Posts tagged ‘batalla de Metauro’

La Universidad de Jaén participará en Italia en la localización de la de la Batalla del Metauro

El Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén (Jaén) va a participar en la localización de la Batalla del Metauro (Italia), gracias al convenio específico firmado con la Superintendencia de Arqueología, Bellas Artes y Paisajes de la Región de Marche y la Universidad Carlo Bo, de Urbino. De esta manera, las tres instituciones trabajarán conjuntamente en la realización del proyecto denominado ‘Studio per la identificazione dei luoghi della Battaglia del Metauro’.

Posible tumba de Asdrúbal en Metauro. EUROPA PRESS / UJA

Fuente: EUROPA PRESS  |  LA VANGUARDIA
10 de enero de 2018

El investigador del Instituto de Arqueología Ibérica de la UJA, Juan Pedro Bellón, ha explicado en un comunicado que esta batalla constituye una clave por diversas cuestiones. En primer lugar, porque uno de sus protagonistas, Asdrúbal Barca, también lo fue de la Batalla de Baecula tan solo un año antes de este enfrentamiento, “por lo que los materiales esperables en el campo de batalla deberían ser similares a los localizados en Baecula, de los cuales poseemos un amplio muestrario”.

En segundo lugar, porque su localización puede enfocarse desde el uso de las fuentes clásicas y las claves que aportan, dando protagonismo a las distintas propuestas historiográficas sobre su localización. Y finalmente, porque va a permitir testear un modelo de muestreo de prospección fundamentado en el módulo/escala de la Batalla de Baecula.

En el equipo de investigación se integran investigadores italianos que han desarrollado su actividad tanto en el entorno de la zona, como especialistas de prestigio en el ámbito de la Guerra Púnica, como Giovanni Brizzi.

Además, también dentro del equipo de investigación se integra un grupo vanguardista en el uso de técnicas de análisis del territorio mediante tecnologías SIG y datos Lidar, perteneciente al Departamento de Ingeniería Cartográfica, Geodésica y Fotogrametría de la UJA, que permitirá a los investigadores una gestión de calidad de los datos del terreno y el análisis de fotografía aérea histórica de la zona, elemento que ha sido fundamental para otros casos de estudio.

Desde el año 2001, el Instituto de Arqueología Ibérica de la UJA desarrolla una línea de investigación relacionada con el análisis de la Segunda Guerra Púnica en el Alto Guadalquivir, que ha permitido el diseño de una metodología de prospección aplicada a la localización y estudio sistemático de campos de batalla, los cuales se caracterizan por un tipo de contexto/registro particular, al tratarse de procesos/eventos de pocas jornadas, afectados por procesos de limpieza (botín) y los propios procesos postdeposicionales, finalmente tratados siempre desde el condicionante de la lectura crítica de las fuentes clásicas.

El primer caso de estudio, la Batalla de Baecula, permitió a los investigadores de la UJA no sólo la localización del sitio o el análisis del posterior proceso de conquista/cambios en el territorio local del oppidum ibérico, sino dos elementos trascendentales para la investigación arqueológica de los campos de batalla en la antigüedad: el patrón/módulo de las dimensiones de una batalla campal en el marco de la Segunda Guerra Púnica; y, por otra parte, un corpus de elementos/indicadores arqueológicos que funciona de referencia/contraste para otros casos de investigación.

Esta línea de trabajo se ha reforzado con los casos de estudio de Puente Tablas e Iliturgi (donde se han localizado los restos del asedio de Escipión el Africano a la ciudad ibérica en el 206 a.n.e.) y, en Numistro (Italia).

“Más allá del análisis de la Batalla del Metauro, pretendemos articular su investigación con el impacto de la misma en el ámbito local y regional del conflicto, recogiendo las ideas braudelianas de los tiempos en el ámbito de los procesos históricos, del evento al tiempo largo, la ‘longue durée’ de los efectos de la batalla”, ha indicado Juan Pedro Bellón.

