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Calígula, el hombre que quiso tocar la luna

Mario Gas estrena en Mérida la obra de Albert Camus, interpretada por Pablo Derqui y que indaga en el existencialismo y la arbitrariedad del poder

Mónica López y Pablo Derqui, en el ensayo de ‘Calígula’, el pasado jueves en el Teatre Nacional de Catalunya. JUAN BARBOSA

Fuente: ROCÍO GARCÍA > Barcelona  |  EL PAÍS
2 de julio de 2017

Solo tres días de ausencia y el emperador Cayo reaparece como el tirano Calígula. Hay un empeño colectivo por creer que esa transformación surge del dolor ante la muerte de su gran amor clandestino, Drusila, hermana y amante. Calígula está, sin embargo, noqueado por otros dolores. Es de noche cuando por fin aparece abstraído y conmovido. “El amor no es nada. Quiero la luna en mis manos”, grita. Es el alarido de un hombre poderoso pero infeliz y desesperado, que siente la necesidad de lo imposible y la búsqueda de lo absoluto, que quiere tocar con sus manos la luna y que se debate en una melancolía extrema que le llevará a desear y cumplir con su propia muerte.

Mario Gas indaga con Calígula, una de las piezas teatrales clave de Albert Camus, en el existencialismo, la finitud de la existencia y la arbitrariedad del poder. Protagonizada por Pablo Derqui, Calígula es uno de los grandes montajes que acogerá este año el Festival de Teatro Clásico de Mérida que se inaugura el próximo miércoles. El espectáculo se representará en el escenario romano del 12 al 16 de julio para viajar luego al Festival Grec, de Barcelona, a finales de mes. A Pablo Derqui le acompañan en el reparto Mónica López, Borja Espinosa, Pep Ferrer, Pep Molina, Anabel Moreno, Ricardo Moya, Bernat Quintana y Xavier Ripoll.

Es el primer día de ensayos en el Teatre Nacional de Catalunya, antes del desembarco a cielo abierto en Mérida, y director y actores se van adaptando y midiendo en el nuevo escenario, una hermosa plataforma inclinada, inspirada en un edificio de la época fascista italiana, en la que se reflejará ese gong del que hablaba Camus y el enorme espejo en el que cada uno irá enfrentando su propia imagen.

“Ojo”, advierte Mario Gas, “este Calígula no es solo el retrato de un tirano y un déspota, de un emperador que gobernó desde el año 37 hasta el 41. Es evidente que es la encarnación de un poder químicamente malo, pero no es un déspota en sí mismo. Es el reflejo de la sociedad que le rodea. Lo fácil es decir que Calígula era un loco o un esquizofrénico. Lo que late debajo de este personaje es un estado de ánimo profundo, una melancolía que le lleva a reconocer su equivocación absoluta”. Estrenada en 1945, Calígula recoge, en palabras de su director, todo el compromiso y la especulación sobre el poder, la caducidad del amor, la corrupción y las castas, la insatisfacción humana y la reflexión sobre el existencialismo que invade la literatura de Albert Camus. “Con el Calígula de Camus se da paso a toda una serie de arquetipos de tiranía, monstruosidad y arbitrariedad que hemos conocido a lo largo de la historia”, añade Gas (Montevideo, Uruguay, 1947).

No es una crónica histórica, sino un exhaustivo recorrido en torno a la reflexión de la existencia. El propio Camus sugirió en sus acotaciones que no aparecieran tocas romanas y que la obra se pudiera representar bajo cualquier contexto histórico, excepto con el Imperio Romano. Es así un montaje que se despega de los hechos reales para establecer un arquetipo de una actitud existencial, vital y torcida muy determinada. “No olvides que su voluntad es la de cambiar el mundo”, advierte el director a Pablo Derqui, en pleno combate en el escenario con ese energúmeno e iluminado emperador que somete al terror a sus patricios y a su pueblo. Es la segunda vez que Derqui trabaja con Mario Gas, tras su encuentro hace ocho años con La muerte de un viajante, de Arthur Miller. Se tenían ganas. Derqui asegura que Mario Gas es un hombre de teatro “con mayúsculas”, y este asegura que un personaje como Calígula “necesita de un actor muy versátil, capacidad de cambio y potencia interpretativa”.

Pablo Derqui (Barcelona, 1976) se estrena con este montaje en el teatro romano de Mérida, todo un icono en la dramaturgia clásica, en el que Calígula ha sido representado seis veces desde 1963. La inquietud del actor por el escenario va a la par de las ganas y la fascinación. Las mismas con las que se enfrenta a Calígula, un personaje mítico por el que han pasado grandes actores. “Es verdad que la lupa puede ser algo más cruel, pero los miedos a la hora de hacer un papel de estas dimensiones más que bloquearme me alientan”, asegura el actor en un descanso del agotador ensayo. Ha salido a fumar a la calle y a beber agua antes de explicar que la felicidad para Calígula es solo un velo. “Ante la disfunción de que el amor no es nada, de que todo es mentira, que nada dura y que la muerte llega cuando llega, este emperador poderoso se va encaminando a un lento suicidio. Su gran error fue que acabó negando al hombre y al mundo y eso le llevó a negarse a sí mismo. Es su final”, reflexiona el actor.

Y si no puede alcanzar la luna, ¿para qué sirve la existencia? Para nada, como el amor. Calígula, convencido de que ha escrito su vida con renglones torcidos, busca así a gritos a su propio verdugo, a alguien que acabe con él. “Todavía estoy vivo”, advierte ya herido de muerte. Una clara advertencia vital de que todo sigue.

Siete montajes en el gran teatro romano

La 63ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, la sexta que gestiona y dirige Jesús Cimarro, acogerá entre el 5 de julio y el 27 de agosto un total de siete montajes teatrales que se representarán en el teatro romano de la ciudad extremeña, un majestuoso escenario al aire libre de 50 metros de embocadura y un aforo para 3.000 personas.

