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Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes

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En 40 d.C., Calígula planeó la invasión de Britania para adquirir prestigio militar, pero el proyecto fracasó. Escultura del emperador. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Por Juan Luis Posadas. Universidad Antonio de Nebrija (Madrid), Historia NG nº 137

Un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfallecimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio, da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata. Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en  Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte a Calígula, a su mujer y a su hija.

Para saber más

Calígula, el autócrata inmaduro. J. M. Roldán. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012.
Vida de Calígula. Suetonio. Gredos, Madrid, 2011.
Yo, Claudio. Robert Graves. Alianza, Madrid, 2014.

8 junio 2015 at 7:36 am Deja un comentario

Roma: Resurge en el Pincio la villa de Mesalina, la esposa del emperador Claudio

Resurge en el monte Pincio, en Roma, la villa de Mesalina, la esposa del emperador Claudio. La villa se remonta al siglo I d.C. y está decorada en estilo egipcio y adornada con mosaicos, estatuas, jardines, fuentes y ninfeos

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Roma, Villa Médici.  Debajo se encuentran los restos de la villa de la emperatriz Mesalina, esposa del emperador Claudio

Fuente: Grazia Terenzi  |  Le Nebbie del Tempo

La villa de Mesalina es sin duda un descubrimiento excepcional para la arqueología, dado que hasta ahora solo era posible conocerla a través de la descripción de las fuentes históricas. Mesalina fue condenada a la damnatio memoriae y su nombre fue eliminado de los documentos históricos y de los monumentos, a pesar de que pertenecía a la gens Iulia, la misma que había dado a luz al emperador Augusto.

Se dice que Mesalina, sólo para tener esta maravillosa residencia para ella, hizo asesinar a su propietario, el cónsul Valerio Asiático, promotor de la conspiración contra el emperador Calígula. Los ambientes de la domus imperial han resurgido en los últimos tres años, durante los trabajos llevados a cabo en Villa Médici por la Superintendencia para los Bienes Arqueológicos de Roma, la Academia Francesa y la Universidad La Sapienza para obtener locales de servicio detrás de la carpintería del siglo XVI. Durante estos trabajos salieron a la luz estructuras de la residencia imperial, pero sobre todo elementos decorativos, que datan de la primera mitad del siglo I d.C.

Los arqueólogos quedaron particularmente impresionados por la decoración pictórica, que refleja ambientes y colores del país del Nilo. De particular importancia son los fragmentos de fayenza egipcia y refinados motivos parietales característicos de la época de Augusto, con partituras escénicas que muestran falsos escenarios en las paredes. Por no hablar de los amplios jardines y los complejos juegos de agua y ninfeos que enriquecían escénicamente la residencia de Mesalina.

Los jardines eran alimentados por el Aqua Virgo, cuyas piscinas limarias y conductos se encuentran justo debajo de Villa Médici. La villa fue adquirida por la propiedad imperial en tiempos del emperador Claudio y, según los arqueólogos, una parte de ella se extendía bajo la actual Villa Médici.

De los subterráneos de la Biblioteca Hertziana de Vía Gregoriana los arqueólogos Giulio Fratini e Francesco Moricone desenterraron más tarde una cabeza de Agripina la Mayor y una cabeza de una Musa, que formaban parte de un enterramiento que había cubierto otra obra de arte, un ninfeo revestido de mosaicos que incluía un cortejo de estatuas-retrato de la dinastía Julio-Claudia. Agripina la Mayor era la fundadora de la familia y la madre del emperador Calígula.

12 diciembre 2014 at 10:11 pm Deja un comentario

Los fabulosos navíos de Calígula en el lago de Nemi

Entre 1927 y 1929, los arqueólogos desecaron el lago de Nemi, al sur de Roma, para sacar a la luz dos grandiosos barcos del emperador Calígula

Por Elena Castillo Ramírez. Filóloga y doctora en Arqueología, Historia NG nº 130

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Uno de los dos barcos de Nemi reflotados tras la desecación del lago en 1929. En la imagen se muestran los trabajos de restauración que se llevaron a cabo

En el año 41 d.C., tras el asesinato de Calígula, el Senado de Roma ordenó que fueran destruidas todas sus obras, fruto de la desmesura y el derroche propios de su locura megalómana. Entre ellas se contaban dos barcos que Calígula había mandado construir como apéndice flotante de una villa imperial situada a orillas del lago de Nemi, un lago de origen volcánico a 33 kilómetros al sur de Roma. Se trataba de dos naves de más de 70 metros de longitud, lujosamente equipadas y dotadas de los más innovadores ingenios náuticos.

Tras su destrucción, los barcos de Nemi cayeron en el olvido, hasta el punto de que las fuentes clásicas nunca los mencionan. Sin embargo, de vez en cuando los pescadores sacaban a la superficie objetos antiguos enredados entre sus redes, y ello alimentó una leyenda popular sobre la existencia de barcos de dimensiones colosales en el fondo del lago.

Primeros intentos

En 1446, Próspero Colonna, propietario del territorio de Nemi y Genzano, fue el primero en tratar de comprobar la veracidad de la tradición local. Confió la investigación al humanista e ingeniero León Battista Alberti, quien encargó la exploración del fondo del lago a los marangoni, buceadores profesionales de Génova. Éstos vieron un único barco de proporciones insólitas y para tratar de reflotarlo se construyó una plataforma flotante con máquinas dotadas de ganchos. Pero sólo se logró arrancar una parte del mismo, que se expuso durante años en Roma.

La admiración causada por aquel descubrimiento alentó los sucesivos intentos de hacer emerger la nave romana, que se creía obra de Tiberio o de Trajano. En 1535 Francesco de Marchi, al servicio de Alessandro de Médicis, se sumergió en el lago durante más de una hora gracias a un extraño artilugio inventado por Guglielmo di Lorena. Según narra De Marchi en Della architettura militare, logró extraer «tanta madera como para cargar dos mulos», además de «numerosos clavos de metal, tan brillantes y enteros que parecían fabricados aquella misma semana». Además de la quilla de la nave, de madera de ciprés, pino y alerce y recubierta con planchas de plomo y lana embadurnada de pez, vio en su interior suelos de ladrillo y esmalte y restos de algunas estancias a las que no pudo acceder.

Tarea de buceadores

El siguiente proyecto de recuperación de las naves de Nemi surgió casi tres siglos más tarde, poco después de que se inventara la campana de Halley, el más novedoso medio de larga inmersión de la época. En septiembre de 1827, por iniciativa de Anessio Fusconi, ocho buceadores se sumergieron en una de estas campanas, movida desde la superficie por cinco grúas. Durante veinte días extrajeron «dos medallones de pavimento, uno de pórfido de Oriente y otro de serpentino, trozos de mármol de diversas calidades, esmaltes, mosaicos, fragmentos de columnas metálicas, clavos, tuberías de terracota», además de numerosas vigas de madera que el propio Fusconi vendió en forma de bastones, pitilleras o souvenirs varios para financiar un proyecto que acabó apenas cambiaron las condiciones atmosféricas.

En 1895, el gobierno italiano promovió una nueva exploración de los restos arqueológicos de la zona de Nemi, entonces propiedad de la familia Orsini. Bajo la dirección de Elisseo Borghi y con buceadores profesionales se corroboró la posición del barco, ya descrita en el siglo XVI. La popa estaba sumergida a siete metros de profundidad, mientras que la proa se hallaba encallada a 14 metros. Los arqueólogos comprendieron que cualquier intento de extraer la nave por medio de grúas conllevaría su inmediata destrucción. Además, ese mismo año apareció un segundo pecio, a unos cientos de metros de distancia y a 19 de profundidad.

