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Zenobia de Palmira, la reina militar que doblegó al Imperio romano en el siglo III d.C.

Cuando el emperador Septimio Odenato fue asesinado, la consorte dejó aquel papel secundario para comenzar la expansión de la antigua y esplendorosa Siria

Zenobia de Palmira – ABC

Fuente: Eugenia Miras  |  ABC Historia
24 de agosto de 2018

El día más triste de la reina Zenobia llegó con el asesinato de su esposo el emperador Septimio Odenato en el 267 d.C, pues tanto su marido como su hijastro serían víctimas de ciertas intrigas familiares por la sucesión al trono. Viuda y con un bebé quedaba vulnerable frente a toda aquella miseria humana. Y aunque la nueva regente no tenía ninguna otra ambición más que sobrevivir al luto, terminó por convertir a la ciudad de Palmira en un breve Imperio que eclipsaría a Roma hasta la fecha de su captura por las huestes del emperador Aureliano en el 272.

Con Zenobia de Palmira, aquella tierra homónima -cuyas ruinas fueron destruidas casi en su totalidad durante el terror del ISIS en Siria– pasó a representar un cráter de la expresión estética, del poder, y por supuesto de un amanecer político femenino en Oriente Medio.

Tal como dictaba el patriarcado de aquel tiempo -el cual no suena ajeno ni tan lejano- la figura de la mujer permanecía al margen de las decisiones familiares y del Estado. Sin embargo, quizás por esa naturaleza brava innata a una madre, Zenobia habló fuerte y claro para hacer su voluntad y así empezar a construir ese Imperio que prometió a su hijo Vabalato.

Septimio Odenato – C.C

Nada más enterrar a Septimio Odenato y enjutarse las lágrimas mandó ejecutar al autor de tal mezquindad, un tal Meonio, quien era sobrino de su esposo -y que la misma Historia considera irrelevante-. Así que después de mecer a su hijo de apenas un año le habló de su futuro reino, de una Palmira independiente al Imperio romano, de una ciudad que le hiciera sombra a sus magnánimos templos y plazas, de una nueva fuerza que inspirase temor y respeto a las legiones de Roma, y que si bien anhelaban los temidos persas aquella Siria antigua jamás lograsen alcanzarla más que para admirarla. Y entonces, a partir de ese sueño, Zenobia se hizo la mujer, esa que ungió la gloria y demostró que el poder no es un asunto de género sino de visión.

No obstante el esplendor de Palmira no hubiera resonado en la eternidad si Septimio Odenato hubiera permanecido con vida. El Imperio -aunque breve- fue posible gracias a la determinación de Zenobia, por lo que el sacrificio de aquel patriarca valió un legado histórico y artístico para la humanidad. Las ruinas de la ciudad siria eran la prueba de que la pasión femenina alcanza horizontes que hasta la fecha habían sido inimaginables para el hombre.

De esta manera y en muchas circunstancias a lo largo de la Historia la viudez ha permitido a la mujer el derecho de creer en sí misma. Pues en ese «desamparo» masculino se daba de manera simultánea a la desgracia el bendito despojo de los miedos de todas ellas, esas que tuteladas del hombre tenían la perpetua condena de vivir en silencio y a su sombra.

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Quizás por esa naturaleza brava innata a una madre, Zenobia habló fuerte y claro para hacer su voluntad y empezar a construir ese Imperio que prometió a su hijo Vabalato

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Pero hasta hace menos de medio siglo todas aquellas figuras femeninas que se habían rebelado contra el patriarcado gritaron de manera discontinua, por lo que los tan reclamados caminos paralelos y no subordinados al hombre seguían sin ser posibles, y en los que aún se precisa de una coordinación de esfuerzos que viajen hacia la misma dirección: el fin de la manipulación psicológica que lleva milenios ahogando a las de nuestro sexo, y si no que la vida de Zenobia de Palmira nos sirva de inspiración.

Palmira en comunión con Roma

Cuando el emperador Valeriano inició una de las muchas empresas hacia Oriente Medio fue derrotado y capturado por los persas. La muy mala suerte del romano permitió que una de las figuras más prominentes de Palmira, Septimio Odenato -quien pertenecía a una estirpe romanizada- brillase entre los candidatos para ser rey de la ciudad.

Este territorio que pertenecía a los dominios del Imperio romano tenía dos destinos posibles: bien la comunión con Roma o bien una violenta absorción por parte del Imperio sasánido. En el 250 d.C. entra en escena Septimio Odenato con quien se iniciará un nuevo modelo de gobierno monárquico en en Palmira.

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En el 250 d.C. entra en escena Septimio Odenato con quien se iniciará un nuevo modelo de gobierno monárquico en en Palmira.

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«Palmira no solo sería autónoma de facto, sino que registró la transformación de su secular estructura sinodal de Gobierno en un régimen monárquico. La figura crucial en ese cambio fue Septimio Odenato, vástago de una de las principales estirpes romanizadas de la ciudad. No se conocen con precisión las circunstancias de su ascenso, pero, tras fluctuar entre sasánidas y romanos, asumió el interés de estos últimos al enfrentarse con éxito a los primeros y asegurar la recuperación de los territorios perdidos; obtendría entonces la condición de imperator o rey de Oriente, reconocida por Roma», relató el Conde de Volney (1757 – 1820), reconocido y valorado filósofo, escritor e historiador orientalista en su obra «Las ruinas de Palmira» (EDAF, 1985).

Septimio Odenato se casó dos veces y del primer matrimonio tuvo al que pudo ser su heredero si no lo hubieran asesinado con él, Septimio Herodiano -también conocido como Herodes de Palmira, o Hairan I-. Ambos fueron asesinados por el sobrino del rey, para quedar como único sucesor al trono un bebé de un año llamado Vabalato.

Palmira, el cráter de la belleza cultural

A partir de esta desgracia Zenobia se inspira en la maternidad para dejarle a su hijo un reino digno de admiración. En el 267 toma la regencia de Palmira y tres años después, fue proclamada reina. En un comienzo no debatió la incómoda subordinación al Imperio romano, por lo que Vabalato y su madre fueron llamados Augustos por orden del emperador.

Ruinas de Palmira – ABC

Cuando Zenobia agarró las riendas del Imperio inició poderosos proyectos de fortificación -según las fuentes la muralla que protegía Palmira tenía un radio de 21 kilómetros de circunferencia- y embellecimiento de la metrópoli. Templos, teatros, y columas corintias de hasta más de quince metros se convirtieron en el símbolo de la Palmira imperial, que seguía vivo en sus ruinas.

