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Centuriones, los héroes de Roma

Trataban con dureza a sus hombres, pero eran los primeros en atacar, y también en enfrentarse a la muerte cuando el enemigo no daba cuartel. En estos soldados descansaba el poder militar de Roma

Las insignias de los valientes
En 1858 se hallaron en Lauersfort (Alemania) las condecoraciones discoidales de un centurión, las faleras, hechas en bronce y plata. Se reprodujeron en este relieve, conservado en el Museo de la Civilización Romana, en Roma.

Foto: Dea / Album

Fuente: Sabino Perea Yébenes  |  National Geographic
22 de agosto de 2018

En el verano del año 70 d.C., las legiones romanas toman Jerusalén y arrasan la ciudad y el Templo, destruido ya para siempre. En esos momentos vemos en acción, entre otros soldados valerosos, a un centurión llamado Juliano, del que el historiador Flavio Josefo, en su Guerra de los judíos (VI 81-90), nos cuenta su acción heroica y su muerte en términos propios de una trágica secuencia cinematográfica. Juliano era, según Josefo, el mejor combatiente que había visto en aquella contienda brutal: el más diestro con las armas, el más fuerte físicamente y el más tenaz.

Durante el asedio a los muros de Jerusalén, el centurión observó que los romanos retrocedían. Estaba junto a Tito –el comandante romano, hijo del emperador Vespasiano– en la torre Antonia, “y desde allí dio un salto, haciendo frente a los judíos armados, y él solo hizo que los judíos, aunque ya eran vencedores, retrocedieran hasta el ángulo del Templo interior. Toda la multitud huyó en grupo –explica Josefo–, pues creían que aquella fuerza y audacia no eran propias de un ser humano. Juliano iba de un lado para otro en medio de los judíos, que se habían dispersado, y mataba a cuantos se encontraba”.

Esta actuación tan arriesgada como suicida le pareció admirable al emperador, que veía cómo los enemigos huían aterrorizados. Pero el destino traicionó a Juliano: los clavos de sus sandalias resbalaron sobre las losas del Templo y cayó de espaldas. Cuando su armadura chocó contra el suelo hizo mucho ruido, y “esto hizo que los que habían huido se dieran la vuelta”, sigue Josefo. Entonces los judíos lo rodearon y le atacaron con espadas y lanzas. Desde el suelo, el centurión hizo frente muchas veces al hierro con su escudo y en numerosas ocasiones, cuando intentaba levantarse, era empujado de nuevo por la multitud. Sin embargo, aun tirado en el pavimento, hirió con su espada a muchos adversarios.

Juliano tardó en morir, porque el casco y la coraza protegían sus partes vitales contra los ataques y porque tenía el cuello encogido. “Finalmente, destrozados los demás miembros de su cuerpo y sin que nadie se atreviera a ayudarle, pereció […] degollado no sin dificultad, tras luchar durante largo tiempo con la muerte y sin dejar ilesos a muchos de los que le atacaron”. Concluye Josefo indicando que una gran pena se apoderó del emperador cuando vio morir, desde la torre, a aquel que un momento antes había estado a su lado. El centurión Juliano alcanzó la gloria de los valientes, cayendo con orgullo y honor no sólo delante de los suyos, sino también delante de sus enemigos.

Vivir para la guerra

En todo el Imperio, en cada momento debía de haber unos 1.800 centuriones, hombres como Juliano: enérgicos, valientes y despiadados, que inspiraban tanto respeto a sus subordinados como temor al enemigo. Los centuriones eran los suboficiales de mayor rango en el ejército legionario de infantería (pero otros autores los consideran oficiales).

Eran militares de carrera, es decir, empezaban como soldados rasos e iban ascendiendo por antigüedad y méritos, siguiendo la estructura de la legión. Una legión estaba formada por diez cohortes, numeradas de la I a la X, y cada cohorte estaba integrada por seis centurias de 80 soldados cada una. La promoción del centurión culminaba al acceder al mando de una centuria de la I cohorte, la más importante de todas las de la legión.

A la cabeza de todos los centuriones de una legión estaba el llamado primus pilus, “primera lanza”. Era el primer centurión de la I cohorte, y sus compañeros de esta cohorte conformaban el rango de los primi ordines, el de los centuriones de mayor rango y reconocimiento en la legión. Después de retirarse, el primus pilus recibía una recompensa y el título de primipilaris (es decir, antiguo primus pilus), de igual manera que un cónsul era llamado consularis tras desempeñar el cargo. Los primipilares eran objeto de especial consideración y podían ocupar cargos como –entre otros– prefecto del campamento o tribuno de las cohortes acantonadas en Roma.

En época imperial también se podía llegar a centurión tras servir con los pretorianos –la guardia personal de los soberanos– o bien gracias a un nombramiento directo por parte del emperador, como sucedía en el caso de algunos miembros del orden ecuestre (el grupo social inferior al de los senadores).

Por debajo del centurión había bastantes grados. Lo asistían, entre otros, los llamados principales: un segundo oficial u optio, el portaestandarte o signifer y un oficial de guardia, el tesserarius, que establecía la contraseña o tessera. Por encima del centurión estaban los altos oficiales de la legión: el legado del emperador (que era el gobernador provincial) o bien el legado de la legión, y un tribuno, todos ellos de rango senatorial, más otros cinco tribunos de rango ecuestre y un prefecto del campamento o superintendente general.

Una parte importante de nuestra información sobre los centuriones proviene de los monumentos funerarios dedicados a ellos, como la estela de Tito Calidio Severo, muerto a los 58 años. Conocemos la carrera militar de este soldado gracias a su tumba, hallada en la antigua ciudad de Carnuntum, en la provincia romana de Panonia (actualmente en la Baja Austria). En ella se indica que primero fue jinete, luego optio o ayudante de un centurión y finalmente decurión (comandante de un escuadrón de caballería) en una cohorte mixta de soldados de infantería y de caballería reclutada en la región de los Alpes, de ahí su nombre: cohors Alpinorum. Su última promoción fue al grado de centurión en la legión XV Apollinaris, estacionada en Carnuntum, donde Calidio Severo murió después de 34 años de servicio, según refiere la inscripción.

Su monumento es anterior al año 63, en el que esta legión fue movilizada para combatir contra los judíos en la guerra narrada por Flavio Josefo. En la parte inferior de la estela se representa sin fantasías parte del equipamiento militar de Tito Calidio: la cota de malla, el casco y las grebas o espinilleras. Debajo aparece el centurión junto a su caballo, en una posible alusión a su etapa de oficial en la cohorte alpina.

