Posts tagged ‘Calígula’

Ponga a un tirano homicida (Calígula) en su salón por 900.000 euros

La galería barcelonesa Jaume Bagot vende uno de los pocos bustos existentes del emperador romano Calígula en la feria de arte belga Brafa

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Busto del emperador Calígula hecho en mármol (Galería Jaume Bagot)

Fuente: PRADO CAMPOS  |  El Confidencial      26/01/2016

“Lo más terrible no era el número de los que así encontraron la muerte, lo que ya era terrible, sino la extraordinaria alegría con la que recibía aquellas muertes y su deseo insaciable por ver la sangre derramada. Movido por esa misma crueldad, en cierta ocasión en la que faltaron condenados para ser arrojados a las fieras, ordenó que del público popular que estaba colocado sobre los bancos de madera se cogieran a algunas personas y se les arrojara a las fieras. Para que no pudieran gritar ni acusarlo, les cortó previamente la lengua”. (‘Historia romana’, Dion Casio)

Asesinatos, perversión, incesto, prostitución, locura. El sadismo de Calígula no tuvo límites. Dion Casio, Suetonio, Filón de Alejandría o, posterior y dramáticamente, Robert Graves y Albert Camus describieron a la perfección la sádica personalidad del emperador romano más cruel de la historia. Asesinado por los guardias pretorianos y los senadores liderados por Casio Quereas y Sabino el 24 de enero del año 41 d.C., muy escasos son los bustos que han llegado hasta nuestra época de Calígula. “Después de su caída, sus imágenes fueron o cambiadas y modificadas para representar a otros emperadores o destruidas”, cuenta el galerista catalán Jaume Bagot. De ahí, la rareza que supone hoy exponer un busto de Calígula y, más aún, venderlo.

La galería Jaume Bagot, la única española que participa en la feria de arte belga Brafa donde hay representantes de 17 nacionalidades, está vendiendo en Bruselas uno de los pocos retratos conocidos del tercer emperador del Imperio Romano. Calígula vivió 29 años y reinó, según los cronistas de la época, tres años, diez meses y ocho días. Bagot calcula que actualmente existen entre 40 y 45 retratos conocidos en todo el mundo de Calígula en manos de museos y colecciones particulares. Este que ahora están vendiendo, añade, “es una pieza especialmente rara”. “Encontrar un retrato del emperador romano no es sencillo. Hay muy pocas en museos y en manos de particulares. Esta es la última de cierta entidad que queda en manos privadas”, cuenta a El Confidencial en conversación telefónica desde Bruselas.

Retrato en bronce de Calígula que se puede ver en el Metropolitan de Nueva York (Met)

Retrato en bronce de Calígula que se puede ver en el Metropolitan de Nueva York (Met)

La historia de este busto de Calígula es particular también. Estaba en manos de una familia cordobesa desde 1936. En concreto, en la colección privada de Secundino Erroz Lander -tal y como señala la ficha de la obra en la web de la feria de arte-. Fue pasando a manos de sus herederos hasta que el año 2013 se la vendieron a Bagot. Ahora, este galerista ofrece su busto por 900.000 euros.

Realizado en mármol y de inspiración clásica, Calígula aparece retratado en este busto tocado por una corona de laurel y con aura de dios clásico (como él mismo se acabó postulando). Sin embargo, las crónicas de antaño lo describen de distinta manera. “Era Calígula de elevada estatura, pálido y grueso; tenía las piernas y el cuello muy delgados, los ojos hundidos, deprimidas las sienes; la frente ancha y abultada, escasos cabellos, con la parte superior de la cabeza enteramente calva y el cuerpo muy velludo. Por esta razón era delito capital mirarle desde lo alto cuando pasaba, o pronunciar, con cualquier pretexto que fuese, la palabra cabra”, escribe Suetonio en ‘Las vidas de los doce Césares’.