La Orestiada, dirigida por José Carlos Plaza. Esta tragedia de Esquilo, en versión de Luis García Montero, contará en el reparto con Ana Wagener, Roberto Álvarez y Amaia Salamanca, entre otros. Del 5 al 9 de julio.

Calígula. La obra de Albert Camus está dirigida por Mario Gas y protagonizada por Pablo Derqui junto a Mónica López . Del 12 al 16 de julio.

Troyanas. Carme Portaceli, actual responsable del Teatro Español, dirigirá esta obra de Eurípides en versión de Alberto Conejero. En el reparto figuran, entre otros, Aitana Sánchez Gijón y Ernesto Alterio. Del 19 al 23 de julio.

Séneca. Obra de Antonio Gala, en versión y dirección de Emilio Hernández. Interpretada por Carmen Linares, Antonjio Valero, Diego Garrido y otros. Del 26 al 30 de julio.

La Bella Helena. De Jacques Offenbach. Dirigida por Ricard Reguant y protagonizada por un largo reparto, en el que figuran, entre otros, Rocío Madrid, Cata Munar o Pablo Romo. Del 2 al 6 de agosto.

La comedia de las mentiras. Inspirada en la obra de Plauto, este montaje cuenta en la dirección con Pep Anton Gómez y en la actuación con Pepón Nieto, María Barranco o Paco Tous. Del 9 al 15 y del 18 al 20 de agosto.

Viriato. De Florián Recio. Dirigida por Paco Carrillo e interpretada por Fernando Ramos, Jesús Manchón o Juan Carlos Tirado. Del 23 al 27 de agosto.

 

3 julio 2017 at 10:32 am Deja un comentario

El tupé más famoso de la antigüedad

Alejandro Magno fue una referencia en el mundo romano, una figura que imitar hasta en el peinado

Detalle del mosaico de Isos en el que el conquistador macedonio, melena (y tupé) al viento, carga contra las tropas de Darío III. El mosaico, copia de una pintura griega, fue hallado en la Casa del Fauno, en Pompeya. (DEA / M. CARRIERI / Getty)

Fuente: FÈLIX BADIA LA VANGUARDIA
12 de mayo de 2017

Hace 2.000 años, para ser alguien en la alta política romana, había que parecer, emular, recordar o evocar, aunque fuera remotamente, a Alejandro Magno, el mítico caudillo macedonio que tres siglos antes había construido en tiempo récord un imperio en el sudeste de Europa y Asia. Y había que hacerlo con las obras, pero también con las formas.

Literalmente. Pompeyo, el aliado –primero– y archirrival –después– de Julio César lo creía a pies juntillas, y tras conquistar a sangre y fuego buena parte de Oriente Medio, como hiciera en su día Alejandro, asumió también el apelativo de Magno y, un detalle no tan menor como pudiera parecer, decidió lucir tupé, el característico rasgo del conquistador griego y tal vez uno de los peinados más famosos de la antigüedad.

No se trataba por supuesto de un tupé de aire rockabilly o que anticipara la opinable estética de Donald Trump, sino del peinado que los griegos llamaban ‘anastole’ (poner hacia atrás). A Alejandro se le había representado con él tanto en monedas y esculturas como en pinturas y mosaicos, como el de Isos hallado en Pompeya, en que se le representa en plena carga contra el último rey persa, Darío III.

Pompeyo Magno se hizo representar con un tupé parecido al de Alejandro, y con sus conquistas llegó incluso a emular sus éxitos. Todo ello años antes de perder, literalmente, la cabeza en las costas de Alejandría (Getty)

Para cuando, casi 300 años después, Pompeyo estaba alcanzando el cenit de su celebridad, la figura del conquistador griego se vinculaba de forma inseparable al peinado, así que le faltó tiempo para intentar acercar su imagen a la del general heleno. “Su pelo –explicaba Plutarco– tendía a levantarse en la parte de alta de su frente, y eso (…) producía un parecido, más comentado que real, a las estatuas de Alejandro”.

El detalle es algo más que una anécdota. Peinados al margen, la explotación de la imagen de los líderes y su semejanza o no respecto a los mitos del momento tuvo un papel fundamental en el despiadado juego político del fin de la república (siglo I antes de Cristo). Un uso de la imagen pública que alcanzaría años después su punto más alto ya en el imperio con el reinado de Augusto, quien gracias a ello podría cimentar su poder.

El uso de la representación del líder que se hizo en la antigüedad, recuerda a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, hasta la dulcificada imagen Obama con las mangas eternamente arremangadas que transmitían su disposición a trabajar por su país.

Salvando los siglos transcurridos, este uso de la representación del líder recuerda, y mucho, a la comunicación política del siglo XX e inicios del siglo XXI: desde el culto a la personalidad en las dictaduras –la icónica representación de Stalin con su mirada a lo lejos para guiar al destino del pueblo, o los brazos cruzados de Hitler mostrando fortaleza–, hasta la dulcificada imagen de los políticos en los sistemas liberales –con las mangas eternamente arremangadas de Obama que transmitían su disposición a trabajar por su país–.

Para un político ambicioso, y en la turbulenta Roma del siglo I antes de Cristo los había a decenas, vincularse, pues, a las mayores celebridades del mundo clásico era fundamental. Pompeyo no se limitó al peinado, sino que incluso llegó a visitar la tumba de Alejandro Magno para hacerse con la capa del conquistador. También la visitaron después los emperadores Calígula, que tomó prestada su coraza, y Augusto, que, no se sabe exactamente cómo, rompió de forma involuntaria la nariz de su momia. Con este ritmo de expolio, no es extraño que la ubicación de los restos de Alejandro, suponiendo que aún existan, sea hoy uno de los grandes misterios de la arqueología.