Ciento veinte flechas

Si las piedras hablan, también lo hacen las fuentes históricas. El siglo I a.C., y particularmente los últimos años de la República romana, fueron prolijos en campañas militares. Primero se trató de guerras de conquista, como las de Pompeyo el Grande en Oriente y las de Julio César en las Galias; después fueron guerras civiles protagonizadas por los mismos César y Pompeyo. Las fuentes literarias del período son ricas en descripciones de acciones militares en las que los centuriones se muestran valerosos y temerarios. Espectador y narrador de estos episodios es precisamente César, cuyos relatos de la guerra de las Galias y la contienda civil son escenarios de aventuras y combates, de muerte y supervivencia, en los que de vez en cuando afloran nombres propios: los de aquéllos que por su arrojo merecieron ser incluidos en la narración como ejemplos para la posteridad.

Éste es el caso del valiente centurión cesariano Marco Casio Esceva, que luchó en la batalla de Dirraquio contra los pompeyanos, en julio del año 48 a.C. Sabemos por el relato de César que el ataque pompeyano contra el fortín donde se encontraba Esceva fue durísimo. No hubo un soldado que no resultara herido, cuatro centuriones de una cohorte perdieron los ojos y, queriendo dar testimonio de su esfuerzo y de su peligrosa situación, hicieron saber a César la cuenta exacta de las flechas lanzadas contra el fortín: treinta mil; cuando el escudo de Esceva fue llevado a su presencia, se contaron en él ciento veinte agujeros. Es el testimonio que da el propio César en su Guerra civil (V, 44).

Esceva, que era centurión de la cohorte VIII, fue promocionado a primus pilus, es decir, al grado de los primi ordines. El propio César le premió con 200.000 sestercios, al tiempo que compensó con dinero, ropa e insignias al valor a la intrépida cohorte legionaria que había mandado Esceva. Otros autores recogen este episodio y añaden más detalles del combate: que Esceva fue herido gravemente en un hombro y que un venablo le atravesó una cadera. Son hechos quizás inventados, pero que se explican por qué los relatos sobre guerreros valientes pasan de la historia a la leyenda en pocos años.

Pullo y Voreno

Las narraciones de hazañas como la que llevó a cabo Esceva han modelado la imagen del centurión romano como ejemplo del valor y columna vertebral del ejército romano, una imagen que se traslada con naturalidad a la pantalla. Basta recordar el ejemplo de la conocida serie de televisión Roma, exhibida con éxito en todo el mundo, que se organiza a partir de la vida de dos centuriones de Julio César: Lucio Voreno y Tito Pullo. Estos dos centuriones, con estos mismos nombres, lucharon en la guerra de las Galias al lado de César, como sabemos por la propia pluma del general, quien relata la actuación de ambos durante el asedio al que fue sometido el fuerte de la IX legión por el pueblo de los nervios en el año 54 a.C., durante la revuelta de Ambiórix.

Los dos militares eran conocidos por competir entre sí para conseguir ascensos, y precisamente en esos días pugnaban por ascender a primi ordines, el rango más elevado. César explica que, cuando más duro era el combate al pie de las fortificaciones, Pullo dijo: “¿A qué esperas, Voreno? ¿Cuándo piensas demostrar tu valor?”. Y añadió que aquel día se decidiría su competencia. Pullo abandonó las defensas y se lanzó contra el enemigo, y Voreno lo siguió para no quedarse atrás y ser tildado de cobarde. Pullo lanzó su pilum y atravesó a un enemigo que se le acercaba corriendo, pero a su vez recibió el impacto de un venablo que atravesó su escudo y se clavó en el bálteo, la correa de la que pende la espada. Los enemigos lo cercaron, pero entonces llegó Voreno en su auxilio. Mató a uno y apartó a los otros, pero cayó en un hoyo, y hubiera muerto si Pullo no hubiera corrido en su ayuda. Ambos volvieron al fuerte sanos y salvos tras acabar con muchos enemigos, sin que nadie de los que vieron ese combate pudiera decir cuál de los dos aventajaba en valor al otro. “La Fortuna los guió durante el combate”, dice César (Guerra de las Galias V, 44).

Pullo demostraría la misma bravura años después, durante la guerra civil, luchando contra el propio César en Dirraquio después de conseguir que una parte del ejército se pasara a los pompeyanos, lo que habla claramente del ascendiente de este centurión entre las tropas (César, Guerra civil III, 67).

Misiones especiales

Fuera del teatro de operaciones durante una batalla concreta, los centuriones podían ejecutar una misión específica por mandato del emperador, como agentes especiales. En efecto, a los centuriones se les encargaban misiones tan delicadas como llevar hasta Roma a los prisioneros que requiriesen especial cuidado, como los jefes de los pueblos vencidos o reyes, como Antíoco Epífanes, aliado de los judíos que fue vencido por Vespasiano; tras ser apresado, un centurión lo condujo encadenado desde Tarso hasta la capital del Imperio (Josefo, Guerra VII, 238).

También se asignan a los centuriones tareas de espionaje y labores de inteligencia militar e información entre las tropas de las provincias y Roma. Otras veces los vemos junto a los tribunos administrando justicia en el frente de guerra (Josefo, III, 83), y se les encarga la organización de las ciudades recién sometidas (Josefo, IV, 442).

A estas breves historias podríamos añadir muchas más, entre las que destacan algunas que cuenta Flavio Josefo. En el año 63 a.C., Pompeyo Magno se presentó a las puertas de Jerusalén para tomarla. Al tercer día de asedio, los romanos destruyeron una de las torres de defensa, entraron en la ciudad y se dirigieron al Templo. Nos dice Josefo (Guerra I, 49) que el primero que cruzó el muro fue un oficial llamado Fausto Cornelio, hijo de Sila, y después de él dos centuriones, Furio y Fabio, a los que seguía su propia tropa.

Rodearon el Templo por todas partes, matando sin compasión a los que iban a refugiarse en el santuario y a todo el que opusiera la menor resistencia. Aquí vemos en acción a los centuriones y sus cohortes tomando el Templo con las espadas en la mano, con cuyo filo son degollados los sacerdotes mientras ofician sus ceremonias. Choca en este relato la impasibilidad con que los centuriones profanan el Templo. Pero el soldado, cara a cara contra el enemigo, deja a un lado los escrúpulos morales (si es que los tiene): lucha por su supervivencia.