Por el momento, se han interesado por el busto un museo, coleccionistas americanos y un particular belga que colecciona retratos de emperadores romanos y al que solo le falta el de Calígula. “Aún no se ha vendido. Esperamos a ver qué tal se da el último fin de semana”, añade Bagot. Además, junto al rostro pétreo de este tirano, el galerista barcelonés también exhibe el de su hermana Drusila, cuya muerte rodeada de intrigas y rumores sobre incesto, causó un fuerte impacto sobre el temperamental emperador. Hoy sólo se conocen otros seis retratos de la joven.

De igual modo, en esta reputada feria de arqueología, arte antiguo y tribal también se venden otras obras modernas como ‘Mujer y marido’, de Marc Chagall, y ‘Busto de mujer’, de Giacometti, por un valor estimado de 3,4 y 2,5 millones de euros respectivamente. La tercera pieza más cara de Brafa es un dibujo original de Hergé, el padre de Tintín, para la cubierta de un álbum de ‘Las hazañas de Quique y Flupi’, por valor de 1,5 millones de euros.

28 enero 2016 at 2:30 pm 1 comentario

Roma: Hallan una estancia de la era imperial

El servicio técnico de Italgas descubre casualmente un espacio vacío y profundo bajo la Via Alfonso Lamarmora, en Roma

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En la estancia se observan frescos con recuadros rojos y motivos florales. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC

Para realizar una excavación en Roma, por pequeña que sea, se necesita una autorización de la Superintendencia Arqueológica. Cuando el servicio técnico de Italgas abrió el suelo en la Via Alfonso Lamarmora, a unos pasos de la Piazza Vittorio, apareció un espacio vacío y profundo… y también aparecieron los arqueólogos, que inspeccionaron el lugar. Ese espacio recóndito nunca antes había sido iluminado con una luz eléctrica y la luz solar hace siglos que dejó de penetrar. Esto ocurrió en noviembre.

“Tras un primer análisis creemos que podría tratarse de un ambiente de comienzos de la era imperial [siglo I a.C.], pero aún no sabemos nada sobre su pertenencia”, explica la arqueóloga Giorgia Leoni a este medio. “La estancia tiene unas dimensiones visibles de unos 2,25 metros de largo y 0,75 metros de ancho, pero en el lado este se abre una galería subterránea con paramento en opus reticulatum y de unos cuatro metros de longitud. Se observan frescos con recuadros rojos y motivos florales en algunas paredes y también los hay en la bóveda de cañón que cubre la estancia”, añade. Todo parece indicar que se trata de una habitación de una residencia suntuosa.

La zona de la plaza Vittorio Emanuele II, llena de floristerías y al lado de la estación de Roma Termini, tiene “un gran interés arqueológico, ya que antiguamente estaba ocupada por los Horti Lamiani, conocidos a través de las fuentes antiguas”. El emperador Calígula, tachado de extravagante y megalómano, adoraba este conjunto de jardines, emplazados en la colina del Esquilino. Calígula fue enterrado en los Jardines de Lamiano de forma precipitada, según Suetonio, pero poco después fue exhumado e incinerado de forma adecuada por sus hermanas.

12 diciembre 2015 at 1:45 pm Deja un comentario

La decimatio, el castigo más salvaje reservado a las legiones romanas sediciosas

La derrota por ineficacia nunca fue una posibilidad para las tropas romanas

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Fotograma de la película «La legión del Águila» – ABC

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC     13/11/2015

En los años finales de la República romana, Marco Licinio Craso se hizo cargo de la campaña militar contra la rebelión de un grupo de esclavos dirigidos por el mítico Espartaco. El rebelde tracio había logrado derrotar a varias legiones, lo cual suponía un duro golpe para el orgullo romano, exigiendo que fueran aplicadas medidas excepcionales. Designado pretor con este propósito, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo de la decimatio para emplearlo contra las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de su predecesor. Este brutal castigo era tan salvaje como poco efectivo. La fama de hombre sin corazón de Craso creció a pasos agigantados pero no así el rendimiento de sus tropas, más atemorizadas que cualquier otra cosa.

