Posts filed under ‘Homero’

Grecia cita “La Odisea” para declarar fin a su crisis

EFE

Fuente: AP  |  20minutos.com
22 de agosto de 2018

En un discurso lleno de referencias a la mitología griega y pronunciado en la isla de Ítaca, el primer ministro griego declaró con alivio el fin de los pagos internacionales a cambio de duras medidas de austeridad.

El mandatario, Alexis Tsipras, especialmente se refirió a “La Odisea” de Homero.

Grecia está a punto a ser de nuevo “un país normal”, dijo Tsipras desde Ítaca, la isla de origen del héroe mitológico Odiseo, el rey mesenio cuyas arduas travesías son relatadas en “La Odisea”.

“Desde el 2010, Grecia ha sufrido su propia odisea”, dijo el mandatario en un discurso lleno de referencias a la literatura y mitología griega. “Ítaca es sólo el comienzo”.

Tsipras declaró que Grecia ha recuperado su libertad financiera tras años de ceder a las demandas de los acreedores de recortes y reformas económicas a cambio de asistencia.

La decisión de hacer el anuncio desde una isla recordó al inicio de la crisis, en el 2010, cuando el entonces primer ministro George Papandreou habló desde la isla de Kastelorizo, informando a la nación que en efecto el país estaba en la bancarrota y necesitaba ayuda económica del extranjero.

A cambio de los préstamos, los gobiernos subsiguientes tuvieron que imponer duras medidas de austeridad para equilibrar el presupuesto y sanear las finanzas del país. En esa época la economía griega se contrajo en 25% y el desempleo aumentó al punto que hasta el día de hoy, una de cada cinco personas está desempleada. Los ingresos disminuyeron y los impuestos subieron.

Evidentemente, ha sido una trayectoria difícil y dolorosa para Grecia, una que ha durado casi tanto como las legendarias aventuras de Odiseo.

Odiseo fue protagonista renuente en la Guerra de Troya, una expedición cuasimítica de reinos mesenios griegos para conquistar la ciudad de Troya en lo que hoy en día es el norte de Turquía. Tras la caída de Troya, perseguido por furiosos dioses, Odiseo tuvo que sufrir otros 10 años de desventuras en el mar antes de poder regresar a Ítaca.

Una vez allí, apabullado y harapiento, Odiseo halló su vivienda ocupada por un grupo de jóvenes que trataban de convencer a su fiel esposa a que se vuelva a casar. Odiseo los masacró, para luego morir a manos de su hijo y la seductora Circe.

“Hemos llegado a nuestro destino”, dijo Tsipras. “Los rescates financieros que conllevaron a la austeridad y a la recesión y que convirtieron a nuestro país en un desierto social, han concluido”, dijo Tsipras.

 

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22 agosto 2018 at 6:55 pm Deja un comentario

“Troya: historia y mito”, con Academia Play

En la mitología griega, la guerra de Troya fue un conflicto bélico en el que se enfrentaron una coalición de ejércitos aqueos contra la ciudad de Troya (también llamada Ilión y ubicada en Asia Menor) y sus aliados. Según Homero, se trataría de una expedición de castigo por parte de los aqueos, cuyo casus belli habría sido el rapto (o fuga) de Helena de Esparta por el príncipe Paris de Troya.

Fuente: Canal de Academia Play en Youtube

 

18 julio 2018 at 9:34 pm Deja un comentario

Homero, la «Odisea» que sigue intrigando a occidente

El hallazgo en Olimpia de una placa de arcilla con 13 versos del poema épico de este vate cuya identidad o identidades sigue siendo un motivo de debate, demuestra que el mensaje humanista de esta pieza fundacional y de la «Ilíada» está vigente más de dos milenios y medio después.

La efigie de Homero, que sigue siendo un misterio, en una moneda de 50 dracmas griegos

Fuente: David Hernández de la Fuente  |  LA RAZÓN
16 de julio de 2018

A raíz del hallazgo de una placa de arcilla en el santuario de Olimpia con un fragmento del canto XIV de la «Odisea» ha vuelto a los medios el debate en torno al misterioso Homero, origen y culmen de toda literatura en Occidente. Son 13 versos escasos los que aparecen en la pieza, pero bastan para recordar toda la gloria del padre de la literatura occidental. Una breve conversación entre el rey Odiseo, recién retornado a su Ítaca pero aún de incógnito, y su fiel porquero Eumeo, pone de manifiesto la maestría psicológica y social del poeta al hablar de la nobleza de cuna y de espíritu. Y es que Homero no solo es indisociable de nuestra tradición cultural sino también de nuestra sensibilidad.