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Los centuriones son soldados audaces, los mejores, que se lanzan a escalar murallas para tomar una plaza fuerte o una ciudad

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Los centuriones son soldados audaces, los mejores, que se lanzan a escalar murallas para tomar una plaza fuerte o una ciudad (Josefo, Guerra I, 351), actos arriesgados que exigen experiencia, seguridad y una valentía extrema. Otras veces, el centurión actúa como un comando junto a un reducido número de sus soldados, en misión de reconocimiento y castigo. Josefo nos narra otra vívida escena. Durante el asedio de Vespasiano a la ciudad de Gamala, un centurión llamado Galo, rodeado en medio del tumulto, se introdujo en una casa con diez soldados. Como Galo era de origen sirio, entendió la conversación de los que vivían en ella, en la que vio una conspiración contra los romanos. Por la noche Galo salió contra ellos, los mató a todos y se refugió sano y salvo en el campamento romano con sus soldados (Guerra, IV, 37-38).

En resumen, el centurión es una figura decisiva en la organización militar romana. Forma parte de los consejos de guerra (consilia) para dar su opinión al general sobre las tácticas, por su experiencia en la guerra. Durante la batalla está en primera fila, dando ejemplo de valor. En la paz, se encarga de la disciplina y el entrenamiento de los soldados. Otras veces, fuera del campamento, se le asignan misiones especiales. Su figura es imprescindible e imponente, por lo que no es de extrañar la atracción que aún hoy sigue suscitando.

La base de una legión
Abajo, moneda de oro acuñada por Julio César con la representación de un campamento. La construcción del centro representa esquemáticamente el pretorio o edificio de gobierno. En las narraciones de sus campañas, César traza un retrato muy favorable de los centuriones por su valor y su disciplina.

Foto: Dea / Album

 

El fin del templo de Jerusalén
En el verano del año 70 d.C., las legiones romanas toman Jerusalén y arrasan la ciudad y el Templo, destruido ya para siempre. Durante la guerra del emperador Vespasiano contra los judíos, los centuriones protagonizaron múltiples hechos de armas. Óleo por Francesco Hayez. Siglo XIX.

Foto: Akg / Album

 

El filo de la guerra
Arriba, reproducción del armamento de un centurión en el Museo de la Civilización Romana, en Roma. Los centuriones llevaban en el costado izquierdo una espada como éstas, y un puñal en el derecho.

Foto: Scala, Firenze

 

Un centurión, con cimera negra, lucha con sus hombres contra el enemigo durante las guerras dacias. 101-107 d.C.

La estructura de la legión
La legión se dividía en diez cohortes, cada una de ellas comandada por un prefecto. A su vez, cada cohorte estaba dividida en tres manípulos. Por último, cada manípulo estaba integrado por dos centurias, cada una de ellas mandada por un centurión.
Foto: Akg / Album

 

La estela de Tito Calidio
La lápida sepulcral de este centurión se halló en Carnuntum, un campamento romano fundado por Augusto a orillas del Danubio y a 32 kilómetros al este de Viena. Museo de Historia del Arte, Viena.

Foto: E. Lessing / Album

 

La rendición de Vercingétorix
Con la capitulación del jefe arverno ante César terminó la guerra de las Galias, en el año 52 a.C. Óleo por Lionel-Noël Royer. 1899. Museo Crozatier, Le Puy-en-Velay. Dos centuriones de César, Pullo y Voreno, competían entre sí para conseguir ascensos, y precisamente durante la guerra de las Galias pugnaban por ascender a primi ordines, según narra la propia pluma de Julio César.

Foto: Bridgeman / Aci

 

Luchar hasta la muerte
Los centuriones mantenían su posición hasta el final, de ahí su elevadísimo número de bajas en combate. César, en los relatos de sus campañas, recoge numerosos ejemplos del valor de estos oficiales. Así, menciona la situación crítica de la XII legión en la batalla del Sambre (57a.C.), librada contra los belgas: los seis centuriones y el portaestandarte de la IV cohorte habían muerto, mientras que los centuriones de las otras cohortes estaban casi todos heridos o muertos. En el choque de Dirraquio contra los pompeyanos (48 a.C.) perecieron en un mismo día 32 centuriones de la legión IX, la mitad de los de esta unidad. En la batalla de Farsalia, también contra los pompeyanos (48 a.C.), murieron en total 31 centuriones, mientras que sólo cayeron 200 soldados, lo que da idea de la combatividad y el valor de estos militares.

Foto: Bridgeman / Aci

 

Legionarios recolectando cereal durante la conquista de la dacia. Relieve de la columna trajana. 113 d.C.

Entre la disciplina y la crueldad
En algún momento de su larguísimo servicio militar, todos los legionarios recibían algún azote con la vitis, la vara de vid que simbolizaba el rango del centurión y que servía para castigar a sus subordinados. Esta sanción no estaba reglamentada, y quedaba a la discreción del oficial. Había centuriones que usaban de forma muy cruel esta prerrogativa y eran especialmente odiados por la tropa. Tácito cuenta que en el año 14 d.C., cuando las fuerzas acantonadas en el Rin se amotinaron tras la muerte del emperador Augusto, en Panonia los soldados mataron a un centurión llamado Lucilio y apodado Cedo alteram, “Tráeme otra”, en alusión a las varas que pedía tras romperlas sobre las espaldas de sus hombres (Anales I 23, 3).
Foto: Scala, Firenze

Relieve con estandartes
El estandarte o signum de la legión, coronado por un águila, está flanqueado por los signa de dos manípulos (cada manípulo estaba formado por dos centurias). Relieve del siglo III d.C.

Foto: Dea / Album

 

Una ciudad para exlegionarios: Timgad
Situada en la actual Argelia, la fundó el emperador Trajano en torno al año 100 d.C. como una colonia militar. Allí instaló a veteranos procedentes de la frontera con Partia, dotándolos de las tierras que los soldados recibían una vez cumplido su servicio militar, que alcanzaba los veinticinco años.

Foto: Yann Arthus-Bertrand / Getty images

 

El muro de Adriano
En su construcción trabajaron las legiones instaladas en Britania: la II, la VI y la XX. A cada legión le tocó un tramo de obra, dividido en secciones que se asignaron a las centurias.

Foto: Funkystock / Age fotostock

Un centurión en Britania
En esta piedra del muro de Adriano (construido en 124 d.C.), hallada en el fuerte de Housesteads, se dice: “Lo hizo la centuria de Julio Cándido”. Se han hallado otras tres inscripciones que recuerdan la labor de este centurión.

Foto: Manuel Cohen / Aurimages

 

Fuerte de Viminacium (la actual Kostolac, Serbia), sede de la legión VII Claudia.

