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La cabeza dorada que añade un giro inesperado a la historia de la antigua Roma

La escultura de una cabeza de caballo y otros hallazgos sugieren que los romanos tenían una relación sorprendente con las tribus de su frontera norte.

Es probable que esta cabeza de caballo dorada, que ahora se exhibe en Alemania, sea el fragmento de una estatua a tamaño real de un emperador romano esculpida en el año 1 d.C.

Foto: ARNE DEDERT, PICTURE-ALLIANCE/DPA/AP IMAGES

Fuente: Andrew Curry | National Geographic
22 de agosto de 2018

Tras casi una década de batallas legales, se ha revelado al público por primera vez un fragmento de una antigua escultura romana por valor de casi 1,7 millones de euros. El fragmento de 13 kilogramos es la cabeza de un caballo a tamaño real que data del año 1 d.C. La cabeza, hecha de bronce y bañada en oro, es mucho más que un ejemplo espectacular de arte romano.

La cabeza de caballo fue descubierta durante las excavaciones de un asentamiento romano llamado Waldgirmes, cerca de la actual Frankfurt, y añade un nuevo giro inesperado a la historia de Roma y las tribus germánicas.

Durante siglos, los historiadores estaban de acuerdo en que los romanos pretendían usar la fuerza para someter a las tribus germánicas y crear una nueva provincia al norte y al este del Rin. Tras una batalla catastrófica en el año 9 d.C. que costó 15.000 hombres al ejército romano, la conquista de Germania se canceló. Marcados por esta derrota —conocida como la batalla del bosque de Teutoburgo—, los romanos finalmente establecieron una red de fuertes que definió la frontera norte del mundo romano durante casi 300 años.

Pero la cabeza de caballo y otros hallazgos en Waldgirmes, excavado por la comisión romano-germánica del Instituto Arqueológico Alemán entre 1994 y 2009, son pruebas de que la fuerza bruta podría no haber sido la única parte del plan de Roma.

El asentamiento se extendía a lo largo de casi ocho hectáreas y contaba con una muralla defensiva, pero no con edificios militares. Su existencia demuestra que los romanos vivieron codo con codo y comerciaron con los «bárbaros» germánicos de forma pacífica durante años, justo hasta la derrota de Teutoburgo, según Gabriele Rasbach, investigador principal del Instituto Arqueológico Alemán.

La mayor parte de los edificios del asentamiento estaban hechos de madera y, basándose en los datos de los anillos de los árboles, los arqueólogos calculan que se construyó de cero a partir del año 4 a.C. Tras los muros de madera de tres metros de alto, Waldgirmes albergaba talleres de carpintería y alfarería, residencias de estilo romano e incluso restos de tuberías de plomo.

En el centro de la ciudad había un edificio administrativo de varios pisos y, frente a él, en un patio o un foro, los arqueólogos identificaron los pedestales de cuatro estatuas de jinetes a tamaño real. La cabeza de caballo bañada en oro formaba parte de una de estas estatuas, probablemente la que representaba a un emperador romano.

Los hallazgos de Waldgirmes fueron una sorpresa para arqueólogos e historiadores por igual.

«Darnos cuenta de que allí había edificios civiles fue toda una sorpresa», afirma Sebastian Sommer, arqueólogo de la Oficina del Estado de Baviera para Protección de Monumentos en Múnich que no participó en las excavaciones. «Waldgirmes muestra un enfoque exclusivamente civil, y quizá que los romanos se equivocaron sobre lo fácil que sería colonizar a estos pueblos».

¿Una estatua sacrificada?

Con sus brillantes estatuas y sus cañerías de plomo, Waldgirmes parece haber formado parte de una iniciativa para ganarse a las tribus germánicas en lugar de atacarlas.

«En el asentamiento hemos visto que su objetivo era ser un centro administrativo importante, quizá hasta una capital planificada», afirma Carsten Amrhein, arqueólogo y director del Fuerte Romano de Saalburg, un museo cerca de Frankfurt dedicado al pasado romano de la zona. «Los planes de los romanos de una nueva provincia fueron mucho más lejos de lo que creíamos».