 

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12 enero 2018 at 8:17 pm Deja un comentario

Aníbal Barca, el inesperado genio de la guerra que dejó Roma al borde de la destrucción

Los romanos nunca entendieron el motivo de que su gran enemigo no hubiera intentado destruir Roma tras la batalla de Cannas y perpetuaron la imagen de un Aníbal a las puertas de la ciudad acobardado por el poder romano. Nada más lejos de la realidad

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Aníbal vencedor contemplando por primera vez Italia desde los Alpes (1770), óleo sobre lienzo de Francisco de Goya

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC     09/02/2016

Al final de su vida Aníbal Barca se vio obligado a exiliarse de Cartago y refugiarse en el Imperio Seleúcita. Allí sirvió como consejero militar y tuvo ocasión de encontrarse una vez más con su gran enemigo, Publio Cornelio Escipión «El Africano», en un ambiente lejos de los campos de batalla. Los viejos rivales tuvieron una despreocupada discusión en Éfeso sobre quién era el mejor general de la historia. La respuesta de Aníbal fue inmediata: «Alejandro Magno». Escipión estuvo de acuerdo, poniendo igualmente a Alejandro en primera posición. Después, preguntó a Aníbal a quién colocaría segundo. Éste respondió que a Pirro, porque consideraba que la primera virtud de un general era la audacia.

Escipión insistió tal vez buscándose en la lista. Aníbal no le dio esta satisfacción: «Yo mismo, en mi juventud he conquistado Hispania y atravesado los Alpes con un ejército, hechos que han sucedido por primera vez desde Heracles. He atravesado Italia y habéis temblado de terror, obligándoos a abandonar cuatrocientas de vuestras poblaciones, y a menudo he amenazado vuestra ciudad con extremo peligro, todo ello sin recibir dinero ni refuerzos de Cartago». Como el general romano vio que el púnico estaba dispuesto a seguir autopromocionándose, dijo riendo: «¿En qué posición te colocarías, Aníbal, si no hubieras sido derrotado por mí?». Aníbal notó sus celos y respondió: «En ese caso me habría colocado por delante de Alejandro».

El «rayo» que juró destruir a Roma

La ofensiva militar de Aníbal Barca contra la República de Roma marcó a varias generaciones de romanos, como lo había hecho Alejandro en el imaginario heleno. Aníbal cruzó los Alpes en noviembre del año 218 a.C. y cayó con violencia sobre la Italia septentrional. Los romanos no estaban acostumbrados a un ataque de esas características, y menos procedente de Cartago, que en la Primera Guerra Púnica se había limitado a una estrategia comedida y concentrada en Hispania. ¿Quién era ese genio inesperado capaz de dar un vuelco a la suerte de Cartago?

No era un hombre sino un rayo, pues «Barca» no era un apellido sino un apelativo de barqä («rayo», en lengua púnica). Hijo del general Amílcar Barca y de su mujer ibérica, Aníbal se crió en el ambiente helenístico propio de Cartago, una vieja colonia fenicia que había evolucionado hasta convertirse en un potente imperio con presencia en la Península Ibérica. Se sabe que aprendió de un preceptor espartano, llamado Sosilos, las letras griegas, y que juró a los 11 años que nunca sería amigo de Roma y emplearía «el fuego y el hierro para romper el destino» de esta ciudad. Así lo empezó a hacer con la conquista en el año 219 a.C de Sagunto, ciudad española aliada de Roma, cuyo ataque precipitó una nueva guerra entre las dos grandes potencias mediterráneas, la República de Roma contra Cartago.

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Tempestad de nieve: Aníbal y su ejército atravesando los Alpes: Joseph Mallord William Turner- Wikimedia

La respuesta de Roma fue inmediata: se preparó para llevar la guerra a África y a la Península Ibérica. Uno de los dos cónsules de ese año se dirigió a Sicilia a preparar un ataque sobre la propia Cartago, mientras el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión (el padre de «El Africano»), se dirigió al encuentro de los hermanos Barca en la Península. No obstante, los planes de Aníbal iban más allá de combatir en España. Ante la sorpresa general, decidió invadir Roma por tierra, en parte obligado por la inferioridad naval y las dificultades financieras para armar una armada. Aníbal partió con un ejército compuesto por 90.000 soldados de infantería, 12.000 jinetes y 37 elefantes, que fue incrementándose al principio del camino con tropas celtas y galas, que también se sumaron a la ofensiva contra Roma. En su ausencia, confió el gobierno de España a su hermano Asdrúbal.

Escipión se enteró en Massilia (Marsella) de que Aníbal ya se encaminaba hacia Roma. La presencia cercana de las tropas romanas obligó a Aníbal a entrar en Italia atravesando los Alpes con ayuda de guías indígenas. La travesía, que tuvo lugar en invierno, se desarrolló en quince días, pero el precio pagado en vidas humanas fue muy alto, ya que al llegar a la altura de Turín tan solo quedaban vivos 20.000 infantes, 6.000 jinetes y un elefante. Aníbal, además, perdió su ojo derecho a causa de una infección durante el dificultoso trayecto.