A la sombra de aquel conflicto mítico y primordial que narrara en la «Ilíada» el cantor conocido como Homero, se fundaba magistralmente la sensibilidad literaria en torno a la frágil y efímera condición humana, su grandeza y miseria. Pues la «Ilíada» no es un poema belicista, casi huelga decirlo, sino hondamente humanista. Luego está el regreso del héroe, o por mejor decir, de uno de los héroes de esa guerra troyana, Odiseo, en uno de los «nostoi» o retornos de los caudillos griegos a sus hogares. Así se cierra el díptico principal tradicionalmente atribuido a Homero y que supone la génesis de toda nuestra literatura e incluso de nuestra historia, por no hablar de las inagotables postrimerías de esa celebrada «materia troyana». Por eso me gusta definir el campo de acción de los poemas homéricos con una figura triangular, como un tríptico de literatura, historia y recepción: primero, la epopeya de Troya y los ecos sempiternos de su destrucción, incluido el viaje de retorno de sus héroes, como el de Ulises; luego, la historicidad de aquella guerra mítica como recuerdo evocado de un conflicto histórico, acrecida con información sobre el propio tiempo de Homero; y por último, pero no menos importante, sus innumerables recreaciones en las artes posteriores, desde Virgilio o Dante hasta los hermanos Coen.

Miseria y esplendor

Lo que hace genial y único al vate llamado Homero, de entre la pléyade de voces que emergen entre los restos del naufragio de la primera literatura de Occidente, es cómo usa magistralmente la materia mítica para extractar en breve todo el esplendor y la miseria del ser humano: la guerra, la mejor excusa para mostrar quiénes somos, se centra en la cólera sin sentido de un héroe egoísta y narra los lances guerreros en los escasos días entre esta y la reconciliación entre dos rivales quintaesenciales que se miran a los ojos llorando y reconocen su idéntica tragedia humana. Otro es el caso del regreso por excelencia del héroe al hogar, el del guerrero acaso más singular de Troya, que toca varios esquemas de la narrativa del «folk-lore», desde la «road-movie» y el relato fantástico al «western» del viejo soldado que regresa a casa para imponer el orden anterior y encontrar su «happy-ending». Esa habilidad para maravillar y condensar lo mejor es parte de la marca de la casa en «Homero». Mucho más pero nada menos.

De ahí que se siga revolucionando el mundo al oír su nombre, ahora que se descubre un antiguo soporte con sus versos. El episodio hallado en Olimpia muestra esa genialidad de lo que Stefan Zweig llamaría «momentos estelares»: el héroe vuelve y se encuentra primero con «los humildes». El cansado rey llega disfrazado de mendigo, buscando su final feliz, y ciertamente no lo reciben los dignatarios que asedian su hacienda y a su mujer. Solo su viejo perro lo reconoce, muriendo de felicidad justo después. Solo le asiste su criado Eumeo, que lo creía muerto. Solo su vieja nodriza Euriclea lo identifica por una antigua herida.

La cuestión palpitante

Pero «el-artista-antes-conocido-como-Homero», base de toda educación letrada en nuestro mundo, lleva dando quebraderos de cabeza a los eruditos ya desde época antigua hasta el nacimiento de la moderna filología clásica, con los «Prolegomena ad Homerum» (1795), de F. A. Wolf. Este avivó la llama de la «cuestión homérica», en torno a la autoría pero sobre todo a la composición de ambos poemas aurorales de Occidente. Desde entonces se señaló el origen de la «Ilíada» y la «Odisea» en una larga tradición oral de piezas más breves, compiladas en algún momento posterior por escrito y atribuidas a un «Homero». Pero otra escuela opuesta siguió creyendo reconocer la voz de un genio unitario, intuida tras parte de ambos poemas. Los poemas compuestos supuestamente en el siglo VIII a.C., con la estructura oral formular que estudió en los años 30 Milman Parry, en comparación con otros cantos épicos, fue transmitida así hasta que en Atenas, en el siglo VI a.C. y bajo la tiranía de Pisístrato, los cambios sociales y políticos aconsejaron fijar una versión por escrito.