Para un dandi como Julio César la calvicie fue un verdadero tormento. No ayudaba que la tradición romana considerara la alopecia como un signo de mala salud y de poca masculinidad (Getty)

Julio César también veneraba la figura del conquistador macedonio. Suetonio cuenta que, cuando el que más tarde sería dictador pasó por delante de una estatua de Alejandro en Hispania, se echó a llorar. ¿La razón? Tenía en aquellos momentos 33 años, la misma edad a la que había muerto el caudillo griego, y no había alcanzado hasta el momento ningún logro con el que pasar a la posteridad. Aunque hay dudas sobre la certeza de la anécdota, lo que sí parece claro es la influencia que la imagen de Alejandro tenía en el poder establecido del momento. Quién sabe si Julio César habría deseado también lucir el legendario tupé del conquistador. Sin embargo, tenía un problema prácticamente insalvable: una calvicie precoz.

Es cierto que la imagen era un factor de primer orden que los líderes romanos se apresuraban a explotar a fondo, pero, de la misma manera, constituía un factor que los podía convertir en blanco de las críticas de sus adversarios, y Julio César los tenía en cantidades ingentes. En la cultura romana, la calvicie tenía muy mala prensa, en especial, si era prematura, porque el pelo se consideraba un símbolo de fuerza, virilidad, juventud y fertilidad, y, por tanto, se pensaba que quien la sufría adolecía de falta de esas características. “Feo es el campo sin hierba, y el arbusto sin hojas y la cabeza sin pelo”, escribió Ovidio. Por eso, uno de los grandes hombres de la antigüedad, el mismo que conquistó Galia y Egipto, y el que puso los cimientos de uno de los imperios más importantes que ha visto el planeta, vivió en realidad atormentado por su falta de cabello.

Los enemigos de Julio César se cebaron en su calvicie, Adriano expresó su amor a Grecia al dejarse barba, y Cómodo ostentó espolvoreándose oro en el pelo

El médico y licenciado en Humanidades Xavier Sierra Valentí explicaba hace unos años en un artículo publicado por la revista ‘Piel’, que Julio César pasaba largas horas intentando disimular su falta de pelo y que incluso se peinaba hacia adelante, porque no soportaba las burlas de sus detractores. Sierra añade que, según Suetonio, obtuvo permiso del Senado para llevar en todo momento la icónica corona de laurel como un honor que además le permitía disimular su falta de pelo. No obstante, no todos veían un problema en su calvicie según textos clásicos, que señalan que sus tropas, al regreso de una de sus conquistas, cantaban por las calles: “Ciudadanos, guardad vuestras esposas, traemos a un calvo adúltero”.

En cambio, la aristocracia romana tradicional veía en Julio César, además de un enemigo político, a un perfil contrapuesto a los valores conservadores de la República romana, y por ese motivo, explotaron a fondo su lado más frívolo y su fama de playboy. El que sería el hombre más poderoso de su época y uno de los militares más audaces de su tiempo era también un fashionista, pero, como explica Tom Holland en ‘Rubicón’ (Ático de los Libros), sus cinturones de color naranja y sus ropas demasiado holgadas para el gusto canónico del momento fueron aprovechados en campañas en su contra, de la misma manera que su estilo de vida. “Hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres”, se decía de él en referencia a su comentada y promiscua bisexualidad.

Como todos los emperadores, en cuanto a la moda Adriano era un prescriptor de tendencias. Fue él quien puso de moda la barba en Roma, una estética que hasta entonces se consideraba bárbara en la capital del imperio (Leemage / Getty)

Si bien la alopecia no estaba bien vista, llevar barba era incluso peor porque se veía como una costumbre de bárbaros. Por eso, un ciudadano que cuidara su imagen debía pasar a menudo por el tonsor, un barbero verdaderamente temible encargado de mantener a los varones romanos dentro de la civilización. Ponerse en sus manos no parece que fuera una experiencia especialmente agradable, porque no se utilizaban cremas para el afeitado y porque el instrumental, por afilado y cuidado que fuera, distaba mucho de tener la sofisticación actual.

Así pues, los nobles romanos debían de ser personas de piel acerada, porque era muy raro que alguno de ellos renunciara a afeitarse, al menos durante el siglo I. Sin embargo, con la llegada de Adriano (76-138) y su barba ensortijada, las cosas empezaron a cambiar. Como el resto de los emperadores, este fue un verdadero creador de tendencias. Pero, como en el caso de Pompeyo o de Julio César, esas tendencias eran más que simple estética para traspasar de nuevo el umbral de la comunicación política.

Tras la muerte de su hermano Geta, Caracalla proclamó la ‘damnatio memoriae’ (que se eliminara toda referencia a él). En la imagen Caracalla de niño (derecha) y a su lado Geta, borrado (Getty)

En este sentido, la barba de Adriano era una declaración de intenciones: si el vello facial había sido considerado poco civilizado en Roma, en Grecia, en cambio, el punto de vista era el opuesto, y el nuevo emperador era un enamorado de todo lo que guardaba relación con el mundo helénico. El look adriánico se completaba con un vistoso pelo rizado, posiblemente gracias al calmistro, una herramienta que se calentaba al fuego y luego se aplicaba al pelo. Una técnica sólo para valientes.

La moda de Adriano se siguió durante mucho tiempo. Bastantes años después, al emperador Caracalla (188-217), famoso entre otras cosas por las gigantescas termas que mandó construir en Roma y por haber solucionado la rivalidad con su hermano Geta por la vía rápida –el asesinato–, se le representaba con barba y pelo rizado. Y cara de pocos, muy pocos, amigos. Cómodo (161-192), al que la tradición describe como un emperador sanguinario, paranoico y apasionado de los juegos de gladiadores –tanto que incluso llegó a lanzarse a la arena–, fue otro de los que se apuntaron a esa moda, aunque le dio una vuelta a la tuerca, al, según algunas versiones, espolvorearse el pelo con oro y hacerse representar como Hércules, en, una vez más, un mensaje político. Los tiempos habían cambiado, y donde Pompeyo dos siglos antes evocaba a un conquistador, Cómodo prefería identificarse, directamente, con un semidiós, hijo del mismísimo Júpiter.