Tras el dictador llega el desastre de Cannas

En las cercanías de Verceil, Escipión trató de cerrar el paso a las fuerzas invasoras y sufrió una grave derrota a manos de la caballería púnica. A continuación, su colega en el consulado, Sempronio Longo, unió su ejército a los restos del de Escipión y se enfrentó al cartaginés en Trebia, donde fue derrotado de forma estrepitosa. Al año siguiente fue Aníbal el que emboscó a uno de los cónsules, Flaminio, que pereció junto a 15.000 hombres. El genio militar había llegado a Italia para quedarse.

La ferocidad del ataque de Aníbal colocó a Roma a las puertas de la derrota total y obligó a la República a recurrir a dos veteranos

Las bajas romanas fueron aterradoras en esa fase de la Segunda Guerra Púnica y Aníbal demostró con creces que –como señala Adrian Goldsworthy en su libro «Grandes generales del ejército romano» (Ariel)– «era uno de los comandantes más capaces de la Antigüedad y comandaba un ejército superior en todos los aspectos a las inexpertas legiones romanas». La ferocidad del ataque de Aníbal colocó a Roma a las puertas de la derrota total y obligó a la República a recurrir a dos veteranos, Fabio Máximo y Marco Claudio Marcelo, que ni siquiera estaban en edad de disponer de mando directo sobre el terreno. Las reglas de ese tipo estaban para saltárselas en casos de emergencia.

Ninguno de los dos consiguió infligir una derrota decisiva a Aníbal pero al menos salvaron la ciudad cuando todo parecía perdido. Tras la muerte de Flaminio, Fabio Máximo fue nombrado dictador con imperium supremo para hacerse cargo de la defensa de Roma, que se encontraba completamente a merced del avance cartaginés. Fabio Máximo evitó trabar combate con Aníbal, si bien consiguió debilitarle lentamente aprovechando la dificultad que tenía de recibir refuerzos y suministros. Cuando Fabio Máximo llevaba seis meses como dictador, renunció al cargo al considerar que había logrado su objetivo de alejar la amenaza sobre Roma. Al año siguiente, no en vano, Roma perdió cualquier ventaja adquirida y se situó exactamente al borde del precipicio tras el desastre de Cannas.

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Cuadro que representa la muerte de Lucio Emilio Paulo en la batalla de Cannas- Wikimedia

La más famosa de las batallas de la antigüedad tuvo lugar el 2 de agosto del 216 a.C. Aníbal venció a un ejército muy superior en número al suyo empleando una táctica envolvente y aprovechando las condiciones del terreno (estrecho y plano). Colocó en el centro a su infantería hispana y gala en un semicírculo convexo, poniendo en las alas a su infantería africana. El círculo de hombres se expandió , antes de cerrarse lentamente. Como resultado, las fuerzas de Aníbal causaron cerca de 50.000 muertos, entre los que figuraba el cónsul Lucio Emilio Paulo, dos ex-cónsules, dos cuestores, una treintena de tribunos militares y 80 senadores. Su movimiento en tenaza ha sido un recurrente objeto de análisis de la Historia Militar, siendo aplicado por los alemanes tanto en la Primera Guerra Mundial como en la Segunda.

La ciudad de Roma quedó, definitivamente, a la espera de que el cartaginés se decidiera a asediarla, lo cual jamás hizo. «Los dioses no han concedido al mismo hombre todos sus dones; sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovecharte de la victoria», afirmó según la leyenda Maharbal, fiel lugarteniente de Aníbal. Los romanos nunca entendieron el motivo por el qué no intentó destruir la ciudad y perpetuaron la imagen de un Aníbal a las puertas de la ciudad acobardado por el poder romano. Lo cierto es que el genio militar no contaba con el equipamiento ni los suministros necesarios para acometer una empresa así. Su situación en la Península itálica era precaria, siendo su principal objetivo derrotar a Roma aislándola diplomáticamente y debilitando su poder frente a sus aliados latinos. Tras la batalla, Aníbal desplegó una intensa labor diplomática en el sur de Italia aprovechando el efecto de su victoria. Pactó con varias ciudades italianas y garantizó su autonomía con el fin de establecer un protectorado en el sur de Italia y Sicilia.

