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«Julio César tenía una jirafa de mascota y usaba perros para luchar en sus legiones»

La historiadora María Lara repasa en ABC -en pleno aniversario del nacimiento del dictador- el origen de las vacaciones de verano: la Antigua Roma

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Julio César acepta la rendición de Vercingétorix – Wikimedia

Fuente: MANUEL P. VILLATORO  |  ABC
14 de julio de 2016

Año tras año, esperamos ansiosos la llegada de los meses de julio y agosto por una sencilla razón: las vacaciones de verano. Y es que, a pesar de lo agradable que puede ser el calor, todavía lo es más dejar a un lado la rutina del día a día para coger el coche o el avión y pasar unos días en cualquier lugar que se aleje de las zonas que tenemos más vistas.

Con todo, hacer referencia a este tiempo de asueto nos plantea una serie de cuestiones. La primera de ellas, cuándo se empezó a generalizar el «cambiar de aires» y el «tomarse un respiro» en la Historia.

Por ello, hemos contactado con María Lara (escritora, profesora de la UDIMA y Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia) para que nos desvele el momento exacto en el que empezaron las vacaciones de verano. A su vez, la experta también nos ha hablado de las mascotas de la Antigua Roma. Esos animales cuyo cuidado, cuando viene el estío, generan algún que otro dolor de cabeza.

¿Cuándo comenzaron a generalizarse las vacaciones?

En época contemporánea, pero antes, en la Antigua Roma, ya se iban de vacaciones aquellos que se podían permitir un nivel de vida más alto que el resto, personas que disfrutaban de placeres que no estaban al alcance de todos los ciudadanos como, por ejemplo, los propietarios de las villas. En Hispania hubo unas cuantas de ellas, algunas conocidas desde hace tan sólo unos años, como la que alberga el majestuoso mosaico de Noheda, en la provincia de Cuenca, con escenas mitológicas, nupciales e infantiles.

¿Se favoreció en Roma la existencia de las vacaciones?

En la época de Adriano se construyó una extensa red de rutas y carreteras comerciales. Durante los veranos, las familias patricias se desplazaban hacia otros parajes. En mi novela histórica, “El velo de la promesa” (que ya va por la octava edición y ha ganado el Premio “Ciudad de Valeria”, el único centrado en narrativa de inspiración romana) saco a la luz aspectos de la cotidianidad, desde los sentimientos familiares a la indumentaria, pasando por las tabernas de estas “carreteras” que eran utilizadas por aquellos que se iban de vacaciones en aras de comer y pernoctar hasta llegar al destino.

¿El objetivo de esas posadas era únicamente servir a aquellos que se iban de vacaciones?

No. Generalmente eran usadas para dar de comer y albergar a los soldados que se trasladaban  de un lugar a otro durante las guerras o misiones de consolidación de la frontera. Pero en el siglo II d.C., a partir del ascenso de Adriano, y más adelante durante el Bajo Imperio, empezó a incrementarse la movilidad geográfica, esto es, surgió un “turismo” que ayudó a los hosteleros económicamente.

¿Cómo viajaban los romanos?

Generalmente en carros tirados por caballos. Su denominación era carruca. Los más selectos de estos vehículos estaban recubiertos de “lapis specularis”, una especie de cristal que era extraído en España (principalmente en las canteras de Segóbriga) y que permitía a los que iban en su interior contemplar el paisaje sin ser vistos. Así las damas romanas podían disfrutar contemplando la naturaleza o el incesante ajetreo urbano sin verse expuestas a miradas ajenas.

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Carruca romana – Wikimedia

¿Los soldados solían tomarse vacaciones?

No. Ser “miles“, militar, implicaba una vida muy sacrificada. La mayoría de estos hombres no podían volver a casa en mucho tiempo porque las millas que separaban su hogar de las regiones que iban a conquistar eran exageradas. Es preciso concienciarse de que, sólo en el presente, hemos “roto” de algún modo las distancias.

¿Cómo denominaban los romanos a las vacaciones?

En latín las vacaciones eran “feriae”. Pero quizá sería más adecuado hablar de ocio y de negocio: tiempo de descanso y tiempo de trabajo.

¿De dónde proviene ese término?

Los etruscos tenían las ferias latinas. De ellas viene ese vocablo de “feriae”. Se trataba de unas fiestas anuales que instituyó Tarquino el Soberbio en el siglo VI a.C. Fue el último rey de Roma. Este, para consagrar la alianza que había hecho con todos los pueblos del Lacio, creó una fiesta bajo la advocación de Júpiter. Al principio, se celebraban durante un día, pero con el paso de los años se extendieron hasta cuatro en el monte Albano.

Ostia fue algo similar a una ciudad balneario para los romanos

En estos días de “feriae”, a los esclavos no se los obligaba a trabajar. Estas fiestas tenían lugar en abril, aunque hay que tener en cuenta los cambios en el calendario. Agosto es el mes de Augusto, primer emperador de Roma. Fue elegido este mes para honrar al emperador porque en él venció a Cleopatra y Marco Antonio y entró triunfante en Roma.

Como Julio César se había apropiado del quinto mes del año romano, llamándolo julio, Augusto quiso tener otro mes y lo bautizó como él. Y, como quintilis poseía en el calendario juliano (vigente hasta la reforma gregoriana de 1582) 31 días mientras que sextilis, 29, Augusto intervino sumando y quitando días en el año para no ser menos que su predecesor en la gloria de la Urbe y tener un mes de 31 días.

¿Hubo alguna ciudad que destacara por ser un lugar muy deseado para pasar unas buenas vacaciones?

