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Qué tienen que ver los antiguos romanos con el gigante tecnológico Apple

En lugar de pensar en los romanos como grandes inventores, tal vez una analogía más apropiada sería considerarlos como la multinacional tecnológica Apple de su tiempo.

Minerva, la diosa de la sabiduría, las artes, la estrategia militar y la patrona de los artesanos, se corresponde con Atenea en la mitología griega, la deidad que ahora se asocia con tecnología e innovación.

Fuente: Jem Duducu BBC Mundo
25 de febrero de 2018

Apple no inventó el teléfono inteligente, ni creó el primer sistema para descargar música en internet y las tabletas electrónicas estuvieron presentes por más de una década antes de que el iPad saliera al mercado.

Lo que la multinacional estadounidense hizo fue tomar conceptos existentes y desarrollarlos de formas que no se habían hecho antes.

Y los romanos hicieron exactamente lo mismo: tomaron ideas, las optimizaron y pasaron a la historia.

Los ejemplos son muchos, y aquí te tenemos algunos de ellos.

Las carreteras

En el siglo V a.C., el rey Darío de Persia ordenó la construcción del Camino Real Persa para facilitar una comunicación rápida a través de su extenso imperio que abarcaba desde Susa (en el suroeste de la actual Irán) hasta Sardes (la actual Sart, en la provincia turca de Manisa).

Se extiende por unos 2.600 kilómetros, pero no todo estaba pavimentado, ni es recto.

El camino adoquinado más antiguo está en una cantera egipcia y tiene alrededor de 4.600 años.

Hubo un tiempo en el que todos los caminos conducían a Roma, que los había hecho mejor que los anteriores. GETTY IMAGES

Los romanos reconocieron el potencial en estas primeras rutas, por lo que tomaron prestada la idea y la mejoraron.

En la cima del imperio romano había 29 carreteras militares que irradiaban de la capital, con 113 provincias interconectadas por 372 carreteras, casi 400.000 kilómetros en total.

En ese momento, y en los años venideros, era el imperio mejor conectado que el mundo había visto jamás.

Los caminos rectos y pavimentados mejoraron la comunicación, el comercio y el movimiento de los ejércitos. Sin embargo, también eran caros de construir y mantener.

Solo el 20% de las vías romanas estaban pavimentadas en piedra, lo que significa que el 80% eran caminos de tierra o estaban cubiertos solo de grava, que se degradaba durante los meses de invierno.

Incluso los caminos de piedra no siempre fueron tan buenos.

En las tabletas de Vindolanda, una suerte de postales escritas en pedazos de madera y descartadas en un fuerte romano en el Muro de Adriano —una construcción defensiva levantada en los años 112-113 en la isla Britania, hoy territorio de Reino Unido—, es interesante leer las quejas sobre el estado de las carreteras por las que viajaban los soldados, demostrando que el mantenimiento no era siempre una prioridad.

2. Los romanos (más o menos) inventaron el concreto

Hay una forma de concreto que se produce naturalmente, por lo que técnicamente es anterior a los humanos.

Descartando esa, alrededor del 1200 a.C. los micénicos construyeron suelos de concreto. E independientemente, los beduinos en el norte de África también crearon su propio hormigón antes de la época romana.

El Coliseo romano es un ejemplo de una gran estructura hecha principalmente con concreto. GETTY IMAGES

Sin embargo, fueron los romanos los que utilizaron ese material, hecho de una mezcla de agua, cal viva, arena y ceniza volcánica, de forma extensa y consistente desde alrededor del año 300 a.C., hasta la caída de Roma en el siglo V d.C.

De hecho, nuestra palabra “concreto” proviene del latín concretus, que significa “compacto”. Irónicamente, los romanos no usaron la palabra latina concretus; lo llamaron opus caementicium.

Los romanos se dieron cuenta de que construir arcos y cúpulas usando un material líquido de secado rápido era mucho más fácil que tratar de lograr las mismas características en ladrillo o piedra.

También era mucho más barato y rápido que construir una gran estructura de mármol sólido.

Al material que usaron extensamente los romanos le llamaron “opus caementicium”. GETTY IMAGES

Además, fueron los romanos quienes desarrollaron la idea de hacer un armazón en concreto, antes de revestirlo con piedra.

El Coliseo en Roma es un ejemplo de una gran estructura romana, principalmente de hormigón.

El emperador Augusto dijo: “Encontré Roma una ciudad de ladrillos y la dejé como una ciudad de mármol”.

Si bien esta es una gran frase que resalta sus logros como emperador, olvidó del material de construcción romano más importante de todos: el concreto.

3. Los romanos eran los maestros de la guerra de asedio

Los romanos no inventaron la guerra de asedio, pero ciertamente la dominaron.

Es justo decir que si las legiones romanas llegaban a una ciudad o fuerte enemigo, los defensores estaban en desventaja, sin importar cuán altos o cuán gruesos fueran sus muros.

Junto a las tácticas brutales, los romanos tenían una serie de armas para llevar a un asedio a una conclusión exitosa.

El escorpión fue una de las muchas armas mejoradas por los romanos. GETTY IMAGES

Una de estas herramientas mortales era una balista (lo que el mundo moderno llamaría una catapulta), que arrojaba piedras o, a veces, vasijas de fuego griego, el antiguo equivalente del napalm.

Dependiendo de las circunstancias, las balistas también podrían montarse en buques de guerra.

Los romanos eran ingenieros excepcionales que normalmente podían determinar los puntos débiles en los muros de los defensores y no cesaban de golpearlos hasta que cayeran.

Una versión posterior de la balista se llamaba onager, y hacía más o menos el mismo trabajo pero era más barata y fácil de construir.

El escorpión, por otro lado, era como una versión grande de una ballesta. Podría disparar flechas a largas distancias (fuera del alcance de los arqueros enemigos) y fue diseñado para matar a los defensores despistados en las murallas de la ciudad.

Otra arma compleja y temible era la torre de asedio.

Los romanos también contaban con las temibles torres de asedio móviles. NASTASIC

Esta torre de madera móvil, diseñada para ser rodada hasta los muros del enemigo, permitía a las tropas que iban dentro descender sobre los defensores enemigos.

Aunque construir las torres de asedio tomaba tiempo, lo que le posibilitaba a los defensores ver lo que se venía y preparar un contraataque, rara vez fallaban.