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Templos, teatros, y columas corintias de hasta más de quince metros se convirtieron en el símbolo de la Palmira imperial

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Sin embargo la reciente destrucción de las mismas como el gran legado arquitectónico y cultural de Zenobia, durante la ocupación del ISIS, ha supuesto una de las grandes pérdidas para Patrimonio de la Humanidad. Pues en ellas estaba el testimonio de una de las épocas de mayor esplendor de las civilizaciones orientales.

La reina militar

Sin embargo las luchas intestinas por el poder en Roma facilitaron no solo la emancipación de Palmira, sino también una asombrosa expansión territorial. Pues Zenobia sería recordada por la historiografía por sus gran capacidad de organización y estrategia militar.

Ruinas de Palmira – ABC

La reina -que fue comparada con Cleopatra por su belleza e inteligencia- sacudió la moral de los romanos y de los persas en cada una de sus campañas bélicas. Asia Menor estaba firmada con su nombre y Egipto caería a sus pies en el año 269.

Cuando el emperador Aureliano toma el poder del Imperio romano en el año 270, la expansión de Palmira sufrirá un revés. Muy celoso del esplendor de Zenobia dirige toda la furia hacia Egipto. Y aunque la reina siria y su hijo Vabalato logran escapar en busca del cobijo persa. Al final como siempre la traición precede y son capturados en el río Éufrates.

Los últimos días de Zenobia de Palmira tienen un final abierto, las diferentes versiones de la Historia narran diferentes escenarios. Se dice que fueron ejecutados en el acto, mientras otras fuentes aseguran que recibió el perdón de Aureliano, para vivir como una ciudadana más de Roma.

 

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24 agosto 2018 at 6:54 pm Deja un comentario

Aquí yace Junia Rufina, la enigmática y poderosa romana de Baelo Claudia

Localizan en Cádiz un mausoleo único en Hispania por conservar inscripciones en bronce y por estar dedicado a una importante mujer

La escultura que representa a Junia Rufina, expuesta en el Museo de Baelo.

Fuente: JESÚS A. CAÑAS – Cádiz  |  EL PAÍS
24 de agosto de 2018

Junia Rufina fue una mujer muy poderosa. No necesitó ser madre o mujer de ningún romano. Fue por méritos propios. Su espectacular tumba en el yacimiento de Baelo Claudia (Tarifa, Cádiz) solo habla de ella. En honor a esta noble romana se levantó un excepcional mausoleo con inscripciones de bronce y los mejores mármoles. Debió impactar al que lo viese en pie, allá por el II siglo de nuestra era, y 1.800 años después vuelve a sobrecoger. Su Junia quiso dejar clara su importancia, lo consiguió con creces. Su sepulcro se ha convertido ahora en uno de los hallazgos más sobresalientes de la Hispania romana por ser la única tumba dedicada a una mujer por sí misma y por conservar la inscripciones original en bronce con la que fue concebida.

El singular descubrimiento se produjo el pasado 4 de junio, en el transcurso de unas excavaciones en la necrópolis de Baelo Claudia (ciudad romana desde el siglo II a.C.), y ha sido presentado la mañana de este viernes. “Es espectacular, un hallazgo excepcional”, reconoce Fernando Prados, director del proyecto investigador y profesor de Arqueología de la Universidad de Alicante. De un lado, es “una prueba del poder femenino en la época”, tal y como ha resumido el consejero de Cultura de la Junta de Andalucía, Miguel Ángel Vázquez en la presentación. De otro, el propio estado de conservación de la inscripción de bronce la convierte en un hallazgo romano inédito en España.

La tumba de Junia Rufina se encontraba en el punto más cercano a la puerta de la ciudad, un lugar reservado para el enterramiento de las personas más destacadas. La elección de esa zona en la excavación en esta campaña no ha sido casual. Allí mismo apareció hace dos décadas una importante escultura femenina togada desconocida que no conservaba la cabeza y que hoy se expone en el museo del Conjunto Arqueológico de Baelo Claudia, tal y como reconoce Iván García, arqueólogo del espacio. Los investigadores -integrados también por las universidades de Granada, Murcia y Madrid- albergaban esperanzas de encontrar algo destacado, pero el hallazgo ha superado todas sus expectativas.

Ahora han podido poner nombre a esa escultura aparecida hace 20 años. “Ha sido una sorpresa. La tumba más cercana a la puerta, la más grande e importante y de una mujer”, añade Prados. No es la primera vez que en España aparece un enterramiento romano dedicado a al sexo femenino, pero en esta ocasión ha sido distinto. “Normalmente, hacen referencia a que era mujer o madre de alguien, en este caso no. Era una mujer importante por sí misma”, detalla el profesor de Arqueología. García añade: “Es el primer monumento en Hispania cuya promotora es una mujer y con este tamaño”.

“Para los dioses Manes de Junia Rufina, hija de Marco”, reza en la lápida, encontrada con letras de bronce engastadas y siguiendo la pauta habitual de las inscripciones funerarias romanas. Y precisamente la conservación de estos caracteres es, precisamente, otro de las causas de la excepcionalidad del hallazgo. El uso del metal para la realización de las inscripciones era común en tiempos romanos.

Sin embargo, no es nada usual que esta técnica llegue intacta hasta nuestros días. “No hay ninguna pieza en la que tengamos un epígrafe con letras de bronce completo. La gente los solía expoliar. Normalmente se conserva solo la huella, pero en este caso no, está completo. Entre letra y letra se conservan hasta las interpunciones (caracteres a modo de puntos que se insertaban entre algunas letras)”, explica Prados en referencia a un hallazgo único en la antigua Hispania hasta ahora.

El motivo de este extraordinario estado de conservación radica en un hecho catastrófico que destruyó la ciudad de Baelo Claudia en torno al siglo IV de nuestra era. “Un terremoto afectó a la ciudad y quedó todo sepultado, como una pequeña Pompeya, y se quedó así hasta hoy. Es una suerte, la gente solía expoliar en tiempos de necesidad”, reconoce el director de la investigación. El temblor hizo que la losa con la inscripción cayese bocabajo sobre el pavimento de la necrópolis. Los arqueólogos han localizado incluso monedas del monedas del 340 d.C. que, al caer, quedaron atrapadas entre el suelo y la inscripción.

En las excavaciones han aparecido más piezas que muestran la grandiosidad del monumento funerario. Además de la inscripción en bronce y la escultura ya localizada anteriormente, los arqueólogos han localizado piezas de mármol de origen importado. “Se trata de un conjunto de gran monumentalidad, donde han aparecido columnas y capiteles corintios y otros elementos decorativos de un sepulcro que refleja el esplendor y la brillantez artística de esta ciudad hispanorromana”, explica el consejero.

