de Tiberio, estuvo presente en todas las murmuraciones, así como la Guardia Pretoriana.

El giro tiránico del emperador en esas fechas fue más que evidente. Como explica David Potter en su libro «Los Emperadores de Roma» (Pasado y Presente), para silenciar a sus enemigos, reales e imaginarios, el Emperador invocaba cada vez más la lex maiestatis, es decir, la ley que regulaba el control de las acciones susceptibles de “menguar la soberanía del pueblo”». El equivalente al delito de alta traición, que además permitía al Estado recibir parte del patrimonio del reo, una vez ejecutado.

A diferencia de su padre político, Tiberio carecía de mano izquierda y de la capacidad para persuadir a los amigos y a los enemigos. Su impaciencia con las sutilezas políticas le hacía preferir métodos más agresivos para convencer a sus colaboradores. De ahí que los lazos de Tiberio con el Senado fueran tibios e incluso se mofara abiertamente de los senadores: «¡Qué hombres más propensos a la esclavitud!», afirmó en cierta ocasión según Tácito.

La oscura mano de Lucio Elio Sejano, amigo y confidente de Tiberio, está presente en todas las murmuraciones

En el año 28 d.C, tal vez asqueado de sus propias maquinaciones Tiberio repitió la espantada de su juventud. Se retiró a su villa de Capri, como hiciera a Rodas durante el periodo de Augusto. Dejó así las tareas de gobierno en manos de Sejano y el problema de su sucesión sin resolver. Los más evidentes herederos eran Nerón Julio César (hermano de Calígula, futuro Emperador) y Druso (otro distinto a los anteriores), hijos adolescentes de Germánico, pero tanto ellos como su madre, Vipsania Agripina, se oponían a Tiberio, al que responsabilizaba de la muerte de su marido. Los tres acabaron desterrados en una isla para que no causaran problemas, lo que emperó las previsiones de sucesión.

Mientras Tiberio se deleitaba en su retiro, Sejano decidió conspirar contra el emperador y los herederos varones de la familia, para acceder a la cabeza de Roma. Prevenido por sus pajaritos, la respuesta del veterano princeps fue tan rápida como cruel: condenó a Sejano a ser estrangulado y a que su cadáver fuera arrojado a la plebe, que le odiaba y temía a partes iguales. Después de que el Senado emitiera un «Damnatio memoriae» sobre Sejano, todos los recuerdos del pretoriano fueron eliminados.

A partir de la muerte de su amigo, el humor del emperador se amargó aún más y entró en periodos melancólicos, que le ganarían la fama del «tristissimus hominum» (el más apesadumbrado de los hombres). Los senadores y delegados políticos vivían, por su parte, con el temor de verse súbitamente acusados de traición por la mente cambiante de Tiberio. Uno de los que cayó en desgracia por aquellas fechas fue Poncio Pilatos, destituido en el año 36 d.C como gobernador de Judea por permitir demasiada manga ancha a las autoridades religiosas de esta región. Lavarse las manos nunca resultó tan caro.

Las mentiras sobre su vida sexual

El odio del Senado a este Emperador intransigente y tenebroso en sus maniobras hizo que se dibujara un escenario de perversiones sexuales en su Villa de Capri. Los propagandistas del Senado, y los de su propio sucesor, Calígula, extendieron una serie de bulos escabrosos sobre lo que ocurría en aquella villa. La imagen del adusto y erudito general fue sustituida por la de un anciano pedófilo, que, propagaron, se deleitaba con la contemplación del acto sexual entre parejas de adolescentes. Suetonio en su biografía describe situaciones de sadomasoquismo, voyeurismo y pedofilia en Capri:

«Tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus maestros de voluptuosidad, formaban allí entre sí una triple cadena, y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos».

Ruinas de Villa Jovis, residencia de Tiberio en Capri.

En los mismos términos, Suetonio habla de una roca escarpada en Capri donde arrojaba al mar a sus enemigos, después de haberles hecho sufrir tormentos prolongados e inauditos:

«Abajo los esperaban marineros que golpeaban los cuerpos con sus remos por si acaso en ellos quedaba un soplo de vida. Entre otras horribles invenciones había imaginado hacer beber a algunos convidados, a fuerza de pérfidas instancias, gran cantidad de vino, y en seguida les hacía atar el miembro viril, para que sufriesen a la vez el dolor de la atadura y la viva necesidad de orinar».

No obstante, se sabe que Tiberio, interesado en la filosofía y el estudio, se rodeó en su villa de una camarilla de académicos y astrólogos. Su evasión era la ciencia, más que la tortura o la perversión. Precisamente por la contemplación de las estrellas –se dice– comprendió que la sucesión iba a caer sobre su sobrino Cayo Calígula, hijo de Germánico, hiciera lo que hiciera. De ahí que se despreocupara de su propia sucesión y solo regresara dos veces a Roma.

En marzo del año 37 d.C, cumplidos los 79 años, falleció Tiberio por causas naturales, aunque no faltaron las sospechas de que había sido asfixiado por un hombre que respondía al nombre de Macrón, sucesor de Sejano como prefecto del pretorio y que ejercería un importante papel en el futuro. La muerte del segundo emperador fue celebrada por la mayoría de senadores, si bien solo lo hicieron hasta que descubrieron que habían salido de Málaga para meterse en el reinado del salvaje Calígula. Sus perversiones no iban a ser, en estre caso, fruto de la propaganda.

 

27 octubre 2017 at 8:28 pm Deja un comentario

Las cinematográficas mentiras de los rocosos gladiadores: estrellas de Roma no tan fieras

Tras el periodo de la dinastía Julio-Claudio se prohibió en todas las partes del imperio, salvo en Roma, los combates a muerte. La cantidad de denarios que movía este negocio hacía que los patrocinadores tuvieran gran interés en que los gladiadores sobrevivieran a los combate

«Pollice Verso» (1872), del pintor francés Jean-Léon Gérôme – Museum purchase

Fuente: CÉSAR CERVERA ABC
14 de septiembre de 2017

Los gladiadores eran auténticas estrellas mediáticas, como hoy lo son los futbolistas o los tenistas, con la salvedad de que la impaciencia de los espectadores romanos no permitía que las competiciones se alargaran más de un día. Como si a un boxeador le obligaran a luchar varias veces en cuestión de pocas horas, la resistencia física era fundamental para poder aguantar ronda tras ronda combates interminables. No obstante, la gran mentira trasladada por películas como «Gladiator» o «Espartaco» es que la mayoría de gladiadores morían sobre la arena y que los espectadores acudían a ver sangre y vísceras. Lo último que querían los patrocinadores era ver muertos a los luchadores que los estaban haciendo de oro y proyectaban tantas cualidades que admiraba el pueblo romano. Nada había peor en estos espectáculos que un combate breve (mortal) o sin emoción.