Vaciar el lago

Se llegó a la conclusión de que el único medio de rescatar las naves era desecar parcialmente el lago, pero para ello hubo que esperar varias décadas. En 1927, Guido Ucelli, director de una compañía milanesa de bombas y turbinas hidráulicas, prestó los instrumentos necesarios. Mediante grandes centrifugadoras, las aguas del lago fueron aspiradas y llevadas al emisario de Nemi, un conducto subterráneo de 1.650 metros usado en época romana para regular el nivel de las aguas y mantener a salvo el vecino santuario de Diana. En 1928 se inició la excavación. Durante la primavera del año siguiente, miles de curiosos acudieron a admirar la magnificencia y avances técnicos del primer barco rescatado.

La vasta operación concluyó con la exposición de los dos barcos en el gigantesco Museo de las Naves, construido al mismo tiempo en Nemi, pero sólo pudieron admirarse algunos años. La noche del 31 de mayo de 1944 un incendio devastador, alimentado con la madera de los barcos,  los dejó convertidos en cenizas. Unos culparon del desastre a destacamentos alemanes en retirada; otros, a ladrones que buscaban el plomo de las embarcaciones. De las gigantescas naves de Calígula sólo se salvaron los bronces más preciados, que poco antes se habían puesto a salvo en Roma, donde aún hoy se exponen.

Para saber más
Barcos de Nemi

22 noviembre 2014 at 11:14 am Deja un comentario

Agripina la Mayor, la orgullosa nieta de Augusto

La sospechosa muerte de su esposo Germánico llevó a Agripina a enfrentarse al emperador Tiberio. Desterrada de Roma y maltratada por los sicarios de Tiberio, se dejó morir de hambre

Por Juan Luis Posadas. Universidad Nebrija (Madrid), Historia NG nº 130

Agripina

Tiberio, al fondo, y Agripina, en primer plano, en un óleo de Pedro Pablo Rubens. Galería Nacional, Washington.

En el año 15 d.C., el pánico se adueñó de repente de las guarniciones romanas en la frontera del Rin. Se había difundido el rumor de que una expedición en territorio bárbaro había sido derrotada por los germanos y que éstos se disponían a invadir la Galia. La noticia de la derrota era falsa, pero los legionarios estaban dispuestos a cortar el puente que unía ambas orillas del río para ponerse a salvo. Fue entonces cuando intervino una mujer, Agripina, esposa del comandante romano Germánico, que en ese momento estaba ausente. Demostrando «un ánimo gigante», según el historiador Tácito, impidió resueltamente que se cortara el puente y, «tomando sobre sí las responsabilidades de un general», recibió a los soldados que regresaban «a pie firme a la entrada del puente y les dirigió alabanzas y palabras».

Pero no todos mostraron igual admiración. Como seguía escribiendo Tácito, al emperador Tiberio «no le parecían naturales aquellos cuidados, ni que buscara ganarse los ánimos de los soldados contra los extranjeros. Nada les quedaba a los generales –decía– una vez que una mujer revistaba a las tropas, se acercaba a las enseñas, intentaba liberalidades». Por una vez, la opinión del emperador Tiberio coincidía con la del historiador Tácito: que una mujer tomara en sus manos el mando de las legiones no sólo era antinatural, sino que también iba en contra del carácter masculino de la política romana.

Querellas de familia

Vipsania Agripina fue una de las hijas de Julia, única hija de Augusto, y de Agripa, el mejor general del emperador. El suyo fue un matrimonio de conveniencia que se vio favorecido por una inusitada descendencia: cinco hijos. Agripina fue educada en la convicción de haber nacido para el poder. Durante su infancia y adolescencia vivió en una corte dividida entre los bandos que se disputaban la sucesión de Augusto, que carecía de descendencia masculina directa. Por un lado estaba Julia, que favorecía a sus propios hijos, entre ellos Agripina. Por el otro, Livia, la esposa de Augusto, que buscaba colocar al hijo que tuvo de un matrimonio anterior, Tiberio.

Fue Livia quien finalmente ganó la partida, cuando Augusto adoptó a su hijo Tiberio haciendo que éste, a su vez, adoptara a su sobrino Germánico como hijo y heredero. Pero un año después de esta doble adopción, Augusto buscó la reconciliación entre ambos bandos uniendo a Germánico con su nieta Agripina. Otra vez fue un matrimonio de conveniencia que se reveló feliz y excepcionalmente fecundo, pues Agripina dio nueve hijos a su marido, de los que sobrevivieron seis, entre ellos el futuro emperador Calígula.

Mientras Germánico cumplía misiones en nombre de Augusto, Agripina no se limitó a quedarse en casa. Con el permiso del emperador, acompañó a su marido en las campañas que éste comandó en Germania, y fue así como justo después de la muerte de Augusto se produjo su intervención providencial que salvó a las legiones de una humillante retirada frente a los germanos.

La muerte de Germánico

Tras el acceso de Tiberio al trono, Germánico y Agripina se convirtieron en los ídolos del pueblo romano, que detestaba en cambio al nuevo emperador. Pese a ello, ambos demostraron su plena lealtad a Tiberio y evitaron comprometerse en cualquier insurrección, a cambio de que Germánico se mantuviera como heredero del Imperio. Las expectativas de la pareja eran, pues, de lo más halagüeño. Pero todo se torció rápidamente.

En el año 18 d.C., Tiberio envió a Germánico a una misión en Siria, en la que le acompañaron Agripina y sus hijos. Con el propósito de moderar los anhelos bélicos de su sobrino, el emperador envió con él a su amigo Pisón. Livia, por su parte, dio instrucciones secretas a la esposa de Pisón, Plancina, para que se enfrentara a Agripina y le parara los pies en el caso de que ésta fuera demasiado lejos. Enseguida estalló el enfrentamiento entre ambas, y de ellas se trasladó a los maridos. Cuando Pisón criticó a Germánico públicamente por la presencia de Agripina en las paradas militares, el comandante lo expulsó de Siria junto a su mujer. Al año siguiente, Germánico hizo un viaje a Egipto y durante el regreso falleció repentinamente en Antioquía. Existe la posibilidad de que muriera de disentería, pero el propio Germánico, en su lecho de muerte, señaló a Pisón y su esposa como culpables de su envenenamiento.

Agripina y sus hijos volvieron a Roma por mar, llevando consigo las cenizas de Germánico. A su llegada a Roma, el pueblo tomó partido inmediatamente por Agripina, clamando venganza contra Pisón. El hecho de que ni Tiberio ni Livia asistieran a las honras fúnebres del heredero al trono imperial no hizo sino confirmar las sospechas en torno al envenenamiento. Hubo incluso un conato de revolución en Roma que sólo pudo ser frenado por la actitud resuelta de Livia y por la intervención de la guardia pretoriana.

