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Cuando el Templo Romano de Córdoba era una ecuación imposible de resolver

Hace 60 años el arqueólogo Antonio García y Bellido fue capaz de adivinar el sentido de los restos hallados

Excavaciones en el Templo Romano de Córdoba en los años 50 – ARCHIVO MUNICIPAL

Fuente: Rafael Verdú – Córdoba  |  ABC de Sevilla
22 de julio de 2018

A mediados de la década de los 50 del pasado siglo XX, nadie sabía a ciencia cierta qué eran todos aquellos restos que estaban apareciendo en el solar sobre el que se edificaría el antiguo Ayuntamiento de Córdoba. Durante siglos, aquella zona había sido utilizada como cantera arqueológica para otros monumentos, aprovechando los arquitrabes, basas, losas de mármol y hasta enormes sillares de piedra labrados. Pero las obras del Consistorio de aquella época -ese edificio ya no existe; fue derribado para construir el actual- sacaron a la luz los cimientos profundos de una construcción gigantesca que no se dejaba interpretar. Eran los restos del Templo Romano, pero por entonces nadie lo sabía.

Probablemente aquellas piedras, «enormes terrones de azúcar» como los llamó el arqueólogo Antonio García y Bellido, fueran vistas como un engorro, una pus de la historia supurante entre los muros de los edificios más modernos. Y quizás hubieran corrido la misma suerte, o parecida, que el yacimiento de Cercadilla, arrasado sin remedio para levantar encima la estación del AVE.

Hallazgos en la excavación del Templo Romano de Córdoba – ARCHIVO MUNICIPAL

Pero en el otoño de 1958, hace ahora 60 años justos, se produjo un hecho fortuito que cambió el futuro del Templo Romano y permitió que hoy pueda ser objeto de deleite para cordobeses y foráneos. De no haber sido por una extraordinaria coincidencia, quizás hoy no se levantarían esas esbeltas columnas romanas -una reconstrucción, eso sí- junto al actual Ayuntamiento. En esa fecha, García y Bellido (1903-1972) viajó a Córdoba para estudiar un maravilloso sarcófago romano hallado en la Huerta de San Rafael que hoy puede verse en el Alcázar. Y fue entonces cuando el alcalde, Antonio Cruz Conde, aprovechó para rogarle al reputado arqueólogo que dedicara su tiempo a investigar las ruinas de la calle Capitulares para «despejar en lo posible el enigma», tal como recordaba el investigador en un artículo de ABC de Sevilla en marzo de 1960.

García y Bellido ya se había asomado a las ruinas antes, pero como tantos otros terminó aburrido del puzzle. «Aquella colosal y laberíntica acumulación de sillares no se dejaba interpretar por más que subía y bajaba por su accidentada topografía, buscando o ensayando una interpretación que pusiese un orden lógico en aquel desorden. Ello hizo que, desanimado, acabase con disgusto desinteresándome de ellas». En poco tiempo, las excavaciones ordenadas en la zona ofrecieron a los investigadores nuevos hallazgos que confirmaron la hipótesis de García y Bellido. «Pude ver pronto que aquel conjunto indescifrable de cimientos, muros irregulares de sillería, frogones [fraguas] de hormigón, hondonadas cúspides ilógicas no eran otra cosa que el resto de un gran templo», decía el arqueólogo.

En un principio el Ayuntamiento quería crear una gran plaza arqueológica desde allí hasta Orive

En un principio, la intención del Ayuntamiento era construir en ese punto de encuentro una plaza arqueológica en la que se ubicarían, si no todos, buena parte de los hallazgos de la zona. Incluso estaba previsto abrir una nueva avenida entre las actuales calles San Pablo y Rodríguez Marín, aprovechando espacios por entonces en desuso como la actual Delegación de Cultura y los jardines del Palacio de Orive. Ya en los años 60, el arquitecto Félix Hernández (1889-1975) propuso el alzado de las seis columnas del frontis, totalmente reconstruidas; también se había previsto colocar encima el arquitrabe y el friso hasta donde se pudiera, una idea que sería recuperada en varias ocasiones pero que nunca llegó a ejecutarse.

Construcción de las columnas actuales – ARCHIVO MUNICIPAL

La falta de recursos económicos lastró las obras. En 1960, Antonio Cruz Conde anunciaba que el Ayuntamiento cargaría con los gastos de la restauración del Templo Romano, lo que resultó una falsa promesa; el Consistorio no tenía el dinero suficiente para eso. En 1963, el Ministerio de Educación Nacional concedía la «friolera» de 150.000 pesetas; no debían tener mucho interés en el Templo los gerifaltes del Movimiento, porque aquello daba para comprar un par de Seat 600. En 1968 aún no habían terminado. Tras una década de trabajos, finalmente se liberaron los andamios de las columna para que el Templo Romano ofreciera el aspecto que ahora tiene, o muy parecido.

La siguiente intervención arqueológica tardaría en llegar 15 años. Entre 1985 y 1987, coincidiendo de nuevo con la construcción del Ayuntamiento actual, el arquitecto José Luis Jiménez Salvador dirigió unas excavaciones que sacaron a la luz nuevos muros y partes de la cella y el posticum, además de determinar a ciencia cierta que el Templo Romano se hallaba extramuros. Ahora, el monumento afronta su última gran intervención para hacerlo visitable. Eso ocurrirá, si no hay más retrasos, a finales de este mismo año.

 

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22 julio 2018 at 10:51 am Deja un comentario


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