Pocos años después de la batalla del bosque de Teutoburgo, la vida en la antigua localidad se detuvo. Pero, según Rasbach, no se observan señales de batallas ni matanzas. Quizá Waldgirmes fue evacuada de forma pacífica en el año 16 d.C., cuando se les ordenó a las fuerzas romanas que abandonasen el territorio que poseían al norte y al este del Rin.

Tras quedar abandonado, Rasbach explica que es probable que las tribus germánicas destrozaran deliberadamente las estatuas y las aprovecharan por su contenido en metales. Se descubrieron fragmentos de bronce —en total 160, la mayoría astillas diminutas— esparcidos por todo el asentamiento.

La cabeza de caballo es la única excepción. No muy lejos de los pedestales, los arqueólogos descubrieron un pozo de la época romana de más de nueve metros de profundidad. La cabeza se encontraba en el fondo, cubierta de pesadas piedras de molino, cubos de madera, asas de herramientas, un yugo de buey y otros desperdicios.

Rasbach señala que la cabeza de caballo no cayó al pozo por accidente. El metal era un bien demasiado preciado como para malgastarlo. En lugar de eso, es posible que tirasen la cabeza al pozo como parte de un ritual: las tribus del norte de Europa solían sacrificar caballos y arrojar sus cadáveres a pantanos o ríos. Quizá la cabeza de bronce formase parte de una ceremonia similar, y las piedras y el resto de desperdicios se arrojaron para sellar el sacrificio.

Aunque se excavó en 2009, la cabeza lleva almacenada durante casi una década, mientras una demanda del agricultor en cuya tierra se descubrió pasaba por los tribunales alemanes. La semana pasada, el estado alemán de Hesse acordó pagar al agricultor unos 688.800 euros para adquirir el fragmento. Forma parte de la exposición permanente del Fuerte Romano de Saalburg desde el domingo pasado.

Y si Waldgirmes formaba parte del plan romano para ganarse a los germanos a través del comercio y la cultura, podría no haber sido el único puesto avanzado colocado en los bosques.

«Tiene que haber más», afirma Rasbach. «Pero muchas veces los asentamientos modernos se construyen sobre antiguos asentamientos romanos. Con Waldgirmes tuvimos mucha suerte».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

 

23 agosto 2018 at 10:10 am 1 comentario

Esta deslumbrante cabeza de una estatua ecuestre romana fue hallada en Alemania

La cabeza, de unos 2.000 años de antigüedad, perteneció a una estatua ecuestre de bronce dorado que probablemente representaba al emperador Augusto; las autoridades alemanas deberán pagar 773.000 euros al propietario del terreno

Sensación arqueológica
La cabeza, de unos 2.000 años de antigüedad, preparada para ser expuesta de forma permanente en el museo del Fuerte Romano de Saalburg, cerca de Bad Homburg, en una fotografía del 17 de agosto de 2018. El hallazgo de la cabeza escultórica fue una sensación arqueológica en 2009, pero ha sido objeto de litigio durante varios años.

Foto: Arne Dedert / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

Fuente: Alec Forssmann  |  National Geographic
18 de agosto de 2018

La impresionante cabeza de caballo de bronce dorado del Imperio romano, hallada en 2009 en Waldgirmes, al norte de Frankfurt am Main (Alemania), ha sido exhaustivamente restaurada y, a partir del 19 de agosto, se mostrará al público de forma permanente en el Saalburgmuseum, el museo del Fuerte Romano de Saalburg, hoy un parque arqueológico, pero hace casi 2.000 años un asentamiento militar romano en la frontera entre el Imperio romano y los territorios germánicos tribales. La cabeza escultórica de caballo es de tamaño natural, de 55 centímetros de longitud, y perteneció a una estatua ecuestre de bronce dorado que probablemente representaba a un emperador (¿Augusto?). La pieza fue descubierta en 2009 por un equipo del Instituto Arqueológico Alemán (DAI) en un terreno de propiedad privada: un tribunal alemán recientemente obligó a las autoridades a pagar 773.000 euros al agricultor, es decir, la mitad del valor estimado de la pieza.