Caída en desgracia

Decidida a vengarse, y como no podía probar que su esposo había sido asesinado, Agripina y sus amigos influyentes acusaron a Pisón y a Plancina de traición por regresar a Siria y provocar una pequeña guerra civil entre sus partidarios y los de Germánico. Tiberio no tuvo más remedio que presidir el juicio y aceptar la condena de su amigo, quien se suicidó para evitar la confiscación de sus bienes. Plancina, en cambio, fue juzgada aparte y Livia intervino ante Tiberio para que fuera exonerada. Esto fue la confirmación, para Agripina y el pueblo romano, de que había sido la propia Livia la que había ordenado el envenenamiento de su marido.

A partir de este momento la relación entre Agripina y Tiberio quedó muy maltrecha. En una ocasión, cuando Agripina se quejó abiertamente por las circunstancias de la muerte de su marido, Tiberio le replicó con un verso griego: «Si no eres la que mandas, te parece que te ofenden». En lo sucesivo dejó de dirigirle la palabra. La razón de la disputa residía de nuevo en la sucesión del Imperio. Agripina deseaba que su hijo Nerón César fuera nombrado heredero de Tiberio, pero Sejano, el valido del emperador, se oponía y la octogenaria Livia sostenía al nieto directo de Tiberio, el aún niño Druso Gemelo. Sejano, en particular, urdió toda clase de intrigas contra su rival. Habiéndola convencido de que el emperador la quería envenenar, en una ocasión ella rechazó comer una manzana que aquel le ofrecía desde su mesa, por lo que Tiberio se quejó de que lo considerase un envenenador. Según Suetonio, todo era un plan concertado entre el emperador y su ministro para que Agripina cometiera un error y justificar su eliminación.

Destierro y muerte

Finalmente, en el año 29 Tiberio acusó a Agripina de orgullo impropio ante el Senado y a su hijo Nerón, de homosexualidad. El Senado, dominado por la facción de Agripina, rechazó las acusaciones como invenciones de Sejano, pero Tiberio reaccionó reclamando el juicio para sí y condenó a ambos reos al destierro en la isla Pandataria, la misma a la que fue desterrada Julia, la madre de Agripina. Pero la ira imperial no acabó ahí, al menos según el relato de Suetonio. Cuando Agripina le escribió una carta con reproches e insultos, Tiberio hizo que la azotara un centurión, quien le sacó un ojo. La desterrada decidió entonces dejarse morir de hambre, pero el emperador le hizo tragar comida a la fuerza. Ella, sin embargo, persistió hasta lograr su propósito. Sus dos hijos, Nerón y Druso, murieron de la misma forma, por hambre; el primero en su destierro, y al parecer por propia voluntad; al segundo, encerrado en una cueva del monte Palatino, «lo privaron de alimentos con tanta crueldad –sigue diciendo Suetonio– que intentó comerse el relleno de su colchón».

Para saber más

Emperatrices y princesas de Roma. J. L. Posadas. Raíces, Madrid, 2008.
Anales (Libros I-VI). Tácito. Gredos, Madrid, 1991.

17 noviembre 2014 at 3:12 pm Deja un comentario

Nerón a debate

Mató a dos esposas y es posible que a su madre. Quizás estuvo detrás del incendio de Roma, pero desde luego no tocó la lira mientras ardía la ciudad, y algunos expertos creen que no fue tan malo como lo pintan…

Nerón-Anzio

Estatua de Nerón en Anzio, su ciudad natal

Por Robert Draper, NATIONAL GEOGRAPHIC

Bajo la colina romana del Opio, hoy un modesto parque público afeado por burdos graffiti, donde los muchachos chutan sin ganas un balón de fútbol, parejas de ancianos pasean el perro, y más de un vagabundo enciende una fogata de carbón, yace enterrado parte del palacio más suntuoso que jamás se irguió en la Ciudad Eterna.

Es la Domus Aurea –la Casa de Oro–, erigida por y para Nerón. Cuando en el año 68 d.C. el universo delirante del emperador, que por entonces contaba 30 años, se vino abajo y este ordenó a un súbdito que le traspasase la garganta con un puñal (mientras espetaba entre jadeos «¡Qué artista muere conmigo!», o al menos eso cuenta la tradición), es posible que el palacio no estuviese todavía terminado. Algunos de los emperadores siguientes lo remodelaron, otros lo ignoraron, y en el año 104 Trajano reutilizó sus muros y bóvedas para dar unos buenos cimientos a sus famosas termas. El palacio sepultado quedó olvidado durante catorce siglos.

Hacia 1480 unos excavadores empezaron a trabajar en el Opio y descubrieron lo que tomaron por las ruinas de las Termas de Tito. La tierra cedió bajo los pies de uno de ellos, que aterrizó sobre un montón de escombros, y al abrir los ojos se encontró contemplando un techo todavía decorado con suntuosos frescos. La voz corrió por toda Italia. Grandes artistas del Renacimiento, como Rafael, Pinturicchio o Giovanni da Udine, se descolgaron por el hoyo para estudiar (y después reproducir en varios palacios y en el Vaticano) los profusos y repetitivos motivos ornamentales que recibirían el nombre de grutescos, precisamente en referencia a la gruta en que se había convertido la Domus sepultada. Cuanto más se excavaba, mayor era el asombro: largos pasajes de columnatas desde los que se dominaba lo que en otro tiempo fuera un gran jardín con un lago artificial, vestigios de oro y fragmentos de mármol originarios de Egipto y de Oriente Próximo que habían revestido los muros y los techos abovedados, y una espléndida sala octogonal cubierta con una cúpula, construida seis decenios antes de terminarse el tan loado Panteón de Adriano.

Hoy, y desde que en 2010 se hundiera parte de la cubierta, la Domus Aurea está cerrada al público hasta nuevo aviso. Todos los días se trabaja en el cuidado de los frescos y la reparación de las goteras. Hasta su reciente jubilación, el arquitecto romano Luciano Marchetti supervisaba las intervenciones en la Domus Aurea. Una mañana, sumido en la gélida oscuridad subterrá­nea de la Sala Octogonal, situada en el extremo este del complejo palaciego, Marchetti apuntó la linterna hacia lo alto y admiró el impresionante techo abovedado de ocho caras –15 metros de esquina a esquina–, sostenido por los arcos de las salas adyacentes, sin apoyos visibles.

«Este lugar me sobrecoge –dijo en voz baja–. Es de una sofisticación arquitectónica nunca vista. El Panteón es una maravilla, qué duda cabe, pero su cúpula se sustenta sobre un cilindro construido ladrillo a ladrillo. Esta está suspendida sobre estructuras invisibles.»

Con un suspiro, el arquitecto musitó una frase en latín: damnatio memoriae. Borrados del recuerdo: tanto el palacio como los logros de su propietario.

Al sudoeste, inmediatamente después de esta ala de la Domus Aurea y al otro lado de una transitada avenida, en el espacio que ocupaba el lago artificial de Nerón, está el Coliseo. El celebérrimo anfiteatro, construido por Vespasiano poco después del suicidio de Nerón, al parecer recibió su nombre del Colossus Neronis, la estatua de bronce de más de 30 metros de altura que representaba al emperador como el dios sol y que en su día dominaba el valle. Hoy el Coliseo recibe más de 10.000 visitas al día. El magnate del calzado Diego Della Valle ha donado 25 millones de euros para su restauración. De las taquillas del Coliseo mana una exigua corriente de fondos que desemboca en el presupuesto de restauración del palacio enterrado al otro lado de la avenida, húmedo, oscuro, clausurado.

