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Cómo era el primer submarino que describió Aristóteles hace 2.300 años y los que vinieron después

El lugar más misterioso e inexplorado de nuestro planeta es la profundidad de los océanos

Debajo de la superficie de un océano lleno de peces, Alejandro Magno está sentado en una batisfera, un tipo de artilugio de buceo, frunciendo el ceño mientras levanta los ojos hacia la pareja de arriba. Sentada en un bote, la amante de Alejandro y su nuevo pretendiente se miran el uno al otro y se toman de la mano. THE J. PAUL GETTY MUSEUM

Fuente: BBC Mundo
5 de mayo de 2018

A través de la historia, el ser humano ha sentido el impulso de conocer lo que contienen esas aguas con hábitats y vidas fascinantes, tan diferentes a las que existen en la superficie terrestre.

La dificultad de poder sobrevivir dentro del agua sin algún artefacto de apoyo sólo incrementó el misterio y, por ende, la curiosidad.

Sin embargo, eso no frenó la imaginación, los diseños y la eventual audacia para poner a prueba los primeros mecanismos sumergibles que terminaron evolucionando en los sofisticados submarinos que conocemos hoy en día.

Estas fueron algunas de las ideas y a aparatos que se pusieron a prueba en la antigüedad.

La batisfera

La primera mención de un aparato sumergible la hizo el filósofo Aristóteles en el siglo IV a. de C. al aludir a un supuesto evento en el que participó su más destacado pupilo, Alejandro Magno.

La historia de la aventura submarina de Alejandro fue elaborada en gran medida durante el curso de la Edad Media, especialmente en la literatura vernácula alemana.

Una versión relataba que Alejandro tenía curiosidad por explorar el océano. Se sumergió en el agua en una campana de vidrio y se llevó consigo tres criaturas: un perro, un gato y un gallo.

El que fue rey de Macedonia, Hegemón de Grecia, Faraón de Egipto y rey de Media y Persia confió a su amante más leal el cuidado de la cadena con la que se sacaba la campana a la superficie.

Pero su amante tenía un amante que la persuadió de que se fugase con él y arrojó la cadena al mar. Con la cadena inútilmente enroscada en el fondo del océano, Alejandro tuvo que idear su propio escape.

En el Medioevo se mitificó la exploración de Alejandro Magno en su barril de vidrio. Nótense las lámparas encendidas que hubieran consumido el oxígeno del barril en pocos segundos. GETTY IMAGES

El barril de vidrio

Otra leyenda cuenta que, durante el sitio de Tiro, el gran general griego construyó un barril completamente hecho de vidrio, en el cual podría sumergirse por algún tiempo y regresar a la superficie completamente seco.

Los hechos son un poco oscuros, pues provienen de versos apócrifos e ilustraciones antiguas, pero la idea de un recipiente invertido o campana que atrapara el aire debajo del agua y permitiera la exploración del lecho marino por su ocupante hasta que se acabara el oxígeno, fue un factor coyuntural en la tecnología naval.

Este sistema de campana sumergible ha sido utilizado durante siglos por pescadores de esponjas en el mar Egeo.

Su diseño fue mejorado a través del tiempo cuando se reconoció su utilidad en la recuperación de naufragios y tesoros perdidos en el fondo del mar.

En 1531, el inventor italiano Guglielmo de Lorena ideó una nueva aplicación a la campana sumergible al añadirle amarras para sujetarla a su cuerpo y poder desplazarse por el lecho marino para recolectar el tesoro de barcos romanos hundidos.

La visión de Leonardo

El potencial militar de una nave sumergible también impulsó la creatividad durante el Medioevo y el Renacimiento.

El mismo Leonardo Da Vinci, precursor de los aparatos voladores y tanques de guerra, dibujó a principios del siglo XVI una embarcación de doble casco semisumergible.

Los dibujos de Leonardo Da Vinci se anticiparon a muchas futuras invenciones, como este aparato volador que diseñó. GETTY IMAGES

Aunque algunos se han referido a este como el “submarino de Leonardo”, se trataba de un armazón con espacio suficiente para acomodar una persona sentada en su interior.

En la parte superior tenía una torre de mando sellada con una tapa, que se anticipó al diseño de los submarinos modernos.

Primeros prototipos

Quizás el primer prototipo de lo que podría considerarse un submarino de verdad fue diseñado por el oficial naval británico William Bourne, en 1578.

En realidad se trataba de un barco completamente cerrado y sellado con piel impermeable que podía sumergirse utilizando una palanca operada manualmente, pero no tenía espacio para una tripulación.

La idea de Bourne nunca pasó de los planos, pero su diseño inspiró a otros que lo siguieron para aventurarse a construir un vehículo sumergible.

En 1605, el alemán Magnus Pegelius basó en el prototipo de Bourne la primera construcción de un sumergible que podía navegar bajo el agua.

Pero su diseño no tomó en cuenta la tenacidad del lodo bajo el agua y terminó estancado en su primera prueba.

Sin embargo, Cornelius Drebbel, un médico holandés que servía en la corte de Jaime I de Inglaterra, pudo diseñar y construir lo que se considera el primer submarino exitoso, en 1621.

Esta reconstrucción para un programa de televisión del submarino con remos de Cornelius Drebbel fue probada -con éxito- en el Támesis. (Foto cortesía de http://www.geograph.org.uk) COLIN SMITH CREATIVE COMMONS LICENCE

La nave de Drebbel se parecía a las de Bourne y Pegelius, pues consistía de un casco exterior de cuero engrasado, templado sobre una estructura de madera.

Remos que salían por agujeros impermeables le daban propulsión, tanto en la superficie como cuando se sumergía. Se piensa que incorporaba flotadores con tubos que permitían la entrada del aire para los remeros.

Varias demostraciones se hicieron en el río Támesis, a profundidades de entre tres y cinco metros, y pudo mantenerse bajo el agua por cerca de tres horas.

No se sabe cómo era realmente este submarino y según algunos recuentos pudo haber sido una campana arrastrada por un barco.

Se dice que el rey hizo un breve viaje a bordo del aparato para demostrar su seguridad. Pero, a pesar del entusiasmo real, la nave no logró generar mucho interés en el momento.

El submarino de 12 remos que maravilló a los que lo vieron, y hasta a los que no lo vieron, en el Támesis, pintado por G.H. Tweedale. ROYAL SUBMARINE MUSEUM GOSPORT UK

A pesar de que, por el resto del siglo XVII hubo varias propuestas más, la idea de una nave que pudiera navegar independientemente por debajo de la superficie del agua por un buen trecho y largo tiempo se consideró imposible y sin uso práctico.

Uno de los problemas principales era la falta de entendimiento sobre los principios físicos y mecánicos del desplazamiento subacuático.

La presión del agua incrementa a medida que el vehículo se sumerge a razón de una atmósfera por cada 10 metros de profundidad.

Esto implicaba el uso de materiales más resistentes y pesados lo que, a su vez, creaba problemas de estabilidad por falta de lastre y de propulsión.

Arma de guerra

No fue hasta 1775, que el inventor estadounidense David Bushnell construyó el Turtle (Tortuga). Se ganó ese nombre porque fue construido uniendo dos casquetes que tenían la forma de un caparazón de tortuga.