Paranoico, sanguinario, ostentoso… a juzgar por las fuentes clásicas, el emperador Cómodo –el de ‘Gladiator’– no fue precisamente un repositorio de virtudes. En la imagen, personificado, ni más ni menos, que como el semidiós Hércules (DEA / G. DAGLI ORTI / Getty)

 

12 mayo 2017 at 10:47 am Deja un comentario

Tom Holland: “Trump, como Calígula, basa su régimen en la diversión de la humillación”

La transformación de Roma en una dictadura es el tema del último libro de este ensayista que utiliza la narración del pasado para ayudar a entender el presente

El escritor Tom Holland, en el hotel de las Letras. SAMUEL SANCHEZ

Fuente: GUILLERMO ALTARES EL PAÍS
11 de abril de 2017

Antes de dedicarse a escribir libros de historia, Tom Holland (Broadchalke, Inglaterra, 1968) realizó una hazaña para la BBC: adaptar para la radio los apuntes de los primeros genios de la lengua escrita, Homero, Heródoto, Tucídides y Virgilio. Con Rubicón consiguió su primer éxito internacional al narrar con pulso y rigor los años que llevaron a Julio César al poder. En sus libros, como Fuego persa o Milenio, siempre lee la historia desde un punto de vista contemporáneo, logra que los problemas del pasado nos ayuden a dialogar con la actualidad. Ahora acaba de publicar en Ático de los Libros Dinastía. Auge y caída de la casa de César, la historia de los Julio-Claudios, una saga a la que pertenecieron los emperadores más famosos, y con peor prensa, de la historia de Roma: Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Con la llegada al poder de Donald Trump, y el desafío a la democracia de otros líderes ultraderechistas, su relato del final de la República romana y el principio del Imperio, uno de los momentos clave de la historia de Occidente, cobra una nueva dimensión. Holland visitó recientemente Madrid.

PREGUNTA. ¿Podemos encontrar un paralelismo entre el fin de la República y lo que está ocurriendo ahora en EE UU? ¿Se puede acabar una democracia sin un cambio de régimen?

RESPUESTA. Es interesante porque la idea de que la república americana podía acabar de la misma forma que la romana es algo que está ahí desde su propia fundación. Cuando los americanos echaron a su rey, miraron a Roma como modelo, por eso existen un Senado y un capitolio en Washington. Los padres fundadores eran muy conscientes de cómo Roma se convirtió en una autocracia y la Constitución está diseñada para asegurarse de que algo así no vuelva a ocurrir. La cuestión en EE UU en la actualidad es si alguien como Donald Trump, que claramente solo está interesado en sí mismo, en su marca, puede llegar a ser tan corrosivo que acabe por dañar la democracia. Personalmente tengo serias dudas, no creo que Trump sea comparable a Julio César, que era un hombre de una inteligencia prodigiosa, ni a Augusto, que ha sido el mayor genio político de la historia occidental. Hay que tener mucho talento para ser capaz de convertir una vieja república en una autocracia, y no creo que Trump tenga ni la paciencia ni la habilidad para convertirse en un Julio César.

P. En su libro muestra su clara preferencia por el historiador romano Tácito. ¿Puede ser Tácito útil para entender el periodo que estamos viviendo?

R. Tácito es uno de los mejores historiadores de todos los tiempos y es el gran analista de la autocracia. Entiende aquello que hace que una autocracia funcione, entiende el efecto corruptor que el poder tiene sobre quien lo ejerce. Por eso en cualquier periodo en que la sombra de una autocracia cae sobre un país, siempre se ha leído a Tácito y siempre ha sido valorado. Creo que, sobre todo gracias a Tácito, ese periodo, el final de la República romana, sigue viviendo en el imaginario occidental y es el ejemplo primario de una tiranía.

P. ¿Y es posible comparar a Trump con Calígula o Nerón? Ese paralelismo se ha convertido en un lugar común.

“Toda historia tiene algo de ficción. Sobre este periodo, en muchos casos solo tenemos el rumor”

R. Solo es posible hasta un cierto nivel. Terminé este libro incluso antes de que Trump comenzase su carrera hacia la Casa Blanca. Trump dijo e hizo cosas durante su campaña que el establishment político pensó que eran fatales para su carrera, contra las mujeres, los veteranos, los musulmanes. Todo el mundo estaba convencido de que iban a acabar con él. Pero no ocurrió. Y al final resultó que a la gente le gustó que alguien con poder cambiase la forma tradicional de decir las cosas, la forma de comportarse de la élite, ya sea la de la prensa o la de la política. El choque de ver a gente poderosa humillada claramente tocó algún tipo de fibra. Hay algo que tanto Calígula como Trump entendieron, basaron su régimen en la diversión que la humillación de otros despierta en una parte de la sociedad. Es lo que hizo Calígula con la élite de los senadores. Fue descrito por sus críticos en el Senado como alguien que estaba loco. El ejemplo más famoso de esto es cuando nombró cónsul a un caballo. Era una broma, lo que pretendía era ridiculizar al Senado, mostrar su impotencia diciendo: “Puedo nombrar a quien quiera, hasta a mi caballo”. Está dejando claro quién manda. Cuando he leído cosas que Trump ha dicho o los tuits que ha mandado, nos preguntamos si está loco. Lo que escribe o dice puede parecer cruel, sin sentido, pero a veces es también divertido. Podemos pensar que hace esas cosas para entretener. Creo que lo mismo ocurre con Calígula.

P. En su libro sobre los Julio-Claudios se alza una figura central, Livia, porque en realidad muchos de los emperadores de esta dinastía son descendientes de ella más que del propio Augusto. ¿Es Livia, la esposa del emperador, el personaje clave en esta historia pero se mantiene en un segundo plano porque era mujer?

