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Primer capítulo de “Mujeres y poder”, un manifiesto de Mary Beard

Este año la editorial Planeta publicó el libro que recopila algunas de las conferencias de Mary Beard. La inglesa es una académica especializada en estudios clásicos. Es catedrática en la Universidad de Cambridge y, además, una de las voces más importantes del feminismo contemporáneo.

Mary Beard recibió considerables ciberacosos después de que apareciese en enero de 2013 en el programa de la BBC Question Time desde Lincolnshire, y se expresase positivamente sobre los trabajadores inmigrantes que vivían en el condado. / AFP

Fuente: Mary Beard  |  El Espectador
12 de julio de 2018

Quiero empezar por el principio mismo de la tradición literaria occidental, con el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer «que se calle», que su voz no había de ser escuchada en público. Me refiero a un momento inmortalizado al comienzo de la Odisea de Homero, hace casi tres mil años, una historia que tendemos a considerar como el relato épico de Ulises y las aventuras y peripecias a las que tuvo que enfrentarse para regresar a casa tras finalizar la guerra de Troya, mientras su leal esposa Penélope le aguardaba y trataba de ahuyentar a sus pretendientes que la apremiaban para casarse con ella. No obstante, la Odisea es asimismo la historia de Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, la historia de su desarrollo personal, de cómo va madurando a lo largo del poema hasta convertirse en un hombre.

Este proceso empieza en el primer canto del poema, cuando Penélope desciende de sus aposentos privados a la gran sala del palacio y se encuentra con un aedo que canta, para la multitud de pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Como este tema no le agrada, le pide ante todos los presentes que elija otro más alegre, pero en ese mismo instante interviene el joven Telémaco: «Madre mía —replica—, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca … El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa». Y ella se retira a sus habitaciones del piso superior. Hay algo vagamente ridículo en este muchacho recién salido del cascarón que hace callar a una Penélope sagaz y madura, sin embargo, es una prueba palpable de que ya en las primeras evidencias escritas de la cultura occidental las voces de las mujeres son acalladas en la esfera pública.

Es más, tal y como lo plantea Homero, una parte integrante del desarrollo de un hombre hasta su plenitud consiste en aprender a controlar el discurso público y a silenciar a las hembras de su especie. Las palabras literales pronunciadas por Telémaco son harto significativas, porque cuando dice que el «relato» está «al cuidado de los hombres», el término que utiliza es mythos, aunque no en el sentido de «mito», que es como ha llegado hasta nosotros, sino con el significado que tenía en el griego homérico, que aludía al discurso público acreditado, no a la clase de charla ociosa, parloteo o chismorreo de cualquier persona, incluidas las mujeres, o especialmente las mujeres. Lo que me interesa es la relación entre este momento homérico clásico en el que se silencia a una mujer y algunas de las formas en que no se escuchan públicamente las voces de las mujeres en nuestra cultura contemporánea y en nuestra política, desde los escaños del Parlamento hasta las fábricas y talleres. Es una acostumbrada sordera bien parodiada en la viñeta de un viejo ejemplar de Punch: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla».

Examinemos ahora cómo podría relacionarse esta situación con el abuso al que, incluso hoy en día, están sometidas muchas mujeres que sí hablan, y una de las cuestiones que me ronda por la cabeza es la conexión entre pronunciarse públicamente a favor de un logo femenino en un billete bancario, las amenazas de violación y decapitación en Twitter, y el menosprecio de Telémaco hacia Penélope.

Mi objetivo aquí es adoptar un punto de vista amplio y distante, muy distante, sobre la relación culturalmente complicada entre la voz de las mujeres y la esfera pública de los discursos, debates y comentarios: la política en su sentido más amplio, desde los comités de empresa hasta el Parlamento. Espero que este enfoque desde la lejanía nos ayude a superar el simple diagnóstico de «misoginia» al que recurrimos con cierta indolencia, pese a ser, sin duda alguna, una forma de describir lo que ocurre. (Si uno acude a un programa de debate en televisión y después recibe una avalancha de tuits en lo que se comparan tus genitales con una variedad de vegetales podridos, es difícil encontrar una palabra más adecuada para definir la situación.) No obstante, si lo que queremos es comprender —y hacer algo al respecto— por qué las mujeres, incluso cuando no son silenciadas, tienen que pagar un alto precio para hacerse oír, hemos de reconocer que el tema es un poco más complicado y que hay un trasfondo al que hay que remitirse.

“Por qué las mujeres, incluso cuando no son silenciadas, tienen que pagar un alto precio para hacerse oír”.

El arrebato de Telémaco no fue más que el primer caso de una larga lista, que se extiende a lo largo de toda la Antigüedad griega y romana, de fructuosos intentos no solo por excluir a las mujeres del discurso público sino también por hacer ostentación esta exclusión. A principios del siglo iv a. C., por ejemplo, Aristófanes dedicó una comedia entera a la «hilarante» fantasía de que las mujeres pudieran hacerse cargo del gobierno del Estado. Parte de la broma consistía en que las mujeres no podían hablar en público con propiedad, o más bien que no podían adaptar su charla privada (que en este caso estaba centrada básicamente en el sexo) al elevado lenguaje de la política masculina. En el mundo romano, las Metamorfosis de Ovidio —esa extraordinaria épica mitológica sobre los cambios físicos de los personajes (y probablemente la obra más influyente de la literatura occidental después de la Biblia)— vuelve reiteradamente a la idea de silenciar a las mujeres en su proceso de transformación. Júpiter convirtió en vaca a la pobre Ío para que tan solo pudiera mugir, no hablar; mientras que la parlanchina Eco es castigada a que su voz no sea nunca la suya, a ser un simple un instrumento que repita las palabras de los demás.

En el famoso cuadro de Waterhouse, Eco contempla a su anhelado Narciso sin poder entablar conversación con él, mientras este se enamora de su propia imagen reflejada en un estanque. Un antólogo romano serio del siglo i d.C. solo pudo recopilar tres ejemplos de «mujeres cuya condición natural no consiguió acallarlas en el foro». Sus descripciones son reveladoras. La primera, una mujer llamada Mesia, se defendió a sí misma con éxito en los tribunales y «dado que tenía una auténtica naturaleza masculina tras su apariencia de mujer fue apodada la “andrógina”». La segunda, Afrania, solía iniciar ella misma las demandas judiciales y era tan «descarada» que las defendía personalmente, por lo que todo el mundo estaba harto de sus «ladridos» o «gruñidos» (no se le concede la gracia del «habla» humana). Sabemos que murió en el año 48 a.C., porque «con semejantes bichos es más importante documentar su muerte que su nacimiento». En el mundo clásico hay solo dos importantes excepciones de esta abominación respecto a las mujeres que hablan en público. En primer lugar, se les concede permiso para expresarse a las mujeres en calidad de víctimas y de mártires, normalmente como preámbulo a su muerte. A las primeras mujeres cristianas se las representaba proclamando su fe a gritos mientras eran conducidas a los leones, y en un conocido relato de la historia arcaica de Roma, a la virtuosa Lucrecia, violada por un desalmado príncipe de la monarquía gobernante, se le concede un papel con diálogo solo para denunciar al violador y anunciar su propio suicidio (o así lo presentaron los autores romanos: no tenemos la menor idea de lo que sucedió realmente). No obstante, incluso esta ínfima y amarga oportunidad de expresión podía ser denegada. En un relato de las Metamorfosis se nos cuenta la violación de la joven princesa Filomela, a la que el violador, para evitar cualquier denuncia al estilo de Lucrecia, sencillamente le corta la lengua.