Este modelo del Turtle o Tortuga en el Museo de la Real Marina Británica muestra la razón del nombre que se le dio al submarino. CREATIVE COMMONS

 

Este es el diagrama del submarino de David Bushnell de 1775. WIKIMEDIA COMMONS

Era una embarcación submarina para un solo tripulante, utilizada durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos para hundir barcos británicos.

Su propulsión era con pedales de pies y de manos y tenía una especie de tirabuzón o tornillo con punta que le permitiría abrir un hoyo en el casco del barco enemigo para colocar la dinamita que explotaría con un mecanismo de tiempo.

La nave, como sumergible, funcionó, pero su primer uso en la historia como arma ofensiva fue un fracaso. El tornillo no logró perforar el caso del buque enemigo y el piloto se dio por vencido. Soltó la carga explosiva en el agua y, cuando detonó, no hizo mella.

Esto no desilusionó a las siguientes generaciones que con sus diseños a través de dos siglos produjeron los enormes y potentes submarinos atómicos de uso militar y los supersofisticados minisubmarinos de control remoto de uso científico y comercial.

 

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6 mayo 2018 at 6:48 pm Deja un comentario

El extraño sistema político de Esparta: dos «reyes» con sangre de Hércules para gobernar a la vez

Los diarcas no se repartían el poder, sino que ambos ostentaban las mismas responsabilidades. Los dos reyes eran sacerdotes de Zeus, ambos eran jefes militares permanentes y en un principio podían salir de campaña juntos o por separado

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
12 de enero de 2018

La monarquía espartana es uno de los escasos y extraños casos de diarquía en la antigüedad, esto es, un sistema en la que reinan a la vez dos personas, representantes de dos dinastías distintas. Un concepto que también aparece en Cartago e incluso en Roma, cuya herencia más evidente estuvo en los cónsules republicanos que gobernaban a la vez. Precisamente la batalla de Cannas (216 a. C), el mayor desastre militar de la historia romana, demostró las desventajas de tener el poder absoluto dividido entre dos personas. Eso sin mencionar lo irresistible que es para los que quieren medrar y conjurar en la Corte poder bascular entre dos bandos.

Como explica Nic Fields en su libro «La leyenda de los 300: Termópilas» (Osprey Ediciones), lo más peculiar del sistema político espartano estaba en su monarquía dual, con dos familias reales al frente del país. Los agíadas y los euripóntidas compartían antepasados comunes y cada uno tenía su propio rey, tal vez como remanente de dos tribus que se unieron y decidieron compartir el poder en otro tiempo. No obstante, la mitología griega relata que los dos primeros diarcos fueron Proeles y Euristenes, hijos gemelos del Rey Aristodemo, descendiente de Hércules, que reinaron juntos en Esparta ante la imposibilidad de distinguir quién era el mayor.

Leónidas I fue el 17.º rey agíada de Esparta.

Los diarcas no se repartían el poder, sino que ambos ostentaban las mismas responsabilidades. Los dos reyes eran sacerdotes de Zeus, ambos eran jefes militares permanentes y en un principio podían salir de campaña juntos o por separado, lo cual cambió por los problemas generados sobre el terreno. Con el tiempo se prohibió que los dos reyes dirigiesen a la vez al Ejército, de modo que uno se quedaría en la ciudad, mientras el otro salía en campaña militar.

Aristóteles definió así esta diarquía como un generalato hereditario y vitalicio. Pero que fuera hereditario no hacía de este sistema una monarquía en sí. El poder real descansaba realmente en una asamblea de guerreros, «apella», y en un consejo de ancianos, «gerousia», formado por los dos reyes y otros 28 miembros elegidos entre los espartanos de más de 60 años. En este sentido, estos dos órganos tenían capacidad para deponer o mandar al exilio a los reyes, si bien los diarcas espartanos se encargaron de mantener bajo su control ambas asambleas aprovechando sus victorias militares para aumentar poder. El frágil equilibrio entre las instituciones regulada por la Retra (le Ley suprema espartana) fue el demoninador común de este reino griego.

La diarquía más allá de Esparta

Otras potencias antiguas también emplearon fórmulas parecidas a la espartana, entre ellas Cartago, algunas tribus de Dacia y Germania) y la propia Roma. En los inciertos primeros años de la fundación de la ciudad, se estableció una diarquía entre el mítico Rómulo y Tito Tacio, instaurada tras la guerra de Roma con los sabinos. Esta monarquía dual se prolongó hasta el momento en el que Tacio fue muerto por una familia enemiga y Rómulo no intervino ni en su defensa ni para vengar a su compañero. Con la instauración de la República Romana, la diarquía pervivió en parte a través del sistema de dos cónsules que se alternaban a la cabeza del gobierno y del ejército. Una fórmula que a nivel militar resultó desastrosa a cuenta de que a veces los cónsules les preocupaba más destacarse frente a sus compañeros de gobierno, normalmente rivales políticos, que colaborar con ellos en pos de la Res publica.

El ejemplo de diarquía más conocido y cercana hoy es el del Principado de Andorra, cuyos gobernantes son el Presidente de Francia y el Obispo de Urgell. Un coprincipado vigente desde 1278, cuando se firmó el «Pariatge» entre el Obispo de Urgel y el Conde de Foix. Caso parecido al de la República de San Marino, gobernada en forma colegiada por dos Capitanes Regentes y el Reino de Swazilandia, cuyas cabezas de Estado son el Rey y su madre.

 

12 enero 2018 at 8:33 pm Deja un comentario

Vivir sin impuestos: La lección de la Antigua Grecia al mundo moderno

Los impuestos no eran obligatorios pero aún así los ricos siempre daban más de lo esperado, todo por el honor y la gloria

Fuente: Dominic Frisby  |  EL MUNDO
10 de julio de 2017

Imaginemos un impuesto progresivo o, en otras palabras, un impuesto que recae sobre aquellos que pueden pagar más. Que tiene como resultado que los ricos pagan de manera voluntaria más de lo que están obligados a pagar en lugar de intentar escaquearse. Un impuesto cuyo destino lo decide quien paga. Un impuesto que conlleva poca burocracia. Tenemos muchas cosas que agradecer a los antiguos griegos: las matemáticas, la ciencia, el teatro, la filosofía…Y a esto habría que añadir su sistema impositivo, o, más bien, la falta del mismo.

Los griegos situaron los impuestos en el terreno de la ética: la libertad o el despotismo de una sociedad se podía medir por su sistema impositivo. Deberíamos admirarlos no tanto por su manera de recaudar impuestos, sino por cómo no lo hacían. La renta no se gravaba. Las tasas no eran la manera en que los más pudientes compartían su riqueza con el pueblo. En su lugar, existía una alternativa voluntaria para hacerlo: la liturgia.

La palabra liturgia, del griego leitourgia, significa servicio público o el trabajo de la gente. La idea de la beneficencia estaba profundamente arraigada en la psicología de los griegos, lo cual tenía sus orígenes en la mitología. El titán Prometeo creó la Humanidad y fue su mayor benefactor, regalándole el fuego que había robado del monte Olimpo. La diosa Atenea dio a los ciudadanos el olivo, símbolo de la paz y la prosperidad, y de ahí viene el nombre de la ciudad de Atenas.