Justo al oeste del Coliseo se extienden las espléndidas ruinas imperiales del monte Palatino. En abril de 2011 la Superintendencia Especial para el Patrimonio Arqueológico de Roma inauguró en el Palatino y otros enclaves cercanos una exposición sobre la vida y obra de Nerón. Por primera vez se mostraron allí las múltiples aportaciones arquitectónicas y culturales del rey monstruo; también se abrió al público, en el re­cinto del propio palacio, una cámara recientemente excavada que muchos identifican como la famosa coenatio rotunda de Nerón, un comedor rotatorio con impresionantes vistas a los montes Albanos. Los organizadores de la exposición eran conscientes de que cualquier iniciativa en torno a Nerón atraería al público. Lo que no esperaban era batir el récord de visitantes desde que la Superintendencia organizara su primera exposición diez años antes.

«Sí, vende como nadie –observa Roberto Gervaso, quien en 1978 escribió la novela biográfica Nerone–. Se han hecho muchas películas sobre Nerón, pero todas ellas han sucumbido a la tentación de la caricatura. No hacía falta: en cierta manera, el personaje real ya era una especie de caricatura. Una depravación tan pintoresca atrae a cualquier biógrafo. ¡Yo nunca podría biografiar a san Francisco! Y preferiría mil veces cenar con Nerón antes que con Adriano.»

Esta noche tendrá que conformarse conmigo. Cenamos a unos cientos de metros de la Domus Aurea, en la Osteria da Nerone, uno de los pocos lugares en Roma que exhiben el nombre del archiconocido malvado histórico. «Este restaurante está siempre abarrotado –dice Gervaso, insistiendo en que no es por casualidad–. Nerón era un monstruo, pero no fue solo eso. Y sus sucesores no fueron mucho mejores. A otros monstruos, como Hitler y Stalin, les faltó la imaginación [de Nerón]. Incluso hoy sería una figura de vanguardia, un adelantado a su tiempo. »Si hace 35 años escribí mi libro, fue precisamente por un deseo de rehabilitar su figura. Quizás ustedes puedan hacer algo más.»

Vaya… Pues No va a ser fácil «rehabilitar» a un hombre que, según las crónicas históricas, ordenó la muerte de su primera esposa, Octavia; propinó a la segunda, Popea, una patada que acabó con su vida estando embarazada; urdió el asesinato de su madre, Agripina la Menor (posiblemente después de acostarse con ella); quizás asesinó a su hermanastro, Británico; ordenó a su mentor, Séneca, que se suicidase (orden que este cumplió con solemnidad); castró y desposó a un adolescente; orquestó el incendio que arrasó Roma en el año 64 y acto seguido culpó de él a los cristianos (entre ellos a san Pedro y san Pablo), que fueron detenidos y decapitados o crucificados y quemados para iluminar unos festejos imperiales. Ante semejante currículo, nadie vacilaría en afirmar que Nerón era el mal personificado. Y sin embargo…

Casi con toda seguridad, el Senado romano ordenó borrar la memoria de Nerón por motivos políticos. Tal vez porque su muerte había provocado un estallido de aflicción popular y Otón, sucesor suyo, se había apresurado a adoptar el nombre de Otón Nerón. Tal vez porque sus partidarios no habían dejado de llevar flores a su tumba, un lugar del que se decía estaba embrujado, hasta que en 1099 se erigió una iglesia so­­bre sus restos en la Piazza del Popolo. O quizá por las amenazas de «falsos Nerones» y la firme creencia de que el rey niño regresaría algún día junto al pueblo que tanto lo había amado.

Los muertos nunca escriben su propia historia. Los dos primeros biógrafos de Nerón, Suetonio y Tácito, tenían vínculos con la élite del Senado e hicieron una crónica de su mandato con enorme desprecio. La idea del retorno de Nerón adquirió un aura de malignidad en la literatura cristiana, con la advertencia de Isaías contra el anticristo venidero: «Descenderá de su firmamento en forma humana, rey de la iniquidad, matricida». Siglos más tarde llegarían las condenas melodramáticas: el Nerón del cómico Ettore Petrolini como lunático desvariante, el de Peter Ustinov, como el cobarde asesino, y la histriónica escena grabada en todas las retinas: Nerón tocando la lira mientras Roma es pasto de las llamas. Lo que ocurrió con Nerón no fue una relegación al olvido sino una demonización en toda regla. Un emperador de complejidad desconcertante quedó reducido a simple bestia.

«Hoy condenamos sus acciones –dice Marisa Ranieri Panetta, periodista especializada en ar­queología–. Pero pensemos en Constantino, el gran emperador cristiano: hizo matar a su primogénito, a su segunda esposa y a su suegro. Uno es un santo y el otro, un demonio. Pensemos en Augusto, que destruyó una clase dirigente a base de listas negras. Roma se convirtió en un baño de sangre, pero Augusto tuvo la habilidad de oficializar la versión de sus actos del modo que más le convino. Por eso fue grande, dicen. Yo no digo que Nerón fuese un gran emperador, pero sí mejor de lo que se decía, y de ningún modo peor que sus predecesores o sucesores.»

Panetta es una de las vehementes y cada vez más numerosas voces que invitan a revisar la figura de Nerón. Pero no todo el mundo está de acuerdo. «Esta rehabilitación, este proceso me­diante el cual un pequeño grupo de historiadores intenta transformar a unos aristócratas en caballeros, me parece una estupidez –dice el prestigioso arqueólogo romano Andrea Carandini–. Por ejemplo, varios expertos serios nos dicen ahora que el incendio no fue culpa de Nerón. ¿Y cómo iba a levantar la Domus Aurea sin el incendio? Que me lo expliquen. Fuese o no el artífice del incendio, lo que está claro es que sacó partido de él.»

Merece la pena detenerse en la lógica de Carandini: Nerón se benefició del incendio, y por consiguiente lo provocó, y esta catástrofe que dañó o destruyó 10 de las 14 regiones de Roma es un episodio crucial en la mitología neroniana. «Hasta Tácito, el detractor por excelencia de Nerón, escribe que no se sabe si el incendio de Roma fue fortuito o provocado –rebate Panetta–. La Roma imperial era un laberinto de callejuelas angostas –llenas de edificios altos con los pisos superiores de madera–. El fuego era imprescindible para alumbrarse, cocinar y calentarse. En consecuencia, prácticamente todos los empe­radores vivieron grandes incendios.» Se da también la circunstancia de que Nerón no se hallaba en Roma cuando se desató el Gran Incendio, sino en su Antium natal, el actual Anzio. En algún momento de la debacle regresó a Roma a toda prisa, y aunque parece cierto que le gustaba tocar un instrumento de cuerda llamado kithara, la primera crónica según la cual se en­tregó a ese pasatiempo mientras contemplaba cómo las llamas arrasaban la ciudad fue escrita por Dion Casio un siglo y medio después de los hechos. Tácito, contemporáneo de Nerón, escribió que el emperador ordenó que se diese cobijo a quienes hubiesen perdido su casa, ofreció incentivos monetarios a quienes estuviesen en condiciones de reconstruir la ciudad sin dilación, e implantó e hizo cumplir normativas de seguridad antiincendios… y detuvo, condenó y crucificó a los odiados cristianos. Además de apropiarse de los restos calcinados de la Ciudad Eterna para levantar en el solar su Casa de Oro.

«¿Qué peor que Nerón?», dejó escrito el poeta Marcial, coetáneo suyo. Pero acto seguido añadió: «¿Qué mejor que sus termas?».