Busto de Licinio Craso

Busto de Licinio Craso

La decimatio (o vicesimatio, otras veces, dependiendo del criterio del general) era un castigo que ya aparece citado en la Primera Guerra Púnica contra los cartagineses y solo se empleaba en casos extremos de sedición y cobardía, como ocurrió con una rebelión dentro de la propia Península Itálica. Pero incluso en ese supuesto, Craso quedó retratado como un hombre demasiado severo. El castigo consistía básicamente en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres de todas las cohortes para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros. Como describe el historiador bizantino Juan Zonaras, «una vez que los soldados han cometido una falta grave, su jefe los reparte en grupos de diez, tomando un soldado de cada grupo, mediante sorteo, y éste es condenado a muerte a manos de sus propios compañeros».

Además, Craso obligó al 90% restante a cambiar la ración de trigo por cebada y a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de la situación pero, sobre todo, evidencian lo mal que asumió siempre Roma sus derrotas. A la ciudad le costaba horrores reconocer sus fracasos militares de forma oficial y siempre encontraba una excusa apropiada para delimitar responsabilidades. Cuando la derrota acontecía a las tropas romanas, una y otra vez se disfrazaba o se justificaba a causa de la imprudencia de ciertos generales –siendo un buen ejemplo de ello la batalla del bosque de Teutoburgo– o por la desobediencia de éstos a los signos divinos enviados para advertir a Roma de que se encamina al desastre.

Un ejemplo de estas supuestas advertencias divinas tuvo lugar durante la demencial campaña que Licinio Craso emprendió en Partia, un gran reino asiático que se extendía más allá de Armenia, muchos años después de derrotar a Espartaco. En esta ocasión, se estimaba que el propio Júpiter envió al general un aviso premonitorio de la derrota cuando los portaestandartes del ejército, cruzando sobre el río Eúfrates, dejaron caer involuntariamente las banderas al agua. Los sacrificios y las vísceras de los animales examinados por los arúspices tampoco eran favorables. Pese a ello, Craso dio la orden de avanzar en dirección hacia una terrible derrota.

Un castigo fuera de uso e ineficaz

Si bien la decimatio aplicado por Craso en la guerra contra los esclavos fue a nivel masivo, lo habitual era que afectara solo a pequeños grupos que habían huido o que simplemente habían dado muestras de indisciplina (véase abandonar las guardias durante la noche, hacer de forma incorrecta los relevos u olvidar la contraseña, etc). Polibio explica al detalle cómo se procedía en estos casos individuales: «Se convoca al punto el consejo de tribunos, se celebra el juicio y, si el hombre es declarado culpable, se le apalea. El procedimiento es el siguiente: el tribuno, provisto de una vara, roza suavemente al condenado. Inmediatamente todos los miembros de la legión le apalean y apedrean; en la mayoría de los casos el reo muere allí mismo». Pero ni siquiera muertos podían descansar en paz los indisciplinados y los sediciosos. El escritor Valerio Máximo recuerda que en los tiempos gloriosos de la República los castigos contra la indisciplina debían ser ejemplares y en varios casos se reclamó expresamente que a los soldados castigados «nadie les diera sepultura y que nadie llorara su muerte».