“El discurso público y la oratoria no eran simplemente actividades en que las mujeres no tenían participación, sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género”.

Esta idea la recoge Shakespeare en su Tito Andrónico, donde también se le arranca la lengua a Lavinia tras ser violada. La otra excepción es más corriente, pues en ocasiones las mujeres podían levantarse y hablar legítimamente para defender sus hogares, a sus hijos, a sus maridos o los intereses de otras mujeres. Por consiguiente, en el tercero de los tres ejemplos de oratoria femenina planteados por el antólogo romano, la mujer, de nombre Hortensia, se sale con la suya porque actúa explícitamente como portavoz de las mujeres de Roma (y solo de las mujeres), tras haber sido sometidas a un impuesto especial sobre el patrimonio para financiar un dudoso esfuerzo de guerra. Dicho de otro modo, en circunstancias extremas las mujeres pueden defender públicamente sus propios intereses sectoriales, pero nunca hablar en nombre de los hombres o de la comunidad en su conjunto. En general, tal y como lo expresó un gurú del siglo ii d. C., «una mujer debería guardarse modestamente de exponer su voz ante extraños del mismo modo que se guardaría de quitarse la ropa». No obstante, en todo esto hay mucho más de lo que se percibe a simple vista. Esta «mudez» no es solo un reflejo de la privación general de poder de las mujeres en el mundo clásico, donde, entre otras cosas, no tenían derecho al voto y su independencia legal y económica era limitada. En la Antigüedad, las mujeres no solían elevar su voz en la esfera política, donde no tenían participación alguna, pero aquí estamos ante una exclusión de las mujeres del discurso público mucho más activa y malintencionada, con un impacto mucho mayor del que reconocemos en nuestras propias tradiciones, convenciones y supuestos acerca de la voz de las mujeres. Lo que quiero decir es que el discurso público y la oratoria no eran simplemente actividades en que las mujeres no tenían participación, sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género. Como ya hemos visto con Telémaco, convertirse en un hombre (o por lo menos en un hombre de la élite) suponía reivindicar el derecho a hablar, porque el discurso público era un (o mejor el) atributo definitorio de la virilidad. Es más, citando un conocido eslogan romano, el ciudadano de la élite podía definirse como vir bonus dicendi peritus, «un hombre bueno diestro en el discurso». Por consiguiente, una mujer que hablase en público no era, en la mayoría de los casos y por definición, una mujer.

Si recorremos la literatura antigua, encontraremos un reiterado énfasis sobre la autoridad de la voz grave masculina en contraste con la femenina. Un antiguo tratado científico enuncia de forma explícita: una voz grave indica coraje viril, mientras que una voz aguda es indicativo de cobardía femenina. Otros autores clásicos insistían en que el tono y timbre del habla de las mujeres amenazaba con subvertir no solo la voz del orador masculino sino también la estabilidad social y política, la salud, del Estado. En una ocasión, un orador e intelectual del siglo ii d.C. con el nombre revelador de Dión Crisóstomo, que significa literalmente Dión «Boca de Oro», pidió a su audiencia que imaginase una situación en la que «una comunidad entera se viera afectada por una extraña dolencia: que, repentinamente, todos los hombres tuvieran voces femeninas, y ningún varón —niño o adulto— pudiera hablar de manera viril. ¿No sería esta una situación terrible y más difícil de soportar que cualquier otra plaga? No me cabe duda de que enviarían una delegación a un santuario para consultar a los dioses y tratar de propiciar el favor divino con numerosas dádivas». No era ninguna broma.

 

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13 julio 2018 at 1:06 pm Deja un comentario

Mary Beard: “La ‘Odisea’ nos dio un modelo para silenciar la voz de las mujeres”

En “Mujeres y poder”, la historiadora británica nos lleva hasta la antigüedad griega y romana para comprender por qué todavía, en el siglo XXI, las mujeres deben luchar más para ocupar puestos de liderazgo e incluso para hablar en público. No se trata de suprimir obras, sino de hacerse preguntas. ¿Repetimos patrones culturales? ¿Hay mujeres poderosas en la historia antigua?

La historiadora Mary Beard en una imagen de archivo. AFP

Fuente: Juan Rodríguez M. – El Mercurio, vía Economía y Negocios Online
2o de mayo de 2018

En la gran sala del palacio, un hombre canta las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso a Grecia, tras la guerra de Troya. Penélope, la mujer de Ulises, uno de aquellos héroes, sale de sus habitaciones, oye el canto y, frente a la multitud que escucha, le pide al aedo que elija un tema más alegre. Entre los oyentes está Telémaco, hijo de Penélope y Ulises, apenas un muchacho: “Madre mía -dice-, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca … El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa”. Penélope obedece y se retira a sus habitaciones privadas.

El episodio está narrado al comienzo de la “Odisea”. Lo recuerda la historiadora inglesa Mary Beard en “Mujeres y poder. Un manifiesto” (Crítica, 2018), su libro más reciente. Catedrática de Estudios Clásicos en Cambridge y autora de libros como “El triunfo romano”, “La herencia de los clásicos” y “SPQR. Una historia de la antigua Roma”, Beard dice que dicho episodio es “el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer «que se calle», que su voz no había de ser escuchada en público”.

Dada la discriminación y violencia de género todavía presente, el libro plantea una pregunta simple de hacer, pero difícil de responder: ¿por qué pensamos como pensamos sobre las mujeres, los hombres y el poder?

Beard va a buscar la respuesta a Grecia y Roma. “En algunos sentidos (¡no todos!), en Occidente, hemos heredado culturalmente estas maneras antiguas de tratar y percibir a las mujeres -dice, a través de un correo electrónico-. La ‘Odisea’, en los comienzos de la literatura occidental, nos dio un modelo para silenciar la voz de las mujeres. Por supuesto que hay otras influencias también (gracias al cielo), pero la cultura occidental en parte todavía mira hacia el silencio de las mujeres de la antigüedad”. Como ocurre en ese chiste, recogido en el libro, en el que una mujer hace una propuesta en una reunión de trabajo y el jefe le dice: “Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presente quiera hacerla”. O en algunas reacciones destempladas y perturbadoras, “como las amenazas de violación y decapitación en Twitter”, anota la autora.