La ciudad de Ostia, Era considerada la playa Roma y estaba ubicada en un rincón del Tirreno. Allí se levantó una ciudad antigua al estilo de Pompeya. Era el lugar donde el Tíber se fundía con el Mediterráneo. Se formo una colonia en el siglo IV para proteger Roma, pero luego fue su principal puerto. Llegó a tener 50.000 habitantes y multitud de termas, es decir, que de algún modo ejerció de ciudad balneario. Cuando el Imperio Romano entró en agonía quedó expoliada y hasta la Edad Media no se volvió a reedificar.

¿Cuáles eran sus destinos más habituales?

El objetivo era cambiar de aires, por eso los honestiores (poderosos) pasaban unas semanas de asueto en villas galas, hispanas o en casas cercanas al Danubio… La finca, surcada por estanques, o decorada con los mejores mármoles, estatuas y mosaicos, evidenciaba la fortuna del amo.

Afirma que, al investigar, se ha encontrado con datos sumamente curiosos del día a día de la vida de un romano en vacaciones ¿Podría contarnos alguno?

En estas mansiones “de verano” los dueños avisaban con carteles a las visitas de que había perros guardianes, algo por otra parte habitual en la domus, la casa romana. Los perros se pusieron de moda entre las clases más acomodadas para ser servidores del hogar. Por eso, los sabios romanos advertían que los perros que fueran a guardar un caserío debían ser grandes, con ladridos espaciosos, sonoros y de color oscuro (para camuflarse por la noche). Los plebeyos disponían de gansos y ocas como auxiliares en la vigilancia.

¿Tenían los romanos afición por los perros?

Sí. La afición de los romanos a los perros vino de la caza, que era una diversión ya importante para los griegos. Por eso vemos a Artemisa o a Diana representadas como cazadoras. También Marte, el dios de la guerra, iba seguido de perros molosos. Era una raza con fuerte musculatura muy utilizada en el circo romano. Este mastín se constituyó en el fiel compañero del gladiador y del legionario.

¿También de los legionarios?

Si. Julio César los conducía junto a él en el ejército, por ejemplo en la conquista de las Galias. Se les procuraba entrenamiento de soldados. Algunos de estos “canis pugnacis” portaban un collar dentado que mostraba su fiereza. Como leemos en un pasaje de la obra Julio César de Shakespeare: “Grita ¡Devastación! y suelta los perros de la guerra”. Pero los ejércitos del Águila también llevaban gatos. El objetivo era que, como había muchos ratones en los campamentos y cuarteles de invierno, los felinos se los comían. Además de que, tras el paso por Egipto, por su vinculación con Isis, era considerado el gato un animal que simbolizaba la victoria.

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Asesinato de Julio César – Wikimedia

¿Hasta dónde llegaba el amor de Julio César por los animales?

Hasta niveles desorbitados. Tuvo una jirafa como mascota. En uno de sus viajes, Julio César se trajo de África en el año 46 a.C. a una jirafa y la exhibió para disfrute de los romanos. Lo llamaron cameleopardo. Por las manchas y por el aspecto pensó el pueblo que se trataba de una mezcla de camello y de leopardo.

¿Hay algún otro dignatario que tuviese una mascota extraña de esas que no se saben donde dejar al estar de vacaciones?

Otro emperador, Valentiniano, tenía dos osas enjauladas junto a su dormitorio. Una se llamaba “Inofensiva” y otra “Lentejuela dorada”. A la primera la devolvió a los bosques por sus muchos méritos. Mucho antes, Augusto puso de moda los cuervos y los periquitos; el segundo emperador, Tiberio, quien reinaba cuando se procesó a Cristo, tenía una serpiente que alimentaba con su propia mano y el histriónico Nerón poseía una pantera llamada Febea.

«Honorio adoraba a su gallina faranona, “Roma”»

Lo de Calígula es sumamente extravagante: adornaba a su caballo Incitatus con mantas púrpuras (color propio del César), su cuadra estaba salpicada de perlas, para el corcel tocaban los músicos y, cuando iban huéspedes a cenar, el jamelgo, y no su amo, era designado anfitrión. Por eso, a menudo cenaba en una gran sala de banquetes con senadores y grandes dignatarios romanos.

¿Y alguno que quisiese de forma desmesurada a su mascota?

Además de Calígula a su equino, Honorio a su gallina. Poseía una gallina faraona a la que llamaba “Roma”. Cuando la ciudad fue saqueada por los godos de Alarico, el eunuco que estaba a cargo de la gallina corrió a anunciarle el fin de Roma al emperador, pero este entendió que hablaba del animal y se disgustó. Honorio repuso que cómo podía ser que hubiera fenecido Roma si acababa de darle de comer. Cuando el criado le explicó que la gallina estaba a salvo, que era la ciudad eterna la que se hallaba en peligro, Honorio suspiró aliviado. Corría el año 410.

Volviendo a las vacaciones: ¿Se tiene constancia de las vacaciones de algún personaje famoso?

Si. En mi novela histórica “Memorias de Helena: Constantino, La cruz y el Imperio” narro el prodigioso viaje que Flavia Iulia Helena (madre del emperador Constantino) hizo a Jerusalén en el siglo IV a.C. Se desplazó desde Roma hasta Jerusalén. Fue por las islas griegas, llegó a Siria y bajó con las caravanas aduaneras hasta Judea. Como no escribió ninguna obra, he desentrañado su historia a partir de las fuentes de la antigüedad tardía, monedas, inscripciones, etc., para después contar sus vivencias en primera persona y que su historia, cargada de sentimientos, sirva para cargar de optimismo, pese a las dificultades, al lector del tercer milenio. Ha sido un trabajo de más de ocho años.