Y si con todo esto no conseguían su cometido, usaban un ariete contra las puertas de los defensores. Estos arietes estaban protegidos con cueros de vaca húmedos para evitar que los defensores los quemaran.

Una vez que los muros enemigos se agrietaban, los soldados romanos avanzaban en una formación de testudo (tortuga).

Eso implicaba cubrir sus cabezas con sus escudos rectangulares, con otros escudos protegiendo sus partes frontal y lateral.

Tal formación absorbía flechas y rocas pequeñas, dándole a los hombres un valioso tiempo para llegar a la brecha relativamente ilesos.

6. Una cosa que los romanos definitivamente inventaron

Después de todos estos ejemplos de romanos mejorando ideas existentes en lugar de inventar nuevas, aquí hay una que fue genuinamente original.

Nadie les quita el crédito de haber inventado esta maravilla. GETTY IMAGES

El primer alfabeto reconocible, y por lo tanto escrito, se desarrolló en la antigua Babilonia alrededor de 3.100 a.C. Esta escritura se hizo en tabletas de arcilla, que no era el formato más portátil para la literatura escrita.

Los egipcios dieron un salto adelante con el papiro, unas láminas finas hechas con la médula de la planta de papiro. Con este material el conocimiento podía conservarse en rollos, que eran más fáciles de transportar, aunque aún voluminosos.

El papel en sí fue inventado en China a fines del siglo I d.C., pero no llegó a Europa sino hasta después de la caída del Imperio romano occidental.

Casi al mismo tiempo que el papel se estaba inventando en China, los romanos inventaron el códice.

Por primera vez, hojas de un tamaño uniforme se unieron a lo largo de un borde, entre dos cubiertas protectoras más grandes y más fuertes.

Fue así como nació el libro.

Por primera vez, grandes cantidades de información escrita podían concentrarse en un volumen altamente transportable.

Esa se convertiría en la forma estándar de escribir y almacenar información hasta el surgimiento del libro electrónico 1.900 años más tarde.

A través del imperio (tanto durante como después de la era romana), el libro se convirtió en el formato estándar para la escritura.

La palabra “biblia” es una variación de la palabra griega para “los libros” (ta biblia).

La invención del libro facilitó y mejoró el intercambio de ideas complejas, incluyendo todo, desde el Cristianismo hasta los anales sobre los emperadores.

Jem Duducu es el autor de “Los romanos en 100 hechos” (2015).

 

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25 febrero 2018 at 1:45 pm Deja un comentario

Julio César y las supersticiones de Roma

Decir “Salud” al estornudar, entrar en una habitación siempre con el pie derecho o romper un cordón eran algunos de los símbolos supersticiosos de la antigua Roma. Algunos de ellos se heredaron en las civilizaciones posteriores e incluso todavía siguen vigentes en la actualidad

Fuente: JESÚS CALLEJO > Madrid  |  Cadena SER
8 de febrero de 2018

No deja de sorprender que una ciudad-estado como era la antigua Roma, todo un imperio extendido por medio mundo gracias a su poder militar, fuera tan supersticioso como el que más.

En eso no era único ni original. Muchas de sus prácticas mágicas estaban influidas por los griegos, por los etruscos y los caldeos. Es sabido la afición que tenían los romanos de consultar a augures, arúspices y oráculos, prácticas que se incrementaron cuando pasaron de ser una austera República y se convirtieron en Imperio. Los emperadores o césares se creyeron divinos y vitalicios, rindiéndoseles un culto que iba más allá del mero aspecto político. Eso tenía su contrapartida: cualquier desastre militar -o incluso de la naturaleza- se le imputaba a la debilidad del soberano. Al emperador Nerón le achacaron el origen del terremoto ocurrido en la Italia meridional, aparte de algún que otro incendio de sobra conocido.

Cualquier persona que tuviera un sueño profético atinente a la suerte del Estado podía comunicárselo al Senado. Julio César creía en los vaticinios, aunque no los hizo mucho caso en los momentos finales de su vida, Tiberio se rodeó de varios astrólogos y Septimino Severo anotaba cuidadosamente los oráculos que se referían a su persona. Hubo una época en que los adivinos se hicieron imprescindibles hasta que fueron prohibidos por los emperadores cristianos.

Diversos autores latinos se encargaron de darnos a conocer estas múltiples supersticiones romanas. Una obra poco conocida de Cicerón (106-43 a.C.), titulada De Adivinatione, recoge algunas de estas creencias: “El tropezar, romper un cordón y estornudar tienen un significado supersticioso digno de atención”. Ovidio, en los Fastos, asegura: “si los proverbios tienen alguna importancia para tí, la gente dice que no es bueno para las esposas que se casen en mayo”.

Pero, sin duda, fue el escritor y historiador latino Plinio el Viejo (23-79 d.C.) el que se encargó de recopilar muchas de las supersticiones que practicaron los romanos y que luego, durante la Edad Media, pasaron a la cultura occidental. Su sobrino, Plinio el Joven, también se dedicó a esta clase de recopilaciones en su Epistolario, aunque con menos empeño. Hay algunas, tan conocidas hoy en día, como entrar en una habitación siempre con el pie derecho (ya mencionada por Petronio) o el exclamar “¡Salud!” cuando alguien estornuda en nuestra presencia (algo que exigía el emperador Tiberio) o bien el llevar consigo una pata de liebre o de conejo como amuleto para aliviarse de ciertas enfermedades o ahuyentar la mala suerte.

En su Historia Natural (enciclopédica obra compuesta por 37 libros sobre distintos aspectos del mundo de la naturaleza), Plinio el Viejo recoge creencias y supersticiones sobre los asuntos y objetos más variopintos, que van desde los alfileres (“tener varios alfileres que se hayan cogido de una tumba clavados en el umbral de una puerta es una protección contra las pesadillas nocturnas”) hasta los nudos (“Para curar las fiebres se suele poner una oruga en un trozo de lino con un hilo pasado tres veces alrededor y atado con tres nudos, repitiendo a cada nudo la razón por la que el mago realiza la operación”).

Se sabe que portaban toda clase de amuletos y que una de las supersticiones más extendidas era la utilización de tablillas (generalmente de plomo) donde aparecían los nombres a los que se quería hacer daño y que luego eran utilizados en un conjuro mágico.