La vida en el campamento
Los edificios más habituales en los campamentos eran los barracones que albergaban a los soldados y oficiales de una centuria. Cada contubernio (grupo de ocho hombres) recibía dos habitaciones, y el centurión disponía de varias estancias para él solo, generalmente al final del bloque; las paredes de estas habitaciones podían estar estucadas y pintadas, e incluso podía disponer de un baño personal.
Foto: Akg / Album

 

Marco Favonio Fácil
Su estela funeraria se descubrió en Colchester, la antigua Camulodunum, donde se enfrentaron los romanos y la reina Boudica en 61 d.C. Vemos al centurión de frente, con el traje propio de su rango, la vara, espinilleras, capa, lórica (coraza), puñal y espada. El monumento estaba partido en dos, a un metro de profundidad. Muy cerca se halló un recipiente cilíndrico de plomo, de 23 centímetros de diámetro y 33 de altura, con huesos quemados, posiblemente los del centurión.

Foto: Dea / Album

Estela funeraria de Marco Apicio Tirón

Además de combatir, administrar
Los centuriones no sólo eran el brazo armado de Roma: también representaban la autoridad romana en regiones donde las estructuras administrativas no estaban desarrolladas. A veces la población local acudía a ellos en busca de justicia. Así, por ejemplo, en el año 193 d.C., en tiempos del emperador Cómodo, un tal Syros escribe al centurión Amonio Paterno quejándose de que los recaudadores de un impuesto en especie han reclamado injustamente el pago de una artaba de trigo (25 litros) y que por esta razón han maltratado a su madre. Dado este papel de administradores, los centuriones no sólo debían reunir condiciones como jefes militares, sino que también debían contar con una formación que, cuanto menos, incluyera saber leer y escribir.
Foto: Dea / Album

Marco Celio, caído en Teutoburgo
En septiembre del año 9 d.C., los germanos aniquilaron a tres legiones romanas en el bosque de Teutoburgo. El centurión Marco Celio, nacido en Bononia (la actual Bolonia), cayó en esa batalla. Su cadáver quedó allí, tendido a la intemperie entre muchos miles más, y su hermano decidió levantar un monumento en su memoria.

Los libertos del centurión

Con toda probabilidad Marco Celio era un hombre soltero, pues no hay mención a esposa o hijos en el epitafio; en cambio, sí aparecen, a sendos lados, los retratos de sus sirvientes, dos libertos muy queridos, uno de origen y nombre latino (Privatus), y otro griego (Thiaminus), que posiblemente murieron también en la emboscada de Teutoburgo y que conforman esta especie de cuadro funerario familiar.

Valiente y condecorado

Es el retrato de un hombre vivo, posando con su uniforme de gala de centurión, con el bastón de mando en la mano derecha y su coraza absolutamente cubierta con insignias al valor. Tantas condecoraciones indican la larga carrera de éxitos militares de este centurión fallecido a los 53 años, según nos indica la inscripción. La legión XVIII tenía su campamento base en Vetera (actual Xanten), y allí levantó Publio este monumento.

Foto: Akg / Album

¿Cómo era Marco Celio?
una recreación del aspecto de Marco Celio a partir de su cenotafio. Ciñe su cabeza una corona cívica; hecha de hojas de roble, condecoración que se recibía por salvar la vida de un militar ciudadano romano. Las condecoraciones (dona) que cuelgan de un arnés sobre la armadura son torques, de los que lleva uno en torno al cuello, y phalerae, faleras o discos metálicos. En la muñeca luce otras condecoraciones, las armillae. Como es característico de los centuriones, lleva la espada a la izquierda y la daga a la derecha –al contrario que los soldados–. Con la mano derecha sujeta la vara de mando, que originalmente era una vara de vid, y en la izquierda lleva un casco con cresta transversal de plumas. El autor de la recreación ha supuesto que las piernas están protegidas con grebas, como en otras representaciones de centuriones.

Foto: Giuseppe Rava / Osprey publishing

 

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22 agosto 2018 at 2:27 pm 1 comentario

Un caballo engalanado, el último tesoro arqueológico de Pompeya

El último tesoro hallado en Pompeya es un caballo sepultado en unas cuadras desde la erupción que acabó con la urbe y que era “de las razas más nobles” a juzgar por los adornos de bronce de su testuz, anunciaron hoy los gestores del yacimiento.

Fotografía facilitada por el Parco Archeologico di Pompei del caballo sepultado/Foto: Efe

Fuente: Gonzalo Sánchez – EFE  |  LA RAZÓN
10 de mayo de 2018

El parque arqueológico napolitano (oeste de Italia) ha celebrado como “un descubrimiento extraordinario” los hallazgos en una villa ubicada en la zona de Civita Giuliana, en la periferia norte de Pompeya, la ciudad romana sepultada por la erupción del Vesubio del 79 d.C.

Ha sido posible adentrarse en esta distinguida finca extramuros ya que las autoridades policiales y judiciales perseguían una serie de excavaciones clandestinas emprendidas por saqueadores, que han sido localizados y denunciados.

La intervención ha permitido descubrir una serie de estancias destinadas al servicio que trabajaba en esta gran villa suburbana “conservada excepcionalmente” y que contaba con una zona residencial y otra dedicada a la producción agrícola, vinícola y ganadera.

Dentro se han localizado tres ánforas de aceite y vino -una dañada por los saqueadores-, utensilios de cocina como una sartén, parte de una cama de madera y restos de pequeños animales.

Pero también se ha podido extraer los restos de un equino del que se ha realizado un molde de yeso, el primero de un caballo encontrado en Pompeya.

Esta técnica, con la que se ha recuperado la forma de numerosos pompeyanos, consiste en rellenar con yeso el hueco que dejó la desaparición del material orgánico de un ser vivo sepultado por las cenizas, una cámara vacía entre la materia solidificada.

El animal aparece recostado sobre el lomo izquierdo y su buena osificación es la de un ejemplar adulto, muy seguramente un caballo (equus caballus) a tenor de un análisis preliminar, en el que por sus dimensiones se descarta que pueda tratarse de un mulo o un asno.

Los expertos creen que este animal fue un ejemplar distinguido en primer lugar por su altura de metro y medio, mucho más que los caballos de la época, más pequeños que los actuales, lo que permite suponer que nació fruto de “cuidados” cruces entre especímenes.

Por otro lado, el caballo luce en la parte del cráneo adornos y pequeños ornamentos metálicos, como el bocado en hierro o partes en bronce al parecer de correas de cuero ya desaparecido, “una presencia que podría indicar el valor y rol del animal”, apuntan.