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Egeria – Wikimedia

¿Hasta qué punto fue difícil su viaje?

Efectivamente. Uno se da cuenta a través de las crónicas de lo difícil que era ponerse en marcha, y más si había una distancia tan prolongada como la que acometió Helena. Entre las temperaturas, que eran elevadas, y las pocas comodidades que se experimentaban durante el periplo, los viajes terminaban estando reservados, como odiseas, a héroes y titanes, lo que en la vida práctica equivale a los más valientes.

En el caso de Flavia Iulia Helena, viajó con 76 años del siglo IV (era anciana porque esta edad no se corresponde con la de hoy, la esperanza de vida era de la mitad). Con tesón, Helena, la antigua tabernera que llegó a emperatriz tras el repudio por parte de Constancio Cloro, enseña que hay lágrimas que esconden alegrías: mandó excavar en el Gólgota y desenterró las reliquias de la Pasión.

¿Y alguno con tintes españoles?

El viaje de Egeria. En los últimos años del siglo IV, cuando el Imperio Romano estaba a punto de derrumbarse, una hispana de alcurnia quiso contemplar los Santos Lugares, recién «descubiertos» por santa Helena. Desde la Gallaecia, atravesando la «Vía Domitia» llegó a la capital de la parte oriental del Imperio, Constantinopla, prosiguiendo hasta Jerusalén. Partió en el año 381 y su periplo duró 3 años, en el transcurso de los cuales residió en Jerusalén pero realizando frecuentes excursiones.  Con naturalidad y entusiasmo fue describiendo todo, desde el Hebrón al Tabor, en unas cartas dirigidas a las amigas que quedaron en la patria, por ejemplo, detalla que, al coronar el Sinaí, fueron acogidos por los monjes que allí habitaban.

 

14 julio 2016 at 8:30 am Deja un comentario

La villa de Nerón, un palacio tomado por los «sin techo»

La residencia del emperador romano, frente al mar Tirreno, ha sido invadida por un grupo de personas sin hogar. Un comité denuncia su estado de abandono

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En esta lujosa villa ahora duermen algunos «sin techo», que incluso se han apropiado de una parte de la playa cercana – ABC

Fuente: ÁNGEL GÓMEZ FUENTES   |  ABC
7 de julio de 2016

¿Alguien se puede imaginar que un grupo de «sin techo» se meta a vivir en el Coliseo y haga del anfiteatro Flavio su hogar, ante el silencio e indiferencia general? Pues eso, salvando las distancias, es lo que ocurre con la grandiosa villa del emperador Nerón en Anzio, que se extendía a lo largo de más de 800 metros en la costa del mar Tirreno.

Nerón Claudio César Augusto Germánico -último emperador de la dinastía Julio-Claudia- se hizo construir una villa de proporciones monumentales en su ciudad natal, a 64 kilómetros al sur de Roma. Era todo un palacio imperial que se introducía en el mar con espectaculares y sugestivas soluciones arquitectónicas. Nerón pasó largas temporadas en esa gran residencia, que nada tenía que envidiar a los tesoros arquitectónicos de la capital. Poseía una rica biblioteca y un museo doméstico con imágenes de centauros y amazonas. De aquí proceden las estatuas más famosas del Museo Arqueológico de Anzio: Apollo del Belvedere, Gladiatore Borghese y la Fanciulla de Anzio. En esa espléndida villa, frente a una hermosa bahía, se encontraba Nerón cuando en la noche del 18 al 19 de julio del 64 d. C. se produjo el gran incendio de Roma.

Ahora, la lujosa villa se ha transformado en un minicamping abusivo, con sombrillas, colchones y lugar para descarga de basuras. En sus grutas duermen algunos «sin techo». El grupo se ha apropiado de un buen trozo de playa y, para alejar a los bañistas, ha colocado un cartel en el que se les advierte: «Atentos al perro». Este deterioro del complejo arqueológico ha sido denunciado a las autoridades por el «Comité para la tutela de la villa y de las grutas de Nerón»: «A pesar de nuestras intervenciones y las de otros ciudadanos, la playa continúa abandonada y en la incuria. Este horror debe corregirse urgentemente: si algunos de los ocupantes tienen necesidad de apoyo social, que se intervenga para ayudarles, pero así no puede continuar la situación», afirma el citado comité, que hace una comparación, recogida en el diario «Corriere della Sera»: «Es como si un grupo de «sin techo» se metiera a vivir en el Coliseo».

El caso de la villa de Nerón, que fue también cuna del emperador Calígula, demuestra que no es oro todo lo que reluce en el riquísimo patrimonio artístico de un país que todo el mundo envidia. Se están restaurando y recuperando de forma admirable algunos monumentos, como el Coliseo y varias «domus» en Pompeya, pero desgraciadamente hay también muchos lugares arqueológicos en Italia que están más o menos abandonados.

Es el caso de la villa de Nerón en Anzio: sus termas, sus preciosos mosaicos, su antigua biblioteca, el museo y otras partes del recorrido arqueológico están en el abandono total, mientras rompen las olas del Tirreno contra las grutas de la casa imperial. Al visitante, ante el triste espectáculo de ver morir un patrimonio milenario, solo le queda una maravillosa vista del mar y el recuerdo de un célebre desembarco aliado en sus playas durante la Segunda Guerra Mundial, conocido como «la batalla de Anzio».