El hallazgo de la cabeza escultórica fue una sensación arqueológica, pero más importante aún ha sido la investigación del Instituto Arqueológico Alemán en el asentamiento romano de Lahnau-Waldgirmes, cerca de Wetzlar, pues «ha arrojado unos resultados sorprendentes y únicos«, informaba el DAI en un comunicado el pasado 8 de agosto. Los arqueólogos han encontrado los restos de un antiguo foro y estructuras de edificios residenciales romanos pero también nativos, unos vestigios que demuestran que los romanos convivieron con los bárbaros y comerciaron con ellos, tal y como afirmaron los historiadores Tácito y Dion Casio, y esa convivencia pacífica se interrumpió después de la catastrófica derrota romana en la batalla del bosque de Teutoburgo, en el año 9 d.C., aunque en el asentamiento romano de Waldgirmes «no hay signos de que se hubiera librado una batalla o perpetrado una matanza, sino que fue evacuado pacíficamente en el año 16 d.C., cuando las fuerzas romanas recibieron la orden de abandonar el territorio que tenían al norte y al este del Rin», explica Gabriele Rasbach, la principal investigadora del sitio arqueológico, en un artículo sobre el mismo tema publicado por Andrew Curry en la edición internacional de National Geographic.

Los vestigios demuestran que los romanos convivieron pacíficamente con los bárbaros

Una vez abandonado el sitio, continúa Rasbach, «las estatuas probablemente fueron destrozadas de forma deliberada y recicladas, por su contenido metálico, por las tribus germánicas, pues se han hallado 160 fragmentos de bronce, principalmente pequeñas esquirlas, diseminados por toda la antigua ciudad». De hecho, la cabeza equina, con su atuendo ricamente decorado, fue excavada en el interior de un pozo junto a otras piezas y desechos de la época: un gran barril cortado, piedras de molino, un yugo de buey… «El lado izquierdo de la cabeza está muy dañado; las huellas de los golpes que consiguieron destruir la estatua son claramente visibles», destaca el comunicado del DAI. La cabeza escultórica tenía valor metálico y si fue lanzada deliberadamente a un pozo puede que fuera como parte de un ritual. El público podrá contemplarla por primera vez a partir del domingo 19.

 

Cabeza restaurada
La restauradora Angelika Ulbrich posa junto a la imponente cabeza escultórica de Waldgirmes. El arnés del caballo está ricamente decorado con varias figuras contenidas en círculos: en los medallones laterales aparece el busto de la diosa Victoria y en el medallón ovalado central aparece la imagen de Marte, el dios de la guerra, descansando sobre una roca, entre otros elementos decorativos.

Foto: Arne Dedert / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

 

De tamaño natural
La cabeza escultórica de caballo es de tamaño natural, de 55 centímetros de longitud, y perteneció a una estatua ecuestre de bronce dorado.

Foto: Arne Dedert / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

 

18 agosto 2018 at 9:23 pm Deja un comentario

Los espléndidos objetos funerarios hallados en un sarcófago romano, en Alemania

El sarcófago, del siglo III d.C., contenía el esqueleto de una mujer adinerada a juzgar por sus pertenencias: un espejo de mano de plata maciza, objetos para aplicar cosméticos y frascos de fragancias, entre otras cosas

Sarcófago intacto
Excavación del sarcófago romano en Zülpich, al suroeste de Colonia y al oeste de Bonn, en Alemania.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

Fuente: Alec Forssmann National Geographic
31 de julio de 2018

El pesado sarcófago romano fue sellado con su pesada tapa de arenisca y permaneció enterrado y silencioso durante unos 1.800 años, desde el siglo III d.C., hasta que fue extraído el año pasado en Zülpich, al suroeste de Colonia y al oeste de Bonn, en Alemania, tras ser descubierto como consecuencia de la expansión de un polígono industrial por parte de la corporación pública Erftverband, que se ocupa de la gestión del agua. Dieciocho siglos, eso es lo que duró el descanso fúnebre del difunto; sus restos funerarios han sido manipulados, pero por el bien de la ciencia: para saber lo que somos primero tenemos que entender lo que fuimos. Y los espléndidos objetos funerarios hallados junto a los restos mortales de una mujer, probablemente una aristócrata, son un reflejo del pasado grecorromano y mediterráneo de Europa. Por ejemplo, uno de los objetos hallados en el interior del sarcófago, completamente excepcional: una navaja plegable cuyo mango de madera fue tallado con la imagen de un Hércules fatigado apoyado en su bastón.