El filósofo Aristóteles desarrolló este tema. Su hombre magnífico donaba enormes sumas a la comunidad. Pero las personas pobres nunca podían llegar a ser magníficas porque no disponían de los recursos financieros para ello. En El arte de la retórica, Aristóteles planteaba que la verdadera riqueza consistía en hacer el bien, en dar dinero y regalos, en ayudar a la existencia de los otros. El físico Hipócrates, fundador de la medicina, también creía en la responsabilidad social: «Ofreced vuestros servicios de vez en cuando a cambio de nada, recordando un acto previo de beneficencia o una satisfacción presente. Y si existe la oportunidad de servir a un desconocido en apuros económicos, ofrecedle una asistencia completa», recomendaba a los doctores.

Puede que la ciudad necesitara algún tipo de mejora en su infraestructura, como por ejemplo un puente nuevo. O que hubiera una guerra en ciernes para la que urgía financiación. Quizás se hacía necesaria algún tipo de festividad. Entonces se apelaba a los ricos. No sólo se esperaba de ellos que pagaran el evento, sino también que lo llevaran a cabo: supervisarlo era su responsabilidad.

La idea subyacente era que los más acaudalados asumieran los gastos de la ciudad, dado que disfrutaban de una parte desproporcionadamente grande de la riqueza de la comunidad. Ni la ley ni la burocracia obligaba a tales contribuciones, sino la tradición y sentimiento público. La motivación de los liturgos era la beneficencia, un sentido del deber público y, sobre todo, la recompensa en forma de honor y prestigio. Si un encargo era llevado a cabo correctamente, la posición del patrón entre la élite a la que pertenecía, así como entre la gente corriente, se elevaría. Si bien en el periodo inicial de la antigua Grecia sólo los guerreros podían convertirse en héroes, más tarde los liturgos también optaron a dicho estatus actuando en el interés público y por el bienestar de los otros. El resultado fue que muchos comenzaron a donar más de lo que se esperaba de ellos, hasta tres y cuatro veces más, un fenómeno a años luz de la cultura actual de pagar tan poco como sea legalmente posible.

Los Juegos Panatenaicos fueron fundados por ciudadanos pudientes que los donaron a la ciudad, igual que sucedió con el Festival de Teatro de Dioniso. La coregía consistía en seleccionar, financiar y entrenar a equipos y artistas para participar en competiciones atléticas, teatrales o musicales en los muchos festivales religiosos de Atenas. Ser un corego era un honor. Muchos donaban más del mínimo exigido. Compartían tanto los elogios hacia sus atletas como los premios que estos recibían. Se erigían trípodes de bronce y monumentos -muchos de los cuales aún están en pie- en honor al corego que había patrocinado los mejores trabajos.

Muchos edificios de la antigua Grecia fueron también construidos por benefactores que competían por honor. Un ejemplo es el Stoa Poikile, Pórtico Pintado o Pórtico de Pisianacte, en Atenas, donde se enseñaba el estoicismo y se exponían pinturas y botines de guerra. Muchos de los trabajos de la Acrópolis, y es posible que incluso el Partenón, se financiaron mediante la liturgia. Aunque no hay evidencia sólida de esto último, el templo albergaba una escultura de culto criselefantina de Atenea, obra del escultor Fidias -que supervisó la construcción del Partenón-, y que llegó gracias a la liturgia (costó más que el propio templo).

La liturgia más prestigiosa e importante, y la más cara con diferencia, era la marina de guerra, conocida como trierarquía. Los trierarcas tenían que construir, mantener y operar un barco de guerra, un trirremo. Los trirremos representaban la principal fortaleza de la marina de Atenas, y mantenían las líneas comerciales libres de piratas. Dado que Atenas era un centro de comercio (de hecho, las tasas comerciales eran otra fuente de ingresos del gobierno), su papel era esencial. En muchos casos también se esperaba del trierarca que se pusiera al frente del barco, a menos que eligiera dejar la lucha en manos de un especialista pagando una concesión.

En Atenas había entre 300 y 1.200 liturgos, dependiendo de la necesidad (en tiempos de guerra el número aumentaba), y la clase litúrgica se renovaba constantemente. Por lo general los responsables de la liturgia eran voluntarios, aunque en ocasiones los nombraba el Estado. También había liturgias mayores y menores, según el patrimonio del liturgo.

No hay duda de que el sistema se explotaba en beneficio personal, concretamente político. Antes de convertirse en general de Atenas, Pericles dejó huella con la obra de teatro Los persas de Esquilo en Las grandes dionisíacas, una liturgia con la que demostró su espíritu benefactor. Su principal rival político, Cimón, hizo lo mismo, y regaló grandes porciones de su enorme fortuna personal ganándose así el favor del público.

Los liturgos que no querían participar se arriesgaban al escarnio público. Pero también había excepciones, concretamente aquellos con otras liturgias en marcha o que ya habían prestado servicios a la ciudad. Y existía la antidosis. Un liturgo podía argumentar que otro ciudadano era más rico que él y por tanto más capaz de asumir el peso económico de la liturgia. Ese otro ciudadano tenía entonces tres opciones: aceptar la liturgia, someterse a un juicio en el que un jurado dirimiría quién era más rico, o intercambiar patrimonio. Un sistema bastante efectivo para determinar cuán rico era alguien frente a lo que afirmaba serlo.

La belleza del sistema de la liturgia residía en que las obras públicas tendían a financiarse y ser dirigidas por gente con experiencia, más que por un funcionario estatal que se hacía menos responsable. Así toda la comunidad se beneficiaba tanto de la riqueza como de la experiencia personal del liturgo, sin burocracia ni intervención gubernamental. El trabajo tendía a hacerse bien porque este último se jugaba su reputación.

En esta era de los super ricos, quizás es hora de revivir la liturgia. Funcionó para los atenienses y podría funcionar también para nosotros.

Dominic Frisbyn es londinense y escribe sobre Economía. Es autor de ‘Bitcoin:¿el futuro del dinero?'(2014) y ‘Vida después del Estado (2013), así como el coautor de documental ‘Los cuatro jinetes'(2012). Publicado originalmente en Aeon Media. Síguelo en Twitter: @aeonmag

 

10 julio 2017 at 9:13 am Deja un comentario

Aristóteles, Dimitris y el sexo

Aventuras en el regreso al supuesto sepulcro del filósofo en la antigua ciudad griega de Estagira

Dimitris Sarris, pensativo ante la que se cree que es la tumba de Aristóteles en la vieja Estagira, junto a la moderna Olympiada. J. A.

Fuente: JACINTO ANTÓN > Barcelona  |  EL PAÍS
29 de abril de 2017

Conozco pocas personas que hayan estado dos veces en la tumba de Aristóteles, y yo soy una de ellas; es verdad que queda un poco a desmano. En realidad, no hay una certidumbre absoluta de que el monumento que se alza entre las ruinas de la antigua Estagira, en un promontorio boscoso junto al mar en las afueras del pueblecito griego de Olympiada, en Macedonia, sea el lugar de descanso final del filósofo, pero existen muchos indicios. Y están, sobre todo, el ferviente convencimiento y el contagioso entusiasmo de Dimitris Sarris, el propietario del hotel Germany de Olympiada —que también es el feliz dueño de su principal competencia, el Liotopi, casi enfrente—. Dimitris es el factótum de esta pequeña localidad de la Calcídica y parece salido, según el humor que tenga, de las páginas de uno u otro de los dos hermanos Durrell, Gerald y Larry.