 

7 julio 2016 at 11:16 am Deja un comentario

Ponga a un tirano homicida (Calígula) en su salón por 900.000 euros

La galería barcelonesa Jaume Bagot vende uno de los pocos bustos existentes del emperador romano Calígula en la feria de arte belga Brafa

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Busto del emperador Calígula hecho en mármol (Galería Jaume Bagot)

Fuente: PRADO CAMPOS  |  El Confidencial      26/01/2016

“Lo más terrible no era el número de los que así encontraron la muerte, lo que ya era terrible, sino la extraordinaria alegría con la que recibía aquellas muertes y su deseo insaciable por ver la sangre derramada. Movido por esa misma crueldad, en cierta ocasión en la que faltaron condenados para ser arrojados a las fieras, ordenó que del público popular que estaba colocado sobre los bancos de madera se cogieran a algunas personas y se les arrojara a las fieras. Para que no pudieran gritar ni acusarlo, les cortó previamente la lengua”. (‘Historia romana’, Dion Casio)

Asesinatos, perversión, incesto, prostitución, locura. El sadismo de Calígula no tuvo límites. Dion Casio, Suetonio, Filón de Alejandría o, posterior y dramáticamente, Robert Graves y Albert Camus describieron a la perfección la sádica personalidad del emperador romano más cruel de la historia. Asesinado por los guardias pretorianos y los senadores liderados por Casio Quereas y Sabino el 24 de enero del año 41 d.C., muy escasos son los bustos que han llegado hasta nuestra época de Calígula. “Después de su caída, sus imágenes fueron o cambiadas y modificadas para representar a otros emperadores o destruidas”, cuenta el galerista catalán Jaume Bagot. De ahí, la rareza que supone hoy exponer un busto de Calígula y, más aún, venderlo.

La galería Jaume Bagot, la única española que participa en la feria de arte belga Brafa donde hay representantes de 17 nacionalidades, está vendiendo en Bruselas uno de los pocos retratos conocidos del tercer emperador del Imperio Romano. Calígula vivió 29 años y reinó, según los cronistas de la época, tres años, diez meses y ocho días. Bagot calcula que actualmente existen entre 40 y 45 retratos conocidos en todo el mundo de Calígula en manos de museos y colecciones particulares. Este que ahora están vendiendo, añade, “es una pieza especialmente rara”. “Encontrar un retrato del emperador romano no es sencillo. Hay muy pocas en museos y en manos de particulares. Esta es la última de cierta entidad que queda en manos privadas”, cuenta a El Confidencial en conversación telefónica desde Bruselas.

Retrato en bronce de Calígula que se puede ver en el Metropolitan de Nueva York (Met)

Retrato en bronce de Calígula que se puede ver en el Metropolitan de Nueva York (Met)

La historia de este busto de Calígula es particular también. Estaba en manos de una familia cordobesa desde 1936. En concreto, en la colección privada de Secundino Erroz Lander -tal y como señala la ficha de la obra en la web de la feria de arte-. Fue pasando a manos de sus herederos hasta que el año 2013 se la vendieron a Bagot. Ahora, este galerista ofrece su busto por 900.000 euros.

Realizado en mármol y de inspiración clásica, Calígula aparece retratado en este busto tocado por una corona de laurel y con aura de dios clásico (como él mismo se acabó postulando). Sin embargo, las crónicas de antaño lo describen de distinta manera. “Era Calígula de elevada estatura, pálido y grueso; tenía las piernas y el cuello muy delgados, los ojos hundidos, deprimidas las sienes; la frente ancha y abultada, escasos cabellos, con la parte superior de la cabeza enteramente calva y el cuerpo muy velludo. Por esta razón era delito capital mirarle desde lo alto cuando pasaba, o pronunciar, con cualquier pretexto que fuese, la palabra cabra”, escribe Suetonio en ‘Las vidas de los doce Césares’.

Por el momento, se han interesado por el busto un museo, coleccionistas americanos y un particular belga que colecciona retratos de emperadores romanos y al que solo le falta el de Calígula. “Aún no se ha vendido. Esperamos a ver qué tal se da el último fin de semana”, añade Bagot. Además, junto al rostro pétreo de este tirano, el galerista barcelonés también exhibe el de su hermana Drusila, cuya muerte rodeada de intrigas y rumores sobre incesto, causó un fuerte impacto sobre el temperamental emperador. Hoy sólo se conocen otros seis retratos de la joven.

De igual modo, en esta reputada feria de arqueología, arte antiguo y tribal también se venden otras obras modernas como ‘Mujer y marido’, de Marc Chagall, y ‘Busto de mujer’, de Giacometti, por un valor estimado de 3,4 y 2,5 millones de euros respectivamente. La tercera pieza más cara de Brafa es un dibujo original de Hergé, el padre de Tintín, para la cubierta de un álbum de ‘Las hazañas de Quique y Flupi’, por valor de 1,5 millones de euros.

28 enero 2016 at 2:30 pm 1 comentario

Roma: Hallan una estancia de la era imperial

El servicio técnico de Italgas descubre casualmente un espacio vacío y profundo bajo la Via Alfonso Lamarmora, en Roma

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En la estancia se observan frescos con recuadros rojos y motivos florales. Foto: Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Roma

Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC

Para realizar una excavación en Roma, por pequeña que sea, se necesita una autorización de la Superintendencia Arqueológica. Cuando el servicio técnico de Italgas abrió el suelo en la Via Alfonso Lamarmora, a unos pasos de la Piazza Vittorio, apareció un espacio vacío y profundo… y también aparecieron los arqueólogos, que inspeccionaron el lugar. Ese espacio recóndito nunca antes había sido iluminado con una luz eléctrica y la luz solar hace siglos que dejó de penetrar. Esto ocurrió en noviembre.