R. Pese a ser sobrino de Julio César, Augusto era en cierta medida algo provinciano. Cuando se casa con Livia, ella está fabulosamente bien conectada. Tiene sangre azul, estuvo casada con un Claudio antes de divorciarse y casarse con Augusto. El hijo de este primer matrimonio, Tiberio, lleva la sangre de los Claudios. Y eso tranquiliza a los miembros de la élite romana, porque piensan que va a defender sus intereses. Augusto basa todo su régimen en que está restaurando los auténticos valores de Roma y Livia es fundamental en esa imagen. Es probablemente el único personaje femenino importante de esa dinastía que nunca fue acusada de ser una prostituta. La medida de su éxito es que, cuando muere Augusto, recibe honores sin precedentes. Y cuando muere también es divinizada.

“Los padres fundadores de EE UU eran muy conscientes de cómo Roma se convirtió en una dictadura”

P. ¿Podemos acercarnos a algo parecido a la verdad cuando estudiamos un periodo tan remoto de la historia y sobre el que circulan tantas leyendas y existen tan pocas fuentes fiables?

R. Es un asunto clave. Se trata de una aproximación a la verdad. Toda historia tiene elementos de ficción. Y cuanto más nos remontemos en el tiempo, es peor porque nuestras fuentes primarias tienen un elemento literario muy importante. En muchos casos, la historia de segunda mano es lo único que tenemos. Debemos tratar de entender lo que quería hacer en realidad el emperador. La historia de Calígula y su caballo es un ejemplo claro. Por eso es importante buscar historias que nos expliquen la forma en que los romanos veían el mundo, historias que se repitan una y otra vez, como la acusación contra muchas mujeres de los Julio-Claudios de que eran prostitutas. No creo que ninguna de esas historias sea cierta. Pero nos hablan de la imagen que los romanos tenían de las mujeres poderosas, porque pensaban que no debían tener ninguna autoridad política, ningún poder. Las acusaciones contra mujeres como Mesalina reflejan todo esto, el temor de los hombres romanos ante las mujeres con poder, no creo que nos digan algo real sobre lo que ellas hicieron.

 

11 abril 2017 at 7:50 pm Deja un comentario

El palacio flotante de Calígula

Un equipo de expertos busca bajo el lago de Nemi, cerca de Roma, un fastuoso tercer barco que, según la leyenda, el lujurioso emperador usaba para sus fiestas

Fiestas en el lago. Según la tradición, el emperador Calígula mandó construir tres barcos de gran lujo para celebrar fiestas en el lago Nemi (Michael Nicholson / Getty)

Fuente: EUSEBIO VAL > Nemi  |  LA VANGUARDIA
7 de abril de 2017

Santi Scolaro ha realizado misiones más desagradables en su vida. En octubre del 2013, por ejemplo, participó en la recuperación de los cadáveres de los más de 360 eritreos que se ahogaron frente a la isla de Lampedusa tras incendiarse y hundirse el viejo pesquero en el que viajaban hacinados. “La arqueología es la parte más tranquila de mi trabajo –comenta a La Vanguardia este vicecomandante de la sección de submarinismo de los carabineros de Roma–. Pero también actuamos como policía judicial. Emocionalmente es más duro, aunque estamos habituados”.

A Scolaro le toca estos días hacer de arqueólogo. Forma parte de un equipo interdisciplinar de 15 personas que, con la ayuda de sofisticada tecnología, trata de hallar, en el lago de Nemi, los restos de un enorme barco usado por el emperador Calígula para sus fiestas flotantes. Durante el fascismo, a finales de los años veinte, ya lograron extraer dos naves. Sin embargo, nunca se ha extinguido la leyenda de que había existido un tercer barco, el más grande y lujoso de la extravagante flota. Ese es ahora el objetivo.

Los buzos descienden hasta el fondo lacustre, a 27 metros de profundidad, donde el agua se mezcla con el lodo. Necesitan guiarse con brújulas y otros aparatos.

–¿Han visto algo?

–No vemos nada, ni siquiera a una distancia de cinco metros–, admite Scolaro.

–¿Llevan focos?

–No. Eso todavía es peor.

–Les debe de causar impresión el tener que bucear bajo estas condiciones…

–Peor es hacerlo en el Tíber (para buscar cadáveres), con la corriente del río.

Nemi es una localidad de postal, a una treintena de kilómetros al sur de Roma. Queda muy cerca de Castel Gandolfo, sede de la residencia estiva de los papas, a la que el austero Francisco ha renunciado. Sus habitantes no llegan a dos mil. El pueblo se halla sobre el lago del mismo nombre, de origen volcánico, un lugar mitológico y sagrado ya en época prerromana. Allí se ubicaba el templo de Diana, la diosa de los bosques y de la fertilidad. Las laderas de las colinas que circundan el lago son extremadamente fértiles, de un intenso verdor casi impropio del Mediterráneo. El pueblo es conocido por las flores y por sus sabrosas fresas.

Parte de la equipación del equipo de submarinistas que trabaja para hallar el supuesto barco del emperador Calígula (Ayuntamiento de Nemi)

Calígula se llamaba en realidad Cayo Julio César Augusto Germánico. Lo apodaron Calígula (“pequeñas botas”, en latín) porque ya de niño acompañaba a su padre en las campañas militares. Pese su breve mandato, de apenas cuatro años –entre el 37 y el 41 después de Cristo–, ha pasado a la historia por su megalomanía, su crueldad y su carácter lujurioso. Para distinguirse de otros emperadores, no le bastó con palacios convencionales sino que mandó construir unas naves en las que celebrar sus fiestas y sus orgías. Tenían entre 70 y 80 metros de eslora y eran muy pesadas. Incluían mansiones con columnas de 6 metros, decoradas con mosaicos y piezas de oro y provistas con cañerías para el agua caliente. Su ingeniería anticipó técnicas que se creían inventadas muchos siglos después por los ingleses, como el cojinete de esfera o el ancla con cepo móvil.