Beard cree que desde los arrebatos misóginos contemporáneos hasta las maneras y apariencia que adoptan algunas líderes (impostar un tono de voz grave, vestir trajes oscuros, ojalá chaqueta y pantalón) denotan una relación “culturalmente complicada” entre la voz de las mujeres y la esfera pública, una distancia “real, cultural e imaginaria” entre mujeres y poder. Cuestión que, en parte, respondería en Occidente a patrones culturales, a un concepto de poder aprendido durante milenios. Además del caso de Telémaco y Penélope, Beard cita, por ejemplo, una comedia de Aristófanes, a principios del siglo IV a. C., dedicada entera a la “hilarante” fantasía de que las mujeres pudieran gobernar. Y más adelante, ya en Roma, están las “Metamorfosis” de Ovidio, en la que Júpiter convierte en vaca a Ío para que solo pudiera mugir y no hablar.

Beard identifica solo dos excepciones de este rechazo a que las mujeres hablen en público: pueden hacerlo en calidad de víctimas o de mártires, “normalmente como preámbulo a su muerte”, o para defender su hogar, su familia o en nombre de otras mujeres; en ningún caso “en nombre de los hombres o de la comunidad en su conjunto”. “Si buscamos las contribuciones de las mujeres incluidas en esos curiosos compendios llamados «los cien mejores discursos de la historia» o algo parecido, encontraremos que la mayoría de las aportaciones femeninas, desde Emmeline Pankhurst hasta el discurso de Hillary Clinton en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre las mujeres de Pekín, tratan del sino de las mujeres”.

No es solo que en la antigüedad el discurso público y la oratoria fuesen actividades en las que las mujeres no participaban, “sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género”. O en otras palabras, una mujer hablando en público era una contradicción en los términos. “Un antiguo tratado científico enuncia de forma explícita: una voz grave indica coraje viril, mientras que una voz aguda es indicativa de cobardía femenina”, se lee en el libro. De esa tradición somos herederos, dice Beard. Lo que no significa que seamos “simplemente víctimas o incautos” de esa herencia, pero sí que hemos aprendido a “no oír autoridad” en una voz femenina, que la cultura antigua nos ha dado un patrón para decidir cuándo un discurso es bueno o malo, convincente o no y, dentro de ese patrón, el género ocupa un lugar importante. Es más, agrega Beard, las mujeres que logran hacerse oír adoptan “una versión de la vía «andrógina”, imitando conscientemente aspectos de la retórica masculina”. En Roma está el caso de Mesia, una mujer que se defendió a sí misma en los tribunales, con éxito, y que “dado que tenía una auténtica naturaleza masculina tras su apariencia de mujer fue apodada la ‘andrógina'”, según el relato de un antólogo romano del siglo I. Veinte centurias después, recuerda Beard, Margaret Thatcher reeducó su voz, “demasiado aguda”, para darle el grave tono de la autoridad.

Hay casos de mujeres con poder en la cultura antigua. Por ejemplo, la diosa Atenea, Clitemnestra, reina de Micenas, o las amazonas. Sin embargo, según Beard, una diosa como Atenea -“en absoluto una mujer”- cuyo aspecto y virtudes remiten al sexo masculino, o una reina retratada como usurpadora son menos excepciones que confirmaciones del orden patriarcal.

-¿Por qué?

“Los órdenes patriarcales siempre se justifican a sí mismos con las excepciones. De modo que, de diferentes maneras, estas ‘mujeres poderosas’ justifican el patriarcado… o bien, las mujeres toman el control pareciendo hombres, o (como las amazonas) son destruidas porque intentan usurpar el poder masculino”.

-¿Tal vez Hipatia, la filósofa y matemática griega, sea una excepción?

“Me gustaría pensar que sí. ¡Pero temo que no! ¡Hipatia fue asesinada!”

-¿Cambia la situación de las mujeres entre el mundo greco-romano y la Edad Media?

“Las cosas cambiaron desde la antigüedad pagana al medioevo cristiano. Y las mujeres se reposicionaron en algunos aspectos, pero la supresión fundamental de las mujeres permaneció”.

Medusa decapitada

La mayoría de las representaciones de Atenea, la “divinidad femenina decididamente no femenina”, muestran en el centro de su coraza la cabeza de una mujer que, en vez de cabello, tiene serpientes. Es Medusa, cuya historia tiene muchas versiones. En una de ellas, relata Beard, se la representa como una hermosa mujer violada por Poseidón en el templo de Atenea. Esta, en castigo, la transforma a ella (sí, a ella) “en una criatura monstruosa con la capacidad mortífera de convertir en piedra a todo aquel que la mirase a la cara”. Más tarde, Perseo, el heroico semidios, la decapita y usa su cabeza como escudo, hasta que se la regala a Atenea.

La escena se recrea hasta hoy, con rostros contemporáneos. “¿Souvenirs inquietantes?”, se pregunta Beard en su libro. “En las elecciones presidenciales de 2016 en los Estados Unidos, los partidarios de Donald Trump tenían infinidad de imágenes clásicas para elegir, pero ninguna tan impactante como la de Trump convertido en Perseo decapitando a Hillary Clinton convertida en Medusa”.

No se trata de descartar la “Odisea” y otros textos clásicos por machistas, ni de leerlos solo para investigar las fuentes de la misoginia. Beard cree que eso sería “un crimen cultural”. Se trata, sí, de comprender por qué nos cuesta concebir a las mujeres dentro del poder, por qué “tienen más dificultades para triunfar” e incluso por qué “se las trata con mayor severidad cuando meten la pata”. Es decir: “Hemos de reflexionar acerca de lo que es el poder, para qué sirve y cómo se calibra (…) si no percibimos que las mujeres están totalmente dentro de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no a las mujeres”. La “Odisea”, agrega Beard en su ensayo, “es un poema que explora, entre otras muchas cosas, la naturaleza de la civilización y la «barbarie», del regreso a casa, de la fidelidad y de la pertenencia. Aun así -como espero que demuestre este libro-, la reprimenda que Telémaco lanza a su madre Penélope cuando esta se atreve a abrir la boca en público es un acto que todavía hoy, en el siglo XXI, se repite con demasiada frecuencia”.

-Le repito una pregunta que usted hace a propósito de Perseo y la decapitación de Medusa: ¿triunfalismo heroico o sadismo misógino?

“Por supuesto que ambas, dependiendo de su punto de vista. Pero pienso que es difícil mirar esas imágenes y no ver la violencia contra las mujeres que es central en el tema”.