En 2007, en el marco de un estudio de impacto para la construcción de una nueva línea de metro que atravesaría el corazón de la ciudad, Fedora Filippi, la arqueóloga romana del Ministerio de Cultura italiano que excavaba debajo del transitado Corso Vittorio Emanuele II, descubrió la base de una columna. Poco después, bajo un edificio levantado en la época de Mussolini en la Piazza Navona, Filippi encontró un pórtico, y algo más allá, el borde de un estanque. Tras más de un año de análisis estratigráficos y de un estudio exhaustivo de las fuentes históricas, la arquitecta concluyó que había descubierto el colosal gimnasio público construido por Nerón pocos años antes del Gran Incendio del año 64. Inmediatamente se paralizó el proyecto de construcción de una estación de metro en el lugar, pero también se abandonaron las excavaciones. Fuera del mundo académico, el importantísimo hallazgo de Filippi apenas tuvo eco.

«El gimnasio fue parte de la gran transformación que Nerón obró en Roma –dice Filippi–. Introdujo prácticas inspiradas en la cultura griega, entre ellas la educación física e intelectual de los jóvenes, que pronto se extendió por todo el Imperio. Hasta entonces ese tipo de termas era una prerrogativa de la aristocracia. Su popularización cambió el orden social, porque ponía a todo el mundo al mismo nivel, desde los senadores hasta el cuerpo de caballería.»

Nerón fue una granada arrojada contra un orden social ya debilitado. Pese a estar emparentado con Augusto por vía materna y paterna, físicamente parecía cualquier cosa antes que romano: cabellos rubios, ojos azules, rostro pecoso, más inclinado al arte que a la guerra. De su madre, Agripina, mujer astuta y ambiciosa, se decía que había conspirado para asesinar a su hermano Calígula, y es posible que más tarde liquidase a su tercer marido, Claudio, con setas venenosas. Tras procurarse los servicios del pensador Séneca como profesor de su joven vástago, Agripina proclamó a Nerón digno sucesor al trono, al que ascendió en 54 d.C., sin haber cumplido los 17. Quien se pregunte por las intenciones de su madre tiene la respuesta en las monedas de la época, donde la efigie del emperador adolescente no es mayor que la de la propia Agripina.

Los inicios del reinado de Nerón fueron una edad de oro. El emperador prohibió los juicios secretos de Claudio, indultó a condenados y, cuando le pidieron que firmase una sentencia de muerte, gimió: «¡Cuánto desearía no saber escribir!». Organizaba cenas con poetas (quizá, se especulaba, para robarles los versos) y seguía un riguroso programa de estudio de lira y canto, aunque no destacaba por su voz. «Por encima de todo anhelaba la popularidad», escribió su biógrafo Suetonio. Edward Champlin, profesor de clásicas de la Universidad de Princeton, percibe otros matices en la figura de Nerón. En su libro Nerón, Champlin describe al emperador como «un artista consumado que casualmente también era emperador de Roma» y «un líder adelantado a su tiempo, un auténtico relaciones públicas dotado de una gran intuición para saber qué deseaba el pueblo, a menudo antes de que este mismo lo supiera». Nerón instauró, por ejemplo, los Neronia o Juegos Neronianos, un certamen de poesía, música y atletismo al estilo olímpico que sin duda debió de complacer a las masas pero no a las élites romanas. Cuando Nerón se empecinó en que los senadores compi­tiesen con el pueblo llano en otros juegos públicos, su edad de oro empezó a resquebrajarse.

«Era algo nuevo –dice el arqueólogo Heinz- Jürgen Beste–, y Nerón encarnaba esa innovación, impulsada por una mezcla de populismo y megalomanía. Un ejemplo: la creación de las termas, tan alabadas por Marcial. Algo nunca visto, un luminoso espacio público no solo dedicado a la higiene, sino provisto de estatuas, pinturas y libros, que invitaba a permanecer y deleitarse mientras alguno de los usuarios leía poesía. Un verdadero cambio en el orden social.»
Además del Gymnasium Neronis, la lista de obras públicas del joven emperador incluía un anfiteatro, un mercado de la carne y el proyecto de un canal que conectaría Nápoles con el puerto de Ostia para evitar a los barcos las impredecibles corrientes marinas de mar abierto y garantizar el suministro de víveres a la ciudad. Estos proyectos costaban dinero, que los emperadores romanos solían obtener saqueando otros territo­rios. Sin embargo, el pacífico mandato de Nerón cerraba la puerta a esa opción. (De hecho, había liberado a Grecia, declarando que sus aportaciones culturales la eximían de pagar impuestos al Imperio.) En su lugar, optó por sangrar a los ricos con impuestos sobre bienes inmuebles, y en el caso del gran canal navegable, por expropiar directamente sus haciendas. El Senado se negó a autorizarlo. Nerón hizo cuanto pudo para sortearlo. «Inventaba acusaciones falsas para llevar a juicio a algún ciudadano adinerado y sacarle una pingüe multa», apunta Beste, pero con todo aquello se granjeó enemigos a la velocidad de la luz. Uno de ellos fue su propia madre, Agripina, quien, resentida por haber perdido influencia, quizá conspiró para que se declarase heredero legítimo a su hijastro Británico. También se ganó la enemistad de su consejero Séneca, de quien se dice que participó en un complot para matarlo. Antes del año 65, madre, hermanastro y consejero habían sido asesinados.

Nerón era libre para ser Nerón. Y así concluyeron los llamados años buenos de su mandato, a los que siguieron los años en que, citando a la historiadora de Oxford Miriam Griffin, «Nerón se refugió cada vez más en su mundo de fantasía», hasta que la realidad cayó sobre él como una maza.

Al visitar Roma y conversar con estudiosos y políticos relevantes de la Ciudad Eterna sobre el último emperador de la dinastía Julio-Claudia, uno siente la tentación de pensar si existe un hilo conductor entre la extravagante grandiosidad de Nerón y la más reciente política-espectáculo de cierto exmandatario italiano.

«Nerón era un histrión y un megalómano, pero un histrión también puede ser seductor y el centro de atención –afirma Andrea Carandini–. Su activo, repetido una y otra vez por todos los demagogos que lo sucedieron, fue la devoción que por él sentían las masas. Invitó sin reparos a toda la ciudad a entrar en su Domus Aurea, que ocupaba un tercio de la urbe, donde les esperaba un espectáculo formidable. ¡Eso es televisión en estado puro! Y Silvio Berlusconi hizo exactamente lo mismo, valerse de los me­dios para conectar con la plebe.»

Walter Veltroni, el que fuera alcalde de Roma y ministro de Cultura y Medio Ambiente, rechaza cualquier comparación entre Nerón y el ex­ primer ministro de escandalosa carrera política, aduciendo que en este último no existe ni un ápice de las inquietudes culturales de Nerón. «Berlusconi no sentía el menor interés por la arquitectura; simplemente no formaba parte de su vocabulario», dice Veltroni (quien, dicho sea de paso, también aspiró a primer ministro y fue derrotado por Berlusconi en 2008). En cambio, añade, «para mí la Domus Aurea de Nerón es el lugar más bello de la ciudad, el más enigmático, la confluencia de distintos períodos históricos».