Por supuesto, todo eso fue en Atenas, el centro por excelencia de investigación homérica en los dos siglos siguientes, entre otras cosas por el énfasis de la Academia de Platón y, sobre todo, del Liceo de Aristóteles en las citas de Homero. Pero no cabe dudar de que hubo muchas versiones locales que se unificaron en la Biblioteca de Alejandría gracias a la labor de los filólogos helenísticos: Zenódoto, Aristarco o Aristófanes de Bizancio son algunos nombres clave. Luego desde ahí la investigación y la copia de los poemas pasó a los gramáticos tardíos y bizantinos, que mantuvieron viva la llama homérica en varios momentos clave de su recepción: el siglo IV-VI, con el auge de la interpretación alegórica y filosófica, merced al neoplatonismo, o el siglo XII, con un «revival» clasicista bizantino especialmente homérico, como el de Juan Tzetzes y Eustacio. De ahí hay pocos pasos ya hasta la «rentrée» renacentista de Homero en Occidente, merced a los manuscritos griegos que afluyeron tras la caída de La Ciudad, a los que siguieron las ediciones humanistas, las traducciones (la española de la «Odisea», de Gonzalo Pérez, de 1550, es la pionera en lenguas modernas) y a la docta erudición de los siglos XVII y XVIII.

¿Es importante en esta historia la inscripción homérica encontrada en Olimpia esta semana? En términos arqueológicos y epigráficos sin duda, pero en lo global no aporta muchas novedades. Solo recuerda de nuevo –y no es poco– la pasión inextinguible que sigue despertando todo lo relacionado con el poeta llamado «Homero», en ese triángulo de literatura, historia y recepción de eterna vigencia. Ya sea que exista un poeta de tal nombre o que sea éste una apelación colectiva que ocultaba a un grupo o a una clase de épica panhelénica, la noticia es que hoy sus versos siguen tan de actualidad como hace casi tres milenios.

 

16 julio 2018 at 8:38 am Deja un comentario

Primer capítulo de “Mujeres y poder”, un manifiesto de Mary Beard

Este año la editorial Planeta publicó el libro que recopila algunas de las conferencias de Mary Beard. La inglesa es una académica especializada en estudios clásicos. Es catedrática en la Universidad de Cambridge y, además, una de las voces más importantes del feminismo contemporáneo.

Mary Beard recibió considerables ciberacosos después de que apareciese en enero de 2013 en el programa de la BBC Question Time desde Lincolnshire, y se expresase positivamente sobre los trabajadores inmigrantes que vivían en el condado. / AFP

Fuente: Mary Beard  |  El Espectador
12 de julio de 2018

Quiero empezar por el principio mismo de la tradición literaria occidental, con el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer «que se calle», que su voz no había de ser escuchada en público. Me refiero a un momento inmortalizado al comienzo de la Odisea de Homero, hace casi tres mil años, una historia que tendemos a considerar como el relato épico de Ulises y las aventuras y peripecias a las que tuvo que enfrentarse para regresar a casa tras finalizar la guerra de Troya, mientras su leal esposa Penélope le aguardaba y trataba de ahuyentar a sus pretendientes que la apremiaban para casarse con ella. No obstante, la Odisea es asimismo la historia de Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, la historia de su desarrollo personal, de cómo va madurando a lo largo del poema hasta convertirse en un hombre.

Este proceso empieza en el primer canto del poema, cuando Penélope desciende de sus aposentos privados a la gran sala del palacio y se encuentra con un aedo que canta, para la multitud de pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Como este tema no le agrada, le pide ante todos los presentes que elija otro más alegre, pero en ese mismo instante interviene el joven Telémaco: «Madre mía —replica—, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca … El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa». Y ella se retira a sus habitaciones del piso superior. Hay algo vagamente ridículo en este muchacho recién salido del cascarón que hace callar a una Penélope sagaz y madura, sin embargo, es una prueba palpable de que ya en las primeras evidencias escritas de la cultura occidental las voces de las mujeres son acalladas en la esfera pública.

Es más, tal y como lo plantea Homero, una parte integrante del desarrollo de un hombre hasta su plenitud consiste en aprender a controlar el discurso público y a silenciar a las hembras de su especie. Las palabras literales pronunciadas por Telémaco son harto significativas, porque cuando dice que el «relato» está «al cuidado de los hombres», el término que utiliza es mythos, aunque no en el sentido de «mito», que es como ha llegado hasta nosotros, sino con el significado que tenía en el griego homérico, que aludía al discurso público acreditado, no a la clase de charla ociosa, parloteo o chismorreo de cualquier persona, incluidas las mujeres, o especialmente las mujeres. Lo que me interesa es la relación entre este momento homérico clásico en el que se silencia a una mujer y algunas de las formas en que no se escuchan públicamente las voces de las mujeres en nuestra cultura contemporánea y en nuestra política, desde los escaños del Parlamento hasta las fábricas y talleres. Es una acostumbrada sordera bien parodiada en la viñeta de un viejo ejemplar de Punch: «Es una excelente propuesta, señorita Triggs. Quizás alguno de los hombres aquí presentes quiera hacerla».