-¿Qué hacer para cerrar efectivamente la separación entre mujeres y poder?

“Ojalá lo supiera. Pero necesitamos comprender de dónde venimos para saber hacia dónde vamos”.

 

21 mayo 2018 at 1:38 pm 2 comentarios

Se estrena en Cartagena ”La mujer en Carthago Nova”

Nueva producción de la Fundación Integra dedicada al papel de la mujer en la sociedad romana

Estreno de ”La Mujer en Carthago Nova”

Fuente: Región de Murcia
16 de marzo de 2018

“La mujer en Carthago Nova” es una nueva serie documental que forma parte de los 8 trabajos audiovisuales producidos durante el año pasado por la Fundación Integra. Tiene una duración total de 50 minutos, consta de 3 capítulos y está dedicada a describir el papel de la mujer en la sociedad romana y particularmente en la ciudad de Carthago Nova, actual Cartagena.

La producción fue estrenada en un acto con gran asistencia de público, y en el que presentaron el trabajo realizado Juan José Almela, Director General de Informática, Patrimonio y Telecomunicaciones, Elena Ruiz, Directora del Museo del Teatro Romano de Cartagena, y Antonio Alpañez, director de la producción y gerente de la productora Imagia Video.

La producción combina testimonios de investigadores y especialistas en la materia con cuidadas y detalladas recreaciones históricas con actores que nos transportan a esta ciudad mítica hace 2.000 años. El primer capítulo está dedicado a la mujer en el ámbito doméstico, el lugar donde transcurría gran parte de su existencia, ya fuera como hija o esposa, el segundo realiza un completo recorrido por los momentos más importantes en la vida de una mujer romana, desde el nacimiento hasta el fallecimiento, pasando por la niñez, el casamiento y la maternidad. El tercer y último capítulo recoge el reflejo de la mujer romana en la sociedad actual de Cartagena, principalmente a través de manifestaciones artísticas y populares, y todo ello gracias al conocimiento obtenido en los últimos años de trabajos arqueológicos y posteriores investigaciones.

Esta producción se enmarca dentro del proyecto Patrimonio Digital que dirige la Fundación Integra, que cuenta con financiación de fondos europeos FEDER y de la Dirección General de lnformática, Patrimonio y Telecomunicaciones de la Consejería de Hacienda y Administraciones públicas.

 

17 marzo 2018 at 12:09 pm Deja un comentario

Escitia, el país donde mandaban las mujeres

La ginecocracia, el gobierno de ellas, existió en algunas culturas y alimentó docenas de leyendas que nos han llegado a través de la cultura griega

Retrato idealizado de Zenobia, reina de Palmira, que hizo frente al imperio Sasánida, por un lado, y Roma, por el otro

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
11 de marzo de 2018

Las costumbres de los pueblos nómadas de las llanuras de Eurasia en la historia antigua, etiquetados bajo el cómodo pero inexacto cajón de sastre del nombre «Escitia», resultaban tan extrañas a ojos de los occidentales de entonces, los griegos, que se transmitieron numerosas leyendas e invenciones más o menos fantasiosas, sobre todo en lo que se refiere al grado de libertad y la preeminencia sociopolítica de las mujeres. Historiadores como Heródoto o geógrafos como Estrabón dieron informes detallados de la situación de las mujeres entre pueblos bárbaros muy diversos, desde el Cáucaso a las estepas o al lejano occidente, y los escritores y artistas se complacieron en retratar a esas poderosas amazonas que, si hacemos caso a la interpretación evemerista de su leyenda, no habrían sido sino un trasunto mítico de la especial situación de la mujer escita. En su libro «Amazonas. Guerreras del mundo antiguo» (Desperta Ferro 2017), Adrienne Mayor estudia la leyenda de las amazonas desde la perspectiva histórica y con la tesis de que los contactos de los griegos con el mundo escita y la evocación del comportamiento sociopolítico de sus mujeres con-dicionó la leyenda de las mujeres guerreras: las anchurosas llanuras serían, así, el mítico lugar donde reinaron las fantásticas amazonas que, además, seguramente condicionaron todas las ideas griegas sobre la ginecocracia, es decir, que ocurriría si las mujeres gobernaran. Se decía que todo esto era puro mito pero, como otras historias que refiere fuentes como Heródoto sobre diversos pueblos o algunas figuras míticas de los vasos griegos, como las ménades, algunas referencias han sido confirmadas a lo largo del siglo XX por la arqueología o la epigrafía: así sucede con los hallazgos de esqueletos de mujeres en Altái con heridas de guerra o las momias de mujeres tatuadas y enterradas entre armamento para preparar su viaje al más allá como la llamada «princesa de los hielos» (Museo Hermitage, c. 500 a.C.).

Pensamiento único

Es muy significante toda esta tradición sobre los pueblos que se regían por mujeres para el surgimiento del pensamiento utópico griego acerca de la ginecocracia en relación con la política de la época clásica, tal y como se refleja en la literatura, en la filosofía. Escitia era, en cualquier caso, el lugar donde las mujeres mandaban por excelencia y los griegos se sentían fascinados por aquellas noticias –transmitidas por los escritores de viajes, oradores o historiadores– sobre comunidades fantásticas y utópicas allende su civilización que ponían en duda los cimientos del mundo griego –la propiedad privada y la familia patriarcal, notablemente– mediante curiosos sistemas que inspiraban su imaginación creativa tanto al menos como los proyectos de sus teóricos políticos. Se suponía que algunos bárbaros remotos se regían por un cierto matriarcado o que, incluso, vivían en comunidad de bienes y familias, por lo que tales ejemplos fueron referidos por ciertos sofistas con cierta admiración o como prueba de la convencionalidad de las leyes y de las costumbres: eso acaso reforzaba, por ejemplo, las ideas de Protágoras sobre la convención frente a la naturaleza y relacionaban el debate con la situación de la Atenas democrática, en endémica y sistémica crisis sociopolítica.

Muchos pueblos extranjeros eran conocidos por la comunidad de familias o, directamente, por la ginecocracia, como la tribu nómada de los agatirsos, relacionada con los tracios, que es descrita por el historiador Heródoto como un pueblo polígamo, tatuado y amante del lujo que vivía en la llanura del río Maris. Las fábulas sobre la promiscuidad de las mujeres bárbaras, su «poliandria» o, lo que es más atractivo, la imagen de unas mujeres poderosas y masculinizadas que ejercen el gobierno se relacionaba invariablemente con los pueblos de las estepas de Eurasia y encontraban múltiples reflejos en la mitología y en la literatura, si se tiene en cuenta la leyenda la gran cantidad de noticias disponibles sobre las Amazonas, los tracios, ilirios o chipriotas (incluso sobre nuestros cántabros se contará la leyenda del gobierno matriarcal en tiempos posteriores). También entre los griegos había lugares donde las mujeres ostentaban cierta relevancia e incluso poder sociopolítico, como entre ciertas ciudades cuya legislación e instituciones como la de las «patrouchoi» –con la posibilidad de heredar y ser titulares de patrimonio– parecían conceder a las mujeres más libertades, cosa de la que, en el caso de Esparta, se lamentaba Aristóteles, que achacaba a esto la decadencia de la ciudad.