“Tras un primer análisis creemos que podría tratarse de un ambiente de comienzos de la era imperial [siglo I a.C.], pero aún no sabemos nada sobre su pertenencia”, explica la arqueóloga Giorgia Leoni a este medio. “La estancia tiene unas dimensiones visibles de unos 2,25 metros de largo y 0,75 metros de ancho, pero en el lado este se abre una galería subterránea con paramento en opus reticulatum y de unos cuatro metros de longitud. Se observan frescos con recuadros rojos y motivos florales en algunas paredes y también los hay en la bóveda de cañón que cubre la estancia”, añade. Todo parece indicar que se trata de una habitación de una residencia suntuosa.

La zona de la plaza Vittorio Emanuele II, llena de floristerías y al lado de la estación de Roma Termini, tiene “un gran interés arqueológico, ya que antiguamente estaba ocupada por los Horti Lamiani, conocidos a través de las fuentes antiguas”. El emperador Calígula, tachado de extravagante y megalómano, adoraba este conjunto de jardines, emplazados en la colina del Esquilino. Calígula fue enterrado en los Jardines de Lamiano de forma precipitada, según Suetonio, pero poco después fue exhumado e incinerado de forma adecuada por sus hermanas.

12 diciembre 2015 at 1:45 pm Deja un comentario

La decimatio, el castigo más salvaje reservado a las legiones romanas sediciosas

La derrota por ineficacia nunca fue una posibilidad para las tropas romanas

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Fotograma de la película «La legión del Águila» – ABC

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC     13/11/2015

En los años finales de la República romana, Marco Licinio Craso se hizo cargo de la campaña militar contra la rebelión de un grupo de esclavos dirigidos por el mítico Espartaco. El rebelde tracio había logrado derrotar a varias legiones, lo cual suponía un duro golpe para el orgullo romano, exigiendo que fueran aplicadas medidas excepcionales. Designado pretor con este propósito, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo de la decimatio para emplearlo contra las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de su predecesor. Este brutal castigo era tan salvaje como poco efectivo. La fama de hombre sin corazón de Craso creció a pasos agigantados pero no así el rendimiento de sus tropas, más atemorizadas que cualquier otra cosa.

Busto de Licinio Craso

Busto de Licinio Craso

La decimatio (o vicesimatio, otras veces, dependiendo del criterio del general) era un castigo que ya aparece citado en la Primera Guerra Púnica contra los cartagineses y solo se empleaba en casos extremos de sedición y cobardía, como ocurrió con una rebelión dentro de la propia Península Itálica. Pero incluso en ese supuesto, Craso quedó retratado como un hombre demasiado severo. El castigo consistía básicamente en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres de todas las cohortes para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros. Como describe el historiador bizantino Juan Zonaras, «una vez que los soldados han cometido una falta grave, su jefe los reparte en grupos de diez, tomando un soldado de cada grupo, mediante sorteo, y éste es condenado a muerte a manos de sus propios compañeros».

Además, Craso obligó al 90% restante a cambiar la ración de trigo por cebada y a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de la situación pero, sobre todo, evidencian lo mal que asumió siempre Roma sus derrotas. A la ciudad le costaba horrores reconocer sus fracasos militares de forma oficial y siempre encontraba una excusa apropiada para delimitar responsabilidades. Cuando la derrota acontecía a las tropas romanas, una y otra vez se disfrazaba o se justificaba a causa de la imprudencia de ciertos generales –siendo un buen ejemplo de ello la batalla del bosque de Teutoburgo– o por la desobediencia de éstos a los signos divinos enviados para advertir a Roma de que se encamina al desastre.

Un ejemplo de estas supuestas advertencias divinas tuvo lugar durante la demencial campaña que Licinio Craso emprendió en Partia, un gran reino asiático que se extendía más allá de Armenia, muchos años después de derrotar a Espartaco. En esta ocasión, se estimaba que el propio Júpiter envió al general un aviso premonitorio de la derrota cuando los portaestandartes del ejército, cruzando sobre el río Eúfrates, dejaron caer involuntariamente las banderas al agua. Los sacrificios y las vísceras de los animales examinados por los arúspices tampoco eran favorables. Pese a ello, Craso dio la orden de avanzar en dirección hacia una terrible derrota.

Un castigo fuera de uso e ineficaz

Si bien la decimatio aplicado por Craso en la guerra contra los esclavos fue a nivel masivo, lo habitual era que afectara solo a pequeños grupos que habían huido o que simplemente habían dado muestras de indisciplina (véase abandonar las guardias durante la noche, hacer de forma incorrecta los relevos u olvidar la contraseña, etc). Polibio explica al detalle cómo se procedía en estos casos individuales: «Se convoca al punto el consejo de tribunos, se celebra el juicio y, si el hombre es declarado culpable, se le apalea. El procedimiento es el siguiente: el tribuno, provisto de una vara, roza suavemente al condenado. Inmediatamente todos los miembros de la legión le apalean y apedrean; en la mayoría de los casos el reo muere allí mismo». Pero ni siquiera muertos podían descansar en paz los indisciplinados y los sediciosos. El escritor Valerio Máximo recuerda que en los tiempos gloriosos de la República los castigos contra la indisciplina debían ser ejemplares y en varios casos se reclamó expresamente que a los soldados castigados «nadie les diera sepultura y que nadie llorara su muerte».