Examinemos ahora cómo podría relacionarse esta situación con el abuso al que, incluso hoy en día, están sometidas muchas mujeres que sí hablan, y una de las cuestiones que me ronda por la cabeza es la conexión entre pronunciarse públicamente a favor de un logo femenino en un billete bancario, las amenazas de violación y decapitación en Twitter, y el menosprecio de Telémaco hacia Penélope.

Mi objetivo aquí es adoptar un punto de vista amplio y distante, muy distante, sobre la relación culturalmente complicada entre la voz de las mujeres y la esfera pública de los discursos, debates y comentarios: la política en su sentido más amplio, desde los comités de empresa hasta el Parlamento. Espero que este enfoque desde la lejanía nos ayude a superar el simple diagnóstico de «misoginia» al que recurrimos con cierta indolencia, pese a ser, sin duda alguna, una forma de describir lo que ocurre. (Si uno acude a un programa de debate en televisión y después recibe una avalancha de tuits en lo que se comparan tus genitales con una variedad de vegetales podridos, es difícil encontrar una palabra más adecuada para definir la situación.) No obstante, si lo que queremos es comprender —y hacer algo al respecto— por qué las mujeres, incluso cuando no son silenciadas, tienen que pagar un alto precio para hacerse oír, hemos de reconocer que el tema es un poco más complicado y que hay un trasfondo al que hay que remitirse.

“Por qué las mujeres, incluso cuando no son silenciadas, tienen que pagar un alto precio para hacerse oír”.

El arrebato de Telémaco no fue más que el primer caso de una larga lista, que se extiende a lo largo de toda la Antigüedad griega y romana, de fructuosos intentos no solo por excluir a las mujeres del discurso público sino también por hacer ostentación esta exclusión. A principios del siglo iv a. C., por ejemplo, Aristófanes dedicó una comedia entera a la «hilarante» fantasía de que las mujeres pudieran hacerse cargo del gobierno del Estado. Parte de la broma consistía en que las mujeres no podían hablar en público con propiedad, o más bien que no podían adaptar su charla privada (que en este caso estaba centrada básicamente en el sexo) al elevado lenguaje de la política masculina. En el mundo romano, las Metamorfosis de Ovidio —esa extraordinaria épica mitológica sobre los cambios físicos de los personajes (y probablemente la obra más influyente de la literatura occidental después de la Biblia)— vuelve reiteradamente a la idea de silenciar a las mujeres en su proceso de transformación. Júpiter convirtió en vaca a la pobre Ío para que tan solo pudiera mugir, no hablar; mientras que la parlanchina Eco es castigada a que su voz no sea nunca la suya, a ser un simple un instrumento que repita las palabras de los demás.

En el famoso cuadro de Waterhouse, Eco contempla a su anhelado Narciso sin poder entablar conversación con él, mientras este se enamora de su propia imagen reflejada en un estanque. Un antólogo romano serio del siglo i d.C. solo pudo recopilar tres ejemplos de «mujeres cuya condición natural no consiguió acallarlas en el foro». Sus descripciones son reveladoras. La primera, una mujer llamada Mesia, se defendió a sí misma con éxito en los tribunales y «dado que tenía una auténtica naturaleza masculina tras su apariencia de mujer fue apodada la “andrógina”». La segunda, Afrania, solía iniciar ella misma las demandas judiciales y era tan «descarada» que las defendía personalmente, por lo que todo el mundo estaba harto de sus «ladridos» o «gruñidos» (no se le concede la gracia del «habla» humana). Sabemos que murió en el año 48 a.C., porque «con semejantes bichos es más importante documentar su muerte que su nacimiento». En el mundo clásico hay solo dos importantes excepciones de esta abominación respecto a las mujeres que hablan en público. En primer lugar, se les concede permiso para expresarse a las mujeres en calidad de víctimas y de mártires, normalmente como preámbulo a su muerte. A las primeras mujeres cristianas se las representaba proclamando su fe a gritos mientras eran conducidas a los leones, y en un conocido relato de la historia arcaica de Roma, a la virtuosa Lucrecia, violada por un desalmado príncipe de la monarquía gobernante, se le concede un papel con diálogo solo para denunciar al violador y anunciar su propio suicidio (o así lo presentaron los autores romanos: no tenemos la menor idea de lo que sucedió realmente). No obstante, incluso esta ínfima y amarga oportunidad de expresión podía ser denegada. En un relato de las Metamorfosis se nos cuenta la violación de la joven princesa Filomela, a la que el violador, para evitar cualquier denuncia al estilo de Lucrecia, sencillamente le corta la lengua.

“El discurso público y la oratoria no eran simplemente actividades en que las mujeres no tenían participación, sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género”.