Lo bueno, o lo malo, es que muchas de esas supersticiones las hemos heredado también nosotros…

 

9 febrero 2018 at 2:49 pm Deja un comentario

Mary Beard: Razones para plantar cara a los acosadores en la Red

La historiadora británica Mary Beard ofrece sus claves para luchar contra la agresividad, los insultos y la crispación en las redes sociales

Fly swatter. JENS MORTENSEN

Fuente: MARY BEARD  |  EL PAÍS
30 de septiembre de 2017

El volumen de comentarios insultantes y abusivos en las redes sociales resulta insoportable. Me encuentro todo el tiempo, un día tras otro, con tuits que me llaman farsante, nenaza (sic), engañifa, mierda, mentirosa, gorda, chiflada, que no sé latín… Es agotador. A eso se añaden las provocaciones y los cuestionamientos constantes, donde se tergiversan mis palabras y se aprovecha cualquier oportunidad para decir que he cambiado de criterio, me he acobardado o lo que sea. Hay que hacer grandes esfuerzos para mostrarse educada y tranquila ante ese diluvio.

Explicaré los antecedentes. En las últimas semanas me he visto envuelta en una especie de tormenta en Twitter, sin que los responsables de la red social hayan podido hacer mucho para detenerla. El detonante fue esta vez una discusión sobre la diversidad étnica de Reino Unido en la época romana (parece algo inocuo, ¿verdad?, pues sigan leyendo). Todo comenzó en julio, cuando un comentarista criticó un vídeo educativo de la BBC sobre una familia en la Bretaña romana, en la que el padre, un soldado de alto rango, era negro (eran dibujos animados, así que no se puede precisar mucho más). El comentarista se quejó en Twitter y en una página web cercana a la llamada derecha alternativa. “La izquierda”, escribió, “está literalmente tratando de reescribir la historia para fingir que en Gran Bretaña siempre hubo una inmigración masiva”.

Algunas personas se me adelantaron en el rechazo a la crítica y describieron muchas de las pruebas existentes sobre la diversidad étnica y cultural de la provincia. Yo me sumé bastante más tarde y dije que el vídeo era “muy atinado”. Por ejemplo, creo que el personaje de la BBC estaba vagamente basado (con ciertas variaciones cronológicas) en Quintus Lollius Urbicus, un hombre procedente de la actual Argelia, que llegó a ser gobernador de Bretaña; se puede visitar su tumba en las ruinas de Tiddis, en el país magrebí. Si quieren tener más datos, vean los blogs de los profesores Neville Morley y Matthew Nicholls. Por cierto, les agradezco a ambos, como a muchos otros, todo el apoyo que me han prestado.

Después de mi breve comentario comenzaron los ataques, que se prolongaron durante semanas. Sin llegar a ser amenazas de muerte (como le ha ocurrido a mi colega estadounidense Sarah Bond, que tuvo la osadía de decir que las estatuas clásicas, en su origen, no eran blancas), forman un torrente de insultos de lo más agresivo contra todos los aspectos de mi persona, desde mi competencia como historiadora y mis puntos de vista elitistas, propios de quien vive en una torre de marfil, hasta comentarios sobre mi edad, mi silueta, mi sexo (vieja chiflada, obesa, etcétera). Han quedado bastante compensados por las muestras de apoyo (doy de nuevo las gracias a todos), y, uno por uno, no pasan de ser irritantes, pero el efecto acumulado es muy desagradable.

 

La cosa empeoró cuando intervino Nassim Nicholas Taleb [ensayista que reside en EE UU], y no para darme la razón. Su participación desató todavía más insultos. Una persona, por ejemplo, colgó una foto de Taleb con un mensaje dirigido a mí: “¿Qué le parece esto?”. Cuando respondí que me sentía ligeramente acosada, otro replicó: “No, esto es un verdadero debate. Si hubiera más, quizá sería mejor historiadora”. Ese mismo tipo publicó después una caricatura de una rana que tapaba la boca de una mujer con la “mano”, lo cual, por cierto, da idea del tono sexista: mientras que Taleb era el profesor Taleb, yo era la señora Beard (los títulos académicos me importan bastante poco, pero es interesante la diferencia en el tratamiento).

Taleb fue un poco menos insultante, pero solo un poco. Me acusó de decir tonterías e intentó convertir la discusión en una especie de pelea de gallos: “¡Me han citado en medios académicos más veces a mí en un año que a ti en toda tu vida!”, llegó a escribir en un momento dado. Creo que yo mantuve el tono educado todo el tiempo, aunque supongo que son otros los que tendrán que decirlo. El profesor Taleb se enfadó cuando dije que había leído su bestseller sobre los riesgos financieros y políticos, pero nada más. En realidad, lo que yo quería decir era que conocía alguna obra suya, aunque no todas.

Me intercambié con Twitter mensajes amistosos y comprensivos, pero no puedo decir que sirviera de mucho para parar los ataques

Seamos justos con Twitter. Me intercambié con ellos mensajes amistosos, comprensivos y serviciales, y les di las gracias por ello, aunque no puedo decir que sirviera de mucho. El problema era que, a juicio de Twit­ter, muy pocos tuits eran verdaderamente denunciables. Algunos lo eran, y no fui la única en señalarlos, con un éxito moderado (hay que aceptar, aunque no esté de acuerdo, que la opinión de Twitter sobre lo que infringe sus normas puede ser distinta de la opinión de distintos usuarios).

¿Qué hacer, pues? ¿Por qué no bloqueé los comentarios, como me sugirieron muchos? Entiendo su punto de vista, pero nunca he tenido claro que haya que bloquear a otros en Twitter. Un motivo para no hacerlo es que hay que mirar. En alguna otra ocasión he recibido amenazas de muerte en la Red, y sé que conviene vigilar los ataques verbales para asegurarse de que se quedan en eso y no derivan en encontrarte en tu puerta una mañana una granada de mano. Bloquearlos no hace que dejen de comentar, solo sirve para no verlos más, y me parece que es como si dejáramos el patio del colegio en manos de los matones. Además, aunque seguramente nadie va a hacer cambiar de opinión a los más convencidos, quizá se consiga con algún agazapado. Y de paso demostrar a todo el mundo que es posible defender las posiciones. Batirse en retirada es el consejo que han recibido las mujeres durante siglos. No respondas, mira hacia otro lado. Aguántate y calla.