La «Lisístrata» de Aristófanes

Como quiera que sea, el debate sobre la reforma de la sociedad a partir de una aplicación al conjunto de la «polis» de recetas utópicas basadas en sus elementos básicos, se agudiza en la época de la guerra del Peloponeso, sobre todo en su fase final. Sus ejemplos afloran especialmente en Atenas, laboratorio del pensamiento utópico antiguo, y tiene como cuestión central para la reforma política, no por casualidad, en el plano literario la idea del papel político de la mujer. Así, la «Lisístrata» de Aristófanes –una comedia sobre el poder femenino ya de por sí, con la huelga sexual para parar la guerra como trasfondo– presenta una utopía de gobierno basada en la habilidad típica de las mujeres, es decir, el arte del telar: se habla de reunir las distintas capas sociales y gobernar como quien «teje un manto» (575 ss.). Otra comedia suya, «Asambleístas», muestra a mujeres que rigen la ciudad y se visten como hombres, enunciándose ideas utópicas como «establecer una vida común e igual para todos» (588 ss.). Las diferencias con las posibles ginecocracias históricas, como la escita, son ciertamente claras, pero salta a la vista incluso en un tratamiento paródico como este la relevancia del tema del gobierno femenino como idea central de las propuestas utópicas de reforma sociopolítica, hasta llegar más tarde a las propuestas de Platón, en las que la mujer tiene un papel muy relevante.

La inspiración, entre mito e historia, de estas ideas que surgen en los siglos V-IV a.C. puede relacionarse con las noticias sobre pueblos de tradición matriarcal. Entre ellos destacan siempre las legendarias guerreras nómadas de las estepas eurasiáticas que pasaron al imaginario griego como las «amazonas», personajes indispensables en la mitología, las representaciones en la pintura sobre cerámica griega o en las decoraciones escultóricas de los templos arcaicos, como símbolo de barbarie y antihelenismo, pero a la par como estímulo intelectual para muchos, lo que da fe del impacto cultural que provocaron en el mundo griego. La Escitia que imaginaron los griegos, o la compleja cultura de las estepas y los kurganes, que poco a poco sale a la luz con nuevos hallazgos impresionantes, vuelve hoy a la actualidad con el debate sobre la posición sociopolítica de la mujer en Occidente, más allá de los modelos clásicos que heredamos de la antigüedad.

 

11 marzo 2018 at 1:09 pm Deja un comentario

Mary Beard: “El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres”

La académica Mary Beard, la intelectual de moda en Reino Unido, se adentra con el pequeño libro ‘Mujeres y poder’ en uno de los debates más calientes del momento

La académica inglesa Mary Beard, retratada en Madrid. CARLOS ROSILLO

Fuente: PABLO GUIMÓN > Cambridge  |  EL PAÍS
10 de febrero de 2018

Contemplar a la gran experta en la Roma clásica conversar amigablemente por teléfono con un funcionario anónimo de Hacienda es una manera, tan buena como cualquier otra, de reconciliarse con la Humanidad. Como toda plebeya honrada, Mary Beard paga sus impuestos. En concreto, trata de convencer al funcionario de que debe dos mil libras a las arcas públicas. La presencia del periodista no impide a Beard desplegar sus intimidades fiscales y bancarias sobre la mesa de la cocina de aire campestre de su acogedora casa de Cambridge.

Beard, de 63 años, es la intelectual de moda en Reino Unido. Su vasto conocimiento del mundo antiguo y su proverbial talento divulgador, desplegados en obras como SPQR, permiten a Beard contextualizar y enfocar certeramente los debates contemporáneos. De ello da fe Mujeres y poder, un pequeño libro que publica en español Crítica y que, como anuncia su título, se adentra en uno de los debates más calientes del momento.

El funcionario examina su expediente y concluye que, lejos de deber dos mil libras, Beard goza incluso de un pequeño crédito a su favor. Sucede que había pagado de más. “Joder”. “Gracias, gracias”. “Es usted una joya”. Cuelga el teléfono sonriente y, para celebrar que es un poco más rica de lo que creía hace cinco minutos, descorcha una humilde botella de pinot griglio. Sirve dos generosos vasos e invita al intruso a encender la grabadora.

Pregunta. El primer ejemplo documentado de un hombre mandando a una mujer callar está en la Odisea. ¿Silenciar a Penélope, su madre, forma parte del desarrollo de Telémaco como hombre?

Respuesta. Necesitamos comprender que son problemas profundamente arraigados en la historia de la cultura occidental desde hace milenios. Con eso no quiero decir que estemos atrapados en ellos, pero debemos buscar soluciones diferentes. Cuando ves ejemplos de mujeres silenciadas en el mundo antiguo, es fácil concluir que forma parte de una discriminación general. Pero lo que muestra la Odisea es que es más que eso. Para dejar de ser un niño y convertirse en hombre, Telémaco debe aprender a callar a las mujeres. Es un silenciamiento mucho más activo. El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres. Toda la definición de la masculinidad dependía del silenciamiento activo de la mujer.

P. Si las mujeres no son atraídas a las estructuras de poder, ¿por qué la inercia histórica es cambiar a las mujeres y no esas estructuras?

R. Pensamos en las estructuras de poder como masculinas y hacemos que las mujeres encajen, que cambien su comportamiento al acceder al poder. Acaban actuando, interpretando un guion. Pero no hay que cambiar a las mujeres, sino las estructuras. Hay que pensar qué es el poder, cómo hablamos de él, cómo está conectado a la celebridad, cómo son la imagen y el lenguaje asociados al poder. Veremos que es una versión extremadamente masculina. Poder es algo que tú tienes y yo no. Queremos grandes lideres. Pues no. Lo que queremos es grandes contribuidores. Cuando veo cursos de liderazgo en la universidad, me pregunto dónde enseñamos a la gente a ser seguidora. Un líder grande y macho con una pirámide por debajo es una de las maneras posibles, pero no la única.

‘El regreso de Ulises’, obra de 1508-1509 de Bernardino Pinturicchio, expuesta en la National Gallery. DEA PICTURE LIBRARY (DE AGOSTINI/GETTY IMAGES)

P. Se cumplen cien años del momento en que las primeras mujeres consiguieron el derecho a voto en su país, Reino Unido, y el derecho a ser elegidas diputadas. Pero hay estudios que demuestran que, aún hoy, el rol de las mujeres en los parlamentos sigue siendo el de promover legislación sobre asuntos relacionados con los intereses tradicionalmente asociados a las mujeres.