El escritor hispánico Columella, experto en agricultura, indicó en su tratado “De Re Rustica” (I d.C) que los caballos por entonces se dividían en tres tipos: nobles destinados a concursos y circos, sementales que daban una prole noble o ejemplares vulgares.

Los expertos del yacimiento de Pompeya indican que el caballo de Cività Giuliana “debía pertenecer a la raza más noble“, a buen seguro “un animal de representación” que pese a su valor sufrió el mismo destino que otros muchos equinos en el momento de la tragedia.

El fuego, el humo tóxico y la ceniza acabaron con la vida en esta próspera urbe romana del Golfo de Nápoles pero los expertos han demostrado que, tras el desastre, se produjo “una reocupación del lugar” donde se encontraba esta villa.

Sobre ella, en una parte elevada, se ha hallado una tumba con un esqueleto en su interior y ha sido datada en una fecha “no bien precisa” por el momento, pero posterior al año de la erupción, el 79 d.C, en época imperial.

Los huesos localizados pertenecen a un robusto hombre de una edad estimada de entre 40 y 50 años cuya altura, de unos 175 centímetros a juzgar por su húmero, era “superior” a la media de entonces.

Su pelvis está prácticamente pulverizada y el cráneo ha aparecido “fuertemente dañado” presumiblemente por las libaciones que sus allegados le ofrecieron tras su muerte, descargadas al interior del sarcófago por un tubo en su parte superior aún presente.

La tarea consistirá ahora en esclarecer quién era esta persona, de la que aún poco o nada se sabe, solo que padecía una “anómala” forma dental o mordida, y que por sorpresa ha sido recuperado de la oscuridad de su tumba dos milenios después de su fallecimiento.

Una parte de la villa donde se han producido los hallazgos ya fue descubierta entre 1907 y 1908 por el marqués Giovanni Imperiali, que descubrió quince habitaciones, y todo el complejo ha sido objeto en las últimas décadas de excavaciones clandestinas.

Los descubrimientos anunciados hoy corresponden solo a dos de los cinco nuevos ambientes y, a la espera de saber qué nuevos detalles ofrecerá de la vida de aquel entonces, ya permite intuir “la peculiaridad” de este complejo que podría ser mucho más extenso de lo que se creía.

 

10 mayo 2018 at 6:54 pm 3 comentarios

Analizan el Mosaico de los Amores de Cástulo para conocer origen materiales

El Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibera de la Universidad de Jaén (UJA) está analizando el Mosaico de los Amores, en el yacimiento ibero-romano de Cástulo en Linares (Jaén), con el objetivo de determinar el tipo de materia prima utilizada y su origen.

Trabajos en el Mosaico de los Amores de Cástulo / UJA

Fuente: EFE  |  LA VANGUARDIA
19 de abril de 2018

Este trabajo, que se desarrollará hasta el 24 de abril, se enmarca en el proyecto ‘Cástulo: Investigación Arqueométrica y Transferencia Social’, del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, cuyo responsable es el investigador de la UJA Alberto Sánchez.

Según informa la UJA en un comunicado, en el análisis del mosaico los investigadores están empleando microespectroscopía Raman y fluorescencia de rayos X.

En este trabajo se aborda el análisis físico-químico de materiales diversos, como las cerámicas (decoraciones y contenidos), los estucos y los mosaicos, así como el análisis paleoambiental, a través del estudio de las semillas y carbones, que lideran las investigadoras de la UJA Eva Montes y Oliva Rodriguez Ariza.

Además, participan cuatro investigadores liderados por el catedrático Peter Vandenabeele, investigador principal del grupo sobre Arqueometría y Ciencias Naturales de la Universidad de Gante, de los departamentos de Arqueología y Química Analítica de esta universidad belga y de la Universidad de Evora (Portugal), así como el Conjunto Arqueológico de Cástulo y la Junta de Andalucía.

El Mosaico de los Amores, reconocido por la revista Nacional Geographic entre los descubrimientos más importantes de 2012 y fechado entre finales del siglo I y principios del II, llama la atención por su colorido.

Está compuesto por teselas de pequeño tamaño, características del Alto Imperio y semejantes a las de Pompeya, de piedra y pasta de vidrio en tonos rojos, amarillos, verdes o azules, con alegorías en sus esquinas de las cuatro estaciones, en las que destacan imágenes de gran calidad y realismo, muy perfiladas, semejantes a las aparecidas en el norte de África o Sicilia, lo que demuestra la relación que hubo entre Cástulo y esta zona del Mediterráneo.

La parte central cuenta en escenas, de forma clara, dos mitos clásicos: uno es el del juicio de Paris, por el que comenzó la guerra de Troya, tras el enfrentamiento de Juno, Venus y Minerva por la manzana de la discordia.

También aparece el mito de Selene (diosa griega que en la mitología romana era la Luna) y Endimión, pastor del que se enamoró y que cayó en un profundo sueño del que solo despertaba para ella.

 

19 abril 2018 at 7:07 pm Deja un comentario

Excavan una tumba monumental en Pompeya

La inscripción presente en la tumba de mármol no incluye el nombre del difunto, pero en cambio corrobora ciertos eventos de la historia pompeyana y aporta datos nuevos

Tumba monumental. Excavación de una tumba monumental de mármol cerca de Porta Stabia, en Pompeya. Foto: PARCO ARCHEOLOGICO DI POMPEI

Fuente: ALEC FORSSMANN NATIONAL GEOGRAPHIC
28 de julio de 2017

Una tumba monumental de mármol, de un influyente personaje pompeyano, ha sido excavada cerca de Porta Stabia, uno de los accesos a la antigua ciudad de Pompeya, según informó el miércoles el Parque Arqueológico de Pompeya. La tumba monumental, construida poco antes de la violenta erupción del Vesubio en el año 79 d.C., conserva una inscripción funeraria de más de cuatro metros de largo y siete líneas, la más extensa que se ha descubierto hasta ahora en Pompeya. El epígrafe no incluye el nombre del difunto, pero sí sus res gestae o empresas realizadas en vida: adquisición de la toga viril (el paso de la infancia a la adolescencia), casamiento, banquetes públicos, donaciones de dinero, organización de combates de gladiadores y con bestias feroces.