Sin embargo, el valor del hallazgo, que también incluye restos óseos- radica también en las posibles vías de investigación que se abren para resolver la incógnita de quién fue Julia Rufina y porqué llegó a ser tan importante. De momento, los arqueólogos tienen una hipótesis, a partir del nombre de la mujer. “Junia hace referencia una importante diosa romana. De hecho, la escultura es un cuerpo en serie de esta diosa”, explica Prados. El apellido da más pistas, como abunda el arqueólogo: “Sabemos que es hija de un tal Marco y que Rufina es uno de los apellidos clásicos que las familias nobles de Cádiz usaron después de la conquista romana”. A partir de ahí, poco más se sabe de esta enigmática mujer. La primera gaditana empoderada. O al menos que, de momento, se sepa.

 

24 agosto 2018 at 6:15 pm Deja un comentario

Primer capítulo de “Mujeres y poder”, un manifiesto de Mary Beard

Este año la editorial Planeta publicó el libro que recopila algunas de las conferencias de Mary Beard. La inglesa es una académica especializada en estudios clásicos. Es catedrática en la Universidad de Cambridge y, además, una de las voces más importantes del feminismo contemporáneo.

Mary Beard recibió considerables ciberacosos después de que apareciese en enero de 2013 en el programa de la BBC Question Time desde Lincolnshire, y se expresase positivamente sobre los trabajadores inmigrantes que vivían en el condado. / AFP

Fuente: Mary Beard  |  El Espectador
12 de julio de 2018

Quiero empezar por el principio mismo de la tradición literaria occidental, con el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer «que se calle», que su voz no había de ser escuchada en público. Me refiero a un momento inmortalizado al comienzo de la Odisea de Homero, hace casi tres mil años, una historia que tendemos a considerar como el relato épico de Ulises y las aventuras y peripecias a las que tuvo que enfrentarse para regresar a casa tras finalizar la guerra de Troya, mientras su leal esposa Penélope le aguardaba y trataba de ahuyentar a sus pretendientes que la apremiaban para casarse con ella. No obstante, la Odisea es asimismo la historia de Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, la historia de su desarrollo personal, de cómo va madurando a lo largo del poema hasta convertirse en un hombre.

Este proceso empieza en el primer canto del poema, cuando Penélope desciende de sus aposentos privados a la gran sala del palacio y se encuentra con un aedo que canta, para la multitud de pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Como este tema no le agrada, le pide ante todos los presentes que elija otro más alegre, pero en ese mismo instante interviene el joven Telémaco: «Madre mía —replica—, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca … El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa». Y ella se retira a sus habitaciones del piso superior. Hay algo vagamente ridículo en este muchacho recién salido del cascarón que hace callar a una Penélope sagaz y madura, sin embargo, es una prueba palpable de que ya en las primeras evidencias escritas de la cultura occidental las voces de las mujeres son acalladas en la esfera pública.

Es más, tal y como lo plantea Homero, una parte integrante del desarrollo de un hombre hasta su plenitud consiste en aprender a controlar el discurso público y a silenciar a las hembras de su especie. Las palabras literales pronunciadas por Telémaco son harto significativas, porque cuando dice que el «relato» está «al cuidado de los hombres», el término que utiliza es mythos, aunque no en el sentido de «mito», que es como ha llegado hasta nosotros, sino con el significado que tenía en el griego homérico, que aludía al discurso público acreditado, no a la clase de charla ociosa, parloteo o chismorreo de cualquier persona, incluidas las mujeres, o especialmente las mujeres. Lo que me interesa es la relación entre este momento homérico clásico en el que se silencia a una mujer y algunas de las formas en que no se escuchan públicamente las voces de las mujeres en nuestra cultura contemporánea y en nuestra política, desde los escaños del Parlamento hasta las fábricas y talleres. Es una acostumbrada sordera bien parodiada en la viñeta de un viejo ejemplar de Punch: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla».

Examinemos ahora cómo podría relacionarse esta situación con el abuso al que, incluso hoy en día, están sometidas muchas mujeres que sí hablan, y una de las cuestiones que me ronda por la cabeza es la conexión entre pronunciarse públicamente a favor de un logo femenino en un billete bancario, las amenazas de violación y decapitación en Twitter, y el menosprecio de Telémaco hacia Penélope.

Mi objetivo aquí es adoptar un punto de vista amplio y distante, muy distante, sobre la relación culturalmente complicada entre la voz de las mujeres y la esfera pública de los discursos, debates y comentarios: la política en su sentido más amplio, desde los comités de empresa hasta el Parlamento. Espero que este enfoque desde la lejanía nos ayude a superar el simple diagnóstico de «misoginia» al que recurrimos con cierta indolencia, pese a ser, sin duda alguna, una forma de describir lo que ocurre. (Si uno acude a un programa de debate en televisión y después recibe una avalancha de tuits en lo que se comparan tus genitales con una variedad de vegetales podridos, es difícil encontrar una palabra más adecuada para definir la situación.) No obstante, si lo que queremos es comprender —y hacer algo al respecto— por qué las mujeres, incluso cuando no son silenciadas, tienen que pagar un alto precio para hacerse oír, hemos de reconocer que el tema es un poco más complicado y que hay un trasfondo al que hay que remitirse.

“Por qué las mujeres, incluso cuando no son silenciadas, tienen que pagar un alto precio para hacerse oír”.

El arrebato de Telémaco no fue más que el primer caso de una larga lista, que se extiende a lo largo de toda la Antigüedad griega y romana, de fructuosos intentos no solo por excluir a las mujeres del discurso público sino también por hacer ostentación esta exclusión. A principios del siglo iv a. C., por ejemplo, Aristófanes dedicó una comedia entera a la «hilarante» fantasía de que las mujeres pudieran hacerse cargo del gobierno del Estado. Parte de la broma consistía en que las mujeres no podían hablar en público con propiedad, o más bien que no podían adaptar su charla privada (que en este caso estaba centrada básicamente en el sexo) al elevado lenguaje de la política masculina. En el mundo romano, las Metamorfosis de Ovidio —esa extraordinaria épica mitológica sobre los cambios físicos de los personajes (y probablemente la obra más influyente de la literatura occidental después de la Biblia)— vuelve reiteradamente a la idea de silenciar a las mujeres en su proceso de transformación. Júpiter convirtió en vaca a la pobre Ío para que tan solo pudiera mugir, no hablar; mientras que la parlanchina Eco es castigada a que su voz no sea nunca la suya, a ser un simple un instrumento que repita las palabras de los demás.