Benito Mussolini, cuyo régimen se proclamaba sucesor natural de las glorias de la Roma imperial, promovió un faraónico proyecto hidráulico para el vaciado parcial del lago de Nemi, con el único fin de encontrar las naves de Calígula. Dos de ellas, en efecto, aparecieron, en sorprendente buen estado (el agua dulce y la escasa oxigenación preservan la madera mucho mejor que el mar), y se construyó para ellas el Museo de las Naves Romanas. Pero en 1944, durante la II Guerra Mundial, un incendio las destruyó casi por completo.

Trabajos de recuperación del supuesto barco del emperador Calígula en el lago Nemi (Ayuntamiento de Nemi)

“No existe evidencia científica sobre el tercer barco –avisa el alcalde de Nemi, Alberto Bertucci–. Pero tenemos la tradición oral y lo que vio el arquitecto Francesco de Marchi, que en 1535 se sumergió con una campana (rudimentario batiscafo) como el que diseñó Leonardo da Vinci”. Bertucci, entusiasta promotor de la búsqueda de la nave, cree que, sea cual sea el desenlace, el proyecto tendrá utilidad científica y de protección medioambiental. “Lo que está claro es que, de una vez por todas, saldremos de dudas sobre si era una leyenda o no”, enfatiza el alcalde

Luigi Dattola, de la Agencia de Protección Medioambiental de Calabria, uno de los técnicos que auscultan con instrumentos especiales lo que puede esconder el fango bajo el lago, no se atreve a hacer pronósticos.

–¿Confía en que aparecerá el tercer barco?

–Confiaré cuando lo vea. No quiero ni tener confianza ni ser escéptico. Prefiero ser neutral. De lo contrario corro el riesgo de ver algo que no existe o, al revés, de no ver algo real.

El alcalde de la localidad de Nemi, Alberto Bertucci (Ayuntamiento de Nemi)

 

7 abril 2017 at 8:12 pm Deja un comentario

Si la antigua Roma hubiera tenido televisión

Un estudio analiza la promoción política que se hacían los emperadores a través de los medios de entonces: monedas, estatuas, pinturas

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Una ánfora repleta de monedas romanas del Museo Arqueológico de Sevilla. PACO PUENTES

Fuente: ISABEL FERRER > La Haya  |  EL PAÍS
2 de febrero de 2017

La idea de un sistema internacional de Estados cuyas relaciones sirvan para equilibrar el poder surge después del Renacimiento y es el espejo del mundo actual. La Roma antigua, por el contrario, ejemplifica la fuerza militar aplicada de la manera más funcional: la conquista para expandir sus límites. Aunque los emperadores han pasado a la historia como el rostro más visible de la antigüedad clásica, para mantenerse no solo debían manejarse con el Senado, sofocar conjuras y ganar batallas. La imagen que proyectaban en todos sus territorios debía reforzar su posición, y algunos, como Augusto y Adriano, destacaron en el uso de lo que podría denominarse los medios masivos de comunicación de la época. En su caso, las monedas de curso legal, bustos, estatuas o bien relieves e inscripciones en edificios, con mensajes distintos para sus múltiples interlocutores.

La carga ideológica del áureo (moneda de oro), denario (plata), sestercio (bronce) o bien as (cobre), surge en el momento mismo de ser acuñadas. “Las de oro y plata eran para los ricos, entre ellos los senadores, y en su cara aparecía el rostro del emperador de turno. El revés es distinto. Claudio fue aupado al poder por la guardia pretoriana tras el asesinato de su sobrino, Calígula. Así que, al principio, el reverso de las monedas hacía hincapié en este cuerpo de escoltas de élite. Solo cuando conquista Britania (la isla de Gran Bretaña antes de las invasiones germanas) siente que ya no les debe nada y desaparecen”, señala Olivier Hekster, catedrático de Historia Antigua de la universidad Radboud, de Nimega. Recién premiado por la Academia holandesa para las Artes y las Ciencias por sus estudios en este campo, señala asimismo que Nerón, tal vez el emperador con peor fama, fue más popular de lo que creemos. “Las monedas de bronce se destinaban a los pobres, y él podía poner detrás edificios reconocibles para la gente. Como cuando mandó reconstruir el puerto de Ostia, la vía de entrada del grano, es decir el alimento, en Roma”.

Las estatuas eran otro de los reclamos publicitarios de los emperadores y Adriano llegó a un grado sumo de refinamiento. Según Hekster, fue el primero que vio la imposibilidad de mantener intactos los límites de un imperio enorme, “y devuelve fronteras al Este de Roma, un gesto insólito, porque el Imperio solo podía crecer”. “En sus efigies, de todos modos, aparece como un gran líder militar, con su uniforme más imponente. Las monedas muestran otro aspecto de este proceso, que podríamos llamar de descentralización, y ahí aparecen distintas provincias del Imperio. De esta manera, no parecen mera tierra conquistada”.

Algunos emperadores, como Marco Aurelio, eran percibidos ya en vida como un filósofo y su buena imagen ha llegado hasta nosotros. Su secreto fue centrarse en los senadores, un pequeño grupo de gente comparado con el pueblo en su conjunto. “Pero ellos escribían la Historia en una sociedad donde solo se alfabetizaban los poderosos, y sin ellos era impensable llegar al poder”. Con todo, el maestro en el manejo de estos recursos fue Augusto, el primer emperador. Sobrino nieto de Julio César, que lo adoptó, pasó toda su vida intentado evitarse la muerte violenta de su protector. “En el Senado, sus esculturas lo presentaban con toga, como uno más. Para la gente, aparecía fuerte y también como un pacificador. Con sus soldados era un militar. Es decir, tenía el mensaje adecuado para cada situación”, asegura el experto. Aunque no fuera emperador, el magnicidio impidió a Julio César cultivar con el esmero de sus sucesores la exhibición de imágenes paralelas del poder. “Pero para su posteridad ya está Shakespeare, e incluso Asterix, en otro plano, desde luego”, concluye Hekster.