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Recreación histórica en Pram (Austria) representando el avance de una legión romana– Wikimedia

Con el paso de los años, la decimatio, que está vinculada a la palabra moderna diezmar, fue cayendo en desuso a razón del coste de matar a tantos hombres de las filas propias. De hecho, la compilación de leyes del «Digesto» solo la cita como pena alternativa al cambio de destino, que evidentemente es un sanción mucho menos severa. No obstante, Tácito todavía se refiere en su narración de la guerra de Tacfarinas, en el año 23 d.C, a este castigo como respuesta del general Lucio Aproniano a la huida de sus tropas: «Más afectado por el honor de los suyos que por la gloria del enemigo, Aproniano recurrió a una práctica rara por aquella época y que recordaba los tiempos pasados («raro ea tempestate et e vetere memoria facinore»): diezmar a la cohorte deshonrada dando muerte a palos a quienes correspondió por sorteo». Y al menos en esta ocasión la decimatio tuvo consecuencias positivas a nivel militar, pues «tan grande fue el efecto de la severidad que un cuerpo de tropas de veteranos, que no sobrepasaba de 500 hombres, desbarató a las mismas tropas de Tacfarinas que habían atacado un fuerte llamado Tala».

También en la etapa de Octavio al frente de Roma aparece este castigo citado durante la guerra contra los Dálmatas en el año 34 a.C. Además, Suetonio recuerda que Calígula tuvo la tentación de recuperar la decimatio cuando estaba preparando una campaña contra tribus germanas. Y vuelve a mencionarse durante la historia de San Mauricio y la Legión Tebana. Así, Mauricio era el general de una legión integrada por cristianos egipcios, que fue llamada a la Galia, en concreto a la ciudad de Agaunum, por el emperador Maximiliano. Ante la negativa de cumplir la orden de dar muerte a otros cristianos, todos ellos recibieron el famoso castigo, y tras una segunda negativa los supervivientes fueron martirizados hasta la muerte. La veracidad del relato, no en vano, es muy cuestionada por los historiadores debido a que el castigo llevaba siglos sin aplicarse y a lo inverosímil de que hubiera una legión entera integrada por cristianos.

16 noviembre 2015 at 4:55 pm Deja un comentario

Calígula, el césar al que todo estaba permitido

Sus acciones despóticas y sanguinarias, exageradas tal vez por los historiadores de la Antigüedad, han dado lugar a múltiples interpretaciones, incluida la de que era un psicópata. Embriagado por su poder, Calígula se situó siempre por encima de las leyes

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En 40 d.C., Calígula planeó la invasión de Britania para adquirir prestigio militar, pero el proyecto fracasó. Escultura del emperador. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Por Juan Luis Posadas. Universidad Antonio de Nebrija (Madrid), Historia NG nº 137

Un siglo después de su muerte, cuando los historiadores romanos volvían su mirada sobre el breve reinado de Calígula (37-41 d.C.), no veían más que extravagancias, megalomanía y un sinnúmero de crímenes. El paso del tiempo no había hecho más que ensombrecer el recuerdo de aquel emperador de la dinastía Julio-Claudia, que a los 25 años había sucedido a su tío abuelo Tiberio y que murió desastradamente en un pasillo de palacio, apuñalado por los oficiales del ejército sublevados contra su tiranía. Para Suetonio y Dión Casio, Calígula fue, en efecto, un déspota; más que eso, un «monstruo» del que tan sólo cabía enumerar adulterios, confiscaciones y actos de crueldad.

Sin duda no era ésta una imagen imparcial, sino que respondía a una intencionalidad política y moral precisa: la de advertir sobre los riesgos del poder personal y la necesidad de respetar la integridad de la nobleza y el Senado de Roma, los que más sufrieron la persecución de Calígula. Con este fin, los autores posteriores mezclaron los hechos ciertos con rumores, exageraciones y elementos puramente fabulosos, lo que hoy hace difícil tener una visión objetiva del personaje y las circunstancias en que se movió. Además, en su execración de Calígula los autores antiguos introdujeron una hipótesis explicativa que ha pervivido hasta la actualidad: la de la «locura» del emperador. Ya el filósofo Séneca veía señales de desequilibrio mental en el mismo aspecto físico del emperador, en sus «ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…». Sólo así podrían explicarse los desmanes de aquel joven que, por lo demás, como reconocen hasta los cronistas más hostiles, poseía notables dotes intelectuales.

Torturado por el insomnio

No hay duda de que Calígula sufrió varias afecciones que pudieron afectar a su equilibrio psíquico. Suetonio menciona que durante su infancia sufrió ataques de epilepsia, pero al parecer éstos desaparecieron en la edad adulta, aunque consta que a veces tenía desfallecimientos de los que le costaba recobrarse. Se sabe asimismo que sufría insomnio. Según Suetonio, nunca conseguía dormir más de tres horas, e incluso en ese tiempo lo asaltaban extrañas pesadillas. El mismo historiador afirma que el emperador se levantaba de la cama, se sentaba a la mesa o se paseaba por las galerías del palacio, «esperando e invocando la luz». Ésa pudo ser una de las causas de la irascibilidad y crueldad del emperador, aunque otros autores, como Séneca, dan la explicación inversa: las noches en vela le servían para mantenerse alerta, vigilar y planear actos criminales.