El epígrafe corrobora ciertos eventos de la historia pompeyana, por ejemplo un episodio famoso narrado por Tácito, que ocurrió en Pompeya en el 59 d.C., “cuando durante un combate de gladiadores en el anfiteatro se desencadenó una pelea que degeneró en una lucha armada“, según explica Massimo Osanna, el director general de Parque Arqueológico de Pompeya. La trifulca llegó a oídos del emperador Nerón y, tras las pertinentes indagaciones por parte de las autoridades, a los pompeyanos se les prohibió organizar juegos de gladiadores durante diez años. La tipología del sepulcro y el contenido del epígrafe respaldan la hipótesis según la cual el monumento lo completaba un famoso bajorrelieve marmóreo (con escenas de procesiones, combates de gladiadores y venationes) que se conserva actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Por otro lado, Osanna sostiene que el difunto podría estar relacionado con la familia de M. Alleius Minius, cuya tumba, semicircular y más antigua, está ubicada en el mismo lado que la tumba monumental recientemente descubierta. “Cn. Alleius Nigidius Maius, uno de los personajes más destacados de la época neroniana-flavia, perteneció a la familia de los Alleii”, afirma Osanna. La tumba pudo ser construida para este Nigidius, “el más conocido de los empresarios de espectáculos de gladiadores de la ciudad“.

Personaje influyente. La impresionante tumba perteneció a un influyente personaje pompeyano. Foto: CESARE ABBATE / ANSA VIA AP / GTRES

 

Difunto anónimo. El difunto podría estar relacionado con la familia de M. Alleius Minius, cuya tumba, semicircular y más antigua, está ubicada en el mismo lado que la tumba monumental recientemente descubierta. Foto: CESARE ABBATE / ANSA VIA AP / GTRES

 

Inscripción funeraria. La tumba conserva una inscripción funeraria de más de cuatro metros de largo y siete líneas. Foto: CESARE ABBATE / ANSA VIA AP / GTRES

 

Epígrafe. El epígrafe no incluye el nombre del difunto, pero sí sus empresas realizadas en vida. Foto: PARCO ARCHEOLOGICO DI POMPEI

 

Nuevos datos sobre Pompeya. El epígrafe corrobora ciertos eventos de la historia pompeyana y aporta nuevos datos acerca de los últimos decenios de Pompeya, antes de la violenta erupción del Vesubio en el 79 d.C. Foto: CESARE ABBATE / ANSA VIA AP / GTRES

 

Bajorrelieve marmóreo. Famoso bajorrelieve marmóreo (con escenas de procesiones, combates de gladiadores y venationes) que se conserva actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles y que pudo completar la tumba recientemente descubierta. Foto: PARCO ARCHEOLOGICO DI POMPEI

 

28 julio 2017 at 8:29 pm Deja un comentario

Las siete maravillas susurran sus viejos secretos

Valerio Manfredi devuelve a la vida en un libro a los grandes monumentos legendarios del mundo antiguo

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Turistas frente a las tres pirámides de Guiza. En el centro, la mayor, la pirámide de Keops, una de las siete maravillas del mundo antiguo. PRASIT CHANSAREEKORN (Flickr Vision)

Fuente: JACINTO ANTÓN > Barcelona  |  EL PAÍS
7 de enero de 2017

En estos tiempos de listas es bueno recordar una de las más famosas de la humanidad, la madre de todas las listas: las siete maravillas del mundo antiguo. Hubo un tiempo en que nadie que se considerara culto podía dejar de enumerarlas, como no podía ignorar los doce trabajos de Hércules o los nombres de las musas. O tempora! De ellas, de las maravillas, esos siete magníficos del ingenio humano —cinco edificios y dos estatuas gigantescas—, solo queda una en pie, la Gran Pirámide, y muy distinta de lo que fue; a las otras seis, el coloso de Rodas, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Éfeso (en cuyo interior se veneraba el ídolo de ébano de la diosa recubierto de mamas —o escrotos de toros—), el mausoleo de Halicarnaso, el Zeus de Olimpia y el faro de Alejandría las ha barrido, despiadado, el viento de la Historia. Uno de los más populares expertos en la antigüedad, el arqueólogo y escritor Valerio Manfredi, autor de Aléxandros, de Odiseo, y de muchos otros títulos de éxito, nos lleva ahora en su último libro aparecido en España, Las maravillas del mundo antiguo (Grijalbo), en un viaje a través de los siglos a visitar esos monumentos en todo su esplendor y a conocer cómo fueron construidos y cómo se disolvieron la mayoría en el polvo del tiempo.

También a descubrir muchos de sus secretos: la enorme estatua crisoelefantina (de oro y marfil) de Zeus que se adoraba en el templo del padre de los dioses en Olimpia —y en uno de cuyos dedos talló su autor, Fidias, ¡una declaración de amor a un jovencito!— era en su interior como una falla, una maraña de tablones ensamblados con cuerdas y brea por la que correteaban los ratones; el coloso de Rodas fue desde el principio un gigante inestable y condenado nacido de los celos de un discípulo, Cares de Lindo, por su maestro, Lisipo; lo realmente maravilloso del faro de Alejandría estaba no en sus mayúsculas dimensiones sino en el mecanismo giratorio de su luz y sus espejos, apoteosis de la catóptrica, la ciencia de la refracción de la luz; el inmenso templo de Artemisa en Éfeso disponía de un sistema antisísmico (el primero del que se tiene noticia en un edificio), consistente en un estrato de carbón troceado y lana de oveja sobre el que se colocaron los cimientos; la tumba del rey Mausolo (de ahí “mausoleo”, sinónimo de tumba monumental) constaba de varios ciclos escultóricos asombrosos y la columnata rematada por una pirámide sobre la que se asentaba una cuadriga en la que estaban representados el más bien poco humilde soberano y su reina, Artemisia, parecía flotar en el cielo; la pirámide de Keops —que durante 38 siglos fue el edificio más alto del planeta— era, con su deslumbrante revestimiento de piedra calcárea, muchísimo más impresionante que la construcción que podemos ver ahora. En cuanto a los jardines babilonios, la maravilla “más evanescente, la más fantasmagórica, inútilmente buscada y perseguida”, Manfredi señala que su secreto permanece sin resolverse: nadie sabe cómo eran en realidad.

Uno de los fragmentos del Mausoleo de Halicarnaso custodiados en el British Museum. British Museum

Uno de los fragmentos del Mausoleo de Halicarnaso custodiados en el British Museum. BRITISH MUSEUM

¿Por qué esta revisitación de las maravillas? “Se me ocurrió mientras diseñaba un proyecto de restauración para el inmenso templo G de Selinunte, en Sicilia”, explica el especialista italiano. “Mi proyecto chocó con la mentalidad académica que defiende dejar las ruinas como están, aunque ello suponga que se vayan degradando hasta desaparecer; eso me hizo reflexionar sobre la suerte de los siete grandes monumentos de la antigüedad”. Manfredi apunta que la lista de los siete, que se atribuye a Filón de Bizancio, es arbitraria y solo una de las que debían circular en la época helenística. Otras listas podrían haber incluido más o menos maravillas. Pero la que ha prevalecido no deja de tener su coherencia. “Todas esas siete maravillas formaban parte de las grandes civilizaciones que conquistó Alejandro Magno, eso es lo que tienen en común, y el significar todas ellas un desafío a lo imposible”, recalca el escritor.