«No conozco una pieza similar, es una pequeña obra de arte que recuerda a una estatua colosal del semidiós Hércules Farnesio, que fue creada en Grecia en el siglo IV a.C. y cuya copia alcanzó gran popularidad en época romana», explica Susanne Willer, consultora sobre arqueología romana provincial en el LVR-LandesMuseum Bonn, a National Geographic España.

El LVR-LandesMuseum Bonn, el museo de historia cultural de la región de Renania, presentó ayer los objetos funerarios ya restaurados del sarcófago romano de Zülpich, «el primer sarcófago romano descubierto en Renania, fuera de Colonia, en más de diez años», asegura el museo en un comunicado. El sarcófago ha sido excavado cerca de una antigua villa rústica romana ya conocida, junto a la actual carretera B265, que pasa por Zülpich y que sigue el recorrido de una de las vías más importantes de la antigua provincia romana de la Germania Inferior: la Vía Agrippa, que permitía ir desde Colonia (Colonia Claudia Ara Agrippinensium) hasta el mar Mediterráneo, en el sur de Francia. «En las inmediaciones del sarcófago se han encontrado dos tumbas más«, señala Willer.

«En las inmediaciones se han encontrado dos tumbas más», señala Susanne Willer

El sarcófago conservaba el esqueleto de una mujer rica, de unos 25-30 años de edad, y sus bienes preciados: un plato de vidrio con mango que se usaba en ceremonias y ritos religiosos; un pequeño espejo de mano de plata maciza cuya pieza de agarre tiene la forma de dos dedos; una paleta de pizarra para el maquillaje y una espátula para aplicar cosméticos o ungüentos; tres frascos de vidrio que contenían ungüentos y fragancias; otro frasco de vidrio con la leyenda utere felix (úsalo con felicidad); un pequeño recipiente esférico de bronce para el aceite; anillos de azabache y plata, un collar de cuentas de azabache, dos colgantes del mismo material, agujas de hueso y otras piezas.

 

Traslado al museo
El sarcófago romano durante su traslado al LVR-LandesMuseum Bonn.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Momento de la apertura
El sarcófago, una vez abierto, contenía los restos de una mujer y sus bienes preciados.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Objeto excepcional
Una navaja plegable cuyo mango de madera fue tallado con la imagen de un Hércules fatigado apoyado en su bastón.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Espejo de plata
Pequeño espejo de mano de plata maciza cuya pieza de agarre tiene la forma de dos dedos.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Para el aceite
Recipiente esférico de bronce que contenía aceite.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Frascos de vidrio… vacíos
Tres frascos de vidrio que contenían ungüentos y fragancias. «Por desgracia, el contenido ya no se conserva», explica Susanne Willer a National Geographic España.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Plato de vidrio con mango
Plato de vidrio de poco fondo, con mango y decoraciones en azul y en blanco.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Negro azabache
Collar y colgantes de azabache.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

¡Úsame con felicidad!
Frasco de vidrio con la leyenda utere felix (úsalo con felicidad).

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Varios anillos
Anillos de azabache y plata.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Para el maquillaje
Paleta de pizarra y espátula para el maquillaje.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

Así eran las horquillas para el pelo
Horquillas (con remates de oro) y aguja de coser.

Foto: J. Vogel, LVR-LandesMuseum Bonn

 

2 agosto 2018 at 7:28 pm Deja un comentario

Descubren la biblioteca más antigua de la historia de Alemania

Los restos arqueológicos romanos contienen nichos que se utilizaban para guardar pergaminos

Los cimientos de la biblioteca más antigua de Alemania, – Römisch-Germanisches Museum der Stadt Köln

Fuente: ABC Cultura
31 de julio de 2018

Las excavaciones previas a la construcción de una iglesia protestante en el centro de Colonia (Alemania), han desenterrado los cimientos de un antiguo edificio romano que probablemente se trate de la biblioteca alemana más antigua de la historia, según informa «The Art Newspaper».

Los arqueólogos a cargo de la excavación han declarado que las paredes del edificio son similares a otras bibliotecas del Imperio Romano. Dirk Schmitz, el jefe de las autoridades arqueológicas de Colonia, ha comunicado que «los nichos en el interior de las paredes han permanecido intactos y casi con total seguridad se usaron para guardar pergaminos».