Esta idea la recoge Shakespeare en su Tito Andrónico, donde también se le arranca la lengua a Lavinia tras ser violada. La otra excepción es más corriente, pues en ocasiones las mujeres podían levantarse y hablar legítimamente para defender sus hogares, a sus hijos, a sus maridos o los intereses de otras mujeres. Por consiguiente, en el tercero de los tres ejemplos de oratoria femenina planteados por el antólogo romano, la mujer, de nombre Hortensia, se sale con la suya porque actúa explícitamente como portavoz de las mujeres de Roma (y solo de las mujeres), tras haber sido sometidas a un impuesto especial sobre el patrimonio para financiar un dudoso esfuerzo de guerra. Dicho de otro modo, en circunstancias extremas las mujeres pueden defender públicamente sus propios intereses sectoriales, pero nunca hablar en nombre de los hombres o de la comunidad en su conjunto. En general, tal y como lo expresó un gurú del siglo ii d. C., «una mujer debería guardarse modestamente de exponer su voz ante extraños del mismo modo que se guardaría de quitarse la ropa». No obstante, en todo esto hay mucho más de lo que se percibe a simple vista. Esta «mudez» no es solo un reflejo de la privación general de poder de las mujeres en el mundo clásico, donde, entre otras cosas, no tenían derecho al voto y su independencia legal y económica era limitada. En la Antigüedad, las mujeres no solían elevar su voz en la esfera política, donde no tenían participación alguna, pero aquí estamos ante una exclusión de las mujeres del discurso público mucho más activa y malintencionada, con un impacto mucho mayor del que reconocemos en nuestras propias tradiciones, convenciones y supuestos acerca de la voz de las mujeres. Lo que quiero decir es que el discurso público y la oratoria no eran simplemente actividades en que las mujeres no tenían participación, sino que eran prácticas y habilidades exclusivas que definían la masculinidad como género. Como ya hemos visto con Telémaco, convertirse en un hombre (o por lo menos en un hombre de la élite) suponía reivindicar el derecho a hablar, porque el discurso público era un (o mejor el) atributo definitorio de la virilidad. Es más, citando un conocido eslogan romano, el ciudadano de la élite podía definirse como vir bonus dicendi peritus, «un hombre bueno diestro en el discurso». Por consiguiente, una mujer que hablase en público no era, en la mayoría de los casos y por definición, una mujer.

Si recorremos la literatura antigua, encontraremos un reiterado énfasis sobre la autoridad de la voz grave masculina en contraste con la femenina. Un antiguo tratado científico enuncia de forma explícita: una voz grave indica coraje viril, mientras que una voz aguda es indicativo de cobardía femenina. Otros autores clásicos insistían en que el tono y timbre del habla de las mujeres amenazaba con subvertir no solo la voz del orador masculino sino también la estabilidad social y política, la salud, del Estado. En una ocasión, un orador e intelectual del siglo ii d.C. con el nombre revelador de Dión Crisóstomo, que significa literalmente Dión «Boca de Oro», pidió a su audiencia que imaginase una situación en la que «una comunidad entera se viera afectada por una extraña dolencia: que, repentinamente, todos los hombres tuvieran voces femeninas, y ningún varón —niño o adulto— pudiera hablar de manera viril. ¿No sería esta una situación terrible y más difícil de soportar que cualquier otra plaga? No me cabe duda de que enviarían una delegación a un santuario para consultar a los dioses y tratar de propiciar el favor divino con numerosas dádivas». No era ninguna broma.

 

13 julio 2018 at 1:06 pm Deja un comentario

Atenas anuncia: “Descubierta la inscripción más antigua de la Odisea”. Pero los expertos lo desmienten

Hallada en Olimpia una placa de arcilla con 13 versos del poema homérico que narran el regreso de Ulises a Ítaca. Pero la datación es muy posterior a la de algunos papiros conocidos.

La placa con el primer registro de la Odisea hallada en Olimpia, en Grecia (Reuters)

Fuente: Repubblica
11 de julio de 2018

ROMA – Describe el momento largamente esperado en el que Ulises regresa a su Ítaca. Una placa de arcilla con trece versos de la Odisea ha sido encontrada en el sitio arqueológico de Olimpia, en el sur de Grecia. Un hallazgo que el gobierno griego, a través de un comunicado del Ministerio de Cultura, define como “quizás el registro escrito más antiguo jamás encontrado del poema homérico”.

Un anuncio que ha sonado a muchos como rotundo, y que también Repubblica había planteado. Pero alguien en el ministerio debe de haber cometido un error: la placa de arcilla data del siglo III d.C., pero existen papiros egipcios con el texto de la Odisea que se remontan a tres siglos antes del nacimiento de Cristo o, lo que es lo mismo, a 600 años antes. Un error señalado también por muchos usuarios y lectores de Repubblica.