La virtus era la principal cualidad masculina que regía la vida en la Antigua Roma. Se esperaba de los políticos, militares y ciudadanos que se mostraran varoniles, leales a la República (más tarde al Emperador) y dispuestos a sacrificarse por el bien común. De ahí la importancia social de los combates de gladiadores, que entretenían al pueblo con las hazañas de unos hombres que cumplían al detalle con la virtus y las cualidades marciales que habían engrandecido a Roma.

De rituales a espectáculo de masas

El nombre de gladiador deriva del arma principal que solían utilizar, una espada corta de hoja recta llamada gladius, que las legionarios romanas adaptaron a modo de imitación de las armas portadas por los mercenarios celtíberos de Aníbal Barca;. El origen más remoto de la lucha de gladiadores hay que buscarlo en la época etrusca (siglo IV a.C.), durante la cual se celebraban combates rituales entre los prisioneros en torno a las tumbas de los héroes para honrar a Saturno. En este sentido, como explica David Potter en su libro «Los emperadores de Roma» (Pasado&Presente, 2017), los combates públicos como entretenimiento, y no como rituales religiosos, ya se empezaron a celebrar en los años de la República, pero no adquirieron la magnitud de un espectáculo de masas, común en todas las regiones del Imperio, hasta después de la batalla de Accio (31 a.C.), cuando la Pax Romana permitió un periodo de relativa calma en las fronteras.

El formato más habitual de estos combates era el de una serie de asaltos entre dos o más hombres armados que finalizaban, por regla general, cuando uno de los contendientes resultaba herido. Al comienzo del evento, los gladiadores desfilaban por el circo con sus armas y distintivos. Cuando llegaban al palco del Emperador saludaban a las autoridades en muestra de respeto, pero es poco probable que pronunciaran el cinematográfico «Ave, Caesar, morituri te salutant» (Ave, César, los que van a morir te saludan), tras lo cual presentaban sus armas al promotor encargado de comprobar que estuvieran en buen estado y cumplieran con las reglas establecidas. Asimismo, los gladiadores realizaban un precombate simulado (prolusio) a modo del moderno calentamiento.

Gladiadores después del combate, por José Moreno Carbonero

Los vencedores en los combates iban acumulando prestigio y subían de categoría, de tal manera que a los veteranos les quedaba la opción al final de su carrera de convertirse en maestros de las escuelas o incluso en árbitros. Los combates estaban perfectamente reglados por un «suma rudis», un árbitro que vigilaba el desarrollo de la lucha y que mandaba parar el combate cuando uno de los contendientes no respetaba las normas. El «suma rudis» era siempre un gladiador retirado y portaba una espada de madera, símbolo de su pasado como luchador de la arena.

Las estrellas no pueden morir

La creencia de que todos los gladiadores eran esclavos o debían ganarse su libertad se desmiente con la existencia de numerosos hombres libres que se dedicaron a estos combates con fines lucrativos. Las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias.

No en vano, la cantidad de denarios que movía este negocio, que los magistrados civiles tenían la obligación de organizar al menos una vez al año, hacía que los patrocinadores tuvieran gran interés en que los gladiadores sobrevivieran a los combates y, de paso, evitar el pago de los millonarios seguros de vida contratados por los hombres libres en caso de sufrir una desgracia.

Gladiadores victoriosos ofreciendo las armas a Hércules guardián

Según el jurista y escritor Gayo, los gladiadores de alquiler para un solo combate se cotizaban a 20 denarios si salían vivos y sin heridas del anfiteatro, mientras que la cifra se elevaba a los 1.000 por los hombres muertos o mal heridas. Los mejores gladiadores voluntarios firmaban contratos de cinco años y combatían dos o tres veces cada temporada.

Los combatientes se organizaban en «familiae», esto es, compañías en las que sus entrenadores tenían la potestad de vender, alquilar o intercambiar a los miembros de su equipo. Los propietarios de las escuelas de gladiadores, conocidos como «lanistas», eran los responsables de reclutar a los guerreros y de su entrenamiento. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. Por lo demás, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud.

A cambio de los duros entrenamientos, los gladiadores obtenían buenas dietas, masajes y cuidados médicos diarios, algo al alcance de muy pocos en la época. En la víspera de la lucha –explican los autores de «Historia del deporte. De la Prehistoria al Renacimiento» (Editorial Wanceulen)– se ofrecía públicamente a los gladiadores una cena libera con los mejores manjares y bebidas, con el fin de que el pueblo pudiera observar de cerca a sus héroes. A nivel social, se daba la contradicción de que los patricios romanos denigraban a los gladiadores por su baja posición y, a la vez, los admiraban por su valentía y los elevaban por encima de otras grandes celebridades.

Sangre, sudor y habilidad

Ver un derramamiento de sangre no era lo que hacía tan seguidas las luchas entre gladiadores. La sociedad romana sentía fascinación por el dolor y el sufrimiento, hasta el punto de que los gladiadores eran admirados como símbolos de fortaleza extrema, individuos que arriesgaban la vida y la integridad física. Una pequeña dosis de sangre y sufrimiento era bienvenida, aun cuando las matanzas no eran deseables ni lo más probable (el índice de mortalidad estaba en torno al 5% en cualquiera de los espectáculos romanos). La muerte acaecía por accidente o cuando uno de los contendientes se comportaba de manera esquiva o inútil, en cuyo caso se le azuzaba con latigazos y hierros candentes. Si persistía en su actitud se le azotaba y mataba por cobarde.

A la muerte de Augusto, le siguió un periodo en el que sí fueron más frecuentes los combates «sine missione» (sin perdón). No obstante, tras el periodo de la dinastía Julio-Claudio se prohibió en todas las partes del imperio, salvo en Roma, los combates a muerte. E incluso en la capital solo cuando asistía el Emperador era habitual que las luchas acabaran con muertos. De ahí ha derivado la cinematográfica escena de la grada, sediento de sangre, pidiendo al Emperador la muerte o el perdón del gladiador derrotado con la señal del dedo pulgar hacia arriba (pollice verso, pulgar girado). Una interpretación errónea de este gesto, que se extendió originalmente por culpa de un cuadro del siglo XIX del pintor francés Jean Leon Gerome. En verdad, el pulgar hacia abajo significaba clemencia para el vencido, a través de un gesto que trataba de imitar una espada envainada de nuevo.

En la época del Emperador Marco Aurelio, fue habitual que en los enfrentamientos se usaran armas de madera en vez de espadas y tridentes de acero. Todo ello porque la verdadera esencia de estos combates era dar con un espectáculo de larga duración en el que se exhibieran las habilidades marciales de los combatientes y hubiera un toque teatral. En las raras situaciones en las que un gladiador moría, el operario que lo retiraba de la arena iba disfrazado como el dios etrusco del infierno blandiendo un enorme y teatral martillo.