R. Y está bien. Alguien tiene que defender a las mujeres. Pero sigue dejándolas fuera de las estructuras masculinas de poder. Siguen siendo segregadas a la sección de intereses femeninos. Hay que estar agradecido, y si yo fuera una mujer en el Parlamento también querría levantarme por las mujeres. Pero sigue habiendo una diferencia. La gente escucha a las mujeres cuando hablan de asuntos de mujeres de una manera que no las escuchan cuando hablan de economía.

P. Usted misma, el primer libro que publicó, más allá del ámbito académico, fue un manual para madres trabajadoras (The good working mother’s guide, 1989).

R. Es fácil, le diré por qué. Cuando tienes hijos muy pequeños, dispones de basante tiempo, pero nunca en periodos largos. Media hora aquí, 20 minutos allá. No tienes tiempo de pensar, pero tienes bastantes trozos de tiempo. Yo buscaba algo que pudiera escribir en trozos. No puedes escribir un artículo académico con 20 minutos aquí, 30 minutos allá. Por otro lado, hay algo muy curioso al tener hijos: adquieres una cantidad enorme de conocimiento y experiencia práctica, y luego todo se va a la basura. Fue juntar esos trozos de tiempo con, de alguna manera, utilizar lo que conoces.

P. ¿Qué opina de la campaña global del #MeToo?

R. Está siendo muy importante. Las redes sociales son muy buenas para empezar las cosas, el problema es que un hashtag no cambia de hecho nada. Si quieres solucionar el problema, no es suficiente encontrar gente que lo señale en el pasado. Tienes que cambiar el equilibrio del poder.

P. En una reciente entrada de su blog en The Times Literary Supplement, quiso subrayar la diferencia entre comportamiento inapropiado ocasional y sistemático. ¿No defiende la tolerancia cero?

R. No creo en la cultura de tolerancia cero porque todos hacemos cosas estúpidas. ¡No quiero un mundo en que nadie nunca sea maleducado! Pero tampoco quiero un mundo en que la gente sea sistemáticamente inapropiada. Yo, en muchas ocasiones, he hecho cosas inapropiadas. No creo que deba ser lapidada por eso.

P. ¿Seguirá viendo películas de Woody Allen a pesar de su supuesto abuso de las mujeres?

R. He disfrutado de películas de Woody Allen desde que tengo memoria. Hay muchos aspectos de él que deploro. Pero me iré a la tumba pensando que Annie Hall es divertida. ¿Qué hacemos? Es difícil de saber. Esto es inaceptable, tío, pero también haces buenas películas. Tenemos que ser mucho más sofisticados que pensar que la gente es solo buena o mala. Hay que hallar la manera de lidiar con alguien que es brillante y horrible. Cómo manifestar nuestra desaprobación de algunos aspectos de la vida de alguien, mientras reconocemos otros.

Escultura de la diosa Atenea, en el Louvre de París. ALINARI/CORDON PRESS

P. Leerla y escucharla es comprender que las respuestas no suelen ser sencillas. Pero vivimos en un mundo que demanda respuestas simples.

R. ¡Esto es complicado! Cualquiera que diga que esto es simple es que no lo ha pensado a fondo. El papel de los académicos, y también el de los políticos, es decir, que la complejidad es buena.

P. ¿Cuánta complejidad cabe en 280 caracteres?

R. Cualquiera que use Twitter, yo incluida, dice cosas que no quiere decir realmente. Necesitamos un formato en el que la gente pueda expresar duda y complejidad. Debemos mejorar la conversación.

P. Los extremos monopolizan ciertos debates en redes sociales. ¿Tienen los más moderados la responsabilidad de intervenir?

R. Las redes sociales no han cambiado la manera en que la gente habla o piensa. Cuando yo era estudiante decíamos cosas horribles de nuestros profesores, pero lo decíamos en el bar. Twitter lo amplifica, y eso igual es bueno. Lo importante es que no tienes que decir que mi vagina huele a repollo para decir que no estamos de acuerdo. ¡Qué horrible sería un mundo en el que todos estuvieran de acuerdo! Yo tengo opiniones muy fuertes sobre muchas cosas, que encajan en los estándares del feminismo. ¿Querría que todo el mundo estuviera de acuerdo conmigo? Claro que no.

P. Su actitud la ha convertido en referente de muchas mujeres que quieren ser valoradas por sus ideas y no por su aspecto.

R. Es importante mostrar a la gente que puedes ser mayor y estar cómoda. Claro que me molestan ciertas cosas malas que dicen sobre mí, si no sería una psicópata, pero no me afectan demasiado. Y creo que es importante, especialmente para las chicas jóvenes, ver a una mujer mayor que está por ahí, que dice tacos, que habla de lo que sea y no es amedrentada por la gente que le dice que se calle.

 

10 febrero 2018 at 9:50 am Deja un comentario

Una galería de Manchester retira un cuadro de ninfas desnudas

La retirada de ‘Hylas y las ninfas’, de John William Waterhouse, se ha hecho con el fin de abrir un debate y no censurar, según la coordinadora de la sala

Hylas y las ninfas’ de John William Waterhouse

Fuente: EL PAÍS
1 de febrero de 2018

La Galería de Arte de Manchester ha decidido retirar una de las obras de John William Waterhouse para abrir el debate sobre los personajes femeninos en el arte. Se trata del cuadro Hylas y las ninfas, en el que aparecen unas ninfas desnudas, según informa el diario The Guardian.

La retirada forma parte de una obra experimental de otra artista. Se ha grabado la retirada del cuadro y las reacciones del público para otra exposición de la artista Sonya Boyce. Según la coordinadora de la galería de arte contemporáneo, Clare Gannaway, la retirada del cuadro se ha hecho con el fin de abrir un debate y no censurar. “No se trataba de negar la existencia de obras de arte particulares”, ha dicho. “Queremos crear un espacio de conversación sobre cómo exponer e interpretar las obras de arte en Manchester”.

La obra se encontraba en una sala que lleva por nombre En busca de la belleza. Se exponía con otras pinturas del siglo XIX donde domina el desnudo femenino. Gannaway afirmó que se trataba de un mal título para aquel espacio. Además, señaló que la mujer solo se representaba como un sujeto pasivo y decorativo o como una femme fatale.

En el lugar del cuadro, asistentes del museo han pegado algunos post-it mostrando sus opiniones de la decisión de esta retirada. Algunos creen que esto sienta un peligroso precedente, otros dicen que es un movimiento políticamente correcto.