La Odisea fue compuesta oralmente en torno al siglo XI a.C. y luego transcrita a partir del siglo VIII a.C. De las versiones en pergamino han sido hallados fragmentos en Egipto y hasta el momento son los más antiguos.

Los 13 versos encontrados en la placa de arcilla de Olimpia narran el regreso a casa del astuto Ulises después de la Guerra de Troya relatada en la Ilíada. El extracto está tomado del decimocuarto de los 24 libros de la Odisea y ha sido encontrado cerca de los restos del templo de Zeus. La placa de arcilla ha visto la luz después de tres años de excavaciones realizadas por el Servicio Arqueológico Griego, en cooperación con el Instituto Alemán de Arqueología.

 

12 julio 2018 at 10:48 am 1 comentario

Sale a la luz en Grecia la inscripción más antigua de «La Odisea», de Homero

Según los primeros estudios de los arqueólogos la losa pertenecería a la época romana y probablemente sea anterior al siglo III a. C.

La tablilla de arcilla con la inscripción más antigua de «La Odisea» – EFE

Fuente: EFE  |  ABC
10 de julio de 2018

Una placa de arcilla encontrada en el sitio arqueológico de Olimpia, en el Peloponeso griego, podría ser la inscripción más antigua que se conserva de «La Odisea» de Homero, según anunció hoy el Ministerio de Cultura heleno.

«La placa de barro es probablemente el extracto más antiguo de la epopeya de Homero que haya salido a la luz hasta ahora y, más allá de ser única, es un hallazgo epigráfico, arqueológico, filológico e histórico importantísimo», explicó el ministerio en un comunicado. Según los primeros estudios de los arqueólogos la losa pertenecería a la época romana y probablemente sea anterior al siglo III a. C.

El hogar de los primeros Juegos Olímpicos escondía cerca de su famoso santuario este hallazgo en el que están inscritos trece versos de la decimocuarta rapsodia de «La Odisea», pertenecientes al discurso de Ulises a su criado Eumeo. En la obra, Eumeo es un porquero fiel a su señor, al que acoge cuando regresa a Ítaca disfrazado de mendigo.

El descubrimiento se realizó en el marco de la investigación geoarqueológica «El sitio multidimensional de Olimpia», que durante tres años ha estudiado los alrededores del santuario de este yacimiento con la participación de arqueólogos griegos y alemanes. El equipo señaló que la estimación de la antigüedad de la placa será confirmada con un estudio sistemático de las inscripciones que ya ha comenzado.

«La Odisea» es uno de los principales poemas épicos de la Antigua Grecia y narra el regreso a su hogar tras la guerra de Troya del héroe Ulises, conocido en griego como Odiseo. Este poema es junto a «La Ilíada», atribuida también a Homero, uno de los primeros ejemplos de la literatura occidental.

 

10 julio 2018 at 8:21 pm 2 comentarios

¿Es cierta la historia de la Guerra de Troya?

 

Fuente: BBC Mundo
7 de julio de 2018

Todos oímos hablar del famoso caballo de Troya. Pero ¿existió esa ciudad y la guerra narrada en la Ilíada y la Odisea? GETTY IMAGES

En la antigüedad, los griegos precristianos no tenían un equivalente a la Biblia.

Lo más similar que tenían —y no era muy parecido— era a Homero: una sola palabra que representa tanto al supuesto autor de la Ilíada y la Odisea como a su canon.

Esos poemas épicos, compuestos en verso hexámetro, han tenido un impacto impresionante en la cultura mundial. No es exagerado describirlos como las dos obras fundacionales de la literatura griega y europea.

Al menos siete ciudades griegas lo reclamaron como su hijo predilecto. ¿Pero quién era exactamente Homero? ¿Cuándo vivió? y ¿para quién escribió sus obras?

Los griegos tampoco se ponen de acuerdo sobre esto, principalmente por falta de evidencias.

Datar las epopeyas y su temática es un tema que genera debate. Los antiguos griegos sostenían que la Guerra de Troya se libró entre 1194 y 1184 a.C. —una fecha ampliamente aceptada por algunos estudiosos modernos— y que Homero vivió a finales del siglo VIII a.C.

Pero hay dos cosas en las que casi todos los griegos antiguos coincidieron: que Homero fue el autor de ambos poemas épicos y que el conflicto que describen, la Guerra de Troya, era una batalla que realmente sucedió.

Sin embargo, esta última creencia requiere un nuevo análisis y una reevaluación a la luz de recientes investigaciones lingüísticas, históricas y, sobre todo, arqueológicas.