Para ver sangre a raudales había otros entretenimientos públicos con una violencia más explícita y probable. Entre ellos –apunta David Potter– aquellos en los que uno o más cazadores profesionales acosaban y daban muerte a diferentes tipos de animales o en las ejecuciones de delincuentes, precedidas de torturas públicas, que se vestían de representación teatral. Y a veces se enfrentaban a muerte los condenados. Asimismo, «la exposición a las bestias» consistía en arrojar a convictos desarmados a la arena para que fueran devorados por leones, tigres, osos o lobos.

La decandencia de este tipo de entretenimientos fue acelerado por las prohibiciones. En el año 200 se prohibió que las mujeres lucharan y, finalmente, la lucha de gladiadores fue prohibido por el Emperador Constantino el Grande en el año 325, y retirado definitivamente por Horacio en el 404. El ascenso del cristianismo a fe oficial de Roma hizo que los espectáculos que tanto gustaban a la gente empezaron a ser mal vistos, por crueles y sanguinarios, así como por recordar la muerte de mártires cristianos a manos de bestias en los años de la persecución de los seguidores de Cristo.

 

14 septiembre 2017 at 7:59 am Deja un comentario

La Macedonia de Alejandro Magno, los orígenes del temible imperio que nació entre las cabras

La tierra de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. El libro «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» pretende remediar este vacío

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
22 de junio de 2017

Un reino de pastores de cabras y jinetes de frontera pasó en cuestión de un siglo a convertirse en el imperio más grande conocido hasta entonces en Occidente. La Macedonia de Filipo II y Alejandro Magno es una gran desconocida en España más allá de la campaña de conquistas que estas huestes llevaron a cabo a través del Imperio persa. Para remediar este vacío, el periodista especializado en historia, arqueología y patrimonio Mario Agudo Villanueva ha publicado recientemente «Macedonia: la cuna de Alejandro Magno» (Colección DSTORIA- Antigua) sobre la evolución económica, política y religiosa de «este pequeño pero decisivo reino de la Antigüedad».

–Los atenienses consideraban a los macedonios unos bárbaros, aunque hoy se estime su historia irrenunciablemente helena, ¿por qué de esta contradicción?

–Macedonia no era a nivel cultural y político igual que el resto de Grecia. Todas las polis griegas tenían su propia idiosincrasia, pero es que Macedonia además era un reino. El rey tenía el poder absoluto, tanto político, militar como religioso. Su clima y su paisaje eran distintos, rodeados de montañas y en una planicie aluvial. Lo que les concedía mucha vegetación y riqueza minera y ganadera… Los rituales también eran muy distintos. Sus tradiciones de enterramiento con piras funerarias eran más propias de tiempos heroicos. Además, los jóvenes macedonios tenían que pasar por un ritual de acceso a la edad adulta que consistía en matar un animal por sus propios medios. Tenían valores arcaicos a ojos del resto de Grecia. Desde Atenas no los consideraban griegos y se los cita frecuentemente como bárbaros. Lo más curioso es que hoy es al revés. La historia de Macedonia es algo irrenunciable para los griegos actuales como consecuencia del impacto de la figura de Alejandro.

–Tal vez la primera pregunta es, ¿que se consideraba griego en aquel periodo?

–Sí usamos a Atenas como la propagadora del ideal griego, pues los macedonios estaban lejos de serlo. Pero es que ellos tenían una Democracia y su propia variante del idioma griego. Cada polis era distinta. Sabemos que el reino de Macedonia tenía la aspiración de ser considerados griegos, pero cabe preguntarse si eso fue real o fue una construcción propagandística posterior para justificar en tiempos de Filipo II su dominio sobre Atenas. La dinastía Argéada, que reinaría hasta la muerte del hijo de Alejandro Magno, presumía de tener un origen tebano (tres tebanos que emigraron hacia el norte), lo que demuestra cierto interés por vincularse con el mundo griego de alguna manera. También hay que tener en cuenta que varios reyes macedonios abrieron su corte a la llegada de intelectuales de polis griegas, como ocurrió con el rey Arquelao allá por el siglo cuarto antes de Cristo con la llegada del escultor Calímaco o el gran Eurípides. Eso sí demuestra claramente que mantenían interés por acercarse a la cultura griega.

–Tradicionalmente se presenta a Macedonia como una sociedad muy belicosa, poco interesada por la cultura.

–Los macedonios eran bastante aguerridos, entre otras cosas porque tenían vecinos terribles: los tracios en el norte y los ilirios por el oeste. Su posición estratégica, estando en la ruta terrestre entre Europa y Asia, y teniendo grandes cantidades de la madera fundamental para la flota ateniense; los situaba en un terreno bélico de primer orden y les involucró en muchos conflictos. De hecho, fue en las guerras del Peloponeso donde empezaron a despuntar un poquito. Pero eso no significa que no tuvieran también cierta vida cultural, con una orfebrería avanzada, exquisitos relieves, tallados de marfil… El problema es que cómo las fuentes son atenienses pues siempre se presentan deformados los macedonios y los tracios; porque en otro tiempo fueron sus enemigos.

–El filósofo Aristóteles era macedonio y rompe con esta idea de un pueblo de cabreros.

–Aristóteles es el caso más conocido. Nació en Estagira, un territorio que estaba cambiando de manos cada pocos años, pero que en tiempos de Aristóteles y su padre, el médico Nicómaco, quedó férreamente en manos macedonias. A Aristóteles le pesó ser macedonio a ojos de los atenienses y preceptor de Alejandro Magno. De hecho cuando Alejandro murió el filósofo se fue de Atenas.

–¿Cuándo y cómo se convirtió este reino de cabreros en una potencia militar?

–Hubo una serie de pasos previos. Alejandro I, un rey macedonio en tiempos de las Guerras Médicas, se movió con cierta astucia y apareció en los textos como un filoheleno (esto demuestra, de nuevo, que no eran considerados griegos). Macedonia entró con él en el primer plano de la historia de Grecia. Por su parte, el rey Arquelao reformó el Ejército y acogió a intelectuales griegos. Pero el salto definitivo es sin duda con Filipo II, el padre de Alejandro, cuando se gestó la hegemonía sobre Grecia. Alejandro no se puede entender sin la figura de su padre y es muy probable que no hubiera podido llegar tan lejos sin él.

–¿En qué consistieron los cambios encabezados por Filipo II?