Imagen del vídeo de la BBC que ha generado la polémica.

Que es también (me duele decirlo) el consejo que me daban algunos de mis más cariñosos defensores. Cuando, unos días después, volvió a estallar todo, gracias a un tuit del profesor Taleb, afirmé que, en mi opinión, aquella discusión concreta ya estaba agotada y que debíamos pasar a otra cosa. Poco después recibí varias respuestas conciliadoras, del tipo: “Oh, Mary, déjalo estar, cariño, olvídate, bloquéale…”. Pensé que lo que yo había hecho era precisamente dejarlo estar. Acababan de atacarme otra vez y ya me estaban recomendando que no dijera nada.

En definitiva, cuando una mujer abre la boca para protestar, los que están en contra dicen que es una “quejica” y los que están de su parte, al menos algunos de ellos, dicen que es mejor que se calle. No está mal.

Bloquearlos no hace que dejen de comentar, solo sirve para no verlos. Parece como si dejáramos el patio del colegio en manos de los matones

De esta historia tan lamentable pueden extraerse varias reflexiones:

1. Opinar sin saber

Hay un problema de fondo. Siempre he pensado que la Historia no es algo de lo que solo pueden hablar los historiadores profesionales, y no me gusta mucho la gente que dice que “he leído más que tú sobre este tema, así que tengo razón”. Sin embargo, en esta discusión, tuve que preguntar varias veces: “¿Ha leído usted algún libro sobre la historia de la Bretaña romana?”. Unos cuantos tuvieron la decencia de contestar que no. Y era evidente que había varios casos de ignorancia. Al hablar del África subsahariana, más de uno colgó un mapa del Imperio Romano para decir que yo tenía que ser idiota si pensaba que podía haber gente procedente de allí en la Gran Bretaña de la época, porque el imperio no había llegado tan lejos. Me habrían hecho falta muchos caracteres, más de 140, para explicar por qué las fronteras convencionales que se veían en el mapa eran engañosas, y por qué el mundo de entonces era mucho más “romano” de lo que indicaban esas fronteras.

 

Otros querían que les diese una cifra exacta de la “proporción” de minorías étnicas en la Bretaña romana, sin darse cuenta, al parecer, de que no tenemos ni idea de cuánta gente en general vivía entonces en el país, ni de que no se puede hablar de composiciones típicas, dadas las enormes discrepancias que existían entre zonas urbanas y rurales y zonas militarizadas y no militarizadas. El vídeo de la BBC no decía que la familia que aparecía fuera “típica” (aunque el anuncio en su página web sí lo sugería, lo cual tal vez condujo a engaño).

2. No todo son certezas

En general, entre la mayoría de tuiteros y comentaristas, se notaba un ansia de certezas absolutas sobre la diversidad del pasado (y, cuando alguien sugería que esas certezas eran imposibles, los comentarios se convertían en “o sea, ustedes los historiadores no saben nada”). De lo que no cabe ninguna duda es de que el Imperio Romano —incluida Bretaña— tenía gran diversidad étnica y cultural, como muestran los sirios en Bath, o Quintus Lollius Urbicus, o el etíope que, según un escritor romano tardío, conoció a Septimius Severus en la Muralla de Adriano, o la maravillosa pareja de South Shields, Barates y Queenie (Regina), él de Palmira y ella de Essex. Eso es indudable.

Lo malo es que presentar casos concretos con lazos étnicos específicos es mucho más difícil, y exige utilizar una gran variedad de técnicas históricas y científicas. Ni siquiera en el caso de Septimius Severus, el primer emperador romano procedente de África (Libia), sabemos con certeza el color de su piel, cuánto tenía de “nativo” y cuánto de descendiente de un colono italiano.

3. Interpretar con cuidado

Se dijeron muchas tonterías, me temo, sobre datos genéticos, que, para mucha gente (incluido Taleb), parecen ser el instrumento mágico capaz de demostrar, por ejemplo, que no hubo presencia de subsaharianos en la Bretaña romana. No es verdad, no demuestran nada de eso; además, para utilizar esos datos genéticos, es necesario interpretarlos con sumo cuidado. El blog de Neville Morley es muy bueno en este sentido. El principal estudio en el que se basan casi todas estas afirmaciones es el que hizo el Wellcome Centre de Oxford sobre la población británica moderna, que demuestra que, en la población “nativa” tradicional de Reino Unido (antes de las últimas oleadas de inmigración), el componente de ADN subsahariano es muy escaso (no inexistente, pero sí muy escaso). De modo que Taleb se dedicó a burlarse de mí: “¿Dónde han ido a parar esos genes? Una posible explicación es que unos extraterrestres se los llevaron todos. Al fin y al cabo, no soy ningún experto en historia de los extraterrestres”. Muy bien. Pero resulta que en el estudio de Oxford también aparecen muy pocos genes normandos, y es indudable que ellos sí que vinieron en grandes cantidades. Puede que haya anomalías científicas, pero, como dice Morley, la pregunta más importante es por qué ha quedado tan poca herencia genética cuando existen pruebas claras de que hubo diversidad (tal vez los romanos y los normandos se mezclaron poco; tal vez, cuando los romanos dejaron Gran Bretaña, los “matrimonios mixtos” se fueron con ellos). No nos hace falta ningún extraterrestre.

4. Recurrir al insulto

 

Me parece muy triste que no podamos mantener una discusión razonable sobre un tema como la composición étnica y cultural de la Bretaña romana sin necesidad de recurrir al insulto, al ataque, a la misoginia y al lenguaje belicoso. Da pocas esperanzas a la posibilibidad de mantener cualquier conversación sobre la diversidad étnica actual.

He repasado los perfiles de Twit­ter de varios de los que se me han echado encima. Algunos tienen el típico aspecto del solitario descontento. Quiero dejar muy claro que ni la derecha ni la izquierda tienen el monopolio de la mala educación en la Red. No digo nada de eso. Pero me he encontrado con una faceta especialmente desagradable de la derecha, muchas veces reconocible por sus nombres en Twitter. Cosas como (me las estoy inventando) “puño de hierro”, “cabeza rapada” o, a veces, algo en latín macarrónico. Y también con un número de tuits completamente desproporcionado respecto de los seguidores que tienen.