El complejo palaciego estaba diseñado en su conjunto como un escenario, con arboledas, lagos y paseos de libre acceso. Lo que no obsta, admite Panetta, para que aquello fuese «un es­cándalo, porque estamos hablando de una parte enorme de Roma destinada a una sola persona. No solo por sus lujos (Roma estaba llena de palacios), sino por sus dimensiones. Los graffiti de la época rezaban: “Romanos, aquí ya no cabéis, tenéis que iros a [la cercana población de] Veio”».

Por más que estuviese abierta al público, lo que en última instancia representaba la Domus era el poder ilimitado de un hombre, hasta en la mismísima elección de los materiales. «Si se usaron semejantes cantidades de mármol no fue simplemente por ostentación –opina Irene Bragantini, experta en pintura romana–. Aquellos mármoles de colores procedían de todos los rincones del Imperio, desde Asia Menor y Grecia hasta África. El mensaje era claro: Roma no solo dominaba a los pueblos, sino que además disponía de sus recursos.»

El mandato de Nerón comenzó a adquirir visos de paradoja. Por un lado, se había convertido en el hombre-espectáculo cercano a la plebe. Por otro, había exacerbado su rol imperial. «Conforme se distanciaba del Senado e intenta­ba acercarse al pueblo, concentraba poder como si de un faraón egipcio se tratase», dice Panetta. Pero un emperador puede aproximarse al vulgo hasta cierto punto. «Acabó viviendo aislado en una burbuja –señala Beste–. Para llegar a él había que franquear un millón de puertas.»
«Quería estar cerca del pueblo –dice Alessandro Viscogliosi, profesor de arquitectura grecorromana y autor de una notable reconstrucción en 3D de la Domus Aurea–, pero como divinidad, no como su amigo.»

Una noche, cenando en una suntuosa enoteca próxima a la Piazza Navona, llamada Casa Bleve, el gerente me invitó a bajar con él a la bodega. Tras las hileras de barolos y chiantis distinguí los vestigios pétreos de una estructura antiquísima. Tiempo después, la arqueóloga Filippi me ilustró sobre aquella franja de Roma: «Por debajo de esa zona es todo Campo de Marte, la parte de la ciudad donde construía Nerón». Su localización queda cifrada al azar; descubrirla será la ventura de algún obrero del metro o de un reformador de cimientos. Sin ese golpe de suerte, la magnificencia arquitectónica del imperio de Nerón seguirá sepultada bajo siglos de historia romana. Hasta en Subiaco, el pueblo de montaña donde Nerón construyó su audaz villa en el año 54 (represando el río Aniene para crear tres lagos bajo el patio), las ruinas reposan tras un portalón cerrado, inadvertidas por las hordas de turistas que pasan junto a ellas de camino a un monasterio benedictino de las inmediaciones.

En todo el territorio del que fuera su imperio, existe un solo lugar que se haya propuesto homenajear a Nerón: Anzio, la famosa cabeza de playa de las tropas estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, y ciudad natal del emperador. Allí mandó edificar otra villa, hoy sumergida casi por completo, aunque el museo local custodia un gran número de piezas del complejo.

En 2009 el nuevo alcalde electo, Luciano Bruschini, declaró su intención de encargar una estatua del tristemente famoso hijo de la ciudad, que se presentó en 2010. Hoy se yergue en la orilla del mar, una imagen un tanto chocante del em­­perador a los veintipocos años, de unos dos metros de alto, de pie con su toga sobre un pilar, el brazo derecho extendido señalando el mar, que observa con mirada penetrante en todo su espléndido misterio. En la placa se lee su nombre imperial completo en italiano –Nerone Claudio Cesare Augusto Germanico– y recuerda que nació en Anzio el 15 de diciembre del año 37. Luego, tras describir su linaje, dice: «Durante su mandato el Imperio disfrutó de un período de paz, de gran esplendor y de importantes reformas».

«De niño, nadaba entre las ruinas del palacio –me contó el alcalde Bruschini una mañana de primavera mientras tomábamos un té en su despacho con vistas al mar–. De pequeños nos enseñaban que había sido un hombre malvado, uno de los peores emperadores de la historia. Al investigar un poco, llegué a la conclusión de que no era así. En mi opinión, Nerón fue un buen emperador, incluso magnífico, tal vez el más amado de toda la época imperial. Y un gran reformista. Los senadores eran ricos y poseían esclavos. Él tomó parte de esas riquezas y se las entregó a los pobres. ¡Fue el primer socialista!»

Orgulloso de serlo él también, Bruschini esbozó una sonrisa y prosiguió: «Cuando llegué al cargo decidí rehabilitar a Nerón. Pusimos carteles con el lema “Anzio, ciudad de Nerón”. Hubo quien dijo: “Pero alcalde, si mató cristianos a mansalva”. Yo les contestaba: “Muy pocos, nada que ver con los miles de cristianos que el Imperio mataría más adelante”. Recibimos propuestas de dos escultores. Uno ponía a Nerón de lunático. Lo descartamos y dimos el encargo al otro, que hizo la estatua que ve hoy ahí. Ahora es el punto más fotografiado de la ciudad».

A veces, me confió el alcalde, daba un paseo hasta la estatua para escuchar los comentarios de la gente. De vez en cuando los oía leer en voz alta la placa –«…de paz, de gran esplendor y de importantes reformas»– y mascullar: «¡Qué sarta de mentiras!». Así hablaban quienes creían en los mitos con fe inquebrantable, concluía Bruschini, los mismos que daban crédito a aquella bobada de tocar la lira mientras ardía Roma, los mismos que no percibían el componente trágico del final de Nerón: un mandatario atribulado, huido, convencido por traidores para que no se refugiase en Anzio ni en Egipto, sino en una villa al norte de Roma, perseguido por sus enemigos y desesperado ante el convencimiento de que no tenía otra salida que la muerte.

No importaba. El rey niño volvía a estar en su hogar, en Anzio, rodeado una vez más por las multitudes.

3 octubre 2014 at 1:04 pm Deja un comentario

Un presunto Calígula regresa “decapitado” a Roma

Calígula-decapitado

Fotografía facilitada por Ufficio Stampa que muestra una figura de mármol del siglo I d.C de un joven sentado en un trono al que se asocia con Calígula. EFE

Una escultura que representaría al emperador romano Calígula, de las más de dos metros de alto y hallada troceada en enero de 2011 por la Guardia de Finanzas italiana cuando iba a ser trasladada a Suiza clandestinamente es el eje de una exposición presentada hoy en Roma.

Con el objetivo de ser vendida en el mercado negro por un desenvuelto anticuario londinense, que la esperaría en el país alpino, la escultura había sido troceada e introducida en un contenedor para ser posteriormente transportada.

Sin embargo, el grupo de Patrimonio Arqueológico de la Guardia de Finanza italiana descubrió la rocambolesca maniobra y hoy en Roma se conocieron detalles de lo que ocurrió.

Así lo contó a Efe el comandante Massimo Rossi, encargado de la operación, quien dijo que “ahora se ha intentado recuperar la estatua desde que se descubrió en enero de 2011, cuando iba a ser remolcada en un contenedor para ser llevada a Suiza y llegar después a un anticuario londinense que la habría introducido luego en el mercado negro”.

Desde entonces, un equipo de restauradores ha intentado recomponer la colosal imagen de mármol que, a falta de la cabeza, aún por encontrar, y de algunas partes del lado derecho del cuerpo, se podrá visitar desde mañana en el monumento a Vittorio Emanuele II, en pleno centro de Roma.