–Filipo II heredó un reino en descomposición asediado por todos sus vecinos y lleno de peligros. Con astucia, habilidad diplomática y tácticas militares reunificó el reino, amplió sus fronteras y preparó la campaña asiática. Logró en la batalla de Queronea vencer a Tebas y Atenas, siendo el dominador del escenario político griego. Cuando Filipo fue asesinado por un tema de intrigas amorosas, había ya tropas macedonias en Asia. Filipo marcó el camino a Alejandro.

–¿Qué tenía diferente el ejército macedonio respecto al resto de griegos?

–En sus orígenes el ejército macedonio era en su mayoría caballería, con buenos jinetes y excelentes caballos. Su infantería no era poderosa y no tuvo un ejército en garantías hasta las reformas militares de Arquelao y de Filipo II. Filipo había sido rehén en Tebas y se había dado cuenta de que había otras formas de guerrear más allá de la caballería. Añadió a la buena caballería una poderosa infantería equipada con sarisas, que eran unas largas picas de 3 a 7 metros de longitud. El mayor peso de la pica se compensó con una reducción en el peso del escudo macedonio, que algunos autores apuntan que se inspiró en el tradicional escudo tracio. Asimismo, Filipo entrenó mucho a sus soldados y mejoró sus tácticas. Creó así la imbatible falange macedonia.

Otro de los éxitos macedonios es que fueron incorporando a otras fuerzas auxiliares a su ejército, como la caballería tesalia; y luego unidades procedentes del Imperio persa, ya en tiempos de Alejandro Magno.

–¿Da usted crédito a la idea de que Alejandro estuvo detrás del asesinato de su padre?

–A Filipo II le mató un amante llamado Pausanias por despecho, según las crónicas. No podemos saber lo que ocurrió realmente por la falta de materiales y testimonios. Alejandro salió beneficiado, pero eso era lógico. En el libro cuento que Filipo II nunca dudó de que su hijo le sucedería y cuando salió a hacer sus campañas fuera de Macedonia le dejó de regente, lo cual fue alabado por los emisarios extranjeros, a los que el joven les dejó alumbrados. En su cabeza era la única posibilidad de sucesión, pues era el más preparado y capaz.

–Filipo II fue asesinado y a la muerte de Alejandro también sus herederos y su madre fueron perseguidos, ¿por qué tenía la monarquía macedonia esta tendencia a las intrigas violentas?

–Hay ciertas turbulentas en la historia de Macedonia, con varios reyes en poco tiempo. Estaban en una zona muy peligrosa y era fácil que murieran en combate. No obstante, a partir de Filipo II si hubo cierta continuidad. Y en general desde que reinó la dinastía Argéada hubo más estabilidad, incluso más que en la democracia ateniense. Los macedonios consideraban a esta dinastía los padres fundadores de la patria, sin los cuales no hubiera existido el reino como tal. La dinastía era sólida dentro de las turbulencias.

–¿Cree usted que con Filipo II la campaña asiática hubiera llegado a buen puerto o carecía del talento de su hijo?

–Aquí entramos en el terreno de la historia ficción. Filipo II era un gran estratega, un buen político, un hábil diplomático y el diseñador del inicio de la campaña. El día de su muerte había destacamentos a punto de cruzar a Asia. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido. Alejandro tenía un carácter diferente en algunas cosas a su padre, con el que tenía una relación de hostilidad y admiración a partes iguales. Eran diferentes y a la vez iguales.

–¿Alejandro tenía alguna idea de cómo gestionar el imperio creado o solo era un conquistador?

–Es un debate siempre abierto. Yo creo que Alejandro sí tenía una idea para gestionar este imperio. Fue adoptando las estructuras administrativas del imperio persa, las satrapías, y fue asumiendo decisiones sobre los territorios. Él se preocupaba por la gestión de estos territorios más allá de la campaña de conquista, aunque fuera para su explotación o para dejar a sus heridos. No es que tuviera una preocupación cosmopolita de expandir el helenismo, sino desde una perspectiva macedonia tenía preocupaciones muy inminentes.

–A quien dice que Alejandro terminó obsesionado con Asia y alejándose de Macedonia.

–Sí, hay una tendencia a presentar a Alejandro como la víctima de un hechizo persa, fascinado por esta cultura, pero en verdad tenemos la certeza de que se comportó como un macedonio hasta su muerte. Cuando falleció su amigo Hefestión mandó construir una pira funeraria como ordenaba el rito habitual de los macedonios. Además, se hacía acompañar de adivinos y él dirigía los sacrificios en persona. Para su pueblo, el poder del rey se lo daban los territorios que hubiera conquistado y cómo se comportaba, no el título en sí. Y aunque hay una evolución en su personalidad durante la campaña, lo cierto es que reinó como un macedonio toda su vida.

 

22 junio 2017 at 8:23 am Deja un comentario

El fuego griego, la misteriosa sustancia empleada por los bizantinos para frenar los ataques árabes

Incluso hoy se desconoce la composición exacta de la fórmula original perdida en los saqueos a Constantinopla de 1204. Los bizantinos guardaron celosamente el secreto y se cree que la mezcla incluía nafta (una fracción del petróleo también conocida como bencina) y azufre

Uso del fuego griego, según una ilustración de una crónica bizantina.

Fuente: CÉSAR CERVERA ABC
9 de junio de 2017

Constantinopla, la segunda Roma, sobrevivió toda la Edad Media a los ataques musulmanes como una isla cristiana a las puertas de Oriente y un agente de equilibrio entre ambos mundos. Las murallas de la ciudad, su poder militar, su capacidad de adaptarse a los tiempos sin renunciar a las tradiciones romanas…. muchos elementos explican la longevidad del Imperio bizantino, pero ninguna responde a la pregunta de cómo pudieron prevalecer ante asedios que llevaron a miles de naves a sus puertas. Un arma secreta, incluso hoy imposible de desentrañar, salvó al menos en dos ocasiones al último imperio romano de su destrucción.

El fuego griego recibió muchos nombres en la Antigüedad: «fuego romano» para los árabes, «fuego griego» para los cruzados que se dirigían a tierra santa y «fuego bizantino» para los otomanos. Entre los siglos VII y XIII, el Imperio bizantino empleó una sustancia inflamable en las batallas navales y en los asedios contra Constantinopla, que le daba una clara ventaja táctica y tecnológica contra enemigos con recursos y hombres muy superiores. Este fuego era capaz de arder sobre el agua y la única forma de apagarlo era asfixiándolo. Tratar de apagarlo con agua solo avivaba aún más la llama. Y si bien hoy en día se utilizarían espumas y polvo químico para extinguir el fuego, en la Antigüedad y la Edad Media la única posibilidad probablemente sería la de usar orina (por su alto contenido en sales inorgánicas y urea), esteras de esparto e si acaso vinagre.