Alzó una ceja el otro día al verme aparecer de nuevo en su restaurante, pero enseguida se sentó a nuestra mesa (esta vez yo viajaba con unos amigos) y se puso a planificar nuestra estancia y los menús de los días sucesivos mientras escanciaba generosamente un estupendo Tsantali blanco de los viñedos de la vecina península del Monte Athos. Yo había conseguido arrastrar arteramente a mis compañeros a esta esquina de Grecia con la promesa de unos días idílicos en las estupendas y desiertas playas de la zona, pero mi agenda secreta estaba llena de visitas a yacimientos arqueológicos y monumentos (de Anfípolis y Argilos a los monasterios del monte Athos, que ya saqueamos una vez los catalanes), empezando por el regreso a la vieja Estagira y la supuesta tumba de su más célebre hijo: a ver si arañábamos un poco más el misterio.

El empleo de consoladores, insistía Dimitris, no ha de ir en desdoro de los varones griegos sino que se debía a que estos pasaban fuera de casa mucho tiempo, en las guerras.

Así que a la mañana siguiente allí estábamos pertrechados como viajeros del Grand Tour junto a la pequeña iglesia de los santos Nikolaos y Anastasia. Ataviado con camisa impoluta y americana, Dimitris se empeñó en ofrecernos una visita guiada por las ruinas (que ya conozco como la palma de mi mano), dedicando especial atención a las féminas del grupo y ofreciéndonos no solo informaciones arqueológicas sino consejos prácticos como qué hacer si te ataca un enjambre de abejas (estirarte en el suelo y levantar las piernas: las abejas atacarán a tu parte más elevada, o al menos eso sostiene Dimitris). Nos alertó de que entre las piedras, donde las raíces tropiezan con el mármol, como diría Yannis Ritsos, puedes encontrar víboras cornudas, ohiá en griego. Empezamos en la acrópolis de la ciudad, con sus maravillosas vistas sobre el mar de un azul deslumbrante, y fuimos descendiendo por los senderos a la fresca sombra de los pinos y los olivos que cubren todo el promontorio. Es la mayoría terreno arqueológicamente virgen, pues solo se ha excavado un 7 % de Estagira.

La visita al monumento que el arqueólogo Kostas Sismanidis, gran amigo de Dimitris, acredita como la tumba de Aristóteles la realizamos con reverencial respeto. Dimitris nos enseñó detalles como la extraña posición vertical de algunos bloques y aventuró en voz baja y mirando a un lado y otro hipótesis sobre la existencia de una cripta secreta. En realidad, lo más probable es que la urna que contenía las cenizas de su paisano estagirita desapareciera hace mucho tiempo. “Si encontramos las cenizas todo cambiará para bien en Olympiada”, suspiró Dimitris.

Desde mi anterior visita el verano pasado hay pocas novedades arqueológicas: la excavación apenas ha avanzado pero se ha instalado una pasarela de madera y un banco, de forma que ahora puedes sentarte junto a las ruinas y pensar, no sé, en la Ética Nicomáquea. Presa de una súbita inspiración, extraje de mi mochila mi ejemplar de la Poética —nunca viajo sin él a la tumba de Aristóteles— y le pedí a Dimitris que nos leyera un pasaje. Lo hizo emocionado y por un momento, allí, bajo el sol, la noble cabeza con el escaso cabello agitado por la brisa del mar, pareció transfigurarse en el busto de mármol del filósofo que preside la plaza de Olympiada.

Un visitante en las ruinas de Estagira.

Marchamos con el alma más ligera y Dimitris ya había pasado de la Grecia clásica a los chistes y explicaba el de César y la trirreme cuando llegamos a una zona de ruinas de viviendas. Dimitris contó entonces que aquí habían aparecido dos, ejem, penes de cerámica, de tamaño natural (si es que existe tal cosa) y realistas hasta lo más explícito. A la vista de que había logrado captar la atención de las chicas, que antes estaban más por la perspectiva de playa que por la planimetría de la polis, el cicerone entró en detalles. Los dos falos presentaban orificios donde debían, y al parecer se rellenaban con líquidos calientes para su uso como “juguetes sexuales”, consoladores, vamos. Al principio pensé que había entendido mal, puesto que el inglés de Dimitris es casi tan malo como el mío, pero no cabía duda: el griego estaba ofreciendo una auténtica clase de erótica en la cuna —y posiblemente última morada— de Aristóteles. El empleo de consoladores, insistía Dimitris, no ha de ir en desdoro de los varones griegos sino que se debía a que estos pasaban fuera de casa mucho tiempo, en las guerras. Virilidad no faltaba en esa época y he ahí la falange macedónica, los espartanos y Epaminondas. Se cumplía. Le pregunté por el destino de los dos apéndices. Se ensombreció. “¡Ah, katastrophi!”, exclamó con cara de Zorba, “los llevaron al museo de Polygiros, un día fuimos a verlos, al cabo son de aquí, ¡y no estaban!, ¡los habían escondido! Por pudor. ¡Pero si son parte de nuestra historia!”. Le expliqué que en Barcelona había sucedido algo similar con la muy dotada estatua de Príapo que pasó años en el ostracismo en un cuartito en el Museo de Arqueología junto al lavabo de señoras, donde, por otro lado, debía ser feliz.

En su interés por el sexo, en realidad, si bien se piensa, Dimitris no hacía sino seguir el ejemplo de Aristóteles, ese hombre de infinita curiosidad que sostenía que los calvos tienen más fluido seminal y que los humanos somos especialmente libidinosos, como lo demuestra, decía, que solo nosotros y los caballos tengamos sexo durante el embarazo. Más cuestionable quizá es su afirmación de que a las sacerdotisas menopáusicas de Caria (Anatolia) les crece la barba y lo de que la sepia hembra es menos solidaria que el macho, en el contexto de su visión sombría en general del carácter femenino (véase el estimulante La laguna, cómo Aristóteles inventó la ciencia, de Armand Marie Leroi, Guadalmazán, 2017).

Abandonamos la vieja Estagira más sabios para vivir otras aventuras griegas, entre ellas la bronca de Alexandros, el flamígero guardia del túmulo de Kasta, y el atraco de una mesonera búlgara en Ouranopolis. Pero lamenté tener que marcharme sin conocer a Menelao, el tejón que acude cada noche a comerse los higos al jardín del Liotopi. El año que viene vuelvo, Dimitris. Y raro será que no me hagáis estagirita de adopción.

 

29 abril 2017 at 10:19 am Deja un comentario

La extraña muerte de Hefestión, el más íntimo amigo y probable sucesor de Alejandro Magno

A la muerte de su amigo de la infancia, el conquistador se volvió loco de dolor, se hizo afeitar la cabeza, canceló todos los festejos y, según el historiador Arriano de Nicomedia, crucificó al médico que había atendido a Hefestión

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Busto de Alejandro, izquierda, y de Hefestión, derecha

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
16 de noviembre de 2016

Uno de los secretos del éxito de Alejandro Magno fue el de rodearse de oficiales brillantes que suplieron su inexperiencia. Una mezcla entre los generales de su padre, Filipo II, y sus propios compañeros de juego y luego de armas. Crátero, Ptolomeo, Seleuco, Pérdicas, Lisímaco y, sobre todo, Hefestión, su mano derecha y su más probable sucesor. Si bien el conquistador macedonio nunca designó formalmente un heredero, lo cual provocó una larga guerra civil a su muerte; de haberlo hecho no hay duda de que hubiera sido Hefestión el elegido. El problema es que para entonces ya estaba muerto, además en circunstancias igual de extrañas que las de Magno.