Casi todos estos hombres (son mayoría, pero no hay solo hombres) resultan patéticos más que malos. Y no estoy segura de querer desperdiciar el tiempo de los tribunales con ellos. Pero no sé cómo es posible convencerlos para que dejen de amargar la vida de otras personas (yo tengo suerte, porque soy fuerte y tengo apoyos muy valiosos, pero otros sufren mucho más). Prefiero, sin duda, discutir sobre las discrepancias académicas de manera educada, no saltar a la primera de cambio, ni entrar en peleas con frases como “no digas idioteces”. Pero tampoco quiero vivir en un mundo en el que nadie se enfade nunca, en el que no haya jamás insultos. Ahora bien, no quiero que nadie sea grosero, nunca.

¿Cómo lograr que esta gente deje de practicar acosos colectivos como este? Se aceptan sugerencias.

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Mary Beard es catédratica de estudios clásicos en la Universidad de Cambridge y autora de ‘SPQR: Una historia de la antigua Roma’ (Crítica). Recibió en 2016 el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Este texto se publicó en una versión anterior en el ‘Times Literary Supplement’.

 

30 septiembre 2017 at 10:08 am 1 comentario

Las cinematográficas mentiras de los rocosos gladiadores: estrellas de Roma no tan fieras

Tras el periodo de la dinastía Julio-Claudio se prohibió en todas las partes del imperio, salvo en Roma, los combates a muerte. La cantidad de denarios que movía este negocio hacía que los patrocinadores tuvieran gran interés en que los gladiadores sobrevivieran a los combate

«Pollice Verso» (1872), del pintor francés Jean-Léon Gérôme – Museum purchase

Fuente: CÉSAR CERVERA ABC
14 de septiembre de 2017

Los gladiadores eran auténticas estrellas mediáticas, como hoy lo son los futbolistas o los tenistas, con la salvedad de que la impaciencia de los espectadores romanos no permitía que las competiciones se alargaran más de un día. Como si a un boxeador le obligaran a luchar varias veces en cuestión de pocas horas, la resistencia física era fundamental para poder aguantar ronda tras ronda combates interminables. No obstante, la gran mentira trasladada por películas como «Gladiator» o «Espartaco» es que la mayoría de gladiadores morían sobre la arena y que los espectadores acudían a ver sangre y vísceras. Lo último que querían los patrocinadores era ver muertos a los luchadores que los estaban haciendo de oro y proyectaban tantas cualidades que admiraba el pueblo romano. Nada había peor en estos espectáculos que un combate breve (mortal) o sin emoción.

La virtus era la principal cualidad masculina que regía la vida en la Antigua Roma. Se esperaba de los políticos, militares y ciudadanos que se mostraran varoniles, leales a la República (más tarde al Emperador) y dispuestos a sacrificarse por el bien común. De ahí la importancia social de los combates de gladiadores, que entretenían al pueblo con las hazañas de unos hombres que cumplían al detalle con la virtus y las cualidades marciales que habían engrandecido a Roma.

De rituales a espectáculo de masas

El nombre de gladiador deriva del arma principal que solían utilizar, una espada corta de hoja recta llamada gladius, que las legionarios romanas adaptaron a modo de imitación de las armas portadas por los mercenarios celtíberos de Aníbal Barca;. El origen más remoto de la lucha de gladiadores hay que buscarlo en la época etrusca (siglo IV a.C.), durante la cual se celebraban combates rituales entre los prisioneros en torno a las tumbas de los héroes para honrar a Saturno. En este sentido, como explica David Potter en su libro «Los emperadores de Roma» (Pasado&Presente, 2017), los combates públicos como entretenimiento, y no como rituales religiosos, ya se empezaron a celebrar en los años de la República, pero no adquirieron la magnitud de un espectáculo de masas, común en todas las regiones del Imperio, hasta después de la batalla de Accio (31 a.C.), cuando la Pax Romana permitió un periodo de relativa calma en las fronteras.

El formato más habitual de estos combates era el de una serie de asaltos entre dos o más hombres armados que finalizaban, por regla general, cuando uno de los contendientes resultaba herido. Al comienzo del evento, los gladiadores desfilaban por el circo con sus armas y distintivos. Cuando llegaban al palco del Emperador saludaban a las autoridades en muestra de respeto, pero es poco probable que pronunciaran el cinematográfico «Ave, Caesar, morituri te salutant» (Ave, César, los que van a morir te saludan), tras lo cual presentaban sus armas al promotor encargado de comprobar que estuvieran en buen estado y cumplieran con las reglas establecidas. Asimismo, los gladiadores realizaban un precombate simulado (prolusio) a modo del moderno calentamiento.

Gladiadores después del combate, por José Moreno Carbonero

Los vencedores en los combates iban acumulando prestigio y subían de categoría, de tal manera que a los veteranos les quedaba la opción al final de su carrera de convertirse en maestros de las escuelas o incluso en árbitros. Los combates estaban perfectamente reglados por un «suma rudis», un árbitro que vigilaba el desarrollo de la lucha y que mandaba parar el combate cuando uno de los contendientes no respetaba las normas. El «suma rudis» era siempre un gladiador retirado y portaba una espada de madera, símbolo de su pasado como luchador de la arena.

Las estrellas no pueden morir

La creencia de que todos los gladiadores eran esclavos o debían ganarse su libertad se desmiente con la existencia de numerosos hombres libres que se dedicaron a estos combates con fines lucrativos. Las filas de las escuelas de gladiadores se nutrían con prisioneros de guerra, condenado ad gladium, a trabajos forzados y esclavos destinados a las escuelas por sus amos para que los adiestraran y luego poder usarlos de guardia de corp en sus familias.

No en vano, la cantidad de denarios que movía este negocio, que los magistrados civiles tenían la obligación de organizar al menos una vez al año, hacía que los patrocinadores tuvieran gran interés en que los gladiadores sobrevivieran a los combates y, de paso, evitar el pago de los millonarios seguros de vida contratados por los hombres libres en caso de sufrir una desgracia.

Gladiadores victoriosos ofreciendo las armas a Hércules guardián

Según el jurista y escritor Gayo, los gladiadores de alquiler para un solo combate se cotizaban a 20 denarios si salían vivos y sin heridas del anfiteatro, mientras que la cifra se elevaba a los 1.000 por los hombres muertos o mal heridas. Los mejores gladiadores voluntarios firmaban contratos de cinco años y combatían dos o tres veces cada temporada.