 

1 febrero 2018 at 6:12 pm Deja un comentario

La desconocida dama gallega que fue la primera viajera española de la historia

El relato de viajes más antiguo del que se tiene noticia en España fue escrito en el siglo IV por Egeria, una gallega que contó sus aventuras en cartas dirigidas a sus amigas

Retrato de Egeria

Fuente: MÓNICA GAIL  |  ABC
2 de octubre de 2017

«Valiente, fresca y humana que, a través de frases sencillas, se revela como una mujer de gran coraje y fuerza». Así describe el periodista Carlos Pascual a la protagonista de su libro: «Viaje de Egeria» (La Línea del Horizonte). Es el relato de viajes más antiguo en nuestro país del que se tiene noticia, escritor por una mujer.

Portada del libro «Viaje de Egeria», de Carlos Pascual Gil

«Viaje de Egeria» es una nueva traducción hecha por Carlos Pascual -un histórico del periodismo de viajes en España- del original códice medieval encontrado en 1884 por un erudito italiano, Gian Francesco Gamurrini, en la biblioteca de Arezzo. Las páginas del códice no encajaban unas con otras, pues unas eran textos de Hilario de Poitiers, un santo padre de la Iglesia, y las otras parecían unas cartas escritas por una mujer, Egeria, y dirigidas a unas dominaes sorores (del latín, literalmente se traduce como señoras y hermanas).

Ahora Carlos Pascual ha podido revisar la historia al detalle y ampliar su conocimiento con los nuevos estudios que se han hecho. El texto original de Egeria, el «Itinerarium ad Loca Sancta», aún permanece en la biblioteca de Arezzo y, aunque no está expuesto al público, se puede ver con los permisos necesarios.

Egeria, la primera viajera-escritora

Las cartas descubiertas en Arezzo fueron obra de Egeria, una valiente viajera que empezó a recorrer mundo en el siglo IV partiendo de la antigua Gaellecia. Estas cartas consistían en una especie de «diario de viajes», cuenta Carlos Pascual. En sus cartas narraba a sus amigas lo que iba haciendo, los lugares que iba viendo… Al principio se atribuyó su autoría a otras personalidades hasta que, finalmente, se supo que fue Egeria gracias a otros documentos, como una carta del siglo VII que hablaba sobre el viaje que habría realizado esta mujer desde el extremo de El Bierzo (antiguamente perteneciente a Gallaecia y actualmente a León), donde está escrita esta carta.

«En aquel momento, lo que ella hizo se consideraba recorrer el mundo, porque era todo lo que se conocía», asevera Carlos Pascual, quien explica en el libro que no se sabe su edad exacta pero se puede aventurar: «Debía de ser, al realizar su viaje, una mujer de edad mediana (…) No una mujer joven; no se compaginaría ese hecho con el de viajar acompañada siempre de «santos varones», presbíteros, diáconos e incluso obispos. Tampoco una mujer anciana; pues en tal caso no hubiera podido seguir el ritmo del viaje (…)».

Retrato de Egeria

Egeria, a pesar de ser una mujer de la alta nobleza y poseer grandes conocimientos, redactaba sus cartas en un latín sencillo y evolucionado a las lenguas romances, por lo que resultaba fácil de traducir. Era un latín casi pobre, el que se hablaba entonces en la calle: el sermo cotidianus. Usaba un estilo coloquial, directo, cercano e, incluso, a veces repetitivo y atropellado. A pesar de que algunas versiones han coregido ese «defecto», Carlos Pascual ha decidido mantenerlo en su traducción porque, según él, «en ese atropello coloquial reside parte del encanto de Egeria».

«Al principio sus cartas eran de lo más farragosas, pero cuando va tomando confianza, demuestra ser un personaje de lo más atractivo», cuenta Carlos Pascual. El periodista quedó impresionado por la frescura y la naturalidad con la que Egeria contaba todo en las cartas. Por ejemplo, una de las anécdotas relata que el obispo de Segor sugirió a Egeria visitar el lugar donde supuestamente se encontraba la mujer de Lot convertida en estatua de sal y ella escribió a sus amigas: «Pero creedme, venerables señoras (…) cuando nosotros inspeccionamos aquel paraje, no vimos la estatua por ninguna parte, no puedo engañaros al respecto».

El itinerario de Egeria

«Egeria hizo su viaje en el momento oportuno», dice Carlos Pascual. Todos los Santos Lugares que había descubierto Santa Helena en los que se empezaron a construir templos, basílicas e, incluso, hospederías para los peregrinos, cayeron en manos de los sarracenos (nombre con el que se denominaba a los árabes o musulmanes; la palabra es muy anterior a Mahoma). Estos cerraron las fronteras y ya no se pudo pasar por ahí nunca más.

A pesar de que las cartas están incompletas, pues faltan hojas del principio y del final, constituyen el itinerarium o peregrinatio que realizó Egeria.

Esta mujer viajera pudo ir a Palestina, Jerusalén o Egipto. Atravesando la Vía Domitia, llega a la capital de la pars orientis del Imperio, Constantinopla, y recorre parajes bíblicos, incluido el Sinaí y algunos lugares de la Mesopotamia romana. Tan sólo llega a una parte de Mesopotamia debido a que estaba dividida en dos: la Mesopotamia romana civilizada, donde se podía llegar, y la Mesopotamia fuera del Nimes, fuera de esta frontera, donde ni Egeria ni nadie podía entrar. «Los mundos de entonces eran mundos cerrados a cal y canto», explica Carlos Pascual.

Egeria pudo viajar desde Gallaecia hasta Mesopotamia casi sin problemas gracias a la pax romana. Esto sucedía entre los años 29 a. C. y 180 d.C.

Tras cuatro años viajando por Tierra Santa, cuando vuelve a Constantinopla (actual Estambul), desde allí escribe la última carta que nos ha llegado en la que dice que si aún le quedan fuerzas, quiere ir a ver el Martyrium (iglesia sobre el sepulcro de un santo) de San Juan en Éfeso. «Por ese ‘si tengo fuerzas’ se ha interpretado que ya estaba mal, pero no se sabe si llegó a ir a Éfeso, murió o regresó a Gaellecia», dice el periodista con incertidumbre.

El comienzo de la investigación

Carlos Pascual se empezó a interesar por esta historia mientras estaba en Gran Bretaña. Estaba haciendo un reportaje sobre la Muralla de Adriano, una construcción defensiva de costa este a costa oeste que también servía de frontera y de la que aún se conservan los restos. «Cada ciertos kilómetros tenían un puesto, como un cuartel, un destacamento», recuerda Carlos Pascual. Uno de esos destacamentos albergaba un museo y el periodista observó con detenimiento unas tablillas de madera escritas a mano con tinta. El hecho de que estuvieran escritas a mano fue lo que realmente le llamó la atención: «Todos los documentos que tenemos latinos, como las tragedias, comedias, etc. todos están escritos por monjes de la Edad Media. No tenemos documentos directos de aquella época».