En el famoso cuadro de Waterhouse, Eco contempla a su anhelado Narciso sin poder entablar conversación con él, mientras este se enamora de su propia imagen reflejada en un estanque. Un antólogo romano serio del siglo i d.C. solo pudo recopilar tres ejemplos de «mujeres cuya condición natural no consiguió acallarlas en el foro». Sus descripciones son reveladoras. La primera, una mujer llamada Mesia, se defendió a sí misma con éxito en los tribunales y «dado que tenía una auténtica naturaleza masculina tras su apariencia de mujer fue apodada la “andrógina”». La segunda, Afrania, solía iniciar ella misma las demandas judiciales y era tan «descarada» que las defendía personalmente, por lo que todo el mundo estaba harto de sus «ladridos» o «gruñidos» (no se le concede la gracia del «habla» humana). Sabemos que murió en el año 48 a.C., porque «con semejantes bichos es más importante documentar su muerte que su nacimiento». En el mundo clásico hay solo dos importantes excepciones de esta abominación respecto a las mujeres que hablan en público. En primer lugar, se les concede permiso para expresarse a las mujeres en calidad de víctimas y de mártires, normalmente como preámbulo a su muerte. A las primeras mujeres cristianas se las representaba proclamando su fe a gritos mientras eran conducidas a los leones, y en un conocido relato de la historia arcaica de Roma, a la virtuosa Lucrecia, violada por un desalmado príncipe de la monarquía gobernante, se le concede un papel con diálogo solo para denunciar al violador y anunciar su propio suicidio (o así lo presentaron los autores romanos: no tenemos la menor idea de lo que sucedió realmente). No obstante, incluso esta ínfima y amarga oportunidad de expresión podía ser denegada. En un relato de las Metamorfosis se nos cuenta la violación de la joven princesa Filomela, a la que el violador, para evitar cualquier denuncia al estilo de Lucrecia, sencillamente le corta la lengua.

“El discurso público y la oratoria no eran simplemente actividades en que las mujeres no tenían participación, sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género”.

Esta idea la recoge Shakespeare en su Tito Andrónico, donde también se le arranca la lengua a Lavinia tras ser violada. La otra excepción es más corriente, pues en ocasiones las mujeres podían levantarse y hablar legítimamente para defender sus hogares, a sus hijos, a sus maridos o los intereses de otras mujeres. Por consiguiente, en el tercero de los tres ejemplos de oratoria femenina planteados por el antólogo romano, la mujer, de nombre Hortensia, se sale con la suya porque actúa explícitamente como portavoz de las mujeres de Roma (y solo de las mujeres), tras haber sido sometidas a un impuesto especial sobre el patrimonio para financiar un dudoso esfuerzo de guerra. Dicho de otro modo, en circunstancias extremas las mujeres pueden defender públicamente sus propios intereses sectoriales, pero nunca hablar en nombre de los hombres o de la comunidad en su conjunto. En general, tal y como lo expresó un gurú del siglo ii d. C., «una mujer debería guardarse modestamente de exponer su voz ante extraños del mismo modo que se guardaría de quitarse la ropa». No obstante, en todo esto hay mucho más de lo que se percibe a simple vista. Esta «mudez» no es solo un reflejo de la privación general de poder de las mujeres en el mundo clásico, donde, entre otras cosas, no tenían derecho al voto y su independencia legal y económica era limitada. En la Antigüedad, las mujeres no solían elevar su voz en la esfera política, donde no tenían participación alguna, pero aquí estamos ante una exclusión de las mujeres del discurso público mucho más activa y malintencionada, con un impacto mucho mayor del que reconocemos en nuestras propias tradiciones, convenciones y supuestos acerca de la voz de las mujeres. Lo que quiero decir es que el discurso público y la oratoria no eran simplemente actividades en que las mujeres no tenían participación, sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género. Como ya hemos visto con Telémaco, convertirse en un hombre (o por lo menos en un hombre de la élite) suponía reivindicar el derecho a hablar, porque el discurso público era un (o mejor el) atributo definitorio de la virilidad. Es más, citando un conocido eslogan romano, el ciudadano de la élite podía definirse como vir bonus dicendi peritus, «un hombre bueno diestro en el discurso». Por consiguiente, una mujer que hablase en público no era, en la mayoría de los casos y por definición, una mujer.

Si recorremos la literatura antigua, encontraremos un reiterado énfasis sobre la autoridad de la voz grave masculina en contraste con la femenina. Un antiguo tratado científico enuncia de forma explícita: una voz grave indica coraje viril, mientras que una voz aguda es indicativo de cobardía femenina. Otros autores clásicos insistían en que el tono y timbre del habla de las mujeres amenazaba con subvertir no solo la voz del orador masculino sino también la estabilidad social y política, la salud, del Estado. En una ocasión, un orador e intelectual del siglo ii d.C. con el nombre revelador de Dión Crisóstomo, que significa literalmente Dión «Boca de Oro», pidió a su audiencia que imaginase una situación en la que «una comunidad entera se viera afectada por una extraña dolencia: que, repentinamente, todos los hombres tuvieran voces femeninas, y ningún varón —niño o adulto— pudiera hablar de manera viril. ¿No sería esta una situación terrible y más difícil de soportar que cualquier otra plaga? No me cabe duda de que enviarían una delegación a un santuario para consultar a los dioses y tratar de propiciar el favor divino con numerosas dádivas». No era ninguna broma.

 

13 julio 2018 at 1:06 pm Deja un comentario

Mary Beard: “La ‘Odisea’ nos dio un modelo para silenciar la voz de las mujeres”

En “Mujeres y poder”, la historiadora británica nos lleva hasta la antigüedad griega y romana para comprender por qué todavía, en el siglo XXI, las mujeres deben luchar más para ocupar puestos de liderazgo e incluso para hablar en público. No se trata de suprimir obras, sino de hacerse preguntas. ¿Repetimos patrones culturales? ¿Hay mujeres poderosas en la historia antigua?

La historiadora Mary Beard en una imagen de archivo. AFP

Fuente: Juan Rodríguez M. – El Mercurio, vía Economía y Negocios Online
2o de mayo de 2018

En la gran sala del palacio, un hombre canta las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso a Grecia, tras la guerra de Troya. Penélope, la mujer de Ulises, uno de aquellos héroes, sale de sus habitaciones, oye el canto y, frente a la multitud que escucha, le pide al aedo que elija un tema más alegre. Entre los oyentes está Telémaco, hijo de Penélope y Ulises, apenas un muchacho: “Madre mía -dice-, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca … El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa”. Penélope obedece y se retira a sus habitaciones privadas.