El secreto mejor guardado de la historia militar

Los bizantinos usaban dos métodos para lanzar el líquido inflamable. Uno de ellos consistía en derramar a presión la sustancia a través de un inyector con un ajuste giratorio, después de que un brasero instalado en el barco calentara previamente la mezcla. Otro forma era llenando granadas de cerámica con el material y arrojándolas sobre los barcos enemigos, siempre buscando prender sus velas. Cuando el líquido rozaba el agua o alcanzaba cierta temperatura entraba en ignición e incendiaba las embarcaciones enemigas. Entonces se producían «truenos» y una aparatosa nube de humo. Además de los efectos destructivos, hay que tener en cuenta que la sustancia resultaba tóxica para quienes la respiraban.

El hecho de que incluso hoy resulte un misterio saber la composición exacta de esta sustancia convierte la fórmula en uno de los secretos mejores guardados de la historia del mundo. Los bizantinos guardaron celosamente el secreto y los fabricantes vivían aislados del mundo exterior, hasta el punto de que hoy en día solo cabe especular sobre los componentes y las proporciones, sin que existan muestras o documentos que estudiar. La mezcla incluía probablemente nafta (una fracción del petróleo también conocida como bencina), azufre y amoníaco, si bien se desconocen los porcentajes de cada sustancia. El nafta haría que el líquido no se mezclara con el agua, mientras que el azufre actuaría como combustible.

No obstante, otras investigaciones han propuesto dosis de cal viva, que al entrar en contacto con el agua eleva su temperatura hasta los 150 grados, o mezclas que contengan nitrato, salitre, resina o grasa.

«Granadas» de cerámica que se rellenaban del fuego griego

Ya en el año 214 a. C., se considera que el inventor griego Arquímedes había usado una sustancia también inflamable para combatir al ejército romano en su intento de conquistar la ciudad griega de Siracusa. Pero nada demuestra que su fuego griego fuera el mismo que el bizantino… La invención de este segundo se le atribuye a un ingeniero militar llamado Callínico, procedente de la actual Siria, que llegó a Constantinopla en los días previos al primer gran asedio árabe de 674. Se cree, no obstante, que el propio Callínico se basó en los trabajos del alquimista, astrónomo e inventor griego Esteban de Alejandría, que se trasladó en 616 a Constantinopla.

Todas estas fechas flotan en torno al primer gran asedio árabe de Constantinopla, cuando la lucha entre el Imperio bizantino y el Califato Omeya devino en el asedio de la gran ciudad, bajo el mando de Constantino IV. En esta batalla, los omeyas fueron incapaces de abrir una brecha en las Murallas Teodosianas, que bloqueaban la ciudad a lo largo del Bósforo, y fueron derrotados a nivel marítimo gracias al invento de aquel sirio loco. La armada bizantina lo utilizó decisivamente para destrozar a la marina omeya en el mar de Mármara y en la posterior batalla de Silea, en las costas de Panfilia, en el año 678. El cronista Teófanes menciona en sus textos la sorpresa táctica que supuso el fuego para los árabes durante el largo asedio de cuatro años:

«Por entonces había huido a territorio romano un arquitecto de Heliópolis de Siria llamado Calínico, inventor del fuego marino, gracias al cual los navíos árabes se incendiaron y todas sus tripulaciones se quemaron. Así los romanos volvieron vencedores y descubrieron el fuego marino».

El arma se continuó utilizando hasta 1204, cuando se perdió la fórmula original durante los saqueos y destrucción que sufrió Constantinopla en la cuarta cruzad

Durante año las acometidas árabes perecieron ante la superioridad de la flota bizatina. En el 717, las fuerzas musulmanas aprovecharon un periodo de inestabilidad bizantina para iniciar un nuevo asedio. Después de casi un año de cerco, una escuadra árabe compuesta por 400 naves de refuerzo se sumó a las 300 naves que mantenían el asedio en Constantinopla. Una superioridad numérica que no amilanó a la flota bizantina, que, recuperando la sustancia de Calínico, contraatacó por sorpresa hacia las naves árabes. Esto puso en fuga a los árabes y muchas naves fueron destruidas por el «fuego griego», encaminando el asedio a su último desenlace.

Pasada la sorpresa inicial de estos dos asedios, los árabes aprendieron a combatir este fuego, que en tierra resultaba poco útil y en el mar su empleo era limitado. Árabes, venecianos, písanos, normandos y demás rivales del Imperio bizantino aprendieron a contrarrestar los efectos del fuego griego y a neutralizar su valor táctico. El arma se continuó utilizando hasta 1204, cuando se perdió la fórmula original durante los saqueos y destrucción que sufrió Constantinopla en la cuarta cruzada. Sin la mezcla primitiva, los ingenieros bizantinos buscaron alternativas en otras sustancias inflamables usadas en la Antigüedad, aunque su poder de destrucción nunca alcanzó la densidad del fuego griego original. Estas mezclas alternativas fueron la que probablemente usaron para defenderse del Imperio otomano en 1453, año en el que cayó definitivamente la ciudad.

Sabías qué…

La ficción se ha inspirado en el fuego griego para presentarlo como una sustancia casi mágica en libros, películas e incluso videojuegos. En la televisiva serie «Juego de Tronos», a su vez inspirada en los libros de «Canción de Hielo y Fuego», el fuego griego tiene su equivalente en el fuego valyrio, que juega un papel importante en una de las batallas navales de la saga. No en vano, aquí el fuego es verde y es casi imposible de apagar, además de mucho más inestable que el original. En el videojuego «Assassin’s Creed: Revelations» el protagonista Ezio Auditore utiliza un cañón similar a los que utilizaron los bizantinos para incendiar un puerto de Constantinopla. Y en Age of Empires II existen unos barcos bizantinos que escupen fuego a las naves enemigas.

 

9 junio 2017 at 11:17 pm Deja un comentario

La verdad sobre Jerjes I, el rey persa «degenerado» que clavó en una lanza al espartano Leónidas

Después de su victoria en las Termópilas, el monarca se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. Ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil, mujeriego y controlado por los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder

Leónidas y Jerjes I en una escena de la película «300»

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
1 de junio de 2017

Jerjes I es representado por la tradición griega como uno de esos reyes asiáticos degenerados, excesivos, esclavistas y dados al lujo extremo que demostraban que la democracia ateniense era el mejor sistema político posible. Una suerte de titán loco capaz incluso de castigar a las fuerzas naturales que se interponían en sus planes. El historiador griego Herodoto narra que el rey persa ordenó dar 300 latigazos a las aguas del estrecho de Helesponto porque le impedían cruzar a su ejército y a él. «Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado», exclamó el persa según las crónicas helenas.