Es decir, que destacó lo suficiente como discípulo de Aristóteles como para que no le olvidara y fue un amigo leal de Alejandro incluso cuando el macedonio se enfrentó a su padre

Hefestión Amíntoros perteneció a una familia de aristócratas macedonios que envió a su hijo a educarse con el heredero del reino. Alejandro y Hefestión tenían probablemente la misma edad (es más, se parecían físicamente, siendo más alto el segundo) y las mismas ambiciones, así como los otros jóvenes aristócratas que fueron educados al abrigo de maestros del calibre de Aristóteles.

En 343 a.C. Filipo convocó al filósofo para que fuera tutor de su hijo de 13 años, dando forma al carácter de una generación llamada a conquistar Asia. En opinión de un poeta francés medieval: «Les enseñó a escribir griego, hebreo, babilonio y latín. Les enseñó la naturaleza del mar y de los vientos; les explicó el recorrido de las estrellas, las revoluciones del firmamento y la duración del mundo. Les enseñó justicia y retórica, y les previno contra las mujeres libertinas». No en vano, en realidad se sabe poco de su estancia en Macedonia y las obras del filósofo apenas hacen referencia a Alejandro y a sus compañeros, salvo, excepcionalmente, por el volumen de cartas dirigidas a Hefestión.

Es decir, que destacó lo suficiente como discípulo de Aristóteles como para que no le olvidara. Y fue un amigo leal de Alejandro incluso cuando el macedonio se enfrentó a su padre. El futuro dueño del Imperio persa se refugió en el reino de su madre, Olimpia de Epiro, cuando el segundo matrimonio de Filipo II puso en riesgo su posición en la Corte. A la muerte del veterano Rey, Hefestión asistió a Alejandro en su campaña para someter el resto de ciudades estado griegas y aventurarse en el continente asiático.

Su primera acción militar fue probablemente, todavía en tiempos de Filipo II, en una ofensiva contra los tracios, estando Alejandro como regente en Macedonia, seguida de una campaña en el Danubio (342 a.C) y de la batalla de Queronea (338 a.C). Más adelante se menciona, asimismo, que fue herido en un brazo en la batalla de Gaugamela, donde se le cita como el «comandante de los guardaespaldas» (somatophylakes), un escuadrón dedicado a proteger al Rey.

¿Una relación homosexual?

Ya en Asia, sus dotes como comandante en el campo de batalla no fueron especialmente apreciados, pero Alejandro confiaba de forma ciega en su consejo y en sus conocimientos de logística. Se encargó de tareas complejas como las de repoblar ciudades y asegurar el traslado de los ejércitos. Además de misiones diplomáticas y de tacto suave. Sin ir más lejos, Hefestión fue designado por su amigo y Rey para que verificara el linaje y protegiera a los nobles que estaban siendo maltratados tras la conquista de Babilonia: porque le interesaba tener a la aristocracia persa de su lado.

En Babilonia, Hefestión se convirtió en «quiliarca» (hazarapatish), es decir, el segundo al mando con funciones administrativas y políticas de «gran visir». El primero después del Rey. Casi un miembro de la familia real. Y conforme a este cargo le fue entregada en matrimonio una de las hijas del Rey persa derrocado, Darío III.

Jared Joseph Leto interpreta a Hefestión en la película de 2004

Jared Joseph Leto interpreta a Hefestión en la película de 2004

De nadie se fiaba Alejandro más que de él; ni siquiera de Crátero, que pasaba por ser el mejor conectado con la aristocracia y el ejército macedonio y cuyo nombre pronunció en su lecho de muerte al ser interrogado sobre quién debía conducir sus ejércitos. «A Crátero» (Krater’oi), respondió Alejandro según algunos. «Al más fuerte» (Krat’eroi), quisieron entender otros. Sus contemporáneos creían que «el amor que sentía Crátero en nada era inferior al de Hefestión», la diferencia estaba en que «Crátero , efectivamente, ama a su Rey, Hefestión en cambio ama a Alejandro».

¿Acaso era un amor más allá de la amistad? En la película que Oliver Stone realizó en 2004 sobre el conquistador macedonio, así como en cierta literatura, se presenta a Alejandro como alguien abiertamente homosexual. Sin embargo, por su biografía conocida se desprende que se casó con varias princesas de los territorios persas que conquistó (Roxana, Barsine-Estatira y Parysatis) y fue padre de al menos dos niños. Los relatos históricos que describen las relaciones sexuales de Alejandro con Hefestión y con Bagoas –un eunuco con el cual Darío III había intimado y que luego pasó a propiedad del conquistador– fueron escritos siglos después de su muerte. A falta de fuentes directas sobre este aspecto, es imposible determinar cuál fue la naturaleza exacta de la vinculación del macedonio con estos supuestos amantes.

De haberse producido con Hefestión, en cualquier caso, hubiera sido obligatoria mantenerla con discreción puesto que se trataba del tipo de homosexualidad entre adultos que estaba estigmatizada en Grecia, salvo que hubiera sido algo limitado a la adolescencia. No así la mantenida con un esclavo como Bagoas, que permitía con todo salvar la «virilidad» de Alejandro, tan apreciada por los griegos.

Hefestión enfermó durante los juegos que se celebraron en la corte. Sufría náuseas, fiebre alta y probablemente hinchazón en el estómago

En otra muestra de confianza, Alejandro nombró a Hefestión ministro y segundo al mando antes de iniciar la campaña para invadir los confines de la India. Llevada al límite la expansión de su imperio, el ejército de Alejandro regresó de su inacabada incursión para poner en orden los asuntos de un imperio repleto de fuegos a medio apagar. En este contexto de desconfianza, al acercarse el otoño de 324 a. C. Alejandro y sus generales se acuartelaron en la ciudad de Ecbatana para pasar el invierno.

Fue entonces cuando Hefestión enfermó durante los juegos que se celebraron en la Corte. Sufrió náuseas, fiebre alta y probablemente hinchazón en el estómago. Después de tres días, y de recibir tratamiento médico, pareció que su salud estaba mejorando hasta que se derrumbó sin remedio.

La pieza irremplazable de Alejandro

Según relatan las crónicas de su viaje, Alejandro se volvió loco de dolor al conocer la muerte de su amigo. Se hizo afeitar la cabeza, canceló todos los festejos y, según el relato del historiador Arriano de Nicomedia, crucificó al médico que había atendido a Hefestión. Además, el conquistador partió para Babilonia con el cadáver de su amigo, donde celebró fabulosos juegos funerales en su recuerdo y preparó un gran mausoleo. Pretendió convertirlo en una divinidad de la nueva religión que él mismo representaba.

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Familia del Rey persa ante Alejandro Magno y su amigo Hefestión tras la batalla de Issus.

El envenenamiento se planteó como opción más plausible en una Corte que había demostrado (y lo seguiría haciendo) la facilidad que tenía de recurrir a la eliminación de los rivales políticos. No obstante, estudios posteriores, sin ser capaz de descartar la intervención de algún veneno, se inclinan a que fue víctima de una fiebre tifoidea.

Todavía trastornado por la muerte de su amigo Hefestión, Alejandro cayó enfermo el 2 de junio del 323 a. C. durante un banquete en el palacio de Nabucodonosor II de Babilonia. Tras una noche de borrachera, en la que bebió grandes cantidades de vino, la salud del emperador se deterioró en pocos días. Durante casi dos semanas, Alejandro padeció fiebre alta, escalofríos y cansancio generalizado, unido a un fuerte dolor abdominal, náuseas y vómitos.