Los restos de la biblioteca se remontar a los años 150 y 200 d.C. y, como solía darse en el resto de ciudades romanas, se localiza cerca del antiguo foro. Comunican con un pequeño anexo que probablemente estaba dedicado a la diosa romana Minerva.

La parroquia esperará a que cesen las excavaciones para continuar con las obras de contrucción del parking subterráneo, a la vez que ha prometido asegurar el acceso público a los restos.

Colonia es la única metrópoli alemana con una historia que se remonta 2.000 años atrás, ya que era la capital de la provincia romana de Germania Inferior y una sede militar regional.

Otro hallazgo reciente importante, descubierto durante los trabajos de construcción en la red ferroviaria subterránea, ha sido el de los tablones de roble de casi 2.000 años de antigüedad que formaban parte del muro del puerto de la época romana.

 

31 julio 2018 at 4:41 pm Deja un comentario

Descubierto un bloque de piedra de época romana en el centro de Maguncia (Alemania)

El bloque de piedra, ricamente decorado con relieves, sugiere la antigua presencia de un una estructura monumental, mucho más grande que el templo de Isis, hallado en el 2000

Bloque de piedra romano. Bloque de piedra de época romana, del siglo I d.C., fotografiado sobre un palé el pasado 13 de diciembre de 2017. El bloque de piedra está ricamente decorado con relieves, entre ellos una vasija y (la cola de) una serpiente. Los trabajos de construcción y resturación en el Deutschhaus de Mainz, la sede del Parlamento Regional de Renania-Palatinado, han sacado a la luz una moneda romana de oro y restos de cerámica, entre otras cosas. Foto: Andreas Arnold / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

Fuente: ALEC FORSSMANN NATIONAL GEOGRAPHIC
14 de diciembre de 2017

Un imponente bloque de piedra de época romana, del siglo I d.C., ricamente decorado con relieves, entre ellos una vasija y la cola de una serpiente, ha aparecido durante unos trabajos de construcción y restauración en el Deutschhaus de Mainz (Maguncia), la sede del Parlamento Regional de Renania-Palatinado, en Alemania, según informaron ayer la Agencia Alemana de Prensa (dpa) y medios nacionales. También se han descubierto otras piezas de valor como una moneda romana de oro, restos de cerámica e incluso un dado medieval.

La pieza formó parte de la esquina de un gran edificio del siglo I d.C.

Los arqueólogos del estado federado de Renania-Palatinado creen que una piedra de semejante tamaño, y de aproximadamente una tonelada de peso, sugiere la antigua presencia de un una estructura monumental, mucho más grande que el templo de Isis, cuyas ruinas fueron descubiertas en el año 2000 en el centro de Mainz, la antigua Mogontiacum romana. El bloque de piedra formó parte de la esquina de un gran edificio cuya calidad escultórica parece evidente; pudo formar parte de una estructura sagrada como un altar o una tumba.

 

15 diciembre 2017 at 12:15 am Deja un comentario

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Kalkriese  |  EL PAÍS
16 de julio de 2017

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.

El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.

Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.

Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.

Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.

Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.

Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

 

16 julio 2017 at 9:34 am Deja un comentario

Hallazgo de 200 denarios en el escenario de la batalla del bosque de Teutoburgo

El Museo y Parque Kalkriese explica en un comunicado que se trata de la mayor acumulación de monedas romanas que se ha descubierto en el antiguo campo de batalla, situado en el norte de Alemania

Denarios de la época de Augusto. Denarios del reinado de Augusto descubiertos en Kalkriese, en el norte de Alemania. Foto: Friso Gentsch / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

Fuente: ALEC FORSSMANN  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
12 de abril de 2017

Un espléndido tesoro formado por más de 200 monedas romanas de plata ha sido hallado por un equipo arqueológico en Kalkriese, en el norte de Alemania, en el escenario de la batalla del bosque de Teutoburgo, entre el ejército romano de Publio Quintilio Varo y una alianza de pueblos germanos dirigida por Arminio. El Museo y Parque Kalkriese explica en un comunicado que se trata de la mayor acumulación de monedas romanas que se ha descubierto en el antiguo campo de batalla. En 1987, Tony Clunn, un arqueólogo aficionado británico, descubrió 170 monedas de plata y más recientemente, el año pasado, se recuperaron ocho monedas de oro.