Representación clásica de Jerjes

Pero más allá de la figura literaria del rey degenerado que acaba pagando cara su arrogancia, ¿cuánto sabemos de ese monarca obsesionado con conquistar la Grecia continental? En sus 21 años de reinado Jerjes trató de continuar con los planes expansionistas de su padre Darío, así como su enemistad con Atenas, Esparta y las otras polis griegas que no aceptaban su hegemonía en Asia Menor. A pesar de no ser el primogénito, su padre le designó a él para que heredara la corona por delante de su medio hermano Artabazanes. En su lecho de muerte Darío I le pidió, según la leyenda, que vengara la derrota sufrida en la batalla de Maratón, durante la Primera Guerra Médica (490 a. C.), y la intromisión ateniense en la Revuelta jónica en Asia Menor.

La mejor entrada a Grecia: las Termópilas

A Jerjes no le costó mucho prepararse para la guerra. La expansión y la conquista estaban en el ADN persa. Los persas se habían levantado contra la todopoderosa Babilonia, allá por el siglo VI a. C., con su rey Ciro II al frente. Con más astucia que recursos, los persas plantaron cara a sus sojuzgadores y de su victoria nació un imperio aún mayor del soñado por los babilonios. Los reyes que sucedieron a Ciro: Cambises, Darío y Jerjes, consiguieron engrandecer su imperio desde Asia Menor hasta la India. No en vano, en su afán expansivo se toparon con una piedra en el camino, la Grecia continental que, escudada por el mar Mediterráneo y una infantería superlativa, lograron rechazar las invasiones persas.

Antes de la campaña griega, en el 486 a.C., Jerjes (designado en la Biblia como «Asuero») debió enfrentarse a las habituales revueltas que seguían a la muerte de aquellos dueños de imperios tan heterogéneos. Asumió el poder luego de una guerra civil con Bardiya, esto es, un miembro de otra rama de la dinastía aqueménida.

Tras pacificar Egipto y las revueltas producidas en Babilonia, emprendió la conquista griega instigado por su primo Mardonio. Más allá del mito de los 300 espartanos defendiendo heroicamente las Termópilas, lo cierto es que la campaña no pudo empezar con mejor pie para los intereses persas. Uno de los reyes espartanos, Leonidas, presentó una insuficiente y luego mitificada defensa en el desfiladero de las Termópilas que únicamente duró dos días. Al final los espartanos fueron masacrados y Jerjes ordenó que le cortaran la cabeza al rey griego para colocarla en una pica. Pretendía así hundir la moral de las filas griegas, que en Termópilas perdieron más de 1.500 hombres. En contrapartida, Jerjes perdió probablemente más de 1.000 hombres, aunque la leyenda eleva esta cifra hasta los 20.000.

Otro éxito persa similar aconteció en la batalla naval de Artemisio, donde la resistencia griega apenas duró tres días, aunque en este caso los persas perdieron cientos de barcos. El poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.

La batalla de Salamina, óleo sobre tela pintado en 1868 por Wilhelm von Kaulbach

Después de sus victorias en las Termópilas y en Artemisio, Jerjes se sintió libre de avanzar con su mastodóntico ejército (las fuentes antiguas hablan de cientos de miles de hombres, lo cual es exagerado hasta el extremo) hacia Atenas e iniciar el saqueo del Ática arrasando los santuarios de la Acrópolis ateniense. La ciudad había sido evacuada previamente por orden de Temístocles, de manera que el ejército persa solo tuvo que enfrentarse a la guarnición de la Acrópolis, mientras las fuerzas espartanas y atenienses establecían su última línea de resistencia en el istmo de Corinto y el golfo Sarónico.

Habiendo humillado a Atenas, Jerjes sintió que la obra de su padre estaba cerca de cumplirse. A sus 32 años, Jerjes era descrito como un conquistador alto y apuesto, al estilo de su abuelo materno Ciro II. «Héroe entre reyes», «El Rey que es un verdadero hombre»… Sus exagerados sobrenombres daban fe de la dimensión de un rey que, según la Biblia, «gobernó 127 provincias desde la India hasta Cush», el mayor imperio hasta entonces. Una moneda de oro puro con él representado armado de un arco y una lanza, «el darico», se convirtió en el «dólar» de su tiempo, el primero en adquirir esa dimensión internacional.

En este sentido, los autores griegos le presentan como un rey dado al lujo y a creerse por encima de los dioses. Solo con propaganda podían combatir su enorme superioridad de tropas y riquezas. Como explica Nic Fields en «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), en su campaña en Grecia Jerjes y sus ingenieros dieron una exhibición logística inédita: mejoraron las carreteras para permitir el avance del ejército persa, construyeron un canal tras el monte Atos, tendieron un puente en el Helesponto y abrieron depósitos de alimentos para mantener a miles de hombres alimentados.

La propaganda griega contra Jerjes

Y no solo de obras militares vivió su reinado. Jerjes I fue recordado en la memoria persa como un gran constructor y promotor de obras públicas. Las terrazas de Persépolis se completaron durante su reinado, siendo su sala de audiencias, con relieves de piedra caliza, una muestra cumbre de la grandiosidad del Imperio persa. Se conoce, además, que el monarca envió a sátrapas a intentar la circunnavegación de África por primera vez. De tal manera que ninguno de los autores griegos que le presentaban como un hombre débil y controlado por las mujeres y los eunucos podían disimular que, en verdad, sentían fascinación por sus riquezas y su poder. A su capacidad de movilizar fuerzas lo llamaron «hubris», arrogancia ante los dioses; y a sus éxitos siempre los dibujaban en medio de una corte llena de intrigas y decadencia moral.

Así y todo, el ejército persa sí contaba con ciertas limitaciones respecto a los griegos. Las huestes de Jerjes estaban compuestas de soldados de diferentes procedencias, que no hablaban las mismas lenguas y no tenían la costumbre de combatir juntos. Si bien tenían la superioridad numérica de su parte, su falta de coordinación y su pobre armamento les hacían vulnerables frente a los hoplitas. Los escudos de mimbre y lanzas cortas eran su punto débil, mientras que su caballería era sensible frente al erizado de lanzas que era la falange griega.