El 13 de junio, cuando le faltaba poco más de un mes para cumplir los 33 años de edad, falleció el dueño de medio planeta sin dejar un heredero. Con Hefestión muerto y Crátero a muchos kilómetros del lecho de muerte; el manual macedonio de violencia política era claro al respecto. Habría guerra. Larga, sangrienta y, por supuesto, demoledora para el Imperio macedonio.

 

16 noviembre 2016 at 2:30 pm Deja un comentario

El sepulcro de Aristóteles da que pensar

El hallazgo de la supuesta última morada del filósofo despierta grandes ilusiones en el pueblecito griego de Olympiada

aristoteles

FERNANDO VICENTE

Fuente: JACINTO ANTÓN  |  EL PAÍS
14 de agosto de 2016

El destino o los dioses quisieron que en la carretera de Stavrós a Olympiada, justo en el desvío de entrada al pueblecito junto al que se alzan las ruinas de la vieja Estagira, me encontrara un tejón muerto. El bicho estaba recién atropellado y sopesé si aún podría hacer algo por él. Pero al arrastrarlo por una pata fuera del asfalto me di cuenta de que estaba más allá de toda ayuda, incluso filosófica. Me pareció una casualidad sorprendente y un presagio de buena suerte, no para el tejón, claro. Por la ruta desde Tesalónica, muy poco transitada, iba leyendo a saltos, precisamente, la Historia de los animales, de Aristóteles, que me parece más amena que la Metafísica, sobre todo si conduces, y había dado con el controvertido pasaje acerca del tejón. Controvertido porque hay quien sostiene que el estagirita (nació en la antigua Estagira y sin duda es su ciudadano más conocido) sabría mucho de animales pero ignoraba el tejón. Cómo puede eso ser así estando Grecia llena de tejones y siendo tan curioso Aristóteles como para fijarse hasta en las sepias es algo que no entiendo –como tantas cosas relacionadas con el sabio-, pero ahí está la discusión. Pues bien, el párrafo que les decía es uno en el que el filósofo y primer naturalista compara las partes pudendas de la hiena (complejas, como es sabido) y el trochus, al que algunos (Joshua Katz, Aristotle’s badger) identifican con el tejón. Aristóteles disiente de Herodoro el Heracleota que por lo visto –yo no lo he leído- sostenía que ambos animales disponían de dos juegos de órganos sexuales y que el dicho trochus se podía fecundar a sí mismo, lo que parece un difícil ejercicio de contorsionismo incluso en un tejón atropellado. Fiado en su empirismo (¡) y con la autoridad que le daba ser Aristóteles, nuestro hombre aclaró para la posteridad que el trochus/ tejón (?) solo tiene un pudendum por individiuo, añadiendo a continuación una frase digna de Monty Python: “Pero suficiente ha sido dicho ya de esto”.

Así que volvamos a la carretera, y conduzcamos hasta Olympiada (650 habitantes, el nombre del lugar se atribuye a una supuesta estancia de la madre de Alejandro) en esta jornada veraniega en busca de la tumba de Aristóteles. Me parecía arduo ir en pleno estío en pos del sepulcro de un filósofo griego de hace 2.400 años que además a mí (y a buena parte de la tradición de pensamiento occidental, como Bertrand Russell) no me cae especialmente simpático, aunque vaya por delante mi respeto por alguien capaz de escribir de lógica, política, matemáticas, cosmología, óptica, música, los sueños, el pene del elefante, la amistad, el amor y hacer crónica deportiva, cartearse con Alejandro Magno, conjeturar la existencia de la Antártida, diseccionar un pulpo y corregir a Herodoto –no quiero imaginar en qué ejercicio empírico- en lo de que los etíopes eyaculan esperma negro. En cambio creía que la tierra es el centro del universo, que los hombres tienen más dientes que las mujeres, que el sol hace los ojos azules, que existen las mantícoras (quimeras con cabeza humana) y que la perdiz es lujuriosa, mientras que la corneja está inclinada naturalmente a la castidad.

En fin, yo no sabré juzgar las complejidades de las relaciones entre Platón y Aristóteles (buenas o malas según quién opine) o valorar en toda su magnitud la aportación de ese “imperioso organizador de la realidad y de la ciencia”, como lo saluda Werner Jaeger en su clásica biografía (Aristóteles, FCE, 2013), y sin embargo les aseguro que el hombre supo nacer (y quizá ser enterrado) en un buen sitio.

Ubicada en la costa norte de la Calcídica, esa península con ubres en el este de Macedonia, la vieja Estagira (no confundir con la moderna) se alza en un lugar de ensueño, incluida una playa solitaria al pie del yacimiento arqueológico con unas aguas cristalinas en las que me zambullí con el placer –y la indumentaria: no llevas bañador a unas ruinas- de Odiseo arribando a las arenas de los feacios. Ahí me den todas las tumbas, me dije feliz, y que viva la Ética Nicomaquea.

En Estagira nació en 384 antes de Cristo Aristóteles, allí pasó largas temporadas (tenía casa, heredada de su padre) y allí, tras su muerte en Calcis (Eubea) a los 62 años de una enfermedad del estómago (o sobredosis de acónito), fueron trasladadas sus cenizas, según algunas fuentes. En la vieja ciudad, que se despliega en una colina doble en una pequeña península llamada Liotopi (Lugar de los Olivos) que domina el pequeño puerto de pescadores de Olympiada, el veterano arqueólogo Kostas Sismanidis –el Schliemann de Estagira- está convencido de haber hallado la largamente buscada tumba del filósofo. Así lo anunció el pasado mayo, aprovechando el 2.400 aniversario, a la comunidad científica, que, desgraciadamente, no ha quedado muy convencida.

Con el tiempo justo de saludar al busto de Aristóteles que se alza en la plaza del pueblo, tomar habitación en uno de los dos únicos hoteles, el Germany, y lavarme las manos (el tejón sangraba mucho), salí disparado a pie para las ruinas, a apenas 500 metros, lleno de renovado entusiasmo periodístico y haciendo oídos sordos a los cantos de sirena de la taberna del capitán Manolis. Al cabo de dos horas, vagaba perdido por el montañoso yacimiento entre piedras incandescentes y olivos, al borde de la insolación, ensordecido por las cigarras, muerto de sed y sin haber dado con la supuesta tumba. Los restos de la antigua Estagira, un gran parque arqueológico con entrada libre, sin vigilancia, pobremente señalizado y en el que solo ocasionalmente te cruzas con algún otro visitante igualmente despistado, son muy extensos e incluyen numerosas ruinas datadas desde la fundación de la ciudad en el 655 a. C. hasta época bizantina. Destacan la acrópolis, con una vista sensacional del golfo Estrimónico y el mar Tracio –en línea recta podrías acabar en Troya-, las casas helenísticas, las poderosas murallas, el ágora con la arcada clásica (stoa) o los santuarios arcaicos -¡qué hermoso el mar azul contemplado desde el templo de Demeter!-.