Las siete maravillas (haciendo un poco la vista gorda con los jardines, que seguramente desaparecieron antes) coexistieron un periodo breve: del 300 al 227 antes de Cristo, cuando se derrumbó el coloso. Manfredi subraya que se las seleccionó por lo que tenían de desafío a la naturaleza, de retos tecnológicos en una época, la helenística, que valoraba la capacidad del ser humano de realizar cosas verdaderamente grandiosas. En ese sentido la lista es heredera del espíritu que animó el Museo y la Biblioteca de Alejandría, de “una edad fantástica, increíble, osada”, y de “una civilización que creó la conciencia de que no hay nada imposible”. De ahí, dice, venimos nosotros y nuestras nuevas maravillas modernas: los rascacielos más altos, los puentes más vertiginosos, los túneles más largos.

A Manfredi no le sorprende que en la vieja lista no esté, por ejemplo, el Partenón. “Es un edificio de una perfección absoluta, pero lo que iba a la lista era lo imposible. El Zeus, del tamaño de una casa de cuatro pisos, es imposible, lo es el coloso de Rodas con sus 33 metros y dedos que no podía abrazar un hombre corpulento, el bosque de columnas de 18 metros del templo de Artemisa, la Gran Pirámide…”. Manfredi (no en balde Valerio Massimo) tiene los arrestos de añadir a la lista una octava maravilla, de su cosecha, la tumba de Antíoco I de Comagene (descendiente de Alejandro y de Darío I), por la que tiene un flaco. “Es un divertimento, un juego, me lo pidió el editor. Esa construcción en Anatolia que emplea toda una montaña, el monte Nemrut, cuya sombra podía cubrir todo el reino era sin duda alguna, nadie que la conozca me lo negará, una maravilla”.

En la desaparición de parte de las viejas maravillas paganas jugó un papel destructor nuestra civilización cristiana, de manera muy similar, recuerda Manfredi, a la de la feroz iconoclastia del ISIS que tanto nos indigna.

QUÉ FUE DE ELLAS

Los jardines colgantes. Ni rastro.

El mausoleo de Halicarnaso. Elementos reutilizados en construcciones posteriores. Algunos fragmentos en el British Museum de Londres.

El coloso de Rodas. No queda “nada de nada”. Los restos del gran bronce los compró al peso un comerciante de Edesa y los fundió. Hace unos años saltó la noticia de que había aparecido un puño bajo el agua: era una roca arañada por una draga.

El Zeus de Olimpia. Desaparecido completamente. Según alguna fuente sobrevivió hasta el siglo V en Constantinopla. Que estuviera revestido de oro y marfil lo hacía especialmente proclive al reciclaje.

El faro de Alejandría. Restos desperdigados en el mar donde se precipitó por un terremoto. Algunos elementos han sido recuperados.

El templo de Artemisa. Destruido. Trozos en el British Museum.

La Gran Pirámide. Ahí está, viendo pasar el tiempo (que, es sabido, la teme). Sin su piel resplandeciente pero impresionante todavía. La única maravilla que sobrevive.

 

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8 enero 2017 at 9:51 am Deja un comentario

Atrapa en tu móvil los espectaculares vasos griegos del Museo Arqueológico Nacional

El Laboratorio de Humanidades Digitales de la Real Academia de Bellas Artes rinde al 3D la cerámica griega y crea un nuevo método de digitalización

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Néstor F. Marqués muestra uno de los vasos griegos digitalizados en el laboratorio de la Academia de Bellas Artes – MAYA BALANYA

Fuente: JESÚS GARCÍA CALERO  |  ABC
11 de octubre de 2016

Olvídense del «Pokémon Go» si lo que quieren es atrapar en su móvil lo mejor de la historia. Mejor que cazar monstruos virtuales es «atrapar» las piezas más valiosas y relevantes de nuestra cultura. Es algo que está empezando a hacerse con fines científicos, pero de lo que ya podemos disfrutar en las pantallas que llevamos con nosotros. Hay muy pocas instituciones en el mundo que dominen este juego, porque hay que manejar objetos muy delicados o demasiado grandes hasta convertirlos en fieles mapas de «bits». Y también porque hay problemas técnicos casi insalvables.

Pero en España ya se ha convertido en referencia mundial, por la innovación que está generando, la Real Academia de Bellas Artes. Hace un año creó un Laboratorio de Humanidades Digitales (LHD) desde el que se están explorando las nuevas maneras de aplicar la tecnología al patrimonio. Es el futuro. Con grandes resultados alcanzados. Y el primer gran ejemplo de tanta excelencia se ha logrado con un proyecto encargado por el Museo Arqueológico Nacional para digitalizar una de sus colecciones más bellas, financiado por Bolsas y Mercados Españoles.

A partir de hoy, el LHD de la Academia pone a disposición de los científicos y del público en general la primera colección temática cerrada en 3D. Se trata de los 30 vasos griegos más valiosos del Museo Arqueológico Nacional (MAN). Es visualmente espectacular y según comenta Nestor F. Marqués, responsable de la digitalización, ha sido el mayor desafío hasta ahora para el LHD. Primero porque se trata de objetos brillantes y una de las más difíciles pruebas a que se enfrenta este tipo de trabajos es a generar un objeto tan exacto como creíble.

Para lograrlo se emplea una técnica digna de efectos especiales de Hollywood. En realidad es una batería de técnicas: polarización, iluminación cruzada… hasta crear el método científico específico. «Hemos resuelto el fallo que tenían las técnicas 3D con los objetos brillantes. En el campo comercial suele elimiarse el brillo con sustancias, pero en el patrimonio no se puede correr ningún riesgo por el valor de las piezas», añade Marqués, que trabajó codo con codo con Paloma Cabrera, jefa del departamento en el MAN, directora del proyecto que ya se puede disfrutar en sala.

En algunos casos el brillo es como un espejo y ese método se ha consolidado a lo largo de este trabajo, tanto por la calidad geométrica de las digitalizaciones como por la manera exacta de mostrar la textura. Una idea sobre estos detalles la da el hecho de que estos trabajos reproducen incluso el volumen de la capa pictórica, que es menor a un milímetro. Tal es la exactitud que se pone a disposición de los estudiosos a partir de ahora. Desde el ordenador, situados en cualquier lugar del mundo, pueden realizar mediciones o investigar con un detalle que ni el contacto con la pieza original les puede ofrecer.