Los combatientes se organizaban en «familiae», esto es, compañías en las que sus entrenadores tenían la potestad de vender, alquilar o intercambiar a los miembros de su equipo. Los propietarios de las escuelas de gladiadores, conocidos como «lanistas», eran los responsables de reclutar a los guerreros y de su entrenamiento. El adiestramiento diario en la escuela era en muchos casos extremo, pues se requería un gran aguante para soportar una sucesión maratoniana de combates sobre la arena. Por lo demás, los gladiadores vivían entre grandes comodidades para preservar su salud.

A cambio de los duros entrenamientos, los gladiadores obtenían buenas dietas, masajes y cuidados médicos diarios, algo al alcance de muy pocos en la época. En la víspera de la lucha –explican los autores de «Historia del deporte. De la Prehistoria al Renacimiento» (Editorial Wanceulen)– se ofrecía públicamente a los gladiadores una cena libera con los mejores manjares y bebidas, con el fin de que el pueblo pudiera observar de cerca a sus héroes. A nivel social, se daba la contradicción de que los patricios romanos denigraban a los gladiadores por su baja posición y, a la vez, los admiraban por su valentía y los elevaban por encima de otras grandes celebridades.

Sangre, sudor y habilidad

Ver un derramamiento de sangre no era lo que hacía tan seguidas las luchas entre gladiadores. La sociedad romana sentía fascinación por el dolor y el sufrimiento, hasta el punto de que los gladiadores eran admirados como símbolos de fortaleza extrema, individuos que arriesgaban la vida y la integridad física. Una pequeña dosis de sangre y sufrimiento era bienvenida, aun cuando las matanzas no eran deseables ni lo más probable (el índice de mortalidad estaba en torno al 5% en cualquiera de los espectáculos romanos). La muerte acaecía por accidente o cuando uno de los contendientes se comportaba de manera esquiva o inútil, en cuyo caso se le azuzaba con latigazos y hierros candentes. Si persistía en su actitud se le azotaba y mataba por cobarde.

A la muerte de Augusto, le siguió un periodo en el que sí fueron más frecuentes los combates «sine missione» (sin perdón). No obstante, tras el periodo de la dinastía Julio-Claudio se prohibió en todas las partes del imperio, salvo en Roma, los combates a muerte. E incluso en la capital solo cuando asistía el Emperador era habitual que las luchas acabaran con muertos. De ahí ha derivado la cinematográfica escena de la grada, sediento de sangre, pidiendo al Emperador la muerte o el perdón del gladiador derrotado con la señal del dedo pulgar hacia arriba (pollice verso, pulgar girado). Una interpretación errónea de este gesto, que se extendió originalmente por culpa de un cuadro del siglo XIX del pintor francés Jean Leon Gerome. En verdad, el pulgar hacia abajo significaba clemencia para el vencido, a través de un gesto que trataba de imitar una espada envainada de nuevo.

En la época del Emperador Marco Aurelio, fue habitual que en los enfrentamientos se usaran armas de madera en vez de espadas y tridentes de acero. Todo ello porque la verdadera esencia de estos combates era dar con un espectáculo de larga duración en el que se exhibieran las habilidades marciales de los combatientes y hubiera un toque teatral. En las raras situaciones en las que un gladiador moría, el operario que lo retiraba de la arena iba disfrazado como el dios etrusco del infierno blandiendo un enorme y teatral martillo.

Para ver sangre a raudales había otros entretenimientos públicos con una violencia más explícita y probable. Entre ellos –apunta David Potter– aquellos en los que uno o más cazadores profesionales acosaban y daban muerte a diferentes tipos de animales o en las ejecuciones de delincuentes, precedidas de torturas públicas, que se vestían de representación teatral. Y a veces se enfrentaban a muerte los condenados. Asimismo, «la exposición a las bestias» consistía en arrojar a convictos desarmados a la arena para que fueran devorados por leones, tigres, osos o lobos.

La decandencia de este tipo de entretenimientos fue acelerado por las prohibiciones. En el año 200 se prohibió que las mujeres lucharan y, finalmente, la lucha de gladiadores fue prohibido por el Emperador Constantino el Grande en el año 325, y retirado definitivamente por Horacio en el 404. El ascenso del cristianismo a fe oficial de Roma hizo que los espectáculos que tanto gustaban a la gente empezaron a ser mal vistos, por crueles y sanguinarios, así como por recordar la muerte de mártires cristianos a manos de bestias en los años de la persecución de los seguidores de Cristo.

 

14 septiembre 2017 at 7:59 am Deja un comentario

Mary Beard, la latinista que no esquiva ninguna pelea en Twitter

La profesora de Cambridge, autora de ‘SPQR’, llena auditorios en su gira española

Mary Beard, fotografiada este viernes en la Fundación Telefónica. CARLOS ROSILLO

Fuente: GUILLERMO ALTARES > Madrid  |  EL PAÍS
8 de septiembre de 2017

¿Puede un tipo llamado Quintus Lollius Urbicus, nacido en Argelia en el siglo segundo de nuestra era, ser el protagonista de una tormenta de fango en las redes sociales, con miles de tuits? Sí, si está Mary Beard en medio. Esta profesora de estudios clásicos en Cambridge es, a la vez, una erudita muy respetada, autora de libros como SPQR, Pompeya o El Triunfo Romano, y una celebridad global por sus documentales en la cadena británica BBC o su presencia en redes sociales, donde decidió hace tiempo no esquivar ninguna pelea. Mary Beard (Shropshire, 1955) ha visitado esta semana España para ser investida doctora honoris causa por la Universidad Carlos III y ha impartido dos conferencias, en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) el miércoles y ayer en el Espacio Telefónica. En el museo, la cola superaba de lejos el jardín del edificio y solo los que llegaron dos horas antes pudieron entrar. En Telefónica, las entradas gratuitas se agotaron a la hora de ofrecerse en la red. Después de su paso por Madrid, el domingo comenzará en Cádiz el rodaje de un nuevo documental, con Julio César como protagonista.