El episodio está narrado al comienzo de la “Odisea”. Lo recuerda la historiadora inglesa Mary Beard en “Mujeres y poder. Un manifiesto” (Crítica, 2018), su libro más reciente. Catedrática de Estudios Clásicos en Cambridge y autora de libros como “El triunfo romano”, “La herencia de los clásicos” y “SPQR. Una historia de la antigua Roma”, Beard dice que dicho episodio es “el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer «que se calle», que su voz no había de ser escuchada en público”.

Dada la discriminación y violencia de género todavía presente, el libro plantea una pregunta simple de hacer, pero difícil de responder: ¿por qué pensamos como pensamos sobre las mujeres, los hombres y el poder?

Beard va a buscar la respuesta a Grecia y Roma. “En algunos sentidos (¡no todos!), en Occidente, hemos heredado culturalmente estas maneras antiguas de tratar y percibir a las mujeres -dice, a través de un correo electrónico-. La ‘Odisea’, en los comienzos de la literatura occidental, nos dio un modelo para silenciar la voz de las mujeres. Por supuesto que hay otras influencias también (gracias al cielo), pero la cultura occidental en parte todavía mira hacia el silencio de las mujeres de la antigüedad”. Como ocurre en ese chiste, recogido en el libro, en el que una mujer hace una propuesta en una reunión de trabajo y el jefe le dice: “Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presente quiera hacerla”. O en algunas reacciones destempladas y perturbadoras, “como las amenazas de violación y decapitación en Twitter”, anota la autora.

Beard cree que desde los arrebatos misóginos contemporáneos hasta las maneras y apariencia que adoptan algunas líderes (impostar un tono de voz grave, vestir trajes oscuros, ojalá chaqueta y pantalón) denotan una relación “culturalmente complicada” entre la voz de las mujeres y la esfera pública, una distancia “real, cultural e imaginaria” entre mujeres y poder. Cuestión que, en parte, respondería en Occidente a patrones culturales, a un concepto de poder aprendido durante milenios. Además del caso de Telémaco y Penélope, Beard cita, por ejemplo, una comedia de Aristófanes, a principios del siglo IV a. C., dedicada entera a la “hilarante” fantasía de que las mujeres pudieran gobernar. Y más adelante, ya en Roma, están las “Metamorfosis” de Ovidio, en la que Júpiter convierte en vaca a Ío para que solo pudiera mugir y no hablar.

Beard identifica solo dos excepciones de este rechazo a que las mujeres hablen en público: pueden hacerlo en calidad de víctimas o de mártires, “normalmente como preámbulo a su muerte”, o para defender su hogar, su familia o en nombre de otras mujeres; en ningún caso “en nombre de los hombres o de la comunidad en su conjunto”. “Si buscamos las contribuciones de las mujeres incluidas en esos curiosos compendios llamados «los cien mejores discursos de la historia» o algo parecido, encontraremos que la mayoría de las aportaciones femeninas, desde Emmeline Pankhurst hasta el discurso de Hillary Clinton en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre las mujeres de Pekín, tratan del sino de las mujeres”.

No es solo que en la antigüedad el discurso público y la oratoria fuesen actividades en las que las mujeres no participaban, “sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género”. O en otras palabras, una mujer hablando en público era una contradicción en los términos. “Un antiguo tratado científico enuncia de forma explícita: una voz grave indica coraje viril, mientras que una voz aguda es indicativa de cobardía femenina”, se lee en el libro. De esa tradición somos herederos, dice Beard. Lo que no significa que seamos “simplemente víctimas o incautos” de esa herencia, pero sí que hemos aprendido a “no oír autoridad” en una voz femenina, que la cultura antigua nos ha dado un patrón para decidir cuándo un discurso es bueno o malo, convincente o no y, dentro de ese patrón, el género ocupa un lugar importante. Es más, agrega Beard, las mujeres que logran hacerse oír adoptan “una versión de la vía «andrógina”, imitando conscientemente aspectos de la retórica masculina”. En Roma está el caso de Mesia, una mujer que se defendió a sí misma en los tribunales, con éxito, y que “dado que tenía una auténtica naturaleza masculina tras su apariencia de mujer fue apodada la ‘andrógina'”, según el relato de un antólogo romano del siglo I. Veinte centurias después, recuerda Beard, Margaret Thatcher reeducó su voz, “demasiado aguda”, para darle el grave tono de la autoridad.

Hay casos de mujeres con poder en la cultura antigua. Por ejemplo, la diosa Atenea, Clitemnestra, reina de Micenas, o las amazonas. Sin embargo, según Beard, una diosa como Atenea -“en absoluto una mujer”- cuyo aspecto y virtudes remiten al sexo masculino, o una reina retratada como usurpadora son menos excepciones que confirmaciones del orden patriarcal.

-¿Por qué?

“Los órdenes patriarcales siempre se justifican a sí mismos con las excepciones. De modo que, de diferentes maneras, estas ‘mujeres poderosas’ justifican el patriarcado… o bien, las mujeres toman el control pareciendo hombres, o (como las amazonas) son destruidas porque intentan usurpar el poder masculino”.

-¿Tal vez Hipatia, la filósofa y matemática griega, sea una excepción?

“Me gustaría pensar que sí. ¡Pero temo que no! ¡Hipatia fue asesinada!”

-¿Cambia la situación de las mujeres entre el mundo greco-romano y la Edad Media?

“Las cosas cambiaron desde la antigüedad pagana al medioevo cristiano. Y las mujeres se reposicionaron en algunos aspectos, pero la supresión fundamental de las mujeres permaneció”.

Medusa decapitada

La mayoría de las representaciones de Atenea, la “divinidad femenina decididamente no femenina”, muestran en el centro de su coraza la cabeza de una mujer que, en vez de cabello, tiene serpientes. Es Medusa, cuya historia tiene muchas versiones. En una de ellas, relata Beard, se la representa como una hermosa mujer violada por Poseidón en el templo de Atenea. Esta, en castigo, la transforma a ella (sí, a ella) “en una criatura monstruosa con la capacidad mortífera de convertir en piedra a todo aquel que la mirase a la cara”. Más tarde, Perseo, el heroico semidios, la decapita y usa su cabeza como escudo, hasta que se la regala a Atenea.

La escena se recrea hasta hoy, con rostros contemporáneos. “¿Souvenirs inquietantes?”, se pregunta Beard en su libro. “En las elecciones presidenciales de 2016 en los Estados Unidos, los partidarios de Donald Trump tenían infinidad de imágenes clásicas para elegir, pero ninguna tan impactante como la de Trump convertido en Perseo decapitando a Hillary Clinton convertida en Medusa”.