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Recreación histórica en Pram (Austria) representando el avance de una legión romana– Wikimedia

Con el paso de los años, la decimatio, que está vinculada a la palabra moderna diezmar, fue cayendo en desuso a razón del coste de matar a tantos hombres de las filas propias. De hecho, la compilación de leyes del «Digesto» solo la cita como pena alternativa al cambio de destino, que evidentemente es un sanción mucho menos severa. No obstante, Tácito todavía se refiere en su narración de la guerra de Tacfarinas, en el año 23 d.C, a este castigo como respuesta del general Lucio Aproniano a la huida de sus tropas: «Más afectado por el honor de los suyos que por la gloria del enemigo, Aproniano recurrió a una práctica rara por aquella época y que recordaba los tiempos pasados («raro ea tempestate et e vetere memoria facinore»): diezmar a la cohorte deshonrada dando muerte a palos a quienes correspondió por sorteo». Y al menos en esta ocasión la decimatio tuvo consecuencias positivas a nivel militar, pues «tan grande fue el efecto de la severidad que un cuerpo de tropas de veteranos, que no sobrepasaba de 500 hombres, desbarató a las mismas tropas de Tacfarinas que habían atacado un fuerte llamado Tala».

También en la etapa de Octavio al frente de Roma aparece este castigo citado durante la guerra contra los Dálmatas en el año 34 a.C. Además, Suetonio recuerda que Calígula tuvo la tentación de recuperar la decimatio cuando estaba preparando una campaña contra tribus germanas. Y vuelve a mencionarse durante la historia de San Mauricio y la Legión Tebana. Así, Mauricio era el general de una legión integrada por cristianos egipcios, que fue llamada a la Galia, en concreto a la ciudad de Agaunum, por el emperador Maximiliano. Ante la negativa de cumplir la orden de dar muerte a otros cristianos, todos ellos recibieron el famoso castigo, y tras una segunda negativa los supervivientes fueron martirizados hasta la muerte. La veracidad del relato, no en vano, es muy cuestionada por los historiadores debido a que el castigo llevaba siglos sin aplicarse y a lo inverosímil de que hubiera una legión entera integrada por cristianos.

16 noviembre 2015 at 4:55 pm Deja un comentario

Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes

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En 40 d.C., Calígula planeó la invasión de Britania para adquirir prestigio militar, pero el proyecto fracasó. Escultura del emperador. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Por Juan Luis Posadas. Universidad Antonio de Nebrija (Madrid), Historia NG nº 137

Un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfallecimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio, da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata. Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en  Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte a Calígula, a su mujer y a su hija.

Para saber más

Calígula, el autócrata inmaduro. J. M. Roldán. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012.
Vida de Calígula. Suetonio. Gredos, Madrid, 2011.
Yo, Claudio. Robert Graves. Alianza, Madrid, 2014.

8 junio 2015 at 7:36 am Deja un comentario

Roma: Resurge en el Pincio la villa de Mesalina, la esposa del emperador Claudio

Resurge en el monte Pincio, en Roma, la villa de Mesalina, la esposa del emperador Claudio. La villa se remonta al siglo I d.C. y está decorada en estilo egipcio y adornada con mosaicos, estatuas, jardines, fuentes y ninfeos

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Roma, Villa Médici.  Debajo se encuentran los restos de la villa de la emperatriz Mesalina, esposa del emperador Claudio

Fuente: Grazia Terenzi  |  Le Nebbie del Tempo

La villa de Mesalina es sin duda un descubrimiento excepcional para la arqueología, dado que hasta ahora solo era posible conocerla a través de la descripción de las fuentes históricas. Mesalina fue condenada a la damnatio memoriae y su nombre fue eliminado de los documentos históricos y de los monumentos, a pesar de que pertenecía a la gens Iulia, la misma que había dado a luz al emperador Augusto.

Se dice que Mesalina, sólo para tener esta maravillosa residencia para ella, hizo asesinar a su propietario, el cónsul Valerio Asiático, promotor de la conspiración contra el emperador Calígula. Los ambientes de la domus imperial han resurgido en los últimos tres años, durante los trabajos llevados a cabo en Villa Médici por la Superintendencia para los Bienes Arqueológicos de Roma, la Academia Francesa y la Universidad La Sapienza para obtener locales de servicio detrás de la carpintería del siglo XVI. Durante estos trabajos salieron a la luz estructuras de la residencia imperial, pero sobre todo elementos decorativos, que datan de la primera mitad del siglo I d.C.