Escipión «El Africano» derrota a Aníbal

Tal vez con lo que Aníbal no contaba era la rápida capacidad de rehacerse de su enemigo. Roma contestó poniendo al frente de la República en el año 214 a.C. de nuevo a Fabio Máximo y al también veterano Claudio Marcelo. El escudo y la espada de Roma, como fueron apodados, contuvieron la herida de la ciudad a la espera de que la incursión de Aníbal perdiera fuerza. Lejos de sus bases de avituallamiento, sin posibilidad de recibir refuerzos, ya que su hermano Asdrúbal había sido derrotado y muerto por Claudio Nerón en la batalla de Metauro en 207 a.C, el ejército de Aníbal quedó aislado e inmovilizado en la Italia meridional durante varios años, situación que aprovecharon los romanos para contraatacar. Precisamente fue esa nueva generación de romanos, con Claudio Nerón y Publio Cornelio Escipión «El Africano», que estuvo presente en Cannas con un cargo menor, la que dio el golpe definitivo a Aníbal en los siguientes años.

«La clemencia de Escipión». Cuadro de Sebastiano Ricci.- Royal Art Colection de Londres

«La clemencia de Escipión». Cuadro de Sebastiano Ricci.- Royal Art Colection de Londres

Como había buscado sin éxito su padre, «El Africano» trasladó la guerra a Hispania y expulsó de allí a los cartagineses. Sus esfuerzos obligaron a Aníbal a regresar a África, donde fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. A consecuencia de esta derrota, Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin al sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.

Pero Aníbal no se dio por vencido. Intentó reconstruir el poder militar cartaginés, pero, perseguido por los romanos y acosado por sus enemigos en el Senado de Cartago, tuvo que huir y refugiarse en la corte de Antíoco III de Siria. Fue la primera de las muchas etapas de su largo exilio, donde el más emblemático enemigo de Roma fue agasajado por distintos reyes asiáticos que aspiraban a aumentar las prestaciones militares de sus ejércitos.

Estando bajo la protección del Rey de Bitinia (un antiguo reino localizado al noroeste de Asia Menor), Aníbal decidió suicidarse al sospechar que agentes romanos estaban cerca de capturarle en el invierno del 183 a. C. empleando un veneno que llevó durante mucho tiempo en un anillo. Según el historiador clásico Tito Livio, Aníbal murió curiosamente el mismo año que Escipión «El Africano», cuando ya contaba 63 años.

9 febrero 2016 at 6:12 pm 2 comentarios

El hermano de Aníbal pierde la cabeza

Metauro, 207 a. de C., los romanos destruyen el ejército cartaginés enviado a Italia a reforzar a su gran caudillo

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‘Aníbal ante la cabeza de Asdrúbal’, de Giovanni Battista Tiepolo.

Fuente: JACINTO ANTÓN  |  EL PAÍS       18/07/2015

Cannas y Zama son más famosas, pero Metauro, ¡ah!, Metauro tiene algo especial. A la hora de elegir una batalla de las Guerras Púnicas —las tres, tan brutales, que enfrentaron a los cartagineses y los romanos durante más de un siglo y de las que Roma salió como la correosa y despiadada potencia que dominaría buena parte del mundo durante quinientos años— posiblemente muchos se inclinarán por las dos primeras, la gran victoria de Aníbal, que se explica en todas las academias militares, y su Waterloo, la derrota definitiva en la llanura africana de Zama ante el capaz Escipión, pese a los 80 elefantes del cartaginés. Sin embargo, yo me quedo con Metauro, no porque fuera una batalla decisiva, que a su manera también lo fue, sino porque desde ella nos llega desde tan antiguo un momento de rara autenticidad, un dramatismo que atraviesa la niebla de los siglos para pulsar una cuerda muy emotiva. Me refiero, claro, al episodio de la cabeza de Asdrúbal.