No se trata de descartar la “Odisea” y otros textos clásicos por machistas, ni de leerlos solo para investigar las fuentes de la misoginia. Beard cree que eso sería “un crimen cultural”. Se trata, sí, de comprender por qué nos cuesta concebir a las mujeres dentro del poder, por qué “tienen más dificultades para triunfar” e incluso por qué “se las trata con mayor severidad cuando meten la pata”. Es decir: “Hemos de reflexionar acerca de lo que es el poder, para qué sirve y cómo se calibra (…) si no percibimos que las mujeres están totalmente dentro de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no a las mujeres”. La “Odisea”, agrega Beard en su ensayo, “es un poema que explora, entre otras muchas cosas, la naturaleza de la civilización y la «barbarie», del regreso a casa, de la fidelidad y de la pertenencia. Aun así -como espero que demuestre este libro-, la reprimenda que Telémaco lanza a su madre Penélope cuando esta se atreve a abrir la boca en público es un acto que todavía hoy, en el siglo XXI, se repite con demasiada frecuencia”.

-Le repito una pregunta que usted hace a propósito de Perseo y la decapitación de Medusa: ¿triunfalismo heroico o sadismo misógino?

“Por supuesto que ambas, dependiendo de su punto de vista. Pero pienso que es difícil mirar esas imágenes y no ver la violencia contra las mujeres que es central en el tema”.

-¿Qué hacer para cerrar efectivamente la separación entre mujeres y poder?

“Ojalá lo supiera. Pero necesitamos comprender de dónde venimos para saber hacia dónde vamos”.

 

21 mayo 2018 at 1:38 pm 2 comentarios

Se estrena en Cartagena ”La mujer en Carthago Nova”

Nueva producción de la Fundación Integra dedicada al papel de la mujer en la sociedad romana

Estreno de ”La Mujer en Carthago Nova”

Fuente: Región de Murcia
16 de marzo de 2018

“La mujer en Carthago Nova” es una nueva serie documental que forma parte de los 8 trabajos audiovisuales producidos durante el año pasado por la Fundación Integra. Tiene una duración total de 50 minutos, consta de 3 capítulos y está dedicada a describir el papel de la mujer en la sociedad romana y particularmente en la ciudad de Carthago Nova, actual Cartagena.

La producción fue estrenada en un acto con gran asistencia de público, y en el que presentaron el trabajo realizado Juan José Almela, Director General de Informática, Patrimonio y Telecomunicaciones, Elena Ruiz, Directora del Museo del Teatro Romano de Cartagena, y Antonio Alpañez, director de la producción y gerente de la productora Imagia Video.

La producción combina testimonios de investigadores y especialistas en la materia con cuidadas y detalladas recreaciones históricas con actores que nos transportan a esta ciudad mítica hace 2.000 años. El primer capítulo está dedicado a la mujer en el ámbito doméstico, el lugar donde transcurría gran parte de su existencia, ya fuera como hija o esposa, el segundo realiza un completo recorrido por los momentos más importantes en la vida de una mujer romana, desde el nacimiento hasta el fallecimiento, pasando por la niñez, el casamiento y la maternidad. El tercer y último capítulo recoge el reflejo de la mujer romana en la sociedad actual de Cartagena, principalmente a través de manifestaciones artísticas y populares, y todo ello gracias al conocimiento obtenido en los últimos años de trabajos arqueológicos y posteriores investigaciones.

Esta producción se enmarca dentro del proyecto Patrimonio Digital que dirige la Fundación Integra, que cuenta con financiación de fondos europeos FEDER y de la Dirección General de lnformática, Patrimonio y Telecomunicaciones de la Consejería de Hacienda y Administraciones públicas.

 

17 marzo 2018 at 12:09 pm Deja un comentario

Escitia, el país donde mandaban las mujeres

La ginecocracia, el gobierno de ellas, existió en algunas culturas y alimentó docenas de leyendas que nos han llegado a través de la cultura griega

Retrato idealizado de Zenobia, reina de Palmira, que hizo frente al imperio Sasánida, por un lado, y Roma, por el otro

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
11 de marzo de 2018

Las costumbres de los pueblos nómadas de las llanuras de Eurasia en la historia antigua, etiquetados bajo el cómodo pero inexacto cajón de sastre del nombre «Escitia», resultaban tan extrañas a ojos de los occidentales de entonces, los griegos, que se transmitieron numerosas leyendas e invenciones más o menos fantasiosas, sobre todo en lo que se refiere al grado de libertad y la preeminencia sociopolítica de las mujeres. Historiadores como Heródoto o geógrafos como Estrabón dieron informes detallados de la situación de las mujeres entre pueblos bárbaros muy diversos, desde el Cáucaso a las estepas o al lejano occidente, y los escritores y artistas se complacieron en retratar a esas poderosas amazonas que, si hacemos caso a la interpretación evemerista de su leyenda, no habrían sido sino un trasunto mítico de la especial situación de la mujer escita. En su libro «Amazonas. Guerreras del mundo antiguo» (Desperta Ferro 2017), Adrienne Mayor estudia la leyenda de las amazonas desde la perspectiva histórica y con la tesis de que los contactos de los griegos con el mundo escita y la evocación del comportamiento sociopolítico de sus mujeres con-dicionó la leyenda de las mujeres guerreras: las anchurosas llanuras serían, así, el mítico lugar donde reinaron las fantásticas amazonas que, además, seguramente condicionaron todas las ideas griegas sobre la ginecocracia, es decir, que ocurriría si las mujeres gobernaran. Se decía que todo esto era puro mito pero, como otras historias que refiere fuentes como Heródoto sobre diversos pueblos o algunas figuras míticas de los vasos griegos, como las ménades, algunas referencias han sido confirmadas a lo largo del siglo XX por la arqueología o la epigrafía: así sucede con los hallazgos de esqueletos de mujeres en Altái con heridas de guerra o las momias de mujeres tatuadas y enterradas entre armamento para preparar su viaje al más allá como la llamada «princesa de los hielos» (Museo Hermitage, c. 500 a.C.).