Los autores antiguos también coinciden en señalar que a los pocos meses de acceder al trono, en el otoño del año 37 d.C., Calígula sufrió una grave enfermedad. No está clara la naturaleza de esta afección: se ha sugerido que pudo tratarse de una crisis nerviosa, de una encefalitis –una inflamación del cerebro causada por algún tipo de infección–, de hipertiroidismo o de la ya mencionada epilepsia. Filón de Alejandría, en cambio, da una explicación de tipo moral: la causa de la crisis habría sido el cambio en los hábitos de vida de Calígula al ser proclamado emperador, pasando de una existencia tranquila y saludable a toda clase de excesos, «vicios propios para destruir el alma, el cuerpo y su mutua cohesión», sentenciaba. Otra hipótesis apuntaría a alguna enfermedad venérea, que puede provocar problemas mentales o al menos desórdenes de conducta.

«Todo me está permitido»

Los estudiosos actuales han desistido de encontrar una causa física determinada para la supuesta locura de Calígula, y ni siquiera creen que ésta se hubiera originado en un momento preciso. Régis F. Martin, un médico especializado en el estudio de las enfermedades romanas antiguas, piensa que la personalidad perturbada del emperador se corresponde con el perfil de un psicópata. Técnicamente, la psicopatía es un trastorno antisocial de la personalidad. En términos de psicología clínica, un psicópata tipo sería una persona con un encanto superficial, autoestima exagerada, mentiroso patológico, carente de remordimientos o empatía, emocionalmente superficial, sin control sobre la propia conducta, de sexualidad promiscua, problemático desde la niñez, impulsivo, irresponsable y proclive a una conducta criminal, así como con un historial de muchos matrimonios de corta duración. Hay que admitir que estos rasgos se ajustan muy bien al retrato que Suetonio y otros autores hacen de Calígula.

Un pasaje de la biografía de Suetonio ofrece una clave para interpretar la conducta de Calígula mediante las categorías de los propios romanos. El emperador habría dicho en una ocasión: «No hay nada en mi naturaleza que exalte o apruebe más que mi adriatepsia», un término griego que podría traducirse como desfachatez, falta de pudor o de vergüenza, pero también como indiferencia respecto a las consecuencias de sus actos sobre los demás. En el mismo pasaje Suetonio recuerda una ocasión en la que Calígula fue reprendido por su abuela Antonia y, en vez de inclinarse ante su autoridad, le espetó: «Recuerda que todo me está permitido, y con todas las personas». El orgullo desmedido de quien se sabe destinado a reinar se dio la mano con una total falta de escrúpulos morales para producir el «monstruo» del que hablaba Suetonio.

Palacios y puentes de barcas

La adriatepsia de la que hacía gala Calígula se tradujo de entrada en el fastuoso tren de vida que llevó. En apenas un año, Calígula dilapidó la fortuna de tres mil millones de sestercios heredada de Tiberio. Según Dión Casio, «empezó a gastar en caballos, gladiadores y en otras cosas semejantes sin ningún freno, y vació en poquísimo tiempo el dinero atesorado, que era mucho». De sus banquetes se contaban asombrosas historias sobre panes y manjares cubiertos con láminas de oro o sobre perlas costosísimas disueltas en vinagre (se le atribuía, pues, la célebre anécdota del festín ofrecido por Cleopatra a Marco Antonio). Con ello, además, forzaba la emulación por parte de los nobles que querían agasajarle invitándole a sus comidas; Séneca cuenta que uno de ellos gastó en una velada la exorbitante suma de diez millones de sestercios.

No menos afamadas eran las residencias personales que se hizo construir, tanto en Roma –su nueva mansión en el Palatino tenía como vestíbulo el templo de Cástor y Pólux– como en sus lugares preferidos de retiro: Nemi –donde hizo construir sus dos célebres navíos gigantes, auténticos palacios flotantes– y la Campania. En la bahía de Bayas, cerca de Nápoles, ordenó construir un puente de barcos para jactarse de cruzar el golfo en su carro portando la coraza de Alejandro Magno, que mandó traer desde Alejandría para la ocasión.

Su vida amorosa también estuvo marcada por la falta de reglas. En sus cuatro años de reinado tuvo cuatro esposas: tras divorciarse de Junia Claudila, estuvo dos meses casado con Livia Orestila, luego contrajo nupcias con la riquísima Lolia Paulina –a la que prohibió tener relaciones con otros hombres tras divorciarse de ella– y finalmente se casó con Milonia Cesonia, un mes antes de que diera a luz a su hija. Sus amantes fueron incontables y de todas las clases sociales, y sus métodos para procurárselas eran brutales. A Livia Orestila, por ejemplo, la violó en su propia ceremonia de esponsales y se casó con ella para repudiarla al cabo de unos días.

Sin duda, hay una porción de infundio póstumo en estas acusaciones, como también en la de haber cometido incesto con sus hermanas, especialmente con Julia Drusila, su preferida. De hecho, frente a lo que dicen Suetonio y Dión, los contemporáneos Séneca y Filón nada mencionan al respecto, pese a que en otros aspectos cargaron las tintas contra el emperador.

A Calígula también se le atribuyen diversas relaciones homosexuales, por ejemplo con el actor Mnéster o con Emilio Lépido, su primo carnal y esposo de su hermana Julia Drusila. Antes de ser ejecutado, Lépido gritó que había tenido relaciones sexuales con el emperador y que tenía el vientre dolorido de la pasión que en ellas había puesto.