El LHD ha escaneado en su primer año desde pequeñas figuritas de marfil a iglesias románicas, como la Vera Cruz (Segovia); desde diminutas monedas romanas hasta el puente de Manterola, en Cádiz, de más de 200 metros de altura y que ahora se expone -digitalmente atrapado- en las salas del Museo de la Academia de Bellas Artes.

No hablamos de una foto, sino de fotogrametría, una técnica nacida para documentar yacimientos arqueológicos que mezcla miles de imágenes geoposicionadas (con sus coordenadas exactas), fotos que después un potentísimo ordenador engulle y «renderiza» con software de código abierto. El resultado es un objeto digital perfectamente fiel, que puede moverse, medirse, estudiarse y perder capa tras capa para conocer hasta el último secreto de su estructura o dimensión.

Así que desde hoy en la sala 36 del MAN el público encontrará una pantalla táctil con los vasos digitalizados. También se encuentran en la web del museo (www.man.es) y por supuesto en la página sketchfab.com/MAN, la plataforma de visualización tridimensional. Desde allí, también podemos cargar todos estos vasos griegos en nuestro móvil o tableta, compartirlos o incrustarlos en blogs o páginas web. El otro gran desafío ha sido que la imagen no perdiera calidad en ningún dispositivo, tenga la potencia gráfica que tenga. Antes solo se podía ver una cara de la mayor parte de los vasos expuestos, pero desde ahora se les puede mover, acercar, ampliar con un detalle maravilloso, en los 360 grados.

«El escáner láser está muerto», sentencia Marqués. Ese equipo, con el que la Academia digitalizó en Pompeya la Casa de la Diana Arcaizante, costaba entre veinte y cien mil euros. Ahora, con una cámara de 2.000 euros se puede hacer ese mismo trabajo. De hecho se está trabajando en objetos de esa domus pompeyana.

Los vasos elegidos son de diferentes tamaños. Hay piezas de un metro y medio de alto y otras de treinta o cuarenta centímetros de altura, como la última adquisición del MAN, que se ha digitalizado antes de exponerse. Proceden de las colecciones Real, del marqués de Salamanca y de Várez Fisa, fundamentalmente. Incluyen piezas como la copa de Aison, el célebre pintor del siglo V a. C., con escenas de la muerte del Minotauro; un ánfora panatenaica, que se otorgaba al vencedor de los juegos, o una ánfora «bilingüe», así llamada porque tiene figuras rojas en un lado y negras en el reverso.

El equipo impulsado por el académico José María Luzón, integrado en la Academia gracias al director Fernando Terán, tiene nuevos proyectos. En todos busca un sentido al uso de la tecnología en el patrimonio. La respuesta, en el MAN desde hoy.

Pompeya, Madrid y México unidos en una aventura gráfica en homenaje a Carlos III

El siguiente desafío del Laboratorio de Humanidades Digitales es la exposición de la Academia de Bellas Artes en homenaje a Carlos III que se inaugurará el próximo diciembre. Siendo Rey de Nápoles impulsó la excavación de Pompeya y Herculano. Venido a España se hacía traer copias de las piezas halladas junto al Vesubio, vaciados de escayola que la Academia aún conserva y expone. En esa exposición Pompeya, a través del Museo de Nápoles, estará unido con las Academias de San Fernando en Madrid y San Telmo en México gracias a la tecnología de una manera espectacular.

El visitante de la exposición de la Academia verá el vaciado de Carlos III en la sala, y a sus pies una tableta con el original de Nápoles digitalizado. Pero después de la muestra será invitado, con gafas HTC Vive (habrá unas cuantas pero si no quiere esperar podrá usar su propio móvil) a acompañar a un arqueólogo del siglo XVIII. Una gruta en la lava le permitira descubrir frescos, mosaicos y piezas en la incipiente exavación a la luz de una linterna. Después verá los vaciados que viajaron a España para el Rey y las copias que encargó el propio Carlos III para Nueva España. Estará en el patio de San Telmo, digitalizado para la ocasión, cuando lleguen en uno de los viejos navíos de Indias.

 

11 octubre 2016 at 4:56 pm 1 comentario

Tomares reclama a la Junta el tesoro romano hallado en el Parque del Olivar del Zaudín

  • 600 kilos de monedas
  • El pleno aprueba una declaración institucional que pide su devolución y una indemnización

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El Consistorio quiere exponer el tesoro en el municipio – ABC

Fuente: N. ORTIZ > Tomares  |  ABC
31 de mayo de 2016

El pleno del Ayuntamiento de Tomares ha aprobado una declaración institucional conjunta de todos los grupos políticos a través de la que se solicita a la Junta de Andalucía que, una vez finalizados los trabajos de catalogación y análisis, el tesoro sea devuelto a la localidad para que pueda ser expuesto. Además, piden que el Consistorio, como propietario de los terrenos del Parque del Olivar del Zaudín, lugar en el que se encontraron las monedas, sea indemnizado según recoge la Ley de Patrimonio Andaluz.

La declaración institucional, apoyada por PP, PSOE, Sí Se Puede Tomares, PA y Ciudadanos, cuenta con nueve puntos, e insiste en que, una vez realizadas las tareas de análisis y estudio de las monedas y ánforas, así como de cualquier hallazgo que se pueda producir, todo el material sea devuelto a Tomares para que sea expuesto de manera pública mientras se construye un museo que pueda darle acogida definitiva.

Felicitación a los trabajadores

De otro lado, la declaración institucional felicita a los trabajadores y a la empresa Tragsa, encargada de las obras del Parque del Olivar del Zaudín, por su «ejemplar comportamiento», que ha permitido recuperar las 19 ánforas con 600 kilos de monedas de los siglos III y IV d.C. Un tesoro que, según los primeros estudios, es un hallazgo único en el mundo.

Por ello, se solicita a la Junta de Andalucía que reconozca a Tomares como zona de interés de Andalucía, que continúen los trabajos de excavación de urgencia y que se financien los gastos derivados por la excavación, extracción y estudio de los restos arqueológicos.

Por último, se solicita a la delegación de Cultura de la Junta de Andalucía y al Museo Arqueológico de Sevilla que facilite al Ayuntamiento de Tomares el acceso a todo el proceso de documentación y de información que se produzca en los terrenos del municipio, desde el momento del descubrimiento en adelante, en todo tipo de soportes: papel, digital, fotografías, vídeos…

 

31 mayo 2016 at 5:58 pm Deja un comentario

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