Tras muchas vueltas (pertinentemente peripatético) y gracias a la indicación de un viejo pescador que apareció subiendo de la playa como un dios disfrazado, encontré al fin la estructura que Sismanidis cree que es la tumba de Aristóteles. No hay ninguna señal ni cartel que la identifique como tal y apenas un cordel disuasorio. Las ruinas, aunque imponentes, son muy confusas, entre otras cosas porque en medio de lo que sería el monumento funerario hay incrustada una torre bizantina. El arqueólogo griego señala que la poderosa estructura en forma de herradura que puede verse corresponde a un importante edificio de inicios de la era helenística, construido con materiales nobles, y dotado de un suelo de mármol, el espacio para un altar y una entrada pavimentada (todo lo cual es visible). En ese edificio, que se alza en un lugar dominante, con preciosas vistas panorámicas, habrían depositado los estagiritas las cenizas de Aristóteles en un lárnax (pequeña urna al efecto)- y allí rendirían culto público al ilustre conciudadano, al que debían la reconstrucción de su ciudad por Alejandro Magno tras haberla devastado Filipo en la guerra de la Calcídica. En la excavación, iniciada en 1996, de ese supuesto Aristoteleion, han aparecido 50 monedas de la época del joven conquistador del mundo y restos de tejas de la fábrica real.

Aunque la hipótesis de Sismanidis –que tiene mucha lógica- no está confirmada por ninguna inscripción y por tanto no puede darse en absoluto por segura, el lugar transpira grandeza y es imposible escapar a la sugestión de que te encuentras en el último lugar de descanso de uno de los hombres más importantes de la antigüedad. Sobre todo si abres al azar su Poética y lees algunos párrafos entre las polvorientas piedras, para sorpresa de los papamoscas. “Debe preferirse lo posible pero verosímil a lo posible pero no convincente”.

Aristóteles, al que se ha retratado como flaco, zanquilargo, ceceante, de ojos pequeños y algo presumido (Diógenes Laercio), marchó de su ciudad a Atenas para estudiar con Platón en la célebre Academia. Luego asesoró al formidable eunuco amante de la filosofía (incluso mientras lo crucificaban los persas) Hermias, el tirano de Atarneo, que le dio a su hija (adoptiva) Pitias por mujer. En el 343 a. C. Filipo II de Macedonia –en cuya corte había servido como médico el propio padre de Aristóteles-, lo reclamó para educar a su hijo Alejandro: el gran encuentro entre la razón y la pasión. Cuánto influyó el preceptor en el pupilo es discutible. Se atribuye a Aristóteles haberle regalado al príncipe macedonio un ejemplar anotado de la Ilíada que Alejandro –que hizo de Aquiles su modelo- siempre conservó. Un regalo peligroso para un chico vehemente. El conquistador habría ido enviando especímenes de fauna y flora a su maestro durante su campaña en Asia, lo que indica un cariño. Parece haber habido sin embargo un desafecto o al menos un desacuerdo entre ambos. Aristóteles no vería con buenos ojos, como tantos griegos, las revolucionarias ideas de mestizaje cultural y político de Alejandro. Y una tradición quiere que el filósofo estuviera involucrado en las conspiraciones contra el rey e incluso su muerte. Habladurías, seguramente; aunque es cierto que Alejandro hizo matar al sobrino de Aristóteles, Calístenes, un bocazas, confinándolo en una jaula y luego echándoselo a un león.

En todo caso, tras la desaparición de Alejandro, el filósofo se marchó de Atenas, donde había fundado su propia escuela, el Liceo, y era mal visto como promacedónico (Aristóteles no iba a dejarles a los atenienses que, tras lo de Sócrates, cometieran “un segundo pecado contra la filosofía”). Refugiado en Calcis murió no sin antes haber redactado un conmovedor testamento que empieza con las famosas palabras: “Todo irá bien, más para el caso de que suceda algo”. En el documento recuerda constantemente su patria, Estagira, en la que encarga consagrar sendas estatuas de Zeus y Atenea la Sabia, y pide que, “vayan donde vayan”, no se separen sus restos de los de su mujer Pitia, muerta muchos años antes (Aristóteles se volvió a casar, con Herpilis, de Estagira, de la que tuvo a su hijo Nicómaco). Así que es posible que en su tumba estén las cenizas de ambos. Quién sabe.

Las tumbas griegas tienen una larga tradición de controversia. Se discute la identidad del principal enterrado en la espectacular y vecina –a media hora de coche de Olympìada- de Anfípolis, en el túmulo de Kasta: el año pasado la arqueóloga Katerina Peristeri lanzó sin evidencias claras la noticia de que era la de Hefestión, compañero y amante de Alejandro (la tumba se ha atribuido también a Roxana, la esposa de Alejandro, a su madre Olimpia y al propio Alejandro). Es objeto de debate incluso el que sea realmente Filipo II el ocupante de la tumba 2 de Vergina –tampoco muy lejos-, que descubrió y le adjudicó en 1977 el gran Manolis Andronicos. La tumba del más famoso griego, Alejandro, sigue sin descubrirse: las fuentes la sitúan sin duda alguna en Alejandría, donde se la continúa buscando, pero hay quienes han sostenido que podría estar en Anfipolis, en Vergina o incluso en el oasis de Siwa.

EL TURISMO Y LOS MISTERIOS DEL ENTERRAMIENTO

“Los griegos somos 11 millones de arqueólogos”, bromea campechano tomando un vino y llamándome “Zakynthos” con camaradería Dimitris Sarris, propietario del hotel Germany y personaje fundamental en la vida cultural de Olympiada, además de buen amigo y defensor de Sismanidis. Sarris, como la mayoría de sus convecinos, considera la tumba de Aristóteles –de cuya identificación no tiene la más mínima duda- una extraordinaria oportunidad para impulsar turísticamente la localidad y la zona- El hallazgo llega tras el anuncio (este mismo año) de que se suspende el despliegue de la discutida mina de Skouries. Pero las cosas, admite, no marchan bien. “Costas está decepcionado, triste, su anuncio no ha provocado la reacción que esperaba, incluso busca fondos para publicar su libro”. Considera Sarris que hay una “conspiración de silencio” para rebajar la importancia del descubrimiento. “Grecia es una vaca”, dice inclinándose sobre la mesa, “muge en el norte pero las ubres están en el sur: el dinero está en Atenas”. Aristóteles, recalca entusiasmado como un Zorba macedonio, es un gran activo para un turismo de calidad. Tener su tumba incrementa la atracción de Olympiada. Le apunto, acabando mi cena que es mucho más que los higos de Diógenes, que de momento no parece que estén sacando mucha tajada: en el yacimiento no hay mención ni indicaciones de la tumba. Mueve la cabeza. “No hay proyecto al respecto aún. Tenemos la idea de hacer un Aristotle Park, y este año abrimos una Ruta Aristóteles, de unos 90 kilómetros. Habrá que adquirir una entrada para entrar en el yacimiento. Hacen falta guías, limpiar la zona”. Sarris cree que además todavía hay mucho que investigar en la tumba. Y una cripta escondida. Acerca la cabeza, mira alrededor y baja la voz. “Hay un bonito secreto ahí”. Está convencido, como mucha gente en Olympiada, de que el sepulcro, depósito de maravillas, contiene misteriosos mecanismos y arrojará grandes sorpresas. Quién sabe si (puestos a soñar) incluso el segundo tomo de la Poética sobre la comedia. San Kyriaki, patrón de la localidad, y san Umberto Eco, lo quieran.