Según Giuseppina Ghini, superintendente de Bienes Arqueológicos de la región italiana de Lazio,la hipótesis generalizada es que la estatua represente probablemente a Calígula, si bien no se ha confirmado.

“De la cabeza en realidad no sabemos nada. No está por ahora, pero se encontrará, no sé cómo”, declaró a Efe, y añadió que, sólo en el caso de ser localizada se sabrá si se retrata a Calígula o de un emperador posterior.

En ese caso, además, la escultura alcanzaría los dos metros y medio de altura, unas dimensiones colosales si se tiene en cuenta que se trata de una imagen sedente en un trono al estilo del dios griego Zeus.

Los trabajos de investigación sobre la talla sitúan su autoría en los inicios del siglo I d.C, es decir, posiblemente es contemporánea a su corto reinado (37-41 d.C) que finalizó con su asesinato a manos de sus soldados cuando sólo tenía 28 años.

Calígula se llamaba en realidad Cayo Julio César Augusto Germánico y fue el tercer emperador del Imperio, tras César Augusto, iniciador de la larga dinastía de césares todopoderosos, y de Tiberio, contemporáneo de Jesucristo.

Su apodo de Calígula proviene de los numerosos escándalos que, según el historiador Suetonio en su obra “La historia de los Césares”, se vio envuelto a causa de su demencia, que le llevó a cometer todo tipo de atrocidades, como crueles asesinatos o múltiples adulterios durante su corto gobierno.

Dichos trabajos también concluyen que la efigie, cuya procedencia sitúan en torno a la parte oriental del lago de Nemi, lugar de vacaciones de Calígula, pudo estar policromada con motivos en oro, al estilo de los tronos macedonios propios de la época y decorado con relieves de figuras femeninas aladas.

Bajo el título “Tras las pistas de Calígula”,la muestra tiene como objetivo llamar la atención del tráfico de obras de arte de interés arqueológico en un creciente mercado clandestino.

Según la Guardia de Finanza, en los dos últimos años se robaron un total de 138.873 obras de arte, un 50 % más que en el bienio anterior, si bien sólo se registraron 294 denuncias.

La exposición cuenta además con otros restos arqueológicos hallados por esta división especial entre los que destacan una estatua de mármol que representa el torso desnudo del dios Apolo, así como una vasija del mismo material datado en la segunda mitad del siglo II d.C.

Fuente: EFE | YAHOO NOTICIAS

22 mayo 2014 at 9:24 pm 1 comentario

La guardia pretoriana: La escolta de los emperadores

Por sus salarios y sus privilegios, los guardias pretorianos formaban la élite del ejército romano. De ellos dependía la seguridad personal de los emperadores, a los que proclamaban y deponían a su antojo

Por Fernando Lillo Redonet. Doctor en Filología Clásica y escritor, Historia NG  nº 124

Roma-Foro

Cerca del Foro, el núcleo político de la antigua Roma, se alzaba el Palatino, la residencia imperial, donde las cohortes pretorianas montaban guardia a diario para garantizar la seguridad del emperador. MAURIZIO RELLINI

Hoy en día, cuando se habla de «guardia pretoriana» se suele hacer referencia a las unidades armadas de élite que protegen a determinados gobernantes, en particular a dictadores impopulares que, por temor a una conspiración, confían su seguridad a tropas que les son absolutamente fieles. El término procede de la antigua Roma, donde los emperadores y sus familias contaron también para su protección con un poderoso cuerpo militar, instalado en un campamento al este de la ciudad. La guardia pretoriana acompañaba constantemente al emperador, ya fuera como guardaespaldas en Roma o durante sus campañas militares, aunque su fidelidad distó mucho de ser completa, como muestran las constantes conjuras y sublevaciones que protagonizaron hasta su desaparición en el siglo IV.

La guardia pretoriana fue fundada por Augusto en 27 o 26 a.C. En principio se crearon nueve cohortes, aunque su número fluctuó hasta que a finales del siglo I d.C. se estableció en diez. Cada cohorte contaba con unos 480 hombres más un complemento de alrededor de cien jinetes llamados equites pretoriani. Se cree que en la primera mitad del siglo II d.C. se aumentó a mil el número de efectivos por cohorte. Al mando de la guardia pretoriana había normalmente dos prefectos del pretorio, que debían ser militares experimentados pertenecientes al orden de los caballeros, la clase  adinerada que ocupaba importantes cargos en la administración y el ejército.

Mimados por los emperadores

Entrar en la guardia pretoriana era sumamente apetecible, no sólo por el honor que suponía custodiar al emperador, sino también por las ventajas económicas que el puesto traía aparejadas. El sueldo de los pretorianos era el más elevado de todas las unidades del ejército romano. A finales del gobierno de Augusto, la cantidad base anual ascendía a 3.000 sestercios, mientras que un legionario cobraba 900. Hay que considerar también los donativos extraordinarios que les otorgaban los emperadores en acontecimientos como el ascenso al poder, campañas victoriosas o celebraciones especiales, y que eran siempre mayores que las que pudieran ofrecerse a las tropas legionarias. En su testamento, Augusto ordenó que se entregaran 1.000 sestercios a cada pretoriano, por sólo 300 a los legionarios, y muchos de sus sucesores les hicieron generosos donativos nada más acceder al poder para asegurarse su fidelidad: Claudio les concedió 15.000 sestercios, y Marco Aurelio y Lucio Vero, ya en el siglo II d.C., 20.000.

Sin embargo, los pretorianos, al igual que los legionarios, no podían disponer libremente de todos sus ingresos, puesto que una parte del sueldo se depositaba en las arcas de la unidad, así como la mitad de los donativos recibidos. Estos ahorros se les reembolsaban en el momento de licenciarse. Además, al estar acuartelados en la capital del Imperio, los pretorianos no tenían que pagar por el trigo, un alimento básico que se les distribuía gratuitamente y que, en cambio, sí se deducía del sueldo de los legionarios. Tampoco debían abonar sus armas, y a los que pertenecían al cuerpo de caballería se les proporcionaban, sin coste por su parte, los caballos y el alimento para la manutención de los animales. Por otro lado, los años de servicio eran menos: dieciséis frente a los veinte de los legionarios. Los pretorianos gozaban asimismo de ventajas judiciales nada desdeñables: tenían el derecho a ser procesados dentro de su campamento y disfrutaban de juicios más rápidos cuando ellos eran los demandantes. Sin embargo, tenían prohibido el matrimonio legal durante su servicio. Al retirarse recibían tierras libres del pago de impuestos o una cantidad de dinero, que, por ejemplo, en el año 6 d.C. era de 20.000 sestercios. Todo ello sin contar con el prestigio y reconocimiento social del que gozarían en su lugar de origen o en la región en la que se asentasen.

Altos, fornidos y de provincias

El aspirante típico a guardia pretoriano era un voluntario civil, de entre 17 y 20 años, con una excelente forma física y una altura mínima de 1,75 metros, aunque también eran necesarias unas buenas cartas de recomendación. Al ingresar se le hacía un reconocimiento y se comprobaba que era ciudadano romano. En los dos primeros siglos, los reclutas procedían principalmente de la parte central y septentrional de la península itálica y de Hispania, Macedonia y Nórico (territorio entre Austria y Alemania). En el siglo III d.C., tras la reforma de Septimio Severo, los pretorianos no procedían ya de la vida civil, sino que eran soldados pertenecientes a las legiones acantonadas en las fronteras del Imperio.