Público asistente a la conferencia de la académica Mary Beard en la Fundación Telefónica. CARLOS ROSILLO

Su última batalla en Twitter se produjo este verano cuando la BBC emitió un documental para niños en el que mostraba a una familia en la Inglaterra romana donde el padre era negro. Eso provocó una serie de tuits abiertamente racistas y Mary Beard entró al trapo, tanto en su blog del Times Literary Suplement como en la red social, donde tiene casi 150.000 seguidores. Frente a los insultos, se dedicó a razonar, a dar información y datos: el hombre retratado era el citado Quintus Lollius Urbicus, gobernador de Britania bajo Antonino Pío, y tenía grandes posibilidades de ser subsahariano. Lo que más desconcertó a Beard durante esa polémica fue la dificultad con la que los acosadores en las redes lidiaban con la incertidumbre. “Me decían cosas como ‘entonces cuál era el porcentaje de negros en la Inglaterra romana’, a lo que yo respondía: ‘cómo lo vamos a saber si ni siquiera sabemos qué población tenía la Inglaterra romana”, explica en una entrevista en Madrid antes de sus conferencias.

140 caracteres

“Con 140 caracteres, no es el mejor medio para mantener discusiones sutiles”, señala entre carcajadas (la profesora Beard casi siempre se está riendo y es capaz de hacer que la transcripción latina más obtusa sea entretenida). “Y desde luego la Red no está preparada para explicar que no saber algo no significa un fracaso, sino simplemente que no tenemos pruebas para ello. Lo grave es que el debate político también rehúye la incertidumbre, nos pide certezas ante las que no tenemos respuestas, como ¿debemos salir de la UE? Sí o no. No podemos decir que no entendemos la pregunta”.

También cree que los romanos disponían de algo parecido a Twitter, las pintadas en las paredes. Ella ha estudiado a fondo las de Pompeya, el lugar del mundo donde más se conservan, y en las que aparecían inscripciones tan delicadas como “Publius Comicius Restitutus estuvo aquí con su hermano” mientras que alguien había escrito al lado: “¿Y cagó?”. “Todas las sociedades han inventado una forma de decir yo estoy aquí. El problema es que en Pompeya lo leían unos pocos, unos miles como mucho. Ahora puede ser masivo y en ocasiones Twitter se ha convertido en una ciénaga con cosas horribles, pero también hay cosas buenas. Yo he recibido muchos insultos, pero también apoyos, elogios, gente que me agradece que me enfrente a esos imbéciles”.

El éxito de Mary Beard no se explica solo por sus documentales para la BBC —disponibles en plataformas como Filmin o YouTube—, ni por la calidad de sus libros, sino por su capacidad para acercar Roma a la actualidad, para demostrar que muchos de los dilemas a los que nos enfrentamos ahora ya estaban sobre la mesa hace 2.000 años.

Siempre ha mantenido que no debemos admirar a Roma, que no debe ser ejemplo para nosotros, pero sí mantiene que explica muchas cosas. Por ejemplo, en el Museo Arqueológico Nacional, que recorrió el miércoles, se conserva una bellísima estatua de Livia, la esposa del primer emperador Augusto, que fue acusada por Tácito y Suetonio de todo tipo de maldades (entre ellas de envenenar a su esposo), explotadas luego por Robert Graves en Yo, Claudio. “Livia tenía muy mala reputación. Ellos no lo inventaron y lo que refleja es la sospecha general que las mujeres despertaban en el Imperio romano. Pero también tiene otra lectura: tras el final de la República, las decisiones se tomaban en secreto, lo importante ocurría fuera de la vista del público. Y alguien tan cercano al emperador como Livia levantaba sospechas. ¿No ocurre ahora lo mismo con Donald Trump aunque, al menos por ahora, no tenga un poder absoluto? ¿No se dice lo mismo de Ivanka o Melania?”.

LA ACTUALIDAD DE TÁCITO

“Nunca ha habido un mejor analista de la corrupción del poder”, asegura Mary Beard sobre el historiador romano Tácito (y no es la única experta en literatura romana que lo piensa). Este escritor y político romano, que vivió entre los años 55 y 120, relató la historia de los primeros emperadores en sus Anales.

“Uno de sus aspectos más increíbles es que la corrupción también llega a su estilo, que es muy difícil, lo que cuenta se transparenta en la forma en la que lo relata. También estoy segura de que en todas las épocas, siempre ha existido alguien que pensaba que era el mejor momento para leer a Tácito”. Al principio de su gran obra —de la que se ha perdido gran parte a lo largo de los siglos—, Tácito asegura que escribe “sin ira y sin parcialidad” y tal vez sea ese otro de los motivos por los que 2.000 años después seguimos leyéndolo.

 

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8 septiembre 2017 at 8:47 pm Deja un comentario

¿Cómo era la Roma del siglo XVIII?

El Museo Británico rinde homenaje a Francis Towne, uno de los mejores acuarelistas británicos, quien pintó las ruinas de Roma

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Dentro del Coliseo (1780), de Francis Towne. Foto: The Trustees of th e British Museum

Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC

Para intuir cómo era la Roma del siglo XVIII hay que contemplar la pintura de la época, pues las primeras fotografías de la ciudad se remontan a mediados del siglo XIX. El acuarelista Francis Towne, nacido en Londres en 1739, pintó las ruinas de Roma cuando apenas habían sido excavadas y los turistas las podían visitar libremente.

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Dentro del Coliseo (1780), de Francis Towne. Foto: The Trustees of th e British Museum

Towne viajó a Roma en 1780, en un período de crisis política en Inglaterra, cuando Estados Unidos luchó por su independencia y poco antes del estallido de la Revolución Francesa. Las ruinas del antiguo Imperio romano eran consecuencia de la corrupción política y Towne y su círculo social las veían como un aviso de lo que le podría ocurrir a Inglaterra y a la sociedad de su época.

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El Templo de Vesta (1781), de Francis Towne. Foto: The Trustees of th e British Museum

Cincuenta y dos paisajes de Roma

Towne intentó ser elegido por la Real Academia británica hasta en once ocasiones, pero no consiguió su objetivo. Sus méritos artísticos fueron reconocidos tras su muerte en 1816, cuando legó su obra al Museo Británico. A comienzos del siglo XX finalmente fue reconocido como uno de los mejores acuarelistas británicos y hoy, en el bicentenario de su muerte, se le dedica una exposición en el Museo Británico. La muestra Luz, tiempo, legado: las acuarelas romanas de Francis Towne, del 21 de enero al 14 de agosto de 2016, reúne las 75 bellas acuarelas que el artista legó al museo, entre ellas 52 paisajes de Roma que no se habían mostrado juntos desde 1805. Cuando Towne llegó a Roma empezó a organizar excursiones al norte de la ciudad, donde pintó paisajes rurales, pero luego se interesó por los monumentos de Roma, como el Coliseo o la basílica de San Pedro, que se pueden contemplar en esta espléndida muestra.