Rey de las estratagemas

Nada parece confirmar mejor la psicopatía que se ha atribuido a Calígula que sus actos de crueldad, a menudo puramente gratuita. El propio emperador se regodeaba en su fama de sádico, hasta el punto de que se decía que estaba totalmente seguro de ser el padre de la hija de su última esposa por los reflejos de crueldad infantil de la niña, que intentaba meter el dedo en el ojo a cuantos se le acercaban. Aunque sin duda también aquí resulta difícil discriminar entre los hechos ciertos y las reelaboraciones o invenciones pergeñadas para denigrar la memoria del emperador.

Un ejemplo del modo en que Calígula podía ensañarse con aquellos que perdían su favor por los motivos más fútiles lo ofrece el caso de Nevio Sutorio Macrón. Prefecto del pretorio bajo Tiberio y aliado clave de Calígula en su acceso al poder, Macrón cometió el error de querer mantener su ascendiente sobre el nuevo césar, dispensándole consejos y advertencias no solicitados. Calígula se hastió de aquella actitud, y según el historiador Filón decía al ver aproximarse a su antiguo amigo: «Ahí llega el maestro de quien ya no necesita lección alguna… ¿Cómo se atreve alguien a enseñarme a mí, que antes aun de ser engendrado fui modelado emperador, cómo se atreve un ignorante a enseñar a quien sabe?». Para deshacerse de él, Calígula ideó una estratagema característica. Tras ofrecerle un cargo en  Egipto, hizo que lo acusaran de lenocinio, esto es, de inducir a su esposa a prostituirse, algo de lo que el propio Calígula podía dar fe porque había sido amante de Enia, la mujer de Macrón. Para transmitir los bienes a sus descendientes, el matrimonio se suicidó.

Suetonio destacaba todavía otro rasgo de la personalidad obsesiva de Calígula: su violencia verbal. «La ferocidad de sus palabras hacía todavía más odiosa la crueldad de sus acciones», decía el cronista. Al final, sin embargo, esa costumbre le costó cara. El tribuno de una de las cohortes pretorianas, Casio Querea, era un hombre ya mayor y de complexión robusta, pero que tenía una voz atiplada, debido quizás a una herida en los genitales. Calígula se burlaba despiadadamente de su afeminamiento, llamándolo Príapo o Venus o dándole la mano para que la besara con actitud y movimientos obscenos, según Suetonio. Harto de aquellas ofensas, Querea se puso al frente de la conspiración que en enero del año 41 dio muerte a Calígula, a su mujer y a su hija.

Para saber más

Calígula, el autócrata inmaduro. J. M. Roldán. La Esfera de los Libros, Madrid, 2012.
Vida de Calígula. Suetonio. Gredos, Madrid, 2011.
Yo, Claudio. Robert Graves. Alianza, Madrid, 2014.

8 junio 2015 at 7:36 am Deja un comentario

Roma: Resurge en el Pincio la villa de Mesalina, la esposa del emperador Claudio

Resurge en el monte Pincio, en Roma, la villa de Mesalina, la esposa del emperador Claudio. La villa se remonta al siglo I d.C. y está decorada en estilo egipcio y adornada con mosaicos, estatuas, jardines, fuentes y ninfeos

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Roma, Villa Médici.  Debajo se encuentran los restos de la villa de la emperatriz Mesalina, esposa del emperador Claudio

Fuente: Grazia Terenzi  |  Le Nebbie del Tempo

La villa de Mesalina es sin duda un descubrimiento excepcional para la arqueología, dado que hasta ahora solo era posible conocerla a través de la descripción de las fuentes históricas. Mesalina fue condenada a la damnatio memoriae y su nombre fue eliminado de los documentos históricos y de los monumentos, a pesar de que pertenecía a la gens Iulia, la misma que había dado a luz al emperador Augusto.

Se dice que Mesalina, sólo para tener esta maravillosa residencia para ella, hizo asesinar a su propietario, el cónsul Valerio Asiático, promotor de la conspiración contra el emperador Calígula. Los ambientes de la domus imperial han resurgido en los últimos tres años, durante los trabajos llevados a cabo en Villa Médici por la Superintendencia para los Bienes Arqueológicos de Roma, la Academia Francesa y la Universidad La Sapienza para obtener locales de servicio detrás de la carpintería del siglo XVI. Durante estos trabajos salieron a la luz estructuras de la residencia imperial, pero sobre todo elementos decorativos, que datan de la primera mitad del siglo I d.C.

Los arqueólogos quedaron particularmente impresionados por la decoración pictórica, que refleja ambientes y colores del país del Nilo. De particular importancia son los fragmentos de fayenza egipcia y refinados motivos parietales característicos de la época de Augusto, con partituras escénicas que muestran falsos escenarios en las paredes. Por no hablar de los amplios jardines y los complejos juegos de agua y ninfeos que enriquecían escénicamente la residencia de Mesalina.

Los jardines eran alimentados por el Aqua Virgo, cuyas piscinas limarias y conductos se encuentran justo debajo de Villa Médici. La villa fue adquirida por la propiedad imperial en tiempos del emperador Claudio y, según los arqueólogos, una parte de ella se extendía bajo la actual Villa Médici.

De los subterráneos de la Biblioteca Hertziana de Vía Gregoriana los arqueólogos Giulio Fratini e Francesco Moricone desenterraron más tarde una cabeza de Agripina la Mayor y una cabeza de una Musa, que formaban parte de un enterramiento que había cubierto otra obra de arte, un ninfeo revestido de mosaicos que incluía un cortejo de estatuas-retrato de la dinastía Julio-Claudia. Agripina la Mayor era la fundadora de la familia y la madre del emperador Calígula.

12 diciembre 2014 at 10:11 pm Deja un comentario

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