Los arqueólogos quedaron particularmente impresionados por la decoración pictórica, que refleja ambientes y colores del país del Nilo. De particular importancia son los fragmentos de fayenza egipcia y refinados motivos parietales característicos de la época de Augusto, con partituras escénicas que muestran falsos escenarios en las paredes. Por no hablar de los amplios jardines y los complejos juegos de agua y ninfeos que enriquecían escénicamente la residencia de Mesalina.

Los jardines eran alimentados por el Aqua Virgo, cuyas piscinas limarias y conductos se encuentran justo debajo de Villa Médici. La villa fue adquirida por la propiedad imperial en tiempos del emperador Claudio y, según los arqueólogos, una parte de ella se extendía bajo la actual Villa Médici.

De los subterráneos de la Biblioteca Hertziana de Vía Gregoriana los arqueólogos Giulio Fratini e Francesco Moricone desenterraron más tarde una cabeza de Agripina la Mayor y una cabeza de una Musa, que formaban parte de un enterramiento que había cubierto otra obra de arte, un ninfeo revestido de mosaicos que incluía un cortejo de estatuas-retrato de la dinastía Julio-Claudia. Agripina la Mayor era la fundadora de la familia y la madre del emperador Calígula.

12 diciembre 2014 at 10:11 pm Deja un comentario

Los fabulosos navíos de Calígula en el lago de Nemi

Entre 1927 y 1929, los arqueólogos desecaron el lago de Nemi, al sur de Roma, para sacar a la luz dos grandiosos barcos del emperador Calígula

Por Elena Castillo Ramírez. Filóloga y doctora en Arqueología, Historia NG nº 130

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Uno de los dos barcos de Nemi reflotados tras la desecación del lago en 1929. En la imagen se muestran los trabajos de restauración que se llevaron a cabo

En el año 41 d.C., tras el asesinato de Calígula, el Senado de Roma ordenó que fueran destruidas todas sus obras, fruto de la desmesura y el derroche propios de su locura megalómana. Entre ellas se contaban dos barcos que Calígula había mandado construir como apéndice flotante de una villa imperial situada a orillas del lago de Nemi, un lago de origen volcánico a 33 kilómetros al sur de Roma. Se trataba de dos naves de más de 70 metros de longitud, lujosamente equipadas y dotadas de los más innovadores ingenios náuticos.

Tras su destrucción, los barcos de Nemi cayeron en el olvido, hasta el punto de que las fuentes clásicas nunca los mencionan. Sin embargo, de vez en cuando los pescadores sacaban a la superficie objetos antiguos enredados entre sus redes, y ello alimentó una leyenda popular sobre la existencia de barcos de dimensiones colosales en el fondo del lago.

Primeros intentos

En 1446, Próspero Colonna, propietario del territorio de Nemi y Genzano, fue el primero en tratar de comprobar la veracidad de la tradición local. Confió la investigación al humanista e ingeniero León Battista Alberti, quien encargó la exploración del fondo del lago a los marangoni, buceadores profesionales de Génova. Éstos vieron un único barco de proporciones insólitas y para tratar de reflotarlo se construyó una plataforma flotante con máquinas dotadas de ganchos. Pero sólo se logró arrancar una parte del mismo, que se expuso durante años en Roma.

La admiración causada por aquel descubrimiento alentó los sucesivos intentos de hacer emerger la nave romana, que se creía obra de Tiberio o de Trajano. En 1535 Francesco de Marchi, al servicio de Alessandro de Médicis, se sumergió en el lago durante más de una hora gracias a un extraño artilugio inventado por Guglielmo di Lorena. Según narra De Marchi en Della architettura militare, logró extraer «tanta madera como para cargar dos mulos», además de «numerosos clavos de metal, tan brillantes y enteros que parecían fabricados aquella misma semana». Además de la quilla de la nave, de madera de ciprés, pino y alerce y recubierta con planchas de plomo y lana embadurnada de pez, vio en su interior suelos de ladrillo y esmalte y restos de algunas estancias a las que no pudo acceder.