Los denarios, fechados entre finales de la República romana y comienzos o mediados del reinado de Augusto, se encontraban depositados en un mismo lugar, por lo que cabe imaginar que fueron enterrados a la vez. «Una vez más queda demostrada la importancia del lugar, después del hallazgo de monedas de oro realizado el año pasado. Aquí ocurrió, sin duda, un gran acontecimiento«, explica Joseph Rottmann, director del Museo y Parque Kalkriese. «¿El tesoro fue enterrado de forma premeditada o rápidamente por un legionario que quería esconder sus ahorros? ¿Formaba parte del caudal de las tropas? Unos 200 denarios era lo que cobraba aproximadamente un simple legionario al año. Aún quedan muchas cuestiones por resolver…», expresa el arqueólogo Marc Rappe.

Monedas romanas. Las monedas romanas comparadas con una moneda actual de un euro. Foto: Friso Gentsch / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

 

Denario del reinado de Augusto. Un denario del reinado de Augusto y otras monedas romanas. Foto: Friso Gentsch / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

 

Tesoro romano. Los denarios, fechados entre finales de la República romana y comienzos o mediados del reinado de Augusto, se encontraban depositados en un mismo lugar, por lo que cabe imaginar que fueron enterrados a la vez. Foto: Friso Gentsch / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

12 abril 2017 at 7:01 pm Deja un comentario

Misterio y polémica detrás del vino milenario encontrado en una tumba romana

La botella Espira, que se produjo entre los años 325 y 359, fue hallada durante una excavación donde yacía un noble romano. Su contenido aún hoy desvela a la ciencia. La controversia: ¿abrirlo o no?

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El vino Espira es el más añejo del mundo

Fuente: Infobae
7 de febrero de 2017

El vino con los años mejora. A medida que pasa el tiempo -más si se habla de siglos- el vino abandona su condición de bebida para transformarse en reliquia. Pese a que no esté del todo confirmado el saber popular de la antigüedad y mucho menos la cantidad de años ideal para que tome el punto justo, hay una botella en Alemania que causa fascinación.

Según los estudios arqueológicos, el primer registro disponible de producción de vino se encuentra en varios sitios de Georgia, donde su fabricación data de 6.000 antes de Cristo. Ninguno de esos ejemplares persiste en la actualidad. En cambio, el vino más añejo disponible en el planeta es uno hallado en la ciudad alemana de Espira.

La botella lleva el mismo nombre de la ciudad pese a que también se la conoce como Römerwein. En 1867 se encontró el ejemplar en medio de una excavación en una tumba romana ubicada en la región Renania-Palatinado de Alemania. Más precisamente en Espira, la ciudad más antigua de la región.

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La botella tiene más de 1600 años

Antes de la excavación se sospechaba que allí había sido enterrado un noble romano. Lo que no se sabía es que, además, había un cuerpo de una mujer y, mucho menos, que junto a ellos habían sido ubicadas múltiples botellas de vino. De todas ella, solo una resistió el paso del tiempo.

Desde entonces, la Espira atrajo la atención de historiadores e investigadores y alcanzó el estatus de la botella de vino más añeja del mundo. Su procedencia data de entre 325 y 359; más de mil años de antigüedad. La botella de vidrio resistente, que contiene 1,5 litros de vino, se encuentra resguardada en el Museo Histórico del Palatinado en Espira.

El contenido del vino es un misterio y objeto de variadas especulaciones. Algunos análisis sugieren que la mayor parte del agregado de etanol se perdió, pero que aún persiste una pequeña dosis de alcohol etílico en la botella. Según los historiadores, el vino que se produjo se diluyó con una mezcla de varias hierbas.

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El Espira causa fascinación en la comunidad científica

Las botellas de vino se conservaron a partir de una espesa mezcla de aceite de oliva, que se utilizó junto a un sello de cera gruesa para cerrar herméticamente la botella. De ese modo, la protegieron en forma eficaz de la probable influencia exterior.