 

6 febrero 2017 at 8:21 pm Deja un comentario

Las estatuas de Augusto y Calígula recuperan la cabeza en Torreparedones

El Ayuntamiento manda construir dos réplicas idénticas a los bustos originales

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Busto reconstruido del emperador Augusto para sus estatua en Torreparedones – S.N.T.

Fuente: S. N. T. > Baena  |  La Voz Digital
26 de diciembre de 2016

Las esculturas masculinas sedentes halladas en la curia del parque arqueológico de Torreparedones de Baena en diciembre de 2011 cuentan ya con sus respectivas cabezas. Se trata de los emperadores Augusto y Calígula-Claudio divinizados.

Estas esculturas se presentaron en sociedad tras su restauración el pasado 26 de septiembre acéfalas y quedando así expuestas en el patio del Museo Histórico Municipal a pesar de que «se conservan los dos bustos masculinos, que están expuestos en la sala II del recinto dedicada a la estatuaria romana», según informaron desde el Ayuntamiento banense. Las cabezas originales expuestas no están completas ya que les falta parte del cuello, sobre todo a la de Augusto.

Con el objetivo de «dar más prestancia y valor a las esculturas», indican desde el Consistorio, «se han realizado sendas copias, a escala natural, en poliestireno expandido en las que se ha incorporado ya la parte perdida del cuello». Dichas copias son las que se han colocado en las esculturas.

Desde el departamento de arqueología municipal apuntan que «las dos esculturas masculinas han ganado mucho desde el punto de vista museográfico».

El catedrático de la Universidad de Córdoba, Carlos Márquez, resaltó de ellas que son piezas «absolutamente extraordinarias» y «únicas en todo el imperio romano» por lo que «resulta excepcional su aparición» en Torreparedones.

 

26 diciembre 2016 at 1:50 pm Deja un comentario

La tumba de Alejandro Magno, el rompecabezas que tampoco Napoleón supo resolver

Durante dos años sus compañeros de armas se empeñaron en construir un mausoleo de oro macizo con la figura en relieve del Magno. La estructura contaba en sus extremos con columnas jónicas de oro y en sus laterales incluía escenas de la vida del general

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Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
26 de octubre de 2016

La localización de la tumba del gran conquistador de la Antigüedad resulta uno de los casos más misteriosos de la arqueología mundial. No tanto por lo que puede haber en su interior, como por el hecho de que durante siglos su ubicación era archiconocida. La visitaron emperadores, reyes, gobernantes y grandes personajes hasta que, mientras se venía abajo el Imperio romano, se le perdió el rastro para siempre.

Alejandro cayó enfermo el 2 de junio del 323 a. C. tras un banquete en Babilonia donde había bebió grandes cantidades de vino. Durante casi dos semanas, Alejandro padeció fiebre alta, escalofríos y cansancio generalizado, unido a un fuerte dolor abdominal, náuseas y vómitos. El 13 de junio, cuando le faltaba poco más de un mes para cumplir los 33 años de edad, falleció el dueño de media Asia sin dejar un heredero claro.

Durante dos años sus compañeros se empeñaron en construir un mausoleo de oro macizo con la figura en relieve del Magno. La estructura contaba en sus extremos con columnas jónicas de oro y en sus laterales incluía escenas de la vida del general. En el palio de púrpura bordada se encontraba expuestos el casco, la armadura y las armas del macedonio. Una vez finalizado, el mausoleo fue transportado desde Babilonia hacia Macedonia por 64 mulas que completaron un recorrido de 1.500 kilómetros. Sin embargo, los restos mortales nunca lograron alcanzar su lugar de nacimiento.

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Reconstrucción del catafalco de Alejandro según Diodoro (mitad del S. XIX) – Wikimedia

La guerra abierta entre los sucesores de Alejandro Magno fragmentó el imperio del macedonio y entregó la parte Egipcia a Ptolomeo, que se declaró a sí mismo Rey de Egipto. Mientras el cortejo fúnebre con los restos de Alejandro se dirigía a Macedonia, Ptolomeo se apropió de ellos y se los llevó a Egipto. En un principio, adaptó una tumba vacía que había sido preparada para enterrar al último faraón nativo de Egipto, Nectanebo II, y trasladó los restos del que fuera su general a una capilla dentro del templo del Serapeo de Saqqara, en la necrópolis de la antigua Menfis. La grandilocuente tumba se encontraba al final de una larga avenida de esfinges.

Una parada para los emperadores que se perdió

Al hijo de Ptolomeo, Ptolomeo II, no le parecía suficientemente lustrosa la localización y trasladó la tumba de Alejandro de Menfis a Alejandría (la más famosa de las 50 Alejandrías fundadas por el conquistador). Así creó un estructura monumental conocida como el Soma para el descanso del macedonio y el de su propia dinastía. El sarcófago era en su origen de oro, si bien Ptolomeo IX lo reemplazó por cristal debido a necesidades económicas e incluso es posible que cambiara su ubicación de nuevo. Allí lo halló Julio César cuando peregrinó a la tumba de su héroe de juventud. En el año 48 a. C, el romano llegó a Alejandría, después de haber perseguido a su enemigo Pompeyo, y tuvo ocasión de ver los restos.

Algunos, como Cayo Calígula, que la conoció en un viaje con su padre de niño, se apoderaron de distintos objetos presentes (en su caso de la coraza de Alejandro)

Su heredero político, César Augusto, también visitó la tumba en un acto plagado de propaganda. Cuando las dignidades griegas que le acompañaban le ofrecieron visitar las tumbas de los reyes Ptolomeos, el primer ciudadano de Roma les recordó que él no había ido a ver muertos sino a un rey. Ordenó que fueran sacados los restos de Alejandro de su tumba, adornando el cadáver con flores y una corona de oro. Según las fuentes del periodo, cuando Augusto estiró la mano para tocarle la cara a Alejandro le rompió de forma accidental un pedazo de nariz.