Tarea de buceadores

El siguiente proyecto de recuperación de las naves de Nemi surgió casi tres siglos más tarde, poco después de que se inventara la campana de Halley, el más novedoso medio de larga inmersión de la época. En septiembre de 1827, por iniciativa de Anessio Fusconi, ocho buceadores se sumergieron en una de estas campanas, movida desde la superficie por cinco grúas. Durante veinte días extrajeron «dos medallones de pavimento, uno de pórfido de Oriente y otro de serpentino, trozos de mármol de diversas calidades, esmaltes, mosaicos, fragmentos de columnas metálicas, clavos, tuberías de terracota», además de numerosas vigas de madera que el propio Fusconi vendió en forma de bastones, pitilleras o souvenirs varios para financiar un proyecto que acabó apenas cambiaron las condiciones atmosféricas.

En 1895, el gobierno italiano promovió una nueva exploración de los restos arqueológicos de la zona de Nemi, entonces propiedad de la familia Orsini. Bajo la dirección de Elisseo Borghi y con buceadores profesionales se corroboró la posición del barco, ya descrita en el siglo XVI. La popa estaba sumergida a siete metros de profundidad, mientras que la proa se hallaba encallada a 14 metros. Los arqueólogos comprendieron que cualquier intento de extraer la nave por medio de grúas conllevaría su inmediata destrucción. Además, ese mismo año apareció un segundo pecio, a unos cientos de metros de distancia y a 19 de profundidad.

Vaciar el lago

Se llegó a la conclusión de que el único medio de rescatar las naves era desecar parcialmente el lago, pero para ello hubo que esperar varias décadas. En 1927, Guido Ucelli, director de una compañía milanesa de bombas y turbinas hidráulicas, prestó los instrumentos necesarios. Mediante grandes centrifugadoras, las aguas del lago fueron aspiradas y llevadas al emisario de Nemi, un conducto subterráneo de 1.650 metros usado en época romana para regular el nivel de las aguas y mantener a salvo el vecino santuario de Diana. En 1928 se inició la excavación. Durante la primavera del año siguiente, miles de curiosos acudieron a admirar la magnificencia y avances técnicos del primer barco rescatado.

La vasta operación concluyó con la exposición de los dos barcos en el gigantesco Museo de las Naves, construido al mismo tiempo en Nemi, pero sólo pudieron admirarse algunos años. La noche del 31 de mayo de 1944 un incendio devastador, alimentado con la madera de los barcos,  los dejó convertidos en cenizas. Unos culparon del desastre a destacamentos alemanes en retirada; otros, a ladrones que buscaban el plomo de las embarcaciones. De las gigantescas naves de Calígula sólo se salvaron los bronces más preciados, que poco antes se habían puesto a salvo en Roma, donde aún hoy se exponen.

Para saber más
Barcos de Nemi

22 noviembre 2014 at 11:14 am Deja un comentario

Agripina la Mayor, la orgullosa nieta de Augusto

La sospechosa muerte de su esposo Germánico llevó a Agripina a enfrentarse al emperador Tiberio. Desterrada de Roma y maltratada por los sicarios de Tiberio, se dejó morir de hambre

Por Juan Luis Posadas. Universidad Nebrija (Madrid), Historia NG nº 130

Agripina

Tiberio, al fondo, y Agripina, en primer plano, en un óleo de Pedro Pablo Rubens. Galería Nacional, Washington.