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Un sepulcro en el camino entre Roma y el Ponte Nomentano (1780), de Francis Towne. Foto: The Trustees of th e British Museum

26 enero 2016 at 8:21 pm 2 comentarios

“Las atrocidades de hoy son dignas del imperio romano”, dice Simon Scarrow

El ganador del III Premio Barcino de novela histórica recoge hoy el galardón

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El novelista Simon Scarrow, ganador del III Premio Barcino, retratado ayer en Barcelona. / QUIQUE GARCÍA (EFE)

Fuente: JACINTO ANTÓN > Barcelona  |  EL PAÍS    05/11/2015

El escritor británico Simon Scarrow (1962), flamante ganador de la tercera edición del Premio Barcino de novela histórica y autor de una de las mejores series de romanos de todos los tiempos, la que protagonizan Cato y su amigo Macro bajo las águilas en tiempos de Claudio, sigue teniendo recio aspecto de legionario de confianza, de esos que desataban el infierno en los bosques de Germania bajo las órdenes del general Maximus. Y eso que ya no se ejercita, según me dijo ayer, con la balista, ni hace la instrucción con los frates de la reconstrucción histórica. Conserva, eso sí, su lorica musculata,la coraza con chocolatines de los tribunos y legados. Lo que le ha cambiado sobre todo, explica, es el carácter. Se ha vuelto —como su personaje Cato— menos idealista, menos flexible, más intransigente con las cosas que no le gustan, como, por ejemplo, dijo, David Cameron, al que le gustaría hacer morir “de manera horrible” en alguno de sus libros (en los que generalmente todo el mundo muere así), lo que sería una buena “venganza de los cerdos” (en referencia al Piggate y los actos de zoofilia del primer ministro en sus juergas estudiantiles). La edad, aduce, y un divorcio, lo han agriado un poco.

Ha llegado Scarrow a Barcelona, ciudad que conoce bien y que una vez, por Sant Jordi, incluso recorrió escoltado por un grupo de legionarios, para recoger el Barcino (esta tarde en el Saló de Cent del Ayuntamiento) y en feliz coincidencia con la aparición en España de la entrega 13 de su serie, Hermanos de sangre (Edhasa). En realidad, Scarrow ya está a punto de publicar en Gran Bretaña su siguiente título, el 14 º, y asegura que ya tiene contratados dos más y que proyecta llegar a los 25. Y eso que inicialmente su editor pensaba en 3, su agente en 5 y él mismo en 10. Cosas del éxito.

Explicó ayer Scarrow que había planeado matar al final a los camaradas Cato y Macro en el año 69, el tan tumultuoso de los cuatro emperadores (Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano: véase Suetonio), haciéndolos enfrentarse el uno con el otro. Los lectores se opusieron vehemente a ello así que ha decidido dejarlos retirarse tranquilamente del ejército y montar una bodega en un sitio relajado como… Pompeya. En fin, ya veremos, que hay aún mucha novela por escribir. Es divertido porque en todo caso allí coincidirían a lo mejor con otro personaje romano cuyo final ha planificado también en la alegre villa del Vesubio otra novelista (asimismo de Edhasa y ganadora también, en su primera edición, del Barcino: Lindsey Davis): Marco Didio Falco.

A Davis (que se había enfadado mucho con él por bromear en una novela con su personaje) se refirió ayer Scarrow: “Hemos superado diferencias. Ahora somos amigos. Nunca pretendí ofenderla. Es una mujer muy inteligente y brillante, no tengo sino gratitud hacia ella: abrió el mercado para todos nosotros. Fue la primera en escribir de romanos desde el punto de vista de un personaje ordinario, un romano de la calle”.

Las novelas de Scarrow han aumentando en violencia. La última, Cuervos sangrientos —trasposición al limes de Britania de El corazón de las tinieblas, con un siniestro jefe de caballería llamado Quercus (Kurtz), era un literal baño de hemoglobina. El autor admite esa escalada, lo que achaca también a la edad, Añade que las guerras tienen eso y que basta con ver lo que hacen los bárbaros actuales que son los militantes de Estado Islámico. Reflexionó no obstante que las atrocidades bélicas de EE UU son dignas del Imperio romano. Y en ese sentido señaló que decapitar o dirigir con un dron la destrucción de un pueblo en Afganistán no son cosas tan diferentes. “Las legiones romanas también mataban en nombre de la civilización”

Scarrow recordó ayer que además de novelas romanas ha escrito de otras épocas. Como del sitio de Malta por los turcos en La espada y la cimitarra, en la que aparecía un personaje catalán llamado Mas, que era muy tozudo. El novelista agradeció a su editor español Daniel Fernández haberle introducido en nuestra historia y nuestra política. De la actualidad soberanista mostró una comprensión similar a la de Julio César con los eburones y calificó al procés, como al independentismo escocés, de “dificultades regionales” y “patriotismo parroquiano”.

Recientemente ha escrito una novela ambientada en Grecia en la II Guerra Mundial en la que los alemanes no salen bien parados, cosa que agradecerán mucho los griegos y, apuntó con sorna, los poseedores de un Volkswagen.

Scarrow prepara otra serie, ambientada en el siglo III, pero no quiere dar detalles porque ya una vez le levantó el tema (la marina romana) otro escritor. “Hay menos honorabilidad entre autores que entre ladrones”, sentenció.

Fragmentos de ‘Hermanos de sangre’

Macro blandió la espada sobre el brazo del lancero desgarrando carne y músculo y cortándolo por completo. Siguió corriendo, sabiendo que el miembro cortado se agitaba bajo su bota.

—¿Paz? —Caractaco escupió la palabra—. Habéis convertido nuestros pueblos y ciudades en un erial, y habéis sembrado las ruinas con los cadáveres de nuestra gente, ¿y a eso le llamáis paz?

—Un druida —dijo Cato—. Mierda.

El borde del hacha del guerrero brigante se estampó en el cráneo del legionario, reventándole las órbitas de los ojos y el puente de la nariz.

5 noviembre 2015 at 2:37 pm Deja un comentario

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