A partir de entonces, la visita de los emperadores de Roma a la tumba de Alejandro se convirtió en «protocolaria». Algunos, como Cayo Calígula, que la conoció en un viaje con su padre de niño, se apoderaron de distintos objetos presentes (en su caso de la coraza de Alejandro). Por el contrario, Septimio Severo ordenó sellar el acceso a la tumba al ver lo poco protegida que estaba, en el año 200 d. C. La última supuesta visita fue la del emperador romano Caracalla, en 215, que afirmó haber sido poseído por el espíritu de Magno.

Con la decadencia del Imperio romano, Alejandría se vio azotada por distintos saqueos y revueltas, que terminaron por perder el rastro de la tumba del general. Si bien hay evidencias de que todavía en el siglo IV la tumba seguía en su lugar original, no se puede constatar que saliera intacta en el 365 del gran terremoto seguido de un tsunami gigantesco, que provocó estragos en las regiones costeras y ciudades portuarias de todo el Mediterráneo oriental. En Alejandría los barcos fueron levantados hasta los tejados de los edificios que quedaron, lo que hace probable la destrucción del mausoleo del Soma.

A partir de ese momento se perdió el rastro a la tumba, ya fuera porque fue destruida en el terremoto o en los saqueos que acompañaron los años finales del Imperio romano. No así a los restos mortales del conquistador. Libanio de Antioquía mencionó en un discurso dirigido al Emperador Teodosio, que el cadáver de Alejandro estaba expuesto en Alejandría de forma pública. Probablemente fue retirado y separado del sarcófago, lo que explicaría que la expedición de Napoleón lo hallara vacío en el siglo XIX.

La devoción por estos restos finalizó de forma abrupta cuando Teodosio publicó una serie de decretos para prohibir el culto a los dioses paganos, entre los que destacaba Alejandro. Aquí se perdieron también los restos.

Una búsqueda obsesiva entre los arqueólogos

En la célebre expedición que Napoleón condujo en 1798, se descubrió un antiguo sarcófago vacío situado en una capilla en el patio de la mezquita Atarina en Alejandría. Los lugareños aseguraban, basándose en la creencia medieval de que el gigantesco sarcófago se había quedado limitado a una pequeña capilla, que se trataba de la tumba de Alejandro Magno. No obstante, los arqueólogos que acompañaban al «Gran corso» albergaba sus dudas y no fueron capaces de resolver el rompecabezas todavía vigente.

En 1801, Edward Daniel Clarke llevó el sarcófago al Museo Británico de Londres y dio pie a que Champollion descifrara los jeroglíficos. Después de que los británicos transportaron el sarcófago a Inglaterra entre 1802 y 1803, la mezquita se deterioró rápidamente, y pocas décadas después había desaparecido. No en vano, el monumento contenía una pista, una inscripción que anunciaba que el sarcófago pertenecía al faraón Nectanebo (Nectanebo II, aclararon investigaciones posteriores).

El egiptólogo italiano Evaristo Breccia lo buscó casi de forma desesperada en la zona de la mezquita de Nabi Daniel (a no muchos metros de donde estuvo la de Atarina)

El asunto se cerró en falso sin sospechar, en ese momento, que Ptolomeo se había apoderado de la tumba de Nectanebo II (él huyó de Egipto cuando llegaron los macedonios y su tumba quedó vacía) para enterrar a Alejandro Magno. Distintos autores han insistido recientemente en que la respuesta al misterio está en esta mezquita de Atarina en Alejandría, concretamente en la costumbre de los ptolomeos por reciclar elementos arquitectónicos de sus antecesores.

Pero esta no ha sido la única teoría, siendo que la mayor parte de los esfuerzos por encontrar la tumba o los restos del conquistador se han centrado en Alejandría. El egiptólogo italiano Evaristo Breccia lo buscó casi de forma desesperada en la zona de la mezquita de Nabi Daniel (a pocos metros de donde estuvo la de Atarina) y en Kom el Dick. Todo ello sin éxito. Como explica Valerio Massimo Manfredi en su libro «La tumba de Alejandro: El enigma», el sucesor de Breccia, el arqueólogo Achille Adriani, decidió cambiar la dirección de las búsquedas hacia el cementerio latino de Alejandría, en la zona sudeste de la península del Lochias. Tampoco él logró dar con la tecla.

Fuera de la ciudad, otros estudios han buscado la tumba en el oasis de Siwa, el lugar donde Alejandro fue acogido por los sacerdotes egipcios como el hijo del dios Amón. Así como en la antigua Anfípolis, una importante ciudad del reino de Macedonia, a 100 kilómetros al este de Tesalónica, la segunda ciudad de Grecia. En este sentido, los arqueólogos anunciaron el año pasado que lo más probable es que esta tumba esté dedicada a Hefestión, el amigo más íntimo de Alejandro Magno.

mosaico_amfipolis

Mosaico hallado en el pavimento de la tumba de Amfípolis – ABC

Pero más allá de saber dónde está la tumba, al menos cabe preguntarse qué fue de los restos tras la prohibición de Teodosio de adorar a símbolos paganos. En 2004, el historiador británico Andrew Chugg planteó una curiosa pero poco probable teoría en su libro «La tumba perdida de Alejandro Magno». En su opinión, la venerada tumba de San Marcos en Venecia podría contener no los restos del evangelista, sino nada menos que el cuerpo de Alejandro Magno.

Sostiene este experto en el legendario rey de Macedonia que la confusión histórica sobre la suerte del cuerpo del mítico guerrero se explica porque el cadáver fue disfrazado de San Marcos para evitar su destrucción durante una insurrección cristiana. De esta forma, no fueron los restos de San Marcos (que algunas tradiciones dicen que fueron quemados) los que fueron robados por mercaderes venecianos unos cuatro siglos más tarde para devolverlos a su ciudad natal. Serían, en este caso, los restos de Alejandro Magno los que fueron llevados a Venecia.

 

26 octubre 2016 at 11:52 am 2 comentarios

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