Pensamiento único

Es muy significante toda esta tradición sobre los pueblos que se regían por mujeres para el surgimiento del pensamiento utópico griego acerca de la ginecocracia en relación con la política de la época clásica, tal y como se refleja en la literatura, en la filosofía. Escitia era, en cualquier caso, el lugar donde las mujeres mandaban por excelencia y los griegos se sentían fascinados por aquellas noticias –transmitidas por los escritores de viajes, oradores o historiadores– sobre comunidades fantásticas y utópicas allende su civilización que ponían en duda los cimientos del mundo griego –la propiedad privada y la familia patriarcal, notablemente– mediante curiosos sistemas que inspiraban su imaginación creativa tanto al menos como los proyectos de sus teóricos políticos. Se suponía que algunos bárbaros remotos se regían por un cierto matriarcado o que, incluso, vivían en comunidad de bienes y familias, por lo que tales ejemplos fueron referidos por ciertos sofistas con cierta admiración o como prueba de la convencionalidad de las leyes y de las costumbres: eso acaso reforzaba, por ejemplo, las ideas de Protágoras sobre la convención frente a la naturaleza y relacionaban el debate con la situación de la Atenas democrática, en endémica y sistémica crisis sociopolítica.

Muchos pueblos extranjeros eran conocidos por la comunidad de familias o, directamente, por la ginecocracia, como la tribu nómada de los agatirsos, relacionada con los tracios, que es descrita por el historiador Heródoto como un pueblo polígamo, tatuado y amante del lujo que vivía en la llanura del río Maris. Las fábulas sobre la promiscuidad de las mujeres bárbaras, su «poliandria» o, lo que es más atractivo, la imagen de unas mujeres poderosas y masculinizadas que ejercen el gobierno se relacionaba invariablemente con los pueblos de las estepas de Eurasia y encontraban múltiples reflejos en la mitología y en la literatura, si se tiene en cuenta la leyenda la gran cantidad de noticias disponibles sobre las Amazonas, los tracios, ilirios o chipriotas (incluso sobre nuestros cántabros se contará la leyenda del gobierno matriarcal en tiempos posteriores). También entre los griegos había lugares donde las mujeres ostentaban cierta relevancia e incluso poder sociopolítico, como entre ciertas ciudades cuya legislación e instituciones como la de las «patrouchoi» –con la posibilidad de heredar y ser titulares de patrimonio– parecían conceder a las mujeres más libertades, cosa de la que, en el caso de Esparta, se lamentaba Aristóteles, que achacaba a esto la decadencia de la ciudad.

La «Lisístrata» de Aristófanes

Como quiera que sea, el debate sobre la reforma de la sociedad a partir de una aplicación al conjunto de la «polis» de recetas utópicas basadas en sus elementos básicos, se agudiza en la época de la guerra del Peloponeso, sobre todo en su fase final. Sus ejemplos afloran especialmente en Atenas, laboratorio del pensamiento utópico antiguo, y tiene como cuestión central para la reforma política, no por casualidad, en el plano literario la idea del papel político de la mujer. Así, la «Lisístrata» de Aristófanes –una comedia sobre el poder femenino ya de por sí, con la huelga sexual para parar la guerra como trasfondo– presenta una utopía de gobierno basada en la habilidad típica de las mujeres, es decir, el arte del telar: se habla de reunir las distintas capas sociales y gobernar como quien «teje un manto» (575 ss.). Otra comedia suya, «Asambleístas», muestra a mujeres que rigen la ciudad y se visten como hombres, enunciándose ideas utópicas como «establecer una vida común e igual para todos» (588 ss.). Las diferencias con las posibles ginecocracias históricas, como la escita, son ciertamente claras, pero salta a la vista incluso en un tratamiento paródico como este la relevancia del tema del gobierno femenino como idea central de las propuestas utópicas de reforma sociopolítica, hasta llegar más tarde a las propuestas de Platón, en las que la mujer tiene un papel muy relevante.

La inspiración, entre mito e historia, de estas ideas que surgen en los siglos V-IV a.C. puede relacionarse con las noticias sobre pueblos de tradición matriarcal. Entre ellos destacan siempre las legendarias guerreras nómadas de las estepas eurasiáticas que pasaron al imaginario griego como las «amazonas», personajes indispensables en la mitología, las representaciones en la pintura sobre cerámica griega o en las decoraciones escultóricas de los templos arcaicos, como símbolo de barbarie y antihelenismo, pero a la par como estímulo intelectual para muchos, lo que da fe del impacto cultural que provocaron en el mundo griego. La Escitia que imaginaron los griegos, o la compleja cultura de las estepas y los kurganes, que poco a poco sale a la luz con nuevos hallazgos impresionantes, vuelve hoy a la actualidad con el debate sobre la posición sociopolítica de la mujer en Occidente, más allá de los modelos clásicos que heredamos de la antigüedad.

 

11 marzo 2018 at 1:09 pm Deja un comentario

Mary Beard: “El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres”

La académica Mary Beard, la intelectual de moda en Reino Unido, se adentra con el pequeño libro ‘Mujeres y poder’ en uno de los debates más calientes del momento

La académica inglesa Mary Beard, retratada en Madrid. CARLOS ROSILLO

Fuente: PABLO GUIMÓN > Cambridge  |  EL PAÍS
10 de febrero de 2018

Contemplar a la gran experta en la Roma clásica conversar amigablemente por teléfono con un funcionario anónimo de Hacienda es una manera, tan buena como cualquier otra, de reconciliarse con la Humanidad. Como toda plebeya honrada, Mary Beard paga sus impuestos. En concreto, trata de convencer al funcionario de que debe dos mil libras a las arcas públicas. La presencia del periodista no impide a Beard desplegar sus intimidades fiscales y bancarias sobre la mesa de la cocina de aire campestre de su acogedora casa de Cambridge.

Beard, de 63 años, es la intelectual de moda en Reino Unido. Su vasto conocimiento del mundo antiguo y su proverbial talento divulgador, desplegados en obras como SPQR, permiten a Beard contextualizar y enfocar certeramente los debates contemporáneos. De ello da fe Mujeres y poder, un pequeño libro que publica en español Crítica y que, como anuncia su título, se adentra en uno de los debates más calientes del momento.

El funcionario examina su expediente y concluye que, lejos de deber dos mil libras, Beard goza incluso de un pequeño crédito a su favor. Sucede que había pagado de más. “Joder”. “Gracias, gracias”. “Es usted una joya”. Cuelga el teléfono sonriente y, para celebrar que es un poco más rica de lo que creía hace cinco minutos, descorcha una humilde botella de pinot griglio. Sirve dos generosos vasos e invita al intruso a encender la grabadora.

Pregunta. El primer ejemplo documentado de un hombre mandando a una mujer callar está en la Odisea. ¿Silenciar a Penélope, su madre, forma parte del desarrollo de Telémaco como hombre?

Respuesta. Necesitamos comprender que son problemas profundamente arraigados en la historia de la cultura occidental desde hace milenios. Con eso no quiero decir que estemos atrapados en ellos, pero debemos buscar soluciones diferentes. Cuando ves ejemplos de mujeres silenciadas en el mundo antiguo, es fácil concluir que forma parte de una discriminación general. Pero lo que muestra la Odisea es que es más que eso. Para dejar de ser un niño y convertirse en hombre, Telémaco debe aprender a callar a las mujeres. Es un silenciamiento mucho más activo. El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres. Toda la definición de la masculinidad dependía del silenciamiento activo de la mujer.