“Mitos”

Las historias relatadas en la Ilíada y la Odisea son increíbles, de ahí que hayan sobrevivido tanto tiempo. Son lo que los griegos llamaron “mitos” en el sentido original de la palabra: cuentos tradicionales transmitidos de generación en generación, primero oralmente y luego de forma escrita.

Las increíbles historias relatadas en la Ilíada y la Odisea han sobrevivido por miles de años, pero ¿están basadas en un mito? BBC/WILD MERCURY

Una parte clave del genio del autor -o quizás de los autores- de estas dos epopeyas fue la selectividad. De la masa de historias tradicionales transmitidas oralmente a lo largo de muchos siglos, que describen las hazañas y las aventuras de una era dorada de héroes, “Homero” se enfocó solo en dos: Aquiles y Ulises (también llamado Odiseo).

La Ilíada es realmente sobre la ira de Aquiles expresada y saciada a través de un heroico duelo con el campeón defensor de Troya, Héctor. La Odisea narra los viajes y tribulaciones del héroe epónimo cuando luchó durante 10 años para regresar de Troya a su reino natal de Ítaca.

¿Qué estaban haciendo Aquiles y Ulises en Troya en primer lugar? Homero no da muchos detalles, en parte porque era un tema ampliamente conocido entre su audiencia.

Pero ¿hay algo que sea verídico de todas las historias que narra? ¿Hubo realmente una Guerra de Troya como la que se describe en las obras, o al menos una Guerra de Troya real aunque distinta a la que representó con tanto detalle el o los poetas etiquetados bajo el nombre “Homero”?

No pasó mucho tiempo antes de que los críticos pusieran en duda una de las presuposiciones fundamentales de la historia de Troya.

Según el poeta siciliano-griego Estesícoro, que vivió en el siglo VI a.C., la reina Helena de Esparta, quien según la epopeya fue llevada a Troya por su secuestrador, el enamorado príncipe Paris, en realidad estuvo en Egipto durante la Guerra de Troya, y solo una imagen de su espíritu fue llevada a Troya.

Según esta versión los griegos luchaban en revancha por una imagen de su reina, es decir un espejismo o un fantasma.

Helena y Paris, según la versión de la serie de televisión “Troya, la caída de una ciudad”, producida por la BBC y Netflix. BBC/WILD MERCURY

El historiador Heródoto, del siglo V a.C., tenía otra versión: estaba de acuerdo con Estesícoro en que Helena probablemente no había sido secuestrada en primer lugar, pero él creía que ella había abandonado a su marido espartano, Menelao, para huir con su amante troyano por elección propia.

Esta teoría era escandalosa pero al menos dejaba intacta la autenticidad histórica de la guerra. Sin embargo, ¿sucedió así?

Desastre arqueológico

Heinrich Schliemann, un hombre de negocios prusiano del siglo XIX adinerado y ultramoderno, no tenía dudas. Creía que Homero no solo había sido un gran poeta sino también un gran historiador.

Y para comprobarlo decidió excavar (o, al menos, desenterrar) los sitios originales descriptos en la epopeya: Micenas, la capital del reino de Agamenón y, por supuesto, Troya.

Para realizar su búsqueda, Schliemann siguió las pistas dejadas por los antiguos griegos.

Desafortunadamente, en Hisarlık (hoy noroeste de Turquía), donde según la mayoría de los expertos habría estado Troya si realmente hubiera existido, cometió errores graves y causó un desastre arqueológico que ha tenido que ser limpiado una y otra vez por científicos estadounidenses y alemanes.

Se ha excavado mucho en la zona y aunque no cabe duda de que este sitio de cumbres, sólidamente fortificado y con una considerable ciudad extendiéndose por debajo, fue de gran importancia en el período pertinente (aproximadamente del siglo XIII al siglo XII a.C.), los expertos no pueden decidir cuál de las capas excavadas pertenece al período homérico.

Esto se debe a que hay poca o ninguna evidencia arqueológica de la presencia griega en el sitio y tampoco hay rastros de la presunta agresión griega del tipo narrado por Homero, que supuestamente duró diez años.

Algunos creen que Troya existió en lo que hoy es el noroeste de Turquía pero las evidencias no son concluyentes. GETTY IMAGES

Todo ello resulta muy irritante para los más escépticos que dudan de la veracidad fundamental de todo el mito de la Guerra de Troya.

Catástrofes

¿Tenían los griegos de la postguerra troyana alguna buena razón para inventar y embellecer semejante historia?

Un estudio sociohistórico comparativo de lo épico como género de literatura comunitaria sugiere dos cosas relevantes: primero, que sagas como la Ilíada presuponen ruinas; y segundo, que en la esfera sagrada de la poesía épica, las derrotas se pueden convertir en victorias y las victorias se pueden inventar.