En el año 15 d.C., el pánico se adueñó de repente de las guarniciones romanas en la frontera del Rin. Se había difundido el rumor de que una expedición en territorio bárbaro había sido derrotada por los germanos y que éstos se disponían a invadir la Galia. La noticia de la derrota era falsa, pero los legionarios estaban dispuestos a cortar el puente que unía ambas orillas del río para ponerse a salvo. Fue entonces cuando intervino una mujer, Agripina, esposa del comandante romano Germánico, que en ese momento estaba ausente. Demostrando «un ánimo gigante», según el historiador Tácito, impidió resueltamente que se cortara el puente y, «tomando sobre sí las responsabilidades de un general», recibió a los soldados que regresaban «a pie firme a la entrada del puente y les dirigió alabanzas y palabras».

Pero no todos mostraron igual admiración. Como seguía escribiendo Tácito, al emperador Tiberio «no le parecían naturales aquellos cuidados, ni que buscara ganarse los ánimos de los soldados contra los extranjeros. Nada les quedaba a los generales –decía– una vez que una mujer revistaba a las tropas, se acercaba a las enseñas, intentaba liberalidades». Por una vez, la opinión del emperador Tiberio coincidía con la del historiador Tácito: que una mujer tomara en sus manos el mando de las legiones no sólo era antinatural, sino que también iba en contra del carácter masculino de la política romana.

Querellas de familia

Vipsania Agripina fue una de las hijas de Julia, única hija de Augusto, y de Agripa, el mejor general del emperador. El suyo fue un matrimonio de conveniencia que se vio favorecido por una inusitada descendencia: cinco hijos. Agripina fue educada en la convicción de haber nacido para el poder. Durante su infancia y adolescencia vivió en una corte dividida entre los bandos que se disputaban la sucesión de Augusto, que carecía de descendencia masculina directa. Por un lado estaba Julia, que favorecía a sus propios hijos, entre ellos Agripina. Por el otro, Livia, la esposa de Augusto, que buscaba colocar al hijo que tuvo de un matrimonio anterior, Tiberio.

Fue Livia quien finalmente ganó la partida, cuando Augusto adoptó a su hijo Tiberio haciendo que éste, a su vez, adoptara a su sobrino Germánico como hijo y heredero. Pero un año después de esta doble adopción, Augusto buscó la reconciliación entre ambos bandos uniendo a Germánico con su nieta Agripina. Otra vez fue un matrimonio de conveniencia que se reveló feliz y excepcionalmente fecundo, pues Agripina dio nueve hijos a su marido, de los que sobrevivieron seis, entre ellos el futuro emperador Calígula.

Mientras Germánico cumplía misiones en nombre de Augusto, Agripina no se limitó a quedarse en casa. Con el permiso del emperador, acompañó a su marido en las campañas que éste comandó en Germania, y fue así como justo después de la muerte de Augusto se produjo su intervención providencial que salvó a las legiones de una humillante retirada frente a los germanos.

La muerte de Germánico

Tras el acceso de Tiberio al trono, Germánico y Agripina se convirtieron en los ídolos del pueblo romano, que detestaba en cambio al nuevo emperador. Pese a ello, ambos demostraron su plena lealtad a Tiberio y evitaron comprometerse en cualquier insurrección, a cambio de que Germánico se mantuviera como heredero del Imperio. Las expectativas de la pareja eran, pues, de lo más halagüeño. Pero todo se torció rápidamente.

En el año 18 d.C., Tiberio envió a Germánico a una misión en Siria, en la que le acompañaron Agripina y sus hijos. Con el propósito de moderar los anhelos bélicos de su sobrino, el emperador envió con él a su amigo Pisón. Livia, por su parte, dio instrucciones secretas a la esposa de Pisón, Plancina, para que se enfrentara a Agripina y le parara los pies en el caso de que ésta fuera demasiado lejos. Enseguida estalló el enfrentamiento entre ambas, y de ellas se trasladó a los maridos. Cuando Pisón criticó a Germánico públicamente por la presencia de Agripina en las paradas militares, el comandante lo expulsó de Siria junto a su mujer. Al año siguiente, Germánico hizo un viaje a Egipto y durante el regreso falleció repentinamente en Antioquía. Existe la posibilidad de que muriera de disentería, pero el propio Germánico, en su lecho de muerte, señaló a Pisón y su esposa como culpables de su envenenamiento.