 

17 agosto 2016 at 5:41 pm Deja un comentario

Aristóteles, el filósofo que creó a Alejandro Magno para vengarse de los griegos

En términos de la leyenda, el discípulo de Platón enseñó a Alejandro a pensar como un griego pero a luchar como un «bárbaro», en vista de que los atenienses le habían negado la dirección de la Academia por su condición de macedonio

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Busto de Aristóteles en Roma, Palazzo Altemps – Wikimedia

Fuente: CÉSAR CERVERA  |  ABC
3 de junio de 2016

El reino de Macedonia, donde nació Alejandro Magno, era considerado en la Antigüedad un territorio de bárbaros y extranjeros. Atenas, Esparta, Tebas y otras ciudades estado helenas se negaban a aceptar que lo que hoy forma parte de la Grecia histórica estuviera habitado por compatriotas. Nacido en Estagira (Península de Calcídica), al este de Macedonia, Aristóteles sufrió parte de esos mismos recelos y, de cara a la historia, educó al hombre llamado a someter toda Grecia y lanzarse al corazón de Asia: Alejandro Magno.

El macedonio está considerado el primer investigador científico en el sentido moderno de la palabra

La semana pasada se anunció el posible el hallazgo de la tumba de Aristóteles en Estagira, precisamente en la localidad donde tuvo lugar el nacimiento del filósofo. La península de Calcídica, a menos de dos horas de Tesalónica, era parte del reino de Macedonia hace 24 siglos. El lugar, muy cerca de la acrópolis y con vistas sobre la bahía, tenía un altar para sacrificios, y una arquitectura que revela su importancia. No en vano, su valor histórico deriva de haber sido la cuna de uno de los tres grandes filósofos griegos de la Antigüedad y genio dedicado a múltiples campos. Aristóteles está considerado el primer investigador científico en el sentido moderno de la palabra.

Más allá de su obra, Aristóteles es recordado por su vinculación con los reyes de Macedonia. Su padre, Nicómaco, era médico de la corte de Amintas III, padre de Filipo II de Macedonia, y, por tanto, abuelo de Alejandro Magno. De hecho, Aristóteles fue iniciado de niño en los secretos de la medicina, pero su carrera se encaminó pronto hacia la filosofía. Con 17 años, el joven fue enviado a Atenas para estudiar en la Academia de Platón.

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Detalle de La escuela de Atenas, 1509, con Platón y Aristóteles en el centro – Wikimedia

No está claro cuánto de próxima fue la relación entre Platón (discípulo, a su vez, de Sócrates) y Aristóteles, así como no lo están las razones por las que a la muerte del maestro su alumno más aventajado no heredó la dirección de la Academia de Atenas. La leyenda ha querido ver en la decisión de Platón de poner a su sobrino, Espeusipo, al frente de la Academia una humillación hacia Aristóteles y una muestra de cierta aversión entre ambos.

Tutor del hijo de Filipo II de Macedonia

En verdad, la condición de macedonio invalidaba legalmente a Aristóteles para hacerse cargo del puesto, al igual que provocaba el desdén de muchos griegos hacia Filipo II a pesar de su potencia militar. Su historia es la de un rey que convirtió un empobrecido reino –despreciado por Atenas y Esparta– en la gran potencia hegemónica de toda Grecia. Tras pasarse varios años de su infancia como rehén en Tebas, Filipo regresó a casa con la idea de comenzar una reforma militar de los ejércitos macedonios que, partiendo de la tradicional falange griega, añadiera nuevos elementos tácticos para darle más flexibilidad y poder someter a las grandes ciudades griegas.

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Ilustración de Alejandro Magno y Aristóteles.

Con las principales ciudades estado griegas sometidas y Atenas ofreciendo una alianza favorable a Macedonia, Filipo se dirigió contra Esparta, que prefirieron conceder a Filipo II la paz sin presentar batalla. En medio de su vorágine conquistadora, el Rey macedonio decidió casarse en el 357 a. C. con la princesa Olimpia de Epiro (nombre que asumiría años después), hija del Rey de Molosia, una región al noroeste de la actual Grecia. Ella sería la madre de Alejandro y de Cleopatra de Macedonia.

En 343 a. C, Filipo convocó a Aristóteles para que fuera tutor de su hijo de 13 años. Casi como si fuera una venganza contra los griegos «de pura cepa» que impidieron su nombramiento como director de la Academia de Atenas, Aristóteles dio forma al carácter del hombre llamado a concluir el trabajo de su padre y a atar la voluntad griega bajo un nudo bárbaro, esto es, macedonio.

En realidad se sabe poco de su estancia en Macedonia y las obras del filósofo apenas hacen referencia a Alejandro

Aristóteles, «de piernas delgadas y ojos pequeños», aceptó la invitación de Filipo II de Macedonia y se encargó de la educación de Alejandro durante varios años. En opinión de un poeta francés medieval: «Le enseñó a escribir griego, hebreo, babilonio y latín. Le enseñó la naturaleza del mar y de los vientos; le explicó el recorrido de las estrellas, las revoluciones del firmamento y la duración del mundo. Le enseñó justicia y retórica, y le previno contra las mujeres libertinas». No en vano, en realidad se sabe poco de su estancia en Macedonia y las obras del filósofo apenas hacen referencia a Alejandro. Como tampoco se advierte su influencia sobre el terreno político: años después, mientras Aristóteles seguía predicando la superioridad de la ciudad-estado, su presunto discípulo establecía las bases de un imperio universal. El más grande conocido hasta entonces.

Alejandro, el Hegemon de toda Grecia

En términos de la leyenda, Aristóteles enseñó a Alejandro a pensar como un griego pero a luchar como un «bárbaro», lo que, al menos al principio, le valió para someter Grecia. Antes de lanzarse a la conquista del Imperio persa, Alejandro volvió sobre los pasos de su padre para atravesar Tesalia, destruir Tebas y obligar a Atenas a reconocer su supremacía haciéndose nombrar Hegemon, título que lo situó como gobernante de toda Grecia.

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Posible tumba de Aristóteles en Estagira (Grecia)- Elisabetta Puddu

Por su parte, Aristóteles aprovechó la pequeña fortuna que Filipo le pagó por instruir a su hijo y siguió con sus investigaciones y trabajos. Además de dinero –según relata Diógenes Laercio– el filósofo reclamó al monarca «que restaurase su patria» destruida años antes por los ejércitos macedonios. En el año 340 a. C, Estagira recuperó su forma y comenzaron a regresar sus antiguos habitantes. En el 336 a.C, sin embargo, Alejandro hizo ejecutar a un sobrino de Aristóteles, Calístenes de Olinto, a quien acusaba de traidor. Dado que las ejecuciones macedonias solían extenderse a los familiares, Aristóteles se refugió un año en sus propiedades de Estagira, trasladándose en el 334 a Atenas para fundar, siempre en compañía de su fiel Teofrasto, el Liceo, una institución pedagógica que durante años compitió con la Academia platónica.

A la muerte de Alejandro, en el 323, se extendió en Atenas un brote de odio contra los macedonios instigado por el orador Demóstenes. A pesar de su reputación como filósofo, el macedonio fue llevado a los tribunales atenienses acusado de impiedad contra los dioses. Temiendo acabar igual que Sócrates, Aristóteles huyó a la vecina isla de Eubea, y allí murió un año más tarde de muerte natural. Sería en esta isla donde los habitantes de Estagira fueron a buscar sus cenizas. Como agradecimiento por salvar la ciudad, sus compatriotas enterraron a Aristóteles en su tierra natal y lo honraron como un héroe, salvador, legislador y refundador de su ciudad.

 

3 junio 2016 at 8:32 am Deja un comentario

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