Además, una de las tablillas acaparó su atención al repetir la palabra soror (del latín, hermana) varias veces. «De ahí vino entonces que a las monjas se les llamara sorores, pero en aquel momento, el significado que tenía soror era ‘amiga’», explica Carlos Pascual. Para mayor sorpresa, al traducir el escrito, descubrió que era una invitación de cumpleaños, seguramente la primera de la historia. La mujer del jefe del destacamento invitaba a una amiga del mismo cuartel para que fuera a su fiesta de cumpleaños.

Excerpta Matritensia relativos al Viaje a Tierra Santa de la Monja Egeria (folio 188 del Manuscrito 10018 de la Biblioteca Nacional) – BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

Fue a partir de ahí que el curioso periodista empezó a investigar. Y lo primero con lo que se topó fue con una «historieta» que hablaba de la «monja viajera», algo que según Carlos Pascual es totalmente «disparatado».

El malentendido de la «monja viajera»

En el texto original se pudo comprobar que las cartas iban dirigidas a unas dominaes sorores que, literalmente, se traduce como señoras y hermanas. De estas palabras llega la gran confusión: Egeria no era una monja. Esto es lo que Carlos Pascual quiere dejar claro: «Durante 100 años se ha alimentado esa especie de mito de manera un poco interesada porque quienes estudiaron esto eran frailes y curas».

Pensaron que Egeria se refería a «hermanas monjas», algo que desmiente Carlos Pascual: «Yo enseguida empecé a sospechar que no podía ser así por muchas cosas: era imposible que una monja se moviera con un séquito imperial de soldados, sacerdotes e incluso obispos y, además, por aquellas fechas no existían las monjas».

Lo que sí existía, dice el periodista, era un movimiento precursor de mujeres que querían acercarse a la religión pero, por supuesto, no existían los conventos. Lo más parecido eran las llamadas «beguinas», unas asociaciones de mujeres cristianas que ayudaban a los más desamparados, a los pobres, enfermos, mujeres, niños o ancianos. Carlos Pascual explica que eran unas mujeres piadosas que vivían juntas en una especie de comunidad pero «muy a su aire» y que no eran religiosas. Podían salir de la asociación en cualquier momento y, a menudo, eran viudas jóvenes cuyos maridos habían muerto en combate.

«Este malentendido ha llegado tan lejos hasta el punto de que hace poco se editó un sello en España en el que aparecía ‘la monja viajera’», cuenta Carlos Pascual sin salir de su asombro. Además, en 2005 una congregación de monjas inició en Alemania el «Proyecto Egeria» para realizar cada año, hasta 2015, una peregrinación a los lugares que visitó esta antigua viajera.

Sello español en honor al «XVI Centenario del viaje de la monja Egeria a Oriente Bíblico»

¿Cómo se viajaba en el siglo IV?

Para Carlos Pascual, los viajes en el siglo IV no distaban mucho de como se realizan en la actualidad. «Las autopistas de entonces eran las vías. El Imperio tenía como 83.000 kilómetros de vías: la Vía Augusta, la Vía Domitia, la Vía Flavia…», explica el periodista.

Por estas vías caminaban las ya mencionadas mujeres piadosas, los pordioseros, comerciantes, estudiosos, maleantes y ladrones… Todo tipo de gente se juntaba por esos caminos.

«Cada 30 kilómetros, más o menos, que es lo que se puede recorrer en un día -explica Carlos Pascual-, había unas mansiones (plural del término latino mansio, que significa casa) donde se hacían paradas para hacer noche, para encontrar alojamiento». Carlos Pascual las compara con nuestras gasolineras. Entre mansio y mansio había otras más pequeñas, una especie de ventas rápidas, llamadas mutaciones, donde paraban ligeramente para ir al baño, a la cafetería o, básicamente, para cambiar los caballos si venían muy cansados o se habían roto una herradura. Y es que estos eran, lógicamente los «vehículos» de la época: viajaban a lomos de caballería, en barco y, muchas veces, a pie.

Por supuesto, para pasar de unas zonas a otras, de unos territorios a otros, se necesitaban pasaportes. Pero, ¿cuáles eran los pasaportes de entonces? Antiguamente se usaban los llamados diplomas para poderse mover por allí, pues «cualquiera no podía ir, igual que ahora», asegura Carlos Pascual. «Te das cuenta de que los tiempos cambian, pero mucho menos de lo que nos pensamos», añade. Y, por no cambiar, no han cambiado ni las vías, como la Vía de la Plata actual (desde Sevilla hasta Astorga), que sigue el mismo trazado de la antigua Vía de la Plata romana.

Una moda inspirada por Santa Helena

Santa Helena con la Vera Cruz, por Francesco Morandini

Carlos Pascual dice que la «culpable» de que las mujeres en aquella época viajaran tanto fue Santa Helena (250-329 d.C.), madre del Emperador Constantino. Ella se dedicó a «descubrir» todo lo relacionado con la Pasión de Jesús en Jerusalén: la cruz, el santo sepulcro, etc. Así fue como en los últimos años del Imperio Romano, se puso de moda entre las mujeres de la alta aristocracia viajar a Tierra Santa. Pero para esto tuvo que pasar medio siglo, pues los viajes empezaron a ponerse de moda alrededor del año 380 d.C.

«Esto tiene más sentido, empieza a encajar», afirma Carlos Pascual comparándolo con el mito de la «monja viajera».

Además, un profesor de la Universidad de Canadá realizó un estudio sobre este movimiento de mujeres aristócratas que hacían peregrinaciones a los lugares santos descubiertos. Así, pudo comprobar que en la corte del Imperio Romano de Oriente (actual Estambul) muchas de las mujeres que viajaban eran hispanas. Esto podría explicarse porque Teodosio el Grande era hispano y, por tanto, las mujeres de su corte también lo eran.

El poder de las mujeres en la época

«En la corte de Teodosio realmente mandaban las mujeres; incluso su mujer fue la primera que tuvo el título de ‘Augusta’», asegura Pascual. Y es que este título que recibió la mujer de Teodosio, era un título reservado exclusivamente a los emperadores (hombres), que eran considerados Dioses.

«Por lo tanto, este libro es importante también para ver la fuerza y el poder que tenían en aquel momento las mujeres», dice Carlos Pascual. Y se lamenta de que no se le haya dado tanta relevancia «porque, primero, se lo apropiaron los curas y, segundo, por el hecho de que era una mujer». Además, hace una pequeña crítica hacia la falta de curiosidad de los españoles por no indagar o querer saber más sobre la historia.

 

5 octubre 2017 at 6:07 pm Deja un comentario

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