Una vez admitido, el nuevo recluta viviría en el campamento de la guardia denominado Castra Praetoria. Situado en uno de los lugares más altos al noreste de Roma, fue instituido en época de Tiberio, en el año 23 d.C. Delante del campamento había un campo de entrenamiento, que servía también para ceremonias religiosas y desfiles militares. Una vez superado el entrenamiento, el pretoriano tendría que asumir las múltiples funciones que la guardia pretoriana desempeñaba. La tarea básica consistía en la protección del emperador en palacio y en sus desplazamientos por la ciudad. Cada día, una cohorte con sus centuriones y tribuno al mando se dirigía desde el campamento pretoriano hasta el Palatino  para custodiar la residencia del césar. Durante el servicio en palacio, los pretorianos vestían una toga, en cuyos pliegues llevaban una espada oculta. Cuando el emperador acudía al Senado también llevaban la toga y solían quedarse fuera del lugar de reunión, aunque el emperador Calígula les permitió hacer la guardia también en el interior.

Al servicio del emperador

Algunos emperadores se obsesionaron por su seguridad personal hasta extremos insospechados. Claudio, por ejemplo, no se atrevía a ir a los banquetes si no era rodeado de sus guardias armados con lanzas. Tampoco visitaba a ningún enfermo sin hacer registrar antes su dormitorio y examinar y sacudir los colchones y las colchas. También exigía registrar con el mayor rigor y sin excepciones a las personas que venían a saludarle. Cuando su esposa Mesalina cometió adulterio con Cayo Silio, pensando que éste se proclamaría emperador, corrió aterrorizado a buscar refugio en el campamento pretoriano. Al excéntrico Nerón, en sus correrías nocturnas por las calles de Roma, le seguían de lejos unos tribunos que lo custodiaban, ya que en una ocasión un personaje del orden senatorial había estado a punto de matar a golpes al emperador por propasarse con su mujer.

A veces, la seguridad de los emperadores podía verse seriamente comprometida. Se cuenta que durante el reinado de Cómodo un bandido llamado Materno, que había sido soldado, tramó junto con sus secuaces acabar con la vida del césar; su plan consistía en  mezclarse entre la guardia, armados y disfrazados de pretorianos durante un festival de primavera en el que era lícito usar disfraces. Por suerte para Cómodo, algunos de los suyos traicionaron a Materno y la conspiración fue descubierta antes de que pudiese llevarse a cabo. De ese modo, el bandido que quiso ser emperador acabó decapitado.

De los desfiles al campo de batalla

Los pretorianos también custodiaban al emperador en sus desplazamientos por Italia y otras regiones del Imperio. Cuando el emperador estaba en camino se enviaba un destacamento por delante para despejar la ruta y atajar peligros potenciales. Se dijo de Tiberio que cuando en uno de sus viajes su litera quedó enredada en unas zarzas tiró al suelo al explorador responsable, un centurión de las primeras cohortes, y lo azotó casi hasta la muerte. La guardia protegió al mismo Tiberio durante su exilio en la isla de Capri, a Nerón en su viaje por Grecia y a Adriano en su villa de Tívoli o en sus frecuentes viajes por las provincias. En su fidelidad a la persona del césar, la guardia pretoriana le acompañaba incluso en su último viaje, el cortejo fúnebre.

Los pretorianos actuaban además como guardia de honor en las distintas ceremonias oficiales; por ejemplo, las que festejaban la salida del emperador cuando iba a la guerra o regresaba victorioso, su aniversario o la recepción de embajadores. Asimismo, eran responsables del mantenimiento del orden en Roma, ayudaban al cuerpo de vigiles (bomberos) en la extinción de incendios, reprimían rebeliones e investigaban las conjuras contra el emperador. Durante los espectáculos públicos montaban guardia, e incluso podían participar en ellos; el emperador Claudio, por ejemplo, hizo que un grupo de jinetes pretorianos abatiera fieras africanas en el circo Máximo.

Pero la guardia pretoriana también demostró ser una verdadera fuerza de combate. Su equipamiento militar era similar al de los legionarios, si bien se distinguían por llevar motivos específicos en sus escudos, como el rayo alado, la luna y las estrellas o el escorpión, símbolo zodiacal del emperador Tiberio. Sus portaestandartes tenían la particularidad de llevar enseñas con las efigies de los distintos emperadores y se cubrían con una piel de león. Sus intervenciones fueron numerosas dado que el emperador, cuando entraba personalmente en campaña, les ordenaba acompañarlo o bien enviaba a sus oficiales pretorianos para guiar la contienda. Por ejemplo, a comienzos del gobierno de Tiberio, Germánico y Druso fueron enviados al frente de la guardia pretoriana para sofocar las revueltas de las legiones de Germania y Panonia. En tiempos de Domiciano, el propio prefecto del pretorio, Cornelio Fusco, murió en combate contra los dacios. Los pretorianos también lucharon contra estos últimos en las guerras dácicas, bajo el mando de Trajano, y se enfrentaron a los pueblos germánicos durante el gobierno de Marco Aurelio.

Rebeliones y conjuras

El gran poder militar y policial que adquirió la guardia pretoriana tuvo un reverso: las constantes rebeliones y conjuras que protagonizaron contra los emperadores para imponer a su candidato preferido. Uno de los momentos más turbulentos se produjo en el año 192, a la muerte de Cómodo. Los pretorianos eligieron como emperador a Pértinax, un anciano senador, pero al ver que ponía freno a sus desmanes y a su poder ilimitado decidieron deshacerse de él y lo asesinaron en su palacio. A continuación, pusieron el trono imperial literalmente a subasta, pregonando desde los muros de su campamento que el cargo de emperador estaba en venta e iría a parar a quien les ofreciera más dinero. Un ex cónsul llamado Didio Juliano les prometió una gran cantidad de dinero, asegurándoles también que volverían a tener plena libertad de acción. Ellos aceptaron y lo escoltaron desde el campamento hasta el palacio imperial en medio de fuertes medidas de seguridad.

Poco después, sin embargo, llegó a Roma Septimio Severo, que había sido proclamado emperador por las legiones de Iliria y que convenció al Senado para que decretara la muerte de Juliano. A continuación, Septimio invitó a los pretorianos a que salieran desarmados del campamento para jurarle fidelidad, pero cuando se presentaron con los uniformes de gala los hizo apresar. Les perdonó la vida, pero ordenó expulsarlos de Roma. A partir de entonces se reclutó a los pretorianos entre las legiones de frontera.

En los primeros años del siglo IV, los pretorianos elevaron al trono a otro de sus candidatos, Majencio, pero Constantino lo derrotó en Roma, en la célebre batalla del puente Milvio librada en el año 312. A continuación, el vencedor decidió disolver la guardia. Terminaron así tres siglos de luces y sombras, de heroicidades e infidelidades de la guardia encargada de proteger el corazón de Roma.

Para saber más

La guardia pretoriana. Boris Rankov. RBA-Osprey, Barcelona, 2009.
Pretorianos. La guardia imperial de la antigua Roma. A. R. Menéndez Argüín. Almena, Madrid, 2006.
Pretoriano. S. Scarrow. Edhasa, Barcelona, 2012.

9 mayo 2014 at 5:22 pm Deja un comentario

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