Agripina y sus hijos volvieron a Roma por mar, llevando consigo las cenizas de Germánico. A su llegada a Roma, el pueblo tomó partido inmediatamente por Agripina, clamando venganza contra Pisón. El hecho de que ni Tiberio ni Livia asistieran a las honras fúnebres del heredero al trono imperial no hizo sino confirmar las sospechas en torno al envenenamiento. Hubo incluso un conato de revolución en Roma que sólo pudo ser frenado por la actitud resuelta de Livia y por la intervención de la guardia pretoriana.

Caída en desgracia

Decidida a vengarse, y como no podía probar que su esposo había sido asesinado, Agripina y sus amigos influyentes acusaron a Pisón y a Plancina de traición por regresar a Siria y provocar una pequeña guerra civil entre sus partidarios y los de Germánico. Tiberio no tuvo más remedio que presidir el juicio y aceptar la condena de su amigo, quien se suicidó para evitar la confiscación de sus bienes. Plancina, en cambio, fue juzgada aparte y Livia intervino ante Tiberio para que fuera exonerada. Esto fue la confirmación, para Agripina y el pueblo romano, de que había sido la propia Livia la que había ordenado el envenenamiento de su marido.

A partir de este momento la relación entre Agripina y Tiberio quedó muy maltrecha. En una ocasión, cuando Agripina se quejó abiertamente por las circunstancias de la muerte de su marido, Tiberio le replicó con un verso griego: «Si no eres la que mandas, te parece que te ofenden». En lo sucesivo dejó de dirigirle la palabra. La razón de la disputa residía de nuevo en la sucesión del Imperio. Agripina deseaba que su hijo Nerón César fuera nombrado heredero de Tiberio, pero Sejano, el valido del emperador, se oponía y la octogenaria Livia sostenía al nieto directo de Tiberio, el aún niño Druso Gemelo. Sejano, en particular, urdió toda clase de intrigas contra su rival. Habiéndola convencido de que el emperador la quería envenenar, en una ocasión ella rechazó comer una manzana que aquel le ofrecía desde su mesa, por lo que Tiberio se quejó de que lo considerase un envenenador. Según Suetonio, todo era un plan concertado entre el emperador y su ministro para que Agripina cometiera un error y justificar su eliminación.

Destierro y muerte

Finalmente, en el año 29 Tiberio acusó a Agripina de orgullo impropio ante el Senado y a su hijo Nerón, de homosexualidad. El Senado, dominado por la facción de Agripina, rechazó las acusaciones como invenciones de Sejano, pero Tiberio reaccionó reclamando el juicio para sí y condenó a ambos reos al destierro en la isla Pandataria, la misma a la que fue desterrada Julia, la madre de Agripina. Pero la ira imperial no acabó ahí, al menos según el relato de Suetonio. Cuando Agripina le escribió una carta con reproches e insultos, Tiberio hizo que la azotara un centurión, quien le sacó un ojo. La desterrada decidió entonces dejarse morir de hambre, pero el emperador le hizo tragar comida a la fuerza. Ella, sin embargo, persistió hasta lograr su propósito. Sus dos hijos, Nerón y Druso, murieron de la misma forma, por hambre; el primero en su destierro, y al parecer por propia voluntad; al segundo, encerrado en una cueva del monte Palatino, «lo privaron de alimentos con tanta crueldad –sigue diciendo Suetonio– que intentó comerse el relleno de su colchón».

Para saber más

Emperatrices y princesas de Roma. J. L. Posadas. Raíces, Madrid, 2008.
Anales (Libros I-VI). Tácito. Gredos, Madrid, 1991.

17 noviembre 2014 at 3:12 pm Deja un comentario

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