El ataque de los elefantes procura una ventaja inicial a los cartagineses pero les lastra la borrachera de sus galos

Los romanos decapitaron el cuerpo del general cartaginés caído en la batalla y en un ejercicio de calculada crueldad hicieron llegar su cabeza —la tradición quiere que lanzada con una catapulta— a manos de Aníbal, su hermano mayor. Ese momento, inmortalizado por Lord Byron y Tiepolo, en que el gran líder cartaginés reconoce el querido rostro familiar en el vapuleado y sanguinolento resto (¡hay que ver cómo queda una cabeza lanzada en catapulta!) es de los que ponen, además de la piel de gallina, verdad en las amarillentas páginas de la Historia. Desde niño, para mí, Metauro es indisociable de esa relación fraternal más aún porque mi hermano mayor y yo jugábamos en los años sesenta a un juego de tablero sobre esa batalla (Rojas y Malaret SA, 1961, 325 pesetas) que incluía bonitos soldados de plástico romanos y cartagineses (¡éstos con elefantes!). Siempre temí que acabáramos nuestra relación como Aníbal y Asdrúbal, sin saber qué papel me aterrorizaba más. Los años han pasado y ahora mi hermano ni me habla, pero aquello de Metauro me sigue conmoviendo como a otros les conmueven de su infancia Bambi o Pinocho.

Recreación de un ataque de elefantes púnicos contra las legiones romanas

Recreación de un ataque de elefantes púnicos contra las legiones romanas

Vayamos a la batalla. Asdrúbal llega al río Metauro, entre Rímini y Ancona, y a su destino tras protagonizar con su ejército una epopeya como la de su hermano (aunque como estratega no estaba a su altura): sale de Hispania, cruza los Pirineos y luego los Alpes y entra en la península itálica. El objetivo es unir el ejército que trae al de Aníbal que —tras quedarse ad portas— lleva diez años en territorio enemigo y aunque continúa invicto no logra progresos, y juntos asestar el golpe definitivo a la odiada Roma. Los romanos son pavorosamente conscientes del riesgo: otro hijo de Amílcar se les mete en casa como una zorra en el gallinero. Lo fundamental es impedir que ambos contingentes (Asdrúbal desciende desde el norte por la costa este, Aníbal está en el sur) lleguen a reunirse. Aquí intervienen dos de esos factores impredecibles que hacen tan interesante la historia militar. Los romanos interceptan a los correos (dos númidas y cuatro galos) que envía Asdrúbal a Aníbal y descubren que el primero propone reunirse en Umbría. El segundo factor es que uno de los dos cónsules romanos del momento, Claudio Nerón, es un tipo osado y con iniciativa y decide realizar una inesperada y arriesgadísima maniobra. A él le corresponde tener controlado a Aníbal, pero toma la crême de sus legiones, 6.000 soldados y mil jinetes y se lanza a la carrera, en una marcha ligera, sin pertrechos, a unirse con el ejército de su colega Marco Livio Salinátor en el norte. Asdrúbal rehúye el enfrentamiento. Pero se pierde tratando de hallar un vado para cruzar el Metauro de noche, los guías le abandonan y se encuentra al día siguiente en la peor posición para librar batalla, frente a un enemigo superior que le ha alcanzado y de espaldas al río.

El general púnico elige morir junto a sus soldados con la espada en la mano. Polibio elogia su valor

El cartaginés, con su heterogénea hueste —la clásica mezcla púnica de africanos, hispanos y otros aliados— lastrada por la monumental borrachera que arrastraba su contingente de galos, lanzó su ataque con los elefantes (10 según Polibio, 15 según Apiano) al frente que le procuraron una ventaja inicial, aunque luego se volvieron hacia sus propias filas y sus mismos cornacas hubieron de matarlos con el clavo y el martillo que llevaban para el caso. La lucha fue muy dura y ningún bando se imponía hasta que Claudio Nerón —de nuevo él— encontró la forma de flanquear a los cartagineses, cayó sobre su retaguardia y entonces su ala derecha y su centro se hundieron.

Viendo la batalla perdida, Asdrúbal eligió morir con sus hombres. Polibio le rinde un homenaje insólito: “Asdrúbal, que siempre había sido un hombre valiente lo fue también en aquel su último momento, al terminar su vida con las armas en la mano”. Murieron 10.000 cartagineses por dos mil romanos. Claudio Nerón regresó a toda velocidad al sur antes de que Aníbal pudiera aprovecharse de su ausencia y entonces hizo lanzar la ajada cabeza del hermano al campamento del cartaginés. Más allá de las consideraciones militares, el golpe para Aníbal fue brutal. No es que él no hubiera librado una guerra cruel pero el infame gesto del cónsul le demostró hasta qué grado de inquina podían llegar los romanos. “Roma será la dueña del mundo”, vaticinó. Así fue, y tras el choque con ella del esplendor de Cartago no han quedado más que algunas monedas, la sombra de sus generales en las páginas del enemigo y un puñado de viejas historias.