Los científicos intentaron durante mucho tiempo obtener permiso para analizar en forma pormenorizada el contenido de la botella. Sin embargo, a partir de 2011, la botella permanece sin abrir ya que la interacción del líquido con el ambiente podría dañar su contenido. Por lo tanto, más allá de la curiosidad e insistencia de la ciencia, ningún análisis detallado es posible en este momento.

 

8 febrero 2017 at 2:54 pm Deja un comentario

Hallan 8 áureos de la batalla del bosque de Teutoburgo

Un magnífico tesoro romano se extravió durante la sangrienta emboscada en el bosque de Teutoburgo, en el norte de Alemania

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Los ocho áureos o monedas romanas de oro halladas recientemente en Kalkriese, en el norte de Alemania. Foto: Hermann Pentermann / Varusschlacht im Osnabrücker Land

Fuente: Alec Forssmann  |  NATIONAL GEOGRAPHIC
5 de julio de 2016

A finales del verano del año 9 d.C., el militar romano Publio Quintilio Varo perdió la vida y tres legiones formadas por miles de hombres durante una sangrienta emboscada en el bosque de Teutoburgo, en el norte de Alemania. El intento de los romanos de someter a las tribus germánicas culminó con la catastrófica derrota de los primeros y la victoria de los indomables y belicosos pueblos germanos, dirigidos por Arminio, el hijo de un jefe querusco. La batalla del bosque de Teutoburgo es uno de los conflictos más decisivos de la historia porque propició el inicio de la caída de Roma. Arminio está considerado un héroe del nacionalismo alemán y prueba de ello es el monumento en su honor que se erige al sur del llamado Bosque de Teutoburgo.

La victoria germánica en la batalla del bosque de Teutoburgo propició el inicio de la caída de Roma

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Anverso y reverso de las monedas: Augusto y sus nietos Lucio y Cayo respectivamente. Foto: Friso Gentsch / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

Durante siglos se ha especulado sobre la ubicación exacta de la batalla de Teutoburgo. Ocho monedas romanas de oro halladas recientemente se suman a otros rastros arqueológicos de finales de los años ochenta y confirman el lugar de la batalla en Kalkriese, al norte de Osnabrück, según informa la Universidad de Osnabrück en un comunicado. «Las monedas han sido excavadas un poco afuera del centro del campo de batalla, al borde de una ciénaga, pero datan de la época de Varo y están relacionadas con la batalla del bosque de Teutoburgo«, explica Salvatore Ortisi, el director científico de las excavaciones, a National Geographic. «Alguien pudo haber escondido o perdido el oro durante la huida», añade. En el anverso de los ocho áureos aparece representado el emperador Augusto y en el reverso aparecen Lucio y su hermano Cayo, los nietos de Augusto, cada uno portando una lanza, un lituus o bastón ritual y un escudo. Estos símbolos aluden a las funciones militares y religiosas de ambos príncipes, adoptados como sucesores por Augusto. El valor del tesoro equivalía a la manutención anual de una familia romana.

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Réplicas de estandartes romanos situados junto al museo de la batalla del bosque de Teutoburgo, en Kalkriese. Foto: Joerg Sarbach / AP Photo / Gtres

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En el anverso de los ocho áureos aparece representado el emperador Augusto y en el reverso aparecen Lucio y su hermano Cayo, los nietos de Augusto, cada uno portando una lanza, un lituus o bastón ritual y un escudo. Foto: Hermann Pentermann / Varusschlacht im Osnabrücker Land

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Niebla en el Bosque de Teutoburgo. Foto: Caroline Seidel / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

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Monumento en honor a Arminio, conocido como Hermannsdenkmal. Foto: Thomas Eisenhuth / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

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Hermann o Arminio, el hijo de un jefe querusco, dirigió a una alianza de pueblos germanos. Foto: Thomas Eisenhuth / picture-alliance / dpa / AP Images / Gtres

7 julio 2016 at 1:44 pm 1 comentario

Arqueólogos alemanes encuentran el campamento de Varo en Germania

El reciente hallazgo arqueológico de un campamento romano en Baja Sajonia ayuda a redibujar el mapa de la historia romana de Alemania.