De sus tropas de élite, los inmortales, su ventaja era que todos ellos eran persas y gozaban de una posición estable en el aparato imperial, si bien estaban peor equipados y peor entrenados que sus equivalentes griegos. En total eran unos 10.000 hombres, entre los cuales había además un «Hazarabam» (1.000 combatientes) cuyos miembros eran seleccionados para ser la guardia privada del rey persa.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado en la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas

La suerte de Jerjes y sus ejércitos en Grecia duraron hasta el verano de 480 a. C. cuando fueron derrotados en la batalla de Salamina. La flota persa luchó contra los griegos, sobre todo atenienses, en los términos que éstos más deseaban. Más de 200 embarcaciones persas fueron aquel día hundidas en una franja de agua demasiado estrecha para hacer valer su superioridad numérica, si es que la conservaban, siendo aquello el principio del fin de la invasión persa. Aunque la guerra aún se alargó debido a las diferencias entre las distintas ciudades estado, en verdad los persas erraron en sus siguientes movimientos terrestres y Grecia pudo expulsar al fin a los bárbaros. Jerjes se tuvo que retirar hacia Asia junto con gran parte de su ejército tras Salamina, dejando a su general Mardonio y a sus mejores tropas para intentar completar la conquista de Grecia. En su ausencia, la batalla terrestre de Platea mostró de nuevo la superioridad de los hoplitas sobre los soldados orientales, aunque a esas alturas ya no estaba tan claro que los persas fueran mayores en número.

En lo que no exageraba Herodoto era en la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado que poblaban la corte persa. Jerjes se pasó sus últimos años combatiéndolas. En el año 465 a.C, el Gran Rey y su hijo mayor fueron asesinados en su palacio durante un golpe de estado palaciego. Artabano, comandante de la guardia real, dirigió el intento de destronar a los aqueménidas y colocar a sus siete hijos en posiciones clave del gobierno. Según una de las versiones griegas, Artabano engañó a otro de los hijos de Jerjes, Artajerjes, para que matara a su hermano mayor, pero al final descubrió la verdad y castigó a los asesinos de su padre. Él heredó el trono del que todavía era el mayor imperio conocido.

Si Ciro II y sus descendientes habían encabezado la expansión del imperio; con Jerjes llegó la estabilización imperial, y no, como presumen las fuentes helenas, la decadencia persa. Sus sucesivas derrotas en la Grecia continental no impidieron que durante el siglo y medio siguiente aún mantuviera el Imperio persa el control bajo la mayor parte de los estados helenos de Asia Menor y siguiera tomando parte con oro o con métodos sibilinos en los conflictos entre las grandes polis griegas.

 

1 junio 2017 at 6:48 pm Deja un comentario

El mito de la batalla de Maratón: los «pacíficos» atenienses enseñan a los espartanos a aplastar persas

Para los persas la derrota de Maratón fue solo el prólogo de la invasión de dimensiones bíblicas que estaba por llegar en tiempos de Jerjes y Leónidas

Fotograma de «300: El origen de un imperio» con un grupo de hoplitas atenienses cargando

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
25 de mayo de 2017

Filipides corrió y corrió durante 42 kilómetros. Corrió hasta literalmente el último aliento. Según la leyenda (no recogida en los textos de Herodoto), este soldado fue enviado a Atenas para avisar de que los persas habían sido derrotados en la localidad de Maratón y evitar que los atenienses rindieran la ciudad. Nada más entregar su mensaje, y con ello evitar la rebelión en ciernes de los aliados de los persas, cayó muerto Filipides en el sitio. Una anécdota recogida 600 años después, y por tanto probablemente falsa (¿por qué ir andando pudiendo ir a caballo?), pero que advierte de lo mitificado que están todos estos episodios de la Antigüedad. La posterior glorificación de los heroicos «hombres de maratón» en la literatura ateniense escondió el hecho de que su triunfo fue limitado y pospuso el problema solo por unos años.

La guerra de Occidente contra Oriente

Una década antes del sacrificio espartano en el paso de las Termópilas la rivalidad entre el Imperio persa y las polis griegas vivió un primer simulacro de guerra. El rey persa Darío I, padre de Jerjes, organizó en 492 a. C. la invasión de la Grecia Continental como castigo a las polis de Atenas y Eretria, que habían apoyado un levantamiento en las ciudades controladas por los persas en Asia Menor y Chipre. La autoridad persa no resultaba excesivamente opresiva en estas ciudades jonias, aunque la naturaleza autocrática del poder de Darío y los cambios en el sistema de tributos amenazaba con estallar tarde o temprano en una revuelta.

Esta primera parte de la guerra empezó favorable a los intereses del ejército persa, que volvió a subyugar Tracia y obligó a Macedonia a ser vasalla del reino de Persia. Sin embargo, una tormenta sorprendió a la flota del general persa mientras costeaba el Monte Athos y retrasó un año más las operaciones. Todas las partes de Grecia aceptaron someterse ante los enviados persas excepto Atenas y Esparta, las cuales ejecutaron a los embajadores al más puro estilo cinematográfico «This is Sparta!».

Reconstrucción moderna de una formación de falange hoplítica

Fue a raíz de estas ejecuciones cuando Darío ordenó una segunda campaña militar, dirigida por los generales Datis y Artafernes, que tenía como objeto expreso destruir Atenas y Esparta. Según la leyenda, el rey persa preguntó: «¿Quién es esa gente que se llama atenienses?», a lo que añadió él mismo sin aceptar explicaciones: «¡Oh Ormuz (divinidad persa), dame ocasión de vengarme de los atenienses!». Una flota de casi veinte mil infantes y jinetes se concentró en Cilicia (la zona costera meridional de la península de Anatolia) y fue saltando el terror y la destrucción de isla en isla hasta desembarcar en Eretria, que fue arrasada y sus ciudadanos esclavizados. Finalmente, el ejército expedicionario se dirigió al Ática, desembarcando en Maratón por sugerencia del tirano ateniense Hipias. El otrora dictador de Atenas, que durante unos años impuso un reinado represivo en la polis, se había refugiado en la corte persa de Darío I después de ser derrocado por los espartanos. Cuando Persia amenazó con atacar a Atenas y reponer a Hipias lo hizo sabiendo que el viejo tirano tenía todavía muchos partidarios en la ciudad.

Milcíades creía que el lugar escogido por Hipias, en la zona nororiental del Ática, no era muy propicio para una batalla de grandes dimensiones

Al conocer que los persas habían desembarcado cerca de su metrópolis, la joven democracia ateniense pidió ayuda a los soldados de Esparta (el nombre correcto es lacedemonios, puesto que Esparta como polis no existía), que retrasó su apoyo por hallarse en plenas fiestas Carneas. Un viejo conocido persa, Milcíades, asumió el mando de las tropas atenienses, apenas 10.000 hoplitas, y propuso salir al encuentro persa a pesar de su enorme superioridad numérica, 20.000 efectivos, según Herodoto. Milcíades creía que el lugar escogido por Hipias, en la zona nororiental del Ática, no era muy propicio para una batalla de grandes dimensiones, porque la llanura estaba dividida transversalmente por el torrente Caradro, pero sí para que las falanges hoplitas dieran su máximo potencial.