P. Si las mujeres no son atraídas a las estructuras de poder, ¿por qué la inercia histórica es cambiar a las mujeres y no esas estructuras?

R. Pensamos en las estructuras de poder como masculinas y hacemos que las mujeres encajen, que cambien su comportamiento al acceder al poder. Acaban actuando, interpretando un guion. Pero no hay que cambiar a las mujeres, sino las estructuras. Hay que pensar qué es el poder, cómo hablamos de él, cómo está conectado a la celebridad, cómo son la imagen y el lenguaje asociados al poder. Veremos que es una versión extremadamente masculina. Poder es algo que tú tienes y yo no. Queremos grandes lideres. Pues no. Lo que queremos es grandes contribuidores. Cuando veo cursos de liderazgo en la universidad, me pregunto dónde enseñamos a la gente a ser seguidora. Un líder grande y macho con una pirámide por debajo es una de las maneras posibles, pero no la única.

‘El regreso de Ulises’, obra de 1508-1509 de Bernardino Pinturicchio, expuesta en la National Gallery. DEA PICTURE LIBRARY (DE AGOSTINI/GETTY IMAGES)

P. Se cumplen cien años del momento en que las primeras mujeres consiguieron el derecho a voto en su país, Reino Unido, y el derecho a ser elegidas diputadas. Pero hay estudios que demuestran que, aún hoy, el rol de las mujeres en los parlamentos sigue siendo el de promover legislación sobre asuntos relacionados con los intereses tradicionalmente asociados a las mujeres.

R. Y está bien. Alguien tiene que defender a las mujeres. Pero sigue dejándolas fuera de las estructuras masculinas de poder. Siguen siendo segregadas a la sección de intereses femeninos. Hay que estar agradecido, y si yo fuera una mujer en el Parlamento también querría levantarme por las mujeres. Pero sigue habiendo una diferencia. La gente escucha a las mujeres cuando hablan de asuntos de mujeres de una manera que no las escuchan cuando hablan de economía.

P. Usted misma, el primer libro que publicó, más allá del ámbito académico, fue un manual para madres trabajadoras (The good working mother’s guide, 1989).

R. Es fácil, le diré por qué. Cuando tienes hijos muy pequeños, dispones de basante tiempo, pero nunca en periodos largos. Media hora aquí, 20 minutos allá. No tienes tiempo de pensar, pero tienes bastantes trozos de tiempo. Yo buscaba algo que pudiera escribir en trozos. No puedes escribir un artículo académico con 20 minutos aquí, 30 minutos allá. Por otro lado, hay algo muy curioso al tener hijos: adquieres una cantidad enorme de conocimiento y experiencia práctica, y luego todo se va a la basura. Fue juntar esos trozos de tiempo con, de alguna manera, utilizar lo que conoces.

P. ¿Qué opina de la campaña global del #MeToo?

R. Está siendo muy importante. Las redes sociales son muy buenas para empezar las cosas, el problema es que un hashtag no cambia de hecho nada. Si quieres solucionar el problema, no es suficiente encontrar gente que lo señale en el pasado. Tienes que cambiar el equilibrio del poder.

P. En una reciente entrada de su blog en The Times Literary Supplement, quiso subrayar la diferencia entre comportamiento inapropiado ocasional y sistemático. ¿No defiende la tolerancia cero?

R. No creo en la cultura de tolerancia cero porque todos hacemos cosas estúpidas. ¡No quiero un mundo en que nadie nunca sea maleducado! Pero tampoco quiero un mundo en que la gente sea sistemáticamente inapropiada. Yo, en muchas ocasiones, he hecho cosas inapropiadas. No creo que deba ser lapidada por eso.

P. ¿Seguirá viendo películas de Woody Allen a pesar de su supuesto abuso de las mujeres?

R. He disfrutado de películas de Woody Allen desde que tengo memoria. Hay muchos aspectos de él que deploro. Pero me iré a la tumba pensando que Annie Hall es divertida. ¿Qué hacemos? Es difícil de saber. Esto es inaceptable, tío, pero también haces buenas películas. Tenemos que ser mucho más sofisticados que pensar que la gente es solo buena o mala. Hay que hallar la manera de lidiar con alguien que es brillante y horrible. Cómo manifestar nuestra desaprobación de algunos aspectos de la vida de alguien, mientras reconocemos otros.

Escultura de la diosa Atenea, en el Louvre de París. ALINARI/CORDON PRESS

P. Leerla y escucharla es comprender que las respuestas no suelen ser sencillas. Pero vivimos en un mundo que demanda respuestas simples.

R. ¡Esto es complicado! Cualquiera que diga que esto es simple es que no lo ha pensado a fondo. El papel de los académicos, y también el de los políticos, es decir, que la complejidad es buena.

P. ¿Cuánta complejidad cabe en 280 caracteres?

R. Cualquiera que use Twitter, yo incluida, dice cosas que no quiere decir realmente. Necesitamos un formato en el que la gente pueda expresar duda y complejidad. Debemos mejorar la conversación.

P. Los extremos monopolizan ciertos debates en redes sociales. ¿Tienen los más moderados la responsabilidad de intervenir?

R. Las redes sociales no han cambiado la manera en que la gente habla o piensa. Cuando yo era estudiante decíamos cosas horribles de nuestros profesores, pero lo decíamos en el bar. Twitter lo amplifica, y eso igual es bueno. Lo importante es que no tienes que decir que mi vagina huele a repollo para decir que no estamos de acuerdo. ¡Qué horrible sería un mundo en el que todos estuvieran de acuerdo! Yo tengo opiniones muy fuertes sobre muchas cosas, que encajan en los estándares del feminismo. ¿Querría que todo el mundo estuviera de acuerdo conmigo? Claro que no.

P. Su actitud la ha convertido en referente de muchas mujeres que quieren ser valoradas por sus ideas y no por su aspecto.

R. Es importante mostrar a la gente que puedes ser mayor y estar cómoda. Claro que me molestan ciertas cosas malas que dicen sobre mí, si no sería una psicópata, pero no me afectan demasiado. Y creo que es importante, especialmente para las chicas jóvenes, ver a una mujer mayor que está por ahí, que dice tacos, que habla de lo que sea y no es amedrentada por la gente que le dice que se calle.

 

10 febrero 2018 at 9:50 am Deja un comentario

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