Los leones de Cartago

Aníbal, el varón primogénito, y Asdrúbal, eran hijos de Amílcar Barca el Rayo,el gran general cartaginés. Además de Aníbal y Asdrúbal, Amílcar tenía otro hijo, el benjamín, Magón, muerto, en 205 a. C., al ir también a ayudar a su hermano mayor (en dos fases: herido de un lanzazo en el muslo y luego ahogado al hundirse el barco que lo transportaba). Amílcar estaba muy orgulloso de los tres y según Valerio Máximo al contemplarlos jugar de niños habría exclamado: “¡He aquí los jóvenes leones que he criado para la ruina de Roma!”. No pudo ser.

Amílcar había tenido previamente tres hijas de destinos tampoco nada desdeñables. La mayor se casó con el sufete y almirante Bomílcar, la segunda con otro Asdrúbal, llamado el Hermoso y que fue también un gran comandante, aunque los romanos hicieron correr con malevolencia que el yerno y el suegro se entendían más allá de lo militar. La tercera hija le aseguró a su padre el apoyo de la caballería númida en la guerra contra los mercenarios al desposarse con el caudillo Naravas: es la chica que ha pasado a la posteridad como Salambó merced a la imaginación de Flaubert.

19 julio 2015 at 9:26 am Deja un comentario

Historias de amor y guerras en el puente Milvio

Las autoridades romanas echan el candado a los “candados del amor” del puente Milvio. Los jóvenes romanos y los turistas que visiten la ciudad no podrán ya en adelante seguir con el ritual de enganchar un candado a una de las farolas del puente y tirar la llave al Tíber como símbolo de su amor eterno. La tradición se había impuesto tras una escena de la película de 2.006 Ho voglia di te (Tengo ganas de ti), basada en un libro del italiano Federico Moccia, en la que los protagonistas hacían esto mismo. Los candados, según las autoridades, afean y deterioran el puente; y además es una cuestión de seguridad, ya que el peso hace peligrar la estabilidad de las farolas y los muros, dicen.

Esta tradición ha hecho que el puente Milvio sea conocido en todo el mundo como el puente de los enamorados, algo ciertamente paradójico para un puente asociado a una de las batallas más decisivas de la historia, y considerado, por otra parte, como el más antiguo de la capital. Pues fue precisamente en la zona de este mismo puente, mandado construir en el 115 a.C. por el cónsul Marco Emilio Escauro sobre los cimientos de un puente anterior del 206 a.C. construido por el cónsul Cayo Claudio Nerón tras derrotar a los cartagineses en la batalla de Metauro, fue aquí, decimos, donde en el año 312 tuvo lugar la famosa batalla del Puente Milvio que enfrentó a los ejércitos de los emperadores Constantino y Majencio. La victoria de Constantino puso fin a la tetrarquía y lo convirtió en la máxima autoridad de los territorios occidentales del Imperio Romano. Y ya sabemos qué consecuencias trajo esta victoria para la historia.

El caso es que la tradición de los candados del puente Milvio se convirtió desde un inicio en una moda exportada a todo el mundo. Algo similar a lo que ahora ocurre en Roma sucedió el año pasado en el Pont des Arts de París. El alcalde de la ciudad, Bertrand Delanoë, determinó que tanto candado era una amenaza potencial para la estructura del puente y mandó hacerlos desaparecer. Hay que decir que en el caso francés la medida no surtió efecto, dado que poco a poco, con el tiempo, los parisinos han vuelto a retomar la tradición y los candados vuelven a lucir en los muros del puente. Habrá que ver lo que ocurre en Roma, aunque aquí, tal vez más previsores que sus vecinos, ya han propuesto hoy mismo una solución alternativa a la del puente Milvio.

Imagino que cada lector tendrá formada una opinión sobre el particular. Es evidente que, si de lo que se trata es de la seguridad y de la viabilidad del puente, alguna medida deberá tomarse. Pero se me antoja que el señor Giacomini y las autoridades municipales romanas van a tener que librar una dura batalla para romper con una tradición que toca de lleno algo tan insondable como son las pasiones humanas. Bien que lo sabía Virgilio. Contra el amor no hay defensa posible: Omnia vincit amor, et nos cedamus amori “El amor lo conquista todo, cedamos también nosotros al amor” (Églogas X). ¿O no?

14 diciembre 2011 at 8:57 pm Deja un comentario


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