El grito de los atenienses

En su origen los hoplitas eran ciudadanos propietarios de pequeños terrenos agrícolas que, de cara a defender su ciudad, se compraban su propia armadura (grebas de bronce, yelmo, un escudo cóncavo, coraza, jabalina de punta doble y una espada como arma secundaria) y acudían al frente. Su formación en falange permitía que la unión de todos ellos fuera una perfecta arma para la guerra: las apretadas filas establecían un muro de escudos altos y las lanzas salientes de las tres primeras filas los hacían imbatibles frente a la caballería enemiga. El código agrario desaconsejaba las gestas individuales fuera de las filas de la falange y las unidades de arqueros no eran habituales. No en vano, precisamente antes de la batalla de Maratón fueron liberados esclavos atenienses para servir de infantería ligera, honderos y lanzadores de jabalina. Además, un millar de platenses –ciudad bajo la tutela de Atenas– reforzaron en esta contienda a los atenienses.

Por su parte, las fuerzas persas que estaban presentes en Maratón bajo el mando de Artafernes, un sobrino de Darío, estaban compuestas de soldados de diferentes procedencias que no hablaban las mismas lenguas y no tenían la costumbre de combatir juntos. Si bien tenían la superioridad numérica de su parte, su falta de coordinación y su pobre armamento las hacían vulnerables frente a los hoplitas. Los escudos de mimbre y lanzas cortas hacía a la infantería persa vulnerable en el combate cuerpo a cuerpo, mientras que su caballería era débil frente al erizado de lanzas que era la falange ateniense.

Escena de ánfora de figuras negras de Atenas (siglo VI a. C., Museo del Louvre).

Durante varios días, ambos ejércitos permanecieron en actitudes defensivas. La distancia entre los dos ejércitos era de 1.500 metros, lo que permitía a los persas escuchar con nitidez el grito de guerra de los atenienses: «Ελελεσ! Ελελεσ!» (Eleleu, Eleleu). Los persas no se atrevían a desalojar a los griegos de su ventajosa posición, situados en un terreno consagrado a Heracles; mientras que los atenienses no se atrevían a descender a la llanura, donde quedarían a merced de las flechas de los persas. Y de nuevo la versión mitificada presenta a Milcíades como el defensor de atacar cuanto antes a los persas, frente a otros oficiales más conservadores. Lo más probable es que los mandos griegos apuraron el máximo no por excesiva prudencia, sino con la esperanza de que pudieran llegar los refuerzos espartanos a tiempo.

El 11 de Septiembre del 490 a.C. (según el calendario griego) se impuso el plan del estratega y mandó que el cuerpo de hoplitas atacara a la carrera para cubrir rápidamente el terreno que les separaba y esquivar las flechas, lo cual era otro de los puntos fuertes de la infantería griega: su velocidad. En este sentido, autores modernos cuestionan que los hoplitas pudieran desplazarse tan rápido con un armamento tan pesado durante tantos metros y exponiéndose a perder su preciada formación.

La verdad detrás del mito

Los persas tenían su fortaleza invertida en sus arqueros, que no tuvieron ocasión de actuar debido a la sorpresiva iniciativa ateniense, y en la caballería, que en Maratón estaba ausente porque Datis, el otro comandante persa, había zarpado con todos los jinetes para emplearlos en la llanura de Falero.

Las infanterías enfrentadas en el centro mostraron vencedor a los persas en un principio, mientras que en los flancos los atenienses destrozaron a los persas sin que cupiera respuesta. La táctica de Milcíades consistía en atacar por los flancos, de modo que la maniobra envolvente fuera engullendo a los persas y dejando a su centro aislado como un islote rodeado de miles de hoplitas. Su plan fue un éxito. Los atenienses aprovecharon la jornada para masacrar a los persas, que en su huída acabaron atrapados en tierras pantanosas. Herodoto estima en 6.400 las bajas persas, frente a las exiguas 192 muertes griegas. No en vano, Datis todavía conservaba fuerzas suficientes para dirigirse en barco hacia Atenas. Sabía que, con las tropas fuera de la ciudad, bastaba la llegada de la flota persa para que los partidarios del tirano Hipias iniciaran una revuelta y entregaran la ciudad.

Un hemerodromo (los corredores profesionales de Atenas) corrió desde Maratón hasta Atenas, 42 kilómetros sin pausa, para advertir de la victoria ateniense y de la llegada de los persas, cayendo muerto nada más pronunciar estas palabras en su último aliento: «Hemos ganado». Más una leyenda que una realidad… pues Herodoto (para él Filipides fue un atleta que recorrió 200 kilómetros para pedir la ayuda espartana) no recogió esta historia; mientras que otros autores no se ponen ni siquiera de acuerdo con el nombre del atleta: Luciano de Samósata le llama Filipides, y Plutarco le nombra como Tersipo. El filólogo Michel Bréal se inspiró en su historia para proponer a Pierre de Coubertin la celebración de una carrera llamada maratón dentro del programa de los modernos Juegos Olímpicos.

Pintura de la llegada de Fidípides a Atenas, por Luc-Olivier Merson

Finalmente, Datis se retiró a Falero con unos 10.000 hombres antes de volver a casa y los partidarios de Hipias no levantaron Atenas. ¿Fue el atleta el que evitó con su gesta maratoniana la caída de Atenas? ¿Por qué renunció Datis a atacar la ciudad con los enemigos a más de 40 kilómetros de distancia? Lo cierto es que los textos más mitificados se cuidaron en ocultar que el mismo día de la batalla un ejército de 2.000 espartanos se dirigió a Atenas tras recorrer en dos días más de 200 kilómetros. Los atenienses preferían la inverosímil historia del heraldo heróico antes de reconocer los méritos de sus vecinos, ahora aliados, en otro tiempo rivales.

Para los persas la derrota de Maratón fue solo el prólogo de la invasión de dimensiones bíblicas que estaba por llegar. Convencidos como estaban de que podían someter la Grecia Continental, los persas prepararon una nueva intentona una vez se lamieron las heridas internas. Tras la sublevación de Egipto (486 a. C.) y la muerte de Darío (486 a. C.), Jerjes I preparó la madre de todas las flotas y el padre de todos los ejércitos de «inmortales». En tanto, los atenienses ensalzaron esta victoria a niveles legendarios, disimulando en sus textos que los persas seguían siendo un imperio impenetrable y que Maratón no había sido una lucha entre un puñado de griegos y un ingente número de bárbaros, sino un triunfo a raíz de un error táctico de los orientales.

Poseído por los elogios, Milcíades intentó atacar la Isla de Paros en el 489 a.C aprovechando la supuesta debilidad persa. Sin embargo, pronto Milciades tuvo que volver sin la victoria prometida, muriendo poco después por una herida de guerra. Una cosa era defenderse y otra muy distinta trasladar la guerra al terreno persa. Grecia todavía no estaba preparada para esa guerra.

 

27 mayo 2017 at 12:06 pm Deja un comentario

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