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Los arqueólogos de la Universidad de Osnabrück que están realizando las excavaciones / ABC

Fuente: ROSALÍA SÁNCHEZ > Berlín  |  ABC    21/10/2015

Si los alemanes beben cerveza en lugar de vino, aliñan con mantequilla y no con aceite de oliva, o siguen hablando una lengua endiabladamente hostil a los herederos del latín es porque nunca fueron romanizados. Y se lo deben a Arminio, un líder germano que contuvo a las legiones e impidió la creación de una provincia romana en la margen derecha del Rin. La gesta de Arminio, sin embargo, se ha mantenido a lo largo de los siglos en la niebla del mito nacional germánico, puesto que el único testimonio arqueológico de su victoria era una piedra funeraria con el nombre del centurión Marcus Caelius y una inscripción que documenta que murió en la Batalla de Varus. Ahora, el reciente hallazgo arqueológico de un campamento romano en Baja Sajonia arroja una primera luz científica sobre la leyenda y ayuda a redibujar el mapa de la historia romana de Alemania.

Se trata de un campamento romano de tiempos de Cristo en lo que hoy es Wilkenburg, al sur de Hannover, en el que según los primeros indicios llegaron a concentrarse al menos durante unos cuantos días unos 20.000 soldados romanos fuertemente armados, lo que equivale a tres legiones y a una décima parte del total de las tropas del imperio. Es el primero de su tipo hallado en el norte de Alemania y concretamente estuvo ocupado, según las primeras mediciones, entre el año 12 a.C. y el 9 d.C.. Desde él parten además, en varias direcciones, rutas de 20 kilómetros en las que se encuentran otros pequeños campamentos auxiliares. Junto a restos de sandalias romanas, pinzas y fíbulas, en total varios cientos de objetos y restos, han sido halladas monedas de la época del emperador Augusto. Hay denarios romanos acuñados en Lyon y otras monedas de origen celta. Su pormenorizado estudio aportará precisión al descubrimiento, mientras el trabajo de campo ha cumplido ya sus primeros objetivos.

Fueron unas imágenes aéreas lo que llamó la atención de los arqueólogos estatales del Land de Baja Sajonia y comenzaron las excavaciones en un área de 500 por 600 metros. Harald Nagel, afanado en el repaso con detectores de metales de unas 30 hectáreas de terreno, se muestra prudente en su valoración del hallazgo. «Los estudios de las monedas están todavía en su fase preliminar y es pronto para sacar conclusiones», dice, pero reconoce que «el yacimiento demuestra que Hannover y sus alrededores fueron un punto de importancia histórica y estratégica muy superior a lo que se estimaba hasta ahora».

Al igual que las legiones de Varus, los trabajos arqueológicos han de vérselas con constantes y copiosas lluvias que convierten las trincheras de excavación en auténticos barrizales cada dos por tres. «Tácito ya describió sobre la batalla de Varus que llovían perros y gatos», recuerda el arqueólogo Hening Hassmann, que destaca el cruce de rutas norte-sur y este-oeste que fue elegido para instalar a las tropas romanas.

En efecto, en 1515, el humanista Ullrich von Hutten descubrió en el primer libro de los Anales de Tácito una referencia a «Arminius», de quien el historiador romano decía que había infligido una derrota a Roma cuando el imperio estaba en todo su esplendor. Tácito calificaba a Arminius como el verdadero liberador de Germania. Ullrich von Hutten tomó las lacónicas apreciaciones de Tácito sobre Arminius y publicó en 1529 un diálogo póstumo titulado «Arminius», que cultivaron los los protestantes para subrayar la independencia no ya ante la Roma imperial sino ante la iglesia romana.

Hay consenso entre los historiadores sobre que Arminio, un germano que había formado parte del ejército romano y en quien Varus confiaba, formó una alianza entre varias tribus bárbaras y le tendió una trampa a Varus para hacerse con el control de la región. Las legiones romanas sucumbieron a una emboscada que terminó en carnicería. El actual hallazgo, por su importancia y dimensiones, apunta por ahora solamente a dos posibles lecturas: o bien el mismo Tiberio subió más al norte de lo que se había pensado hasta ahora, o fue Varus el que llegó hasta Hannover para allí morir y poner fin a la expansión romana en Germania.

21 octubre 2015 at 4:07 pm Deja un comentario


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