Es un hecho bien documentado que en algún momento alrededor del año 1200 a.C., el antiguo mundo del Mediterráneo oriental griego sufrió una serie de grandes catástrofes.

Estas calamidades incluyeron la destrucción física de ciudades y ciudadelas seguida de una despoblación severa, transmigración interna masiva y una degradación cultural casi total.

No sabemos con certeza qué o quién causó las catástrofes. Sin embargo, podemos identificar sus consecuencias negativas: económicas, políticas, sociales y psicológicas.

A esto siguió una edad “oscura” analfabeta que perduró en algunas zonas hasta cuatro siglos y que terminó solo con el renacimiento del siglo VIII a.C.

Fue entonces cuando los griegos redescubrieron la escritura, inventaron un nuevo alfabeto y reiniciaron el comercio con sus vecinos del este.

Solo entonces la población aumentó notablemente y se forjó una noción rudimentaria de ciudadanía política. Los griegos comenzaron entonces a emigrar del centro del mar Egeo a puntos más lejanos al este y mucho más al oeste.

Hay evidencias de que el mundo griego sufrió una serie de grandes catástrofes alrededor del año 1200 a.C. que podrían explicar la necesidad de crear mitos sobre una “época de oro”. GETTY IMAGES

Aquí tenemos una explicación para el impulso de crear o fabricar el mito de la Guerra de Troya: la apremiante necesidad de postular una era de oro “de antaño”, durante la cual los griegos pudieron reunir una fuerza expedicionaria de más de 1.000 barcos, liderada por reyes heroicos, que castigaban a una molesta ciudad extranjera que se había atrevido a robar y aferrarse a una de sus mujeres más importantes e icónicas.

Imperio hitita

Mientras tanto, uno de los grandes avances científicos de los últimos tiempos ha sido el desciframiento de textos cuneiformes y jeroglíficos del Imperio hitita, que abarcó gran parte de Asia Menor hasta la época de la supuesta Guerra de Troya.

Tanto los topónimos como los nombres personales que suenan misteriosamente griegos se han encontrado en los registros hititas. Estos incluyen el nombre de la ciudad Wilusa, que cuando se pronuncia suena un poco como ‘Ilión’ (el término griego para Troya – de ahí ‘Ilíada’).

Sin embargo, a pesar de todas esas similitudes lingüísticas (o coincidencias), los registros hititas que hasta ahora se han descubierto y publicado no contienen ninguna referencia a nada que se parezca a una Guerra de Troya homérica.

Del mismo modo, aunque contienen pruebas de que las mujeres reales podían estar involucradas en intercambios diplomáticos entre las grandes potencias del entonces Medio Oriente, aún no ha aparecido una Helena o su equivalente.

Hay, además, razones para que seamos escépticos sobre la afirmación de que las epopeyas homéricas son documentos históricos, y para dudar de la idea de que implican antecedentes históricamente auténticos.

Los restos arqueológicos del Imperio hitita no muestran evidencias de una Guerra de Troya. GETTY IMAGES

Un ejemplo es el problema de la esclavitud. Aunque la institución y la importancia de la esclavitud se reconocen en las epopeyas homéricas, el autor o los autores no tenían absolutamente ninguna idea de la escala de esclavitud que se practicaba en las grandes economías de los palacios micénicos de los siglos XIV o XII a.C.

Pensaban que 50 era una posesión apropiadamente considerable para un gran rey, mientras que en realidad un Agamenón de la Edad de Bronce podía comandar el trabajo no libre de miles de personas. Tal error de escala sugiere una gran fragilidad en el rigor histórico de la obra.

“Nunca existió”

En resumen, estoy con aquellos que creen que el mundo de Homero es inmortal precisamente porque nunca existió fuera del marco de los poemas épicos, ya sea en su versión oral o su posterior transcripción y difusión.

Y gracias a Dios por eso. Sin la creencia de los antiguos griegos en una Guerra de Troya no tendríamos el género del drama trágico, uno de los inventos más fértiles e inspiradores de los griegos, para deleitarnos, prevenirnos e instruirnos.

(Se dice que el gran dramaturgo ateniense Esquilo se refirió a sus obras de teatro, modestamente, como meras sobras del banquete de Homero).

Hay un mundo en Homero: un mundo literario de recepción, alusión y colusión. Sin él, todos seríamos mucho más pobres, espiritual, artística y culturalmente hablando.

Homero vive y ¡larga vida a Homero! Pero ¿la guerra de Troya? Lo más probable es que se haya perdido.

 

7 julio 2018 at 12:16 pm Deja un comentario

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